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Abordando la Emoción del Miedo

Este documento presenta un módulo de un seminario virtual sobre vínculos y emociones desde la psicología transpersonal. El módulo se enfoca en el tema de temerle al miedo y comparte herramientas teóricas y prácticas para abordar los miedos internos y externos. Explora las raíces animales del miedo, la diferencia entre miedo funcional y disfuncional, y estrategias para legitimar el miedo y contactar el coraje interno.

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Abordando la Emoción del Miedo

Este documento presenta un módulo de un seminario virtual sobre vínculos y emociones desde la psicología transpersonal. El módulo se enfoca en el tema de temerle al miedo y comparte herramientas teóricas y prácticas para abordar los miedos internos y externos. Explora las raíces animales del miedo, la diferencia entre miedo funcional y disfuncional, y estrategias para legitimar el miedo y contactar el coraje interno.

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- SEMINARIO VIRTUAL sobre VÍNCULOS y EMOCIONES desde la PSICOLOGÍA TRANSPERSONAL -

Módulo 5
¿TEMERLE AL MIEDO?
TEMERLE AL MIEDO?

Docente:
Virginia Gawel

Objetivos del Módulo 5: .

o Compartir herramientas teórico-prácticas


para abordar los miedos hacia el mundo
interno y hacia el mundo externo.
o Inducir a la exploración del coraje no-
egoico y de su sentido transpersonal.

Ítems a desarrollar en este Módulo:

Las raíces animales del miedo. El miedo funcional y el disfuncional. La ausencia de


miedo funcional y disfuncional. Imaginación: la fábrica de miedos. el miedo anticipa-
torio. Protegiendo a nuestros temores. Legitimizar el miedo. La esencia del coraje.
El coraje hacia el mundo externo y hacia el mundo interno. 

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1
LAS RAÍCES ANIMALES DEL MIEDO

Se nos eriza la piel, y un viento frío parece


correr por nuestra nuca. Los músculos del abdomen
se contraen, y el esfínter anal se cierra. Los intes-
tinos aceleran su tránsito, o bien se endurecen.
Pueden temblar la mandíbula, las manos, y las pier-
nas, que se aflojan. Puede haber un sudor frío, y las
palmas de las manos se empapan. La boca se se-
ca. Las pupilas se dilatan. La respiración se vuelve
corta y rápida. La piel del rostro se pone lívida.
¿Qué está pasando? Adrenalina corriendo por el
río de la sangre. ¿Para qué? Para alertarnos de que
debemos protegernos o defendernos ante algo
que amenaza nuestra supervivencia, en mayor o en menor medida. Cuando el
miedo hace sonar las alarmas vitales, todos los animales funcionamos del mismo
modo (también los mamíferos humanos, por supuesto).

La respuesta instintiva de miedo es parte del equipo que nos fue dado para
perdurar en este mundo. ¿Recuerda cuando al hablar del tema del enojo le mencio-
né la respuesta fight or flight (lucha o huida)? El enojo está vinculado a la primera
modalidad: defenderse peleando. Pero huir no es necesariamente de cobardes: es
la respuesta antagónica, igualmente necesaria para sobrevivir (psicológica o física-
mente). Si bien el miedo también puede expresarse mediante la agresión (no le re-
sultará raro imaginar que alguien que tema se ponga agresivo, ¿verdad?), lo más
común es que tenga dos modalidades de respuesta: parálisis o escape. Es visible
que ciertas especies fueron dotadas biológicamente de mejores condiciones para
huir que para agredir (como las liebres, los gamos, los conejos...).

Los humanos, universalmente, respondemos con miedo ante aquello frente a


lo cual sentimos que nuestros recursos son inferiores a los que requeriría la ame-
naza que se nos presenta: si lo que nos amenaza es percibido como más poderoso
que nosotros, el miedo será una respuesta inteligente de la Naturaleza; emprender
la retirada o quedarse quieto donde se está, pueden ser modos más seguros de no
ser aplastado por lo que avanza hacia nosotros.

El trabajo sobre sí mismo vinculado al miedo consistirá entonces en una es-


pecie de trípode:

- escuchar qué mensaje nos está dando el miedo, atendiendo a si se trata


de una advertencia saludable que tendríamos que tener en cuenta;
- si, al escucharlo, advertimos que es un miedo disfuncional, aprender a
convivir con él, a darle espacio, sin que domine nuestra vida;
- hacer contacto con una zona interna en la cual no hay miedo: nuestro eje
esencial.

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Vayamos viendo juntos el despliegue de estas ideas centrales y algunas es-
trategias prácticas para el abordaje del miedo desde un lugar no conceptual.

❖ El miedo funcional y el miedo disfuncional:

Al igual que sucede con el enojo, como ya hemos


visto, el miedo no es per se, una "emoción negativa",
sino que puede ser funcional o disfuncional.

o Miedo funcional: Temer será una res-


puesta sana cuando obedezca a una señal de alar-
ma ante algo real, cuya amenaza no estamos en
condiciones (total o parcialmente) de afrontar con los
recursos con los que contamos.

Ante una situación tal, las actitudes más aser-


tivas puedan ser el evitar, retroceder, retirarse, a-
quietarse o al menos actuar con prudencia lúcida e
inteligente.

En un trabajo sobre sí mismo sensato y saludable es necesario respetar


nuestros miedos funcionales, pues parte esencial de un camino interno sano será
ser responsable del cuidado de sí mismo (actitud muy remarcada como indis-
pensable en el Budismo Tibetano). Escuchar las alarmas nos ayudará, como luego
veremos, a ser personas más integradas y a hacer mejores elecciones.

o Miedo disfuncional: Si bien, es cierto, existen miedos funcionales, la ma-


yoría de los miedos que contaminan el diario vivir no lo son. El miedo disfuncional
puede asumir distintas formas de manifestarse, tales como:

- una respuesta exagerada ante un estímulo que en verdad podríamos


afrontar con menor costo emocional (por ejemplo el temor extremo ante
situaciones de examen, a hablar en público, a estar solo, etc.);
- una respuesta inapropiada para el tipo de estímulo que se nos presenta,
que normalmente sería neutro (como sucede en las fobias, en las cuales
se teme a lo que no tendría por qué generar miedo: los espacios abiertos
o cerrados, algunos animales domésticos, etc.);
- una respuesta paradójica, en la cual se experimenta miedo ante algo
que naturalmente debería producir algo grato: seguridad, alegría, diverti-
mento o cualquier otra emoción placentera (por ejemplo, experimentar
temor cuando se está en la intimidad amorosa);
- una respuesta autoprovocada ante situaciones que se plantean sólo en
nuestra propia imaginación (es decir, cuando no hay nada real que
demande una reacción de nuestra parte, sino que es una movilización
interna generada por "lo que podría llegar a suceder");
- una respuesta masiva sin causa aparente, que se dispara fisiológicamen-
te más allá de toda causa visible (como en el ataque de pánico);

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- un estado habitual, que acompaña a la persona cotidianamente, sin nin-
guna causa actual que lo provoque (real ni imaginaria evidente), y sin que
llegue al extremo del ataque de pánico (como en la ansiedad generaliza-
da que queda como secuela luego de situaciones traumáticas tales como
un asalto o un accidente, o una crianza con violencia).

EXPLORACIÓN VIVENCIAL:Lo invito a autorreferir la información que acabo


de compartirle. ¿Qué ejemplos personales daría sobre cada una de las
modalidades de miedo disfuncional? ¿Cuáles le son más frecuentes?
¿Cuáles le acompañaron en algún momento de su vida y ahora están
superadas? Más adelante le convidaré más herramientas para este
sondeo interno, que son las que yo misma uso en el trabajo sobre mis propias emo-
ciones…

❖ La ausencia de miedo: ¿Y qué pasa cuando una situación en que sería natural
que se movilizara miedo, éste no se produce? En ese caso puede tratarse tanto de
una respuesta disfuncional como funcional. Veamos esto:

o Ausencia disfuncional: Si no experimentamos miedo ante algo amena-


zante, habiendo un riesgo real (físico o psicológico), este hecho interno será
disfuncional cuando opera en el individuo un meca-
nismo de negación, en el cual se suprimen, o bien la
emoción reconocible como miedo, o bien la percep-
ción de que existe algo amenazante, no viéndoselo
como tal. Esto es lo que sucede en quien se expone
inconscientemente a situaciones riesgosas, sin hacer
contacto con su mecanismo protector de la supervi-
vencia. Generalmente, detrás de este automatismo
hay una actitud de omnipotencia (desde la cual la
persona se siente narcisísticamente invulnerable), o bien una exagerada ingenui-
dad neurótica que deja a la persona expuesta ante lo amenazante.

