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Mandrágora: Magia y Conjuros Oscuros

Este documento presenta la introducción de una historia de ficción. Describe a un nigromante que invoca poderosas fuerzas oscuras en los sótanos de un castillo real durante una luna nueva. A pesar de los riesgos, completa el conjuro y grita al ver a la criatura que ha invocado.

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Mandrágora: Magia y Conjuros Oscuros

Este documento presenta la introducción de una historia de ficción. Describe a un nigromante que invoca poderosas fuerzas oscuras en los sótanos de un castillo real durante una luna nueva. A pesar de los riesgos, completa el conjuro y grita al ver a la criatura que ha invocado.

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Mandrágora – © Laura Gallego García, Pearson Educación, 2003

MANDRÁGORA

PRÓLOGO: EL NIGROMANTE

Las noches de luna nueva son las más apropiadas para


practicar la magia negra.
La persona que se hallaba aquella noche en los sótanos
del castillo del rey Héctor lo sabía.
Había estudiado durante años grimorios arcanos y
tratados prohibidos sobre las artes nigrománticas. Había
practicado con cientos de pequeños conjuros, con la esperanza
de que así, poco a poco, su mente y su alma fuesen abriéndose a
las oscuras fuerzas que pretendía invocar aquella noche. Había
reunido pacientemente todos los secretos ingredientes que
necesitaba para tal fin, viajando a los rincones más remotos del
mundo y corriendo graves riesgos personales para obtenerlos.
Había conversado con los demonios para conseguir azufre del
mismo infierno, y volado hasta el corazón de la noche a lomos
de una arpía para arrancarle una pluma grisácea y reseca. Había
sobrevivido a la mirada del basilisco para arrebatarle un
colmillo, y había vivido otras experiencias semejantes que
prefería no recordar.
Pero había valido la pena.
El nigromante se permitió un momento de descanso en
su trabajo para imaginar lo que ocurriría cuando llevase a
término el conjuro. No pudo reprimir una risa siniestra. Se
acabarían los años de obedecer órdenes y de fingir que no era
más que un inofensivo ratón de biblioteca. Ya no tendría que
soportar la sonrisa pretendidamente magnánima del rey Héctor,
aquel zoquete que no entendía más allá de guerras, armas y
caballos, pero que se creía un gran monarca. Sí, se acabaría todo

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Mandrágora – © Laura Gallego García, Pearson Educación, 2003

aquello. Por fin.


Respiró profundamente y se secó el sudor de la frente.
Por supuesto, sabía que siempre existía un riesgo. Si el conjuro
salía mal…
Reprimió aquellos pensamientos y siguió trazando los
símbolos arcanos en el suelo mientras murmuraba las palabras
de la invocación final, palabras de un lenguaje maldito sólo
recordado por unos pocos que, como él, buscaban el poder en
las artes oscuras. Percibió que algo cambiaba en el ambiente a
medida que las iba recitando, pero procuró no sentirse eufórico
por el momento. Si perdía la concentración, aunque sólo fuera
un instante, los poderes tenebrosos que estaba invocando podían
desbocarse, y él podía morir de cien espantosas maneras
diferentes, que era mejor no imaginar.
Sintió que se abría un vórtice en el centro del pentáculo
que había dibujado en el suelo. Fue horriblemente consciente de
que aquella abominación que había creado se alimentaba de toda
su fuerza, sorbiendo cada vez más energía y dejándolo a él
exhausto y vulnerable; pero no cedió.
Por fin, cuando el vórtice se agrandó lo suficiente como
para dejar entrar a aquello que había invocado, una profunda
oscuridad se adueñó de la estancia y un silencio sobrenatural
acalló todos los sonidos de la noche.
Cuando el nigromante alzó la mirada, la criatura ya se
hallaba en el centro de la habitación, con sus ojos clavados en
los de él. Y un espantoso frío espectral se coló en todos los
rincones de su cuerpo, helándole hasta el tuétano de los huesos.
No pudo evitarlo: gritó.

