aquéllos
“ Asiste a aqué llos
que ya no están en donde estaban
y aún no han llegado hacia donde van.”
NOR HALL
Seminario sobre
Vínculos y Emociones
desde Oriente y Occidente
Docente:
Lic. Virginia Gawel
[Link]
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. Módulo 1:
. LA CONCIENCIA - TESTIGO
.. Y LAS EMOCIONES
. Objetivos del Módulo 1
o Enunciar los principales conceptos vinculados al desarrollo de la Conciencia -
Testigo, sentando las bases fundamentales para el trabajo que realizaremos
juntos durante todo este Seminario Virtual.
o Brindar herramientas prácticas desde las miradas de las Psicologías de O-
riente y de Occidente de aplicación en la vida cotidiana y para la práctica clí-
nica en psicoterapia (tanto desde el rol de terapeuta como desde el de pa-
ciente).
o Instrumentar los medios comunicacionales para ir conformando un grupo de
trabajo, propiciando el conocimiento recíproco de sus integrantes y su in-
teracción a través de las participaciones en el Foro de Cursantes y en el Aula
Virtual.
o Compartir material complementario especialmente diseñado para recibirlo
desde la sensibilidad perceptual del hemisferio cerebral derecho, tendiendo
así a un aprendizaje integral que abarque mucho más que el intelecto.
Ítems a desarrollar en este Módulo:
Las emociones en las Psicologías de Oriente y de Occidente. El enfoque Transper-
sonal. La Joya del Discernimiento. La Conciencia Testigo: ver para conocer. Ami-
garnos con lo que sentimos. El complejo mamífero humano. Emociones primarias y
secundarias. Maitri: amistad incondicional consigo mismo. Autorrechazo y autoa-
ceptación en el trabajo sobre sí: psicoterapia, autoconocimiento y meditación.
"Déjalo ser...". Herramientas prácticas para el entrenamiento de la Conciencia-Tes-
tigo en base a las Psicologías de Oriente y de Occidente. ♣
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LAS EMOCIONES EN LAS PSICOLOGÍAS
. DE ORIENTE Y DE OCCIDENTE
La vida emocional nos impone un trabajo
.ineludible sobre nosotros mismos: más tarde o
.más temprano, el dolor, el miedo, el enojo, el
.advenimiento de la alegría o del Amor, nos ins-
tan a que miremos en lo hondo de nuestro
interior y busquemos cómo relacionarnos con
lo que sentimos de un modo lúcido e inte-
ligente. Ser un Amo de Casa (como le llama-
maban los antiguos sufis) implicaría poder administrar conscientemente el propio
mundo emocional, en vez de padecer el efecto de nuestros impulsos mecánicos y
de la ingobernabilidad de lo que sentimos: ver nuestras emociones objetivamente,
tal cual son, hasta sus raíces; domesticar lo salvaje que hay en nosotros; establecer
un vínculo de amistad consigo mismo; obtener libertad interna respecto de la tiranía
del sentir neurótico... Ésas son las tareas a las que estamos llamados cada uno de
nosotros.
Y de un modo o de otro, encontrar herramientas para llevar a cabo esta tarea
ha sido una preocupación humana desde todos los tiempos. ¿Hay un modo de
trabajar con las emociones que no resulte abstracto, excesivamente racional? ¿Hay
alguna manera de afrontar nuestro dolor, nuestros miedos, nuestro enojo, que no
sea a través de complejas teorías difíciles de implementar en lo práctico? Queremos
contarle una breve historia de cómo la Psicología de Occidente ha ido logrando ge-
nerar un enfoque integral que permite abordar el trabajo sobre las emociones mu-
cho más allá de la especulación intelectual, tanto a partir de conocimientos actuales
como de antiguas prácticas monásticas accesibles a quien quiera incorporarlas a su
vida personal o en su trabajo con pacientes, más allá de todo contexto religioso.
La historia es la siguiente: hacia los años '60, particularmente luego de la in-
vasión china al Tibet, Occidente comenzó a anoticiarse de la existencia de otra Psi-
cología: la diáspora tibetana y otros factores históricos produjeron una rápida difu-
sión de conceptos y ejercicios vinculados a la mirada Oriental del ser humano: el
Budismo, el Sufismo, el Yoga, el Taoísmo... Cada uno de estos distintos marcos
filosófico-religiosos implica, más allá de toda doctrina, una Psicología profunda, con
herramientas para que el ser humano pueda trabajar sobre sí mismo en sus dis-
tintos aspectos internos.
El filósofo Aldous Huxley advirtió para aquellos años que, más allá de sus
aparentes diferencias en su forma externa, todas estas corrientes espirituales (y
otras, como el Misticismo Judeo-Cristiano o el de los pueblos precolombinos) tienen
un cuerpo de ideas esenciales en común, por lo cual le llamó a esa base funda-
mental Filosofía Perenne. Esto significa que no caduca: siglo tras siglo, el Co-
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nocimiento cobra distintas formas de expresión según la época y la cultura en la
cual se manifieste, pero su esencia es la misma.
Para los años '70 diversos terapeutas e investigadores de múltiples discipli-
nas procuraron integrar de un modo inteligente la antigua sabiduría de Oriente con
los conocimientos de Occidente, buscando armar el mapa completo del psiquismo
humano. Oriente aportó algo fundamental que fal-
taba casi totalmente en la Psicología occidental: el
concepto de espiritualidad. Hasta ese momento,
la búsqueda de lo Trascendente era considerada
(sobre todo desde el Psicoanálisis) como una me-
ra sublimación del instinto. Oriente venía a decir-
nos no sólo que no lo era, sino que los cimientos
mismos de toda Psicología debían incluir ineludi-
blemente el factor espiritual, dado que el problema
esencial del ser humano es la necesidad de en-
contrar sentido a su vida: a su dolor, a su Amor, a
sus actos, a su paso por este mundo. Y que, si
uno no se confronta con ese fundamento tras-
cendente de la existencia, toda otra tarea psico-
lógica resultará, en última instancia, meramente
superficial. La propuesta de las Tradiciones no es
la de un mero "sentirse bien", sino la de apuntar a un acrecentamiento de la
conciencia hacia una trasformación vital radical.
En esa búsqueda de ampliar el paradigma de lo psicológico, nació primero la
Psicología Humanista (Rogers, Frankl, Walsh, Maslow...), que poco después deri-
varía en forma natural en el enfoque Transpersonal. ¿Cuál fue la resultante de
ello? Que se engendrara un cuerpo de ideas y de técnicas que permitirían, a quien
deseara conocerse a sí mismo y a quienes ejercieran un rol psicoterapéutico,
abordar el mundo interno de un modo concreto, sin abstracciones, propiciando in-
tencionalmente ese proceso de transformación paulatino y profundo, hacia un
nivel de conciencia de sí más pleno, más lúcido, más evolucionado.
Esto es, en síntesis, lo que durante estos seis módulos quisiera compartirle:
la introducción a una visión integral de la Psicología enfocada hacia el trabajo cons-
ciente con las emociones, con ejercicios prácticos para que Ud. pueda implemen-
tarlos en la vida cotidiana y en el trabajo terapéutico. En los encuentros en el Aula
Virtual y en los Foros del Campus también iremos interactuando grupalmente para
enriquecer el trabajo que Ud. vaya haciendo en forma individual. ¿Vamos junt@s?
EXPLORACIÓN VIVENCIAL: Cada persona tiene, según su temperamento
y su historia de vida, ciertas emociones que son las más difíciles de
trabajar. Como luego veremos, es común que uno se pelee con esos
rasgos, los rechace en sí mismo (lo cual no hace sino dificultar el pro-
ceso de transformación emocional). Quisiera proponerle que inaugure
un cuaderno de trabajo o un archivo informático para ir registrando sus obser-
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vaciones en base a los ejercicios que le vaya compartiendo. (Inclusive puede ser
muy útil llevar consigo una pequeña libretita donde anotar ni bien uno se observe.)