Muchas veces esta ausencia disfuncional de miedo está sustentada por un


impulso autodestructivo inconsciente, habiendo una búsqueda solapada de
daño hacia sí mismo. Puede darse tanto en la práctica de deportes o profesiones
de riesgo, como en la exposición a vínculos insanos o a situaciones de vulnera-
bilidad (tal como transitar por lugares solitarios y peligrosos o viajar a zonas despro-
tegidas o en las que hay violencia evidente).

En todos estos casos se vuelve esencial hacer una revisión profunda de las
motivaciones que guían nuestra conducta. ¿Qué ha hecho que desconectemos
nuestras alarmas vitales? Esta revisión se hace indispensable, pues parte del cui-
dado de sí mismo implica mantener sano el mecanismo de alerta que está implícito
en el miedo. La exposición neurótica a riesgos innecesarios no es una vía de de-
sarrollo de la propia valentía, sino que puede inclinarnos a un desvío y a tener que
transitar consecuencias que hubiéramos podido evitar. (Más tarde veremos la dife-
rencia entre tomar riesgos inteligentemente, y hacerlo disfuncionalmente).

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o Ausencia funcional: Este tipo de ausencia de miedo cuyo origen no es
neurótico escapa a la clasificación de la Psicología clásica: estamos hablando de
una persona que está en una situación que debiera despertar temor, miedo, terror, y
sin embargo no lo experimenta, pero no por un mecanismo de negación o distorsión
de la realidad, sino todo lo contrario: la persona tiene cabal claridad respecto de sí
misma y de lo que acontece en su entorno, pero su estado de conciencia le permite
ubicarse en una percepción trascendente de la realidad
que abarca mucho más que el pequeño Ego. Volviendo a
nuestro esquema originario, diríamos que en esa instancia
la persona percibe su identidad a partir de su Esencia, del
núcleo del Sí Mismo. Hacer contacto con esa parte de sí
nos conecta con la percepción de que, en última instancia,
no hay nada que temer. ¿Por qué? Porque lo que teme en
nosotros es todo aquello que está ligado a la materia, al
reino de lo transitorio, lo impermanente. Cuando se hace contacto con el núcleo
esencial, la identidad se ubica en aquello que no es impermanente, sino que per-
tenece a lo atemporal (Vairagya en el Yoga o en el Budismo).

Veamos esto: como le decía al principio, el fundamento del miedo es el ins-


tinto de supervivencia: en última instancia se refiere a algo biológico, y, por ende,
algo que está amenazado de muerte desde el momento mismo de nacer. En cam-
bio, lo esencial, esa porción del Todo encarnada en un cuerpo, no puede morir,
porque no pertenece al tiempo ni a la materia. Y, dado que no tiene muerte que
morir, no tiene a qué temer. De hecho, en el Budismo Zen se le llama lo Nonato: lo
que nace es el cuerpo, lo que muere es el cuerpo, pero Eso es indestructible.

Quisiera detenerme en este punto porque no se trata meramente de algo del


orden de lo filosófico, sino que tiene connotaciones prácticas en la vida de cual-
quiera de nosotros, y en algunos aspectos de la Psicología Transpersonal se vuelve
un tema capital. Este concepto implica que el ser humano puede hacer contacto con
una parte de sí mismo en la cual el temor no tiene lugar. Esto es posible coinci-
diendo algunos de estos factores:

o En situaciones en las cuales las circunstancias nos hacen encarnar una


actitud heroica: el héroe se corre del lugar del miedo, y puede priorizar la
vida de otros aún a riesgo de la suya propia. En ese momento hay un
reconocimiento no intelectual de que "el otro y yo somos lo mismo", lo cual
permite desplazar el miedo y actuar para proteger a lo indefenso. El ins-
tinto de supervivencia cede paso a la solidaridad en la percepción de que
"todo es Uno", y de que, como dice el I-Ching, "hay cosas más impor-
tantes que la vida..."
o Muchas personas en situaciones extremas que acreditarían experimentar
no sólo miedo, sino también terror, describen haber encontrado en un de-
terminado momento una calma, una profunda quietud acompañada de
extrema lucidez (distinta de la calma provocada por la negación neuró-
tica). Este relato es propio de algunos individuos que han estado en situa-
ciones de catástrofe, y también es bastante común en personas moribun-
das: el reconocimiento experiencial de que eso que en verdad se es,

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no es lo que va a morir. Uno de los principales trabajos que es necesario
realizar terapéuticamente con pacientes "en tránsito" (terminales) es ayu-
darles a enhebrarse con esa identidad supramaterial, en donde no hay
miedo que vivir, pues no hay muerte que morir...
o Más allá de situaciones extremas como las que he mencionado, también
la ausencia de miedo puede darse de un modo sano en medio de la vida
cotidiana, o en la soledad y el silencio meditativo, en que puede produ-
cirse el contacto con esa parte de sí en donde no hay temor. Tomar re-
fugio en ella (como se dice en el Budismo) es en verdad el antídoto máxi-
mo al miedo.

UNA PROPUESTA: Quiero compartirle algunos recursos prácticos vincu-


lados al trabajo con el miedo. La mayoría de las personas en nuestra
cultura están ajenas a lo que le sucede a su cuer-po, particularmente
en relación a las emociones: tendemos a "vivir en la cabeza, y el
cuerpo es algo difuso. Ahora bien: es inviable "estar conectado con lo que
sentimos", darnos cuenta de nuestras emociones, si no somos conscientes de
nuestras sensaciones (como veíamos en el Módulo 2, ¿recuerda?).

Cuando relaciono este concepto al tema del miedo, encuentro indispensable,


en el trabajo con mis propios temores y en la ayuda terapéutica, aprender a poner
atención a las señales corporales de que hay un miedo activado en nuestro sis-
tema psicológico. ¿Qué es lo que esto significa? Que a veces, por supuesto, el mie-
do que experimentamos es evidente, y allí no hay nada que decir. Pero la mayoría
de las veces sucede lo siguiente:

o Cuando una alarma de miedo sutil comienza a circular por nuestra sangre y
nuestros músculos, si no somos conscientes de ello perdemos objetividad
respecto de la situación y de lo que nos pasa. Entonces comenzamos a
justificarnos o a proyectar eso que no alcanzamos a ver en nosotros mismos.
Es indispensable poder advertir que se ha disparado un miedo escondido, y
hacernos cargo de ello. Cuando esto sucede y legitimamos lo que nos pa-
sa, muchas veces el miedo se desvanece, y otras, al menos, el hacerlo cons-
ciente nos permitirá saber que estamos leyendo la realidad a partir de
nuestro temor (y, por ende, muy probablemente distorsionándola). Observen
este relato que nos convida una integrante de un grupo terapéutico:

"Me subo a un taxi. A los pocos minutos, busco entablar conversación


con el conductor: hablo animadamente, y el hombre responde con cortesía.
Como estoy habituada a observarme, quiero darme cuenta de qué es lo que
me pasa, pues me siento incómoda y ansiosa, a pesar de que el diálogo es
ameno y fluido. Entonces observo que lo que me sucede es que tengo mie-
do: mi respiración se ha acortado, siento una ligera opresión en mi abdomen
y como soda burbujeante corriendo por mis piernas.

