DIOS NO EXISTE
El ateísmo proclama que dios no existe. No dice nada sobre la utilidad de la religión o incluso
de la utilidad de creer que dios existe. Usted puede ser un(a) ateo(a) y creer que la religión
debería ser valorada por sus beneficios sociales. Puede sentirse de igual manera acerca de la
mera creencia en la existencia de dios. Existen ateos así. Puede creer en dios y odiar
apasionadamente la religión. Algunos creyentes lo hacen. Y, se da por sabido, los creyentes
más inteligentes son más inteligentes que los ateos más bobos. Irrelevancias al margen, ¿hay
razones para el ateísmo?
El ateísmo surge de un razonamiento en dos etapas. La primera establece que creer en dios
está injustificado. La segunda establece que la negación de dios está justificada: aunque la
primera etapa no prueba que dios no exista, resulta suficiente para justificar la afirmación de
que no existe.
Creer en dios está injustificado porque no hay razón para creer en dios. Hay presuntas pruebas
de la existencia de dios: las pruebas ontológica y cosmológica. La ontológica es demasiado
abstrusa para que merezca aquí una discusión; tiene poco predicamento entre los creyentes.
La prueba cosmológica dice que debe haber una primera causa, a saber, dios. Pero no hay
razón alguna de por qué una primera causa debería ser algo parecido a dios, ni por qué debe
ser [Link] una causa es explicar un evento, y explicar un evento es dar cuenta de cómo
se produjo. Pero postular cualquier guisa de primera causa no explica nada; simplemente
coloca una entidad para la que no hay explicación al comienzo de la cadena causal. Así que la
prueba cosmológica no tiene fuerza.
Las otras razones aducidas para creer en dios son la fe y el orden del universo. La fe no
solamente es una sinrazón, ni tampoco es una razón para creer en algo. La fe de que hay dios
puede sentirse de forma diferente a la fe de que mi equipo ganará, pero ningún sentimiento,
sea de la intensidad o calidad que sea, puede hacer de la no prueba una prueba. Sabemos que
la fe más intensa puede estar equivocada acerca de cuestiones mundanas. ¿Por qué debería
ser más fiable sobre cuestiones mucho más peliagudas?
El único motivo remotamente plausible para creer en dios es también el más popular: el de
que hay algún tipo de diseño en el universo. Esto no prueba que un dios diseñó la naturaleza,
pero no tiene que hacerlo, porque si la naturaleza tiene un diseñador, dios es una suposición
bastante buena.
Los ateos responden argumentando que el orden biológico en la naturaleza está mejor
explicado por la adaptación selectiva que por el diseño. Esto parece correcto, pero no justifica
el ateísmo. Por un lado, durante los últimos 300 años ha habido teístas –"deístas"— que
sostienen que dios opera a través de las leyes de la naturaleza; quizás dios diseñó a través de
la selección natural. Por otro lado, incluso una buena apuesta por la mejor explicación no
elimina a todas las finalistas. Que deberíamos preferir la mejor explicación es una regla
empírica de la metodología, no una certeza matemática ni un inquebrantable dictado de la
experiencia. Lo que es peor, los filósofos de la ciencia tienen dificultades para explicar
exactamente lo que hace una explicación "mejor": el criterio abarca conceptos resbaladizos
como "elegancia", "potencia sistemática" e "informatividad" que hasta el momento han
eludido una definición precisa. Quizás es por ello que Dawkins, por ejemplo, defiende algo
menos que el ateísmo. Como los anuncios del autobús, dice "probablemente dios no existe",
pone en duda más que niega la existencia de [Link] somos más cautelosos en nuestros
argumentos, podemos serlo menos en nuestras conclusiones. Antes de razonar sobre el diseño
en la naturaleza, necesitamos conocer lo que cuenta como evidencia para el diseño. La
naturaleza, como veremos, no nos ofrece tal evidencia. Ello no solamente refuta el argumento
del diseño; nos da razón suficiente para profesar el ateísmo.
