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Cuentos cortos de abuelita y más

Este documento narra la boda entre el barón Schritten y la duquesa Artikel de Sajonia en la catedral de Colonia. Acudió la nobleza y personalidades europeas. La duquesa tenía fama de ambiciosa y de haberse casado varias veces por interés, aunque tenía dos hijas no muy agraciadas. El barón Schritten tenía una hija de su primer matrimonio, Casandra, que era bella pero malcriada. Tras la boda, la familia se instaló en el castillo del barón, pero Casandra no rec

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Cuentos cortos de abuelita y más

Este documento narra la boda entre el barón Schritten y la duquesa Artikel de Sajonia en la catedral de Colonia. Acudió la nobleza y personalidades europeas. La duquesa tenía fama de ambiciosa y de haberse casado varias veces por interés, aunque tenía dos hijas no muy agraciadas. El barón Schritten tenía una hija de su primer matrimonio, Casandra, que era bella pero malcriada. Tras la boda, la familia se instaló en el castillo del barón, pero Casandra no rec

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Abuelita
 
Abuelita
Autor: Hans Christian Andersen
Abuelita
Abuelita es muy vieja, tiene muchas
arrugas y el pelo completamente blanco,
pero sus ojos brillan como estrellas, sólo
que mucho más hermosos, pues su
expresión es dulce, y da gusto mirarlos.
También sabe cuentos maravillosos y
tiene un vestido de flores grandes,
grandes, de una seda tan tupida que
cruje cuando anda.
Abuelita sabe muchas, muchísimas cosas,
pues vivía ya mucho antes que papá y
mamá, esto nadie lo duda. Tiene un libro
de cánticos con recias cantoneras de
plata; lo lee con gran frecuencia. En
medio del libro hay una rosa,
comprimida y seca, y, sin embargo, la
mira con una sonrisa de arrobamiento, y
le asoman lágrimas a los ojos.
¿Por qué abuelita mirará así la marchita
rosa de su devocionario? ¿No lo sabes?
Cada vez que las lágrimas de la abuelita
caen sobre la flor, los colores cobran
vida, la rosa se hincha y toda la sala se
impregna de su aroma; se esfuman las
paredes cual si fuesen pura niebla, y en
derredor se levanta el bosque, espléndido
y verde, con los rayos del sol filtrándose
entre el follaje, y abuelita vuelve a ser
joven, una bella muchacha de rubias
trenzas y redondas mejillas coloradas,
elegante y graciosa; no hay rosa más
lozana, pero sus ojos, sus ojos dulces y
cuajados de dicha, siguen siendo los ojos
de abuelita.
Sentado junto a ella hay un hombre,
joven, vigoroso, apuesto. Huele la rosa y
ella sonríe - ¡pero ya no es la sonrisa de
abuelita! - sí, y vuelve a sonreír. Ahora se
ha marchado él, y por la mente de ella
desfilan muchos pensamientos y muchas
figuras; el hombre gallardo ya no está, la
rosa yace en el libro de cánticos, y...
abuelita vuelve a ser la anciana que
contempla la rosa marchita guardada en
el libro.
Ahora abuelita se ha muerto. Sentada en
su silla de brazos, estaba contando una
larga y maravillosa historia.
- Se ha terminado -dijo- y yo estoy muy
cansada; dejadme echar un sueñecito.
Se recostó respirando suavemente, y
quedó dormida; pero el silencio se volvía
más y más profundo, y en su rostro se
reflejaban la felicidad y la paz; habríase
dicho que lo bañaba el sol... y entonces
dijeron que estaba muerta.
La pusieron en el negro ataúd, envuelta
en lienzos blancos. ¡Estaba tan hermosa,
a pesar de tener cerrados los ojos! Pero
todas las arrugas habían desaparecido, y
en su boca se dibujaba una sonrisa. El
cabello era blanco como plata y
venerable, y no daba miedo mirar a la
muerta. Era siempre la abuelita, tan
buena y tan querida. Colocaron el libro
de cánticos bajo su cabeza, pues ella lo
había pedido así, con la rosa entre las
páginas. Y así enterraron a abuelita.
En la sepultura, junto a la pared del
cementerio, plantaron un rosal que
floreció espléndidamente, y los
ruiseñores acudían a cantar allí, y desde
la iglesia el órgano desgranaba las bellas
canciones que estaban escritas en el libro
colocado bajo la cabeza de la difunta.
La luna enviaba sus rayos a la tumba,
pero la muerta no estaba allí; los niños
podían ir por la noche sin temor a coger
una rosa de la tapia del cementerio. Los
muertos saben mucho más de cuanto
sabemos todos los vivos; saben el miedo,
el miedo horrible que nos causarían si
volviesen. Pero son mejores que todos
nosotros, y por eso no vuelven.
Hay tierra sobre el féretro, y tierra
dentro de él. El libro de cánticos, con
todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con
todos sus recuerdos, se ha convertido en
polvo también. Pero encima siguen
floreciendo nuevas rosas y cantando los
ruiseñores, y enviando el órgano sus
melodías. Y uno piensa muy a menudo en
la abuelita, y la ve con sus ojos dulces,
eternamente jóvenes. Los ojos no mueren
nunca.
Los nuestros verán a abuelita, joven y
hermosa como antaño, cuando besó por
vez primera la rosa, roja y lozana, que
yace ahora en la tumba convertida en
polvo.
FIN.
 

