MAESTRÍA EN ENSEÑANZA EN ESCENARIOS DIGITALES
Curso: El Contexto Sociocultural e Histórico. Tendencias.
CLASE 2°
Dra. Clara Olmedo
La Brecha Digital
Introducción
En esta instancia compartiremos reflexiones en torno a uno de los debates más
candentes que rodean al desarrollo e implementación de las tecnologías de la
información y la comunicación (TIC): la brecha digital. Esto ha dado lugar a diversas
instancias formales (académicos y gubernamentales) de debate a nivel nacional e
internacional, de los cuales han surgido proyectos, programas y agendas de gobierno
en materia tecnológica. Desde las miradas más optimistas a las más pesimistas, todos
los analistas coinciden en reconocer que las personas, los países o las regiones no han
tenido igual acceso ni han alcanzado todos los beneficios potenciales que supone la
implementación de la nuevas tecnologías. Entre esos beneficios se encuentra la
educación, para la cual las TIC se consideran una herramienta que contribuiría a cerrar
las brechas o desigualdades ya existentes.
En esta clase abordaremos la brecha digital de una manera general, ahondando en sus
significados y dimensiones, partiendo por reconocer que la misma debe analizarse en
un contexto social en el que se cruzan otro tipo de brechas sociales. Las TICS son un
fenómeno contemporáneo, o como vimos en la clase anterior un “suceso globalizador”
y “novedoso”, que identifica a nuestro tiempo, a la vez que ha modificado nuestra
forma de vida y ha redefinido las formas en que nos comunicamos, trabajamos,
estudiamos, etc.
¿De qué hablamos cuando hablamos de brecha digital?
En una primera y abstracta aproximación, la brecha digital nos refiere a ese espacio o
distancia que separa a los que “tienen-poseen” de los que “no tienen-carecen” de
acceso a las nuevas tecnologías. Una definición tan abstracta que, iniciada en los años
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Argentina.
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noventa, ha generado mucha confusión y frustración entre los investigadores y
gestores-hacedores de políticas públicas (Hilbert, 2011). Por ello, todo esfuerzo por
alcanzar una definición de brecha digital será infructuoso a menos que el problema se
lo aborde desde un enfoque multidimensional.
Para comenzar, debemos tener presente que en torno a las nuevas tecnologías no hay
una sola brecha, sino muchas brechas: entre grupos sociales e individuos, entre
sectores, entre países o entre regiones del mundo. Por lo mismo, hablar de brecha
digital supone reconocer el lugar y las condiciones desde donde se aborda el problema.
En este sentido, y posicionados en América Latina, identificada con el conjunto de
países en vías de desarrollo, la reflexión se debe dar en varios niveles.
En un primer nivel de análisis, debemos formularnos dos preguntas que nos ubican en
un debate que va más allá del enfoque “tienen-poseen” o “no tienen-carecen” del
acceso a las nuevas tecnologías: 1) ¿El achicamiento de la brecha digital es una vía para
alcanzar el desarrollo de nuestras sociedades? o 2) ¿El desarrollo es una condición
necesaria para afrontar los desafíos que supone la brecha digital? En este debate
encontraremos diversas posturas que, de nuevo, dependerán del lugar y las
condiciones desde donde se aborda la brecha digital. Un análisis interesante lo
encontramos en el trabajo de Alma Rosa Alva de la Selva, para quien la brecha digital
se inscribe y explica en el marco de las desigualdades estructurales de América Latina
(De la Selva, 2014). Aún más, la brecha digital viene a sumarse o profundizar el
universo de desigualdades ya existentes en nuestra región. Esta autora se embarca en
una perspectiva crítica de la llamada sociedad de la información, en tanto fenómeno
novedoso de la era de la globalización y estrategia de la nueva etapa del capitalismo
avanzado para confrontar sus persistentes crisis.
El concepto de Sociedad de la Información ingresó al pensamiento académico, político y
económico a partir de finales de los años sesenta, en el marco de una progresiva
intervención de los Estados Unidos de América en el sector informativo y en la industria
cultural, así como en medio de la creciente importancia de las telecomunicaciones y la
informática en el ámbito de la comunicación (De la Selva, 2014, pág. 267).
