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Tatuajes de Ángeles y Demonios en Conflicto

Este documento narra la historia de Luce, el ángel caído Lucifer, quien regresa al antiguo castillo abandonado donde los demonios se habían reunido esperando instrucciones. Luce se siente frustrado por la desorganización de los demonios y nombra a Volac para que dirija a los demonios en ausencia de Lire y lo mantenga informado sobre los movimientos de Miguel.
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Tatuajes de Ángeles y Demonios en Conflicto

Este documento narra la historia de Luce, el ángel caído Lucifer, quien regresa al antiguo castillo abandonado donde los demonios se habían reunido esperando instrucciones. Luce se siente frustrado por la desorganización de los demonios y nombra a Volac para que dirija a los demonios en ausencia de Lire y lo mantenga informado sobre los movimientos de Miguel.
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Hay que pagar un alto precio por la inmortalidad. Uno tiene que
morir varias veces en vida”.

— Friedrich Nietzsche
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Sobre la Autora
Créditos
En el momento en que el "breve" apocalipsis llegó a su final, la vida volvió a la
normalidad. Los mortales continuaron con su existencia ajenos a todo mientras la
tierra se sanaba y las flores de nuevo crecían, la devastación instantáneamente
limpiada. Era como si nunca hubiese pasado.

Pero pasó.

Luce lo sabe. Estaba condenado a recordar cada momento, forzado a vivir con
todo lo que él había hecho. De repente encontrándose fuera de su confinamiento,
se enfrenta con una decisión: qué lugar llamar "hogar". El libre albedrío no resulta
ser la libertad que el espera cuando la única cosa que quiere no sabe que él existe.

Serah se despertó sin recuerdos de donde viene o quien era antes de ese
momento. Luchando por adaptarse al mundo como mortal, es perseguida por un
par de brillantes ojos azules que siempre parecen estar observándola. No puede
evitar la sensación de que podría ser su salvación... si sólo ella pudiese recordarlo
antes de que sea demasiado tarde.

Lucifer no cayó de la Gracia solo. Él no es el único ángel con rencor, ni es el


único fascinado por su bella mortal.

El camino al infierno está lleno de buenas intenciones...


Traducido por ƸӜƷKhaleesiƸӜƷ

Corregido por flochi

Bocanadas de humo serpentearon de la hoja ardiente mientras la punta


de la espada era arrastrada contra el suelo de mármol. Miguel se paseó por la
cámara, con los pesados pies descalzos, la cabeza gacha.

Se detuvo al llegar a la parte delantera, levantando su mirada lentamente


hacia el macizo trono victoriano. Hacía juego con el resto de la habitación, todo de
terciopelo burdeos y oro brillante.

Sus ojos se encontraron con los de su Padre, cristalinos y azules como el día.
Parecía tranquilo, encorvado ligeramente, Su rostro eternamente joven
inexpresivo. Miguel Lo miró con cautela, incapaz de detectar cualquier indicio de
emoción. No era raro… nunca se delataba. Pero hoy, de todos los días, Miguel
esperaba encontrar algo, algún indicio de lo que iba a pasar.

Miguel abrió la boca para hablar, pero las palabras no salieron. Era inútil
tratar de explicarlo, de todos modos. Su Padre veía y lo sabía todo. Había visto
como se había desarrollado todo.

Un momento pasó, luego otro de tenso silencio, antes de que finalmente Él


hablara.

—Lo hiciste bien hoy.

Miguel Lo miró boquiabierto.

—Salvé a un infame.

—Mostraste gran compasión.

—Satán está todavía por ahí…

—No, no lo está. El dragón ha sido domado.


La confusión atravesó a Miguel. ¿Cómo podía ser eso? Él había sanado a
Serah, perdonándole la condenación eterna en una contrariada decisión impulsada
por la debilidad y el amor tenaz, y había sido convocado directamente a su Padre
en el momento en que se había completado. Había dejado a Satán sentado en el
medio de la calle desierta, sin soltar a Serah de sus brazos, los dos cubiertos de
mugre.

Miguel no había tenido la oportunidad de matarlo.

—No entiendo.

—Sé que no lo haces, hijo.

Lentamente, Él levantó la mano, deslizándola a través del aire. Miguel sintió


una oleada de energía pasar a través de él mientras su Padre, tan fácilmente
limpió el sangriento caos. El sol brillaba de nuevo, las flores florecerían, y la vida
volvería a la forma en que había sido antes.

Excepto que… ahora no tenía a Serah en su vida.

—Sólo he tratado de obedecerte, Padre. Sólo quería cumplir con mi destino.

—Tu destino no era matarlo, Miguel —dijo en voz baja—. Esa nunca fue mi
intención. De hecho, ni siquiera estoy seguro de que pudieras. Hay una razón de
que él sea el que originalmente se sentó junto a mi trono.

Esas palabras cortaron a Miguel profundamente, golpeando una emoción


humana hirviendo a fuego lento en algún lugar dentro de él. Celos.

—Sólo quería que el odio dentro de él, el orgullo, la ira, la arrogancia,


finalmente desaparecieran.

Su Padre hizo un gesto hacia la silla junto al trono. Miguel bajó


instintivamente la espada, el estrépito de metal contra el suelo mientras
cansadamente subió y se dejó caer. Había sido su asiento durante los últimos seis
mil años, día tras día, noche tras noche, pero él todavía se sentía como si estuviera
simplemente manteniéndolo caliente para alguien más. Él seguía viviendo a la
sombra de Lucifer, juzgado por innumerables pecados de Satán.

—¿Y lo ha hecho? —preguntó Miguel—. ¿Se ha ido el odio?

Su Padre ladeó la cabeza.

—No estoy seguro.

Miguel lo miró boquiabierto. ¿No estaba seguro? Él era infalible. Lo sabía


todo. ¿Cómo podría no estar seguro acerca de algo como esto?
Su Padre ondeó Su mano en el aire de nuevo. Esta vez la habitación delante
de ellos desapareció, la desierta calle de Chorizon viniendo a la vista. Estaba tan
clara, tan cerca, que era como si sólo una pared de cristal fina los separara.

—Tu hermano es alguien bien peculiar.

—¿Mi hermano?

—Sí. Lucifer.

Hermano. La palabra no le trajo a Miguel nada más que un dolor en el


corazón. Su hermano estaba muerto. ¿No es así?

—Sólo míralo —continuó—. Está despojado de todo, y es difícil saber en lo


que se convertirá en cuanto se ponga en pie de nuevo. Pero por ahora está sentado
allí, acunándola en sus brazos, tan protector, sin embargo, totalmente indefenso.
Sabe, que cuando se despierte, no lo va a recordar, sin embargo, no se va, porque
la ama mucho.

La voz de Miguel fue un susurro.

—La amé, también.

—Lo hiciste, hijo. Y una parte de ella te amo. Pero hay una razón por la que se
les dio el mismo nombre.

Estrella de la Mañana1.

—¿Qué viene ahora? —preguntó Miguel, mirando a la proyección de la


imagen. Lucifer sentado en un silencio total, aferrándose a Serah mientras
empezaba a moverse—. ¿Debo devolverlo a abajo? ¿Encarcelarlo de nuevo?

—No, no creo que eso será necesario —dijo Él—. Déjalo ser.

Miguel estaba asombrado. ¿Que lo dejara ser?

—Sí —dijo su Padre, escuchando los pensamientos de Miguel, sintiendo sus


dudas—. Vamos a ver lo que hace ahora que está de nuevo libre.

1 En la Biblia aparece varias veces la expresión "Estrella de la mañana", pudiendo tener según
la Biblia dos significados. Por una parte, puede designar a Lucifer, el querubín desterrado del
cielo, de acuerdo a Isaías 14:12. Por otro lado, puede designar a Cristo mismo de acuerdo a
Apocalipsis 22:16, cuando dice "Yo, Jesús, [...] soy la raíz y el linaje de David, la estrella
resplandeciente de la mañana."
Traducido por Jane, flochi y Shilo
Corregido por flochi

El enorme castillo abandonado estaba lleno de maldad.

Los demonios habían acudido a él en masa después de que el apocalipsis


llegara a un abrupto fin, descendiendo sobre el último lugar en la Tierra donde
Lucifer había establecido un hogar. Lo consideraron su base y se reunieron allí,
esperando la palabra de su líder. Él no se encontraba en el infierno, pensaron, así
que ¿dónde podía estar?

La Legión Oscura, como se llamaban a sí mismos. Jodidamente absurdo. Se


veían más como una horda de idiotas ineptos, horribles, zánganos sin mente
simplemente sentándose y cruzándose de brazos, como los idiotas sin valor que
eran.

Luce no estaba seguro de si sentirse halagado o frustrado. Las criaturas más


viles que andaban por la tierra parecían estar completamente perdidos sin su guía.
Si Lire hubiera estado cerca, los habría organizado, como un verdadero ejército, en
lugar de la escena frenética que encontró cuando llegó allí.

Lástima que Lire hubiera encontrado la tragedia, desvaneciéndose en el


extremo de la espada de Miguel. Luce casi lamentó no haber protegido al poderoso
demonio más. Casi.

Lo hubiera salvado de este dolor de cabeza, eso era seguro.

Luce entró en el antiguo castillo. Los demonios inmediatamente se apartaron


de su camino, la multitud se separaba como si fuera Moisés y ellos el Mar Rojo.

Deseó poder ahogarlos a todos, la excusa patética de un ejército.

Luce siempre exigía que se acercaran a él en forma humana, pero ahora la


mayoría se quedó ahí con su verdadera naturaleza expuesta, su fealdad
espeluznante mostrada para que todos la vieran. Con qué facilidad se olvidan de sí
mismos.
—Mi Señor —dijo un demonio, uno de los pocos que parecía un mortal, el
alma solitaria lo suficientemente valiente como para entrometerse en su camino y
dirigirse a él. ¿Valiente, o estúpido? El demonio inclinó la cabeza por respeto—.
Bienvenido de vuelta.

Luce pasó junto a la criatura, sin molestarse en responder, mientras se abría


camino directo hasta el trono de oro. Se dejó caer en el asiento, mirando, sus ojos
contemplando el mar de monstruos, mientras hacía un gesto hacia las grandes
puertas dobles.

—Fuera.

No vacilaron, apartando y empujando para salir de la habitación, sin querer


enfrentarse a la ira que podían oír en su voz. La criatura que lo había abordado se
quedó, mirando a Luce con curiosidad, mientras daba unos pasos vacilantes
alejándose.

—Tú —dijo Luce, señalándolo—. ¿Cómo te llaman?

—Volac —dijo el demonio.

—Tomarás el puesto de Lire mientras que está en su año sabático —dijo


Luce—. Mantén a los demás lejos de mi cabello, e infórmame cuando Miguel se
acerque.

—Sí, Mi Señor —dijo el demonio, haciendo una reverencia—. Cualquier cosa


que desee.

Luce lo despidió con un gesto.

—Ahora ve.

Se sentó allí, tratando de mantener todo en su interior, mientras esperaba a


que el castillo se vaciara, que las criaturas se alejaran, antes de explotar. Liberó
energía en oleadas, el suelo temblaba como un terremoto, la pura fuerza era lo
suficiente para volar lo que quedaba de las antiguas vidrieras. El cristal se rompió
en millones de pequeños fragmentos, enviándolos volando por kilómetros como
balas dentadas, cortando y rebanando todo lo que golpearan. La negrura abarcó el
castillo, el cielo era una masa de nubes oscuras, relámpagos en forma de lluvia
levantaban la tierra alrededor de este, incitados por su amarga rabia.

Lo ojos de Luce picaban.

Una vez le dijo a Serah que podía llorar, pero no podía. Después de todo, ¿por
qué Satán tendría que llorar? Nada.
Pero nadie dijo que fuera honesto.

Sin importar lo duro que luchara por reprimirlas, las lágrimas cayeron de sus
ojos, la amarga, humedad salada manchó sus mejillas, alimentando su agresión. Así
era como tenía que ir, ella era un sacrificio que tuvo que hacer, daños colaterales
en su búsqueda de venganza, pero así no era como se suponía que iba a terminar.

Él no tenía que perderlo todo.

No se suponía que significara mucho para él.

Luce destruyó el castillo en su alboroto, doblegando la estructura medieval,


mientras las otras torres caían alrededor de ella como fichas de dominó.
Construido para un rey, pero no era rival para el Rey del Infierno cuando desataba
la bestia. Se desplomó, la piedra volviéndose polvo, arrastrado por la fuerza de
vientos huracanados que su furia incitaba.

No se detuvo allí.

El suelo a su alrededor fue aniquilado como destrozado por un tornado,


árboles arrancados, la vida en ruinas. Él desplomaría la mitad del mundo si eso
significaba erradicar esos sentimientos. Saltó desde un lugar a otro, destruyendo,
desolando, y convirtiendo pueblos en nada antes de pasar al siguiente. Una y otra
vez, se prolongó durante horas, un día transformándose en el siguiente. Apareció
de regreso en la remota zona profunda en el centro de Europa al amanecer, el
mismo lugar en el que su alboroto comenzó, donde el castillo se había levantado.

O más bien, donde el castillo seguía en pie.

La estructura estaba de vuelta en su lugar, alta y robusta, exactamente como


lo había sido antes de que lo demoliera. Incluso los vitrales estaban una vez más
intactos. Él lo miro, sus lágrimas hace mucho tiempo agotadas, su rabia
menguando hasta el agotamiento.

Su Padre limpiaba sus líos de nuevo.

Todo lo que hería, todo lo que mataba era traído de vuelta a la vida, sano y
salvo como si no lo hubiera mancillado. Como si no lo hubiera tocado.

Todo, excepto ella.

El mundo se reiniciaba, la pizarra se limpiaba una y otra vez, pero todavía


Serah se había ido, perdida para él.

—¿Por qué? —gritó, tan fuerte que todo a su alrededor lo sacudió de nuevo—
. ¿Qué es lo que quieres de mí?
Un resplandor naranja envolvió la tierra con la calidez y el brillo cuando el sol
comenzó a ascender. Cuando la voz de Luce hizo eco a través del cielo, flores
aparecieron por la hierba a su alrededor, naciendo, como para enviar un mensaje.
Los tallos de color rosado-púrpura cubrieron la tierra, un peculiar olor
desagradable llenó el aire.

Haciendo una mueca, Luce se agachó y tiró de un tallo del suelo. Cleome
serrulata. Flor araña. La última vez que vio una, Serah la había traído con ella a la
puerta y extendido través de la barrera para él. Fue la primera vez que la tocó, la
primera vez que sintió ese hormigueo bajo su piel, el retorcimiento de su pecho
que supo que ella sintió, también.

El recuerdo de aquella tarde lo golpeó con fuerza, sonsacando su camino a


través de su cráneo sin importar lo duro que trató de olvidarlo, sus propias
palabras inquietándolo. No podía escapar de ello.

—Nuestro Padre ofreció más libertad a esto que a nosotros —le dijo, mirando a
la torcida planta a través de la puerta—. Esto hace lo que quiere sin darse cuenta,
crece donde no se supone que crezcan las flores, abarca campos y ahoga todo lo
demás que vive allí, matándolo, y sin embargo es aclamada como una de sus
magníficas creaciones. A una jodida planta se le ha dado más indulgencia que a mí.

—Una planta no piensa —dijo—. No toma decisiones conscientes.

—¿Y qué pasa con los mortales? Sus seres humanos queridos, Su creación
favorita. Los absuelve de todo siempre que se lo pidan. ¿Por qué no se me ha
mostrado la misma misericordia? Ni siquiera me dieron la oportunidad de pedir
perdón.

Serah me miró boquiabierta.

—¿Habrías perdido perdón?

—No. No hice nada malo.

Luce rió con amargura, apretando su mano en un puño, aplastando la flor


antes de tirarla al suelo.

Mensaje recibido.

Pero si Dios esperaba una disculpa, esperaría un largo tiempo.

Innumerables luces de colores rebotaban en el Mar Rojo en la noche,


alrededor de la ciudad de Eilat como un arco iris vibrante. Luce se encontraba a lo
largo de la costa, la mirada fija en la oscuridad, mirando como las vetas de color se
ondulaban y balanceaban en las olas. El agua fría lamía sus pies descalzos en
intervalos regulares, retrocediendo antes de precipitarse hacia él, una y otra vez.

Saboreó la sensación cuando clavó los pies en la arena mojada, recordando


un tiempo, no hace mucho, cuando el agua ante él hervía, un mar de lodo
sangriento que había fraguado él solo.

Sólo habían pasado unos días, sin embargo, cada rastro de su presencia, cada
rastro de la Gran Batalla que había tenido lugar en la tierra sagrada en torno a él,
ya había sido borrado. Removido de toda existencia, y de las mentes de las
personas que vivían y trabajaban a lo largo de estas costas. Todos olvidaron, ya,
mientras que Luce fue condenado a recordar cada pedacito de ello.

Cada detalle sórdido, cada error, cada segundo de dolor se había incrustado
en su cerebro, tan nítido y claro como el momento en que sucedió. El caos al que
había estado acostumbrado los últimos seis mil años, los gritos de misericordia, los
gritos de dolor agonizante que constantemente trataban de salir del confinamiento
dentro de su cráneo, fue reemplazado con otra cosa ahora: silencio absoluto.

No había nadie, y nada, para hacerle compañía a excepción de sus recuerdos


persistentes. Él todavía estaba conectado a la Red Ángel, pero sabían que los
escuchaba ahora. Los ángeles lo bloquearon deliberadamente de sus
pensamientos, silenciaron su charla para mantenerlo en la oscuridad, susurrando
ocasionalmente en código para que no entendiera.

Bla, bla, bla... mierda nada más que mierda.

Nunca terminaba.

Luce creyó que era lo que había querido, silencio, paz, pero lo que él no
previó fue la soledad. Nadie le había molestado, nadie había ido a por él, nadie
siquiera parecía estar preocupado por él.

¿Por qué?

Un chasquido fuerte de electricidad estática sacudió el aire detrás de él


mientras lo consideraba. Luce se tensó, esperando que el olor acre de su hermano
asaltara sus sentidos, como si tal vez lo hubiera conjurado, pero un peculiar olor
picante flotó a su alrededor.

¿Whisky y humo de cigarro?

—Bueno, que me torturen —habló una voz vagamente familiar, baja y


arenosa, con un toque de acento escocés.
Luce sonrió para sí mismo en reconocimiento.

—Casi fuiste condenado.

—Casi —estuvo de acuerdo—. A diferencia de ti, sin embargo, recobré el


sentido.

—No, a diferencia de mí, perdiste tu maldita valentía.

Una carcajada resonó.

—Touché, mi amigo.

Amigo.

Luce se dio la vuelta, apartando la mirada del agua reluciente, y miró a su


viejo amigo por primera vez en mucho tiempo.

—Abaddon.

Abaddon se encontraba de pie, vestido con un traje azul nítido, sus alas
blancas brillando en la oscuridad. Había una agudeza en él, su mandíbula cincelada,
su puntiaguda nariz, su ceja levantada con condescendencia.

Su expresión parecía dura, pero la diversión bailaba en sus ojos de color azul
claro, un marcado contraste con su piel aceitunada y largo pelo negro azabache,
recogido en su nuca.

—Luce —dijo—. Fue una gran entrada esa que realizaste, casi destruyendo al
planeta cuando apareciste. Los chicos de arriba se pusieron nerviosos. Parecieron
pensar por un momento que podrías tener éxito.

—Lo apuesto —dijo Luce—. Pero en mi defensa, bueno… no importa. A la


mierda. No tengo ninguna defensa.

Y disculpas, tampoco.

Abaddon rió.

—Nunca lo hiciste.

Un cómodo silencio se instaló alrededor de ellos por un momento antes de


que Luce dejara escapar un profundo suspiro.

—¿El gran hombre te envió?

Abaddon negó con la cabeza.


—Nop. Sólo tenía que verte con mis propios ojos.

Luce levantó las manos e hizo un gesto hacia sí mismo.

—Bueno, da una buena mirada, porque es sólo cuestión de tiempo antes de


que me haya ido de nuevo.

A decir verdad, Luce se sorprendía de aún estar de pie en la superficie.


Después de que Miguel se hubiera encargado de Serah, esperaba que su hermano
lo echara de nuevo en el hoyo. Él no habría luchado, luchar no tenía sentido. Luce
había lanzado su última carta y perdió el juego final.

Pero en lugar de desterrarlo, en lugar de castigarlo, Miguel se había limitado


a irse. Un segundo antes de su desaparición, un brillo chispeante delator le había
rodeado, envolviéndolo, desapareciéndolo. Era algo que Luce sabía que nadie más
podría haber visto, ni siquiera los otros bastardos alados de bajo nivel como
Abaddon, pero quedaba lo suficiente de Arcángel en él para detectarlo. Él incluso
había sentido brevemente, la sensación de vértigo en su piel.

Su Padre había llamado a Miguel.

Y desde su rabieta después, Luce se había limitado a vagar alrededor de la


Tierra, saltando de un lugar a otro mientras esperaba que Miguel volviera a
aparecer a terminar lo que habían empezado.

—No, no vas a ninguna parte —dijo Abaddon—. No es como si tuvieras a


donde ir, ¿verdad?

—Correcto. —Luce arrastró la palabra, mirando de manera extraña al ángel.


Podía detectar un indicio de confusión en su voz. Sabía cuándo alguien estaba
husmeando para obtener información. No puedes estafar a un estafador—. No me
mientas, Don. ¿Por qué estás realmente aquí?

Casualmente, Abaddon se encogió de hombros.

—Curiosidad.

—¿De qué?

Una fracción de segundo de vacilación.

—Acerca de por qué te diste por vencido tan fácilmente.

Allí estaba.

Luce miró a su viejo amigo mientras analizaba esa pregunta. No lo había


dicho, pero Luce sabía lo que realmente quería decir con esas palabras.
—Quieres saber si los rumores son ciertos.

A pesar de que los ángeles trataban de guardar silencio, algunos de sus


susurros lograron filtrarse. Oyó el chisme. El infame Lucifer, el Rey del Infierno,
afirmó conocer el amor de nuevo.

Inconmensurable.

—¿Y? —preguntó Abaddon—. ¿Alguien realmente domó a la bestia?

Luce rió amargamente, apartándose del ángel entrometido para mirar de


regreso al agua.

—¿Por qué eso importa?

—Porque eres tú. —Abaddon estuvo a su lado en un abrir y cerrar de ojos,


mirándolo fijamente—. Eres el guerrero, el rebelde, quien es lo suficientemente
valiente para luchar contra este sistema arcaico y sin remordimiento. Todavía
creemos en ti. Nosotros somos…

—Cobardes —dijo Luce, interrumpiéndolo—. Son unos jodidos cobardes. Eso


es todo lo que son.

Hace mucho tiempo, antes de haber sido lanzado al foso, antes de perder todo
lo que significaba algo para él, Luce se había dedicado a erigir lo siguiente, una
alianza de ángeles rebeldes que creían en su causa. Su ejército había sido fuerte y
formidable, tanto que creyó que eso le garantizaba el éxito.

Eso fue hasta que la situación se tornó insostenible, y la mitad de aquellos a


su lado se retiraron de la batalla. Se rindieron, pidiendo misericordia, y se les
concedió el perdón. Abaddon no había sido solamente el segundo al comando de
Luce, también había sido su amigo más cercano, y su retirada fue algo con lo que
Luce nunca pudo llegar a un acuerdo.

Lo había abandonado cuando las cosas se tornaron difíciles.

Si Luce tuviera que alinear los peores momentos de su existencia, la traición


de Abaddon estaría a la par con el día que fue lanzado a la fosa por su propio
hermano.

Sin embargo, ninguno de los dos se acercaba al dolor de perder a Serah.

—El tiempo no era el indicado —dijo Abaddon, intentando defenderse—.


Estábamos destinados a perder.

—¿Cuál es la diferencia ahora?


—Tienes un incentivo.

—¿Y no lo tenía entonces?

—Entonces lo querías, pero ahora lo necesitas. Antes se trataba de luchar por


lo que pensábamos que era justo… ahora se trata de obtener venganza por cómo
fuiste dañado.

La ira se alzó en el interior de Luce, haciendo hervir sus entrañas. Se volvió


hacia Abaddon, su expresión ensombreciéndose.

—No sabes nada acerca de cómo he sido dañado.

Abaddon retrocedió un paso, levantando las manos defensivamente.

—Tienes razón. Solo lo puedo imaginar, y estoy seguro que mi más grande
pesadilla ni siquiera es una fracción de la realidad. Razón por la cual pensamos con
seguridad que ibas a ganar. Incluso ellos pensaron que ibas a ganar. Pero entonces
retrocediste, te retiraste… ¿por qué?

Cerrando los ojos, el momento se reprodujo delante de él, el momento en que


Serah perdió su Gracia.

—Tuve lo que quería.

—¿A ella? —preguntó Abaddon—. ¿El Poder? ¿Serah? Disculpa si me


equivoco, pero no la tienes ahora, ¿o sí? Todavía otra cosa que te quitaron.

Su voz tenía una nota de incredulidad, algo que solo hizo que la ira de Luce
hirviera todavía más. No se había referido a ella. Se había referido a su venganza,
había probado el sabor de la libertad, pero escuchar su nombre en los labios de
Abaddon atizó su resentimiento.

—Renuncié a ella. Hay una diferencia.

Abaddon le dio una palmada en la espalda a la vez que sacudía la cabeza.

—Sigue diciéndote eso, amigo.

Luce no dijo nada en respuesta, volviendo a mirar el agua colorida,


intentando emplear algo de la tranquilidad para calmarse, pero no tuvo sentido. No
podía absorber ninguna luz cuando todavía estaba consumido por la oscuridad.

Abaddon debió aceptar que su silencio significaba el final de la conversación,


porque soltó un suspiro exagerado y se dio la vuelta, empezando a marcharse.
Luego de unos cuantos pasos, se detuvo.
—Todavía creemos, Lucifer. Este mundo debería ser nuestro, no de ellos. Si
decides luchar por lo que te ha sido robado… si decides sostener una postura…
estoy seguro de que averiguarás dónde hallarme.

Con un chasquido, se marchó, desapareciendo en la atmósfera, dejando a


Luce una vez más con su silencio… una vez más con su soledad.

—¿Nombre?

—Sarah… creo.

—¿Apellido?

Serah se encogió de hombros. ¿Tenía uno?

—¿Fecha de nacimiento?

—No estoy segura.

El hombre alzó la mirada de su decrépita computadora y la miró a través de


un par de gafas gruesas de montura de acero puestas sobre su nariz. El
escepticismo marcó su rostro rechoncho.

—Te ves como a principios de los veinte. ¿Cuál es tu educación? ¿Secundaria?


¿Universidad?

—No tengo idea.

Él suspiró exageradamente mientras se recostaba en su chirriante silla de


oficina giratoria. El pequeño cubículo, apenas del tamaño de un armario, estaba
lleno con pilas y pilas de papeles.

—Déjame ver si entendí; no tienes certificado de nacimiento, ni número de


seguridad social, ni identificación; ni siquiera estás completamente segura de tu
nombre; no tienes direcciones previas, ni dirección actual y ningún medio para
procurarte una; no tienes ninguna educación, ninguna referencia, y ninguna
experiencia. Sin embargo, ¿esperas que te encuentre un trabajo hoy?

Serah asintió.

—Sí.

Le sonó bastante bien.


La quedó mirando con incredulidad por un momento antes de sentarse, su
mirada regresando a la pantalla de la computadora.

—Veré lo que puedo hacer.

Serah se removió en la pequeña silla incómoda y gris mientras lo veía escribir


en el teclado. Algo sobre el hombre bajo, y calvo con pantalones marrones de
cintura alta la encantó cuando entró a la Comisión de Empleo de Chorizon, tanto
así que se había sentado durante toda la tarde, negándose a ser atendida por
cualquier otro, mientras esperaba a que él estuviera disponible para ayudarla. Una
extraña sensación de intuición, profunda en su interior, le dijo que era el indicado
para hablar de un trabajo.

—¿Tiene alguna habilidad especial?

—No que yo sepa.

—¿Puede teclear?

—Supongo que podría intentar.

—¿Alguna vez ha conducido un automóvil?

Una risita cosquilleó en su pecho, inesperada e inexplicable.

—Sí, aunque no recuerdo cuándo, o dónde, o cómo, pero estoy segura de que
he manejado antes.

Tecleó por un momento más mientras Serah se quedaba estudiando su


pequeño escritorio de madera, lleno de suplementos de oficina, su placa con el
nombre desvanecida conteniendo el nombre Douglas Barnhart. Gemidos
frustrados salieron de él mientras abandonaba la computadora y regresaba su
atención a ella. La miró de arriba abajo, con los ojos entrecerrados como si la
estuviera leyendo.

—Mire, señorita, esta oficina no puede ayudarla.

—¿Pero? —Supo que tenía que haber un “pero”. Pudo notarlo en su voz.

—Pero podría ser capaz de hacer algo.

Serah sonrió radiantemente y saltó de la silla y se inclinó sobre el escritorio,


asustando al hombre mientras lo apretaba en un abrazo.

—Muchas gracias, Sr. Barnhart.

—Vaya, espere, ¿no quiere escuchar de lo que se trata antes de celebrar?


—Oh. —Se volvió a sentar—. Sí, por supuesto.

—Mi madre es dueña de un lugar en la ciudad, el motel Barnhart. Mencionó


que iba a contratar ayuda extra. No es glamoroso, sabe… principalmente se tratará
de limpiar habitaciones y cosas como esa. Y aunque no paga mucho, creo que
puedo conseguirle un lugar que quede fuera del trato.

—¡Suena maravilloso!

—¿Sí?

—Completamente.

Asintió y agarró su teléfono.

—Lo arreglaré inmediatamente.

Ella lo observó, la satisfacción atravesándola. Supo que él la ayudaría. De


alguna manera, lo supo.

Siete de bastos.

Diez de corazones.

Dos de espadas.

Rey de bastos.

Seis de corazones.

Seis de diamantes.

Seis de espadas.

Luce rio amargamente para sí, mirando las cartas sucias desparramadas en el
asfalto a su lado. Se sentó a un lado de la escuela primaria de Chorizon,
recostándose contra la pared de ladrillos frente al patio vacío.

Seis. Seis. Seis. Qué maldita broma.

Lanzó el resto del mazo, descartando las cartas. Fue inútil. No tenía sentido
un juego con nadie para jugarlo.

Pero, ¿qué más hacer?


Había vagado por semanas, solo y completamente aburrido, de alguna
manera terminando de vuelta aquí donde todo comenzó. No fue muy lejos de las
puertas… tan cerca, de hecho, que Luce podía sentir la poderosa energía emanando
de ellas. Era como un pulso en el aire que se extendía hacia él, tentándolo de
regreso al territorio familiar.

Estaría mintiendo si decía que no lo había considerado. Era diez veces más
fuerte ahora que ya no estaba marcado, ya no más maldecido y confinado por
magia. Podría volver a entrar voluntariamente a través de las puertas, y retomar
donde había quedado, haciendo un infierno viviente para todos los que lo
rodeaban.

Literalmente.

Pero algo lo detuvo. Algo lo paraba, manteniéndolo arriba y rondando esta


pequeña ciudad.

Tan pronto como el pensamiento traspasó su mente, atrapó un sutil aroma


familiar y sintió una chispa de energía en el aire a su alrededor. Sus ojos miraron
cuidadosamente el patio y las calles aledañas hasta que la vio.

Serah.

Estaba diferente ahora, con sus mejillas sonrojadas y su latido tan fuerte que
podía escucharlo desde donde estaba sentado, pero los restos del ángel todavía
permanecían en su cuerpo. Su esencia estaba intacta, llamándolo, de alguna
manera conectando con una parte de su alma tan fuerte que podía escuchar el
corazón de ella latiendo dentro de su propio pecho.

Probablemente porque robaste su Gracia, idiota.

Permaneciendo inmóvil, sentado en el suelo vacío, Luce la observó en


silencio. Ella paseaba casualmente por la calle, disfrutando el sol de la tarde. La
felicidad la rodeaba como un cálido brillo, un hecho que hizo a Luce sonreír y doler
brutalmente.

Supongo que la ignorancia es felicidad.

Se detuvo cerca del centro comunitario, su frente ligeramente fruncida


mientras miraba alrededor. Estaba buscando algo, pero qué, Luce no lo sabía.

No podía escucharle los pensamientos.

Sintió la conexión con ella, sin embargo. El ángel residual dentro de ella
reconocía algo en el aire. Luce pudo notarlo por la manera en que el brillo
rodeándola resplandecía, como una chispa encendiéndose.
Mientras miraba hacia Serah, intentando desesperadamente obtener una
lectura de su mente en blanco, un chasquido de electricidad estática hizo eco a
través del patio. Forzó su mirada en esa dirección atrapado fuera de guardia por la
repentina presencia de otro ángel, viendo a una mujer en un vestido rojo con
cabello rizado rubio. Una Virtud, una de las habitantes de la naturaleza. Estaba de
pie a unos pocos metros de él, su mirada centrada más allá de la calle en Serah.

El ángel tenía protegida la mente, sus pensamientos bloqueados para evitar a


Luce. Empujó, su protección instándolo a intentar conseguir alguna idea de su
asignación, para descubrir qué demonios quería ella de Serah, sin ningún
resultado.

La atención del ángel cambió hacia él cuando lo sintió entrometiéndose en su


mente, sus ojos entrecerrados.

—No puedes robar mis pensamientos, Satán.

Satán. Hombre, seguía odiando ese nombre.

—Encantado de verte, también.

—¿Encantado? —se burló, una hostilidad en su voz que él no tenía


conocimiento que los de su tipo fueran capaces de poseer—. No hay nada
encantador respecto a tu existencia. Tu presencia envenena al aire, contamina todo
lo que juré proteger.

Se la quedó mirando. ¿Demasiado dramática?

—Tú, serpiente, eres el mayor enemigo de la Tierra —prosiguió—. Eres una


abominación. Un error.

Ladeó una ceja en su dirección.

—Pensé que papi no cometía errores.

Ella dio un paso hacia él, fulminándolo con la mirada. Hombre, estaba
enojada.

—Careces de compasión, careces de remordimiento. Puede que seas libre en


este momento, pero no durará por siempre, porque me aseguraré de que pagues
por lo que has hecho.

A través de su enojo, su guardia se resbaló, permitiendo a Luce echar un


vistazo en sus pensamientos sin control. Hannah era su nombre. Serah había
estado a su lado desde los comienzos de los tiempos, y abrigaba un profundo
resentimiento por perder a su mejor amiga.
—Cuidado, Hannah —dijo Luce en voz baja, apartando la vista—. Tu ira se
está mostrando.

Sin responder, Hannah se evaporó, el chasquido de la estática audible. Luce


volvió a mirar a la calle en ese momento, descubriendo que Serah se había ido hace
rato. Suspirando, recogió las cartas y las metió en su bolsillo para resguardarlas
antes de ponerse de pie y alejarse de la escuela, determinado a encontrarla.

Serah había apartado su atención de la zona y caminaba por el final de la


calle. Luce la siguió, las manos innecesariamente metidas en los bolsillos de sus
pantalones negros, los pies descalzos arrastrándose contra el concreto.

No tenía ningún propósito seguirla, además de volverse loco. Tal vez todavía
disfrutaba del sufrimiento, porque verla y no ser capaz de hablar con ella, o estar
con ella, era una tortura del peor tipo. Unas pocas veces pensó en tocarla. Ella no lo
sentiría, o realmente sabría qué era lo que sentía, el tacto de un ángel era poco más
que un cosquilleo, resonando profundo dentro de ellos, pero él lo sentiría.

Y si la tocaba, sospechaba que no sería capaz de dejarla ir. No sería lo


suficientemente valiente para acercarse y hacer que eso sucediera.

Tal vez ahora él era el cobarde.

La siguió todo el día mientras iba de un lado a otro. Podía escuchar algunos
de los pensamientos con los que se encontraba ella, escuchar su evaluación de la
joven que siempre sonreía y nunca parecía tener prisas para llegar a ninguna
parte.

Pensaban que era extraño, cómo ella se detenía para oler las flores cuando
encontraba alguna.

Luce pensó que no había nada más hermoso.

Serah tiró del rígido vestido negro mientras se miraba en el espejo,


arreglando casualmente el delantal blanco atado alrededor de su cintura. Era un
contraste riguroso, el negro y el blanco, la luz y la oscuridad contra su pálida piel.

No todo es negro y blanco.

Las peculiares palabras hicieron eco a través de su mente, susurradas en una


voz que no era la de ella. No estaba segura de dónde provenían, o lo que
significaban, pero las palabras la traspasaron como si fueran verdad.
La habitación era estrecha, apenas lo suficientemente grande para contener
la vieja cama doble. Aunque tenía un baño, y una pequeña televisión, e inclusive
tenía una pequeña nevera empotrada en una esquina. Tenía aire acondicionado y
calentador, y con cableado eléctrico, dándole a Serah casi todo lo que necesitaba.