AGUA DEL POZO


 

AGUA DEL POZO


Autor : Desconocido.
AGUA DEL POZO
Había una vez una vez un hombre de noble cuna , que
después de atravesar el desierto llego a un poblado
lleno de árboles y huertos y lo primero que encontró
fue un pozo , sediento como estaba se acerco para
saciar su sed , pero el agua estaba tan profunda , que
era inaccesible y nada de su alrededor podía facilitarle
el alcanzar el agua , por ello decidió sentarse junto al
pozo a esperar que pasara alguna cosa y confiando en
Dios.
Al poco rato , se aproximo una mujer con una jarra
asentada en su cadera y una cuerda en la mano. Al
verle allí sentado , con una sonrisa le saludó. - " La paz
de Dios sea contigo"y el le respondió .-" Su paz sea
contigo"Y la mujer sin decir nada , deslizo de sus
manos la cuerda dentro del pozo y atada en un extremo
la jarra , que hizo descender lentamente y con cuidado
luego se oyó el chapoteo de la jarra al hundirse en el
agua , entonces la mujer alargando el brazo , removió
la cuerda para que se llenara el recipiente y empezó a
tirar de ella hacia arriba con fuerza y cuidado.
Mientras el hombre sentado al lado del pozo le contaba
, lo mucho que había viajado y que había conocido
todo tipo de pozos .La mujer de cuando en cuando se lo
miraba sin dejar de sonreir...y tiraba y tiraba de la
larga cuerda subiendo la jarra .
Yo he conocido pozos mucho mas grandes que este y he
probado aguas salobres y otras mas dulces y parece
mentira la gama de sabores que pueda tener el
agua...El hombre comentaba . Ella le dirigía alguna
mirada asintiendo sus palabras...al final haciendo un
último esfuerzo la mujer cogió por un asa la jarra, la
descanso sobre el borde del pozo y recogió la cuerda ,
agarro la jarra mojada se la planto al costado y
dirigiendo una mirada al hombre le dijo .-" Pues muy
bien , estad con Dios.." y se marcho.
El hombre sin moverse de donde estaba vio como se
alejaba la mujer y abatido se dispuso a esperar que
Dios en su Misericordia le proporcionara la manera de
poder beber agua de aquel pozo...
Fin.
LA CENICIENTA II
Autor: José Luis Marqués Lledó
 

CAPÍTULO I

El Príncipe de Sajonia

La catedral de Colonia estaba a rebosar, habían acudido a la ceremonia


gentes de todos los confines de Alemania y no era para menos, se
celebraban allí los esponsales entre el barón Schritten y la duquesa Artikel
de Sajonia. La flor y nata de la nobleza europea y las personalidades más
destacadas de la burguesía se encontraban presentes.

El barón Schritten, además de pertenecer a la nobleza alemana, era un


destacado diplomático conocido en el mundo entero; por ese mismo motivo
asistían también, personalidades de la diplomacia internacional y de las
finanzas.

En el exterior del templo estaba congregada una multitud incontable de


personas de todas las clases sociales que no se querían perder el evento.

Agitando todo tipo de banderas y pañuelos vitoreaban la llegada en


coches descubiertos, tirados por briosos corceles, primero, el barón
Schritten, y algo más tarde, la duquesa Artikel de Sajonia, la cual iba ya por
su tercer marido; del primero había enviudado rápidamente y del segundo,
del que también enviudó, tenía dos hijas : Segismunda y Ludovica.

De la duquesa se decían muchas cosas y no muy buenas por cierto,


(murmuraciones infundadas o provocadas, más bien), entre ellas que era una
mujer ambiciosa, que había ido escalando puestos en la escala social con sus
estratagemas y sus sucesivos matrimonios, aunque también se reconocía, en
su favor, que era mujer de gran belleza, lo que había servido a sus intereses
en sus anteriores relaciones, y también en ésta, según se decía
maliciosamente.

Sin embargo, sus hijas no habían heredado su belleza, pues eran más
bien tirando a feillas; eso sí, se arreglaban y acicalaban con gran cantidad
de potingues para disimular sus no muy agraciados rostros.

El barón Schritten, también había estado casado anteriormente con una


buena mujer que le había dado una hija bellísima, Casandra, la cual había
heredado la bondad de su madre aparentemente. Ésta, había muerto muy
joven, dejando a Casandra al cargo de su padre, tan sólo con tres añitos.

La crianza de la niña no había sido nada fácil por los numerosos viajes del
barón, lo que había obligado a éste a dejar a la niña al cuidado de un
preceptor y del ama de llaves, quien era verdaderamente la que había
criando a la chiquilla, con toda clase de mimos y caprichos, y eso había
configurado su personalidad.

La ceremonia y su posterior celebración se llevaron a cabo con gran


esplendor y las fiestas de esponsales duraron una semana en el castillo que
el barón poseía en el condado de Spielwiese.

Una vez acabadas éstas, la calma, la normalidad y el sosiego volvieron al


castillo, y el barón y su flamante esposa con sus tres hijas retomaron sus
actividades cotidianas, es decir, el barón sus viajes y la ya baronesa a
dirigir el castillo y la hacienda de su esposo; pero no sabía lo que le
esperaba. Casandra no era tan buena como se decía, ni la baronesa era la
mala del cuento, ¡qué va! ¡Ah!, ni sus hermanas Segismunda y Ludovica eran
tampoco lo que la gente murmuraba; eran poco agraciadas, eso sí, aunque no
tanto como la gente murmuraba, pues eran de una gran belleza interior. Con
tanta nobleza, que nada más llegar al castillo lo primero que desearon fue
abrazar a su hermana Casandra y ofrecerle su cariño y amistad, pero …¡Qué
decepción! Casandra no salió ni siquiera a recibirlas, con gran enfado de su
padre el barón, pero esto ya es otra historia.

Transcurridos dos años después del feliz acontecimiento, ya habían


surgido los primeros roces entre Segismunda y Ludovica con su hermana
Casandra, a quien le gustaba llamarlas “hermanastras”, con el fin de
humillarlas y demostrarles su intención de no considerarlas nunca hermanas
suyas.

Un día, Casandra vio a su hermana Segismunda con un precioso vestido


azul cielo, que la verdad, no le sentaba nada mal, y sintió un arrebato de
cólera, tal y como acostumbraba a tenerlos cuando quería salirse con la suya
desde muy niña, y de repente la acusó de habérselo robado.

Segismunda lloró y lloró, intentando demostrar que era suyo y que jamás
le quitaría nada a nadie y menos a su hermana, pero no le sirvió de nada.

Casandra, apoyada por su ama de llaves, acusaron a la muchacha de


ladrona y de nada valieron sus lamentos. Al final tuvo que quitarse el vestido
y dárselo a Casandra.

Ésta no tuvo la menor intención de ponérselo y demostrando una vez más


su ira y su orgullo lo rompió, lo hizo jirones aduciendo que ella jamás se
pondría ya una ropa que había sido usada por otra persona.