En ese marco, De la Selva plantea a la sociedad de la información como una nueva y
frustrada promesa para alcanzar el progreso universal, de la mano de las TIC. “El sueño
del desarrollo retronaba a América Latina” (De la Selva, 2014, pág. 271), ahora bajo el
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paraguas del neoliberalismo y dirigido por los lineamientos del Consenso de
Washington, en tanto estrategia de supervivencia del orden económico, amenazado
por las recurrentes crisis. En el marco de la desregulación de los mercados, las
reformas estructurales y las privatizaciones de amplios sectores de las economías
latinoamericanas, el campo de la informática y la electrónica se vuelve el centro
neurálgico de la nueva etapa del capitalismo, que demanda una conectividad sin
fronteras para la libre circulación de mercancías y capitales (en particular los
financieros).
El discurso predominante entre los años setenta y noventa del siglo pasado se ubican
en el plano de la primera pregunta: ¿El achicamiento de la brecha digital es una vía
para alcanzar el desarrollo de nuestras sociedades? Comenzando con la expansión de
la informática en los países desarrollados, pasando por el uso de Internet (sintetizados
hoy en los conceptos de TIC y Sociedad de la Información) muchos analistas daban por
sentado que la incorporación de las nuevas tecnologías en el Tercer Mundo conduciría
a equiparar los niveles de desarrollo de esos países con el mundo industrializado, pues
pondría en manos de los ciudadanos y gobiernos herramientas que ampliarían las
oportunidades de igualación tecnológica y, por tanto, económica. Una perspectiva
activamente “fogoneda” por lo impulsores y defensores de estas tecnologías, que
suponían que las mismas transformarían la vida de los habitantes del Tercer Mundo
(Tedesco, 2005; De la Selva, 2014; Camacho, 2005; García-Gómez, 2004; Robles, 2007).
Una entusiasta perspectiva, que se puede equiparar a la que se vivió en la mitad del
siglo XX, con las promesas de la industrialización sustitutiva1.
1 El modelo conocido como “sustitución de importaciones” hace referencia a un modo de acumulación impulsado en el período de
la segunda post guerra en la mayoría de los países latinoamericanos. Este modelo fue el fruto de un largo proceso que comenzó a
gestarse en el período de entreguerras, durante el cual se produjo la quiebra de la bolsa de New York en 1929, lo que dio origen a
la crisis conocida como “la gran depresión” de los años 30. Los efectos de esa crisis financiera, más los causados por la Primera y
luego la Segunda Guerra Mundial provocaron un fuerte sismo en las economías agroexportadoras, como la Argentina. La
capacidad de compra de los mercados externos, de los que dependían las economías agroexportadoras, se redujo notablemente.
Esto desestabilizó también la capacidad de compra de importaciones de nuestros países, y ello forzó un cambio de modelo de
acumulación, lo que se conoce como “sustitución de importaciones”. Bajo este modelo, los productos importados que se
adquirían en los mercados externos comenzaron a ser fabricados en el país. Esto cambió la lógica productiva, laboral, salarial,
demográfica y cultural de nuestro país. Para más información sugiero: López, A. (2002) “Industrialización sustitutiva de
importaciones y sistemanacional de innovación: un análisis del caso argentino” (disponible en
[Link] ; Guillén, A. (2008). “Modelos de desarrollo y estrategias alternativas en América
Latina. América Latina y desarrollo económico” (disponible en
[Link] ; FitzGerald, V. (1998). “La CEPAL y la
teoría de la industrialización. Revista de la CEPAL” (disponible en
[Link]
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Desde una mirada diferente, aquel fue considerado un razonamiento lineal que, al
cabo de los años, mostró sus limitaciones y también generó grandes frustraciones.
Lejos de las promesas de la sociedad de la información, la pobreza, la exclusión y la
desigualdad se encuentran entre los más graves problemas de la sociedad global del
siglo XXI. Y si bien en América Latina la desigualdad constituye un problema de larga
data, es reconocido que en los últimos años se ha agravado, surgiendo desigualdades
nuevas de tipo económico, social y cultural (De la Selva, 2014, pág. 272).
Este enfoque crítico lo podemos ubicar en el plano de la segunda pregunta: ¿El
desarrollo es una condición necesaria para afrontar los desafíos que supone la brecha
digital?, desde donde se hace un análisis de las TIC en el marco del contexto de
desigualdades existentes y persistentes en los países en vías de desarrollo (Reygadas L.
