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ELLUL, JACQUES - ¿Es Posible La Revolución (OCR) (Por Ganz1912)

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¿ ES POSIBLE

L A REVOLUCION ?

JACQUES ELLUL
ganzl912
Jacques Ellul

¿Es posible
la revolución?

U nión E ditorial, S. A.
Título original: De la révolution aux révolies.
Traducción de F rancisco G ómez Bellard y M .a Josá M estre de J uan.
© 1972 by Calmann-Lévy, París. f
© 1974 by Unión Editorial, S. A.
Avda. de América, 32. Madrid-2.

Depósito legal: M. 27.410-1974. - IS B N : 84-7209-022-1

HEROES, S. A., Torrelara, 8. MADRJD-16. Printed ¡n Spain

[Link]
NOTA PREVIA

Este volumen parte de nuestro análisis anterior de la rebelión y


de la revolución: Autopsia de la revolución No volveremos aqui
sobre los conceptos que ya fueron analizados en esta obra.
En el mencionado trabajo, que ha provocado algunos malentendi­
dos, traté de demostrar no sólo la diferencia que existe entre rebeldía
y revolución, así como sus relaciones, lo cual es relativamente senci­
llo, sino más bien la relación entre el concepto mismo de revolución
y la sociedad en que se desarrolla un movimiento revolucionario. Las
revoluciones son diferentes en cuanto a contenido, en cuanto proceso,
en las condiciones, en los objetivos c incluso en el concepto en socie­
dades diferentes. Llegué incluso a afirmar que una sociología de la re­
volución es, en el límite, imposible si no se comienza, no por una
tipología, sino por el análisis de la relación entre lo que se denomina
globalmentc revolución y un tipo dado de sociedad. En definitiva,
nada hay constante, y para saber lo que es la revolución, o incluso un
fenómeno revolucionario, no se puede ni acumular rasgos tomados de

' Después de aparecer este libro, se han publicado otros muchos sobre
el mismo tema. Mencionaré especialmente el libro minucioso, pero irregu­
lar, de J. M onnerot , Sociologie de la rcvolutioii (1969). el análisis muy
metódico y desarrollado de J. Baeciii kr. Les phénoménes révolutionnai-
res (1970). que supone un gran esfuerzo de rigor científico, pero que abarca
tantos fenómenos que no se sabe bien que es revolución. Bacchlcr topa con
una dificultad importante: pretendiendo partir sin definición previa de lo
que es la revolución, acumula innumerables hechos para hacer el análisis
científico. Pero ¿con que criterio elige estos hechos? Considerar todas las
contrasociedades (conventos, bandas de criminales, etc.) como fenómenos
revolucionarios me parece problemático. Finalmente. P. L epa pk : Les révo-
lutions du X X e siecle (1970). que es muy descriptivo, y se presenta como
una especie de manual sobre los movimientos revolucionarios del presente
siglo, estudiando sus fundamentos teóricos en su relación con la realidad socio-
política. Por lo demás, Lepape toma netamente partido en el sentido mar-
cusiano: las fuerzas revolucionarias son la juventud y el tercer mundo, ba­
sándose en un análisis muy superficial.

7
las revoluciones de Espartaco, de Stenka Razin o de Cromwell, ni
hacer una especie de tronco común: la revolución es específica a
un cierto tipo de sociedad. Finalmente, en este volumen traté de seña­
lar en qué debería consistir la revolución correspondiente a nuestra
sociedad actual, sociedad caracterizada por la técnica y el Estado.
Para ello, es completamente inútil meditar sobre la Comuna o so­
bre 1917, que pertenecen a una sociedad ya pasada. Si tiene que haber
revolución, ¿cómo debe ser ésta en nuestro tiempo? Tal era mi último
análisis. Y en este nuevo ensayo parto de este punto preguntándome
si esta revolución es concretamente posible. ¿Qué significan los dis­
turbios en medio de los cuales vivimos? ¿Son coherentes con la única
revolución necesaria para esta sociedad, o bien son movimientos más o
menos superados, que se limitan a confirmar simplemente las princi­
pales tendencias, ya consolidadas, de nuestra rsocicdad?
Durante la “era de las revoluciones” que hemos estudiado, cons­
tatamos que todas las grandes corrientes revolucionarias acabaron a
la larga por imponerse, aunque cuando ya era demasido tarde: cuando
la situación en que habían surgido había pasado ya, cuando el pro­
blema que las había provocado había desaparecido. Hoy debemos pre­
guntarnos si una revolución en el mundo occidental es aún posible, e
incluso concebible.
primera parte

¿DONDE ESTAN LOS REVOLUCIONARIOS?

Esta pregunta puede parecer extraña, e incluso ridicula, pues ¿no


vemos revolucionarios por todas partes? ¿No está nuestra época es­
tremecida por las revoluciones? ¿No está todo, en el mundo entero,
sumergido por las olas de tempestades sociales o políticas? Pero pre­
cisamente “son demasiados” . El hecho de ver revolucionarios por
doquier no me dice quiénes son, y ni siquiera si realmente existen.
En efecto, no basta que haya guerrillas en América latina, golpes de
Estado militares en Africa, disturbios negros en Estados Unidos, le­
vantamiento de los guardias rojos en China y por todas partes los es­
tudiantes, para que pueda hablarse sin más de revolución. No hay
que confundir en absoluto revuelta, revolución, disturbios, sublevacio­
nes... Tanto más que existen las revoluciones aparentes y la revolu­
ción que es preciso h a c e r...1. Pero no avancemos todavía por este
terreno. Ni las barricadas en el barrio latino ni el Zcngakuren me ga­
rantizan que la juventud sea revolucionaria. Es evidente que los viejos
esquemas no corresponden en absoluto a nuestra época actual.1

1 J. E [Link]: Autopsic de la révolution, 1969 (ed. esp.: Autopsia de la >t-


volución. Unión Editorial, Madrid, 1973).
Capítulo primero

Fin del Occidente revolucionario

1. El proletariado

A gran señor, gran honor. ¿Que es de la vieja clase revoluciona­


ria, el proletariado? La pregunta debe formularse a dos niveles: ¿Se
identifican proletariado y clase obrera? ¿Sigue la clase obrera siendo
revolucionaria? Marx definía el proletariado no por el obrerismo ni
por la pobreza, sino por cierta condición en la sociedad. El célebre
arrebato nos lo describe como “una clase en cadenas radicales..., un
grupo social que es la disolución de todos los grupos..., una esfera
que posee un carácter de universalidad por la universalidad de sus
sufrimientos y que no reivindica un derecho particular, porque no se
le ha hecho sufrir una injusticia particular, sino la injusticia en sí,
que no puede gloriarse de un título histórico, sino solamente de un
título humano” ... Sólo mediante un segundo análisis se puede apli­
car esto a la clase obrera y asimilar proletario y obrero. El proleta­
riado es una condición. Los obreros son una clase. La clase obrera
es proletaria en la época de Marx. Pero muy pronto se discute la
permanencia de esta identidad. La demostración de A. Marc 1 es sig­
nificativa. Afirma que ya en aquella época se produjo la diferencia­
ción entre clase obrera y proletariado, que la revolución “proletaria"
ha triunfado en un país en el que no había una clase obrera desarro­
llada. que en la Europa occidental y en los Estados Unidos el “prole­
tariado marxista” está reducido a todas las impotencias, que es una
expresión demasiado buena de la sociedad burguesa para poder opo­
nerse a ella, y que la unión operante de todos los trabajadores no
puede surgir de la unidad material y exterior del salario, de la situa­
ción objetiva en el proceso de producción ni de ningún determinismo.
Por lo que concluye diciendo que “la revolución que se aproxima sólo1

1 A. M \ rc: “Le proletaria!''. Esprii. 1933.


puerta ser proletaria, y por eso habremos de hacerla nosotros” . Nos­
otros, es decir, el movimiento personalista: el proletariado no es ante
todo cuestión de clase, sino toma de conciencia, voluntad revolucio­
naria...
Dejemos esto. Conservemos la vieja identificación proletariado-
clase obrera. ¿Sigue siendo hoy revolucionaria esta clase? Es claro
que los partidos comunistas conservan con intransigencia a la vez la
asimilación de ambos y la certeza del porvenir revolucionario de la
clase obrera. Recientemente, los pensadores del partido comunista
francés condenaban todo análisis que pudiera poner en duda esta capa­
cidad obrera. Gilbert Mury o Garaudy continuaban, en 1967. demos­
trando imperturbablemente el carácter revolucionario de la clase obre­
ra, recurriendo a complicadas explicaciones para integrar la evidencia
contraria de los hechos 2. Más sorprendente es que un hombre tan lú­
cido como Debord conserve esta convicción \ Por un lado, percibe que
“el proletariado de los países industriales ha perdido completamente la
afirmación de su perspectiva autónoma y sus ilusiones...” . A pesar
de todo, conserva dogmáticamente una actitud de creyente: “El pro­
letariado no ha sido suprimido; sigue existiendo irreductiblemente en
la alienación intensificada del capitalismo moderno; la inmensa mayo­
ría de los trabajadores han perdido todo poder sobre el empleo de
su vida... El proletariado queda objetivamente reforzado por el mo­
vimiento de desaparición del campesinado lo mismo que por la ex­
tensión de la lógica del trabajo en la fábrica... Subjetivamente, este
proletariado sigue alejado de su conciencia práctica de clase..., pues
los obreros no han descubierto aún más que la impotencia y la mis­
tificación de la vieja política...” , pero cuando el proletariado des­
cubre que su trabajo refuerza necesariamente la sociedad capitalista,
descubre que es entonces la clase enemiga: “Entonces se hace porta­
dor de la revolución que no puede dejar nada fuera de sí.” De ahí que
“ninguna mejora cuantitativa de su miseria, ninguna ilusión de inte­
gración jerárquica, constituyan un remedio duradero de su insatisfac-3

3 Si consideramos los textos anteriores a 1968 y los de 1969-1970, des­


cubrimos sorprendentes contradicciones en este ex incondicional: G. M ury :
Les classes sociales en France, 2 vol., 1963.
* D ebord : La société du spectacle (95). 1967.
ción” . Entendiendo la definición del proletariado como condición, no
puede menos de ver este proletariado bajo las especies de la clase
obrera (incrementada, por lo demás, con varios anexos) y queda
convencido de que la toma de conciencia de una situación filosó­
ficamente inaceptable producirá la conciencia revolucionaria. Por mi
parte, no estoy muy convencido de que la definición filosófica sea un
modo adecuado de pensamiento para garantizar, por ello, que la clase
obrera permanecerá siempre como clase y como revolucionaria. Puede
afirmarse que ninguna mejora de las condiciones de vida, ninguna
integración en la sociedad puede cambiar nada en lo profundo de
esta realidad. Pero se trata de hombres, y es atribuirles una cualidad
sobrehumana creerles incapaces de ceder a las delicias modernas, creer
que su virtud revolucionaria no cederá a la molicie del bienestar, creer
que la condición profunda es más decisiva que los juegos superficia­
les. También lo creen así los cristianos. Pero esto no se concretiza con
frecuencia. Estamos verdaderamente en el terreno de las certidumbres
irracionales (aunque pretendidamente científicas en cuanto tomadas
de Marx), que no pueden satisfacer. Es preciso ver qué es lo que hay
detrás de esta fe, y saber si el prestigio revolucionario de la clase
obrera sigue teniendo hoy una realidad, sondear este mysierium tre-
mendum del proletariado. No puedo admitir afirmaciones que no eran
dogmáticas cuando Marx las hacía porque correspondían a los hechos,
pero que hoy sí lo son. Y prefiero atenerme a la constatación de la
realidad.
Durante más de dos siglos hemos vivido en la convicción de que
una parte de toda sociedad es necesariamente revolucionaria. Prime­
ro fueron los “pobres” , el “pueblo” ; luego, el proletariado, conceptos
que no coinciden. Marx difundió la fórmula bastante incierta todavía
de las luchas de clases que sus sucesores convirtieron en dogma, en
sistema explicativo y necesario. Hoy permanece esta convicción de
que todo está determinado por relaciones de clase, de que la lucha de
clase es la vía revolucionaria, y de que el proletariado sigue siendo
el portador de la revolución. Se continúa razonando como si fuera
evidente la existencia de una clase capitalista explotadora y de un
proletariado bien delimitado, como si las oposiciones en la sociedad
actual fueran realmente conflictos de clase, como si el mundo obrero

13
mantuviera su valor de rebeldía... Es negarse a ver los hechos, la
dispersión de las antiguas clases, la formación de innumerables es­
tratos, la aparición de grupos de presión más o menos amplios que
nada tienen que ver con las clases L La actitud más frecuente es rehu­
sar plantear el problema, hacer como si no existiera. La doctrina se
ha convertido en presupuesto: las cosas son así. Nada ha cambiado.
E inmediatamente, a quien trate de referirse a los hechos se le tachará
de contrarrevolucionario, de desmovilizar la energía del proletariado,
de originar diversiones, de ser un aliado objetivo de la clase dominan­
te. Y, sin embargo... ¿No repitió Lenin una y otra vez que la actitud
más contrarrevolucionaria es la que hace predominar el a priori dog­
mático sobre lo concreto? Quien necesariamente hace fracasar la re­
volución es el que cree estar en el presente cuando en realidad se en­
cuentra en uñ pasado acabado, quien trata de repetir, de reproducir,
sin darse cuenta de que “los tiempos han cambiado, porque son tiem­
p o s...” Por lo demás, podemos constatar que estos mismos creyentes
de la lucha de clase son presa de vivas contradicciones internas. Mu­
chos de ellos continúan hablando de clase y de lucha, pero al mismo
tiempo admiten la división entre naciones proletarias y naciones ca­
pitalistas. Desde hace diez años se ha convertido en lugar común
afirmar que la separación de “clase” no es la del tiempo de Marx, y
que ya no hay en una nación desarrollada verdadera lucha de clase,
ya que ésta adopta ahora la forma de lucha de los países subdesarro­
llados contra los países ricos. La “clase” (?) revolucionaria está for­
mada por los pueblos pobres, ex coloniales o despojados por el im­
perialismo mundial. Volveremos a ocuparnos de este problema.

No basta decir que los obreros se han aburguesado. Esto es par­


cialmente exacto, pero no lo explica todo, y el proceso de asimilación4*

4 No se puede menos de rechazar, por ejemplo, el sueño visionario en


que se obstina un autor tan inteligente como Serge M allet cuando, en
Le pouvoir ouvrier (1971), da una lectura propiamente delirante de la re­
volución obrera desde 1968.

14
no ha comenzado h o y ’’. Tampoco basta asegurar que en una socie­
dad fuertemente integrada como la sociedad técnica acaba por esta­
blecerse una especie de solidaridad de clase, una comunidad de in­
tereses entre todos: la conciencia revolucionaria del proletariado de
los países industrializados se debilita constantemente, pues el Welfare
State es perfectamente capaz de vaciar el famoso conflicto de clases,
y se produce un bloqueo de las voluntades revolucionarias por el bien­
estar: son trivialidades cien veces repetidas, pero exactas, recordadas
por enésima vez por Marcusc, quien no añade nada nuevo, a no ser
un vocabulario confuso ü. Los análisis sociológicos más sólidos revelan
que la clase obrera se ha dividido en numerosos grupos que apenas
presentan cohesión y solidaridad. Hay desocupados, marginados, obre­
ros extranjeros mal pagados. Pero en realidad todos éstos son muy
poco disponibles para empresas políticas, son “proletarios” , pero poco
revolucionarios. Un análisis reciente y sólido 67 sobre este “subprole-
tariado" revela que su actitud social y su comportamiento están he­
chos de pasividad general, de indiferencia al trabajo, de hábitos men­
tales anacrónicos, de ausencia de voluntad de cambio, de conformismo
y de conservadurismo tanto político como social. No hay aquí ninguna
gran esperanza de una toma de conciencia, a lo sumo una masa de
maniobra posible para revueltas efímeras provocadas en un punto u
otro por el exceso de miseria. Es sabido desde hace tiempo que la toma
de conciencia revolucionaria implica cierto nivel de vida, una miseria
de la que se ha salido, pero que aún no ha sido olvidada. En este
proceso de mejora del nivel de vida es donde se desarrolla al mismo
tiempo la conciencia revolucionaria. Esta aumenta con posibilidades
naturales de vivir que permiten realizar el destino de ayer que es es­
candaloso, y el potencial de hoy que es considerable. Se alimenta del
hecho de que se ha abandonado precisamente esta condición infrahu­
mana: se ha triunfado sobre ella. Pero inmediatamente la evolución
continúa: la situación mejora, la conciencia revolucionaria se con­

6 J. E llu l : La métamorphose du bourgeois, 1967.


* H. M arcuse : L'homme unidimensionnel, pág. 73 y sigs. (trad. esp.:
El hombre unidimensional, Seix Barral. Barcelona. 1969), y Communication
a l'Unesco, 12 de mayo de 1968.
7 J.-P. L [Link] : La pauvreté dans la société industrielle, Etude sur les
Frangais miséreux■ de la banlieue parisienne, tesis, 1968.

15
vierte en vocabulario y tradición. Se sigue hablando, pero se deja
de estar dispuestos a la acción. La revolución se convierte en ideal y
mito, pero no ya en pasión y sacrificio. A este estadio es al que ha
llegado la mayor parte de la clase obrera de la sociedad occidental.
Y ya no se puede hablar de una clase, porque los intereses son diver­
gentes. Los trabajadores “acomodados” son en Francia tres veces más
numerosos que los miserables. Han superado el estadio de la voluntad
revolucionaria activa. La situación del proletariado en los países occi­
dentales actuales no tiene nada que ver con la de los obreros alema­
nes o ingleses de 1860 ni con la miseria campesina de la Rusia za­
rista. La tesis de Marx según la cual el proletariado se proletarizaría
cada vez más ha resultado falsa, a pesar de las afirmaciones dogmá­
ticas del partido comunista sobre la pauperación absoluta.
Por supuesto que ng. se trata de negar la situación de “alienación”
o de “explotación” . Indudablemente, el obrero depende siempre de
los patronos, se encuentra siempre en la misma condición con respec­
to al capitalismo, pero para sacar de ello hoy las consecuencias que
sacaba Marx habría que demostrar que la propiedad privada capitalis­
ta sigue siendo la misma y sobre todo que sigue desempeñando la mis­
ma función. Ahora bien, sin entrar en una demostración que podría ha­
cerse siguiendo diversos procedimientos, hoy no es ya posible atribuir al
propietario el mismo poder, ni a la propiedad privada el mismo papel
decisivo de piedra angular del sistema capitalista. El papel del capi­
tal financiero en la producción técnica no cesa de disminuir. La es­
tructura económica ha cambiado, y lo que mejor lo demuestra es la
dificultad de los economistas marxistas para probar lo contrario
En realidad, con la transformación de las estructuras jurídicas, de
los rendimientos, de los circuitos producción-distribución, del desarro­
llo técnico, el efecto de la propiedad privada no es ya determinante de
la vida jurídica y menos aún de la vida social. El obrero no está más
alienado que cualquier otro hombre, aunque por algo muy distinto
de la estructura capitalista (el sistema “trabajo-mercancía” y “produc­
to-mercancía” ); el obrero sigue siendo explotado, pero de ello no se
pueden sacar las rigurosas consecuencias que Marx podía sacar en un

’ Véanse, por ejemplo, las difíciles demostraciones de M andel : Traite


tl'économie politique, 1964.

16
sistema económico simple y de orientación elemental. Si el obrero
está integrado en el ciclo del beneficio, obtiene con ello ventajas su­
cesivas: no es el único personaje excluido de la distribución del be­
neficio. Se beneficia a su vez, lo mismo que el comerciante o el em­
pleado. Está absorbido como todos los otros por la sociedad que,
antes de ser capitalista, es técnica tec n ific ad a p rim e ro de consumo
antes de ser de producción. Participa de la gran sociedad, y en ello se
cifra su mayor preocupación: considera el desarrollo como la vía para
la solución de sus problemas. En efecto, cuanto mayor sea el des­
arrollo, más fácilmente será compartido por quienes en él partici­
pan, y menos cada una de las partes se sentirá frustrada por las
demás.
Marcuse lleva razón cuando analiza el hecho estimando que la
clase obrera está ligada a los sistemas de necesidades, y no a la ne­
gación de la sociedad de la abundancia. E igualmente cuando consi­
dera que las oposiciones de la clase obrera, sus protestas contra las
condiciones de trabajo, contra el trabajo sin sentido o la jerarquía en
la empresa, no son revolucionarias, sino que más bien expresan la
participación adquirida en esta sociedad. Por mi parte, no insistiré
tanto como él sobre los efectos del bienestar, pero en todo caso es
indudable que “el proletario en los estadios anteriores del capitalismo
era realmente la bestia de carga que con el trabajo de su cuerpo pro­
porcionaba las necesidades y los lujos de la vida, mientras que él vivía
en la mugre y en la pobreza. Por ello era un vivo desecho de la so­
ciedad. Por el contrario, el obrero organizado en los sectores avanza­
dos de la sociedad tecnológica vive el rechazo de manera menos per­
ceptible. Lo mismo que los demás objetos humanos de la división so­
cial del trabajo, está en vías de integrarse en la comunidad tecnoló-

’ Conviene leer el excelente estudio de Arghiri E mmanuel: L'échange


inégal (1969) para comprender hasta qué punto el mundo obrero occidental
está integrado en nuestra sociedad. En él se demuestra claramente que estos
proletarios están ligados a la explotación imperialista del tercer mundo y
se benefician de ella: no hay. pues, internacionalismo proletario. El levan­
tamiento de los pueblos del tercer mundo no puede, pues, esperar el apoyo
de los obreros occidentales: el colonialismo ha favorecido más a los pro­
letarios que a los capitalistas. La demostración de Emmanuel me parece
brillante, pero desastrosa para c) frente revolucionario, ¡al contrario de To
que él piensa!

17
"ica. En los sectores en que más domina la automación, una especie
de comunidad tecnológica parece asociar a los átomos humanos en
su trabajo". Hemos pasado, en efecto, del problema del bienestar
al problema de la unificación de categorías sociales contrarias por el
sistema técnico: porque, inserto en una estructura social condiciona­
da por el desarrollo técnico, el obrero no tiene ya las mismas reac­
ciones de oposición que podía tener en una sociedad todavía muy
poco unitaria, muy poco integradfi. compuesta de sectores social y
económicamente diferentes, unidos entre ellos por el frágil vínculo del
capital. Este tiempo ya no existe. La sociedad no es ya función del
capital, sino de la técnica que es poderosamente integradora: la in­
significancia de la clase obrera depende sobre lodo de su pertenencia
a este nuevo tipo de sociedad, cuyo objetivo acepta en cuanto lo con­
sidera un fin común.
Se puede repetir indefinidamente que la situación no ha cambiado
objetivamente, que el proletario sigue siendo proletario aunque no lo
sepa, no lo sienta, no lo viva... Creo que esta objetividad secreta no
lleva a ninguna parte, pues Marx tenía razón cuando afirmaba cinc
era necesaria la loma de conciencia para pasar de la clase en sí a la
clase para sí. sin lo cual no había lucha de clase. Esta toma de con­
ciencia se ha producido, y ha terminado porque la situación ha cam­
biado. Lo que Marx señalaba como condición proletaria, lo compren-
dió-sintió-vivió el obrero en 1900: pero ello ya ha pasado. Ahora,
esta toma de conciencia sobre los fenómenos de ayer no sirve para
nada. Y el obrero no es ya consciente de su nueva situación alienada:
la toma de conciencia es tanto más difícil cuanto que recibe de este
[Link] régimen una felicidad no despreciable. Para quien es desgra­
ciado. la toma de conciencia del origen de su sufrimiento es relativa­
mente fácil. A quien es relativamente feliz y piensa (no sin razón)
que lo será más el día de mañana. Ic resulta imposible o indiferente
esa toma de conciencia (por lo demás, ¿de qué? De un fenómeno que
le parecerá abstracto y. precisamente por ello, no susceptible de una
toma de conciencia). De lo único que el obrero puede tomar con­
ciencia es que necesita obtener algunas ventajas más. que deben
atenuarse ciertos inconvenientes, que es preciso reducir los peligros,
cerrar el abanico de los salarios y disminuir las ‘•cadencias’'...: es

18
una loma do conciencia reformista, no revolucionaria. Ahora bien,
en la estructura actual, y “siendo el hombre como es” , no hay otra
posibilidad. La huelga general no es ya la que imaginaba Sorel. No
es ya el combate mortal para aniquilar un mundo, sino un medio de
presión algo más fuerte para obtener nuevas ventajas. Y que no se
diga que es simplemente cuestión de estrategia, y que la huelga general
de Sorel era un mal remedio: la mejor estrategia posible no puede abso­
lutamente nada si se aplica a tropas que no quieren luchar. Hay obreros
descontentos, pero esto no es en absoluto suficiente para provocar un
combate radical. El proletariado obrero se ha integrado radicalmente
en nuestra sociedad, y estoy por decir que ha dejado de ser una clase
revolucionaria, y no solamente de comportarse como tal. Tal vez lleve
razón Marcuse cuando considera que el hecho más importante que
desde 1930 ha dominado la elaboración del marxismo soviético ha
sido la caída del espíritu revolucionario de la clase obrera en los paí­
ses capitalistas Este hecho se había percibido en la U. R. S. S. antes
que en el mundo occidental.
Esta ausencia de voluntad revolucionaria, de comportamiento re­
volucionario e incluso de ser. se manifestó claramente en mayo de 1968.
Ya conocemos la interpretación según la cual en mayo de 1968 “los
proletarios se lanzaron a la lucha espontáneamente, armados única­
mente de su subjetividad; la profundidad de la violencia de lo que hi­
cieron fue la réplica inmediata al insoportable orden dominante”, y
si fueron vencidos, fue a causa del “retraso de la conciencia histó­
rica” . por falta de teoría coherente y organizada, por lo que se llega
a afirmar que “el proletariado no está integrado, que sigue siendo
la principal fuerza revolucionaria en la sociedad moderna" Esta ex­
plicación me parece doblemente abusiva: por un lado, exagera la
acción del proletariado en mayo-junio, acción que en realidad fue
bastante modesta y tímida. Por otro lado, no tiene en cuenta los
objetivos que desde el principio afirmaron estos proletarios (y, por
supuesto, sus sindicatos), y que se integraban plenamente en la so-*1

M akclsi : I.e murxisme sovictique, 1966 (trad. esp.: El marxismo so-


>¡ético. Alianza Ldilorial. Madrid, 1971).
11 V ll'N 'n : Entagés el Sltuationnistes dan* le mouvement des oerttra-
tions. 1968.

19
ciedad de consumo. No es serio pintar con vivos colores una deslucida
y efímera aventura. Afirmar que durante aquellas semanas hubo uni­
dad obreros-estudiantes es puro romanticismo fabulador. Los líderes
sinceros han de reconocer que sólo participaron algunos obreros, un
número ínfimo, que los jóvenes obreros que se manifestaron lo hicie­
ron mucho más en cuanto jóvenes que en cuanto obreros, y que en
la mayor parte de los casos, los obreros rechazaron a los estudiantes
que se acercaban a ellos, a veces en forma violenta. Sería un error
creer que la calma, la espera de los obreros, fue el resultado del re-
formismo de la C. G. T. y del P. (f.: por el contrario, éstos eran ver­
daderamente fieles al espíritu de la masa obrera: no es que el aparato
sofocara el movimiento; sencillamente, no hubo tal voluntad de mo­
vimiento. La burocracia no desvió la revolución, sino que a duras
penas podía contener sus tropas. Y cuando la base quiso manifestar
su voluntad, supo perfectamente rechazar los acuerdos de Grenclle:
pero los rechazó renegando de sus jefes sindicalistas, no por un moti­
vo revolucionario, no por traición a los sindicatos, sino para obtener
nuevas ventajas materiales: creo que este rechazo de los acuerdos de
Grenclle por la base y los motivos del mismo constituyen la prueba
indiscutible de la desaparición de la voluntad revolucionaria en la
clase obrera 12.
“El proletariado industrial no ha sido la vanguardia revoluciona­
ria de la sociedad; ha sido su pesada retaguardia... Lo que sorpren­
dió a la sociedad en mayo de 1968 fue la actitud del proletariado, su
pasividad..., su inercia, su indiferencia respecto a todo lo que no era
reivindicación económica. Si el reloj de la historia hubiera tenido que
detenerse en esta hora, habría que decir que en mayo de 1968 la
capa más conservadora, la más mistificada, la más atrapada en las

Sobre el alistamiento de la clase obrera y su falta de espontaneidad,


incluso en mayo de 1968, véase la obra, muy rica en observaciones preci­
sas, de J. F rémontier : I.a forteresse ouvriere: Renault (Fayard, 1971), que
pone de relieve su evolución hacia un reformismo y la aparición de una nue­
va clase obrera. También conviene tener presentes los sondeos de la
S. O. F. R. F.. S. en noviembre de 1969, que ponen de manifiesto el hecho
de que son los obreros los que más lamentan la retirada del general De Gaulle
en todas las capas de la población (53 por 100. frente a 37 por 100 que
no la sienten). Análogamente, en caso de crisis grave, el 44 por 100 de los
obreros desearían la vuelta del general, frente a un 21 por 100 de burgueses.

20
redes y en los señuelos del capitalismo burocrático moderno fue la
clase obrera...; su única aspiración fue mejorar su situación en la
sociedad de consumo. Y ni siquiera imaginó que esta mejora pudiera
obtenerse mediante una actividad autónoma... La imagen masiva, so­
ciológica, es clara: los obreros no han estado presentes ni siquiera
físicamente. Dos o tres días después del comienzo de las huelgas, la
ocupación de las fábricas... se convirtió esencialmente en ocupación
por los cuadros y los militantes del P. C. y de la C. G. T.” Y el autor
generaliza su juicio: “La acción del proletariado (desde hace un siglo)
sobre la sociedad la ha transformado profundamente, pero hasta ahora
ha sido insuficiente para revolucionarla... El proletariado no ha podido
ni integrar, ni instituir, ni mantener estos elementos y estos principios
(de una nueva civilización). Cada vez que se ha tratado de superar
el nivel informal..., el proletariado ha caído en los esquemas de re­
presentación, en los modos de obrar y en los tipos de institución de la
civilización dominante.” '* No se trata de aburguesamiento del pro­
letariado. sino de un fenómeno mucho más profundo: su completa asi­
milación por la sociedad técnica, en la cual no tiene ningún papel re­
volucionario que desempeñar, puesto que no tiene frente a sí una
clase burguesa claramente definida como enemigo suyo a causa de la
explotación. Mantener las fórmulas de interpretación de lucha de cla­
ses y de proletariado revolucionario es moverse en el terreno de los
mitos, construir una revolución puramente ideal, hacer nacer una es­
peranza sin fundamento. En un artículo poco notado, Caillois demos­
traba que bien puede considerarse hoy esto como la verdadera revo­
lución, aunque oculta, de nuestro tiempo. Los obreros no intentaron,
en mayo de 1968, dar a la agitación dimensiones y un giro subversi­
vos, aunque les habría resultado fácil hacerlo. Las fuerzas obreras se
aprovecharon de las circunstancias con circunspección para obtener
ventajas, inscribiéndose como parte interesada en una sociedad “en la
que lentamente habían dejado de sentirse como una especie de dese­
cho miserable y humillado” . La clase obrera no busca ya la aventura

" C oudray: Im rérolmion anticipée (en l.a Breche, 116-133). No hay


que decir que el autor de estos duros juicios no es ni antiproletario, ni an­
turevolucionario... ¡Todo lo contrario! De ahí la importancia de ese juicio
que confirma los análisis anteriores.

21
de una revolución, aunque la tenga al alcance de la mano. “Mayo
de 1968...; no es exagerado conjeturar que esta fecha podrá consi­
derarse como la del fin casi oficial de la lucha de clases en Francia, de
su sustitución por una coexistencia pacífica, competitiva, que no ex­
cluye la lucha por el poder y duros conflictos, pero que los sitúa en
el marco de las instituciones vigentes.” 14 La verdadera revolución,
en el sentido de transformación fundamental de las estructuras de la
sociedad, en el sentido de reestructuración profunda, de establecimien­
to de nuevos estratos por eliminación de los anteriores, es esta asimi­
lación progresiva de la clase obrera. Esto no es ciertamente espectacu­
lar, pero es mucho más decisivo que los pequeños disturbios calleje­
ros. exaltantes e insignificantes. clase obrera se bate metódicamente
y por vías diplomáticas, por presiones e intermediarios, para integrar­
se mejor en la sociedad. Se queda “congelada” en las estructuras es­
tablecidas, aceptando las reglas tácitas o explícitas del juego sociai.
Pero si tomamos la revolución en su sentido histórico de cambio total
y violento, entonces la clase obrera no es ya revolucionaria. No puede
esperarse un nuevo 1789 o un nuevo 1917. ¡La revolución no puede
contar con ella!

Sin embargo, llenos de buena voluntad, los marxistas tratan sin


cesar de recoser la tela desgarrada, de recomponer los pedazos, de
buscar nuevas formas conservando los significados antiguos. Partiendo
de un texto de Marx sobre la tendencia constante de la franja inferior
de las clases medias a proletarizarse, ven aparecer, clara como el sol,
un nueva clase obrera, el verdadero proletariado portador de la re­
volución. Es la “Nueva clase obrera” , de S. Mallet. que L. Goldmann
acepta (si bien prefiere llamarla “Nueva capa media asalariada” ) ir’.
La idea es sumamente sencilla. Es cierto que la clase obrera, en cuanto
clase, se desintegra, que los obreros parecen salir del círculo de bronce
de los salarios, que el número absoluto de los obreros clásicos y su
porcentaje proporcional en relación con los otros grupos disminuyen.*

“ C aili .o is : “La révolution cachee”. Le Monde, enero de 1969.


* Y que Ciiuverny utiliza en su estudio sobre los dirigentes.

22
Pero aparecen nuevos participantes que no saben, ciertamente, que
son proletarios, que no se clasifican entre los obreros, pero que, sin
embargo, lo son (según la conocida tendencia de los cristianos de
otros tiempos a descubrir por doquier “cristianos sin saberlo” ). Se
trata de los especialistas, técnicos, burócratas, trabajadores sociales,
cuadros medios e inferiores, administrativos, que viven al nivel de
los antiguos burgueses y a veces incluso a un nivel superior, asalaria­
dos y dependientes cuyo primer objetivo consiste en cumplir su fun­
ción. que es pura ejecución, llamados solamente a obedecer a de­
cisiones tomadas en otra parte y en las cuales ellos no han participado.
Estos especialistas, sea cual fuere su nivel de vida, se caracterizan por
tres hechos: sobre ellos descansa toda la producción (papel central,
quicio). No poseen los medios de producción. Son asalariados (exacta­
mente como los obreros). Participan en la producción de la plusvalía.
No tienen poder alguno de decisión (y, por tanto, están alienados).
Ergo, son idénticos a lo que Marx llamaba la clase obrera, son los
nuevos proletarios, aunque su nivel de vida sea elevado. Objetiva­
mente y en principio, son aliados de la clase obrera y proletarios (Tho-
rcz). ¿Proletarios? ¡Entonces, seguramente, revolucionarios! Lo son
por la contradicción entre su función y su falta de responsabilidad,
por la necesidad que se irá imponiendo en ellos de concordar su poder
(actualmente, nulo) con su responsabilidad, su capacidad, su impor­
tancia numérica: la evolución económica y social no puede menos de
darles más peso y autoridad, si bien permanecen bloqueados por es­
tructuras arcaicas, las del capitalismo, que harán necesariamente sal­
tar: lo exige su propia condición. Se verán fuertemente llevados a
rechazar el capitalismo de organización y a pedir una democracia eco­
nómica real cuya única realización efectiva será la autogestión de las
empresas y de las instituciones sociales. Cuanto más rica sea la so­
ciedad. tanto más las nuevas capas de obreros especializados tenderán
a rechazar su situación de meros ejecutores, puesto que se exige de
ellos más inteligencia y mayores conocimientos para asegurar precisa­
mente esa producción: acceden a una cultura técnica que implica un
desarrollo general de la personalidad. No podrán contentarse con la
situación en que se les tiene. Exigirán participar en las decisiones que
hay que tomar, en la gestión, tenderán hacia una democratización de

23
las responsabilidades económicas, hacia una adaptación de las rela­
ciones sociales a las nuevas estructuras técnicas y económicas, etc.
Era entusiasmante ver cómo en mayo-junio de 1968 algunos dirigen­
tes abandonaron su posición generalmente conformista para entrar en
la vía de la contestación y de una exigencia, en efecto, de autoges­
tión. ¿Qué no se escribió entonces porque algunos directivos celebra­
ron reuniones sobre “algo distinto” de la jerarquía de salarios, porque
“contestaron”?
En realidad, el hecho de que se hablara muy vagamente de refor­
mas de estructura y se reflexionara sobre la relación “dirigentes-obre­
ros” , el hecho de que se crearan comisiones de personal directivo,
dentro o fuera de ciertos sindicatos, no autoriza a hablar de una toma
de conciencia revolucionaria. El que algunos, momentáneamente, re­
conocieran que eran asalariados^(¡parece que esto fue un “descubri­
miento” !), proclamaran que el éxito financiero no era su verdadero
objetivo, pusieran en cuestión un sistema patronal (por lo demás, ar­
caico), no quiere decir que se produjera toma de conciencia ni orien­
tación de la categoría de los directivos en un sentido nuevo. El error
de apreciación radica en el error relativo a aquello de lo que se trata­
ría de tomar conciencia: que el personal directivo puede recusar la
autoridad absoluta del patrono, y que esto es conveniente. Por desgra­
cia, esto no puede conducirle a la recusación de la sociedad técnica
en cuanto tal, ya que, por su condición, no puede menos de querer
perfeccionarla: ahora bien, esta sociedad tiene su lógica, y actualmente
es ella la que es alienante, y no ya la “monarquía patronal” .
Sea lo que fuere, en la interpretación ya clásica, este esquema es
simple: lo más importante es conservar el estatuto del asalariado (poco
importa el montante del salario). Lo que garantiza la proletarización
es que hay más asalariados en relación con un pequeño número de
“asalariantes” . Luego viene la contradicción entre la función técnica
responsable y el estatuto de irresponsable por no participar en la de­
cisión. El acercamiento de ambos factores produce ineluctablemente
una clase revolucionaria.
Todo esto es muy bonito desde el punto de vista formal, y es tam­
bién conforme con cierta orientación del pensamiento de Marx; pero
se trata de puro sonambulismo. La tecnificación produce una confor-

24
marión, y el técnico es el más conforme, el menos revolucionario de
los hombres. Puede rechazar tal tipo de gobierno, pero no poner en
tela de juicio las orientaciones principales de la sociedad. La partici­
pación en la gestión (volveremos más adelante sobre la autogestión)
no es en absoluto incompatible con la nueva estructura económica
“social-capitalista” , pero ante todo técnica. Hay una tendencia cre­
ciente a dar responsabilidades a estos directivos. Y cada vez se con­
centra menos el proceso de decisión en la cabeza de un propietario
de los medios de producción. Hay una difusión. El desarrollo técni­
co provoca la multiplicidad de los centros de decisión a niveles dife­
rentes. No se puede decir que se esté excluido de la decisión, a menos
que se considere esta sólo en la cumbre, y sólo se considere el tipo
de la decisión global; pero entonces parece imposible que todos pue­
dan participar aquí, tanto más imposible cuanto más técnico sea el
sistema. Si, pues, se trata no de la decisión central, sino de decisiones,
entonces puede decirse que el desarrollo de la participación de los
cuadros es necesaria, obligatoria, inevitable, pero ello no significa una
revolución, y ni siquiera la menor transformación del sistema, sino
simplemente su desarrollo.
Garaudy matiza la posición comunista: no se pueden asimilar es­
tos cuadros e intelectuales a la clase obrera ni plantear el problema
de la alianza como con las clases medias. Pero pueden entrar en el
movimiento de construcción del socialismo. Y Garaudy se sirve del
concepto de “bloque histórico” acuñado por Gramsci. Clase obrera y
cuadros forman un “bloque histórico” , no homogéneo, pero identifica-
ble objetiva y subjetivamente, coherente y capaz de desempeñar un
papel histórico unitario, papel definido por la condición común que
tienen en la sociedad capitalista. Sin embargo, nada permite generali­
zar: hoy es preciso (y Francia es un caso típico, ejemplar, significati­
vo, que conviene recordar) hablar de “fractura dentro del grupo de los
cuadros” ie. Se puede describir con gran objetividad la actitud
perfectamente antisindicalista, anturevolucionaria de los cuadros. No
se trata sólo de una falta de toma de conciencia, sino de una concien­
cia adversa, de una negación radical a tomar esta dirección. Los cua-

“ J- D ubois : Le Monde, mayo de 1968.

25
las responsabilidades económicas, hacia una adaptación de las rela­
ciones sociales a las nuevas estructuras técnicas y económicas, etc.
Era entusiasmante ver cómo en mayo-junio de 1968 algunos dirigen­
tes abandonaron su posición generalmente conformista para entrar en
la vía de la contestación y de una exigencia, en efecto, de autoges­
tión. ¿Que no se escribió entonces porque algunos directivos celebra­
ron reuniones sobre “algo distinto” de la jerarquía de salarios, porque
“contestaron”?
En realidad, el hecho de que se hablara muy vagamente de refor­
mas de estructura y se reflexionara sobre la relación “dirigentes-obre­
ros”, el hecho de que se crearan comisiones de personal directivo,
dentro o fuera de ciertos sindicatos, no autoriza a hablar de una toma
de conciencia revolucionaria. El que algunos, momentáneamente, re­
conocieran que eran asalariados (¡parece que esto fue un “descubri­
miento” !), proclamaran que el éxito financiero no era su verdadero
objetivo, pusieran en cuestión un sistema patronal (por lo demás, ar­
caico), no quiere decir que se produjera toma de conciencia ni orien­
tación de la categoría de los directivos en un sentido nuevo. El error
de apreciación radica en el error relativo a aquello de lo que se trata­
ría de tomar conciencia: que el personal directivo puede recusar la
autoridad absoluta del patrono, y que esto es conveniente. Por desgra­
cia, esto no puede conducirle a la recusación de la sociedad técnica
en cuanto tal, ya que, por su condición, no puede menos de querer
perfeccionarla: ahora bien, esta sociedad tiene su lógica, y actualmente
es ella la que es alienante, y no ya la “monarquía patronal” .
Sea lo que fuere, en la interpretación ya clásica, este esquema es
simple: lo más importante es conservar el estatuto del asalariado (poco
importa el montante del salario). Lo que garantiza la proletarización
es que hay más asalariados en relación con un pequeño número de
“asalariantes” . Luego viene la contradicción entre la función técnica
responsable y el estatuto de irresponsable por no participar en la de­
cisión. El acercamiento de ambos factores produce ineluctablemente
una clase revolucionaria.
Todo esto es muy bonito desde el punto de vista formal, y es tam­
bién conforme con cierta orientación del pensamiento de Marx; pero
se trata de puro sonambulismo. La tecnificación produce una confor­

24
mación, y el técnico es el más conforme, el menos revolucionario de
los hombres. Puede rechazar tal tipo de gobierno, pero no poner en
tela de juicio las orientaciones principales de la sociedad. La partici­
pación en la gestión (volveremos más adelante sobre la autogestión)
no es en absoluto incompatible con la nueva estructura económica
“social-capitalista” , pero ante todo técnica. Hay una tendencia cre­
ciente a dar responsabilidades a estos directivos. Y cada vez se con­
centra menos el proceso de decisión en la cabeza de un propietario
de los medios de producción. Hay una difusión. El desarrollo técni­
co provoca la multiplicidad de los centros de decisión a niveles dife­
rentes. No se puede decir que se esté excluido de la decisión, a menos
que se considere ésta sólo en la cumbre, y sólo se considere el tipo
de la decisión global; pero entonces parece imposible que todos pue­
dan participar aquí, tanto más imposible cuanto más técnico sea el
sistema. Si, pues, se trata no de la decisión central, sino de decisiones,
entonces puede decirse que el desarrollo de la participación de los
cuadros es necesaria, obligatoria, inevitable, pero ello no significa una
revolución, y ni siquiera la menor transformación del sistema, sino
simplemente su desarrollo.
Garaudy matiza la posición comunista: no se pueden asimilar es­
tos cuadros e intelectuales a la clase obrera ni plantear el problema
de la alianza como con las clases medias. Pero pueden entrar en el
movimiento de construcción del socialismo. Y Garaudy se sirve del
concepto de “bloque histórico” acuñado por Gramsci. Clase obrera y
cuadros forman un “bloque histórico” , no homogéneo, pero identifica-
ble objetiva y subjetivamente, coherente y capaz de desempeñar un
papel histórico unitario, papel definido por la condición común que
tienen en la sociedad capitalista. Sin embargo, nada permite generali­
zar: hoy es preciso (y Francia es un caso típico, ejemplar, significati­
vo, que conviene recordar) hablar de “fractura dentro del grupo de los
cuadros” Is. Se puede describir con gran objetividad la actitud
perfectamente antisindicalista, antirrevolucionaria de los cuadros. No
se trata sólo de una falta de toma de conciencia, sino de una concien­
cia adversa, de una negación radical a tomar esta dirección. Los cua-

’* J. D ubois : Le Monde, mayo de 1968.

25
dios obedecen a un reflejo antianárquico, y aceptan todos los estereo­
tipos concernientes al comunismo: “Ha sido suficiente que un diri­
gente de la C. F. D. T. tomara posición (en mayo de 1968) a favor
de Mondes Francc para que secciones enteras de cuadros sindicados
rompieran solemnemente el carnet." “Mientras que al principio mu­
chos sintieron cierta simpatía por el movimiento estudiantil, ahora
tienden a poner de relieve sólo los aspectos negativos de la agitación.
Reprochan a los jóvenes que no tienen nada que proponer.... etc.", re­
piten todas las quejas conocidas contra la explosión revolucionaria.
Los cuadros toman por modelo a los Estados Unidos y están dispues­
tos a acoger al “hombre político fuerte". Ahora bien, el autor de este
artículo es de la otra orilla. Es crítico respecto a los cuadros. Pero
constata. Así como también afirma que la C. G. C. está retrocedien­
do, pero que las afiliaciones a la C. G. T. aumentan, al tiempo que
reconoce que estos cuadros de izquierda “críticos" son silenciosos, y
que no se sabe con exactitud que son. Lo más significativo en este
artículo es esto: el autor declara involuntariamente (al hablar de los
cuadros apolíticos y reaccionarios): “No han creído en la sabiduría de
la C. G. T." Tal es, a mi entender, la palabra clave: si los cuadros
de izquierda van a la C. G. T. es porque comprenden que este es un
organismo de-orden, de cncuadramicnto. de cambio moderado... En­
tran en este sindicalismo porque y en la medida en que han dejado de
ser revolucionarios. No son los^cuadros los que tienen conciencia de...
y acceden al nivel de contestación radical... Han avanzado un poqui­
to, pero el sindicalismo ha retrocedido inmensamente. ¡Estamos ílítiy
lejos del esquema doctrinal del proceso de transformación de los cua­
dros en revolucionarios!
Pero la ideología del cuadro proletario se presenta de varias
otras maneras. Es indudable que los cuadros son proletarios en el sen­
tido en que lo entiende Chevcrny, es decir, que son amaestrados para
un servicio, mistificados por una ideología completamente desmovi­
lizados en su elevación misma, que están despojados de ellos mis­
mos por el sistema que construyen. Pero justamente porque se trata
de una alienación mucho más fina, mucho más sutil que la que sufría
el proletariado obrero hace un siglo, no se ve qué milagro de lucidez,
de energía, de voluntad de combate puede conducir al cuadro a rclc-

26
var a! proletario tradicional. Concedamos que es proletario porque
está “alienado", y tal vez lo esté más que el hombre común en cuanto
que es el constructor del sistema alienante. Pero entonces no hay que
atribuir la misma carga explosiva al sentido de la palabra “proletario",
ya que estos proletarios están muy satisfechos de serlo. Hay cierta
magia en creer que cuando se ha bautizado a alguien de proletario,
la aplicación de la palabra cruel produce la autenticidad revoluciona­
ria. Admitamos, pues, que son proletarios (proles. quien no tiene más
riqueza que sus hijos), pero entonces digamos que en adelante el
proletario no es ya portador de la revolución y que ya no forma parte
de la dialéctica de clases en la que algunos creen mecánicamente.
Cuánto más serio que la “novela teórica" de S. Mallet aparece el
análisis que de la nueva clase hace Djilas. para quien la creación del
personal técnico es un mecanismo que engloba tanto al socialismo
como al capitalismo, desvalorizando los antiguos conceptos revolucio­
narios y provocando una conformización.
Pero si es exacto que la clase obrera, ni en su condición objetiva,
ni en sus aspiraciones, ni en su conciencia, ni en su avatar de nueva
clase es ya, en una sociedad técnica (la sociedad occidental), revolu­
cionaria ni está destinada a serlo, entonces se nos presenta un nuevo
problema.
¿En qué movimiento revolucionario se engloban los cuadros? Des­
de el momento en que se les califica de proletarios, se entiende que
tienen que entrar en asociación con el proletariado obrero. Pero en el
“movimiento obrero", tanto partidos como sindicatos, es sabido que
según la doctrina el dirigente tiene que ser el trabajador. El trabajador,
el obrero. Ahora bien, en la sociedad el cuadro es el principal agente,
el responsable, el iniciador de las decisiones, quien detenta todos los
elementos del poder... ¿Cómo creer entonces que aceptará entrar
en un movimiento en el que no tendrá la dirección, sino que, por el
contrario, ocupará un segundo plano? Por otra parte, si. por mayoría
o por competencia, el cuadro ocupara la dirección del movimiento
obrero, ¿qué reforma promovería? ¿Tendría una orientación revolu­
cionaria? ¿Realizaría esa profunda transformación de la sociedad que
espera la ideología marxista? ¿Qué es lo que le inspiraría o condicio­
naría? Seguramente, su propia condición de técnico, su propia fun­

27
ción, su propia competencia, es decir, que la revolución que empren­
dería consistiría tan sólo en desembarazar el sistema técnico de los
inconvenientes de un capistalismo torpe, superado, pero esto no corres­
ponde realmente a la revolución proletaria, y se limita a desarrollar,
a racionalizar el desarrollo técnico, principal factor actual de la alie­
nación no sólo de los obreros, sino de todos.
Así pues, el problema de la participación de los cuadros de la
nueva clase no equivale a una reivindicación revolucionaria: el siste­
ma ha llegado al punto en que, siendo el papel del técnico el que es.
es imposible evitar un sistema de cogcstión o. al límite, de autogestión
por quienes detenten el poder real. Pero esto no es más que una ali­
neación de la superestructura sobre la realidad, y no una revolución
que pone en entredicho las estructuras, los principios, los imperativos
y los valores de la sociedad. Es la plena aplicación de la célebre frase
de Marx sobre los problemas que se plantea la humanidad. Si hay
“problema” del técnico no es porque éste se convierte en una clase
revolucionaria, sino porque detenta los poderes efectivos y porque
progresa no por su virtud o su toma de conciencia, sino llevado por
el desarrollo técnico, y porque desplaza a los otros participantes: no
hay causa común entre estos técnicos y la clase obrera. El proletaria­
do ha dejado de ser el motor de la revolución. Y se busca en vano
la clase revolucionaria.

2. La juventud como fuerza revolucionaria

Durante los últimos años aflora una nueva esperanza: la verda­


dera categoría revolucionaria de nuestra sociedad es la juventud. Esta
es una clase. Ella es el proletariado. Expresa una división de nuestra
sociedad mucho más profunda y radical que la de las antiguas clases.
Está formada por excluidos; los jóvenes están marginados. Están ra­
dicalmente alienados, son los más desposeídos de todos los hombres,
pues no tienen ninguna función, modelados por una enseñanza que

28
los prepara a entrar en esta sociedad, con una conciencia deformada,
reificados por los objetos de esta sociedad, incapaces de obrar... Un
nuevo proletariado, sin duda: esto ya fue muy bien analizado en el
folleto de los Situacionistas de Estrasburgo sobre la condición estudian­
til (1966).
Seguramente, los jóvenes no podrían por sí mismos hacer la re­
volución, pero serían el “detonador” , el impulso lo daría esta clase
de edad, menos integrada en la sociedad. Los jóvenes tienen un poder
de intervención y una conciencia política indiscutible. Son más mó­
viles y están más libres de todos los vínculos para emprender la revo­
lución total, que, a partir de su primera acción, abarcaría todas las
potencialidades revolucionarias del mundo.
Conviene, pues, intentar descifrar esta eventualidad de una revo­
lución protagonizada por la juventud. En primer lugar, y dejando a un
lado las trivialidades, es evidente que conviene partir de ciertos datos
sociológicos que nos permitan situar el problema. Pues es claro que
éste se plantea en función de esta condición material.
La juventud constituye, ante todo, en nuestra sociedad, una masa
demográfica. Grosso modo representa un cuarto de la población en
1970. Ahora bien, lo importante es recordar la ley biológica, com­
probada en las sociedades animales, según la cual cuando un grupo
supera cierta densidad, se convierte automáticamente en objeto de
fenómenos de violencia, de guerra externa o interna. La experiencia
de las sociedades animales y de la “polemología” no confirma la vi­
sión teórica de Teilhard: la densificación no conduce a la convergen­
cia, sino a la explosión. Segundo dato muy conocido: la juventud cons­
tituye en nuestra sociedad una categoría intermedia. En las sociedades
tradicionales no hay“ juventud” : el niño pasa bruscamente al estado
(social) adulto. Incluso en el derecho romano la condición de “menor
de veinticinco años” concierne sólo a algunos aspectos jurídicos se­
cundarios. Actualmente, por el contrario, el joven no es ya un niño,
pero no es todavía socialmente un adulto... incluso a los veintiún
años. La mayoría legal queda a menudo aniquilada por la lentitud del
proceso de integración social. ¿Qué es lo que caracteriza a este
período intermedio? Ante todo, que el joven está sometido aún a
una educación de niño. Es psicológicamente adulto (es sabido que la

29
edad de la pubertad desciende) y. por lo tanto, capaz de tener hijos,
de fundar una familia. Pero no puede llegar a ello socialmente: púber
entre los doce-catorce años, tendrá que esperar a la edad de veinticinco
aijos para poder normalizar su capacidad sexual en el marco de la
sociedad. Durante este período, recibe una formación profesional, in­
telectual, en la que es tratado como materia que se modela, como re­
cipiente que se llena, como objeto. Por otra parte, no es independiente
—en el aspecto económico— , aunque reciba mucho dinero de sus
padres (hecho que se acusa con frecuencia, pero que es secundario):
no es dinero suyo. Lo mismo ocurre cuando es mantenido por la so­
ciedad, mediante una beca. Depende no de su trabajo, sino de la
voluntad de quien le da ese dinero. El estatuto social del joven no
responde a sus potencialidades. Otro carácter es la enorme ruptura
entre su ausencia en el circuito de producción y su participación en el
circuito del consumo. No es nada en relación con la producción. Sólo
se le prepara a entrar en ella. Incluso cuando trabaja ya en una ofi­
cina o en una fábrica, hay tal discriminación en el tratamiento que se
le reserva y el de los adultos, que no es verdaderamente participante
y no puede menos de tener un sentimiento más de frustración. Por
el contrario, es un consumidor (aunque sólo sea por el número). Y
precisamente porque no es más que consumidor presenta en sus ob­
jeciones, rechazos, contestaciones este carácter de la sociedad: en la
rebeldía estudiantil, el odio contra la “sociedad de consumo” procede
justamente de esta condición de consumidor: el joven no puede ver
la sociedad de otro modo, porque en la sociedad sólo tiene esta par­
ticipación y cuanto más consumidor sea más atacará a la sociedad de
consumo. Pero esta condena de la sociedad no es en modo alguno
fruto de una toma de conciencia revolucionaria, sino la reacción auto­
mática a una condición de hecho. Si no fuera así, los jóvenes verían
que nuestra sociedad es algo muy diferente de una sociedad “de con­
sumo” . Finalmente, es consumidor porque es elegido como blanco
por las empresas comerciales o industriales, dirigidas por Adultos. Pe­
riódicos, discos, stars y flashes, transistores, vestimenta especial, gad-
ges y cinturones... el joven es presa d: la publicidad que le modela
para hacerle consumidor. De ahí la dificultad de asemejarle al prole­
tariado: su situación es exactamente inversa a la de la clase obrera
en el siglo xix. Esta estaba totalmente integrada en el proceso de pro­
ducción sin beneficiarse del consumo. La juventud está totalmente
integrada en la sociedad de consumo sin participar en el proceso de
producción. Esto es decisivo.
Pero al mismo tiempo, por importante que sea el consumo de los
jóvenes, no es nada a sus propios ojos frente a lo que podría o debería
ser, es decir, en proporción a lo que la sociedad técnica les propone
consumir. Lo que ve el joven, lo que se le “ofrece” no puede com­
pararse con lo que efectivamente puede tener, ya que la misma socie­
dad que provoca su intenso deseo no le da posibilidad alguna de satis­
facerlo: los medios económicos son aún más desproporcionados para
él que para el hombre corriente respecto a las virtualidades de placer.
Porque él sigue ciegamente la publicidad que le propone este placer.
La sufre intensamente, porque está preparado desde muy joven (la
publicidad de la prensa infantil), porque goza de la sensibilidad extre­
ma de su juventud a las presiones. Ello conduce a un tercer dato: la
juventud es objeto favorito, el público ideal, de las comunicaciones de
masa. No posee ni el "stock" de resistencia que procede de la expe­
riencia, ni la esclerosis endureccdora, ni la atracción del polo del tra­
bajo (el asunto serio, pues la información pertenece al terreno de la
diversión) de los adultos. Para la juventud es completamente exacta
la fórmula de Mac Luhan The Médium is the message. Percibe el im­
pulso de los medios de comunicación de masa como si fueran un
valor. Está sumergido en razón de esta misma sensibilidad en un uni­
verso verbal, puramente ficticio, que se enlaza con la aptitud espon­
tánea de los jóvenes al sueño, a la ficción, y con su dificultad para
separar lo real de lo imaginario. Los jóvenes están en una situación
ambigua, y el impacto de los medios de comunicación de masa agrava
esta ambigüedad, les sumerge en un universo exclusivamente relativo,
ambivalente, fluyente, no estructurado. Este efecto no depende en
rigor del contenido de los filmes, emisiones de TV, etc. Estos pueden
ser excelentes, morales, pedagógicos, culturales y todo lo que se
quiera. El análisis de Mac Luhan conserva toda su validez. Es el
hecho en sí de estos medios de comunicación de masa el que produce
este resultado. La juventud es en realidad captada y aislada por los
medios de comunicación del resto de la sociedad: forma un bloque

31
para que el universo ficticio es más real que la propia realidad. Se
comprende que no pueda vivir en ninguna parte sin su opio, que es
el transistor, que da a su vida en el presente a la vez su actualidad y
su realidad, y por ello mismo es aún más extraño al mundo de los
adultos. Pero al mismo tiempo, la publicidad convierte el mundo idea­
lizado de los adultos en objeto de un deseo exacerbado.
Fougeyrollas muestra que hay un enorme apetito de adaptación
en los jóvenes y que gran parte de su cólera se debe a que la sociedad
actual no los asume lo bastante. “El joven obrero desea ante todo par­
ticipar del nuevo género de vida que se elabora ante sus ojos... el joven
campesino aspira a la modernización..., el estudiante se hace más
sensible a lo que frena el desarrollo social y da más conscientemente
su adhesión a los proyectos de modernización de la economía...” Nos
expondríamos a cometer graves equivocaciones si no tuviéramos en
cuenta esta voluntad de adaptación dominante en los jóvenes K.
Recordemos también un cuarto y último dato de esta situación
objetiva. El joven pertenece a una sociedad que no tiene ya valores
comunes, que no ofrece ya sentido, que está globalmente erotizada,
que no tiene ya grupos intermedios. En las sociedades tradicionales,
la creencia en unos valores comunes y la existencia de grupos inter­
medios permiten pasar sin demasiadas dificultades de una situación
a otra, de un período de la vida a otro. Estas posibilidades de inte­
gración espiritual y funcional están reservadas a l a r i o s niveles. La
pérdida de estos elementos hace que la integración normal del joven
en el cuerpo social sea extremadamente aleatoria. Tal vez jamás se
ha operado el encuentro entre estas dos partes: ausencia de paso rápi­
do y claro del estado de niño al de adulto, ausencia de normas y valo­
res que proponer con evidencia a los que entran en la sociedad.
Se precisan factores de conformización, de adaptación, que des­
truyen la especificidad individual y que son duramente sentidos. Ahora
bien, esta ausencia se conjuga con la erotización (no sólo sexual, sino
en el sentido freudiano) del cuerpo social. El joven se ve lanzado (apa­
rentemente) a un universo de atractivos, de deseos, de búsquedas de
satisfacción. Y en el ámbito sexual evidentemente también: aquí nada

" F ougeyrollas : “La jeunesse et les poussées révolutionnaires de 1960”,


“Christianisme social”, 1961.

32
está normalizado. No hay tradiciones, ritos y valores. Por la imagen
que se le presenta de la vida y de la sociedad, el joven cree entrar
en un universo de extraordinarias posibilidades de conquistas, de place­
res, de saciedad. Ahora bien, al mismo tiempo choca con mecaniza­
ciones, organizaciones, un orden técnico (al que llamará demasiado
fácilmente burocrático), que le parecerá tanto más insoportable por
carecer de justificación, por no descansar sobre ningún valor común
aceptado por todos. El joven sufre intensamente una distorsión entre
la imagen que la sociedad moderna ofrece de sí misma y de la perso­
na (la star) y la realidad de los sistemas organizados en puras cons­
tricciones sin significado. Se le dice que satisfaga sus deseos, pero se
le hace entrar en una red de mecanismos implacables, y se le castiga
si no respeta la organización. Y todo esto le parece tanto más inacep­
table cuanto que en todo ello no encuentra sentido. Esta sociedad
no sólo no tiene valores comunes, sino que no ofrece significado algu­
no a nada. El adulto se ha hecho a ello. Ha recibido gratificaciones
humildes, pero no despreciables, ha reprimido su sufrimiento. Para el
joven es cuestión de todo o nada. La “inquietud metafísica” de la
adolescencia es tanto más grave porque se sitúa en una sociedad que
no ofrece respuesta a nada, que no sabe más que repetir la lección
del relativismo, que obra frenéticamente sin saber por qué ni hacia
qué. El joven no puede satisfacerse con la acción pura. Necesita ra­
zones, un sentido, una verdad, una respuesta. No comprende nada.
Llevado al paroxismo de la inquietud, no puede recibir nada de los
adultos, pues éstos están tan desprovistos como él. No tienen ya va­
lores ni sentido. Padres y profesores están completamente desarma­
dos. Se repitió mucho en 1968 que los jóvenes buscaban un Maestro.
En realidad, buscaban a alguien que diera sentido a su situación, a su
aventura. Pero no quieren un Maestro de decepción, como Sartrc: el
nihilismo presenta a sus ojos por lo menos el sabor de lo absoluto ls.

“ No puedo resistir al placer de citar el artículo de M.-O. Postkr-Vinay


(Le Monde, febrero de 1969), quien, perteneciendo a la juventud revolucio­
naria, escribe esto:

33
Así pues, la juventud se encuentra en una situación objetiva con
relación a la sociedad, que la singulariza, la pone en situación de con­
frontación. Pero ¿es esto suficiente para convertirla en fuerza revolu­
cionaria? Hay una cuestión previa que debemos examinar. Los de­
mógrafos hablan corrientemente en sus estimaciones de las relaciones
entre las capas de edad de una población, de “clases de edad” . Parece
que ha habido cierto malentendido sobre este término o por lo menos
una desviación. La clase de edad representaba un corte de edad espe­
cificado por cierto número de características. Pero obnubilados por
la palabra “clase” , se ha interpretado últimamente esta fórmula bajo
la imagen de clase sociológica, y se ha querido presentar a la juventud
como una especie de clase y la distribución según las edades como
una reproducción de la lucha de clases. Esta confusión se ha produ­
cido a veces expresamente: Glucksman ly dirá, por ejemplo, que los

“K1 estudiante revoficionario es. en general, hijo de burgués. Muchacho


de dieciséis años (poco más o menos, según los casos), ha descubierto casi
al mismo tiempo la angustia de la vida sexual, la incomprensión familiar,
la soledad interior, pero también muy pronto, gracias a los medios de infor­
mación (fenómeno radicalmente nuevo respecto a las generaciones preceden­
tes), la injusticia social, las atrocidades de este mundo y, lo más grave de
todo, la participación inconsciente de su familia en esta injusticia.
"Con esta red de alienación, se le descubre el vacío metafísico —expre­
sión abstracta y sonora de una realidad imposible de describir— en el mo­
mento mismo en que se desarrolla un deseo de expresión y de acción que
la sociedad rehúsa absolutamente, ya que el colegio es lo que es. El resul­
tado es el cierre, el silencio (aparte ciertos efectos de teatro, y no siempre),
una especie de desesperanza tranquila adornada de todas las reacciones de
defensa clásicas, que van desde el jerk al trabajo frenético y al cultivo de
obsesiones sexuales.
"Imaginad que este ser, desgraciado y a la deriva, encuentra la posibili­
dad sencilla e inmediata de desembarazarse de todo lo que le oprime. Esta
posibilidad se la proporciona un grupo revolucionario (actualmente, en la
segunda enseñanza se trata más bien del descubrimiento de la anarquía). En
efecto, proporciona al aprendiz de hombre, sea cual fuere su nivel intelec­
tual. la posibilidad de contestar, sobre bases bien aMructuradas y probadas,
tanto el medio social como el medio familiar, rechazarlos y expresarse a
fondo en una acción que no le cuesta juzgar como absolutamente válida.
"Es aquí donde se sitúa exactamente el punto de ruptura, que entraña
una falsa estrategia y la dificultad extrema de un replanteamiento ulterior.
En efecto, no se centra en uno de estos grupos (el primero que se presenta)
sin aceptar lodos sus principios. Se saltan, pues, todas las etapas de reflexión
necesarias para la elaboración de una estrategia de acuerdo con la realidad.
Se llega así a una alienación intelectual que se hace peligrosa para el por­
venir de la revolución y, en lo inmediato, para aquellos mismos que de­
berían beneficiarse de ella."
'* G [Link]: Stratcgir et révolution en Frailee 1968, 1968.

34
jóvenes no se caracterizan forzosamente por la edad, sino que son
víctimas de la explotación burguesa, de la agresión violenta, de la
opresión, de la frustración. Son todos aquellos que se encuentran en
esta situación, sea cual fuere su edad. Este confusionismo lírico es
muy significativo. Es absolutamente necesario que la juventud ocupe
el puesto del proletariado, con las mismas características más banal­
mente tradicionales que éste, aunque aportando su vigor. Por ello
debemos tratar de examinar si la juventud constituye una clase, para
saber si entra en el esquema clásico de la lucha de clases.
Creo que un ligero análisis nos permitirá descartar esta interpre­
tación. Aunque se pueda hablar de una duración de diez años para la
“juventud” , lo cierto es que el paso a otro estadio se efectúa con bas­
tante rapidez. El joven cambia de “clase’: ahora bien, uno de los
elementos más importantes de la especificidad de la clase en la teoría
de la lucha de clases es su carácter fatal e irremediable: se está ligado
a la clase por una especie de destino, lo cual provoca la rebeldía.
Cuando hay una gran movilidad social, las clases tienden a disolverse
y la lucha de clases a debilitarse.
Además, no hay ninguna especie de unidad en esta “clase” . La
juventud campesina, la juventud obrera, la juventud estudiantil no
tienen ni las mismas reacciones ni las mismas esperanzas y ambicio­
nes. No juzgan a “la sociedad” de la misma manera. Hay también una
gran diferencia entre la juventud de los países subdesarrollados y la
de Occidente20.
Cuando los jóvenes han intentado celebrar reuniones comunes en
Occidente ha sido un fracaso (Cohn Bendit, en Amsterdam; la re­
unión internacional de jóvenes, en Londres, el 15 de julio de 1968).
No hay más unidad entre la juventud que entre los obreros y los
campesinos en 1900. Aun cuando son opositores, revolucionarios, et­
cétera, ello no les une en nada.
Por otra parte, en el interior mismo del grupo de jóvenes hay
una gran oposición entre ellos a algunos años de distancia. Para un
muchacho de quince años, el de veintiún años es un viejo. Casi po­
dríamos decir que hay una ruptura en tres años: esta juventud de quince

=" F [Link] : Op. cit.

35
a veinticinco años comprende por lo menos tres grupos sin corres­
pondencia -1. Las opiniones, juicios, orientaciones, en el terreno políti­
co, estético, filosófico, de la indumentaria, cambian aproximadamente
a esta velocidad. No tienen ya los mismos ídolos, los mismos centros de
interés, el mismo comportamiento sexual. Y si los más jóvenes tachan
a los otros de viejos, estos, a los veintiún, veintidós años, no pueden,
en rigor, seguir interesándose por lo que apasiona a los más jóvenes.
Apenas hay éntre ellos un “lenguaje” común, una comunicación posi­
ble. El desmenuzamiento de este grupo de edad en fracciones múlti­
ples hace que no se pueda tomar realmente en serio la idea de que se
trata de un grupo unido en la sociedad, como podría serlo una clase
social en el siglo xix.
Seguramente la juventud puede hallarse unida en un grupo en
una sociedad global, ya sea por la aparición de intereses comunes, ya
sea por la oposición a los “viejos” (pero teniendo en cuenta que este
término designa elementos diferentes según los casos), ya sea por la
existencia más o menos duradera de centros de atracciones externas
a ella que la polarizan bruscamente, la cristalizan en una cierta reali­
dad concretamente perceptible. Tal es el caso, por ejemplo, de algu­
nos acontecimientos políticos: la guerra de Argelia, la del Vietnam.
Los jóvenes toman entonces conciencia de existir en cuanto tales, sin­
gulares en la sociedad, portadores de valores que estiman absolutos.
Se reconocen y se convierten en una categoría “para sí” . Pero
entonces es preciso subrayar que, en estos casos, los jóvenes no son
un grupo de jóvenes. En efecto, ante todo, en estos movimientos pro­
vocados con ocasión de la política, los jóvenes se encuentran con los
adultos, colaboran con ellos: el centro de interés político sirve para
acercar a adultos y jóvenes de una misma opinión -n una misma acti­
vidad, más bien que para especificar a los jóvenes en cuanto tales.
En estos movimientos no hay ninguna espontaneidad de los jóvenes:

a No lo digo sólo en el plano teórico: es el resultado de mi experiencia,


por una parte, con estudiantes y, por otra, en cuanto presidente de un im­
portante Club de Prevención en medio libre: dos grupos de jóvenes total­
mente diferentes desde el punto de vista social. “Esta estación es corta,
escribe Caillois; la sociedad continúa su marcha mientras se renueva la
cohorte marginal, turbulenta y generosa de los insumisos.... la juventud está
siempre destinada a envejecer..."

36
son los adultos (periodistas, profesores, filósofos) los que hacen que
los jóvenes tomen conciencia de la cuestión para comprometerse luego
progresivamente en la acción. Por lo demás, para enganchar a los
jóvenes estos adultos se sirven no sólo de la disponibilidad, de la
generosidad de aquéllos, sino también de la confusa convicción del
carácter único y virtuoso de la juventud: los viejos se sirven del sen­
timiento de los jóvenes de ser en cuanto tales portadores de un valor.
Pero en realidad, los jóvenes se interesan por tal o cual drama políti­
co sólo en la medida en que los propios adultos se interesan y siguien­
do a éstos. Podemos decir que tal fue el caso en los acontecimientos
de mayo-junio en Francia: Gcismar y Sauvageot no eran jóvenes, y
los que organizaron los comités de acción en los liceos fueron casi
siempre profesores que, por lo demás, venían preparando a sus alum­
nos desde hacía tiempo.
Finalmente, considero pertinente el análisis de Fougeyrollas según
el cual la ideología de la juventud como clase revolucionaria es en
realidad una construcción de la izquierda para descargarse de su
incapacidad. “No hay grupos humanos que estén por sí mismos in­
vestidos de una misión socialmentc salvadora y políticamente libera­
dora. De ahí que la izquierda, que ha usado y abusado del mesianis-
mo proletario y del mesianismo intelectual, debe evitar encontrar
una coartada a su impotencia actual en un mesianismo juvenil.”
Creo, en efecto, que la famosa doctrina de la clase de edad revolu­
cionaria no tiene otro fundamento.

Pero hay otro factor indispensable para que exista una clase: la
toma de conciencia. ¿Qué es la toma de conciencia de la juventud?
¿A qué nivel se sitúa? Se ha hablado mucho, una vez más, de la
toma de conciencia efectuada, por ejemplo, por los jóvenes durante
los acontecimientos de mayo-junio, de su madurez. Se descuida ha-
bitualmcntc plantear la cuestión: toma de conciencia ¿de qué? Si
se examinan los carteles, los letreros, las octavillas, los slogans — y.
a otro nivel, las declaraciones de los señores Gcismar y Sauvageot—
queda uno anonadado por la mediocridad, la machaconería, el va­
cío de estos textos. Si se exceptúan ias citas (desde Pascal a los
situacionistas) a menudo bien escogidas, el resto era una pobre repe­
tición de temas de vulgarización marxista o anarquista, de una debi­
lidad, de una inadecuación política tal, que impide hablar de cual­
quier toma de conciencia. Si la toma de conciencia no tiene ningún al­
cance ni ningún contenido políticos, ¿lo tiene por lo menos en lo que
concierne a su existencia de juventud en cuanto unidad, grupo, en­
tidad?
El “hecho juventud” existe. Pero, ¿quiénes son los primeros que
toman conciencia de cl'í-Los adultos. Pienso que es preciso atenerse
firmemente a esta realidad: son los adultos los que han hecho el fe­
nómeno juventud, partiendo de la existencia sociológica de la clase
de edad de c'sta juventud, que tiene una situación nueva e indecisa.
Han sido los viejos los que han glorificado e incensado a la juven­
tud. Y de nuevo nos encontramos con la publicidad, el comercio,
etcétera: son los adultos los que dirigen la prensa de los jóvenes,
proporcionan a los jóvenes los modelos, las modas, los signos, el
lenguaje que la juventud se limita a adoptar. Es en los periódicos
donde los jóvenes aprenden que existen en cuanto categoría, poder,
realidad. Es el adulto el que “pone en ascuas” a la juventud y el
que por motivos muy diversos la .fabrica; al nivel de la “clase de
jóvenes” se reproduce el sistema de las stars. La juventud es una
construcción completa, exactamente como Mireille Mathieu lo ha
sido por Johnny Stark. No hay, pues, ninguna especie;dc toma de
conciencia por parte de los jóvenes, ni autónoma ni siquiera hete-
rónoma: pues aquello de lo que toman conciencia no es en modo
alguno su realidad, sino la imagen que los adultos les ofrecen. Por
lo demás, si los jóvenes intentaran efectuar esta toma de conciencia
de lo que son, por y para ellos mismos, no podría tratarse más que de
un acontecimiento comparable a lo ocurrido en el mundo obrero o en
la actualidad en los campesinos: porque no encontrarían una situa­
ción bien caracterizada por datos económicos, sociales, un estilo de
vida, etc. ffi. Lo que encontrarían sería una situación hecha de incer-21

21 Lo demuestra la debilidad extrema de los análisis hechos por los


jóvenes sobre la juventud, publicados en diversas partes después de mayo
de 1968. Es una ignorancia sociológica y una serie de contraverdades eco-

38
tidumbrc, de difuminado, de vacío, la falta de lugar y de papel en
la sociedad, una especie de paréntesis. Ahora bien, al mismo tiempo,
los jóvenes viven en un mundo que les dice que son la parte más
importante, el futuro, la autenticidad: y ellos lo creen. En rigor, pues,
no pueden tomar conciencia de su realidad. Y cuando se les aplica
el lema famoso del Tercer Estado. “Los jóvenes no eran nada, lo
son todo, quieren ser algo", se trata de una fórmula vacía, ya que
nuestra sociedad les reserva justamente una situación excepcional:
falaz, por supuesto, hipócrita, pero de primer rango. Los adultos
crean la juventud y la hacen existir en cuanto tal.
Si lo hacen, no es en función solamente de sus intereses, ni tam­
poco porque crean que la juventud es un valor, sino porque están
seducidos por una ideología de la juventud. Esta domina a nuestra
sociedad. Pero esta ideología no es un fruto aislado, no se ha creado
por sí misma, sino que se apoya en creencias más profundas: es un
aspecto del mito del progreso. Puesto que la sociedad progresa, y el
progreso es uno de los dos o tres grandes mitos de nuestro tiempo,
es evidente que la juventud resulta valorizada por él (lo cual no
quiere decir que sea un valor), ya que el progreso supone necesaria­
mente que el mañana será superior al hoy y que la juventud repre­
senta el mañana: es la portadora y garante de este futuro que
necesariamente ha de triunfar. “Ellos triunfarán en lo que nosotros
hemos fracasado." -'! Esta ideología de la juventud es paralela a la
del “crecimiento-desarrollo” , que también descansa en el mito del
progreso-4. La juventud tiene un peso, una importancia, en la me­
dida exacta en que está virtualmcntc encargada de asegurar el creci­

nómicas lo que aparece. Asi. cuando los estudiantes se quejan de ser explo­
tados en esta sociedad, sin percatarse de que son los principales privilegiados.
Una excepción, sin embargo, debe hacerse con el análisis ya citado de los
Situacionistas de Estrasburgo.
-■ Inversamente, observamos que en las sociedades en que el valor es el
pasado, la juventud no tiene importancia. Así. en la Roma republicana, en
la Edad Media, [Link] jóvenes no son nada porque el mito esencial es la ex­
celencia de otros tiempos. De ahí que sean los ancianos los que en estas
sociedades desempeñan el papel que hoy se atribuye a los jóvenes.
■* Entre los centenares de obras que exaltan a la juventud, señalemos como
la más típicamente mitológica: J. F [Link] : La jcunessc, nouveatt T /<-/'
Eiai (1968). El autor recoge todos los lugares comunes sobre la cuestión
y declara gravemente que la juventud es cada vez más capaz de dirigir
la sociedad moderna.

39
miento y el desarrollo socioeconómico de la sociedad. Si relaciono
estas dos ideologías es para recordar que a los ojos de los adultos es
evidente que la juventud debe estrictamente integrarse en la sociedad,
asegurar el papel que le está asignado, sin el cual nada vale: una
juventud que se negara a ser portadora de los valores del crecimiento
y del desarrollo no serviría para nada.
Para los adultos sólo tiene valor en cuanto asume el progreso de
la sociedad. Y por ello se le hace lugar y se la adula tanto. Este
determinismo es uno de los factores que explican la rebeldía de la
juventud. Pero es preciso que ésta tome conciencia de que rechazan­
do este papel, no asumiendo el destino del progreso socioeconómico,
se niega a sí misma. En^efecto, ya hemos visto que no existe, que
no es un valor, que no tiene más realidad que la material e ideológica,
fabricada por los adultos: en la medida en que la juventud existe es
un simple producto reificado de la ideología de los adultos sobre
la sociedad. Y cuando los jóvenes rechazan este destino, no efe^úan
en absoluto una toma de conciencia, sino que se sumergen en el
vacío, pues, negada esta realidad, no encuentran nada. Y éste será
uno de los elementos componentes de la rebeldía juvenil. Pero esto
nos lleva a examinar los factores de esta rebeldía que ciertamente
es indiscutible2S.

El más simple, sobre el cual no vamos a detenernos, es la discor­


dancia entre la imagen gloriosa que los adultos se forman de los
jóvenes y la ausencia de lugar y función que éstos tienen en la
sociedad. Esto es evidente. Hay que ir más lejos. Creo que el centro*

* P lumyene (“L’envers vaut l'cndroit” , Contrcpoint, 1970) ha analiza­


do perfectamente uno de los sentidos de esta rebelión de los jóvenes, en tanto
que reverso de un poder al que ya se oponían sus padres. La juventud ex­
presa en realidad no lo contrario, sino el extremismo de sus padres; a unos
padres que votaron por la República y pensaban como maurrasianos. como
notara Bemanos. han correspondido unos jóvenes fascistas; a unos padres
casi unánimemente socialistas y hostiles a la V República corresponden los
jóvenes izquierdistas. “Siempre dividida en dos hemisferios (aunque la es­
fera ha completado su giro), la sociedad francesa con una mano votaba el
gaullismo y con otra pasaba distraídamente las páginas del Nouvcl Obser-
vaieur; los hijos han realizado los sueños de los padres, con gran sorpresa de
éstos."

40
del problema está en la profunda inadaptación de la juventud respec­
to a nuestra sociedad técnica y tecnificada. Esta inadaptación pre­
senta signos, indicios, aspectos diversos según las categorías sociales
de los jóvenes, pero parece ser bastante universal. Ahora bien, este
carácter general es para mí una prueba de que no estamos ante una
flaqueza de algunos jóvenes, ante una deficiencia, una debilidad
psíquica, etc.: en realidad esta inadaptación generalizada es una
acusación a la sociedad occidental técnica y tecnificada (ya sea capi­
talista, comunista o socialista). Los rebeldes sin causa, fugueurs.
blousons noirs, zazous, bbusons dores, hippics, beatniks. hooligans.
estudiantes, rebeldes de 1968: por todas partes el mismo fenómeno
profundo26. La juventud no puede aceptar, tolerar esta sociedad
¿Por qué?
Aquí voy a aventurarme un poco. Creo que la juventud está
dotada de cierta espontaneidad humana, una fuerza de vivir todavía
no domeñada, canalizada, una “naturaleza” si se quiere. El joven
es forzosamente un “primitivo” , siente muy profundamente las im­
presiones, las pasiones. los odios, los estímulos; tiene un gran apetito
de vivir, busca una expansión de su vitalidad. En otras palabras, no
está aún culturizado. Y pienso que su rebeldía es la expresión de la
dificultad de aculturación a la sociedad técnica, en la cual la espon­
taneidad es recusada, en la que todo es cálculo, exactitud, en la que
la fuerza de vivir, la vitalidad son. en conducta forzada, utilizadas,
el futuro parece estar decidido de antemano, etc. Hemos creído con
demasiada facilidad que los jóvenes están culturizados porque viven
desde su nacimiento en un medio técnico. Han tenido desde el prin­
cipio juguetes técnicos, están acostumbrados a los automóviles, a los
aviones, a la televisión, etc.; nada les sorprende ya. Pero todo esto no
representa más que débiles signos externos. No es en absoluto la
realidad profunda y global de esta sociedad. Así como los soldaditos
de plomo no preparan los niños a la guerra, así tampoco los contac­
tos con las técnicas les adaptan a esta sociedad. A lo sumo se adap­

“ Yves C harrimr y J. E li.u : J a m cssr dcUnquantc. 1971. De ahí que el


fenómeno actual sea diferente de las tendencias revolucionarias de las ju­
ventudes anteriores que siempre han existido. Véase el interesante libro de
N izan sobre el espíritu revolucionario de la juventud de 1929: la consp:-
ratton. 1938.
tan al consumo técnico. Ciertamente, a este nivel la aculturación no
es difícil, y los jóvenes, en efecto, se prestan fácilmente a este con­
sumo.
Pero no hay ninguna adaptación al nivel de la vitalidad. El joven
no tardará en rechazar una sociedad que le encuadra, le encierra,
le disciplina por todas partes, le reduce a la pasividad: rechazará
la “sociedad de espectáculo” porque tiene necesidad de dar libre-
curso a su instinto de creatividad (de la que la necesidad sexual es
sólo un aspecto). De la misma manera que sólo con dificultad tole­
raba una moral sexual demasiado exigente y no aceptaba las inhi­
biciones, así tampoco consigue aceptar la generalización del orden.
Porque tal es el punto del conflicto. Una sociedad técnica ,cs ante
todo una sociedad de orden y de organización. Y cuanto más se
perfecciona, más domina este orden en todos los campos, pues nada
es indiferente o inútil respecto a la técnica. Ahora bien, en esta fina
red el joven tiene necesidad de gastarse, de expresarse de manera
incoherente, explosiva, un poco loca. Tiene fundamentalmente nece­
sidad de desorden, ya que éste es el único medio posible para su
invención, su expresión directa, su espontaneidad. Pero los sectores
y los lugares de desorden se reducen cada vez más. Cualquier confu­
sión es intolerable, pues puede poner en peligro la expansión, el
progreso, etc. Y el joven no ve evidentemente que este orden totali­
tario que le atrapa es la exacta contrapartida, al mismo tiempo que
la condición, de ese consumo que él acepta tan fácilmente. No com­
prende la correlación. Tan sólo experimenta el “shock” de esta
organización, mucho más opresiva que todas las morales anteriores.
La represión no se refiere sólo a un aspecto (el sexual), sino a to­
dos. No se ejerce a través de una mera constricción moral, sino me­
diante un juego complejo de constricciones materiales, psíquicas,
económicas y sensuales, de reducciones y de manipulaciones por una
red que atrapa al individuo a todos los niveles y en todas sus expre­
siones. La aculturación es, pues, a la vez mucho más difícil, totalita­
ria y compleja que antes-7. Tanto más si se tiene en cuenta que esta
sociedad no prevé ninguna compensación suficiente.

¿Hay que repetir una vez más que con esto no quiero decir que el
hombre de otros tiempos fuera más libre? Lo que quiero decir es que

42
En otra parte "" he naniizado los modos de compensación en
la sociedad técnica. Ninguno equivale a la antigua fiesta, que ex­
presaba lo sagrado de la transgresión, el retorno al caos, pero al
mismo tiempo previsto e integrado en el orden. Este, en nuestro
mundo, no ofrece ni fisuras ni salida alguna. La vitalidad del joven
tiene necesidad de manifestarse en todas las esferas de actividad;
pero todas las actividades están organizadas a la manera técnica,
que no puede soportar el desorden, la anarquía, la incoherencia.
De aquí surge el “shock". Y precisamente la juventud ve ante todo
desde fuera esta sociedad, en la cual está llamada a entrar. La ve
estando ya en ella por el consumo y las constricciones que sufre,
pero sin estar todavía en ella por el empleo del tiempo, la actividad
positiva, la necesidad de ganarse la vida; los jóvenes no participan
aún plenamente, por lo que todavía tienen una distancia suficiente
para “ver” esta sociedad, recusarla; ven los oficios, las perspec­
tivas sin porvenir, las vidas repetidas, conformes, los rostros apa­
gados: imaginan esta sociedad mucho más intolerable aún, más
adstringente que la situación que conocen a su edad. No quieren
ser como esos adultos muertos de organización. No quieren conver­
tirse en el hombre condicionado que trabaja para comer y come
para trabajar. La entrada en esta sociedad les parece la puerta del
infierno. La juventud experimenta un sentimiento de rebeldía ante
esta exigencia total para una insignificancia total. Rechaza este or­
den, es decir, se niega a pagar el precio que la sociedad técnica
exige para proporcionar el consumo al que por lo demás la juventud
aspira.
Acabamos de decir que la juventud puede “ver” la sociedad in­
comparablemente mejor que los adultos, porque los jóvenes no es­
tán aún integrados totalmente, no sufren aún todas sus redes: la co­
nocen suficientemente por la constricción, están lo suficientemente
distantes de ella por la no participación, etc. Nos extasiamos ante el
carácter revolucionario de la exigencia de participación que presen-

vivía en una sociedad que lenía sus valores y su significado, cuyas constiic-
ciones le parecían aceptables, lo cual ha desaparecido.
La technique ou l'enjeir da siéde, cap. V trad. csp.: El siglo XX y la
reculen. [Link]. Barcelona. 19601. Propaganda, cap. II.
tan ciertos jóvenes, y no vemos que su único resultado profundo
(dejando a un lado el resultado superficial de destitución de profe­
sores y patronos) sería una integración más completa e inmediata
de los jóvenes en la sociedad: desde el momento en que participen
en su gestión dejarán de quererla. Serán incapaces de modificarla
precisamente porque ya no sabrán qué es, le pertenecerán creyendo
que la guían. Pero esto nos muestra que la juventud en su ataque a
esta sociedad, y su pretensión de ponerse a la cabeza para cambiar­
la, no piensa en el problema, no tiene ninguna doctrina: está ac­
tualmente en rebeldía contra la opresión de este orden, no a nivel
de su comprensión, de su reflexión, sino a nivel de su sensibilidad:*
la juventud no quiere esta sociedad porque tiene miedo de ella. No
quiere la vida que se le ofrece porque la siente como vacío y cons­
tricción. Vive profundamente un horror sin saber de dónde viene
(de donde los errores de orientación y de cxplicitación de su rebel­
día). No se erige en realidad ni contra una estructura dada ni contra
una forma explícita (aunque así lo crea obedeciendo a los viejos es­
quemas y a las interpretaciones ya superadas, capitalismo, lucha de
clases, etc.), sino contra una orientación global, una inspiración: el
espíritu de una civilización. De ahí que lo que la juventud actual­
mente piensa, lo que dice, lo que formula como doctrina, como con­
signas, como expresión construida, no tiene en realidad ninguna im­
portancia 20. No tiene ninguna posibilidad de pensar correctamen­
te el problema, pues no conoce la sociedad que rechaza: la ve, la
siente, la experimenta, la rechaza. Está dominada por la emoción,
el temor, el odio; pero no comprende nada. Se equivoca totalmente
tan pronto como intenta verbalizar su impresión y racionalizar su
rechazo. Pero si su expresión carece de importancia, esto no quiere
decir que ella misma no la tenga. Lo que cuenta, a nivel de la re­
cusación y de la rebeldía, no es lo que dice y piensa la juventud,
sino lo que es. La juventud es por sí misma, en sí, contestación de

™ Por supuesto que esta fórmula liará gritar a todos; a los jóvenes y a
los que los adulen, pero también a quienes los temen y a los conservadores.
No es necesario recordar que reproduzco textualmente la apreciación de
Marx sobre el proletariado: éste no es revolucionario en razón de lo que
piensa, sino únicamente en razón de lo que es. l o que el proletariado piensa
no tiene ninguna importancia para Marx.

44
este orden, es recusación de este mundo técnico, riguroso, ordenado;
es acusación de una forma de vida y de una supremacía de las co­
sas; es..., pero no en sus virtudes, en sus energías, en sus movi­
mientos: no es en las barricadas del barrio Latino donde ella con­
testa. Lo que ella es lo revela su inadaptación, su debilidad, su des­
concierto, los desórdenes c incoherencias fútiles, la vestimenta mu­
grienta o abigarrada, la anarquía sexual, el tedio, el frenesí.... con
ello es con lo que la juventud acusa, y no cuando quiere ser acu­
sadora. Tiene un sentido en cuanto está inadaptada. Y naturalmente,
tirar piedras a los guardias es un signo de inadaptación, y no de
opiniones políticas totalmente inadecuadas. Las “opiniones” son la
principal debilidad de esta juventud, que cree poder transformar el
mundo por la vía ideológica, con lo cual se equivoca de adversario
atacando el orden burgués (mientras no sabe qué es la burguesía)
y el capitalismo o el imperialismo. Cuando pretende hacer la teoría
del amor libre, y proclamar que la imaginación tome el poder, es
estúpida. Pero cuando es sencillamente ella misma, llamando con
furor a todas las puertas, rechazándolo todo, dominada por el pá­
nico ante un mundo que la condena a un laminador implacable, en­
tonces pone al mundo en acusación.
Pero lo ry.c en definitiva acabamos de definir es' la rebeldía.
Una condición específica, un vacío, algo intolerable, un ser que no
puede aceptar su destino. No es la revolución lo que está en marcha
con esta juventud, pues falta la toma de conciencia efectiva, la doc­
trina, el proyecto revolucionario, la unidad del cuerpo social rebela­
do contra la sociedad global, la organización... ¿Se pasará de lo uno
a lo otro? Nada nos autoriza a decirlo o creerlo. Pues esta rebeldía
ante una sociedad en cuya presencia se tiene miedo es sólo vivida
en función de esta misma sociedad. La recusación, la contestación
se desarrollan sobre la base misma de esta civilización, que no se
discute. Esta produce horror, pero no se imagina que pueda ser to­
talmente distinta. Los contestatarios se aprovechan de la civiliza­
ción. Se tiene miedo, pánico de sufrir el conformismo para servir a
esta sociedad por la que se siente horror, pero al propio tiempo uno
no se puede imaginar de otro modo que cumpliendo las funciones
técnicas necesarias para esta misma sociedad. De ahí que lo que se

45
rechaza sea simplemente el formular un proyecto, el pensar en el
futuro. Sin duda, hay hippies. Estos protestan de la ruptura radical
no queriendo tener ya ningún puesto, ningún cargo, ninguna fun­
ción. Los hippies profesan un nuevo estilo de vida, el poder de las
flores, la gratuidad, el amor generalizado, la libertad completa de
las relaciones, la comunidad total, el pacifismo vivido a nivel de la
vida cotidiana. No más oficios, no más técnicas, no más estructu­
ras ni organización. Estamos realmente ante una contestación funda­
mental, que afecta a las raíces mismas de la sociedad. Pero ¿qué re­
lación existe entre estos hippies y la sociedad? Ellos viven. Cuando
están enfermos, ellos o sus hijos, son atendidos. Y en los lugares *
de los Estados Unidos en que proliferan. se desarrollan los orga­
nismos de una sociedad. Disfrutan por lo menos de una vivienda.
Su vestuario es a veces de gran calidad. ¿Entonces? Pues bien, tie­
nen sostenedores, incluso entre los adultos, que los rodean, los ayu­
dan. les facilitan muchas cosas. Y cuando necesitan servicios reciben
muchas cosas gratuitamente. Pero ¿cómo es esto posible? Sencilla­
mente porque detrás de ellos, por encima de ellos está esta famosa
sociedad de consumo, de abundancia, la great society. No pueden
vivir y manifestarse con su originalidad sino en la medida en que
esta sociedad es superabundante para permitir la vida de estos “mar­
ginados” . De ahí que el fenómeno hippy sea muy complejo: por un
lado, es una reacción contra la sociedad técnica, de eficiencia, de
abstracción, de orden. Es la contestación fundamental, ya que se
expresa a través de comportamientos, de valores que son lo contra­
rio del pragmatismo eficaz de esta sociedad. Por lo que, en la me­
dida en que es rechazo y contestación, puede decirse que es un
producto de esta misma sociedad. Por otro lado, este movimiento
negador no es posible sino gracias a esta misma sociedad: no es
sólo necesario para contestarla, sino que también es posible única­
mente por la riqueza, la superabundancia de la sociedad de consu­
mo, que puede permitirse el lujo de mantener a sus propios con­
testatarios, hacerles vivir; los hippies son exactamente un lujo de la
sociedad occidental, representan un “surplus” social que resulta po­
sible por el hecho de que el resto de la sociedad trabaja con gran
rendimiento, funciona muy de prisa y muy bien. Pensemos en unos

46
trastornos sociales graves que comportaran una guerra civil, o bien
una recesión económica considerable que provocara, por ejemplo, la
necesidad de un retorno a la agricultura tradicional: el fenómeno
hippy desaparecería automáticamente. Mas por el momento existe,
y tal vez haya que aceptar el análisis de Mac Luhan según el cual
esto representa verdaderamente una revolución. En todo caso, la
contestación, consecuencia de los nuevos métodos de comunicación
(el “circuito eléctrico, dice, que confiere una dimensión mítica a nues­
tras acciones ordinarias individuales y colectivas'') se sitúa aquí a un
nivel más profundo que todas las demás evoluciones hasta el pre­
sente, pues se trata de una transformación de la relación entre el
individuo y el mundo: las nuevas técnicas entrañan una especie de
totalización del individuo, una unión mítica con la sociedad (y el
término put on, como el de nuestros estudiantes teach ¡n, designa
esta situación), lo cual produce una mística de participación, un sen­
tido de la continuidad, de la fusión colectiva; gracias al circuito eléc­
trico, “lo continuo, lo distinto, lo separado, nuestra herencia occi-
dentad, dice Mac Luhan, es sustituido por lo fluido, lo unificado,
lo fundido” . Y esto produce en los jóvenes una actitud ante la vida,
la sociedad totalmente nueva e incomprensible para los adultos y
caracterizada por “el rechazo de la historia, la denuncia de la exis­
tencia social tal como nosotros la conocemos, el deseo de abolir el
sentido de la identidad, el ^ tis m o difuso, la nostalgia de un mis­
ticismo cristiano o del quietismo cristiano” Mu. De ahí que nin­
guna argumentación razonable pueda hacer mella en ellos, y la cues­
tión de su “futuro” , de “su carácter” no puede interesarles. ¿Tie­
ne todo esto algo que ver con la revolución? De ningún modo,
tanto a nivel político como a nivel social. Con otras palabras, nada
de lo que hasta ahora se ha llamado “revolución” . ¿Y puede haber
revolución sin cambio de estructuras? Una de las fórmulas que a
menudo se emplean en este movimiento es ésta: “El proyecto más
alto consiste en no tener proyecto.” Ahora bien, no hay revolución
sin proyecto. Lo que seguramente se crea es un nuevo modo de
ser. Pero se dirá que se trata de un fenómeno más profundo que

m J [Link]: Primes, agobio Je 1967.

47
las revoluciones normales, y ello implicará necesariamente la revo­
lución global. Sí y no. Pues esta actitud fundamentalmente “atéc­
nica” implica un desinterés radical por todo lo que es económico,
político (a no ser por el pacifismo) y técnico. ¿Qué sucederá cuando
esta generación acceda a los puestos de mando, de dirección, de or­
ganización? O bien estos hippics y sus semejantes siguen siendo un
número reducido, y entonces tendremos unos viejos “originales” , o
bien se adaptan a las exigencias de la gestión, de la producción, y su
“mutación mental y psíquica” no lia sido tan profunda como se
creía, o bien siendo numerosos siguen siendo lo que son: entonces
el sistema técnico declinará, la producción descenderá originando
la catástrofe, el desorden se establecerá, la sociedad técnica desapa­
recerá, y con ella también los hippics, pues muy pronto se verán
en la necesidad de dedicarse al trabajo para poder sobrevivir a un
nivel muy inferior del que la sociedad actual ha alcanzado. Será una
simple regresión global (a excepción tal vez del terreno artístico).
Por mi parte, creo que esto es algo muy improbable.

Llegamos, pues, a la conclusión de que la juventud, que es cier­


tamente una fuerza explosiva, que tiene indudablemente razón cuan­
do rechaza el rigor de una sociedad tanto más organizada cuanto más
carece de valores, tanto más moralizadora cuanto menos virtudes
tiene, tanto más imperativa cuanto menor es su sentido, esta juven­
tud no es en sí misma ni un valor ni una obertura, el comienzo, la
vanguardia, el detonador de una revolución. Se necesitaría algo muy
distinto. Esta juventud es fundamentalmente desgraciada y pobre en
la abundancia de sus consumos posibles. Y ello es suficiente.

48
3. Los intelectuales

Afortunadamente, después de tantas constataciones negativas apa­


recen nuevas esperanzas: desde hace algún tiempo autores serios,
por lo general americanos, ponen la esperanza de la revolución en
la nueva condición de los intelectuales. Así Galbraith, Mac Luhan,
Marcuse..., cada uno, por supuesto, con una interpretación dife-
rcijte.
La idea de Galbraith31 es fácil de esquematizar. En el siste­
ma tecnóeconómico moderno, los que ejercen el verdadero poder son
los técnicos, dando a este término un sentido amplio que incluye a
los administradores, a los dirigentes, etc. Estos técnicos proceden
siempre de la universidad, por lo que quienes detentan el poder de
transformación de esta sociedad son los profesores, ya que de su
estilo dependerá el de los técnicos. Ahora bien, este cuerpo de edu­
cadores y de científicos está en condiciones de ejercer su influencia
porque las estructuras de la sociedad moderna tienen que contar
con ellos. Su número aumenta rápidamente, aunque aún no tienen
el sentido de su identidad. Estos intelectuales no pertenecen (¡en
Estados Unidos!) a una organización firme, estricta, por lo que no
pueden actuar, convertirse en clase revolucionaria. Tienen segura­
mente necesidad de tomar conciencia de su persona real y de en­
contrar un líder, “un puño político creador”, para convertirse en
fuerza activa en el sentido de la transformación de la sociedad, pues
ya tienen el poder: el sistema industrial depende enteramente de
ellos, y esto explica el que los fondos públicos y privados lleguen has­
ta ellos (¡en Estados Unidos!) con cierta abundancia. El sistema
industrial, ligando su suerte a la tecnología, a la planificación, a la
organización, se ha colocado en la dependencia profunda del per­
sonal necesario a su buen funcionamiento. Son las funciones inte­
lectuales las que ahora aseguran la verdadera autoridad y no ya el
capital. Pero no es sólo en la preparación de los técnicos donde

“'G albrajth: El nuevo Estado industrial, trad. csp.. Ariel, Barcelona. 1967.

49
estos intelectuales ocupan un lugar privilegiado, sino también en la
determinación de los objetivos, de las imágenes del mundo político:
en realidad los intelectuales son creadores de imágenes para todos,
ya que el sistema político e industrial sólo puede funcionar a partir
de y gracias a un cierto número de imágenes comunes. Ahora bien,
estas imágenes son creadas a veces espontáneamente, con mayor fre­
cuencia por medio de inventores, pero ahora son los educadores y
los científicos los que, queriéndolo o no, consciente o inconsciente­
mente, tienen esta posibilidad. Análogamente, Galbraith insiste mu­
cho sobre la orientación del hombre hacia una actitud estética como
compensación e incluso como sustitutivo de la actividad industrial.
También aquí tienen los intelectuales una función que cumplir, pues
son los únicos que pueden inventar modelos de actividad estética...
¿Quién, si no el artista, prodigará la dimensión estética de la vida?
Finalmente, “en un mundo científicamente exigente, los científicos
deben asumir la responsabilidad de las consecuencias que implican
la ciencia y la tecnología” . También aquí parece evidente la res­
ponsabilidad de los intelectuales. El científico no puede ya ser el
que inventa un medio y luego se desinteresa de lo que se haga con
él: debe actuar políticamente, puesto que los instrumentos que pone
en manos de los políticos son terriblemente poderosos y peligrosos.
Con otras palabras: el intelectual tiene el poder de imponerse (a tra­
vés de la formación de dirigentes), tiene la capacidad para hacerlo
(sólo él dispone de los elementos creadores de imágenes), tiene el
deber de hacerlo (ha desencadenado la avalancha de los medios
técnicos en nuestra sociedad). Sin duda, por el momento trabaja de
manera anárquica, individual, y esto no puede conducir a nada. Por
otra parte, se ve espontáneamente inclinado a desinteresarse de la
acción política por “actividades de sustitución” . Escribir artículos,
dictar conferencias, participar en debates, firmar manifiestos: todo
esto está muy bien, pero no es la acción política que el educador y
el científico deben emprender. Pues estos actos puramente intelec­
tuales no tienen ninguna influencia directa. Y los puntos que Gal­
braith subraya como esenciales para la transformación de la socie­
dad, desplazamiento a otros campos de la competición de los arma­
mentos, control social del medio ambiente, emancipación de la edu-

50
catión, exigen una acción política efectiva. No hemos llegado aún
a ello, pero Galbraith nota el carácter decisivo de esta situación: “La
suerte futura de lo que llamamos sociedad moderna dependerá del
interés con que la colectividad de los intelectuales en general, y el
cuerpo de educadores y científicos en particular, asuman responsa­
bilidades efectivas en lo referente a la acción y a la dirección polí­
tica." A los ojos de aquellos para los que la revolución es ante todo
de tipo socialista y se refiere a la relación de las clases o a la pro­
piedad privada de f los medios de producción, este tipo de acción,
esta intervención de los intelectuales no parece ser evidentemente
revolucionaria. Pero si no nos paramos en la imagen superficial, ve­
remos que el ataque de la “tecnoestructura” , al tomarla en las ma­
nos para orientarla hacia los fines válidos de la sociedad técnica,
puede ser en efecto una revolución. Y la visión de Galbraith de un
cuerpo de profesores y de científicos que combaten a diversos nive­
les para dar a la sociedad nuevos valores, nuevas imágenes, un nue­
vo estilo, orientando a los técnicos desde su formación, es cierta­
mente una visión de la revolución.
Pero la lectura de Galbraith produce una primera decepción:
considera, en efecto, una revolución del sistema, pero por medio
del Estado. Le parece evidente que para luchar contra la tccnocs-
tructura que él analiza en la empresa privada y cuya realidad ve
sólo en la producción industrial, para transformar esta sociedad, ha
de ser el Estado, representante del bien común, el que hará triunfar
las necesidades estéticas del hombre, él procederá a una transforma­
ción del medio ambiente... Los intelectuales deberían entonces des­
empeñar el papel de inspiradores de la acción del Estado, partici­
pando directamente en la política, utilizando, en suma, el poder de
un Estado que ellos habrían colonizado, para alcanzar sus objeti­
vos. Y precisamente el Estado no puede prescindir de ellos (por lo
menos si el Estado es consciente de la profundidad de las modifica­
ciones que deben realizarse) desde el momento en que la industria
depende de su competencia. Esta orientación es, ciertamente, com­
prensible en un hombre que ha formado parte del brain trust del
presidente, pero es muy decepcionante para aquellos que, como los
europeos, han vivido concretamente el dominio de la sociedad por

51
el poder político. Parece no sólo ilusorio esperar que un Estado se
comporte como Galbraith espera, sino también peligroso proceder
a la conjunción “intelectuales-Estado” . Galbraith no ve que lo que
en definitiva se constituye en un Estado moderno es exactamente
una t e c n o c s tr u c tu r a N o una organización comparable o equi­
valente, sino idéntica. La tecnocstructura política está compuesta
de la misma manera, desempeña la misma función, tiene las mismas
pretensiones que la tecnocstructura económica. El producirse en la
esfera de lo “público” no puede menos de hacerla más imperativa
y asimiladora. Es imposible creer que esta revolución pueda lle­
varse a cabo por el Estado. Al contrario, poniendo su esperanza
en este crecimiento del Estado, viendo en él el medio de luchar con­
tra la sociedad técnica, Galbraith no se percata de que va en el sen­
tido mismo de esta sociedad. En efecto, lo que en los Estados Uni­
dos falta para la plena expansión de la sociedad técnica es que el
Estado se haga completamente técnico y se ponga a la cabeza de
la operación. Ahora bien, esto no es un cambio, una inversión de
tendencia: es una evolución aparentemente inevitable. Lejos de en­
contrar el camino de una revolución, Galbraith refuerza la situación
global de la sociedad en cuestión. Va en el mismo sentido del cre­
cimiento técnico.
Pero dejemos de lado esta orientación para fijamos en el si­
guiente problema: ¿tienen los intelectuales, situados como pretende
Galbraith, una vocación revolucionaria? Es evidente que algunos
educadores, algunos científicos están en posición de fuerza en rela­
ción con la sociedad moderna (¡situación que no hacen valer!). Tam­
bién es cierto, por otra parte, que es entre los intelectuales donde
encontramos los más profundos contestatarios de nuestra sociedad.
Lo cual, por lo demás, es mucho más exacto en los Estados Unidos
que en Europa, según veremos más adelante.
Así, en apariencia, los intelectuales están bien situados en esta
sociedad y bien orientados. Sin embargo, no estimo convincente la
demostración de Galbraith. Mi primera observación se refiere al he­
cho de que es imposible hablar de intelectuales en general. Ahora

® J. [Link].: L’illiision politique.

