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Evolución del Concepto de Identidad

Este documento discute el concepto de identidad individual y grupal. Explica que el término "identidad" emergió en las ciencias sociales en las décadas de 1950 y 1960 influenciado por los escritos de Erik Erikson. También describe cómo en las décadas de 1980 y 1990, los estudios sobre identidad se enfocaron más en los aspectos lingüísticos y cómo la lengua puede ser un marcador de identidad tanto a nivel individual como grupal. Finalmente, analiza las diferencias entre identidad personal e identidad social y cómo la lengua revela la pertenencia
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Evolución del Concepto de Identidad

Este documento discute el concepto de identidad individual y grupal. Explica que el término "identidad" emergió en las ciencias sociales en las décadas de 1950 y 1960 influenciado por los escritos de Erik Erikson. También describe cómo en las décadas de 1980 y 1990, los estudios sobre identidad se enfocaron más en los aspectos lingüísticos y cómo la lengua puede ser un marcador de identidad tanto a nivel individual como grupal. Finalmente, analiza las diferencias entre identidad personal e identidad social y cómo la lengua revela la pertenencia
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Edwards, John

2009 Language and Identity, Cambridge, Cambridge University Press.

....................

2 Identidad, individual y grupal

2.1 Introducción

Cuando publiqué un libro llamado Language, Society and Identity en 1985, la


última palabra del título no era particularmente común en la bibliografía de las ciencias
sociales. Había habido, por supuesto, toda suerte de estudios de filiación étnica y
nacional –sobre todo desde perspectivas políticas e históricas-, pero solo en las décadas
recientes esos estudios sobre identidad se configuraron realmente. Gleason (1983)
arguye que esta emergencia se debió en parte a los escritos del neo-freudiano Erik
Erikson (1968), y es ciertamente el caso que sus escritos de las décadas de 1950 y 1960
pusieron el desarrollo de la identidad (y la ‘crisis’ de identidad) en el candelero. (…) el
trabajo de Erikson situó estos fenómenos individuales en sus contextos sociales. (…)
No es sorprendente, entonces, que Gleason reporte la gradual emergencia de entradas
relativas a la identidad social en enciclopedias de ciencias sociales de los años ’60 –a
partir de lo que había sido una ausencia prácticamente completa una generación antes.
Como lo ha señalado Joseph (2004), los tempranos ’80 presenciaron la aparición
de importantes estudios enfocados en los aspectos lingüísticos de la identidad.
Menciona la importante compilación de Gumperz (1982) sobre identidad lingüística y
social, así como la monografía sobre el tema de Le Page y Tabouret-Keller (1985).
Estos trabajos fueron rápidamente seguidos por otros sobre una variedad de aspectos de
la identidad social; algunos ejemplos son Kroskrity (1993) sobre lenguaje, historia e
identidad, Calhoun (1994) sobre políticas de la identidad y Hooson (1994) sobre
geografía e identidad. (…) No sorprende, entonces, que muchos comentadores recientes
–Malašević (2002), Brubaker y Cooper (2000) y Block (2006) entre ellos- se hayan
hecho eco de las observaciones de Gleason (…). (Pág. 15)
Block también hace referencia al comentario de Zygmunt Bauman (2001:16) de
que la identidad ‘es ahora el juego más comúnmente jugado en la ciudad’, pero no
menciona que el subtítulo del libro de Bauman es Seeking Safety in an Insecure World
(…). Si es verdad que en nuestro tiempo son especialmente marcados el stress y las
presiones sociales, y si estamos enfrentados a todo tipo de cambios y transiciones
sociales y políticos, entonces es del todo comprensible que las cuestiones de identidad –
su definición, su negociación, su re-negociación- parezcan particularmente relevantes.
Cualquier revisión histórica revelará que las épocas de transición, sean bienvenidas o
impuestas, son siempre épocas de renovada auto-examinación.
Groebner (2004) señala que ‘identidad’ ha llegado a ser una palabra-ruido en
muchas áreas de los estudios culturales, útil justamente a causa de las imprecisiones de
su definición. ‘Identidad’, nos recuerda, puede referir al propio sentido subjetivo de sí
de un individuo, a ‘marcadores’ clasificatorios personales que se manifiestan
importantes tanto para uno mismo como para los otros, y también a esos marcadores
que delinean la(s) pertenencia(s) grupal(es). Junto a esta imprecisión semántica se sitúa
una ambigüedad que ha permitido que el concepto sea ampliamente usado, e incluso,
mal usado: Groebner puntualiza que ‘identidad’ es ahora una palabra muy práctica para
usar en relación con publicaciones de actas, con solicitudes de apoyo financiero, [y] con
la movilización social y política de variada índole. (…) en una época en la que los

