Agnosticismo y Deísmo: Posturas Filosóficas
Agnosticismo y Deísmo: Posturas Filosóficas
El problema de Dios lo evidencia Sylvia Plath en sus Diarios. Es muy sencillo: Dios no
se nos presenta. Si existe, no parece ser el Dios del Antiguo Testamento, providente,
constantemente preocupado por comunicarse con su creación, corregirla, guiarla,
erradicarla o protegerla; no es ese Dios que resulta innegable por sus constantes
milagros. La gente le reza y no hay respuestas; un silencio clamoroso responde a todos
los que se dirigen a él: Dios simplemente no aparece y surge así como problema porque
no está, al menos no está en el sentido en que sí están las montañas, el cielo o las demás
personas.
Es cierto que algunas personas no reconocerían esta ausencia ya que sostienen que lo
sienten personalmente. Esta forma de argumentar, sin embargo, difícilmente puede
convencer a aquellos que no lo sienten y nuestra forma de abordar las diferentes
posturas se centrará en el aspecto racional del debate y no en la experiencia religiosa
subjetiva individual aunque no obviaremos este tema en lo referido a las relaciones
entre fe y racionalidad.
Antes de entrar en el tema, tendremos que aclarar algunos términos y a partir de ellos
desarrollar las diferentes posturas y problemas que presenta el pensamiento acerca de
Dios.
Acerca de la existencia de Dios, es decir, ante la pregunta ¿Existe Dios? existen tres
posturas principales:
Esta teoría, por lo tanto, afirma que hay un Dios y que este presenta unas características
o cualidades esenciales. La principal es que es personal. Que sea personal significa que
posee entendimiento y voluntad. En el entendimiento está la capacidad de saber lo que
hace; pero además este Dios tiene voluntad; es decir, tiene intenciones. Hace, crea o
diseña por alguna razón, hay un propósito en sus actos.
Además, este Dios o dioses adoptan un rol ético o moral (es decir, aplican las
categorías de Bien y Mal). Dios juzga a los seres humanos en función de su
comportamiento y premia o castiga según corresponda, normalmente después de la
muerte del cuerpo.
Existen religiones teístas como el judaísmo, cristianismo e Islam. En todas ellas se cree
en un Dios personal que además presenta atributos como los siguientes:
– Omnipotencia
– Omnisciencia
– Suma benevolencia
– Libertad absoluta
DEÍSMO: afirma que hay un Dios, pero este Dios no presenta las características
introducidas por el teísmo. Este Dios no es personal, sino impersonal, por lo que está
desprovisto de moral y su creación del mundo o universo no atiende a una razón.
Se trataría de un Dios entendido como causa mecánica del todo. A este Dios no se le
reza, porque no escucha. No porque no quiera escuchar, sino porque no tiene esa
característica al no ser personal. Por eso, desde aquí tampoco tiene sentido preguntarse
si es un Dios bueno o malo. Simplemente es el que es: la causa del universo.
Las corrientes filosóficas deístas tienen una concepción cosmológica de un Dios o más,
este creó el Universo que es una manifestación de sí mismo. El Universo sería el gran
reloj cuyo funcionamiento se ajusta a unas leyes establecidas, donde determinados
acontecimientos se desarrollan en función a su propia naturaleza, pero no pueden ser
alterados por sus creadores. Se suele vincular a este Dios con las leyes de la naturaleza.
Algunos entienden a este Dios como una fórmula matemática generadora de todo cuanto
hay, otros como la causa del universo.
Para los teístas, defender este tipo de Dios es como no defender a ningún Dios. Para
ellos, el deísmo es una forma refinada de ateísmo. Se entiende como un Dios frío o, lo
que es lo mismo, un falso Dios.
