Julio Ramón Ribeyro —Pongan un bolero —sugirió.
(Lima, Perú, 31 de agosto de 1929 - Lima, 4 de diciembre de 1994) Las muchachas lo miraron con sorpresa. Sin duda se trataba de un
rostro poco familiar. Las fiestas de Miraflores, a pesar de realizarse
semanalmente en casas diferentes, congregaban a la misma pandilla
DE COLOR MODESTO de jovenzuelos en busca de enamorada. De esos bailes sabatinos en
Las botellas y los hombres residencias burguesas salían casi todos los noviazgos y matrimonios
(originalmente publicado, por error, como Los hombres y las botellas) del balneario.
(Lima: Populibros Peruanos, 1964, 135 págs.) —Nos gusta más el mambo —respondió la más osada de las
muchachas—. El bolero está bien para los viejos.
LO PRIMERO QUE hizo Alfredo al entrar a la fiesta fue ir directamente Alfredo no insistió pero mientras regresaba al bar se preguntó si
al bar. Allí se sirvió dos vasos de ron y luego, apoyándose en el marco esa alusión a los viejos tendría algo que ver con su persona. Volvió a
de una puerta, se puso a observar el baile. Casi todo el mundo estaba observarse en el espejo. Su cutis estaba terso aún pero era en los ojos
emparejado, a excepción de tres o cuatro tipos que, como él, donde una precoz madurez, pago de voraces lecturas, parecía haberse
rondaban por el bar o fumaban en la terraza un cigarrillo. aposentado. «Ojos de viejo», pensó Alfredo desalentado, y se sirvió
Al poco tiempo comenzó a aburrirse y se preguntó para qué había un cuarto vaso de ron.
venido allí. Él detestaba las fiestas, en parte porque bailaba muy mal Mientras tanto, la animación crecía a su alrededor. La fiesta, fría
y en parte porque no sabía qué hablar con las muchachas. Por lo al comienzo, iba tomando punto. Las parejas se soltaban para
general, los malos bailarines retenían a su pareja con una charla contorsionarse. Era la influencia de la música afrocubana,
ingeniosa que disimulaba los pisotones e, inversamente, los borricos suprimiendo la censura de los pacatos e hipócritas habitantes de
que no sabían hablar aprendían a bailar tan bien que las muchachas se Lima. Alfredo caminó hasta la terraza y miró hacia la calle. En la
disputaban por estar en sus brazos. Pero Alfredo, sin las cualidades de calzada se veían ávidos ojos, cabezas estiradas, manos aferradas a la
los unos ni de los otros, pero con todos sus defectos, era un ser verja. Era gente del pueblo, al margen de la alegría.
condenado a fracasar infaliblemente en este tipo de reuniones. Una voz sonó a sus espaldas:
Mientras se servía el tercer vaso de ron, se observó en el espejo —¡Alfredo!
del bar. Sus ojos estaban un poco empañados y algo en la expresión Al voltear la cabeza se encontró con un hombrecillo de corbata
blanda de su cara indicaba que el licor producía sus efectos. Para plateada, que lo miraba con incredulidad.
despabilarse, se acercó al tocadiscos donde un grupo de muchachas —Pero ¿qué haces aquí, hombre? Un artista como tú…
elegía alegremente las piezas que luego tocarían. —He venido acompañando a mi hermana.
—No es justo que estés solo. Ven, te voy a presentar unas amigas. El hombrecillo de la corbata plateada reapareció.
Alfredo se dejó remolcar por su amigo entre los bailarines, hasta —¿Cómo?, ¿sigues parado allí? ¡No me dirás que no has bailado!
una segunda sala, donde se veían algunas muchachas sentadas en un —Una pieza —mintió Alfredo.
sofá. Una afinidad notoria las había reunido allí: eran feas. —Seguramente que todavía no has saludado a mi hermana.
