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La Importancia de la Humildad

La humildad significa tener una percepción realista y honesta de uno mismo, reconociendo tanto las fortalezas como las debilidades. Ser humilde no es lo mismo que sentirse humillado o dejar que otros se lleven el crédito. La Biblia enseña que Dios resiste a los orgullosos pero da gracia a los humildes.
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La Importancia de la Humildad

La humildad significa tener una percepción realista y honesta de uno mismo, reconociendo tanto las fortalezas como las debilidades. Ser humilde no es lo mismo que sentirse humillado o dejar que otros se lleven el crédito. La Biblia enseña que Dios resiste a los orgullosos pero da gracia a los humildes.
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LA HUMILDAD

¿Qué significa ser humilde?

Todos tenemos alguna idea de qué significa ser humilde. Ser humilde NO es lo mismo que se
humillado (ni dejar que nos humillen). Ser humilde NO es hacer algo y dejar que otro se lleve el
reconocimiento.

Esto es lo que dice la Biblia:

“Por la gracia que se me ha dado, les digo a todos ustedes: Nadie tenga un concepto de sí más alto
que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe
que Dios le haya dado.” (Romanos 12,3,)

Ser humilde significa pensar de mí mismo con moderación. Pero, ¿qué significa eso?

Ser humilde significa ser realista con la percepción que tienes sobre ti mismo. Implica reconocer
tus fortalezas, pero tus debilidades también; conocer tus talentos, pero también tus limitaciones.
Todo lo que esté por encima o por debajo de esta percepción objetiva de ti mismo es orgullo. Aquí
una representación visual:

Básicamente, si piensas de ti FUERA de quién verdaderamente eres, estás siendo orgulloso.

Por ejemplo: Jesús dijo que Él era Dios. Esto lo dijo en humildad, ¡por qué es una descripción
certera de quién él verdaderamente era!

Por lo tanto, ser humilde es ser honesto sobre quién eres. Si eres gracioso o inteligente – y es
cierto – puedes demostrarlo sin ser orgulloso. Sin embargo, la MANERA de decirlo y el PROPÓSITO
con el cual se dice también influye en el asunto de la humildad. Ser jactancioso de tus talentos, por
ejemplo, es orgullo: estás inflando algo – que puede ser cierto sobre tí – hacia el área de “más
ALTO concepto de ti mismo/a”.

En Lucas 14,8-11, Jesús dio un ejemplo excelente sobre el asunto:

Cuando alguien te invite a una fiesta de bodas, no te sientes en el lugar de honor, no sea que haya
algún invitado más distinguido que tú. Si es así, el que los invitó a los dos vendrá y te dirá: “Cédele
tu asiento a este hombre.” Entonces, avergonzado, tendrás que ocupar el último asiento. Más
bien, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó, te diga:
“Amigo, pasa más adelante a un lugar mejor.” Así recibirás honor en presencia de todos los demás
invitados. Todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

¿Esto contradice lo que se estableció al principio? De ninguna manera.

La persona que se sentó en el “lugar de honor” se está jactando de que es un invitado de honor. El
hecho de que seas un invitado de honor NO significa que vas a jactarte y sentarte en el lugar de
honor. En otras palabras, puedes ser una persona sumamente inteligente – pero eso no significa
que va a ir a los medios publicitarios diciendo que eres la persona más inteligente del mundo. Eso
es “tener más alto concepto de sí”. Alguien que sea más inteligente puede venir y devolverte al
concepto de sí que debes tener. Siempre recuerda: “El hombre prudente oculta su conocimiento,
pero el corazón de los necios proclama su necedad.” (Proverbios 12:23)

El orgullo también lo tiene la persona que tiene un concepto MÁS BAJO de sí de lo que debe tener.
Las personas que piensan que no son dignas de reconocimiento o que dejan que las humillen
también buscan atención – pero de una forma distinta: a través de la lástima.

Cuando algo sucede y no se les reconoce, SIEMPRE le dan la queja a alguien. Constantemente
actúan deprimidos y/o decepcionados – muchas veces con el propósito de que alguien les
pregunte sobre ello. Por ejemplo, hay personas que dicen o “Soy muy gorda” o “soy muy delgada”
sólo por escuchar a alguien que les diga que se ven bien. No están siendo realistas ni objetivos
sobre sus cuerpos (o habilidades o conocimiento, etc.) y buscan porristas (“cheerleaders”)
emocionales que los conviertan en el centro de atención. Ser humilde es ser honesto sobre quién
eres.

