—No, señor, la verdad es que no —respondí con firmeza.
—Ah, muy bien. Entonces, no hay más que hablar. Es una pena,
porque en todos los demás aspectos habría servido de
maravilla. Dadas las circunstancias, señorita Stoper, tendré que
examinar a algunas más de sus señoritas.
La directora de la agencia había permanecido durante toda la
entrevista ocupada con sus papeles, sin dirigirnos la palabra a
ninguno de los dos, pero en aquel momento me miró con tal
expresión de disgusto que no pude evitar sospechar que mi
negativa le había hecho perder una espléndida comisión.
—¿Desea usted que sigamos manteniendo su nombre en
nuestras listas? —preguntó.
—Si no tiene inconveniente, señorita Stoper.
—Pues, la verdad, me parece bastante inútil, viendo el modo en
que rechaza usted las ofertas más ventajosas —dijo
secamente—. No esperará usted que nos esforcemos por
encontrarle otra ganga como ésta. Buenos días, señorita Hunter
—hizo sonar un gong que tenía sobre la mesa, y el botones me
acompañó a la salida.
Pues bien, cuando regresé a mi alojamiento y encontré la
despensa medio vacía y dos o tres facturas sobre la mesa,
empecé a preguntarme si no habría cometido una estupidez. Al
fin y al cabo, si aquella gente tenía manías extrañas y esperaba
que se obedecieran sus caprichos más extravagantes, al menos
estaban dispuestos a pagar por sus excentricidades. Hay muy
pocas institutrices en Inglaterra que ganen cien libras al año.
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