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Poetas Venezolanos Destacados

El documento presenta una lista de 20 grandes escritores venezolanos, incluyendo breves biografías de Rómulo Gallegos, Andrés Bello y Arturo Uslar Pietri. Gallegos fue un destacado novelista y político venezolano del siglo XX, conocido por obras como Doña Bárbara. Bello fue una figura literaria relevante que exploró diversas facetas de la lengua como poeta, periodista y académico. Uslar Pietri fue un reconocido novelista, cuentista, ensayista y dramat

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Poetas Venezolanos Destacados

El documento presenta una lista de 20 grandes escritores venezolanos, incluyendo breves biografías de Rómulo Gallegos, Andrés Bello y Arturo Uslar Pietri. Gallegos fue un destacado novelista y político venezolano del siglo XX, conocido por obras como Doña Bárbara. Bello fue una figura literaria relevante que exploró diversas facetas de la lengua como poeta, periodista y académico. Uslar Pietri fue un reconocido novelista, cuentista, ensayista y dramat

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20 grandes 

escritores venezolanos
1. Rómulo Gallegos (1884-1969) ...
2. Andrés Bello (1781-1865) ...
3. Arturo Uslar Pietri (1906-2001) ...
4. María Calcaño (1906-1956) ...
5. Miguel Otero Silva (1908-1985) ...
6. Teresa de la Parra (1889-1936) ...
7. Julio Garmendia (1898-1977) ...
8. Salvador Garmendia (1928-2001)

Rómulo Ángel del Monte Carmelo Gallegos Freire (Caracas, 2 de agosto de 1884-Ib., 5 de abril de 1969) fue un novelista
y político venezolano. Se le ha considerado como el novelista venezolano más relevante del siglo XX, y uno de los más
grandes literatos latinoamericanos de todos los tiempos. Algunas de sus novelas, como Doña Bárbara o Barracuda, han
pasado a convertirse en clásicos de la literatura hispanoamericana.
Ejerce el cargo de Presidente de Venezuela en 1948 por escasos nueve meses, convirtiéndose en el primer mandatario
presidencial del siglo XX1 elegido de manera directa, secreta y universal por el pueblo venezolano, y ha sido el
presidente de la República que ha obtenido el mayor porcentaje de votos a su favor en elecciones celebradas en el país
en todos los tiempos, con más del 80 % de la totalidad de los votos. Sin embargo, su separación del poder se debió al
Golpe de Estado de 1948, liderado por Carlos Delgado Chalbaud.
En 1960 fue elegido como comisionado y como el primer presidente de la recién creada Comisión Interamericana de
Derechos Humanos, cargo que ejerció hasta 1963. Desde entonces vivió en Caracas hasta el día de su muerte.

Madrecita: + Poema de Romulo Gallegos


Madrecita, madrecita 8
Blanca flor de cantarrana 8
Suave encanto de mi vida 8
Dulce amor que nunca engaña 8

Quien te mira ya te admira 8


Espejo que no se empaña 8
La virtud bien aprendida 8
De sufrir siempre callada 8
Arañita laboriosa 8
Que en el rincón de montaña 8
Su telita laboriosa 8

En silencio teje y guarda 8


Una vida encantadora 8
De ternura delicada 8
De paciencia bondadosa 8
Dulce amor que nunca engaña 8

Andrés Bello es una de las figuras más significativas de la literatura latinoamericana, aunque sus inquietudes culturales y
su cualidad de autodidacta lo llevaron a explorar la Lengua desde muchas perspectivas. Nacido en Caracas en 1781 y
fallecido en Santiago de Chile en 1865, ha sido protagonista de una vida intensa, siempre impregnada de Letras.
Optando por el aprendizaje independiente en lugar de la formación universitaria, Bello estudió francés e inglés, lo cual,
sumado a su profundo conocimiento del castellano y el latín, representó una paleta de recursos que se verían reflejados
en sus obras, las cuales abarcaron desde la Narrativa hasta el Derecho.
Entre los numerosos tesoros que legó al mundo de la poesía, destacan “Tirsis, habitador del Tajo umbrío”, “A la nave”,
“Oda al 18 de septiembre” y la elegía “El incendio de la Compañía”. Pero su obra alcanzó el análisis de la Lengua, la
redacción en el primer periódico de Caracas y la crítica teatral, de la cual se lo considera cofundador, junto con José
Joaquín de Mora. Si sumamos su experiencia como docente de Simón Bolívar, sus años de vida en Londres y su cargo de
Rector en la Universidad de Chile, obtenemos como resultado una historia plena, rica, propia de un estudioso visionario
que ha dejado una huella imborrable en la Literatura.