PANTEÍSMO: afirma que todo cuanto hay es Dios, tanto aquello que percibimos con
los sentidos, como aquello que no percibimos y que se considera real. Es decir, el
panteísmo es una concepción del mundo y una doctrina filosófica según la cual el
universo, la naturaleza y la deidad que llaman Dios son equivalentes. El panteísmo no
estipula a un ente como dios, sino que la ley natural, la existencia y el universo (la suma
de todo lo que fue, es y será) se representa por medio del concepto teológico de lo que
las religiones llaman «Dios».
En el teísmo se enfrentan dos términos: «dios» y «mundo», esto quiere decir, que no son
lo mismo, que Dios no es el Mundo. El panteísmo procede a identificarlos, (esto quiere
decir que establece que son idénticos, que entre ellos hay identidad). Dios no está fuera
del Mundo, ni dentro de él, Dios es el Mundo.
Los teístas también consideran el panteísmo como una forma de ateísmo al entender a
Dios como un ser impersonal.
Es un término poco utilizado en la actualidad, aunque entender así a Dios es cada vez
más frecuente. Desde aquí, el término Dios se suele disfrazar con palabras como Vida,
Universo, Energía etc., que son más propios del lenguaje oriental.
ATEÍSMO
El ateísmo ha sido defendido por pensadores desde la Antigua Grecia como Diágoras y
Crítias, pensadores árabes como Ibn al-Rawandi y Al-Ma'arri o más recientemente
Feuerbach, Marx, Nietzsche, Dawkins, etc.
El Argumento Ontológico
1. Es una verdad conceptual (o, por así decirlo, una verdad por definición) que
Dios es un ser tal que no se puede imaginar algo más grande (es decir, el ser más grande
posible que se pueda imaginar).
2. Dios existe como una idea en la mente.
3. Un ser que existe como idea en la mente y existe en la realidad es, en iguales
condiciones, más grande que un ser que solo existe como idea en la mente.
4. Así, si Dios existe solo como una idea en la mente, entonces podemos imaginar
algo que es más grande que Dios (es decir, un ser posible más grande que existe).
5. Pero no podemos imaginar algo más grande que Dios (pues es una contradicción
suponer que podemos imaginar un ser más grande que el más grande posible que se
pueda imaginar).
6. Por lo tanto, Dios existe.
Muchos filósofos han estado en desacuerdo con la validez de este argumento. Por
ejemplo David Hume, que en sus Diálogos sobre la religión natural escribió:
“Es un absurdo evidente pretender demostrar un hecho como necesario, o pretender
demostrarlo con cualesquiera argumentos a priori. Nada es demostrable salvo si su
contrario implica una contradicción. Nada que sea distintivamente concebible implica
una contradicción. Cualquier cosa que concebimos como existente igualmente la
podemos concebir como inexistente. No hay, por tanto, ser alguno cuya inexistencia
implique una contradicción. En lo que lo inteligible se reduce a lo sensible y la
ontología a la psicología y como consecuencia, no hay ser alguno cuya existencia sea
demostrable a priori.”
Pese a que este argumento fue criticado ya en su época por autores como Gaunilo o
Tomás de Aquino, el argumento ontológico fue considerado muy potente por muchos
otros pensadores, como Descartes o Leibniz hasta incluso matemáticos contemporáneos
como Kurt Gödel.
Argumento cosmológico
1
Una de las primeras refutaciones del argumento de Anselmo fue planteada por uno de sus
contemporáneos, Gaunilo de Marmoutiers, quien invitó a sus lectores a concebir la mayor y más perfecta
isla. Dicha isla, según Gaunilo, es muy probable que no exista. Sin embargo, de acuerdo con el argumento
de Anselmo, en tal caso no estaríamos concibiendo la mayor y más perfecta isla concebible, ya que la
mayor isla existiría en la realidad, y además debería tener todos los demás atributos de perfección y
grandeza que se puedan concebir. Aun así, el Universo insiste en no albergar tal isla. Y aunque, según
Gaunilo, este argumento pueda parecer absurdo y contrario a la realidad, no lo es más que el de Anselmo.