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Mandrágora – © Laura Gallego García, Pearson Educación, 2003

I. EL SABIO Y SU APRENDIZ.

—Querido, esto no puede seguir así —dijo la reina


Leonora—. La torre está muy abandonada desde que Cornelius
se fue.
—¿Y qué quieres que haga? —gruñó el rey Héctor, que
estaba preocupado porque su halcón favorito se había
escapado—. Nadie sabe dónde encontrarle.
—Es evidente que necesitamos un nuevo sabio —dijo la
reina sin enfadarse—. ¿Qué es una corte sin sabio?
—¿Para qué molestarnos? Cornelius sale a menudo de
viaje. No tardará en volver.
—Pero nunca se había ido sin avisar… Querido, han
pasado más de seis meses y no tenemos nuevas de él. Y me
pregunto… ¿qué clase de sabio desaparece sin más, sin siquiera
pedir licencia a su rey? No es un comportamiento serio ni
apropiado; aunque volviese, no deberíamos mantenerlo en
nuestra corte.
El rey detuvo su nervioso pasear por el patio de armas
para considerar la propuesta de su esposa. Lo cierto era que le
costaba evocar los rasgos de Cornelius, a pesar de que llevaba
en la corte más tiempo del que podía recordar; pero el sabio era
un hombre gris que se pasaba el tiempo encerrado en la torre,
con sus libros, y sólo salía de allí cuando el rey lo mandaba
llamar para consultarle sobre algún asunto. Ni siquiera lo veían
a las horas de las comidas, porque estaba siempre tan atareado
que, ya desde el principio, había dado instrucciones de que le
subieran comida tres veces al día, y no lo molestaran a no ser
que fuera por mandato real.
El monarca suspiró. Era cierto que al tal Cornelius
apenas se lo veía fuera de la torre, y que en los últimos años se
había ausentado del castillo en varias ocasiones, pero no dejaba

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Mandrágora – © Laura Gallego García, Pearson Educación, 2003

de ser un individuo útil. Porque el rey Héctor sabía cómo dirigir


a sus caballeros en una batalla, cómo gobernar sus tierras, cómo
tratar a sus iguales y sus inferiores, cómo recaudar sus
impuestos y cómo impartir justicia, pero poco más. Y Cornelius
estaba en la corte para suplir aquellas carencias. El rey lo
llamaba cuando quería hacerle consultas sobre legislación,
botánica, geografía e incluso astrología. Cornelius parecía
saberlo todo y, si había algún detalle que ignoraba, no tardaba
en ir a consultarlo en sus gruesos volúmenes para regresar
momentos después con la respuesta a la pregunta que se le había
formulado. Porque, aunque el rey Héctor era capaz de leer
razonablemente bien, lo cierto era que no sabía gran cosa de
latín, y los eruditos tenían la mala costumbre de emplear dicha
lengua para escribir sus tratados.
—Tienes razón —dijo finalmente, con un enérgico
cabeceo—. Necesitamos otro sabio.
La reina carraspeó delicadamente.
—Ten en cuenta que las cosas han cambiado bastante
por aquí desde que Cornelius llegó. Tu reino es ahora mucho
más poderoso, floreciente e importante.
El rey Héctor hinchó el pecho, lleno de orgullo. Sabía
que era un buen rey. Desde su llegada al trono había ampliado
considerablemente el territorio heredado, añadiendo a sus
posesiones los condados de Rosia y Castel Forte. Su corte se
había llenado de jóvenes que acudían allí para que él los armase
caballeros, y su hija, la princesa Ángela, tenía como doncellas a
las damas más nobles. Mercaderes de todos los reinos acudían a
venderle todo tipo de maravillas procedentes de tierras lejanas, y
los ojos de todas las princesas casaderas del continente estaban
puestos en su primogénito, el apuesto príncipe Marco.
—Lo sé —dijo, con una sonrisa—. Pero, ¿qué tiene que
ver eso con Cornelius?

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Mandrágora – © Laura Gallego García, Pearson Educación, 2003

