Pulso 2002, 25.
45-60 ISS: 1577-0388
Naturaleza humana
y estado de educación en Rousseau: la sociedad
Miguela Domingo *
RESUMEN
La sociedad es para Rousseau una existencia “condenada” a oscilar en el curso de
la Evolución histórica, distinguiendo en ella las nociones de bien y principios de justicia
aplicados a la naturaleza humana.
La educación, pensamiento clave en la obra roussoniana, nos sirve para refl exionar
sobre los estados del hombre, especialmente los referentes al niño y su “crianza”. Se debe
buscar y/o reencontrar el instinto feliz que todos abandonamos a medida que estamos
viviendo en comunidad.
Nacido en Ginebra (1712-78), el año 1749 marca una fecha decisiva en su
vida. Yendo a visitar a la cárcel a su amigo Diderot, al atravesar el bosque de
Vicennes se detuvo un rato a descansar y leyó en el «Mercure de France» el
anuncio de un tema propuesto a concurso por la Academia de Dijon: «Si le
rétablissement des sciences et des arts a contribué a épurer les moeurs». Súbitamente
experimentó una «iluminación». El hombre es bueno por naturaleza,
pero se hace malo por culpa de las instituciones sociales. La bondad natural
del hombre, su corrupción por la sociedad y su remedio en el retorno a la vida
natural será desde entonces el leiv-motiv que inspirará todas sus obras. En el
Discurso sobre el origen de la desigualdad, lo aplicará a la sociedad política;
en la Nueva Heloisa (Julie ou la nouvelle Héloïse), a la sociedad familiar, y
en el Emilio, a la educación del individuo. En 1750 presentó a la Academia de
Dijon su Discours sur les sciences et les arts (sobre el tema de la infl uencia de
la renovación de las artes y las ciencias en el desarrollo y elevación de las costumbres), que ganó el
premio. En 1753 volvió a presentarse a otro concurso de la
misma Academia con su Discours sur l’origine et les fondements de l’inegalité
parmi les hommes, (que presenta al hombre de la cultura como el producto de las
sucesivas impurezas que se han adherido al hombre natural. Sólo en este último
se revela de modo más claro la bondad originaria del sentimiento y la relación
directa con la naturaleza) pero esta vez no fue premiado. Rousseau no predica
la vuelta al hombre natural como la regresión a un supuesto estado primitivo,
pero este estado constituye, por así decirlo, el punto de referencia hacia el cual
se vuelve toda consideración de tipo social y moral. De ahí la teoría jurídica del
Contrato Social (Du Contrat Social ou principes de droit politique).
Sus nuevas ideas comenzaron a hacerle molesto a los «fi lósofos», terminando
por romper con todos, menos con Voltaire (anteriormente le habían encargado
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artículos de música para la Enciclopedia, ya que años atrás compuso la ópera
Le Devin du village y una «Dissertation sur la musique moderne» -1743-).
De 1756 a 1762 es su período más fecundo. Publicó para la Enciclopedia
el artículo «De l’économie politique” (1758)», «Lettre à D’Alembert sur les
spectacles (1758)», La Nouvelle Héloïse (1761), Le Contrat Social (1762) y el
Émile (1762); pero este último fue condenado ese mismo año por las autoridades civiles y
eclesiásticas de París, y desde entonces comienza para Rousseau
el período de sus mayores sufrimientos. Como defensa o desahogo comenzó a
escribir sus Confesiones. Hume le ofreció refugió en Inglaterra y le consiguió
una pensión del gobierno. Pero su manía persecutoria y su cada vez más acentuado desequilibrio
mental, determinaron una violenta ruptura con su amigo.
Regresó a París en 1770 donde escribió los Dialogues de la montagne (1775-76)
y las Rêveries du promeneur solitaire (publicadas póstumamente, 1782), donde
se presenta como un «pobre mortal infortunado» que se halla «tranquilo en el
fondo del abismo»: la amargura predomina hasta que aparece otra «alma amante», «un hombre
en toda la verdad de la naturaleza» (1777-78). En los últimos
meses de su vida, ya viejo y enfermo, se entretuvo en su ocupación favorita, la
botánica. En uno de sus largos paseos, sufrió una insolación, de la que murió
el 2 de julio de 1778.
