SALSEO ROYAL 1
Un Conde para Ruth
Por MARÍA R. BOX
Sinopsis
Ruth, tras la ruptura sentimental con su novio de toda la vida, decide
embarcarse en una nueva aventura subiéndose al primer avión que despegue
del aeropuerto. El destino la lleva a Liechtenstein, un principado anclado
entre Suiza y Austria que muy pocos conocen. Ruth parece adaptarse bien a
su nuevo hogar, en realidad todo parece ir sobre ruedas hasta que se topa
con él: Alexander Kieber.
Lo que Ruth no sabe es que Alexander, ese encantador hombre al que
conoce una noche loca, es Conde; y no uno cualquiera, sino que es el
tercero en la línea de sucesión al Principado de Liechtenstein.
Lo que Ruth no sabe es que ese encuentro loco hará que sea la comidilla
de todo el mundo; y cuando digo todo el mundo es… todo el mundo.
¿Te atreves a conocer la historia de Ruth y como acabó siendo la
comidilla de la prensa rosa mundial?
¡Los salseos royales como nunca antes te los habían contado!
Capítulo 1
¡Qué me detienen!
Dejo las maletas en el suelo y resoplo mientras la amable propietaria del
piso que he alquilado para un año se encuentra frente de mí.
Liechtenstein es un Principado situado entre mi querida Austria y Suiza,
un lugar con treinta y ocho mil habitantes que cuenta con bastante humedad
y que se encuentra rodeado de montañas. Liechtenstein es de esos sitios en
los que puedes encontrar un clima variado: inviernos fríos y con frecuentes
nevadas; y veranos cálidos y nubosos en comparación a España. Tiene
abundantes bosques en los que hacer senderismo y unos paisajes de
ensueño. Vamos, una maravilla para la vista.
En un principio pensé en viajar a Alemania, pero cuando llegué al
aeropuerto me subí al primer avión que salió rumbo a me da lo mismo, solo
quería irme. La verdad es que lo prefiero, Liechtenstein es un sitio tranquilo
donde he podido relajarme y reflexionar con claridad.
El último mes de mi vida ha sido caótico, y la causa principal de esta
locura tiene nombre: Arán.
Casi diez años de relación tirados al retrete por una noche. Aún siento
como el corazón se me encoge al recordarlo en nuestro apartamento, metido
en la cama con… ¡No! No quiero ni nombrarla.
Arán ha sido mi pareja formal durante casi diez primaveras, incluso
teníamos pensamientos de casarnos en dos años y de comprarnos nuestro
propio pisito. Pero todo cambió hacía unos meses atrás.
Arán llegaba tarde a casa, comenzó a hablarme mal o con desdén. Me
preguntaba cuando iba a irme con mis amigas, y, por supuesto, porque
pasaba tanto tiempo en el apartamento. Soy diseñadora editorial y mi
despacho es mi casa, ¿a dónde cojones quería que me fuera?
Amelia y Sofía, mis dos mejores amigas, me convencieron de irnos a un
baleario a pasar el fin de semana. Arán se alegró muchísimo de ello. Pero
estábamos tan mal que decidí llegar el domingo por la mañana en vez de
por la noche. ¿Mi sorpresa? Me lo encontré durmiendo en bolas con
Claudia, una supuesta amiga suya que ya decía yo que se le acercaba
mucho.
A ella la eché de los pelos del apartamento, porque bien sabía que
éramos pareja, y a Arán le di una merecida bofetada que me dolió más a mí
que a él. Luego hice las maletas y me fui al apartamento que compartían
Sofía y Amelia. Y aunque mis dos mejores amigas intentaran consolarme,
no fui capaz de levantar cabeza… por lo menos hasta ahora.
Observo el piso con atención cuando la señora abre la puerta con suma
delicadeza.
—Vamos, te lo enseñaré —dijo.
Y no pienso desperdiciar su invitación. Me ha costado muchísimo
arreglar los papeles para instalarme en Vaduz de forma temporal, así que no
tengo pensamientos de rechazar su proposición.
—Es un bloque muy tranquilo, estoy segura de que no tendrás ningún
problema —apuntilla—. También está muy bien ubicado, como has podido
comprobar —añade con una sonrisa cerrada que hace que en sus ojos
aparezcan arrugas.
He tenido mucha suerte en encontrar a alguien que me alquilara un piso,
siendo extranjera me ha costado lo mío. Aunque lo entiendo, no todo el
mundo es capaz de dejar en manos de una persona de fuera (aun teniendo
un nivel de alemán casi nativo) su piso. Es como si alguien me pidiera mi
iPad… no se lo dejaría a cualquiera.
Me llama mucho la atención Vanessa, mi arrendataria. Es una mujer que
ronda los sesenta años, pero tiene una melena rubia digna de una joven de
veinte. A pesar de parecer seria, es una mujer risueña; y eso es algo que me
encanta.
—Aquí tienes la lavadora y secadora, como ves está todo nuevo —
continúa—. Mi marido y yo lo reformamos hace poco.
—Es precioso —musito.
Y no miento. El piso tiene tres habitaciones; una de ellas la podría
utilizar como despacho; un baño y una cocina-comedor, que se divide por
una barra, con balcón con vistas a la plaza principal; es precioso. Tiene todo
lo que necesito. Incluso me habría conformado si hubiera encontrado
alguno con solo una habitación.
Después de lo ocurrido con Arán no tengo pensamientos de vivir con
nadie, necesito tener mi propio espacio.
Vanessa me da las llaves y me sonríe. Cierro mi puño en torno a ellas y
las aprieto.
—Ahora este piso es todo tuyo —comenta—. Cuídalo, y si tienes algún
problema con algo no dudes en llamarme —añade.
—Gracias, Vanessa.
Me despido de ella y suspiro, dejando reposar mi espalda contra la
puerta. Observo el piso en silencio y exhalo.
Nunca he hecho una locura de semejante calibre. De normal tengo a
Sofía y Amelia, que me acompañan en todas mis fechorías. Y luego estaba
Arán, con el que me iba de vacaciones. Nunca me he ido sola, en realidad
jamás he estado sin nadie. Pero eso ha cambiado. Voy hacia la maleta y la
acarreo hasta la habitación.
Si él me hubiera dicho las cosas claras… Mi cabeza llevaba un tiempo
sospechando que algo pasaba, a Arán se le da (o daba) muy mal mentir.
Pero la culpa fue mía. Sí, lo has escuchado bien. El error fue mío y ¿sabéis
por qué? Porque tendría que haber parado las cosas cuando llegó con una
mancha de pintalabios en el cuello de la camisa. Fue ese el momento que
debí aprovechar para finalizar lo nuestro.
¿Cómo la conocí a ella? Un día fui a llevarle unos papeles que se había
dejado en casa, y cuando llegué la vi muy pegada a él. Claudia es una chica
muy atractiva, de eso no hay duda. Pero de ahí a que te pongas la falda
como si fuera un cinturón…hay una gran diferencia. ¡Qué no hay nada de
malo en ello! ¡Hasta yo las he llevado así! Pero no a trabajar, coño.
Desde ese día supe que no iba a pasar nada bueno con ella, me la olía.
Los recuerdos, aunque dolorosos, me dan la fuerza suficiente para subir
la maleta a la cama y abrirla.
—Maldito imbécil —murmuro mientras lanzo la poca ropa que me eché
a la cama.
Después de que Arán me llamara una y otra vez, le respondí para decirle
que se había acabado y que me dejara en paz de una puñetera vez; que
cancelé la boda y que lo quería perder de vista. Claro, que después de
discutir casi una hora me soltó que no vernos sería imposible, ya que
vivíamos en la misma localidad y yo le respondí con una maldición que
hizo que mi móvil acabara contra el parqué del apartamento de mis amigas.
Arán tenía razón. Lo vi una y otra vez, era como si el destino me los
pusiera en frente allá donde pisaba. Tal fue mi enfado al enterarme de que
se iban a casar, que me hice las maletas y me fui, llegué al apartamento de
las chicas con un ataque de ansiedad y actué de forma preconcebida; sin
pensarme las cosas dos veces. Pero ¡dolía! Aun a día de hoy sigue doliendo.
—Perfecto —murmuro al darme cuenta de que no tengo toallas, ni
comida… ni nada.
Resoplo y cojo el móvil para echarle un ojo a mi cuenta bancaria. Vale,
tengo ahorros suficientes para ir a comprar todo lo que necesito.
Dejo la ropa tirada por la cama y busco en el móvil un lugar donde
poder hacerme con lo que necesito; y me alegro al saber que hoy es el día
de mercado local. No hay nada mejor que la fruta y verdura de este tipo de
sitios, por lo menos en mi opinión.
Me pongo los auriculares y me abrocho el abrigo para salir en busca de
las tienda que Google me ha indicado. Pero mi móvil comienza a sonar
cuando mis pies tocan el empedrado de la calle. —¿Cómo estás,
bomboncito? —me pregunta Sofía—. Un mes sin verte es demasiado.
Rio por lo bajo.
—Vaduz es una auténtica maravilla, chicas —les digo, sabiendo que
Amelia anda cerca.
—¡No nos des envidia! —escucho a Amelia en la lejanía—. Por cierto,
¿sabes quién está yendo al mismo gimnasio que yo?
Me paro en un paso de peatones y espero que se ponga en verde.
—¿Quién? —pregunto, sabiendo cuál es su respuesta.
—Claudia —resopla Sofía—. Y no te puedes imaginar la que ha liado
Amelia en un momento.
—¿Qué coño has hecho, Mia? —cuestiono con miedo de saber la
respuesta.
La escucho reírse a carcajadas.
—Se me han caído los polvos picapica en su ropa, ha sido un accidente
—dice ella como si nada.
Me echo a reír a carcajadas, y me veo obligada a bajar el tono, ya que
varias personas de mi alrededor se me han quedado mirando.
—¿Qué me estás contando?
—Lo que escuchas, bomboncito. Le ha echado polvos picapica en la
ropa y la tendrías que haber visto en la clase de zumba. Vaya descojone —
comenta Sofía—. Te lo paso luego por WhatsApp, que lo he grabado sin
que la monitora se diera cuenta.
—¿Ella para qué se cambia tanto? —apuntilla Amelia, y me juego lo
que queráis a que está encogiéndose de hombros—. Si fuera normal, que
dime tú la tontería de cambiarse de ropa para hacer zumba, no le hubiera
pasado nada. Pero eso le pasa por guarra, que os recuerdo que me llamó
desgraciada sin talento. ¡Desgraciada sin talento su put…!
—Eh, eh, ya vale, que como te pongas a insultarla no paras —le dice
Sofía—. Bueno, bomboncito, ¿cómo estás? ¿Has entrado ya al piso que nos
dijiste? Cruzo la calle y me encamino hacia una tienda donde comprar las
toallas.
—Sí, ya he entrado, No sabéis lo que me ha costado encontrar uno —
resoplo—. Mi casera es muy amable. Y ahora voy a comprar toallas y esas
cosas. Que no tengo nada.
—Normal, si saliste por patas… —musita Amelia—. ¿Y este fin de
semana qué planes tienes? Llevas allí un mes, a alguien habrás conocido.
Una sonrisa ladina curva mis labios. ¿Conocer? Sí, bueno, si en el caso
de que el anciano con el que me topaba para desayunar en el hostal todas las
mañanas se puede considerar alguien.
—Ya sabéis que yo soy de ir más a mi bola. Pero vosotras qué tal,
contadme. —Cambio de tema de conversación rezando en mi interior para
qué dejen el tema de conocer a gente para otro momento.
—¡Puf! Yo asqueada y Amelia no ha conseguido la plaza —dice Sofía
—. Esto es un asco, tía. Tendríamos que hacer como tú e irnos de aquí.
—Eso, ¿allí hay vacantes de magisterio? —me pregunta Amelia.
Amelia, o Mia, es profesora y le encantan los niños. Paradójico ya que
es una persona muy directa y no se corta una, pero con los niños es una
ternura. En cambio, Sofía es enfermera y está trabajando en el hospital de
nuestra zona en España; pero está insatisfecha. Dice que hace muchas horas
y cobra poco, y vive con el miedo de que la echen, ya que es una recién
graduada y creo que todos sabéis como se nos trata al principio.
—Si os soy sincera no lo sé, pero por lo que dicen en las noticias el país
va muy bien. Yo al ser autónoma…
—Estás bien allí, ¿verdad? En ese sentido, digo —murmura Amelia.
—Sí —respondo—. La verdad es que aquí no pago tanto como en
España; y no paro de recibir pedidos y trabajos de editoriales.
—Que lujazo, bomboncito. Bueno, te dejamos, que tenemos un montón
de cosas que hacer —insta Sofía.
—Adiós, chicas —me despido.
—Chao, guapi —exclama Amelia antes de que Sofía colgara.
Me guardo el móvil y sigo escuchando música hasta que llego a la
tienda. Me compro varios juegos de toallas y luego me dirijo a otra tienda
para comprar sábanas. Vuelvo a casa y lo dejo todo, pero el hambre hace
que las tripas me rujan cuál león hambriento. Decido ir al mercado local y
comprar todo lo que necesito; y vuelvo a casa cargada como un burro.
Me paso la tarde ordenándolo todo y comprando por internet lo que me
falta para decorar el apartamento, para darle mi toque. Por la noche me
pongo a diseñar una portada que me han mandado hacer y acabo cayendo
en brazos de Morfeo a las tantas de la madrugada.
Pero es a las cuatro de la mañana cuando despierto por el jaleo que se ha
armado en la plaza. Me levanto somnolienta y me asomo por la ventana,
como buena cotilla que soy, para comprobar que hay vecinos en pijama en
el portal del edificio y no parecen contentos.
¿Será por mí? ¿He roncado tanto qué los he despertado y ahora quieren
echarme? Siéndoos sincera, llevo mucho tiempo sin dormir tan bien porque,
cada vez que cerraba los ojos, veía a Arán con Claudia en la cama. Es una
imagen que se repite una y otra vez en mi cabeza.
Me calzo mis pantuflas y me pongo el abrigo encima del pijama de
unicornios rosa que me regaló Amelia para mi veintitrés cumpleaños, hace
ya dos años. Bajo las escaleras acelerada y cuando llego al portal le
pregunto a uno de mis vecinos, o eso supongo, en un alemán no muy
convincente qué ocurre.
Y no se atreven a quejarse a la policía porque hay un guardaespaldas
que se encuentra custodiando a una de las personas implicadas en la pelea,
aunque creo haber entendido que él fue el afectado y no el agresor. O algo
así, ha hablado tan rápido que me ha costado captarlo. Pero no me culpéis,
aún en el séptimo sueño.
Me explica qué ha habido una confrontación en un bar cercano que ha
acabado con el retrovisor del coche de uno de los vecinos titado en el suelo.
—El que está hablando con el policía es…
Enarco una ceja en su dirección y, con toda la valentía del mundo y sin
dejar que terminara de hablar, me acerco hacía el lugar de los hechos.
Conforme me acerco, observo la altura del guardaespaldas y ahora entiendo
por qué mis vecinos no se acercaban. ¡Joder! Me saca dos cabezas y da
miedo. Lleva un pinganillo en la oreja y va todo vestido de negro.
Tomo aire y termino con la distancia que nos separa.
—Disculpe, me gustaría hablar con la policía. ¿Puede apartarse? —le
pregunto, pero él ni se inmuta.
Gilipollas…
—Disculpe, ¿puede dejarme pasar? —inquiero de nuevo en un tono más
alto.
Pero nada.
Al ver que pasa de mí por completo, me acerco con agilidad (más bien
escabulléndome porque el guardaespaldas ha reaccionado y me ha intentado
parar los pies) hacia la policía, que al verme acercarme se callan.
Toco varias veces el hombro de uno del chico y espero de brazos
cruzados a que se dé la vuelta. Y cuando lo hace me quedo sin aire. Puede
ser porque llevo mucho tiempo sin echar un polvo, pero os juro que es el tío
más guapo que he visto en mi maldita vida.
Es alto, de cuerpo apolíneo y atlético. Facciones serias, pero no tendrá
más de treinta. Su pelo es ligeramente rizado y lo tiene negro, lleva barba
de un par de días bien cuidada y cejas y nariz ancha. Sus labios son
mullidos y tiene unos ojos color azul, enmarcados en largas pestañas,
impresionante.
Parpadeo y me aclaro la garganta. ¿La policía? ¡Me la suda! Yo solo
quiero que arreglen lo de mis vecinos para poder dormir tranquila. ¿Es pedir
mucho?
—Disculpe, pero le han roto un retrovisor a uno de mis vecinos. —
Señalo con el dedo el coche—. Tiene que dar parte a la policía de… ¡Ah!
—grito cuando siento como me alzan al vuelo; y que el mundo se pone al
revés.
Cuando vuelvo a abrir los ojos me veo al guardaespaldas encima de mí.
Estoy en el suelo, y con un maldito guardaespaldas de dos por dos encima.
—Oye tú, gorila de pacotilla, suéltame o te reviento —exclamo, pero no
hay forma de que me zafe de su agarre; y os aseguro que el suelo
empedrado de la plaza no es nada cómodo—. ¡Suéltame!
Pero no lo hace hasta que el desconocido que me he quedado mirando
embobada le toca el hombro. ¿La policía? ¡Ni se inmuta! Vamos, que el
guardaespaldas, alias King Kong, podría arrestarme que no harían nada.
—Markus, suéltala, por favor.
El guardaespaldas se levanta y asiente, dejándome ahí tirada. Con cara
de pocos amigos, me levanto y me espolso. ¡Anda que mis vecinos o la
policía vienen en mi ayuda! ¡Qué hijos de…!
—¿Está bien, señorita? —pregunta el desconocido.
—Sí —asiento—. Soy más resistente de lo que parezco. —Y una sonrisa
cerrada curva sus labios—. Lo que quería decirle era que han arrancado el
retrovisor del coche de uno de mis vecinos, que ahora entiendo por qué no
querían acercarse.
El desconocido suelta una carcajada.
—Disculpe, no era mi intención que acabara en el suelo por eso. Ahora
iré con las autoridades para dar parte de lo ocurrido. Y, de veras, disculpe.
Asiento y vuelvo al portal. Le comunico a mis queridos (nótese el
sarcasmo) vecinos que ahora vendrán para arreglar lo del coche y subo las
escaleras hasta llegar a mi apartamento. Hace un frío del carajo y no me
apetece estar en pijama en la calle, aunque eso no significa que no me
quede en la ventana a ver qué es lo que pasa porque cotilla se nace y no se
hace.
Capítulo 2
¿Qué coño es esto?
—¡Me cago en…! —grito a coger la tapa de la olla hirviendo y
dejándola caer al suelo.
El estridente sonido hace que maldiga por lo bajo mientras miro la tapa
con rabia. Vale, en definitiva, no puedo ejecutar dos cosas a la vez; y mucho
menos si se trata de trabajar y preparar la comida al mismo tiempo.
Me agacho y la cojo, la meto al fregadero y quito la olla del fuego
haciendo que las burbujas del agua hirviendo desciendan poco a poco.
«Hoy me comeré el arroz pasado… otra vez»; pienso para mis adentros.
Me echo en un plato mi comida y me dirijo al sofá para comer mientras
veo algo en la tele, un descanso no me vendrá mal; y es que llevo
trabajando en una cubierta desde las ocho de la mañana, que ni tiempo he
tenido de ir a por unos míseros huevos. Estaré en Liechtenstein, pero mi
arroz a la cubana de los viernes no lo perdono. De normal me sale en su
punto, y le añado un huevo a la plancha (que no frito) y unas patatas al
horno que me quedan de rechupete. Pero ni tengo patatas ni huevo, así que
me conformo con el arroz pasado con una cantidad indecente de tomate,
receta artesanal.
¿Qué cómo me va? Os lo puedo resumir en una sola palabra:
adaptándome.
Hace un mes y una semana que dejé suelo español para dirigirme a un
lugar desconocido para olvidar, y no me va mal. Sin embargo, Liechtenstein
es muy diferente a España. Aquí la vida es muy sencilla, incluso ya he
hecho amistad con alguno de mis vecinos. La señora del cuatro, justo
encima de mí, hace unas galletas que saben a gloria y de vez en cuando me
baja una tanda. Eso sí, yo tuve que enseñarla a hacer tortilla de patatas; que,
por cierto, ahí fue cuando acabé con mis reservas de patata y huevo. Luego
está la princesita del primero, que es una niña de cinco años que corretea los
rellanos jugando con su hermana mayor mientras viste un traje de la
princesa Elsa. Es un encanto de niña, hace unos días jugué con ellas a la
comba en la plaza y por unas horas olvidé que mi infancia ya quedaba lejos.
En Liechtenstein los niños salen a jugar a las calles, hacen recados a sus
madres y van solos al colegio. Vamos, como cuando éramos pequeños; que
no sé vosotros, pero yo con cinco años ya iba a hacer recados y, en cambio,
mi hermano con casi catorce años no va ni al instituto solo. ¡Ah! Y he
encontrado una tienda de chucherías, de estas antiguas que había en los
pueblos antes. No pude resistirme y me compré varias cosas típicas de
aquí.
La realidad es que Liechtenstein es muy diferente a España… y me
gusta.
Puede sonar ridículo, pero Liechtenstein es una mezcla entre mi infancia
y lo actual. Me encanta pasear por Vaduz y ver las calles por la tarde llenas
de niños jugando. Las bibliotecas están muy bien equipadas, y los servicios
como los hospitales son rápidos y eficientes. La jornada laboral acaba para
todos a la misma hora y la incidencia de criminalidad y paro es mínima. Os
aseguro que no he visto aun una casa con verjas.
Podría haberme subido al avión y acabar en África, pero por capricho
del destino he aterrizado en un sitio estupendo y del que me estoy
enamorando.
Me como el arroz y luego friego los cacharros. Intento contactar con
Amelia o Sofía, pero me es imposible porque tienen el móvil apagado o
fuera de cobertura. Sigo un rato viendo la televisión; maldiciéndolas por lo
bajo, ya que hay cosas que necesito y aún no me han enviado, hasta que el
timbre de mi puerta suena.
Apago la tele con el mando y me levanto. Frunzo el ceño al abrir la
puerta y verme una caja enorme que me dificulta la visión hacia las
escaleras.
—¿Qué coño es esto? —murmuro para mí mientras intento menear la
caja. Vale que yo sea pequeñita, pero es que la caja es enorme y pesada—.
Dios, ¿pero qué me han enviado esas dos locas? ¿Hierro? Joder, cómo pesa
—farfullo en el fallido intento de meterla dentro de casa.
—Oye, tía, no te pases que tampoco es para tanto.
Parpadeo con incredulidad al escuchar la voz de Amelia salir de la caja;
y es cuando me doy cuenta de que me estoy volviendo loca. ¿Cómo va a
salir la voz de Amelia de la caja? ¡Eso es imposible!
—¿Nos habrá escuchado? A ver si nos vamos a quedar sin aire y nos
vamos a morir… —murmura la voz de Sofía.
Frunzo el ceño y me quedo observando la caja con atención. Una idea,
que más que loca parece imposible, pasa por mi mente, pero es imposible
que esas dos estén aquí, ¿no?
Cojo con sigilo unas tijeras de la cocina, de esas que tienen la punta
redonda, y vuelvo a la entrada para arremeter contra el lado derecho del
cartón con ellas. Un sinfín de maldiciones e insultos comienzan a salir del
cartón, a la misma vez que empieza a moverse. Abro los ojos como platos y,
como puedo, la abro encontrándome delante de mis narices a Sofía y
Amelia.
—¿Estás loca o qué te pasa? ¿Tienes serrín en la cabeza? —apostilla
Amelia quitándome las tijeras de la mano—. Un poco más y nos matas,
joder.
Mi mirada va de la una a la otra de forma sucesiva, como si se tratara de
un partido de tenis. ¿Cómo es posible? ¿Qué coño es esto?
—No nos mires así, bomboncito, pensábamos que no nos habías
escuchado y que íbamos a acabar siendo dos coladores —apuntilla Sofía
espolsándose la ropa.
Parpadeo de nuevo y las abrazo. Las tres nos fundimos en un cálido
abrazo que dura minutos. Un mes y una semana sin verlas es demasiado
tiempo.
—¿Qué hacéis aquí? —les pregunto cuando nos separamos.
Sofía y Amelia sacan de detrás de la enorme caja tres maletas y dos
bolsos, que no quiero imaginarme cómo han traído hasta aquí.
—¡Sorpresa! —exclaman—. ¡Nos venimos a vivir contigo! —añaden al
unísono.
—¿Qué? —grito perpleja, creyendo que las he escuchado mal.
—Pues eso, bomboncito, que nos venimos a vivir contigo —dice Sofía
entrando a casa con las maletas y seguida de Amelia—. Qué bonito tienes el
piso —exclama.
No es que no me alegre que estén aquí, sino que me sorprende que lo
hayan dejado todo atrás para estar conmigo.
A duras penas meto la caja en casa, tengo que decir que sin esas dos es
peso pluma, y cierro la puerta tras de mí. Hago que se sienten en el sofá y
les doy una cerveza. Necesito saber qué se les ha pasado por la cabeza para
coger las maletas y presentarse aquí.
Tomo asiento en medio de las dos y le doy un sorbo a mi cerveza.
—¿Vais a decirme ya por qué habéis hecho esta locura? —les pregunto,
a lo que Amelia resopla.
—Locura, lo que se dice locura, no hemos hecho ninguna —murmura
—. ¿Qué quieres que te digamos, Ruth? Te echamos de menos. Además, en
España las cosas están jodidas y al ver que a ti te va bien…
—Solo queríamos estar contigo, y labrarnos un futuro —finaliza Sofía
en un tono apenado—. A mí me iban a echar, hace unos días me lo
confirmaron. Y Amelia no consigue plaza en ningún colegio —me explica
con la mirada fija en su botellín—. Y es lo que ha dicho Mia, te echábamos
mucho de menos. Siempre hemos sido tres, el trío de oro.
Conforme va hablando, mis ojos se llenan de lágrimas que acaban
descendiendo por mis mejillas sin permiso. La emoción merma mis
defensas y acabo pasándoles a cada una un brazo por los hombros.
—Sois las mejores amigas que una puede tener. —Sorbo por la nariz y
ellas ríen.
Amelia deja el botellín en la mesita de café y se levanta.
—Las tres vamos a empezar de cero aquí, en Vaduz. Tengo un buen
presentimiento, chicas.
Sofía asiente y sonríe.
—Eso, y para celebrarlo nos vamos a ir de compras y esta noche
saldremos por ahí. ¿Qué os parece el plan? —Desvía su acaramelada
mirada hacia mí y enarca una ceja esperando mi respuesta.
Hago una mueca con los labios y limpio con las yemas de mis dedos, las
gotas que se deslizan por el botellín.
—No sé si salir es una buena idea, no tengo ánimos para…
Amelia chasquea la lengua y pone sus brazos en la cadera, en forma de
botijo.
—¿Vas a quedarte toda la vida así por un imbécil que no te merecía, que
te engañó y mintió durante meses? ¿Vas a darle el gusto de estar hundida
porque se van a casar? Eres joven, somos jóvenes. Claro que duele, y
seguirá doliendo hasta que la herida sane. Pero no puedes quedarte
encerrada en casa, Ruth. Tienes que salir y divertirte, conocer gente y hacer
amigos. ¡Incluso contactos! Con el arte que tienes estoy segura de que te
lloverán los encargos! —exclama Amelia, a lo que Sofía asiente y se
levanta.
Sofía adelanta su mano con una sonrisa ladina en los labios.
—¿Qué nos dices, Ruth? ¿Te vas a quedar aquí, llorándole, o vas a salir
y divertirte?
Trago saliva con dureza mientras miro su mano. Entonces, sonrío y poso
la mía encima. Me levanto y respondo: —Vamos a romper Vaduz, chicas.
*
Hemos pasado gran parte de la tarde de compras. Por suerte, Sofía y
Amelia han encontrado conjuntos de sus respectivos gustos y unos pares de
zapatos que combinan a la perfección con las prendas seleccionadas.
Deposito las bolsas sobre la cama y las observo. Un vestido de manga
larga y corte muy por encima de la rodilla con una buena capa de brilli-
brilli. No estoy muy acostumbrada a llevar este tipo de vestidos, y no es que
me apetezca mucho salir de fiesta; pero después de que Sofía y Amelia me
vieran en el probador me convencieron de comprarlo. ¿Cómo me he dejado
engatusar?
Miro la hora en el móvil y resoplo, acto que repito mucho. Me voy
directa al baño y me meto a la ducha. Son las ocho de la tarde y tanto
Amelia como Sofía quieren descubrir el ambiente nocturno de Vaduz.
Estoy bajo el chorro del agua cuando escucho como la puerta se abre.
Acto seguido, una entretenida conversación inunda la tranquilidad del baño.
Abro la cortinilla y me quedo mirándolas con una ceja enarcada. Sofía está
lavándose los dientes mientras Amelia hace pis, y es cuando me doy cuenta
de que no entienden lo que significa la palabra privacidad.
—Vamos a ver, ¿me podéis dejar cinco minutos sola? —les pregunto.
—Oye, no nos trates así que en este piso solo hay un baño —se defiende
Amelia—. Y yo me hacía mucho pis. Llevo así desde que salimos del
centro comercial. ¿Quieres que me explote la vejiga y me tengáis que cuidar
de por vida? O peor aún, ¿queréis ir limpiando mi pis por toda la casa por
tener incontinencia urinaria?
Me echo a reír a carcajadas, incluso Sofía con la boca manchada de
pasta de dientes, ríe ante la ocurrencia de Amelia.
—Eso es algo que también tenemos que hablar —murmura Sofía
limpiándose la boca—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Podemos quedarnos aquí
hasta que encontremos algo?
Frunzo el ceño y niego.
—No tenéis que buscar nada porque os vais a quedar aquí. Viviremos
juntas, como en la uni —apuntillo.
—¿Estás segura? —me pregunta Amelia levantándose y estirando de la
cadena; acto que hace que el agua comience a salirme helada.
—¡Ah, joder, Mia! —Apago el grifo y me envuelvo en una toalla.
—¿Qué? —Se lava las mano y se las seca en mi nuevo conjunto de
toallas de baño de color gris—. Estás gastando agua de forma innecesaria.
Piensa en los niños de África.
—No empecéis, que os conozco —brama Sofía—. Ahora en serio, ¿de
verdad podemos quedarnos?
Aparto a un lado la cortinilla de ranas verdes que compré para la ducha,
salgo de ella con cuidado de no matarme en el intento y asiento.
—Claro, ¿qué os creíais? ¿Qué os iba a hacer buscar un piso? ¡Ni de
coña! Además, así el alquiler nos saldrá más barato —me encojo de
hombros con una sonrisa ladina en los labios—. Todo son beneficios,
chicas.
Se echan a reír.
—En eso tienes razón, aquí los alquileres son carísimos. Aunque
supongo que será por la calidad de vida, ¿no? —inquiere Amelia, a lo que
asiento en respuesta—. ¡Uf! No sabéis las ganas que tengo de presentar mi
currículum en varias escuelas para ser profesora de español.
Me miro al espejo y saco el cepillo de pelo para desenredármelo. Sofía
ha abierto la puerta y está apoyada en el marco; y Amelia está a mi lado
toqueteando mi estuche de maquillaje.
—Yo también tengo ganas de trabajar —se encoge de hombros Sofía—.
Tengo el presentimiento de que aquí vamos a hacer grandes cosas.
Le sonrío a través del espejo y me hago una cola alta y repeinada, de
esas que hacen que no tengas ni una arruga (que no es que yo tenga, pero es
mejor prevenir que curar).
Me maquillo y cuando acabo voy a mi habitación para ponerme el
vestido y los tacones, al igual que ellas. Y es al salir de mi habitación
cuando me doy cuenta lo que han escogido: Sofía lleva un vestido rosáceo
de mangas transparentes con unos zapatos de tacón a juego. Su pelo se
encuentra suelto y liso, y su maquillaje es impecable. En cambio, Amelia se
ha puesto unos pantalones pitillo blancos con un top que deja ver su
ombligo de manga larga en un tono azul precioso. ¿Qué puedo decir? Tengo
dos amigas que parecen modelos, y no lo digo solo por su sentido de la
moda, sino que también son mucho más altas que yo.
Y no puedo remediar recordar los insultos que me propinaban de forma
gratuita en el colegio por no tener un cuerpo normativo. Allá por los dos
mil, los cuerpos que solían verse en revistas o en la televisión eran
delgados. Los recordáis, ¿no? Bien, pues mi cuerpo no es así. Y sufrí un
constante abuso hasta que un día me encaré a mis agresores. ¿Qué hice? Me
estaban tirando piedras (sí, piedras) cuando pretendía salir del baño; que
tenía dos entradas, una era la que daba dentro del colegio y otra al patio.
Exploté de tal manera que acabé dándole un puñetazo a uno de ellos. Y
tanto Amelia como Sofía, que siempre han estado apoyándome, se
encargaron de darle una buena zurra al otro.
¿Cómo acabó todo? Nos expulsaron tres días por no disculparnos con
los dos chicos que me llevaban haciendo bullying todo el curso. Pero ahí no
se quedó la cosa, ya que nuestros padres tomaron acciones contra el
colegio.
Y eso fue cuando teníamos solo diez años. Imaginaos ahora, con
veinticinco cada una, la que podemos liar en cuestión de segundos.
—Ruth, vas cañón —exclama Amelia—. Lo vas a hacer babear a todos.
—Ja, ja, ja. —Me rio con sorna—. Como lo que más me apetece es
hacerlos babear…
Amelia hace una mueca. En sus ojos distingo la llama de la rabia, ese
sentimiento que lucha para no salir y mandarme a la mierda. La conozco
demasiado como para saberlo.
—Solamente diviértete, ¿vale? —interviene Sofía con una sonrisa de
medio lado.
Bajamos por el ascensor y cuando salimos a la calle el frío nos deja
noqueadas de forma momentánea. Pese a que son las nueve menos cuarto
de la noche, la noche ha acabado envolviendo a Vaduz. Y no es algo que me
desagrade, al contrario. Al ser una capital más bien pequeña, no hay tanta
contaminación lumínica y las estrellas se hacen ver en el cielo. Además, la
estampa tan clásica hace que parezca un escenario perfecto para una
película ñoña de las que tanto le gusta ver a Sofía. Vaduz está rodeada de
naturaleza, y en la cima de la colina descansa un enorme castillo al que se
accede por el bosque. Y a pesar de que haga frío, me siento muy bien aquí.
Caminamos tranquilas por la calle, que al ser viernes están llenas de
gente joven, y llegamos a un garito bastante transitado: Essen und Trinken.
Dejamos nuestras chaquetas al entrar y nos acercamos una barra.
El espectáculo que se monta a nuestro alrededor cuando pedimos
Malibú con piña es impresionante.
—Malibú con piña —exclama Amelia—. Malibú and pineapple —
vuelve a decirle al barman—. Joder, ¿alguien sabe cómo se dice malibú con
piña en alemán?
Sofía y yo nos echamos a reír al unísono, pero de inmediato volvemos a
prestar atención a Amelia.
—Pues ponme algo de alcohol: un gin-tonic, un ron-cola, un pacharán…
¡Pero ponme algo ya, alma cándida! —le grita.
El barman, que lo único que ha entendido de su frase es la palabra
alcohol, le llena un vaso de chupito hasta arriba de algún licor desconocido
para nosotras.
—Al fin. —Amelia le pide otros dos y paga la ronda—. Bueno,
señoritas, por nuestro futuro en Vaduz.
Levanto el chupito y me lo bebo de un trago sin pensármelo dos veces.
El alcohol quema mi garganta, y es tan fuerte que comienzo a toser.
Sofía y Amelia me dieron conversación durante la siguiente media hora,
y luego pusieron otro chupito delante de mí. Para ser viernes, el Essen está
a reventar, y cada vez entra más gente. En un acto reflejo, mi mirada va
directa a la salida y abro los ojos como platos haciendo que tanto Sofía
como Amelia frunzan el ceño.
—¿Pasa algo, bomboncito? —me pregunta Sofía.
Asiento y las tomo del antebrazo girándolas para que miren en la misma
dirección que yo.
—¿Veis a ese King Kong de allí? —Ellas asienten—. Pues el otro día
me noqueó.
Amelia enarca una ceja en mi dirección.
—¿Cómo que te noqueó?
Asiento y las acerco más a mí.
—Os lo voy a resumir: hubo una pelea en un garito de la plaza que
acabó con la vida del retrovisor de uno de mis vecinos. Estaban todos en la
calle y yo no iba a ser menos. Pues bajé, me lo dijeron y como ninguno se
atrevía a ir porque estaba ese tío —señalo con mi cabeza a King Kong— fui
yo. No sé quién coño era a quien escoltaba, pero fue tocarle el hombro,
cogerme en peso y noquearme en el suelo. Pensé que me arrestaría o algo.
¡Ni la policía me ayudó!
Sofía tiene la boca abierta de la impresión.
—¿Qué me dices? —exclama con sorpresa—. ¿Pero tú para qué te
metes en esos fregaos?
Me encojo de hombros y las llevo hasta la barra para pedir otra ronda,
pero me llevo algunos empujones en el intento. Uno de ellos hizo que el
chupito se desparramara por mi vestido, con lo que me había costado
conseguirlo.
Maldigo por lo bajo y siento como Amelia y Sofía le plantan cara en un
alemán muy trabajado. Sin embargo, cuando levanto la mirada en dirección
a la persona con la que me he chocado, abro los ojos como platos y les paro
el carro.
—Que conste que esto ha sido culpa tuya —suelto—. Como venga tu
guardaespaldas y me toque un solo pelo como la otra noche, lo reviento.
El desconocido, que lleva una camisa grisácea preciosa con el primer
botón abierto y el pelo con un estilo despeinado, se ríe ante mi ocurrencia.
Sus ojos caen sobre los míos y me veo en la obligación de apartar la mirada.
El desconocido frunce el ceño.
—¿Reventar? —inquirió, y es cuando caigo en que los coloquialismos
aquí son diferentes.
