Extraña Urdimbre
Extraña Urdimbre
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ESPACIO
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Cuando supe que la única razón de seguir viviendo era
recordarme todos los días por las mañanas que el cansancio no se
debía a los pasos que había dado mientras recorría las calles, sino
a los que no había podido dar, decidí construir un mundo
pegando, como ladrillos, frases. Entonces se llenaba de luz la
recamara y el sol se mostraba complaciente mientras, como niño,
arañaba insistentemente los cristales de la ventana.
Yo saltaba del lecho y encontraba mis pies puestos en la
tierra, luego comenzaba a reconocer cada uno de mis veinte dedos.
El espejo echaba a andar no sé qué mecanismo y se apropiaba de
mi rostro. El agua corría tibia por entre mis manos, y luego, como
aferradas a unos barrotes de agua, disponían que también el
cuerpo entrara. Mi desnudez corpórea como un triunfo de mi
intimidad, y sobre ella, el agua corriendo se enjabonaba. Mis
cicatrices, mis lunares escondidos, mis vellos y mis uñas allí
estaban.
Era yo, después de todo, el deseo vibrante del movimiento; un
verdadero y complejo microuniverso flotante y caminante que se
disponía a salir, como aerolito despersonalizado, a la calle. Y
aunque me sabía parte de una muy rara urdimbre entre hilos y
espacios que las parcas hilaban y la sociedad entretejía, no perdía
mi propia concepción cosmogónica ni mi profesión de fe con los
mitos, pues hablaba de las parcas; ni mis convicciones, cuando de
la sociedad, del tedio, hablaba. Por eso me recordaba todos los
días, por las mañanas, el verdadero significado de mi cansancio…
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HILO VERDE
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Por eso hubiera deseado traer otra cara para ponérmela a la
salida del establecimiento, pero no la traía. Y uno a uno los
músculos se fueron enjutando en mi rostro a tal grado que la gente
que me veía se aterraba. Era mi cara contorsionada un símbolo real
de nuestro presente.
Era, en ese instante, el reflejo perfecto de los días: con sus
horrores, sus crímenes a altas voces, sus discursos falsos y
alegatos. Pero el horror estaba allí, prendido en mi cara, sin querer
ir a posarse como mosca insistente en la cara de los que,
comúnmente, por equivocación, por acá matan.
Y la gente me huía, y todos con rostros espeluznantes abrían
con asombro sus bocas vomitantes. Yo seguí caminando todo el
día, sin descanso, hasta perderme en una de estas noches de calor
zumbante.
¿A dónde iba ese mediodía de lumbre y asfalto? ¿Al trabajo?
¿Al correo a dejar alguna carta? ¿A reírme de los santos de alguna
iglesia cercana? ¿O volvía realmente a casa? No lo sé, ni me
importaba: caminaba.
Caminaba entre sopletes y ventanas, sudando agua de río y
sudando agua salada.
Era una calle de esas: el Boulevard Madero, la calle Rubí o la
Carrasco; un niño me ofreció en venta el periódico, un periódico
cualquiera, de los que se hacen con sus muñequitos estúpidos y
avinagrados. Negué con sonrisa y cabeza y dí las gracias, pero el
chiquillo me insistió en la venta; entonces sólo sonreí y dije:
Gracias.
-¿Cómo te llamas?
-Tal - me contestó-, ¿Y tú? -Preguntó como quien pregunta
algo para olvidarse, por un momento, del trabajo-.
-Tal - le respondí. Y pronto marchaba a mi lado-.
No traía zapatos, el suelo quemaba como las brasas; sentí
pena, hay que decirlo, de burgués, del burgués que compadece y
dice: “Pobre gente, la compadezco”, sin saber que compadecer
quiere decir: “Padecer con”. Me sentía inútil con mi pena burguesa y
traté de remediarlo: Le hice unas preguntas y terminé invitándolo a
acompañarme dos o tres calles y se fue conmigo conversando.
Llegamos a una huarachería. Lo hice entrar y pedí,
sabiéndome el hombre más generoso, un par de huaraches para el
niño. Éste me miró con asombro y alegría; el comerciante atendió
mi pedido y pagué sintiéndome muy complacido.
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Me dirigí hacia la puerta con mi pequeño acompañante, le
puse una mano sobre la espalda y pasamos bajo el techo de
huaraches y de clavos. Era mi buena obra del día, me sentía por
encima de la mejor dama vicentina. Cargaba una euforia tal, que lo
preciso en ese instante hubiera sido la muerte para llegar con
arrebato al cielo. Me sentía puro, libre, alegre, contento, generoso,
lleno.
