Fracaso de la Revolución Libertadora en 1955
Fracaso de la Revolución Libertadora en 1955
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aceptada por todas las partes que permitiera a las mayorías y las minorías alternarse en el
poder). Tampoco existían reglas que resolvieran las tensiones entre el régimen y actores
como los empresarios, la iglesia católica y las clases medias. Estas tensiones
desencadenaros la crisis política del 55. Lo cierto es que los vencedores estaban aún más
divididos respecto al problema de legitimidad, y esto implicaba una dificultad para crear
un nuevo orden, que además se vio potenciado por los rasgos igualitarios de la sociedad
que le hacían difícil gobernar y resistían el cambio.
El grado de igualdad salta a la vista cuando analizamos la actividad económica, la vida
social y cotidiana. Esta igualdad obedecía a factores estructurales: la relativa ausencia de
una masa de población campesina, la expansión de actividades agroexportadoras y la
asimilación de la inmigración europea, la temprana urbanización y la gravitación del sector
moderno sobre los sectores marginados y poco desarrollados. Estos rasgos se consolidan
gracias a las reformas peronistas y pasaron a formar parte de la identidad de la sociedad.
La maduración de la clase trabajadora y clases medias asalariadas se potencio con la
legitimación de las organizaciones gremiales y con una amplia regulación protectora del
trabajo. A la fortaleza de los gremios contribuyeron los servicios de salud brindados por
sus obras sociales, la fijación de montos de los salarios y las condiciones laborales a través
de los convenios colectivos nacionales (paritarias) y las leyes que garantizaban un solo
sindicato nacional por cada rama de actividad y de un sistema centralizado para
financiarlos.
Las migraciones internas y de países vecinos se aceleraron desde los años 40, permitiendo
un mayor asentamiento en las ciudades e incorporación al sector moderno de la
economía. Estos nuevos trabajadores participaron de una vida social y política
integradora. El peronismo coronó un proceso de creación de una sociedad con fuertes
valores democráticos, culturalmente homogénea, que celebraba el ascenso social.
La igualdad y el desarrollo del sindicalismo son fundamentales para comprender la
dinámica del conflicto que se instaló en argentina: reacciones opuestas que estos rasgos
generaron en los distintos grupos sociales.
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En primer lugar, las clases medias y altas comenzaron a considerar a esta sociedad
igualitaria, “demasiado igualitarias” y amenazantes para su status y para el orden social,
mientras los sectores populares consideraban injusto cualquier cambio que afectara sus
intereses.
Si bien el poder sindical era el blanco de la reacción conservadora, también era
considerados, por este mismo sector, una barrera contra los socialistas y comunistas.
En segundo lugar, el aparato argentino no podía sostener la presión distributiva a que lo
sometían esos sindicatos, hecho que generaba disputas por el ingreso.
En tercer lugar, los sindicatos eran demasiados poderosos y estaban demasiado
implicados en las luchas político-partidarias, ello se debía a una desproporción con los
demás actores, en particular con la dificultad que presentaban los empresarios para
organizarse y defender sus intereses. En lugar de organizarse colectivamente, buscaban
solucionar a través de vínculos especiales con funcionarios.
Respecto al sindicalismo, Perón encontraría sus temores tras su caída y exilio ya que
fortaleció a los gremios, permitiéndoles concentrar la representación sectorial y política
de los trabajadores, algo que los sucesores de Perón y él mismo intentaran combatir.
Los dilemas que enfrentara argentina no pueden entenderse como la oposición simple y
tajante entre democráticos y autoritarios: entre ambos bandos se moverán actores
ambivalentes y predominará el ansia de instaurar alguna forma de democracia. La
sociedad argentina, organizada y movilizada, pero sometida a una sostenida crisis de
legitimidad y a disputas políticas, daría origen a los que se denominó como “empate” , en
la que la interrupción de la violencia fue socavando la convivencia social y debilitando la
capacidad de las instituciones para resolver conflictos.
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problema se hizo visible con la Libertadora, las tensiones ya se anidaban bajo el gobierno
de Perón. Este introdujo de lleno los asuntos económicos y sociales en la agenda del
estado. La indiferencia de Perón respecto de los problemas de financiamiento público,
perdida de cohesión y politización administrativa, educación pública y fuerzas armadas, es
expresión de su excesiva confianza en un instrumento de poder que cuanto más se
involucra en los asuntos sociales, más se debilitaba.
El hecho de que a la crisis de legitimidad del sistema político se sumara una crisis de la
autoridad estatal completa el cuadro del golpe del 55. El debilitamiento del estado es un
efecto, pero también una causa de la persistencia del fenómeno peronista en la sociedad
que le permitirá reinventarse como partido del pueblo.
En cuanto al contexto externo, la segunda mitad del 50 subsistía el clima de posguerra:
social y culturalmente conservador pero estructurado en torno a los valores democráticos
y orientado, política y militarmente por los EEUU. La argentina ingreso en su ámbito de
modo abrupto y tardío, porque lo hizo cuando cobraba forma un contexto distinto, más
abierto al cambio social, cultural y económico gracias al auge del comercio internacional y
flujo de capitales.
La lucha irreconciliable entre capitalismo y comunismo indujo a los adherentes de la
libertadora tener aún más motivos para disputarse entre sí el poder. La fórmula
aceleración del desarrollo aparecerá como respuesta a las tensiones entre los fines
democráticos y los medios autoritarios de la libertadora.
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favorable a los trabajadores que el régimen depuesto, mientras negociaba con la CGT para
que se abstuvieran de promover medidas de fuerza y aceptara un recambio de su
conducción. Militantes y sindicalistas del socialismo y radicalismo, asaltaron los locales
gremiales para desplazar por la fuerza a los continuistas. La armada, encabezada por
Rojas, y los generales liberales reclamaron la intervención de la CGT y que se tratara a los
peronistas como defensores de un régimen totalitario, indignos de todo derecho político.
La tensión fue tal, que Lonardi se vio forzado a renunciar.
La designación de Aramburu y la proscripción del peronismo y de quienes había actuado
su sombra llevaron a la CGT a convocar a una huelga general. La protesta fue reprimida
con dureza: se suspendieron leyes gremiales y paritarias, la central junto a los gremios
fueron intervenidos, y sus dirigentes, detenidos.
El encarcelamiento dio paso a que fortaleciera y autonomizara una militancia de base,
más combativa que tomaría el control de las organizaciones.
Las patronales reaccionaron multiplicando los despidos, coartando derechos y beneficios y
reduciendo el salario. Esto provocó la primera crisis del pacto proscriptivo: los comunistas
condenaron los abusos empresariales y exigieron que la revolución no se desvirtuara, si se
había hecho para imponer valores democráticos, no podía servir para legitimar una
reacción conservadora y oligárquica.
Aramburu opto por una política blanda: reapertura de paritarias, control de los precios y
déficit moderado. Esto sacaba a la luz una nueva disidencia: la del conservadurismo liberal
que concebía el golpe como restauración; y la nacionalista católica que apostaba a una
regeneración moral. Frente a esto, el peronismo mostro su capacidad de resistir los
intentos de disolverlo. Ante el temor de que volvieran los peronistas al poder, todos sus
enemigos coincidieron con aplicar cierta cuota de represión.
En el campo peronista también hubieron tendencias divergentes. La relación con el líder
era conflictiva ya que sus intereses no coincidían con el de quienes seguían siéndole fieles.
Desde Paraguay, Perón creyó posible una contraofensiva, responsabilizando a la armada,
iglesia y la oligarquía por su derrocamiento. La rebelión liderada por el general Valle,
cosecho muertes y consolido la oposición entre peronistas y antiperonistas. El gobierno
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decidió fusilar a sus cabecillas y varios civiles, sellando la expulsión de Perón del país y
suprimiendo su influencia en la sociedad y en las filas militares.
Perón puso más énfasis en promover el activismo de los sindicatos y militantes. Así se
consolidaron los liderazgos de Vandor (metalúrgicos), Framini (textiles), Alonso (vestido) y
Olmos (sanidad). La legitimación del peronismo gremial culminó en el congreso
normalizador de la CGT en el 57, liderada por Framini, dando origen al polo sindical “Las
62 organizaciones”.
Los conflictos por ingresos dieron origen a un antagonismo inconciliable y las políticas
económicas promovieron una gran desigualdad. Las bases sindicales entre el 56 y 57
realizaron actos de sabotaje, colocaron bombas en lugares públicos y empresas
manifestando rechazo a la proscripción.
Perón no dudo en desatar una rebelión que contó con el apoyo de Cook (ex diputado)
quien sería el impulsor del giro a la izquierda del peronismo. Intentaría convencer a Perón
de adherir al nacionalismo revolucionario y al socialismo y conformar un movimiento de
liberación antioligarquico.
Si bien la resistencia siguió, lo hizo de manera desorganizada. Los sindicatos pese a la
politización de sus reclamos y la polarización política, no descartaron salidas negociadas
para los conflictos.
Aramburu, además de adoptar medidas represivas, permitió que el peronismo sindical se
reorganizara, incluso que los salarios se recuperaran entre el 56 y el 57., logrando
disminuir las protestas. Al descartarse la huelga que Perón esperaba, cambio su táctica:
reconciliarse con la jerarquía católica. Paso a atribuirle su derrocamiento a la masonería.
Lo mismo hizo con el ejército y los empresarios. También dio su aval a algunos partidos
neoperonistas para las elecciones previstas para el 57 y 58. Ex gobernadores y sindicalistas
tenían interés en gestar un peronismo sin Perón. Así surgieron el partido populista y la
unión popular que se proponían rescatar aquellos logros del peronismo que lo vinculaban
con el cristianismo.