Rousseau es un autodidacta, un espíritu imaginativo y sentimental. Hace de
la naturaleza y del sentimiento inmediato la base de toda estimación de valores,
y pide a toda civilización y a toda refl exión que quieran elevarse por encima de
esta base, que muestren su justifi cación desenvolviéndola y perfeccionándola.
Se presenta la doctrina de Rousseau según la fórmula devenida clásica
(individualismo): los progresos de la sociedad son la fuente de la depravación
humana; es necesario, en consecuencia, reducir al hombre al estado de naturaleza,
es decir, a su estado primitivo de inocencia y de espontaneidad.
Conduciendo al hombre al estado de naturaleza, Rousseau le «despoja» sin
duda de sus vicios, pero queda «despojado», al mismo tiempo, de la virtud y
de la razón. Se compromete por su tesis en una serie de contradicciones, pero
al mismo tiempo se place contra el progreso de la cultura y para el retorno al
estado de naturaleza, todo en desarrollo de una ardiente actividad y una inmensa
cultura a promover el progreso tal y como él lo concibe. Era tan desbordante su
vida interior, que le costaba trabajo hallar palabras para expresar sus emociones.
Enfrente del espíritu refi nado, fi no, articulado, producido por la civilización,
introducía la simplicidad, la amplitud, lo vago. Se interesaba por los principios
caóticos de la vida, en los elementos que aún no habían formado un mundo
netamente dibujado. En el curso de sus sueños de libertad, creía vivir la vida
del hombre primitivo, cuando aún la civilización no había puesto todavía fi n a
la comunión inmediata y feliz con la naturaleza. Lo simple y lo elemental, los
grandes y los pequeños hechos de la existencia, eran venerables a sus ojos y
llenos de fuentes de alegrías.
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Naturaleza humana y estado de educación en Rousseau: la sociedad
Contemplando la sociedad y observando que el hombre contrario a su destino
moral es esclavo de su sensibilidad, él concluye que la civilización, desarrollando
el exceso de esta sensibilidad, necesita revenir (volver) a un estado donde este
desarrollo no tiene lugar: el estado de naturaleza. El conoce este estado como un
reposo interior y exterior, que no desvía al hombre de la voz de la honestidad,
y supone que este reposo será utilizado como él mismo lo siente, es decir, con
vistas a la mejoría moral de la humanidad. El hombre tiene energía, pero más
una energía del sufrimiento que de la acción; él siente fuertemente la miseria
de los hombres, pero también las fuerzas que están en él capaces de dominar
esta miseria; y así juzga a los otros como si de él mismo se tratara, exagerando
la debilidad de la raza humana como precedente de la miseria universal: Ainsi
Rousseau «peint la raison au repos et non au combat; il affaiblit la sensibilité
au lieu de fortifi er la raison»; este texto contiene el germen de la interpretación
del sentimiento moral de Rousseau.
Pero, ¿qué quiere decir Rousseau cuando habla de la naturaleza del hombre y
del estado de naturaleza? ¿Designa por tal al hombre real o al hombre esencial e
ideal? Para redescubrir la posición real de Rousseau enfrente del problema de la
civilización, no hay que atenerse a las declaraciones paradoxales que hace en sus
dos Memorias de Concurso; es preciso compararlas con diversas declaraciones
que hace en cartas y con el contenido de sus ulteriores discursos. Es entonces,
cuando brota en su sentir, un desarrollo de pensamiento, de una claridad y de
un valor asombrosos, que testimonia una profunda inteligencia psicológica de
las condiciones de la vida intelectual del hombre. Indudablemente, él piensa en
el hombre esencial, aquello que no es una verdad histórica, sino una hipótesis
más propia a esclarecer la naturaleza de las cosas que en mostrar el verdadero
origen . ¿Cómo determina éste estado de naturaleza u hombre esencial? No pinta
con ideales colores el estado natural, del que el hombre ha sido arrancado por
la civilización. Para él el estado natural es un estado puramente instintivo. Sus
ventajas sobre el estado civilizado son que hay un equilibrio entre las necesidades
y el modo de satisfacerlas. El hombre es guiado por el amor a sí, y fácilmente
encuentra el medio de contentarle. La emoción, la imaginación y la refl exión,
no desempeñan ningún papel. Solamente la sociedad y la civilización despiertan
la facultad de comparación y de refl exión. Entonces el estado de equilibrio se
rompe. El instinto de conservación personal se satisface a costa de otro y nace
el amor propio. Se forjan ideas de bienes que no se pueden alcanzar, y entonces
se hace sentir la desproporción entre las necesidades y las facultades.