La reina sonrió indulgentemente. Su esposo era un buen


rey, pero no terminaba de comprender las sutilezas de una corte
medianamente refinada.
—Un castillo como el tuyo, querido —le explicó— no
debería conformarse con un sabio gris y desconocido.
—¿Ah, no?
—No —confirmó la reina con energía—. Debe tratarse
de un sabio famoso, un sabio a quien todos los reyes del mundo
querrían tener. ¿Sabes quién fue el sabio de Alejandro Magno?
¡Nada menos que Aristóteles! ¿Por qué ibas tú a conformarte
con menos?
—Querida, Aristóteles está muerto…
—Lo que quiero decir es que mereces tener en tu corte a
un sabio tan importante como Aristóteles —explicó la reina
pacientemente.
El rey se acarició la barbilla, pensativo. La reina casi
podía ver los engranajes de su cerebro analizando la cuestión. Se
estaba preguntando si era realmente necesario tomarse la
molestia de buscar al sabio más importante de todos, si no
serviría igual cualquier otro sabio y si le iba a costar muy caro.
—¿Has pensado en alguien en concreto, querida?
Ella se ruborizó levemente, en un gesto que el rey
consideraba delicioso.
—Sí, me había tomado la libertad de pensar en ello.
El rey sonrió. Debería haberlo sospechado.
—¿Y en quién pensabas?
—Verás… Nemesius, el sabio del rey Simón, tiene fama
de ser el más instruido. Nadie lo aventaja en conocimientos y
saber.
El soberano frunció el ceño. Hacía relativamente poco
que había firmado un tratado de paz con el rey Simón, y no era
cuestión de provocar una disputa robándole a su sabio. Además,

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Mandrágora – © Laura Gallego García, Pearson Educación, 2003

el rey Héctor sabía que, si bien podía confiar en el criterio de su


esposa para a la mayoría de las cosas, conocía también su
afición a compararse con la reina Viviana, la esposa del rey
Simón, a quien envidiaba abiertamente. La corte del rey Simón
era a todas luces más refinada y elegante que la suya, pero
Héctor, que lo había derrotado en una justa, no veía grandes
ventajas en ello. Estaba claro que un rey valía lo que su espada y
su caballo.
Desgraciadamente, la reina Leonora no pensaba igual.
—Querida, no sé si el rey Simón verá con buenos ojos
que traslademos a su sabio a nuestra corte. Sobre todo si, como
dices, es el más famoso de nuestro tiempo.
Su esposa frunció los labios. Era su modo de decir que
estaba disgustada. El rey sabía que era demasiado discreta como
para discutir con él en público, pero sabía también que lo
esperaba una buena reprimenda en cuanto estuvieran a solas en
la alcoba.
Trató de buscar rápidamente una solución.
—Pero enviaré a mis mensajeros en busca de un sabio
más sabio que ese tal Menesius.
—Nemesius —le recordó la reina, aún con gesto de
enfado.
—Los enviaré muy lejos —siguió diciendo el rey,
deprisa—, a Oriente. ¿No te gustaría tener un sabio que
procediese de Oriente?
—¿Un sabio pagano? —se horrorizó la reina.
—¡Oh, no, querida! Hay reinos cristianos en Oriente.
Podemos traer a un sabio griego. ¿Qué te parece? Como
Aristóteles. O de los nuevos reinos cristianos de Tierra Santa.
O…
—Querido, las cortes de Tierra Santa no son nada
refinadas. Sus reyes están todo el tiempo peleando contra los

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Mandrágora – © Laura Gallego García, Pearson Educación, 2003

infieles.
—… incluso puedo enviar heraldos al reino del Preste
Juan —concluyó el rey.
—¿Al reino del Preste Juan? —Los ojos de la reina
Leonora relucieron, ilusionados; el mohín desapareció—. ¿En
serio? ¿Lo harías?
—Por supuesto que sí —mintió el rey, con gesto
magnánimo.
Todo el mundo sabía que para llegar al mítico reino del
Preste Juan había que emprender un larguísimo viaje lleno de
peligros y amenazas, a través de tierras pobladas de salvajes
inhumanos y bestias pavorosas. En el caso de que algún
mensajero lograse llevar a cabo la proeza de llegar hasta allí…
razonablemente vivo, habría que esperar después que regresase
con el sabio. Era mucho suponer y, ahora que la reina había
logrado convencerlo de la necesidad de contratar un nuevo
erudito, el rey Héctor no estaba dispuesto a dejar tantas cosas al
azar.
—Le pediré al Preste Juan que nos envíe al mejor sabio
de su corte —le prometió a su esposa, no obstante—. O al
segundo mejor, si es que no quiere desprenderse del primero —
al ver que los labios de la reina comenzaban a fruncirse de
nuevo, añadió rápidamente—. Siempre será mejor que ese
Nesemius de Viviana, ¿no?
—Nemesius —corrigió la reina. Pero sonrió.
Aún tuvo que recordárselo no menos de cinco veces
antes de que el rey enviase por fin los mensajeros que había
prometido. A algunos de ellos, los despidió a espaldas de su
esposa; diría después que habían desaparecido en el largo viaje
al reino del Preste Juan. Pero a la mayoría los envió no sólo a
Oriente, sino en todas direcciones, con un bando que
proclamaba que la corte del poderoso rey Héctor necesitaba un