EL ANAUCO

Irrite la codicia
por rumbos ignorados
a la sonante Tetis
y bramadores austros;
el pino que habitaba
del Betis fortunado
las márgenes amenas
vestidas de amaranto,
impunemente admire
los deliciosos campos
del Ganges caudaloso,
de aromas coronado.

Tú, verde y apacible


ribera del Anauco,
para mí más alegre,
que los bosques idalios
y las vegas hermosas
de la plácida Pafos,
resonarás continuo
con mis humildes cantos;
y cuando ya mi sombra
sobre el funesto barco
visite del Erebo
los valles solitarios,
en tus umbrías selvas
y retirados antros
erraré cual un día,
tal vez abandonando
la silenciosa margen
de los estigios lagos.

La turba dolorida
de los pueblos cercanos
evocará mis manes
con lastimero llanto;
y ante la triste tumba,
de funerales ramos
vestida, y olorosa
con perfumes indianos,
dirá llorando Filis:
"Aquí descansa Fabio".

¡Mil veces venturoso!


Pero, tú, desdichado,
por bárbaras naciones
lejos del clima patrio
débilmente vaciles
al peso de los años.
Devoren tu cadáver
los canes sanguinarios
que apacienta Caribdis
en sus rudos peñascos;
ni aplaque tus cenizas
con ayes lastimados
la pérfida consorte
ceñida de otros brazos.

Arturo Uslar Pietri nació en Caracas el 16 de mayo de 1906, hijo mayor del matrimonio entre el general Arturo Uslar y la
señora Helena Pietri.
Su infancia y adolescencia estuvieron enmarcadas por la provincia venezolana: Los Teques, Maracay, Cagua. Desde 1915
conoció a un compañero que ejercería en él influjo importante y con quien habría de compartir el crecimiento
intelectual: Carlos Eduardo Frías.
La cárcel
¿Quién hizo este espacio hueco,
esta fábrica enorme sin sentido,
en laberinto frío de pilastras y arcos,
esta agobiante soledad de piedra,

esta pesada mole de soledad y sombra


que pudiera estar fuera del mundo?

¿Cuántos esclavos, cuántos años y vidas,


cuánta roca, tan fría, tan ajena,
cuántas terribles formas poderosas,
inmensos arcos, bóvedas sin término
donde la luz lejana se insinúa?
Balcones, puentes, pasadizos, troneras,
que entran y salen de los gruesos muros,
de los que penden cordajes y cadenas,
argollas, trapos, hierros retorcidos.
Máquinas de dolor cubren el piso,
cepos, carlancas, ruedas de tortura,
tenazas, torno, garrucha y caballejo
y rejas y más rejas y otras rejas,
puestas exactas sobre puertas ciegas.

¿Para quiénes se hizo cárcel tan sobrehumana?

Locura de Babel, domo de Qubla Qan,


roído en ruina,
juego cruel de los cíclopes de un ojo,
maravilla de horror y desvarío.
No más grandes que púas y eslabones
sombras sin rostro perdidas se vislumbran,
vagas figuras quietas, asombradas,
diminutas y solas en el ámbito
de lienzos de muralla y puentos rotos,
¿a quién vigilan y acechan?,
¿quién está encadenado entre los muros y las rejas?,
¿qué alumbra sin mirada la lámpara profunda

cuya cuerda se pierde en las alturas?


¿De dónde sacó Piranesi esta invención,
este capricho de cárceles oscuras?
Coliseo y Panteón de las angustias,
más imponente y cierto
que los que el tiempo deshacía en Roma.
Todo era cárcel, lo supo de repente,
todo era una inmensa cárcel desmedida,
el hombre estaba preso, solo, en algún lugar
de una inmensa mazmorra,
todo era rejas, cadenas y tormentos,
nunca terminaba de sufrir la tortura,
potro, charniego, palo,
rueda quebrantahuesos, cepo y fuego,
para el castigo de una culpa incierta.

