Nankín, la masacre olvidada
El 13 de diciembre se conmemora el 70 aniversario de la masacre de
Nankin, donde tropas japonesas asesinaron a centenares de miles de civiles
chinos durante la guerra que enfrentó a ambos países entre 1937 y 1945.
Este episodio casi desconocido en Occidente sigue envenenando hoy en día
las relaciones entre las dos potencias asiáticas.
“Probablemente no ha habido un solo crimen que hoy no se haya cometido en Nankín”,
así de dramático fue el testimonio de la misionera norteamericana Minnie Vautrin,
presente en la ciudad china durante el asalto de las tropas japonesas el 13 de diciembre
de 1937.
Para la mayoría del público, las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra
Mundial se suelen asociar al Holocausto que sufrieron los judíos en los campos de
exterminio nazi. Pero en Asia también se produjeron horrendos crímenes contra la
Humanidad. El paradigma de estos horrores en ese continente es si duda la masacre de
Nankín. El 13 de diciembre de 1937 el ejército japonés asaltó esta ciudad y durante seis
semanas los invasores saquearon, mataron y violaron a placer. El número de víctimas
varía según las fuentes, pero los cálculos más fiables hablan de entre 150.000 y 300.000
muertos, así como de 80.000 mujeres violadas.
Las heridas que dejó la “Violación de Nankín” (tal y como se conoce la masacre
popularmente en China) siguen abiertas hoy en día. Pekín exige a las autoridades
japonesas que reconozcan sinceramente los crímenes allí cometidos. Asimismo, los
dirigentes chinos utilizan interesadamente estos hechos para fomentar el sentimiento
nacionalista entre una población cada vez menos apegada al comunismo.
Por su parte, diversos historiadores nipones han iniciado una corriente revisionista que
niega las atrocidades del Ejército Imperial. Además, los libros de texto en el país del Sol
Naciente no hacen ninguna referencia a estos hechos lo que también crispa a las
autoridades chinas. Las dos potencias asiáticas libran su propia batalla alrededor de la
memoria histórica.
El camino hacia la barbarie
Desde finales del siglo XIX, Japón había despertado como la gran potencia de Asia y en
una guerra relámpago ocupó Corea, Taiwán y otros territorios chinos. Al igual que su
aliada la Alemania nazi en Europa, Tokio retomó sus ánimos expansionistas durante los
años 30 y 40 del siglo XX y acabaría por involucrarse en la Segunda Guerra Mundial
con el ataque a Pearl Harbour.
En 1931, una serie de escaramuzas en la frontera entre China y los dominios japoneses
en Corea había provocado un estado de guerra no declarada entre ambos países. El
ejército nipón fue ocupando grandes extensiones de territorio chino frente a un enemigo
que no podía plantear una seria resistencia ya que estaba enfrascado en una dura guerra
civil entre los nacionalistas de Mao Zedong y los nacionalistas de Chiang Kai-Shek.
Al igual que lo que sucedía con la Alemania nazi, las potencias occidentales no hicieron
ningún intento por detener el expansionismo japonés. Los enfrentamientos fueron
subiendo de intensidad y en el verano de 1937 ya se producían grandes batallas entre
chinos y japoneses, lo que derivó en la Segunda Guerra Chino-Japonesa, que acabaría
enmarcándose en la Segunda Guerra Mundial.
El más importante de aquellos choques fue el asalto de Shanghai. Allí, Chiang Kai-Shek
ordenó a sus hombres resistir hasta el final, y las fuerzas chinas pese a ser derrotadas
inflingieron enormes bajas a los invasores japoneses.
La carnicería en los dos bandos hizo que los soldados japoneses ya no vieran aquel
conflicto como una guerra sencilla donde el enemigo se rendía prácticamente sin luchar.
El sentimiento contra los chinos fue de un profundo desprecio y veían en sus
adversarios seres inferiores que había que aniquilar. A este parecer hay que unir la
propaganda con la que Tokio justificaba su imperialismo y que presentaba a los nipones
como la raza superior en Asia frente al resto de pueblos del continente.
El asalto a la ciudad
Tras la toma de Shanghai, el emperador Hirohito accedió a las demandas de sus
generales y ordenó que ya no se trataran a los soldados chinos capturados como
prisioneros de guerra.
Asimismo, el Alto Mando japonés ordenó cesar las operaciones militares para que sus
tropas se recuperasen del duro asalto a Shanghai. Pero algunas unidades se lanzaron por
su cuenta a la persecución de las tropas chinas que habían huido de la ciudad hacia
Nankín –por aquel entonces la capital del régimen nacionalista de Chiang Kai-shek-.