Pero volvió a ofrecerme el periódico en venta otro niño
descalzo; alcé la vista y vi decenas de niños descalzos que vendían
el diario o limpiaban botas o cargaban canastos. En ese momento
se me derrumbó encima el cielo y cayó Dios con todos sus santos
en mi estómago y se desbarataron con los ácidos.
Quise gritar, quise vomitar, quise ser un verbo de acción
constante y deshacerme rápidamente en algo. Era yo el burgués
con su obra buena del día que corre con sus amigos a contarla.
Eran las decenas de niños que se ardían las plantas de los pies y
que tenían hambre. Por eso hubiera deseado traer otra cara para
ponérmela a la salida del establecimiento…
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HILO BLANCO
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-Y si la vieja se muere me caso otra vez compa, pa’ que vean
lo hombre que soy; y si la vieja es nueva, la lleno de hijos.
-Pos sí compa, las viejas son pa’ quedarse en las casas y pa’
tener hijos.
-La lleno, compa, la lleno. Si se muere la Madalena, la lleno.
Y siguieron hablando de lo mismo durante mucho rato, como
si un disco se hubiera rayado, como si aquellos hombres no
supieran otras frases, como si el alcohol los hubiera hecho olvidar
todo lo demás. Cuando dejó de pasar el tren se fueron; cruzaron la
vía tambaleantes diciendo uno de ellos: la lleno, compa, la lleno. Y
el otro, como buen compañero de parrandas afirmaba y reafirmaba
lo que su compañero decía.
No muy lejos de la vía se detuvieron frente a un zaguán que
había sido café y lo empujaron, se abrió con facilidad y entraron.
Dentro, como una gran colmena, se amontonaban precipitadamente
los cuartos de la vecindad.
El tren ya iría lejos cuando se dejó venir con intensidad el frío,
y acariciando hipócritamente los postigos empezó a colarse por las
ranuras de la madera. Dentro de las casas, dentro de las
vecindades, todo era frío y temblor. Todo era frío y temblor en el
cuerpo de Magdalena.
Los niños lloraban seguramente porque veían a los grandes.
¿Qué podían saber ellos de la muerte si apenas comenzaban a
vivir? ¿Qué podía saber Magdalena de la muerte si nunca conoció
la vida? Sus cuarenta y dos años se reducían a una muy corta
infancia y a un lavadero lleno de ropa ajena. Ahora sus pulmones se
desmoronaban; como el castillo de arena que en esos momentos
se desmoronaba a la orilla del mar en una playa alejada de la
capital.
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Los perros inmediatamente percibieron el extraño olor que
venía de la cubeta y comenzaron a ladrar.
Los gatos maullaban asustados, sus ojos se iban llenando poco a
poco de un amarillo espeso y brillante, las vecinas murmuraban
asustadas abriendo y cerrando ventanas para que oyera la vecina:
-La muerte anda cerca.
-La muerte anda cerca.
-Que la muerte anda cerca.
-Hay que oír nomás a los gatos.
-Dicen que los gatos y las gallinas ven a la muerte y al diablo.
-Todos los animales ven a la muerte.
-Sí, la muerte anda cerca.
-Dicen que un señor se puso lagañas de perro y se volvió
loco.
-Oiga a los gatos comadre, dicen las mujeres que la muerte
anda cerca.
-A mediodía me dijeron que la Madalena estaba muy mala, yo
creo que ya está boquiando.
-Pos Alfredo anda borracho.
-La muerte anda cerca Teodora, dice mi abuelita que la
muerte anda cerca y yo tengo mucho miedo.
-Pero la muerte no se lleva a las niñas como nosotras.
-¿No? Acuérdate de la Chabelita.
-Los gatos ya se calmaron, comadre, pero parece que los
chamacos de la Madalena se quedaron chillando.
Y como un inmenso tren que comienza a ponerse en marcha,
se fueron abriendo las ventanas y las bocas en el vecindario
mientras Magdalena arrojaba algo, seguramente amargo, por la
boca que nunca había probado las manzanas. Y los gatos
encendían los ojos y enloquecían como aquel hombre que se había
puesto lagañas de perro.
Nunca le quiso revelar a su madre qué había traído del mar en
su cubeta de plástico, ni dónde lo había escondido. Doña Socorrito
Erizmendi nunca supo por qué los perros ladraron toda esa noche;
los sirvientes tampoco pudieron explicárselo al día siguiente,
aunque entre ellos se intercambiaban miradas de complicidad y de
miedo.