Casandra y su ama de llaves, humillaron e insultaron a Segismunda, la cual


se retiró a su cuarto con gran desconsuelo.

La baronesa, que no estaba en ese momento en el castillo, se irritó sobre


manera al enterarse, y defendió a su hija atestiguando que aquel vestido era
suyo, y que jamás, sus hijas habían quitado nada a nadie, a lo que Casandra
contestó que su padre se enteraría del gran disgusto que Segismunda le
había dado. No obstante la baronesa amaba tanto a su marido, que prefirió
echar tierra encima de aquel asunto con el fin de no atraer hacia sus hijas la
cólera de aquella niña mal criada y la oposición de su marido, pues al fin y al
cabo era su hija natural.
 

Para pacificar sus relaciones, la baronesa mandó hacer tres vestidos


iguales, cada uno a la medida de cada muchacha y del color que cada una
quisiera; sus dos hijas se alegraron mucho y dieron las gracias a su madre,
pero Casandra afirmó que jamás aceptaría ningún regalo a la vez que sus
hermanas.

Pasaron los meses y aquel asunto quedó aparentemente olvidado.

El barón Schritten regresó de aquel largo viaje cargado de regalos para


sus tres hijas y sin hacer ninguna diferencia entre ellas, pero Casandra, se
fue a la cocina con los criados y su ama de llaves, donde habitualmente se
encerraba por puro deseo, sin hacer mucho caso a los obsequios que su
padre le había traído, no así Segismunda y Ludovica que abrazaron al barón,
a quien consideraban, ya su padre, con gran fervor y entusiasmo. También
para su esposa hubo bonitos regalos que ésta agradeció con sinceridad,
temerosa de que Casandra le contara a su padre el incidente ocurrido con el
vestido y se lo contara faltando a la verdad, como ya había puesto de
manifiesto.

Pues bien, vino a ocurrir un hecho trascendental en la vida del pequeño


condado de Spielwiese y por supuesto en el castillo del barón. El Príncipe
heredero de Sajonia, estaba recorriendo el país en busca de una esposa,
pues ya había cumplido los veintisiete años y debería casarse pronto y dar
un heredero a la Corona.

El Príncipe Humberto, pues tal era su nombre, no buscaba sólo belleza en


la mujer elegida, sino sobre todo, bondad, nobleza y sinceridad, cualidades
éstas, que aún no había encontrado en ninguna muchacha en ninguno de los
condados que había visitado con anterioridad. No era imprescindible para él,
que la elegida fuera de sangre real, únicamente debería poseer esas
cualidades que el Príncipe consideraba imprescindibles en su futura esposa.

¿Encontraría esas cualidades en alguna muchacha del condado de


Spielwiese? ¿Sería Casandra tal vez? ¿Podría ser la elegida Segismunda? ¿O
sería Ludovica, la desposada?

Antes de que viniese el Príncipe Humberto, sus emisarios anunciaron a


bombo y platillo su llegada. Todos los nobles se disputaban ser ellos su
anfitrión y las mozas del condado soñaban con ser ellas las futuras esposas
de ese príncipe azul.
Naturalmente la noticia llegó al castillo de Spielwiese, y Casandra
empezó a urdir un plan maquiavélico para enamorar al príncipe, pero sobre
todo para que sus hermanas no tuvieran ninguna opción.

Casandra, utilizando sus malas artes y con la ayuda de sus criados, hizo
correr, entre los habitantes de Spielwiese, una historia infundada, según la
cual, la baronesa y sus hijas, se portaban muy mal con ella desde que el
barón se había ido de viaje, y le daban tan mala vida, que la habían
convertido en su criada personal, sometiéndola a toda clase de vejaciones,
como tenerla encerrada en la cocina entre ollas y fogones y poniéndola el
mote de “La Cenicienta”.

Nada más incierto, pero Casandra tenía un gran poder e influencia entre
los habitantes del pueblo, no en vano había nacido allí y era la hija natural
del barón a quien todos adoraban. Muy Pronto, Casandra pasó a llamarse,
entre las gentes del pueblo: “La pobre Cenicienta” y con este sobrenombre
ha pasado a la historia.

¿Lograría la malvada Casandra sus propósitos y se saldría con las suyas?


¿Descubrirán, al final todos, la maldad de Casandra? Aparentemente no,
porque la historia pasó a convertirse en un cuento que ha recorrido todo el
mundo y que ha hecho enternecer a muchos niños y niñas de distintas
generaciones. ¿Pero sucedió así?

La Cenicienta no es quien dice ser, en el famoso cuento como ahora


veremos. Pronto descubriréis de qué es capaz la malvada Casandra y hasta
dónde la llevarán sus retorcidas intenciones con la ayuda de otros
personajes siniestros como… Pero mejor será que sigamos leyendo esta
narración.

Corría el año del Señor de 1570 cuando el Príncipe Humberto de Sajonia


llegó con todo su séquito a la villa de Spielwiese, alojándose en un palacete
propiedad de uno de los hacendados del lugar. Todas las autoridades, nobles,
y la más alta burguesía, acudieron a recibirle con gran boato y toda clase de
halagos, sobre todo aquellos que tenían hijas en edad casadera. Sin
embargo, el Príncipe, tras saludar a todos y cumplir el protocolo al que
estaba obligado, bajó los escalones del palacio, salió por la puerta principal y
saludó al pueblo que se congregaba en los alrededores; es más, hizo algo más
que eso, se mezcló con la gente, acarició a los niños y sus guardias
personales se las vieron y se las desearon para sacarle de allí. Eso provocó el
alborozo de la gente, metiéndoselo en sus corazones para siempre; así pasó
a llamarse El Príncipe Humberto, “El querido”.
Después de su llegada triunfal, se reunió con las autoridades de
Spielwiese, a quien expuso sus intenciones y escuchó sus propuestas, las
cuales eran diversas: debería el Príncipe seleccionar a las muchachas más
nobles y elegir entre ellas, dijeron unos, escoger entre aquellas de
ascendencia más fértil, que le garantizaran la descendencia, dijeron otros,
y algunos propusieron escoger entre las más ricas y los menos realizaron un
sinfín de proposiciones a cual más disparatada.