—Aquí les presento a un amigo —dijo, y sin añadir nada más, lo Vamos, está aquí con su enamorado.
abandonó. Ambos pasaron a la sala vecina. La dueña del santo bailaba un
Las muchachas lo miraron un momento y luego siguieron vals criollo con un cadete de la Escuela Militar.
conversando. Alfredo se sintió incómodo. No supo si permanecer allí o —Elsa, aquí Alfredo quiere saludarte.
retirarse. Optó heroicamente por lo primero pero tieso, sin abrir la —¡Ahora que termine la pieza! —respondió Elsa sin interrumpir
boca, como si fuera un ujier encargado de vigilarlas. Ellas elevaban de sus rápidas volteretas. Alfredo quedó cerca, esperando, meditando
cuando en cuando la vista y le echaban una rápida mirada, un poco uno de los habituales saludos de cumpleaños. Pero Elsa empalmó ese
asustadas. Alfredo encontró la idea salvadora. Sacó su paquete de baile con el siguiente y enseguida, del brazo del cadete, se encaminó
cigarrillos y lo ofreció al grupo. alegremente hacia el comedor, donde se veía una larga mesa repleta
—¿Fuman? de bocaditos.
La respuesta fue seca: Alfredo, olvidado, se acercó una vez más al bar. «Tengo que
—No, gracias. bailar», se dijo. Era ya una cuestión de orden moral. Mientras bebía el
Por su parte, encendió uno y al echar la primera bocanada de quinto trago, buscó en vano a su hermana entre los concurrentes. Su
humo, se sintió más seguro. Se dio cuenta que tendría que iniciar una mirada se cruzó con la de dos hombres maduros que observaban
batalla. lujuriosamente a las niñas y de inmediato se vio asaltado por un
—¿Ustedes van al cine? torbellino de pensamientos lúcidos y lacerantes. ¿Qué podía hacer él,
—No. hombre de veinticinco años, en una fiesta de adolescentes? Ya había
Aún aventuró una tercera pregunta: pasado la edad de cobijarse «a la sombra de las muchachas en flor».
—¿Por qué no abrirán esa ventana? Hace mucho calor. Esta reflexión trajo consigo otras, más reconfortantes, y lanzando la
Esta vez fue peor: ni siquiera obtuvo respuesta. A partir de ese vista en torno suyo, trató de ubicar alguna chica mayor a quien no
momento ya no despegó los labios. Las muchachas, intimidadas por intimidaran sus modales ni su inteligencia.
esa presencia silenciosa, se levantaron y pasaron a la otra sala. Cerca del vestíbulo había tres o cuatro muchachas un poco
Alfredo quedó solo en la inmensa habitación, sintiendo que el sudor marchitas, de aquellas que han dejado pasar su bella época,
empapaba su camisa. obsesionadas por algún amor loco y frustrado, y que llegan a la
treintena sin otra esperanza que la de hacer, ya que no un Alfredo pensó que era el momento de sacar a bailar a alguien, pero
matrimonio de amor, por lo menos uno de fortuna. sólo tocaban la maldita música afrocubana. Se arriesgaba ya a
Alfredo se acercó. Su paso era un poco inseguro, al extremo que extender la mano hacia la morena, cuando un hombre calvo,
algunas parejas con las que tropezó lo miraron airadas. Al llegar al elegante, con dos puños blancos de camisa que sobresalían
grupo tuvo una sorpresa: una de las muchachas era una antigua vecina insolentemente de las mangas de su saco, irrumpió en el grupo como
de su infancia. una centella.
—No me digas que he cambiado mucho —dijo Corina—. Me vas a —¡Ya todo está arreglado, regio! —exclamó—. Mañana iremos a
hacer sentir vieja. —Y lo presentó al resto del grupo. Chosica con Ernesto y Jorge. Las tres hermanas Puertas vendrán con
Alfredo departió un rato con ellas. Las cinco copas de ron lo nosotros. ¿No les parece regio? Lo mismo que Carmela y Roxana.
frivolizaban lo suficiente como para responder a la andanada de Hubo un estallido de alegría.
preguntas estúpidas. Advirtió que había un clima de interés en torno a —Te presento a un amigo —dijo Corina, señalando a Alfredo.
su persona. El calvo le estrechó efusivamente la mano.
—¿Ya habrás terminado tu carrera? —indagó Corina. —Regio, si quiere puede venir también con nosotros. Nos va a
—No. La dejé —respondió francamente Alfredo. faltar sitio para Elsa y su prima. ¿Quiere usted llevarlas en su carro?
—¿Estás trabajando en algún sitio? Alfredo se sintió enrojecer.
—No. —No tengo carro.
