Al final de la vida no solo se dan cita la medicina y las tecnologías.
Y el electroencefalograma
y el electrocardiograma. Se da cita también el mundo del misterio y el mundo de la
búsqueda de sentido: si realmente tiene sentido hacer todo lo que está a nuestro alcance o
hay que poner límites. La bioética es ese espacio donde nos hacemos la pregunta
genuinamente humana de qué es bueno qué es malo, qué es justo y qué es injusto.
Concretamente, el final de la vida nos pone contra las cuerdas y nos cuestiona: hasta
dónde luchar, hasta cuándo, en qué medievitar encarnizarnos con el paciente. P.– Ese
acuerdo no es la impresión que se intuye, por ejemplo, cuando se habla de eutanasia.
R.– Mediáticamente, lo que atrae es marcar la diferencia. Es poco noticioso que la
humanidad entera está a favor de promocionar la paliación al final de la vida, de la
eliminación del sufrimiento evitable, de un acompañamiento digno, centrado en la
multidimensionalidad del ser humano. De eso, en lo que estamos tan de acuerdo, es
más difícil hacer noticia. P.– Siendo así, ¿qué aporta, por ejemplo, la reciente ley
española sobre eutanasia? R.– Aporta el marco jurídico deseado por ese grupito de
personas que, encontrándose en situación de sufrimiento, experimentado como
insufrible, no encuentran más que motivación para morir, lo cual es una mala noticia
para la humanidad. Que alguien quiera morirse es un fracaso colectivo: no hemos
logrado ayudarle a vivir con sentido también en el límite, o no hemos logrado aliviar
suficientemente el sufrimiento como para que desee seguir viviendo. Paradigma de esto
son los que se suicidan, tantísimos también en nuestro país. Es un escándalo para la
humanidad que no seamos capaces de identificar la desesperanza, aquello que desactiva
lo genuinamente humano, para acompañar y para ser luz para el otro y consuelo
suficiente en medio de lo que no se puede evitar. P.– Usted habla de fracaso. Otros, de
un logro social. R.– Creo que hay una ideologización extraña, politizada en ese discurso.
Hay un analfabetismo ético en cuanto a la terminología que se utiliza para justificar la
eutanasia que está impidiendo un poco el diálogo profundo. No se ha dado tiempo a las
universidades, a los medios de comunicación, a la reacción social para que se hable
tanto como para que la mayoría sepa de qué estamos hablando. Se ha hurtado el
diálogo, el debate y la razón sobre la eutanasia. Ha faltado rigor. Los primeros estudios
para chequear la opinión pública a veces hicieron preguntas tan pobres que la respuesta
estaba cantada. P.– Defiende usted que ha faltado reflexión. R.– Sin duda. Porque
defender la eutanasia supone un cambio radical de lo que significa la medicina y lo que
significa el otro. La medicina nace y se desarrolla, y espero que siga por este camino, para
prevenir, para curar, para cuidar, para paliar. Añadir en esta cartera de verbos «para
matar» es un cambio radical que amenaza la clave fundamental de la alianza terapéutica: la
confianza recíproca en la relación médico-paciente. P.– ¿Teme usted los abusos en su
práctica? R.– Sin ninguna duda: una seducción de la muerte... Una atracción que
experimenta quien está cansado, quien está mal cuidado, quien tiene miedo de ser una
carga para los demás, quien está mal atendido desde el punto de vista social, psicológico,
espiritual, biológico... para un grupo de personas que viven con una mayor dependencia
de los demás para las actividades de la vida diaria. Este marco legal tan brutalmente
atrevido es un agujero que va a generar una cultura que probablemente no está en la
intención del legislador, que podría dar respuesta no ya al pequeño, mínimo colectivo de
personas que se encuentran en el llamado contexto eutanásico, sino que genera un tópico
de que la muerte forma ZMáster en Bioética Z Máster en ‘Counselling’ Z Máster en
Intervención en duelo Z Doctor en Teología Pastoral Sanitaria por el Camillia num de Roma Z
Profesor de las universidades Ramón Llull (Barcelona), Católica (Portugal), Católica (Valencia) y
Camillianum (Roma) da esto que podemos hacer por alargar la existencia contribuye a una
vida realizada, con sentido, o si hay que poner límites.