Pero el Príncipe, se mantuvo firme en su idea de elegir, si es que la


encontraba en Spielwiese, entre todas las muchachas del pueblo que
reunieran las cualidades que él buscaba, sin importarle la clase social a la
que perteneciera, por lo que ordenó convocar una recepción, allí mismo, en
su palacio para todas las chicas casaderas sin distinción; decisión que no
gustó a casi nadie, ni a sus consejeros, ni a los nobles, ni por supuesto a los
hacendados del lugar.

Rápidamente se publicó un bando, anunciando el baile que se celebraría


en el plazo de tres días. La carrera había empezado y las muchachas
casaderas corrían de un lado para otro en busca del mejor vestido, el mejor
peinado, el mejor maquillaje, etc.

Así las cosas, una fiebre colectiva recorría cada pequeña aldea, cada
casa, cada rincón donde hubiese una muchacha joven, esperando que llegase
el gran día, el día de la recepción en que con un poco de fortuna cada una de
ellas pudiera ser la elegida.

Mientras tanto, en el castillo de Spielwiese, Casandra preparaba su


estrategia particular con la ayuda inestimable de su perversa ama de llaves;
las dos invocaban a su hada madrina, la cual era tan perversa como ellas.

Sus dos hermanas, mientras tanto, ultimaban los preparativos, cosiendo,


planchando y probándose sendos vestidos que lucirían en la recepción. Ellas
habían hablado con Casandra y le habían propuesto acudir juntas, en
representación de su padre a la ceremonia, pero Casandra se había negado
en rotundo, alegando que allí, la única hija del barón Schritten, era ella y que
por consiguiente iría aparte, siendo ella, la que presentara las credenciales
del condado de Spielwiese.

Segismunda y Ludovica se habían dado por vencidas con todo el dolor de


su corazón, pues su mayor deseo era ser aceptadas por Casandra como
hermanas, pero naturalmente no sospechaban lo más mínimo qué estaba
tramando su hermana.
Cuando llegó el gran día, Casandra no se levantó de la cama, su cara
estaba pálida y decía tener fuertes dolores de estómago; la baronesa
decidió entonces llamar al médico, el cual vino rápidamente a reconocer a la
enferma. Sugirió que se trataba de una pequeña indigestión y le recetó unas
infusiones de poleo y manzanilla, así como una dieta blanda, pidiéndole por
favor que no se levantara de la cama en todo el día.

Sus hermanas subieron a su cuarto para interesarse por su salud y cosa


rara, ésta les mostró su agradecimiento, las cogió de las manos y les dijo
que lamentaba mucho no poder asistir a la gran recepción del príncipe, a lo
que sus hermanas adujeron que tampoco asistirían ellas.

Casandra, con voz melancólica y expresión de tristeza les pidió


encarecidamente que fueran, en su nombre y en el de su padre, ya que ella
no podría asistir. Tal fue su sentimiento, que Segismundo y Ludovica le
prometieron que irían con su madre al evento aunque con gran pesar, e
intentarían dejar muy alto el gran nombre del barón Schritten y el del
condado de Spielwiese.

CAPÍTULO II

El conjuro

El carruaje esperaba a las puertas del castillo, mientras la baronesa y


sus hijas se despedían de Casandra. – Nos apena mucho dejarte sola, todavía
estamos a tiempo de quedarnos contigo y mandar una misiva de disculpa al
Príncipe-

- No, de ninguna manera- contestó Casandra- Vosotras debéis ir en


nombre de mi padre, mejor dicho de nuestro padre; sería un agravio para su
alteza real, que ningún miembro de la familia Schritten, acudiera a la cita,
sabiendo además, como sabe, que el barón tiene tres hijas en edad de
contraer matrimonio – No, de ninguna manera, debéis de ir todas y además
divertiros, ya que yo no podré. Venga dadme un abrazo y marchaos ya.

Así lo hicieron las tres mujeres, abrazaron a Casandra y salieron del


cuarto. Nada más lo hubieron hecho, Casandra saltó de la cama, fue hacia el
balcón y permaneció allí hasta que vio como su madrastra y sus dos hijas,
subían al coche de caballos y se alejaban del castillo.
A continuación, llamó al ama de llaves, la abrazó y le dio las gracias por la
pócima que le había suministrado y que tan buen efecto había provocado
aparentemente en su salud, tanto que ni el médico se había dado cuenta.
Aparentemente estaba muy mal, pero sólo aparentemente, pues Casandra se
encontraba como una rosa y dispuesta a seguir adelante con sus malas artes.

Para llevarlas a cabo, necesitaba la colaboración de alguien más, la


colaboración de su hada madrina. ¿Recordáis el hada madrina del cuento de
La Cenicienta? Aquélla, era una mujer anciana pero bella y bondadosa
¿recordáis? Pero no así el hada madrina de Casandra a quien conoceremos
bien pronto.

Casandra y el Ama de llaves, se reunieron en la cocina, mandaron a los


criados que salieran de la estancia y comenzaron el rito para que su hada
madrina apareciera; ya lo habían hecho otras veces y siempre había
aparecido después de aquella pequeña ceremonia consistente en mezclar
ceniza, con cabellos de Casandra, una pata de rana y un líquido humeante, de
naturaleza desconocida que había hecho el ama de llaves. Mientras toda
aquella mezcla hervía, las dos mujeres pronunciaban una retahíla de palabras
incoherentes, difíciles de entender; algo así como rascalá máscala tralará,
retruécano, pelícano barbecho preséntate en el lecho y así repetido varias
veces. Algo fallaba porque el personaje no se presentaba. Y otra vez:
rascalá máscala tralará, retruécano, pelícano barbecho preséntate en el
lecho. De repente un humo negro surgió en el centro de la habitación y
cuando desapareció, una mujer con traje largo negro y sombrero de pico,
apareció ante Casandra y su Ama de llaves. Aquí estoy, mi querida niña para
servirte de nuevo - ¿Cuál es tu deseo esta vez? – Mi deseo querida madrina
es hacer que el príncipe Humberto odie a mis hermanastras y a su madre,
que queden en ridículo delante de todos y que yo, tu ahijada, luzca
esplendorosamente.