Se refl exiona sobre el valor y signifi cación de la vida, en vez de seguir el
instinto. El disgusto de vivir y el suicidio, desconocidos en el estado natural,
se hacen frecuentes. El miedo al porvenir y el temor de la muerte, reemplazan
la necesidad asegurada, y la duda, este abominable estado, ocupa el lugar de la
feliz refl exión del estado natural.
Pero desde el sentimiento interior no adulterado, descartando todo lo que la
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vida social puede aportar de advenedizo y perverso, es posible escuchar la voz
de la pura conciencia que es la voz misma de la naturaleza, que nos enseña, si
se cree en el Discours sur les Sciences et les Arts, el Discours sur l’Origine
..., o «la lettre à Monsieur D’Alembert», que el estado de naturaleza esencial y
superior que ella nos revela, es el reino de la sensibilidad, de la ingenuidad, de
la simplicidad, de la ignorancia; es también, si se cree en la Nouvelle Héloïse,
aquel de la espontaneidad y de la profundidad de la pasión, de la dignidad, de
la nobleza; en fi n, es el egoísmo instintivo, que mueve al hombre a conservar
su ser, a satisfacer sus necesidades sin hacer mal a ninguna persona. Es el estado anterior al bien y
al mal propiamente dichos, puesto que la moral y la ley
no existen todavía; es en suma la inocencia del animal. Después sobreviene la
sociedad, la razón, la refl exión, y aquel egoísmo inofensivo y pleno de frescor
dará paso al interés implacable e injusto, a la intriga, a la miseria, a la corrupción. Tales efectos
disolventes no se producen, sin embargo, inmediatamente.
Tratándose de decir cual estado de desenvolvimiento de la humanidad es el más
feliz, Rousseau no se pronuncia por el estado más primitivo, sino por aquel en
que la vida social y la civilización comienzan, el que se halla entre la indiferencia
del estado primitivo, y la actividad febril de nuestro amor propio. Esta época ha
sido la verdadera juventud del mundo, que no se hubiera debido dejar. Entonces
la refl exión y el refi namiento no ejercían todavía su infl uencia disolvente, y, no
obstante, el instinto comenzaba a ceder a los pensamientos y sentimientos.
Así descrito, este hombre esencial de Rousseau, corresponde exactamente al
hombre real (donde el estado de naturaleza es ley moral), es decir, a la NaturTrieb, al egoismo
inconsciente, anterior al bien y al mal, y que equivale en el
hombre a la animalidad original. Y esta naturaleza humana no es originalmente
ni buena ni mala. Ella no deviene lo uno o lo otro sino únicamente por la libertad.
Rousseau quiere una civilización que no desparrame ni debilite el sentimiento
y la fuerza (una cultura del espíritu, un desenvolvimiento intelectual, que no
aumente la corrupción, sino que más bien la disminuya), una vida social que
no nos haga absorber en las cosas exteriores y nos arrebate nuestra autonomía.
Solamente en sí mismo, dice, el hombre halla la paz. Sólo ha vivido mucho
quien ha sentido la vida. Pero la civilización ha aportado la duda, la relajación,
la agitación continua. Al mismo tiempo nos ha traído la servidumbre, gracias
a la división del trabajo; la desgracia social ha nacido el día en que se ha visto
que se podía servir del trabajo de otro y en que se utilizó lo superfl uo. Todos
estos males hay que remediarlos mediante una nueva organización de la vida
por el individuo y la sociedad.