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La elección de convencionales constituyentes en el 57 (convocada para dictar una nueva
ley fundamental en reemplazo de la del 499 brindo la oportunidad para que el peronismo
proscripto usara su fuerza del número. Perón desautorizo las listas neoperonistas y llamo
a votar en blanco. Ello tuvo existo, no obstante, habría proliferación de grupos
neoperonistas. Se sumarian el partido blanco, tres banderas, el movimiento popular
neuquino, el movimiento popular salteño, el partido del pueblo, el de los trabajadores y
otros. Perón mantuvo indefinido su principio de legitimidad y las reglas de su organización
usando distintas fuentes de autoridad que podrían contrapearse entre sí. Logro contener
las pretensiones de cada facción con la presencia de los demás, acorralar y dividir a sus
adversarios. Su intención era convencer a las elites antiperonistas que el peronismo
proscripto era peor que en el ejercicio del poder.
La mayoría de los partidos respaldo la derogación de la constitución del 49, pero buena
parte de ellos no quería que esa derogación suponga la supresión de derechos sociales y
sindicales. Los disensos se agravaron cuando comenzó a debatirse en torno a la
convocatoria a las urnas. Algunos querían asegurarse que los peronistas no participaran,
planteando obstáculos a los neoperonistas. Otros querían alentarlas para alejarlos de
Perón o aliarse para recoger el voto peronista. Los radicales se dividieron entre estas dos
posiciones. Los aliados a Frondizi no dudaron en congraciarse con los sectores peronistas.
El resto hizo causa común para no reconocerle al peronismo ni siquiera las conquistas
sociales. Propusieron que esos derechos fueran incorporados a una nueva constitución,
pero en términos en que los planteaban los programas de la UCR. A raíz de ello, los
radicales concurrieron divididos a elección de convencionales, abandonado los
frondizistas las sesiones cuando iba a votarse la reinstauración de la carta del 53.
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embargo, al no haber con quien competir, la unidad partidaria perdió valor y las
diferencias internas se agudizaron. Los radicales estaban convencidos de que esos errores
que habían surgido con el peronismo, corrigiéndolos, podrían reabsorber las adhesiones
populares. Por esta vía, se concretaría el movimiento nacional que el radicalismo había
buscado, y se realizaría la revolución inconclusa por la aparición de Perón y el golpe de
1930.
La conducción de la UCR en 1955 estaba dominada por el sector intransigente que había
decidido a Perón como usurpador de las banderas de radicalismo. Por ello a los votantes
peronistas no debían considerárselos como actores antidemocráticos si no como el
producto de una manipulación. Los radicales intransigentes se dividieron en sector de
Frondizi y, por otro lado, el de Balbin. El segundo creía que al peronismo había que
mantenerlo proscripto, mientras que Frondizi sostenía que había que ganarse a los
sectores populares. La ruptura fue en 1956 cuando hubo que decidir la fórmula
presidencial: el radicalismo autentico y popular y otro a fin a la oligarquía. La UCRP se
impuso a los frondizistas o intransigentes. La UCRI insistió con suspender las medidas
represivas y levantar las intervenciones en los sindicatos y reclamo aumentos de salarios.
Secretamente Frondizi logró sellar un pacto con Perón para que apoyara la candidatura
del UCRI, para Perón era mejor acordar con éste a dejar crecer al neoperonismo. Las
elecciones de 1958 avalaron esta apuesta en donde Frondizi duplico su caudal de votos.
Además del peronismo, había logrado incorporar a referentes de la izquierda y del
nacionalismo.
Este pacto con Perón, obligaría a Frondizi cumplir con promesas que este habría hecho
para la obtención de los votos. Solo si era capaz de acelerar el desarrollo, eliminar el
latifundio, desarrollar la industria pesada y recuperar los salarios podría cumplir con el
pacto y atender al mismo tiempo, las expectativas de modernización, democratización e
integración de esa fuerza política que la intransigencia despertara en empresarios, las
izquierdas y parte de los radicales.
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El gobierno de Frondizi cabalgó entre 2 factores de poder predominantes: los sindicatos
peronistas y los militares. El delicado equilibrio que Frondizi buscó frente a ellos, con
políticas publicas innovadoras, permitió que su presencia fuera exitosa. De todos modos,
la actitud ferviente opositora de la UCR del Pueblo, la tensa relación con los sindicatos y el
tutelaje que cada vez más ejercieron las Fuerzas Armadas opacaron los logros del proceso
de modernización económica y la industrialización acelerada. Las presiones externas
(Guerra Fría y revolución cubana) fueron otro componente decisivo del periodo.
-El entusiasmo desarrollista y los factores de poder: Arturo Frondizi asumió la presidencia
del país el 1° de mayo de 1958, en medio de un gran entusiasmo de la ciudadanía. Muchos
pensaron que la democracia lograría afirmarse, se ilusionaron con su audaz programa de
modernización y desarrollo, que prometía sacar al país del estancamiento y el atraso y
satisfacer las demandas de todos los grupos de interés. Esta sobrevaloración de sus
posibilidades se revelaría como un arma de doble filo para el nuevo gobierno.
En el trienio anterior los peronistas habían demostrado su capacidad para bloquear las
tentativas de excluirlos y gobernar sin ellos o contra ellos. Frondizi, en un principio intentó
gobernar con ellos. Pero su traición al pacto proscriptivo encontró obstáculos desde un
principio: la dependencia indisimulable de los peronistas, cuya colaboración requería, y el
recelo del antiperonismo, cuyos sectores más duros, viendo la deslealtad en que había
incurrido, consideraron ilegitimo su gobierno. Tanto la UCRP como muchos militares
trabajaron, desde el momento mismo de las elecciones, para alejarlo del poder.
La apuesta de Frondizi era ambiciosa: consistía en superar la dicotomía peronismo-
antiperonismo y reordenar el sistema político formando una alianza que atravesara los
dos polos y aglutinara al grueso del empresariado. Esto chocaba contra la rigidez de los
alineamientos preexistentes: la fortaleza de la UCRP, que retuvo buena parte del voto
radical y planteó una oposición, y la autonomía del peronismo y de Perón, que aceptaron
el acto que se les ofreció, pero para perseguir sus propios objetivos. Frondizi debió
enfrentarse con una fórmula política ya cristalizada: el bloqueo mutuo entre peronistas y
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antiperonistas, que no podían imponerse unos sobre otros, pero sí detener cualquier
iniciativa que pretendiera arrebatarles sus recursos de poder.
En sus primeros meses en la presidencia, Frondizi tuvo que batallar contra estas
tendencias golpistas y demostrar que estaba en condiciones de mantener el orden y
sostenerse en el poder.
En un principio, el presidente quiso mostrar su disposición a cumplir con los compromisos
asumidos con los gremios y el peronismo y tomó una serie de rápidas decisiones: concedió
un generoso aumento de salarios (60%), sancionó una amplia amnistía y derogó las
restricciones a la actividad política y sindical, aunque esos beneficios no se extendieron a
Perón ni al partido peronista. En agosto hizo aprobar una nueva Ley de Asociaciones
Profesionales.
El Ejecutivo negoció en secreto con las empresas petroleras, otorgó las concesiones por
decreto y las anunció por sorpresa. Su plan, al menos en parte, funcionó: las inversiones
extranjeras permitieron elevar la extracción y refinación de combustibles. Pero en el
ínterin provocó un primer enfrentamiento con los gremios: en septiembre las 62 hicieron
un paro general por incumplimiento del programa nacional y popular. El sindicato de
petroleros declaró una huelga por tiempo indeterminado. El gobierno dispuso el estado de
sitio y recurrió a las Fuerzas Armadas para acallar la protesta y contrarrestar el intento de
la UCRP de convencer a los uniformados. Finalmente, la huelga fracasó porque el resto del
sindicalismo dejó de apoyarla.
Ambas partes volvieron a medirse poco después, en un conflicto que terminó de liquidar
el Pacto con Perón: cuando el sindicato de la carne inició otra huelga por tiempo
indeterminado y ocupo el Frigorifico Nacional Lisandro de la Torre en 1959, en contra de
su privatización, el gobierno no dudó en enviar a los militares para reprimirla. Las
conducciones moderadas volvieron a privilegiar la legalidad y levantaron el paro. Esta
postura recibió el aval de Perón, que pasó a la ofensiva: formó un Consejo Coordinador y
Supervisor para poner orden entre las fuerzas neoperonistas, los sindicalistas y los
“verticalistas”, preparando el terreno para revelar el pacto firmado con motivo de las
elecciones y su violación por parte del gobierno.
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También en el terreno universitario Frondizi encontró más problemas y sufrió la fuga de
apoyos vitales. La iglesia católica reclamó una reforma que la izquierda y algunos sectores
de la UCRI objetaron. Frondizi ya había anunciado, en junio de 1957, que apoyaría la
educación libre porque consideraba que el monopolio estatal restringía la libertad de
estudiar y el aporte de los sectores privados al desarrollo. Sus aliados de izquierda
nuevamente se sintieron traicionados y pasaron a engrosar las filas de la oposición cuando
Frondizi confirmó esa decisión: las multitudinarias marchas a favor de la laica dejaron
sentado este distanciamiento.
Frondizi entendía qué para poder mediar entre los sindicatos y los empresarios, entre el
peronismo y los antiperonistas, y formar un amplio frente nacional, debía tener las manos
libres y hacerse de un lugar neutral desde el cual tomar decisiones. Y concibió esa posición
en los términos de una vanguardia tecnocrática: según esta idea, el desarrollismo no era el
ideario de ningún partido ni interés específico, sino una visión superadora y técnica de los
problemas que lo obtendría a través de los resultados. Se entiende al desarrollismo, como
el desarrollar la economía.
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muy difícil resistir las presiones sindicales que acotaban y volvían inciertas esas ganancias.
La reactivación de la economía y el aumento de los salarios provocaron un salto en la
inflación, hecho que a su vez causó una mayor inquietud gremial. A esto se sumó el
problema del déficit comercial: las industrias en expansión necesitaban cada vez más
importaciones, pero ni ellas ni el agro aumentaban sus exportaciones a la misma
velocidad. Acceder a créditos externos parecía la única solución inmediata a la escasez de
divisas.
A mediados de 1959, el gobierno decidió endurecerse todavía más y profundizar los
cambios: en junio lanzó un plan antiinflacionario a cargo del nuevo ministro de Economía.