Lo que me pides, mi querida Casandra, es muy complicado, pues tengo que


usar las malas artes contra ellas y eso, nos está prohibido a las Hadas
Madrinas, como tú sabes.

Ya lo sé, mi querida madrina, pero es que esas niñatas me han ofendido,


me han humillado y me están quitando el cariño de mi padre, quien se lleva
mejor con ellas que conmigo y eso no lo debes consentir, dijo Casandra en
tono irritado.

Está bien, Casandra, haré lo que pueda- Consigue un jirón del vestido que
te robaron, un trocito de tela del vestido que llevan tus hermanastras y su
madre; caza un ratón y tráemelo- ¡Ah! y una calabaza del huerto. Busca
también un par de saltamontes, pero date prisa porque tú debes ir también
a la fiesta, ya que serás el artífice mágico de los acontecimientos y
encantamientos que allí sucedan.

Al cabo de un rato Casandra, llevó todo lo que le había pedido su hada


madrina y ésta pronunció unas palabras mágicas sobre todos aquellos
objetos y animalitos y metió todo ello en una caja que cerró y selló. A
continuación le pidió a Casandra que llevara aquella caja al baile y la
escondiera en un lugar del palacio, sin que nadie lo viese. Por último le dio las
siguientes instrucciones y consejos.

Deberás, en primer lugar, dijo el Hada Madrina, llegar algo más tarde del
comienzo de la recepción, disculpándote amablemente ante el príncipe y
alegando que tus dos hermanas te han dejado encerrada para que no
acudieses. Después te mostrarás esquiva con ellas y les dirás que no deseas,
bajo ningún concepto hablarles; eso sí, deberás ser muy amable y cariñosa
con el príncipe y con el resto de personalidades allí presentes, pero todo el
mundo debe notar tu hostilidad. Luce también tu belleza, mi querida niña,
paséate con arrogancia y muéstrate como la digna heredera que eres del
barón.

Cuando bailes con el príncipe se cordial, muéstrate bondadosa, sumisa y


elegante, porque el príncipe es muy perspicaz e intuye cuando una persona
es egoísta, falsa, innoble, etc. Debes ser más lista que él y mostrar las
cualidades que el príncipe va buscando en las muchachas de este condado,
como ha hecho en otros anteriormente. Sé humilde y sencilla ante él;
esconde tus verdaderas intenciones.

¡Descuida madrina! Aseveró Casandra, lo haré exactamente como me


dices, ¡haciendo teatro soy única! Creo que sería una gran actriz.

Muy bien querida ahijada, no lo dudo, pero sigue escuchando el resto de


las recomendaciones. Cuando den las doce debes decir en voz baja: ¡Qué se
cumpla el sortilegio y a mis hermanas les pase lo que les deseo!

A continuación ocurrirán una serie de acontecimientos que te harán muy


feliz. ¡Anda, ve y diviértete mi querida niña!

A continuación el hada madrina desapareció y Casandra corrió


rápidamente a su cuarto para ponerse el vestido más elegante, las joyas más
relucientes, sus zapatos de cristal y su brazalete de oro.
Su ama de llaves, mientras tanto, la peinaba delicadamente y untaba
sobre su rostro los más caros maquillajes para darle brillo a su cara. la
verdad es que la muchacha estuvo espléndida al final del proceso ¡Qué
lástima que fuera tan mala! ¡Qué mala, malísima!

A continuación bajaron a las caballerizas, Casandra eligió la mejor


carroza, la que usaba su padre en las recepciones oficiales con el escudo
heráldico dorado de la familia, en la portezuela. Ella sabía que esta carroza
era exclusivamente de su padre, el cual había prohibido su uso para otros
menesteres, pero eso no pareció importarle a Casandra. A continuación,
desobedeciendo también las órdenes de su padre, eligió los seis corceles de
carreras, que no de tiro, que tenía el barón en las caballerizas, pues era muy
amante de las carreras de caballos y los criaba y cuidaba con gran esmero,
mandando a los palafreneros que los engancharan a la carroza.

Los pobres palafreneros, se miraron entre sí, pues sabían las órdenes de
su señor, pero no se atrevieron a contradecir a aquella niña mal criada y
consentida y menos ante la presencia del ama de llaves.

Además del conductor, Casandra, se hizo acompañar de un segundo


conductor y dos criados que ocuparon el estribo de la parte trasera de la
carroza.

Una vez hecho esto, se despidió de su ama de llaves, con un abrazo y una
cómplice sonrisa, se subió a la carroza y dio la orden de partir a gran
velocidad hacia el palacio del príncipe Humberto.

¿Qué ocurriría allí? ¿Qué malas artes había preparado la bruja?


Enseguida lo veremos, mejor dicho lo leeremos.

oooOOOooo

 
CAPÍTULO III

La recepción

El palacio donde se celebraba la recepción del príncipe Humberto, era un


hervidero de carrozas a cual más elegante y majestuosa de la que bajaban
preciosas damas, muy jóvenes todas ellas que lucían esplendorosas, pero
también acudían muchachas a pie con trajes más humildes, que llegaban al
palacio portando sendas invitaciones que les permitían acceder al interior
del palacio y mezclarse con las muchachas más distinguidas.

Allí llegaron, aproximadamente a las nueve y media de la noche, la


baronesa Schritten y sus dos hijas Segismunda y Ludovica; una vez
presentadas las invitaciones, pasaron al interior del palacio y entregaron sus
credenciales al chambelán del príncipe.

En el interior del palacio, una orquesta de veinte músicos interpretaba la


música más importante entre los clásicos alemanes del siglo XVI: Heinrich
Schütz, Giovanni Gabrieli, Monteverdi, etc, añadiendo un clima de sobriedad
y majestuosidad al acontecimiento.

Cada nueva muchacha que llegaba al recinto era anunciada por el


chambelán independientemente de su origen con la palabra señorita…

Cuando entraron la baronesa y sus dos hijas, fueron presentadas como:


Baronesa Schritten, y sus dos hijas, las señoritas Segismunda y Ludovica,
seguido de tres golpes secos sobre el suelo, con el bastón de mando del
chambelán.

A continuación, se les ofrecía un cóctel que era repartido por una


multitud de camareros por toda la sala, de la que pendían resplandecientes
lámparas de cristal de bohemia. Mientras unas departían con otras, el
príncipe las atendía a todas alternativamente.