—¡Qué suerte! —intervino una de las chicas—. Para no trabajar El calvo lo miró perplejo, como si acabara de escuchar una cosa
habrá que tener muy buena renta. absolutamente insólita. Un hombre de veinticinco años que no tuviera
Alfredo la miró: era una mujer morena, bastante provocativa y carro en Lima podría pasar por un perfecto imbécil. La morena se
sensual. En el fondo de sus ojos verdes brillaba un punto dorado, mordió los labios y observó con más atención el terno, la camisa de
codicioso. Alfredo. Luego le volvió lentamente la espalda.
—Pero, entonces, ¿a qué te dedicas? —preguntó Corina. El vacío comenzó. El calvo había acaparado la atención del
—Pinto. grupo, hablando de cómo se distribuirían en los carros, cómo se
—Pero… ¿de eso se puede vivir? —inquirió la morena, visiblemente desarrollaría el programa del domingo.
intrigada. —¡Tomaremos el aperitivo en Los Ángeles! Luego almorzaremos
—No sé a qué le llamará usted vivir —dijo Alfredo—. Yo sobrevivo, en Santa María, ¿no les parece regio? Más tarde haremos un poco
al menos. de footing…
A su alrededor se creó un silencio ligeramente decepcionado. Alfredo se dio cuenta de que allí también sobraba. Poco a poco,
pretextando mirar los cuadros, se fue alejando del grupo, se tropezó Al segundo golpe, la puerta del oficio se abrió y una mucama
con un cenicero y cuando llegó al bar, escuchó aún la voz del calvo asomó la cabeza.
que bramaba: —Deme un vaso de agua, por favor.
—¡Almorzaremos en el río, regio! La mucama dejó la puerta entreabierta y se alejó, dando unos
—¡Un ron! —dijo a la chica que estaba detrás del mostrador. pasos de baile. Alfredo observó que en el interior de la cocina, la
La chica lo miró enojada. servidumbre, al mismo tiempo que preparaba el arroz con pato,
—¿No ha oído? ¡Un ron! celebraba, a su manera, una especie de fiesta íntima. Una negra
—Sírvaselo usted. Yo no soy la sirvienta —contestó, y se retiró esbelta cantaba y se meneaba con una escoba en los brazos. Alfredo,
deprisa. sin reflexionar, empujó la puerta y penetró en la cocina.
Alfredo se sirvió un vaso hasta el borde. Volvió a mirarse en el —Vamos a bailar —dijo a la negra.
espejo. Un mechón de pelo había caído sobre su frente. Sus ojos La negra rehusó, disforzándose, riéndose, rechazándolo con la
habían envejecido aún más. «Su mirada era tan profunda que no se la mano pero incitándolo con su cuerpo. Cuando estuvo arrinconada
podía ver», musitó. Vio sus labios apretados: signo de una naciente contra la pared, dejó de menearse.
agresividad. —¡No! Nos pueden ver.
Cuando se disponía a servirse otro, divisó a su hermana que La mucama se acercó, con el vaso de agua.
atravesaba la sala. De un salto estuvo a su lado y la cogió del brazo. —Baila no más —dijo—. Cerraré la puerta. ¿Por qué no nos vamos
—Elena, vamos a bailar. a divertir nosotros también?
Elena se desprendió vivamente. Los parlamentos continuaron, hasta que al fin la negra cedió.
—¿Bailar entre hermanos? ¡Estás loco! Además, estás apestando a —Solamente hasta que termine esta pieza —dijo.
licor. ¿Cuántas copas te has tomado? ¡Anda, lávate la cara y enjuágate Mientras la mucama cerraba la puerta con llave, Alfredo atenazó
la boca! a la negra y comenzó a bailar. En ese momento se dio cuenta de que
A partir de ese momento, Alfredo erró de una sala a otra, bailaba bien, quizá por ese sentido del ritmo que el alcohol da cuando
exhibiendo descaradamente el espectáculo de su soledad. Estuvo en no lo quita o simplemente por la agilidad con que su pareja lo seguía.
la terraza mirando el jardín, fumó cigarrillos cerca del tocadiscos, Cuando esa pieza terminó, empezaron la siguiente. La negra aceptaba
bebió más tragos en el bar, rehusó la simpatía de otros solitarios que la presión de su cuerpo con una absoluta responsabilidad.
querían hacer observaciones irónicas sobre la vida social y por último —¿Tú trabajas aquí?
se cobijó bajo las escaleras, cerca de la puerta que daba al oficio. El —No, en la casa de al lado. Pero he venido para ayudar un poco y
ron le quemaba las entrañas. para mirar.
