Misterios y Leyendas Urbanas
En enero de 2006, un psiquiatra de Nueva York recibió en su consulta a una de sus pacientes como un día
cualquiera. En aquella sesión, la joven le explicó que había soñado en repetidas ocasiones con un hombre al que
ni si quiera conocía. Tenía una calva incipiente, las cejas muy gruesas y los labios extremadamente finos, en
especial el superior. Mientras oía la descripción, el facultativo dibujó el retrato del sujeto. No le dio mayor
importancia y lo dejó sobre la mesa.
Sus “apariciones” son de lo más dispares. Uno de los pacientes aseguró haberlo visto vestido de Papá Noel. Otro
dijo haberse enamorado en cuanto lo vio. Un tercero asegura que cuando sueña que vuela, el hombre lo hace
junto a él, y nunca habla.
El fenómeno ha dado pie a múltiples teorías conspirativas. Una de ellas señala que el intruso es una persona real
con la habilidad de irrumpir en los sueños. Otra, incluso afirma que se trata de un proyecto oculto de los
gobiernos para controlar las vidas de los ciudadanos. La hipótesis más científica, sin embargo, indica que este
rostro forma parte de la “conciencia común”.
Y a ti, ¿alguna vez se te ha presentado en sueños?
EL VISITANTE NOCTURNO
Leonor se mudaba de nuevo. A su madre le encantaba la restauración, así que su predilección por las casas
antiguas empujaba a la familia a llevar una vida más bien nómada. Era la primera noche que dormían allí y, como
siempre, su madre le había dejado una pequeña bombilla encendida para espantar todos sus miedos. Cada vez
que se cambiaban de casa le costaba conciliar el sueño.
La primera noche apenas durmió. El crujir de las ventanas y del
parqué la despertaba continuamente. Pasaron tres días más hasta que empezó a acostumbrarse a los ruidos y
descansó del tirón. Una semana después, en una noche fría, un fuerte estruendo la sobresaltó. Había tormenta y
la ventana se había abierto de par en par por el fuerte vendaval. Presionó el interruptor de la luz, pero no se
encendió. El ruido volvió a sonar, esta vez, desde el otro extremo de la habitación. Se levantó corriendo y, con la
palma de la mano extendida sobre la pared, empezó a caminar en busca de su madre. Estaba completamente a
oscuras. A los dos pasos, su mano chocó contra algo. Lo palpó y se estremeció al momento: era un mechón de
pelo. Atemorizada, un relámpago iluminó la estancia y vio a un niño de su misma estatura frente a ella. Arrancó a
correr por el pasillo, gritando, hasta que se topó con su madre. “¿Tú también lo has visto?”, le preguntó.
Sin ni siquiera preparar el equipaje, salieron pitando de la casa. Volvieron al amanecer, tiritando y con las ropas
mojadas. Se encontraron todo tal y como lo habían dejado... menos el espejo de la habitación de la niña. Un
mechón de pelo colgaba de una de las esquinas y la palabra “FUERA” estaba grabada en el vidrio.
La familia se mudó de manera definitiva para dejar atrás aquella pesadilla. Leonor había empezado a ir a un
nuevo colegio y tenía nuevos amigos. Un día, la profesora de castellano les repartió unos periódicos antiguos para
una actividad. La niña ahogó un grito cuando, en una de las portadas, vio al mismo niño una vez más, bajo un
titular: “Aparece muerto un menor en extrañas circunstancias”.
LA ISLA DE LAS MUÑECAS
Parece un escenario sacado de una película, pero es real. Existe una isla ubicada en el centro-sur de Ciudad de
México en la que reinan miles de muñecas antiguas. Abandonadas a modo de ofrenda, algunas de sus cabezas se
exhiben clavadas en estacas, mientras que otras permanecen colgadas de los árboles. La historia se remonta a
1950, cuando el propietario del terreno, Julián Santana, empezó a colgar muñecas como protección contra los
malos espíritus.
Santana creía que había sido maldito. Tiempo atrás, había encontrado el cuerpo de una joven que había fallecido
ahogada a orillas de los terrenos del hombre. Empezó a convertirse en protagonista de episodios paranormales:
oía voces, pasos y el llanto de una mujer, por lo que decidió colocar muñecas por la isla para ahuyentar el alma de
la chica. Su obsesión llegó hasta tal punto que pasaba las horas buscando muñecas en las basuras y en los canales
de Cuemanco.
Santana falleció en 2001 cuando se encontraba a orillas del río, justo después de comentarle a su sobrino que una
sirena quería llevárselo. Ahora, el lugar se ha convertido en un sitio turístico y las autoridades de la región se
plantean crear un museo para
conservar las muñecas.
Existen diferentes versiones, pero todas ellas tienen un denominador común: una joven enfundada en un
vestido blanco. Cuenta la leyenda que un padre de familia volvía del trabajo a casa por la carretera de las
Costas del Garraf. Era una noche lluviosa, el frío empañaba el parabrisas y el cansancio empujaba sus párpados
hacia abajo. A medida que avanzaba por la carretera, las gotas golpeaban con más violencia los cristales de su
coche, que perdía estabilidad en el serpenteante trazado del asfalto.
El hombre agudizó los sentidos y redujo la marcha. En ese mismo instante, los faros del vehículo iluminaron la
figura de una chica que, empapada por la lluvia, esperaba inmóvil a que algún conductor se apiadara de ella y la
llevara a su destino. Sin dudarlo ni un momento, frenó en seco y la invitó a subir. Ella aceptó de inmediato, y
mientras se sentaba en el lugar del copiloto, el chofer se fijó en su vestimenta. Llevaba un vestido blanco de
algodón arrugado y manchado de barro. Por su pelo enmarañado, parecía que llevaba un buen rato esperando.
Reanudó el viaje y empezaron una distendida conversación en la que la chica esquivó en varias ocasiones la
historia de cómo había llegado hasta aquel lugar. Hasta que llegó el momento idóneo. Con una voz fría y
cortante, le pidió que redujera la velocidad hasta casi detener el vehículo. “Es una curva muy cerrada”, le
advirtió. El hombre siguió su consejo y, cuando vio lo peligroso que podría haber sido, le dio las gracias. Ella,
con voz cortante y fría, le espetó: “No me lo agradezcas, es mi misión. En esa curva me maté yo hace más de 25
años.
SELECCIÓN DE CUENTOS POLICÌACOS
En la comisaría principal de la pequeña ciudad de Torre roca, a la detective Piñango le llegó la noticia de una
muerte que había conmocionado a gran parte de la ciudad. El obispo de la Basílica Mayor de la ciudad había
muerto en extrañas circunstancias.
El padre Henry era muy querido por la comunidad. Los miembros de esta destacaban sus constantes labores
altruistas en pro de la población, además de su capacidad para integrar las distintas creencias del pueblo.
La detective Piñango recibió el informe de la autopsia, que indicó que el padre Henry había muerto
súbitamente, pero que no había indicios de asesinato. Este informe lo firmó la forense Montejo, reconocida
profesional de gran prestigio en Torre roca.
Sin embargo, Piñango desconfiaba.
― ¿Qué crees tú, González? ―preguntaba la detective a su compañero de labores.
―En efecto detective, hay algo que suena raro.
Piñango y González acordaron entonces trasladarse hasta la casa parroquial, donde residía el sacerdote.
Aunque no tenían una orden judicial para entrar, los policías se entrometieron en el hogar.
― ¿Qué son todas estas figuras, Piñango? ―preguntó González, incrédulo de lo que veía.
―Sin lugar a dudas, son imágenes budistas. Buda está en todas partes ― contestó.
― ¿Pero el padre Henry no era católico? ―cuestionó González.
―Eso tenía entendido.
A la detective Piñango le pareció sumamente sospechosa la presencia de un pequeño frasco al lado de la cama
del párroco. En el envoltorio decía que eran unas gotas de sándalo.
Piñango se llevó el frasco para analizarlo en la comisaría. Los resultados fueron inconfundibles: lo que contenía
el frasco era arsénico, ¿pero ¿quién podría haber asesinado al padre Henry? Todas las dudas recayeron en la
comunidad budista de Torreroca.
Piñango y González se acercaron a la tienda de productos budistas que se encuentra diagonal a la plaza Mayor.
Cuando entraron, la dependienta se metió en la parte trasera a buscar algo, pero no regresó. Piñango se dio
cuenta y salió a la calle, donde comenzó una persecución
― ¡Detente! ¡No tienes escapatoria! ―gritó. En cuestión de minutos logró capturar a la encargada.
La mujer que atendía la tienda budista respondía al nombre de Clara Luisa Hernández. Rápidamente, después
de su detención, confesó su crimen.
Resulta que Clara Luisa, mujer casada, mantenía una relación sentimental con el padre Henry. Este le comunicó
que ya no quería seguir con la misma y ella decidió asesinarlo.
Los oficiales Roberto Andrade e Ignacio Miranda se dirigieron a una pequeña casa ubicada en un barrio de clase
media alta de la ciudad.
Fueron destinados a investigar dentro de ella, porque se encontraban investigando sobre un fraude fiscal
enorme, producto de la corrupción que habían perpetrado unos miembros del ayuntamiento.
A eso de las seis de la tarde, los policías llegaron a la casa. Traían consigo una orden judicial que les permitía
entrar seas cuales fueran las circunstancias.
Para comenzar, Andrade y Miranda tocaron la puerta. Nadie contestó. Volvieron a tocar y escucharon unos
pasos. Una linda viejecita les abrió la puerta.
Los policías, amablemente, le explicaron la situación y las razones por las cuales tenían una orden de cateo
para entrar a la casa.
La señora entendió la situación, aunque les explicó que ella no tenía ninguna relación con las personas
investigadas y que no las conocía. De cualquier manera, los oficiales debían entrar, algo que la señora aceptó.
Posteriormente, los dos policías comenzaron a registrar la casa. La anciana les indicaba que no iban a encontrar
nada, pues ella era la única que vivía en esa casa desde que enviudó. Sin embargo, en ningún momento
interrumpió la labor policial.
―Parece que no vamos a encontrar nada, Ignacio ―le dijo Roberto Andrade.
―No se ve ningún indicio de dinero escondido, tal y como las investigaciones indicaban. Creo que esto es un
fiasco ―le contestó.
Finalmente, los oficiales salieron al gran patio trasero de la casa, que a la vez era un jardín con muchos árboles.
― ¿Recuerdas que el señor Vallenilla, uno de los investigados en la trama, es amante de los bonsáis? ―le
preguntó Miranda a Andrade.
―Ciertamente. Es verdad.
Miranda hizo ese comentario mientras señalaba una parte del jardín lleno de bonsáis, de todo tipo. Los bonsáis
estaban dispuestos por filas. Cada una de ellas tenía bonsáis de un tipo.
En una había pequeños árboles de naranja, en el otro había pequeños árboles de limón y así consecutivamente.
Una de las filas que más destacaban era la de árboles tipo bonsáis que parecían auténticamente japoneses. De
hecho, había varias de estas filas.
― ¿Excavamos? ―preguntó Andrade.
―Por supuesto ―contestó Miranda.
Aunque no tenían herramientas para excavar en la tierra, los policías comenzaron a hurgar por los lugares
donde estaban sembrados los bonsáis con la mano.
―Creo que estoy tocando algo firme ―dijo con efusividad Miranda.
― ¡Muy bien!
En efecto había sido así. Les llevó un par de horas lograr desenterrar toda una gran caja que estaba sellada por
los cuatro costados.
―Ahora el reto es abrirla ―afirmó Andrade.
Aunque fue bastante complicado, gracias a un martillo que los policías consiguieron, lograron romper uno de
los costados de la caja.
Con mucha paciencia, fueron deshaciéndose de gran parte de una de la superficie de la caja para poder abrirla.
En poco tiempo ya habían podido abrirla.
― ¡Bien hecho! ―entonaron al unísono. Dentro de la caja había miles de billetes envueltos en ligas, de varias
denominaciones. Se pudo constatar que dentro de la casa estaba escondido dinero.
Los oficiales cargaron la caja hasta el interior de la casa y se percataron que no había rastros de la anciana que
les había abierto la puerta. No le dieron importancia a este hecho y se dispusieron a salir.
Cuando intentaron hacerlo, pasó algo inverosímil, que sin duda Andrade y Miranda nunca hubiesen esperado.
― ¡Hay una pared invisible! ―exclamó Miranda.
Los oficiales de policía pudieron abrir la puerta de la casa sin inconvenientes y podían ver el exterior de la casa.
Sin embargo, ¡no podían salir!
― ¡No entiendo qué está pasando! ―gritó Andrade.
De pronto, la dulce viejita apareció con una mirada maquiavélica., apuntándoles con un arma.
― ¡No podrán salir! Esta casa está protegida con un sistema que activa un campo electromagnético que
bloquea todas sus entradas.
Rápidamente, Andrade se dispuso a sacar su arma, cuando se percató que no estaba. Miranda hizo lo mismo.
― ¡Sois tan tontos que os habéis quitado las armas cuando estaban desenterrando la caja! ―gritó la vieja.
Los policías estaban impactados. No sabían qué hacer. Eran conscientes de que la vieja los había tomado por
rehenes.
― ¡Dejad la caja y huid, si queréis vivir!
Los dos policías se miraron de una forma cómplice y soltaron la caja. De inmediato, arrancaron a correr fuera
de la casa.
―No podemos contar nada de esto en comisaría ―dijo Andrade.
―Por supuesto que no ―sentenció Miranda.
CUENTO LA MANZANA ASESINA
Érase una vez, un pequeño pueblo llamado San Pedro de los Vinos. En él, la comisaría de su pequeño cuerpo de
policía se encontraba de luto, pues recientemente había fallecido el comisario jefe, Ernesto Perales.
Aunque era un hombre mayor, su muerte sorprendió a muchos, lo que hizo que el dolor se embargara mucho
más. Pero la oficial de policía Alicia Contreras no se creía el cuento de que había muerto durmiendo en su
hogar, tranquilamente.
―Yo no me creo esa versión ―decía Alicia a sus compañeros.
―Era un hombre mayor. Tiene a su familia, le debemos respeto a su memoria y su descanso Alicia ―le replicó
Daniela, una de las compañeras.
Sin embargo, otra oficial, Carmen Rangel, escuchaba con cierto interés las teorías de su compañera Alicia. A
ella, tampoco le parecía muy correcto el relato de la muerte del comisario Perales. Ambas se dispusieron a
hablar con la forense encargada, que no tuvo problema en, antes de que el cuerpo fuese enterado, hacerle una
autopsia.
Cuando esta autopsia fue realizada, se llevaron una gran sorpresa. Aunque el comisario Perales era un ávido
consumidor de manzanas, la sorpresa fue que en su estómago tenía manzanas, pero envenenadas con cianuro,
¿pero ¿quién era la Blanca nieves de esta historia?
― ¿Pero ¿quién lo ha matado? ―preguntó Carmen, exaltada.
―Yo creo saberlo.
Recientemente, Daniela había tenido un hijo. Ella nunca dijo quién era el padre, ni tampoco fue un tema de
importancia.
Algunos de los compañeros, habían afirmado que su hijo tenía un gran parecido al comisario Perales, algo que
habían tomado como una cortesía.
―¡Has sido tú quien le ha matado! ―le gritó Alicia a Daniela. Esta última, sacó su arma y sin mediar tintas le
disparó, sin conseguir matarla. Los demás compañeros le dispararon a Daniela, que después de ser detenida y
llevada al hospital, confesó su crimen pasional.
UN LADRÓN DE COSTUMBRES
Don José tenía un puesto de venta de víveres en una concurrida zona de Ciudad de México. Era el comercio
más solicitado por los vecinos de la zona y los habitantes de las poblaciones cercanas. La gente se acercaba a
comprar su carne fresca, sus pescados, legumbres, huevos, y demás productos.
Todo transcurría bien ese jueves 6 de noviembre del 2019, tal y como había transcurrido en los últimos 20 años
desde la fundación del establecimiento el 3 de octubre del año 1999. María, la cajera, cobraba en su puesto de
costumbre, lugar que ocupaba hace diez años y el cual amaba, pues interactuaba con la gente de la ciudad.
Cada cliente tenía una historia distinta que contar día tras día, así como sus costumbres. Don José se las sabía
todas. A Margarita le gustaba comprar frutas frescas todos los martes a las nueve de la mañana, a veces llegaba
a las ocho y cincuenta y cinco, otras a las nueve y cinco, pero nunca fuera de ese rango de 10 minutos.
A don Pedro, por su parte, le gustaba comprar pescado los viernes al mediodía, pero solo compraba pargo, la
especie más cara de todas, y el señor se llevaba siempre unos 10 kilos. Esa era, por mucho, la venta más grande
que don José hacía semanalmente por una sola persona.
Doña Matilde, en particular, compraba pollos y melones los martes para hacer su sopa caribeña especial para
su marido. María y don José sabían de estos gustos porque doña Matilde lo contaba siempre cada vez que iba.
—Hoy me toca hacer mi sopa de pollo con melones, mi sopa especial y que ama mi marido —se le escuchaba a
doña Matilde cada vez que llegaba.
Así como estos personajes, pasaban por allí cientos, incluso miles a la semana.
Ahora bien, ese jueves pasó algo que nunca había sucedido en la historia de ese local, en sus dos décadas de
existencia: se metieron a robar.
Si bien no hubo muchos destrozos, las pérdidas si fueron considerables, sobre todo porque se robaron lo más
caro, diez kilos de pargo de la heladera, justo la cantidad que acostumbraba comprar don Pedro; pollos,
melones y todas las frutas frescas del local.
Además de eso, la caja registradora estaba vacía en su totalidad, no quedaba ni un céntimo, ni aparecieron
tampoco las prendas de oro que don José ocultaba en su oficina y que sumaban unos 15.000$. Quizá lo más
extraño es que las cámaras de seguridad fueron desactivadas en su totalidad.
Extrañamente don Pedro no asistió a comprar sus diez kilos de pargo el viernes, cosa que extrañó mucho a
María y a don José luego de que los policías recogieran todas las pruebas en la zona del delito.
—¿Qué raro que no vino don Pedro, verdad? —dijo María a don José.
—Sí, muy raro, María, sobre todo porque además de las prendas, faltaba justo el pescado que a él le gusta y en
la cantidad que normalmente se lleva.
Las investigaciones prosiguieron la semana siguiente, pero la cosa se puso más misteriosa aún. Resulta que la
semana siguiente no fueron a comprar ni Margarita ni Matilde, justo las clientas que compraban frutas frescas,
pollos y melones.
Don José y María se extrañaron aún más.
Luego de tres semanas de que no asistieran los clientes habituales, llegó la policía al establecimiento con una
orden de captura contra María.
—Pero, ¡qué pasa?, ¿qué hacen! —dijo la cajera.
—María, María, fuiste muy evidente, mira que mandar a recomendar con tu primo otros comercios a mis
clientes para que no vinieran justo esos días y llevarte lo que a ellos les gustaba, fue una buena jugada. Eso
pudo confundir a todos, y, de hecho, lo lograste. Solo fallaste en una cosa, una pequeña cosa —dijo don Pedro
mientras esposaban a quien fuera su cajera.
—¿De qué hablas?, ¡soy inocente, he sido tu amiga y empleada todo este tiempo!
—Sí, y en todo ese tiempo te estudié, así como tú a mí. Sé de tu ida mañana a Brasil, un viejo amigo fue el que
te vendió el boleto. Avisé a la policía y encontraron todo en la casa de tu primo. Todo se sabe.
Fin.
Ese día Pedro iba a su trabajo, como de costumbre, chasqueando con su mano derecha su dispositivo de
geolocalización y viendo en su mente cada cambio del lugar que conocía como la palma de la mano: su
vecindario.
Sí, como podrás entender, Pedro era ciego, y no habría nada extraño en ello si él no fuese el único policía ciego
de Punta de Piedras. No obstante, como él era ciego de nacimiento, nunca le hicieron falta sus ojos, siempre le
bastaron sus otros sentidos para ubicarse: su gusto, su olfato, su oído y su tacto. Él era el menor de cuatro
hermanos y el único varón.
Pedro no solo recordaba a la gente por su manera de hablar, sino también por el ruido típico que hacían al
caminar, por el olor de su piel y de su aliento, o por el tacto de sus manos (en el caso de los hombres) y mejillas
(en el caso de las mujeres) al momento de saludar.
El hombre se sabía a cabalidad todo su pueblo, el lugar de cada árbol y de cada casa y de cada construcción, al
igual que la ubicación de cada tumba en el cementerio.
El policía también sabía cuándo llegaban y cuando se iban los buques y ferris en el puerto, algunos ya los sabía
de memoria por los horarios y los que no, los identificaba por el sonido de sus chimeneas y sonidos de
trompeta particulares.
El dispositivo que tenía Pedro en la mano, y que producía un sonido hueco como un chasquido, le permitía
ubicar los automóviles y las personas, así como también cualquier otro objeto nuevo en la vía.
Del resto, el hombre conocía cada lugar de su pueblo y sus distancias en pasos largos, pasos cortos, de
espaldas, en zigzag, a trote o corriendo, incluso se sabía las distancias en brazadas, nadando, pues desde niño
aprendió a nadar en la playa de su pueblo.
Si alguien no conocía a Pedro, ni se enteraría de que era un ciego en su pueblo, sobre todo porque nunca quiso
usar bastón. De hecho, sus propios amigos a veces olvidaban que él era ciego, porque, en realidad, no parecía
no serlo.
Los maleantes del pueblo lo respetaban y temían, y no era en vano. Pedro, el policía ciego, tenía el mejor
récord de capturas de malhechores en el pueblo. Los atrapaba corriendo o nadando, los desarmaba con las
técnicas especiales de karate. Y, bueno, para completar las cualidades de Pedro, a él le incomodaban las armas,
nunca usó una en su vida.
Las patrullas se acumularon en frente del lugar de los hechos ese lunes 1 de abril del 2019. Eran las nueve en
punto de la mañana en la Joyería Iván, justo en frente del puerto, de donde partían la mayoría de las
embarcaciones a tierra firme.
—¿Qué pasó, muchachos? ¿Quién me cuenta? ¡Déjenme pasar! —dijo Pedro al llegar a la escena del crimen y
hacerse paso entre los curiosos.
—Fue un robo, se llevaron el diamante de Esther Gil y el collar de perlas de Gloria, las joyas más caras del
Estado —respondió Toribio, colega policía de Pedro.
—Vale, déjenme analizar todo —dijo Pedro, acercándose justo a la vitrina con cristales rotos de donde
extrajeron las joyas.
El hombre se agachó, recogió dos cristales y pasó sus dedos por el borde fino, los llevó a su nariz y los olió
profundamente y luego los metió a su boca y los saboreó. Ya sus amigos estaban acostumbrados a sus manías y
cosas raras, pero la gente del pueblo no dejaba de asombrarse de todo lo que estaba viendo.
Pedro se paró sin decir nada, se hizo paso entre sus amigos y el montón de gente mientras una lágrima brotaba
de su mejilla y se paró al lado de su hermana, quién estaba allí pendiente de todo como el resto. El ciego tomó
una mano de Josefa (así se llamaba su hermana mayor) y en instantes la esposó.
—Llévensela, muchachos, todo está en su casa con su marido —dijo Pedro, muy triste.
—¿Qué haces, Pedro! ¿Qué es esto! —dijo su hermana, gritando y sorprendida.
—Si creías que no te entregaría por ser mi hermana, estás equivocada. Por lo menos hubieses tenido la
delicadeza de lavarte las manos antes de venir con tu esposo a hacer este crimen. Sí, aún huelen al pescado
que mi madre les regaló ayer. Y sí, el corte del cristal corresponde al cuchillo que siempre lleva tu marido y los
cristales saben al sudor de tus manos —dijo Pedro, para luego callar e irse.
Los policías fueron de inmediato a casa de la hermana de Pedro y corroboraron todo lo dicho por él, y llegaron
justo en el momento en que Martín, el esposo de Josefa, preparaba todo para irse en su lancha con las joyas.
Fin.
LA CAIDA DEL MENTIROSO
Todo el mundo lo sabía, menos John. Como es costumbre cuando estas cosas pasan. Cada detalle era contado
de manera distinta por los chismosos del pueblo, grandes y pequeños, altos y bajos, gente ruin y sin oficio que
solo disfrutaban el vivir de habladurías y nada más.
“John lo robó, fue él”, se escuchaba en una esquina; “Sí, él fue el que se robó el carro”, se escuchaba en la
otra”; “Yo lo vi manejando el vehículo a las 5:00 de la madrugada por la estación de gasolina”, decían en una
mesa de la plaza.
Resulta que a Marco le habían robado el carro en frente de su casa a las 3:50 a. m. hacía dos días, el miércoles
5 de marzo del 2003.