Como paso previo a un trabajo más profundo, le invito a que haga dos listas
personales: en la primera, registre por orden de importancia las emociones y sen-
timientos que considere más difíciles en su modo de ser estructural, desde siem-
pre; en la segunda lista, enumere las emociones que en esta etapa de su vida se
hayan vuelto la dificultad central de su mundo sensible. (Ambas listas podrán, por
supuesto, ser coincidentes o no.) Tómese su tiempo y permanezca dispuesto a
ampliarla a medida que ponga en práctica los ejercicios de autoobservación que
más adelante le convidaremos. Estamos comenzando nuestro viaje de exploración...
Las emociones y el enfoque Transpersonal : Cuando hablemos entonces de
Psicología Transpersonal o Psicología Integral, por favor tenga en cuenta entonces
que se trata de un enfoque que busca aunar las visiones de Occidente con la de esa
Filosofía Perenne, sustrato de todas las Tradiciones de Conocimiento.
Para encaminarnos hacia el tema de las emociones tendríamos que enunciar
primero que trabajar con ellas implica entrar en un complejo entretejido interno en el
cual usualmente hay confusión. Poner orden en esa confusión es la tarea que todo
ser humano se ve necesitado de hacer, sobre todo empujado por el dolor.
El discernimiento como actitud de alertidad, de atención plena, implica enton-
ces observar y comenzar a hacer distingos dentro de esa confusión. ¿De qué "está
hecha" esa confusión, esa realidad ilusoria que en Oriente es llamada Maya?
Aunque veremos después más profundamente cada uno de estos ítems, quisiera
ahora a enunciarlos.
o Confundimos nuestros condicionamientos con nuestra verdadera natura-
leza, encarnando una identidad postiza en vez de nuestra real Esencia.
o Confundimos lo interno con lo externo (proyección de rasgos personales
en el entorno, transferencia de emociones, etc.).
o Confundimos el presente con el pasado, imprimién-
dole inconscientemente al momento actual la carga
emocional de vivencias anteriores, deformando nuestra
percepción de la realidad.
o Confundimos sensaciones con emociones, emocio-
nes con pensamientos, sentimientos con emociones...
o Confundimos nuestros ideales y prejuicios de cómo
"tendríamos" que ser, con cómo somos realmente.
o Confundimos nuestros imaginarios respecto de los
demás y de los hechos, con lo que realmente está
siendo.
o Confundimos lo que los demás esperan de nosotros,
con lo que nosotros verdaderamente somos y quere-
mos...
...Y podríamos continuar con esta lista. Como
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verá, no es simple: los seres humanos que decidimos encarar un proceso de au-
toconocimiento nos encontramos con una tarea que no es nada pequeña. Quizás la
metáfora sobre ello más explícita en las Antiguas Tradiciones sea la del Viaje del
Héroe: cada uno de nosotros, en ese Viaje, tenemos que enfrentar dragones y ven-
cer obstáculos para llegar a Destino... En su viaje, el héroe contará con ayudas por
el camino, como si "algo" guiara sus pasos. Y en ese Camino, si bien cada uno de
nosotros está solo en su propia intimidad, reunirnos con otras personas que están
en similar proceso de Búsqueda es un resguardo para que nuestros pasos sean
más acertados y con más confianza. En el Budismo, ese grupo de compañeros de
Camino se llama sangha, y es apreciado como algo tan valioso que se lo considera
como una de las Tres Joyas. Que entre todos podamos ir haciendo ese trabajo co-
munitario que se viene haciendo desde siempre, por siglos y siglos…
La Joya del Discernimiento: Insertemos ahora un concepto fundamental:
nuestro mundo interno, primigeniamente, es un caos como el que se relata en la
metáfora del Génesis. Allí, en la creación del mundo, según la metáfora, el Hacedor
comienza a separar (la luz de las tinieblas, la tierra del agua, etc.). El proceso per-
sonal de evolución de la conciencia implica necesariamente esa misma acción. Y
para poder ir distinguiendo qué es qué en el propio caos interno, la herramienta
esencial que señalan las Tradiciones Orientales es la práctica del discernimiento
(vivêka en el Raja Yoga).
El ser humano comúnmente transita por su vida como dormido, sumergido
en ese caos sin siquiera percibir que lo está. La persona sensible que comienza a
darse cuenta de ello necesita entrenar su capacidad de autoobservarse, tanto en
la soledad y el silencio como en medio de la acción cotidiana. El arte de discer-
nir es como un cuchillo que, a través de la autoobservación, separa: lo real de lo
imaginario, lo proyectivo de lo verdaderamente percibido, lo que sentimos de lo que
pensamos... El discernimiento es la condición más importante para trabajar sobre sí
mismo, dado que, al ir viendo qué es qué, vamos poniendo orden, percibiendo más
objetivamente la realidad interna y externa. Y ése es el verdadero Despertar del cual
nos hablan esas Tradiciones de Sabiduría. Despertar de ese sueño confuso, de
Maya (la ilusión de que lo que percibimos es tal como creemos que es).
Iremos viendo juntos distintos modos de implementar una actitud investiga-
tiva desde el discernimiento, aplicada particularmente al laberinto de las emocio-
nes, con sus múltiples vericuetos...
UNA PROPUESTA: Me resulta esencial, como en cada Seminario,
compartir aquello que a mí misma me ha sido y me es útil (tanto en
el intento cotidiano de trabajar conmigo misma como en la práctica
psicoterapéutica).
Según el Yoga, el Camino comienza por el Discernimiento y el Desapego,
y termina con el Discernimiento y el Desapego (como lo señala Taimni al analizar
los yoga-sutra de Patanjali). Volveremos a esta noción muchas veces a lo largo de
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este Seminario, dado que nos resultará fundamental en el trabajo con las emo-
ciones.
Le propongo esta vez un ejercicio para entrenarse en el arte de discernir: en
algún momento en que pueda estar a solas, siéntese en una postura cómoda, aun-
que digna: la espalda derecha, las manos sobre los
muslos, las piernas dobladas como en el Yoga (si sabe
cómo hacerlo y está acostumbrado) o bien, en una silla,
con los pies bien plantados en el suelo. Dese tiempo...
respire un poco más profundo que lo habitual, dejando
que el aire llegue bien abajo, hacia el abdomen. Trate
de alinear su conciencia con la respiración. Sienta el
aire entrar y salir siguiendo el recorrido con su atención.
Disfrute de ir relajándose, sin autoexigirse... Si no se au-
topresiona para serenarse, es natural que al cabo de un
tiempo la mente se comience a aquietar: los conteni-
dos de la conciencia se van desacelerando, como des-
pués de revolver en un vaso agua con azúcar: los grá-
nulos giran vertiginosamente al inicio, y luego cada vez menos, hasta quedar en
suspensión... Deje que sus pensamientos queden así, como "en suspensión", sin
luchar para "dejar su mente en blanco" (lo cual no haría sino agitarla aún más!).