El primero en morir, después de los perros, fue el jardinero y
luego el velador; los demás huyeron una noche. Doña Socorrito
contrató nueva gente y mandó hacer excavaciones en el jardín y no
quitaba los ojos de los agujeros que se iban abriendo.
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Las hijas de Magdalena se prostituyeron y los hijos robaron;
después la cárcel los unió de nuevo.
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ESPACIO
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Algo raro tenía mi mano izquierda. Estaba trepada sobre la
mesa, y mientras la mano derecha escribía, ésta acechaba como
una garra inútil. Algo le vi de feo, de grotesco. La vi fijamente y de
pronto se irguió violenta sin mi consentimiento. Quise someterla
pero no me obedeció y amenazadora me mostró la palma. ¡Mi
propia mano me amenazaba! Sentí un terror inexplicable. La otra
mano no sospechaba lo que pasaba, seguía escribiendo cosas de
la inconsciencia; mientras tanto, mi garra movía sus dedos como
grandes tentáculos y se me incrustó en la cara. Comenzó a
sacarme los ojos y me despedazó la boca para que no hablara. A la
derecha parecía que nada le importaba, seguramente se salió de
las líneas porque ya no tenía ojos que la guiaran y siguió con la
rutina de las letras que conoce de memoria por las formas
solamente.
Quería hacer algo. Aquella mano me mataría, pues si corría
para algún lado, cualquiera que fuera, ella seguiría unida a mí.
Entonces comencé a gritar, pero nadie vino en mi socorro. Después
perdí la memoria, algo se descompuso en mí y creo que la materia
se hizo una espiral de alambre que comenzó a encerrarme mientras
giraba vertiginosamente.
La derecha nunca aceptó cambios y tuvo que quedarse a
podrir entre sus anillos y entre los ojos destrozados que nunca
vieron más allá de sus dogmáticas creencias.
La izquierda había encontrado mejor forma de vida y se fue a
hacer la revolución de las manos.
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HILO ÁMBAR
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Estas tardes de agosto se llenan de un rosa poroso y espeso
que se derrama por las calles y la gente camina pintada de rosa por
las calles rosas. Antes, a la gente sí le importaban los árboles
rosas, ya no. Las casas, desveladas, se quedaban boquiabiertas
con el rosa espeso que se derrama por las montañas y la gente sale
para ver el cielo. Son las fuentes, los niños con su monstruo
escondido, las manos, el viento, y la salud rosas. Son esas tardes
de agosto: es el sol que se evapora, son las nubes los filtros y
nuestros ojos agrietados el resumidero perfecto para los colores.
Caminó lanzando sonrisas rosas como señales de humo entre
el espectáculo de estos días sumergidos de agosto. Sintió hambre y
se dirigió a algún lugar donde hubiera qué comer. En una de las
esquinas del parque estaba un señor con una carreta que vendía
tacos de carne y agua de tamarindo. Le pareció buena idea comprar
tacos y, pasando sobre las órdenes de los demás, pidió los suyos
con la autoridad y la seguridad que se fundaba en su bolsa.
Cuando levantó el plato para llevarse el primer bocado a la
lengua descubrió una mujer extraña que miraba con mucho interés
lo que se cocinaba ahí. Detuvo un momento las ansias, cerró las
compuertas de la saliva y se quedó viendo a la mujer como
queriendo penetrarla con la mirada.
- Qué raro –le dijo a los tacos y comenzó a devorarlos con
muy buen apetito-.
La mujer le descubrió las miradas, y muy pronto los dos se
veían con asombro. -Debe estar loca - pensó. Se limpió los labios
con la servilleta y la tiró al suelo. Pagó y se fue caminando
despacio.
Entre el rosa decolorado, la recordaba tan raramente vestida,
tan raramente pintada y con la muñeca que apretada entre los
brazos. La bolsa llena de papeles, el pañuelo amarrado en la
cabeza, los brazos con alambres como pulseras de oro, y al irla
recorriendo con el recuerdo llegó a entender las miradas de ella:
hambre. Al principio ella había estado mirando fijamente qué se
cocinaba, y después fue cuando cambió la mirada hacia él.
Solía ser generoso y le molestaba profundamente
desaprovechar una oportunidad así. Tenía qué volver. Si no
regresaba, este recuerdo le quitaría el sueño y seguramente tendría
pesadillas.
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atrás. Había caminado muy poco y estaba muy a tiempo para
regresar. Cualquier pretexto podía ser válido: cambiar un billete,
tomar otro vaso de agua, incluso podría comer más. Sin embargo
hizo como que buscaba a alguien o que esperaba uno de esos
fantasmas que solemos esperar cuando deseamos permanecer
injustificadamente más tiempo en un lugar para ver a alguien en
especial.
