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Abuso Sexual Infantil: Conceptos y Consecuencias

Este documento trata sobre el abuso sexual infantil. Define el abuso sexual infantil y explica que generalmente involucra el uso de un niño como objeto sexual por parte de alguien en una posición de poder sobre el niño. Explora conceptos como el perfil del agresor, las consecuencias para las víctimas, y los tratamientos para víctimas y agresores. Incluye estadísticas sobre la prevalencia del abuso sexual infantil y factores de riesgo.

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Abuso Sexual Infantil: Conceptos y Consecuencias

Este documento trata sobre el abuso sexual infantil. Define el abuso sexual infantil y explica que generalmente involucra el uso de un niño como objeto sexual por parte de alguien en una posición de poder sobre el niño. Explora conceptos como el perfil del agresor, las consecuencias para las víctimas, y los tratamientos para víctimas y agresores. Incluye estadísticas sobre la prevalencia del abuso sexual infantil y factores de riesgo.

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TRABAJO

PRÁCTICO
DE

LITERATURA
CONTENIDO:
Abuso Sexual Infantil.

INTEGRANTE:
Lorenzo Duré Ortiz.

Milagros Alejandra Ullon.

CURSO:
3° BTI

Año:
2019

1
INDICE.
INDICE..........................................................................................................................2

INTRODUCCION:.........................................................................................................3

Abuso Sexual Infantil.................................................................................................4

Concepto...................................................................................................................5

Extensión del abuso sexual a menores.................................................................6

El agresor..................................................................................................................7

Características generales.......................................................................................7

Tipos.......................................................................................................................8

El agresor violento................................................................................................10

La víctima.............................................................................................................10

Fases del abuso sexual........................................................................................11

Tipología de actos abusivos.................................................................................11

Los abusos sexuales en el ámbito doméstico......................................................12

Consecuencias de los abusos sexuales a menores..........................................14

Tratamiento de víctimas y agresores..................................................................16

Las víctimas..........................................................................................................16

Los agresores.......................................................................................................17

ANEXO.......................................................................................................................19

CONCLUSION:...........................................................................................................20

2
INTRODUCCION:
El siguiente trabajo se estará tocando el tema sobre; El abuso sexual
infantil (también, abuso sexual de menores) es la conducta en la que una niña o niño
es utilizado, con independencia de su voluntad o su consentimiento, como objeto
sexual por una persona con la que mantiene una relación asimétrica, es decir, de
desigualdad, en lo que respecta a la edad, a la madurez y al poder.
El abuso sexual infantil suele ser un fenómeno cíclico y repetitivo.
Según un cálculo de las llamadas «cifras ocultas», entre el 5 y el 10% de los
varones han sido objeto en su infancia de abusos sexuales y, de ellos,
aproximadamente la mitad ha sufrido un único abuso. El género es un factor
determinante para la detección del abuso sexual. Ser hombre es un obstáculo para
reconocer este tipo de violencia sexual y por ende, para denunciarla.
El abuso sexual a menores se define desde dos ópticas que no siempre
coinciden: la jurídica y la psicológica. Por ejemplo, en México la legislación está
determinada por cada entidad y no existe un consenso jurídico sobre la tipificación
de estos delitos. La valoración jurídica de los delitos depende del grado de contacto
físico entre los órganos sexuales del agresor y la víctima, algo que no está
necesariamente correlacionado con la variación en el grado de trauma psicológico.

3
Abuso Sexual Infantil.
El abuso sexual infantil (también, abuso sexual de menores) es
la conducta en la que una niña o niño es utilizado, con independencia de su voluntad
o su consentimiento, como objeto sexual por una persona con la que mantiene una
relación asimétrica, es decir, de desigualdad, en lo que respecta a la edad, a la
madurez y al poder.
En la mayoría de los casos el abuso sexual es una experiencia traumática. La
niña o niño lo vive como un atentado contra su integridad física y psicológica. Puede
afectar a su desarrollo psicoemocional, así como su respuesta sexual en la vida
adulta, por lo que se considera un tipo de maltrato infantil. Las respuestas
psicoemocionales y secuelas en niñas y niños pueden ser similares a las que se
observan en casos de maltrato físico, abandono emocional, etc. La mayoría de las
víctimas requieren apoyo psicológico para evitar sufrir secuelas del abuso en su vida
adulta.
La legislación internacional y la de la mayoría de los países modernos
considera que es un delito, aunque los conceptos psicológico y jurídico del abuso no
siempre coinciden, y no existe consenso sobre los procesamientos jurídicos de los
agresores.
Los estudios sobre el tema muestran que la mayoría de los agresores son
varones (entre un 80 y un 95% de los casos) heterosexuales que utilizan como
estrategia la confianza, los lazos familiares, el chantaje y la manipulación para
consumar el abuso. La media de edad de las víctimas está entre los 8 y los 14  años.
En estas edades se produce un tercio de todas las agresiones sexuales. El número
de niñas que sufren abusos es entre 1,5 y 3 veces mayor que el de niños. Sin
embargo, existen muchos casos que no aparecen en los estudios debido a que no
existe denuncia.
El abuso sexual infantil suele ser un fenómeno cíclico y repetitivo.
Según un cálculo de las llamadas «cifras ocultas», entre el 5 y el 10% de los
varones han sido objeto en su infancia de abusos sexuales y, de ellos,
aproximadamente la mitad ha sufrido un único abuso. El género es un factor
determinante para la detección del abuso sexual. Ser hombre es un obstáculo para
reconocer este tipo de violencia sexual y por ende, para denunciarla.
Los abusos a menores de edad ocurren en todas las clases sociales,
ambientes culturales y razas. El abuso sexual infantil incestuoso es el que comete
un miembro de la familia del niño. Existe una alta incidencia en niñas pequeñas que
son sometidas a tocamientos, exhibicionismo, estimulación sexual inadecuada y
penetración genital.

