Oda al Niágara (José María Heredia, 1824) Y al soplo de las brisas del Océano,
Bajo un cielo purísimo se mecen?
Templad mi lira, dádmela, que siento
En mi alma estremecida y agitada Este recuerdo a mi pesar me viene…
Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
En tinieblas pasó, sin que mi frente Ni otra corona que el agreste pino
Brillase con su luz…! Niágara undoso, A tu terrible majestad conviene.
Tu sublime terror sólo podría La palma, y mirto, y delicada rosa,
Tornarme el don divino, que ensañada Muelle placer inspiren y ocio blando
Me robó del dolor la mano impía. En frívolo jardín: a ti la suerte
Guardó más digno objeto, más sublime.
Torrente prodigioso, calma, calla El alma libre, generosa, fuerte,
Tu trueno aterrador: disipa un tanto Viene, te ve, se asombra,
Las tinieblas que en torno te circundan; El mezquino deleite menosprecia,
Déjame contemplar tu faz serena, Y aun se siente elevar cuando te nombra.
Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
Yo digno soy de contemplarte: siempre ¡Omnipotente Dios! En otros climas
Lo común y mezquino desdeñando, Vi monstruos execrables,
Ansié por lo terrífico y sublime. Blasfemando tu nombre sacrosanto,
Sembrar error y fanatismo impío,
Al despeñarse el huracán furioso, Los campos inundar en sangre y llanto,
Al retumbar sobre mi frente el rayo, De hermanos atizar la infanda guerra,
Palpitando gocé: vi al Oceano, Y desolar frenéticos la tierra.
Azotado por austro proceloso,
Combatir mi bajel, y ante mis plantas Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
Vórtice hirviente abrir, y amé el peligro. En grave indignación. Por otra parte
Mas del mar la fiereza Vi mentidos filósofos, que osaban
En mi alma no produjo Escrutar tus misterios, ultrajarte,
La profunda impresión que tu grandeza. Y de impiedad al lamentable abismo
A los míseros hombres arrastraban.
Sereno corres, majestuoso; y luego Por eso te buscó mi débil mente
En ásperos peñascos quebrantado, En la sublime soledad: ahora
Te abalanzas violento, arrebatado, Entera se abre a ti; tu mano siente
Como el destino irresistible y ciego. En esta inmensidad que me circunda,
¿Qué voz humana describir podría Y tu profunda voz hiere mi seno
De la sirte rugiente De este raudal en el eterno trueno.
La aterradora faz? El alma mía
En vago pensamiento se confunde ¡Asombroso torrente!
Al mirar esa férvida corriente, ¡Cómo tu vista el ánimo enajena,
Que en vano quiere la turbada vista Y de terror y admiración me llena!
En su vuelo seguir al borde oscuro ¿Dó tu origen está? ¿Quién fertiliza
Del precipicio altísimo: mil olas, Por tantos siglos tu inexhausta fuente?
Cual pensamiento rápidas pasando, ¿Qué poderosa mano
Chocan, y se enfurecen, Hace que al recibirte
Y otras mil y otras mil ya las alcanzan, No rebose en la tierra el Oceano?
Y entre espuma y fragor desaparecen.
Abrió el Señor su mano omnipotente;
¡Ved! ¡llegan, saltan! El abismo horrendo Cubrió tu faz de nubes agitadas,
Devora los torrentes despeñados: Dio su voz a tus aguas despeñadas,
Crúzanse en él mil iris, y asordados Y ornó con su arco tu terrible frente.
Vuelven los bosques el fragor tremendo. ¡Ciego, profundo, infatigable corres,
En las rígidas peñas Como el torrente oscuro de los siglos
Rómpese el agua: vaporosa nube En insondable eternidad…! ¡Al hombre
Con elástica fuerza Huyen así las ilusiones gratas,
Llena el abismo en torbellino, sube, Los florecientes días,
Gira en torno, y al éter Y despierta al dolor…! ¡Ay! agostada
Luminosa pirámide levanta, Yace mi juventud; mi faz, marchita;
Y por sobre los montes que le cercan Y la profunda pena que me agita
Al solitario cazador espanta. Ruga mi frente, de dolor nublada.
Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista Nunca tanto sentí como este día
Con inútil afán? ¿Por qué no miro Mi soledad y mísero abandono
Alrededor de tu caverna inmensa y lamentable desamor… ¿Podría
Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas, En edad borrascosa
Que en las llanuras de mi ardiente patria Sin amor ser feliz? ¡Oh! ¡si una hermosa
Nacen del sol a la sonrisa, y crecen, Mi cariño fijase,
Y de este abismo al borde turbulento
Mi vago pensamiento
Y ardiente admiración acompañase!
¡Cómo gozara, viéndola cubrirse
De leve palidez, y ser más bella
En su dulce terror, y sonreírse
Al sostenerla mis amantes brazos…!
¡Delirios de virtud…! ¡Ay! ¡Desterrado,
Sin patria, sin amores,
Sólo miro ante mí llanto y dolores!
¡Niágara poderoso!
¡Adiós! ¡adiós! Dentro de pocos años
Ya devorado habrá la tumba fría
A tu débil cantor. ¡Duren mis versos
Cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso
Viéndote algún viajero,
Dar un suspiro a la memoria mía!
Y al abismarse Febo en occidente,
Feliz yo vuele do el Señor me llama,
Y al escuchar los ecos de mi fama,
Alce en las nubes la radiosa frente