No era perfecta, pero no se atrevería a quejarse. Tenía un trabajo y un lugar


donde quedarse, dos cosas que no tenía cuando se había despertado. El tiempo que
siguió a su lesión, el misterioso incidente que causó que su memoria fuera borrada,
había estado lleno de médicos y cuartos estériles de hospital, batas ligeras con la
espalda abierta y centros de rehabilitación. Ellos hincaron e instigaron,
interrogaron e investigaron, antes de nada más echarla a la calle y desearle la
mejor de las suertes.

¿Comparado a eso? Esto era prácticamente el Cielo.

—Toc toc.

Serah miró hacia la puerta abierta mientras Gilda Barnhart entraba al cuarto.
Se parecía mucho a su hijo, robusta y amable, con cabello limitando entre rubio y
blanco.

—Hola —la saludó Serah, sonriendo cálidamente.

—Veo que el uniforme te queda.

Alisando el material, Serah bajó la vista hacia ella misma.

—Ciertamente así es.

—Así que traje tu carrito y lo dejé en el pasillo —dijo Gilda—. Hay solo dos
habitaciones ocupadas hoy, la 7A y la 21B. Querrás pedir en la recepción todas las
mañanas una lista de nuestra ocupación, solo para que estés al tanto, pero tu llave
es universal.

Serah sacó la llave que le habían dado cuando la contrataron del bolsillo de su
vestido. Era una tarjeta que cuando fuera deslizada abriría cada puerta del motel.
La miró, recorriendo la banda magnética con las yemas de sus dedos.

—Gracias.

—Claro —replicó—. Es genial tenerte a bordo.

—Es genial estar aquí —dijo Serah, sintiéndolo mientras lo decía.

Gilda le dio un rápido resumen de qué hacer, lo que añadido a los servicios
básicos de una mucama, no era nada que Serah no pudiera manejar. La mujer se
fue con un buena suerte susurrado, dejando a Serah con sus deberes.
Ninguno de los cuartos rentados estaba en efecto ocupado cuando Serah llegó
a ellos. Limpió ambos rápidamente, por dentro y por fuera y terminó en una hora.
Regresó al vestíbulo del motel y entró, acercándose a Gilda mientras la mujer
estaba sentada detrás de la recepción.

—¿Ahora qué? —preguntó.

—Nada —dijo Gilda—. Eso es todo.

¿Eso era todo? No parecía como un trabajo para Serah. Las personas
trabajaban de nueve a cinco, ¿no? Apenas eran las diez de la mañana.

—¿Estás segura?

—Por supuesto —dijo Gilda—. Disfruta el resto de tu día.

Encogiéndose de hombros, Serah salió el vestíbulo, de vuelta a su cuarto,


cuando algo cruzando la calle llamó su atención. Sus pasos titubearon brevemente.
Era un hombre, vestido todo de negro, con cabello oscuro, más corto a los lados y
dramático. Era atractivo de una manera dura, sus rasgos agudos, su expresión
estoica como un guerrero endurecido, pero no era eso lo que hizo que parara.

Lo que hizo que parara fue la chispa de reconocimiento.

Lo había visto antes.

Y él la estaba mirando.

Había algo extraño acerca de él, la manera en que estaba de pie tan quieto
como si no estuviera respirando, como un elemento fijo en la calle, vivo como los
árboles, pero no balanceándose en la brisa. Recordó su rostro, un rostro que había
visto antes, mirándola fijamente cuando había despertado en la calle, su mente
como una página en blanco. Sin nombre, sin identidad, sin sentido de la dirección,
pero sus ojos eran tan familiares como mirar su propio reflejo.

Sus labios se separaron mientras trataba de pensar en su nombre. Lo sabía…


podía sentirlo… pero no pudo pensar en él, sin importar lo mucho que tratara.
Parpadeó rápidamente, tratando de forzarlo por pura voluntad, pero la evadió.

Igual que él.

Otra mirada al otro lado de la calle, y el hombre se había ido, como si se


hubiera desvanecido en el aire.
Pecado.

Estaba en todos lados.

Codicia, Ira, Pereza, Orgullo, Envidia, Gula, Lujuria.

Luce podía sentirlo permeando el aire como una neblina, volviéndose más
denso mientras se aproximaba al bar en la periferia de la ciudad. El lugar parecía
estar en decadencia, como los remanentes de una taberna abandonada hace mucho
tiempo, el viejo porche desbaratándose, las ventanas rotas, pero la gente todavía lo
frecuentaba.

Pecadores.

No era un lugar en donde alguien con una pizca de respeto propio entraría,
por lo que no sorprendió ni un poco a Luce que la esencia de Abaddon estuviera
por todo el lugar. Mientras que los ángeles técnicamente no podían sentir, las
emociones de humanos desinhibidos tendían a tener un efecto en los guardianes.
Los pecados eran crudos, poder puro en el aire, lo que los llamaba como una luz de
emergencia, alimentando su energía.

Entre más depravación, más fuertes los Guardianes.

Luce podía sentir a los humanos porque había sido condenado, caído del
Cielo, aprovechaba las emociones, pero Abaddon era lo más cercano a ser mortal
que los ángeles obtenían. Los humanos a menudo representaban a los Ángeles
Guardianes como salvavidas, guías que existían para mantenerlos seguros, pero
muy a menudo, los Guardianes eran unos cretinos, pasando sus días mezclándose
con los humanos y burlándose de sus errores. Y ciertamente no eran los seres
hermosos que todas las pinturas retrataban.

Abaddon, por ejemplo, se veía como un maldito pirata que no se había


bañado en semanas.

Luce permaneció fuera del bar por un momento, absorbiendo las


desagradables sensaciones, antes de entrar. Su mirada fue instantáneamente
atraída hacia Abaddon, sentado casualmente al final de la barra e inclinando su
espalda contra la pared, con sus alas completamente desplegadas.

Ostentoso hijo de perra.

Nadie lo vio.

Nadie sabía que estaba ahí.


Levantó la mirada mientras Luce se aproximaba, una sonrisa taimada
torciendo sus labios.

—Vaya, vaya, vaya… si es el Príncipe de la Oscuridad.

Luce se deslizó al banco justo frente a él, negándose a responder al título. Era
casi tan malo como Satán.

—Don.

—¿Qué te trae por acá?

A decir verdad, Luce no sabía. Solo estaba cansado de vagar completamente


solo.

—Solo estaba en el vecindario.

Abaddon se rio.

—No puedo decir que un Arcángel haya caído por estos lugares nunca antes.

—Sí, bueno, no sé si yo cuento —dijo Luce—. Soy más como un híbrido estos
días.

La curiosidad brilló en los ojos de Abaddon.

—Todavía tienes tus alas, ¿verdad?

—Sí.

—Entonces cuentas.

Luce no estaba de acuerdo, pero no discutió. Los Arcángeles eran sagrados, y


Luce se había alejado de eso tanto como era posible. Encajaba más con estos
ingratos que con los del tipo alado y divino.

Una mujer se aproximó a ellos, deslizándose al banco justo a la par de Luce,


llamando de manera ausente al cantinero. Ordenó tragos de tequila para ella y sus
amigos, y se sentó ahí, tamborileando sus largas uñas rosadas en la barra mientras
esperaba. Su cabello rubio platino estaba arreglado, su vestido negro ajustado y
corto, con un corte bajo en su pecho.

La lujuria la cubría como un perfume.

Abaddon permaneció en su puesto en la barra, su mirada fija en los pechos de


la mujer mientras rebotaban y se sacudían cada vez que se movía. Luce sacudió la
cabeza ante la obvia mirada lujuriosa del ángel, y no necesitaba meterse en sus
pensamientos para saber lo que su viejo amigo estaba pensando.

—Entonces, ¿cómo lo haces? —preguntó Luce, levantando una ceja,


cuestionando.

—¿Hacer qué? —preguntó Abaddon sin ni siquiera mirarlo.

—Mantener tu Gracia —dijo Luce—. Tu mente está tan corrupta como la de


todos en este cuarto.

—Ah, lo pienso, pero no actúo sobre ello —dijo Abaddon, volviéndose a él


cuando la mujer se levantó y se alejó tranquilamente con su alcohol—. Mis
pensamientos pueden ser impuros, pero lo controlo, y resisto la tentación,
entonces Él perdona mis andares malvados.

—Así no es como funciona.

—Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo y perdonará nuestros


pecados y nos purificará de toda la injusticia —dijo Abaddon, su voz monótona
mientras citaba la Escritura—. Tal vez necesitas ponerte al día con la Biblia, amigo.

Un indicio de ira cosquilleó en la columna de Luce.

—No necesito leerlo. Lo viví. El perdón es para ellos, no para nosotros.

—Estás equivocado —dijo Abaddon—. Es un mundo diferente ahora que


fuiste enviado al piso de abajo. Las cosas cambian.

—¿Por qué? —La pregunta dejó los labios de Luce en un gruñido—. ¿Por qué
es diferente ahora?

—Por ti —dijo Abaddon—. Perder a alguien importante en tu vida tiene un


modo de cambiarte. Si el hijo favorito de Dios pudiera caer tan lejos, tan fuerte,
entonces nadie estaría inmune. Me imagino que Él se dio cuenta que no éramos tan
infalibles como Él nos hizo ser, y si no extendía la misma cortesía, el mismo
perdón, a nosotros, entonces Él perdería mucho más de lo que pudiera soportar.

La explicación no hizo nada para calmar la agresión de Luce. Era por lo que
había luchado, por lo que había perdido su Gracia, y había pasado cientos de años
atrapado en el Infierno por eso, castigado por atreverse a cuestionar a su Padre, y
tan pronto como se hubo ido, todos los demás obtuvieron exactamente lo que él
quería. ¿Cómo es eso justo?

—No es justo —estuvo de acuerdo Abaddon, viendo los pensamientos de


Luce cuando su guardia bajó, su ira abriendo su mente—. Y todavía no es
suficiente, francamente. Sí, somos libres de pensar lo que queramos, pero todavía
estamos atados cuando se trata de lo que hacemos. Si tuviera un desliz y actuara
con mis impulsos, Miguel se aparecería aquí y me aniquilaría. ¿Cuántos hermanos y
hermanas hemos perdido porque han caído víctimas de la tentación? Azreal, Dinah,
Benjamín, Luna, Maylin, Samuel…

Luce lo interrumpió.

—Samuel decidió caer.

—Todavía peor —se mofó Abaddon—. Mira lo que le pasó a su hermana.

Luce se tensó por la mención de Serah, la punzada de amargura corriendo


profundo.

—El sexo es perdonable… esperado… entre esos que están enamorados,


comprometidos el uno con el otro, pero ¿qué pasa cuando la que amas no puede
amarte de vuelta? —preguntó Abaddon—. ¿Cómo es justo que ella perdiera su
Gracia por amar a alguien incapaz de amar?

Esas palabras fueron como un cuchillo en el pecho, cortando algo dentro de


Luce. Se levantó del banco, agarró el cuello de la camisa de Abaddon, y lo arrancó
de la barra en un parpadeo. Abaddon golpeó el suelo fuertemente, la ráfaga de
energía del impacto volcando el banco, los ojos de la gente en el bar volviéndose a
ella, sorprendidos. No vieron al guardián sujetado fuertemente contra el piso, no
vieron al ángel caído sobre él, presionando la cuchilla de oro Celestial contra la
garganta de su viejo amigo.

Abaddon yacía quieto, sus ojos amplios por la sorpresa. Las severas alas
negras de Luce habían brotado de su espalda, arrojando sombras al bar, como si las
luces hubieran disminuido. La electricidad parpadeó y un rayo destelló fuera, el
trueno estallando en la distancia, mientras Luce dejaba ir su ira, liberando la
energía negativa que había empezado a construirse dentro de él.

Usualmente la purgaba en la fosas, día tras día, torturando a los habitantes


del Infierno. Aquí arriba, no tenía adónde ir, hirviendo a fuego lento dentro de él,
arrastrándose bajo su piel. Sus fosas nasales se ensancharon, sus ojos negros como
el pozo, brillando rojos mientras fulminaba a Abaddon con la mirada, la hoja
cercana a cortar la piel.

Podía hacerlo. Podía clavar el cuchillo y sacarlo sin siquiera un poco de pena,
liberando al Guardián de su miseria. Su Gracia saldría de él, y Luce podía sentir el
cosquilleo en su piel de la anticipación. Algo de ella se filtraría en su sistema
mientras inhalaba, absorbiéndola, y la deseaba, como un adicto necesitando una
dosis.
Sí, él podía hacerlo.

Tal vez lo haría.

Lentamente, una sonrisa curvó los labios de Abaddon mientras se relajaba


contra el piso—. Ese es el Lucifer que recuerdo… toda la pasión, nada de
pretensión.

Luce lo miró fijamente por un momento antes de alejar el cuchillo de su


cuello y regresarlo a un lugar seguro. Se levantó, sus alas desapareciendo, mientras
Abaddon se hizo aparecer de pie. El ángel alisó su ropa mientras negaba con la
cabeza, saltando sobre la barra de nuevo y estirándose.

—Puedes no admitirlo en voz alta, pero puedo verlo en tus ojos —dijo
Abaddon—. La idea de tener el mundo para ti mismo todavía te intriga. Lo
quieres… quieres eso que te robaron.

La mujer de antes llegó, levantando el banco volcado y sentándose en él, sin


notar que rozó a Luce. Ordenó más tragos, la atención de Abaddon vagando de
nuevo a ella, sus ojos escaneando su cuerpo como si estuviera estudiando una obra
de arte.

—Y todo lo que digo —dijo Abaddon—, es que por más bueno que mirar
pueda ser, algún día me gustaría tener la oportunidad de tocar.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

Abaddon esperó a que la mujer se alejara de nuevo para mirar a Luce.

—Todo.
Traducido por [Link], LunaRowe, Shilo, Jenn Cassie Grey,
âmenoire y Ximena Vergara
Corregido por flochi

Seis meses pasan en un parpadeo cuando eres eterno.

Las horas se habían vuelto días, que se habían vuelto semanas, y éstas a
meses. Luce apenas registró el cambio en el tiempo. El invierno se convirtió en
primavera, que de alguna manera floreció al verano. La blanca frialdad que había
tomado a Serah de él se había ido mientras todo otra vez se volvía vivo y verde.

Luce vagaba, y holgazaneaba, visitando ocasionalmente a Abaddon por pura


curiosidad de lo que planeaba el Guardián, pero mayormente se lo guardaba para
sí.

Aun así, nadie lo molestaba.

Se encontraba a sí mismo continuamente siendo atraído a Chorizon, atraído a


la mujer que ni siquiera recordaba que él existía. Pasó incontables horas, días,
semanas, viendo a Serah mientras ella se ajustaba a la vida como mortal. Ella era su
propia indicación viva de que el mundo seguía adelante. Estaba viva, respirando, y
pensando, a la vista de todos, con su corazón latiendo de forma constante.

Una vez por segundo.

Sesenta veces por minuto.

3600 veces por hora.

Una y otra vez, día tras día. En los últimos seis meses, su corazón había latido
más de dieciséis millones de veces. Luce los contaba a veces, escuchándolos incluso
cuando no podía verla, su pulso un constante recordatorio de que ella era real.

De que todo había sido real.


Él estaba en sintonía con el ritmo, como si fuera una melodía secreta
producida solo para él. Podía decir cuándo estaba contenta, o triste, podía decir
cuando ella se emocionaba o agitaba, todo ello con el sonido de su corazón.

Se había convertido en una obsesión, una necesidad, como si sus latidos


fueran lo único que lo guardaban de desaparecer.

Tal vez era patético.

Tal vez él era patético.

Pero a Lucifer le importaba una mierda lo que pareciera. No podía tener a


Serah, pero podía aferrarse a esta parte de ella, y nadie se lo iba a quitar.

Ahora no, de todos modos.

No mientras pudiera evitarlo.

Era la mitad de la tarde de un cálido día de verano. Lucifer estaba paseando


por la acera en Chorizon, las manos en los bolsillos, disfrutando de la brisa que
extrañamente empezó a apreciar, agradecido de poder volver a sentir. Fácilmente
podía aparecerse allí dónde iba, pero ¿cuál era el punto?

No tenía sentido apurarse cuando no había nada más que hacer.

Se paseó entre gente corriendo, niños jugando, perros paseando… los


animales eran los únicos que alguna vez reaccionaban a él. Los gatos siseaban, los
perros ladraban, y todo humano que pasaba cerca les decía que se callaran porque
allí no había nada, nadie alrededor, ajeno al hecho de que al que consideraban el
diablo, el mal supremo, estaba tan cerca que podía oír sus palabras.

Eso divertía a Lucifer.

Se preguntaba cuánto tiempo más duraría esto.

¿Seis meses más? ¿Seis años? ¿Otros seis mil? No podía comprenderlo. En
siquiera sesenta años, el mundo a su alrededor sería muy diferente, y la mujer que
él miraba probablemente dejaría de existir. El parpadeo de un ojo para él; toda una
vida para ella.

Se detuvo fuera del centro comunitario, escuchando su latido a través de la


calle.

¿Qué le iba a quedar cuando no tuviera esto?


Esa tarde cumplió exactamente seis meses… seis meses desde que Miguel
talló el temido símbolo en el pecho de Serah en ese lugar, una condenación que
Lucifer negó hundiendo su cuchillo a través de él, quitándole sus alas.

Él había sido creado por esa razón: para mantener el orden, para guiar a su
clase por el camino de la justicia, pero en vez de eso había sido el que los había
conducido a otra parte. Los instó a seguirlo, a rebelarse, siendo el catalizador para
la caída de la que él había sido salvado al final.

Se escondió allí, viendo mientras Serah se paraba en la acera, apoyándose


contra el tronco de un viejo árbol. Los niños de la escuela estaban saliendo, pero
Serah apenas lo notó, su atención estaba fija en el centro comunitario cerca de
donde estaba Luce.

El estallido estático detrás de Luce fue ruidoso. No tuvo que girarse para
saber de quién se trataba. El fuerte hedor, como a agua estancada, lo golpeó con
tanta fuerza que se encogió. Repugnante. Su interior se enroscó por la repentina
tensión, manifestando ira que no había existido hace un momento.

Miguel.

Tomó todo gramo de fuerza dentro de Luce no reaccionar. Miró hacia delante,
tratando de concentrarse en el sonido de los latidos del corazón, mientras su mano
lentamente se movía hacia el cuchillo de oro que mantenía oculto.

—Eso es innecesario. —La voz de Miguel fue tan áspera como el papel de lija
mientras Luce envolvía su mano alrededor del arma—. No he venido aquí para
luchar.

—Entonces, ¿por qué has venido?

—Por la misma razón por la que estás aquí, sospecho.

Miguel dio un paso adelante, deteniéndose al lado de Luce, un mero pie


separándolos. La mano de Luce se mantuvo en la empuñadura de su espada,
dispuesto a defenderse, pero en el fondo sabía que era innecesario.

Miguel, tan equivocado como Luce creía que estaba, no era un mentiroso. No
había una célula malvada dentro de él. Si él había dicho que no había venido a
luchar, lo decía en serio.

Pero Luce aún se encontraba al límite por su presencia.

—No deberías estar aquí —dijo Luce, su voz mezclada con veneno.
—Ni tú tampoco —respondió Miguel casualmente—. Pero eso no te ha
impedido visitarla todos los días.

Luce cortó sus ojos en él.

—Me has estado vigilando.

—Por supuesto —dijo Miguel—. ¿Esperabas algo menos?

No, no lo hacía.

—¿Por negocios o personal?

Miguel se volvió hacia él, sus ojos se encontraron.

—¿Perdona?

—¿Se te ordenó que me vigilaras? —preguntó Luce—. Porque ser niñera


nunca fue parte de la descripción del trabajo de un Arcángel.

Miguel lo miró, la misma rabia de Luce reflejada en los ojos de su hermano.

—Lo hago porque debo hacerlo.

Luce negó con la cabeza y se alejó. Eso no respondía a su pregunta, pero


conseguir más información de su hermano requeriría tortura, y Luce no estaba de
humor para eso hoy.

—Bueno, no he convencido a nadie de darle un mordisco a la manzana


últimamente, así que creo que estamos todos bastante a salvo por el momento.

—No estaremos a salvo hasta que estés de vuelta al hoyo donde perteneces,
sinvergüenza.

Los labios de Luce se retorcieron con diversión.

—Te he echado de menos, hermano.

Por el rabillo del ojo, Luce vio a Miguel dar un respingo al oír la palabra
“hermano”, pero no discutió su relación con él esta vez. Miguel lo miró por un
momento antes de que su mirada también se moviera a través de la calle.

Ambos miraron en silencio como una niña se paraba a hablar con Serah,
haciéndole preguntas sobre quién era ella y si estaba perdida.

—¿Te has mostrado a ella? —preguntó Miguel después de un momento, su


voz en un gruñido.
—Dímelo tú —dijo Luce—. Me has estado vigilando, ¿recuerdas?

—Debes haberlo hecho cuando yo no estaba mirando —acusó Miguel—. Te


mostraste a ella. ¡Estás tratando de corromperla!

—No he hecho tal cosa.

—Entonces, ¿cómo es que ella conoce tu cara? —preguntó Miguel—. ¿Cómo


es que ella recuerda tu imagen?

Luce se puso tenso.

—No lo recuerda.

Antes de que Luce pudiera reaccionar, Miguel lo agarró sujetándolo, la


espada de fuego apareciendo del aire. Lanzó a Luce al suelo, la punta de la espada
presionando contra su pecho, justo donde su corazón latiendo estaría… si tuviera
uno de esos.

—¡Lo recuerda! ¡Acabo de verlo!

Luce no dio tiempo a que esas palabras para que profundizaran cuando él
reaccionó a la defensiva. Lanzó a Miguel de encima de él, sacando su cuchillo. Fue
rápido, y casi lo consiguió, casi lo apuñaló, cuando un repentino y cálido resplandor
rodeó a Miguel segundos antes de que desapareciera en el aire. Un hormigueo
persistente recubrió la piel de Luce mientras estaba allí, repentinamente solo.

—Mierda.

Llamado en el momento justo.

Bastardo con suerte.

Luce guardó el cuchillo, retrajo las alas mientras se volvía hacia Serah justo
cuando la niña se alejaba. La atención de Serah una vez más se desvió a través de la
calle, esta vez fijándose en el espacio que él ocupaba. Confusión se mostró en sus
suaves rasgos.

Luce estaba tan confundido mirándola.

¿Podía recordarlo?

¿Era eso incluso posible?


Miguel se puso de pie en la sala del trono con la cabeza gacha, mirando sus
pies descalzos. Respiraba pesadamente, su pecho subiendo y bajando con
agitación, no de una necesidad de oxígeno. El aire era nada para él. No era humano.

Nunca lo sería.

Su dedicación y lealtad a su Padre eran eternos, pero una sensación


desconocida burbujeaba dentro de él, estrangulándolo, agotándolo. Él estaba
enfadado… muy enojado.

—Ira —dijo una voz tranquila.

Miguel se volvió, sus ojos encontrando a su Padre. Él estaba sentado en Su


trono, mirando casualmente a Miguel, una visión de la calle proyectada a su
alrededor. La atmósfera era tranquila, como lo estaba Satán.

—Lucifer —dijo su Padre—. Lo llamarás por su nombre, hijo.

Miguel Lo miró fijamente. Todavía podía sentir la ira vibrando a través de él.
¿Ira? Imposible. Miguel no era un pecador, pero la ira era un pecado. ¿Cómo podía
ser afectado con eso?

—Tu hermano tiende a tener ese efecto en los que lo rodean —dijo,
señalando el asiento al lado de su trono, diciendo sin palabras a Miguel que se
sentara.

Por primera vez en su existencia, el Arcángel no obedeció inmediatamente.

—¿Qué me está pasando?

Una sonrisa comprensivamente suave se le dirigió.

—Siéntate, Miguel.

Miguel no vaciló esta vez, tomando asiento. En silencio, su atención se desvió


a la imagen que se proyectaba. Satán miraba a Serah con nostalgia, sin mostrarse,
pero Miguel sabía que Serah sentía el mismo tirón. Lo había visto en su mente, la
atracción que ella sentía hacia él en toda la oscuridad que consumía sus
pensamientos y la visitaba en sus sueños. Ella lo echaba de menos, lo deseaba,
aunque no sabía por qué, la especie de ansia que Miguel todavía sentía cuando él la
miraba a sus ojos.

Otra sensación retorció a Miguel, vagamente como la ira, pero más centrada.
Concentrada.

—Envidia. ¿Me atrevo a decir con un poco de lujuria?


¿Siete pecados capitales, y su Padre estaba sintiendo casi la mitad de ellos
emanando de él?

—Más de la mitad —Él intervino con calma, leyendo los pensamientos de


Miguel. La gula, por desear innecesariamente reclamarla completa para ti mismo, y
la codicia, porque no la quieres compartir… y no nos olvidemos del orgullo, porque
crees que la mereces mucho más que tu hermano.

Miguel hundió su cabeza avergonzado. ¿Seis de los siete? Todo lo que faltaba
era la pereza.

—Nadie te puede acusar de ser perezoso, hijo. —Él se acercó y puso una
mano en el hombro de Miguel, su simple toque envió una oleada de calma a través
de él. De repente Miguel sintió desvanecerse el resentimiento, una sensación de
paz se asentó sobre él—. Apenas has tenido un momento de descanso en los
últimos seis meses.

—¿Cómo puedo descansar con él por ahí?

—¿Es que él esté por ahí lo que te preocupa? ¿O es ella?

—¿Qué quieres decir?

—Me refiero a que ¿estás más asustado del éxito de tu hermano o de ella
fracasando?

Miguel consideró eso, su mirada fija en la imagen que se proyectaba. Nada


parecía importar más a Satán que escuchar los latidos de Serah. Se había
convertido en una obsesión para el ángel caído, algo que aterrorizó a Miguel.

Recordó la última vez que Satán se obsesionó con un palpitante corazón.

Lo había cambiado todo.

—Me temo que son la misma cosa, Padre —admitió Miguel—. Me temo que
va a corromper a otro mortal inocente, y no me puedo quedar sin hacer nada esta
vez.

—Es fascinante, ¿no es así?

Lucifer estaba sentado solo en una sección del gran espacio blanco en el cielo.
O al menos, pensó que estaba solo. Pero la voz detrás de él rompió el pacífico
silencio, tirando de él del fondo de sus pensamientos.
Miró a su lado mientras su hermano se sentaba. Miguel miró asombrado, con
la mirada fija al frente a la más nueva creación de su Padre ante ellos.

La Tierra.

Era la mitad del tercer día desde que el proyecto había empezado. Una
abundancia de verde estaba creciendo en la tierra, el primer punto de aparición de
la vida. Lucifer había estado sentado allí desde que comenzó, mirando cada
momento con sentimientos contradictorios.

—Sí —dijo—. Ciertamente lo es algo.

—Me pregunto por qué Él lo está haciendo —dijo Miguel—. ¿Tienes alguna
idea?

Sabían lo que era desde el principio, pero por qué los había evadido.
Bendecido con conocimiento, pero hasta ahora despojado de perspicacia. Lucifer
había estado tratando de adivinarlo por su cuenta desde que empezó. Era el más
cercano a su Padre, el único que siempre tenía concedido tiempo a solas con Él,
pero incluso él tenía poco más que una conjetura.

Le había hecho salir de la sala del trono cuando empezó todo, como si se
supusiera que fuera una sorpresa. Tenía algunas teorías, la corriente abrumándolo
con pensamientos de amor.

—Creo que es el paraíso —dijo Lucifer en voz baja—. Un hogar para Sus hijos.

—Hogar —repitió Miguel—. Me gusta el sonido de eso.

La primera chispa de color comenzó a aparecer, lo que Lucifer parecía


conocer instintivamente como flores. Aunque los ángeles no eran sábelo-todos,
poseían conocimiento innato gracias a su conexión con su Padre. Lucifer observó
con una mórbida fascinación mientras las plantas florecían, salpicando el paisaje.

Hermoso.

Sus labios lentamente se curvaron en una sonrisa.

—A mí también.

Miguel se sentó junto a él en silencio durante un largo tiempo, observando el


paisaje cambiar mientras otro día anochecía. Alrededor de la Tierra, el sol y la luna
se formaron, estrellas aparecieron en el cielo, estaciones creadas justo frente a sus
ojos. Fue maravilloso, lleno del amor de su Padre.

Un verdadero regalo.
Lucifer no podía esperar a que estuviera terminado. Esperaba con ansias
llamarlo hogar.

El cuarto día llegó y pasó, amaneciendo el día cinco.

Olas chocaban contra la arena en la Tierra, el agua ahora rebosante con vida.
Lucifer observó fascinado. Miles y miles de diferentes criaturas habían aparecido
frente a sus ojos, cada una única e hipnotizante. El ingenio de su Padre estaba más
allá de lo que Lucifer imaginaba. Había algunos con la habilidad de crear, otros
podían volar; desde un masivo gigante gentil en el océano a la pequeñísima
partícula de una criatura en el cielo.

El pecho de Lucifer estaba tan lleno de amor que se sentiría explotar si sentía
más.

El día vino y se fue, la creatividad sin parar. Criaturas aparecieron en la tierra,


animales de todo tipo, igual de elaborados y asombrosos. Se sentó asombrado, su
hermano silenciosamente a su lado, mientras el tiempo pasaba y el mundo
comenzaba a florecer.

¿Con cuanto más su padre los bendeciría?

Fue durante el sexto día, en un jardín glorioso, cuando otra criatura se formó,
moldeada de la tierra. A diferencia de los animales a cuatro patas, y de los que
tenían escamas, branquias, y aletas, esta criatura se veía inquietantemente como él.

Lucifer miró con horror mientras el primer humano cobraba vida.

Por primera vez en días, la voz de su Padre pudo ser escuchada.

Bienvenido, hijo.

La voz fue fuerte y poderosa, no hablada, sino escuchada en la mente. Lucifer


pensó que Dios le hablaba a él, uno de los pocos que fue lo suficientemente
bendecido para escuchar Su voz, cuando el hombre en la tierra respondió.

—Gracias, Padre.

La confusión atravesó a Lucifer.

Solo podía jadear mientras el humano conversaba con Dios. Adán era su
nombre, y fue el encargado de nombrar a todas las otras criaturas vivientes, un
trabajo que aceptó encantado. Ganado, y gatos; peces y aves. El nombramiento
sucedió por casi todo el día, hasta que se quedaron sin criaturas sin nombre y Adán
estuvo solo.
Lucifer pudo escuchar a su Padre de nuevo, escucharlo musitar sobre cómo
Su nuevo hijo necesitaba un compañero. Adán se fue a dormir, y de él brotó un
segundo humano, una mujer llamada Eva.

Una esposa para Adán.

—Sean fructíferos, multiplíquense y reabastezcan la tierra, y sométanla —les


dijo Él—. Y tengan dominio sobre los peces del mar, las aves en el cielo, y sobre
toda otra criatura viviente que se mueva sobre la tierra.

Una sensación que Lucifer nunca había experimentado se torcía dentro de él.
Se sentía como si estuviera atado en nudos, jalado en direcciones diferentes, como
si parte de él se pudiera romper. No había forma realmente de que hubiera oído lo
que creyó oír. Tuvo que haberlo mal interpretado. Tenía que haber un error.

No había manera de que su padre le acabara de dar la tierra a este humano.

—Hogar —dijo Miguel—. Para Sus hijos.

Lucifer miró a su hermano. Miguel estaba sonriendo, aun viéndolo todo


maravillado. Se veía genuinamente entusiasmado sobre todo lo que estaba
sucediendo, mientras que Lucifer sentía lo contrario.

Este paraíso se suponía que fuera para ellos.

¿O no?

El aire de la tarde era cálido, el sol brillando fuertemente en el cielo, ni una


sola nube podía ser vista. El azul iba hasta donde Serah podía ver, crepitante y
claro. El color le recordaba a un par de ojos que frecuentaban sus sueños, un par de
ojos que la observaban cuando estaba despierta, perturbándola.

Eran ojos que contenían incontables secretos, ojos que contaban miles de
historias, pero ninguna que Serah pudiera entender. Le hablaban, imploraban, pero
ella no podía escuchar lo que tenían para decir. Era el susurro de un recuerdo; él
era una aparición, ahí un segundo y al siguiente ya no estaba, desvaneciéndose en
el aire como si estuviera hecho de polvo, y el más mínimo soplido lo dispersara. No
estaba siquiera segura de que él realmente existiera, pero era real para ella.

Si solo pudiera pensar en su nombre.

Se adhería en la punta de su lengua, tragado una y otra vez.


Se preguntó si estaba loca… Si estaba justificadamente, en toda regla,
demente como para llamar a los doctores. Seguía sin saber nada de la persona que
había sido, nada de dónde era, o dónde se suponía que tenía que estar.

Lo único que conocía era a él.

Por otra parte, no lo conocía realmente, considerando que no sabía su


nombre, o si era más que un fragmento de su imaginación.

Ugh, tal vez estoy demente.

Serah bajó por la calle, caminando lejos del motel una tarde, deambulando
por los mismos barrios familiares que había recorrido cada día desde el accidente.
Saludaba gente afectuosamente cuando los pasaba, sus ojos parpadeando hacia las
ventanas de las tiendas mientras paseaba, captando el reflejo de un extraño en el
vidrio junto al de ella, siempre unos cuantos pasos detrás.

Sabía que si se daba la vuelta, el no estaría ahí. Nadie estaría.

Estaba paseando cuando encontró el centro comunitario, la puerta se abrió


para dejar entrar el aire mientras las voces se dispersaban a la calle. Serah se paró
frente al edificio, evaluándolo por un momento. Sintió una cierta atracción hacia el
lugar que no podía explicar, como si hubiera estado ahí antes.

Curiosa, entró. El lugar estaba iluminado, lleno de filas de frágiles sillas de


metal, tal vez tres docenas, pero menos de la mitad estaban usadas. Serah se
deslizó hacia la más cercana a la puerta, pasando desapercibida. Un hombre parado
al frente hablaba suavemente, las palabras recorriendo a Serah. Escuchó
silenciosamente, con las manos cruzadas en su regazo.

Algo sobre todo ello se sintió familiar para ella.

La iglesia.

Joder, ella había ido a la iglesia.

¿Se dio cuenta a dónde iba? Luce no lo sabía. No importaba qué tanto tratara
conectar con ella, se mantenía brumoso como si ella estuviera sumergida en agua y
tratando de hablar a través de ella.

La mente humana siempre fue un misterio para él.

Se paró en la mitad de la calle, en el lugar exacto en el que la había perdido,


miró hacia el centro comunitario, escuchando a la voz que provenía del interior.
…satán se disfraza como un ángel de luz…

…El diablo pecó desde el inicio…

…Satán ha deseado…

Siempre el malo, nada de lo bueno.

—No hay bondad.

Lucifer cerró los ojos con estas palabras, habladas desde la acera detrás de él.
Había sentido su esencia en el área cuando siguió a Serah aquí, pero había
esperado que estuviera muy ocupada para molestarlo.

Hannah.

—Labios mentirosos son una abominación para el Señor —dijo Lucifer, un


raro hormigueo de satisfacción muy dentro de él. Oh, cuanta ironía… él estaba
citando las escrituras para someter a alguien que aún estaba en la Gracia.

—No miento —dijo Hannah, caminando hacia la calle detrás de él—. No hay
bondad en Satán. Él es el enemigo, la serpiente mentirosa, puro mal que necesita
ser erradicado. Simplemente el nombre así lo dice.

—Te oí, hermana. Te escuché la vez pasada, también. Estás desperdiciando tú


jodido aliento en este punto.

Miró a la derecha cuando se detuvo junto a él. Su mirada estaba fija en él, los
ojos entrecerrados en sospecha. No sentía miedo viniendo de ella, y el enojo estaba
aún presente, pero no era tan fuerte como antes. No, le había abierto el paso a algo
más duro: dolor. Era fácil estar enojado, aventar culpas, pero era un completo
juego diferente tratar de hacer las paces con el dolor.

Los ángeles no están destinados a lamentar a su propia especie.

—¿Por qué estás aquí, Hannah? —preguntó escépticamente—. Tu especie no


lo piensa dos veces cuando caemos. Nos borran como si nunca hubiéramos
existido.

—Lo hacemos —estuvo de acuerdo—. Pero algo sucedió.

—¿Qué sucedió?

No respondió a eso, pero Lucifer lo vio todo en su mente cuando ella bajó su
guardia a propósito para él. Todo se mostró, cada momento del pequeño vivido
apocalipsis, cada pequeño detalle que Hannah había visto. Y vio el último recuerdo
como una película, Hannah ayudando a Serah a escapar en el bosque de Hellun
Township.

—No soy nada —dijo Serah—. Sucumbí a la tentación de la serpiente. Desaté a


Satán.

—Fuiste seducida por Lucifer. Era un Arcángel, Ser, el más glorioso alguna vez
creado. No puedo culparte por enamorarte por él.

—Así es —susurró—. Literalmente.