4
Entre el 65 y el 85% de los agresores pertenecen al círculo social o familiar de
la víctima. Los agresores desconocidos constituyen la cuarta parte de los casos y,
normalmente, ejercen actos de exhibicionismo y son dirigidos a niñas y niños con la
misma frecuencia. Entre el 20 y el 30% de los agresores son menores. Es habitual
que estos agresores hayan vivido algún tipo de maltrato o violencias sexual o físicas
en su infancia y reaccionen de esta forma al abuso que ellos sufrieron.
Los testimonios de las personas que han sido objeto de abusos sexuales
suelen ser ciertos. El síndrome de la «memoria falsa» o falsos recuerdos es poco
frecuente en adultos supervivientes de abuso sexual debido a que se trata de
sucesos que dejan una impronta muy relevante en la memoria. La APA (American
Psychological Association: Asociación Psicológica Estadounidense) cuestiona la
existencia del síndrome de memoria implantada (no reconocido por el DSM IV). En
su informe oficial sobre el tema8 declara que no se debe considerar que los
recuerdos de abuso sexual infantil de los adultos sean falsas memorias implantadas
(aun cuando no haya pruebas que permitan interpretarlos literalmente como
verdades históricas), ya que existen pruebas de que los abusos sexuales padecidos
durante la infancia pueden ser tan traumáticos que algunas veces se olvidan y
reaparecen en la adultez.
En algunos casos se observa disociación y amnesia selectiva: La víctima
elimina recuerdos dolorosos o traumatizantes ocurridos durante el período en el que
ocurrió el abuso.
Sólo el 7% de las denuncias presentadas por niños resultan ser falsas,
aunque este porcentaje aumenta considerablemente cuando el niño está viviendo un
proceso de divorcio conflictivo entre sus padres.

Concepto.
El abuso sexual a menores se define desde dos ópticas que no siempre
coinciden: la jurídica y la psicológica. Por ejemplo, en México la legislación está
determinada por cada entidad y no existe un consenso jurídico sobre la tipificación
de estos delitos. La valoración jurídica de los delitos depende del grado de contacto
físico entre los órganos sexuales del agresor y la víctima, algo que no está
necesariamente correlacionado con la variación en el grado de trauma psicológico.
Desde el punto de vista jurídico, los abusos sexuales a menores se han
concretado en figuras como la «violación», el «abuso deshonesto», y el «estupro».
Existen problemas para definir con precisión el concepto en psicología; estas
son algunas diferencias entre los criterios:
 La existencia de coacción o sorpresa por parte del agresor. Para muchos
autores, la mera relación sexual entre un adulto y una niña o niño, ya merece
ese calificativo, ya que se considera que ha mediado un «abuso de
confianza» para perpetrar el abuso.

5
 La existencia de contacto corporal. Aquellos que no lo consideran necesario,
incorporan al concepto de «abuso» el «exhibicionismo», esto es, el acto de
forzar a un menor a ver material pornográfico o relaciones sexuales entre
adultos, o a participar en escenificaciones sexuales.
 En la mayoría de los estudios la edad máxima considerada para el menor
oscila entre los 12 y los 14 años. Para el agresor se considera una diferencia
de edad mínima con el niño que oscila entre 5 y 10 años (mayor que la del
niño). Algunas investigaciones consideran abusos sexuales ocurridos entre
jóvenes de la misma edad.
 La relevancia del abuso sexual «percibido». Se considera específicamente
como caso de «abuso sexual a un menor» aquel que tienen repercusiones
clínicas, es decir, si el niño presenta alguna sintomatología física relevante:
dolor pélvico o anal, enuresis, terrores nocturnos, falta de apetito o glotonería
inexplicable, crisis de llanto, cambios de conducta y estado de ánimo, entre
otros.

Extensión del abuso sexual a menores.


