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La pena de muerte: un castigo injusto

El debate sobre la pena de muerte se intensifica en respuesta a actos criminales, con algunos argumentando que es el castigo más justo, aunque esta postura presenta contradicciones al sugerir que matar es una solución válida. La pena de muerte no disuade a criminales peligrosos y puede llevar a errores judiciales irreparables, como se evidenció en casos históricos. Además, su aplicación refleja un deseo de venganza más que una solución a las causas de la criminalidad, perpetuando injusticias sociales y desiguales en el sistema penal.

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La pena de muerte: un castigo injusto

El debate sobre la pena de muerte se intensifica en respuesta a actos criminales, con algunos argumentando que es el castigo más justo, aunque esta postura presenta contradicciones al sugerir que matar es una solución válida. La pena de muerte no disuade a criminales peligrosos y puede llevar a errores judiciales irreparables, como se evidenció en casos históricos. Además, su aplicación refleja un deseo de venganza más que una solución a las causas de la criminalidad, perpetuando injusticias sociales y desiguales en el sistema penal.

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Texto 01:

LA PENA DE MUERTE, EL CASTIGO MÁS JUSTO

Cada vez que en el país los medios de información registran actos criminales que
impactan a la colectividad por la cobardía y las intenciones con que se realizaron por
individuos o grupos constituidos en enemigos de la sociedad, nuevamente proliferan
las opiniones a favor de la legalización de la pena de muerte. Los países y las
comunidades en donde existe la pena capital consideran que, por ser el castigo más
proporcional con el daño cometido, es la pena más justa. El dolor, la ira, la sed justicia
y, ¿por qué no?, de venganza, y los propósitos y consecuencias de esos crímenes son
factores que impiden prever los alcances negativos de su legalización, la pena
de muerte es una insensatez que jamás debe consagrarse en nuestra
Constitución. A pesar del clamor con que algunos defienden la legalización de la
pena de muerte, existen factores de diversa índole que no favorecen su aplicación.

Cuando una sociedad o un estado ejecuta a uno de sus integrantes, aun cuando se le
haya demostrado el crimen que se le imputa, imita precisamente la conducta que
condena. Tal actitud encierra una seria contradicción. Con ese proceder,
implícitamente se le está sugiriendo a otros potenciales asesinos que matar al prójimo
puede ser una forma lícita para resolver graves problemas humanos. Pero matar es la
peor solución para resolver aun los más conflictos humanos. La aprobación de la
pena de muerte en nuestros tiempos significaría regresar a épocas de barbarie ya
superadas.

Se dice que la disuasión es el único objetivo de las ejecuciones. Pero, en verdad, la


pena de muerte no intimida. Los criminales de alta peligrosidad son personas
insensibles ante el dolor físico y moral. Ellos saben muy bien que la muerte es uno de
los riesgos de su oficio, por lo tanto no los aterra, como ilusamente creen muchas
personas de bien. Tampoco intimida a quienes cometen crímenes pasionales, ya que
cuando estas personas delinquen son inconscientes de su conducta y de las
consecuencias de la misma. Las únicas personas a quienes atemoriza la pena de
muerte son los delincuentes ocasionales y las personas honestas y pacíficas que
temen que por alguna inesperada circunstancia del destino, se lleguen a ver
comprometidos en un crimen que podría llevarles a la pena de muerte. Edmund
Brown, ex gobernador del estado de California, declaró tras una ejecución en 1964.
“La pena de muerte se ha constituido en un grave fracaso, porque a pesar de su error
y de incivilidad, no ha protegido al inocente ni ha detenido la mano de los criminales”.

Como corolario de lo anterior, la pena de muerte no ejemplariza. Si así fuese, en


los países que aún existe tan inhumano castigo, no tendrían lugar los aberrantes
crímenes que allí se cometen. Eso precisamente ocurre en numerosos condados de
los Estados Unidos en donde aún existe tal sanción. Nada ha demostrado que allí los
índices de crímenes violentos hayan disminuido. En nuestro país, por ejemplo,
especialistas en criminología y Sicosociología concluyen que los sicarios- tal vez los
primeros candidatos para que se les aplique la pena de muerte- en su mayoría son
personas que no tienen esperanzas de llegar a la vejez y tienden a creer que morirían
antes de cumplir los 30 años. A asesinos de esa clase no se les intimida con la pena
de muerte; para ellos la vida no tiene valor alguno. En la mayor parte de los países en
donde se aplica la pena capital, está prohibida para menores de 18 años. Al
legalizarse esa pena en nuestro país, probablemente se mantendría el mismo principio
humanitario. Pero también es muy probable que la delincuencia organizada contrataría
a menores de edad como sicarios para llevar a cabo sus crímenes tal como ya lo está
haciendo y para ellos no habría la posibilidad de sentenciarlos a muerte.