52
bien, en esta obra se pasa continuamente de educadores a científi­
cos, de científicos a intelectuales. Si bien es cierto que el escritor
o el cineasta parecen representar en los Estados Unidos una consi­
derable fuerza de contestación, no por ello puede afirmarse que se
encuentren en la posición de fuerza descrita anteriormente: su labor
consiste en entretener, y no creo que el público establezca la menor
relación entre lo que escriben y lo real, entre la expresión rebelde
y el trabajo cotidiano. Estoy más bien convencido de lo contrario.
Estos artistas, estos literatos cumplen su función, pero esta no con­
duce en absoluto a una toma de conciencia revolucionaria. Y no
parece que sean en ningún grado necesarios, indispensables para
la buena marcha de la sociedad técnica; no pueden imponerse porque
se tenga necesidad de ellos: en realidad, no se tiene necesidad de
ellos. Se insinúan, ocupan un sillón de lujo, ofrecen aliciente a la
vida que organiza el industrial, el técnico, el político. Y tampoco
tienen sobre los futuros directivos, sobre los estudiantes, el poder
que Galbraith imagina. No son ellos los encargados de la formación
de los dirigentes. Y si tienen una influencia, ésta es gratuita, aleato­
ria, y se considerará más bien como nociva en cuanto que desvía
a los estudiantes de la seriedad del estudio sin prepararles para
nada eficaz. Los intelectuales no tienen verdaderamente gran cosa
que ver con los economistas, los físicos, los psicólogos, etc., que
enseñan a los futuros técnicos su técnica. Los “intelectuales" en
sentido amplio no constituyen ni una clase social ni un grupo de
presión, sino un aglomerado muy heterogéneo de trabajadores no
manuales a los que nada une de hecho. No son los mismos, en este
aglomerado, los que tienen una actitud rebelde (si no revoluciona­
ria) y los que desempeñan una función que se ha hecho necesaria
en la sociedad actual y que confiere realmente un poder.
La segunda dificultad surge cuando consideramos solamente a
estos últimos. ¿Quién es el intelectual cuyo trabajo y cuya compe­
tencia son indispensables? Siempre un especialista. Y cuanto más
precisa sea y más desarrollada esté su ciencia, tanto más especialista
habrá de ser. No se le toma en serio en esta sociedad sino en la medida
en que representa una autoridad indiscutible en el sector de su es­
pecialidad. Y, por supuesto, esta especialidad debe llevar a la po­
sibilidad de una aplicación técnica. Sólo en vistas a ésta se sostiene
y fomenta la investigación fundamental. Ahora bien, precisamente
por ser un especialista, ¿es apto este “intelectual” para ejercer una
función de crítica o de responsabilidad global? Galbraith subraya
que seguramente estos intelectuales no son en absoluto conscientes
de su poder real, y no piensan en ejercerlo..., pero esto no es un
azar ni una laguna fácil de llenar. Pues son necesarios y tienen un
papel real en cuanto especialistas (de física, de química, etc.), y en
cuanto especialistas no son sensibles a la realidad de su poder, no
le prestan atención, y aun sabiendo que son indispensables no están
dispuestos a entrar en conflictos de poder, y si lo quisieran no sa­
brían ejercerlo. Para hacerlo verdaderamente es preciso, en efecto,
salir de la especialidad, tener la concepción o la aprehensión de las
reformas, de las revoluciones que hay que hacer, es decir, proceder
a una reflexión global sobre el hombre, sobre la sociedad, sobre
la política. Ahora bien, nada predispone a un especialista a efectuar
esta reflexión. Por el hecho de dirigir un laboratorio de física de
las partículas no se es apto para discernir la orientación que debe
darse a la economía en su conjunto, y precisamente cuando estos
intelectuales especialistas lo intentan ¿que sucede? Encontramos dos
géneros de experiencias. Por un lado, hombres que proceden efec­
tivamente a este planteamiento global, intentan una toma de con­
ciencia del sistema en su conjunto, intentan una “apertura” , pero
por lo general dejan entonces de ser especialistas, y por ello su pres­
tigio desciende, no son ya tomados en serio en los medios técnicos
o industriales, y menos aún por sus colegas. Así William Whyte era
considerado como un excelente sociólogo..., pero cuando osó es­
cribir un libro de contestación global como El hombre organización.
fue objeto de sonrisas de conmiseración: no era ya un especialista
correcto. Y, en el fondo, lo mismo le ocurre a Galbraith: hace to­
davía una docena de años se le consideraba como economista es­
pecializado y prestigioso. Pero, dejando la economía matemática,
se ha puesto a escribir libros de reflexión sobre la sociedad global
que culminan con El nuevo Estado industrial. Inmediatamente los
economistas notaron que esto no era ya ciencia, como escribió uno
de ellos: “Es economía para no economistas, y ello no puede ser

54
de ninguna utilidad para la aplicación técnica." La cotización de
Galbraith ha bajado en cuanto especialista (por consiguiente, a nivel
de la autoridad que se lc-pucdc reconocer en la tecnoestructura) a
medida que su notoriedad aumentaba en los medios “intelectuales".
Pero ésta no es la única orientación posible: hay también espe­
cialistas. científicos, que entran en el mundo político sin dejar de
ser “sabios". La experiencia abunda en Francia. Pero también aquí
debemos distinguir: algunos de estos sabios entran en los medios
políticos porque en un sistema estatizado es el único medio para
“triunfar" incluso en la carrera científica. Obtener créditos, apoyos,
misiones, direcciones de institutos, influencia en el Consejo de In­
vestigaciones Científicas; todo esto es asunto político, y a veces te­
nemos en la élite intelectual hábiles maniobreros. Asimilando las
costumbres de los otros saben manejar los hilos convenientes, y pa­
san tanto tiempo en las comisiones administrativas y en las ante­
cámaras ministeriales como en su laboratorio. A veces más. ¿Cómo
puede esperarse de ellos una acción revolucionaria? ¿Y los otros?
Son los generosos, los preocupados por la miseria del mundo, con­
vencidos de su responsabilidad de hombres de ciencia en la ciudad,
y quieren servirse de su prestigio científico, de su premio Nobel,
de sus descubrimientos, para transformar la sociedad, Joliot-Curic
o Kastlcr. Pero hemos de reconocer, desconsolados, que estos espe­
cialistas, grandes en su trabajo, se convierten en lamentables papa­
gayos en su parada política. Se revelan muy pronto como inocentes
e ignorantes. Ya conocemos el dogma democrático según el cual la
política está al alcance del primer ciudadano que llegue, el cual
puede formarse una opinión válida sobre todas las orientaciones y
efectuar opciones serias en todos los sentidos. Pero si el ciudadano
ejerce su sabiduría para él. a su nivel, no ocurre nada malo. Las
cosas resultan desastrosas, en cambio, cuando el ciudadano, premio
Nobel de gran prestigio, actúa con absoluta ignorancia y buena fe
para arrastrar a la multitud tras él. El pensamiento político de estos
sabios suele ser de un simplismo, de un primarismo, de una incom­
petencia sin par. Hablan con el corazón, sin pensar que las cues­
tiones políticas y económicas son hoy tan complicadas como las
investigaciones de física o de química. Se mueven en ese mundo

55
como lo haría un niño en su laboratorio abriendo grifos, pulsando
botones y metiende clavijas al azar. Adoptan una visión global del
mundo, soluciones claras basadas en datos sumarios (y a menudo
tendenciosos, diligentemente proporcionados por sus asociados polí­
ticos, datos que han tomado como estandarte), sentencian sobre todo
con la evidencia y la buena fe del astrónomo medieval que explicaba
el movimiento de los astros según la teoría general al uso. Se ciegan
cada vez más a medida que se ocupan de política, pues han entrado
en un medio que los manipula, los aferra cada vez más profunda­
mente, se ven atrapados en una tela de araña que se va apoderando
de ellos hasta privarles de toda posibilidad de movimiento, por una
intensificación de las convicciones, una asociación a las actividades,
una propulsión al primer rango de las manifestaciones. El sabio
adopta y difunde consignas después de abandonar todo espíritu crí­
tico, todo método riguroso de investigación... A veces llega al punto
más bajo cuando se le pide que decida una cuestión científica de
contenido político. Así, Joliot-Curie testificó científicamente, según
una encuesta, experiencias, etc., que los americanos empleaban el
arma bacteriológica en Corea. Pero algunos años más tarde, Jrushev
afirmó que jamás se había empleado esta arma y que todo había
sido cuestión de propaganda... Ciertamente, no se puede contar
con los científicos para hacer una revolución; a lo sumo sirven de
factor de agitación, pero no entre las manos de revolucionarios: en­
tre las de partidos antes revolucionarios que siguen hablando en ese
tono, pero que han sustituido el afán de la revolución por las ma­
niobras políticas. La inserción en la política esteriliza todas las cua­
lidades de estos hombres de ciencia. Me temo que no se pueden
fundar grandes esperanzas en sus capacidades en estos terrenos: es­
tán insertos en un cuerpo social, y no están dispuestos a ponerlo
verdaderamente, fundamentalmente, en cuestión. No agitarán más
que viejos oropeles deslucidos, levantarán polvo y disiparán nubes
sin percibir los cimientos de hormigón.
Señalemos el último avatar de estos sabios comprometidos tal
como nos lo describe Noam Chomsky33, precisamente ante las

Noam Chomski: American Power and the New Mandarins. 1969.


esperanzas de Galbraith. Chomsky demuestra que hay muy pocas
posibilidades, partiendo del conocimiento concreto de estos intelec­
tuales americanos, de que accedan a una conciencia revolucionaria.
Afirma que son precisamente estos intelectuales, psicólogos, soció­
logos, politólogos, los que se ponen al servicio del poder americano
y son, por ejemplo, los primeros responsables de la guerra del Vict-
nam. Lo que está surgiendo, según él, no es una clase revoluciona­
ria, sino unos “nuevos mandarines” “peligrosamente agresivos, arro­
gantes, incapaces de aceptar la lección de un fracaso en compara­
ción con sus predecesores, cuya pretensión al poder no estaba dis­
minuida por el reconocimiento de los límites de sus conocimien­
to s...” . Estima que con estos intelectuales que ocupan un cargo po­
lítico, o que tienen un poder, se asiste a la aparición de lo que él
llama la “servidumbre contrarrevolucionaria, lo cual ofrece dos as­
pectos: por un lado, al resultar el poder más accesible, las desigual­
dades de la sociedad son menos aparentes, y por lo mismo el statu
quo resulta menos escandaloso, y se produce una tendencia a esta­
bilizar, a recusar todo lo que puede perturbar una evolución tan feliz
en la medida misma en que los intelectuales consiguen resolver poco
a poco las grandes dificultades que los políticos eran incapaces de
superar por tratarse cada vez más de dificultades de tipo técnico.
Por otro lado, los intelectuales, al ocupar una posición de primer
rango en esta sociedad americana, encontrarán cada vez menos mo­
tivos para contestarla, precisamente porque esta sociedad les con­
sagra. El “intelectual político” recibe un doble privilegio en relación
con los demás. Por esta razón, la participación de los intelectuales
en el poder constituye, en los Estados Unidos, una garantía de
superconformismo.

No hay duda de que los intelectuales siguen teniendo un gran


poder, ya que se expresan principalmente a través de los medios
de comunicación. Representan todo lo que se dice, todo lo que el
público oye. Formulan las ideas o los sueños de los hombres de
esta sociedad, tienen una fuerza que jamás habían poseído: la de

57
asediar con sus imágenes los cerebros de sus contemporáneos. Cier­
tamente, no son todos los intelectuales los que acceden a esto, pero
su número no es despreciable. Se convierten entonces en agitadores
propagandistas. Pero sólo actúan en el mundo político de las imá­
genes (cfr. L ’illusion politiqué). Pueden entonces provocar reaccio­
nes inmediatas a propósito de la actualidad y arrastrar a la rebeldía:
en la medida en que no están insertos en un marco de acción revo­
lucionaria en la medida igualmente en que su actividad está
totalmente desligada de la realidad, en que actúan en un universo
sin consistencia, no pueden en rigor constituir un movimiento revo­
lucionario. En definitiva, tienen en nuestra sociedad una función
muy precisa: le dan la impresión, la ilusión de que es revoluciona­
ria, el excitante de lo desconocido y de la aventura, mientras que,
como ellos mismos, es profundamente conservadora •1:\ Son a nivel
global el equivalente de los autores de novelas policiacas a nivel
individual. Pero este uso de los mass media es. por otra parte, como
ya sabemos, esencial.
Durante un levantamiento es el, según se vio en 1968, el que
provoca, difunde, extiende el contagio. Mejor dicho, es la exhibi­
ción de la menor agitación la que da la impresión de que todo está
agitado. Si no existieran los mass media, tendríamos la impresión de
que estamos en un mundo muy tranquilo. Pero al acumular una
agitación en Karachi, un secuestro de avión en Beirut, un secuestro
de cónsul en Montevideo, un meeting estudiantil en París, se tiene
inmediatamente la impresión de que la revolución está por doquier.
Estos acontecimientos menores sólo se toman en serio en cuanto
son difundidos, y cuanto más se dirige la difusión a un número im­
portante de personas, más importante es el acontecimiento. Ahora
bien, esta acumulación, esta concentración produce la convicción de
que la situación es revolucionaria. los rebeldes están convencidos de31

31 Cfr. el análisis de la influencia de la propaganda para la rebelión o


la revolución, en Propaganda.
® Digo conservadora no en el sentido de la estabilización del estado ac­
tual y la conservación de los privilegios, sino en el sentido del mantenimiento
de la corriente actual, de las orientaciones actuales: un tren lanzado a 200 ki-
lómetros/hora es conservador, a pesar de su velocidad, del cambio de lugar;
se trata de lugares previamente fijados, de un trayecto establecido.

58
que la revolución ruge porque se encuentran ante un panorama de
numerosas acciones concretas. Pero es esta misma cspcctacularidad
la que esteriliza toda posibilidad real, fundamental de revolución,
pues al estar absorbidos por esta agitación, impide entrar en una
praxis revolucionaria. El empleo de los mass media concretamente
por los intelectuales podría calificarse de “agitador-conservador".

Es cierto que en los últimos años se ha revelado una nueva


orientación a propósito de los intelectuales como fuerza revolucio­
naria. Se trataría de partir de la Universidad. Adueñarse de la Uni­
versidad, que es la que forma a los directivos, a los administrado­
res, a los periodistas..., en orden a formar hombres revolucionarios
que ocupen puestos clave en la sociedad. Esta idea existe desde
hace años, pero ha tomado una expresión nueva en mayo de 1968.
Una frase resume lo esencial: “Rechazamos la integración de la
Universidad en la sociedad, sea cual fuere la forma de esta última.
La Universidad debe ser una estructura de desequilibrio perma­
nente.” 39 Creo que es Touraine37 quien mejor ha expuesto este
análisis. Insiste en el error que cometen quienes quieren ante
todo cambiar la sociedad para transformar luego la Universidad.
“La Universidad no es un reflejo de la sociedad. Es la sociedad
misma, puesto que es deseo profundo de su cambio." Se ha con­
vertido en la esencia misma de esta sociedad a la vez científica y
práctica: es la Universidad la que forma todo lo que es indispen­
sable para el desarrollo de la sociedad, hombres y máquinas. De
ahí que transformar la Universidad equivalga a transformar la so­
ciedad en su conjunto. Pero Touraine añade claramente: “Una Uni­
versidad puramente técnica carece de creatividad intelectual y agrava
los desequilibrios de una sociedad privada de su reflexión sobre sí
misma. Una Universidad puramente política o se asfixia en las pa­
labras, o se encierra en una dictadura intelectual, o decae.” El pro­
blema está perfectamente planteado.
Se ve claramente el proyecto. Por una parte, es seguramente in-

" Miscelánea I.’université critique. Comité tic huelga de Assas. 1968.


::r T ouraink : l e mouvement de Mai ou le contmunisme utopiqtie. 1969.

59
dispensablc que la Universidad continúe desempeñando su función
de formación de biólogos, economistas, geógrafos, geólogos, etc., y
que les transmita el máximo de conocimientos, los mejores métodos,
el mayor rigor intelectual. No se trata aquí de suprimir esta forma­
ción técnica y científica (incluso con los métodos tradicionales, que
en muchos casos son los mejores...). No es cuestión de sustituir
esta adquisición de competencia por discursos políticos tan vagos co­
mo inflamados, o por citas de Mao o de Marx. Pero, por otro lado,
se trata de formar al mismo tiempo un espíritu crítico respecto a la
sociedad, al sistema sociopolítico en que estos especialistas habrán de
ejercer su profesión. Que éstos sean capaces de tomar sus distancias
respecto a su profesión, a su especialidad, a las estructuras, pero
al mismo tiempo tengan una capacidad de análisis de la realidad
sociopolítica. un conocimiento suficiente para ejercer la crítica. Ha­
bría, pues, una doble formación que sólo puede ser seria si para
la segunda no hay una ortodoxia inculcada, sino una aplicación del
método científico, de la crítica también en este terreno. Esto no se
puede realizar adoptando actitudes espectaculares ni mediante la ad­
hesión a un partido o a una doctrina, sino confrontando una plura­
lidad de puntos de vista, de explicaciones, de sistemas: la formación
sociopolítica de los futuros directivos de la nación sólo puede re­
sultar del esquema de una Universidad verdaderamente liberal, lo
cual no quiere decir que sea neutra o esté neutralizada, sino por el
contrario que vive de la confrontación de todos los puntos de vista,
de todas las doctrinas y del reconocimiento de todos los hechos.
Esta formación no sería “programada-rcvolucionaria” , sino que se
limitaría a formar hombres competentes para ejercer todas las res­
ponsabilidades en la sociedad y, al mismo tiempo, con una capaci­
dad crítica que ponga en cuestión todas las estructuras c ideologías
de esta sociedad. Entonces esto podría materializar un verdadero
proceso revolucionario. Pues sólo mediante una mayor conciencia y
un mayor rigor puede efectuarse la revolución necesaria. Esto podría
conducir a una renovación permanente mediante un cuestionamicnto
permanente también de las actividades y principios, no atacados desde
fuera, sino por los mismos que asumen las responsabilidades posi­
tivas.

60
Volvemos siempre al mismo punto3": en nuestra sociedad
la acción revolucionaria no se puede producir a partir de las es­
tructuras. de las organizaciones, de las actividades, sino que debe
efectuarse sobre todo en el individuo, ya que es el individuo el que
está amenazado de desaparecer. Puesto que el resto es sobreestruc­
tura, es en el individuo donde debe realizarse la labor revolucionaria
y establecerse la relación conflictual que implica la revolución. Pero
no puede tratarse de cualquiera: sólo quien tiene una responsabili­
dad, aquel en quien se apoya la sociedad técnica puede realmente
poner a ésta en cuestión. Todo esto es totalmente exacto y estoy de
acuerdo con esta orientación. Que la Universidad sea un polo de
contestación de una sociedad demasiado segura (a condición, sin em­
bargo, de que esta contestación sea pensada, y no solamente una
reacción dogmática o visceral); que la Universidad forme las com­
petencias indispensables a esta sociedad, pero expertos que lleven
en sí mismos la crisis. Es un buen esquema de una revolución en
profundidad que corresponde a las exigencias de la revolución ne­
cesaria, teniendo en cuenta que éste será un proceso de larga dura­
ción, que no parecerá ni romántico, ni evidente, ni espectacular, ni
portador de una fulgurante verdad, cuyos sueños acarician hoy nues­
tros revolucionarios.
Pero si tal es la buena dirección, ¡cuántos obstáculos! ¡Qué men­
guadas posibilidades! Y, en primer lugar, nada en la Universidad
actual parece preparar a desempeñar esta función. Se oscila entre
la técnica pura, la preparación para ejercer unas profesiones, un
pensamiento fundamental evanescente y un dogmatismo político
(marxista, maoísta o el que sea) obtuso. Esto es todo lo que veo.
Ahora bien, se necesitaría una línea de conducta general. Que el
cuerpo docente esté convencido de su doble función, pero que sea el
cuerpo docente en su conjunto, ya que esta formación no consiente
la mediocridad, la falta de compromiso, la blandura. Pero ¿quién
puede enseñar esto al cuerpo docente? La tonta fórmula según la
cual los educadores tienen que ser educados por sus alumnos sólo

“ J. [Link].L'L: L’¡Ilusión polil¡que. Xtiiamorphose du bourgeois. Autopsie de


la révolution (trad. esp.: Autopsia de la revolución, Unión Fditorial. Ma-
drid, 1973).

61
se aplica, por desgracia, a la más estrecha ortodoxia sostenida por
una pasión juvenil pero oscurantista en cuanto “progresista” . Los
jóvenes cruzados que quieren formar a sus profesores tienen una
mentalidad medieval. No hay ninguna posibilidad de que los educa­
dores accedan por esta vía a su doble responsabilidad. Más bien,
esta empresa universitaria, al suponer un cuerpo profesoral y cien­
tífico lúcido y capaz, sólo puede tener posibilidad de triunfar si la
Universidad es completamente autónoma respecto del Estado. Pero
¿cómo creer que un poder cualquiera está dispuesto a sostener e incluso
a tolerar una empresa de este tipo, destinada claramente a formar
hombres, futuros responsables de esta sociedad al mismo tiempo que
la contestarán? Ningún poder político puede aceptar esta dimisión. Si
hablamos de una conquista de la autonomía, por la fuerza si es el
caso, entonces el bloque universitario estudiantes-profesores se en­
cuentra orientado en una dirección totalmente distinta: no se trata ya
de propugnar un cambio de la sociedad, sino de emprender una lucha
política contra el gobierno, en la que se agotan las fuerzas y se pier­
de el proyecto. Y no es todo. En semejante empresa, de larga dura­
ción, se necesitará paciencia, constancia, una visión clara de los ob­
jetivos, cómo evitar la desgracia de todos los partidos revolucionarios
que proyectan una revolución de gran envergadura: caen en la rutina
cotidiana, en estrategias demasiado complejas, en un desaliento pro­
gresivo debido a la instalación. Se necesita más virtud para ejercer
una lenta acción revolucionaria durante toda una vida que para morir
en las barricadas. La dificultad de un gran amor no está en los mo­
mentos dramáticos, sino que aumenta con la duración de un matrimo­
nio feliz. Ahora bien, no creo que nuestros funcionarios profesores
tengan semejante constancia ni que exista una continuidad en las ideas
de nuestros revolucionarios.
A todas estas dificultades hay que añadir una nueva: estos uni­
versitarios, investigadores, técnicos, especialistas, no forman en rea­
lidad un grupo. No forman una categoría social — ni en sí ni para
sí— . Y ya sabemos que apenas se comprometen en una acción po­
lítica, los intelectuales se sienten tan perdidos, tan huérfanos que en
seguida buscan quién los apoye. Los estudiantes de mayo buscaron
a toda costa el contacto con los obreros, no tanto porque estuvieran

62
convencidos doctrinalmcntc de que la revolución descansa en la
clase obrera, como porque, completamente desbordados por los acon­
tecimientos, esperaban encontrar un apoyo en una clase tradicional.
Con mayor razón harían esto los profesores. Estos pueden ser re­
volucionarios individualmente, pero nada autoriza a pensar que el
cuerpo tomará jamás conciencia de esta responsabilidad, aun cuando
llegara a tomar conciencia de su peso en la sociedad.

No parece, pues, que haya fuerzas ni organizadas ni potenciales


en nuestra sociedad capaces de entablar el proceso revolucionario.
Podemos observar dos caracteres esenciales: todos los grupos
considerados como revolucionarios son minorías sociales. Los jóve­
nes, los estudiantes, los científicos, los propios obreros..., y mucho
más los “outsiders” en que piensa Marcusc, los parados, los margi­
nados, etc., son todos ellos débiles minorías. Y en rigor no se les
puede aplicar el principio de proletarización. Existe una desprole-
tarización concreta al mismo tiempo que una proletarización abstrac­
ta, de la que es tan difícil tomar conciencia, que no parece que el
hombre sea capaz de ello, a no ser por una larga asccsis y reflexión.
Los situacionistas de Estrasburgo pueden achacar a los estudiantes
el no acceder al sentido de su “miseria” , pero si su análisis fuera
exacto revelaría la imposibilidad en que un estudiante se encuentra
de acceder a ella. ¡Es mucho más fácil reivindicar becas y comedo­
res universitarios! Es decir, introducirse un poco más en el sistema.
Pero entonces, si para ser sinceros hay que renunciar a la idea de
que se está produciendo una proletarización sensible (y no teórica),
una caída en la condición alienada, creciente hasta el momento en
que la casi totalidad de los hombres se haya proletarizado, si hay
que renunciar a esta gran amalgama, porque lo que en realidad se
observa son diferenciaciones mayores, divergencias de condición, de
intereses, de interpretación de cada situación, si la toma de con­
ciencia margina a los grupos en lugar de unirlos debido a que cada
uno se basa en datos diferentes de un sistema que ya no puede con­
ducirse a la unidad satisfactoria de un proceso alienante, entonces

63
no hay ya mayoría proletaria que al propio tiempo tenga la posibi­
lidad y la legitimidad de hacer la revolución. No podemos creer ni
aceptar la visión de Marx según la cual esta prolctarización que
agrupa a la inmensa mayoría de los hombres en una misma condi­
ción, esta mayoría oprimida derrocará necesariamente a la minoría
opresora. Lo cierto es que resulta más difícil unir a los diversos
grupos que a los campesinos y a los obreros, unión que, a pesar de
Lcnin, no se ha realizado jamás. En cuanto a una reagrupación en
torno al núcleo obrero, apenas puede tomarse en consideración, y
por lo demás ya sabemos que este núcleo también está dividido. Pero
esto implica el abandono de la idea de que existe una colectividad
humana que es la fuerza revolucionaria. Ya no hay mayoría ni ma­
sas revolucionarias. No hay más que intenciones, pasiones, sufri­
mientos, pero que no son comunes. A esto debemos añadir que los
diferentes grupos minoritarios tienen voluntades y experiencias di­
vergentes. Los obreros tratan de mejorar en esta sociedad, son “asi­
milantes y asimilados” , quieren asimilar todos los aspectos positi­
vos de la “civilización técnica” , y por ello son asimilados por la
sociedad que pretende realizarla. Los jóvenes rechazan por una es­
pecie de resentimiento aquello que más desean alcanzar, pero no
pueden pagar su precio. Por el momento expresan el “están ver­
des...” y esto es la medida de su odio hacia la sociedad de consu­
mo, mientras esperan el momento en que serán mayores. Ahora bien,
estas diversas fuerzas no se suman en absoluto, sino que más bien
tienden a neutralizarse recíprocamente. La alianza de los obreros
y de los jóvenes, de unos u otros con los subproletarios, es absolu­
tamente irreal. Más bien existe oposición recíproca.

La multiplicidad de las explosiones de rebeldía que observamos


en la actualidad, la proliferación de los movimientos que se pro­
claman revolucionarios no implican ni que estos movimientos sean
realmente revolucionarios en relación con nuestra sociedad, ni que
haya grupos sociales (clases u otros) que, en cuanto tales, estén ver­
daderamente en una situación revolucionaria, que en cuanto tales

64
vivan el imperativo revolucionario real y no ficticio, imaginario,
ideológico. Ningún grupo de nuestra sociedad reproduce la situación
de la clase proletaria analizada por Marx. Hay disolución de los
grupos que podrían ser revolucionarios. Y las nuevas clases no están
.situadas revolucionariamente. Hay indignación, sentimientos de re­
beldía. que por lo demás suelen dirigirse contra algo muy distinto
del centro del problema; no hay grupo que tenga la posibilidad
revolucionaria y que esté llevado a ejercerla. Existen revoluciona­
rios. cada uno en su oficina o en su célula, hay grupúsculos que aun­
que desfilen a millares no son nada más, hay voluntades rebeldes,
hay organizaciones que persiguen su lanzamiento por raíles que vie­
nen de un lejano pasado, pero que ya no conducen a ninguna parte,
hay olas que pueden ser furiosas, pero no hay ya marca de equi-
nocio. no hay ya un pueblo en marcha hacia el reconocimiento de
su libertad.

65
Capítulo segundo

El tercer mundo

Quisiera demostrar aquí tres proposiciones. En primer lugar, que


las revoluciones del tercer mundo son seguramente necesarias a su
nivel. Liberarse del imperialismo occidental, acceder a la indepen­
dencia. luchar contra la miseria económica, son objetivos normales
y justos. Alcanzar estos objetivos es hacer la revolución a nivel del
tercer mundo, que corresponde al de los siglos xvm y xix en Occi­
dente. Pero, en segundo lugar, esto no implica ninguna revolución
necesaria en Occidente: la teoría de Mao del cerco de Occidente por
el tercer mundo es falsa. Y. en tercer lugar, la revolución del tercer
mundo no tiene nada que ver con la “ revolución necesaria” que se
impone en relación con nuestras estructuras occidentales, y que es la
única revolución importante para Occidente.

1. Africa

Tercer mundo, países subdesarrollados, países en vías de desarro­


llo. no se sabe bien cómo denominar a este conjunto de pueblos para
no traicionar su realidad y al mismo tiempo no humillarlos. Es sa­
bido que muchos intelectuales de izquierda, abandonando la esperan­
za de que la revolución se produzca en Occidente, admiten implíci­
tamente que el proletariado no es la clase obrera occidental; basán­
dose en la teoría (mejor o peor comprendida) del imperialismo de
Lenin. desplazan al tercer mundo la esperanza de la revolución, pues
la división en el mundo no se establece ya entre clases, sino entre
naciones: hay naciones proletarias, explotadas por naciones capita­
listas. explotadoras. Las naciones explotadas constituyen el verdade­
ro proletariado y, por consiguiente, son las portadoras de la resolu­
ción. Esta tesis se presenta en formas diversas, muy abstracta en
nuestros intelectuales occidentales, más precisa en algunos del propio
tercer mundo. Para Vlao y Lin Piao. la revolución mundial procede­
rá como la revolución china, es decir, que. siendo los países subdes­
arrollados regiones rurales, procederán a su revolución a causa de la
miseria fundamental que en ellos existe, y después irán apoderándose
progresivamente de Occidente. Más precisamente: las revoluciones del
tercer mundo cercarán a los países capitalistas exactamente como los
campesinos chinos cercaron y vencieron a las ciudades, obligando a
la burguesía urbana a entrar en la vía revolucionaria, una vez elimina­
da la burguesía rural. Por consiguiente, la prueba de fuerza en Cuba
o en Victnam es una victoria absolutamente decisiva: está ya gana­
da. Estas revoluciones del tercer mundo son efectivamente revolucio­
nes actuales, sea cual fuere su objeto inmediato, ya que por medio
de ellas se verá obligado Occidente a entrar en esta vía, a falta de
lo cual se producirá una prueba de fuerza, y Occidente será venci­
do. Así. en relación con Occidente, el tercer mundo desempeña el
papel de los bárbaros rubios, que dieron al traste con el imperio ro­
mano.
Otros tienen una visión menos clara y precisa, limitándose a es­
tablecer la relación ineluctable entre descolonización y revolución.
Así. N asscr'. Fanón o Seku T uré-, Pero esto no es evidente. Si nos
fijamos en los ejemplos históricos, observaremos que. por lo general.1

1 lista asim ilación aparece pa: tieularm ente en N a ssik : f'ilosofia de la re­
volución, y en F anón: Los condenados de la :ierra y Sobre la revolución afri­
cana. que lomamos como ejemplo. En Seku T c k í : Africa y la revolución (1968).
- Sobre la pulsión revolucionaria africana, su fundamento en la negritud
y su formulación antiimperialista, puede verse Abdoulaye l.v: Les inasses afri-
caincs el l'aciuelle condilion húmame. Namadou D ía: Réflexions sur l'économie
de I'Afrique noire. y el libro muy significativo en su delirio miiomania>o de
Chcikn Anta Dior: Mations acures ei culture. Pero la ideología de la negritud
no es ya una fuente revolucionaria, y la esperanza de que la inmersión en la
negritud fuera un rclanzamienlo hacia el fuuno. en cuanto que el negro es el
hombre desnudo, el proletario de todas las opresiones, ha fracasado debido a
la identificación con un socialismo oscuro y a la absorción de los valores oc­
cidentales.

68
la ‘‘desalienación", la “descolonización", no introducen forzosamente
un movimiento revolucionario: los irlandeses consiguieron liberarse
de los ingleses, echarles fuera, y el resultado fue la constitución de
uno de los Estados más retrógrados y reaccionarios de Europa. Los
ejemplos en tal sentido son numerosos: una liberación nacional no
es casi nunca productora de un dinamismo revolucionario. Y los Es­
tados Unidos son la prueba de que la revolución consistió justamen­
te en la expulsión de los ingleses... El resto es bien conocido-1.
Hay ciertamente factores comunes entre descolonización y re­
volución: la violencia, por ejemplo. Recordemos la exaltada defensa
que de la violencia hace Fanón, colocándose completamente en la
línea de G. Sorel. Igualmente se establece la identidad observando
que la descolonización no consiste sólo en echar fuera al invasor
europeo, sino también en rechazar su civilización, recusar sus valores
y sus normas, por lo que se trata de poner en cuestión el mundo
de los colonizadores: verdadera revolución, ya que se destruye la ci­
vilización dominante. Pero sobre todo la descolonización, por lo me­
nos en los intelectuales, se basa en una creencia innata en el marxis­
mo. empleando su vocabulario, tomando las fórmulas hechas sobre
la sociedad de clases, sobre la explotación, sobre la praxis (“el hom­
bre es lo que hace” ), sobre la historia y su sentido. Este parentesco
con un marxismo obvio, aunque ignorado (los mejores jefes revolu­
cionarios dicen seguir a Marx, aunque confiesan que jamás le han
leído), se expresará, por ejemplo, en la idea de una politización a
toda costa: para estos combatientes de la descolonización, lo mismo
que para la izquierda revolucionaria, todo es política, y, por supuesto,
la revolución (como la descolonización) pasa por la política; “poli­
tizar es abrir el espíritu, llevar al mundo el espíritu; 'inventar almas',
como decía Cesáreo" (Fanón). Este lenguaje religioso me parece im­
portante como infusión de lo trascendente en lo político. La poliliza-

J No se ruede menos de calificar de visionaria !u afirmación de Müuimasn


según la cual el nacionalismo del ¡creer mundo es el fundamento de un espí­
ritu de la revolución. Para decir cmo se basa en el hecho de que el naciona­
lismo occidental ha estado ligado a acciones revolucionarias y sobre la idea
de una perennidad de Ir. revolución. Pero nada demuestra hisióricamente este
parentesco (y creo que Miihlmann se equivoca al citar a Tocqueville). En cuanto
a la cvpeiiencia occidental, ¿tutede realmente trasladarse’ v «de qué revolución
se habla?

69
ción así exaltada en vistas a la descolonización es ciertamente un fac­
tor de la revolución, y lo mismo puede decirse del progresismo inge­
nuo o de la lucha contra la burguesía. Se evocan al mismo tiempo los
movimientos del tercer mundo y "las fuerzas progresistas que se pro­
ponen conducir la humanidad a la felicidad" (Fanón). En cuanto a la
eliminación de la burguesía, es típico el análisis de Fanón: cierto que
ai término del régimen colonial la burguesía nacional toma el poder,
ocupa el lugar de la antigua “élite" europea: pero en rigor no tiene
ninguna esperanza, ningún porvenir, ninguna estabilidad: tan pronto
como toma el poder, se nos dice, empieza a decaer, está ya muerta:
y la revolución se hace mediante la eliminación de esta burguesía, en
un solo movimiento con la liberación que había llevado al poder a
esa misma burguesía.
Entre los años 195Ü y 1965 se ha podido tener la ilusión de que
el tercer mundo tomaba forma y fuerza, que había una especie de
bloque de los países nacionales revolucionarios de Asia y de Africa.
Egipto, Argelia, Indonesia, Ghana, Tanzania. Guinea, el Congo... Pero
después de 1965 comenzó la desilusión con el desvelamiento de la
realidad. El “bloque" se ha desintegrado como consecuencia de sus
debilidades internas: las palabras no podían ya suplir por más tiempo
a la realidad. El verbalismo socialista ha sido una de las causas del
desastre. El hundimiento económico de Argelia no era inevitable, sino
que ha sido causado por el confusionismo teórico, la demagogia, el
extremismo verbal: no se instaura el socialismo a golpes de decretos,
y la fraseología revolucionaria es no sólo inútil, sino perjudicial. En
realidad. la historia de Nkrumah. contrariamente a las ilusiones di­
fundidas antes de su caída, no es muy diferente de la de Sukarno o
de Ben Bella. Había conseguido mezclar los efectos morales del ca­
pitalismo occidental con la doctrina de las naciones proletarias. “Gha­
na era un Estado ideológico sin ideología, una dictadura del partido
único sin partido... Este régimen correspondía al eclipse de una bur­
guesía fallida por una nueva burguesía salida de los centros de mer­
cado" (Dennis Austin). No había aquí más socialismo que en los
demás países de Africa.
Ahora bien, cuando se espera una solución revolucionaria del
“progresismo" de los países africanos, es preciso por lo menos pre­

70
guntarse de qué progresismo se trata. Esto se planteó con una evi­
dencia cegadora cuando la guerra de Biafra: la radio de Moscú, el
gobierno de Argel, la O. U. A., el conjunto de la izquierda (francesa),
proclamaron que la victoria gubernamental era “la victoria de las
fuerzas progresistas de todo el continente africano sobre el imperia­
lismo" '. Progresismo de un movimiento sostenido por el vencedor
gracias a la antigua potencia colonial; progresismo de los emires
musulmanes, verdaderos vencedores; progresismo de los poderosos
del Norte, vencedores de quienes siempre habían sido los "siervos del
Sur"; progresismo de un gobierno que defendía los intereses de la
Shell... Pero todas las certidumbres de hecho no valen un bautismo
de progresismo. Ahora bien, el crimen de Biafra consistía en romper
una “nación” africana y en declararse abiertamente no socialista.
¡Algo imperdonable! Esta palabra es todopoderosa: puesto que los
biafreños se declaraban no socialistas, el progresismo debía estar ne­
cesariamente de la otra parte, fuera cual fuere la realidad. Tal es el
progresismo nacionalista del mundo africano.
Todas estas elucubraciones sobre el socialismo no hacen más que
cubrir una confusión nacida de la aplicación ciega de una idea occi­
dental '. A falta de un desarrollo social y económico previo, el so­
cialismo es un señuelo o bien una perversión de la doctrina primi­
tiva. Podemos verlo claramente en dos hechos. En primer lugar, no
existen diferencias sustanciales entre los regímenes socialistas y re­
volucionarios de Africa y de Asia y los que no se proclaman de iz­
quierda. Los problemas son los mismos, y también los medios; a pe­
sar de los discursos y de la ideología de nuestros intelectuales, no*

* l.o cual demuestra. por lo demás. el poder de ilusión de la izquierda en


Francia: la guerra da Biafra. diez veces más sangrienta que la del Vietnain.
apenas ha provocado horror y voluntad de lucha en la izquierda francesa:
Biafra no tenía interés para la “lucha imperialisla". F.n otras palabras, todas
las chácharas humanitarias sobre el Vicinam. sus sufrimientos, los horrores de
la guerra, el heroísmo del pueblo... son sentimentalismo de propaganda, ya
que una miseria mayor provocada por la guerra no interesa a nuestros gene­
rosos manifestantes, l.o mismo hay que decir de la matanza de los bengalícs.
' “Fl socialismo africano es una teoría tranquilizadora: significa que nada
cambiará. Pero, en todo caso, ofrece una consolación patriótica en lugar de las
dificultades concretas del desarrollo..." ÍYves Benót: Idéologies des indépen-
dances africaines. 1968). “F.l socialismo es una fraseología de prestado acompa­
ñada a veces de una colectivización ineficaz, barnizada sobre acciones que no
están preparadas para ella." (Rrvrt.')

71
hay en ninguna parte una orientación revolucionaria, ni siquiera en
Tanzania. El segundo hecho es el desarrollo, por doquier, de dictadu­
ras militares, que habremos de estudiar más adelante. Es triste oír
alabar al ejército africano por las Iglesias y discutir gravemente del
“carácter progresista del socialismo militar". ¡Pobre socialismo! Pero
esta última metamorfosis revela, en su inexorable necesidad, ¡o lejos
que estamos de la “civilización nueva que surge en el tercer mundo",
imaginada por Fanón o Sartrc.
De modo que este segundo aspecto: “realización del socialismo
que será ipso jacto la revolución también de Occidente", es por lo
menos incierto. Es claro que si algunos, como Fanón, en su exalta­
ción. creen en esta misión revolucionaria universal, otros son mucho
más moderados y Seku Turé, al afirmar su fe en el socialismo afri­
cano, no insiste excesivamente sobre la vocación universal de su re­
volución. Es un acto de fe en la desaparición de las falsas potencias y
de las falsas democracias, en la misión humanitaria del socialismo,
pero no deja de afirmar su convicción de que esto se realizará en la
paz, y no nos explica en absoluto cómo esta revolución socialista
desencadenará la revolución en Occidente o se propagará.
Hay que subrayar que el “socialismo" proclamado de manera au­
toritaria por Nasser, Sukarno o Nkrumah. fue en la segunda genera­
ción después de la descolonización discutido por los más jóvenes v
sobre todo por los oficiales. Estos han considerado semejante “so­
cialismo” como inútil y desastroso: por lo general, no se ha produ­
cido ningún desarrollo económico y ninguna nivelación social. El
Egipto de 1956 a 1966 no ha alcanzado ninguno de los objetivos pro­
clamados después de las nacionalizaciones. Seguramente Nasser. si­
guiendo el camino habitual de identificar la “burguesía egipcia” y ci
“capitalismo árabe” con el colonialismo y el imperialismo, adopte
una posición ortodoxa (1961) y reconocida como tal por la U. R. S. S..
a pesar de que el entottrage de Nasser estaba formado esencialmente
por burgueses, sin que pueda hablarse en absoluto de una dictadura
del proletariado. Pero precisamente a propósito de este régimen de
“socialismo científico” formulará la U. R. S. S. su teoría (ya apun­
tada por Stalin) de que los países atrasados pueden pasar directamen­
te a! socialismo bajo la dirección de las fuerzas nacionalistas progre­

72
sistas (y no Je la dictadura del proletariado, ya que estas fuerzas en­
globan a la burguesía anticolonial), industrializándose por una vía de
desarrollo no capitalista gracias a la ayuda de los países socialistas
Esta teoría fue a la vez sostenida por Mirsky en la U. R. S. S. \
formulada por Nasser en la carta nacional de 1962.
Pero esta doctrina del socialismo árabe presenta algunos rasgos
característicos: por una parte, la coalición de las fuerzas de progreso
se efectúa en torno, en y por el Estado: por otra parte, se trata de un
nacionalismo. Rifcat — hombre de confianza de Nasser y teórico
de la nueva orientación— declara que el socialismo va ligado a ¡a
nación, y sólo puede resolverse en realizaciones concretas si es na­
cionalista. El nacionalismo es una "forma" cuyo contenido está dado
por un socialismo militante que lucha contra el imperialismo. Es el
esquema llamado “de etapas” : unión de todas las fuerzas contra e!
colonialismo y por la nación y. luego, liquidación de las estructuras
internas del capitalismo y de la burguesía para pasar al socialismo,
a la construcción del Estado del pueblo de los trabajadores. Todo esto
es plenamente conforme al dogma staliniano. Pero en este socialismo
que se proclama científico (es científico, dice Rifcat, porque tiene una
base científica, porque tiene en cuenta las leyes de la ciencia, las
leyes de las ciencias sociales y de la psicología... La carta nacional
se concibió sobre la base del estudio de la sociedad...) comporta
también, en una importante mezcla, la creencia en Dios, el rechazo
del materialismo y la referencia a los valores espirituales, etc.
En realidad, este socialismo es una construcción totalmente inco­
herente y vacía. Llega a resultados sorprendentes: por un lado, el
nacionalismo ha hecho que el ejército se afirme como la única fuerza,
pero nacional, y no socialista: por otro, las desigualdades sociales se
han agravado (en ninguna otra parte del mundo hay una explotación
comparable a la de 25 millones de fellahs). la ineficacia tanto de la
administración como de la planificación provoca una paralización eco­
nómica y la ideología socialista no penetra en absoluto en el pueblo.
Como siempre, y sin excepción, cuando se mezclan nacionalismo y
socialismo, el primero domina y esteriliza al segundo. Ahora bien, la!
es la suerte de todos los países socialistas del tercer mundo. Porque
este nacionalismo no es más que una reviviscencia de factores muy

75
antiguos, xenofobia, odio racial, intolerancia cultural, que existían en
estos países (¡cómo en los demás!) antes del colonialismo, y que
hoy se formulan de otra manera.
Una confirmación de esto la tenemos en la creciente importancia
que van adquiriendo los poderes militantes: al cabo de diez años de
independencia africana, sólo siete de los 17 jefes de Estado que con­
dujeron a sus países a la independencia siguen aún. Entre 1963 y 1970
se han producido más de veinte golpes de Estado militares. Seis paí­
ses africanos procedentes de la antigua Unión francesa están dirigi­
dos por militares. Y sobre los otros es permanente la amenaza de un
golpe de Estado militar. Cuando se instala una República democráti­
ca. como en el Sudán, observamos que en realidad se trata de una
dictadura militar que no tardará en ser sustituida por otra. Con fre­
cuencia nos preguntamos por las causas de este hecho; se le atribuyen
causas económicas, pero lo cierto es que. ante todo, el ejército pa­
rece ser el único factor de orden y de estabilidad posible (prescin­
diendo de que los militares se disputan el poder entre ellos), a lo que
ciertamente debemos añadir que todo nacionalismo conduce necesaria­
mente a confiar el poder al ejercito. Los africanos siguen la regla.
En cuanto a decir, como hacen algunos, que el ejercito es en Africa
un factor de revolución social, se necesita para ello mucha buena
voluntad y una gran dosis de ingenuidad. El socialismo científico de
Massemba Debat no es tenido en cuenta por los militares del Congo,
aunque sea “popular” , y los militares de Mali. del Alto Volta. de
Dahomey. del Congo-Kinshasa, presentan el rostro habitual del ejer­
cito. conservador y ordenador, ciertamente el poder local menos hos­
til a Occidente. Revel recuerda amargamente el encadenamiento “in­
competencia. dictadura, corrupción, golpe de Estado, depuración,
dictadura reforzada, mayor incompetencia, intensificación del subdes-
arrollo". No se trata de algo absolutamente fatal, pero no parece
que este círculo pueda romperse si no es mediante la ayuda exterior...
v al margen de cualquier pretcnsión revolucionaria.
El análisis de estos socialismos africanos es deprimente. Como
en Egipto, el socialismo “científico” del Congo popular es tan de­
cepcionante como el socialismo humanista de Tanzania. El sueño o
la técnica, el retorno al pasado (así. en Tanzania, como es frecuente

74
en el terecr inundo, se estima que no es necesario recorrer el camino
industrial, y que el socialismo se entronca directamente en las estruc­
turas comunitarias ancestrales"), o bien la abolición de la sociedad
tradicional en pro de una tecnificación a ultranza y el abandono en
manos de los tccnócratas. según se intenta hacer en Sudán y se prac­
tica en Argelia. Pero Argelia demuestra que la tecnocracia no es real­
mente favorable a la revolución, y que la expulsión del imperialismo
del petróleo no es necesariamente un acto revolucionario.

Si tratamos de considerar más de cerca la realidad, habremos de


dudar del carácter “proletario" de estos pueblos. Es cierto que son
naciones pobres, que han sido reducidas a una scmicsclavitud por la
colonización y que están profundamente traumatizadas por la pre­
sencia de los conquistadores. También es cierto que estos pueblos se
han liberado considerablemente mediante un movimiento político. Pero
esto no es suficiente para que se trate de un proletariado revolucio­
nario mundial ni para que sean capaces de provocar la revolución en
Occidente. No hay duda de que su situación económica es desastrosa.
El subdcsarrollo es un bloqueo impuesto a los países periféricos por
el crecimiento automático de los países industrializados Pero hay
algo más. hay bloqueos intrínsecos, estructuras opuestas al desarrollo,
rechazos psicológicos, socio-políticos, socio-jurídicos, o también pro­
cedentes de la desarticulación de la economía. Pero no hay que olvi­
dar el célebre círculo vicioso: si el “exterior” no ayuda a estos países
subdesarrollados, éstos no llegarán jamás a “despegar” ; si se les ayu­
da, su sistema se hace demasiado dependiente del e x t e r i o r a lo
que hay que añadir los desequilibrios de crecimiento, la explosión
demográfica debida a una mejor sanidad, la presión presupuestaria
originada por un aparato político excesivo y tanto más pesado cuan-*7

0 S. Urfcr Ujamas: Espoir du w ia lim ic afrieain en Tanranie. 1971.


7 Cfr. el excelente estudio sobre el subdesarrollo de F ri vssini t . texis. 196'.
' Para no citar a los grandes clásicos como Dumoni. etc., señalemos tres
estudios recientes: H ugos : Analyse <lu sous-développeinent en Afrique noire
09681: V arios : Décolonisalion el redimes potinques en Afrique uniré (19671:
G uernifk : [Link] (temiere eliance Jn liers monde 0 9681.

75
tu mas socialista pretenda ser. y finalmente los disturbios, revolucio­
nes. guerras internas: es realmente lamentable que Nigeria, que acaso
sea el pueblo africano mejor orientado en la expansión económica,
viera malograrse sus esfuerzos a causa de una guerra civil.
Pero esta situación no es en absoluto revolucionaria. Los pueblos
africanos tropiezan, por una parte, con su retraso económico y so­
cial y. por otra, con la mala voluntad de los pueblos ricos”. Pero
no será a través de una acción revolucionaria interna como podrán
obtener algo en estos sectores, ni progresar lo más mínimo atacando
a Occidente. Si Occidente hiciera su propia revolución, si ésta sig­
nificara una conversión altruista que indujera a sacrificarse a sí mismo
para ayudar a los demás, si la capacidad técnica de Occidente fuera
lo bastante poderosa para resolver el problema general del mundo
(¡cosa que todavía no es!), entonces sí podría pensarse que la situa­
ción del tercer mundo estaría resuelta. Pero esto no pasa de ser
un sueño. En efecto, por lo menos hasta ahora, ninguna revolución
socialista ha producido un altruismo nacional. La actitud de la
U. R. S. S. frente a sus países vasallos, o la de China frente al Tibet.
se enmarcan en el orden de la explotación más bien que en el de la
ayuda. Si queremos ser serios, hemos de afirmar que las dificulta­
des del tercer mundo no provienen de estructuras que sea preciso de­
rrocar y ni siquiera de las relaciones de estructura con Occidente,
sino que el retraso técnico sólo puede corregirse mediante un progreso
técnico, el cual no se realiza por una vía política.
Lo decisivo es la relación con la técnica. Recordemos la excelente
fórmula de Baechler que condensa admirablemente los estudios so­
bre el subdesarrollo: “Contrariamente a una ilusión curiosa, propia
tanto de los revolucionarios como de los contrarrevolucionarios, no
es el subdesarrollo de los pueblos subdesarrollados lo que puede pro­
ducir fenómenos revolucionarios, sino más bien su desarrollo. La pro-

" Aquí no se estudia el problema del stibdcsarrollo en cuanto tal: traíate la


cuestión en una nueva obra sob;e "Técnica y subtlesarrollo". Me limitare a se­
ñalar dos obias básicas, entre las muchas publicadas sobre el tema: Y. C .U 't/:
Ixprcis i'olitiques et xociaitv Jes ¡><iys en 'm e ile J-seloppeniem (1971). muy
bien informado. Gunden F hank: Le sons-Je' elorpenienl (1971). obla que se­
lla convertido en la biblia de la izquierda, pero que en realidad está muy “ses­
eada'’ y que además contiene numerosos errores.
BaI CIU i ii : l es phénoinéiu-s réeolniionnnirey. 1970.
habilidad de disturbios y de subversiones endógenas aumentará con
el retroceso de la miseria..." Recordemos que tal era también el pen­
samiento de Tocqueville. y señalemos que en todo caso sólo puede tra­
tarse de disturbios ciultígciios ” .
Es indudable que. como dice C'hombart de Lauwc, el mejor medio
para que Africa escape a !a malnutrición es la formación de campe­
sinos y el empico de abonos. También es cierto que la disminución
de la ayuda de los países occidentales es un fenómeno sumamente
inquietante, pero en todo caso es claro que el tercer mundo no está
en condiciones de desencadenar un movimiento para forzar a Occi­
dente... En cuanto a la identificación entre la relación países po-
bres/países ricos y la relación proletariado/burguesía. podemos des­
cartarla diciendo que comparación no es razón. Por otra parte, po­
demos demostrar fácilmente que se trata de relaciones diferentes. La
debilidad del patronato consiste en que dependía de los obreros. Cuan­
do los obreros dejaban de trabajar y de producir, el patrono quedaba
reducido a la impotencia, lo perdía todo, dejaba de ser el amo. Se
originaba entonces este duro período: ¿quién cederá primero? Ahora
bien, esta relación no existe en nuestro caso: los países desarrollados
no necesitan en lo esencial (excepto el petróleo) de los otros; los paí­
ses ricos pueden prescindir de los países pobres y podrían hacerlo to­
talmente desarrollando las técnicas químicas. Cuba se ve en aprietos
cuando la U. R. S. S. no le compra todo el azúcar que sería necesa­
rio. Pero la U. R. S. S. no tiene necesidad de comprarlo: lo hace
para sostener a Cuba. L.a ayuda de los países desarrollados al tercer
mundo es un imperativo ético, no económico ni político. Sería un es-

" Conviene remitir a la síntesis de F.. M oiun ilniiotliiciiun ti mu politiquc


ite rhonmie) de lo que él llama las lógicas del tercer mundo, donde demuestra
que los movimientos “revolucionarios” son el fruto de la tensión entre la vo­
luntad de entrar en la civilización técnica v el temor de perder mi identidad:
que estos países no pueden asanzar sino bajo el impulso del Fsiado y que sus
movimientos revolucionarios, posburgueses y possoviéticos, son sincrctistas. va­
riables. y que no se trata en absoluto de la revolución, que realiza “la idea
madre de los socialismos: el establecimiento de relaciones nuevas entre los
hombres". “Aun en el caso de que triunfe, la 'revolución de desarrollo' no es
la revolución que lleva a la sociedad sin clases, liquida la explotación del
hombre por el hombre, desemboca en una civilización socialista." Aunque triun­
fe... Pero Morin muestra las condiciones increíblemente problemáticas de se­
mejante triunfo.
cándalo inaceptable dejar que estos pueblos murieran de hambre. Pero
hacer que un imperativo etico inspire el comportamiento de las nacio­
nes es una empresa difícil. Ahora bien, cuanto más se avanza, más
delicada se hace la situación, todo se convierte en obstáculo: así. en
la reacción de los pueblos occidentales, el fracaso de la política de
ayuda hecha hasta el presente no incita a proseguir, o bien: los nue­
vos inventos químicos hacen posible la sustitución creciente de los
géneros “coloniales” . Lo que los países del tercer mundo pueden ofre­
cer es cada vez menos necesario para la vida de los demás países.
Tenemos todavía el petróleo.... sí. pero ¿por cuánto tiempo? En rea­
lidad. estos pueblos del tercer mundo no presentan ningún carácter de
relación imperativa. ¿Hemos de pensar entonces en la violencia pura?
Tal parece ser a veces el pensamiento de Fanón. Pero tampoco aquí
hay que engañarse. ¿Puede Africa (suponiendo que fuera unánime)
declarar la guerra a Europa y disponerse, en el estado actual de las
cosas, a invadirla? ¿Puede América del Sur declarar la guerra a los
Estados Unidos? Sólo China podría hacerlo, tal vez. pero ello des­
encadenaría el cataclismo final.

A pesar de todo, estos pueblos están comprometidos en una vía


revolucionaria y en busca de un socialismo. Son no sólo pueblos pro­
letarios frente a pueblos capitalistas, sino también pueblos feudales
que tienen necesidad de realizar un cambio profundo para hacer po­
sible el desarrollo técnico y económico. Se trata de dos problemas
muy distintos, y de dos empresas independientes, aunque combina­
das. Mühlmann analiza muy bien las condiciones en que se producen
estas reacciones africanas, tomando como tipo la de los kikuyu: “La
reacción de los kikuyu puede caracterizarse sociológicamente como
desarraigo y proletarización parcial; desde el punto de vista de la
psicología cultural, como individualización de las motivaciones; socio-
psicológicamente, como fijación en los símbolos de resistencia, y psi-
co-patológicamente. como neurosis cultural de contacto.” Tal es la
expresión del cambio real del tercer mundo, cambio que provoca des­
equilibrios y reacciones, pero que en ninguna parte desemboca en un
impulso revolucionario mundial.
Estos pueblos tienen que hacer mi revolución. Se encuentran en un
estadio precapitalista y tienen que realizar un cambio sociológico y
político para hacerse ‘'modernos". Tienen que destruir las estructu­
ras tribales, las relaciones leúdales, luchar contra la aparición de una
nueva burguesía, y tal vez contra la constitución de una “clase polí­
tica". Tienen que emplear la mano de obra en un trabajo coherente,
lógico, eficaz; establecer circuitos de distribución equitativos; empren­
der una formación técnica acelerada... Todo esto constituye, si se
quiere, una “revolución", pero interna. No se ve cómo pueda tener
grandes consecuencias para Occidente. Es normal y justo que los
hambrientos se levanten contra sus explotadores. Pero ¿quiénes son
estos explotadores? Estos son múltiples.
Algunos forman parte de estos mismos pueblos, y habrá que la­
mentar por mucho tiempo aún las agitaciones internas antes de que
los pobres hayan eliminado a sus ricos. En cuanto a los explotadores
pertenecientes a los demás países técnicamente adelantados, no se
comprende cómo puedan ser alcanzados por estos países hambrien­
tos. ¿Podrá hablarse de contagio? Partiendo del socialismo estableci­
do en estos países, una especie de difusión socialista (¡en sentido ri­
guroso!) alcanzaría por una ola autopropulsora a las naciones occi­
dentales y las sumergiría. La revolución socialista cortaría las alas
del “imperialismo" (americano, como es natural). Pero ésta es una
visión muy apresurada, ya que. como dijimos antes, los pueblos des­
arrollados no tienen ninguna necesidad de los otros. Es ridículo pensar
que América se hundiría, sufriría crisis económicas insuperables si no
pudiera exportar a todo el mundo. Como si el consumo de los países
del tercer mundo fuera realmente importante para los Estados Unidos
o como si ¿-1 trabajo (mal pagado, explotado...) de los campesinos
colombianos o guatemaltecos fuera esencial para la supervivencia ame­
ricana: si éstos se niegan a trabajar, si expulsan al imperialismo ame­
ricano. ello podrá provocar la quiebra de algunas grandes empresas,
pero nada más. Con la experiencia chilena se ha podido ver que la
economía americana no quedaba afectada en absoluto. ¿Sobre qué
base, con qué fundamento, con qué fuerza sociológica pueden los
países del tercer mundo desencadenar una revolución socialista? To­
memos el ejemplo de Fanón.
Este está convencido de la espontaneidad revolucionaria, aun cuan­
do esté dominada y encuadrada por un partido autoritario y dictato­
rial. Por otra parte, considera que. para evitar la influencia burguesa
y pasar del régimen burgués al régimen socialista, es preciso contar
con las masas campesinas. En otras palabras, aun reconociendo el
carácter atrasado, retrógrado, del campesinado argelino o africano,
es a el en todo caso al que hay que dirigirse. Por debajo de los di­
versos pretextos, la verdad es que este campesinado es mas fácil de
sublevar y organizar que el resto, ya que el proletariado urbano está
ya demasiado occidentalizado, por lo que la revolución tendrá que
partir de la sublevación campesina. Sin ignorar las tesis de Lcnin sobre
el campesinado (que a lo sumo es una fuerza complementaria,), desta­
quemos el carácter arcaico de esta concepción de la revolución. Es
evidente que los campesinos pueden ser utilizados como instrumento
de lucha contra los ocupantes, ¡pero no para hacer la revolución!
¡Henos de nuevo en la Edad Media! ¿Cómo creer que este campesi­
nado podrá hacer una revolución socialista? Por supuesto, gracias al
encuadramicnto dei partido que sí sabe (?) adonde va. Frente a esto.
Fanón, contradiciéndose, declara: “Los pueblos no son rebaños, y no
tienen necesidad de ser guiados" (nuevo lugar común). La incoheren­
cia de estas afirmaciones revela la incoherencia del proyecto global.
Tiene toda la razón Debord cuando escribe: “La ilusión neoleninis-
ta del trotskismo actual, al ser en todo momento desmentida por la
realidad de la sociedad capitalista moderna, tanto burguesa como bu­
rocrática. encuentra naturalmente un campo de aplicación privilegia­
do en los países subdcsarrollados, formalmente independientes, en
los que la ilusión de cualquier variante de socialismo estatal y buro­
crático se manipula conscientemente como la simple ideología del des­
arrollo económico..." En rigor, este socialismo no puede menos de
originar un poder burocrático y una estructura estatal en manos de
una nueva burguesía local. Pero una burguesía que no cumplirá la
función positiva que Marx reconociera a la burguesía occidental. Pues
la burguesía africana, o la que pueda salir de las revoluciones de
América latina, será una burguesía artificial, sin fundamento histó­
rico.
La gran diferencia consiste en que la burguesía occidental se for­
mó en el plano económico pasando luego a la posesión del Estado,
mientras que las burguesías africanas se apoderan del Estado sin nin­
guna base económica, sin ningún preliminar creador. Por ello son total­
mente incapaces de acumular las plusvalías y de crear un sistema eco­
nómico en expansión. Sólo pueden dilapidar sin utilidad tanto el fruto
del trabajo como las ayudas extranjeras. No parece que estos pue­
blos puedan ir más allá de su propia revolución y hacer la revolución
necesaria para Occidente, ya que la revolución para los pueblos ade­
lantados es distinta. No se trata ya de una revolución socialista, sino
de la revolución de una sociedad técnica, consumidora, estatizada,
burocratizada, etc. ,2, que es necesariamente distinta de las revolucio­
nes pensadas antes. Para demostrar la enorme diferencia del fenóme­
no revolucionario según que se manifieste en relación con la sociedad
occidental o en el tercer mundo, podemos emplear la fórmula meta­
fórica de MacLuhan: “La fusión de gente que ha conocido el indi­
vidualismo y el nacionalismo no es el mismo proceso que la fisión
de culturas orales y atrasadas, que emergen en el nacionalismo y en
el individualismo. Difieren una de otra como la bomba atómica de
la bomba H. El último proceso es con mucho el más violento.
Además, los subproductos de la fusión son inmensamente complejos,
mientras que los de la fisión son simples.” 13 Y ésta es la razón por
la que no hay medida común entre ambas formas de revolución, así
como tampoco hay comunicación: los pueblos del tercer mundo son
incapaces de hacer la revolución de Occidente, y no hay que dejarse
sugestionar por el señuelo de la extremada violencia y agitación de
sus movimientos.
Mülhmann tiene, indudablemente, razón cuando inscribe a la
mayor parte de los movimientos que agitan al tercer mundo en la
categoría del milenarismo. El nativismo está estrechamente ligado a

a El concepto de revolución necesaria para la sociedad de nuestro tiempo


ha sido ampliamente estudiado en J. Ellul: Autopsia de la révolution, 1969
(trad. esp.: Autopsia de la revolución, Unión Editorial, Madrid, 1973).
“ M acL uhan : Understanding Media.

81
los movimientos de autonomía y de independencia, pero ¿implica esto
que dichos movimientos contengan, como él piensa, un principio de
revolución? Es cierto que pueden proponerse la subversión del mundo
establecido, pero esta actitud tiene su origen en el mito; pueden pro­
ponerse destruir nuestro mundo, pero en cuanto fin del mundo, ligado
a la espera de la salvación, que se manifiesta a menudo en forma vio­
lenta, a fin de establecer esta salvación en la tierra y acabar con los
enemigos. Sueño de una especie de Jauja milagroso, bautizado como
socialismo de tal manera que no hay ninguna común medida entre los
socialismos europeos y este sueño de abundancia divina. Y entonces
se acentuará este aspecto como entre los Mau Mau o en el culto
del Cargo, o bien, por el contrario, el aspecto fin del mundo como
en las danzas del Espíritu. Entre los pueblos más '‘evolucionados” ,
el milcnarismo es también fuerte (nacionalismo que es siempre una
restauración del estado original, juicio escatológico contra los coloni­
zadores, inversión de la jerarquía que transforma a los parias en éli­
te, etc.) y presenta los mismos caracteres fundamentales, lo cual hace
que los términos políticos empleados en estos países haya que inter­
pretarlos a través del milenarismo. y no a través de nuestros concep­
tos europeos. Así. la agitación de las “capas inferiores” de estas so­
ciedades no es del orden de la revolución socialista, sino del milena­
rismo, y el exceso de las violencias o del lenguaje no pertenece a
nuestra historia revolucionaria, sino al nihilismo escatológico funda­
mental en todos los milenarismos. Y he aquí que estos movimientos
son como sus precedentes europeos, prometidos al término glorioso
de todas las revueltas, dejando muchas cenizas y grandes recuerdos.
Esto nada tiene que ver con la “revolución necesaria” , hoy. Los
pueblos del tercer mundo no tienen ni siquiera idea de lo que habría
que intentar. ¿Ni idea? Seguramente, e incluso nosotros, sumergidos
en esta sociedad, no conseguimos formular el proyecto de una revolu­
ción adecuada. Mejor dicho, si los pueblos del tercer mundo son in­
capaces de hacer la revolución necesaria, no es sólo porque no saben
de qué se trata, sino en razón de una incapacidad intrínseca: al con­
trario de lo que podría pensarse, estos pueblos no pueden nada a fa­
vor (o en contra) de Occidente, ya que van adoptando progresivamente
todos sus valores, sus mitos, sus creencias, sus imágenes.

82
La modernización, el desarrollo, no son posibles en Asia y en
Africa a no ser por la importación de ideas, de medios y de institu­
ciones procedentes del mundo occidental. Esto depende no sólo del
poder técnico, sino sobre todo de su seducción, que induce a los
indígenas a considerar que su propia civilización es incapaz de inte­
grarse en el mundo contemporáneo. Para adquirir las técnicas y pro­
vocar el desarrollo, estiman que deben asimilar las ideas e institu­
ciones de Occidente, que es donde se han desarrollado esas técnicas
y esos poderes: están seducidos en el interior mismo de su corazón.
Es la gran participación en los valores occidentales: de este modo
han asimilado maravillosamente el valor muy occidental del progre­
so. Como dice muy bien Mühlmann 14, “los anticolonialistas más fa­
náticos miden inconscientemente los progresos reales introducidos entre
ellos por una exigencia de progreso que también se ha hecho pro­
gresiva” . Han adoptado también la creencia central del mundo téc­
nico, así como el nacionalismo, típico valor occidental. Mühlmann
muestra agudamente cómo este nacionalismo se ha revelado como el
transferí y la traducción del nativismo. Por debajo del nacionalismo
ideológico se descubre un estrato socio-psicológico profundo, el na­
tivismo, que es a la vez precursor e infraestructura del nacionalismo.
Este nativismo es el intento consciente de reactualizar o perpetuar de­
terminados aspectos de la cultura de una sociedad (Linton), o bien
un proceso de acción colectiva basado en el deseo de restaurar una
conciencia de grupo comprometida por la irrupción de una cultura
ajena superior, y ello gracias a la evidencia masiva de una aportación
cultural propia (Mühlmann). El nativismo, que caracteriza no sólo
a los movimientos estudiados por Mühlmann, sino también al Black
Power en Estados Unidos o a la negritud tan grata a Senghor, y que
estalla con vehemencia en Aliun Diop, produce importantes efectos:
esencialmente, el rechazo de todos los elementos de la cultura ajena,
sin que por ello se deje de adoptar fundamentalmente ésta. En efecto,
estos elementos son rechazados no en cuanto tales, sino en cuanto
símbolos de la tutela extranjera. Se rechaza al hombre blanco, pero
no “las conquistas dé la civilización” . Cuando Aliun Diop quiere dc-

“ Messianismes révoliitionnairrt du tiers monde, edición francesa, 1968.

83
mostrar la superioridad de ios africanos, Íes atribuye la paternidad de
los descubrimientos científicos: con otras palabras, adopta el talante
del pensamiento occidental y su jerarquía de valores. El nativismo
produce el rechazo apasionado de los usos y de los bienes de origen
extranjero, aunque después de haberlos admirado hasta el punto que
el africano ha quedado completamente modelado por ellos. Se hacen
nacionalistas por odio al blanco, pero este nacionalismo no es más
que el producto más perfecto, junto con la técnica, de la sociedad
occidental: en cuanto nacionalista, el tercer mundo es decididamen­
te occidental. Sin olvidar que también este nacionalismo es impotente,
Mühlmann es muy duro al respecto (¡lo mismo que Dumont y Meis-
ter!): “Los intelectuales nacionalistas fomentan la ilusión de que la
liquidación del poder colonial es suficiente para modificar fundamen­
talmente la estructura socio-económica... Lo que el nacionalismo de
los países nuevos olvida es que todo, productos, capital, expertos,
técnicas..., puede importarse, pero no esas estructuras profundas que
la historia no les ha dado: una historia que no ha tenido lugar, con
todo su movimiento en profundidad, no puede ser sin más adminis­
trada...”
Nacionalismo injertado sobre el nativismo, nacionalismo occiden­
tal, nacionalismo tanto más exacerbado cuanto más impotente... ¿Qué
quieren, desean, proclaman, afirman estos revolucionarios africanos
o americanos? ¿Cuál es el primer objetivo de la revolución, antes
incluso que la lucha contra la miseria? La constitución en nación.
Tal es el primer objetivo que debe conseguirse, y en efecto ello coin­
cide perfectamente con la descolonización: es necesario que los ex­
tranjeros se vayan. Si, pues, la revolución tiene como fin la consti­
tución de la nación, existe realmente unidad de movimiento. Por
desgracia, el objetivo nacional es el de las revoluciones del siglo xix
europeo. No se puede en absoluto hablar seriamente de revolución mo­
derna si ésta consiste en formar la nación. Es preciso reconocer un
regreso de un siglo en los colonizados (cosa que ellos jamás admiti­
rán), o admitir que su objetivo no es para nada revolucionario en
relación con la situación actual. Si los colonizados se comprometen
a fondo en este asunto, no es por espíritu revolucionario, sino porque
la nación es el valor más común, más admitido, más conformista de
nuestro mundo, valor que se impone a todos con evidencia como el
único marco político realmente válido. Pero esto no tiene nada de re­
volucionario; es un puro conformismo sociológico 15. Esto nos lleva
a descubrir un grave error: se pretende hacer la revolución contra la
sociedad occidental, pero al mismo tiempo se adoptan todos sus va­
lores. Si, en efecto, tomamos los libros citados anteriormente, ¿cuá­
les son los valores que se invocan para motivar a la vez la descoloni­
zación y la revolución? ¿Qué es lo que se quiere conseguir? Muy sen­
cillo: la nación, la felicidad (mediante la producción y el bienestar),
la aplicación de las técnicas para la industrialización, el desarrollo de
la instrucción (para acceder a la ciencia); es decir, las principales ideas,
formas y fines de la sociedad occidental. Pues nada de esto pertenece
a sociedad alguna del tercer mundo: son importaciones de los colo­
nizadores. Al adoptarlas, los antiguos colonizados hacen lo que la
colonización jamás había logrado conseguir: venden voluntariamente
su alma: ¿Y osaremos llamar a esto revolución? La descolonización
está tan lejos de la revolución que se limita a querer imitar lo peor
que Occidente ha creado.
Tiene razón Meister cuando escribe que “el blanco es odiado
en cuanto colonizador, pero imitado en cuanto civilizado” ,a. ¿Cómo
podrían los pueblos del tercer mundo emprender un verdadero pro­
ceso revolucionario, siendo así que han asimilado los valores de
Occidente, adoptando las técnicas, el Estado, la Administración, pro­
poniéndose como objetivos los que el propio Occidente se había
asignado? Aquí está el problema: si la colonización ha consistido, so­
ciológicamente. en un injerto artificial de estructuras extrañas, des­
arrolladas sobre un cuerpo de sociedades tradicionales, los países del
tercer mundo no han comenzado aún su descolonización. ¡Ni siquiera
imaginan el rechazo del injerto! Las “élites” , sea cual fuere el régi­
men. han asimilado perfectamente el método de explotación del hom-*19

“ Sobre el desarrollo de esla conformización de los pueblos del tercer mun­


do por la adopción de los valores occidentales, véase J. E llui.: “Le facteur
technique et revolution de la société". Science, 1967.
19 M eistf.k: L'A frique peut-elle partir?, 1966. F.1 fenómeno de aceptación
de los valores culturales, políticos, ideológicos de un pueblo dominante por
la minoría influyente, dirigente del pueblo dominado, que es característica de
todo el tercer mundo, ha sido calificado por Toynbce con el termino metafórico
de “herodiano” .

85
bre por el hombre, y por todas partes vemos surgir burgueses y man­
darines.
Sin duda, algunos de los líderes del tercer mundo comprenden que
la adopción de los valores y de los ideales de Occidente puede ser
fatal para la especificidad de las civilizaciones y esterilizar toda pre­
tensión revolucionaria. Para algunos, es preciso resistir todo lo posi­
ble a la aculturación occidental. Para otros, hay que mantener el ca­
rácter específico de una civilización independiente. Pero se impone
la coherencia: las sociedades que rechazan la aculturación tienen que
rechazar al mismo' tiempo, por ejemplo, la técnica y sobre todo la
enseñanza primaria 1T, que se revela como un terrible factor perturba­
dor de la personalidad indígena. En tal supuesto, estas sociedades re­
nuncian a participar en la carrera, por lo que jamás se desarrollarán
ni podrán tener peso alguno en una lucha revolucionaria. En cuanto
a quienes defienden la especificidad de la negritud, por ejemplo, a
pesar de estar convencidos de la necesidad de adoptar las técnicas oc­
cidentales, la verdad es que suelen ser muy poco revolucionarios, y
se les puede acusar con razón de crear “un concepto, un fantasma” .
Es una proclamación de intelectuales sin más. que contribuye a man­
tener al negro en su inferioridad 1718. Y quienes se oponen a esta ac­
titud por motivo revolucionario son precisamente los que emprenden
el camino occidental. Seku Turé quiere un Estado, una administra­
ción, un partido calcados en lo que existe en Europa. Es completa-
menta inútil creer que si este Estado y este partido son puestos al
servicio de la causa socialista, y de los pueblos subdesarrollados, han
de convertirse en revolucionarios: la forma, la estructura, los méto­
dos, las técnicas, son más poderosos que las intenciones y las ideolo­
gías: lo que procede de Occidente deja la huella de Occidente. Adop­
tar los métodos del adversario es asemejarse a él: cuando se han adop­
tado los métodos de Hitlcr para vencerle, el racismo y los campos de

17 Esto ha sido muy bien resaltado por \V. 1:. MÜiiimann: Messianismes
révolutionnaires du tices monde (1968). y sobre lodo por Ivan [Link]. en sus
escritos contra la escolarización del tercer mundo de “Contre la religión de
I’école ([Link]. 1970): Drjouer les menées des Développés (I. D. O. C. inter­
nacional. 1970): “Déscolariser la Société" (Temps modernes. 1970). I.a urgen­
cia de una revolución cultural (Cahiers Villeméiric, 1971). 1.a escuela es para
él el principal factor de alienación del hombre moderno.
’* Seku T uré: Op. cit.

86
concentración han florecido en las democracias. Al fijarse estos pue­
blos como objetivo lo que Occidente ha realizado ya, no pueden en
modo alguno ser los revolucionarios de este Occidente, ya que ten­
drían que levantarse contra aquello mismo que pretenden alcanzar.
Hacerse nacionalistas para luchar contra el nacionalismo occidental
es la condición para vencer la colonización; pero esto no significa
hacer la revolución, pues ésta no es cuestión de “dominante-domina-
do” : es cuestión de cambio radical de los valores, y en primer lugar
el nacionalismo.

Sin embargo, ¿no podríamos ver otro aspecto de este potencial


revolucionario? ¿No podrían ser estos pueblos proletarios el trampolín
para una revolución comunista, organizada por los grandes pueblos
comunistas? Aquí abandonamos el terreno de la revolución necesa­
ria en relación con las estructuras y los valores fundamentales de
Occidente para descender sobre la ideología clásica, mustia y re­
dundante, de la revolución en que todos piensan: socialista-comunista,
visión que. aunque caduca, sigue proponiendo, por un fastidioso re­
traso histórico, la imagen motora de la pasión revolucionaria, mien­
tras que en realidad proyecta una sombra densa y mortal sobre toda
revolución Se sigue creyendo que los miserables serán legitimados
por la vía del socialismo-comunismo; los hambrientos, alimentados,
y los oprimidos, liberados. Como todas las creencias, esta es total­
mente ciega c inconsecuente. A pesar de todo, es preciso plantear la
cuestión: ¿Serán los pueblos del tercer mundo la punta de lanza de
esta revolución contra el “capitalismo occidental”? Para responder a
esta pregunta hay que poner en primer plano la división del liderazgo
comunista en dos potencias rivales. ¿Cómo la U. R. S. S. y China pre­
tenden utilizar al tercer mundo para esta revolución?
En la U. R. S. S.. la “liberalización” (en realidad, la tecnifica-
ción) ha transformado el método de acción. Pero éste depende de su
estadio anterior. Ya no tenemos la misma representación del comu-

” Sobre el carácter superado del comunismo en la perspectiva revoluciona­


ria. cfr. J. [Link].: Autopsia de la revolución, cil.

87
nismo que con el monolitismo staliniano, pero ¿ha aumentado esto las
posibilidades revolucionarias? En realidad, el comunismo ruso ha do­
blado el cabo de la renuncia al terrorismo de masa para poder pro­
seguir su desarrollo económico: se ha impuesto la racionalidad téc­
nica y económica. La construcción del comunismo se define en tér­
minos de mejoras cuantitativas20. Por el contrario, en China triunfa
la idea de que el dominio comunista sólo puede mantenerse mediante
una ideología militante mantenida en una atmósfera de fortaleza ase­
diada. A pesar de los dudosos resultados económicos, los líderes se
niegan a modificar el clima político del desarrollo. Se mantiene la ne­
cesidad de desarrolfar el país por sus propios medios, la negativa a
todo intento de valorizar los cuadros técnicos, la preservación de
“comunas”, la militarización del trabajo. Ahora bien, esta oposición
de concepción sobre las tareas que debe realizar una sociedad co­
munista, sobre la naturaleza misma del régimen, entraña una con­
cepción diferente de la revolución mundial y del papel que en ella
debe desempeñar cada uno de estos países.
La orientación más interesante es, sin duda ninguna, la de Chi­
na, que tal vez pueda caracterizarse, a grades rasgos, de la manera
siguiente21: Es claro que China tiende hacia la formación de una
nueva internacional, una vez rechazada la tutela rusa. Pero esta for­
mación no se ha institucionalizado aún. Los chinos han adoptado una
actitud curiosa: por ejemplo, han dado la razón al F. L. N. argelino
más bien que al P. C., han proclamado que Castro es un líder
revolucionario mejor que los viejos comunistas cubanos. En otras
palabras, lo que más cuenta para ellos es atraer a los elementos revo-*

* Sobre la U. R. S. S. y su impotencia revolucionaria existen actualmente


innumerables estudios, siendo uno de los mejores el de E. M orin en Iniroduc-
iion a une polilique de l’homme, 1965, págs. 108-186. Véase también el
XXIV Congreso del P. C. F. y lo que B. F eron llama justamente “el tiempo
de la languidez”.
a Fl estudio exhaustivo de P. R ic iie r : La Chine el le tiers monde (Payot,
1971), permite formarse una idea bastante exacta de la influencia china en
todos estos países a través de la propaganda ideológica y la ayuda técnica y
económica. Pero la política china es muy elástica, muy variable según las cir­
cunstancias, y parece estar limitada por dos hechos importantes: uno es la
competencia en todos estos países con la influencia soviética (que. a mi enten­
der, Richer no subraya convenientemente): el otro es la propia visión revolucio­
naria formulada ror I-in Piao, que manifiesta una completa falta de realismo
político.
lucionarios de cada país, sean o no comunistas ortodoxos22. Su ma­
yor preocupación es la revolución en sí, más que el comunismo pro­
ducido por la revolución. Pero esto les lleva a creer que se produce
un desplazamiento geográfico del teatro de operaciones principal de
la revolución mundial. Son los países de Asia, de Africa, de Ame­
rica latina, los que en adelante van a constituir para ellos “el prin­
cipal foco de contradicciones" y el “centro de la tormenta de la re­
volución mundial” , afirmando que la lucha de los ciudadanos de
estos países será decisiva para los proletarios de los países industria­
lizados. En otras palabras, se trata de una tesis totalmente opuesta
a la de Marx y Lenin: el portador de la revolución no será ya el pro­
letariado del país industrial más adelantado, mientras que las pobla­
ciones coloniales se consideran como “reservas del proletariado” . La
nueva doctrina china trata, por el contrario, al proletariado de los paí­
ses desarrollados como un mero auxiliar de los pueblos subdesarro­
llados, ¡y como auxiliar poco seguro! De ahí que lo que cuente no
sea el proletariado en sentido propiamente marxista. Los chinos han
hecho una opción decisiva: su orientación, y la de la nueva internacio­
nal que ellos propugnan, será totalmente revolucionaria, pero sólo
de manera accesoria y accidental será proletaria.
Siendo esto así, ¿qué posibilidad hay de que las revoluciones de
los pueblos desheredados conduzcan a la victoria de los partidos
totalitarios que luchan contra el imperialismo, de que China guíe a
estos partidos? En los países africanos que todavía luchan contra un
régimen colonial es muy difícil que se produzca una revolución co­
munista. En los países semicoloniales (tipo América latina) es cierto
que hay alguna afinidad entre el guevarismo y el maoísmo pero
la victoria del comunismo no puede darse por descontada. Por el
contrario, en los países que ya han conquistado la independencia, ayu­
dados por los “imperialistas” , pero cuyos regímenes son incapaces de
funcionar bien, se dan las condiciones ideales para una revolución co-*3

a Esta tendencia se manifiesta muy claramente en la revista Rcvolution.


orientada por los chinos, en la que la doctrina básica es el anticolonialismo
más que el marxismo clásico.
3 A pesar de la afirmación contraria de [Link] : Castro Debray contre le
marxisme-Unintsme (1968). Pero, en realidad, lo que demuestra es la oposi­
ción del maoísmo al castrismo.
munista de inspiración china (sureste asiático, Africa), ya que su si­
tuación es algo semejante a la de China en los años cuarenta. No se
trata tanto de una lucha de clase protagonizada por el proletariado con­
tra la burguesía nacional, como de la desesperación de las masas en un
clima de decadencia política y de disgregación social. China juega en
estos países la carta nacionalista y, por otra parte, para tomar la di­
rección de estos movimientos revolucionarios, se ve en la necesidad
de denunciar duramente a los demás países comunistas, puesto que
éstos representan para ella una competencia (tanto a causa de la ayu­
da material que la U. R. S. S. aporta como por la existencia de un
modelo comunista diferente), por lo que China tiene que demostrar a
estos países subdcsarrollados que no hay alternativa. ¡No hay más
que el modelo chino! Pero este modelo comporta un aspecto trágico:
es, según la fórmula de Jrushcv, “el socialismo de gente con ideas
elevadas, pero con el estómago vacío, sentados alrededor de una mesa
vacía en perfecta igualdad” . Mao, a! rechazar totalmente los valores
occidentales, se ve en la necesidad de recusar también la productivi­
dad. Su intransigencia doctrinal le impide poner en primer plano el
aspecto técnico y económico. Se ha podido escribir (Lowenthal): “El
comunismo según el tipo chino no serviría de modelo para el des­
arrollo, sino de modelo para aceptar su fracaso, para reaccionar ex­
tirpando definitivamente toda influencia de la civilización occidental.”
Pero ya vimos antes que. incluso para los revolucionarios extremos,
el fin consiste en mejorar la suerte de todos, de donde una contra­
dicción: China tiene seguramente una gran posibilidad de servir de
guía para la conquista revolucionaria del poder, pero pierde esta po­
sibilidad cuando se trata de construir el socialismo en los países en
vías de desarrollo, dado que éste no es su objetivo. Existe un des­
acuerdo fundamental entre China y los pueblos del tercer mundo. No
creo que este desacuerdo pueda mitigarse fácilmente.
Por lo que respecta a la influencia rusa, ésta ha dejado progresi­
vamente de ser revolucionaria hacia el extranjero24. La importancia
que se atribuye al progreso económico ha sustituido a la idea de
revolución permanente. Esto ha facilitado la aceptación del pluralis-

L ow enthal , <?/>. cit.

90
mo comunista, la destalinización, y ha llevado a buscar una forma más
suave de lucha internacional revolucionaria. E, inversamente, la per­
dida del liderazgo indiscutido del partido comunista ruso ha hecho
que éste se convierta ante todo en arquitecto de la economía. Suslov,
en 1964, declaraba, por ejemplo, que el primer deber internacional
de los comunistas en los países socialistas consiste en construir en el
interior la nueva sociedad comunista destinada a servir de modelo.
No se trata, pues, de promover una revolución explosiva, sino una
competencia ejemplar. Por ello, sobre los países del tercer mundo que
han obtenido la independencia, las posibilidades de influencia so­
viética son amplias en la medida en que. en definitiva, los rusos no
tienen intención de poner a estos regímenes bajo la dirección de
un P. C. único, y adoptan una actitud revisionista de tipo yugoslavo.
Pero esto implica una separación casi radical entre la esperanza re­
volucionaria y la influencia del comunismo soviético. De ahí que los
chinos “pueden tener más prestigio a los ojos de los movimientos
revolucionarios totalitarios que luchan aún por apoderarse del poder.
Pero los soviéticos pueden imponerse ante los partidos revolucionarios
en el poder, a los cuales pueden ofrecer más y hacer correr menos
riesgos” .
Nos encontramos, por consiguiente, ante un callejón sin salida: o
hacer la revolución de tipo chino, que exalta ciertos poderes de re­
vuelta. pero que no conduce a nada fes la rccursación permanente,
pero ¿de qué?), o bien hacer la revolución de tipo soviético que tiene
un sentido preciso, pero muy parecido al fin que el capitalismo se
asignaba. Podemos, pues, decir que la revolución, en cuanto marxista.
fracasa por quedar dividida entre estas dos formas. Y este fracaso
me parece más radical aún que el desenlace de la revolución en el
terrorismo de Estado. Pues podía esperarse que llegaría el día (¡ya ha
llegado!) en el que el terrorismo cesaría. Mientras que aquí, en la
fuente misma de la revolución, se encuentran el malentendido, la im­
potencia y la incertidumbre, si es que quiere evitar el conformismo
socioeconómico.
Así. sea cual fuere el camino que se toma, el tipo de revolución
considerada, el modo de intervención posible, parece que los pueblos

91
del tercer mundo no tienen posibilidad alguna de ser el poder revo­
lucionario de Occidente.

El tercer mundo no es la fuente revolucionaria del mundo, sino


un crisol bullente de revueltas.
El contenido milenarista y quiliástico de los movimientos “revolu­
cionarios” de Africa y de Asia apenas admite duda; nos hallamos ante
un mundo de revueltas, y no de revoluciones. Estos movimientos de
masa, muy marcados por motivos irracionales, tienden por lo general
a una modificación redentora de las condiciones de vida. No se trata
de cambiar las instituciones, las formas políticas, etc., sino de “cambiar
la vida”, según la fórmula mil veces repetida. ¡Pero esto es religión!
Ahora bien, se pretende provocar transformaciones redentoras a tra­
vés de medidas políticas precisas y tangibles, cambiando la estructura
de explotación del suelo, humillando a la clase dirigente, eliminando
las formas sociales antiguas o a ciertos grupos sociales, etc. Todo esto
expresa la posibilidad de la revuelta, pero no de la revolución, que
no es un fenómeno religioso: las masas de Asia y de Africa creen,
sin doctrina práctica revolucionaria, en una especie de purificación, y
esperan el advenimiento de una salvación sobrenatural. “Abandonaos
al padre de la revolución como madera seca” , proclamaba Sukarno.
Todos los análisis de Mühlmann sobre los caracteres de los mc-
sianismos del tercer mundo demuestran que en todas partes se trata
de revueltas, y no de revoluciones. Así. la proyección cscatológica mez­
clada con la esperanza en una restauración, con una actitud de valo­
rización del pasado, una retrogradación. es decir, la creencia en un
retorno próximo del antiguo estado de cosas. Esta mezcla indiscernible
de lo político y lo religioso, en el sentido más preciso del término (apa­
rición de profetas, derivación de un impulso religioso hacia lo políti­
co en los Antoninos. multiplicación de sectas religiosas en oposición a
las misiones cristianas, prácticas mágicas, lo mismo entre los Mau Mau
que en el Congo belga con ocasión de los combates de 1961-1962), todo
esto denota los caracteres tradicionales de la revuelta, sin que de
ello pueda deducirse una prolongación revolucionaria.

92
Este espíritu de revuelta que manifiesta las profundas pulsiones
milenaristas se ha concretizado en la contaminación de ciertas ideo­
logías occidentales (nacionalismo, cstatalismo, tecnicismo) y por la
ejemplaridad del bienestar y de la abundancia occidentales: los paí­
ses subdesarrollados quieren acceder a ello de un salto y viven en
la ilusión de poder recoger inmediatamente lo que en Occidente ha
requerido siglos para formarse. Lo irracional de las pretensiones (lo
que el blanco posee tenemos que obtenerlo nosotros en seguida) ex­
plica la huida hacia la grandilocuencia y la impotencia revoluciona­
ria.
Evidentemente, considerado en el plano “humano’', a nivel de
los valores, y como anhelo de justicia, todo esto es muy razonable;
pero es preciso comprender que es casualmente esto lo que hace que
estas furiosas revueltas sean estériles y sin resultado. El análisis que
aquí hago no va contra las revueltas del tercer mundo, sino contra
el error que las hace ineficaces.

2. La situación revolucionaria en
América Latina

Cambiemos de horizonte. ¿Existe una fuerza revolucionaria, una


posibilidad, una capacidad revolucionaria en América latina? Aun
haciendo la reserva tradicional de que no existe una América la­
tina, sino veinte, según la fórmula de Nledergang, y de que, por
ello mismo, ninguna generalización es efectivamente posible, ya que
cada país es un mundo aparte, podemos, sin embargo, hallar algunas
orientaciones generales. Parece indudable, por una parte, que la si­
tuación es explosiva y, por otra, que la miseria es excesiva. Por un
lado, todos los fenómenos del subdesarrollo económico sufren el im­
pacto de las naciones superdesarrolladas (pues no hay que olvidar
que la miseria extrema proviene más de esta relación que de la si­
tuación en sí)25. Imposibilidad de romper el círculo infernal: empo-

93
brecimicnto relativo, debido incluso a la ayuda concedida, aumento
de las poblaciones marginales, ruptura de los marcos y creencias
tradicionales, urbanización acelerada caracterizada por el desarrollo
de los suburbios. Frente a todo esto, que es innegable, el “imperia­
lismo” americano, la voluntad de reducir este continente a una situa­
ción de mercado proveedor de materias primas, de refuerzo de las
oligarquías, de desprecio de la miseria. Siendo ésta la situación ob­
jetiva, la tensión entre ,_s necesidades humanas y los recursos des­
tinados a satisfacerlas, e igualmente la intervención de los intelec­
tuales, provocan en los más necesitados una tonta de conciencia que
algunos califican de prerrcvolucionaria. Es una situación de angustia,
que se manifiesta en un conjunto de reacciones psicosociales.
Finalmente, ante una aportación técnica masiva, una tendencia
a la racionalización del poder, innovaciones agrícolas, cierta urba­
nización, un cambio en las clases dirigentes, una relativa seculariza­
ción, se produce forzosamente un importante movimiento social que
choca con oligarquías de diverso tipo que tratan de impedirlo. En
definitiva, no es más que la reedición de lo ocurrido en Europa en
el siglo xix, pero con la aportación de una herencia específica de
América latina, violencias, levantamientos y golpes de Estado -a.
Políticamente, se observan tres líneas principales: una corriente
que desea la cooperación a escala sudamericana, aceptando la he­
gemonía de hecho de Estados Unidos; una corriente partidaria de
un nacionalismo semisocialista, con un objetivo de desarrollo nacio­
nalizado en colaboración con la burguesía; una corriente que cons­
tata la identificación entre la burguesía nacional y el capitalismo in­
ternacional y la imposibilidad de realizar una transformación con la
burguesía: es preciso destruir al mismo tiempo la burguesía y la
presencia extranjera, y el único medio para ello es la rebelión de las
masas, encarnada o provocada por la guerrilla. No se trata de ata­
car directamente al imperialismo americano (error de los partidos co-*

*R ullif .r e : La reforme agraire en Amérique latine, 1968. Importante


estudio que muestra con los hechos que el subdesarrollo acompaña y no pre­
cede a los fenómenos de desarrollo.
* Todo esto ha sido muy bien puesto en claro por Orlando F a is Borda :
Subversión and Social Change in Columbio, 1969.

94
munistas), sino — sobre la base de la asimilación de la burguesía a
este imperialismo— de tomar por enemigo inmediato el poder bur­
gués nacional, militarista y policiaco: atacarlo es atacar al propio
imperialismo.
Existe en ciertos sectores populares una toma de conciencia de
la explotación que ha durado siglos. Los explotados comprenden que
tienen que unirse, pero les falta educación, personal dirigente, or­
ganizaciones de base. Esta toma de conciencia no se refiere sólo a la
explotación de los pobres por una oligarquía, sino también al impe­
rialismo americano. Uno se pregunta con angustia si es necesario te­
ner que vivir bajo el imperio de uno u otro bloque político, si no
hay realmente una salida. De aquí nace un sentimiento de hostili­
dad hacia los Estados Unidos. Pero, sea cual fuere el problema,
estos pueblos viven en la convicción de que no existe ningún medio
de lucha razonable; sienten que no tienen más salida que la revolu­
ción destructora, que no hay opción posible, que no hay posibilidad
de inventar una solución. A esto se añade la irritación creciente
contra la autoridad: resulta evidente que entre el orden teórico y
el orden vivido hay un abismo. Se ha hablado de “esquizofrenia
política” para caracterizar a América latina. Los individuos tienen
cada vez menos conciencia de pertenecer a una totalidad. Por un
lado, lo esperan todo del Estado, pero, por otro, no admiten (o
muy difícilmente) la autoridad constituida.
Todos sienten, en el plano político, social, económico, la nece­
sidad de un gran cambio. Todos los partidos políticos prometen el
cambio, el gran cambio, y todo gobierno nuevo anuncia que va a
hacer la revolución ST. Pero ¿se da realmente una situación revolucio­
naria, e incluso una voluntad popular? La clase obrera, muy mino-*

* Véase sobre los problemas generales de América latina el excelente nú­


mero especial de la Revue genérale helge, 1967. Naturalmente, hay que leer
los numerosos textos de N [Link]. sus artículos en Le Monde. Réforme.
etcétera. F. B ourricaiíd : Pouvoir et sociélé dans le Pérou conlemporain, 1968.
Bibliografía: dos números especiales muy importantes sobre los movimientos
de revuelta y revolución en América latina en la Revue franeaise de Science
politique, julio-octubre de 1969, y el número especial de Esprit (septiembre
de 1969): "La Rcvolution cst elle possible en Amérique latine?” y A. R ouquié :
“Revolution et indépendance en Amérique latine". Revue frangaise de Scien­
ce politique, octubre-diciembre de 1971.

95
ritaria, salida apenas del corporativismo, no manifiesta un precisa
voluntad de conquista. Limita su reivindicación a las cuestiones sa­
lariales. La población rural no es una fuerza política; suele ser áto­
na, está dispersa, marginada. Finalmente, la Iglesia, que se agita
mucho con su nueva izquierda, ¿tiene alguna influencia revolucio­
naria sobre el pueblo?

Los que más están en punta, en el camino de la toma de con­


ciencia y en la formulación de una necesidad de la revolución, son
los intelectuales. La inteligentsia es en su gran mayoría revolucio­
naria. No existe entre ellos ningún acuerdo explícito acerca de los
fines de esta transformación; existe una oposición manifiesta en lo
tocante a los medios, pero se da cierta concordancia sobre las gran­
des líneas de orientación. Desean una sociedad en la que el poder
y la riqueza no estén concentrados en unas pocas manos. Por su­
puesto, esta “idea general” no es nueva, pero en América latina
es muy explosiva. Cuando el movimiento es esencialmente estudian­
til, se desarrolla con el apoyo de una mayoría de profesores. Estos,
por lo general, no son influenciados por un partido político. No están
organizados. Proceden de la burguesía media y alta. Pero en estos
países la revuelta estudiantil no es una simple rebeldía de los hijos
contra los padres, ni tampoco una rebelión contra la sociedad de
consumo, sino más bien una desigualdad en las condiciones econó­
micas de las que los estudiantes toman conciencia antes incluso que
los que son víctimas de ellas. El mismo rechazo radical se observa
en los estudiantes de las universidades católicas que en los de las
universidades estatales. Sin embargo, como observa Ziegler28, entre
los estudiantes brasileños no se despliegan banderas rojas o negras,
no se pasean retratos de Che o de Mao. Por un lado, están en con­
tacto directo con la miseria; por otro, están aislados. De ahí que su
actitud sea realmente la de la rebelión absoluta... “Sólo pueden ser
mensajeros, no tropas de un movimiento revolucionario futuro.”

“ J. Z ie g ler : “Les étudiants brésiliens”. Le Monde, 10 de mayo de 1969.

96
Conviene, pues, considerar esta rebelión en un marco que, a mi
entender, contiene tres elementos: ante todo, hay una gran diversi­
dad de condiciones de vida de los estudiantes en los diferentes paí­
ses latinoamericanos: no puede hacerse ninguna generalización, ya
que el concepto de condición estudiantil debe rechazarse. En segundo
lugar, la agudeza, la violencia de la contestación, no son en modo
alguno proporcionales a la situación efectiva, condiciones de traba­
jo y modo de vida de los estudiantes. Finalmente, la agitación estu­
diantil está en razón inversa de la situación económica: reina la
calma en los países realmente miserables, en las zonas de hambre:
los estudiantes no se manifiestan en Honduras, en Puerto Príncipe,
en Santo Domingo. La guerra estudiantil se produce en las ciudades
que son ya metrópolis industriales: Buenos Aires, México, Monte­
video. En Brasil, las revueltas estudiantiles no se producen en el
“cuadrilátero del hambre”, sino en Río de Janeiro. Todo esto sitúa
exactamente la relación entre las revueltas estudiantiles y el funda­
mento de una eventual revolución.
Por lo demás, se ha podido dividir a los intelectuales en dos
grandes orientaciones. Por un lado, los artistas, escritores, poetas;
por otro, los filósofos. Los primeros son favorables, en general, a
una acción violenta, al establecimiento de una dictadura (¡temporal,
ciertamente!), a una intervención inmediata. También entre ellos hay
diversas corrientes. Quienes piensan que la forma misma de su ex­
presión artística, su expresión plástica, es ya, en cuanto tal, revolu­
cionaria, no son evidentemente los mismos que los que convierten
sus textos en manifiestos de propaganda, o bien están incluso dis­
puestos a tomar el fusil en sus manos. Los filósofos, por el contra­
rio, parecen estar en su mayoría convencidos de que la revolución
hay que hacerla en forma pacífica. Se trata, ciertamente, según ellos,
de una revolución, ya que es preciso cambiar completamente la es­
tructura social lo más rápidamente posible, pero es también necesa­
rio respetar la libertad individual, y parece ser que el problema de
la libertad en la revolución es el más grave que se debata actualmen­
te en América latina M.3

3 Sobre estos hechos y sus motivaciones, véase: Francisco M iró [Link]:


Los intelectuales y la transformación social en América latina. 1967.

97
Así, todos, salvo raras excepciones, mantienen una posición re­
volucionaria. Las demás orientaciones están abandonadas. C. Julien
escribe: “El debate entre reformistas y revolucionarios ha termina­
do prácticamente desde hace muchos años en América latina.” Las
tesis de los reformistas, apoyadas por la Alianza para el Progreso de
Kennedy, se han venido abajo. La orientación llamada “populista” ,
es decir, la que intenta actuar por vía paternalista, fomentando pa­
cíficamente el desarrollo y el crecimiento económicos, ha sido el tram­
polín de la empresa privada o pública de las potencias extranjeras,
y se ha ido esfumando progresivamente. El único problema que per­
manece no es el que se refiere a los objetivos o a la doctrina, sino
éste: La revolución ¿ha de ser violenta o pacífica? De suerte que
todos son revolucionarios. Todos, salvo las oligarquías, la mayor
parte de la población rural y los nuevos técnicos. Digamos que todos
cuantos toman conciencia de la situación pretenden ser revoluciona­
rios, lo mismo que todos los que se ven empujados a la violencia de
su desesperación colectiva nacida de su situación marginal.
Pero en esta voluntad podemos discernir dos orientaciones, que
no son sólo de método, sino también de contenido. Por un lado,
una acción revolucionaria que se expresa a través de la violencia y
tiende hacia un “socialismo” ; por otro, la “revolución en la liber­
tad” , por ejemplo la que se ensayó en Chile hace algunos años. Por
lo que respeta a la primera, algunos la califican de totalitaria y de­
pendiente de intereses extracontincntalcs de Cuba, o incluso del co­
munismo internacional, siendo aquí donde se sitúa la guerrilla. Esta
acción expresa la opción de lo que F. Bourricaud llama “los irre­
ductibles de la pequeña izquierda” . Aquí, “el poder de los grupos
dominantes es a la vez globalmente contestado y efectivamente ero­
sionado en una serie de escaramuzas y batallas en retirada” . Los ra­
dicales consideran que ninguna reforma cambia nada, ya que no
pone en discusión “las bases del poder oligárquico” . La revolución
castrista se convierte en el preliminar necesario de toda transforma­
ción. Pero, como dice muy bien F. Baurricaud, “hay que empezar
distinguiendo (en esta opción) el acto de fe en las virtudes purifi­
caderas de la violencia, la previsión en el marco de corto plazo
sobre la coyuntura permanente, el análisis de los efectos de algunos

98
cambios o reformas, como la ley agraria. Teóricamente, estos tres
elementos son distintos: se puede aceptar la mística de la violencia
sin hacerse muchas ilusiones sobre la probabilidad de una explosión
cercana; se puede considerar inevitable esta expresión y juzgar las
políticas reformistas como si acercaran o alejaran la fecha” . Así, la
orientación hacia la violencia va ganando terreno desde la constitu­
ción del movimiento colombiano “La Violencia” y los atentados in­
interrumpidos.
Por lo demás, la violencia no se manifiesta sólo a través de la
guerrilla, sino también mediante esa manera más ruda aún, más di­
recta, que ha sido llamada de las “ocupaciones ilegales” . Es la forma
más inmediata de “revolución redistributiva” : invasión de las tie­
rras por los desheredados, tanto en las zonas rurales como en las
urbanas del continente. En Perú, desde 1957, el equilibrio tradicio­
nal había sido modificado por la política restrictiva de las direccio­
nes mineras: como reacción, los grupos indígenas invadieron las tie­
rras pertenecientes a las compañías mineras y se instalaron en ellas.
La represión no impidió que el movimiento se desarrollara: grupos
cada vez más numerosos ocuparon estas tierras y acabaron triunfando
de las “fuerzas del orden” . Lo mismo en las pendientes orientales
de la cordillera de los Andes, a raíz del programa de colonización
oficial de las zonas forestales. Las grandes plantaciones de café te­
nían necesidad de mano de obra indígena procedente de la monta­
ña. Esta mano de obra ocupó algunas regiones forestales, establecien­
do en ellas sus propias plantaciones de café: sólo al cabo de algunos
años de explotación fueron descubiertos. Y entonces la expulsión de
estos ocupantes ilegales resultaba imposible por muchas razones. Aná­
logos actos de ocupación encontramos en las zonas urbanas. En
Lima y en las ciudades de la alta meseta, los inmigrantes constru­
yen en un día viviendas improvisadas sobre tierras incultas, y las
autoridades no tienen tiempo de intervenir. Lo mismo ocurre en San­
tiago. No hay realmente violencia, salvo cuando la Policía trata de
desalojar a estos ocupantes pacíficos, sino “invasión ilegal” , lo cual
da origen a muchos conflictos socio-jurídicos. “Este tipo de agresi­
vidad se manifiesta en toda la América latina en forma de violacio­

99
nes de la propiedad privada. De ello resulta un grado de violencia
elevado entre los grupos marginales” (Vckemans).
Frente a estas actitudes, revolución intelectualizada, o reacción
ruda de revolución redistributiva, encontramos la “revolución en la
libertad”, llevada a cabo por el partido demócrata cristiano en Chile.
Ante la necesidad de una reforma de estructuras, de cambiar las
bases de las relaciones de poder económico, político, cultural, social,
se orientaron hacia un método gubernativo pacífico, progresista. En
las elecciones de 1964, el pueblo chileno se negó a entrar global­
mente en la vía revolucionaria de tipo cubano, y constituyó el go­
bierno demócrata cristiano, [Link] por la democracia a fin de efec­
tuar la revolución socio-económica. “Se partía de la hipótesis de que
ni la eficacia ni la rapidez debían ser sacrificadas, aun cuando se
empicara la libertad como medio político esencial” 30. La revolución
pacífica se apoyaba en el desarrollismo (política de desarrollo) que
se presentaba como la alternativa a la violencia revolucionaria. Se
partía de la convicción de que las técnicas modernas y la “revolución
industrial” pueden resolver automáticamente los problemas, incluso
las tensiones sociales y políticas, las cuales se debilitan con el au­
mento del bienestar.
Pero esta concepción me parece insostenible, ya que no tiene en
cuenta el hecho de que la explosión de las revueltas no se puede
hoy eliminar simplemente exhortando a tener paciencia durante el
tiempo que exige el desarrollo. Ahora bien, éste sólo puede produ­
cirse. precismentc, con cierta calma y cierto orden social. Sin em­
bargo, el gobierno constituido se dedicó a demoler todo el sistema.
Reforma de la constitución para hacer posible la acción más rápida
y profunda del gobierno (para el historiador, este movimiento y
este método recuerdan exactamente a los Gracos).... plan de reforma
agraria para acabar con la gran propiedad y reparto de la tierra entre
los campesinos, redistribución de las rentas a través del Estado, mo­
vilización del pueblo para incitarle a la participación directa en las
reformas, programa de industrialización. Lo más importante aquí es*

* Véase: Jaime C astillo: “L'expérience démocrate chrétienne au Chili” ,


en Revue générale belge; Sciiauli.: "La rcvoluiion dans la liberté”, en Théolo-
gie de la révolution.

100
el esfuerzo que se hizo para que los interesados actuaran por sí
mismos. Tal es la razón de que el Gobierno no efectuara naciona­
lizaciones masivas. Sólo hubo algunas medidas en tal sentido, pre­
paración de una amplia reestructuración industrial, decisiones au­
toritarias respecto a la reforma agraria. Una parte importante del tra­
bajo social se realizó mediante la participación solidaria del pueblo
en forma de cooperativas, asociaciones rurales, uniones obreras o co­
merciales. El gobierno no actuó directamente, pero la transforma­
ción se hizo en las condiciones creadas por él. Es una “irradiación
de actividades por las cuales el pueblo organizado se ocupa de sus
problemas” . Esto puede tener efectos más duraderos que las colec­
tivizaciones forzosas y las medidas autoritarias. Sin duda, así es. Pero
era sólo el comienzo de la experiencia, y no hay que olvidar que el
programa, lo mismo que las modalidades de la acción, eran exacta­
mente los mismos que había fijado Salazar en el programa de 1929,
y que no eran en absoluto “fascistas” , pero que se fueron transfor­
mando progresiva y lentamente a partir de 1937, como consecuen­
cia de la falta de energía y de participación del pueblo. Pero seme­
jante cambio sólo podía ser un primer paso y marcar un período
transitorio. En 1970. se formó en Chile un gobierno de frente po­
pular. con la misma orientación que en Bolivia y Perú, a saber, na­
cionalismo anti-imperialista y desarrollo económico. Pero los Estados
Unidos ¡no son tan contrarios a estas tendencias! La presencia del
partido comunista en el gobierno no los alarma excesivamente. Y
la nacionalización de las minas o la reforma agraria no son ya me­
didas revolucionarias, sino etapas de un proceso político-económico.
La “izquierda” , es decir. la guerrilla, no reconoce estas reformas
como revolucionarias, y considera que es preciso destruir el Estado.
En mayo de 1971. el M. I. R. se opuso abiertamente al gobierno
Allende porque éste trataba de mantener el orden, lo cual le con­
vertía en reaccionario y represivo.
También la transformación de la función de los campesinos con­
templada por Chonchol (1971) (cooperativas, control de la comer­
cialización de los productos por los campesinos) parece insuficien­
te. El problema central sigue siendo: o bien reformas (por lo de­
más. autoritarias) de tipo socialista dirigidas por el Estado, o bien

101
la violencia que ataca a las estructuras hasta destruir la esencia
misma del poder y retornar a la base que tiene que decidir sobre
todo. No hay vía chilena pacífica y legalista hacia la revolución, a
pesar de la bendición de Fidel Castro (noviembre de 1971). La Uni­
dad Popular de Allende, frente a una oposición de la izquierda re-
agrupada, perdía poco a poco el apoyo de las masas decepciona­
das. ¡La revolución legal no se había hecho!
Tal es el panorama de las tendencias y de las expresiones revo­
lucionarias diversas en America latina.

Apenas es necesario subrayar que nada de todo esto corresponde


a lo que hemos llamado la “revolución necesaria” en relación con
la situación de nuestro tiempo. En efecto, ninguno de estos países
ha alcanzado el punto de desarrollo económico y tecnológico en el
que se plantea esta revolución. Pero si nos mantenemos al nivel
de estos pueblos, en su contexto, ¿se puede hablar realmente de re­
volución? En relación con la situación política, económica, social,
los diversos movimientos que acabamos de recordar esquemática­
mente ¿se orientan efectivamente hacia una revolución, hacia la que
está exigiendo directamente la espantosa miseria de una gran parte
de estas poblaciones? O, por el contrario, ¿no se tratará, una vez
más, de un abuso de las palabras?
En América latina se han designado a menudo con esta palabra
golpes de Estado militares, aparición de caudillos, simple sustitución
de equipos de dirigentes. Ha habido ya en América latina tantas to­
mas de poder revolucionarias, tantos “populismos” , “progresismos” ,
revoluciones extremistas que fueron, bien abortadas, bien eliminadas
tras un cierto ejercicio del poder, que bien podemos mantener cierto
escepticismo respecto al futuro. Debemos, sin embargo, considerar
la situación efectiva.
Más grave es el doble fracaso de la experiencia revolucionaria
en México y en Bolivia. México inició, en 1910, una revolución so­
cialista de base campesina. Se trataba para la época de una verdade­
ra revolución con dos banderas: “La tierra y la educación” . En

102
estos dos sectores se realizaron transformaciones considerables. Al­
rededor de 50 millones de hectáreas fueron repartidas entre los cam­
pesinos pobres. Y, sin embargo, “el problema de la tierra sigue sien­
do en 1968 el problema número uno, lo mismo que en 1910” : cré­
ditos insuficientes, fracaso de las propiedades colectivas, déficit de
la producción, etc. Los progresos sociales son importantes, pero al
precio de una burocratización gigante. El crecimiento económico es
cosiderable, pero al precio de una tccnificación que excluye el sen­
tido de la revolución -11.
Esta revolución se ha transformado en régimen de partido úni­
co aburguesado, con un gobierno autoritario y un desarrollo técni­
co-económico.
Bolivia había iniciado una revolución basada en la voluntad de
los trabajadores de las minas de estaño, asociados al proletariado ur­
bano, e incluso a la clase media. La revolución fue sangrienta y pro­
dujo una crisis económica. Los elementos revolucionarios estallaron,
se opusieron unos a otros, y un golpe de Estado militar puso fin a
la aventura, sin que pueda decirse que hubiera realmente una repre­
sión arbitraria de la revolución: ésta había muerto ya.
Estos ejemplos no son muy alentadores. Casi podríamos decir:
“Desde hace muchos años América latina se encuentra en una si­
tuación revolucionaria; todo se revuelve, pero no se produce cambio
alguno, hasta el punto de que no se comprende por qué la revolu­
ción habría de aventurarse ahora a sobrevenir.”
Pero es preciso considerar las cosas más de cerca. Cuando F. Bou-
rricaud analiza la situación del Perú diciendo que se trata de “la ad­
misión de cierta dosis de welfare y de la introducción de cierta can­
tidad de nacionalismo en materia de desarrollo industrial” , ¿podemos
poner esto bajo la ideología revolucionaria? En cuanto a las ideas
avanzadas por los intelectuales..., seguramente hablar de sociedad sin
clases, de difusión de la riqueza entre las clases pobres, de marxis­
mo, de un “nuevo tipo de sociedad en el que los hombres puedan
realizarse con mayor plenitud...” , todo esto es muy corriente entre
los intelectuales, pero parece excesivo deducir de ello que “ha co-

N ikderganu : “Le Mcxique á I heure olym piquc". Le Monde, octubre


de 1968.

103
mcnzado un inmenso proceso revolucionario” y que el único punto
delicado consiste en saber si esta inteligentsia expresa así el actual
estado de la lucha de clases o si es ella misma la fuente del impulso
revolucionario... Ciertamente, el discurso de esta inteligentsia es par­
ticularmente intenso, dramático, al mismo tiempo que admirable es­
téticamente. Pienso en Asturias. En realidad, por más radical que
haya sido el reformismo populista, fracasa siempre que pretende ata­
car las estructuras socioeconómicas, es decir, se orienta hacia el “so­
cialismo” . Pero esto no es suficiente. La situación revolucionaria no
se presenta muy brillante. Está, ante todo, el Estado. El primado de
este poder, en todas las concepciones, en todas las orientaciones, en
todas las esperanzas. Esta esperanza que lo espera todo del Estado,
padre y providencia, “esta exageración de la función política no se
confunde con una vida política real. Tampoco se confunde con la
estima de la política... La exageración de la función política se con­
funde aún menos con la conciencia política de la población y su par­
tición en la vida pública. De hecho, amplios estratos de la población
permanecen absolutamente ajenos a la vida política, lo cual, por lo
demás, refuerza la politización” *2.
Este excelente análisis revela la debilidad de todo movimiento
revolucionario de América latina y la imposibilidad en que ésta se
encuentra actualmente de llevar a cabo su revolución intrínseca, para
no hablar de la nuestra. ¿Cómo puede hacerse algo que sea hoy una
revolución, sin una conciencia política desarrollada? Pero hay más:
por todas partes se observa un desacuerdo, a veces una hostilidad
ante las clases explotadas. No es sólo la indiferencia de los campe­
sinos (que ya había puesto de relieve Marx, aunque en un contex­
to completamente diferente); es un auténtico enfrentamiento, por
ejemplo entre campesinos y mineros en Bolivia. Es igualmente la
desintegración psicológica de los “grupos marginales” : aunque éstos
estén constituidos por una masa de individuos que viven en las mis­
mas condiciones objetivas de miseria, no ofrecen ni vinculaciones or­
ganizadas, ni una interacción funcional. Y estos grupos marginales
tampoco son capaces de establecer una relación orgánica con el res-

a A. C alvani: “Analyse politique de rAmcriquc latine”, en Revue gené­


rale belge.

104
to de la sociedad. Son masas disponibles, capaces de ser arrastradas,
pero que no tienen ninguna organización que les permita actuar y
ni siquiera formarse una idea de su papel en la sociedad. Los hom­
bres que las componen están psicológicamente desorientados con res­
pecto al mundo que excede su pequeño círculo familiar. Pero esta
disponibilidad incoherente introduce a lo sumo una inestabilidad po­
lítica sin resultado alguno. Se las puede incluso llevar a ejercer sobre
la sociedad presiones directamente contrarias a sus verdaderos inte­
reses, presiones que deforman sus propios esfuerzos para obtener al­
gunas ventajas, ya que carecen totalmente de lucidez y “a causa de
su desintegración interna estas masas no participan en las estructu­
ras del poder en las que se toman las decisiones que afectan a la
sociedad en su conjunto” (Vckemans).
La dimensión revolucionaria no puede ser “moderna” por la sen­
cilla razón de que cuando la clase obrera existe, ocupa inmediata­
mente una situación “privilegiada” (salvo en Bolivia)33. De ahí que
se trate de un movimiento basado en la insatisfacción, principalmen­
te de los campesinos y del subproletariado urbano. Esta disponibili­
dad de insatisfacción se utiliza desde hace algunos años para una
social mobilization (Karl Dcutsch) que se expresa en cierta toma de
conciencia nacional y se ve favorecida por la rápida urbanización
de todo el continente.
Estos diversos elementos que hemos recordado brevemente hacen
que no se pueda hablar de tendencias hacia la revolución, o de posi­
bilidades de revolución. Y ello tanto menos si se procede al clásico
análisis que hace C. Julicn. y que demuestra que “la causa principal
del subdcsarrollo se encuentra en los términos del intercambio entre
América latina y los países ricos” . Toda la vida económica de Amé­
rica latina depende del comercio exterior. Ahora bien, la estructura
de la relación entre el bloque amerindio y los demás países adelan­
tados se resuelve en perjuicio del primero. Las naciones de América
latina salen siempre perdiendo, sin que ello se deba a un maquiave­
lismo imperialista. No hay la menor duda de que si (y cuando) se es­
tablece el comercio con la U. R. S. S., se reproduce la misma es-

a F. C [Link] r : “Décolonisalion el reforme agraire", en Revue jrancaisc


de Science polilique. 1969.