Las tradiciones culturales e históricas repercuten en la forma con que cada
sociedad afronta el problema. Los contextos socioculturales marcan las pautas
desde sus propias construcciones comunitarias y sus relaciones de poder, de sus
ritos de paso, de sus imaginarios y desde sus vínculos parentales. La cultura da las
pautas de lo prohibido y lo permitido y a partir de esas pautas acepta o rechaza las
prácticas de abuso sexual infantil. El abuso sexual infantil es una forma de violencia
sexual a la que se somete el cuerpo de un niño, que suele ocurrir en la familia, el
entorno del que el niño espera cuidado y protección.
El polémico Informe Kinsey, creado en los años cincuenta, muestra los
resultados de encuestas realizadas por hombres y mujeres adultos en algunos casos
se reconocían como heterosexuales, en las cuales Alfred Kinsey observó, entre
otros muchos indicadores, que "Se registraron los contactos sexuales entre niñas y
adultos como una fuente de placer para estas jovencitas, que podrían conducir a un
mejor desarrollo social y sexual en su vida posterior". Según Wardell Pomeroy,
coautor del informe, sexólogo y educador sexual, la investigación de Kinsey
descubrió "muchas relaciones agradables y satisfactorias entre padres e hijas”.
[cita requerida]
Esto sugiere la existencia de un fenómeno adicional en el abuso sexual
infantil incestuoso: la seducción. Lo que significaría que el padre utiliza una
estrategia basada en un trato especial hacia la hija víctima del incesto, como caricias
y regalos, dando lugar a una erotización temprana y provocando sentimientos
ambivalentes en ella. La situación podría llegar hasta un enamoramiento de tipo
romántico, en el que la hija realiza la fantasía edípica de sustituir a la madre en su
imaginario infantil.[cita requerida]

6
Varios factores impiden una identificación precisa del alcance del problema
dentro de la sociedad actual:
 El concepto de «abuso sexual» es relativamente impreciso.
 El hecho de que sea un tabú favorece su silenciamiento.
 La mayoría de los abusos se producen sin testigos, por lo que la única vía
para su revelación es el testimonio de la víctima.
 El hecho de que la víctima es un menor significa que pocos casos son
denunciados, debido a su incapacidad para comunicarlos, al miedo que
sienten, o a su desconocimiento de que han sido sometidos a algo
catalogable como abuso.
 Dado que la mayoría de estos abusos se cometen en el entorno familiar o en
círculos muy próximos al menor, es frecuente que se creen estrategias de
ocultamiento extraordinariamente eficaces.

El agresor
Características generales
Los agresores sexuales de menores son mayoritariamente hombres
(aproximadamente un 87%, y de más edad que los agresores de mujeres adultas,
respecto de los que desempeñan profesiones más cualificadas y mantienen trabajos
más estables) casados y familiares o allegados del menor, por lo que tienen una
relación previa de confianza con este (solo entre el 15 y el 35% de los agresores
sexuales son completos desconocidos para el menor); cometen el abuso en la etapa
media de su vida (entre los 30 y los 50 años), aunque la mitad de ellos manifestaron
conductas tendentes al abuso cuando tenían menos de 16 años (recuérdese que
entre un 20 y un 30% de las agresiones sexuales a menores son cometidas por
otros menores). Las mujeres agresoras suelen ser mujeres maduras que cometen el
abuso sobre adolescentes. El número real de los abusadores de menores femeninas
podría estar mal por las estimaciones disponibles, por razones, incluyendo una
"tendencia social para descartar el impacto negativo de las relaciones sexuales entre
los niños y las mujeres adultas, así como un mayor acceso de las mujeres a los
niños muy pequeños que no puede reportar el abuso", entre otras explicaciones.
El agresor sexual es una persona de apariencia, inteligencia y vida normal.
Con todo, suelen presentar rasgos marcados de neuroticismo e introversión, así
como inmadurez (en forma de infantilismo, por ejemplo). No obstante, la pedofilia
suele aparecer junto con otra parafilia el exhibicionismo, por ejemplo y estar
asociada a otros trastornos, como el alcoholismo o la personalidad antisocial. No es
infrecuente una relación entre la pedofilia y la personalidad obsesiva.
Según un estudio, la mitad de ellos no recibió ningún tipo de expresión de
afecto durante su infancia, presenta problemas con el consumo de alcohol y no
presenta déficit en habilidades sociales, aunque sí falta de empatía hacia sus

7
víctimas, negando además el delito (rasgos no necesariamente acumulables en
cada individuo).
También se ha señalado que la personalidad del agresor, que
disfrutaría sometiendo a un niño y causando un sufrimiento, se encuadra dentro de
lo que se denomina «estructura psicológica perversa».
Tipos.

Se pueden distinguir dos grandes tipos de agresores: los primarios y los secundarios
o situacionales.
 Los primarios muestran una inclinación sexual casi exclusiva por los niños y
su conducta compulsiva es independiente de su situación personal. Se trata,
clínicamente, de «pedófilos» en un sentido estricto del término, que presentan
unas distorsiones cognitivas específicas: consideran su conducta sexual
como apropiada (no se sienten culpables ni avergonzados), planifican sus
acciones, pueden llegar a atribuir su conducta a un efecto de la seducción por
parte del menor o pueden justificarla como un modo de educación sexual para
este.
 El origen de esta tendencia anómala puede estar relacionado con el
aprendizaje de actitudes extremas negativas hacia la sexualidad o con el
abuso sexual sufrido en la infancia, así como con sentimientos de inferioridad
o con la incapacidad para establecer relaciones sociales y sexuales normales.
 En cuanto a los secundarios o situacionales, estos se caracterizan por que su
conducta viene inducida por una situación de soledad o estrés: el abuso suele
ser un medio de compensar la baja autoestima o de liberarse de cierta
hostilidad. No son estrictamente pedófilos, en tanto que su inclinación natural
es hacia los adultos, con los que mantienen normalmente relaciones
problemáticas (impotencia ocasional, tensión de pareja...); solo recurren
excepcionalmente a los niños y lo hacen de forma compulsiva, percibiendo su
conducta como anómala y sintiendo posteriormente culpa y vergüenza.
El término pedofilia es comúnmente utilizado por el público para describir
todos los delincuentes de abuso sexual infantil. Este uso se considera problemático
por los investigadores, debido a que muchos abusadores de niños no tienen un
fuerte interés sexual en los niños prepúberes, y por lo tanto no son pedófilos. Como
el abuso sexual infantil no es automáticamente un indicador de que su autor es un
pedófilo, los delincuentes pueden separarse en dos tipos: pedófilo y no pedófilo 26(o
preferencial y situacional). Las estimaciones para la tasa de pedofilia en abusadores
de menores detectados, generalmente oscilan entre 25% y 50%.
Hay motivos por los que el abuso sexual infantil no está relacionado con la
pedofilia, tales como el estrés, problemas de pareja, la falta de disponibilidad de un
compañero adulto, tendencias anti-sociales generales, alto deseo sexual, problemas
de origen psicológico o social, abuso del alcohol o de las drogas, los