1
impulsos políticamente correctos coinciden con los reclamos de ‘reconocimiento’
grupal y de importancia preeminente de la ‘auto-estima’, los pecados contra la
‘identidad’ son pecados mortales. (Pág. 16)
Una compilación editada por Hall y du Gay (1996) comienza con una discusión
de la moderna difusión de ‘identidad’; en sus laberínticos tratamientos del asunto, se
demuestra buena parte de la ambigüedad y vaguedad que Groebner menciona. El
siguiente es un pasaje representativo:
I use ‘identity’ to refer to the meeting point, the point of suture, between on the
one hand the discourses and practices which attempt to ‘interpellate’, speak to us
or hail us into place as he social subjects of particular discourses, and on the
other hand, the processes which produce subjectivities, which construct us as
subjects which can be ‘spoken’. (Hall, 1996: 5-6)
Bien: como lo notó una vez Abraham Lincoln, la gente a la que le gusta este tipo de
cosas encontrará que le gusta este tipo de cosas. (Pág. 16)
En una veta semejante, Tusting y Maybin (2007: 576) han defendido un nuevo
acercamiento interdisciplinario, la ‘etnografía lingüística’, que debería ser parte de una
reconfiguración emergente “en los contextos de la tardía modernidad y la
globalización”. (…)
(…) es importante asumir (lamentándolo, por supuesto) que esta suerte de palo
en la rueda ha llegado a atraer a más y más adherentes, y que se están desarrollando en
esa tesitura muchas de las investigaciones sobre identidad. (Pág. 17)
Otra compilación, editada por Taylor y Spencer (2004), aporta una visión de
conjunto particularmente útil de la multiplicidad de las identidades sociales, muchas de
las cuales se sostienen simultáneamente. Esto hace surgir de inmediato las cuestiones de
la relevancia social, de las condiciones contextuales que elicitarán una faceta del
repertorio identitario antes que otra, un proceso similar –si no idéntico- a la adopción de
variados roles sociales o ‘máscaras’ de acuerdo con la circunstancia (véase también
Omoniyi, 2006a). / (…) Parte del material presentado en la compilación de Taylor y
Spencer representa algo así como una puesta al día de las ideas de Goffman acerca de la
auto-presentación social (véase Goffman, 1956, 1961, 1963). El conocido trabajo de
Goffman fue por supuesto esencialmente sobre la identidad, su presentación, su
negociación; y, particularmente, en su tratamiento de las identidades estigmatizadas o
‘deterioradas’ discutió la importancia del rotulamiento y la categorización. (Págs. 17-
18)
Una discusión ofrecida por Jenkins (2004: 8) arroja más luz sobre la reciente
relevancia de la identidad; señala que
‘identity’ became one of the unifying themes of social science during the 1990s,
and shows no signs of going away. Everybody has something to say:
anthropologists, geographers, historians, philosophers, political scientists,
psychologists, sociologists... Identity, it seems, is bound up with everything
from political asylum to credit card theft. And the talk is about change, too:
about new identities, the return of old ones, the transformation of existing ones.
Aunque obviamente existen muchas identidades actuales y potenciales, algunas
tienen mayor importancia que otras, y Jenkins sugiere, por ejemplo, que aquellas
establecidas más tempranamente en la vida pueden ser menos ‘flexibles’ que las
establecidas más tarde. Efectivamente, existe un ‘efecto de primacía’ psicológico que
implica que la experiencia inicial tiene mayor peso (…). Así, cuando Jenkins escribe
acerca de la importancia de los ‘años formativos’, solamente está sintetizando lo que
muchas teorías de la personalidad toman como verdad revelada. Pero hay también un
‘efecto de novación’ psicológico, de acuerdo con el cual la información más tardía es

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más relevante, (…) y más accesible. Y esto, también, ha sido extrapolado a cuestiones
de personalidad, aunque tiene menos adherentes que las variantes de la posición ‘la
infancia es primaria’. El teórico de Harvard Gordon Allport (1961: 78) afirmó que los
estadios tempranos de la vida estaban marcados por la resiliencia y la plasticidad; el
niño, escribió,
has no concept of himself, no lasting memories, and no firm anchorage of habits.
For these reasons we may say that what happens to him in a detailed way... leave
relatively little impress. In a sense the first year is the least important year for
personality, assuming that serious injuries to health do not occur.
(...) (Pág. 18)