Cuando llegó a la familia Schritten, estrechó las manos de las tres


mujeres, a lo que éstas respondieron con una leve inclinación de cabeza. A
continuación preguntó por el barón, al que le unía una gran amistad y del que
conocía su fama y su prestigio internacional.
Segismunda y Ludovica, se acordaron de su hermana Casandra, la cual se
hubiera sentido orgullosa de su padre, de haber oído los halagos del príncipe
Humberto y la disculparon ante él, alabándola y ensalzando sus virtudes,
contándole al príncipe su inoportuna enfermedad que todos habían
lamentado.

Después de una larga conversación, el príncipe, quedó prendado por la


belleza espiritual, naturalidad y bondad que emanaba de las dos muchachas;
para nada se fijó en la belleza o fealdad de sus rostros.

Sin embargo, Ludovica, llamó aún más si cabe su atención porque a todo
eso añadía su sencillez e ingenuidad, su maravillosa voz, dulce como la de los
Ángeles y se dijo así mismo que aquella muchacha era la que llevaba
buscando durante bastante tiempo. El príncipe se disculpó ante ellas, al
tener que atender a otras jovencitas que le estaban esperando como agua
de mayo, pero insistió en que volvería a hablar con ellas, en cuanto se
quedara libre.

Todo el mundo, pareció darse cuenta de ese intenso interés del príncipe
por Ludovica; hasta su hermana Segismundo y su madre, la baronesa, se
dieron cuenta y así se lo hicieron saber a Ludovica, quien se puso roja como
un tomate y pidió que la tragase la tierra, tal era su timidez y sencillez.

De repente, se produjo un imprevisto silencio, se oyeron dos golpes


secos y el gran chambelán, anunció con voz potente: Señorita Casandra
Schritten, hija del barón Schritten y señor del condado de Spielwiese.

En el dintel de la gran puerta de entrada al salón, apareció una bellísima


Casandra, que produjo un “ohhhhhhh” prolongado de la concurrencia
provocado por la belleza y majestuosidad de la muchacha.

Ni que decir tiene que la baronesa y sus hijas, quedaron estupefactas y


no se lo podían creer, pues habían dejado a Casandra enferma en su cama y
ahora lucía como si nada hubiera pasado. No obstante reaccionaron con
prontitud y acudieron al encuentro de su hermana.

-Querida Casandra- Cuanto nos alegramos de tu pronta mejoría y de que


hayas podido asistir y disfrutar de esta maravilla. ¡Ven! Te presentaremos al
príncipe, es encantador, amable y muy cariñoso. Seguro que se queda
prendado de tu belleza, -le dijeron –
No, contesto Casandra – No os necesito para nada, yo sola me presentaré
al príncipe, es más, aquí no os conozco de nada. Yo represento al barón, no
vosotras; así que no os acerquéis a mí.

Pero…No les dio tiempo a replicar, Casandra, con una gran sonrisa se fue
en busca del príncipe Humberto, dejando con un palmo de narices a las dos
hermanas y a su madre. ¿Y ésta es la pobre Cenicienta? dijo la baronesa,
más bien parece el mismísimo demonio.

Alteza, dijo Casandra, haciendo una leve genuflexión, mi nombre es


Casandra y os pido disculpas por mi tardanza; una fuerza mayor me ha
impedido llegar a tiempo y cumplir con el más estricto protocolo, como me
tiene enseñado mi padre, el barón Schritten. La sorpresa del príncipe fue
mayúscula, pues sabía de la enfermedad de Casandra, pero no obstante la
recibió con una amplia sonrisa.

Es un placer para mí conoceros Señorita Casandra, vuestro padre es uno


de los mejores amigos del mío, Su majestad el Rey y yo me enorgullezco
también de tener su amistad.

¿Pero qué os ha ocurrido? ¿Qué fuerza mayor ha sido esa, que os ha


impedido llegar a tiempo?- Me da una cierta vergüenza decíroslo Señor,
pero es que mis dos hermanas y su madre, segunda esposa de mi padre, a
quien ya habéis conocido, se han encargado de ello.

Pues ¿cómo? –Dijo el príncipe-

Veréis señor, ellas son personas muy celosas y ambiciosas y no deseaban,


de ninguna manera, que vos me llegarais a conocer, por lo que me encerraron
en la cocina, impidiéndome venir.

Si eso es así, es muy cruel por su parte, además mis criterios son otros,
no precisamente la belleza ¿Cómo podían estar celosas de alguien que no
conocen? pues yo no he tomado aún ninguna decisión

No lo sé alteza real, dijo Casandra poniendo cara de ingenuidad, como le


había recomendado su hada madrina, sólo ellas, que son personas envidiosas,
perezosas y ruines saben la verdadera causa; a pesar de su mala acción yo
las perdono señor, al fin y al cabo son mis hermanastras. – Serán tus
hermanas ¿no? – Bueno… mis hermanas, efectivamente.

- Bien, el caso es que ya estáis aquí y yo he tenido la oportunidad de


conoceros y os diré que el barón debe estar muy orgulloso de vos porque
sois muy bella. Habéis heredado la belleza de vuestra madre, de quien dicen
que su belleza era insuperable y su bondad también. Espero que esta
segunda cualidad también la hayáis heredado y ahora perdonadme, pero he
de ir a atender al resto de los invitados, -le dijo-

De repente, sonó una música de vals y todos miraron al príncipe ¿A quién


sacaría a bailar? Seguro que la elegida tendría muchas probabilidades de
ser su prometida. El príncipe Humberto avanzó por el pasillo alfombrado,
con paso lento, saludando a unas y a otras y se paró ante Ludovica. –
Señorita, ¿me concedéis este baile? – Ludovica se quedó estupefacta, su
madre y su hermana mostraron una sonrisa de alegría, pero la cara
inexpresiva de Casandra mostró, de repente, una alternancia entre la rabia,
el odio, la envidia, los celos y un sinfín de sentimientos negativos
encontrados. ¡Era el momento de actuar! Pensó

La pareja formada por el Príncipe y Ludovica, comenzó a girar en la pista


central al compás del vals; a continuación otras parejas siguieron a la
primera y pronto la pista se convirtió en un hervidero de bailarines, entre
ellas Segismunda, que daba vueltas y más vueltas asida a los brazos de un
apuesto joven.