Todo ocurrió en el pueblo de La Blanquecina, un pueblo sano en donde no se acostumbraba a escuchar
ninguna noticia extraña, pero la gente tenía la mala costumbre de ser chismosa.
John llegó a escuchar el sábado dos cuando dos muchachitos decían “Allí está el roba carros”, mientras lo
señalaban. Él se quedó extrañado y fue a hablar con Vladimir, su amigo barbero.
—Hola, Vladimir, ¿cómo te ha ido? ¿Cómo anda todo? —pregunto John, en tono normal.
—Hola, John, todo bien… —respondió el barbero, con cierta ironía.
—Habla claro, Vladimir, ¿qué es lo que se dice de mí en las calles?
—¿No vas a saber tú?
—No, no lo sé.
—Que te robaste el carro de Marco, eso es lo que dicen.
Sí, tal y como se dijo al principio, todo el pueblo sabía, menos John. Por el pueblo corría el rumor, la infamia de
que el joven hombre había robado el auto de Marco. Todo estaría normal si John no trabajara de siete de la
mañana a nueve de la noche para mantener a su familia y si no diera clases los fines de semana a niños con
necesidades especiales.
Quizá por eso, porque no perdía el tiempo en chismes, John no se había enterado de que hablaban de él, pero,
gracias al barbero, ya lo sabía.
Allí en la barbería hablaron largo rato él y Vladimir. John tenía unos contactos con un agente de la policía que
sabía de espionaje informático y logró atar cabos hasta llegar con el que comenzó la habladuría.
El día lunes, apenas cinco días después de que comenzaron los chismes contra John, la policía tocó la puerta de
Marco con una orden de cateo.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me hacen esto a mí? ¿Yo soy la víctima? —dijo Marco mientras le ponían las esposas.
—Sabemos todo, de internet nunca se borra nada —le dijo el policía.
—¿Y de qué me acusan?
—De infamia en contra de John Martínez, de fraude contra una aseguradora y de colaboración en un delito de
auto robo.
Dentro de la computadora del hombre hallaron una conversación con un sujeto donde negociaban el precio
por partes del carro que supuestamente le habían robado días atrás.
Además, consiguieron en efectivo más de 20 mil dólares en la mesa, dinero por el cual estaba asegurado el
carro de Marco. Afuera de la casa esperaba John y casi todos los vecinos, quienes no dudaron en pedirle
disculpas al hombre por el daño que le hicieron a su nombre.
Fin.
EL COTO DE CAZA
La familia Ruíz pasaba por su peor momento económico. Ricardo, el padre de familia, llevaba mucho tiempo sin
trabajar y tan siquiera podía ir a ayudar a los señores a cazar, ya que la veda de caza estaba cerrada. Tanto él,
como su mujer e hijo adolescente llevaban varios días sin comer, por lo que la situación era crítica.
Un día, harto de la situación, Noé le dijo a su hijo que se vistiese y que le acercase la escopeta. Había decidido
que se metería en el coto de caza del cacique del pueblo y dispararía a alguna perdiz o jabato para poder
comer.
Su esposa se opuso y le rogó que cambiase de opinión.
– Noé, si te pilla el Sr. Quintana en su coto te matará sin ningún tipo de reparo, ya sabes que es un señor
malvado- decía ella para contener a su esposo.
– Tienes razón, esposa. Quizás deba hablar directamente con el Sr. Quintana y pedirle un préstamo por
adelantado. Cuando abra de nuevo la temporada de caza se lo devolveré con mi trabajo- dijo Noé más sereno.
Esa misma tarde, Noé se dirigió en busca del Sr. Quintana, prometiendo a su esposa que volvería lo antes
posible con el dinero.
Sin embargo, llegó la noche y su marido seguía sin aparecer por casa. Su mujer y su hijo decidieron acostarse,
pensando que Noé estaría en alguna tasca gastando algo del dinero que iba a solicitar al Sr. Quintana.
A la mañana siguiente, la mujer despertó y encontró en la puerta de su casa un saco lleno de perdices y una
bolsita con dinero para pasar sin apuros varias semanas. Sin embargo, no había ningún rastro de su marido. Al
abrir la bolsa encontró una nota que decía:
“Querida esposa, anoche entré a robar en la finca del Sr Quintana. Me llevé algo de dinero y disparé a unas
perdices que aquí os dejo. He tenido que huir del pueblo porque sé que me buscarán para matarme. No quiero
poneros en peligro. Adiós”.
Aquella nota hizo llorar a su esposa por la imprudencia de su marido. Aunque sabía que lo hacía por el bien de
su familia, posiblemente nunca más volverían a verlo. Estaba destrozada.
El que no parecía convencido de todo aquello era su hijo Sebastián. Todo le parecía bastante extraño, no
propio de su padre. Consoló a su madre, pero pronto se puso a pensar para atar cabos.
Analizó la nota y se dio cuenta de que la letra no era nada parecida a la de su padre. Además, en ella decía que
había disparado a algunas perdices, pero lo cierto es que en casa estaban todos los cartuchos intactos. Se lo
comentó a su madre, pero se encontraba en shock por la situación.
Sebastián quiso contárselo a la policía, pero precisamente esta estaba en busca y captura de aquel que robó al
Sr Quintana. Comentarles a los cuerpos de seguridad aquello hubiese sido como delatar a su padre.
Decidió buscar pistas y, para ello, necesitaba entrar en el coto de caza del Sr. Quintana. Para ello, se presentó
ante él, le ofreció sus respetos y se puso a su disposición para cubrir la baja de su padre ante la próxima
temporada de caza. El Sr. Quintana aceptó su ofrecimiento.
El que no hiciera preguntas sobre el paradero de su padre inquietó aún más a Sebastián, por lo que empezaba
a vislumbrar la incógnita de todo aquello.
Asistió durante tres semanas a las cazas de perdices, venados y jabatos y pronto se ganó la confianza del Sr.
Quintana. Hasta tal punto que se iba con él a emborracharse a las tascas del pueblo.
En una de esas salidas nocturnas, el Sr. Quintana pilló tal cogorza que no se podía mantener en pie. Sebastián
aprovechó la ocasión y se ofreció a llevarlo a su finca. Lo acostó en la cama y se aseguró de que estuviese
dormido.
En ese momento, empezó a buscar por todas las habitaciones alguna pista sobre donde podría encontrarse su
padre. Estaba seguro de que el Sr. Quintana sabía algo y que se lo estaba ocultando.
Buscó y buscó, hasta que bajó al sótano donde se llevó la gran sorpresa. Allí había cientos de animales
disecados: búhos, ciervos, osos, pumas, jabalíes, armadillos, mapaches, ardillas y… el cuerpo de su padre.
Esto horrorizó a Sebastián que, de inmediato, subió corriendo a la habitación del Sr. Quintana para matarlo.
Llegó al cuarto y le apretó con fuerza el cuello hasta que despertó.
– ¡Mataste a mi padre para tu colección de animales!¡Eres un diablo!¡Él solo vino a pedirte ayuda! – decía
Sebastián con los ojos inyectados en sangre.
– ¡Lo de tu padre fue un accidente! ¡Déjame explicarte por favor! – intentó responder como pudo el Sr.
Quintana.
Sebastián accedió y soltó el cuello del Sr. Quintana no sin antes tomar una escopeta que había en la habitación
para apuntarle a la cara. ¡Explícate! – le exigió.
– Tu padre vino a pedirme ayuda, pero no se la ofrecí, por lo que luego se coló en mi finca y se escondió entre
los matorrales para cazar algo. Aquella misma noche yo había organizado una jornada de caza ilegal junto a
algunos amigos importantes. Uno de ellos disparó a los matorrales donde estaba tu padre pensando que era
algún animal. – dijo jadeando el Sr. Quintana.
– ¿Murió? – preguntó Sebastián.
– Si. Fue inmediato, no pudimos avisar a nadie. El que disparó es un señor muy importante de la comarca y me
pidió el favor de ocultar el incidente. Si la policía hubiese venido, todo el mundo habría salido maltrecho. Por
eso lo tengo encerrado en el sótano a la espera de poder enterrarlo cuando pase la jornada de caza.
– ¿Y por qué nos enviaste aquella nota a mi casa con el dinero y las perdices? – insistió Sebastián.
– Sabía que si vuestro padre no aparecía sin un motivo avisaríais a la policía. Todo el mundo sabe que trabaja
para mí, por lo que hubiesen venido y podrían haber descubierto todo. Con aquella nota me aseguraba de que
tendríais la boca cerrada.
– ¿Y por qué me aceptaste como ayudante para las jornadas de caza?
– Me sentía responsable de todo aquello y quería compensar un poco contratándote y aportando algo de
dinero para tu casa. Me equivoqué claramente.
EL GATO NEGRO. HISTORIA DE TERROR
AUTOR: ALLAN POE
Es increíble hasta dónde puede llegar la capacidad analítica del cerebro. Existen personas con una gran
capacidad para analizarlo todo hasta el punto de encontrar realidades que pasan desapercibidas ante la
mayoría de los ojos. Es el caso de mi buen amigo Auguste Dupin, un hombre con el que entablé amistad
durante mi estancia en París.
Conocí a Dupin en la biblioteca. Ambos buscábamos los mismos extraños libros, y enseguida comenzamos a
hablar. Él, a pesar de venir de buena familia, había perdido todo el dinero y le pareció buena idea compartir
habitación conmigo.
A los dos nos gustaba la noche, y durante el día, bajábamos las persianas para emular el silencio y la oscuridad
nocturna. Nos ayudaba en nuestras ensoñaciones. Pero la inteligencia analítica de mi amigo era muy superior al
del resto de la humanidad. Os pondré un ejemplo: una noche paseábamos por un estrecho callejón.
Llevábamos quince minutos callados, pensando en nuestras cosas, cuando de pronto, él dijo:
– Cierto, es demasiado bajo para ese papel.
– ¿Cómo? - respondí yo, atónito ante esa frase que reafirmaba el pensamiento que en ese momento corría por
mi mente.
– Lo que le digo, y lo que estás pensando: que el señor Chantilly es demasiado bajito para el personaje que
interpreta en esa obra de teatro.
Yo me quedé totalmente atónito.
– ¿Pero ¿cómo sabes que estaba pensando eso?
– Por el hombre de las verduras.
– ¿El hombre de las verduras?
– Sí, ese joven con el que chocase hace quince minutos.
– ¿Y qué tiene que ver?
La solución al misterio de mis pensamientos
– Verás… Al chocarte con el hombre que llevabas verduras, tropezaste en un adoquín mal colocado. Desde ese
momento no dejabas de mirar al suelo. Llegamos a una calle muy bien asfaltada, y tus labios se movieron para
pronunciar en bajo ‘estereotomía’, un término que se usa para nombrar ese tipo de pavimento. De ahí, imaginé
que pensabas en Epicuro, y en su teoría de Orión, que es la más famosa.
Me di cuenta porque miraste a las estrellas. Recordé que tras ver el otro día la obra de teatro, leímos una
crítica que mencionaba en una frase en latín a Orión… y de ahí pensé que estabas por tanto pensado en la obra
de teatro y en el personaje principal. De pronto te estiraste, porque hasta entonces andabas encorvado… por lo
que deduje que estabas pensando en la altura del protagonista.
– Es increíble- dije totalmente impresionado por la capacidad analítica de mi compañero.
Los extraños crímenes de la Rue Morgue
Al día siguiente, leímos en el periódico un extraño suceso: en la Rue Morgue habían asesinado a una mujer
anciana y a su hija, Madame y Mademoiselle L’Espanaye, en extrañas circunstancias. Sucedió de noche, en un
edificio de cuatro plantas. Todo el edificio pertenecía a Madame L’Espanaye. Las mujeres no solían salir mucho,
y algunos vecinos aseguran que la más joven se dedicaba a leer la buenaventura, un dato este, sin confirmar.
El caso es que según las noticias, los vecinos oyeron unos gritos espantosos, y al llegar a la planta de arriba,
tuvieron que forzar la puerta con ayuda de unos policías, ya que estaba cerrada por dentro. El escenario del
crimen era terrible: todos los muebles destrozados, un mechón de cabello gris arrancado junto a la chimenea y
una navaja de barbero ensangrentada en una silla…
Y después de buscar los cuerpos por todas partes, y al encontrar la policía mucho hollín por toda la
habitación, hallaron el cuerpo de la mujer joven atascado en la chimenea y cabeza abajo, con profundos
arañazos y marcas terribles alrededor del cuello. A su madre la encontraron en el patio, con muchas partes del
cuerpo roto y la cabeza seccionada, supuestamente, por una navaja.
Los misterios más extraños del crimen
El caso era realmente extraño porque los accesos a esa habitación estaban cerrados, y la chimenea era tan
estrecha que no podía caber una persona. De hecho, el cuerpo de la mujer tuvo que ser rescatado entre varias
personas, porque no eran capaces de sacarlo de allí.
En la habitación solo había dos ventanas. Pero ambas estaban cerradas por dentro y una de ellas, además,
estaba tras la cabecera de la cama y daba a un patio interior.
Los policías no entendían qué podía haber pasado. Los testigos daban datos muy confusos. Todos coincidían en
que habían escuchado dos voces: una de ellas más grave, con acento francés y otra más aguda, de género
indeterminado y nacionalidad confusa. De hecho, los testigos eran un español, un italiano, un francés y un
inglés, y cada uno aseguraba que la voz aguda era de otra nacionalidad distinta a la suya.
– Parecía un ruso- dijo el francés.
– Yo creo que era más bien inglés- dijo el español.
– No, no..era español- dijo el italiano.
Todo esto arrojaba mucha más confusión a un crimen que además carecía de motivo, ya que el dinero que
tenían las mujeres, no había desaparecido. Un caso ideal para Mr Dupin, que decidió pedir un salvoconducto a
un amigo policía para analizar in situ el lugar del crimen.
Dupin visita el edificio de la Rue Morgue
Dupin y yo acudimos ese mismo día a supervisar el escenario del crimen. Mi amigo primero analizó bien los
alrededores del edificio. Después subimos hasta la cuarta planta. Los cuerpos de las víctimas aún estaban sobre
la cama, y pudimos observar de cerca las marcas y golpes que acabaron con su vida. Dupin observó los restos
de pelo que mademoiselle L’Españaye tenía en las uñas. Después comenzó a observar el cuarto.
La habitación tenía cuatro puntos de entrada y salida: una puerta, dos ventanas y una chimenea. Sin embargo,
la puerta estaba cerrada por dentro cuando sucedió el crimen. Las ventanas también. Y la chimenea era
demasiado pequeña para que pudiera deslizarse por ella una persona.
Aún así, Dupin empezó a comprobar las dos ventanas. Una de ellas efectivamente estaba atornillada y no podía
abrirse. Pero la que había tras el cabecero de la cama, a pesar de tener el mismo tornillo, al moverla, comprobó
que en realidad la cabeza del tornillo estaba suelta y la ventana podía abrirse. De hecho, tras ella, había una
extraña celosía que facilitaba el agarre de unas manos.
Después de hacer estas y otras comprobaciones, Dupin salió del edificio satisfecho y reflexivo.
Dupin resuelve el extraño caso de los crímenes de la Rue Morgue
Al día siguiente, Dupin parecía esperar a alguien, sentado en su sillón.
– Sí, espero a alguien- me dijo entonces- Debes estar preparado, y buscar tu pistola, porque tal vez tengamos
que detenerle. Si los cálculos no me fallan, y aunque no sea el causante directo de los terribles crímenes de la
Rue Morgue, sí está implicado directamente en ellos.
– ¿Implicado? ¿Ya has resuelto el caso?
– Te lo explicaré: verás, amigo, para llegar a mis conclusiones, me he basado en todos los misterios que la
policía ha pasado por alto y que realmente son determinantes para dar con el asesino de crimen. Uno de los
misterios por resolver es cómo pudieron dos hombres entrar en la habitación de las mujeres si todos los
accesos estaban cerrados por dentro… pero ya te demostré allí que la ventana que hay tras la cabecera de la
cama, podía abrirse aunque aparentemente estaba cerrada.
– Pero… aún así, debe ser alguien muy fuerte y ágil para poder descolgarse por ahí…
-Cierto, alguien ágil y fuerte. Sobre todo fuerte, teniendo en cuenta la brutalidad del crimen… Si no, ¿cómo
explicas que el cuerpo de la mujer más joven apareciera de esa forma dentro de una chimenea en donde
apenas cabía? ¿Y que la cabeza de madame L’Espanaye estuviera cortada con un solo corte de una navaja de
barbero? ¿Y el cabello arrancado? ¿Sabes la fuerza que se necesita para eso? Además, está el pelo en las uñas
de mademoiselle L’Espanaye y esa voz…
– ¿El pelo? ¿Y la voz?
– Sí. El pelo que ella tenía en las uñas… este. Tomé una muestra para que lo vieras.
Quién es el criminal de la Rue Morgue
– Vaya, qué pelo tan extraño… no parece humano.
– ¡Eso es! No parece humano… como las marcas de los dedos alrededor del cuello de la mujer más joven, que
no coinciden con los nuestros, sino con los de este otro animal…
Y diciendo esto, Dupin me enseñó una noticia acerca de un extraño orangután de las islas de la India
oriental. De pronto todo parecía encajar, absolutamente todo era comprensible… ¡un orangután! ¡Por eso
nadie conseguía interpretar el acento de su extraña voz!
– ¿Y la otra voz?- pregunté entonces.
– Ah, sí…la otra voz. Y aquí es donde entra en juego la persona a la que espero, amigo mío. Evidentemente, el
orangután no puede ir solo por ahí. Mi hipótesis es que se le escapó al hombre de la voz grave y todo fue un
terrible accidente.
– ¿Y por qué vendrá hasta aquí?
– Como imaginé que el orangután se escapó, pensé que tal vez seguiría libre, así que nada más salir del edificio,
fui a la rotativa del periódico a poner este anuncio: ‘Encontrado un orangután de Borneo, perteneciente a un
marino maltés. Por favor, se ruega que el propietario lo retire en la calle… ‘.
– ¿Y cómo sabes que es un marino maltés?
– Hallé junto al edificio una cuerda con un nudo marinero, y deduje que era un francés que llegaba en alguno
de los barcos malteses.
En ese momento, escuchamos unos pasos… el marino maltés había picado en el anzuelo.
El marino maltes y el orangután
Efectivamente, al fin vieron al marino al que Dupin hizo referencia: era un hombre joven y robusto, con largas
patillas y un gran bigote. Al entrar, se sentó ante la señal de Dupin:
– Bien, supongo que viene a recuperar a su orangután- dijo Dupin.
– Sí señor, muchas gracias. Le pagaré por las molestias ocasionadas…
– Bueno, yo no quiero dinero. A cambio de su animal solo pido una cosa… que me cuente todo lo que pasó en
la Rue Morgue la pasada noche.
El marinero se puso nervioso, se levantó, pero al comprobar que la puerta estaba cerrada y que Dupin sostenía
un arma, no tuvo más remedio que volver a su asiento.
– No tema, no le haremos daño. Ya lo sabemos todo, y usted no es responsable directo de los crímenes, pero
reconozca que se ha mentido en un buen lío. No le costará nada certificar todas nuestras conjeturas…
Y el marinero al fin comenzó a confesar lo que había sucedido aquella terrible noche:
El terrible relato de lo que pasó aquella madrugada en la Rue Morgue
– Verán, encontré el orangután en la selva de las Indias y un compañero y yo decidimos traerlo a París, pero mi
compañero murió y yo me hice cargo de él. Un día, ya aquí, el orangután se escapó de su cuarto y agarró mi
navaja de barbería.
Me asusté al verle con ese arma y comencé a agitar el látigo. Era de madrugada y él se puso más nervioso. Saltó
por la ventana y comenzó a correr por las calles. No había nadie, y por supuesto, le seguí.
De pronto, se vio atraído por la luz que salía de la ventana del cuarto piso de la Rue Morgue. Y trepó por el
edificio hasta llegar a una ventana por donde se introdujo en la habitación.
Yo le seguí con mucho esfuerzo, pero al llegar a la celosía de la ventana, me detuve al comprobar con horror lo
que pasaba: el orangután agarraba el cabello de la mujer más anciana y haciendo el gesto de barbero, le cortó
el cuello. Mientras, la otra mujer se había desmayado. Al ver la sangre, el orangután se puso más nervioso y
agarró a la mujer joven por la garganta hasta estrangularla. Luego la introdujo a la fuerza por la chimenea,
lanzó a la otra mujer por la ventana, y empezó a saltar y a destrozar todos los muebles. Yo gritaba, asustado,
hasta que me deslicé hacia abajo y me fui corriendo a mi casa.
Y ahí estaba, tal y como lo había explicado mi amigo Dupin. Días después, consiguieron atrapar al orangután, y
su dueño quedó libre y sin cargos. El terrible crimen de la Rue Morgue quedó archivado para siempre como un
terrible accidente ocasionado por un animal enfurecido.
Reflexiones sobre la historia de Los crímenes de la Rue Morgue
Esta es sin duda uno de los relatos más increíbles que se han escrito dentro del género policiaco. En él se
develan tres misterios asombrosos que el lector debe analizar y resolver:
– Un espacio cerrado: el lugar donde tuvieron lugar los crímenes se trata de un recinto al que aparentemente
no hay forma de acceder. Sin embargo, siempre queda algún cabo suelto.
– Sin aparente móvil del crimen: En la habitación de las dos asesinadas no faltaba nada, y mucho menos,
dinero. Tampoco tenían deudas pendientes ni conocían a demasiadas personas. El móvil del crimen se reduce y
esto complica la investigación. ¿Por qué motivo mataron a las mujeres entonces?
– Ningún sospechoso: Los testigos hablaban de una voz grave y otra voz sin identificar. Con esos datos, es casi
imposible dar con un sospechoso. No hay nadie que haya visto nada, solo escuchado. Y los sonidos eran
confusos.
El relato propone agudizar la inteligencia analítica y buscar respuestas menos comunes a los acertijos. ¿Lo
conseguiste tú?
LA CARTA ROBADA
Me encontraba pasando unos días en París, con mi gran amigo Dupin, la persona más sagaz e ingeniosa de
toda Francia. Nos encontrábamos en la biblioteca de su casa, a oscuras, como nos gustaba estar de vez en
cuando para relajar la mente. En ese momento llamaron a la puerta: era el comisario de la policía ‘G’.
A Dupin este comisario, que tan bien conocía, le parecía un personaje simpático y divertido, y no dudaba en
jugar con él usando grandes dosis de ironía y sarcasmo.
Le abrí la puerta y le pedí que se sentara. Iba a encender la luz, pero Dupin dijo:
– Si lo que va a contarnos, querido ‘G’, es de carácter reflexivo, mejor será que continuemos con la luz apagada.
– Pues sí, lo es- contestó ‘G’.
Así que no tuve que encender ningún interruptor. Me senté de nuevo en mi sillón.
– Y bien, ¿qué le trae hasta aquí, querido ‘G’? Espero que no sea por un asesinato. Aún recuerdo muy cercano
el caso de los crímenes de la Rue Morgue…
– No, no, esta vez no. Se trata de algo más sencillo y a la vez extraño.
– ¿Sencillo y extraño? ¿Cómo es eso?
– Pues lo es. Es sencillo, y es extraño. Y desesperante. Verá, se lo explicaré…
Y entonces el comisario de policía francés nos contó la historia por la que quería pedir consejo a Dupin.
Es cierto, soy muy nervioso. Tanto, que a veces pueda parecer que me siento gobernado por los impulsos. Pero
no estoy loco. Loco, no, porque soy capaz de razonar. También de escucharlo todo, de oír cosas que nadie
consigue oír. Y eso es porque mis sentidos se han agudizado. Y para demostrarles que no estoy loco, les
contaré ahora, más tranquilo, mi relato:
Llevaba tiempo observando al viejo. Le quería mucho, deben creerme, pero me molestaba, me irritaba, y no
podía frenar ese sentimiento. Era una tortura, y todo, por culpa de ese ojo, un ojo velado con el que miraba y
no veía, que me clavaba y me ponía nervioso. Un ojo como de buitre, azulado, frío. ¡Fue por culpa de ese
miserable ojo! Deben creerme. Yo no quería nada del viejo. Ni su dinero. Ni él me insultó nunca. Fue por culpa
de ese maldito ojo, que me trastocaba por completo.
Había tomado la determinación de matarlo, porque no aguantaba más. Y decidí hacerlo con la mayor habilidad
posible. ¿Es eso de locos? Los locos actúan sin pensar. Yo pensé, recapacité, ideé un magnífico plan que salió
bien, si no llega a ser por… ¡malditos sentidos! ¡Por qué los tendré tan agudizados!
El corazón delator: plan para matar al viejo
Cada noche me acercaba a su cuarto, en silencio, y entornaba un poco la puerta con ayuda de una linterna
apagada. Lo suficiente como para que pudiera caber una cabeza.