En respuesta, Perón reveló el pacto firmado en 1958 y volvieron a proliferar los pedidos
de renuncia del presidente y los llamados a los militares para que lo derrocaran. Pero
Frondizi estaba preparado para ofrecer otra alternativa a los uniformados: a comienzos de
196 implantó el Plan de Conmoción Interna del Estado (Conintes), que otorgó a las Fuerzas
Armadas amplias funciones represivas e incluso les permitía juzgar a huelguistas o
militantes revoltosos. Mientras el Conintes estuvo vigente las protestas disminuyeron y las
cúpulas gremiales siguieron acorraladas entre la presión de las bases y sectores
combativos, y el riesgo de perder la legalidad que les permitía ejercer sus cargos.
El Conintes tuvo otros efectos más amplios: fue el primer paso en el tránsito de los
desarrollistas y otros grupos de opinión desde la tesis que emparentaba democracia y
desarrollo hacia la que vinculaba el desarrollo con la seguridad. Al permitirle a Frondizi
utilizar a los militares como contrapeso frente a los sindicatos y la oposición golpista, abrió
la puerta a la legitimación y ampliación del rol de garantes del orden que por sí mismos
tendían a atribuirse muchos uniformados. El plan permitía un uso limitado de la fuerza. Ya
no se buscarían consensos; la coerción extendida y prolongada los reemplazaría. El propio
presidente declararía poco después que las Fuerzas Armadas son la columna vertebral del
orden, la paz y la cohesión nacional.
Frondizi aceptó esta situación hasta que pudiera obtener otro sostén, electoral o
corporativo. Insistió en su idea de convertir la UCRI en un vehículo para reabsorber al
peronismo dentro del sistema político. En las elecciones en marzo de 1960, Frondizi usó
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todo tipo de recursos para convencer a los neoperonistas de aliarse con la UCRI en las
provincias. La UCRP, por su parte, le devolvió el favor que aquélla le hiciera 2 años antes y
cuestionó la proscripción: reclamó que la levantaran para atraer votos peronistas y
complicarle aún más las cosas al gobierno. Éste respondió disolviendo el Partido Peronista,
lo que bastó para que el llamado de Perón a votar una vez más en blanco superara las
resistencias de los neoperonistas. Frondizi, aun controlando al gobierno y con logros
económicos que mostrar, no podía destrabar la situación. Y otra vez la resistencia cerril de
los militares antiperonistas y la habilidad de Perón, el esfuerzo por integrar a los
neoperonistas mediante acuerdos con otras fuerzas o sus propias listas había fracasado.
Una vez más los sindicatos vieron fortalecido su rol como únicos actores legalizados del
arco peronista.
La posición privilegiada de los gremios se vio afectada por las tensiones entre dos
opciones políticas: la de quienes golpeaban y negociaban con vistas a mejorar la situación
del sector que representaban y la de los combativos, que subordinaban la satisfacción de
los intereses sectoriales a la reinstauración del orden peronista. La ruptura de la unidad
sindical que en ocasiones resultaría de las pujas entre estas dos posiciones era alentada
por el gobierno y también por el propio Perón, interesado en que el sindicalismo no
adquiriera excesivo poder y autonomía. Las fronteras entre los dos sectores se
mantuvieron fluidas y la burocracia sindical vandorista utilizaba con frecuencia a los
combativos y la presión de las bases como eficaz amenaza en la mesa de negociaciones.
Esto generó aún más problemas al gobierno que cortejó a sindicalistas con concesiones
que no alcanzaron para cooptarlos y en cambio sí lo distanciaron de los empresarios, en
principio más dispuestos a colaborar con él. Algo similar sucedió en el terreno partidario:
el oficialismo se fue quedando solo, a medio camino entre las fuerzas más sólidas y
gravitantes.
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entre quienes reclamaban mayor velocidad en los cambios, un control más duro de la
inflación, mayores alicientes a las inversiones privadas y más obras públicas de
infraestructura, y menor permeabilidad por lo tanto hacia las demandas sindicales. En
términos objetivos, las políticas desarrollistas se estaban llevando adelante en el marco de
un considerable respeto por los derechos sindicales y las pautas de equidad social
heredadas: como venía sucediendo desde hacía tiempo, la participación de los asalariados
en el ingreso total cayó en estos años en promedio subiera. La apertura al mundo, las
inversiones externas y el consiguiente cambio en los modos de producción, intercambio y
consumo produjeron profundas alteraciones en la vida de todos los sectores sociales y en
su modo de percibirse a sí mismos y a los demás. El paso de una actividad industrial en la
que predominaban los pequeños talleres a otra de grandes plantas con maquinarias y
métodos modernos hizo que se crearan nuevos puestos de trabajo; pero otros
desaparecieron debido a la desigual competencia entre las unidades modernas y las
tradicionales. Este proceso produjo una creciente diferenciación en los ingresos y que
muchos consideraron injusta y excluyente.
La modernización de la agricultura destruyó empleos en las zonas rurales y la competencia
de la industria moderna hizo lo propio en pueblos y ciudades del interior. A los recién
llegados se les hizo cada vez más difícil alquilar una vivienda digna, e impensable
adquirirla, o acceder a los bienes y servicios que la modernización ofrecía. La consecuencia
fue la rápida expansión de las villas de emergencia.
También para los profesionales se abrieron nuevas oportunidades de empleo, de progreso
material y por lo tanto de diferenciación entre pares. Una nueva clase de técnicos y
expertos hizo su aparición: los ejecutivos (quienes ocupaban cargos directivos en las
nuevas empresas), que generaron deseos de emulación en amplias capas sociales, pero
también resentimiento y recazo en otras. Fueron objeto de críticas en las que coincidía las
proclamas anticapitalistas con los discursos tradicionalistas, según los cuales las villas y los
ejecutivos eran cara y contracara del mismo proceso de ruptura de una sociedad
tradicional supuestamente armónica e integrada que estaba perdiendo sus valores
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religiosos y solidarios a consecuencia de la entrega al decadente oren occidental,
dominado por la libre competencia, los deseos materiales y el relativismo moral.
El proceso de modernización también impactó en las industrias culturales y os medios de
comunicación. La televisión dejó de ser un bien de lujo y se masificó, y los artistas y
periodistas debieron adaptarse. Dio lugar a nuevas formas de socialización y ofreció
productos accesibles a todas las clases sociales.
Las universidades nacionales vivieron un auge sin precedentes: el número de estudiantes
aumentó hubo una incorporación masiva de alumnas mujeres, hasta entonces relegadas.
Se incorporaron nuevas técnicas de enseñanza y se desarrolló la investigación.
Las transformaciones en la estructura social y en las conciencias se vieron reforzadas por
las novedades que se sucedieron en los escenarios regional e internacional con el cambio
de década: el triunfo de la revolución cubana, en enero de 1959, despertó expectativas en
las fuerzas de izquierda y temores en las Fuerzas Armadas y los políticos de derecha. En
verdad, la primera reacción local ante la toma del poder por parte de Fidel Castro fue bien
distinta: cuando visitó Bs As en mayo de 1959, fue celebrado con entusiasmo por los
antiperonistas, incluidos los de derecha, quienes destacaron las similitudes entre el tirano
de la guerrilla cubana había depuesto, Fulgencio Batista, y Perón, a la sazón huésped de
varios dictadores caribeños antes de mudarse a España. Pocos meses después, cuando
Castro comenzó a nacionalizar la economía, se enfrentó con los EE UU y abrazó el
comunismo, todo cambió: Cuba se transformó en modelo paradigmático de los peligros
que corría toda la región. Desde esta perspectiva podía parecer que la Argentina estaba en
la zona más caliente de la Guerra Fría, tanto por las características populares del
peronismo como por la creciente infiltración en sus filas de las izquierdas, en particular la
comunista.
De allí cuando Frondizi se reunió con Che Guevara y ordenó abstenerse en la votación en
la que la OEA decidiría la expulsión de la isla de su seno, la prensa y los políticos
conservadores lo acusaron de complicidad con la subversión comunista. La reacción en los
cuarteles fue tal, que obligó a Frondizi a romper relaciones con Castro una semana
después. El resultado fue el aislamiento del gobierno: para los conservadores era
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peligrosamente tibio frente al comunismo; para la izquierda y los nacionalistas era dócil
frente a las presiones imperiales, y para los peronistas poder ser tanto una cosa como la
otra.
-La caída de Frondizi y el gobierno de José María Guido: En las elecciones de 1962, Frondizi
se propuso lograr lo que no había podido 2 años antes: la parcial reincorporación del
peronismo al sistema político a través de fuerzas neoperonistas, con el objetivo de quitar
gravitación al liderazgo del ex presidente exiliado y permitir que la UCRI actuara como
intermediaria necesaria y moderadora del conflicto entre peronismo y antiperonismo.
Para ello debía conseguir dos cosas: que los líderes locales del movimiento proscripto
antepusieran sus intereses a los de Perón, y que los civiles y militares tercamente
antiperonistas no los impugnaran de nuevo. Debía lograr que las listas oficialistas fueran
consideradas el mal menor por unos y otros. Todo dependía de una alquimia compleja.
Las victorias locales de la UCRI en Catamarca, San Luis, Santa Fe, Formosa y La Rioja entre
1961 y 1962 alentaron al presidente: parecía que esta vez sí podría capitalizar el voto
peronista o parte de él sin necesidad de acordar con su líder natural. En el ínterin los
líderes provinciales del movimiento y los sindicalistas se las ingeniaron para que Perón
cambiara de actitud: con Vandor a la cabeza viajaron a Madrid y le impusieron concurrir a
los comicios como Frente Justicialista. Esta vez no hubo proscripciones, fue el propio
Perón que hizo un último intento por provocarlas: cuando se presentaron las listas en la
provincia de Bs As, promovió la fórmula Framini-Perón para la gobernación; pero la
Justicia sólo objetó su nombre y el propio Framini optó por reemplazarlo por otro
vicepresidente. En los comicios de marzo de 1962, Framini y otros 8 candidatos
justicialistas se alzaron con la victoria. Independizarse de Perón se le presentaría no sólo
como una opción atractiva para consolidar su liderazgo sino como un medio necesario
para defender los intereses del gremialismo y del movimiento.