Ya más sereno, le invito a implementar este ejercicio de focalización: concentre
su atención en una situación reciente en la cual se vea a sí mismo vinculándose con
otra persona (preferentemente de su círculo afectivo). Focalizar sobre esa escena
sería como el acto de quien pone en el portaobjetos del microscopio algo sobre lo
cual quiere investigar. Véase interactuar con el otro, recuerde lo más detallada-
mente posible la situación y trate de discernir:
o Qué sensaciones se produjeron en su cuerpo al estar en esa circunstancia.
o Qué emociones sintió (en lo posible, no sólo las evidentes sino también las que
están en capas más profundas de la conciencia: Ud. pudo sentir, por ejemplo,
simpatía y alegría, pero debajo de eso quizás además sentía miedo de ser re-
chazado, y cierta vergüenza por creerse torpe al expresar su simpatía, etc.).
o Qué impresión quiso causarle a la persona con la cual interactuaba: "Soy una
buena persona", "soy servicial", "soy duro y temible", "soy ingenuo y frágil"... Esa
impresión que Ud. busca generar en el otro dispara aspectos muy importantes
en la trama vincular y en las emociones que se mueven entre ambos. ¿Los
puede distinguir? (Pronto trabajaremos grupalmente en el Foro con este tema y,
si lo desea, podrá compartir sus observaciones.)
Si quiere y puede, tome nota de lo que haya advertido y profundice en ello repi-
tiendo este ejercicio para revisar situaciones similares con ésa u otras personas con
quienes interactúe. Observará que poco a poco va creando conciencia de qué se
mueve en Ud., no sólo durante la revisión en sí, sino también en medio de la
acción vincular, mientras esté con el otro. Observarse en medio de la acción es
mucho más difícil, dado que nuestras reacciones emocionales nos hacen entrar en
un vértigo para el cual la atención tiene que estar muy adiestrada. La práctica en la
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soledad y el silencio es ese entrenamiento indispensable para verse a sí mismo
luego, en la interacción (como quien afilara una herramienta para poder más tarde
usarla eficazmente...).
LA CONCIENCIA-TESTIGO: VER PARA CONOCER
Para más adelante aplicar este concepto al mundo de las emociones, veamos
primero en forma general de qué se trata. Las distintas Tradiciones de Sabiduría, a
través de diferentes métodos contemplativos, invitan a trabajar sobre sí mismo para
habilitar un Testigo interno. Se trata de aprender a autoobservarse, lo cual no es
un acto intelectual: por ello es que cuando en los antiguos textos se habla de esa
actitud autoobservante suele usarse el verbo ver. Cuando veo algo no estoy re-
flexionando sobre ello: simplemente lo veo, lo focalizo con mi atención, y eventual-
mente, el pensar acerca de lo que veo será un acto posterior.
¿Ver qué? Aunque parezca obvia la pregunta, no lo es. La Conciencia Tes-
tigo implica ir desplegando la capacidad de percibir objetivamente los contenidos
de la conciencia. La expresión "contenidos de la conciencia" hace alusión a todo
movimiento interno de la mente: pensamientos, emociones, sensaciones... Habitual-
mente eso simplemente "sucede" en nuestro interior, y, como estamos "pegados" a
ello, no nos damos cuenta. El Testigo interno es un observador que se separa de
la corriente de contenidos internos, y puede apercibirse de ella neutralmente (sin
rechazarla, sin juzgarla, sin apegarse a ella). Desarrollar esa capacidad es el
objetivo central de la meditación, de la autoobservación y de toda práctica contem-
plativa.
En una antigua metáfora se representa
a la conciencia como un río, y al flujo de conte-
nidos internos como lo que flota en esas
aguas: troncos, hojas, botellas vacías, y aún
los peces mismos. Habitualmente somos a-
rrastrados por la corriente, sobre todo cuando
nos vemos envueltos en el vértigo de los remo-
linos emocionales. Observarse implica comen-
zar a "sacar la cabeza del agua", hasta que
algo nuestro aprenda a mirar el río desde la
orilla... Volveremos muchas veces a este concepto, en forma teórica y práctica, da-
do que es fundamental para el trabajo que estamos comenzando juntos.
UNA PROPUESTA: Esta vez quiero proponerle un ejercicio cuyas raíces
están en el sufismo. El nombre occidental que se le suele dar es
"atención dividida" o "doble atención". Tiene por finalidad básica
acrecentar la Conciencia Testigo, apuntando a percibir desde el Ob-
servador nuestras reacciones, nuestra respuesta psicológica a los estímulos del en-
torno.
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Para asimilar este ejercicio es más fácil si Ud. lo practica ante algo que no
requiera actividad de su parte, por ejemplo, observando un paisaje o un objeto, dado
que le resultará más fácil sostener la atención. Luego podrá ir aplicándolo en los
momentos en que realice, en principio, alguna tarea manual, y más adelante, cuan-
do interactúe con otros, -situación en la que el fluir emocional suele volver más difícil
el sostener la atención-. Es indispensable tenerse paciencia, puesto que, en la ma-
yoría de nosotros, la atención es como un músculo flácido que requiere entrena-
miento, “tonificaión”. Es interesante considerar que los monjes que realizan estas
prácticas las implementan a lo largo de años, durante mucho tiempo diario, para
poder llevar consigo esa capacidad donde quiera que vayan...
Para explicar en qué consiste el ejercicio quisiera presentarle el siguiente grá-
fico:
El ojo del centro representa el Observador del cual estábamos hablando.
Obviamente, la flecha que señala hacia la izquierda indica el estímulo perceptual
que está ingresando como contenido de la conciencia. Ese estímulo impacta en la
conciencia, y produce una respuesta interna (una emoción, un pensamiento, una
sensación). En el caso de que el estímulo implicara una interacción, esa respuesta
interna se expresaría en algún tipo de conducta, de acción. Bien: en la mayoría de
las personas, el Observador está ausente: no hay "nadie" que perciba conscien-
temente el ingreso de las impresiones, nadie que se dé cuenta de la reacción que
éstas producen, nadie que se percate de cuál es la respuesta que suscita esa per-
cepción. Así transcurren los días del hombre común: la vida nos pasa por el medio...
¡y no nos damos cuenta de qué fue lo que pasó! Instalar esa Conciencia Testigo
en este circuito perceptual es esencial para que nuestra respuesta ante la vida no
sea ineluctablemente mecánica y meramente reactiva.
Entonces: propóngase a sí mismo tomarse un lapso de tiempo en observar el
objeto de percepción elegido tal como lo muestra el gráfico. Deje ingresar sus im-
presiones acentuando su conciencia de ellas, y procure ver cuál es su respuesta
a ello (señalada en el gráfico por la flecha que va hacia la derecha): sensaciones,
emociones, pensamientos, recuerdos activados...
Es natural que al principio la conciencia sea intermitente: uno se distrae, o
queda "comido " por lo que percibe, olvidándose de sí mismo, o bien olvida lo que
estaba percibiendo y queda atrapado en la madeja de su subjetividad... Deje que la
atención vaya y venga, desde Ud. hacia el objeto de percepción… y otra vez hacia
Ud., ida y vuelta, hasta que la conciencia se vaya unificando en una percepción ho-
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listica que incluya tanto lo percibido como al percipiente. Y es que en verdad son
una misma cosa: lo percibido es un contenido más de su conciencia. Parece algo
extra-psíquico, pero en verdad se ha vuelto algo intra-psíquico desde el momento
en que lo dejó ingresar a su campo perceptual. Esto último implica que, en este
ejercicio, lo que está en este gráfico "afuera" (el paisaje) podría también ser un
elemento psicológico propio (una emoción, una sensación, un pensamiento, una
reacción), siendo el procedimiento el mismo: verlo funcionando, tomar conciencia de
él, darse cuenta.
A medida que encuentre cómo instalar su Observador, se descubrirá hacién-
dolo espontáneamente en situaciones más comprometidas, como puede ser durante
la interacción con otros, mientras esté realizando una tarea, o durante la expe-
riencia movilizante de una emoción. Volveremos a esta noción de distintas mane-
ras muchas veces a lo largo de este Seminario.