Las ideas de Rousseau sobre el «mundo nuevo» se extendían a tres esferas:
la educación, la religión y el Estado. En su Emilio precisa que la naturaleza obre
libremente; el arte del educador consiste en separar los obstáculos y en crear
las mejores condiciones posibles, que permiten a las facultades y a los instintos
desenvolverse conforme a su propia naturaleza. Su presupuesto fundamental es
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Naturaleza humana y estado de educación en Rousseau: la sociedad
la bondad innata de la naturaleza humana: «Tout est bien sortant des mains de
l’homme (Emilio I, 1)».»Establezcamos como máxima incontestable que los
primeros movimientos de la naturaleza son siempre rectos; no hay perversidad
original en el corazón humano. No se encuentra en él un solo vicio del cual no
pueda decirse cómo y por dónde ha entrado (Emilio I, 2)».
“No se debe imponer ninguna cultura del exterior, ni por medio de la autoridad
ni por el de las luces. La infancia, como los demás períodos de la vida (adolescencia y juventud),
tiene su fi n en sí misma. No la envolvais, pues, en pañales;
lactadla con la leche materna; no la adormezcais, dejadla seguir su instinto de
conservación y que haga ella misma sus experiencias; no la instruyais en lo
que puede aprender por sí; no la echeis sermones, ni exciteis en ella deseos y
necesidades antes de que pueda satisfacerlas. Cuanto más se retarde su intelectualidad, tanto
mejor. Formemos su espíritu a fi n de evitar su deterioro por el uso
prematuro de sus facultades. En todo lo posible, conducid al niño hasta los doce
años, sin que pueda distinguir su mano derecha de su mano izquierda. ¡Tanto más
aprisa se abrirán sus ojos a la razón, cuando haya llegado el momento! ¡Dejadla
progresar sin prejuicios, sin costumbres ni conocimientos! En otros términos:
la educación debe ser negativa, y no positiva; y llamo educación positiva la que
tiende a formar el espíritu antes de tiempo y enseñar al niño los deberes del hombre. Y llamo
educación negativa a la que perfecciona los órganos, instrumentos
de nuestros conocimientos, y prepara a la razón por el ejercicio de los sentidos
(el embrión del carácter pide tiempo para desenvolverse; hasta que no se ha
desenvuelto, no se le puede tratar convenientemente). La educación negativa no
sólo no es ociosa, sino necesaria; no enseña la verdad, pero preserva del error;
dispone al niño a todo lo que puede conducirle a lo verdadero cuando se halle
en estado de comprenderlo, y al bien cuando se halle en estado de amarlo”. Esta
noción de educación negativa expresa ciertamente de un modo admirable, la
idea fundamental propiamente llamada de Rousseau: la civilización debe ser la
expansión de la naturaleza y no una envoltura, no una pesada forma impuesta
del exterior. La civilización es solamente buena porque es la naturaleza misma
en un grado superior. Sólo es bueno para él aquello que se ha desenvuelto de
un modo natural y se ha producido por la actividad personal. La civilización
natural permite sólo dejar el período tranquilo y apático del instinto y conservar,
sin embargo, la armonía entre la necesidad y la facultad, entre el pensamiento
y el sentimiento, entre el exterior y el interior. La adolescencia -de los doce a
los quince años- da al adolescente una formación en conocimientos naturales:
física, geografía, astronomía, ... pero no por medio de libros, los cuales «no
enseñan más que a hablar de lo que no se sabe (Emilio I, 4)», ni tampoco de
lecciones orales, sino haciendo que él mismo se acostumbre a discurrir y se
instruya por el contacto directo con la naturaleza y las cosas. En la juventud
-de los quince a los veintidós años- hay que educar su sensibilidad y formarle
en la vida moral. Hacer de él un ser activo y pensador, amante y sensible. La
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bondad y la justicia no son palabras abstractas, sino verdaderos afectos del alma
ilustrada por la razón.