8
estados depresivos, el escaso autocontrol e, incluso, en algunos casos, leve retraso
mental.
Muchos pedófilos, al ser descubiertos, niegan sus acciones e, incluso, llegan
a negárselas a sí mismos. Otra actitud frecuente es la relativización de la
trascendencia de los hechos (están convencidos de la imposibilidad de causarle
problemas al menor o aluden a un factor de enamoramiento como justificante de la
acción sexual) o el dirigir la responsabilidad hacia el menor, que es quien les ha
fascinado para cometer los abusos.
La doctora Irene Intebi, experta en abuso sexual infantil, explica:
Contra lo que quisiéramos creer, otra vez más nos toman por sorpresa las
estadísticas internacionales que señalan a los padres biológicos como los
principales responsables de los abusos intrafamiliares. Estaríamos tentados a
argumentar que eso corresponde a otras culturas, otras idiosincrasias, otros estilos
de crianza. Recurramos al estudio llevado a cabo en Buenos Aires entre 1989 y
1992 sobre 138 casos. Los datos son incuestionables: el 42,5 % de los abusadores
son los padres biológicos. En segundo lugar, aparecen los familiares cercanos -
incluyendo tíos, abuelos, hermanos, primos, etcétera- que representan el 23,7 %. El
tercer lugar corresponde a los conocidos no familiares, con el 17,5 %. Solo en el
último lugar entre los perpetradores identificados están quienes la opinión general
supone son los abusadores más frecuentes: los padrastros, responsables de estos
hechos en el 13,8 % de los casos.
Algunos autores han clasificado a los agresores según:

Las Extrafamiliares, pedófilos centrados en Intrafamiliares,


inclinaciones prepúberes, por lo general menores de endogámicos,
sexuales en 13 años incestuosos

La Pedófilos exclusivos (atracción Pedófilos no
exclusividad selectiva hacia varones o niñas, o exclusivos que también
de la atracción indiscriminada cuando cualquier menor se sienten atraídos por
por niños en puede ser objeto del impulso sexual) adultos

Pedófilos propiamente dichos (eligen


Hebefílicos (prefieren
La edad de las niños prepúberes sin capacidad
púberes o
víctimas en orgásmica). No hacen distinción de
adolescentes).
género.

El estilo Fijados Regresivos

9
Estas concepciones, que hasta comienzos de los años ochenta guiaban a los
investigadores, se fueron desdibujando con el tiempo al existir más casuística y
comprobar que, como los agresores no constituyen un grupo homogéneo, los
casilleros son compartidos y a grandes rasgos. Un pedófilo puede ser heterosexual,
estar casado y, sin embargo, abusar tanto de niñas como de varones; un padre
biológico incestuoso puede abusar de sus propios hijos y, al mismo tiempo, de niños
extraños y además haber violado mujeres adultas.32 Contrario a la creencia popular,
un agresor sexual que abusa de niños y es menor de edad también puede ser
considerado formalmente pedófilo si se cumplen los requisitos para ser
diagnosticado con tal trastorno.
No existe un perfil único que pueda englobar a todos los agresores, ni características
que sean comunes a todos los agresores. Lo único que tienen en común todos los
agresores de niños es un deseo sexual dirigido a menores y una clara disposición a
atacarlos.
De acuerdo con su experiencia profesional, William E. Prendergast,
especialista en el tratamiento de ofensores sexuales, afirma que la mayoría de los
agresores son personas agradables, educadas, caballeros, cooperadores, de buen
comportamiento y muy trabajadores, que hacen todo lo posible para agradar y ser
aceptados.
El agresor violento.
La violencia en los abusos sexuales se da en los casos en que el trastorno
narcisista de la personalidad está asociado a graves rasgos asociales, [con lo que]
las determinantes inconscientes del comportamiento sexual se conectarían con las
dinámicas del sadismo convirtiéndose en peligrosas, porque la conquista sexual del
niño, en este caso, representaría un instrumento de venganza por los abusos
sufridos en la infancia y el modo de ejercer el propio e incontrovertible dominio -bajo
la forma de deshumanización y humillación- sobre otro ser humano. Un sentimiento
de triunfo acompaña la transformación de un drama pasivo en una victimización
perpetrado activamente: el niño es visto como un objeto que puede ser fácilmente
orientado y aterrorizado, que no provoca frustración y no tiene posibilidad de
vengarse.
Entre los factores que podrían favorecer la aparición de este tipo de
pederastia se encuentran la violencia (violaciones, crueldad...) ejercida contra el
individuo en su infancia (especialmente, si los agentes fueron sus propios padres) y
el haber vivido en ambientes familiares muy desestructurados, con episodios de
violencia en los que el individuo no tuvo la oportunidad de intervenir para mejorarlos.
La víctima.