Cuando podía ver al viejo tumbado, durmiendo tan tranquilo, con el ojo velado cerrado, apuntaba un rayo de
luz con la linterna hacia su rostro, en dirección al objeto de mis tormentoz, a ese ojo que abierto es capaz de
helarme la sangre. Y esperaba un rato, con el rayo de luz sobre sus ojos, hasta que decidía dar media vuelta y
volver a mi habitación. Si el viejo dormía, no podía hacer nada. No era él el que me molestaba, sino ese dichoso
ojo de buitre. Necesitaba que lo abriera, que me mirara…
Así pasaron siete noches, siete largas noches. Cada día, a las doce en punto, repetía la misma operación. Luego
regresaba a mi cuarto, y saludaba al viejo a la mañana siguiente con total cordialidad y cariño.
El día del asesinato
Fue al octavo día. El día en que sucedió todo. Eran las doce y allí estaba yo, en la puerta, con la linterna
apagada. Entonces, mi pulgar resbaló al intentar abrir el picaporte y al darle al pestillo, hizo ruido. El viejo se
despertó y gritó:
– ¿Quién anda ahí?
Y yo permanecí callado. Durante una hora entera no me moví del sitio. Y el viejo tampoco. Ahí en la cama,
incorporado… Por un instante sentí lástima de él. Pensé en el miedo que en ese momento estaría atenazando
sus músculos. Pensaría:
– Habrá sido el ruido del viento. No, no es el viento… Tal vez un animal. ¿Y si no lo es?
Seguro que el viejo no paraba de dar vueltas al sonido que acababa de escuchar, inmóvil por el terror. Y yo, de
pronto me di cuenta de que ese era el momento oportuno. Así que apunté suavemente mi linterna contra su
rostro, y la encendí débilmente. Justo en su ojo de buitre. Ahí estaba. ¡Me estaba mirando! Abierto de par en
par, con esa horrible tela que lo cubría entero.
Me enfadé. La ira aumentaba a cada instante. Y empecé a escucharlo. Sí, lo he dicho ya: mis sentidos,
agudizados, son capaces de oírlo todo. Y escuchaba, perfectamente, el ensordecedor ruido de su corazón
acelerado. El corazón del viejo, que no se paraba, y me hacía enfadar más y más. ¡Lo iban a escuchar todos los
vecinos! ¡Debía hacer algo!
Me lancé contra él, tiré el colchón, y lo usé para ahogarlo. Ya estaba hecho. Por fin el ojo de buitre me dejaría
en paz. Por fin dejé de escuchar ese terrible sonido.
Pensé después en cómo librarme del cuerpo. ¿Creen que un loco pensaría en eso? Yo era capaz de razonar, de
buscar una salida. Al final pensé que lo mejor era esconderlo en su propio cuarto, bajo las tablas de madera. Así
que levanté unas cuantas y escondí allí el cadáver.
El delator del asesino
Al día siguiente apareció la policía en la puerta del edificio. Al parecer, un vecino les había avisado porque
escuchó un grito. Yo estaba tranquilo. ¿Qué tenía que temer? Todo había salido bien, como yo planeaba.
– ¿El anciano que vive aquí?- contesté ante la pregunta de la policía- No lo sé. Se marchó ayer y no he vuelto a
verle.
La policía comenzó entonces a registrar su habitación, y yo decidí sentarme en una silla, que coloqué
hábilmente justo encima de las tablas que escondían el cadáver. Entonces, ellos se sentaron frente a mí y
empezaron a hablar, a reír, a entablar una conversación eterna.
Yo estaba alegre, y al principio seguí su conversación sin problema. Todo iba bien, hasta que de pronto… de
pronto comenzó a oírse, cada vez más y más. Más fuerte, más nítido. ¡Agg!! ¡Esos malditos sentidos! ¿Por qué
tendré que oírlo todo?
Era imposible que ellos no lo oyeran. Sonaba muy fuerte. Retumbaba en los oídos, como una máquina de
tortura:
– ¡Toc, toc, toc!
El corazón del viejo seguía funcionando, seguía latiendo, seguía sonando. Y mis oídos estaban a punto de
estallar. Los policías seguían hablando… ¿Cómo era posible? Disimulaban, eso es, disimulaban para ponerme
aún más nervioso. Y lo consiguieron, lograron enfadarme, hasta el punto de saltar, desesperado, de levantarme
y gritar:
– ¡Sí! ¡Lo hice! ¡Maté al viejo! Ese corazón que escuchan es el de su cadáver, y está aquí justo, debajo de mi
silla.
(Adaptación escrita por Estafanía Esteban)
Reflexiones sobre el relato ‘El corazón delator’
Este cuento, ‘El corazón delator’ basado en el genial relato de Edgar Allan Poe, se adentra en la psicología de
un psicópata, de un loco que reniega de su enfermedad. El loco es incapaz de reconocer su locura, su obsesión
y sus manías. Como el protagonista de esta terrorífica historia en donde un asesino testifica con total frialdad
su crimen:
– El terror psicológico busca adentrarse en las emociones que embriagan la mente: Allan Poe fue un gran
maestro del terror psicológico, que tan bien consiguieron retratar luego escritores como Stephen King o
cineastas como Hitchcock. El terror psicológico es aquel que consigue llegar a nuestros sentidos y ponernos en
la piel del protagonista. En este caso, en el de un psicópata, obsesionado con el ojo de un anciano.
– Acerca de la locura: ¿Quién es loco? ¿El que se deja llevar por los impulsos? ¿El que no es capaz de controlar
su ira? ¿En que no diferencia realidad y ficción? Existen muchos tipos de locuras. Por ejemplo, el psicópata es
aquel que es incapaz de sentir empatía y remordimientos, como es el caso del protagonista de esta historia.
También es loco el que confunde realidad con imaginación. En esta historia, el personaje principal además es
incapaz de reconocer su locura. Todo es, según él, por culpa de sus agudos sentidos.
– Las obsesiones que nos hacen perder la razón: Allan Poe escribió muchos relatos acerca de las obsesiones,
de aquello que se apodera de nuestra razón y la anula. En este caso, en ‘El corazón delator’, el objeto que
perturba al protagonista es un ojo, un ojo que es capaz de hacerle sufrir delirios y perder la cabeza hasta el
punto de querer acabar con él.
EL ALMOHADÒN DE PLUMAS DE HORACIO QUIROGA
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus
soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando
volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde
hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseada menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura;
pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas
y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco,
sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una
pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su
resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre
sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su
marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia
no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y
otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en
sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la
menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su
cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán
la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absoluto.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me
explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constató sé una anemia de marcha agudísima, completamente
inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio
estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasaban se horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba.
Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Pase base sin cesar de un extremo a otro, con
incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo
vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras
del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado
del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y
sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta
confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía
fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a
día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la
pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al
comedor.
-Pst… -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio… poco hay que hacer…
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras
horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía
que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación
de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la
abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el
almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y
trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban
fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el
delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el
almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que
había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber
por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó
funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la
boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo
lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado
que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor
dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del
almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue
vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones
proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los
almohadones de pluma.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿Por qué se dice al inicio del cuento que luna de miel de Alicia fue un largo escalofrío?
2. ¿Cuáles son las diferencias más marcada entre Alicia y Jordán?
3. A qué hace referencia esta expresión: "severidad en ese rígido cielo de amor". Explícala.
4. Infiere: ¿Qué significa la expresión "echar un velo"?
5. ¿Cuál era la enfermedad que había contraído Alicia? ¿Cuál había sido la causa?
6. ¿Qué dijo el médico cuando el caso de Alicia empeoró?
7. Infiere: ¿Por qué Alicia no quiso que le tocaran la cama ni el almohadón?
8. ¿Cuál había sido la verdadera causa de la muerte de Alicia?
9. ¿Quién crees que tuvo la culpa de la muerte de Alicia? ¿Por qué?
10. ¿Qué piensas de la actitud de Jordán para con Alicia? ¿Crees que le prestó la debida atención?
11. ¿Qué relación puedes establecer entre el cuento y el título del cuento?
12. Interpreta: ¿Qué puede simbolizar el almohadón de plumas en este cuento? Explica tu respuesta.
13. El cuento nos muestra una doble presencia del horror, ¿cuáles serían y cómo se presentan?
14. ¿Cuál crees que fue la intención del autor al escribir este cuento? Explica.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento que gire en torno a una tragedia. Al hacerlo deberás poner énfasis en los detalles y la
atmósfera del cuento, así como en la personalidad de tus personajes.
EL CORAZÓN DELATOR CUENTO TERROR
Edgar Allan Poe
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que
estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el
más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno.
¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les
cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me
acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás
me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso
fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en
mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme
de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran
podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con
qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las
noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces,
cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada,
completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se
hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin
de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la
abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como
yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente...
¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo
lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas
noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi
obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día,
entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y
preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto
para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un
reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el
alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que
estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o
pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente
en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan
negro como la brea, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía
que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el
viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo
no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras
noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh,
no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese
sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho,
ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo
que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había
estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel
ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que
chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era
en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre
influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir
la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una
pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo
de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad,
de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la
cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente
hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En
aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto
en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia,
tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se
moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal
latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El
espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención?
Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa,
un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía
algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que
aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel
sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la
habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y
echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero,
durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues
nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón
y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve
así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que
adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en
silencio. Ante todo, descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los
tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor
diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido
para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche.
En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con
toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un
vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este
informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel
grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a
recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la
habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el
entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su
fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el
cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba
perfectamente cómodo. Sentándose y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación.
Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y
creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo
más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa
sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de
que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz.
Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como
el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo,
los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía
continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones;
pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si
las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué
podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había
sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más
alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible
que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de
mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier
cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que
tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí! ¡Donde está
latiendo su horrible corazón!
Narraciones extraordinarias. Edgar Allan Poe.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. En el primer párrafo el personaje nos habla de su “locura” ¿Qué efectos causa la locura en el personaje
principal?
2. ¿Cuál es la obsesión del personaje principal?
3. ¿Cómo era la relación entre el personaje principal y el viejo?
4. ¿Por qué el personaje principal dice que no está loco?
5. ¿Cómo el personaje principal mata al viejo?
6. ¿Qué es la locura para el personaje?
7. ¿Qué puede simbolizar el latir del corazón del viejo? ¿Por qué?
8. ¿El personaje está arrepentido de matar al viejo?
9. Si entendemos por loco a aquella persona que ha perdido totalmente la racionalidad, ¿Está realmente
loco el personaje? ¿Por qué?
10. ¿Dónde escondió el cadáver?
11. ¿Por qué llegaron los oficiales? ¿A dónde los conduce el personaje principal?
12. ¿Cómo justifica el alarido escuchado por el vecino y la ausencia del viejo?
13. ¿Qué relación encuentras entre el título del cuento y la historia que se narra?
14. Deduce un posible móvil (una explicación) de por qué el personaje principal mata al viejo.
ACTIVIDAD CREATIVA
1. Escribe un microrrelato de terror en primera persona donde se hable de manera obsesiva de un
elemento simbólico. (de 8 a 12 líneas)
LA BESTIA EN LA CUEVA CUENTO TERROR
[Link]
La horrible conclusión que se había ido abriendo camino en mi espíritu de manera gradual era ahora una
terrible certeza. Estaba perdido por completo, perdido sin esperanza en el amplio y laberíntico recinto de la
caverna de Mamut. Dirigiese a donde dirigiese mi esforzada vista, no podía encontrar ningún objeto que me
sirviese de punto de referencia para alcanzar el camino de salida. No podía mi razón albergar la más ligera
esperanza de volver jamás a contemplar la bendita luz del día, ni de pasear por los valles y las colinas
agradables del hermoso mundo exterior. La esperanza se había desvanecido. A pesar de todo, educado como
estaba por una vida entera de estudios filosóficos, obtuve una satisfacción no pequeña de mi conducta
desapasionada; porque, aunque había leído con frecuencia sobre el salvaje frenesí en el que caían las víctimas
de situaciones similares, no experimenté nada de esto, sino que permanecí tranquilo tan pronto como
comprendí que estaba perdido.
Tampoco me hizo perder ni por un momento la compostura la idea de que era probable que hubiese vagado
hasta más allá de los límites en los que se me buscaría. Si había de morir -reflexioné-, aquella caverna terrible
pero majestuosa sería un sepulcro mejor que el que pudiera ofrecerme cualquier cementerio; había en esta
concepción una dosis mayor de tranquilidad que de desesperación.
Mi destino final sería perecer de hambre, estaba seguro de ello. Sabía que algunos se habían vuelto locos en
circunstancias como esta, pero no acabaría yo así. Yo solo era el causante de mi desgracia: me había separado
del grupo de visitantes sin que el guía lo advirtiera; y, después de vagar durante una hora aproximadamente
por las galerías prohibidas de la caverna, me encontré incapaz de volver atrás por los mismos vericuetos
tortuosos que había seguido desde que abandoné a mis compañeros.
Mi antorcha comenzaba a expirar, pronto estaría envuelto en la negrura total y casi palpable de las entrañas de
la tierra. Mientras me encontraba bajo la luz poco firme y evanescente, medité sobre las circunstancias exactas
en las que se produciría mi próximo fin. Recordé los relatos que había escuchado sobre la colonia de
tuberculosos que establecieron su residencia en estas grutas titánicas, por ver de encontrar la salud en el aire
sano, al parecer, del mundo subterráneo, cuya temperatura era uniforme, para su atmósfera e impregnado su
ámbito de una apacible quietud; en vez de la salud, habían encontrado una muerte extraña y horrible. Yo había
visto las tristes ruinas de sus viviendas defectuosamente construidas, al pasar junto a ellas con el grupo; y me
había preguntado qué clase de influencia ejercía sobre alguien tan sano y vigoroso como yo una estancia
prolongada en esta caverna inmensa y silenciosa. Y ahora, me dije con lóbrego humor, había llegado mi
oportunidad de comprobarlo; si es que la necesidad de alimentos no apresuraba con demasiada rapidez mi
salida de este mundo.
Resolví no dejar piedra sin remover, ni desdeñar ningún medio posible de escape, en tanto que se desvanecían
en la oscuridad los últimos rayos espasmódicos de mi antorcha; de modo que -apelando a toda la fuerza de mis
pulmones- proferí una serie de gritos fuertes, con la esperanza de que mi clamor atrajese la atención del guía.
Sin embargo, pensé mientras gritaba que mis llamadas no tenían objeto y que mi voz -aunque magnificada y
reflejada por los innumerables muros del negro laberinto que me rodeaba- no alcanzaría más oídos que los
míos propios.
Al mismo tiempo, sin embargo, mi atención quedó fijada con un sobresalto al imaginar que escuchaba el suave
ruido de pasos aproximándose sobre el rocoso pavimento de la caverna.
¿Estaba a punto de recuperar tan pronto la libertad? ¿Habrían sido entonces vanas todas mis horribles
aprensiones? ¿Se habría dado cuenta el guía de mi ausencia no autorizada del grupo y seguiría mi rastro por el
laberinto de piedra caliza? Alentado por estas preguntas jubilosas que afloraban en mi imaginación, me hallaba
dispuesto a renovar mis gritos con objeto de ser descubierto lo antes posible, cuando, en un instante, mi
deleite se convirtió en horror a medida que escuchaba: mi oído, que siempre había sido agudo, y que estaba
ahora mucho más agudizado por el completo silencio de la caverna, trajo a mi confusa mente la noción temible
e inesperada de que tales pasos no eran los que correspondían a ningún ser humano mortal. Los pasos del guía,
que llevaba botas, hubieran sonado en la quietud ultraterrena de aquella región subterránea como una serie
de golpes agudos e incisivos. Estos impactos, sin embargo, eran blandos y cautelosos, como producidos por las
garras de un felino. Además, al escuchar con atención me pareció distinguir las pisadas de cuatro patas, en
lugar de dos pies.
Quedé entonces convencido de que mis gritos habían despertado y atraído a alguna bestia feroz, quizás a un
puma que se hubiera extraviado accidentalmente en el interior de la caverna. Consideré que era posible que el
Todopoderoso hubiese elegido para mí una muerte más rápida y piadosa que la que me sobrevendría por
hambre; sin embargo, el instinto de conservación, que nunca duerme del todo, se agitó en mi seno; y aunque el
escapar del peligro que se aproximaba no serviría sino para preservarme para un fin más duro y prolongado,
determiné a pesar de todo vender mi vida lo más cara posible. Por muy extraño que pueda parecer, no podía
mi mente atribuir al visitante intenciones que no fueran hostiles. Por consiguiente, me quedé muy quieto, con
la esperanza de que la bestia -al no escuchar ningún sonido que le sirviera de guía- perdiese el rumbo, como
me había sucedido a mí, y pasase de largo a mi lado. Pero no estaba destinada esta esperanza a realizarse: los
extraños pasos avanzaban sin titubear, era evidente que el animal sentía mi olor, que sin duda podía seguirse
desde una gran distancia en una atmósfera como la caverna, libre por completo de otros efluvios que pudieran
distraerlo.
Me di cuenta, por tanto, de que debía estar armado para defenderme de un misterioso e invisible ataque en la
oscuridad y tanteé a mi alrededor en busca de los mayores entre los fragmentos de roca que estaban
esparcidos por todas partes en el suelo de la caverna, y tomando uno en cada mano para su uso inmediato,
esperé con resignación el resultado inevitable. Mientras tanto, las horrendas pisadas de las zarpas se
aproximaban. En verdad, era extraña en exceso la conducta de aquella criatura. La mayor parte del tiempo, las
pisadas parecían ser las de un cuadrúpedo que caminase con una singular falta de concordancia entre las patas
anteriores y posteriores, pero -a intervalos breves y frecuentes- me parecía que tan solo dos patas realizaban el
proceso de locomoción. Me preguntaba cuál sería la especie de animal que iba a enfrentarse conmigo; debía
tratarse, pensé, de alguna bestia desafortunada que había pagado la curiosidad que la llevó a investigar una de
las entradas de la temible gruta con un confinamiento de por vida en sus recintos interminables. Sin duda le
servirían de alimento los peces ciegos, murciélagos y ratas de la caverna, así como alguno de los peces que son
arrastrados a su interior cada crecida del Río Verde, que comunica de cierta manera oculta con las aguas
subterráneas. Ocupé mi terrible vigilia con grotescas conjeturas sobre las alteraciones que podría haber
producido la vida en la caverna sobre la estructura física del animal; recordaba la terrible apariencia que
atribuía la tradición local a los tuberculosos que allí murieron tras una larga residencia en las profundidades.
Entonces recordé con sobresalto que, aunque llegase a abatir a mi antagonista, nunca contemplaría su forma,
ya que mi antorcha se había extinguido hacía tiempo y yo estaba por completo desprovisto de fósforos. La
tensión de mi mente se hizo entonces tremenda. Mi fantasía dislocada hizo surgir formas terribles y terroríficas
de la siniestra oscuridad que me rodeaba y que parecía verdaderamente apretarse en torno de mi cuerpo.
Parecía yo a punto de dejar escapar un agudo grito, pero, aunque hubiese sido lo bastante irresponsable para
hacer tal cosa, a duras penas habría respondido mi voz. Estaba petrificado, enraizado al lugar en donde me
encontraba. Dudaba que pudiera mi mano derecha lanzar el proyectil a la cosa que se acercaba, cuando llegase
el momento crucial. Ahora el decidido “pat, pat” de las pisadas estaba casi al alcance de la mano; luego, muy
cerca. Podía escuchar la trabajosa respiración del animal y, aunque estaba paralizado por el terror, comprendí
que debía de haber recorrido una distancia considerable y que estaba correspondientemente fatigado. De
pronto se rompió el hechizo; mi mano, guiada por mi sentido del oído -siempre digno de confianza- lanzó con
todas sus fuerzas la piedra afilada hacia el punto en la oscuridad de donde procedía la fuerte respiración, y
puedo informar con alegría que casi alcanzó su objetivo: escuché cómo la cosa saltaba y volvía a caer a cierta
distancia; allí pareció detenerse.
Después de reajustar la puntería, descargué el segundo proyectil, con mayor efectividad esta vez; escuché caer
la criatura, vencida por completo, y permaneció yaciente e inmóvil. Casi agobiado por el alivio que me invadió,
me apoyé en la pared. La respiración de la bestia se seguía oyendo, en forma de jadeantes y pesadas
inhalaciones y exhalaciones; deduje de ello que no había hecho más que herirla. Y entonces perdí todo deseo
de examinarla. Al fin, un miedo supersticioso, irracional, se había manifestado en mi cerebro, y no me acerqué
al cuerpo ni continué arrojándole piedras para completar la extinción de su vida. En lugar de esto, corrí a toda
velocidad en lo que era -tan aproximadamente como pude juzgarlo en mi condición de frenesí- la dirección por
la que había llegado hasta allí. De pronto escuché un sonido, o más bien una sucesión regular de sonidos. Al
momento siguiente se habían convertido en una serie de agudos chasquidos metálicos. Esta vez no había duda:
era el guía. Entonces grité, aullé, reí incluso de alegría al contemplar en el techo abovedado el débil fulgor que
sabía era la luz reflejada de una antorcha que se acercaba. Corrí al encuentro del resplandor y, antes de que
pudiese comprender por completo lo que había ocurrido, estaba postrado a los pies del guía y besaba sus botas
mientras balbuceaba -a despecho de la orgullosa reserva que es habitual en mí- explicaciones sin sentido, como
un idiota. Contaba con frenesí mi terrible historia; y, al mismo tiempo, abrumaba a quien me escuchaba con
protestas de gratitud. Volví por último a algo parecido a mi estado normal de conciencia. El guía había
advertido mi ausencia al regresar el grupo a la entrada de la caverna y -guiado por su propio sentido intuitivo
de la orientación- se había dedicado a explorar a conciencia los pasadizos laterales que se extendían más allá
del lugar en el que había hablado conmigo por última vez; y localizó mi posición tras una búsqueda de más de
tres horas.
Después de que hubo relatado esto, yo, envalentonado por su antorcha y por su compañía, empecé a
reflexionar sobre la extraña bestia a la que había herido a poca distancia de allí, en la oscuridad, y sugerí que
averiguásemos, con la ayuda de la antorcha, qué clase de criatura había sido mi víctima. Por consiguiente, volví
sobre mis pasos, hasta el escenario de la terrible experiencia. Pronto descubrimos en el suelo un objeto blanco,
más blanco incluso que la reluciente piedra caliza. Nos acercamos con cautela y dejamos escapar una
simultánea exclamación de asombro. Porque éste era el más extraño de todos los monstruos extra naturales
que cada uno de nosotros dos hubiera contemplado en la vida. Resultó tratarse de un mono antropoide de
grandes proporciones, escapado quizás de algún zoológico ambulante: su pelaje era blanco como la nieve, cosa
que sin duda se debía a la calcinadora acción de una larga permanencia en el interior de los negros confines de
las cavernas; y era también sorprendentemente escaso, y estaba ausente en casi todo el cuerpo, salvo de la
cabeza; era allí abundante y tan largo que caía en profusión sobre los hombros. Tenía la cara vuelta del lado
opuesto a donde estábamos, y la criatura yacía casi directamente sobre ella. La inclinación de los miembros era
singular, aunque explicaba la alternancia en su uso que yo había advertido antes, por lo que la bestia avanzaba
a veces a cuatro patas, y otras en sólo dos. De las puntas de sus dedos se extendían uñas largas, como de rata.
Los pies no eran prensiles, hecho que atribuí a la larga residencia en la caverna que, como ya he dicho antes,
parecía también la causa evidente de su blancura total y casi ultraterrena, tan característica de toda su
anatomía. Parecía carecer de cola.
La respiración se había debilitado mucho, y el guía sacó su pistola con la clara intención de despachar a la
criatura, cuando de súbito un sonido que ésta emitió hizo que el arma se le cayera de las manos sin ser usada.
Resulta difícil describir la naturaleza de tal sonido. No tenía el tono normal de cualquier especie conocida de
simios, y me pregunté si su cualidad extra natural no sería resultado de un silencio completo y continuado por
largo tiempo, roto por la sensación de llegada de luz, que la bestia no debía de haber visto desde que entró por
vez primera en la caverna. El sonido, que intentaré describir como una especie de parloteo en tono profundo,
continuó débilmente.