Rousseau señala en El Emilio (obra complemento del Contrato Social) el
método para llegar a la pureza del hombre natural con la supresión de toda la
maldad acumulada por la cultura artifi ciosa y por la desigualdad humana. El
medio para alcanzar este desideratum es el desarrollo de las fuerzas naturalmente buenas del
hombre, expresadas en sus sentimientos puros, con vistas a
la formación de un nuevo estado social. Las pasiones y egoísmos nacidos al
calor de dicha sociedad innatural quedan obviados por la hipótesis del contrato
social, en donde el individuo como tal se desvincula voluntariamente de las
formas de relación interindividuales para someterse, por consentimiento libre,
a la obediencia, a las leyes determinadas por una voluntad general. Dichas
leyes, que coinciden, además, con la forma natural de la existencia humana,
no representan ya la coacción impuesta por las pasiones y por el egoísmo, sino
la forma de la igualdad expresada simultáneamente en la ley común y en el
sentimiento. Este contrato no es, por consiguiente, el producto de una refl exión
intelectual que incita a la constitución de la sociedad para evitar la destrucción
del individuo; es la manifestación de la soberanía de la voluntad general en un
Estado Democrático puro, respetuoso de los derechos naturales de cada persona,
cuya renuncia a la libertad no es más que la renuncia a la libertad de obrar con
el egoísmo propio del Estado de falsa civilización.
De acuerdo con el pensamiento fundamental de su pedagogía, no debe traérsele al niño de fuera,
según Rousseau, la concepción religiosa, sino que debe
obtenerse de él mismo por las necesidades del corazón. Rousseau nos muestra
su religión en el célebre capítulo «La profesión de fe del vicario saboyano»,
que está intercalada en El Emilio. En la naturaleza existe un orden, una unidad
de plan y una tendencia de las cosas a sus fi nes, todo lo cual atestigua la existencia de un Dios
personal. La materia es distinta del espíritu y no puede tener
movimiento por sí misma. Por consiguiente, la causa primera del movimiento
debe ser una voluntad personal.
Sus ideas religiosas no contienen nada nuevo. Halla la expresión de su sentimiento en las ideas de
la religión natural o del deismo. No pretende probar la
legitimidad de estas ideas; las presenta como dogmas. Su fe proviene de una
necesidad del sentimiento inmediato. Conserva siempre viva su fe en la existencia
de Dios, ser supremo y autor de la naturaleza, y en la inmortalidad del alma.
Para él la duda es un estado insoportable; cuando vacila su razón, el sentimiento
toma una decisión por su propia autoridad. No quiere sutilizar sobre la esencia
de Dios hasta que no le obligue el sentimiento de las relaciones de Dios con él
. Para creer en Dios se funda en las fuentes de alegría y satisfacción contenidas
en los grandes hechos elementales de la vida, fuentes ignoradas del mundo refi nado; señala en
particular el dulce sentimiento de la existencia independiente
de toda otra sensación. Al mismo tiempo admite que los males del individuo
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Naturaleza humana y estado de educación en Rousseau: la sociedad
pueden ser necesarios a la armonía universal, y encuentra el supremo consuelo
en la creencia de la inmortalidad. No cree en una creación, sino solamente en
un orden de la materia ya existente, acaso eterno. Dios es el ordenador y el buen
guía. El pensamiento no puede hallar su concepto y la oración es únicamente
el transporte del entusiasmo .
El hombre se siente como un ser limitado y humillado, anonadado ante la
inmensidad de la Naturaleza y vinculado, por medio de un sentimiento de confi anza, a un Dios infi
nitamente potente y sabio.
En cuanto al culto, declara en las Confesiones (I, 6) publicadas póstumamente, 2 vols. , 1782; 2ª
parte, 2 vols. , 1789; 1ª edición completa, 1789: «Yo
me levantaba todas las mañanas antes del sol y subía por un vergel ..., donde,
paseándome, hacía mi oración, que no consistía en un vano balbuceo de labios,
sino en una sincera elevación del corazón al autor de esta amable naturaleza
cuyas bellezas se extendían ante mis ojos. Nunca me ha gustado rezar en mi
habitación, pues me parece que las paredes y todas estas pequeñas obras de
los hombres se interponen entre Dios y yo. Yo gusto de contemplar sus obras,
mientras que mi corazón se eleva hacia Él».
La base fundamental de la moral roussoniana es la bondad innata de la naturaleza del hombre. La
guía del hombre es su conciencia, es decir, el sentimiento
que nunca nos engaña, a diferencia de la razón, de la cual siempre debemos
desconfi ar.