—Ya sabes —hago un gesto con las manos, como si estuviera pegando a
alguien—. Lo dejo KO.
—¡Oh, ya entiendo! —exclama—. No te preocupes, no te hará nada —
dice él, y su cara pasa a una de apuro—. Discúlpame de nuevo, me han
empujado y… —Señala mi vestido.
—Le debes un vestido nuevo, chaval —insiste Amelia, toda descarada
—. Era nuevo.
La cara de circunstancia del chico hace que las tres riamos.
—No te lo tomes en serio, lo dice de broma. Ha sido un accidente —
murmuro cogiendo varias servilletas y limpiando un poco la tela—. ¿Ves?
Ya está.
El desconocido curva sus labios en una sonrisa de disculpa y se acerca a
la barra. Pide dos chupitos y me da uno.
—Te debía uno —me guiña un ojo.
Hago un ademán con la cabeza y me lo bebo de un trago intentando no
hacer ninguna cara rara ante la cantidad indecente de alcohol que tiene.
Dejo el vaso vacío en la barra.
—Soy Alexander, por cierto.
«¿Alexander, eh? Un nombre muy bonito para un tío que está como un
tren.»
—Yo soy Ruth, y ellas son Sofía y Amelia. —Las presento.
—¿No sois de por aquí, verdad? —inquiere él con curiosidad.
—¿Tanto se nota? —bromea Sofía, a lo que Alexander asiente en
respuesta.
—Un poco sí.
—Somos de España, pero hemos venido a quedarnos un tiempo —digo
con una sonrisa cerrada.
—No conoceréis a nadie entonces —apuntilla—. Estoy aquí con unos
amigos, si queréis podéis…
—¡Claro que queremos! —grita Amelia tomándome del antebrazo—.
Sobre todo Ruth, ¿sabes que no tiene novio? —le pregunta.
Alexander desvía su mirada azulada hacia mí, y me obligo a carraspear
cuando siento que me sofoca. ¡Señor, qué miradita me ha echado! ¡Un poco
más y se me cae el tanga al suelo!
—¿No tienes pareja? —inquiere hacia mí, a lo que niego.
—No, no tengo —digo.
—Entonces, ¿puedo invitarte a otra copa?
Me relamo los labios y asiento.
—De acuerdo —comento risueña.
¿Qué puede salir mal?
Capítulo 3
Contradicciones
La luz de un nuevo día entra por la ventana y azota mi rostro,
provocando que frunza el ceño y me eche la almohada, con una fragancia
masculina que me resulta familiar, sobre la cabeza.
Me giro y observo a la persona que se encuentra a mi lado durmiendo la
mona. Abro los ojos como platos y levanto a malas penas la sábana que
cubre nuestros cuerpos.
—Esto no puede estar ocurriendo —susurro mientras vuelvo a mirar
bajo la sábana por si mi vista me ha jugado una mala pasada. Pero no, no lo
ha hecho; y es que me encuentro desnuda al lado de Alexander—. No me
jodas, no me jodas…
Repto hasta mi lado de la cama para intentar buscar las bragas, o algo
que me cubra para salir pitando de aquí antes de que mi amiguito de juerga
se despierte. Las encuentro después de un buen rato buscándolas, y es que
se encuentran en la lámpara de noche de la habitación (que me quiero
suponer que es de hotel) y no en el suelo. Estiro la pierna y cojo el sujetador
y el vestido con el pie. Me los pongo a toda prisa y salgo de la cama con
cuidado de no despertar a Alexander.
Me tropiezo con todo lo que se pone en mi camino, pero consigo salir de
la habitación sin que se despierte.
Llamadme rara, pero no estaba en mis planes tirarme a un tío. A ver, no
es que no me lo haya pasado bien. ¡Al contrario! Alexander sabe cómo
hacer pasarlo en grande en ese aspecto; y no hablemos de su amiguito, que
de amiguito no tiene nada. Pero no lo conozco salvo de la noche anterior y
me da pánico.
Sí, lo habéis escuchado bien: PÁNICO.
Lo de Arán me ha dejado muy tocada, y no creía sentirme lista para
nada en lo que se refiere a un hombre hasta que apareció Alexander, con sus
preciosos ojos caramelos, y comenzamos a coquetear.
Que si chupito para aquí, que si chupito para allá, que si una miradita,
un roce… ¡No! No puedo, ni quiero, permitirme eso porque solo me traerá
dolores de cabeza. Se acabaron los hombres y los dramas en mi vida.
Salgo de la habitación de puntillas y camino por el espectacular pasillo
hasta bajar por el ascensor a la recepción. Me quedo pasmada al observar la
entrada del hotel, y es que sigue un estilo muy minimalista y sobrio. Hay
una enorme mesa en color madera oscura que llega hasta el suelo y una
especie de cristal opaco iluminado justo en medio. Un florero con dalias en
un tono rosa decoran, de una forma muy pensada, la recepción del hotel que
distingo como Residence gracias al enorme cartel que se sitúa detrás del
mueble. Dos mesitas, también del mismo color, con dos lámparas, se
emplazan a ambos lados cerrando una composición armónica. Pero lo que
más me llama la atención es la cantidad de fotógrafos que hay fuera del
hotel. Comienzan a echar fotos a pesar de que los cristales parecen ser
bastante oscuros.
Me acerco a la recepcionista y me rasco la nuca. ¿Qué le iba a decir?
¿Qué anoche llegué tan pedo que no me acuerdo de si pagué la habitación?
—Disculpe, quería saber si la habitación en la que me he alojado se
encuentra pagada —murmuro con la voz ronca.
La recepcionista, que es bastante joven, me mira y sonríe sin enseñar los
dientes.
—¿Me dice el número de habitación, por favor?
—El 124 —respondo.
La chica teclea en el ordenador y sonríe de nuevo al desviar la mirada
hacia mí.
—La habitación se encuentra pagada, no se preocupe —dice ella, y
observa por encima de mi hombro haciendo una mueca con los labios—.
Señorita, no le recomiendo salir por la puerta principal. Si me acompaña, la
llevaré hasta la puerta de atrás —me dice la recepcionista a ver mi cara de
circunstancia—. Hemos desviado a nuestros clientes hasta allí.
—Se lo agradecería mucho —asiento y la sigo por el pasillo mientras
veo el reflejo de los flashes—. ¿Por qué hay tantos fotógrafos fuera? —
inquiero en su dirección con curiosidad.
La muchacha, que no tendrá más de veinte años, se encoge de hombros
y me hace pasar a una preciosa zona de jardín.
—He llegado esta mañana y me he encontrado la entrada así, señorita —
responde ella, muy amable—. Tenemos a una persona importante
alojándose.
Vuelvo a asentir y la sigo hasta la puerta de atrás del hotel. Me despido
de la recepcionista y salgo pitando calle abajo, según las indicaciones que
me ha dado, para llegar a la parada del autobús. Sin embargo, cuando llego,
me doy cuenta de que no llevo el bolso. Entro en pánico porque no conozco
tanto la ciudad, pero es gracias al mapa del autobús que se encuentra en una
esquina de la parada que me doy cuenta de que estoy a solo media hora
andando de casa.
Resoplo y comienzo a caminar y rezando en mi interior para que Sofía y
Amelia estuvieran en casa. Porque, claro, ¿qué podía salir mal anoche? Está
claro: acostarme con un desconocido y acabar pegándome una maratón con
tacones, que tiene su mérito, para llegar a casa.
Toco el timbre del apartamento repetidas veces hasta que Amelia,
vestida con una camiseta desgastada por los años y con unas bragas, me
abre la puerta. Paso echándola a un lado y me lanzo de lleno al sofá.
Escucho como maldice por lo bajo cuando cierra la puerta.
—¿No podrías haber venido un poquito más tarde? —me pregunta, y le
respondo con cara de pocos amigos—. Vale, haz como si no te hubiera
dicho nada.
Me echo una almohada sobre la cabeza y me quito los tacones con los
pies. Todo se mantiene en silencio hasta que Wrecking ball de Miley Cyrus
comienza a retumbar por toda la casa.
“I came in like a wrecking ball. I never hit so hard in love. All I wanted
was to break your walls. All you ever did was wreck me. Yeah you, you
wreck me”.
¿De dónde viene la maldita música? Me destapo la cara y miro a todos
lados, pero no es hasta que la adolescente de quince años del segundo
comienza a cantar que me doy cuenta de que es ella la que tiene la canción
a toda caña.
—Esto no puede estar pasando —gimotea Sofía saliendo de su
habitación—. ¡Ah, luz! —grita al abrir los ojos al llegar al salón—. ¡Me
quema!
—¡Dios, qué resaca! —Se nos une Amelia—. ¿Puedo bajar y matarla?
Os prometo que no va a sufrir, y los vecinos me lo agradecerán.
Me levanto un poco y las miro con el ceño fruncido. Tengo a una
vampira con ansias de engullir litros de agua y a una asesina en serie como
amigas, qué bien.
—¿Cómo vas a…?
—¡I CAME IN LIKE A WRECKING BALL! —grita a todo pulmón
nuestra adorable (nótese el sarcasmo) vecina.
Cierro los ojos y me echo para atrás tapándome de nuevo la cara con el
cojín.
—Mátala, pero que parezca un accidente —bromeo.
Sofía es la encargada de preparar café para las tres junto a varias
tostadas, mientras que Amelia y yo nos encontramos en el sofá con un dolor
de cabeza gracias a los gallos y al concierto en directo que nos está dando la
adolescente del segundo.
Nos sentamos en la barra y desayunamos en silencio hasta que Amelia
cae en la cuenta de que algo va mal.
—¿Dónde está tu móvil? —Mira a todos lados—. ¿Y tú bolso?
Sofía frunce el ceño y lo busca con la mirada, al igual que Amelia.
Carraspeo y me preparo para contarles lo ocurrido.
—¿Os acordáis de que ayer me fui con el chico… este… Alexander? —
Ellas asienten.
—¡Es verdad! Con la resaca no hemos caído, ¿qué tal ayer con él? —
inquiere Amelia.
Me encojo de hombros y le pego un mordisco a la tostada.
—¿No vas a decirnos nada? —Niego—. ¿Ni un poquito? ¿Ni cómo
folla? ¿Ni cómo la tiene? —Sofía se echa a reír y yo no puedo evitar hacer
lo mismo ante las incesantes preguntas de Amelia, que parece una maldita
miembro del FBI.
—Para vuestra información —las señalo—, Alexander es un buen
amante. Iba pedo, pero me acuerdo de lo que pasó y… madre mía. Sabe lo
que hace.
—¿Entonces te lo pasaste bien? —Sofía mueve sus cejas a lo Groucho
Marx, que nunca me he explicado cómo sabe hacerlo.
Asiento.
—Sí. Y para tu información, querida Amelia, su amiguito ha cumplido
todas tus expectativas —murmuro.
Ella enarca una ceja.
—O sea, ¿tenía un buen…? —asiento antes de que acabe la frase—.
Aunque, claro, después de ver lo que tenía entre las piernas Arán, cualquier
cosa es grande.
Nos echamos a reír y nos terminamos el desayuno. Me meto a la ducha
y dejo que el agua rocíe mi cuerpo para destensarlo de toda la movida
nocturna. Me envuelvo en una toalla el pelo y el cuerpo y salgo. Aplico una
hidratante en mi rostro y siento como abren la puerta.
Sofía asoma su cabeza y me da el móvil.
—Tu príncipe azul —susurra.
Abro los ojos y me lo pongo en la oreja. Trago saliva con dureza y me
relamo los labios.
—¿Hola?
Escucho una risilla detrás de la línea.
—Te has ido sin tu bolso esta mañana. —La voz de Alexander es ronca,
por la ingesta de alcohol de anoche—. No pensé que fueras a salir
despavorida. ¿Te doy miedo? —dice en un tono jocoso.
Chasqueo la lengua y limpio el cristal del baño con la mano.
—¿Miedo? ¿Tú a mí? No te lo tengas tan creído —murmuro—. Solo es
que tenía prisa.
Se echa a reír.
—¿Te parece bien que nos veamos esta tarde sobre las siete para
dártelo? Te diría de quedar antes, pero tengo unos compromisos a los que
acudir.
Dudo, pero asiento para mí misma.
—Claro, ¿dónde podríamos vernos? —inquiero.
—¿Qué te parece si quedamos para cenar en Torkel y te doy el bolso?
—pregunta, y me quedo atónita ante su proposición.
—¿En el Torkel? Eh… bueno… yo… —Escucho su risa baja a través de
la línea.
—No te estoy obligando a quedar conmigo, Ruth. Ayer disfruté mucho
de tu compañía. Llevaba mucho tiempo sin divertirme tanto.
Una media sonrisa curva mis labios.
—Si te soy sincera —me apoyo en la puerta—, yo ayer también me lo
pasé muy bien. Además, te debo la mitad de lo que ha costado el hotel.
—Por eso no te preocupes.
—¿Cómo no voy a preocuparme? —me quito la toalla del pelo y la
cuelgo en el secador de toallas que tenemos en el baño—. He estado
buscando cuánto cuesta una noche y es mucho —me quedo pensando unos
instantes—. ¿Qué te parece si esta noche invito yo a la cena? Así estamos a
la par —añado a modo de respuesta.
«¿Dónde ha quedado el se acabaron los hombres y los dramas en mi
vida?»; me pregunta una vocecilla interna, pero la ignoro.
—Me parece una buena idea. Entonces, ¿reservo en el Torkel para esta
noche?
—Claro, ¡nos vemos! —Y cuelgo.
Volver a ver al chico con el que me he acostado no significa nada. ¡No
pienso volver a hacerlo! Es solo una cena para saldar mi deuda ficticia con
una persona con la que me divertí anoche. Somos adultos, ¿Qué puede salir
mal?
«Ayer dijiste lo mismo y acabó entre tus piernas, y te recuerdo que no
queremos a más tíos en nuestra vida»; dice la vocecilla de mi interior.
Capítulo 4
Confesiones a un desconocido
Sábado, seis y media de la tarde y vuelta a empezar con el maldito
delineado de ojos que no consigo hacerme.
Conforme ha ido pasando el día, y con él la resaca, me he planteado si
es una buena decisión ir a cenar con Alexander. Quizá es el miedo a que
pueda pasar algo más que solo un polvo lo que me hace dudar, aunque
haberle dejado mi bolso con el móvil por salir pitando del hotel no había
sido, ni de lejos, lo más inteligente y más viéndome en esta situación
emocional que me consume.
Me lo había pasado bien con él, ya está. Ya sabéis, un ligue de una
noche loca. Pero ¿cenar? ¿Tener una especie de cita?
Chasqueo la lengua y dejo el delineador en el lavamanos para pintarme
los labios de rojo. Los repaso una y otra vez hasta que quedan perfectos.
Escucho los pasos de alguna de las chicas, y segundos después cómo
traquean la puerta.
—¿Has terminado ya? Queremos verte —dice Sofía tras la puerta.
Tapo el pintalabios y abro la puerta. Asiente cuando termina de hacerme
un escáner de cuerpo completo.
—Me gusta cómo vas. —Su sonrisa curva sus labios—. Te queda muy
bien esa camisa verde, ¿es nueva?
Niego y la sigo por el pasillo hasta el salón donde se encuentra Amelia.
—La tengo desde hace bastante, pero no me la ponía porque… —dejo la
frase a medias.
Sofía frunce el ceño y apaga la televisión, atrayendo la atención de
Amelia, que estaba viendo las noticias.
—¿No te la ponías por…? —inquiere Amelia con el ceño fruncido.
Me encojo de hombros y me pongo el abrigo. «Porque a Arán no le
gustaba», pienso.
—No sé, no me veía bien con ella —me excuso, pero Amelia enarca una
ceja en mi dirección y niega.
—Nos estás mintiendo —exclama ella, y Sofía asiente en respuesta—.
No te la ponías porque a Arán no le gustaba. ¿A qué sí?
¡Bingo! Y os juro que mi cara debe ser un poema porque se están riendo
a carcajadas, pero es cuando comprendo que a ellas no puedo mentirles.
—Vale, lo confieso —respondo—. No le gustaba porque decía que se
me iban a ver las tetas.
Sofía pone los ojos en blanco y se echa el pelo para atrás, mientras que
da un paso hacia mí y me señala.
—Pues que le den, Ruth —apuntilla—. Arán decidió engañarte, y tú
tendrías que superarlo de una vez. Estás en un nuevo país, tienes trabajo y
encima has quedado con tío al que no le hace falta un tractor para segar —
añade, y me echo a reír al escuchar la comparación que hace de su amiguito
—. Date una oportunidad de conocer gente nueva. Ayer nos lo pasamos en
grande, aprovecha hoy que has quedado con Alexander.
Me muerdo el carrillo y asiento.
—Sofía tiene razón —insta Amelia poniéndose delante de mí vestida
con su pijama de piñas—. Sabemos que no quieres, de momento, a ningún
tío en tu vida. Pero eso no significa que no puedas conocer gente nueva y
quedar con ella. ¡Diviértete! —Clava sus dos esferas en las mías—. Tienes
todo el derecho del mundo a hacerlo. Se acabó el luto.
Trago saliva con dureza y vuelvo a asentir mientras desvío la mirada
hacia Sofía, que me cede su móvil.
—Ya sabes cuál es la contraseña —me guiña un ojo y lo cojo—.
Cualquier cosa rara, nos hace un llama-cuelga al de Amelia. ¡Ah! Y tu
madre me ha mandado un mensaje, que en cuanto recuperes el móvil que la
llames.
—¿Habéis hablado con mi madre? —les pregunto con el ceño fruncido.
—Sí —responde de inmediato Amelia.
—No me jodas —murmuro—. No me digáis que le habéis dicho que he
perdido el móvil.
Sofía pone los ojos en blanco y chasquea la lengua.
—No exactamente —dice—. Solo le hemos dicho que ayer pasaste la
noche fuera de casa y que se te olvidó el móvil con el buenorro de
Alexander.
Me doy un golpe mental y maldigo el momento en el que mi madre
conoció a Sofía y Amelia. ¿Sabéis de esas madres superenrolladas que
parecen más amigas que madres? Pues la mía no es así. Mi madre, a pesar
de que la quiero un montón y se lleva genial con Amelia y Sofía, es de las
que te lanza la chancla en boomerang cuando haces algo mal. Sí, estoy
hablando de esas señoras de antes; de esas madres a las que le tenías un
respeto increíble, sobre todo cuando traías una nota de clase o llamaba la
profesora porque la habías liado en el patio. Así es mi madre, Margarita de
los Rosarios Gutiérrez Peñafiel. No es broma, se llama así.
—Yo os mato —susurro, viendo cómo se alejan unos centímetros de mí
—. Yo os mato.
Como os he dicho, quiero a mi madre más que a mi vida, pero es de las
señoras de antes. Cuando la llamé en el aeropuerto para decirle que me iba
estuvo a punto de llamar a los GEOS para que vinieran a llevarme a casa, y
no es coña (un primo segundo suyo tiene a su hijo en este cuerpo).
Mi madre se preocupa por mí, sobre todo porque no me tiene bajo su ala
y vive en una preocupación constante por si me pasa algo. Pero ha
comprendido que necesitaba irme de allí para recuperarme.
—No pasa nada —exclama Sofía—. Si hasta nos ha preguntado cómo
era el chico.
Quiero cantarles las cuarenta, pero se me hace tarde y no me apetece
echar a correr para llegar a tiempo para recoger mi bolso.
Me despido de ellas y bajo en el ascensor para encaminarme hacia el
restaurante Torkel, que queda a unos veinte minutos a pie de donde vivo.
Mientras camino, con las manos guardadas en los bolsillos de mi abrigo,
observo a mi alrededor cómo es Vaduz. Cuando vine, no detallé en estas
cosas; y es que Vaduz tiene algo especial. Quizá fuera por la gente tan
amable que vive aquí, o por el castillo que hay en la ciudad, o por la
estampa tan clásica de cuento que tiene. Pero lo que sí os puedo asegurar es
que Vaduz es magia.
Me paro a ver un escaparate de una joyería. Dentro hay una pareja, al
parecer, eligiendo los anillos y por un momento siento tristeza al saber que
yo también lo hubiera hecho si Arán no lo hubiera estropeado todo.
Paso por otras tantas tiendas que están a punto de cerrar hasta llegar al
restaurante donde he quedado con Alexander. Me dirijo al recepcionista,
vestido con un traje impoluto, y carraspeo.
—Disculpe, creo que tengo una mesa reservada. —«¿En serio, Ruth?
¿Crees que tienes una mesa reservada? Cuánta convicción», pienso para mis
adentros.
El recepcionista del restaurante, que a leguas se nota que es caro, me
mira y desvía la vista a un libro que tiene sobre la mesa.
—¿Puede decirme su nombre, por favor?
—Soy Ruth y he quedado con… —Sus ojos se abren como platos y me
interrumpe.
—Sígame, señorita.
Pasamos a través de las mesas hasta llegar a un lugar privado de tenue
iluminación. Sin embargo, lo más sorprendente es la vista. Da justo a un
jardín interior donde los árboles están iluminados con luces amarillas y
farolillos. Aunque lo que más me sorprende es ver como caen los primeros
copos de nieve, augurando un largo y frío invierno.
La mesa está decorada con un mantel rojo, y la cubertería es negra.
Quizá algo gótico para mi gusto, pero muy elegante. Rozo con mis dedos el
mantel rojo de seda y me quedo embobada viendo hacia fuera.
—Hola Ruth.
Doy un respingo y lo veo por encima del hombro.
Alexander lleva un traje gris muy elegante, aunque no lleva corbata, que
le queda como un guante. Mi bolso se encuentra en una de sus manos y
respiro con tranquilidad al verlo.
—Hola —susurro—, estaba despistada. Lo siento.
Una sonrisa ladina curva sus labios mientras me pongo la mano en el
pecho por el susto. El corazón me late a mil, pero mi mirada escudriña su
figura.
—No pretendía asustarte —dice, y frunce el ceño ante mi insistente
mirada sobre él—. ¿Pasa algo? —Se echa un vistazo.
Reconocería ese traje en cualquier lugar, es un Emporio Armani. ¿Por
qué lo sé? Porque padre tuvo que ahorrar meses, y con esto me refiero a
casi un año, para poder comprarse uno, muy parecido por cierto, para la
celebración de los veinticinco años de casados que hacía con mamá.
—¡No! —exclamo—. Es solo que mi padre tiene un traje muy parecido
al que llevas. ¿Emporio Armani, verdad? —le pregunto para salir del apuro.
Alexander arrastra una silla y hace un ademán con la mano para que me
siente, y no sé si es porque es la primera vez que alguien me hace eso que
me sorprendo. Arán nunca hubiera hecho algo así.
«Pues que le den, Ruth, y céntrate en el hombre que tienes delante y no
en el que te dejó»; me dice la vocecilla de Amelia en la mente.
Parpadeo con incredulidad, pero me siento con una sonrisa cerrada en
los labios. Alexander me da mi bolso y se lo agradezco.
Se sienta delante de mí y se desabrocha la chaqueta.
—Así es, un Armani. Tu padre debe tener muy buen gusto —apuntilla
antes de echarse el pelo para atrás, acto que me parece muy sexy.
Pero me echo a reír.
—¿Buen gusto mi padre? —Rio—. Se lo compró porque hacía
veinticinco años de casado con mi madre, y como en su día no pudieron
permitirse pagar una boda…
Alexander se acomoda en su asiento y entrelaza los dedos de sus manos
por encima de la mesa.
—Estoy seguro de que lo disfrutó muchísimo, o por lo menos yo sí lo
habría hecho —murmura.
—Ese día se lo pasaron en grande —afirmo—. Pero solo de recordar la
cara que se le quedó a papá cuando vio el precio… —Rio por lo bajo—.
Recordarlo me trae muy buenos recuerdos. Sobre todo la regañina que le
dio mi madre al llegar a casa con el traje.
Alexander suelta una carcajada que hace que el vello de mis brazos se
erice.
—Me lo puedo imaginar —murmura, y se calla cuando el camarero
viene con la carta y el vino de la casa en una cubitera.
Le sirve un poco a Alexander y lo cata. Al asentir, el camarero nos sirve
una copa y luego toma nota de lo que queremos para cenar. Me siento un
poco rara al estar pidiendo la cena a las siete y media de la tarde, pero tengo
que acostumbrarme a los horarios de Liechtenstein.
—¿Te está gustando vivir en Liechtenstein? —inquiere él, tomándome
por sorpresa.
—¿Qué si me está gustando? —Aleteo los orificios de mi nariz—. Este
lugar es una pasada. Aquí estoy muy tranquila. Parece que aquí es todo así,
muy calmado. Además, la gente es maravillosa.
Alexander asiente con una sonrisilla en los labios.
—También tenemos lo nuestro —bromea.
—Me he dado cuenta. —Rio por lo bajo—. ¿Has visto toda la prensa
que había en el hotel? —suspiro—. Pobre a quien haya ido a esperar.
En los ojos de Alexander reluce algo que no logro identificar, y siento
que su cara cambia por completo aunque lo disimula muy bien.
—Sí, ha tenido que ser muy incómodo para esa persona. Que te sigan a
todas partes sin tener intimidad debe ser…
—Un asco —lo interrumpo con una fina sonrisa curvando mis labios.
Cojo la copa de vino y me lo llevo a los labios. Bebo un pequeño trago y la
vuelvo a dejar en la mesa—. El vino está exquisito. Por cierto, Alexander,
ayer no te pregunté. ¿Qué edad tienes?
—Ayer no es que nos diera mucho tiempo a hablar —bromea con una
sonrisa pícara que me hace enrojecer, a lo que él ríe por lo bajo—. Tengo
treinta, ¿y tú cuántos años tienes?
—Unos cuantos menos —murmuro haciendo una pausa para que el
camarero ponga los platos delante de nosotros—. Tengo veinticinco —
añado, y cojo los cubiertos para comenzar a comer.
Nos quedamos unos instantes en silencio, tiempo en el que cada uno
prueba su plato. A pesar de esto, no se me hace incómodo en ningún
momento, y creo que tampoco a él.
—¿Y llevas mucho tiempo en Vaduz? —inquiere él después de
limpiarse con la servilleta, que segundos antes estaba sobre su regazo.
Niego y trago.
—Llevaré un mes y poco —respondo—. ¿Tú has vivido toda tu vida
aquí? —Esta vez la que pregunta soy yo, y su respuesta no tarda en llegar.
—Nacido y crecido aquí, aunque he estudiado en Alemania y Estados
Unidos —confiesa, dejándome impresionada.
—Estuve en Alemania hace unos años, es preciosa. Yo nací en España,
y me he criado allí hasta hace poco —le cuento sin ton ni son, y es que soy
de esas personas que sueltan cosas sin que alguien se las pregunte.
Alexander bebe de su copa, pero su mirada sigue fija en la mía. Un acto
que hace que observe por la ventana después de carraspear.
—Nunca he estado en España, aunque me parece un país entrañable.
Mis primos sí han estado, y cada vez que van y me cuentan qué han hecho
me dan ganas de coger un avión e irme —confiesa él con una sonrisa
torcida—. ¿De dónde eres?
Me muerdo el labio inferior antes de hablar, una manía que en más de
una ocasión ha hecho que los labios se me llenen de heridas.
—Soy de Valencia capital —respondo echándome un trozo de lo que he
pedido a la boca.
Mastico con lentitud y lo saboreo. La comida de aquí es una delicia,
aunque echo de menos la paella del domingo que siempre hace mamá.
¿Podré hacer yo una aquí?
—Valencia… —musita, haciendo una pausa—. ¿Dónde se celebran las
fallas?
Abro los ojos como platos y asiento.
—¡Sí! —exclamo—. Son una pasada, y no es porque yo sea de allí.
Alexander ríe por lo bajo y se pasa la mano por su pelo rizado y del
color de la noche.
—De verdad, tengo que ir en algún momento —murmura—. ¿Y qué te
parece Vaduz? ¿Qué te hizo venir aquí? ¿Nuestra gastronomía? ¿Nuestra
cultura? ¿La oportunidad de trabajo? —inquiere él, a lo que respondo con
una sonora carcajada que hace que frunza el ceño.
—No te ofendas, pero no fue por nada de eso —me limpio con la
servilleta y bebo un poco de vino para aclararme la garganta—. Si te soy
sincera, no tenía ni idea de a donde venía. Me monté en el primer avión que
despegó del aeropuerto.
Su expresión pasa a ser de sorpresa.
—¿Te viniste sin saber nada? ¿Ni que idioma se habla o con un trabajo?
La expresión de su cara hace que siga riéndome.
—Sí —balbuceo entre risas—. Me subí al primer avión sin saber a
dónde me dirigía. Fue una locura, no te voy a engañar. Pero no me
arrepiento —desvío la mirada hacia el jardín y suspiro al ver mi reflejo en
el cristal—. Necesitaba irme de allí, y me daba igual donde.
De súbito, Alexander posa una mano sobre la mía encima de la mesa y
la aprieta.
—¿Pasó algo? —inquiere con cautela—. No tienes que contarme nada
que no quieras, solo pregunto por…
—¿Por cortesía? —Rio por lo bajo y aparto mi mano de la suya—. Esto
que te voy a contar no lo sabe nadie aparte de mi familia y amigas. Eres a la
primera persona fuera de este círculo que se lo digo, así que siéntete
importante. Te dejo que por un momento te lo creas —digo, bromeando.
Alexander sonríe divertido.
—Entonces me creeré alguien relevante por un momento. ¿Qué te
ocurrió?
Tomo aire y lo suelto todo. ¿Qué podía pasar? Aquí no me conocía
nadie, así que me daba igual decir que era una cornuda.
—Pillé a mi novio de toda la vida follándose a una compañera de trabajo
en nuestra cama —suelto, y su cara pasa a ser de póker.
—¿Me estás mintiendo, verdad? —inquiere atónito, a lo que yo niego y
bebo el último trago de vino que queda en la copa—. ¿Me estás diciendo
que tu novio estaba en vuestra casa con otra?
—Oh, sí —asiento—. Llevábamos unos meses mal, muy mal en verdad.
Él llegaba tarde, me hablaba con indiferencia, me comparaba… toda esa
mierda que una persona que te quiere de verdad no te hace. Mis amigas me
convencieron para ir un fin de semana a un balneario, a relajarnos y a pasar
unos días de chicas —suspiro—. Llegué antes porque lo echaba de menos,
y me lo encontré en bolas con la otra. Se me cayó el mundo a los pies, pero
le di una buena bofetada y me fui al apartamento de mis amigas.
Me callo, y él enarca una ceja.
—¿Y? Tiene que haber un porqué de que estés aquí, aún no me lo has
dicho —insta él con curiosidad.
Me relamo los labios y trago duro.
—Seis meses después me entero de que se va a casar con ella —susurro
sintiendo como el corazón se me estruja en el pecho—. Y no lo aguanté.
Cogí todas mis cosas, les dejé una nota a mis amigas y llamé a mi madre a
solo cinco minutos de embarcar. Mis amigas me quisieron matar y mi
madre estuvo a punto de llamar a los GEOS —suspiro y me encojo de
hombros—. Por esa razón estoy aquí.
Observo como Alexander parpadea perplejo, y no puedo hacer otra cosa
que coger el vino de la cubitera y echarnos dos copas.
—¿Sorprendido? —le pregunto dejando la botella en su sitio para que se
mantuviera fresca—. Asique no, Alexander, no estoy aquí por cultura o
trabajo. Estoy aquí porque el hijo de puta de mi exnovio me engañó y se va
a casar con la otra —apoyo la espalda en el respaldo de la silla y coloco mis
brazos en los reposabrazos—. Estoy en Vaduz porque me pusieron los
cuernos, y lo agradezco porque si no me hubiera casado con un gilipollas.
—Estoy… estoy —balbucea, sin encontrar las palabras.
—¿Perplejo? ¿Atónito? ¿Flipando en colorines?
Su ceño se frunce.
—¿Flipando en colorines? —inquiere, y es cuando caigo que no
entiende los modismos de España.
Me doy un golpe mental y gesticulo con las manos de forma exagerada.
—Sí, flipando en colorines es como estar alucinando.
—¡Ah! —exclama—. Disculpa, no estoy hecho a vuestra forma de
hablar. Pero sí, estoy… ¿flipando en colorines?
—Aprendes rápido —exclamo con una sonrisa cerrada—. Ahora te toca
a ti contarme algo, ¿no crees?
—¿Qué quieres saber? —inquiere, amable.
Me encojo de hombros y termino mi plato.
—No sé… ¿Por qué me has dicho de quedar a cenar cuando podríamos
haber quedado para darme el bolso? —pregunto con curiosidad, a lo que él
se echa a reír.
—Hace mucho tiempo que no me lo paso tan bien con alguien, no tengo
otras intenciones si es lo que piensas —confiesa—. Lo de ayer estuvo muy
bien. —Por mi mente pasan recuerdos de los que hicimos y me tomo un
sorbo de vino para alejar esos pensamientos—. Me pareces una mujer muy
divertida y sincera, por eso he querido cenar hoy contigo. ¿Está mal de
dónde vienes? Quizá te has sentido forzada a…
—¡No, no, no! —lo interrumpo—. Te aseguro que donde vivo por
mucho menos ya se querrían haber metido entre mis piernas. Me gusta que
sepas dividir las cosas, me hace sentir mucho más tranquila.
Su ceño se frunce, pero espera a que el camarero retire nuestros platos
para hablar.
—¿A qué te refieres?
—Pues a qué ayer nos acostamos, y eso está bien aunque no era lo que
tenía previsto. Y hoy estamos tan tranquilos cenando. A eso me refiero, que
sabes distinguir los momentos y guardar la compostura —confieso—. No es
por nada, pero dónde vivo muchos se acercan solo para… —hago un gesto
con las manos que entiende a la perfección—. ¿Entiendes? Y parece que tu
no. Porque no estaremos aquí porque quieres otro polvo, ¿no?
Alexander se echa a reír de nuevo y niega.
—No estoy aquí por eso, estoy aquí porque me divierto contigo —dice.
Alexander y yo seguimos hablando hasta que los postres se acaban.
Cuando quiero darme cuenta son casi las once de la noche y tanto Sofía
como Amelia me han estado mandando mensajes de sí estoy bien. Me
apresuro a responderles cuando decidimos irnos y les hago saber que
Alexander me va a llevar a casa.
No sé muy bien la razón, pero salimos por la puerta de atrás del
restaurante y nos subimos a su coche; un Lykan Hypersport, algo que me
hace adivinar que Alexander tiene un buen trabajo porque estamos
hablando de un coche que cuesta millones.
En el trayecto a mi casa seguimos hablando de cosas triviales, y cuando
llegamos me despide con un beso en el dorso de la mano. Un maldito gesto
que hace que se me caigan las bragas al suelo. Antes de bajarme,
intercambiamos los números de teléfono y quedamos para la semana que
viene ya que me hace saber que tiene mucho trabajo de lunes a jueves.
Me bajo y cierro la puerta, me despido con la mano cuando llego a la
portería y entro. Subo en el ascensor y cuando pretendo abrir la puerta de
casa esta se abre sola.
Dos pares de brazos me entraron y escucho el portazo que me indica que
la puerta se ha cerrado.
—Escupe por esa boquita lo que ha pasado con el buenorro de
Alexander o te quemo los tangas. —Amelia me señala con uno de sus dedos
mientras que Sofía se encuentra a su lado de brazos cruzados.
—No es coña, o hablas o te quemamos los tangas. ¡Y los caros! —
exclama ella.
Me rio a carcajadas y le doy el móvil a Sofía. Me bajo de los tacones
rojos y me quito el abrigo.
—Teníais razón, quedar con él ha sido todo un acierto. Es guapo,
simpático, caballeroso y atento. Cuando ha llegado al restaurante me ha
sacado la silla para que me sentara, y ahora al despedirnos me ha dado un
beso en el dorso de la mano —suspiro, y escucho ellas me imitan—. Y
encima debe tener un buen trabajo, porque vaya coche. ¡Lo tiene todo! —
exclamo, yendo hacia el frigo y bebiendo un poco de agua a morro.
Sí, bebo a morro y me siento orgullosa de ello.
Me voy al sofá y me desparramo en él. Cojo un cojín y lo espachurro
contra mi cuerpo.
Me quedo mirando al techo hasta que siento como dos vueltos caen a
mis pies.
—¿Ves cómo teníamos razón? —inquiere Sofía con retintín—. Y
encima está bien dotado. ¡Aprovecha, tía!
Rio por lo bajo y asiento. Nunca pensé que confesarle a un desconocido
mis problemas fuera tan alentador, aunque lo que desconocía era que ese
sería el principio de algo mucho más grande.
Capítulo 5
Risas y un casi llanto
Me he pasado toda la semana trabajando y yendo de un lado a otro con
Sofía y Amelia para presentar sus respectivo currículum en diferentes
lugares. Amelia, esa que ahora se encuentra con la oreja pegada al teléfono
porque ha recibido una llamada de una de las escuelas a las que se presentó
como profesora de español, quiso retirarse al recibir el primer no. Y fuimos
Sofía y yo quienes la convencimos de visitar Schaan, un municipio
colindante con Vaduz, para ver si había suerte.
En cambio, Sofía lo tenía más complicado. Había ido a diferentes
hospitales y la única respuesta que encontró fue un NO. Sabía lo frustrada
que se debía encontrar, aunque no lo demostrara. Lo bueno es que ha
encontrado un trabajo en una cafetería cercana a casa y eso la ayudaría a
subsistir hasta que los hospitales de la zona sacaran alguna vacante de
enfermería.
—¡Sí, sí, sí! —exclama Amelia tirándose en el sofá a nuestro lado—.
¡Tengo trabajo, chicas!