Terminaron de bailar esa pieza, entre cacerolas y tufos de —¡Vengan todos que van a partir la torta!
comida. El resto de la servidumbre seguía trabajando y, a veces, Alfredo tuvo tiempo de observar algo más: no habían estado solos
interrumpiéndose, los miraban para reírse y hacer comentarios en la galería. En las mesitas cobijadas a la sombra de la enramada,
graciosos. algunas parejas se habían refugiado y ahora, sorprendidas también, se
—¡Apagaremos la luz! despertaban como de un sueño.
—¿Qué cosa hay allí? —preguntó Alfredo, señalando una mampara El ruidoso tren dio unas vueltas por el jardín y luego se encaminó
al fondo de la cocina. hacia la galería. Al llegar delante de Alfredo y de la negra, la gritería
—El jardín, creo. cesó. Hubo un corto silencio de estupor y el tren se desbandó hacia el
—Vamos. interior de la casa. Incluso las parejas, desde el fondo de los sillones,
La negra protestó. se levantaron y los hombres partieron, arrastrando a sus mujeres de la
—Vamos —insistió Alfredo—. Allí estaremos mejor. mano. Alfredo y la negra quedaron solos.
Al empujar la mampara se encontraron en una galería que daba —¡Qué estúpidos! —dijo sonriendo—. ¿Qué les sucede?
sobre el jardín interior. Había una agradable penumbra. Alfredo apoyó —Me voy —dijo la negra, tratando de zafarse.
su mejilla contra la mejilla negra y bailó despaciosamente. La música —Quédate. Vamos a seguir bailando.
llegaba muy débil. Por la fuerza la retuvo de la mano. Y la hubiera abrazado
—Es raro estar así, ¿no es verdad? —dijo la negra—. ¡Qué pensarán nuevamente, si es que un grupo de hombres, entre los cuales se veía
los patrones! al dueño de la casa y al hombrecillo de la corbata plateada, no
—No es raro —dijo Alfredo—. ¿Tú no eres acaso una mujer? apareciera por la puerta de la cocina.
Durante largo rato no hablaron. Alfredo se dejaba mecer por un —¿Qué escándalo es éste? —decía el dueño, moviendo la cabeza.
extraño dulzor, donde la sensualidad apenas intervenía. Era más bien —Alfredo —balbuceó el hombrecillo—. No te la des de original.
un sosiego de orden espiritual, nacido de la confianza en sí mismo —¿No tiene usted respeto por las mujeres que hay acá? —intervino
readquirida, de su posibilidad de contacto con los seres humanos. un tercer caballero.
Una gritería se escuchó en el interior de la casa. —Váyase usted de mi casa —ordenó el dueño a la negra—. No
—¡La torta! ¡Van a partir la torta! quiero verla más por aquí. Mañana hablaré con sus patrones.
Antes de que Alfredo se percatara de lo que sucedía, se encendió —No se va —respondió Alfredo.
la luz de la galería, se abrió la puerta del jardín y una fila de alegres —Y usted sale también con ella, ¡caramba!
parejas irrumpió, cogidas de la cintura, formando un ruidoso tren, Algunas mujeres asomaban la cabeza por la puerta de la cocina.
tocando pitos, gritando a voz en cuello: Alfredo creyó reconocer a su hermana que, al verlo, dio media vuelta
y se alejó a la carrera. mirando por la ventana, donde su padre continuaba leyendo el
—¿No ha oído? ¡Salga de aquí! periódico. Alguna intuición debió tener su padre, porque fue
Alfredo examinó al dueño de casa y, sin poderse contener, se volteando lentamente la cabeza. Al distinguir a Alfredo y a la negra,
echó a reír. quedó un instante perplejo. Luego se levantó, dejó caer el periódico y
—Está borracho —dijo alguien. tiró con fuerza los postigos de la ventana.
Cuando terminó de reír, Alfredo soltó el brazo de la negra. —Vamos al malecón —dijo Alfredo.