El bien moral consiste en la conformidad de nuestros actos con la naturaleza
de las cosas.
Rousseau aborda el problema social y político en dos obras inspiradas en principios
completamente distintos: El Discurso sobre el origen de las desigualdades
(1753) y El Contrato Social (1762). El Contrato Social es un tratado político
de tipo más o menos clásico, y El Discurso sobre ..., un alegato declamatorio,
contra toda forma de sociedad y de poder, en virtud del principio de la bondad
y la igualdad nativas del hombre.
En el Contrato Social vemos aparecer también otras concepciones de la
naturaleza del hombre, y del estado de naturaleza:
a) Por naturaleza del hombre, Rousseau continúa siempre entendiendo el
hombre esencial, pero defi nido como otra esencia.
b) Por estado de naturaleza, al contrario, Rousseau tiende a concebir un
estado del hombre real, estado más o menos confuso representado como
históricamente anterior al estado civil.
a) La naturaleza esencial del hombre, es su libertad: El hombre es nacido libre
y por ello él es inquebrantable. Esta libertad se afi rma inmediatamente por la
voluntad general, esta voz celeste que dicta a cada uno los preceptos de la razón
pública. Como lo ha dicho muy justamente M. Beaulavon: «La voz de la natu-
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raleza no es más que la expresión en el fondo de nuestra conciencia individual
de la necesidad misma que nos revela la razón «.
En Rousseau hay una oposición entre la esencia del hombre que es libertad,
y su condición actual que viene de la sociedad. Se regocija en la idea del estado
de naturaleza conforme a la esencia humana porque es anterior a lo social. Pero
esta condición actual, ¿tiende ella misma a la esencia de lo social, o bien, a los
accidentes históricos de esta esencia que son en el fondo extraños a ella? La
respuesta de Rousseau es categórica: ella tiende a un accidente, no a la estructura
social en tanto que tal: ella proviene del «abuso» .
Bien visto, ¿esta libertad natural (es decir innata) se identifi ca con la libertad esencial? No desde
este punto, ya que ella reside en la libertad civil y en la
libertad moral. La libertad moral sólo devuelve (restituye) al hombre maestro
de él, pues la impulsión del apetito es esclavo, y la obediencia a la ley que se
prescribe es libertad. Por ella, nosotros vemos que la libertad natural, aquella
del hombre en el estado de naturaleza, se opone a la libertad esencial que es
propia a la naturaleza del hombre, y naturaleza del hombre así como estado
de naturaleza se encuentran confundidos en una disociación de dos conceptos
independientes.
Se notará que esta libertad común tiene su raiz biológica en el instinto y que la
facultad de juicio no interviene nada más que para que ulteriormente condicione
la autonomía propia del hombre: esta libertad común es una consecuencia de la
naturaleza del hombre. Su primera ley es el valor de su propia conservación; sus
primeros cuidados son aquellos que se da a él mismo; y tan pronto como está en
edad de razón, él sólo está juzgando los medios propios para su conservación,
siendo él mismo su propio maestro. Allí todavía nosotros podemos encontrar
un otro ligado a la naturaleza como animalidad. Pero es todavía un lugar bien
obligado, por el cual la originalidad de la libertad se constituye en oposición
con la naturaleza-animalidad. También la naturaleza del hombre es ella defi nida estrictamente no
más como animalidad, instinto, espontaneidad, inocencia,
sino al contrario, en oposición con ella, como libertad, razón, moralidad: renunciar a su libertad, es
renunciar a su cualidad de hombre, a los derechos de
la humanidad, a sus mismos deberes... Una renuncia tal es incompatible con la
naturaleza del hombre; y es quitar moralidad a todas sus acciones que extraen
toda la libertad a su voluntad . Como esta libertad moral, propia a la naturaleza
del hombre, no tiene nada de común con la impulsión del único apetito que es
esclavo, es decir con la libre espontaneidad del animal (estado de naturaleza),
se comprende mejor cómo la sociedad aparece en Rousseau, como la condición
de la instauración de la naturaleza del hombre, en oposición con un estado de
naturaleza donde el hombre, reducido al estado de animalidad, no ha realizado
su verdadera naturaleza. Y esta sociedad no es simplemente la sociedad ideal
tal como ella puede ser concebida (conocida) en abstracto y a priori, sino que
es la sociedad real históricamente considerada.