Retrospectivamente advierto que, pocos minutos atrás, hubo un gesto


hosco en el rostro del taxista que me produjo inquietud. Me doy cuenta de
que temo que me agreda, y de que instintivamente he adoptado una estrate-
gia por la cual desarticularle el supuesto deseo de agredirme (al menos el

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que yo he imaginado en él, dado que en mi constatación posterior no hubo
ninguna señal de que estuviera irritado o me fuera a agredir.). Mi modo de
defenderme es volverme alguien querible, no atacable: mi miedo me dis-
para una actitud híper-amable, que en verdad no es mera cordialidad, sino
que está sustentada en el temor. Es un mecanismo de defensa. Me doy
cuenta, también, de que esto no es inusual en mí: advierto que, muy a me-
nudo, cuando comienzo a experimentar temor (de ser agredida, rechazada,
juzgada, excluida...) mi estrategia para procurar evitarlo es organizar una
conducta sobreactuada de cordialidad y gentileza."

Podemos imaginar de qué modo incidiría este mecanismo en la vida íntima


de quien nos relata la historia, ¿verdad? Lo cierto es que estos miedos sutiles se
mueven en cualquiera de nosotros, y, si no los advertimos, tiñen nuestra percepción
de la realidad y nuestra interacción con los demás. Si esta persona no hubiera ad-
vertido que estaba actuando el miedo, es probable que habría proyectado sus con-
tenidos psicológicos en el taxista, y a partir de ello entablara una situación vincular
distorsionada e irreal.

Le propongo lo siguiente: durante esta semana


en que vayamos compartiendo el tema del miedo, esté
atento a observar cuáles son sus propias manifesta-
ciones fisiologicas de temor, con qué sensaciones se
expresa en su cuerpo, y, sobre todo, qué tipo de actitu-
des vinculares dispara en Ud. Una posibilidad, como
vimos, es actuar desde la amabilidad, pero también
pueden activarse otro tipo de reacciones: volverse hos-
til, tomar distancia, comenzar a ser chistoso y ocurren-
te, escaparse físicamente de una situación...

En la trama vincular, poder hacernos cargo de


que estamos experimentando miedo es, por un lado, un
requisito indispensable para interrelacionarnos sin dis-
torsionar la situación, y, por otro lado, en la verdadera
intimidad se vuelve invaluable como instrumento de conocimiento mutuo. Si quiero
un vínculo auténtico, es necesario darle espacio legítimo al miedo: "Cuando esta-
mos bien comienzo a experimentar temor a que me rechaces", "Cuando hacemos
alguna actividad juntos y te veo mirarme con seriedad experimento temor de ser cri-
ticado o juzgado, y redoblo mi apuesta al perfeccionismo obsesivo"... Explicitar estos
circuitos psicológicos en nuestros vínculos cercanos se vuelve un generador de
real intimidad: manifestarse con lo que se es, y recibir al otro con lo que le pa-
sa. A partir de allí tendremos la materia prima de la confianza recíproca.

Los vínculos disparan múltiples miedos en cada uno de nosotros. Como dicen
los Upanishads, antiguo texto sagrado de la India, "Donde hay otro, hay temor". Los
temores vinculares más comunes son el miedo al rechazo, al abandono, a ser juzga-
do, a perder la propia identidad, a ser mal interpretado, a ser excluido, a ser enga-
ñado, a ser invadido o manipulado, a perder libertad, a equivocarse, a ser agredido,
a que vean rasgos nuestros que preferiríamos mantener ocultos, a fracasar en el
vínculo, a la pérdida del otro...

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¿Alguno de ellos le resuena como propio? Si es así, observe de qué manera
ese miedo dispara en Ud. conductas vinculares, dado que el miedo que no se ex-
presa, se actúa. Si tengo miedo a que el otro me abandone, lo actuaré, por ejemplo,
poniendo distancia excesiva, o bien agrediendo al otro para ser yo quien abandona,
en vez de ser el abandonado. Detecte sus miedos básicos y sus mecanismos com-
pensatorios. Una vez que lo haga, verá si puede compartir en la intimidad con el otro
qué es lo que ha descubierto. Cuando hacemos esto, en un vínculo cercano y a
veces no tan cercano, con frecuencia lo que acontece es que también el otro nos
abre lo que le pasa con nosotros. Y aunque no fuera así, legitimarlo ante sí mismo y
ante quien se tiene enfrente siempre propenderá a consolidar relaciones auténticas,
transparentes.

Soy consciente de que el tema de los miedos aplicado a los vínculos íntimos
daría como para varios módulos más, pero confío en que estas palabras le sean úti-
les al investigar su propia realidad psicológica. ¡Que así sea!

IMAGINACIÓN: LA FÁBRICA DE MIEDOS

En los animales, generalmente el


miedo se dispara a partir de un estímulo
real y actual que activa la alarma del
sistema de supervivencia. A partir de ello,
el animal se paraliza, o bien pelea, o bien
huye, como estrategias para salvar su vida.
Cuando digo "estímulo real", estoy hacien-
do alusión a que un animal sano sólo re-
accionará a algo que verdaderamente esté
pasando (a lo sumo, sobrerreaccionará si interpreta que la amenaza es mayor que
lo que es). Y decimos "estímulo actual" porque el animal no teme al futuro, a "lo que
podría llegar a pasar". Eventualmente, sólo cuenta con instinto previsor para, por
ejemplo, acopiar alimento "por si algo pasa".

¿Qué pasa, en cambio, en los humanos? Nosotros contamos con capacida-


des prodigiosas y a la vez problemáticas en cuanto al miedo: tenemos el don de
imaginar y de razonar. Cuando estas habilidades mentales se conectan mecánica-
mente con el miedo, la mente comienza a crear escenarios tenebrosos, con múlti-
ples escenarios de desgracias para las cuales estar preparado.

Y es que la mente humana tiene la posibilidad de ideación anticipatoria.


¿Qué es esto? La posibilidad de esgrimir hechos futuros posibles para ensayar la
conducta que eventualmente implementaríamos en el caso de que se dieran. Tal co-
mo un ajedrecista antes de mover su pieza diagrama en su mente los posibles
movimientos próximos de su adversario, la mente humana esgrime alternativas
contingentes, revistiendo ese futuro que aún no existe con la existencia de múlti-
ples imaginarios. ¿Por qué o para qué está disponible esta capacidad que nos
juega tan en contra? Veámoslo junen detalle:

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❖ El mecanismo anticipatorio: Este mecanismo tiene muchas funciones saluda-
bles en el psiquismo humano: permite la organización, la planificación, la previsión,
y, algo fundamental, que es tener presentes las consecuencias de nuestros ac-
tos. Esta última capacidad, claramente humana, es la que puede permitir el desarro-
llo de la sensatez, y la gestación de una vida ética y congruente. En el Budismo se
enuncia: "Elegir y actuar atento a las consecuencias" (expresión que se vincula a
la Ley del Karma, apuntando a que nuestras decisiones de vida sean tales que no
impliquen consecuencias negativas para nosotros o para los demás).

Ahora bien, cuando este mecanismo anticipatorio se instrumenta en relación


al miedo, el hecho mental que acontece es la elaboración imaginaria de múltiples
alternativas de sucesos temibles que "podrían llegar a pasar". Observe lo siguiente:
en las técnicas de hipnosis o de visualización se sugieren situaciones imaginarias
futuras como para prepararse para ellos (un examen, una intervención quirúrgica,
una competencia deportiva, un viaje). Adiestrándose mediante estas técnicas, cuan-
do llega el momento del hecho, la persona puede tener una actitud más serena y
asertiva, pues su inconsciente ensayó la respuesta para esa situación que se prevé
vivir. En ese caso, se está haciendo un uso intencional del mecanismo anticipatorio,
y se lo instrumenta para que sea saludable dentro del sistema psíquico.