Sofía y yo aplaudimos en forma de celebración, aunque estamos
reventadas después de habernos pateado Triesenbergy. Esa misma mañana
habíamos decidido adentrarnos en otro municipio, más alejado de Vaduz, y
hacer turismo. Para nuestra sorpresa, durante esta semana, descubrimos
muchos datos importantes sobre la familia real. Y destacaría por encima de
todo que no tienen un salario por ser jefes de Estado. Sí, lo habéis
escuchado bien. ¡No tienen un salario como en España! Más bien, ellos
también aportan a la economía con diferentes empresas y negocios propios,
lo que ha provocado que sean la monarquía constitucional más rica de
Europa. Como diría mi madre, se ganan el pan de cada día. Y, mira, me
parece bien.
En España algo así parece impensable, pero aquí en Liechtenstein las
cosas son muy diferentes a nuestro país de origen.
—No sabes lo mucho que me alegro, Mia —murmuro, desviando la
mirada del techo a ella—. ¿Cuándo empiezas?
—El lunes —exclama emocionada—. Tenemos que salir a celebrarlo.
Sofía resopla y se tapa la cara con el cojín en tono marrón que decora el
sofá.
—Yo no estoy de humor —dice—. ¿Os podéis creer que vaya a trabajar
en una cafetería? Yo, graduada en farmacia con matrículas de honor, en una
cafetería… ¡Esto es una mierda! —grita, echando por la boca toda su
frustración.
—Pero tienes trabajo —insto, más que nada para que entre en razón—.
Hemos tenido suerte de que Vanessa no nos cobre más alquiler por estar
aquí las tres, así que no te quejes.
Sofía vuelve a resoplar y se levanta del sofá para ir a por una cerveza.
—¿Quién quiere una? —Nos pregunta.
—¡Yo! —grita Amelia, que se sienta en la barra que divide el salón de la
cocina.
Niego con la cabeza y rio por lo bajo. Cierro los ojos unos instantes
hasta que escucho mi móvil. En un principio pienso que es mi madre, pero
al abrir el WhatsApp me doy cuenta de que es Alexander.
Me muerdo el labio inferior y leo el mensaje con atención.
Alexander:
Hola preciosa, acabo de llegar a Vaduz. ¿Te gustaría quedar en un rato
para tomar algo?
Alexander y yo llevamos toda la semana hablando por Whatsapp debido
a que ha tenido que irse fuera por trabajo, y siendo sincera estaba deseando
recibir su mensaje. No esperaba que volviera tan pronto, ya que me hizo
saber que llegaría tarde. Y aunque estoy que no puedo mover ni un solo
dedo del pie, me apetece mucho quedar con él.
Ruth:
¡Hola! Pensaba que llegarías más tarde, qué sorpresa. ¿A qué hora te
viene bien quedar?
—¿Y esa cara, Ruth? —inquiere Amelia con cierto tono pícaro—. ¿Con
quién estás hablando? ¿Es Alexander?
Tanto ella como Sofía corren a mi lado y les enseño el móvil. Pegan un
ligero grito de emoción.
—¡Qué fuerte que vayas a quedar otra vez con él! —exclama Sofía.
—Pero si llevan toda la semana hablando. ¿O es que no te acuerdas la
cara de tonta que se le quedó cuando recibió el primer mensaje? —apuntilla
Mia, recibiendo un codazo de mi parte—. ¡Ah, eso no se hace! —se queja
mientras soba la parte afectada.
—No tenía cara de tonta. Es solo que… —me muerdo el labio inferior.
—¿Solo qué? —preguntan al unísono.
Suspiro.
—Me siento como cuando era adolescente. Llevo tanto tiempo fuera del
mercado que me emociona muchísimo que un tipo como Alexander esté
hablando conmigo —confieso—. Es una sensación muy rara.
—Quien tendría que estar emocionado es él porque quedéis —me
recuerda Amelia—. Mira, Ruth, han sido muchos años con Arán y es
normal que estés así. Has comenzado una nueva etapa de tu vida. Ahora
tienes que disfrutarla a tope —añade, haciendo sonreír.
—Eso, tienes que disfrutar el día a día. Y si te llevas bien con
Alexander, y encima te lo pasas bien… ¿Quién te lo impide? ¿Tu cabeza?
Ellas son las únicas que llegan a comprender todo lo que puedo llegar a
sentir o pensar en solo dos segundos. Una grandísima parte de mí quiere
vivir el momento. Ya sabéis, carpe diem (o como dice mi madre; Carmen
Diez). Pero luego hay una pequeñísima parte de mi cabeza que sigue
estando de luto por lo que ocurrió con Arán, que no llega a superar los
cuernos y se culpa de lo ocurrido. Porque sí, aunque no lo parezca, está ahí
dentro martillando por salir y es una lucha constante mantenerla al margen.
Mi móvil vibra y deslizo el dedo por la pantalla.
Alexander:
¿Te apetece ir al cine? Hace muchísimo tiempo que no voy.
Respondo con rapidez.
Ruth:
¡Claro! Yo también llevo mucho tiempo sin ir al cine. ¡Pero invito yo a
las palomitas!
Alexander:
Quedamos en la sala 5, fila 12, a las siete. No llegues tarde, preciosa
�� Espero que te gusten las comedias.
¿Acaba de decirme que quedamos dentro de la sala? Frunzo el ceño y
bloqueo el móvil.
—Me ha dicho de quedar en la sala y no fuera —murmuro, y tanto Sofía
como Amelia se sorprenden.
—Es un poco raro, ¿no? —pregunta Sofía.
Asiento, pero Amelia se encoge de hombros.
—Quizá el chico ya tenía las entradas sacadas y quiere darle vidilla a lo
vuestro —dice, a lo que parpadeo y asiento.
Me levanto con convicción del sofá, dándoles una palmada a cada una
en el muslo, y me pongo delante de ellas.
—Esta noche tengo una cita con Alexander, ¿qué me pongo? —Señalo a
Amelia con el dedo—. Y no existe un vosotros, ¿vale? Somos dos adultos
independientes y maduros quedando para ver una película.
Amelia se levanta riéndose a carcajadas y va hasta la barra para
empinarse la cerveza y darle un buen trago.
—Bueno, somos dos adultos independientes y maduros quedando para
ver una película, ¿qué te apetece ponerte? ¿Algo sexy para qué pueda
meterte mano? ¿Algo más sencillo por qué no va a haber sexo? Tú decides,
bomboncito. —Niego a la vez que una sonrisa curva mis labios.
—Algo sencillo —digo, y veo como mi móvil vuelve a vibrar. Cuando
deslizo el dedo, observo cómo Alexander me ha mandado la entrada—.
Tenías razón, Mia, ya tenía las entradas.
Ella se encoge de hombros.
—Te lo dije. Bueno, no tenemos mucho tiempo. Sofía, sácale unos
vaqueros ajustados y un jersey que abrigue. Yo me encargo del pelo y de la
ropa interior por si acaso acaba en polvo —insta Amelia con iniciativa.
Sofía levanta el pulgar y se va a mi habitación por el pasillo mientras
que Amelia me lleva al baño.
*
Una hora después me encuentro caminando hacia el cine, que se
encuentra a poco más de veinte minutos de donde vivo.
«No te vas a acostar con él, no te vas a acostar con él…»; me repito una
y otra vez.
Me bajo del autobús, porque los pies no me dan más de sí, y camino una
calle hasta ver la cartelera exterior del cine y la taquilla. Hago cola,
desesperada por entrar gracias al frío que hace, y espero a que avance.
Todo parece ir bien, hasta que una llamada entra a mi móvil.
Desconozco el número, algo que hace que frunza el ceño, pero al ver que es
de España no dudo en deslizar el dedo sobre el botón verde.
—¿Quién es? —pregunto por lo bajo, aunque dudo que alguien a mi
alrededor sepa español.
—Ruth, hola, soy Arán.
Mi mano comienza a temblar y mi respiración se acelera. Tomo aire y
respiro.
—¿Ruth? —pregunta.
—¿Qué quieres? —inquiero de una forma tosca, a nada de explotar.
—Solo quería saber cómo estás, me ha dicho que te has ido al extranjero
—dice, y frunzo el ceño.
—¿Ahora te preocupas por dónde me he ido? —Insto con sorna—. ¿Qué
es lo que quieres, Arán? He quedado y estoy a punto de entrar al cine.
Escucho su risa baja.
—No tienes que mentirme para intentar darme celos —dice, y suelto
todo el aire de mis pulmones.
«¿Pero qué se ha creído?»; pienso para mí.
—Aunque no te lo creas, he quedado con alguien —murmuro—. Pero
ese no es el caso, ¿qué quieres? Tengo prisa. —Vuelvo a insistir.
La cola avanza y yo con ella.
—No sé cómo decirte esto… —balbucea. «Si me dice de volver con él,
lo mató»; pienso—. Me caso en dos meses, el 12, y quería invitarte a la
boda. Nos conocemos de casi toda la vida y…
Me quedo sin palabras, atónita y a punto de sufrir un colapso nervioso.
Mi respiración vuelve a acelerarse y la rabia me consume a un nivel que da
miedo.
—Me tratas como una mierda durante meses —digo respirando con
dificultad y subiendo el tono—, me engañas, te la tiras en nuestra casa y…
¡¿Me llamas a las siete menos diez de la tarde un viernes porque quieres
que vaya a vuestra boda?! —exploto, y siento como las personas de mi
alrededor me miran—. ¿Tú eres imbécil o qué? ¿Te caíste de la cuna al
nacer? ¿Te esnifas el cola cao de las mañanas? ¿Comiste muchos mocos
cuando eras pequeño? —¿Sabéis esa situación en la que no eres capaz de
controlarte y te imposta una real mierda quién esté? Pues así estoy yo ahora
mismo, lo sé y no me escondo—. Arán, que te quede claro, ¡vete a la
mismísima mierda! —Y cuelgo.
Me guardo el móvil a regañadientes en el bolsillo y observo a mi
alrededor.
—¿Qué? —digo en un tono borde consiguiendo que todos los presentes
al numerito que he montado vuelvan a sus cosas.
Avanzo en la fila con el moco tendido y sintiendo como las lágrimas
inundan mis ojos, pero no me permito llorar.
Le enseño mi entrada al taquillero y entro al cine para comprar las
palomitas. Pido dos cubos grandes con dos refrescos y una bolsa hasta
arriba de chucherías. Necesito curar mis penas a base de azúcar.
Me dirijo a la puerta número cinco, intentando no matarme en el intento,
y la empujo con el costado. Para mi sorpresa no hay nadie, salvo Alexander,
que baja a toda prisa para ayudarme.
—Has comprado un cargamento de palomitas para todo el cine —
bromea, cogiendo uno de los botes.
Rio por lo bajo y niego.
Subimos hacia nuestras butacas y nos sentamos. Las luces del cine aún
están encendidas, y me dejo cautivar por sus ojos del color del caramelo y
su rizado pelo negro echado para atrás. Alexander parece cansado, sus ojos
están un tanto apagados y tiene ojeras. Pero me sorprende al sonreírme.
Cojo un puñado de palomitas y me las como una a una.
—¿Qué tal el trabajo? Pareces cansado —inquiero con suma curiosidad.
—Demasiadas cosas en un periodo de tiempo reducido —resopla—.
Pero no es nada que no pueda controlar. ¿Y tú semana, qué tal? Pareces un
poco…
Carraspeo y desvío la mirada a la pantalla aún en blanco. Hasta ahora,
nadie más ha entrado a la sala.
—Me ha llamado mi ex —le confieso, sabiendo que, quizá, no le
interesa.
—¿Te ha llamado tu exnovio? ¿Qué quería? —pregunta con el ceño
fruncido.
Resoplo y me llevo unas cuantas palomitas a la boca.
—El muy idiota quiere que vaya a su boda —me callo y tomo aire—.
¿Te lo puedes creer? ¡Me ha llamado para invitarme a su boda! —exclamo,
y las luces se van apagando.
Me coloco bien en la butaca y como palomitas.
—Es un sinvergüenza —apuntilla Alexander, y no es hasta que desvío la
mirada hacia él que distingo enfado en sus pupilas—. ¿Te engaña y tiene la
cara de invitarte a su boda? ¿Qué clase de persona es?
—Eso mismo he pensado yo —insto—. Le he armado una fuera que
hasta se han quedado mirándome. ¡Qué vergüenza ahora que lo pienso!
Creerán que estoy loca o algo.
Alexander se echa a reír y niega.
—Explotar es normal, y más ante esa situación. Lo que la gente piense u
opine de ti tiene que darte igual; y te lo digo yo, que en esa materia soy un
experto. —Me guiña un ojo y se lleva una palomita a los labios.
Sonrío sin enseñar los dientes y desvío la mirada hacia la pantalla. Lo
mejor de que no haya nadie más en la sala es que podemos comentar todo lo
que nos hace gracia sin molestar a nadie.
Me rio como nunca. Disfruto de la película y acabo llorando de la
misma risa, aunque prefiero llorar de gracia antes que de tristeza; como casi
horas atrás cuando pude contenerme.
Cuando la película acaba, Alexander se detiene de pie y tiende la mano
hacia mí para que me levante. La agarro y nuestros cuerpos quedan a solo
milímetros de separación, espacio que acaba cuando se atreve a darme un
beso en la mejilla que hace que me ponga colorada.
Vale, acaba de darme un simple beso en la mejilla y me he puesto como
un tomate. Pero es que nunca, nadie, me había tratado así de… cute.
Alexander parece un gran tío. Ya sabéis, de esos hombres con trabajos
importantes, caballerosos, divertidos, amables y máquinas en la cama. ¡Lo
tiene todo!
Y es cuándo me pregunto qué clase de broma es esta. No me
malinterpretéis, pero no he sido tan buena como para que el destino, Dios,
el karma o lo que haya ahí arriba me haya mandado a un ser como él. Tiene
que haber trampa; un pasado tenebroso con vísceras y miembros
amputados, quizá. No puede ser perfecto, debe tener algo que se me pasa.
—Oye, Alexander, ¿en qué trabajas? —inquiero cuando salimos del cine
y recorremos la sala hasta la puerta.
—Tengo una empresa de energías renovables —responde sin dudarlo—.
¿Y tú en qué trabajas?
«¿Preguntas de calibración, eh? Tengo que descubrir alguna
imperfección»; pienso para mí.
—Diseño editorial —digo, y abre los ojos con sorpresa—. ¿Qué?
¿Nunca habías conocido a una profesional del sector?
Quizá podría haber formulado la pregunta de otra forma y que no sonara
como si me dedicara a la prostitución, ya que la señora mayor que se
encuentra con su marido en el pasillo me ha mirado con asombro. Pero así
soy yo, Ruth Rodríguez González nunca sopesa las cosas dos veces… y así
me va.
Alexander ríe por lo bajo y me lleva a través de los pasillos del cine
hasta una puerta alejada de la entrada. Paro en seco y frunzo el ceño. Señalo
la puerta y le pido una explicación con la mirada.
Se echa el pelo para atrás y se encoge de hombros en señal de
nerviosismo.
—Tengo el coche aparcado por aquí —dice, y yo voy y me lo creo
(nótese el sarcasmo)—. No te preocupes, no nos van a decir nada por salir
por aquí.
Frunzo el ceño y suelto una de las mías, de esas que salen solas
disparadas.
—Alexander, ¿estás casado y no quieres que nos vean juntos? —
pregunto, montando un par de teorías conspiratorias en mi cabeza—. Si es
así, lo siento, pero no salgo con casados.
Echa la cabeza hacia atrás y ríe a carcajadas.
—No estoy casado, ni tengo novia —murmura—. En mi trabajo hay
gente que me conoce, y no me apetece intermediar con ellos.
Abre la puerta y me deja pasar primero.
—Oh, ¿es por tu trabajo? Te entiendo, mi padre es militar y no sabes la
de gente que lo para en la calle.
Caminamos por la parte de atrás del cine hasta llegar a su coche.
—No sabía que tu padre era militar —susurra abriendo la puerta del
copiloto para que entrara.
Da la vuelta y se mete. Nos ponemos los cinturones y conduce hasta
pararse en un semáforo. De fondo suena una canción lenta, de esas que se
repiten en la radio por ser un hit mundial.
—Pues sí, mi padre es militar. Asique cuidadito conmigo, que cuando
decía que podía reventar a tu gorila lo decía en serio. Mis puños son puro
acero, chaval —bromeo, a lo que Alexander me responde con una sonrisa.
—Estoy comenzando a entender los modismos de España —se
enorgullece—. Con gorila te refieres a mi guardaespaldas, ¿a qué sí? —
Asiento y paso mi dedo por la ventana para quitar un copo de nieve que ha
entrado antes de que la puerta se cerrara—. Y con reventar te refieres a
pegar.
—¡Eso es! Ya lo vas pillando.
Alexander conduce hasta el bloque de apartamentos y para justo en la
puerta. Me despido de él con un beso en la mejilla y quedamos para salir el
sábado con sus amigos; Sofía y Amelia.
Me despido con la mano antes de entrar en el portal. La puerta está
entrecerrada cuando siento un resplandor de fuera. Me acerco al cristal y
observo al exterior, pero no hay nada o nadie.
¿Qué coño había sido eso? ¿Mi imaginación? ¿Un coche?
Con la duda y el cansancio haciendo mella en mi sistema, subo por el
ascensor hasta entrar a mi apartamento.
Mañana sería otro día, y espero que tan divertido como el de hoy.
Capítulo 6
El zoodiaco
“Se ha estado especulando sobre la nueva conquista del Conde Kieber,
pero ¿será solo una relación de amistad como tal como está diciendo la casa
Kieber o es algo más? Les mostramos las imágenes de…”
—Sofía, apaga eso que me está llamando mi madre.
Mi querida amiga, la enganchada a los culebrones de la corona, apaga la
televisión y se pone a husmear en su móvil mientras que yo deslizo mi dedo
por el mío.
—Hola mamá —digo, y cojo el móvil con el hombro y la oreja (una
táctica ancestral que me enseñó mamá) para no quemar el huevo que me
estoy haciendo—. ¿Cómo estás?
—Pues mira, hija, acabo de llegar del mercao y no sabes a quién me he
encontrao.
Mi madre, Margarita de los Rosarios Gutiérrez Peñafiel, es una mujer de
las de antes. Creo que ya os lo había dicho, ¿no? Somos como el agua y el
aceite. Ella es una cotilla dedicada y yo… ¡Vale! ¡Lo confieso! A mí
también me gusta mucho el salseo, lo adoro y vivo para ello. Es lo único
que he sacado de ella. Bueno, eso y los pedazo de ojos verdes que tengo en
mi preciosa carita.
—Estás tardando en contármelo, mamá —canturreo.
—Que me he enterao que ayer te llamó el Arán, ¿es verdad, hija? —
pregunta en un tono tosco, enfadado.
Resoplo y saco el huevo de la sartén.
—Sí, mamá. Ayer tuvo la cara dura de llamarme y de invitarme a su
boda. ¿Te lo crees? ¡Invitarme a la boda después de ponerme los cuernos!
—exclamo, haciendo que Amelia y Sofía dirigieran la mirada hacia mí.
Me detengo con el plato en la barra que divide la cocina del salón y cojo
el móvil con la mano. Le hago un ademán a las chicas para que lleven los
platos a la mesa, y ellas acuden de inmediato.
—¡Vaya moniato[1]! ¿Tú te crees, Antonio? —le dice a mi padre—.
Tendrías que haber cogio la escopeta y haberle dao un susto, que nuestra
niña está en un lugar desconocio por su culpa. Y tú, ¿ves cómo te dije que
no iba a acabar bien lo vuestro? Que era sagitario… ¡Sagitario, hija! Y tú
géminis. Si es que esa relación iba a pique desde el primer día.
Me echo a reír y escucho a papá decirle a mamá que eso es una tontería.
—Antonio, a mí no me digas eso que tengo razón. Los signos del
zoodiaco están por algo —le riñe a papá—. ¿A qué sí, hija?
Intentando aguantar la risa, le respondo:
—A ver, mamá, no voy a ser yo la que te diga que no. Si están ahí es por
algo, pero no se dice zoodiaco, se dice zodiaco. Con una solo O.
—¿Cómo que no se dice así? Zoodiaco de animales, que pa algo están
pintaos —dice ella convencida de su razonamiento, y os aseguro que
cuando a Margarita de los Rosarios Gutiérrez Peñafiel se le mete algo entre
ceja y ceja no se lo quita ni el mismo Papa de Roma.
—Vale mamá, tienes razón —murmuro intentando no reírme—. ¿Y
cómo sabes que ayer me llamó? —Pongo el altavoz para que Sofía y
Amelia escuchen.
—Porque me los he encontrado hoy en el mercado con la Mari Paz —se
refiere a la madre de Arán—. Y que va diciendo la mala sombra que fuiste
tú quien engañó a su hijo y que ahora tiene una nuera de diez. ¡Mira, si la
pillo no sé qué le hago!
—Será mala pécora —maldice Sofía—. A esa no le hagas caso,
Margarita, que tu hija nunca haría algo así —le dice.
—Eso, a esa ni unos buenos días, que es más mala que el demonio —
apuntilla Amelia.
—No sabes lo nerviosa que me ha puesto en un momento. Porque estaba
tu padre, si no…
Voy al frigorífico y cojo el agua dejando el móvil en la barra.
—Mamá, no les hagas caso. La gente del barrio puede pensar lo que
quiera —digo, teniéndole el agua a Amelia para que la deje en la mesa de
color madera con cuatro sillas que compramos el otro día—. Ayer le dejé
muy claro que no pensaba ir. Espero que le vaya muy bien con su mujer,
pero que a mí me deje tranquila y después de todo el daño que ha hecho.
—Así se habla, hija. —Mamá intercambia unas palabras con mi
hermano y luego vuelve a mí—. Me dijeron tus amigas que has conocido a
alguien—titubea.
¡Sabía qué me lo iba a sacar! A Margarita de los Rosarios Gutiérrez
Peñafiel no se le olvidaba nada, y mucho menos algo relacionado con un
ligue mío.
—Ay, mamá, no empieces…
—¿Cómo qué no empiece? —inquiere—. Tendré qué saber con quién
sale mi hijo, ¿o no?
Pregunta trampa, como le diga que no es capaz de coger un avión solo
para darme con la chancla.
—Claro que tienes que saberlo, mamá, pero es que Alexander es solo un
amigo —le aclaro, y es cuando me doy cuenta de que le he dicho el nombre.
—Asique Alexander, ¿eh? ¿Trabaja? ¿Tiene casa? ¿Coche? ¿Cómo es?
Me siento en la mesa con las chicas y parto el huevo con el tenedor.
Hemos encontrado un supermercado donde venden productos españoles, y
hemos comprado gazpacho andaluz y algunos embutidos típicos (que nos
han costado un pastizal, por cierto).
—Trabaja en una empresa de energías renovables y…
—Margarita, tiene un cochazo de la hostia. ¡Qué tu hija no te engañe! —
exclama Amelia a mi lado.
—Y es muy guapo, mucho más que Arán. ¿Sabes que ayer fueron al
cine? Y es de los hombres que te abren la puerta del coche, Margarita —le
dice Sofía.
Mi madre suelta un grito de asombro y se lo dice a mi padre a voces.
—Si no fuera por tus amigas no me entero de nada, hija. ¡Qué
desinformada me tienes! Pero me alegro de que este chico sea un caballero.
¡Pero ten cuidao! ¿Vale? Qué todos son muy caballeros hasta que se meten
entre las bragas. —Suelta, a lo que Sofía y Amelia comienzan a reír.
Ay mamá, si te contara que este ya ha estado entre mis piernas… ¡Y
vaya noche me dio!
—Ya lo sé, mamá. Tendré cuidado, lo prometo.
—Bueno, hija, tu padre te manda un beso. Te dejo que tengo que hacer
la comida —dice—. ¡Tened cuidado, y averigua cuál es el símbolo del
zoodiaco de ese chico!
Cuelgo y me meto el móvil en el bolsillo de la sudadera.
Comemos en compañía de los salseos que Sofía nos cuenta sobre la
gente de pasta de Liechtenstein, que ni aquí se libran de la prensa rosa.
Cuando acabamos, recogemos los platos y le damos una buena limpieza al
piso, ya que días atrás montamos algunos muebles para Sofía y Amelia.
Aprovechamos la tarde para hacer la compra, ya que teníamos el frigo
pelado, y pasear por el centro de Vaduz. Nos tomamos un chocolate caliente
en la cafetería en la que el lunes comenzará a trabajar Sofía, y vemos un
espectáculo de marionetas que patrocina una feria medieval que habrá el fin
de semana que viene.
—¿Para qué quiere tu madre saber el símbolo del zodiaco de Alexander?
A veces pienso que tu madre es bruja o algo por el estilo —murmura
Amelia buscando las llaves para subir a casa en su bolso.
—¿No ves que hay noches que se desvela y se pone a ver a las brujas
nocturnas? —le digo—. ¿Creéis que eso existe? O sea, ¿qué es verdad? —
añado a modo de pregunta, sacando las llaves del bolsillo de la sudadera y
abriendo la puerta.
Sofía se encoge de hombros y repela con una cuchara el vaso de
chocolate.
—¿Por qué no? —Va hacia la papelera y tira el vaso. Cuando vuelve,
coge la puerta para que Amelia y yo entremos—. Hay cosas inexplicables
que nunca entenderemos, como…
—¡Eh!
Sofía, Amelia y yo nos giramos y vemos a un chico joven con una
cámara colgada al cuello. Parece que se ha pegado una buena carrera, ya
que va con la lengua fuera. Se para delante de nosotras y nos saluda con un
apretón de manos.
—Disculpen, señoritas, pero quería hablar con ustedes. ¿Residen en este
bloque? —nos pregunta sin andarse con correos.
Intercambiamos miradas entre las tres y frunzo el ceño.
—¿Y usted para qué quiere saber eso? —inquiero, tosca.
El chico, de un metro setenta y pico y pelo lacio y rubio, saca una placa
y nos la enseña.
—Soy reportero de una revista nacional y me he enterado de que aquí,
en este mismo edificio, vive la nueva conquista del Conde Kieber —nos
explica, y Sofía se lleva la mano al pecho impresionada.
—¿Qué me estás contando? —exclama ella, ilusionada.
—¿Y a nosotras eso nos afecta en algo? —pregunta Amelia cruzándose
de brazos—. No es por nada, pero estamos muy ocupadas como para
hacerte el trabajo —añade.
—Solo quería saber si, por casualidad, han visto alguna vez al Conde
subir a su edificio —insta, cogiendo la cámara—. Puedo pagaros muy bien
por la información siempre que sea de verdad.
Enarco una ceja y lo encaro.
—Mire, por mucho dinero que nos ofrezca y por mucho que nos guste el
cotilleo, puede meterse su petición por donde le quepa —bramo,
señalándole con un dedo—. ¿Le queda claro? Si quiere información,
consígala por usted mismo.
Sofía y Amelia entran y cierro la puerta para que el reportero no pueda
pasar. Subimos en el ascensor mientras hablamos sobre el tema.
—¿Qué más me dará a mí el Conde ese? —les digo, y Amelia se ata el
pelo en un moño—. Mirad que me gusta el salseo, pero ofrecer dinero a
cambio de un chivatazo…
—Tienes razón, aunque no sé vosotras, pero a mí me causa mucha
intriga saber quién está con el Conde —murmura Sofía abriendo la puerta
del ascensor—. Tiene que ser la mujer joven del primero, Katia se llama. Es
muy guapa, y yo la veo con buen porte.
Asiento y Amelia chasquea la lengua.
—¿Os imagináis que es la señora del segundo o la maldita adolescente?
—inquiere, a lo que nos echamos a reír.
—Déjate de especulaciones y vamos a vestirnos que hemos quedado. ¿O
no os acordáis?
Entramos en casa y corremos hacia el baño. Para mi desgracia, he
llegado la última y no podré meterme hasta que acabe Sofía.
Me siento con Amelia en el sofá, pero la intriga de saber más sobre los
horóscopos me puede y comienzo a buscarlo en internet.
Sagitario y géminis no pegan ni con cola, en cambio, con aries y leo sí.
¿Qué será Alexander? Dios quiera que no sea Sagitario sino…
Me doy un golpe mental y bloqueo el móvil. Nunca he creído en estas
cosas, pero mamá sí; y su introspección en el ámbito de la astronomía llega
a los mismos niveles que los del cotilleo.
Cuando Amelia acaba, me meto a la ducha. Dejo que el agua caliente
caiga sobre mi cuerpo y me destense. Parece una tontería, pero se ha
instaurado una preocupación dentro de mí por lo de los horóscopos que no
es normal. Y sé que para salir de dudas hoy se lo preguntaré.
Voy a ser directa y concisa, voy a ir a por todas y descubrir si las
estrellas dictan que Alexander y yo somos compatibles o no.
Y como que me llamo Ruth Rodríguez González, Alexander va a tener
compatibilidad conmigo sí o sí.
Capítulo 7
Hola Alexander, ¿qué signo del zodiaco eres, jodio?
Lo veo mirarme de reojo mientras le pego un trago a la cerveza, pero me
resisto a preguntarle a qué viene esa insistente mirada. Es Alexander. Se
supone que tiene todo el derecho del mundo a quedarse ensimismado,
observándome, ¿no? Por el dicho de lo que se vayan a comer los gusanos,
que lo disfruten los cristianos. Bueno, aunque tanto como un derecho… Lo
que pienso es que si yo puedo hacerlo, ¿por qué él no?
A pesar de tenerlo a mi lado, no hemos intercambiado muchas palabras.
En mi cabeza reproduzco el momento de preguntarle qué maldito signo del
zodiaco es. Y parece una tontería, pero mi madre me ha pegado la inquietud
por la parafernalia de los horóscopos. Mi madre es más millennials que yo,
en definitiva.
Parece que me siento más segura sabiendo si somos compatibles de esta
manera, y no me refiero a nivel sexual o sentimental. He estado buscando la
compatibilidad hasta con Sofía y Amelia; y dado que son piscis y leo
respectivamente, mi ansiedad se ha reducido. Son signos que se llevan bien
con géminis; o sea, yo.
—¿En serio os ha parado un reportero esta mañana para saber quién era
la nueva amiga del Conde Kieber? —pregunta Louis.
Louis es amigo de Alexander y también tiene treinta años. Es un chico
alto; aunque parece que aquí todos lo son, de piel aceitunada y ojos un poco
rasgados en un tono claro muy bonito. Tiene una nariz romana, algo
alargada, que lo hace exótico de alguna manera. Sus labios son mullidos y
en un tono rosáceo. Diría que hace deporte porque tiene un cuerpo atlético a
simple vista. Por lo que nos ha contado, trabaja con Alexander como
directivo de la empresa de energías renovables, de la que desconozco el
nombre.
Louis intercambia algunas miradas con Alexander, que no logro
descifrar, y que a mí me generan muchísima curiosidad. ¿Qué me estoy
perdiendo? Hay algo en el puzle que no me encaja, y si de algo sé es de eso;
que me he pasado todos los juegos del profesor Layton de la Nintendo y me
he visto Detective Conan, Monk y CSI una infinidad de veces.
—No puedo creer que os hayan propuesto delatar a la chica. —Esta vez
quien habla es Blair, el otro amigo de Alexander, que es de Estados Unidos
(aunque su origen es senegalés).
Blair es un tipo alto y fornido, de piel oscura y ojos marrones y labios
gruesos. Lleva el pelo cortado a estilo militar. También trabaja en la
empresa de energías renovables con Alexander y Louis, solo que en el
departamento de recursos humanos. Por lo que nos han contado, fue en
Estados Unidos, mientras estudiaban el máster, que decidieron montar esta
empresa.
Y luego está Alexander, que a pesar de tener ojeras bajo sus preciosos
ojos color caramelo, tiene un porte y un atractivo fuera de lo común. Es
como esos hombres esculpidos por Miguel Ángel, cincelado para el deleite
humano. Vestido con un pantalón vaquero oscuro, una camisa clara y unos
zapatos; Alexander se corona como el más elegante, sofisticado y
malditamente buenorro del Essen und Trinken. Un convoy de sexapil que
hace que las bragas se me caigan al suelo.
—No tienen vergüenza —murmura Sofía.
Nos encontramos en una esquina, alrededor de una mesa alta, en el
Essen und Trinken. Hemos llegado hace apenas media hora y esto está
atestado de gente. El ambiente se siente cargado, y no precisamente porque
haya humo y olor a alcohol, sino por la cantidad de personas que nos
encontramos dentro del local de luces bajas y rojas y paredes oscuras.
Suena una canción que desconozco, pero que tiene buen ritmo. Sofía y
Amelia comienzan a moverse al ritmo de la letra y acaban en la pista de
baile Con Louis y Blair dándolo todo. Yo, por mi parte, decido quedarme en
la mesa para vigilar los abrigos y los bolsos junto a Alexander.
—Ha tenido que ser muy incómodo lo del reportero —dice, atrayendo
mi atención hacia él.
Observa la pista de baile, metido en sus pensamientos, hasta que desvía
la mirada hacia mí y me la sostiene.
—Sí, ha sido incómodo. Yo que pensaba que aquí la prensa rosa no se
llevaba mucho…
Alexander se ríe y niega.
—Aquí es como en todos los lugares —apostilla—. Cuando se trata de
gente famosa —hace las comillas con los dedos—, todo el mundo quiere
saber sobre su vida.
Frunzo el ceño y juego con el botellín de cerveza.
—Pues no lo entiendo. Sea Conde, príncipe o rey también querrán su
privacidad, ¿no? Si el Conde este… ¿Kieber? —Él asiente—. Pues eso, si el
Conde Kieber quiere salir con una chica, ¿qué hay de emocionante en ello?
¿Qué pertenece a una buena familia?
Alexander hace una mueca con los labios y se acerca a mí.
—El Conde Kieber es el tercero en la línea de sucesión. Hace años tuvo
un escándalo que revolucionó la casa real y desde entonces las cámaras
están encima de él día y noche —me cuenta, a lo que respondo
chasqueando la lengua.
—¿Qué escándalo? —inquiero con curiosidad.
—Estuvo saliendo con una estadounidense, y a la casa real no le hizo
mucha gracia el comportamiento de ella. Era bastante indisciplinada, la
verdad —me confiesa—. Además de que demostró que solo quería al
Conde por el dinero y la fama que trae llevar el apellido Kieber —añade.
Abro los ojos como platos.
—¿Y qué culpa tiene el pobre hombre? —pregunto a modo de
exclamación sosteniendo el botellín de cerveza en las manos—. Lo
engañaron al parecer, y estoy segura que esa mujer es sagitario. Porque
hacer algo así… ¡Seguro que era sagitario, igual que Arán! —me frustro, y
no es hasta que escucho la risa de Alexander que me doy cuenta de lo que
he dicho.
Me pongo roja como un tomate, y doy gracias a que la iluminación del
lugar es bastante tenue.
—¿Tú crees en esas cosas? —me pregunta, llevándose la cerveza a los
labios y pegándole un trago.
Me encojo de hombros.
—En realidad no, pero mi madre me ha emparanoiado con los
horóscopos y la compatibilidad entre ellos. Es una tontería.
Me relamo los labios y observo la pista de baile por unos largos
segundos en los que no paro de repetirme la tontería tan grande que le he
soltado. Debe pensar que soy estúpida. Pero, claro, al final mi madre me ha
pegado la obsesión por las compatibilidades estelares.
—Pues a mí no me parece una tontería —dice él, tomándome por
sorpresa—. Venga, ¿qué signo eres?
Trago con dureza.
—Gé… gémi… géminis —balbuceo—. ¿Y tú?
Bueno, mejor preguntarle qué que es él antes que decirle Hola
Alexander, ¿qué signo del zodiaco eres, jodio? Hubiera parecido aún más
rara y para un chico con el que me llevo bien y me rio no es plan.
«Qué diga leo o aries, que diga leo o aries…»; rezo de forma interna
mientras espero su respuesta.
—¡Anda, qué casualidad! Yo también soy géminis —exclama con una
sonrisa curvando sus labios—. ¿Cuándo es tú cumpleaños?
Mis esquemas se caen uno a uno. ¿Eso es bueno o malo? ¿Géminis con
géminis es factible? ¡Ayuda Google!
—Pues el 2 de junio, ¿y el tuyo? —Sus ojos se abren como platos, y la
curiosidad crece en mí.
—No me lo puedo creer, yo también cumplo el mismo día.
¿Estaré delante de mi alma gemela y yo sin darme cuenta? Es que esto
se lo cuento a alguien y no se lo cree. Vamos, no me lo creo ni yo…
—¿Me estás tomando el pelo? —inquiero atónita—. ¿Naciste el mismo
día que yo?
Alexander asiente, igual de sorprendido que yo, y le pega el último trago
a su cerveza.
—Mismo día, pero diferente año. Soy del ochenta y tres —apuntilla.
¡Tócate los ovarios! Ahora resulta que Alexander y yo cumplimos años
el mismo día… esto es de película de Spielberg .
Agarro la cerveza y me la bebo de un trago. Hago una mueca, ya que
está caliente, y dejo el botellín en la mesa.
—Estoy segura de que si mi madre se entera de esto, es capaz de pedirte
el DNI para comprobar que estás diciendo la verdad —bromeo, a lo que él
ríe por lo bajo y se apoya con los codos en la mesa.
—Es que es sorprendente —murmura, echándole un vistazo a la pista de
baile—. ¿Vienes a bailar o prefieres buscar en Google nuestra
compatibilidad?
Una sonrisa ladina, un tanto pícara, curva sus labios. No tengo ni idea de
cómo ha llegado a deducir eso, pero me quedo tan sorprendida que no soy
capaz de articular palabra alguna y me limito a asentir, pasando de los
bolsos y de los abrigos que se supone que tenía que vigilar.
Alexander me lleva hasta la pista de baile y nos juntamos con nuestro
grupo. La música está tan alta que soy incapaz de escuchar lo que Amelia y
Sofía me dicen al oído, pero por sus miradas llenas de diversión y
complicidad sé que se están refiriendo a Alexander y a mí. Me están
animando a acercarme a él porque al parecer no entienden que no quiero a
más hombres en mi vida y que lo que ocurrió aquella noche se ha quedado
en el olvido.