—Espérame en la calle Madrid. —Y abotonándose el saco con —¿Quién es ese hombre?
dignidad, sin despedirse de nadie, atravesó la cocina, la sala donde el —No lo conozco.
baile se había interrumpido, el jardín, y, por último, la verja de Esa parte del malecón era sombría. Por allí se veían automóviles
madera. detenidos, en cuyo interior se alocaban y cedían las vírgenes de
«Caballísimo de mí», pensó mientras se alejaba hacia su casa, Miraflores. Se veían también parejas recostadas contra la baranda del
encendiendo un cigarrillo. Al llegar a su bajo muro se detuvo: por la malecón que daba al barranco. Alfredo anduvo un rato con la negra y
ventana abierta de la sala se veía su padre, de espaldas, leyendo un se sentó por último en el parapeto.
periódico. Desde que tenía uso de razón había visto a su padre a la —¿No quieres mirar el mar? —preguntó—. Saltamos al otro lado y
misma hora, en la misma butaca, leyendo el mismo periódico. Un rato estamos a un paso del barranco.
permaneció allí. Luego se mojó la cabeza en el caño del jardín y se —¡Qué dirá la gente! —protestó la negra.
encaminó a la calle Madrid. —¡Tú eres más burguesa que yo!… Ven, sígueme. Todo el mundo
La negra estaba esperándolo. Se había quitado su mandil de viene a mirar el mar.
servicio y en el apretado traje de seda su cuerpo resaltaba con trazos Ayudándola a salvar la baranda, caminaron un poco por el
simples y perentorios, como un tótem de madera. Alfredo la cogió de desmonte hasta llegar al borde del barranco. El ruido del mar subía
la mano y la arrastró hacia el malecón, lamentando no tener plata incansable, aterrador. Al fondo se veía la espuma blanca de las olas
para llevarla al cine. Caminaba contento, en silencio, con la seguridad estrellándose contra la playa de piedras. El viento los hacía vacilar.
del hombre que reconduce a su hembra. —¿Y si nos suicidamos? —preguntó Alfredo—. Será la mejor
—¿Por qué hace usted esto? —preguntó la negra. manera de vengarnos de toda esta inmundicia.
—¡Va! No interesa. —Tírese usted primero y yo lo sigo —rió la negra.
—Mañana no se acordará de nada. —Comienzas a comprenderme —dijo Alfredo, y cogiendo a la
Alfredo no respondió. Estaba otra vez al lado de su casa. Pasando negra de los hombros, la besó rápidamente en la boca.
su brazo sobre el hombro femenino, se apoyó en el muro y quedó Luego emprendieron el retorno. Alfredo sentía nacer en sí una
incomprensible inquietud. Estaban saltando la baranda cuando un faro de los brazos, los metieron por la fuerza en el interior del vehículo.
poderoso los cegó. Se escuchó el ruido de las portezuelas de un carro —¡A la comisaría! —ordenaron al conductor.
que se abrían y se cerraban con violencia y pronto dos policías Alfredo encendió un cigarrillo. Su inquietud se agudizaba. El aire
estuvieron frente a ellos. de mar había refrescado su inteligencia. La situación le parecía
—¿Qué hacían allá abajo?, ¡a ver, sus papeles! inaceptable y se disponía a protestar, cuando sintió la mano de la
Alfredo se palpó los bolsillos y terminó mostrando su Libreta negra que buscaba la suya. Él la oprimió.
Electoral. —No pasará nada —dijo, para tranquilizarla.
—Han estado planeando en el barranco, ¿no? Como era sábado, el comisario debía haberse ido de parranda, de
—Fuimos a mirar el mar. modo que sólo se encontraba el oficial de guardia, jugando al ajedrez
—Te están tomando el pelo —intervino el otro policía—. Vamos a con un amigo. Levantándose, dio una vuelta alrededor de Alfredo y de
llevarlos a la cana. Con una persona de color modesto no se viene a la negra, mirándolos de pies a cabeza.
estas horas a mirar el mar. —¿No serás tú una polilla? —preguntó echando una bocanada de
Alfredo sintió nuevamente ganas de reír. humo en la cara de la negra—. ¿Trabajas en algún sitio?