Frondizi intervino 5 de las provincias donde habían triunfado los peronistas, para evitar
que asumieran sus cargos. Para alivio de Perón, el vandorismo no podría traducir en
recursos institucionales su triunfo electoral.
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Pese a la decisión de Frondizi, nada alcanzó para impedir su caída. El presidente intentó
que Aramburu volviera a ejercer un rol moderador, pero los demás partidos se negaron a
transigir: Ricardo Balbín afirmó que no habría acuerdo si el presidente no renunciaba. A
raíz de ello la Armada y luego el Ejército, le exigieron que lo hiciera. Frondizi intentó aún
retener algo de poder: acordó con José María Guido, presidente provisional del Senado y
hombre neustral en la disputa, que asumiera el cargo en su lugar, y negoció con los
militares una detención que no le impidiera seguir ejerciendo influencia sobre su partido y
sus ministros. Pero también estos esfuerzos resultarían inútiles. Los comandantes en jefe
le exigieron a Guido que anulara los comicios de marzo.
Las disidencias se agravaron entre los seguidores de Perón. Mientras el Consejo propalaba
su Plan para la Concordancia y la Pacificación Nacional, los sectores duros se lanzaron a
organizar huelgas y protestas. La CGT realizó varios paros generales en mayo y junio de
1962, denunciando los acuerdos con el FMI de Álvaro Alsogaray, quien ocupaba el cargo
de ministro de Economía. Las 62 se reunieron en julio de 1962 en Huerta Grande,
Córdoba, para lanzar un programa revolucionario que a partir de entonces sería la
expresión del afán transformador del peronismo y de su afinidad creciente con las ideas
socialistas. Perón siguió dejando hacer a unos y otros.
Aunque los antiperonistas duros habían ganado posiciones en los cuarteles, a medida que
se frustraban los intentos de Frondizi por hallar una vía para la integración y Aramburu
perdía capacidad de contenerlos, no lograron eliminar la resistencia de otros grupos
castrenses, que pretendieron orientar al gobierno de Guido por una vía media para evitar
la radicalización del peronismo. A consecuencia de ello, desde abril de 1962 se produjeron
sucesivos conflictos entre facciones militares.
Todo esto reveló que la irresolución del problema peronista, la disputa sobre las reglas de
juego y la desinstitucionalización con los conflictos políticos llevaban a que cada vez más
se confiara sólo en las armas como vía para crear y ejercer el poder. Este hecho iba en
detrimento de la vía electoral.
La caída de Frondizi y la puja que desató en las Fuerzas Armadas no sólo expresaban
disensos; también manifestaban un nuevo y peculiar consenso sobre lo que era necesario
17
hacer: una auténtica revolución que cambiara de raíz a los actores, sus alineamientos y
comportamientos, porque sólo llevando al extremo los conflictos se podría terminar con
ellos. El problema que la revolución necesaria se pintaba con colores muy distintos según
la proclamara un partido político u otro, una u otra facción militar.
Se habían formado 2 bandos: por un lado, los llamados azules, que apostaban a una salida
electoral que intentara por nuevas vías la integración de los peronistas, transitoriamente
impusieron sus puntos de vista; por el otro, los coloraos, que controlaban la Armada pero
eran minoría en el Ejército, estaban convencidos de que había que excluir a los peronistas,
como asimismo a todos los partidos que estuvieran tentados de negociar con ellos. Las
tensiones recrudecieron en abril de 1963, cuando un levantamiento de la Armada desató
combates encarnizados, que incluyeron el despliegue de tanques en Bs As y otras ciudades
y provocaron un número considerable de muertos. Los azules se impusieron nuevamente.
Y confirmaron las elecciones convocadas por Guido para julio.
Pero si bien los azules lograron que en esas elecciones se permitiera la participación de los
justicialistas, los colorados no quedaron con las manos vacías: se mantendría la
proscipción de los peronistas. Cuando Perón anunció que apoyaría a Vicente Solano Lima
como candidato a presidente de ese frente, la Justicia optó por impugnar sus listas. Perón
logró entonces que la UP y los gremios lo acompañaran en su tercer llamado a votar en
blanco. El candidato de la UCRP, Arturo Illia se impuso con los votos.
Las elecciones de 1963, no sólo fueron objetadas por quienes votaron en blanco, sino
también por muchos otros que dudaban más o menos de que fueran el procedimiento
adecuado para establecer un orden institucional duradero y reencaminar el país.
Se estaba preparando el terreno para que se impusiera una desconfianza hacia el
gobierno de los partidos y se asumiera que sólo las Fuerzas Armadas podían gobernar y
asegurar el progreso. El plan Conintes había abierto la puerta a esta postura, y el fracaso
de Frondizi lo había legitimado en los cuarteles, en círculos empresarios, sindicales y
políticos y en amplios sectores de la opinión pública.
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Capítulo N° 3 “Arturo Illia: un gobierno moderado en la escena de la revolución”.
Electo en 1963 por la UCRP con un muy bajo porcentaje electoral, Illia apostó a mantener
divididos a los peronistas y los militares. La fórmula consistente en aplicar o levantar la
proscripción que desde 1955 pesaba sobre los candidatos que se identificaran con Perón,
ahora fue usada por Illia contra el que consideró su principal enemigo: el neoperonismo
controlado por Vandor. Este choque entre Illia y Vandor se agravaría por el intento del
primero de reformar el modelo sindical heredado, y por la presión que ejerció Perón para
debilitar a los neoperonistas, aun al precio de dividir la CGT y dar alas a la izquierda del
movimiento.
-Una tregua demasiado frágil: La llegada de Illia a la presidencia no fue acompañada por
las expectativas que Frondizi hacia sabido concitar. Debido a su insuficiente legitimación
electoral. El nuevo mandatario contó con el concurso de los actores predominantes en sus
respectivos campos: los azules del Ejército y los participacionistas de los gremios. Ninguno
de los 2 figuraba en la lista de aliados a los que Illia deseaba acercarse para adquirir bases
más sólidas y una efectiva capacidad de gobierno.
Illia y la UCRP no ocultaban su inclinación por los colorados. Si bien mantuvo al frente del
ejercito al jefe Azul, el general Ongania, Illia desafió su autoridad promoviendo apuestos
de mando a sus adversarios internos.
Los combativos habían ganado terreno gracias al fracaso de la integración y al apoyo que
ahora recibían de Perón, cada vez más receloso de las ambiciones de Vandor. Pero era
éste quien controlaba las principales organizaciones y encarnaba el núcleo duro del
modelo sindical que Frondizi había relegitimado y que constituía el verdadero obstáculo
para resolver la cuestión peronista y dar estabilidad al sistema democrático. Illia apuntara
a horadar las bases institucionales del poder de la burocracia sindical a través de la
democratización de la vida interna de los gremios, la autorización de más de una
organización por rama de actividad y la representación de las minorías en las
19
conducciones. Éstos eran objetivos que también compartían la izquierda y el peronismo
combativo y despertaron la ira del grueso de los dirigentes.
El hecho de que Illia se esmerara en preservar o restablecer equilibrios entre los varios
goliats, pero no era suficiente para torcer su destino. Porque para afirmarse y afirmar la
democracia no sólo debía combatir las “formas autoritarias y corporativas del pasado”,
sino también otras apuestas, las que prometían terminar con los problemas nacionales a
través del ejército revolucionario del poder y la violencia. Estimuló a los militares liderados
por Onganía a abandonar el ambiguo legalismo que habían abrazado cuando aceptaron el
llamado a elecciones en 1963. Y desaprovechó la posibilidad de cooperar con el
sindicalismo interesado a introducir a la política electoral su poder sectorial.
Tras las elecciones de 1963 Vandor relanzó esta iniciativa, contando a su favor con la
perdida de convocatoria el voto en blanco y la nada despreciable representación
institucional lograda por los neoperonistas.
En julio del año siguiente logró imponerse en la interna que oficializó la conducción del
partido justicialista, finalmente aceptado por el poder judicial. Pero ni a Illia ni a otros
actores partidarios le resultaba atractiva o siquiera tolerable esta versión laborista del
peronismo: de la formación de un peronismo laborista, interesado en la convocatoria
regular a elecciones, dependía la supervisión del sistema vigente frente al
intervencionismo militar. Illia y su gobierno se empecinaron en cortarle a ese peronismo,
cabría concluir que así clausuraron la única posibilidad que tenía la democracia en
cualquier caso bastante acotada.
Illia, descubriría demasiado tarde que esas virtudes también podían traerle problemas. Su
tercera determinación de defender las promesas realizadas durante la campaña electoral
abonaría su imagen como exponente de la vieja política, mal dotada para enfrentar los
cambiantes tiempos que corrían, ante una opinión pública y grupos organizados ya por
otros motivos, dispuesto de desconfiar de él, y a considerarlo incapaz, tibio y sobretodo
lento
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-Illia en funciones: una nueva versión de política conocida: En líneas generales, el gobierno
de la UCRP continuo la política económica y social aplicada por las gestiones anteriores, se
puso el acento en el nacionalismo económico, en la distribución del ingreso y la garantía
de los derechos sociales, valores con los que se habían identificado ya tanto los peronistas
como los desarrollistas. Los radicales del pueblo derogaron los contratos petroleros de
Frondizi y enviaron al congreso un proyecto de ley que establecía el salario mínimo, vital y
móvil, para aumentar los ingresos de los trabajadores menos calificados y de regiones
atrasadas, en general no cubierto por las paritarias. Se dispuso además el control de
precios de consumo masivos y de los medicamentos junto con otras medidas la tensión
sanitaria pública y gratuitas. La política económica buscó fortalecer el modelo de pleno
empleo, intervencionismo social, mercado protegido e industrializado por sustitución de
importaciones, modelo que ni siquiera la Libertadora había abandonado.