105
tructura. Por esta razón, como dice Julicn, sólo hay tres vías posi­
bles. Primera-. Los países ricos cambian estas estructuras, aceptando
de hecho perder toda ventaja económica en este comercio, frenando
determinadas industrias propias de sustitución, etc.; en otras pala­
bras, aportando una ayuda profunda y desinteresada. Segunda: Los
países ricos sostienen económica y políticamente ciertas reformas al
estilo de la “revolución chilena". Tercera: A falta de estas dos ope­
raciones, la única salida es la “revolución armada que rompa la ac­
tual estructura del poder, destruyendo las formas capitalistas de la
economía para lanzarse por la vía socialista de producción". En este
caso, el ejercito desempeñaría un papel decisivo: por un lado, com­
bate y reprime la guerrilla; por otro, dispone del poder y se encuen­
tra comprometido en un proceso de nacionalización de las industrias
extranjeras (en nombre de la independencia de la nación), de me­
didas “liberales", a pesar de que, por otro lado, sólo una especie de
dictadura armada le permite al gobierno mantenerse en el poder.
Así, en Bolivia, después de la aparición de la guerrilla (ciertos ele­
mentos cristianos, otros pro-chinos), que opta por la violencia pura,
los gobiernos sucesivos de Ovando y de Torres (1970) trataron de
apoyarse en el pueblo, fundaron partidos “populares” , nacionaliza­
ron la Gulf Oil Company, liberalizaron la prensa, favorecieron a los
sindicatos, establecieron el comercio de minerales, proclamaron un
“programa popular” y un “nacionalismo revolucionario” (cuyo fin
era la lucha contra el imperialismo), viéndose por lo mismo obliga­
dos a luchar contra su derecha y contra la A. L. N. (Armada de
Liberación Nacional) mediante la dictadura militar.
El gobierno Torres, por más “socialista” que se proclame, es
considerado como reaccionario por la guerrilla, ante todo porque es
militar y se niega a “armar al pueblo” , y además porque no com­
bate verdaderamente a los “fascistas” . En realidad, se trata siempre
del problema del ejercicio del poder. Tal es. poco más o menos, la
situación que encontramos en Perú: Bourricaud concluía su estudio
afirmando que una verdadera revolución popular, dirigida por la gue­
rrilla, es prácticamente imposible; sin embargo, la presión popular,
la hostilidad al poder extranjero, la voluntad de igualdad, no pueden
negarse. De ahí que se pensara que. también aquí, el ejército fuera

106
el mediador por excelencia y, como en Bolivia, por vías scmilcga-
les. Sobre la misma base de un nacionalismo populista, el ejército
anticomunista y antioligárquico nacionaliza la International Petroleum
Company y emprende la reforma agraria que conocemos (1969)
(ruptura del sistema de latifundios, ensayo de cooperativas agrícolas,
etcétera). Pero esta lucha contra el imperialismo americano y la oli­
garquía terrateniente, apoyada por la Iglesia y el partido comunista,
recibe también la aprobación del gobierno de los Estados Unidos.
Ahora bien, también este ejército se ve obligado a luchar contra la
guerrilla, tomando como motivación el nacionalismo (la guerrilla es
dirigida desde el extranjero, es un ataque a la independencia nacional).
La revolución que hace puede considerarse como la necesidad de
“soltar lastre". En mi opinión, es la traducción de un movimiento
ineluctable de racionalización económica y de nacionalismo políti­
co. Cuando Hugo Blanco declara que este gobierno no es revolucio­
nario, sino “burgués, favorable al desarrollo económico” , tiene, in­
dudablemente, razón, pero su programa es. en realidad, una prolon­
gación del programa del gobierno, aunque él sólo considera una vía
de acceso: la guerrilla.
Así, en realidad, nos encontramos ante la más ambigua de las
situaciones: por lo que respecta al contenido de las transformacio­
nes. se trata de una modernización económico-técnica, con lo que
esto comporta de socialismo inevitable; por lo que respecta a la for­
ma, la sola guerrilla revolucionaria es impotente, y el mediador in­
evitable parece ser el ejército no revolucionario. Por lo demás, si
bien es cierto que la situación global deriva del sistema del comer­
cio internacional, la revolución interna de América latina, aunque
aboliera el capitalismo, no cambiaría estas estructuras que están fue­
ra del alcance de los revolucionarios. En consecuencia, esto signi­
fica que, al ser socialistas los regímenes, la U. R. S. S. se cuidaría
de ellos, aunque sólo fuera para fastidiar a los Estados Unidos: pero
no es cierto que lo haga, dada la manera en que. desde 1945. ha tra­
tado la U. R. S. S. a las “repúblicas democráticas socialistas", ex­
plotándolas como verdaderas colonias. Todas las descripiciones con-
cuerdan en mostrarnos que lo que se da son las condiciones de la
“revuelta histórica". “Los países ricos encuentran aliados poderosos

107
en las minorías privilegiadas, que, en cada país latinoamericano, se
enriquecen gracias a un sistema que empobrece al conjunto del país.
Contra estas minorías es contra las que se levantan las capas popu­
lares privadas de toda esperanza de superar la miseria y la igno­
rancia...” (Julien).
‘‘Aguijoneada por la insatisfacción (en relación con lo que pro­
pone una sociedad de consumo que empieza a manifestarse), siem­
pre en espera por disponibilidad, inmovilizada por la impotencia,
la masa marginal, presa del sentimiento de frustración, traslada al
otro la responsabilidad de la situación objetiva y de la desesperanza
que provoca. Transforma así su energía en agresividad, por lo me­
nos latente. Los marginados frustrados, pero conscientes de que lo
que necesitan se encuentra en poder de otras personas, tienden a ver
la solución de sus problemas en la expoliación... Puesto que el otro
es el obstáculo, las muchedumbres marginadas creen ver en su su­
presión el remedio contra el deterioro de su propia situación...”
Esta rebelión, que se manifiesta a través de la violencia (por ejem­
plo, en Colombia), presenta siempre el mismo esquema. En particu­
lar, como observa justamente Orlando Fals Borda, es fruto de la
frustración de una esperanza revolucionaria burlada. Pero, en sí mis­
ma, la violencia no es revolucionaria31. “La violencia no era más
que un conflicto ciego y acéfalo, que destruía antiguas costumbres
de la población campesina y demolía al mismo tiempo las posibili­
dades de un cambio social significativo.”
Es esencialmente el intento de responder por la violencia, desti­
nada a tomar el poder político en una situación social desesperante.
Hemos dicho con frecuencia que la condición de miseria extrema, de
humillación, de atolladero, de injusticia, en que se encuentra una
parte de los pueblos del “tercer mundo” explica plenamente la vo­
luntad revolucionaria y la violencia, que parece ser la única vía po­
sible

Orlando F ai s Borda : Subversión and Social Changc in Columbio. 1969.


M Frente a la espantosa miseria reinante, la Iglesia católica de América del
Sur, de la que se habla mucho, adopta una actitud totalmente legítima, y que
me parece muy diferente de la descripción que hice al hablar de la “banali-
zación de la revolución” (Autopsia de la revolución). Está bien y es normal
estar concretamente del lado de los pobres y hambrientos, lo mismo que

108
Es cierto que humanamente estos pueblos no pueden hacer otra
cosa, y también lo es que expresan mediante una acción de todo su
ser la negativa a permanecer así. Pero podemos afirmar que el uso
de la violencia no podrá resolver absolutamente ninguno de los pro­
blemas planteados3C. Gracias a ella, habrá satisfacción de odios y
desahogo, gratificación y apariencia de libertad; momentáneamente
parecerá que se levanta la losa que aplasta al hombre, y que la an­
gustia se arroja fuera, momentáneamente... Pero los problemas son
muy reales y no sólo psicológicos, las situaciones son duraderas, la
violencia no aporta ninguna solución, ninguna respuesta, ninguna po­
sibilidad para el futuro. Demasiado pura, es real, pero no produce
nada. Demasiado profunda, va desde las profundidades a lo más al­
to, pero no alcanza a nada de lo que el hombre desearía conseguir
y transformar. La violencia no cambiará nada de lo que la provoca
en la estructura moderna. Conducirá, por el contrario, a reforzar
las estructuras y a totalizar las alienaciones. La discusión no debe
plantearse en el nivel de su legitimidad, sino en el de su adecuación
al objetivo que se persigue. En esta perspectiva es en la que se plan­
tea el problema de la guerrilla.
Ahora bien, como hemos visto, estos grupos marginales no es­
tructurados están a la merced de un líder: “esta desorientación y esta
disponibilidad de los grupos marginales son los factores determinan­
tes que los transforman en clientela permanente de instigadores”
(Vekemans). Todo esto nos describe exactamente la situación socio­
lógica, la actitud psicológica y las condiciones políticas capaces de
empujar a un pueblo a la rebelión. La cual, por lo demás, produce
el resultado de impedir al grupo en cuestión toda participación en
una reforma económica y social profunda. “Puede reaccionar como
un rebelde ante una nueva opresión, una sobreimposición...; pero
si se desata una actitud rebelde, es probable que los grupos margi-

atacar el poder que los reduce a esc extremo. Pero en la incapacidad de resol­
ver verdaderamente los conflictos, la actitud adoptada es reformista o rebelde:
la Iglesia no encuentra la vía revolucionaria, puesto que no tiene una teoría
revolucionaria y porque, por otra parte, ella misma está desgarrada, dividida
en su interior: no reúne ninguna de las condiciones para pilotar el proceso
revolucionario; se encuentra, por el contrario, en el estadio de la toma de
conciencia y de la conmiseración que provoca la revuelta.
" J. Ello .: Violence, 1969.

109
nales reaccionen negativamente incluso ante decisiones que pueden
estar justificadas económica y socialmente, constituyendo un obstácu­
lo a la política de desarrollo.’' Tal es, pues, el contexto en que se ha
desarrollado la guerrilla. Y de él es del que toma su carácter de re­
belión que no desemboca en revolución.

Para saber si este vasto movimiento es revolucionario, es preciso


considerar el nivel en que se sitúa la revolución. Si se piensa en la
“revolución necesaria” para Occidente en 1970, los movimientos re­
volucionarios de América latina no significan ni aportan nada en
absoluto. Pero si se considera la situación trágica de explotación y
de miseria de los pueblos amerindios, su alienación en el plano na­
cional, entonces, a su nivel y en esta perspectiva, la lucha contra la
gran propiedad y contra los trusts, contra el imperialismo, contra la
opresión extranjera, es ciertamente una revolución. Estos pueblos
quieren realizar lo que a su nivel y para su situación es una revolu­
ción. Sólo que se trata de una revolución de tipo antiguo, ancestral;
que parte de una rebelión y deriva hacia una nueva estructura polí­
tico-económica cuando esta rebelión hace impacto y encuentra los
líderes que saben explotar y transformar el movimiento espontáneo
en una vasta transformación organizada. Producen entonces las con­
diciones para entrar en la sociedad moderna por la vía del Estado y
de la tecnificación. Caen por su propia revolución en la trampa de
la sociedad moderna, contra la que debería hacerse la nueva revolu­
ción. Su socialismo no es un progreso socioeconómico, sino el medio
para efectuar con mayor rapidez lo que el capitalismo ha efectuado
en otras partes. Pero ellos se preparan a lo que ha ocurrido en la
U. R. S. S.: la explotación del hombre por el Estado en lugar de
los particulares.
E incluso para realizar la revolución a este nivel de un socialis­
mo necesario, pero sin que aporte ninguna respuesta a la situación
actual, sería menester por lo menos que fuera posible una participa­
ción del pueblo. Pero América latina es un ejemplo excepcional para
demostrar que en el tercer mundo esta participación es casi impen­

110
sable ;'7. Como lo demuestra muy bien A. Meistcr, el comportamien­
to de participación es una conducta que aparece en el curso del pro­
pio proceso de modernización, es un resultado del cambio social, más
bien que un medio para este cambio. Por esta razón, no podemos
menos de acabar en un socialismo autoritario, dictatorial, y la ideo­
logía de participación es una pantalla verbal ante la sociedad. Al
mismo tiempo que la acción revolucionaria violenta no parece tener
salida cuando todo se reduce a revueltas, se produce en América la­
tina una mutación socioeconómica fundamental que permite decir
que “la revolución esta en marcha” , pero que el hecho revolucionario
en su estado bruto no es más que un epifenómeno.

3. La guerrilla 1s

Puesto que aquí se trata solamente de una ilustración del ca­


rácter de revuelta, y no de revolución, de las guerrillas de América
latina, no haré propiamente una historia de la misma ni me deten­
dré en describir los hechos correspondientes.
“Inspirada por el marxismo, la doctrina de la guerrilla esgrime
la violencia como argumento: con el fusil al hombro, única manera
de salvar la democracia. No debemos temer la violencia, dice Gue­
vara, ya que ella engendra las sociedades nuevas; la base de la lucha
está en el pueblo. El partisano lucha porque es un reformador social.
Toma las armas para hacerse eco de las protestas latentes del pueblo

A. M eistf.r : Participation. animation el développement (Elude sur /'Ar­


géntiñe), 1969.
n En la innumerable bibliografía consagrada a estos países, señalare aquí
los libros que he utilizado: D umont: La reforme agraire á Cuba. 1962; G ue ­
vara : La guerra de guerrillas. 1962, y Diario de campaña, 1968; C astro :
Habla Fidel Castro, 1961; R ojo : Che Guevara. Vida v muerte de un amigo.
1968; Diario de un guerrillero, 1968; D ebray : Revolución en la revolución,
1967; C. T orres : Escritos y palabras, 1968; V ega : Mecanismos del poder en
América latina, 1967. “Clases sociales et pouvoir politique en Amérique la­
tine”. número especial de Sociologie du travail, 1967.

111
contra sus opresores” (Vekeinans). Tal es la teoría. Pero, ¿qué ocu­
rre en la realidad?
Cuando examinamos los textos de que disponemos, comprende­
mos ante todo que el desencadenamiento o el afianzamiento de la
guerrilla es asunto de intelectuales, profesores, abogados, médicos,
sacerdotes, estudiantes. Por lo demás, es a menudo el tema crítico
que desarrollan sus adversarios, e incluso Burguiba les reprocha el
haber leído demasiado el Nouvel Obiervateur, en lugar de ver con­
cretamente la situación. Se trata, en todo caso, de jóvenes intelec­
tuales a la vez nacionalistas que luchan contra la opresión america­
na, y enternecidos de piedad por la desgracia de los campesinos y
de los obreros, y sobre la base de estos dos sentimientos entablan
un combate. Son seguidos por campesinos y obreros. Pero, por una
parte, podemos observar que el reclutamiento es muy débil. (En todo
caso, la guerrilla sólo puede funcionar con efectivos reducidos.) Por
otra parte, la reacción de los medios populares es muy variable. En
algunos casos, que parecen raros, se da una amplia cooperación (por
ejemplo, a favor de los tupamaros). En otros, los campesinos pro­
porcionan medios de ayuda (aprovisionamientos, transportes, guías)
sin los cuales la guerilla no puede funcionar. Pero en muchos casos
los campesinos permanecen totalmente indiferentes, cerrados, sin in­
teresarse por esta acción. Tal fue una de las causas del fracaso de
Guevara en Bolivia. Parece que el método consistente en reunir a
los habitantes de un pueblo para explicarles las razones de la guerri­
lla, para adoctrinarles, comprometerles, etc., produce escasos frutos.
A menudo, en algunos textos, los campesinos aparecen cerrados, con
los rostros incomprensivos, etc.39. En Guatemala, los campesinos
desconfían por lo general del intelectual urbano. Pero también es fre­
cuente que el exceso de miseria desencadene la revuelta. En Colom­
bia, allí donde las guerrillas consiguen instalarse, se produce una so­
ciedad nueva, igualitaria, comunitaria, con sus zonas de autodefensa.

" Esto explica el título del excelente estudio de Luis M er cier : Les guéri-
llas d'Amériquc ou le poisson sans eau. Los intelectuales y los estudiantes
tienen que encontrar el agua necesaria para que se desarrolle su acción revo­
lucionaria. Pero, contrariamente a la fórmula de Mao, distan mucho de estar
como un pez en el agua.

112
Aquí, los campesinos han reaccionado contra su miseria, pero se
trata también de una vieja táctica (intentada por el P. C. ya en 1930).
Los bandos de todo tipo han sido efectivamente campesinos. Pero
hoy estos grupos armados han dejado en su mayor parte de existir:
diversas organizaciones políticas urbanas intentan aún movilizar sus
residuos, con resultados diversos 4u
Por lo demás, en otras partes los campesinos son demasiado po­
bres para dar vida real a la guerrilla. Una buena parte de los recur­
sos tiene que venir de la ciudad. En todo caso, aparte el sentimiento
de rebelión ancestral inmediato contra la miseria, parece que apenas
puede contarse con un gran movimiento social. En una palabra, en
el punto de partida encontramos dos factores de revuelta: la senti-
mcntalidad de los intelectuales, la vivencia de miseria extrema de
ciertos campesinos y de ciertos obreros (los mineros de Bolivia, por
ejemplo). Frente a esto, debemos reconocer una falta de doctrina
casi total (exceptuando, desde luego, la reflexión sobre la estrategia).
El castrismo, que es el más elaborado, es muy significativo a este
respecto: no es ni una ideología, ni una doctrina, ni siquiera un pro­
grama. “Es un hombre, unas realizaciones, un mito.” Está esencial­
mente ligado a un hombre revolucionario que esperaba conseguir una
revolución democrática sin totalitarismo. Aunque no se hable de una
doctrina global y coherente, es sorprendente la debilidad del análi­
sis de hechos relativamente simples; por ejemplo, la política de los
Estados Unidos y el imperialismo41. No hay aquí ningún elemento
doctrinal. En cuanto a los escritos de Torres, quien, sin embargo,
había estudiado sociología, podemos decir lo mismo: se trata de
un pensamiento que conduce al compromiso revolucionario más bien
que del análisis preciso de una situación que lleva a una teoría revo­
lucionaria de la que pudiera derivar un plan de acción. El problema,
inmediato es el de la acción sin más profundización. Debray, en su
prisión, reflexiona y reconoce que la guerrilla no es una aventura no­
velesca. “acaso nos hemos equivocado” (pero el error se refiere a la
ausencia de doctrina). Sólo encontramos una idea fuerza permanen­

" Preuves, noviembre de 1968.


“ Véase la enorme mediocridad de los estudios sobre la cuestión presen­
tados en la Conferencia de Olas, en La Habana, agosto de 1967.

113
te: la lucha contra el imperialismo. En ningún escrito de los que he
leído he encontrado un análisis riguroso de lo que es el imperialis­
mo, ni de su evolución, de sus medios de acción Cuando Castro
proclama que los Estados Unidos van de desastre en desastre, que
el imperialismo será vencido a corto plazo, que es preciso establecer
con ellos una relación de fuerza, que será con la fuerza como se
obligará al imperialismo americano a renunciar a su pretcnsión de
dominar el mundo.... se tiene la impresión de que se trata más bien
de un odio visceral contra los americanos (lo cual se comprende si
se les considera como invasores y opresores), que de la expresión
de la comprensión de lo que realmente es el imperialismo 43. Y esta
ausencia de doctrina es la que hace, por ejemplo, que nazcan hacia
el imperialismo peligrosas ilusiones: como la convicción de Castro
de que la guerrilla debe desarrollarse rápidamente sin que sea nece­
sario (diferencia con los partidos comunistas) esperar a la guerra po­
pular global como pretende el movimiento de la izquierda revolucio­
naria de Venezuela: M. I. R. Podemos admitir que “mientras las
condiciones sociales, políticas y económicas no cambien, la guerrilla
renacerá indefinidamente de sus cenizas, y que. aunque cambie de
etiqueta, seguirá siendo la misma rebelión contra la injusticia’’. Pero
es muy distinto afirmar (como hizo en la Conferencia de La Habana
de 1960) que por este medio “la violencia revolucionaria es eviden-*45

" Así el informe de J.-P. V igikr (Congreso de La Habana de 1968), uti­


lizado por Castro, es terriblemente “surrealista" en lo que se refiere al impe­
rialismo americano. Toma sus deseos por realidades cuando estima que el
progreso científico debe provocar tensiones entre los diversos paises capitalis­
tas y que los Estados Unidos se encontrarán cada vez más aislados.
45 F.s evidente que no niego la existencia del imperialismo americano. En
todo caso, no hay que ceder al delirio interpretativo de C. J ulif.n en su Em­
pire américain (1968). que hace pensar más bien en las ensoñaciones de G.
Tabouis en los buenos tiempo de Hitler que en un estudio serio. El problema
no se sitúa en esta perspectiva, sino en la complejidad de la expansión “nacio­
nal-económica” y en la reacción que ésta produce. Ahora bien, precisamente
es esta complejidad la que hace que estas reacciones sean irracionales y pasio­
nales. Y esto conduce directamente a los pueblos explotados a confundir la
lucha contra el opresor extranjero con la revolución, lo cual es muy distinto.
No basta que el opresor sea capitalista para que echar al opresor lleve al
socialismo. Y, aunque así fuera, no por ello se habría efectuado la revolución.
La polarización sobre el imperialismo americano es una coartada para no ver
la situación real de la nueva exigencia revolucionaria.

114
¡emente la posibilidad más concreta de derrocar al imperialismo".
Lo único que esto revela es la ignorancia relativa a la realidad del
capitalismo moderno y la solidez de sus organizaciones. Esta falta de
doctrina es uno de los puntos más criticados por los comunistas, in­
cluso los chinos. “Tratan de popularizar tesis que descuidan la pre­
paración del pueblo a la revolución, y según las cuales una banda
de revolucionarios decididos pueden dar al traste con la máquina del
Estado existente, apoderarse del poder y arrastrar con ellos al pue­
blo. Esta teoría se basa fundamentalmente en el romanticismo y en
la ideología pequeño-burguesa, que se caracteriza por la negación
de la necesidad de la dirección del P. C .... Esto no tiene nada que ver
con la teoría del camarada Mao Tse Tung sobre la guerra popular,
la cual se basa en el apoyo total de las masas” , precisaba, en junio
de 1966, la agencia Nueva China.
Esta ausencia de doctrina se manifiesta no sólo en la superfi­
cialidad del análisis sobre el imperialismo, sino también en la inse­
guridad respecto al marxismo. Son conocidas las variaciones de Cas­
tro en este punto, y cómo el 2 de diciembre de 1961 declaraba que
jamás había sido antes marxista-leninista, para declarar en seguida,
el 22 de diciembre, que había sido una especie de marxista-leninista
y que su revolución era totalmente marxista, aunque no revistiera
este carácter al principio (ambigüedades muy características de Castro
y de la inseguridad de su pensamiento).
Castro realiza asimilaciones curiosas: la revolución cubana es
marxista porque “todas las leyes y los métodos revolucionarios son
por esencia marxistas-leninistas” . ¡Ya se ve la profundidad del ra­
zonamiento! Dice también: “Por lo que respecta a mi evolución ha­
cia el marxismo-leninismo, se ha producido por una serie de etapas
a través de las cuales las ideas que he tomado del marxismo..." De
modo que no se trata de una teoría, sino de “ideas” que contradicen
radicalmente al propio marxismo. En este discurso declara que sólo
tiene un conocimiento muy vago de Marx, que no ha estudiado a
fondo el pensamiento revolucionario: “Pero soy un hombre absolu­
tamente convencido” (la convicción precede al conocimiento). “Ten­
go la intención de leer El Capital, de Marx, cuando tenga tiempo.”
Declara que conoce el Manifiesto comunista y trozos escogidos de

115
Lenin; pero aparte esto: “Creo absolutamente en el marxismo.” “No
tengo la menor duda con respecto al marxismo.” Es decir, nos ha­
llamos en el ámbito de la pura creencia.
En el discurso de clausura del Congreso Cultural de La Habana
de 1968 encontramos esta frase muy significativa: “Nada puede ha­
ber más antimarxista que el dogma, nada puede haber más antimar­
xista que las ideas eselerotizadas” , lo cual es cierto, pero en boca
de Castro esto quiere decir exactamente que él se justifica de no
tener en cuenta ni intcrprctacions anteriores de Marx ni cierto rigor
de método y de análisis. En nombre del antidogmatismo, califica
de marxismo a lo que no es más que una imagen que él se forma del
mismo, y desde el momento en que se declara marxista, ergo todas
las acciones que propone son por ello mismo marxistas. Tal es el
esquema real del pensamiento de Castro. Por lo demás, “a medida
que la vida nos da experiencia, cuanto más se conoce el imperialis­
mo, no en palabras, sino en la carne de nuestro pueblo, mejor des­
cubrimos las verdades que contiene la doctrina del marxismo” . Nos
encontramos en el otro polo característico: el del pragmatismo puro.
Conoce el imperialismo expcrimentalmente, y experimcntalmente
también saca de ello la consecuencia de la verdad del marxismo, ya
que el marxismo es el enemigo de este imperialismo.
Puede decirse que el castrismo, antes de ser un marxismo, es un
“querer revolucionario” “Fidel jamás ha renegado de sus orígenes
ni de lo que ha hecho. Ha interpretado su trayectoria pasada de re­
volucionario no marxista prolongándola y transformándola desde den­
tro” , explica R. Debray K para poner de manifiesto las evidentes con­
tradiciones: a posteriori vemos que era marxista sin saberlo. Se con­
vierte en un nuevo proceso del marxismo. “El castrismo es un proceso
concreto de reengendramiento del marxismo-leninismo” ..., que no
es ya producto ni de un capitalismo avanzado ni de las contradiccio­
nes interiores del capitalismo... (¡pero uno se pregunta qué queda de
Marx en estas condiciones!). Se nos dice que ha sido provocado por
el desafío del neo-imperialismo a un país subdesarrollado. Obscrve-

“ Bir on : “Cuba, dix ans de révolution castriste". Economie et Humanis­


mo. 1969.
“ D ebrav : Eíuiíssurl'Amérique latine, 1968.
116
mos que esto no corresponde en absoluto a la teoría de Lenin sobre
el imperialismo. Es una variación muy incierta del pensamiento de
Marx. El castrismo, se nos dice también, es la práctica revoluciona­
ria para luchar contra el imperialismo y para construir una sociedad
comunista. “El castrismo es, pues, el comunismo de un pequeño país
débil y marginal atacado por el imperialismo capitalista.” Comprendo
que se describa así la situación concreta de Cuba, pero no basta ser
un país subdesarrollado que lucha contra el imperialismo para ser co­
munista...; se trata de una total confusión mental. Se hace referencia
a ciertas experiencias: servicios de educación y de sanidad gratuitos,
ataque contra el dinero, nivelación de los ingresos (elevando la pro­
ducción. lo cual parece difícil de realizar).
Nos hallamos en realidad en presencia de tres niveles. Ante todo,
podemos encontrar en los discursos de Castro innumerables fórmulas
admirables c idealistas. “Creación de la conciencia comunista... Con­
ciencia comunista quiere decir que las riquezas que creamos entre
todos, podemos disfrutarlas equitativamente entre todos.” “No de­
bemos traducir el dinero o la riqueza en conciencia, sino la concien­
cia en riqueza..., dar un estímulo material a un hombre para que
cumpla mejor su deber es comprar la conciencia con dinero” , etc. Todo
esto es muy bonito, pero no parece que estos deseos, repetidos desde
hace varias decenas de siglos, tengan visos de realidad. En un se­
gundo nivel encontramos una orientación “doctrinal” : construir simul­
táneamente el socialismo y el comunismo: éste no debe ser confinado
al futuro. Todo esto está muy bien, pero una declaración de este gé­
nero lo único que revela es una monumental ignorancia de las con­
diciones de realización de la sociedad comunista, y nada de lo que
hasta ahora se ha realizado en Cuba puede denominarse, ni de lejos,
comunismo, a no ser que se dé a la palabra un significado radical­
mente diferente del que tiene desde Marx. ¡Por supuesto que esta
mutación verbal siempre es posible! Finalmente, en un tercer nivel,
se presume de ciertas realizaciones. Particularmente interesante es “la
supresión de la división entre el trabajo intelectual y el trabajo ma­
nual”, lo cual significa que los estudiantes y los profesores van a
trabajar al campo y los obreros siguen cursos técnicos. A este respec­
to conviene hacer dos observaciones. La primera es que este tipo de

117
situaciones transitorias no corresponde en absoluto a la supresión. Los
estudiantes son malos campesinos, y los obreros no se convertirán en
intelectuales por el hecho de dedicar al estudio unas semanas al año.
Es imposible creer que tales adaptaciones puedan realizarse, siendo
así que para llegar a un modesto nivel intelectual se necesitan años
de esfuerzo tenaz, y que para conseguir construir una buena pared
de ladrillo se necesita un conjunto de cualidades que no tiene el es­
tudiante medio. Además, para hacer un verdadero trabajo obrero o
campesino se necesita una resistencia física que nuestros intelectuales
no tienen. Segunda observación: este proyecto de fusión de los ma­
nuales y los intelectuales que reflorece entre castristas y maoístas ¡ha
sido ya realizado! Es exactamente lo que hizo el Arbeitsfront del ré­
gimen nazi. Es siempre peligroso llamar socialismo a lo que se pre­
sente, y mezclar — como se hace imprudentemente en Cuba— el na­
cionalismo y el socialismo.
De modo que todo se reduce a un conjunto de creencias, de as­
piraciones, de experiencias, polos de la revuelta, pero ignorancia de
todo lo que está más allá de esta experiencia, y, por tanto, incapa­
cidad doctrinal, ausencia de verdadera revolución. Si se puede hablar
aquí de doctrina, ésta se reduce exclusivamente a la doctrina de la
lucha armada. Es el comienzo y el fin de la verdad. En torno a esta
impotencia decisiva de la lucha armada se fraguan todos los conflictos
con los demás movimientos de revuelta americanos, y con el partido
comunista. Al leer los textos, no podemos menos de observar que la
revuelta más espontánea se traduce en la toma de las armas, la entre­
ga a un combate, y que luego se formula la doctrina según la cual no
se puede esperar un levantamiento del pueblo, y. por consiguiente,
la única acción necesaria y suficiente consiste en “multiplicar las ac­
ciones militares, multiplicar los grupos luego de reunidos en fuerzas
más importantes, las cuales, tras varios años de acoso, se reuni­
rán para el ataque final” . “Nosotros no nos preparamos en función
de realidades estratégicas, no tenemos más que una idea en la ca­
beza, la de derrocar inmediatamente al gobierno” (Douglas Bravo,
del F. A. L. N.). Reacción de desesperados, vieja tradición de Améri­
ca latina, ya que, desde hace siglo y medio todas sus revoluciones han

118
seguido esta línea 4C. Es lo que L. Mercier Vega ha llamado con gran
acierto la técnica del “Contra-Estado” 4T. Esta idea sustituye al con­
cepto tradicional socialista de “Contra-Sociedad” (lo cual, por lo de­
más, indica la enorme distancia que existe entre la teoría de la gue­
rrilla y la orientación de la revolución cultural). La guerrilla no trata
en absoluto de crear un nuevo modo de vida, sino de hacerse con el
poder. Esta lucha precisa y localizada debe hacerla un solo y mismo
grupo político-militar. La guerrilla no es un movimiento utilizado por
un partido: es el partido (de donde, evidentemente, las dificultades
con el P. C.). No se trata de promover una revolución protagonizada
por una clase en la sociedad entera, sino de transformar la sociedad
a partir de un poder político. Los campesinos no tienen que ser más
que un medio de soporte y de servicios para el grupo actuante. Esto
recuerda (por lo que hace al medio campesino) la táctica de Blanqui.
Y puede ser tachado de putsquismo por los marxistas. Pero el hecho
de que la lucha armada se haya convertido en la esencia de la doctri­
na explica también la gravedad de las discusiones tácticas, ya que todo
acaba por reducirse a esto. En la medida en que la ausencia de doc­
trina conduce a la incapacidad de tener una estrategia, en la medida
en que el espíritu de revuelta está en conexión directa con la acción
inmediata (y con razón esta tendencia se ha calificado de inmediatis-
mo), el único problema importante consiste en saber cómo desarrollar
esta acción. Pero el cálculo no resultará en absoluto, como en Lenin,
de una teoría general de la revolución, y con razón. Se trata de puro
pragmatismo. El libro de Debray es altamente sintomático, con su
aguda crítica de las formas de la autodefensa armada (en Colombia,
con las zonas de autodefensa campesina; en Bolivia. con las zonas de
autodefensa obrera)4K y de la propaganda armada (es decir, que haya*

" Siempre que se emienda por revolución el derrocamiento del gobierno


y la toma del poder...
" Luis M ercip .r V eoa : Technique du Contre-£tat, 1968.
** Los comunistas de América latina sostienen esta idea, zonas de autode­
fensa que. en el plano táctico, es tal vez menos inmediatamente eficaz, pero
es mucho más conforme a un pensamiento revolucionario profundo, se trata
de la creación de “Repúblicas independientes" dentro de un Estado, zona co­
munista. ejercito organizado, disciplinado, que ejerce una atracción sobre las
poblaciones circundantes por el buen orden y la justicia reinantes; tenemos
una verdadera modificación en profundidad y una formación de las masas
(H obsbawn : Journal d'un guérillero1.
una labor de educación popular por las tropas a medida que las al­
deas vayan siendo ocupadas por los revolucionarios — estilo Mao—).
Naturalmente, Dcbray dice que esta propaganda armada no debe
rechazarse del todo, pero no puede preceder a la acción militar. Esta
es la decisiva, “y a menudo se basta a sí misma” . “La propaganda es
una acción militar que triunfa.” Ahora bien, Dcbray rechaza estas
dos formas por razones puramente pragmáticas (y, en efecto, en tác­
tica es esencial ver la realidad). Pero hace de esto cuestión de doc­
trina, al tiempo que rechaza el trotskismo que pretende ser teórico.
“El trotskismo atribuye gran importancia al carácter socialista de la
revolución..., y quisiera que se le juzgara sobre esta cuestión pura­
mente fraseológica. Pero el nudo de la cuestión no es teórico, sino
que reside en las formas de organización a través de las cuales se
realizará la 'revolución socialista’.” Se trata, pues, en definitiva, de la
lucha armada en plena regla, con guerrilla móvil, etc., en vistas a la
conquista del poder 4e.
Esta pasión de la conquista del poder se explica por un conjunto
de hechos. Los gobiernos de América latina son con frecuencia muy
autoritarios, arbitrarios, injustos; sus “caudillos” son responsables de
todas las extorsiones y de una parte de las miserias populares. Están,
por lo general, en manos del gobierno norteamericano. Finalmente,
el Estado es el único dispensador de todos los privilegios, y el poder
parece dar al que lo detenta la posibilidad de hacerlo todoB0. En estas
condiciones, se comprende perfectamente la actitud que consiste en
decir: “ ¡Tomemos el poder, y luego veremos!” El estatismo, al mis­
mo tiempo, explica en cierta medida la guerrilla, pero también mani­
fiesta su inadecuación. Mercier Vega muestra cómo desde hace un
tercio de siglo se ha pasado de un sistema incoherente a un sistema
estatizado, en el que el Estado recibe de la burguesía ascendente y de
la oligarquía decadente una especie de delegación para asumir las fun­
ciones de propietario y de empresario. Un censo de 1964 muestra.

10 Y sobre todos los puntos aparecen tendencias divergentes: no existe,


por ejemplo, en el castrismo, ninguna teoría de la guerrilla urbana, lo mismo
que no hay en Cuba escuelas para esta guerrilla. Lo cual distingue sensible­
mente al castrismo a la vez de los intelectuales occidentales que en él se ins­
piran y del guevarismo.
M M frcihr Vhga: Mecanismos <hi pouvoir en Amérique latine, 1967.

120
por ejemplo, que el sector público representaba el 62 por 100 de la
actividad económica de los seis países más industrializados.
Ahora bien, al mismo tiempo que se desarrolla el Estado, se
crea, en simbiosis, una nueva clase dirigente, unos “cuadros” , unos
“administradores” , cuyo fin es la conquista del poder, con una cierta
voluntad de reforma social también, pero en función del Estado. Este
aparece como el único capaz de capear las contradicciones y de su­
primir las debilidades de la sociedad, asignándosele “funciones no asu­
midas por las clases populares” . Son los nuevos gestores los que ase­
guran la modernización... Entonces contra este Estado se desencade­
na la revuelta tradicional: la de los estudiantes, de los intelectuales...
¡Pero también aquí de lo único que se trata es de tomar el poder!
“Llevando el análisis hasta la caricatura, se podría avanzar que entre
el lanzador de bombas de Caracas, hijo de médico o de director de
banco, el joven técnico de los organismos económicos interamericanos,
el militante de los partidos demócratas cristianos, el activista de las
organizaciones revolucionarias, no hay diferencia de clase, sino, en
contextos y situaciones diversas, distintos grados en la valoración de
las posibilidades de integración en esta sociedad.” Con otras palabras,
no hay en absoluto revolución por la guerrilla.
Sin embargo, la confusión entre ambas produce un doble error.
Ante todo, la convicción de que por esta lucha armada por la toma
del poder, se lucha efectivamente contra el imperialismo. Además, la
convicción de que la revolución depende en definitiva de una buena
organización de grupos armados. Guevara escribía que no es nece­
sario que se den todas las condiciones para comenzar la lucha, ya
que el foco guerrillero puede crear las condiciones de la revolución
en la acción. Es lo que se ha calificado como error del foquismo r>1.
Esto coincide con la ausencia de doctrina: inútil analizar la si­
tuación socio-económica, etc. La guerrilla se basta casi por sí misma
como totalidad revolucionaria. En todo esto encontramos los rasgos de
la revuelta tradicional histórica. “La pobreza pensante es el mayor
explosivo para un derrocamiento profundo...: los pobres están en

K Dcbray ha tratado justamente de formular la doctrina del foco: mino­


ría incrustada en el punto más vulnerable del territorio nacional que se va
extendiendo poco a poco...

121
m archa...", dice el Padre Del Corro, de Cuernavaca, dando así el
“signo" de esta revuelta. Y los que han explicado sus propias moti­
vaciones en esta acción de guerrilla, jamás superan el estadio del re­
belde. Rojo del Río: “Yo jamás hice la revolución por Fidel Cas­
tro...; me batí contra la tiranía, ya venga ésta de la derecha o de la
izquierda. He sido muy puntilloso en todo lo referente a este derecho
sagrado que cada hombre tiene de permanecer libre..." Y el propio
Guevara nos es presentado perfectamente como el hombre de la “re­
vuelta” permanenter’-, “revuelta contra las injusticias inmediatas y
punzantes, contra la opresión, contra la desesperanza de los humildes,
revuelta también contra los arreglos de los gobernantes y las com­
placencias diplomáticas". En esto consiste la grandeza de la empresa,
su fascinación, y aquí radica la explicación de esta aparente incohe­
rencia: son los intelectuales los que se entusiasman por la guerrilla,
siendo así que ésta carece totalmente de doctrina. En realidad, los
intelectuales están cansados de pensar, de constatar que su pensamien­
to no lleva a ninguna parte; saben desde Marx que no se trata de
pensar el mundo, sino de transformarlo (¡como si Marx hubiera hecho
otra cosa que pensar!). Están descorazonados por no ser más que
intelectuales, y entonces pasan al otro extremo: la acción pura, sin
significado, total. La sensibilidad directa a la miseria. Se renuncia a
la frialdad del intelecto, se salta a lo comunicativo, pero al mismo
tiempo la guerrilla carece de doctrina precisamente porque se trata de
intelectuales. El recurso a la violencia es el refugio clásico de los dé­
biles y de los impotentes. Los intelectuales son víctimas de un colosal
complejo de impotencia. Dejan de razonar, y entonces desvarían. Creen
literalmente en el papá Noel revolucionario que les dará el bello re­
galo de una sociedad totalmente nueva, una vez que hayan cumpli­
do las buenas acciones necesarias. Carentes de un proyecto, se lan­
zan al mito más incoherente. Dejan de ver la realidad que no pueden
soportar y de ejercitar su espíritu crítico: lo abandonan todo pre­
cisamente porque son intelectuales, y porque la tarea de pensar la

“ N ieder CfAng : “Le Che ou la rcvolte permanente", Le Monde, 17 de oc­


tubre de 1967. Me parece muy bien empleada aquí la palabra “revuelta",
mientras que de ordinario se habla al respecto de una adhesión a la idea
trotskista de revolución permanente, lo cual es inexacto.

122
revolución parece demasiado difícil, y la magnitud de la empresa hace
que la acción sea desesperada.
Hay que insistir, por lo demás, en el hecho de que estos movi­
mientos. sean cuales fueren sus pretcnsiones y sus discursos viscosos,
jamás son capaces de realizar otra cosa que atentados, hold-up, se­
cuestros de embajadores, es decir, “golpes de mano" del peor estilo
blanquista. De este modo pueden inquietar a la opinión, crear un
clima psicológico propicio a una reacción fascista, pero demuestran,
por el estilo mismo de su acción, que no tienen ningún contacto efec­
tivo con el pueblo, que son incapaces de proceder a un análisis con­
creto en profundidad de la situación histórica, que no tienen ningún
proyecto real realizable. Con otras palabras, se trata de un romanti­
cismo infantil y recesivo. ¡Queda uno estupefacto al ver que, des­
pués de la reflexión revolucionaria de Marx y de Lcnin. se pueda
volver a un estadio anterior en el que se sigue confundiendo atentado
y revolución! Se comprende que, cansados de discursos e intentos que
no conducen a nada, la explosión de la revuelta parezca a la vez sana,
civil y capaz de barrer de golpe todo lo que nos oprime: no sólo la
miseria que oprime a los pobres, sino también la técnica, la burocra­
cia, la complejidad del mundo moderno que nos asfixia, esta sociedad
a la vez tentacular y absorbente. Con todo esto se acaba de golpe
entregándose a la revuelta en estado puro.
Ahora bien, pese a estas debilidades, los movimientos “revolucio­
narios” de América latina tienen tal vez un porvenir a pesar de las
reacciones fascistas (Brasil. Bolivia). Parece que. en algunos países,
la “subversión” acabará imponiéndose. Fals Borda muestra muy bien
cómo las estructuras sociológicas juegan en este sentido, por ejemplo,
en Colombia. Pero esta revolución sólo puede hacerse si se dan nu­
merosas condiciones favorables (por ejemplo, un apoyo de la opinión
mundial), y no olvidemos que este triunfo jamás será la revolución,
y ni siquiera su comienzo. Tal es exactamente el problema ante el
que nos encontramos, pues en seguida se comprende que la revuelta
no resuelve nada. De ahí que sea necesario considerar dos hipótesis:
o la guerrilla triunfa, consigue hacerse con el poder, o patalea. Se­
guramente, entre ambos extremos cabe una gama de situaciones. Por
supuesto, hay guerrillas que subsisten, otras establecen un cierto tc-

123
rrcno “liberado", otras obtienen un éxito temporal: el ejemplo más
típico es el de la victoria obtenida por la toma de la ciudad de Taca,
en Colombia, por un puñado de rebeldes. Pero esto no fue definiti­
vo (10 de febrero de 1969).
Vamos a considerar sólo los casos extremos. ¿A qué se llega en
ambos casos?

El único caso en que haya triunfado la guerrilla es el de Cuba


Un caso que. por lo demás, considero ejemplar. El problema consis­
tió entonces en pasar de la revuelta a la administración, en una igno­
rancia casi completa de las cuestiones económicas y de organización.
Che Guevara será designado director del Banco Nacional M. Habrá
que establecer el poder, lanzar reformas, reunir al pueblo, mantener
una vida económica (al principio, muy simple a causa del monocultivo:
¡se trataba únicamente de encontrar clientes!), se procederá por saltos
consagrando en forma espectacular y propagandística un año a cada
objetivo nacional, comprometiendo sucesivamente a todas las fuerzas
de la nación: 1966. año de la reforma agraria; 1961, año de la edu­
cación y de la lucha contra el analfabetismo; 1962, año de la plani­
ficación; 1963. año de la organización; 1964. año de la agricultura;
1965. año de la solidaridad... El propio método revela la imprepara­
ción. Cada vez se lanzan a una nueva aventura. Se quiere ver en la
organización y en el gobierno el espíritu de la guerrilla. Y sin la me­
nor duda se acometen enormes reformas, muy arriesgadas, sin un

Vcasc entre otros muchos: K. S. Karoi : Les guerrilleros au pouvoir.


I'itinéraire polilique de la révolmiou cúbame, 1970. Doble triunfo, el de la
revolución violenta y el de la reconversión económica que ha permitido a
Cuba prescindir de los Estados Unidos. Pero no es preciso recordar que la
supervivencia del régimen de Cuba depende directamente de Rusia y cuesta a
ésta, cada día, un millón de dólares. Sin este “sacrificio”, el régimen se des­
plomaría. Más aún. como opinan los propios dirigentes cubanos, la supervi­
vencia del régimen exige también o el establecimiento de otro régimen revo­
lucionario con el que corresponder en América latina, o un clima inestable y
revolucionario en todo el continente. Pero desde la revolución chilena, la
situación no ha mejorado en tal sentido.
M Su notable incompetencia en este puesto aparece en “Che Guevara”, se­
lección de textos publicados por Le Poínt. 1969.

124
plan coherente; las empresas no obedecen a ningún método ortodoxo,
pero impresionan a la imaginación por su fantasía y envergadura,
desaparición de la corrupción, reforma agraria, comienzo de la ins­
trucción de todo el pueblo, comienzo de industrialización, y sobre todo
la célebre reforma monetaria, cuyo objetivo era suprimir el dinero con
el extraordinario sistema de las desigualdades salariales para un mismo
trabajo y un mismo puesto, es decir, según la mayor o menor adhe­
sión de cada uno a la revolución. Y así se mantiene un "salario his­
tórico" para los adultos que todavía lo desean; con frecuencia se le
deja al trabajador el cuidado de fijar su salario, pero todos están so­
metidos a la propaganda 5i contra los egoístas y la presión del medio,
y sobre todo de los jóvenes. Es cierto que esta tendencia a la supre­
sión se basa en el establecimiento de un enorme complejo de servicios
públicos gratuitos. Pero también en la ausencia completa de produc­
tos de consumo... No se necesita el dinero, porque no hay prácti­
camente nada que comprar, aparte de lo estrictamente necesario para
vivir. Se trata, pues, de momento, de una sociedad digamos ascética
y de participación. Pero, como alguien ha dicho con cierta malicia,
“lo que se comparte no son los frutos de la expansión, sino las difi­
cultades que tiene que afrontar el país para librarse del subdesarro­
llo...". Es cierto que la nación vive en la participación, pero ésta
sólo existe de manera visiblemente unánime gracias a una intensa
propaganda. De modo que todo se ha ido haciendo bajo el impulso
del poder, en una invención constante, en la improvisación que puede
dar la impresión de incoherencia y. en todo caso, sin doctrina, ya que
la inspiración socialista se halla presente como bandera para cubrir
todo lo que se considere necesario. Se hace una economía planifica­
da sin tener la menor idea de la planificación. Se establece la recon­
versión de las tierras destinadas al cultivo de la caña de azúcar sin
hacer un estudio del terreno, sin preparar a la clase campesina. Se
decide la industrialización en el momento en que — a causa de me-*

* La participación se efectúa principalmente gracias a una intensa propa­


ganda. F.l propio Castro reconoce que la opinión en Cuba es muy incierta y
versátil. “Esta versatilidad es tal que cada quince días es preciso hablar al
pueblo, lo mismo que se administra una poción”, e incluso la clase obrera “da
la impresión de no haber comprendido el nuevo papel que tiene que desempe­
ñar" (discurso del 11 de noviembre de 1961).

125
didas sociales muy duras— se induce a la casi totalidad de los inge­
nieros y de los técnicos a expatriarse. Se decide aumentar la produc­
ción de azúcar en el momento en que se hace la reconversión de las
tierras para la cría de ganado. Luego, una vez abandonada la diversi­
ficación de los cultivos (1963). se decide una nueva reconversión de
las tierras para destinarlas al cultivo de la caña de azúcar. Podrían
multiplicarse los ejemplos de graves errores (conocidos no por los pro­
pagandistas enemigos, sino por las propias declaraciones de Castro),
los fracasos económicos, el mal funcionamiento de la reforma urba­
na, la escasa adhesión del pueblo a todas estas empresas. Pero todo
esto no constituye, a mi entender, una crítica de fondo50. Revela
simplemente la falta de conocimientos económicos y sociológicos de
hombres que pensaban con ideas políticas, así como la ausencia de
una doctrina general. Pero ante una necesidad cada vez más ineludi­
ble, y a pesar de la persistencia de sus discursos explosivos, Castro
no tuvo más remedio —para mantener su poder— que reconocer el
primado de la organización, el desarrollo de las competencias, la
creación de una administración cada vez más racionalizada. Se asistió
entonces a la creación de una considerable burocracia, contra la cual
por supuesto no se deja de protestar oficialmente, una burocracia a
la que se critica, pero sin ulteriores consecuencias, pues ¿cómo podría
funcionar sin esta burocracia la totalidad de los servicios sociales gra­
tuitos? Análogamente, se ha invertido la idea simplista del comienzo
según la cual habría que hacer primero la revolución social, y la
revolución económica vendría después. Hoy Cuba concede prioridad
al desarrollo económico.
De este modo se iba constituyendo progresivamente la doctrina
que hacía falta, por vía pragmática y sobre todo por vía de oposi­
ción a los otros. No hay duda de que la originalidad de Castro con­
sistió en querer diferenciarse tanto de los países occidentales como de
los países socialistas.
Los objetivos de la política cubana han sido muy bien definidos
por A. Biron: promover un frente antiimperialista unido de todos los
países socialistas, trabajar para extender la revolución (las masas ha­

“ Véase la crítica detallada de tantos errores en D umont: Cuba -est-il soria-


liste?. 1970.

126
cen la historia, pero tienen que ser lanzadas a la lucha por jefes y or­
ganizaciones revolucionarias); debe darse prioridad a la lucha revo­
lucionaria (que acabará uniendo en la acción a los marxistas dividi­
dos), teniendo en cuenta que los partidos comunistas no pueden ser
más que un elemento del movimiento revolucionario más amplio, que
los “revolucionarios oficiales" (es decir, la U. R. S. S.) deben ser
puestos a prueba, y que la estrategia debe basarse en un movimiento
rural... (¡No se comprende cómo con orientaciones de este tipo se
podía pretender unir a los marxistas!) Todo esto está muy bien, pero
ante todo hay que preguntarse a que corresponde en todos estos dis­
cursos la palabra revolución.
Castro ha querido crear una vía particular en Cuba, pretendien­
do que esta vía sería válida para todos los países de América latina.
Sin embargo, sólo afirmando que cada país tiene sus características,
que cada revolución produce circunstancias nuevas, llega a la norma
de no copiar a nadie. “Los revolucionarios cubanos son los que
tienen que definir el socialismo cubano.’’ “En el caso de que algunos
se preguntaran cuál es el cerebro con el que hemos de pensar, res­
ponderíamos sin dudar que no tenemos necesidad de usar el cerebro
de otros, el espíritu revolucionario ajeno..., la inteligencia ajena.”
En 1967 afirmaba que la vía cubana no sigue “ni a Moscú, ni a Pe­
kín” . La revolución cubana no será jamás satélite de nadie. La doc­
trina se va constituyendo, en realidad, a golpes, obedeciendo a las
relaciones, a veces buenas y a veces malas, con tal o cual país.
Es cierto que Castro se deja guiar al hilo de los acontecimientos,
que se pasa a los rusos cuando los americanos le abandonan, y que
es comunista sólo por conveniencias. Lo importante para él es ejer­
cer el poder lo mejor posible. No tiene aparentemente otro fin ver­
dadero y sus relaciones dependen de las circunstancias, su persona
cuenta más que sus proclamaciones, sus actos más que su persona, y
el Castro de hoy no es el de ayer.
¿Dirá alguien que no hay necesidad de doctrina para construir el
socialismo y que, en definitiva, eso es lo que hace Castro? En ese
caso, es preciso tomar conciencia de dos cosas. Ante todo, el socia­
lismo no es un simple sueño vago, un impulso sentimental, una espe­
cie de inspiración intuitiva.... o bien tiene un contenido, o es socia­

127
lismo sólo porque así lo llama el gobierno. Ahora bien, hay refor­
mas (agrarias, por ejemplo) que corresponden a una cierta idea del
socialismo. Pero no se ve bien en que consiste realmente este socia­
lismo cubano que jamás ha sido definido, a no ser por decisiones gu­
bernamentales, por lo demás muy variables concretamente. El se­
gundo hecho es más grave: no existe una doctrina clara del poder
que establece una ortodoxia en nombre de la cual se excluye, se eli­
mina, se dimite a las autoridades, se condena. Castro llegó con un
equipo, había formado parte de la oposición a Battista. Y esto con­
taba precisamente en la medida en que originaba una rebelión cuyo
fin era la toma del poder. Pero cuando se tiene que ejercer el poder,
es preciso formular una ortodoxia, de donde la eliminación de los
antiguos aliados. Es necesario recordar por lo menos esta elimina­
ción, que sólo puede compararse con la que Stalin hizo de los más
fieles bolcheviques. Morgan, Cañeras, fusilados el 13 de marzo
de 1960; el director de la Bohemia, que había financiado a Castro,
Menéndez, nombrado presidente de la Corte Suprema, se ve obligado
a huir a causa de lo que se le exigía; Olivier Labra, nombrado rector
de la Universidad de Las Villas, para ser luego detenido; W. Castro,
secretario general del Comité de la Organización Revolucionaria In­
tegrada de La Habana (pero esto está ligado al ataque contra los
comunistas y su jefe, Escalante); serie de ejecuciones de jefes de la
Policía en septiembre de 1962; detención de los jefes de los sindica­
tos obreros en noviembre de 1960; huida de Díaz Lenz, jefe de la
aviación castrista. David Salvador, uno de los jefes maquis de la Sie­
rra Maestra, presidente de la Federación de los sindicatos obreros;
Agramonte Molina, también jefe de los maquis de Agramonte, dete­
nidos ambos y condenados; el jefe del Estado Mayor, Sergio del Valle;
el comandante del Ejército del Oeste, García, de los cuales, destitui­
dos, no se vuelve a tener noticia (abril de 1966); Ordoqui, dirigente
del partido socialista popular, y su mujer, detenidos y silenciosos;
Martínez Sánchez, miembro de la dirección del P. U. R. S., que in­
tenta suicidarse después de ser detenido y acusado. Sin contar los
innumerables compañeros anónimos del principio... Es demasiado fá­
cil declarar que las purgas del principio fueron obra de los comunis­
tas, dirigidos por Escalante (que había sido puesto al frente de la

128
O. R. I.), y que Castro nada tuvo que ver con ellas..., que sólo
después descubrió los desaguisados del Partido, y que la segunda ola
de purgas se abatió sobre los comunistas, comenzando por el propio
Escalante. Tal es la versión oficial, según la cual Castro, “ingenuo y
sin experiencia” , lo había puesto todo en manos del P. C. y de su jefe,
Escalante, que habría reagrupado a los tres movimientos revolucio­
narios.
Según esta versión, fue Escalante quien liquidó a los amigos de
Castro porque no' eran comunistas, y de repente, en 1962, Castro se
percata de ello y liquida lo que él llamaba el sectarismo, denuncia los
errores cometidos por Escalante, le acusa de hacer una política “no
marxista” y de hecho “contrarrevolucionaria” , y entonces comienza
la purga de los comunistas que ocupaban puestos importantes, con la
purga de Escalante, jefe de sindicatos, director de periódicos, presi­
dente del Instituto de Reforma Agraria...
La historia es demasiado magníficamente oficial. No explica las
purgas de no-comunistas posteriores a 1962, y hace suponer una
considerable ceguera en Castro. Más verosímil es la utilización por
Castro de los comunistas para liquidar a aquellos de sus antiguos
colaboradores que le estorbaban, y luego la liquidación de los comu­
nistas apoyándose en las nuevas promociones y en el ejército... Y las
purgas no han terminado, a pesar del tiempo. Todavía en 1968 se
anunciaba una acción contra ciertos intelectuales, escritores, artistas
demasiado liberales, no suficientemente politizados. ¡Tal vez la “dic­
tadura literaria” de Otero puede compararse a la famosa de Idanov!
Conocemos la dramática confesión, autocrítica y humillación de Pa­
dilla. Ahora bien, en el fondo de todo esto está el problema del Es­
tado. Ha habido purgas en todos los sentidos a medida que el gobier­
no iba estableciendo su línea y exigía una obediencia estricta 5T. Los
que habían hecho la revolución eran contrarios a este orden, a esta

" Dónde, pues, tras el proceso de Heberio Padilla y su trágica dimisión,


se sitúa el gran entusiasmo de Claude Roy de 1968: “El proyecto socialista
ha conservado su incandescencia allí donde Fidel promete y dará tal vez a su
pueblo una sociedad en la que la vivienda, la comida y el vestido sean gratui­
tos, en la que el dinero no tendrá ya ni sentido ni precio. Y en la que. al mis­
mo tiempo, la literatura y el arte parecen totalmente libres..." En 1971 estas
visiones se pierden en la noche de los tiempos.

129
organización (sin percatarse de hasta qué punto se hallaban atenaza­
dos: o entrar en esta vía. o preparar la contrarrevolución por el des­
orden generalizado), y entonces comenzaron las purgas. El equipo gu­
bernativo que accede a plegarse al sistema estatal se ve forzado a des­
embarazarse de los antiguos camaradas, auténticos revolucionarios, en
nombre de la razón de Estado que se impone indefectiblemente, no
por perversión, debilidad revolucionaria o vicio individual, gusto del
poder, etc., sino porque ésa es la razón última en nuestra sociedad
moderna y porque los que acceden al poder lo comprenden inmedia­
tamente. Cuba no ha hecho otra cosa. Tal vez ésta es la razón de
que el “Che” se marchara. Tal vez se había formado “de la revolu­
ción una idea tan absoluta, tan entera, que comprometía por ello mis­
mo la existencia del país en que acababa de triunfar” . No existe ya
la menor duda acerca de la ruptura entre Castro y Guevara (¡al que
no se le puede acusar de identificación con el partido comunista!).
Guevara se marchó como consecuencia de su oposición a la nueva
tendencia, es decir, a la organización de un Estado, de una adminis­
tración regularizada, de un sistema y de una línea de gobierno. El
rebelde, el sublevado, no podía aceptar esto.
Guevara, en su posición de rebelde, hizo estallar la contradicción
entre el “castrismo” original y el socialismo marxista, cuando, por
ejemplo, en el célebre discurso del 13 de marzo de 1967, proclamó
que el marxismo de tal o cual partido comunista es indiferente, que
lo único que hay que tener en cuenta es la acción de explosión re­
volucionaria. sean cuales fueren su origen y su doctrina, ya que “los
verdaderos revolucionarios” llegarán siempre, necesariamente, al mar­
xismo... Pero, para él, esto es siempre secundario, pues su imagen del
rebelde se asocia al admirable retrato del guerrillero que Guevara
traza en La guerra de guerrillas (1960), donde insiste sobre la virtud,
la austeridad, la asccsis. la moralidad, el autocontrol. El guerrillero
es una especie de santo. Esta es una dimensión de la revuelta, no de
la revolución r,!*.
La productividad, la organización económica o administrativa, no
le interesan. Conocemos su teoría de los “estímulos morales” para

M Selección de textos en "Che Guevara" editados por Le Point, 1969.

130
aumentar la producción, rechazando los “estímulos materiales” ; pero
este idealismo tenía que chocar con la dura permanencia de una
“naturaleza" humana escéptica c interesada, lo mismo que con la
realidad. Guevara buscaba algo totalmente distinto, lo que él llama­
ba “la identificación perfecta entre el gobierno y la comunidad” , pero
por unas vías completamente nuevas, que confesaba no haber encon­
trado. Volvió a su papel de rebelde cuando comprendió que el paso
de la revuelta a la administración era ya un hecho. Y Castro no
le apoyó cuando hacía la guerrilla en Bolivia. La opción era decisiva.
Pues, habiendo triunfado la guerrilla, permaneciendo fiel a sus prin­
cipios sin pasar el Rubicón hacia la sociedad organizada, ¿qué ha­
bría podido producir? Una nueva forma de “marginalidad” , puesto
que. al destruir la sociedad participante tradicional, sólo habría apa­
recido un “cuerpo embrionario en ebullición permanente” . Más aún:
la base de la sociedad, convertida en puro instrumento para esta forma
elemental del poder, estaría excluida más que nunca de la red de las
decisiones, ya que el propio sistema de la guerrilla implica la elimi­
nación de la posibilidad de acceso a la decisión por autonomías fun­
cionales articuladas. Y esto produciría una recesión que hoy sería
impensable. Pero esto nos lleva necesariamente a plantear el proble­
ma de saber si realmente Castro ha hecho una revolución. A nivel
social y económico, en relación con la situación anterior de Cuba,
su situación de país subdcsarrollado y explotado, podemos decir que
ciertamente hubo revolución. Pero, una vez más, revolución de esti­
lo antiguo, orientada a reformas que no conciernen a nuestro mundo
y que, por el contrario, no pretenden más que colocar a Cuba entre
las potencias modernas.
Por lo demás, es interesante subrayar que no fueron eliminados
sólo algunos individuos, sino grupos enteros. La juventud quedó ex­
cluida del poder: “También aquí la juventud ha llegado a destruir
de una manera liberadora; no ha conseguido edificar un orden cuyo
control estuviera en sus manos” , dice Fougeyrollas refiriéndose a Cu­
ba 50. Este papel de la juventud al principio era sólo posible en un*

* F ouü[Link]: ‘‘La jeunesse el les révoluiionnaires de 1960”, en Chris-


tianisme social, 1961. Un detalle importante: Fougeyrollas subraya que, en
Cuba, la ideología castrista ha expresado la preeminencia de la juvenilidad a

131
país subdesarrollado. A este respecto, se exalta una gran experiencia
revolucionaria: la de la sociedad de la “isla de los Pinos” . En 1964,
resolvió Castro fundar de raíz, sobre una isla casi desierta, y con
una población de jóvenes, una sociedad comunista. La empresa pa­
recía posible, puesto que se partía de cero. Cuarenta mil jóvenes fue­
ron transportados a la isla. Unión del trabajo manual y del trabajo
intelectual. Transformación de la célula familiar — corte entre jóve­
nes y adultos— , desarrollo de una vida comunitaria total. Alojamien­
to y alimentación gratuitos, con salarios muy reducidos (sin que se
suprimiera completamente el dinero...). Tales son los principales ca­
racteres de esta empresa. La cual, sin embargo, no es más revolucio­
naria de lo que fueron los kibbutzin al principio. Y, sobre todo, la
proclamación de Castro, en enero de 1967, al señalar la isla de los
Pinos como la experiencia comunista ideal, ¿no era (precisamente
porque no pasó de ser una experiencia) la confesión del fracaso del
socialismo-comunismo?
Por otra parte, ¿ha realizado Castro su afirmación de creación
específica, totalmente diferente de todo lo existente antes en todas
partes? ¿Ha cumplido Castro, o está en vías de cumplir, lo que había
prometido: la creación de un hombre nuevo? Recuerda sin cesar que
la revolución es una pedagogía permanente, quiere dar al pueblo una
educación política; lo más urgente es educar a los hombres. Pero ¿de
qué educación se trata? Ante todo, de una educación moral: es pre­
ciso construir un hombre que sea capaz de vivir en la sociedad co­
munista. “Jamás podrá haber sociedad comunista si no se educa al
hombre para vivir en esta sociedad” (18 de julio de 1966). Viejos
discursos — y vieja pretcnsión— de todas las dictaduras modernas.
Castro no inventa nada: de lo único que se trata es de manipular,
de fabricar el hombre, de obligarle psicológicamente a ser otro... “For-
maremos un ser carente de egoísmo, exento de las viejas taras del
pasado, con un sentido colectivo del esfuerzo, con un sentido colec­
tivo de su fuerza” (9 de diciembre de 1967). Pero, ¿cómo puede ha­
blarse de libertad en semejantes condiciones? ¿Cómo puede decirse
que Cuba sea un ejemplo de “revolución de la libertad”? Se trata

propósito de la revuelta. Pero una vez conquistado el poder, “el tiempo de la


juvenilidad ha pasado y ha sido superado” .

132
de dictadura con el uso de la propaganda. Y ninguna dictadura con­
duce a la libertad en un segundo tiempo. Cuando al hombre se le ma­
nipula de este modo, el gobierno no puede menos de ser totalitario.
La libertad tiene que ser aplazada a un futuro imprevisible e indefi­
nido..., como la felicidad y la igualdad en pro de los pobres en el
sistema capitalista.
La formación del hombre tiene que ser también intelectual. Pero
¿que formación? Castro nos da la respuesta: “La técnica y el des­
arrollo de la formación técnica son la clave de la economía.” No se
llega a la abundancia sin la técnica, y no se llega a la técnica sin
la preparación masiva del pueblo en esta técnica” (18 de diciembre
de 1966). Razonamiento impecable..., pero que supone la plena acep­
tación de la civilización técnica. De eso se trata.
Castro adopta un programa de tecnificación a ultranza. Si no la
consigue, es porque no cuenta con la ayuda de los diferentes países
que él rechaza; pero su objetivo es claramente la aplicación de las
técnicas modernas y la industrialización. Consigue obtener la cons­
trucción de una fábrica por Checoslovaquia, compra o se hace rega­
lar todos los equipos de transportes y de industria necesarios para
el crecimiento industrial. En 1968 proclamaba: “Habladme de técnica,
y no de economía...” También aquí, sigue la política inevitable. Es
cierto que para salir del subdesarrollo hay que recurrir a la técnica.
Pero entonces no hablemos de revolución. Porque la sociedad técni­
ca es fundamentalmente la misma en todas partes, y dicta sus impe­
rativos a la política y a la ideología. Castro lanza a Cuba por la vía
de la técnica y forma al hombre para ella. Hace bien en elevar el nivel
de vida. Pero entra en un engranaje que, por una parte, es irreversi­
ble y. por otra, implacable. Llegará hasta el final y creará una so­
ciedad idéntica en definitiva (y a pesar de las apariencias relativas a
la supresión de la propiedad privada y a la usencia de capitalistas)
a la de los países occidentales; es decir, aquella contra la que debería
hacerse la revolución necesaria. Como partidario de la técnica mo­
derna, Castro adopta el más peligroso modelo de identificación. No
es en absoluto revolucionario en este punto, es decir, no lo es en
modo alguno, a pesar del fuego de sus discursos.
Por lo demás, en el pensamiento de los guerrilleros se designa

133
a veces a la técnica como meta de la revolución. Camilo Torres, en
su “sistema” , hace de la técnica el medio para la unidad de la na­
ción. y no sólo del desarrollo. ¡Técnica por todas partes!
La tecnificación lleva consigo la ideología del trabajo. Los cam­
pesinos creían que la liberación anunciada por Castro era la libe­
ración no sólo de su amo. de la dictadura, sino más aún de esa otra
dictadura más inmediata que es el trabajo. Se dieron vacaciones...,
pero Castro restableció rápidamente el orden. Se trataba, por el con­
trario, de trabajar más que antes para construir la patria del socia­
lismo. Y como los medios de persuasión no bastaban, en agosto
de 1962 se estableció la cartilla del trabajo: todo trabajador tenía
que llevar una cartilla en la que constase su situación, sus cambios
de empleo, sus salarios, etc. Su finalidad era controlar y encuadrar
a la clase obrera (que era particularmente hostil al régimen). Al mis­
mo tiempo se fijaron penas contra los obreros que faltaban al tra­
bajo. No es, evidentemente, el caso de autorizar la huelga. Se blo­
quean los salarios, se restringen los permisos que se habían conce­
dido en el momento de la llegada al poder (de treinta días se pasa
a diez), se decide que la administración podrá trasladar autoritaria­
mente a los obreros de una empresa a otra... Finalmente, el Estado
se dota del último gran aparato de un Estado moderno, la propagan­
da, que es una de las constantes de este régimen. Manifestaciones
masivas y desfiles oficiales, pancartas con citas de Castro, retratos
gigantescos, radio obsesiva y, sobre todo, los propios discursos de
Castro, que es un excelente propagandista.
En segundo lugar, conviene recordar el nacionalismo de Castro.
Como todos los países del tercer mundo, Cuba se halla inmersa en
el nacionalismo. Debemos generalizar: según el excelente estudio de
S. Cerqucirauo, ninguna revolución puede triunfar en América lati­
na si no puede ligarse la cuestión agraria (eliminación de los latifun­
dios y minifundios, juntamente) con el nacionalismo (independencia
político-económica frente al extranjero). Ahora bien, aquí encontra­
mos a la vez la base y el objetivo de la “revolución". La base, debido
a que la insurrección capcsina contra el gran propietario y el odio

® Silas C [Link]: “Mouvements agraires. Mouvcments nationaux et révo-


lution en Amcrique latine", Revue franfaise de Science politique, 1969.

134
contra la explotación extranjera (que se desenvuelve en la ciudad)
son los únicos temas de voluntad revolucionaria en cuanto son los
únicos que provocan la subversión. El objetivo, en cuanto no puede
proponerse ningún otro... Un programa agrario que elimine los lati­
fundios se convierte necesariamente en una revolución campesina,
pero ésta no puede llevar a ninguna parte si permanece sola. Un pro­
grama de independencia económica, de nacionalizaciones industriales,
se convierte necesariamente en una revolución nacionalista-urbana,
pero tampoco puede triunfar si se acantona en la lucha nacional:
sólo la conjugación de ambas fuerzas ofrece posibilidades. Es lo que
Conrad D etrey,!l presenta como la “síntesis” de las dos corrientes
revolucionarias (prioridad de lo político sobre lo militar con el par­
tido comunista, prioridad de lo militar sobre lo político con el foquis-
mo): unión de lo político y lo militar, articulación guerrilla-masa,
vinculación táctica proletariado urbano-campesinado, lo cual debe lle­
var a la“gucrra popular” , de la que da como ejemplo la acción de
C. Marighela en Brasil. Pero esto presenta al mismo tiempo los lími­
tes de esta “revolución” y su carácter ancestral.
Uno de los grandes resortes de la política es puramente naciona­
lista. La revolución es ante todo nacionalista, y sólo después puede
hablarse de un nacionalismo revolucionario. Su anti-imperialismo ame­
ricano no es tanto la expresión de un socialismo como de un nacio­
nalismo comparable al de los pueblos europeos del siglo xix. No pue­
de decirse que esta postura sea revolucionaria. Al contrario, es el
colmo de la identificación con el mundo occidental, la participación
en una ideología fundamental, común al clan capitalista y al clan
socialista. El primer imperativo de un poder revolucionario es ser
antinacionalista. Pero — se dirá— en estas condiciones, no podría
subsistir, sería derrotado. Eso es lo que nosotros afirmamos: la po­
lítica tradicional de eficacia que implica el nacionalismo se ha im­
puesto en Cuba sobre el espíritu de revuelta, sobre la explosión de
libertad. No podía ser de otro modo, puesto que no existía ninguna
formación revolucionaria precisa. Junto al nacionalismo encontramos

■" Conrad [Link]: “Nasserisme. castróme ou guerre populaire'’, Esprit,


1969.

135
por supuesto al militarismo °- y al estatismo, que no ha dejado de
desarrollarse en Cuba. Naturalmente, si dijéramos que se trata de
una dictadura como cualquier otra, provocaríamos protestas indig­
nadas. Digamos que es un Estado centralizado (a pesar de los débi­
les esfuerzos de descentralización inmediatamente anulados), policia­
co y burocrático, como cualquier Estado moderno. Este estatismo es
tanto más importante cuanto que se enlaza con el que se desarrolla
sin revolución en toda la America latina: Castro es sólo un caso entre
los demás del mismo desarrollo de estructuras fundamentalmente idén­
ticas.
¿Qué queda de los programas de Dorticos, para quien la revolu­
ción consistía en “dar a los trabajadores de las ciudades y del campo
el control efectivo de sus instituciones sociales, para que ellos pudie­
ran organizar libremente su trabajo y decidir sobre la distribución
colectivista de los frutos"? Topamos con un estatismo, con una pla­
nificación rígida y terrorista, y con la “organización de la sociedad
según el modelo del ejército” . Y se paga muy caro un desarrollo lento
y mediocre, con numerosos fracasos económicos. (La famosa cosecha
de azúcar de diez millones de toneladas en 1970, por la cual se había
desquiciado toda una parte de la economía, fue un fracaso.) ¿Dónde
está aquí la revolución? ¿A qué conduce todo esto?
El estatismo tiende a ser totalitario con la estructura del partido
único y de los sindicatos oficiales para unificar mediante la pura cons­
tricción y obligar a la producción y a la modernización. Ahora bien,
antes de tomar el poder, Castro había anunciado que no establecería
la dictadura y que lucharía contra la estatización. Estado militarista,
que ha convertido al servicio militar, incluidas las mujeres, en una
de las claves de la organización del poder. Estado policiaco, y no
debemos olvidar que los campos de concentración, con el nombre
de unidades militares de ayuda a la producción, fueron creados ya
en 1960. En estos campos son encerrados los objetores de concien­
cia, los homosexuales, los adversarios del régimen, los “parásitos so-

“ Sobre el militarismo, de la enseñaza y de la economía por ejemplo, y


la influencia decisiva del ejército, en todas las experiencias sociales, véase
D dmont: Cuba est-il socialiste? Pero ¡ya sabemos lo que es un socialismo
militar! Véase también Karoi.: op. cit.

136
cíales". Permanecen en ellos por un tiempo indeterminado, fijado por
la administración de manera arbitraria, y tienen que realizar un tra­
bajo gratuito para remediar la caída catastrófica de mano de obra
en las plantaciones de caña de azúcar. Esto era conforme a la ideo­
logía técnica del trabajo. Y esto se confirmó cuando, en enero
de 1971, se dictó la ley sobre trabajo obligatorio (condenando a los
desocupados a trabajar en centros de reeducación) y la “caza a todas
las actividades parasitarias y antisociales". Nos encontramos muy cerca
de los famosos campos stalinianos de reeducación por el trabajo (que
se quería diferenciar a toda costa, en 1950, de los campos de con­
centración nazis, pero luego...). Estos campos, como la jornada de
vindicación del 21 de enero de 1959 a:l, revelan la verdadera naturale­
za de este Estado. De este modo. Castro adopta la posición más an-
tirrevolucionaria: el estatismo.
Debemos, pues, afirmar que el resultado de la rebelión castrista
ha sido la constitución de un Estado moderno equipado con todo lo
que constituye un Estado cualquiera, revolucionario porque tal se afir­
ma, pero por lo demás totalmente conforme al esquema común.
Este gran movimiento tiende a racionalizarse todavía en 1971.
Las tendencias que hemos ido descubriendo, que estaban en germen
ya en el momento de la toma del poder, y que no han hecho más que
crecer y afianzarse según la lógica implacable de nuestra sociedad,
obligan ahora a abandonar todo lo que constituía el penacho de esta
“revolución” . El cscclentc análisis de Van Hecke lo cualifica de paso
de la utopía a las realidades M. Es el paso del espíritu de rebelión,
de la voluntad de justicia total, de la reedificación de un hombre in­
tegral, de un cucstionamicnto del mundo moderno en su totalidad, al
triunfo del Estado y de la técnica. Es la segunda muerte de Che
Guevara.

” Conviene recordar que Castro proclamó el 2 I de enero de 1959 una jor­


nada de la justicia que se convirtió en jomada de venganza. Convocó a la
muchedumbre de La Habana ante el palacio presidencial para que fuera apro­
bada plebiscitariamente la política de justicia revolucionaria hecha hasta en­
tonces. Esto se convirtió en una especie de tribuna) popular de cien mil per­
sonas que votan por aclamación la muerte de tal o cual enemigo del pueblo...
Con este acto de demagogia quedó necesariamente constituido el estado dicta­
torial.
"* Le Monde, 1971.

137
La guerrilla triunfante queda marcada necesariamente por el gus­
to del poder absoluto, por un desprecio real (a pesar de lo que se diga
en contra) por la masa, a la que se considera incapaz de inventar el
instrumento de su emancipación y la forma de la sociedad socia­
lista. La guerrilla es cosa de revolucionarios profesionales, a los que
la profesionalización hace perder el sentido profundo de la revolu­
ción para ejercitarse en una táctica heroica inserta en una revuelta
de adolescentes.
En una palabra, la gran empresa de Castro en todo lo que tiene
de justo y de sano es la revuelta. Contra la dictadura, contra la ex­
plotación. Sentimiento profundo del escándalo y de lo inhumano.
Inmediatez de la acción. Voluntad de “responder directamente me­
diante un acto humano de protesta y de lucha a toda situación de
injusticia, de explotación y de inhumanidad, probablemente a una
teoría sobre el hombre y sobre la sociedad” , visión global de una
redención de la humanidad, moral de la convicción y del compromi­
so. radicalismo (subordinado todo a la revolución) y antisectarismo
(ningún partido debe dominar dogmáticamente...). En todo esto en­
contramos los rasgos precisos de la revuelta, de la revuelta histórica.
Pero cuando este gran impulso conduce a la toma del poder, a la
instalación.... la máquina se pone en marcha, y el marco estatal,
técnico, nacional, hace entrar el torrente loco en la conducción for­
zada que le lleva adonde él no quería. De la revolución no queda
más que la palabra.
Cuando la guerrilla-revuelta pasa al estadio de la revolución y se
realiza vemos aparecer: una estructura económica racional, un des­
arrollo técnico, un Estado centralizador que tiende a ser totalitario,
un nacionalismo resultante de la conquista de la independencia frente
al extranjero; es decir, que esta revolución consigue resultados que
Occidente ha conseguido hace medio siglo o más. En cuanto al so­
cialismo. es ficticio o está superado, es decir, soluciona problemas
ya caducos. En América latina, las revoluciones son revoluciones
del siglo m x occidental. Carecen de toda referencia a la situa­
ción de Occidente y no pueden representar una revolución válida
para 1970.

138
¿Qué sucede con la guerrilla cuando no triunfa, cuando se limita
a mantenerse sin ser liquidada?
¿Puede normalmente triunfar la guerrilla? Es difícil responder a
esto, ya que no se pueden medir exactamente los hechos. Con fre­
cuencia los revolucionarios inflan el fenómeno de la guerrilla con fi­
nes de propaganda, pero también puede hacer lo mismo el gobierno
para justificar su dictadura. Sólo podemos formular dos juicios glo­
bales: es evidente que el movimiento de los invasores del Perú, basa­
do en la conciencia y en las necesidades más profundas de los campe­
sinos, puede agitar a la población, pero no tiene ninguna posibilidad
de desembocar en revolución. Lo más que puede conseguir son al­
gunas leyes reformistas (Belaunde) o una reforma agraria (Alvara-
do, 1969), ciertamente importantes, pero que no constituyen más
que el final de un largo proceso al que la oligarquía no era realmen­
te hostil: es una mejora de las condiciones de vida de los campesi­
nos. pero no una revolución.
Por el contrario, la guerrilla que trata de tomar el poder por la
fuerza, en rigor puede conseguirlo, pero no corresponde al sentimien­
to de la masa, precisamente porque sólo es política. La excelente
fórmula, parodia de Clauscwitz: la guerrilla es la politiquería por
otros medios, resume bien la cuestión "¡\ Las masas indias que se
lian puesto en movimiento para reconquistar sus tierras, no responden
a la incitación del guerrillero. En ninguna parte, en las guerrillas
actuales, podemos encontrar aquellos datos que supone la concepción
teórica del movimiento por Castro o Guevara. “El Contra-Estado no
puede escapar a los fenómenos de la sociedad que pretende conquis­
tar, y que sigue viviendo y modificándose.’' “La guerrilla no es el
único centro capaz de subordinar a su concepción y a su táctica las
demás numerosas manifestaciones de la vida política y social” (Mer-
cier).
Normalmente, la guerrilla es un movimiento abocado al fracaso.
Podemos seguir a Norman G a llft,< en su implacable análisis de las
guerrillas. Nada ha venido a confirmar el análisis del Che cuando *

*5 F avre : “Développcmeni ei formes du pouvoir politique au Perón".


A im lyse el Previsión. 1969.
"L 'h cniage de Che G uevara” . Espirt. 1969.

139
declaraba que en la guerra de guerrillas: “ l.° Las fuerzas populares
pueden ganar una guerra contra el ejército regular. 2 ° No siempre
hay que esperar a que se den todas las condiciones para hacer la
revolución: el foco insurreccional puede hacerlas surgir. 3.° En la
América latina subdesarrollada, el terreno fundamental de la lucha
armada debe ser el campo." La experiencia de los últimos años
demuestra el error de todo esto.
El éxito de la revolución cubana ha entusiasmado a muchos.
Pero no se ha apreciado suficientemente el concurso de circunstancias
que le hizo posible. Era el primer ensayo de este género, aparente­
mente poco peligroso. Los Estados Unidos apenas lo tomaron en
consideración, los grupos marginados cubanos estaban bien prepara­
dos; la acción había de desarrollarse en una isla bien delimitada; el
dictador no se apoyaba en ningún grupo social: no representaba a la
oligarquía. Battista había llegado solo, y solo se fue, sin que pode­
rosos intereses trataran de defenderle...
Bcachler analiza agudamente las condiciones que hicieron triunfar
a Castro. El régimen de Battista era objeto de oposición unánime.
“Bastó que este régimen perdiera el apoyo de los Estados Unidos y
la fe en su propia estrella para que se impusiera la subversión... Para
que la mayoría del pueblo abandone la élite, se necesita una tal des­
composición del orden social, que (al límite) la guerrilla ni siquiera
es necesaria... Pero semejante coyuntura es tan excepcional que no
puede servir de modelo.’’ Ninguna de estas condiciones se dan en
los demás países de América latina, en los que en particular las an­
tiguas y nuevas oligarquías están dispuestas a luchar. Por otra parte,
los grupos marginales son por doquier muy pasivos, parásitos, están
dispersos, no manifiestan ninguna solidaridad, lo cual hace que los
guerrilleros sean considerados “como seres extraños, casi extrapla-
nctarios".
Finalmente, el ejército no es un simple instrumento manejado por
un poder decadente; se ha convertido (lo mismo que en Africa) en
la columna vertebral de la mayor parte de los regímenes de América
latina. Se comporta a veces como un partido, es capaz de una acción
razonada y de una búsqueda del orden en profundidad. Para que la
guerrilla pueda triunfar ahora, se necesitaría por lo menos que los go-

140
bicrnos fueran absurdos y que las clases dirigentes siguieran consi­
derando únicamente sus intereses más inmediatos. Ahora bien, pa­
rece que esto es cada vez menos cierto. Creer que los pueblos de
América latina se verán forzados a entrar en la lucha armada como
única oportunidad, es tener una visión muy superficial de la situa­
ción. Es indudable que la guerrilla, si consigue adaptarse, podrá ob­
tener algunos éxitos. Desde 1968, los tupamaros del Uruguay vienen
realizando secuestros y atracos, a veces en forma espectacular. Pero
¿son verdaderos guerrilleros? ¿Se trata de una adaptación de la gue­
rrilla al medio urbano, que abandona la esperanza de una subleva­
ción campesina, o bien son “justicieros” en el sentido popular del
término? Es difícil saberlo. En todo caso, no parece que este tipo de
atentados pueda quebrantar un régimen. También es cierto que puede
haber una coincidencia entre una explosión estudiantil y una suble­
vación campesina (Perú, junio de 1969), pero esto es algo que se
sale del marco de la guerrilla, y, por otra parte, la explosión de có­
lera no es aquí fuente de un verdadero impulso revolucionario.
En estas condiciones, la guerrilla se caracteriza por dos hechos
fundamentales. El primero es la tendencia al estallido, como en todos
los movimientos de rebeldía que no están fuertemente estructurados.
Por una parte, desde el conflicto que se produjo en Cuba entre los
castristas y los comunistas, la misma oposición se reproduce en todos
los países de América latina. Por todas partes las organizaciones co­
munistas, ya tiendan a la creación de repúblicas independientes o ac­
túen por medios políticos y siguiendo la táctica clásica desde Lenin,
están en conflicto con la guerrilla. Por lo demás, ésta ha tomado gene­
ralmente la iniciativa de la excomunión, afirmando que los partidos
comunistas son reformistas, concillantes, frecuentemente de acuerdo
con el gobierno establecido y sin ninguna intención revolucionaria.
Es evidente que no se trata aquí sólo de un debate sobre la táctica
(como el desarrollado por Dcbray), sino sobre la propia realidad re­
volucionaria de estos partidos. La violencia del conflicto con el P. C.
venezolano, en 1970, es un ejemplo extremo, anunciado desde mu­
cho antes, ya que en la Conferencia de La Habana de 1967 Castro
había acusado a este partido de querer provocar la ruptura entre la
revolución cubana y los países socialistas. El partido ha hecho inten­

141
tos concialiadores, pero ha chocado en Venezuela contra la intransi­
gencia de las formaciones que consideran que la lucha armada es
indispensable. Pero incluso entre éstos existen aún numerosas diver­
gencias. Algunos piensan que la lucha armada debe hacerla una élite
combativa. Otros opinan que la lucha debe ser sólo el apoyo de una
propaganda destinada a convencer progresivamente al pueblo para
que se comprometa en una oposición que podría ser incluso electo­
ral. Otros piensan que la lucha armada debe ser una guerra de todo
el pueblo. Esto da origen a múltiples organizaciones, rupturas, re-
agrupamientos... En Venezuela, el movimiento de la izquierda revo­
lucionaria (M. I. R.) parece haberse dividido en dos: una de las
fracciones acaba por aceptar una acción semilegal y una participa­
ción en las elecciones. El frente de liberación nacional, las Fuerzas
Armadas de Liberación Nacional (F. A. L. N.), que se reagrupan en
un comité de coordinación...
Por todas partes encontramos la misma dispersión de fuerzas,
que es aún más sensible cuando, como ocurre a veces, los grupos
entran en conflicto unos con otros. A esto es a lo que algunos acha­
can el fracaso de Guevara en Bolivia. No sólo no ha conseguido con­
vencer a otro centro guerrillero (del Nancahuazu), no se ha podido
organizar con los obreros de la alta meseta, sino que incluso parece
haber encontrado la oposición de los demás movimientos revolucio­
narios: el Frente de Izquierda de Liberación Nacional (F. L. I. N.),
del partido comunista pro-chino, del partido comunista boliviano
(P. L. B.), el Movimiento nacional revolucionario (M. N. R.), el parti­
do obrero revolucionario (P. O. B.), de tendencia trotskista: todos
estos movimientos están en conflicto más que en concurrencia unos
con otros. Pero parece que el que más directamente ha luchado
contra Guevara ha sido el partido prosoviético. “La política del
partido comunista prosoviético frente a la guerrilla ha evolucio­
nado desde el oportunismo a la traición.” 07 Es inútil multiplicar
los ejemplos. Se trata de una situación comparable a la de la
resistencia francesa antes de 1944. Pero es justamente característi­
ca de la creación de movimientos rebeldes, de lucha armada inme­

" V ki.ásquf.z D ía z : Im Bolivie <) I h em e ,tu “C he", 1968.

14?
diata contra un opresor o un invasor, que es algo muy distinto de la
revolución. Esta situación es específica de la clandestinidad rebelde,
no de la clandestinidad revolucionaria. Y, naturalmente, lo que agra­
va esta situación, y que es también un aspecto de la “revuelta” , es que
estas divisiones se producen entre un número ínfimo de participan­
tes.
Frente a esta dispersión se dan reacciones de coordinación, pero
esto no es más que lo que Fals Borda llama una renovación de la
utopía, bajo la forma en particular del pluralismo utópico de Camilo
Torres. Tentativa desesperada para que los rebeldes acepten una con­
cepción pluralista, que nada tiene que ver con un liberalismo burgués.
Torres propone una utopía a la guerrilla, pero ésta está viviendo ya
en y de la utopía, no es más que un gran sueño encarnado en mitos.
Y esto nos conduce directamente a un segundo carácter de esta
guerrilla interminable: su romanticismo (versión del sectarismo,
según el cual es imposible entenderse con el vecino), el papel que
desempeñan los mitos y la mística. Raúl Castro evoca expresamente
el romanticismo revolucionario, y creo, en efecto, que no se puede
caracterizar mejor a todo este movimiento. Se quiere crear una “aso­
ciación libre de revolucionarios” . Se tiene del marxismo una visión
romántica: “¿Quién lia dicho que el marxismo es la renuncia a los
sentimientos humanos, al amor a los amigos, al respeto a los cama-
radas? ¿Quién ha dicho que el marxismo consiste en no tener alma
ni sentimientos, cuando ha sido precisamente el amor al ser humano
el que le ha engendrado?” Es cierto que el autor de estas palabras
reconoce que no sabe gran cosa de Marx. Romanticismo del combate
inmediato y sin respiro. Tal es la postura de Guevara: “El combate
de los pueblos oprimidos de América latina no admite dem ora...” Tal
vez sea éste uno de los motivos del conflicto con Castro: Guevara no
podía soportar una política internacional que acabaría por entrar en
el juego de la coexistencia pacífica, pues los discursos violentos de
Castro contra el imperialismo no le impedían hacer una política muy
prudente en relación con los Estados Unidos.
Romanticismo del objetivo: para el Che era preciso “rehacer al
hombre", intentaba hacer para los oprimidos una nueva ley moral
que tomaría su valor del instinto de rebelión, tan viejo como el hombre.

143
No admitía ninguna ideología recibida, y en sus escritos se refiere
constantemente a valores como el honor, la venganza, el odio, que
son viejos valores de la revuelta, pero no de la revolución. Quería
ser puro, sin compromiso, sin facilidad pragmática.
Romanticisco de la pureza de la lucha armada. “América latina
no tiene salvación más que por la lucha armada.” “Los que en Cuba
creían en la posibilidad de una revolución al principio de la lucha
armada no eran más de veinte..., lo cual significa que las condicio­
nes subjetivas de conciencia del pueblo no existían aún... Creer que
la conciencia debe preceder a la lucha es un error...” De manera
contradictoria, Debray afirma aquí que “la guerrilla no es una aven­
tura novelesca” . Esta afirmación se comprende perfectamente, si se
tiene en cuenta que alude al carácter muy duro, concreto, de la gue­
rrilla. Pero, para justificar esta fórmula, añade: “Ella es un destino
irreversible para los hombres que han elegido la guerra revoluciona­
ria como significado de su existencia." Lo cual es una bella decla­
ración, pero típica de una intelectualidad romántica. Por lo demás,
él mismo evoca seguidamente a Guevara en términos místicos: “La
aventura de Guevara ha sido una aventura mística, y los últimos meses
de su vida han sido una pasión, su pasión revolucionaria. Recordaba
irresistiblemente la imagen de C risto...” “El Che quería acabar con
todo. Pesimista en cuanto al resultado del combate que estaba li­
brando, decepcionado por la forma en que evolucionaba la causa
revolucionaria en América latina, Guevara quiso en cierto modo echar­
lo todo a rodar...” Este será en adelante el tema místico desarrollado
en tomo a este héroe que perseguía no una transformación social
simplcmemente, sino una conversión del hombre. “Si el comunismo
no lleva a la creación de un hombre nuevo, no tiene sentido alguno.”
En torno a su persona se crean un misterio y un aura, una epopeya
y una martirología. Se forma una verdadera leyenda, en la cual tam­
bién entra Camilo Torres. Es importante subrayar que ni siquiera en­
torno a Stalin se produjo una explosión mística semejante a la que
se ha producido en torno a estos dos jefes comunistas.
¿Hablaremos de temperamento latino? Pero nada parecido encon­
tramos, por ejemplo, en relación con Durruti. Nos encontramos ante
un fenómeno específico, que se produce en los casos de revuelta pura;

144
Mandrin o Stenka Razin conocieron semejante adulación. Es claro
que en todas las revoluciones ha habido exaltación, cierta mística,
la formación de mitos. Pero creo que esta hipótesis del héroe revo­
lucionario, esta concentración tanto de maná como de virtudes, no
es revolución, sino adhesión sentimental, explosiva, desgarrada, a una
causa incierta, precisamente en la medida en que la revolución se
halla necesariamente mezclada de revuelta. Y cuanto más dudosa es
la causa, mayor es el factor místico; cuanto más puro es el impulso de
revuelta, más deben serlo sus héroes. La descripción que se nos hace
de Guevara o de Torres es exactamente la descripción del hombre
rebelado, no del revolucionario. La leyenda dorada que se forma en
torno a ellos es parte integrante de la rebelión de los oprimidos, no
de la revolución.
Lo mismo ocurre con la formación de los mitos, especialmente
del mito del castrismo. La fuerza de este mito reside en el hecho de
que parece ser una respuesta a los problemas y a las esperanzas del
mundo latinoamericano. La pureza del castrismo, su victoria sobre la
corrupción, su libertad, su victoria sobre todas las servidumbres, la
reforma agraria, todo esto es el desquite de los explotados y de los
oprimidos de todo el continente. La guerrilla se alimenta de mística
y de mitos. Por ello es verdaderamente un acto de revuelta, retorno
a la gran fuente del hombre sin recurso, del hombre que rechaza la
historia en cuanto destino..., pero todo esto cae fuera del rigor re­
volucionario.

El éxito de la acción de Guevara ante nuestros jóvenes intelec­


tuales occidentales radica en esta mística. También ellos son rebeldes.
Frente a la complejidad descorazonadora del universo occidental,
frente a la aparente imposibilidad de hacer una revolución, se apela
al cambio de vida. Encuentran en la guerrilla una sencillez del ene­
migo, una pureza original, su rebeldía se encarna en alguien y en una
acción clara. Todo resulta luminoso, tras los oscuros meandros de la
estrategia, de la táctica leninista, y esto lleva a oponer a las comple-

145
jidadcs adulteradas de la civilización un nuevo descubrimiento del
buen salvaje. ¡Todo era tan sencillo al principio! Y la guerrilla nos
lleva a este comienzo de la pura rebelión.
En una palabra, cuando la guerrilla fracasa, se convierte en el
tipo mismo de la revuelta histórica, y esto, solamente esto, es lo que
la hace moderna. Es aquí donde nos reconocemos; la guerrilla tiene
un eco tan largo en el corazón de los jóvenes, debido a que expresa
de la manera más directa el rechazo de la situación, la tragedia de
nuestro timpo sin esperanza; es el compromiso en una lucha a muer­
te por algo indefinido, pero que responde a la rebelión permanente
del hombre contra un destino. Ahora bien, también nosotros, en Oc­
cidente, somos presa de un destino que rechazamos. De ahí que la
guerrilla nos diga algo..., y cuando acaba triunfando, nos decepcione.
Ni por sus revueltas internas, ni por la rebelión de los have not con­
tra los have, ni por contagio, ni por utilización en beneficio de los
líderes del comunismo, pueden estos pueblos hacer o provocar la re­
volución de Occidente. Pueden seguramente provocar algunas difi­
cultades, turbar la opinión interior de Occidente, y en el límite des­
encadenar guerras. Pero esto nada tiene que ver con la revolución
necesaria.
¿Por qué, entonces, tantos occidentales opinan lo contrario? Se
trata de un curioso problema de psicología colectiva. Notemos ante
todo que esta creencia está extendida entre grupos intelectuales muy
exaltados y que en su creencia se entremezclan muchos motivos. Hay
que poner en primer plano la emoción, la sentimentalidad, la sensi­
blería: el sufrimiento de estos pueblos, el hambre, la enfermedad, la
explotación, la colonización, etc. (cosas todas ellas muy reales) sa­
cuden las entrañas generosas de esta buena gente, y como no pueden
hacer nada por estos pueblos desgraciados, a no ser pronunciar discur­
sos, escribir artículos (a lo sumo), firmar peticiones y asistir a asam­
bleas (¡lo más frecuente!), apaciguan su conciencia inquieta y su
sensibilidad herida mediante una exaltación religiosa. Ver una ban­
dera del Vietnam en una sala concurrida por esta gente produce el
mismo escalofrío que la bandera tricolor en 1905. Creer que estos
pueblos vendrán a hacer la revolución entre nosotros es una opera­
ción catártica y de autojustificación. Estas buenas gentes ofrecen a

146
sus conciudadanos en holocausto de expiación por todo el mal que
hemos hecho. Tal es, probablemente, la raíz más profunda.
Pero a esto se añade el ímpetu generalizado hacia la revolución.
“Es preciso hacerla.” Hay que destruir la sociedad de consumo, de
opresión, de represión... Pero ¿quién hará la revolución? El intelec­
tual recapacita. Cuando mira a los que le rodean, y se considera a
sí mismo, ve que no puede esperarse gran cosa. Y, sin embargo, ¡es
necesario hacerlo! A una sociedad tan malparada, tan englobante,
hay que oponer una violencia radical, absoluta. Pero ¿quién la ejecu­
tara? Algo, muy poco, se espera de los estudiantes. Pero, por fortu­
na, están los del exterior. Están los dos bárbaros negro y amarillo.
Sobre ellos podemos transferir unas esperanzas impotentes. Ellos son
violentos (¡el bienhadado Congo-Kinshasa lo ha experimentado, pero
se curó fácilmente!), son suaves y puros... y se fantasea sobre el
poder, la especificidad, la capacidad, y al propio tiempo se espera
que este “exterior” traiga la salvación, permaneciendo por lo demás
en el marco del socialismo-comunismo. Aparecen finalmente como la
gran negación, como el poder dialéctico necesario. El movimiento
dialéctico de la historia se ha desplazado (de donde la atribución a
estas naciones del título indispensable de proletarios).
Esto nos lleva al tercer elemento de esta curiosa creencia: gracias
a los pueblos del tercer mundo, puede recuperarse una certeza mar-
xista-lninista. Esta se hallaba comprometida desde que se descubrió
que la patria de la revolución es un Estado centralizado, burocráti­
co, nacionalista, y que el padre de los pueblos era un paranoico san­
guinario... Y, para colmo, se descubrió que la propia patria de la re­
volución destalinizada se convertía en una especie de sociedad capi­
talista y perseguía los mismos objetivos que los Estados Unidos. Por
fortuna, podían descubrirse nuevos recursos revolucionarios en Chi­
na y en el tercer mundo. Y, como la sed de explosión no se ha apa­
gado, se han abierto los brazos a esta posibilidad, a esta nueva es­
peranza. Se pueden aprovechar ciertas migajas de pensamiento mar-
xista-lcninista, como el imperialismo, por ejemplo (siempre que se
efectúen ciertos retoques a la teoría de Lenin), y, sobre todo, la muy
desvaída e incierta concepción de “situación objetivamente revolu­
cionaria” .

147
Evidentemente, es imposible proceder a un análisis exhaustivo de
las teorías (múltiples entre los marxistas) sobre el imperialismo, reno­
vadas entre otros, por los participantes en el coloquio sobre el impe­
rialismo del Centro de estudios c investigaciones marxistas en 1969.
El único punto importante que aquí nos interesa consiste en saber si
se puede concluir del imperialismo: que el mundo capitalista se ha
hecho tan unitario que un ataque revolucionario en un punto entraña
el derrumbamiento del sistema; que el sistema occidental ha alcanzado
tal rigidez que no puede evolucionar y adaptarse a nuevas opresiones;
que se está aún en el estadio imperialista (aunque con modificaciones)
tal como Lenin lo describía (con otras palabras: después del capita­
lismo “simple” , el imperialismo es siempre lo que caracteriza al siste­
ma occidental); que la explotación de los países ex colonizados es de
tal importancia para la economía occidental que una recesión del tercer
mundo puede constituir un verdadero peligro para Occidente.
Ahora bien, creo que el examen realista de las situaciones actua­
les debe llevarnos a una respuesta negativa sobre los cuatro puntos.
El imperialismo no tiene hoy la importancia que el discurso revolucio­
nario marxista le atribuye. Naturalmente, existe y sigue siendo impor­
tante para quienes son víctimas de él; pero la lucha contra este im­
perialismo, que es revolucionaria para el foro interno, no lo es en ab­
soluto para el mundo occidental.
Se ha perdido el sentido del análisis complejo de Lenin. Actual­
mente, se valora el punto en que la revolución puede estallar, en re­
lación con la estructura social, la toma de conciencia, etc., y se procla­
ma que tal es la revolución que es necesario hacer. Pero ésta es una
visión de lo más superficial: de hecho, a causa de la miseria, de la in­
coherencia social, de la dcscstructuración de los medios, de la explo­
tación, los pobres de un gran número de países pueden hallarse al
borde de la rebelión, a causa de los motivos permanentes que siempre
han empujado al hombre a rebelarse. Pero hoy la revolución no se
encuentra a ese nivel ni es provocada por estos hombres.
En la actitud de los intelectuales de izquierda puede verse un ver­
dadero transferí a favor de los pueblos del tercer mundo. Cierto que
estos pueblos no satisfacen plenamente: el fracaso económico genera-
¡izado decepciona, tanto más cuanto que es imposible entusiasmarse
con problemas difíciles de desarrollo, como se hacía antes con las
guerras de independencia. Pero, a falta de un elemento concreto, se
sueña con la revolución que traerán estos nuevos bárbaros, y el exceso
verbal de tantos libros nuevos oculta la falta de pensamiento, la in­
existencia de un análisis histórico. Reina así una gran inccrtidumbrc.
Mientras que la revolución cubana entusiasmó por su carácter román­
tico, su apariencia antiestatal, antiburocrática, hoy se confía en el mo­
delo chino, centralizado, estatizado, o en la dictadura de los ejércitos
africanos: se acepta de nuevo un totalitarismo. Pero estas variaciones
carecen de especial importancia. No son más que signos del ardor mís­
tico nacido de la inquietud oculta, sublimación de una censura: “Es
preciso que la revolución venga de alguna parte... ¡Sería demasiado
horrible si así no fuera!”
Pero, además de esta mística y de esta mitología, la esperanza en
una revolución procedente de los pueblos subdesarrollados es, ante
todo, el resultado de una actitud etica. Rebelión contra la injusticia
de la que ellos son las clamantes víctimas, juicio contra los explotado­
res (de los que nosotros somos los primeros), arrepentimiento colectivo
y acusación... Tal vez aquí pueda brotar una fuente revolucionaria.
Acaso la sociedad occidental se sentirá abrumada de remordimientos,
acaso se derrumbará bajo el peso de su autoacusación, acaso la confe­
sión de sus pecados producirá su conversión, acaso su examen de con­
ciencia le hará cambiar de vida... Son nuestros intelectuales los que
golpean el pecho de esta sociedad. Y la ocasión de esta revisión moral
y espiritual son precisamente los pueblos del tercer mundo. Ellos serán,
tal vez. la ocasión de la revolución, pero no serán ellos los que la
realicen. Si la opinión pública occidental está tan exaltada por su cul­
pabilidad hacia estos pueblos: si las fuerzas de defensa, de estabilidad,
de represión, están tan paralizadas por la mala conciencia; si la gue­
rrilla interior se hace tan apremiante; si la acusación se intensifica y
no se debilita; si el disgusto de un espíritu excedido por su propia
injusticia sumerge todo el resto; si el poder de asimilación de una so­
ciedad burguesa se esteriliza, entonces.... entonces ¿qué? ¿Una revo­
lución? ¡De ningún modo! La disgregación, la volatilización de las es­
tructuras sociales y de los objetivos de nuestra sociedad, sin posibili­

149
dad alguna de recuperación, sin esperanza de renovación. Esto produ­
cirá la regresión general en todos los sectores. No digo que esto no sea
deseable, pero esto no será ni el acceso al comunismo ni la revolución
necesaria. Grandes trozos de pared se derrumbarán, majestuosamente,
sobre nosotros; pero, de estos escombros tardará muchos siglos en re­
surgir una sociedad.
Capítulo tercero
La revolución cultural China

F r a c a s o d e i . in t e n t o d e h a c e r i . a s í n t e s is e n t r e e l im p u l s o
DE REBELIÓN MODERNA Y LA REVOLUCIÓN

Ante todo quisiera descartar, sin insistir demasiado, ciertas hi­


pótesis formuladas con el fin de explicar la revolución cultural. Con­
sideraré desdeñable la idea de que Mao, llegado a la senilidad, haya
sucumbido a un delirio de glorificación. Evidentemente, esto no es
imposible, pero no me parece que ello refleje más la profundidad
del fenómeno que el supuesto delirio de Stalin o la paranoia de Hit-
ler. Tampoco me parece satisfactoria la explicación basada en una
lucha de clases. Es probable que también en el equipo de Mao exis­
tan, como en todas partes, tendencias divergentes, tal vez dos “lí­
neas” , ¿duros?, ¿moderados?, pero esto es quizá demasiado sim­
plista, como veremos más adelante. Ni siquiera me convence la tan
a menudo repetida cita: “La gran revolución cultural proletaria ha
sido desde el principio una lucha por el poder.” (El Diario del Pue­
blo, 21 de enero de 1967.) '
¿Podríamos interpretar esta frase como se hace con frecuencia:
“Mao realmente desposeído del poder, Mao que ha perdido Pekín,
y que lanza una ofensiva de gran envergadura que origina un movi­
miento de la base para reconquistar el poder sobre Liu Chao Chi”?
Explicar todo el proceso basándose en una rivalidad entre estos
dos hombres que se hallan al frente de dos partidos, o por el hecho
de que “el delfín se había convertido en rival” , de que la mayoría
del partido, así como los mandos provinciales, seguían a Liu, y de
que al parecer hubo una disputa entre ellos hace cinco o diez años,
me parece reducir a muy poca cosa un acontecimiento considerable.
Efectivamente, más profunda es la afirmación de que los dos hom­
bres representaron dos versiones antitéticas del comunismo.1

1 Vcase última ñola, al final del capítulo.

151
Mao encarna la revuelta campesina, la espontaneidad de las ma­
sas, el “comunismo espartano” , mientras que Liu representa la re­
vuelta obrera y urbana, la disciplina y la organización del Partido,
el “comunismo economista” que apunta hacia el desarrollo de la
técnica y hacia la abundancia. Esta idea es verosímil, pero no me
parece que las diferencias estén tan marcadas ni que esta explica­
ción sea lo bastante profunda.
En cambio, considero satisfactoria la explicación de Daubier
cuando subraya que, al no desaparecer las contradicciones sociales,
pueden crearse unas corrientes políticas antagónicas, así como una
oposición a Mao, camuflada, puesto que oficialmente todo el mundo
es maoísta, y que, por tanto, la agitación desencadenada por Mao
tiene también por finalidad el desenmascarar y provocar el estallido
de esas oposiciones. Me convence menos la idea de Daubier de re­
ducirlo todo a una “forma nueva de la lucha de clases” ... La
palabra clase es empleada una vez más para expresar cualquier
cosa, sin ningún significado concreto. Esto se hace más palpable
si tomamos en serio la afirmación de Mao de que “es ne­
cesario estar firmemente convencidos de que la inmensa mayoría de
las masas es buena y de que el número de sujetos perniciosos es
muy pequeño” . (Daubier estima en un 5-10 por 100 el número de
personas excluidas de las organizaciones de masa.) Si esto es cierto,
no se trata de una lucha de clases, sino de élites. Si, efectivamente,
no hubiera que eliminar más que a una “pandilla” , ¿por qué orga­
nizar todo ese escándalo? No he hallado ninguna explicación total­
mente concluyente, pero me pregunto si la “lucha por el poder”
(y creo que esto está más de acuerdo con los planteamientos mar-
xistas-maoístas) no corresponderá más bien a la idea de que la re­
volución cultural pone en duda la efectividad de un poder que se
instituye poco a poco, se eselerotiza y se apoltrona, para crear un
nuevo poder revolucionario. Asimismo, no me satisface la interpre­
tación según la cual la existencia de los mandos en las dos faccio­
nes corresponde a una escisión en la burocracia en tanto que clase
dirigente. Quizá esta interpretación sea más interesante que las an­
teriores: “Es seguro que el conflicto alcanza a la gestión de la eco­

152
nomía 2. Es cierto que el fracaso de las sucesivas políticas económi­
cas elaboradas por la burocracia es la causa de la extrema agudeza
del conflicto (a continuación se enumeran los diferentes errores eco­
nómicos). Es menos fácil precisar en qué opciones se ha escindido
la clase dirigente, aunque es probable que una parte quisiera prose­
guir la producción de bienes de consumo y que la otra prefiriese
reanudar a cualquier precio el esfuerzo por industrializar el país,
tendiendo las dos posturas a conservar la burocracia...” Estamos de
acuerdo con esta última idea, pero no hay nada en las informacio­
nes de que disponemos que nos permita pensar en una escisión en
materia de política económica. Ni la clave del problema reside en
una separación dentro de la burocracia, puesto que se han practi­
cado eliminaciones y sustituciones, ni debemos empeñarnos en ver
en todo esto una relación con el conflicto chino-ruso; si bien se
acusa a Liu de ser el Jrushcv chino, no se evoca con frecuencia la
unión con Rusia. Es igualmente hipotético pensar que los partida­
rios de Liu dieron pruebas de apaciguamiento a Moscú. Por último,
se ha dicho que se trataba de un llamamiento a la masa para lu­
char contra la influencia creciente de la burocracia y que, desbor­
dado por ella, Mao no habría hallado otro medio de combatirla.
Es, sin duda alguna, uno de los temas importantes de la revolución
cultural, pero tan sólo es un tema, no una causa.

1. Las fuentes doctrinales

Mantendré aquí una postura que he defendido a menudo: los


auténticos marxistas-leninistas son, ante todo, dogmatizantes y obe­
decen a una teoría de la evolución y de la acción que inspira la
mayoría de sus decisiones.
Los intelectuales liberales de Occidente no llegan a admitirlo y
han querido explicar las decisiones de Stalin basándose en rasgos
de carácter, en la tradición política rusa, en el imperialismo sovié-*

* “Le point d’explosion de l'idéologic en Chine". Internationale Situation-


niste, núm. 11.

153
tico o en necesidades económicas, etc. Claro está, todo esto puede
tener cierta influencia, pero, como ya he demostrado, ésta es muy
pequeña. Aferrarse a este materialismo, que es el de todos nuestros
intelectuales liberales (y que los marxistas llaman “materialismo vul­
gar"), es negarse a comprender la política de Stalin, y pensar que
se trata de razones de interés, de nacionalismo o de estrategia com­
parable a la de los países capitalistas, es no comprender que existe
una ideología dominante. La mayoría de las decisiones de Stalin
han sido tomadas por razones doctrinales y teóricas. Por supues­
to. con Jrushcv y sus sucesores este aspecto desaparece. la doctri­
na juega un papel secundario y nuestros intelectuales liberales se
sienten satisfechos, puesto que su interpretación empieza a ser vá­
lida. Con Mao, que es (como él mismo ha dicho) el último de los
“pensadores marxistas-leninistas” , se establece de nuevo la prima­
cía de la doctrina y de la teoría en la decisión. Encontramos de nue­
vo el mismo error de querer interpretar por el nacionalismo, a Con-
fucio, la juventud de Mao, etc. Creo que sólo partiendo de la doc­
trina de base se puede llegar a comprender la revolución cultural.