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Mandrágora – © Laura Gallego García, Pearson Educación, 2003

sabio instruido en todas las artes, que hablase latín y griego con
tanta fluidez como su lengua materna y que tuviese también
amplios conocimientos sobre otras lenguas ―de sabios‖, como el
hebreo, el arameo y el árabe. Debía ser una eminencia,
asimismo, en todas las artes del Trivium y el Quadrivium, lo
cual incluía, por supuesto, Gramática, Lógica, Retórica,
Aritmética, Música, Astronomía y Geometría. A esto debía
añadirse un gran dominio sobre otras ciencias, que el rey
llamaba ―naturales‖ y que encontraba de suma utilidad para
ciertas cosas: botánica, medicina, zoología, geología y, a ser
posible, algo de alquimia. También debía ser un erudito en
cuanto a Teología cristiana (de esta manera, el rey se aseguraba
de que ningún sabio pagano acudiese a su llamada).
Y, para que no quedase ningún cabo suelto, el rey añadió
entre los requisitos conocimientos en materias tales como
historia, leyes, geografía, lenguas modernas y, a ser posible, que
supiera citar dichos latinos y frases de personajes célebres de la
Antigüedad (el rey Simón solía hacerlo a menudo, y el rey
Héctor no quería ser menos).
La reina leyó el bando y dio su aprobación. Por su parte,
el rey envió nuevos mensajeros a las ciudades más importantes,
para que averiguasen quiénes eran los sabios más reconocidos, y
con la información que obtuvo configuró una lista, de la que
borró a los eruditos que no eran cristianos.
Cuando los primeros mensajeros fueron regresando, el
rey Héctor se dio cuenta de que aquello de encontrar un buen
sabio no era tan sencillo como había pensado en un principio. La
mayor parte de los eruditos no estaban disponibles, pues
trabajaban en las cortes de los más poderosos monarcas
europeos, instruyendo a sus príncipes. Y los que ofrecían sus
servicios al rey Héctor no figuraban en la lista que había
elaborado.

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Mandrágora – © Laura Gallego García, Pearson Educación, 2003

El monarca estaba empezando a desesperarse cuando,


una soleada tarde de invierno, uno de sus emisarios regresó con
una carta del erudito que encabezaba su lista. La leyó con manos
temblorosas. El sabio solicitaba ocupar el puesto vacante en la
corte del rey Héctor, y sólo pedía como condición especial que
se le permitiera conservar a su lado a su aprendiz.
El rey casi no podía creer su buena suerte. Por lo que
había averiguado, aquel sabio en cuestión jamás había servido a
ningún noble ni monarca, porque había dedicado su vida a
recorrer mundo, visitando las bibliotecas más importantes de
todas las culturas conocidas. Los rumores afirmaban que incluso
había llegado hasta el reino del Preste Juan en su largo
peregrinar. Los entendidos lo consideraban el hombre más sabio
de su tiempo.
El rey lo había colocado al comienzo de su lista en un
principio, pero lo había borrado inmediatamente después,
pensando que un hombre como aquél sería difícil de localizar, y,
por otro lado, si jamás había aceptado servir en una corte, no
tenía por qué empezar a hacerlo ahora.
Pero, por lo visto, así era. De modo que, por si acaso el
erudito cambiaba de opinión, el rey Héctor se apresuró a
redactar una obsequiosa respuesta en la que dejaba bien claro
que tanto él como su aprendiz serían bien acogidos en la corte.
Después, corrió a comunicar las noticias a la reina
Leonora. Hasta el momento había realizado todas aquellas
gestiones a sus espaldas, puesto que no quería que su esposa se
enterase de que en realidad no había enviado ningún mensajero
al reino del Preste Juan (jugaba con la ventaja de que la reina,
que no había realizado más que algunos viajes cortos a lo largo
de su vida, no entendía gran cosa de distancias y otras
cuestiones geográficas, y no sospecharía si los mensajeros
regresaban en poco tiempo).