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Naturaleza humana y estado de educación en Rousseau: la sociedad
b) Hay un estado de naturaleza que es contrario a la naturaleza del hombre y que
es inferior al estado social donde se realiza el hombre esencial. Este estado de
naturaleza debe ser conocido como implicando varias fases o varios aspectos,
que no son defi nidos nada más que por su anterioridad a todo estado social:
Rousseau supone que los hombres triunfantes en este punto superan los obstáculos que nacen de
su conservación en el estado de naturaleza, y les lleva por
su resistencia, a las fuerzas que cada individuo puede emplear para mantenerse
en este estado.
El estado de naturaleza es conocido como evolución en un cierto estado donde
se debe necesariamente hacer sitio al estado de sociedad, gracias al cual el hombre puede
continuar su subsistencia. Pero, este estado social, ¿degrada o mejora
la naturaleza humana? Hay aquí una doble cuestión, fi losófi ca e histórica. Desde
el punto de vista fi losófi co, la respuesta será: ella la deteriora si la sociedad es
realizada según falsos principios. Hay allí un problema de derecho que conduce
a la determinación a priori de las condiciones de una sociedad ideal. Desde el
punto de vista histórico, Rousseau podrá abstenerse de responder, pero en sus
varios discursos afi rmará que, en hecho, la vida social corrompe al hombre, y
éste responde haciendo preveer la posibilidad de una forma de vida social apta
a evitar esta corrupción. Él responde de nuevo en El Contrato Social, pero de
una forma diferente: en hecho la vida social tiene buenas consecuencias, en
ello se supone el derecho, y las claúsulas racionales supuestas por el contrato,
formalmente enunciadas, tácitamente admisibles y reconocidas . Pero, ¿cómo
el hecho social, entendido históricamente, no será, en efecto, conforme grosso
modo al «requisito» de la sociedad racionalmente conocida? ¿No es evidente
que la esencia de lo social es la condición sine qua non de la realidad de lo
social? Así la respuesta favorable, dada a la cuestión del derecho, responde de
una manera favorable a la cuestión de hecho, sin reservas y bien entendida.
El orden social por la fuerza no puede producir ni construir derecho. Todos
los hombres nacen iguales y libres, y ninguno tiene autoridad sobre sus semejantes. Es preciso
buscar un medio de establecer y justifi car la soberanía y la
autoridad colectivas sin menoscabo de la libertad individual.
El problema queda planteado entre la autoridad y la libertad. Rousseau
establece un pacto o contrato social como base de la sociedad, pero señala los
sujetos entre los cuales se estipula este contrato. Se trata, pues, de establecer
un pacto con toda su fuerza obligatoria sufi ciente para construir una sociedad,
pero en el que quede a salvo la libertad de aquellos que lo estipulan. Mediante
el pacto social el individuo pasa del estado natural al civil, la justicia sucede al
instinto, el deber al impulso físico, el derecho al apetito, la razón a su capricho.
El individuo pierde su libertad natural, pero gana la libertad civil.
Con la libertad moral el hombre se hace verdaderamente dueño de sí mismo,
pues la esclavitud es la sujeción al impulso de los apetitos, mientras que «la
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libertad es la obediencia a la ley que uno mismo se prescribe» (Algo parecido
intentará Kant con su imperativo categórico).
Una vez constituido el cuerpo social del Estado, ahí residirá la soberanía,
la cual es el ejercicio de la voluntad general. Es colectiva y corresponde al poder legislativo (ley
como órgano sagrado de voluntad de un pueblo); el poder
ejecutivo compete al gobierno. Los gobernantes solamente son ejecutores o
empleados del pueblo soberano.
Rousseau distingue tres formas puras de gobierno:
1. Democracia: el pueblo se gobierna por sí mismo. El poder legislativo está
unido al ejecutivo. Este sería el gobierno ideal.