Los niños con mayor riesgo de ser objeto de abusos son:

10
 Aquellos que presentan una capacidad reducida para resistirse o para
categorizar o identificar correctamente lo que están sufriendo, como es el
caso de los niños que todavía no hablan y los que tienen retrasos del
desarrollo y discapacidades físicas y psíquicas;
 Aquellos que forman parte de familias desorganizadas o reconstituidas,
especialmente los que padecen falta de afecto que, inicialmente, pueden
sentirse halagados con las atenciones del agresor;
 Aquellos en edad pre púber con claras muestras de desarrollo sexual;
 Aquellos que son, también, víctimas de maltrato.
Fases del abuso sexual.
El abuso sexual de un menor es un proceso que consta generalmente de
varias etapas o fases:
1. Fase de seducción: el futuro agresor manipula la dependencia y
la confianza del menor, y prepara el lugar y momento del abuso. Es en esta
etapa donde se incita la participación del niño por medio de regalos o juegos.
2. Fase de interacción sexual abusiva: es un proceso gradual y progresivo, que
puede incluir comportamientos exhibicionistas, voyerismo, caricias con
intenciones eróticas, masturbación, etc. En este momento ya se puede hablar
de «abusos sexuales».
3. Instauración del secreto: el agresor, generalmente por medio de amenazas,
impone el silencio en el menor, a quien no le queda más remedio que
adaptarse.
4. Fase de divulgación: esta fase puede o no llegar (muchos abusos quedan por
siempre en el silencio por cuestiones sociales), y, en el caso del incesto,
implica una quiebra en el sistema familiar, hasta ese momento en equilibrio.
Puede ser accidental o premeditada, esta última a causa del dolor causado a
los niños pequeños o cuando llega la adolescencia del abusado.
5. Fase represiva: generalmente, después de la divulgación, en el caso del
incesto la familia busca desesperadamente un reequilibrio para mantener a
cualquier precio la cohesión familiar, por lo que tiende a negar, a restarle
importancia o a justificar el abuso, en un intento por seguir como si nada
hubiese sucedido.
Tipología de actos abusivos.
Dentro de los abusos sexuales, es importante distinguir aquellos que van
acompañados de violencia de aquellos que no. La violencia
puede provocar dolor físico y, por tanto, determinar las reacciones de rechazo,
miedo o de terror. Las segundas pueden ser de distinto tipo, hasta el punto de que
algunos niños ni se percatan de que un adulto los ha tocado o tratado de manera
impropia.

11
Los tipos específicos de abusos sexuales más frecuentes son los siguientes:
 Sin contacto físico: exhibicionismo, masturbación delante del menor,
observación del niño desnudo, narración o proyección al menor de historias
con contenido erótico o pornográfico;
 Con contacto físico: tocamientos, masturbación, contactos bucogenitales,
penetración.
El tipo de conductas que se llevan más a cabo (normalmente, repetidas) son
los tocamientos y la masturbación mutua; en cuanto a la penetración -oral, vaginal o
anal- es menos frecuente.
Los abusos sexuales en el ámbito doméstico.
El abuso sexual de menores en el ámbito familiar es una realidad compleja en
la que los factores que pueden configurar un contexto favorable a los mismos son
variados y diversos. En principio, el factor crítico no es tanto la consanguinidad entre
los participantes, sino el papel parental que desempeña el adulto respecto del
menor. Los casos más frecuentes (70-80%) entre los denunciados son los de
padrastro-hija y padre-hija. La edad media del menor está entre los 6 años y los 12,
y la relación se remonta a un tiempo bastante anterior a su descubrimiento con una
duración de unos dos años. Si la familia cuenta con más de un hijo, es normal que
los abusos afecten también a más de uno de ellos.
A menudo (cerca del 50 % de los casos), además del abuso sexual hay
también abuso físico (maltrato) y negligencia respecto del menor. En muchos casos,
pero no siempre, se encuentran historias de incesto en la anamnesis de uno o
ambos padres, que han crecido en ambientes degradados o faltos de afecto. En
muchas situaciones se ha verificado la presencia de un padre alcohólico o de una
patología psiquiátrica en uno o ambos padres.
La casuística clínica muestra que un menor de edad víctima de sevicias
sexuales en la familia puede perder sus puntos de referencia afectivos y sufrir una
alteración del equilibrio psíquico presente y futuro: pérdida de autoestima,
incapacidad de establecer relaciones afectivas armoniosas, dificultades para
acceder a una vida sexual y paternal satisfactoria. También existe el riesgo de
dejarse implicar en la prostitución.
El silencio que recubre la práctica de abusos sexuales dentro de las familias
dificulta su conocimiento en un plazo corto de tiempo y, de hecho, los informes de
las víctimas suelen ser retrospectivos, frecuentemente obtenidos en el proceso
terapéutico. El silencio al respecto por parte del menor obedece a diversos motivos:
miedo a no ser creído (de hecho, son frecuentes los casos de incredulidad explícita
por parte de familiares no implicados ante las denuncias de los menores); chantajes
por parte del adulto; vergüenza por la posible publicidad del asunto; sentimientos de
culpa (además, existe la posibilidad de que se detenga al familiar); temor a la