Así que, el primer paso para ser humilde es… ¡CONOCERNOS!

Es importante entender que parte de ser humilde incluye no atacar a las personas con las
verdades sobre quién eres. Uno no entra en un auditorio gritando: “¡Soy el mejor porque tengo
todas estas calificaciones!” Sino que hace lo que necesite hacer y – si es que le preguntan – revela
las verdades de quién es, porque ya conocen lo que hizo.

Piensa en Jesús. Cuando Él decía ser Dios, era porque le preguntaban o lo mencionaban y Él no lo
negaba. ¿Te acuerdas cuando dijo: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre,
sino por mí” (Juan 14,6)? La razón por la cual Jesús dijo eso es porque Tomás le preguntó (Juan
14:5). Siempre es así.

Por lo tanto, la humildad se demuestra cuando contestas honestamente sobre ti cuando te


preguntan. Por lo general, no es necesario anunciar tus talentos con tus labios, ya que la manera
en que vives hace un mejor trabajo.

Jesús era tan humilde que, a pesar de todos los milagros que hizo y las lecciones que les enseñó a
miles de personas, Judas tuvo que besarlo para que los soldados supiesen a quién arrestar.

LA HUMILDAD Y LA FE

Riquezas, honra y vida son la remuneración de la humildad y del temor de Dios” (Proverbios 22,4).
La humildad es una característica del alma que nos prepara para tener fe. Muchas personas alaban
la virtud de la humildad y la consideran una joya hermosa; pero ellas mismas no la quieren poseer,
pues ella termina con su ego y su orgullo.
EL ORGULLO Y LA HUMILDAD

La Biblia muchas veces contrasta el orgullo con la humildad. Notemos algunos de sus contrastes:

“Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Santiago 4,6).

“Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido” (Lucas
14,11).

“La soberbia del hombre le abate; pero al humilde de espíritu sustenta la honra” (Proverbios
29,23).

“Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu” (Proverbios


16,18). “Cualquiera que se humille (...) ése es el mayor en el reino de los cielos” (Mateo 18,4).

Otro contraste entre el orgullo (considerarse uno superior a los demás) y la humildad (reconocer
uno que es indigno) se presenta en Lucas 18,9–14. El fariseo que se exaltó a sí mismo no logró
favor de Dios, mientras que el publicano quien confesó ser pecador alcanzó misericordia.

Dios siempre condena el orgullo, mas siempre aprueba la humildad.

EVIDENCIAS DE LA HUMILDAD

1. Ser como niño

Según nos dice Mateo 18.1, los discípulos querían saber quién era el mayor en el reino de los
cielos. Jesús puso a un niño en medio de ellos, diciendo: “Así que, cualquiera que se humille como
este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos” (Mateo 18,4). Jesús es nuestro ejemplo
perfecto de uno que siempre andaba con el espíritu de humildad. Filipenses 2,6–7 dice esto acerca
de Jesús: “El cual (...) no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a
sí mismo”. Jesús no buscó la grandeza, pero después de humillarse “Dios también le exaltó hasta
lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2,9). Los que, como Cristo,
manifiestan un espíritu manso, sumiso y humilde pertenecen a Dios y serán exaltados a su debido
tiempo. La sencillez semejante a la de un niño, la inocencia y no guardar rencor son evidencias de
la verdadera humildad.

2. La mansedumbre

Efesios 4.2 dice que “con toda humildad y mansedumbre” debemos soportarnos con paciencia los
unos a los otros en amor. Los humildes nunca caen desde muy alto porque no se exaltan a sí
mismos. Pero los que se exaltan a sí mismos caen y sufren. Sería bueno notar aquí que hay una
diferencia entre la humildad y la humillación: la humillación, por lo general, es nada más que el
orgullo herido.

Los mansos no se ofenden fácilmente. “Ciertamente la soberbia concebirá contienda” (Proverbios


13,10). Cuando se hiere el orgullo del hombre, él muy pronto lo siente y el resultado es
contención. Pero con los mansos es diferente. Como su Salvador, cuando los maldicen, ellos no
responden con maldición; cuando son perseguidos, lo sufren todo con mansedumbre; cuando los
injurian, lo soportan todo sin responder. Los mansos oran por sus enemigos, amontonando así
“ascuas de fuego” sobre sus cabezas según Romanos 12,18–20. Eso sí es humildad.

3. La modestia

La modestia se manifiesta en el semblante, en las costumbres y en el vestir de la persona humilde.