Una ráfaga de sombras negras paso azotando, cubriendo la tierra tan rápido
como los ojos podían ver. Serah se quedó sin aliento, luchando por respirar.

—Miguel liberó a los segadores —dijo Hannah—. Es sólo cuestión de tiempo


antes de que lo rastreen.

—Entonces, ¿qué? —preguntó Serah.

—Ya sabes la profecía, Satán será destruido de una vez por todas.

Lucifer le dio la espalda. No necesitaba, o quería, ver nada más. Pero captó el
problema de Hannah, sabía qué era lo que había cambiado todo: él aún estaba aquí.

—La profecía no se cumplió.

—O sí lo hizo —dijo ella—. O la profecía era incorrecta o tú no eres Satán.

—¿Cuál es?

—Aún no lo he decidido —admitió—. Serah creía que no eras tú, lo suficiente


para enamorarse de ti.

Lucifer negó con la cabeza.

—Si no fuera él, ella no habría caído.

En cuanto lo dijo, cayó en cuenta de que esta conversación era lo


completamente opuesto de la última vez que habló con Hannah, en la cual ella lo
llamo Satán y él lo negó. Ahora ella estaba pensando que tal vez él no era malo
después de todo, y él aún estaba tratando de probarle que estaba equivocada.

Claramente, no había forma de ganar.

Luce observó la puerta del centro comunitario en silencio durante un


momento, escuchando mientras el predicador hablaba sobre resistir a la tentación.
Sus pensamientos vagaron, sus ojos en Serah sentada justo detrás de la puerta,
hasta que un fuerte golpe hizo eco por la calle y una gran masa gris bloqueó su
vista.

Un Dominion.

—Tiene que ser una puta broma —murmuró, moviéndose hacia un lado para
poder ver alrededor del ángel monótono. Esos cabrones ángeles monótonos
siempre lo irritaban.

—¿Hay, uh… hay una asignación nueva? —preguntó Hannah, el nerviosismo


presionando su voz. Ser atrapada en cualquier lugar cerca de Luce claramente no
había sido parte de los planes de Hannah.

—Si —dijo el Dominion.

—¿Qué es? —preguntó—. ¿Qué es lo que necesito hacer?

—Nada —dijo al Dominion—. La tarea no es para ti, Virtud.

Lucifer miró al Dominion, notando que lo miraba a él.

—Estás bromeando, ¿cierto?

—Los Dominion no bromean.

—No me digas. —Ellos habían sido creados sin sentido del humor. Todo
trabajo y nada de juego hace a un aburrido ángel—. Pero debes estar equivocado,
porque no soy uno de tus drones que puedes andar dando órdenes. No puedes
ordenarme qué hacer, no antes y ciertamente no ahora.

El Dominion lo fulminó con la mirada. Lucifer escuchó la amargura en su


mente, palabras que nunca verbalizó. La arrogancia de los arcángeles es
impresionante, pero los granujas caídos lo llevan a otro nivel.

Lucifer sonrió con eso, asombrado, y sacudió su cabeza mientras le daba la


espalda al ángel.

—Corre y dile a Papi que no estoy interesado en cualquier tarea sin valor que
está tratando de llevarme.

Esa no era claramente la respuesta que el Dominion quería, pero en vez de


presionar el asunto, el ángel asintió en reconocimiento y desapareció.

—Las tareas de los Dominion no son negociables —dijo Hannah—. Es la


voluntad de Dios.
—¿Y? —dijo Lucifer—. Ha sido Su voluntad que estuviera en el Infierno
durante seis mil años, pero eso no me detuvo de buscar una forma de escapar.

Una forma que se llevó a la amiga de Hannah como consecuencia. Lucifer


escuchó esas palabras, habladas silenciosamente. Miró hacia delante mientras el
servicio de la iglesia terminaba, los pocos feligreses saliendo. Serah se quedó por
un momento en su asiento antes de ponerse de pie y salir, caminando calle abajo
sin haber realmente participado.

Lucifer la miró hasta que ella desapareció de la vista. Aún podía escuchar su
corazón latiendo, bombeando constantemente.

No le dijo nada a Hannah, ningún adiós, ni buenos deseos. No eran amigos.


Una cosa los conectaba y esa única cosa ya no sabía nada sobre ellos. Caminó hacia
el centro comunitario y entró, sus pasos metódicos.

¿Qué te parece? No me prendí en fuego.

El predicador seguía parado al frente, pasando las hojas de su biblia


desgastada ausentemente, tomando notas.

Lucifer se detuvo justo delante de él, sus caras a meros centímetros de


distancia. Él estaba escaneando a través del Génesis, su siguiente sermón enfocado
en el inicio de los tiempos, el ascenso del hombre y la caída de Satán.

Sería fácil, muy fácil, tan solo accionar el interruptor y hacerse visible,
literalmente espantando la vida del hombre. Pero, ¿cuál era el punto? Otro humano
muerto, ido de la tierra, pero había siete billones más como él ahí afuera.

La última vez que Lucifer pisó la tierra había solamente dos.

Thump.

Thump.

Thump.

Una y otra vez.

Una y otra vez.

Era la primera vez de Lucifer en la Tierra. Estaba de pie en las profundidades


del Jardín del Edén, resguardado de los débiles ojos humanos, vigilando al llamado
Adán.
Para criaturas que se veían parecidas a él en el exterior, Adán parecía
inherentemente inferior. Ni siquiera era lo suficientemente avanzado para sentir a
un ángel frente a él. ¿Por qué merecía un regalo tal como el paraíso?

Los latidos venían del pecho de Adán, fuertes y estables. La mayoría de las
demás criaturas vivientes en la tierra tenían el mismo sonido rítmico haciendo eco
desde ellos, pero el de Adán era más ruidoso. Era su fuerza vital. Donde Lucifer
estaba lleno de Gracia, el cálido brillo de radiante energía, ardiendo tan
resplandeciente como las estrellas que se veían ahora arriba, Adán estaba lleno con
algo más.

Sangre.

Lucifer la había visto, había visto cómo el hombre se pinchaba


accidentalmente el dedo con una espina y derramaba una gota de rojo sobre la
tierra. Le causó dolor al hombre, algo tan inofensivo como un hermoso arbusto de
rosas hiriéndolo.

Qué frágil.

Qué débil.

El golpeteo en su pecho se había vuelto más ruidoso, más fuerte, más


frenético cuando sucedió, como si algo en su pecho estuviera conectado con el
dolor.

—Se llama corazón.

Lucifer se apartó de Adán por el sonido de la voz de su Padre, encontrándolo


ahí en el jardín. Había escuchado sus pensamientos. Había estado observando.

—El sonido que escuchas es su corazón latiendo —continuó, acercándose—.


Es lo que mantiene a Adán con vida.

—¿Cuánto tiempo vivirá?

—Para siempre.

Para siempre.

Inferior, aún así bendecido con la misma vida eterna como Lucifer.

—Yo no llamaría a los humanos inferiores —dijo Él—. Solo diferentes. Tienen
debilidades que no posees, pero también tienen dones. No pueden sentirte, pero
pueden sentir cosas que tú no puedes.

—¿Cómo qué?
Su Padre señaló el arbusto de rosas, el mismo con el que se había lastimado
Adán.

—Huele esto.

—¿Qué?

—Coloca tu nariz en la flor.

Lucifer hizo lo que le dijo, pero nada pasó.

—No puedes olerla —explicó Él—. Todo a tu alrededor tiene una fragancia.
Puedes ver estas cosas, estas flores, estos árboles, pero Adán las experimenta. Las
inhala, las prueba, las vive. Él es uno con la Tierra; tú eres uno con el Cielo. Son
criaturas diferentes, Lucifer.

Lucifer se dio la vuelta hacia Adán, observándolo mientras interactuaba con


Eva. Ambos estaban rebosantes de amor, amor por cada uno, amor por su Padre.

—¿Cuál es su propósito?

—Existir, y amar, y alabar —dijo Él—. Son mis hijos.

Lucifer dudó.

—¿Y cuál es mi propósito?

—Sabes el tuyo.

Hacer cumplir la voluntad de su Padre, servirlo y obedecerlo.

—¿Esa voluntad incluirá a estos humanos? ¿Servirte a ti significa servirles…


a ellos?

Lucifer no tuvo que esperar a que Él respondiera. Sabía la verdad. Pero casi lo
derribó cuando la respuesta resonó a su alrededor.

—Sí.

Lucifer miró fijamente a los humanos. Hace solo unos momentos que los
había visto como inferiores, pero ahora se sentía diferente. En todo caso, era claro
ahora que era él el subordinado aquí.

—No es así para nada, hijo mío —interrumpió Él.

—Hijo —dijo Lucifer calladamente—. ¿Soy tu hijo?

—Claro que lo eres.


—No parece ser de esa manera. —Sacudió la cabeza, alejándose de Adán para
mirar a su Padre—. Ya no.

El corazón de Serah estaba latiendo rápido, golpeando su pecho como un


martillo neumático. Luce lo escuchó en el momento en que apareció en el
estacionamiento fuera del motel. Provenía de una habitación del extremo lejano
del segundo piso. Se tensó, esforzando sus sentidos, tratando de encontrarle
explicación a su emoción, pero era un acertijo que no podía resolver sin ver el
panorama.

Tenía que ver.

Tenía que saber.

Rápidamente, se desplazó hacia arriba, apareciendo justo dentro de la puerta


abierta del deslucido cuarto del motel. No sintió a nadie más, viendo a Serah de
inmediato, la tensión en sus músculos cediendo mientras la confusión lo
atravesaba.

Ella estaba bailando.

Apenas podía detectar la música en la distancia, fluyendo directamente hacia


ella por los pequeños audífonos colocados en sus orejas. Bailaba al ritmo de la
canción, balanceándose y rebotando, inconsciente de todo a su alrededor mientras
cambiaba las sábanas de una cama de manera ausente.

Luce no podía hacer nada más que mirar fijamente. El sentido común le decía
que retrocediera, que pusiera algo de distancia entre ellos antes de que hiciera algo
estúpido, pero era difícil ser lógico cuando eras una criatura alimentada por la
pasión, no siendo conocido por hacer lo correcto.

Nunca.

No había estado tan cerca de ella desde que se despertó siendo una nueva
persona… una mortal. Podía olerla, su dulzura natural, y la ligera fragancia de
flores, con una insinuación de sudor permaneciendo en su piel. Y podía sentir su
calidez desde donde estaba parado, sentirla irradiando desde ella y absorbiéndola.
El latido de su corazón era más fuerte tan cerca, tentándolo, llamándolo.

¿Qué daño podría hacer tocarla una vez? Solo una vez, un roce de su piel,
permanecer nivelado contra su cuerpo e inhalarla. Nunca lo sabría, mientras él
permaneciera dispuesto a irse.
En un momento de debilidad, dio un paso hacia ella, justo cuando ella se
balanceaba en su dirección. Su mirada vaciló ante la puerta mientras paraba de
bailar abruptamente, sus ojos ampliándose. Su corazón se estancó, el breve
momento de silencio gritando ruidosamente a Lucifer, despedazándolo a jirones
desde el interior. Su peor miedo estaba haciéndose realidad, aún por un segundo:
el corazón de Serah no estaba latiendo.

Sintió el miedo agarrado a su propio pecho.

Pero luego su corazón empezó a latir aceleradamente, golpeando


violentamente mientras se sobresaltaba, arrancando la música de sus orejas. Un
jadeo resonó a través del cuarto cuando sus labios se separaron. Miró fijamente a
través de él, alrededor de él, a algo cerca de él, porque de ninguna manera lo estaba
mirando a él.

De ninguna manera.

Solo no era posible. Podrían haber estado de pie en el mismo cuarto, pero
estaban en planos completamente diferentes. Un humano no podía ver a un ángel a
menos de que se mostraran a propósito, y él nunca se había mostrado a un
humano. Nunca.

—Eres tú —susurró.

Lucifer la miró fijamente con incredulidad. ¿Yo?

—Yo, eh, perdón —dijo rápidamente—. No sabía que había alguien aquí… No
pensé… Es decir, pensé… bueno, la salida fue hace una hora, y todas tus cosas ya no
estaban, y no me di cuenta…

Siguió y siguió tartamudeando. Lucifer estaba anonadado, permaneciendo en


silencio y mirándola boquiabierto como si estuviera viendo un fantasma.

—Me puedo ir, y regresar —continuó—. Es decir, si todavía necesitas el


cuarto. No quiero estar entrometiéndome.

Empezó a caminar hacia la puerta, tratando de rodearlo. Por un capricho,


Lucifer se interpuso en su camino, todavía esperando que caminara a través de él,
como los humanos siempre hacían, pero sus pasos se detuvieron. Su corazón se
saltó otro latido mientras tragaba con fuerza. Pudo detectarlo ahora, algo que los
ángeles estaban entrenados para detectar, la única cosa que lo rodeaba día con día
abajo en el abismo. Miedo.

—¿Puedes verme? —preguntó, arqueando una ceja con la pregunta.


Lo miró fijamente por un momento en blanco, y todavía pensaba que tal vez
veía a través de él, hasta que lentamente asintió con la cabeza.

—Por supuesto.

—Me ves —dijo de nuevo—. ¿Me conoces?

—Sí —dijo tentativamente, sus latidos tan frenéticos que eran como un
bombo. La esperanza se acumuló en Luce. Realmente lo recordaba—. Bueno, no…
no te conozco. Te he visto, pero no sé quién eres.

Su estómago dio un vuelco.

—¿No sabes?

—Uh, no… ¿debería?

—Pero puedes verme —dijo por tercera vez, levantando su voz. Ignoró su
pregunta, la voz en lo más profundo de él gritando “¿cómo carajos pudiste haber
olvidado?”—. Me has visto antes.

—Sí, claro —dijo, su voz temblando mientras retrocedió un paso,


envolviendo sus brazos alrededor de su pecho—. ¿Qué es lo que pasa contigo?

La estaba asustando. Cerrando sus ojos, trató de calmarse, pero no tenía


sentido. De ninguna manera esto podía estar pasando. Era un sueño, o una maldita
pesadilla, castigo de su Padre. No había escapado de la Fosa del todo… tal vez este
era su nuevo Infierno, ser molestado y tentado para siempre con su existencia,
cercana pero todavía muy lejos.

Volviéndose, salió por la puerta abierta y miró alrededor, congelándose


cuando vio a alguien bajando al piso hacia él. Dio un paso hacia ellos mientras se
aproximaban a la habitación de al lado para abrirla. Lucifer sacudió la mano en el
rostro de la mujer, pero no reaccionó, rozándolo sin notar que él estaba ahí.

Una vez que se fue, miró a su alrededor de nuevo, viendo a Serah mirándolo
incrédula desde la otra habitación. Él permaneció en el piso, mirando el vecindario,
viendo a la gente caminar abajo en la calle, otros permaneciendo en el
estacionamiento.

Gritó, tratando de llamar su atención, pero su voz estaba perdida para ellos,
la frecuencia errónea para oídos mortales.

Aunque Serah se encogió, cubriendo sus oídos y estremeciéndose cuando se


volvió en su dirección. Caminó hacia ella, señalándola, y retrocedió de vuelta al
cuarto.
—¿Qué pasa contigo? —gruñó, haciendo eco de la pregunta de ella.
Claramente no era él el que estaba jodido, era ella. Los mortales no podían verlo,
no podían escucharlo, no podían sentirlo, pero ella estaba manteniendo una
conversación con él como si esta mierda fuera normal—. ¿Cómo puedes verme?

—Estás loco —dijo, algo parecido al terror pasando rápidamente por su


rostro—. Oh Dios, tal vez estoy loca. Estoy realmente loca, ¿verdad? —Se desplomó
en el borde de la cama, olvidando desde hace mucho que estaba haciéndola. Acunó
su cabeza en sus manos—. He perdido la cabeza. No eres real. No estás realmente
aquí.

Lucifer quería consolarla, aclarar todo esto y que el caos tuviera sentido, pero
estaba sin palabras. ¿Cómo estaba pasando esto? Abrió su boca y la volvió a cerrar.

¿Qué podía decir?

—No estás loca.

Se rió fuertemente con escepticismo.

—¿Entonces qué soy?

—Eres…

Antes de que pudiera sacar la oración, un fuerte cosquilleo se disparó por su


espalda, un resplandeciente brillo rodeándolo. La luz explotó en una bola blanco
radiante, cegándolo por un segundo, antes de que el mundo a su alrededor se
aclara.

—…un ángel.

Terminó su declaración en un susurro, las palabras sin sentido. Estaba tan


lejos que ella no podría escuchar. Sus pies estaban plantados en un lugar donde no
había estado en miles de años, un lugar que no había esperado ver en estas
circunstancias… un cuarto por el que no esperaba pronto una invitación.

O nunca más.

El Cielo.

Era exactamente cómo lo recordaba. Lucifer estaba de pie frente al trono, los
ojos encontrándose con los de su Padre por primera vez desde su caída. Junto a Él
estaba sentado Miguel, en el asiento que había sido creado para Lucifer. La ira se
acumuló dentro él, cada centímetro de él enroscándose y tensándose, tan tirante
que no podía moverse. Literalmente.
Su mirada se desvió a sus pies. Sigilos estaban carbonizados en el suelo a su
alrededor, las mismas marcas que desde hace mucho no manchaban su piel,
atrapándolo en el Infierno. Se rio secamente en voz baja. No podía creerlo, maldita
sea. Aprisionado en el Cielo.

Invitado, pero claramente no de confianza. Estaba confinado en una caja de


espacio encantado, prohibido dar un paso fuera de ella, de lastimar a alguien lejos
de ella.

Los ojos de Lucifer regresaron al trono. Levantó una ceja como pregunta,
pero no dijo nada.

Su Padre lo miró fijamente de vuelta, calmado, sereno. Su actitud


despreocupada solo alimentó la ira de Luce. Como se atrevía Él a traerlo aquí y
confinarlo como un animal rabioso que necesitaba ser encerrado. Estaba harto de
ser refrenado.

—¿Tienes algo que decir, hijo?

—Púdrete.

Escupió la maldición con todo lo que tenía en él, pero todavía no era
suficiente para una reacción de Él. Miguel, por otro lado, se encogió.

—El que blasfema el nombre del Señor deberá ser condenado a muerte —
declaró Miguel.

Luce se volvió hacia él.

—Bueno, púdrete tú también.

Su Padre lentamente sacudió Su cabeza, con solo una mirada haciendo que
Luce se sintiera de nuevo como esa decepción descontenta que había sido en el
Jardín del Edén.

—Todavía te aferras a mucha ira.

—¿Puedes culparme?

Pregunta retórica, pero Él respondió de todas maneras.

—Sí.

—Bien. Genial. Estoy feliz que podamos tener esta conversación. Ahora
ponme de regreso de donde me trajiste.
—Confía en el Señor con todo tu corazón —dijo Miguel—, y no confíes en tu
propio entendimiento.

Luce parpadeó innecesariamente unas cuantas veces y consideró a su


hermano mientras recitaba las Escrituras. Había tenido al buen libro citado a él
más veces de las que le importaba contar desde que escapó del foso, como si
supusieran que esas palabras significaban algo para él. Estaba cansándose de
escucharlas.

—¿No eres una fan de la literatura? —preguntó, escuchando los


pensamientos de Luce. Por supuesto. Él escuchó todo, sabía todo, veía todo… Luce
estaba seguro que Miguel podía sacar de repente docenas de Escrituras así como
así.

—Soy más como un fan de Stephen King.

—¿Entonces prefieres ficción a la realidad?

Luce alzó un hombro.

—La realidad es subjetiva. Abajo en el foso, todo es real.

Miguel comenzó a lanzar otro pedazo de sabiduría bíblica, pero su padre alzó
una mano para silenciarlo.

—Eso no es lo que quise para ti, hijo.

—Pero es lo que me diste —respondió—. Así que si no te importa, apreciaría


que me pusieras de regreso donde me encontraste.

—Alegremente te regresaría al lago de fuego —interrumpió Miguel—. Sería


mi placer.

—¿Tú placer? —preguntó Luce, alzando una ceja hacia él.

Miguel asintió en confirmación.

—Nada me complacería más.

—¿¿Nada? —Luce rió burlonamente—. Te digo, Mikey, si así es como


obtienes diversión estos días, te recomiendo encontrar otro ángel con quien echar
un polvo. Ya sabes, desde que le quitaste las alas a la última.

Miguel estaba fuera de su silla, acercándose apresuradamente en un


parpadeo. Se detuvo justo frente a Luce, unos cuantos centímetros había entre
ellos. Luce se quedó tan quieto como una estatua, esperando que Miguel se
moviera solo un poco más cerca… solo esperando que cruzara los sellos así podía
poner sus manos sobre él.

—Tú se lo hiciste —gruñó Miguel—. Tú la destruiste.

—No fui quien trató de lanzarla al Infierno.

—¡Pero es tu culpa que eso pasara!

—Suficiente. —La voz de su Padre rugió a través de la habitación, no


demasiado alta, pero llevaba toda la fuerza de un feroz grito—. Los dos suenan
como dos niños discutiendo… me atrevo a decir, como hermanos.

A Miguel no pareció gustarle esa evaluación y trató de hablar.

—Pero…

—Dije que es suficiente —dijo Él, haciendo un gesto junto al trono—. Siéntate
en tu lugar, Miguel.

Renuentemente, Miguel retrocedió, sentándose de nuevo. Luce lo miró, las


palabras de su Padre frotándolo de una mala manera. Siéntate en tu lugar, Miguel.
Ese asiento había sido creado para él, no Miguel.

—Lo fue —dijo, una vez más escuchando sus pensamientos—. Pero tú lo
perdiste, renunciando a tu lugar en el Cielo.

—Entonces, ¿por qué estoy aquí? —preguntó Luce—. Regáñame, castígame,


haz lo que quieras hacer conmigo, pero terminé con esta conversación, así que
hazlo o déjame ir.

Su Padre lo miró, contemplándolo. Cuando finalmente habló, sus palabras


fueron calmadas.

—Puede que no tengas intención de dañarla, hijo, pero sabes lo que dicen de
las buenas intenciones.

En un instante, Lucifer desapareció en otra bola brillante de luz blanca,


reapareciendo exactamente donde había estado de pie en la habitación del motel.
Mientras la habitación se aclaraba alrededor de él, todo enfocándose, sus palabras
finales sonaron en la mente de Lucifer.

El camino al Infierno está lleno de buenas intenciones.

En este caso, probablemente literalmente.

—¿Soy qué?
La mirada de Lucifer se deslizó a la cama, donde Sarah aun sentada lo
observaba. Se sintió como si se hubiera ido por media hora, pero sabía que
solamente había sido una fracción de segundo para ella. Nunca habría notado que
se fue, nunca lo habría visto irse y regresar.

Ella lo miró, esperando que terminara lo que estaba diciendo antes de que
fuera interrumpido.

Eres un ángel.

Sí, porque eso resultaría bien. Ella estaría segura entonces, que él estaba loco,
o lo vería como nada más que un pervertido con una frase de conquista. ¿Te dolió
cuando caíste del Cielo?

Por supuesto que lo hizo, idiota. Sangré en la jodida calle.

Sacudió su cabeza, sacudiéndose eso de encima, mientras lentamente


caminaba hacia ella. No se encogió alejándose de él, más curiosa que temerosa. Con
los ojos bien abiertos, lo miró cuando se paró frente a ella.

—Estás soñando —dijo despacio—. No soy nada más que un producto de tu


imaginación.

Estirándose, presionó un solo dedo en su frente, sintiendo la energía


pulsando debajo de su piel. Solo duró un segundo, un mero segundo de tocarla de
nuevo, antes de que ella cayera de espaldas a la cama.

Ella fue apagada como una luz, se durmió rápido. Se despertaría después de
que se fuera, y todo su encuentro no sería nada más que un vago sueño.

Suspirando, la miró por un momento antes de irse. Jodidamente odiaba


cuando esos santos santurrones tenían razón.

Los humanos lo tenían todo.

Ellos habitaban en la tierra, inocentes y justos, garantizados a una vida eterna


en el Paraíso. Adán y Eva se amaban el uno al otro, su amor santificado por Dios, y
ellos se lo mostraban entre sí afectivamente. Eran criaturas obedientes, tan
obedientes como Lucifer siempre había sido, excepto que ellos tenían algo que él
no.

Libre albedrío.
Era un nuevo concepto que no podía entender. Los ángeles fueron creados
por una razón específica, para realizar los trabajos dados por el Dominion, órdenes
de su Padre. Era innegable, indiscutible. Él hablaba y ellos escuchaban.

Pero los humanos fueron creados y dejados libres. Su trabajo era nada más
existir, con la esperanza que siempre amarían a Dios por su regalo.

Eso causó que algo se retorciera dentro de Lucifer, un cambio en su forma de


ser, pensamientos extraños y sentimientos invadieron el mundo del Arcángel. Era
un hijo celoso, preguntándose por qué su Padre amaba a un niño diferente más que
a él.

Le tenía rencor a Adán.

El humano que tenía todo.

Lucifer se paró en el medio del jardín, entre el Árbol del conocimiento, la


única cosa prohibida para esos humanos. Lucifer vivió una existencia de
obediencia, y aun así para esas criaturas con un “corazón latiente” su única regla
fue “no toques este árbol”.

Un árbol.

Estirándose, Lucifer pasó sus dedos a lo largo de la suave madera. No era


nada especial, nada diferente de los otros árboles del jardín. Si Dios no lo hubiera
señalado como especial no sería diferente de los otros árboles del jardín. Era una
prueba, Lucifer sabía… era la forma de su Padre de asegurar su obediencia, cuán
intachables y perfectos eran sus amados humanos.

Tonterías.

La mujer llamada Eva se inclinó cerca, ignorante de su presencia. Le echó una


mirada al árbol pero no se aventuró a acercarse. Tal vez era por amor, como su
Padre creía, pero Lucifer detectó algo más. Fue la primera vez que lo había sentido.
Miedo. Miedo de qué podría pasar si ella lo tocaba, miedo de cualquier secreto que
la fruta tenía. Lucifer la miró por un tiempo, su frustración crecía a cada segundo
que pasaba.

Se recostó contra el árbol, cruzando sus brazos sobre su pecho. Una serpiente
verde se deslizó a lo largo de la rama sobre él, atrapando la atención de Eva.

Come del árbol, pensó, proyectando el sentimiento directamente a ella. Ella se


tensó como si sus silenciosas palabras sonaran fuerte y claras a través del jardín.
Sus ojos buscaron a su alrededor, su miedo creciendo, antes de mirar de regreso a
la serpiente.
Pensó que la criatura estaba hablando con ella.

Prueba la fruta, pensó. Es la mejor que hay.

Eva dio un paso en su dirección, acercándose más al árbol de lo que alguna


vez había hecho antes. El latido de su corazón era salvaje, el golpeteo como un eco
en las orejas de Lucifer.

Su voz fue baja, sus ojos vacilando en la serpiente.

—No se supone que comamos del árbol. Dios le dio a Adán…

Tonterías, pensó Lucifer, interrumpiéndola. Es el árbol del conocimiento. ¿No


crees que tener sabiduría es algo bueno? ¿No quieres ser sabia? ¿No quieres estar
más cerca de Él?

—Pero…

Pruébala, pensó de nuevo. Tócala. Saboréala. Come la fruta.

Ella dudó, mirando largo y tendido al árbol, antes de dar un paso incluso más
cerca, su cuerpo recargado involuntariamente contra Lucifer. Alzándose, cortó una
manzana de una rama cerca de la serpiente y la llevó a sus labios, dudando una vez
más, antes de tomar el primer mordisco.

Un suave gemido se escapó de los labios de la mujer mientras cerraba sus


ojos, el jugo de la manzana corriendo por su barbilla. Una sonrisa curvó los labios
de Lucifer mientras la veía saborear el fruto prohibido.

Se preguntó a que sabía.

El Árbol del Conocimiento. No estaba seguro de lo que la humana obtuvo de


él, pero él ciertamente había aprendido algo.

Los niños nuevos de Padre no eran tan perfectos como Él esperaba.

Hay solo una cosa peor que el Infierno.

Un Infierno sin un Rey.

En el momento en que Lucifer puso un pie dentro de la sexta puerta, el


torbellino lo succionó hacia el foso, el caos le dio la bienvenida. Los entornos
borrosos alrededor de él se aclararon, la séptima puerta al alcance. Era diferente
ahora, el escudo mágico translúcido era más fuerte, los sellos que una vez
marcaron la piel de Lucifer ahora estaban marcados directo en la puerta. Era la
única manera de mantener a los demonios dentro, de evitar que la maldad lo
atravesara y se dirigiera a la tierra en la ausencia de Lucifer.

Se detuvo a unos metros, mirando hacia la locura. No estuvo alrededor para


mantener la fachada, mantener el orden, por así decirlo, así que era un poco más
que una fosa profunda de anarquía. Fuego ardía mientras los demonios corrían
perdidos, peleando y follando, torturando y burlándose. Cada Infierno que había
existido convertido en una gran gigantesca locura de una jodida pesadilla.

Revolvió su estómago.

Eran salvajes.

Luce lentamente se aproximó a la puerta al alcance de sus dedos. Todo ahí


dentro estaba atrapado, los segadores atacando constantemente a cualquiera que
se acercara demasiado, destripándolos en pedazos como habían hecho con Luce
tantas veces antes. Miró por un momento en el lado protegido de la puerta,
contemplando, dudando, antes de dejar salir un profundo suspiro y dar un paso
dentro.

Al segundo al que entró al Infierno el escenario cambió. Fue como si una


corriente arrasara, limpiando la locura y apagando los incendios, la lava fundida
endureciéndose, el Infierno reformándose en lo que Serah había visto día tras día
cuando se acercaba a la puerta.

El Infierno de Lucifer.

Desolación.

Rayos alumbrando, truenos retumbando, haciendo temblar los suelos,


poniendo a los demonios de rodillas. Las alas de Lucifer habían emergido,
ensombreciendo todo, oscureciendo el Infierno en una sombría oscuridad. Los
demonios inmediatamente detuvieron lo que estaban haciendo y se inclinaron
mientras estaba de pie ahí, sus ojos barriendo a lo largo de todos, la furia
cociéndose a fuego lento dentro de él.

No dijo nada.

Con el chasquido de un dedo, se desvanecieron. De regreso a sus jaulas,


fueron regresados a su tormento mientras Lucifer los encerraba a todos.

Todos excepto por uno, ese.

Lire.
El demonio no estaba lejos frente a él, inclinado obedientemente. Lucifer se
acercó, golpeando su costado con fuerza.

—Levántate.

Lire se arrastró para ponerse de pie.

—Mi Señor.

—Asegúrate que todos estén encerrados de nuevo —dijo Lucifer—. Si


encuentras cualquier rezagado, me lo dejas saber y me aseguraré que se
arrepientan de haberme desobedecido.

—Sí, cualquier cosa que necesite. —Lire se giró para escabullirse pero hizo
una pausa después de unos pasos—. Mi señor, es grandioso verlo, pero pensé que
las cosas iban bien en la tierra. Nos informaron que estaba paseando libre.

—Lo estaba.

Lire lo miró.

—Entonces, ¿por qué está aquí?

Luce no tenía respuesta para eso. Con otro chasquido de su dedo, Lire
desapareció, desvanecido de la vista. ¿Por qué estaba él ahí? No lo sabía. Este era el
último lugar en el que quería estar. Pero, ¿estar en la Tierra, estar cerca de Serah,
no ser capaz de tocarla, o estar con ella?

Bueno, tal vez había dos cosas peores que el Infierno.

Luce se dirigió directo al camino sinuoso, que conducía directo al castillo


decrépito, pasando una que otra alma a lo largo del camino. Cuando estuvo dentro,
fue directamente a la sala de conferencias, retomando su asiento en el esculpido
trono de marfil frente a la larga mesa. Con los hombros caídos, dejó salir un suspiro
exasperado y sacó el mazo de cartas de su bolsillo.

No jugó a la Guerra hoy.

Hoy, jugó al Solitario.

Las bolsas de plástico se clavaron en la piel de Serah, cortando la circulación,


mientras trataba de hacer malabares con casi una docena de ellas, se aferraron con
fuerza en sus manos y muñecas.

Comprar comestibles era un dolor. Literalmente.


Se arrastró a través del estacionamiento hacia el motel, tratando de
soportarlo pero fue demasiado. Gimiendo, bajó las bolsas en el medio del
estacionamiento y flexionó sus dedos, rojos brillantes debido a la tensión.

Necesitaba un auto.

Podía costearse uno con todo el dinero que había ahorrado trabajando y
viviendo en el motel. De hecho, había hecho lo suficiente los últimos meses para
mudarse a su propia casa. Vivir y trabajar en el mismo lugar la había agotado,
jodido con su cabeza, tanto que se desmayó en una de las camas la semana pasada,
se quedó dormida a la mitad de su trabajo.

No era para nada como ella.

Soñó con el hombre de nuevo, el hombre que siempre estaba cerca aunque no
estaba ahí para nada. Fue peculiar, y podía recordarlo vívidamente, cada detalle de
su cara, incluso el sonido de su voz. Fue la primera vez de todas las veces que vio
que le había hablado.

Su jefa le había ofrecido un nuevo trabajo, un tipo de aumento, trabajando


horas regulares al frente del escritorio en la noche, por lo que Serah supuso que
era tiempo de mudarse, establecerse en una rutina normal, tratar de construir una
vida.

No había visto al extraño desde que tomó esa decisión.

No es que algo de eso fuera real, de todas formas. No es que él fuera real. Su
imaginación estaba desenfrenada, invocando fantasmas de personas en sus sueños.

O tal vez estás realmente loca, como los doctores sospechaban. ¿Quién pierde
una eternidad de recuerdos borrados en una anormal tormenta eléctrica?

Suspirando, Serah se inclinó para levantar las bolsas de nuevo cuando una
voz cortó a través del estacionamiento, dirigiéndose a ella.

—Aquí, déjame ayudarte.

Rápidamente miró hacia arriba al sonido de la voz extraña con un pequeño


acento, viendo a un hombre que nunca había visto antes frente a ella. Un traje azul
se aferraba a su cuerpo, su cabello largo y recogido. Era extraño mirarlo, sus rasgos
afilados como piedra cincelada hasta en la nariz puntiaguda. Sonrió amablemente,
a pesar, de que una tensa sensación se arrastró a lo largo de su espalda cuando
miró a sus ojos. Intenso, intenso azul… azul antinatural… la clase de azul que se
sentía familiar, como un lago cristalino lleno de agua fresca y pura.
Eso momentáneamente la hipnotizó. El hombre no era particularmente
atractivo, pero esos ojos lo eran.

—Uh, está bien —dijo ella, parpadeando para alejar su estupor mientras
temblaba por un escalofrío. Le regresó la sonrisa mientras fácilmente tomaba
todas las bolsas por ella—. Gracias.

Él asintió.

—Seguro, mi señora. Muéstreme el camino.

Ella continuó a través del estacionamiento, directo a su habitación y abrió la


puerta. El hombre colocó las bolsas dentro, deteniéndose cerca del umbral, siendo
lo suficientemente amable para no entrar sin su permiso.

—Lo aprecio —dijo ella de nuevo—. De verdad.

—Ni lo mencione —dijo él—. Es lo que un caballero haría.

En los pasados seis meses, Serah no se había encontrado con muchos


caballeros. Se le habían insinuado, la habían silbado en la calle, incluso manoseado,
pero no muchos habían salido a su encuentro para mantener su puerta abierta o
cargar sus cosas por ella.

Ciertamente era un cambio agradable de rutina.

—Soy Sarah —dijo amablemente, estirando su mano hacia él—. O, bueno,


puedes llamarme Sarah. Es así como todo el mundo me llama ahora.

Él la miró peculiarmente por un momento antes de estirar su mano y tomar


la de ella, atrayéndola hacia su boca, presionando un ligero beso en el dorso de esta
que hizo que las mejillas de Serah se sonrojaran.

—Sarah —dijo—. Puedes llamarme Don.

—¡Mi Señor!

Las puertas dobles que llevaban hacia el salón de conferencia se abrieron


inesperadamente, Lire precipitándose a través de ellas sin llamar. Luce alzó la
mirada de sus cartas, sus ojos estrechándose con enojo por la interrupción. Lire
sabía que no debía irrumpir sin permiso. Luce se había ido por seis meses, seguro,
pero eso no era nada comparado con los seis mil años que había pasado aquí antes
de eso. Cuán rápido olvidaban.
Luce estuvo levantado de su silla y justo enfrente de Lire antes de que el
demonio pudiera completar otra palabra. Sujetándolo alrededor del cuello, Luce lo
levantó del piso, asfixiándolo mientras azotaba la espalda del demonio contra la
pared junto a la puerta. Se agitó, agarrando la mano de Luce mientras luchaba
contra su agarre.

—No recuerdo decirte que entraras.

—Mi Señor —dijo Lire de nuevo, su voz tirante—. Hay un ángel en la puerta.