El problema es cuando este mecanismo de ensayo se dispara automática-


mente, sin conciencia ni intención: una y otra vez aparecen en la mente hechos
posibles, y ese ensayo estéril lo que hace es disparar más y más miedo. Es un cír-
culo vicioso: la imaginación nos presenta el hecho; entonces se dispara la respues-
ta de miedo anticipatorio, y ese hecho (que quizás nunca nos aconteció y hasta tal
vez jamás nos vaya a acontecer) cada vez que lo imaginamos se carga de más te-
mor, retroalimentándose. Finalmente, vamos quedando atrapados en una suerte de
autohechizo que se autosustenta. Si no ponemos conciencia en lo que nos su-
cede, aquello que tememos se vuelve cada vez más temible. Podríamos graficarlo
así:

Tal como se lo describí en nuestros dos pri-


meros módulos, el problema principal de este me-
canismo es que mientras nos sucede, no hay na-
die (dentro nuestro) que se dé cuenta de ello. Así,
quedamos atrapados en una suerte de autohipno-
sis que "se da cuerda" a sí misma...

❖ El asustador interno: ¿Cómo se desarticula


este mecanismo? Volvemos a la misma herra-
mienta: el discernimiento. ¿Discernir qué? Veá-
moslo:

1) El primer paso es darse cuenta de las sensaciones corporales que es-


tán indicando la presencia interna de miedo, y hacerse cargo de ellas, esto es,
reconocerlas como tales. (Si quiere hacer el experimento de reconocer sus seña-
les de temor personales, obsérvese a sí mismo mirando una película de suspenso.
Si divide su atención podrá percatarse de cuál es su respuesta personal ante aque-
llo que le provoca tensión. Es curioso el hecho de que, en ese caso, aunque el inte-

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lecto sabe que es "sólo una película"... ¡la respuesta fisiológica se produce igual! Lo
mismo puede suceder ante nuestros temores imaginarios.)

2) Habiendo detectado que experimentamos miedo, apuntar a percatar-


nos de qué es lo que realmente percibimos en el aquí y ahora, y cuánto de ese
miedo responde a algo que estamos imaginando (ya sea por temor a que se re-
pitan acontecimientos del pasado, o bien por causas que desconocemos).

3) Observar de qué manera el miedo imaginario (que quizás es sólo un por-


centaje del miedo total... ¡o tal vez su totalidad!) va organizando su hechizo: es co-
mo si tuviéramos un asustador interno que va armando su película de terror con
contenidos de nuestra propia mente: cosas que hemos vivido, que alguna vez
leímos o escuchamos, cosas que les sucedieron a otras personas, etc., etc. Vea
como ese asustador interno construye argumentos, escenas, frases que le repite en
su oído, como un gran ilusionista que sabe cómo producir efecto en su público.

Tal como lo abordamos en otros Seminarios con más detalle, (pues es un


tema central de la Psicología Transpersonal), los humanos somos psicológicamente
como una legión de "yoes" internos. Entre esas diversas instancias psicológicas,
una de ellas podría ser llamada así: "el asustador". Su raíz está en el instinto de
autoconservación, pero se va constituyendo de manera tal que, en vez de estar al
servicio de la prudencia (que es su verdadera función sana) termina estando al
servicio del síntoma, funcionando neuróticamente. El asustador interno es un gran
relator, tal como los cuentistas que en algunos fogones nocturnos inventan historias
de aparecidos, cautivando al público con sus cuentos.

Con el solo hecho de darse cuenta de este mecanismo, muchas veces el


hechizo se esfuma. Pero si en algunos momentos esto no es posible, al menos es
probable que Ud. advierta de qué manera, en base al miedo, ese "asustador inter-
no" está, con sus argumentos, distorsionando su percepción de la realidad. Cuan-
do uno advierte de qué modo está autoasustándose, es natural que comience a
quitar credibilidad a las fantasmagorías de su propia mente. Ve cómo se despliega
esa película de terror que tiene por director, por actor y por público una única per-
sona: uno mismo.

Cuando la Conciencia-Testigo se percata de este fenómeno psicológico,


podemos ubicar nuestro eje de identidad en aquello que no está involucrado en el
temor: lo ve, lo atestigua, pero no "se engancha" en él. No siempre es fácil instru-
mentarlo, pero si Ud. tiene en cuenta estas pautas podrá desarticular buena parte
de los mecanismos del miedo autogenerado.

OTRA PROPUESTA: ¿Recuerda cuando un tiempo atrás hablábamos


de esa expresión del Budismo tibetano que dice "estar en el tiempo"?
Estar presentes, aquí y ahora, y observar lo que es, agudizando
conscientemente nuestros sentidos, poniendo plena atención en
nuestras brechas de inconsciencia. La mente saltarina se enreda en distintos mato-
rrales del pensamiento, haciéndonos perder pie en relación a lo que verdade-
ramente está dentro nuestro y frente a nosotros.

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Si referimos este planteo al tema del miedo, ¿qué vemos? En principio, como
le comentaba, la mayoría de los miedos tienen una raíz imaginaria. Y eso imaginario
se sustenta en que la mente se desplaza del aquí y ahora para considerar el pasa-
do y el futuro. La mente se remite al pasado refiriendo aquello que nos ha sucedido
a nosotros o a otros, y lo proyecta en la pantalla del futuro con una variada gama de
acontecimientos que eventualmente podrían suceder. Ése es el circuito principal de
nuestra fábrica de miedos. Por ejemplo, una persona que no se siente bien va al
médico, y comienza a ponerse en marcha la máquina de miedos: aparecen en su
mente situaciones desagradables vividas en relación a su salud, cosas que le han
sucedido a otras personas, cosas que leyó sobre ciertas enfermedades, y con todos
esos retazos del pasado construye un collage de las múltiples alternativas desgra-
ciadas que le podrían acontecer.

En el trabajo con pacientes que padecen enfermedades físicas, una premisa


indispensable es vivir día a día, y aún más, momento a momento, con lo que está
sucediendo ahora. Esta consigna es válida para cualquier otro temor que con-
tenga esa materia prima del pasado "armando futuro". Es la herramienta primordial
para asumir la incertidumbre sin ser devastado por ella. Veámoslo gráficamente:

Ésta es una escena muchas veces relatada en consulta terapéutica. Quizás


Ud. se reconozca en ella o en alguna similar: supongamos que la mujer de nuestro
gráfico está en su casa, en las afueras de la ciudad. Su hijo adolescente debió ha-
ber venido hace una hora, pero todavía no ha llegado. A medida que pasan los mi-
nutos, su imaginación comienza a tejer posibilidades del por qué de la demora. In-
clusive podría ser que esto fuera frecuente, que el hijo usualmente llegue tarde. Sin
embargo, una y otra vez "el asustador" comienza a "sacar de la galera" todo un me-
nú de tragedias posibles: ¿lo habrán asaltado? ¿Habrá chocado con el coche? ¿Lo
habrán secuestrado?... Etc., etc., etc...

La mente viaja desde el pasado hacia el futuro, trayendo recuerdos, más va-
gos o más claros, de circunstancias catastróficas, y las proyecta hacia el futuro, ar-
mando escenas en hospitales, departamentos de policía, etc., etc. El cuerpo ha
disparado los jugos del miedo, y la adrenalina está generando ya todo tipo de tras-
tornos físicos. De pronto, a lo lejos aparece la figura del automóvil tan esperado... la

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respiración se amplía, los ritmos se desaceleran, la expresión del rostro se dis-
tiende... quizás se pasa a la alegría, o bien al enojo... ¡o bien todo junto!

Sé por propia experiencia que no es sencillo salir de este estado auto-


hipnótico... Y es aún más difícil cuando la persona se reconoce como intuitiva, pues
se le mezcla la fantasía con la intuición: ¿lo está imaginando, o lo está percibiendo
intuitivamente? Aquí lo vemos muy expresamente, pero este tipo de construcciones
mentales se da con mucha más frecuencia de lo que podría creerse.