En muchas ocasiones se ha logrado comprobar con el correr del tiempo lo injusto que
se fue al haber sancionado como culpable a alguien cuya responsabilidad en el delito
que se le imputó, no fue investigada exhaustivamente. Nuestro sistema judicial, al
igual que el de países con mejor infraestructura jurídica, es propenso a cometer
errores. Un caso mundialmente famoso nos servirá para ilustrar esta injusticia, nos
referimos al caso denominado “los seis de Birminham”. Una corte de justicia
londinense condenó a cadena perpetua a seis irlandeses, sospechosos miembros del
IRA, de haber hecho explotar una bomba en un pub de Birminham ocasionando la
muerte a 21 personas en 1974. Sólo a comienzos de 1991 la justicia inglesa reconoció
su error, luego de municionas investigaciones.

Durante 16 años, 3 meses y 21 días que los condenados estuvieron en prisión


sufrieron diversos tipos de tortura. El caso de los seis de Birminham no es la única
equivocación cometida por la justicia británica. Hasta la fecha aún no se ha dado con
los verdaderos responsables. ¿Qué posibilidad de enmendar el error hubieran tenido
los jueces ingleses si a los sospechosos se les hubiera condenado a muerte? Si en
países con un sólido sistema criminalístico y jurídico ocurren estos hechos, qué cosas
peores no ocurrirían en el nuestro, ¿que carece de una moderna y eficaz
infraestructura criminalística que garantice que no haya lugar a la impunidad ni a
condenar erradamente a un imputado?

Los brutales métodos empleados a las ejecuciones evidencian un espíritu de


venganza. Parece que el objetivo de la pena de muerte no es que se cometan menos
asesinatos sino que la sociedad se sienta vengada. Pero con la aplicación de la
pena de muerte no hay proporcionalidad entre el daño causado y la reacción del
estado. Un problema que tiene que enfrentar los jueces es que, con mucha
frecuencia, la misma naturaleza de los hechos dificulta establecer la proporcionalidad
de la pena; así ocurre, por ejemplo con delitos contra la salud, contra la humanidad,
contra el medio ambiente, la captación ilegal de ahorros, la especulación, los delitos
políticos. Por eso los ordenamientos penales no prescriben que, por ejemplo, se
queme la casa de quien provocó premeditadamente un incendio con intenciones
criminales, ni que se viole al violador. La famosa Ley del talión que reza “ojo por ojo,
diente por diente”, no es apropiada por nuestros tiempos. Pero esto no debe
interpretarse como una invitación a la cobardía disfrazada de tolerancia hacia los
delincuentes, sino que los asociados han comprendido que es necesario sobreponer
toda una gama de valores por encima de quien se condena. Que el estado responda
los actos perversos de los criminales con el criterio retaliativo es una actitud
repudiable.

La pena de muerte se justificaría si con ella se extirparan las verdaderas causas


de la criminalidad. Mientras existan aberrantes injusticias sociales como la
desigualdad ante la justicia, la tenencia de la tierra en manos de una élite que ni la
trabaja ni la facilita para que el campesino la cultive; mientras exista desidia
gubernamental y política para satisfacer las necesidades de vivienda, educación,
salud, trabajo y de justicia, no- es justo que se legalice un castigo tan drástico. Con la
pena de muerte, es cierto, se amenaza al potencial delincuente, pero eso no soluciona
la raíz de los problemas causantes de la violencia.

No es un secreto que en nuestro país el peso de la ley muy pocas veces recae sobre
sectores sobre privilegiados. Numerosos peculados, sobornos, contrabando técnico y
toda una cadena de conductas delictivas que cometen miembros de la clase
privilegiada se quedan sin castigo. Numerosos delincuentes de cuello blanco que se
enriquecen con la complacencia de diversos sectores políticos y del mismo gobierno,
permanecen libres, mientras que las cárceles están llenas de desarraigados sociales,
sin poder económico ni de otra clase para presionar al sistema para que los declare
inocentes. Con toda seguridad, que de aprobarse la pena de muerte, sólo a este
sector se le aplicaría.

Definitivamente, la pena de muerte es un cruel castigo cuya aplicación embrutece a


quien la aplica, colocándolo en el mismo plano de los delincuentes a los que se le
aplica. Si la vida es el principal derecho humano, el suprimirla es la primera violación, y
si el Estado quien oficializa el crimen, agrava la violación. Cuando una ley no surte el
efecto por el cual es creada, lo mejor es no aprobarla.

PUBLICADO POR ASTRIBENITEZ EN 16:32

HTTP://[Link]/2009/07/ENSAYO-ARGUMENTATIVO_28.HTML

RESUMEN:
Cada vez que los medios de comunicación del país informan sobre hechos delictivos y las
intenciones de individuos, los defensores de la pena de muerte se fortalecen, tal actitud encierra
una seria contradicción en los países y comunidades donde existe la pena de muerte creen que
es el castigo más justo. Al hacerlo, sugiere implícitamente a otros posibles asesinos que matar al
enemigo es una forma legítima de resolver problemas humanos.

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