De repente ocurrió algo que dejó a todos perplejos, las velas que
alumbraban las lámparas del salón se apagaron sumiendo a todos en una total
oscuridad. Pero ésta, duró unos pocos segundos, cuando volvieron a
encenderse una tremenda carcajada se produjo entre los asistentes:
Ludovica, Segismundo e incluso la baronesa lucían sendos vestidos
destrozados, hechos jirones, a través de los cuales se veían las enaguas y
otras prendas interiores, las pulseras y demás joyas, cayeron al suelo con un
gran estruendo convirtiéndose en baratijas e incluso los zapatos de las tres
mujeres habían desaparecido transformándose en zapatillas vulgares y
corrientes. Casandra había pronunciado las palabras mágicas que su madrina
le había recomendado.

Ellas quedaron paralizadas en el centro de la pista, mientras las gentes


se retiraban riéndose a mandíbula batiente; incluso el príncipe se separó de
Ludovica. Ésta rompió a llorar desconsoladamente y echó a correr escaleras
arriba, seguidas de su madre y su hermana.

El príncipe reaccionó con gran rapidez y las siguió también, pero no sólo
él, sino un gran número de hombres y mujeres que no se querían perder el
desenlace final.
Al salir a la calle, fueron en busca de su carroza, pero ésta, para mayor
ridículo, se había convertido en una carreta tirada por mulas y asnos y el
cochero había desaparecido, por lo que la baronesa tuvo que conducir la
carreta ella misma, alejándose de allí a paso de su propio nombre, es decir
de carreta Las tres mujeres lloraban desconsoladamente mientras se
escuchaban al fondo las carcajadas de todos.

No se lo podían creer, ¿qué les había ocurrido? Aquello era obra de


Casandra, seguro, su actitud era altamente sospechosa: primero estaba
enferma, luego buena, no iba a ir al baile, luego apareció de repente y por
último aquello, la mayor vergüenza que habían pasado jamás.

De pronto Ludovica, se dio cuenta que había perdido en la carrera una de


sus zapatilla. ¡Bueno! Para lo que valía, no merecía la pena ni pensar en ella.
Siguieron llorando desconsoladamente hasta llegar al castillo.

Una vez allí, las tres se cambiaron de ropa, cogieron sus enseres y las
pertenencias que pudieron reunir y llamaron al ama de llaves.

Cuando ésta se presentó, la baronesa le dijo: - ¿Sabéis algo acerca de la


rápida mejoría de Casandra? – Tenéis idea de algo fuera de lo normal que
haya ocurrido aquí? –No- contestó el ama de llaves. No señora, dijo muy
alterada la baronesa. No señora replicó ella.

Está bien, mis hijas y yo, no sufriremos más humillaciones en esta casa,
ya se han salido Vds. con la suya. Transmítale a mi esposo que nos vamos del
castillo ante unos acontecimientos que han provocado el mayor disgusto y la
mayor tristeza en mis hijas y en mí. ¿Debo decirle dónde las puede
encontrar, señora? No, decidle solamente, que ya tendrá noticias nuestras.
¡Ah! y también que le amo, sí decidle también que le amo.

Después de esta breve conversación, las tres mujeres pidieron un


carruaje de alquiler y se fueron con rumbo desconocido, lo más lejos posible
del castillo, le dijeron al cochero.

Llegaron a una aldea perdida entre las montañas del condado de


Spielwiese; allí alquilaron una pequeña casa donde vivirían en los próximos
meses hasta que organizaran de nuevo sus vidas.

Mientras tanto, Casandra, llegaba al castillo toda eufórica y con muchas


ganas de ver las caras de su madrastra y sus hijas ¡Cuánto se iba a reír! El
ridículo que las había hecho pasar, no se les olvidaría en la vida y además
delante del príncipe, quien seguro que las había descartado de su lista de
aspirantes. Ella estaba segura de que el príncipe se había fijado en ella,
cuya belleza destacaba sobre las demás pero… ¿Para qué querría el Príncipe
aquella correosa y sucia zapatilla que su hermana Ludovica había perdido en
la escalinata? ¡Bah! Para seguir riéndose de ella, seguro. – pensó -

Entró rápidamente en casa y encontró, muy seria y pensativa a su ama de


llaves. Casandra le preguntó el motivo de su seriedad y ésta le contó los
últimos acontecimientos: la baronesa y sus hijas habían abandonado el
castillo y eso enfadaría muchísimo al barón cuando se enterara y supiera las
causas. Aquello se había pasado ya de castaño a oscuro.

¡Eres una preocupona! Chilló casandra entre carcajadas enloquecidas. Si


se han ido, mejor, volvemos a estar como estábamos solas con papá, como
queríamos. Nos ha salido la jugada redonda. Papá, tú y yo y posiblemente yo
sea la próxima princesa de Sajonia, no te alegras por ello. El semblante del
ama de llaves, seguía siendo serio y preocupado.

De repente, Casandra reaccionó con otro ataque de histeria gritando:


¡Fuera de mi vista! ¡Si no estás conmigo, estás contra mí! Y ya no te
necesito. Mañana muy temprano te vas del castillo y no te quiero ver más
por aquí, ¡vete! ¡Fueraaaaa!

Casandra subió rápidamente a su cuarto se tiró sobre la cama y comenzó


a gritar y a patalear como una posesa.

¿Sucederían las cosas como las había planeado Casandra? ¿Sería ella la
futura esposa del Príncipe? ¿Dejaría de ver para siempre a su madrastra y a
sus hijas? ¿Comprendería su padre lo que había sucedido?