El entrenamiento para trabajar con este tipo de miedos es traerse una y otra
vez al presente, procurando discernir qué es lo que se percibe respecto de qué es
lo que se imagina. Aquí le he planteado un ejemplo puntual, pero este juego de "sa-
lirse del tiempo" armando tragedias futuras en muchas personas es habitual. Si
quiere, tenga en cuenta entonces esta clave, tan cara a la Psicología de Oriente:
cuando se vea a sí mismo transitando este tipo de circunstancia vuelva a prestar
atención al aquí y ahora, a lo que percibe a través de los sentidos. No se adelante
en el tiempo: el futuro estará constituido de variables diversas, muchas de las cuales
no están en sus manos. Observe la necesidad de controlar. Y Suéltela. Gentilmen-
te, suéltela. Vuelva una y otra vez a su respiración, a lo que ve, a lo que oye, aho-
ra. Cuando yo intento hacerlo lo que percibo es como un retorno a mi eje. A veces,
los fantasmas del miedo se desvanecen por completo. Otras, al menos "no compro"
tan ingenuamente los argumentos que mi "asustador" me quiere "vender". En la
iconografía del Budismo y del Hinduismo los temores suelen ser representados
como fantasmagorías demoniacas. El ahora es el máximo exorcismo para esos
"demonios"...

Quienes han enfrentado difíciles


empresas, que requirieron de mucho cora-
je, de mucha determinación, describen la
importancia enorme de procurar que la
mente no se adelante en el tiempo ni
tome el pasado como único parámetro. En
una entrevista al primer explorador que re-
corrió el Amazonas de extremo a extremo,
le preguntaron si no había experimentado
terror en su travesía, por los peligros que le
entrañaba. Recuerdo que él respondió: "En
ningún momento tenía en cuenta el
concepto 'atravesar la Selva Amazónica': pensaba en cómo llegar hasta ese árbol,
hasta aquella orilla, hasta aquel claro en las matas..."

Respecto del temor disfuncional y su relación con el "salirse del tiempo", dijo
Krishnamurti:

"El temor es el movimiento del pensar -el pensar como medida-. El


temor es tiempo. El pensamiento es la respuesta de la memoria, del cono-
cimiento, de la experiencia; es limitado; es un movimiento en el tiempo. Si no
hay tiempo, no hay temor. Ahora yo estoy vivo, pero tengo miedo de que
pueda morir -podría sucederme en el futuro-. Hay un intervalo de tiempo

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producido por el pensamiento. Pero si no hay ningún intervalo de tiempo,
no hay temor." (1)

¿Puede ser uno capaz de renunciar a su intento de controlar lo que va a su-


suceder? ¿Volver a su propio eje y, al menos con una parte de sí, renunciar al
pasado, renunciar al futuro (en el sentido en que venimos diciéndolo)? De ello
depende el poder evitar buena parte de sufrimiento innecesario. Si le cuesta, como
a mí, como a todos, no se desaliente: con el solo intento, la vida ya no es la mis-
ma...

EXPLORACIÓN VIVENCIAL: Le invito a referir a sí mismo todo lo que le


hemos visto juntos respecto de la imaginación como fábrica de mie-
dos. Cada uno de nosotros, por su naturaleza y por la historia personal
vivida, guarda en su interior lo que podríamos llamar nuestras "escenas
temidas". Se trata de situaciones de intensa carga emocional que anidan
en nuestro inconsciente y que cobran forma de fantasías, proyectándose como una
película hacia el futuro, como preparándonos para "cuando ello suceda".

En algún momento en que disponga de tiempo para sí, si nunca antes lo ha


hecho le proponemos que explore cuáles son sus propias "escenas temidas". Si
bien muchas situaciones duras generan aprehensión universalmente, algunas de e-
llas ni siquiera pasan por nuestras cabezas, en tanto que otras nos acosan como
fantasmas. Mírelas de frente y vea si puede descubrir cuál es su raíz. Identifíquelas
con claridad. Es posible que a partir de ellas se disparen múltiples conductas
cotidianas, confluyendo todas en ese hecho temido. (Por ejemplo, si alguien se
piensa a sí mismo, en el futuro, solo, desvalido, desamparado, y sin amor, y esa
imagen interna le acosa, es probable que
tenga inervadas en su conducta una serie
de actitudes que propendan a protegerse
de esa eventualidad, tal como podría ser el
conservar vínculos insanos con tal de no
quedarse solo, o el elaborar constantemen-
te nuevos proyectos de trabajo para ahu-
yentar esos pensamientos llenando su a-
genda).

Reconocer las propias "escenas te-


midas" y sus mecanismos compensatorios inconscientes es crear la posibilidad
de ir rompiendo el hechizo y autogenerar mayor libertad. No siempre se logra ha-
cerlo sin ayuda terapéutica, pero, con apoyo o sin él, por allí es el camino...

PROTEGIENDO A NUESTROS TEMORES

Tal como vinimos trabajando hasta aquí, un aspecto crucial, al igual que con
cualquier otra de nuestras emociones, es el observar cómo nos vinculamos con
nuestro propio miedo, qué emociones secundarias sentimos respecto de él.

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En nuestra cultura el miedo suele estar desacreditado, (¡sobre todo entre los
varones!): tener miedo es sinónimo de debilidad, de cobardía, de inferioridad. Y en
verdad esa mirada muy poco ayuda a trabajar con el miedo: en general, lo que
produce es una represión de nuestros aspectos temerosos, que pasarán a formar
parte de nuestra "sombra" psicológica.

Cuando queremos conservar la autoimagen de ser alguien que no teme a na-


da ni a nadie, por compensación, tenderemos a sobreactuar falsa autoconfianza,
seudoseguridad, intrepidez. Esta compensación va generando una escisión en la
persona, la va descontactando con sus zonas vulnerables y sensibles. Cuando esto
sucede, es necesario hacer una tarea de saneamiento que permita recuperar esas
partes de sí, e integrarlas conscientemente.

❖ Legitimar el miedo: Es natural que, sea por razones reales o imaginarias, to-
dos tengamos dentro un niño asustado que necesita amparo, protección. Lo cierto
es que la realidad humana, existencialmente hablando, es vulnerable: estamos
suspendidos en el espacio, en un mundo aparentemente caótico cuyas reglas más
profundas desconocemos. ¡Respetar a esa parte asustada
es indispensable para que se "desasuste"! Por el contrario,
recriminarle, despreciarla, pelear con ella para que deje de
temer, es tan inapropiado como querer tranquilizar a cual-
quier niño por esos mismos medios.

La expresión "no tengo que tener miedo", diciéndo-


sela a sí mismo con severidad, poco puede ayudar a que
el miedo cese. ¿De qué otra manera, entonces, vincularse
inteligentemente con el propio miedo? El primer paso es
legitimarlo, aceptar ese miedo dentro de sí. Aún el más
valiente puede definirse como alguien que generalmente
actúa más allá de su propio miedo, y no por haberlo anu-
lado.

Tal como un niño que debe cuidar a su hermano menor suele sentirse grande
y fuerte, podemos autoparentalizarnos y criar a nuestras partes menos crecidas:
ser el propio padre, la propia madre, el propio hermano mayor. Al tener una actitud
de brindarle confianza desde nosotros mismos a esa parte interna atemorizada,
se va desplegando dentro de sí una instancia más madura, más crecida, más sólida,
más ecuánime. Así como podemos tener mecánicamente un "asustador" interno,
también podemos instituir un "protector" intrapsíquico, sólido, confiable y otorgador
de confianza a nuestros aspectos más frágiles. Esas partes asustadas son
instancias heridas que no han podido desarrollar aún la fortaleza que necesitan. El
modo de que la consoliden será, como en todo, tratándolas con firmeza, pero gen-
tilmente.