, 2004; Reygadas L. , 2008; De la Selva, 2014; Tedesco, 2005). En esta mirada se
considera que entre las nuevas desigualdades del mundo globalizado, la brecha digital
se entrecruza con nuevas formas y figuras de trabajadores y trabajadoras precarizadas,
inmigrantes que huyen desde las regiones más pobres del globo buscando
oportunidades en el Primer Mundo, grupos étnicos desplazados de sus territorios,
donde el proyecto globalizador y de capitalismo avanzado busca ampliar el
“supermercado” de recursos naturales, etc. En este contexto, los “desconectados” no
solo están desconectados del mundo digital, sino de las condiciones mínimas de
existencia, léase alimentación, salud, educación, vivienda. Es sabido que cerca del 40%
de la población mundial vive con menos de U$D 2,00 por día, y un 20% lo hace con
menos de U$D 1,00. (Hilbert M. , 2010) . Y es en este contexto de análisis donde la
brecha digital se entiende como un “nuevo rostro” de la desigualdad en América Latina
en el siglo XXI (De la Selva, 2014; Reygadas L. , 2008; Reygadas L. , 2004)
No obstante, no todo son bondades en esta revolución informática. Día a día vemos
como aparecen nuevas formas de exclusión propiciadas precisamente por estas
tecnologías y es que no todos consiguen hacer suyos los beneficios derivados de su
aplicación. En cualquier caso, la realidad de una brecha tecnológica entre los pudientes y
no pudientes, entre enchufados y desenchufados, es efecto y causa de otra serie de
fracturas también visibles que afectan y definen aspectos sociales, económicos y
culturales de los ciudadanos de un mismo país y entre países ya que, ante todo, lo que
subyace en la problemática de la brecha digital es la controversia entre inclusión y
exclusión digital (García-Gómez, 2004, pág. 4)
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En un segundo nivel de análisis, la complejidad del problema fue dejando paso a otro
tipo de reflexiones. En los países del Tercer Mundo la globalización y su novedosa
Sociedad de la Información fue provocando “un desplazamiento del eje central de la
desigualdad: cada vez actúan con mayor fuerza otros mecanismos generadores de
desigualdad, como la concentración de oportunidades y las diferencias entre distintos
niveles de inserción en las redes globales, que reflejan una desigualdad por
desconexión” (De la Selva, 2014, pág. 273). De esta forma, el abordaje de la brecha
digital fue trascendiendo la abstracta aproximación que ubicaba el debate y la
definición de la brecha digital en el campo de los que “tienen-poseen” y los que “no
tienen-carecen” de acceso a las nuevas tecnologías. Este desplazamiento en el debate
tiene gran importancia, pues como bien plantea Hilbert (2011), de la definición o
concepción que se tenga de la brecha digital dependen, en gran parte, las estrategias
de acción o políticas de gobierno en la materia. No obstante, es importante señalar
que este desplazamiento no supone desconocer la importancia que, en el siglo XXI, las
TIC juegan en el desarrollo de los países de nuestra región, su potencial en materia
productiva, educativa y también de participación ciudadana (Norris, 2001; Galperín,
2017).
En este nuevo escenario, la brecha digital se entreteje con otras muchas brechas del
campo social, cultural y tecnológico. Así, el renovado debate de la brecha digital
diferencia el análisis entre el acceso (primera del debate) y el/los usos que las
personas hacen de las TIC (segunda fase del debate), como lo plantea De la Selva
(2014). El análisis de estas dos fases de la brecha digital va a estar atravesado por
diversos aspectos sociales, entre los cuales se subrayan la condición socioeconómica,
la edad, el nivel educativo, el género, o la pertenencia a grupos étnicos. Sin perder de
vista la importancia y las dificultades que supone el acceso, el foco ahora está puesto
en los usos de las TIC, pues acá radica una de las mayores dificultades para que las
personas saquen pleno provecho de las potencialidades que ofrecen estas tecnologías.
En este sentido, la brecha digital ya no solo se aborda para comprender las diferencias
o distancias que separan a los que poseen de los que no poseen acceso a las TIC, sino a
las diferencias que existen entre los mismos “conectados”, es decir, la calidad de los
usos que se hacen los “conectados” de las mismas (Camacho, 2005; De la Selva, 2014).