El resultado fue, en principio, positivo: la economía se reactivó aprovechando las
inversiones acumuladas durante el gobierno de Frondizi y dejó atrás la recesión desatada
en 1962. Pero eso no bastó para resolver dificultades estructurales. Las medidas
nacionalistas retrajeron las inversiones extranjeras en el sector petrolero, por lo que
agravaron esos problemas. La CGT lanzó un plan de lucha entre mayo y junio de 1964. El
Ejecutivo no quiso reprimir y se limitó a solicitar a la Justicia que frenara la toma de
fábricas.
Aun cuando la economía creció a buen ritmo en 1964 y 1965 y los profesionales,
pequeños empresarios y comerciantes se contaban entre los más beneficiados, muchos
tendieron a creer que era posible y necesario hacer más.
El movimiento estudiantil y los universitarios en general hallaron sus propios motivos para
no simpatizar con Illia. Si bien éste dio continuidad a los incrementos presupuestarios, el
cogobierno y la autonomía, y fortaleció los planes de investigación en ciencia y técnica,
sus logros quedaron deslucidos debido a la creciente adhesión de los universitarios a las
ideas revolucionarias.
Su crítica a Washington bastó para que los militares, deseosos de participar de la cruzada
anticomunista y de ganar puntos en la estima de sus pares norteamericanos, juzgaran que
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coqueteaba con un regionalismo izquierdista peligroso para la seguridad nacional. Un
terreno en el que sí se pudo avanzar fue Malvinas, en 1965 el gobierno de Illia logró que el
litigio se aceptara como un caso de descolonización en las Naciones Unidas.
Es comprensible que Illia no pudiera poner alto al poder de Onganía en el Ejército. El
caudillo azul había incrementado su prestigio sobre el conjunto de los uniformados al
restablecer la disciplina interna y dejar atrás los coques de 1962 y 1963, gracias a sus
indiscutibles dotes de jefes y al impulso dado a la lucha contra el comunismo como misión
esencial de las Fuerzas Armadas.
Otro terreno donde el gobierno de Illia se reveló mal preparado fue el de las
comunicaciones. Los programas televisivos de actualidad se multiplicaron y cobraron gran
influencia. Surgieron sofisticadas revistas de análisis sobre la situación del país y el mundo.
El capo en el que se reveló la limitación más seria de la estrategia oficial fue la relación con
el peronismo en sus dos versiones, electoral y sindical. Atento al problema de legitimidad
que enfrentaba, Illia anunció que se eliminarían las proscripciones. Illia debía presentase a
la vez ante la izquierda y la derecha como la única opción capaz de evitar que los
peronistas volvieran al poder.
La única opción que le quedaba era mantener dividido el caudal justicialista y rogar que le
alcanzara el tiempo para probarle a un número suficiente de votantes de las demás
extracciones que su opinión moderada era la más adecuada para salir adelante. Al
acercarse las elecciones parlamentarias de 1965, insistía en ofrecer la zanahoria de la
competencia electoral a los neoperonistas mientras agitaba el garrote de la limitación del
poder sindical y la exclusión de Perón. Ante esto, la CGT anunció para 1965 una nueva
edición de sus planes de lucha. Illia, por lo tanto, se vio aislado y asediado, incapaz de
representar los intereses de ninguno de los dos bandos.
También los peronistas se dividieron, debido a la puja entre Perón y Vandor. Y un duelo se
disparó a raíz del Operativo Retorno: Perón intentó volver al país en diciembre de 1964,
para acorralar a los militares y a Illia; pero Vandor y Las 62 incumplieron su promesa de
movilizarse para forzar su ingreso al país y el líder se tuvo que quedar en el avión en Brasil.
El gobierno de Illia se vio obligado a mostrar el peor rostro de la proscripción faltando a su
22
compromiso de levantarla. Perón ya no dudaría en alentar la revuelta, contra el gobierno y
contra los traidores. Sus proclamas lograrían dividir a la CGT e incluso a Las 62: Framini y
otras figuras se alejaron del Vandorismo y crearon las “62 organizaciones de pie junto a
Perón”.
-La lucha de ideas y el nuevo rol de la juventud: Durante la segunda mitad de los 60’, la
Argentina vivió una verdadera revolución de las costumbres, creencias y expectativas. El
bienestar económico acumulado desde la segunda posguerra; la crisis de las tradiciones y
las ideas conservadores que habían predominado en la familia, en la educación y en la
vida social durante los 50’; y la revolución tecnológica en las comunicaciones y el
transporte dieron un color peculiar a esos años. Una de las características de esta época
fue que la juventud pasó a ser un actor decisivo y autónomo, publico predilecto de los
nuevos bienes y servicios y también de los discursos de la política. El impacto más decisivo
fue la acumulación de frustraciones con los sucesivos proyectos reformistas.
El quiebre entre generaciones se magnificó debido a que el país se había modernizado a
gran velocidad en los 10 años transcurridos desde 1955. Y esta modernización había
impactado sobre los sectores medios educados por varias razones: el fácil acceso a la
universidad y las corrientes de pensamiento renovadoras por entonces en boga en el
mundo occidental, la liberación de la mujer y su rápida integración en la vida cultural y
económica.
El cuestionamiento plebeyo de las jerarquías, se estaba extendiendo a toda clase de
relación de poder. Las señales de cambio en el terreno político eran muy diversas: la
revolución cubana, el movimiento descolonizador del tercer mundo, la guerrilla en todos
los continentes, la experiencia socialista en el Este europeo y en Asia, daban cuenta de la
descomposición del sistema político y económico y el nacimiento de un nuevo mundo.
El giro a la izquierda de las clases medias tras la desilusión con Frondizi, marcado en las
elites ilustradas, que se sintieron ignoradas por la política de partido, convergió con el giro
del peronismo político y sindical.
23
La diferencia entre esta coincidencia y otra casi opuesta en el vecino Brasil, explica la
división sociopolítica entre ambos países. El desarrollismo de Brasil no solo será más
satisfactorio para las clases medias brasileras que el programa de Frondizi para sus pares
argentinas, también lo era por lo impulsado por los militares que habían elegido como
aliados a los profesionales y universitarios. En argentina la situación parecía mucho menos
favorable y sus demandas sectoriales y su visión de los problemas coincidieron con las de
un activo y cohesionado mundo obrero. El ideario revolucionario tuvo como peculiaridad
la función política atribuida a las convicciones: había rechazo a las ideas tradicionales y
nace el militante como artificie del futuro. Era el que llevaba a la práctica a sus
convicciones y su contracara era el político burgués.
Dentro de la izquierda le otorgaron a la acción un papel predominante, de allí el auge de
los guevaristas, maoistas y trotkistas
Las ideas nacionalistas venían ejerciendo influencia en la vida política: primero habría
adquirido prestigio entre las fuerzas de derecha y luego en la izquierda, que denunciaba al
imperialismo y se resistían a las internacionalización y liberalización del país. Los
nacionalistas de los años 60 (sean de derecha o izquierda) eran reactivos a la noción de
modernización, ansiaban la restauración sustentada en recuperar la comunidad de destino
entre el pueblo y el ejército, entre empresariado, clases medias y obreros, entre
metrópolis y provincias.
La disputa dentro del campo nacionalista alcanzó a todas las instituciones, incluso a las
fuerzas armadas: ganaba el espacio un anticomunismo virulento. El entrenamiento militar
fue acompañado por la recristianización a las fuerzas librándolas de todo resabio de
laicismo liberal.
La lucha ideológica también se dio en la iglesia católica: durante el concilio del vaticano en
1962, en Roma, se cuestionaba la tradición conservadora y se invitaba a enfatizar en el
compromiso social. La iglesia, además, gravitacionaba en la educación y en la asistencia
social a través de organizaciones voluntarias que se volvieron masivas para ese entonces.
La iglesia se tornó en un campo de batalla entre ortodoxos, que se sentían amenazados
por cualquier tipo de reforma y los reformistas que se fueron politizando y radicalizando,
24
confluyendo algunos de ellos con jóvenes de izquierda marxista y peronistas y
sintonizando cristianismo con revolución.
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Cap N°4 “La revolución Argentina de la suma del poder a la impotencia”.
Los militares anunciaron el comienzo de una etapa nueva en la vida del país a la que
llamaron Revolución Argentina. Se abriría si una vía pacífica occidental y cristiana hacia el
progreso. Los militares del 55 habían ignorado las trabas estructurales para el desarrollo.
A partir del 66 en cambio se daría absoluta prioridad a lo económico y sólo tras haberlo
resuelto, se atendería a los actores sociales y a la política. La sociedad tendría que
someterse a los designios de un gobierno autocrático que velaría por sus intereses desde
arriba, sin consultarla en lo más mínimo.
Onganía, no sólo ejercía el poder ejecutivo durante un plazo indeterminado, con toda
libertad para decidir sobre funcionarios y política, sino también el poder legislativo y los
poderes provinciales y tendría amplias atribuciones sobre las fuerzas armadas.
- Onganía y el tiempo económico: Onganía anuncio que conformaría su gabinete según las
premisas que la revolución había establecido para su primera etapa: Asepsia ideológica Y
capacidad técnica. El objetivo era asegurar que el gobierno se abstuviera de hacer política
y se ocupará exclusivamente del desarrollo de la Industria, la construcción de
infraestructura y el proceso técnico en todas sus formas. Durante sus primeros años en la
presidencia esta fórmula resultó eficaz. El gobierno de facto tampoco halló abiertas
resistencia en los partidos, pese a que los prohibió y expropió de sus bienes para
obligarlos a disolverse. La política económica tuvo margen para combinar medidas duras
con otras desarrollistas, como la promoción crediticia y fiscal de la industria y un número
impresionante de Obras Públicas
Onganía y sus seguidores más fieles tenían en mente la España de Franco. Así también se
aplicaron políticas desarrollistas. Onganía y los suyos buscaron utilizar el poder que les
habían delegado las fuerzas armadas para instaurar una política cultural y educativa,
clerical y retrógrada.