12
pérdida de referentes afectivos; y, sobre todo, la manipulación sobre el sistema
perceptivo del menor que realiza el adulto, en forma de una confusión generada al
difuminar la identidad exacta del acto que ha constituido el abuso. En este sentido, el
menor es inducido a dudar de sus propias percepciones, a negar su autenticidad y,
al final, ya no sabe qué experimenta de verdad, cuáles son sus sensaciones reales,
qué está bien y qué está mal. Entonces se persuade de que la realidad más correcta
es la del adulto que la interpreta para él, no la suya. Esta pérdida del ego, debida a
la negación del propio sentimiento, a veces puede generar trastornos psíquicos de
menor a mayor gravedad, como el desdoblamiento, es decir, la separación de los
propios estados psíquicos auténticos o su negación.
Por lo demás, la práctica de este tipo de incesto no es exclusiva de familias
desestructuradas, sino que se puede encontrar también en ámbitos más estables; en
este sentido, el descubrimiento de los casos acaecidos en estos últimos resulta
mucho más dificultoso, pues los primeros suelen aflorar en los hospitales.
La característica esencial de las familias donde se dan abusos sexuales a los
menores es que presentan algún tipo de disfuncionalidad que comporta,
normalmente, su tendencia a encerrarse en sí mismas y a aislarse socialmente. Se
trata, además, de grupos donde el miedo a la ruptura familiar es perceptible
(motivado, en ocasiones, por las dificultades económicas que podría acarrear);
consecuentemente, el incesto puede llegar a cumplir la función secundaria de
mantener unida a la familia:
La casuística muestra que, en casi la mitad de los casos, al constatarse el
incesto padre-hija (o padrastro-hija), la armonía de la pareja estaba comprometida y
las relaciones conyugales estaban suspendidas desde hacía tiempo. El incesto se
convierte así en un poderoso regulador de los problemas de la pareja.
El agresor, en estos casos, suele ocupar una posición dominante en el seno de la
familia y actúa impidiendo las relaciones de sus miembros con el exterior. En cuanto
a la hija, de ser ella la víctima, suele ser la mayor y haber intercambiado su papel
familiar con el de la madre, de la que se halla distanciada emocionalmente (es
frecuente la presencia en estas familias de madres perturbadas psíquicamente o
alcoholizadas).
Se han identificado dos grandes tipos de familias proclives a la práctica de
abusos sexuales sobre sus menores, caracterizadas ambas por la presencia de
parejas de progenitores en las que uno de los miembros es el dominante y
autoritario y el otro el subordinado y pasivo. Los hijos suelen estar implicados,
consecuentemente, en la relación de pareja con funciones sustitutivas:
 por un lado, familias donde el perfil patriarcal de su funcionamiento es
extremo. El padre es una figura dominante y su comportamiento es autoritario
e, incluso, violento. La madre, por el contrario, es pasiva o sumisa, y suele
presentar enfermedades físicas o psicológicas que la sitúan en una posición

13
marginal dentro del grupo. En este tipo de familias, una hija reemplaza a la
madre, asumiendo también el papel sexual correspondiente.
 por otro lado, habría familias donde los papeles están invertidos respecto de
la anterior: la madre es la figura dominante, aunque se halla frecuentemente
alejada del hogar por motivos de trabajo, y el padre adopta una posición
subordinada y dependiente respecto de ella, con lo que se alinea
psicológicamente con los hijos. En este tipo de familias, el padre busca el
consuelo afectivo en una hija, lo que deriva frecuentemente en el incesto.

Consecuencias de los abusos sexuales a menores.


Las consecuencias del abuso sexual a corto plazo son, en general,
devastadoras para el funcionamiento psicológico de la víctima, sobre todo cuando el
agresor es un miembro de la misma familia. Las consecuencias a largo plazo son
más inciertas, si bien hay una cierta correlación entre el abuso sexual sufrido en la
infancia y la aparición de alteraciones emocionales o de comportamientos sexuales
inadaptativos en la vida adulta. No deja de ser significativo que un 25 % de los niños
abusados sexualmente se conviertan ellos mismos en abusadores cuando llegan a
ser adultos.
Los indicios de posibles abusos.
Existen dos grandes tipos de indicios que pueden sugerir la existencia de
abusos sexuales sobre un menor: los problemas conductuales y las dificultades
emocionales.
En el primer tipo se incluyen, entre otros, problemas como el fracaso escolar,
la negativa a hablar o a interrelacionarse afectivamente con los demás, la tendencia
a la mentira, la promiscuidad y excesiva reactividad sexual, los ataques de ira, las
conductas autolesivas, la tendencia a la fuga y el vagabundeo, etc.
En el segundo tipo se encuentran dificultades como la depresión, la ansiedad,
la baja autoestima, los sentimientos de impotencia, la dificultad para confiar en los
demás, determinados síntomas psicosomáticos (dolores en diversas partes del
cuerpo, por ejemplo), trastornos del sueño o, por el contrario, deseo constante de
refugiarse en él, etc.
Las consecuencias de los abusos
Una gran cantidad de estudios indican que la mayoría de las víctimas
infantiles de abusos sexuales sufren daños como consecuencia de los mismos:
Tienen dificultades para sentirse personas y para crecer con autonomía. Los
excesos de estimulación debidos a manipulaciones brutales y a emociones
perturbadoras o frustrantes los dejan en un estado sensorial confuso y evanescente:
entienden que son prisioneros de la voluntad ajena, se sienten amenazados, pero no
pueden responder o sustraerse a ella. Todas las referencias sensoriales, afectivas y