Al mismo tiempo, un fugaz espasmo de energía pareció conmover el cuerpo del animal. Las garras hicieron un
movimiento convulsivo, y los miembros se contrajeron. Con una convulsión del cuerpo rodó sobre sí mismo, de
modo que la cara quedó vuelta hacia nosotros. Quedé por un momento tan petrificado de espanto por los ojos
de esta manera revelados que no me apercibí de nada más. Eran negros aquellos ojos; de una negrura
profunda en horrible contraste con la piel y el cabello de nívea blancura. Como los de las otras especies
cavernícolas, estaban profundamente hundidos en sus órbitas y por completo desprovistos de iris. Cuando
miré con mayor atención, vi que estaban enclavados en un rostro menos prognático que el de los monos
corrientes, e infinitamente menos velludo. La nariz era prominente. Mientras contemplábamos la enigmática
visión que se representaba a nuestros ojos, los gruesos labios se abrieron y varios sonidos emanaron de ellos,
tras lo cual la cosa se sumió en el descanso de la muerte.
El guía se aferró a la manga de mi chaqueta y tembló con tal violencia que la luz se estremeció
convulsivamente, proyectando en la pared fantasmagóricas sombras en movimiento.
Yo no me moví; me había quedado rígido, con los ojos llenos de horror, fijos en el suelo delante de mí.
El miedo me abandonó, y en su lugar se sucedieron los sentimientos de asombro, compasión y respeto; los
sonidos que murmuró la criatura abatida que yacía entre las rocas calizas nos revelaron la tremenda verdad: la
criatura que yo había matado, la extraña bestia de la cueva maldita, era -o había sido alguna vez- ¡¡¡un
hombre!!!
ACTIVIDAD DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿Quién es el protagonista? ¿Qué le había pasado? ¿Dónde se encontraba?
2. A qué hace referencia esta frase: "mi deleite se convirtió en horror a medida que escuchaba". Explica.
3. ¿Cuál era el peligro que acechaba al protagonista en esa cueva?
4. ¿Qué hizo el protagonista contra ello?
5. ¿Por qué el protagonista dice que su oído es "siempre digno de confianza"?
6. ¿Por qué el protagonista quiere volver a ver a la bestia?
7. ¿De qué bestia se trataba?
8. Qué infieres del párrafo final del cuento: "El miedo me abandonó, y en su lugar se sucedieron los
sentimientos de asombro, compasión y respeto; los sonidos que murmuró la criatura abatida que yacía entre
las rocas calizas nos revelaron la tremenda verdad: la criatura que yo había matado, la extraña bestia de la
cueva maldita, era -o había sido alguna vez- ¡¡¡un hombre!!!". Explica tu respuesta.
9. ¿Qué significado metafórico puede tener la criatura encontrada por el protagonista?
10. Opina: ¿Por qué lo monstruoso nos causa miedo? Explica tu respuesta.
11. ¿Qué relación existe entre el título de este cuento y la historia que narra? Explica tu respuesta.
12. Reflexiona: ¿Cuál crees que fue la finalidad del autor al escribir esta historia? Justifica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento de terror o suspenso que relate el encuentro con una bestia o monstruo. Deberá estar
narrado en primera persona.
LA PATA DE MONO CUENTO DE TERROR
CAPITULO I
La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el
fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía
al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía
plácidamente junto a la chimenea.
-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.
-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.
-Mate -contestó el hijo.
-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los
suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No sé qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas
alquiladas, no les importa.
-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.
El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron
en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.
-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con
apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.
-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le
ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava
de cobre sobre el fuego.
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba
de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.
-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un
muchacho. Mírenlo ahora.
-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.
-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.
-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a
sacudir la cabeza.
-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que
usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?
-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.
-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.
-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió
a dejarla. El dueño de casa la llenó.
-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo
que sacó del bolsillo.
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que
el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder:
Tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.
El sargento lo miró con tolerancia.
-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.
-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.
-Se cumplieron -dijo el sargento.
-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.
-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en
posesión de la pata de mono.
Habló con tanta gravedad que produjo silencio.
-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo
guarda?
El sargento sacudió la cabeza:
-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes
desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros
quieren probarlo primero y pagarme después.
-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?
-No sé -contestó el otro-. No sé.
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.
-Si usted no la quiere, Morris, démela.
-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda
suceder. Sea razonable, tírela.
El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
-¿Cómo se hace?
-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las
consecuencias.
-Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que
podrían pedir para mí otro par de manos?
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el
talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró
la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.
-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué.
Insistió en que tirara el talismán.
-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar, tienes que pedir un
imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.
-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.
-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-.
Bastará con que pidas doscientas libras.
El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne,
hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.
-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron
hacia él.
-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.
-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que
nunca lo veré.
-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.
Sacudió la cabeza.
-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca.
El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente
los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.
-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las
buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus
bienes ilegítimos.
Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan
simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para
echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el
abrigo y subió a su cuarto.
CAPITULO II
A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el
cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y
sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías!
¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían
hacerte?
-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.
-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.
-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No
sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.
La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se
burló de la credulidad del marido.
Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del
sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.
-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.
-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.
-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?
Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se
decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en
las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.
Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.
Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por
el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les
dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.
La señora White tuvo un sobresalto.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.
Y lo miró patéticamente.
-Lo siento… -empezó el otro.
-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.
El hombre asintió.
-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.
-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.
Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de
sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en
comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.
-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.
Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus
tiempos de enamorados.
-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.
El otro se levantó y se acercó a la ventana.
-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-.
Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente
-prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma
determinada.
El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos
pronunciaron la palabra: ¿cuánto?
-Doscientas libras -fue la respuesta.
Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se
desplomó, desmayado.
CAPITULO III
En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y
volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.
Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les
aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada
resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse;
sus días eran interminables hasta el cansancio.
Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró
solo.
El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para
escuchar.
-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.
-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.
Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño.
Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.
El señor White se incorporó alarmado.
-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella se acercó:
-La quiero. ¿No la has destruido?
-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
-Sólo ahora he pensado… ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?
-¿Pensaste en qué? -preguntó.
-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.
-¿No fue bastante?
-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sentó en la cama, temblando.
-Dios mío, estás loca.
-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela.
-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
-Fue una coincidencia.
-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.
El marido se volvió y la miró:
-Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces
era demasiado horrible para que lo vieras…
-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.
El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho
pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.
Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de
pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.
Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía
algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
-¡Pídelo! -gritó con violencia.
-Es absurdo y perverso -balbuceó.
-Pídelo -repitió la mujer.
El hombre levantó la mano:
-Deseo que mi hijo viva de nuevo.
El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una
silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el
frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta
casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la
mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó
coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.
Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente
resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la
puerta. Se oyó un tercer golpe.
-¿Qué es eso? -gritó la mujer.
-Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.
-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio
está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.
-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.
-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.
Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la
escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…
Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido
de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y
último deseo.
Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta.
Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr
hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿Por qué dice el White señor que, de todos los suburbios, el de ellos es el peor? Explica.
2. ¿Quién es el sargento mayor Morris? ¿Qué función cumple en este cuento? Explica.
3. ¿Qué poderes poseía la pata de mono?
4. Qué infieres de la frase: "el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele
impunemente". Explica tu respuesta.
5. ¿Por qué el sargento no quiere vender la pata de mono?
6. ¿Por qué crees que el sargento quiere tirar la pata de mono al fuego?
7. Cuando el señor White se queda con la pata de mono ¿qué deseo pide? ¿Cómo se llega a cumplir ese
deseo?
8. ¿Te parece macabra la forma en cómo actúa el talismán de la pata de mono? ¿Por qué?
9. ¿Qué significa esta frase de la señora White: "Mi hijo tiene más frío"? Explica tu respuesta.
10. ¿Qué intenta hacer la señora White con la pata de mono? ¿Por qué crees que lo hace?
11. Infiere: ¿cuál fue el tercer y último deseo del señor White? ¿Qué parte del cuento sustenta tu
respuesta? Explica.
12. "Pata de mono" es considerado una obra de corte sobrenatural, ¿estás de acuerdo con ello? ¿Por qué?
13. ¿Cómo es la atmósfera de este cuento? ¿Por qué es importante ello en el cuento?
14. Predice: ¿Qué crees que hubiera pasado si el señor White no hubiera pedido el tercer deseo?
15. ¿Con qué palabra relacionas a este cuento? ¿Por qué? Justifica tu respuesta.
16. ¿Qué opinas de este cuento? ¿Cuál crees que fue la intención del autor al narrarnos esta historia?
Justifica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento que gire en torno a un objeto mágico o sobrenatural que transforme la vida de los
protagonistas. No olvides ser muy creativo y original.
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que
estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el
más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno.
¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les
cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me
acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás
me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso
fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en
mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme
de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran
podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con
qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las
noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces,
cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada,
completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se
hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin
de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la
abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como
yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente...
¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo
lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas
noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi
obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día,
entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y
preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto
para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un
reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el
alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que
estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o
pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente
en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan
negro como la brea, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía
que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el
viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo
no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras
noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh,
no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese
sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho,
ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo
que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había
estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel
ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que
chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era
en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre
influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir
la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una
pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo
de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad,
de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la
cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente
hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En
aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto
en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia,
tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se
moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal
latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El
espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención?
Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa,
un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía
algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que
aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel
sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la
habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y
echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero,
durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues
nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón
y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve
así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que
adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en
silencio. Ante todo, descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los
tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor
diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido
para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche.
En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con
toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un
vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este
informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel
grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a
recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la
habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el
entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su
fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el
cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba
perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación.
Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y
creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo
más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa
sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de
que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz.
Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como
el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo,
los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía
continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones;
pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si
las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué
podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había
sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más
alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible
que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de
mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier
cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que
tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí! ¡Donde está
latiendo su horrible corazón!
Narraciones extraordinarias. Edgar Allan Poe.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. En el primer párrafo el personaje nos habla de su “locura” ¿Qué efectos causa la locura en el
personaje principal?
2. ¿Cuál es la obsesión del personaje principal?
3. ¿Cómo era la relación entre el personaje principal y el viejo?
4. ¿Por qué el personaje principal dice que no está loco?
5. ¿Cómo el personaje principal mata al viejo?
6. ¿Qué es la locura para el personaje?
7. ¿Qué puede simbolizar el latir del corazón del viejo? ¿Por qué?
8. ¿El personaje está arrepentido de matar al viejo?
9. Si entendemos por loco a aquella persona que ha perdido totalmente la racionalidad, ¿Está
realmente loco el personaje? ¿Por qué?
10. ¿Dónde escondió el cadáver?
11. ¿Por qué llegaron los oficiales? ¿A dónde los conduce el personaje principal?
12. ¿Cómo justifica el alarido escuchado por el vecino y la ausencia del viejo?
13. ¿Qué relación encuentras entre el título del cuento y la historia que se narra?
14. Deduce un posible móvil (una explicación) de por qué el personaje principal mata al viejo.
ACTIVIDAD CREATIVA
1. Escribe un micro relato de terror en primera persona donde se hable de manera obsesiva de un
elemento simbólico. (de 8 a 12 líneas).
LADRÓN DE SÁBADO
Gabriel García Márquez
Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la noche. Ana, la dueña,
una treintañera guapa e insomne empedernida, lo descubre in fraganti. Amenazada con la pistola, la mujer le
entrega todas las joyas y cosas de valor, y le pide que no se acerque a Pauli, su niña de tres años. Sin embargo,
la niña lo ve, y él la conquista con algunos trucos de magia. Hugo piensa: «¿Por qué irse tan pronto, si se está
tan bien aquí?» Podría quedarse todo el fin de semana y gozar plenamente la situación, pues el marido -lo sabe
porque los ha espiado- no regresa de su viaje de negocios hasta el domingo en la noche. El ladrón no lo piensa
mucho: se pone los pantalones del señor de la casa y le pide a Ana que cocine para él, que saque el vino de la
cava y que ponga algo de música para cenar, porque sin música no puede vivir.
A Ana, preocupada por Pauli, mientras prepara la cena se le ocurre algo para sacar al tipo de su casa. Pero no
puede hacer gran cosa porque Hugo cortó los cables del teléfono, la casa está muy alejada, es de noche y nadie
va a llegar. Ana decide poner una pastilla para dormir en la copa de Hugo. Durante la cena, el ladrón, que entre
semana es velador de un banco, descubre que Ana es la conductora de su programa favorito de radio, el
programa de música popular que oye todas las noches, sin falta. Hugo es su gran admirador y mientras
escuchan al gran Benny cantando Cómo fue en un casete, hablan sobre música y músicos. Ana se arrepiente de
dormirlo pues Hugo se comporta tranquilamente y no tiene intenciones de lastimarla ni violentarla, pero ya es
tarde porque el somnífero ya está en la copa y el ladrón la bebe toda muy contento. Sin embargo, ha habido
una equivocación, y quien ha tomado la copa con la pastilla es ella. Ana se queda dormida en un dos por tres.
A la mañana siguiente Ana despierta completamente vestida y muy bien tapada con una cobija, en su
recámara. En el jardín, Hugo y Pauli juegan, ya que han terminado de hacer el desayuno. Ana se sorprende de
lo bien que se llevan. Además, le encanta cómo cocina ese ladrón que, a fin de cuentas, es bastante atractivo.
Ana empieza a sentir una extraña felicidad.
En esos momentos una amiga pasa para invitarla a comer. Hugo se pone nervioso, pero Ana inventa que la niña
está enferma y la despide de inmediato. Así los tres se quedan juntitos en casa a disfrutar del domingo. Hugo
repara las ventanas y el teléfono que descompuso la noche anterior, mientras silba. Ana se entera de que él
baila muy bien el danzón, baile que a ella le encanta pero que nunca puede practicar con nadie. Él le propone
que bailen una pieza y se acoplan de tal manera que bailan hasta ya entrada la tarde. Pauli los observa, aplaude
y, finalmente se queda dormida. Rendidos, terminan tirados en un sillón de la sala.
Para entonces ya se le fue el santo al cielo, pues es hora de que el marido regrese. Aunque Ana se resiste, Hugo
le devuelve casi todo lo que había robado, le da algunos consejos para que no se metan en su casa los ladrones,
y se despide de las dos mujeres con no poca tristeza. Ana lo mira alejarse. Hugo está por desaparecer y ella lo
llama a voces. Cuando regresa le dice, mirándole muy fijo a los ojos, que el próximo fin de semana su esposo va
a volver a salir de viaje. El ladrón de sábado se va feliz, bailando por las calles del barrio, mientras anochece.
CLEOPATRA
Mario Benedetti
El hecho de ser la única mujer entre seis hermanos me había mantenido siempre en un casillero especial de la
familia. Mis hermanos me tenían (todavía me tienen) afecto, pero se ponían bastante pesados cuando me
hacían bromas sobre la insularidad de mi condición femenina. Entre ellos se intercambiaban chistes, de los que
por lo común yo era destinataria, pero pronto se arrepentían, especialmente cuando yo me echaba a llorar,
impotente, y me acariciaban o me besaban o me decían: Pero, Mercedes, ¿nunca aprenderás a no tomarnos en
serio?
Mis hermanos tenían muchos amigos, entre ellos Dionisio y Juanjo, que eran simpáticos y me trataban con
cariño, como si yo fuese una hermana menor. Pero también estaba Renato, que me molestaba todo lo que
podía, pero sin llegar nunca al arrepentimiento final de mis hermanos. Yo lo odiaba, sin ningún descuento, y
tenía conciencia de que mi odio era correspondido.
Cuando me convertí en una muchacha, mis padres me dejaban ir a fiestas y bailes, pero siempre y cuando me
acompañaran mis hermanos. Ellos cumplían su misión cancerbera con liberalidad, ya que, una vez introducidos
ellos y yo en el jolgorio, cada uno disfrutaba por su cuenta y sólo nos volvíamos a ver cuando venían a
buscarme para la vuelta a casa.
Sus amigos a veces venían con nosotros, y también las muchachas con las que estaban más o menos
enredados. Yo también tenía mis amigos, pero en el fondo habría preferido que Dionisio, y sobre todo Juanjo,
que me parecía guapísimo, me sacaran a bailar y hasta me hicieran alguna “proposición deshonesta”. Sin
embargo, para ellos yo seguía siendo la chiquilina de siempre, y eso a pesar de mis pechitos en alza y de mi
cintura, que tal vez no era de avispa, pero sí de abeja reina. Renato concurría poco a esas reuniones, y, cuando
lo hacía, ni nos mirábamos. La animadversión seguía siendo mutua.
En el carnaval de 1958 nos disfrazamos todos con esmero, gracias a la espontánea colaboración de mamá y
sobre todo de la tía Ramona, que era modista. Así mis hermanos fueron, por orden de edades: un mosquetero,
un pirata, un cura párroco, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra, y por si alguien no se daba cuenta, a
primera vista, de a quién representaba, llevaba una serpiente de plástico que me rodeaba el cuello. Ya sé que
la historia habla de un áspid, pero a falta de áspid, la serpiente de plástico era un buen sucedáneo. Mamá
estaba un poco escandalizada porque se me veía el ombligo, pero uno de mis hermanos la tranquilizó: “No te
preocupes, vieja, nadie se va a sentir tentado por ese ombliguito de recién nacido.”
A esa altura yo ya no lloraba con sus bromas, así que le di al descarado un puñetazo en pleno estómago, que le
dejó sin habla por un buen rato. Rememorando viejos diálogos, le dije: “Disculpa, hermanito, pero no es para
tanto”, ¿cuándo aprenderás a no tomar en serio mis golpes de kárate?
Nos pusimos caretas o antifaces. Yo llevaba un antifaz dorado para no desentonar con la pechera áurea de
Cleopatra. Cuando ingresamos en el baile (era un club de Malvín) hubo murmullos de asombro, y hasta
aplausos. Parecíamos un desfile de modelos. Como siempre nos separamos y yo me divertí de lo lindo. Bailé
con un arlequín, un domador, un paje, un payaso y un marqués. De pronto, cuando estaba en plena rumba con
un chimpancé, un cacique piel roja, de buena estampa, me arrancó de los peludos brazos del primate y ya no
me dejó en toda la noche. Bailamos tangos, más rumbas, boleros, milongas, y fuimos sacudidos por el recién
estrenado seísmo del rock-and-roll. Mi pareja llevaba una careta muy pintarrajeada, como correspondía a su
apelativo de Cara Rayada.
Aunque forzaba una voz de máscara que evidentemente no era la suya, desde el primer momento estuve
segura de que se trataba de Juanjo (entre otros indicios, me llamaba por mi nombre) y mi corazón empezó a
saltar al compás de ritmos tan variados. En ese club nunca contrataban orquestas, pero tenían un estupendo
equipo sonoro que iba alternando los géneros, a fin de (así lo habían advertido) conformar a todos. Como era
de esperar, cada nueva pieza era recibida con aplausos y abucheos, pero en la siguiente era todo lo contrario:
abucheos y aplausos. Cuando le llegó el turno al bolero, el cacique me dijo: Esto es muy cursi, me tomó de la
mano y me llevó al jardín, a esa altura ya colmado de parejas, cada una en su rincón de sombra.
Creo que ya era hora de que nos encontráramos así, Mercedes, la verdad es que te has convertido en una
mujercita. Me besó sin pedir permiso y a mí me pareció la gloria. Le devolví el beso con hambre atrasada. Me
enlazó por la cintura y yo rodeé su cuello con mis brazos de Cleopatra. Recuerdo que la serpiente me
molestaba, así que la arranqué de un tirón y la dejé en un cantero, con la secreta esperanza de que asustara a
alguien.
Nos besamos y nos besamos, y él murmuraba cosas lindas en mi oído. También me acariciaba de vez en
cuando, y yo diría que con discreción, el ombligo de Cleopatra y tuve la impresión de que no le parecía el de un
recién nacido. Ambos estábamos bastante excitados cuando escuché la voz de uno de mis hermanos: había
llegado la hora del regreso. Mejor te hubieras disfrazado de Cenicienta, dijo Cara Rayada con un tonito de
despecho, Cleopatra no regresaba a casa tan temprano. Lo dijo recuperando su verdadera voz y al mismo
tiempo se quitó la careta.
Recuerdo ese momento como el más desgraciado de mi juventud. Tal vez ustedes lo hayan adivinado: no era
Juanjo, sino Renato. Renato, que, despojado ya de su careta de fabuloso cacique, se había puesto la otra
máscara, la de su rostro real, esa que yo siempre había odiado y seguí por mucho tiempo odiando. Todavía hoy,
a treinta años de aquellos carnavales, siento que sobrevive en mí una casi imperceptible hebra de aquel odio.
Todavía hoy, aunque Renato sea mi marido.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿Quién es la protagonista? ¿Cómo es su personalidad?
2. ¿Cómo se siente ella hacia Renato? ¿Y él hacia ella?
3. ¿Cuándo pudo ir a fiestas y bajo qué condición?
4. ¿Quién creía la narradora que era el cacique? ¿Quién terminó siendo realmente?
5. ¿A qué hace referencia esta expresión: “Recuerdo ese momento como el más desgraciado de mi
juventud”?
Explica.
6. ¿Qué infieres acerca del final del cuento? Fundamenta tu respuesta
7. ¿Cómo puedes explicar que una relación pueda cambiar del odio al amor? Explica.
8. En una palabra, ¿cuál es el tema del texto? Explica tu respuesta.
9. Según tu capacidad deductiva, ¿qué simboliza la idea de CLEOPATRA en este cuento? Fundamenta tu
respuesta.
10. ¿Qué parte del cuento te llamó la atención? ¿Por qué?
11. ¿Cuál crees que fue la intención del autor al crear este cuento? Explica tu respuesta.
12. ¿Qué opinas del cuento? ¿Por qué?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Redacta un cuento (de una cara de extensión) cuyo tema se relacione con MÁSCARA, DOBLE
IDENTIDAD O FIESTA.
LOS MERENGUES
Julio Ramón Ribeyro
Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los pasos
que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente perdido, se abalanzó hacia la
cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas malogradas. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de cuero,
contó una por una las monedas -había aprendido a contar jugando a las bolitas- y constató, asombrado, que
había cuarenta soles. Se echó veinte al bolsillo y guardó el resto en su lugar. No en vano, por la noche, había
simulado dormir para espiar a su mamá. Ahora tenía lo suficiente para realizar su hermoso proyecto. Después
no faltaría una excusa. En esos callejones de Santa Cruz, las puertas siempre están entreabiertas y los vecinos
tienen caras de sospechosos. Ajustándose los zapatos, salió desalado hacia la calle.
En el camino fue pensando si invertiría todo su capital o sólo parte de él. Y el recuerdo de los merengues –
blancos, puros, vaporosos- lo decidieron por el gasto total. ¿Cuánto tiempo hacía que los observaba por la
vidriera hasta sentir una salvación amarga en la garganta? Hacía ya varios meses que concurría a la pastelería
de la esquina y sólo se contentaba con mirar. El dependiente ya lo conocía y siempre que lo veía entrar, lo
consentía un momento para darle luego un coscorrón y decirle:
-¡Quita de acá, muchacho, que molestas a los clientes!
Y los clientes, que eran hombres gordos con tirantes o mujeres viejas con bolsas, lo aplastaban, lo pisaban y
desmantelaban bulliciosamente la tienda.
Él recordaba, sin embargo, algunas escenas amables. Un señor, al percatarse un día de la ansiedad de su
mirada, le preguntó su nombre, su edad, si estaba en el colegio, si tenía papá y por último le obsequió una
rosquita. Él hubiera preferido un merengue, pero intuía que en los favores estaba prohibido elegir. También,
un día, la hija del pastelero le regaló un pan de yema que estaba un poco duro.
-¡Empara!- dijo, aventándolo por encima del mostrador. Él tuvo que hacer un gran esfuerzo a pesar de lo cual
cayó el pan al suelo y, al recogerlo, se acordó súbitamente de su perrito, a quien él tiraba carnes masticadas
divirtiéndose cuando de un salto las emparaba en sus colmillos.
Pero no era el pan de yema ni los alfajores ni los piononos lo que le atraía: él sólo amaba los merengues. A
pesar de no haberlos probado nunca, conservaba viva la imagen de varios chicos que se los llevaban a la boca,
como si fueran copos de nieve, ensuciándose los corbatines. Desde aquel día, los merengues constituían su
obsesión.
Cuando llegó a la pastelería, había muchos clientes ocupando todo el mostrador. Esperó que se despejara un
poco el escenario, pero no pudiendo resistir más, comenzó a empujar. Ahora no sentía vergüenza alguna y el
dinero que empuñaba lo revestía de cierta autoridad y le daba derecho a codearse con los hombres de tirantes.
Después de mucho esfuerzo, su cabeza apareció en primer plano, ante el asombro del dependiente.
-¿Ya estás aquí? ¡Vamos saliendo de la tienda!
