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EL PODER DE
LEVANTARSE
EN FE
Día 12: El Poder de Levantarse en Fe
Hola, querido/a amigo/a
Bienvenido al Duodécimo Día de esta Audioguía. Deseo que cada día
estés notando un cambio en tu vida en relación a la oración, en la
medida en la que sigues avanzando conmigo cada vez más en esta
formación.
Ayer estuvimos hablando sobre cómo siempre tenemos el “micrófono
abierto”, y cómo Dios escucha cada una de nuestras palabras. Hablamos
acerca de la fe, y de cómo una fe que se agarra a Dios de todo corazón,
de manera inamovible, es la que ve la respuesta del Cielo. De hecho, la
Biblia dice que cuando no tenemos esa fe inamovible, somos volubles,
cambiantes, como las olas del mar, y que no tenemos que esperar
ninguna respuesta a nuestras oraciones.
Hay un poder enorme que se desata en la oración cuando tenemos la
convicción por medio de la fe de que Dios está escuchando ahora
mismo cada palabra que sale de nuestra boca en oración. Este tipo de
oración genuina y llena de fe puede cambiar cualquier situación en
nuestra vida.
De hecho, es por medio de ella que podemos levantarnos en fe, aun en
medio de las situaciones más complicadas, y hacer frente con valentía a
cualquier ataque de las tinieblas que quiera venir contra nosotros. ¡Sí,
Dios quiere darte la victoria en medio de cualquier situación que
estés atravesando, y esa victoria empieza siempre con un gesto: el
de levantarte en la fe!
Es por eso que hoy quiero centrarme en hablar acerca del Poder de
Levantarse en Fe, para así hacer frente a cualquier oposición del
enemigo que venga contra ti.
Vamos a orar: “Señor, gracias por la oportunidad que tenemos siempre
de levantarnos en Tu Nombre en medio de cualquier situación
complicada que nos toque atravesar, y por el poder tan grande que
tiene la oración para cambiar cualquier situación, y así experimentar la
respuesta del Cielo cuando más la necesitamos. Gracias porque siempre
estás con nosotros, y porque en Tu Nombre tenemos la victoria. Te
quiero pedir de manera muy especial por mi querido/a amigo/a que
está haciendo esta Audioguía conmigo, para que pueda descubrir cada
vez más el poder tan enorme que está reservado para él/ella en la
oración, y que pueda aprender a levantarse para hacer uso de él. En el
Nombre de Jesús. ¡Amén!”
Como ya sabes, soy el autor de Un Milagro Cada Día, un email de ánimo
que llega cada día a miles y miles de personas en todo el mundo, y que
busca siempre levantar a las personas, para hacerles ver así Su valor en
Cristo. Como seguramente habrás percibido, soy una persona bastante
positiva y llena de fe. ¡Si no fuese así, sería imposible para mí ser el
autor de este email diario! =)
Sin embargo, no he sido siempre así. ¿Podrías creer que durante mi
adolescencia y parte de mi juventud, era más bien una persona
depresiva? Cuando conocí a Jesús a la edad de 15 años, las cosas
cambiaron radicalmente en mi vida, pero aún así, al no mucho tiempo,
empecé a sentirme acusado y condenado por mis errores e
imperfecciones, y durante muchos años me sentí abatido. Había tenido
un encuentro profundo con Jesús, y le buscaba cada día de todo
corazón, pero aún así había muchas cosas que todavía no estaban bien
en mí, y durante años tuve que lidiar con ellas.
Sentía en ocasiones el amor y el gozo de Dios, sobre todo en ciertos
momentos en la iglesia o cuando estaba en mis momentos de oración,
pero había otros muchos momentos de abatimiento en mí, en los que
me sentía hundido. Sabía que Dios estaba obrando en mi vida, y me
esforzaba por crecer, pero, a la vez, me sentía continuamente acusado
por mis pecados y torpezas, inseguro, inadecuado, acomplejado…
Recuerdo una vez en la iglesia que uno de mis amigos, joven como yo,
me dijo: “¡Alegra esa cara, Christian! Parece que estás en un funeral…”.
¡Sí, es verdad, muchas veces tenía una expresión de seriedad y pena en
mi rostro que re ejaba el combate que había en mí, y mis desilusiones
por no ser como deseaba ser!
Sin embargo, gracias a Dios, Él estaba obrando en mi vida. Estaba
poco a poco rompiendo esas mentiras que el enemigo había puesto en
mí durante años, y me estaba ayudando a darme cuenta de sus
estrategias, para así poder vencerlas.
Una de esas estrategias de las tinieblas era hacerme sentir que no
podía combatir esos sentimientos, esa depresión, esos complejos; era
hacerme sentir aturdido, pesado, inmóvil… ¡Era como si tuviese una
losa a mis espaldas!
Recuerdo que un día en el que me sentía así, cansado de esta
situación, empecé a levantar mi voz. Me levanté, de hecho, de la silla, y
empecé a sacudir mi cuerpo, sobre todo mis brazos, como si quisiese
físicamente quitarme esa pesadez de los hombros. Mientras tanto,
empecé a orar de una manera más osada que de costumbre,
proclamando con mi boca que Jesús era el Señor de mi vida, y que
ninguna de esas tinieblas que me estaban envolviendo podrían seguir
oprimiéndome. Empecé a declarar la libertad de Dios en mi vida,
mientras le daba gracias a Él por todo lo que estaba haciendo en mi
vida.