Esta revolución, desencadenada en una fecha no precisada con


exactitud (según los protagonistas, se inició en noviembre de 1965.
mayo de 1966 o agosto de 1966...), ha sido bautizada por el propio
Mao y parece ser que nuestra traducción es incorrecta y que el ver­
dadero sentido sería “gran revolución de la civilización” . Paradóji­
camente, el término empleado opondría esta actividad de civilización
a la actividad militar. En líneas generales, nos encontraríamos con “el
desarrollo de la revolución socialista en nuestro país... y la trans­
formación de la fisonomía de la sociedad mediante la ideología, la
cultura, las formas y las costumbres nuevas, propias del proletaria­
do” . Una transformación de tal envergadura requiere forzosamente
mucho tiempo; desde el principio Mao lo anunció, y con su énfasis
habitual, camuflado por su sencillez, declaró que podría durar “mil
años” ... Pero este adjetivo de “cultural” es ya de por sí notorio.
Para R. Guillain es indudable que esta revolución es cultural, “es

154
decir, guiada por una voluntad de cambiar la cultura y la civiliza­
ción" y originada en la institución cultural por excelencia, la Uni­
versidad: “El gran debate sobre la reforma de la sociedad se centra
en los problemas propios de la vida estudiantil: suprimir el sistema
de exámenes, abandonar los programas caducos, expulsar o readap­
tar a los profesores 'mandarines’ y abrir las puertas de la enseñanza
a un mayor número de hijos de obreros y de campesinos..." He aquí,
pues, el aspecto cultural. Para otros, al contrario, esta palabra carece
de sentido y corresponde tan sólo a una razón de propaganda. “Los
más estúpidos han creído que había algo de cultural en la revolu­
ción. pero sólo hasta enero, cuando la prensa maoísta Ies jugó la
mala pasada de anunciar que se trataba desde el principio de una
lucha por el poder". (Internationale Sitaationniste). Se pone de relieve
el hecho de que los métodos empleados, la propaganda, la influencia
del ejército, etc., nada de esto tiene carácter cultural.
Es cierto, como observa Daubicr, que en la revolución cultural
hay que distinguir dos etapas significativas: comenzó en el plano
artístico y literario (el caso Wu Han) y afectó al aparato del Par­
tido; luego pasó a las universidades al mismo tiempo que aparecía
el carácter político en el contexto cultural; finalmente adquiere un
carácter esencialmente político quedando subordinado lo cultural, al
mismo tiempo que entra en las fábricas.
Creo que debemos entender “civilización” más bien que “cul­
tura" en sentido estricto, y que esto no es cuestión de pensamien­
to ni de estudios. La originalidad de este movimiento no radica
en esto y, sin embargo, es verdaderamente específico3. Veamos en*

* Los libros más importantes que tratan esta cuestión son los de D aubie r :
Histoire de la révolution culturcllc proletarienne en Chine (1970), y Esm ein :
La révolution culturelle (1970). El primero es muy ortodoxo, no tiene grandes
pretensiones, pero está bien documentado: consúltese también a Jean R obín -
son : The cultural révolution in China (1969). Existen libros que aportan una
visión periodística muy concreta del fenómeno, como el de G igon : Vie et morí
de la révolution culturelle en Chine (1969). Igualmente es de destacar el ex­
traordinario diario de la revolución cultural escrito por C iantar : Mille jours
á Pékin (1969). Edward B f.h r : Les prisons de Mao (1971). Por otra parte,
es necesario añadir numerosos artículos en Preuves, Esprit, Les Temps Mo-
dernes. La Quinzaine, L’lnternationale Situationniste y los de G uillain en
Le Monde. Naturalmente, debemos citar también los documentos de la pro­
paganda china: Pékin information y la revista La Chine. El conjunto de estos
artículos debe integrarse en el estudio global de la revolución china, muy bien

155
qué reside esta especificidad. Me parece que la intrepretación que de
ello podemos dar es, en definitiva, la siguiente: la clave del problema
está en el nombre que toman los partidarios de esta revolución: “Re­
beldes revolucionarios" o “Revoltosos revolucionarios". Este nombre
aparece en diciembre de 1966. creándose inmediatamente unas aso­
ciaciones de rebeldes revolucionarios (en Pekín, a primeros de enero
de 1967). El propio Mao confirma que se trata de una revuelta en
una alocución que ha sido repetida miles de veces en el curso de la
revolución cultural: “En el marxismo existen todo tipo de razones
puras (el hombre obedece a cualquier tipo de razón válida), pero, si
quisiéramos condensarlas, podríamos hacerlo en una sola frase: 'Siem­
pre existe una razón para rebelarse’." (Discurso pronunciado con mo­
tivo del aniversario de Stalin. en Ycnan. 1965.) Mao declara: “Es
justo rebelarse, sublevarse." Y esto alude directamente al problema
de la organización; la dictadura no puede llevarse a cabo sin el con­
curso de las masas, los militantes no deben ser siervos del Partido,
no es justo dar prioridad a la organización y a los mandos, es justo
rebelarse...
Las organizaciones rebeldes revolucionarias representan (aún más
que los Guardias Rojos, si bien éstos son más espectaculares) el
factor profundamente revolucionario. Es en el seno de estas organi­
zaciones donde se toman las decisiones clave, las iniciativas, etc., y,
sin embargo, lo que me parece esencial es precisamente la asociación
de estos dos términos, “revoltoso y revolucionario” . Una vez acabada
su revolución, China entra necesariamente en el proceso de la so­
ciedad industrializada, no pudiendo evitar la mecanización (ha fraca­
sado cuando ha intentado rehuirla o cuando ha tratado de encontrar
otro método de producción y nuevas formas de organización...).

presentado en las obras de G u illá is , K arol. D umont (La Chine surpeuplée).


PELISSIER (La révolution chinoise), F arqchas (China under Mao: politics takes
command), artículos del China Quarterly. 1960-66, y E. C olloti-P isch el : La
révolution ininterrompue (1967). Sin embargo, no conviene fiarse de los relatos
poco útiles de viajeros (como el tan famoso libro de S. de Beauvoir , que no
tiene ningún interés) e incluso dos de R oy y M oravia . Se puede desechar igual­
mente el reciente testimonio de M. A. M acciochi, que no aporta más que su
propio e inocente entusiasmo. F.n cuanto a los libros que “explican” la revo­
lución como fenómeno chino o del alma china (Han S uyin, D evillers . B odard.
F itzgerald ). recomiendo no fiarse de ellos.

156
Cuando se desea llegar a ser una nación moderna, con un ejército
potente, cuando se realizan investigaciones de alto nivel, y China es
considerada como país competidor de otros ya mecanizados, no se
puede evitar la administración, es decir, la burocratización, el con­
formismo y la primacía otorgada a la producción económica. Lle­
gados a este punto, surge una duda: existe el ejemplo de la U. R. S. S.,
se conoce el camino que lleva al conformismo, la identificación pro­
gresiva con Occidente que esta mecanización provoca, se ha com­
prendido que en Rusia el socialismo no es más que una palabra, y
no se quiere seguir este camino.
Se comprende además la necesidad de dar un nuevo empuje a la
revolución, como por ejemplo sucede tras haber leído el libro de
Karol. Este desborda entusiasmo, pero lo que de hecho describe, in­
voluntariamente, ha sido perfectamente resumido por Tibor Meray
(Preuves, 1967): “Nacionalismo arrogante, apología de la experiencia
nacional considerada como ejemplo para el mundo, intolerancia con
cualquier otra tendencia, culto a la personalidad, sofocación de toda
opinión no ortodoxa, excesiva burocracia, politización de todo hasta
el absurdo, fanatismo y fanatización, valoración a corto plazo de
todo lo ocurrido y de todo lo que ocurre, constante falseamiento de
la historia...” Llegados a este extremo de inmovilismo, hay que za­
randear a esta sociedad “revolucionaria" para que reanude su movi­
miento. En cierto modo, puede parecer que se trata de un movimien­
to romántico c idealista, de una reacción primaria contra las ten­
dencias inherentes a una sociedad industrializada moderna que que­
branta, evidentemente, la fidelidad a las formas revolucionarias del
período de Yunan de 1930. En este sentido, la revolución cultural
es una revuelta similar a la de los jóvenes de Occidente. Ante la so­
ciedad acabada en la U. R. S. S., en construcción en China, ante
esta civilización no queda más alternativa que la revuelta... Al no
existir una organización contra la cual pueda hacerse la revolución,
sólo es posible romper este cerco desencadenando las fuerzas de la
base. Hay que guiarse por el instinto y es necesario intentar el de­
rrumbamiento de la sociedad tecnicista que se está edificando para
transformarla en otra; lanzando esta revuelta, se vuelve a lanzar si­
multáneamente la revolución. No se trata de una revolución contra la

157
sociedad tccnicista, sino de un paso adelante en la revolución socia­
lista mediante una revuelta contra esa sociedad que se infiltra y que
corrompe el socialismo en construcción. La revolución cultural es el
intento de síntesis entre la revolución socialista-marxista y la revolu­
ción provocada por el rechazo y el escándalo, en presencia de la
racionalización total, de la técnica omnipotente y omnivalcnte, de la
organización en todos los campos, que eran, sin embargo, los resulta­
dos de las primeras etapas de la revolución.

Pero nos encontramos con la dificultad de que la revuelta es


espontánea. El hombre que se rebela es el que obedece a su propio
impulso y dice no a una situación previsible.
¿Fue espontánea la revolución cultural? Salvo aquellos que opi­
nan que se trata de una revuelta de la base contra la jerarquía (y no
creo que esta opinión esté fundada), pienso que nadie considera
que haya existido espontaneidad alguna. En cuanto a la larga pre­
paración del conjunto de la revolución, nadie mejor que Gigon ha
precisado cuáles fueron sus etapas. Tengo fundados motivos para
creer que fue en 1962 cuando, ante el VIII Comité Central del Par­
tido, Mao sentó las primeras bases de la revolución cultural y,
en 1963, subrayó que la consigna era “neutralizar a los campesinos,
transformar a los obreros y estudiantes en revolucionarios fieles al
Estado” y que convenía “echar toda la bilis” . El principal responsa­
ble de toda esta larga preparación psicológica parece haber sido
Lin Piao.
En mayo de 1963, Mao redacta el famoso documento en diez
puntos destinado a guiar el movimiento de educación socialista. Se
trata, claramente, de una fase preliminar, pues encontramos en él
todo aquello que, tres años más tarde, sería puesto en práctica en
el marco de la revolución cultural (movilización de las masas y de
los jóvenes, críticas desde la base, etc.).
En enero de 1964. Lin Piao lanza una campaña en el seno del
ejército con el fin de hacer estudiar el pensamiento de Mao y de
trabajar políticamente en él (es la “línea de vida del ejército” ). Mao

I5S
lanza la revolución cultural únicamente cuando tiene la certeza de
que el ejército se ha adherido, ha pasado al campo ideológico y ha
sido estructurado sólidamente de forma similar a la de su partido.
Me parece que lo que demuestra con más claridad la no espon­
taneidad de la revolución cultural es el análisis de Daubier, pane­
girista de esta revolución y convencido firmemente de su espontanei­
dad. Sin embargo, a lo largo de todo su libro, demuestra, involunta­
riamente, la manipulación constante por Mao: si al principio del
movimiento. Peng Chcng aparece como líder (para ser liquidado
posteriormente), es por decisión de Mao, y es una circular también
de Mao (del 16 de mayo de 1966) la que hace estallar la moviliza­
ción de las masas populares. El autor analiza con todo rigor lo que
él llama la “sutileza” de Mao, que. en realidad, no es más que
estrategia. Como en la época de “las cien flores” , se trata aquí de
desenmascarar a los adversarios ocultos y nos hallamos en presencia
de unas manipulaciones muy sutiles donde las masas hacen figura de
peones en un tablero de ajedrez y los disturbios son provocados en
gran parte por el propio gobierno. Claro está, el autor intenta incluir
todo esto en la teoría del centralismo democrático, pero se puede
percibir, como ocurrió con Lcnin, el empuje dado por el poder y la
“democracia” dando lugar a movimientos sin forma que, por otra
parte, son sofocados cuando no se hallan en la misma linca del pen­
samiento de Mao, como en Cantón, en Shangai y con ocasión del “in­
cidente de Wou Han” . El propio Mao subraya estos hechos cuando
escribe que, por una parte, hay que provocar a las masas duramente
(para enderezar algo, hay que doblarlo al límite, y si no se hace así.
luego no se podrá enderezar) y que. por otro lado, puesto que las
masas no están aún concienciadas y no se hallan al nivel que exige
la revolución, sería arriesgado seguirlas. “Nuestros camaradas (el
P. C.) no deben creer que todo aquello que ellos entienden, lo en­
tienden también las masas." Así pues, se recurre primero al centra­
lismo y a la manipulación.
Por su parte. Guillain. en un admirable análisis, ha demostrado
que nos hallamos frente a una larga preparación; en 1964. un con­
greso de la Liga de la juventud comunista recibe la noticia de que la
hora de los jóvenes ha llegado, que la juventud tiene un papel im­
portante que desempeñar y que este papel está reservado para aque­
llos que, puestos a prueba durante la lucha revolucionaria, hayan
demostrado su dureza y su pureza como maoístas. Además, por aque­
lla época, Mao escribe ya que se trata de cerrar a la juventud el
camino que lleva al capitalismo y de hacer de ella el nuevo motor
de la revolución. Siguen después grandes reformas: purgas en los
mandos de la Liga de la juventud comunista, orden de reclutar jó­
venes en los medios proletarios... Fue 1965 el año en que se po­
litizó la infancia al mismo tiempo que se “readaptaba” ideológica­
mente a los maestros de escuela. Asistimos entonces al normal pro­
ceder de Mao: “Para asegurarse el apoyo entusiasta de las masas,
Mao practica la indiscreción calculada; sus decisiones políticas se ex­
tienden filtrándose parcial e indirectamente en editoriales que resu­
men sus discursos y directrices. Generalmente, publica sus alocucio­
nes cierto tiempo después (meses, incluso años), durante el cual se
ha hecho todo lo posible para crear las apariencias de un movimiento
espontáneo” (Schram). Con la revolución cultural ocurre lo mismo.
Tras una larga y minuciosa preparación de manipulación psicológica
y después de elevar progresivamente la temperatura política, cual­
quier incidente podrá producir el efecto de un detonador. Al parecer,
fue la polémica suscitada por una obra teatral de Wu Han la que
permitió dar un aspecto “cultural” a este movimiento. En una ter­
cera fase de preparación, se movilizaron los Guardias Rojos y se
anunció una “nueva ola de revolucionarización (s/c) de los jóvenes” .
El 4 de mayo de 1966 se celebró con excepcional esplendor el día
de la Juventud y se proclamó una nueva lucha de clases, denuncian­
do en la prensa una conspiración revisionista burguesa. El día 17 se
lanzó un llamamiento a los jóvenes: “Luchad contra los adversarios
de Mao” , y hacia finales de mes comenzó la triple purga que iba
a permitir el estallido de la revolución cultural: el cese de lo que los
maoístas llaman “la banda negra de Pekín”, que había empezado dis­
cretamente en febrero, liquidando sus apoyos secundarios, para esta­
llar con la destitución de Peng Cheng, alcalde de Pekín. Siguieron des­
pués la supresión del Comité del Partido Comunista de Pekín y la
purga de la Universidad Nacional de Pekín, donde aparecieron inme­
diatamente después los Guardias Rojos, arremetiendo contra locales,

160
estudiantes y profesores. Este procedimiento demuestra la larga prepa­
ración del asunto y las intervenciones de arriba (liquidación de impor­
tantes personajes, desintegración de toda oposición) que permiten se­
guidamente la entrada en escena de la revolución cultural, así como el
condicionamiento, durante dos años, de los jóvenes. Todo esto es in­
tencionado, organizado. Por otra parte, no hay que olvidar que el
8 de agosto de 1966 Mao había hecho que el Comité Central apro­
bara su famosa Decisión en diecieséis puntos con la que planificaba,
en definitiva, la próxima revolución, previendo las etapas, las ob­
jeciones y las críticas, las dificultades y los métodos a seguir.
Podemos asegurar que hasta enero de 1968 todo se desarrolló
según los esquemas previstos por Mao y que el fin estaba también
previsto. Efectivamente, en mayo de 1967, el diario Bandera Roja
anunció “una nueva forma de estructuras estatales en China, que
el presidente Mao ha previsto de forma clara y genial” . Podríamos
remitirnos a numerosos textos y citas donde se afirma que se trata de
una “tempestad organizada” . Exceptuando un breve período de tiem­
po, se puede decir que las masas sublevadas estaban perfectamente
controladas, que el desorden estaba previsto c incluso era deseado
y que se trataba, en consecuencia, de una revuelta por encargo, ori­
ginada por altas jerarquías. Es cierto que las declaraciones posterio­
res a enero de 1966 podrían ser interpretadas como un medio de
camuflaje, de recuperación, declarando los maoístas que deseaban
aquello cuya realización no podían impedir... Pero no podemos ol­
vidar la fase de preparación, las depuraciones y “los diez puntos” .
Todo esto es anterior a la revolución cultural y demuestra que se
trata de una revuelta dirigida a distancia, no de una reacción es­
pontánea ni de una protesta contra el gobierno. Sin embargo, este
esfuerzo por sintetizar la revuelta (que caracteriza a los movimientos
de rechazo de nuestra sociedad) y la revolución de tipo marxista
corresponde tanto a la aparición de una situación concreta, contra
la cual se piensa que hay que reaccionar, como a la postura doctri­
nal del propio Mao, el cual interpreta en función de esa doctrina los
hechos contra los cuales opina que se debe reaccionar.
Pero el arma incomparable que garantiza a Mao una preponde­
rancia indiscutible y que será al mismo tiempo el arma de su vic­

161
toria y de la manipulación de las masas, es la propaganda. En ningún
momento ha dejado Mao de ser el amo del aparato propagandístico,
y Daubier muestra con admiración hasta qué punto esto es así. La
propaganda lo resalta todo, el triunfal regreso de Mao a Pekín en
julio de 1966. el baño en el Yang Tsé, etc. En Daubier encontramos
constantemente la expresión: "el punto de mira de la propaganda
estaba orientado hacia...” Si un hecho determinado ha adquirido
cierta importancia, es porque Mao había decidido “lanzarlo” me­
diante una acción publicitaria. Así fue con el primer Dazibao, que
revistió cierta importancia cuando se ocuparon de él la radio, la
prensa, los panfletos distribuidos por millones, las reuniones masi­
vas, etc., y lo mismo ocurrió con los propios Guardias Rojos (el apa­
rato propagandístico se ocupó de los de Pekín), cuya expansión a
toda China sólo se puede explicar por el hecho de que la propa­
ganda hizo de ellos un modelo.

La base doctrinal de la revolución cultural la constituyen dos


ideas principales: la teoría de las contradicciones no-antagónicas (que
forma parte de la idea de la revolución permanente) y la teoría del
molde 4.
Es sabido que Mao ha adoptado la teoría de la revolución per­
manente, la “vía de la lucha prolongada” , que para él es la única
capaz de evitar el revisionismo. De hecho, esto supone que tan pronto
como una etapa revolucionaria ha sido superada, se hace necesario
encontrar otra cosa. Decimos revolucionaria: no son etapas planifi­
cadas racionalmente; es preciso que haya revolución y, por tanto,
un adversario. Una vez que se le ha derrotado, se hace necesario
encontrar otro. Con razón se ha insistido en el hecho de que esta
idea está basada en el aspecto guerrero de Mao, observación que se
confirma en las palabras “los hombres rinden al máximo en período
de guerra” . Proyecta “inyectar las potencias del heroísmo y del

4 Para este estudio hay que leer evidentemente los textos del propio Mao.
A ello podemos añadir el buen resumen de P. [Link] .lrs: Ce que Mao a
vraiment dit, 1968.

162
drama en todos los aspectos de la actividad humana"; el hecho de
haber mandado un ejercito, una guerrilla, durante veinte años, le
ha marcado personalmente en este sentido. Todos sus escritos son
tácticos y traduce todas las realidades políticas o económicas en
términos de táctica militar y, una vez tomado el poder, no puede
imaginar que llegue la paz: la guerra debe continuar porque él está
hecho para ella. Pero esta guerra es la revolución y esto hace que
traduzca esta visión de la revolución permanente en su teoría de las
contradicciones no-antagónicas. Si la historia evoluciona según un
proceso dialéctico, una vez hecha la revolución socialista, y puesto
que la historia no se detiene, es necesario que el proceso dialéctico
continúe. Es, pues, preciso que en una sociedad socialista haya con­
tradicciones. Las que existen en la sociedad capitalista son ‘'antagó­
nicas", es decir, minan el sistema, condenan el capitalismo a muerte;
además, aparecen en las fuerzas que se oponen radicalmente y obli­
gan a pasar a otro sistema, mientras que las contradicciones de la
sociedad socialista no son antagónicas, sino fuerzas del progreso po­
sitivas. Realmente existen en su seno contradicciones reales, serias,
profundas, aunque al darse entre fuerzas igualmente socialistas, per­
tenecientes al sistema, no pueden destruir dicho sistema. Su combina­
ción, aunque conflictiva, hace avanzar la máquina en lugar de pro­
vocar su explosión De esta forma, existen “contradicciones en el
seno del pueblo” , mientras que en la sociedad capitalista se trata
de una contradicción entre el pueblo y sus enemigos. En la sociedad
socialista sigue habiendo clases, pero las antiguas clases explotadoras
han perdido su base económica. La oposición entre las clases existe
sobre todo en el campo ideológico: peso de las ¡deas pasadas, falsas
interpretaciones del socialismo, etc. Evidentemente, estas ideologías
pueden siempre activarse “negativamente'’ y originar una vuelta al
capitalismo, cuya restauración es siempre posible. Por consiguiente,
el combate revolucionario se debe situar en este contexto ideológico
(tal es la razón de la revolución cultural), expresión de la con­
tradicción. En esta concepción, las explosiones de antimaoísmo son un

0 Creo que R obinson se equivoca cuando interpreta la contradicción no


antagónica de Mao simplemente como una contradicción que “no puede tra­
ducirse por una verdadera lucha, por unas luchas físicas”.

163
fenómeno comprensible y esperado como parte integrante del con­
junto de las contradicciones del pueblo. Pues éstas pueden tomar un
cariz larvado, pacífico, o bien ser explosivas (sin dejar por ello de ser
positivas).
De esta forma, la revolución cultural fue "el estallido concen­
trado de las contradicciones de clase de la sociedad socialista” (£7
Diario del Pueblo, 22 de enero de 1966), ya que en ese preciso ins­
tante surgió el riesgo de pasar, con la aparición de nuevos intelectua­
les burgueses, del conflicto ideológico a la formación “de nuevos ele­
mentos burgueses y depredadores” . (El scudocomunismo de Jrushcv.
editado por El Diario del Pueblo en 1964.) Pero, en cuanto se sitúa
después de la revolución socialista, todo acaba por recuperarse: tal
es el carácter de estas contradicciones. Incluso Liu, el gran enemigo,
junto con su libro prohibido, Cómo ser un buen comunista, pueden
utilizarse de forma provechosa: “hay que convertir en abono las ma­
las hierbas” .
Esta teoría fue expresada una vez más en el IX Congreso del
Partido (abril de 1969) por Lin Piao, indicando éste que la revolu­
ción cultural había sido una aplicación de la teoría: “Se trata, en
primer lugar, del movimiento ’Lucha-Crítica-Transformación’; en se­
gundo lugar, es necesaria la existencia de tendencias en el seno del
Partido; ’al no existir contradicciones en el seno del Partido, no ha­
bría lucha alguna por superarlas y el Partido se iría consumiendo’;
por último, se considera que ’la revolución cultural ha culminado,
pero pretender que se haya producido victoriosamente es falso y con­
trario al marxismo-leninismo’." De esta forma se vuelve a adoptar
la teoría de las contradicciones formulada antes de la revolución
cultural y creo firmemente que en ella reside la explicación funda­
mental de dicha revolución.
Este es el marco doctrinal en el que se sitúa la revolución y por
ello se comprende el carácter ambiguo de esta operación, ese carác­
ter difícil de comprender, a la vez serio y cómico. Tenemos la im­
presión de que se producían simultáneamente un desenfreno y un
juego de marionetas bien ordenado, grandes riesgos y luchas pre­
paradas con antelación, condenas inapelables, aunque los hombres
condenados permanezcan en su puesto... El aspecto cómico se

164
acentúa con la afirmación reiterada de que prácticamente no existen
enemigos..., únicamente malos dirigentes... Volveremos a encontrar
esta comicidad más adelante, y sólo insistiremos aquí en el siguien­
te punto: al producirse esta operación artificialmente, se hace nece­
sario revestirla de cierta seriedad para que la gente colabore, y por
eso los propios maoístas insisten en los peligros reales que la situación
encierra. Se trata de tomar de nuevo el poder usurpado, porque el
Estado, la Economía y el Partido han caído en manos de los ene­
migos del pueblo. A cada paso el enemigo recurre a numerosos
subterfugios (el más importante es declararse maoísta, citar a Mao,
esgrimir el Bandera Roja para oponerse a la bandera roja..., y pro­
mover la agitación). Pero al mismo tiempo, claro está, se afirma
que no existe más que un “pequeño puñado de traidores” . “Tenemos
como meta combatir y aniquilar a los que ostentan los puestos deci­
sivos y que, sin embargo, se han incorporado a las filas del capita­
lismo, criticar a las autoridades académicas reaccionarias de la bur­
guesía y de todas las demás clases explotadoras, reformar la educa­
ción. la literatura...” (Mao, Decisión en dieciséis puntos, 8 de agos­
to.) De ahí que haya que aparentar, en aras de la seriedad, el co­
mienzo de una lucha revolucionaria encarnizada: los maoístas deben
conquistar el poder. Se trata de “hacerse con el poder mediante la
alianza de las fuerzas maoístas, no sólo a nivel de gobierno, sino en
cada organismo y en cada localidad". “Los rebeldes revolucionarios
deben tomar el poder del Partido, el poder político y el poder finan­
ciero.” Pero, para conseguir este objetivo, hay que formar la “triple
alianza” de los Guardias Rojos, los rebeldes revolucionarios y los
campesinos pobres, porque la lucha debe estallar en todos los fren­
tes y, en particular, contra el federalismo, dado que algunas autorida­
des provinciales proyectan declararse independientes. Pero esta toma
del poder por parte de los maoístas no puede ser más que el arran­
que de la nueva etapa revolucionaria, no su meta ni su final. Evi­
dentemente. puede parecer extraño que se enfoque trágicamente este
aburguesamiento, este capitalismo en un país socialista, así como la
necesidad de los maoístas de hacerse con el poder cuando todo el
mundo es maoísta y Mao sigue siendo la primera autoridad. Apa­
rentemente. todo transcurre según la fórmula de Bogernovitch (co­
rresponsal de la agencia yugoslava Tanyoug): “La oposición no era
Liu, sino Mao.” 0 Liu representa al gobierno y Mao la fuerza re­
belde, revolucionaria. Esto es cierto y explica la necesidad de dejar
de momento a Liu en su puesto. Efectivamente, es necesario ser dos
para batirse, es imprescindible la existencia de los dos polos de la
contradicción. Claro está, no pretendo mantener que esto sea pura­
mente ficticio, pues es verdad que el grupo de Liu era mayoría en
el Presidium, en el Buró político del Partido Comunista y entre los
secretarios de los burós regionales. También es cierto que Mao se
rebeló contra esta tendencia que consideraba reaccionaria, pero sería
erróneo pensar en un conflicto por el poder entre las dos facciones;
todo esto se inscribe en el pensamiento de Mao, en el sistema de
las contradicciones no antogónicas. Y si desencadenó el combate,
lo hizo para hacer avanzar la revolución mediante esta contradic­
ción (real, pero descubierta y organizada sistemáticamente).

La segunda teoría de Mao en la que vienen a encajar tanto la


revolución cultural como su explicación, es la teoría del molde. Ya
la he explicado con detenimiento en otra obra 7, pero voy a recor­
dar aquí la idea principal: existe un molde ideal del comunista y todo
el mundo debe pasar continuamente por él. porque nadie, ni siquiera
Mao, llega a ser un comunista perfecto. Ahora bien, se trata de la
totalidad del hombre; no es sólo un problema ideológico, ni siquiera
de comportamiento, sino más bien de moral profunda. El Cristianis­
mo habla de conversión de corazón. La revolución cultural es la ex­
presión directa de la teoría del molde. No se puede tener en cuenta
el puesto desempeñado, ni los servicios prestados, ni la fidelidad, ni la
amistad, ni la afiliación al Partido: “Todo el mundo debe someterse
al test” ; se trata de una inmensa comprobación colectiva de la auten­
ticidad del binomio “revoltoso-revolucionario” . De ahí la insistencia
sobre los métodos pedagógicos: “Se deben aplicar el método del ra-•

• Le Monde, 6 de septiembre de 1967.


' Propagandes, Anexo II.

166
zonamicnto apoyado en hechos y el de la persuasión por el razona­
miento... No es lícita la utilización de la fuerza para someter a la
minoría... que debe ser protegida porque, a veces, la verdad está
de su parte... Debemos recurrir al razonamiento y no a la fuerza o
a la coacción.” (Mao. Decisión en dieciséis puntos, 8 de abril.) Es
conocida la célebre fórmula de Mao: “Si después de entrar en el
Partido y haber llegado a ser un miembro influyente, un hombre no
hace su autocrítica, cae forzosamente en un separatismo que le aleja
de las masas.” Pero el paso por el molde implica un rcplanteamicnto
total y no sólo una adhesión de forma; porque “no es obligado que
la minoría esté equivocada” . De este modo, todo el mundo es reedu­
cado porque no basta con pertenecer a la mayoría para tener razón 8.
El asunto es ante todo un problema moral: la única forma de que
el hombre progrese, de que eleve su nivel moral, es su participa­
ción en las luchas sociales. “El hombre no se supera si se queda có­
modamente encerrado entre sus cuatro paredes” , el hombre se forja
en la lucha (de ahí la necesidad de provocar pugnas en la sociedad
socialista con el fin de evitar el estancamiento que provocaría un
paso atrás). Sin duda alguna este concepto predomina en los juicios
emitidos sobre el carácter revisionista y reaccionario de comunistas
indiscutibles como Liu.
Este insiste, en su célebre libro citado anteriormente, en el ca­
rácter personal de esta formación, en la autoeducación. Sin duda
alguna el pensamiento de Mao coincide con el de Liu Chao Chi en
cuanto al perfeccionamiento de sí mismo, pero diverge en cuanto a
los métodos. Mao y Liu coinciden en la tradición china, moral y reli­
giosa. que pone de relieve la importancia del perfeccionamiento mo­
ral a partir de la observación de la realidad. Mao antepone, en la re­
volución cultural, este perfeccionamiento del individuo a la trans­
formación económica y política de las instituciones, con lo cual se
aparta de Marx. Se sitúa, en este aspecto, dentro de la línea tradi­
cional de una sociedad sostenida por una filosofía ortodoxa y global9

9 De ahí esas incesantes autocríticas y esos tristes rechazos, como el del


célebre filósofo Feng Yu Lan (Le Monde, febrero de 1972), que revelan el
envilecimiento total de las personas llamado "conversión” .

167
que se ocupa ante todo del individuo. Pero aquí el problema es de
orden táctico: el gran salto hacia adelante de lamoral, en esta revo­
lución cultural, es la lucha contra el egoísmo. En enero de 1968,
Mao presentaba el “importante plan estratégico” compuesto de doce
consignas, siendo la primera de éstas: “Es necesario luchar contra
el egoísmo y el revisionismo” , y la tercera: “Hay que hablar menos
de los defectos ajenos y practicar más la autocrítica.” Por tanto, el
buen comunista no es aquel que hace de la auténtica doctrina una
profesión ortodoxa, sino el que vive en una completa austeridad, el
que “carga con el bulto más pesado” . Todo funcionario y todo in­
telectual que se sirve de su puesto para hacerse la vida más cómo­
da manifiesta en ello su naturaleza revisionista. No es, pues, casual
que los primeros afectados hayan sido los dirigentes de Pekín, puesto
que, forzosamente, su nivel de vida era más elevado.
No se trata sólo de hacer comprender a los chinos que no pue­
den disfrutar todavía de un coche o de la televisión, sino más bien
de conseguir que toda una generación no desee poseer un coche o
una televisión y de que la gente no busque un bienestar personal.
Hay que desasir al hombre de sí mismo, quitarle el gusto no sólo de
la propiedad privada, sino también del éxito personal, la búsqueda de
los mejores puestos y el instinto de acaparamiento. Pero esto abarca
a toda la personalidad: “Cada uno debe deshacerse de múltiples de­
fectos, del egoísmo, del arrivismo, del espíritu de clan, de la vani­
dad, de los juicios subjetivos” (Baby), pero siempre ayudado por los
demás. “Atreverse o no a denunciar el egoísmo es ser o no ser revo­
lucionario” (El Diario del Pueblo). La tarea es ardua, pues “el
egoísmo es la herencia del sistema varias veces milenario de la
propiedad privada y sus raíces son profundas. Destruir el concepto
de interés privado para implantar el del interés colectivo es una re­
volución muy profunda y particularmente dura” .
Esta lucha contra el egoísmo se halla en el centro de la revo­
lución cultural y ofrece muy diversos aspectos: la lucha contra el
individualismo en el campo ideológico (concepto de la felicidad pri­
vada), contra las costumbres, inserción por todos los medios en la
colectividad, desarraigo del individuo de su ambiente tradicional,
ejemplaridad de los héroes de la entrega. El culto a estos últimos

168
está ligado al combate contra el egoísmo, porque el héroe es ante
todo aquel que se entrega a la colectividad, a la patria y a Mao
Esta campaña contra el egoísmo se puede considerar como cultu­
ral, puesto que conduce a la célebre decisión de dividir en dos la ac­
tividad del hombre con el fin de compaginar el trabajo ideológico y
el trabajo manual. Enviar a los intelectuales al campo durante seis
meses al año y a los campesinos y obreros, durante el mismo tiempo,
a la Universidad no es únicamente un problema de igualdad y de
unión entre los trabajadores o de ruptura de las barreras de clases,
sino que se trata, ante todo, de suprimir las mentalidades privile­
giadas y de moralizar a los hombres haciéndoles perder la costumbre
del confort. Por el contrario, la mejor enseñanza emana del conoci­
miento concreto de un oficio (que se debe anteponer a los conoci­
mientos de los libros). Por último, “no se debe seleccionar a los
alumnos según normas elitistas que tengan en cuenta únicamente el
valor individual de sus conocimientos, sino considerando su nivel polí­
tico e ideológico y su sentido del deber hacia la colectividad’’ (Dau-
bier).
“Una vez denunciado el mal, hay que extirparlo, siendo necesa­
rio desafiarse a sí mismo y luchar encarnizadamente. Hay que atacar
allí donde se encuentra el punto más débil.” Finalmente, hay que
reformarse, cambiar radicalmente mediante la reeducación. La ver­
dadera tarea revolucionaria se sintetiza en una reconstrucción moral
de la personalidad y en una asccsis, pues es evidente que la “liqui­
dación del concepto de interés privado” se conseguirá mejor extirpan­
do el egoísmo que con reformas exteriores. La primera norma es.
pues, reconstruir la personalidad basándose en una pedagogía que
nada tiene que envidiar a los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Lo-
yola. “La denuncia de las ideas erróneas es el preámbulo, la lucha
es la clave, la refundición es la puesta en práctica.” De este modo,
cada individuo debe considerarse simultáneamente “parcela de la
revolución” y “blanco de la revolución” (Mao, dieciséis puntos), lo
cual es un concepto central de la teoría del molde. Pero esta reforma*

* Ph. A rdant: “Le héros maoiste". Revue frangaise de Science politiquc.


1969.

169
moral del individuo, como primer acto de la revolución, no es más
que un aspecto del remoldeamiento. Es preciso también educar por
el ejemplo de lo que no hay que hacer, de lo que no hay que ser. Y
de ahí la importancia del enemigo, al que se le acusa menos de faltas
objetivas que de faltas morales: se humilla en público a los “reaccio­
narios” , a los que se les pasea por las calles con la lista de sus errores
colgada del cuello. Se colocan las fotografías de los grandes líderes hu­
millados en público con occsión de las grandes concentraciones (en
particular, la de enero de 1966. en Pekín). Por otra parte, volvemos
a encontrar algunos calificativos dignos de la mejor época staliniana:
‘ perros venenosos” , "ratas viscosas” . En cuanto a [Link]. se van acumu­
lando en contra de él un sinfín de acusaciones de todo tipo, sobre sus
actividades políticas, su conducta pública y privada, siendo utilizado
como ejemplo y como puesta en práctica de una lucha ideológica. Se
insiste constantemente en el envilecimiento público de los acusados:
“Hay que envilecer a Liu y reducirlo a un montón de excrementos
de perro, aborrecido por todo el mundo.” No se trata únicamente de
crear cabezas de turco, lo cual siempre es importante en toda propa­
ganda, sino de pedagogía: hay que mostrar al pueblo en lo que no
debe caer y a lo que esto le llevaría. Este método recuerda el de
los ilotas entre los espartanos y el discurso del Gran Inquisidor en
la Edad Media
El último paso de este remoldeamiento es la asimilación total
del pensamiento de Mao y la información de toda la persona por el
medio más sencillo: aprender de memoria y repetir indefinidamente
lo aprendido. Es probable que el propio Mao ordenara el estudio de
su pensamiento. En cualquier caso, este estudio sistemático se ini­
ció al mismo tiempo que la revolución cultural (octubre de 1965).
Se crearon clases especiales en todas las unidades de producción
(escolares, administrativas, militares) con el fin de aprender sistemá­
ticamente y de memoria este pensamiento, en una de cuyas fórmulas
Mao asimiló todo el marxismo-leninismo a su propio pensamiento.
Era obligatorio estudiar el pequeño libro rojo en cualquier circuns­
tancia, y los obreros debían trabajar “con el libro rojo en una mano

Ver J. H.l l CL: H isloiic <lc la propayamle, 1967.

170
y la herramienta en la otra” (El Diario del Pueblo). “En todas las
unidades del ejército se oye a los hombres que recitan frases con voz
fuerte y clara” (Agencia Nueva China). Se hacen mítines de recita­
ción. así como concursos de citas, se obliga a las personas acusadas
a recitar frases públicamente y, al menor error, el público manifiesta
ruidosamente su desprecio... “Cada frase de Mao encierra una ver­
dad y cada una de ellas pesa más que diez mil frases corrientes”
(Agencia Nueva China). Claro está, este pensamiento de Mao se difun­
de a través de todos los medios de comunicación y se encuentran citas
de Mao en los sellos de correos, en las tazas de té, en las habita­
ciones de los hoteles, en los autobuses, etc. Se trata de formar una
opinión pública total y uniforme (ante todo, formar la opinión públi­
ca, dice Mao) para que la revolución cultural no se desvíe de su meta
y siga siempre una línea correcta.
Todo debe hacerse según el pensamiento de Mao. Linchieh po­
día escribir: “Debemos actuar según las instrucciones del presiden­
te Mao tanto si hemos comprendido su significado como si no...
Un partido proletario debe tener su propio jefe trascendente y es
necesario establecer la autoridad revolucionaria absoluta de éste sobre
todo el partido...” (El Diario del Pueblo, 19 de junio de 1967).
Para aplicar esta consigna, el ejército se encargó de la educación
maoísta y se organizaron centros de enseñanza dirigidos por monito­
res militares especializados en el estudio del pensamiento de Mao.
Eran centros de formación especializados: unos estaban reservados a
los mandos “dudosos” que debían ser reeducados, otros se encar­
gaban de los estudiantes y de los obreros. En estos centros se hacían
cursillos de tres días, durante los cuales se leían, meditaban y dis­
cutían textos de Mao. “La inmensa mayoría de los chinos frecuentó
estos cursillos” , escribe Daubicr. “Salvar el pensamiento de Mao.
es salvar a China.”
La virtud mágica del pensamiento de Mao es insondable. Una
institutriz de personal de navegación puede decir que “la tarea pri­
mordial de los navegantes instructores es la de fijar en las mentes de
los alumnos la brújula siempre exacta, es decir, el pensamiento de
Mao” .

171
moral del individuo, como primer acto de la revolución, no es más
que un aspecto del rcmoldeamiento. Es preciso también educar por
el ejemplo de lo que no hay que hacer, de lo que no hay que ser. Y
de ahí la importancia del enemigo, al que se le acusa menos de faltas
objetivas que de faltas morales: se humilla en público a los “reaccio­
narios” , a los que se les pasea por las calles con la lista de sus errores
colgada del cuello. Se colocan las fotografías de los grandes líderes hu­
millados en público con occsión de las grandes concentraciones (en
particular, la de enero de 1966. en Pekín). Por otra parte, volvemos
a encontrar algunos calificativos dignos de la mejor época staliniana:
“perros venenosos” , “ratas viscosas". En cuanto a Liu. se van acumu­
lando en contra de él un sinfín de acusaciones de todo tipo, sobre sus
actividades políticas, su conducta pública y privada, siendo utilizado
como ejemplo y como puesta en práctica de una lucha ideológica. Se
insiste constantemente en el envilecimiento público de los acusados:
“Hay que envilecer a Liu y reducirlo a un montón de excrementos
de perro, aborrecido por todo el mundo.” No se trata únicamente de
crear cabezas de turco, lo cual siempre es importante en toda propa­
ganda, sino de pedagogía: hay que mostrar al pueblo en lo que no
debe caer y a lo que esto le llevaría. Este método recuerda el de
los ilotas entre los espartanos y el discurso del Gran Inquisidor en
la Edad Media 10.
El último paso de este rcmoldeamiento es la asimilación total
del pensamiento de Mao y la información de toda la persona por el
medio más sencillo: aprender de memoria y repetir indefinidamente
lo aprendido. Es probable que el propio Mao ordenara el estudio de
su pensamiento. En cualquier caso, este estudio sistemático se ini­
ció al mismo tiempo que la revolución cultural (octubre de 1965).
Se crearon clases especiales en todas las unidades de producción
(escolares, administrativas, militares) con el fin de aprender sistemá­
ticamente y de memoria este pensamiento, en una de cuyas fórmulas
Mao asimiló todo el marxismo-leninismo a su propio pensamiento.
Era obligatorio estudiar el pequeño libro rojo en cualquier circuns­
tancia, y los obreros debían trabajar “con el libro rojo en una mano

” Ver J. Eli Li : llhloiic tic la propaga/ule, 1967.

170
y la herramienta en la otra" (El Diario del Pueblo). “En todas las
unidades del ejercito se oye a los hombres que recitan frases con voz
fuerte y clara" (Agencia Nueva China). Se hacen mítines de recita­
ción, así como concursos de citas, se obliga a las personas acusadas
a recitar frases públicamente y, al menor error, el público manifiesta
ruidosamente su desprecio... “Cada frase de Mao encierra una ver­
dad y cada una de ellas pesa más que diez mil frases corrientes"
(Agencia Nueva China). Claro está, este pensamiento de Mao se difun­
de a través de todos los medios de comunicación y se encuentran citas
de Mao en los sellos de correos, en las tazas de té, en las habita­
ciones de los hoteles, en los autobuses, etc. Se trata de formar una
opinión pública total y uniforme (ante todo, formar la opinión públi­
ca, dice Mao) para que la revolución cultural no se desvíe de su meta
y siga siempre una línea correcta.
Todo debe hacerse según el pensamiento de Mao. Linchieh po­
día escribir: “Debemos actuar según las instrucciones del presiden­
te Mao tanto si hemos comprendido su significado como si no...
Un partido proletario debe tener su propio jefe trascendente y es
necesario establecer la autoridad revolucionaria absoluta de éste sobre
todo el partido...” (El Diario del Pueblo, 19 de junio de 1967).
Para aplicar esta consigna, el ejército se encargó de la educación
maoísta y se organizaron centros de enseñanza dirigidos por monito­
res militares especializados en el estudio del pensamiento de Mao.
Eran centros de formación especializados: unos estaban reservados a
los mandos “dudosos” que debían ser reeducados, otros se encar­
gaban de los estudiantes y de los obreros. En estos centros se hacían
cursillos de tres días, durante los cuales se leían, meditaban y dis­
cutían textos de Mao. “La inmensa mayoría de los chinos frecuentó
estos cursillos” , escribe Daubicr. “Salvar el pensamiento de Mao,
es salvar a China.”
La virtud mágica del pensamiento de Mao es insondable. Una
institutriz de personal de navegación puede decir que “la tarca pri­
mordial de los navegantes instructores es la de fijar en las mentes de
los alumnos la brújula siempre exacta, es decir, el pensamiento de
Mao” .

171
Como ha demostrado admirablemente P. Ardant " , es designado
como héroe (y éste juega un papel predominante en la educación
del pueblo chino) ante todo aquel que asimila el pensamiento de
Mao de tal manera que lo encarna perfectamente. El héroe es la ex­
presión viva de este pensamiento, hasta el extremo de que uno de
ellos dice: “El sufrimiento no tiene importancia; lo realmente terri­
ble es no llevar el pensamiento de Mao en la m ente...”
Porque no se trata solamente de una formación global, externa
en cierto modo: es una formación a nivel de cada individuo, de su
convicción, de su persuasión, de su impregnación, y la opinión pú­
blica no es más que la resultante de todas estas convicciones indi­
viduales. Por este motivo, el régimen escolar ha sido modificado:
se ha reducido a tres años la duración de los estudios universitarios.
A todo estudio se añaden siempre tres asignaturas: estudio del pen­
samiento de Mao. trabajos manuales y entrenamiento militar. La or­
ganización de la enseñanza es militar y en los estudios se otorga una
primacía a la política y, en los exámenes, a la primada de dase.
El fin es crear un hombre nuevo tanto en el aspecto social como en
el moral e intelectual, e incluso diríamos en el espiritual. Por ello el
propio Mao se muestra muy drástico cuando la conducta en la revo­
lución cultural no se halla a su altura. “Hay que elevar el nivel de
la lucha. El nivel actual es demasiado bajo..., debemos educar a la
próxima generación. Si lo hacemos mal, su táctica también será me­
diocre” (Declaración del 13 de febrero de 1967). Esta teoría del
molde y su aplicación nos sitúa en presencia del mayor intento de
conformización interna y externa que jamás haya existido '-. Pero

" P. A rdant : “1.c heros m aoístc". Revuc }ran\-aixc de Science potinque.


1969.
” El testimonio de Moravia es bastante sorprendente cuando describe la
utilización del pequeño Libro Rojo, pero más aún cuando demuestra que si se
sigue hablando sin cesar de clase social es porque la clase representa para Mao
una categoría moral. “Las clases forjan el arma que es la cultura en frío, con­
cienzudamente, únicamente con el fin de defender sus intereses... La categoría
moral del bien es el proletariado, la del mal es la burguesía, de tal forma
que la lucha de clases se convierte en China en una lucha del bien contra
el mal. Es decir, la clase no se halla fuera y alrededor del hombre, sino
dentro de el. Es la etema tentación diabólica contra la que hay que luchar
eternamente”, y los Guardias Rojos que sirven a esta lucha están marcados
por el ascetismo y la religiosidad. “Lo que podría llevarles inocente y fanática­
mente a la guerra es la total ignorancia, la total confianza en Mao y la total

172
también se comprende por qué esta revolución se llama cultural, ya
que la conformización debe producirse al nivel de este remoldeamiento
total del hombre y, por tanto, de su pertenencia a una cultura (o
una civilización).
La combinación de estos dos elementos doctrinales nos conduce
a las siguientes conclusiones: por una parte, es necesario seguir ac­
tualizando la revolución para evitar el conformismo en un esquema
que corresponda a las exigencias de una época determinada, pero que
ha dejado de ser real, y, por otra parte, hay que llegar a este rc-
planteamicnto por un nuevo moldeado, por una conformización a
un nuevo esquema obtenido mediante el remoldeamiento del indivi­
duo. Por eso se exige al individuo que mantenga una actitud de crí­
tica hacia la sociedad y hacia sí mismo y que acepte al mismo tiem­
po las nuevas directrices.
Estos son, desde hace tiempo, los fundamento de la doctrina de
Mao, que se aplicaron durante este período y que son la clave para
comprender la revolución cultural.

2. La dialéctica de las contradicciones

Para introducir la doctrina de las contradicciones, había que


concretarlas y, efectivamente, surgieron problemas que permitían o
exigían que dichas contradicciones fueran reveladas. Podemos dis­
tinguir dos contradicciones principales: en primer lugar, el conjunto
del problema “Estado-Producción-Administración” , en oposición al
impulso revolucionario, y, en segundo lugar, la clave del problema,
es decir, la contradicción entre la revolución hecha y la revolución
necesaria.

religiosidad... Son niños, y de ellos tienen la pobreza luminosa, la castidad


ignorante": son. en definitiva, “los boy-scouts políticos".

173
Establecer una organización y una política económica, cualquie­
ra que fuese, presentaba para Mao un doble peligro, el de crear
una élite de burócratas y expertos y el de dar a la sociedad (y al
hombre) unos objetivos y unos estímulos puramente materiales. Esto
sería la idea de uan “restauración capitalista” (expresión que no se
debe tomar al pie de la letra). Lo que Mao condena como burocra­
cia y capitalismo es el espíritu del materialismo, de la especializa-
ción, de la organización del trabajo, de la racionalización de la pro­
ducción y de la distribución. El error residía, en definitiva, en evolu­
cionar hacia una sociedad técnico-industrial sin compensación me­
diante la formación de un hombre que no se deje caer en sus redes.
Esta lucha se desarrolla en dos frentes: el de la organización y el
de la economía. En cuanto a la administración, la consigna es, de
nuevo, atacar a la burocracia, que desde hace cuarenta años se re­
pite constantemente en Europa, denunciando su espíritu de casta, su
rutina, el primado de la organización, el secreto, la formación de un
poder incontrolado, etc.
Para acabar con esto, no basta con reformas institucionales; se
hace necesario purgar, eliminar personas, pero siempre con la suti­
leza de la sustitución de la eliminación por el juicio popular, la
pérdida de prestigio, el ridículo, más bien que por la condena judi­
cial y la ejecución, ya que, de lo contrario, se corre el riesgo de crear
mártires. Cuando la purga es llevada a cabo por la opinión pública,
el condenado no se recupera nunca, sirviendo así de ejemplo, de mo­
delo y de lección para todos. Esta purga, que ha sido esencial en la
revolución cultural, “saneamiento de las filas de clase” , ha despla­
zado hacia la base a miles de altos cargos, reduciéndolos a las tarcas
más serviles.
De este modo, la lucha contra la burocracia tendrá su resorte en
la libre palabra concedida a los inferiores, a los dirigidos contra los
dirigentes. Mao invita a las masas a juzgar la conducta de los grupos
gobernantes a todos los niveles y a decidir ellas mismas si éstos
siguen siendo dignos de confianza o si, por el contrario, se compor­
tan como nuevos mandarines.
La lucha se entabló tanto contra la burocracia del Estado como
contra la del Partido, lo que hacía imposible la utilización de éste

174
en la lucha contra la burocracia, porque él mismo estaba aquejado
por este mal. Sin embargo, Mao ya había practicado “la reeducación
del Partido por parte de las masas y de las masas por parte del
Partido". Por tanto, utilizó dos métodos en la revolución cultural; por
una parte, lanzó las masas contra las organizaciones y, por otro lado,
creó administraciones paralelas. El primero de ellos era peligroso,
porque lanzar las masas contra las estructuras llevaba consigo un
grave riesgo. Más adelante estudiaremos este “llamamiento a las ma­
sas", pero debemos resaltar aquí que, hasta 1968, la operación tuvo
bastante éxito, porque, aunque se trataba efectivamente de una lucha
contra la burocracia, ¡no lo era contra todas las burocracias! El
ejército no fue molestado, como tampoco lo fueron, probablemente,
los centros de investigación, ni la tecnología de alto nivel, ni tampo­
co los servicios de información...
Así pues, nos hallamos en presencia de una revolución teledirigida
hacia unos objetivos concretos. Evidentemente, romper la organiza­
ción universitaria y saquear oficinas de correos carecía totalmente
de importancia. Por otro lado, fue multiplicada la administración:
paralelamente a los servicios administrativos (burocráticos, pero que
no fueron suprimidos) y de la sección del Partido (encargada de vi­
gilarlos), fue creado un tercer organismo que unía las dos funciones,
la administrativa y la política, cuyos rasgos principales quedaron de­
finidos en los “doce puntos” : “5, El problema de los mandos debe
tratarse comenzando por su educación; 6, Tratar correctamente con
los mandos es la clave para conseguir la triple alianza (mandos, masa,
ejército)...; 2, Hay que resolver el problema de las relaciones entre
superiores y subalternos, y los mandos deben acercarse a las masas...;
12. Los órganos del Partido deben contar con los elementos más
preparados del proletariado y transformarse en órganos de vanguar­
dia capaces de dirigir a las m asas...” Lógicamente, esto condujo a
la creación de “comités revolucionarios” , y así. en Pekín, se fundó
el “Comité administrativo revolucionario” que se encargó del con­
junto de los servicios municipales, sin que por lo demás se suprimiera
el Ayuntamiento. Me parece que el factor más importante es esa
dualidad de organismos que en definitiva concretiza institucional-
mentc el “conflicto dialéctico” . En los comienzos (febrero 1966) se

175
estableció en Shangai una Comuna, muy parecida a la Comuna de
París, que cubría también las funciones administrativas y, claro está,
las purgaba. Al principio, estos comités revolucionarios se instalaron
en las ciudades, en las zonas campesinas, a veces se declaraban co­
mités de una provincia, surgían del pueblo por propia iniciativa,
tomaban formas y composiciones diversas y se disponía a veces de
enormes “máquinas” (300 a 400 miembros) casi inutilizabas. Tras
este período de “creación" llegó, por una parte, el control y la ra­
cionalización de esos comités por el gobierno y, por otra, la crea­
ción sistemática de comités rebeldes revolucionarios por impulso del
gobierno o del ejército, empujando a las masas cuando éstas no se
movían lo suficiente y encargándose finalmente el ejército de encau­
zarlas. Encontramos, pues, distintos tipos de comités revoluciona­
rios. En enero-febrero de 1966 se pudo hablar de la “China de los
soviets” , improvisación de comités, en el desorden y la confusión.
En aquel momento, el comité no se formaba por elección, sino que
se designaba por “consultas c intercambios de opiniones” , no exis­
tiendo más regla general que la obligatoriedad de formar parte de él
para los representantes de los grupos rebeldes revolucionarios, los
representantes de los mandos y de la administración simpatizantes de
la revolución cultural y los responsables del ejército. Este proceso
no se desarrolló rápidamente, ya que, al cabo de ocho meses, no
existían más que cinco comités revolucionarios de importancia, entre
ellos Pekín y Shangai.
Tal vez no sea inútil recordar que la mayoría de estos comités
revolucionarios se crearon tras la visita de Mao a las provincias, en
el largo viaje que inició en octubre de 1967 a través de su imperio.
Por todas partes se dirigió a las masas y les transmitió las consignas
que acabarían por impulsar la creación de este nuevo órgano.
A estos comités provinciales hay que añadir los innumerables
comités revolucionarios municipales, los comités de empresa, etc.
Durante la última etapa, la rápida multiplicación de los comités no
implica en modo alguno el incremento de las revueltas de masas,
sino la intervención del ejército que instituye los comités tomando su
poder. A partir de entonces, esta intervención corresponde a ciertas

176
crisis en el seno de los propios comités revolucionarios, que exami­
naremos más adelante.
El segundo aspecto de esta lucha contra el “estatismo burocráti­
co” y el materialismo es la condena del “economismo” , aunque, en
contrapartida dialéctica, se crea el espíritu de trabajo y producción.
La campaña contra este “economismo” se debe también a las direc­
trices dictadas por el Comité central el 11 de enero de 1967, que
rechaza la prioridad, hasta ese momento concedida, a la economía.
El mal consiste en centrar el interés del individuo sobre la produc­
ción, en consagrarle a la productividad. El “economismo” conduce
a utilizar los beneficios económicos para satisfacer el deseo de un
número reducido de personas atrasadas, corrompe la voluntad revo­
lucionaria de las masas y desvía de su camino la lucha política de
las mismas de forma que éstas olvidan los intereses del Estado, los
de la colectividad y los intereses a largo plazo, no buscando más
que sus intereses personales y momentáneos. Así pues, nos encon­
tramos de nuevo con que la condena del “economismo” es un pro­
blema moral y de orientación hacia el ascetismo.
Esta condena del economismo se basa igualmente en la ten­
dencia personal de Mao, que, como ya hemos recordado (siguiendo
a Guillain), no tiene demasiada fe en la clase obrera ni en la validez
de este proletariado. Se ha llegado incluso a decir que la experiencia
de la “Comuna de Shangai” , condenada por “economismo” por el
Comité central, había sido autorizada con el único fin de demostrar
la incapacidad revolucionaria del proletariado obrero.
Este “economismo” no ha de ser combatido únicamente bajo la
forma de la productividad industrial, sino en el campo bajo la forma
del interesamiento de los campesinos en su trabajo, de distribución de
dinero y de material, etc. Esta lucha contra el “economismo” se
llevará tan lejos que toda reivindicación para aumentar el salario
o para conseguir una ventaja resulta punible. A pesar de todo,
es necesario trabajar y producir al máximo. Pero esto tiene
que ser fruto de la “vocación”, de la convicción interior, de la per­
suasión ideológica: la acción debe surgir del fuero interno del indi­
viduo. El 18 de enero de 1967 empiezan a aparecer por todo Pekín
carteles proclamando que “hay que hacer la revolución cultural para

177
estimular la producción". Se trata, pues, de incitar a los ooreros a
trabajar más por convencimiento ideológico y sin reivindicaciones
salariales 1:\ aunque esto era igualmente peligroso, ya que al lanzar
a los obreros por la vía de la agitación revolucionaria, de los mítines
en los que se pierde mucho tiempo, y de los enfrentamientos calleje­
ros, se corría el riesgo de disminuir considerablemente la producción.
Efectivamente, en 1966 hubo importantes desórdenes en las empre­
sas y. desde entonces, hubo que recordar a los obreros el deber del
trabajo y del rendimiento. En febrero de 1967 apareció el “slogan”
de Mao: “Con una mano afianzar la revolución; con la otra, la pro­
ducción.” A partir de entonces, la propaganda no dejó de repetirle
al obrero que revolución y producción son conceptos inseparables.
“La revolución se suicida si se descuida la producción.” “La pro­
ducción no puede menos de beneficiarse de la verdadera revolución,
ya que ésta libera a los trabajadores y a las fuerzas productivas de
la sociedad.”
Esta misma fórmula será empleada por Lin Piao en su informe
al IX Congreso (1969): “No se trata de sustituir la producción por
la revolución, sino de utilizar la revolución para dirigir, estimular
y aumentar la producción." Es cuestión de primacía. Siseobedece
al primado económico, a la necesidad técnica, se cae enel“econo-
mismo” ; si, en cambio, se pone en primer plano el “valor revolu­
ción” , la actividad económica no sólo se legitimiza, sino que, basán­
dose en el espíritu revolucionario, se desarrolla. Esta tesis ya se
recogía en los dieciséis puntos. Los métodos propagandísticos son
los mismos que utilizara la U. R. S. S.: los héroes de la producción
y del trabajo (por ejemplo, la célebre brigada rural Tatchai en el
Shansi, que, tan pronto como se lanzó a la lucha contra el “econo-
mismo” y el egoísmo, aumentó el trabajo y el rendimiento, llegando
a alcanzar un incremento en las cosechas del 12 por 100 sobre el
año anterior). A finales de 1967 se cantó victoria porque la produc­
ción agrícola había dado un nuevo gran paso adelante: aumento

“ Hay que observar que esto no es nada nuevo: corresponde al abuso que
las obras cristianas han hecho de la idea de “vocación” y al movimiento so­
viético de la Piatiletka.

178
medio del 10 por 100 en las cosechas 14, saneamiento de las tierras,
perfeccionamiento del riego, todo lo cual se traduce en “montañas
de cereales y océanos de dorado trigo” . Todo esto era el resultado
de la aplicación del pensamiento de Mao, según las fórmulas habitua­
les: “El pensamiento de Mao ilumina con sus rayos dorados nuestro
suelo rojo y lo transforma en granero” (“Slogan” del Kiangsi). “La
sequía no tiene nada de alarmante, porque el pensamiento de Mao
es nuestra lluvia fecundante” (“Slogan” del Shansi). Así, pues, los
revoltosos deben, al mismo tiempo, ser revoltosos y trabajar, com­
batir a los adversarios de la concepción económica de Mao y luchar
contra sus propios intereses personales.
El mecanismo de la revolución cultural consiste, pues, en esta­
blecer la contradicción permanente y en practicar, según la expre­
sión de Mao (1962), “el no-olvido de la lucha de clases”, a partir
de lo cual se explica todo el fenómeno: “El departamento de Cul­
tura es el departamento de la Muerte” , dirigido por “hombres muer­
tos” : la revolución cultural va a liquidar este departamento para
darle nueva vida. En cuanto a las purgas de la Administración, no
son purgas de tipo soviético, sino la expresión de la revolución de
las masas que matarán el revisionismo mediante la creación de una
administración no burocrática. La lucha contra el revisionismo no
es válida en sí misma, es necesaria una revolución que “queme los
residuos de las aportaciones capitalistas y burguesas” . De este modo,
Mao crea el movimiento perpetuo que todo lo critica y que se pone
a sí mismo constantemente en juego, llevando en sí su propia con­
tradicción.

El segundo aspecto de esta dialéctica de las contradicciones nos


viene dado, efectivamente, por el juego entre revuelta y revolución.
Si mi hipótesis es válida, es evidente que en este juego revuelta-
revolución debió de haber algunas “rebabas” . No creo, sin embargo.

'* De hecho, hay que tener en cuenta los retrocesos precedentes: los espe­
cialistas estiman que en 1967 se llegó de nuevo al nivel bruto de 1958, pero
con 120 millones de habitantes más.

179
que se pueda interpretar el desorden que durante un período escapó
a la autoridad de Mao como un movimiento encargado de liquidar
ese famoso “5 por 100 de los mandos del Partido” , y resultó evi­
dente que Mao fue un aprendiz de brujo. Si, por el contrario, se
trata de un movimiento de conjunto para provocar un sobresalto re­
volucionario, siendo los mandos inculpados tan sólo un pretexto,
Mao fue sobrepasado en seguida, aunque él ya había previsto el
riesgo que ello implicaba. Creo que se aventuró a provocar la re­
vuelta, a desencadenar a las masas, a hacer surgir la acusación contra
todo aquello que es intolerable en la civilización tecnicista c incluso
contra los fracasos del régimen y del Partido. Pero, por otro lado,
conseguía llevar adelante la revolución, entre desórdenes y discusio­
nes, y construir en definitiva el mundo revolucionario, aunque la
revuelta protestara a medida que se construía. Esto suponía, pues,
que no se podía partir desde lo alto, es decir, desde el Partido, sino
desde la base 15 y que, por tanto, había que recurrir a las masas.
Se empezó por los estudiantes y los niños, porque eran los mejor
adoctrinados, los más disponibles y los más aptos para la revuelta (en
razón de su edad).
Dirigirse a los jóvenes y encargarles de hacer la revolución era
poner en práctica la teoría del molde: por una parte, era más sen­
cillo, y, por otra, había que inculcarles el espíritu revolucionario, no
acoplándolos a un orden preexistente o enseñándoles determinados
“slogans” , sino haciéndoles revivir la experiencia revolucionaria y
haciéndoles participar en batallas reales. Para Mao esta experiencia
era insustituible, porque lo que forjó a la primera generación de revo­
lucionarios fue, precisamente, el combate concreto. Es necesario que
los jóvenes tengan su lucha concreta, que hagan la revolución en la
práctica, porque, de lo contrario, jamás tendrán el espíritu revolu­
cionario y sólo serán unos teóricos y, por lo tanto, revisionistas.
En estos momentos la juventud es el arma principal de Mao, y
éste le ofrece la tarea que le corresponde, es decir, la de atacar a los

“ Hay una interpretación muy restrictiva según la cual Mao se había en­
contrado, después de veinte años, en presencia, como Stalin. del mismo mal:
la burocracia, y que, así como Stalin intentó luchar desde lo alto, con autori­
tarismo y purgas, Mao corrió el riesgo de desencadenar el conflicto de masa,
creo que la revolución cultural tiene otras fuentes más profundas.

180
adultos, destruir, provocar desórdenes, lanzarse en una explosión
romántica. Esto corresponde, incluso en China, a los deseos de la
juventud y, al mismo tiempo, se trata de una tarea fácil de realizar.
En esto reside la fuerza de Mao. en que ha sabido ganarse la con­
fianza de los jóvenes para embarcarles en una aventura. Y para ha­
cerles completamente libres para su tarca revolucionaria, se cerraron
los colegios y las universidades, de tal forma que esta enorme masa,
sin trabajo y sin cncuadramiento al principio, no tenía otra cosa que
hacer más que promover la agitación. Surgió un inmenso debate
entre los estudiantes, originándose una avalancha de ideas y de opi­
niones que se expresaban en murales y pancartas, apareciendo en
la universidad la ‘libre discusión” . Sin embargo, toda esta discusión
estaba perfectamente enmarcada por el pensamiento de Mao, ya que
la juventud le era fiel, y en estas libres discusiones se trataba, sobre
todo, de “pensar Mao” . acusando al pasado chino (¡incluso des­
echando el arte Ming) y la civilización occidental (condenando a
Beethoven). Esta agitación iba a llevar muy pronto a la formación
de grupos de encuadramiento de los jóvenes y a la institución de los
Guardias Rojos, de los cuales los alumnos de la universidad de Hsin
Hua habían formado (¿espontáneamente?) un batallón en la prima­
vera de 1966. En agosto eran recibidos por Mao, que, con este
motivo, se había colocado un brazalete rojo. Esto se difundió, a
través de la prensa y la radio, por todo el país, y a partir de ese
momento se crearon batallones similares en todas partes. En cada
escuela y en cada universidad, un grupo de “duros” formaba un
comité que juzgaba las candidaturas (sólo eran admitidos los jóvenes
de las “cinco clases puras” : obreros, pequeños agricultores, solda­
dos. pequeños cargos, mártires revolucionarios). Se afirma con fre­
cuencia que la “idea de formar los Guardias Rojos ha surgido del
pueblo y el Partido no ha tenido ninguna intervención” , lo que pro­
bablemente es cierto. Estos Guardias Rojos tienen por misión pro­
mover el pensamiento de Mao. destruir todo lo que no se amolda
a él y eliminar en todo el territorio a los reaccionarios 16.
Se comprometen a luchar contra los “cuatro antis” : antipartido,

" Ver la interesante entrevista de un Guardia Rojo por A. C askli.a. Le


Monde, enero de 1967.

181
antisocialismo, antipensamiento de Mao y antirrevolución. Al tratar­
se de una lucha cultural, deben atacar las formas, ritos y expresio­
nes de la vida diaria que expresan la cultura a destruir, y por ello
arrasan los restaurantes que sirven comida occidental, exigen de
ellos unas sobretasas para distribuir entre los pobres, arrancan los
velos de las novias, destrozan los vestidos de noche, prohíben a los
fotógrafos hacer “retratos”, excluyen del vocabulario las palabras de
origen extranjero, obligan a los sastres a no confeccionar más trajes
occidentales... y queman los libros peligrosos, porque todo esto son
formas culturalmente decisivas a nivel de las masas. Ningún dirigen­
te ha intentado apresar a los Guardias Rojos en rígidas estructuras,
lo cual probablemente no era necesario, ya que la disciplina admitida
viene legislada en los 16 puntos del Libro Rojo. Podemos pensar
que con toda seguridad existieron oposiciones c incluso luchas inter­
nas en el seno de los Guardias Rojos, pero Mao las considera exce­
lentes, ya que la seriedad de su acción está garantizada por su origen
y su fidelidad a Mao. Esta acción, aun cuando es desordenada, alcan­
za su fin, que es atacar los mitos, el pasado, las autoriddes. el orden
establecido y destruir los valores y las tradiciones...
En numerosas ciudades son los Guardias Rojos quienes se en­
cargan de formar comités de purga y de decidir quién es buen comu­
nista y quién no. Esto es esencial, puesto que el Partido no puede
6er el “Partido de todo el pueblo” , sino el arma de la lucha de clases,
y con este fin debe ser reconstituido, encargándose de ello los Guar­
dias Rojos. Con su institucionalización y su crecimiento se convir­
tieron en una enorme masa: se dice que diez millones fueron reci­
bidos por Mao en Pekín en ocho inmensas manifestaciones hacia el
final de 1967, que recorrieron todo el país y se pararon en cada
pueblo discutiendo con los obreros y los campesinos. Su viaje y su
manutención eran pagados por el Gobierno. Constituían el mayor
aparato de propaganda por contacto directo y personal jamás mon­
tado. En estas discusiones aplicaron la consigna de Mao: dar libre
curso a la voz pública, permitir hablar a todo el mundo, criticar y
discutir, difundiendo simultáneamente de esta forma el pensamiento
de Mao. Pero en la medida en que el conflicto es ante todo ideológi­
co, los Guardias Rojos, encargados de la lucha ideológica, ejercen

182
de hecho todos los poderes. Estos son utilizados, en particular, para
eliminar a “aquellos que en el Partido ostenten puestos directi­
vos o tomen el camino del capitalismo" (dieciséis puntos, 8 de
1966); se lanzan contra todos los enemigos del pueblo y provocan
grandes campañas de agitación y de acusación: ésta es la “fuerza
de choque" psicológica de la revolución. Son el detonador de la re­
volución. En su seno se efectúa la fraternización de los jóvenes de
todos los medios, estudiantes, obreios, campesinos, siendo su origen
proletario la garantía de su fidelidad al socialismo. La organización
se va precisando poco a poco: los Guardias Rojos se agrupan en
compañías, sectores, escuadras, tienen sus cuarteles generales de pro­
vincia, de ciudad, de universidad, de los centros de formación. Su
programa, aparte de las manifestaciones, abarca el estudio del pensa­
miento de Mao y la preparación militar. Dicho de otra forma, se
trata de una organización muy rigurosa, sólo su acción aparece ruido­
sa, lanzada, explosiva, desordenada y turbulenta, pero no hay que
engañarse; en esta acción nada es espontáneo, ya que los Guardias
Rojos ni actúan, ni acusan, ni torturan más que a los designados por
las autoridades maoístas. Los Guardias Rojos están perfectamente
teledirigidos, las autoridades revelan el nombre del culpable y el
estallido se produce. Así ha sido desde la primera acusación (mayo
1966), lanzada por una profesora de Filosofía y que Mao se encargó
de difundir por todos los medios. Obedecen cuando se les da la
orden de detenerse, de no atacar a tal persona, igual que cuando
se Ies retira un determinado medio de acción, y así, en junio de 1967,
cuando se decidió disminuir su actividad, se les quitó, en Pekín, el
uso de altavoces sobre camiones, y sus periódicos quedaron reduci­
dos al número de diez para toda la capital, los Guardias Rojos no
protestaron. Son una tropa bastante militarizada, pero sólo su ac­
ción tiene aspecto revolucionario en cuanto acción desencadenada
en la calle, con la posibilidad, en ese momento, de hacer cualquier
cosa. Simulacro de revuelta y de espontaneidad.
Desde la aparición de los Guardias Rojos hubo una tercera etapa,
la extensión de la revolución a las masas, principalmente a las
obreras. La juventud era el detonador que debía sacudir a todo el
proletariado, y ésta era la meta de Mao: apelar a las masas para
resolver el problema concreto y poner en práctica las “contradiccio­
nes’-. De nuevo encontramos la ambigüedad de lo espontáneo y de
lo premeditado. Se designaba globalmente a un grupo o a una clase
como enemigo, invitando a los obreros a buscar a su alrededor a los
representantes de esos burgueses, revisionistas, etc., sin precisar nom­
bres (ya se habían dado en la época de los Guardias Rojos), para
incitar a las grandes masas a descubrir, mediante la crítica, los ele­
mentos que no eran revolucionarios, así como las faltas cometidas
por los mandos. Se nos dice que, entonces, los obreros de toda China
se sublevaron espontáneamente. El clima estaba bien preparado, ya
que se hizo entrar a los obreros una vez que los Guardias Rojos ha­
bían creado una atmósfera de desorden general. Pero, en realidad,
estos movimientos de masas fueron también magistralmente telediri­
gidos por unos hombres que sabían a dónde querían llegar. Ni si­
quiera se ocultó este hecho, y los maoístas declararon abiertamente,
en enero de 1968, que la tesis de la espontaneidad revolucionaria
de las masas era revisionista y condenable, porque éstas sólo pueden
tomar el camino correcto si “se ha sembrado con abundancia en sus
mentes la única idea correcta” . Es verdaderamente extraña esa “tor­
menta rebelde” , cuya espontaneidad no deja do ser denunciada. Esto
se ve claramente en el hecho de que, tras haber puesto a la juventud
en contra de la generación anterior, se ordenara, en octubre de 1966,
la unión de los obreros (adultos) con los Guardias Rojos, con el fin
de lograr la unificación de las generaciones para la “triple alianza” .
Aunque parezca extraño, los jóvenes, siguiendo las órdenes recibi­
das, detuvieron sus ataques y los viejos (más de treinta años) olvi­
daron que habían sido arrastrados por el fango. Concretamente, el
30 de septiembre asistimos a otra manifestación de obediencia al
ser ordenada la supresión en Pekín de todos los carteles, banderolas
y dibujos que cubrían las paredes y que eran la expresión misma
de la revolución cultural, disponiéndose todos los revolucionarios a
la “limpieza” y a la retirada de todos los símbolos de su indignación
y de su revuelta...; en sólo veinticuatro horas todo signo contestario
desaparece y, cuando Mao lo ordena, las actividades de los rebeldes
vuelven a su cauce normal sin haber conseguido ningún resultado
concreto.

184
A veces se obtienen los resultados esperados: entre todos los que
han sido atacados, un gran número de ellos, efectivamente, ha des­
aparecido. Ante todo, algunos dirigentes de segunda fila del P. C.,
los responsables locales. En esto había que permitir al movimiento
obtener plena satisfacción por la liquidación del enemigo designado,
porque, de lo contrario, la frustración habría sido demasiado grave.
Además, había que seguir hasta el final, puesto que los revolucionarios
atacaban a individuos bastante allegados a ellos. En cuanto a los res­
ponsables nacionales, parece que fueron los más “duros’-, los más
“revolucionarios” y los más “intransigentes” no solamente los más
atacados, sino también los eliminados con más efectividad. Así ocu­
rrió con el célebre Cheu-Yang, dictador de la literatura y purgador
de escritores y artistas, después de las Cien Flores. Para él nadie
era. antes de 1966, bastante buen leninista, y así. a sus ojos. Lukacs
era un veterano del revisionismo; apenas el 20 por 100 de los inte­
lectuales maoístas habían asimilado el método y Shakespeare “care­
cía de interés, porque no vivió la experiencia del socialismo” 17. Sin
embargo, este hombre es liquidado en julio de 1966 con expresiones
tan sorprendentes como “Cheu-Yang se opone a la línea definida
por Mao en el campo literario y artístico y protege a la pandilla anti­
partido que defiende el arte capitalista y feudal” . La prensa le
califica de “representante de terratenientes, divisionista contrarrevo­
lucionario, contratante de desertores y renegados, viejo zorro, víbora
de aspecto pacífico, dios de la justicia de la burguesía..., e, incluso.
¡Lucifer!” I8.
Karol confiesa que no encuentra otra explicación que el deseo
de Cheu-Yang de hacer la revolución desde arriba, oponiéndose así
a la nueva línea (Le Nouvel Obsen-ateur, septiembre 1966). Pero
esto me parece insuficiente y creo que precisamente por su dureza y
su intransigencia era incapaz de pasar por el molde, por lo cual debía
ser tanto más rechazado cuanto más extremista y fiel había sido
antes.

V er el libro de S. K arol.
Citado por T. M eray : Preuves. 1967.

185
Por último, podemos indicar una última contradicción, explotada
y subrayada por Mao y a la cual acabamos de llegar: la de la demo­
cracia directa y la disciplina. Esta revuelta, esta creación de comités
y esta enorme agitación de las masas correspondían a la democracia
directa, es decir, a decisiones de la base e iniciativas locales... Cada
vez que se presentaba un problema se citaba la gran frase: “El Pue­
blo es quien debe decidir.” Se le concedía la palabra al pueblo para
que la utilizara contra el aparato político y el encuadramiento; cual­
quiera podía expresar sus ideas y sus críticas, y cuando se instaba a
un comité revolucionario a tomar una decisión, siempre se hacía
la salvedad de que eran las masas las que se encargaban de contro­
lar la aplicación de tales órdenes. En octubre de 1966 se dieron las
consignas: “la democracia bajo la dictadura del proletariado” y “los
obreros se unen para tomar el poder político, económico y cultural” .
En diciembre se invitó a los obreros a que realizasen una enorme
purga en las fábricas, sin imponerles para ello ninguna organización
ni orientación. Surgieron por todas partes comités de discusión (la
tónica general era que en una pequeña ciudad existieran 23 organi­
zaciones competentes, y en una fábrica, 40 grupos de democracia
directa...), pero al lado de esto existía la disciplina, tanto interior
como de organización, y así se empezó a atacar “la postura de ultra-
democratismo y la indisciplina organizativa” (febrero de 1967). Lo
cual, en términos de fantasía, se expresará con la fórmula: “Yo
hago la guerrilla en la montaña” , y en el plano teórico: “La obs­
trucción a la formación de una gran alianza de fuerzas revolucio­
narias.”
Así pues, democracia directa y organización estricta, sin autono­
mía individual.
Democracia directa en el seno de grupos rigurosamente organi­
zados y controlados, porque, si bien no sublevarse es ser reacciona­
rio, sólo se puede uno sublevar dentro de la línea de Mao y de la
visión colectiva. Esta es la última contradicción que Mao ha querido
poner en vigor y parece que todo se reducía a un deseo de “hacer
ver en la calle la ideología del régimen” . La revolución es cultural,
porque consiste en querer hacer participar a las masas, de manera
concreta, en el juego dialéctico del pensamiento de Mao. No basta

186
con aprenderlo o con enunciar de manera teórica el sistema de con­
tradicciones: hay que entrar en la acción. Sin embargo, todo el
mundo es maoísta y este avance va a diferenciar a aquellos que lo
eran doctrinalmente de los “creyentes absolutos” . En principio, la
victoria estaba forzosamente del lado de estos últimos y Mao debía
estar tranquilo, porque los primeros no podían no declararse maoís-
tas y. por tanto, seguirían la revolución, pues de lo contrario apare­
cerían como hipócritas — éste es el dilema de Kautsky frente a
Lcnin— . Pero ocurre que éstos son los dirigentes de todos los apara­
tos y los que intentan organizarse, poner orden, triunfar y desarro­
llar... Por ello se ha podido esquematizar fácilmente este conflicto
diciendo que era “el enfrentamiento de los propietarios oficiales de
la ideología” y de “los propietarios del aparato económico, del Es­
tado y del Partido” Esto es exacto a condición de situar este
conflicto en el marco doctrinal del pensamiento de Mao. lo cual
explica los elementos sorprendentes que vamos a examinar a con­
tinuación.
Encontramos en esta revolución cultural una serie de contra­
dicciones. a primera vista incomprensibles, si no se piensa en ellas
desde el marco que hemos intentado analizar. Daremos tres ejem­
plos, empezando por la incoherencia de las acusaciones contra los
enemigos del pueblo y concretamente contra Liu Chao Chi.
Liu es un “oportunista” , un “contrarrevolucionario” , siempre ha
sido un oponente y siempre ha atacado la línea general, ha sido un
adversario del progreso y de las Comunas Populares, es un idealista,
ha estado colaborando con el enemigo de fuera. Lo asombroso de estos
ataques no es su inverosimilitud ni su estupidez, porque hemos o b ­
servado esto mismo en todas las democracias populares. Se trata
más bien de una acusación que lleva en sí una contradicción, y así.
Liu es acusado de ser un subjetivista (en su libro Cómo ser un buen
comunista), porque pide que el comunista se forme a sí mismo, afir­
mando que se trata de un problema de conciencia personal; pero,
al mismo tiempo, en el mismo momento, es acusado de mantener
la teoría de la “ceguera del militante” , de la obediencia incondicional

Iniernationalr Sium tinnnistc. I I .

187
del comunista de base a las órdenes del Partido. Asimismo es acu­
sado duramente de revisionista, de haber minado la revolu­
ción. de haberse convertido en reformista, y al mismo tiempo de ser
■‘izquierdista", es decir, hipcrrcvolucionario, por haber montado equi­
pos revolucionarios demasiado absolutos y duros. Atacó siempre a
un gran número de comunistas del Partido y fue demasiado severo.
Solía declarar que “todo estaba podrido, desde el Comité del Partido
y la Liga de la Juventud hasta las células de base...” (Bandera Roja.
30 de marzo de 1967). En otras palabras, se le acusaba de ser de­
masiado extremista. Nos hallamos en plena contradicción, pero esto
carece de importancia si pensamos que efectivamente de lo que se
trata es de revelar las contradicciones del sistema. Las acusaciones
son mitos y, según un proceso de mitificación :o, Liu lleva sobre sí
todas las contradicciones. Esto explica también la inverosímil situa­
ción personal de Liu, acusado durante dos años de todos los críme­
nes. Tres veces hizo su autocrítica. Es considerado como un obstácu­
lo para la revolución. Millones de jóvenes se han manifestado contra
él, pero sigue siendo Presidente de la República. Creo que es dema­
siado sencillo afirmar que nos encontramos con dos grupos igual­
mente poderosos que se hieren entre sí. Si así fuera, habría habido
una guerra civil en China y ésta no se ha producido. Además, en la
medida en que Pekín estaba en manos de Mao era infinitamente
fácil que Liu desapareciera o fuera asesinado; era igualmente fácil
que los Guardias Rojos, enfurecidos, invadieran su palacio.
Precisamente se manifiesta su declive al final de este enorme
movimiento. El l.° de octubre de 1968 se proclama la lista del nuevo
equipo dirigente; Liu no aparece en ella, pero ya no figuraba en 1967
cuando aún era Presidente de la República. El 10 de octubre se
proclama que Liu ya no está en el poder, pero se trata únicamente
del poder efectivo. Por último, el Comité central del 13-31 de octu­
bre pronuncia su sentencia y le excluye del Partido. Esto se produce
en el momento en que el Congreso es convocado para poner fin a la*

* Comparable al ya conocido por los historiadores: por ejemplo, se sabe


que no todas las leyes atribuidas a Moisés son de él. Pero en la medida en
que Moisés es el legislador mítico era evidente que se le podían atribuir
todas las leyes.
revolución cultural. Por lo tanto, hicieron falta tres años para alcan­
zar este resultado; esta demora no se explica por la capacidad de
defensa de Liu. sino por la necesidad de su presencia para mantener
la exaltación, el fervor y la intensidad de la revolución cultural, que
tenía otros fines que la destitución de Liu. Lo mismo ocurrió con
todos los que fueron acusados con él. Eran atacados con violencia,
pero seguían apareciendo en ceremonias, incluso oficialmente: Chen
Yi, ministro de Asuntos Exteriores, estuvo sometido durante seis
meses a estas agresiones, y a partir del 30 de septiembre de 1967
reapareció entre las personalidades oficiales en todas las ceremonias.
Esto sucedió también con el mariscal Chu Teh, con Chen Yung, mi­
nistro de Economía; con el general Chang Kuo Hua, con Tan Chien
Lin, ministro de Agricultura; todos ellos reaparecen en mayo de
1967. ¿Podríamos hablar de un cambio en la línea de la revolución
cultural? Realmente, no. ¿Podríamos hablar de una enmienda, de
una autocrítica? Después de los ataques que hemos visto, esto parece
imposible. Estos hombres conservaron sus puestos: tan sólo fueron
tomados como ejemplos, como encarnación y designados como el
catalizador de las iras y de las revueltas (probablemente en aquellos
aspectos en que el pueblo estaba ya descontento), pero realmente no
se hizo nada contra ellos. La revolución cultural es un mecanismo
aparente para obligar al pueblo a dar un paso adelante y, por ello,
es primordial que aquellos que encarnan la contradicción queden en
su sitio. Resultan indispensables en el juego y en la demostración.
Sin duda hubo varias “líneas” en la revolución cultural (por
ejemplo, la contracorriente de febrero de 1967, los exaltados de
junio de 1967, la corriente derechista de febrero de 1968, etc.).
Por supuesto, tanto para Daubier como para Esmein, las violencias,
las masacres, los desórdenes y las peleas fueron provocados por los
desviacionistas de derecha o de izquierda: los fieles a Mao se man­
tuvieron tranquilos, respetuosos, pacíficos, limitando su acción a de­
fenderse de sus agresores. La dificultad estriba en saber cómo inter­
pretar estas corrientes. Para Daubier, la revolución cultural obliga a
los adversarios camuflados de Mao (traidores, contrarrevolucionarios,
etcétera), que simulan participar en ella, a delatarse ellos mismos
porque, al no tener pureza de corazón, por fuerza cometerán erro­

189
res. Me inclino a pensar que una fuerte ortodoxia presidía esta re­
volución cultural y que tan pronto como la base estudiantil, campe­
sina y obrera manifestaba su independencia y se orientaba según su
violencia espontánea, se fue rectificando radicalmente lo que no era
más que el desarrollo normal de la acción de unos grupos a quienes
se había dicho: “ ¡Atacadlo todo y haced lo que queráis!”
La contradicción de las sucesivas órdenes de Mao es del mismo
tipo y constituye el tercer ejemplo de esta manipulación contrastada.
Desde octubre de 1966, tras los estallidos del verano, se produce un
giro: es necesario que aparezca un orden nuevo. Hay que dejar tran­
quilos a los mandos para poner en funcionamiento de nuevo la má­
quina, y así, mandos y masas deben volver a sus unidades de trabajo.
Se produce entonces un cese de la agitación, pero esto no dura
mucho, y en diciembre se proclama la libertad de poner carteles, se
desencadena una campaña por la libertad de expresión, y en enero
de 1967 se anuncian castigos para aquellos que difundan propaganda
envenenada por medio de dichos carteles (se establece por tanto un
control) y se concede un plazo a la libre colocación de carteles antes
de decidir la supresión de todos los de Pekín. Se desencadena la vio­
lencia más extrema por los insultos contra los revisionistas y, en
febrero de 1967, la consigna se convierte en: “no espantéis a todo
el mundo” y “recuperad todo lo recuperable” , se prohíben algunas
organizaciones de Guardias Rojos, porque éstos han ido demasiado
lejos y se anuncia el retorno a la moderación. Pero dos meses más
tarde, es decir, en abril, se vuelve a los excesos diciendo que “ha
llegado el momento de la lucha decisiva entre el proletariado y la
burguesía” (Bandera Roja). Vuelven a celebrarse los desfiles, reapa­
recen los carteles masivamente y los mítines reclaman la dimisión
de Liu y de Chen Y i... Con este motivo el propio Chu En Lai es
atacado por ser demasiado moderado y, lo que es más, los comités
de rebeldes revolucionarios y de Guardias Rojos que habían sido
disueltos son reconstituidos. Hay que devolver a las masas su libre
albedrío, porque “las masas revolucionarias son los verdaderos amos
de la revolución cultural” (Diario del Ejército del 4 de abril). Sin
embargo, dos meses más tarde, en junio, la actividad de los Guardias
Rojos es nuevamente frenada en la forma que hemos descrito más

190
arriba (supresión de altavoces, etc.), lo que no impide que en julio
de 1967 se dé un nuevo empuje a la propaganda contra Liu en Pekín,,
con globos, banderitas y mítines de jóvenes organizados un poco en
todas partes que piden su dimisión. Pero en septiembre de 1967
deben desaparecer todos los carteles de Pekín y, en diciembre, nuevo
arranque del exceso, del desenfreno, de la violencia para eliminar a
todos los que han reprimido a los partidarios de la revolución cultu­
ral, que pasan de nuevo a ocupar un primer plano. En enero de
1968, nuevo giro: se prohíbe la venta pública de revistas activistas
en Pekín y la censura se abate brutalmente, de forma que estos pe­
riódicos activistas (alrededor de 200 en abril de 1967) son reducidos
a unos 20 en enero y los Guardias Rojos pierden el derecho a vender
insignias o retratos de Mao, etc... Se afirma que “la época ruidosa
de los Guardias Rojos pertenece al pasado” . Algunos se explican
estos fenómenos como consecuencia de una victoria de los elementos
moderados que rodeaban a Chu En Lai y la derrota de la extrema
izquierda, pero creo que ésta es una visión demasiado racional c
inexacta, porque en abril de 1968 esa extrema izquierda volvió a
tomar el poder. Se trata de una sucesión de denuncias contra los
débiles, un avivamicnto de los conflictos, y esto protegido directa­
mente por Mao. Debemos observar la extraordinaria rapidez de las
órdenes y contraórdenes que emanan de este Comité central: no es
cierto que cada dos o tres meses la mayoría pertenezca a una nueva ten­
dencia. Por el contrario, esto tiene una explicación si consideramos
que se trata de un tipo de maniobras de guerrilla ideológica que ma­
nipulando a las masas, las desencadena, las retiene y las hace atacar
a un punto determinado, luego a otro, precisamente para tenerlas
en vilo y conducirlas a una obediencia tan estricta como la del ejérci­
to. Se trata del intento del manejo al viejo estilo jesuítico, a escala
nacional. Se tiene entonces la impresión de un extraordinario ballet
bien regulado, una especie de gran juego que no tiene finalmente
consecuencia alguna, pues los que son atacados tan violentamente
siguen en el buró político del Comité central. ¡No han hecho
más que cambiar de puesto! La revolución cultural aparece como
la aplicación de las dos teorías que hemos estudiado para la doma

191
de las masas, que por este mismo camino darán un paso más en la
revolución.
No podemos menos de replantear ahora el problema de la es­
pontaneidad. Por una parte, se puede decir que se ha lanzado a la
juventud china al combate sin ningún plan preconcebido, que Mao no
ha creado el movimiento, pero que ha conseguido utilizarlo hábilmen­
te, convertirlo en su provecho; que los carteles no han expresado
nunca una verdad oficial, doctrinal, inculcada desde el exterior; que
estos textos expresaban el sentimiento espontáneo de pequeños gru­
pos de militantes... Todo esto es cierto. Pero hemos visto anterior­
mente que la preparación de este movimiento había sido larga. Aca­
bamos de ver la docilidad de estas tropas a las órdenes; fue la pro­
paganda oficial la que invitó a los jóvenes a recorrer el país, a tomar
contacto con los grupos revolucionarios; era la administración la que
les proporcionaba camiones, trenes, dormitorios, comida; fue Mao
quien dio las cuatro reglas que más tarde observarían los carteles:
provocar un fuerte choque, utilizar expresiones explosivas, dibujar
en grandes caracteres, desarrollar sólidos argumentos. ¿Cómo hablar
de espontaneidad?
Como último ejemplo que se puede dar de esta característica
(que se puede considerar como ficticia, perteneciente al universo de
las imágenes) citaremos las nuevas contradicciones que se alternan
tan regularmente como las maniobras precedentes, y que las acom­
pañan, y según las cuales tan pronto el enemigo es vencido, se acaba,
se hunde, etc..., como se vuelve terrible, amenazador, todopoderoso
y lo pone todo en peligro. En enero de 1966, Shangai era liberada
de los opresores contrarrevolucionarios, pero en febrero todo se
había perdido: había que lanzar una gran ofensiva, y así, en enero
de 1967, la oposición “mostraba signos de derrumbamiento” y la
facción adversa a Mao no era más que “un puñado” de reacciona­
rios. Liu Chao Chi no es más que un tigre de papel (abril, 1967).
En noviembre de 1967, “las organizaciones contrarrevoluciona­
rias pierden cada vez más efectivos” y “los elementos conservadores
se encuentran cada vez más aislados” , pero en julio de 1968 El Dia­
rio del Pueblo solicita el uso de la violencia para suprimir la resisten­
cia de los enemigos de clase dirigidos por Liu y el secretario del Par­

192
tido, Teng Hsiao Ping: se renueva (después de dos años y medio)
la enumeración de sus crímenes, se les acusa de querer establecer la
dictadura de la burguesía y se indican todos los sabotajes, desórdenes
y combates que provocan.
También aquí nos hallamos en plena ficción. Periódicamente
son vencidos, periódicamente son temibles.
En estas condiciones, se puede decir que la revolución cultural
tiene un doble objetivo y que estos dos factores se condicionan recí­
procamente: por una parte, se trataba de impedir que la revolución
se apoltronara, se esclerotizara, se convirtiera en una organización
rutinaria. ¿Revolución permanente? Sí, pero la revolución no se re­
nueva por sí sola; es la impresión de revuelta y el espíritu de revuelta
lo que hace posible este fenómeno. Es la revuelta la que debe pro­
vocar una revolución dentro de la revolución. Liu representaba la
organización revolucionaria. Mao llevó el problema al plano ideo­
lógico para impedir que la organización ahogara la revolución. Para
eliminar el revisionismo, el incendio provocado por la revuelta que­
mará todos los residuos burgueses. El segundo factor correspondien­
te fue la renovación del hombre en sí: el espíritu de revuelta no pro­
duce nada si no se inserta en un cambio global del hombre. La trans­
formación incluso revolucionaria de las instituciones no produce nada
si no se instala, no se transforma, a su vez, por una conversión del
hombre que afecte a la esencia misma de su naturaleza. Una vez pre­
cisado esto, hay que examinar primero, por un lado, si la revolu­
ción cultural ha alcanzado sus objetivos y, por otro, cuáles han sido
sus consecuencias reales.

3. Sobre el éxito de la revolución cultural

Debemos preguntarnos, en primer lugar, qué podemos entender


por éxito o fracaso de semejante empresa. Sin duda alguna, po­
demos analizarla desde dos puntos de vista: primero, en relación a
los objetivos que Mao fijó a la revolución cultural (aunque conviene

193
distinguir los objetivos declarados y los que pueden permanecer ocul­
tos) y, en segundo lugar, en relación a la semejanza entre esta revo­
lución y la necesaria para la sociedad tecnicista. ¿Nos hallamos en
presencia de la creación de un nuevo camino, de “otra cosa", del
invento de una sociedad jamás vista o, por el contrario, se trata de
un acontecimiento que puede responder a un esquema ya conocido?
Sin duda alguna, Mao comprendió lo absurdo que resulta ahora
pensar que la revolución pueda ser hecha de una vez para siem­
pre y que pueda ser dirigida y guiada por el Estado: si debe seguir
siendo revolución, debe ser rectificada y renovada continuamente
por la revuelta. Esta debe dar a aquélla nueva sangre y volver a lan­
zarla. De este modo, cuando Mao acusa a una fracción de los comu­
nistas chinos de ser revisionistas, es tan sólo un pretexto: ellos no se
han vuelto revisionistas y, por el contrario, es Mao quien ha queri­
do dar nueva fuerza a una revolución que se estabiliza. Esto pro­
vocó no sólo la reacción de los mandos y de los jefes revoluciona­
rios, para quienes ser revolucionario consiste en una fidelidad con­
tinua a la revolución, sino la reacción muy dura de los campesinos
y los obreros. No debemos olvidar que la revolución cultural fue
un conflicto material violento con los campesinos y que provocó
una escisión en el seno de la clase obrera. Los campesinos se mos­
traron constantemente hostiles a este movimiento, organizando ban­
das armadas, apoderándose de las tierras de las comunas, negándose
a trabajar bajo órdenes, originando conflictos con los Guardias Ro­
jos, negándose a entregar las cosechas, repartiendo entre ellos los
fondos de inversión, etc. El 23 de noviembre de 1967, el Comité
central redacta una requisitoria terrible contra los campesinos, or­
denando la purga del campo. El ejército se ve obligado a intervenir
numerosas veces, tanto para llevar a cabo una represión como para
sustituir la mano de obra campesina y realizar los trabajos él mismo.
En conjunto, se llega a la conclusión, en 1971 (Guillain), de que
la revolución cultural había afectado muy poco al mundo rural. Más
grave aún es la escisión de la clase obrera. (Claro está, los admira­
dores incondicionales de la revolución cultural hablarán de complot,
de sublevaciones dirigidas por “pandillas" y de fraccionismo.) Los
sindicatos, atacados por los Guardias Rojos, se convierten en cen­

194
tros de resistencia (se disuelve la Federación de Sindicatos porque
“está dirigida por capitalistas”). En la base vuelven a aparecer aso­
ciaciones obreras que son culpables de presentar reivindicaciones
económicas y de buscar unos intereses egoístas. A partir de enton­
ces se multiplican los combates entre los obreros y los estudiantes o
los Guardias Rojos. Estos combates se generalizan en todo el terri­
torio durante tres años, viéndose obligado Mao, sin cesar, a rogar
a la clase obrera que mantenga la unidad. Las doce normas de 1968
y la directriz de agosto del mismo año todavía contienen adverten­
cias a la clase obrera y llamamientos al trabajo y a la unidad. Estas
revueltas obreras (se pudo hablar de verdaderos ejércitos de trabaja­
dores) no entraban, indudablemente, en el esquema de las “contra­
dicciones no antagónicas” . La clase obrera fue la más adversa a la
renovación revolucionaria de Mao y esta situación requirió necesa­
riamente el uso de la represión.
Se nos ha presentado el cuento de una revolución cultural sin
violencia, sin represión, amistosa, basada en la explicación. Nunca
se habrían realizado purgas, las muertes habrían sido accidentales
en el transcurso de luchas espontáneas entre facciones, y la reedu­
cación se habría hecho mediante el trabajo manual en “formacio­
nes” , “escuelas del 7 de mayo” , escuelas de rehabilitación política,
cuerpos de trabajo dirigidos por el ejército... El “reformado” era
“reincorporado” una vez “liberado” , es decir, después de haber
dado muestras de su retorno al “verdadero maoísmo” . Por desgracia,
conocemos sobradamente este discurso: los campos de concentra­
ción hitlerianos de 1935 a 1941 no fueron otra cosa que campos
de rehabilitación por el trabajo, y lo mismo podemos decir de los
campos stalinianos. Me atrevo a afirmar, como lo hice a propósito
de los campos de Stalin en 1946, que un régimen político que utiliza
“la reeducación por el trabajo” es estrictamente comparable a to­
dos los que la han utilizado. En el transcurso de la revolución cul­
tural, e incluso después, se llevó a cabo la represión más dura que
cabe imaginarse y no faltan pruebas de ello; la necesidad de elimi­
nar a los enemigos de Mao, la autorización, concedida el 5 de sep­
tiembre de 1967 por el Comité central, para que el ejército abriese
fuego contra todos los adversarios, la epidemia de suicidios entre

195
distinguir los objetivos declarados y los que pueden permanecer ocul­
tos) y, en segundo lugar, en relación a la semejanza entre esta revo­
lución y la necesaria para la sociedad tccnicista. ¿Nos hallamos en
presencia de la creación de un nuevo camino, de “otra cosa", del
invento de una sociedad jamás vista o, por el contrario, se trata de
un acontecimiento que puede responder a un esquema ya conocido?
Sin duda alguna, Mao comprendió lo absurdo que resulta ahora
pensar que la revolución pueda ser hecha de una vez para siem­
pre y que pueda ser dirigida y guiada por el Estado: si debe seguir
siendo revolución, debe ser rectificada y renovada continuamente
por la revuelta. Esta debe dar a aquélla nueva sangre y volver a lan­
zarla. De este modo, cuando Mao acusa a una fracción de los comu­
nistas chinos de ser revisionistas, es tan sólo un pretexto: ellos no se
han vuelto revisionistas y, por el contrario, es Mao quien ha queri­
do dar nueva fuerza a una revolución que se estabiliza. Esto pro­
vocó no sólo la reacción de los mandos y de los jefes revoluciona­
rios, para quienes ser revolucionario consiste en una fidelidad con­
tinua a la revolución, sino la reacción muy dura de los campesinos
y los obreros. No debemos olvidar que la revolución cultural fue
un conflicto material violento con los campesinos y que provocó
una escisión en el seno de la clase obrera. Los campesinos se mos­
traron constantemente hostiles a este movimiento, organizando ban­
das armadas, apoderándose de las tierras de las comunas, negándose
a trabajar bajo órdenes, originando conflictos con los Guardias Ro­
jos, negándose a entregar las cosechas, repartiendo entre ellos los
fondos de inversión, etc. El 23 de noviembre de 1967, el Comité
central redacta una requisitoria terrible contra los campesinos, or­
denando la purga del campo. El ejército se ve obligado a intervenir
numerosas veces, tanto para llevar a cabo una represión como para
sustituir la mano de obra campesina y realizar los trabajos él mismo.
En conjunto, se llega a la conclusión, en 1971 (Guillain), de que
la revolución cultural había afectado muy poco al mundo rural. Más
grave aún es la escisión de la clase obrera. (Claro está, los admira­
dores incondicionales de la revolución cultural hablarán de complot,
de sublevaciones dirigidas por “pandillas" y de fraccionismo.) Los
sindicatos, atacados por los Guardias Rojos, se convierten en ccn-

194
tros de resistencia (se disuelve la Federación de Sindicatos porque
“está dirigida por capitalistas”). En la base vuelven a aparecer aso­
ciaciones obreras que son culpables de presentar reivindicaciones
económicas y de buscar unos intereses egoístas. A partir de enton­
ces se multiplican los combates entre los obreros y los estudiantes o
los Guardias Rojos. Estos combates se generalizan en todo el terri­
torio durante tres años, viéndose obligado Mao, sin cesar, a rogar
a la clase obrera que mantenga la unidad. Las doce normas de 1968
y la directriz de agosto del mismo año todavía contienen adverten­
cias a la clase obrera y llamamientos al trabajo y a la unidad. Estas
revueltas obreras (se pudo hablar de verdaderos ejércitos de trabaja­
dores) no entraban, indudablemente, en el esquema de las “contra­
dicciones no antagónicas” . La clase obrera fue la más adversa a la
renovación revolucionaria de Mao y esta situación requirió necesa­
riamente el uso de la represión.
Se nos ha presentado el cuento de una revolución cultural sin
violencia, sin represión, amistosa, basada en la explicación. Nunca
se habrían realizado purgas, las muertes habrían sido accidentales
en el transcurso de luchas espontáneas entre facciones, y la reedu­
cación se habría hecho mediante el trabajo manual en “formacio­
nes” , “escuelas del 7 de mayo” , escuelas de rehabilitación política,
cuerpos de trabajo dirigidos por el ejército... El “reformado” era
“reincorporado” una vez “liberado” , es decir, después de haber
dado muestras de su retorno al “verdadero maoísmo” . Por desgracia,
conocemos sobradamente este discurso: los campos de concentra­
ción hitlerianos de 1935 a 1941 no fueron otra cosa que campos
de rehabilitación por el trabajo, y lo mismo podemos decir de los
campos stalinianos. Me atrevo a afirmar, como lo hice a propósito
de los campos de Stalin en 1946, que un régimen político que utiliza
“la reeducación por el trabajo” es estrictamente comparable a to­
dos los que la han utilizado. En el transcurso de la revolución cul­
tural, e incluso después, se llevó a cabo la represión más dura que
cabe imaginarse y no faltan pruebas de ello; la necesidad de elimi­
nar a los enemigos de Mao, la autorización, concedida el 5 de sep­
tiembre de 1967 por el Comité central, para que el ejército abriese
fuego contra todos los adversarios, la epidemia de suicidios entre

195
los acusados públicamente, los innumerables encarcelamientos y el
exterminio del Partido... Mao había escrito que la “revolución no
es una cena de gala ni se elabora como una obra literaria, un dibujo
o un bordado, ni se puede llevar a cabo con la misma tranquilidad,
elegancia o delicadeza, ni la misma suavidad, amabilidad, cortesía,
prudencia y generosidad de espíritu. La revolución es un levanta­
miento, un acto de violencia...’’. Ahora bien, esta fórmula (tomada
del informe sobre el movimiento campesino en la región de Ho-
Nan) se repitió miles de veces en el curso de la revolución cultural.
Esto nos parece más realista-’1.
Ahora bien, esta represión es la marca de un fracaso de la re­
volución cultural, porque ésta sólo ha podido triunfar mediante la
violencia y la coacción ejercida por el poder central.
Por otro lado, hay que señalar numerosos éxitos. Daubier cali­
fica la revolución de triunfo. Esmcin subraya la renovación del ejér­
cito y del Partido, la creación de nuevas relaciones con las masas
(la vía esencial para la “rcvolucionarización” de los órganos del Es­
tado es la relación con las masas, a la que se adaptará seguidamente
la “revolucionarización” de las estructuras) y la victoria del espíritu
de masa sobre el espíritu de facción. Guillain hace notar en su ba­
lance (“La Chine apres la révolution culturellc” , Le Monde, 1971)
distintos aspectos de este éxito, como son el desarrollo en el terreno
económico tras la crisis del período de desórdenes, la mejora de la
situación material de los chinos, el aumento del nivel de vida. Al
salir de la tormenta, como si hubiera un nuevo impulso, al tener mo­
tivaciones más fuertes, nacen por todas partes pequeñas fábricas.
Las cosechas, aun durante la revolución, son excelentes; la produc­
ción no cesa de aumentar en todos los campos, incluida la industria21

21 La Literaturnaya Gazcta del 27 de agosto de 1969 afirma que entre


1955 y 1965 se llevaron a cabo en China 25 millones de ejecuciones y 30 mi­
llones de deportaciones. Al parecer, durante la revolución cultural, habría ha­
bido dos millones de muertos... Claro está, se puede decir que no es más
que propaganda... Pero he podido establecer con bastante probabilidad que
en una propaganda se pueden considerar válidos la mayoría de los hechos
imputados a) adversario (la propaganda negativa está basada en hechos bas­
tante exactos, la propaganda positiva suele ser imaginaria). Por el contrario,
el periódico chino Singtace afirma que todos los líderes de la oposición se
encuentran tan sólo en residencia vigilada en casas de los alrededores de la
capital.

196
pesada; la distribución se perfecciona y las tiendas vuelven a estar
abastecidas.
Pero el problema no consiste en saber si hay crecimiento econó­
mico (lo que se produce en todas partes), sino en saber si el obje­
tivo en el aspecto económico ha sido conseguido; es decir, si se ha
llegado a la sustitución del egoísmo por el espíritu de sacrificio y
de abnegación, esto es, a la sustitución de los motivos económicos
por los motivos ideológicos. Pero aquí, aparte de las proclamacio­
nes formales sobre el amor de Mao y la inspiración que da su pen­
samiento. se ve claramente que el sistema económico no ha cam­
biado: aumento de los salarios, atractivo de un fuerte consumo, man­
tenimiento de una escala de salarios (de 1 a 5), acaso también des­
arrollo del sistema de primas, lotes privados de tierra, etc. En rea­
lidad, el cebo del interés personal ha disminuido tan poco que, en
1970 y 1971, Mao le declaró de nuevo la guerra. Un segundo éxito,
generalmente destacado, es la democratización de la enseñanza; los
estudiantes son reclutados entre los obreros, los campesinos y sus
hijos, existiendo una primacía del trabajo manual, un envío constan­
te de los estudiantes y de los profesores de las universidades a las
fábricas, una participación de los obreros en la dirección de las uni­
versidades y la abolición de los intelectuales en tanto que intelec­
tuales. Sin embargo, es necesario destacar la dureza de la selección
para la entrada en la universidad, selección más política que cientí­
fica. Llegados aquí tenemos que hacer las dos constataciones si­
guientes: primero, que un gran número de establecimientos de en­
señanza superior siguen cerrados (más de cuarenta en Pekín, abrién­
dose diez en 1970-71). Esto es tolerable en un país que no tiene
aún necesidad apremiante de científicos y técnicos superiores. En
segundo lugar, constatamos que un cierto número de universidades
y de institutos han quedado absolutamente vírgenes de disturbios
(en particular en Sinkiang) durante el curso de la revolución. En es­
tas universidades es precisamente donde se preparan los científicos
y los especialistas de las últimas técnicas a las que se dedica China,
manteniéndose en estas universidades la disciplina, la jerarquía, los
exámenes y los concursos intelectuales por méritos. De hecho, se ha
reconocido que el movimiento de la revolución cultural está for-

197
malmentc en contradicción con las necesidades de la investigación
científica y de la formación intelectual.
Por fin, se dan a conocer los éxitos obtenidos contra el buro­
cratismo, el parasitismo, la esclerosis administrativa, la búsqueda de
puestos y de situaciones y el arrivismo. Se trata de un triunfo de la
democracia en la fábrica (donde la participación obrera en la direc­
ción de las empresas se lia convertido en una institución viva) y,
sobre todo, en el Partido. Este, tras su disolución, fue reconstruido
durante el IX Congreso, de abril de 1969. Pero lo maravilloso del
caso es que dicho Congreso se pudiera realizar tras trece años de
interrupción. En el se confirmó la regla del centralismo democrático
y se trabajó para hacer desaparecer el aparato, para acercar el Par­
tido al pueblo: los privilegios de los miembros y de las autoridades
del Partido fueron abolidos, siendo sometidos los mandos a un re­
ciclaje mediante el trabajo obrero y campesino; la igualdad y la de­
mocracia triunfaron. Hay que señalar, sin embargo, que todo se
produjo de la forma más autoritaria que se pueda imaginar. Este
IX Congreso estaba compuesto de delegados designados por el “Par­
tido de Mao” y no por elección de la base. El mismo principio de
elección fue llevado a debate (Randera Roja explica que la fe ciega
en las elecciones es conservadurismo). Desde este momento todo se
desarrollará por cooperación y designación. El Partido se ha con­
vertido en el Partido de Mao y el ejercito ocupa en él un lugar con­
siderable. La purga ha sido muy dura y el Comité permanente está
constituido sólo por cuatro miembros.. Aunque en las obras exultan­
tes de la revolución se señala que el Comité central es renovado en
sus dos tercios (con 40 por 100 de militares y, sobre todo, de es­
pecialistas en armamento nuclear), conviene decir que en el Buró
político, más importante todavía que el Comité central, apenas si
hay un miembro nuevo y está compuesto sobre todo por jefes de
avanzada edad. ¡Ningún joven ha entrado en él!
En cuanto a la base, la purga empezó con la preparación misma
del Congreso: quince meses de encuestas. El 1 de enero de 1968
se anunció la reconstitución del Partido. Todos los miembros fueron
sometidos, uno por uno. a una encuesta sobre su vida profesional
y privada, debiendo comparecer posteriormente ante un “colectivo”

198
con el fin de analizar sus ideas y todo aquello que podía haberles
inducido a error. Esto implicaba un “examen de conciencia” y nna
adhesión pública a los temas de la crítica revolucionaria, y este ejer­
cicio tenía por nombre un término sugestivo que quiere decir:
“aprender a pensar por sí mismo". Al Partido se sumaron miem­
bros de organizaciones revolucionarias. No obstante, la finalidad de
la purga era la recuperación, y así. los que fueron expulsados del
Partido debían entrar en el proceso “lucha-crítica-transformación”
(lucha = revolución cultural; crítica = purga; transformación = re­
adaptación). Según R. Guillain. el I por 100 de los enjuiciados era
declarado criminal y condenado penalmente (lo que podía suponer
200.000 condenas): un 5 por 100 era excluido definitivamente; un
20 por 100, conservado de oficio, y, aproximadamente, un 75 por
100, readaptado. El Partido pudo transformarse en democrático cuan­
do pudo disponer de tropas dominadas desde dentro, cuando existió
una conciencia readaptada a la situación y cuando la ideología fue
reinculcada por los conocidos medios de reeducación y de presión
de la masa.
Por esta razón, se puede afirmar que los éxitos de la revolución
cultural respecto a sus propios objetivos son indiscutibles, pero si­
multáneamente compensados por grandes “handicaps” e incluso una
cierta autoncgación de sus principios. Por otra parte, está claro que
no se deben exagerar esos éxitos, ya que, desde 1970, asistimos a
una reconsideración de todos los temas críticos de la revolución
cultural.
Al final de 1969 surge de nuevo la necesidad de reavivar la “crí­
tica revolucionaria" y la proclamación de consignas contra el anar­
quismo. el revisionismo, el egoísmo y el policcntrismo; la acusación
contra un “puñado de renegados y espías adeptos al capitalismo,
el ataque a una extrema democratización” y un sectarismo retrógra­
do, etc. (ver El Diario del Pueblo y Bandera Roja de agosto, sep­
tiembre y octubre de 1969). Nos vemos en la necesidad de pregun­
tarnos si. en definitiva, la revolución cultural ha conseguido algo,
porque nos encontramos con un replantcamicnto exacto de los pro­
blemas que no parecen haber sido modificados... En agosto de 1970
(Bandera Roja) encontramos todavía las consignas contra el “econo-

199
mismo” y la acusación de burocratismo contra todas las adminis­
traciones. En octubre de 1970, un largo artículo de El Diario del
Pueblo explica que hay que “intentar” ligar las universidades al
mundo del trabajo. Se reconoce que sólo existe un boceto de reforma
y que el nivel científico es muy bajo. Finalmente, aparecen de nuevo
las campañas contra el egoísmo y a favor de la austeridad.
No se puede eludir el siguiente dilema: o bien la revolución
cultural ha obtenido unos resultados efectivos, en cuyo caso estas
proclamaciones no tienen objeto, o bien estas campañas tienen sen­
tido, y entonces la revolución cultural sólo ha obtenido resultados
muy mediocres. Porque no hay que parapetarse tras la declaración
de Mao de que harían falta dos, tres, diez revoluciones culturales.
Con toda seguridad, la tarca de reeducación del hombre no se
acaba nunca. Pero se trata de saber si se han alcanzado los
objetivos de esta revolución. ¡No puedo creer que Mao haya, en
efecto, dicho que se volvería a empezar diez veces lo mismo!

Se hace necesario considerar ahora la revolución cultural en opo­


sición a la “revolución necesaria” , en cuanto al Estado y a la técnica
se refiere. Se ha dicho con frecuencia que aquélla conducía a una
profunda disminución del poder del Estado y de la burocracia?n-,
Al contrario, parece que todo tiende a delatar un movimiento de
concentración. ¿Hay que recordar el carácter absolutamente monolí­
tico y dictatorial de la presencia de Mao? Se trata de un auténtico
culto a la personalidad. Todos los textos identifican a Mao con el
comunismo, con China, con la revolución, con el pueblo. Oponerse
a Mao es oponerse a la revolución y al comunismo. Su voluntad es
perfecta. La revolución no ha tenido más referencia que la de su
persona. Cualquiera que sea la justificación que se dé, cuando un
hombre tiene este papel en el aparato político, se trata de una dicta-

” Podemos limitarnos a remitir a las Memorias y artículos, siempre tan


involuntariamente esclareccdores, del universal Cl. J umen ("Ecouter la Chine”.
Le Monde, febrero de 1972). Repite lo que todo cl mundo ha dicho en todas
partes y cree una vez más en el idealismo, que le hace descubrir una nueva
vida revolucionaria allí por donde pasa.