Cuando nos preguntamos por la evidencia, ésta debe ser del tipo accesible para nosotros, no,
por ejemplo, apelando a los viajeros del tiempo o alienígenas que pueden detectar radiaciones
que nosotros no podemos. Que nosotros sepamos, hay seres que han encontrado evidencia
del diseño en la naturaleza, pero lo que cuenta es si hay evidencia disponible para nosotros. Y
no hay.
¿Qué podemos tomar como evidencia del diseño? Debemos empezar con cosas de las que
estamos muy seguros que han sido diseñadas. Otras cosas ofrecen evidencias de diseño en la
medida que se asemejan a otras. Ninguna de las evidencias es absolutamente concluyente:
incluso si vemos a alguien hacer un vestido utilizando un patrón es posible, sí, que estemos
alucinando. Pero cualquiera que sea su certeza, la evidencia caerá en una de estas dos
categorías: la de la procedencia y la del patrón.
Si nos ponemos a rastrear la procedencia de un objeto desde un proceso de producción
conocido, entonces sabemos que está diseñado. No importa a lo que se asemeje el objeto. Si
encontramos una pieza de arcilla de forma irregular, y oímos de amigos de confianza que se
trata del trabajo de un artista, y preguntamos al artista por ello que a su vez nos dice que lo
hizo pero lo desechó, tendremos una potente evidencia de que la pieza de barro fue diseñada.
En la naturaleza no tenemos evidencias de la procedencia. No vemos a dios creando erizos de
mar; no tenemos aún informes suyos haciendo tal cosa. El erizo no dispone de una etiqueta
que diga "hecho con orgullo por dios". Los que afirman que ven la mano de dios en las cosas
están haciendo una metáfora, no una aserción literal. Así que si queremos una prueba del
diseño en la naturaleza, debe ser la evidencia del patrón. Pero aquí está el problema que
supone la diferencia entre el éxito o el fracaso: la naturaleza no ofrece ninguna evidencia de
tal guisa.
La evidencia del patrón consiste enteramente en las semejanzas con las cosas que, a través de
la evidencia de la procedencia, ya sabemos que han sido diseñadas. Con el orden o la función
no basta. Si tuviéramos una lengua escrita o hablada de forma muy diferente, si nada de lo que
hiciéramos fuera formado como las letras de nuestro alfabeto, no tendríamos razón alguna
para ver diseño en un patrón como "SALIDA". Las bicicletas, los relojes y las tijeras, a diferencia
de los globos oculares, nos proporcionan evidencia de patrones de diseño porque sabemos,
mediante la evidencia o la procedencia, que la gente diseña y fabrica tales cosas. Cuanto más
general es el patrón, más débil es la evidencia: los cubos, por ejemplo, también se encuentran
en algunos minerales, así como muchas otras formas regulares. Pero un cubo de tamaño
mineral con alguna procedencia, con algún indicio de prácticas humanas, sí que ofrece
evidencia: no el cubo desnudo, sino los bloques con letras para niños o los símbolos o números
en los dados de póker.
Los patrones de la naturaleza muestran orden y complejidad, pero no tienen trazas de
procedencia ni ninguna semejanza con las cosas que sabemos han sido diseñadas. Si
encontrásemos mamíferos con forma de BMW o flores parecidas a tijeras, ello podría ser una
evidencia del diseño. No encontramos nada parecido, así que no tenemos tal evidencia.
Incluso si miles de fábricas comenzaran a fabricar enormes cantidades de piedras normales y
corrientes, no nos ayudaría. Entonces no podríamos conocer si una piedra normal o corriente
había sido diseñada o no. No saber que algo está diseñado no es una buena razón para
suponer que ha sido diseñado. Ya que nada en la naturaleza nos proporciona evidencia de
diseño, el argumento del diseño no puede siquiera ser tenido en cuenta.