Después de un buen rato en la pista, Amelia y Sofía que cogen para ir al
baño (sí, no podemos ir una sola. O las tres o nada). Y cuando estamos allí,
cierran la puerta con el pestillo y se cruzan de brazos.
—¿Qué? —les pregunto poniendo los ojos en blanco y cruzándome de
brazos como ellas.
—¿No te das cuenta de que Alexander te está arrimando cebolleta? —
responde Sofía a modo de pregunta.
—Y ya no es solo eso, te mira de una forma… —se muerde el labio
inferior—. Parece que el chico sí que está interesado en ti, por lo menos
para pasar una buena noche.
Me relamo los labios y suspiro.
—¿Os creéis que no lo sé? Pero me prometí a mi misma que no iba a
pasar nada más entre nosotros, salvo, quizá, una bonita relación de amigos
—les aclaro—. No quiero complicarme más la vida —suspiro y me apoyo
en el lavamanos mirando mi reflejo en el espejo—. Ahora es cuando me
decís que estoy equivocada y bla, bla, bla.
Ellas ríen al unísono y se posicionan a mi lado. Me observan a través del
espejo, y lo que veo son dos sonrisas cerradas y el reflejo de la
preocupación en sus ojos.
—Antes no eras así, ¿sabes? Y eso es lo que nos preocupa. Sabemos que
lo que te hizo Arán te ha dejado marcada y que no quieres pasar otra vez
por eso. Es comprensible. Pero ¿vas a dejar que siga coaccionándote a no
conocer gente o pasártelo bien? —me pregunta Amelia posando una mano
en mi espalda.
—Solo queremos que vuelvas a ser tú. Que salgas ahí y lo des todo, que
te rías, que te pongas a cantar y que te subas a la barra a mover el culo
como hacíamos en nuestros sábados de chicas —murmura Sofía—. Solo
queremos verte feliz otra vez, Ruth. Porque eres luz, y te estás apagando
poco a poco.
La luz del baño tintinea, y las tres alzamos la mirada hacia el techo con
sorpresa. ¿Y si esa es una señal para que vuelva? ¿Y si Dios, el karma o lo
que sea que haya ahí arriba me quiere decir algo con ese tintineo?
Solo ellas y mi familia me han visto hundida, llorando día y noche por
lo que Arán me hizo. Sofía y Amelia tuvieron que sacarme a rastras de su
apartamento en más de una ocasión porque no tenía ganas de salir a la calle;
y las semanas pasaban. Incluso a día de hoy, después de haber pasado casi
ocho meses de nuestra ruptura, sigo viendo en el espejo una mirada triste y
apagada que intento disimular. Pero las máscaras son invisibles para
aquellos que nos conocen.
—¿Tú te lo pasas bien con Alexander? —inquiere Amelia tomándome
de los hombros y girándome hacia ella.
Asiento.
—¿Te gusta su compañía? —Sofía me gira, encarándola.
Asiento.
—¡Pues entonces déjate llevar! —exclaman al unísono.
¿Dejarme llevar? Desvío la mirada al espejo de nuevo. Me observo, y
una sonrisa sincera curva mis labios. Me lleno los pulmones de aire y
asiento. Se había acabado el luto, ya había sido suficiente.
Las saco del baño a rastras y volvemos a la pista de baile donde nos
reunimos con los chicos. Parece que las palabras de Sofía y Amelia han
hecho que mi cabeza haga click, y era algo necesario para comenzar a
superar la ruptura.
Nos pedimos seis chupitos y nos los bebemos de un trago. Siento como
el alcohol quema mi garganta hasta llegar al estómago, pero no dejo que sea
un impedimento para volver a la pista de baile y pasármelo bien junto a
Alexander, quien ha notado mi repentino cambio.
Si hay algo que me gusta de él es la forma en la que me hace reír con
sus múltiples tonterías y bromas que susurra en mi oído.
—Nunca se me habría ocurrido. —Rio ante el comentario que me ha
hecho—. Tienes un sentido del humor muy bueno. ¡Lo que me hacía falta a
mí reírme! —exclamo, y pego cuatro botes al ritmo de la canción que está
sonando.
Pero hay un momento en el que el tacón del zapato se rompe de tanto
saltar. Veo a cámara lenta como me voy cayendo hacia atrás, augurando un
buen golpe en el trasero y la impregnación del olor a cerveza en mi vestido.
Cierro los ojos esperando un golpe que nunca llega, y cuando los abro
observo a Alexander sujetarme con sus fuertes brazos.
Aturdida, me ayuda a ponerme en pie.
—Qué mala suerte —exclama bajo la atenta mirada de Sofía y Amelia,
que están boquiabiertas por los reflejos que tiene—. Se te ha roto el tacón.
«¡Qué mono! Se ha preocupado de mi tacón», pienso para mí.
Lo cojo y compruebo el grado de daño. Vale, no tiene arreglo. Mi tacón
ha pasado a mejor vida.
Bufo y me mantengo en una sola pierna mientras me apoyo en su
hombro.
—¡Qué chasco! Chicas, tengo que irme a casa. Se acabó la juerga para
mí. —Me paro frente a ellas y tuerzo el gesto.
—¿Cómo te vas a ir sola? Nos vamos todas a casa —afirma Sofía.
Lo último que quiero es que ellas tengan que venir conmigo cuando se
lo están pasando de fábula. ¡Soy un coñazo!
—No os preocupéis, yo puedo acompañarla —murmura Alexander
detrás de mí—. Tengo el coche aparcado cerca, así no tendrías que caminar
hacia casa.
Quizá sea por el alcohol, pero su manera tan desinteresada de hacer las
cosas me produce mucha ternura. Alexander parece ser de esos tipos a los
que ves y ya sabes que son buenazos, como Jason Momoa. No lo conoces lo
suficiente, pero sabes que es buena persona; o por lo menos eso me dice mi
instinto.
Nos despedimos y salimos del Essen und Trinken para meternos en su
coche. Conduce por las calles de Vaduz mientras la música de fondo nos
envuelve. Mantenemos una charla bastante divertida sobre mi mala suerte.
Y al llegar al bloque le invito a tomarse la última copa conmigo en casa.
—¿Qué dices? ¿Te apuntas a la última en mi casa? —le pregunta
agachada en la ventanilla del copiloto.
Parece dudar, pero logro convencerlo con una sonrisa. La noche iba
demasiado bien como para dejar que mi tacón lo arruine.
—Está bien, pero solo una copa que mañana tengo unos compromisos a
los que acudir —dice, con cierto toque pícaro en la voz.
Se baja y cierra el coche. Le he invitado a dejarlo en el aparcamiento
privado que tenemos las personas del bloque y que está vigilado las
veinticuatro horas por un par de vigilantes.
Cuando salimos del recinto donde muchos propietarios tienen su coche
aparcado, los guardias se paran (más tiesos que un garrote, como se dice por
aquí) y hacen una especie de reverencia cuando pasamos.
—¿Y a estos que les ha picado? —susurro cerca del oído de Alexander.
Se encoge de hombros y me toma de la mano para ir dentro del edificio,
ya que hace un frío que pela.
—No tengo ni idea —susurra, haciéndome cosquillas.
Caminamos unos pasos, y me sorprendo (y pego un grito) cuando
Alexander me toma en brazos y camina conmigo como si nos tratáramos de
un matrimonio recién casado.
—Una princesa no puede caminar descalza y más con el frío que hace
—susurra, haciéndome reír.
—Mira que eres zalamero —le digo, pasando mis brazos por su cuello
para no caerme e inspirando la fragancia de su perfume.
—¿Qué es zalamero? —inquiere con en ceño fruncido.
Alexander para en la entrada del bloque y abro la puerta aun subida en
sus brazos. «Si nos viera la gente…», pienso. ¿Y qué más da lo que crean?
—Zalamero es una persona que dice muchos piropos —le explico,
consiguiendo un asentimiento de su parte.
—Entonces soy un zalamero, pero solo contigo.
Cuando entramos hago que me baje y subimos en el ascensor hacia el
apartamento. Entramos y me quito el otro tacón yendo hacia la nevera y
sacando una botella bien fría de alguna bebida alcohólica típica de aquí.
Sirvo dos copas y lo invito a sentarse en el sofá.
Alexander se queda embobado viendo mi apartamento, es como si nunca
hubiera visto uno.
—¿Te gusta el apartamento? Me costó un montón encontrar a una
persona que me alquilara uno —bufo—. La maldición de los extranjeros.
Alexander ríe por lo bajo y le da un sorbo a su copa.
—Me vas a tomar por loco, o algo por el estilo, pero este lugar es tan
hogareño…
Frunzo el ceño y le pego un trago a mi copa.
—¿Acaso tu casa no lo es? Estoy segura que tienes que vivir en una casa
del barrio que se encuentra al norte. ¿Sabes cuál te digo? El de los
casoplones.
Consigo que ría a carcajadas.
—Has acertado, ahí vivo —dice—. Pero mi casa no es tan acogedora
como esta. —En sus ojos se instala un brillo de tristeza que no puede
ocultar.
Poso una mano en su pierna y la aprieto. Su mirada, que se encontraba
observando sus pies, asciende y se encuentra con la mía. Sonrío sin enseñar
los dientes para intentar animarlo.
—No estés triste, sino yo también me voy a poner mal, y te aseguro que
con el alcohol que corre por mis venas puedo ser un completo coñazo —lo
advierto—. Somos nosotros quienes hacemos que nuestras casas sean
acogedoras.
—Me gusta que seas tan buena conmigo, Ruth.
Mi nombre en sus labios hace que el vello de mis brazos se erice. De
forma instintiva, me acerco un poco más a él.
—No me gusta ser mala con la gente —apuntillo con una media sonrisa
y sintiendo como su cercanía me pone nerviosa—. Bueno, con Arán sí. Con
él me da igual ser mala.
Suelta una carcajada y se levanta.
—Tengo que irme, pero quería invitarte a una feria medieval que se va a
celebrar el fin de semana que viene en Triesen. Creo que te gustará, dicen
que es uno de los mercados medievales más bonitos del mundo. Triesen
triplica la población cuando se celebra.
Asiento y me levanto.
—¡Claro! Me tiene que ser una maravilla —murmuro.
—Si tus amigas quieren también pueden venir —dice él—. Cuanto más
gente mejor, ¿no?
Rio por o bajo y asiento.
Lo acompaño a la puerta y nos despedimos con un cálido abrazo y un
beso en la comisura de los labios que me hace sonrojar.
—Nos vemos el sábado entonces —carraspeo.
Alexander asiente y baja por las escaleras dejándome ensimismada por
ese roce.
Cuando digo que parezco una maldita adolescente hormonada y en
plena edad del pavo que se emociona porque su crush le ha dado un besito,
es porque es verdad. ¡Soy mi yo de quince años!
Cierro la puerta y me recargo contra ella, rozando con mis dedos la
comisura de mi labio. Sonrío para mí y me voy a mi habitación contando
los días y las horas para que llegue el sábado.
Capítulo 8
Mamá, tengo un problema
Cuando decidí coger un avión hacia Valencia para poder traerme las
cosas que me faltan, no pensé que podría estar en esta situación.
Mi familia se puso muy contenta al recibirme en el aeropuerto esa
misma mañana. Mamá me abrazó hasta el punto estrujarme y no dejarme
respirar, papá me pasó un brazo por los hombros y me acercó a él para
susurrarme lo contento que estaba de verme y mi hermano… aunque sabía
que me había echado de menos, solo cogió la maleta y me sacó la lengua
expulsando por la boca la primera tontería que se le pasó por la cabeza.
Muy típico de él, para ser sincera.
Ese lunes comí con toda la familia y comencé a empacar las cosas que
me llevaría a Vaduz, en parte porque mamá no tenía ni idea de cómo
mandármelas por correo y prefería venir yo y enseñarla a hacerlo.
El martes seguí empaquetando la ropa de invierno y le enseñé a mamá
fotos de donde vivo ahora. Le pareció un lugar precioso, aunque muy lejos
para su gusto. También me contó los últimos cotilleos del barrio y me llevó
de compras para que me llevara ropa nueva y bien abrigada.
El miércoles lo pasé con papá haciendo recados y alistándolo todo para
mi vuelta el jueves. Llevamos los paquetes a correos y enseñé a mamá
cómo enviarlos, y me hizo saber que me mandaría todos los meses un
cargamento de comida envasada al vacío para no tener que gastar medio
sueldo en productos que allí cuestan el triple.
Y llegamos a hoy, al primer jueves de octubre, en el que me levanto con
una sensación muy extraña en el cuerpo. Me refiero a esa impresión
constante de que va a pasar algo en cualquier momento.
Desayuno con mamá y papá después de vestirme. Tienen una expresión
de tristeza en el rostro y la culpable no es otra que yo. Esta tarde-noche
saldría de nuevo hacia Vaduz y no se hacen a la idea de que me tengo que ir
a pesar de que mi habitación está casi vacía.
—¿Estás segura de que tienes que irte, cariño? —me pregunta mamá
con la voz baja—. Puedes quedarte aquí con nosotros y…
Respiro hondo y dejo la cucharilla del café que me estoy tomando en el
plato. Dirijo la mirada hacia mamá y poso mi mano sobre la suya. La
aprieto y sonrío sin enseñar los dientes.
—Mamá, tengo un problema —le digo, y ella frunce el ceño—. No
quiero vivir aquí por ahora. Llevo muy poco tiempo en Vaduz, lo sé, pero
me siento como en casa allí. Es un sitio muy tranquilo, donde pago pocos
impuestos y puedo tener una calidad de vida mejor que la que tenía aquí.
Me faltáis vosotros —añado—, pero no puedo quedarme aquí. Además,
estoy conociendo a gente nueva y…
—¿Con gente nueva te refieres a ese chico? —pregunta mi padre con
una expresión seria en su rostro.
Siento como las mejillas se me ponen coloradas, pero asiento.
—Sí, papá, estoy conociendo a Alexander y a otras tantas personas que
me están ayudando mucho a superar la ruptura con Arán —confieso—.
Hemos hecho amigos y las chicas han encontrado trabajo.
Mamá hace un mohín, pero se resigna ante mi decisión. Sabe que no va
a poder decir nada que me convenza para volver a casa, a veces soy
demasiado cabezota.
Cuando acabamos de desayunar, decido acompañar a mamá al mercado
para hacer unas compras. Y no es en otro lugar que en el puesto de Patricia,
la mejor vendedora de fruta del mercado, que me encuentro con quién
menos quiero: Arán y Claudia.
Claudia; una despampanante mujer de pelo rubio y rizado, ojos azules,
labios operados y cuerpos curtidos por las horas de gimnasio; va agarrada
de su brazo y luciendo un anillo de pedida que le enseña a todo el mundo.
Arán, por su parte, camina con la cabeza bien alta y mirando a más de uno
por encima del hombro, como si todos fueran inferiores a él. Y es cuando
me pregunto si él hacía eso estando conmigo. ¿Y si el amor me cegó tanto
que no llegaba a ver lo imbécil y subidito que era?
Una parte de mí se quita un peso de encima, como si haber estado con él
hubiera sido una carga. «¿Y si fue así?»; me pregunto.
Me acomodo el pelo de forma que cae sobre mi rostro para pasar
desapercibida, lo último que quiero es que se paren y comiencen una
conversación que no tengo ganas de tener. Pero, para mi mala suerte,
Claudia me reconoce y no duda en saludarme con dos besos como si
fuéramos cercanas, un gesto que me deja parada y a mi madre mirándola
con cara de ¿eres tonta o qué te pasa?
—No sabíamos que habías venido —exclama ella con un gesto de
amabilidad enmascarado de veneno—. ¿Al final vas a venir a nuestra boda?
Frunzo el ceño y la miro de arriba abajo, cogiendo a mi madre del brazo,
que ya ha terminado de comprar la fruta.
—No, no voy a ir a vuestra boda —respondo con una sonrisa cerrada en
los labios, rezando para que no se notara mi incomodidad y las ganas de
matarla que tengo—. ¿No te lo dijo Arán?
Claudia se pega más a él y acaricia su brazo.
—Sí, me lo dije. Pero después de todo pensamos que vendrías, eres tan
importante para nosotros —exclama, más que nada para que la gente la vea
como la buena de la película—. Es una pena que no hayas superado lo que
ocurrió.
Enarco una ceja y comienzo a reírme, acto que provoca que tanto mi
madre como la gente del barrio dirijan su mirada hacia nosotros.
—Deja de actuar, Claudia. Tanto tú como yo sabemos que ocurrió esa
noche, y si crees que te voy a seguir el juego estás muy equivocada—
apuntillo, y miro a mamá—. ¿Nos vamos, mamá? Aún tengo que terminar
de hacer la maleta. —Ella asiente—. Espero que os vaya muy bien en
vuestra vida de casados. —Les sonrío y agarro más fuerte el brazo de
mamá.
Mamá y yo desaparecemos del mercado, yéndonos con la cabeza bien
alta y sin dejarnos amedrentar por las sucias y falsas palabras de Claudia. Si
cree que va a conseguir algo las lleva claras. Me dolerá horrores verla con
Arán, pero me prometí no volver a llorar por él y eso voy a hacer.
—Será… —maldice mamá cuando entramos al coche.
Enciendo el motor y comienzo a conducir hacia casa.
—Mamá, no les hagas ni caso. Si ellos quieren ser las víctimas, que lo
sean. No pienso entrar en su juego y mucho menos rebajarme a su nivel.
Mamá sonríe y vuelve su mirada hacia la ventana. A momentos, durante
el trayecto que dura unos quince minutos, desvía la mirada hacia mí y un
brillo ilumina sus ojos. Mamá se queda, en ocasiones, embobada
observándome; y no es hasta que paramos en nuestra cochera que me atrevo
a preguntarle qué se le pasa por la cabeza para mirarme así.
Su respuesta me deja sin aire y con unas ganas enormes de echarme a
llorar en sus brazos. Pronuncia las palabras mágicas que todo hijo debería
escuchar de su madre, por lo menos, una vez en su vida.
—Porque eres luz, Ruth. Y nunca pensé estar tan orgullosa de ti —
menciona, y me muerdo el carrillo para no caer en el llanto de emoción—.
Estás lejos, y eso duele. Pero eres tan buena, tan trabajadora y, sobre todo,
tan luchadora que me es imposible regañarte —añade, y acaricia mi rostro
con su mano—. Sé que lo de Arán te ha dejado muy marcada, pero ya verás
como pasa. Hoy has actuado bien, con cabeza. Y eso me hace ver que poco
a poco lo estás sobrellevando.
Dejo que mi espalda repose contra el asiento y suspiro.
—Cuenta mamá, pero creo que tengo un problema.
Mi madre frunce el ceño y me señala con un dedo.
—Como me digas qué es porque quieres volver con Arán, te comes la
zapatilla —me advierte, aunque no acaba ahí—. ¡Ay, no! ¡No me lo digas!
¿Es por qué el chico al que estás conociendo no tiene compatibilidad
contigo?
Su expresión me hace reír a carcajadas.
—No mamá, no es por eso. Aunque tengo una pregunta, tú qué sabes
tanto de eso. Alexander resulta ser géminis, ¿tenemos compatibilidad?
Y creo que es la primera vez que veo a Margarita de los Rosarios
Gutiérrez Peñafiel con tanta sorpresa en el rostro.
—¿También géminis como tú? ¡Oh, eso está muy bien! —exclama—.
¿Es que cuándo es su cumpleaños?
Me muerdo el labio inferior y enciendo las luces del coche porque la
luz, que va por sensor, se apaga.
—Agárrate, Alexander cumple años el dos de junio.
—Anda, vete a cagar —suelta sin creérselo. Mi madre, a veces, tiene
unas expresiones muy finas (nótese el sarcasmo), pero creo que por mi cara
comienza a darse cuenta que no le estoy diciendo una mentira—. ¿Me lo
estás diciendo en serio, hija? ¡Mira que cómo sea mentira te arreo un palo
con la chancla que te acuerdas de tu madre hasta llegar a Vaduz!
Me echo a reír de nuevo y asiento.
—Te estoy diciendo la verdad, mamá —apuntillo—. Anda, vamos a
casa que se me va a acabar la batería del coche por estar con las luces
encendidas.
Mamá y yo bajamos del coche y nos dirigimos a la puerta que da a la
entrada de casa. Papá nos espera con mi hermano haciendo una barbacoa.
Dejamos las bolsas y nos ponemos a emparejarlo todo; y como era de
esperar, mi madre le suelta a papá lo qué ha pasado.
—¿Tú te crees lo que le ha soltao la desgraciá? —le pregunta y madre,
que del ímpetu ha dejado el tomate aplastado contra la tabla de cortar.
Pobre tomate, ¿qué culpa tenía la pobre hortaliza?
—Mira que me lo dijiste, Margarita —responde mi padre dejando el
plato de carne en la mesa de la cocina—. Tendría que haber sacao la
escopeta.
—¡Yo me uno! —exclama Jonathan, mi hermano—. Oye, hermanita,
¿es verdad que tienes un ligue en Liec…? Liech… —chasquea la lengua—,
¿en dónde vives ahora?
Desvío la mirada, que se centra en el escurridor de lechugas, hacia mi
hermano y enarco una ceja.
—¿Cómo qué ligue? Alexander es mi amigo y nada más. ¿Quién va
diciendo eso?
Empiezo a montar la ensalada con mamá mientras que mi hermano se
sienta en la mesa y comienza a picotear de los entremeses que han
preparado.
—Porque me lo dijo la tía Encarna, que se enteró por la tía Agustina,
que a su vez se enteró por la abuela Jimena. Échale la culpa a mamá. —La
señala y en consecuencia se lleva una mirada de cómo no te calles, te mato
por parte de mamá.
Dejo pasar el tema porque prefiero no malhumorarme.
Comemos con la conversación de cómo es Alexander. Toda la charleta
gira en torno a él: cómo es, en qué trabaja, si su familia es buena… ¿Pero
cómo voy a saber yo quién es su familia y si es buena?
—Mamá, somos amigos. No me ha presentado a su familia, habremos
quedado tres veces contadas —murmuro.
—¡Pues bien que te quedas con él hablando hasta las tantas! —exclama
ella, levantándose a por agua—. A mí vas a engañarme… ¡A tu madre, que
te ha parido!
La miro con escepticismo.
—Mamá, que no hay nada entre nosotros —insto; porque acostarse con
él es en realidad nada.
Solo fue una noche loca llena de chupitos y canciones sin sentido que
apenas entendía gracias al alcohol que corría por mis venas sustituyendo a
la sangre.
—¿Pero a ti te gusta ese chico? —me pregunta papá tomándome por
sorpresa.
Me encojo de hombros y pincho un trozo de lechuga. ¡Es la táctica
perfecta! Mientras comes no puedes hablar. Aunque, al parecer, a mi madre
no le hace mucha gracia mi silencio.
—¿Vas a hablar o vas a seguir comiendo lechuga como hacen los
conejos? —Tal es su tono alto que pego un brinco.
—¡Otra vez, qué somos amigos! —exclamo, y me llevo el vaso a la
boca para beber—. ¿Me gusta? Pues no te voy a decir que no, mamá. El
chico es muy majo, amable, caballeroso, guapo y… —me callo al ver la
expresión de circunstancia de mi padre—. ¡Pero nada más! Solo es un
colega.
Luego de haberles aclarado el punto, comemos mientras mamá nos
cuenta los últimos cotilleos del barrio, aunque lo único que hago es
observarlos para quedarme con este momento.
Mi madre es una mujer de pelo oscuro, pero teñido por las canas. Es
más bien baja, como yo, y tiene unos ojos enormes y de color marrón. La
nariz algo puntiaguda y el rostro lánguido la hacen ver más seria de lo que
es en realidad. Siempre viste modesta, con unos vaqueros y un jersey
bordado a mano, aunque su uniforme de todos los veranos es la bata de
estar por casa.
Mi padre, en cambio, es un hombre que a sus casi cincuenta y ocho años
sigue siendo guapísimo. Tiene los ojos verdes, como yo, y un rostro, quizá
algo arrugado por los años, cincelado. Es alto como una espiga y tiene la
nariz delgada. Lo jubilaron hace un año, a los cincuenta y siete, por una
herida causada en la guerra de Siria donde lo destinaron para hacer unas
maniobras. Nos llevamos un buen susto cuando nos llamó y nos lo dijo,
fueron días sin dormir hasta que consiguió salir de Siria.
Y mi hermano, Jonathan, es un mocoso de dieciséis años; el macarra del
instituto. No es que saque malas notas, pero la lía mucho. Es alto como
papá, de pelo oscuro como mamá y ojos verdes. ¡Ah! Y lleva una coletilla
que mamá odia, y hace poco se hizo un pendiente en la oreja izquierda. Es
un chulo, pero le quiero mucho.
Cuando decidí coger un avión hacia Valencia para poder traerme las
cosas que me faltan, no pensé que podría estar en esta situación.
Mi familia se puso muy contenta al recibirme en el aeropuerto esa
misma mañana. Mamá me abrazó hasta el punto estrujarme y no dejarme
respirar, papá me pasó un brazo por los hombros y me acercó a él para
susurrarme lo contento que estaba de verme y mi hermano… aunque sabía
que me había echado de menos, solo cogió la maleta y me sacó la lengua
expulsando por la boca la primera tontería que se le pasó por la cabeza.
Muy típico de él, para ser sincera.
Ese lunes comí con toda la familia y comencé a empacar las cosas que
me llevaría a Vaduz, en parte porque mamá no tenía ni idea de cómo
mandármelas por correo y prefería venir yo y enseñarla a hacerlo.
El martes seguí empaquetando la ropa de invierno y le enseñé a mamá
fotos de donde vivo ahora. Le pareció un lugar precioso, aunque muy lejos
para su gusto. También me contó los últimos cotilleos del barrio y me llevó
de compras para que me llevara ropa nueva y bien abrigada.
El miércoles lo pasé con papá haciendo recados y alistándolo todo para
mi vuelta el jueves. Llevamos los paquetes a correos y enseñé a mamá
cómo enviarlos, y me hizo saber que me mandaría todos los meses un
cargamento de comida envasada al vacío para no tener que gastar medio
sueldo en productos que allí cuestan el triple.
Y llegamos a hoy, al primer jueves de octubre, en el que me levanto con
una sensación muy extraña en el cuerpo. Me refiero a esa impresión
constante de que va a pasar algo en cualquier momento.
Desayuno con mamá y papá después de vestirme. Tienen una expresión
de tristeza en el rostro y la culpable no es otra que yo. Esta tarde-noche
saldría de nuevo hacia Vaduz y no se hacen a la idea de que me tengo que ir
a pesar de que mi habitación está casi vacía.
—¿Estás segura de que tienes que irte, cariño? —me pregunta mamá
con la voz baja—. Puedes quedarte aquí con nosotros y…
Respiro hondo y dejo la cucharilla del café que me estoy tomando en el
plato. Dirijo la mirada hacia mamá y poso mi mano sobre la suya. La
aprieto y sonrío sin enseñar los dientes.
—Mamá, tengo un problema —le digo, y ella frunce el ceño—. No
quiero vivir aquí por ahora. Llevo muy poco tiempo en Vaduz, lo sé, pero
me siento como en casa allí. Es un sitio muy tranquilo, donde pago pocos
impuestos y puedo tener una calidad de vida mejor que la que tenía aquí.
Me faltáis vosotros —añado—, pero no puedo quedarme aquí. Además,
estoy conociendo a gente nueva y…
—¿Con gente nueva te refieres a ese chico? —pregunta mi padre con
una expresión seria en su rostro.
Siento como las mejillas se me ponen coloradas, pero asiento.
—Sí, papá, estoy conociendo a Alexander y a otras tantas personas que
me están ayudando mucho a superar la ruptura con Arán —confieso—.
Hemos hecho amigos y las chicas han encontrado trabajo.
Mamá hace un mohín, pero se resigna ante mi decisión. Sabe que no va
a poder decir nada que me convenza para volver a casa, a veces soy
demasiado cabezota.
Cuando acabamos de desayunar, decido acompañar a mamá al mercado
para hacer unas compras. Y no es en otro lugar que en el puesto de Patricia,
la mejor vendedora de fruta del mercado, que me encuentro con quién
menos quiero: Arán y Claudia.
Claudia; una despampanante mujer de pelo rubio y rizado, ojos azules,
labios operados y cuerpos curtidos por las horas de gimnasio; va agarrada
de su brazo y luciendo un anillo de pedida que le enseña a todo el mundo.
Arán, por su parte, camina con la cabeza bien alta y mirando a más de uno
por encima del hombro, como si todos fueran inferiores a él. Y es cuando
me pregunto si él hacía eso estando conmigo. ¿Y si el amor me cegó tanto
que no llegaba a ver lo imbécil y subidito que era?
Una parte de mí se quita un peso de encima, como si haber estado con él
hubiera sido una carga. «¿Y si fue así?»; me pregunto.
Me acomodo el pelo de forma que cae sobre mi rostro para pasar
desapercibida, lo último que quiero es que se paren y comiencen una
conversación que no tengo ganas de tener. Pero, para mi mala suerte,
Claudia me reconoce y no duda en saludarme con dos besos como si
fuéramos cercanas, un gesto que me deja parada y a mi madre mirándola
con cara de ¿eres tonta o qué te pasa?
—No sabíamos que habías venido —exclama ella con un gesto de
amabilidad enmascarado de veneno—. ¿Al final vas a venir a nuestra boda?
Frunzo el ceño y la miro de arriba abajo, cogiendo a mi madre del brazo,
que ya ha terminado de comprar la fruta.
—No, no voy a ir a vuestra boda —respondo con una sonrisa cerrada en
los labios, rezando para que no se notara mi incomodidad y las ganas de
matarla que tengo—. ¿No te lo dijo Arán?
Claudia se pega más a él y acaricia su brazo.
—Sí, me lo dije. Pero después de todo pensamos que vendrías, eres tan
importante para nosotros —exclama, más que nada para que la gente la vea
como la buena de la película—. Es una pena que no hayas superado lo que
ocurrió.
Enarco una ceja y comienzo a reírme, acto que provoca que tanto mi
madre como la gente del barrio dirijan su mirada hacia nosotros.
—Deja de actuar, Claudia. Tanto tú como yo sabemos que ocurrió esa
noche, y si crees que te voy a seguir el juego estás muy equivocada—
apuntillo, y miro a mamá—. ¿Nos vamos, mamá? Aún tengo que terminar
de hacer la maleta. —Ella asiente—. Espero que os vaya muy bien en
vuestra vida de casados. —Les sonrío y agarro más fuerte el brazo de
mamá.
Mamá y yo desaparecemos del mercado, yéndonos con la cabeza bien
alta y sin dejarnos amedrentar por las sucias y falsas palabras de Claudia. Si
cree que va a conseguir algo las lleva claras. Me dolerá horrores verla con
Arán, pero me prometí no volver a llorar por él y eso voy a hacer.
—Será… —maldice mamá cuando entramos al coche.
Enciendo el motor y comienzo a conducir hacia casa.
—Mamá, no les hagas ni caso. Si ellos quieren ser las víctimas, que lo
sean. No pienso entrar en su juego y mucho menos rebajarme a su nivel.
Mamá sonríe y vuelve su mirada hacia la ventana. A momentos, durante
el trayecto que dura unos quince minutos, desvía la mirada hacia mí y un
brillo ilumina sus ojos. Mamá se queda, en ocasiones, embobada
observándome; y no es hasta que paramos en nuestra cochera que me atrevo
a preguntarle qué se le pasa por la cabeza para mirarme así.
Su respuesta me deja sin aire y con unas ganas enormes de echarme a
llorar en sus brazos. Pronuncia las palabras mágicas que todo hijo debería
escuchar de su madre, por lo menos, una vez en su vida.
—Porque eres luz, Ruth. Y nunca pensé estar tan orgullosa de ti —
menciona, y me muerdo el carrillo para no caer en el llanto de emoción—.
Estás lejos, y eso duele. Pero eres tan buena, tan trabajadora y, sobre todo,
tan luchadora que me es imposible regañarte —añade, y acaricia mi rostro
con su mano—. Sé que lo de Arán te ha dejado muy marcada, pero ya verás
como pasa. Hoy has actuado bien, con cabeza. Y eso me hace ver que poco
a poco lo estás sobrellevando.
Dejo que mi espalda repose contra el asiento y suspiro.
—Cuenta mamá, pero creo que tengo un problema.
Mi madre frunce el ceño y me señala con un dedo.
—Como me digas qué es porque quieres volver con Arán, te comes la
zapatilla —me advierte, aunque no acaba ahí—. ¡Ay, no! ¡No me lo digas!
¿Es por qué el chico al que estás conociendo no tiene compatibilidad
contigo?
Su expresión me hace reír a carcajadas.
—No mamá, no es por eso. Aunque tengo una pregunta, tú qué sabes
tanto de eso. Alexander resulta ser géminis, ¿tenemos compatibilidad?
Y creo que es la primera vez que veo a Margarita de los Rosarios
Gutiérrez Peñafiel con tanta sorpresa en el rostro.
—¿También géminis como tú? ¡Oh, eso está muy bien! —exclama—.
¿Es que cuándo es su cumpleaños?
Me muerdo el labio inferior y enciendo las luces del coche porque la
luz, que va por sensor, se apaga.
—Agárrate, Alexander cumple años el dos de junio.
—Anda, vete a cagar —suelta sin creérselo. Mi madre, a veces, tiene
unas expresiones muy finas (nótese el sarcasmo), pero creo que por mi cara
comienza a darse cuenta que no le estoy diciendo una mentira—. ¿Me lo
estás diciendo en serio, hija? ¡Mira que cómo sea mentira te arreo un palo
con la chancla que te acuerdas de tu madre hasta llegar a Vaduz!
Me echo a reír de nuevo y asiento.
—Te estoy diciendo la verdad, mamá —apuntillo—. Anda, vamos a
casa que se me va a acabar la batería del coche por estar con las luces
encendidas.
Mamá y yo bajamos del coche y nos dirigimos a la puerta que da a la
entrada de casa. Papá nos espera con mi hermano haciendo una barbacoa.
Dejamos las bolsas y nos ponemos a emparejarlo todo; y como era de
esperar, mi madre le suelta a papá lo qué ha pasado.
—¿Tú te crees lo que le ha soltao la desgraciá? —le pregunta y madre,
que del ímpetu ha dejado el tomate aplastado contra la tabla de cortar.
Pobre tomate, ¿qué culpa tenía la pobre hortaliza?
—Mira que me lo dijiste, Margarita —responde mi padre dejando el
plato de carne en la mesa de la cocina—. Tendría que haber sacao la
escopeta.
—¡Yo me uno! —exclama Jonathan, mi hermano—. Oye, hermanita,
¿es verdad que tienes un ligue en Liec…? Liech… —chasquea la lengua—,
¿en dónde vives ahora?
Desvío la mirada, que se centra en el escurridor de lechugas, hacia mi
hermano y enarco una ceja.
—¿Cómo qué ligue? Alexander es mi amigo y nada más. ¿Quién va
diciendo eso?
Empiezo a montar la ensalada con mamá mientras que mi hermano se
sienta en la mesa y comienza a picotear de los entremeses que han
preparado.
—Porque me lo dijo la tía Encarna, que se enteró por la tía Agustina,
que a su vez se enteró por la abuela Jimena. Échale la culpa a mamá. —La
señala y en consecuencia se lleva una mirada de cómo no te calles, te mato
por parte de mamá.
Dejo pasar el tema porque prefiero no malhumorarme.
Comemos con la conversación de cómo es Alexander. Toda la charleta
gira en torno a él: cómo es, en qué trabaja, si su familia es buena… ¿Pero
cómo voy a saber yo quién es su familia y si es buena?
—Mamá, somos amigos. No me ha presentado a su familia, habremos
quedado tres veces contadas —murmuro.
—¡Pues bien que te quedas con él hablando hasta las tantas! —exclama
ella, levantándose a por agua—. A mí vas a engañarme… ¡A tu madre, que
te ha parido!
La miro con escepticismo.
—Mamá, que no hay nada entre nosotros —insto; porque acostarse con
él es en realidad nada.
Solo fue una noche loca llena de chupitos y canciones sin sentido que
apenas entendía gracias al alcohol que corría por mis venas sustituyendo a
la sangre.
—¿Pero a ti te gusta ese chico? —me pregunta papá tomándome por
sorpresa.
Me encojo de hombros y pincho un trozo de lechuga. ¡Es la táctica
perfecta! Mientras comes no puedes hablar. Aunque, al parecer, a mi madre
no le hace mucha gracia mi silencio.
—¿Vas a hablar o vas a seguir comiendo lechuga como hacen los
conejos? —Tal es su tono alto que pego un brinco.
—¡Otra vez, qué somos amigos! —exclamo, y me llevo el vaso a la
boca para beber—. ¿Me gusta? Pues no te voy a decir que no, mamá. El
chico es muy majo, amable, caballeroso, guapo y… —me callo al ver la
expresión de circunstancia de mi padre—. ¡Pero nada más! Solo es un
colega.
Luego de haberles aclarado el punto, comemos mientras mamá nos
cuenta los últimos cotilleos del barrio, aunque lo único que hago es
observarlos para quedarme con este momento.
Mi madre es una mujer de pelo oscuro, pero teñido por las canas. Es
más bien baja, como yo, y tiene unos ojos enormes y de color marrón. La
nariz algo puntiaguda y el rostro lánguido la hacen ver más seria de lo que
es en realidad. Siempre viste modesta, con unos vaqueros y un jersey
bordado a mano, aunque su uniforme de todos los veranos es la bata de
estar por casa.
Mi padre, en cambio, es un hombre que a sus casi cincuenta y ocho años
sigue siendo guapísimo. Tiene los ojos verdes, como yo, y un rostro, quizá
algo arrugado por los años, cincelado. Es alto como una espiga y tiene la
nariz delgada. Lo jubilaron hace un año, a los cincuenta y siete, por una
herida causada en la guerra de Siria donde lo destinaron para hacer unas
maniobras. Nos llevamos un buen susto cuando nos llamó y nos lo dijo,
fueron días sin dormir hasta que consiguió salir de Siria.