El objetivo principal de Onganía era sellar una alianza con los empresarios más poderosos,
nacionales y extranjeros e integrar subordinadamente en ella los sindicatos. Busco
acelerar el desarrollo para ganar ambos apoyo a la vez. Las radios y televisoras públicas
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fueron puestas en manos de fanáticos derechistas. Se previeron Y cerraron numerosas
publicaciones independientes. Lo mismo sucedió con las universidades nacionales.
Consideradas las principales promotoras de una cultura atea. Esta debía ser extirpada, aun
al precio de sacrificar la calidad académica. No sólo se procedió a intervenir las casas de
altos estudios sino también a designar a derechistas para dirigirlas, y, cuando ello generó
resistencias, se las reprimió con toda la fuerza posible.
El episodio más dramático que dio lugar a esta política fue la noche de los bastones largos
ciento de profesores y estudiantes de la Universidad de Buenos Aires fueron apaleados
delante de la prensa mientras se desarrollaba de las facultades que habían tomado en
protesta por la intervención de la universidad. Muchos de los docentes involucrados
fueron despedidos o renunciaron a sus cargos y emigraron para seguir desarrollando sus
actividades en los Estados Unidos y Europa.
Esto genero el silenciamiento de las voces opositoras y la sociedad se mostraría cada vez
menos dispuesta a acatar el consenso pasivo que se les imponía.
Los policías recibieron instrucciones de detener a jóvenes con pelo largo, minifalda o
cualquier otra señal de rebeldía y liberalidad.
Los empresarios identificados como aliados por las autoridades fueron invitados a integrar
los consejos asesores que planificarían en el futuro del país. El objetivo de esta iniciativa
era disolver sus asociaciones. Pero los hombres de negocios se negaron a resignar su
autonomía. Encontraron además en el ministro de economía Vasena un interlocutor
dispuesto a atender sus pedidos a través de los mecanismos tradicionales.
Krieger logró bastante poco en lo referente a la apertura comercial, el ajuste del gasto y el
aumento de los impuestos. El alza de precios continuó: la reducción de costos provocada
por las inversiones públicas y privadas no bastó para detenerla en ese contexto signado
por las pujas de precios entre sectores empresarialés, y por altos niveles de empleo y
consumo.
A comienzo de 1968 se formó una mayoría combativa en la conducción de la CGT. Cuando
Vandor y Alonso la abandonaron en señal de disconformidad la central se rebautizó CGT
de los argentinos y abrazó un programa revolucionario. El gobierno aplicó represión y la
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tensión que se fue acumulando explotó en el 69´. A raíz de un conflicto menor en los
comedores de la Universidad del nordeste un estudiante fue muerto por lo que los
estudiantes de todo el país se movilizaron. Primero se desató el Rosariazo: grupos
universitarios y gremiales se volcaron a las calles de la ciudad desbordando a la policía y
sólo se replegaron cuando el Ejército ocupó el centro.
Las 2 CGT llamaron a una huelga general a raíz de la muerte de otro manifestante. Se
desató una nueva revuelta en Córdoba miles de estudiantes y trabajadores ocuparon las
calles levantaron barricadas e hicieron huir a la policía. Actuaron movidos tanto por la
solidaridad con sus pares del litoral como por las demandas específicas desatendidas y el
generalizado rechazo hacia las autoridades locales. El ejército tardó dos días al restablecer
el orden.
Lo más preocupante para Onganía sería que no sólo recibió críticas por la represión
desatada, sino también por su ineficacia para administrarla.
Ni siquiera Onganía fue indiferente a este clima: para equilibrar las cosas con los liberales
de Lanusse despidió a Erieger, responsabilizándolo por las protestas, concedió aumentos
salariales del 20%, y a comienzos de 1976 devolvió las obras sociales a los gremios e
incrementó sus recursos con los aportes obligatorios de trabajadores y empleadores.
También permitió la convocatoria a un congreso normalizador de la CGT en el que los
dialoguistas recuperarían la conducción. Supuso que estos gestos no sólo le permitirían
sintonizar con el gremialismo sino también con grupos católicos, políticos y empresarios
cuya simpatía había ido perdiendo. Nada de eso, sin embargo, reparaba la relación con
sus pares: más bien la empeoraba.
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ánimo de los uniformados como el cordobazo para que aceptaran que el reemplazo del
presidente era inevitable.
Esa conmoción provino de un grupo guerrillero recién creado, montoneros, que secuestró
al ex presidente Aramburu. El cuerpo de vida de Aramburu fue hallado más de un mes
después y los responsables no pudieron ser detenidos. Eso puso en evidencia la
ineficiencia de las medidas de represión y lo desafiantes que habían llegado hacer las
guerrillas.
El hecho tuvo un impacto profundo sobre la vida del país, a partir de entonces empezó a
darse un clima dominada por la violencia política.
Lanusse, encabezó la conspiración. de modo que cuando finalmente le exigió la renuncia
el presidente este no tuvo medios para resistir. La junta de comandantes designó
presidente al general Levingston.
La inflación que finalmente Krieger Vasena había logrado reducir volvió a trepar al año
siguiente. Las protestas sindicales se reactivaron y el anuncio de que pronto habría un
plan de apertura incentivo a los políticos a reclamar un cronograma electoral concreto.
Pocos meses bastaron para advertir que el nuevo presidente estaba agravando los
problemas heredados.
El debilitamiento de la autoridad Estatal era el problema clave. El estado intervenía en una
infinidad de asuntos con el afán de regularlos o gestionarlos pero no lograba ni una cosa ni
la otra. Su debilidad y falta de autonomía frente a los grupos sociales de las corporaciones
generaron crecientes desequilibrios.
Una de las consecuencias de este deterioro del contexto económico y de la violencia
política fue el repliegue de las multinacionales, dejaron de intervenir o cerraron sus
puertas y su peso económico empezó a reducirse.
Levingston insistió en su apertura política con la tesis onganiana de que los partidos
preexistentes debían disolverse para que sus dirigentes fueran admitidos en la Nueva
etapa política. Exigió a perón un renunciamiento. Pero perón, apostaba ahora la
movilización y la protesta, de allí su abierto respaldo a montoneros. Los jóvenes
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guerrilleros enarbolaron una bandera inequívoca, Perón o muerte, y con ellos llevaron a
cabo una ola de atentados para dejar en claro que hablaban en serio.
Finalmente tras un nuevo estallido de protesta con Epicentro en Córdoba que se
conocería como viborazo, en 1971 la junta desplazó a Levingston. Y asumió en su lugar
Lanusse, quién retuvo la comandancia del ejército.
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Cap N° 5 “De la primavera de los pueblos al imperio del terror”
31
Por lo que perón sería electo junto a su esposa. Lograron finalmente su cometido, volver a
la presidencia gracias a una votación masiva.
-La muerte de perón y el fin de la revolución peronista: Perón, se recostaba ahora en los
gremios para que, junto con Rega, lo ayudarán a controlar a montoneros.
En los meses posteriores permitió que los recursos estatales y los hombres de las fuerzas
de seguridad y del Ejército nutrieran las bandas de ultraderecha. López Rega creó la
alianza anticomunista Argentina, órgano de represión ilegal dedicado a la persecución
secuestro y eliminación de militancia de izquierda.
Los sindicatos habían hecho lo posible por respetarlo, pero desde que los precios
comenzaron a descontrolarse habían sido desbordados por la presión de las bases,
deseosas de "actualizaciones" salariales.
Con la muerte de perón, en 1974, el poder queda en manos de su esposa. En este
contexto montoneros decide pasar a la clandestinidad.
Al mes siguiente Montoneros proclamó abiertamente el reinicio de la lucha armada y poco
tiempo después anunció su regresó a la clandestinidad. Desde entonces se desplegó el
recurso a la violencia sin límite alguno.
Las presiones de la CGT crecieron y el ritmo inflacionario se aceleró. Isabel y López Rega
nombraron ministro de Economía a Celestino Rodrigo, quien adoptó una terapia de shock.
La devaluación esta vez fue del 100%, el aumento de tarifas aún mayor y la suba de los
salarios muy inferior. Las protestas sindicales se desbordaron.
Su última esperanza en que los empresarios ayudaran a sostener una política orientada a
favorecerlos. Pero las patronales firmaron aumentos de hasta el 200%. Cuando Isabel
advirtió la trampa en que había caído, ya en tarde.
Anunció que no aceptaría esos acuerdos, pero la movilización sindical volvió a torcerle el
brazo: con la Plaza de Mayo repleta de obreros, debió desprenderse de Rodrigo y de López
Rega y rendirse ante la CGT. Corría el mes de julio de 1975. Isabel pidió licencia por cinco
semanas. La presidencia provisional fue asumida por el titular del Senado.
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Cuando retomas sus funciones, ante las continuas amenazas de golpes anuncia elecciones
para 1976.
En este contexto los militares fueron llamados a retomar el poder. El país por lo tanto se
empezaba a encontrar bajo la junta militar.
A diferencia de los golpes anteriores, el nuevo gobierno involucra las tres armas por igual.
La intención es disciplinar a la sociedad Argentina en un nuevo proyecto de país,
ordenado, sin huelgas y sin movilizaciones populares. Con un estado con menos
intervención en las relaciones económicas y sociales. El golpe, fue apoyado por grupos
financieros grandes empresarios terratenientes y gran parte de la jerarquía de la iglesia
católica.
Tienen como objetivo principal la eliminación sistemática de toda actividad política social
y cultural que el gobierno considera subversivo.
Habría, llegado el momento de una intervención militar mucho más intensa que todas las
anteriores: una que no se limitaría a "poner orden" ni a excluir a un sector civil "desviado"
del ejercicio del poder político, y ni siquiera a cambiar esta o aquella política para
"acelerar el desarrollo", sino que curaría al cuerpo de la nación, enfermo de pies a cabeza,
inyectándole por la fuerza el antídoto contra sus males.