Esta falta de evidencia no prueba la no existencia de dios. A pesar de ello, hace mucho más
que refutar un argumento: nos da razones para abrazar el ateísmo. Tiene más sentido que
decir "no sé si dios existe" o incluso "probablemente dios no existe", afirmar que dios no
existe. Esto tiene que ver con las condiciones bajo las cuales nos sentimos autorizados a
afirmar algo. Siempre que decimos cualquier cosa damos por sentado que puede menoscabar
nuestra afirmación el escepticismo extremo. Tenemos derecho a negar que duendes
indetectables cabalgan en las gotas de lluvia o que las estatuas del monte Rushmore recitan
frecuentemente poesía francesa, o que Mickey Mouse tiene un reino oculto en la Amazonia.
Podemos negar estas cosas aunque sabemos que, hablando estrictamente, podríamos estar
equivocados. Todos podríamos estar alucinando o haber pasado por alto algunas evidencias
decisivas. Pero estas incertidumbres "metafísicas" ya son siempre asumidas cuando afirmamos
que algo no ocurre o no existe.
Es engañoso llevar esta incertidumbre metafísica de fondo al primer plano hablando de
probabilidades. Cuando en realidad afirmamos probabilidades –"probablemente lloverá esta
semana"— basamos nuestra afirmación en observaciones del mundo real. Podemos citar, por
ejemplo, la frecuencia observada en que determinadas condiciones de la meteorología
producen lluvia. Las afirmaciones de probabilidad, en otras palabras, están ellas mismas
basadas en la evidencia. No son movimientos neuróticamente prudentes para protegernos de
resultados que no podemos esperar de ninguna manera a base de las observaciones. No
decimos: "probablemente nosotros no tenemos tentáculos". Decimos que no los tenemos. No
sentimos alguna necesidad de cubrirnos el culo por si acaso hemos estado alucinando todas
estas décadas. Así debe ser con la existencia de dios. Si omitimos el "probablemente" de
"probablemente nosotros no tenemos tentáculos", deberíamos omitirlo de "probablemente
dios no existe".
¿Tenemos aquí demasiada cientificidad? ¿Es demasiado racionalista? Stanley Fish nos advierte
contra el exceso de confianza en "las afirmaciones del ateísmo basadas científicamente": "que
se encuentran delante de la necesidad de elegir, de un lado, entre una fe imperfecta religiosa
que mira alto y, por el otro lado, una fe espectacularmente orgullosa en el poder de la razón
por sí sola y un progreso sin contenido, pero que, como el capitalismo que refleja y extiende,
sabe entrar sin ofrecer valor alguno en cada recoveco."
Fish está rajando a un hombre de paja: el pensamiento científico se basa en mucho más que
"el poder de la razón por sí sola". La observación no es la razón, pero es una parte muy grande
de la ciencia. También lo es la imaginación, que se extiende profundamente no solamente en
la teoría y en la construcción experimental sino también en las matemáticas, de las cuales no
podemos pensar que implican exclusivamente la lógica o el pensamiento "lineal". Por otra
parte, la elección de una teoría respecto de otra supone, como es ampliamente entendido,
consideraciones casi estéticas como potencia y elegancia, que son invocadas para decidir entre
hipótesis igualmente bien confirmadas. Estas consideraciones y otras normas epistemológicas
se adaptan fácilmente bajo la rúbrica de "valores". Y si la emoción no tiene lugar en el
argumento científico, evidentemente tiene mucho que ver con lo que motiva a los científicos
para emprender un proyecto en lugar de otro. Por último pero no menos importante, la
ciencia no tiene ninguna prueba de sus supuestos más básicos. Los científicos a menudo
necesitan tener fe en la ciencia, en sus conocimientos, habilidades, objetivos y métodos. En
otras palabras, la ciencia abarca una gama completa de actividad mental humana. La
diferencia es que la ciencia despliega imaginación, emoción y fe al servicio del descubrimiento,
no de delirios. Lo que se ha descubierto nos da derecho a negar muchas cosas, incluida la
existencia de dios.