AMIGARNOS CON LO QUE SENTIMOS
Desde siempre, la Humanidad ha utilizado metáforas para hablar de ese
mundo interno, escurridizo y sutil. Una de ellas que aparece en distintas épocas y
culturas es la que compara al ser humano con un carruaje tirado por caballos.
Encontramos esta imagen tanto en los Upanishads
como en Platón o en el sufismo. ¿Qué representa? El
cuerpo es el carro, el intelecto el auriga y los caballos
son los sentidos, las pasiones, las emociones (sobre
todo las ligadas al cuerpo). En la metáfora del Tiro
Alado de Platón, descripta en el Fedro, los caballos son
dos: uno paciente y sabio, el otro rebelde y salvaje. Si el
carro encuentra un obstáculo, el caballo rebelde lo apro-
vecha para entorpecer los movimientos del corcel dócil y
para resistirse al cochero, con lo cual el carro (en este caso, el alma) no podrá
penetrar en el mundo superior de los Dioses.
Dentro del carro, además del cochero, debiera ir el Pasajero, nuestro Ser. En
la metáfora sufi, la situación es lamentable: el cochero está dormido o borracho, y
los caballos van por donde quieren, por lo cual el carro se va destartalando. Y en
donde debiera ir el Pasajero... ¡no hay nadie! El trabajo interno consistirá en mante-
ner sobrio al cochero, cuidar el carro para que esté en buenas condiciones, permitir
que el Amo, como Pasajero, indique el camino. Pero... todo esto requiere ineludi-
blemente educar a los caballos. Y lo cierto es que la mayoría de nosotros hemos
recibido educación de todo tipo… menos educación emocional. A lo sumo el
aprendizaje se reduce a qué no se debe hacer, e inclusive... qué no se debería
nunca siquiera sentir! Es decir que la supuesta solución para ciertas emociones
incómodas, según ese supuesto moral, es no sentirlas. (Ja!) Esto desata en toda
buena persona una lucha interna irresoluble. ¿Conoce a alguien a quien le suce-
da?
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Bien, entonces: nadie educó a los caballos. Y la metáfora es buena también
porque el trabajo con las emociones se parece mucho a domesticar un animal:
requiere de firmeza, paciencia, límites claros, una restricción medida desde la inte-
ligencia y también ternura. En el Taoísmo suele utilizarse la expresión "domes-
ticación de sí mismo". Esta expresión significa "ser dueño de sí", "ser el propio
Amo".
El complejo mamífero humano: Si Ud. observa el modo en que los animales
no-humanos expresan sus emociones, encontrará que, de una manera natural, la
emoción es lo que es y se manifiesta como tal. La complejidad del animal humano
implica dos factores que en la psicología de los otros animales no se presentan:
o Además de las emociones primarias, tenemos también emociones se-
cundarias.
o Generamos emociones autoprovocadas, en función de nuestra capaci-
dad de pensar y de imaginar.
Estos dos mecanismos propios del ser humano hacen que nuestra vida emo-
cional sea de alta complejidad. Quisiera compartirle estas nociones esenciales para
que las tenga como mapa de autoobservación. ¿Me acompaña?
o Las emociones primarias y secundarias: Las emociones primarias son las
que se manifiestan ante un estímulo, cualquiera sea éste, interno o externo (igual
que le sucede a todo animal). Las emociones secundarias son las que se disparan
en relación a la emoción primaria. Esto significa que sentimos algo respecto de
nuestro sentir: nos da vergüenza sentir miedo, nos enoja sentir vergüenza, nos
produce culpa estar contentos... Esto es propio del animal humano. Y, como vere-
mos, es una causa importantísima de enemistad consigo mismo, de fricción, de
dolor.
C F
B
A D E
Dado que el lenguaje de las imágenes invita a que en el proceso de compren-
sión participe el hemisferio cerebral derecho, intentaré explicarle esta idea gráfica-
mente. Imagine que una persona habitualmente muy responsable se ha tomado el
día para sí. Está ante un bello paisaje (A) y experimenta regocijo (B). El regocijo, en
este caso, sería su emoción primaria. "Animalmente", allí terminaría la historia. Sin
embargo, como es un humano, está comenzando a sentir culpa (C) de estar disfru-
tando cuando en verdad "debería" estar trabajando (emoción secundaria). Es más:
podría experimentar simultáneamente enojo (D) hacia esa parte que disfruta (B),
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censurándola. Y a la vez, dado que se da cuenta de que siente culpa pero que se
merece ese descanso, le dé rabia sentir una culpa injustificada, sintiendo enojo (D)
hacia su propia culpa (C). Así, podrían sumarse emociones secundarias, y también
haber más de una primaria, con lo cual Ud. advertirá que el entretejido emocional es
bien complejo. Los humanos somos complicados, ¿verdad? ☺
...Y estoy describiendo un patrón emocional establecido ante un hecho de ba-
ja intensidad, nimio. ¿Qué pasará en el sistema emocional cuando están en juego
asuntos de alta significación afectiva? Bien: el ingrediente fundamental del que aquí
quiero hablar es el Observador (E). Recordemos que en la mayoría de las personas
ese casillero de la derecha lamentablemente está vacío. Esto implica que todo ese
circuito que acabo de describir se da sin que haya nadie: se reacciona ante el es-
tímulo inicial, se reacciona ante la propia reacción, y así sucesivamente, generándo-
se tensión, contradicción… en síntesis: confusión.
o Las emociones autoprovocadas: También a diferencia del resto de los anima-
les, los humanos tenemos el don y la dificultad de ser capaces de pensar y de
imaginar (un don que, si no se lo administra con conciencia, convierte nuestra vida
en un laberinto de espejos).
La mente crea escenarios, mueve los personajes, construye futuros... y esa
noria que gira y gira genera emociones que no están vinculadas tan siquiera a
una realidad inmediata, "verdadera". Son construcciones internas ante las cuales
reaccionamos como si fueran eventos vitales concretos. Para complicarlo aún más,
todos tenemos como un mecanismo de "ecualización" de las emociones: inten-
sificamos algunas, disminuimos otras, y vamos con ello deformando la realidad,
creando más y más ilusión. ¿Se ha observado a sí mismo intensificar el miedo, el
enojo o el dolor a partir de sus pensamientos? Dramatizamos, minimizamos, cre-
amos monstruos y fantasmas... sin que nadie dentro nuestro se dé cuenta!
En este punto, cuando el Observador aparece es natural que ese proceso de
verdadera autohipnosis sea advertido, y con ello tienda a esfumarse, como la nie-
bla se reabsorbe al salir el sol: el miedo, el enojo, el sufrimiento autoprovocado apa-
recen como fantasmagorías ilusorias. Aparecen como lo que realmente son.
El despertar del Observador: Estos mecanismos internos, más muchos otros
que iremos viendo a lo largo de nuestros encuentros, se dan conjuntamente, cre-
ando una maraña interna imposible de desenredar sin esta-
blecer un proceso de darse cuenta. Y lo pasmoso de la
situación es que desde ese estado de distorsión emocional es
que tomamos la mayor parte de las decisiones de nuestra vi-
da. A partir de esa confusión reactiva vamos construyendo a
tientas nuestro tránsito por el Laberinto. Cuando en las Tra-
diciones de Sabiduría se habla de que el ser humano debe tra-
bajar para tener libertad interna, de lo que se está hablando es
de esto: sin Observador, la vida "nos sucede". Decir "yo pien-
so", "yo quiero", "yo elijo", es tan impreciso como decir "yo llue-
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vo". La verdadera capacidad de decidir, ser y hacer adviene a partir de que empieza
a haber conciencia de sí. Sin ello, todo acontece, y permanecemos esclavos de
una cárcel en la cual somos los presos y los carceleros a la vez...