Este argumento se engloba en las llamadas objeciones por saturación: no pretenden mostrar dónde o cómo
falla el argumento, sino que simplemente razonan que si se acepta como válida la forma de razonar del
argumento ontológico, entonces se habrán de aceptar las conclusiones de todos aquellos razonamientos
que siendo formalmente análogos a aquél llevan a conclusiones absurdas e incluso contrarias a la más
directa experiencia; tales argumentos, en efecto, saturarían al universo con un número indefinidamente
grande de islas perfectas necesariamente existentes, lagartijas perfectas, lapiceros perfectos, etcétera.
Además, el contraarguumento de Gaunilo viene a señalar la que se ha visto como principal debilidad del
argumento ontológico, el que algo sea más perfecto existiendo que no existiendo, lo cual se ha señalado
como escurridizo y carente de sentido, ya que supone comparar algo que existe con algo que no es.
Este razonamiento podría resumirse en:
Russell critica esta prueba de la existencia de Dios atendiendo al concepto de causa: “Si todo tiene que
tener una causa, entonces Dios tiene que tener una causa. Si puede haber algo sin causa, igual puede ser el
mundo que Dios”, dice en Por qué no soy cristiano.
También se critica a este argumento que entre la premisa primera y la conclusión hay contradicción, o que
la premisa de que la cadena de causas sea infinita no queda suficientemente demostrada.
Fue defendido por Tomás de Aquino (1220-1274) y en una versión relativamente
parecida, 1500 años antes, por Aristóteles. Sostiene que todo lo que existe tiene una
causa que, a su vez, tiene otra causa, y así sucesivamente remontándose hasta llegar a la
conclusión de que debe haber una causa primigenia que es Dios.
Una variación del argumento creado después de la teoría del Big Bang dice como sigue:
El argumento del diseño (también conocido como argumento físico teológico, considera
que la complejidad de los seres vivos y su adaptación al medio en el que viven es una
prueba de la existencia de Dios. Los órganos de los seres vivos cumplen una finalidad,
por lo que parece lógico considerar que han sido diseñados por un ser inteligente.
Igual que si encontrásemos un reloj en una playa desierta deduciríamos que tendría que
haber un relojero que lo haya creado, ante la complejidad de de la naturaleza y de los
2
Normalmente, este argumento se suele rebatir con el argumento del mal diseño o argumento
disteleológico es un argumento contra la existencia de Dios, concretamente contra la existencia de un
Dios creador (en el sentido de la creación de todas las especies de vida).
Se basa en el siguiente razonamiento:
- P1: un dios creador omnipotente, omnisciente y omnibenevolente crearía organismos con un
diseño perfecto.
- P2: los organismos tienen características que hacen que no sean perfectos.
- C: o bien dios no creó esos organismos o bien no es omnipotente, omnisciente y
omnibenevolente.
Ejemplos de este diseño imperfecto serían, por ejemplo, en el ser humano la existencia de fallos en el
diseño corporal, como la posibilidad de los embarazos ectopicos (en las trompas de falopio), la estrechez
de las caderas comparadas con el bebé (que causa dolor o, si no hay cesárea, incluso la muerte de la
madre), la existencia del apéndice (que se inflama y puede ser mortal), que la faringe se use para comer y
respirar a la vez (con el consiguiente riesgo de atragantamiento y asfixia), la existencia de muelas del
juicio, el punto ciego del ojo humano, etc. En otros animales hay similares problemas de diseño.
En definitiva, si la existencia de un mundo de acuerdo a un diseño prueba la existencia de un diseñador,
entonces la existencia de fallos en este diseño prueban la existencia de fallos en el diseñador.
órganos tan sofisticados como un ojo, tiene que concluirse que existe un ser superior
que ha creado todo lo que existe.
El argumento del diseño se basa en razonamientos por analogía, que es una de las
formas de razonar vistas en el tema del conocimiento.