Algo ocurrió en ese momento. Una gran parte de esa pesadez que
sentía se fue totalmente. Me sentía mucho más ligero, feliz, ¡es como si
pudiese incluso respirar mejor, hasta ver más claramente con mis ojos!
Eso marcó mi corazón de una manera muy profunda: por primera vez
me había levantado en fe, y había visto el impacto que eso tuvo en mi
vida.
La Biblia nos anima, diciendo: “resistid al diablo, y huirá de
vosotros” (Santiago 4:7). Eso es exactamente lo que hice en ese
momento: me levanté en la fe, resistí al diablo y sus mentiras, ¡y salió
huyendo! ¡No pudo resistir ante mi actitud rme de proclamar la verdad
de Dios!
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En la medida en la que nos alineamos con las mentiras de las
tinieblas y las creemos, el enemigo toma ventaja en nosotros para
oprimirnos. Pero cuando nos levantamos en fe y empezamos a
proclamar con valentía las promesas y la verdad de Dios en nuestras
vidas, ¡se crea una atmósfera de fe que hace huir a las tinieblas!
De hecho, a raíz de esa experiencia, un día recibí una imagen en mi
corazón que me ayudó a entender mejor lo que estaba ocurriendo en
el Espíritu. Podía ver que había momentos en los que tropezaba en las
mentiras de las tinieblas, y es como si literalmente estuviese caído en el
suelo. Podía imaginarme ahí tirado, culpándome por mis pecados,
sintiendo auto compasión por la situación tan complicada que me había
tocado vivir, sintiéndome como un fracaso, sin esperanza… Podía notar
en la visión que, en cierta forma, me complacía estar ahí inmóvil, es
como si fuese una posición cómoda en cierta forma, a pesar de que
deseaba ser libre de esa situación. Sabía que, para salir de esa situación
y levantarme, tenía que tomar la decisión de levantarme, lo cual parecía
un gran sacri cio en ese momento. Dependía totalmente de mí. Con
gran fuerza de voluntad, empecé por n a moverme, apoyándome
sobre mis manos y rodillas, hasta que nalmente pude levantarme
totalmente y ponerme de pie. ¡Me sentía tan bien de pie, con tanta
libertad, con tantas fuerzas, tan lleno de vida…!
Esa visión me ayudó a entender que, cuando nos sentimos caídos,
siempre tenemos la oportunidad de levantarnos de nuevo. Es cierto
que requiere un esfuerzo, requiere levantarse en la oración, y en cierta
forma eso puede ser algo que no te apetezca hacer; pero cuando lo
haces, y te pones de pie, ¡sienta tan bien!
Es por eso que es algo que depende totalmente de ti, de tu
decisión. En función de lo que decidas, experimentarás derrota o
victoria en tu vida.
Una historia de la Biblia que ejempli ca esto a la perfección es la del
Rey David, cuando, tras volver de la batalla, se dieron cuenta él y sus
hombres de que los Amalecitas habían saqueado su campamento, lo
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habían quemado, y se habían llevado como esclavos a sus mujeres e
hijos (1 Samuel 30).
La conmoción de ese momento les sobrepasó. Todos esos hombres de
guerra no tenían fuerzas ni para llorar, tal era su dolor, y David estaba
angustiado, porque se habían también llevado a su familia, y, además,
sus mismos hombres estaban pensando apedrearlo por haber
permitido que sucediese algo así. Pero en ese momento de derrota, de
victoria aparente de las tinieblas, dice la Biblia que “David se fortaleció
en Jehová su Dios” (1 Samuel 30:6). Tras consultar a Dios, guió a sus
hombres a perseguir a los Amalecitas, y consiguieron nalmente
recuperar a todas sus mujeres e hijos sanos y salvos, y recuperar lo que
les habían robado, junto a un cuantioso botín.
Si David se hubiese quedado caído, sin hacer nada, lamentándose
por esa situación… jamás hubiese recuperado a su familia. Muy
seguramente sus hombres lo hubiesen nalmente apedreado, y ese
hubiese sido el nal de su historia. Pero en ese valle de muerte que le
había tocado pasar, David decidió fortalecerse en Dios, levantarse de
nuevo en fe, y luchar. ¡Y gracias a eso, consiguió una victoria
impresionante allí donde parecía imposible!
Depende de ti, querido/a amigo/a. Tú eres el que decides en cada
momento si vas a quedarte tirado, o si vas a levantarte y ahuyentar
a tu enemigo. La Biblia, de hecho nos anima, diciendo: “Por lo demás,
hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza”
(Efesios 6:10).
Hoy es el día de salir de esa aceptación, de esa pasividad, y de
levantarte con fuerzas en las promesas de Dios. ¡Lucha, querido/a
amigo/a! Recupera todo aquello que el enemigo ha querido robarte, y
deja que hoy el Señor levante tu rostro en victoria, mientras te
mantienes rme en la libertad y en la bendición que Él ha preparado
para ti.
Quiero invitarte, como siempre, a terminar con un pequeño
ejercicio. Si te sientes abatido, hundido, desmoralizado, caído,
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