-Oiga, cómpreme dos tacos pa’ comer yo.
Era la preciosa oportunidad que esperaba y no podía
desaprovecharla. Estaba en el momento preciso del éxtasis, llegaba
al punto más alto de los lanzamientos espirituales del altruismo y lo
sabía disfrutar. La vio, vio la muñeca de cara asquerosa atrapada
entre sus brazos como una mosca inútil, muerta en una telaraña
rota. La uñas eran largas y sucias, el pelo duro de tierra y tiempo; la
sonrisa temblorosa de la loca se movía como una ola indecisa en la
panza de un gato. Él metió la mano a la bolsa, la sonrisa de la mujer
se deshacía, sacó un billete, discretamente lo vio, se lo entregó
también discretamente y dio la media vuelta.
Se sentía feliz, ella le había hablado. Ella se había dirigido a él
para pedirle el pan, el alimento, y recordaba las palabras de su
madre: “Nunca des si no te piden”. Ella le había pedido con su boca
de escasos dientes y su sonrisa temblona. “Haz el bien sin saber a
quien”. Ni siquiera le había preguntado su nombre, ni nunca en la
vida la había visto. “Lo que haga tu mano derecha, que no lo sepa
tu mano izquierda”. A nadie se lo diría, sería un secreto de su
propiedad, sería un dulce recuerdo para sí, y no pensaba
compartirlo con nadie. Finalmente él la había visto entre tanta
gente, luego le vio a los ojos; se fue con su recuerdo y había
regresado fingiendo cualquier cosa para enfrentarse a ella y
además, lo más importante: ella le había hablado y le había pedido.
El cuerpo no pesaba o la tierra perdía su atracción o él
flotaba; con estas ideas llegó a su casa y se echó tranquilo a dormir
entre las sábanas limpias.
La loca recibió el billete con su risa enferma, lo apretó
fuertemente entre las manos y no dijo nada. Él se fue. Ella siguió
hambrienta, viendo asar la carne.
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ESPACIO
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En un jardín, entre olvidado y mediocre de una plazuela, bajo
unas carcomidas hojas de hortensia encontré un gusano tan
espeluznantemente bello, que no pude seguir mi camino; detuve mi
paso y me dispuse a descubrir a aquel pequeño monstruo que
pretendía -¡Afán inútil!- trepar los tallos de todas las plantas,
perforar todas las hojas y talar los bosques y montañas.
Con un lento arrastrarse con insignificantes patas retaba al
viento, a los limbos. Manchas verde musgo; colores vegetales;
hocico amenazador; ojos temibles. Arrastrábanse entre anillos que
parecían desencajarse, ya del lomo, ya de la panza, cuando
avanzaba. Había un brotar constante, pequeños lomos que alzaban
una joroba, cientos de jorobas, miles de jorobas, anillos
desencajándose, patas clavadas en los tallos, un botar constante
sobre el sendero plano.
Un movimiento grotesco, atroz, estúpido, vano. Alcé la mano y
sacudí la rama hasta que cayó al pasto y en un deseo loco de
descubrir su ser lo aplasté despacio con el pie. No hizo ruido.
Encontré una mezcla de colores vegetales combinándose con
profusión y desespero. Nada. Me sentí Nerón y recordé a la gallina
de los huevos de oro.
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HILO ROJO
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A mi asesino lo conocí en el metro. Habíamos dejado el
último túnel, la luz entró de golpe por las ventanillas, y como
cargada de hachas nos abrió profundos huecos en los ojos. Luego,
todas las caras se fueron iluminando y vi entonces a mi asesino. Él
estaba sentado frente a mí como a tres bancas de distancia. Vestía
como aspirante a militar o simplemente a soldado. La cara dura, la
mirada penetrante, el ceño cuajado de canales fértiles y el pelo más
o menos corto.
Una deliciosa suciedad lo envolvía y parecía destilar sexo y
candente vaho por los poros. Me vio en cuanto las hachas me
hubieron abierto la primera grieta y metió sus miradas junto con la
luz hiriente. Sonreí, fue todo lo que hice. Él se quedó hierático, duro,
frío, y entonces vi sus canales húmedos, los surcos ubérrimos
deseosos de la semilla y de la buena mano, pero era mi asesino y
me dispuse a mirar las calles. Tres estaciones más y tendría que
bajar: Ermita. Mi asesino se transformó en un imán irresistible, los
vellos de los brazos como milpa espigada pedían otras manos. La
cara dura, la mirada penetrante y el ceño cuajado de ubérrimos
canales. Ermita: andenes, multitudes, trenes, las puertas se abren.