Perico, lejos de obedecer, se irguió y con una expresión de triunfo reclamó: ¡veinte soles de merengues! Su voz
estridente dominó en el bullicio de la pastelería y se hizo un silencio curioso. Algunos lo miraban, intrigados,
pues era hasta cierto punto sorprendente ver a un rapaz de esa cabaña comprar tan empalagosa golosina en
tamaña proporción. El dependiente no le hizo caso y pronto el barullo se reinició. Perico quedó algo
desconcertado, pero estimulado por un sentimiento de poder repitió, en tono imperativo:
-¡Veinte soles de merengues!
El dependiente lo observó esta vez con cierta perplejidad, pero continuó despachando a los otros
parroquianos.
-¿No ha oído? – Insistió Perico excitándose- ¡Quiero veinte soles de merengues!
El empleado se acercó esta vez y lo tiró de la oreja.
-¿Estás bromeando, palomilla?
Perico se agazapó.
-¡A ver, enséñame la plata!
Sin poder disimular su orgullo, echó sobre el mostrador el puñado de monedas. El dependiente contó el dinero.
-¿Y quieres que te dé todo esto en merengues?
-Sí –replicó Perico con una convicción que despertó la risa de algunos circunstantes.
-Buen empacho te vas a dar –comentó alguien.
Perico se volvió. Al notar que era observado con cierta benevolencia un poco lastimosa, se sintió abochornado.
Como el pastelero lo olvidaba, repitió:
-Deme los merengues- pero esta vez su voz había perdido vitalidad y Perico comprendió que, por razones que
no alcanzaba a explicarse, estaba pidiendo casi un favor.
-¿Va a salir o no? – lo increpó el dependiente
-Despácheme antes.
-¿Quién te ha encargado que compres esto?
-Mi mamá.
-Debes haber oído mal. ¿Veinte soles? Anda a preguntarle de nuevo o que te lo escriba en un papelito.
Perico quedó un momento pensativo. Extendió la mano hacia el dinero y lo fue retirando lentamente. Pero al
ver los merengues a través de la vidriería, renació su deseo, y ya no exigió, sino que rogó con una voz
quejumbrosa:
-¡Deme, pues, veinte soles de merengues!
Al ver que el dependiente se acercaba airado, pronto a expulsarlo, repitió conmovedoramente:
-¡Aunque sea diez soles, nada más!
El empleado, entonces, se inclinó por encima del mostrador y le dio el cocacho acostumbrado pero a Perico le
pareció que esta vez llevaba una fuerza definitiva.
-¡Quita de acá! ¿Estás loco? ¡Anda a hacer bromas a otro lugar!
Perico salió furioso de la pastelería. Con el dinero apretado entre los dedos y los ojos húmedos, vagabundeó
por los alrededores.
Pronto llegó a los barrancos. Sentándose en lo alto del acantilado, contempló la playa. Le pareció en ese
momento difícil restituir el dinero sin ser descubierto y maquinalmente fue arrojando las monedas una a una,
haciéndolas tintinear sobre las piedras. Al hacerlo, iba pensando que esas monedas nada valían en sus manos,
y en ese día cercano en que, grande ya y terrible, cortaría la cabeza de todos esos hombres, de todos los
mucamos de las pastelerías y hasta de los pelícanos que graznaban indiferentes a su alrededor.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. Resume el cuento en tres partes: Inicio-Nudo-Desenlace.
2. ¿Cuáles son los dos personajes importantes del cuento? Explica cuáles son sus funciones y
personalidades en le cuento.
3. ¿Por qué Perico no podía comprar los merengues?
4. ¿Por qué Perico solo amaba los merengues? Explica tu respuesta.
5. ¿En las manos de Perico, porque el dinero no valía nada? Explica.
6. ¿En qué parte del cuento podemos encontrar el DESEO y en qué parte la FRUSTRACIÓN? ¿Por qué?
7. ¿Cuál es la diferencia entre Perico y el vendedor de la pastelería?
8. ¿Crees que Perico es travieso? ¿Por qué?
9. ¿Qué antivalores encuentras en el cuento? Explícalos brevemente.
10. ¿Por qué crees que el vendedor no le cree a Perico?
11. ¿Si quisieras comprar algo que siempre has querido cómo lo conseguirías?
12. En la última parte del cuento Perico reniega de su mala suerte y piensa que cuando crezca se vengará
de todos. ¿Crees que es una actitud madura? ¿Por qué?
13. ¿Qué opinas de la actitud de Perico en el cuento?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento breve cuyo personaje principal sea un niño. No olvides ser creativo y original.
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama
convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al
levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco,
sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas
patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los
ojos.
«¿Qué me ha ocurrido?», pensó.
No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila
entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un
muestrario de paños desempaquetados -Samsa era viajante de comercio-, estaba colgado aquel cuadro que
hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una
dama ataviada con un sombrero y una boa de piel, que estaba allí, sentada muy erguida y levantaba hacia el
observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo.
La mirada de Gregorio se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso -se oían caer gotas de lluvia
sobre la chapa del alféizar de la ventana- lo ponía muy melancólico.
«¿Qué pasaría -pensó- si durmiese un poco más y olvidase todas las locuras?»
Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, pero en
su estado actual no podía ponerse de ese lado. Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia el lado derecho, una
y otra vez se volvía a balancear sobre la espalda. Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver
las patas que pataleaban, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y
sordo que antes nunca había sentido.
«¡Dios mío! -pensó-. ¡Qué profesión tan dura he elegido! Un día sí y otro también de viaje. Los esfuerzos
profesionales son mucho mayores que en el mismo almacén de la ciudad, y además se me ha endosado este
ajetreo de viajar, el estar al tanto de los empalmes de tren, la comida mala y a deshora, una relación humana
constantemente cambiante, nunca duradera, que jamás llega a ser cordial. ¡Que se vaya todo al diablo!»
Sintió sobre el vientre un leve picor, con la espalda se deslizó lentamente más cerca de la cabecera de la cama
para poder levantar mejor la cabeza; se encontró con que la parte que le picaba estaba totalmente cubierta
por unos pequeños puntos blancos, que no sabía a qué se debían, y quiso palpar esa parte con una pata, pero
inmediatamente la retiró, porque el roce le producía escalofríos.
Se deslizó de nuevo a su posición inicial.
«Esto de levantarse pronto -pensó- hace a uno desvariar. El hombre tiene que dormir. Otros viajantes viven
como pachás. Si yo, por ejemplo, a lo largo de la mañana vuelvo a la pensión para pasar a limpio los pedidos
que he conseguido, estos señores todavía están sentados tomando el desayuno. Eso podría intentar yo con mi
jefe, pero en ese momento iría a parar a la calle. Quién sabe, por lo demás, si no sería lo mejor para mí. Si no
tuviera que dominarme por mis padres, ya me habría despedido hace tiempo, me habría presentado ante el
jefe y le habría dicho mi opinión con toda mi alma. ¡Se habría caído de la mesa! Sí que es una extraña
costumbre la de sentarse sobre la mesa y, desde esa altura, hablar hacia abajo con el empleado que, además,
por culpa de la sordera del jefe, tiene que acercarse mucho. Bueno, la esperanza todavía no está perdida del
todo; si alguna vez tengo el dinero suficiente para pagar las deudas que mis padres tienen con él -puedo tardar
todavía entre cinco y seis años- lo hago con toda seguridad. Entonces habrá llegado el gran momento; ahora,
por lo pronto, tengo que levantarme porque el tren sale a las cinco», y miró hacia el despertador que hacía tic
tac sobre el armario.
«¡Dios del cielo!», pensó.
Eran las seis y media y las manecillas seguían tranquilamente hacia delante, ya había pasado incluso la media,
eran ya casi las menos cuarto. «¿Es que no habría sonado el despertador?» Desde la cama se veía que estaba
correctamente puesto a las cuatro, seguro que también había sonado. Sí, pero… ¿era posible seguir durmiendo
tan tranquilo con ese ruido que hacía temblar los muebles? Bueno, tampoco había dormido tranquilo, pero
quizá tanto más profundamente.
¿Qué iba a hacer ahora? El siguiente tren salía a las siete, para cogerlo tendría que haberse dado una prisa loca,
el muestrario todavía no estaba empaquetado, y él mismo no se encontraba especialmente espabilado y ágil; e
incluso si consiguiese coger el tren, no se podía evitar una reprimenda del jefe, porque el mozo de los recados
habría esperado en el tren de las cinco y ya hacía tiempo que habría dado parte de su descuido. Era un esclavo
del jefe, sin agallas ni juicio. ¿Qué pasaría si dijese que estaba enfermo? Pero esto sería sumamente
desagradable y sospechoso, porque Gregorio no había estado enfermo ni una sola vez durante los cinco años
de servicio. Seguramente aparecería el jefe con el médico del seguro, haría reproches a sus padres por tener un
hijo tan vago y se salvaría de todas las objeciones remitiéndose al médico del seguro, para el que sólo existen
hombres totalmente sanos, pero con horror al trabajo. ¿Y es que en este caso no tendría un poco de razón?
Gregorio, a excepción de una somnolencia realmente superfluo después del largo sueño, se encontraba
bastante bien e incluso tenía mucha hambre.
Mientras reflexionaba sobre todo esto con gran rapidez, sin poderse decidir a abandonar la cama -en este
mismo instante el despertador daba las siete menos cuarto-, llamaron cautelosamente a la puerta que estaba a
la cabecera de su cama.
-Gregorio -dijeron (era la madre)-, son las siete menos cuarto. ¿No ibas a salir de viaje?
¡Qué dulce voz! Gregorio se asustó, en cambio, al contestar. Escuchó una voz que, evidentemente, era la suya,
pero en la cual, como desde lo más profundo, se mezclaba un doloroso e incontenible chillido, que en el primer
momento dejaba salir las palabras con claridad para, al prolongarse el sonido, destrozarlas de tal forma que no
se sabía si se había oído bien. Gregorio querría haber contestado detalladamente y explicarlo todo, pero en
estas circunstancias se limitó a decir:
-Sí, sí, gracias madre, ya me levanto.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿Por qué Gregorio no podía dormir?
A. Estaba acostumbrado a trabajar sin descanso.
B. Su jefe no le permitía ninguna indisciplina.
C. Su actual estado no le permitía acostarse sobre el lado derecho.
D. Vivía atormentado por las deudas de sus padres.
E. Era un esclavo de su deber.
2. ¿Quién considera que todas las personas están sanas y sólo sufren del horror del trabajo?
A. Su madre.
B. El mozo del almacén.
C. El jefe.
D. El médico.
E. Su padre.
3. La descripción que hace el narrador del cuarto de Gregorio, nos permite no solamente
saber cómo es un rincón de la casa sino también:
A. Una estampa recientemente recortada.
B. Una mujer con garra de piedra.
C. Un sueño pesado.
D. El estado de ánimo del personaje.
E. La ventana nublada.
4. Marca la respuesta que exprese mejor la reacción de Samsa al verse convertido en insecto.
A. Siente horror y desesperación ante lo ocurrido.
B. Le es indiferente todo lo que le ocurre.
C. Piensa sólo en su jefe y en sus viajes.
D. Fastidio al ver que el reloj marca las siete de la mañana.
E. Se siente incómodo, pues cree que lo acusarán de holgazán.
5. Del texto podemos deducir que Gregorio:
A. Necesita unas vacaciones en la playa.
B. Quería un poco de consideración en su trabajo.
C. Sentía una picazón en el vientre.
D. No le gustaba oír su propia voz.
E. Odiaba comer en los paraderos de los trenes.
6. Un hecho que debilitaría el argumento del médico sería:
A. Los hombres son felices cada fin de mes.
B. Gregorio es feliz viajando en tren.
C. No todos los hombres son ociosos.
D. El médico nunca ha trabajado.
E. El trabajo puede producir más placer que malestar.
Libertad es una palabra enorme. Por ejemplo, cuando terminan las clases, se dice que una está en libertad.
Mientras dura la libertad, una pasea, una juega, una no tiene por qué estudiar. Se dice que un país es libre
cuando una mujer cualquiera o un hombre cualquiera hace lo que se le antoja. Pero hasta los países libres
tienen cosas muy prohibidas. Por ejemplo, matar. Eso sí, se pueden matar mosquitos y cucarachas, y también
vacas para hacer churrascos. Por ejemplo, está prohibido robar, aunque no es grave que una se quede con
algún vuelto cuando Graciela, que es mi mami, me encarga alguna compra. Por ejemplo, está prohibido llegar
tarde a la escuela, aunque en ese caso hay que hacer una cartita mejor dicho la tiene que hacer Graciela,
justificando por qué. Así dice la maestra; justificado.
Libertad quiere decir muchas cosas. Por ejemplo, si una no está presa, se dice que está en libertad. Pero mi
papá está preso y sin embrago está en Libertad, porque así se llama la cárcel donde está hace ya muchos años.
A eso el tío Rolando lo llama qué sarcasmo. Un día le conté a mi amiga Angélica que la cárcel en que está mi
papi se llama Libertad y que el tío Rolando había dicho que era un sarcasmo y a mi amiga Angélica le gustó
tanto la palabra que cuando su padrino le regaló un perrito le puso de nombre Sarcasmo. Mi papá es un preso,
pero no porque haya matado o robado o llegado tarde a la escuela. Graciela dice que papá está en libertad, o
sea está preso, por sus ideas. Parece que mi papá era famoso por sus ideas. Yo también a veces tengo ideas,
pero todavía no soy famosa. Por eso no estoy en Libertad, o sea que no estoy presa.
Si yo estuviera presa, me gustaría que dos de mis muñecas, la Toti y la Mónica, fueran también presas políticas.
Porque a mí me gusta dormirme abrazada por lo menos a la Toti. A la Mónica no tanto, porque es muy
gruñona. Yo nunca le pego, sobre todo para darle ese buen ejemplo a Graciela.
Ella me ha pegado pocas veces, pero cuando lo hace yo quisiera tener muchísima libertad. Cuando me pega o
me rezonga yo le digo Ella, porque a ella no le gusta que la llame así. Es claro que tengo que estar muy alunada
para llamarle Ella. Si por ejemplo viene mi abuelo y me pregunta dónde está tu madre, y yo le contesto Ella
está en la cocina, ya todo el mundo sabe que estoy alunada, porque si no estoy alunada digo solamente
Graciela está en la cocina. Mi abuelo siempre dice que yo salí la más alunada de la familia y eso a mí me deja
muy contenta. A Graciela tampoco le gusta demasiado que yo la llame Graciela, pero yo la llamo así porque es
un nombre lindo. Sólo cuando la quiero muchísimo, cuando la adoro y la beso y la estrujo y ella me dice ay
chiquilina no me estrujes así, entonces sí la llamo mamá o mami, y Graciela se conmueve y se pone muy
tiernita y me acaricia el pelo, y eso no sería así ni sería bueno si yo le dijera mamá o mami por cualquier
pavada.
O sea que la libertad es una palabra enorme. Graciela dice que ser un preso político como mi papá no es
ninguna vergüenza. Que casi es un orgullo. ¿Por qué casi? Es orgullo o es vergüenza. ¿Le gustaría que yo dijera
que es casi vergüenza? Yo estoy orgullosa, no casi orgullosa, de mi papá, porque tuvo muchísimas ideas, tantas
y tantísimas que lo metieron preso por ellas. Yo creo que ahora mi papá seguirá teniendo ideas, tremendas
ideas, pero es casi seguro que no se las dice a nadie, porque si las dice, cuando salga de Libertad para vivir en
libertad, lo pueden meter otra vez en Libertad. ¿Ven cómo es enorme?
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿Quién es la protagonista de este cuento? ¿Cómo es su personalidad?
2. ¿Con qué adjetivo calificarías a la protagonista? ¿Por qué?
3. ¿Cuántos significados tiene la palabra sarcasmo en el cuento? ¿Cuáles son?
4. ¿Por qué la protagonista llama a veces Graciela a su madre y otra mamá?
5. Según el cuento, ¿qué es un preso político?
6. ¿Cuántos significados llega a tener la palabra “libertad” en el cuento? Explica cada uno
7. ¿Por qué la libertad es una palabra “enorme”? Fundamenta tu respuesta
8. ¿Qué parte del cuento es la más llamativa del cuento? ¿Por qué?
9. Para ti ¿qué es la libertad? Fundamenta tu respuesta.
10. ¿Cuál crees que fue la intención del autor al escribir este cuento?
11. ¿Qué opinas de la protagonista de este cuento? ¿Por qué?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento breve que hable de tu idea de libertad. No olvides ser creativo y original.
Cuento: "El vuelo de los cóndores" de Abraham Valdelomar con actividades de comprensión lectora
El vuelo de los cóndores
Abraham Valdelomar
I
Aquel día demoré en la calle y no sabía qué decir al volver a casa. A las cuatro salí de la Escuela, deteniéndome
en el muelle, donde un grupo de curiosos rodeaba a unas cuantas personas. Metido entre ellos supe que había
desembarcado un circo.
—Ése es el barrista —decían unos, señalando a un hombre de mediana estatura, cara angulosa y grave, que
discutía con los empleados de la aduana.
—Aquél es el domador. —Y señalaban a un sujeto hosco, de cónica patilla, con gorrita, polainas, fuete y cierto
desenfado en el andar. Le acompañaba una bella mujer con flotante velo lila en el sombrero; llevaba un perrillo
atado a una cadena y una maleta.
—Éste es el payaso —dijo alguien.
El buen hombre volvió la cara vivamente:
—¡Qué serio!
—Así son en la calle.
Era éste un joven alto, de movibles ojos, respingada nariz y ágiles manos. Pasaron luego algunos artistas más; y
cogida de la mano de un hombre viejo y muy grave, una niña blanca, muy blanca, sonriente, de rubios cabellos,
lindos y morenos ojos. Pasaron todos. Seguí entre la multitud aquel desfile y los acompañé hasta que tomaron
el cochecito, partiendo entre la curiosidad bullanguera de las gentes.
Yo estaba dichoso por haberlos visto. Al día siguiente contaría en la Escuela quiénes eran, cómo eran y qué
decían. Pero encaminándome a casa, me di cuenta de que ya estaba obscureciendo. Era muy tarde. Ya habrían
comido. ¿Qué decir? Sacome de mis cavilaciones una mano posándose en mi hombro.
—¡Cómo! ¿Dónde has estado?
Era mi hermano Anfiloquio. Yo no sabía qué responder.
—Nada —apunté con despreocupación forzada—, que salimos tarde del colegio…
—No puede ser; porque Alfredito llegó a su casa a la cuatro y cuarto…
Me perdí. Alfredito era hijo de don Enrique, el vecino; le habían preguntado por mí y había respondido que
salimos juntos de la Escuela. No había más. Llegamos a casa. Todos estaban serios. Mis hermanos no se
atrevían a decir palabra. Felizmente, mi padre no estaba y cuando fui a dar el beso a mamá, ésta, sin darle la
importancia de otros días, me dijo fríamente:
—Cómo, jovencito, ¿éstas son horas de venir?… Yo no respondí nada. Mi madre agregó:
—¡Está bien!…
Metime en mi cuarto y me senté en la cama con la cabeza inclinada. Nunca había llegado tarde a mi casa. Oí un
manso ruido: levanté los ojos. Era mi hermanita. Se acercó a mí tímidamente.
—Oye —me dijo tirándome del brazo y sin mirarme de frente—, anda a comer… Su gesto me alentó un poco.
Era mi buena confidente, mi abnegada compañera, la que se ocupaba de mí con tanto interés como de ella
misma.
—¿Ya comieron todos? —le interrogué.
—Hace mucho tiempo. ¡Si ya vamos a acostarnos! Ya van a bajar el farol…
—Oye —le dije—, ¿y qué han dicho?…
—Nada; mamá no ha querido comer…
Yo no quise ir a la mesa. Mi hermana salió y volvió al punto trayéndome a escondidas un pan, un plátano y
unas galletas que le habían regalado en la tarde.
—Anda, come, no seas zonzo. No te van a hacer nada… Pero eso sí, no lo vuelvas a hacer…
—No, no quiero.
—Pero oye, ¿dónde fuiste?…
Me acordé del circo. Entusiasmado pensé en aquel admirable circo que había llegado, olvidé a medias mi
preocupación, empecé a contarle las maravillas que había visto. ¡Eso era un circo!
—Cuántos volatineros hay —le decía—, un barrista con unos brazos muy fuertes; un domador muy feo, debe
ser muy valiente porque estaba muy serio. ¡Y el oso! ¡En su jaula de barrotes, husmeando entre las rendijas! ¡Y
el payaso!… ¡pero qué serio es el payaso! Y unos hombres, un montón de volatineros, el caballo blanco, el
mono, con su saquito rojo, atado a una cadena. ¡Ah, es un circo espléndido!
—¿Y cuándo dan función?
—El sábado…
E iba a continuar, cuando apareció la criada:
—Niñita, ¡a acostarse!
Salió mi hermana. Oí en la otra habitación la voz de mi madre que la llamaba y volví a quedarme solo,
pensando en el circo, en lo que había visto y en el castigo que me esperaba.
Todos se habían acostado ya. Apareció mi madre, sentose a mi lado y me dijo que había hecho muy mal. Me
riñó blandamente, y entonces tuve claro concepto de mi falta. Me acordé de que mi madre no había comido
por mí: me dijo que no se lo diría a papá, porque no se molestase conmigo. Que yo la hacía sufrir, que yo no la
quería…
¡Cuán dulces eran las palabras de mi pobrecita madre! ¡Qué mirada tan pesarosa con sus benditas manos
cruzadas en el regazo! Dos lágrimas cayeron juntas de sus ojos, y yo que hasta ese instante me había contenido
no pude más y, sollozando, le besé las manos. Ella me dio un beso en la frente. ¡Ah, cuán feliz era, qué buena
era mi madre, que sin castigarme, me había perdonado!
Me dio después muchos consejos, me hizo rezar «el bendito», me ofreció la mejilla, que besé, y me dejó
acostado.
Sentí ruido al poco rato. Era mi hermanita. Se había escapado de su cama descalza; echó algo sobre la mía, y
me dijo volviéndose a la carrera y de puntitas como había entrado:
—Oye, los dos centavos para ti, y el trompo también te lo regalo…
II
Soñé con el circo. Claramente aparecieron en mi sueño todos los personajes. Vi desfilar a todos los animales. El
payaso, el oso, el mono, el caballo, y, en medio de ellos, la niña rubia, delgada, de ojos negros, que me miraba
sonriente. ¡Qué buena debía ser esa criatura tan callada y delgaducha! Todos los artistas se agrupaban, bailaba
el oso, pirueteaba el payaso, giraba en la barra el hombre fuerte, en su caballo blanco daba vueltas al circo una
bella mujer, y todo se iba borrando en mi sueño, quedando sólo la imagen de la desconocida niña con su triste
y dulce mirada lánguida.
Llegó el sábado. Durante el almuerzo, en mi casa, mis hermanos hablaron del circo. Exaltaban la agilidad del
barrista, el mono era un prodigio, jamás había llegado un payaso más gracioso que «Confitito»; qué oso tan
inteligente y luego… todos los jóvenes de Pisco iban a ir aquella noche al circo…
Papá sonreía aparentando seriedad. Al concluir el almuerzo sacó pausadamente un sobre.
—¡Entradas! —cuchichearon mis hermanos.
—Sí, entradas. ¡Espera!…
—¡Entradas! —insistía el otro.
El sobre fue a poder de mi madre.
Levantose papá y con él la solemnidad de la mesa; y todos saltando de nuestros asientos, rodeamos a mi
madre.
—¿Qué es? ¿Qué es?…
—¡Estarse quietos o… no hay nada!
Volvimos a nuestros asientos. Abriose el sobre y ¡oh, papelillos morados!
Eran las entradas para el circo; venían dentro de un programa. ¡Qué programa!
¡Con letras enormes y con los artistas pintados! Mi hermano mayor leyó. ¡Qué admirable maravilla!
El afamado barrista Kendall, el hombre de goma; el célebre domador Mister Glandys; la bellísima amazona
Miss Blutner con su caballo blanco, el caballo matemático; el graciosísimo payaso «Confitito», rey de los
payasos del Pacífico, y su mono; y el extraordinario y emocionante espectáculo «El Vuelo de los Cóndores»,
ejecutado por la pequeñísima artista Miss Orquídea.
Me dio una corazonada. La niña no podía ser otra… Miss Orquídea. ¿Y esa niña frágil y delicada iba a realizar
aquel prodigio? Celebraron alborozados mis hermanos el circo; y yo, pensando, me fui al jardín, después a la
Escuela, y aquella tarde no atravesé palabra con ninguno de mis camaradas.
III
A las cuatro salí del colegio, y me encaminé a casa. Dejaba los libros cuando sentí ruido y las carreras
atropelladas de mis hermanos.
