LOS TRES CERDITOS
Hace mucho tiempo vivían los tres cerditos con su papá y su mamá. Eran muy
felices todos juntos, pero cuando los tres cerditos crecieron decidieron viajar y
descubrir un mundo nuevo.
Los tres hermanos caminaron muchos días hasta que encontraron el lugar perfecto
donde quedarse.
El primer hermano estaba deseando terminar su casa para poder salir a hacer
nuevos amigos. Así que rápidamente construyó una pequeña y endeble casa de paja
y se fue a disfrutar y a conocer el vecindario.
El hermano mediano, al ver a su hermano, quiso divertirse también. A toda prisa
construyo una casita de madera, que no tenía pinta de aguantar ni el primer viento
de otoño.
Pero el tercer cerdito, el más responsable de los tres, pensó que los amigos y los
vecinos seguirían ahí mucho tiempo. Lo más importante era construir una casa
resistente, pues no todos los animales del vecindario eran tan amigables como el
conejo o el gorrión. Había oído que un lobo feroz merodeaba por los alrededores y
si no tenías cuidado te podía comer de un solo bocado.
El tercer cerdito tardó mucho tiempo en construir su casita de ladrillos y
cemento.
Pero una vez terminada resultó ser una gran y robusta casa.
A pesar de haber advertido a sus hermanitos de los peligros del bosque, estos no le
hicieron caso y decidieron seguir jugando y bailando.
Una tarde, mientras el primer cerdito descansaba, alguien llamó a la puerta. Toc,
toc.
– ¿Quién es? – pregunto el cerdito desde su cómoda butaca.
– Soy el lobo feroz. Abre la puerta o soplaré y soplaré y la casa derribaré.
– No, no y no, jamás abriré la puerta – gritó el cerdito aterrado.
Entonces, el lobo soplo y sopló y la casita de paja derribó.
El cerdito corrió tan rápido como pudo y se escondió en la casa de madera del
segundo cerdito. Los dos hermanos temblaban de miedo, pues sabían que el lobo se
acercaba hacia su casa.
Toc, toc.
– ¿Quién es? – preguntaron los dos cerditos con voz temblorosa.
– Soy el lobo feroz. Abrid la puerta o soplaré hasta derribar tú casa.
– No, no y no, jamás abriremos la puerta. – gritaron los cerditos.
El lobo sopló una vez y volvió a soplar y la casita de madera derribó una vez
más.
Los pequeños cerditos huyeron a casa de su hermano y allí se refugiaron.
El lobo llegó justo cuando cerraron la puerta, que le dio en sus enormes narices.
Furioso por no haber conseguido atrapar a los dos cerditos, volvió a llamar a la
puerta de la casa del tercer cerdito.
Toc, toc.
– ¿Quién es? – preguntó sin miedo el tercer cerdito.
– Soy el lobo feroz. Abre la puerta o derribaré tu casa de un soplido.
– Inténtalo – dijo el cerdito muy seguro de si mismo.
El lobo enfureció aún más y comenzó a soplar con todas sus fuerzas, pero aquella
casa de ladrillos y cemento era demasiado fuerte. Intentó colarse por la ventana,
pero no lo consiguió. Entonces vio la chimenea y ni corto ni perezoso se subió al
tejado para entrar en la casa colándose por el agujero de la chimenea.
Lo que el malvado lobo no sabía era que los cerditos habían preparado una gran
marmita llena de agua hirviendo sobre el fuego de la chimenea.
Cuando el lobo llegó abajo cayó sobre la marmita y se quemó el trasero con el
agua. Los gritos del lobo se escucharon al otro lado del bosque y fue tanta la
vergüenza que sintió al haber sido vencido por los tres cerditos, que nunca más
volvió a verse al lobo feroz merodear por aquel bosque.
Los dos cerditos construyeron una casa de ladrillos y cemento tan resistente como
la de su hermano y, desde aquel día, todos los animalitos viven felices y ya nadie
teme al lobo feroz.
FIN
EL PATITO FEO
Un día de verano, cuando comenzaba a atardecer, mamá pata y papá pato fueron
padres de seis preciosos patitos.