200
dura, lo que implica un fortalecimiento del poder del Estado, que­
dando esto particularmente claro en el momento del conflicto cau­
sado por el “policentrismo” . Algunos inocentes habían creído que
cuando se hablaba de la revolución por la base esto suponía la crea­
ción de múltiples centros de decisión política. Era una gran herejía,
y precisamente se achacó a Lui Chao Chi, quien habría dicho: “Ha­
ced lo que las masas quieren y como ellas lo quieren." Frente a
esto se asiste a una serie de condenas de la idea de descentraliza­
ción, de una multiplicidad de poderes locales, de una autonomía de
base. En 1967, el “policentrismo” fue condenado con voces escan­
dalizadas fdesde hacía algún tiempo se habían creado grupos que
ya no pasaban por el Centro, que ya no pedían al Primer Ministro
la autorización para actuar)... (Kang Scheng, 1 de septiembre de
1967). Esta tendencia condenada no expresaba más que una volun­
tad de autonomía de la base, pero era una confusión: los comités
revolucionarios creían tener poderes reales y se les recordó muy
pronto que eran meros instrumentos del poder central, que tenían
que obedecer a los mandos designados por dicho poder y que cons­
tituían escuelas “del gobierno" más bien que gobiernos. En 1968
(El Diario del Pueblo, 5 de agosto de 1968) Mao hace un severo
llamamiento a la centralización recordando que “el Cuartel general
proletario, cuyo jefe es el Presidente Mao, constituye el único centro
y que no hay otro. El principio de existencia de varios centros es
reaccionario. Si cada departamento y cada unidad desearan un cen­
tro, habría muchos en el país, es decir, ya no existiría el centro” .
¡Napoleón no lo hubiera dicho mejor! Y seguidamente se exige la
“pronta y total obediencia al Cuartel general proletario” . Proclama­
ción hecha de nuevo en febrero de 1969 por el Cuartel general pro­
letario: se trata de establecer el “centralismo”, que toma de las
masas lo que mejor le parece, que las manipula, que “las levanta o
las calma” (declaración textual de Lin Piao. discurso del IX Con­
greso). El Cuartel general establece la línea correcta, y frente a esto
las clases y las masas no tienen más que obedecer. Es el primero
y el último de los deberes 23.*

* Pese a las declaraciones de noviembre y diciembre de 1971. el culto de


Mao no ha disminuido en absoluto: es siempre el mismo misticismo en las

201
Do esta forma, el Estado central, expresión inmediata de la per­
sona de Mao. es el comienzo y el fin. La revolución cultural lia in­
vertido el proceso comunista normal: no es el Partido quien domina
la política, no es él quien crea las instituciones, quien inspira al Es­
tado, quien orienta la política, sino el Cuartel general proletario, es
decir, el grupo de Mao que domina el centro de las instituciones
políticas; a su vez estos hacen, deshacen, se organizan y utilizan al
Partido convertido en su simple instrumento. El sutil equilibrio es­
tablecido por Lcnin se rompe burdamente en provecho — siempre lo
mismo— del Estado centralizado autoritario.
Este Estado unitario, autoritario, centralizado, puede parecer me­
nos pesado que en otros sitios y condenado a desaparecer, pero es
porque está en cabeza un hombre de prestigio incomparable, un tác­
tico genial que provoca la contestación del poder para fortalecerlo.
Pero cuando Mao desaparezca, lo que quedará será el aparato. En
esc momento se desarrollará una burocracia totalitaria y veremos
aparecer un neostalinismo. La burocracia, a pesar de haber sido com­
batida por el Partido, continúa siendo enorme en los órganos del
Estado, proliferación de funcionarios que trabajan a un ritmo muy
lento, pero que encuadran cada vez más todas las actividades de la
nación. El que se hayan simplificado las estructuras, se hayan me­
jorado las técnicas administrativas y se haya suprimido un cierto
numero de formalidades (esto es lo que se asegura) no es razón para
mantener que se haya producido un paso atrás de la burocracia;
se ha superado la lentitud, el ridículo y la ineficacia, pero no el to­
talitarismo del cncuadramiento.
También hemos señalado a menudo que el nacionalismo está
necesariamente ligado a un Estado poderoso, centralizado y autori­
tario. Pero el nacionalismo chino no ha sido nunca discutido. Es un
punto dejado de lado por la revolución cultural. La China de Mao
es un país más nacionalista que cualquier otro. Esto prueba la exis­
tencia de un Estado autoritario, y no puede decirse que esto no sea
forzado, que China está produciendo un nuevo mundo completa­
mente distinto del conocido hasta ahora, y que ni siquiera responde

más mínimas palabras del Maestro, opuestas por otro lado a todo culto de la
personalidad... de los demás...

202
a los mismos esquemas de interpretación. Ya hemos oído esto en
relación con el stalinismo y el hitlerismo... y conocemos el cuento.
A ideologías c ideas semejantes corresponden instituciones y estruc­
turas idénticas.

Esta potencia abrumadora del Estado se confirma con la omni-


prcsencia del ejército. Es éste quien ha “hecho" la revolución cultu­
ral, siendo su papel en ella más importante que el de los Guardias
Rojos. El ejército adoctrinó a China, rompió las resistencias dete­
niendo. fusilando y disparando sobre los obreros y los estudiantes,
organizando mítines de denuncia, proporcionando los mandos y for­
mando los comités revolucionarios provinciales (en 1969 se puede
constatar que domina todos los comités). En junio de 1967 apare­
cen los términos consagrados: “controles militares sobre la revolu­
ción” . “sostened al ejército, amad al pueblo” (consigna de Mao en
septiembre de 1967). “Toda victoria conseguida durante la revo­
lución cultural se debe al ejército.” “En caso de disturbios, la po­
blación china debe apoyar al ejército incondicionalmcnte. El ejérci­
to ha de ser el árbitro de los conflictos entre las tendencias." El ejér­
cito fue el factor decisivo de la revolución y del triunfo de Mao.
Los admiradores de la “tormenta” intentan probar que no se trata
de un ejército como los demás, sino de un ejército popular, de un
ejército político, cuyos miembros son seleccionados cuidadosamente
y constituyen la élite maoísta. Llegan a decir que los soldados han
actuado con mucha dulzura, siendo simples educadores, sin armas,
etcétera (Daubier). Todas las declaraciones lo desmienten. Se trata
de un ejército politizado, es cierto, pero ¿entonces? Desde el ejér­
cito francés de 1792 hemos tenido ejemplos suficientes. También
la S. S. era ante todo y casi exclusivamente un ejército politizado y
popular. Si escribo esto no es para conseguir un efecto de estilo, sino
porque se trata de la realidad. Efectivamente, no es ninguna garantía
el afirmar que se trata de un ejército político y popular. Un ejército
politizado es mucho más temible que un ejército técnico. Pero, en el
plano de la organización, se trata de un ejército como los demás, en

203
el que la jerarquía es estricta. En el ejercito fue prohibida a los in­
feriores toda crítica a los superiores y toda discusión sobre la dis­
ciplina y la jerarquía. (Directrices de los cuatro órganos centrales
del 28 de enero de 1967.) Y lo que es más. este ejército está es­
trictamente a las órdenes de sus generales; la prueba está en la obe­
diencia absoluta del ejército cuando un general se subleva. En el
curso de la revolución cultural, pese a las medidas tomadas, tam­
bién el ejercito se alzó. Por lo menos cuatro generales se opusieron
a la línea general y a los Guardias Rojos: el ejército que dirigían les
siguió. Aunque sea popular y politizado, aunque se le utilice para
todo tipo de menesteres, el ejército chino sigue siendo en esencia
un ejército, es decir, un cuerpo al servicio específico del poder en
relación con el pueblo, destinado a aplastar las revueltas interiores
y a luchar contra el enemigo exterior. Cuando tuvo lugar la revuelta
obrera de Che-Kiang. en agosto de 1968. los obreros aplastados por
el ejército le denominaron el “instrumento para suprimir a las ma­
sas". Pero donde existe un instrumento semejante (“el martillo de
Trotsky”). allí existe un Estado. Allí donde el ejército es el gran ven­
cedor. el Estado se convierte en Estado militar. No hay escapatoria.
Si la revolución cultural hubiera sido realmente la expresión del pue­
blo. ¿qué necesidad había de hacer intervenir al ejército? Cuando
se habla a la ligera de ejército popular, en simbiosis con el pueblo,
habría que entender en realidad: el ejército es el pueblo, es decir,
que con su encuadramicnto, su disciplina, su rigor, su conformismo
intelectual sustituye pura y simplemente al pueblo. El ejército es
considerado como si fuera el pueblo y éste está destinado a conver­
tirse en ejército.

El otro gran problema es el de la técnica. Hoy día se admira el


hecho de que China adopte una vía completamente original. Original
respecto a los pueblos de Africa o de América Latina, es probable
que sí; pero se ha llegado más lejos: China adopta una postura nue­
va respecto a la técnica.
No es cuestión de lanzarse en cuerpo y alma a la industrializa­

204
ción y a la tecnificación. Se mantiene un número considerable de
campesinos en el campo, no se les quita de su sitio. Se procede a la
difusión de fábricas en unidades pequeñas y esparcidas por todo el
territorio, construidas a partir de iniciativas personales; no se va
hacia un consumo ostentoso y superfino (no hay automóviles); se
introduce la mecanización del campo con la mayor precaución (con­
servando en su sitio a la mano de obra parada, utilizándola para
la creación de fábricas en las aldeas). A pesar de todo, encontramos
las ciencias y las técnicas de punta (la célebre bomba de hidrógeno).
Se obtienen éxitos espectaculares, como el puente gigante de Nan-
kín, el complejo siderúrgico de Wuhan, las enormes fábricas de la
región de Sinkiang. Todo esto parece indicar la aplicación de una
política acertada, un desarrollo controlado, una vía original. Como
recalca Guillain, “en China se construye algo distinto” . Bien, lo
acepto; pero quiero de todas formas decir que cuanto se proclama
en torno a este tema representa, sin más, exceptuando ciertos éxitos
espectaculares, la situación de todo comienzo de industrialización.
La multiplicación de pequeñas unidades industriales que producen
abonos, cemento... en el campo y utilizan mano de obra campesi­
na es exactamente la situación que conoció Europa en 1750. La
pequeña fábrica local con obreros medio campesinos es el punto
de partida. Y lo confirma el testimonio triunfal de la enorme pro­
ducción textil (se hace notar que China se ha convertido en el ma­
yor exportador de telas de algodón del mundo). ¡Evidentemente! La
rama textil es el primer paso del desarrollo industrial. Esto quiere
decir que China se sitúa al nivel del siglo xvm . ya que la producción
metalúrgica parece ser considerablemente escasa. Pero el problema
de la concentración industrial no empieza a plantearse sino a partir
del incremento de la producción metalúrgica.
En cuanto a las demás industrias (petroquímica, industria mecá­
nica. etc.), se encuentran a nivel de despegue; es decir, que hay muy
pocas técnicas modernas inmersas en un número enorme de pobla­
ción. Es natural que. estando la técnica en este nivel tan bajo, esta
sociedad gigantesca no se vea afectada por la tecnificación. Lo que
demuestra el débil desarrollo de la técnica es, por ejemplo, la lla­
mada a la invención privada y a la chapuza. Los trabajadores crean

205
ellos mismos sus máquinas. Los obreros inventan..., lo que es po­
sible para instrumentos muy elementales. También en Europa, en
1930. existía el buzón de sugerencias, donde los obreros indicaban
las mejoras necesarias que debían realizarse en las máquinas que uti­
lizaban. Pero no creo que ésta sea la manera de crear un ciclotrón
o un ordenador. Dicho de otro modo, esta participación activa de
los obreros sólo se explica por el bajo nivel de tecnificación. Sólo
entonces puede funcionar el sistema D -1 y manual.
Sin embargo, se suele destacar también otro aspecto: en las gran­
des empresas se procede a una movilización masiva y la ausencia
de máquinas es suplida por numerosos brazos. Así, las comunas
populares realizan grandes obras sin máquinas; ejemplo: la fantás­
tica explanación del Shing-Si, los canales de regadío del Yang-Tsé, etc.
Lo que me extraña es el asombro de quienes piensan que se puede pro­
ducir un desarrollo económico con estos métodos. Esta movilización
de brazos ha sido siempre el método utilizado para suplir la insuficien­
cia técnica. Es sabido que sobre este principio se basaba el gigan­
tesco trabajo realizado por los faraones y, así, las pirámides fueron
el resultado de esta movilización de mano de obra que sustituyó a
las máquinas. La excavación del célebre canal del Don an la U.R.S.S.
fue realizado de esta manera. Pero no se trata en modo alguno de
una postura original contra la técnica, sino de una falta de técnica,
eso es todo
La revolución cultural no abordó, por tanto, el problema central
del dominio o de una diferente utilización de la técnica, simplemente
porque este problema ni siquiera se planteaba. La única pregunta es
la siguiente: ¿Podrá China seguir siendo un país no tecnificado en­
tre todos los demás? ¿No llevará consigo el desarrollo de las téc­
nicas avanzadas (atómica, por ejemplo) una tecnificación general,
bien por contagio, dada la estructura del sistema técnico, o bien por*21

“Sistema D": expresión francesa que corresponde a “systéme débrouillard"


y que podríamos traducir por “sistema del astuto” o “sistema del listillo".
(N. del T.)
21 Yamada Keiji, en un interesante artículo aparecido en Esprit (diciembre
de 1971). confirma que la investigación técnica es una de las prioridades de
China, pero cuando pretende que esto se basa en malos fundamentos no hace
otra cosa que demostrar su ignorancia sobre la sociología de la técnica mo­
derna.
necesidad, cuando esas técnicas avanzadas empiecen a desarrollar­
se? ¿Podrá seguir por mucho tiempo una producción basada en la
movilización de brazos humanos sin entrar en la vía de la economía
de estas fuerzas, es decir, en la vía tecnicista? ¿Se podrá mantener
a largo plazo al pueblo en un nivel de consumo espartano? ¿Se po­
drá acaso mantener a los chinos apartados mucho tiempo del lujo
de consumo del mundo occidental? La U. R. S. S. consiguió mante­
ner a su pueblo apartado durante un tercio de siglo, pero ¡a qué
precio! Sin duda alguna, no es imposible conseguirlo, pero sólo pue­
de hacerse sobre la base de una conformización moral c intelectual
total y de una manipulación psicológica por la más totalitaria de
las educaciones y la más absoluta de las propagandas. El sistema
chino de conformización conjuga las técnicas propagandísticas de
estilo hitleriano con las técnicas de manipulación psicológica de los
jesuítas. Con esta condición se puede conseguir, sin duda alguna,
que el pueblo actúe como un solo hombre, que acepte un trabajo
enorme a cambio de una débil pero igualitaria compensación, así
como una distribución autoritaria del territorio (desplazamientos ma­
sivos y autoritarios de población para llenar el vacío en ciertos te­
rritorios, envío al trabajo de millones de personas desplazadas allí
donde falta la mano de obra, etc.).
Supresión de toda oposición (excepto las deseadas y provoca­
das por las propias autoridades) y de todo espíritu crítico, he ahí la
única razón del odio de Mao hacia los intelectuales, porque éstos
contestan, comparan, no se dejan adoctrinar y reflexionan por sí
mismos sobre las experiencias. Por tanto, hay que suprimirlos. El
envío de los intelectuales a las fábricas y al campo tiene por finali­
dad esencial el someterles a unas condiciones tales que no tengan
ninguna libertad de espíritu, así como ninguna capacidad de refle­
xión, debido al cansancio. Sí, seguramente, es posible conseguirlo.
Pero, en esas condiciones, el dominio por la técnica y el dirigismo
en el desarrollo de la sociedad tccnificada se harán a costa del triunfo
total de la técnica psicosociológica sobre el hombre. Y la propia
revolución cultural ha sido un producto de aplicación de las técnicas
de manipulación, de propaganda y de estrategia política.

?07
Ahora bien, si la revolución cultural estuvo marcada por la vio­
lencia, si co ella participaron masas tan considerables, ello obedeció
a que el movimiento desencadenado, orientado y manipulado por
Mao correspondía evidentemente a cierta inquietud popular. Claro
que hubo explosión de ira de millones de chinos. También en esta
experiencia encontramos los dos polos: a nivel de los dirigentes, una
voluntad de revolución, y, a nivel del pueblo, el espíritu de revuelta,
con sus locas invenciones, sus desvarios, sus acusaciones delirantes,
su esperanza llevada al extremo, la exaltación del sacrificio, la con­
sagración de sí mismo y el odio al enemigo..., características de la
revuelta. Pero esta revuelta no tiende a los objetivos de una verda­
dera revolución y se agota, como todas las revueltas, en movimien­
tos extremos, pero incoherentes. La coherencia surge de la cabeza
fría y lúcida que explota la revuelta. La experiencia de la revolu­
ción cultural es la última antinomia entre la revuelta, esperanza del
hombre, y el cálculo dogmático de una revolución moderna en un
país atrasado -u.*

* Estas páginas llevaban escritas mucho tiempo cuando ocurrió la elimi­


nación y, probablemente, la ejecución de Lin Piao (octubre de 1971), acusado
de haber querido asesinar a Mao, y, por otra parte, de desarrollar el culto a
la personalidad. Encontramos, pues, contra él las mismas acusaciones que
contra Liu Chao Chi. ¿Hubo conflicto entre Lin Piao y el Partido? ¿O entre
el Partido y el ejército? De cualquier modo, esta eliminación corrobora la tesis
de aquellos para quienes la revolución cultural no ha sido otra cosa que una
enorme manipulación en la lucha por el poder entre Mao y Liu. Tras haber
eliminado el clan de Liu, el dictador absoluto elimina a otro rival, Lin Piao.
al que había utilizado, y así, el régimen es el de un dictador comparable a
Stalin y la revolución cultural no significa absolutamente nada, no tiene con­
tenido alguno. Se trata de una operación de propaganda pura, nada más que
un farol. El conflicto se sitúa al sórdido nivel de los caudillos y los que
creen en la revolución cultural son ciegos asombrados. Existe, sin embargo,
una dificultad: ¿Cómo ha podido ser tan fácil liquidar a Lin Piao, jefe indis­
cutible del ejército, primera fuerza del país, sin ningún desorden, cuando ha
sido necesaria una enorme revolución cultural, una lucha de cuatro años para
apartar a Liu Chao Chi, mucho menos poderoso? O bien Lin Piao ha sido
asesinado con todos los jefes de su partido o bien la revolución cultural co­
rrespondía a algo más que a la eliminación de Liu. que no era más que un
pretexto.

208
Capítulo cuarto

Revolución y contracultura

l. La primera revolución-revuelta

En 1917, revolución. En 1921, también revolución. En 1933.


el fenómeno es distinto: revuelta frente a los tiempos modernos de
la sociedad tecnicista, revuelta que será utilizada por ciertos ges­
tores. Es ya una tentativa de revolución, pero se encuentra marcada
por el peso de la revuelta y, por tanto, obligada a renovarse cons­
tantemente. Existe ahora una explicación oficial y simple del nacio­
nal-socialismo *. La explicación marxistoide ha acabado por impo­
nerse y presenta además una racionalidad tranquilizante. ¿El nazis­
mo? Depresión económica, crisis monetaria, siete millones de para­
dos; es el primer resultado. Las clases medias atemorizadas por la
proletarización y dispuestas a aferrarse a cualquier cosa para evitar
este abismo; es el segundo resultado. El gran capital, que ve aumen­
tar la amenaza comunista, llama a sus perros guardianes y provoca
el nazismo preparado por el primer lacayo que aparece; tercer re­
sultado. Y ya está, tenemos una explicación completa... y totalmen­
te insatisfactoria.
Evidentemente, esto no es del todo falso. Es todo lo que pode­
mos decir. Es, pese a la aparente fundamentalidad, un esquema ex­
plicativo muy superficial, una demostración dogmática e ingenua
cuyo éxito se debe a la preocupación del hombre moderno por la ra­
cionalidad, por no sentirse afectado, por no tener nada que ver con
esos malditos, y por la preponderancia de la ideología de la lucha
de clases convertida en evidencia. Además, al hablar de parados y

' Sobre el aspecto del nazismo estudiado aquí, véase E. N o l t e : Les mou-
vem ents fascistes (1969) y Le national-socialisme (1970). Los libros de J lngf.r
y de E. S alomón dan una impresión real del clima social, psicológico y moral
de la época. F. Bayle: Psychologie el élhique du national-socialisme (1953).
E. V erm eil : Doctrinaires de la révolution alie mande (1948). Es totalmente
inútil el libro de Shirer sobre el III Reich.

209
de gran capital no se ha mencionado todavía nada importante rela­
cionado con el nazismo, que fue mucho más profundo, más radical
y más amenazador. Fue una enfermedad de toda la sociedad y tuvo
sus raíces en fenómenos globales, no solamente económicos, aunque
éstos hayan influido también.
La crisis económica fue una condición de la revolución hitleria­
na, pero nada más. La realidad más profunda es la desestructuración
general de la sociedad alemana y la aparición de una ideología de
tipo nuevo... Por las carreteras alemanas se veían jóvenes barbudos
y melenudos con pantalón corto de cuero y guitarra a la espalda
que iban, sin más, a la aventura, recorriendo el país para romper
con la sociedad moderna que aborrecían. Escupían sobre las tumbas
y hacían representaciones en los pueblos, recogiendo un poco de
dinero y viviendo de miseria. Habían renegado del mundo adulto
para vivir en bandas y en sociedades de jóvenes. Se contaban por
millares, Wandervogel, y fueron los primeros fermentos de las ju­
ventudes nacional-socialistas. Entre ellos reinaba una alegre libertad
sexual, símbolo de la libertad absoluta. No querían saber que, al
hacer esto, participaban en esa sociedad que repudiaban.
Porque el segundo carácter fundamental (y no es en modo algu­
no un fenómeno epidémico más superficial que el económico) era
el delirio sexual dionisíaco de esta sociedad. Probablemente, ninguna
sociedad ha alcanzado semejante “libertad sexual” , no pudiéndose
hablar de prostitución porque todo el mundo se acostaba con todo
el mundo, la homosexualidad era de rigor, y la sodomía, es decir,
el “amor en redondo” , eran cosas comunes junto con la bestialidad
organizada. No era la “decadencia moral de una sociedad burguesa
en declive” , sino el desencadenamiento orgiástico al mismo tiempo
que la orgullosa afirmación de la libertad absoluta. Todos tomaban
parte en ello y las prostitutas en escaparate de Hamburgo daban
ocasión a paseos familiares. Todas las clases sociales participaban
por igual, y a esto se mezclaba, claro está, la droga, con todos los
temas intelectuales y revolucionarios que se asocian a ella. No era
un pasatiempo burgués, y así. la alta intelectualidad alemana dedi­
caba mucho tiempo a explicar estas conductas como signos de li­
bertad, de perfección del hombre y de entrada en nuevos mundos.

210
Todo o nada. Ya no existían los valores. El bien y el mal no eran
más que puntos relativos en la inmensa variedad de posibilidades
que había que explotar. La moral se había convertido, avant lettre,
en moral de situación. Es obvio que la familia era ridicula, que las
autoridades producían risa y los profesores, padres y jefes de des­
pacho eran pisoteados por los liberadores.
En el aspecto político, había un desprecio generalizado hacia la
República y la democracia, porque, por un lado, esta democracia
no era realmente democrática — se rechazaba esta forma insuficiente
afirmando la necesidad de una igualdad total y efectiva— y, por
otro lado, esta república era impotente, no resolvía nada ni hacía
reinar el orden. Ningún hombre de Estado fue tan ridiculizado co­
mo los hombres de la república de Weimar, reinando así un catas­
trofismo general. Sólo echando esta sociedad a una hoguera podía
regenerarse. La República debía hundirse en el ridículo y en la san­
gre para que apareciese el nuevo régimen de libertad total e igualdad
absoluta. No parecía posible ninguna reforma y un inmenso despre­
cio reinaba hacia todo lo que representaba este mundo político “bur­
gués” y republicano, multiplicándose los atentados contra los hom­
bres políticos. El nihilismo caracterizaba a la juventud: nada de pro­
yectos, nada de doctrinas, nada de programas, sino un revolverse
contra cualquier autoridad. Podríamos enumerar muchos más sig­
nos característicos de una sociedad que se derrumba por entero, en
la que los lazos y controles sociales ya no existen, donde las estruc­
turas son atacadas de manera consciente en tanto que estructuras, y
donde se efectúa espontáneamente, aunque a muy diversos niveles,
una especie de construcción del medio social en conjunto. Sin embar­
go, no era un fenómeno espontáneo ni un reflejo contra una situa­
ción de crisis, sino al mismo tiempo una búsqueda voluntaria e in­
telectual. Y este conjunto tenía sus literatos y sus filósofos que pa­
saban por ser la cúspide de la inteligencia.
El nazismo fue una verdadera revolución cultural en cuanto agu­
dizaba el soberano desprecio hacia la sociedad de consumo, hacia
el humanismo y hacia la tolerancia liberal. Era una reacción vio­
lenta de una afirmación de valores contra la anomía del mundo
occidental.

211
La revolución nazi no fue un "golpe de Estado”, ni la acción
de un equipo de gángsters que engañaron al pueblo y se burlaron
de él, ni una pandilla que manipuló al país... En realidad, si la ac­
ción fue tan eficaz y tuvo tanto éxito, fue porque respondía exacta­
mente a las tendencias, necesidades, aspiraciones y esperanzas del
pueblo alemán. En una sociedad completamente desestructurada,
donde los poderes eran discutidos e impotentes, donde no se deseaba
ningún elemento fijo, ni económica ni moralmcnte. donde todos los
valores habían caído en el olvido y donde los comportamientos eran
completamente anárquicos, es decir, en una sociedad con un estado
de anomía jamás conocido, el movimiento que representaba la re­
vuelta unánime al mismo tiempo que proporcionaba unas referencias
y una verdad, abriendo así el camino de un futuro, respondía exac­
tamente a todo cuanto se podía desear. La revolución nazi ha sido
la primera revuelta global contra la sociedad moderna, no sólo con­
tra una estructura económico-social, sino también contra el industria­
lismo, la burocracia, la tecnificación de la vida, la americanización
y el espíritu burgués. Esta revuelta se encontraba al mismo tiempo
con la de la nación “proletaria" de Europa que había sido saqueada,
arruinada, estrangulada y reducida a la impotencia, es decir, de la
nación frustrada de su pasado, de su grandeza; en definitiva, de la
nación acorralada, amenazada, derrumbada... Todos estos temas
formaban también parte de la revolución global que encarnaba la
revuelta contra un mundo que había proletarizado a Alemania....
pero fue al mismo tiempo la revolución que encarnó la revuelta de
las masas pretendiendo rehacer al hombre contra su apocamiento
por la modernidad y, en este sentido, fue la primera revolución cul­
tural. El odio contra la cultura decadente y contra la podredumbre
del inútil estatismo burgués, los autos de l'c de los libros, la decisión
de unir el trabajo manual e intelectual, la voluntad de formación de
personalidades en lugar de formación intelectual, el desprecio del ar­
te por el arte y la exaltación del arte militante, la insistencia sobre
las virtudes, la abnegación, la lucha contra el egoísmo burgués y la
utilización de la escuela para una formación política, son otros tan­
tos temas de una revolución cultural cuyo centro fue la juventud
y la violencia. Esta primera revolución cultural obedecía tanto a la

212
revuelta espontánea como al movimiento complejo de relaciones en­
tre el Führer y su pueblo, partiendo de la convicción de que pri­
mero debía formarse un hombre superior y que a partir de allí todas
las transformaciones sociales y económicas vendrían por sí solas. La
revuelta que existía realmente y la voluntad de revisarlo todo cons­
tituían el punto de partida de una revolución, si bien ésta sólo debía
tener éxito partiendo de un hombre nuevo (es, por tanto, el proceso
de una revolución cultural y el inverso de la revolución soviética)...
En estas circunstancias se plantea el problema del Estado, que debe
ser considerado desde el punto de vista de la sociedad global y desde
el de los nazis. Por otra parte, un cuerpo social no puede vivir in­
definidamente en la anomía.
Una sociedad no puede durar así mucho tiempo. Se produce
necesariamente la inflación de drogas, de sexualidad, de filosofía y
la desorganización acelerada del tejido social al extremo de la li­
cuefacción dando origen, como por reflejo, a una reconstrucción
brusca, una especie de cristalización. Es imposible para el hombre
vivir mucho tiempo en una sociedad perfectamente atomizada, sin
valores ni puntos de apoyo. El asombroso cambio se produce en el
momento en que, por fin, este hombre va a alcanzar la libertad abso­
luta y cuando se va a llevar la mano al corazón despedazado vivo.
Sin duda alguna, el organismo que provoca esta cristalización o que
se convierte en su agente insustituible, es el organismo rector de
nuestras sociedades: el Estado. Y será él quien, en la incoherencia
considerada libertad, va a atar bruscamente todos los hilos y a re­
construir el tejido, si bien esta operación, como siempre, la hará en
beneficio suyo.
Sin embargo, por otro lado, desde el punto de vista nazi, apare­
cía necesariamente una primera etapa revolucionaria, a saber, la
toma del poder. A partir de entonces, la revuelta se encontraba pro­
gresivamente integrada en la revolución en marcha y fue promovida
en seguida por el Estado revolucionario. En realidad, la revuelta
no podría desarrollarse más que con el apoyo de este Estado. Con
el fin de luchar contra las desviaciones de un espontancísmo incohe­
rente, este Estado se convierte muy pronto en el tutor de la revuel­
ta. después, en su promotor. Y el Estado se convirtió en el centro.

213
estalló el conflicto inevitable entre las autoridades del Estado y
aquellos que guardaban, exclusivamente, la voluntad de revuelta al
estado puro, como lo fuera Rochm. Es demasiado sencillo presentar
a Roehm como un borracho pederasta, un soldadote ridículo que en­
carnaba todo el rechazo de la moral burguesa, toda la violencia di­
recta, toda la negación del orden, de la burocracia y de la política;
por ello debía ser necesariamente eliminado a partir del momento
en que el poder se enfrentaba a problemas económicos, a una ne­
cesidad de organización y a un cambio de legislación. Había que
gobernar. Cualquiera que fuese su estilo carismático, este poder no
podía tolerar el desorden por el desorden, la incoherencia y el desen­
cadenamiento por la fuerza bruta. Las Juventudes hitlerianas fueron
perfectamente integradas, es decir, se hizo entrar la revuelta global
en el ejército de la revolución; pero ésta encontraba ahora su flor
y nata en el propio Estado. Un Estado verdaderamente nuevo por­
que se había liberado de todas las viejas teorías burguesas, de la de­
mocracia, de la legalidad, de la moral y de la racionalidad. Efecti­
vamente, la crisis de la sociedad había desembocado en un triunfo
de lo irracional y del amoralismo, produciendo directamente un Es­
tado sin freno. Esta revolución cultural desembocó en el gran trío
moderno que hemos visto aquí a menudo, a saber: estado, nación
y técnica. En cierto modo, podemos decir que volvemos a encontrar
ese esquema tan clásico según el cual toda revolución acaba final­
mente en lo inverso de lo que en sus orígenes proclamaba-’. Pero
el movimiento que nos ocupa era original y moderno desde dos
puntos de vista. En primer lugar, nos encontramos con la integración
de la revuelta dentro del Estado y la utilización de la revuelta de
masas como fuerza política c instrumento de gobierno; y, en se­
gundo lugar, existía el imperativo técnico, es decir, el retorno a lo
irracional, a la Edad Media, donde el desencadenamiento de los ins­
tintos estaba asociado a la utilización sin freno de las técnicas mo­
dernas en todos los campos. He escrito en otra p arte3 que lo que
caracterizó al nazismo fue la utilización incondicional de todas las

" Ver J. E [Link]: Autopsia de la revolución, Unión Editorial. Madrid, 1973.


' Ver J. E llul : La techniquc ou l’enjeu du sítele.

214
técnicas, el proceder a una mutación brutal de la política para adap­
tarla a la técnica y hacer de la técnica el motor de toda la so­
ciedad.
Debemos retener, sin duda alguna, lo más seriamente posible,
esta experiencia, porque nos hallamos en un mundo altamente tec-
nificado en el que cualquier revolución cultural se encontrará nece­
sariamente en algún momento con el imperativo de integrar la téc­
nica que no puede ser subordinada pero que se encuentra sobreorde­
nada a todas las empresas del hombre. A partir de este momento, el
poder de la revuelta anima el austero automatismo técnico. La re­
vuelta es la encargada de dar cuerpo a la racionalidad reseca: es lo
irracional, que es lo único que permite la prosecución del crecimiento
técnico que. de otro modo, el hombre no toleraría. Con el nazismo
encontramos la primera experiencia de integración de la revuelta más
espontánea, explosiva, extrema y total que pueda darse en el más
riguroso de los desarrollos técnico-estatales. No olvidemos jamás que
la revuelta tiene ahora su lugar y su función. ¿Podría ser de otro
modo, ahora y en otra p a rte ...? 1*4*6.

No tener en cuenta estos fenómenos es no entender nada del na­


zismo. que no es en modo alguno una tenebrosa maquinación de
los grandes capitalistas para protegerse. El nazismo tuvo como clien­
tela, primero y esencialmente, a los jóvenes revoltososs, la mayoría

1 Ya sé que para los marxisias el nacional-socialismo no ha sido una re­


volución porque no ha destruido las estructuras “capitalistas” de la economía,
ni ha cambiado Jas relaciones de producción. Pero ésta es una visión superada
por la situación moderna y sabemos sobradamente por experiencia que el cam­
bio total de las relaciones de producción conduce, finalmente, al mismo re­
sultado, a la misma tríada dominadora: Estado-Nación-Técnica. Como hemos
dicho a menudo, es ignorar además la profunda mutación económica que tien­
de a la desposesión de los capitalistas, llevada a cabo en el plazo de cinco
años. Los marxistas deberían aceptar primero el ver y conocer los hechos
exactos, y después, considerar la situación moderna como verdaderamente mo­
derna, es decir, más allá de una doctrina de hace un siglo.
6 Huelga decir que estos jóvenes revoltosos eran hijos de burgueses me­
dios. etc... Es cierto, porque la burguesía que al parecer apoyó a Hitlcr no
fue la de los comodones de 50 años. Pero si este hecho es esencial, entonces
pido que se interprete de la misma manera la revuelta estudiantil de 1968: ellos
también eran hijos de burgueses medios. Pero, claro está, este argumento es
rechazado con desprecio.

215
de ellos estudiantes u y obreros 7. Al principio, el nazismo fue ante
todo un movimiento de jóvenes y proletarios. Asumió un doble ca­
riz, una doble corriente: por un lado, libertario, negador radical de
todos los valores pasados, nihilista total, creador de comunidades
(el célebre Zusammenmarscfueren), evacuador de la moral cristiana
y burguesa, y, por otro lado, creador de un estilo nuevo, de una
ética jamás conocida que arrastraba a los hombres entusiastas a
lanzarse a la aventura de una vida heroica bajo la égida del Partido
que, por otro lado, no era más que la expresión y el producto de la
espontaneidad del Volksgeist.
Así pues, el nazismo abarcaba toda la crítica, la libertad de cos­
tumbres adquirida y, al mismo tiempo, la necesidad de reconstruir
y reordenar la sociedad. ¿Cuáles fueron los temas de creencia, de
doctrina, de ideología, de proyecto y en función de qué se hizo esta
revolución? Contra la racionalidad y la mecánica, a favor de lo
irracional y lo humano; contra la banalidad cotidiana, el ritmo de
trabajo triste y la suciedad urbana, a favor de la explosión de vita­
lidad, la alegría del trabajo, lo siempre renovado; contra la moral
estrecha, a favor de la libertad de la sangre y de la tierra, del sexo
y del puño; contra la autoridad paterna, a favor del reconocimiento
de la autoridad ideológica del partido, del grupo de los camaradas;
contra la dulzura, la amabilidad y la caridad cristiana, a favor de
la violencia y la dureza; contra la hipocresía de la democracia y del
humanismo, a favor del establecimiento de relaciones directas; con­
tra la diplomacia, a favor de un estilo directo de la política. El in­
sulto era corriente. Hitler recibía a los embajadores extranjeros a
las 3 o a las 4 de la mañana y la furia era uno de sus instrumentos
de gobierno. Sed crueles y violentos... es una consigna espccífica-

“ Las Universidades fueron uno de los primeros bastiones del nazismo y


los estudiantes, tras los antiguos combatientes, fueron los que proporcionaron
las mejores tropas a Hitler.
" ¿Es acaso necesario recordar, después de haberlo hecho tantos otros,
que esta revolución, que después de 1930 reclutó más gente entre los trabaja­
dores que en cualquier otro sector, era ajena al campesinado? 1.a participación
campesina en el nazismo fue siempre muy débil y fue en el campo donde la
propaganda encontraba más dificultades para imponerse. Es un rasgo común
con las revueltas occidentales de hoy, así como la marca de una diferencia
esencial con las revueltas del tercer mundo.

216
mente nazi. Contra la administración y el burocratismo se propug­
naba la vida libre, la espontaneidad y el descubrimiento explosivo.
El liberalismo era la negación de la libertad: la verdadera libertad
se encontraba sólo en la unión con los camaradas y en la violencia
contra todo lo que no era los camaradas. El odio principal estaba
dirigido contra el capitalismo corruptor y la democracia mentirosa
y servil. Se trataba de establecer una propiedad común de todos
los bienes del pueblo y una comunión total donde se hallaba la
verdadera igualdad y la representación de la aspiración profunda:
la democracia real por el impulso unánime. Es inútil contar los vo­
tos porque es ficticio. Pero no lo es la profunda corriente de un pue­
blo que vibra con una misma pasión; todos contra esa democracia
burguesa, esa economía capitalista burguesa y esa moral burguesa
para llegar a) Milenio, es decir, el régimen de mil años de una ver­
dadera comunidad popular. Se trataba de tener en tensión al pueblo
entero, de vivir inquietos, de una manera constantemente heroica y
violenta, con el fin de llegar a esc Milenio. Pero para ello había que
ponerlo todo en cuestión. La Ciencia, el Arte, no eran valores su­
premos, y pensar lo contrario era una consideración burguesa; tan
sólo debían servir de medios de acceso al estado superior. Había que
quemar los libros corruptores, acuchillar los cuadros burgueses, sien­
do la espontaneidad de la violencia interna del hombre el fuego
por el que todo debía de pasar. Sólo había desprecio hacia toda la
sociedad moderna.
El nazismo ha sido, sin duda alguna, un rcplanteamiento gene­
ral de toda esta sociedad, probablemente de manera más fundamen­
tal que el leninismo, porque si éste conservaba lo esencial, es decir,
la política, la producción, el nazismo fue la explosión de furia, de
rabia y de odio contra el dominio del dinero (simbolizado por la
preponderancia del dólar), contra la tecnicidad. la burocracia y la
organización que reducen al hombre de carne y hueso a un simple
autómata. Encontramos, pues, una vuelta a la naturaleza y. frente
a la modernidad, totalmente negada, un retorno a la Edad Media.
Decir que se trata de una “reacción” o de una “regresión” (mien­
tras que c! leninismo sería la preparación de la sociedad futura), es
dar una interpretación simplista, porque la penetración en la Edad
Media no era más que la fase transitoria que permitiría llegar al
Milenio que no era. en modo alguno, una reconstitución medieval.
Tal es el profundo movimiento del nazismo. Todo esto no era
ideología vacía ni pretexto. Por una parte, el nazismo reunió en un
haz doctrinal (aseguro, contrariamente a los que se encogen de hom­
bros ante la estupidez de los escritores nazis, que no eran ni más
ni menos estúpidos que el pequeño libro rojo y la enorme literatura
posmarxista moderna) los sentimientos y los impulsos de los jóve­
nes y de los revoltosos. Por otra parte, muchos de estos elementos
se llevaron rápidamente a la práctica: reincorporación de siete mi­
llones de parados en tres años, vacaciones pagadas, viajes populares
organizados, subvenciones de paro, alojamientos y automóviles para
obreros; sería inútil recordar estos hechos, de sobra conocidos. Pero
quizá no esté de más recordar todavía que el nazismo ha sido el
primero en suprimir la barrera existente entre el trabajador manual
y el intelectual. Estudiantes y profesores debían pasar tres meses
al año en el Arbeitsfront, trabajando en el campo o en las fábricas.
Todos los obreros debían someterse cada año a un cursillo de forma­
ción intelectual en las universidades populares...
Esta es la realidad del nazismo, aunque sólo veamos de él su
antisemitismo, sus campos de concentración y su relación con el
“gran capital” . Esto también ha existido, pero no era lo esencial.
La casi totalidad de los capitalistas prefirieron con mucho sostener
a los Nacionales alemanes y al Partido popular antes que a los na­
zis, y sólo al final acabaron por aceptar a Hitler. El gran capital
jugaba hábilmente con Hitler. intentando engañarle, pero en reali­
dad cada día estaba más amenazado y frenado por la planificación;
estaba condenado a corto o largo plazo a desaparecer s. Hitler lo
tenía todo preparado para esto en 1939. El antisemitismo estaba
ligado al odio hacia la cultura, hacia la democracia, hacia la ciencia
y hacia el dinero. Era además un medio de propaganda y el excita­
dor popular por excelencia. El campo de concentración era un medio
de acción y la expresión del antihumanismo, del “sed crueles” y de

’ Contrariamenie a la más beatificadora de las obras de B ri.c h i , La re­


sistible subida de Arturo Vi... ¡Cómo un hombre tan extraordinario ha po­
dido ser tan ciego esta vez! ¡Sólo su dogmatismo!...

218
la primacía de la violencia. El campo de concentración ha sido la
más perfecta ilustración que jamás haya existido del pensamiento
del marques de Sadc. La falsificación moderna del nazismo nos
permite olvidar la cuestión. El nazismo ha sido, ante todo, la re­
vuelta de los jóvenes contra la sociedad tccnificada y la opresión
de reglas y autoridades. Después ha sido la inserción de esta re­
vuelta en un sistema y una organización que han permitido a este
impulso conseguir hacer una revolución. Pero el nazismo ha inten­
tado mantener los dos factores simultáneamente. Si el Estado es ca­
lificado de revolucionario, lo es en la medida en que el pulso de la
revuelta se ha mantenido constantemente, lanzando a jóvenes desen­
frenados a la calle con el fin de molestar a los transeúntes, de rom­
per escaparates, de ahorcar judíos, asesinando jefes políticos, pro­
poniendo siempre nuevas manifestaciones de violencia, creando cam­
pos de exterminio o provocando la guerra. Era necesario mantener
la tensión alta, dar salida a la violencia bruta y satisfacer la revuelta.
Pero el intento fracasó porque la revolución había desembocado
en el Estado. El nazismo, a pesar suyo (no hubo mitificación del Es­
tado como en el fascismo), se vio obligado a volver al Estado y la
dictadura podía ser la expresión de la corriente comunitaria del pue­
blo, aunque lo que al final triunfó fue la burocracia, la organización
y la técnica. Roussct, en Le Pitre ne rit pas, ha demostrado per­
fectamente el inquietante resultado de la racionalización de lo irra­
cional, la burocratización de la explosión erótica y la estatificación
de la violencia espontánea. El nazismo ha sido la primera revuelta
profunda contra la sociedad moderna en tanto que sociedad global
y moderna, pero ha pretendido ser la revolución. Se encontró con
la necesidad de la técnica y del estatismo. Entonces produjo la dic­
tadura exorbitante, el monstruo absoluto.

2. La revolución norteamericana

Este es el descubrimiento de los últimos ¿.ños: la revolución se


prepara, está ya en marcha, va a estallar pronto en los Estados Uni­

219
dos. En realidad, se ha pasado del análisis de lo que es la revolución
para nuestro siglo a una primera conclusión, a saber, que esta revo­
lución sólo puede tener lugar en los Estados Unidos. Pero de allí
se ha pasado, por una especie de movimiento inconsciente en el que
se mezcla la esperanza y el temor, a la afirmación siguiente: esta
revolución tiene y tendrá lugar en los Estados Unidos. Esto viene apo­
yado. claro está, por el examen de las explosiones de revuelta, de la
contestación y de las nuevas formas de vida que se producen un
poco de manera general en los Estados de la Unión. Los autores
tienen generalmente una visión mucho más seria y profunda de la re­
volución moderna que los marxistas o escritores de toda tendencia
que no cesan de disertar hoy día sobre este tema, pero pasan un
poco rápidamente de su análisis a la creencia en la realización de sus
deseos n.

* El más conocido es evidentemente el libro mediocre de R evel , A’i Marx


ni Jesús. 1970 (tiad. csp. con el título: U. S. A .. N ueva Revolución, Plaza Janes.
Barcelona. 19711. Recoge exactamente el mismo análisis que he hecho en A u ­
topsia de la revolución (1969) sobre la imposibilidad de que la revolución
necesaria, correspondiente a nuestra época y no al siglo xix, tenga lugar en
otro sitio que no sea el mundo occidental, y especialmente en los Estados Uni­
dos. Intenta demostrar, como yo hice, que sólo puede tratarse ahora de una
revolución de civilización, no sólo política; que el marxismo, que había tendido
hacia esta revolución de civilización, está actualmente sobrepasado por la mu­
tación tecnológica y que la revolución sólo puede producirse en función y en
relación a la técnica en sí y, por tanto, en Occidente. Pero el análisis que
hace es mediocremente somero. Las cinco condiciones que pone para que
haya una posibilidad de revolución no son del todo inexactas, pero reducir a
ello la potencialidad de la revolución es realmente muy insuficiente (crítica de
la injusticia en las relaciones económicas, crítica de la gestión en la sociedad
actual, crítica del poder político, crítica de la cultura, de la moral, de la re­
ligión, etc.; crítica de la antigua civilización como censura o reivindicación
de la libertad individual). En realidad, este análisis no corresponde a un estudio
general de los fenómenos revolucionarios, sino a la necesidad de la causa: dado
que se observan estos cinco elementos en los Estados Unidos y puesto que
hay que demostrar que es allí donde la revolución está en marcha, crgo estos
ractorcs son los factores de la revolución. En cuanto a la convicción de que ésta
debe producirse allí. Revel dice prácticamente lo mismo que Th. R oszack : V e n
une nutre culture (edición norteamericana. 1968). (trad. csp. con el título: E l na­
cim iento de una contracultura. Kairos. Barcelona, 1970). libro verdaderamente
curioso. Sobre este tema conviene leer, por último, la novela de P. G oodman:
M aking do: Tim L erry : The politics o f Ecstasy, 1968; los libros de K erouac
y de G in sberg : N orm an Brow y L ife against Dcath (1966); Eldr. C leav er :
Sur la revolutlon américaine (1970), P. G oodman: The M ovem cn t Tow ard a
New A m erica (1970). Sidncy I. ens : The M ilitary Com plex Industrial (1970).
Jcrry R ubín : Do it (1970). J. M oreau : Com andos noirs (1969), G rier y C o­
ras : La Race dr.\ N»irs Am éricains (1970). Evidentemente, en lo que se re-
Estos autores tienen, por lo menos, el mérito de considerar que
la revolución necesaria en nuestros días afecta a la totalidad de la
sociedad y de la civilización y que no es, en modo alguno, un fenó­
meno o un problema político ni económico, sino un movimiento es­
trechamente ligado a la tecnificación y que concierne directamente
al hombre en su nuevo ambiente técnico. Así pues, se trata de una
visión bastante profunda de la exigencia revolucionaria. ¿Se puede
acaso “dar el salto’ ? Parece conveniente discernir primero en los
Estados Unidos entre los “movimientos" más o menos organizados e
instituidos y entre la elaboración inconsciente, indistinta y global de
“otra cultura” .

En lo que respecta a los movimientos, no hace falta ser muy vivo


para saber que actualmente los Estados Unidos son recorridos por
intensas corrientes de agitación y sacudidos por azotes de fiebre tro­
pical. Es suficiente recordar los títulos de los capítulos, pues no es
nuestra intención hacer aquí una descripción.
La agitación femenina (de la que se habla poco) para la libera­
ción total de la mujer. Agitación de estudiantes y de la juventud en
general con la creación tanto de universidades libres como de mo­
vimientos pacifistas o grupos políticos extremistas. Revuelta de los
“excluidos” , es decir, de aquellos que no se benefician de los des­
arrollos y mejoras de la sociedad norteamericana; se empieza a hablar
mucho del hambre en EE. UU., de las “bolsas” de miseria que
existen bajo la superficie rutilante ,0. e incluso se dan cifras extra­
vagantes (el 20 por 100 de los norteamericanos no comería lo su-
fiere al movimiento de los negros o de los hippies, sólo cito los textos mil)
recientes. Existe una enorme literatura sobre el Poder negro, etc., pero es en
los libros más recientes donde se recoge la idea de que estos diversos movi­
mientos inician un proceso revolucionario en Estados Unidos.
,# El primero que habló de ello fue, sin duda. J. de C astro : Geopolítica
del hambre en 1950, pero en su nueva edición refuerza sus posturas. En 1964.
la revista Newsweek dedicó un número especial a “Poverty U. S. A.”. En
1960 hubo también un informe especial sobre el tema: “Hunger U. S. A.”, in­
forme de la oficina de encuestas sobre el hambre y la subalimentación en los
Estados Unidos. Esto fue recogido de nuevo desde un punto de vista político
por L arner y H o w e : Poverty view from the Left (1968). A esto debemos
añadir los excelentes libros de T hfobai.d y de Str in g feu .ow y los números
especiales de la revista Katal [Link].

221
ficiente). cuando la realidad es que nos hallamos en presencia de fe­
nómenos muy reducidos y esporádicos (probablemente de un 1 a
un 2 por 100). Pero lo importante es el hecho de la toma de con­
ciencia de esta pobreza por parle de los propios norteamericanos.
En fin, los tres aspectos más espectaculares son los hippies, los
movimientos negros y las nuevas formaciones políticas. Sólo haremos
un breve comentario sobre cada uno de éstos. En cuanto a los hip­
pies, se debería procurar evitar la confusión entre ellos y cualquier
joven de extraña indumentaria más o menos pintarrajeado. Existe
una voluntad deliberada de encontrar una nueva forma de vida, una
búsqueda de una cultura, una ruptura con toda la sociedad mecani­
zada, técnica y politizada. Sin esta actitud de rechazo y de “búsqueda” ,
no hay hippies.
Respecto a los negros, se sabe lo complejo que es el problema,
con sus dos grandes tendencias representadas por Martin Luther King
y Malcolm X. Lucha pacífica con tendencia al triunfo del amor, o
violencia y victoria sobre el enemigo; búsqueda de una reconcilia­
ción y, por tanto, voluntad de integración por igual en la comunidad
norteamericana, o bien, afirmación del poder negro. “Los negros
solos” , que reclaman la ruptura entre las dos comunidades, con una
tendencia a destruir mediante la violencia la sociedad blanca, a lo
que hay que añadir las revueltas a veces espontáneas que arrasan
un barrio en un delirio que hace, como hemos visto a menudo, que
los revoltosos saqueen, destruyan c incendien tanto lo que pertenece
a los negros como a los blancos (como en Newark).
Por fin aparecen nuevas formas políticas. Están los movimientos
radicales e “izquierdistas” . El pensamiento social radical11 tranqui­
liza un poco a los franceses porque corresponde a una dimensión co­
nocida: se ven reflejados en esta crítica de la sociedad, no tan nue­
va, pero que parece revolucionaria en los Estados Unidos y que
coincide en un punto extremo con el movimiento estudiantil del
S. D. S .1112. La New Lefi es una tentativa de asimilar a Marx en un

11 T. B. B ottomore : Critique de la société (1970) es un historial excelente


de este pensamiento radical que no surgió en un día en los Estados Unidos.
12 S. D. S.: Students for Democratic Socicty, grupo estudiantil de izquier­
das en los Estados Unidos. (N. de T.)

222
contexto ideológico norteamericano, cosa nada sencilla. Lo que da a
este movimiento su mayor importancia es la guerra del Vietnam con
el pacifismo en este terreno (los mismos preconizan la violencia en
otra parte), la solidaridad con ei enemigo, la toma de conciencia del
complejo económico militar y la esperanza en el socialismo. Pero
hay otros aspectos en el nuevo movimiento político: la aparición en
el contexto de ciertos temas de grupos más o menos numerosos deci­
didos a hacer presión sobre los poderes públicos; una especie de
“Iobbics populares". Por el contrario, esto parece una innovación
decisiva, aunque se hable poco de ello. Un grupo de ciudadanos se
propone un objetivo (tal como se hizo con la segregación, en cuyo
caso se actuaba obteniendo multitud de decisiones judiciales) y gra­
cias a una táctica en general admirablemente concertada por vías
legales y regulares, obligan a ceder a los poderes públicos. El an­
tecesor de estos movimientos fue Saúl Alinsky.
Actualmente, esta acción, muy diversificada, por ejemplo en el
movimiento “Causa común", se enfrenta con problemas como el
control del trabajo político de los elegidos, la defensa de los consu­
midores, la protección del medio ambiente, la reducción de gastos
militares, etc. Claro está, en la medida en que estos movimientos
actúan por vía legal, podemos considerar que se encuentran dentro
del sistema y no lo ponen en causa. Es verdad que no buscan la
destrucción ni la supresión de la sociedad norteamericana, pero in­
tentan. a pesar de todo, obtener reformas tan radicales en la línea de
los principios, efectivamente revolucionarios y oficialmente recono­
cidos por esta sociedad, que podemos compararlos, no obstante, a los
revolucionarios. En el otro extremo, se encuentran por último los
Yippics, mezcla de un estilo hippy y de los objetivos del izquier-
dismo de los jóvenes blancos (véase Jerry Rubin). Violencia exacer­
bada de la que se espera, después de una travesía por el infierno,
un renacimiento virginal.
Más vaga y más difícil de discernir que los movimientos es la
contracultura Esos movimientos múltiples tienen objetivos distin­
tos. clientelas totalmente diferentes y métodos opuestos, pero están
unidos por una puesta en cuestión global que afecta menos a las
estructuras políticas que al estilo de vida y a la propia existencia
del hombre con todo lo que tiene alrededor. Es una puesta en cues­
tión mucho más total que la restringida de los políticos y se enfrenta
con lo absurdo de la vida moderna, con la incapacidad del hombre
por seguir en el circuito cerrado de la producción-consumo, etc. Hay
que salirse de las instrucciones, no abandonarse a la economía, no
vivir ya por la mediación técnica.
Sin embargo, nos encontramos aquí en presencia de dos inter­
pretaciones posibles de la contracultura: la de Roszack es muy rigu­
rosa y limitativa. La mayoría de los autores, al contrario, tienen un
concepto bastante borroso. Para Roszack, de todas maneras, la con­
tracultura está representada por una “pequeña minoría de jóvenes y
un puñado de sus mentores adultos” . Excluye a los liberales al estilo
de Kennedy (quien es muy violentamente criticado en todos los me­
dios revolucionarios norteamericanos), así como la multiplicidad de
grupúsculos de jóvenes marxistas (que le parecen totalmente rebasa­
dos) y la mayor parte de la juventud negra militante (cuyos objetivos
están, a sus ojos, pasados de m o d a ...)14.
La contestación de la contracultura es, para él, la contestación
real de la tecnocracia encarnada en un humanismo cultural y el plan­
teamiento de lo que él analiza admirablemente bajo el nombre de
mito de la conciencia objetiva científica. Esta contracultura es, al mis­

~ Hl término de contra-cultura lia sido atacado vivamente por F.. M orin


como demasiado negativo, cuando en realidad se trata de una verdadera cultura
nueva. No discutiré sobre el término. No obstante, esta cultura nueva se sitúa,
por una parte, a contrapié de la cultura de la sociedad actual, y, por otra,
tiene como meta la destrucción de esta sociedad existente a nivel de su cultura:
esto legitima el término de “contra-cultura", pero no debe hacemos olvidar
que se trata efectivamente de una cultura. “Las comunas hippies son menos la
expresión de una vida en común que de una cultura hippic”, afirma muy jus­
tamente Bob F itch (Esprit). “Estas comunas son resultado de una cultura que
tas crea y las sostiene” : no tienen valor intrínseco.
M Para O nimus (L'asphyxie et le cri, 1972) la contracultura se caracteriza
por el erotismo, en el sentido freudiano, por lo informal, la creación opuesta
a los “cánones culturales”, la negativa a comprender, la ruptura dionisíaca...
Pero ¿dónde está la revolución en estas reconsideraciones tradicionales?

224
mo tiempo, la expresión espontánea de una reacción de los jóvenes y
la construcción de criterios intelectuales. Tiene sus formas reales de
violencia y de invención artística, de búsqueda de un estilo de vida
liberada y sus falsificaciones de la “cultura psicodélica” o la violen­
cia, ideológicamente justificadas. Se basa en un irracional que, de
forma deliberada, trata de plantear el pensamiento en otro humus
que no sea el rigor intelectual y de expresar el inverso del concepto
científico o violento del mundo. Una de las consignas de estos nue­
vos dissenters es el célebre Make love, not war. Evidentemente esto
lleva consigo un redcscubrimicnto de formas religiosas, siendo la más
importante el budismo zen. pero ello implica también un sincretismo
en el que Jesús ocupa un lugar preferente. Búsqueda vehemente de
realidades espirituales nuevas más allá de las antiguas..., con el
abandono de la tradición del intelcctualismo escéptico y laico. Claro
está, Roszack se apresura a indicar todas las confusiones que reinan,
la falsa espiritualidad, la vulgarización grosera del zen, la fantasma­
goría de religiosidad exótica, el charlatanismo ritual, las bufonadas
inútiles..., pero recuerda que la crítica de estas formas aberrantes no
debe llevar de nuevo a la pesada seriedad de las organizaciones y
acciones políticas, incluso revolucionarias, porque, si esta acción con
sus desfiles, sus peleas, sus programas, sus grupos de presión y sus
violencias debería tener un efecto determinado, el tiempo que se lleva
haciendo esto debería permitir que este efecto tuviera un principio
de realización. Dicho de otro modo, la contracultura debe realizarse
a partir de una contestación tan profunda de la cultura que sólo pue­
da surgir de lo más profundo del corazón, por una especie de “con­
versión” en un “ser nuevo” . Forzosamente esto sólo se puede hacer
a costa de tanteos y de incertidumbres, de falsificaciones y de con­
fusiones.
Pero existe una corriente significativa por debajo de todo esto.
Frente a Roszack encontramos una mayoría de escritores para quie­
nes la revolución ya está en marcha en los Estados Unidos, porque
todo se mueve, y porque se produce, al mismo tiempo, una contes­
tación política, un tambaleamicnto de las instituciones y un cambio
de costumbres. Todo tiende a favorecer este fenómeno. La pedago­
gía liberal y no directiva hacia los niños ha llevado a éstos, evi-

225
dcntemcntc. a vivir sin complejos y a rechazar, al no haber sido
coaccionados ni reprimidos en su juventud, a la sociedad cuando han
entrado en ella y a querer vivir libres siendo ellos mismos. Lo mismo
ocurre con la mala conciencia que el norteamericano empieza a tener
de la situación de los pobres en los Estados Unidos, de los negros
y del tercer mundo: hay aquí una corrosión de la buena conciencia
norteamericana 1:\ pero es sabido que cuando una nación toma mala
conciencia es que está a punto de derrumbarse. Lenin ya había ana­
lizado muy bien que la revolución se hace posible cuando, por una
parte, los explotados no aceptan ya su situación y, por otra, corre­
lativamente, los explotadores ya no pueden gobernar como antes por­
que están paralizados por una autoacusación. Claro está, la cultura
de la violencia forma parte de este panorama, hace estallar la apa­
riencia de la América liberal y pacífica, donde la violencia desenca­
denada y sistemática es la prueba de una creciente intolerabilidad de
la situación. En todas partes, en Francia, en Rusia, en Alemania, en
España, cuando los atentados, las violencias y los enfrentamientos ca­
llejeros se multiplicaron, apareció la fase preparatoria de la revolu­
ción. Pero aún más en Estados Unidos encontramos una consciente
y total ideología de la violencia y un cambio de las costumbres tran­
quilas de esos demócratas respetuosos; es sabido que empieza a cun­
dir el pánico entre los norteamericanos de algunas grandes ciudades
cuando se trata de salir por la noche sin compañía, porque tienen
la certeza de ser atacados. También sabemos que el número de armas
de fuego en manos de particulares ha aumentado prodigiosamente.
Un profesor norteamericano me ha hablado muy seriamente de
100 millones de armas de fuego privadas...
Todo forma parte de un proceso de violencia, todo es causa de
violencia. A esto se suma la extraordinaria mutación de las costum­
bres sexuales: la pudibunda, feroz y puritana Norteamérica se ha
convertido en el lugar de la libertad sexual; existen el Gay Liberation
Front (frente de liberación de los pederastas), la Liga de mujeres ho­
mosexuales y las obras de teatro en las que el acto sexual aparece en

“ Esto ha sitio duramente acentuado por [Link] en una serie de artícu­


los aparecidos en Le Monde en 1971: “inquiéte Amérique". donde se dedica
a sus acostumbradas quimeras.

226
escena. Los ejemplos son innumerables. El sexo se encuentra en todas
partes y, como dice Revel, “la aparición de la libertad sexual es el
síntoma de la erradicación de la relación de autoridad en la familia
y la religión, en las relaciones entre sexos, entre grupos de la misma
edad, entre razas y entre clases sociales...” Es cierto que, una vez
superado este tabú, se adquiere en seguida una audacia que permite
atacar al de la autoridad; ningún signo de autoridad social, ninguna
dedicación, ninguna edad ni ninguna función son ya respetados ni,
por tanto, aceptados; la relación se establece sobre la pura fuerza
sin ninguna consideración a nada: predomina el más fuerte en la
relación más directa. Entre estudiantes y profesores, en la medida
en que se desprecia la edad y la experiencia, el conocimiento y el
estatuto del profesor, es evidente que el estudiante, es decir, el nú­
mero, es quien prevalece. Sin embargo, cuando el contrato entre edu­
cador y alumno se rompe, es evidente que se constituye una relación
revolucionaria aleatoria.
La droga ayuda a rechazar las prohibiciones. En esto también
nos hallamos en presencia de un fenómeno de ruptura de un tabú
que permite y autoriza a proseguir: que una parte considerable de
la juventud norteamericana fume marihuana o utilice drogas más
radicales es una forma de “cultura” nueva que, como es sabido, se
llama efectivamente drug culture. Se persigue así también la inmer­
sión en lo irracional, la explosión de los sentidos, el descubrimiento
de un hombre diferente, el desfase en relación con el mundo que se
rechaza. Esto se asocia a la violencia y a la independencia sexual para
constituir un nuevo tipo de hombre que no puede seguir aceptando
los imperativos del Estado, de la Sociedad, de la Ciencia, de la Téc­
nica. Estos dioses modernos no lo son ya para quienes viven en una
nueva religión. El factor religioso del movimiento es evidente. The
need for sacredness acompaña o provoca todas estas desobediencias,
contestaciones y comportamientos aberrantes para esta sociedad. Pero
allí donde se desarrolla semejante fuerza religiosa, las columnas del
templo se tambalean y nada puede resistir al empuje furioso de las
nuevas creencias.
Además, se suma a esto el fenómeno que Revel estudia dete­
nidamente: la información es fuente de revolución. En Estados Uni­

227
dos, la información es íntegra, sin límites, sin censura y sin pre­
juicios; todo puede ser dicho y puesto en duda por los medios de
comunicación norteamericanos. No hay ningún tema prohibido porque
las reglas del juego liberal y democrático se han aplicado desde
siempre. Todas las plagas nacionales se exponen públicamente, la
guerra del Vietnam (se dan a conocer las atrocidades y los fracasos),
la delincuencia, la corrupción, la droga (reportaje sobre la droga en
el ejército), el sufrimiento de las minorías raciales... y, cuando un
“affairc” salta, se mencionan nombres, por muy alto que sea el cargo
del titular. “La información norteamericana es dura, culpabilizadora.
humillante” 16 y yo añadiría que provocadora. Así lo exige el públi­
co. No obstante, “el espectáculo de la insurrección incita a la insu­
rrección; el espectáculo de los contestatarios, a la contestación” . Esto
lleva consigo, al mismo tiempo, la más rápida difusión de las malas
noticias, de los choques, y el poderío de los medios de comunicación
produce un impacto activo. “Un reportaje en directo sobre la re­
vuelta negra o una intervención en un campus permite no sólo una
mejor información del conjunto de la población y una meditación per­
sonal en base a un dato concreto, sino también una transformación
del telespectador en actor, superando el producto de una mera ex­
periencia personal, así como su incorporación al acontecimiento."
De este modo, todo contribuye, en medios cada vez más amplios, a
provocar el particular fenómeno de la contestación, dirigida hacia
los fundamentos mismos de la sociedad, cuyos motivos políticos,
incluida la guerra del Vietnam, no son más que motivos circunstan­
ciales de un descontento mucho más decisivo. Pero esta contestación
no es teórica (como la contestación francesa) porque guarda siempre
relación con los problemas concretos que hay que resolver, ya sea
discriminación racial o abandono de los indios, destrucción de la na­
turaleza o dominio del complejo militar industrial. “Para la juventud
americana, la protesta no significa transferir imaginariamente hacia su
sociedad unos escenarios políticos que le son inaplicables como el
maoísmo o el castrismo.” Esta protesta es a la vez fundamental y cir­
cunstancial. y esto le imprime un carácter revolucionario. La contes­

“ Sobre todo esto léase el capítulo de R fvel “Información, revolución",


el mejor de su libro.

228
tación es la nueva forma revolucionaria porque va dirigida, precisa­
mente, contra unas realidades globales y relativamente fuera del al­
cance de una percepción directa, pero que se expresan dentro de unos
acontecimientos.
A la vista de estos hechos que todo el mundo conoce y de la
voluntad explícita de realizar un cambio de vida y de sociedad por
todos los medios ,T, ¿cómo no pensar en una revolución en marcha?
Esta revolución sería precisamente la de nuestro tiempo, porque la
toma de conciencia se ha producido como consecuencia de la Ciencia
y de la Técnica. En la base de todas estas manifestaciones se halla
el rechazo de una sociedad dominada por el dinero, la producción
económica y la técnica, así como el deseo de encontrar de nuevo la
parte sacrificada, anulada, borrada, del hombre, su “faz sombrea­
da” que muy bien podría ser su verdad, su esplendor, su verdadero
origen; y esto se expresa tanto por una renovación del hombre en el
aspecto personal como por el rechazo de la relación autoritaria de
la sociedad, “el cambio de la cultura directiva en cultura producti­
va” y el rechazo del criterio científico y racionalista del nacionalis­
mo y de la autoridad del Estado... Todos estos temas son comunes
a esos ambientes y a esas empresas, por lo que resulta evidente que
existe una corriente general. ¿Cómo no hablar, pues, de revolución,
aunque distinta de la que produjo el siglo xix? “Si bien, por re­
gla general, la revolución se produce desde arriba, sin que exista
la revolución de la sociedad que le permita ser duradera, aquí la
revolución tiene lugar ampliamente dentro de la sociedad, y el pro­
blema que se plantea es el del posible desemboque político de la re­
serva energética constituida por esta contra-sociedad de m asa... Así
pues, la fuerza revolucionaria existe. Los resultados de la acción
existen también: dos sociedades, dos humanidades se encuentran ya
frente a frente y sus conceptos sobre el futuro son difícilmente con­
ciliables...” (Rcvcl). El resultado es cierto: sólo puede ser una revo­
lución, es decir, la revolución global que nuestro mundo necesita.

1T Todo esto está admirablemente descrito por Mitchell G oodman: The


Movcment Toward a New America (1970), verdadero manual de contestación
utilizablc por todo el mundo, con mucha más eficacia que el ilegible Noin-rtm
savoir-vivre de V aneigem .

229
Y de esta forma, los Estados Unidos van a convertirse en el detona­
dor de la revolución mundial.

No obstante, si bien los hechos me parecen indiscutibles, su inter­


pretación y las consecuencias que de ellos se sacan no me parecen
evidentes.
En primer lugar, me gustaría hacer notar que todo lo que aquí
se describe se me antoja como muy antiguo y tradicional en los
Estados Unidos. Son hechos nuevos con respecto a la imagen que
nos hacemos de esa sociedad y con respecto a la que ella misma lia
querido dar. Pero, en definitiva, todo aquello que tanto nos sor­
prende lo encontramos a lo largo de toda la historia de los Estados.
Siempre ha sido el país de la violencia desenfrenada. Pensemos en
la conquista de la Frontera 18, en la vida del Far West que nos apa­
siona en las películas y que correspondía a la realidad de una socie­
dad brutal, despiadada, en la que reinaba la violencia constante; pen­
semos en el gangsterismo y en la guerra de Secesión, esa carnicería,
la peor de todas las guerras civiles anteriores a la de España. Es por
eso por lo que los norteamericanos están hoy día menos afectados
por la violencia que los europeos. En ese país, los fenómenos de vio­
lencia social son endémicos y lo que es realmente sorprendente no
es el actual desenfreno de la violencia, sino el período de los últimos
veinte años en que prácticamente no la hubo. Del mismo modo, nos
maravillan el cinismo, la libertad sexual, las extravagancias y la
droga y, sin embargo, éste fue siempre uno de los aspectos de la
sociedad norteamericana. Es increíble que se haya podido representar
a Norteamérica como el paraíso del puritanismo. Por supuesto, exis­
tía una tradición puritana que imponía ciertas reglas, pero existía
también la realidad mucho más numerosa de una “corrupción” en
todos los campos y, si bien no había prostitutas en las calles, reinaba
por otro lado una gran licencia sexual. No en vano los europeos

w La Frontera era una línea que determinaba la separación entic territorio


conquistado por los colonos y el que todavía dominaban las tribus indias en
la época de la Conquista del Oeste. (N. del T.)

230
de 1900 e incluso de 1920 consideraban a los americanos como unos
bárbaros y unos brutos. Se alude también a la nueva explosión reli­
giosa, a las sectas extrañas, a la creciente importancia de lo irracio­
nal, a la cultura religiosa opuesta a la racionalidad de la técnica. Pero
aquí también encuentro una constante histórica de los Estados Uni­
dos. Es el país de esos asombrosos movimientos religiosos barrocos,
reunión de masas alrededor de un hombre o de unos ritos, como Cuá­
queros, Mormones, Father Divin... En 1930 se contaban más de
quinientas religiones extrañas, comulgantes, extáticas, y de ello nos
da una buena prueba la conocida novela Elmer Gantry. Sin embargo,
una de las particularidades norteamericanas complementarias es que
estas religiones pretenden tener a menudo unas implicaciones socia­
les y políticas: por una parte, son extáticas y locamente irracionales
y, por otra, reformadoras de la sociedad. Los Cuáqueros y los Mor­
mones fundan repúblicas igualitarias socialmente evolucionadas. Los
actuales fenómenos religiosos, con sus relaciones políticas, se hallan
perfectamente dentro de esta línea norteamericana, y, lo que es más.
si profundizamos nos damos cuenta en seguida de cuán conformes son
estos movimientos con la tradición norteamericana y su “mística de
la inocencia natural”, donde la bondad espontánea del hombre “es
la misma, en el fondo, que la que inspiró los comienzos de la socie­
dad norteamericana, y lo que los hippics encuentran es. sin ellos sa­
berlo, el primer contacto de sus antepasados con la tierra prometida,
la embriaguez que produce la Naturaleza virgen, la ternura religio­
sa, la dilución de las sectas, el paraíso renovado...” (Domenach).
Finalmente, ¿cómo olvidar (aunque los europeos lo olvidan con de­
masiada facilidad, haciéndose una imagen conforme...) que Norte­
américa es el país más desconcertante por la protesta permanente que
mantiene contra sí mismo? Siempre me sorprende que se considere
a ese país como el de la buena conciencia satisfecha. Considérese,
por ejemplo, la literatura: no hay un solo cxaltador boquiabierto, ni
un nacionalista; lo que impera es la contestación cultural, la puesta
en el banquillo del país, la autocrítica permanente. Sin remontarnos al
admirable Thoreau. considerando sólo el último siglo: Upton Sin­
clair. Sinclair Lewis. Babbitt y Manhattan Transfer, Faulkner y Pcnn
Warren. Thomas Wolfc. Steinbcck (a quien le ha ido mal desde en­

231
tonces), Albce, Henry Miller, Tenncssce Williams..., todo un diluvio
crítico. Ningún otro país del mundo ha conocido semejante protesta
de sus intelectuales contra él, y esto no es nuevo, existe desde que
hay literatura en Estados Unidos. Parece que el único tema de los in­
telectuales norteamericanos es la crítica de su país, su puesta en
cuestión, por otra parte, más fundamental que política.
La búsqueda de un conformismo y la afirmación de una mora!
puritana se alzan desesperadamente sobre un fondo de inmoralidad,
de contestación y de violencia: en función de esto y de que la rea­
lidad es así, para que la sociedad persistiera había que intentar, como
fuera, una adptación de estos radicales inadaptados al cuerpo social
y conducirlos a conductas más normalizadas. La prohibición tuvo
lugar no porque unos locos puritanos estuvieran en el poder, sino
porque el alcoholismo causaba estragos, al menos tan considerables
como los que hoy día produce la droga: era un método erróneo de
lucha, como se vio, pero no estaba originado por exceso de moral,
sino al contrario, era la reacción contra una situación muy degrada­
da. Cuando vemos ahora los importantes movimientos pacifistas en
pro del Vietnam (¿no serán contra la guerra?) hay que recordar que
se trata también de una vieja tradición norteamericana: en 1914, la
mayoría de la población era hostil a la entrada en la guerra de los
Estados Unidos e hicieron falta más de dos años de propaganda gu­
bernamental para conseguirlo y también hubo violentas manifesta­
ciones en contra (manifestaciones evidentemente atribuidas por los
aliados a Alemania) incluso en 1917-18. En 1940 se produjo la mis­
ma situación; se sabe que Roosevelt, decidido a comprometerse con
Inglaterra, estaba bloqueado por la opinión pública, extrañamente
antiintervencionista. Se ha dicho incluso que el drama de Pearl Har-
bour se produjo con el conocimiento de Roosevelt, que había sido
advertido del ataque japonés, con el fin de provocar un choque de
conciencia en la opinión pública que permitiera entrar en la guerra.
De esta forma, todos los movimientos actuales, agrupados con
cuidado y etiquetados de revolucionarios, se inscriben exactamente
en la línea histórica, en el tipo de vida y de reacción psico-sociológica
típicamente “made in U. S. A.’’. Nada es tan inexacto como el aná­
lisis hecho en Le Monde a raíz del asesinato del Presidente Kennedy.

232
en el que se presentaba una Norteamérica que "sueña con un go­
bierno de jueces y que padece la ley de los violentos", una Norte­
américa paralizada por los atentados, que conoce “la angustia de
un pueblo respetuoso de sus instituciones y de sus leyes, abiertamen­
te desafiadas por individuos que no consigue asimilar...’’. Se olvida
demasiado fácilmente que estos individuos, tan numerosos, son el
pueblo nortamericano y que este pueblo no ha sido nunca un reba­
ño tranquilo de amables ciudadanos, sino un duro conglomerado
explosivo de residuos del viejo mundo. Finalmente, las leyes, el or­
den y la moral no tienen importancia más que en la medida en que
son protestados y forman la única muralla contra la “naturaleza es­
pontánea” del norteamericano.
Por esto los norteamericanos (salvo excepciones) parecen mucho
menos convencidos que los europeos de la existencia de síndromes re­
volucionarios. Por ello también los excesos que observan no tienen las
consecuencias que podríamos esperar: Francia se ha visto al borde
del abismo, de la ruina económica, de la revolución y del cambio
de gobierno por un mes de disturbios en el barrio Latino; desde hace
diez años, los Estados Unidos se ven en presencia de sacudidas diez
veces más violentas sin que esto repercuta ni a nivel político, ni en
la economía, ni en la conciencia popular. Porque habría que recor­
dar, por último, que el 99 por 100 de la población norteamericana es
tranquila y vive normalmente y que se pueden cruzar los Estados Uni­
dos en todos los sentidos sin notar absolutamente nada si no se va
a los barrios negros o a los campus. “Los muros de la casa tienen,
aquí y allá, grandes agujeros, las manchas negras de los ghettos,
las soledades sucias de las reservas indias, las barriadas de los meji­
canos pobres.... pero ¿hay acaso fisuras?... Se puede circular du­
rante días y días sin fin a través de una Norteamérica en calma, tran­
quila, sin nervios, que dispone de espacio, de tiempo, de dinero y de
ideas... Hacer la gran gira norteamericana es descubrir, en primer
lugar, un gigante de buena salud, que tiene músculos de acero, ner­
vios de campesino próspero y ninguna lesión orgánica...", escribe
con razón Claude Roy.
Claro está, existen también norteamericanos inquietos, angustia­
dos por el futuro de las relaciones entre negros y blancos, aturdi­

23 .?
dos por el conflicto generacional... Se trata de intelectuales de mala
conciencia, actores y cristianos específicamente anglosajones o de
norteamericanos tan acostumbrados al Welfare State que han olvi­
dado su permanencia. ¡En cualquier caso, nos hallamos muy lejos
de la visión imaginaria de dos “sociedades” frente a frente! Existe
una sociedad norteamericana prodigiosamente sólida, con algunas sa­
cudidas, algunos disturbios y con unos contestatarios que se inscri­
ben en la mejor línea de la tradición norteamericana.
Según Domenach, todos esos múltiples impulsos muestran con
toda seguridad cómo el proceso de integración, tan fuerte hace al­
gunos años, parece haberse detenido ahora. Sin embargo, ¿no se
tratará tan sólo de una nueva situación “de origen”? La sociedad
norteamericana ha sabido hasta ahora integrar, a condición de que
hubiera algo que integrar; no obstante, creo haber demostrado en
La Métamorphose du bourgeois que este proceso de integración es
específico de nuestra sociedad tccnicista, pero que para poder fun­
cionar y para que la sociedad entera perdure son necesarios cuerpos
extraños asimilables. ¿Serán todos los movimientos “revolucionarios”
de los Estados Unidos unas resistencias provocadas por el sistema
para la vida misma del sistema? ¿No será que desempeñan el papel
de los sudistas o de los inmigrantes?

No podemos menos de plantear aquí la cuestión del error come­


tido por los intérpretes de estos hechos, sobre todo los franceses.
Convendría hacer ahora la psicosociología de estos observadores y no
puedo dejar de atribuirla a una predisposición. Los intelectuales fran­
ceses están obsesionados por la revolución. Hay que “hacer" la re­
volución. Sólo escriben sobre la revolución. Esta se encuentra en sus
costumbres, en su lenguaje y en sus manías, y no dejan de hablar
de la revolución. Cada uno de sus actos pretende ser revolucionario.
En ello hay algo de moda y algo de obsesión. Por esta razón, cada
signo que se halla en la línea de la obsesión es agrandado desmesu­
radamente, pero sin base alguna, y se niegan a ver otra cosa que no
sean los indicios de la revolución. Nos anuncian triunfalmente la
última noticia que prueba infaliblemente que “ya está” .
Recuerdo que en mayo de 1968 un grupo de intelectuales revo­
lucionarios me decía con aire convencido e iluminado: “Imagínese
usted, Barjonct acaba de dimitir y se pone a la cabeza de la revo­
lución; ahora sí que va en serio..." En esta misma perspectiva se
sitúan todos los intérpretes de estos movimientos norteamericanos que
sólo expresan su deseo y su obsesión. La realidad me parece muy
distinta.

De cada tema considerado como revolucionario podemos dedi­


que “es exacto, pero no tiene nada que ver con la revolución"
Esto ocurre con la influencia de los medios de comunicación; que.
claro está, cuentan la vida de manera directa, aunque sea vivida como
un espectáculo. Los norteamericanos están admirablemente vacuna­
dos a este respecto. En cuanto a decir que el ejemplo vivo de la
rebelión induce a la rebelión puede ser verdad, aunque sobre ello haya
habido grandes discusiones; se ha demostrado, efectivamente, que
las películas policiacas no inducen en absoluto a los espectadores a
cometer asesinatos. Aun cuando el contagio tuviera lugar, lo que es
posible, nos encontramos en la vía de revueltas espectaculares y no
de la revolución. No hay nada más esterilizante, precisamente, que
esos “festivales revolucionarios” , “espectáculos revolucionarios” , “tea­
tro revolucionario” , intercalados en las emisiones de televisión en
directo sobre revueltas que, al fin y al cabo, no ocurren todos los
días. Esto acaba por convertirse en un juego más emocionante que
los demás. Esta es una dimensión norteamericana que los franceses
comprenden. En este tipo de operaciones hay una enorme parte de
distracción y de espectáculo sensacionalista. incluso para los adultos.

'* Un importante análisis de Barrington M ooki: en ICsprit (octubre de 19701


muestra detalladamente cómo una revolución parece imposible en los Kstados
Unidos. No hay tensión dentro de la clase dominante, los intelectuales con­
testatarios no presentan ningún proyecto revolucionario serio, la solidaridad
entre las clases crece sin cesar. Las dificultades accidentales y los sectores de
población pobre de oposición son, o muy localizados, o muy impotentes. No
hay un núcleo revolucionario que pueda esperar encontrar un terreno favora­
ble: incluso una organización revolucionaria fuerte llegaría sólo a unas mi­
norías sin medios y viviendo en una ideología de acceso más que de oposición.

235
Desde otro punto de vista, ciertos hechos “evidentemente revolucio­
narios” que se nos presentan están en declive. Mientras se habla de
la pedagogía totalmente liberal y no directiva, los norteamericanos
están dejándola de lado y se dan cuenta de que una cierta autoridad
paterna, una directiva moral y pedagógica son indispensbles para el
propio bien del niño, porque es frente a la autoridad donde se afirma
y se constituye su verdadera personalidad, consciente a la vez de
su fuerza y de sus límites y organizada según una realidad, en lugar
de evadirse en sueños. La pedagogía tolerante, como han podido
comprobar los norteamericanos, produce, por un lado, el gusto por
una libertad absoluta, pero, por otro lado, la debilidad y la dejadez
de las personas, la ausencia de personalidad y la entrada en la uto­
pía. Los franceses no han comprendido todavía esto.
Debemos hacer además una puntualizaron general: los france­
ses consideran que. una vez lanzados en una dirección, hay que man­
tenerse en ella y que existen reformas irreversibles, puntos de no
retorno, y esto en razón de unos enunciados doctrinales y dogmá­
ticos. Los norteamericanos pragmáticos experimentan continuamente
y cuando se dan cuenta de que una tentativa falla o de que una orien­
tación es mala, prueban otra cosa.
Que los norteamericanos se lanzaran hace veinte años en el sen­
tido de una pedagogía no directiva no significa que continúen en
ella; todo lo contrario. En otra perspectiva conviene moderar lo que
se puede decir sobre el movimiento negro, y ello a partir de dos
puntos de vista. En primer lugar, se proclama que los negros re­
presentan el 20 por 100 de la población, que su índice de natalidad
es considerable, que la proporción aumenta sin cesar y que dentro
de veinticinco años habrá una mayoría de población negra en los
Estados Unidos... Quizá esto sea cierto, pero las consecuencias que
de ello se sacan no están tan claras. Primera y fundamentalmente,
porque cuanto más crece una población, más torpes son los movi­
mientos de agitación; el crecimiento de la población negra es una
garantía de la disminución de la violencia en las revueltas. Sólo podría
no ser así si los negros tomasen el poder ahora (en cuyo caso el cre­
cimiento de población correspondería a un afianzamiento) o si se
constituyesen en una entidad totalmente separada, prácticamente un

236
“apartheid” . En este caso, su fuerza adoptaría un carácter “milita­
rista nacional” . En la medida en que estas eventualidades son poco
probables, cabe esperar una serie de ajustes y adaptaciones, y dentro
de veinticinco años la situación no será la misma. Haría falta saber
lo que serán los negros en esa fecha. Si hubiesen tenido en 1968 la
mayoría absoluta, habrían podido iniciar entonces un proceso revo­
lucionario.
No obstante, no se está indefinidamente en pie de guerra. A la
muerte de M. L. King se nos dieron cien explicaciones y demostra­
ciones para probar que la no-violencia había fracasado definitiva­
mente, que estaba sobrepasada, y que la violencia, única purifica-
dora, eficaz y capaz de responder a la violencia de la propia sociedad,
debía reemplazar ahora a la palabra. Pero hemos podido comprobar
que la violencia, el Poder negro, los Panteras debían desencadenar
necesariamente la revolución, pero ya en ese momento la idea de
realizar un Black Power estaba en declive entre los negros (42 por 100
en una encuesta Gallup de 1969 contra un 54 por 100 en 1968).
En sus orígenes, el Black Power es un totalitarismo de la violencia.
Sus teóricos no tienen en cuenta la realidad económica, social, geo­
gráfica y técnica, ni la racionalidad de las soluciones propuestas, ni
la posibilidad de una realización cualquiera. Es la afirmación de la
ruptura por la ruptura y del radical rechazo de todo lo que pueda ser
blanco; así, el liberal se convierte en el enemigo número uno porque
podría aportar un elemento de razón, de reflexión y de ponderación
Es un error creer que la relación podría ser: “Eres liberal, aprecia­
mos tu actitud, pero eres blanco y, por tanto, renegamos de ti con
gran pesar nuestro.” Bella escena de teatro, pero falsa. “Te odiamos,
porque eres liberal y, por tanto, podrías debilitar nuestro odio com­
prendiéndonos, intentando mejorar nuestra suerte y creando con nos­
otros relaciones de amistad; podrías debilitar el resorte tensado de
nuestro odio. Te odiamos porque eres liberal, no porque seas blan­
co.” Este es el verdadero discurso del Black Power. Aunque el otro
no sea realmente, profundamente, enemigo nuestro, se trata de con­
vertirlo en tal. La revuelta desesperada acumula a sus adversarios.*

* C ajimichael : Le Black Power, 1968.

237
intenta llegar a una ruptura total y obligar a todos los que encuentra
ser enemigos suyos, ya que se trata de una guerra a ciegas, de un
torrente que en pocos segundos va a arrastrarlo todo, esperando des­
aparecer de la misma forma que el agua del oasis, que de torrente
pasa a ser lecho de piedras tras haber ahogado a hombres y rebaños.
El Black Power no tiene ni programa ni doctrina, y cuando propo­
ne alternativas, éstas son simplistas o sin interés. No está hecho ni
para dar soluciones ni para montar un mecanismo razonable; está
hecho para responder a la ira, a la miseria, a la esperanza ciega de
un día glorioso (¡uno sólo!), al intolerable a quien hay que expulsar,
a la humillación que hay que borrar... Consigna, “slogan”, ban­
dera, símbolo, revuelta al estado puro con su desesperación y su
grandeza. Pero no se podría mantener por largo tiempo este nivel de
intensidad. El Poder negro acabó por tomar la vía del reformismo
y de los programas.
Le relevaron entonces los Panteras Negras. En 1968, Eldridge
Clcaver proclamaba que la democracia norteamericana no sobrevivi­
ría más allá de 197221. Los Panteras Negras debían poner fin a la
máquina y los negros debían establecer su poder. Desgraciadamente
para Cleaver, en 1971 se pudo hablar más bien del fin de los Pan­
teras Negras. Primero, de la división del partido en dos facciones
(la de Cleaver y la de Huey Newton). Newton se había “integrado” ,
se convertía en el traidor de la causa negra. Pero estaba en los Es­
tados Unidos y decidió la exclusión de Cleaver (después de la de Eearl)
del Movimiento de los Panteras. Esta escisión tan grave se acompa­
ñó de un paso atrás general; las arcas estaban vacías, los donantes
blancos que financiaban el partido se inhibían desde principos de 1971
y, quiérase o no, la policía parece haber sido muy eficaz por la vio­
lencia y la corrupción. Parece ser que el partido está repleto de agen­
tes dobles en la actualidad.
El Poder negro, despreciado y dejado de lado por los Panteras
Negras, compuesto por los llamados “culturalistas” , se extingue aho­
ra en una contestación expresada bien en un reformismo tranquilo,
muy tolerable (comparable al primer programa en diez puntos de los

” Eldridge C leaver : La révolution américaine, 1970. Anthony E a rl : Pre­


ñons les armes - Les Black Panthers, 1971.

238
Panteras de 1966: el pleno empleo, casas decentes, educación para
los negros, etc.), o bien en una vuelta a la madre patria africana, con
las incoherencias y los impulsos utópicos e inevitables, pero sin pre­
sentar carácter revolucionario alguno. Carmichael, a su vez, no pre­
dica ahora el Poder negro, sino el éxodo, la vuelta de los africanos
a la madre patria. Todo esto parecía presagiar, como era previsible,
que en 1972 serían los Panteras Negras y no la sociedad americana
quienes se extinguiríana2.
Pero esta desaparición no traerá la supresión del “problema ne­
gro". Los Estados Unidos se encuentran, en efecto, ante un enorme
dilema que exige una respuesta que abarque el lado humano y el
lado sociopolítico. Es evidente que los negros tienen razón al exigir
la igualdad efectiva, pero esto se puede hacer sin provocar la revo­
lución en el seno de la sociedad. Mientras no se obtiene el resultado
deseado, sigue habiendo rebeliones y revueltas que todavía podrán ser
numerosas, si bien el resultado puede obtenerse por esc inmenso or­
ganismo nortamericano de fagocitosis sin un cambio radical. La so­
ciedad norteamericana (blanca), tras haber tomado conciencia del
grave problema que se le planteaba, ha empezado a seguir por la
vía de la asimilación. Resulta evidente que lo conseguirá y las oposi­
ciones de los blancos racistas serán eliminadas progresivamente por
la mayoría. El doble movimiento (apertura y aceptación por parte de
los negros) llevará a una integración, lo que implica una “revolución”
de la sociedad norteamericana “tradicional” sin llegar a ser la que
sueñan los profetas de la revolución. La intuición de esta revolu­
ción ineludible era la causa del endurecimiento de los jefes del Poder
negro. Los Malcom X, Carmichael, etc., han rechazado la asimila­
ción para reclamar un “apartheid” beneficioso para ellos, con el
fin de mantener la voluntad revolucionaria de los negros y seguir
hasta el fin. porque la integración estaba a la vista (integración que
no resolverá todos los problemas de los negros). Su extremismo re-

“ Es seguro que el movimiento revolucionario negro es todavía más débil


si se enraíza, como parece probarlo el análisis de G rier y C obbs . en el trau­
matismo inicial de la esclavitud. Esto engendra típicamente la revuelta..., pero
no puede desembocar en la revolución (véase su excelente estudio de psicoaná­
lisis social: Im Rage des Noirs Américains, 1970). Esto se confirma en 1972
cuando se puede hablar de "silencio del ghetto negro”.

239
intenta llegar a una ruptura total y obligar a todos los que encuentra
ser enemigos suyos, ya que se trata de una guerra a ciegas, de un
torrente que en pocos segundos va a arrastrarlo todo, esperando des­
aparecer de la misma forma que el agua del oasis, que de torrente
pasa a ser lecho de piedras tras haber ahogado a hombres y rebaños.
El Black Power no tiene ni programa ni doctrina, y cuando propo­
ne alternativas, éstas son simplistas o sin interés. No está hecho ni
para dar soluciones ni para montar un mecanismo razonable; está
hecho para responder a la ira, a la miseria, a la esperanza ciega de
un día glorioso (¡uno sólo!), al intolerable a quien hay que expulsar,
a la humillación que hay que borrar... Consigna, “slogan” , ban­
dera, símbolo, revuelta al estado puro con su desesperación y su
grandeza. Pero no se podría mantener por largo tiempo este nivel de
intensidad. El Poder negro acabó por tomar la vía del reformismo
y de los programas.
Le relevaron entonces los Panteras Negras. En 1968, Eldridge
Clcaver proclamaba que la democracia norteamericana no sobrevivi­
ría más allá de 197221. Los Panteras Negras debían poner fin a la
máquina y los negros debían establecer su poder. Desgraciadamente
para Cleaver, en 1971 se pudo hablar más bien del fin de los Pan­
teras Negras. Primero, de la división del partido en dos facciones
(la de Cleaver y la de Hucy Ncwton). Ncwton se había “integrado” ,
se convertía en el traidor de la causa negra. Pero estaba en los Es­
tados Unidos y decidió la exclusión de Clcaver (después de la de Eearl)
del Movimiento de los Panteras. Esta escisión tan grave se acompa­
ñó de un paso atrás general; las arcas estaban vacías, los donantes
blancos que financiaban el partido se inhibían desde principos de 1971
y, quiérase o no, la policía parece haber sido muy eficaz por la vio­
lencia y la corrupción. Parece ser que el partido está repleto de agen­
tes dobles en la actualidad.
El Poder negro, despreciado y dejado de lado por los Panteras
Negras, compuesto por los llamados “culturalistas” , se extingue aho­
ra en una contestación expresada bien en un reformismo tranquilo,
muy tolerable (comparable al primer programa en diez puntos de los

“ Eldridge C leav er : La révolution améncaine, 1970. Anthony E a r l : Pre-


nons les armes - Les Black Panthers, 1971.

238
Panteras de 1966: el pleno empleo, casas decentes, educación para
los negros, etc.), o bien en una vuelta a la madre patria africana, con
las incoherencias y los impulsos utópicos c inevitables, pero sin pre­
sentar carácter revolucionario alguno. Carmichael, a su vez. no pre­
dica ahora el Poder negro, sino el éxodo, la vuelta de los africanos
a la madre patria. Todo esto parecía presagiar, como era previsible,
que en 1972 serían los Panteras Negras y no la sociedad americana
quienes se extinguirían2*’.
Pero esta desaparición no traerá la supresión del “problema ne­
gro". Los Estados Unidos se encuentran, en efecto, ante un enorme
dilema que exige una respuesta que abarque el lado humano y el
lado sociopolítico. Es evidente que los negros tienen razón al exigir
la igualdad efectiva, pero esto se puede hacer sin provocar la revo­
lución en el seno de la sociedad. Mientras no se obtiene el resultado
deseado, sigue habiendo rebeliones y revueltas que todavía podrán ser
numerosas, si bien el resultado puede obtenerse por ese inmenso or­
ganismo nortamericano de fagocitosis sin un cambio radical. La so­
ciedad norteamericana (blanca), tras haber tomado conciencia del
grave problema que se le planteaba, ha empezado a seguir por la
vía de la asimilación. Resulta evidente que lo conseguirá y las oposi­
ciones de los blancos racistas serán eliminadas progresivamente por
la mayoría. El doble movimiento (apertura y aceptación por parte de
los negros) llevará a una integración, lo que implica una “revolución"
de la sociedad norteamericana “tradicional” sin llegar a ser la que
sueñan los profetas de la revolución. La intuición de esta revolu­
ción ineludible era la causa del endurecimiento de los jefes del Poder
negro. Los Malcom X, Carmichael, etc., han rechazado la asimila­
ción para reclamar un “apartheid” beneficioso para ellos, con el
fin de mantener la voluntad revolucionaria de los negros y seguir
hasta el fin. porque la integración estaba a la vista (integración que
no resolverá todos los problemas de los negros). Su extremismo re­

* F.s seguro que el movimiento revolucionario negro es todavía más débil


si se enraíza, como parece probarlo el análisis de G rier y Cobos, en el trau­
matismo inicial de la esclavitud. Esto engendra típicamente la revuelta..., pero
no puede desembocar en la revolución (véase su excelente estudio de psicoaná­
lisis social: La Rage des Noirs Américains, 1970). Esto se confirma en 1972
cuando se puede hablar de “silencio del ghetto negro”.

239
flejaba la medida de su miedo a una asimilación. Pero esc extremismo
separa ahora a sus descendientes de las masas, después de haberlas
agitado profundamente. En realidad, observamos en el movimiento
negro unos impulsos muy fuertes de revuelta que desembocan nor­
malmente en reformas sociales asimiladoras.

Por otra parte, aun cuando algunos grupos (hippies, negros) lle­
garan a ocupar efectivamente territorios y hacer un modelo de so­
ciedad revolucionaria, “comunas liberadas” , estas se convertirían rá­
pidamente en centros turísticos. Después de todo es difícil hacer algo
que esté más en “contra” que los Mormones... Y Norteamérica ha
sabido asimilarlos. Los emocionantes intentos de barrios negros y
de comunas hippies no llegarán más lejos.
El interesante libro de E. Morin (Journal de Calijornie, 1971)
hace notar, indirectamente, el extraordinario arcaísmo, a veces pro­
fundo, a veces superficial, de todos estos movimientos de revuelta.
El uso de trajes indios o del siglo x v i i i por los hippies, el retorno a
la vida comunitaria (a la comuna primitiva de Engcls, pero no más
allá de la sociedad industrial: ¡más acá, mucho más acá!), el retorno
a la artesanía, la vuelta a la auténtica sociedad negra de los cultu-
ralistas negros, neorousseaunismo, ncotribalismo, neoarcaísmo, música
de exaltación mística y el deseo de prolongar un universo infantil,
no es más que una vasta regresión histórica, expresión de un sueño
de adolescentes, pero esto es precisamente la inversa de toda revo­
lución actual: es la expresión típica de la más tradicional y antigua
revuelta. Por ello pienso que no se trata de una vanguardia, como
cree Morin, ni que los estudiantes fueran en 1968 un detonador ni
que mayo de 1968 fuera un principio. Como en todas las revueltas
históricas, una vez estallado el petardo no queda más que papel
roto, ennegrecido, un olor a pólvora y los oídos ensordecidos. No
cabe “esperar una aparición en la vida adulta de un adulto infantil” ,
porque la sociedad tecnicista utilizará adecuadamente los sueños hip­
pies para una nueva Disneylandia (Soc. Inc.) y para nuevas reservas
“naturales” .

240
Existe, sin embargo, otro factor de debilidad en estas contesta­
ciones y en estos movimientos revolucionarios: su gran diversidad,
sin coherencia alguna. Los norteamericanos se ven afectados por mil
problemas distintos y mil acciones rebeldes y se dice que están an­
gustiados por el porvenir de las relaciones con los negros, asustados
por la violencia, inquietos ante los hippies, estupefactos por los
movimientos estudiantiles, trastornados por el conflicto generacional,
exasperados por la creciente dificultad de la vida urbana, preocupa­
dos por el alza de los precios, el paro y la crisis del dólar y apena­
dos, ante todo, por la guerra del Vietnam... Pero todo esto no re­
viste uniformidad ni coherencia alguna. “La misma angustia es plu­
ralista en los Estados Unidos” , escribe un gran conocedor del país.
No se pueden mezclar ni estas inquietudes ni las manifestaciones de
revuelta: incluso la polémica sobre el Vietnam no está a la cabeza
de las preocupaciones, contrariamente a la impresión que podemos
tener desde el extranjero. Las grandes manifestaciones de la Mora­
toria reunieron, en 1969, a 36 millones de norteamericanos, pero no
tuvieron ninguna consecuencia; la intervención en Camboya suscitó
manifestaciones numerosas, pero débiles, esporádicas y sin salida al­
guna. Y si esta guerra, con la enorme propaganda hecha, con la
movilización de los intelectuales, no llegó a polarizar de manera con­
tinua a los norteamericanos en dos campos, nada lo hará. En el seno
de los movimientos contestatarios sucede lo mismo: entre la bohemia
iluminada de los hippies y el nuevo activismo de la Nueva Izquierda
no se puede establecer ninguna medida común. Los unos intentan
disociar a la sociedad y los otros revolucionar la vida política: no
tienen ningún punto en común. La sociedad norteamericana está di­
vidida en grupos “rebeldes” , cada uno de los cuales tiene su orienta­
ción, su causa, pero no los mismos intereses culturales. El error de
apreciación es siempre el mismo, causado por los medios de comunica­
ción, y consecuencia de la aglomeración, del acercamiento y la iden­
tificación de un gran número de partidos que no tienen entre ellos
ninguna relación rigurosa, pero que la información tiende a unir y a
situar bajo un denominador común, lo que da al lector una impresión
de fenómeno global único. Es lo que ha “de-mostrado” sorprenden­
temente A. Robbe-Grillet en Projet pour une révolution á New York...

241
Nos encontramos, pues, ante una gran sociedad agitada por múltiples
sobresaltos no concordantes, cada uno de origen distinto, con un sentido
diferente, poco duraderos; no hay en ello, salvo para un ideólogo so­
ñador, ningún rastro de fuerza revolucionaria en acción. Conviene,
en cambio, recordar siempre el poder de integración y la capacidad
de resistencia de esta sociedad norteamericana, no sólo de la socie­
dad que fue capaz en el pasado de absorber la enorme afluencia
de inmigrantes y de conservar su poder, sino de la que hoy dispone
del poder de asimilación de la sociedad tecnicista.
Nada nos permite escribir, como lo hace Revel, que “se puede
concebir una especie de suicidio de la sociedad tecnológica y de
asfixia de la potencia norteamericana en su interior...” . Sin duda
alguna, se puede concebir cualquier cosa... Pero se trata sobre todo
de un sueño.
Mucho más acertado es el análisis de Baechler sobre las contra-
sociedades. Estas amenazan vivir en los intersticios de la sociedad
tecnológica, que es lo bastante rica como para permitírselas. Hemos
visto ya que los hippies constituyen un lujo de esta sociedad, una
fantasía del nuevo mecenas que mantiene a sus artistas, a sus bufones
y a sus locos. Algunos pequeños detalles denotan esta capacidad de
absorción. Revel cuenta que en Nueva York se venden pelucas para
hippies que van al trabajo y pelucas de hippies para jóvenes mandos
que salen de noche... Esto es exactamente la adopción del papel so­
cial: el hippy se convierte en un papel que se interpreta a determi­
nadas horas del día. Resulta difícil encontrarle una seriedad revolu­
cionaria. Los hippies son, al mismo tiempo, una expresión y un anexo
de la sociedad de la abundancia. Si existen es gracias no sólo a la ex­
trema tolerancia de esta sociedad, sino también al hecho de que, de­
bido a su asentamiento como parásitos y como pasajeros suplementa­
rios, la máquina es lo bastante potente como para arrastrar y lle­
var sobre sí la carga de pesos muertos y de bocas inútiles. Y cuanto
más potente sea la sociedad tecnicista, más fácilmente podrá soportar
y tolerar a las “migraciones interiores” de este tipo. Pero si llegara
a degradarse, esos contestatarios desaparecerían entonces ipso fació.
No puedo compartir en absoluto la convicción de Morin de que los
hippies crean una actividad económica autónoma. Morin afirma que

242
en los sectores neoculturales y neoartesanales son un contraefecto
necesario de la civilización industrial ’23. Pero añade que los margi­
nados que ocupan estos sectores crean en ellos una especie de base
económica de su movimiento que sería complementaria de la econo­
mía industrial y que esta base económica les conferiría una cierta
fuerza, una duración y una autonomía. Quizá sea cierto, pero sólo
en tanto que anexo o apéndice de la sociedad tecnicista: el sector
neoartesanal sólo puede subsistir si hay una clientela formada preci­
samente por activistas de la sociedad de consumo.
Conviene indicar por último que el muy tecnocrático Hudson
Institute de Hermán Kahn (El año 2000) estudia los procedimientos
de integración de los hippies y la explotación tecnicista en beneficio
de la sociedad tecnicista de todos estos movimientos rebeldes: no se
Ies reprime, se les asimila. “Norteamérica es flexible y sus dirigentes
saben desplazar su dispositivo en lugar de aferrarse a unos prejuicios
y unos ritos...” Se ha visto esto perfectamente en la mutación del
capitalismo norteamericano...; una vez pasado el primer momento
de sorpresa, el norteamericano pone en funcionamiento con toda pre­
cisión el dispositivo correspondiente. Es exactamente lo que está ha­
ciendo el big business al proceder a una transformación de sus prio­
ridades con el fin de asimilar los objetivos revolucionarios24.
Esta sociedad es, al mismo tiempo, dura y muy complaciente,
muy comprensiva; sólo reprime cuando no ha tenido tiempo de pre­
parar una ostentación significativa y, al mismo tiempo, desarrolla
sus capacidades de absorción con el mejor espíritu de buena vo­
luntad.
“Por todas partes se encuentra el bien. Estos hippies tienen
razón al recordamos las flores y el amor (¡siempre lo habíamos di­
cho!). Y estos negros no deben seguir viviendo en la miseria y el
olvido, por el bien de la dignidad de la democracia norteamericana,
y estos rebeldes, contrarios a la guerra, no hacen más que manifes­
tar lo que siempre habíamos dicho. ¿Cómo podríamos rechazar a

■ Ya lo expliqué detenidamente en La technique ou l’enjeu du siécle hace


veinte años.
“ Jay Me Cut-LEY: “Le big business et la Révolution”. Le Monde, junio
de 1971.

243
esta buena gente tan simpática, cuyas tendencias, expresadas a veces
con cierto nerviosismo, son tan parecidas a las nuestras, y cómo
se les puede dar satisfacción, conservando al tiempo la democracia nor­
teamericana, tecnicista y tecnificada, en constante crecimiento ideo­
lógico?” Este es el problema planteado cada vez con más claridad,
y podemos estar seguros de que se encuentra ya en vías de solución.

Aunque no tengamos en cuenta estos últimos factores, debemos


formularnos la pregunta fundamental: ¿Son estos movimientos real­
mente revolucionarios, de una revolución de 1970 y no de 1917?
Es decir, ¿inician realmente el proceso de destrucción del Estado y
de la reconquista de la técnica?
Roszack nos demuestra insistentemente la aparición de un nuevo
estado de ánimo y de ideologías. Es cierto que las escalas de valores
de los hippies o de la Nueva Izquierda parecen estar en oposición
total con la imagen fácil de los Estados Unidos de buena conciencia,
eficaces y autosatisfechos. Es cierto también que hay una puesta en
cuestión de la primacía de la eficacia, de la moral puritana y que hay
una búsqueda de la alegría, del amor, de la vida, de la justicia y de
la paz, probablemente con un fervor jamás visto hasta hoy. Tolstoi
multiplicado por cientos de miles. Lo que los europeos han afirmado
sin cesar en diversos discursos, estos norteamericanos lo han llevado
a la práctica poniendo en ello precisamente las cualidades más nor­
teamericanas, la entrega, el deseo de triunfar, la estricta honradez
en la empresa, el compromiso sin límite, la sencillez; todos estos
movimientos “revolucionarios” son prodigiosamente norteamericanos,
representan el modelo norteamericano en sí mismo. Tal como los pa­
dres fundadores habían imaginado, no como aparece en El sueño de
América, de Albee. Esto debe desembocar en una nueva visión de
la vida, del trabajo, de la política, de las relaciones sociales y
raciales. Es probable, en efecto, que el movimiento tenga éxito a
este nivel; en cierta medida, el nuevo estado de ánimo se extiende
por todas partes. Es posible que la sociedad norteamericana cambie
su horizonte, se coloque bajo una nueva perspectiva de acción; pero

244
siempre lo hará en función de un proceso de integración. Dicho de
otra manera, admito la posibilidad de que se produzca en Estados
Unidos una especie de “revolución cultural” (que nada tiene que ver
con la revolución cultural china), una revolución cultural surgida de
los propios valores de Occidente, es decir, que la utilización de este
termino defina un movimiento del mismo tipo que el chino, pero en
relación a unos valores y a una ideología diferentes. Al igual que
China se lanzó a este cambio sociopolítico basándose en sus valores
chino-comunistas-maoístas, Norteamérica se puede lanzar a la misma
aventura y a la misma mutación (si bien en Norteamérica no está
teledirigida por el Estado), pero a partir de sus propios valores, por
lo que la revolución cultural norteamericana sería diferente...
Sin embargo, esta revolución cultural es, en realidad, la reapa­
rición y la creciente y palpable influencia de un conjunto de valores
cristianos: Norteamérica había escogido hasta este momento una
serie de estos valores (puritanismo, honradez, castidad, moralidad,
etcétera) y he aquí que vuelve a su origen, el mismo origen, apto
únicamente para suministrar mucho más de lo imaginable y que
vuelve a encontrar el poder explosivo del amor, de la libertad, de la
justicia, cuando se goza de ellos plenamente. La droga y el scxualis-
mo no son más que accidentes fortuitos; no existe una drug culture” ,
sino descubrimiento y puesta en práctica de uno de los más antiguos
aspectos del cristianismo: sobre la base y en función de estos valores
es como se desencadena la revolución americana, por supuesto,
con las interpretaciones “escandalosas” que ello puede implicar. Pero,
por una parte, todas las verdades cristianas han sido siempre conside­
radas como escandalosas cada vez que han sido vividas (San Fran-
risco. por ejemplo.... y. al fin y al cabo, el propio Jesucristo); por
otra parte, siempre han dado lugar a contrasentidos en la interpreta­
ción. Hemos asistido al contrasentido de índole moral c, igualmente,
al contrasentido de índole erótica -fi. pero las fuentes de inspiración
siguen siendo las mismas. No es por reafirmar el cristianismo (lo que*

" El pobre Revel no ha entendido gran cosa cuando titula su libro Ni Marx
ni Jesús...
* No es necesario recordar que ha habido siempre, desde el siglo iv. in­
terpretaciones eróticas de la vida cristiana.

245
me es indiferente en la medida en que saldría un nuevo tipo de
deformación del cristianismo y no su autenticidad), sino solamente
para dejar explícito de qué tipo de revolución cultural se trata y poi­
qué razón el término empleado no permite la identificación con lo
ocurrido en China.
Roszack considera únicamente las formas de esta contracultura,
es consciente de la formación de una fuerte corriente que desde lo
más lejano anuncia una ruptura terrible y entrevé que se trata, entre
agitaciones esporádicas, de una puesta en duda de lo que parecía
ser el corazón de Norteamérica. Roszack comprende que correspon­
de, por ejemplo, a una transformación de lo que, hasta ahora, los
norteamericanos han llamado felicidad, de la idea de felicidad; este
autor se da cuenta de que se trata de una especie de nueva lucha do
clases, que no se presenta ya dentro de una concepción marxistn.
puesto que los obreros están a favor del Establishment y son abier­
tamente solidarios del patrono. Si quisiéramos dividir los Estados Uni­
dos en dos grandes grupos, habría que poner en un lado a los patro­
nos-obreros-empleados y en el otro a los subproletarios, a los inte­
lectuales y a los funcionarios. Pero Roszack no distingue seguramente
el origen y el contenido de esta revolución cultural. Se trata de un
avatar de la cultura cristiana27, en evidente oposición con el tccno-
cratismo. Pero ninguna fuerza ideológica se ha encontrado nunca en
presencia de un poder de transformación semejante.
¿Son capaces los múltiples movimientos que operan en órdenes
diversos y que se lanzan al asalto de esta sociedad — no únicamente
de la norteamericana, sino de la civilización moderna, de la cual la
norteamericana es la más ejemplar y la más completa— de llevar a
cabo esta revolución cultural? Necesitarían una palanca y una ayuda
exterior y, sin embargo, nos choca la inconsecuencia de estos movi­
mientos respecto a lo que atacan. Utilizan la violencia o el retrai-17

17 Se puede llevar muy lejos esta demostración: de modo particular, encon­


tramos en la nueva ola de esta contracultura, el estilo qtic Aucrbach ha ca­
racterizado magníficamente como estilo específico de la cristiandad; a saber:
la aportación única del cristianismo a la cultura, en la [Link]ón de lo Noble/Hu-
mildc. de lo idealista/creatural. etc. Hay que leer los acontecimientos de los
Estados Unidos a la luz de la Mimesis de Aucrbach. que permite comprender,
sobre todo, el nuevo teatro y el underground.