Y mi hermano, Jonathan, es un mocoso de dieciséis años; el macarra del
instituto. No es que saque malas notas, pero la lía mucho. Es alto como
papá, de pelo oscuro como mamá y ojos verdes. ¡Ah! Y lleva una coletilla
que mamá odia, y hace poco se hizo un pendiente en la oreja izquierda. Es
un chulo, pero le quiero mucho.
Cuando quiero darme cuenta, son las siete de la tarde y tengo que coger
irme al aeropuerto.
Intento grabar en mi memoria como es la cocina, mi habitación, el salón
y el recibidor. Me despido de mi familia con un abrazo y me subo al taxi
antes de que se me salten las lágrimas. Sé, por sus caras, que esto es tan
duro para ellos como para mí, pero me voy prometiendo volver en Navidad.
Voy al aeropuerto, cómo voy a echar de menos mi casa.
Tecleo el mensaje para Alexander, que me responde de inmediato.
¿Llegarás muy tarde? Es normal que los eches de menos, son tu familia
Ruth. Ojalá estar ahí para darte un abrazo,
¡Lo que necesito yo ese abrazo! Pues llegaré sobre las diez o por ahí.
¿Hablamos mañana? Estoy segura de que llegarás muy cansado de tanto
trabajar. ¿Cómo te ha ido?
Dejo el móvil un momento y me fijo en el horizonte. El aeropuerto me
espera para tomar rumbo a Liechtenstein.
Ya sabes; reuniones, protocolo… todo muy aburrido. ¡Necesito una
cerveza y una buena cena!
Yo también la necesito. Estoy deseando llegar para tomármela en casa,
aunque me gustaría más tomármela contigo. Bueno, hablamos mañana que
voy con el tiempo pegado. ¡Nos vemos, guapetón!
¡Nos vemos pronto, preciosa!
Capítulo 9
Confesiones
Suspiro y deposito el libro sobre mi pecho mientras que escucho como
el piloto del avión anuncia que aterrizaremos en breves momentos.
¿Por qué no puedo vivir yo una historia de amor como la que he leído?
¡Y encima la portada la he hecho yo! Este libro fue mi primer trabajo como
diseñadora editorial freelance, y fue una pasada. Lo vi en casa de mi madre
y supe que me lo tenía que traer, para mí es un tesoro y la demostración
física de que soy capaz de hacer todo lo que me propongo; algo por lo que
luché años.
Fue subirme al avión y comenzar a leer. La lectura me ha absorbido
hasta el punto de no enterarme del viaje, y por ende de la tristeza al recordar
las caras de mis padres y de mi hermano al irme en el taxi.
Guardo el libro en el bolso de mano que llevo y me abrocho el cinturón
para aterrizar luego de varias horas en el aire que han acabado con los
tímpanos de mis oídos. Me gusta viajar, pero lo paso muy mal cuando
siento la presión en esa zona; y ni el chicle ni bostezar me sirve para
destaponarme los oídos.
Miro por la ventanilla y sonrío al ver Liechtenstein de noche bajo mis
pies. Gracias al cielo no está nevando, y parece que no lo hará hasta llegado
noviembre.
Cuando aterrizamos, voy directa a la cinta para poder coger los dos
maletones que me he tenido que traer, que veremos a ver lo que hago con
tanta ropa. Pero mi madre, Margarita de los Rosarios Gutiérrez Peñafiel, se
empeñó en que me llevara ropa de abrigo y que no gastara mi dinero de
forma tonta.
Al no haber mucha gente, ya que el aeropuerto no parece muy
concurrido hoy, las maletas salen a la media hora de haber bajado. Y me
dirijo a la salida para coger otro taxi que me lleve hasta casa, pero brinco al
escuchar mi móvil. Lo cojo y veo como la pantalla se ilumina mostrando el
nombre de Alexander.
Me paro cerca de una cafetería y deslizo mi dedo para atender su
llamada.
—¡Hola! —exclamo sonriente—. Me has pillado aun en el aeropuerto.
Alexander y yo, durante mi corta estancia en España, habíamos hablado
todos los días; incluyendo llamadas nocturnas que mi madre me
recriminaba a la mañana siguiente. Digamos que nuestra amistad, o lo que
sea esto, está en ese punto en el que las llamadas son constantes y
duraderas. De esas llamadas en las que hablas de todo y, a veces, sin
sentidos.
Pero es que Alexander es de esas personas con las que puedes hablar de
todo de una forma muy cómoda. Desde la situación económica del país
hasta del Mito de la Caverna de Platón y del tiempo que hace en Bahamas.
—He supuesto que estabas ya en el aeropuerto o que te faltaba poco —
murmuro con una risa baja y ronca—. ¿Por dónde estás? —añade a modo
de pregunta.
Observo a mi alrededor y me fijo en el cartel que tengo a unos metros.
—Pues estoy cerca de la salida —dudo—. Tengo un Starbucks justo a la
derecha y una tienda de suvenires a la izquierda.
Silencio.
La línea se queda en silencio por unos segundos.
—¿Alexander? —inquiero, pensando que se ha podido cortar.
—Estoy aquí —dice, y me quedo atónita mirando a todos lados.
Frunzo el ceño al no verlo.
—¿Dónde? —pregunto, y a los pocos segundos noto como alguien toca
mi hombro.
Pego un brinco acompañado de un grito que hace que las pocas personas
que se encuentran allí giren en mi dirección. Me doy la vuelta y, entonces,
lo veo riéndose a carcajadas; muy posiblemente por mi cara de susto. Le
doy un golpe en el brazo que lo hace reír aún más.
—¡Me has dado un susto de muerte! —exclamo en español, lo que hace
que Alexander frunza el ceño—. Lo siento, he dicho que me has dado un
susto de muerte —pronuncio en alemán.
—Entonces he entendido bien —murmura, abrazándome.
Correspondo al abrazo y dejo que su perfume me embriague.
—¿Hablas español? —inquiero con curiosidad, separándome unos
centímetros de él.
Alexander asiente.
—He estudiado español entre otras tantas lenguas, aunque llevo años sin
practicarlo —me cuenta, y coge una de mis maletas.
—¡Espera! ¿Qué haces aquí?
« ¿En serio? ¿Ahora has caído en qué hace aquí si te dijo que iba a estar
en no sé dónde de viaje de negocios? Eres una penca, Ruth » ; me dice mi
subconsciente, y razón no le falta. Mi madre me hubiera dicho lo mismo,
pero no es culpa mía, sino suya por tener unos ojos tan… tan... ¡Arg! ¡Fuera
esos pensamientos! ¡Esas cosas son caca!
Alexander enarca una ceja y curva sus labios en una sonrisa ladina.
—He venido a por ti —susurra, y hace un ademán con la cabeza para
que camine a su lado—. He adelantado unas reuniones, me apetecía mucho
estar contigo.
Y con esas palabras tan simples hace que me ponga colorada. Pero
¿sabéis cuánto tiempo llevo sin escuchar algo tan bonito del sexo ajeno?
¡Mucho! Ni el capullo de Arán me decía cosas así, asique mi
enrojecimiento está más que aceptado y explicado.
—Qué cosas dices.
Caminamos hasta salir del aeropuerto.
Alexander ha venido en su coche, en el que dudo que cojan las maletas.
Sin embargo, me sorprende metiendo las dos en el maletero con esfuerzo.
Me subo en el asiento del copiloto y observo como Alexander observa al
horizonte mientras masculla algo que no logro escuchar.
Frunzo el ceño cuando coge el móvil e intercambia unas palabras para
luego subirse. Parece molesto, mas su rostro cambia de expresión cuando
dirijo la mano a la suya; que se encuentra en las marchas.
—¿Ha ocurrido algo?
Las facciones de su rostro se suavizan y acaba negando con una sonrisa
dulce en los labios. ¿Sabéis a quién me recuerda? A Matt Bomer, el
cañonazo de Ladrón de guante blanco.
—No, no te preocupes. Es… —titubea, y un brillo centellea en sus ojos
—… trabajo. Les he dicho que no quiero más trabajo hasta el lunes.
También necesito descansar —añade, y asiento con una risa baja.
—Yo me he tirado toda la semana a la bartola, si así te sientes mejor —
digo, y le saco la lengua como toda una cría pequeña.
Alexander enciende el coche riéndose a carcajadas.
—Me consuela saber que por lo menos has descansado más que yo —
pone lo ojos en blanco y pone camino hacia Vaduz—. No te haces una idea
de lo que estar de un lado a otro sin descanso.
Y siento en su tono de voz el cansancio y la tristeza. Me da pena saber
qué tiene que estar durante la semana laboral de un lado a otro sin descanso.
—Tiene que ser agotador —exclamo—. Pero, Alexander, ¿qué haces en
tu trabajo? O sea, ya sé que eres empresario. Pero más concretamente.
Mi pregunta le toma por sorpresa, me lo indica el silencio sepulcral que
se ha formado entre nosotros dos.
—Pues… —titubea de nuevo mientras mantiene su mirada fija en la
carretera— atiendo a muchas personas. Me encargo de dirigir la empresa y
todos los eventos tanto de trabajo como personales que pueda tener —
responde.
Frunzo el ceño de nuevo.
—¿Y a qué tipo de eventos asistes? —Vale, sí, soy muy curiosa. ¿No lo
había mencionado en alguna ocasión?
—¿Los eventos? —Y veo diversión en su mirada, que por una fracción
de segundo se ha dirigido hacia mí—. Asisto a eventos sociales como galas
benéficas o a favor del medio ambiente, también a cenas de negocios
donde, si tengo suerte, cierro algún trato verbal y actos de protocolo que son
muy aburridos.
—¿Actos de protocolo? ¿Qué es eso?
—Preguntas demasiado, ¿te lo han dicho alguna vez? —inquiere él, con
una sonrisa dulce en los labios.
Me encojo de hombros y desvío la mirada hacia la ventanilla.
—Solo quiero conocerte un poco mejor —admito, mordiéndome el labio
inferior.
—¿Qué te parece si cenamos esta noche juntos y te cuento todo lo que
quieras sobre mí? —me ofrece.
Asiento, mirándolo de soslayo. Y algo dentro de mí se remueve, algo
que me da miedo.
Alexander
No paro de reírme toda la velada en la que aprovechamos para ponernos
al día contándonos lo que nos ha ocurrido esa semana. Me quedo de piedra
cuando Ruth me dice que la prometida de su exnovio ha tenido la
desfachatez de restregarle por la cara su compromiso. ¡Incluso la ha
invitado a la boda!
Me hierve la sangre solo de pensar en cómo tuvo que sentirse Ruth en
ese momento. Y parecerá una tontería, pero con ella es así. Simplemente me
dejo llevar siendo Alexander. Sin formalidades ni…
—O sea, ¿qué el chino se puso hasta arriba de vino y acabo en una
capea con una vaquilla? —Ruth se echa a reír, y ese gesto tan precioso y
natural me hace sonreír.
—Sí —asiento y me llevo la copa de vino a los labios—. Menos mal que
lo pudimos sacar a tiempo —pongo los ojos en blanco.
Si mi madre me viera…
—Por lo menos firmaste el contrato antes de que se echara al ruedo —
bromea ella, pasándose la servilleta por los labios—. De verdad, me he
reído como nunca. Salir contigo es sinónimo de que voy a tener agujetas en
el estómago de tanto reír.
—¿Y eso es malo? —inquiero, pinchando con el tenedor un trozo de
lubina.
Ruth, con su precioso pelo castaño lleno de ligeras ondas y suelto, niega
y aprovecha mi despiste para quitarme una patata. Quizá en otra época eso
me hubiera parecido un ultraje, pero a estas alturas, y más con ella, se me
hace la cosa más bonita del mundo.
—Para nada. ¿Sabes cuánto tiempo llevo sin reírme tanto? Es que ni con
Arán… —murmura, y cierta tristeza brilla en sus dos esmeraldas—. Quizá
sea por el vino, pero nunca he sentido tanto feeling con nadie. ¡Con nadie
del sexo opuesto quiero decir! —exclama—. Quise muchísimo a Arán, pero
con él no me reía tanto. A él solo le preocupaba su trabajo… Bueno, su
trabajo y tirarse a otra. Esas eran sus preocupaciones.
—¿Te soy sincero? —murmuro, en un tono algo tosco que la hace
enderezarse—. No entiendo cómo pudo hacerte algo así. Ruth, yo daría
todo lo que tengo por tener a una mujer como tú a mi lado. Eres una chica
trabajadora, humilde, simpática y eres bellísima —confieso, consiguiendo
que su rostro se tiña de forma leve de rojo—. No entiendo cómo pudo
engañarte.
Ruth coge la copa de vino y se encoge de hombros.
—Porque tiene más tetas que yo —dice, y por unos segundos el silencio
nos envuelve.
Cruzamos miradas, y comenzamos a reír ante lo que ha dicho.
Doy gracias a que el hotel está poco concurrido, solo hay un par de
parejas cenando y parecen extranjeras. Asique punto positivo para mí,
cuanto menos gente me conozca mejor.
Ruth se limpia las lágrimas, que son de la misma risa, con el dorso de la
mano y deja el tenedor en la mesa para que le retiren el plato.
—Tienes cada cosa —murmuro, haciéndole un ademán al camarero para
que nos traiga la carta de los postres.
—Mi madre siempre me ha dicho que soy una sinvergüenza en el buen
sentido, y que no me callo una. Es más —frunce el ceño y desvía la mirada
hacia su bolso—, no me ha llamado y…
Y como si la estuviera invocando, su teléfono comienza a sonar. Ruth lo
saca del bolso con temor y abre los ojos como platos enseñándome quién la
está llamando. Me quedo atónito.
—Brujería —susurra, deslizando el dedo por la pantalla—. Hola mamá
—susurra, señalándome el helado en la carta—. Si he llegado hace unas
horas… no, no te he llamado porque no me he acordado… no me eches la
bronca, mamá… sí, lo sé… vale —titubea—… no mamá, no estoy con
nadie… —Y cómo si fuera arte de brujería, a un camarero se le cae una
bandeja haciendo que Ruth maldiga por lo bajo—… vale, sí, no… estoy
cenando por ahí… mamá, no… mamá, no te pienso pasar con Alexander…
mamá, que no sabe no sabe mucho español… ¡mamá que…! —Ruth pone
los ojos en blanco y me pasa el móvil—. Mi madre quiere hablar contigo, le
he dicho que no sabes español, pero es una cabezota.
Mi mirada viaja de Ruth al móvil varias veces hasta que proceso lo que
me ha dicho. Cojo el móvil con cierto temor y carraspeo, rezando para
acordarme de todas las lecciones que recibí de mi tutor privado de español.
—Hola —murmuro, esperando una respuesta que no tarda en llegar.
—¡Hombre, por fin hablo contigo! —exclaman a través de la línea de
móvil, y la familiaridad con la que me hablan me hace sonreír—.
¿Alexander, no? Yo soy la mamá de Ruth. ¿Lo entiendes? SU-MA-MÁ —
grita, y eso hace que me tenga que apartar el teléfono.
—Sí —respondo—, encan… encantado señora. —Me trabo un poco al
hablar, acto que hace que Ruth me pida perdón con la mirada.
—¡Ay, que si sabe hablar español y todo Antonio! —exclama la mujer,
contenta—. ¿Cómo estás, hijo? Que mi Ruth no ha parado de hablar de ti el
tiempo que ha estado aquí.
La veo farfullar por lo bajo un par de maldiciones al escuchar a su
madre. Porque sí, hay muchos españoles que te hablan gritando, pensando
que no los oyes. Y es una costumbre que, aunque a veces me deje sordo, me
hace mucha gracia.
—Oh, estoy bien, señora. ¿Y usted? —le pregunto.
—Señora dice… por favor, que bien habla este chico —murmura la
madre de Ruth—. Pues mira, hijo, aquí estamos muy bien. Echando ya de
menos a la niña, pero es lo que hay. Y tú cuídamela que… —Ruth me quita
el móvil.
—Mamá, hablamos mañana. —Cuelga y mete el móvil en el bolso de
nuevo a prisa. Suspira y se relame los labios, parece incómoda—. Disculpa
a mi madre, a veces es un poco altiva.
—N0 tienes que pedirme disculpas, ha sido muy gracioso —murmuro, y
callo al observar al camarero acercarse con nuestro postre: un suculento
plato para compartir con una coulant de chocolate en medio.
Deja el poste en medio de la mesa y nos pone a cada uno una cucharilla.
Ruth es la primera en coger un poco de helado de vainilla y saborearlo.
—Me encanta el helado, incluso con el frío que hace —me confiesa
volviendo a coger un poco.
Pero me sorprende al ofrecérmelo en un gesto de plena confianza, algo
que hace que me estremezca; pues no estoy acostumbrado a algo así.
—Toma, pruébalo, está delicioso.
Le sonrío sin enseñar los dientes y me levanto de la silla unos
centímetros para poder alcanzar la cuchara que me extiende con
familiaridad. Dejo que el helado se derrita en mi boca y lo trago. Abro lo
ojos y asiento.
—Está muy bueno —afirmo en su dirección, y me atrevo a hacer lo
mismo que ella, pero con el coulant.
Conozco a Ruth de muy poco tiempo, pero siento una conexión con ella
que no alcanza el raciocinio humano. Con Ruth puedo ser yo mismo; sin
presiones, ni trabajo, ni protocolos… y mucho menos sin prejuicios por
errores del pasado que a día de hoy sigo pagando.
Nuestro primer encuentro fue desenfrenado, pero me he tomado la
modestia de conocerla más a fondo; y todo porque aquella noche me hizo
reír como nadie. Parece una absurdez, pero la capacidad para hacer reír a
una persona en sus peores momentos aunque la otra no lo sepa. En Ruth no
solo he encontrado a una persona maravillosa; y excelente amante debo
admitir; sino que también a una amiga con la que poder salir o hablar. Quizá
sea precipitado, pero Ruth me gusta. Me encanta su forma de ser conmigo y
como es ella en sí.
Es muy pronto para poder decir que es el amor de mi vida, en realidad
hace mucho que no creo en esos cuentos para niños. Solo quiero centrarme
en el aquí y el ahora, en pasármelo bien y olvidar por unos momentos todo
a mi alrededor. Porque eso hace Ruth, consigue que olvide quién soy.
Sus labios rozan la cucharilla y coge el trozo de coulant que he partido
para ella, un gesto que se me hace muy sensual. Entonces, una idea pasa por
mi mente. La suelto sin pensarlo, creyendo que es una buena idea y que
quizá puede gustarle.
—Oye, Ruth, ¿te gustaría ver las estrellas? —Y parece que mi pregunta
la sorprende.
—¿A qué te refieres? Porque ha sonado muy mal —dice, y ríe por lo
bajo.
Me cuesta entender a qué se refiere ella, y lo pillo después de unos
segundos dándole vueltas en la cabeza.
—Oh, no —exclamo con apuro—. No quería decir eso, o sea, que no
quería referirme a si quieres… —me callo ante su risa y me relamo los
labios.
—¿Llevas a todas a ver las estrellas? —pregunta, con un ligero toque
rojo en las mejillas.
Niego y me levanto, poniendome a su lado con la mano estirada.
—Solo he llevado a una persona a ver las estrellas, pero te aseguro que
no era tan especial como tú —le aseguro.
Ruth enrojece de nuevo y toma mi mano para levantarse.
—Entonces llévame a ver las estrellas.
Le hago saber al camarero que la cuenta a pase a mi nombre, al igual
que el lugar al que la voy a llevar.
El recepcionista me da una tarjeta dorada y llevo a una desconcertada e
intrigada Ruth hacia el ascensor. Aprieto el botón de la última planta y
comenzamos a subir en pleno silencio. Cuando las puertas se abren, nos dan
paso a un pasillo largo en el que solo se puede ver una puerta al fondo.
Tomo de la mano a Ruth, un gesto que parece sorprenderla tanto, o quizá
más, como a mí y caminamos hacia la puerta.
Meto la tarjeta dorada, tomo el picaporte y la abro, dejándola pasar a
ella primero.
—Te has pasado —murmura dando una vuelta entorno a si misma para
ver la suite imperial del hotel—. Te has pasado mucho, Alexander. ¿No se
supone que íbamos a ver las estrellas? ¡Eres un pillín! Si querías echar un
polvo, solo tenías que habérmelo dicho —dice, y me echo a reír—. ¿Qué es
tan gracioso? —Frunce el ceño.
—No te he traído aquí para eso —murmuro, volviendo a tomarla de la
mano y llevándola hasta la terraza.
Abro la puerta que da acceso al enorme balcón que se esConde tras las
cortinas y la invito a pasar. La zona de chill-out que tiene esta habitación es
impresionante, una de mis zonas favoritas. El balcón es quizá tan grande
como la suite, que cuenta con un dormitorio, un salón y un baño. El suelo es
de césped artificial y tiene una zona con un sofá y una mesa de jardín. Lo
más impresionante es, sin duda, la piscina privada con jacuzzi. La suite
imperial del hotel ocupa todo la última planta y está reservada a gente como
yo; uno de los pocos beneficios que tiene mi apellido. Pero lo que más
destaco son las vistas. Al ser Vaduz una zona considerablemente pequeña,
no hay mucha contaminación lumínica; lo que provoca que el cielo esté
iluminado por una infinidad de estrellas.
Ruth vuelve a girar entorno a si mientras observa embelesada el cielo.
Me acerco a la mini nevera del salón y sirvo dos copas de champagne.
Sé que le gusta, me lo comentó hace unos días. Salgo con las dos copas a la
enorme terraza y la encuentro con los pies metidos en la piscina. El vestido
que lleva se le ha subido hasta más arriba de la rodilla, es de manga larga y
de un tono marrón que hace juego con sus ojos. Se ha atado el pelo en un
moño bajo que cubre su nuca.
Me acerco a ella y le doy la copa.
—Vaya, gracias —murmura, y le da un sorbo—. Te has acordado de que
me gusta. —Ríe por lo bajo—. Qué detalle.
Me quito los zapatos y los calcetines y me siento a su lado, justo en el
borde de la piscina.
—A mi también me gusta —digo, antes de llevarme la copa a los labios
y darle un sorbo.
—Acabo de enviarles un mensaje a las chicas. —Sonríe con cierta
timidez—. Creo que van a matarte, me han dicho que me has secuestrado
para que no esté con ellas —bromea—. Son de lo que no hay —añade,
volviendo a mirar al cielo—. Este sitio es precioso, Alexander, pero debe de
costar un pastizal.
Distingo en su mirada un brillo de preocupación que me hace reír por lo
bajo.
—No tienes que preocuparte por lo que cueste.
Ruth se bebe el champagne restante de su copa y la deja a un lado.
Comienza a gesticular de sobremanera, de esa forma tan dramática que sabe
que me hace reír.
—Claro, cómo eres un supermillonario… ¡Tú restriégame tu dinero en
la cara!
—Sí, soy un supermillonario y tengo dinero. —Rio por lo bajo—. Pero
me gusta compartir mi dinero con la gente que quiero.
Ruth se lleva la mano al pecho.
—¿Quieres insinuar que me quieres? ¡Oh, qué confesión más bonita! ¡Y
encima bajo la luz de las estrellas! ¡Chúpate esa, Arán! Que si existen
hombres románticos y no como tú —grita al cielo—, que te fuiste con la
primera que tenía más melones que yo.
Tal es el grado de dramatismo que ambos nos echamos a reír. Ruth,
cuando quiere, es muy graciosa y teatrera, aunque también tiene un lado
feroz que esConde y que en lo personal me encanta.
—Oye, Alexander, ¿puedo hacerte una pregunta? —inquiere ella,
limpiándose las lágrimas de la risa con el dorso de la mano. Asiento en
respuesta, y me hace la pregunta más rara que jamás alguien ha
pronunciado—. ¿Te has enamorado alguna vez?
De repente, la imagen de Hilary me viene a la cabeza.
—Sí —le confieso—, claro que he estado enamorado. ¿Por qué lo
preguntas?
Su tono se vuelve bajo, como si quisiera que nadie se enterara de lo que
estábamos hablando.
—Porque temo no poder volver a hacerlo después de lo que Arán me
hizo —confiesa, y detiene su mirada en sus pies—. Una parte de mi se
siente agradecida, porque me di cuenta a tiempo. Tenía pensamientos de
boda e hijos… ¿sabes lo que hubiera significado eso?
¿Qué si lo sé? ¡Ja! ¿Qué iba a decirme a mí que no supiera? Si Ruth
supiera una milésima parte de mi vida, saldría corriendo despavorida.
—Hubiera significado tener una familia rota donde él nunca hubiera
estado porque tendría a otra —digo, y ella asiente.
—Exactamente. Y me pregunto, ¿no hubiera sido más fácil y menos
doloroso haberme dicho la verdad desde el principio? Que tenía a otra. Me
hubiera ido de su vida, de verdad que lo habría hecho. Pero encontrármelos
en nuestra casa… —se calla por unos instantes y suspira—. Eso fue lo peor.
—Puedo imaginar lo que se siente —murmuro en un tono bajo.
Ruth desvía la mirada hacia mí y sonríe sin enseñar los dientes.
—¿Qué te pasó a ti? Ya sabes, ¿por qué te rompieron el corazón? —
pregunta.
Me relamo los labios e intento buscar una respuesta coherente que darle.
La encuentro después de varios minutos en un silencio sepulcral.
—Ella solo me quería por lo que tenía.
Ruth frunce el ceño.
—¿Te refieres al dinero? Pues vaya, si que hay gente aprovechada.
Me echo a reír y le paso un brazo por lo hombros cuando la siento tiritar.
—Esto de que el agua esté caliente y aquí fuera haga un frío que pela no
es lo mejor —murmura, intentando levantarse.
Sin embargo, Ruth se resbala con el bordillo y acaba de lleno en el agua,
salpicándome en el acto. Comienzo a reírme a carcajadas cuando la veo
emerger con cara de pocos amigos, pero ¿sabéis esa risa que sale sola
cuándo alguien se cae? ¿Sí? Pues yo la tengo desde siempre, y más de una
vez me he buscado un buen lío por ello.
Ruth me tira agua y me moja un poco los pantalones.
—Lo siento —digo entre risas—. Anda, ven, que te ayudo.
Ruth toma mi mano, pero una sonrisa maliciosa curva sus labios y
pronto me veo dentro del agua con ella. Salgo a la superficie y la observo
señalarme.
—¡Chúpate esa, supermillonario! —exclama con regocijo—. Eso te
pasa por reírte de mí.
Enarco una ceja y me acerco a ella con lentitud hasta tomala en brazos,
en el agua su peso es como el de una pluma.
—Espera, ¿qué vas a…? —La hundo y la saco a los pocos segundos,
volviendo así a reírme de ella—. ¡Serás…! —grita, y comenzamos una
guerra de aguadillas que perdura lo que parecen minutos.
Pero, más allá de la realidad, ha pasado una hora desde que estamos
dentro del agua, con la ropa que comienza a pesar y el frío que empieza a
calarnos los huesos.
Ruth se acerca a mí para rodearme con sus piernas la cintura y colgarse
de mi cuello, una posición que nos deja a solo centímetros. Nos quedamos
por unos instantes mirándolos, y me sorprende al darme un leve pico en los
labios.
Se muerde el labio inferior y mira hacia otro lado muerta de la
vergüenza. Sostengo su rostro entre mis manos y me dejo llevar por el
sinsentido. ¿Qué tiene de malo? Solo somos dos personas adultas dándonos
cariño, no hay nada más.
O eso creía.
Capítulo 10
1ª fase
Los expertos dicen que hay cuatro fases que giran en torno a la pareja.
La primera es la atracción. Es la fase en la que una persona nos llama la
atención, nos sentimos atraídos por él o ella y queremos conocerla a ver qué
tal. Y me atrevo a pensar que estoy en esa fase mientras que siento como
Alexander deja un beso en mi mejilla que me hace sonreír.
Con él es así de simple.
—Buenos días, preciosa —susurra en mi oído.
Abro lo ojos despacio y me giro para encontrármelo de lado, mirándome
y con la sábana cubriendo su torso. Su cabeza está sujeta por su brazo, y
tiene una sonrisa deslumbrante en los labios. Lleva el pelo despeinado y
algún rizo rebelde cae sobre su frente.
Me atrevo a quitárselo con una de mis manos y me detengo, con
ligereza, en su rostro; acariciándolo.
—Buenos días —susurro con la voz ronca, desperezándome.
—Esta vez no te has ido —murmura y se da la vuelta hasta colocarse
boca arriba, con los brazos bajo su cabeza.
Niego y me coloco boca abajo. Alexander roza con su dedo el pico de
mi nariz y sonrío en el acto. Se da unas palmaditas en su pecho y escalo
hasta escuchar su corazón.
—No, no me he ido —digo—. Lo que pasó la primera vez fue que me
entró el pánico. Llevaba poco tiempo aquí —acaricio su torso desnudo con
mi dedos haciendo círculos sin sentido—, estaba convencida de que no
quería hombres en mi vida y pasó eso.
—Comprendo. —Toma mi mano y la besa justo en el dorso—. A mi
también se me hizo raro. No estoy acostumbrado a… ya sabes.
Desvío la mirada hacia sus ojos y enarco una ceja. Me reclino hacia un
lado para estar cara a cara con él.
—¿No estás acostumbrado a qué? —inquiero con curiosidad.
—A acostarme con una chica que conozco de unas horas —susurra—.
Pero contigo es todo tan… no sé ni como describirlo.
Me rio a carcajadas y me dejo caer de nuevo en su pecho.
—¿Tan simple? —le digo—. Las cosas contigo me surgen solas. O sea,
a ver como te lo explico. Cuando estaba con Arán quedábamos hasta para
echar un polvo y contigo no. Quiero decir, que hemos quedado otras veces y
no ha surgido. Y ahora sí y… —me callo al darme cuenta que he
comenzado a hablar en español muy rápido y es muy probable que no se
haya enterado de la mitad de lo que le he dicho—. Lo siento, a veces se me
va un tornillo y no mido en qué idioma hablo.
Alexander niega y acaricia mi pelo. Pasa sus dedos a través de los
mechones y los pone detrás de la oreja.
—Creo que lo importante lo he entendido, no tienes que disculparte —
apuntilla de una forma amable—. Te entiendo, ¿sabes? A mí con Hilary me
pasaba igual. Solo era sexo, peleas y sexo. No había siquiera respeto, por lo
menos por su parte.
Chasqueo la lengua y me siento en la cama manteniendo la sábana sobre
mi pecho.
—¿Hilary, eh? Adivino, era rubia y de ojos azules; con un cuerpo
espectacular. —En respuesta, Alexander asiente mientras ríe—. Le pega al
nombre que sea así.
—Contigo los malos recuerdos se transforman en algo gracioso de
recordar. ¿Cómo lo haces?
Me encojo de hombros.
—Es un don —respondo.
Alexander se levanta y la sábana cae hasta su cintura. Bosteza y se
revuelve el pelo enmarañado ya de por sí. Los recuerdos de lo que había
sucedido entre nosotros hacen que me estremezca.
—¿Te apetece desayunar? —me pregunta, cogiendo el fijo que se
encontraba en la mesita de noche de su lado—. No sé tú, pero tengo un
hambre voraz.
Repto por la cama y cojo la carta de los desayunos que se encuentra al
lado del teléfono. Me relamo los labios al ver que hay una variedad de
dulces como tortitas con fresas o crepes de chocolate.
—Yo quiero esto —le señalo el número.
—Hola, sí… querría que nos subieran el desayuno en media hora.
Queremos un número ocho y un número quince. Perfecto, gracias. —
Cuelga y deja el teléfono en la mesita—. Desayuno pedido.
—Genial —exclamo, dejándome caer a la cama—. No quiero irme de
aquí, se está tan bien —susurro mientras observo el techo.
Entonces, Alexander se pone encima de mí y me regala un suave beso
en los labios que solo separa la falta de aire.
—Yo tampoco quiero irme, pero estoy casi seguro de que tus amigas me
matarán si no apareces en casa.
Oh, oh… ¡me he olvidado por completo de ellas! ¡Me van a matar! Y
más sabiendo que tuve un encuentro con Arán y Claudia.
Tierra, trágame y escúpeme en las Bahamas. La que me espera al llegar
a casa…
«Qué estén durmiendo, qué estén durmiendo…», rezo para mis
adentros, girando la llave dentro de la cerradura para entrar a casa.
Abro la puerta despacio, con sigilo, y respiro con tranquilidad al verlo
todo a oscuras. Dejo las llaves encima de la barra y meto las maletas en el
salón. Sin embargo, pega un grito cuando las luces se encienden y las
observo de brazos cruzados a solo escasos pasos de mí. ¿Cuánto tiempo
llevarían ahí? ¿Estaban esperándome?
—¡¿Tú te crees que estas son horas de llegar a casa, jovencita?! —grita
Amelia, señalándome con uno de sus dedos.
Sonrío como si nunca hubiera roto un plato y me encojo de hombros.
—En realidad es temprano —digo, y me llevo dos miradas que, si
mataran, estaría a diez metros bajo tierra—. Vale, no bromas, lo pillo.
Cojo las maletas y las llevo a mi habitación, con Amelia y Sofía
pisándome los talones. Las dejo tumbadas en el suelo y las abro para sacar
toda la ropa que lleva días ahí metida.
—¿No vas a decirnos nada? —pregunta Sofía, apoyada en el marco de
la puerta con su pijama verde de conejitos—. Tienes muchas cosas que
contarnos, ¿no crees?
Me siento en la cama y palmeo ambos lados para que se sienten. Ellas
vienen a toda prisa, con ansias de escuchar toda la historia. Les cuento de
forma resumida que pasó con Arán y Claudia y, después de despotricar un
buen rato de ellos, pasan al plato principal.
—¿Y no nos vas a contar qué tal te ha ido con Alexander? —inquiere
Amelia con una ceja enarcada.
—¡Eso! ¿No tienes nada qué contarnos? —Sofía se agacha y me ayuda
sacar las camisetas mientras que Amelia se encarga de los pantalones.
Las miro y me muerdo el labio inferior.
—No sé qué queréis saber, la verdad —me hago la tonta—. No hay
mucho que contar. Cambió los planes por mí, vino a recogerme al
aeropuerto, me invitó a cenar a un restaurante supercool, me llevó a ver las
estrellas a la suite de lujo que tenía piscina con jacuzzi en la terraza y… —
me callo, mordiéndome el labio inferior de nuevo—. ¡Lo hemos hecho por
todos lados de la habitación! Arriba, abajo, en la piscina, contra la pared…
¡Ay, Dios! No sabéis la vergüenza que he pasado al bajar de la habitación
pensando que nos podrían haber escuchado.
Sofía y Amelia tienen la boca abierta a tal nivel que temo que se les
meta alguna mosca. Parecen sorprendidas, intentando asimilar lo que les
acabo de decir. Y sus respuestas no tardan mucho en llegar.
—¡Joder! —exclama Amelia.
—¡La hostia! —responde Sofía—. Eso si que es un hombre como Dios
manda. Detallista, caballeroso y…
—Con más pierna que polla —finaliza Amelia—. ¡Oh, sí! Eso si que es
un hombre y no lo que tenías antes. Pito pa dentro lo llamábamos.
Nos reímos a carcajadas.
—En serio, chicas, Alexander es… —balbuceo—… Y cuando nos
hemos levantado me ha dado un besito aquí. —Señalo la mejilla.
—¡Oooooh! —farfullan enternecidas.
Me quedo callada, procesando en mi interior lo sucedido y cómo me
siento con ello, porque no hay nada más importante que escucharnos. Yo no
lo hice con Arán y mirad lo que sucedió…
El silencio perdura unos minutos, tiempo que aprovecho para disfrutar
de la tranquilidad antes de que se les ocurra alguna pregunta de las suyas.
Sí, me refiero a esas preguntas comprometidas que tanto odio responder.
Me centro en doblar los pantalones para que no les salgan arrugas. Los
ordeno a un lado del armario, donde tengo una ceja con varios cajones y
espacio para poner ropa. Llego a pensar que no dirán nada, de verdad que lo
hago. Pero cuando menos me lo espero, Sofía suelta la bomba. La pregunta
más temida.
—Oye, Ruth, ¿qué sois Alexander y tú? —inquiere, con el ceño
fruncido.
Una parte de mi se debate por responderle qué somos follamigos, pero
esa terminación no termina de encajar con nosotros; o por lo menos así lo
veo yo. A regañadientes, me digno a responderle.
—Somos amigos.
La respuesta más fácil y correcta a la vez para describir lo que tenemos.
Porque decir que estoy enamorada de él sería mentiros. No, no estoy
enamorada de él. Me encuentro muy cómoda cuando estoy con Alexander.
Podemos salir al cine, hablar hasta las tantas de la madrugada de cualquier
tema o bien tirarnos una noche entera dándole al tema.
—Los amigos no se acuestan, Ruth —se burla Amelia.
La miro por encima del hombro, ya que sigo haciendo hueco para meter
más pantalones, y frunzo el ceño.
—¿Por qué no? —pregunto con curiosidad—. Yo creo que sí. O sea, a lo
que quiero referirme es a que somos amigos, quizá con derechos, pero nada
más. No penséis que estoy coladita hasta las trancas de él —añado, muy
segura de mi respuesta.
—Oh, ¿amigos con derechos, no? Eso me gusta —murmura Sofía—. Es
que tenéis mucha complicidad. Vamos, os parecéis a Jennifer Aniston y
David Schwimmer en Friends. Con eso te lo digo todo.
Y me echo a reír ante su símil.
—De verdad, chicas, me encuentro muy cómoda con Alexander. Y no
os lo voy a negar, es un gran amante. Pero no es algo que nos condiciones
—digo—. A lo que me refiero es que podemos salir un día a cenar, ir al cine
o ir a tomarnos algo a un pub sin la condición obligatoria de voy a acabar
acostándome con él. Si surge, surge. Y sino, no pasa nada.
Cierro el armario y giro sobre mis talones para observarlas sentadas en
mi cama.