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representativas se confunden cuando un niño es víctima de un abuso sensorial o
afectivo que no puede integrar. Cuando un adulto abusa de la propia fuerza y del
propio poder, el niño no puede oponerse en un plano de igualdad: no posee el
lenguaje, aún no es autónomo, su vida depende de los mayores. Sirviéndose del
niño como objeto sexual, asustándolo y sobreexcitándolo cuando aún no es libre de
elegir o sustraerse, cuando aún no está en condiciones de simbolizar las
experiencias a nivel cognitivo, de expresarlas en palabras y de valorarlas por lo que
son, el que abusa de él, con sus intervenciones irrespetuosas en relación con los
ritmos de crecimiento y las exigencias del pequeño, puede interrumpir su proceso de
humanización, «petrificarlo», con consecuencias cuyos efectos pueden hacerse
sentir a muchos años de distancia.
Con todo, la coexistencia de una historia de abuso sexual infantil y los
trastornos adultos no prueban que el abuso «causara» el trastorno. En muchas
familias en donde se han producido abusos sexuales, hay otros problemas familiares
(alcoholismo de los padres, abusos emocionales, discordias maritales) que
igualmente son dañinos para los niños. Los factores genéticos también pueden
entrar en la ecuación, quizá por afectar al grado de vulnerabilidad y resistencia del
individuo.
El impacto de la agresión sexual está condicionado por, al menos, cuatro
variables que se hallan interrelacionadas:
1. El perfil individual de la víctima (respecto del cual es más importante que su
edad o el sexo, el contexto familiar donde vive);
2. Las características de la agresión (cuya gravedad es proporcional a la
frecuencia, duración y violencia con que se ha producido);
3. La relación entre víctima y agresor: las pruebas muestran que los efectos
psicológicos más graves se producen cuando el agresor es una persona
conocida en la que el menor confía y las consecuencias provocadas por el
descubrimiento del abuso (sobre todo en lo que se refiere a si el abusado es
creído o no; una respuesta inadecuada del entorno de la víctima puede
complicar el proceso de recuperación).
Por otra parte, se ha estudiado también el dilema al que se enfrentan los
niños que han sufrido un abuso cuando han intentado comunicar su experiencia, y
que explicaría los enormes problemas que tienen los menores para contar con
coherencia y de inmediato la agresión sufrida. R. C. Summit definió, en este sentido,
el SAASN (Child Sexual Abuse Accomodation Syndrome: síndrome de acomodación
del niño al abuso sexual) de acuerdo con cinco etapas:
1. Secreto
2. Indefensión
3. Acomodación y trampa
4. Revelación diferida, contradictoria y poco convincente y

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5. Retractación.
Por lo demás, algunos agresores fomentan el silencio de la víctima
sugiriéndole a esta que lo que ha ocurrido es un secreto compartido o
amenazándola directamente.

Tratamiento de víctimas y agresores.


Las víctimas
El principal problema que hay con los abusos sexuales a menores es que,
tanto si se trata de un simple acoso como si hay penetración, no suele dejar pruebas
físicas duraderas en los niños. Por otro lado, ni el agredido ni los agresores, unos
por la edad y otros por su problema, suelen ser capaces de explicar con precisión lo
que ha ocurrido. Además, la confirmación de los hechos es complicada porque no
suele haber más testigos oculares que la víctima y el agresor, el cual suele negar la
acusación.
La valoración psicológica de un caso de abusos se aborda,
fundamentalmente, a través de la entrevista psicológica al menor y la observación.
Básicamente, son dos los tipos de entrevistas que se programan con la víctima: por
un lado, aquellas que están encaminadas a investigar lo que ha ocurrido, y por otro
las que están orientadas a la intervención sobre el niño como víctima del abuso.
La consecuencia inmediata que se extrae de los primeros contactos con la
víctima es si la intervención terapéutica es necesaria o conveniente, pues no todas
las menores víctimas de abusos presentan síntomas psicopatológicos que obligan a
un tratamiento. Normalmente, determinadas características individuales del menor y
de su contexto social y familiar pueden ser suficientes como para proteger al menor
del impacto negativo del abuso.
Se han señalado cuatro criterios básicos que sugieren una mayor urgencia de
actuación en un caso de abuso, la convivencia del agresor con el niño tras el abuso;
la actitud pasiva o de rechazo hacia el niño por parte de su familia; la gravedad del
abuso; la ausencia de una supervisión del caso que pudiese evitar nuevos abusos.
Se han señalado, también, dos grandes fases, con sus correspondientes
técnicas, en el proceso de intervención sobre una víctima de abusos sexuales: una
primera fase educativa y una segunda específicamente terapéutica.
La fase educativa pretende que el menor comprenda tanto su propia
sexualidad como la del agresor de una forma objetiva y adaptada a su nivel. Se trata
de informar al menor y hacer que comprenda qué son los abusos sexuales y cómo
prevenirlos. El objetivo es no solo garantizar su seguridad en el futuro sino, sobre
todo, aumentar la autoestima en el menor confiriéndole mecanismos de control
sobre los aspectos relativos a la sexualidad.