2.2 Identidad: personal y social

La lengua ciertamente puede ser considerada como un ‘marcador’ en el nivel


individual. El detalle y los matices de las pautas de adquisición psicolingüística, por
ejemplo, conducen a la formación del idiolecto –esa particular combinación de acento y
dialecto, ese particular ensamble de registros formales e informales, ese patrón
particular de énfasis y entonación que, si fuéramos a observar de cerca y con la
suficiente agudeza, encontraríamos que es único para cada individuo. Pero aunque este
enfoque microscópico sobre una sola persona tiene ocasionalmente alguna validez
descriptiva –en investigaciones clínicas o forenses, por ejemplo–, es generalmente
demasiado variado y demasiado estrechamente individual como para importar un
interés o importancia que supere lo anecdótico. (…) (Pág. 21)
Como una distinción psicológica o social entre lo individual y lo colectivo
refleja una división más aparente que real, también se podría argüir que aun el uso
idiolectal es un fenómeno social, o grupal, sobre las simples bases de que toda (bueno,
casi toda) lengua implica alguien a quien hablarle, un intento comunicativo, una
conexión del individuo con los demás. Pero la importancia de la lengua como marcador
identitario a nivel grupal es mucho más evidente que eso: cada hablante se ve obligado a
usar un acento, un dialecto y variaciones lingüísticas que revelan su pertenencia a
comunidades lingüísticas particulares, a clases sociales, a grupos étnicos y nacionales.
Tales variaciones son obvias cuando los agrupamientos están basados en género, o en
edad, o –ampliando el enfoque lingüístico para incluir jergas, registros y estilos– en
ocupación, (…) o en filiación política, o en confesión religiosa, etc. En el mundo social
real, por supuesto, ninguna de esas comunidades existe sino en combinación con otras,
aun cuando las demandas del contexto y las circunstancias pueden, en un momento
dado, impulsar alguna y relegar otras. De hecho, un cómputo de todas las posibles
combinaciones y permutaciones de todas las lealtades grupales y circunstancias /
sociales esencialmente nos llevaría de vuelta al nivel personal del idiolecto. (…) (Págs.
21-22)
Smith (1991) aporta una ‘visión sinóptica’ de la pertenencia grupal en los
niveles étnico y nacional, pero empieza por situarlos entre otras identidades, muchas de
las cuales se sostienen simultáneamente, y concluye con una discusión de las
posibilidades ‘post-nacionales’, principalmente el trans-nacionalismo y el
cosmopolitismo. (…) Smith observa, simplemente, que ‘de todas las identidades
colectivas… la nacional es quizá la más fundamental e inclusiva’ (p. 143). En una
compilación de ensayos posterior, Smith (1999) considera solamente por qué la
identidad nacional sigue teniendo este rol fundamental; encuentra su fuente en el poder
‘etno-simbólico’ del mito y la memoria (véase también Leoussi y Grosby, 2007).

3
Resulta bastante claro que la gente necesita anclajes sociales. Si las intimidades
más antiguas y reducidas de la familia y la aldea son erosionadas por las presiones
urbanísticas de la moderna distopía, habrá que encontrar sustitutos. Cuando las
‘lealtades intermedias’ –las filiaciones que ocupan / el espacio que media entre las
relaciones personales de parentesco, por un lado, y la impersonalidad del estado
sobrejerarquizado, por el otro- se han atenuado, y cuando el eje tradicional de la religión
se ha vuelto secundario o irrelevante, el ‘estado-nación es todo lo que la gente ha
conseguido para refugiarse mientras los vendavales del capitalismo internacional
golpean más y más fuerte’ (Mount, 1995). Estos son exactamente los asuntos que Peter
Berger y sus colaboradores han visto desde una perspectiva algo diferente. En The
Homeless Mind (Berger et al., 1973; véase también Berger y Neuhaus, 1977), por
ejemplo, escriben sobre las crisis de fe en un mundo en el que una mayor libertad
implica a menudo una responsabilidad desconcertante. Consideran, por ejemplo, el
notorio incremento de la movilidad personal que a menudo acompaña (…) al desarrollo
tecnológico, la industrialización, el aumento de la alfabetización, etc. Dado que ‘la
mayoría de los individuos no saben cómo construir un universo [de significado, o de
propósito]’ (p. 167: resaltado original), la asistencia fue tradicionalmente provista por
instituciones, especialmente la iglesia, que actuaron como amortiguadores e intérpretes.
Estas ‘estructuras mediadoras’ (como Berger las caracterizó) absorbían y
recompensaban esas ‘lealtades intermedias’ ya mencionadas. Se ubicaban entre las
vidas privadas y las impersonalidades del estado; mantenían un sentido de comunidad
más local en medio de la confusión de la vida moderna. Pero muchas de estas
instituciones mediadoras y confortables habían ellas mismas perdido influencia; en
muchos contextos contemporáneos, por ejemplo, la filiación religiosa no es el pilar que
alguna vez fue. Es parte del trabajo de los activistas grupales promover la naturaleza
familiar de las lealtades que propugnan y ofrecen, justamente como un reemplazo de lo
que la modernidad ha dejado a un lado. Es una medida de su éxito que hayan
respondido miembros de comunidades etnonacionales ‘imaginadas’. Y el hecho de que
la gente haya estado deseosa de hacer los mayores sacrificios por esta ‘familia
extendida’ es un indicador de la fuerza del compromiso. (Págs. 22-23)
Brubaker y Cooper (2000) discuten varios modos en los que se emplea
‘identidad’ en la bibliografía, a lo largo de un continuum ‘débil-fuerte’ anclado por un
lado en la idea de que la identidad es un activo inmovilizado, y por otro lado en las
concepciones socio-constructivistas de la identidad como un fenómeno fluctuante,
contingente y a veces bastante inestable: un proceso, mejor que una entidad. (…) La
posesión simultánea de muchos roles y máscaras sociales diferentes es incontroversial,
las identidades son ciertamente fluidas, las lealtades varían diacrónica y
sincrónicamente –y los grupos lingüísticos de los cuales somos miembros son
aproximaciones muy bastas al idiolecto personal y variable. La identidad es fluida, pero
la categórica aserción de impermanencia y contingencia (y, también, la ‘no fijación’ de
otros conceptos, como lengua y / comunidad, que tradicionalmente han sido vistos
como estables y definibles) se ha vuelto parte del mantra del posmodernismo, un
desarrollo que en gran parte puede ser atribuido a la dudosa perspicacia de dudosos
intelectuales. En el conjunto de la arena lingüística, esto ha tenido particular
prominencia en el ‘análisis del discurso’ (…). (Págs. 23-24)
(…) aquí hay una representativa observación de Bourdieu (1990a: 60):
the singular habitus of the members of the same [group]... united in a relation of
homology, that is, of diversity within homogeneity reflecting the diversity
within homogeneity characteristic of their social conditions of production. Each

