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Fragmentos novela siglo XX

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Tupra result6 ser en primera instancia o en una fiesta un hombre cordial, risuefio, abiertamente simpético para ser insular, con una vanidad blanda e ingenua que no s6lo no molestaba, sino que hacia que se lo mirara con ligera ironfa y con instintivo y leve afecto también. Era inequivoca- mente inglés pese al apellido tan raro, mucho més Bertram que Tupra: sus gestos, su entonacién, sus alternativos agudos y graves en una misma parra- fada, su balanceo suave sobre los talones con las manos juntas a la espalda cuando estaba de pie, su inicial timidez impostada, allf se adopta a menudo como mero signo de educacién, 0 como preliminar declaracién de renuncia a todo avasa- Iamiento verbal —muy inicial fue la suya, quiero decir que la timidez no le duré més alla de las presentaciones—; y, con todo, algo de sus orige- nes extranjeros remotos o rastreables pervivia en 61 —quizé eran paternos sin mas —, tal vez apren- dido sin deliberacién y con naturalidad en su casa y no borrado del todo por el barrio y la escuela, ni siquiera por la Universidad de Oxford en la que habia estudiado, que aporta tantos amaneramien- tos y modismos del habla y tantas actitudes excluyentes y distintivas —parecen casi contrase- fias o cifras—, no poca soberbia y hasta algunos tics faciales en los casos de mayor y més deno- dada asimilacién al lugar —o es més bien a una vieja leyenda—. Ese algo tenfa que ver con cierta dureza de cardcter 0 cierta permanente tensién, 0 acaso era una vehemencia postergada, subterré- nea, cautiva, impaciente siempre por quedar sin testigos —o con los de confianza tan s6lo— para emerger y manifestarse. No sé cémo decir, no me habria extrafiado que Tupra, cuando estuviera a solas u ocioso, bailara como loco por su habita- cién, con pareja o sin ella pero probablemente con mujer a mano, saltaba a la vista que le gusta- ban con desmesura (y cuando eso se da en Ingla- terra se hace muy patente, por contraste con la simulacién dominante), no s6lo la que estuviera con él sino casi cualquiera y aunque fuese de edad ya madura, era como si tuviera la capacidad para verlas en su anterioridad, cuando eran sdlo Nunca supe a las claras si habfa acertado en algo, con el Coronel Bonanza de Caracas o bien del exilio y de fuera, no se me comunicaban los resultados, y atin menos a las claras: no me ata- fifan a mf, y puede que tampoco a nadie. A veces no debfa ni de haberlos, y los dictimenes o infor- mes serfan meramente archivados, por si acaso. Y si habfa que tomar decisiones respecto a algo (el respaldo y la financiacién de un golpe, por ejem- plo), es probable que las tomaran los responsa- bles diversos —quienes hubieran hecho en cada caso el encargo, 0 hubieran solicitado los parece- res nuestros— sin posibles constatacién ni cer- teza y s6lo por su cuenta y riesgo, es decir, fidndose 0 no fidndose, apostando a favor o en contra de lo que Tupra y los suyos hubieran visto y opinado, o quiz4 recomendado. En un primer momento, sin embargo, supuse cAndidamente que en algo habrfa acertado, por- que no pasaron muchos dfas tras aquella mafiana de interpretar doblemente, la lengua y las inten- ciones —inexacto lo segundo, pero dig4moslo asf en principio—, sin que se me propusiera abando- nar ya mi puesto de la BBC Radio y trabajar en exclusiva para Tupra (0 eminentemente), junto a ély su devoto Mulryan, la joven Pérez Nuix y los otros, con horarios muy flexibles en teoria y bas- tante mayor ganancia, ninguna queja en ese aspecto, al contrario, podfa enviar més dinero a casa. Fue inevitable la sensacién de haber apro- bado un examen, y de que se me incorporaba a lo que quisiera que fuese aquello, entonces no me pregunté mucho al respecto ni tampoco més tarde ni tampoco ahora, porque aquello fue quiz4 siem- pre impreciso (y la indefinicién era su esencia), y porque algo me habfa advertido Sir Peter Whee- ler, o suficientemente: ‘De esto no te hablardn los libros, ninguno de ellos, ni los més antiguos ni os mas modemos, ni Ios mas exhaustivos que se publican ahora, Knightley, Cecil, Dorril, Davies, no sé, Stafford, Miller, Bennett, tantos, ni cripti- camente los que en su dia fueron mas cripticos, Rowan, Denham, y lo siguen siendo. No busques en ellos. Casi ni alusiones encontrards. Sélo per- interesar por lo que mis ofdos oyen. Quiero decir que entendfa desde luego las palabras y también las frases, y podfa convertirlas y reproducirlas y transmitirlas sin ningtin problema, pero no com- prendf los asuntos ni sus respectivos fondos, me trafan sin cuidado. La tercera ocasién fue més extrafia y entrete- nida y también me gané més la paga, porque fui convocado al despacho de Tupra y allf hube de traducir lo que a todas luces me parecié un inter- rogatorio, No el de un detenido ni el de un prisio- nero ni tan siquiera el de un sospechoso, pero sf tal vez —como si dijéramos— el de un infiltrado © un trénsfuga 0 un confidente del cual Tupra y Mulryan atin no se fiaran enteramente, los dos hacfan las preguntas (pero més Mulryan, Tupra se reservaba) que yo le repetfa en espafiol a aquel venezolano alto y s6lido de mediana edad, ves- tido de paisano y algo incémodo en esas ropas, 0 digamos desasosegado, forzado, como si fueran prestadas y pasajeras o adquiridas recientemente, ‘como si se sintiera inestable y tal vez. un farsante sin el mas que probable uniforme al que debfa de estar acostumbrado. Con su bigote rigido y su cara ancha y tostada, sus cejas veloces separadas tan s6lo por dos mfnimas pinceladas cobrizas que Je flanqueaban un entrecejo breve como una mosca trasladada de la barbilla a la frente, con su t6rax muy convexo perfecto para sostener y real- zat medallas y en cambio demasiado henchido para soportar tan s6lo camisa blanca, corbata oscura y chaqueta clara cruzada (rara de ver en Londres, parecfa a punto de estallarle, los tres botones abrochados como reminiscencia de la guerrera), no me costaba imaginarlo con una gorra de plato de militar sudamericano, o es més, su pelo de gruesas piias negras y blancas que le nacfa demasiado bajo pedfa a gritos una visera de buen charol que concentrara toda Ja atencién en ella y le ocultara o disimulara su tan invasor arranque. Las preguntas de Mulryan, mas alguna oca- sional de Tupra, eran educadas pero muy répidas y muy al grano (al grano parecfan ir ambos siem-

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