Ésta fue la postura que adoptó el Ejército cuando Isabel designó para conducirlo a Jorge
Rafael Videla, una figura hasta entonces auténticamente prescindente de la vida política,
incluso de los conflictos internos.
Capítulo 6
La Junta Militar que tomó el poder en mano de 1976, dedicó sus dos primeros años de
gobierno a aplicar su "plan antisubversivo", que además de fines represivos contemplaba
metas políticas (reeducar y reorganizar a los actores sociales y políticos), incluso
económicas e internacionales.
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El llamado "Operativo Independencia" había creado una decena de centros de detención y
tortura, donde cumplieron "turnos" miles de oficiales de las tres fuerzas y fueron
asesinadas centenares de personas durante ese año.
Al ocultar los cruentos crímenes que se estaban cometiendo o atribuirlos a bandas que
operaban fuera del control del gobierno y que éste tardaba en someter la junta esperaba
evitar o al menos moderar las críticas internacionales por la violación de los derechos
humanos.
La diplomacia de los Estados Unidos, que había apoyado el golpe contra Allende en Chile,
evaluó la situación argentina de modo muy distinto, como el fruto de la crisis de una
fuerza populista desangrada entre el fascismo y el terrorismo de izquierda y en cualquier
caso incapaz de encabezar una revolución social. De allí que Washington se mostrara
comprensivo hacia los problemas de desorden y terrorismo que debían enfrentar los
militares locales.
En cuanto a la política exterior se plantearon 3 posiciones al respecto: En primer lugar,
impulsados por Videla y su segundo en el Ejército, Roberto Viola, los "occidentalistas”
buscaban aliarse a Washington para obtener el apoyo político y financiero necesario para
la reinserción del capitalismo argentino en los mercados mundiales y la del país como
potencia regional. La segunda opción, con amplios apoyos en el generalato y consenso en
las otras fuerzas, promovía un "regionalismo defensivo" no sólo ante la amenaza
comunista sino ante las llamadas "plutocracias decadentes": apuntaba a aprovechar la
presencia en la región>de otros regímenes militares para concretar la ansiada "zona de
influencia argentina" que haría contrapeso a los Estados Unidos. Con ese fin se promovió
una regionalización de largo aliento de la represión.
Por último, los sectores nacionalistas de las tres fuerzas impulsaban un "aislacionismo
guerrero" que consistía en integrar el plan represivo a una estrategia más amplia de uso
de la fuerza para resolver conflictos donde la diplomacia había probado ser insuficiente,
entre ellos los diferendos limítrofes con Chile y la disputa por Malvinas con el Reino Unido.
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Durante 1976 uno de los recursos más utilizados por los militares para eliminar el cuerpo
de los desaparecidos fue simular enfrentamientos, y más de un millar de secuestrados
figuraron como "muertos en combate". Recién desde mediados de 1977 empezaron a
ocultarse sistemáticamente-los cuerpos de las víctimas arrojándolos al Río de la Plata y al
mar, o enterrándolos en tumbas NN.
A mediados de 1976, cuando fueron asesinados varios sacerdotes y seminaristas la
jerarquía eclesiástica guardó silencio. Recién cuando entre fines de ese año y comienzos
de 1977 desaparecieron una decena de curas y monjas, la Conferencia Episcopal pidió
moderación.
Cuando Martínez de Hoz, fue convocado por los tres comandantes para formular el
programa económico del Proceso poco antes del golpe, esos planteos fueron la base del
acuerdo. Los miembros maduros de las clases altas en general fueron los más entusiastas,
debido a la oportunidad que se les ofrecía de "retomar el mando" en las empresas, en las
instituciones y en sus propias familias. Sentían que el de Videla era "su gobierno".
Las acciones dirigidas a complementar la ofensiva antisubversiva: desactivar a los sectores
populares, cortar sus canales de actuación colectiva y liquidar los mecanismos económicos
y estatales que los habían fortalecido.
La devaluación y el congelamiento de las paritarias constituían una estrategia habitual
para este tipo de gobiernos y situaciones de crisis. A esto se le sumaron medidas mucho
más audaces como la liberación de los precios junto con el congelamiento de los salarios,
una nueva ley de contratos de trabajo y proyectos para reducir al mínimo el poder
sindical, una baja en las barreras comerciales que por décadas habían protegido a la
industria nacional, y el drástico recorte de gastos en educación, salud, previsión y
asistencia social.
Los militares habían aceptado el ajuste inicial pero no que se afectara el nivel de empleo,
temiendo que la desocupación hiciera reverdecer las protestas. Tampoco se aceptó la
reducción del gasto público excepto en los rubros sociales (los servicios de Educación y
Salud se transfirieran en gran medida a las provincias).
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Capítulo 7
A mediados de 1978, Videla pasó a redro y logró ser "reelecto" en la presidencia por los
generales y la Junta: seguiría en el cargo hasta marzo de 1981.
Videla apostó a consolidar su poder por otras vías. Su primera opción fue la búsqueda de
respaldo estadounidense: creyó que, concluida la "lucha antisubversiva", dado el éxito del
Proceso en "pacificar el país", había llegado el momento de eliminar los recelos entre
ambos gobiernos y de demostrarle a Washington que la vocación democrática era sincera
y que con el apoyo necesario podría ponerla en práctica. La condición fue que se
concretara la misión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que
venía reclamando desde 1977 y que esperaba que sirviera al menos para detener las
desapariciones. Tras largas negociaciones, Videla aceptó.
Fue así que, aunque el régimen desmanteló la mayor parte de los centros de detención y
liberó a buena parte de los presos políticos, la misión de la CIDH, que llegó a comienzos de
septiembre de ese año, no se dedicó a registrar esas "mejorías" sino a indagar la suerte de
los desaparecidos.
En 1981 ASUME la presidencia el general viola y designa frente al Ministerio de economía
a Sigaut. El plan de este asiento más la crisis, la inflación, la devaluación y desocupación y
llevan a la economía al borde del Abismo la deuda externa crece las actividades culturales
se reactivan y el periodismo crítico aparece. Es designado al frente del Banco Central,
Cavallo, una de sus primeras medidas implica asumir como pública las deudas privadas de
las grandes empresas. Y a esto se suma un cambio en las políticas del FMI y el Banco
Mundial que dejan de ofrecer préstamos baratos a los países latinoamericanos durante la
dictadura y la deuda externa se multiplica por 6.
Con la presión política y descontento Popular en aumento a finales de 1981 ASUME la
presidencia Galtieri.
Los militares Tenían un gran problema debido a que se estaban dando muchas
manifestaciones públicas a favor de los derechos humanos y también los sindicalistas
seguían divididos. Por lo que había que reconquistar el alma de la sociedad recuperar el
entusiasmo perdido, lo que sería difícil de lograr en medio de la crisis y con una política
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que descargaba cada vez más sus costos en los salarios. Y la respuesta era invadir Malvinas
que se venían elaborando desde el comienzo mismo del proceso. El operativo se lanzó el 2
de abril de 1982, la ocupación de la isla fue rápida. Pero Margaret Thatcher puso en
marcha, una operación militar para recuperar las Islas por las fuerzas y los argentinos no
se retiraban. Lo peor fue que la junta militar lo considero una fanfarronada ante la cual
convenía escalar el conflicto de modo que envió más tropas y equipo a lo que bautizó
Puerto Argentino. Finalmente el 14 de junio argentina se rindió.
En 1982 la imagen de la dictadura está deteriorada, la derrota en Malvinas, el fracaso de
sus políticas económicas y las denuncias por violaciones a los Derechos Humanos consigue
que la sociedad Argentina empieza a salir del silencio. A su vez el fracaso de Malvinas
reaviva, el conflicto interno dentro de la junta, la irresponsabilidad con que fue conocida
la operación y la suerte corrida por los combatientes precipita, la caída de Galtieri, Qué es
removido desde su puesto. Por lo que asume Bignone. Y este Llama a elecciones.
La UCR experimentó una profunda renovación durante la transición. Renovación que tenía
que agradecerle a Balbín por mantener activa a esta fuerza, cuando Balbín desaparece el
alfonsinismo se impuso en la interna.
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La ley de reforma sindical pretendía asegurar el pluralismo en la elección de autoridades y
la toma de decisiones otorgando representación a las minorías mayor autonomía a las
seccionales y delegados por empresa e imponiendo límites a la reelección de los dirigentes
y un mayor control sobre el manejo de recursos. Fue aprobada en diputados, pero cuando
llegó al senado, se rechazó.
La CGT unificada realizó su primer paro general para exigir la inmediata apertura de las
paritarias cerradas desde 1975. Su siguiente paso fue la formación del grupo de los once
con las entidades empresariales y la redacción conjunta de una lista de reclamos que
incluían el aumento del gasto Público de los salarios y de los subsidios a la producción.
Alfonsín, se había estado mirando por cumplir otra Promesa de campaña, combatir la
inflación y al mismo tiempo hacer crecer el salario real y al mismo tiempo hacer crecer la
economía., de hecho en la primera mitad de 1984 pareció encaminado a lograrlo.
Pero la economía Argentina se encontraba, tras la salida de la dictadura militar, sumergida
una gran crisis económica.
El primer ministro de economía, Grinspun, decía que para salir del estancamiento era
fundamental impulsar el crecimiento económico de la mano del consumo y de una
renegociación de la deuda externa que permitirá disminuir sus pagos y destinar ese capital
al desarrollo del país. Pero la respuesta de los organismos internacionales fue negativa. A
su vez el gobierno debía controlar una gran inflación.
La creciente inflación disparada a causa del exceso de emisión de moneda, ante la
imposibilidad de renegociar la deuda, el gobierno decidió cambiar el plan y aplicar el
recorte de gasto público, la contracción monetaria Y el congelamiento de salario para
paliar la crisis. La respuesta de la CGT, liderada por Ubaldini fue un plan de lucha sindical
que paraliza al país a través de huelgas generales.