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individual system of dispositions is a stuctural variant of the others, expressing
the singularity of its own position within [the group] and its trajectory.
(Una página antes, Bourdieu nos dice que habitus es un ‘sistema de disposiciones
común a todos los productos de los mismos condicionamientos’: algo que ciertamente
aclara mucho las cosas.) Aparte de su oscuridad, esta suerte de ofuscación es interesante
por derecho propio, y las cuestiones del mayor interés psicológico tienen que ver con las
razones de esa producción (…). (Pág. 24)
En otro lugar, en un capítulo dedicado a ‘identidad y representación’, Bourdieu
(1991: 221) reconoce debidamente la importancia de la percepción; después de todo, es
la única ventana sobre la ‘realidad’ que tenemos. Pero veamos cómo tediosamente hace
una afirmación tan obvia:
One can understand the particular form of struggle over classifications that is
constituted by the struggle over the definition of ‘regional’ or ‘ethnic’ identity
only if one trascends the opposition that science, in order to break away from the
preconceptions of spontaneous sociology [?], must first establish between
representation and reality, and only if one includes in reality the representation
of reality, or, more precisely, the struggle over representations, in the sense of
mental images, but also of social demonstrations whose aim it is to manipulate
mental images... (Bourdieu 1991: 221)
Adaptando ligeramente a Orwell: uno tiene que pertenecer a la intelligentzia para
producir -o responder favorablemente a- este tipo de cosa; ninguna persona ordinaria
podría ser tan ridícula (…). (Pág. 25)

2.3 La construcción y conservación del agrupamiento

A comienzos de la década de 1970, el psicólogo social Henri Tajfel, con sus


estudiantes y colaboradores, investigaron la formación y mantenimiento de grupos
mínimos. En una serie de estudios experimentales, demostraron cuán fácil es dividir a la
gente en grupos sobre la base de criterios sin importancia (por ejemplo, expresar
preferencia por uno de dos artistas plásticos, de ninguno de los cuales se había oído
hablar antes), y cómo la conducta subsiguiente (…) resulta afectada por ello. (…)
La idea de que la pertenencia al grupo se vuelve importante per se, una vez que
las fronteras han sido creadas –sea en el laboratorio social o afuera, en el mundo real-,
tiene obvias relaciones con los trabajos tempranos de Frederik Barth [(e.g. 1969)], en
los que se otorgaba mayor importancia a los límites etnonacionales que al ‘relleno’
cultural en su interior (…). (Pág. 25)
(…) la variación más extendida en lo que respecta a hablantes monolingües es a
nivel del estilo. En un contexto sociolingüístico, el término refiere a variaciones
lingüísticas que reflejan la evaluación que se hace del contexto social y de lo que es o
no ‘apropiado’. Como influencia y como producto, lo más común es el grado de
formalidad. (…) la mayor parte de los miembros de las comunidades lingüísticas
adaptan [su habla] todo el tiempo. De hecho, la mayoría son tan buenos en eso que
notamos la variación solamente cuando algo resulta extraño o inapropiado. Un médico
que mirando por sobre sus anteojos dijera ‘Bueno, es alta la valla para ti, escudero’
parecería frívolo y sin sentimientos; un mecánico que informara ‘Su transporte está,
lamento comunicarle, en un estado deplorablemente ruinoso’ asombraría y causaría
gracia. (…) cada uno parecería haberse salido de su personaje, violando nuestras
expectativas. (…) (Pág. 28)