Este razonamiento, al menos para el mundo biológico, hoy en día está desacreditado ya
que la teoría de la selección natural de Darwin es capaz de explicar la estructura y las
complejidades de los seres vivos sin tener que recurrir a un diseñador inteligente.
Sin embargo, tenemos el caso de Anthony Flew, un ateo radical, que al final de su vida
admitió que Dios tiene que existir porque la cantidad de racionalidad del universo es
imposible que surja por azar, es increíblemente improbable. En el universo hay una
serie de constantes físicas (carga del electrón, constante de gravitación universal...) que
están perfectamente ajustadas de manera que pueda existir la vida y cualquier ligerísima
variación en cualquiera de las constantes del universo haría que fuese imposible, ya no
solo la vida, sino la materia. No resulta probable que una disposición tan cuidada de las
leyes del universo haya surgido casualmente.
Hume considera que tanto las pruebas a priori como las a posteriori sobre la
demostración de Dios son inválidas. Con respecto a las demostraciones a priori, ya
hemos visto antes la crítica de Hume:
Cuando la razón intenta unificar los fenómenos físicos y los psíquicos, y explicarlos por
medio de teorías metafísicas acerca de una causa suprema de ambos (la res infinita de
los racionalistas, por ejemplo), se comete un error que llama el ideal de la razón.
La idea reguladora de la razón conduce a pensar que tras la realidad material y psíquica
existe una realidad trascendente que es el fundamento incondicionado de todo lo demás,
y que denominamos Dios. Sin embargo, cuando esta idea reguladora se convierte en un
objeto, conduce a la indagación sobre pruebas de la existencia de Dios. Para Kant,
ninguna de estas pruebas es válida.
Kierkegaard
“Llamemos a eso desconocido Dios. Esto que le damos es solo un nombre. Querer
probar que eso desconocido (Dios) existe, apenas se le ocurre a la razón. Si Dios no
existe, entonces es imposible demostrarlo, pero si existe, entonces es una locura querer
demostrarlo, pues en el momento en que comienzo la demostración, lo he supuesto no
como algo dudoso —eso es lo que una suposición no puede ser, ya que es suposición—,
sino como algo establecido, porque en caso contrario no hubiera comenzado, ya que se
entiende fácilmente que todo esto se haría imposible si Dios no existiera. Si pienso, en
cambio, que con la expresión «demostrar la existencia de Dios» quiero demostrar que lo
desconocido que existe es Dios, entonces me expreso de una manera poco afortunada,
pues con ello no demuestro nada y mucho menos una existencia, sino que desarrollo una
determinación conceptual.”
El fideísmo tiene como base una doctrina que consiste en la afirmación de que la fe es la
primera y la única fuente de conocimiento cierto. La razón es incapaz de descubrir la
verdad. Los fideístas sostienen que la filosofía no puede comenzar diciendo “dudo”,
sino “creo”. La verdad de nuestros conocimientos es un don de Dios recibido de forma
pasiva por la razón. Así, la demostración racional de la existencia de Dios es imposible
con independencia o anterioridad a la Revelación, si Dios no se hubiera revelado al ser
humano, entonces hubiera sido para siempre desconocido para nosotros. Así, desde un
punto de vista de la razón desligada de la fe no cabe hablar de conocimiento de Dios.
Por lo tanto, el fideísmo afirma un agnosticismo racional respecto a la demostración de
la existencia de Dios; si bien es una postura que obviamente cree en la existencia de
Dios por otras vías no racionales.
Los antecedentes del ateísmo moderno se pueden encontrar en los atomistas griegos,
Leucipo y Demócrito. Para ellos la materia es la realidad originaria, el ser primordial
absoluto, que no depende de ningún otro. Carece de principio, es eterno e incorruptible.
El orden atómico no requiere de una inteligencia rectora que organice el cosmos; es el
propio movimiento desordenado de los átomos, siguiendo la necesidad de las leyes del
movimiento el que nos ha dado la configuración actual. La materia, siendo el único ser,
no admite divinidad externa alguna.