—A ver —dijo acercándose al guardia—. ¿Qué entiende usted por —La señorita es amiga mía —intervino Alfredo—. Trabaja en una
gente de color modesto? ¿Es que esta señorita no puede ser mi novia? casa de la calle José Gálvez. Puedo garantizar por ella.
—No puede ser. —Y por usted, ¿quién garantiza?
—¿Por qué? —Puede llamar por teléfono para cerciorarse.
—Porque es negra. —Están prohibidos los planes en el malecón —prosiguió el oficial—
Alfredo rió nuevamente. . ¿Usted sabe lo que es un delito contra las buenas costumbres? Hay
—¡Ahora me explico por qué usted es policía! un libro que se llama Código Penal y que habla de eso.
Otras parejas pasaban por el malecón. Eran parejas de blancos. —No sé si será para usted delito pasearse con una amiga.
La policía no les prestaba atención. —En la oscuridad sí y más con una negra.
—Y a ésos, ¿por qué no les pide sus papeles? —Estaban abrazados, mi teniente —terció un policía.
—¡No estamos aquí para discutir! Suban al patrullero. —¿No ve? Esto le puede costar veinticuatro horas de cárcel y la
Esas situaciones se arreglaban de una sola manera: con dinero. foto de ella puede salir en Última Hora…
Pero Alfredo no tenía un céntimo en el bolsillo. —¡Todo esto me parece grotesco! —exclamó Alfredo,
—Yo subo encantado —dijo—. Pero a la señorita la dejan partir. impaciente—. ¿Por qué no nos dejan partir? Repito, además, que esta
Esta vez los guardias no respondieron sino que, cogiendo a ambos señorita es mi novia.
—¡Su novia! como si ella también estuviera expuesta a una incomprensible
El oficial se echó a reír a mandíbula batiente y los policías, por humillación. Alfredo, en cambio, con la boca cerrada, no desprendía
disciplina, lo imitaron. Súbitamente dejó de reír y quedó pensativo. la mirada de esa compacta multitud que circulaba por los jardines y
—No crea que soy un imbécil —dijo aproximándose a Alfredo—. Yo de la cual brotaba un alegre y creciente murmullo. Vio las primeras
también, aunque uniformado, tengo mi culturita. ¿Por qué no caras de las lindas muchachas miraflorinas, las chompas elegantes de
hacemos una cosa? Ya que esta señorita es su novia, sígase paseando los apuestos muchachos, los carros de las tías, los autobuses que
con ella. Pero eso sí, no en el malecón, allí los pueden asaltar. ¿Qué descargaban pandillas de juventud, todo ese mundo despreocupado,
les parece si van al parque Salazar? El patrullero los conducirá. bullanguero, triunfante, irresponsable y despótico calificador. Y como
Alfredo vaciló un momento. si se internara en un mar embravecido, todo su coraje se desvaneció
—Me parece muy bien —respondió. de un golpe.
—¡Adelante, entonces! —rió el teniente—. ¡Llévenlos al parque —Fíjate —dijo—. Se me han acabado los cigarros. Voy hasta la
Salazar! esquina y vuelvo. Espérame un minuto.
Nuevamente en el patrullero, Alfredo permaneció silencioso. Antes de que la negra respondiera, salió de la vereda, cruzó
Pensaba en la inclemente iluminación del parque Salazar, especie de entre dos automóviles y huyó rápido y encogido, como si desde atrás
vitrina de la belleza vecinal. La negra buscó su mano, pero esta vez lo amenazara una lluvia de piedras. A los cien pasos se detuvo en seco
Alfredo la estrechó sin convicción. y volvió la mirada. Desde allí vio que la negra, sin haberlo esperado,
—Tengo vergüenza —le susurró al oído. se alejaba cabizbaja, acariciando con su mano el borde áspero del
—¡Qué tontería! —contestó él. parapeto.
—¡Por ti, por ti es que tengo vergüenza! (París, 1961)
Alfredo quiso hacerle una caricia pero las luces del parque
aparecieron.
—Déjennos aquí no más —pidió a los policías—. Les prometo que
nos pasearemos por el parque.
El patrullero se detuvo a cien metros de distancia.
—Vigilaremos un rato —dijeron.
Alfredo y la negra descendieron. Bordeando siempre el malecón,
comenzaron a aproximarse al parque. La negra lo había cogido
tímidamente del brazo y caminaba a su lado, sin levantar la mirada,