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Algunas personas son más claramente ‘mono-estilísticas’ que otras, menos
susceptibles a –o capaces de- alterar su habla de acuerdo con las circunstancias (…). La
inflexibilidad misma claramente tiene un efecto (…). (Pág. 28)
Una explicación muy accesible de la variación estilística se encuentra en el
pequeño libro The Five Clocks (1967) de Martin Joos, titulado así porque el autor
sostiene que hay cinco estilos diferentes en el uso del inglés: gélido [frozen], formal,
consultativo, casual e íntimo. (…) Joos empieza por el medio, discutiendo el estilo
consultativo, cuyas características definitorias son la provisión de información de
background sin la cual el oyente no puede interpretar el mensaje y la participación del
oyente en la conversación. Con amigos y miembros del ‘endo-grupo’ podemos cambiar
al estilo casual. (…) dentro de este formato, el slang y la elipsis son comunes. Es
frecuente la confusión tanto en el habla consultativa como en el habla casual, porque
podemos errar en la estimación del grado en el que un interlocutor efectivamente tiene
la información que le suponemos. (…)
Tanto en el estilo consultativo como en el casual la información es importante
(…). En el estilo íntimo, en cambio, la información y su intercambio se vuelven mucho
menos centrales (…). Si alguien simplemente dice ‘frío’ o ‘listo’, el significado puede
igualmente quedar bastante claro y no requerir amplificación. (…)
Moverse en la otra dirección, del estilo consultativo al formal, es suprimir la
participación del oyente. Quizás el grupo ha crecido demasiado (…) quizás el oyente es
desconocido. El estilo formal es para transmitir información y este es su ‘carácter
dominante (…)’ (p. 36). (…) El quinto, el estilo gélido, es el usado para la declamación
y, más comúnmente, la forma consagrada por la impresión. Carece de participación y de
índices etnonacionales, y no requiere / intercambio social entre el hablante (o escritor) y
el oyente (o lector). Requiere cuidado y planificación (…). (Págs. 29-30)
Joos también discute algunas de las pautas que regulan el uso y cambio de los
estilos. Entre desconocidos, por ejemplo, el uso formal es comúnmente una
introducción ceremonial en la que no se intercambia ninguna información real; es breve
y rápidamente la desplaza el estilo consultativo. La formalidad puede retornar, no
obstante, cuando (por ejemplo) la situación se vuelve embarazosa, y puede también
señalar el final de la conversación. (…)
No estoy sugiriendo que el trabajo de Joos califique como un estudio detallado y
técnico (y hay otras influencias sobre el estilo además de la formalidad), pero su
mensaje básico es estentóreo: todos los hablantes ordinarios tienen una gama de
posibilidades en su repertorio lingüístico, entre las cuales deciden y eligen de acuerdo
con su sentido de la ocasión. Esto es cambio de código [code-switching], y su ubicuidad
y frecuencia son remarcables, no solo porque ilustran una aplicación poderosa y
virtualmente automática de las sutilezas lingüísticas y sociolingüísticas, sino también
porque vinculan las actuaciones monolingües con los malabares más llamativos de los
bilingües. (Pág. 30)
Si el contexto puede determinar la elección lingüística, también, del mismo
modo, la elección lingüística (o dialecto, o acento, o estilo) puede afectar la situación
socio-psicológica. En un trabajo seminal, Herman (1961) demostró que las elecciones
lingüísticas pueden ser un índice para nuestras percepciones del contexto, y aun pueden
cambiar rasgos importantes de ese contexto. (…) podemos querer acercarnos a nuestro
interlocutor (independientemente de una intimidad existente o deseada) o podemos
querer distanciarnos (por disgusto, o porque sentimos que la otra persona / está siendo
psicológicamente invasiva). Tales intenciones tendrán consecuencias lingüísticas (…).
Las investigaciones socio-científicas más minuciosas de este tipo de acomodación
lingüística son las de Howard Giles y sus colaboradores (sintetizadas en Giles y