Todos rompieron el cascarón al mismo tiempo; bueno, todos menos uno. Había un
huevo que era algo más grande y distinto a los demás. En la granja, todos
esperaban impacientes su nacimiento.
Al fin, un poco antes de que acabara el día, el huevo comenzó a romperse y el
último patito sacó su cabeza del cascarón.
Todos se acercaron a ver al nuevo pequeñín pero, al ver su aspecto, se marcharon
sin decir nada. Tan solo la gallina dijo – ¡Pero que pato más grande y feo! Desde
luego, no se parece en nada a sus hermanos. Puede que no sea un pato de verdad –
y así es como el patito empezó su andadura por el mundo.
Pasaron los meses y el patito se hartó de que todo el mundo le dijera lo feo que era.
Todos, excepto sus padres, le llamaban Patito Feo.
Una mañana, el pobre pato decidió marcharse de la granja. Ya no podía soportar
más los insultos de sus compañeros y hermanos.
El patito comenzó a caminar hacia el bosque en busca de un lugar en el que lo
tratasen con cariño y respeto.
Caminó muchos días hasta que llegó a un lago. Allí vio una pareja de patos salvajes
que nadaban plácidamente. El patito se acerco y les dijo – Buenos días, ¿no les
importaría que me quedase un tiempo por aquí? –
Uno de los patos salvajes se giró y, al ver al patito, comenzó a reírse –¡ Pero que
pato tan grande y feo!
El pequeño pato no permitió que siguieran riéndose de él. Rápidamente se marcho
en busca de un lugar mejor.
El otoño llegó y ya comenzaba a notarse el fresco, pero el patito siguió caminando
hasta que un día una anciana lo encontró y se lo llevó a su granja. Allí vivían
también un gato y una gallina a los que no parecía que les gustase su compañía – A
ver, patito, ¿puedes poner huevos? – preguntaron los animales.
El patito dijo – Pues… creo que no
– Entonces sólo puede haber un motivo por el que la anciana te ha traído aquí –
Contestó el gato con cierto todo de maldad.
– Creo que vas a formar parte del banquete de esta noche – continuó la gallina.
El patito se asustó tanto por lo que los malvados animales le contaron, que
rápidamente se marchó de aquel lugar.
El invierno llegó y el patito ya no tenía muchas fuerzas para continuar. El frío y el
hambre le impedían seguir su camino. Buscó cobijo entre los arbustos. Hasta que
un amable granjero lo encontró y se lo llevó a su granja para que no muriese de
frío.
El patito pensó – Tal vez este sea un buen lugar para vivir –
Pero nada de eso. En cuanto el granjero salió del establo, dos vacas enormes se
acercaron y le volvieron a insultar – Pero ¿qué eres tú? – dijo una – Es el pato mas
feo que he visto jamás – comentó la otra entre risitas.
El pobre patito se apartó de los enormes animales y se escondió en una esquina del
granero – me quedaré aquí hasta que acabe el invierno, después seguiré mi camino
– se dijo.
Y así lo hizo. Con el primer brote de primavera, el pato salió de la oscura esquina
del granero y continuó su camino.
No tardó mucho en ver un grupo de preciosas aves que volaban sobre él.
– Ojalá yo fuese tan hermoso – Pensó.
Poco después, vio un magnifico lago y decidió darse un chapuzón. Allí nadaban las
mismas aves que había visto volar. Eran tan elegantes que decidió no acercarse
mucho para evitar los insultos.
Pero sucedió algo. Uno de ellos se giró y le dijo, ven amigo, únete a nosotros.
No se podía creer que estuviesen hablando con él, pero al acercarse al agua pudo
ver su reflejo por primera vez. Todo había cambiado en él. Ya no era un pato
grande y feo. Había crecido y era un precioso cisne.
Lo cierto es que nunca había sido un patito feo, eran los demás los que no habían
visto que, en realidad, él era un pequeño cisne.
Sin dudarlo ni un segundo, el Patito…perdón, el hermoso cisne, se unió al grupo de
hermosas aves y, desde aquel día ya nunca se sintió feo, ni diferente. Al fin, el
cisne encontró el cariño y el respeto que durante tanto tiempo había buscado.
