EL SUEÑO DEL ESCLAVO
Ya me había olvidado del enojo de aquel día.
Sentía que me importaba muchísimo más el tema de la mentira en sí misma.
Había estado pensando toda la semana sobre el tema.
Redescubriendo mi propia tendencia a mentir, recordando mentiras mías y de otros; y
siempre volvía a chequear el concepto que Jorge había sembrado y crecía con fuerza:
“Si hay un problema en la mentira, lo tiene el mentiroso”
Me trabé un poco con las mentiras “piadosas”.
Al principio, parecían pertenecer a otra categoría.
Parecía que allí no había un juzgamiento y autocondena.
Ni siquiera un intento de evadir responsabilidades.
Sin embargo, hilando fino. SI había un precio que yo no quería pagar cuando mentía para
cuidar al otro. Yo no quería enfrentarme con su dolor, o con su impotencia o con su enojo.
Y como si esto fuera poco, me daba cuenta de que en muchas de estas mentiras
piadosas, lo que pasaba era que me ponía en el lugar del otro (me identificaba con la
víctima, diría mi terapeuta). Y entonces, transitaba pensamientos alineados bajo el título
de “Si esta fuera mi realidad, yo preferiría no saberla” Y desde este lugar, me sentía con
derecho a decidir por el otro que no se enterara.
Dicho así, me daba cuenta de que la mentira era mucho más una manipulación macabra
que un acto de piedad.
¡Qué horror!
Otra vez una mentira que no es para el otro. Que es para mí.
¿Con quién es la piedad? ¡Conmigo!
Casi todas las mentiras son piadosas, sólo que piadosas con uno mismo, piadosas con el
que miente...
—Piadosas para con uno mismo –le conté..—Qué bueno, Demián. Nunca lo había
pensado así. Me parece una idea poderosa –premió el gordo—. Las mentiras “piadosas”
siempre son sospechosas y abren interrogantes, a veces complicados desde el punto de
vista moral y filosófico. Uno de los planteos éticos más trascendentes que conozco es el
dilema socrático del hombre y el esclavo.
La última vez que llegó a mí, lo mencionó Lea en un grupo de parejas que coordinábamos
juntos. Cuando la escuché, resonó dentro de mí y recordé vagamente haber leído alguna
vez la historia, restándole importancia. Sin embargo, al ver la discusión planteada entre
quienes escuchaban y asistir a mis propios procesos interiores, me di cuenta de que tenía
una cosa más que agradecerle a Lea aparte de su amistad...
El relato es bien simple:
Voy paseando por un camino solitario, disfruto del aire, del sol, de los pájaros y del placer
de que mis pies me lleven por donde ellos quieran.
A un costado del camino, encuentro un esclavo durmiendo.
Me acerco y descubro que está soñando, de sus palabras y gestos adivino... sé lo que
sueña:
El esclavo está soñando que es libre.
La expresión de su cara refleja paz y serenidad.
Me pregunto...
¿Debo despertarlo y mostrarle que sólo es un sueño, y que sepa que sigue siendo un
esclavo?
¿O debo dejarlo dormir todo el tiempo que pueda, disfrutando aunque sea en sueños,
de su realidad fantaseada?
—¿Cuál es la respuesta correcta?... –agregó Jorge.
Me encogí de hombros..—No hay respuesta correcta –siguió Jorge—. Cada uno debe
encontrar la propia respuesta, y no hay lugar afuera donde buscarla.
—Yo creo que me quedaría paralizado frente al esclavo, sin saber qué hacer –dije.
—Voy a darte una ayudita, que por lo menos en algún caso te puede servir, mientras
estás paralizado acércate al esclavo y míralo. Si el esclavo soy yo, no lo dudes:
¡DESPIÉRTAME!.