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Coupland, 1991; Robinson y Giles, 2001). No es la única perspectiva, por supuesto,
pero, como lo puntualizaron Street y Giles (1982), este modelo de la acomodación
otorga la mayor atención a la posición psicológica tanto de los oyentes como de los
hablantes, a los marcadores lingüísticos tanto subjetivos como objetivos, y a las
situaciones tanto interpersonales como intergrupales. También es importante notar aquí
que el trabajo de Giles sobre la acomodación tiene claros vínculos con las concepciones
más amplias de Tajfel sobre la categorización e identidad sociales. (Págs. 30-31)
En una formulación inicial, Giles y Powesland (1975) discutieron la derivación
de la teoría de la acomodación lingüística a partir de un trabajo previo sobre la atracción
por lo semejante y el ‘intercambio social’, trabajo que demostraba (mirabile dictu) que
la semejanza personal aumenta la probabilidad de atracción y simpatía: nos gustan los
que creemos que son como nosotros. Un corolario es que la reducción de cualesquiera
desemejanzas puede conducir a percepciones más favorables. Dado que el deseo de
aprobación social ‘se supuso en el corazón de la acomodación’ (p. 159), el modelo se
enfocó inicialmente en la reducción de diferencias lingüísticas como una avenida hacia
esas percepciones positivas. Acomodación implica cambio, no obstante, y el cambio
cuesta: aportes de la bibliografía sobre el intercambio social sugieren que la
acomodación se iniciaría solo si pareciera probable conseguir positivos ‘balances de
costo-beneficio’. (…) (Pág. 31)
Tres afirmaciones relevantes más hicieron Giles y Powesland. Primero, los
hablantes pueden no ser ‘conscientes’ de su intención de acomodación. Algunas
estrategias pueden no ser manifiestas [overt], pero la acomodación encubierta [covert]
también es posible; en cualquier caso, además, el oyente puede no detectar su operación.
Segundo, se asumió pronto que el ‘deseo de aprobación’ no tiene por qué ser la única
fuerza rectora de la acomodación. Así como implica convergencia puede implicar
divergencia, [i.e.] movimientos lingüísticos de separación de los interlocutores cuya
aprobación no se desea (que no se consideran agradables, etc.). Tercero, la acomodación
convergente no siempre produce el efecto deseado: no conduce invariablemente a la
aprobación social. Giles y Powesland citaban un ejemplo en el que un europeo anglo-
hablante se dirigía a un oficial del oriente africano en swahili, caso en el que la
acomodación fue vista como con la implicación condescendiente de que el oficial era
incompetente en inglés. (…) (Pág. 31)
En términos de los mecanismos de la acomodación, Giles y Smith (1979) y Giles
et al. (1977) observaron que las ‘convergencias intralingüísticas’ [‘intralingual
convergences’] más frecuentes eran las vinculadas con la pronunciación (i.e. acento), la
velocidad del habla y el contenido del mensaje; otras incluían la extensión del habla y la
duración de las pausas, y todas podían ser suplementadas por rasgos paralingüísticos
como la sonrisa (o su ausencia), la dirección y duración de la mirada, la postura, etc.
Hay aquí un reconocimiento específico al trabajo de Tajfel sobre relaciones
intergrupales y cambio social, particularmente en relación con la divergencia. Tajfel
había propuesto que los grupos en contacto hacen comparaciones, y quieren ser vistos
como ‘entidades’ distintas y ‘positivamente valoradas’. En sus intentos de desarrollar
una identidad más favorable, los miembros de grupos subordinados disponen de una
cantidad de estrategias (suponiendo, por supuesto, que todos los cambios fueran
efectivamente posibles). Pueden moverse hacia el otro grupo (asimilación), pueden
redefinir cualidades negativas como positivas (rasgos estigmatizados como el color de
la piel o un dialecto no estándar, por ejemplo, pueden resultar aquilatados en un proceso
de revitalización del orgullo grupal) o pueden crear nuevas dimensiones evaluativas que
favorezcan a su grupo.

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Las acomodaciones lingüísticas pueden, así, ser vistas como ajustes identitarios
hechos para aumentar el status y la buena recepción del grupo, movimientos hacia
contextos psicológicos más favorables o intentos de fortalecer las distinciones grupales
(las fronteras de Barth, si se quiere). Hay muchas cuestiones de detalle aquí. La
acomodación puede ir hacia arriba o hacia abajo (i.e. procurando o evitando las
variantes lingüísticas prestigiosas); [ser] completa o parcial (de hecho, probablemente
nunca sea del todo completa: demasiado difícil, demasiado obvia, demasiado auto-
denigrante) en términos de todos los posibles puntos en que podría haber
convergencia/divergencia; [ser] amplia o moderada (de nuevo, puede ser riesgoso que
sea demasiado amplia (…)); [ser] simétrica o asimétrica (una o ambas partes pueden
acomodar [su habla] (…)). Atravesando todas estas especificaciones, además, están las
distinciones grupo-individuo. ¿Está la convergencia/divergencia al servicio de facilitar o
dificultar un intercambio estrictamente personal, o es un componente de una interacción
en la que uno (o más) de los participantes está actuando en algún sentido como
representante de un grupo? (…) (Pág. 32)
....................

3 Identificándonos a nosotros mismos


....................

(…) La bibliografía histórica, antropológica y lingüística revela que los nombres


personales a menudo tienen una poderosa significación religiosa. Los nombres de los
muertos, por ejemplo, pueden ser tabú. A los niños pueden dárseles nombres que de un
modo u otro sean desagradables, precisamente para hacerlos menos deseables para los
malos espíritus. En otras situaciones, nombres con connotaciones espirituales o
mundanas positivas pueden ser asignados como marcadores de fortaleza, o como
defensas contra el pecado [e.g. ‘Fe’, ‘Paciencia’, etc.] (…). (Pág. 35)