Pese a que algunos generales nipones querían detener esta operación, Tokio optó por
una política de hechos consumados: el avance sobe la ciudad debía continuar. De hecho,
se nombró al príncipe Asaka Yasuhiko –tío del emperador Hirohito- como segundo al
mando de las unidades que asediarían Nankín.
Nankín era una ciudad amurallada que recordaba su centenaria historia. El 9 de
diciembre, las tropas japonesas comenzaron a tomar posiciones a su alrededor. Chiang y
su gobierno habían huido, pero el líder chino había ordenado resistir hasta el último
hombre.
Los japoneses iniciaron un intenso bombardeo de artillería y aviación durante dos días
para doblegar cualquier posible resistencia. Las bombas y los obuses causaron el pánico
entre las tropas chinas que comenzaron a huir en desbandada por el norte, el único
sector que el enemigo no controlaba.
La 36ª división del ejército chino –una de las mejores unidades de Chiang- quería
resistir y comenzó a disparar contra sus propios camaradas de armas que intentaban
huir. Asimismo, los desertores robaron ropas y alimentos a la población para disfrazarse
de civiles y así escapar de las tropas japonesas.
El 13 de diciembre las primeras unidades niponas entraron en la ciudad. Allí también
estaba un periodista norteamericano del diario Chicago Daily News, Archibald Steele,
explicó en su crónica, titulada Cuatro días en el infierno, que “Nankín vivió con cierto
alivio la entrada de las tropas japonesas, la población pensaba que su comportamiento
no podía ser peor que el de los compatriotas que habían huido. Pronto iban a quedar
desilusionados”.
Seis semanas de infierno
Cuando completaron la ocupación de la ciudad, las tropas japonesas sedientas de
venganza por la dura batalla de Shanghai comenzaron a saquear la ciudad durante seis
semanas. Las atrocidades fueron terribles, los soldados iban casa por casa y ejecutaban a
cualquier hombre que encontraban. La justificación de los mandos militares fue que se
trataban de operaciones en busca de soldados chinos que vestidos de civiles querían
iniciar una lucha partisana.
Pero el testimonio de otro periodista norteamericano, Frank Tillman Durdin del New
York Times, desmiente las explicaciones niponas, “las desmoralizadas tropas chinas,
estaba mayoritariamente desarmadas y dispuestas a rendirse pero fueron
sistemáticamente ejecutadas”. El reportero también narró como los cadáveres se
amontonaban en las calles mientras que los soldados nipones disparaban contra
cualquiera que se les pusiera a tiro.
Incluso circularon historias sobre macabros concursos organizados por jóvenes oficiales
para ver quien era capaz de cortar con sus katanas más rápido las cabezas de cien
prisioneros.
Si los hombres sufrieron las ejecuciones sumarias, las mujeres no iban a tener mejor
suerte. Los japoneses se dedicaron a violarlas sin distinguir entre edades, después las
mataban o las obligaron a ser esclavas sexuales de su ejército. En los relatos de estos
abusos se encuentra todo tipo de barbaridades, los soldados de Hirohito también
obligaron a familias enteras a cometer actos de incesto, o a que los prisioneros
mantuvieran relaciones necrofílicas con los cadáveres que llenaban las calles.
Parte de todos estos asesinatos y violaciones fueron recogidas por los corresponsales
occidentales allí presentes, pero los mandos japoneses les obligaron a marcharse el 15
de diciembre. Pero aún quedaron un grupo de veintidós occidentales cuyo testimonio
fue indispensable para que el mundo conociera aquella crueldad.
Entre estos testigos, destaca la misionera estadounidense Minnie Vautrin, quien recogió
en un diario toda la barbarie que contempló, y a la que muchos historiadores han
comparado con Anna Frank. También destaca otro religioso norteamericano, John
Magee, quien grabó imágenes de las atrocidades que luego serían utilizadas como
prueba en los Juicios de Tokio (el equivalente asiático al proceso de Nuremberg).
Los occidentales pactaron con los japoneses la creación de una “zona segura” en el
oeste de la ciudad. El acuerdo se produjo cuando comenzó el asedio y consiguió que esa
parte de la ciudad no fuera bombardeada ni saqueada. El responsable de las
negociaciones con los invasores fue el alemán John Rabe, directivo de Siemens. Su
condición de miembro del partido nazi le valió para ganarse el favor de los mandos
nipones. Al igual que su compatriota Oskar Schindler, pese a ser seguidor de Hitler,
ayudó a los misioneros presentes en Nankín a salvar a 10.000 personas de las masacres,
acogiéndolas en la zona donde se refugiaban los occidentales.
