TALLER REALIZACION AUDIOVISUAL I 2007
LA REGLA DE LOS TERCIOS
Si, de vez en cuando, analizamos nuestro ya abultado álbum fotográfico y lo
comparamos con las fotos de los profesionales, es fácil darse cuenta de que hay algo que
aún falla. No hablamos de supermodelos, de decenas de flashes de estudio ni de
localizaciones paradisíacas. Es algo que, si bien no se ve, se aprecia: la composición de la
toma no es tan perfecta como podría serlo. De hecho, ésta se rige por diversas normas -
unas más estrictas que otras- y principios. En esta ocasión, trataremos una de las más
importantes; tanto, que sólo sabremos que la dominamos cuando podamos ignorarla sin
poner en peligro la composición de la escena. Su nombre, la regla de los tercios (1/3)3.
Una tendencia humana -sobre todo de los amantes del orden y la perfección- es
centrar todos los motivos y buscar una simetría total en la toma. Esto, que parece estar
dentro de la lógica, suele convertirse en un grave error. La percepción humana no es lógica;
se rige por una serie de fundamentos entre los cuales la afirmación “cuanto más centrado
mejor” no tiene un hueco especialmente importante.
Aunque hay múltiples normas que orientan la composición de una imagen, la regla
de los tercios es de las más importantes. Hace unos cuantos cientos de años, los antiguos
artistas y matemáticos descubrieron la sección áurea, dividiendo un todo en dos partes, de
forma y manera que la parte menor es a la mayor como la mayor lo es al todo. Este
postulado consiste en dividir los lados del encuadre en tres partes iguales. Partiendo de
estas divisiones, se trazan rectas paralelas
a la base y a la altura. Los puntos en los
que estas rectas se cruzan son los vértices
de un rectángulo central en la toma,
denominado zona áurea.
Centrando a un sujeto, sólo conseguiremos que la
composición carezca de encanto, volviéndose estática y
aburrida.
Otra dimensión
En esta nueva dimensión, que es la zona áurea, situaremos nuestros principales
motivos fotográficos, pues serán los puntos en los que se encuentran los núcleos de
atención. Hay que tener cuidado, no obstante, de no saturar los cuatro puntos de la zona
áurea, pues si fuese éste el caso, tendríamos cuatro focos de fuerte interés, con lo que
existiría una abultada confusión compositiva.
La teoría marca que en la zona áurea debe colocarse un solo elemento principal,
mientras que en el ángulo contrario colocaríamos un motivo de interés secundario, de tal
forma que tendríamos una línea diagonal que aún reforzaría más a ambos elementos. La
ubicación de estos objetos principales de la imagen en dos vértices contrarios de la zona
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áurea atrae la visión del espectador. Así, la huida de la simetría en la imagen crea una
armonía compositiva mucho más interesante para el ojo humano.
Colocando los dos motivos principales en puntos fuertes opuestos -la
persona y el rótulo con la palabra "cine"-, logramos un equilibrio
compositivo que dota de una gran riqueza comunicativa el resultado final.
Uno más uno, más uno
La regla de los tercios será un poderoso aliado cuando
tengamos un fondo con líneas horizontales –véanse, por
ejemplo, los paisajes. En estos casos, utilizaremos la
división en tercios para disponer la línea del horizonte en el
encuadre. Si aceptásemos el colocar el horizonte en el
centro geométrico, lo que obtendríamos sería una
composición plana y sin expresividad. Si, por el contrario,
nuestros motivos de referencia fuesen líneas verticales,
usaremos los márgenes de la zona áurea como zona de
referencia para los motivos principales.
Situando al sujeto -línea vertical- en el margen
izquierdo de la zona áurea, logramos dar fuerza a la
composición; algo que, de haberlo centrado, no sería
posible.
En otro tipo de tomas con múltiples
objetos, como pueden ser los bodegones,
utilizaremos los puntos de la zona áurea
para colocar un elemento principal,
mientras en el vértice opuesto -como ya
hemos indicado- situaremos otro motivo de
relevancia inferior al primero, de forma que
se trace una línea diagonal que rompa con
la monotonía compositiva. No obstante, hay que tener presente que una toma con multitud
de elementos no puede ceñirse a la regla de los tercios al cien por cien.
En el caso de la fotografía, los retratos también son un
pasto fácil para la regla de los tercios. En este caso, el secreto
está en colocar la mirada en la línea que marca el tercio superior;
sin embargo, el hecho de romper la simetría puede resultar en
estos casos algo complicado, aunque, si lo logramos, el resultado
será muchísimo mejor que si utilizásemos una simple simetría
lineal.