246
miento. Quieren establecerse en contra-sociedad. Pero ¿puede ser
realmente éste un medio positivo? ¿Está puesta en cuestión esta so­
ciedad por estos tipos de acción? Efectivamente, la violencia puede
crear un estado de inseguridad, puede aterrorizar a algunos, pero no
tiene ninguna posibilidad de llegar a nada si no se dirige hacia un
cambio de la totalidad de las instituciones y no hacia una toma del
poder. Nos encontramos, en otra escala, con el razonamiento sim­
plista de ciertos nihilistas de 1880: “Matemos a muchos hombres
de Estado; ciertamente, no podemos pretender matarlos a todos, pero
los aterrorizaremos de tal manera, que ya nadie querrá ocupar pues­
tos de dirigentes y así la clase política se derrumbará por sí sola.”
Pero diez años más tarde fue el nihilismo el que empezó a desapare­
cer. Hoy encontramos la misma actitud con un carácter infinitamen­
te limitado de la violencia. Para unos la consigna es: “Ataquemos
a los blancos.” Pero jamás una población atemorizada ha sido obli­
gada a abandonar la partida y jamás ha hecho presión sobre el go­
bierno para cambiar el régimen... Aunque 100 millones de nor­
teamericanos blancos estuvieran atemorizados, la política guberna­
mental no se doblegaría. La única respuesta, estrictamente la única,
será la creación de milicias blancas privadas y armadas que entabla­
rán combate contra los negros. Para otros, la violencia va dirigida
contra la sociedad capitalista o de consumo, pero sólo influye sobre
las consecuencias de esta sociedad. No ataca para nada los centros
productores y menos aún la estructura tccnicista. Podrá destruir al­
gunos productos de consumo, entorpecer los transportes, etc., pero
jamás alcanzará el meollo del problema. Así pues, frente a la violencia
está la intención de establecer una contra-sociedad y una contra­
cultura, si bien éstas llevan en sí mismas su perdición: como subraya
Domenach, el método mismo de la negación y la contestación em­
pleado por todos estos movimientos, la droga y la sexualidad des­
enfrenadas. son la causa más profunda de su debilidad. Las atesta­
ciones de “libertad” son. en definitiva, el tipo mismo de victorias
pírricas, pues representan el rápido aniquilamiento de las persona­
lidades. la pérdida de energías, la tendencia hacia la nada y la im­
potencia. el envilecimiento: todos los observadores han notado que
la primera “ola” , la de hace cinco o seis años, se compone en la actuali­

247
dad de individuos embrutecidos y pasivos, incapaces de hacer abso­
lutamente nada. Realmente, esto no da la señal para un arranque
revolucionario y, si llegara a extenderse, podría llegar a ser como
máximo el hundimiento de una sociedad por la degradación fisiológi­
ca y moral de sus miembros.
Tratemos ahora de definir estos campos. Hay que recurrir aquí
a la admirable tipología de BacchleríK, que distingue dos tipos de
contra-sociedades y dos tipos de marginalidades. Entre las contra­
sociedades encontramos el tipo “pasivo-cscapista” que se traduce
por un retiro efectivo espacial fuera de la sociedad y por la funda­
ción de comunidades, como los hippies, los beatinks y los ashrams...
Ahora bien, es indudable que estos grupos sólo tienen una influencia
accesoria en el cuerpo social. Los monjes del siglo iv no minaron la
sociedad romana. Los del siglo xii provocaron más bien una reafir­
mación de su sociedad. ¿Pueden estos grupos extenderse hasta el
infinito? En la medida misma en que se trata de contrasociedades y
viven como tales y a partir del momento en que fuesen muy nume­
rosas y casi mayoritarias, perderían su significación y se disolverían
en una débil corriente espiritual.
Las otras contrasociedades son activas-agresivas, sectas que no
son producto de la sociedad global, sino que pretenden atacarla y
derrocarla, sectas políticas de toda tendencia, Panteras Negras, hip­
pies. Pero estas sectas han sido siempre, incluso podríamos decir que
por naturaleza, grupos de duración limitada: aun sin recurrir a la
acción de la policía ni a la represión y, precisamente por su orienta­
ción hacia una acción muy violenta y muy dura, no pueden englobar
una parte importante de la población; son movimientos elitistas y no
pueden tener larga duración porque no es posible mantener la incan­
descencia durante años. Se plantea además otro problema: estas co­
munidades se basan en una especie de conversión individual, en una
adhesión total del corazón, sobre todo entre los jóvenes. Abordamos
por lo tanto dos problemas; ¿van a seguir siendo estos jóvenes lo
que son ahora, cuando hayan envejecido? ¿Se ven acaso hippies de
cincuenta años con la misma forma de vida y presentando las mis-

” Conire-poim. núm. I.

248
mas exigencias? Es cierto que hay boy-scouts de cincuenta años...,
pero vamos... Todo parece demostrar que los miembros de estas
contrasociedades se cansarán mucho antes. No obstante, si los de
cierta edad se marchan (para entrar en los engranajes de la sociedad
“normal” y ejercer en ella una profesión, cuando pueden, como se
está comprobando ya), otros jóvenes llegan, les suceden y el grupo
no se extingue... No es imposible, pero parece que la mayoría de
las comunidades de todo tipo tienen un estatuto transitorio. Y las
comunas hippics manifiestan expresamente este carácter transitorio,
“no estamos aquí para durar” , y esto se debe a su propio carácter
de oposición: frente a una sociedad endurecida, estabilizada, cuyo
ideal es la continuidad, la verdadera postura de revuelta estriba en
la creación de formas inestables y de grupos espontáneos jamás ins­
titucionalizados. Pero esto representa en sí su propia impotencia, ya
que siendo lo que son. no pueden atacar nada. “La meta de las
comunas hippies no es la supervivencia; lo que les importa realmente
es tener experiencias interesantes...” ¡Con esto no se puede poner
en cuestión el sistema!
Cuando duran, se organizan y mantienen contactos con la so­
ciedad global. Si consideramos una de las mayores transformaciones
que hayan existido jamás, el cristianismo, llegó un momento en que
esta contrasociedad se vio en la necesidad de tener en cuenta a la
sociedad, después se convirtió ella misma en sociedad y se llegó así
a la cristiandad y al constantinismo. Es poco probable que las diver­
sas contrasocicdadcs esporádicas, aleatorias, impulsadas por una
frágil generosidad y un pensamiento difuso, consigan algo mejor.
Todo lo que conocemos de estas contrasociedades tiende, por el con­
trario. a denunciar su tremenda inccrtidumbrc.

Debemos plantearnos, no obstante, la pregunta central: ¿Tienen


acaso posibilidad de provocar un cambio revolucionario? Algunos creen
que cuando la ideología y la forma de vida han cambiado, lo demás
cambiará también. Sin embargo, no vemos por ahora que haya unas
aptitudes para realizar una obra revolucionaria. La cuestión es cam­

249
biar la fuerza del Estado y el sistema tccnicista. Ahora bien, unos
centenares de miles de jóvenes y algunos millones de negros en
estado de revuelta no abordan siquiera el principio del problema. La
estructura técnica es un hecho. Unicamente podría dudarse de ella si
lodos los jóvenes se negasen radicalmente no sólo a utilizar sus pro­
ductos (incluidos, por ejemplo, los medicamentos), sino también a
entrar en ella y servirla. Pero de eso ni siquiera se habla. Poco a
poco, los jóvenes tienen acceso a la participación y el sistema tccni­
cista no es modificado en absoluto por los desórdenes externos. Claro
está, se puede agitar las universidades, pero otras seguirán formando
suficientes técnicos; se pueden bloquear los medios de transporte,
pero esto es sólo un pequeño avatar. Quienes creen en un cambio
fundamental a causa de estas explosiones, de estas marginalidades y
de esta cultura, simplemente no han medido nunca la extraordinaria
solidez que la finura y la complejidad de su estructura confieren al
sistema tecnicista. Podéis hacer un agujero en una tela de araña; la
tela no se destruye y la araña hará con lo que quede un remiendo
perfecto. En cuanto a la fuerza del Estado, es de temer que se vea
reforzada por estas agitaciones. No basta con proclamar que en estas
contrasociedades se niega la autoridad del Estado. Efectivamente, en
mi habitación puedo negar la propiedad privada c imaginarme así que
elimino la potencia de los trusts. Puedo incluso formar un ashram
pero Lanza del Vasto no ha cambiado el sistema económico. De igual
modo, estos grupos “anarquistas” no modifican en absoluto el esta­
tismo moderno. No obstante, no afirmo que no pueda haber cambios
en los equipos dirigentes, que no se pueda presionar al gobierno
para que acabe con la guerra del Vietnam o que no se pueda mo­
dificar una determinada institución: indudablemente, sí se puede.
Pero lo que subsiste es el Estado en sí. con sus tendencias, su po­
tencia y el lugar que ocupa en nuestro “Estado-Nación” . En este
punto, nada ha cambiado. Las administraciones y los grupos de ex­
pertos siguen siendo los mismos y no se les puede poner en peligro.
Es menos de temer en los Estados Unidos un desarrollo del auto­
ritarismo y de la violencia policiaca que un crecimiento constante9

9 Ashram: refugio o local donde se reúnen los devotos del Satgurú. santón
hindú y maestro viviente que revela el Conocimiento. (N. del T.l

250
y razonado del mecanismo administrativo. Esto corresponde a una
verdadera regresión de las libertades. Cuanto más aumenten la vio­
lencia y las marginalidades, más se perfeccionarán recíprocamente
las adminnstracioncs. Podemos afirmar con toda seguridad que al au­
mentar las contrasociedades y las marginalidades en el Imperio
Romano, en el siglo iv. el crecimiento de lo jurídico y de
lo administrativo llevó a una asfixia de la propia sociedad. Debido
a las técnicas y a la solidaridad mundial, me parece difícil que eso
se repita. Pero debemos considerar sobre todo el precio: si nos orien­
tamos en este sentido, no podemos esperar otra cosa que la caída
en la oscuridad de los tiempos “bárbaros” durante quinientos años.
No se tratará de un simple cambio de las metas asignadas a la técnica
o de una orientación dada al Estdo, sino de la reaparición del ham­
bre generalizada, de la violencia individual directa, de las epidemias,
de los grupos salvajes en constante guerra endémica, de un autori­
tarismo total de los potentados locales, de la ley de Lynch y de la
supresión de todas las libertades... Esto es lo que representa la eli­
minación afectiva del sistema estatal moderno. Sin embargo, es alta­
mente improbable que estos movimientos tengan éxito. Cuanto más
se encuentra con semejantes desafíos, más se perfecciona el Estado.
Esta es la ley que venimos observando desde hace siglos y no creo
que se presente en un futuro inmediato algún cambio en este sentido.
Es un error de los grupos norteamericanos de la Nueva Izquierda, o.
peor aún, de los hippics. Al politizar el movimiento, sólo consiguen
reforzar el sistema. A fin de cuentas, esta gran empresa, este desor­
den gigantesco que ha sido el más importante desde 1917, esta inte­
rrogación inquieta, este renacimiento de un idealismo mítico y esta
protesta violenta y desesperada me dan la impresión de acabar, por
una parte, en ideologías muy vagas, muy inciertas, incapaces de exis­
tir con continuidad y condenadas a ser efímeras, y. por otra parte,
de concluir en explosiones de violencia divagante, extremista y sin
efectos. “La revuelta de la juventud norteamericana se desencadenó
a propósito de la guerra del Vietnam, del conflicto racial y. poste­
riormente, de la crisis de la Universidad. En cada una de estas etapas
se habrían podido formular y presentar alternativas razonadas, y, sin
embargo, el movimiento se encerró en una negativa total e irreflexi­

251
va condenándose a la irresponsabilidad..." Esta acertada reflexión
de W. Laqueur es exactamente la contrapartida de la ideología de
una contracultura, ya que son movimientos encerrados y reple­
gados sobre sí mismos y no, como podría creerse a primera vista,
impulsos que afectan a toda la sociedad. Existen las expansiones
protoplásmicas de los agrupamientos Woodstock. el contagio en ca­
dena de las revueltas negras, la difusión de las comunidades hippies
y de las “comunas” , pero, a pesar de todo esto, no se trata más que
de contestaciones y de grupos cerrados, es decir, sin salida posible
en la sociedad global, sin salida y sin proyección de estructura. Posi­
blemente, ya lo hemos dicho, se pueden producir cambios en ciertos
aspectos de la mentalidad, modificaciones de ciertos objetivos de la
sociedad, pero no estamos ya en el tiempo en que un cambio de los
fines modificaba realmente algo; nuestra sociedad es la sociedad de
los medios, actualmente autónomos. Ninguno de los fines, objetivos
o ideales modifican estos medios; para cambiarlos es necesario po­
seerlos. Pero cuando se les tiene, se está dominado por ellos. Tal
es el implacable rigor de nuestra sociedad. Contra esta roca se estre­
llan las olas de la contracultura y se desvanecen las nieblas de la
contestación.
Segunda parte

DE LA REVOLUCION IMPOSIBLE A LA
RENOVACION DE LA REVUELTA
Capítulo quinto

Sin fines ni medios

1. Sin fines
Los fines revolucionarios se han hecho evidentes: podemos decir
que no existen ya. Los hombres de nuestra sociedad se imaginan dos
clases de fines revolucionarios, tan inconsistentes los unos como los
otros. Las evidencias por inconsistencia e incapacidad de ver la reali­
dad y las evidencias por inmovilismo y apego a viejos modelos ca­
ducos *.

Respecto a los primeros, basta con hojear un periódico para obte­


ner una colección. Se trata siempre de la justicia y de la libertad, pero
sería vano esperar el principio de una idea o de una precisión a este
respecto. Es posible también que se nos proponga la revolución como
un “programa de progreso social y de paz” fWaldeck Rochet, 1968),
pero aquí también tienen buen cuidado de no definir sus términos, de
tal forma que puede tratarse estrictamente de cualquier cosa. Sin duda
alguna, la revolución debe hacerse también contra el racismo y en esto
se nos da una precisión: este racismo que hay que destruir es, in globo,
el de la raza blanca. Las exaltadas acusaciones de los negros norteame­
ricanos no son. en modo alguno, racistas. Pero sé de sobra que, según
un mecanismo bien montado, se me explicará que el racismo negro es
revolucionario mientras que el blanco es conservador, liberal o fascista,
según los interlocutores — malo en cualquier caso— y que debe ser aba­
tido. De todos modos, se trata de reemplazar un racismo por otro.

’ [Link] desaparición de los fines de la revolución se manifiesta en la plena


actualidad de la tipología de B [Link] , para quien la revolución es una lucha
a muerte por el poder. ¡Pero no hay que confundirse de poder! ¡No es el
poder del gobierno, sino el de la técnica, el que está en juego!

255
Capitulo quinto

Sin fines ni medios

1. Sin fines
Los fines revolucionarios se han hecho evidentes: podemos decir
que no existen ya. Los hombres de nuestra sociedad se imaginan dos
clases de fines revolucionarios, tan inconsistentes los unos como los
otros. Las evidencias por inconsistencia e incapacidad de ver la reali­
dad y las evidencias por inmovilismo y apego a viejos modelos ca­
ducos *.

Respecto a los primeros, basta con hojear un periódico para obte­


ner una colección. Se trata siempre de la justicia y de la libertad, pero
sería vano esperar el principio de una idea o de una precisión a este
respecto. Es posible también que se nos proponga la revolución como
un “programa de progreso social y de paz” (Waldeck Rochct, 1968).
pero aquí también tienen buen cuidado de no definir sus términos, de
tal forma que puede tratarse estrictamente de cualquier cosa. Sin duda
alguna, la revolución debe hacerse también contra el racismo y en esto
se nos da una precisión: este racismo que hay que destruir es, in globo.
el de la raza blanca. Las exaltadas acusaciones de los negros norteame­
ricanos no son. en modo alguno, racistas. Pero sé de sobra que, según
un mecanismo bien montado, se me explicará que el racismo negro es
revolucionario mientras que el blanco es conservador, liberal o fascista,
según los interlocutores — malo en cualquier caso— y que debe ser aba­
tido. De todos modos, se trata de reemplazar un racismo por otro.1

1 Esta desaparición de los fines de la revolución se manifiesta en la plena


actualidad de la tipología de Baechler, para quien la revolución es una lucha
a muerte por el poder. ¡Pero no hay que confundirse de poder! ¡No es el
poder del gobierno, sino el de la técnica, el que está en juego!

255
Generalmente, estos fines inconsistentes y formales, esta palabrería sin
contenido (sostengo que el antirracismo es tan inconsistente como el ra­
cismo: disposición de espíritu, reacción visceral, actitud y comporta­
miento que no pueden ser objeto de revolución, sino de conversión)
están cargados de un potencial activo y pasional. Es cierto que. hoy
en día, lanzar el insulto de racista provoca inmediatamente unos efectos
maravillosos. Pero hay que ser ingenuo para confundir el temblor de
odio y de irritación, la invectiva y quizá el asesinato con la revolu­
ción. Utilizando la propaganda se puede sublevar a un grupo y lanzarlo
a la violencia con esas palabras: no son fines revolucionarios, a menos
que la revolución no se agote en una agitación sin sentido. Lo que da
potencia a estas palabras es la pasión política. Responden a una acti­
tud global que es “política ante todo” . A partir del momento en que
un hombre toma ese camino, se pone en condiciones para la acción
exterior y, por el mismo movimiento, se vuelve incapaz de concebir se­
riamente sus metas. La pasión política moviliza y ciega. Interpretar
automáticamente la politización como un bien, un progreso y la despo­
litización como un mal sólo disfraza una actitud propagandista. Poco
importa para esos sargentos reclutadores de ideales y de sus carreras
que el despolitizado sepa por que lo es: no tiene base para ponerle en
movimiento y, por tanto, es malo porque no servirá a sus fines. Por el
contrario, qué alegría encontrarse con un hombre politizado: basta con
agitar la bandera adecuada y embestirá con más automatismo que un
toro. Para el especialista de la agitación revolucionaria (¡no digo de la
revolución!) hace falta que el hombre empiece por estar politizado: es
la condición necesaria para que se pueda ejercer una influencia. Se
comprende entonces el insulto contra el intelectual, el liberal, las iglesias
(en los tiempos en que su principal creencia no era la política): son
desmovilizadores y por lo tanto, está claro, partidarios del orden es­
tablecido. ¿Cómo no nos percatamos de que los verdaderos partidarios
del orden establecido son esos politizados que siguen exactamente el
juego que se les hace hacer y que. por su pasión, se hallan a dispo­
sición de los líderes? Son incapaces de situarse en el plano distanciado
necesario para plantearse una meta revolucionaria. El hombre politiza­
do es el más sorprendente conservador, por necesidad, ya que sólo sabe
obedecer y no escoger. Que obedezca las consignas de alguien que,

256
también politizado, obedece las consignas de alguien que... no me con­
suela en absoluto; aun cuando esas consignas reposen en un presupues­
to revolucionario final de los que sólo serían unas supuestas expresio­
nes. Con el concurso de tales mecanismos es como se construyen siem­
pre las dictaduras en tanto que balance de la revolución. El hombre
politizado es incapaz de apuntar hacia una meta revolucionaria, preci­
samente porque forma parte de un juego en el que ha entrado. Este
hombre cree que derribar un gobierno es suficiente. El juego de niños
de 1968 tenía su origen en la convicción política de que toda la culpa
era de De Gaulle y que una vez se hubiera ido éste todo cambiaría -.
El hombre politizado juzga la revolución a su medida, pero al no ver
más que la rutina política, confunde una topera con el Himalaya. La
pasión política es una de las causas de la actual incapacidad para defi­
nir los objetivos de una revolución, ya que se contenta uno con emplear
palabras revolucionarias por tradición pero vacías, puesto que al estar
obsesionado por la política, se incapacita uno para comprender que la
revolución afecta a toda la estructura social. ¡Pero el apasionado de la
política es incapaz de poner en cuestión al Estado!
Otro aspecto del sueño revolucionario sin referencia a la realidad
nos lo proporcionan a menudo los artistas, cineastas, escritores.... To­
dos ellos son, hoy en día, portadores de un “mensaje” que se precia
de ser revolucionario. ¡Todos se ponen de acuerdo cuando se trata de
atacar el orden! Pero sería pedirles demasiado que dicho orden fuera,
en la medida de lo posible, el orden real. Con anterioridad hemos ata­
cado a menudo a estos portadores de rayos de cartón que fulminan al
orden burgués cuando éste, perfectamente decrépito, podrido, sacudido
por doquier, no espera más que esa coz de asno que incluso no habría
necesidad de dar Tomemos otro ejemplo. Nico Papatakis se mofa del
orden. Los abismos, Los Pastores del desorden..., todo esto es muy
bonito. Es la búsqueda de una destrucción. Quiere “sugerir que el or­
den sea atacado de nuevo” . Pero nos quedamos pensando cuál será el
orden que ataca. ¿Se trata del orden policíaco de Moscú o del orden 3

3 Un artículo aparecido en I.e Monde (mayo de 1969) declara: “De Gaulle


ha conseguido la siguiente maniobra: hacer que los hombres desprecien la po­
lítica". F.l ingenuo que escribía esto no se acordaba del tremendo desprecio
hacia la política expresado en 1934, 1936. 1938, etc. Toda la literatura rezuma­
ba este desprecio. ¡F:s un buen ejemplo de ceguera política!

257
conformista de los Estados Unidos; del orden de la superabundancia
que nos amenaza, del orden nacionalista de la totalidad de los países
que existen, del orden de la técnica o del orden de los golpes de estado
africanos...? No. es el orden de una familia burguesa que tiene una
doncella. Es el orden de una sociedad tradicional donde la mujer es
menor, donde las personas no saben leer y donde la creencia en el honor
es ridicula {evidentemente, las creencias del señor Papatakis no lo son),
es decir, de sociedades que están desapareciendo radicalmente. Como
todos sus congéneres escritores y cineastas, Papatakis pone en causa
un orden acabado, superado, el orden de ayer. Y se queda tan satisfe­
cho. Sin haber vislumbrado siquiera el problema. No ataco el valor
estético de sus obras, incluso todo esto me gustaría si no tuviera la
insoportable pretensión de transmitir i:n mensaje. De este modo puedo
tener yo la pretensión de juzgar este mensaje, puesto que es lo que se
me somete, y afirmo que es tan débil, tan mediocre y tan infantil como
la charlatanería moralizadora de las últimas películas de Charlie Cha-
plin... a menos que Papatakis pretenda atacar al orden en sí. Entonces,
una de dos, o se trata de una palabra tan perfectamente vacía como
las de libertad, paz... o bien lo que debemos esperar es que Papatakis.
en vez de rodar películas, se convierta en ingeniero atómico y construya
por fin la bomba capaz de asolar realmente la totalidad del orden...
cósmico como debe ser. Todo lo demás sobra.
La misma actitud irreal encontramos en los fanfarrones de la moral
y muy especialmente en los predicadores de la revolución sexual, lo que.
por otra parte, no es ninguna novedad. Cuando apareció el primer libro
de Miller. ciertos artículos exaltados afirmaron que por fin la revolu­
ción estaba en marcha: la exaltación del orgasmo era el punto de par­
tida. Esto no ha hecho sino deteriorar un poco más la moral tradicional,
ha permitido una laxitud sexual que de esta forma se justifica, una dcs-
racionalización del comportamiento, una seudo-erotización general­
mente verbal, una facilidad de relaciones sexuales que ni satisface ni
garantiza nada... No aparece ni la sombra de un comienzo de voluntad
revolucionaria. Al contrario, estas fuerzas diluidas, estas gratificacio­
nes generales permiten aceptar con mayor facilidad las sujeciones so­
ciales. No. Miller no ha producido nada que fuera revolucionario,
y creer que el fin de la revolución es la liberación sexual o la lucha

258
“contra la miseria sexual de nuestra civilización” (Reich) y contra
la familia, fábrica de ideologías autoritarias y conservadoras, es cons-
ternador por ser un puro conformismo con las tendencias más pro­
fundas de esta sociedad, y por ser un engaño en cuanto al objetivo
de la revolución. Los romanos del siglo i antes de Jesucristo no ne­
cesitaron al teórico Reich para descubrir el erotismo integral. Los
agentes destructores, en nuestro tiempo, de la familia y de la repre­
sión sexual fueron, primero, el cinismo burgués de 1900 hacia esas
cosas y, después, el dinamismo americano: fueron estos hechos glo­
bales los que destruyeron este orden. W. Reich sólo ha podido es­
cribir lo que ha escrito porque el trabajo ya estaba hecho por aquellos
a quienes, en su más profundo pensamiento, Reich olvida. Todo
lo que añade a los hechos es una retórica piadosa. Lo que designa
como el hombre que debe ser abatido con la revolución es el fan­
tasma de humo de un muerto ya podrido. Cuando Reich expone
esto, no expresa ninguna comprobación de hechos (del hecho de la
represión efectiva, del punto en que se sitúa, de la forma que toma)
ni un análisis científico: expresa creencias sobre la situación en sí,
no sobre la situación histórica del hombre. Aquí, la Opresión es tan
general y abstracta como lo eran antes el Orden y la Libertad. La
creencia mística en una sexualidad natural, sana y pura, se refiere
más bien a las creencias de sexualismo religioso del Oriente Próximo
de hace cuatro o cinco mil años que a un análisis biológico, psico-
analítico o sociológico del fenómeno. Conviene fijarse en que la “re­
volución sexual” de Reich se basa en estas creencias y no tiene
nada que ver ni con nuestra sociedad ni con el hombre que en ella
vive, sino que se refiere a un modelo mctafísico o a una concepción
tradicional. Sociológicamente, estamos en presencia de un pensamien­
to sin conexión con la realidad. Creer que el fin de la revolución es
la liberación y la felicidad sexuales es desviar la atención de la es­
tructura actual de esta sociedad, es ser desmovilizador respecto a
una revolución necesaria.
Por último, ¿hace falta aludir a un nuevo ejemplo de estas pro­
posiciones deshonestas? ¿Cuántas veces habremos leído que la re­
volución que ha de hacerse consiste en adaptar el hombre a sus
técnicas y en promover un mayor número de éstas? El gran pro­

259
blema es el “arcaísmo de la red de carreteras, el deterioro del sis­
tema telefónico, el envejecimiento de las formas de energía, un patri­
monio inmobiliario vetusto". Es necesario hacer que el país “entre
en el mundo moderno", y que el hombre penetre en el siglo xxt, o
incluso en el siglo xx, ya que se considera que este hombre está
mal adaptado. Ese hombre tiene aún reflejos, sentimientos, creen­
cias que le vienen dei pasado y que (¡horror!) amenazan con trabar
el empuje de las técnicas o le ponen en desacuerdo con el nuevo me­
dio. ¿La meta de la revolución? Por supuesto, aumentar el poder
de compra por un crecimiento de la productividad, alcanzar una tasa
de expansión económica de un 7 por 100. pues se tacha de “con­
servadora” , “reaccionaria” toda política que no alcance estos ob­
jetivos. Claro está que algunos se escandalizan porque la clase obre­
ra no aumenta de número. Una prueba de espíritu reaccionario en
Francia es que los productores industriales no llegan al 40 por 100.
Una nación es “progresista revolucionaria” a partir del 50 por 100.
La revolución consiste en elegir el partido de lo técnico, de lo mo­
derno contra lo antiguo, porque, claro está, todo lo que no es ciega­
mente técnico es necesariamente antiguo, polvoriento, retrógrado...
Admiro frases como ésta: “A los hombres hay que hablarles de lo
que les atañe en lo más profundo: el alojamiento, el arreglo de las
ciudades, la objetividad de la información, la seguridad en el em­
pleo, el reajuste de la formación a la aceleración del cam bio...”
(P. Uri, Le Monde, marzo de 1969). Esto es lo “más profundo",
éste es el sentido de la vida, éste es el fin de la revolución. Leer
cien veces cosas tan insulsas, evidencias satisfechas de un grosero
descrédito del hombre, os lleva a desear las barricadas de mayo. Pre­
tender que el crecimiento tecnológico y la adaptación del hombre a
su fatalidad forman hoy el núcleo de la revolución, me parece la más
monstruosa diversión que la nueva burguesía (evidentemente izquier­
dista y tecnicista) efectúa para desviar al hombre occidental de los
verdaderos problemas. Seguir el curso de la técnica no es más revo­
lucionario que estar sentado en el metro y dejarse llevar. El cues-
tionamiento de un orden imaginario o de un orden medieval aca­
bado se asemeja a la falta de un cuestionamiento del orden tecni­
cista. Finalmente, en sus explosiones de ira. Rcich o Papatakis ayu­

260
dan a la operación conccntracionaria de iccnólogos y economistas,
que proponen a la revolución el objetivo del trabajo incansable de
un hormiguero orgánico y, finalmente, el abandono de sí mismo por
el hombre superado.

El segundo aspecto de esta ausencia de fines revolucionarios es,


a mi juicio, el apego de los movimientos políticos y de las masas
a los viejos modelos revolucionarios a un vocabulario caduco y a
imágenes estereotipadas: ésta es la razón por la cual la revolución
ha entrado en el carril de las costumbres. La palabra clave de las
evidencias muertas es el “socialismo". ¿Está la revolución de hoy
ligada aún al comunismo marxista-lcninista? ¿Es la revolución mar-
xista-leninista necesaria, hoy? No es exactamente el problema del fu­
turo del socialismo el que planteamos aquí En efecto, que el “so­
cialismo" tiene porvenir c incluso tiene todo el porvenir, me parece
evidente. Toda sociedad que se desarrolla, se va convirtiendo en
“socialista” a medida que se desarrolla, y por medio de jefes de
Estado que no están del todo en esta linca. Pero este socialismo
no es significativo, nada tiene que ver con la revolución. Las trans­
formaciones socio-económicas que propone y provoca no correspon­
den ya a los problemas de nuestra sociedad que implicarían revolu­
ción. El problema de la revolución se sitúa ahora en un sistema de
referencias distinto del socialismo marxista. el cual correspondía (en
tanto que sistema revolucionario) a la situación del siglo xtx. Los
actuales frutos del socialismo son seguramente muy aceptables, e in­
cluso deseables; pero ahora no se trata más que de regular las secue­
las, el fin del contencioso capitalista: todos los nuevos progresos en
este sentido son retoques de la revolución necesaria del siglo xix y
no conciernen en nada a la revolución de hoy. Aquí radica la difi­
cultad. pues cuando se habla de revolución, se piensa aún espontá-3

3 Entre otros centenares de obras, podemos citar: A. P hii.i p : Le [Link]


Irahi, 1964; A. G o r z : Pour un iocialisme difficile, 1966: L ow enthai.: La ré-
volution a-r-elle un avenir?, en D kaCiikovitch : Marxism ¡n the módem World,
1967, y la obra, tan pesimista pero tan perspicaz, de G. M artin ot : Les einq
communisme.s. 1972.

261
neamente en la revolución marxista. El marxismo ha sido segura­
mente el portavoz de una revolución, pero no de la revolución, per­
manente y siempre renovada. No se puede hablar apresuradamente
de una revolución traicionada. Se trata sólo de saber si. en una
estructura totalmente renovada, el socialismo marxista ofrece toda­
vía la vía de una nueva revolución.
Antes de tratar sus diversas formas, constatamos globalmcntc
hasta que punto está caduco el socialismo. Debemos distinguir tres
tipos de situación en esta sociedad.
En primer lugar, los problemas que el socialismo intenta resol­
ver, a los cuales pretende dar una respuesta que sería revolucionaria
al provocar la transformación de los fundamentos de la sociedad, no
son problemas actuales, son obsoletos. Cuando se refiere a la forma
de la propiedad privada del capital, a la explotación del hombre por
el hombre, a la supresión de la condición proletaria, al reparto de
los bienes de consumo, a la distribución de la renta según las nece­
sidades de cada uno, etc.... manifiesta su irrealismo: o son pro­
blemas sobrepasados por la aparición de nuevas estructuras, o es­
tán en vía de solución por un camino distinto de la socialización. El
socialismo era la voluntad revolucionaria adaptada al sistema indus­
trial (y por esta razón el concepto inexacto de sociedad industrial
para calificar a nuestro mundo conduce a malentendidos), mecá­
nico. dominado por la máquina de vapor, expresado en una organi­
zación económico-liberal, competitiva, e incluido en una sociedad
individualista, fragmentaria al tiempo que homogeneizada. Todo esto
ha desaparecido en Occidente, o se encuentra en vías de extinción.
Un segundo tipo de problemas sigue siendo real y ha persistido
a través del cambio de la sociedad. El socialismo pretendió dar una
respuesta a esto. Así como a la miseria, al Estado, al nacionalis­
mo, a la guerra... Por desgracia, debemos constatar el fracaso ra­
dical del socialismo en estos campos. Más de medio siglo de influen­
cia socialista (frecuentemente dominante) en todos los países de Oc­
cidente y de poder socialista en U. R. S. S. no ha aportado esperanza
alguna. ¿Existe alguna razón para pensar que el futuro será más fruc­
tuoso que el pasado? ¿Debemos acaso obedecer a la reacción infantil:
“el socialismo pasado ha sido traicionado, pero en el futuro ten-

262
drcmos un socialismo verdadero, puro y duro..., etc."? Tres ge­
neraciones socialistas lo han declarado, pero, desgraciadamente, el
socialismo, cualesquiera que sean sus formas, aparece totalmente im­
potente frente a las dificultades reales de la sociedad actual.
Finalmente, nuestro mundo presenta estructuras radicalmente nue­
vas. y. por consiguiente, el hombre está sometido a constantes mo­
lestias y perjuicios que jamás ha conocido y cuyas causas no han sido
investigadas. Todo lo provocado por el crecimiento explosivo de la
tecnología, la imposible aplicación de la automación, el enmaraña­
miento de los medios de comunicación, el delirio informativo, el cam­
bio de la sociedad hacia los servicios y el sector terciario, y mil cosas
más. nada de lo cual ha sido visto ni conocido por el socialismo. El
socialista, el intelectual sobre todo, sigue aplicando mecánicamente
unas soluciones trasnochadas, pronunciando sortilegios, fórmulas ri­
tuales y viejas, dando explicaciones evidentes, demasiado evidentes,
geométricamente construidas, pero cuyo puzzle es tan extraño como
una máscara papú en un rostro europeo. Para ser revolucionario no
basta con proclamar una verdad caduca. El socialismo puede parecer
revolucionario a los africanos o a los indios americanos, ya que no
conocen el pasado y, sobre todo, porque están, en efecto, en una situa­
ción tccnico-económica de estructuras económico-sociales que recuer­
dan las del siglo xix europeo, siendo perfectamente legítimo que, en
estas condiciones, pueda existir una esperanza en él. y que la palabra
mágica parezca ser la luz de la justicia que pronto brillará. Para ayudar
a estos pueblos a hacer su revolución, correspondiente a su nivel de
desarrollo, el socialismo sigue siendo una palanca o, en todo caso,
un motor. Pero esto no afecta en absoluto al mundo occidental, desde
Moscú a San Francisco. En este mundo, la ininterrumpida referencia
al marxismo y al socialismo en cuanto evidencia revolucionaria co­
rresponde a la evacuación de la doctrina revolucionaria por la su­
puesta evidencia '. Los que ceden a ella demuestran no tener prácti­
camente ninguna doctrina, ninguna interpretación teórica efectiva de
la situación. Referirse hoy al socialismo-comunismo es no tener, de

' Sobre este proceso, ver .1. [Link].: Autopsia de la Revolución, Unión Edi­
torial. Madrid, 1973.

263
hecho, teoría revolucionaria alguna \ Incluso cuando estos teóricos
intentan, como Althusscr. renovar la interpretación, ccnstribuyen a
esta vacunación en la medida en que siguen presentando como hechos
reales unos elementos y unos análisis totalmente superados y conver­
tidos en recuerdos. Asistimos aquí al inmovilismo del pensamiento
revolucionario. Los mandos, los axiomas, los métodos y los objetivos
han sido fijados definitivamente y no hay posibilidad de salir de ellos.
Se han hecho corrientes los términos de encantamiento y de misti­
ficación para caracterizar una situación del hombre en la sociedad ca­
pitalista, pero hoy se aplican, en primer lugar, a los marxistes que se
encuentran en el círculo encantado de una doctrina que se puede reno­
var, pero que sigue siendo la misma, haciendo pantalla entre la rea­
lidad contra la que debería hacerse la revolución y la revuelta espon­
tánea del hombre.
Debemos señalar que no es la primera vez que esto ocurre en la
historia y se puede establecer una comparación histórica. La revolu­
ción de 1789 impresionó tanto a las mentes, que. durante todo el
siglo xix, se la siguió como ejemplo y esencia de la revolución. ¿En
qué se pensaba cada vez que se sentía cierto impulso revolucionario?
En repetir 1789. Los grandes antecesores eran los únicos que estaban
en posesión de la verdad revolucionaria. Así pues, había que hacer
una revolución de la “libertad” , una revolución patriótica (nacionalista
de hecho), una revolución ccntralizadora y organizadora de los poderes
del Estado, una revolución por la libertad de prensa y de palabra, al
mismo tiempo que para controlar los bienes y. finalmente, una revo­
lución por la República y contra la Monarquía, ritualmentc calificada
siempre de tiranía, aunque el término fuera absurdo para definir la
Monarquía de Luis Felipe o la de Luis XVIII. Siguiendo este mode­
lo se hacen las revoluciones de 1830 y de 1848. Se revive un viejo

‘ Para comprender hasta que punto el socialismo puede haber decaído, bas­
ta considerar, por ejemplo en Francia, las mediocridades que lo representan:
Mollet, Rochet, Duelos, Krivine, Geismar, Mitterrand, Rocard... ¿Quién puede
hacemos creer que en estos magnetófonos fantoches hay una mínima idea y
una mínima seriedad revolucionaria? Cuando el socialismo es esto podemos ase­
gurar que está acabado. Una fuerza política atrae necesariamente a los hom­
bres que están a su nivel. Para que estos hombres puedan sentirse a gusto en
el socialismo (puesto que otros no se sienten así), es preciso que el socialismo
esté hecho exactamente a su medida.

264
recuerdo, se entra despierto en el sueño del pasado, sin darse cuenta,
por ejemplo, de que esa célebre revolución era burguesa y que el pro­
blema, a mediados del siglo \ix , no era ya de la nación enfrentada
al concepto del reino, el de la República contra la Monarquía, etc....
Todavía en 1871. algunos, como el viejo jacobino Dclcscluzc. inten­
tarán empezar de nuevo, pero entonces se percibirá que su doctrina
revolucionaria, convertida en ideológica, carecía totalmente de sig­
nificado. Sin embargo, en ese preciso instante, durante el período en
que se tenían los ojos puestos en el modelo de 1789, Marx explicó
que eso no era la revolución que había que hacer, que la sociedad
había cambiado, que 1789 se situaba bien en su contexto, pero que
no era cuestión de volver a empezar. Los objetivos revolucionarios
eran la apropiación colectiva de los medios de producción y la elimi­
nación de la clase burguesa; el núcleo revolucionario lo constituía
la lucha de clases, el problema por resolver era el de las relaciones
de producción; es decir, cosas en las que nadie había pensado (¡ni
siquiera Babcuf, por supuesto!) en 1789 y en las que ninguno de
los que estuvieron a la cabeza de las revoluciones de 1830 y de 1848
pensó. En otras palabras, en aquel momento. Marx podía pasar por
un contrarrevolucionario, pues no se encontraba en el esquema ple­
namente aceptado. Mostraba la novedad radical de la situación a la
que debía corresponder una novedad radical de la revolución. Unica­
mente un número reducido de revolucionarios aceptaba sus ideas. Se
siguió viviendo a corto plazo.
Hoy ocurre exactamente lo mismo. Nuestros marxistas viven con
el mismo retraso respecto a la sociedad de 1970 que el jacobino res­
pecto a la de 1848. Como él. llevan medio siglo de retraso. Toman
como modelo el de 1917. c incluso el de 1871. Resulta extraordinario
ver interpretar las revueltas del barrio latino evocando precisamente
dichas fechas. Cuántas veces habremos leído de la pluma de los ar­
dientes partidarios de estas revueltas: “Parece como si estuviéramos
en 1917". “Los estudiantes son el detonador como lo fue el ejercito
en 1917". “Hay una crisis en la Universidad como la hubo en el ejérci­
to en 1917". “La Sorbona es el acorazado Aurora de esta revolución".
“Los comités de obreros y estudiantes son los verdaderos soviets” , et­
cétera... Estas fórmulas no son simplemente eso, revelan que no se

365
tiene en la cabeza más que un único tipo de revolución: la de 1917;
que es la buena, la que hay que volver a hacer, y que es indispensable
volver a crear los soviets. Por supuesto, esto define los enemigos y los
objetivos. El problema es el de la sociedad calificada de capitalista, el
enemigo es el imperialismo, el colonialismo, etc.... Es decir, exacta­
mente lo que Lenin. en 1917. designaba como enemigos. Todo cuanto
puede decirse es que este “pensamiento" está tan pasado, respecto
a la situación actual, como el de los jacobinos respecto a la sociedad
de 1848. Si verdaderamente queremos orientarnos en una teoría y una
doctrina revolucionarias, es necesario abandonar por completo estos
viejos esquemas de interpretación y saber que el socialismo no es
actualmente el objetivo revolucionario y que la creación de soviets
en el barrio latino es un infantilismo. Se que quien mantiene estas
tesis es inmediatamente acusado de revisionismo, de ser un aliado ob­
jetivo de la burguesía, de ser servidor del capitalismo... Me limitaré
a recordar que Marx, en 1848. y también posteriormente, fue acusa­
do precisamente de desviar las fuerzas obreras de la revolución pen­
diente. Es célebre el comentario de Lamartine sobre los socialistas.
El esquema republicano llevaba a considerar la revolución socialista
como contrarrevolucionaria. El esquema socialista acusa de contrarre­
volución toda búsqueda de otra revolución. Es la mirada histórica del
conformismo revolucionario. En realidad, el comunismo (y sus ava-
tares importan poco ya se trate del marxismo revisado por Stalin.
Jrushev. Mao. Castro, Nasscr, Marcusc o Lefebvrc. etc..... viene a ser
lo mismo) mantiene el poder revolucionario, objeto de los problemas
de ayer o de anteayer, impidiendo su aplicación a la situación actual.
Este es el primer obstáculo gigantesco que impide el avance en el ca­
mino de la revolución necesaria.

En la misma línea, podemos decir que la adopción de falsos mode­


los revolucionarios es dramática. Me basta hacer referencia, para hacer
la crítica de estos falsos modelos, al buen análisis de Dcbord sobre
los diversos marxismos, incluido el leninismo, y sobre el anarquismo.
Es inútil hablar en un contexto revolucionario de la socialdcmocracia.
convertida en lo que J. Mandrin ha calificado, justamente, de social-

266
mcdiocracia R. Pero no podemos compartir la esperanza de este autor
de ver renacer un socialismo puro; nadie puede devolver al socialismo
su virginidad. Se trata, sin embargo, de una esperanza tenaz, siempre
renaciente a pesar de las decepciones siempre nuevas. Garaudy r nos
sumerge en un idealismo impenitente para volver a darnos el aspecto
humano del socialismo: en lo que enuncia no hay nada nuevo, recuer­
da un poco a Bemstcin. Estos son votos piadosos; no parece que his­
tóricamente sea posible, hoy en día, ninguna orientación de este ge­
nero. El ideal de Garaudy es el célebre socialismo humano de los seis
primeros meses de 1968 en Checoslovaquia. Pero ¿es esto posible
sin haber pasado primero por una dictadura de tipo stalinista. es de­
cir, sin haber transformado en primer lugar el mundo entero por
presión y propaganda comunistas? En otras palabras, ¿se puede llegar
al comunismo liberal por progresión o por regresión? Aun cuando
todos sean comunistas, como en Checoslovaquia, el paso no es fácil.
El modelo del socialismo de aspecto humano es inadecuado en nuestra
sociedad, no es un modelo revolucionario. En el drama checo no se
pone en causa el horroroso imperialismo ruso, sino la imposibilidad
de fondo, radical y exclusiva, de pasar de un socialismo economista
organizado a un “socialismo de relaciones humanas” . El fracaso de
Polonia buscando lo mismo, en 1956. era ya característico. El de
Checoslovaquia fue aún mayor, ya que. si es cierto que el marxismo
pretende responder a todas las cuestiones que pueden plantearse en
una sociedad y que puede plantear el individuo, ¿cómo sería acepta­
ble que formas democráticas liberales e ideológicas diversas fueran
introducidas de nuevo? La línea seguida por la U. R. S. S. era (des­
graciadamente) la única lógica.
Está bien denunciar la traición rusa. Es muy interesante seguir,
por ejemplo, el análisis de K. Kosik: “El sistema que se basa en
las relaciones entre el partido y los sin partido forma y deforma igual­
mente el contenido y el sentido de la dirección política. AI ser consi­
derada la masa como una menor política que se puede manipular a
placer, al ser despojada de la subjetividad política y. por lo tanto,
privada de toda libertad y de toda responsabilidad, la dirección po-*

PoSnoíeia
* J. M avdrin:
: G araudy: unlisnm
no•d0e11lew¡cria
anl-m
eáiséddioucrsaolie
[Link].
1969.
1968.

267
lítica llega a confundirse con el monopolio de! pode:... Ser la fuerza
dirigente de tal sistema es tener el monopolio del poder... En el me­
canismo de las correas de transmisión el puesto dirigente confiere
una posición de dominación que no podría manifestarse más que
por órdenes, vigilancia, restricciones, presiones... La identificación
del papel de dirigente con la posición de dominación constituye una
de las más oscuras mistificaciones de la historia del socialismo. Los
políticos que hablan del papel dirigente del Partido se refieren a la
posición dominante de un grupo en el poder" '. La cuestión consiste
en saber si el socialismo permite resolver este problema, si el marxis­
mo no contenía en sí mismo y desde su origen esta orientación. Se
comprende que los estudiantes checos atacaran violentamente, en
1968. a R. Dutschkc. que volvía a tomar las ideas marxistas-lcninis-
tas "puras", declarando que era cómico y absurdo, que se había ya
intentado lo que Dutschkc pedía y que esto combinaba “la ineficacia
y la esclavitud" ".

El tema tradicional del socialismo se ha renovado hoy para dar


una nueva imagen. Es decir, que muestra la dirección de una nueva
vía muerta de la revolución. Es la consigna de la autogestión ,n. Esta
fórmula se ha convertido hoy en slogan, en la respuesta a todos los
problemas, en la salida de nuestro inmovilismo. Tan pronto se suscite
una cuestión cualquiera, el interlocutor revolucionario responde: auto­
gestión. Es el remedio universal de todos los males que hacen sufrir
al hombre en la sociedad tecnicista.
Existen, claro está, numerosas definiciones de la autogestión. Así.

' Karel Rosne: Dialeaique du conerei (1966). obra mucho más importante
v próxima a la realidad que los análisis de Sartre sobre los mismos problemas.
“ Citado por Morkison: The Spcctator, abril 1968.
Se quiere hacer remontar la autogestión hasta Proudhon. como hace .1.
Bancal: Prudhon, Plural¡sme el autogestión (2 vol.. 1970), lo cual no es del
todo erróneo, pero es sólo “útil" en lo que se refiere a los principios y a la
línea general, porque los problemas actuales son de otra índole que aquellos
con los que se enfrentaba Prudhon: querer aplicar hoy su pensamiento resulta
utópico: sólo podemos encontrar en el una inspiración.

KiX
para Lapassadc ((Jroupes, organisations et institutions, 1967), la auto­
gestión debe responder a una realidad más profunda que la organiza­
ción económica del capital, al descubrimiento que hacen actualmente
los hombres de que están sepatados de los diferentes sistemas de po­
der. De ahí que la autogestión sea "un sistema de organización de la
producción y de la vida social en el que la organización y la gestión
dejan de ser propiedad privada de unos cuantos (grupos minoritarios,
castas, clases dominantes) para convertirse en propiedad colectiva” .
La autogestión tiene por fin acabar con la separación entre gobernan­
tes y gobernados.
La idea general es. a todas luces, seductora. “Se supone que el
control de los procesos de producción por los productores inmediatos
da lugar a la transición esencial que distinguirá posteriormente la his­
toria de los hombres libres de la prehistoria del hombre. Es una
sociedad en la que los productores, antaño simples objetos del 'pro­
ducir primero', se convierten en individuos humanos que planifican
y que utilizan el instrumento de su trabajo para realizar sus propias
necesidades y sus facultades” (Marcusc). Por tanto, este proyecto
está conforme con el marxismo y. al mismo tiempo, tiene una ampli­
tud considerable. Se trata más bien de la dignidad y de la responsabi­
lidad que de la existencia material. Proletario es aquel que no tiene
más que deberes que cumplir y que no puede participar en la direc­
ción, es aquel que está sometido a una autoridad que no se discute,
aquel que no puede juzgar los problemas con conocimiento de causa.
Un cambio en el régimen de la propiedad, en las estructuras econó­
micas, no cambia gran cosa, ya que lo esencial es ahora el tomar de­
cisiones. Es necesario que los proletarios estén en situación de poder
tomar parte en las decisiones que afectan a las inversiones fundamen­
tales o a la organización del trabajo, que cese la situación de simple-
mandado y que el poder no sea monopolizado por una sola minoría
competente; es necesario que el trabajador participe en la dirección
y que rija él mismo la tarea que tiene asignada. Por tanto, esto supone,
simultáneamente, una transformación en las estructuras administrati­
vas, económicas, jurídicas, y una educación, una formación de com­
petencia en la masa: es, efectivamente, necesario que los proleta­
rios puedan juzgar con conocimiento de causa los medios y los fines

269
de la producción, conocer las informaciones necesarias, comprender­
las c interpretarlas.
Lapassade, pues, tiene fundamentalmente razón al insistir en la
fase preparatoria. Antes de transformarse en una institución social, la
autogestión debe comenzar por ser un método de pensamiento, ya que
se enfrenta a dos grandes obstáculos: el capitalismo y la burocracia.
Ahora bien, si es previsible que el primero puede ser destruido ma­
terialmente en el aspecto institucional, no ocurre lo mismo con la se­
gunda. que, además de ser una estructura, es también un sistema de
relaciones humanas y un cierto concepto de la acción. De ahí que
haya que hacer entrar la autogestión en las mentes. La autogestión
supone un cambio en la cultura, en las motivaciones, en la vida afec­
tiva de los grupos, dice Lapassade. De donde la necesidad de tener
una previa formación psicológica, intelectual y pedagógica. Lapas­
sade insiste en la autogestión de las escuelas, con el quebrantamiento
de la relación educador-educado. Y esto marca a la vez el límite de
validez de las experiencias de la autogestión ya realizadas (porque
todas ellas han sido creaciones institucionales más que aplicación de
nuevos conocimientos y un nuevo estado de espíritu) y el límite de
sus posibilidades para el futuro, ya que hay que preguntarse por quién,
dónde y cómo la autogestión será inaugurada a nivel psicopedagógico.
Esto es lo que implica una autogestión, es decir, la gestión autó­
noma y democrática de las diversas actividades por las colectividades
que las realizan. La autogestión exige la democracia directa más am­
plia posible. Implica la elección y la revocación permanente de todo
delegado en toda responsabilidad particular, la coordinación de las
actividades por comités de delegados igualmente elegidos y revocables
en todo momento. Todo esto se basa en la idea de que, en última
instancia, las decisiones que conciernen al trabajo o a la orientación
económica son. ante todo, políticas. La idea de autogestión corres­
ponde tanto a la exigencia de dignidad como al deseo de transformar
la sociedad a partir de una influencia ideológica muy fuerte. Desde
los comités constituidos en las empresas, se esboza toda una estructu­
ra de la sociedad.
Pero es necesario distinguir desde ahora dos tipos muy distintos
de autogestión. La que se desarrolla a partir de una situación econó­

270
mica de penuria y en medios pobres, la cual expresa la voluntad de
excluir a los ricos y de apoderarse de los bienes del trabajo. La fá­
brica, para los obreros; la tierra, para los campesinos. La autogestión
se convierte en una forma rcivindicativa, revolucionaria, cuyo por­
venir es incierto, ya que sus posibilidades de éxito económico son ex­
casas. Pero hoy nos hallamos en presencia de una exigencia de auto­
gestión muy distinta, la que aparece en las economías desarrolladas
y que también ofrece varias formas: al emanar de los trabajadores,
es un llamamiento al derecho de comprender lo que pasa. Pero tam­
bién puede surgir en medios más ricos, no proletarios en el sentido
estricto, y en este caso se trata de dirigir el consumo. Como dice
muy acertadamente Albert Meister " , “es querer consumir más inte­
ligentemente’' y también "tratar de consumir mejor la propia vida” .
Por consiguiente, la autogestión cubre proyectos muy diferentes. Pero
de todas formas el verdadero problema no reside aquí. Eludiré igual­
mente la cuestión de la extrema dificultad que hay en impartir a todo
el mundo unos conocimientos políticos, económicos, financieros y
técnicos suficientes para que exista una autogestión efectiva. Dejemos
de lado igualmente los errores que puedan cometer los comités de au­
togestión: nadie está a cubierto de cometer errores, y que el número 1
de Macedonia, Kaste Cavenkovski, escribiera en marzo de 1968: “No
toda decisión de un órgano de gestión obrera es necesariamente bue­
na", confirma una evidencia. Estos consejos no son ni más compe­
tentes ni más sabios. No hay razón para extraer de ellos un argu­
mento.
Me parece que. dadas las experiencias yugoslava, francesa (en
el movimiento cooperativista de 1910 y comunitario de 1945) y arge­
lina. son varias las objeciones que inmediatamente se nos presentan.
Algunas son constataciones de hecho de las que evidentemente pode­
mos decir que “no es forzoso que esto ocurra siempre así’’... Helas
aquí: en los casos en que se trata de una empresa generalizada, la
autogestión no es jamás el fruto de una decisión de la base, sino de
una decisión tomada por el Estado. En Yugoslavia y en Argelia es
él quien decide la autogestión, quien la impone como solución y quien1

11 A. M mstf .r : Socialisme n autogestión: l’expérience yugoslave. 1964.

711
la orienta1-. Estas orientaciones pueden ser muy variables... "No
sabemos nunca qué orientación vamos a recibir; dadnos soluciones
que. aunque malas, sean duraderas", decía el jefe de una de las ma­
yores fábricas yugoslavas al Presidente Tito. Por consiguiente, no
se puede decir que la autogestión económica resuelva el problema del
Estado.
La segunda crítica sacada de la experiencia concierne a la reapa­
rición casi necesaria de cierta forma de patronato. En todos los asun­
tos que funcionan bien hay un director dinámico que impone progre­
sivamente sus soluciones y, en la medida en que éstas son correctas
y justas, la asamblea de los trabajadores acaba por aceptarlas auto­
máticamente y se cansa de reuniones. La empresa se mantiene en ré­
gimen de autogestión, pero de hecho es cosa del patrono. Pero, se ar­
gumentará, las cosas no ocurren forzosamente así. Es cierto, solamen­
te se trata de la constatación de un gran número de evoluciones. Del
mismo modo, el análisis experimental de Yugoslavia permite compro­
bar que eso no resuelve ni los problemas de paro ni la desigualdad.
Este es, incluso, uno de los grandes problemas actuales: las empresas
yugoslavas autorregidas proporcionan ciertas satisfacciones a los tra­
bajadores de su plantilla, pero no intentan ampliarse y no proporcio­
nan trabajo alguno a los jóvenes (es muy grave en Yugoslavia el paro
de los jóvenes) y producen la desigualdad no ya entre individuos,
sino entre empresas o regiones. No existe solidaridad alguna entre
las empresas, de tal forma que los obreros que pertenecen a empre­
sas “ricas’’ tienen enormes ventajas sobre los otros... Por lo tanto,
la autogestión, de hecho y hasta ahora, ¡no es la solución esperada
para remediar los males que padece la clase obrera bajo el capita­
lismo!
Pero existen otros problemas teóricos que no parece puedan re­
solverse: en primer lugar, la relación entre la autogestión y la plani­
ficación. Es éste uno de los dramas de la economía yugoslava, de la
cual se ha podido decir que se tambalea desde hace veinte años ls

“ Esto ha sido especialmente bien analizado por Monique L aks: A utoge­


stión ouvriere el pouvoir politique en Algérie ( 1962-1965 ) (E. O. I.. 1969), don­
de demuestra la paradoja política que constituye la opción argelina de la auto­
gestión dirigida por un poder proletario.
“ Sobre la autogestión yugoslava, véase el admirable libro de M eister , ya

272
Tan pronto hay una descentralización de las decisiones hacia las em­
presas autogestionadas como una reabsorción por el poder central y el
plan. Los períodos de descentralización están marcados por el au­
mento de salarios, por la baja de !a productividad y, a menudo, por
la inflación. Necesariamente, les sigue la reafirmación autoritaria de
los imperativos del plan. Existe, entonces, una lucha contra los em­
pleos inútiles, contra el abuso del consumo; por último, en las asam­
bleas (los “colectivos’') de obreros no puede decidirse nada y, ante
la tutela financiera excesiva, el presidente Tito ha llegado a decla­
rar, en 1968, que “habría que dejarles dinero de bolsillo” . Durante
el primer período, los objetivos del plan no se realizan; se llevan a
cabo durante el segundo, pero por autoridad N.
Otra dificultad aún más grave aparece si se piensa que la auto­
gestión no puede aislarse en el terreno económico: todo iría bien si
se tratase únicamente de que el obrero rigiera su fábrica; pero el
que la autogestión sea el principio político de la sociedad significa
que el consumidor debe regir el consumo, que el ciudadano debe re­
gir el Estado, que el administrado debe hacerlo con la Administra­
ción, el informado con la información y el “culto“ con los organis­
mos de cultura. Ahora bien, es el misino hombre el que será obrero,
informado, ciudadano, administrado, consumidor, “culto” ... Y así
se encuentra embarcado en la gestión no de una empresa, sino de
diez o de veinte y, sabiendo que la gestión por el “colectivo” supone,
por lo menos, dos reuniones mensuales, tendrá una reunión casi todos
los días. Evidentemente, es imposible imponer todos los días a un
hombre, que tiene además un trabajo productivo que efectuar, una

citado y Autogestión, cuaderno número 8: L‘Autogestión yougoslave, en la co­


lección “Sociologie et socialisme” (Anthropos. 1969). Todo el mundo habla
de esta autogestión yugoslava, pero es curioso observar, leyendo numerosos
estudios, los números especiales de revistas (por ejemplo Esprit) aparecidos en
los años 1950 sobre Yugoslavia. qu; prácticamente no ha habido nunca auto­
gestión como forma específica del socialismo y de la revolución. La edificación
socialista en el país se presenta como admirable, incluso, a veces, como termi­
nada (señora D esanti, en Action, diciembre de 19461. como la nueva vía esta­
blecida. calificada de revolucionaria... Pero nada de autogestión, ni como meta,
ni como medio. ¡Las palabras cambian, las modas pasan!
u La crítica del sistema hecha por los estudiantes yugoslavos me parece
esencial cuando afirman que si se quiere llegar al socialismo mediante la auto­
gestión, hay que frenar el desarrollo económico (Le Monde, julio de 1971).

273
reunión de cuatro o cinco horas. Es necesario quitar tiempo ai traba­
jo. De esto se desprende que la autogestión parece ser un régimen
que no podría funcionar más que con un alto nivel de productividad
que permitiera una reducción considerable dei tiempo de trabajo.
También e¡ proceso de decisión es más lento. En Yugoslavia hay
' millones de horas de discusión". Todo se hace por persuasión, hay
una gran versatilidad... En 1965 (en el momento del “fracaso" de las
fuerzas burocráticas) hubo asuntos urgentes de comunas yugoslavas
que quedaron pendientes durante seis, ocho meses, mientras que la
Administración estaba totalmente bloqueada por la carencia de de­
cisiones...
En 1967. textos muy oficiales yugoslavos (Cuestiones actuales del
socialismo, Revista de Política Intenutcionai) reconocían honrada­
mente que la autogestión no existía en Yugoslavia y la presentaban
como un ideal, ya que. de momento, se asiste a la competencia entre
las empresas autogestionadas que son exactamente de tipo capitalis­
ta... Se subrayaba enérgicamente en estos artículos que, por una
parle, era necesario que la autogestión respondiera de forma global
a! problema de nuestra sociedad, pero que. por otra parte, el fraca­
so de ¡a autogestión derivaba precisamente de que debía aplicarse a
todo: aplicada a! sector económico, comprometía la revolución social:
aplicada al sector social, amenazaba la continuidad del sistema polí-

Es cierto que la autogestión ha eliminado el sistema rígido de


la planificación centralizada, pero no ha hecho más que poner los
principios del nuevo sistema y no resuelve el problema de fondo. Aun­
que se consideren episódicas las dificultades de la autogestión yu­
goslava (desperdicio de tiempo, poca eficacia, intento, por parle

'• Además, parece que la autogestión Ja marcha atrás en Yugoslavia: tan


sólo es ahora un sector de la economía, en regresión ante la progresión constan­
te del sector privado y de empresas de tipo intermedio: en particular, las coop;-
rativas de tipo occidental sustituyen a las empresas autogestionadas. Meister ha
estudiarlo de manera excelente los retrocesos de la autogestión unidos a los
de la planificación y no parece que esta vez sea un retroceso coyuntural. sino
estrnctii:al (M histi.k: “[Link] reculs de l autogestion yongoslave". Esprit, septiem­
bre 1970). Un este artículo Meister establece también una tipología muy clara
de las modalidades de empresa en Yugoslavia. [Link] no puede más que agravarse
a medida que Yugoslavia establece una economía de mercado, con inflación, y
desarrolla el interés material indis ¡dual como motor de la acción económica

274
do los obroros. do utilizar los beneficios para aumentar los salarios en
lugar de emplearlos en la inversión, conflictos entre el director de
la empresa y el consejo obrero, oposición do estos consejos a emplear
jóvenes técnicos eficaces considerados demasiado caros, etc.... no
es menos cierto que. desde hace veinte años, la autogestión no ha
demostrado que permite simultáneamente el desarrollo técnico y el
dominio de ia sociedad tecnieista por el trabajador. Ahora bien, sólo
con la prueba del tiempo y con la generalización del sistema a toda
la economía podemos preguntarnos si la autogestión es realmente la
vía revolucionaria por excelencia: por muy interesante que fuera la
experiencia española i:. duró demasiado poco tiempo, no abarcó más
que sectores limitados de la economía y no se enfrentó al problema
de la tecnificación. La instauración de los consejos generales de indus­
tria en Cataluña y de lo> consejos de empresa revelaba un gran es­
fuerzo de la voluntad revolucionaria en ei plano institucional, pero
no resolvió c! dominio técnico. ¿Será la autogestión revolucionaria
hasta el punto de renunciar a un progreso técnico acelerado en be­
neficio de la participación de todos en la dirección? Me parece total­
mente irreal. De esta manera, la autogestión es. tal vez. una forma
de ludia eficaz contra la antigua organización capitalista, pero nada
más...
Y. en electo, cuando se intenta reflexionar sobre una posibilidad
de aplicación concreta de la autogestión, es cuando se notan sus limi­
taciones ' \ La autogestión se convierte en la “aplicación en el cam­
po económico de los principios democráticos que ya han entrado en
vigor en el terreno político” . Amén de la posible reticencia sobre esta
democracia política, asistimos aquí a una asombrosa reducción de la
autogestión. Se rechaza sabiamente la construcción de un modelo teó­
rico alegando el carácter idealista de este esquema en relación con la

K Y askovitch : "C [Link] fonctionne li modéle yugoslave". Le M onde, oc­


tubre de 1970.
17 Frank M i .ni /: ¡.'autogestión dans ¡'Esf-agne ritoluiionnaiie. 1970. Kstu-
dio muy completo y el más apasionante de este período.
" A este respecto, ser lti' investigaciones hechas por la C. F. D. T.: el in­
forme Fdmond Mairc sobre la “Democratización de la empresa en una pers­
pectiva de transformación social y de autogestión", en el Congreso C. F. D. T.
1970. y por último, en este mismo sentido, pero más desarrollado: C hamuy :
Autogestión. Senil 1971. y el nitículo de D it r a z y M airf en P leitees. 1970.

275
realidad de la organización económica moderna. Se busca, muy jus­
tamente, lo que sería efectivamente aplicable a nivel de la empresa
con vistas a la democratización. A partir de este momento, la instau­
ración de relaciones igualitarias en la empresa, asociada a la planifi­
cación democrática y a la propiedad social de los medios de produc­
ción — lo que es, sin duda, una transformación social deseable y sa­
tisfactoria— no representa en absoluto la respuesta a la supremacía
tecnicista ni al crecimiento del Estado: es decir, esta autogestión re­
formista es, sin duda, aplicable (con la reserva de que, para estos
autores, la autogestión no puede ser una forma de mejorar o aumentar
la producción, sino una manera distinta de producir y con la partici­
pación voluntaria de todos), pero no es, en definitiva, revoluciona­
ria con respecto a nuestra sociedad.

No es necesario recordar que esta autogestión era ya el programa


de Lcnin, y que debía funcionar en todos los sectores: autogobierno
de los productores, quienes debían impedir que el aparato se volviese
burocrático. Todos debían participar en las funciones de control y
de vigilancia (a lo que se reducen, según Lcnin, las funciones admi­
nistrativas). “Que por cierto tiempo se conviertan todos en burócra­
tas y por lo mismo nadie pueda ser burócrata.” Había que forzar a
las masas a intervenir directamente en la gestión de todas las ramas
de la actividad, y particularmente en la actividad industrial: “La or­
ganización de la producción incumbe por completo a la clase obrera.
Acabemos de una vez con el prejuicio de que los asuntos del Estado,
la gestión bancaria y la de las fábricas son tareas inaccesibles a los
obreros.”
Pero los primeros contactos con la realidad y con las necesida­
des del poder disiparon, como si de humo se tratara, esta mística
creencia. La experiencia del control obrero no hizo más que demos­
trar la imposibilidad de la autogestión. En abril de 1918, Lenin se
mostró partidario de la sustitución del control obrero por la discipli­
na del trabajo y de la autogestión por la organización, siendo llama­
dos de nuevo los “mandos” no comunistas para reorganizar las uni­

276
dades de producción. Lenin escribió entonces a los obreros: “¿Aca­
so habéis sabido haceros cargo de la producción? ¿Habéis calculado
lo que producís? ¿Conocéis acaso la relación que existe entre vuestra
producción y el mercado ruso e internacional?" La única palabra que
Lenin consideraba importante era: competencia. ¡La acusación contra
los obreros se basa en que eran incompetentes! “¿Creéis que se puede
administrar sin competencia, sin profundos conocimientos, sin cien­
cia administrativa? Sería ridículo. La dirección colegial es inadmi­
sible porque tenemos poco personal experimentado." La dictadura del
proletariado es separada de la autogestión y llevada “a la constitución
y al régimen de propiedad". “Pero la administración es otra cosa;
es cuestión de saber hacer, de habilidad." Por esta razón, hay que
imponer a las empresas “un poder fuerte y despiadado” , un régimen
de “dictadura personal" que asegure “la sumisión de miles de obreros
a uno solo..."
Tal es el pensamiento de Lenin. A partir de abril de 1918, la
cuestión es calificada de “viejo prejuicio", de “desviación anarco­
sindicalista pequeñoburguesa". “ una equivocación, una inepcia” . “¿Qué
significa eso? ¿Es que cada obrero sabría administrar el Estado? To­
das las personas prácticas saben que eso es una fábula.” “¿Pueden
acaso garantizar los sindicatos la gestión de las empresas? Todos los
que tienen alguna experiencia práctica en la construcción socialista
se echarán a reír." “La democracia de la producción engendra una
serie de ideas radicalmente falsas" 1!>. Y todo esto lo confirma plena­
mente Trotsky. quien, en el tercer congreso de los sindicatos, en 1920.
afirmó la necesidad de presionar al trabajador para forzarle a traba­
jar y la ineficacia de la gestión obrera: “Que el trabajo libre sea más
productivo que el trabajo obligatorio es una verdad en lo que con­
cierne al paso de la sociedad feudal a la sociedad burguesa. Pero hay
que ser liberal, o, en nuestra época, kautskysta para eternizar esta
verdad y extenderla al período de transición del capitalismo al so­
cialismo... El Estado obrero considera que tiene el derecho de enviar
a cualquier trabajador allí donde su trabajo sea necesario” 20.

',p Textos citados por P apaioannou: “Ixninc. la rcvolulion et l'Etat".


Preuves. 1967.
T rotsky : Terrorismo et comunismo.

277
¿Quien pretendería tener mayor convicción marxista que Lenin y
Trotsky y actuar en condiciones más favorabies para la aplicación de
la autogestión? Las insignificantes experiencias que se presentan siem­
pre tienen poco peso frente a este enorme fracaso-1.
En conjunto, podemos decir que el sistema de autogestión es ra­
dicalmente contrario a los principios de una sociedad tecnicista. a
causa de la ausencia de racionalidad, de rapidez, de eficacia, de pro­
ductividad. de competencia y de especialidad.
Meister hace notar la difícil coexistencia entre el proyecto del
hombre socialista buscado por el régimen y el “modelo de desarro­
llo" (Socialismc et autogiwtion, 1954) que tiende a crear una indus­
tria moderna. La autogestión se compagina mal con las necesidades
de un control sobre la distribución de la renta por las empresas, ya
que éstas caen en la tentación de distribuir más de lo que producen.
De la misma manera, no es posible impedir la utilización de medios
de tipo capitalista para incitar a la productividad: entonces, la auto­
gestión retrocede. De esta forma, tanto en el plano teórico como en el
práctico, la realización de la autogestión se enfrenta con las presio­
nes de la productividad y del desarrollo económico.
Por muy favorable que sea. A. Meister escribe: “Todo esto se tra­
duce inevitablemente en una menor productividad: creación de dema­
siados empleos, tiempo perdido para la producción pasado en las re­
uniones de explotación, instalación de equipos de consumo colectivo
realizados en detrimento de las inversiones productivas... La raciona­
lización se enfrenta con la oposición de los trabajadores, es difícil com­
primir los tiempos de producción..." Y subraya que el sistema acaba
obstaculizando el aumento del consumo. De ahí que en realidad, a lo
que parece, haya una divergencia en !o que se refiere a la exigencia de
la autogestión: ahora es mucho más solicitada por los cuadros y por
los medios con nivel de vida elevado (la experiencia francesa de mayo
de 1968 es muy significativa), porque han probado ya la sociedad de
consumo, que por los obreros que no alcanzan a ver por qué se critica*

A título anecdótico, recordemos que [Link]. secretario general de la


C. G. T . declaraba el 15 de mayo de 1968 que la autogestión es "una fórmula
hueca que acaba por relegar las verdaderas reivindicaciones obreras al úll:nio
plano".

278
a esta sociedad en la que tanto les gustaría entrar. Todavía reclaman,
y muy justamente, una mejora de su consumo. ¿Cómo convencerles
de que c! problema no es ése? Los obreros no parecen estar dispuestos
a entrar electivamente en la autogestión generalizada. Por fin. hay que
notar que. precisamente a causa de estos defectos, la autogestión sólo
se soporta a un nivel ideológico elevado. En Yugoslavia sólo pudo for­
marse gracias a la propaganda masiva y a! cncuadramiento de la Liga
de los comunistas. Sin embargo, en estos últimos años, la sociedad de
consumo occidental ha asumido su “papel corruptor", es decir, que la
iniciativa de la Liga ha disminuido, el nivel ideológico ha bajado, los
individuos tienen menos le en la posibilidad de una verdadera sociedad
nueva, sacrifican a esto menos tiempo, tratan de consumir más y las
estructuras perduran aunque un contenido vivo: el funcionamiento de
la autogestión se encontró, y todavía se encuentra, anémico, sin vigor.
Veinte años de autogestión no han convencido a los obreros y no han
creado la nueva sociedad.
Es indiscutible que la autogestión produce un excelente efecto psi­
cológico. con un clima de trabajo satisfactorio, con mejores relacio­
nes entre directores y equipos, con una reducción de las tensiones, con
la desaparición de! desprecio recíproco, con buenas relaciones... (pero
también podríamos preguntarnos con cierta malicia si todo esto no se
podría creer igualmente con una aplicación inteligente de las human
rclations). Por otra parte, conduce a un mejor reparto de las respon­
sabilidades y a una verdadera participación... Pero, como subraya A.
Mcistcr. este gran movimiento ideológico no se puede convertir en una
técnica de cncuadramiento de las masas para hacerlas entrar en una
sociedad industria!, para conseguir su desarrollo. Por la creencia en una
sociedad nueva se ha llegado a obtener una movilización intensa y sacri­
ficios voluntarios de trabajo por parte de los individuos. ¿Es que “el
ideal socialista ha sido sólo un medio para hacer plusvalía", para crear

Hay. sin embarco. que -ubrayar que no es del todo cierto que la autoges­
tión interese realmente al hombre occidental. Fisto puede ser muy bien una
idea de intelectual y una reivindicación de los mandos... Un ejemplo: la-
ciudades regidas por un consejo de rc-idcnte- tuvieron que renovar dicho con-c-
¡o en marzo de 196S: hubo meno- del 30 por 100 de votantes y. a pesar de la
importancia de las cuestiones debatidas, las reuniones electorales no tuvieron
casi asistentes. ¡Una ve/ alojadas, las familias se despreocupan de la gestión y
del porvenir de su ciudad!

279
el capital fijo que faltaba? Y, además, ¿“no ha sido la función de la
autogestión el crear jefes de em presa..." cuya falta se hacía sentir...?
Los aspectos positivos frente a ios otros conducen a preguntarse si, para
evitar estos últimos inconvenientes, la autogestión no sería la expresión
de una sociedad capitalista muy evolucionada, en lugar de aplicarse en
países poco desarrollados donde aparece como medio de cncuadramicn-
to y de manipulación de las masas. Y entonces pone en cuestión los ob­
jetivos de una sociedad tecnicista y obliga a plantearse la pregunta:
“Después de todo, ¿es la eficacia la última norma?" Pero esta pregunta
sólo puede plantearse realmente en una sociedad como la nuestra cuan­
do se ha obtenido una eficacia considerable; no antes. Antes, la auto­
gestión es un engaño. La autogestión podría considerarse entonces como
el resultado de una revolución antitécnica, o bien como el resultado del
paso a una sociedad hipcrtccnificada. En este contexto se convierte en
una forma de ocupar el tiempo libre. No es seguramente ni el objetivo
posible ni el medio efectivo de una revolución global en la sociedad
occidental al nivel en que se encuentra.

Nada puede definir mejor el desfallecimiento de los fines revolucio­


narios que la gran apelación que hoy se hace a la utopía. ¡Qué alegría,
qué pureza, qué recurso, qué salida, qué fracaso! Desde Marcuse a
Lefebvre, todo el mundo descubre ahora la utopía, su valor, su vali­
dez. Fournicr vuelve a ser un gran pensador, mientras se espera el resur­
gimiento de Campanclla... ¿Cómo podría tomarse todo esto en serio?
Decir que la utopía es una verdad (Marcuse) me parece un retorno al
pensamiento idealista medieval. Qué ridículo es ver que se trata, con
frecuencia, de marxistas que osan desechar el cristianismo, opio del
pueblo. La utopía, sociedad ideal, construida intelectualmente sobre la
nada, modelo absoluto y. por tanto, absurdo, modelo que no puede ser­
vir a ningún nivel, puesto que no es ni operativo ni mítico. Debemos
declarar enérgicamente que la utopía es el refugio de las esperanzas
frustradas, la cobertura ideológica de la derrota radical de toda esperan­
za revolucionaria, la huida a las nubes de un futuro improbable, la
justificación para continuar un discurso revolucionario sin contenido, la

280
sustitución por un brío intelectual de la seriedad de una toma de con­
ciencia. la vergonzosa dimisión ante una realidad inquebrantable. Los
utópicos son las avestruces del proverbio. Pero en la vía revolucionaria
son los ciegos voluntarios que conducen el rebaño de los ciegos que
sufren. Les acuso de mala fe. de cobardía, de falta de seriedad. Quie­
nes hoy hablan de utopía demuestran que ya no hay fines revolucio­
narios y esterilizan los últimos ardores en los que se podría confiar. La
muestra definitiva de la derrota del movimiento de mayo es el libro
de Touraine El comunismo utópico. Pretender que la utopía es la for­
ma revolucionaria que corresponde a una sociedad de la “modernidad”
y que cubre al poder dominante, es como anunciar el combate entre la
niebla y la roca. Puesto que la sociedad es “nueva” , se hace necesaria
una nueva forma de revolución. La clase dominante se identifica con la
modernización y, en consecuencia, la desorganización social y el choque
cultural deben asociarse, “confundirse en una utopía central" 2\ La
utopía tiene la ventaja de estar libre de las contradicciones inherentes
a todo desarrollo y a todo programa... Esto es cierto sólo si se trata
de una palabra y de una ilusión. Aceptemos que la función de la utopía
sea “volver a encontrar la unidad más allá de la oposición entre el
conflicto social y la crisis cultural” en el marco del movimiento de
mayo. Esto sólo es posibie en la medida en que se trate de un esquema o
de una esperanza. Las tensiones, los enfrentamientos, las rupturas se
producen en cuanto nos encontramos con lo concreto, como de hecho se
produjo en mayo-junio de 1968. Touraine duda continuamente en su
concepción de la utopía entre el “factor de movilización de la persona­
lidad” y la fuerza creadora, inspiradora: “La utopía es la expresión de
una acción política que no ha podido todavía transformar su proyecto
en combate, pero es creadora." Ahora bien, en este segundo aspecto,
la utopía es. por su propio nacimiento, la prueba de que no hay posi­
bilidad alguna de proyecto, puesto que se refiere directamente a la
nada, eso es todo. En cuanto al primer aspecto, es cierto que la utopía
puede ser movilizadora. es decir, un medio de propaganda, y así lo
confiesa Touraine: “Acción utópica, es decir, compromiso total con un
modelo completamente nuevo de esta sociedad, que no es realizable.

a Hay que tener en cuenta que es difícil representar como “central" lo que
no existe en ningún sitio.

281
el capital fijo que faltaba? Y, además, ¿“no ha sido la función de la
autogestión el crear jefes de em presa...'’ cuya falta se hacía sentir...?
Los aspectos positivos frente a los otros conducen a preguntarse si, para
evitar estos últimos inconvenientes, la autogestión no sería la expresión
de una sociedad capitalista muy evolucionada, en lugar de aplicarse en
países poco desarrollados donde aparece como medio de cncuadramien-
to y de manipulación de las masas. Y entonces pone en cuestión los ob­
jetivos de una sociedad tecnicista y obliga a plantearse la pregunta:
“Después de todo, ¿es la eficacia la última norma?" Pero esta pregunta
sólo puede plantearse realmente en una sociedad como la nuestra cuan­
do se ha obtenido una eficacia considerable; no antes. Antes, la auto­
gestión es un engaño. La autogestión podría considerarse entonces como
el resultado de una revolución antitécnica, o bien como el resultado del
paso a una sociedad hipcrtccnificada. En este contexto se convierte en
una forma de ocupar el tiempo libre. No es seguramente ni el objetivo
posible ni el medio efectivo de una revolución global en la sociedad
occidental al nivel en que se encuentra.

Nada puede definir mejor el desfallecimiento de los fines revolucio­


narios que la gran apelación que hoy se hace a la utopía. ¡Qué alegría,
qué pureza, qué recurso, qué salida, qué fracaso! Desde Marcusc a
Lefcbvre, todo el mundo descubre ahora la utopía, su valor, su vali­
dez. Fournier vuelve a ser un gran pensador, mientras se espera el resur­
gimiento de Campanella... ¿Cómo podría tomarse todo esto en serio?
Decir que la utopía es una verdad (Marcuse) me parece un retorno al
pensamiento idealista medieval. Qué ridículo es ver que se trata, con
frecuencia, de marxistas que osan desechar el cristianismo, opio del
pueblo. La utopía, sociedad ideal, construida intclectualmente sobre la
nada, modelo absoluto y. por tanto, absurdo, modelo que no puede ser­
vir a ningún nivel, puesto que no es ni operativo ni mítico. Debemos
declarar enérgicamente que la utopía es el refugio de las esperanzas
frustradas, la cobertura ideológica de la derrota radical de toda esperan­
za revolucionaría, la huida a las nubes de un futuro improbable, la
justificación para continuar un discurso revolucionario sin contenido, la

280
sustitución por un brío intelectual de la seriedad de una toma de con­
ciencia. la vergonzosa dimisión ante una realidad inquebrantable. Los
utópicos son las avestruces del proverbio. Pero en la vía revolucionaria
son los ciegos voluntarios que conducen el rebaño de los ciegos que
sufren. Les acuso de mala fe. de cobardía, de falta de seriedad. Quie­
nes hoy hablan de utopía demuestran que ya no hay fines revolucio­
narios y esterilizan los últimos ardores en los que se podría confiar. La
muestra definitiva de la derrota del movimiento de mayo es el libro
de Touraine El comunismo utópico. Pretender que la utopía es la for­
ma revolucionaría que corresponde a una sociedad de la “modernidad”
y que cubre al poder dominante, es como anunciar el combate entre la
niebla y la roca. Puesto que la sociedad es “nueva” , se hace necesaria
una nueva forma de revolución. La clase dominante se identifica con la
modernización y. en consecuencia, la desorganización social y el choque
cultural deben asociarse, “confundirse en una utopía central"28. La
utopía tiene la ventaja de estar libre de las contradicciones inherentes
a todo desarrollo y a todo programa... Esto es cierto sólo si se trata
de una palabra y de una ilusión. Aceptemos que la función de la utopía
sea “volver a encontrar la unidad más allá de la oposición entre el
conflicto social y la crisis cultural” en el marco del movimiento de
mayo. Esto sólo es posibic en la medida en que se trate de un esquema o
de una esperanza. Las tensiones, los enfrentamientos, las rupturas se
producen en cuanto nos encontramos con lo concreto, como de hecho se
produjo en mayo-junio de 1968. Touraine duda continuamente en su
concepción de la utopía entre el “factor de movilización de la persona­
lidad” y la fuerza creadora, inspiradora: “La utopía es la expresión de
una acción política que no ha podido todavía transformar su proyecto
en combate, pero es creadora.” Ahora bien, en este segundo aspecto,
la utopía es, por su propio nacimiento, la prueba de que no hay posi­
bilidad alguna de proyecto, puesto que se refiere directamente a la
nada, eso es todo. En cuanto al primer aspecto, es cierto que la utopía
puede ser movilizadora. es decir, un medio de propaganda, y así lo
confiesa Touraine: “Acción utópica, es decir, compromiso total con un
modelo completamente nuevo de esta sociedad, que no es realizable.13

13 Hay que tener en cuenta que es difícil representar como “central" lo que
no existe en ningún sitio.

281
poro que se conviene en una realidad mediante la acción violenta que
hace de ella una fuerza política." Así define Sorel el mito. Este es el
eran factor de la propaganda moderna.
Y. como toda propaganda, sea cual sea su contenido, la utopía
me parece, a todos los niveles y en todas las perspectivas, la antirre-
volución por excelencia. Gramsci tiene razón cuando hace notar que los
socialistas se han visto llevados a interpretar el pensamiento de Marx
como un mecanismo, dado que se les vencía con regularidad. Se han
refugiado en una utopía de la historia que evoluciona automáticamente
hacia el triunfo de la revolución. “Cuando no se tiene la iniciativa de
la lucha y cuando la lucha acaba por identificarse con una serie de
fracasos, el determinismo se convierte en una formidable fuerza de
resistencia moral." Con razón analiza esto Gramsci como el paso a una
creencia religiosa, y este utopismo del futuro necesario engendra fatal­
mente la degradación hacia un reformismo -'. De igual modo, y pese
a la aparente contradicción. Djilas tiene razón cuando rechaza la
utopía "en favor del proyecto de una sociedad imperfecta", puesto que
cuando la utopía triunfa desemboca forzosamente en una dictadura.
Es necesario que comprendamos la naturaleza de la utopía: el
utopista, una vez en el poder, se vuelve dogmático y es muy fácil que.
en nombre de su idealismo, cause la desgracia de los hombres. La
utopía puede hacer progresar a una sociedad aceptada y reconocida
como imperfecta mediante ciertas reformas, si se reduce a un sueño
y a una idea humanitaria. Pero la utopía no es esto: es siempre un
modelo riguroso, total e intransigente. Sin embargo, cuando por des­
gracia lo consigue, dada su naturaleza fundamentalmente reaccionaria,
sólo puede producir una dictadura. Por una parte, degrada el movi­
miento revolucionario en reformista: por otra, tiende hacia una dic­
tadura. no del pueblo, sino de la élite utópica. En lugar de considerar
el hecho en sí. se recurre al “sueño", garantizando que el sueño de
ia humanidad representa una gran fuerza y que en el mundo vil y ma­
terialista se perece por falta de sueño. ¡Soñad, soñad, que mientras
tanto no veréis nada y haréis aún menos! Es cierto que existe una
coherencia entre los que todo lo esperan de una explosión irracional

Proceso bien analizado por Al thussi u en Pour Marx.


M. Djii . s s : l.a Socicic iiiipar'niic. [Link]. 1969.

282
y ios que preconizan una utopia como sustitución del pensamiento re­
volucionario. doctrina o teoría. El severo análisis de Scrvicr (Histoin-
de l'Uiopic. 1967) debería haber conducido a nuestros entusiastas a
una posición más pudorosa. “La utopía es la reacción de una clase
social en declive y la visión tranquilizadora de un futuro planificado
que expresa, por medio de ios símbolos clásicos del sueño, su profun­
do deseo de reencontrar las estructuras rígidas de la ciudad tradicional
(la quietud del seno materno) donde el hombre, liberado de su libre
albedrío, se aprisiona con alivio en la red de las correspondencias cós­
micas y de las prohibiciones"; "es un sueño nacido del fracaso de un
movimiento anterior, que permite evadirse de los problemas efectivos
de la sociedad y que se propone a los movimientos revolucionarios
con el fin de contenerlos mejor. Es la voluntad de retomar a las es­
tructuras inmóviles de una ciudad tradicional en la que los utopistas
se consideran los maestros iluminados..." “La utopía aparece como
un intento no tanto de romper las estructuras del orden existente como
de suprimir, mediante la imaginación y el sueño, una situación con­
flictiva." Esta utopía, que Servier opone muy acertadamente a los
milenarismos. ha presentado siempre estas características, es siempre
idéntica, desde Platón, a ella misma y cumple siempre la misma fun­
ción de apaciguamiento, de derivación de conflictos y de compensa­
ción de un fracaso revolucionario. Y. cuanto más grandiosa, cuanto
más afirma su valor revolucionario, más desmovilizados es, porque
presenta un modelo perfecto sin ningún camino para llegar a el y. por
tanto, sin ningún compromiso de acción.
Pero precisamente porque la utopía es esto ante todo, nuestros
utopistas actuales son. en realidad, los falsificadores de toda revolu­
ción. los primeros enemigos que un movimiento revolucionario debe­
ría preocuparse por destruir, va que la utopía es la fuerza desmovili­
zad o s respecto a la revolución ncccsaria y el medio de manipulación
para lanzar a! hombre por unas vías sin salida que él no ha escogido
y donde se perderán sus últimas fuerzas y sus últimos destellos.

283
2. Sin medios
Los grupos que hoy pretenden ser revolucionarios producen una
increíble cantidad de papel. Medio centenar de revistas semanales (sin
contar, claro está, las ‘'grandes", oficiales, como Les Temps Mo­
dernos, que calificaría más bien de literarias y pararrcvolucionarias) o
de boletines multicopiados -n formulan la doctrina en una especie de
violencia unánime, mediocre y logomática. Lo que se observa inme­
diatamente es, en primer lugar, la ausencia de doctrina, pues ésta se
reduce a la repetición indefinida del mismo disco ya muy usado o a la
referencia a la autogestión. Pero el gran tema es el de la estrategia, la
táctica, la acción y los medios de acción. Esta literatura revela por sí
misma que no existen medios de acción. Cuando se habla indefinida­
mente de una cosa, es para encubrir su ausencia o para llenar un vacío
que se nota. El vocabulario, cada vez más oscuro y mecánicamente re­
producido, nos confirma que la orientación estratégica o táctica no
está clara. La violencia verbal sustituye a la posibilidad concreta. La
revolución hoy, a la vista de estos escritos revolucionarios, me parece,
ante todo, carente de medios. Si descartamos las dos posturas reconoci­
das según las cuales, por una parte, el Estado está encargado de hacer
la revolución y. por otra, las grandes potencias (U. R. S. S. - China)
tienen una misión revolucionaria total, podemos descifrar tres tenden­
cias en esta búsqueda de medios. Una tentativa de renovación de los
instrumentos y métodos tradicionales. El descubrimiento de la violencia
y de la contestación. La esperanza en la insurrección de unas fuerzas
profundas. Eros o sexualidad.

La U. R. S. S. afirma tranquilamente el pensamiento tradicional: la


clase obrera desempeña el papel de dirigente. El Partido es su agente
y su expresión. La táctica debe ser. al mismo tiempo. legal e ilegal se­
gún las leyes establecidas, una vez por todas, de la revolución. “Se con-

M Así: l ’hom m c el la sociclc. Rouge, S o ir el Rouge, S o lre Com bal, Action.


le Com m unard. R évolutlon. A narchSm e el Son-violenee. PoUtique-hebdn, Hara-
Kiri. Le Poini. etc.

284
dena así a las gentes que oponen a las leyes de la revolución, de carác­
ter universal, las exigencias específicas y las tarcas revolucionarias de
los partidos individuales... El papel de dirigente debe corresponder a
la clase obrera. Esto es una verdad universalmente reconocida... No
podríamos ponerla en duda como aquellos que exageran la importancia
de ciertas condiciones específicas y niegan el papel dirigente de la clase
obrera. Los responsables chinos y los scudorradicalcs pequeño-
burgueses predican la idea del papel director de las masas campesi­
nas. de los estudiantes o del ejército y. si no tratan de aplicar, en
todas partes, los métodos de la lucha partidista... Son los mismos
que pretenden disminuir el papel del Partido apoyándose en los
órganos del movimiento, los sindicatos y otras organizaciones idén­
ticas...” Este discuso.-7 anterior a mayo de 1968, pronunciado en
Moscú con motivo del aniversario del nacimiento de Lenin, resume
perfectamente la doctrina: no hay nada que cambiar en lo que
hemos hecho; la táctica y los medios de la revolución han sido defi­
nidos de una vez para siempre y puestos en su sitio. Todo está bien,
todo cambio es una herejía. No obstante, incluso para quienes ad­
miten el dogma, la inquietud subsiste: los medios de ayer son, pro­
bablemente, ineficaces. Entonces se buscan febrilmente, pero den­
tro de una ortodoxia, nuevas formas. Para muchos, lo importante
parece ser el establecimiento de una estrategia de conjunto con el
convencimiento de que será en la acción donde se descubrirán al
mismo tiempo las metas de esta acción y su sentido.
Tomemos algunos ejemplos, desde el más conforme hasta el
más atrevido. En su gran informe de 1968, Waldeck Rochet recuer­
da que la única táctica es la unidad de todas las fuerzas obreras y
democráticas, la cooperación entre el partido comunista y los otros
partidos democráticos, la ruptura radical de toda colaboración de
clases, la lucha efectiva contra la burguesía, etc... Hemos oído esta
proclamación con bastante frecuencia; si me permito recordarla es
porque el discurso de 1968 fue presentado al Comité central como
una reflexión de fondo y una nueva orientación. En realidad, cons­
tituye la prueba irrefutable de la incapacidad del P. C. F. para in-*

* SzirMaI : Pravda. abril de 1968

285
ventar cualquier novedad en estos ámbitos. Más atrevida es la idea
de Garaudy según la cual el método de acción por excelencia sería
hoy la huelga. Observa una cierta inutilidad de la lucha política por­
que. dado que el Estado está constituido fundamentalmente por unos
mecanismos tecnocráticos. no puede alcanzarle ya ningún cambio a
nivel de Parlamento. A partir de un análisis, breve pero exacto, de
la transformación de las estructuras del Estado. Garaudy demuestra
que la vía electoral ya no significa gran cosa y las manifestaciones
callejeras, absolutamente nada. Queda únicamente el bloqueo del
aparato por la parálisis económica de un Estado cuya función esen­
cial es económica: el método de lucha debe ser. por tanto, la “huel­
ga nacional” que. “claro está, no tiene nada que ver con el mito
anarco-sindicalista (¡horresco referáis, naturalmente!) sobrepasado
por la omnipotencia de la huelga general que lograría aislar una
fracción de los trabajadores y de la gran masa” . Esta huelga nacio­
nal sería la táctica adecuada para la vía pacífica hacia el socialismo.
Serviría para movilizar las capas “no monopolistas” de la nación:
la huelga presionaría a la nación. Garaudy pone como ejemplo apro-
ximativo el movimiento de mayo, aunque realmente no se trate de
una “huelga nacional” , sino de un primer indicio de su posibilidad.
Debo decir que. pese a todos mis esfuerzos por sondear el pensa­
miento de Garaudy. no he captado la diferencia existente entre su
propuesta y la estrategia de huelga general de Sorel. Tengo la im­
presión de que el autor no conoce a Sorel. No hay nada nuevo en
esta propuesta que goza del favor de la minoría de la C. F. D. T.
en la que se había enfáticamente de la huelga general revolucionaria
y de la conquista de los poderes por las minorías. Me temo que sean
demasiadas ilusiones. Las estructuras actuales parecen capaces de so­
portar una huelga general...
Pero también se trata de encontrar los medios de renovar el Par­
tido (¡el único!) o de crear un nuevo partido revolucionario, el cele­
bre Partido del Trabajo del que tanto se habla sin tener en cuenta las
condiciones concretas. Todo esto parece caduco en la medida en
que se pretende inscribir ese partido renovado, o ese nuevo partido,
en el juego democrático. ¿Cómo no se ha comprendido que todas las
formas actuales de la democracia son burguesas (interpreto la pa­

2R6
labra burguesía tal como lo hice en La Mctamorpliosc da bourgeois)
y que no existe ninguna posibilidad revolucionaria por ese camino?
Claro está, existen reformas posibles, pero no hay posibilidad de ata­
car las bases y los fundamentos. La lucha contra el Estado no se
puede efectuar participando, sea cual sea esta participación, en el
juego gubernamental. Las propuestas de un gran partido obrero pue­
den conducir a reforzar el sistema tecnocrático moderno, y nada
más. ¿Cómo es posible que los miembros del P. C. no comprendan
que si su partido proletario fue antaño un arma eficaz, lo fue en la
medida en que era un arma de guerra, un ejército, una especie de
columna blindada, una quinta columna hecha de combatientes que se
entregaban en cuerpo y alma, espías sin escrúpulos, jefes dictadores,
con una disciplina férrea, con una ausencia radical de moral, con un
odio implacable? Eso fue lo que originó sus éxitos. Todo lo demás
es literatura. Garaudy. intelectual exquisito, hombre de buena fe.
pero débil, sueña cuando c.\e en un partido simultáneamente de­
mocrático y revolucionario. Waldeck Rochet. buena conciencia de
un pasado duro, sueña también confundiendo una armadura vacía con
un carro de asalto en acción. El P. C. es hoy el caballero inexisten­
te Pero, al darle un carácter liberal, no se le conferirá la más
mínima existencia revolucionaria. Se dispone ahora a representar el
mismo papel que la S. F. I. O. en 1936-1939. y lo que los comu­
nistas parecen no comprender es que cuando el potencial revolucio­
nario de un partido o de un grupo se han perdido. no se renueva
artificialmente. El vocabulario se mantiene igualmente rígido y duro,
pero ya no tiene sentido.
l.a mejor prueba de que el P. C. está acabado (respecto a la
cuestión que examinamos, ya que en el campo “electoral-democráli-I

I I Manifiesto del partido comunista de enero de 1969 es la clave para


demostrar este rebajamiento > esta impotencia revolucionaria. Es un programa
totalmente reformista > que sólo puede compararse al de Bcrnstcin y al de la
socialdemocracia. Pero lo que más choca no es el estilo deformado, sino la im­
potencia para formulai nuevas propuestas. No se hace alusión alguna a la trans­
formación actual de la sociedad desde hace veinte años: se propone lo que la
socialdemocracia proponía en 1900 y en 1930. como si nada hubiera cambiado.
Este Manifiesto, simpático y tranquilizador, es la confirmación de la senilidad
y de la impotencia.
Como base de reflexión sobre esta evolución, es necesario leer: A. [Link]-
i .m : /.<-v Communisies frunzáis. 1969.

287
co-liberal-reformista” tiene un gran porvenir ante sí) es que ha gi­
rado hacia su izquierda. Ya no hay por qué preocuparse. El signo de
la decadencia irremediable de este organismo es patente, porque ha
sido posible la formación de grupos izquierdistas, porque éstos han
reclutado seguidores, porque han aparecido en público más revolu­
cionarios, más duros que el P. C. y, por otra parte, porque éste no
ha reaccionado instantáneamente con violencia, intentando la ani­
quilación física de estos revolucionarios30. ¡Burguesía, alégrate, has
roído el hueso de los últimos decenios! El P. C. ya no tiene nada que
ver con la revolución. Hay que buscarla en otra parte. Ni la táctica
ni la estructura del P. C. pueden ya servir como medios serios a la
revolución necesaria, ni siquiera sirven a la fórmula tradicional de
la revolución anticapitalista y antiburguesa. Seguramente, la tesis de
la “Nueva Izquierda” va más lejos que estos remiendos y estos re­
voques. Cuando los representantes italianos de la Nueva Izquierda
(Caprara, la señora Rossanda)31 del P. C. I. enjuician los métodos
empleados estos últimos años, aciertan plenamente en función del
concepto tradicional de revolución. Es decir que, dado el inmovi-
lismo en lo que se refiere al objetivo, pero observando unas trans­
formaciones profundas en nuestro tiempo, se propone una nueva
estrategia para alcanzar las antiguas metas. En consecuencia, se pro­
pone, por un lado, “la construcción de una red de organismos obre­
ros autogestionados, de un tejido de democracia de base que, a par­
tir del sindicato y del partido, sea al mismo tiempo el fundamento
y el interlocutor y funcione como un contrapoder en la fábrica y en
la sociedad” . El Partido debe esfumarse ante las nuevas formas de
la contestación que se sitúan en las fábricas a nivel de los Consejos
obreros. Esto parece muy inteligente, pero supone una conciencia
revolucionaria extraordinaria por parte de ios seguidores para no
quemarse y para renovarse continuamente en esta acción de con­
trapoder. Es un resurgimiento del proudhonismo y del anarcosindi­
calismo. Por otro lado, se critica la coexistencia pacífica afirmando
que “no se debe subordinar el ritmo de las luchas en la escena inter-*

“ De todas formas, es necesario recordar que ésa fue la postura del P. C.


con los spartakistes o con los anarquistas españoles, durante la guerra civil, etc.
** Informes para el Congreso del P. C. I. y, en 1971, II Manifestó.

288
nacional a la consolidación militar y económica de los estados socia­
listas, sino al contrario, apoyar el ensanchamiento de los movimien­
tos de liberación y revoluciónanos y subordinar a ellos la política
de los estados socialistas". De acuerdo, pero esto significa que los
estados socialistas siguen siendo en primer lugar revolucionarios, es
decir, que su mayor esfuerzo no puede ser el desarrollo técnico y
económico. Desde el momento en que se realizó el giro hacia lo
técnico-económico, la orientación que indicábamos más arriba que­
daba abandonada y, por ello, con toda lógica, la señora Rossanda
afirma la necesidad de la revolución permanente. ¡Cierto! Esa era
la condición para que la U. R. S. S. se dedicara a la explosión revo­
lucionaria por todo el mundo y no a su industrialización, es decir,
para que fuera el héroe revolucionario y no e! soldado nacionalista.
Pero cuando la señora Rossanda confunde esta revolución perma­
nente con “el paso hacia una fase superior” (a todas luces, gracias
a la producción), vuelve a caer en el dilema sin solución: no hay
crecimiento de la nación revolucionaria sin técnica, pero ésta esteri­
liza todo movimiento revolucionario. Lo que manifiesta principal­
mente esta Nueva Izquierda (como la New Left norteamericana) es
una emotiva buena voluntad revolucionaria, una visión bastante clara
de las dificultades, una exigencia absoluta y un idealismo sin lí­
mites.
En un serio estudio sociológico, Abboud sa delata en los jóvenes
lo que nos parece como la prolongación de estas búsquedas pasa­
das y que él llama “revolucionarismo político” . Los jóvenes buscan
ante todo el cambio de régimen político, se caracterizan porque de­
signan el Estado como objetivo a conquistar mediante la acción po­
lítica, su voluntad de tener, continuar y renovar los partidos organi­
zados y por la importancia que conceden a la teoría sobre la prác­
tica: representan muy bien a la Nueva Izquierda, la New Left inglesa
o norteamericana, el Partido Socialista Italiano de Unidad Proleta­
ria y Abboud incluye también a las organizaciones estudiantiles co­
munistas checoslovacas. Sin duda alguna, estos jóvenes no se fían
del burocratismo ni del dogmatismo, pero siguen siendo “partisanos

= A bboud : “Dimensions de l’action revohieionnaire en Europe 1967-1968",


Economie et Humanisme, 1969.

289
y teóricos". Elaboran un programa de transformación política a nivel
de las autoridades superiores del poder. Se esfuerzan por renovar el
partido comunista desde dentro y por reanimar la teoría comunista.
Se fijan como meta el establecimiento de la dictadura del proleta­
riado con la ayuda de un partido disciplinado con una capacidad
propia de análisis teórico. Dicho de otro modo, aportan el ardor de
la juventud y de la nueva visión que proyectan sobre todo para ha­
cer de lo antiguo algo nuevo, sin darse cuenta de que esto está tan
muerto que se deshará en polvo al primer choque. Abboud nos dice
que antes de mayo de 1968, la Unión de las juventudes comunistas
marxislas-lcninistas se encontraba en esta categoría, buscando ante
todo la formación de un partido y !a elaboración de una doctrina,
“es decir, una teoría destinada a guiar la acción diaria” .
Las intenciones son buenas, pero se desvanecen rápidamente en
fórmulas vacías: “encontrar de nuevo la lucha de clases” (que es­
taba perdida), no temer a la revolución cultural, “volver a encontrar
la unidad de inspiración de las fuerzas revolucionarias” , rechazar
“el encierro en el dogmatismo, la confianza en la espontaneidad y
en la indulgencia hacia nuestras propias costumbres...” Por desgra­
cia, nada de todo esto aclara realmente esta revolución deseada...
Estamos en presencia de intelectuales en el peor sentido de la
palabra, con su verbalismo, su sentimentalidad y su falta de lucidez.
Además, el error en cuanto a los fines hace vana la elección de los
medios.
Lo inadecuado de estos medios no es únicamente circunstancial
ni se trata sólo de la repetición y de la prolongación del pasado: se
debe a un error de fondo. Efectivamente, todos estos medios son de
orden político y están orientados hacia una conquista del poder,
comprensible en una acción revolucionaria. Pero hay aquí un doble
error: se persigue la obtención de ciertos efectos políticos, la reali­
zación de una acción política, sin tener en cuenta para nada la ex­
traordinaria mutación del Estado moderno. Para todos estos revolu­
cionarios se trata todavía de una intervención calculada en función
del Estado democrático parlamentario del siglo xtx. Nuestros revo­
lucionarios no han salido de él. El otro error es más profundo: en
su actividad política, buscan la conquista del Estado sin darse cuenta

290
de que ahora la revolución sólo puede ser global. Hoy hay que
observar la disociación entre dos órdenes de “revolucionarios". Para
unos se trata de transformar una sociedad global que tiene una
potencia integradora considerable. Para otros, se trata de apoderarse
del Estado. Aquí sólo nos interesan aquéllos, ya que, aunque reno­
vados y modernizados, son la continuación de los antiguos. Ahora
bien, este error se debe al propio marxismo en sí: Marx había de­
mostrado muy bien que la sociedad capitalista, en tanto que sociedad
y estructura económica, avanzaba hacia su autodcstrucción, se trans­
formaría, por su propio movimiento, en su contrario y daría lugar,
ipso fació, al nacimiento del socialismo. La resistencia de clase y la
oposición a la transformación podrían proceder del organismo po­
lítico, del Estado y del Ejército: por lo tanto, la revolución volun­
taria, violenta y activa debía de ser política; se trataba, pues, de
apoderarse del Estado burgués o de echarlo abajo. Pero no había
que ocuparse apenas de la sociedad en la acción revolucionaria. Esto
fue un error fundamental. Hemos demostrado en otra parte el desas­
tre que ha representado para la revolución la idea de que el Estado
es una superestructura: podemos ver aquí que, en una sociedad
como la nuestra, el desastre es la disociación misma, la idea misma
de que pueda haber una infra y una superestructura. Porque este
Estado es la expresión en su poder de una sociedad poderosamente
organizada, con unas estructuras, una armadura ideológica y unos
medios de acción que sobrepasan todo lo que se ha hecho hasta
ahora. Hay que enterrar estos movimientos y estas palabras, requies-
cat in pace. ¡Y que sus fantasmas no turben ya nuestros sueños!

Sin duda alguna, a veces se realizan grandes esfuerzos para re­


novar los medios: así. la IV Internacional quiere construir un ver­
dadero partido leninista. En noviembre de 1970, hubo una conferen­
cia internacional trotskista en favor de los Estados Unidos de Europa,
donde estaban representados, por una parte, las secciones de la
IV Internacional (inglesa, francesa, danesa, alemana, italiana, austría­
ca, etc.) y. por otra parte, diversos grupos trotskistas (sueco, español,

291
suizo, belga). El congreso estuvo dominado por la presencia de A. Kri-
vine y del economista marxista E. Mandel. Pero me parece que muy
poca cosa salió de él. Se abandona el entrismo para intentar tomar la
dirección de la lucha revolucionaria mediante la creación de nuevas
organizaciones revolucionarias. Todavía se cuenta, sin embargo, con
la juventud que se desarrolla fuera de las organizaciones para luchar
contra todas las burocracias, con esta juventud “libre” , no encua­
drada, todo empuje revolucionario es posible. En seguida se le ofrece
un puesto y un partido, una organización, y aquí reside, a mi modo
de ver, lo anticuado de la operación. ¿Cómo van a entrar los jóve­
nes, si lo son, en este “nuevo partido” , reedición del antiguo, que
propone, una vez más, la constitución de soviets obreros como si nada
hubiera ocurrido desde 1917? Lo que me parece interesante en los
informes de este... congreso es, por una parte, el rebuscadísimo aná­
lisis de los acontecimientos de 1968 y posteriores, de las circunstan­
cias políticas (en particular, las guerras coloniales) y la ausencia total
de análisis de la evolución fundamental de nuestro tiempo (tecnifica-
ción, informática, mutación sociológica de las clases y de los Estados,
desplazamientos de los centros del poder, influencia de los medios de
comunicación de masa, etc.) como consecuencia de la aplicación de
un instrumento teórico y metodológico anticuado.
Con toda seguridad, la doctrina trotskista de la revolución per­
manente e internacional corresponde a una exigencia de la acción
revolucionaria actual. Los trotskistas tienen el mérito de poseer una
doctrina fuerte y una voluntad revolucionaria intacta, pero no hay
que olvidar que son un pequeño número que actúa en los medios
estudiantiles y en algunos gremios. No es seguro que puedan en­
contrar una plataforma que corresponda a su doctrina, y esto es
tanto más difícil cuanto que para ellos sólo puede tratarse del pro­
letariado obrero. Además, el error más grave se deriva, a mi pare­
cer, del hecho de que construyen su doctrina y su estrategia basán­
dose en la unidad económica del capitalismo. “En la medida en que
ha creado el mercado mundial, la división mundial del trabajo y las
fuerzas productivas mundiales, el capitalismo ha preparado el con­
junto de la economía mundial para la reconstrucción socialista” , es­
cribía Trotsky en 1929. Sin duda alguna, esto es exacto. Pero me

292
parece aberrante fundar hoy una doctrina y una estrategia basándose
en un fenómeno de hace tres cuartos de siglo o, mejor dicho, consi­
derar este fenómeno como el más importante, siempre el más deci­
sivo. la clave de todos los demás. Sin embargo, si en su lugar pone­
mos el internacionalismo capitalista, hecho real pero secundario, todo
el sistema trotskista se desmorona. Esto es lo que podemos esperar.
Tengo la tentación de recordar, en relación con el trotskismo, lo
que los suizos dicen de sí mismos cuando hablan de su relojería:
“Siempre exacta al segundo, con un siglo de retraso.”

No ocurre así con lo que la ira comunista denomina “gauchisme".


Abandonamos aquí el terreno del rigor y de la racionalidad tecni-
cista cuyo modelo dio Lcnin. Nada de estructuras, ni de organiza­
ciones. ni de cálculos, sino únicamente el estallido, la ira, el desen­
cadenamiento. al tiempo que se persiguen ideas tácticas. A una so­
ciedad demasiado organizadora, se le responde con el desprecio por
toda organización; a una sociedad de consumo, con el delirio de os­
tentación; a una sociedad reguladora, con la incoherencia; a una so­
ciedad bloqueada, con la imaginación; a una sociedad racional, con
la droga y con el paraíso imaginario; a una sociedad politizada, con la
abstención, a una sociedad liberal, con la violencia. Sin embargo, pese
a la afirmación de una total espontaneidad ■1\ se trata, todavía, de bus­
car unos medios más adecuados y una táctica, cuando no una estrate­
gia. Por una parte, este movimiento se presenta como perfectamente
espontáneo, directamente en contacto con las masas y apuntando hacia
unos objetivos radicales; por otra parte, posee una estructura y corres­
ponde a una estrategia. A nivel de los militantes, todo es acción, exal­
tación. pero también se aprende la táctica de las guerrillas callejeras,
por una parte, y la acción psicológica, por otra. Parece que nos en­
contramos en presencia de una búsqueda auténticamente nueva: a la
“agitprop" de Lenin siguen los más modernos sistemas de movilización
psicológica de las masas, de intoxicación, de creación de tensiones, de

J C ohn -B [Link] : Le iiauchisme. remede a la maladie .ténile du comm unis-


me. 1968.

293
utilización de todos los medios tácticos de manipulación psicológica.
Los izquierdistas son expertos propagandistas, y la espontaneidad pro­
clamada es una de las trampas mejor tendidas a los inocentes exaltados.
Sin embargo, no debemos creer en la espontaneidad de una con­
testación general, pues ésta cae rápidamente en la ortodoxia más es-
clerotizada. Esto es lo que explica la explosión de los “grupúsculos”
y la incapacidad de estos movimientos para rcagruparsc. Por desgra­
cia, no se trata de la mejora ni de la riqueza de la inventiva, sino de
la pesada ortodoxia y del mediocre aferramiento a unas fórmulas.
Es muy característico el pequeño percance de l'Idiot International
en abril de 1971, en su número 14. Este periódico, “libre de espíritu
y transgresor” , había atacado a los grupúsculos (que, al parecer, ha­
bían bloqueado la espontaneidad de los colegiales en el curso de una
manifestación) y hablaba de los “humanistas chochos de la Ayuda
Roja” . Pero fue llamado en seguida al orden, y en su número 16 en­
tonaba un mea culpa y una autocrítica con el mejor estilo stalinista:
la redacción se confesaba culpable de haber tomado “de una ma­
nera irresponsable una postura que puede ser interpretada como li­
quidadora” y se comprometía a “tomar medidas internas y organi­
zativas que evitasen en lo sucesivo semejantes errores” . ¡Viva la orto­
doxia, abajo la contestación!
¿Existen, más allá de la táctica y de la violencia de que hablare­
mos más adelante, una organización y una estrategia? La simultanei­
dad de los movimientos en casi todos los países (incluidos los socia­
listas), la solidaridad y la mutua ayuda internacional entre los grupos,
desde el zengakuren al S. D. S., desde el 22 de mayo a la New Left,
etcétera, los enlaces y las consignas que circulan de uno a otro, la
proclamación de los mismos héroes en todas partes, la similitud del
vocabulario y de las tácticas, todas estas coincidencias dejan en la
dud al observador en cuanto a la espontaneidad de estos movimien­
tos: son demasiado idénticos y están demasiado ligados como para
haber nacido cada uno de ellos en un sitio. Todo esto podría, incluso,
hacer verosímil la afirmación de Marcellin 3A de que existe una organi­
zación subversiva mundial. Este “autor” afirma que el estado mayor

w [Link]: L’ordre public el les groupes revolutionnaircs. 1969.

294
de la subversión es la Tricontinental. “organización permanente, cen­
tro de empuje, de unificación y de coordinación de los diversos mo­
vimientos anti-imperialistas... Cuenta con un secretariado general ins­
talado en La Habana, asistido por un comité financiero... y con un
servicio de propaganda.” Es decir, se pasa de la constatación de
ciertos hecho sevidentes de concordancias y de identidad de acción al
convencimiento de la existencia de un cerebro único. Me parece que
esta deducción es imposible. Ciertamente, es probable que la Tricon­
tinental. cuya organización es bien conocida, pretenda lanzar, como
el antiguo Komintcrn. unos movimientos revolucionarios, pero creo
que se encuentra en una situación muy distinta: no se apoya sobre
un país poderoso y dispone de pocos fondos. No tiene ninguna doc­
trina revolucionaria sólida, ninguna organización rigurosa y fuerte...
Basta con observar la prodigiosa diversidad de los “grupúsculos” , las
dipustas insensatas que los dividen, su incapacidad para unirse y la
incertidumbre de su acción, para darse cuenta de la importancia de
la espontaneidad. Sin duda, para algunos, puede haber una ayuda y
una inspiración por parte de la Tricontinental o de China, así como
un envío, desde una u otra, de monitores revolucionarios; esto pa­
rece estar fuera de duda, pero no puede llegar muy lejos: los nuevos
métodos revolucionarios se vislumbran poco a poco, lentamente. Po­
demos discernir entre ellos dos: la contestación y la violencia.