Sí, pero, ¿cómo se hace? Para que pueda darse la posibilidad de autoob-
servación hay un acto interno (F en el gráfico anterior) que implica tomar distancia
de los contenidos internos: el Observador (Conciencia-Testigo) da un paso atrás y
observa sin juzgar, sin rechazar, sin fomentar... Esto es, desde una actitud neutral y
ecuánime (valga aclarar que "ecuánime" significa "con el ánimo igual, con el mismo
ánimo"). Esta actitud en la Psicología del Budismo se llama Plena Atención
(vipassana), por la cual el Observador simplemente ve el fenómeno de la emoción
tal como se despliega, tal como acontece. En el Budismo Zen constituye la base
fundamental del Zazen.
El Observador, entonces, atestigua sin apegarse y sin rechazar. De hecho,
estas dos actitudes (apego y rechazo) son para la Psicología de Oriente la causa
misma del sufrimiento: "No quiero sentir esto ingrato", o "Me gustaría sentir esto
grato una vez más, un poco más". Esa es la cuna de todo el dolor humano. Si lo
redondeamos en una sola palabra, es identificación. Como se señala en el Yoga,
la identificación con las modificaciones de la mente es la causa básica del
dolor y de la confusión. Volveremos a esta idea más adelante. Sé que no son
conceptos simples, y es natural que quien los reciba vaya pasando por distintos
niveles de comprensión respecto de ellos. La experiencia de observarse le irá afi-
nando la captación de estos conceptos que son, esencialmente, vivenciales.
UNA PROPUESTA: Le invito a una experiencia simple para ir buscando
dentro suyo la presencia de su Observador. Busque un momento
tranquilo, en el que pueda estar solo y relajado tal como se lo sugería
en mi propuesta anterior. En este caso, voy a pedirle que se provea
de un reproductor de música.
Una vez que esté instalado (mejor si es con auriculares) comience a dejar que la
música ingrese a su percepción lúcidamente: observe cómo la música es un con-
tenido más del flujo de su conciencia.
A medida que los sonidos fluyan, observe las modificaciones de su mente:
sensaciones, imágenes, emociones... Trate de no apegarse a ninguna de ellas: con-
serve su atención desapegada de lo que percibe, como detrás de todos los con-
tenidos mentales. Será muy natural que se distraiga. Cuando le suceda, por favor
no se pelee consigo mismo: simplemente vuelva a prestar atención, una y otra vez,
tantas como se haya dispersado. Observar la distracción es parte del ejercicio
de atención, y no contrario a él. Irá fortaleciendo poco a poco su capacidad de
autoobservarse, no sólo en la soledad y el silencio, sino en medio de las turbu-
lencias de la vida cotidiana, tal como un músculo se vuelve más consistente con una
ejercitación apropiada...
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La música es un estímulo potente y a la vez lo suficientemente neutro como
para permitir observarse con menor dificultad: mueve su mundo psicológico, per-
mitiendo observar el fenómeno de lo que acontece dentro suyo, con Atención Plena.
Éste es un ejemplo simple de la práctica de Vipassana que, si Ud. quiere, puede
acompañarle en su camino de autopercepción. Nos seguiremos encontrando en él...
Maitri: Amistad incondicional consigo mismo: En la Psicología del Budismo
hay un concepto muy importante respecto de estos temas que, curiosamente, no
tiene una traducción exacta en nuestro idioma (probablemente porque no sea una
actitud con la cual estemos familiarizados en Occidente). La palabra es maitri, y la
traducción posible sería "afabilidad, amistad incondicional consigo mismo". Aquí ca-
bría también la expresión "autoaceptación", pero con un
matiz específico que luego transitaremos juntos.
Veamos: la mayoría de nosotros nos hemos criado
en una infraestructura sociocultural que va elaborando un
sistema psicológico autocastigador: nos censuramos,
nos criticamos, nos peleamos con aquellas partes de no-
sotros que no se ajustan al ideal de cómo quisiéramos
ser. Y a veces más: a veces ciertos conceptos religiosos
hace que aborrezcamos los aspectos internos que impli-
quen fallarle al parámetro de lo que entendemos que
“Dios quiere de nosotros”, según nuestras creencias. Profundos malentendidos
sobre el concepto de "pecado" aquí cobra relevancia, y en algunas personas es el
eje de una parafernalia neurótica muy dolorosa y conflictiva: luchar contra lo que no
se debería sentir ni pensar.).
Esta fricción interna suele acentuarse, paradójicamente, en aquéllos que, por
definición, aspiran a ser buenas personas, con anhelos que pueden ser genuina-
mente espirituales: se quisiera ser lo mejor posible, dañar al otro lo menos posible,
llevar una vida lo más honesta y digna posible... y esto suele derivar en que esa
persona muchas veces tenga un nivel de crueldad increíble respecto de sí
misma. O sea, que se manifieste como alguien nefasto para consigo misma como
jamás lo hace ni lo haría para con los demás. ¿Conoce Ud. a alguien así? ¿Tiene
esto que ver en algo con Ud. mismo?
A esto se suma otro factor condicionante: la Psicología de Occidente fue ge-
nerando por años un cuerpo de ideas que sembró una noción cultural por la cual,
cuando la persona se piensa a sí misma, siente que su Inconsciente, el fondo de sí,
es fundamentalmente algo peligroso, traicionero, un nido de conflictos, traumas y
complejos que en cualquier momento nos puede hacer una mala pasada. El núcleo
de nuestras deficiencias y de nuestro dolor. Cuando tomamos la mirada que Oriente
tiene respecto del Inconsciente, este paradigma se modifica substancialmente: si
bien incluye los aspectos conflictivos o traumáticos, detrás, en lo profundo, existe un
Inconsciente sabio, nuestra verdadera naturaleza. Tanto es así que el Zen nos habla
de un Inconsciente Cósmico Sagrado (hishiryo). Esta noción ingresó a Occidente
recién a partir de Jung (cuando nos habla del Sí Mismo y de un Inconsciente autó-
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nomo y sacro), Frankl (incorporando la idea de un Inconsciente Espiritual) o Assa-
gioli (hablándonos del Supraconsciente). La vinculación sana y compañera con esa
parte de sí es un paso indispensable en la aceptación de las propias emociones y
del propio modo de ser. Mirar hacia adentro y saber que "eso" sagrado, inteligente,
está allí, podría ser como un acto de orar, pero orar hacia "adentro" en vez de hacia
"afuera" (o ambas opciones a la vez!).
Eso interno, nuestra esencia no condicionada, lo que éramos al nacer y qui-
zás sigamos siendo aún después de morir, necesita expresarse, realizarse, y ser
quien dirija nuestra vida. Ocupar el lugar que le corresponde: el del Amo del ca-
rruaje, para indicarle al cochero y a los caballos por dónde y hacia dónde tienen que
ir...
UNA PROPUESTA: Trabajando con lo que llamé Técnicas de Acceso
Directo al Inconsciente (TADIs) por muchos años, he encontrado que
la actitud con la cual uno busca hacer contacto con su propia mente
profunda es esencial para que ese tipo de práctica lleve a buen
puerto. Es más: diría que esa actitud determina la vida cotidiana de cualquiera de
nosotros. ¿De qué estoy hablando? La palabra que más me ha quedado resonando
al respecto, de distintos seminarios sobre Psicología Budista, es “gentilmente”. En
distintas prácticas de meditación y de trabajo con el cuerpo, la consigna que da
quien guía un ejercicio suele repetir con insistencia esa palabra: "Ahora, gentil-
mente, nos inclinamos despacio hacia adelante...", o "Ud observa su respiración y,
si advierte que se ha distraído, gentilmente vuelve a focalizar su atención en el re-
corrido del aire..."