Luce lo miró por un momento, forzando sus sentidos para tratar de sentir la
presencia celestial, pero la puerta era mucho más fuerte. Apenas podía sentir algo
detrás de ella. Miguel se había superado esta vez. No había escape a esa magia.

—¿Qué ángel?

—Un Dominion —dijo Lire.

Ah. Luce dejo ir a Lire. El demonio cayó al piso fuertemente mientras Luce se
giraba y caminaba directamente de regreso hacia su trono de mármol, sentándose
en él. Bruscamente agitó su mano, señalándole a Lire que se fuera cuando el
demonio se puso de pie.

—Despáchalos.

Lire levantó sus cejas con sorpresa.

—¿No quiere hablar con ellos?

Luce negó con su cabeza. En el pasado había disfrutado de sus visitantes


angelicales, entreteniéndose burlándose de ellos, provocándolos, tentándolos…
pero ya no tenía caso. Podía convencer a cientos de sus hermanos y hermanas para
que cayeran, pero no haría una diferencia. No cambiaría una maldita cosa.

Además, el Dominion lo aburría notablemente.

Lire huyó, dejando solo a Luce de nuevo. Regresó a jugar Solitario.

Cada día, como un reloj, el Dominion se aparecería en la puerta. Y cada día,


minutos después, Lire lo despacharía. Continuó por una semana, una semana larga
y tediosa donde Luce apenas se movió de su silla. Ya nada lo atraía.

Era el séptimo día, y Luce volteaba cartas al azar sobre la mesa cuando las
puertas del salón se abrieron de nuevo. Luce cerró sus ojos, suspirando
exasperadamente, mientras Lire irrumpía.

—Mi Señor —gritó—. El ángel…


—Juro, Lire, que si vienes a mí por ese Dominion una vez más te destriparé
cada día por el resto de tu miserable existencia.

—No es el Dominion —dijo Lire, su voz bordeada en pánico—. Es…

Antes de que Lire pudiera terminar, Luce sintió el cosquilleo flotar a través de
él, la poderosa Gracia, tan malditamente familiar, tan malditamente atractiva, si no
fuera por el acre olor que la acompañaba.

—Miguel.

En segundos, el olor a agua estancada llenó el aire mientras Lire se


atragantaba con sus palabras. Luce abrió los ojos de nuevo, mirando hacia la
puerta para encontrar al demonio atravesado por la punta de la espada de Miguel.
Miguel la sacó de un tirón, el demonio explotando en una explosión de humo y
fuego, todo rastro de él desapareciendo de la habitación.

Sacudiendo su cabeza, Luce volteó sus cartas, cambiando las que tenía en su
mano.

—Eso fue innecesario. Mañana simplemente se regenerará en el abismo.

—Innecesario, tal vez —dijo Miguel—, pero aun así satisfactorio.

—Autocomplacencia —dijo Lucifer—. ¿No hay algo en el libro bueno que


advierta contra eso?

—No es autocomplacencia cuando es por el bien común —dijo Miguel—. Era


malvado.

—Pero no te estaba lastimado —señaló Luce—. De hecho, estaba anunciando


tu llegada. Debiste haberle agradecido. Parece pensar que eres alguien importante,
hermano. Probablemente te habría organizado un desfile si se lo hubieras pedido.

Miguel se burló. Luce regresó a voltear cartas, jugando con ellas en silencio.
Después de un momento, Miguel entró un poco más en la habitación.

—Bonito lugar el que tienes aquí.

Luce dejó de hacer lo que estaba haciendo y miró a Miguel, sintiendo el


sarcasmo en su voz. Tan fuera del carácter de un Arcángel duro de roer.

—¿Por qué estás aquí, Miguel? No me malinterpretes, eres audaz. Antes de


hoy, Serah fue la única con las agallas para bajar aquí, y lo hizo sólo porque estaba
desesperada por algo. Así que no puedo evitar preguntar lo que quieres de mí.

Miguel lo miró, su expresión estoica.


—El Dominion ha estado convocándote por una semana, pero no has
respondido.

—Sí, bueno, no he estado de humor para compañía.

—Tienes una tarea —dijo Miguel, ignorando su comentario burlón.

—Mira, estoy de vuelta a donde me querían… ¿qué más esperan? ¿Que


organice una jodida fiesta de inauguración para probar que me estoy acomodando?

—Una tarea diferente —clarificó Miguel—. Una importante.

—¿Lo suficientemente importante para que mi hermano pequeño se


aventure en el lugar más infeliz de la Tierra para entregar el mensaje? —Luce se
recostó en su asiento, levantando los pies mientras miraba curiosamente hacia
Miguel. Señaló hacia la silla en el otro extremo de la mesa—. Toma asiento.

Miguel no se sentó.

—Hay un levantamiento entre los ángeles. Algunos de tus viejos seguidores,


los que alguna vez fueron perdonados por su libertinaje, están planeando otra
revuelta.

—Libertinaje —hizo eco Luce—. ¿Así es como lo estamos llamando?

—¿Cómo lo llamarías tú?

—Lo llamaría diferencia de opiniones… tener reservas.

Miguel lo miró.

—No importa cómo lo llamemos. Están planeando terminar lo que tú


empezaste.

—Bueno, bien por ellos —dijo Luce—. Tal vez tengan mejor suerte de la que
tuve.

—¿No ves las implicaciones de esto? ¿Qué pasa si tiene éxito? El mundo será
destruido, sobrepasado por los pecados, los humanos corrompidos más allá de la
salvación.

—¿Y?

—¿Y? —Miguel se acercó incluso más, su voz bordeándose con enojo—. Tú


los maldijiste con el destino de la mortalidad, ¿y dices “y”? Condenaste a los
ángeles a caer en la Tierra, y luego ¿no te importa que la Tierra pueda ser
destruida? ¡Observamos juntos su creación! ¿Cómo puede no importarte? ¿Cómo
puede no importarte cuando ella está ahí?

La mención de Serah, incluso sin pronunciar su nombre, causó que cada


centímetro de Luce se tensara. Sus ojos se estrecharon mientras miraba hacia su
hermano.

—Tienes mucho valor para hablarme de ella.

—¿Yo? —preguntó Miguel incrédulamente—. ¿Qué hay sobre lo que tú le


hiciste?

—¡Le di una segunda oportunidad! —dijo Luce—. Cuando muera, irá de


regreso al Cielo, de vuelta a donde pertenece. Tú trataste de condenarla al Infierno,
el único lugar donde nunca debería estar. Así que, ¿quién es el malvado aquí,
hermano? ¿A quién es a quien no le importa?

—Estaba haciendo mi trabajo.

—Y eso es todo lo que ha sido para ti —dijo Luce—. Trabajo, trabajo,


trabajo… pero yo quiero vivir. Quería vivir.

Miguel lo miró por un momento antes de mirar alrededor de la habitación.

—Bonita vida la que tienes aquí.

—Púdrete.

—Mientras tú te sientas aquí en tu exilio autoimpuesto, yo estaré limpiando


tus desastres de nuevo —dijo Miguel—. Sabía que estabas corrompido, malhechor,
pero nunca me di cuenta lo cobarde que podías ser.

—Fuera —gruñó Luce.

—No sigo ordenes tuyas —dijo Miguel, parándose firmemente en el lugar,


mirándolo desafiantemente.

Enojadamente, Luce golpeó sus puños sobre la gran mesa, la fuerza hizo que
el piso retumbara mientras el mármol cedía, una abrupta fractura en forma de
relámpago corriendo hacia abajo desde el centro de ella.

—¡Fuera!

Su voz hizo eco a través de la habitación mientras un trueno cortaba por


encima de ellos, el paisaje cambiando mientras su enojo lo atravesaba. Llamas
incinerando el piso, rodeando a los dos. Lucifer podía sentir el intenso calor, podía
oler todo alrededor de ellos chamuscándose, pero sabía que Miguel no podía sentir
ninguna de las dos cosas. Miguel no sentía nada. No olía nada.

Por lo que a Lucifer respectaba, él no era nada.

Indecisamente, Miguel dio un paso atrás, asintiendo. Miguel podía no temerle,


y normalmente no renunciaba, pero aquí Luce tenía una mano más alta. Todo lo
que necesitaba era un chasquido de su dedo y Miguel estaría encerrado en una
jaula en algún lado, viviendo su peor pesadilla.

Luce estaba tentado. Se preguntaba qué era eso.

Probablemente defraudar a Dios.

Volviéndose, Miguel se dirigió a la salida mientras el fuego se reducía, las


llamas desvaneciéndose en el piso. Se detuvo cuando alcanzó la puerta pero no
miró atrás.

—Abaddon se le ha estado apareciendo a los humanos.

—No me sorprende ni un poco —farfulló Luce. No era una regla, por así
decirlo, pero ciertamente frunció el ceño sobre ser visto a propósito sin una
maldita buena razón—. Todavía no entiendo que tiene que ver conmigo.

—Se le apareció a ella —dijo Miguel—. De todos los humanos en el mundo,


¿por qué crees que es eso?

—Estás mintiendo.

Abaddon no haría eso… no con ella. No sabiendo quién era ella, no sabiendo
lo que sabía sobre Luce.

—Yo no miento —dijo Miguel—. Sabes eso.

Sabía eso. Si Miguel lo decía, él pensaba que era cierto. No siempre estaba en
lo correcto… joder, a menudo se equivocaba… pero lo creía.

Miguel salió sin otra palabra, dejando solo a Luce. Volvió su atención de
regreso a sus cartas, empujándolas contra la mesa y mandándolas a volar a través
de la habitación, batiéndolas a través del aire como un tornado.

Luce recordó un tiempo atrás cuando había hechizado a una humana


inocente para que hiciera sus órdenes, corrompiéndola sin su conocimiento,
usándola como un peón en su juego.

Parecía que su viejo amigo estaba tomando nota de una página de su libro.
Lucifer se puso de pie en la puerta, a unos escasos centímetros de los
hechizos mágicos que mantenían a todos dentro. Podía sentir la energía pulsando
desde ahí, presionando su piel, tratando de obligarlo a alejarse. Por encima, los
segadores de almas pululaban, sintiendo su presencia, mirando y esperando a ver
lo que haría.

Suspirando, sacó el cuchillo celestial y lo miró. Sinceramente espero que esto


no resulte contraproducente. Hoy no estaba de humor para ser destruido. Seguro,
se regeneraría, nada peor que regresar mañana, o el día después de eso si ellos se
olvidaban completamente de él, pero dolía como un hijo de puta ser rasgado,
pedazo a pedazo.

Sacándose su camiseta negra, la colocó sobre su hombro mientras levantaba


el cuchillo hacia donde su corazón debía estar. Hizo una mueca de dolor cuando la
hoja cortó su piel, sangre supurando hacia la superficie, gotas bajando por su
pecho desnudo, cubriéndolo con rayas rojas. Luz irradió desde la herida cuando
cortó más profundo, el dolor casi insoportable. Apretó sus dientes mientras tallaba
el sello en su pecho.

La marca de Lucifer.

No la había visto, no la había usado, en un buen tiempo, no desde que había


sido intercambiada por la marca de Satanás en cambio. Cada uno de los Arcángeles
tenía una propia. Sólo esperaba que lo suficiente de ese ángel todavía existiera
dentro de él para funcionar. La marca pulsó, la luz se atenuó, pero no se desvaneció
de su piel.

Agarrando el cuchillo fuertemente, Lucifer se dirigió directamente hacia la


puerta. Se resistió, el dolor de la marca propagándose a través de su cuerpo como
una sacudida de electricidad, friendo sus entrañas, pero los hechizos cedieron,
empujándolo hacia el otro lado. Lo empujaron tan fuerte que perdió el equilibrio,
casi cayéndose, mientras exhalaba un profundo suspiro de alivio.

Los segadores de almas apenas lo notaron una vez que estuvo afuera.

Luce no miró atrás, alejándose, aventurándose a través de las puertas y


saliendo de regreso a la Tierra. Fue directamente a Chorizon, directo al pequeño
motel en las afueras de la ciudad. Tan pronto como llegó, la sintió ahí, pero ella no
era la única.

Abaddon.
—Hijo de puta —farfulló Luce, mirando hacia la recepción del motel con
desconfianza. Él realmente estaba aquí. Luce caminó en esa dirección,
deteniéndose en el exterior y mirando a través de la ventana con el letrero
fluorescente de disponible brillando desde ahí.

Serah estaba sentada detrás del escritorio, tarareando, sus pies levantados y
una revista en su regazo. Abaddon asechaba desde cerca, silencioso como piedra
mientras la miraba. Era invisible para el ojo humano, debería ser invisible, pero no
podía decir cuando se trataba de Serah. Después de todo, lo había visto a él.

Don.

Luce lo llamó silenciosamente, el nombre sonando fuerte y claro en su mente.


Abaddon inmediatamente se cambió de posición, mirando hacia la ventana un
segundo antes de haberse desvanecido de la habitación. Se apareció en el
estacionamiento, una sonrisa iluminando el rostro del ángel mientras lo
contemplaba.

—Luce, qué bueno verte de nuevo.

Luce miró hacia él.

—¿Qué crees que estás haciendo?

Abaddon levantó sus cejas.

—Sólo estoy merodeando.

—¿Con Serah? —preguntó Luce incrédulamente—. ¿Creíste que eso era


inteligente? ¿Qué estaría de acuerdo con eso?

Abaddon levantó sus manos defensivamente.

—Relájate, hermano. No podía verme.

—¿Estás seguro de eso? —preguntó Luce.

La mirada de Abaddon se disparó hacia el motel con confusión antes de mirar


de vuelta a Luce.

—Sí, positivo. No tenía idea de que yo estaba ahí. No me le aparecí.

—Pero lo has hecho —dijo Luce, avanzando hacia él—. Te has aparecido.

Abaddon se rio ligeramente, encogiendo un hombre como si no fuera nada


importante.
—Ella necesitaba algo de ayuda. Eso es lo que hacen los Guardianes, ¿o no?
Ayudar a los humanos.

—Ella no es una humana —dijo Luce—. Es diferente, y lo sabes. Aléjate de


ella.

—Ah, vamos… no seas así.

Luce enderezó su cara.

—No me hagas decírtelo de nuevo, Don. No tomo bien ser ignorado.

La postura de Abaddon se tensó, su expresión juguetona se desvaneció. Se fue


el viejo amigo que Luce conoció alguna vez, los ojos del ángel oscureciéndose un
tono, el azul profundizándose a un peculiar violeta. Era un color que Luce conocía
bien… a partir de ahí el siguiente paso era el negro y luego el rojo, los ojos que le
habían devuelto la mirada a Luce cada vez que captaba un vistazo de su reflejo en
palmos de agua cristalina o una astilla de vidrio abajo en el foso. Eran los ojos de la
maldad, los ojos de alguien que había ido sobre el borde y se había permitido ser
consumido por la ira.

Azul era puro; azul era el color de la benevolencia.

Cuando el pecado se deslizaba, se apoderaba de cada célula en el cuerpo,


oscureciendo su alma y el mundo se volvía rojo brillante.

Abaddon estaba a solo unos cuantos pasos del punto sin retorno.

—Cuidado, Don —le advirtió Luce—. No hagas nada de lo que te arrepentirás.

Abaddon resopló.

—No me arrepiento de nada.

—¿De nada? —preguntó Luce—. ¿No te arrepientes de traicionarme? ¿De


darme la espalda? ¿Dejándome solo para enfrentar las consecuencias? ¿Qué hay
sobre pecar? ¿Ya no te arrepientes más de eso?

Inclinándose hacia adelante, Abaddon estrechó sus ojos con indignación, una
sonrisa burlona curvando la esquina de sus labios.

—Nada.

Con un chasquido fuerte de estática, el ángel se fue, dejando a Luce solo en el


estacionamiento. Antes de que pudiera reaccionar, un grito resonó en el aire a su
alrededor. Rápidamente volvió la cabeza hacia el sonido, tensándose cuando vio a
Serah de pie en la puerta de cristal mirando hacia afuera. Sus ojos se fijaron
directamente en él. Aunque no podía ver su reflejo en el cristal, si consideraba que
nadie más podría saber que él estaba allí, podía decir que ella lo vio.

Mierda.

Ella cerró los ojos con fuerza y contó hasta diez. Si bien ella susurró, las
palabras apenas un respiro, Luce pudo oírla. Volvió a abrir los ojos, encontrándose
con los ojos de él, y parpadeó rápidamente antes de hacerlo de nuevo.

Y otra vez.

Ella esperaba que desapareciera.

Probablemente debió haber desaparecido, desvaneciéndose mientras sus


ojos estaban cerrados, así pensaría que no era real, pero no pudo.

Miguel estaba equivocado. Él no era un cobarde. Pero era un patético hijo de


puta que no podía soportar mantenerse lejos de ella.

Sacudiendo la cabeza, se rió de sí mismo antes de ir hacia la puerta. Los ojos


de Serah se agrandaron cuando se apartaron de su mirada, vagando hasta su pecho
mientras se quedaba sin aliento de nuevo. Él miró hacia abajo, dándose cuenta de
que no llevaba su camisa, y aunque la herida que se había infligido a sí mismo
había comenzado lentamente a sanar, la sangre aun cubría su pecho.

Serah empujó la puerta del motel abriéndola y salió al oscuro


estacionamiento.

—¿Hola? —gritó—. ¿Estás bien?

—Estoy bien. —Su voz fue tranquila, apenas lo suficientemente alta como
para que ella lo oyera—. Vuelve dentro.

—Estás sangrando —dijo ella, haciendo caso omiso de su orden y se acercó


poco a poco—. ¿Necesitas ayuda? ¿Quieres que llame a alguien?

—Estoy bien —dijo de nuevo—. Vuelve dentro.

Una vez más, ella no le hizo caso, acortando la distancia entre ellos. Cuando
Lucifer inhaló de nuevo, exhaló con fuerza el aroma de su afluencia. Flores. Mierda,
ella olía a flores. Cómo echaba de menos eso…

Antes de que pudiera reaccionar, sus manos estaban sobre él, tocándolo, con
una mano aferró su bíceps mientras que la otra alcanzó su pecho. Siseó cuando sus
dedos conectaron con su piel desnuda. Era apenas un rasguño, pero se sintió en el
fondo como una descarga eléctrica. Él se estremeció.
—Oh Dios, no te he hecho daño, ¿verdad? —preguntó ella, retirando su
mano—. Estás herido. ¡Caray, estás ardiendo! Lo siento mucho. Yo sólo… vamos,
vamos adentro. Conseguiré un poco de ayuda.

—Estoy bien —dijo por tercera vez, pero fue inútil. Tiró de su brazo, y
aunque era lo suficientemente fuerte como para resistirse a ella, no lo hizo. Dejó
que lo arrastrara hacia el motel, precediéndolo dentro. Lo empujó hacia una silla y
él se dejó caer en ella, sacudiendo la cabeza mientras ella buscaba algo a su
alrededor, desapareciendo brevemente en el cuarto de al lado.

Regresó con un trapo húmedo y de inmediato comenzó limpiar la sangre de


su piel. Lucifer se sentó lo más quieto posible, mirándola con incredulidad
mientras ella continuaba divagando.

—¿Qué te ha pasado? ¿Recibiste un corte o algo? ¿Alguien te hizo esto? Se


parece a algo, como un patrón o algo… sin embargo, ya está empezando a sanar.
¿Hace cuánto tiempo pasó? ¿Te duele? ¿Qué te ha pasado?

Las mismas preguntas hechas una y otra vez.

Lucifer no respondió a ninguna de ellas, sólo la miraba, atónito al estar tan


cerca de nuevo. Ella era absolutamente hermosa… impecable piel cremosa y unos
profundos ojos marrones. Era azul puro, seguro, como el cielo, pero sus ojos
castaños eran tan ricos y cálidos como la tierra. Había algo reconfortante en ellos.
En una ocasión envidió a los humanos, ya que a ellos se les dio la Tierra, pero
mirándola, se preguntó si tal vez el Paraíso se encontraba en una persona y no en
un lugar.

—¿Qué es? —preguntó, deslizando el paño alrededor de la herida—. Tiene


forma como de un triángulo con un gráfico, un gancho y una “V”. Lo he, uh... he
visto esto antes en alguna parte. ¿Quién te hizo esto? ¿Qué es?

Luce le acarició la mejilla, su toque le produjo un aleteo de ojos antes de que


ella lo mirara fijamente de nuevo.

—Estoy bien —dijo—. Deberías haberte quedado dentro.

Ella lo miró a los ojos, desvaneciéndose su ansiedad mientras sus hombros se


relajaban. Detuvo el paño cerca de su clavícula, el único movimiento era el ascenso
y caída de su pecho, el parpadeo de sus ojos, el latido de su corazón.

Thump.

Thump.

Thump.
Lucifer escuchó el ritmo constante, disfrutando del sonido.

—Dime que no estoy loca —susurró.

—No estás loca.

—Dime que eres real.

—Soy real.

—¿De verdad?

Él esbozó una sonrisa, su pulgar acariciando suavemente su mejilla.

—Tan real como tú.

—¿Quién eres? —preguntó tentativamente, mordiéndose el labio inferior—.


¿De dónde vienes?

Se rió desdeñosamente.

—Esa es una larga historia.

—Tengo tiempo.

—No el suficiente —respondió—. Nunca es suficiente.

Para ella, de todos modos. Sin embargo, para ella Luce tenía todo el tiempo
del mundo. Una eternidad. Pero su vida sería apenas un abrir y cerrar de ojos en el
gran esquema de las cosas, entonces ella iría al Cielo, y permanecería allí. Y él
todavía estaría aquí.

O volvería allí.

—Tengo que estar loca —susurró ella, más para sí misma que para alguien
más, se apartó. Se sentó en una silla junto a él, dejando el paño sobre el escritorio.
Se pasó las manos por la cara, protegiéndose a sí misma mientras bajaba la
cabeza—. No eres real. Estoy soñando otra vez. Despierta, Sarah. Es hora de
despertar.

—Serah —susurró, apartándole las manos de la cara—. Tu nombre es Serah,


y no estás loca… de todos modos, no es el tipo de locura que estás pensando.

Tal vez estaba loca por enamorarse de él.

Ella lo miró de nuevo.

—¿Sabes mi nombre?
—Lo conozco.

—¿Me conocías? —preguntó ella, titubeando antes de aclarar—. ¿Me


conoces?

—Sí.

—¿Quién soy?

—Esa es otra larga historia.

Ella suspiró con frustración, susurrando su nombre para sí misma, como


probándolo. Luce observó cómo movía su boca. Mierda, cómo quería besar esos
labios…

—¿Estabas allí? —preguntó, la pregunta distrajo a Luce del pensamiento de


besarla antes de que se equivocara y actuara por impulso. ¿Quién diría que tenía
algún tipo de control de sí mismo?

—¿Estaba dónde?

—En la calle —dijo—. El día que desperté. ¿Estabas allí? Porque te recuerdo…
Recuerdo tus ojos.

Él asintió lentamente.

—Estaba allí.

—¿Qué me pasó? —preguntó ella. Qué pregunta complicada. Luce estaba a


punto de decir que era una historia muy larga cuando se le adelantó de nuevo—.
Por favor, no me importa cuánto tiempo tome, quiero saber. Necesito saber.

Meditó por un momento, considerando inventar una mentira, alguna


aburrida historia que calmara su curiosidad, pero no pudo. Mentir solía ser tan
fácil para él, y todavía lo era, pero no podía mentirle acerca de esto.

—Fue un error —dijo en voz baja—. Fuiste a un lugar al que no deberías


haber ido, quedaste atrapada en la lucha de otra persona y terminaste herida a
causa de ella.

—¿Cómo? —preguntó—. ¿Cómo me lesioné?

Luce se quedó callado un momento, mirándola fijamente, finalmente apartó


las manos, la punta de los dedos abandonando su piel.

—Confiaste en alguien en quien no deberías haber confiado.


—¿Quién?

—Alguien que casi te destruye.

Ella negó con la cabeza.

—¿Siempre eres tan críptico?

Él se encogió de hombros. Estaba tratando de convencerla de que no estaba


loca. Más detalles que esos y sería responsable que ella se internara en una
institución mental.

El diablo te engañó para desencadenar el Apocalipsis, y luego te apuñaló a


través del pecho, pero juro que fue por amor.

—¿Has considerado que quizás es mejor no saberlo? —preguntó—. ¿Que tal


vez hay una razón por la que no recuerdas nada?

—¿Qué pasaría si fueras tú? —preguntó ella—. ¿Cómo te sentirías?

Se rió secamente.

—Daría cualquier cosa para tener un borrón y cuenta nueva.

—Pero yo sólo… quiero saber quién soy. Quiero saber de dónde vengo.
¿Tengo una familia? ¿Amigos? ¿Le importo a alguien? ¿Alguien me extraña, o se
acuerda de mí, o incluso piensa en mí?

—Yo lo hago —dijo en voz baja.

—¿Y quién eres tú? —preguntó ella, interrumpiéndolo cuando trató de


responder de inmediato—. Sé que dijiste que es una larga historia, pero ¿puedo
conseguir la versión corta? ¿Al menos un nombre? ¿Algo?

Lo consideró por un momento.

—Luce.

—Luce —repitió, frunciendo el ceño—. ¿Eso es diminutivo de un nombre?

—Sí.

No le dio más detalles. Ella no insistió en el asunto. Sus ojos se clavaron en él


mientras su boca se movió otra vez, esta vez pronunciando su nombre, con una
pequeña sonrisa en sus labios. Mierda, realmente quería besarla…
Sus ojos finalmente dejaron de mirarlo, yendo a la deriva a lo largo de él,
escaneando su cara y su pecho desnudo antes de encontrarse con su mirada de
nuevo. Ella arqueó una ceja, dándole su mano.

—Bueno, Luce, al parecer soy Serah.

Lucifer extendió la mano y tomó la de ella, estrechándola.

—Lo sé.

—Por suerte para ti, mi memoria está arruinada, lo que significa que es un
borrón y cuenta nueva para mí. Estoy aprendiendo desde cero, tratando de darle
sentido al mundo otra vez, pero tengo una pregunta que creo que podría despejar
algunas cosas en mi cabeza.

Dudó.

—Estoy escuchando.

—¿Cómo demonios hiciste para sanar tan rápido?

De inmediato miró hacia abajo, dándose cuenta que la herida en el pecho ya


no estaba. Todo lo que quedaba era una débil cicatriz circular de la quemadura de
la cuchilla Celestial.

—La herida era superficial.

—¿Y la cicatriz redonda? —preguntó ella—. ¿De dónde salió esa?

—Realmente no puedo decirlo.

—Qué lástima —dijo ella, tirando del cuello de su camisa hacia abajo para
mostrar un parche de piel—. Porque también tengo una de esas marcas.

Lucifer se quedó mirando la cicatriz en su pecho. La suya se desvanecería


para mañana, totalmente regenerada, pero ella era humana ahora. Las cicatrices en
los seres humanos eran imborrables. La de ella se convirtió en permanente en el
momento en que él tomó sus alas.

No estaba seguro qué decir, así que no dijo nada, comenzó a caminar para
alejarse de ella.

—Realmente no debería estar aquí, Serah.

Se dio la vuelta para marcharse, ignorando su débil protesta pidiéndole que


se quedara. Él no debería estar allí; no debería estar hablando con ella, o tocarla. La
verdad sólo le haría daño al final.
Tan pronto como estuvo fuera de su vista, se trasportó hacia otra parte,
aterrizó en la calle afuera del viejo bar al que había rastreado a Abaddon antes.
Trató de sentir a su viejo amigo, no habían podido terminar de conversar, pero la
esencia de Abaddon se desvaneció tan pronto como apareció.

Conocía ese juego.

El ángel lo estaba evitando.

Luce.

El nombre era extraño, pero de alguna manera familiar; como si fuera un


nombre que Serah conociera íntimamente, como si lo hubiera pronunciado
muchas veces antes. Luce.

Repetidamente analizó el pensamiento, surgiendo de la punta de su lengua


después de haber permanecido allí durante meses. Tenía sentido, en términos
relativos, teniendo en cuenta que nada sobre toda esta situación era
verdaderamente comprensible.

Se preguntó si estaba soñando de nuevo.

En un abrir y cerrar de ojos, su visitante estaba de pie, ella no registró sus


palabras hasta que casi estuvo en la puerta. No debería estar aquí.

—Espera —dijo en voz alta—. ¡Quédate, por favor!

Ella se levantó de un salto, corriendo a la puerta cuando él se dirigía afuera,


saliendo no menos de tres segundos después de él para encontrar el oscuro
estacionamiento completamente vacío.

Se había ido.

—¡Espera! —gritó, mirando a su alrededor. No podía haber ido muy lejos—.


¡Vuelve!

—¿Buscas a alguien?

Ella dio un salto por la inesperada voz, sorprendentemente cerca. Un hombre


estaba de pie en la esquina a tan sólo unos metros de distancia. ¿Cómo no lo había
visto hasta ahora? No era Luce, pero cuando se acercó, lo reconoció. Lo había
conocido antes, una vez, no hace mucho tiempo: era el sujeto que había llevado sus
comestibles.
Don.

—Uh, sí —dijo ella rápidamente—. ¿Has visto a alguien pasearse por aquí?

—No —dijo—. ¿Debería?

—Yo… no lo sé. —Sacudiendo la cabeza, escaneó el estacionamiento una vez


más, no viendo rastros de él en ninguna parte. Era como si se hubiera desvanecido
en el aire de nuevo. Típico—. Supongo que no.

Suspirando, se dio la vuelta y dio un paso en el interior del vestíbulo del


motel, tratando de quitarse de encima la sensación peculiar de hormigueo a lo
largo de su columna vertebral. Podía sentir al hombre mientras caminaba detrás
de ella.

—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó ella, tomando el sangriento paño de


la mesa, la única prueba que tenía de que su visitante había sido real.

—Eso esperaba.

—¿Necesitas una habitación? —preguntó ella, alzando las cejas con


curiosidad—. Tenemos algunas desocupadas.

—No, me temo que no necesito ese tipo de ayuda.

—¿Qué tipo de ayuda necesita?

—Del tipo que sólo tú me puedes ayudar.

Él sonrió, con una sonrisa socarrona que puso a la defensiva a Serah. Ella se
apartó de él, doblando con cuidado el paño y colocándolo en el cesto del lavado
para la mañana.

—No estoy segura de cómo puedo ayudarle, señor, pero yo…

Se dio la vuelta, interrumpiendo a la mitad la frase cuando se dio cuenta de


que estaba sola. Miró fijamente el lugar donde él estuvo, una sensación de tensión
en el estómago creció en su interior, y su corazón latió salvajemente. No había oído
abrirse la puerta, no había oído que saliera, pero no estaba allí.

Estoy volviéndome loca.

Después de un rápido vistazo alrededor del vestíbulo, asegurándose que de


hecho estaba sola, volvió a tomar su asiento en el mostrador, tratando de ignorar la
sensación de mareo dentro de ella. Había algo muy malo, algo que estaba pasando
y que no podía entender. Distraídamente su mano se desvió hasta su pecho y se
frotó la cicatriz a través de su blusa.
Tenía la sensación de que podría ser la clave de todo.
Traducido por âmenoire, Dianna K, Ximena Vergara, Malu_12, Adalys (SOS),
âmenoire (SOS), Aria, IvanaTG,
Corregido por ƸӜƷKhaleesiƸӜƷ

La casa de un piso era pintoresca, blanca con contraventanas azules,


ubicada en un vecindario tranquilo hacia el extremo sur de Chorizon, sólo a unas
pocas calles de la escuela elemental local. La señal de “en renta” todavía estaba
puesta en el trozo desgastado de grama en el frente, pero Serah ya había firmado
en la línea punteada, haciéndola la inquilina oficial.

O parte de su nombre.

Lo que estaba bastante segura que era su nombre ahora, de cualquier forma.

Su jefa Gilda, conocía a los dueños y le había ayudado a rentar la casa, a pesar
de su falta de historial, y crédito, y lo demás que la gente necesitaba para tener un
lugar propio.

Ahora era de ella, durante el próximo año, al menos.

Era una cálida mañana de verano, el sol ya resplandecía brillantemente a solo


las 9 en punto. Serah salió de su casa vistiendo un ligero vestido de verano y un par
de sandalias blancas, su largo cabello levantado sobre su cuello. No tenía planes,
ningún lugar a donde ir o algo que hacer, sólo estaba vagando alrededor del pueblo
como normalmente, deambulando por calles que había deambulado por los
últimos meses. Estaba bastante bullicioso para ser un domingo, las calles
desbordantes mientras la gente hacia su camino hacia la iglesia. Había muchas
iglesias alrededor, desde elaboradas catedrales y pintorescos edificio pequeños
que lucían como graneros, pero Serah continuamente era arrastrada hacia el
centro de la comunidad en lugar de a esos lugares.

Se había sentado en una iglesia unas pocas veces, parecía la cosa que se hacía
ahí, y algo sobre eso siempre se sentía familiar, como si estuviera en casa
sentándose en la mugrienta pequeña silla plegable de metal en el recientemente
remodelado centro de la comunidad. Conocía la Escritura, sabía las historias que el
pastor recontaba, algunas veces casi repiqueteando por traducir al hombre cuando
se equivocaba en algo. Se obligaba a permanecer callada, aunque, apenas
escuchaba. Después de todo, él era la autoridad en la materia.

¿Qué sabía ella?

Apenas había aprendido su propio nombre.

La habitación estaba medio llena hoy, los visitantes habituales ocupando sus
sillas. Serah sentada en el frente y escuchaba mientras el predicador hablaba sobre
la gran inundación. Ella garabateaba en los márgenes de su nueva biblia, un regalo
de bienvenida de Gilda, que era sólo una de las extras que ordenaba para las
cómodas en los cuartos del motel. Su mente fue a la deriva… conocía esta historia
como la palma de su mano… mientras dibujaba ausentemente un peculiar patrón
geométrico, una representación de la marca que había visto no hace mucho. Un
triángulo de cabeza envuelto en ganchos, una x cortada a través de él, con una letra
V debajo de todo eso. La dibujó tantas veces durante la última semana, tratando de
encontrarle significado a las formas, que probablemente podría producir en
sueños. ¿Qué era? ¿Qué significaba?

¿Por qué había estado grabada en su piel?

Había dejado una marca persistente, una marca que ella también llevaba.

¿También había estado esa marca en su piel alguna vez?

El servicio había terminado, se levantó para irse cuando el predicador la


detuvo.

—Sabes, algunas personas piensas que está mal escribir en biblias. Las
revelaciones nos dicen que no añadamos o quitemos de las palabras de Dios.

Ella sonrío suavemente.

—No se supone que tomemos eso literalmente.

Él levantó sus cejas

—¿No?

—Esto sólo es un libro —dijo, levantando su biblia—. Sólo es papel y tinta. Es


el medio, no el significado.

—Esa es una manera de verlo —dijo, levantando su propia biblia con una
sonrisa, la página en ella estaba subrayada y garabateada por todos lados—. Me
inclino a estar de acuerdo.
—Además, no estaba escribiendo —dijo—. Estaba dibujando.

—¿Oh? ¿Qué estabas dibujando?

Serah la abrió en la página que había estado garabateando y la levantó.

La expresión del predicador cayó lentamente mientras la miraba.

—No puedo decir que tenga una de esas en mi libro. No puedo decir que
alguna vez pondría una en mi libro.

El ceño de Serah se frunció.

—¿La ha visto antes?

—Por supuesto — dijo, cerrando su biblia antes de aclarar su garganta,


alejándose de ella. Sus cálidos ojos de repente se sintieron glaciares—. Discúlpame.

Empezó a alejarse cuando ella se colocó enfrente de él en el pasillo.

—Espere un segundo… ¿dónde ha visto esto antes?

Sólo se detuvo por una fracción de segundo.

—Es una de las marcas de Satanás, una que él abrió antes de su caída.

Serah solo se quedó de pie mientras el hombre se escabullía. ¿Satanás?


Sacudiendo su cabeza con incredulidad, miró hacía el dibujo antes de cerrar su
biblia de nuevo.

Debía de estar equivocado.

Suspirando, caminó para salir del centro de la comunidad y paseo por la calle,
dirigiéndose de regreso a casa.

El vecindario estaba vivo con actividad cuando llegó, personas haciendo


jardinería, niños jugando, otros disfrutando de la luz del sol. Algunos chicos
jugaban basquetbol en la calle algunas casas abajo, el hombre cruzando la calle
segando su grama. Serah se aproximó a su casa, cargando su biblia bajo el brazo,
cuando una pelota roja de repente voló directo hacia sus pies, casi tropezándola
mientras llegaba a pararse en su jardín delantero.

Con el ceño fruncido, se agachó y la recogió cuando una voz chillona cortó el
aire detrás de ella.

—¿Estás un poco más perdida?


Serah se giró, viendo a una niña pequeña con cabello castaño claro y ojos
amplios. Vagamente la reconoció, recordando el encuentro inesperado afuera de la
escuela elemental, no mucho tiempo atrás.

—No, he sido encontrada —dijo, sonriendo cálidamente mientras levantaba


la pelota—. ¿Tuya?