La estructura inmensa,
las bóvedas rotas y los arcos,
las cadenas, los puentes sin destino,
no tenían otro irrisorio objeto
que encerrar, supliciar y castigar
un ser humano,
un cautivo, un preso,
un tembloroso espectro de pavura,
dos piernas y dos brazos
quebrados en los hierros y los golpes,
pies entre grillos,
y una cabeza ya sin voz, ya sin vista,
a ciegas, solo,
en la cuestión y al ansia sin sentido.

No hay verdugo ni alcaide,


sólo presos,
sólo dolidos, condenados todos,
en la mole ciclópea de tortura.
Eso vio Piranesi,
en el gran teatro del destino del hombre,
verdugo y carcelero de sí mismo,
todo cuanto alcanzaba era una cárcel
y en ella, en soledad, estaban todos.

CANTO LLANO
Solo, en la soledad de solitarios,
luces del alba y filas silenciosas,
trepa con lentitud por piedra y arco,
como otra yedra más,
más temblorosa,
esta voz desgarrada en lengua muerta.
Lo que digo,
¿qué digo?,
lo dijo en otro tiempo
otra voz, otras voces
movidas de esta angustia
que ahora es mía.
Qué solo estoy, Señor, si es que me oyes,
qué flaco, qué cobarde,
qué perdido y qué torpe.
¿Es a Ti, o es a mí,
o es a quién,
que alzo esta voz,

más vieja que la piedra


más gastada y más fría,
que alguna gota de piedad implora?

ARTURO USLAR PIETRI


Miguel Otero Silva (Barcelona, Venezuela, 26 de octubre de 1908 — Caracas, 28 de agosto de 1985) fue un escritor,
humorista, periodista, ingeniero y político venezolano.

Poema de tu voz
Tu voz puebla de lirios
los barrancos soleados donde silban mis versos de combate.
Tu voz siembra de estrellas y de azul
el cielo pequeñito de mi alma.
Tu voz cae en mi sangre
como una piedra blanca en un lago tranquilo.
En mi pecho amanecen pájaros y campanas
cuando muere el silencio para nacer tu voz.

Amo tu voz cuando cantas


y hay un temblor de nidos y de bosques en tu garganta blanca.
Amo tu voz cuando cantas
y te estremece el ritmo de las fuentes que bajan de la montaña.
Amo tu voz cuando cantas
y sacude tu voz la ternura fecunda
de las brisas que transportan el polen en las tardes de primavera.
Amo tu voz cuando estás en silencio
porque el silencio es un sutil presagio de tu voz.

Y amo tu voz con un amor intenso como la muerte


cuando ella se deshoja en palabras confusas,
en palabras mojadas de tu aroma y tu sangre,
en menudas palabras que en la sombra me buscan
como niños perdidos,
en palabras quemantes como llamas azules,
en el tibio murmullo que no llega a palabra.
Amo tu voz intensamente en el corazón de la medianoche.
Cuando tu voz se abrasa en la selva incendiada de nuestro amor.

Ana Teresa de la Parra Sanojo (París, 5 de octubre de 1889-Madrid, 23 de abril de 1936), más conocida como Teresa de
la Parra, fue una escritora venezolana. Es considerada una de las escritoras más destacadas de su época. A pesar de que
la gran parte de su vida transcurrió en el extranjero, supo expresar en su obra literaria el ambiente íntimo y familiar de la
Venezuela de ese entonces. Según Rose Anna Mueller, De la Parra «describió su educación y sus experiencias en
Venezuela en un nuevo estilo libre del criollismo o estilo pintoresco en boga en la época».1

Incursionó en el mundo de las letras de la mano del periodismo, escribió dos novelas que la inmortalizaron en toda
América del Sur: Ifigenia y Memorias de Mamá Blanca. Su novela más conocida Ifigenia, planteó por primera vez en el
país el drama de la mujer frente a una sociedad que no le permitía tener voz propia y cuya única opción de vida, según la
sociedad, era el matrimonio legalmente constituido. Por ello, el título de Ifigenia remite al personaje griego y al
sacrificio.
«Tengo un alma profundamente naturista y adoro con ella la verdad sencilla de las cosas». Ifigenia.
“Ya la Luna, lo sabía, me ha dicho compasiva: ¡No esperes a los muertos! Pero no he de cerrar mi balcón todavía”.
Ifigenia.