—¡El «convite»! ¡El «convite»!…
—¡Abraham, Abraham! —gritaba mi hermanita—. ¡Los volatineros!
Salimos todos a la puerta. Por el fondo de la calle venía un grupo enorme de gente que unos cuantos músicos
precedían. Avanzaron. Vimos pasar la banda de músicos con sus bronces ensortijados y sonoros, el bombo iba
delante dando atronadores compases, después en un caballo blanco, la artista Miss Blutner, con su ceñido
talle, sus rosadas piernas, sus brazos desnudos y redondos. Precioso atavío llevaba el caballo, que un hombre
con casaca roja y un penacho en la cabeza, lleno de cordones, portaba de la brida: después iba Mister Kendall,
en traje de oficio, mostrando sus musculosos brazos, en otro caballo. Montaba el tercero Miss Orquídea, la
bellísima criatura, que sonreía tristemente; en seguida el mono, muy engalanado, caballero en un asno
pequeño, y luego «Confitito», rodeado de muchedumbre de chiquillos que palmoteaban a su lado llevando el
compás de la música.
En la esquina se detuvieron y «Confitito» entonó al son de la música esta copla:
Los jóvenes de este tiempo usan flor en el ojal
y dentro de los bolsillos
no se les encuentra un real…
Una algazara estruendosa coreó las últimas palabras del payaso. Agitó éste su cónico gorro, dejando al
descubierto su pelada cabeza. Rompió el bombo la marcha y todos se perdieron por el fin de la plazoleta hacia
los rieles del ferrocarril para encaminarse al pueblo. Una nube de polvo los seguía y nosotros entramos a casa
nuevamente, en tanto que la caravana multicolor y sonora se esfumaba detrás de los toñuces, en el salitroso
camino.
IV
Mis hermanos apenas comieron. No veíamos la hora de llegar al circo. Vestímonos todos, y listos, nos
despedimos de mamá. Mi padre llevaba su «Carlos Alberto».
Salimos, atravesamos la plazuela, subimos la calle del tren, que tenía al final una baranda de hierro, y llegamos
al cochecito, que agitaba su campana. Subimos al carro, sonó el pitear de partida; una trepidación; soltose el
breque; chasqueó el látigo, y las mulas halaron.
Llegamos por fin al pueblo y poco después al circo. Estaba éste en una estrecha calle. Un grupo de gente se
estacionaba en la puerta que iluminaban dos grandes aparatos de bencina de cinco luces. A la entrada, en la
acera, había mesitas, con pequeños toldos, donde en floreados vasos con las armas de la patria estaba la
espumosa blanca chicha de maní, la amarilla de garbanzos y la dulce de «bonito», las butifarras que eran panes
en cuya boca abierta el ají y la lechuga ocultaban la carne; los platos con cebollas picadas en vinagre, la fuente
de «escabeche» con sus yacentes pescados, la «causa», sobre cuya blanda masa reposaba graciosamente el
rojo de los camarones, el morado de las aceitunas, los pedazos de queso, los repollos verdes y el «pisco»
oloroso, alabado por las vendedoras…
Entramos por un estrecho callejoncito de adobes, pasamos un espacio pequeño donde charlaban gentes, y al
fondo, en un inmenso corralón, levantábase la carpa. Una gran carpa, de la que salían gritos, llamadas, piteos,
risas. Nos instalamos. Sonó una campanada.
—¡Segunda! —gritaron todos, aplaudiendo.
El circo estaba rebosante. La escalonada muchedumbre formaba un gran círculo, y delante de los bajos
escalones, separada por un zócalo de lona, la platea, y entre ésta y los palcos que ocupábamos nosotros, un
pasadizo. Ante los palcos estaba la pista, la arena donde iban a realizarse las maravillas de aquella noche.
Sonó largamente otro campanillazo.
—¡Tercera! ¡Bravo, bravo!
La música comenzó con el programa: «Obertura por la banda». Presentación de la compañía. Salieron los
artistas en doble fila. Llegaron al centro de la pista y saludaron a todas partes con una actitud uniforme,
graciosa y peculiar; en el centro, Miss Orquídea con su admirable cuerpecito, vestido de punto, con zapatillas
rojas, sonreía.
Salió el barrista, gallardo, musculoso, con sus negros, espesos y retorcidos bigotes. ¡Qué bien peinado! Saludó.
Ya estaba lista la barra. Sacó un pañuelo de un bolsillo secreto en el pecho, colgose, giró retorcido
vertiginosamente, parose en la barra, pendió de corvas, de brazos, de vientre; hizo rehilete y, por fin, dio un
gran salto mortal y cayó en la alfombra, en el centro del circo. Gran aclamación.
Agradeció. Después todos los números del programa. Pasó Miss Blutner corriendo en su caballo; contó éste con
la pata desde uno hasta diez; a una pregunta que le hizo su ama de si dos y dos eran cinco, contestó
negativamente con la cabeza, en convencido ademán. Salió Mister Glandys con su oso; bailó éste acompasado
y socarrón, pirueteó el mono, se golpeó varias veces el payaso y, por fin, el público exclamó al terminar el
segundo entreacto:
—¡El Vuelo de los Cóndores!
V
Un estremecimiento recorrió todos mis nervios. Dos hombres de casaca roja pusieron en el circo, uno frente a
otro, unos estrados altos, altísimos, que llegaban hasta tocar la carpa. Dos trapecios colgados del centro mismo
de ésta oscilaban. Sonó la tercera campanada y apareció entre dos artistas Miss Orquídea con su apacible
sonrisa; llegó al centro, saludó graciosamente, colgose de una cuerda y la ascendieron al estrado. Parose en él
delicadamente, como una golondrina en un alero breve. La prueba consistía en que la niña tomase el trapecio
que, pendiendo del centro, le acercaban con unas cuerdas a la mano, y, colgada de él, atravesara el espacio,
donde otro trapecio la esperaba, debiendo en la gran altura cambiar de trapecio y detenerse nuevamente en el
estrado opuesto.
Se dieron las voces, se soltó el trapecio opuesto, y en el suyo la niña se lanzó mientras el bombo —detenida la
música— producía un ruido siniestro y monótono.
¡Qué miedo, qué dolorosa ansiedad! ¡Cuánto habría dado yo porque aquella niña rubia y triste no volase!
Serenamente realizó la peligrosa hazaña. El público silencioso y casi inmóvil la contemplaba y cuando la niña se
instaló nuevamente en el estrado y saludó, segura de su triunfo, el público la aclamó con vehemencia. La
aclamó mucho. La niña bajó, el público seguía aplaudiendo. Ella, para agradecer hizo unas pruebas difíciles en
la alfombra, se curvó, su cuerpecito se retorcía como un aro, y enroscada, giraba como un extraño monstruo, el
cabello despeinado, el color encendido. El público aplaudía más, más. El hombre que la traía en el muelle de la
mano habló algunas palabras con los otros. La prueba iba a repetirse.
Nuevas aclamaciones. La pobre niña obedeció al hombre adusto casi inconscientemente. Subió. Se dieron las
voces. El público enmudeció, el silencio se hizo en el circo y yo hacía votos, con los ojos fijos en ella, porque
saliese bien de la prueba. Sonó una palmada y Miss Orquídea se lanzó… ¿Qué le pasó a la niña? Nadie lo sabía.
Cogió mal el trapecio, se soltó a destiempo, titubeó un poco, dio un grito profundo, horrible, pavoroso y cayó
como una avecilla herida en el vuelo, sobre la red del circo, que la salvó de la muerte. Rebotó en ella varias
veces. El golpe fue sordo. La recogieron, escupió y vi mancharse de sangre su pañuelo, perdida en brazos de
esos hombres y en medio del clamor de la multitud.
Papá nos hizo salir, cruzamos las calles, tomamos el cochecito y yo, mudo y triste, oyendo los comentarios, no
sé qué cosas pensaba contra esa gente. Por primera vez comprendí entonces que había hombres muy malos…
VI
Pasaron algunos días. Yo recordaba siempre con tristeza a la pobre niña; la veía entrar al circo, vestida de
punto, sonriente, pálida; la veía después caída, escupiendo sangre en el pañuelo, ¿dónde estaría? El circo
seguía funcionando. Mi padre no quiso que fuéramos más. Pero ya no daban el Vuelo de los Cóndores. Los
artistas habían querido explotar la piedad del público haciendo palpable la ausencia de Miss Orquídea.
El sábado siguiente, cuando había vuelto de la Escuela, y jugaba en el jardín con mi hermana, oímos música.
—¡El convite! ¡Los volatineros!…
Salimos en carrera loca. ¿Vendría Miss Orquídea?…
¡Con qué ansia vi acercarse el desfile! Pasó el bombo sordo con sus golpes definitivos, los músicos con sus
bronces ensortijados, platillos estridentes, los acróbatas, y después, después el caballo de Miss Orquídea, solo,
con un listón negro en la cabeza… Luego el resto de la farándula, el mono impasible haciendo sus eternas
muecas sin sentido…
¿Dónde estaba Miss Orquídea?…
No quise ver más; entré a mi cuarto y por primera vez, sin saber por qué, lloré a escondidas la ausencia de la
pobrecita artista.
VII
Algunos días más tarde, al ir, después del almuerzo, a la Escuela, por la orilla del mar, al pie de las casitas que
llegan hasta la ribera y cuyas escalas mojan las olas a ratos, salpicando las terrazas de madera, senteme a
descansar, contemplando el mar tranquilo y el muelle, que a la izquierda quedaba.
Volví la cara al oír unas palabras en la terraza que tenía a mi espalda y vi algo que me inmovilizó. Vi una niña
muy pálida, muy delgada, sentada, mirando desde allí el mar. No me equivocaba: era Miss Orquídea, en un
gran sillón de brazos, envuelta en una manta verde, inmóvil.
Me quedé mirándola largo rato. La niña levantó hacia mí los ojos y me miró dulcemente. ¡Cuán enferma debía
estar! Seguí a la Escuela y por la tarde volví a pasar por la casa. Allí estaba la enfermita, sola. La miré
cariñosamente desde la orilla; esta vez la enferma sonrió, sonrió. ¡Ah, quién pudiera ir a su lado a consolarla!
Volví al otro día, y al otro, y así durante ocho días.
Éramos como amigos. Yo me acercaba a la baranda de la terraza, pero no hablábamos. Siempre nos
sonreíamos mudos y yo estaba mucho tiempo a su lado.
Al noveno día me acerqué a la casa. Miss Orquídea no estaba. Entonces tuve una sospecha: había oído decir
que el circo se iba pronto. Aquel día salía el vapor. Eran las once, crucé la calle y atravesé el jirón de la Aduana.
En el muelle vi a algunos de los artistas con maletas y líos, pero la niña no estaba. Me encaminé a la punta del
muelle y esperé en el embarcadero. Pronto llegaron los artistas en medio de gran cantidad del pueblo y de
granujas que rodeaban al mono y al payaso. Y entre Miss Blutner y Kendall, cogida de los brazos, caminando
despacio, tosiendo, tosiendo, la bella criatura.
Metime entre las gentes para verla bajar al bote desde el embarcadero. La niña buscó algo con los ojos, me vio,
sonrió muy dulcemente conmigo y me dijo al pasar junto a mí:
—Adiós…
—Adiós…
Mis ojos la vieron bajar en brazos de Kendall al botecillo inestable; la vieron alejarse de los mohosos barrotes
del muelle; y ella me miraba triste con los ojos húmedos; sacó su pañuelo y lo agitó mirándome; yo la saludaba
con la mano, y así se fue esfumando, hasta que sólo se distinguía el pañuelo como un ala rota, como una
paloma agonizante, y por fin, no se vio más que el bote pequeño que se perdía tras el vapor…
Volví a mi casa, y a las cinco, cuando salí de la Escuela, sentado en la terraza de la casa vacía, en el mismo sitio
que ocupara la dulce amiga, vi perderse a lo lejos en la extensión marina el vapor, que manchaba con su
cabellera de humo el cielo sangriento del crepúsculo.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿Quién es el protagonista de este cuento? ¿Con qué adjetivo resumirías su personalidad? Explica tu
respuesta.
2. ¿A dónde había llegado el protagonista? ¿Cómo era ese lugar?
3. ¿En qué consistía el programa "Obertura por la banda"?
4. ¿En qué consistía el acto “El vuelo de los cóndores”?
5. ¿Quién era Miss Orquídea?
6. ¿El personaje y narrador qué deseaba ante el acto de Miss Orquídea?
7. ¿Qué le pasó a Miss Orquídea?
8. A qué se refiere el protagonista con la siguiente frase: “había hombres muy malos…” Explica tu respuesta.
9. ¿En qué momento el narrador volvió a ver a Miss Orquídea?
10. El narrador siempre visitaba a Miss Orquídea, pero no le hablaba, solo la miraba y sonreían juntos. Según
tú: ¿Qué significado tiene “la miradas” en del protagonista y Miss Orquídea? Explica tu respuesta.
11. ¿Qué sucedió al noveno día? ¿Cómo fue la despedida?
12. ¿Crees que el narrador se había enamorado de Miss Orquídea? ¿Por qué?
13. Opina: ¿Crees que el acto que realizaba Miss Orquídea era peligroso? ¿Por qué?
14. Sigue opinando: ¿Crees que a Miss Orquídea le agrada su trabajo en el circo? Explica tu respuesta.
15. ¿Qué elemento regional o tradicional encuentras en este relato? Explica tu respuesta.
16. Explica con tus propias palabras cómo se da la amistad y ternura en este relato.
ACTIVIDAD CREATIVA:
Crea un cuento breve que aborde el tema de la amistad verdadera. No olvides ser creativo y original.
Cuento "Llamadas telefónicas" de Roberto Bolaño con actividades de comprensión lectora
Llamadas telefónicas
Roberto Bolaño
B está enamorado de X. Por supuesto, se trata de un amor desdichado. B, en una época de su vida, estuvo
dispuesto a hacer todo por X, más o menos lo mismo que piensan y dicen todos los enamorados. X rompe con
él. X rompe con él por teléfono. Al principio, por supuesto, B sufre, pero a la larga, como es usual, se repone. La
vida, como dicen en las telenovelas, continúa. Pasan los años.
Una noche en que no tiene nada que hacer, B consigue, tras dos llamadas telefónicas, ponerse en contacto con
X. Ninguno de los dos es joven y eso se nota en sus voces que cruzan España de una punta a la otra. Renace la
amistad y al cabo de unos días deciden reencontrarse. Ambas partes arrastran divorcios, nuevas
enfermedades, frustraciones. Cuando B toma el tren para dirigirse a la ciudad de X, aún no está enamorado. El
primer día lo pasan encerrados en casa de X, hablando de sus vidas (en realidad quien habla es X, B escucha y
de vez en cuando pregunta); por la noche X lo invita a compartir su cama. B en el fondo no tiene ganas de
acostarse con X, pero acepta. Por la mañana, al despertar, B está enamorado otra vez. ¿Pero está enamorado
de X o está enamorado de la idea de estar enamorado? La relación es problemática e intensa: X cada día
bordea el suicidio, está en tratamiento psiquiátrico (pastillas, muchas pastillas que sin embargo en nada la
ayudan), llora a menudo y sin causa aparente. Así que B cuida a X. Sus cuidados son cariñosos, diligentes, pero
también son torpes. Sus cuidados remedan los cuidados de un enamorado verdadero. B no tarda en darse
cuenta de esto. Intenta que salga de su depresión, pero sólo consigue llevar a X a un callejón sin salida o que X
estima sin salida. A veces, cuando está solo o cuando observa a X dormir, B también piensa que el callejón no
tiene salida. Intenta recordar a sus amores perdidos como una forma de antídoto, intenta convencerse de que
puede vivir sin X, de que puede salvarse solo. Una noche X le pide que se marche y B coge el tren y abandona la
ciudad. X va a la estación a despedirlo. La despedida es afectuosa y desesperada. B viaja en litera pero no
puede dormir hasta muy tarde. Cuando por fin cae dormido sueña con un mono de nieve que camina por el
desierto. El camino del mono es limítrofe, abocado probablemente al fracaso. Pero el mono prefiere no saberlo
y su astucia se convierte en su voluntad: camina de noche, cuando las estrellas heladas barren el desierto. Al
despertar (ya en la Estación de Sants, en Barcelona) B cree comprender el significado del sueño (si lo tuviera) y
es capaz de dirigirse a su casa con un mínimo consuelo. Esa noche llama a X y le cuenta el sueño. X no dice
nada. Al día siguiente vuelve a llamar a X. Y al siguiente. La actitud de X cada vez es más fría, como si con cada
llamada B se estuviera alejando en el tiempo. Estoy desapareciendo, piensa B. Me está borrando y sabe qué
hace y por qué lo hace. Una noche B amenaza a X con tomar el tren y plantarse en su casa al día siguiente. Ni se
te ocurra, dice X. Voy a ir, dice B, ya no soporto estas llamadas telefónicas, quiero verte la cara cuando te
hablo. No te abriré la puerta, dice X y luego cuelga. B no entiende nada. Durante mucho tiempo piensa cómo es
posible que un ser humano pase de un extremo a otro en sus sentimientos, en sus deseos. Luego se
emborracha o busca consuelo en un libro. Pasan los días.
Una noche, medio año después, B llama a X por teléfono. X tarda en reconocer su voz. Ah, eres tú, dice. La
frialdad de X es de aquellas que erizan los pelos. B percibe, no obstante, que X quiere decirle algo. Me escucha
como si no hubiera pasado el tiempo, piensa, como si hubiéramos hablado ayer. ¿Cómo estás?, dice B.
Cuéntame algo, dice B. X contesta con monosílabos y al cabo de un rato cuelga. Perplejo, B vuelve a discar el
número de X. Cuando contestan, sin embargo, B prefiere mantenerse en silencio. Al otro lado, la voz de X dice:
bueno, quién es. Silencio. Luego dice: diga, y se calla. El tiempo —el tiempo que separaba a B de X y que B no
lograba comprender— pasa por la línea telefónica, se comprime, se estira, deja ver una parte de su naturaleza.
B, sin darse cuenta, se ha puesto a llorar. Sabe que X sabe que es él quien llama. Después, silenciosamente,
cuelga.
Hasta aquí la historia es vulgar; lamentable, pero vulgar. B entiende que no debe telefonear nunca más a X. Un
día llaman a la puerta y aparecen A y Z. Son policías y desean interrogarlo. B inquiere el motivo. A es remiso a
dárselo; Z, después de un torpe rodeo, se lo dice. Hace tres días, en el otro extremo de España, alguien ha
asesinado a X. Al principio B se derrumba, después comprende que él es uno de los sospechosos y su instinto
de supervivencia lo lleva a ponerse en guardia. Los policías preguntan por dos días en concreto. B no recuerda
qué ha hecho, a quién ha visto en esos días. Sabe, cómo no lo va a saber, que no se ha movido de Barcelona,
que de hecho no se ha movido de su barrio y de su casa, pero no puede probarlo. Los policías se lo llevan. B
pasa la noche en la comisaría.
Por la noche mete algo de ropa en un bolso y se dirige a la estación en donde toma un tren con destino a la
ciudad de X. Durante el viaje, que dura toda la noche, de una punta a otra de España, no puede dormir y se
dedica a pensar en todo lo que pudo haber hecho y no hizo, en todo lo que pudo darle a X y no le dio. También
piensa: si yo fuera el muerto X no haría este viaje a la inversa. Y piensa: por eso, precisamente, soy yo el que
está vivo. Durante el viaje, insomne, contempla a X por primera vez en su real estatura, vuelve a sentir amor
por X y se desprecia a sí mismo, casi con desgana, por última vez. Al llegar, muy temprano, va directamente a
casa del hermano de X. Éste queda sorprendido y confuso, sin embargo lo invita a pasar, le ofrece un café. El
hermano de X está con la cara recién lavada y a medio vestir. No se ha duchado, constata B, sólo se ha lavado la
cara y pasado algo de agua por el pelo. B acepta el café, luego le dice que se acaba de enterar del asesinato de
X, que la policía lo ha interrogado, que le explique qué ha ocurrido. Ha sido algo muy triste, dice el hermano de
X mientras prepara el café en la cocina, pero no veo qué tienes que ver tú con todo esto. La policía cree que
puedo ser el asesino, dice B. El hermano de X se ríe. Tú siempre tuviste mala suerte, dice. Es extraño que me
diga eso, piensa B, cuando yo soy precisamente el que está vivo. Pero también le agradece que no ponga en
duda su inocencia. Luego el hermano de X se va a trabajar y B se queda en su casa. Al cabo de un rato, agotado,
cae en un sueño profundo. X, como no podía ser menos, aparece en su sueño.
Al despertar cree saber quién es el asesino. Ha visto su rostro. Esa noche sale con el hermano de X, entran en
bares y hablan de cosas banales y por más que procuran emborracharse no lo consiguen. Cuando vuelven a
casa, caminando por calles vacías, B le dice que una vez llamó a X y que no habló. Qué putada, dice el hermano
de X. Sólo lo hice una vez, dice B, pero entonces comprendí que X solía recibir ese tipo de llamadas. Y creía que
era yo. ¿Lo entiendes?, dice B. ¿El asesino es el tipo de las llamadas anónimas?, pregunta el hermano de X.
Exacto, dice B. Y X pensaba que era yo. El hermano de X arruga el entrecejo; yo creo, dice, que el asesino es
uno de sus ex amantes, mi hermana tenía muchos pretendientes. B prefiere no contestar (el hermano de X, a
su parecer, no ha entendido nada) y ambos permanecen en silencio hasta llegar a casa.
En el ascensor B siente deseos de vomitar. Lo dice: voy a vomitar. Aguántate, dice el hermano de X. Luego
caminan aprisa por el pasillo, el hermano de X abre la puerta y B entra disparado buscando el cuarto de baño.
Pero al llegar allí ya no tiene ganas de vomitar. Está sudando y le duele el estómago, pero no puede vomitar. El
inodoro, con la tapa levantada, le parece una boca toda encías riéndose de él. O riéndose de alguien, en todo
caso. Después de lavarse la cara se mira en el espejo: su rostro está blanco como una hoja de papel. Lo que
resta de noche apenas puede dormir y se lo pasa intentando leer y escuchando los ronquidos del hermano de
X. Al día siguiente se despiden y B vuelve a Barcelona. Nunca más visitaré esta ciudad, piensa, porque X ya no
está aquí.
Una semana después el hermano de X lo llama por teléfono para decirle que la policía ha cogido al asesino. El
tipo molestaba a X, dice el hermano, con llamadas anónimas. B no responde. Un antiguo enamorado, dice el
hermano de X. Me alegra saberlo, dice B, gracias por llamarme. Luego el hermano de X cuelga y B se queda
solo.
1. Crea un cuento que presente el drama emocional de una pareja. Se te recomienda usar oraciones
cortas (como en el cuento leído) y profundizar en las emociones y personalidad de tus personajes.
Fragmento de "El signo de los cuatro" (Capítulo I: La ciencia de la deducción) de Arthur Conan Doyle con
actividades de comprensión lectora
El signo de los cuatro
(fragmento)
Arthur Conan Doyle
La ciencia de la deducción
—Mi clientela se ha extendido ya hasta el continente —me dijo Sherlock Holmes—. La semana pasada recibí
una consulta de François Le Villard, quien, tal vez usted lo sepa, ha llegado en los últimos tiempos a ser el mejor
agente de la policía secreta de Francia. Aquí tengo una carta suya que recibí esta mañana, y en la que me habla
de la ayuda que le presté.
Me alargó la carta, toda arrugada. Eché una ojeada sobre el papel y al vuelo encontré una profusión de
términos elogiosos que atestiguaban la ardiente admiración del detective francés.
—Habla como un discípulo a su maestro —observé.
—¡Oh! Le Villard exagera mi ayuda —contestó Sherlock Holmes—, cuando él mismo posee virtudes muy
apreciables; tiene dos de las tres cualidades necesarias para ser un detective ideal: el poder de observación y el
de deducción. Lo único que le falta es el conocimiento que, con el tiempo, puede llegar a adquirir. Pero, mi
querido doctor Watson, estoy cansándolo con mi charla.
—De ninguna manera —le contesté con ardor—. Usted habla de observación y deducción. En cierta medida,
una implica a la otra.
—¿Por qué? ¡Difícilmente! —replicó Holmes, recostándose con pereza en su sillón y despidiendo azules y
espesas volutas de humo—. Por ejemplo, la observación me demuestra que usted ha estado esta mañana en la
oficina de correos de la calle Wingmore; y la deducción me permite saber que usted fue a esa oficina a expedir
un telegrama.
— ¡Justo! —exclamé—. ¡Justo en ambas cosas! Pero, confieso que no alcanzo a ver cómo ha llegado usted a
adivinarlo. La idea de ir al correo se me ocurrió de súbito, y a nadie he hablado de eso.