Aunque los retratos no son el mejor ejemplo de rotura de la simetría, es aconsejable
no dejarse llevar por las soluciones fáciles y tratar de buscar una ubicación de la
mirada cerca de algún punto de la zona áurea.
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Aunque la regla de los tercios, como muchos muy acertadamente indican, no es una
ley, sí que es una referencia compositiva de peso. Sin embargo, no debemos tomárnosla al
pie de la letra. Habrá casos en los que este regla no tiene cabida. Sin embargo,
encontraremos otra multitud de situaciones en las que esta regla será casi de obligado
cumplimiento.
La perspectiva, en busca de las tres dimensiones
En muchas ocasiones, la toma final nos queda "plana", sin vida, sin fuerza. Para dotar a una
imagen de una cierta tridimensionalidad que la acerque aún más a la realidad, utilizamos la
perspectiva. Nos servimos, pues, de los elementos que están naturalmente en el encuadre,
de tal manera que, entre el fondo de la escena y su primer
término, exista una distancia más psicológica que física.
Los manuales afirman que la perspectiva es “un sistema
de proyección, sobre un plano de dos dimensiones, de
objetos o sujetos que son de tres, y que mantienen
entre ellos relaciones espaciales. Es la apariencia que
adquieren los objetos de acuerdo a la distancia y
posición que guardan con respecto al ojo observador”.
Basándose en esta definición, un buen uso de las líneas y
elementos en general preexistentes en la escena propicia
un efecto conocido como tridimensionalidad.
Dotar de un "fondo" a un objeto del que sólo percibimos su anchura y altitud
es tarea del fotógrafo. Para lograrlo, nos ayudamos de la perspectiva.
En escenas donde se amontonan muchos
elementos sin dar concesiones a la profundidad, lo
único que logramos es una confusión visualbastante
desagradable para el ojo observador.
De la teoría a la práctica
La profundidad de la escena se consigue
combinando muchos elementos: líneas
convergentes y divergentes, tamaños
relativos (perspectiva lineal), zonas de
diferente luminancia y nitidez (perspectiva
aéreo-luminosa), etc. Las imágenes con un marcado índice de profundidad suelen ser más
interesantes y fáciles de entender para la percepción humana y captan el interés en mayor
medida que una fotografía plana y de tono homogéneo.
La convergencia de líneas es uno de los recursos más empleados para suscitar la
sensación de tridimensionalidad en la denominada perspectiva lineal. Dos o más líneas
paralelas que se prolongan hasta el infinito acaban por juntarse en un punto del plano,
denominado punto de fuga. Este punto suele ser uno de los principales candidatos a ocupar
un puesto en alguno de los vértices de la zona áurea.
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Acentuando la realidad
Otra forma de acentuar la perspectiva valiéndonos de
la convergencia de las líneas es empleando acertadamente
las diferentes focales de las que disponemos. Los angulares
separan los planos, dando la falsa sensación que el fondo
dista mucho con respecto al primer término. Empleando
estas lentes, junto a la convergencia de líneas y una buena
profundidad de campo, podemos obtener imágenes con una
gran sensación de perspectiva.
Unamos un par de líneas que convergen -en otras palabras,
"se fugan"- en un punto fuerte de la zona aúrea y una gran parte
del trabajo compositivo estará terminado.
La perspectiva aéreo-luminosa, por otro lado, se
basa sobre todo en la explotación de la diferencia de
luminancia y nitidez entre planos para conseguir algo
parecido al enfoque diferencial. De esta forma, empleando
diafragmas abiertos –sin que sean extremos, con tal de
conservar aún una cierta nitidez de enfoque-, y
combinándolos generalmente con focales cortas,
conseguimos separar los planos y, al mismo tiempo, centrar
la atención en los encuadres nítidos. Este tipo de captura
de la perspectiva se apoya también en las diferencias de
luminosidad entre los diferentes planos. Es el caso, por
ejemplo, de la caída de luz en los fondos que se produce al
utilizar un flash.
El uso de focles cortas que exageran la perspectiva y separan planos nos
será también de bastante utilidad para dotar a una imagen de un aceptable
nivel de tridimensionalidad.
Aunque en la vida real la profundidad y tridimensionalidad ocupan el ciento por
ciento de la realidad, en el mundo audiovisual este porcentaje no es tan elevado. No serán
pocas las ocasiones en que debemos forzar las líneas o los tonos de la escena para dotar
de profundidad a la toma. Un ejemplo, a modo de conclusión: un paisaje del Polo Norte,
carente de líneas y con un único color –el blanco-, puede presentarse plano; una buena
solución ante la ausencia de líneas, en esta ocasión, será jugar con las distintas tonalidades
del hielo.