—Nos alegramos de que te lo estés pasando bien —apuntilla Amelia,
levantándose y poniendo una mano sobre mi hombro—. Has estado mucho
tiempo fuera de servicio y aguantando al pene-cacahuete que tenías como
novio. Ahora te toca disfrutar de la vida, vivir lo que no has vivido.
Asiento y sonrío sin enseñar los dientes.
—Eso mismo digo yo —reafirma Sofía desde la cama—. Por cierto,
¿sabéis qué he conocido a un hombre muy majo en la cafetería? Pensé que
sería un trabajo aburrido, pero la verdad es que no está nada mal. Para ir
tirando…
Rio por lo bajo.
—¿Un hombre? ¿Qué edad tiene? ¿Está bueno? —inquiere Amelia con
un tono socarrón.
Sofía hace una mueca con los labios.
—Tendrá por los sesenta años, parece mi abuelo. Asique no me vengas
con esas, Mia —le dice—. Siempre viene a la misma hora, y se pide o
mismo. Charlamos unos minutos y vuelvo al trabajo.
—Bueno, por lo menos es un trabajo que no es desagradable —
murmuro—. ¿Y tú, Mia? ¿Qué tal las clases?
Amelia curva sus labios en una sonrisa cerrada y camina hasta la
ventana para cerrarla. Soy muy maniática y, después de tener la habitación
cerrada una semana, he mantenido la ventana abierta hasta ahora que la ha
cerrado ella. ¿Hacía frío? Sí, pero la habitación se había ventilado.
—Son un encanto —susurra—. Y muy aplicados, en nada de tiempo ya
se han aprendido el abecedario.
—Eso es porque tienen una gran profesora —insta Sofía.
Cuando acabamos de ordenar toda mi ropa, preparamos la comida. Nos
pasamos toda la tarde viendo películas y charlando del mercadillo que
vamos a visitar el sábado con Louis, Blair y Alexander.
Pero la cosa no se queda ahí, y es que Sofía y Amelia me confiesan que
han vuelto a ver al mismo reportero por la zona unas cuantas veces y que,
incluso, ha vuelto a intentar chantajearlas.
Me parece horrible que quieran meterse en la vida de una chica por salir
con alguien de la nobleza europea. ¿Es que no tienen privacidad? Vale que
me guste más el salseo que un lápiz a un tonto (cómo suelen decir por mi
zona), pero tiene que ser horrible estar sometida a las cámaras todo el rato.
No quisiera imaginarme una vida así.
Capítulo 11
El inicio de todo
Alexander
Me encuentro deshaciéndome el nudo de la corbata como si la vida me
fuera en ello. Hoy ha sido un día horrible y lo único que me apetece es
echarme a la cama y dormir hasta mañana, que por fin podré descansar de
tanto alboroto.
—Señor, ya he sacado los billetes de avión para dentro de dos semanas.
Alzo la mirada y observo a Philippe a través del espejo. Como siempre,
lleva un traje impoluto, estoy seguro de que Ruth lo tacharía de parecer un
pingüino; y razón no le faltaría. Pero aquí las cosas son así.
—Muchas gracias, Philippe. Puedes retirarte.
Mi mayordomo personal hace una reverencia y me deja solo en la
habitación. Comienzo a desabrocharme la camisa, ero paro cuando un
mensaje llega a mi móvil personal; ese del que pocos tienen el número por
motivos más que obvios.
Deslizo el dedo por la pantalla y hago el amago de una sonrisa cuando
encuentro el mensaje de Ruth como todas las noches.
¿Cómo te ha ido el día? Dime que a ti también te ha parecido una
mierda, porque si no me va a dar algo.
Me siento en la cama, mientras me quito los zapatos con los pies, y
escribo a toda prisa.
Mi día ha sido una mierda, no sabes las ganas que tengo de que
llegue mañana y poder despejarme un rato. ¡Lo necesito con urgencia!
Dejo el móvil a un lado y me quito los pantalones para meterme a la
ducha.
Dejo que el agua caliente relaje cada uno de mis músculos. Hoy más que
nunca lo necesito. Aguantar a una tropa de accionistas que, día tras día, lo
único que hacen es intentar humillarte por errores cometidos en el pasado es
agotador. Aunque lo peor, diría yo, son las comidas, cenas y eventos
protocolarios donde todo el mundo susurra a tus espaldas, pero te sonríen a
la cara.
Una mierda, en pocas palabras.
Me enrollo una toalla a la cintura y me seco el pelo con la toalla. Me
gusta tener mi rizo natural, por eso dejo que el pelo se me seque al aire. Y
cuando acabo, me pongo el pijama y me meto en la cama.
Nunca me he parado a observar la soledad de mi habitación, y de mi
casa en conjunto. A pesar de tener todas las comodidades del mundo,
algunas impensables, es silenciosa… como si le faltara vida.
Mis pensamientos derivan hacia ella, la pequeña rubia de largos rizos
que me tiene loco y a la que veo una vez al mes. Un regalo que me dio la
vida y que no puedo disfrutar ni ver por culpa de Hilary.
¿Qué diría Ruth si supiera que yo…? ¡Basta! No le he dicho nada a Ruth
porque somos amigos, y tiene que seguir así porque eso solo pondría a Ruth
en el foco de toda la mediática mundial.
Entonces, recuerdo que he dejado una conversación pendiente con ella
hace escasos treinta minutos. Vuelvo a coger el móvil y leo su mensaje con
atención.
Yo he trabajado un montón. He tenido que hacer una entrega y otra de
emergencia. ¡Pero han sido una pasada! (Y no porque las haya hecho yo :p).
Tengo ganas de que llegue mañana para ir al mercadillo, yo también
necesito desconectar un poco. ¡Qué duermas bien! ¡Nos vemos mañana a
las once!
Me despido de ella y dejo el móvil en la mesita de noche. Apago la luz y
cierro los ojos para intentar descansar, pero mis pensamientos me obligan a
estar despierto hasta altas horas de la madrugada; tiempo en el que me
debato interiormente en si decirle a Ruth quién soy en realidad.
Ruth
El cielo se encuentra plomizo. Es una de esas mañanas de octubre en las
que hace frío como si estuviéramos en invierno, pero se nota que mis
amigas no han escogido su ropa en función del clima que hace, sino del que
ellas quieren en realidad. Sofía y Amelia calzan un par de botines con algo
de tacón y veo mucha ropa fina y pocas cazadoras. Algo que preveo que va
a ser fatal para ellas, pues con solo mirar al cielo alumbras la posibilidad de
que el frío vaya a peores conforme pasan las horas.
Las convenzo, después de casi una hora insistiendo, en que se pongan
algo de abrigo y se dejen de intentar ligar; que lo único que pueden hacer es
pillar un constipado de aúpa.
¿Sabéis? No me considero una mujer fea, sé que tengo muchas cosas a
mi favor. Pero también sé que tengo otras que no, como mis caderas anchas
que visten una cuarenta y dos o mi pecho ligeramente pequeño para la
constitución de mi cuerpo. O eso siempre me han dicho, aunque siendo
sincera es algo que me da igual. Lo importante es quererme tal cual soy. Y
sí, gastaré una noventa y cinco de pecho y una cuarenta y dos de pantalón,
pero ¿qué? Me describo como una belleza apabullante y natural. Y no, no
me avergüenzo de mi talla. ¡Me encanta mi cuerpo! Tengo una curvitas
naturales envidiables, por mucho que en mi adolescencia me hubieran
hecho creer lo contrario.
Aunque hay algo que hace que las personas me recuerden, y no es
precisamente por mi cuerpo serrano. Me suelen recordar por mis ojos, de un
verde precioso, y por mi carácter tan directo y franco. Digo la verdad con
buenas palabras.
—¿Te quieres dar prisa? —Me insta Sofía, observando a través de la
ventana—. Ya están aquí.
Me pongo el abrigo, que me llega hasta las rodillas, y me aseguro,
mirándome al espejo de la entrada, de ir bien.
Hoy he optado por unos vaqueros pitillo (que me hacen un culo de
infarto), una camiseta de manga larga verde (mi color favorito) y unas
deportivas bien chulas, de estas nuevas que han sacado ahora que son para
ir bien arreglada. El pelo me lo he dejado suelto, y me encanta porque se me
han hecho ondulaciones natrales después de haberme dormido con la trenza
que se me olvidó quitarme para dormir.
¿Maquillaje? En realidad no llevo. Solo me he echado un poco de brillo
de labios y algo de rímel, en parte por la insistencia de mis dos amigas (que
en ocasiones pienso que están como verdaderas cabras).
—¿Tienes prisa por algo en especial? —La chinca Amelia.
Pongo los ojos en blanco y cojo mi bolso, asegurándome de que lo llevo
todo.
—¿Yo? —Se señala—. La que está desesperada, esperando a que
lleguen, no soy precisamente yo. ¿A qué si, Ruth?
Las observo por encima del hombro y enarco una ceja.
—¿Y tenéis algún problema con eso? —les pregunto.
—Para nada, nos encanta ver a la parejita del momento —apuntilla
Amelia, abriendo la puerta—. Sois tan monos…
Decido pasar de ellas y bajar por las escaleras. Vale, quizá si que tenía
un poquito de prisa por ver a Alexander. Pero ¿qué queréis? Estamos
hablando de Alexander, no me culpéis a mí. Culpad a su madre pro hacerlo
así.
Cuando llegamos a la entrada, vislumbro justo en frente dos coches. En
uno se encuentra Louis y Blair, y en el otro Alexander. Nos acercamos a
ellos, siendo testigos de qué coches llevan (y que precisamente no son
baratitos) y los saludamos.
Alexander se quita las gafas de sol, dejándome entrever unas horrendas
ojeras causadas por su trabajo. Su pelo, al natural, está más rizado que de
costumbre; a un estilo Shawn Mendes.
« Lo que me gusta a mí estirar de ese pelo » ; pienso.
—¿Estáis listas? —pregunta Louis dándole al capó del coche de
Alexander, que intenta darle un golpe en el brazo sin éxito alguno.
—Sí —respondo—. ¿No has descansado bien?
—¿Qué te parece si te lo cuento camino al mercadillo? —me guiña un
ojo y me muerdo el labio inferior.
Voy hasta la puerta del copiloto y me subo, dándole un suave beso en la
mejilla. Alexander enciende el motor y comenzamos nuestro breve camino
hacia Triesen sin saber que esto será el principio de todo.
Capítulo 12
Mercado medieval… y mucho más
Triesen es de esos lugares que sabes que nunca vas a poder olvidar, ya
sea por su característica y pintoresca apariencia o por los momentos que
vives.
Las calles están decoradas con banderillas que cruzan los tejados de las
casas y por puestos de artesanía. El aroma del incienso, de las hierbas y las
especias que venden me lleva a mi infancia; cuando visitábamos todos los
años el mercado medieval que se celebraba en Valencia.
Me paro a ver todos los puestos y no escatimo en comprarme alguna que
otra cosa. Alexander, por su parte, se mantiene a mi lado, comentando mis
compras con la curiosidad que lo caracteriza. Y es que no entiende para que
me he comprado unas cuantas piedras de Ágata.
—Son para atraer la buena suerte —le explico, dándole a la chica que
las vende un billete para que me cobre—. En casa tenía varias gracias a mi
madre, y se me ha quedado como una tradición. Ahora necesito piedras de
estas por casa para sentir que la suerte está de mi parte.
Alexander se echa a reír y le dice a la mujer que le ponga unas cuantas a
él también.
—Pues si dices que dan buena suerte, me llevaré varias.
Sonrío y meto en mi cartera el dinero restante. Espero a que Alexander
pague, y volvemos a colocarnos al lado de la pandilla; que nos esperan
impacientes haciendo cola para comer en un puesto donde la carne abunda.
—Habéis tardado una eternidad —se queja Sofía—. Y yo tengo hambre.
Me cruzo de brazos.
—También hemos tenido que esperar cuando estabas viendo algo para
tus alumnos, no te quejes —le saco la lengua.
Louis y Blair ríen por lo bajo, mientras que Sofía pone los ojos en
blanco.
—Dejaros de tonterías, tenemos que decidir si comemos aquí o nos
vamos a otro lado. Esto está atestado de gente —murmura Sofía.
Y bien verdad que es. En Triesen no cabe un solo alfiler. Las calles están
abarrotadas de gente y los restaurantes, bares y puestos de comida se
encuentran a tope.
Me rugen las tripas, por lo que me llevo la mano al estómago.
—Por mí podemos quedarnos aquí, me comería hasta un buey del
hambre que tengo.
Nos habíamos tirado caminando más de dos horas, habiendo
desayunado más bien poca cosa. Los nervios hacen que el estómago se me
cierre, y os aseguro que esa mañana llamar nervios a lo que sentía se queda
corto.
Después de esperar veinte minutos, nos dan una mesa y nos sirven seis
cervezas. Entre risas, nos las bebemos. Pero noto a Alexander algo
incómodo, como si le pasara algo que se me escapa y no está relacionado
con el trabajo.
Cuando nos acabamos los platos, le doy una patadita por bajo de la mesa
que hace que desvíe su mirada hacia mí. Le hago un ademán con la cabeza,
de forma disimulada, y nos levantanos.
—Vamos a ir a por unos crepes, que los he visto antes y tienen muy
buena pinta. ¿Querés alguno? —les pregunto, a lo que me responden con
resoplidos.
—No entiendo como te puede caber eso, Ruth —murmura Sofía, que
está a punto de explotar de tanto que ha comido—. Tono algo más y os juro
que exploto.
Rio por lo bajo y les hago saber que vendremos pronto.
Cojo a Alexander de la mano y lo llevo a través del gentío hacia donde
está el puestos de crepes (que si no os habéis dado cuenta, me encantan).
Hay una cola inmensa, pero nada me va a detener para poder comérmelo.
—¿Te encuentras bien? —le pregunto con cierta cautela—. Pareces ido.
Alexander se encoge de hombros y me sonríe con tristeza.
—Estoy cansado, es solo eso —murmura, pegándose a mí para que las
personas pudieran pasar—. Estoy agotado, necesito vacaciones.
Me apoyo en su pecho y suspiro.
—Si te sirve de consuelo, yo también necesito vacaciones —murmuro
—. ¡Ya sé! ¿Cuándo pillas vacaciones? —Él enarca una ceja y se echa a
reír. Desvío la mirada hacia arriba y frunzo el ceño—. ¿Qué te hace tanta
gracia?
—Yo no “pillo” —hace las comillas con los dedos— vacaciones —
finaliza, dejándome boquiabierta.
—A ver, señor yo no pillo vacaciones porque soy un superempresario, a
todos nos hacen falta vacaciones. —Gesticulo con las manos, y eso lo hace
reír.
—Ya tengo los fines de semana para descansar —insiste, aunque creo
que lo hace más para hacerme rabiar que por otra cosa.
—Tú eres tonto, pero que muuuuuy tonto. ¿Cómo no vas a tener
vacaciones? ¿La cabeza también tiene derecho a descansar, sabes? No sé…
una tumbona a la orilla del mar Caribe, con playas de arena blanca y aguas
cristalinas. Piénsatelo, yo te acompañaría —me encojo de hombros—. Pero
no porque me apetezca ir al Caribe, que también, sino por hacerte
compañía; que estás muy solito.
—Bueno, si te sirve de consuelo tengo que ir a Estados Unidos la
semana que viene. ¿Eso se puede tomar como vacaciones? —me pregunta,
y me aparto un poco para mirarle a la cara.
—¿Vas en calidad de empresario o de quiero fiesta loca? — « Cómo
diga que va en calidad de empresario, lo mato » ; pienso para mis adentros.
Alexander se relame los labios y desvía momentáneamente la vista hacia
otro lado, algo que me hace entender que no me he equivocado. Va por
trabajo.
Me llevo la mano a la cabeza y masajeo la sien. La cola avanza y decido
no decirle nada porque sino sé que se la voy a liar y no es plan de montar un
numerito con tanta gente mirando. Y sí, si hubiera menos gente me pensaría
en echarle la bronca como si fuera su madre.
—Quizá algún día podrías venir conmigo a uno de mis viajes —
comenta, tomándome desprevenida. ¿Yo? ¿En Estados Unidos?—. ¿Qué?
¿Por qué me miras así?
Parpadeo y niego.
—¿Sabes por qué mi madre no quiere que vaya a Estados Unidos? —
Meto las manos en los bolsillos del abrigo y frunzo los labios. De soslayo,
veo como su mirada caramelo se entrecierra—. Mi madre no quiere que
vaya porque un día bromeé con que quería irme allí para ser Stripper.
Dieron un programa sobre eso y al ver que ganaban un pastizal solté que yo
también quería dedicarme a ello. Tenía veinte años y comí chancla a la
voladora.
Alexander echa la cabeza hacia atrás y ríe a carcajadas, tales que
algunos giran sus cabezas como verdaderos metiches.
—Me encanta tu madre —se limpia las lágrimas de los ojos—. La mía
está acostumbrada a que viaje, la veo poco.
Volvemos a avanzar en la cola.
—No soy la mejor para decirte esto, sobre todo porque yo ahora
tampoco veo a mi madre mucho, pero creo que tendrías que sacar tiempo
para hacerle una visita de vez en cuando —digo, sonriéndole sin enseñar los
dientes.
Alexander resopla. Quizá me estoy metiendo donde no me llaman, pero
conozco ese gesto de fastidio.
—Me encantaría, ¿sabes? Pero siempre que voy a ver a mis padres
siento que siguen castigándome por lo que ocurrió con Hilary. Para mí es
muy incómodo. No son malos padres, mucho menos mi madre, pero… —
murmura por lo bajo.
Avanzamos en la fila y por fin llega nuestro turno. Me pido un crepe de
chocolate, que acaba pagando Alexander, y salimos de la cola mientras le
pego un bocado. Gimo del placer al sentir el chocolate. Soy una exagerada,
pero es que estamos hablando del chocolate… ¡del chocolate! A mí me da
la vida. Y no como más porque sino me pongo como una moto.
—Toma, dale un bocado que esto le quita las penas a cualquiera. —
Pongo el crepe cerca de sus labios y le pega un bocado, haciendo que la
comisura de su labios se manche. Con todo el descaro del mundo, elimino
la distancia que nos separa y paso mi dedo por donde se ha manchado,
llevándomelo después a la boca—. Está buenísimo.
Entonces, Alexander coge chocolate del crepe con el dedo y me mancha
los labios. Cuando se inclina para posarlos sobre los míos, me quedo quita.
No esperaba que hiciera algo así, y tardo unos breves segundos en
devolverle el beso. No somos conscientes de nada, siquiera de cómo Louis,
Blair, Sofía y Amelia nos miran en la seguridad de la distancia. Nos
separamos por falta de aire y nos miramos a los ojos hasta que me da la risa
tonta, esa que hace años que no siento oír.
—Eso ha sido inesperado —me relamo los labios y desvío la mirada
hacia otro lado, muerta de la vergüenza—. Parezco una maldita adolescente,
lo siento.
Vuelvo a darle un mordisco al crepe mientras escucho su risa baja.
—No tienes que disculparte. —Alexander se acerca, me toma de la
cintura y le da un mordisco al crepe—. Yo también me siento así, y he
comprendido que no es malo —dice, después de tragar—. Cuando estaba
con Hilary las cosas era muy diferentes a como son contigo. Y me gusta que
sean tan espontáneas, que no tenga presión y pueda hacer lo que se me
antoje. Disfruta del momento.
Sonrío de lado y me encojo de hombros.
—Entonces habrá que disfrutarlo, ¿no crees?
Alexander asiente y le da otro mordisco. Me suelta de la cintura, pero su
mano coge la mía. Caminamos por medio del gentío hasta llegar a donde
están Sofía, Louis, Blair y Amelia. Parece que se quedan sorprendidos al
vernos así, pero a estas alturas me da igual lo que piensen porque Alexander
tiene razón. Si me apetece darle un beso, ¿por qué no puedo? Si me apetece
cogerle de la mano, ¿por qué no? Vale que nos conozcamos de poco, pero el
verdadero significado de la vida es disfrutar de los pequeños momentos que
nos ofrece; y de las personas que nos pone en el camino.
Alexander me gusta, me causa interés y me divierto con él. ¿Qué hay de
malo en dejarse llevar?
—Tía, pero ¿qué ha pasado entre vosotros? —me pegunta Amelia por lo
bajo, posicionándose a mi lado cuando Blair, Louis y Alexander van a sacar
unas entradas para ver un espectáculo.
Sofía no tarda en ponerse a mi izquierda, y siento como las dos me
agarran del brazos para que no me escape.
—Solo nos estamos dejando llevar. No es malo, ¿sabéis? Está guay, y
teníais razón.
Amelia enarca una ceja.
—¿Y tú sabes que la segunda etapa es el enamoramiento, no? —
inquiere Sofía.
Resoplo y pongo los ojos en blanco.
—Mirad, a mí las etapas me la traen floja —confieso—. Es solo que al
venir aquí me he dado cuenta de muchas cosas. Y quiero disfrutar de la
vida, sin contemplaciones ni pensar demasiado las cosas. Eso nunca me ha
llevado a buen puerto.
—En eso estoy de acuerdo. Asique tu disfruta, Ruth, que te lo tienes
merecido. Y si surge algo más, genial. Y, sino, pues otro será —murmura
Amelia—. Nos están haciendo señas para que vayamos.
Desvío la mirada hacia Alexander y le sonrío de lado.
—Ahí te espera tu príncipe azul —bromea Sofía, haciéndome reír.
Lo que no sabía en ese entonces es que ese día quedaría plasmado para
el resto de mi vida… y no precisamente por nosotros.
Capítulo 13
Ay, pollito, la que se ha liado
Me despierto aquel miércoles con el espantoso ruido del politono de mi
móvil. ¡Vaya mierda! Estaba soñando una cosa preciosa hasta que le
maldito cacharro me ha despertado a las… ¿once de la mañana? Vaya, ayer
me quedé hasta tarde trabajando y me acostaría sobre las tres de la
madrugada. Asique no es raro que me levante a semejante hora, por mucho
que mi madre (la misma que me está llamando de forma insistente) me diga
que soy una vaga.
Resoplo y retiro las sábanas de mi cuerpo para levantarme y deslizar mi
dedo por la pantalla táctil. Bostezo mientras me pego el móvil a la oreja.
—Hola mamá —digo, con la voz ronca.
—¿Hola mamá? —inquiere con tono de reproche—. ¿Cuándo ibas a
contarme que estás saliendo con un Conde?
Me tallo los ojos y hago una mueca, apartándome el móvil del oído por
sus gritos.
—Mamá, ¿no crees que si estuviera saliendo con un Conde lo sabría? —
respondo a modo de pregunta. ¿De dónde se habría sacado eso? Me levanto
de la cama y camino, descalza, hacia el salón y enciendo la tele mientras
que mi madre sigue gritando barbaridades. Saco la leche y los cereales y me
lleno un buen cuenco—. Mamá, ¿estás segura de que las hierbas que te
compras en la herboristería son legales? —Cojo el móvil con el hombro y
me dirijo con mi tazón de cereales al sofá.
Me encuentro sola en casa, ya que tanto Sofía como Amelia se han ido a
trabajar. Pero el grito de mi madre inunda mi hogar.
—¡Serás gandula! —me grita—. Mira, Ruth, eres de lo que no hay, hija.
¿Cómo no me dices que Alexander es Conde?
Me quedo a solo un centímetro de meterme la cuchara en la boca, pero
la risa que me da por la ocurrencia de mi madre me hace desestimar la
opción.
—Mamá, en serio, deja de ir a por esas hierbas raras que te tomas —
insisto—. ¿De dónde has sacado eso? —Me meto la cuchara de cereal en la
boca y escucho con atención lo que mi madre me hice.
—¡Pero si estás saliendo en el noticiero de todo el mundo! ¡Anda, ponte
la Telecinco! ¡Antonio, que la niña nos está saliendo con un Conde y
nosotros sin enterarnos! ¡Ay, Señor, esta niña solo va a darme disgustos! —
exclama mamá.
Me quito el móvil del hombro y lo dejo a un lado del sofá con el altavoz
puesto. Pongo los ojos en blanco mientras intento buscar la cadena que
mamá me ha dicho. Tengo el cuenco con cereales en las piernas y de vez en
cuando le llevo una cuchara a la boca mientras hago zapping. Y estoy a
punto de decirle a mamá, de nuevo, que se deje de tomar infusiones hasta
que me veo en una cadena local de noticias junto a Alexander en el
mercadillo. Leo con atención el titular y me entra la tos gracias a que un
cereal de chocolate se me ha ido por el otro galillo de la impresión.
—AY-MI-MADRE —exclamo.
“El Conde Kieber tiene pareja”
Me quedo atónita, observándome en la televisión. Ponen varias
imágenes claras de nosotros dos en el mercadillo medieval que visitamos el
sábado. Momentos clave que se pueden malinterpretar… ¡No! No se
pueden malinterpretar porque fue lo que sucedió. En una de las fotos
salimos Alexander y yo riéndonos. En otra posando para una foto. En otra
agarrados de la mano. Y en la última salimos dándonos un beso. Subo el
volumen y me llevo el móvil a la oreja.
—Mamá, luego te llamo. —Cuelgo.
“El Conde Kieber, tercer sucesor a la corona de Liechtenstein, tiene
pareja. Y por lo que nuestros reporteros han podido descubrir, se trata de
una joven española de veinticinco años que trabaja como diseñadora
editorial. Se les vio por primera vez en el Mercado medieval celebrado en
Triesen el fin de semana pasado, aunque nuestros reporteros le siguen la
pista desde hace varias semanas. ¿Será esta una relación duradera? ¿Qué
opina la familia real sobre esto? Después de entrar en conexión directa con
nuestro enlace en el edificio donde vive, a la que han denominado, la nueva
discordia de la familia real, volveremos a…”.
¿Cómo qué edificio dónde vive? Me levanto del sofá y voy a toda prisa
hacia la ventana del salón. Me asomo a través de las cortinas y veo una
horda de cámaras y equipos de reportaje bajo. Abro los ojos como platos
cuando varios de ellos señalan en mi dirección y las cámaras se desvían
hacia casa.
« ¡Oh, Dios mío! Esto no puede estar pasando, esto no puede estar
pasando… » , pienso para mis adentros mientras cierro las cortinas.
Decido apagar la televisión y llamar a Sofía y a Amelia para que vengan
a casa lo antes posible.
Voy a mi habitación y me visto con lo primero que pillo, y me hago una
coleta alta. Me quedo en silencio, con el cuenco de cereales aún en la
mesita que sé que voy a tener que tirar.
Un Conde… ¡Un maldito Conde! Me dejo caer en el sofá y cierro los
ojos. Alexander ha resultado ser un Conde, el tercero en la sucesión al trono
de Liechtenstein; la monarquía más rica de Europa.
« Ay, pollito, la que se ha liado » ; pienso para mis adentros mientras
escucho el barullo que hay delante de mi edificio. Ahora resulta que a quién
estaba buscando el reportero de semanas atrás era a mí, y nosotras pensando
que era una de nuestras vecinas…
Pero ¿por qué no me lo dijo antes? ¿Por qué Alexander no me dijo que
era Conde? « Quizá porque nunca te hubieras acercado a él, ¿no crees,
penca? » ; me dice mi subconsciente. El problema es que lo que busco, y
buscaba, son cero dramas… ¡Y ahora tengo a toda la prensa nacional y
alguna a nivel mundial enfrente de mi edificio! « ¿Ves, Ruth, como los
hombres solo dan dolor de cabeza? » , me pregunto a mí misma.
Escucho como traquean mi puerta, y por un momento temo acercarme.
Quizá sean los reporteros que han entrado, o los vecinos que quieran
echarme del edificio. Pero ante la insistencia de quién está detrás de la
puerta, me levanto y observo a través de la mirilla.
—¿Señorita Rodríguez? ¿Se encuentra en casa?
Trago saliva al ver a King Kong, el guardaespaldas de Alexander (que
no entiendo porque mi cabeza no comenzó a sospechar que algo no iba bien
cuando lo vio por primera vez). ¿Quién en su sano juicio tiene un
guardaespaldas? ¿Cómo he sido tan… tan… idiota? Bueno, idiota, ilusa y
despistada porque esto a otra persona no le pasa; ya os lo aseguro yo.
—¿Qué quiere? —pregunto, aún sin abrir la puerta.
—Me gustaría hablar con usted, señorita. ¿Puede abrirme? —pregunta,
con un tono delicado.
Me quedo pensando en su petición, y trago saliva de forma dura cuando
decido responderle.
—Avisado quedas, si intentas hacerme algo te reviento. Que seré
pequeñita, pero tengo una mala leche… —Quito el pestillo y lo observo por
un recoveco de la puerta antes de dejarlo entrar. La cierro tras él y me cruzo
de brazos—. ¿Qué quieres, King Kong?
Un poco borde, lo sé, pero es que estoy saliendo en todos los noticieros
y no precisamente por haber ganado un premio a la mejor diseñadora
editorial del año. Tengo que sacar mi frustración de alguna manera.
—Me han enviado para acompañarla a la mansión Kieber —dice él, con
sus gafas cubriendo los ojos—. Si es tan amable de acompañarme…
Frunzo el ceño y no me muevo de mi sitio. Me enderezo y lo encaro.
—¿Por qué tendría que ir? —inquiero—. Yo no me he buscado nada de
esto.
King Kong frunce el ceño y toma aire, supongo que no le sentará muy
bien que le contradigan. ¡Qué se joda! Con una española se ha ido a topar…
—El Señor Kieber ha solicitado que la lleve a la mansión para poder
hablar con usted —murmura—. Si es tan amable, Señorita Rodríguez.
Me resigno y tomo mi bolso, sobre todo porque voy a cantarle las
cuarenta a Alexander por esto. Va a ver quién es Ruth Rodríguez Gutiérrez,
pero de verdad.
Bajamos y King Kong se encarga de mantener a regla a los periodistas,
que me apuntan con las cámaras y los micrófonos. Me ayuda a subir al
coche y se monta a mi lado mientras que el conductor arranca.
Y me pierdo en la profundidad de mis pensamientos, en las cavilaciones
de qué le voy a decir cuando lo tenga delante, mientas que King Kong me
explica la situación. Me obligo a prestarle atención.
—El Señor Kieber pertenece al linaje de los Liechtenstein, que asciende
a solo dos generaciones actuales: al futuro Rey, su hermano el Príncipe y el
Señor Kieber, actual Conde de Kieber y tercero en la línea sucesoria —me
explica, aunque yo solo escucho de vez en cuando un bla, bla, bla—.
¿Entiende lo que significa eso, Señorita?
No paso por alto su tono amable, supongo que por la cara que debo tener
en estos momentos. ¡Y ni hablar del humor! Ruth Rodríguez Gutiérrez,
conocida como la Cornuda de La Terreta, se ha liado con un Conde. No un
piloto, ni un Sargento de la Guardia Civil, ni un empresario de existo. Si
quiera con el hijo carpintero de la Teresa, vecina de toda la vida. No, no,
no… ¡Con un Conde! ¡Con la Realeza! Por si tenía poco, ahora vengo con
estas. Y es que mi madre me va a calzar un zapatillazo…
No soy, ni de lejos, la persona más responsable del mundo. Pero de ahí a
estar con un Conde hay un buen trecho. Y después de ver el tinglado que se
ha formado, supongo que debo ser la novedad y que esto va muy en serio.
Rezo interiormente para que sea una broma de muy mal gusto que me
han hecho las chicas, porque saben que caigo en seguida. Pero mi esperanza
se desvanece cuando llegado observo como llegamos a una mansión, que es
ocho veces mi apartamento, vigilada por muchos guardaespaldas. Un
número incontable de ellos que retenían a la prensa detrás de las puertas de
rejas que daban paso a un camino uniforme.
Una enorme mansión victoriana de altos techos me da la bienvenida. Y
no salgo de mi sorpresa hasta que King Kong me dice que ya puedo bajar.
Lo observo todo a mi alrededor. La mansión está rodeada de naturaleza,
que supongo que es para conservar cierta privacidad. A lo lejos veo como
dos mujeres cepillan a dos caballos y como hay varios jardineros arreglando
los altos árboles. Pero lo más sorprendente es ver como un señor de pelo
canoso, nariz afilada, rasgos finos y uniformado se acerca a mí.
—Señorita Rodríguez, sígame, por favor.
El pingüino, como he decidid llamarlo en mi mente, me guía hacia
dentro de la mansión. Me quedo atónita cuando entro y veo una fila de
mujeres y hombros haciéndome una especie de… ¿reverencia? ¡Ni que
fuera el Papa!
Y mi estupor no mejora al fijarme en el interior. Una mansión que, a un
inicio, creí clásica, pero que más allá de lo que parece tiene un estilo
minimalista y hogareño; revestida de mármol y con cuadros por las paredes
que dudo que sean de la tienda de los veinte duros del barrio.
—El Señor Kieber bajará en seguida —dice el pingüino, llevándome
hacia una sala que hacía de comedor—. Póngase cómoda, por favor. ¿Desea
algo para tomar? ¿Un té? ¿Un refresco, quizá?
Niego y me siento en el borde del sofá.
—No, gracias, estoy bien así —respondo entre susurros.
—El Conde bajará en unos minutos. Con su permiso. —El pingüino se
retira y me quedo sola en la enorme sala.
Por las ventanas se filtra bastante luz, y eso me gusta. Además, el
ventanal tiene vistas a un jardín precioso que tiene piscina. Y, por supuesto,
a lo lejos hay caballerizas. Chasqueo la lengua y pongo los ojos en blanco.
« ¿Cómo no? » , pienso para mí misma.
La puerta se abre y giro sobre mis talones de forma instantánea. Una
figura masculina de perfecto traje aparece en mi campo de visión. « ¡Te vas
a enterar! » , pienso.
—Hola, Ruth, ¿cómo estás? —me pregunta.
Camino hacia él con una sonrisa fingida curvando mis labios y, cuando
estoy lo suficiente cerca, le arreo un golpe en el brazo; cambiando mi
expresión facial a una de pocos amigos.
—¿Qué cómo estoy? Pero ¿tú de que vas? —Le sigo pegando en el
brazo, pero Alexander no rechista—. ¿Conde? ¿En serio? ¿Tanto costaba
decírmelo? Me sobraba con un “Hola, Ruth, ¿sabes? Vas a flipar, pero soy
Conde”.
Le sigo pegando hasta el comienza a dolerme la mano, y es que el muy
maldito tiene buenos músculos.
Suspira y me hace un ademán con la mano para que me siente.
—Lo lamento —murmura, poniéndose enfrente de mí en un sillón.
—¿Lo lamentas? Yo lo que lamento es haberme enterado por la
televisión. ¿Sabes qué mi madre lo ha visto y piensa que estamos saliendo y
que no le he dicho nada? ¿Sabes la regañina que me va a venir por tu culpa?
¡Ah, y encima tienen una foto nuestra dándonos un beso! —exploto, y no
hay quién me pare—. ¿Sabes en el lio en el que me has metido? —Finalizo,
cogiendo aire.
—Lo sé, intenté que nos fotógrafos no nos persiguieran. Puse seguridad
por todos lados, pero… —se calla.
—Has fracasado, chaval —insto, cruzándome de dedos—. ¿Qué vamos
a hacer? Estaba la puerta de mi edificio llena de periodistas. Alexander, no
te culpo ser Conde. Has nacido así y no puedo hacer nada, pero ¡joder!
Todo esto es mucho para mí.
Él asiente y se levanta, dirigiéndose hacia el ventanal.
—Comprendo que esto sea mucho para ti, lo es hasta para mí —habla,
dándome la espalda—. No quería meterte en este embrollo. Y mucho menos
que se pusieran a gritar a los cuatro vientos que somos pareja. ¡Dios mío!
Tendrías que haber visto a mi madre o a mi tía.
Se lleva la mano a la cabeza y se masajea las sienes.
—¿Tu madre? ¿Tu tía? ¿Qué tienen que ver ellas en esto? —inquiero
con curiosidad.
Alexander me mira por encima del hombro y sonríe con tristeza.
—Mi tía es la Reina. ¿Recuerdas que te dije que tuve una novia? —
Frunzo el ceño y asiento—. Hilary… No tienes ni idea del follón que se
montó cuando comencé a salir con ella. Mi familia me prohibió salir con
ella, se negaron. Estuve a punto de perder el título y todo lo que engloba ser
el tercero en la línea de sucesión —me explica. Alexander camina hacia mí
y se sienta a mi lado, tomando mi mano entre las suyas—. Ahora tienen
miedo de que vuelva a cometer el mismo error, aunque les he asegurado que
solo eres una amiga.
Enarco una ceja en su dirección y me echo a reír.
—Tú eres tonto, pero que muy tonto. No se van a creer que seamos solo
amigos, y más después de ver la foto en la que nos besamos —digo entre
risas—. Aunque si te sirve de consuelo yo no soy como Hilary. A mi me
importa bien poquito que tu tía sea la Reina y tu madre Condesa. O que
tengas una millonada de dinero —lo señalo—. Que estoy segura que van
por ahí los tiros, ¿me equivoco?
Lo hago reír por lo bajo mientras niega.
—Conocí a Hilary cuando estaba haciendo el master en Estados Unidos,
desde un principio ella siempre supo quien soy. Y aunque se llenaba la boca
con que no me quería por el título o por el dinero demostró ser lo contrario
—murmura, apretando mi mano—. Pero hay algo más que quiero que
sepas, y lo hago porque me gusta mucho estar contigo.
Frunzo el ceño de nuevo.
—Dispara, vaquero.
¿Qué será ahora? ¿Un hermano gemelo queriendo venganza? ¿Una
audiencia en palacio?
Alexander toma aire y me mira fijamente a los ojos.
—Tengo una hija, Ruth.
Capítulo 14
Secretos revelados
Alexander
No sé muy bien que se le está pasando por la cabeza, pero tengo unas
ganas tremendas de llevarme las uñas a la boca y morderlas hasta dejarlas
extintas de la misma expectación.
Cuando Ruth palmea el hueco en el sofá, voy hasta allí y me siento. La
veo suspirar y tomar mis manos. Su rostro permanece serio, y es cuando
temo lo que puede decirme.