Escuchemos juntos algo más de Krishnamurti:

"La cuestión es cómo librarse del miedo. En primer lugar, no es que se venza: ha
de conquistarse una y otra vez. No es posible vencer, sobreponerse a ningún
problema: el problema puede ser comprendido, no vencido. Son dos procesos

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completamente diferentes, y el proceso de vencer conduce a más confusión, más
miedo. Resistir, dominar, batallar con un problema o erigir contra él una defensa,
es sólo crear más conflictos. Si, en lugar de eso, podemos comprender el miedo,
introducirnos en él totalmente, paso a paso, y explorar todo su contenido, el mie-
do jamás volverá bajo ninguna forma. [...[ Esa realidad tiene que verse, sentirse y
experimentarse con claridad: el miedo no puede vencerse mediante ninguna for-
ma de defensa o resistencia." (2)

❖ La esencia del coraje: La palabra "coraje" tiene la misma raíz que corazón. En
inglés es bien notable: core = centro, corazón, alma, esencia. El coraje, en el real
sentido de la palabra, implicaría hacer contacto de algún modo con lo más profundo
de sí, más allá de que haya una parte más externa que experimente temor. Asen-
tar la identidad en el núcleo del Sí Mismo, puede implicar, entonces, que parale-
lamente se muevan nuestros miedos, pero que obremos desde nuestra templanza,
respetándolos pero no quedando sometidos a ellos. Es como si actuásemos desde
el centro quieto de un huracán, en tanto que en la periferia gira el polvo y la basura
que arrastra la tormenta.

Es en ese núcleo donde encontramos la verdadera materia prima de la va-


lentía: más allá de la "valentía" del ego, fundamentada generalmente en el amor
propio de "no achicarse" ante lo temible, hay un núcleo esencial que prodiga la con-
fianza en lo imperecedero. Hacer contacto con ese otro tipo de coraje es indispen-
sable en el Viaje del Héroe, que es el cada uno de nosotros emprende para llegar a
convertirse en quien realmente se Es.

En el Budismo, al meditar suelen colocarse las


manos en ciertas posturas específicas (mudras) que
tienen por función estimular determinados estados
internos. Son 108 en total. Una de ellas representa la
actitud de no-temor, con la palma derecha como
deteniendo algo que avanza hacia sí (como se ve en
la estatua de la derecha), mientras la palma izquierda
descansa relajadamente. Este mudra describe ges-
tualmente la actitud transpersonal ante lo temible: si
enhebro mi identidad en mi eje esencial, que es parte
del Todo, la visión que otorga ese contacto con lo
Imperecedero es el antídoto más eficaz para el temor
(siendo esto algo mucho más profundo que una nega-
ción neurótica).

Una figura que aparece en distintas tradiciones (incluidas las precolombinas) re-
presentando al hombre o la mujer comprometidos con un Camino, es la del gue-
rrero. El guerrero no pelea: su desafío es conquistarse a sí mismo y hacer de su
vida algo significativo. Para ello requerirá determinación y coraje. Ese coraje tiene
dos aspectos en su manifestación: extra e intrapsíquico. Ambos son las dos caras
de una misma moneda. Veamos:

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o El coraje hacia el mundo externo: A lo largo de toda la historia de la huma-
nidad, (aún ahora, por supuesto) algunos seres humanos han elegido retirarse del
mundo para dedicarse a la vida espiritual. Y si bien esta opción monacal es una po-
sibilidad, el Camino en medio de la vida es una opción disponible para la mayoría
de los buscadores. La vida es nuestro monasterio. Y, en verdad, desarrollarse
internamente participando del mundo es quizás hasta más difícil que la tarea del
monje. Tomar la cotidianeidad como un lugar de entrenamiento de la conciencia
de sí requiere de mucha sobriedad, perseverancia, y el ejercicio de una alertidad
que nos posibilite descubrir a través de los estímulos de la vida para ver quiénes so-
mos, cómo reaccionamos. Así como podemos ver de qué está rellena una almohada
al hacerle un tajo, así vemos de qué está hecha una persona observando qué sale
de su interior cuando la vida la punza.

Tanto en el misticismo cristiano como en el sufismo la expresión que se apli-


ca a esto es "estar en el mundo sin ser del mundo": desplegar una vida personal
consistente y plena sin quedar atrapado en lo externo. Afianzar vínculos afectivos,
generar recursos materiales, encarar emprendimientos sociales, solucionar proble-
mas diarios, son modos de medirnos internamente, y de desarrollar lo que aún no
ha germinado dentro nuestro. Como decía el fundador del Aikido, Morihei Ueshiba,
"El Arte de la Paz es completar lo faltante." En ese juego con el mundo externo será
indispensable crear tiempos y espacios para retirarse del mundo y ejercer una sole-
dad fructífera y consciente. Pero eludir, evitar intervenir en el mundo generalmente
(sobre todo en la juventud) en la mayoría de las personas es un caldo de cultivo pa-
ra la neurosis, más que un modo de desplegar la totalidad de lo que se es.

Enfrentar los problemas cotidianos, y discernir los seudoproblemas que cre-


amos con nuestras distorsiones emocionales, requiere de mucho coraje, en el
sentido verdadero en que lo mencionábamos recién. Y aquí está lo fundamental: el
ejercicio de ese coraje va corriendo los límites de nuestra identidad. Cuando
eludimos, postergamos, evitamos aquello que implicaría expandir nuestras habilida-
des para trascenderlo, secretamente gestamos un sentimiento de autotraición. Por
el contrario, las personas que tienen un sano autorrespeto es usual que lo hayan
generado a partir de haber confrontado con aquello que mecánicamente habrían
eludido. Abraham Maslow, uno de los precursores del enfoque Humanista-Trans-
personal, decía: "Quien no ha conseguido, resistido y superado, sigue dudando de
su propia capacidad de hacerlo".

Esto está implicando que el trabajo de expansión de la conciencia de sí re-


quiere tomar las dificultades que la vida ofrece como un desafío ante el cual pro-
barnos. En algunos monasterios (particularmente en el Zen) darle al aspirante una
tarea para hacer que exceda ligeramente su capacidad evidente es un modo de
hacer germinar el potencial aún no manifestado. En el monasterio de la vida, siendo
uno mismo el propio maestro, el criterio podría resumirse en exponerse a riesgos
inteligentes. No tomar riesgos es casi una garantía de que se seguirá en el mismo
nivel de conciencia que el que se tiene (¡o bien se irá para atrás!). Ir más allá de
nuestros límites mecánicos hace aparecer zonas desconocidas de sí mismo.

En este aspecto, la segunda palabra de la expresión "riesgos inteligentes"


es indispensable para completar este concepto, pues tomar riesgos per se, puede

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ser simplemente un vicio psicológico inconducente. La conciencia no se desarrolla
por transitar meramente lo peligroso, sino por tener la audacia de hacer aquello que
nos puede sacar de nuestra zona de comodidad.

¿Qué es esto de la zona de comodidad? Cada uno de nosotros va culti-


vando una imagen de sí y una noción de lo que es el mundo. Inconscientemente,
los movimientos que vamos haciendo en la vida nos llevan a fortalecer ambas imá-
genes, y a evitar todo aquello que pueda romperlas.

La expresión "zona de comodidad" no hace alusión solamente a "pasarlo


bien": también puede ser cómoda la desgracia, la limitación, el someternos a situa-
ciones penosas sin hacer lo necesario para salir de ellas. Y es llamada "zona de co-
modidad" porque una parte de sí elige esto antes que tomar la decisión de lo dife-
rente. Elige aquello a lo que se está acostumbrado. Lo diferente genera temor. Co-
mo dice el dicho popular: "Mejor malo conocido que bueno por conocer..." El hábito
nos otorga una identidad postiza, que nos brinda cierta seguridad. Cuando hace-
mos lo inhabitual, ampliamos nuestro criterio de lo que somos y de lo que es el
mundo. Pero lo inhabitual genera ansiedad. Lo más chato de sí mismo no tolera la
incertidumbre. Tener la audacia de trasponer esas fronteras internas implica abrirse
a lo desconocido.

¿Por qué se da esa ansiedad? ¿A qué tememos cuando tememos al cambio?


Porque hemos sustituido nuestra identidad esencial por una imagen de sí, y
cuidamos que ésta no se modifique, aferrándonos a ella. También cuidamos la
imagen que creemos que los demás tienen de nosotros. Dar una imagen distinta de
la que queremos que los demás tengan es vivido con extrema ansiedad. Fíjese en
este curioso dato: en las encuestas de temores humanos más frecuentes e intensos,
los que mayor puntaje obtienen no son el temor a la muerte, a la enfermedad, a los
accidentes.... El miedo más común en el ser humano promedio es el miedo al ridí-
culo. Romper la imagen social es vivenciado como un riesgo de vida.