Uno que tiene un corazón humilde no tiene ojos altivos y no sigue la moda. Los humildes se
conocen por su manera de ser; son modestos en cuanto a su apariencia y sus costumbres. Ellos no
se jactan de ser más importantes que los demás y no lucen ropa de gala. Cuando el corazón está
lleno de humildad el “gran yo” no se ve. La modestia es fruto natural de la humildad y se
manifiesta en toda área de la vida de la persona humilde.

POR QUÉ SER HUMILDE

1. Dios así lo ordena en su palabra

Dios manda que los santos se humillen “bajo la poderosa mano de Dios” (1 Pedro 5.6), que se
vistan de humildad (Colosenses 3,12), que se revistan de humildad (1 Pedro 5.5) y que anden con
toda humildad (Efesios 4,1–2).

2. Dios se satisface con la humildad y la bendice (Proverbios 16.19; Mateo 5.3, 5.) Dios da gracia a
los que son humildes (Santiago 4,6). Los que poseen la humildad son los mayores en el reino de
Dios. “Riquezas, honra y vida son la remuneración de la humildad” (Proverbios 22,4).

3. La humildad es la precursora de la exaltación verdadera ¿Ha notado usted que la Biblia con
frecuencia habla de la exaltación junto con la humildad? Sin embargo, no debemos tratar de
humillarnos con la esperanza de ser exaltados. Es importante saber que la senda del orgullo
siempre lleva al desastre, mientras que la senda de la humildad siempre lleva a la exaltación. Pero
no debemos preocuparnos de cuándo y cómo seremos exaltados. Dios se encargará de todo eso.
Lo que nos toca a nosotros es seguir en la humildad, confiar en Dios, obedecer su palabra,
mantenernos al pie de la cruz y recordar que las promesas de Dios a los humildes son seguras.

4. Dios escucha las oraciones de los humildes “No se olvidó del clamor de los afligidos” (Salmo
9,12). Los ninivitas se vistieron de cilicio y ceniza ante Dios. Ezequías se humilló ante Dios y oró
que fuera librado del poder de Senaquerib. El publicano rogó a Dios por misericordia. Todos estos
acudieron a Dios en humildad, y él oyó sus oraciones. A nuestro Dios Todopoderoso le place
contestar las oraciones de los mansos y humildes que vienen a él con súplicas y oraciones.

LA HUMILDAD FINGIDA

Como Pablo menciona en Colosenses 2,18 hay algo que parece ser la humildad, pero en verdad no
lo es. Esta es la humildad fingida y la debemos evitar. Algunos, al darse cuenta de los méritos de la
humildad, la codician por su excelencia o por la exaltación que buscan. Buscar la humildad por
razones egoístas trae como resultado la humildad fingida. Los que se sienten orgullosos por su
humildad algún día se darán cuenta de que era una humildad fingida la que tenían.

Es la voluntad de Dios que seamos exaltados. Pero su camino a la exaltación es distinto que el
camino que llevan los que quieren exaltarse a sí mismos. Su rumbo es distinto; su destino también
lo es. La exaltación a la que aspira el hombre siempre exalta su propia voluntad carnal, mientras
que Dios desea exaltar al hombre según su imagen y propósito. Para esto, la carne tiene que estar
muerta de tal manera que no responda a los deseos carnales. Algunos piensan que los dones
espirituales exaltan a la persona que los posee y por eso los buscan con empeño. Pero la verdad es
que el que recibe dones espirituales auténticos tiene que humillarse más, crucificar más la carne y
entregarse más a Dios. Dios no da dones espirituales para promover nuestras propias metas y
aspiraciones. “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere
tiempo” (1 Pedro 5,6).

HUMILDAD Y MANSEDUMBRE

Jesús es el ejemplo supremo de humildad, y Él es perfectamente capaz, digno y valioso. La


humildad de la Biblia no consiste en menospreciarse a uno mismo, sino en exaltar y alabar a los
demás, sobre todo a Dios y a Jesús. Por tanto, la persona humilde se concentra más en Dios y en el
prójimo que en sí misma.

La humildad según la Biblia también equivale a reconocer que por nosotros mismos somos
ineptos y carecemos de dignidad y valor. Sin embargo, como se nos ha creado a imagen de Dios y
creemos en Cristo, tenemos una valía y dignidad infinitos. La auténtica humildad no suscita orgullo
sino gratitud. Como Dios es a la vez nuestro Creador y nuestro Redentor, nuestra existencia y
perfección dependen de Él.

La humildad no es menospreciarse a uno mismo o tener una actitud tan negativa que solo piensa
en sus debilidades e incapacidades, sino alabar al Señor porque como nos salvó, nos creó y vive en
nosotros somos dignos.