La práctica de maitri implica como fundamento esencial esa actitud gentil
hacia sí mismo. Inclusive ante lo que no nos gusta de nosotros, ante algo que aca-
bamos de hacer torpemente... Tenerse paciencia, como la tendríamos con cual-
quier ser querido. ¿Puede Ud. ser un ser querido para sí mismo? ¿Puede Ud. for-
mar parte de su propio círculo de afectos?
La propuesta que le estoy haciendo implica no solamente una práctica de
meditación, ya que luego volveremos a ello. A lo que le estoy invitando es, al me-
nos durante esta semana, a fundar dentro de sí la intención clara y contundente de
ensayar cómo será esto de ser gentil con Ud. mismo. Esto no quiere decir ser auto-
condescendiente, ni tener lástima de sí, ni tomar una postura narcisista. Quizás, en-
sayando, muchas veces caiga en una u otra variante que no es auténtico maitri,
sino una actitud egocéntrica. Pero... no se preocupe: la podrá ir rectificando en el
camino.
Además de estar proponiéndole una actitud general para cada momento del
día (puede ponerse cartelitos recordatorios si lo necesita!) le sugiero lo siguiente: en
un momento de serenidad, trate de hacer una revisión de ante qué circunstancias y
de qué manera Ud. se ha especializado en autotorturarse. (Disculpe si en verdad
Ud. no lo hace, pero, si es así, sería una verdadera excepción!). Cada uno de noso-
tros tenemos ciertos modos específicos de retarnos, de increparnos, de exigirnos,
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de castigarnos, de insultarnos. Lo que le pido es que preste atención y anote en su
cuaderno ante qué circunstancias Ud. hace esto consigo mismo, y de qué manera
específica lo hace. Hay quienes se insultan verbalmente, quienes hablan mal de sí
mismos ante otros, quienes sabotean lo que les gusta, quienes hacen algo dañino
para consigo mismos, quienes generan síntomas psicosomáticos…
Cuando Ud. haya identificado ante qué situaciones lo hace y cómo lo hace,
preste suma atención a cuando eso se produzca, y vea si puede modificar la actitud.
Intente en ese momento practicar maitri, ser gentil con su limitación de un modo in-
teligente. Los conceptos que enseguida le compartiré le darán más herramientas
para ponerlo en práctica. Ensáyelo, encuentre su propia manera de implementarlo,
y, si quiere, luego lo comparte en el Foro grupal...
Autorrechazo y autoaceptación en el trabajo sobre sí: Dentro de los instru-
mentos para el trabajo interno, desde este enfoque de la Psicología Transpersonal
se toma a la Meditación como herramienta para afinar
la autoobservación. En la práctica clínica también es
ésta la actitud desde la cual el terapeuta procura es-
cuchar al paciente: alerta, observando sus propios con-
tenidos mentales, intentando conservar el eje de su
conciencia mientras escucha (como cuando recién ha-
blábamos de Vipassana y de Doble Atención). Procura
ver de qué manera le llega lo que el otro le dice, trata
de discernir qué es lo que corresponde al paciente y
cuáles son sus propios contenidos internos, etc. Y esta
actitud implica aceptar. Aceptar lo que el otro es, y lo
que él mismo siente. Este modo de vincularse no sólo
es aplicable al trabajo terapéutico, sino que el vínculo
con el paciente se inscribe dentro de una actitud de vida. Por ello, más allá de que
Ud. sea terapeuta o no, la propuesta es que, si estos conceptos le resuenan, pueda
aplicarlos en cualquier relación vincular, y, sobre todo, en el vínculo consigo mis-
mo. (Como luego veremos, aceptar no implica no poner límites cuando hace falta,
claro!)
Sabemos que cuando alguien escucha esto por primera vez se sobresalta:
"¿Eso quiere decir que tengo que dejar que el otro haga lo que no quiero?"; "¿Ten-
dría que aguantar lo que me molesta, aceptándolo como si nada?"; "Y si me permito
sentir cosas malas, no me convertiré en una mala persona?"... Es natural que lleve
tiempo captar en profundidad qué es la aceptación del otro y la autoaceptación, y
qué no lo es.
Aceptar es darse cuenta de lo que sucede, sin justificarlo, sin ocultárselo a
sí mismo, sin disfrazarlo. Aceptar es no negar: Es darle legitimidad a lo que se ma-
nifiesta, y, con ello, hacernos cargo de lo que sentimos. No hacernos cargo impli-
cará que eso se exprese sintomáticamente, o bien que lo proyectemos en el entorno
(como luego veremos). En función de eso que es, podremos coordinar una con-
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ducta congruente, que tenga en cuenta lo que mecánicamente habríamos pre-
ferido no ver.
Es decir que, respecto de la interacción, aceptar lo que el otro es se refiere a
verlo tal cual es, y evaluar si así, tal cual es, elegimos vincularnos o no con él o
con esa parte de sí, pues dentro del mismo proceso estaría el aceptar en primer
lugar lo que YO siento al respecto. Si una actitud del otro me resulta ajena a lo que
elijo para mi entorno vincular, lo primero será aceptar ésa que es mi realidad: su
conducta me afecta, me perturba, y no la elijo para mí. Culturalmente, estamos tan
poco acostumbrados a tener sanamente en cuenta qué queremos y qué no, que
perdemos de vista ese eje central cuando establecemos vínculos o tomamos de-
cisiones. Si no aceptamos la verdad de lo que sentimos ante los hechos de nuestra
vida, las elecciones serán tóxicas o nocivas. Erich Fromm decía: "La enfermedad
consiste en elegir lo que no es bueno para nosotros." Y posiblemente esto podría
aplicarse desde la comida, hasta la vocación o la vida afectiva...
Este interjuego es el que va creando vínculos disfuncionales. Pero ello se
debe a que el primer vínculo inauténtico y disfuncional es el que se gesta consigo
mismo. ¿Cómo podría uno crear nexos genuinos con los demás si se autoengaña?
Al plantear esto, soy consciente de que desarrollar el
tema de la aceptación relacionándolo con los vín-
culos interpersonales necesitaría de mucho más
espacio que el que disponemos en esta oportunidad.
Espero en otro momento poder desplegarlo como lo
merece (inclusive durante los Fogones). Volvamos,
entonces, a concentrarnos en cómo aplicar en la
autoobservación esta actitud aceptante de sí mis-
mo.
Respecto de nuestras emociones y sentimientos menos gratos de ver, acep-
tarlos implica admitirlos y darles lugar, pues tienen un sentido en nuestro equi-
librio psicológico. Si no investigamos la información emocional que ese sentir tiene
para nosotros... rompemos ese equilibrio y matamos al mensajero. Esto implicará
que tomaremos decisiones y organizaremos conductas en base a sólo una parte
de la realidad. Por ende, serán conductas y decisiones probablemente disfuncio-
nales, desde nuestra parcialidad perceptual. El autorrechazo engendra automa-
nipulación emocional: no debería tener resentimiento, y entonces forcejeo con eso
que siento, tratando de cambiarlo. La paradoja es que es inviable tratar de cam-
biar algo contra lo cual uno está peleando. La resistencia engendra violencia in-
terna: me resisto a que las cosas sean como son, me resisto a la realidad, me
resisto a sentir lo que siento...
"Déjalo ser": Una pregunta que suele surgir cuando desarrollo este tema en en-
cuentros presenciales es si el hecho de permitirse sentir todo lo que se siente,
dejar ser a todas las emociones que se manifiestan en nosotros, no nos podría
convertir en energúmenos, en suicidas, en locos... Fíjese en lo siguiente: este con-
cepto de la autoaceptación, si bien ha sido tomado fervientemente por la Psicología
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Humanista (sobre todo Carl Rogers) y Transpersonal, deviene de ciertos ejercicios
monacales en los que se apunta a encontrar, detrás de todo lo que se siente, (lo
agradable y lo desagradable), la claridad del propio Ser: en la medida en que no
luchamos con lo que sentimos, esta actitud produce paulatinamente dos efectos:
a) Autorregulación emocional: Cuando nos disponemos a observar todo lo
que sentimos (lo que Krishnamurti denomina "conciencia sin elección") (1), vamos
pudiendo ver objetivamente lo que se mueve dentro nuestro, sin automanipularnos.