—Yo también tengo que confesarte algo —murmura y toma aire—. En
ocasiones veo espíritus, Alexander. Me quedo mirándola perplejo hasta que
comienza a reírse a carcajadas; y estoy seguro de que es por la expresión de
mi rostro—. En serio, tendrías que verte la cara. —Ríe y me señala—. Es
que… es que… es para mearse de la risa—. Prosigue, haciéndome sonreír
—. Alexander, ¿piensas que a mí me va a importar que tengas una hija? O
sea, es algo importante que me ha tomado por sorpresa. ¡Pero no es el fin
del mundo!
Su respuesta me deja atónito. ¿De verdad no le importa?
—Pensé que… pensé que… —tartamudeo y me dejo caer al respaldo
del sofá, sintiendo como me he quitado un peso de los hombros.
—¿Creíste que dejaría de hablarte o de quedar contigo por tener una
hija? —Ruth frunce el ceño y resopla—. ¡Eso es estúpido! Me ha
sorprendido, eso no te lo voy a negar. Pero no es malo. —Ruth me señala
—. Lo que sí que es malo es el revuelo que se ha formado. Y, encima,
tienen fotos. Eso sí que me lo tendrías que haber dicho antes —me regaña,
y con razones—. No todos los días una se hace amiga de un conde, ¿sabes?
Amiga… una palabra que comienza a molestarme y a crearme un
sentimiento de resignación.
—Quería decírtelo —admito, levantando y yendo hacia el ventanal.
Necesito moverme, no quedarme quieto—. Pero estábamos tan bien que no
quería que se arruinara o que pasara esto.
Por el reflejo del cristal, veo a Ruth levantarse y venir hacia mí. Posa
una mano en mi hombro y la aprieta.
—Ha pasado, y eso no lo vamos a poder evitar más. Ahora lo que
tenemos que hacer que entiendan es que no somos pareja —dice, a lo que
asiento aun contemplando los establos desde la ventana—. Y se lo vas a
explicar tú a mi madre. —Ruth hace una mueca—. Que no sabes cómo me
ha llamado esta mañana.
Por su cara deduzco que no ha sido una buena experiencia; y es algo que
temía si la prensa se llegaba a enterar de quien es Ruth.
—Prometo que yo le daré una explicación —murmuro—. Tiene que
haberse quedado muerta al verlo en televisión.
—¡La que me he quedado muerta he sido yo! —exclama ella—. Es que
han sacado hasta fotos… ¡Y comprometidas! ¿Cómo le explicas al mundo
entero que esos besos…? —La observo de soslayo y veo como se ha puesto
roja—. ¿A ti te han llamado? Tus tíos son los reyes, esto puede traerte
problemas.
Trago saliva con dureza. ¿Cómo le explico qué mis tíos quieren
conocerla? ¿Cómo le digo ahora que mis padres estarán en unas semanas
aquí para ver quién es? Desde que pasó lo de Hilary, se toman de una forma
muy personal con quién salgo. Y lo entiendo, porque lo que generó Hilary
fue un escándalo que casi acaba con el patrimonio y el apellido de la
familia. Pero tengo miedo de que la asusten o no la acepten. Ruth no es ni
de lejos como Hilary, pero mi familia puede ser muy molesta cuando se lo
propone; y no puedo negarme a una imposición dictada por mis tíos.
—Eso es un sí —susurra ella—. ¿Es muy malo lo que te han dicho?
Me encojo de hombros.
—Mis tíos quieren conocerte, y mis padres estarán en unas semanas
aquí para lo mismo —suspiro—. Ruth, lo siento. No quería meterte en esto.
Siento como me abraza por la espalda, tomándome con sorpresa. Me
quedo un instante paralizado. Sin embargo, reacciono curvando los labios
en una sonrisa.
—No tienes que pedirme disculpas. Ha pasado y ya está. Ahora tenemos
que afrontar las consecuencias y llevarlo lo mejor posible. —Su respuesta
me deja entrever lo buena persona que es—. El problema es que no somos
pareja, Alexander. No me malinterpretes, me atraes y me gusta mucho estar
contigo. Pero no estoy enamorada de ti.
Palabras sinceras que me llegan al alma.
—Yo tampoco estoy enamorado de ti, Ruth. Pero me encanta estar
contigo, y creo que está más que claro que me atraes —murmuro, dándome
la vuelta. La miro desde la altura que nos separa y sonrío—. No sé cómo…
—Alexander, sé que lo que te voy a decir es una locura, pero… —me
interrumpe, haciendo una pausa— ¿quieres salir conmigo?
Parpadeo perplejo ante su pregunta.
—¿Qué? —inquiero, pensando que he podido entender mal.
Ruth chasquea la lengua y comienza a gesticular.
—Comprendo que la situación es delicada, y que explicar a la prensa
mundial que somos amigos habiendo fotos dándonos besos no va a ser fácil.
Nos gustamos, nos atraemos… quizá… yo qué es… ya te he dicho que es
una locura.
Ruth desvía la mirada hacia sus pies, parece avergonzada.
—Lo que propones es que lo que tenemos tome un nombre, ¿verdad?
Para hacerlo más fácil —digo.
Sus vivaces ojos verdes me miran con jovialidad, como si haber
entendido lo que quería decirme fuera la mayor alegría del mundo.
—Sí, eso es. —Sonríe de lado—. A mí no me gusta ponernos un nombre
porque nos conocemos de poco, pero quizá eso te haga la situación más
fácil. Y si no va bien la cosa, pues que cada uno tire por su lado. —Pone sus
manos en la cadera, simulando ser un botijo.
Ese gesto me recuerda mucho a mamá, sobre todo cuando me regañaba.
Pero lo que no puedo creerme es que me esté pidiendo salir con ella para
simplificar las cosas. Eso, visto bajo los ojos de la prensa y de mi familia,
haría las cosas más llevaderas. Y aunque no estoy convencido del todo,
asiento.
—Eso nos transformaría en… —me callo.
Ruth dirige su mirada a mí y se muerde el labio.
—Lo que yo te diga, parecemos dos adolescentes. —Ríe por lo bajo—.
Pero sí, nos transformaría en pareja formal. Ya sabes, novios.
En sus labios suena muy bien la palabra. ¿Cuántos años hace de la
última? Seis, y se trataba de Hilary.
—No quiero forzarte a hacer algo que no quieras solo por mi título —le
confieso, a lo que vuelve a chasquear la lengua.
Ruth se lleva las mano al bolsillo de la sudadera que lleva puesta y me
mira con una sonrisa ladina en los labios.
—No me estás forzando a nada. Además, puedo presumir de que le he
pedido salir a un conde. ¡A un conde, como en los Bridgerton! Verás las
vecinas de mi barrio, se van a quedar patidifusas. —Su forma tan exagerada
de gesticular me hace reír—. Es más, con lo que le gusta a mi madre largar,
te aseguro de que habré dejado de ser la cornuda de la Terreta para ser la
afortunada que se ligó a un conde. —Me guiña un ojo, bromeando.
Acorto la distancia que nos separa y levanto su cabeza con dos de mis
dedos para mirarla a los ojos.
—Entonces, ¿esto va en serio? ¿Estás segura de que quieres hacer esto?
Estar conmigo puede conllevar estar agobiada por la prensa, ser el cotilleo
de toda la aristocracia actual y sumergirse en un mundo muy dispar al que
conoces.
Ruth enarca una ceja y me encara.
—He estado con un tío que me engañaba durante mucho tiempo. Te
aseguro que esto —nos señala— es pan comido, conde.
Ruth
Cuando el coche aparca justo en frente de mi edificio, siento como los
periodistas se amontonan a los lados mientras hacen fotos de forma
indiscriminada. Los guardaespaldas se preparan para escoltarme hasta la
puerta, Alexander me ha asegurado de que tendré vigilancia para que
ningún periodista me moleste.
Tomo aire y agarro la manivela, pero antes de abrir, siento como
Alexander; que se encuentra a mi lado; posa su mano sobre la mía y la
aprieta.
—Aún estás a tiempo de dar media vuelta —me asegura con un
semblante serio.
Pongo los ojos en blanco.
—No tengo dudas —me acerco y le doy un beso en la mejilla—.
Hablamos mañana, ¿vale? Tenemos que hablar de cuando voy a conocer a
tus tíos y a tus padres.
Mi seguridad es fachada, en realidad estoy cagada de miedo. Intento
llevar la situación con toda la calma del mundo, esa que mi madre critica en
muchas ocasiones. Pero os confieso que me pone nerviosa tener a más de
treinta personas con micrófonos y cámaras en mano esperando para verme y
hablar conmigo. Intimida muchísimo que quieran saber de mi vida.
Abro la puerta y bajo del coche sintiendo como la horda de cámaras me
flashean hasta que consigo llegar a la puerta de casa y abrirla. Tomo el
ascensor, con las llaves en la mano, pero cuando llego a la puerta del
apartamento esta se abre sola.
Dos pares de brazos me meten a toda prisa, cerrando la puerta con
rapidez. Sofía y Amelia me miran con cara de no entender qué está
pasando; y las comprendo porque ni yo misma termino de cavilarlo.
—¿Qué cojones está pasando, Ruth? —pregunta Sofía, y me fijo en que
las cortinas están cerradas a cal y canto—. Al llegar a casa, la prensa nos ha
atosigado a preguntas.
Suspiro y me siento en el borde del sofá.
—Chicas, yo estoy tan sorprendida como vosotras —murmuro—. ¿Os
acordáis del chico que venía a pedirnos que le diéramos información sobre
el ligue del conde Kieber? —Amelia asiente mientras que Sofía se cruza de
brazos—. Pues resulta que el ligue era yo. Mi madre me ha despertado
porque estaba saliendo en la tele.
No dicen nada, y su silencio me inquieta.
Tanto Sofía como Amelia no son de quedarse por un largo rato calladas,
pero admito que la situación actual hubiera cerrado el pico a la mayor
cacatúa del barrio: Doña Pilar. Esa mujer no se calla ni debajo del agua y,
encima, se entera de todo.
—Tócate los ovarios —murmura Amelia, pasándose la mano por el pelo
—. Esto sí que no me lo esperaba. ¿Es que no podemos ser normales por un
momento? No sé, mira que hay tíos en el mundo y vas tú y te pones de
folla-amiga con un conde.
—¡Eso! —exclama Sofía—. Que Alexander nos cae bien, pero…
¡Joder!
Me echo a reír y me tapo la cara con las manos.
—Y eso no es todo —me muerdo el labio inferior mientras veo a Sofía
pegarle un trago al vaso de agua que lleva en manos—. Tiene una hija. —Y
como si se tratara de una película de humor, Sofía le tira toda el agua a
presión a Amelia; algo que me hace reír mientras intento calmar la tos que
le ha dado a la pobre.
—¡Qué puto asco! —grita Amelia, levantándose del sofá y cogiendo un
paño de un cajón de la cocina—. Pero que Alexander tenga una hija es aún
más fuerte. ¡Cómo se lo tenía escondido el jodio!
Asiento, y vuelvo a tomar aire.
—¿Queréis saber lo más gracioso? —les pregunto, y en respuesta Sofía
enarca una ceja.
—Espera, que me siento —dice, poniéndose a mi lado.
Me levanto y doy unos pasos hacia el mueble de la televisión. Me abro
de brazos y suelto la bomba.
—¡Le he pedido salir formalmente! —exclamo.
Sofía y Amelia abren la boca de tal forma que juro que las moscas
podrían meterse. Parpadean y me miran sin decir ni una palabra. Creo que
están procesando lo que les he dicho.
Uno… dos… tres…
—¡¿Qué me estás contando, chocho?! —me pregunta Sofía.
Me encojo de hombros y les sonrío.
—Una cosa ha llegado a la otra y se lo he preguntado, sobre todo porque
así será mucho más fácil para él porque su familia me quiere conocer y…
—¿Cómo qué su familia te quiere conocer? —inquiere Amelia, abriendo
los ojos como platos.
—Ah, sí, eso. Sus padres y sus tíos se han enterado y me quieren
conocer. Es que nos sabes la que le lio la ex, que se llama Hilary y es la
mamá de su hija.
—Pero no te quedes ahí, cuéntanos qué ocurrió —insiste Sofía.
—Al parecer, Alexander estuvo a punto de perder el título por Hilary y
su relación causó muchos estragos en la familia. Por eso se toman tan en
serio el conocerme, porque tienen miedo de que sea como ella —les cuento
—. ¡Ah! ¿Y el viaje de negocios que tenía a Estados Unidos? Es para ver a
su hija. Solo la ve una vez al mes, ¿os lo podéis creer?
Me encamino hacia la cocina y saco una cerveza. La abro y vuelvo al
comedor. Amelia se levanta y se cruza de brazos.
—No puedo creer que estés saliendo con él —dice con incredulidad.
Le pego un trago a la birra y me encojo de hombros.
—Si la cosa no sale bien, cada uno por su lado. Eso le he dicho.
Sofía se levanta y me quita la cerveza, le pega un trago y me la
devuelve.
—Me parece bien, ¿qué puede pasar? ¿Qué un príncipe se enamore de
mí y Amelia acabe siendo reina? —pregunta de forma irónica, a lo que nos
echamos a reír.
—Eso es imposible, ¿cómo va a ser reina Amelia con lo bruta que es?
—Recibo un manotazo de su parte. De repente, mi móvil suena. Lo cojo y
abro los ojos cuando veo qué es mi madre—. Chicas, deseadme suerte.
Margarita de los Rosarios Gutiérrez Peñafiel me está llamando y preveo que
no es para decirme lo que me echa de menos.
—Échale ovarios, tía. ¡A por todas! —exclama Sofía.
Asiento y deslizo el dedo por la pantalla mientras camino dirección a mi
habitación.
—Hola mamá —la saludo mientras cierro la puerta con el pie.
—¿Vas a contarme ya qué ha pasado? —inquiere con tono autoritario—.
Estamos en casa viendo la televisión y las noticias del chico ese y tú.
¿Cómo has podido liarte con un conde y no decirnos nada? ¿Es que no te he
enseñado bien?
Su tono hace que ría.
—Mamá, yo tampoco sabía que era conde. Me he enterado por ti esta
mañana —insisto—. Además, estarás encantada porque todo el barrio tiene
que estar como loco. Venga, cuéntamelo, que sé que lo estás deseando.
Mi madre chasquea la lengua. Me acomodo en la cama y le pego el
último trago a la cerveza.
—Pues la Pilar lo ha ido diciendo por todos lados. He tenido que ir al
supermercado para comprar tomates, que no veas como se han puesto de
caros, y no sabes la gente que me ha parado a hablar conmigo de ti. Que si
enhorabuena por el yerno que íbamos a tener, que sí que suerte ha tenido tu
hija… ¡Y no te cuento más por qué tu padre me está haciendo caras! —me
cuenta—. Hija, que yo entiendo que tienes que rehacer tu vida, pero esto ha
sido una sorpresa de las grandes.
—¡Y eso no es nada! —exclamo—. Sus tíos, los reyes, me quieren
conocer; al igual que sus padres. Alexander tuvo una relación hace años que
no salió muy bien, y quieren cerciorarse de si soy apta o no. —Pongo los
ojos en blanco—. Estoy que me tiembla hasta la chirla, mamá —bufo—.
Voy a conocer a la Familia Real…
—¡Ay, Antonio, qué la niña va a conocer a los reyes de donde está! ¡Ay,
hija, si conoces al Príncipe Felipe te sacas una foto con él!
—¿Cómo voy a conocer al Príncipe, mamá? Ya lo que me faltaba, como
si con conocer a los tíos de Alexander fuera poca cosa —titubeo—. Hay
algo más que tengo que contarte, mamá. ¡Pero siéntate!
—Ay, hija, no me asustes. ¿No te habrás quedado embarazada, no? ¡Ay,
Antonio, que nos han preñado a la niña! —comienza a decir mamá entrando
en pánico.
—No estoy embarazada, mamá —le aseguro—. Pero quiero que lo
sepas por mí; con el permiso de Alexander, claro. —Tomo aire—.
Alexander tiene una hija de su antigua relación.
—¡Santa María, madre de Dios! ¿Qué me estás contado, hija? ¿Y a ti
eso qué te parece? —Creo que es la primera vez que mi madre se preocupa
por lo que yo piense, y eso me hace entender que está en estado de shock.
—Pues a mí me da igual, mamá. No sé a donde llegaré con Alexander,
pero que tenga una hija no es algo malo; por lo menos para mí. —Dejo el
botellín de cerveza en la mesita de noche y me quito el móvil de la oreja
cuando vibra, es un mensaje de Alexander—. Mamá, hablamos mañana. No
te alteres y no hagas caso a lo que digan en la televisión, ¿vale? Dale un
beso a mamá y a Johnny. Os quiero.
Cuelgo sin dejar que mamá se despida y pulso el mensaje de Alexander.
Me quedo estática cuando lo leo.
Mis tíos quieren conocerte este sábado. ¿Te va bien?
Capítulo 15
El maldito protocolo de los pijos
—Señorita, recuerde que el cuchillo para la carne es el puntiagudo y
para el pescado es el que tiene forma de paleta.
Resoplo y me dejo caer sobre el respaldo de la silla, consiguiendo que
Margarita ría por lo bajo.
—Es que no entiendo porque hay tantos —me quejo, poniendome recta,
tal como me ha dicho—. En mi casa utilizamos todos loc cuchillos para
todo. ¿No se cansa la gente que luego los tiene que limpiar de fregar? Estoy
casi segura de que pensarán lo mismo que yo.
Margarita vuelve a reír ante mi ocurrencia y se posiciona a mi derecha,
poniendo una mano sobre mi hombro. La observo de soslayo, viendo como
en sus labios se ha formado una sonrisa cerrada.
—Lo está haciendo muy bien —dice, dándome ánimos.
—Margarita, la cena es esta noche y no sé cual es el cuchillo del
pescado. —Soy realista, lo sé.
—Lo va a hacer bien —me asegura—. Está nerviosa y es normal que
cometa fallos. No sea tan dura consigo misma.
Margarita fue la mucama de Alexander hasta que cumplió los dieciocho
años, se encargó de enseñarle cómo comportarse. Y ahora me está
enseñando a mí por mi propia petición. No me malinterpretéis, no soy una
cerda en la mesa. Pero estaba muriéndome por dentro porque no tenía ni
idea de como comportarme ante los tíos de Alexander. Le dije que estaba
pensando en contratar a alguien para que me diera una clase express, y me
dijo que él sabía de alguien que me podía ayudar.
Margarita es un ángel caído del cielo.
La mujer de setenta años, regia y dulce, llevaba dándome clases desde el
jueves por la tarde; y he aprendido mucho de protocolo y cómo actuar ante
los tíos de Alexander. Mantiene su pelo corto, quizá con un estilo algo
anticuado, y de un color rubio para disimular sus canas. Tiene una nariz
aguileña, y unos ojos grandes y marrones.
—Estoy más que nerviosa, Margarita —le confieso—. Intento
disimularlo, pero esta situación me viene grande.
Desvío la mirada hacia el ventanal y observo los caballos a lo lejos.
Decidí dar las clases en casa de Alexander porque la mía no tenía espacio
suficiente; y con espacio suficiente me refiero a que Margarita me ha
enseñado a caminar recta como una estaca con varios libros sobre la cabeza.
No es broma, la primera vez se me cayeron al pie y maldije a todo quisqui.
Pero solo me tomó una hora saber hacerlo.
Margarita también me ayudó a elegir mi vestimenta, enseñándome a
sentarme y qué me quedaría mejor para cada evento.
—Si le sirve de algo, yo creo que les caerá bien. La Reina no es una
mujer cruel, es una gran soberana si me permite decirlo. Están preocupado
por Alexander, no quieren que se equivoque de nuevo —me explica—. Pero
estoy segura de que les caerá bien, señorita.
Me encojo de hombros.
—Siempre puedo contarles algún chiste, para romper el hielo.
Margarita ríe y aprieta mi hombro.
—Siempre que no sea un chiste malo, adelante. Al Rey le gustan mucho
las personas carismáticas, y usted de eso va sobrada.
Me pongo la mano en el pecho.
—Gracias, es lo más bonito que me han dicho nunca —digo, con cierto
dramatismo—. Entonces, el que parece una paleta es el del pescado y el
puntiagudo el de la carne.
—Eso es. ¿Puede enseñarme cuál es el tenedor que utilizamos para la
ensalada? —me pregunta, y al parecer escojo el correcto ya que sus labios
se curvan en una sonrisa—. Bien, ¿ve cómo no es complicado?
Margarita y yo seguimos por un largo rato hasta que me comunica que
debe irse. Me despido de ella y Philippe la acompaña a la salida mientras
que me quedo un rato estudiando todo lo que me ha enseñado.
Parece una tontería, pero no quiero que me vean como una paleta.
Quiero saber comportarme y no quedar mal, dar la mejor impresión de mí
para que Alexander no tenga más problemas. Que, hablando de él, no le
queda más que un par de hora para que venga y comamos juntos. Lo
llevamos haciendo ya un par de días y tengo que admitir que no me ha
resultado violento ni comprometido. Bien es verdad que no estoy
enamorada de él, ¿para qué os voy a mentir? Pero es un tipo estupendo y
me siento a gusto con él.
Para mí eso, por ahora, es suficiente.
—Philippe, ¿le queda mucho a Alexander para que venga a casa? —le
pregunto cuando accede al comedor, silencio y regio como un pingüino.
Me encuentro en el sofá, en una postura que se aleja de lo correcto,
mientras que leo los apuntes que he ido escribiendo a lo largo de las horas
que he estado con Margarita. Tengo la cabeza colgando y los pies en el
respaldo, hacia arriba. Si mi madre me viera…
—No tardará mucho, señorita. ¿Desea salir un poco al jardín? Si me
permite, he visto como admiraba en más de una ocasión a los caballos.
Quizá sea una buena opción ir y despejar la mente —sugiere con cautela,
manteniendo sus brazos a ambos lados del cuerpo.
Me pongo bien y dejo los papeles a un lado. Me levanto y sonrío
mientras dirijo la mirada hacia la cristalera.
—¿De verdad puedo ir? Me da un poco de miedo —titubeo.
—No tiene que preocuparse por nada, yo mismo puedo acompañarla si
así se siente más segura.
Asiento y Philippe me dirige hacia el jardín, donde saludo a los
jardineros y a los encargados de mantener la piscina y los establos. Algo
que, al parecer, les toma por sorpresa. Philippe va unos pasos por detrás de
mí, pero no dudo en cuestionar ese comportamiento.
—Philippe, ¿por qué se extrañan tanto de que los salude? ¿No debería
hacerlo o…?
El mayordomo de impecable traje me da paso a los establos con un
ademán de mano.
—No se lo tome a mal, señorita. No estamos acostumbrados a tratar con
gente tan… tan… —Busca la palabra correcta—. Tan dicharachera, ¿se dice
así, señorita? —Asiento y curvo los labios en una sonrisa—. La última vez
que tuvimos aquí a una mujer no se comportaba como usted.
Me acerco a la caballeriza y me asomo para ver a uno de los caballos,
que se encuentra bebiendo agua. Cuando el animal se da cuenta de mi
presencia, gira su enorme cuerpo y relincha, acercándose a la puerta.
—¿Se refiere a Hilary? —inquiero, acariciando con cuidado la crin del
caballo—. No he podido hablar con Alexander de ese tema, y si le soy
sincera no sé como sacarlo. El que sus tíos me quieran conocer me hace
pensar que las cosas fueron peor que mal.
Philippe ladea el rostro y me da un azucarillo. Lo acerco al espléndido
animal y se lo come, haciéndome cosquillas en la mano.
—No tiene que preocuparse de nada, señorita. La señorita Griffin no fue
una anfitriona que el servicio admirara. En cambio, el señor Kieber y la
pequeña Charlotte son una copia exacta.
—¿Charlotte es la hija de Alexander? —frunzo el ceño mientras acaricio
al caballo.
Philippe asiente.
—Así es, señorita.
—¿Y se parecen mucho?
Philippe curva sus labios en una sonrisa cerrada.
—No se hace una idea de cuanto se parecen, son como dos gotas de
agua —me confirma, a lo que le respondo con una sonrisa.
—Tuvo que ser duro para él, ¿verdad? Por lo poco que me ha contado,
supongo que estuvo viviendo aquí un tiempo con su hija y con Hilary —
murmuro—. La casa debía estar llena de vida con la niña correteando de un
lado a otro.
Dejo al caballo y camino hacia la otra caballeriza donde se encuentra
una yegua blanca de sedosa crin perlada. Le ofrezco un azucarillo y viene
hacia mí con cautela. Se lo come de mi mano y relincha.
—Así es, la casa quedó muy vacía sin la pequeña Charlotte.
Philippe, como siempre, se mantiene a una distancia prudente de mí. Me
quedo ensimismada con la yegua durante un tiempo indefinido. La acaricio
y le digo cursilerías que dudo mucho que entienda.
—Oh, estabas aquí —dice una voz a mis espaldas.
Giro sobre mis talones y observo a Alexander vestido con un traje gris
que le sienta como oro en paño. Su pelo está más rizado que de costumbre y
sus ojos se mantiene sobre los míos, pero a diferencia de mí parece que ha
dormido poco.
—Señor. —Philippe hace una reverencia.
—Pensaba que ibas a llegar un poco más tarde —le digo, acercándome y
dándole un beso en la mejilla—. Que alegría tenerte ya aquí.
Alexander me agarra de la cintura y me pega a su cuerpo. Rio por lo
bajo y paso mis brazos por su cuello para darle un suave beso que se rompe
con el carraspeo de Philippe.
—Señor, si se me permite, ya tienen la comida lista. ¿La ha pedido en el
comedor, cierto?
Me relamo los labios mientras que Alexander asiente.
—Así es, Philippe, gracias. Puede retirarse, iremos en breve.
Philippe se despide de nosotros con una reverencia y se va del establo.
Me quedo observando como se aleja hasta introducirse en casa. Entonces,
Alexander suspira y se apoya con un brazo en una de las caballerizas. Silba
y la yegua va hacia él. La acaricia con una sonrisa cerrada en sus labios.
—¿Cómo te ha ido el día? —le pregunto, dejando que mi pie se apoyara
en la madera de la caballeriza.
Alexander resopla y pone los ojos en blanco.
—Ha sido una mierda —dice, sin andarse con rodeos. Os juro que es la
primera vez que lo escucho decir esa palabra—. He tenido que presidir una
reunión donde han tenido el descaro de sacar nuestra relación como tema
principal. ¿Te lo puedes creer?
Enarco una ceja en su dirección.
—¿Me lo estás diciendo en serio? ¿Pero que clase de socio tienes? —le
pregunto con la voz una octava por encima de mi tono normal.
—Tenía. Estaba ya en el punto de mira, solo me ha hecho falta consultar
las cámaras de seguridad para confirmar que, de nuevo, había infringido el
contrato estipulado para ser socio. Entre otras tantas, lo han pillado
acosando a la secretaría de recepción. Asique solo he tenido que llamar a la
chica y preguntarle si la actitud de él era consentida —me explica,
echándose el pelo hacia atrás—. En cuanto me ha dicho que no y se ha
puesto a llorar, no me lo he pensado dos veces. Y encima se va a llevar una
demanda de la joven.
—Bien que lo veo, pero tendrías que haberlo echado antes.
Alexander se encoge de hombros.
—Su padre era muy amigos del mío, he aguantado por esa razón; y, por
supuesto, porque lo anterior solo era escabullirse antes de la hora de salida
y tardar más en el almuerzo. Nunca había cometido una falta tan grave.
Me acerco a él y acaricio a la yegua.
—Has hecho lo correcto, qué le jodan —murmuro—. Pues yo he estado
toda la mañana con Margarita —suspiro y me relamo los labios de nuevo—.
¿Sabes cómo lo llama Amelia? El maldito protocolo de los pijos. Y razón
no le falta. ¿En serio hacen falta tantos tenedores y cuchillos en la mesa? —
Rio por lo bajo para luego serle franca—. Espero esta noche no cagarla,
estoy muy nerviosa.
Alexander acaricia mi cabello, que hoy he decidido dejarme suelto, y
sonríe.
—Yo estoy seguro de que dejarás a mis tíos boquiabierta con lo que ha
aprendido del protocolo para pijos. ¿Lo he dicho bien?
Asiento mientras rio.
Solo espero que tenga razón y que todo salga bien. Aunque siempre
puedo recurrir a algún chiste, ¿no?
Capítulo 16
Lo que esperan de mí
« Lo que esperan de la nueva pareja del Conde Kieber, lo que esperan de
mí… » , pienso. Y os confieso que me ha entrado cagalera cuando se me ha
encendido el cartel en la mente debido a los cuchicheos de dos mujeres que
se encontraban sacando mi vestuario.
—O sea, que van a estar pendientes de todo lo que hago —susurro,
llevándome una mano a la cabeza.
—No lo pienses más —contrasta Alexander con rapidez.
—Claro, cómo tú te has criado en este mundo… —jadeo por lo bajo,
volviendo a alisar la falda de mi vestido.
—No todo ha sido perfecto y lo sabes, Ruth —me contesta con cierta
seriedad que me deja entrever que él también está de los nervios.
« Si yo solo vine aquí a olvidar a mi exnovio. ¿Cómo demonios he
acabado en esta situación? » ; pienso para mis adentros. « Los chupitos, la
culpa es de los malditos chupitos del infierno » , maldigo en mi cabeza.
—¡Claro que lo sé! Pero ¿conde? —resoplo—. Es que esta ha sido la
mayor de las putadas que me ha hecho el karma. Y no me mires así, que es
verdad. El karma me quiere bien poquito. No sé, ya podría haber hecho que
a Claudia le salga un grano en el culo.
En ese momento, lo escucho reír y debo reconocer que su risa es música
para mis oídos; por no deciros lo guapo que está cuando lo hace.
Alexander camina hacia mí y me toma por los hombros.
—Lo vamos a hacer bien, a mis tíos les vas a encantar —susurra con
una sonrisa en los labios—. No se como darte las gracias, Ruth. Sumergirte
en esto por mí dice mucho de ti.
Chasqueo la lengua y me cruzo de brazos.
—Pues yo con un viaje a Maldivas o una sesión de spa con un masaje de
chocolaterapia me conformaría —bromeo, a lo que Alexander responde con
una risa—. Sabes que no tienes que darme las gracias, esto ha sido cosa
mía. ¿Quién te dijo de formalizar la relación? Yo —me respondo—. Asique
no me tienes que agradecer nada, bobo.
Nos fundimos en un abrazo y dejo un suave beso en su mejilla.
Vuelvo a observarme en el espejo de cuerpo entero de su habitación y
asiento en señal de que ya estoy lista.
Bajamos las escaleras cogidos de la mano y recibo un bolso y un abrigo
por parte de una de las fanfarronas que cotilleaba a mis espaldas. Le doy las
gracias con la mejor de mis sonrisas y salimos a la calle, con el frío que
hace, para subirnos al coche que nos llevaría al castillo donde se encuentran
sus tíos.
Alexander me mantiene entretenida todo el trayecto para que piense más
bien poco, y lo consigue porque no me doy cuenta de cuando para.
—Hemos llegado, señor —dice el chófer.
King Kong se baja el primero y, junto a su equipo, crea un cordón para
que nadie pueda acercarse a nosotros. Las personas están eufóricas, los
fotógrafos no paran de echar fotos al coche y yo estoy que desearía que la
tierra me tragara.
Me han comenzado a temblar las manos, y siento la bilis en la garganta.
Dios, quiero potar. Tengo el estómago encogido y me cuesta tragar saliva
para no dejarme llevar por las náuseas. Me relamo los labios y siento como
Alexander levanta mi cabeza, que con anterioridad estaba fija en mis
zapatos, con dos de sus dedos para que lo mire.
—Estás preciosa —susurra justo antes de que sienta como los flashes de
las cámaras brillan más por la cercanía.
Sonrío sin enseñar los dientes y unimos nuestras manos para bajar y
afrontar todo el revuelo que se ha formado fuera del castillo; que es una
pasada, por cierto.
Los gritos de euforia llamándome por mi nombre, los periodistas y las
cámaras me dejan noqueada unos instantes, en cuanto mi pie toca el suelo.
Pero siento como Alexander me acerca a él y me susurra al oído que los
ignore por completo. Y admito que mi miedo y nerviosismo pasa en el
instante en el que un grupo de niños de, quizá, unos cinco o seis años me
saludan desde el muro que han formado el equipo de King Kong para
nuestra seguridad. Sonrío en su dirección y les devuelvo el saludo, a lo que
ellos ondean con más ganas las banderitas que llevan en sus manos.
De forma tímida, una niña del grupo me da un manojo de florecillas que
encantada acepto.
—Gracias —exclamo en su dirección mientras siento como hacen
presión para que entre en el castillo.
Entramos y las puertas se cierran a nuestras espaldas. Una fila de
servicio se forma a nuestra derecha, y dos amables jóvenes vienen para
ayudarnos con los abrigos.
—Disculpa, ¿serías tan amable de poner estas flores en agua? —le
pregunto a la chica, que me responde con un ademán de cabeza
manteniendo los ojos muy abiertos; como si le sorprendiera.
Le doy las florecillas y se van.
—¿He hecho algo malo? —susurro en el oído de Alexander—. Parecía
sorprendida.
Alexander niega y curva sus labios en una sonrisa cerrada.
—No has hecho nada malo —me recalca, haciendo que lo coja del brazo
—. Pero creo que les sorprende que seas tan cercana.
—Ah, vale —musito por lo bajo—. ¿Y eso es malo?
Él vuelve a negar y se pone recto.
—Para nada, eso es muy bueno y más en este mundo —murmura antes
de que Margarita proceda a acercarse a nosotros.
« ¿Qué demonios hace Margarita aquí? » ; me pregunto.
Vestida con un vestido negro que le llega hasta las rodillas y que tiene
bordados, abre sus brazos y abraza a Alexander. Se funden en un cálido
abrazo y luego me mira sonriente.
—Sabía que ese vestido te quedaría que ni pintado, querida —dice—.
Bienvenida a Palacio.
Parpadeo con incredulidad y ambos ríen ante mi silencio. La fila de
sirvientes se mantiene con la vista al suelo y en un silencio sepulcral.
—Margarita es la gobernanta del castillo, lleva trabajando para mi tía
desde que ascendió al trono —me explica Alexander.
—¿Me estás diciendo que todo lo que sé me lo ha enseñado la mujer que
trabaja para tu tía? —le pregunto con incredulidad, en unas octavas más
altas que mi voz natural que hacen que algunos sirvientes rían por lo bajo (y
lo disimulen con un ligero carraspeo).
Margarita posa su mano sobre mi brazo y lo aprieta con delicadeza.
—Gobernanta y mano derecha de su majestad, la Reina —me aclara con
orgullo.
¡Flipo en colorines! Desvío la mirada hacia Alexander y le doy un
manotazo en el brazo que me sale del alma y sin pensar.
—Tú quieres que a mí me de algo, ¿verdad? —le pregunto, y es cuando
me doy cuenta de que me parezco más a mi madre de lo pienso—. Ya
podrías haberme avisado —me quejo.
—Se lo dije, pero no me hizo caso. —Margarita lo regaña con la mirada
—. Pensó que así estarías más cómoda.
—Y lo he estado —confieso, curvando los labios en una sonrisa de
agradecimiento—. Te debo mucho, Margarita. Pero que seas la mano
derecha de la Reina me pone aun más nerviosa. Estoy segura que le habrás
chivado todas las cosas que dije —bromeo, consiguiendo que la mano de
Margarita se dirigiera a la mía y la apretara.
—Tus secretos están a salvo conmigo —murmura, y se retira unos
centímetros—. Sus majestades los esperan en el salón principal —dice—.
Si me acompañan.
Seguimos a Margarita entre los pasillos del castillo hasta llegar a una
puerta que se abre nada más parar frente a ella. Margarita se mantiene
delante de nosotros, camina con paso firme hasta estar delante de ellos: las
personas que me juzgarían como si estuviera en una feria de ganado.
Sus miradas se dirigen a mí para luego acercarse y saludar a Alexander.
Recuerdo cada paso que Margarita me ha enseñado, y los saludo con una
modesta reverencia que parece que los sorprende y agrada al mismo tiempo.
« ¡Chuparos esa! ¡Tengo modales de protocolo! ¡Ja, conmigo nadie
puede! » ¸canto victoria en mi mente.
—Alexander, hijo, ¿cómo has estado? —le pregunta ella mientras pone
un mechón de pelo rebelde tras su oreja—. ¿Has tenido mucho trabajo
últimamente?
—La verdad es que sí, tía. Pero no hemos venido a hablar de trabajo. —
Toma mi mano con fuerza y hace que me ponga a su lado. Los nervios
comienzan a crecer dentro de mí. « No la cagues, Ruth, por tu madre » ; me
digo—. Quería presentaros a Ruth. —Los observo por unos breves instantes
y vuelvo a bajar la mirada—. Como sabréis ella es mi…
—Estamos encantados de conocerte, Ruth —dice él, que porta sobre su
cabeza una corona que debe pesar un quintal.
—El gusto es mío, majestad —me dirijo a él con la mayor formalidad el
mundo, como si me hubiera criado en la alta cuna.
Ella, de la que solo sé el nombre, me mira con curiosidad.
—Sabes hablar muy bien alemán. Siento ser tan indiscreta, pero ¿dónde
aprendiste? —inquiere.
Me relamo los labios y de soslayo observo a Alexander, que me incita a
hablar.
—Estuve en Alemania un verano entero con mis amigas para aprender
el idioma y poder examinarme.
La Reina parece sorprenderse ante mis respuesta.
—Vaya, es toda una sorpresa —murmura—. Querido, sentémonos a
cenar. No quiero que se nos haga muy tarde.
Nos sentamos en la mesa rectangular con los Reyes a la cabeza y
nosotros uno frente al otro. Nos sirven una especie de entrante, que pruebo
luego de que me sirvan vino.