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Mandrágora – © Laura Gallego García, Pearson Educación, 2003

—Es un gran sabio, querida mía —le aseguró—. Un


hombre que no sólo ha dedicado gran parte de su vida al estudio,
sino que además ha viajado por todo el mundo. Y estuvo en la
corte del Preste Juan.
—¿Qué quieres decir? ¿Que no es el sabio del Preste
Juan?
—Querida, querida —respondió el rey, saboreando de
antemano su victoria—, ahora viene lo mejor. Él no quiso
trabajar en la corte del Preste Juan. De hecho, ha rechazado los
requerimientos de todos los reyes que lo han solicitado…
excepto el nuestro.
A la reina le brillaron los ojos de nuevo.
Aquella misma noche, durante la cena, el rey Héctor
anunció la próxima llegada del nuevo erudito de la corte. Nadie
prestó demasiada atención. La princesa Ángela hablaba en
susurros apresurados con sus doncellas, Valeria e Isabela, y de
vez en cuando las tres soltaban risitas tontas. El príncipe Marco
fingió que escuchaba, pero en realidad estaba pensando en el
nuevo caballo de guerra que su padre le había prometido por su
decimosexto cumpleaños. En cuanto a sus compañeros, hijos de
nobles encomendados a la tutela del rey Héctor para que los
instruyese como caballeros, también tenían la mente en otras
cosas. Darío devoraba su pierna de cordero como si no existiese
nada más en el mundo; Rodrigo trataba de atraer la atención de
la princesa Ángela, y Santiago parecía sentir más interés por su
laúd, que estaba afinando en aquellos momentos, que por lo que
se decía en el otro extremo de la mesa.
El rey no los regañó; al fin y al cabo, eran jóvenes. Pero
la reina les dirigió una mirada severa que no presagiaba nada
bueno. Y aunque Brígida, el ama, llamó la atención a las
doncellas, ellas no le hicieron caso.
Los adultos, al menos, hicieron un esfuerzo por aparentar

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que les interesaba lo que el rey decía. Pero incluso ellos habían
olvidado al nuevo sabio para la hora de los postres.
Había que comprenderlos. En su mayoría, eran
caballeros que pensaban más en espadas y corceles que en libros
y estudios.
Pasó el tiempo, y por fin llegó el día en que el sabio
debía presentarse en la corte. El rey consideró oportuno
recordarlo durante la comida, y en esta ocasión logró despertar,
si no el interés de sus oyentes, al menos sí su curiosidad.
—¿Cómo será el nuevo sabio? —preguntó Isabela a sus
amigas después de la comida.
Isabela era prima de Ángela, y la doncella de más alto
rango en la corte, después de la princesa. Su padre era el conde
de Rosia, hermano del rey Héctor, y gobernante de una
floreciente ciudad que privilegiaba las artes y el conocimiento.
Pese a ello, nadie habría dicho de Isabela que fuese culta; pero
sabía leer algo mejor que sus amigas, y, además, había
conocido a más sabios aparte del desaparecido Cornelius.
—No tengo ni idea —respondió Valeria, encogiéndose
de hombros mientras seguía con la vista a Darío, que se
encaminaba al patio junto con sus compañeros—. Pero el rey ha
dicho que viene con un aprendiz. ¿Creéis que será guapo?
—¡Bah! —replicó Ángela con desdén—. Ese sabio y su
aprendiz no son más que plebeyos. No tienen nada que ver con
nosotras.
Ninguna de las dos replicó. Podrían haberle recordado
que la reina había declarado que tratarían al sabio con todos los
honores, y que no sería considerado como un criado, sino casi
como un caballero de importancia. Pero no lo hicieron, porque,
entre ellas, era Ángela quien siempre llevaba la voz cantante, y
rara vez se atrevían a contradecirla.
El príncipe Marco y sus amigos, por su parte, no hicieron