La pequeña niña asintió entusiastamente, tomando la pelota de ella.

—¿Todavía tienes amnesia?

—Sí, —dijo Serah, sorprendida de que la niña recordara el incidente. Nicki,


recordó su nombre. Tenía un padre llamado Nicholas y una madre llamada
Samantha—. Piensan que siempre la tendré.

—¿Entonces no recuerdas nada?

—Recuerdo algunas cosas —dijo—. Recuerdo conocerte, por ejemplo.

Nicki se encendió con emoción.

—Oh, y ahora recuerdo mi nombre —dijo—. O bueno… alguien me dijo mi


nombre. Es Serah.

—Yo todavía soy Nicki —dijo la niña—. ¿Ahora vives ahí?

—Lo hago.

—El señor Johnson solía vivir ahí. Él no era agradable. Se enojaba cuando mi
pelota se iba sobre su grama, porque mamá dijo que no le gustaban los niños. Pero
luego se casó con una bella reina y se mudó. Mamá los llamaba la Bella y la Bestia,
porque era peludo y malvado, pero la Bestia era un buen chico así que creo que
realmente él era Gaston. —Nicki se detuvo para respirar—. ¡Oh! ¡Tal vez eso es lo
que necesitas!

Los ojos de Serah se abrieron.

—¿Una bestia?

—No, tontita, ¡una rana!

Serah la miró con incredulidad

—¿Una rana?

—¿No lees cuentos de hadas? ¡Si besas a una rana se convierte en príncipe!

Serah tuvo que preguntar si tal vez ella no era la única loca.
—¿Y cómo me ayudaría un príncipe rana?

Nicki se encogió.

—Eso siempre ayuda a las princesas en mis historias.

Antes de que Serah pudiera responder, una voz femenina cortó el aire desde
la casa de al lado. Levantando la mirada, Serah vio a una mujer en los escalones del
frente, una pequeña morena con un estómago abultado. Sus manos descansando
en su vientre mientras las miraba, su expresión amable.

—¡Nicki, hora de comer!

—Esa es mi mamá —dijo Nicki—. Tengo que irme. Me alegro que fueras
encontrada.

Nicki corrió antes de que Serah pudiera decir algo. Observó a la niña
desaparecer dentro de la casa, sonriendo suavemente. Algo sobre su inocencia se
sentía tan familiar, tan cómodo.

Lucifer se paró en el tranquilo estacionamiento, su espalda hacia el viejo


motel. Era casi el amanecer, el cielo todavía oscuro, sólo un rastro de naranja
brillaban derramándose sobre el horizonte. El pueblo estaba tranquilo, casi todos
estaban dormidos.

Todos menos ella.

Ella todavía estaba trabajando.

No estaba seguro de porque estaba ahí. Ni siquiera había pensado sobre eso.
Rastreó a Abaddon alrededor del condenado mundo, brincando de lugar en lugar,
antes de terminar al final en exactamente el mismo lugar donde inició.

Él era débil.

Ella era tentadora.

La lujuria era su pecado favorito, pero estaba empezando a odiar su


contraparte, la que se llamaba avaricia. Porque él era insaciable, especialmente
cuando se trataba de ella. Quería más, y más, y más. Nunca era suficiente.

Se preguntaba si alguna vez lo sería.

Tendría que serlo.


Sabía que debía alejarse, que necesitaba alejarse, mantener su distancia, pero
no podía. Por mucho que lo intentara, siempre terminaba regresando aquí.
Malditas advertencias…

La puerta del motel sonó, suaves pisadas provenientes del estacionamiento.


Seis de la mañana en punto, la reunión de Lucifer. Probablemente ni un minuto
tarde. Los humanos eran buenos con el tiempo. Cosas peculiares, como
monitoreaban cada hora, minuto, segundo, programándose para utilizar cada
pequeña parte de tiempo que les fuera dada. Suponía que eso tenía sentido, cuando
sólo te fueron dadas algunas décadas en la Tierra. Sesenta, setenta, ochenta años, si
tenías suerte.

Él había desperdiciado más tiempo que ese en un largo juego de cartas.

El tiempo para él no significaba nada. Dos mil años era una brisa. Seis mil
años apenas era suficiente tiempo para volverse suficientemente enojado sobre
estar atrapado en el abismo. Nunca se dio cuenta de cuánto tiempo había
desperdiciado hasta que estuvo viendo el reloj pasar, su tiempo con ella
terminándose.

Causaba que algo se materializaba dentro de él cuando dejaba que esa idea
hirviera a fuego lento, algo que nunca había sentido antes. Culpa.

Culpa, porque solo había a una persona para culpar por la corta vida de los
humanos, y contrariamente a la creencia popular, no era Eva.

—¿Café?

Cerró sus ojos brevemente, dejando que el sonido de su voz se colara a través
de él, antes de darse la vuelta lentamente. Serah estaba de pie sólo a pocos metros,
sus ojos fijos directamente en él. Aunque sabía, muy en el fondo, que ella lo veía,
sus ojos todavía revoloteaban alrededor del estacionamiento, seguro de que había
alguien, cualquiera, más a quien ella le estaba hablando. Pero estaban solos.

—¿Café —preguntó—. ¿Qué hay con eso?

—¿Quieres un poco?

Su ceño se frunció.

—¿Para qué?

—Para beber —dijo dubitativamente—. Y, no sé, pensé que tal vez podríamos
pasar el rato y… hablar, supongo.

Café. Beber. Pasar el rato. Hablar.


Con ella.

Lucifer la miro por un momento. La lógica le decía que la rechazara, pero la


maldita avaricia se manifestó, rogándole tomar cada seguro de su corta vida que
ella le ofreciera. Le había dado sólo algunos, después de todo. Si le decía que no a
estos, ella podría nunca más ofrecérselos.

—No tiene que ser café —dijo tentativamente—. Ni siquiera me gusta el café.
Podemos desayunar algo en el comedor calle abajo. Quiero decir, todos tiene que
comer, ¿cierto?

—Cierto, —dijo, arrastrando la palabra. Excepto que él no era un todos… él


era nadie o alguien, dependiendo de cómo lo vieras. Un nadie que no existía, no
realmente, no aquí, pero decir si significaba que tenía que ser un alguien. Tendría
que romper esta regla, la única regla que se había puesto hace mucho, mucho
tiempo, la única regla que juró que nunca rompería. La única que nunca quería
romper. No hasta este momento, de cualquier forma.

Tendría que mostrarse a los humanos.

Ella podía verlo, pero todavía estaba fuera de la vista de los demás, y no podía
hacerla lucir completamente loca, vista en público pasando el rato y hablando con
alguien que no estaba ahí.

Como si pudiera leer su mente, se volvió a meter a la conversación, su voz en


un susurro suplicante.

—¿Por favor? No estoy loca… no lo estoy.

—Yo sé que no lo estás —dijo—. Y si… podemos desayunar.

Sus hombros parecieron hundirse con alivio, una pequeña sonrisa jugando en
sus labios tras su respuesta.

—Genial, uh… bueno, vamos.

Señaló con su cabeza hacia la dirección del comedor antes de alejarse de él.
En el momento en que su espalda estuvo ante él, dio un rápido vistazo alrededor
del estacionamiento, asegurándose que ninguna otra alma viviente estuviera
alrededor, antes de dejar caer su guardia completamente. El aire alrededor de él
chisporroteó, como consumido por la estática, su cuerpo hormigueando con un
leve brillo mientras se hacía visible.

Serah miró de vuelta hacia él, para asegurarse que estuviera viniendo, sus
pasos ondeando, una mirada de sorpresa vino sobre su cara mientras él andaba
hacia adelante.
—¿Qué? —preguntó, levantando sus cejas en pregunta mientras la miraba,
llegando a su lado.

—Oh, uh, nada —dijo, un leve sonrojo calentando sus mejillas—. Es sólo
que… no lo sé. Extraño.

—¿Qué es extraño?

—Como que pareció como si estuvieras brillando hace un segundo —dijo, el


sonrojo profundizándose—. Debió ser la luz o algo.

—Debió ser —replicó, sorprendido de que ella viera eso, aunque pensó que
no debería estarlo. Había estado viendo y sintiendo cosas que no debería todo el
tiempo.

Caminaron tranquilamente hacia el comedor, el sol saliendo, el brillo naranja


expandiéndose y cubriendo todo en una suave luz. Estaba parados tan cerca que
sus brazos casi se rozaban contra los del otro, pero Luce se aseguró de no tocarla.
Cuando ella se movía, él se movía, alejándose una fracción de centímetro, como si
fueran imanes enfrentados del lado equivocado. Podía sentirlo, sin embargo, el
jalón hacia ella, el cosquilleo a través de su piel que le recordaban ser bañado en su
Gracia.

Joder, él le hacía mal a ella.

Una y otra vez.

No me dejes hacerlo de nuevo.

La cafetería estaba muy iluminada, pero sólo algunas personas se sentaban


adentro a esta hora. Serah se detuvo cuando llegó a la puerta, frunciéndole el ceño
a un pequeño letrero en la ventana.

Sin camisa.

Sin zapatos.

Sin servicio.

Ella se giró para mirarlo, y Lucifer sabía lo que iba a decir, incluso antes de
que ella siquiera dijera algo. Él tenía una camisa, sí, pero sus pies estaban
desnudos.
Sus ojos se dirigieron a la acera mientras ella balanceaba sus pies.

—¿Eres indigente?

El silencio los rodeó por un momento. Luce podía decir que estaba ansiosa
por preguntar eso, podía sentir su aprensión, pero sus palabras sacaron lo gracioso
de él. Él se rió, incapaz de contenerse.

Porque sí, no tenía hogar, en términos relativos. Estaba jodidamente


segurode que no tenia ningún lado al que llamar hogar.

—Entra y siéntate —dijo él, llegando por delante de ella para agarrar la
puerta, abriéndola—. Volveré en un minuto.

Ella vaciló de nuevo, como si pensara que podría estar dejándola plantada,
pero prefirió creerle después de un momento. Con una sonrisa, entró en la
cafetería, mientras Luce soltaba la puerta.

En el segundo que estuvo seguro de que nadie estaba mirando, él se


transportó, fuera de la vista, apareciendo a la vuelta de la cuadra. En un santiamén,
un par de botas negras se materializaron en sus pies. Él se transportó de vuelta,
apareciendo una vez más en el mismo lugar que antes. Abrió la puerta, dando un
paso dentro de la cafetería, justo mientras Serah se deslizaba en una cabina. Ella lo
miró, con los ojos muy abiertos, cuando él se deslizó en la cabina en frente de ella.

—¿Estás de vuelta?

—Sí —dijo él—. Te dije que sólo tomaría un minuto. No tomé más que eso,
¿verdad?

—Uh, no —dijo ella, mirándolo boquiabierta—. Quiero decir, ni siquiera creo


que fuera un minuto. Sólo estabas parado ahí, y me senté, y… —Se inclinó, mirando
debajo de la mesa, antes de encontrarse con sus ojos de nuevo—. ¡Tienes zapatos
puestos!

—Sí —dijo él de nuevo.


—¿Cómo hiciste eso? ¡Eso es imposible! ¡Ni siquiera puedo ponerme chanclas
tan rápido cuando están justo en frente de mí!

Él se encogió de hombros, haciendo una nota mental de reducir la velocidad


si esto sucedía de nuevo. Los humanos, al estar tan obsesionados con el tiempo, sin
duda hacían todo sin prisa.

Todavía lo miraba boquiabierta cuando la camarera apareció, deslizando dos


menús en la mesa en frente de ellos. Lucifer agarró uno, totalmente sin tener
interés en la comida. Él nunca había intentado comer, nunca le importó intentarlo.
Estaba seguro de que podía, sin embargo. Después de todo, era toda la creación de
su Padre. Su cuerpo lo absorbería simplemente, convirtiéndolo en energía.

—¿Qué puedo traerles para beber? —preguntó la camarera.

—Jugo de naranja —dijo Serah inmediatamente.

Lucifer continuó sólo mirando su menú.

—¿Para ti, querido? —preguntó la camarera.

No fue sino hasta que Serah susurró su nombre que se dio cuenta de que la
mujer estaba hablando con él.

—¿Luce? —dijo Serah—. ¿Para beber?

—Agua —respondió él, mirando a Serah—. Y una manzana para comer.

El ceño de ella se frunció.

—¿Sólo una manzana?

—Sí —confirmó—. Una manzana.

No estaba en el menú, pero estaba seguro de que un lugar como éste tenía
una.
Ella parpadeó un par de veces, sin darle importancia, mientras tomaba su
menú y lo colocaba sobre el de ella. Ella ordenó por los dos... sólo una manzana
para él, y ella ordenó una amplia gama de cosas.

La camarera se marchó luego, tomándose demasiado tiempo para dejarlos en


paz. Serah lo miró con cautela, pero permaneció en silencio hasta después de que
sus bebidas fueron traídas a la mesa. Metiendo un pitillo en su vaso, ella tomó un
sorbo, sus ojos nunca dejando los suyos.

—¿Puedo preguntarte algo, Luce?

No pudo evitar sonreír ante el sonido de su nombre en sus labios. Lo había


dicho dos veces, desde que se sentaron.

—Puedes preguntar lo que quieras.

—¿Cómo lo haces?

—¿Hacer qué?

—Desaparecer —dijo ella, con voz tranquila—. Un segundo estabas justo allí,
y luego te has ido. Es como... magia. Tú no eres un mago, ¿cierto?

Se rio.

—¿Qué sabes acerca de los magos?

Ella se encogió de hombros, con el rostro sonrojándose mientras desviaba


sus ojos, como si la avergonzara.

—Leo libros.

—¿Lo haces?

—Sí.
—Sólo porque lo lees no lo hace real.

—Lo sé —dijo ella, moviéndose nerviosamente en su asiento—. Sé que los


magos no son reales, pero a veces me cuestiono si tú lo eres, también. Hasta que
esa camarera te habló, medio-esperaba que ella no te viera. Nadie más parece
hacerlo... y yo sólo me pregunto por qué es así. Es antinatural.

Intuitiva. Luce la miró, sorprendido por su franqueza. Ella puso todas sus
cartas sobre la mesa y le pidió ver su mano, una mano que no estaba del todo listo
para mostrar.

—Antinatural.

—Sí —dijo ella—. Como… no normal.

Luce observó en silencio mientras ella tomaba un sorbo de su jugo de


naranja, sus ojos en él.

—Es porque no lo soy —dijo—. No soy normal.

—¿Qué eres entonces?

Se rió secamente.

—Una abominación, al parecer.

Ella rodó los ojos, como si hubiera estado bromeando. Si tan solo supiera...

Ninguno de los dos volvió a hablar hasta después de que su comida llegó, dos
platos para Serah, una sola manzana para Luce. Él la agarró, rodándola en su palma
mientras la miraba. Parecía bastante similar a la que Eva comió ese día en el jardín,
la piel del mismo tono de rojo oscuro.

—Así que… —Serah evadió cuando empezó a comer—. ¿Cómo es que me


conociste?

—Larga historia.
—Acórtala.

Luce dejó escapar un profundo suspiro.

—Trabajo.

Sus ojos se abrieron mientras poco a poco masticaba un bocado, mirándolo


fijamente. Luce se dio cuenta después de un momento que ella esperaba que
continuara.

Al parecer, la respuesta había sido demasiado corta.

—Estábamos trabajando en diferentes lados —explicó, tratando de


expresarse de manera que lo entendería sin tener que decirle la verdad al respecto.
Era una línea fina en la que caminar, una que estaba seguro de que iba a echar a
peder—. Era tu trabajo tratar de llevarme a tu lado.

—¿Diferentes lados de qué? —preguntó ella—. ¿En qué trabajas, Luce?

—Nada ahora —dijo—. Yo fui, uh... despedido.

—Muy bien, ¿y qué hacías?

—Cuidaba.

Esa respuesta la hizo reír, de nuevo como si pensara que era una broma,
pero él había querido decir eso. Era una niñera glorificada en la fosa.

—Supervisaba los presos —dijo—. Y tú trabajabas para aquellos que hacen


su trabajo para mantener el mundo seguro, para asegurarse de que el mal se
mantenga bajo llave.

—Así que eras como, un guardia —dijo ella—. Y yo, ¿qué? ¿Una de las
autoridades?

—Uh… —Luce se rió de su explicación. No podría haber estado más en lo


cierto si lo intentara—. Básicamente.
—Interesante —dijo ella—. ¿Y yo te persuadí a nuestro lado?

—Discutible —dijo él—. Aportaste un fuerte argumento, sin embargo, lo que


es un testimonio de que yo esté aquí.

—Guau. —Ella comió un poco más en silencio, el ambiente entre ellos


cómodo. Luce solo la miró, sin interrumpir, sin decir nada. Eventualmente, ella
empujó un plato a un lado y se aclaró la garganta—. Sabes que nada de eso tiene
sentido para mí, ¿no? Todavía estoy igual de confundida.

—Sé que lo estás —dijo él en voz baja—. Si te sirve de consuelo, estoy


confundido, también.

—Está bien, nueva táctica —dijo ella, señalándolo con el tenedor—. Ya que
mi memoria está arruinada y dijiste que darías cualquier cosa por tener un borrón
y cuenta nueva, ¿por qué no empezamos por ahí?

—Bien.

—Bien, bueno. —Asintió firmemente—. Entonces dime algo.

—¿Qué?

—Cualquier cosa —dijo—. Sólo dime algo, lo que te gustaría que yo sepa de
ti... no importa lo que es. Estamos empezando desde cero.

—Uh... —Luce no estaba muy seguro de qué decir. Ella estaba tomando todo
esto con calma, mucho mejor de lo que esperaba que lo tomara.

—Voy a empezar —dijo ella después de un momento, regresando sus ojos


hacia su plato mientras movía algunas patatas con su tenedor—. Me encanta el olor
del pasto recién cortado, pero me hace estornudar.

Luce le sonrió, un poco sorprendido por la declaración sin sentido al azar,


pero no estaba sorprendido en absoluto por la información. Ella había estado
fascinada con el concepto de oler.
—Me encanta el aire fresco.

—¿Es por eso que pasas mucho tiempo fuera?

—¿Cómo sabes que hago eso?

—Porque yo paso mucho tiempo fuera, y te veo casi todos los días.

—Es una de las razones.

La otra es que él no tenía otro lugar en el que estar, pero mantuvo eso para sí
mismo por el momento.

—Bueno, como puedes ver, me encanta la comida —dijo ella señalando a sus
platos—. Cuando me desperté, me sentí como si no hubiera comido en una
eternidad. La gente siempre dice que la comida del hospital es horrible. Cuando se
enteran de que pasé semanas en el hospital, es lo primero que dicen, que la comida
debe haber sido horrible. Pero no pude obtener lo suficiente de ella.

—¿Qué se siente estar en el hospital? —preguntó Luce.

—Horrible —dijo ella—. Excepto por la comida, de todos modos. No pudieron


encontrar nada malo conmigo físicamente, así que dijeron que tenía que ser
psicológico, pero el psiquiatra dijo que no era un peligro para nadie, así que era
libre de irme.

—Así que te fuiste.

—Así que me fui —estuvo de acuerdo—, y aquí estoy.

Ella terminó de comer en silencio mientras la camarera regresaba con la


cuenta, dándole a Luce una mirada peculiar. Serah miró la cuenta y sacó algo de
dinero, lanzándolo sobre la mesa. Una sensación de hundimiento se instaló en la
boca del estómago de Luce. No había pensado en esto en absoluto. Sabía poco
sobre el uso del dinero, pero conocía costumbres humanas después de años de
observarlos desde la fosa.
Sabía que debía ofrecerse a pagar.

Él simplemente no estaba seguro de cómo hacerlo.

Antes de que pudiera tratar de materializar algo de dinero, u ofrecerse a


reembolsárselo o algo, Serah estaba levantándose de asiento.

—¿Listo?

—Seguro.

Luce se puso de pie mientras ella se pavoneaba delante de él en su camino a


la puerta. Dudando, Luce miró la manzana en su mano antes de llevarla lentamente
a los labios.

La mordió fuerte.

Era crujiente, con un fuerte tipo de sabor, intenso y dulce. Masticó por un
momento antes de tragar, encogiéndose de hombros mientras lanzaba la manzana
sobre la mesa, descartándola.

No estaba nada mal, pero sin duda no valía perder la cabeza.

Algo pasó esa tarde en el jardín.

Mientras Eva consumía la manzana, arrancando otra del Árbol del


Conocimiento para compartir con Adán, hubo un cambio en el aire. Un escalofrío
rodó por la columna de Lucifer, arrastrándose a través de su piel. Él se estremeció
por la sensación inesperada, parpadeando un par de veces, observando mientras
un enrojecimiento se deslizaba a lo largo de la piel desnuda de Eva. Era como si la
sangre se hubiera movido a la superficie, enrojeciéndola de un tono de rosa, una
sensación que sentía resonando en él.

Sentir.
—¿Qué has hecho?

La voz de su Padre sonó justo detrás de él, baja y desolada. Luce sonrió con
satisfacción, girando la cabeza, esperando ver la ira dirigida a Sus nuevos hijos por
desobedecer, pero Su atención estaba en el Arcángel en su lugar. Sus ojos estaban
llenos de dolor, el mismo tipo de dolor que Luce había visto en el rostro de Adán el
día en que había sido herido.

—Sus hijos —dijo Luce dijo—, han sido seducidos por el mal.

—Si fue el mal lo que los sedujo —preguntó Él—. ¿Qué te hace eso a ti?

La pregunta detuvo a Luce. Él se quedó mirando a su Padre mientras Él daba


la vuelta.

La Ira de Dios fue sentida por primera vez esa tarde. El cielo soleado estaba
inundado con oscuridad, la primera tormenta que descendía sobre la tierra. Luce
se quedó allí, todavía apoyado en el árbol, y observó cómo los humanos eran
castigados.

El dolor y la angustia fueron lanzados sobre ellos, condenándolos a luchar


por su desobediencia. Despojados de inocencia, sus corazones estaban ahora
corruptos, corazones que ya no ganarían una eternidad. Ellos desperdiciaron Su
regalo, dijo Él, así que se los estaba quitando. Ellos ya no vivirían para siempre.
Algún día, y pronto, sus corazones fallarían.

Lucifer sintió el más pequeño indicio de satisfacción cuando fueron


expulsados del jardín, estos nuevos mortales expulsados del Paraíso. No se podía
confiar en que no comieran del Árbol de la Vida, por temor a que tuvieran la idea
de tratar de robar su inmortalidad de nuevo. La inquietud continuó durante todo el
día, rayos parpadeantes y estruendosos truenos, lluvia cayendo en oleadas.
Cuando finalmente se apaciguó, con el ambiente en el jardín calmado, Lucifer y su
padre se habían quedado solos.

La ira se desvaneció, y cuando Él se giró hacia Lucifer, el Arcángel, una vez


más vio Su desolación.

—¿Por qué? —preguntó Él en voz baja—. ¿Por qué lo harías?


—Quería que viera que sus hijos no eran perfectos —dijo Lucifer—. Quería
que viera que podían ser corrompidos, que podían ser infectados por el mal.

—Lo vi —dijo Él, mirando directo a Lucifer—. Vi la corrupción. Vi el mal. Lo


vi todo, hijo mío, y empezó contigo.

—No es mucho —la voz de Serah era suave susurro cuando se apresuró a
recoger algunas cosas esparcidas de su sala de estar: una manta cubriendo el sofá,
un vaso vacío en el final de mesa, y un par de zapatos descartados en el suelo—.
Perdón por el desastre.

Lanzó una mirada nerviosa hacia la puerta principal. ¿Era un desastre? No


estaba segura. Sin duda había visto peores habitaciones en el motel.

Luce se quedó parado en la puerta abierta, bloqueando la luz del sol detrás de
él. Como si tuviera miedo de entrar más lejos. ¿Era un error? Estaba pensando que
podría serlo. Vio al hombre por la ciudad, siempre viéndola, y después de dos
extrañas conversaciones con él, lo invita a su casa.

Vino de buena gana, pero ahora que estaban aquí, lucía incómodo.

—Así que, uh, puedes entrar, si quieres —dijo, haciendo gestos con las
manos—. Siéntete como en casa.

Esbozó una sonrisa mientras cerraba la puerta detrás de él y entró en la sala


de estar. Sus botas recién adquiridas eran pesadas contra el piso de madera,
haciendo eco en las paredes vacías. Serah podía sentir su corazón latiendo más
fuerte junto con el sonido. Luce la miró por un momento, simplemente de pie
delante de ella.

—Esto es peligroso —dijo en voz baja, sus ojos parpadearon alrededor de la


habitación—. Debes de ser cuidadosa con quien invitas a tu casa.

—Lo soy —susurró—. Nunca lo he hecho antes… nadie nunca ha… ya sabes.
—¿Lo sabía?

Ni siquiera ella sabía.

No tenía familia; no tenía amigos.


No tenía a nadie para invitar al interior excepto por él.

¿Quién era él? ¿Qué era él de ella? Todo lo que ella tenía era un nombre y una
vaga historia, la mayoría de la cual no podía estar segura si era cierta. Pero tenía un
sentimiento inquebrantable sobre él, su instinto la tranquilizaba, atrayéndola hacia
él. Era un sentimiento simultáneo de seguridad al mismo tiempo que tenía sus
nervios desgastados.

Simplemente sus ojos ponían sus entrañas en llamas.

El azul lucía oscuro como la media noche en ese momento, un brillo en sus
ojos como si llevara todas las estrellas en su mirada. Tenía un sistema solar dentro
de él, un universo de secretos que Serah anhelaba explorar.

No estaba segura de por qué, o cómo, pero sentía como si hubiera estado ahí
antes. Cuanto más se acercaba a ella, el sentimiento más profundo se hacía.
Familiar… tan familiar.

Se sentía como parte de ella.

Piel de gallina recubrió su piel, desde la parte superior de su cabeza hasta la


punta de los dedos del pie. Olía como a menta con un toque de sulfuro, como si
alguien hubiera encendido un cerillo no hace mucho tiempo. Se detuvo justo en
frente de ella, inclinándose para mirarla fijamente a los ojos, su expresión
completamente seria.

Sus labios estaban a un simple aliento de distancia.

—Lo sientes, ¿verdad? —preguntó, su voz áspera, apenas un susurro—. Aun


lo sientes.

¿Qué? Quería preguntar, las palabras en la punta de la lengua, pero no


saldrían. ¿Qué es esto que estoy sintiendo entre nosotros?

El dorso de su mano rozó la mejilla enrojecida de ella, enviando chispas a


través de su pie. Su respiración cesó, su corazón perdió el ritmo con la sensación.
Tal vez era su imaginación, pero podía haber jurado que sus ojos se ennegrecieron,
un gruñido vibrando en su pecho.

—Puedo decir que lo haces —dijo, cada vez más cerca—. Puede que no
recuerdes, pero sigue ahí.

¿Qué es?

Anhelaba saber.
La nariz de Luce rozó la suya antes de que él inclinara la cabeza. Su corazón
se aceleró frenéticamente. Sus labios tocaron los de ella, apenas un beso, un roce
suave, pero encendió algo dentro de ella, reavivando una llama apagada.

Él profundizó el beso, gimiendo en su boca. Inhaló profundamente, destellos


de él la acosaron de la nada.

Un lago de aguas cristalinas. Risas. Un abrazo. Una mesa. Mármol agrietado.


Él encima de ella, dentro de ella, una y otra vez. Violento y cruel, apasionado y
fuera de control. Un destello de fuego. Una visión fugas de gritos. Ojos rojos
vibrantes mirándola fijamente.

Jadeando, Serah lo empujó, alejándose. Luce se congeló, mirándola con


incredulidad, mientras ella trataba de recuperar el aliento. Lo miró fijamente, su
cuerpo vibrando, una punzada de miedo fluyendo a través de ella.

La expresión de Luce se suavizó, sus ojos se derritieron en un azul helado, del


mismo tono que el lago. Había estado ahí… habían estado ahí.

—¿Qué fue eso?

Se quedó quieto por un momento, estoico, su voz vacilante.

—¿Por qué no me dices?

Recitó lo que vio: un lago, una mesa, llamas. Dijo que sus ojos habían sido rojo
sangre, escalofriantes cuando miraron en su dirección. Luce permaneció inmóvil,
sin reaccionar, esperando hasta que terminó.

Tan pronto como ella se calmó, dio un paso hacia ella, extendiendo la mano y
ahuecando su mejilla. Ella no se alejó, no se inmutó. Se inclinó hacia su toque
involuntariamente.

—Desearía poder decirte todo lo que quieres saber —dijo—, pero entonces
estaría perdido.

Parte de ella anhelaba decirle que no importaba, pero mantuvo eso para sí
misma. Luce se inclinó de nuevo, colocando un beso ligero en sus labios, y luego
otro, y otro, cada uno más suave que el primero.

Los ojos de Serah se cerraron.

Alejándose, a penas a unas cuantas pulgadas de sus labios susurró—: Me


tengo que ir.

Sintió una suave brisa, un cosquilleo a lo largo de su piel. Sus ojos se abrieron
de golpe, encontrando la habitación vacía.
Luce se había ido.

Estaba sola de nuevo.

—¿Tregua?

Lucifer miró al desaliñado guardián. Abaddon tenía ambas manos levantadas


en una burlona rendición, un gesto de entretención tirando de sus labios.

¿Tregua? No hay tregua. Nunca habría una tregua. No hay empate, o ganas o
pierdes. Había tenido tantos ángeles tirándole esa palabra hacia él solo para ser
desestimada con una risa, pero hoy Luce no encontraba nada divertido.

Había sentido la presencia de su viejo amigo afuera de la casa de Serah,


acechando alrededor en el vecindario. Luce lo había atrapado fuera de guardia,
arrinconándolo en la calle.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Luce.

—Curiosidad.

—Parece que últimamente estás lleno de eso.

—¿Qué puedo decir? —Se encogió de hombros sin comprometerse—. Es un


curioso mundo en el que existimos y no puedo evitar preguntar cuánto sabe Serah.
¿Se da cuenta que está viviendo junto a su hermano Celestial? ¿Tiene alguna idea?

—No —dijo Luce—. No recuerda nada.

—Excepto a ti —lo corrigió Abaddon—. Extrañamente te recuerda. Ese fue un


agradable espectáculo el que montaste aquí, por cierto. Dime algo, viejo amigo…
¿Sabe tan dulce como mortal como lo hacía siendo ángel? ¿O besarla solo era parte
de tu juego?

—¿Qué juego?

—El que sea que estás jugando.

—Ella no es parte de ningún juego —dijo Luce.

Abaddon asintió, bajando lentamente sus manos mientras caía su sonrisa.


—¿Entonces tu intento de jugar a la casita con un mortal es genuino? ¿Cuánto
tiempo crees que Él tolerará esto? ¿Sabes cuántos ángeles ha destruido tu hermano
en tu ausencia porque trataron de entrometerse? Demasiados. No puedes
mantenerla, Lucifer. Él no te va a dejar.

La piel de Luce hormigueó, el vello de sus brazos se levantándose ante el final


de esas palabras mientras el enojo que había tratado de controlar empezaba a
hervir dentro de él. Dejar ir a Serah era imposible. Había intentado y fallado e
intentado y fallado y no quería intentar de nuevo. No quería dejarla ir. No quería
perderla. Y había perdido suficiente.

Pero sabía cómo iban estas cosas.

Sabía cómo terminaban estas cosas.

—¿Qué quieres de mí, Abaddon? —La voz de Luce era baja y amenazante.
Había terminado esta conversación.

Abaddon caminó hacia adelante, más dentro de la calle donde estaba Luce.

—Sabes lo que quiero. Únetenos, hermano. Únete a mí. Juntos podemos


tomar el control y nadie nos dirá nada. Solo imagínatelo, poder tomar tus propias
decisiones, sin tener que vivir bajo las reglas de alguien más.

—Es un agradable sueño, pero eso es todo lo que es… un sueño. Intenté y
fallé.

—Es eso porque confiaste en la fuerza —dijo Abaddon—. Trataste de tomarlo


físicamente, pero tenemos otro plan, uno diferente que casi está garantizado que
funcione.

—¿Qué es?

—Vamos a involucrar a los humanos.

Luce solo lo miró. Ese no era un plan diferente. Lo había intentado una vez
con Eva.

—Sé lo que estás pensando —dijo Abaddon—. Estás pensando sobre lo que
sucedió en el Jardín del Eden, pero ahora es un mundo diferente. Sedujiste a un
humano. Yo hablo de seis billones.

—¿Y cómo exactamente planeas lograr eso?

—Vamos a mostrarnos ante ellos —sonrió Abaddon—. A todos ellos.


Abaddon deliberadamente dejó caer su guarda y dejó que sus pensamientos
fluyeran para que Lucifer observara. Una horda de ángeles, la mayoría Poderes o
Guadianes, viniendo juntos a tomar el control de la tierra. Iban a levantarse y
anunciar su existencia. Destelló a través de la mente de Luce, espectáculos
públicos, con periódicos y cámaras de televisión, llevando a baños de sangre y
levantamientos entre los mortales, la muerte y la destrucción abarcando el planeta.
La ola de devastación se movería demasiado rápido, se expandiría demasiado lejos,
para que su Padre lo limpiara con el ondeo de una mano. Había ocultado el
desorden de un ángel con rapidez para evitar que fuera descubierto, pero estaba
en contra de su naturaleza intervenir cuando se trataba del libre albedrío. Los
ángeles capitalizarían el caos y el frente y centro en el plan de Abaddon era Lucifer.

Lucifer, el líder, de pie en el medio de todo y observando mientras el mundo


colapsaba a su alrededor.

—Parece que tienes todo resuelto —dijo Luce—. ¿Para qué me necesitas?

—Estos humanos, la mayoría de ellos no me conoce... tampoco conocen a


Hagith o Morael o Nanael. ¿Pero a ti? Todos te conocen. Lucifer es un nombre que
aprenden durante su infancia. Satán… el demonio proverbial… imagina su reacción
si supieran que caminaba en la tierra. Imagina si supieran que te mezclabas entre
ellos. Soy cercano a los humanos, así que conozco sus corazones. La mitad de ellos
ya ni siquiera creen en Dios, pero se preocupan que puedan estar equivocados, no
porque teman a nuestro Padre sino porque te temen a ti. Temen que existas.
Imagina si supieran.

Un cosquilleo emocionado trepó por la columna de Luce. Exactamente,


¿cuántas veces durante su estancia en el hoyo había soñaba justo con eso? Era todo
lo que siempre había querido... era fue, hasta el día que la deseó a ella.

En el corto tiempo desde que Serah había aparecido ante las puertas, las
prioridades de Luce habían cambiado. No estaba seguro cuándo sucedió, o siquiera
por qué, pero finalmente su pelea contra el mundo se convirtió en una pelea por un
alma, un alma que casi fue condenada por él. Nunca había sentido arrepentimiento
antes… cualquier de los ángeles que había caído con él o después de él, lo había
hecho por elección propia, lo habían hecho por sus propias acciones, cosas en que
habían metido por voluntad propia. Todos ellos, excepto Serah. Él le había robado
su Gracia, arrojándola en esta otra vida y ahora estaba contemplando también
quitarle este mundo.

Su tendencia al egoísmo, su inclinación por la avaricia, lo instaba a comprar el


gran plan de su viejo amigo, pero algo más lo detenía.

Algo que irritantemente se sentía como compasión.


Algo que se parecía mucho a la lealtad.

Algo como la simpatía.

Y empatía.

Era consideración.

Maldita bondad.

¿Quién sabía que la tenía?

—Gracias —dijo Luce—, pero no gracias.

La expresión de Abaddon cayó, sus ojos oscureciéndose. Esa no había sido la


respuesta que había esperado. No era la respuesta que había querido.

—¿Te estás negando?

—Declinando educadamente —clarificó Luce mientras una explosión de


enojo fluía a través de él. Podía sentir la punta de sus dedos cosquilleando,
desesperados por eliminarlo, el cielo sobre ellos oscureciéndose con una repentina
nube cubriendo mientras una ráfaga de viento soplaba entre ellos—. Era una
proposición, ¿cierto? ¿Una oferta? No estás tan sobreconfiado como para que
realmente hayas intentado exigirme algo, ¿cierto? Porque no respondo ante nadie,
guardián… ni tú, ni Michael, ni siquiera a Él.

Era una oferta —dijo Abaddon bruscamente—. Una que no entiendo por qué
no aceptarías.

—Porque no seré el peón de nadie —dijo Luce—. He dejado eso en claro


desde el principio de los tiempos. Puedes presentarlo bonito, pero no soy tonto.
Quieres una cara para tu campaña, un chivo expiatorio para tomar el castigo de
arriba y quién mejor que el villano más grande de todos, ¿cierto? ¿Quién mejor que
Satán para recibirlo? Pero he terminado… he terminado peleando una batalla
perdida para controlar este planeta de mierda que ya ni siquiera quiero. Quiero el
Paraíso, pero mira a tu alrededor, Don. El Paraíso se ha ido.