Responsables en el banquillo
En febrero de 1938, las matanzas y los saqueos llegaron a su fin. El general al mando
del asalto de Nankin, Iwane Matsui, fue relevado poco después y enviado de vuelta a
Japón. Cuando acabó la guerra, los crímenes del Japón Imperial fueron juzgados por el
Tribunal Internacional para el Lejano Oriente en los procesos conocidos popularmente
como los Juicios de Tokio.
Matsui fue juzgado en este tribunal. Unos pocos soldados que estuvieron presentes en
Nankin testificaron para limpiar sus conciencias. Uno de estos testimonios, Azuma
Shiro, fue especialmente estremecedor cuando explicó como él y su unidad habían
matado a bayonetazos a 39 civiles, en su mayoría ancianos y niños ante la permisividad
de sus mandos. Pero el arrepentimiento mostrado por Shiro no era compartido por una
buena parte de la sociedad japonesa que le criticó duramente y consideró los hechos de
Nankin como una exageración de la propaganda de guerra china. El tribunal condenó a
Matsui a morir en la horca. La sentencia se ejecutó en diciembre de 1938.
Pero quien fue el responsable máximo de Nankin es una cuestión polémica. Es cierto
que Matsui era el oficial al mando, pero estuvo enfermo durante los primero días del
asalto, y quien dirigió las operaciones fue el príncipe Asaka. Pero durante el juicio, el
general exculpó al tío de Hirohito y descargó toda la responsabilidad de la matanza en
sus oficiales subordinados.
Pero pese a que había indicios suficientes para inculpar a Asaka, a Estados Unidos le
interesaba mantener la estabilidad en el Japón de postguerra. El general Douglas
MacArthur –jefe de las fuerzas estadounidenses de ocupación - y el emperador Hirohito
llegaron a un pacto por el cual ningún miembro de la familia imperial podía ser
condenado por el Tribunal de Tokio. Asaka tan sólo tuvo que declarar el 1 de mayo de
1946, pero negó cualquier asesinato indiscriminado de civiles chinos ni haber tenido
cualquier queja del comportamiento de sus tropas.
Rencores y culpas actuales
Tras la Segunda Guerra Mundial la masacre de Nankín cayó en el olvido. China vivió
años convulsos con el final del conflicto civil y la proclamación de la República
Popular. Por su parte, Japón quiso olvidar su pasado imperialista, pero tal y como
explica Manel Ollé, profesor de Historia de Asia Oriental de la Universitat Pompeu
Fabra, “en Japón no se ha producido un distanciamiento respecto a su períodos
imperialista equivalente a la autocrítica alemana en relación a su pasado nazi; las
tímidas disculpas se han mezclado con discursos justificatorios”. Esta falta de interés
por afrontar el pasado es especialmente evidente en el caso de la Casa Imperial que no
ha hecho ningún gesto en este sentido.
El olvido de las dos partes se hizo evidente en 1972 cuando Japón y la República
Popular China restablecieron sus relaciones diplomáticas, y nadie hizo ninguna mención
a Nankín.
Pero en los años 80, el Ministerio de Educación japonés eliminó cualquier referencia a
la masacre en los libros de texto, ya que consideraba que los hechos de Nankin no
estaban probados. La medida recibió el apoyo de una gran parte de la clase política
nipona lo que acabó provocando la reacción airada de Pekín, ante lo que consideraba
una provocación. La polémica sigue hoy en día siempre que aparecen nuevos libros en
Japón que obvian o rechazan lo que allí sucedió.
Asimismo, las chispas volvieron a saltar el 15 de agosto de 1985. Coincidiendo con el
aniversario de la rendición nipona en la guerra, el entonces primer ministro japonés,
Yasuhiro Nakasone, visitaba el santuario de Yasukuni. Era la primera vez que lo hacía
un jefe de gobierno desde el final de la guerra. En este templo sintoísta se honran las
almas de más de dos millones de militares muertos en servicio al Imperio del Sol
Naciente, y eso incluye a buena parte de los responsables de Nankín y a otros crímenes
de guerra. Desde entonces, los mandatarios japoneses suelen visitar el santuario
anualmente, que van acompañadas de las protestas de China.
Aunque las quejas chinas parezcan estar perfectamente justificadas, lo cierto es que
están en parte instrumentalizadas por el Partido Comunista. Para Ollé “a Pekín le sirve
la ambigüedad japonesa para fomentar un nacionalismo que crea adhesiones de su
población entorno al poder, en unos momentos en los que la clase dirigente tiene cierto
desprestigio por la corrupción endémica”.
Polémicas a parte, lo cierto es que la masacre de Nankín ha sido uno de los crímenes
más horrendo en la historia contemporánea de la Humanidad. Como muestra de la
crueldad vivida en aquellos días, en seis semanas hubo una cifra de muertos comparable
a la de ha dejado cuatro años de guerra en Darfur.
Ivan Giménez Chueca