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Fue evidente, entonces, que más difícil que la carencia del equipo y conexión es la
“barrera de los usos”, dado que ésa se relaciona con la capacidad de un individuo para
lograr explotar los recursos de las TIC y aplicarlos a sus necesidades. Esa es, según
Castaño (2008), la segunda brecha digital: una desigualdad que depende de las
habilidades y capacidades de los cibernautas para participar y desarrollarse en la
Sociedad de la Información (De la Selva, 2014, pág. 275).
En un tercer nivel de análisis, el reconocimiento de las brechas digitales entre los
mismos “conectados” fue dando lugar a otra dimensión importante en el análisis: la
apropiación que hacen los actores sociales de las TIC. Ya no solo se trata de analizar las
posibilidades y dificultades para el acceso y los diferentes usos que se hacen de las
tecnologías. El grado de aprovechamiento de las potencialidades de éstas va a estar
vinculado a las formas en que los sujetos se apropian, lo que, a su vez, estará mediado
por las características sociales (capital cultural, capital social y capital económico) e
individuales (género, capacidad cognitiva y actitudes), tal como se plantea desde la
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en un estudio que aborda
los desafíos que suponen las TIC para la educación en América Latina (Sunkel, 2012) .
En esta misma línea, Martin Hilbert aborda la apropiación de las TIC en tanto proceso
complejo en el cual el autor diferencia cinco fases: 1) Exposición a la innovación; 2)
Aceptación y desarrollo de una actitud positiva o negativa; 3) Decisión de aceptar o
rechazar la innovación; 4) Implementación y uso; y 5) Aceptación de la utilidad de la
innovación y disposición para continuar y mejorar. Este último aspecto supone que el
sujeto no solo hace un uso efectivo de la innovación, sino que ha comenzado a
internalizar sus beneficios y la puede adaptar a sus propias necesidades [traducción
propia, (Hilbert M. , 2011, pág. 15)].
Profundizando el análisis, y en base a estudios en diferentes países, el proceso de
apropiación refleja diferentes patrones según se trate de países desarrollados o en vías
de desarrollo. Así, Hilbert agrega una nueva dimensión, muy poco considerada en la
mayoría de los estudios, que se refiere al tipo de acceso: público-colectivo (cibercafés,
bibliotecas, centros comunitarios) o privado-individual. Este aspecto adquiere
particular importancia en los países en vías de desarrollo, donde el acceso público-
colectivo es una de las vías más económicas para acceder al mundo digital (Hilbert M. ,
2010).
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En el vasto cúmulo de miradas de la brecha digital, el informe de la UNESCO del 2005
subraya un aspecto clave: el cognitivo. Al respecto es interesante la distinción que aquí
se plantea entre Sociedad de la Información y Sociedad del Conocimiento. En palabras
del Director General de la UNESCO, Koichiro Matsuura, “La sociedad de la Información
en gestación cobrará su pleno sentido si propicia el surgimiento de sociedades del
conocimiento pluralistas y participativas, que sepan integrar en vez de excluir”
(UNESCO, 2005). Aún más, el informe aboga por un conocimiento “compartido-
colaborativo” que va a contramano de la actual tendencia a la mercantilización del
mismo, por medio del polémico derecho de propiedad intelectual.
¿Será posible que el día de mañana todos puedan ocupar el lugar que les corresponde
en las sociedades del conocimiento, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma,
religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición
económica, nacimiento o cualquier otra condición? ¿Se convertirá una vez más el
conocimiento en un poderoso factor de exclusión, al avivarse la tentación de
apropiárselo por la ventaja que da a quienes lo poseen con respecto a los desposeídos
de él? (UNESCO, 2005, pág. 175)
Y en el camino hacia la Sociedad del Conocimiento Compartido, el informe de la
UNESCO señala a la brecha cognitiva como uno de los principales obstáculos. Ésta es
una brecha que hace referencia a la diferencia entre los sujetos que pueden producir o
participar de la producción del conocimiento y los que tienen impedimentos cognitivos
para hacerlo. Según Koichiro Matsuura, la brecha cognitiva es “mucho más honda y
antigua, que no solo traza una divisoria profunda entre los países hemisféricos Norte y
los hemisféricos Sur, sino también dentro de cada sociedad”. “Para la UNESCO, abatir
la brecha cognitiva constituye uno de los más grandes desafíos en la edificación de las
sociedades del futuro. Fue así como comenzaron a surgir posturas que visualizaron a la
brecha digital como una cuestión central del desarrollo” (De la Selva, 2014, pág. 276).