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La fase terapéutica aborda la situación en que ha quedado el niño tras el
abuso y pone en práctica determinadas técnicas para que pueda superar el trauma y
evite recaídas en la edad adulta. Entre las técnicas que se pueden utilizar están:
 El desahogo emocional del menor, con el objeto de romper el secreto y el
correspondiente sentimiento de aislamiento, que en ocasiones puede llevar a
que el niño cree sus propios y errados mecanismos de defensa;
 La revaluación cognitiva, con el objeto de evitar la disociación o la negación
de la experiencia, de forma que el niño reconozca que sus sentimientos son
legítimos y normales tras una experiencia como la que ha vivido;
 Técnicas que permitan cambiar las alteraciones cognitivas, afectivas,
sexuales y conductuales (habilidades sociales y asertividad; entrenamiento en
relajación y control de la ira; autoexploración...).
 Terapias basadas en el «juego dramático» (para crear con la imaginación
situaciones y personajes que permitan al menor regresar al hecho
perturbador, pero desde una posición analítica, externa y controladora); los
cuentos infantiles (para explicar y analizar los hechos metafóricamente); el
dibujo (con una función diagnóstica y terapéutica, a la vez).
Los agresores.
Muchos estudios y experiencias forenses demuestran que solo unos pocos de
estos agresores sexuales pueden ser diagnosticados como psicópatas sexuales
cuyo reto en la intervención sí que consideramos francamente complejo y, por tanto,
la posibilidad del tratamiento y la rehabilitación del resto de agresores sexuales se
convierten en una realidad factible.
El agresor de niños es una persona razonablemente integrada en la sociedad,
en cualquier caso, siempre mucho más que un violador. Suelen carecer de historial
delictivo. En consecuencia, su actitud habitual ante el problema es negarlo o
minimizarlo, con el objeto de no ser identificado como tal por la sociedad, en la que
el abuso sexual a menores genera un gran rechazo y es objeto de sanciones
penales.
El pederasta puede aprender a controlar su conducta, pero no la inclinación
pedófila, la cual es causa de sufrimiento en una parte de los pederastas (conscientes
de su proclividad a los abusos sexuales) pero no en todos. Por lo demás, no todos
los pederastas son pedófilos, pues en muchos casos solo están usando a los niños
como sustitutos de adultos a los que no pueden acceder para mantener relaciones
sexuales con ellos.
Se han señalado cuatro categorías principales de negación por parte de los
agresores sexuales, las cuales implican sendos tipos de dificultades a la hora del
tratamiento:

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 Negación de los hechos: se trata de la categoría que implica la forma más
difícil de tratar y superar el problema.
 Negación de conciencia: el agresor echa la culpa a distintos aspectos no
controlables por él, como el alcohol, impulsos irrefrenables, etc.
 Negación de responsabilidades: el agresor atribuye la culpa a la víctima;
 Negación del impacto: el agresor acepta su responsabilidad, pero minimiza
sus consecuencias.
El tratamiento psicológico para los agresores que aceptan someterse al
mismo, y para el que deben haberse resuelto previamente esas formas de negación,
es muy parecido al utilizado para adicciones como el alcohol se suele centrar en las
siguientes líneas de actuación:
 La prevención de nuevos episodios de abuso.
 La modificación de las ideas distorsionadas en relación con el abuso sexual.
 La supresión o reducción de los impulsos sexuales inadecuados;
 El aumento de la excitación heterosexual adecuada y de las habilidades
sociales requeridas;
 El entrenamiento en autocontrol y solución de problemas;
 Mejora de la autoestima;
 Las estrategias de prevención de recaídas.

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ANEXO.

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CONCLUSION:
Hemos concluido que el abuso infantil es lo más traumático que puede
pasarle a un menor, ya como su nombre lo indica es un abuso a su integridad física,
no podemos decir que el abuso infantil es solo obligar a tener sexo abarca también
el acoso físico y mental introduciendo al menor a un vórtice de desesperación,
agonía he inseguridad ya que pasa por constante sufrimiento solo pensar en lo
traumático que sería ser sometido a un constante maltrato generalizado en sí nos
provoca tristeza.
Los niños que sufrieron de acoso sexual son tratados por psicólogos y
psiquiatras para remediar su trauma y así tratar de alivianar el peso de su carga
metal.
Las consecuencias no solo lastiman al agredido sino también a la familia que
sufre alado de su ser querido por culpa de un maldito que atento contra su inocencia
y felicidad.

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