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el menor comentario al respecto. Se limitaron a bajar al patio y


seguir entrenándose con las espadas.
Al caer la tarde, el sabio y su aprendiz aparecieron en el
camino que llevaba al castillo, pero sólo la reina, que se había
asomado al balcón y oteaba el horizonte con impaciencia, los
vio llegar. Los observó con atención. El chico iba envuelto en
una capa y ayudaba a caminar a su maestro, que parecía todo lo
anciano que debe parecer un sabio y, además, lucía una larga
barba blanca. La reina suspiró, satisfecha. Todo lo que había
conseguido Cornelius en sus largos años de estudio en la torre
era una mediocre barba gris. Pero estaba casi segura de que su
nuevo erudito podría vencer al de la reina Viviana en un
concurso de longitud de barbas.
Corrió a avisar a su esposo cuando los recién llegados se
detuvieron ante la puerta del castillo. Nadie les preguntó su
nombre ni su identidad. Los guardias se limitaron a bajar el
puente levadizo y a abrirles de par en par las puertas de la
morada del rey Héctor.
Momentos después, los dos se hallaban en presencia de
los reyes.
—Majestades —dijo el sabio, inclinándose ante sus
anfitriones—, es para mí un honor encontrarme hoy aquí. Si lo
deseáis, os haré una breve relación de mis estudios y aptitudes
para…
—Oh, no es necesario, maese Zacarías —interrumpió el
rey, sonriendo ampliamente—. Vuestra fama os precede. Si lo
preferís…
—¿Zacarías? —interrumpió la reina, mirando al sabio
como si no hubiese oído bien.
—Así me llamo, señora —dijo el anciano.
La reina lanzó una mirada acusadora a su esposo. Éste se
encogió ligeramente de hombros.

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—¿Ocurre… algo con mi nombre? —vaciló el sabio.


—No es nombre de sabio —declaró rotundamente la
reina—. Todos los sabios llevan nombres latinos. De modo que,
mientras habitéis en este castillo, atenderéis al nombre de maese
Zacarius.
—¿Za… Zacarius? —repitió el sabio, con una cómica
expresión de desconcierto.
Su aprendiz carraspeó abruptamente, en un claro intento
de reprimir una risa, y la reina se fijó por primera vez en él. Se
había retirado la capucha de la cabeza, y una larga mata de
cabello castaño rizado caía sobre sus hombros. Fue entonces
cuando la reina se dio cuenta de que lo que llevaba bajo la capa
era un vestido. Porque el aprendiz del sabio Zacarías… o
Zacarius… era…
—¡Una doncella! —exclamó la reina, desconcertada.
Una muchacha, se corrigió inmediatamente. Estaba claro
que no era de noble cuna. Sus ropas eran vulgares, su cabello
crecía suelto y descuidado y su rostro era moreno y con unas
saludables mejillas sonrosadas salpicadas de pecas. Nada que
ver con los finos semblantes de porcelana de las doncellas de su
corte.
—¡Oh, sí, lo olvidaba! —exclamó Zacarías; parecía
todavía algo perplejo por la cuestión de su nombre—. Mi
discípula… Miriam.
La muchacha se inclinó ante los reyes. No fue una
reverencia muy correcta ni elaborada, pero la ejecutó con
decisión y energía.
—Una muchacha —repitió la reina, como si todavía no
diera crédito a sus ojos.
—Se trata de mi hija, Majestad —explicó el erudito.
La reina se levantó y caminó lentamente en torno a
Miriam, observándola con atención. La chica cambió el peso de

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una pierna a otra, inquieta.


—¿Por qué no te has peinado hoy? —le preguntó la
reina.
—Pero si me he peinado… —respondió Miriam,
sorprendida—. Majestad —añadió rápidamente.
—¿Dónde está el resto de tu vestuario? ¿No tienes nada
mejor que ponerte?
—Éste es el mejor vestido que tengo, el de los días de
fiesta. El otro me lo pongo durante la semana.
—¿Y tus joyas?
—No tengo, señora.
—¿Sabes tañer la vihuela?
—No, señora.
—¿Sabes bordar?
—No, señora. Pero sé zurcir medias y calzas.
La reina estaba horrorizada. Se volvió hacia Zacarías.
—¿Pero qué clase de educación se le ha dado a esta
criatura?
El sabio iba a responder, pero Miriam se le adelantó:
—Sé leer en latín y en griego, y un poco de hebreo. He
leído a Aristóteles, Platón, Cicerón, Séneca, Escoto, Prudencio,
Avicena, Horacio, Casiodoro…
—Es suficiente, gracias —cortó la reina con sequedad,
pero Miriam siguió hablando:
—…Boecio, Averroes, Ovidio, Justiniano, Hipócrates,
Salustio, Virgilio, Euclides …
—¡He dicho que es suficiente!
Miriam calló, pero seguía brillando un destello de
rebeldía en sus ojos castaños.
—Como veis —añadió, suavemente—, he recibido una
esmerada educación.
—Eso parece —intervino el rey—, pero, si no me