Los ojos de Abaddon se estrecharon.

—Te imploro que cambies de idea mientras todavía puedes.

—¿Mientras todavía puedo? ¿Es eso una amenaza?

—Solo una sugerencia —dijo Abaddon—. El mundo está cambiando, Lucifer,


y pronto. Cuando las fichas caigan, querrás que los tuyos estén del lado ganador,
especialmente si quieres que ella permanezca a salvo.
Luce caminó hacia él, quedando cara a cara.

—Y yo tengo una sugerencia para ti.

—¿Qué?

—Ten cuidado con lo que digas —dijo Luce—. Estás lleno de promesas vacías
y uno de estos días, podría finalmente decidir cóbratelas. Cuando lo haga, tendrás
un infernal montón que expiar. Así que no te hundas mucho porque puede que
nunca despegues del suelo de nuevo.

—¡Uf! El gemido parecía hacer eco a través de los patios—. ¿En serio?

Serah miró hacia la casa del lado hacia la fuente de la voz, estaba
plantando flores en la explanada junto a su pequeño porche. Al lado de un buzón
una mujer embarazada se tomaba el estómago mientras trataba de recoger
algunos sobres que habían caído al suelo.

Serah se encamino en su dirección sin pensarlo dos veces. Ágilmente se


agachó y recogió los sobres caídos, entregándoselos en la mano a ella.

—Aquí tienes.

—Muchas gracias —dijo la mujer tomando los sobres—. Eres un regalo del
cielo.

Serah sonrió ante eso.

—Soy Samantha —dijo la mujer—. Tu debe ser la nueva vecina con quien
mi hija se entretiene por ahí.

—Serah. Ella extendió la mano, sonriendo mientras utiliza el nombre que


Luce le había dicho. Se sentía normal, le gustaba el nuevo nombre que le había
dado un poco de identidad nuevamente—. Su hija es una niña dulce. Trató de
ayudarme cuando pensó que estaba perdida.

—Sí, eso suena como Nicki. —Samantha le estrechó la mano, sonriendo—.


Quieres venir a tomar algo?

— ¡Oh, no, no quiero importunar!

—Tú no importunas.

—Si está segura...


—Lo estoy —dijo ella, segura—.Daría cualquier cosa por un poco de
conversación de adultos.

—Bueno, está bien entonces —dijo Serah—. Eso suena muy bien.

Tan pronto como Serah entró en la pequeña casa, sintió una sensación
extraña dentro de ella, se sentía relajada. Era como si hubiera estado aquí antes.

—Toma asiento, dijo Samantha, señalando hacia la mesa redonda de la


pequeña cocina. Serah se deslizó en una silla, Samantha sacó una botella de vino de
la nevera y dos copas. No eran lujosas, las copas eran de plástico desechable, el
vino era de supermercado, la etiqueta de precio todavía estaba pegada a la botella.

Samantha saco fácilmente el corcho de la botella y sirvió una copa completa


y sólo un poquito en la otra. Deslizo la casi completa hacia Serah.

—Lo sé, lo sé —dijo Samantha inmediatamente—. Se supone que las


mujeres embarazadas no beben, y yo no... no he tomado desde que me enteré de lo
que esperaba. Pero después de hoy, necesito un trago... sólo un poco... algo.

Serah sonrió con tristeza—. ¿Mal día?

—Eso es un eufemismo —dijo ella, dejándose caer en la silla justo enfrente


de Sera. De cerca parecía agotada, pero de todos modos una cálida sonrisa
adornaba sus labios—. Estoy tan cansada, no puedo dormir, ni siquiera tengo
suficiente energía para hacerme cargo de Nicki, y mi marido llamado esta mañana
para decir que le cambiaron a un turnos de doce horas. Lo cual es genial, ya sabes,
porque necesitamos el dinero, pero me encantaría tenerlo a mi alrededor un poco
más.

—Estoy segura de que le encantaría estar contigo más tiempo también


—dijo Serah; las palabras salieron de su boca sin pensar mientras levantaba la
copa y la olía. Olía como uvas agrias. Nunca había bebido vino antes.

—Sí, sé que si —Samantha estuvo de acuerdo, tomando un trago. Cerró los


ojos inclinando la cabeza hacia atrás, ella mantuvo el vino en su boca por un
momento antes de escupirlo de nuevo en la copa. Sonrió tímidamente, empujó la
copa a un lado antes de continuar. —Nicholas, mi marido, trabaja duro, y por
mucho que aprecio todo lo que hace, todo lo que puedo sentir en estos días es lo
que no hace. Maternidad, tareas domésticas, trabajar en el jardín... Voy a estar
nadando a través de la hierba alta en poco tiempo para conseguir el fajo de cuentas
del buzón. Braceando, por supuesto, gracias a éste.

Samantha se frotó el estómago sobre su camisa.

—¿Cuántos meses tienes?— preguntó Serah con curiosidad.


—Ocho meses —dijo—. Él debe nacer en cuatro semanas.

— ¿Él?

—Sí, un niño —dijo ella—. Samuel.

El sonido de ese nombre golpeó a Serah como una tonelada de ladrillos.


Sentía su interior como si estuvieran en llamas, un calor extendiendo a través de
ella.

—Samuel —susurró. No podía ubicarlo, pero ese nombre se sentía tan


familiar como el suyo cuando lo escuchó por primera vez.

—Fue una sorpresa —continuó Samantha—. No íbamos a tener bebes nunca


más después de Nicki, pero supongo que Dios tenía otros planes para nosotros. En
todo caso háblame de ti, vecina.

Serah se quedó callada por un momento, mirando hacia abajo el líquido un


color carmesí dentro de la copa.

—Me temo que no hay mucho que contar.

Serah contó lo que pudo, dando una versión resumida de sí misma. Unas
pocas frases breves para resumir toda una vida en el olvido.

—Wow, eso es... Wow. —Samantha la miró estupefacta—. ¿No te acuerdas


de nada antes de la gran tormenta?

—Nada —respondió Serah, pero un cosquilleo en su interior le dijo que no


estaba diciendo la verdad. Imágenes destellaron en su mente, las mismas
imágenes que la había asaltado cuando Luce la besó en su sala de estar. Habían
pasado apenas hace unos días, su ausencia se sentía como una píldora difícil de
tragar y no había aparecido.

Ella todavía estaba cuestionando su cordura.

—Pobre de ti. —Samantha se acercó tomando la mano de Serah, el contacto


envió una descarga de energía a través de ella que acelero su corazón. Era como si
el pecho le reventara—. No puedo imaginar lo que debe ser.

Antes que Serah pudiera responder, un grito hizo eco de una habitación del
fondo, pequeños pasos se sintieron por el pasillo. Serah miro cuando Nicki entró
corriendo a la cocina, sosteniendo un cuaderno. La niña estaba divagando algo
acerca de un dibujo, se quedó inmóvil con los ojos como platos al ver a Serah
sentada allí.
— ¡Hey! —dijo con entusiasmo, zigzagueando la derecha más allá de su
madre para correr junto a Serah—. ¡Justo te dibujé!

Serah se tensó cuando Samantha soltó una carcajada. Nicki de un saltó se


dejó caer en la silla al lado Serah, colocando su cuaderno de un golpe en la mesa
delante de ellas. Serah echó un vistazo a la imagen, uniéndose a Samantha en la
risa por lo que vio: una mujer, con un vestido largo de color canela, con una
mancha verde en sus manos.

—Es una rana —exclamó Nicki, señalándolo con el dedo—. ¿Todavía no


encuentras el tuyo?

—No sabía que lo tuviera —dijo Serah vacilante.

—Que pena —dijo Nicki encogiéndose de hombros casualmente—. Tal vez


lo harás hoy.

La niña salió corriendo hacia la puerta mientras le gritaba a su madre que


iba a jugar afuera. Samantha le gritó que se atara los zapatos, que tuviera cuidado
y algo acerca de la seguridad, pero Nicki salió por la puerta sin escuchar un poco
siquiera. Gimiendo, Samantha empujó su silla hacia atrás y se puso de pie.

—Me gustaría tener la mitad de su energía.

—Por suerte yo la tengo —dijo Serah, poniéndose de pie—. Permítame


—Samantha la miró como si quisiera discutir, pero se encogió de hombros,
sentándose de nuevo en la silla. Serah se dirigió al patio delantero en búsqueda de
Nicki, la hierba casi llegaba a su pequeña cintura. Serah ayudó a la niña a atar sus
zapatos y transmitió los mensajes de su madre antes de volver al interior. Volvió a
tomar asiento en la mesa, recogiendo la copa aún intacta de vino, mientras
Samantha la miraba con curiosidad.

—¿Ella discutió contigo?

No.

—¿Te escuchó?

—Sí.

Una sonrisa afloro en los labios de Samantha—. Serah, creo que tú y yo


vamos a ser grandes amigas.

Serah sonrió ligeramente mientras llevaba la copa a los labios tomando


tímidamente un pequeño sorbo de vino. Era amargo, y sintió un poco de calor, pero
bajó suavemente. Serah dejo de nuevo la copa, mirando su interior antes de tomar
otro sorbo.

Tres sorbos más tarde, sintió su cuerpo hormiguear.

Otros cuatro y sentía como si estuviera flotando por encima de la silla.

Las dos conversaron sentadas frente a la mesa de la cocina hasta tarde.


Serah bebió el vino y escuchó felizmente mientras Samantha desahogaba sus
frustraciones. Afuera cayó la noche, Nicki estaba sentada con ellas ahora,
coloreando con satisfacción. Ambas mujeres se relajaron, parecía que el peso de los
hombros de Samantha había desaparecido, mientras que Serah estaba
completamente entusiasmada.

Todos los mortales poseen el pecado dentro de ellos.

En algunos, es apenas visibles, pequeñas gotas de depravación que nunca


flotan a la superficie, permaneciendo enterradas profundamente dentro del
cuerpo. Otros usan sus pecados como tatuajes en la piel, signos que
descuidadamente muestran a cualquiera que se acerque.

Luce se había encontrado con todos ellos, con egoístas principalmente llenos
de avaricia, perezosos repletos hasta el borde con la pereza, la envidia alimentada
por la ira, el celoso consumido por la envidia, el engreído con su inflado orgullo y
los glotones con su consentimiento excesivo, pero él siempre había sido atraído
por la lujuria. Recubierto por feromonas como un embriagador perfume. En el
pasado rara vez se resistió a la fragancia. Se ahogaba a sí mismo en ella, a veces sin
salir a tomar aire por días... semanas... meses.

Años.

Había caminado hasta estar embriagado de pecado, cubriéndose con todo


los más mortífero, con los ojos como brasas ardientes y su piel palpitado. En la
consecuencia, se sentiría como ese ser indestructible, el malvado monstruo que el
mundo hizo de él. No pensaba dos veces en aquellos que él destruía en un
arranque de ira, las almas que habían desintegrado, las torturas que había infligido.

Él era un drogadicto, así de simple...

Y él no lo había probado en meses.


Luce se paró frente a la casa de Serah. Todas las luces de adentro estaban
apagadas, nadie estaba en casa, pero podía sentir su esencia fuertemente al lado.
Era una concentración poderosa, zumbando como un motor, la vibración que Luce
podía sentir era tan intensa que hacía temblar el suelo bajo sus pies. Su energía aún
zumbaba en una frecuencia superior a todos las demás, y esta noche, era ruidosa.

Era prácticamente un gritó.

Había estado a medio mundo de distancia, en otro continente, en el antiguo


castillo donde los demonios todavía acudían, pasando su tiempo sentado en el
trono y jugueteando con su cuchillo. Había enviado a sus secuaces a vigilar
Abaddon, y que le informaran cada pocas horas lo que estaba haciendo.

Nada.

Él no estaba haciendo una mierda.

Sin embargo, Luce no era un idiota. El ángel estaba esperando el momento


oportuno antes de que ejecutar su plan. Luce estaba esperando a su viejo amigo
para poner las cosas en movimiento, pero no quería la pelea que obtendría en
cualquier lugar cerca de ella.

Así que se mantuvo a distancia, pero no duró mucho, porque sentía la


atracción a más de tres mil kilómetros de distancia. Había recorrido de aquí para
allá, incapaz de ignorarlo, y la concentración del pecado casi lo golpeó en el culo.

La lujuria.

Había pasado pequeñas dosis a ella cuando era un ángel. Él las había sentido
entonces. Se había acumulado en ellos. ¿Pero esto? Esto no se comparaba con nada
de lo que había sentido en ella antes.

Luce se quedó quieto, mirando como Serah salía de la casa del vecino y
pasaba por el patio hacia el de ella. Tenía un andar ligero, pero un tanto inestable,
estaba zigzagueando mientras caminaba a lo largo. Levantó la vista jadeando
cuando se acercó al porche deteniéndose abruptamente—. Luce.

Su nombre era un susurro. Su aliento olía a vino. Tenía las mejillas


sonrojadas por la embriaguez, una ola de deseo lo golpeó con fuerza. Su propio
cuerpo comenzó a zumbar, perdió la capacidad de respirar cuando sintió su aroma.
No tenía que verse a sí mismo para saber que sus ojos se oscurecían, la pureza
drenándose de él. Podía sentir las llamas encenderse bajo su piel, y su
temperatura aumentando constantemente.

Los pecadores se ponen calientes porque están destinados a arder.


Es la forma del Infierno de llamarlos a casa.

—Serah —dijo en voz baja y tensa mientras se dirigía a ella.

—Luce —dijo de nuevo. —No te había visto.

—No he estado alrededor.

Esto era lo más largo que Luce podía mantenerse al margen de ella en
meses.

—Lo sé. Te fuiste.

—Lo hice.

—Pero estás aquí —dijo dando un paso hacia él—. Estás aquí ahora.

—Lo estoy.

Lo miró, su respiración era inestable. Tenía una docena de preguntas, su


boca se abría y cerraba mientras luchaba para formarlas. Sin embargo, permaneció
en silencio. Las palabras no salían.

Con cuidado, Luce se acercó, rozando sus dedos por la mejilla enrojecida,
sintió una sensación de calor bajo su piel. Tocarla era peligroso. La solución estaba
justo en frente de él, brillando como un faro, que lo llamaba. Él podía saciar su
necesidad y purgar la acumulación, llamando a la lujuria de ella mientras le daba la
bienvenida. Y ella lo haría. La podía sentir más fuerte en ese momento de lo que
nunca lo sintió.

Luce empezó a hablar pero fue acallado cuando Serah se puso de puntillas,
junto sus labios contra los suyos. En el momento en que se conectaron, todos los
pensamientos desaparecieron de su mente bloqueándose, sin sentir nada, sin ver
nada, excepto a ella.

Una energía surgió dentro de él. Tomo firmemente a Serah arrastrándola


adentro, sin romper el beso. La guió a través de la casa, la frustración se mezclaba
con una poderosa sensación. Era tan condenadamente difícil no ser capaz de
trasladarse a ninguna parte.

Encontró el dormitorio y fácilmente la levantó por las caderas, tirándola en


la pequeña cama, en la parte superior de las frescas y claras sábanas. Su vestido se
ciñó en torno a sus caderas mientras se acomodaba entre sus piernas, besándola
profundamente, saboreando el vino en sus labios.

Sus manos recorrían su cuerpo, acariciando a tientas su piel. Se empujó


contra ella, la ropa todavía los separaba, pero la fricción fue suficiente para
empujar a Serah sobre el borde. Ella gimió en su boca, sus suspiros se convirtieron
en gritos que fueron con un festín para Luce, hambriento devoraba cada gemido
mientras empujaba y empujaba. Casi la tiró de la cama por la fuerza de sus
empujes, la cabecera golpeaba contra la pared mientras él la cogió con la ropa
puesta, ni una vez rompiendo el beso.

Era suficientemente... sólo lo suficiente... para que él consiguiera un gusto,


para darle lo que ella anhelaba, pero no era lo que Luce realmente ansiaba. La
quería a ella. Toda. La lujuria no era suficiente. Quería sacarle todo y disfrutar de
ella.

Empujó con más fuerza y con más fuerza, sintiendo su cuerpo debajo de él
mientras ella empezaba a correrse. Gritó su nombre, la temblorosa exclamación de
placer saliendo de ella y fluyendo a través de él. Su cuerpo se iluminó desde el
interior, hormigueando de pies a cabeza, mientras un repentino e inesperado
trueno retumbaba, relámpagos justo fuera de la ventana.

Él inclinó la cabeza hacia atrás, absorbiéndolo todo.

—Oh, Dios —gimió Serah. La mano de Luce se envolvió alrededor de su boca,


sofocando las palabras. Sus ojos se abrieron de golpe, sobresaltados, cuando él la
miró.

—Ten cuidado con quién invocas —dijo en voz baja, su cuerpo frotándose
contra el de ella, montándola a través del orgasmo, mientras la miraba a los ojos.
Podía ver su reflejo allí, todo negro. Por lo menos no eran rojo. Rojo sería
aterrorizada, pero ahora ella sólo lo miraba intrigada.

Él apartó la mano justo cuando su voz sonó.

—Tus ojos son tan oscuros... y tu piel está ardiendo Me siento como... me
siento como si estuviera vibrando. Como si mi alma estuviera vibrando por tu
toque.

Lo está, pensó Lucifer. La lujuria todavía se aferraba a ella, rondándolos a


ambos, pero él había desviado la mayor parte.

Sin responder, sus manos le tomaron el rostro. Él la besó de nuevo,


profundamente, mientras su cuerpo comenzaba a relajarse en la cama.

—Estás durmiendo —susurró contra sus labios—. Estás soñando, ángel. Esto
no sucedió.

Echándose atrás, él se cernió sobre ella y la miró a los ojos. Ella le sostuvo la
mirada por un momento mientras pasaba sus dedos por su frente.
Sus ojos se cerraron.

Fuera de combate por la noche.

Tensión sofocaba la sala del trono.

Michael nunca había sentido tanta asfixia antes, su pecho apretado mientras
sus pulmones necesitaban el aire que no podía respirar. Agarró la empuñadura de
su espada firmemente con ambas manos, la punta de la misma apoyada en el suelo.

No podía moverse, ni hablar. No podía hacer nada. Él estaba congelado. Él


había sido esculpido en piedra.

En el interior, se sentía como si se estuviera desmoronando.

—Te lo advertí —dijo su padre suavemente.

Michael bajó la cabeza y cerró los ojos.

—Lo sé.

La sala del trono había estado transmitiendo imágenes de Satanás por meses.
Mostrándolo como una larga, película sin fin, día tras día. Los mismos valores, el
mismo elenco. Michael evitaba la mayoría de ello, pero la curiosidad había podido
más que él hoy. Serah había sucumbido a las tentaciones mortales, y Satanás la
había conducido derecho a ello.

Por supuesto. Incluso Michael había sentido la atracción, la atracción del


pecado desde tan lejos. Serah no estaba acostumbrada a las emociones humanas.
Cuando el interruptor se movió dentro de ella, fue extremo.

Michael se había quedado plantado en el cielo, sin embargo, y a pesar de las


advertencias de su padre, lo había visto suceder. Michael quería testimoniar el mal,
pero lo que había visto era un espectáculo completamente diferente. Satanás lo
había purgado de ella, deleitándose en el propio pecado, pero la había dejado
intacta después.

Él no hacía más que poner en entredicho su alma.

—¿Es porque ella es mortal ahora? —preguntó Michael en voz baja—. ¿Es
por eso que ella responde a él así?
En todo el tiempo que habían estado juntos, Michael nunca había visto Serah
tan desinhibida, tan apasionada. Nunca había oído esos gritos de placer.

—En parte —respondió—. Es la combinación de ellos dos juntos, hijo. Lucifer


es ácido sulfúrico, a veces peligroso, pero aun así valioso. Serah, por el contrario, es
agua, apacible y pura. Mezclados, los dos están bien, siempre y cuando se
introduzca el ácido poco a poco. Al revés, dirigiría hacia la destrucción. Volcar agua
directamente en el ácido y muy bien podría explotar.

Hecho probado, en la superficie, pero Michael tenía dificultades para


aceptarlo.

¿Por qué ellos? ¿Por qué no él?

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

—Sabes por qué —dijo él, fácilmente leyendo los pensamientos de Michael—.
Estaba destinado.

—¿Por cuánto tiempo?

¿Se suponía siempre que sería así? Durante todo el tiempo que había estado
con Serah, ¿había sabido él que esto iba a suceder? ¿Había planeado esto?

—Estaba escrito en las estrellas el día que Lucifer cayó —dijo—. Ella estaba
destinada a salvarlo de sí mismo.

—¿Lo ha hecho? —preguntó Michael—. ¿Lo ha salvado?

Su padre ladeó la cabeza a un lado, mirando fijamente la proyección de


Lucifer. Él había caminado solo de la casa de Serah mientras ella dormía
plácidamente en la cama.

—No estoy seguro.

La vacilación en la voz de su padre desconcertó a Michael. Esa era la segunda


vez que había vacilado, la segunda vez que parecía no saber.

—¿Cómo puedes no estar seguro? Lo sabes todo. Los ves todo.

—Lo hago.

—Entonces debes ver su futuro.

—Lo hago —dijo—. Pero Lucifer posee algo impredecible.

—¿Qué?
—Libre albedrio.

Michael se quedó atónito. ¿Libre albedrío?

—Él es uno en una clase —dijo—. Camina libre, controlando su propio


destino, pero aun así no se conoce a sí mismo. Su mente no está lista. Cambia cada
pocos segundos, alterando el futuro de maneras muy diferentes.

Michael se volvió a su Padre.

—¿Por qué no puedo verlo? —Se esforzó por hacerlo, tratando de percibir el
futuro como lo hacía con los mortales, pero no había nada. Se movió, tratando de
sentir a Serah, pero ella, también, estaba en blanco—. No puedo verla a ella,
tampoco.

—Los he ocultado de ti —dijo.

¿Por qué?, se preguntó Michael, pero su padre no respondió a su pregunta. No


esta vez. Observaron la imagen de Satanás por un momento más antes de que el
ángel caído se transportara lejos. Su padre hizo un gesto con la mano, disolviendo
la imagen.

—¿Si ella no lo salva? —preguntó Michael—. ¿Y si se toma la decisión


equivocada?

—Entonces todo el mundo perderá —respondió—. Especialmente ellos.

Era la mitad de la tarde de un martes. Samantha Lauer se sentaba en su mesa


de la cocina, con los pies apoyados en la silla al lado de ella, descalza y vistiendo un
pijama harapiento. Sus tobillos estaban hinchados, su espalda le dolía, y ella daría
su teta izquierda para que la acidez estomacal se fuera.

Serah sabía todo esto porque estaba sentada justo enfrente de su nueva
amiga, escuchándola hablar. El final del verano estaba sobre ellas. Habían pasado
las últimas semanas conociéndose una a otra, pasando el rato en la tarde antes de
que Serah fuera a trabajar durante el turno nocturno en el motel.

Las ventanas estaban abiertas, una cálida brisa flotando a través de la


habitación. El sudor se acumulaba en la frente de Serah, cayendo a lo largo de su
nuca y corriendo por su espalda.
—Uf, este chico —gimió Samantha, agarrándose el estómago mientras se
levantaba—. Uno pensaría que daré a luz a Charlie Watts por la forma en que mi
vejiga tiembla durante todo el día.

Serah se rió, terminando el resto de su vaso de limonada mientras Samantha


deambulaba por el pasillo hasta el cuarto de baño por quinta vez en una hora.
Serah se puso de pie, llevando su taza vacía al fregadero, cuando la puerta principal
de la casa se abrió. Miró como el marido de Samantha, Nicholas, entraba. Él empezó
a hablar, pero se calló cuando la miró y vio que no era su esposa la que estaba
parada allí.

—Oh, hey —dijo, asintiendo cortésmente.

Serah sonrió.

—Hola.

Ella no tenía mucho contacto con Nicholas, no más que un par de encuentros
de pasada con él cuando estaba en casa, pero él parecía un buen hombre.

—¿Dónde está Sam? —preguntó, levantando una ceja, una punzada de


preocupación en su voz—. ¿Está ella…?

—Relájate —dijo Samantha, volviendo a la cocina—. Estoy aquí. ¿Qué estás


haciendo en casa?

—Pensé en comprobar cómo estabas —dijo—, así que vine a casa a comer.

Samantha besó a su marido antes de ir a la nevera.

—Estoy bien. Ahora siéntate y haré algo.

Serah tomó eso como su señal para irse, haciendo caso omiso de sus
declaraciones de que ella debía quedarse y por lo menos comer un sándwich.
Atravesó la hierba alta hasta su casa y se dirigió al cuarto de baño, despojándose de
su ropa para tomar una ducha fría.

Ubicándose bajo la ducha, se quedó allí, dejando que el agua de la lluvia


cayera sobre ella, limpiando su piel fría y húmeda. Sus ojos se cerraron, pero se
abrieron de nuevo en cuestión de segundos cuando un estruendo hizo eco a través
de la casa.

Alguien estaba llamando a la puerta.

Suspirando, Serah cerró el agua, cortando su ducha mientras el estruendo


resonaba en la casa una vez más. Al salir, cogió una toalla y la envolvió alrededor
de sí misma, abriendo la puerta del baño. En el momento en que lo hizo, casi se
topó con alguien. Jadeando, agarró su pecho, casi perdiendo la toalla mientras
retrocedía.

Luce.

Él estaba dentro de su casa, de pie en el pasillo justo fuera de la puerta del


baño.

—¡Jesús!

—No, soy yo —dijo él—. En absoluto Jesús.

Serah rodó los ojos, apretando la toalla.

—¿Eras tú?

—¿Era yo quién?

—El de los golpes.

Él no tuvo que responder, pues el estruendo resonó una vez más. Los ojos de
Serah se lanzaron pasando a Luce, parado en la puerta, frunciendo el ceño. Estaba
claro que no había sido él. Tenía media docena de preguntas, como de dónde ha
salido, donde había estado, y cómo en el mundo había terminado en su casa, pero
el frenético golpeteo la distrajo.

—No —dijo Luce, echando una mirada a la puerta—. No lo era.

Serah pasó junto a él, en dirección a la puerta, y con cuidado la abrió.


Nicholas se paraba al otro lado, sus ojos llenos de pánico.

—¿Nicholas? ¿Qué pasa?

—No me gusta hacer esto... odio pedirte esto. Sé que casi no se conocen, pero
a mi esposa realmente le gustas, y también a mi hija. Así que me preguntaba si
podrías hacerme un favor, ¿hay alguna manera de que puedas cuidar de Nicki esta
tarde por nosotros?

—Uh, seguro —dijo Serah—. No hay problema.

—Ella está en el campamento de día. El autobús la dejará en


aproximadamente una hora. Si pudieras simplemente cuidarla un poco, estaríamos
eternamente agradecidos.

—Por supuesto.

—Podemos pagarte —continuó.


—Tonterías —dijo—. Será un placer.

—Gracias. —Alivio tiñó su voz—. En verdad, gracias.

—Claro.

Nicholas comenzó a salir corriendo cuando Serah le gritó.

—Espera —dijo ella—. ¿Sucede algo?

Volvió la vista hacia ella, su expresión iluminada, tragándose el miedo.

—Sam acaba de romper fuente. ¡Vamos a tener un bebé!

Una sonrisa adornó los labios de Serah mientras observaba a Nicholas correr
al lado. Ella estaba en la puerta, mirando fijamente hacia la calle, hasta que la voz
detrás suyo la sobresaltó de su aturdimiento.

—Es un poco indecente, ¿no te parece?

Se dio la vuelta, mirando a Luce desde unos pocos metros de distancia.

—¿Qué cosa?

—Tú —dijo—. Vistiendo eso, en ese lugar y justo ahora.

Mirando hacia abajo, Serah sintió que sus mejillas se ruborizaban mientras
rápidamente cerraba la puerta principal.

—¿Dónde siquiera estabas?

—Larga respuesta.

—¿Cómo llegaste aquí?

—No estoy seguro de que quieras saber.

Ella lo miró vacilante mientras seguía evadiendo el contestar sus preguntas.

—No recuerdo haberte invitado a entrar.

—Oh, pero lo hiciste —dijo—. Hace semanas.

—Eso no cuenta.

—¿Por qué no?

—Porque eso fue entonces y esto es ahora.


Luce se limitó a mirarla. Serah podía sentir su rubor profundizarse aún más
ante su intensa mirada y paró de moverse un poco, apretando su control alrededor
de la toalla para mantenerse oculta. Fingió molestia por su compañía,
pretendiendo estar fastidiada por su presencia, pero la verdad se sentía a gusto
con que él estuviera en su casa. Estaba sorprendida, pero en absoluto perturbada.

Aunque debería haberlo estado.

Debería haberle molestado. Asustado.

No había nada normal en la situación, nada seguro en estas circunstancias,


pero al parecer no podía obligarse a estar preocupada.

Se sentía natural, como si él hubiera estado allí todo el tiempo.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó Luce mientras caminaba hacia él.

—No —susurró ella, dando un paso a su alrededor—. No quiero.

Lucifer miró con dureza a las cartas hechas jirones en su mano. Los bordes
tenían huellas y el blanco estaba teñido de un tono gris sucio. Habían visto mucho
juego con el tiempo, y definitivamente necesitaba una nueva baraja, pero tenía
apego a estas.

Eran con las que Serah había jugado con él en la fosa.

La baraja había estado en miles de partidas de Guerra, había visto cientos de


rondas del Solitario, pero ninguna había sido tan agotadora como la batalla que
veía ahora.

—¿Tenes seises?

Los ojos de Lucifer se mantuvieron fijados en sus manos.

—Tenes seises —repitió, murmurando la palabra con error gramátical en


voz baja.

—Sí. —Su voz sonaba seria… muy, muy seria—. ¿Tenes?

Luce miró a los dos seises en su mano durante un segundo antes de que su
mirada se moviera por encima de sus cartas, encontrándose con un par de ojos
marrones muy abiertos. Nicki Barlow. La niña le miraba, esperando tan
pacientemente como podía hacerlo una niña de nueve años.
Pesca. Esas palabras estaban en la punta de su lengua. Cualquier otra
persona, y las habría dicho. Cualquier otra persona, y habría mentido. Pero ella lo
miraba con el mismo tipo de reverencia que Lucifer una vez sintió hacia su padre.
Confiaba en él implícitamente para que dijera la verdad.

A regañadientes, Luce sacó los dos seises y se los entregó. Chillando con
entusiasmo, Nicki formó un libro, poniendo todos los seises frente a ella. Estaba
ganando, dos a uno.

—¿Tenes alguna reina? —preguntó, otra vez.

Luce no tenía que mirar su mano.

—Pesca.

Nicki tomó una carta de la pila.

—Dame tus reyes —dijo Luce.

Nicki ni siquiera lo pensó antes de decir:

—Pesca.

Luce tomó una carta de la pila y estaba acomodándola en su mano cuando


ella habló:

—¿Tenes reyes?

Luce se congeló, ninguna parte de él se movía excepto sus ojos cuando se


dispararon hacia ella.

—¿Qué acabas de pedir?

—Reyes.

—Eso es lo que yo he pedido —dijo, con el tono contarte mientras fulminaba


con la mirada a la chica—. Has dicho que no tenías.

Ella negó con la cabeza, firmemente.

—Nu-uh. Los tengo. ¿Ves?

Levantó un rey para mostrárselo.

Tomó todo dentro de Luce no arrebatárselo de las manos.

Jodidamente increíble. No detectaba nada más que inocencia dentro de ella,


ningún tipo de benevolencia bajo su piel, a pesar de que le acababa de mentir a la
cara. No había encontrado una criatura que le confundiese tanto desde Serah. Los
niños para él, eran una entidad desconocida. Los niños no iban a la fosa.

Esta pequeña mortal no sentía ninguna vergüenza por manipularle, no tenía


ningún remordimiento por mentir para ganar la partida.

Ese era su Modus Operandi.

Tenía que admitir, que estaba impresionado. Con cuidado, sacó los reyes de
su mano y sin palabras se los pasó a ella, permitiéndole, por el momento, salirse
con la suya al engañarle.

La partida continuó durante unos minutos más antes de Serah entrase en la


sala de estar donde estaban sentados, Luce en el sofá y Nicki con las piernas
cruzadas en el suelo al otro lado de la mesa de café.

—¿Quién está ganando? —preguntó Serah casualmente.

—¡Yo! —exclamó Nicki.

Acercándose, Serah se dejó caer en el sofá junto a Luce, sentándose tan cerca
que su cuerpo rozaba el de él. Ella se apoyó descansando su cabeza en su hombro
mientras miraba las cartas en su mano. Luce se tensó con el contacto, intentando
ignorarlo para centrarse en la partida. Su toque se sentía más fuerte sin su escudo,
haciéndolo visible.

Las cosas que hacía por ella…

—¿Tenes cuatros? —preguntó Nicki.

Luce le entregó un cuatro, aunque estaba bastante seguro de que le había


pedido esos no hace mucho. Luego ella pidió otro rey y tomó una carta, mientras
Luce se aclaraba la garganta.

—Dame tus dos.

Tan pronto como las palabras salieron de sus labios, Serah le dio un codazo
en el costado.

—Dios, ¿no puedes pedir?

Luce movió sus ojos hacia ella.

—¿Qué?

—Dame tus dos —se burló de él, las palabras bajas y ásperas mientras
intentaba imitar su voz—. Suenas muy exigente… y muy malo.
¿Malo?

Si solo supiera con quién estaba hablando…

—Está bien —dijo Luce—. ¿Tienes algún dos?

—¡Pesca!

La partida continuó durante unas pocas rondas más antes de que Luce
reuniera suficientes emparejamientos para lanzar. Estaban a dos conjuntos de
finalizar cuando Nicki de repente se puso de pie, arrojando el resto de sus cartas
sobre la mesa.

—Ahora he terminado de jugar.

Luce se quedó con la boca abierta.

—No puedes terminar.

—¿Por qué?

—Porque estaba a punto de ganar.

Nicki se encogió de hombros, volviendo su atención a Serah.

—¿Puedo ir fuera y jugar? ¿Por favor?

Serah vaciló antes de sonreír.

—Por supuesto, solo quédate donde te pueda ver.

Luce miró a la niña mientras se alejaba, desapareciendo por la puerta


delantera. Había estado allí poco menos de una hora y Luce ya estaba exhausto por
ella. Su mirada se movió a las cartas tiradas. Nadie antes le había simplemente
abandonado.

Más que nada porque no podían, él no lo permitía, pero aun así…

Estirando la mano, Luce recogió todas las cartas de la mesa y empezó a


mezclarlas. Movió su cuerpo ligeramente, volviéndose hacia Serah junto a él. Ella
estaba mirando fijamente hacia delante, observando por la gran ventana a Nicki
corriendo por el jardín delantero.

Como si pudiese sentir su mirada, una pequeña sonrisa levantó sus labios, sus
mejillas sonrojándose ligeramente.

—Muy extraño —susurró.


Luce ciertamente estuvo de acuerdo con eso.

—Los niños son criaturas extrañas.

Ella se volvió hacia él.

—Me refería a ti.

—Ah, yo no soy muy extraño —dijo—. No soy mucho más diferente que tú.

—La gente piensa que soy extraña —contrarrestó ella.

—¿Te dicen eso? —le preguntó Luce con curiosidad, la actitud defensiva
despertándose dentro de él. Sabía que los humanos podían ser crueles. No siempre
estaba alrededor para escuchar lo que le decían a ella.

—No, pero sé que lo piensan —dijo en voz baja—. Puedo sentirlo.

Su respuesta sorprendió a Luce.

—Sé lo que estás pensando —dijo ella seguido, continuando—. Que estoy
loca, por pensar que puedo sentirlo, pero lo hago. Siento mucho, y tal vez todo esté
en mi cabeza… no lo sé. Pero tengo sensaciones sobre las cosas de las que no me
puedo librar.

—¿Qué tipo de sensaciones?

Ella suspiró.

—De todo tipo. Sé cosas, cosas que no debería de saber. Sé cuando alguien
está siendo sincero o cuando simplemente me están siguiendo la corriente. Puedo
entrar a una habitación abarrotada y automáticamente sentirme atraída hacia
alguien, una persona entre docenas, simplemente tengo esta abrumadora
necesidad de hablar con ellos. Camino por la calle y me encuentro en algún lugar al
que no planeaba ir, como si la fuerza de alguien me hubiera atraído allí. Es como si
tuviera algún tipo de radar.

—Tal vez lo tengas —dijo Luce—, pero no es a prueba de balas.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque eso no es lo que estaba pensando. No creo que estés loca, Serah.
Creo que eres especial.

—Como tú —dijo ella—. Has dicho que no somos muy diferentes, después de
todo.
Él sonrió ante eso. ¿Especial? No se podía negarlo. Era especial. Había sido
creado a propósito de esa manera. El debate siempre había sido sobre si era para
bien.

—Somos parecidos —dijo, sin dejar de mezclar—. Con la diferencia de que yo


deseo poder olvidar todo lo que tú ya no recuerdas.

—Y yo deseo poder recordar.