FIN
EL GATO CON BOTAS
Hace mucho tiempo vivió un molinero con sus tres hijos. Cuando el anciano
molinero murió, los hijos heredaron los pocos bienes que el molinero tenía.
Al mayor le dejó un molino, el mediano se hizo cargo del burro y el tercero se
quedó con el gato.
El hijo más joven no sabia muy bien qué hacer con su herencia – ¿Qué puedo
conseguir yo con este gato?
Entonces sucedió que el gato le dijo – Mi señor, dadme unas botas, unos guantes y
un sombrero y os ayudaré a convertiros en un hombre rico. –
El joven pensó – Bueno, no pierdo nada por hacerle caso –
Y así fue que el joven y el gato, con sus botas, sus guantes y su sombrero,
comenzaron a caminar y no pararon hasta encontrar un reino desconocido para el
joven.
El astuto gato dijo entonces – Dadme un saco, pues he de cazar unas aves –
El joven le entregó el saco y dejó al gato que cazara.
– Voy a ir al castillo y ofreceré al rey, en vuestro nombre, estas piezas que he
cazado.
El joven accedió y se quedó en el bosque esperado a su astuto gato.
El gato entregó al rey la caza y dijo – ¡Es un obsequio del Marqués de Carabás! –
Nombre que el gato había inventado para dar mayor importancia y prestigio a su
joven amo.
Pasaron los días y el gato continuó cazando y obsequiando al rey con lo que
cazaba. Hasta que una mañana escuchó a los soldados del rey decir que su majestad
iba a pasear en su carruaje, acompañado de su hija, por la orilla del río.
Rápidamente le dijo a su amo que se tirase al río y se quitase su vieja ropa.
Cuando el carro del rey pasó cerca del joven, el gato comenzó a gritar – Socorro,
socorro, alguien ha robado al Marqués de Carabás. –
Al escuchar ese nombre, el rey acudió en su ayuda y ordenó que le vistieran como
correspondía a alguien de la nobleza. – Acompáñenos en nuestro paseo – dijo el rey
al Marqués.
El gato se adelantó para obligar a unos ladrones a que dijeran que las tierras que
labraban eran del Marqués de Carabás.
Cuando el carruaje real pasó por aquel lugar, el rey preguntó a los hombres –
¿Quién es el dueño de estas tierras? –
A lo que los ladrones, atemorizados por el gato, dijeron – Son propiedad del
Marqués de Carabás –
El rey quedó muy complacido y continuó su camino.
El gato siguió con su plan y se dirigió a un castillo que habitaba un malvado ogro
que tenía la habilidad de convertirse en cualquier animal.
El astuto felino se presentó en el castillo y comenzó a alagar al ogro – Vengo de
muy lejos sólo para conoceros, Señor. Todo el mundo habla de su increíble
capacidad de transformarse en animales fantásticos. Algunos dicen que incluso
puede convertirse en un león –
El ogro quiso mostrar su poder al gato y se transformo en un temible león
– Oh, ¡es increíble! ¡magnifico! – Dijo el gato. – Y ¿podría transformarse también
en un animal diminuto como un ratón? … bueno, supongo que, con su enorme
tamaño será imposible… – prosiguió el gato.
El ogro se sintió ofendido, pues él era capaz de convertirse en cualquier animal y,
para demostrarlo, se transformó en un diminuto ratón.
El plan había funcionado. El gato con botas se abalanzó sobre el ratón y de un
bocado se lo comió.
Poco después, llegó el carruaje del rey y el gato salió a recibirlos– Bienvenidos al
castillo de mi señor, el Marqués de Carabás -.
El joven estaba impresionado por todo lo que su gato había conseguido y el rey, al
ver las posesiones del joven, decidió mantener su amistad.
Con el tiempo, la hija del rey y el joven se enamoraron y el rey accedió, con
alegría, a que se casasen. ¡Al fin y al cabo se trataba del Marqués de Carabás!
Fue así como el joven hijo del molinero se convirtió en Marqués gracias a su
compañero y amigo, el gato con botas.
FIN
CUENTOS