Por último, quiero compartir con ustedes un enfoque que, con una interesante mirada
del potencial político que alberga el uso de las TIC, combina tres dimensiones de la
brecha digital. Me refiero al trabajo de Pippa Norris, quien por primera vez propuso la
noción de digital gap en el 2001. En su libro Digital divide: Civic engagement,
information poverty, and the Internet worldwide (2001) analiza la brecha digital en tres
niveles: 1) brecha global, que hace referencia a las diferencias que existen entre las
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naciones; 2) brecha social, que refiere a las diferencias entre los sujetos info-ricos y los
info-pobres; y 3) brecha democrática, que hace referencia a la diferencia entre quienes
hace uso pleno del potencial de Internet para aumentar su participación en los
procesos políticos y aquellos que no lo hacen (Villanueva, 2006). Según la percepción
de Norris,
The chief concern about the digital divide is that the underclass of info-poor may
become further marginalized in societies where basic computer skills are becoming
essential for economic success and personal advancement, entry to good career and
educational opportunities, full access to social networks, and opportunities for civic
engagement" (Norris, 2001, pág. 68)
Norris está convencida que las TIC contienen un potencial político que puede impactar
positivamente en la sociedad civil, balancear las relaciones de poder y mejorar los
sistemas democráticos. En esta misma línea encontramos el planteo de Manuel
Martínez Nicolás, quien nos habla del potencial emancipador de las nuevas tecnologías
Este autor considera a “los nuevos medios basados en la digitalización (y en particular
Internet) como estructura de oportunidades para el impulso de la participación política
de la ciudadanía” en virtud de “su amplísima capacidad como soporte informativo y,
sobre todo, por su aptitud para la interacción comunicativa (la llamada interactividad)
(Nicolás, 2011, pág. 4).
Tomando esta dimensión política del uso de las TIC, Norris hace referencia a los nuevos
movimientos sociales y los partidos políticos que aún se mueven en los márgenes del
sistema partidario. De hecho el uso de Internet por parte de los movimientos anti-
globalización es un ejemplo claro del impacto que las nuevas tecnologías pueden tener
en el ámbito político y un caso en el que la brecha democrática se supera y mejora la
participación ciudadana. En una revisión que se hace de la obra de Norris, Leslie Shade
plantea que con este libro la autora pretende dar cuenta de dos posturas opuestas: la
optimista, que resalta el potencial de las nuevas tecnologías para la vida democrática,
y la escéptica-pesimista, que considera que el uso de las tecnologías es solo el reflejo
de intereses de la clase dominante-capitalista (Shade, 2002), posicionándose
claramente en la primera de ellas. Sin embargo, Shade (2002) cuestiona el optimismo
de Norris, quien deja de lado el hecho que el potencial político del uso de las nuevas
tecnologías, y en particular Internet, también está permitiendo el surgimiento de
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movimientos que van en sentido contrario a la democracia. Se refiere a los
movimientos racistas, supremacistas blancos, anti-semitas, sexistas, homofóbicos, etc.
De esta forma, uno de los problemas que atraviesa al desarrollo e implementación de
las TIC, la brecha digital, ha sido y seguirá siendo objeto de intensos debates. Sin lugar
a dudas, el dinamismo de las nuevas tecnologías y la complejidad de los contextos
socioculturales en que cada innovación tecnológica se despliega seguirán haciendo de
esta temática un debate siempre abierto. Es por ello que necesitamos acercarnos a
esta problemática desde nuestros lugares para identificar los desafíos que nuestras
comunidades enfrentan con el avance de las nuevas tecnologías. Claro está que son los
gobiernos, y más específicamente, los gestores-hacedores de políticas públicas las/os
que deben conocer en profundidad este problema, pero también las/los que somos
parte de la academia y la educación estamos llamados a acercarnos a los problemas
que conciernen a los nuevos modos de enseñar y aprender.
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