Bajo. Mi asesino baja también. Él conoce mis movimientos, él se
adelanta porque ya sabe qué dirección tomaré. Él debe haberme
espiado durante días y días, y sólo voltea muy de cuando en
cuando para verme de reojo. Subo las escaleras, me confundo
entre la gente, temo perder de vista a mi asesino. Quiero llamar la
atención de alguna manera para que él cumpla con su cometido y
yo con mi destino. Hago como que me arreglo el peinado, golpeo el
suelo con fuerza para que mis tacones hagan ruido, meneo las
caderas y hago como que veo la hora levantando con violencia el
brazo. Me siento una mujer realizada, una mujer que se acerca a su
final y va contenta. Mi asesino sale de la estación del metro,
camina muy de prisa, yo le sigo. Él llega hasta la esquina y se para
como preguntándole a los árboles hacia dónde dirigirse, le doy
alcance, me ve con mirada deseosa, sonrío para él sin verle a los
ojos y doy la vuelta en la esquina. Él me sigue. Me formo en la fila
que espera turno en los colectivos, temo mucho ser la última que
quepa en un coche y tenga que partir sin él. Cuento a los que están
formados y divido entre cinco para saber si irá conmigo. No puedo
contar muy bien por el continuo movimiento de la gente que aborda
los automóviles, pero según cálculos mi lugar es peligroso. Disto
dos personas de mi asesino, tengo que acercarme más. La señora
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que está a mi lado se ve muy cansada y la niña que duerme en sus
brazos se ve tranquila. Tal vez ella debería estar delante de mí.
No lo pienso dos veces, y como en un arranque de
generosidad le cedo mi lugar con un alargamiento de brazo-mano.
Lo agradece con una sonrisa franca y yo me alegro. Mi asesino
debía haber sonreído también, pero no lo hizo. Eso me enoja y
siento deseos de abandonar la espera de mi turno y dejar la fila,
pero algo me mantiene en mi sitio. Subo al coche, mi asesino queda
a mi lado; le siento rozar su pierna con la mía y eso me produce
vapor en los ojos y un lloro continuo. Veo por las ventanas, imagino,
sonrío y sin poderme controlar suelto la carcajada. ¡Soy una
estúpida! ¿De dónde he sacado que un tipo con quien coincido en
un transporte urbano tiene que ser mi asesino? Siento ganas de
invitarle un café y narrarle la historia para que también él se ría.
Ahora se ve extrañado, también él piensa que estoy loca… ¡Mi
asesino!
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Alargo la mano para pagar al chofer e indicarle en qué
esquina bajo –San Francisco- y pago. El coche empieza a disminuir
su velocidad y yo tiemblo. El tiempo es eterno cuando se comienza
a perder un ritmo. Mi asesino no paga aún y el corazón lucha por
salirse del pecho. Paga pero no anuncia su parada. El coche se
detiene, mi asesino abre la puerta y la detiene para que yo baje.
Bajo, y él, fuera del coche, cierra la puerta. El coche parte, mi
asesino y yo, inmóviles, nos miramos; hago el intento de partir pero
me detiene:
-¿Dónde vas? –voz ronca, viril, me tutea, me mira, lo miro-
-Voy a casa –hago una larga pausa, es muy sexy; decido
tutearlo, lo miro- ¿vienes?
Se mete las manos en la cintura, entre el cinto y la camisa
fajada, avienta un pie como para patear al viento que roza la
banqueta y con decisión me toma del brazo. Levanta las cejas y
comienza a caminar mirando siempre nuestro techo de hojas y
ramas. Me dejo llevar, no opongo resistencia, comienzo a entonar
una canción que nace en el cruce de la garganta y de las fosas
nasales. Es un pequeño aullido el que sale, es una risa hilarante la
que brota, es un choque de la vida con la muerte, bajo los árboles y
con mi asesino que me tira del brazo.
Detengo la marcha y mi asesino se para, abro el bolso y saco
las llaves tintineantes en mis manos, escojo una; mi asesino con un
arrebato cariñoso me la quita y abre la puerta. Me cede el paso,
entro, entra y cierra con cuidado la puerta. Tomamos las escaleras,
me toma del brazo, subimos los escalones sin contarlos y van
pasando las puertas a nuestra derecha. Llego hasta la puerta de mi
departamento, me detengo, escojo otra llave y la pongo en las
manos de mi asesino; él la toma, roza con cuidado mis dedos y
abre sin sorpresa la puerta. Entramos. Todo permanece quieto en
su sitio, como en la mañana cuando partí. Nada se mueve dentro,
sólo mi asesino y yo. Le ofrezco una copa y acepta. Pide servirse él
mismo y le muestro el lugar de las cosas. Pienso: “Mi asesino debe
tomar ron”. Me pregunta qué deseo y lo dejo a su elección. Mi
asesino está en la cocina, deja de hacer ruido y al rato aparece
radiante con dos copas en las manos, me ve con ironía como si
hubiera envenenado mi copa. Desconfío, sería horrible que no me
estrangularan sus manos. Desconfío. Le pregunto que si qué toma
él, me responde que lo mismo. Doy un trago, le cambio su copa por
la mía y bebemos. Ha preparado un martini dulce bastante fuerte,
pero delicioso. Bebemos. Nos miramos.
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Nos miramos fijamente, intensamente, profundamente.
Dejamos de respirar y lentamente comenzamos a acercarnos como
si el hilo que une nuestras miradas comenzara a perder elasticidad
y se fuera acortando. No hemos fumado, no hay humo en la sala. El
hilo se encoge cada vez más y los ojos sueltan su lloro como para
empañar la imagen y erotizar más el acto de ese acercamiento
lento, lento, pausado, que pierde de pronto la noción de la distancia
hasta producir un intercambio de energía eléctrica que me recorre el
cuerpo.
No opongo resistencia, me dejo hacer, soy en ese momento el
símbolo de la pasividad, de la receptividad y me entrego. Mi asesino
se ha convertido mágicamente en mi amante; no, no es mi amante,
es sólo un rito erótico pre-mortem de mi asesino. Aviento los
zapatos con los empeines perfectos envueltos por las medias, el
hombre, deseoso, baja por mi cuello como bebiendo el agua de mis
poros y va enloqueciendo con no sé qué néctar que liba y que me
produce un eterno placer que sea libado por él, por mi asesino.
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¡Qué idiotas son los que piensan que las camas se hicieron
para dormir solamente! Conduje a mi asesino deseoso de dar
muerte y vida hasta mi cama y la deshizo de un golpe. Caímos
sobre la frescura de las sábanas, sobre la suavidad tersa que
defendía la blancura, pero no estábamos dispuestos a hacer
ninguna agresión a aquellas aras; ni con sangre, ni con tierra; sino
con la pureza de nuestros manantiales vitales. Y ahí estábamos;
lamiéndonos la epidermis y bebiendo los sudores. Éramos una
dínamo que mantenía vivo un sol. Éramos, en ese momento, una
nebulosa aislada con un centro de atracción bajo los vientres y con
una búsqueda deseosa e infinita de cohesión y maleabilidad. Ahí
estaba mi asesino penetrando con brutalidad divina los centros de
mi agua, derramando las gotas de mi fuente y alimentándome,
vehementemente, con un surtidor turbulento que se consumía en su
misma voracidad. La vorágine estaba ahí, el vórtice éramos
nosotros; el turbión, en su más alto grado de intensidad, se volcaba
como queriendo extinguir al sol. Las manos de mi asesino como
grandes olas que nacían en mi pecho se estrellaban en las zonas
más rocosas de mi cuello, y la espuma, inconstante y agresiva, me
salpicaba la cara y se deshacía en mis manos. Las olas se
replegaban cada vez con más fuerza en mi cuello, impedían casi el
soplar del viento que recorría, yendo y viniendo, los túneles
anillosos de la laringe y ansiaban apagar el fuego. Era yo una isla
de tierra firme ante la fiereza nocturna de un mar desconocido, con
un volcán encendido y con la necesidad del viento.
Mi asesino aún no cortaba mi aliento, sentía sus manos ir y
venir continuamente por mi cuello. Era una muerte segura. Era
simplemente cuestión de ir presionando cada vez más y más este
cuello y mirar profundamente cómo se va extinguiendo el soplar del
viento, el fuego del momento; mirar cómo se vaciaría el agua –
evaporándose calladamente-, con un sigilo extraño, como un alma
que parte haciendo musarañas sin manos… y después, dejar podrir
la carne para que se integre a la tierra el polvo de los huesos
convertido en algo.
Mi asesino me miraba profundamente, y sin que se diera
cuenta se le escapó una pequeña sonrisa y pensé que flaqueaba.
Ya el rugir de bestias había pasado, quedaba un olor a humedad y
a la fragancia viva que deja el semen trasplantado. Me sentía como
jardín tendido en un ocaso, con canales subterráneos y con
infinidad de flores blancas que verticalmente montaron de prisa por
sus tallos y elevaron sus manos. Mi asesino flaqueaba, no era un
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buen criminal, era un hombre sin fuerza, sin decisiones. No merecía
ni siquiera ser llamado “Mi asesino”. Era, tal vez, un asesinillo de
metro aspirante a soldado para matar con permiso. Ahora había
bajado mucho la intensidad y la fuerza de sus manos; había
entrecerrado sus ojos, me pedía su copa y encendía dos cigarros.
Lanzó el humo desde mis muslos para que me rozara el vientre y
fuera a estrellarse en mi pecho, después, me dio el humo de su
boca y poco a poco se fueron cayendo las horas del reloj hasta que
algún inconsciente comenzó a encender los focos callejeros.
Mi asesino no usaba corbata. ¡Era una lástima! Hubiera
podido partir como cualquier aspirante a burgués abrochándose las
mancuernillas y buscando un espejo para saber si el nudo de la
corbata estaría derecho. Mi asesino pide volver a verme, mi amante
pide volver a verme. Como asesino es un fracaso, como amante
perfecto. Tomo una tarjeta de mi bolsa y escribo una serie de
números y especifico: mi oficina, mi casa. Mi asesino está en la
puerta, yo estoy frente a él, en bata. De pronto, veo venir en sus
ojos un arrebato de violencia y se desata un remolino enloquecido
que nos ata. Él me toma fuertemente entre los brazos, y casi, casi
se me escapa un aullido: ¡Mi asesino me mata! Sus manos buscan
mi cara, ofrezco como tributo mi cuello, luego lo escondo porque
recuerdo que ya no estamos en la cama, Él incrusta sus dedos
entre mis cabellos y me besa y me muerde repetidas veces los
labios. Abro la puerta y mi asesino se marcha.
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Las calles son como los niños: llenas de preguntas, de ruidos,
de llantos, de lluvias y sorpresas, y me interné en ellas como en un
orfanatorio. Loca, salí loca a un refugio. Era el primer parque que
me salía al encuentro. Me encontraba junto a unas iglesias que se
habían echado a descansar en el suelo bajo unos árboles
empolvados, y frente a unas bancas llenas de borrachos durmiendo.
Algunas personas comían unas tortillas duras en la banqueta. Había
mendigos solicitando, por caridad, dinero a los borrachos; que lo
único que deseaban era un trago más para ir matando en sí el
deseo vehemente de seguir viviendo. Entonces me acordé de mi
asesino y me sentí mierda. Ahora estaba frente a la realidad, frente
a los suicidios que se consumaban lentamente como una oxidación
placentera.
Por las puertas y las rejas asomaban los ojillos de hambre de
niños que preguntaban en silencio a los paseantes por qué vivían
en la miseria. Entonces vi mi estupidez materializada en mi asesino.
Era mi asesino un hombre como todos aquellos, y yo perdía mi
tiempo pensando que lo único interesante que podía sucederme era
morir asesinada en manos de un hombre vulgar. Había tenido todo;
la hoja del árbol no se había movido sin la voluntad de mi padre
hasta antes de aventarle las llaves de la casa, del coche y del chalet
en la cara.
Esa era la realidad y yo frente a ella desbaratándome en
estúpidas imaginaciones, en un deseo salido no sé de dónde, de
una muerte extraña y aparatosa. ¿Venganza? ¿Vergüenza para mis
padres? ¿Deseos de escándalo? Era horrible, ni siquiera tenía una
razón para morir. Entonces me di cuenta de que realmente estaba
loca y decidí volver a la realidad. Me compuse el pelo con las
manos y me enfrenté a los que me rodeaban. La gente apestaba
por fuera; yo por dentro y pude fácilmente acercarme a ellos. Así
fue como aprendí otro idioma y nuevas palabras que se me
perdieron en los canales vitralescos de la memoria.
La peste, como agua negra, subía y bajaba por ríos
epidérmicos invisibles, y la gente en el metro me rehuía. Frente a la
verdadera muerte pude apreciar la vida, frente a esta devorante
muerte que iba vaciando lentamente las vidas de tantos seres, me
sentí inútil y absurda. Era yo un absurdo viviente, otro ser más,
vacío, que caía en la plaza del santísimo, frente a sus iglesias,
improductivas y muertas. Grandes esqueletos barrocos, fríos,
apestosos también a orines, vigilaban con grandes ojos que no se
suspendiera, afuera, la vigencia de un determinismo religioso. “Hay
qué buscar el reino los cielos y lo demás te vendrá por añadidura” Y
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cuando me acordé de esto me dieron ganas de subirme a cagar en
todas las iglesias.
Era yo la maloliente del metro. Viajaban cientos de personas,
miles de caras olían y veían mientras llegaban a sus destinos.
Habría, tal vez allí, muchos asesinos, pero ya nada de eso me
importaba. Había llegado a un clímax y me preparaba para el dolor
de la catarsis. Me dedicaría a caminar, a abrir los zaguanes y las
puertas, a preguntar los nombres de los que habitan mi edificio y no
conozco. Desearía llegar caminando hasta la parte más alta de las
montañas para divisar la hez de la que he salido.
Todo esto significaba proponerme una nueva vida, aceptar el
presente y la realidad del mundo y destruir todos los deseos de
venganza, con lo cual destruiría a mi asesino.
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Era la vida que se me ofrecía abierta, como el fruto maduro
del álamo que explota por la necesidad de abrirse al viento. Ahí
estaba yo, en cada una de las esporas, viajando por los aires. Con
mi don de ubicuidad pude, a la vez, tomar todos los rumbos. Partí
en cientos de ojos en busca de los verdaderos horizontes, y dejé de
creer en los puntos cardinales.
Iba por la avenida Reforma, tan llena de árboles verdes, llena
de ramas aparentemente inútiles: ramas de sombras. Manejaba
porque decidí tomar el auto; era un sábado tranquilo y se podía
respirar un aire más sereno, más quieto, más puro. Recordaba el
fantasma de mi asesino, reía sola en el coche y fumaba. Fumaba y
escupía a los semáforos.
Llegué a mi oficina. Silencio: nadie trabajaba. Me senté frente
a la máquina y me puse a escribir los artículos que tenía pendientes
y a terminar con la programación de las investigaciones sobre la
familia en nuestro país. Terminé temprano y luego como en
arrebato de locura sana, decidí escribir los recuerdos de mi asesino
para asesinarlos y luego incinerarlos. Había escrito algo cuando
sonó el teléfono y era él, mi asesino. Desea verme hoy mismo, me
ha dicho cosas excitantes y bellas. Como amante es único y deseo
con locura volver a verlo. Tengo que leerle todo lo que me hizo
pensar un día, sin embargo no será hoy cuando se lo lea; tendré
que esperar a conocerlo un poco, y le regalaré mis pensamientos
en estas hojas.
Ahora soy una mujer diferente, frente a un mundo diferente,
frente al deseo de cambiar los nombres, los sistemas; me gustaría
respirar por las manos y reír con el ombligo. Estaré frente a mi
amante, se abre ante mí la posibilidad de amar; el barro se me
ofrece y deseo hacer un hombre y deseo hacerme mujer en él. Y
siento ya un ardor bullicioso en el pecho, como si miles de hormigas
se hubieran desplomado al terminar la lengua y quisieran agarrarse
del esófago. Es mi amante el que estará en una esquina, es a mí a
quien estará esperando, y yo solamente estoy esperando una hora
precisa para desprenderme de estas paredes que me contienen y
llegar hasta él.
Ahora se abre un mundo diferente, lleno de ardores corpóreos
que como la peste se van deslizando por la piel hasta
desprenderse. Son puras semillas que salen buscando un puñado
de tierra. Soy una mujer completa llena de hoyos amarillos que
piden una mano útil. Por fin reconozco la necesidad de SER, quiero
salir corriendo a encontrarme con la vida, con la necesidad de
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unirme armoniosamente con el universo. Quiero poner el punto final
de esta conversación con los reductos fantasmagóricos de mi
asesino. Quiero que terminen de caerse todas las horas de los
relojes y que se abran los nuevos días de lucha que nos esperan
juntos para cambiar los nombres de los que viven en mi edificio, y
llegar hasta el metro a cantar a los que viajan, y pedirles que
acepten la canción como una necesidad de expresar mi amor por la
humanidad.
Hasta aquí quiero llegar. Caen las letras como las horas han
ido cayendo y tengo que salir a la primera cita de amor, al
encuentro con la vida. Lameré la epidermis amorosa de mi amante,
caeremos sobre la frescura de las sábanas, sobre la suavidad tersa
que entregará, como culpable a la blancura, beberemos los sudores
y mantendremos por siempre vivo al sol. Me arranco de esta
máquina con el mismo júbilo que sentí cuando me anunciaron en
los infinitos centros del no ser, la decisión de mí venida al mundo.
Parto, voy llena de todo al encuentro con mi amante.
Óscar Liera
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NOTA: Este escrito fue encontrado en el escritorio de la
señorita Zelina Lorenzo tres días después de que fuera asesinada
por un hombre desconocido.
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