El nuevo ministro de economía Sourrouille, pondría en marcha un programa articulado
basado en el congelamiento de todos los precios de la economía, la instalación de una
nueva moneda nacional, el austral, y la desindexación de todos los contratos para detener
la inercia inflacionaria que reproducía hacia el futuro la inflación pasada. El programa
obtuvo el respaldo de Washington que obligó al FMI a apoyarlo con nuevos créditos y
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perdonar el incumplimiento de los anteriores, esto le permitió al nuevo ministro de
economía disminuir drásticamente los índices de precios.
el plan tuvo éxito en controlar la inflación y renovó la confianza ciudadana.
Esta reactivación se hizo sentir en la industria: Mientras se mantuvieron las retenciones a
las exportaciones agropecuarias las industriales recibieron nuevos subsidios. El gobierno
se enemistó con las entidades del campo que iniciaron una serie de protestas contra las
retenciones. Estos tributos pronto Se volvieron insostenibles debido a graves
inundaciones y a la caída de los precios internacionales de los alimentos. Este sería el
talón de Aquiles del plan.
A mediados de 1986 la economía volvió deteriorarse y ni la recuperación parcial de los
salarios ni otras medidas como el plan alimentario nacional, es decir, el PAN que
distribuida comía entre los familias indigentes, el plan de alfabetización o el subsidio por
desempleo bastarán para desmentir la crítica que le hacía, ya que su gobierno no tenía
voluntad capacidad o ninguna de las dos cosas para terminar con la exclusión.
El clima político tampoco es alentador a partir de la semana santa de 1987 una serie de
levantamientos militares mantiene en vilo a todo el país, por otro lado la CGT liberada por
Saúl Ubaldini continúa con su campaña de huelgas generales que desgastan aún más la
imagen del presidente.
Frente a este escenario el gobierno elabora una estrategia de salvataje cuyo objetivo
principal es lograr un mínimo control mínimo de la economía hasta llegar a las Elecciones,
esta estrategia es el plan primavera. con este plan, el estado Busca regular el precio del
dólar Estableciendo un doble juego cambiario, al tiempo que intenta un acuerdo entre
obreros y empresarios para congelar precios y salarios, también se emiten nuevos bonos y
se insiste con las privatizaciones de las empresas públicas pero estas medidas no generan
confianza y el plan Primavera no pasa el verano.
Durante los primeros meses de 1989 la inflación no da tregua y el Banco Mundial
suspende temporalmente la ayuda a Argentina. El índice de pobreza aumenta
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vertiginosamente y el costo de vida, arrasan Los sueldos de los trabajadores, el ministro
Sourrouille renuncia.
Llegado mayo de 1989 el gobierno de Alfonsín recibe ataques de todos los frentes. en
Estados Unidos el nuevo presidente George Bush aumenta la presión financiera sobre el
estado Argentino, intimidando a cumplir con los pagos de la deuda externa, al mismo
tiempo dentro del país las grandes empresas retienen sus Divisas; la clase media compra
dólares y las clases bajas a duras penas pueden comprar alimentos renunciar llegado.
Un hombre comenzaba a destacarse a nivel nacional, y se abrió pasó Gracias a su
incursión en los medios de comunicación, el gobernador de la provincia de La Rioja,
Menem.
Su discurso, opuesto Angeloz, sostenía la necesidad de un salariazo y de una Revolución
productiva.
Las elecciones del 14 de mayo arrojaron un 47% de las preferencias por Menem. Entre
mayo y junio hubo otra vez sangre en las calles. Se produjeron saqueos de comercio y se
registraron varios muertos. En este contexto Alfonsín y su vicepresidente presentaron sus
renuncias al congreso y por lo tanto el 8 de julio se concretó el traspaso del mando al
peronista Menem.
Cap N°9
Hacia 1988 la Argentina vivía una dura crisis económica, pese a los esfuerzos del
presidente Alfonsín y el constante cambio de ministro de economía, la situación
empeoraba día a día, de forma inesperada en las internas justicialistas del 9 de julio de
1988, la fórmula presidencial Carlos Menem y Eduardo Duhalde, se alzó con el triunfo. Al
año siguiente la crisis económica culminó en un proceso hiperinflacionario mientras la
pobreza y el desempleo aumentaban y el poder político del presidente se diluía, Menem,
en campaña prometió el salariazo y la revolución productiva.
El 14 de mayo de 1989 Se realizaron las elecciones presidenciales la fórmula del partido
justicialista obtuvo mayoría de votos frente a los radicales Eduardo Angeloz, Carlos Saúl
Menem en el nuevo presidente de los argentinos.
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El caos económico desatado a comienzos de 1989 Coronado con sucesivos picos
hiperinflacionarios a lo largo de ese año y el siguiente destruyó la moneda como medio de
intercambio y de regulación de la economía.
La crisis y el empobrecimiento colectivo dieron lugar a una valoración exaltada de quienes
no lo sufrían: los ricos, los empresarios, los inversores, es decir, los exitosos.
una vez instalado en el poder el presidente dejó de lado su promesa de campaña y siguió
las recomendaciones de los grandes organismos de crédito internacional; para el FMI, la
solución a la crisis Argentina era reducir el papel del estado y anular cualquier intento de
regulación de la vida económica, con estos objetivos el peronismo de Menem comenzó a
desmantelar el modelo de estado que su propio partido había construido en los años 40.
La clausura a causa de la hiperinflación, de los canales a través de los cuales los grupos
sociales defendían sus intereses, abarcó incluso muchos empresarios. La caída abrupta del
consumo llevaron a la quiebra a miles de empresas.
En los sectores altos abundaron los que, dolarizaron su capital, salieron ganando. Por otro
lado, entre los que más perdieron se contaron sin duda los trabajadores del sector
público.
Menem, dedicó grandes esfuerzos a formular un nuevo relato sobre el origen de los
problemas del país, que ubicó en el 1930, pero no tanto por los golpes militares, sino
porque, como si estuviera el proceso, en esa década se había abandonado el mercado
para abrazar el intervencionismo Estatal y el proteccionismo.
Se avanzó entonces con las primeras privatizaciones, ENTel y aerolíneas argentinas, a las
que pronto se sumaron las concesiones de ramales ferroviarios y rutas. El estado se
ocuparía de la regularización de la deuda externa, tendría dinero para cerrar su cuenta y
se desvincula de una prestación de servicio que yo no podía financiar. Marzo de 1991
asumió Cavallo, pocos días después el flamante ministro logró que el congreso sancionará
la llamada ley de convertibilidad, el austral la moneda en curso de entonces, fue
reemplazado por el peso se estableció entonces un tipo de cambio fijo de $1 igual 1 dólar,
lo que exigía que el estado tuviera reservas en dólares que respaldaran el 100% de los
pesos en circulación, el resultado del plan conducido por el ministro Cavallo tuvo un éxito
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inmediato; de la mano de su ministro de economía Menem controlo la hiperinflación pero
alentado por este éxito continuo con su plan de desmantelamiento del sector público.
Usar la dolarización de la economía no era Reproducirla, sino para restaurar la confianza
en la moneda local.
El modelo menemista fue exitoso en su esfuerzo por atraer capitales. Pero bueno aparte
de ellos no se destino inversiones productivas sino financiar el gasto público a través de
nuevos bonos de deuda que el gobierno emitió para conseguir los dólares que no podía
obtener del comercio exterior.
En 1993 por la reforma del sistema previsional, el plan económico parecía imparable, a
partir de ese momento las llamadas administradoras de fondos de jubilaciones y
pensiones (afjp) se encargaron de administrar de forma privada los aportes previsionales
de los trabajadores y patrones. Para cubrir y pagar al menos parte de la enorme deuda
jubilatorio acumulada En las décadas anteriores se recurrió a la venta de YPF.
Al tiempo que se desarrollaba y profundizar el plan del ministro Cavallo la Argentina
establecía un fuerte vínculo con los Estados Unidos. Durante la Primera Guerra del Golfo,
se enviaron dos bancos argentinos a Irak y se abandonó el llamado movimiento de países
no alineados. Este cambio de posición para la Argentina Tuvo una gran repercusión
interna, 2 atentados se llevaron a cabo, uno en 1992 a la embajada de Israel y el otro en
1994 a la amia.
En ese clima, Carlos Menem, impulsó la reforma de la Constitución, para lograr su objetivo
firmó el pacto de Olivos junto al líder de la oposición Raúl Alfonsín. Entre mayo y agosto
de 1994 Se elaboró y sancionó la nueva constitución nacional. El texto incluye a la
reelección presidencial y la reducción de su mandato de 6 a 4 años también se creará la
figura del jefe de gabinete y el consejo de la magistratura.
La reelección de Menem se debió tanto a los éxitos del plan de convertibilidad como sus
dificultades. La segunda presidencia de Menem, tenía dos objetivos una la flexibilización
laboral y otra la de regulación del sistema de salud.
La disminución de la pobreza, la convertibilidad había hecho posible en sus primeros años
se reveló como una mejoría pasajera dentro de una tendencia generalizada a consolidar la
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exclusión: Fruto del auge sostenido del desempleo y el subempleo la condición de pobreza
se torna mucho más difícil de superar que en el pasado para millones de familias. Frente a
esta condición se le sumó la protesta social que se consolidó y extendió.
La Nueva Ola de protesta fue creciendo en el interior del país, cuando empezaron los
problemas de empleo el instrumento utilizado consistió en el corte de rutas para llamar la
atención de los medios de comunicación y forzar a las autoridades a buscar una solución.
Hacia 1997 el modelo neoliberal empezó a mostrar fisuras y se desencadenó una fuerte
recesión.
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Sin embargo, la situación se agravó, la desconfianza de los grupos económicos y la
creciente fuga de capitales, llevaron al gobierno a restringir el uso de dinero por parte de
los ahorristas en el nacimiento del llamado corralito.
El 19 de diciembre de 2001 una ola de saqueos se produjo en distintos centros urbanos
del país ante la escalada de los acontecimientos, el presidente hablo en Cadena Nacional y
declaró el estado de sitio. La noche del 19 de diciembre calles y plazas asesinaron de
caceroleros. Fernando de la rúa presentó su renuncia el 20 de diciembre de 2001.
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