—Sé que lo haces.

—Desearía que me lo contases.

—Y yo desearía poder hacerlo.

Ella estuvo callada durante un momento, observándolo mientras mezclaba.

—Sentí cosas sobre ti, también, sabes.

—Me sorprendería si no lo hubieras hecho.

Sus ojos se entrecerraron contemplativamente hacia sus manos antes de


encontrarse con su mirada.

—Eres un extraño para mí, Luce. En mi cabeza, realmente no sé nada sobre ti.
Caminas alrededor descalzo, encuentras zapatos de la nada, pides una manzana
para desayunar pero no la comes, y siempre estás ahí. Adonde quiera que miro,
estás ahí, y luego ya no estás otra vez. No es normal.

Normal es relativo, quería decir. A la mierda lo normal, de todas formas.

Antes de que pudiera decir algo, sin embargo, ella continuó:

—Eres un extraño para mí —dijo otra vez—, pero de alguna forma te


conozco. Te veo aparecer de la nada, te encuentro en mi camino de entrada, o
merodeando fuera de mi trabajo, y mi corazón empieza a acelerarse, pero no es
porque tenga miedo. Se acelera, porque te conoce. De un vuelco, porque sabe que
estás allí. Mi corazón te conoce a pesar de que el resto de mí no.

Los ojos de Luce vagaron hacia abajo hacia su pecho brevemente antes de
mirar a las cartas en sus manos. Su corazón estaba latiendo constantemente,
melódicamente.

—Ahora no está acelerado. Ha estado tranquilo hoy.

—¿Puedes saber eso?


Él se encogió de hombros, ausentemente dividiendo la baraja de cartas por la
mitad y empujando una mitad hacia ella.

—¿Quieres jugar?

Con cuidado, ella tomó la media baraja.

—¿A qué vamos a jugar?

—Guerra.

—Guerra —repitió ella, empezando a darle la vuelta a sus cartas, pero Luce
estiró la mano, agarrando la suya, deteniéndola antes de que las mirase.
Rápidamente repasó las reglas básicas del juego mientras ella miraba hacia sus
manos una encima de la otra. Cuando hubo terminado, ella volvió a mirarlo.

—He jugado antes a esto.

Lo dijo como una afirmación, pero Luce podía ver la pregunta en sus ojos.

—Sí, lo has hecho.

—¿Lo jugaba contigo?

—Muchas veces.

—¿Ganaba?

—Una vez.

Ella asintió, moviéndose para enfrentarlo más mientras sonreía.

—Bueno, Luce, está a punto de convertirse en dos.

Él se rio, divertido, mientras empezaban a jugar.

Veinte minutos después, Serah ganó la partida.

—Realmente apreciamos esto —susurró Nicholas, de pie en el porche


delantero, con una dormida Nicki envuelta a su alrededor, babeando sobre su
hombro—. En serio, no puedo agradecértelo lo suficiente.

—Ya te he dicho que ha sido un placer —dijo Serah—. Si necesitas cualquier


otra cosa, estoy aquí.
Nicholas sonrió.

—Puede que llegues a arrepentirte de eso.

Serah se rio.

—Nunca.

Nicholas se fue después de agradecérselo unas cuantas veces más. Serah


esperó hasta que ya no estaban a la vista antes de cerrar la puerta principal y
apoyarse contra ella. Eran casi las tres de la mañana y Serah había faltado al
trabajo. Su jefe lo había entendido, pero aun así pesaba sobre ella.

La mirada de Serah se movió por la habitación en la oscuridad, la única fuente


de luz provenía de una lámpara muy tenue. Luce estaba entado quieto en el centro
del sofá, con los codos apoyados en sus rodillas, y los ojos en ella. Se había quedado
toda la noche, sin quejarse ni una vez de que tenía que estar en otro sitio.

¿Tenía? No pudo evitar preguntarse. ¿A dónde iba cuando tenía que irse?

Como si fuera una seña, se puso de pie.

—Debería irme.

—Quédate.

La sola palabra de sus labios le detuvo. Se quedó ahí, todavía mirándola en la


oscuridad, mientras parecía contemplarlo. Después de un momento, se acercó
hacia ella, acunando su rostro entre sus manos. Sus pulgares ligeramente
acariciaron sus mejillas.

—Eres preciosa, ángel —susurró—. ¿Estás segura de que quieres que me


quede?

Ella asintió.

No estaba segura de la implicación de ello, lo que realmente significaba que él


se quedara, pero la idea de él marchándose le encogía el pecho. Partes de ella
dolían, deseando volver a familiarizarse con lo que solía conocer, con lo que solía
ser con él. Era lo más cerca que conseguía estar de recordar. Quería eso.

Tal vez lo quería a él.

Inclinándose, él suavemente la besó, el toque más ligero de sus labios. Sin


profundizarlo, la tomó en brazos, y Serah jadeó en su boca mientras la llevaba a
través de la casa. La llevó de vuelta al único dormitorio, acostándola en el centro de
la cama.
Serah se relajó mientras los labios de Luce la dejaban para explorar su piel.
Besó su rostro, la línea de su mandíbula, su cuello, enviando hormigueos a lo
profundo de su cuerpo mientras la besaba una y otra vez.

Sus manos la recorrieron, acariciándola suavemente. Le levantó el vestido


sobre su cabeza cuando ella levantó las manos, permitiéndole quitárselo. Sus labios
viajaron a lo largo de su torso, fácilmente despojándola del resto de su ropa.

Su boca encontró el vértice de sus muslos. Las chispas se encendieron dentro


de ella mientras arqueaba la espalda, sus manos en su cabello. Era suave, más
suave de lo que había esperado de alguien construido de esas líneas tan duras y
rasgos tan oscuros. La besó, la saboreó, acariciando su piel con su lengua.

El placer la atravesó, el orgasmo apoderándose de ella mientras sus músculos


se contraían. Gritó, y él no se detuvo, continuando los movimientos hasta que las
sensaciones disminuyeron y volvió a relajarse.

Se quedó acostada ahí, respirando pesadamente, el cuerpo hormigueando,


mientras él se quitaba la ropa desordenadamente. Sus ojos vagaron por su forma
desnuda, maravillada por las líneas y los contornos. Él era impresionante,
absolutamente perfecto, sin defectos ni imperfecciones, nada fuera de lugar.
Incluso la marca que no hace mucho había sido tallada en su pecho había
desaparecido, completamente curada, después de haberse desvanecido.

Luce la miró, algo destilando en sus ojos, inesperadamente oscuro. Su espalda


se erizó con una sensación de peligro, pero el deseo lo empujó a un lado.

Tal vez era peligroso, pero por alguna razón, ella confiaba en él.

—Tan hermosa —dijo de nuevo, con voz áspera y arenosa mientras sus
manos masajeaban sus pechos—. ¿Estás segura de esto?

Solo hizo falta otro guiño.

Ni siquiera tuvo que hablar.

Luce se colocó entre sus muslos, encontrando sus labios de nuevo mientras
empujaba dentro de ella. Serah gimió mientras la llenaba, una abrumadora
sensación invadiéndola. Ella se sentía caliente, tan caliente, como si se estuviera
encendiendo un fuego en sus huesos. Se movía lentamente al principio, dejándola
adaptarse a la sensación, antes de aumentar el ritmo un poco.

Rompiendo el beso, él se apartó, su mano llegando a descansar sobre su


pecho, por encima de la circular cicatriz sobre su corazón. Su palma se sentía como
brasas ardiendo, abrasadoras llamas, mientras que su corazón latía frenéticamente
en su contra.

—Está acelerado ahora —susurró—. Puedo oírlo.


Hizo el amor con ella, empujando una y otra vez, apoyándose con un brazo
mientras su mano derecha se quedó plantada en su pecho. Serah no solo lo sintió
en cuerpo. Luce estaba penetrando parte de su alma. Se envolvió con fuerza
alrededor de ella, sujetándola y sin dejarla ir, reclamando partes de Serah que no
se dio cuenta que existían hasta que los despertó en ella. Afuera, el trueno
retumbaba en la distancia, viento azotando contra las ventanas mientras una
tormenta se acercaba.

Otro orgasmo se apoderó de ella, y luego otro, consecutivo placer enviándola


por encima del borde. Ella apenas podía respirar mientras la acercaba a lugares
que no estaba segura de que fuera capaz de estar en un cuerpo humano. Su nombre
salió de sus labios, un gratificante susurro que no podía contener.

Luce.

—Tan hermosa —susurró una vez más, su boca encontrando su oído


mientras cerraba sus ojos, envolviendo sus brazos con fuerza alrededor de él,
sosteniéndolo a pesar de que le dolía. Escozor estallaba sobre su piel, tortuosos
alfileres y agujas que dejaron una quemadura en su estela. Se sentían como
quemaduras solares, en carne viva, haciendo que sus lágrimas hormigueen en la
esquina de sus ojos.

Él se movió más rápido, empujando más profundo, murmurando en su cuello


sobre estar cerca de acabar. Serah podía sentirlo, podía sentir su cuerpo
tensándose, duro como una roca por encima de ella, sus movimientos más
frenéticos. El dolor interno se intensificó cuando ella cerró los ojos con fuerza, una
lágrima se escapó por su mejilla.

—No —gruñó Luce—. No no no...

De repente, la oscuridad se esfumó con una explosión de luz, ardiente rojo


sangre detrás de sus párpados cuando otro orgasmo la atravesó. Jadeó, luchando
por respirar. Fue como si una explosión ocurrió en el interior de su pecho,
rebotando a través de sus extremidades. Sus ojos se abrieron de golpe, y tal vez era
su imaginación, pero podría haber jurado que él brillaba de nuevo.

—¡NO!

Lucifer gritó la palabra cuando las luces completamente blancas se


materializaron de la nada a su alrededor, sus pies descalzos plantados en el punto
muerto del círculo rodeado de esos malditamente confinados signos. Él bajó su
mirada hacia ellos, ira creciendo dentro de él, destilando como lava fundida.
Sentía como si fuera a explotar.

Podía sentir el peculiar hormigueo de ser convocado, pero la rabia lo eclipsó,


la concentración del pecado dentro de él tan intensa que hizo su cuerpo vibrar.
Apretó sus manos en puños, tratando de frenarlo, para forzarlo de nuevo, pero se
había estado construyendo por demasiado tiempo.

No tenía adónde ir.

—¡Mierda!

La maldición rugió de sus labios, los sentimientos purgándose de él a la vez.


Había pasado tanto tiempo, demasiado tiempo, desde que se abrió y acaba de
dejarlo ir, desatando todo lo que había estado embotellando. La liberación de
energía era tan intensa que el suelo tembló, solo por un momento todo lo que le
rodeaba ocultado en una niebla, como si el resplandor del cielo había estado
contaminado con todo su pecado. Se despejó tan rápido como sucedió, el suelo
estable mientras estaba todo era aspirado.

La mirada ardiente de Lucifer levantó de los signos que lo rodeaban,


encarcelándolo, el trono a pocos metros de distancia. Su padre se sentaba
pasivamente, relajado, simplemente observándolo con una expresión de
aburrimiento en su rostro. Miguel, por otro lado, se sentaba encorvado, se
desplomaba con la derrota, su cara llena de preocupación y una pizca de algo más.

¿Disgusto?

—¿Has terminado ya? —preguntó su padre con calma—, ¿o quieres lanzar


otra rabieta?

Rabieta. Luce odiaba que le hablaran como un niño.

Luce no recibió a esa pregunta condescendiente con una respuesta, mantuvo


sus ojos en Michael. No, no era disgusto, ni era ira. Estaba herido.

Herido.

¿Cuántas veces había tratado de herir a su hermano? ¿Cuántas veces había


tratado de destruir a Miguel solo para decidir, al final, que el arcángel no podía ser
herido? Es evidente que se había equivocado.

Él lo había herido, finalmente.

Luce no se sentía tan bien al respecto hoy.

Sabía, tomando la expresión de Miguel, que había presenciado lo que pasó,


que había visto cada pedacito de su noche con Serah. ¿Qué tipo de enfermo, voyeur
masoquista podría ver eso?

—Lucifer.
La voz de su padre era fuerte, un borde de autoridad para que
instintivamente atrajera sus ojos a Él. Luce de repente se sintió muy expuesto, de
pie en medio de los cielos delante de su disfuncional familia llevando nada más que
el olor de Serah y un infierno de montón de pecado, su mente un libro abierto.

Lucifer trató de manifestar algo de ropa, pero los encantos que le rodeaban le
impedían hacer casi nada. Gimiendo, miró a su padre.

—Dame un poco de ropa.

—¿Ropa? —preguntó casualmente—. Nunca has sido uno de pudor. Pareces


obtener una gran cantidad de placer de la forma desnuda.

—Sí, bueno, no estoy totalmente obteniendo placer teniendo a mi hermano


por allí mirando lujuriosamente a mi polla.

Miguel intervino, disgustado.

—¡Nunca lo haría!

Su padre levantó Su mano, silenciando a Miguel antes de que realmente


pudiera discutir. Con un simple movimiento de muñeca, ropas se materializaron en
Luce, la misma ropa que había sido concedida hace muchos años, ropa que
coincidían con la de Miguel, un nuevo traje limpio, tan blanco que mezclaba con sus
alrededores.

Luce arqueó una ceja al atuendo.

—¿En serio?

Su padre se limitó a sonreír.

—Regrésame —ordenó Luce—. No tienen ninguna razón para llamarme aquí,


ninguna razón para observarme, ninguna razón para intervenir en lo que
estábamos haciendo. Ella tiene libre albedrío. No hay nada para detenerla de estar
conmigo si ella quiere estarlo. Así que regrésame. Ahora.

Las demandas de Luce fueron ignoradas.

—¿Sabes por qué se les prohíbe a los ángeles entremezclarse con los
humanos? —preguntó su Padre.

—¿Porque Eres un idiota?

—Porque eres poderoso —dijo, ignorando el insulto como de costumbre—.


Eres especial, Lucifer. Tú eres el ser más poderoso que jamás he creado. Con la
excepción de tu hermano, pocas criaturas podrían jamás provocar el tipo de caos
que haces. Y mientras que él es capaz del mismo nivel de destrucción, no lo tiene
en él para alguna vez hacerlo. No como tú.
Esas palabras fueron oprimidas, como manos envueltas alrededor de la
garganta de Lucifer.

—Supongo que están mal, ¿eh? Tus amados hijos piensan que Dios no comete
errores.

—No lo hago —dijo con firmeza—. No eres un error.

—¿Qué soy entonces? ¿Un experimento que salió mal? ¿Una especie de
maldito juguete con el que puedas jugar?

—Tú eres —dijo, como si eso lo explicara—. Tú eres mi hijo, Lucifer.

Luce se limitó a mirarlo. Él tenía un firme argumento contra eso, pero no lo


tenía en él para seguir con eso de nuevo.

—Regrésame.

—Eres demasiado fuerte para ella.

—Me detendré.

—No puedes.

—¡No me digas lo que debo hacer! —espetó Lucifer—. ¡No recibo órdenes de
nadie!

Todo quedó en silencio por un momento, la tensión construida luego liberada


de la habitación cuando su Padre envió una ola de calma a través del aire que solo
escasamente afectaba a Luce.

—Nadie te subestima tanto como tú mismo —dijo—. Tu poder una vez acabó
con la mayoría de su gracia. Incluso contenida, la desviaste mucho de su inocencia.
Era un ángel entonces, fuerte, pero no era rival para ti, y es mortal ahora. Es débil.
Eres letal para ella.

—Tendré cuidado.

—Casi explotaste su corazón —dijo tranquilamente—. Si no te hubiera


apartado cuando lo hice, tu poder le habría quitado la vida. La habría drenado
hasta que no le quedara nada.

Luce no quería creerlo.

Le dolía incluso contemplarlo.

—Te enviaré de regreso —continuó—. Si eso es lo que realmente quieres.

Luce asintió.

—Desde luego, no quiero estar aquí.


Con el chasquido de un dedo, todo había desaparecido, la oscuridad de la
habitación de Serah rodeándolo, una vez más. Estaba profundamente dentro de
ella, tan profundo que podía sentir el fuego en ella, podía sentir su frenético latido
mientras palpitaba a través de él. El orgasmo sacudió a través de ella, con tanta
fuerza que su corazón se detuvo por un momento y quedó fuera de ritmo.

Sus ojos se abrieron de golpe, encontrando los suyos, sus iris ardiendo en un
rojo brillante. Mierda. Luce salió de ella inmediatamente antes de que fuera
demasiado lejos, facilitando su agarre sobre su piel. Había estado cerca. Tan
jodidamente cerca. Había estado tan perdido en las sensaciones que no había
percibido su aproximada angustia. Ella lo miró conmocionada, parpadeando
rápidamente después de un segundo.

—¿Qué fue eso?

La tierra seguía temblaba a su alrededor, la tormenta afuera caía sobre ellos


ahora. Había sido él, se dio cuenta. La purga de emociones lo había causado. Él se
había ido por solo una fracción de segundo, no lo suficiente para que Serah lo
detecte, pero ciertamente sintió los efectos posteriores.

—Es solo una tormenta —dijo—. Rayos y truenos.

El ritmo cardíaco de Serah se alivió un poco, sus ojos suavizándose a su usual


marrón, un ligero resplandor persistiendo en su piel. Se inclinó, suavemente
besándola, solo un gentil beso antes de que llevara sus labios a su frente.

—Duerme un poco —susurró, más para sí mismo que para ella, porque
estaba inconsciente en cuestión de segundos—. Vas a necesitarlo para recuperarte.
Traducido por Otravaga, IvanaTG, Silvia Carstairs y Pilar
Corregido por ƸӜƷKhaleesiƸӜƷ

Samantha Lauer todavía no podía dormir.


No era la acidez estomacal ni los tobillos hinchados lo que lo provocaba.
Tenía algo más invasivo ahora: un bebé que lloraba.

Él era una cosa diminuta, la persona más pequeña que Serah había visto en su
vida, pero lloraba intensamente. Encajaba perfectamente en el hueco del brazo de
su madre, casi invisible si no fuese por el ensordecedor chillido. Serah estaba
sentada frente a ellos en la mesa de la cocina, con los ojos puestos en el pequeño
rostro redondo.

Incluso alterado, ella nunca había visto algo tan hermoso.

Eso la asombraba, algo viniendo de la nada, desarrollándose y evolucionando


de las células más minúsculas, el universo imbuyendo vida en el cuerpo de una
mujer. Nunca había pensado en tener hijos, o al menos no recordaba haber
pensado en eso, pero ver al pequeño Samuel en brazos de su madre hacía que una
parte de Serah se resintiera.

—Él es hermoso, Samantha.

—Es infeliz —dijo Samantha—. Me odia.

Su angustiada voz hizo que Serah sonriera con simpatía.

—No, no lo hace. Los niños no odian a sus padres.

—¿Estás segura de eso?

—Segura —dijo—. Sólo está tratando de comunicarse.

—Sí, bueno, ¿alguna idea de lo que está diciendo? —preguntó Samantha, con
una pizca de desesperación en su voz—. Porque suena muy parecido a “te odio” a
las tres de la mañana.

—Está tratando de acostumbrarse al mundo —dijo Serah—. Todo es tan


desconocido para él, ¿sabes? Está completamente indefenso e inocente.
—Suenas como la encantadora de bebés.

Serah se rio mientras un fuerte golpe resonó a través de la casa desde la


puerta principal. El estruendo sobresaltó al bebé, que se puso a llorar todavía más
fuerte. Samantha se puso de pie y se dirigió a la puerta, pero se detuvo al lado de la
silla de Serah.

—¿Puedes, eh...? —Hizo una pausa cuando quien quiera que fuese volvió a
llamar a la puerta—. ¿Puedes sostenerlo por un segundo?

Antes de que pudiera responder, el bebé fue metido en sus brazos. Serah lo
sujetó firmemente, con los ojos muy abiertos, y miró a su pequeño cuerpo.
Samantha lo soltó, dando un paso hacia atrás, con las manos alzadas como si
quisiera asegurarse de que Serah lo tenía antes de bajar la guardia.

Serah sonrió, acunándolo en un brazo, mientras le acariciaba la mejilla con un


dedo índice. Su piel se sentía eléctrica, hormigueando en la punta del dedo. Él se
calmó ante su toque, sus llantos cambiando a gemidos, deteniéndose por completo
segundos después.

—Santa mierda —dijo Samantha—. Tú eres la encantadora de bebés.

El tercer golpe fue más fuerte que los dos primeros. Quejándose, Samantha
gritó que se calmaran mientras hacía su camino tranquilamente. Serah se quedó
mirando al sosegado bebé a medida que él abría sus ojos y levantaba la mirada
hacia ella. Hoy tenía tres semanas de edad, y era la primera vez que Serah lo había
sostenido o incluso lo había visto más cerca que llorando en los brazos de su
madre.

—Hola, Samuel —susurró mientras seguía acariciando su cálida mejilla—.


Soy Serah.

Él se quedó mirándola.

—Tus padres son buenas personas —continuó—. También tu hermana.


Algunas de las mejores personas que he conocido. Eres un pequeño niño con
suerte de tenerlos, por lo que tienes que ser un poco más tolerante con ellos. A tu
mamá le vendría bien un poco de descanso.

—Ugh. —La voz de Samantha se oyó mientras cerraba la puerta de nuevo—.


Lo juro, él es tan imbécil.

—¿Quién?

—El casero —gimió—. Vino a quejarse de que el césped no se ha cortado


como en un año. Le dije que Nicholas se pondría a ello cuando pudiera. Quiero
decir, tenemos un recién nacido, y mi esposo casi nunca está en casa... perdonen mi
condenada vida por no hacer del trabajo de jardinería una prioridad. No he
dormido en días.

—¿Por qué no duermes ahora?

—Porque Samuel está... —Ella vaciló—. ...no llorando. Él no está llorando.


¿Cómo hiciste eso?

—Yo no hice nada.

—Encantadora de Bebés —dijo de nuevo, sonriendo mientras


cuidadosamente recogía de nuevo a Samuel. Ella lo observó con atención, como si
esperara que él comenzara a llorar otra vez, pero permaneció en silencio—. Oh
Dios, Nicki no llega a casa del campamento hasta dentro de unas horas. Tal vez
pueda dormir. ¿Tú crees?

Serah se rio.

—Yo creo.

Samantha murmuró unas disculpas por no ser una mejor compañía, pero
Serah le restó importancia, abrazando a su amiga antes de salir por la puerta.

Se duchó y comió una cena temprana a solas antes de salir para el trabajo un
par de horas más tarde. Caminó, paseando casualmente, sus pasos deteniéndose
cuando se acercó al viejo motel y vio la familiar figura de pie justo afuera.

—¿Luce?

Él se dio la vuelta, sus ojos examinándola cuidadosamente.

—Serah.

Había algo en su voz, algo que ella no podía terminar de ubicar. Era tensa,
como si estuviese ocultando algo. Se encontraba con él de vez en cuando durante
las últimas semanas, pero habían pasado varios días desde que vio su rostro. Desde
su noche juntos, él había estado guardando las distancias.

Mientras estaba allí frente a ella, se dio cuenta de que los pensamientos de él
estaban muy lejos. Sus ojos seguían yendo a la deriva por su cabeza y todo a su
alrededor como si estuviese buscando algo. Echó un vistazo a su lado, curiosa, pero
todo lo que se presentaba ante ella eran las calles normales de Chorizon.

Tal vez sólo está evitando enfrentarme...

—¿Estás bien? —preguntó con vacilación.

—Estoy bien.
—Pareces... distraído.

Él le ofreció una sonrisa tentativa.

—Tú no eres la única que puede sentir cosas.

—¿Qué sientes?

—Algo que no debería estar aquí.

Por la forma en que él miraba a la gente al pasar, Serah sospechaba que era
más un “alguien” que un “algo”. Comenzó a expresar eso cuando Luce de repente
extendió la mano, agarrándola. Se tensó, sorprendida, pero se relajó cuando él
envolvió sus brazos alrededor de ella. Olía cálido, como la tierra, con un ligero
toque de azufre en su piel.

Serah deslizó los brazos alrededor de su cintura, abrazándolo mientras él


presionaba un beso en la parte superior de su cabeza. El abrazo no duró mucho
tiempo antes de que él se apartara.

—Deberías ir a trabajar antes de que llegues tarde.

—Sí —dijo, dando un paso hacia atrás, con los ojos todavía en él—. Oye,
¿Luce? ¿Puedes hacerme un favor?

Él dudó.

—¿Qué?

—¿Puedes tal vez cortar el césped de mi vecina? —preguntó—. El mío es


atendido por mi casero, pero el de ellos... bueno, su casero no es tan simpático
como el mío.

Él la miró fijamente.

—¿Quieres que corte césped?

—Sí —dijo ella—. Si no te importa.

Él no respondió, pero asintió ligeramente, la única respuesta que ella supuso


que iba a recibir.

—Y tratar de ser silencioso al respecto —le dijo ella—. Ya sabes, puesto que
tienen el bebé y todo eso.

—Silencioso —dijo—. Lo tengo.

Ella le ofreció un gesto de despedida con la mano cuando se alejó otro paso
antes de girar y dirigirse al interior del vestíbulo del motel.
Se detuvo cuando llegó a la puerta, mirando hacia atrás, pero él ya se había
ido.

A Serah no le preocupaba mucho el turno de noche, aunque podía ser un poco


aburrido la mayor parte del tiempo. Especialmente los días de semana, como hoy,
donde muy pocas personas viajaban por esta ciudad. Tenían dos ocupantes, y nadie
entró en el vestíbulo durante horas.

Afuera estaba oscuro, acercándose la medianoche, cuando Serah se sentó al


lado del escritorio, leyendo una pequeña novela romántica de pacotilla que había
sacado de uno de los cajones. Supuso que pertenecía a Gilda. Le estaba echando
una ojeada a una escena particularmente indecente, con sus mejillas
ruborizándose por la obscenidad, cuando la puerta se abrió, el timbre sonando.
Serah ansiosamente cerró el libro, dejándolo caer de nuevo en el cajón, y gritó un
"bienvenido" mientras levantaba la mirada. La sonrisa en su rostro se desvaneció,
borrándose rápidamente cuando se dio cuenta de que no había nadie allí.

Sus ojos miraron alrededor del vestíbulo, confundida.

—¿Hola?

—Hola.

La voz venía justo desde atrás de ella, tan cerca que el vello en su nuca se
erizó, un escalofrío disparándose por su espalda. El miedo tensó sus músculos
mientras giraba en la silla, terminando cara a cara con un hombre conocido. En su
sobresalto tardó unos segundos en recordar su nombre.

—Don.

Él sonrió abiertamente.

—Lo recuerdas.

—Uh, sí —dijo ella tentativamente, levantándose y alejándose, dando un paso


hacia el vestíbulo mientras el hombre permanecía detrás del escritorio. Toda clase
de alarmas sonaban en su cabeza. Algo no estaba bien. Las anteriores palabras de
Luce resonaron en su mente. Algo que no debería estar aquí—. ¿Puedo ayudarte?

—Como dije antes, puedes —dijo él, rodeando lentamente el escritorio—.


Puedes ayudarme en formas que nadie más puede.

Esto no estaba bien. Las defensas de Serah se alzaron mientras sus ojos se
movían rápidamente alrededor. Era tan tarde, la ciudad estaba muerta a esta hora,
nadie deambulando o despierto para escucharla si necesitaba gritar. Serah contó
hasta tres en su cabeza, su corazón palpitando frenéticamente, antes de que se
volteara para correr hacia la puerta, escuchando su voz gritando a sus espaldas.
—¡Ah, no seas así!

Consiguió agarrar la puerta, el timbre sonando encima de ella mientras corría


hacia la noche, mirando sobre su hombro a la puerta para asegurarse de que él no
la estaba siguiendo. Se volteó de nuevo justo a tiempo para chocar con algo, un
grito burbujeando en su interior. Miró hacia arriba, apenas distinguiendo al
hombre en la oscuridad mientras se tambaleaba hacia atrás, con las rodillas a
punto de ceder.

—¿Por qué vas y huyes? —preguntó Don—. No iba a hacerte daño.

—¿Cómo...? —tartamudeó, sorprendida, mirando hacia atrás al edificio. Él no


la había seguido afuera. Estaba segura de eso—. Estabas justo... y ahora estás...

En un parpadeo, él había desaparecido de delante de ella, de repente a seis


metros a la derecha antes de desaparecer de nuevo, apareciendo justo en frente de
su rostro sólo el tiempo suficiente para que ella dejara escapar un grito agudo. Una
y otra vez, él destellaba por todas partes, desapareciendo ante sus ojos. Ella giraba
en un círculo, aterrorizada cuando él aparecía súbitamente a su alrededor.

—Esto no es real —se repitió con voz temblorosa cuando se detuvo, su


imagen desapareciendo y sin reaparecer, el estacionamiento silencioso... tan
silencioso... demasiado silencioso. No había ni una brisa, ni un grillo cantando,
nada. Era como si el mundo a su alrededor hubiese sido puesto en pausa—. Esto no
es real. No puede serlo. Esto no está sucediendo.

—Oh, pero lo es.

La voz era apenas un susurro mientras las sombras caían sobre ella,
bloqueando la pequeña pizca de luz ofrecida por los letreros de motel. Su
respiración se atascó, su cuerpo temblando mientras lentamente se daba la vuelta,
llegando a estar cara a cara con la misteriosa figura. Ella gritó, el terror
apoderándose de sus entrañas. Su afilado rostro estaba retorcido con rabia, a pesar
de su sonrisa, sus ojos oscuros pozos de negrura. La oscuridad lo envolvía,
sombras oscuras rodeándolo. Era Don, pero ahora era algo más... algo antinatural.

Algo no humano.

—Oh Dios —exclamó ella—. ¿Qué eres?

—Sabes lo que soy —dijo—, y creo que es hora de que recuerdes.

Antes de que pudiera reaccionar, antes de que pudiera correr, gritar o pedir
misericordia, rogarle a Dios que la salvara, unas manos se apoderaron rudamente
de ella, la oscuridad llevándosela rápidamente.
Luce apareció frente a la casa de Serah.

Afuera estaba completamente oscuro, un reloj antiguo en una casa vecina


sonando exactamente a la medianoche. La hora de las brujas, lo llaman, el tiempo
donde el folklore humano dice que brujas, demonios y fantasmas son más
poderosos, donde la magia negra es más fuerte, donde el mundo es más peligroso.

Lo que la gente no parece darse cuenta, sin embargo, es que siempre es


peligroso. No es solo con el mundo sobrenatural que tienen que lidiar. Cuando eres
mortal, la vida no es más que un interminable juego de Ruleta Rusa. Cada momento
es el giro del tambor del revólver, cada decisión apuntando el cañón en tu cabeza.
Una y otra vez, repetidas veces, tiras del gatillo, esperando que no sea la última vez
en el juego.

Los ángeles fueron bendecidos con saber qué sería lo último, que la decisión
sería mantener la bala acabando con todo. Luce podía mirar a todos los mortales y
saber cuándo iban a tomar su último aliento y lo que pasaría con sus almas
después con solo una mirada.

Luce conocía su futuro, pero no conocía el de Serah. Él debería haber sido


capaz de decir, cuando abrió sus ojos en la calle ese día, lo que le vendría a ella,
pero no había nada. Nunca hubo nada. Cada momento era como su pasado, hasta
que otro momento pasó, reemplazando el anterior. No había vida, ni muerte, ni
futuro, solo un ahora. Un ahora que había estado viviendo por meses. El cañón del
revólver se presionó en su sien, pero nadie había apretado el gatillo todavía.

Suspirando, Luce apartó la mirada de su tranquila casa, dirigiéndose hacia el


vecino. Podía sentir la esencia de Samuel por todo el lugar. Su futuro era fácil de
ver, una vida larga y feliz antes de ascender al cielo, de donde su alma provenía.
Luce deseaba poder ver eso para Serah.

Joder, le gustaría poder ver cualquier cosa para ella.

Si estaba destinada para el Cielo, podía alejarse, dejarla en paz con una vida
que había forzado sobre ella. Si estuviera destinada al Infierno, lucharía con uñas y
dientes para salvarla. Pero parecía estar destinada solo a existir en el momento.
¿Qué pasaría cuando su corazón dejase de latir?

Agitó su mano hacia el patio de la casa Barlow. La hierba seca, marchita de


nuevo en el suelo hasta que era de la misma corta longitud que todas las demás.
Estaba observando cuando una peculiar picadura se disparó por su columna
vertebral, un sentimiento que lo había consumido todo el día.

Se sintió como un cuchillo en su espalda.


Peligro.

Buscó a Serah, forzándose para sentirla a través de la ciudad, y se congeló


cuando llamó débilmente a la melodía de su latido. Se golpeó febrilmente, con tanta
fuerza que pudo oír su eco como si estuviera golpeando contra sus costillas,
tratando desesperadamente de escapar. El segundo el sonido lo golpeó, otro se le
unió, sacudiéndolo cuando el estallido de estática rebotó por el vecindario, los
perros empezaron a ladrar tan fuerte, que una alarma de un coche cercano
repentinamente se activó.

Luce volvió, viendo una docena de ángeles, algunos con caras reconocibles,
unos pocos con armas pero la mayoría sin armas. Los hijos de puta de bronce eran
visibles, completamente protegidos. Cualquier mortal podía mirar por la ventana y
verlos descendiendo sobre el vecindario. Echó un vistazo a la multitud por
Abaddon, y su viejo amigo no estaba por ningún lado. Luce lo buscó, malestar en la
boca de su estómago.

La ira se apoderó de él.

El Guardián estaba sorprendentemente cerca de ese frenético latido.

Los ángeles se acercaron a Luce mientras alcanzaba su arma, agarrándolo con


fuerza. Tenía la ventaja, dado que no podían tomar sus alas, pero podrían herirlo
bastante para evitar que se marche. Algunos de ellos vacilaron cuando sacó su
cuchillo, pero un valiente Poder arremetió directamente por él. Eran lentos, y
descuidados, claramente no eran los mejores luchadores de arriba. No fueron
enviados a detenerlo, o hacerle daño. Eran un elemento de disuasión.

Una distracción.

Ese hijo de puta.

Luce blandió su cuchillo, apuñalando, agarrando, rebanando, cortando en


cubitos y marcando cada pedacito de ángel que podía alcanzar. Lo asediaban por
todos lados, Gracia lo bañó cuando hundió su cuchillo en el pecho de un ángel y tiró
de él hacia afuera. Apenas tuvo tiempo de disfrutar de la sensación, para saborear
en la oleada de energía, cuando un cuchillo lo hirió en el costado. Él gruñó ante el
agudo dolor, balanceándose hacia su agresor, una bonita Virtud en un traje rojo.
Lástima.

Luce la agarró del brazo, retorciéndolo, tirando el cuchillo directo de su


mano. La apuñaló con él, punzó directamente en el estómago, hundiendo su propia
cuchilla por su espalda cuando se encorvaba. Estalló en una bola de luz,
rodeándolo, el cosquilleo aliviando parte de la quemadura de la herida.

Joder, odiaba lo lento que sanaba.


—Miguel —gritó, mirando hacia el cielo nocturno cuando se defendió de otro
ataque, tomando un corte en su mejilla—. Hermano, si alguna vez hay un momento
para que intentes intervenir en mi maldita existencia, este lo sería.

Se dio la vuelta, sacando al bastardo alado que le había cortado. Otra hembra.
Cortó otra, oscilando alrededor cuando un segundo fuerte chasquido de estática
rasgó a través el vecindario.

Los ojos de Luce se reunieron de inmediato con un par familiares.

Miguel.

—Gracias malditos cielos —gimió Luce.

—No estoy haciendo esto por ti —dijo Miguel de inmediato, blandiendo su


espada, tomando dos a la vez.

—Sé que no lo haces —dijo Luce—. Me alegro de que lo estés haciendo.

Más estática sacudió la noche, más ángeles apareciendo.

—Refuerzos —murmuró Luce—. Hermoso.

Hubo un estallido de estática directamente a su izquierda, pero no a unos


pocos metros de distancia. Se dio la vuelta, a punto de lanzar su cuchillo
directamente a quienquiera que sea, pero dudó al levantarlo. Otra bonita Virtud,
pero a esta la conocía. Hannah.

—Tú no, también, rayito de sol —dijo—. Dime que no eres uno de los necios
de Abaddon.

Se quedó inmóvil, genuinamente sorprendida por la vista, antes de que su


rostro se contrajera con disgusto.

—Nunca.

—Es bueno saberlo —dijo Luce, empujándola fuera del camino para sacar un
ángel de atrás de ella—. Entonces, ¿qué estás haciendo aquí?

—Serah —dijo ella, con voz urgente—. Está en problemas.

Luce asintió, moviéndose alrededor, tirando su cuchillo al otro lado del patio
y atravesando a un corpulento Poder mirando directo en el frente. Movió su
muñeca y pudo lanzar de nuevo su cuchillo, el ángel explotando en una nube de
Gracia expulsada. Se volvió hacia Miguel, al ver que su hermano estaba atascado.
No era una cuestión de ganar o perder. Ganarían... sin lugar a dudas. Los arcángeles
nunca perdían. Era una cuestión de batalla, de resistencia, de sacar el otro lado.