“La crisis de civilización de los países ricos debería tratarse, no


con una panacea de urgencia, sino con el remedio que espontánea­
mente produce esta crisis: el acto contestatario” , escribía uno de los
jóvenes de mayo de 1968. La contestación aparece como un método
revolucionario nuevo, como una manera de vivir la revolución den­
tro de la sociedad occidental y como la única fuerza adecuada. Los
contestatarios tienen el perfecto sentimiento de que se trata de un
problema de civilización, de un intento de transformación global de
toda la sociedad de arriba a abajo. Para ellos, la contestación es una
perspectiva estratégica global :,r\ Se trata de inventar a cada instante

Ver, a propósito de todo esto, el simpático libro de Jean O nimus: L'A s-


phyxie et le Cri, 1972, que es un generoso ensayo literario bastante ligero.

295
lo que sitúa al individuo al margen de esta sociedad y lo que provoca
la “salida” , tanto si se trata de la creación de una situación nueva,
del rechazo de determinado esquema social establecido, de un rito
consagrado, del rechazo de cualquier autoridad, como del insulto a
los “superiores” ... Se trata de una puesta en cuestión permanente;
el contestatario debe situarse delictivamente en todas las empresas
sociales para, así, situarlas también delictivamente. Por tanto, no pue­
de haber ni doctrina asegurada ni organización, porque la contestación
se alimenta sin cesar de sus contrarios: es no-política porque no ataca
al Estado o, al menos, no pretende ser acción política, pero politiza
mucho a todos sus adeptos. Nunca intenta instituir nada en nombre
de la creatividad, de la libertad y de la imaginación; sin embargo, ha­
bla de “poder estudiantil, poder obrero, poder campesino, democra­
cia directa, autogestión...” , que son términos de orden institucional.
Se habla a menudo de ella como de revolución cultural, pero me pa­
rece que la expresión se presta a confusiones, ya que, si bien algunos
piensan, efectivamente, en la revolución china y se inspiran en el li­
bro rojo, no son los más auténticos contestatarios. En cualquier caso,
la contestación se nutre tanto del fenómeno hippy como de la revo­
lución cultural china. Sin embargo, es efectivamente revolución cul­
tural en tanto que organiza y desea una resistencia cultural. Pone
en cuestión, en primer lugar, la cultura transmitida por las generacio­
nes precedentes, tanto en sus formas literarias y artísticas como en
sus modas indumentarias, el tipo de relaciones humanas, los concep­
tos del amor y de la amistad, la transmisión de los conocimientos, el
lenguaje y el discurso, la moral y la vida cotidiana, los tabúes y las
religiones... El ataque se realiza a este nivel con el convencimiento
implícito, en definitiva, de que si se consigue destruir y desestructurar
a la sociedad en sus ideologías, se alcanzará el corazón. Es cierto,
además, que se trata de un punto mal defendido por esta sociedad:
“La burguesía se muestra culturalmente débil y sólo puede recurrir
a la violencia física.” Es una revolución del lenguaje. Un contestatario
declaraba que, en adelante, en el país en que se instalara la contes­
tación habría dos lenguajes diferentes.
Esta marginación es a la vez el resultado y la expresión del acto
considerado como revolucionario por excelencia, la “transgresión” .

296
El militante se margina de antemano; deja, por tanto, de ser objeto
del proceso represivo adquiriendo el estado de sujeto. liLa transgre­
sión otorga el derecho a la palabra, crea el lazo de una palabra libe­
rada; denuncia que es posible prohibir, estudiar... la trangresión obli­
ga a la autoridad a descubrirse, por lo que se trata de una provoca­
ción... la transgresión, acción localizada, tiene un alcance universal
como la represión que denuncia ^ Esta ideología de la transgresión
es muy interesante, pues es puramente mitológica y metafísica: la
transgresión ha sido siempre un acto espiritual que sólo tiene efecto y
sentido en relación a una verdad externa que ella revela; pero la
transgresión por la transgresión no es más que un pequeño caso de
desobediencia infantil.
Ahora bien, esta contestación, nacida de la intolerancia de los jó­
venes hacia la sociedad tccnicista propuesta por los adultos, pretende
convertirse en una verdadera estrategia revolucionaria. El lenguaje
estudiantil se convierte en dinamita. Los que quieren ser considera­
dos como contestatarios deben desechar toda ilusión legalista y toda
pertenencia a un grupo estable antiguo. El contestatario quiere y
debe ser literalmente un out law. Debe adherirse a la idea central
de que el lenguaje y el pensamiento nacen de la acción; se forman,
se corrigen y se desarrollan mediante actos. Primero, la acción, y en
la acción se inventa progresivamente la que es verdadera contestación
de esta sociedad. Si se está de acuerdo sobre estos puntos, poco im­
portan entonces las divergencias en las posturas tácticas; a unos,
porque están muy marcados por una formación política, y a otros,
porque se entregan a una pura instintividad y se hallan, de hecho,
en el límite del movimiento contestatario. Sin embargo, se admite cada
vez más la idea de que esta diversidad no debe provocar escisiones,
sino aportar riquezas. El movimiento contestatario se vuelve cons­
tantemente contra sí mismo: no puede crearse ninguna tradición, ni
debe repetirse jamás. En cuanto ha producido algo, debe renegar
de ello. Cuando un artista crea, debe rechazar lo que ha creado. Has­
ta cierto punto, como decían los situacionistas, el arte situacionista
consiste en no producir ninguna obra de arte. No se debe limitar la*V I

" F. Bon : “L'idéologic ami-amoriiairc dans la contcstation politique".


VII Congreso de Ciencia política. 1970.

297
contestación a las pocas semanas de excitación de inayo de 1968.
Decíamos que la contestación engloba al fenómeno hippy. y tam­
bién a los provos y al movimiento Underground (y quizás al situa-
cionismo. pero esto es menos seguro, ya que este último tiene una teo­
ría rigurosa...). Este movimiento que se expresa en ciertas formas
artísticas, declaradas inmediatamente pasadas de moda, busca menos
una forma de arte que una forma de vida. Sus miembros buscan una
sociedad nueva, una especie de utopía, cuyo resorte sería el amor
y no el odio o la represión. Se orientan hacia una vida comunitaria,
hacia la igualdad y la ayuda mutua... ¡Un nuevo falansterio!
Cuando existe una expresión artística, ésta es provocadora, no
deliberadamente, sino por la libertad (sexual principalmente) que la
obra quiere expresar; es un desahogo algo caótico, pintura psicodélica.
realizada bajo la influencia de las drogas. A menudo, el Underground
utiliza, efectivamente. las drogas, no por el placer en sí, sino como
crítica hacia el racionalismo occidental. Se trata, por tanto, de cam­
biar al hombre, empezando por uno mismo, para llegar a cambiar la
sociedad. No obstante, el movimiento Underground, que ha sido bau­
tizado con el nombre de “contestación pasiva", se aparta de la “ver­
dadera contestación" precisamente en su tendencia a continuar una
Icaria, a cerrarse en grupos amistosos y a vivir marginado. Como
para los hippics. el tipo del Underground es el drop out, el hombre
que ha vuelto la espalda a la sociedad, que no quiere trabajar ni en
pro ni en contra de ella, que ha sacudido el polvo de este mundo de
sus pies y no quiere tener nada que ver con él. Pero algunos hippies
se han convertido también en yippics (Youth International party),
vinculados aún a) Underground, pero activos políticamente y empe­
ñados en transformar la sociedad: aquí nos encontramos con la au­
téntica contestación.
En efecto, el que contesta no debe marginarse de la sociedad, ya
que dejaría de tener influencia sobre ella; si se encerrara en un ghetto,
fracasaría. “La contestación que vive de y en la producción, según
el sistema establecido, no puede romper con ella, ya que, en tal caso,
no podría intentar el control progresivo de esta sociedad." La contes­
tación, como se ha dicho, se nutre de la “rabia” , pero ésta, al ser
provocada por la sociedad, sólo se mantiene, sólo se renueva si se

298
permanece en esta sociedad. Apartarse, es perder la fuerza de la con­
testación, es entrar en la autosatisfacción de la contemplación de sí
mismo. Pero cuando el problema se plantea así, no se puede eludir
la cuestión de la organización. Informal, espontánea, imaginativa, la
contestación parece un modo de acción rebelde a toda organización
y a toda expresión doctrinal continua. De esta forma Cohn-Bcndit
rechaza, cuando se trata de coordinar, toda formalización intelectual
o institucional. “La iniciativa de crear un movimiento ha sido una
iniciativa de arriba y no una iniciativa de base.” Por el contrario.
Ben Said afirma: “No hago de la organización un principio perma­
nente, pero pienso que si bien el carácter informal del movimiento ha
permitido a éste crecer, desarrollarse y ampliarse, hoy la coyuntura
política exige un mínimo de organización.”
Efectivamente, la mayoría de los que contestan reconocen la im­
posibilidad de quedarse en un nivel intenso, explosivo y puramente
espontáneo. Se da uno cuenta de que la imaginación no puede re­
novarse indefinidamente, de que la repetición se insinúa, de que la
vida cotidiana desgasta los mayores entusiasmos, de que el acto con­
testatario se convierte rápidamente en una moda y de que por una
parte la tensión nerviosa, y por otra la vigilancia, no se pueden
mantener mucho tiempo: se hace necesario algo más estable, capaz
de recuperar a los contestatarios en los tiempos muertos y organizar,
más o menos, una estrategia. Una de dos, o la contestación se man­
tiene informe, y, en este caso se diluye rápidamente y es asimilada
por la sociedad, o bien se organiza. Si quiere ser revolucionaria, no
puede resumirse en una llamarada, en una explosión: ésta no al­
canzará a la sociedad. Lo que necesariamente se inicia, dada nuestra
sociedad, es una guerra de desgaste, debiéndose desarrollar el mundo
contestatario como una antisociedad, como un cáncer que prolifera
asimilando poco a poco el organismo en que está implantado: pero
esto supone que los contestatarios están insertados en las estructuras
de esta sociedad, que son precisamente las que ellos contestan desde
el interior y las que desean eliminar sustituyéndolas por otro poder
que no implique estructura alguna. De esta forma, y desde el punto
de vista estratégico, los contestatarios tienen forzosamente que per­
manecer y. por consiguiente, organizarse.

299
Pero los que sostienen esta tesis piensan que no se debe tener
ningún sistema burocrático ni imperativo: se trata de simple coordi­
nación. sin uniformización. La coordinación permite evitar a la vez
la centralización y la incoherencia. Es lo que se intentó varias veces
en mayo-junio de 1968. Hace falta “coordinar los poderes o comités
de base según los ambientes, las ciudades o las regiones y unificadlos
en la cima por un poder no centralizador, caracterizado por un len­
guaje y una intención revolucionarios. Este poder sintetizaría el len­
guaje enriquecido por los actos contestatarios que emanan del poder
de base". Los líderes no deberían tener jamás una situación definitiva,
estable, asegurada; sólo son líderes en tanto que asumen en su per­
sona la contestación ejercida e inventada por la base. Son estos pode­
res de base los que toman iniciativas y los que inventan. El poder
“central" tendría únicamente un papel de vcrbalización de una estra­
tegia espontánea. Tal es el esquema *T. Nos encontramos, pues, con
el deseo de crear a la vez un método revolucionario nuevo, que res­
ponda a la sociedad global rechazada, y un organismo no recuperable
por esta sociedad. Necesitamos saber entonces si realmente estamos
en presencia de una estrategia y de una táctica revolucionarias nue­
vas. si corresponden, en realidad, a la revolución necesaria, o si se
trata de un intento minoritario y sin futuro. Responder a esta pregunta
es buscar el significado de la contestación.
¿Se puede admitir que la trilogía “transgresión-represión-espon-
taneidad" es la esencia del movimiento revolucionario (incluso acep­
tando la ideología de una estructuración del movimiento de masa por
sí mismo)? Limitar la revolución a la eliminación de la represión me­
diante la espontaneidad que desemboca en una sociedad no represiva

A esto corresponde, por ejemplo, la organización del Socorro Rojo,


creada en junio de 1970. y que al principio era una organización de ayuda
a los militantes perseguidos por la justicia, convirtiéndose más tarde en una ver­
dadera plataforma y centro de todos los movimientos izquierdistas. Actual­
mente. a pesar de las protestas de Sartre. se ha transformado en un frente
de organizaciones revolucionarias. A partir de este momento, empieza su di­
visión. Tanto la lucha obrera ftrotskysta) como la Roja (Liga comunista!
atacan por diversas razones al Socorro Rojo, y N. Babv acusa a los militantes
del Movimiento del 27 de mayo (maoístas) de hacer del Socorro Rojo una co­
bertura para su propaganda entre los izquierdistas: en abril de 1971 se podía
constatar que el Socorro Rojo estaba profundamente dividido, y Sartre re­
nunció a formar parte del Comité.

300
y a retroceder a una mitología de la bondad del hombre. Proceder a la
inversión, muy bien subrayada por Bon. de la problemática clásica
(el pueblo no es el centro de la iniciativa revolucionaria porque es
ajeno a la sociedad; es el sistema político-social el que es ajeno al
pueblo) es acentuar aún más el ya débil elemento de todo movimiento
revolucionario, el mecanismo popular, y es negar una vez más la rea­
lidad sociológica caracterizada por la profunda compenetración del
pueblo y de las instituciones. Marx tenía razón: el pueblo por sí
mismo no es lo externo; para que se produzca una revolución es ne­
cesario que haya otra exterioridad.
Para algunos esta tentativa es cosa de adolescentes que acceden
a un inicio de conciencia política. Y ello explica el extremismo de
la posición y su carácter irreal. Todavía están poco integrados en la
sociedad, tienen una necesidad imperiosa, se expresan por conductas
de “valor puro” : cosas de la edad. La contestación les satisface más
por ser menos comprometedora y más completa. Son nuevos en la
política: podríamos decir que se trata de una crisis política de ado­
lescencia. Desconocen los métodos “normales” de la vida política.
Esta es la razón de su rechazo de las “mediaciones teóricas y organi­
zativas” de las que espontáneamente no se fían, tanto en calidad de
jóvenes como de “políticos nuevos” . Desde este punto de vista la
contestación sería únicamente un accidente. Por el contrario, podemos
considerar que es la respuesta a una sociedad englobante y totalitaria,
dotada de un gran poder de asimilación, de la que no se puede es­
capar: hace falta una expresión exorbitante (que permita, literalmen­
te, salir de la órbita). A un sistema de integración social muy avan­
zado responderá, como forma revolucionaria, una acción inasimila­
ble; ’ "" sistema aparentemente liberal, cuyas instituciones reflejen
mal las relaciones políticas reales, responderá un rechazo radical del
liberalismo. La contestación se convierte entonces en una forma ade­
cuada para poner en cuestión a la propia sociedad, permitiendo al
contestatario liberarse del mecanismo de absorción y de asimilación.
Creo que no se puede elegir entre estas dos explicaciones: la contes­
tación está definida e incluso determinada por la sociedad en que
nos encontramos. Es. efectivamente, un intento de responder a este
tipo de civilización. Se sitúa, en la medida de lo posible, fuera del

301
circuito. Pero está sostenida por adolescentes: está revestida de to­
das las íuerzas y de todas las debilidades de la adolescencia y de la
inocencia políticas. E incluso debemos preguntarnos si podría ser pro­
tagonizada por otros, si este modo que pretende ser revolucionario
podría ser obra de adultos. Incoherencia, agresividad, fantasía, ima­
ginación, charlatanería, exaltación de las palabras, invenciones barro­
cas, etc., se necesita la vitalidad del adolescente — y su credulidad—
y su deseo de llegar al fondo de las cosas. La contestación me parece
imposible en los adultos, situados, parcialmente integrados y ejercien­
do una profesión... Aunque tengan conciencia de esta sociedad y de
la necesidad de ponerla en cuestión radicalmente.
La contestación es, tal vez, la respuesta adecuada a la absorción
social, pero es sólo expresión de la adolescencia. Por esta razón, en
cuanto se intenta explicar o ver en qué desemboca el movimiento ¡que
desilusión! ¿Revolución económica? ¡Es todo tan sencillo! Basta con
implantar, en cada unidad económica, un poder contestatario que se
desarrollará dentro de la autonomía, que corroerá progresivamente
las estructuras y terminará por dominar el poder contestado tras ha­
ber eliminado el aparato interno. Es un remake de la teoría de “la
ocupación progresiva de los centros de decisión” No se piensa ni
por un momento en los sistemas represivos de la sociedad, ni en la
reacción de la opinión pública (tan poco partidaria de los movimientos
de estudiantes y colegiales cuando se prolongan demasiado, aunque
ello no afecte a la producción), ni en la imposibilidad de mantener
la agresividad de grupos de esta índole dentro de una estructura eco­
nómica cuando todo la contradice, ni en que habrá que esperar duran­
te años. Porque es claro que la contestación no echará abajo los
centros de decisión ni la tccnocstructura en unas semanas. ¿Revolu­
ción política? También muy sencillo. Ejercicio de la democracia di­
recta, despido de los mandatarios ad nutum; la contestación no in­
tenta suprimir la democracia burguesa de un solo golpe; organizará
paralelamente su propio ejercicio de la democracia, que “en la me­
dida en que se alimentará de la participación efectiva de un número
creciente de ciudadanos hará aparecer como anacrónico el antiguo
sistema... sin vida, el aparato burocrático caerá por sí m ismo...” . El
poder central, al no estar reconocido por los poderes contestatarios

102
de base, se hundirá también: "Una vez absorbidas las fuerzas obreras,
campesinas e intelectuales del país, el poder establecido se derrum­
bará.” Ya está. Porque es evidente que toda la población (excepto
unos pocos viejos descontentos) estará seducida y entusiasmada por
la democracia directa ejercida en los poderes contestatarios de base...
Cuando los doctrinarios de la contestación afirman que es “una
estrategia propia y completa” , no podemos por menos de sentirnos
abrumados por tanto simplismo, tanta ignorancia económica y polí­
tica de la realidad psicosocial y tanta debilidad doctrinal y teórica.
Esos grupos pretenden hacer teoría revolucionaria en cuanto emplean
un lenguaje aparentemente riguroso, utilizan lo que consideran una
hipótesis de hecho y formulan una retórica coherente sembrada de
un vocabulario abstractamente concreto. Pero les falta la referencia
a lo real y la exactitud de la acción: hablan mucho de praxis, pero
se imaginan que la contestación (tal como la hemos visto) es una
praxis, cuando, en realidad. ha sido exactamente el medio de evitar
la praxis y de eludir el enfrentamiento con la realidad político-social.
La ausencia de perspectivas de la contestación (que forma parte
de esa contestación) pone de relieve sus límites. Para los psicoana­
listas la debilidad se debe al “escamoteo pueril del principio de reali­
dad” . Andró Stéphane (L'Univers contestationnaire, 1970), muy duro
con la contestación, explica su incapacidad producida por el narcisismo,
la autoadmiración. la intolerancia, la huida a lo peor (mucho más
que el combate). El mundo contestatario es el de la dicotomía per­
fecta de lo puro y de lo impuro, de lo negro y lo blanco, del rechazo
decisivo de toda ^ ecisión y de todo rigor. Pero estos aspectos son
precisamente los q\ han caracterizado siempre a la revuelta: lo con­
trario de los caracotes de la revolución. Sociológicamente no existe
ningún punto común entre la contestación y cualquier forma posible de
revolución.
Como ha demostrado admirablemente Bacchleras, la contesta­
ción es impotente en cuanto fuerza revolucionaria porque carece ne­
cesariamente de los tres objetivos posibles de la revolución. El con­
tenido de la contestación viene determinado, sin duda alguna, por*
** [Link]: “[Link] jeunes ei la róvolution en Occident’’. Contrcpoint. nú­
mero I. 1970.
la lucha en torno a los tres pivotes de todo proceso revolucionario:
los bienes raros, las instituciones y los valores. Pero la juventud con­
testataria no puede realizar nunca su proyecto, porque sólo se pueden
conseguir los bienes raros si se tiene una posición estratégica en el
sistema social, lo que no es el caso de la juventud. Las instituciones
sólo se pueden cambiar si se llega a una toma del poder, imposible
para la juventud, y para modificar la jerarquía de los valores también
hay que asegurarse el poder. Por ello, en la medida en que no puede
hacer nada, estrictamente nada, a nivel de la realidad, la juventud
se ve reducida a lanzarse a una contestación tanto más absoluta,
verbalmente radical y decisiva cuanto que no llega a resultados con­
cretos. Será una contestación global, “igualitarista” , libertaria y vehe­
mente. “El contenido de la contestación de los jóvenes está total­
mente determinado por su impotencia, tanto más absoluta cuanto
que rara vez tiene ocasión de enfrentarse con la realidad y con los
límites de la condición humana."
No critico en modo alguno el entusiasmo, la pasión e incluso las
ilusiones de los contestatarios, sino únicamente su pretensión de ha­
llarse en la línea de la revolución necesaria, siendo así que sólo se
sitúan en un universo verbal. En cuanto se sale de la repetición cul­
tural ya no hay nada. Sin duda alguna, es posible una contestación
de tipo cultural en esta sociedad. Podemos declarar que. en este
campo, la burguesía no sabe defenderse y que no está armada para
la guerra cultural... Pero habría que formular, primero, una pregun­
ta: ¿Es esto así porque la sociedad moderna está mal estructurada,
porque hay grietas en sus muros, porque es éste el punto débil de
su defensa del mundo burgués (en cuyo caso atacar aquí mediante la
contestación podría llevar a una revolución total), o bien se debe
a que es un aspecto sin importancia, ya que la sociedad tccnicista
absorbe lo que le es útil y descuida lo que es puramente espec­
tacular?
Que para filósofos y estudiantes este campo cultural sea el más
importante, que todo dependa de él. que cambiar las ideas sea cambiar
la vida y que cambiar la forma cultural (en el sentido francés del
término) sea hacer la revolución... resulta evidente. No serían filóso­
fos si no creyeran en la importancia de la filosofía. Dcsgraciadamen-

304
te, me temo que se dejan apresar fácilmente en el ardid negligente­
mente tendido por la función asimiladora. Mientras se ocupan de la
contestación cultural y están convencidos de que hacen la revolución
no atacan ningún punto vital del sistema. Es una actividad como la
poesía que ningún joven deja de escribir, o como el deporte. Es un
modo de desahogarse, de expresarse o de equilibrarse, sin ningún
peligro para el orden social establecido. Y creo que si, efectivamente,
la “revolución cultural’" parece posible por la contestación, es porque
se trata de un aspecto sin interés: desde hace mucho tiempo se ha le­
vantado en torno al campo cultural una barrera profiláctica y el toro
puede embestir cuanto quiera. Para eso está el burladero. El resto
de la sociedad, desde los grádenos, mira complaciente y negligen­
temente las peripecias de los que creen estar en posesión de la ver­
dad y que, ciertamente, lo estáu mientras el proyector de la actuali­
dad les enfoque, si bien, girado este, se convierten en pobres necios.
Pueden realizar hazañas, es posible incluso hacer metafísica al res­
pecto, pero el cajero está en la puerta cobrando el importe de las
entradas y los espectadores son sólo aficionados39 y la guardia civil49
vigila para que no haya más desorden que el tolerable. Esta es la
contestación, perfectamente enquistada. Su grito de desesperación,
su extremismo, la voluntad de los contestatarios de sacudir esta so­
ciedad hasta hacerle perder su estructura, me son infinitamente sim­
páticos, pero me desilusiona su discurso ilusorio, su gravedad sin hu­
mor, su ignorancia dq objetivo de combate y su falta absoluta de
madurez política, esa durez de la que tanto presumen y que con­
funden con las interpelaciones trasnochadas del mundo que han
aprendido en clase de filosofía.

En el otro extremo, la violencia material. También pretende ser


un nuevo método de revolución. La sitúo, por comodidad, en el ex­
tremo opuesto de la contestación: efectivamente, ésta pretende ser
no-violenta, generalmente, o, por lo menos, que la violencia sea ac-*

59 I-n español en el origina!.


*> En español en el original.

305
cidental, excepcional; en la contestación puede haber actos violentos
para señalar un tiempo duro o una respuesta inmediata a una agre­
sión. La contestación se auto-afirma más inventiva y desconcertante
que violenta. Prefiere la violencia psíquica y simbólica. Hemos visto
que intenta dejar en ruinas el edificio interno. Por el contrario, la
violencia es el ataque externo. Todos los medios son buenos contra
esta sociedad “podrida". Es curioso asistir hoy a esta vuelta a la
violencia pura. ¿Qué podríamos escribir sobre ella... entre cientos
de volúmenes y de artíeulos aparecidos estos últimos años para ex­
plicar, justificar, legitimar la violencia; para demostrar que es eficaz,
adecuada, revolucionaria; para formular sus aspectos y sus estrate­
gias (porque son muchos)...? De todos modos no se trata de hacer
un juicio ético, cosa que generalmente se hace, sino de intentar ha­
cer una apreciación de la violencia en tanto que medio de la revo­
lución en nuestra sociedad porque, efectivamente, los partidarios de
la violencia afirman generalmente que. hoy por hoy, es la única sa­
lida. Por tanto, no haré consideraciones sobre la violencia espontánea
que explota en un grupo acorralado en su desesperación, porque en­
tonces no se plantea problema alguno en cuanto a su validez. Los
desgraciados recurren a la violencia como al suicidio. Es normal que
los explotados y los hambrientos se expresen de este modo, poniendo
en ello toda su esperanza. Pero el problema es muy distinto, primero
para los occidentales, y segundo, para los líderes, teóricos y organi­
zadores de la revolución que preconizan la violencia.
El recurso a la violencia pura es perfectamente explicable en
esta perspectiva: parece ser. primero, el único medio de liberarse de
la melaza de una sociedad asimiladora, conformizantc, que parece
absorber sin dificultad todas las contestaciones, todas las actividades
y todas las reformas con el sentimiento de que si no se quiere ser
absorbido por ella se impone una ruptura excesiva, irremediable c
inexpiable. La negativa a ser asimilado conduce a realizar unos ac­
tos tanto más extremos cuanto menos seguro se siente uno de sí
mismo, cuanto peor se han comprendido las estructuras y mecanis­
mos de esta sociedad y menos se percibe dónde y cómo atacarla.
El revolucionario violento es aquel que se harta bruscamente de to­
das las meditaciones sobre el adversario y sobre la sociedad, y barre

306
todos los análisis. Ya es hora de pasar a la acción. ¿Cuál? ¡Poco im­
porta! La violencia está ahí, eso basta. Cuando la hayamos roto ya
veremos lo que hacemos con esta sociedad que tan bien funciona.
La complejidad de los engranajes y la incomprensibilidad de las fuer­
zas hacen que ya no se quiera calcular y que se tome al asalto el
ordenador más sutil.
Esto se asocia con el odio hacia el “liberal” que está dispuesto
a comprenderlo todo, a escucharlo todo, que acepta los motivos de
sus oponentes; el moderado, el respetuoso, el demócrata, el que cree
en las relaciones públicas y está dispuesto a admitir todas las acusa­
ciones. Al revolucionario le asquea esta buena voluntad y sólo ve
en ella hipocresía, maniobra y patcrnalismo. Será tanto más violento
cuanto más abierto y fraternal se sea con él. Reacción visceral. A
este motivo se asocia igualmente la cólera contra las estrategias re­
volucionarias a excesivo largo plazo. Hace un siglo que se construyen
estrategias y tácticas, que se pone a punto minuciosamente el sistema
revolucionario; estas tácticas se hacen más y más sutiles y son ac­
ciones de tercer o cuarto grado, efectos de billar tan agudos que ya
no se sabe exactamente lo que se persigue ni contra quien. Que Stalin
se alíe con Hitler, que el P. C. sostenga a De Gaulle... ¡es dema­
siada astucia! Finalmente, se observa que, infaliblemente, todo esto
retarda, edulcora la acción revolucionaria y la hace perderse en tie­
rras áridas. El rechazo calculado de las estrategias empuja hacia el
método sencillo y radical. La violencia no tiene un doble sentido;
es de efecto inmediato y cada uno puede comprender lo que hace...
Un tercer elemento explicativo es el convencimiento de que la
violencia es efectivamente el medio adecuado para hacer la revo­
lución contra esta sociedad que no está preparada para resistir la vio­
lencia. Lo puede asimilar todo menos la brutalidad; es demasiado
sutil y compleja: sus engranajes son numerosos e ingeniosos y, por
tanto, muy frágiles para quien no busca utilizarlos ni reformarlos.
Cuanto más refinada sea más fácil es romperla. Pero hace falta para
ello un acto resueltamente irracional que se aparte radicalmente de su
organización, de sus principios y de sus orientaciones. La sociedad
liberal está desarmada, no sabe qué hacer, está sin protección frente
a la violencia de los negros norteamericanos, porque es sabido que,

307
por una parte, es un conflicto de pura violencia, “siempre predomina
la violencia revolucionaria sobre la violencia defensiva” , y, por otra
parte, que una sociedad liberal no puede llegar a utilizar jamás a
fondo su violencia. Tiene unos escrúpulos que paralizan su defensa.
Por lo tanto, la violencia es perfectamente adecuada.
El último elemento explicativo es que la contestación deriva casi
necesariamente en violencia. Cuando la protesta, que es, al fin y al
cabo, un terrorismo intelectual y psicológico, estalla, se inicia el pro­
ceso que lleva automáticamente a la violencia. Se produce necesaria­
mente una radicalización progresiva. La contestación no es una ac­
ción limitablc: a medida que se va sintiendo su ineficacia se hace
ilimitada; en la radicalización y en cada etapa se busca una contes­
tación más decisiva, más inexplicable. Este es exactamente el proceso
que llevó de la contestación no violenta y tolerante de Berkeley en
1964, de las grandes manifestaciones pacíficas de Nueva York.
Washington y Chicago en 1965-66, a la explosión de violencia en
1967-68. El camino es inevitable porque llega un momento en que
la contestación se divide y su exceso la hace un poco ridicula, un
poco espectacular. Debe producir entonces unos actos que obliguen
al adversario a tomarla en serio. Además, puesto que la contesta­
ción ha destruido psicológicamente al adversario, rechazando al hom­
bre, el respeto y la relación humana, ¿cómo no iba a desembocar di­
rectamente en violencia física? ¿Cómo no matar al que se sitúa frente
a nosotros cuando se le ha befado, ridiculizado y envilecido? Los
pobres profesores liberales, que estuvieron tan a favor de la contes­
tación estudiantil en mayo de 1968 y que se inscribieron llenos de
entusiasmo en Vincennes, se asquean de la violencia física en mayo
de 1969 y lo dicen. Eran inocentes y no habían visto la lógica del
mecanismo. Pero es demasiado tarde para llorar: no tienen más que
dejarse vapulear y despojar al tiempo que aprenden que la puja es
inevitable y que las primeras víctimas de un movimiento de violencia
son los liberales, amistosos y comprensivos. Y todavía estas violen­
cias son benignas, porque está claro que las armas bélicas aparece­
rán, tarde o temprano, igual que en Berkeley y Cornell.
Creo que éstos son los principales elementos que conducen a la
utilización de la violencia pura como medio revolucionario. No obs­

308
tante, un hecho llama mi atención: nadie alude a Georges Sorel
que, sin embargo, es el único que ha formulado una teoría revolu­
cionaria de la violencia. Es el único que ha demostrado la razón de
que éste sea el único medio adecuado con respecto a la sociedad
burguesa; el que ha demostrado su amplitud y que no se trata en
modo alguno de un simple asunto material, sino que implica toda
una ética. Y digo el único porque a su lado todos nuestros pequeños
intelectuales franceses o norteamericanos que hablan sin cesar de la
violencia no son más que simples farfullones ignorantes. No han des­
cubierto nada y tampoco han comprendido gran cosa. Pero sería im­
propio citar a Sorel..., porque los que, a partir de 1923, se identi­
fican con él le comprometen. Esto debe hacernos meditar un poco,
ya que en Sorel se trataba efectivamente de violencia proletaria ex­
clusivamente. de destrucción de la sociedad burguesa. La forma que
esto ha tomado se convierte en fascismo. Debería comprenderse que
todo movimiento que se expresa mediante la violencia conduce infa­
liblemente, pese a todas las precauciones que se tomen, a un resur­
gimiento del fascismo. No digo que el grupo “Mao spontex” esté
compuesto por fascistas, sino que la violencia preconizada no puede
dar nacimiento a otra cosa que al fascismo, que — no debemos olvi­
darlo— era un movimiento de izquierdas.
Por otra parte, un punto a señalar en esta aparición de la vio­
lencia y de las teorías sobre la violencia es el constante esfuerzo
por justificarse. Todo cuanto podamos leer de nuestros revoluciona­
rios lleva siempre consigo la justificación de la violencia: se actúa,
necesariamente, con violencia por culpa de la violencia previa de
la sociedad. El poder, la vida económica. la Universidad, todo está
basado en la violencia. La lección magistral y el sermón del pastor
son terrorismo. La presencia de la policía y la jerarquía son una
violencia, etc. Así pues, larvada. oculta, no evidente, reina por to­
das partes la violencia: el Estado, el patrono, el capitalista, el pro­
fesor son primero violentos y. por tanto, es legítimo utilizar la vio­
lencia contra ellos, pues sólo será una contra-violencia. Los revolu­
cionarios declaran: “No somos nosotros los provocadores, nos han
provocado.”
Entonces la violencia revolucionaria se limita a hacer aparecer.

309
a revelar la violencia real. Cuando en las calles o en la Universidad
aparecen los C. R. S .41 se destapa el fundamento real de esta so­
ciedad y se obliga a los “verdaderos violentos” a quitarse su máscara
benigna, paternalista y liberal, para mostrarse tal y como son. El más
insignificante acto de violencia revolucionaria obliga al poder y a la
organización a revelar su esencia. La burguesía se convierte, pues,
en responsable de las situaciones violentas, puesto que es ella la que
origina la policía, el ejército, etc., frente a contestaciones a las que
no sabe responder con palabras liberadoras. Se crispa en la defensa
y eleva inevitablemente el nivel de violencia. Este razonamiento re­
cuerda el argumento anarquista de hace un siglo: “Si no hubiera po­
licías no habría ladrones” *2. Pero no insistiré sobre el famoso pro­
blema de “¿quién empezó?” . Yo mismo he intentado, a menudo, de­
mostrar que el Estado (liberal, de derecho) no se apoya, en definitiva,
más que sobre la violencia 43 para admitir fácilmente la brillante tesis
de nuestros violentos. Lo que me interesa aquí es el hecho de la jus­
tificación (ya sea buena o mala, poco importa). ¡Cuánta mala con­
ciencia tienen que tener nuestros pobres revolucionarios para expli­
carse de este modo! Y lo han hecho todos... lo mismo que los que
los apoyan. Mil veces hemos leído este mismo discurso que se reduce
a “no es culpa nuestra (si impera la violencia); nosotros no hemos
empezado” . Pero encuentro aquí una fantástica debilidad: ¿Se preten­
de ser revolucionario y hace falta justificarse? ¡Qué error! Esto de­
muestra lo limitado de esta violencia. Es mucho menos coherente
y extrema que la de Sorel, que no la justificaba porque era buena.
Nuestros revolucionarios tienen remordimientos cuando utilizan la vio­
lencia. He aquí el primer factor, decisivo, que tiende a probar que la
violencia ya no es, para el hombre de Occidente, un medio revolu­
cionario adecuado. Por muy contestatarios y exuberantes que sean
están llenos de complejos, de valores, de ideales, de creencias, y su

41 C. R. S. Compagnies RépubUcaines de Sécuriié, fuerza especial de anti­


disturbios en Francia (N. del T.).
" Naturalmente, se va más lejos: es corriente hoy decir que lo que impide a
los niños trabajar bien en la escuela, alegre y espontáneamente: la presencia
del profesor. Suprimid al profesor dogmático y autoritario, y los niños apren­
derán solos.
“ Cfr. L'illusion poliñque.

310
violencia, al igual que su libertad sexual, no es más que el reverso
de sus complejos y de sus inhibiciones. No harán nunca la revolución
por la violencia, porque no alcanzarán nunca el cinismo radical de
los militantes nazis. No están más allá del bien y del mal, todo lo
contrario. Su violencia es el pataleo de cólera de niños paralizados
interiormente.
No insistiré sobre el segundo hecho: la violencia revolucionaria
es inadecuada a nuestra sociedad, porque ésta posee medios muy fuer­
tes capaces de romper, si está decidida a ello, toda violencia revo­
lucionaria. “La violencia puede ser continua. Tenemos la fuerza que
nos permite hacerle frente e incluso vencerla si es necesario. La na­
ción ha sobrevivido a otras tentativas de insurrección. No es la falta
de medios de las autoridades, sino la duda de los hombres libres en
emplear estos medios, lo que a menudo ha paralizado a los que de­
ben enfrentarse con la contestación” , ha declarado muy justamente
Nixon (discurso del 3 de junio de 1969). Es evidente que si el poder
quiere utilizar estos medios ninguna violencia privada puede resistir.
La situación no es ya la de 1917. ¡Y la situación (recordemos que
hablamos de la revolución de Occidente) ya no es la de la China
de 1948 o la de C uba...! No fue sólo el discurso del presidente de
la República lo que trajo la calma el 1 de junio de 1968, sino la
noticia (cierta o falsa) de que París estaba redeada por los tanques...
En cuanto a pensar en ganarse a la policía o al ejército la situa­
ción tampoco es la de 1871. Ya hemos visto los efectos de la frater­
nización en Checoslovaquia. Todo está en saber si el poder querrá
utilizar, en su totalidad, estos medios. Para que pueda quererlo, hace
falta que el cuerpo social esté de acuerdo con él. Pero es ilusorio
pensar que una sociedad moderna pueda adherirse, en sus masas,
a una violenta acción revolucionaria minoritaria. El esquema blan-
quista es todavía más falso hoy que ayer. La violencia de los gru-
púsculos no conduce a una cristalización de la opinión pública en
su favor, aunque existan serios motivos de descontento. Es ilusorio
pensar en arrastrar a las masas a la revolución mediante la violencia
de una minoría. La teoría del “detonador” es falsa, ya lo hemos
visto sobradamente. Por el contrario, aun cuando la “situación” sea
revolucionaria, aunque haya descontento en la opinión pública, la

311
violencia de minorías provoca el efecto contrario. Efectivamente, de­
bemos distinguir dos aspectos: en una revolución declarada, masiva,
la violencia se inscribe de manera válida para anular determinada
resistencia o para apoderarse de un puesto estratégico. Pero la vio­
lencia puede provocar la revolución. No es el medio adecuado. Arras­
tra una reacción del cuerpo social contra los violentos, espontánea­
mente, porque crea una situación sin salida. Ya no hay diálogo, ni
negociación; ya no es posible manejar el conflicto y se instituye un
estado de guerra abierta. Pero una guerra ¿contra quién? Cada una
de las partes puede reaccionar contra la violencia que padece, porque
no es el representante único del orden que se pretende destruir. Este
orden es complejo y sutil, como hemos dicho a menudo. No se per­
sonifica en nadie. Inversamente, cada uno representa, en parte, a
este cuerpo social global, con sus tendencias específicas. Es correcto,
por ejemplo, protestar contra la sociedad de consumo, pero ésta exis­
te únicamente por los deseos, necesidades, sueños, trabajos y voluntad
de prestigio o de potencia de los mismos que la contestan.
La violencia va dirigida contra las personas, sin que ninguno de
los acusados sea nunca totalmente el mismo, aunque cada uno de
ellos sea parcialmente responsable de lo que parece debe ser des­
truido. Así, la violencia no va dirigida contra el objetivo real que
habría que alcanzar. No tiene objetivos porque no es más que la
destrucción del que está en frente, el saqueo de esta o aquella riqueza,
la explosión más o menos delirante; no propone ninguna meta a con­
seguir; tan sólo es la expresión de un odio o de una desesperación, y
provoca, así, por la estructura de su mecanismo, una reacción hostil
de toda la sociedad. Origina una voluntad de defensa total. No rom- "
pe la voluntad de la sociedad, igual que los bombardeos no han
destruido jamás la voluntad de resistencia de un pueblo. Desde este
momento la violencia provoca el apclotonamiento del cuerpo social
alrededor del que está encargado de defenderlo: el Estado, y desde
esc momento, éste se siente con derecho a utilizar todos sus medios.
Entonces el movimiento revolucionario está perdido. Así pues, la
violencia en cuanto tal (y no inscrita, como había hecho el P. C.,
en una estrategia completa y compleja), lejos de ser el medio de

312
la revolución por excelencia, se convierte, en nuestra sociedad, en
la vía más segura para aniquilarla.
Por último, podemos analizar el valor revolucionario de la vio­
lencia en tres proposiciones 14: la violencia en sí no tiene ningún
carácter revolucionario o antirrevolucionario. Cuanto más complejas
son la sociedad y la máquina política más improbable es la toma
del poder por la violencia. Cuanto más rudimentario es el Estado
más probabilidades tiene la violencia de destruirlo, pero sin que ello
implique consecuencias revolucionarias. Rcvel recuerda que entre 1946
y 1964 hubo 380 golpes de Estado, con un aumento de frecuencia
desde 1964 (25 golpes de Estado al año), a menudo, de origen mi­
litar, sin que estas tomas del poder hayan tenido el más mínimo
sentido revolucionario. En cuanto al atentado es interesante observar
en el autor un error de apreciación: un atentado en un régimen de­
mocrático (por ejemplo, el asesinato de Kennedy) no cambia nada.
Sin embargo, dice Ravcl, un atentado contra el dictador Duvallier
“provocaría instantáneamente un cambio de régimen, aunque sin re­
sultados revolucionarios” ... Pero lo que ha sorprendido a todos los
profetas que anunciaban desde hacía diez años la revolución en Haití,
tras la muerte de Duvallier. es que ésta se ha llevado a cabo sin
desórdenes ni dificultades 4r\ Esta estabilidad confirma las tesis de
Revel: “En un régimen policiaco perfeccionado la violencia no tiene
ninguna probabilidad de echar abajo el poder. En un Estado demo­
crático las probabilidades de éxito no son mayores.” En el primer caso
resulta de rigor; en el segundo “cuanto más fácil le resulta a la vio­
lencia manifestarse, más difícil es que se le confiera una eficacia re­
volucionaria. Cuanto más alto sea el nivel de tolerancia más bajo
será el rendimiento político de la violencia ilegal...”

“ R ev el : Op. cit.
" Es divertido constatar que nos encontramos ante un caso comparable
al de las profecías a propósito del enullismo: desde 1%5. la unanimidad de
los profetas políticos se fijaba en el problema de la sucesión del gaullismo.
Naturalmente, 'a desaparición de De Gaulle cambiaría todo. Eramos pocos
los que afirmábamos entonces que esta desaparición no cambiaría nada y que
aquel era un falso problema.

313
Entre la contestación pacífica y la violencia se encuentran todas
las formas posibles. Podemos remitirnos entonces a la tipología esta­
blecida por Abboud en el artículo antes citado. Unos se entregan a la
lucha global, otros a un ataque político. Unos quieren mayor espon­
taneidad. otros confían en una organización; unos creen en la exclu­
sividad de la práctica, otros en el valor primordial de la teoría. Estos
factores se entremezclan para dar una multiplicidad de tendencias, ex­
plicando así esas discusiones a veces sibilinas que enfrentan a los gru­
pos izquierdistas entre sí. en la búsqueda de una mayor eficacia, desde
el desfile hasta los más grandes peligros. Evitar las trampas de la ideo­
logía y do la burocracia, ¿no conduce (con la espontaneidad y la creati­
vidad colectiva) al peligro de una recuperación por parte del orden
establecido y a una debilidad extrema para contrarrestar, en un largo
período de tiempo, un sistema muy planificado? Por esta razón, po­
demos distinguir teóricos de ligas, teóricos reticentes respecto a los par­
tidos. pragmatistas y espontaneístas ■"1. Los primeros desean, en primer
lugar, la mejor teoría revolucionaria posible y suscitan en su grupo
un profundo análisis teórico, pero son muy contrarios a la organización
llevada al extremo y a la preponderancia del Partido. Es, por ejemplo,
la Liga de comunistas yugoslavos y la Unión de los Jóvenes Comunicas
Marxistas-Leninistas que desde mayo de 1968 se esfuerzan por esca­
par del dogmatismo para reflexionar más a partir de la práctica po­
lítica. Siguen siendo hostiles a la formación del Partido, pero no recha­
zan la organización: buscan una dispersión entre las masas mediante
una organización tan flexible como sea posible, dejando el campo libre
a las iniciativas individuales, comunidades, experiencias de grupos no
directivos. Manifiestan una “imaginación organizativa” muy viva que
les permite renovarse y adaptarse, pero consideran indispensable la
creación de frentes y de movimientos. Ven en la sociedad moderna la
floración de una situación realmente revolucionaria y buscan una ex­
presión revolucionaria nueva, diferente de lo realizado por los parti­
dos tradicionales de izquierda. Mezclan la acción política con la con­
testación y son “agentes de contestación que denuncian conductas po­
líticas demasiado integradas en el sistema social” .

A bboud : Op. cii.


314
El S. D. S. es más violentamente antipartido y antiestatal47. Entra­
ría dentro de la categoría “revolucionarismo contestatario” . Los mili­
tantes persiguen, por una parte, el ataque contra el Estado, en tanto
que representante del capitalismo, y, por otra, la aparición de una ac­
ción acumulativa de contestación, desenmascarando, por un conjunto
de provocaciones, la verdadera naturaleza de las instituciones univer­
sitarias ... la realidad política que se esconde tras una enseñanza li­
beral... “Están muy centrados en la búsqueda teórica” , “nada de prác­
tica revolucionaria sin teoría revolucionaria". Pero, con toda seguri­
dad, la teoría no tiene nada que ver con la elaboración de un progra­
ma. En otro aspecto, el S. D. S. desconfía ante todo de las organizacio­
nes y de los partidos; no cree que sea posible recuperar lo que parece
estar muerto en los partidos. Lo importante es salvaguardar a los mo­
vimientos revolucionarios creados en la acción y el dinamismo de la
conciencia política nacida también de la acción. En este sentido venía
a colocarse el Movimiento del 22 de marzo, cuya inorganización tanto
se ha criticado, pero que intentaba de este modo escapar a la capaci­
dad que nuestra sociedad tiene de absorber todo lo que está organi­
zado. Hubo entonces una unión entre una corriente marxista revolu­
cionaria y otra de contestación cultural que no fue neutralizada, sino
que se politizó por contacto con la tendencia marxista; pero las dos co­
rrientes se separaron en julio de 1968. La Juventud revolucionaria se
dirigió más bien hacia la búsqueda teórica, mientras que la facción
contestataria intentó concretar su pensamiento político. La organiza­
ción reducida al mínimo, móvil y renovada, daba paso al impulso de
las masas movilizadas. Por fin, la última categoría de estos grupos, la
más inorganizada, puede clasificarse bajo el nombre de “pragmatista y
espontaneísta": sus militantes no buscan una transformación radical del
Estado, sino que se preocupan de desarrollar focos de contestación en
el interior de todas las instituciones posibles. Se niegan a encerrarse en
una estructura organizada, desean el máximo de libertad y de impro­
visación, al mismo tiempo que siguen convencidos de que primero hay

“ El excelente reportaje de Melvin L asky en Premes (1969) da con bas­


tante exactitud el tono y el nivel de S. D. S.. capaz de provocar el Umjunk-
lionieren, pero nada más. c incapaz de beneficiarse de la toma de posesión
efectiva de la universidad. Los vencedores hacen de la universidad crítica
una simple plataforma de propaganda marxista.

315
que actuar para comprender, sobre la marcha, lo que hay que hacer.
A esta categoría pertenecen los provos holandeses, los situacionistas de
Estrasburgo y un gran número de círculos reducidos de mayo de 1968
que apenas podemos enumerar porque desaparecían tras algunas se­
manas de actividad. No intentaban transformar el Estado; denuncia­
ban mediante actos exorbitantes e irrecuperables el poder de absorción
del organismo social. Dado que toda organización les parece burocrá­
tica y eselerotizante. esta corriente intenta inventar formas de acción
colectiva basada en la improvisación y la espontaneidad... Podríamos
proseguir con este cuadro y entrar en detalles, pero esto es suficiente
para comprender el verdadero problema de los medios revolucionarios
en la actualidad J<!: ¿Cómo formular una teoría que no sea ni doctrina
ni programa, pero que tampoco sea irreal? ¿Cómo hacer surgir una
teoría de la práctica? ¿Qué práctica puede ser a la vez eficaz e irre­
cuperable por el organismo social? ¿Cómo unir la espontaneidad de la
masa (que es creadora) a la duración, por una parte, y la teoría, por
otra? ¿Cómo escapar a la burocratización de todo organismo que se
perpetúa? ¿Cómo atacar a la sociedad desde dentro sin pertenecer a
esa sociedad? Por último, ¿cómo evitar la formulación abrupta de Ni-
zan: “La revolución será, en adelante, técnica'’? Estas preguntas en­
cierran una dificultad inimaginable, son tanto más difíciles cuanto más
compleja y asimiladora es nuestra sociedad... Se dan cien respuestas,
y he aquí que los grupos revolucionarios están en conflicto, duramente,
a veces violentamente, unos con otros, por culpa de estos temas. Y
volvemos así al problema de los medios. Las tensiones entre los gru­
pos son hoy tan grandes respecto a los medios y a las posturas concre­
tas como antaño sobre los dogmas y las doctrinas. Pero estas tentativas
dentro de caminos divergentes condenan al fracaso cualquier acción.
La pulverización de los grupos y su inorganización, condición necesa­
ria para no caer en la trampa que la sociedad organizada les tiende,
es simultáneamente la máscara de su libertad, de su esterilización y la
garantía de su total ineficacia. Con el fin de encontrar medios total­
mente indemnes del sistema tccnicista. se empeñan en emplear medios
totalmente vanos. La revolución no puede ser inmediata, implica una

" También podrían analizarse los movimientos que nacen, se desarrollan,


se escinden desde 1969-1970. Todos convergen en estos tipos.

316
duración. Pero toda duración concluye en una instalación. A partir de
este momento, el grupo, haga lo que haga, está perdido. Haría falta
un poder de inventiva constante de las formas revolucionarias, siem­
pre destructoras, para rehacerlas; haría falta una continuidad en el
proyecto al tiempo que una renovación incesante en la ejecución: esto
supone la existencia de una o varias personalidades excepcionales y,
sin duda alguna, la existencia de un estado m ayor4*. Pero entonces,
¿donde quedaría la iniciativa de las masas? Y en la medida en que esto
produciría creaciones esporádicas y disparatadas, ¿no existiría siem­
pre el conflicto entre dos tendencias revolucionarias, con la esteriliza­
ción ya aludida? El problema en sí. tal y como está planteado y tal y
como corresponde a la realidad, obliga a concluir en la ausencia de
medios revolucionarios posibles en nuestra sociedad.

Por último, junto a las tendencias y expresiones revolucionarias


clásicas, conocemos, en todo hombre, el recurso y la apelación a una
fuerza revolucionaria más secreta, más intensa, más latente que, por
la situación que encuentra en la sociedad, se convierte, por necesidad,
en revolucionario. Ni la toma de conciencia, ni la teoría, ni el eviden­
te sufrimiento son ya los orígenes de la revolución. Esta cuenta con un
buen porvenir, pues es una formidable reserva de energía la que está
acumulada por los mecanismos represivos de la sociedad y esta energía
que no tiene más alternativas acabará por hacer explotar el sistema, ya
que el hombre actuará entonces con extraordinaria eficacia, sin saber
exactamente por qué es revolucionario, pero sin poder evitarlo. El pro­
blema de los medios se plantea entonces de forma diferente. En pri­
me rlugar, ya no es cuestión de encontrar, pensando y a tientas, la
forma y el medio. La energía desencadenada provocará necesariamente
el descubrimiento de los medios eficaces, no en sí mismos, sino por
la fuerza que les anima. De una forma u otra, esta energía provocará
una brecha. Hemos reconocido al Eros. El pensamiento de Marcuse
está suficientemente divulgado para que tengamos que resumirloB0.
“ Antes que otra cosa, es eso lo que hace la revolución cultural china.
" Sobre esta reflexión, añado a los libros de Marcuse el ensayo “Regressi-
ve Tolerance". en A Critique of Puré Tolerance, 1965.

317
Sólo debemos plantear aquí el problema de la validez de esta salida
revolucionaria. ¿Cabe esperar que la sociedad de super-represión pro­
voque una condensación de potencia que sea eficaz para una mutación
que permita al hombre vivir? No volvere a tratar dos puntos que ya
he desarrollado suficientemente en otro lugar51. Por una parte, en
una sociedad tecnicista tecnificada, la revolución no puede derivarse
de un llamamiento al inconsciente, sino más bien de un desarrollo de
la conciencia clara. Por otra parte, el gran ejemplo histórico de des­
encadenamiento de lo irracional en la revolución no es ciertamente
muy alentador: se trata del nacional-socialismo.
Estudiemos este asunto desde otro ángulo y a otro nivel. Digamos,
por un lado, de manera muy general, que el ataque contra la sociedad
moderna, contra su aspecto asimilador causante de la alienación inte­
rior del hombre que se suma a la alienación exterior contra el libera­
lismo corruptor y la falsa tolerancia de este mundo, no es nada nuevo,
aunque sí, a mi juicio, totalmente exacto. Es inútil, sin embargo, que­
rer establecer todo esto merced a pesadas referencias a Marx y a Freud.
Cuando se habla de un esfuerzo de síntesis en Marcuse de estos dos
pensadores, so comete un error: su marxismo es una caricatura del
pensamiento de Marx y su freudismo es sencillamente una traición a
Freud M. Disfraza un pensamiento a fin de cuentas sencillo, con un
vocabulario confuso y aparentemente científico, tomado de Freud y de
Marx, pero alterando el sentido dado a las palabras por estos autores.
Su método está basado sobre todo en la incoherencia y no guarda
ninguna relación, próxima o remota, ni con el de Freud ni con el de
Marx. Si hubiese dicho, sencillamente, lo que tenía que decir sin re­
currir a este batiburrillo, habría resultado más amable, pero habría te­
nido menos éxito :,s. Esta crítica no es inútil, pues explica unas cuantas

•” J. [Link]: Autopsia de la revolución. 1973.


u Sobre esto no tengo competencia alguna; me fío de la apreciación de
algunos especialistas de Freud. entre ellos: L [Link] , F romm. A. Stepiia ne ,
etcétera.
a Remito a la notable critica de Marcuse hecha por E. F romm: Espoir
et révolution, 1970. Este demuestra brillantemente que para Marcuse el pro­
greso final del hombre es “un retroceso a la vida infantil, un retomo a la
felicidad del bebé saciado”. “Marcuse es un ejemplo de intelectual alienado,
que ha transformado su desesperación personal en teoría radical...: su falta
de comprensión es lo que le permite moverse para hacer la síntesis del
freudismo, del materialismo burgués y del hegelianismo refinado, que parecen

318
dificultades de este pensamiento, siendo la más importante, sin duda,
su ¡ncertidumbre.
¿Cuáles son, para Marcuse, las fuerzas de la revolución? Hemos
dicho que el Eros. Esta es la impresión general que se desprende de
la lectura de sus obras. Pero cuando se quiere profundizar, nos damos
cuenta de que el Eros es un concepto muy poco claro y de que tampoco
es la única fuerza de la revolución. La liberación del Eros actuaría in­
evitablemente como una fuerza destructiva porque representa el “prin­
cipio de placer" que hay que “oponer” al “principio de realidad" que
gobierna la sociedad. Ya no van unidos, como en Freud, porque, dado
que el principio de realidad ha sido deformado en un sentido utilita­
rio y totalitario, hay que recurrir al principio de placer para negarlo.
Pero este Eros no parece ser el sistema de que habla Freud. Es una
idea tan imprecisa como la de Dios. A veces, en Marcuse, nos situa­
mos en lo genital (que el llama sexual), a un nivel muy elemental; alaba
la píldora que libera a la mujer de los temores de la maternidad y habla
de revueltas ético-sexuales. Confunde totalmente las nociones freudia-
nas: “La autosublimación de la sexualidad (¡genital!) en Eros signifi­
caría un ensanchamiento cualitativo y cuantitativo de la libido, una re­
gresión de ésta a un estado en que el organismo se convierte por com­
pleto en el fundamento de la sexualidad (¡genital!).” Otras veces, el
Eros designa una mezcla ético-sexual englobante, el arte, lo lúdico y
toda iniciativa creadora. Y Marcuse, en efecto, se aparta totalmente
de Reich. no pudiendo entonces considerar que la liberación de lo ge­
nital sea la revolución. Pero el Eros es también otra cosa: es todo lo
inestructural; se trata de una liberación global del deseo en la revo-

formar. para el y para oíros radicales.... el andamiaje teórico más progre­


sivo. No hay por que mostrar aquí detalladamente que se trata de un sueño
ingenuo y cerebral.... irrealista y desprovisto de amor a la vida...” A esto
hay que añadir la crítica del pensamiento de Marcuse hecha por F. P krroux
(Frtnií'ois Perroux interiore Marcuse... qui répontl, 1969). El diagnóstico de
Marcuse (que considero muy superficial e insuficiente) sólo puede conducir,
dice justamente Perrous. a la subversión, y no a la revolución. Marcuse
supone siempre una inocencia del hombre que ni siquiera examina; considera
solamente el Eros. rechazando toda vocación de orden, de lógica, de dominio,
que es también el del hombre, que en sí no es más Eros que Razón. Pero,
por desgracia, la propuesta revolucionaria de F. Perroux no me parece mucho
más actualizable, ya que. una vez más. son los medios los que faltan, y los
fines propuestos, por justos que sean, no me parecen capaces de levantar
el entusiasmo de las masas...

319
lución y cae así de nuevo en las antiguallas de la oposición entre ins­
tinto y razón. Por último, el Eros acaba siendo “todo lo que está
oprimido por la civilización"... Bastaría entonces que “esto” estuviese
oprimido por la civilización para que se convirtiera en “Eros” , y lle­
gamos así a la otra antigualla de la naturaleza buena y de la sociedad
mala. ¡Cómo considerar seriamente la idea de que la potencia del Eros
es la potencia revolucionaria, cuando ni siquiera se consigue saber
en qué consiste!
No estamos mejor informados sobre la manera que tiene de actuar
este Eros, ni cuál es su ley de compresión o su proceso de contesta­
ción, ni cómo se encarna. Marcuse no dice nada a este respecto y, a
pesar de su pretensión, nos ofrece un pathos confuso, estrictamente no
dialéctico, donde la negación general (el gran rechazo, como la llama
Garaudy) es confundida con el proceso de la negación dialéctica. Se
trata de un pensamiento completamente confuso e inarticulado. Mar-
cuse se da tan perfectamente cuenta de que su Eros no es una verda­
dera potencia revolucionaria, que busca constantemente, un poco al
azar, otros factores para la revolución: los más frecuentes son los gru­
pos no integrados: tziganos, parados, quizá el tercer mundo (¡aunque
a veces escribe que no se puede esperar nada de éste!). Juventud mi­
lagrosamente joven y no integrada en el sistema ... de forma que “la
oposición intelectual encuentra y debe encontrar su base de masa en los
frentes de liberación nacional” y en esos grupos diversos ... Pero no sé
muy bien qué tiene que ver con esto el Eros, pues ¿sería acaso revolu­
cionario porque está comprimido, negado, etc...., en cuyo caso los
grupos revolucionarios debían ser los más alienados, o bien es revolu­
cionario cuando está intacto (como en los grupos no asimilados), en
cuyo caso no está clara la razón por la que este Eros intacto se levan­
taría contra lo que no le ataca?... Nos hallamos en una tremenda con­
fusión. Pero esto no basta. La revolución vendrá al mismo tiempo por
el simple hecho del desarrollo técnico. Todas las esperanzas de Mar-
cuse reposan (a veces) en el crecimiento de la automatización: gra­
cias a ella, “el tiempo de trabajo será marginal y el tiempo libre, esen­
cial; se alcanzará una civilización no represiva por el simple hecho de
que habiendo superado la penuria y corregido los antiguos defectos del
sistema técnico, no habrá razón alguna para mantener la “super-repre-

320
sión” . ¿Desaparecerá ésta por sí misma? Según muchos textos de Mar-
cuse, parece que así será. Pero entonces, ¿dónde está el Eros? ¿Qué
significan estos grupos marginales? Hemos de añadir, para colmo de
nuestra perplejidad, la contradicción entre Masa y Elite 84. Es cierto
que Marcuse muestra su confianza en las masas y su orientación hacia
el proletariado, pero una lectura más atenta nos revela un elitismo ex­
tremo. El poder debería ser ejercido sólo por quienes tienen un des­
arrollo intelectual suficiente, siendo los intelectuales la vanguardia del
combate revolucionario. Pero, ¿cuál es su papel? En primer lugar, no
es el de jefes de la revolución activa, sino más bien el de inventores
de nuevas necesidades. Pero aquí no hay espontaneidad alguna, con­
trariamente a lo que podríamos creer al leer numerosas páginas... De
esta forma, Marcuse tiene tan poca confianza en su Eros que no deja
de añadir motivos y fuerzas revolucionarias... Pero entonces nos pre­
guntamos a qué corresponde en realidad su teoría de la super-repre-
sión.

Quedémonos, no obstante, en el Eros, que sería la parte más origi­


nal de esta reflexión. Es necesario preguntarse si éste es verdadera­
mente reprimido y si, por otra parte, la liberación sexual es revolucio­
naria. ¿Puede decirse, acaso, que, en la sociedad actual, el sexo (to­
mándolo en el sentido de Reich y de Marcuse) está reprimido? Se
habla siempre de la familia burguesa, de la moral burguesa, etc....,
apuntando en realidad hacia una situación completamente superada.
Este es el principal defecto de Marcuse. Cuando Reich escribía, ha­
cia 1930, todavía era exacto. Pero es interesante destacar que Reich,
en su época, no tuvo ningún éxito general. Es ahora cuando lo tiene,
es decir, cuando la mayor parte de las barreras y de las estructuras
morales han acabado de hundirse. Da la impresión de que estamos en
una época de laxismo sexual extremo y de que es imposible convertir
el rechazo sexual en una regla para la interpretación de nuestra socie­
dad. ¿Es cierto que el hombre moderno tiene la revolución sexual como

“ Sobre esto véase el excelente estudio de Boler , “Repressive Toleram-v ,


Natural Law Forum, 1968.

321
móvil revolucionario? Todo parece demostrarnos lo contrario. El pro­
pio Marcuse lo desmiente, reconociendo que este hombre está sufi­
cientemente integrado en la sociedad como para no ser capaz de desear­
lo. “La sexualidad se convierte en el tema corriente de los best-sellers
de la opresión” ; pero yo añadiría que está suficientemente satisfecho,
por suerte, en este aspecto, tanto a nivel material como a nivel ima­
ginario y espectacular, como para no sentir la necesidad de una re­
vuelta, ya que el hombre unidimensional no está sin referencia exterior
y profundamente integrado únicamente en sus actividades sociales. Sería
muy extraño que una sociedad con semejante capacidad de asimilación
dejara de lado un aspecto del hombre tan importante y le dejara in­
demne, obcecándose en reprimir, cuando es tan sencillo tolerar, utili­
zar y hacer que el Eros, correctamente manipulado, se convierta en
el más destacado factor de integración. Podría decirse que es precisa­
mente el Eros lo que hace que el hombre de la sociedad moderna esté
más conformizado. Por último, aceptando el sentido más amplio (y no
exclusivamente genital) del Eros e incluyendo imaginación, creatividad,
potencia vital, deseo, impulso lúdico y todo lo que se quiera, nos en­
frentamos con un dilema: o bien el hombre moderno es verdaderamen­
te unidimensioanl y está verdaderamente integrado en esta sociedad, en
cuerpo y alma, y entonces no comprendemos cómo el Eros podría ser
independiente, cómo podría escapar a este movimiento y por qué la
imaginación o la creatividad no están también integradas; y en este
caso el Eros no es una potencia revolucionaria. O bien sí lo es, lo que
significa que el hombre ha permanecido indemne, que no ha sido asi­
milado por la sociedad tecnicista y que, por lo tanto, ésta no es tan po­
derosamente integradora como Marcuse pretende: no es super-repre-
siva, y el propio concepto de la super-represión no tiene sentido (en
lo que están de acuerdo los especialistas de Freud) y no hay por qué
hacer tantas historias. El concepto de super-represión no tiene sentido
a menos que... a menos que el Eros sea Dios, potencia trascendente
(y de hecho Marcuse hace a veces un llamamiento a una potencia exte­
rior al sistema...); pero dudo que sea éste el pensamiento de Marcu­
se, a menos que, una vez más. en su confusión mental, nos presente
como potencia revolucionaria lo que no es más que un “deber ser”
y una esperanza y que confunda el voto piadoso de una liberación del

322
Eros deseable con la eficacia de una fuerza subterránea al trabajo, ex­
plosiva e integrante. Todo es posible en Marcuse, salvo la coherencia.
La erotización de nuestra sociedad me parece el signo más deci­
sivo de su globalización. No existe, en absoluto, la separación entre
el Eros y la sociedad — es decir, principio de placer y, por otro lado,
principio de realidad. En el sistema tecnicista, el Eros está integrado,
utilizado, y con su intervención se consigue más fácilmente que el
hombre camine por la senda deseada.
En cuanto a las deciamacioncs de la juventud sobre la liberación
sexual, sobre el vínculo entre “amor” y revolución (Cuanto más hago
el amor, más ganas tengo de hacer la revolución... Haced el amor, y
no la guerra; disfrutad, etc....) sólo son posibles precisamente porque
nuestra sociedad es totalmente laxista desde el punto de vista sexual.
En una sociedad verdaderamente represiva, a los jóvenes ni siquiera
se les habría ocurrido hablar de ello. Unicamente por tener un 99
por 100 de libertad, de independencia y de posibilidades sexuales, exi­
gen, a voces, el 1 por 100 que falta. Los jóvenes reclaman la libertad
sexual (que tienen) porque están radicalmente condicionados en este
sentido por películas, libros, carteles, explicaciones intelectuales, filo­
sofías, flippcrs, etc.... De ninguna manera estamos en presencia de la
explosión revolucionaria del Eros reprimido, sino del comportamiento
conformizado por el contenido y la estructura de los nutss media. Se­
guramente la sociedad puede incluso dejar el 1 por 100 de las reti­
cencias... Ello no cambiará nada, pues estas manifestaciones sexua­
les o eróticas no tienen nada de revolucionarias, sino todo lo contra­
rio. No solamente caen en una sociedad perfectamente acogedora y
dispuesta a recibirlas, sino que además tienen un efecto contrarrevolu­
cionario. Esta “liberación sexual” no puede producir más que una in­
volución (lo contrario de una revolución) o un espectáculo. Puede ser
la descompresión y la supresión de toda sublimación y, por consiguien­
te, resumirse en un “post coi'tum animal triste” . Triste, y nada más.
Puede ser la célebre “fiesta” orgiástica, pero el carnaval no ha sido
nunca, y lo es aún menos hoy, comparable con la revolución. Reich
tiene más razón cuando, en su utopía, nos dice que la “felicidad sexual
de la población es la mejor garantía de la seguridad del conjunto so­
cial” . Sí, esto es cierto. Pero ¿que tiene que ver esto con la revolución?

323
Es más bien lo contrario lo que se nos promete. ¡Qué error creer que
la liberación sexual debe producir una liberación política o social! Los
ilotas pudieron seguir siendo ilotas porque se emborrachaban. El hom­
bre borracho de amor no es revolucionario, y hacer el amor, sean cuales
sean las condiciones, es un descondicionamiento respecto a la tensión
revolucionaria. En otras palabras: por una parte, creo que en la
sociedad actual no hay una verdadera represión del Eros, y que lo que
se reprime está ya utilizado en el mecanismo social como factor de
asimilación; por otra parte, que la conquista de la liberación sexual no
tiene nada de revolucionaria, ni es el estallido o el signo de la revolu­
ción, como tampoco sería la liberación de la imaginación (puesto que
Marcuse parece a veces colocarla en el Eros). Esto es lo peor: la li­
beración imaginaria hacia la cual precisamente nos dirige la sociedad
de integración con el mayor número de satisfacciones. Marcuse ha uti­
lizado el vocabulario freudiano y el marxista para ocultar la indigen­
cia de su pensamiento; el hablar con gravedad del Eros permite evitar
el considerar seriamente la situación. Tras sus profecías (desmentidas
por numerosas variaciones e incertidumbres) se descubre una actitud re­
sueltamente superada. Es rousseauniano, en el peor sentido de la pa­
labra. cuando se refiere a una naturaleza humana, a propósito de la
cual, por otra parte, volvemos a encontrar la incertidumbre de su pen­
samiento, puesto que tan pronto sostiene que es en la base de la natu­
raleza humana, en el Eros, en lo que hay que fundarse para actuar con­
tra la sociedad represiva, como afirma que la naturaleza humana será
transformada (para bien) cuando se alcance la era de la abundancia...
Pero, más a menudo, se hace referencia a una naturaleza buena, víc­
tima de una mala sociedad que la reprime. Al actuar así, Marcuse es
maravillosamente idealista y se inscribe (a pesar de su crítica) con Reich
en la corriente de los utopistas y, como todos los utopistas, es al mis­
mo tiempo totalitario y anarquista-idealista. Porque, no debemos enga­
ñarnos, si protesta contra la sociedad moderna englobante, es para lle­
gar a otra sociedad también totalitaria pero que convenga a su pensa­
miento. Obedece así a una creencia acrítica en el progreso. En defini­
tiva, expresa una tendencias libertarias con un lenguaje seudo-cien-
tífico trasnochado y, lejos de ser pesimista, como se dice a menudo, se
muestra beatamente optimista. ¡Pero es un optimismo soñado! Lejos

324
de ser revolucionario, es perfectamente reaccionario, porque si cree
en el progreso, se trata de un progreso de retorno a la naturaleza huma­
na y lo que critica de la sociedad actual no es en absoluto un aspecto
accidental o secundario, sino el complejo creador, el centro de creati­
vidad de esta sociedad. Sueña una vez más. como tantos otros antes
que él. “Queremos al mismo tiempo la técnica y la liberación del Eros” ,
pero esto prueba únicamente que ignora lo que es la sociedad tecni-
cista, que sólo tiene de ella una idea epidérmica y superficial, y que
no ha asimilado el estricto mecanismo de desarrollo de esta sociedad.
Es exactamente el tipo de fórmulas estúpidas. “Quiero la victoria mi­
litar. pero no quiero ni matar al enemigo, ni arriesgarme a que me
maten.” Sin duda alguna, Marcuse está lleno de buenas intenciones, es
un intelectual muy edificante que complace a sus lectores abriéndoles
puertas imaginarias de paraísos artificiales y haciéndoles, además, creer
que son muy inteligentes. Se encuentra de nuevo con la gran tradi­
ción de los predicadores itinerantes: se asusta al público descubriéndo­
le el infierno y, después, se le tranquiliza abriéndole las puertas de la
Iglesia. Pero no se va más allá. No; el Eros super-reprimido no es una
fuerza revolucionaria, sino un simple juego de palabras, un malabaris-
mo que entusiasma al público precisamente porque no es más que eso:
un público.
Capítulo sexto

De la revolución imposible a la renovación


de la revuelta

Para tomar conciencia de la verdadera situación actual de la re­


volución, no basta con llegar a la conclusión de que, hoy por hoy,
no tiene ninguna meta (propuesta por los movimientos revoluciona­
rios), y muy pocos medios. Hay que medir también los obstáculos,
los cuales se deben, unos, a la nueva estructura de nuestra sociedad
y, otros, a la falta de significado evidente de la revolución a los ojos
del hombre moderno. Y, sin embargo..., se multiplican los movimien­
tos autocalificados de revolucionarios, si bien un breve análisis per­
mite darse cuenta de que no son, en modo alguno, revolucionarios: son
expresiones brutas de la revuelta visceral, histórica, ligada a la con­
dición humana. Este es, hoy, nuestro camino.

1. Los obstáculos que encuentra la revolución

Me limitare a recordar la poderosa intervención del Estado


moderno, la solidoz creciente de las estructuras, la capacidad de asi­
milación de nuestra sociedad, que ha heredado esta fuerza de la
burguesía *, y los múltiples mecanismos de integración y adaptación.
No es necesario desarrollar todo esto una vez más. Me limitaré a
hacer una observación sobre los acontecimientos de mayo de 1968:
bastó menos de un mes para que las ten! tivas de fagocitosis se efec­
tuasen. No me refiero a las del gobierm que no podemos criticar,
porque, al fin y al cabo, tal es su fundó..; hablo de todos los inte-

Ver el análisis en La méiamorphose du bourgeois.

327
Capítulo sexto

De la revolución imposible a la renovación


de la revuelta

Para tomar ’onciencia de la verdadera situación actual de la re­


volución, no asta con llegar a la conclusión de que, hoy por hoy,
no tiene ninguna meta (propuesta por los movimientos revoluciona­
rios), y muy pocos medios. Hay que medir también los obstáculos,
los cuales se deben, unos, a la nueva estructura de nuestra sociedad
y, otros, a la falta de significado evidente de la revolución a los ojos
del hombre moderno. Y, sin embargo..., se multiplican los movimien­
tos autocalificados de revolucionarios, si bien un breve análisis per­
mite darse cuenta de que no son, en modo alguno, revolucionarios: son
expresiones brutas de la revuelta visceral, histórica, ligada a la con-
- dición humana. Este es, hoy, nuestro camino.

1. Los obstáculos que encuentra la revolución

Me limitaré a recordar la poderosa intervención del Estado


moderno, la solidez creciente de las estructuras, la capacidad de asi­
milación de nuestra sociedad, que ha heredado esta fuerza de la
burguesía y los múltiples mecanismos de integración y adaptación.
No es necesario desarrollar todo esto una vez más. Me limitaré a
hacer una observación sobre los acontecimientos de mayo de 1968:
bastó menos de un mes para que las tentativas de fagocitosis se efec­
tuasen. No me refiero a las del gobierno, que no podemos criticar,
porque, al fin y al cabo, tal es su función; hablo de todos los inte-1

1 Ver el análisis en La méiamorphose du bourgeois.

327
lectuales que aplaudieron las revueltas y empezaron inmediatamente
después su pequeño trabajo de absorción. Era una bonita fuerza vi­
va que no debía dejarse escapar sin utilizarla. Al punto, vimos apa­
recer numerosos ensayos que podríamos titular globalmente “Del buen
uso de la revolución de mayo para el mejor provecho de la socie­
dad” 2. Los más seriamente revolucionarios declararon incluso: “Mu­
chos estudiantes revolucionarios se preocuparon muy pronto por el
peligro de recuperación (¡y con razón!) del movimiento por las viejas
fuerzas (eso fue lo que les ocurrió a las fuerzas de la Liberación) \
Pero el peligro de recuperación de una explosión que no es más que
simple explosión, es tanto o más grave. El que tiene miedo de la re­
cuperación ya está recuperado; en su postura, porque está bloqueado,
y en su mentalidad más profunda, porque busca unas garantías con­
tra la recuperación...” ¡He aquí un bonito razonamiento burgués!
No añadamos nada a esta perfecta demostración. Además de estos
factores de sobra conocidos, retendremos dos datos materiales que
bloquean el movimiento revolucionario.

Hace mucho que se pensaba que la revolución era imposible en


un país fuertemente industrializado: la elevación del nivel de vida
cambia las mentalidades. Las hostilidades no se sienten con la misma
violencia. Por otra parte, el derrocamiento brutal de un sistema de
producción y de intercambios muy complejos puede llevar a una re­
gresión económica profunda. Las masas populares son muy cons­
cientes de este hecho. No están dispuestas a perder el avance de la
civilización que representa este desarrollo industrial. A menudo se ha
considerado que en un país occidental ya no hay ningún mito capaz
de llevar hacia la revolución, pues todos los mitos hacen referencia
a un futuro feliz, y la evolución “normal” de la sociedad ofrece el
convencimiento de que está avanzando en este sentido; es decir, no
parece necesario proceder a un derrocamiento global para llegar a*

1 Entre los más notables citemos: J. J. S ervan-Sch reiber : Le réveil de la


Frartce; Club Jean M oulin : Que fiüre de la révolution de ma¡; Jean BLOCH-
m ichel : Une révolution du X X ’ siecle.
* El autor ha añadido las fórmulas entre paréntesis.

328
realizar lo que el hombre espera desde hace tres siglos: la justicia
(entendida en el sentido de igualdad de trabajo y de consumo) llegará
mediante el aumento de la productividad. La gente ha comprendido
muy bien que una revolución violenta significará un paso atrás en la
persecución de este objetivo. La industrialización y el aumento del
poder adquisitivo realizan más fácilmente la justicia que la revolu­
ción.
A. Philip ha resumido muy bien este punto de vista4: “Tiempo
atrás, era relativamente fácil soñar con una utopía definida en opo­
sición a los modos y estructuras de la sociedad en que se vivía, y
pensar que llegaría un momento en que. mediante un acto revolucio­
nario, se pasaría de la antigua sociedad a la moderna... Hoy, nadie
cree ya en este determinismo histórico (marxista)' ni en esa posi­
bilidad de brusca transformación de una sociedad considerada hasta
este momento como estable. No se puede soñar ya con una revolu­
ción futura, pues estamos ya en una situación revolucionaria, en un
proceso de desestructuración y reestructuración...; por lo tanto, las
necesidades de la acción económica y política se expresan por una
acción continua sobre los acontecimientos. Esta acción representa
un aspecto técnico, en absoluto revolucionario o violento... En los
países industrializados, las estructuras técnicas están demasiado ela­
boradas, y los elementos sociales demasiado imbricados los unos en
los otros como para que sea posible una ruptura brusca... En conse­
cuencia. las mejoras son realizables mediante acciones limitadas que
no comprometen al conjunto de la estructura, esto es, por medios
que sólo pueden ser democráticos y que intentan movilizar al conjun­
to de la opinión pública en un sentido creador. La vieja utopía re­
volucionaria y la utilización de la violencia, tan íntimamente ligada
a ella, se encuentra todavía en los países subdesarrollados, porque
éstos se hallan al mismo nivel que teníamos en Europa en los si­
glos xv y xvi...
“Así, debido a la estructura industrial en los países occidentales.1

1 A. PuiLir: “Las transformaciones revolucionarias de las estructuras polí­


ticas y económicas de la vida europea", en £>//'«• et socicté, vol. II, y "Cua­
tro problemas de Francia", en Pirinea. 1968. donde muestra la integración de
la clase obrera.

329
no hay revolución posible, sino simplemente una valoración continua
para orientar una revolución técnica que se está produciendo por sí
misma..." Y en otro párrafo, Philip añade que la industrialización
acaba con las ideologías, “si con esta palabra se entiende una exposi­
ción sistemática y una visión global de la historia. Ya no se cree en
el determinismo histórico, ya no parece posible deducir el deber ser
del análisis del ser. ya no se presentan grandes visiones del mundo
en nombre de las cuales se hace un llamamiento a los hombres para
que se enfrenten y peleen. La sociedad militar es sustituida, cada vez
con más frecuencia, por la sociedad industrial, en la que los proble­
mas se plantean en términos técnicos sobre la base de un consenso
general. Ya no existe hoy una dogmática marxista.... sólo numerosos
socialistas pragmáticos.” A pesar del carácter demasiado tajante de
algunas afirmaciones (por ejemplo, de la última), el conjunto de
este análisis corresponde a una opinión frecuente en los sociólogos
y economistas y, sin duda, a una realidad efectiva.
Una prueba a contrario nos es dada por el “tema de la miseria”,
tratado por todos los revolucionarios. Se trata de probar que la so­
ciedad industrial no responde a sus promesas, sea porque la miseria
aumenta, o porque en las sociedades opulentas existen importantes
grupos que viven absolutamente en la pobreza. Periódicamente apa­
recen artículos de este estilo sobre los Estados Unidos o Francia.
Evidentemente, no se trata de negar la existencia de pobres en el
mundo occidental: los parados, los trabajadores extranjeros, algunos
ancianos, los puertorriqueños, ciertos grupos de negros en los Esta­
dos Unidos, viven miserablemente, pero se trata de pequeñas mino­
rías. 1
Esta búsqueda minuciosa para descubrir todavía pobres en la so­
ciedad occidental es en sí una prueba de que no es posible esperar,
con la industrialización, una revolución de tipo clásico. Sin embargo,
no es una demostración radical: en un país muy industrializado, con
un nivel de vida relativamente elevado (¡salvo el enorme paro!), se
desarrolló una revolución violenta: en Alemania, en 1933. El na­
zismo ha probado que todavía era posible levantar una nación indus­
trial en nombre de nuevos mitos y de lanzarla a una revolución irra­

330
cional que, en su origen, era aparentemente catastrófica desde el
punto de vista industrial.
En consecuencia, la industrialización no es un obstáculo absolu­
to. Pero el gran problema es el siguiente: quienes sostienen esta tesis
conservan una imagen de la revolución, de sus motivaciones y de
sus objetivos completamente anticuada y superada. Suponen que las
masas ya no pueden ser revolucionarias porque sus aspiraciones, ex­
presadas en los impulsos revolucionarios de hace un siglo, están a
punto de colmarse. Para ellos no hay ya ideología o mito posibles,
porque los únicos mitos e ideologías en que pueden pensar son los
de las revoluciones ligadas a una sociedad que no conoce, o que co­
noce desde hace poco. la industria. Sin embargo, la elevación del
nivel de vida y la industrialización no constituyen un verdadero obs­
táculo material a la revolución necesaria de que hemos hablado. Pero
el obstáculo se sitúa en segundo plano: es el ghetto intelectual en
que el industrialismo encierra a todos los hombres de forma que ya no
les es posible concebir la sociedad (y, por tanto, la revolución) de
otra manera que no sea según el esquema industrial. Las páginas
de A. Philip muestran que éste no puede imaginar una revolución
distinta a la de la igualdad del consumo y del bienestar: es la imagen
misma de la revolución que fija la industrialización al tiempo que
asume su realización. De ahí que sea revolución industrial. Por lo
tanto, no hay que creer que una revolución se convierte en imposible
como consecuencia de la civilización industrial y del sistema econó­
mico que de ella ha derivado. Lo que es imposible es una revolución
de tipo tradicional, estilo 1789 ó 1917, ya sea política o económica.
Lo que es casi imposible es una revolución ganada por la violencia,
por la explosión popular violenta. Una revolución de otro tipo sería
posible. Pero he aquí que ésta es impensable, inimaginable: es a ni­
vel de la formación de las mentalidades donde se sitúa el obstáculo.
La civilización industrial ha creado tal corriente ideológica que no
se consigue salir de ella. El hombre, sin embargo, intenta hacerlo,
pero sin éxito. Las revoluciones de estilo nuevo pueden ser concebi­
das, en todo caso, por un individuo... Sólo hay revolución cuando
una masa comparte una misma ideología y una misma indignación.
Es aquí donde tropezamos y donde es preciso pararse.

331
Pero encontramos otro obstáculo que también actúa sobre los
dos planos simultáneamente, el material y el ideológico: el desarrollo
de las técnicas. Hay que distinguir varios elementos: en primer lugar,
a un nivel elemental, las técnicas que posee el poder dificultan la ac­
ción revolucionaria, cuando no la imposibilitan. Técnicas de informa­
ción. de policía, de comunicación, de armamento, de vigilancia, etc.
Es inútil enumerar detalladamente las posibilidades de control que
la técnica moderna puede conferir al poder (abundantemente des­
critas, por ejemplo, por Kahn y Wiener, El año 2000, 1968), bien
sea control externo (grabaciones de conversaciones, control de tele­
visión interior), bien sea interno (por productos químicos) que no
pertenecen en absoluto a la ciencia-ficción y que harían vana toda
esperanza de revolución, así como de revuelta.
Estos medios existen. Lo que impide que se utilicen son los vie­
jos fondos cristianos, humanistas y democráticos que perduran en
Occidente. En otros sitios, estos medios no existen, y es de temer
que sean aplicados cuando aparezcan, porque los gobiernos respec­
tivos no están, en modo alguno, inhibidos por los frenos morales.
Ahora bien, estas amenazas, probablemente las más importantes,
no encuentran ninguna resistencia, más bien al contrario; la juventud
que se droga es la puerta abierta para el tratamiento químico, con-
formizante. por los poderes públicos. Y mientras millones de hom­
bres se excitan con el problema de la propiedad privada, nadie reac­
ciona frente a la utilización del ordenador para controlar la vida pri­
vada y la concentración de informaciones sociales en bancos de datos.
En este aspecto, ningún partido ni ningún grupo de presión actuará,
y la opinión pública permanece indiferente: es demasiado abstracto.
Pero, en contrapartida, hay que notar que las técnicas actúan también
en beneficio de los revolucionarios. Ellos también pueden tener sus
técnicas de comunicación y de organización. Por ejemplo, conocemos
la técnica del golpe de Estado; Lcnin precisó lo que debía ser la
técnica de la lucha de clases. Los izquierdistas utilizan estos perfec­
cionamientos técnicos en gran número.
Pero, sobre todo, este crecimiento de la sociedad tccnicista pro­
duce a menudo (no siempre, ni forzosamente) un cierto ablandamiento
de las costumbres. Estamos acostumbrados al proceso técnico de ac­
ción, que no es un proceso violento. Los gobiernos de las socieda­
des muy tecnificadas dudarán en utilizar todos los medios que serían
utilizables normalmente, porque la violencia (visible, brutal, animal)
no está en el estilo tecnicista. Esto explica, desde hace veinte años,
la mitigación de las intervenciones gubernamentales. No se emplean
los medios extremos, y cuando esto se produce (Hungría, Checoslo­
vaquia, guerra de Argelia), la conciencia colectiva se indigna. ¿Por
un fuerte sentimiento de justicia o de libertad? No, ciertamente. La
razón es que ya no está acostumbrada a semejante tipo de acción:
la acción técnica puede ser eficaz sin dejar de ser moderada, no vio­
lenta, equilibrada.... y esto es lo que siempre se espera. Así, pues,
la técnica, que proporciona a un gobierno unos medios represivos
importantes, le impide, al mismo tiempo, utilizarlos al máximo.
El segundo aspecto que debemos considerar es la tendencia a la
conformización provocada por la técnica. Hemos visto en otra parte
cómo los técnicos se desinteresan por los problemas políticos B, hecho
que posteriormente han confirmado numerosos estudios. Al técnico
sólo le interesa la eficacia de su técnica y le importan poco el régi­
men o la estructura política. Sólo pide una cosa: racionalidad. Por
este motivo, el técnico es claramente contrarrevolucionario no ideo­
lógicamente, sino por falta de interés. Por tanto, cuanto más se afir­
ma la mentalidad técnica en nuestra sociedad, más se pierde la volun­
tad revolucionaria. Esta es una de las causas más importantes de la
tranquilidad laboral. Ya hemos visto que la voluntad revolucionaria
perdura en los grupos que todavía po se ven afectados por esta men­
talidad, porque no son técnicos, por ejemplo, los estudiantes de De­
recho o de Letras que. por una parte, no ejercen ninguna técnica
verdadera y, por otra, se sienten fuera de la situación y piedra de•

• J. E l lu l : La technique ou l'cnjeit da siécle: Un ejemplo de la integra­


ción por los M. M. C. y de la destrucción de la raíz revolucionaria es la emisión
semanal de TV. alemana “Expedientes no resueltos": la televisión presenta un
asunto criminal completo y se invita al público a ayudar a la Policía a en­
contrar al criminal. A su vez la Policía abre sus expedientes, documentos,
archivos, etc.... Así, treinta millones de telespectadores que forzosamente están
interesados por el juego, se convierten en policías: en el mundo liberal, es
el control de todos por todos, lo que la U. R. S. S. y China han realizado
de modo político-autoritario. El público lo aprueba porque participa y es
reconocido socialmente. Pero agradecimiento y participación son aspectos
indisolubles de la integración y del conformismo.

333
toque de esta sociedad tecnicista en la que, aparentemente, no tienen
sitio. Su violencia aumenta en la medida en que parecen inútiles desde
el punto de vista técnico, en que son los parientes pobres, y, de hecho,
desearían penetrar íntegramente en esta sociedad: es la rebelión del
resentimiento. El técnico no es político. Los discursos de los neomar-
xistas (¡y también los de Marcuse!) que intentan demostrar que todo
es política, no tienen nada que ver con la realidad. El técnico y todos
los que adopten la mentalidad técnica no se interesan por estos jue­
gos. La revolución se convierte entonces en un ejercicio extraño. La
sociedad tecnicista no tiene nada que ver con ella. Característicos son,
a este respecto, los discursos, llenos de buena voluntad, de los “téc­
nicos” a los jóvenes, pero revelan su incomprensión fundamental del
“proyecto revolucionario” . La propia forma de la acción tecnicista,
la manera de plantear los problemas a la que nos ha acostumbrado
la técnica, es precisamente lo que obstaculiza la revolución. Sabemos
que para cada situación de nuestra sociedad existe una respuesta...
técnica. Estamos profundamente convencidos de ello, pero esto es lo
contrario del espíritu revolucionario. Es necesario “resolver un pro­
blema” . Ahora bien, cada problema se sitúa en el propio cuadro téc­
nico: no se puede ponerlo todo en cuestión, no se trata de formular
nuevos valores o de poner nuevas bases, sino de arreglar lo que ya
existe, de encontrar cada vez una solución adecuada: no hay otro
camino para ser coherentes en el fenómeno técnico. Ahora bien, es
este fenómeno el que constituye toda nuestra sociedad. Es absurdo
pretender “salir” de él, pues ninguna acción minoritaria o individual
atentaría contra el fenómeno. La técnica excluye la posibilidad de la
acción individual revolucionaria (salvo en cuanto combate de honor,
demostración espectacular), al tiempo que ofrece los procesos de ac­
ciones colectivas intensas y desmultiplicadas, pero conformes por ne­
cesidad.
Es necesario tener en cuenta este aspecto de nuestra sociedad pro­
vocado por la influencia de la técnica, es decir, el desplazamiento de
las movilidades y de las rigideces. Parece ser que en las civilizacio­
nes anteriores el hombre vivía con un acervo de valores, unas ideas,
unos esquemas, unos comportamientos, unas opiniones que probable­
mente serían limitados, pero que eran suficientemente estables. En

334
contrapartida, el hombre vivía en un medio “natural” (en la natu­
raleza, simplemente), igualmente estable, pero sin ser rígido. La natu­
raleza tenía su ritmo, al cual se adaptaba el del hombre, era relati­
vamente maleable, según el trabajo del hombre. Ahora bien, el medio
técnico no presenta ya estos caracteres. Por una parte, se han creado,
ya lo hemos visto, unas estructuras muy rígidas, fundamentales, di­
fícilmente accesibles y que evolucionan según su ritmo específico sin
ningún tipo de acoplamiento con los ritmos biológicos del hombre por
estar dotadas de gran autonomía. Por otra parte, los valores, las ideo­
logías, las opiniones se han vuelto más fluidos, más pasajeros, más
fugaces. Las filosofías (¡al igual que las teorías científicas!) enve­
jecen una vez formuladas, la moral se ha vuelto relativa o de situa­
ción, las formas estéticas están sometidas a un frenesí devorador de
cambio; ya no hay estabilidad alguna en estas cosas. Todo J o que
es pensamiento c) espiritualidad constituye una especie de nube cam­
biante que vaga sobre la fijeza tccnicista. Es posible, por otra parte,
que ambas cosas estén en correlación, que el hombre quiera a toda
costa fijar su libertad en estos cambios rápidos y vanos, porque no
puede actuar sobre la realidad, la cual, aunque creada por él, le es­
capa y le aprisiona. Es posible que sea la mentalidad de consumo y
de espectáculo que. desde cosas materiales producidas por la socie­
dad tecnicista, se haya extendido a las espirituales. Sea como sea,
esta situación hace que la revolución sea prácticamente imposible.
En efecto, haría falta ensañarse con las estructuras sociomateriales
que resultan de la técnica, pero ya hemos visto cuán estables y rí­
gidas son y qué difícil es penetrar en ellas. Haría falta mayor arrojo,
motivos más importantes y mayores medios. Estos últimos sólo pue­
den ser medios espirituales. Ahora bien, el hombre, en razón de la
propia sociedad tecnicista, está desprovisto de todo esto.
Es necesario poder apoyarse en una verdad inquebrantable para
intentar una revolución, pero precisamente ya no hay ninguna verdad.
Es necesario tener motivaciones ideológicas constantes, pero preci­
samente la ideología cambia con el viento. Es necesario poder ba­
sarse en valores comunes e indiscutibles: todos son discutidos, ya na­
da es común. El análisis de Camús encuentra aquí, a la vez, su veri­
ficación y sus límites. Sin valor que haga renacer la esperanza y que

335
le sirva de punto de referencia, el hombre no puede comprometerse
en la revolución. Pero hay algo que hemos aprendido, y es que todos
los valores antiguos han caducado y que nada anuncia la aparición de
nuevos valores. ¿Podríamos decir que el acto revolucionario consiste
precisamente en crearlos? Es cierto. Pero ¿cómo sería esto posible
en un medio tecnicista que los desvaloriza en cuanto son creados
(salvo aquellos que le sirven, es decir, los valores de conformización)?
Habría que atacar las estructuras al tiempo que se crean estos valo­
res, pero no se las puede atacar en nombre de nada, pues tienen una
notable e indiscutible justificación. El motivo para protestar contra
ellas tendría que ser superior, pero nada es superior a ellas, todo lo
que es estable se les integra; transcendente, pero el último descubri­
miento de los teólogos es que no hay nada transcendente. Quienes
deberían procurar al hombre las más altas razones para batirse y con­
tinuar la búsqueda de su libertad, le han traicionado. De esta forma,
la técnica constituye una sociedad en la que el esfuerzo para hacer
una revolución es, bajo todo punto de vista, intelectual, imaginativo,
vocacional, material, mucho mayor de lo que nunca fue, y en la
cual los motivos y los valores se desploman en pedazos: faltan los
medios, porque éstos están casi integrados o devaluados. Es este des­
arrollo de la sociedad tecnicista el que hace casi imposible empren­
der hoy el proceso revolucionario. El análisis de Touraine según el
cual “la situación puede ser revolucionaria cuando aúna el conflicto
y la crisis, cuando el conflicto no puede ser tratado por el aparato
institucional o por negociaciones; la acción revolucionaria es el en­
cuentro de un movimiento social y de una situación de violencia” ,
es exacto. Pero comete el error de creer que el aparato está en cri­
sis, porque confunde gobierno y estructura político-administrativa,
producción y sistema económico, tecnocracia y sociedad tecnicista
tecnificada: entonces puede considerar con evidencia que h tecno­
cracia está puesta en cuestión, que el poder político no puede ya
responder correctamente a las tensiones, etc. Pero precisamente la
realidad de nuestra sociedad se sitúa en otra parte ? la organización
técnica prohíbe, hoy por hoy, creer en una situación revolucionaria.
Por otra parte, precisamente porque la siente, Touraine, como otros
muchos, se vuelca sobre el papel eminente de la utopía. Aquí todo

336
está permitido, incluso creer que la situación es revolucionaria. Pero
ninguna utopía ha impedido nunca crecer y prosperar aquello con­
tra lo que se lanzaba; ninguna utopía permitirá dominar el proceso
del desarrollo técnico.
Es cierto que la revolución implica la ruptura del contrato so­
cial (como lo analiza muy bien Baechler); pero también aquí hay
que entenderse: este contrato no es el de Rousseau, ni es un simple
acuerdo sobre una forma política; se trata de algo más profundo:
nuestro contrato, en nuestra sociedad, se refiere a la urgencia del
crecimiento económico, a la excelencia de la técnica, a la necesidad
de la organización. Ahora bien, nada, salvo la “contracultura” , pone
hoy esto en duda. Pero la contracultura se caracteriza, sobre todo,
por su inconsecuencia, por su impotencia, y no sobrepasa el estadio
de los desviacionistas que cualquier sociedad produce sin que esto
sea revolucionario en modo alguno.

2. La revolución sin sentido

Tocamos aquí una consecuencia de lo anterior. A medida que


avanzamos, la revolución se hace más necesaria para el hombre cual­
quiera, una revolución que no significa nada. En rigor, podemos en­
lazar aquí con un desarrollo de Decouflé. Este nos dice que para estar
en posición de modelar la historia, el proyecto revolucionario debe
comenzar por integrar, por asumir la historia. Las sociedades en las
cuales la historia no significa nada, las que no tienen consciencia por­
que viven en el nivel mítico, pueden producir revueltas inmediatas,
pero no revoluciones. El proyecto revolucionario va a la par con la
consciencia de su propia historicidad. Así, afirma él, “se pueden dis­
cernir las sociedades de la revolución imposible, porque ésta no sig­
nifica nada ni para las gentes, ni para la masa, ni para el pueblo,
excepción hecha de algunos intelectuales que no son el pueblo” e.•

• D ecouflé : Sociologie de la révolution, 1968, pág. 51.

337
Creo que nuestra sociedad está entrando precisamente en la era de
la revolución sin significado. Pero, si el razonamiento de Decouflé
es exacto, hay que hacerlo a contrasentido: a partir de la ausencia
de significado, se puede constatar (lo que ya hemos hecho) la ausen­
cia de proyecto revolucionario, pero de ahí la ausencia de conscien­
cia de su propia historicidad (y creo, en efecto, que el mundo oc­
cidental pierde el sentido de su historia) y de ahí la entrada en un
universo mítico (y creo, en efecto, que es una de las características
de nuestro tiempo en que el hombre vive cada vez más con ayuda
de mitos 7 no en el sentido vago y banal de esta palabra, sino en su
sentido más preciso y técnico). No obstante, no insistiremos en estos
últimos puntos y nos limitaremos a mostrar la insignificancia de la
revolución para el hombre actual. Claro está que no hablaremos
aquí, digámoslo una vez más, de las revueltas de los pueblos del
tercer mundo, que están llenas de significado, de lucha contra el in­
vasor, contra el hambre, contra las naciones ricas. Hablamos de la
revolución necesaria, de lo que debería efectuarse en la sociedad oc­
cidental para bien del conjunto de los hombres. Ahora bien, ésta no
representa nada que sea visible, que sea inmediatamente accesible.
Es el objeto mismo de la revolución lo que lo implica. El objetivo
borra el proyecto porque este objetivo no es ni claramente disccrni-
ble, ni sensible, ni fácil de definir. Hemos hablado de estruc­
turas rígidas contra las cuales se debería hacer la revolución \ Pero
esto sólo permite comprender hasta qué punto ésta es improbable.
Para discernirlas, es necesario un largo análisis intelectual. En la
misma línea pero mucho más complejo que el hecho por Marx res­
pecto a las estructuras relativamente sencillas del capitalismo de 1850.
El elemento directamente humano en el que se expresaban estas es­
tructuras (miseria y explotación) se borra. Marx tenía todavía a su
disposición un factor de revuelta inmediata en concordancia con el
análisis intelectual: este factor ha desaparecido. La revolución no
puede ya ser instintiva ni puede contar con el entusiasmo. Pero muy
pocos son capaces de proceder a este análisis intelectual y. cuando
se hace, no implica forzosamente el valor del compromiso revolucio-

7 J. E [Link].: “Les grands mythes modemes". Diogene, 1957.


" J. FllCI : Autopsia de la revolución

338
nano. Este análisis se presenta siempre y forzosamente como alea­
torio frente a unos beneficios evidentes de la sociedad existente. El
solo desciframiento intelectual de aquello contra lo que debe hacerse
la revolución no acarrea de ninguna manera el coraje de comprome­
terse. Incluso parece lo contrario: se ha tomado consciencia de la
inmensidad, de la dificultad de la tarca al tiempo que de su realidad.
De esta forma, en la medida en que nuestra sociedad se hace
más compleja, la revolución necesaria se hace, a su vez, más y más
compleja y su objetivo más abstracto. No se dirige ya en absoluto a
lo sensible, a lo inmediatamente visible, a aquello que provoca la ira
o la indignación. Es, por una parte, problema de desesperación y.
por otra, de fría razón. Pero una desesperación difusa, cuyo origen
es desconocido y que, cuando se revela, no parece existir lazo alguno
entre ambos. Marx, al desmontar la estructura capitalista, podía de­
mostrar cómo el fruto de ésta era la miseria. Pero hoy sólo a través
de minuciosos y complicados análisis puede llegarse a la conclusión
de que el hombre desesperado de los tiempos modernos debe su au­
sencia a la insignificancia de la sociedad en que se encuentra, y que
es el resultado de la tecnificación... ¿Quién lo creería? De ahí que
haya una disociación radical entre la revuelta contra lo intolerable y
la revolución, que no “dice nada” , no puede ser sentida como una
exigencia inmediata, como una de esas evidencias fulgurantes en
nombre de las cuales el hombre se compromete siempre. El que no
haya proyecto revolucionario significa que ya no hay objetivo histó­
rico inmediatamente discernible. No hay medida común entre la his­
toria vivida hasta ahora y la que sería posible al recusar esta marcha
necesaria de la tecnicidad. Es imposible asumir la historia y, a la vez.
proyectarse hacia un futuro histórico alcanzable. El problema que
tenemos que resolver se ha vuelto tan abstracto que no presenta ya
interés ni para el hombre ni para nuestra sociedad. Podéis examinar,
por ejemplo, las formas de manipulación del hombre: esto puede
inquietar, pasajeramente, a unos o a otros, pero no provocará una
intención revolucionaria. No se ve contra qué hacer la revolución.
No se sabe cómo denominar al adversario. Cuando se intenta esto, se
formula erróneamente el objetivo, ya que éste jamás puede simplifi­
carse. Decir, por ejemplo, que la revolución debe hacerse contra la

339
técnica sería, en primer lugar, una formulación inexacta, pues cae
por su propio peso que no es precisamente contra la técnica, sino con­
tra las estructuras rígidas de la sociedad tecnicista y tecnificada, lo
que es completamente distinto. Pero ¿cómo haría la distinción un
hombre cualquiera? Sabemos que en todos los movimientos revolucio­
narios ha habido simplificaciones abusivas, pero aquí esto sería un
verdadero contrasentido. Por otra parte, pese a esta formulación sim­
ple, no se arriesga el provocar un movimiento revolucionario, porque
el enemigo queda tan abstracto, tan indiscernible, que no sabe contra
qué o contra quién movilizarse. Ahora bien, es esencial comprender
que la revolución sólo puede hacerse contra un enemigo bien deter­
minado y. normalmente, contra un enemigo humano. Cuando se trata
dé "derribar un orden público, hay un monarca, un gobierno: se co­
nocen los tiranos y exactamente contra quién hay que actuar. Para
que haya una revolución hace falta un nombre que designe al
adversario. La revolución sólo puede hacerse contra alguien. En tiem­
po de Hitler, parecía que la revolución era sencilla. En todo caso,
era fácil movilizar hombres contra él, a pesar del peligro. Pero la
revolución es más complicada cuando se sitúa a nivel económico. No
obstante, sigue habiendo una categoría de hombres contra quienes
levantarse: el explotador. Hay una clase: esto es más difuso, aunque
se llega a personalizarla. Hay un “nombre” posible para este organis­
mo, para este cuerpo, para esta colectividad. Seguramente, se necesita
una propaganda más intensa, más continua, para persuadir a los
hombres de que deben alzarse contra una clase. La encarnación es
más delicada, porque los hombres concretos (el patrono que se co­
noce) no parecen tener siempre los rasgos detestables de la clase...
Pero aquí no hay. evidentemente, nadie que represente la técnica,
que sea responsable de la sociedad tecnicista. Se intenta encamarla
en los burócratas, en los tccnócratas, lo cual falsea radicalmente el
problema. Es un malentendido. Suprimir la burocracia es operar de
una verruga al organismo enfermo de cáncer. No se puede hacer
esta revolución contra nadie. Lo que hay que alcanzar y vencer
no tiene cara. ¿Cómo esperar entonces que los hombres actuarán en
este vacío y en esta abstracción? Nada se impone inmediatamente
a nuestra voluntad de revuelta: si la revolución es necesaria, esta

340
necesidad no es vivida en modo alguno, sólo es posible compren­
derla.
Esta es la razón de que, en las condiciones actuales, no pueda
haber espíritu partisano para esta revolución. La revolución sólo exis­
te en estas condiciones. Se hace gracias a y en función de un espíri­
tu partisano (con todo lo que esto comprende de positivo y de ne­
gativo). El espíritu partisano se caracteriza por la negación del in­
dividuo de en frente en tanto que individuo, para no considerar en él
más que una característica, su clase, su raza, su función, su papel, et­
cétera. En cuanto se empieza a percibir al hombre en el opresor, en
el enemigo de clase, etc., la tensión revolucionaria disminuye. La his­
toria de Enjolras es un cuento. El espíritu partisano se caracteriza
además por la negación o el rcclfazo de los valores positivos que
puede representar la opinión, la doctrina, el comportamiento de aquel
que está “en frente’’. Por esa razón se sabe que la revolución nunca
es “justa". Suprime forzosamente unos valores positivos que hay que
negar, rechazar y borrar, porque están integrados en el sistema que
debe ser abatido. Por otra parte, para constituirse, afirmarse y per­
petuarse. el espíritu partisano supone una "filtración" de las informa­
ciones. Sólo puede acoger las que son favorables a su causa. Aquí,
la propaganda juega un papel considerable al hacerse pasar por in­
formación. Por último, en la medida en que la revolución es forzosa­
mente la acción de una masa más o menos dirigida y encuadrada por
una “minoría activa” , aplasta a otra minoría. El espíritu partisano
consiste en negar la existencia de esta minoría, es decir, en aboliría
mentalmente: se puede hacer la revolución contra ella porque no
tiene ninguna importancia, ninguna significación. AI estar contra la
revolución, ésta no existe literalmente. Así. el espíritu partisano está
ligado al carácter profundamente antidemocrático de toda revolución,
siempre que la democracia consista no en imponer una voluntad sin
límites y sin frenos de una mayoría (real o virtual), sino en respetar
todas las minorías. Estas son. esquemáticamente esbozadas, las ca­
racterísticas del espíritu partisano, sin el cual no puede concebirse
la revolución.
Pero en la revolución necesaria de hoy no puede nacer ningún es­
píritu partisano. No hay que rechazar a ningún individuo, ni que

341
volatilizar a minorías humanas, ni que suprimir ningún valor... No
se puede tener una ideología de partido contra unas técnicas, unas
estructuras, unas influencias abstractas. Es muy significativo el hecho
siguiente. Por doquier, en el mundo actual, constatamos la existencia
de ese espíritu partidista. Se encuentra en los comunistas y en los an­
ticomunistas, en los castristas, maoístas, neo-nazis, etc. Pero este
espíritu no es ya característico de los revolucionarios, ni resorte de
las revoluciones; al contrario, se encuentra entre los más atrasados
de los pseudo-rcvolucionarios, de los que viven en un sonambulismo
revolucionario, en el recuerdo artificialmente actualizado de los gran­
des días de antaño. Es necesario, sin duda, que el espíritu partidista
se encarne, ya que, efectivamente, parece que se trata de una cons­
tante del hombre, que no puede vivir sin tomar partido, sin expresar
juicios, sin excluir, sin condenar... Pero he aquí que lo que hoy
se le propone no puede ya pedirle su espíritu de partido; entonces,
tiene que conservar cuidadosamente un pasado en el que poder soñar
sus aventuras y manifestar un espíritu de partido tanto más agresivo
cuanto que los acusados ya no son más que los retrasados, condenados
de antemano por nuestra evolución. El espíritu partidista se encarna
hoy con más frecuencia en el nacionalismo, y esto hace que a la re­
volución necesaria le falte uno de los factores hasta ahora indispensa­
ble para que una revolución pueda estallar y desarrollarse. Y, con
toda seguridad, si le falta el espíritu de partido, es porque los indi­
viduos no consideran interesante participar en esa revolución. La re­
volución no significa nada para ellos.

En este mismo sentido, un segundo factor juega un papel impor­


tante: se trata de la ideología del progreso. Debemos recordar que
esta ideología y el progresismo al que debemos ligarla son la antí­
tesis de la revolución. “El proyecto revolucionario descarta la idea de
progreso. Esta última aparece como una función homotética y li­
neal de la interpretación de la historia. Participa de un optimismo hu­
manista y racionalista característico en las tradiciones dominantes del
pensamiento occidental que busca en la historia, simultáneamente, la

342
seguridad de una dirección asegurada y el fundamento de un futuro
sin sorpresas. Sólo se vuelve hacia atrás para confirmar su legitimi­
dad en el transcurir del tiempo, la que siempre considera aumentada
desde el momento en que le basta con haber sido para ser y con ser
para continuarse. El progreso no se nutre ni del presente ni del futu­
ro; se limita a abastecerse de lo cotidiano, esencialmente estático. ..
le repugna todo lo que puede alterar su curso y, sobre todo, le re­
pugna la revolución provocadora de desórdenes y portadora de una
posible regresión: y el proyecto revolucionario es lo contrario de este
ideal lineal y expresa un irreductible y total cambio de la vida co­
lectiva hacia un concepto legalista y seguro del sentido de la histo­
ria” , escribe acertadamente Dccouflé, quien recoge y sintetiza de este-
modo las tesis de Sorel, Friedmann y Merlcau-Ponty. Este mismo
autor recuerda en otra parte que, en este campo, existe cierta confu­
sión en el pensamiento de Proudhon, para quien la revolución coin­
cide con el progreso, incluso es su medio principal, la categoría su­
perior. Por el contrario, parece que el revolucionario no puede vivir
en la esperanza de un progreso y que el hombre de progreso no
puede tolerar la revolución. Se trata al mismo tiempo de dos postu­
ras intelectuales y de dos actitudes vitales antitéticas. En el aspecto
religioso, digamos que uno corresponde al moralista y el otro al apo­
calíptico (para el que se ha alcanzado el límite ético, y que vive en
esta situación límite...). Sin embargo, ¿cómo no darnos cuenta de
que lo que ha prevalecido, largamente, masivamente, sin protesta en
el mundo occidental, ha sido el mito del progreso, con sus asociados
felicidad, trabajo, seguridad, crecimiento económico, sentido de la
historia, etc.? Esta victoria es tan aplastante que nadie se percata de
su gravedad, que quien, en cualquier campo, pone en duda el pro­
greso es considerado como un amable bromista, que vivimos bajo
la fórmula “no se detiene al progreso", que el partido comunista se
ha adaptado a él creando el progresismo n. sin pararse a pensar, si-*

* Fs importante rcco'da; lo que Níei Icau-Ponly escribía sobre el progre­


sismo: “Fl sentido marsista de la palabra progresismo es. sin duda alguna,
equívoco: es progresista el que. en su especialidad y con plena conciencia
política, piensa y actúa de una manera que sirve a ¡a revolución proletaria.
I.a idea de un partido progresista, es decir, la inconsciencia organizada, es

343
quiera un minuto, en el hecho de que la idea dialéctica de la revolu­
ción no corresponde jamás a un progreso hacia un orden social más
humano. Pero es obvio que para el P. C. la táctica prevalece infini­
tamente sobre todo lo demás. Y la táctica supone que se utiliza
la creencia en el progreso. En estas condiciones, ¿cómo esperar no
ya que pueda estallar una revolución, sino que la revolución necesa­
ria pueda provocar y comprometer, siquiera sea débilmente, a unos
hombres que fueran capaces de poner en entredicho radicalmente el
progreso y la entrada en la civilización de la felicidad? Porque se
trata de una revolución contra las estructuras de la sociedad tecni-
cista. Ahora bien, esta sociedad nos promete (y ya ha cumplido en
gran parte sus promesas) el paraíso en la tierra. ¿Quién rechazaría
la felicidad? ¿Quién no busca ese paraíso que engloba tanto el pro­
greso material como el desarrollo moral, puesto que, palabra de ho­
nor, cuando el hombre sea feliz, será bueno, ya que el crecimiento
económico origina las condiciones de la justicia, y la técnica es la
garantía de la libertad, etc.? ¿Quién estaría tan loco como para negar
estas evidencias? ¿Qué más se puede pedir? ¿Qué pretendéis con­
seguir? El futuro feliz está ahora garantizado no por una revolución,
sino por el progreso en el que estamos ya sumergidos, y que. al
menos, nos ha dado ya innumerables pruebas de su éxito (no así la
revolución). Si la meta del hombre es el paraíso en la tierra (es de­
cir, la felicidad), le basta entonces con dejarse llevar por el progreso
técnico. No cabe la menor duda ,0. Por supuesto, se reconoce que no
todo es perfecto, pero el progreso se encargará de resolver el proble­
ma. La técnica es creadora de nuevos valores que son compartidos
por todos, al mismo tiempo que se comparte también el progreso. En
cuanto a los valores en cuyo nombre se debería desencadenar la re­
volución, ya hemos visto cuál ha sido su suerte: es precisamente la
propia técnica la que provoca su eliminación y, lo que es más. el
progreso les deja sin contenido para asimilarlos como simples pa-*10

una creación humorística de la fase reciente” ([Link] aventures de la dialec-


tique, 224).
10 Es por lo que se trata de conciliar a los dos. hablando de la revolución
simplemente como si se tratara de un acelerador del progreso ; o bien
el juicio contra los alborotos de mayo recae justamente en este punto:
¿para que sirven? La reacción electoral es una reacción del mito del progreso.