Uno de los principales argumentos que se suele utilizar para cuestionar la existencia de
Dios es el problema del mal. Si Dios es como dice el teísmo, entonces por qué existe el
mal. ¿Por qué Dios no lo previene? O no quiere o no puede. Si no quiere no es un Dios
benévolo, si no puede no es omnipotente. La existencia del mal demuestra que sus
atributos son incompatibles. La formulación más antigua del problema nos viene de
Epicuro:
"¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente.
¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo.
¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal?
¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?”
Paradoja de Epicuro
Es decir, si Dios existe y es justo, ¿por qué el mundo está tan lleno de injusticia? ¿Por
qué ocurren cosas malas a la gente que no las merece? La respuesta parece evidente:
Dios no existe, o si existe entonces o no es justo, o no le importamos o no puede
evitarlo. En cualquiera de los casos, no es el Dios teísta.
Para entender el problema del mal, antes tenemos que ver qué entendemos como mal.
En principio, hay dos tipos diferentes de mal en el mundo:
– El mal moral: es el mal causado por las decisiones libres de personas. Violar a
alguien, matar a alguien, arruinar a alguien, humillar a alguien.
– El mal natural, por otra parte, se refiere al dolor y sufrimiento causado por los
acontecimientos de la naturaleza, no por seres humanos. Un naufragio en el mar, un
accidente aéreo, una plaga como la peste, etc.
Muchos teólogos y filósofos han intentado explicar la existencia del mal haciéndolo
compatible con la existencia de Dios. Uno de ellos, Agustín de Hipona (San Agustín),
argumenta dos razones por las que Dios no es responsable del mal.
– Primero, que el mal no existe. Simplemente es privación de bien. Igual que la
oscuridad no es nada en sí, sino la ausencia de luz. Podemos hacer una linterna que de
luz, porque la luz es algo, pero no podemos hacer una linterna que cree oscuridad,
porque la oscuridad no es nada en sí mismo. Pues bien, el mal no es nada en sí mismo,
llamamos mal a la ausencia de bien. Así, Dios no es responsable de haber creado el mal,
porque el mal no es algo que pueda ser creado en absoluto.
– Segundo, el mal que percibimos se debe a las acciones llevadas a cabo por
nuestro libre albedrío, nuestra capacidad para elegir nuestros actos de acuerdo con
nuestra voluntad. Dios nos otorgó esta cualidad y lo que hagamos con ella es
responsabilidad nuestra. Dios ha creado un mundo bueno y justo y son los seres
humanos los que, haciendo uso de su libertad, deciden ignorar el bien. Así, para evitar el
mal, Dios tendría que privar al ser humano de libertad. A este argumento también se le
llama a veces “Argumento del bien mayor”, porque sostiene que si existe el mal es por
un bien mayor, en este caso, que podamos ser libres.
En cualquiera de los casos, estos dos argumentos se refieren al mal moral. ¿Qué pasa
con el otro? El mal natural no se puede explicar de la misma manera que los asesinatos
o las violaciones. Ningún libre albedrío podría evitar que ocurriese un tsunami que
termina matando a cientos de miles de personas.
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Mucha gente a criticado a Leibniz su ingenuidad. Es posible concebir otra forma de ciclos de carbono
que no impliquen la existencia de terremotos. Una crítica de la época, en forma de cuento fue publicada
por Voltaire en 1759, el famoso Cándido, o el optimismo, que cuenta las aventuras de Cándido, al que le
ocurren constantemente infortunios mientras repite que “todo sucede para bien” y que “vive en el mejor
de los mundos posibles”.
“Lo que puede afirmarse sin pruebas puede desestimarse sin pruebas.”
El Dios de los vacíos (también conocido como Dios de los huecos o Dios tapa-agujeros)
es un tipo de crítica que se le hace a las perspectivas teológicas en las que los huecos o
lagunas en el conocimiento científico son esgrimidos como evidencia o prueba de la
existencia de Dios.