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equivoco, casi todos los autores que has mencionado son


paganos.
—Conozco la Biblia —replicó ella; pero parecía un poco
más insegura—. Y he leído las obras de algunos Padres de la
Iglesia, como San Agustín o Santo Tomás…
—Esa no es la cuestión —interrumpió la reina,
intentando volver a tomar las riendas de la conversación—. No
me parece decoroso que una doncella sea tan…
—¿Leída? —la ayudó el rey.
—Exacto. Todo el mundo sabe que la erudición es una
cosa de hombres.
—Pero… —empezó Miriam; su padre se le adelantó:
—Majestad, si me permitís… Miriam es mi única hija.
Es mi voluntad que sea la heredera de mis conocimientos.
La reina frunció los labios. Estaba claro que no aprobaba
nada de todo aquello.
—Se me concedió permiso para instalarme aquí con mi
aprendiz —le recordó el sabio.
—No especificasteis que se tratase de una doncella,
maese Zacarius.
—Con todos mis respetos, Majestad… sigo sin entender
cuál es el problema.
—Es evidente. Si fuese una muchacha cualquiera
(aunque eso es exactamente lo que parece), la mandaría con las
criadas. Pero al ser vuestra hija, debemos concederle un trato
especial. ¡Y no es lo bastante refinada como para relacionarse
con mi hija y sus doncellas!
El rey intervino oportunamente.
—Sin embargo, maese Zacarius tiene razón. Le concedí
permiso para traer a su aprendiz, y yo soy un hombre de palabra.
—Os lo agradezco, Majestad.
El rey miró a su esposa y vio que estaba a punto de

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montar en cólera.
—Pero —añadió rápidamente—, la joven Miriam deberá
comportarse como una doncella de noble cuna. Aprenderá con la
dama Brígida a vestir y actuar de acuerdo con su nueva posición
en nuestra corte.
—Pero, ¿y mis estudios? —preguntó Miriam, asustada; y
añadió enseguida—: Majestad.
—Rogaría a sus Majestades que le permitiesen continuar
estudiando conmigo —la apoyó Zacarías.
—En tal caso, deberá repartir su tiempo entre ambos
menesteres —dictaminó el rey; miró de reojo a su esposa y
comprobó que ésta parecía bastante menos disgustada—. He
dicho.
>> Y ahora, los criados os acompañarán a la torre, maese
Zacarius. Sin duda estaréis cansado del viaje. Había hecho
preparar un rincón para vuestro aprendiz en la misma
habitación, pero, dadas las circunstancias, creo que será mejor
que la joven Miriam ocupe un cuarto en el ala oeste, donde se
encuentran los aposentos de las doncellas y el de la dama
Brígida. ¿Ese es todo el equipaje que traéis?
—No, Majestad —respondió el sabio—. Tras nosotros
viene un carro cargado con todos nuestros libros. Los mozos que
lo conducen deben de estar al llegar.
—Me ocuparé de que los libros sean trasladados a la
torre en cuanto lleguen —asintió el rey—, aunque no los
necesitaréis: Cornelius se dejó en la torre toda su biblioteca.
Zacarías arqueó una ceja y cruzó con su hija una mirada
significativa. Ella asintió.
—Bien, maese Zacarius, podéis retiraros —declaró el
rey.
El sabio se inclinó de nuevo. Los reyes se lo quedaron
mirando, expectantes. Hubo un incómodo silencio.

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—¿Y bien? —preguntó entonces la reina Leonora,


frunciendo el ceño.
—¿Perdón? —vaciló el sabio, inseguro.
—Mi esposa está esperando —explicó el rey— que,
como buen erudito, os despidáis con alguna cita o adagio latino.
Zacarías parpadeó, perplejo.
—¡Oh, bien! Yo… —meditó un momento—. Con
vuestra licencia, regresaré a mis estudios, ya que Ars longa, vita
brevis, es decir: la tarea es larga y la vida es breve.
La reina asintió, satisfecha.

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