—Si pudiéramos definirlo, dejaría de ser un peligro —dijo—.
Pero a cualquier hora, de día o de noche, un telegrama suyo me
hará acudir en su ayuda.
—Con eso me basta —se levantó muy animada de su asiento,
habiéndose borrado la ansiedad de su rostro—. Ahora puedo ir
a Hampshire mucho más tranquila. Escribiré de inmediato al
señor Rucastle, sacrificaré mi pobre cabellera esta noche y
partiré hacia Winchester mañana —con unas frases de
agradecimiento para Holmes, nos deseó buenas noches y se
marchó presurosa.
—Por lo menos —dije mientras oíamos sus pasos rápidos y
firmes escaleras abajo—, parece una jovencita perfectamente
capaz de cuidar de sí misma.
—Y le va a hacer falta —dijo Holmes muy serio—. O mucho me
equivoco, o recibiremos noticias suyas antes de que pasen
muchos días.
No tardó en cumplirse la predicción de mi amigo.
Transcurrieron dos semanas, durante las cuales pensé más de
una vez en ella, preguntándome en qué extraño callejón de la
experiencia humana se había introducido aquella mujer
solitaria. El insólito salario, las curiosas condiciones, lo liviano
del trabajo, todo apuntaba hacia algo anormal, aunque estaba
fuera de mis posibilidades determinar si se trataba de una
manía inofensiva o de una conspiración, si el hombre era un
filántropo o un criminal. En cuanto a Holmes, observé que
muchas veces se quedaba sentado durante media hora o más,
con el ceño fruncido y aire abstraído, pero cada vez que yo
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