¿Para qué necesitaba a su ama de llaves? Es verdad que la había criado,


era su confidente y siempre la había ayudado, pero ahora la había
decepcionado y no merecía ya ser su amiga. Además, en un momento de
debilidad, podía revelarle a su padre lo que había sucedido en realidad. Lo
mejor es que se mantuviera a distancia, a mucha distancia, cuanto más lejos
mejor. Así con estos y otros pensamientos parecidos, se fue quedando
dormida.

 
oooOOOooo

CAPÍTULO IV

El desenlace

Al día siguiente de aquellos acontecimientos, aparecieron por todo el


condado de Spielwiese, sendos bandos, en los que se buscaba a la joven que
había perdido una zapatilla en las escalinatas de palacio del Príncipe de
Sajonia. En los próximos días, los emisarios del príncipe recorrerían todo el
territorio, de casa en casa, para poder localizar a la joven propietaria de la
zapatilla, a quien el heredero de la corona había decidido hacer su esposa.

Todas las jóvenes leyeron el bando: unas intentaron hacer trampas,


buscando la forma de adaptar aquella zapatilla a su pie y otras llenas de
sinceridad indicaron al emisario del príncipe que la zapatilla no les
pertenecía y que la doncella que buscaban vivía en el castillo de Spielwiese,
propiedad del barón Schritten y padre de la muchacha.

Las primeras recurrieron a todo tipo de artimañas para intentar encajar


la zapatilla en su pie, pero no hubo manera, cuando encogían los dedos por
tener un pie demasiado grande, la zapatilla se encogía y seguía siendo
pequeña para la tramposa, si se vendaban los pies intentando agrandar su pie
por tenerlo demasiado pequeño, la zapatilla se desprendía del pie y caía al
suelo con gran estrépito, mostrando así la trampa que se intentaba hacer.

Cuando hubieron recorrido la mayoría de las casas, acudieron al castillo


de Spielwiese y allí encontraron a Casandra convencidos de que ella sería la
propietaria de aquella mágica zapatilla.

Cuando se la probaron, la zapatilla encajó perfectamente, pareciendo que


había sido hecha a su medida, lo que provocó en la muchacha una gran
sonrisa de satisfacción, pero cuando los emisarios iban a reconocerla como
la propietaria de la zapatilla y por consiguiente la futura esposa del Príncipe
Humberto, aquella zapatilla comenzó a empequeñecer, poco a poco, hasta tal
punto, que provocó grandes gritos de dolor en Casandra. Tanto y tanto
empequeñeció que redujo el pie de Casandra al tamaño del pie de un bebé,
provocándole una profunda cojera que le duraría para siempre y sería el
permanente mal recuerdo de sus malas artes.
Cuando la zapatilla hubo reducido el pie de Casandra a un tamaño ínfimo
y sus gritos eran ensordecedores, volvió a su normalidad y se desprendió de
su pie cayendo al suelo.

Los emisarios quedaron sorprendidos, sin saber muy bien que había
ocurrido, pero lo que sí estaba claro era que aquella muchacha tampoco era
la elegida, por lo que decidieron marcharse de allí mientras Casandra se
retorcía de dolor.

Tan sólo les quedaba una aldea por recorrer, la aldea de las montañas,
aunque sería extraño que perteneciera a una de aquellas muchachas, pues la
joven que había perdido la zapatilla, no tenía apariencia de vivir entre vacas
en aquellas altitudes, pero las órdenes eran muy precisas: Buscad en todos
los rincones del condado, y así lo tenían que cumplir y no regreséis hasta que
no halláis encontrado a la doncella.

Por fin llegaron a la aldea y de casa en casa fueron probando la zapatilla


a todas las muchachas. Ya se iban a dar por vencidos, cuando una de ellas
dijo: En aquella casa solitaria, en lo alto de aquel cerro, vive una nueva
familia formada por una madre y sus dos hijas, las cuales han llegado
recientemente a esta aldea, señor.

Muchas gracias joven – dijo el emisario –

Llamaron a la puerta y salió a abrir la baronesa. – No – muchas gracias,


nosotras no hemos perdido nada, dijo con un poco de sonrojo por la
mentirijilla- Lo siento señora, pero la orden real es que debemos probar la
zapatilla a todas las jóvenes sin excepción, aunque no la reconozcan como
suya. Es una orden del Príncipe Humberto de Sajonia y por lo tanto es una
orden del Rey.

Está bien, señor, pasad. – La baronesa hizo salir a sus dos hijas – Las
cuales no querían someterse a la prueba pero su madre les repitió, lo que le
acababa de decir el emisario real. Y no tuvieron más remedio que acceder.

La primera en probársela fue Segismundo, a quien la zapatilla le quedaba


bastante bien aunque con un poquito de holgura.

A continuación, se la probó Ludovica y de pronto la zapatilla se iluminó


con un fulgor deslumbrante, adaptándose perfectamente al pie de Ludovica,
la cual no salía de su asombro, a pesar de recordar que ella había perdido
una zapatilla en las escalinatas del palacio.
La noticia corrió como la pólvora, Ludovica y su familia fueron
trasladadas a palacio y muy pronto se anunciaron los esponsales del príncipe
Humberto de Sajonia con la baronesa Ludovica Schritten Artikel a la que
estaban invitados todos los habitantes del condado de Spielwiese.

Los esponsales fueron memorables por su fastuosidad y el cariño con que


los habitantes, conocedores ya, de las malas artes de Casandra, su ama de
llaves y su hada madrina habían urdido con su tortuoso plan.

Dice la leyenda que el ama de llaves, se arrepintió sinceramente y pidió


perdón públicamente, no así Casandra que juró vengarse, cosa que no
consiguió.

Pero y el hada madrina, ¿no tienen castigo las hadas?; pues sí, porque
entre las hadas, están prohibidas las malas artes, es decir usar sus poderes
para hacer el mal. Así que el consejo superior de hadas madrinas, le retiró
sus poderes y la capacidad para ser madrina de nadie, ni siquiera de
Casandra; por ello vagó y vagó por todo el Mundo hasta nuestros días, e
incluso hoy en los días de mucho frío cuando sopla el viento , cuando no hay
nadie en las calles y el silencio es absoluto, si prestas mucha atención, oirás
un murmullo que dice. ¡¡Casandra, Casandra, Casandra!!

Pasados los años, los príncipes Humberto y Ludovica subieron al trono de


Sajonia. Su reinado estuvo repleto de justicia y prosperidad por lo que
fueron muy queridos por su pueblo y como se dice al final de todos los
cuentos: “FUERON FELICES Y COMIERON PERDICES”

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