344
labras. Así, pues, en la medida en que el progreso se ha convertido
en valor, toda revolución aparece sin sentido ante el hombre occiden­
tal contemporáneo. Es muy bonito rebelarse contra la sociedad de
consumo, pero, en definitiva, es para adaptarse mejor a una sociedad
tccnicista de progreso. En la medida en que la revolución necesaria
se opone a esa facilidad que el progreso técnico otorga al hombre,
en la medida en que pone en juego la satisfacción de ciertas necesi­
dades convertidas en vitales por costumbre y persuasión n . en la
medida en que rechaza el avance demasiado evidente hacia ese pa­
raíso, la revolución necesaria no tiene ninguna probabilidad de éxito.
El mito del progreso ha matado el espíritu revolucionario y la po­
sibilidad de una toma de conciencia de la actual necesidad revolucio­
naria. El peso que hay que levantar es demasiado pesado. El hombre
tranquilo, seguro de que la técnica le proporcionará todo cuanto pue­
da desear, no ve la razón para hacer otro esfuerzo que no sea el fa­
cilitar este desarrollo técnico, ni por qué habría de lanzarse a una
aventura incierta y dudosa.

Quisiera hablar de un último aspecto de esta imposibilidad re­


volucionaria. Nadie se extrañará si se trata del “leitmotiv” en que
se ha convertido el lenguaje. Para que una cosa tenga sentido para
el hombre, tiene que ser hablada. La palabra es la que revela un sig­
nificado, pero también la que da un significado. Para que esto sea
posible, es preciso que el lenguaje utilizado por la palabra tenga un
peso específico, una estructura no solamente objetiva, sino tal que
pueda soportar esta palabra renovadora c incluso que el lenguaje esté
cargado de sentido. La palabra ha desempeñado siempre un papel
considerable en las revoluciones. Ella ha sido la que ha llevado cada
vez al hombre a una aprehensión nueva de la realidad, la que ha
aclarado esa realidad y la que ha expresado bruscamente, para el

!l Es importante subrayar que esta revolución necesaria, al volver a poner


en cuestión la satisfacción de algunas necesidades, va en cont-a de la revolu­
ción tradicional, ya que esta última tenía por meta el satisfacer las necesida­
des irreprimibles. Pero no eran las mismas.
hombre, la vida que vivía y la acción que había que emprender. Ya
hemos dicho que. en la medida en que la revolución necesaria es
abstracta, mediata y poco evidente, el papel de la palabra es todavía
mayor. En realidad, esc papel sería' decisivo. Efectivamente, sólo
la palabra podría hoy no solamente explicar el sentido de lo que
debe vivirse, sino también describir de manera sencilla la situación
en que se encuentra el hombre, incapaz de descubrirla por sí mismo.
Por último, recordando lo que ya hemos dicho a propósito de la nece­
sidad de consciencia, la palabra también es esencial en esto. Pero
¿qué es lo que vemos? La impotencia generalizada de la palabra, la
falta de significado del lenguaje, la incapacidad de transmitir cualquier
cosa verdadera, decisiva, por este procedimiento. A nivel vulgar, esto
se traduce por el lugar común "No más palabras, sino hechos". Al
mismo tiempo, se habla de cualquier cosa. Se puede escribir y decir
las más exageradas audacias, porque ya no significan nada real. En
la sociedad tecnicista no hay sitio para el lenguaje; éste se ha des­
valorizado totalmente. Por ello ha podido tomársele como objeto de
estudio (se le ha hecho la autopsia, porque está muerto) y como cua­
dro de referencia en el estudio científico de las sociedades (porque
se ha convertido en pura forma sin que importe el contenido). En
estas condiciones, se comprende que la relación palabra-revolución
haya cambiado por completo. Se comprende que los que tienen un
sentido agudo de la revolución, incluso a nivel de la revuelta, teman
sobre todo que se hable siempre de la revolución (¡lo que estamos
haciendo!), ya que hablar de ella con un lenguaje sin significado quie­
re decir exactamente que se hace de la revolución un objeto de con­
sumo como los demás, se la sitúa en la civilización del espectáculo,
que es lo que hacen nuestros utopistas modernos. Es verdad que
hablar de la revolución con esta facilidad es dársela como pasto a
todos los antirrcvolucionarios. quienes tienen consciencia de ello y
están convencidos de que participan en este valor adquirido en que
se ha convertido la revolución... "¡No era más que eso!” Emplear
un lenguaje incapaz de convertirse en palabra activa, decir una pala­
bra necesariamente muerta por estar englutinada en lo cotidiano de la

C'f. “la banali/ación Je la r e v o l u c i ó n " , e n Autopsia tic lu revolución.

346
técnica, es impedirse hablar de la revolución. Pero, entonces, nos en­
contramos con otro dilema. Si no se habla de revolución, no llegará
nunca. Ya que la vida cotidiana no tendrá nunca ese sentido que co­
loca al hombre ante la exigencia revolucionaria. Esto sólo se puede
hacer por la palabra. No habrá nunca toma de conciencia. La em­
presa más contrarrevolucionaria es la que contribuye a desvalorizar
este lenguaje y la que impide que la palabra viva y vivida explote.
En este movimiento participan prácticas como la propaganda (cuyo
carácter antirrevolucionario ya hemos visto, cualquiera que sea su
contenido) y teorías científicas que utilizan el lenguaje como medio
de interpretación general, formulando sus estructuras de manera tan
precisa y rigurosa, que el lenguaje no tiene utilización explosiva al­
guna, y no queda intersticio alguno por donde pueda pasar la palabra
activa: ésta queda siempre apresada por la congelación de la teoría.
La palabra se hiela en el cuadro demasiado racional que le asigna la
inteligencia so pretexto de analizar simplemente lo que es. Pero frente
a esta doble acción se sitúa la afirmación desesperada según la cual
todo se sitúa, finalmente, a nivel del lenguaje (de hecho, esta postu­
ra. que aparentemente es la inversa de la anterior con relación a la
revolución, no es más que su continuación). Hay. entonces, una rc-
valorización del lenguaje: en primer lugar, la revolución es. debe ser.
lenguaje. Este es entonces el centro, el nudo, la esencia de todo: se
convierte por sí mismo en objetivo. Es tratado como si tuviera en sí
una realidad independiente de su inserción en una sociedad y fuera
utilizado por determinados hombres de una clase, de una profesión.
Este lenguaje se toma no solamente como objeto de reflexión (lo
que es normal y antiguo), sino como realidad equivalente a toda la
realidad social o humana. Lo engloba todo porque todo lo dice. A
nivel de la revolución, esto nos conduce a una situación delirante en
que, si bien el lenguaje es objeto y realidad en sí. la revolución en el
lenguaje es simplemente la revolución. Es la revolución verbal. H a b e r
cambiado el lenguaje, desintegrado sus formas, descuartizado sus sig­
nificados, haber hecho estallar las palabras, hablar por onomatopeyas.
asociar términos delirantes, es haber hecho la revolución: puesto que
se ha rcvolucionadio el lenguaje ordinario (se le ha trastornado), se
piensa, por una parte, que una palabra ha podido pasar a través de
la espantosa mezcolanza servida al publico en poemas, obras de lea-
tro. etc., y, por otra, que puesto que el lenguaje es la realidad ente­
ra. ésta se ha revolucionado.
Este fue ya el gran reproche que pudo hacerse al surrealismo.
Cuando, en los años veinte, los surrealistas, con gran clarividencia,
comprendieron que era imposible llevar a cabo la revolución necesa­
ria, proceder a una puesta en cuestión verdadaa. terminaron por poner
en cuestión el lenguaje. Estaban convencidos de que revolucionaban la
realidad trastornando lo que la expresaba y transmitía y que logra­
rían. por su experiencia del lenguaje, una sobre-realidad que repercu­
tiría en lo real cotidiano, lo real conformista, lo real social, y lo tras­
tornaría. Intentaron hacer explosiva la situación banal desintegrándola
por el choque con un lenguaje desintegrado. Desgraciadamente, era
dar demasiada importancia a este lenguaje, asignarle un papel que no
podía tener y contribuir, de hecho, a su falta de significado, es decir,
hacerle un poco más incapaz, un poco más impotente para dar. senci­
llamente. cuenta de la realidad a la vista de una toma de conciencia
no explosiva, sino razonable (y para ser revolucionario en este mundo
no hay que ser. justamente, sentimental, exaltado, sino exacto y razo­
nable...). El lenguaje les sirvió entonces de sustituto en lugar de ser su
servidor. Este movimiento, inaugurado entonces con fuerza y seriedad,
no ha hecho más que proseguir. No es casualidad que los estudios
científicos, comprometidos o no. sobre el lenguaje, se efectúen en los
medios de izquierdas; éstos sí que están comprometidos y son “revolu­
cionarios''. Es el refugio de su mala conciencia, su medio de justificarse.
El discurso sobre el lenguaje es siempre el sustituto de todo lo que no
es. La importancia que se da actualmente al estudio del lenguaje no es
otra cosa que la manifestación de la impotencia para la acción. Pero,
realidad minada, él no es precisamente la realidad, resulta cada vez más
distante respecto a ésta a medida que se hace autónomo; es decir,
que la revolución necesaria no tiene ya modo de expresión alguno,
ninguna posibilidad de significarse verdaderamente. ¿Cómo puede el
hombre moderno descubrir en ella un sentido si no se le dice? ¿Y cómo
se le puede decir en un lenguaje que. por arriba y por abajo, por la
teoría y la banalidad, ha acabado por disolverse?

348
Esto nos remite a lo que escribíamos sobre la “banalización” ,:t:
la hinchazón de las palabras es el signo de la inexistencia de la pa­
labra y de la irrealidad del hecho. Pero la hinchazón de las palabras
revolucionarias, esta inflación, ese delirio verbal que nos caracteriza
es un acto. Hoy por hoy. es el acto anturevolucionario por excelen­
cia. Seguramente, la fórmula más estúpida para calificar los dis­
turbios de mayo de 1968 fue: “Han tomado la palabra como se
toma de Bastilla.” Se necesitó la confusión mental de un Glucksman 11
para ver en esto el acto revolucionario por excelencia. Su descripción
es cómica en alto grado. En una sociedad bloqueada, donde todo se
contabiliza, los estudiantes tomaron el poder porque hablaron. “El
escándalo inaugurado en mayo fue perfecto: se ha hablado sin con­
tar: a todos los niveles, los productores han especulado con palabras,
mientras que los especuladores sin frases no podían ya decidir sobre
el destino de tal o cual trabajo...'’ Desgraciadamente, éstos no son más
que juegos de palabras. Pero cuando pretenden ser la revolución,
revelan lo que son: la mistificación por excelencia por la justifica­
ción de la impotencia, por la transformación verbal de una lamentable
derrota en triunfo. Tal es el sentido de este diluvio verbal, tributario
tan sólo de la célebre reflexión de Zazie en el metro.

¡Henos, pues, en presencia de la insignificancia de esta revolu­


ción! Cogidos entre su grandeza y la imposibilidad de transmitirla,
de hacerla comprender. Cogidos entre la necesidad de que sea acto
consciente para ser verdaderamente la revolución de esta sociedad y
la incapacidad de despertar esta consciencia por el lenguaje. Es más.
estamos cogidos por un dilema aparentemente insoluble: si la revo­
lución ha de ser consciente y debe emplear medios coherentes con la
consciencia, esos medios serán forzosamente técnicos y. por lo mis­
mo, reforzaremos por otro camino el sistema tccnicista, que solamen­
te será orientado de otra manera, pero que conservará sus caracteres.
El proyecto revolucionario se inscribe en el interior mismo de esta*

u J. Eu .UL: Autopsia <!<■ la revolución.


“ G u cksw an : Stratégie rt révohttion en France. 1968

349
sociedad que debe ser cambiada precisamente porque es totalitaria
en el sentido de asimiladora y unitaria. La misma revolución acaba
por servirla. Al llegar al fondo del encarcelamiento, es fácil compren­
der por qué no puede el hombre adherirse a ella, puesto que ya no
significa nada.

3. La imposibilidad de cumplir las condiciones


necesarias

Nos queda por decir, en esta descripción de las imposibilidades


de la revolución, por qué nos parece altamente improbable que algu­
nas de las condiciones indispensables de la revolución puedan reali­
zarse en las condiciones de vida de nuestra sociedad. La primera es
la alianza entre la espontaneidad y la teoría. Siempre ha sido difícil.
Actualmente, no se comprende cómo podrían unirse la revuelta po­
pular directa y la revolución pensada, voluntaria, consciente. La con­
tradicción es mayor que antes: hay antinomia. Es demasiado fácil
escribir, por ejemplo: “Aceptar que el acto excluye la reflexión es
admitir implícitamente que la reflexión no tiene objeto. Como el hom­
bre no puede prescindir de ella, esto equivale a entregar el campo de
la reflexión a los mistificadores y a los ideólogos de la reacción. Acep­
tar que la espontaneidad y la organización se excluyen mutuamente
es entregar el campo de la organización a los burócratas. Aceptar
que racionalidad e imaginación se excluyen es no haber comprendido
a ninguna de las dos.... si la revolución socialista puede avanzar, no
es 'haciendo la síntesis’ de estas antinomias o 'sobrepasándolas'.
Hay que destruir el terreno donde surgen inevitablemente. (¡Me gus­
taría que me explicaran lo que esto significa prácticamente!) ¿Podrá
la sociedad humana efectuar este paso? No lo sabemos...; solamente
la acción en esta dirección tiene sentido” 15... ¡Henos, pues, vueltos
a la acción! Todo esto es fácil de escribir (y, por otra parte, correc-*I

“ C oudray : La révoluiion anticipée, en La Breche. S artrf.: Simal ions


II et III.

350
to); pero ¿qué contenido tiene? La referencia al socialismo y a la
acción no nos incita a tomarlo en serio, y, sin embargo, es lo más
exacto que he leído, ya que, por lo menos, se plantea la cuestión
mejor de lo que lo hiciera Same, puesto que la contradicción no se
sitúa donde él la había visto en relación con el P. C. En una sociedad
tccnificada, la espontaneidad, según el esquema que se nos presenta,
será forzosamente irracionalidad, desbordamiento de las fuerzas vi­
tales incontroladas, y, justamente porque se dirige al exceso de ra­
cionalización, “debe" ser esto. Ya no hay concordancia entre una
revuelta contra la injusticia y una doctrina de la justicia, por ejemplo.
La espontaneidad recusa lo absurdo de la organización hundiéndose
en un absurdo, recusa el “desorden establecido” hundiéndose en el
desorden (ya que, al fin. no hay que creer que. en nombre de la
idea de que el orden establecido es un desorden, el desorden en la
calle, la falta de control, el marasmo sexual y social sean un orden),
recusa también la ausencia de significado de nuestra civilización vi­
viendo una ausencia de significado de la vida. Esta espontaneidad no
lleva en sí nada creador, nuevo ni vivo. Solamente lo grotesco.
¡Esta parodia de vida del Living Theaíer, esta parodia de crea­
ción de los carteles en la Sorbona! Pero la parodia que se da por
lo espontáneo es el colmo de lo artificial. Es justamente a esto a lo
que nos conduce la sociedad tecnicista: lo espontáneo es lo artificial.
Los medios más adulterados son los que hacen de lo espontáneo la
exigencia revolucionaria; pero no son solamente la incertidumbre y
la precariedad de la espontaneidad las que están en juego, sino la
desconexión entre los deseos, las necesidades del hombre de la socie­
dad actual y la búsqueda revolucionaria. ¿Cómo hacer entrar en una
doctrina revolucionaria el deseo del hombre cuando éste está total­
mente moldeado por la publicidad y por las costumbres de consumo?
Es muy bonito protestar contra la sociedad de consumo, pero se llega
demasiado pronto a la convicción de que algunos odiosos capitalis­
tas nos precipitan en este infierno por maquiavelismo. Si se sigue
este camino, no es por amor al beneficio, sino realmente porque a los
hombres les gusta consumir cada vez más, tener bienes siempre nuevos,
y no hay que hacer grandes esfuerzos para encaminarles hacia esta
sociedad. Pero ¿cómo podría encontrar su sitio en una acción revolu­

351
cionaria el deseo manipulado que se añade a esta espontaneidad? In­
versamente, la doctrina es también difícil, si no imposible de realizar.
Ya hemos visto que la prodigiosa complicación de todo organismo so­
cial prohíbe este acercamiento. Los que tratan de hacerlo, escriben
generalidades a las que se pueden oponer, de inmediato, hechos con­
tradictorios. Según esto, pretender conseguir un pensamiento revolu­
cionario no puede presentarse ya como una teoría de la sociedad, ni
siquiera como una doctrina global. Se sitúa a nivel de las opiniones.
Pero, precisamente, la forma actual del pensamiento nos ha acostum­
brado a desconfiar de las opiniones, ya que estamos imbuidos de ra­
cionalidad, de cálculo, de pruebas, de pensamiento técnico, o de lo
que Marcuse llama el “pensamiento positivo” . De ahí que una doc­
trina revolucionaria no pueda ya aparecer como verdaderamente fun­
dada a los ojos de los hombres de la sociedad occidental. Ya no
están convecidos. Sólo se puede intentar influenciarlos desde el exte­
rior, por medios de acción psicológica. Precisamente recaemos en lo
que parece inaceptable: la propaganda, que, por esencia, es contra­
rrevolucionaria (en relación con la sociedad tecnificada), ya que des­
truye la personalidad, sobre la que debe recaer el destino de la re­
volución. Y, sobre todo, debido a la imposibilidad de un trabajo
científico para fundar el pensamiento revolucionario, se hace imposi­
ble trazar un límite entre lo que es pura ficción, utopía, sueño, en las
proposiciones de un grupo revolucionario, y lo que es verdadera doc­
trina, basada en una constatación exacta, pero cuya exactitud no pue­
de ser garantizada (ya que es el resultado de una intuición). Y com­
prendemos hasta qué punto las condiciones de la situación actual pue­
den minar en su base toda pretensión de formular la doctrina nece­
saria y de conjugar doctrina y espontaneidad. Se comprende a los
que quieren fiarse del puro instinto ,B.

“ El excelente libro de Gorz (Reforme ¡<t révohtfion, Seuil, 1969) revela


la dificultad en que actualmente nos encontramos para pasar de la doc­
trina a una acción revolucionaria. No se deja subyugar por la apariencia
de una agitación política y plantea el problema en profundidad a nivel eco­
nómico, para, finalmente, no dar la respuesta, pero no deja muchas esperan­
zas sobre los resultados de una nueva estrategia obrera. Su estudio coincide

352
Encontramos el mismo problema con el fenómeno de concien­
cia. ¿Cómo podría nacer la conciencia revolucionaria en una socie­
dad cuyo único objetivo es entorpecer la conciencia? No pensemos en
maquiavelismos. No se intenta abortar el nacimiento de esta conciencia;
lo peor es que esto se lleva a cabo con el apoyo y la plena conformi­
dad del propio individuo; que se habla continuamente de toma de
conciencia y de querer despertar al hombre hacia otra conciencia,
digamos que hacia la conciencia feliz y racional. Hoy es más difí­
cil que nunca tomar conciencia, porque nuestra sociedad, salvo cier­
tas lagunas en ella existentes, proporciona más satisfacciones que
cualquier otra. Es tan satisfactoria que las sociedades socialistas se
apresuran a imitarla..., y no es consecuencia de un error doctrinal
ni de un revisionismo...; ello se debe a que el modelo propuesto
parece corresponder a lo que el hombre desea. Estamos en un uni­
verso de satisfacciones inmediatas, de trabajos regulares, de conti­
nuidad, de reducción de los contratiempos y de los accidentes. Va­
mos hacia un universo donde todo debería funcionar como en una
balsa de aceite. El hombre de hoy está siempre dispuesto a escan­
dalizarse “cuando algo no funciona” . Nada de excesos, nada de irra­
cionalidad: dan seguros indefinidamente, ofrecen garantía, y debe­
mos tomar conciencia de una locura fundamental, pero abstracta y
lejana, un peligro radical, pero aún desconocido: el peligro de la
guerra atómica. El peligro de la desaparición del hombre por la
manipulación psicológica y por la supresión total de su libertad. Pero
él ve que puede utilizar su libertad mejor que nunca. El automóvil
es un instrumento de libertad — hasta el accidente— ; pero el acci­
dente es hipotético, y el automóvil es una realidad presente, concre­
ta y exaltada. Es la correspondencia exacta entre el deseo de eva­
sión, el deseo de potencia y la deificación de la mecánica por la
publicidad. ¿Cómo parangonar ambas cosas? ¿Cómo tomar concien­
cia de que tanto el automóvil como la TV son instrumentos pro-

con el de Chombart de Lauwe, a propósito de la necesidad de pensar la estra­


tegia obrera, no a nivel de las reivindicaciones de la miseria, sino al de las
aspiraciones hacia una nueva sociedad. Solamente que esto no puede con­
ducir más que a reformas, por una parte, y a revueltas, por la otra: la re­
volución se desvanece...

353
píamente demoníacos? 1T (Al escribir esto, sé que, inmediatamente,
ia mayor parte de mis lectores dejará de tomarme en serio.) Pero,
justamente, es de esta toma de conciencia de lo que se trata. Si con
respecto a objetos limitados que comportan peligros experiincntal-
mentc evidentes, aunque hipotéticos, permanecemos en la duda, en
la expectativa, no nos convencemos y seguimos utilizando el auto­
móvil como si no fuera un peligro mortal y la TV como si no fuera
destructiva psíquicamente, entonces ¿cómo pretender que tengamos
conciencia cuando se trata de peligros mucho más lejanos y difusos,
cuando los atacados son la libertad o el individuo? (En seguida apa­
rece en mí la objeción que rechaza la conciencia: ¿Qué es la liber­
tad? ¿Qué es el individuo? ¿Cree usted que existía antes el indivi­
duo? ¿La libertad?, etc.) Las ventajas son evidentes, los peligros muy
generales y lejanos y los valores inciertos. Así, pues, ¿de qué hay
que tomar conciencia? Nadie sabe exactamente cuáles serían los efec­
tos del empleo masivo de las bombas de hidrógeno. Nadie puede
afirmar nada sobre las consecuencias que pueda tener la TV. Nadie
puede medir el grado de pérdida de conciencia de sí mismo, de des­
aparición del sentido de la vida y de la muerte; nadie puede probar
el exceso de asimilación y de integración... ¿De qué tomar concien­
cia, entonces?
Así hay que considerar que la conciencia de la alienación no es
en ningún modo creadora de conciencia revolucionaria, sino de un
impulso a la revuelta. Esta alienación, de la que se habla en todas
partes, no es ya de la que Marx hablaba, y apenas si se tiene conciencia
de la verdadera alienación (por el crecimiento tecnicista). Lo que
hoy se llama corrientemente alienación es la falta de interés por el
cuerpo social, por las tareas comunes, y un aumento paralelo de
las formas pueriles del individualismo, de la preocupación por uno
mismo y de la propia “alma". En Occidente se llega a la asombro­
sa situación de exigir cada vez menos al individuo y. gracias al cre­
cimiento tecnicista, disminuyen efectivamente las frustraciones eco­
nómicas favoreciendo el espíritu de agresividad por un egocentris­
mo etiquetado de conciencia política de la alienación. Sin duda al-

,T Naturalmente, en el sentido del Daimon de Sócrates.

354
guna, una postura revolucionaria actual no puede ser más que el
l'ruto de un esfuerzo consciente. ¿Hacia qué? ¿Sobre qué? Si se re­
chazan las fórmulas huecas, se da uno cuenta de que todo se nos
escapa rápidamente de las manos y de que esta conciencia que es
pensamiento, razón y rigor sólo puede ejercitarse en lo general, en
lo abstracto, en lo hipotético. Todo lo que no pertenece a este orden
está incluido en el sistema experimental, eficaz, concreto, cierto, ra­
cional (aparentemente) en que vivimos, contra el que el orden re­
volucionario está llamado a protestar. ¡Qué desmedida! ¡Qué pocas
probabilidades! Y es una débil esperanza el que esta toma de con­
ciencia se lleve a cabo a partir de la Universidad, ya que si en la
Universidad se puede crear cierto espíritu crítico, éste no pasará de
la crítica inmediata y forzosamente se situará dentro de las alterna­
tivas propuestas por la sociedad existente. Es cierto que los profe­
sores pueden muy bien no ser conservadores, pero siempre con res­
pecto a un orden social superior (es decir, actualmente, el socia­
lista). Por el contrario, son los depositarios, los defensores, los
programadores del espíritu científico que, precisamente a causa de
sus cualidades, es lo que impide desde el principio la pretensión de
elaborar una doctrina revolucionaria total, y la toma de conciencia
de algo distinto de lo inmediatamente comprobable. Tal vez con una
elegante pirueta, el universitario proclame: “Sí, soy utopista, la uto­
pía está muy bien." Esto sustituye al antiguo idealismo. Ya sabemos
dónde nos condujo esto, y. para colmo de ironía, es la propia so­
ciedad la que nos induce a compórtanos como ciudadanos cons­
cientes. es ella la que reclama nuestra crítica (aunque siempre en
un campo preciso y limitado), es ella la que se considera animadora
de la crítica... “Sed ciudadanos conscientes.” Toda la propaganda
se basa en este slogan. Y, mientras tanto, el mecanismo de la in­
formación, por su simple existencia, nos hace vivir en un mundo
de imágenes ilusorias que confundimos con la realidad. Para ser
lúcido en la vía revolucionaria, no basta hoy con tomar conciencia
de la condición en que la sociedad nos sitúa, de su carácter into­
lerable y de que esta condición es lo bastante común (la de una cla­
se) para poder servir de punto de partida a una revolución... Hay
que tomar conciencia de la globalidad del fenómeno de la civiliza­

355
ción técnica, que incluye en sí la imposibilidad de tomar conciencia
verdadera de la situación y, por consiguiente, de actuar con plena
lucidez.

Debemos ir más lejos: Marx vio perfectamente que la revolu­


ción debe ser global o. de lo contrario, no es nada. Desde el mo­
mento en que se adopta la idea de la revolución en un solo país, li­
gada al mantenimiento del Estado, no hay nada que hacer. El pro­
blema hoy es mucho más amplio, ya que no se trata solamente de
una revolución que debe ser internacional porque el capitalismo es
internacional. Si debe serlo, es porque nuestra civilización occidental
se ha convertido en mundial (recordemos que es esta idea la que
nos lleva a reconocer la poca importancia de las revoluciones del
tercer mundo). Es un primer obstáculo, pero no el más grave. La
globalidad de la sociedad tecnicista hace imposible la pretcnsión
de una revolución parcial, que alcanzase al Estado, respetando la
productividad, la propaganda, manteniendo la enseñanza, o la forma
capitalista, respetando el automóvil... Todo está estrechamente re­
lacionado; cada detalle no es un lujo, algo superfluo ni una pieza
indiferente. Todo elemento está estrictamente integrado en el siste­
ma. No hay “adiaphora” . Nada es neutro. Todo sirve al conjunto.
No hay piezas despreciables, o, más bien, dado que esta sociedad
no está acabada, cuanto más evolucionamos, más las piezas hasta
ahora despreciables son eliminadas o integradas, cargadas de un po­
tencial activo. Uno de los grandes méritos de Marcase es haber
demostrado la profundidad de esta integración en el inconsciente
y cómo de este conjunto ,s depende el pensamiento filosófico y aun
el científico. Todo está coordinado. Tanto que no se puede poner
en cuestión un objeto sin poner inmediata e implícitamente en juego
a la sociedad entera. El problema que se plantea, casi insoluble, es
el de saber cómo atacar a semejante conjunto, ya que si nos acan­
tonamos en cierto terreno. la dificultad estribará en que qucdarc-

fsto ha sido demostrado perfectamente r or Roszscz: Nacimiento ¡i,- una


comraatlntra.

356
mos rápidamente bloqueados. Se tiene la impresión de que funcio­
nan sistemas de alerta que separan a los sectores en cuanto estos se
revolucionan. O de que hay una especie de reacción espontánea para
fagocitar al cuerpo extraño que viene a modificar el equilibrio social.
Esto es lo que liemos visto cada vez que estallaba un movimiento
revolucionario. El peligro está en creer que. porque esta sociedad sea
global, basta con atacarla en un punto para alcanzarlos a todos.
Realmente, hay que considerar lo contrario: es necesario atacar glo-
balmcnte para alcanzar el detalle que nos choca, nos golpea, nos
rebela. Protestar contra la bomba de hidrógeno sin atacar al con­
junto de la sociedad tccnificada no sirve más que para tranquilizar
la conciencia.
Este fue el error de los estudiantes, en 1968. que pensaban hacer
la revolución total y tan sólo hicieron un ataque sectorial. Atacaban
a la universidad, pero sus motivos eran más profundos, su malestar
más global, lo que querían era atacar a la sociedad. Pero nada les
preparaba ni les predisponía para ello, solamente el ser la clase jo­
ven. Era a todas luces insuficiente. Su “revuelta" sectorial, acanto­
nada en la institución universitaria, que al fin y al cabo Ies per­
tenecía. podía tener éxito. La revolución hubiera tenido lugar den­
tro de los pequeños límites tolerados por el cuerpo social y habría
habido cambios radicales en la Universidad. Pero esto habría sido
rápidamente acantonado (un sector rodeado por todas partes) o bien
fagocitado (dando la sociedad la vuelta a la situación y utilizando a
su favor a la nueva Universidad revolucionaria). Temiéndose esto
de un modo intuitivo, los estudiantes quisieron llevar la revolución
en su conjunto. Pero si eran capaces de lograr una revuelta sec­
torial, no tenían medio alguno para ir más allá. Por ello, a causa de
la confusión entre revolución sectorial y revolución global, perdie­
ron la primera.
Hemos hablado antes de los pequeños límites dentro de los que
un movimiento revolucionario puede ser tolerado por nuestra so­
ciedad. Efectivamente, la sociedad tecnificada ofrece la posibilidad
de empresas revolucionarias localizadas. Tal fue la empresa comu­
nitaria Barbu, en 1945. Cuanto más tecnificada está la sociedad,
mejor las soporta y las tolera. Es más. hasta las supone. Una so-

357
cicdad semejante no podría progresar de manera puramente racional:
se atascaría en seguida. Necesita siempre sangre fresca, una nueva
aportación que la permita avanzar en el sentido de una nueva ra­
cionalidad más profunda y completa. Es algo que Marcuse no ve
cuando piensa que hay contradicción entre la racionalidad y la irra­
cionalidad de esta sociedad. Necesita la aportación de iniciativas ex­
plosivas, una contestación vivaz y aun el mantenimiento de un des­
equilibrio irracional para poder desarrollarse en tanto que socie­
dad racional tccnificada. De ahí que esté dispuesta a acoger el im­
pulso revolucionario. Es en Suiza donde los revolucionarios encuen­
tran siempre un asilo. ¿Porque es un régimen más liberal que los
demás? No, sino porque es una sociedad más segura de sí misma,
más equilibrada, más técnificada. Así, la separación de los pequeños
límites entre los que puede situarse el juego revolucionario será tan­
to mayor cuanto más segura esté la sociedad y menos probabilidad
tenga de hundirse en el choque. El rigor del stalinismo y del hitle­
rismo provienen de la inseguridad de una sociedad en la que la tec-
nificación o no está muy desarrollada (como en el primer caso), o
bien sufre una mutación considerable (en el segundo). Esto nos lleva
a la convicción de que la acción revolucionaria en sí no significa
nada en una sociedad altamente técnificada. Hay que elegir el te­
rreno sobre el cual esta sociedad no pueda absorber el movimiento
o utilizarlo en beneficio propio y, a partir de ahí, sería necesario
atacar a todos los sectores al mismo tiempo; pero ¿quién puede em­
prender una revolución global de ese tipo en el momento en que
nuestra vida cotidiana está tan acaparada por los trabajos y los jue­
gos que esta misma sociedad nos proporciona?
¿No habría también que considerar que si, hoy por hoy, existe
una revolución con respecto a la sociedad occidental, no puede ser
más que permanente? El problema parece ser bien conocido, y des­
de hace mucho tiempo. Ni la acción, ni siquiera la palabra, han sido
inventadas por Trotsky o por los marxistas. La palabra proviene de
Proudhon. Pide “la revolución permanente” , ya que “no existen va­
rias revoluciones, no hay más que una sola, única, siempre la mis­
ma. perpetua” . El fondo del problema es aún más antiguo: parece

358
que fue Jefferson el primero que lo planteó1": una vez estableci­
das las instituciones originadas por la revolución, ¿cómo hacer para
conservar el espíritu revolucionario e impedir que se adocene? En
la institución no hay sitio previsto para ejercer las virtudes que han
guiado la revolución. La costumbre, la regularidad, el orden y la
norma hacen que nos olvidemos del “comienzo” . “Si la fundación
es la meta de la revolución, el espíritu revolucionario no consiste
solamente en poner un comienzo, sino en empezar algo duradero,
estable” : o el espíritu revolucionario se mantiene y vuelve a poner
todo en cuestión, o el resultado conseguido mata al espíritu revolu­
cionario. “¿Debe ser la libertad el precio de la fundación?” Tal es
el dilema de Jefferson Así. cuando tuvo conocimiento de la pri­
mera revuelta que se produjo en la nueva república (la de Shay),
lejos de querer reprimirla, pronunció esta frase extraña en un jefe
de Estado: “Dios no quiera que pasemos veinte años sin rebelio­
nes como ésta. El árbol de la libertad debe ser refrescado, de vez
en cuando, con la sangre de los patriotas y de los tiranos; es un abo­
no natural.” Esto se escribió en 1787. Jefferson buscó siempre la
unión de estos dos contrarios: hubiera querido asegurar en la insti­
tución misma la repetición exacta del proceso revolucionario, una
verdadera “revolución recurrente” , una repetición, una reproducción
del acta de fundación, de la inauguración, alimentada por el espíri­
tu revolucionario mantenido vivo. Evidentemente, fracasó. ¿Cómo se
habría podido conciliar a estos dos contrarios? Después de él, cuan­
to más grande fue la revolución, más poderoso fue el Estado insti­
tuido, destruyendo por sí mismo todo espíritu revolucionario.
Se trata, pues, de preservar, salvar y renovar el espíritu revolu­
cionario. Pero precisamente por ser muy conocida la palabra, por
habérsele dado numerosos sentidos, todos los malcntedidos son po­
sibles. En una sociedad total, es necesaria una revolución total; en
una sociedad que tiende sin cesar a encerrarse en sí misma, que tien­
de a funcionar en circuito cerrado, y cuya fuerza principal es la
“asimilación-adaptación” , la revolución debe ser permanente preci­
samente porque, no pudiendo ser antitécnica, lo que sería aberrante,

,n [Link] estudio lo ha hecho notablemente bien H. Arendt, págs. 342-399.


Al cual trató de contestar Mao.

359
obligada a acoger y asumir los nuevos progresos técnicos, esta so­
ciedad continúa obedeciendo a las leyes de funcionamiento del sis­
tema técnico, y como, ante todo, la revolución debe dirigirse contra
el aspecto totalitario de la técnica, tiene forzosamente que renovarse
sin cesar. La revolución debe ser permanente no por naturaleza, sino
por su situación en una sociedad en la que el problema se plantea
indefinidamente cualquiera que sea la revolución ya efectuada. Si la
revolución no es permanente, se convertirá en un simple cambio de
forma superficial (político o económico), o en un simple discurso.
Pero siendo así las cosas, ¿es posible pensar en una revolu­
ción permanente? En nuestro mundo todo se opone a ello. Por una
parte, están en juego poderes de conformización que sobrepasan, con
mucho, todo lo que ha existido en la historia. Era ya difícil, casi
imposible, mantener la tensión revolucionaria, volver a anudar el hilo
tras las crisis, proseguir cuando el pueblo creía “haber hecho la
revolución” , mantener el objetivo revolucionario lejano cuando ya
se habían realizado algunos pequeños progresos próximos; en una
sociedad tradicional, todo esto era un problema de lucidez y de ener­
gía que poca gente tenía. La dificultad es ahora cien veces mayor
por el tipo de resistencia de la sociedad. Antes, todo dependía de la
calidad del revolucionario: bastaba con no caer en la trampa de la
situación adquirida. En realidad, no se consiguió jamás. ¡Pero hoy!
Daré dos ejemplos de este empeoramiento: el Estado subsiste
después de la revolución. Es a la vez su enemigo, su objetivo y. des­
pués, su agente y su triunfo. El Estado se hace revolucionario. En­
carna la revolución. El es toda la revolución. Fuera de él no hay-
revolución. Pero el Estado no es nunca el instrumento de algo, no
es más que su propio instrumento. Decir que el Estado es la revo­
lución es decir que estrangula todo esfuerzo de cambio. Mata auto­
máticamente las permanencias de la revolución, porque éstas impli­
carían el cambio permanente del Estado, lo cual es impensable.
El Estado no puede actuar de otra manera. Creer que el Estado po­
dría ser el agente de esta permanencia es una ilusión trágica: por
naturaleza, por estructura, por esencia, por espíritu y por organi­
zación, es siempre un factor de estabilidad, de orden, de reproduc­
ción, pero nunca de renovación. ¿Permanencia de la revolución?

360
Srría necesario que el Estado desapareciera totalmente. Hemos lle­
gado más lejos que nunca en la historia. Nuestro Estado es más se­
guro, más estable y al mismo tiempo más eficaz: la presencia del
Estado y la pretensión misma de los revolucionarios de querer apo­
derarse de él son la negación de la revolución permanente.
El segundo aspecto es el progreso técnico. La sociedad técnica
tecnificada requiere la utilización de todas las energías en una na­
ción. El progreso técnico no se iogra a la ligera. Se necesitan todos
los recursos, tiempo, inteligencia, preocupaciones, capacidades, es­
tudios y esfuerzos de lodos los miembros de esta sociedad. Este es
el primer precio que hay que pagar. El progreso técnico implica una
tensión de todos y !a sociedad funciona hasta el límite de las posi­
bilidades. He aquí que se nos propone la revolución permanente...
A causa de esta técnica que la hace necesaria, la revolución encuen­
tra las mayores dificultades. ¡Pero permanente! Desviar de manera
constante las energías y capacidades de crecimiento técnico, robar
tiempo al progreso, provocar un desorden permanente (aunque no
sea más que moral, para la puesta en cuestión) desfavorable a la
armonía técnica, proponer otro objetivo que no sea el desarrollo téc­
nico... ¡Qué herejía y que imposibilidad! Donde la técnica predo­
mina, no hay revolución permanente posible, y viceversa. No imagi­
nemos que podemos elegir. La opción ya está hecha. Las sociedades
en las que hubo una revolución se han hecho más técnicas que las
otras. Y la revolución ha quedado embalsamada.

En una palabra, recogiendo la excelente tipología de Bacchlcr.


en la situación presente vemos desarrollarse innumerables margina-
lidadcs, innumerables contrasocicdadcs. pero precisamente porque son
eso, las manifestaciones que solemos calificar de revolucionarias en
nuestro tiempo no lo son en absoluto. Mareinalidades activas, guerras
de campesinos, guerras serviles, sublevaciones plebeyas... Todas estas
cualificaciones históricas antiguas se aplican a estas revueltas y explo­
siones que nos parecen revolucionarias. ¡No les falta razón a Pluy-
mene y a Bacchlcr cuando ponen en la misma línea las revueltas es­
tudiantiles!

301
1. El retorno a la revuelta

La condición humana es un reino des­


garrado por la revuelta.
(S h a k e s p e a r e . Julio César.)

Hay una especie de palpitación en el malestar que sufren los


hombres en el seno de la sociedad técnica; el hombre, sofocado por
este ritmo, busca otro hálito. En el exceso de confort y de trabajo
nace una especie de vaga protesta. El robot se subleva y no hace
exactamente el gesto que de él se esperaba. Está invadido por un
miedo sordo y una vaga angustia. Busca otra cosa.
Sin ninguna de las razones que antes tenía para rebelarse, está
de nuevo dispuesto a hacerlo. La sociedadtécnica es el principio
de una era. El medio técnico ha sustituido al medio natural. La
cultura ha cambiado de signo. El hombre no sabe ya qué revolu­
ción hacer. Pero, como en las sociedades que empiezan, está prepa­
rado para la revuelta — de nuevo— . puesto que se trata de un prin­
cipio.
Hacia cualquier punto del horizonte geográfico, político o in­
telectual que nos volvamos, se divisa la revuelta. Ella sola. La su­
blevación de Battipaglia, en 1969. es ejemplar. Incomprensible
en cuanto a sus causas inmediatas, explosión espontánea, loca c irra­
cional, es en el fondo la expresión del drama, provocado por la in­
dustrialización del Mczzogiorno: la llegada de la técnica y de la in­
dustria a una población agrícola y pobre es de desear, abstracta y
teóricamente; sin embargo, reproduce las condiciones de los siglos
xvm y xix, desencadenando las revueltas de campesinos y artesanos
contra la técnica y la industria.
Típico, bajo otro punto de vista de la revuelta, es el innoble
Wolinski. Este viejo airado, abanderado de la revolución, ha sido ma­
ravillosamente recuperado (se justifica diciendo que sólo se recuperará
lo que merece ser recuperado), pero sigue imitando a los agitado­
res y. como Hara Kiri. proclama la revuelta contra todo. Signo de
integración es el dinero que afluye a las cajas de Wolinski. pero lo

362
más interesante es que este dinero acude a la predicación de la re­
vuelta. Se puede decir lo mismo de las películas de Godard.
Si con un solo signo quisiera atestiguar el retorno a la revuelta
que caracteriza a nuestro tiempo, hablaría de la mitología exaltada
de la Comuna, porque fue una revuelta bajo todo punto de vista c
incapaz de desembocar en revolución. Tomarla como tema de re­
flexión. como modelo, como objeto de adoración, de veneración,
revela más que nada hasta que punto el hombre actual se rebela
emotivamente con una mente impotente.
El sentimiento de revuelta se generaliza en todos los sectores de
nuestra sociedad y hay que tomar en serio todas estas revueltas, in­
cluso las que no nos convienen. ¿Por qué no tomar en serio la re­
vuelta de la O. A. S.? Estaba integrada por elementos turbios c in­
aceptables. pero expresó la angustia de una población entregada sin
defensores a las decisiones del poder, perdiendo fortuna y patria,
sufriendo una injusticia para hacer justicia a otros, y la cólera de
un ejército que se ha sentido vejado, engañado, vencedor, al que
trataban como a un paria, elementos permanentes de una revuelta
sin salida, que es la revuelta histórica, clásica21. La revuelta es todo
lo que el hombre puede emprender. Porque si tratara de lanzar su
revolución, sería una revolución sin proyecto. El hombre padece un
malestar que no sabe definir. Absurdamente, menciona enemigos
que han dejado de serlo. Clama palabras como imperialismo, anar­
quía. descolonización. Pero, tras tantas imágenes ficticias o caducas,
es su propio ser el que protesta contra un estado de cosas que no
sabe definir, extraño para él. en el que no quiere entrar ni partici­
par. Siente y piensa que no es posible continuar así. Pero, al mismo
tiempo, ve el fracaso de todas las revoluciones y cree que ahora la
revolución es una vía cerrada. Se encuentra preso de la terrible con­
tradicción de tener que sabotear a esta sociedad que le encierra sin
reprimirle por la violencia, pero que le seduce, le determina y le
corrompe. Y helo aquí dividido en sí mismo, pues una parte de su
ser lo lleva en el sentido de esta sociedad. La desea y se hace su
cómplice. Desea cuanto ella le ofrece y le prepara. Se entusiasma

Entre tantos otros relatos, ver M. C hm.i.f : None révole. I(>6K.

363
por sus obras y por sus realizaciones. Quiere llegar a la felicidad,
precisamente a la que esta sociedad le da sin discusión. Quiere con­
sumir y gozar. Pero, de repente, divisa en la niebla el vacío y el ab­
surdo. Como un caballo sombrío, reacciona por instinto y. al ver
una sombra alargarse en el suelo ante él. no tolera ni el bocado ni
la silla y hace un movimiento para esquivar unos obstáculos imagi­
narios. Imaginarios cuando los nombra y los designa en un contex­
to falsamente revolucionario, pero ni su miedo ni su instinto le en­
gañan. Le aterroriza lo implacable del sistema. Como le parece im­
posible que en esta sociedad se produzca la revolución, se acerca
más a la revuelta. El sociólogo dirá que es una sociedad fría. “Sin
duda, si las sociedades industriales no están plagadas de revolucio­
nes. es porque las funciones colectivas de creatividad de nuevas for­
mas sociales no son ya difusas y afluyen sin cesar a la superficie
social, dispuestas a tomar un aspecto y un contenido revoluciona­
rios. pero rigurosamente distribuidas según un esquema que se es­
fuerza en precisar tal economía o tal sociología de la industrializa­
ción.” -- Admitamos esta explicación. Por el momento, es lo vivido:
el hombre ha experimentado estas dos realidades contradictorias y.
aunque conserva un vocabulario tradicionalmentc revolucionario, des­
cubre, cuando la vive, esta contradicción entre revolución y revuel­
ta, que subrayaba Camus. “Ciertamente, la historia es uno de los
límites del hombre. En este sentido, el revolucionario tiene razón.
Pero, en su revuelta, el hombre, a su vez. pone un límite a la His­
toria. En este límite nace la promesa de un valor.... la reivindicación
de la revuelta es la unidad, la reivindicación de la revolución histó­
rica, la totalidad. La primera parte de un No apoyado sobre un Sí.
La segunda parte de la negación absoluta y se condena a todas las
servidumbres para fabricar un sí rechazado eternamente... El re­
volucionario es también rebelde, porque de lo contrario no sería
revolucionario, sino policía o funcionario que se vuelve contra la
revuelta. Pero, si se rebela, acaba por erguirse contra la revolu­
ción...” Volvemos, pues, a una mutación pesada, difícil y. en
cierto sentido, trágica. Una oscura revuelta reside en los hombres.

- D ic o c f ié : Op. cil.. págs. 52-54.


■:l C aMUS: Op. cil.. págs. 306-309.
incapaces de saber en contra de qué. y que proclaman un No que no
se dirige contra nada porque ignoran sus cadenas; un No apoyado
en un Sí que no expresa nada, ya que tienen todo cuanto conscien­
temente pudieran desear-4.
Hay que relacionar esta desaparición del “proyecto propiamente
revolucionario" y la desaparición de las ideologías, tal y como fue
estudiada por D. Bell y R. Aron. La ideología, en el sentido en
que ellos la entienden, es el basamento, el "campo epistemológico"
de desarrollo del proyecto revolucionario. Y, si su análisis es exacto,
como creo, se encuentra en esto una razón complementaria de la
imposibilidad de la revolución. Esta ha sido reforzada por el estu­
dio de F. Furet. que demuestra que no sólo la era de las ideologías
llega a su fin, sino también que este fin “ha encontrado a sus doc­
trinarios", que ratifican y rematan la cosa. Y esto viene a sumarse
al cambio de actitud hacia la historia
En la misma línea se sitúa, para todos los nuevos movimientos
de revuelta, la unánime oposición a los partidos comunistas, cual­
quiera que sea su tendencia. Tenemos que admitir que los comu­
nistas son los únicos que han pensado la revolución (una revolución
ciertamente sobrepasada, pero, a pesar de todo, revolución), esta­
bleciendo una táctica y un aparato para efectuarla. Esta triple crea­
ción forma un sistema coherente que es función de una revolución.
Ahora bien, lo curioso es la reacción de todos los nuevos movimien­
tos contra el Partido; los guerrilleros, los estudiantes, los innumera­
bles grupúsculos revolucionarios, los negros de Estados Unidos y, lo
que es aún más sorprendente, en China, la revolución cultural se
hizo, en gran parte, contra el partido mismo. Se dan muchas expli­
caciones de este fenómeno: esclerosis, burocratización, aburguesa­
miento de la U. R. S. S.. etc. Yo creo que todo esto es falso y.
en definitiva, no son más que excusas. La verdadera razón es que

“** Cf. el admirable volumen de Kvtu chenko : De la cité dn Oui ¿i la cité


tlu Non, 1968.
* Volvamos a citar a Baechler. quien insiste con fuerza sobre el hecho
de que no hay movimiento revolucionario si no existe una ideología que com­
porta no solamente el dualismo, el retorno a los orígenes, lo que provoca un
movimiento revolucionario, sino también una coherencia de la situación real
y de la estructura de la sociedad puesta en cuestión, lo que es necesario para
que el movimiento desemboque en una revolución.

365
nos encontramos ante un sistema total, riguroso y coherente que
revela las exigencias que hay que cumplir para que una revolución
sea realizable. Ya no está adaptado, pero se necesita doctrina, tác­
tica y aparato. Para los nuevos rebeldes, lo intolerable es la presen­
cia de esc esquema. No quieren un sistema de este tipo; espontá­
neamente, sienten que ya no es eso lo que conviene. Porque, en
realidad, ya no están orientados hacia una verdadera revolución, sino
hacia una revuelta y, naturalmente, la revuelta no supone ni doctri­
na ni aparato; todo lo más. y todo al instante, una táctica y orga­
nizaciones que se muevan. Por ello puede decirse que el comunis­
mo clásico ha ganado y perdido, al mismo tiempo, la partida. His-
tóiicamente, está acabado.

El sentido revolucionario se ha desarrollado al mismo tiempo


que el concepto moderno de la historia. Tenemos que aceptar un
índice inverso para este tiempo: asistimos a un entusiasmo por lo
que se ha llamado antihistoria, es decir, recusación de la ideología,
del primado de la historia en beneficio de un nuevo simbolismo to­
mado del estructuralismo La izquierda intelectual, decepcionada,
desmoralizada por la historia, vuelve al período anterior del pensa­
miento: dirigirse al “hombre primitivo", para encontrar no el origen,
sino la verdad del hombre -7. Las sociedades exóticas presentan a!
hombre del mundo técnico todo aquello a lo que este aspira abstrac­
tamente: inocencia y pureza, autenticidad, relación con una natura­
leza; ellas “son un recurso del espacio contra el tiempo inmoviliza­
do, en cuanto no revolucionario, de Occidente" -s. Se precipitan ha­
cia lo anterior a la historia con la esperanza de encontrar una revo­
lución que la historia ya no es capaz de hacer. “Así, las desilusio­
nes recientes de los intelectuales franceses y la coyuntura política
general acumulan sus efectos para venir a parar en una puesta en*

Evidentemente, no se trata del estructuralismo en tanto que método uti­


lizado por Lévi-Strauss. sino de la filosofía que otros han querido extraer de él.
Yo estudié ya los principios de este fenómeno en “I.e fascisme.
fils du liberalismo". Esprit, 1937.
* F u ret : “Les intellectuels et le strucluralisme". Preuves. 1969.

366
causa de la historia. Esta amante que fue tanto tiempo tiránica, antes
de ser infiel.” Se precipitaron así sobre el estructuralismo, por­
que parecía prometer e¡ porvenir de una revolución que la historia
prometía ya. Es un error de interpretación, aunque el hecho en sí
se niega; es sólo un cambio de opinión de los intelectuales. Lo im­
portante es el hecho que revela: el hombre moderno abandona la
ideología de la historia porque siente, en lo más profundo de sí
mismo, que la revolución ya no es posible.
Pero he aquí que la técnica respecto de la cual la revolución se­
ría necesaria, pero que de hecho la hace imposible, que provoca la
muerte de las ideologías y el estatismo desesperado de Foucault, es
precisamente la que fuerza al hombre a la revuelta.
Ya no hay ni programa ni doctrina, pero hay aspiraciones y re­
chazos. Chombart de Lauwe tiene toda la razón cuando insiste so­
bre el concepto de aspiración y ve en él una de las fuentes de la re­
vuelta; como, hoy en día. las aspiraciones son más fuertes, las opor­
tunidades de revuelta se multiplican. La sociedad tecnicista es capaz
de responder a las necesidades, pero no a las aspiraciones: por eso
la violencia se hace necesaria para expresarlas y darlas a conocer.
La definición que da de la revuelta es. sin duda, incompleta (ex­
plosión popular provocada por una liberación brusca de las aspira­
ciones fundamentales), pero permite comprender que todos los mo­
vimientos sociales, los conflictivos y las reivindicaciones se sitúan,
de hecho, a nivel de las aspiraciones humana y que, por tanto, se
expresan en revueltas que no son el prólogo de revoluciones so.
A medida que se va estableciendo y perfeccionando un orden,
sea cual sea su naturaleza, política o económica, acumula reglas,
principios, conformidades y produce mecanismos de culturización
más sutiles y más completos. Las soluciones se anticipan cada vez
con más frecuencia. Las reglas aumentan, se acumulan y se coor­
dinan. Los márgenes se llenan, los vacíos se colman y los blancos
se obliteran. La parte de iniciativa personal y de invención explosi­
va decrece. La zona de autonomía del hombre en este cuerpo social

Ibitl.
pour"desperspectivesnouvelles"Peonní une sochioloasin
[Link],
aspiratio
ns". Elémenis

C hombart di . L auwi.:
Sciences um 1970.

367
se reduce y sus posibilidades de decisión personal disminuyen. Todo
perfeccionamiento del mecanismo social produce esta reducción. Pese
a los procesos de culturización, el hombre se siente a disgusto. La
adaptación no se consigue nunca del todo: la asimilación, a medida
que toma menos parte t-n la autonomía, es cada vez más difícil y
penosa. El hombre se rebela cuando llega a una cierta imposibili­
dad de acción propia. Esta opresión y este rigor explican todos los
movimientos de revuelta. Pero se trata sólo de revuelta. En nuestra
sociedad, esta reducción se debe al desarrollo de la técnica. Cuanto
más perfecta, estricta y acaparadora es la técnica, más siente el
hombre su peso, su opresión y ahogo. Pese a todas las técnicas de
conformización psicológicas, este sentimiento de revuelta renace sin
cesar. Y esto lo prueba el que los movimientos de revuelta sean
hoy en día populares: existe la revuelta contra la técnica en el sen­
tido más reaccionario de la palabra (como todo lo que folma parte
de la contracuitura), pero no hay que olvidar nunca que tanto una
revuelta reaccionaria como una revolución conservadora se basan
siempre en un movimiento del pueblo, y no en el de la élite. Ahora
bien, el pueblo no hace nunca una revolución, sino que participa en
ella. El pueblo no toma nunca el poder, sino que ayuda a una élite
a tomarlo. Donde no hay élite31, no hay revolución. En el mundo
de hoy, el levantamiento popular es cuestión del pueblo, se trata
de revueltas. Antes de caer en una sociedad totalmente tecnificada.
si es que se puede llegar a ella, tenemos que encontrar numerosas
explosiones de ira ciega, de odio por el rigor organizador (mal lla­
mado dictadura de la burocracia), de desdén por la sistematización
económica (mal llamada sociedad de consumo)... Cuanto más avan­
za la técnica, más posibilidades de acción tiene el hombre, pero se
trata de una acción más conforme, necesariamente adaptada a sus
medios y a los fines del desarrollo técnico; más siente entonces la
necesidad de romper este marco imperioso, tensa sus músculos, gri­
ta encolerizado y un ligero temblor sacude el sistema. La revuelta
estalla. El hombre queda satisfecho con el consumo de su propia
revuelta. El sistema continúa proliferando. Así. nos encontramos en1

11 Véase la demostración de esto en Aiiiopsia de la revoluiión.

368
pleno torbellino de revueltas (que no hay que considerar como frac­
ciones de revolución que, una vez reunidas, nos prepararían para la
gran revolución), movimientos brownianos sin otro significado que
éste: el mundo construido por la técnica nos resulta intolerable (in­
conscientemente), pero no deseamos ningún otro (conscientemente).
Como todas las revueltas, carecen de esperanza y no tienen
futuro. Son actos de tensión extrema, de ira, de negación. Pero el
furor es mayor al conocer de antemano el resultado final y al saber
que de este gran grito no quedará rastro alguno: únicamente res­
ponderá el eco del vacío. Revueltas sin esperanza, eso es lo que
son para mí las barricadas del barrio latino y los saqueos de Newark.
¿Qué significan hoy las barricadas? La barricada, el encierro de los
rebeldes en un euadrilátero fortificado, es el signo visible de la
ausencia de esperanza y de futuro. ¿Qué se espera detrás de una
barricada? Que fuerzas más poderosas vengan a aplastarla y a dis­
persar a sus defensores. Esto es todo, rigurosamente todo. La ba­
rricada es la incapacidad de conquistar, de tomar al asalto. Es la
ciudadela condenada a morir de hambre y de sed, sin posible pers­
pectiva. No es solamente, como a menudo se ha dicho, un llama­
miento romántico, sino el acto de la impotencia revolucionaria, re­
verso de la ira rebelada. Durante un instante nuestra ira aparecerá
a la faz del mundo. La ira no es una revolución. La barricada es un
atentado contra el orden técnico, pero un atentado que no tiene más
profundidad que los atentados nihilistas de hace cien años. También
entonces se trataba de actos de revuelta pura, pero no había tanta
desesperación porque la sociedad atacada no parecía tan sólida y,
sobre todo, porque no se tenía aún la experiencia de tantas revuel­
tas traicionadas, abortadas, desviadas... Parecía posible pasar de
la revuelta a la revolución. Ahora, nosotros, que no lo hemos vivido,
actuamos con ese torpe pasado, con esa amargura de las esperan­
zan escarnecidas cien veces, sabiendo que las revueltas no conducen a
ninguna parte. Y como las innumerables revueltas que jalonan la
historia, intentamos levantamos para tener, al menos un instante, la
impresión de vivir. Así es la barricada, refugio de nuestro sentimien­
to de derrota a priori, signo de desesperación y símbolo místico de

369
referencia a las grandes revoluciones. Exasperación, mística... ¡Cuán­
tos viven hoy de este modo lo que creen que es revolución!
Fijémonos en Pasolini, entre tantos otros. Es consciente de que
la sociedad actual está sacudida por movimientos contradictorios
"independientes del marxismo y. por consiguiente, del mundo obre­
ro: es una fuerza violenta... que surge del seno de la pequeña bur­
guesía y del mundo campesino arcaico y prcindustriar Ya no cree
en la revolución socialista burocratizada, y eso le inclina hacia la
nueva izquierda americana, ya que ésta expresa la exaltación de una
"democracia extremista, exasperada, casi mística y, por tanto, re­
volucionaria". Pero es un error de interpretación creer que la exas­
peración y la mística son causas de revolución: se trata más bien del
abandono de la revolución y del retorno a la revuelta.
El saqueo que se desarrolla en las manifestaciones violentas, y
que a menudo nos escandaliza, no es otra cosa que el estridente sig­
no de esa desesperación. No hay salida, no conseguiremos nunca de
esta sociedad ni justicia ni derecho; no queremos -que nos den las
migajas, queremos afirmar nuestra fuerza y al mismo tiempo sabe­
mos que esta fuerza es insignificante, que en cuanto llegue la Poli­
cía seremos necesariamente vencidos y nos desesperaremos. Hay que
actuar de prisa. No podemos esperar dominar al enemigo, pero,
mientras llega, podemos expresar, hasta el último límite, nuestra
cólera; surge el fuego, surge el robo, romper por romper, puesto
que ninguna otra cosa es imposible, como hicieron los ‘‘maillotins”
y los “jaeques” . El que piensa poder ganar no destruye. La exalta­
ción que le invade no es del mismo tipo. Fría e implacable, no es
igual que la histeria de la cercana derrota.
Esta falta de esperanza que caracteriza a la revuelta no se reve­
la sólo en actos como los atentados, las barricadas y los saqueos;
aparece también en las doctrinas. Daré un ejemplo: el contrasentido
moderno sobre la praxis, doctrina profunda de Marx que reposa
sobre una visión global del hombre. Olvidada durante mucho tiem­
po. ha sido puesta de nuevo en vigor, sobre todo por los filósofos,
y ahora se ha convertido en el plato fuerte de todas las agrupaciones

■u P asolin i: \o v i Argomenti, 1967.

370
revolucionarias, pero con una interpretación y una aplicación que
parecen dudosas. El movimiento del 22 de marzo no cesó de pro­
clamar que la praxis hace nacer y aclara el pensamiento, que en la
acción es donde se descubrirá lo que realmente es necesario, etc. Sub­
rayaré primero que esto es una extraordinaria comodidad; se lanzan
a la acción (puesto que un poco es así como precipitadamente se
traduce la praxis) sin saber lo que se va a hacer. Y. progresivamente,
se descubrirán, sobre la marcha, los gestos, las decisiones y las ma­
niobras necesarias. Es la imaginación nacida de la relación con lo
concreto; es la invención que brota. Esto se parece un poco al genio
francés del bricolagc, que nunca prepara nada, pero que descubre al
minuto la astucia que nos da una solución. Se ha esperado mucho
de ella en lo concerniente a la guerra. Creo que es también peligro­
so en lo concerniente a la revolución. Seguro que es más fácil que
preparar durante mucho tiempo una reflexión sobre las condiciones
y posibilidades de la revolución. Entusiasma más. Se tiene la impre­
sión de vivir con intensidad. Ya no hay desacuerdo entre la acción
práctica y la creación intelectual...
Cohn Bendit lo ha repetido a menudo. “Se trata de demoler
completamente los actuales marcos de la sociedad. ¿Por que los re­
emplazaréis? No lo sabemos aún. Empezaremos por destruir, y, poco
a poco, la acción nos enseñará lo que hemos de construir” (citado
por Le Crapouillot, 1968). Asimismo, la acción parece ser el único
cimiento de esta empresa revolucionaria. “Cuando los revoluciona­
rios discuten, se desgarran unos a otros. Para estar unidos, hay que
actuar” iibid.). Así pues, no más pensamiento revolucionario, pre­
cipitémonos en la acción. Tal es el principio y el fin de la concien­
cia revolucionaria. Ideología de la acción en sí creadora.
Creo que es preciso hacer dos críticas importantes a esta “ideo­
logía de la praxis” .
Una de ellas emana de una experiencia histórica: la de Lcnin.
Si ha habido un hombre con una praxis revolucionaria correcta, ha
sido él. Sin embargo, fue precisamente esta praxis exacta, y no su
doctrina, la que arrastró a Lenin a su mayor error. Si hubiera obser­
vado la doctrina que compartía con Kautsky y con Plejanov hasta 1917,
no habría lanzado la revolución rusa hacia la serie de desviaciones

371
que le hicieron alcanzar el éxito en tanto que empresa política, pero
fracasar en tanto que revolución. El mantenimiento del Estado fue
fruto de la praxis más correcta. Ahora bien, la praxis, por sí misma,
no podía conducirle a otra parte. La invención creada por la praxis
le conducía, necesariamente, a la creación del “martillo poderoso".
Así, pues, la praxis ha producido lo contrario de la intención marxista.
Creo que los doctrinarios y los que practican esta ideología deberían
considerar detenidamente este resultado.
Este fue uno de los mayores problemas de Rosa Luxemburg.
Si podía afirmar que “la buena organización no precede a la acción,
sino que es su consecuencia'', que “la organización revolucionaria
debe aprenderse en la acción revolucionaria misma, como se apren­
de a nadar en el agua” y que “la constricción de la acción viene
siempre de abajo” , era porque podía basarse en un análisis riguro­
so, pero añadía también que “temía más una revolución deformada
que una revolución desgraciada” . Dicho de otra forma, veía bien
el dilema: entregarse a la acción es, probablemente, fracasar. En­
cuadrar la acción en la organización es deformar la revolución. Le-
nin trató de resolverlo...
Ya hemos visto por qué razón la revolución no puede hacerse,
en una sociedad tecnicista, partiendo del desencadenamiento de lo
irracional y del deseo, y que sólo puede originarse en una teoría
precisa, en una interpretación exacta de los hechos: ya no es posi­
ble la improvisación revolucionaria y no se puede ya confiar en
el valor creador de la praxis en tanto que tal praxis. No hay que
olvidar que ésa fue, en toda época, la gran tentación de los medios
revolucionarios; la acción por la acción (dando por supuesto que
algo resultaría de ello). Hace treinta años, esta ordenación se for­
malizaba de otro modo. La praxis no estaba de moda. Pero la pos­
tura era idéntica. No es la formalización marxista (o, más bien, pseu-
domarxista) la que cambiará las cosas. A pesar de todas las críticas
que puedan hacerse al P. C., su apreciación de “aventurismo” en
relación con estos revolucionarios es exacta. Los que creen en la
praxis son en realidad obstáculos para la revolución necesaria.
Pero ¿qué significa este resurgimiento? La creencia en la pra­
xis (tal y como aparece ahora en los grupos revolucionarios) es el

372
sigilo de la desesperación y de la revuelta pura. Si se vuelve, brus­
camente, hacia la praxis, es porque el problema que nuestra socie­
dad nos plantea se ha vuelto demasiado difícil. Ya no se consigue
interpretar las dimensiones de estos movimientos, el fundamento de
estas estructuras, la complejidad de los mecanismos, no se puede
comprender todo, no se pueden discernir los puntos neurálgicos, el
eslabón más débil. Harían falta años de estudio para conseguir sa­
ber quién es la sociedad tecnicista. cuál es el lugar posible de la
revolución. Y. durante esos años, el tiempo pasa, se envejece, se
deja de poseer la llama revolucionaria. Nos encontramos ante un tre­
mendo dilema: todos los medios de hoy se han vuelto técnicos, la
revolución será técnica (Mizan). pero el empleo de una técnica re­
fuerza la sociedad tecnicista en su globalidad; así pues, incluso una
revolución “técnica'' termina por servirla... Crear cortocircuitos al
tiempo.... recusar los medios técnicos...; de ahí la praxis, esa fe
ciega de que. actuando con respecto a esta sociedad por vías no tcc-
nicistas. aunque aberrantes, anárquicas y exorbitantes, se encontra­
rá el sentido de esta acción, su profundidad, su verdad y, por ello, su
resultado. No hay meta prefijada posible, ya que no hay análisis
posible de la situación. No hay doctrina, porque nuestra sociedad
la recuperaría forzosamente. Pero, al término del movimiento, vería­
mos dónde habíamos llegado. Puesto que es aberrante y exorbitan­
te. será forzosamente otra cosa distinta a lo anteriormente existen­
te: creencia desesperada, renuncia a pensar la revolución, a cons­
truir una estrategia exacta. Todo eso nos sobrepasa y la revolución
urge. No hay que perder tiempo, no hay que dividirse en debates
intelectuales estériles, actuemos: la acción lleva su fruto consigo. No
es casualidad que los partidarios de esta mística de la praxis sean
también, a menudo, los que creen firmemente en la utopía. Am­
bas coinciden como fórmulas de renunciación, como argumentos bri­
llantes de una derrota anterior. Pero también, sin duda desespera­
dos. son muy hombres de su tiempo, ya que, al fin y al cabo, esas
doctrinas son únicamente la transposición en lenguaje marxista de
los lugares comunes de toda nuestra sociedad burguesa: “No más
palabras, sino hechos” , "lo que importa son los hechos” . Situados
en !a orientación no conformista, esos tópicos dictan una actitud

373
de revuelta en bruto y así es como se vivirá la experiencia revolu­
cionaria esterilizada, como esta explosión de cólera, que no habrá
servido de prueba más que a sí misma, será tenida en cuenta por
la sociedad, sin haber conseguido llegar a nada.
Por otra parte, hay una relación más profunda de lo que se cree
entre la actitud izquierdista y la clase y la ideología burguesas. Como
en la burguesía de 1900, se encuentra el complejo de un cultivo de
mala conciencia (por ejemplo, con respecto a los oprimidos y los
hambrientos) y una búsqueda de la buena conciencia creada por la
mala conciencia ya citada. Puesto que el izquierdismo es la buena
conciencia personificada, es la exacta contrapartida de la buena con­
ciencia burguesa. Consistiendo siempre en un acuerdo con el grupo
y en una designación del mal, Hara Kiri es el periódico de la buena
conciencia de sus lectores. Como la burguesía, representa la virtud
y el idealismo. Cuando se asegura hoy la defensa de los pobres, de
los oprimidos, de los hambrientos, cuando se reivindica la libertad,
la verdad, cuando se lucha contra la represión y los privilegios, cuan­
do se atestigua la pureza del sexo por su liberación, se representa
exactamente lo que la colectividad tiene por virtud. Entrar en esta
corriente es asegurar la buena conciencia, distribuida por la colec­
tividad a sus partículas como si se tratara de una condecoración. Poi
esta razón, el izquierdismo se expresará en un neo-romanticismo re­
volucionario coexistente con la buena conciencia. En los disturbios
de mayo encontramos todos los temas de una romántica nostalgia
del pasado. Parecía que estábamos en 1830. Protesta de la humani­
dad contra la técnica, miedo inconsciente del pequeño burgués con­
tra la sociedad deshumanizada, reivindicación (¡qué medieval!) de la
“participación” , unión de obreros y estudiantes, retorno a la natu­
raleza, exaltación del salvaje, del hombre natural, del indio o del
negro, importancia del verbo, de la palabra hechicera: todo ello es
perfectamente reaccionario y sólo puede desembocar en rebeliones
errantes contra la opresión, que no encuentran su objetivo cuando
alcanzan una victoria. El izquierdismo que se cree ultrarrevolucio­
nario no es más que un malentendido.
Pero ese izquierdismo no es más que el reflejo extremo y últi­
mo de la posición, de la actitud de una parte considerable de fran­

374
ceses, por 110 decir del resto del mundo. Hay que recordar esta sim­
ple noción. La revolución se ha convertido en el tópico de todos.

Si salimos de estas observaciones generales, si consideramos las


explosiones “revolucionarias” que han estallado en el mundo des­
de hace veinte años, podemos apreciar ciertos caracteres comunes.
Primero, una aparente espontaneidad que nos recuerda los extraños
movimientos de la multitud estudiados por Le Bon. No se compren­
de nada. Es cierto, hay cabecillas, hay grupos que actúan secreta­
mente, pero esto no tendría fuerza ni efecto si una parte de la masa
no estuviera dispuesta al desencadenamiento. El error estaría en creer
que esos grupos agitadores están inspirados o teleconducidos por las
viejas fuerzas revolucionarias. Estas están hoy tan sobrepasadas como
las fuerzas conservadoras. Hay una especie de autoproducción espon­
tánea de grupos de agitación, nacidos de la espontaneidad de la masa
a la que expresan. Esta espontaneidad será subrayada por el papel
considerable de los jóvenes en todas esas manifestaciones, ya se trate
de revueltas negras en los Estados Unidos, de la revuelta china, de
ciertos elementos de la guerrilla o de revueltas de estudiantes en el
mundo: los jóvenes participan en todas las revueltas, pero a título de
pura y simple explosión contra un mundo confuso e inaceptable (sin
saber por qué). Y esta explosión que se nutre de sí misma desvalo­
riza todo el resto, las otras acciones, los antiguos proyectos revolu­
cionarios que ya no se adaptan a lo que estos rebeldes sienten. “Es
una fuerza elemental que viola las reglas del juego y, actuando así.
demuestra que es un falso juego. Cuando se reúnen, cuando marchan
por las calles, sin armas, sin protección, para reclamar los derechos
civiles más elementales, saben que se exponen a los perros, a las pie­
dras. a las bombas, a la prisión, al campo de concentración c incluso
a la muerte. Su potencia está detrás de toda manifestación en favor
de las víctimas de la ley o del orden. El que no quieran ya tomar par­
te en el juego es un hecho que marca el fin de un período y el prin­

375
cipio de otro." ■1n Esto es verdad, pero también lo es que el empuje
espontáneo en la acción encuentra en sí mismo su propio sentido. En
efecto, además de esta espontaneidad, lo que caracteriza a estos re­
beldes es la falta de proyecto, la falta de conocimiento de la situación
real, la falta de objetivos concretables. Todas las revueltas posteriores
a 1945 carecen de conocimiento. Son una acusación de un modo de
vida, de una sociedad que se padece duramente y a la que se censura
sin conocerla.
Así, los guardias rojos se rebelan contra el imperialismo sin sa­
ber nada de la sociedad americana. Al decir esto, no pretendo desva­
lorizar estos movimientos: digo que no se trata de revolución, puesto
que no hay ni proyecto ni doctrina seria, lo cual exige conocimiento.
Esos estudiantes reaccionan contra una sociedad que no conocen,
pero cuyas consecuencias, que juzgan intolerables, soportan. Esos co­
lonizados reaccionan contra un Occidente que no conocen, pero cuya
opresión, consecuencia también inaceptable para ellos, soportan.
Es evidente que en esta ignorancia de la realidad sociopolítico-
económica no hay peligro de que formulen una teoría revoluciona­
ria S4.
Esta carencia de doctrina hace que el vocabulario de la revuelta
sea eminentemente hueco e insignificante. Puede considerársele bajo
dos aspectos. Primero, las consignas. Lenin mostró hasta qué punto

“ M arcuse: L’homme unidimensionncl. pág. 280. La descripción es exacta,


pero, desgraciadamente, el autor comete tres graves errores. Declara que esta
oposición es revolucionaria, aunque la consciencia de esos hombres no lo es.
Proclama que su oposición no puede ser integrada por el sistema (lo que de­
muestra que aún no ha comprendido bien el sistema) —y cree que el fin de
un período y el principio de otro afectan a la sociedad cuando la realidad
es que esto significa el fin del período de las revoluciones y el principio de
las revueltas
F.n esta revuelta de los jóveens. que no guarda relación alguna con la
revolución de antaño, conviene reflexionar sobre el hecho de que la ex­
periencia y el pensamiento de una generación no sirven en absoluto para la
generación siguiente en una sociedad cuyas formas e ideologías evolucionan
demasiado de prisa. Hemos partido de un punto. Hemos actuado, hemos pen­
sado. hemos avanzado hacia una conciencia revolucionaria y hemos formulado
una doctrina. Pero llega una nueva generación que no tiene en cuenta nada
de todo esto y que en lugar de arrancar del punto de llegada de la genera­
ción anterior, parte de cero. Pero, en lugar de arrancar desde la realidad,
sueña con una nueva ideología, y. por ello, no me hago demasiadas ilusiones
sobre la importancia y la influencia que pueda tener lo que escribo
la consigna revolucionaria debía expresar y sintetizar correctamente
la teoría. No debía ser una fórmula vaga lanzada al aire para agitar,
como ocurre, ¡ay!, con nuestros revolucionarios. Ingenuamente. Le
Nouvel Obsérvatela■ (al que no se puede acusar de ser hostil a estos
movimientos) declaraba: “La fórmula Poder negro no significa ab­
solutamente nada; por eso. es importante y eficaz” (7 de agosto de
1967). Por otra parte, se puede decir que la fórmula Poder estudian­
til no significa mucho más que revolución cultural. Todos ellos son
“slogans” sin contenido revolucionario alguno. Naturalmente, tienen
un contenido ideológico imaginario (pero no en el sentido de la ima­
ginación al poder), sin referencia alguna a la realidad, al pensamien­
to coherente ni a la iniciación de un nuevo período histórico. Los
que así lo creen, confunden revuelta y revolución.
El segundo aspecto es la verborrea extraordinaria de estas re­
vueltas. Asistimos al fenómeno de la hinchazón de las palabras, del
que ya hemos hablado, para esconder la vaciedad de las cosas. Por
ejemplo, habrá que hacer un análisis del vocabulario de mayo-junio
de 1968 con relación a los hechos, para comprender hasta qué pun­
to se pudo delirar. Lo mismo ocurre cuando nos dicen que tal o cual
república sudamericana arde y sangra, que la revolución ruge, que
el gobierno está en las últimas y, a continuación, que había exacta­
mente dos docenas de guerrilleros. Esta hinchazón del vocabulario
no tiene por meta solamente exaltar los corazones y hacer tomar en
serio acciones mediocres, sino que. a mi entender, pretende colmar
el foso entre revuelta y revolución.
Al fin y al cabo, la revuelta está muy desvalorizada. Se habla de
ella con un poco de conmiseración. Es algo romántico. Sólo la re­
volución es seria. Lo sabemos desde Marx y Lcnin. y sólo ella pue­
de cambiar efectivamente la sociedad. No interesa, en absoluto, de­
cirse rebelde: para parecer importante (y debido a la banalización.
ser admitido en sociedad) hay que ser revolucionario. Por esta ra­
zón, en la medida en que las acciones carecen de doctrina y praxis
revolucionaria, es necesario establecer el mito revolucionario median­
te el verbo y hacer del lenguaje la prueba de la revolución. De ahí
que haya que emplear un vocabulario revolucionario. Para que no
haya malentendidos, se utilizará el vocabulario clásico que se repc-

377
tira indefinidamente, letanía probatoria, presente tanto entre los es­
tudiantes como entre los guerrilleros, como en el Black Power, como
entre los descolonizadores.... y a través de ese vocabulario, se tra­
tará de hacer un ensayo de explicación de la acción explosiva, de los
atentados, de los reflejos violentos, inscribiéndolos en la línea revo­
lucionaria Dicho de otro modo, la incoherencia entre el lenguaje
empleado y las acciones llevadas a efecto es. a mi juicio, la señal de
que se trata de una revuelta, pero de una revuelta que no se acepta
como tal y que quiere transformarse irrealmente en revolución. En
estas condiciones, asistimos a dos hechos muy significativos: la trans­
formación de la propaganda y la estridencia de los interlocutores. En
la medida en que se trata real y exclusivamente de revuelta, la pro­
paganda no es la misma que la de las grandes revoluciones. Encuen­
tra el estilo popular directo, tanto en los medios como en las expre­
siones. Actúa de nuevo por el rumor, por el discurso improvisado
del orador callejero, por la presencia de un líder informal, por el
cartel, lo cual es muy importante porque el cartel ha perdido prác­
ticamente todo su valor propagandístico entre 1918 y 1968. El cartel
supone el ir a pie (no interesa al automovilista), disponer de un poco
de tiempo (el papanatas), la invención espontánea popular; ése es el
tipo de la revuelta, no de la revolución. También forman parte de la
propaganda: la inscripción, las tribunas y las obras teatrales más o
menos espontáneas e informales. En este aspecto es muy caracte­
rístico el “teatro radical americano” (Bread and Pupper Theater, Open
Theater, Teatro Campesino. Gut Theater). En conjunto, es un teatro
que no trata más que de cuestiones políticas, intentando electrizar no al
público con espectáculos de choque y arrastrar directamente al ma­
yor número de participantes a la acción misma de la representación.
Encontramos en él un enorme abultamicnto de las cualidades y de
los defectos, una división simplista del mundo en buenos y malos, la

■' Un claro ejemplo de esta utilización del lenguaje nos lo proporcionan


I»-, discursos pronunciados, con ocasión del encuentro entre el P. S. U. y
el U. N. E. F.. por los señores Sauvageot y Bridier, en junio de 1968.
A menudo se dice que este teatro tiene como meta el provocar una
“toma de conciencia". Esta triste fórmula, empleada sin mesura, es curiosa
Se trata, en realidad, de conseguir una reacción inmediata: es decir, lo con-
u atio de una toma de conciencia.

378
proclamación de consignas de acción, la presentación de personajes
que provocan inmediatamente la adhesión o el horror: es el teatro de
la revuelta pura, instintivo, que arrastra a la acción, a veces direc­
tamente comprendida en el teatro (distribución de un pan de comu­
nión, tarándolas, coros hablados por todos los espectadores... como en
el antiguo guiñol). Vemos hasta que punto difiere esta propaganda
de la .gran propaganda'' '*7: es el instrumento directo, sin trasfondo;
es la expresión popular de la revuelta. Hay que añadir el teatro re­
volucionario negro, que es también teatro de propaganda y que tiene
por meta sensibilizar al público, crear un lenguaje que permita al pú­
blico definirse a sí mismo. El teatro se convierte en una prolongación
del Black Power y tiende a trasladar al espectador directamente al
ambiente de la guerrilla (algunos de estos teatros servían, efectiva­
mente, de depósito de armas); puede calificarse de teatro de auto­
defensa 3S.
Todas estas manifestaciones teatrales no son otra cosa que teatro:
desfilar desnudo por las calles es dar un espectáculo muy atractivo,
pero, al mismo tiempo, un aspecto de pura revuelta, tanto por la
instantaneidad de la expresión como por el carácter puntilloso de la
explosión. Aunque se habla constantemente de revolucionarios, estas
formas teatrales no son más que un grito terrible, una convulsión, que
serían solamente delirantes y convulsivas si no se refirieran a “los
grandes problemas contemporáneos” . Se asemejan a las procesiones
de flagelantes en la Edad Media, o a los espectáculos de gladiadores,
teniendo, además, el punto de enganche en la guerra del Vietnam. en
la segregación, en el capitalismo. Esto da un contenido que se cree
revolucionario, pero con una forma que no es otra cosa que fugaz
excitación, rápidamente absorbida. En fin. no se trata más que de
revuelta en estas obras de teatro o en estas películas situadas en una
sociedad conformista y burguesa que las absorbe, las asimila y las
recupera comercializando los peores ataques contra ella. Revueltas
sin objeto, finalmente, puesto que el único objeto sería el éxito de
esos espectáculos.

n Con el mismo objetivo, no obstante, de la participación v de la orto-


praxia.
M The drama rnr«- T. R. />.. ntim. 40. 1968

379
Para encontrar una justificación, el arte se convierte en un puro
mecanismo de propaganda. Al teatro no se 1c proclama válido más
que si es revolucionario y el pintor o el músico deben transmitir un
mensaje explosivo a la Humanidad. En esc “arte" encontramos los
dos estilos de propaganda: la catcquesis y la comunión Peler Scliu-
mann declara que está en contra de los “mensajes” y que lo impres­
cindible en una obra de teatro es el estar juntos para encontrar un
punto de vista común, “por ejemplo, si todo el mundo llega a pen­
sar que la guerra del Vietnam es realmente la historia de unos hom­
bres a quienes se permite matar y a quienes no ocurre nada y que.
simultáneamente, hay tribunales que condenan a ladrones de pollos,
este desacuerdo de símbolos es tan grande que cuando llegásemos a
demostrarlo claramente podríamos comprender juntos la misma co­
sa y habría, por lo menos, una cosa en la que estaríamos de acuerdo".
Peter Schncidcr dice exactamente lo mismo cuando consagra el
arte a la agitación y a la propaganda, describiendo su acción de esta
forma: la misión del arte no consiste en dar una forma artística a las
aspiraciones, sino en liberarlas de la búsqueda a que estaban conde­
nadas, con el fin de conducirlas bajo su forma bruta a la revolución.
En la medida en que el capitalismo avanzado destruye literal­
mente la capacidad para formular aspiraciones humanas y mantiene
estos dcsidcrata a un nivel infantil, la literatura tiene por misión, a
parte de esta función de agitación, el actualizar las viejas nostalgias
y aspiraciones de la Humanidad conservadas en las obras de arte,
con el fin de que tengan una oportunidad para concretarse. En esto
reside la función de propaganda del arte.
“El arte de propaganda podría buscar las utopías entre los
sueños escritos de la Humanidad y liberarlas de las distorsiones de
la forma que les fueron impuestas.”
Es el mejor ejemplo de lo que fue la propaganda hitleriana. La
música pop en su origen fue de este mismo estilo estético y comunial.
Se trataba del grito directo de la revuelta. Pero tenemos que com­
prender que una acción de este orden no desarrolla nunca la toma
de conciencia y el espíritu crítico, sino que se orienta siempre hacia

Jacques B i u i : Pinpayoinlc.'.

380
el embrutecimiento y la conformización de la masa. No puede tener
otro efecto a parte del que he analizado como ortopraxia. Por otra
parte, tenemos el arte con “mensaje” , tan pretencioso, plomizo y
mediocre. El teatro 4,1 sólo se concibe como una forma de “combate” ,
bajo una forma catcquctica, de letanía. Con Tom Paxton el pop tomó
este camino que confiere de nuevo una primacía a las palabras que
pretenden ser revolucionarias por tratarse de un pequeño discurso
sobre la guerra del Victnam. En este momento el pop se encuentra
dividido entre esta corriente dialéctica y la corriente que busca “cual­
quier otra cosa", negándose a la politización, con los Beatles 41 y con
Bob Dylan. En cuanto a Godard, está devidido en sí mismo, osci­
lando entre el estilo catequético (;a pesar de que declara que no le
gusta el catecismo!), como, por ejemplo, en Pravda o en el British
Sounds, y el estilo “pizarra educativa” , destinado a la simple explo­
sión reflexiva. Pero lo que nos deja meditabundos en presencia de
este gran esfuerzo es la absoluta nulidad del pensamiento. Cuando
Godard expresa sus “convicciones" políticas y explica la sociedad
contemporánea; cuando Golas (en Sarcophage) o Arrabal expresan
sus opiniones sobre el teatro o la literatura; cuando Rcbeyrolle ex­
plica el significado de su obra pictórica, nos vemos invadidos por una
red de lugares comunes, de machaconerías, de una anticuaba de ver­
balismo revolucionario, de una casi total ausencia de reflexión y de
comprensión política: llegamos a una aproximación de la nada. Todos
están dominados por la “pasión revolucionaria” y convencidos de
que esto debe reflejarse en su arte; pero, desgraciadamente, no tic-

“ G. Sandieh : Théátre el combal, 1970; M. E sslin : Alt déla de l'absurde.


“ Cf. l.a canción de los Beatles titulada Revolutiotr.
Dices que quieres la revolución.
Ya sabes que lodos queremos cambial el mundo (...)
Me pides una colaboración
Ya sabes que nunca nos hemos negado
Pero si quieres dinero para los que sólo tienen odio en sus mentes
Déjame decirte, amigo mío, que puedes esperar (...)
Dices que cambiarás la constitución
Nosotros queremos cambiarle la cabeza
Dices que son las instituciones
Harías mejor en liberar primero tu espíritu
Pero si sigues llevando contigo fotos del Presidente Mao,
Nadie te seguirá, créeme.

381
ncn ni la más ligera ¡dea de lo que es el mundo en que debería lle­
varse a cabo esta revolución. Por eso, cuando Rebeyrolle proclama
que lo importante en la obra de arte es su “contenido filosófico” , no
podemos reprimir la risa, pues todo se reduce a unas letanías sobre
la lucha de clases e incluso sobre la plusvalía capitalista. Por milé­
sima vez encontramos un “pensamiento” de hace un siglo y no re­
novado.
En realidad, lo más interesante es encontrar de nuevo el teatro
de patronazgo, que no tiene ningún valor ni de juego, ni de texto, ni
de escenificación, y que se mantiene únicamente con el fin de difundir
ciertas verdades muy sentidas y conformizantes. Lo importante es la
intención política, como para el patronazgo lo es la intención religiosa
o moralizante. Esto se hace evidente, por ejemplo, en la obra de
Arrabal Et ils passent des menottes aux jleurs..., o en la de Gclas,
Sarcophage. En el mejor de los casos, y dada la nulidad del conte­
nido político-social, este arte expresa lo intolerable que sienten estos
artistas: se convierten en un simple grito que entra exactamente en
la categoría de revuelta, y el artista, atrapado en el cepo, no puede
ir más allá de este grito sin traicionarse o conformizarse.
Por último, asistimos, en esta misma línea, a lo que podríamos
llamar el estallido de los interlocutores. En la medida en que no hay
ningún pensamiento común, ninguna doctrina y todavía menos teo­
rías, en la que hay muy pocos grupos verdaderamente organizados,
cada uno habla en su propio nombre y no representa a nadie. Esto es
un factor común a la guerrilla (en la que finalmente cada grupo tie­
ne su “doctrina”), a los guardias rojos, a los estudiantes y a los
negros americanos. Aparecen numerosos grupúsculos. Se afianzan,
pero la masa en agitación los abandona inmediatamente. Un líder se
destaca, la ola le arrastra y se crea un movimiento a su alrededor,
pero la atención se desvía y vuelve a caer sobre la arena. Sin embar­
go, éstos son signos característicos de la revuelta. Naturalmente, en
la medida en que la revolución es también agitación popular, fenó­
menos de este tipo pueden producirse, pero esto no es lo significati­
vo: lo importante es la aparición de líderes reconocidos globalmente,
de un pensamiento creador, de una representación de la masa y de
una organización. Actualmente existen grupos que tratan de afirmarse

382
como representativos, pero que tienen tan pocos adherentcs que no
representan nada. Y los más serios y honrados de esos rebeldes de­
claran abiertamente que no hablan más que en su propio nombre,
que rehúsan representar a nadie '-. De ahí que no se sepa nunca
cuál es el contenido de esta revuelta, cada cual expresa sus sueños
personales, sus rencores, sus reivindicaciones... Sólo se encuentra
una dispersión a nivel de la expresión: lo que les une es una reac­
ción común contra un estado de cosas inaceptables (pero, ¿cuál?),
una explosión, un sentido de la destrucción de lo que les rodea, el
convencimiento de que solamente la violencia puede permitirles al
tiempo expresarse y salir del atolladero en que se sienten encerrados,
sin poder trazar sus contornos.
Ahora bien, esas agitaciones esporádicas, esas reivindicaciones del
hambre, esas explosiones de violencia, esos espectáculos llamados re­
volucionarios. esos movimientos errantes, esos funámbulos de la ma­
gia política, esos místicos del Eros sólo pueden ser tomados en serio
y considerados como anuncios y profetas de la revolución en la me­
dida en que son objeto de información, de difusión en los mass media,
de transformación en imágenes que contienen pseudomensajes y ver­
daderos divertimientos. Gozamos con unos dramas imaginarios, por­
que son fruto del acercamiento, de la densificación y de la multipli­
cación de las imágenes. El mundo siente temores o esperanzas revo­
lucionarias en la medida exacta en que funciona la televisión. Vivimos
en lo que en otra ocasión (L ’illusion politique) he analizado como
la política en el mundo de las imágenes. No existe ninguna realidad
vigorosa y densa de una eventual revolución. Por todas partes hay
explosiones y contorsiones de verdadero sufrimiento o de exaltación
fingida, cuya suma ni produce ni producirá nada, pero cuyo montaje
bien orquestado crea la ilusión espectacular de que el siglo en que
vivimos es excepcionalmente turbulento, revolucionario y, política­
mente, grandioso, cuando la realidad es que es excepcionalmente
grandioso por su frío rigor, sus éxitos técnicos mezclados con su des­
atino y su desorden no revolucionario, sino entrópico.

43 Es curioso notar que encontramos la misma característica en “La non-


velle Tcologie” que se niega a ser un dogmatismo y una escuela: cada uno
habla por sí.

383
La generalización misma de esas explosiones, el convencimien­
to de millones de hombres de que son revolucionarios, es la prueba
de que ya no hay revolución. Nos hallamos ante una cuestión decisiva.
¿Siguen siendo revolucionarias las ideas, los modelos tácticos, ob­
jetivos, cuando se han convertido en patrimonio de todos y han sido
aceptados por todo el mundo? H^y dos primeras orientaciones: cuan­
do todo el mundo habla de revolución se trata de la revolución banal
que ya he estudiado en otra parte, es decir, que la idea revoluciona­
ria no corresponde ya a la situación; sólo es posible tener semejante
expansión en la medida en que la situación transformada hace posi­
ble. sin trabajo y sin dolor, la adhesión a lo que fue una doctrina
explosiva y dura, pero que ya sólo se dirige a un recuerdo. La gene­
ralización implica la inactualidad del pensamiento revolucionario. De
ahí que, para un revolucionario, designe exactamente el terreno en
que resulta inútil luchar, el objetivo que es vano perseguir.
Segunda proposición: ¿Se adhiere la masa al nivel más alto, al
pensamiento más exigente y a la forma más dura de la tendencia
revolucionaria? Todas las experiencias prueban que hay exacta coin­
cidencia, por un lado, entre la acción rigurosa, la teoría exacta y la
minoría activista, y, por otro, entre la adhesión de las masas, la vul­
garización. el laxismo y el adoccnamiento del movimiento revolucio­
nario. Esto ha sido así en todas las revoluciones.
Pero tras estas dos primeras orientaciones encontramos otras dos
observaciones fundamentales. Un movimiento revolucionario se sitúa
siempre en relación con una sociedad determinada. Por ello hay que
considerar ambos términos. El movimiento revolucionario está enca­
bezado por una minoría, una élite, una masa, una clase o por el pue­
blo, si bien este último no es revolucionario en cuanto tal. Cualquiera
que sea su nombre, incluso el de proletariado, el pueblo es siempre
en sí rebelde y reaccionario, conservador y revoltoso.
La espontaneidad de las masas sólo percibe la evidencia de los
hechos y se deriva de la autocontcmplación. Creo que en esto el
análisis de Marx es totalmente correcto. Las masas reaccionan en
presencia de hechos inmediatos y de desgracias padecidas. Por esta
razón, no se equivocan sobre sus necesidades, sus deseos y sus aspi­
raciones. pero sí. decisivamente, sobre sus posibilidades y sobre la

384
realidad de las estructuras que deben de ser denunciadas para satis­
facer su impulso. Para concebirla se requiere un conocimiento y una
imaginación que no son atributo de las masas. Mientras las opresiones
fueron directas y concretas podía haber cierta concordancia entre la
realidad social y las necesidades. Pero actualmente los problemas se
han hecho abstractos y lejanos. Los problemas padecidos son subje­
tivamente ciertos (a nivel de las necesidades y la desazón), pero ob­
jetivamente falsos (por ejemplo: el imperialismo). Porque los verda­
deros fenómenos a los que debe atacar la acción revolucionaria se
sitúan en un segundo plano, y son causas de segundo grado de la
situación considerada como nefasta e intolerable las que es preciso
atacar. Ahora bien, esto, en un mundo complejo, sólo puede ser per­
cibido mediante el análisis y no deriva de ninguna espontaneidad ni
vulgarización posible. Es más, actualmente se sabe que para que las
masas accedan a la lucha revolucionaria se necesita previamente una
apertura de la sociedad en este sentido: cuando el Estado se hace
menos opresivo y tiende al liberalismo, cuando el nivel de vida de
los pobres sube, cuando la presión social cede y cuando la moral se
degrada, entonces es cuando el empuje revolucionario puede estallar
en el mismo sentido.
Dicho de otra manera, la revolución se limita siempre a cumplir
lo que la sociedad global ha emprendido ya. Por consiguiente, des­
emboca siempre en un reformismo y acaba conformándose al mode­
lo social. Esto nos conduce a la segunda observación: la sociedad
sólo permite plantear los problemas que, en última instancia, no po­
nen en peligro al cuerpo social. Hoy se puede discutir, con todos los
excesos posibles de lenguaje, del imperialismo, de la libertad sexual,
de la sociedad de consumo, porque ello no entraña peligro alguno.
Los problemas vitales ya no se encuentran a este nivel. Sucede como
si el cuerpo social actuase como un organismo que supiera repeler
las agresiones (no soy, sin embargo, un sociólogo organicista). Muy
característico, por ejemplo, es el actual desvío de la opinión con res­
pecto al fenómeno técnico sobre el “problema” de la polución, que
es realmente lo espectacular sin peligro para la sociedad tccnicista.
Existe una especie de acuerdo de fondo entre el empuje revolucio­
nario que alcanza estos problemas sin peligro, se excita con ellos y

385
se agota, y la sociedad global que permite que se planteen precisa­
mente porque no la perjudican. Pero las estructuras fundamentales
quedan protegidas, y el pueblo, milagrosamente, no se interesa por
ellas, los intelectuales no las ven o hacen de ellas un tema filosófico.
En realidad, el pueblo y los intelectuales se protegen a sí mismos de
este desafío agitándose convulsivamente en revueltas obvias.

El empuje revolucionario está actualmente arrinconado entre mi-


lenarismos y utopías l:‘. Por un lado, está la creencia de los pobres
(los campesinos sin tierra, los pastores sin rebaño, los obreros impo­
tentes en un trabajo sin fin) en que un gran movimiento espontáneo,
adornado con los signos de la unción divina, anunciando un nuevo
Evangelio, realizará en la tierra el orden mismo de Dios. El milcna-
rismo es una tempestad que debe lavar a la humanidad del mal y
dar a los pobres los bienes de la tierra al mismo tiempo que la jus­
ticia. Es condena radical de los explotadores y de los poseedores. Los
izquierdismos son milenarismos que presentan las mismas caracte­
rísticas que todos los milenarismo desde hace más de dos mil años.
Punto por punto.
Por otro lado, el sueño compensatorio pseudo-revolucionario de
unas categorías venidas a más o de unas clases en declive, cuya pri­
mera finalidad es desviar los milenarismo, captarlos y encuadrarlos.
También los utópicos renuevan idénticamente el esquema y la fun­
ción de las utopías clásicas. Con dos orientaciones de esta utopía:
por un lado, la gran sociedad tecnicista; por otro, el comunismo.
Los P. C. son — naturalmente sin referirse a ello explícitamente— los
mejores agentes de una derivación utópica. Entre ambas, no sabemos
con certeza dónde podría situarse la más mínima posibilidad de re­
volución. Lo único que se percibe es que todo se traduce en re­
vueltas.

" J. Serv ier : Op. cit.

386
Epílogo
Muerte del viejo topo
“En los signos que desconciertan a la bur­
guesía, a la aristocracia y a los curas, anun­
ciadores del declive, reconocemos nosotros a
nuestro noble amigo, el viejo topo que sabe
trabajar tan aprisa bajo tierra, el digno pione­
ro, la revolución."
K arl MARX.

Nos hallamos, pues, ante la revuelta. Nos embarga el sentimiento


de que es, en estos momentos y en este mundo, la última puerta de
salida. Todo se organiza y se cierra progresivamente. La vida de
uno se desvanece en el bienestar previsto y previsible para todos. La
molicie invade el corazón de los que padecen una servidumbre tole­
rable, y la grisalla de los días se solea con los cruceros al alcance
de todo el mundo. La revuelta es aún posible. No está todo tan bien
organizado como para que no quepa el sentimiento de lo intolera­
ble, el terror a un destino que no ha sido dictado por los dioses,
sino por los estadísticos. El viejo “reflejo de libertad” de Pavlov
está aún presente, aunque debilitado por un exceso de compromisos,
por la diaria satisfacción de unos deseos mediocres. El sistema to­
davía tiene fallos, pero es un error crer que es incoherente, que esté
mal ajustado y que en sus huecos todo es aún realizable. La revolu­
ción ya no lo es. La revuelta es todavía posible, pero ya no desem­
boca en ninguna revolución, pues ésta está definitivamente excluida,
y si lo que todavía recibe este nombre parece irrisorio al lado de lo
que debería ser, los reformistas y los revolucionarios se encuentran
ahora emparejados e iguales en su ineficacia. El progreso técnico ha
desbordado estos conflictos.
Ha habido un período histórico de las revoluciones. Ahora, la
era de las revoluciones ha terminado. Quizá no de todo movimiento
revolucionario, pero sí del único que merece este nombre: el momen­
to de la revolución necesaria ha pasado. Tenía que haberse hecho
cuando la sociedad tecnicista no había aún llegado a su desarrollo.

387
Hace treinta años, habría sido posible. Se ha perdido el tiempo con
la revolución marxista ya superada. Habría sido posible cambiar su
orientación, pero no se hizo. Ahora, esta sociedad no puede ser ver­
daderamente amenazada. Sólo sus apariencias.
Cuando E. Morin escribe: “La revolución está en crisis en el
mundo. Pero al mismo tiempo es el mundo el que está en crisis
revolucionaria; en el momento en que él toca las campanas de la re­
volución, es preciso tocar las campanas del conservadurismo y del
evolucionismo. Porque si no vivimos la revolución anunciada por los
revolucionarios, vivimos la más fantástica revolución de la historia
del hombre” (Introducüon á une politique de l’homme), está claro
que para él se trata de la revolución científico-técnica. Ya he dicho
en otra parte que este cambio no puede ser calificado de revolución.
El subraya, por el contrario, que esta mutación elimina los mesianis-
mos políticos y que la situación moderna transforma la revolución
clásica en fantasmagoría. Pero subestima los profundos trastornos ac­
tuales que caen bajo el ámbito de la revuelta. Ahora bien, lo que
él no percibe es que estas revueltas están provocadas precisamente
por el contacto del hombre con las técnicas, esas mismas técnicas
que hacen imposible la revolución y que no responden en modo al­
guno a la “aspiración revolucionaria de la humanidad” .
El vacío de las revoluciones actuales en el remolino de las re­
vueltas es debido a la propia sociedad tccnicista. Puedo formular como
verdadera ley según la cual cuanto más tecnicista es la sociedad, más
insoportable se le hace al hombre y más provoca su rechazo, su volun­
tad de cambio y, por tanto, sus tendencias revolucionarias. Pero, al mis­
mo tiempo, cuanto más tccnicista es, más imposibilita la revolución
y más bloquea toda realidad revolucionaria. Esta contradicción ori­
gina un sinfín de revueltas, como una junta mal apretada deja esca­
par el vapor en el conflicto entre el pistón, el cilindro y el gas.
La revuelta puede, a lo sumo, derrocar un régimen, pero ello no
tiene hoy mayores consecuencias que, en el imperio romano, el com­
plot de palacio que asesinaba a un emperador para sustituirlo por un
general que tardaba poco en pervertirse. No se trata ya de revolución.
La revolución necesaria es mucho más profunda, secreta, compleja
y afecta a una tal dimensión del hombre y de la sociedad que no veo

388
su posible realización, siendo lo que somos y estando nuestro mundo
tan seguro de sus fuerzas. La revuelta aún es posible, pero sólo con­
duce a reforzar los poderes, a sustituir las autoridades discutidas por
otras más sutiles y a perfeccionar la sociedad y el Estado, pues tro­
pieza con hombres c instituciones de buena voluntad. “¿Se subleva
usted? ¡Cómo no! Sin duda alguna, tiene usted buenos motivos para
hacerlo. Acogemos su revuelta y su contestación. ¿Cuáles son sus ob­
jetivos? Vamos a crear los organismos necesarios para realizarlos.
Porque, en sus exigencias y en sus protestas, hay algo bueno. Usted
no es ni nuestro enemigo ni un peligro. Tiene sus razones y nosotros
estamos aquí para comprenderlas. La material sociedad tccnicista pon­
drá en movimiento sus aparatos para interpretar y responsabilizarse
de lo que usted, tan burdamente, intenta decir con su incomprensible
clamor.” Así, cada oleada de revuelta, acogida, investida y finalmen­
te invertida, sirve para perfeccionar esta sociedad quitándole al re­
belado la causa inmediata que le impulsaba a su revuelta y a su
libertad. El malentendido es evidente. Porque es cierto que en este
movimiento indistinguible y torpe de la revuelta el rebelde ya no
sabe qué exigir cuando el punto preciso que le dañaba ha sido cui­
dadosamente eliminado y su herida, amorosamente cuidada. Por tan­
to, nada ha cambiado, salvo que el sistema se ha cerrado un poco
más porque produce menos dolor.

La revuelta es aún posible. Surge de nuestras inconscientes aspi­


raciones, de nuestras cóleras frenéticas y de la desesperación sin nom­
bre que tomó rostro con Kierkcgaard y Kafka.
Por todas partes veo estallar revueltas, protcstatarios que se levan­
tan en nombre de la dignidad del hombre, recusaciones contra el
destino intolerable y contestaciones que ponen en causa a todo el orden
social. La revuelta asedia a esta sociedad, pero también la consti­
tuye. Parece que toda la potencia negadora de la esperanza del
hombre se agota hoy en un grito — II grido. Gritos por todas partes—
y únicamente gritos lanzados al cielo y al vacío, gritos que se anu­
lan y se identifican en una atroz cacofonía sin director de orquesta.

389
Pero no veo por ningún sitio el menor comienzo de una revolución.
El paso de una a otra no puede ya efectuarse, el esquema de bella
simplicidad mostrado por Marx y Lcnin no se aplica ya. La revuelta
se agota en la exaltación. No aparecen ya ni revolución ni doctrina ni
pensamiento, ni determinación fría y lúcida, ni movimiento relativo
a esta sociedad. Todo está mudo. El viejo topo ha muerto, y sólo
subsisten los movimientos errantes, cspasmódicos, sin profundidad ni
verdad. Sueños de un durmiente agitado que confunde su sueño con
una realidad. La pesadilla no cambia nada y solamente libera al dur­
miente en lo más profundo de sí mismo. Estamos en el tiempo que
evocaba Tito Livio en el que nada es posible, porque “no podemos
soportar ni nuestros males ni sus remedios” . Pero lo que no conocía
Tito Livio es la potencia ordenadora de una sociedad que se nutre
de sí misma y que se construye infaliblemente. Sólo conocía el des­
tino.
¿Es esta revuelta posible el fruto personal de una cólera personal?
¿Es expresión de la dignidad befada, de la toma de conciencia exal­
tada, de la clara visión de una inaceptable opresión? En modo al­
guno. No podemos acreditar a las revueltas actuales su sobresalto,
su odio, su grito. La revuelta no es hoy más que un espasmo entre
otros en el universo cspasmódico en que nos encontramos. Desde el
Ural a Hollywood, pasando por Europa y América, todo se reduce
hoy a espasmos sucesivos. El amor se ha convertido en orgasmo, el
lenguaje en fonema, el arte en pulsación frenética, la relación huma­
na en velocidad; todo lo que vive es espasmódico, el movimiento so­
cial es hoy un espasmo, es decir, una revuelta. La ameba se contrae
y expulsa el agua que la propulsa — ¿donde? ¡Qué importa!— . Un
espasmo sigue a otro. El hombre y la sociedad viven hoy de ese
modo. Y lo cspasmódico es lo vivo en el universo de los objetos u .
No hay que engañarse: el espasmo no es lo contrario, sino la ex­
presión exacta de una sociedad fuertemente estructurada por el cre­
cimiento tecnicista. El hippy es un producto calibrado de la sociedad
tecnificada, la droga es “la realización fantástica” del hombre de la
organización, el jazz, el jerk, el Living Theater, son el entusiasmo;

** A este respecto, véase el excelente libro de J. Brun: Retour de Dioiw-


sos, 1969. i

390
el estructuralismo es la teoría general de ese mundo tecnicista, la re­
vuelta es su “complemento solemne, su consuelo, su justificación uni­
versal” . Es más: la esperanza en las revoluciones de hoy expresadas
en las revueltas es el verdadero opio de los pueblos de hoy. Entonces,
¿qué camino tomar? Hay que saber que verdaderamente partimos de
cero, es decir, del individuo. Fuera de ese punto de partida, todo
es vano. Creer que puede modificarse algopor la vía institucional es
ilusorio. Decir que si las revoluciones pasadas 'fueron políticas y ¡lie­
go económicas, la revolución de hoy debe ser “social y cultural” , es
no decir nada. ¡Que infantilismo dar tanta importancia a lo cultural!
En el seno de una sociedad que vive de estructuras secretas, que se
organiza en profundidad, solamente una recuperación secreta y pro­
funda es capaz de instaurar un proceso revolucionario que no puede
en absoluto tomar un aspecto explosivo, que no puede pretender al­
canzar rápidamente objetivos visibles. Durante generaciones hemos de
ir tanteando por esta vía revolucionaria, que sólo tiene un sentido,
el de la libertad, pero en la que será preciso que, contrariamente a
la costumbre, el camino hecho por unos sirva a otros, que el terreno
conquistado por una generación sea el punto de partida de la si­
guiente, tan titubeante, tan incierta y obstinada como la precedente.
Otro camino. Es lo que nos hace falta abrir. Algunos testigos nos
pueden indicar la manera: la línea de Demitriu en Incógnito, la de
Silonc en Uscita di Sicurezza. Una vía de silencio y de perseverancia,
de relación personal rara y auténtica; de razón opuesta a todo lo
racional y a todo lo irracional, de virtud que hay que reinventar, por­
que ya no se trata de moral. El mismo programa, y. sin embargo, ra­
dical. que implica la puesta en juego del todo de cada uno, en bene­
ficio de nada que sea previsible. Es lo contrario de la apuesta de
Pascal, y, sin embargo, idéntico. Compromiso que no podrá evitar
el recurrir a otra magnitud.
¿Qué más puedo decir? ¿He querido acaso demostrar que la re­
volución necesaria es imposible? Simplemente, me pregunto a mí mis­
mo sobre las causas de los fracasos de todos los movimientos revolu­
cionarios que proliferan desde hace un siglo. Si la realidad se revela
sombría y dura, hay que saber mirarla de frente. ¡Es el primer acto
revolucionario! He intentado descubrir los errores cometidos, los

391
que hay que tratar de evitar (por lo menos, si se piensa que la revo­
lución es necesaria), y al proceder así no he juzgado a nadie. ¿Cómo
se puede juzgar a aquellos que se han comprometido? ¡Lo vano de
sus esfuerzos basta! He querido mostrar las condiciones de una re­
volución efectiva y los obstáculos que se levantan ante nosotros. ¿He
descorazonado a algún lector? Creo que esto no es grave. Los que
hoy son apasionados de la revolución no leen casi — a no ser ma­
nuales de estnjtegja— , y los que se dejarían descorazonar manifies­
tan que no están a la altura necesaria para entrar en la marcha re­
volucionaria. ¡La altura espiritual! ¡Qué vocación pequeño-burguesa
e individualista! Pero tales epítetos son únicamente la marca de la
derrota del que los profiere. Fue precisamente la comprensión de la
calidad humana, o sobrehumana, que se precisa para emprender esta
tarea lo que le hizo a Marx retroceder hasta “la clase revolucionaria
en sí, objctivmcntc, por su condición objetiva” . El proletariado sólo
puede ser revolucionario. Es su situación la que le hace así, necesa­
riamente, e independientemente de la calidad o de la indiferencia de
sus miembros... ¡Qué alivio! No tengo que elevarme a la dignidad
de héroe. Pero también ¡qué error y qué decepción! Stirncr. Pellou-
tier, Bakunin son los que tienen razón en este punto. No se puede
evitar el compromiso personal en una elección personal y con la lu­
cidez personal. Pero no hay que confundir el conformismo del medio
con esta decisión. He intentado únicamente disipar los equívocos cuya
evidencia se hace patente en todos los compromisos revolucionarios que
hoy se nos ofrecen. No he querido más que delimitar el terreno de
esta revolución necesaria, mostrando la puesta considerable, decisiva,
última podríamos decir, si es que algo puede ser último en el seno de
nuestra historia. La grandeza de la puesta comporta la grandeza del
riesgo y la dificultad de la tarca. ¿Cómo podría ser de otra manera?
¿Cómo podríamos jugarnos el todo por el todo tan fácilmente como
se juega a la ruleta rusa? Hay que convencerse de que nada se ga­
nará por el automatismo de las leyes de la historia o de la evolución,
que ya no estamos metidos en una vía revolucionaria que haya que
seguir hasta el fin. Hay que abrirla, y tengo la seguridad de que,
por difícil que sea, no es absolutatnente imposible mientras exista
un hombre libre. Pero no puede uno liberarse a sí mismo sin darse la

392
patente de hombre libre. ¿No he prestado alguna ayuda al que la
deseaba? ¿No habré abierto algún camino, indicado algún método?
Seguro que no. Proponer soluciones y una táctica en este sentido
sería precisamente rechazar todo lo que he intentado decir. Esto
llevaría consigo, necesariamente, la recuperación por el cuerpo so­
cial — caer en un nuevo reformismo— , aceptar el juego. No puedo
sustituir a nadie en su decisión personal. No puedo inducir a nadie
a ahorrarse su propia experiencia, su propio camino y el ejercicio
de su lucidez. Quizá haya proporcionado una guía, quizá una brú­
jula; sin duda alguna, unos criterios con los que cada uno puede cri­
ticar su acción y su valoración; unos puntos de referencia desde los
cuales cada uno puede concretar su ruta si anda extraviado. Tal vez
haya mostrado la configuración actual del tablero. Si nuestra sociedad
está cerrada, la historia, no, y lo exterior a la historia, menos aún.
Ante cada uno quedan el querer y el hacer.

393
INDICE
Nota previa.

P rimera parte

V• 9 ¿Dónde están los revolucionarlos?

p. 11 I. Fin del Occidente revolucionario.


p. 11 1. El proletariado.
p. 28 2. La juventud como fuerza revolucionaria.
p. 49 3. Los Intelectuales.
p. 67 II. El tercer mundo.
p. 67 1. Africa
p. 93 2. La situación revolucionarla en América La­
tina.
p. 111 3. La guerrilla.

p. 151 III. La revolución cultural china.


p. 153 1. Las fuentes doctrinales.
p. 173 2. La dialéctica de las contradicciones.
p. 193 3. Sobre el éxito de la revolución cultural.

p. 209 IV. Revolución y contracultura.


p. 209 1. La primera revolución-revuelta.
p. 219 2. La revolución norteamericana.

S egunda parte
p. 253 De la revolución Imposible a renovación de la re­
vuelta.
p. 255 V. Sin fines ni medios.

397
p. 255 1. Sin fines.
p. 284 2. Sin medios.

p. 327 VI. De la revolución imposible a


la revuelta.
p- 327 1. Los obstáculos que encuen
p- 337 2. La revolución sin sentido.
p- 350 3. La imposibilidad de cumpl
necesarias.
p- 362 4. El retorno a la revuelta.

p- 387 Epilogo. Muerte del viejo topo.


renovación de

i la revolución,

las condiciones

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