Uno se piensa a sí mismo de


determinada manera...¡ y cuidamos esa
autoimagen transfiriendo a ella el ins-
tinto de supervivencia con el que con-
tamos para cuidar del cuerpo! Se siente
que quebrar esa imagen sería algo así
como morir. Y en verdad lo es: cada
crisis que atravesamos, con todo su po-
tencial transformador, implica la muerte
de una imagen de sí y del mundo tal
como lo vemos. De uno mismo dependerá aprovechar ese quiebre para construir al-
go más real, o no. (Una buena lectura para ilustrar de bello modo este tema es
“Juan Salvador Gaviota”, de Richard Bach. Si ya lo ha leído, le invito a volver a él!)

Emprender lo desconocido, ampliar el repertorio de actividades, animarse a


aquello en lo cual no se está seguro, convoca fuerzas internas que no se mani-
fiestan hasta que nos lanzamos a la acción. Como dijera el mismo Richard Bach:

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"Échate a volar, y te crecerán las alas." Desde la lógica lineal, podríamos esperar
una eternidad a que las alas nos crezcan, sin echarnos a volar...

EXPLORACIÓN VIVENCIAL: Maslow señala una relación directa entre la


autorrealización y las elecciones que una persona va realizando cada
día de su vida: podemos elegir en base al miedo, (buscando seguridad),
o bien elegir en base a decidir crecer, más allá del miedo. En sus pro-
pias palabras:

"Consideremos la vida como un proceso de elecciones sucesivas. En cada


instante existe un elección progresiva o una elección regresiva. Podemos orien-
tarnos hacia la defensa, la seguridad o el miedo. Pero, en el lado opuesto, está la
opción de crecimiento. Elegir el crecimiento en lugar del miedo dos veces al día
significa avanzar doce veces al día hacia la autorrealización. La autorrealización
es un proceso continuo." (3)

Elegir en pro del propio crecimiento conlleva disponerse a tomar pequeños o


grandes riesgos inteligentes. En base a esto quisiéramos proponerle tres cosas:

1) Contemple las distintas áreas de su vida (trabajo, pareja, vida social, sa-
lud, lo económico, el despliegue de su creatividad...). ¿Hay en cada una de esas
áreas alguna decisión que esté evitando tomar y que, en función de esto que esta-
mos compartiendo, querría comenzar a implementar? Por favor tome nota de ellas.
¿Cuál sería el primer paso que podría dar si decidiera concretar esa toma de deci-
sión?

2) Durante esta semana, si lo desea, tenga presente en su cotidianeidad es-


tos dos tipos de elecciones (tomadas a partir del miedo o bien del impulso al creci-
miento). Observe de qué manera instrumenta, en función de ello, las decisiones que
toma diariamente. ¿Tiende e elegir en base a conservarse en su zona de como-
didad, o apuesta a expandir sus límites?

3) Cuando esté tranquilo y pueda tomarse un tiempo para sí, cierre los ojos y
permítase imaginar lo siguiente: si a partir de hoy Ud. careciera de temor al ridículo,
al fracaso, a equivocarse, a ser mal visto... ¿qué se animaría a hacer? La persona
que va transitando el Camino comienza a estar cada vez más autodeterminada, y,
con ello, cada vez menos pendiente del juicio que los demás puedan hacer o no so-
bre sus elecciones. ¿Cómo se ve a sí mismo en este aspecto?

o El coraje hacia el mundo interno: Como vimos antes, el coraje hacia el


mundo externo y el necesario para asumir el mundo interno son dos caras de una
misma moneda. Investiguemos ahora el segundo aspecto de esta dualidad inse-
parable.

En muchos relatos del Viaje del Héroe, con frecuencia el peregrino tiene que
pasar la prueba de verse frente a un espejo que refleja la verdad sobre sí mismo.
El mirar en ese espejo mágico requiere del máximo valor por parte del héroe. ¿Por

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qué? La respuesta a esta pregunta necesita des-glosarse en tres: por un lado te-
memos ingresar a nuestras zonas oscuras, donde anida lo reprimido; por otro, evi-
tamos hacer contacto con nuestros aspectos internos heridos; pero, aunque sue-
ne extraño, también tememos contactar con lo mejor de nosotros mismos: nos da
miedo asumir la plenitud. Transitemos juntos estos tres aspectos del miedo al
mundo interno.

1) El temor a las zonas oscuras: En la construcción de la propia identidad,


en forma inevitable vamos reprimiendo aspectos densos de sí mismo, difíciles de
aceptar como propios. Esto es lo que Jung denominó sombra. Estos sentimientos
inaceptables lo son, sobre todo, porque hacerse cargo de ellos quebraría nuestra
autoimagen. Sin embargo, todo proceso genuino de autodescubrimiento requerirá
como paso indispensable la asunción de esas zonas oscuras.

El temor fundamental a hacer contacto con esas partes de sí mismo también


está vinculado a la creencia de que si lo hiciéramos perderíamos el control. Sin
embargo, cuando se transita conscientemente por esas zonas oscuras lo que en-
contramos es, más allá de todo juicio, un reservorio de energía que puede ponerse
a jugar a favor en el contexto de la totalidad de quienes somos (como lo hemos
visto juntos cuando hablábamos del enojo, ¿recuerda?).

2) El temor al contacto con las zonas heridas: Llegar a ser uno mismo
implica, en las antiguas metáforas, ser Amo de su propia Casa (interna). Y el dueño
de una casa debe poder acceder libremente a todas sus habitaciones. Cuando
guardamos heridas emocionales sin resolver, es como si algunos cuartos de esa
casa interna estuvieran con llave, e inhabitables, llenos de trastos viejos y de obje-
tos en estado de putrefacción. Lavar a fondo nuestras heridas es indispensable para
que puedan comenzar a cicatrizar.

Cuando abordamos el tema del dolor, le mencioné la importancia de vivirlo


sin evitarlo. Pero es natural que sintamos temor a hacer contacto con nuestras zo-
nas lastimadas. Sin embargo, como vemos, no hacerlo significa por lo menos dos
cosas: una, que una parte de nosotros mismos nos quede vedada, (y, por ende,
ocupada por contenidos que van fermentando sin ser abordados frontalmente); por
otra parte, iremos instrumentando mecanismos de defensa inconscientes que im-
pedirán un contacto real con los demás en nuestros vínculos de intimidad. Podría-
mos graficarlo así:

Si el rectángulo representara la totalidad psi-


cológica de una persona, y el sector rojo una zona
interna herida no resuelta, la franja celeste represen-
taría un conjunto de mecanismos de defensa ins-
trumentados para evitar tomar contacto con la zo-
na de dolor. La franja gris representaría mecanismos
de defensa subsidiarios que operan como si fuera
un cerco con alarmas que comenzarían a sonar
cuando nosotros mismos u otros (en la interacción) se acercaran a esa zona herida.

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Como queda claro a través de este dibujo, el espacio interno que ocupa una
zona irresuelta es importante, y también lo es el impedimento con que vamos a
cargar en cuanto a poder vincularnos con otros íntimamente: ni bien alguien se
acerque a la zona parda, las alarmas se dispararán como para evitar la intimidad
en ese punto. Esto es un camino hacia la soledad y el aislamiento (al menos de esa
parte de sí, ¡que puede no ser poco decir!): la persona tendrá hambre de intimidad,
y a la vez, ni bien alguien se aproxime más allá de su superficie, implementará los
medios como para impedir un contacto profundo. Esto puede ser una trampa mortal.

Cuando trabajamos con nuestras heridas históricas y las limpiamos, van


quedando cada vez más espacios liberados, sin alarmas, sin tabúes, sin neurosis.
Vamos perdiendo el miedo a hablar sobre "ciertos temas", a hacer "ciertas cosas", a
vivir "cierto tipo de situaciones". Vamos pudiendo abrir nuestra intimidad sin quedar
expuestos en nuestras heridas, pues éstas ya no están abiertas ni purulentas: nos
son conocidas, y tenemos una noción más lúcida sobre cómo movernos en la vida
como para que ya no nos duela.