El "dios de los vacíos" a menudo se usa para describir el declive de las explicaciones
religiosas de fenómenos físicos, a la luz de las cada vez más exhaustivas explicaciones
científicas. Podemos citar como ejemplos las descripciones primitivas de los fenómenos
y objetos físicos (el sol, la luna, las estrellas, los truenos y los relámpagos) que eran
dioses u obra de dioses. A medida que la ciencia ha encontrado explicaciones a través
de la astronomía, la meteorología, la geología, la cosmología y la biología, la
"necesidad" de un dios para explicar dichos fenómenos se ha reducido progresivamente
porque le quedan vacíos en el conocimiento cada vez más pequeños. En principio, si la
ciencia avanza lo suficiente, todos aquellos vacíos que explica Dios irán siendo
sustituidos por ella 4.
A menudo el término Dios de los vacíos se utiliza para referirse a un acto del dios
cristiano para explicar un fenómeno desconocido, y es una variante de la falacia ad
ingnorantiam, que podríamos resumir en dos puntos:
4
Como ejemplo, esta anécdota histórica:
En una ocasión, a finales del XVIII, Pierre-Simon Laplace regaló un ejemplar de su obra Tratado de
Mecánica Celeste a Napoleón, y a resultas de ello se produjo una charla. Alguien le había dicho a
Napoleón que el libro no hacía ninguna mención al nombre de Dios; Napoleón, a quien le encantaba
plantear preguntas embarazosas, lo recibió con la siguiente observación: “M. Laplace, me dicen que
habéis escrito este gran libro sobre el sistema del universo y que nunca habéis mencionado a su Creador”.
Laplace, que aunque era uno de los políticos más flexibles, era tan inflexible como un mártir en lo que
concernía a todos los aspectos de su filosofía, se levantó y contestó bruscamente: “Sir, no necesito esa
hipótesis”.
cosas que se atribuían a Dios eran en realidad procesos naturales que se podían explicar
por medio de la ciencia, podemos esperar que al final todos los problemas que hoy
utilizan a Dios como explicación sean finalmente resueltos por la ciencia, como ha
ocurrido con tantos hasta ahora. Sólo recurrimos a Dios cuando no sabemos resolver un
misterio, así que Dios no es más que un hueco de ignorancia, siempre en retirada.
Feuerbach
Marx
Marx continúa la crítica de Feuerbach, aceptando que Dios es una proyección y supone
la alienación del ser humano: somos nosotros los que hacemos la religión, no la religión
la que nos hace a nosotros. Sin embargo, no basta con afirmar que Dios es el producto
de la esencia humana, como hace Feuerbach, sino que hay que estudiar las condiciones
sociales, económicas y políticas en las que se genera y perpetúa la ideología religiosa
que envilece al hombre.
El ser humano proyecta la religión a través de una inversión del mundo social: es la
injusticia, la sociedad inhumana la que genera la conciencia religiosa en nosotros. Así,
la religión no es un hecho meramente negativo (simplemente una visión deformada de
la realidad), sino una denuncia de las condiciones sociales concretas de cada tiempo,
protestas contra la miseria real. El problema es que esta protesta es ineficaz e impotente,
ya que traslada al más allá la solución de los problemas del más acá. La religión actúa
como refugio y sedante contra la opresión y se convierte en el opio del pueblo,
proporcionando una felicidad ilusoria. Resulta así un freno para la transformación de las
condiciones de vida aquí y ahora. La religión, por lo tanto, no podrá desaparecer por
mero descrédito de sus bases filosóficas si antes no se cambian las bases económicas
que hacen necesaria su existencia. Solo una revolución social que elimine esas causas
hará la religión irrelevante. Así pues, la alienación económica es la causa de la
alienación religiosa.