— La cosa es sencillísima —me contestó sonriendo al ver mi sorpresa—, tan absurdamente sencilla que su
explicación es superflua, pero voy a hacérsela a usted, porque va a servirme para definir los lí mites entre la
observación y la deducción. La observación me hace ver que usted tiene un poco de barro de color rojizo
adherido a su zapato, y precisamente delante de la oficina de correos de la calle Wingmore ha sido removido el
pavimento y extraída la tierra de tal manera que es difícil entrar en la oficina sin pisarla. Esa tierra tiene un
peculiar color rojizo que, a mi parecer, no existe en ningún otro lugar de nuestro barrio. He aquí la observación;
el resto es deducción.
— ¿Y cómo deduce usted lo del telegrama?
—Desde luego sé que usted no ha escrito carta alguna, pues toda la mañana hemos estado sentados frente a
frente. Después he visto que en su escritorio, que está abierto, tiene usted una hoja entera de estampillas y un
grueso paquete de tarjetas postales. ¿A qué iría usted, pues, a la oficina de correos, si no fuese a enviar un
telegrama? Eliminando factores, el que queda tiene que ser verdadero.
—En este caso así es —contesté, después de reflexionar un instante—. Y además estoy de acuerdo en que la
cuestión es de las más sencillas. ¿Me calificaría usted de impertinente si quisiera someter sus teorías a una
prueba más severa?
—Al contrario —me contestó—. Tendré muchísimo gusto en estudiar cualquier problema que usted someta a
mi consideración.
—Le he oído decir que es difícil que un hombre use diariamente un objeto sin dejarle impresa su
individualidad, hasta el punto de que un observador ejercitado puede leerla en el objeto. Pues bien; aquí tengo
un reloj que llegó a mi poder hace poco. ¿Tendría usted la amabilidad de darme su opinión respecto al carácter
y costumbres de su anterior dueño?
Le entregué el reloj, ocultando un ligero sentimiento de burla, pues, en mi opinión, la prueba era imposible y la
había propuesto como una lección contra el tono, en cierto modo dogmático, que Holmes asumía a veces. Mi
amigo volvió el reloj de un lado a otro, miró fijamente la esfera, abrió las tapas de atrás, y examinó la máquina,
primero a simple vista y luego con un poderoso lente convexo. Trabajo me costó no reírme al ver la expre sión
de su rostro, cuando por fin cerró las tapas y me devolvió el reloj.
—Apenas si he encontrado algo —observó—. Ese reloj ha sido limpiado recientemente y sustrae de mi vista los
hechos más sugerentes.
—Tiene usted razón —le contesté—. Antes de enviármelo lo limpiaron.
En el fondo de mi corazón yo acusaba a mi compañero de invocar una cómoda excusa para ocultar su fracaso.
¿Qué datos habría podido proporcionarle el reloj aun cuando no hubiera sido limpiado?
—Si bien insatisfactoria, mi investigación no ha sido completamente inútil — agregó Holmes, fijando en el
techo sus ojos soñadores y apagados—. Salvo rectificaciones que usted pueda hacer, me parece que ese reloj
ha pertenecido a su hermano mayor, quien lo heredó de su padre.
—Eso lo calcula usted sin duda por las iniciales H. W. grabadas atrás.
—Así es; la W es el apellido de usted. El reloj ha sido fabricado hace unos cincuenta años y las iniciales son tan
antiguas como el reloj mismo, lo que quiere decir que este fue hecho para la generación anterior a la nuestra.
Las joyas pasan general mente a poder del hijo mayor, y este tiene casi siempre el mismo nombre de su padre.
Si mal no recuerdo, el padre de usted murió hace años, y por consiguiente, el reloj ha estado en manos de su
hermano mayor.
—Hasta ahí, todo es exacto —contesté.
—El hermano de usted era de costumbres desordenadas; sí, muy descuidado y negligente. Cuando murió su
padre, quedó en buenas condiciones, pero desperdició todas las oportunidades de progresar, y por algún
tiempo vivió en la pobreza, con raros intervalos de prosperidad, hasta que se dio a beber y, por fin, murió. Eso
es todo cuanto he podido saber.
—Por vida de cuanto puede ser maravilloso, ¿de qué manera ha podido usted conocer los hechos que acaba de
citar? Todos ellos son absolutamente correctos hasta en sus más mínimos detalles.
— ¡Ah!, veo que he tenido suerte, pues tenía un cincuenta por ciento de probabilida des de acertar y no creí ser
tan exacto.
— ¿Pero cómo ha procedido usted? ¿Por simple adivinación?
—No, no; yo nunca trato de adivinar. Esa costumbre es perniciosa, destructiva de la facultad lógica. La
extrañeza de usted proviene de que no sigue el curso de mis pensamientos ni observa los pequeños hechos de
que pueden derivarse ambas consecuencias. Yo comencé, por ejemplo, por asegurar que su hermano era
descuidado; si usted observa con detenimiento el reloj, verá que no solo está abollado en dos partes, sino
también todo rayado y marcado, porque lo han tenido en el mismo bolsillo con otros objetos duros, como
llaves o monedas; y no es seguramente una hazaña suponer que el hombre que trata con tanto desenfado un
reloj que cuesta cincuenta guineas, es muy descuidado.
Con un movimiento de cabeza le hice ver que seguía su razonamiento.
—Es costumbre general entre los prestamistas ingleses, cada vez que reciben un reloj en empeño, trazar el
número de la papeleta con un alfiler en la parte inferior de la tapa; esto es más cómodo que ponerle un letrero,
pues así no hay riesgo de que el número se pierda o extravíe. Pues bien, en el interior de la tapa de ese reloj
hay no menos de cuatro de esos números, visibles con la ayuda de mi lente. Primera conclusión: su hermano se
veía frecuentemente en aguas muy bajas. Segunda conclusión: tenía a veces sus ráfagas de prosperidad, sin lo
cual no hubiera podido reunir recursos con que rescatar la prenda. Por último, le ruego que mire usted la tapa
interior, en la que está el agujero de la llave. ¿Qué manos de un hombre que no hubiera bebido po drían haber
hecho todas esas marcas con la llave? En cambio, nunca verá usted un reloj de borracho que no las tenga; el
borracho da cuerda por la noche a su reloj y deja en él los rastros de la inseguridad de su mano. ¿Dónde está el
misterio de esto?
—Es tan claro como la luz del día —contesté.
ACTIVIDADADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿Cuáles son las diferencias entre la observación y la deducción? Escriba un ejemplo que puede inferir a
partir del texto
2. ¿Qué es lo que le hace falta a François Le Villard para ser un buen agente? ¿Por qué?
3. ¿Crees que es importante la deducción en nuestra vida? ¿Por qué?
4. Se puede deducir que el proceso deductivo sigue la siguiente línea: Observación - conocimiento -
deducción. Ejemplifique un caso deductivo siguiendo los pasos para ello.
5. ¿Por qué dice Sherlock Holmes que adivinar es una "costumbre perniciosa, destructiva de la facultad
lógica
6. ¿Qué dedujo Sherlock Holmes respecto al reloj que le dio Watson?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento de una cara de extensión en donde se use la deducción. No olvides ser muy original y
creativo.
Cuento "El ahogado más hermoso del mundo" de Gabriel García Márquez con actividades de
comprensión lectora.
El ahogado más hermoso del mundo
Gabriel García Márquez
Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la
ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que
fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos
de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era
un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por
casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron
que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había
estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en
el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero
pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos
ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque
su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas
de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan
escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos
que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos
los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a
los otros para darse cuenta de que estaban completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los
pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le
desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados.
A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus
ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que
sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni
tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de
limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el
más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo
estaban viendo no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para
velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más
corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres
decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de
novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando
el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había
estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto.
Pensaban que, si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más
anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con
pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera
sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que
hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los
acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en
toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus
corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de
fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos
pasión que compasión, suspiró:
—Tiene cara de llamarse Esteban.
Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las
más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que, al ponerle la ropa, tendido
entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó
escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón
hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el
mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo
habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron
reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue
entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta
después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a
descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y
rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta
de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe
señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en
todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y
acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el
café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto
hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le
taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan
indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue
una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los
lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada
vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el
más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era
tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las
tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes
de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de
trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta
los acantilados. Quisieron encadenarles a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin
tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de
manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos.
Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban
como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían
ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de
orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer
sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué
objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara
encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y
trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres
terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de
nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver
el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás,
hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz
de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin
botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó
con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la
culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría
buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en
el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora
estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de
fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres
más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran
de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los
tuétanos con la sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito.
Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo
que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que
hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a
las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos,
así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros
que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo
mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por
la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la
desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura
de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el
aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de
mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás.
Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más
anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas
partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande,
qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para
eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y
sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los
grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su
alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y
señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el
viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no
saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿En qué lugares se desarrolla el cuento?
2. ¿Qué hicieron los niños cuando encontraron al ahogado?
3. ¿Cuál piensas que puede ser la ocupación de los hombres y mujeres del pueblo? ¿Por qué?
4. ¿Cómo se describen las casas del pueblo?
5. ¿Por qué la población es muy pequeña?
6. ¿Cómo es la actitud de los hombres y la actitud de las mujeres frente al ahogado? Explica la diferencia.
7. ¿Cómo reaccionan los hombres del pueblo ante la fascinación de las mujeres por el ahogado?
8. ¿Qué produce el cambio de actitud de los hombres frente a Esteban?
9. ¿Cómo fueron los funerales que le hicieron al ahogado? ¿Qué hicieron finalmente con el cuerpo de
Esteban?
10. ¿Por qué este cuento aborda lo fantástico?
11. Infiere: ¿Qué simboliza el ahogado, las mujeres y los hombres del pueblo?
12. Extrae un fragmento del cuento que posea un gran significado connotativo o literario y explica dicho
significado.
13. ¿Cuál es el mensaje que nos quiere dejar el autor en este cuento? ¿Por qué?
14. ¿Cuál es tu opinión del cuento?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento fantástico que inicie con un hecho cotidiano y que luego se ingrese a lo fantástico.
Fragmento de "Fuenteovejuna" de Lope de Vega con actividades de comprensión lectora
La horrible conclusión que se había ido abriendo camino en mi espíritu de manera gradual era ahora una
terrible certeza. Estaba perdido por completo, perdido sin esperanza en el amplio y laberíntico recinto de la
caverna de Mamut. Dirigiese a donde dirigiese mi esforzada vista, no podía encontrar ningún objeto que me
sirviese de punto de referencia para alcanzar el camino de salida. No podía mi razón albergar la más ligera
esperanza de volver jamás a contemplar la bendita luz del día, ni de pasear por los valles y las colinas
agradables del hermoso mundo exterior. La esperanza se había desvanecido. A pesar de todo, educado como
estaba por una vida entera de estudios filosóficos, obtuve una satisfacción no pequeña de mi conducta
desapasionada; porque, aunque había leído con frecuencia sobre el salvaje frenesí en el que caían las víctimas
de situaciones similares, no experimenté nada de esto, sino que permanecí tranquilo tan pronto como
comprendí que estaba perdido.
Tampoco me hizo perder ni por un momento la compostura la idea de que era probable que hubiese vagado
hasta más allá de los límites en los que se me buscaría. Si había de morir -reflexioné-, aquella caverna terrible
pero majestuosa sería un sepulcro mejor que el que pudiera ofrecerme cualquier cementerio; había en esta
concepción una dosis mayor de tranquilidad que de desesperación.
Mi destino final sería perecer de hambre, estaba seguro de ello. Sabía que algunos se habían vuelto locos en
circunstancias como esta, pero no acabaría yo así. Yo solo era el causante de mi desgracia: me había separado
del grupo de visitantes sin que el guía lo advirtiera; y, después de vagar durante una hora aproximadamente
por las galerías prohibidas de la caverna, me encontré incapaz de volver atrás por los mismos vericuetos
tortuosos que había seguido desde que abandoné a mis compañeros.
Mi antorcha comenzaba a expirar, pronto estaría envuelto en la negrura total y casi palpable de las entrañas de
la tierra. Mientras me encontraba bajo la luz poco firme y evanescente, medité sobre las circunstancias exactas
en las que se produciría mi próximo fin. Recordé los relatos que había escuchado sobre la colonia de
tuberculosos que establecieron su residencia en estas grutas titánicas, por ver de encontrar la salud en el aire
sano, al parecer, del mundo subterráneo, cuya temperatura era uniforme, para su atmósfera e impregnado su
ámbito de una apacible quietud; en vez de la salud, habían encontrado una muerte extraña y horrible. Yo había
visto las tristes ruinas de sus viviendas defectuosamente construidas, al pasar junto a ellas con el grupo; y me
había preguntado qué clase de influencia ejercía sobre alguien tan sano y vigoroso como yo una estancia
prolongada en esta caverna inmensa y silenciosa. Y ahora, me dije con lóbrego humor, había llegado mi
oportunidad de comprobarlo; si es que la necesidad de alimentos no apresuraba con demasiada rapidez mi
salida de este mundo.
Resolví no dejar piedra sin remover, ni desdeñar ningún medio posible de escape, en tanto que se desvanecían
en la oscuridad los últimos rayos espasmódicos de mi antorcha; de modo que -apelando a toda la fuerza de mis
pulmones- proferí una serie de gritos fuertes, con la esperanza de que mi clamor atrajese la atención del guía.
Sin embargo, pensé mientras gritaba que mis llamadas no tenían objeto y que mi voz -aunque magnificada y
reflejada por los innumerables muros del negro laberinto que me rodeaba- no alcanzaría más oídos que los
míos propios.
Al mismo tiempo, sin embargo, mi atención quedó fijada con un sobresalto al imaginar que escuchaba el suave
ruido de pasos aproximándose sobre el rocoso pavimento de la caverna.
¿Estaba a punto de recuperar tan pronto la libertad? ¿Habrían sido entonces vanas todas mis horribles
aprensiones? ¿Se habría dado cuenta el guía de mi ausencia no autorizada del grupo y seguiría mi rastro por el
laberinto de piedra caliza? Alentado por estas preguntas jubilosas que afloraban en mi imaginación, me hallaba
dispuesto a renovar mis gritos con objeto de ser descubierto lo antes posible, cuando, en un instante, mi
deleite se convirtió en horror a medida que escuchaba: mi oído, que siempre había sido agudo, y que estaba
ahora mucho más agudizado por el completo silencio de la caverna, trajo a mi confusa mente la noción temible
e inesperada de que tales pasos no eran los que correspondían a ningún ser humano mortal. Los pasos del guía,
que llevaba botas, hubieran sonado en la quietud ultraterrena de aquella región subterránea como una serie
de golpes agudos e incisivos. Estos impactos, sin embargo, eran blandos y cautelosos, como producidos por las
garras de un felino. Además, al escuchar con atención me pareció distinguir las pisadas de cuatro patas, en
lugar de dos pies.
Quedé entonces convencido de que mis gritos habían despertado y atraído a alguna bestia feroz, quizás a un
puma que se hubiera extraviado accidentalmente en el interior de la caverna. Consideré que era posible que el
Todopoderoso hubiese elegido para mí una muerte más rápida y piadosa que la que me sobrevendría por
hambre; sin embargo, el instinto de conservación, que nunca duerme del todo, se agitó en mi seno; y aunque el
escapar del peligro que se aproximaba no serviría sino para preservarme para un fin más duro y prolongado,
determiné a pesar de todo vender mi vida lo más cara posible. Por muy extraño que pueda parecer, no podía
mi mente atribuir al visitante intenciones que no fueran hostiles. Por consiguiente, me quedé muy quieto, con
la esperanza de que la bestia -al no escuchar ningún sonido que le sirviera de guía- perdiese el rumbo, como
me había sucedido a mí, y pasase de largo a mi lado. Pero no estaba destinada esta esperanza a realizarse: los
extraños pasos avanzaban sin titubear, era evidente que el animal sentía mi olor, que sin duda podía seguirse
desde una gran distancia en una atmósfera como la caverna, libre por completo de otros efluvios que pudieran
distraerlo.
Me di cuenta, por tanto, de que debía estar armado para defenderme de un misterioso e invisible ataque en la
oscuridad y tanteé a mi alrededor en busca de los mayores entre los fragmentos de roca que estaban
esparcidos por todas partes en el suelo de la caverna, y tomando uno en cada mano para su uso inmediato,
esperé con resignación el resultado inevitable. Mientras tanto, las horrendas pisadas de las zarpas se
aproximaban. En verdad, era extraña en exceso la conducta de aquella criatura. La mayor parte del tiempo, las
pisadas parecían ser las de un cuadrúpedo que caminase con una singular falta de concordancia entre las patas
anteriores y posteriores, pero -a intervalos breves y frecuentes- me parecía que tan solo dos patas realizaban el
proceso de locomoción. Me preguntaba cuál sería la especie de animal que iba a enfrentarse conmigo; debía
tratarse, pensé, de alguna bestia desafortunada que había pagado la curiosidad que la llevó a investigar una de
las entradas de la temible gruta con un confinamiento de por vida en sus recintos interminables. Sin duda le
servirían de alimento los peces ciegos, murciélagos y ratas de la caverna, así como alguno de los peces que son
arrastrados a su interior cada crecida del Río Verde, que comunica de cierta manera oculta con las aguas
subterráneas. Ocupé mi terrible vigilia con grotescas conjeturas sobre las alteraciones que podría haber
producido la vida en la caverna sobre la estructura física del animal; recordaba la terrible apariencia que
atribuía la tradición local a los tuberculosos que allí murieron tras una larga residencia en las profundidades.
Entonces recordé con sobresalto que, aunque llegase a abatir a mi antagonista, nunca contemplaría su forma,
ya que mi antorcha se había extinguido hacía tiempo y yo estaba por completo desprovisto de fósforos. La
tensión de mi mente se hizo entonces tremenda. Mi fantasía dislocada hizo surgir formas terribles y terroríficas
de la siniestra oscuridad que me rodeaba y que parecía verdaderamente apretarse en torno de mi cuerpo.
Parecía yo a punto de dejar escapar un agudo grito, pero, aunque hubiese sido lo bastante irresponsable para
hacer tal cosa, a duras penas habría respondido mi voz. Estaba petrificado, enraizado al lugar en donde me
encontraba. Dudaba que pudiera mi mano derecha lanzar el proyectil a la cosa que se acercaba, cuando llegase
el momento crucial. Ahora el decidido “pat, pat” de las pisadas estaba casi al alcance de la mano; luego, muy
cerca. Podía escuchar la trabajosa respiración del animal y, aunque estaba paralizado por el terror, comprendí
que debía de haber recorrido una distancia considerable y que estaba correspondientemente fatigado. De
pronto se rompió el hechizo; mi mano, guiada por mi sentido del oído -siempre digno de confianza- lanzó con
todas sus fuerzas la piedra afilada hacia el punto en la oscuridad de donde procedía la fuerte respiración, y
puedo informar con alegría que casi alcanzó su objetivo: escuché cómo la cosa saltaba y volvía a caer a cierta
distancia; allí pareció detenerse.
Después de reajustar la puntería, descargué el segundo proyectil, con mayor efectividad esta vez; escuché caer
la criatura, vencida por completo, y permaneció yaciente e inmóvil. Casi agobiado por el alivio que me invadió,
me apoyé en la pared. La respiración de la bestia se seguía oyendo, en forma de jadeantes y pesadas
inhalaciones y exhalaciones; deduje de ello que no había hecho más que herirla. Y entonces perdí todo deseo
de examinarla. Al fin, un miedo supersticioso, irracional, se había manifestado en mi cerebro, y no me acerqué
al cuerpo ni continué arrojándole piedras para completar la extinción de su vida. En lugar de esto, corrí a toda
velocidad en lo que era -tan aproximadamente como pude juzgarlo en mi condición de frenesí- la dirección por
la que había llegado hasta allí. De pronto escuché un sonido, o más bien una sucesión regular de sonidos. Al
momento siguiente se habían convertido en una serie de agudos chasquidos metálicos. Esta vez no había duda:
era el guía. Entonces grité, aullé, reí incluso de alegría al contemplar en el techo abovedado el débil fulgor que
sabía era la luz reflejada de una antorcha que se acercaba. Corrí al encuentro del resplandor y, antes de que
pudiese comprender por completo lo que había ocurrido, estaba postrado a los pies del guía y besaba sus botas
mientras balbuceaba -a despecho de la orgullosa reserva que es habitual en mí- explicaciones sin sentido, como
un idiota. Contaba con frenesí mi terrible historia; y, al mismo tiempo, abrumaba a quien me escuchaba con
protestas de gratitud. Volví por último a algo parecido a mi estado normal de conciencia. El guía había
advertido mi ausencia al regresar el grupo a la entrada de la caverna y -guiado por su propio sentido intuitivo
de la orientación- se había dedicado a explorar a conciencia los pasadizos laterales que se extendían más allá
del lugar en el que había hablado conmigo por última vez; y localizó mi posición tras una búsqueda de más de
tres horas.
Después de que hubo relatado esto, yo, envalentonado por su antorcha y por su compañía, empecé a
reflexionar sobre la extraña bestia a la que había herido a poca distancia de allí, en la oscuridad, y sugerí que
averiguásemos, con la ayuda de la antorcha, qué clase de criatura había sido mi víctima. Por consiguiente volví
sobre mis pasos, hasta el escenario de la terrible experiencia. Pronto descubrimos en el suelo un objeto blanco,
más blanco incluso que la reluciente piedra caliza. Nos acercamos con cautela y dejamos escapar una
simultánea exclamación de asombro. Porque éste era el más extraño de todos los monstruos extranaturales
que cada uno de nosotros dos hubiera contemplado en la vida. Resultó tratarse de un mono antropoide de
grandes proporciones, escapado quizás de algún zoológico ambulante: su pelaje era blanco como la nieve, cosa
que sin duda se debía a la calcinadora acción de una larga permanencia en el interior de los negros confines de
las cavernas; y era también sorprendentemente escaso, y estaba ausente en casi todo el cuerpo, salvo de la
cabeza; era allí abundante y tan largo que caía en profusión sobre los hombros. Tenía la cara vuelta del lado
opuesto a donde estábamos, y la criatura yacía casi directamente sobre ella. La inclinación de los miembros era
singular, aunque explicaba la alternancia en su uso que yo había advertido antes, por lo que la bestia avanzaba
a veces a cuatro patas, y otras en sólo dos. De las puntas de sus dedos se extendían uñas largas, como de rata.
Los pies no eran prensiles, hecho que atribuí a la larga residencia en la caverna que, como ya he dicho antes,
parecía también la causa evidente de su blancura total y casi ultraterrena, tan característica de toda su
anatomía. Parecía carecer de cola.
La respiración se había debilitado mucho, y el guía sacó su pistola con la clara intención de despachar a la
criatura, cuando de súbito un sonido que ésta emitió hizo que el arma se le cayera de las manos sin ser usada.
Resulta difícil describir la naturaleza de tal sonido. No tenía el tono normal de cualquier especie conocida de
simios, y me pregunté si su cualidad extranatural no sería resultado de un silencio completo y continuado por
largo tiempo, roto por la sensación de llegada de luz, que la bestia no debía de haber visto desde que entró por
vez primera en la caverna. El sonido, que intentaré describir como una especie de parloteo en tono profundo,
continuó débilmente.
Al mismo tiempo, un fugaz espasmo de energía pareció conmover el cuerpo del animal. Las garras hicieron un
movimiento convulsivo, y los miembros se contrajeron. Con una convulsión del cuerpo rodó sobre sí mismo, de
modo que la cara quedó vuelta hacia nosotros. Quedé por un momento tan petrificado de espanto por los ojos
de esta manera revelados que no me apercibí de nada más. Eran negros aquellos ojos; de una negrura
profunda en horrible contraste con la piel y el cabello de nívea blancura. Como los de las otras especies
cavernícolas, estaban profundamente hundidos en sus órbitas y por completo desprovistos de iris. Cuando
miré con mayor atención, vi que estaban enclavados en un rostro menos prognático que el de los monos
corrientes, e infinitamente menos velludo. La nariz era prominente. Mientras contemplábamos la enigmática
visión que se representaba a nuestros ojos, los gruesos labios se abrieron y varios sonidos emanaron de ellos,
tras lo cual la cosa se sumió en el descanso de la muerte.
El guía se aferró a la manga de mi chaqueta y tembló con tal violencia que la luz se estremeció
convulsivamente, proyectando en la pared fantasmagóricas sombras en movimiento.
Yo no me moví; me había quedado rígido, con los ojos llenos de horror, fijos en el suelo delante de mí.