3.2 Nombres para grupos

Cuando revisamos las designaciones grupales descubrimos una interesante


conexión entre el individuo y la colectividad. Aunque los endoetnónimos surgen de muy
variadas formas (…), las autodescripciones a menudo sugieren que los que no
pertenecen al grupo son cualitativamente diferentes. Hay un mensaje básico, y algo
perturbador, en la observación de Stewart (1975:68) de que ‘muchos nombres tribales
no son –al menos en estadios primitivos de la cultura- designaciones formales, sino
solamente equivalentes del pronombre “nosotros”’. Esto no deja de ser razonable,
probablemente, cuando los grupos viven en relativo aislamiento respecto de otros,
cuando el contacto intergrupal es raro o efímero, pero Stewart va más allá y dice que ‘la
denominación puede evolucionar hacia el significado de “gente”, con la implicación de
que los miembros de otras tribus no son humanos en el mismo sentido’. (…) De modo
similar, Pečujlić et al. (1982) se ocupan de comunidades latinas y sudamericanas en las
que las autorreferencias típicamente implican adscripciones como ‘la gente real’, y
donde los términos aplicados a los extraños al grupo revelan una tendencia fuertemente
etnocéntrica. Poser (2006) aporta algunos / ejemplos norteamericanos. (…) (Págs. 36-
37)
Finalmente, para mostrar que las prácticas de denominación siguen siendo un
asunto sensible (…) podemos considerar parte de la terminología que ha surgido de las
continuas tensiones entre Québec y el resto de Canadá. Estas tensiones pueden
caracterizarse, muy someramente, como establecidas entre los nacionalistas

8
quebequenses que desearían que su provincia constituyera un estado independiente y los
federalistas –de dentro y fuera de Québec- que no están de acuerdo con ellos. (…) Las
divisiones perceptibles entre Québec y el resto del país llegaron a reflejarse en frases
como Québec y Canadá o los quebequenses y los canadienses. La misma palabra
quebequenses, que lógicamente podría referir a todos los que habitan la provincia, ha
llegado atener la connotación más precisa de francófonos ‘tradicionales’ (…).
El Yamani et al. (1993) (…) relevaron alrededor de cincuenta términos
empleados para describir a los francófonos de background franco-canadiense, y casi
noventa para los grupos minoritarios. (…) (Pág. 38)

3.3 La apropiación de nombres y narraciones

Una potente manifestación de la importancia de los nombres y sus contextos


históricos es la percepción de la ‘apropiación de la voz’, surgida del resentimiento de
muchas comunidades por ser comúnmente conocidas por nombres que no eligieron y,
de modo vinculado, porque sus mitos y leyendas significativos han sido en buena
medida difundidos por extraños. Este robo cultural es generalmente visto como una
consecuencia del colonialismo. Los ‘propios’ siempre estuvieron disgustados por esa
intrusión en el corazón de su sociedad, por supuesto (…). Solo muy recientemente, sin
embargo, ese resentimiento ha sido reconocido y aceptado, reflejando cambios de
actitud, por un lado, y una mayor auto-afirmación, por otro. El peso político de las
‘pequeñas’ comunidades lingüísticas y la (aparentemente) mejor disposición de las
mayores para escuchar, apoyar y responder, nunca han sido tan evidentes como ahora.
Sobrevive mucha hipocresía ‘centralista’, por supuesto, [con su] postura vacía y
repelente jarabe de pico, pero ha habido un cambio sustancial, al menos en las
democracias liberales occidentales (por un revisión crítica, véase Williams, 1998 (…)).
La ‘voz indígena’ –para citar el título de una compilación publicada hace unos veinte
años (Moody, 1988)- nunca ha sido tan compacta y vigorosa en su repudio de lo que
podría verse como una clase de ‘imperialismo lingüístico’. (Pág. 39)
....................

3.4 Voces culturales e investigación académica

Procurando alguna generalización en esta área, Hurka (1989) registró tres


afirmaciones relevantes y extendidas: los outsiders no pueden entender la experiencia
minoritaria, vienen para dominar el ‘mercado’ o la ‘audiencia’ en los tratamientos de
esa experiencia, y sus acciones son esencialmente de robo intercultural. Como Hurka
sugiere, todas estas son claramente facetas de un mismo resentimiento básico hacia la
dominación externa. Aunque rechaza la ‘aserción enfática’ de que sea por principio
imposible para los outsiders comprender la cultura de otros, reconoce la ‘aserción
realista’ de que tal comprensión puede ser difícil, insensible, sesgada o alabeada (v.
también Keeshig-Tobias, 1990). Por supuesto (…), cada una de las afirmaciones que
registra Hurka puede ser refutada: los outsiders sensibles siempre han sido capaces de
tener simpatía por y empatía con culturas ‘extrañas’, las presentaciones eficaces de los
insiders han encontrado tanto la expresión como la audiencia, y la idea de robo cultural
conduce a una estrechez estéril, particularmente repugnante quizás en sociedades que se
jactan de su propia herencia multicultural (v. Skene-Melvin, 1989). En uno de sus
últimos trabajos, Sidney Hook (1989:16) discute la ‘vieja fantasía popular… de que solo
lo semejante puede entender lo semejante’. (Pág. 43)