Miguel lo miró, asintiendo.


—Vete.

—¿Estás seguro de eso?

Así como lo dijo, otro chasquido fuerte sacudió la calle, temblando la tierra.
Más ángeles aparecieron, esta vez los Poderes enviados desde arriba. Luce rió para
sus adentros. Su padre había enviado ayuda.

—Lo estoy ahora —dijo Michael, volviendo su atención a Hannah—. ¿Sabes


cómo usar un cuchillo, Virtud?

Hannah asintió.

—Samuel me enseñó hace mucho tiempo.

Michael le lanzó un arma descartada, y ella lo atrapó en el aire.

—No se detengan —le dijo—. Ellos no lo harán.

Luce no vaciló más, alejándose de allí y al viejo motel. El lugar estaba cerrado
con llave, la puerta abierta, las luces encendidas, pero no había nadie alrededor.
Sus latidos se habían ido, al igual que Abaddon. Los buscó, pasando de lugar en
lugar, de ciudad en ciudad y de país en país, yendo a cualquier lugar que sintió que
Abaddon había ido, hasta que finalmente... finalmente... lo encontró.

El Guardián se situó en una cornisa en la cima del edificio Empire State, alas
completamente expandidas, sus ojos negros como la noche. Tenía un brazo
envuelto alrededor del pecho de Serah, su mano libre agarrando un cuchillo. Lo
sostuvo en su garganta mientras ella temblaba, lágrimas marcando sus sonrojadas
mejillas. Ella apenas se sostenía a sí misma junta. El apretón fuerte de Abaddon era
lo único que la mantenía en pie.

—Ah, hablando del diablo y él se manifestó.

Serah gritó en voz alta, dejando escapar un grito horrorizado cuando Luce se
manifestó frente a ella. Se quedó inmóvil en su lugar, a pocos metros de distancia
mientras sus ojos se encontraron con los suyos. Podía sentir su miedo, la sensación
tan abrumadora que casi lo paralizó. Sabía lo que ella vio cuando lo miraba. Sus
enormes alas se hayan expandido, el cuchillo agarrado firmemente en su mano. La
sangre corría por su mejilla mientras más cubría su rasgada camisa en su costado.

—Me alegro de que hayas podido venir —dijo Abaddon, su voz tranquila—.
Hazme un favor y deja a un lado ese cuchillo, ¿quieres?

Luce vaciló antes de dejar caer su cuchillo. Se cayó contra el cemento de la


cornisa, aterrizando entre ellos.

—¿Qué crees que estás haciendo, Don?


—Lo que tengo que hacer —respondió Abaddon de inmediato—. No quería
que llegara a esto, pero ustedes no me dieron otra opción.

—Siempre has tenido una opción —dijo Luce—. Elegiste unirte a mí hace
mucho tiempo, y luego elegiste abandonarme cuando te convenía. Optaste
permanecer alrededor mientras me castigaron por tus indiscreciones. Así que no
me hables de opciones, porque las tienes, y los has hecho. Pero ahora, viejo amigo,
tienes muy limitada la mía.

Una lenta sonrisa se extendió por sus labios.

—Ahí es donde te equivocas, Lucifer.

El segundo en que Abaddon dijo su nombre, él cerró sus ojos, oyendo el jadeo
escapando de los labios de Serah, una sorprendente exhalación.

—¿Lucifer?

Abaddon rio, mirando realmente divertido cuando Luce abrió sus ojos de
nuevo. Serah lo miraba, atónita. Podía ver que tenía preguntas, preguntas sobre
Abaddon, también, percibió.

—Aw, no lo sabías, ¿verdad? —preguntó Abaddon, las palabras llenas de


forzada compasión que no coincidían en absoluto con la diversión que bailaba en
sus ojos—. No sabías que tu amante era el inigualable Lucifer. El escurridizo
Príncipe de las Tinieblas. Aquí te dejó que pienses que era algún príncipe azul de
libro de cuentos cuando en realidad él es el Rey del Infierno.

Los labios de Serah se separaron, la siguiente palabra apenas un respiro, pero


contenían tanto poder que casi golpeó a Lucifer de la cornisa.

—Satán.

Satán.

Odiaba ese jodido nombre.

Abaddon levantó de Serah bruscamente, tirando de la tela de su camisa con la


mano serpenteaba alrededor de ella, dejando al descubierto parte de su pecho. Sus
dedos trazaron su cicatriz. Sus palabras fueron dirigidas a Serah, pero Luce sabía
que eran para él, que estaban destinadas a herirlo en una manera que ningún
cuchillo lo haría.

—¿Quién crees que te dio esta cicatriz? —preguntó Abaddon mientras


apretaba su mano contra su pecho—. ¿Quién crees que se llevó tus recuerdos?

—No —susurró ella, sacudiendo su cabeza—. No.

Luce no podía encontrar su mirada. Sabía que vería la verdad en los suyos.
—Veras, Sera —dijo Abaddon—, eras en otro tiempo como nosotros. Una
vez, hace poco tiempo, tuviste alas. Pero aquí Lucifer te manipuló. Te despojó de
todo, te dejo sangrando en la calle. E hizo todo esto con ese cuchillo justo ahí, el
único tendido enfrente de ti sobre el concreto. Eras inocente, hasta que el célebre
Lucifer te rasgó en pedazos, una mentira susurrada cada vez.

—Luce —gritó, su voz temblorosa—. Por favor dime que no es cierto. Dime
que eso no es real. Dime algo… por favor… dime que estoy loca.

Luce encontró sus ojos, bebiendo del desamor que esas palabras habían
causado. Ese corazón, un corazón que él saboreo cada vez que latía, se fue
destrozando sobre él.

—No estás loca. Nunca has estado loca—.

—No — susurró de nuevo—. No me digas eso. Por favor. No… me digas que
esto es real.

—Soy quién él dice que soy —dijo Luce—. Hice lo que él dice que hice.

—No. —Ella estaba cerca de colapsar mientras sollozos rasgaban a través de


ella—. ¡No digas eso!

—Es la verdad —continuó Luce, tratando de ignorar el dolor que sus


palabras causaban—. Tomé la mitad de los ángeles hacia abajo conmigo cuando
caí, y te tomé a ti, también. Te tomé con crueldad. Confiaste en mí. Creíste en mí.
Pensaste que todos estaban mal cuando me llamaron Satán, pero les demostré que
sí lo era al hacerte caer.

—Estás loco —gritó.

—No, solo soy un pecador —dijo Luce—. Y un mentiroso. Y una víbora.


Goberné el infierno por seis mil años hasta que me ayudaste a escapar.

Ella no podía hacer nada sino mirarlo fijamente. Devastación marcaba sus
rasgos. Derrota desplomaba sus hombros. Sus lágrimas sin parar fluyendo hacia
sus mejillas, pero él no podía hacer nada para secarlas cuando había sido el único
para causarlas en primer lugar.

—Soy un montón de cosas malas, Serah, pero esto no es todo lo que soy, ni es
por eso que estamos aquí —continuó Luce—. Verás, hay algo más, soy algo más,
algo que Abaddon sabe.

—¿Qué? —preguntó—. ¿Qué eres?

—Soy un ser enamorado de ti —dijo Luce tranquilamente—. Él encontró mi


debilidad.

Serah nunca tuvo oportunidad para responder. Antes que la última sílaba
saliera de sus labios, un jadeo doloroso hizo eco a través del aire mientras
Abaddon sostenía el cuchillo deslizándose a través de la garganta de Serah.
Sangre fluyó de la herida mientras él se alejó de ella, empujándola a su derecha
sobre el borde.

Haz tu elección, hermano, y hazla rápido.

Las palabras de Abaddon sonaron a través de la mente de Luce mientras el


vaciló por una fracción de segundo. Una fracción de una sección, apenas un punto,
pero era casi demasiado largo. Se lanzó fuera a un lado del edificio, subiendo muy
alto tan rápido como pudo, tomando aSerah justo un segundo antes de que
golpeara el suelo.

Gritos sonaron por todo alrededor, de gente sobre el suelo, todo el edificio
comercial parecía venir a la parada para mirar. Luce tiró su cuerpo a sus brazos,
dejando histeria colectiva a su paso mientras él parecía, desvanecerse en el
delgado aire.

Él hizo su elección.

Escogió a Serah.

Él dejó a Abaddon vivo en la cornisa.

No tenía otro segundo disponible.


Luce apareció en Chorizon, directo en frente de la casa de Serah. El caos
había disminuido, los ángeles rebeldes derrotados gracias a Miguel. Al momento
que Luce apareció, Hanna se apresuró hacia él, frenética, pero sus ojos estaban
únicamente sobre su hermano.

—Sálvala —dijo—. Te lo suplico, Miguel.

Michael miró fijamente a Luce, miró a la deriva a Serah, lánguida y sangrando


en sus brazos. Sus ojos encontraron los de Luce una vez más. Segundos pasaron,
largos tortuosos segundos que fueron acentuados por los frágiles latidos del
corazón de Serah.

Él estaba desperdiciando esos segundos, perdiendo demasiado maldito


tiempo.

—Miguel —gritó—. ¡Por favor!

Miguel miró en sentido opuesto, y Luce lo supo entonces. Él no iba a hacerlo.


No podía ayudarlo.

No de nuevo.

Luce no parecía estar sorprendido. Sabía cómo era. Serah era una simple
mortal. Más pronto o tarde, iba a morir de cualquier manera. Desde ese día en el
jardín, ellos habían observado arriba a cien mil millones perecer.

Ella era solamente una vida.

Pero era importante para él.

Lucifer se sintió agotado, la energía filtrándose de su cuerpo mientras se


aferraba a Serah. Cayendo de rodillas, se sentó en el jardincito, mirándola
fijamente. Devastación lo sacudió, él único sentimiento que nunca había tenido
que desarrollar. Remordimiento.

—Encontraré a Abaddon —dijo Miguel, su voz fuerte y firme. Ninguna


simpatía—. Debe pagar por lo que ha hecho.
En un instante, Miguel se había ido, toda esperanza se la llevó lejos con él.
Los otros ángeles persistentes lo siguieron lentamente, dejando solo a Lucifer.

Solo.

Tan jodidamente solo.

Él todavía no estaba acostumbrado a eso.

—No estás solo.

La inesperada declaración hormigueó el espinazo de Luce mientras esto


resonaba justo a su lado. Luce cerró sus ojos a esa voz colándose a través de él.

Cuando abrió sus ojos de nuevo, Él estaba enfrente suyo. Su padre, en toda su
gloria, parado sobre el suelo de la tierra de nuevo. Había sido un largo tiempo
desde la última vez que se aventuró hacia acá. Un muy largo tiempo.

—Desde esa tarde en el jardín —dijo, añadiendo al pensamiento de Luce—.


Esa fue la última vez que vine.

—¿Por qué estás aquí ahora? —preguntó Luce, un filo amargo a su voz que no
podía contener. Venía de un lugar profundo muy dentro de él—. No estoy de
humor para un “te lo dije”. —Hubiera preferido estar solo con ella, tener un
momento…solo un momento más…antes de que ellos la tomen.

Un Segador flotaba encima. Luce no había mirado para arriba,


probablemente no podía incluso ver esto en la oscuridad sí lo hacía, pero podía
sentirlo al acecho. No quería considerar que significaba eso en el momento.
Segadores solo enviaban almas a un solo lugar.

Ella no merecía eso.

Su Padre miró hacia arriba al cielo, observando por un momento antes mirar
de nuevo a Lucifer.

—No está aquí por ella.

Lucifer encontró sus ojos.


—¿No lo está?.

Él sacudió su cabeza.

—Muchos más ángeles cayeron esta noche, Lucifer.

—Entonces ella no…. —Luce miró hacia abajo a Serah. Entonces ella no va a ir
al infierno…

—No, ella no.

Lucifer cerró sus ojos, alivio corriendo a través de él mientras absorbía esa
información.

—No estaba seguro. No puedo ver su futuro. Nunca he sido capaz.

—Lo sé —dijo—. Nadie puede. He guardado esto para mí mismo—.

—¿Por qué?

Era una pregunta que le hacían a menudo, pero una que usualmente nunca
contestaba. Esta vez, sin embargo, Él no la ignoró. Ofreció a Luce lo que ansiaba,
la verdad.

—Ustedes dos están tan entrelazados que es difícil distinguir donde terminas
tú y donde ella comienza. Su futuro nunca fue establecido porque tú no habías
decidido el tuyo. Te di lo que tú querías, Lucifer. Te permití libre albedrío. Cada
elección que hiciste alteró lo que le sucedió a ella.

Libre albedrío. No se sintió tan liberador como Luce pensó que se sentiría.

—Esa es la cosa acerca del libre albedrío —continuó, una vez más leyendo los
pensamientos de Luce—. Las decisiones tienen consecuencias. Ellas no solo te
impactarán, sino a cada uno alrededor tuyo también. Cada elección que hiciste de
alguna manera alteró lo que le sucedió a ella.

—Entonces yo hice esto —dijo Luce—. La destruí de nuevo.

Su padre se paró más cerca.


—Ella todavía está respirando.

—Por ahora.

—Si, por ahora —estuvo de acuerdo—. Así que tienes una decisión que hacer,
hijo, y no va a ser fácil.

—¿Qué es?

—Sí quieres o no conservar tus alas.

Lucifer lo miró fijamente.

—Puedes conservarlas —explicó—, y te daré la bienvenida de vuelta a casa..

—¿Y qué? si renuncio a ellas, ¿soy arrastrado de vuelta a el foso?

—Tienes una segunda oportunidad, Lucifer. —Sus ojos se giraron a la


residencia Barlow—. Justo como Samuel la tuvo. Tendrás un verdadero borrón y
cuenta nueva, algo que pediste a menudo los últimos meses, y no solamente de
otros. Tendrás un borrón y cuenta nueva de ti mismo, también.

—Esa no es una opción —dijo Luce, apartando el cabello de la cara pálida de


Serah—. No busco existir un solo momento sin recordar el sonido de su corazón.

Su padre asintió.

—Por lo tanto alas será.

Alcanzándolo, Dios presionó una mano en la frente de Luce.


Instantáneamente, un calor intenso lo llenó, consumiendo cada centímetro de él.
Era familiar, la sensación como un golpe de droga que él había tratado de patear.

Su Ggracia.

Al momento que su padre movió su mano, Lucifer presionó su propia palma


al pecho de Serah. Por favor que no sea demasiado tarde. Él canalizó esto,
empujándolo fuera de sí mismo y dentro de ella. Sus heridas se encaminaban, su
cuerpo brillando radiantemente mientras Lucifer la sano con su Gracia.
Recogiéndola, llevó a Serah dentro de la casa, tomándola de vuelta al cuarto.
La puso abajo sobre la cama, su cuerpo lacio, inconsciente, pero despertará pronto,
sintiéndose como nueva.

—Perdóname —susurró—. Pero tienes que olvidar que todo esto sucedió.
Tienes que vivir esta vida sin recordarme.

Él besó su frente, permaneciendo de pie para irse, cuando las imágenes lo


inundaron, golpeándolo tan duro que se tropezó. Serah. Una larga vida feliz, llena
de amor y amigos, viviendo justo al lado a su hermano angelical, observándolo
crecer, antes de sucumbir a una muerte pacífica en el camino. Se detuvo en la
puerta, una sonrisa formándose sobre sus labios.

Ahora eso es lo que ella merecía.

Cuando él dio un paso fuera, su padre todavía permanecía allí.

—Gracias —dijo Lucifer, las palabras atrapadas en su garganta. Él no estaba


seguro si logró decirlas en voz alta, pero su padre escuchó.

—Eres bienvenido. —Se volvió como si planeara irse pero vaciló, haciendo
señales hacia Lucifer—. Antes de que vengas a casa, considera hacer algo acerca de
tu vestimenta.

Lucifer rio.

—A menos que llames a Moisés de nuevo y hagas el “has de vestir de blanco”


un mandamiento, no hay una oportunidad en el Infierno que vayas a ponerme ese
traje blanco de nuevo.

Abaddon estaba de rodillas, su cabeza alta con orgullo, no había ni un gramo


de remordimiento en él. La punta de la cuchilla de fuego de Miguel estaba
apuntando hacia el pecho del Guardián, y aun así el ángel no mostraba miedo.

Miguel estaba a punto de incrustar la espada, a punto de tomar las alas de


Abaddon, cuando el aire detrás de él se agitó, otro ángel aparecía. La poderosa
familiaridad golpeo a Miguel de inmediato, sin ni siquiera mirar. Conocía esa
Gracia. La conocía porque la había compartido. Imposible.

Girando su cabeza, observó, sorprendido, como Lucifer daba unos pasos hacia
ellos. Definitivamente imposible, pero aun así ahí estaba. Su piel brillaba, su cuerpo
había sanado, los pecados que lo corrompían se habían apagado hasta apenas
notarse. No se habían borrado completamente, y probablemente nunca lo harían,
pero él tenía su Gracia de nuevo. Conservaría sus alas.

—Miguel —dijo Lucifer casualmente como saludo.

Satanás estaba en la punta de su lengua, pero no pudo decirlo. No podía


llamarlo así. Satanás no tenía Gracia. Satán no tenía la misma configuración que él.

Asintió después de un momento.

—Lucifer.

—Llámame Luce.

Miguel sonrió por la forma en la que lo había dicho. Él había sido el que le
había puesto ese apodo en primer lugar.

—Luce.

—Conmovedor —gruño Abaddon—. Si ustedes dos han terminado, me


gustaría continuar con esto. Haz lo que has venido a hacer, Príncipe.

Antes de que Miguel pudiera hacer algo, Luce lo tomó, su palma contra su
pecho, empujándolo.

—Permíteme.

Miguel se retiró, bajando su espada. Lucifer, ciertamente, había ganado el


derecho a ser el que llevara a cabo el castigo de Abaddon, pero le correspondía a
Miguel prestarle atención. Había pasado demasiado tiempo desde que había tenido
que hacerlo, demasiado tiempo desde que Lucifer tuvo poder en otro lugar que no
fuera bajo el suelo.

Miguel sacó el cuchillo dorado que había encontrado en Abaddon y se lo tiró a


Lucifer. Atrapando la cuchilla Celestial, Lucifer la observó en silencio, una
repentina sonrisa expandiéndose en su rostro alarmó a Miguel.

Lucifer se concentró en Abaddon, girando el cuchillo en su mano mientras


cerraba las distancias entre ellos.

Aun así, Abaddon no mostró miedo.


—¿Cómo está tu mortal? —se burló Abaddon.

Miguel esperó que Lucifer explotara ante la pregunta, pero apenas reaccionó.

—Está viva.

—Interesante. No lucia muy bien la última vez que la vi. —Los ojos de
Abaddon se movieron hacia Miguel—. Me da curiosidad saber cómo sucedió eso.

Miguel no respondió. No había sido él.

—Siempre pareces tener curiosidad sobre algo, Abaddon.

Abaddon se encogió de hombros casualmente.

—Culpable.

—Culpable —hizo eco Lucifer—. Ciertamente lo eres… muy culpable.

La punta del cuchillo de Lucifer se presionó contra el pecho de Abaddon. El


Guardián gritó cuando la cuchilla se clavó, haciendo un hoyo en su piel.

—Mira quien habla —gruño Abaddon a través de sus dientes apretados—.


¿Dónde crees que aprendí todo, eh? ¿Quién crees que me enseñó todos los trucos?

—No has aprendido nada de mí —dijo Lucifer—. Lo que intenté enseñarte


fue fuerza, respeto y lealtad… traté de enseñarte a valerte por ti mismo, a pelear
por lo que era justo y razonable… pero lo único que conoces, Don, es la cobardía. Lo
único que conoces es la maldad. Sólo has defendido tu propio interés, no a la
justicia, y esa no es la lección que aspiraba enseñarte.

Abaddon miró a Lucifer, sus oscuros ojos ardiendo más rojos mientras
gritaba otra vez cuando Lucifer giró la hoja de su cuchillo, cavándolo un poco más.
Miguel consideró detenerlo, frenar lo que Lucifer estaba haciendo. No estaban en el
negocio de la tortura. Esto, se suponía, sería un castigo. Pero la tranquila expresión
de Lucifer evitó que interviniera. Esto no se estaba haciendo con intención
siniestra. Esto sólo era la marca de la penitencia del Arcángel. Sus ojos eran puros,
tan azules como lo había estado el cielo antes de que los Segadores de Almas
hubieran rodeado el área, cubriendo el cielo con la clase de oscuridad que
usualmente sólo traía la noche.

—Eres un enemigo de la humanidad —dijo Lucifer, su voz sonó más tranquila


de lo que jamás la había oído Miguel—. No muestras remordimiento por nada.
Arrepiéntete, Don, antes de que sea demasiado tarde. Pide misericordia, y te la
mostraré.

—Nunca.
Por un momento, un corto momento, pareció que el mundo se había
congelado. Nadie se movió. El aire carecía de sonido. Pero tan rápido como llegó a
ellos, se vio destrozado por la tranquila y estoica voz.

—Esperaba que dijeras eso.

Un chillido de agonía hizo eco a través del aire cuando la hoja del cuchillo de
Lucifer se deslizó a través del pecho de Abaddon. No lo perforó, no llegó lo
suficientemente profundo como para remover sus alas, sólo arañó la superficie y
sacó lo que quedaba de su Gracia. En un abrir y cerrar de ojos, el antiguo sello
apareció, la estrella encerrada en un círculo grabada en el pecho del Guardián.

La Marca de Satanás.

Lucifer alejó la hoja, sus ojos ardiendo rojos. Tan, tan rojos. Hizo que la espina
de Miguel cosquilleara mientras su cuchilla de fuego se encendía en respuesta a la
escena, cuando Lucifer pateó con fuerza a Abaddon, arrastrándose al ángel sobre
su espalda unos metros. Dejando caer el cuchillo, Lucifer levantó sus manos
defensivamente y se giró hacia Miguel antes de que este pudiera reaccionar. La
sonrisa había vuelto a sus labios, el rojo se apagaba mientras los Segadores de
Almas descendían del cielo, los lamentos de Abaddon intensificándose mientras
era atacado por las masas negras.

—Lo siento, hermano —dijo Lucifer, el azul reapareciendo una vez más en
sus ojos—. Los viejos hábitos tardan en morir.

Miguel estaba en silencio, apuntando su espada hacia Lucifer, mientras


observaba como se llevaban a Abaddon. El cielo se despejó cuando los Segadores
de Almas desaparecieron, dejando el mundo a su alrededor en silencio otra vez.

Lentamente, Miguel bajó la espada—. Se ha ido.

—Por ahora —dijo Lucifer—, pero no para siempre.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo estoy aquí —dijo Lucifer—. Conozco lo que te hace estar en el


pozo. Dale algunos miles de años para que se moleste adecuadamente y encontrará
la forma de salir de allí.

—Entonces, ¿por qué lo has enviado allí? ¿Por qué no acabar con él ahora?

—Porque cuando acabe con él, hermano, no quiero que este de rodillas —dijo
Lucifer, recogiendo su cuchillo y girándolo por un momento. Miguel observó con
fascinación mientras Lucifer cortaba su propia mano con la cuchilla. No hubo
sangre, sólo una línea de una brillante luz cuando un poco de Gracia salió goteando
antes de que la herida se cerrara. Lucifer la observó, sonriendo, antes de
encontrarse con los ojos de Miguel—. Cuando acabe con él, quiero que aprenda una
lección que hoy fue demasiado estúpido como para aprender.

—¿Cuál es?

Lucifer se acercó a Miguel, y él se tensó, apretando más fuerte la empuñadura


de su cuchilla, pero no se movió. Sin embargo, la sonrisa de Lucifer creció cuando
lo atrapó, sus ojos observando brevemente la espada mientras decía—: Nadie se
mete con un Arcángel. Nadie.

Miguel sacudió su cabeza mientras Lucifer reía, el estallido de estática


cortando el sonido divertido cuando el Arcángel desapareció. Miguel se quedó allí
por un momento mientras algo nadaba en su interior, algo que había intentado
alejar, pero eventualmente lo venció: la curiosidad.

Se separó del área y apareció frente a la pequeña casa en Chorizon. Serah


estaba en el interior, profundamente dormida. Miguel se quedó en la calle por un
momento, observando al rededor. Todo era como había sido el día anterior, la
pizarra se había limpiado, removiendo la pelea entre los ángeles de todos los
recuerdos mortales. Aun así, Miguel lo recordaba. Siempre lo haría. Justo como su
hermano, recordaría todo. Recordó como se sintió el día que evitó a Serah no muy
lejos de la calle, el dolor que había sentido por primera vez en toda su existencia.

Lo había sentido otra vez, no hacía mucho, justo en este lugar cuando no
pudo evitarla de nuevo. Ordenes eran ordenes, y su Padre lo había manifestado
explícitamente cuando fue enviado a ayudar a Lucifer.

Sin importar lo que suceda con la llamada Serah, no deberás intervenir.

El dolor por dejarla morir no era por su vida perdida. Era porque él y Lucifer
aún estaban conectados, y lo sentía en el interior de su hermano, el dolor como
nunca antes había sentido.

Miguel le echo un último vistazo a la casa antes de alejarse. No había nada


más que le hiciera querer quedarse. Ella lo había dejado mucho antes que hoy.
Ahora era tiempo de que él la dejara ir.
Traducido por Pilar

Colores.

Los mortales tienen cientos de nombres para ellos, diferentes tonos de


diferentes colores, sólo sutilmente diferentes del anterior. Les tienen mucho
respeto a los colores, mezclándolos y combinándolos, coordinando sus ropas y
pintando sus autos e incluso yendo tan lejos como alterar los tonos de sus
céspedes. Los colores, para ellos, son simbólicos… se vuelven rojos de ira, se
sienten verdes de envidia o se tornan azules cuando están tristes.

Eso desconcertaba a Lucifer.

Los colores, técnicamente hablando, son longitudes de onda de la luz. Los


ojos sólo detectan que luz el objeto refleja más. No hay nada metafórico en ello. El
tono con el que el césped crezca no lo hace más o menos útil. Los tulipanes rosas
no huelen mejor que los púrpuras. Si le ponen valor a la luz reflejada, deberían
apreciar más el blanco, ya que refleja más, mientras que el negro simplemente la
absorbe.

Es por eso que usualmente los ángeles se ven en blanco, especialmente los
Arcángeles. La luz los rodea. Son puros. También es por eso que Lucifer estaba en
el medio de un vasto espacio blanco que una vez más llego a considerar su “hogar”,
usando su usual ropa negra de la cabeza hasta los pies.

Sesenta años.

Se había quedado aquí arriba por los últimos sesenta años, sin poner un pie
en el suelo por debajo, y apenas había mirado mientras la Tierra seguía girando.
Giraba y giraba, reflejando luz, sustentando la vida, aún era la magnífica creación
que su Padre había soñado que seria.

—Se siente como si hubiera sido ayer, ¿o no?

Lucifer giro su cabeza al oír la voz familiar, viendo a Miguel detrás de él. Veía
a su hermano ocasionalmente, una vez al mes o algo así. Miguel aun pasaba la
mayor parte de su tiempo en el salón del trono junto a su Padre. Lucifer no había
ido allí desde que había llegado, no porque no hubiera sido invitado… mayormente
porque sentía que no pertenecía allí.

Quizás en otros sesenta años.

Sólo Dios sabe…

—Parece que fue ayer cuanto tú y yo nos sentamos allí —continuó Miguel—,
observando al primer humano respirar por primera vez.

—Prácticamente fue ayer —respondió Luce, girándose cuando Miguel se


acercó, deteniéndose junto a él.

Miguel asintió, mirando fijo hacia la imagen proyectada frente a él, la misma
imagen que había estado reproduciéndose en este lugar por décadas. Serah en la
cama, justo como había estado la última vez que Lucifer la vio en persona, sólo que
mucho más grande ahora.

—No falta mucho —dijo Miguel.

Lucifer susurro—: Lo sé.

Su corazón había latido casi dos mil millones de veces desde que la dejó...
había contado cada uno de los latidos. Y sabía que sólo le quedaban cien antes de
que dejara de latir.

Noventa y nueve…

Noventa y ocho…

Noventa y siete…

—No deberías preocuparte —dijo Miguel—. Lo que ha de ser…

—Será —gruñó Lucifer—. Todo debe terminar, bla bla maldito bla, la rueda
en el cielo sigue girando. Estas malgastando tu aliento, hermano. Ya lo he oído todo
antes.

En lugar de molestarse, Miguel sonrió. Verlo hizo que Lucifer pusiera los ojos
en blanco. Quería quitarle con un golpe la sonrisa de su santurrón rostro.

Setenta y cuatro…

Setenta y tres…

Setenta y dos…

—Es la verdad —dijo Miguel.


—Es una mierda —contrarrestó Lucifer, haciendo un gesto con su cabeza en
dirección al salón del trono—. Él sabe lo que sucederá, pero el resto de nosotros
estamos en la oscuridad.

—No creo que Él lo sepa.

—Otra vez —dijo Lucifer—, eso es una mierda.

—Hablo en serio —dijo Miguel—. El Paraíso es una idea. Él no lo crea. Ellos lo


crean. Pasan la eternidad donde sea que estén más felices, donde sea que sus almas
estén en paz. Ella fue como nosotros una vez, hermano, pero ahora tiene el poder
del libre albedrio. Ira a donde su alma elija ir.

Cuarenta y seis…

Cuarenta y cinco…

Cuarenta y cuatro…

Lucifer observó la imagen, viendo como su ritmo cardiaco disminuía,


debilitándose, volviéndose inconsistente. Supo que no sentiría nada cuando el final
llegara. Se iría en paz mientras dormía. Ella nunca se casó, nunca tuvo hijos, pero
encontró una familia en sus amigos. Se convirtió en maestra, dirigió la Escuela
Dominical en una iglesia local, y era voluntaria en su tiempo libre para ayudar a
otros. Era la definición de pureza, su alma inmaculada y marcada para ir directo al
Cielo.

Pero no tenía idea de a dónde iría una vez que ella llegara allí.

No tenía idea de con quién estaría, o qué vería.

No tenía idea de si incluso lo recordaría a él.

Veinte…

Diecinueve…

Dieciocho…

—El amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta —dijo
Miguel—. El amor nunca deja de ser.

Lucifer normalmente se burlaba de su hermano por citar las Escrituras, pero


no tenía humor para eso en el momento. Encontró consuelo en esas palabras,
incluso aunque no estaba seguro de que hacer con ellas.

—¿Crees que me ama? Sé que la amo, pero…


Pero ella nunca se lo dijo.

¿Había hecho algo para realmente merecer su amor?

No lo creía.

—Supongo que lo descubriremos —dijo Miguel, una vez más mostrándole


una sonrisa antes de desaparecer.

Lucifer miro la imagen de ella cuando estuvo solo antes de cerrar los ojos,
concentrándose solamente en el sonido de su corazón.

Tres…

Dos…

Uno…

El silencio que lo encontró entonces era ensordecedor. Su pecho se apretó.


Cerro sus ojos más fuerte, buscando su esencia a su alrededor. La sintió
apareciendo, no muy lejos, y se canalizo a sí mismo a ese espacio.

A su Paraíso.

Lentamente, abrió sus ojos.

Un parque infantil.

Conocía el lugar. Había estado allí antes, y había visto a Serah ir allí casi todos
los días al pasar los años. La Escuela Primaria de Chorizon. Todo estaba en silencio,
sólo una suave briza soplaba a través del parque. Después de un momento un
chillido resonó en el aire, el sonido de una oxidada cadena de metal. Lucifer se giró
hacia los columpios y se congeló cuando la vio. Era mucho más joven de lo que
había sido en los últimos años, absolutamente hermosa, usando un vestido color
melocotón, su largo cabello marrón caía en cascada sobre sus hombros. Los pies
descalzos arrastraban la tierra mientras se balanceaba hacia adelante y atrás
ligeramente, sus dedos cavando la tierra. Su mano izquierda se aferraba a la
cadena, mientras que la derecha sostenía el tallo de una planta familiar.

Una flor araña.

—Tenías razón. —Su voz fue suave cuando habló, alejando la mirada de la
planta, mirándolo a él—. Esas flores realmente apestan.

La presión en el pecho de Lucifer disminuyó.

Después de un momento, extendió su mano, silenciosamente ofreciéndosela.


Él sacudió su cabeza—. Ya no puedo oler.

—Lo supuse —dijo—. Eso significa que no hay nadie más perfecto que tú
para dársela.

Lucifer rio suavemente, acercándose a ella, cuidadosamente tomando la flor


de su mano. La observó por un momento antes de encontrarse con sus ojos
nuevamente. Ninguno dijo nada. Lucifer no estaba seguro de que decir. Había
sobrevivido seis mil años en el infierno, pero los últimos sesenta sin ella fueron los
más tortuosos de su existencia.

—No creí… —comenzó él—. No esperaba…

—¿No esperabas qué?

—Que me recordaras —admitió—. Te hice mal, Serah. Te he quitado todo. Te


he herido. Creí que aparecería aquí, y no me verías, porque no existiría en tu
eternidad… que el Paraíso, para ti, seria algún lugar en el que yo no podría estar.

Ella lo observó por un momento antes de que su expresión se suavizara. Se


balanceo un segundo más antes de pararse y acercarse a él.

—Nunca te olvidé, Luce. Incluso cuando no te conocía, aparecías en mis


sueños. Mi primer pensamiento, cuando abrí los ojos y me encontré en este
columpio, cuando recordé cada segundo en el que he existido, fue que alguien se
había equivocado, porque no era aquí donde quería estar.

—¿No lo es?

—No.

El aire se agitó alrededor de ellos antes de que pudiera explicarlo, altas


explosiones sonaron mientras otros aparecieron en el área. Serah se giró a tiempo
para que Hannah descendiera sobre ella, tomando a su amiga con un abrazo
emocionado mientras la voz de Miguel cortaba el aire.

—Serah —dijo él, sonando casi tan nervioso como le dijo a Lucifer que no se
sintiera.

Serah se alejó de Hannah para mirarlo, sonriendo amablemente.

— Miguel.

Antes de que alguno pudiera decir algo más, otro gran estallido sacudió el
área. Todos se giraron, y Lucifer se congeló cuando Samuel apareció con toda su
gloria angelical. Su cuerpo mortal había muerto hacía meses, apareciendo en el
Paraíso con su verdadera forma. Lucifer lo había evitado, y Samuel no lo había
buscado. Era la primera vez que estaban frente a frente desde el día que lo había
visitado en la entrada hacía muchos años atrás.

Serah jadeó, corriendo hacia su hermano. Él la levantó, girándola en un


círculo mientras la abrazaba fuertemente.

—Te lo dije —le susurró, lo suficientemente fuerte para que Lucifer lo


oyera—. Sabía que tendríamos muchos maravillosos momentos en el futuro.

Serah sonrió, aferrándose a él, antes de que Hannah la alejara de nuevo.


Samuel saludó a Miguel casualmente con un golpe en la espalda y se giró hacia
Lucifer, asintiendo, antes de robar a su hermana una vez más. Morían por su
atención, y Lucifer se alejó, dándoles espacio en silencio. Se giró para irse cuando
unos brazos se envolvieron de repente a su alrededor desde atrás, deteniéndolo.
Suspirando, cerró sus ojos, tomándose un momento para saborear su toque.

—Ángel.

—Luce.

La acerco a sus brazos mientras susurraba—: Te amo.

—También te amo —dijo Serah, aferrándose a él—. Cuando abrí mis ojos, no
quise estar aquí, porque no creí que estuvieras aquí. Creí que estarías allí abajo
otra vez, de vuelta en el pozo, y elegiría una eternidad en tu Infierno antes de tener
un solo segundo en mi Paraíso sin ti.

Esas palabras eliminaron todas sus preocupaciones, todas sus dudas,


dejándolo con un cálido brillo bajo su piel. Ella lo amaba. Lo hacía.

Él se alejó un poco, abriendo sus ojos para observarla. Sus mejillas estaban
sonrojadas, sus ojos de un brillante marrón con motas de un color verdoso. Tonos
de melocotón y bronceado la cubrían, pálido en algunos lugares, pecas en otros.
Sus labios eran naturalmente de un rojo cereza.

Inclinándose hacia adelante, la beso suavemente.

Nunca había apreciado tanto los colores antes...


J.M. Darhower es autora de innumerables cuentos y poemas, la
mayoría de los cuales sólo ella ha leído. Vive en un pequeño
pueblo en la zona rural de Carolina del Norte, donde produce
en serie más palabras de las que jamás verán la luz del día.
Tiene una profunda pasión por la política y habla en contra de
la trata de personas, y cuando no está escribiend está
generalmente despotricando sobre esas cosas. Beligerante
crónica con una boca vulgar, ella admite que tiene una adicción
a Twitter. Puedes encontrarla allí. @JMDarhower
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