La no-resistencia a ningún contenido interno produce una autorregulación de la
psique, y, con ello, la opción de una conducta integrada y congruente. ¿Cómo es
esto posible? Sí: la conducta no será salvaje, descontrolada, inadaptada, sino, por el
contrario, al dar cabida a todo lo que se nos mueve, los sentires se compensarán
entre sí, generando un equilibrio coherente. Por ejemplo: aceptamos nuestro eno-
jo ante una persona, le damos lugar a esa emoción, sin disfrazarla, sin auto-
prohibírnosla. Simplemente, la dejamos ser dentro nuestro, percibiendo que esta-
mos fastidiados.
Pero ese enojo no estará aislado dentro nuestro: los sentires no tienen ex-
clusión entre sí, por lo cual simultáneamente, ante un mismo estímulo, sentimos
muchas sensaciones y emociones diferentes. Siguiendo el ejemplo, quizás también
sintamos afecto o respeto por esa persona, o compasión. Así, esos sentimientos se
regularán entre sí, a partir de nuestra actitud de no excluir a ninguno de ellos: el
afecto, el respeto la compasión cumplirán con la misión de balancear la emoción
enojosa, dándole a ese enojo la medida justa y sana de su expresión (por ejem-
plo, manifestándolo maduramente poniendo un límite). La no-exclusión permite el
equilibrio interno. Es fácil lograrlo? No, claro! Como todo lo que vale la pena, re-
quiere de entrenamiento consciente, constante, intencional. Dese tiempo, sí?
b) Desidentificación: Cuando no luchamos con lo que sentimos, y le damos
cabida a todo lo que es, la agitación disminuye, la lucha interna va cesando, y
vamos encontrando un lugar interno que no participa de ese revuelo: un eje de
calma en medio de la tormenta, "el ojo del huracán". A esto se le llama en este pa-
radigma psicológico desidentificación.
Estar identificado con un estado emocional implica estar obnubilado por él:
me creo ser eso. "Identificado" significa que creo que esa es mi identidad: yo soy
mi dolor, yo soy mi angustia, yo soy mi enojo. Poder desidentificarse hace que, al
tomar distancia de eso que siento, al desinvolucrarme de eso en lo cual estoy
envuelto, vea eso que siento en el contexto de todo lo que soy. Y es que soy
mucho más que eso: soy muchas más emociones que ésa, muchos otros estados, y
a la vez, ninguno de ellos, pues lo que verdaderamente es en mí, es esa conciencia
primigenia que está detrás de todos los estados, de todas las emociones (que no
son más que contenidos de esa conciencia, y, por ello, elementos transitorios,
impermanentes).
La desidentificación permite que, aun en medio de emociones encontradas,
pueda haber un núcleo interno exento de dolor, de miedo, de enojo... Ese Obser-
vador es como un estrato más profundo, por debajo de las agitadas olas del mar. Es
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lo permanente detrás de la impermanencia, como lo señala la Psicología de Oriente.
(Si Ud. alguna vez lo experimentó, ya sabe de qué estoy hablando…)
Cuando estamos identificados con lo que sentimos, no hay lugar para nada
más; nos encontramos como poseídos por ese sentir: el campo de conciencia se
estrecha. Excluimos de nuestra conciencia los demás contenidos internos, identi-
ficándonos sólo con ésos que quedan en el foco (siendo que son sólo una parte de
nosotros, y así es como es importante que nos habituemos a llamarlos).
Cuando nos damos cuenta, y nos vamos despegando de esa especie de
hechizo, el foco de atención comienza a expandirse, y la tensión interna comienza a
ceder: poco a poco se abre la cerrazón, ya no estamos "tomados" por esa emoción,
y podemos corrernos de lugar interno. Cuanto menor es esa movilidad psicológica,
generalmente mayor es nuestro aferramiento neurótico a ese estado emocional. La
práctica de la desidentificación como actitud de vida permite una mayor movilidad
emocional y, con ello, facilita el proceso de cambio: ejerce un efecto transmutador.
Lo describiré gráficamente para que Ud. pueda llevarlo a la experiencia prác-
tica en su vida cotidiana:
A B
El círculo amarillo representaría en ambos casos el campo de conciencia
(aquello de lo cual me alcanzo a dar cuenta dentro de mí). Cuando me identifico
con un contenido de la conciencia (un pensamiento, una sensación, una emoción,
un rasgo de nuestra personalidad), ese contenido ocupa todo el foco de la escasa
autoconciencia que tengo. Cuando me observo, y, desde la Conciencia Testigo,
tomo distancia interna de lo que me pasa, amplío el campo de conciencia, de
modo que ese contenido interno es percibido en el contexto de todo lo que soy:
puedo ver los otros contenidos internos (la compasión, el respeto, el afecto...). Y
viendo en su conjunto todo lo que me pasa, sin exclusión, puedo organizar una
conducta más integrada y más congruente con todo lo que soy.
Entonces, como Ud. ve, por un lado, ese primer contenido de conciencia con
el que se estaba identificado (por ejemplo, el enojo) no es el único, dado que hay
otros sentires, además de ése, que han quedado transitoriamente excluidos de la
percepción (en el ejemplo, la compasión, el afecto o el respeto por esa misma
persona). Cuando expando mi campo de conciencia incluyo esos otros sentires,
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forjándome un criterio de realidad más objetivo respecto de la situación (externa e
interna).
Pero, además, por otro lado, lo que en verdad soy, profundamente, es ese
círculo amarillo, pues los contenidos de conciencia, por más que perciba a varios de
ellos, todos son impermanentes: no hacen a mi ser esencial. Cuando podemos
afianzar nuestra percepción desde la Conciencia Testigo, podemos asentar nuestra
identidad en eso que está como detrás de todos los contenidos, y que no es nin-
guno de ellos. Allí no hay dolor, no hay enojo, no hay miedo... Es como un sus-
trato quieto y vital, desde el cual se puede observar la transitoriedad de los con-
tenidos internos, sin identificarse con ellos.
Dicen en Oriente que ese nivel de conciencia es como un espejo, que deja
pasar las imágenes, sin retener a ninguna de ellas, o como el cielo visto desde la
tierra, sobre el cual transitan las nubes, el sol y la luna (los
contenidos psicológicos), pero detrás de ellos simple y eter-
namente sigue estando el cielo...
Quiero compartirle algunas palabras de Carl Rogers, pio-
nero de la Psicología Humanista, quien desarrolló su mirada
del ser humano tomando como foco el tema de la autoa-
ceptación, de la legitimación de lo que uno es y siente, como
camino ineludible hacia la integración y la autenticidad:
"Soy más eficaz cuando puedo escucharme con toleran-
cia y ser yo mismo. Con el transcurso de los años he adquiri-
do una mayor capacidad de autoobservación que me permite
saber con más exactitud que antes lo que siento en cada momento: puedo
reconocer que estoy enojado o que experimento rechazo hacia esta persona,
que siento calidez y afecto hacia este individuo, que estoy aburrido y no me
interesa lo que está pasando, que determinada persona me produce ansiedad o
temor. En otras palabras, creo que soy más capaz de permitirme ser lo que soy.
Me resulta más fácil aceptarme como un individuo decididamente imperfecto,
que no siempre actúa como yo quisiera.