La humildad no consiste en concentrarnos en nuestra incompetencia, sino en la aptitud del Señor.


Es concentrarnos en que Él obra a través de nosotros, de que por débiles e incapaces que seamos
puede obrar milagrosamente por intermedio de nosotros y le podemos ser de utilidad. Es
maravilloso y es una forma estupenda de ver la vida.

Un fruto del Espíritu que está estrechamente relacionado con la humildad es la mansedumbre.
Ahora bien, la mansedumbre puede entenderse de dos maneras, una positiva y otra negativa.

La primera es docilidad, ser afable y tranquilo. Es ser humilde, tranquilo, modesto y gentil.

La segunda definición es actitud de apocamiento, sumisión y falta de iniciativa o voluntad. Es una


sumisión negativa, de tener temor, encogerse o retroceder.
La mansedumbre que el Señor quiere que manifestemos es afabilidad y tranquilidad, no que
seamos encogidos y apocados. Creo que algunos tienen un poco del aspecto negativo de la
mansedumbre. Sin duda se debe a temores o a una actitud negativa de sí mismos. Puede ser una
actitud muy pusilánime. Hace que tengan falta de fe en su ungimiento y vocación y manifiesten
inseguridad, lo cual no es bueno.

Las expresiones de la mansedumbre que queremos en nuestra vida son las positivas, tener una
naturaleza afable y tranquila, manifestar fortaleza y valor sumados a la amabilidad. Esa
mansedumbre equivale a fe y paz, ya que saben que Dios lo rige todo. Pueden conducirse con
afabilidad y tranquilidad porque están llenos de fe. Tienen la presencia del Señor y la seguridad de
que lo resolverá todo y hará los milagros necesarios por apremiante que sea la situación.

Tienen fe, y por tanto confían. Tienen un espíritu apacible. Son afables, porque no tratan a la
desesperada de producir milagros o soluciones por sus propias fuerzas. Dependen del Señor y no
de sí mismos. No se apoyan en sus talentos, sabiduría o carisma. Se limitan a confiar, y como
confían, tienen fe. Gracias a esa confianza en el Señor, poseen una tranquilidad y mansedumbre
que los demás perciben como la presencia del Señor. Saben que todo está bien, porque tienen esa
mansedumbre y tranquilidad de espíritu.

La humildad es lo contrario del orgullo o la arrogancia. La persona humilde no se considera


superior a los demás. El humilde también debe ser modesto, es decir, reconocer sus limitaciones.

Bienaventurados los Humildes

Mateo 5,3-4 Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra. (Sermón del Monte)

Un Retrato de los Humildes

1. Confían en Dios

Lo primero que hacen los humildes es confiar en Dios. Creen que actuará a su favor y los
sostendrá cuando los demás estén en su contra. La humildad de la Biblia tiene raíces en la
confianza profunda de que Dios está de tu lado y no en tu contra.

2. Encomiendan al Señor su Camino

Los humildes encomiendan su camino al Señor. La palabra hebrea que indica "encomendar"
significa literalmente "soltar." Los humildes han descubierto que Dios es digno de confianza, por
eso “soltar o dejar”— sus asuntos, sus problemas, sus relaciones, su salud, sus temores, sus
frustraciones, todas estas cosas al Señor. Admiten que ellos solos son incapaces enfrentarse con la
complejidad y las presiones y los obstáculos de la vida, y creen que Dios puede y quiere apoyarlos
y guiarlos y protegerlos.

3. Confían Callados en el Señor y Esperan en Él


Los humildes confían callados en el Señor y esperan en Él con paciencia. Primero, descubren que
pueden confiar en Dios. Luego, le encomiendan su camino a Él y por lo tanto esperan callados con
paciencia las obras de Dios en sus vidas.

Esto no quiere decir que se convierten perezosos. Significa que dejan de tener preocupaciones.
Gozan de una especie de tranquilidad estable que procede de la confianza en que Dios es
todopoderoso, en que Él tiene sus asuntos bajo su control, y que Él es misericordioso y en que
hará que todo salga bien. Los humildes tienen una silenciosa estabilidad con respecto a sus vidas
en medio de la agitación.

4. No se Impacienten a causa de los Impíos

Su cuarta característica es que no se impacienten a causa de los impíos que aparecen en su


camino. Su familia, su trabajo y su vida toda se encuentran en las soberanas manos de Dios; ellos
confían en Él, esperan callados en Él con paciencia para ver cómo operará su poder y su
benevolencia; así que las adversidades y los obstáculos y los que se oponen a ellos en la vida no
producen el tipo de las amarguras, la ira y la preocupación que es tan común entre los hombres.