Confrontar terapéuticamente con los miedos que se derivan de nuestros do-


lores emocionales resulta francamente liberador: hacer contacto con ello no sólo no
significa desbordarse, sino que implica habilitar zonas internas y vaciarlas de su
peso. Esto trae aparejada una peculiar alegría que Ud. seguramente ya debe cono-
cer, y la posibilidad de crear intimidad sin estar tan sobredefendido.

3) El temor a la propia grandeza: Hasta aquí los temores parecen bastante


comprensibles, ¿verdad? Pero, ¿qué es esto del temor a la propia grandeza? En
este caso, la palabra "grandeza" no hace alusión al ego, sino a nuestros aspectos
esencialmente más valiosos. Curiosamente, asumir lo mejor de lo que somos con-
lleva un paso de madurez psicológica que con otra parte de sí se evita dar.
Hacerlo implicaría responsabilizarse por expresar hasta donde nos sea posible todo
nuestro potencial interno. ¿Por qué tememos esta expansión? En verdad, es parte
de la problemática propia de la represión del Atman de la que hablaba Wilber:
nuestra esencia está reprimida, y des-reprimirla implicaría una transformación tan
profunda, que el viejo modelo de sí mismo caería como una cáscara vacía.
(Veremos esto más profundamente en el próximo Módulo.)

Maslow denominó a este fenómeno "complejo de Jonás", haciendo alusión


al personaje bíblico que, cuando es nombrado profeta por Jehová, no quiere asu-
mir semejante designación. La pregunta final es: "¿Quién? ¿Yo?". Escuchemos jun-
tos lo que el mismo Maslow nos dice sobre el complejo de Jonás:

"En mis apuntes califiqué en un prin-


cipio a esta defensa como 'miedo a la pro-
pia grandeza' o 'evasión del propio destino'
o 'huida de nuestros mejores talentos'.
Quería subrayar, tan lisa y llanamente
como me fuera posible, el punto de vista
no-freudiano según el cual tememos tan-
to a lo mejor como a lo peor de noso-
tros mismos, aunque de modo diferente.

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La mayoría de nosotros podríamos ser mejores de lo que en realidad somos. To-
dos tenemos potencialidades sin usar o sin desarrollar plenamente. En realidad,
muchos de nosotros esquivamos las vocaciones (llamada, destino, tarea o misión
en la vida) sugeridas por nuestra constitución. Tendemos a rehuir las respon-
sabilidades dictadas (o más bien insinuadas) por la naturaleza, el destino, incluso
a veces por accidente, tal como Jonás intentó -en vano- escapar de su destino.

Tememos a nuestras máximas posibilidades (así como a las más bajas).


Por lo general nos asusta llegar a ser aquello que vislumbramos en nuestros me-
jores momentos, en las condiciones más perfectas y de mayor coraje. Gozamos e
incluso nos estremecemos ante las divinas posibilidades que descubrimos en no-
sotros en tales momentos cumbre, pero al mismo tiempo temblamos de debilidad,
pavor y miedo ante esas mismas posibilidades. [...] Si deliberadamente planeáis
ser menos de lo que sois capaces de ser, os prevengo que seréis profundamente
infelices para el resto de vuestros días. Estaréis rehuyendo vuestras propias posi-
bilidades, vuestras propias capacidades." (3)

¿Por qué el ser humano teme a la expresión de lo mejor de sí mismo? Hay


dos razones principales: la primera es que la irrupción de nuestra naturaleza esen-
cial rompe las estructuras aprendidas, los hábitos desde los cuales hemos consti-
tuido una identidad postiza, que nos cuesta mucho desarticular: hábitos, vínculos,
estrategias de supervivencia...

La segunda razón es que el expresar la propia plenitud implica salirse del es-
tándard de la mediocridad. Y esto significa quedar recortado respecto de las ma-
yorías, destacarse, y, con ello, quedar expuesto. Muchas veces quien se anima a
más que el promedio es criticado, envidiado, rechazado... Es como si su plenitud
fuera vivida por el resto como un recordatorio de todo aquello a lo cual no se ani-
man. La historia de la Humanidad muestra la enorme cantidad de casos en los que
alguien notable ha sufrido el escarnio de quienes no supieron tolerar su brillo, su
originalidad, su coraje. Asumir el propio potencial vulnera nuestra necesidad más
básica de pertenecer gregariamente al montón, que se ve amenazada por la so-
ledad de la exclusión. Probablemente uno de los relatos que mejor ilustra este fenó-
meno sea, justamente, Juan Salvador Gaviota, expulsado de la bandada por atre-
verse a Ser... ¿Tiene esto algo que ver con su historia?

EXPLORACIÓN VIVENCIAL: Quisiera pedirle que tenga en cuenta lo que le


he compartido sobre el Complejo de Jonás. Cuando nos atrevemos a ser
fieles a lo que desde adentro quiere manifestarse, es natural que experi-
mentemos alegría y un profundo bienestar consigo mismo. En la Psico-
logía de Oriente se dice que esto implica que la parte del Todo que está
encarnada en cada uno de nosotros, al manifestar su potencial, encaja con ese
Todo, como la pieza de un rompecabezas, y uno siente que está ejecutando final-
mente su propia partitura en la Gran Orquesta. Cuando somos muy jóvenes, in-
cipientemente, a través de nuestros ideales solemos intuir cuál es nuestra parti-
tura y cuál es el instrumento que somos llamados a ejecutar. Luego, o vamos
en pos de lo que esa voz interna nos insta a hacer, o bien la acallamos y vivimos
una vida "normal" (o sea, mediocre).

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¿Cómo se ha dado esto en su vida? ¿Siente que está tocando su partitura en
la Gran Sinfonía? Si no es así, ¿hacia dónde sería un primer paso tentativo para to-
mar la responsabilidad de ejecutar su Instrumento? Si experimenta temor, no se
preocupe. Recuerde que el verdadero Coraje no requiere de la ausencia de te-
mor, sino de reconocerlo, aceptarlo, y no obstante... actuar. Como se dice en el
Zen: "¡Just do it!" ("¡Sólo hágalo!"). Para que no suceda como decía el poeta Tago-
re: "Me la he pasado templando y destemplando mi instrumento, pero aún no he
tocado la canción que he venido a tocar..." 

BIBLIOGRAFÍA CITADA:

(1) "La libertad primera y última", de Jiddu Krishnamurti. Editorial Kairós, Barcelona, 1998.
(2) "La totalidad de la vida", de Jiddu Krishnamurti. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1993.
(3) "La personalidad creadora", de Abraham Maslow. Editorial Troquel-Kairós, Buenos Aires, 1995.

ILUSTRACIONES DE ESTE MÓDULO:

o Página 1: "Pesadilla", de Salvador Dalí.


o Página 2: "Hare", grabado de Albretch Dürer.
o Página 3: "El grito", de Edvard Munch.
o Página 7: "Adán y Eva", de Julio García.
o Página 8: "Imagination", de Sara Plank.
o Página 11:"Looking out" y "Andalusian Hillside", de Sue Loder.
o Página 12: "Selva oscura", de Anton Krajnk.
o Página 13: "Cristina's world", de Andrew Wyeth.
o Página 20: Retrato fotográfico de Abraham Maslow. 

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         ¿TEMERLE AL MIEDO?
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     LAS RAÍCES ANIMALES DEL MIEDO 
 
 
 
Se
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Vayamos viendo juntos el despliegue de estas i
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un estado habitual, que acompaña a la perso
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o Ausencia  funcional:   Este tipo de ausenc
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no es lo que va a morir. Uno de los principale
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que yo he imaginado en él, dado que en mi cons
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 ¿Alguno de ellos le resuena como propio? Si e
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❖ El mecanismo anticipatorio:   Este mecanis
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lecto sabe que es "sólo una película"... ¡la

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