—Asique has estudiado alemán, ¿no? ¿A qué te dedicas? —inquiere el
Rey en un tono jovial.
—Soy diseñadora editorial, su majestad —respondo, mandándole una
sonrisa cerrada.
Alexander me observa con atención, y me da ánimos con su cautivadora
mirada color caramelo.
La Reina, a la que más temo, deja el cubierto en su plato y se limpia con
una servilleta. Su recta figura envuelta en un vestido que le llega hasta la
rodilla de un color turquesa precioso me intimida.
—¿Y qué carrera has estudiado? —pregunta.
Miro con alarma a Alexander y me relamo los labios antes de hablar,
pensando cada una de mis palabras para no cagarla.
—No he ido a la universidad, majestad —respondo, y parece
sorprenderse… y no para bien.
—La universidad es fundamental en la enseñanza de un buen
profesional —exclama, compungida—. Es indispensable para ser alguien en
la vida.
Su tono hace que frunza el ceño. ¿No soy profesional por no haber ido a
la universidad? ¿Qué clase de pensamiento de mierda es ese?
—Disculpe, majestad, pero no creo que no haber ido a la universidad me
haya hecho menos profesional o inteligente. —La reina me mira con un
atisbo de sorpresa en sus castaños ojos, quizá porque otra persona no se
hubiera atrevido a llevarle la contraria. Pero yo sí—. Me gradué con las
mejores notas de mi Comunidad Autónoma. Hice prácticas en editoriales
muy importantes y al año de salir de este módulo pude hacerme autónoma,
algo que me ha permitido tener mi independencia. Sí, no fui a la
universidad, pero valgo para mi trabajo y estoy bien formada en mi ámbito.
Una sonrisa curva sus labios, y sus hombros se relajan al momento. De
soslayo, veo como Alexander asiente con la cabeza. Al parecer, los he
impresionado con mi sermón. Y eso me hace sentirme orgullosa de mí
misma.
—¿Y tus padres no te pusieron ninguna pega? —inquiere con curiosidad
el Rey.
Me limpio la boca con la servilleta de tela y asiento.
—Bueno, mi madre sobre todo. Mi padre quería que me metiera al
ejercito como él, decía que por mi carácter valía para sargento —digo, y
consigo que todos rían.
—Vaya, ¿es tu padre militar? —pregunta el Rey de nuevo.
—Sí, majestad, está retirado por una herida de guerra; pero es, o fue,
militar.
—Impresionante —murmura—. Está chica si que tiene cosas que contar,
sobrino —bromea con él, a lo que rio por lo bajo—. ¿Y tú familia está aquí?
Niego y dejo el cubierto en el plato para que lo retiren.
—No, mi familia está en España.
—¿Y cómo acabaste en Liechtenstein? —inquiere después de mucho
tiempo la Reina.
Me relamo los labios de nuevo y dirijo mi mirada a ella. Me enderezo y
le doy una sonrisa ladina.
—No quiero mentirles con el motivo del porqué estoy aquí, sobre todo
porque estamos bajo el foco de la prensa y no quiera que se llevaran una
mala impresión de mí —confieso, arrugando la falda de mi vestido con los
dedos—. Llegué aquí por casualidad. Lo dejé con mi exnovio y seis meses
más tarde me enteré de que se iba a casa con la mujer con la que —tomo
aire— me engañó. Fue un palo muy duro. Asique recogí mis cosas y me fui
al aeropuerto. Cogí el primer avión que salía. No quiero mentirles y decirles
que vine aquí por trabajo o porque me encantaba el lugar, no me gusta decir
mentiras.
—¡Qué barbarie! —exclama la Reina, y por un momento pienso que me
he pasado de sincera y que eso no le ha gustado nada—. Tuvo que ser muy
duro para ti —añade, afectada.
Asiento.
—La verdad es que sí, fue duro. Pero encontré en Liechtenstein un
hogar.
—¿Y cómo os conocisteis? —interviene e Rey—. La prensa dice
muchas cosas, pero no me creo ni la mitad.
Alexander y yo intercambiamos miradas cómplices y reímos por lo bajo.
Dejo la falda de mi vestido para tomar los cubiertos y deleitar mi paladar
con el primer plato.
—La forma de conocernos fue un poco extraña —apuntilla Alexander
—. Un periodista me siguió hacia un local que se encuentra en la plaza de
Vaduz. Se generó una pelea que dejó el retrovisor del coche de un vecino de
Ruth en muy mal estado. Y… —se calla.
Rio por lo bajo al recordar ese momento.
—¿Y? —murmura su tía con ganas de saber más.
—Bajé a ver qué pasaba porque se había formado un corrillo en el portal
de mi edificio. Nadie se atrevía a ir y decírselo, y ahí fui yo. Acabé placada
en el suelo por su guardaespaldas, pero conseguí que le pagara el retrovisor
a mi vecino —relato, consiguiendo que rieran a carcajadas.
La velada pasa con rapidez una vez que la confianza comienza a tomar
forma. Me veo sumergida en conversaciones que rozan lo cómico y trivial,
incluso nos invitan a la gala benéfica que se celebrará en unas semanas para
un orfanato local, para recaudar fondos.
Si lo que esperaban de mí era encontrarse una Hilary 2.0, se
equivocaban y mucho. Creo que muy en el fondo es esto lo que esperan de
mí: una chica normal que no se aproveche de su sobrino.
Sí, eso es en definitiva lo que esperan de mí.
Capítulo 17
Cambios significativos
No supe reaccionar de otra forma que llorando.
Me apoyo en la puerta de mi habitación y me dejo caer al suelo aun
llevando el precioso vestido que Margarita me había aconsejado llevar. Me
da igual si se mancha o si lo arrugo, saco todo lo que llevo dentro en forma
de lágrimas.
Todo ha salido bien, y eso es algo que me pone muy feliz. Pero la
presión… ¡Santo Dios! Nunca he llevado bien la presión. Quizá si ocultar
como me encuentro o siento, pero al final acaba explotando. Es algo que
tendría que haber supuesto.
Pero, digan lo que digan, llorar sana y me hace bien. No está mal echar
fuera los nervios llorando. ¡Y quién diga lo contrario miente! No lloro a
moco tendido, son unas lágrimas que se deslizan por mis mejillas de forma
silenciosa hasta perderse en el suelo mientras sonrío para mí misma.
Pienso en lo que ha ocurrido esa misma noche y en cómo he acabado
estando con un conde… un maldito conde. Sin comerlo ni beberlo, ¡toma
esa!
El tiempo que conozco a Alexander es relativo. En realidad no hace falta
mucho para darse cuenta que una persona te mola. Y espero habérselo
puesto más fácil al comenzar a tener algo que nos defina, que no es que me
guste mucho porque soy de ir más a mi bola. Pero así parece estipularlo la
sociedad. Aunque, claro, decir delante de la prensa nacional e internacional
que somos amigos que follan cuando quieren no es que sea una buena idea.
Vamos, a mi madre le da un patatús si escucha algo así. Asique, sí, creo que
también lo he hecho por mí.
Pero, de repente, escucho como tocan el timbre de casa. Me alarmo y
me seco las lágrimas con el dorso de la mano. Escucho como alguna de mis
amigas abre la puerta y me quedo ahí parada intentado oír de que se trata
porque no es normal que a estas horas de la noche venga alguien tocando el
puñetero pito de la puerta.
Escucho murmullos en la sala y pasos que se dirigen a mi habitación.
Me pongo en pie cuando traquean la puerta de mi habitación. Me aclaro la
voz y tomo la manivela.
—Ruth, soy Alexander —dice él antes de que llegue a preguntar quién
es—. Se te ha caído el móvil en el coche.
Frunzo el ceño y entreabro un poco la puerta para verlo aun con el traje
que ha utilizado esa misma noche y con mi móvil en la mano. Desvío la
mirada una infinidad de veces de su rostro, compungido por la
incertidumbre de verme con los ojos hinchados, a su mano en una milésima
de segundo. ¿Otra vez el móvil? ¿En serio?
—¿Te ocurre algo? —pregunta, con esmera preocupación.
Niego mientras abro la puerta y lo hago pasar dentro. Lo último que
necesito es que las chicas se enteren de que me he dado un festín de agua
con sabor a sal.
La cierro con cuidado y sonrío sin enseñar los dientes.
—No es nada, de verdad —digo—. No entiendo cómo puedo dejarme el
móvil por ahí tantas veces.
Alexander me lo da y se acerca a mí, siempre guardando una pequeña
distancia para darme mi propio espacio.
—¿Seguro qué estás bien? ¿Por qué has llorado? —inquiere en un tono
suave—. ¿Es por lo de esta noche? ¿Ha sido demasiado para ti?
Mi sonrisa se amplía y acabo riendo por lo bajo.
—Sí y no —murmuro, y me quito los zapatos para sentarme con las
piernas cruzadas sobre la cama. Palmeo a mi lado y él se sienta—. ¿Sabes
lo que pasa? Ha sido mucha presión y al final a acabado saliendo en forma
de llanto. Pero no tienes que preocuparte, estoy bien. Era solo eso. Los
nervios que tenía y que he sobrellevado hasta ahora.
Alexander parece relajarse.
—Sabes que lo último que quiero es que te sientas mal. Si esto está
sucediendo muy rápido y no te sientes segura podemos… —Lo interrumpo.
—¡Para el carro, chaval! ¿Quién dice aquí que no estoy segura? —
exclamo por lo bajo—. No te hubiera pedido salir de forma formal si no
estuviera segura, ¿no crees? Ya te lo dije, Alexander, si en algún momento
no funcionamos tú te vas por tu camino y yo por el mío. Ya está, no hay
drama.
Sus labios se curvan en una sonrisa, y eso me hace imitarlo. Está muy
guapo cuando sonríe. Lleva una mano a mi pelo, y me pone detrás de la
oreja un mechón rebelde. Acaricia mi mejilla y siento que el vello de la
nuca se me eriza. Su tacto es suave y caliente, y me mira sumo cariño.
—¿Te he dicho alguna vez que te adoro? —Suelta, a lo que me quedo
perpleja por su expresión.
—La verdad es que no, nunca me lo había dicho. —Sonrío, y me relamo
los labios—. Me has llegado a decir otras cosas, entre ellas palabras muy
sucias que no pienso pronunciar porque me dan vergüenza, pero eso nunca.
Alexandr echa la cabeza hacia atrás y ríe.
—Eres increíble —afirma, a lo que me encojo de hombros—. De verdad
que siento todo lo que estás pasando. Tiene que ser abrumador.
—Sí, es bastante abrumador. Pero admito que a tu lado se hace hasta
divertido.
—Me alegro de parecerte divertido —dice, sonriendo—. No solo he
venido por lo del móvil. Quería hablar contigo de algo.
Me pongo recta y asiento. Que se haya puesto serio me indica que es un
tema frágil y complicado, asique me lo quiero tomar con la mayor seriedad
del mundo.
—Claro, dispara.
Alexander se echa el pelo para atrás y se relame los labios. Fija su
mirada en mí y toma aire.
—Ruth, me gustas mucho. Eso lo sabes, te lo he dicho muchas veces.
Pero hay algo que creo que es más importante. Charlotte, mi hija. —Trago
duro—. El otro día me llamó, sabes que tengo un viaje la semana que viene
para irme a Estados Unidos donde vive con su madre para verla.
Charlotte… bueno, ella querría conocerte. Parecía muy entusiasmada de
hecho.
Parpadeo unas cuantas veces, asumiendo lo que acaba de decirme.
—¿Conocer a tu hija? —inquiero, sintiendo una ligera presión en el
pecho—. Alexander, no te quiero mentir. —Desvío la mirada hacia la falta
del vestido, que arrugo con ansia—. No sé si estoy lista para dar ese paso.
Sé que es importante para ti, para ella y para nosotros. Pero ahora mismo
han pasado tantas cosas que no sé que decirte.
Alexander asiente y toma mi barbilla con dos de sus dedos para que lo
mire.
—No te avergüences de lo que sientes —susurra—. Si consideras que
no es el momento, o que no puedes darme ahora una respuesta, lo
entenderé. Mi propuesta sigue abierta hasta que el avión salga, por si
cambias de opinión. Y puedes decirle a tu madre que prometo que no dejaré
que te metas a stripper.
Rio por lo bajo y me muerdo el labio inferior. Alexander se levanta, se
agacha y me da un suave beso en los labios.
—Que pases una buena noche, preciosa. ¿Hablamos mañana?
Asiento y me levanto a malas penas para darle otro beso en los labios
para luego sonreír.
—Hablamos mañana, guapetón.
*
—¿Entonces todo salió de maravilla, no?
Me meto la cuchara con un buen pegote de helado a la boda y dejo que
se derrita antes de tragármelo.
Asiento en dirección a Sofía y dejo el cucharón dentro del bote.
Nos encontrábamos en el salón de casa, sentadas en el suelo y viendo
Princesa por sorpresa mientras nos zampamos cada una un bote de helado.
No habíamos hablado hasta el momento de cómo me había ido con los tíos
de Alexander, y supongo que lo hicieron para darme espacio y procesar las
cosas. Pero ya es domingo por la noche y sus venas cotillas están
tintineando.
—La verdad es que fue muy bien. Al principio la Reina estaba un poco
tirante, pero le di una de mis respuestas y parecí convencerla —me encojo
de hombros y desvío la vista en la televisión—. ¿Habéis visto las noticias?
¿Si han dicho algo o…?
Amelia baja el volumen de la tele y deja el bote de helado en la mesa.
Pega un respingo cuando un relámpago hace presencia en el nublado cielo
de Vaduz, pero eso no le impide contarme las novedades que se han dicho.
—Esta mañana ha salido la noticia de que dejaste impresionada a la
Reina, y ha sido de una fuente fiable de dentro del castillo —me cuenta—.
Al parecer, que te detuvieras con los niños y que al salir llevaras las flores
que te dio la niña hizo que la prensa contara maravillas de ti —añade—.
Los tienes comiendo de la palma de tu mano, guapa —dice con una sonrisa
en los labios.
—Y no es solo eso. Se ha especulado de que la Reina llamó a la madre
de Alexander para contarle sobre ti —murmura Sofía, levantándose del
suelo y yendo a la ventana para cerrar las cortinas—. Pero quien te lo puede
decir mejor es Alexander, pregúntale a él si es verdad —me guiña un ojo
con picardía.
Pongo lo ojos en blanco y vuelvo a coger helado. ¿Soy la única que
adora comer helado aun hagan tres grados bajo cero fuera? Soy
#teamheladoforever, tengo que admitirlo.
—Es bueno tener a la prensa de mi parte, ¿no? —les pregunto, a lo que
ellas asienten.
—Yo creo que sí, ahora eres un personaje público. —Sofía coge el
mando y sube un poco el volumen de la televisión—. Pero cuéntanos, ¿qué
tal luego con Alexander?
Curvo los labios en una sonrisa y me llevo de nuevo la cuchara a la
boca.
—Con él genial. Y lo digo en serio —suspiro—. Lo que estoy
comenzando con él es muy distinto a lo que tuve con Arán… y me gusta.
Me gusta que sea completamente diferente.
—¡Oh, qué bonito! Yo ya te dije que hacíais una pareja muy cute —
exclama Sofía—. Por cierto, ¿te ha llamado hoy?
—Eso, no te ha llamado —interviene Amelia con curiosidad.
—No me ha llamado porque está ocupado haciendo su maleta para ir a
ver a su hija —les explico—. Se va mañana a primera hora.
Amelia frunce el ceño.
—¿Y no te vas a ir con él? —inquiere—. Conocer a su hija sería lo
primordial, Ruth. Al fin y al cabo, es una parte importantísima de su vida.
Lo sé, claro que lo sé, pero ¿conocer a su hija? ¿Y si le caigo mal? ¿Y si
no cuajamos?
Niego y vuelvo a comer helado.
—No, no voy a ir si es lo que pretendéis —las advierto con la mirada.
Sofía resopla y apaga la televisión. Se cruza de brazos y deja que su
cabeza repose sobre el sofá.
—Quizá sea precipitado, pero creo que te estás equivocando. Conocer a
la niña hará que te des cuenta de si quieres seguir con esto adelante o no.
Asique cuanto antes lo hagas, antes sabrás si estar con Alexander es lo que
quieres. Porque una hija, por mucho que no sea tuya, también es una
responsabilidad —dice ella, como toda una Pepito Grillo—. Tú decides,
Ruth. Pero yo creo que tendrías que ir.
—Por mi experiencia haciendo practicas y ahora trabajando, te aconsejo
lo mismo que Sofía. Conocer a la niña puede hacer que las cosas cambien…
o no —musita Amelia—. Aun son las siete de la tarde, aun estás a tiempo.
La preocupación se instaura en mi pecho, y vuelvo a comer helado.
—Vosotras lo que queréis es que me vaya de casa —bromeo para
restarle hierro al asunto—. Estáis hartas de verme por aquí.
Ríen conmigo, y me llevo un cojinazo de Amelia que de a poco no me
deja sin helado.
—¿Para qué te vamos a decir que no, si es un sí? —Sofía me saca la
lengua—. Pero, en serio, piénsatelo. Imaginate que lo de Alexander y tú va
en serio. ¿Cuándo pretendes conocerla? ¿Deberás tener un mínimo de
acercamiento para que la niña se sienta cómoda, no?
Odio cuando tienen razón, de verdad que no lo soporto. No es mi estilo
hacer caso a nadie, que se lo digan a mi madre, pero me apoyo en el sofá y
me levanto del suelo para caminar hacia la barra que separa la cocina del
comedor. Cojo el móvil y deslizo el dedo por la pantalla táctil.
Sofía y Amelia me observan ensimismadas y sorprendidas.
—¿Qué se supone que vas a hacer? —me pregunta Amelia con los ojos
como platos.
Me encojo de hombros y me pongo el móvil en la oreja.
—¿No lo veis? Haceros caso por una vez en mi vida —murmuro antes
de que Alexander coja la llamada—. Alexander, ¿te pillo en mal momento?
—le pregunto.
—No, que va. ¿Pasa algo, preciosa? —Preciosa dice… y a mí que me
encanta.
Me relamo los labios y me apoyo en la barra.
—Yo… bueno… esto… —balbuceo—. ¿Aun sigue en pie irme contigo
mañana para conocer a Charlotte? —Suelto con rapidez.
La línea se queda en silencio por varios segundos.
—¿Me lo estás diciendo en serio o es una broma pesada? —Distingo
alegría e ilusión en su tono, algo que me hace sonreír.
—No es una broma, lo prometo —digo con suavidad—. Dale las gracias
a las chicas, me han convencido de que es una buena idea. —Rio por lo
bajo.
Me muerdo el carrillo mientras espero su respuesta.
—Para mí es muy importante, Ruth. Charlotte es mi vida y que la
quieras conocer es increíble. Es una noticia fantástica.
Sofía y Amelia se levantan del suelo y caminan hacia mí. toman mi
teléfono y ponen el altavoz.
—Escúchame, conde del tres al cuarto, es la primera vez que Ruth nos
hace caso en algo. ¡Queremos algo a cambio!
—¡Eso! —exclama Amelia—. No sabes lo cabezota e imbécil que puede
llegar a ser en muchas ocasiones. ¡Nos merecemos un puto premio!
Alexander ríe a través de la línea.
—Algo se me ocurrirá para vosotras, de eso estad seguras —dice él. Les
quito el móvil y las mando al comedor con un ademán de cabeza—. ¿Te
recojo mañana para ir al aeropuerto? —me pregunta.
—Claro, ¿a qué hora tengo que estar lista?
Capítulo 18
Charlotte
—Mamá, por favor, no me pongas más nerviosa de lo que ya estoy —
exclamo, sentándome encima de la maleta mientras Sofía y Amelia intentan
cerrala.
—¿Cómo que no te ponga nerviosa? ¡Vas a conocer a la hija de tu
novio! A una niña que en mentalidad es igual que tú —brama ella—. Ay,
Antonio, díselo tú a la niña que a mí me enerva.
Frunzo el ceño. ¿Cómo que tenemos la misma mentalidad? ¡Si ella tiene
unos seis o siete años! ¡Joder, vaya imagen tiene mi madre de mí!
—¿Quieres dejar a la niña tranquila? —le pregunta mi padre. Y me lo
imagino sentado en su sillón con el mando en manos y sus zapatillas de
estar por casa—. Ya es mayor para saber lo que hace.
¡Gracias, papá, por fin salen a relucir todos los regalos del día de padre
que he estado haciéndote durante mis 25 años!
Pongo el altavoz para que Amelia y Sofía lo escuchen. Estoy segura que
mi madre le va a soltar una de las suyas a papá, estoy tan segura como que
me llamo Ruth.
—¿Pero tú la estás escuchando? Con lo cabeza loca que es, capaz que se
queda en los Estados Unidos para ponerse a bailar en una barra o la pillan
en un tiroteo de esos. ¿Es que no ves las noticias, Antonio? —le pregunta,
consternada.
Las tres reímos por lo bajo, pero no tardamos en estallar en carcajadas
cuando escuchamos la respuesta de mi padre.
—Si aquí el problema es porque las ves tú —responde él—. Entre lo que
ves, lo que imaginas y lo que te cuentan las vecinas voy apañao.
Decido colgar y centrarme en la maleta que, de milagro, ha cerrado.
Estoy nerviosa, mucho para ser sincera. No todos los días conoce una a
la hija de su pareja, y quiero causarle buena impresión. Llevarme bien con
ella y no ser, bajo su mirada, la madrastra de cenicienta.
Resoplo cuando cojo la maleta y la dejo en el suelo.
—¿Tanta ropa te vas a llevar? —me pregunta Amelia, frotándose las
manos por el frío que está haciendo.
Asiento y subo el asa de la maleta para comprobar que las ruedas
funcionan.
—Sí. Nos vamos a Los Ángeles y, aunque Alexander me ha asegurado
que no va a hacer tanto frío, quiero llevarme algunos jerséis por si las
moscas.
Sofía, que se encuentra apoyada en el marco de la puerta, enarca una
ceja.
—Cada día te pareces más a tu madre —se burla, a lo que la miro mal.
—Mira, no me voy a enfadar porque Alexander tiene que estar al caer
—exclamo, y le saco la lengua.
Salgo, seguida por ellas, al comedor donde me asomo con cautela por la
ventana. Ver a todos los periodistas bajo esperándome me hace resoplar. Ya
siquiera veo las noticias porque no paran de hablar de mí. Que si soy de
España, que si estudié esto o lo otro… ¡Si hasta han entrevistado al director
de mi colegio!
Dejo que la cortina tape la ventana para que nadie pueda vernos. Me
siento en el sofá y me saco el móvil para cotillear mis redes. Pongo los ojos
en blanco cuando veo que en varios días la cantidad de seguidores que tenía
se ha triplicado. Aunque esto ha traído también cosas positivas, y es que
tengo varios correos de personas que quieren que les realice una portada.
—¿Os vais a trabajar en un rato, no? —les pregunto.
Amelia se deja caer en el sofá y asiente. Lleva un precioso vestido en
color azul que acentúa su cintura. Su pelo permanece suelto y con unas
ondas naturales muy bonitas. Siempre he envidiado la forma que toma su
cabello. Lleva tacones, no muy altos y dentro siempre de las normas que
estipula el colegio donde trabaja. Amelia es, simplemente, preciosa.
Esbelta, de piel rosada, cara en forma de corazón y unas curvas envidiables.
Una belleza de lengua viperina.
Sofía, en cambio, es la más delgada de las tres. Se mantiene en forma
porque sale todos los días a correr, pero su constitución es fina; como la de
Kate Middleton, diría su madre. Sofía es rubia, de pelo liso y unos ojos de
color marrón preciosos. Hoy lleva puesto el uniforme de trabajo, y le sienta
como un guante a decir verdad. Los pantalones vaqueros reglamentarios le
hacen buen culo y la camiseta de manga corta con el logo de la cafetería le
sienta muy bien. Sofía tiene más pecho que yo, pero menos que Amelia,
asique el escote en pico de la camiseta le sienta de lujo. Tiene el pelo
recogido en una coleta y apenas lleva un poco de brillo de labios y un poco
de rímel en el rostro.
Y yo…
Me miro al espejo de la entrada y suspiro. Soy más bien bajita y mi
cuerpo tiene forma de pera: mucho culo y pocas tetas, vamos. Adoro mi
cintura estrecha y mi cadera más ancha, incluso he llegado a aceptar mi
pecho (que en algún momento de la adolescencia quise operar). Llevo el
pelo recogido en un moño bajo, pero lo tengo de un color moreno claro,
casi tirando a castaño. Lo que más me gusta de mí son mis ojos, que hoy
van con una buena capa de rímel.
Cojo el bálsamo de sabor coco y me lo echo por los labios, últimamente
los he notado muy secos debido al frío y eso siempre me ayuda a mantenlos
hidratados y que no se transformen en cuchillas.
Vuelvo a observar mi atuendo y asiento para mí misma, dándome el
visto bueno. Llevo una sudadera ancha en color verde con el logo de
Harvard, un vaquero y unas zapatillas de deporte rojas. Pensé en ponerme
otra cosa, pero van a ser muchas horas en avión y me apetece ir cómoda. Lo
que diga la prensa más exquisita sobre mi vestuario me la va a sudar… y
mucho.
No todos habían sido halagos. Aun a día de hoy había periodistas que
consideraban mi silueta como anormal; y por ello había sido criticada en
alguna que otra revista. Pero deciros que me daba igual es quedarse corta.
—Alexander ya está bajo —murmura Sofía desde la ventana.
Me levanto y plancho con las manos el abrigo que me voy a llevar. Me
preparo de forma mental para afrontar a la prensa y me fundo en un abrazo
con las chicas cuando escucho que tocan el timbre.
Bajamos las tres juntas y nos dividimos. Cada una se va por un lado,
haciendo que la prensa también se separe; aunque la gran mayoría se queda
pendiente de nosotros dos. Los guardaespaldas que ha contratado Alexander
nos guían hasta el coche mientras que somos ametrallados a un sinfín de
preguntas que no logro entender ni responder. Los flashes de las cámaras
me ciegan en alguna ocasión, pero me consuela sentir el fuerte agarre de
Alexander sobre mí mano.
No. No creo que nadie esté preparado para soportar esto. Es abrumador
y agobiante. Cada vez que salgo a la calle se instaura un ligero dolor en el
pecho que reconozco como ansiedad. Ya la he pasado y me he enseñado a
controlarme para que no llegue a más, pero es una sensación horrible.
Cuando conseguimos subirnos al coche, respiro con tranquilidad. Miro a
alexander un momento y sonrío sin enseñar los dientes. Me acerco a él y
deposito un suave beso en sus labios, que se prolonga unos segundos.
—Siento todo el revuelo que se ha armado. —Lamenta con un brillo de
tristeza en sus ojos.
Niego.
—No te preocupes —me abrocho el cinturón—. Poco a poco lo voy
sobrellevando mejor. Bueno, cuéntame, ¿hacia dónde vamos?
Alexander sonríe y se relame los labios.
—Nos vamos a Los Ángeles. —El coche arranca camino al aeropuerto
—. Esperaremos a Charlotte en la casa que tengo allí.
Observo por la ventana, dándome cuenta de que tenemos las manos
unidas en el asiento de en medio.
—¿No iremos a por Charlotte? —inquiero con curiosidad.
Alexander niega y me mira de soslayo un instante.
—Hilary y yo estamos luchando por la custodia de Charlotte. Se la llevó
a Estados Unidos, poniendo una distancia considerable entre nosotros.
Cuando llegó el juicio peleé por ello —me cuenta, dejándome atónita—.
Pero debido a mi condición de Conde y a todo el trabajo que conlleva, el
juez consideró que era mejor que se quedara en Estados Unidos. Reabrí el
caso hace algunos años porque quiero a mi hija conmigo, ¿sabes? La echo
mucho de menos y siento que con Hilary no esta del todo bien —me
confiesa.
—Entonces, ¿ir a verla todos los meses es por qué ella se quedó la
custodia completa? —inquiero—. ¡Qué pedazo de guarra! —exclamo,
haciendo que tanto el conductor como King Kong suelten una ligera risa—.
Vale que no os llevarais bien, pero llevársela tan lejos…
—Lo hizo para que sufriera, lo comprendí después de mucho. —
Alexander se muerde el labio inferior y cierra su puño en señal de que está
cabreado—. Ella sabe que la única razón que me unía a ella los últimos
meses era Charlotte y, cuando dije que se acababa, se la llevó lejos. Le paso
una pensión millonaria, e intento asegurarme de que Charlotte está bien y
que tiene todo lo que necesita; pero sé que gran parte del dinero no es para
mi hija.
Enarco una ceja.
—Se lo queda ella, la muy guarra… —maldigo.
Alexander asiente.
—No dudo en que la quiera. Sé que Hilary quiere a Charlotte, pero es
muy egoísta e individualista. Estoy deseando que llegue esa semana del mes
para poder ir a ver a Charlotte y asegurarme de que está bien.
Aprieto la mano que tenemos entrelazada. Alexander parece muy
furioso con la situación y lo último que quiero es que se sienta así.
—Yo no sé lo que se siente porque no tengo hijos —le confieso—. Pero
tiene que ser horrible. Supongo que la pequeña también lo estará pasando
mal al veros metidos en pleitos y llevándoos mal. ¿No sería mejor compartir
la custodia? No creo que a Hilary le importe irse a Liechtenstein por…
Alexander se echa a reír, y eso me hace fruncir el ceño.
—Mis abogados intentaron convencerla de que volviera para poder tener
la custodia compartida. Se negó en rotundo diciendo que era su hija, y al no
estar casados tiene muchos más derechos que yo —dice él—. Hace unos
meses conseguí que nos hicieran una prueba de paternidad para demostrar
que era el padre y así conseguir una pequeña ventaja. También han tenido
que declarar a mi favor muchas personas para demostrar que puedo ser un
buen padre. Asique no, la custodia compartida no es un camino para
nosotros, sobre todo porque Hilary no quiere.
Pongo los ojos en blanco.
—Espero no encontrármela porque te juro que le suelto una de las mías.
—Lo advierto, señalándolo con un dedo—. Pudiendo hacer las cosas bien,
¿por qué tanta maldad? Hay una niña en medio, por el amor de Dios…
Alexander se encoge de hombros.
—No tengo una respuesta a ello —se calla y mira por la ventana—. Ahí
está el aeropuerto, ¿lista?
*
Tengo que quitarme el móvil de la oreja cuando les digo que estoy en
Beverly Hills. El grito que han pegado me ha dejado medio sorda, sino
sorda del todo.
—Pero ¿cómo que tiene una mansión en Beverly Hills, tía? ¿Qué nos
estás contando? —inquiere en una exclamación Sofía.
—¿Y cómo es, Ruth?
Me muerdo el labio inferior y observo la habitación. Suspiro y me dejo
caer en la cama.
—Es enorme —les digo—. Es una mansión de dos plantas y de, por lo
menos, trescientos metros. Hay un montón de gente encargándose del
cuidado del hogar, tiene piscina climatizada y pista de tenis. Es una puta
pasada —susurro—. La habitación es como el apartamento de grande y el
baño tiene hidromasaje. De verdad, chicas, tendríais que haber visto mi
cara. Estoy a solo tres mansiones de la de Paris Hilton. ¡La Paris Hilton!
—¡Hostia, que puta pasada! —grita Amelia—. ¿Y has conocido ya a
Charlotte?
Miro el pecho y hago una mueca con los labios.
—Que va, tiene que venir en un rato. Estoy muy nerviosa, chicas —
murmuro, y escucho como traquean la puerta—. Bueno, os dejo. Luego
hablamos.
—Mucha mierda, chiqui —dicen al unísono antes de colgar.
Me incorporo de la cama y voy hasta la puerta para abrirla. Me
encuentro a Alexander vestido con unos vaqueros y una camiseta casual,
una forma de vestir que no he visto nunca en él y que me hace sonreír.
—Vas muy guapo —exclamo—. Tendrías que ir más veces vestido así,
ya no pareces un estirado —me burlo de él, haciéndolo reír.
—Tú si que vas guapa. —Alexander me toma de la cintura y me pega a
su cuerpo. Rodeo su cuello con los brazos y nos fundimos en un breve beso
que finaliza por culpa de una de las mujeres que se encarga de mantener la
casa limpia—. ¿Lista para conocer a Charlotte?
Trago duro y asiento. Intento mantenerme serena mientras bajo las
escaleras de la mansión, concienciándome de lo que va a ocurrir. El servicio
está enfilado e inclinan la cabeza cuando pasamos. Llegamos a la puerta y
esperamos en la entrada, fuera más bien, a que el coche que trae a Charlotte
pase la enorme puerta de rejas.
Todo el perímetro está custodiado por vigilancia, pero los fotógrafos
están ahí. Esperan una foto para la próxima portada de sus revistas. Esperan
una noticia, un titular. Y por un momento lo imagino.
“Una madrastra de pelo en pecho”
Un escalofrío recorre mi espalda y me obligo a ponerme recta.
Alexander nota mi nerviosismo y toma mi mano. La besa con dulzura y me
sonríe. Ese simple gesto hizo que me relajara.
El coche entra y para justo en frente de nosotros. Guardo todo el aire en
mis pulmones cuando veo a una niña monísima, de tirabuzones rubios, bajar
y correr hacia Alexander. Él me suelta la mano y abraza a su hija. Me retiro
unos pasos para dejarles espacio, lo último que quiero es interrumpir el
momento padre-hija tan bonito que están teniendo.
Me quedo mirando la escena hasta que los grandes y curiosos ojos de la
niña se fijan en mí. ¿Qué debo hacer? ¿Presentarme? ¿Agacharme y
ponerme a su altura para darle un beso? ¡Ay, Dios mío! ¿Qué coño hago? Si
hace un año me llegan a decir que estoy en esta situación, me hubiera
echado a reír como una loca. Pero, mira, así de hijo de pita es el destino.
Sin embargo, me quedo por un momento paralizada cuando siento como
Charlotte me abraza por la cintura. Ha venido hasta a mí y me ha abrazado
ella. Es la pequeña quien ha dado el primer paso y, aunque me he quedado
de piedra, la rodeo con los brazos y me fundo en un cálido abrazo con ella.
—Me llamo Charlotte —dice la niña subiendo un poco su mirada hasta
clavarla en mí.
Su carita es muy dulce, parece una muñequita de porcelana. Lleva un
precioso vestido de color rosa que baila con el viento y unos zapatos a
juego con la diadema que retira el pelo de su cara.
—Yo soy Ruth —me presento con una sonrisa, a lo que la niña se separa
y ríe mostrando su mellada dentadura.
Algo dentro de mí se dispersa, la tensión de mis hombros se reducen y
desvío la mirada hacia Alexander, que me dice sin musitar palabra alguna
que todo ha salido bien.
Capítulo 19
Confesiones que parten el alma
—La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar (…) —canturreo
junto a Charlotte mientras le hago una coleta de caballo.
Todo el miedo que tuve al principio, desapareció al pasar un poco de
tiempo con la niña, que a pesar de tener solo seis añitos es muy espabilada
(de esas niñas que te preguntan como vienen los bebes al mundo y que no
se creen el cuento de la abejita o la cigüeña).
—Ruth, ¿podemos ir a por chocolate? —Charlotte me mira con ojitos de
cachorro, y no dudo en asentir mientras sonrío a su reflejo del espejo.
—Tu papá llegará a la hora de la comida, podemos salir a ver Beverly
Hills. ¿Qué te parece la idea? —A Charlotte se le iluminan los ojos—. Y
podemos comprar pastelitos para después de comer —le guiño un ojo.
—¡Sí! —grita ella—. ¡Jo! Me gustaría que papi estuviera aquí. Lo echo
de menos.
Por desgracia, Alexander ha tenido que irse a una reunión de última hora
y no dudé en decirle que yo me encargaba de Charlotte. En realidad me lo
paso muy bien con la niña, es como tener una hermana pequeña.
Termino de hacerle la coleta y dejo que se levante para revisar su
vestuario. Voy hasta el tocador y saco un brillo de labios de mi neceser.
Charlotte me hace morritos y se los pinto sin salirme. Hoy quería ir igual
que yo, asique he buscado entre su ropa para ponerle algo parecido a lo que
llevo y le he pintado los labios un poquito.
—Echarás mucho de menos a tu papá, ¿verdad? —le pregunto, yendo a
la cama y cogiendo mi bolso.
Charlotte asiente y frunce los labios.
—Mucho. ¿No os podéis venir a vivir aquí? —inquiere ella con toda la
dulzura del mundo, y el alma se me parte en dos.
Me acuclillo enfrente de ella y le acarició la mejilla. « Esto de ser la
madrastra se me da mejor de lo que pensaba » ; pienso para mis adentros.
—¿Sabes lo que pasa? —Pienso con rapidez—. Que en Liechtenstein
están los caballos y si tu papá viene aquí… ¿quién los va a cuidar?
Charlotte se lleva las manos a la boquita.
—¡Es verdad! ¿Y puedo irme yo a vivir allí? —Su pregunta me toma
por sorpresa.
Trago saliva con dureza y reflexiono sobre lo que voy a contestarle.
—¿Es qué tu quieres vivir en Liechtenstein? ¡Si Beverly Hills mola un
montón!
Charlotte hace una mueca de desagrado.
—Es bonito, pero yo me quiero ir con mi papi —apuntilla la pequeña—.
Mamá me ha dicho que no puedo irme con él porque tú no quieres. —Abro
los ojos como platos—. Pero sé que eso es mentira porque eres muy buena
conmigo.
Frunzo el ceño y me relamo los labios. la mirada inquisitiva de la
pequeña Charlotte me deja petrificada. ¿Qué cojones le está metiendo
Hilary a la niña en la cabeza?
Me levanto y me plancho el abrigo, gesto que Charlotte imita.
—¿Vamos a pasear un poco? Necesito tomar un poco el aire —
murmuro, asimilando lo que me ha dicho.
Charlotte me toma de la mano y me lleva hasta la entrada de la mansión
donde hay un equipo de guardaespaldas esperándonos.
Continuará…