Nietzsche
El alivio de Feuerbach ante la muerte de Dios era ingenuo porque no sabía entender las
consecuencias. No sólo hay que superar la fe en Dios, sino también todas sus
implicaciones. Dios está muerto, pero su sombra es larga. Para consumar su muerte en
la teoría y en la praxis tenemos que acabar con todos los dioses. A partir de la muerte de
Dios no podemos ya creer en un orden último, en ninguna finalidad, en ninguna
racionalidad del mundo y, sobre todo, el impacto más fundamental se producirá en la
moral (Dostoyevski formuló este conflicto de un modo sintético en la última de sus
novelas, Los hermanos Karamazov. Probablemente la frase más conocida de esta novela
sea la tesis de Iván, el segundo de los hermanos: “Si Dios no existe, todo está
permitido”): habrá de aceptarse la necesidad del superhombre, con su tierra sin cielo,
con su más acá sin más allá. El superhombre debe ocupar el lugar de Dios y eliminar los
valores contrarios a la vida del cristianismo moribundo, que solo asfixia la voluntad de
poder. Los valores deben ser invertidos (la trasvaloración de los valores) y el
superhombre se convertirá en amante de la vida, del cuerpo, del gozo, etc.
Freud
Para Freud la cuestión del origen de la religión es una cuestión psicológica. Las ideas
religiosas son ilusiones, realizaciones de deseos antiquísimos. El deseo de todo ser
humano desde que es un niño desvalido, de ser protegido de los peligros de la vida, de
que haya justicia en un mundo injusto, de que la vida no cese. Estos deseos no dejan de
ser deseos infantiles, conflictos de la infancia y la religión es un reflejo adulto de la
nostalgia del padre. En ella el complejo de Edipo juega un papel fundamental. El
hombre, impotente y desamparado intenta entrar en relación con las prepotentes fuerzas
de la naturaleza e influir sobre ellas, pero estas fuerzas son tan superiores que no
permiten un trato de igualdad, así que desde el punto de vista del individuo, son vividas
como con rasgos paternos (el padre frente al hijo pequeño); así, la nostalgia del padre y
la necesidad de protección vienen a ser una misma cosa. La religión, por tanto, es una
ilusión, pero no una mentira consciente o un error gnoseológico, sino la necesidad del
cumplimiento de un deseo irrenunciable; el conjuro de la impotencia frente a lo
insuperable.
Sartre
Sartre no admite que el mundo tenga razón de su ser en sí mismo, como ocurre con
Parménides o Spinoza, y tampoco acepta la existencia de un Dios trascendente al mundo
que lo dota de sentido. Su tesis fundamental es que el mundo no tiene razón de ser en sí
mismo, ni fuera de él. La existencia del mundo no tiene sentido, es absurda. Así,
eliminadas las dos explicaciones del sentido del mundo (o está en sí mismo o le viene
fuera de él), no nos queda nada. El mundo está de sobra, no debería existir. Sin embargo
existe. La salida existencialista de Sartre a este problema será sin embargo reconocer la
situación como liberadora. Al no existir Dios, no hay naturaleza humana, es decir, el
hombre no tiene una esencia, sino que es pura y absoluta libertad y nuestra esencia
puede ser determinada por nuestra existencia. Además, la no existencia de valores
absolutos que den legitimidad a nuestra conducta nos confiere una libertad radical. No
podemos refugiarnos en leyes morales absolutas para justificar nuestras acciones, sino
que somos absolutamente responsables de nuestras decisiones, no cabe coartada posible.
Tal como vimos al enunciar el fideísmo, la otra gran cuestión de fondo de la cuestión de
Dios desde la perspectiva filosófica será el de las relaciones entre Fe y razón.
¿Debemos filosofar sin partir de nuestras creencias, de nuestra fe? ¿Debemos utilizar en
cambio la Filosofía para someter y cuestionar nuestra fe? ¿Son incompatibles Fe y
Razón? Hay al menos tres o cuatro posturas al respecto en la Historia de la Filosofía que
resumimos en este último punto del tema: