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El logos y la razón en la filosofía griega

El documento describe el concepto de logos en la antigua Grecia. Los griegos utilizaron el logos para referirse a la razón y la capacidad de razonar, que consideraban una facultad exclusiva de los seres humanos. El logos les permitió determinar las categorías y propiedades de los objetos, y fue fundamental para la comunicación y el diálogo. El logos contrastaba con el pensamiento mítico y las opiniones no fundamentadas, sentando las bases para el desarrollo posterior de la filosofía y la ciencia.

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El logos y la razón en la filosofía griega

El documento describe el concepto de logos en la antigua Grecia. Los griegos utilizaron el logos para referirse a la razón y la capacidad de razonar, que consideraban una facultad exclusiva de los seres humanos. El logos les permitió determinar las categorías y propiedades de los objetos, y fue fundamental para la comunicación y el diálogo. El logos contrastaba con el pensamiento mítico y las opiniones no fundamentadas, sentando las bases para el desarrollo posterior de la filosofía y la ciencia.

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INTRODUCCIÒN A LA FILOSOFÌA

El logos en la antigua Grecia

Hemos dicho que la novedad de la Filosofía consistió en que por primera vez los seres humanos se sirvieron
conscientemente de la razón para tratar de entender el mundo y para gobernarse. Pero, ¿qué es la razón? Ésta es una
de las preguntas más complejas de la historia del pensamiento. Aún en la actualidad, los filósofos debaten acerca de
la naturaleza exacta de la razón, así que sería ingenuo pretender que está a nuestro alcance formular una definición
indiscutible, que acabe de una vez por todas con este debate. En lugar de ello, lo más provechoso puede ser revisar lo
que entendieron por razón los primeros filósofos.

Para ellos, igual que para nosotros, la razón es ante todo una facultad del ser huma no, que permite conocer las
causas de las cosas. Pero no sólo eso: como veíamos, la razón además otorga al hombre la posibilidad de darse cuenta
de que la causa de una cosa siempre es otra cosa (y no los dioses o los seres sobrenaturales, como postula el
pensamiento mítico). Y lo más importante: gracias a la razón nos damos cuenta de que las cosas no se causan unas a
otras de manera caprichosa e irregular, sino de acuerdo con leyes.

A esta facultad, a este poder, los griegos la llamaron nous. Y la consideraron como una facultad exclusiva del hombre,
es decir, como aquello que nos distingue de los animales. Aun en nuestros días sigue siendo esta la forma más común
de definir al hombre: animal racional. Esto también nos da una idea del impacto del pensamiento de la antigua Grecia
en nuestra cultura: básicamente, dos mil quinientos años después, seguimos definiendo al ser humano tal y como
ellos nos enseñaron.

A esa capacidad de determinar a qué categoría pertenece un objeto, y por lo tanto de saber con qué palabra
nombrarlo, los griegos la llamaron logos. Es la que nos permite conocer qué son las cosas, cómo reconocerlas, cuáles
son sus propiedades, y cómo distinguirlas unas de otras.

Y, algo de la máxima importancia, el logos es lo que permite la comunicación entre nosotros, lo que garantiza que
estemos hablando de “la misma cosa”, y por lo tanto, lo que nos permite dialogar y llegar a acuerdos. Es aquello que
hay en las cosas que todos podemos reconocer, y que permite a los hombres convencerse unos a otros. Se parece
mucho a lo que acostumbramos a llamar “verdad”. De la palabra griega logos proviene nuestra palabra lógica, de la
que hablaremos más adelante.

Logos también aparece como posfijo en muchos de los nombres de nuestras disciplinas científicas: Geología,
Psicología o Sociología, por mencionar algunos ejemplos. En estos casos, denota los esfuerzos por conocer todo lo
relativo a la tierra, (en el caso de la Geología), el alma (en el caso de la Psicología) y de la sociedad (en el caso de la
Sociología). El logos es lo que entendemos en las palabras que escuchamos, es la verdad de las palabras. De un
enunciado sin hilación, en el que sólo fueran agregadas palabras al azar, del que no entendiéramos nada, diríamos
que es ilógico, que no tiene lógica. Que carece de logos.

En contraste, el pensamiento mítico insistía en que las cosas eran lo que los dioses habían decidido que fueran. Por
eso bastaba con conocer los mitos para “explicarlas”. Más aun, como veíamos, desde la perspectiva mítica no existe
una realidad - una physis o naturaleza - que sea considerada como objeto de estudio. La Filosofía marcó un cambio no
sólo de creencias, sino de actitud general ante la realidad. Por primera vez, el hombre confió en que podía conocer, en
el sentido en que lo entendemos aun hoy, y lo más importante, quiso hacerlo. La ciencia, como veremos, también
recibió su impulso inicial de esta gran transformación cultural.

Los primeros filósofos valoraron como nada este logos, y lo opusieron a los mitos, como ya vimos, pero también a la
opinión común, o doxa. La doxa era ese conglomerado de ideas compartidas por la comunidad, pero que nunca
habían mostrado su verdad. Las palabras de la doxa, a diferencia de las del logos, eran palabras sin verdad probada, y
por ello, posiblemente equivocadas. Los primeros filósofos sostuvieron que las opiniones debían ser evaluadas para
determinar que eran verdaderas, esto es, tenían que pasar la prueba de la crítica de la razón para que fueran dignas
de crédito.

Si lo pensamos bien, en nuestros días aun sostenemos muchas opiniones sin tener ninguna prueba de su verdad.
Algunas de estas opiniones son sin duda inofensivas, pero otras pueden representar serios riesgos para nosotros
mismos, como muchas ideas erróneas que solemos tener acerca de la alimentación, por ejemplo. Pero las opiniones
más dañinas para la comunidad - y no olvidemos que todos somos parte de ella - son las que afirman la inferioridad o
la perversidad de algún grupo social específico. Este tipo de ideas se llaman, acertadamente, prejuicios (es decir:
juicios que hacemos antes de entrar en contacto con la realidad a la que se refieren, y que por lo tanto carecen de
fundamento), e históricamente han afectado a las personas que son diferentes de la mayoría de la gente de las
sociedades en que habitan.

Los prejuicios han sido los principales males de la humanidad, y lo siguen siendo. Son totalmente incompatibles con
una actitud genuinamente filosófica, y han sido desmentidos en innumerables ocasiones por la ciencia. No hay cosa
alguna en el color de la propia piel, en las creencias religiosas que se profesan, ni en el sexo al que se pertenece, que
lo prive a uno de la condición humana, o lo haga menos partícipe de ella que cualquier otro ser humano. Después de
dos mil quinientos años de razonar intensamente, una de las verdades definitivas alcanzadas por la Filosofía es la
unidad del género humano. Es decir, cualquier ser humano es tan valioso como cualquier otro. En cada hombre y
mujer está presente todo el potencial de la especie. Esta convicción, y la actitud a que da origen, se conoce como
humanismo. En la actualidad sólo los racistas y los fanáticos religiosos la cuestionan, la desdeñan o se oponen a ella.

Sin embargo, tenemos que reconocer que algunos de los filósofos más importantes han albergado prejuicios. Esto nos
muestra que los prejuicios son resistentes, peligrosos y pueden colarse y anidar hasta en las mentes más brillantes.
Debe alertarnos, y recordarnos que nunca podemos bajar la guardia ante ellos. Son una enfermedad de la inteligencia
que nunca podemos dar por erradicada en su totalidad. Y sólo la Filosofía nos da armas para combatirlos.

Otra de las fuerzas del pensamiento que contribuyó a diluir el dominio de los mitos sobre las mentes fue la historia,
otro invento de los griegos de los siglos V y IV a.C.

Al aplicar la razón a la investigación de lo ocurrido en tiempos remotos, al buscar la causa de los acontecimientos en
otros acontecimientos protagonizados por hombres de carne y hueso, los primeros historiadores arrebataron
gradualmente a los mitos el dominio de la visión del pasado. Según los mitos, el pasado había sido dominado por
dioses y héroes con poderes sobrenaturales. La historia, por el contrario, demostraba que los hechos del ayer eran
obra de hombres iguales a los de siempre, y con ello ponía en entredicho la exactitud de los mitos, a los que derrotó
en su propio terreno: el conocimiento del pasado.

Este libro es de Filosofía, y por ello no podemos profundizar en la obra de los primeros historiadores. Así que sólo
mencionaremos a los dos más ilustres: Herodoto (aproximadamente 484-425 a.C) y Tucídides (aproximadamente 460-
395 a.C.). Es importante subrayar, al igual que en el caso de la Filosofía, que la supresión del mito en las explicaciones
de los hechos pasados operada por la historia fue gradual. Como podrá comprobar cualquiera que lea sus obras,
incluso Herodoto - considera do el padre de la Historia - aun recurre en numerosas ocasiones a la intervención de los
dioses para explicar acontecimientos históricos.
La ciencia y la Filosofía De igual modo, la relación de la Filosofía con la ciencia ha tomado distintas formas a lo largo
de la historia. Como mencionamos, y veremos con mayor profundidad en el siguiente Bloque, se puede considerar
que la Filosofía y la ciencia nacieron juntas, que fueron dos vertientes de un mismo impulso por usar la razón que
hace dos mil quinientos años se apoderó de las mentes de un grupo de hombres brillantes. Esa Filosofía primigenia, a
la que tanto debemos, ha cambiado mucho a lo largo de los siglos. Cada vez se ha hecho más sutil y sofisticada. Pero
no ha cambiado tanto como la ciencia.

La ciencia se fue separando gradualmente de la Filosofía a lo largo de los siglos. Al igual que ésta, fue postergada
frente a la religión durante la Edad Media. Tuvo un rebrote espectacular durante el Renacimiento, que se prolongó
durante los siglos XVI y XVII. Pero ascendió a ser la forma más prestigiosa del conocimiento a partir de los siglos XVIII
y XIX. La ciencia de este periodo, que podemos considerar que se extiende hasta nuestros días, es muy diferente de lo
que entendían por tal los primeros filósofos - científicos. También es claro que en la actualidad una cosa es ser
científico, y otra es ser filósofo.

La principal diferencia es quizás la forma de conocer: tras todo ese tiempo, la ciencia ha construido su propio método,
el método científico. Los científicos de distintas disciplinas han transitado una y otra vez por las etapas de este
método: observación, formulación de hipótesis, experimentación y conclusión, y cada vez que concluyen el recorrido
generan más conocimiento científico. De manera que la cantidad de conocimientos acumulados es ya impresionante…
y cada vez más difícil de manejar y comprender.

En contraste, la Filosofía aun cuando también aspira a elaborar teorías que sean lógicamente coherentes (cuando
hablemos de Lógica veremos qué significa esto), no somete sus conclusiones a la prueba de la experimentación. Es
esta su principal diferencia con la ciencia, según la opinión de unos de los principales filósofos del siglo XX, Karl
Popper (Viena 1902 - Londres 1994). Para Popper, la ciencia tiene que formular sus hipótesis y predicciones de modo
que puedan ser comparadas (contrastadas, es la palabra usada por los científicos) con la realidad, y de ese modo sea
posible determinar si son verdaderas o no.

“El próximo lunes a las 18:54 horas, tiempo del Centro de México, habrá un eclipse solar” es un enunciado que cumple
con esta característica. Llegado el momento señalado en el mismo, se sabrá si es verdadero o falso. Notemos que lo
importante es la forma del enunciado: puede ser falso, puede no haber eclipse, pero el enun ciado contribuye al
conocimiento, al indicar al astrónomo que hubo algún error en el cálculo con que lo produjo, que puede ser corregido.
Pero gracias a la forma en fue formulado es posible compararlo con lo que ocurre en la realidad, y usarlo como
herramienta para la ciencia.

La Filosofía puede hacer afirmaciones impecables desde el punto de vista lógico, pero no tiene la necesidad ni la
posibilidad de someterlas a experimentación. Por ejemplo, la famosa afirmación “Pienso, luego (por lo tanto) existo”,
uno de los más famosos enunciados filosóficos de todos los tiempos, es lógicamente sólida. Pero no es un enunciado
científico, precisamente porque no puede expresarse de modo que sea comparado con una realidad determinada, y a
partir de esa comparación definir si es verdadero o falso. Resaltemos que es el tipo de cosas de que se hable en el
enunciado y cómo las relacione, lo que lo hace científico o filosófico, no si es verdadero o falso.

Ahora, “Pienso, luego existo” es una proposición que, como todas las proposiciones filosóficas, es debatible. Se puede
preguntar, y de hecho los filósofos no han dejado de hacerlo desde que fue enunciado, ¿qué es pensar? ¿qué es
existir? ¿qué es el yo? Como veremos en su momento, hay filósofos - quizás la mayoría - que consideran esta
famosísima conclusión de René Descartes (Francia, 1596 - 1650) como la piedra angular de la Filosofía moderna, una
conquista definitiva del conocimiento filosófico; mientras que para otros es una de las más ingenuas ilusiones de la
historia del pensamiento humano. Pero esta valoración depende de las ideas desde las que se considere la
proposición (las premisas, sobre las que hablaremos más adelante), y del rigor lógico con que sea impugnada o
defendida, no de los resultados de un experimento.
En cuanto a las afirmaciones de la religión, decir, por ejemplo, que en algún momento habrá un juicio final en que los
pecadores serán condenados y los justos salvados, nos enfrenta con un enunciado ajeno a la lógica de la ciencia,
absurdo desde la perspectiva de ésta, dado que no puede concluirse nada acerca de su verdad como hecho. Lo que no
impide, como veíamos, que mucha gente lo tenga por cierto. Lo que sí es imposible es considerarlo como un
enunciado científico. Por su forma es un artículo de fe: es impreciso, y lo más importante, no puede ser deducido a
partir de ninguna ley de la naturaleza conocida.

Además de diferir de la Filosofía y la religión por el método, la ciencia se distingue por su objeto de estudio y su
lenguaje.

En cuanto a su objeto, simplificando un poco, podemos decir que la ciencia se ocupa de todo lo que podemos percibir
a través de nuestros sentidos. Todo lo que percibimos es materia que cambia y se mueve en el tiempo y el espacio, y
además presenta una característica importantísima que es la que en la mayoría de los casos le permite a la ciencia
estudiarlo: se puede medir. En efecto, el método de la ciencia se sirve intensivamente de las matemáticas en todas
sus etapas. En la mayoría de los casos, para los científicos de la naturaleza observar significa medir. Las hipótesis de la
ciencia, a su vez, suelen expresarse también en términos de cantidades. Nos dicen qué tanto varía una cantidad
dependiendo cuánto varíe otra con la que de alguna manera está en relación. Y la experimentación invariablemente
se diseña y presenta sus conclusiones mediante símbolos matemáticos. Esta descripción es válida para las ciencias
que estudian el comportamiento de los cuerpos y la consistencia de la materia: la Física y la Química,
respectivamente.

Las consideraciones anteriores nos permiten establecer otra de las características que distinguen a la ciencia de la
Filosofía: se expresa en un lenguaje compuesto principalmente de números y conceptos altamente especializados. En
la actualidad no es posible participar en la ciencia sin un dominio importante de las matemáticas.

Hay otra región de la realidad cuya comprensión requiere de los esfuerzos coordi nados de la ciencia y la Filosofía: el
ser humano. Sin duda, hay aspectos de las realidades humanas que pueden ser medidos, como la edad o el número
de personas que votaron por un partido en unas elecciones, por ejemplo. Pero hay otros, como los deseos o los
sentimientos, que no sólo son más complicados de medir, sino aun de definir, y será siempre más productivo
debatirlos y reflexionar sobre ellos desde distintas perspectivas.

Además, aun cuando la ciencia se ha acreditado, sin lugar a duda, como la mejor forma de conocer la realidad
material, la que percibimos con los sentidos, su perspectiva básica y su método no le permiten ser de mucha utilidad
en dimensiones que conciernen exclusivamente al hombre, como el querer y el deber. Al parecer, del mismo modo
que - según veíamos - la Filosofía no se siente cómoda frente a preguntas propias de la perspectiva religiosa, hay
preguntas muy importantes para las que la ciencia sencillamente no puede tener respuesta. Por ejemplo: ¿Qué es el
bien? ¿Cómo debemos convivir? ¿Qué es la belleza? ¿Qué es el conocimiento?

Es importante que aprendamos a valorar los distintos acercamientos a la realidad y la verdad, y reconocer en qué
circunstancias es conveniente recurrir a cada uno. Tanto una consideración atenta y rigurosa de la cuestión, como la
revisión de la experiencia de algunos grandes hombres nos conducen a la misma conclusión: las perspectivas
filosófica, científica y religiosa no son mutuamente excluyentes. Apegarse fanáticamente a una, y considerar a las
otras dos como falsas, terminaría por empobrecer nuestras mentes, impidiéndonos la apreciación, el
aprovechamiento y el disfrute de buena parte de nuestro potencial humano, y de nuestra herencia cultural

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