2. Aristocracia, que puede ser:
- natural
- electiva
- hereditaria (la peor de los gobiernos)
3 . Monarquía. Es la más conveniente en Estados grandes y opulentos; la Aristocracia en los menos
ricos, y la Democracia en Estados pobres. En realidad
el mejor gobierno es el que da mejor resultado en una Nación, el que sin
acudir a medios extraños proporciona a sus ciudadanos bienestar y paz en
la cual pueden multiplicarse. La idea de este Contrato Social responde a un
proyecto temprano de escribir unas Instituciones Políticas, que tuvo que
abandonar más tarde.
Por otra parte, presentando un cambio radical en el pensamiento de Rousseau, en el Discours sur
l’origine de l’inégalité, la sociedad aparece entre los
hombres no solamente en hecho, sino en su esencia como el mal, por relación
al estado de naturaleza. Las causas fortuitas que únicamente pueden poner fi n
a este estado, para promover lo que se llama las «virtudes morales», no son en
hecho nada más que la suma de perfeccionar la razón humana en deterioro de la
especie . Sociabilidad y esclavitud son sinónimos: en el devenir social y esclavo,
el hombre se forma débil, temeroso y servil ... . El hombre social siempre fuera
de él, no sabe vivir nada más que en la opinión de los otros; allí se encuentra
el origen (la fuente) del honor sin virtud, de la razón sin sabiduría, del placer
sin bondad . Lo que es incriminado, no es la sociedad tal y como nosotros la
vemos, sino la sociabilidad en su principio. Los «abusos» en lugar de aparecer
como los accidentes frecuentes, pero contingentes, de una institución por esencia
excelente, aparecen al contrario como la propiedad congénita consubstancial y
necesaria de esta detestable especie. La sociedad es toda entera el dominio del
vicio: los vicios que restituyen (transportan) inevitablemente las instituciones
sociales son los mismos que desarrollan el abuso inevitablemente.
En Rousseau, se establecen dos clases de desigualdades: una desigualdad
física, por edad, fuerza corporal, salud, ... y otra que proviene de la sociedad,
como diferencia de privilegios, riquezas, honores, ... Para recuperar los bienes
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Naturaleza humana y estado de educación en Rousseau: la sociedad
supremos del hombre, que son la libertad y la igualdad, no queda otro camino
que romper anárquicamente los lazos de una sociedad opresora y retornar a la
libertad primitiva de la naturaleza salvaje.
Sin duda, Rousseau nos habla, en el fi nal de su Discours sur l’origine ..., del
contrato social que establece la institución del «poder legítimo», el cual tiene
como fi n instituir «sabias leyes» a «este horrible estado social», el cual ensombrece «la sociedad
naciente». Sin duda, este pacto fundamental, es la base de
la mejora de las sociedades, de las nociones de bien y los principios de justicia
. La destrucción del Despotismo y el retorno al poder legítimo defi nido por el
contrato, pueden aparecer como el ideal al cual es necesario resignarse a conducir a los hombres.
La sociedad legítima defi nida por el contrato resta el mal
y el principio de éste. El principio no reside más que en el poder arbitrario, que
es en su consecuencia extrema la sociedad legítima; defi ne el origen histórico,
o en todo caso el fundamento lógico primero de la sociedad históricamente
considerada . El ciclo de la sociedad, abierto por el contrato social, es así un
verdadero ciclo infernal de donde el hombre no podría jamás salir, puesto que
él no podrá jamás revenir al estado de naturaleza primitivo . Si el ciclo aparece
como un hecho en el tiempo, históricamente constatado, se manifi esta también
como un eterno retorno, de inspiración platónica, previsible a priori, y a la vez
lógicamente necesario y psicológicamente inevitable .
También por su esencia, la sociedad es en su existencia condenada a oscilar en
el curso de la evolución histórica entre el menor mal (el poder legítimo fundado
sobre un justo y libre contrato) y el término extraño del mal (el Despotismo). El
Despotismo es término de desigualdad, es el punto extremo que cierra el círculo
y toca el punto de donde nosotros hemos partido; es aquí donde todos los particulares son
iguales, porque ellos no son nada, y los sujetos no son más que la
ley del maestro, y el maestro no tiene otra regla que sus pasiones; las nociones
de bien y los principios de justicia se evaporan; todo se reduce a la ley del más