Quizás este punto de vista pueda resultar bastante extraño para algunas per-
sonas. Sin embargo, lo considero valioso a causa de que, paradójicamente,
cuando me acepto como soy, puedo modificarme. Creo que he aprendido
esto de mis pacientes, así como de mi propia experiencia: no podemos cambiar,
no podemos dejar de ser lo que somos, en tanto no nos aceptemos tal como
somos. Una vez que nos aceptamos, el cambio parece llegar casi sin que se lo
ad vierta."
" [...] En mi relación con las personas he aprendido que, en definitiva, no me
resulta beneficioso comportarme como si yo fuera distinto de lo que soy: mos-
trarme tranquilo y satisfecho cuando en realidad estoy enojado y descontento;
aparentar que conozco las respuestas, cuando en verdad las ignoro; ser ca-
riñoso mientras me siento hostil; manifestarme aplomado cuando en realidad
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siento temor e inseguridad. He descubierto que esto es cierto aun en los niveles
más simples. No me ayuda aparentar bienestar cuando me siento enfermo. [...]
Nada de esto me ayuda a lograr relaciones positivas con individuos. El hecho de
aceptarse tal como uno es consiste en que sólo entonces las relaciones se tor-
nan reales." (2)
Autoaceptación. Conciencia sin elección. Percepción no-excluyente. Visión obje-
tiva. Autoobservación imparcial. Este concepto, expresado de una u otra manera, es
el instrumento básico en el trabajo sobre sí mismo y en la asistencia psicotera-
péutica desde este enfoque integral de la Psicología, aunando Oriente con Occi-
dente. Por favor, si ésta es una idea nueva para Ud., no la acepte simplemente, así
sin más. Si quiere y puede, explórela, investíguela. La expresión budista "mente
inquisitiva" hace alusión a esto: uno se pregunta a sí mismo, autoindaga más allá
del intelecto, trata de ver por sí, sin aceptar a priori ningún dogma, ninguna auto-
ridad. La verdadera autoridad es la propia experiencia, y la información se trans-
forma en conocimiento sólo una vez que encarna en la vivencia personal.
EXPLORACIÓN VIVENCIAL: Le propongo una herramienta práctica para ir
explorando este tema desde su propia experiencia, más allá de lo con-
ceptual. Le sugiero implementar esta consigna en algún momento en el
cual experimente alguna emoción nítida desagradable: fastidio, miedo,
envidia... Para comenzar, le pido que elija una emoción cuya intensidad
no sea extrema, sino mediana (luego podrá ir aplicando esta práctica a estados in-
ternos más intensos).
Bien: cuando esa emoción se presente (o Ud. la evoque para hacer contacto
intencional con ella, reviviéndola) tómese un momento para retirarse de la interac-
ción y estar solo (aunque más no sea en el baño de la oficina, si fuera el caso!).
Cierre los ojos, estando sentado o de pie, y focalice su emoción tal como ya sabe
hacerlo. Sienta la expresión física de esa emoción en su cuerpo (sobre todo en el
pecho y el abdomen). Obsérvese a sí mismo identificado con esa emoción, como
en el pequeño círculo amarillo del gráfico. Por favor, no luche contra ella, no quiera
quitársela: acéptela dentro de sí, mírela sin juzgarse por sentirla.
Respire hondo... vaya centrando su identidad como detrás de esa emoción,
en su Observador. Permita que el foco de conciencia se expanda, (como en el círcu-
lo amarillo grande del gráfico) y observe qué otras cosas siente: ¿hay más emo-
ciones? ¿Qué sensaciones o pensamientos ve? Dese cuenta de que eso está en
Ud., pero que Ud. no es eso. Eso es transitorio, como las nubes que atraviesan el
cielo. Deje que esos contenidos internos pasen como las imágenes pasan en el
espejo sin que éste las retenga...
Tómese el tiempo que quiera y pueda. Y antes de volver a la cotidianeidad,
"estire" un poco más el foco de la conciencia hasta sentir todo su cuerpo, el volu-
men que ocupa en el espacio, recortando sus contornos desde la autopercepción.
Tome la mayor conciencia de sí que le sea posible, y observe que ese instante es
sólo un punto pequeño en el tiempo, en el largo tiempo de su vida, en el larguí-
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simo tiempo de la Historia. Perciba el transcurso del tiempo sintiéndose Vivo, obser-
vándose desde el no-tiempo. Advierta desde ese lugar quieto interno la imperma-
nencia de sus contenidos psicológicos, y déjelos fluir...
Por favor, no se contente con sólo leer en este instante estas palabras: si in-
gresan meramente a través del intelecto bien podrán parecer insípidas, y quizás
hasta absurdas. Grabe el concepto dentro de sí, y escúchelas en su interior, luego,
guiando la experiencia.
Este antiguo ejercicio de desidentificación puede ser una piedra angular en
su trabajo con las emociones. Si se permite explorarlo, encontrará la riqueza que
miles de exploradores fueron hallando en él, siglo tras siglo...
Para estimular su exploración, le convido estas palabras de Ken Wilber, uno
de los máximos referentes de este enfoque (cuya foto está en el collage de la pá-
gina 2 de este Módulo):
"Por lo tanto, cualquier emoción, sensación, pensamiento, recuerdo o expe-
riencia que te perturbe es, simplemente, algo con lo que te has identificado de
manera exclusiva, algo con lo que se ha identificado tu Testigo, y la resolución
definitiva de la perturbación consiste simplemente en desidentificarte de ella.
Limpiamente te desprendes de ella con sólo darte cuenta de que nada de eso
eres tú, ya que, puesto que es algo que puedes ver, no puede ser el verdadero
Observador y, como no es tu verdadero ser, no hay razón para que te identi-
fiques o te aferres a esos estados, o para que permitas que tu ser se deje limitar
por ellos. Atestiguar tales estados es trascenderlos Ya no te acechan a tu espal-
da porque los miras de frente. Si perseveras en este ejercicio, la comprensión
que conlleva se agudizará y comenzarás a advertir cambios fundamentales en tu
sensación de 'identidad'. " (3)
Dado que todas estas ideas son fundamentales para el trabajo que hemos
iniciado Ud., sus compañeros de grupo y yo misma, volveremos a ellas una y otra
vez durante este tiempo en que transitaremos juntos. Iremos abordándolas no sólo
mediante el material de los Módulos, sino también en los Foros y durante los en-
cuentros en el Aula Virtual. Este trabajo sobre sí mismo tiene dos pilares funda-
mentales: darse cuenta y darse tiempo. Trataremos de crear el contexto de apren-
dizaje para que entre todos investiguemos de qué se trata... Hasta muy pronto! ♣
BIBLIOGRAFÍA CITADA:
(1) En cualquiera de los libros de Jiddu Krishnamurti se puede encontrar desplegado este tema.
(2) "El proceso de convertirse en persona", de Carl Rogers. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1997.
(3) "La conciencia sin fronteras: aproximaciones de Oriente y Occidente al crecimiento personal", de
Ken Wilber. Editorial Troquel-Kairós, Buenos Aires, 1990.
ILUSTRACIONES DE ESTE MÓDULO:
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o Página 2: "Man and Cosmos", de Peter Souli.
o Página 4: Antiguo grabado persa.
o Página 5: "Saint Martin", grabado francés del siglo XV.
o Página 7: "Vision of the sage", Markandeya, India.
o Página 8: "River valley", de Ángela Stormo.
o Página 9: "Looking out" y "Andalusian Hillside", de Sue Loder.
o Página 11: "French tree", de Sue Loder.
o Página 14: "Self-steem", de Karl Roth.
o Página 16: "Conversation", de Mon Rogers.
o Página 20: "Espejo entre copihues", de Miriam Roseto. ♣
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