¿No han ojeado ustedes nunca, al azar un diccionario? Se lo recomiendo. No hay nada más grato ni más reposante para
el espíritu. Teresa de la Parra.

“Podría decirte muy severamente: «Vete y no peques más», si no fuese porque juzgo imprudente anatemizar el pecado
con demasiada violencia. Proscrito del mundo, su absoluta ausencia podría dejar tras él una aridez de desierto, pues,
¿qué valdría ya la vida sin la gracia del perdón y la indulgencia?”. Memorias de Mamá Blanca.

“Rumiante insaciable de las cartas, instantes de banquete, me pregunto asombrada qué fenómeno inesperado es este
fenómeno fisiológico de la fidelidad. Viene de la misma fuente, quizás de donde brota el amor maternal porque es
irrazonable animal, bastante estúpido y es el resultado de caricias, huellas de beso. Te repito, ¡no lo comprendo!” Carta
de Teresa de la Parra a Gonzalo Zaldumbide, diciembre de 1924.

“A ti, dulce ausente, a cuya sombra propicia floreció poco a poco este libro. A aquella luz clarísima de tus ojos que para
el caminar de la escritura lo alumbraron siempre de esperanza, y también a la paz blanca y fría de tus dos manos
cruzadas que no habrán de hojearlo nunca, lo dedico”. Dedicatoria de Ifigenia.

“Los recuerdos no cambian es Ley de todo lo existente. Si nuestros muertos, los más íntimos, los más adorados,
volviesen a nosotros después de muchos años de ausencia y arrasados los árboles viejos hallasen en nuestras almas
jardines a la Inglesa y tapias de mampostería, es decir, otros afectos, otros gustos, otros intereses, doloridos nos
contemplarían un instante y discretos, enjugándose las lágrimas, volverían a acostarse en sus sepulcros.» Memorias de
Mamá Blanca.

“…Su alma desconocía el odio. Siendo casi del mundo de los vegetales, aceptaba sin quejarse, las inquinidades de los
hombres y las injusticias de la naturaleza. Hundido en acequia o adherido a las lajas, zahiriendolo o no, seguía como
buen vegetal dando impasible sus frutas y flores”. Memorias de Mamá Blanca.

«Mamá perseverante y evangelizadora, seguía prodigando sobre Vicente sus quejumbrosas amonestaciones, mientras el
tiempito se prolongaba indefinidamente a través de todas las cosechas de café». Memorias de Mamá Blanca.

Biografía
Julio Garmendia nació el 9 de enero de 1898 en la hacienda El Molino, cercana a El Tocuyo (Lara). Hijo de Rafael
Garmendia Rodríguez y Celsa Murrieta. Fue uno de los alumnos fundadores del Colegio La Salle. En 1904 publica un
pequeño ensayo en el diario El Eco Industrial. Para 1914 cursa estudios en el Instituto de Comercio de Caracas, los cuales
abandona poco tiempo después para trabajar como redactor en el diario El Universal. Se relaciona con integrantes de la
llamada Generación del 28.

Como diplomático trabajó con la delegación de Venezuela en París, luego fue cónsul general en Génova, Copenhague y
Noruega desde 1923 hasta 1940. Anterior a este viaje, escribió La tienda de muñecos (1927) siendo considerado el
introductor, a través de este libro, del realismo fantástico en la ficción hispanoamericana.
Desde los años cincuenta su obra comenzó a ser revalorada. Cultivó el cuento fantástico a través de sus dos colecciones
de relatos: La tuna de oro (1951) y La hoja que no había caído en su otoño (1979). También realizó estudios críticos los
cuales fueron reunidos en los volúmenes: Opiniones para después de la muerte (1984) y La Ventana Encantada (1986),
médico de los muertos (1983).

LA CANCIÓN

Oh, grata canción de amores,


ingenua y sentimental,
que viene en alas del aura
de la mañana pascual.

La brisa trae fragancias


de albahacas y verbenas,
y la romanza memorias
de alegrías y de penas.

En la mañana de enero
con frescor de amanecer
por sobre todas las cosas
está una voz de mujer.

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