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La cuestión es problemática en el campo de la investigación académica (…). El
furor en la discusión sobre si Margaret Mead malinterpretó profundamente a sus
informantes antropológicos o no es un caso ilustrativo (Freeman, 1983). Otro es el eco
de Steiner (1992:245) de la acusación de Roman Jakobson de que gran parte del trabajo
moderno en lingüística está viciado por el hecho de que los ‘epígonos de Chomsky’
típicamente solo saben inglés. Y, en 1989, Spolsky sugirió que la posición ‘carente de
valoración’ puede implicar falta de interés por los grupos lingüísticos minoritarios en
estudio. Esto altera el argumento –de dudar de la capacidad de los outsiders pasamos a
la idea de que puede ser deseable un compromiso más activo con la cultura estudiada.
Uno de los apoyos más fuertes a esta posición es el de Skutnabb-Kangas (1986), quien –
sin ocultar su propia posición comprometida- ubica a los demás en el rol de la
investigación que llama ‘administrativa’, servidora de la causa de un permanente y
represivo status quo. O el de Fishman, quien aprueba que los investigadores vayan al
campo con un compromiso ‘profundamente inconsciente y precientífico’ con aquellas
comunidades ‘que no han capitulado ante… el materialismo occidental, que
experimentan la vida y la naturaleza de maneras profundamente poéticas y
colectivamente significativas’ (1982:7-8). (Pág. 43)
La idea parece ser que, si no hay estudiosos que pertenezcan a las comunidades
en estudio, el lugar de lo mejor posible pasa a ocuparlo el que los ‘outsiders’ sean más
que desinteresados observadores científicos. Pero también hay dificultades aquí.
Cameron et al. (1992 presentaron varios ejemplos de trabajo de campo en antropología
en que los investigadores convivieron con sus informantes durante considerables
períodos de tiempo, en los que fueron ‘observadores participantes’. Desde esta posición
privilegiada de acercamiento a las relaciones de amistad normales, recogieron
información cultural –a veces de modos no éticos. Aunque los sentimientos de los
estudiados hacia / sus nuevos ‘amigos’ académicos no siempre son claros, es obvio que
estos últimos entran en las relaciones con propósitos específicos en mente, propósitos
que no tienen nada que ver con la amistad, propósitos relacionados con ayuda para el
aumento de las reputaciones profesionales (v. Edwards, 1994d). (Págs. 43-44)
Fishman (1997; v. también 1993) ha continuado elogiando y alentando el trabajo
de las ‘voces de dentro’. En su prólogo al libro de Fishman, Walter Connor (1997:xi)
reconoce acertadamente que los estudios sobre identidad son débiles e incompletos si
excluyen la consideración de las ‘dimensiones emocionales, pasionales, no racionales’
que tan a menudo enfatizan quienes observan desde dentro. Un hilo conductor a lo largo
del libro, y más explícito en la síntesis final, es [la crítica a] la ignorancia y arrogancia
de la corriente intelectual dominante, los outsiders ‘objetivos’, los científicos sociales;
estos sectores, cree Fishman, han tenido el poder de imponer una racionalidad fría y
clínica sobre algunos de los más profundos sentimientos humanos y de las
sensibilidades grupales más importantes. Piensa que los estudiosos solo en unos pocos
casos han prestado atención a ‘la naturaleza suprarracional del vínculo etnonacional’ (p.
143). Afirma que los estudiosos ‘dominantes’ son incapaces de comprender el amor a la
lengua encontrado en los grupos ‘periféricos’, y sostiene que ‘la visión
etnoculturalmente tolerante es aún una rareza en la bibliografía académica’ (p. 175),
quizá porque ‘la crítica recurrente de la etnicidad’ ha enfatizado siempre su
irracionalidad, la ha encontrado moralmente inaceptable y, respecto de la factualidad,
poco idónea para la ‘teoría social sofisticada’ (p. 57).
Hay un ejército completo de falacias aquí, junto con una evaluación desajustada
y monolítica de la empresa intelectual y académica. (…) Pero Fishman simplemente se
equivoca cuando supone que la comunidad intelectual completa ha sido inconsciente de
(revelar) la fuerza de la solidaridad emocional de grupo, o el poder simbólico de la

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lengua. (…) De modo semejante, la idea de que la presunta irracionalidad de un
fenómeno lo hace inapropiado o poco interesante para un estudio científico está,
también, mal concebida. El análisis y la interpretación son actividades que siempre
deberían estar sujetas a estándares y rigor metodológicos, pero pueden aplicarse a lo que
sea –racional o no. Es absolutamente obvio, por ejemplo, que se puede montar un
estudio científico del nacionalismo o de la religión, de los ovnis o de la brujería. (Pág.
44)
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Trad. de Yolanda Hipperdinger


Departamento de Humanidades
Universidad Nacional del Sur
Septiembre de 2010

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