El retrato hecho sobre la humildad, basado en la tercera bienaventuranza, es que empiezan


confiando en Dios. Luego, encomiendan el camino al Señor, confiando en que utilizará su poder y
su misericordia para hacer nuestro bien. Posteriormente, esperan en silencio y con paciencia el
resultado. Y, finalmente, esto no deja paso a la ira y las preocupaciones al enfrentarse con las
oposiciones y los obstáculos.

Esto indica claramente que la humildad tiene mucho que ver con Dios. Consiste en sentirse
tranquilamente libre de la ira que nos tiene preocupados y está basado en la confianza en Dios, en
encomendar todos nuestros caminos a Dios y esperar en Dios con paciencia.

Humildad y Espíritu de Servicio

¿Cómo podemos practicar la humildad, siguiendo el ejemplo de Jesús?

Jesús es el ejemplo supremo de humildad y de entrega a los demás: Yo estoy en medio de


vosotros como quien sirve. Sigue siendo ésa su actitud hacia cada uno de nosotros. Dispuesto a
servirnos, a ayudarnos, a levantarnos de las caídas. Mt 23, 1-12

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos diciendo: En la cátedra de Moisés se han
sentado los letrados y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan: pero no hagáis lo que ellos
hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos hacen fardos pesados e insoportables y se los
cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del
manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas;
que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame “maestro”. Vosotros, en cambio, no
os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y
no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os
dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor, Cristo. El primero entre vosotros será
vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido

I. El Evangelio nos habla de los escribas y fariseos que cambiaron la gloria de Dios por su propia
gloria: Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. La soberbia personal y la búsqueda
de la vanagloria les habían hecho perder la humildad y el espíritu de servicio que caracteriza a
quienes desean seguir al Señor.

Sin humildad y espíritu de servicio no hay eficacia, no es posible vivir la caridad. Sin humildad no
hay santidad, pues Jesús no quiere a su servicio amigos engreídos: “los instrumentos de Dios son
siempre humildes” (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre San Mateo).

Cuando servimos, nuestra capacidad no guarda relación con los frutos sobrenaturales que
buscamos. Sin la gracia, de nada servirían los mayores esfuerzos: nadie, si no es por el Espíritu
Santo, puede decir Señor Jesús (1 Corintios 12, 3).

En la oración analicemos cómo es nuestro trato con los demás. Ejemplo os he dado para que como
yo he hecho con vosotros, así hagáis vosotros (Juan 13, 15). El Señor nos invita a seguirle y a
imitarle, y nos deja una regla muy sencilla, pero exacta, para vivir la caridad con humildad y
espíritu de servicio: Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también
vosotros con ellos (Mateo 7, 12): que nos comprendan cuando nos equivocamos, que nadie hable
mal a nuestras espaldas, que se preocupen por nosotros cuando estamos enfermos, que nos
exijan y corrijan con cariño, que recen por nosotros... Estas son las cosas que, con humildad y
espíritu de servicio, hemos de hacer por los demás.

II. La caridad cala, como el agua en la grieta de la piedra, y acaba por romper la resistencia más
dura. “Amor saca amor”, decía Santa Teresa. De modo particular hemos de vivir este espíritu del
Señor con los más próximos, en la propia familia. La Virgen, Esclava del Señor, nos ayudará a
entender que servir a los demás es una de las formas de encontrar la alegría en esta vida y uno de
los caminos más cortos

En el ejemplo de Jesús encontramos cómo practicar la humildad:

1. En primer lugar practicamos humildad al no aferramos a nuestros títulos, ni al status social, sino
siguiendo el ejemplo de Jesús relacionándonos y sirviendo a otros y también a aquellos que no
tengan tal status o título.

2. En segundo lugar practicamos humildad cuando aprendemos a ser obedientes. Esto se puede
practicar en el trabajo, en la familia, en la sociedad, en la medida que no se pida algo que sea
opuesto a la voluntad de Dios. La obediencia se expresa en el servicio.

3. En tercer lugar podemos aprender a ser humildes sirviendo. Cuando servimos aprendiendo del
ejemplo de Jesús, estaremos creciendo en la humildad. El servicio es una manera de practicar
humildad. De manera que el servicio es uno de los remedios que hay que tomar en el camino hacia
la humildad, o sea que el servicio nos ayuda a ser humildes.

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