El miedo me abandonó, y en su lugar se sucedieron los sentimientos de asombro, compasión y respeto; los
sonidos que murmuró la criatura abatida que yacía entre las rocas calizas nos revelaron la tremenda verdad: la
criatura que yo había matado, la extraña bestia de la cueva maldita, era -o había sido alguna vez- ¡¡¡un
hombre!!!
ACTIVIDAD DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿Quién es el protagonista? ¿Qué le había pasado? ¿Dónde se encontraba?
2. A qué hace referencia esta frase: "mi deleite se convirtió en horror a medida que escuchaba". Explica.
3. ¿Cuál era el peligro que acechaba al protagonista en esa cueva?
4. ¿Qué hizo el protagonista contra ello?
5. ¿Por qué el protagonista dice que su oído es "siempre digno de confianza"?
6. ¿Por qué el protagonista quiere volver a ver a la bestia?
7. ¿De qué bestia se trataba?
8. Qué infieres del párrafo final del cuento: "El miedo me abandonó, y en su lugar se sucedieron los
sentimientos de asombro, compasión y respeto; los sonidos que murmuró la criatura abatida que yacía
entre las rocas calizas nos revelaron la tremenda verdad: la criatura que yo había matado, la extraña
bestia de la cueva maldita, era -o había sido alguna vez- ¡¡¡un hombre!!!". Explica tu respuesta.
9. ¿Qué significado metafórico puede tener la criatura encontrada por el protagonista?
10. Opina: ¿Por qué lo monstruoso nos causa miedo? Explica tu respuesta.
11. ¿Qué relación existe entre el título de este cuento y la historia que narra? Explica tu respuesta.
12. Reflexiona: ¿Cuál crees que fue la finalidad del autor al escribir esta historia? Justifica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento de terror o suspenso que relate el encuentro con una bestia o monstruo. Deberá estar
narrado en primera persona.
Cuento "El crimen casi perfecto" de Roberto Arlt con actividades de comprensión lectora
El crimen casi perfecto
Roberto Arlt
La coartada de los tres hermanos de la suicida fue verificada. Ellos no habían mentido. El mayor, Juan,
permaneció desde las cinco de la tarde hasta las doce de la noche (la señora Stevens se suicidó entre las siete y
las diez de la noche) detenido en una comisaría por su participación imprudente en un accidente de tránsito. El
segundo hermano, Esteban, se encontraba en el pueblo de Lister desde las seis de la tarde de aquel día hasta
las nueve del siguiente, y, en cuanto al tercero, el doctor Pablo, no se había apartado ni un momento del
laboratorio de análisis de leche de la Erpa Cía., donde estaba adjunto a la sección de dosificación de mantecas
en las cremas.
Lo más curioso del caso es que aquel día los tres hermanos almorzaron con la suicida para festejar su
cumpleaños, y ella, a su vez, en ningún momento dejó de traslucir su intención funesta. Comieron todos
alegremente; luego, a las dos de la tarde, los hombres se retiraron.
Sus declaraciones coincidían en un todo con las de la antigua doméstica que servía hacía muchos años a la
señora Stevens. Esta mujer, que dormía afuera del departamento, a las siete de la tarde se retiró a su casa. La
última orden que recibió de la señora Stevens fue que le enviara por el portero un diario de la tarde. La criada
se marchó; a las siete y diez el portero le entregó a la señora Stevens el diario pedido y el proceso de acción
que ésta siguió antes de matarse se presume lógicamente así: la propietaria revisó las adiciones en las libretas
donde llevaba anotadas las entradas y salidas de su contabilidad doméstica, porque las libretas se encontraban
sobre la mesa del comedor con algunos gastos del día subrayados; luego se sirvió un vaso de agua con whisky,
y en esta mezcla arrojó aproximadamente medio gramo de cianuro de potasio. A continuación, se puso a leer el
diario, bebió el veneno, y al sentirse morir trató de ponerse de pie y cayó sobre la alfombra. El periódico fue
hallado entre sus dedos tremendamente contraídos.
Tal era la primera hipótesis que se desprendía del conjunto de cosas ordenadas pacíficamente en el interior del
departamento, pero, como se puede apreciar, este proceso de suicidio está cargado de absurdos psicológicos.
Ninguno de los funcionarios que intervinimos en la investigación podíamos aceptar congruentemente que la
señora Stevens se hubiese suicidado.
Sin embargo, únicamente la Stevens podía haber echado el cianuro en el vaso. El whisky no contenía veneno. El
agua que se agregó al whisky también era pura. Podía presumirse que el veneno había sido depositado en el
fondo o las paredes de la copa, pero el vaso utilizado por la suicida había sido retirado de un anaquel donde se
hallaba una docena de vasos del mismo estilo; de manera que el presunto asesino no podía saber si la Stevens
iba a utilizar éste o aquél. La oficina policial de química nos informó que ninguno de los vasos contenía veneno
adherido a sus paredes.
El asunto no era fácil. Las primeras pruebas, pruebas mecánicas como las llamaba yo, nos inclinaban a aceptar
que la viuda se había quitado la vida por su propia mano, pero la evidencia de que ella estaba distraída leyendo
un periódico cuando la sorprendió la muerte transformaba en disparatada la prueba mecánica del suicidio.
Tal era la situación técnica del caso cuando yo fui designado por mis superiores para continuar ocupándome de
él. En cuanto a los informes de nuestro gabinete de análisis, no cabían dudas.
Únicamente en el vaso, donde la señora Stevens había bebido, se encontraba veneno. El agua y el whisky de las
botellas eran completamente inofensivos. Por otra parte, la declaración del portero era terminante; nadie
había visitado a la señora Stevens después que él le alcanzó el periódico; de manera que si yo, después de
algunas investigaciones superficiales, hubiera cerrado el sumario informando de un suicidio comprobado, mis
superiores no hubiesen podido objetar palabra. Sin embargo, para mí cerrar el sumario significaba confesarme
fracasado. La señora Stevens había sido asesinada, y había un indicio que lo comprobaba: ¿dónde se hallaba el
envase que contenía el veneno antes de que ella lo arrojara en su bebida?
Por más que nosotros revisáramos el departamento, no nos fue posible descubrir la caja, el sobre o el frasco
que contuvo el tóxico. Aquel indicio resultaba extraordinariamente sugestivo.
Además, había otro: los hermanos de la muerta eran tres bribones.
Los tres, en menos de diez años, habían despilfarrado los bienes que heredaron de sus padres. Actualmente sus
medios de vida no eran del todo satisfactorios.
Juan trabajaba como ayudante de un procurador especializado en divorcios. Su conducta resultó más de una
vez sospechosa y lindante con la presunción de un chantaje. Esteban era corredor de seguros y había
asegurado a su hermana en una gruesa suma a su favor; en cuanto a Pablo, trabajaba de veterinario, pero
estaba descalificado por la Justicia e inhabilitado para ejercer su profesión, convicto de haber dopado caballos.
Para no morirse de hambre ingresó en la industria lechera, se ocupaba de los análisis.
Tales eran los hermanos de la señora Stevens. En cuanto a ésta, había enviudado tres veces.
El día del “suicidio” cumplió 68 años; pero era una mujer extraordinariamente conservada, gruesa, robusta,
enérgica, con el cabello totalmente renegrido. Podía aspirar a casarse una cuarta vez y manejaba su casa
alegremente y con puño duro. Aficionada a los placeres de la mesa, su despensa estaba provista de vinos y
comestibles, y no cabe duda de que sin aquel “accidente” la viuda hubiera vivido cien años. Suponer que una
mujer de ese carácter era capaz de suicidarse, es desconocer la naturaleza humana. Su muerte beneficiaba a
cada uno de los tres hermanos con doscientos treinta mil pesos.
La criada de la muerta era una mujer casi estúpida, y utilizada por aquélla en las labores groseras de la casa.
Ahora estaba prácticamente aterrorizada al verse engranada en un procedimiento judicial.
El cadáver fue descubierto por el portero y la sirvienta a las siete de la mañana, hora en que ésta, no pudiendo
abrir la puerta porque las hojas estaban aseguradas por dentro con cadenas de acero, llamó en su auxilio al
encargado de la casa. A las once de la mañana, como creo haber dicho anteriormente, estaban en nuestro
poder los informes del laboratorio de análisis, a las tres de la tarde abandonaba yo la habitación donde
quedaba detenida la sirvienta, con una idea brincando en mi imaginación: ¿y si alguien había entrado en el
departamento de la viuda rompiendo un vidrio de la ventana y colocando otro después que volcó el veneno en
el vaso? Era una fantasía de novela policial, pero convenía verificar la hipótesis.
Salí decepcionado del departamento. Mi conjetura era absolutamente disparatada: la masilla solidificada no
revelaba mudanza alguna.
Eché a caminar sin prisa. El “suicidio” de la señora Stevens me preocupaba (diré una enormidad) no
policialmente, sino deportivamente.
Yo estaba en presencia de un asesino sagacísimo, posiblemente uno de los tres hermanos que había utilizado
un recurso simple y complicado, pero imposible de presumir en la nitidez de aquel vacío.
Absorbido en mis cavilaciones, entré en un café, y tan identificado estaba en mis conjeturas, que yo, que nunca
bebo bebidas alcohólicas, automáticamente pedí un whisky. ¿Cuánto tiempo permaneció el whisky servido
frente a mis ojos? No lo sé; pero de pronto mis ojos vieron el vaso de whisky, la garrafa de agua y un plato con
trozos de hielo. Atónito quedé mirando el conjunto aquel. De pronto una idea alumbró mi curiosidad, llamé al
camarero, le pagué la bebida que no había tomado, subí apresuradamente a un automóvil y me dirigí a la casa
de la sirvienta. Una hipótesis daba grandes saltos en mi cerebro. Entré en la habitación donde estaba detenida,
me senté frente a ella y le dije:
-Míreme bien y fíjese en lo que me va a contestar: la señora Stevens, ¿tomaba el whisky con hielo o sin hielo?
-Con hielo, señor.
-¿Dónde compraba el hielo?
-No lo compraba, señor. En casa había una heladera pequeña que lo fabricaba en pancitos. –
Y la criada casi iluminada prosiguió, a pesar de su estupidez.- Ahora que me acuerdo, la heladera, hasta ayer,
que vino el señor Pablo, estaba descompuesta. Él se encargó de arreglarla en un momento. Crimen perfecto.
Una hora después nos encontrábamos en el departamento de la suicida con el químico de nuestra oficina de
análisis, el técnico retiró el agua que se encontraba en el depósito congelador de la heladera y varios pancitos
de hielo. El químico inició la operación destinada a revelar la presencia del tóxico, y a los pocos minutos pudo
manifestarnos:
–El agua está envenenada y los panes de este hielo están fabricados con agua envenenada.
Nos miramos jubilosamente. El misterio estaba desentrañado. Ahora era un juego reconstruir el crimen. El
doctor Pablo, al reparar el fusible de la heladera (defecto que localizó el técnico) arrojó en el depósito
congelador una cantidad de cianuro disuelto. Después, ignorante de lo que aguardaba, la señora Stevens
preparó un whisky; del depósito retiró un pancito de hielo (lo cual explicaba que el plato con hielo disuelto se
encontrara sobre la mesa), el cual, al desleírse en el alcohol, lo envenenó poderosamente debido a su alta
concentración. Sin imaginarse que la muerte la aguardaba en su vicio, la señora Stevens se puso a leer el
periódico, hasta que, juzgando el whisky suficientemente enfriado, bebió un sorbo. Los efectos no se hicieron
esperar.
No quedaba sino ir en busca del veterinario. Inútilmente lo aguardamos en su casa. Ignoraban dónde se
encontraba. Del laboratorio donde trabajaba nos informaron que llegaría a las diez de la noche.
A las once, yo, mi superior y el juez nos presentamos en el laboratorio de la Erpa. El doctor Pablo, en cuanto
nos vio comparecer en grupo, levantó el brazo como si quisiera anatemizar nuestras investigaciones, abrió la
boca y se desplomó inerte junto a la mesa de mármol.
Había muerto de un síncope. En su armario se encontraba un frasco de veneno. Fue el asesino más ingenioso
que conocí.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. Los tres hermanos de la víctima y posibles sospechosos, ¿Cuáles son las coartadas tenían respectivamente
para la hora del crimen? ¿Son creíbles y verificables?
2. ¿Qué pistas hacían dudar a los investigadores de que se había suicidado? ¿Por qué dudaban de ellas?
3. El investigador, finalmente llega a la conclusión de que la señora Stevens había sido asesinada, ¿a qué se
debió esto? Explica tu respuesta
4. ¿Qué datos hacen creer al investigador que los hermanos tenían que ver con el crimen?
5. ¿Qué características se mencionan de la víctima? Enuméralas.
6. ¿Qué primera hipótesis se plantea el detective? ¿Resultó efectiva? ¿Por qué?
7. El detective se plantea una nueva hipótesis, menciónala y describe cómo llega a tener la revelación.
8. ¿Quién fue el homicida? ¿Cómo hizo para matar a su hermana sin estar presente en el lugar del hecho?
9. ¿Cuál fue el destino del Homicida?
10. ¿Cuál es tu opinión del cuento? Justifica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento policial breve que posea los siguiente elementos: Un crimen o enigma a resolver, un
detective, una serie de pistas y sospechosos y que se resuelva de manera lógica.
Cuento "El poder de la infancia" de León Tolstói con actividades de comprensión lectora
El poder de la infancia
León Tolstói
-¡Que lo maten! ¡Que lo fusilen! ¡Que fusilen inmediatamente a ese canalla…! ¡Que lo maten! ¡Que corten el
cuello a ese criminal! ¡Que lo maten, que lo maten…! -gritaba una multitud de hombres y mujeres, que
conducía, maniatado, a un hombre alto y erguido. Éste avanzaba con paso firme y con la cabeza alta. Su
hermoso rostro viril expresaba desprecio e ira hacia la gente que lo rodeaba.
Era uno de los que, durante la guerra civil, luchaban del lado de las autoridades. Acababan de prenderlo y lo
iban a ejecutar.
“¡Qué le hemos de hacer! El poder no ha de estar siempre en nuestras manos. Ahora lo tienen ellos. Si ha
llegado la hora de morir, moriremos. Por lo visto, tiene que ser así”, pensaba el hombre; y, encogiéndose de
hombros, sonreía, fríamente, en respuesta a los gritos de la multitud.
-Es un guardia. Esta misma mañana ha tirado contra nosotros -exclamó alguien.
Pero la muchedumbre no se detenía. Al llegar a una calle en que estaban aún los cadáveres de los que el
ejército había matado la víspera, la gente fue invadida por una furia salvaje.
-¿Qué esperamos? Hay que matar a ese infame aquí mismo. ¿Para qué llevarlo más lejos?
El cautivo se limitó a fruncir el ceño y a levantar aún más la cabeza. Parecía odiar a la muchedumbre más de lo
que ésta lo odiaba a él.
-¡Hay que matarlos a todos! ¡A los espías, a los reyes, a los sacerdotes y a esos canallas! Hay que acabar con
ellos, en seguida, en seguida… -gritaban las mujeres.
Pero los cabecillas decidieron llevar al reo a la plaza.
Ya estaban cerca, cuando de pronto, en un momento de calma, se oyó una vocecita infantil, entre las últimas
filas de la multitud.
-¡Papá! ¡Papá! -gritaba un chiquillo de seis años, llorando a lágrima viva, mientras se abría paso, para llegar
hasta el cautivo-. Papá ¿qué te hacen? ¡Espera, espera! Llévame contigo, llévame…
Los clamores de la multitud se apaciguaron por el lado en que venía el chiquillo. Todos se apartaron de él,
como ante una fuerza, dejándolo acercarse a su padre.
-¡Qué simpático es! -comentó una mujer.
-¿A quién buscas? -preguntó otra, inclinándose hacia el chiquillo.
-¡Papá! ¡Déjenme que vaya con papá! -lloriqueó el pequeño.
-¿Cuántos años tienes, niño?
-¿Qué van a hacer con papá?
-Vuelve a tu casa, niño, vuelve con tu madre -dijo un hombre.
El reo oía ya la voz del niño, así como las respuestas de la gente. Su cara se tornó aún más taciturna.
-¡No tiene madre! -exclamó, al oír las palabras del hombre.
El niño se fue abriendo paso hasta que logró llegar junto a su padre; y se abrazó a él.
La gente seguía gritando lo mismo que antes: “¡Que lo maten! ¡Que lo ahorquen! ¡Que fusilen a ese canalla!”
-¿Por qué has salido de casa? -preguntó el padre.
-¿Dónde te llevan?
-¿Sabes lo que vas a hacer?
-¿Qué?
-¿Sabes quién es Catalina?
-¿La vecina? ¡Claro!
-Bueno, pues…, ve a su casa y quédate ahí… hasta que yo… hasta que yo vuelva.
-¡No; no iré sin ti! -exclamó el niño, echándose a llorar.
-¿Por qué?
-Te van a matar.
-No. ¡Nada de eso! No me van a hacer nada malo.
Despidiéndose del niño, el reo se acercó al hombre que dirigía a la multitud.
-Escuche; máteme como quiera y donde le plazca; pero no lo haga delante de él -exclamó, indicando al niño-.
Desáteme por un momento y cójame del brazo para que pueda decirle que estamos paseando, que es usted mi
amigo. Así se marchará. Después…, después podrá matarme como se le antoje.
El cabecilla accedió. Entonces, el reo cogió al niño en brazos y le dijo:
-Sé bueno y ve a casa de Catalina.
-¿Y qué vas a hacer tú?
-Ya ves, estoy paseando con este amigo; vamos a dar una vuelta; luego iré a casa. Anda, vete, sé bueno.
El chiquillo se quedó mirando fijamente a su padre, inclinó la cabeza a un lado, luego al otro, y reflexionó.
-Vete; ahora mismo iré yo también.
-¿De veras?
El pequeño obedeció. Una mujer lo sacó fuera de la multitud.
-Ahora estoy dispuesto; puede matarme -exclamó el reo, en cuanto el niño hubo desaparecido.
Pero, en aquel momento, sucedió algo incomprensible e inesperado. Un mismo sentimiento invadió a todos los
que momentos antes se mostraron crueles, despiadados y llenos de odio.
-¿Saben lo que les digo? Deberían soltarlo -propuso una mujer.
-Es verdad. Es verdad -asintió alguien.
-¡Suéltenlo! ¡Suéltenlo! -rugió la multitud.
Entonces, el hombre orgulloso y despiadado que aborreciera a la muchedumbre hacía un instante, se echó a
llorar; y, cubriéndose el rostro con las manos, pasó entre la gente, sin que nadie lo detuviera.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. En el cuento «El poder de la infancia», un guardia que ha disparado contra los pobladores durante la guerra
civil va a ser ejecutado. Cuando lo atrapan, ¿se arrepiente de lo que ha hecho?, ¿qué es lo que piensa?
2. Infiere: ¿Por qué la gente fue invadida por una furia salvaje? Explica
3. ¿Por qué van a llevar a la plaza al guardia?
4. ¿Por qué un hombre le dice al niño que regrese a casa con su mamá?
5. ¿Qué piensas de esto que dice el guardián: “Escuche; máteme como quiera y donde le plazca; pero no lo
haga delante de él”? Explica tu respuesta.
6. ¿Por qué engañan al hijo del guardián?
7. Infiere: ¿Por qué la palabra “papá” es significativa en este cuento?
8. Explica por qué el cuento «El poder de la infancia» se titula así.
9. ¿Qué opinas del final de este cuento? ¿Qué mensaje nos quiere dejar? Explica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento breve que tenga un título que empiece con “El poder de…” y luego, al escribirlo,
relaciona tu cuento con el título. No olvides ser creativo y original.
Mañana sería Navidad, y aún mientras viajaban los tres hacia el campo de cohetes, el padre y la madre estaban
preocupados. Era el primer vuelo por el espacio del niño, su primer viaje en cohete, y deseaban que todo
estuviese bien. Cuando en el despacho de la aduana los obligaron a dejar el regalo, que excedía el peso límite
en no más de unos pocos kilos, y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban la fiesta
y el cariño.
El niño los esperaba en el cuarto terminal. Los padres fueron allá, murmurando luego de la discusión inútil con
los oficiales interplanetarios.
—¿Qué haremos?
—Nada, nada. ¿Qué podemos hacer?
—¡Qué reglamentos absurdos!
—¡Y tanto que deseaba el árbol!
La sirena aulló y la gente se precipitó al cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar, y el
niño entre ellos, pálido y silencioso.
—Ya se me ocurrirá algo —dijo el padre.
—¿Qué?… —preguntó el niño.
Y el cohete despegó y se lanzaron hacia arriba en el espacio oscuro.
El cohete se movió y dejó atrás una estela de fuego, y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052,
subiendo a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Durmieron durante el
resto del primer «día». Cerca de medianoche, hora terráquea, según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó
y dijo:
—Quiero mirar por el ojo de buey.
Había un único ojo de buey, una «ventana» bastante amplia, de vidrio tremendamente grueso, en la cubierta
superior.
—Todavía no —dijo el padre—. Te llevaré más tarde.
—Quiero ver dónde estamos y adónde vamos.
—Quiero que esperes por un motivo —dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y otro, pensando en el regalo abandonado, el problema
de la fiesta, el árbol perdido y las velas blancas. Al fin, sentándose, hacía apenas cinco minutos, creyó haber
encontrado un plan. Si lograba llevarlo a cabo este viaje sería en verdad feliz y maravilloso.
—Hijo —dijo—, dentro de media hora, exactamente, será Navidad.
—Oh —dijo la madre consternada. Había esperado que, de algún modo, el niño olvidaría.
El rostro del niño se encendió. Le temblaron los labios.
—Ya lo sé, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron…
—Sí, sí, todo eso y mucho más —dijo el padre.
—Pero… —empezó a decir la madre.
—Sí —dijo el padre—. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo enseguida.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
—Ya es casi la hora.
—¿Puedo tener tu reloj? —preguntó el niño.
Le dieron el reloj y el niño sostuvo el metal entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el
silencio y el movimiento insensible.
—¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
—A eso vamos —dijo el padre y tomó al niño por el hombro.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
—No entiendo.
—Ya entenderás. Hemos llegado —dijo el padre.
Se detuvieron frente a la puerta cerrada de una cabina.
El padre llamó tres veces y luego dos, en código. La puerta se abrió y la luz llegó desde la cabina y se oyó un
murmullo de voces.
—Entra, hijo —dijo el padre.
—Está oscuro.
—Te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró, y el cuarto estaba, en verdad, muy oscuro. Y ante ellos se abría un
inmenso ojo de vidrio, ojo de buey, una ventana de un metro y medio de alto y dos metros de ancho, por la
que podían ver el espacio.
El niño se quedó sin aliento.
Detrás, el padre y la madre se quedaron también sin aliento, y entonces en la oscuridad del cuarto varias
personas se pusieron a cantar.
—Feliz Navidad, hijo —dijo el padre.
Y las voces en el cuarto cantaban los viejos, familiares villancicos; y el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz
contra el vidrio frío del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, mirando simplemente el espacio, la noche
profunda, y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas…
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA
1. ¿Cuál era la preocupación de los padres respecto a su hijo?
2. ¿Qué pasó en el despacho de la aduana?
3. Qué infieres de esta frase del niño: “¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?” Explica.
4. Al final del cuento, ¿qué reemplaza al árbol de Navidad que el papá había prometido a su hijo?
5. ¿La idea del padre de reemplazar el árbol te parece adecuada?, ¿cómo es que reacciona el niño de la
historia?
6. Infiere: ¿A qué hace referencia esta frase: “El niño se quedó sin aliento”? Explica tu respuesta.
7. Cuál es el sentimiento que predomina en este fragmento: “Y allí se quedó largo rato, mirando
simplemente el espacio, la noche profunda, y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de
maravillosas velas blancas…” Explica tu respuesta.
8. Infiere y relaciona: ¿Por qué el cuento se llama “El regalo”? Justifica tu respuesta.
9. ¿Cuál crees que fue la intención del autor para escribir este cuento? Justifica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Redacta un microrrelato cuyo tema gire en torno a la navidad o a la idea de regalo. No olvides ser
creativo y original.
Fragmento de "La Ilíada" de Homero (Canto XXII - La muerte de Héctor) con actividades de comprensión
lectora.
La Ilíada
Homero
CANTO XXII
La muerte de Héctor
Los troyanos, refugiados en la ciudad como cervatos, se recostaban en los hermosos baluartes, refrigeraban el
sudor y bebían para apagar la sed; y en tanto los aqueos se iban acercando a la muralla, con los escudos
levantados encima de los hombros. La Parca funesta sólo detuvo a Héctor para que se quedara fuera de Ilio, en
las puertas Esceas. Y Febo Apolo dijo al Pelión:
-¿Por qué, oh hijo de Peleo, persigues en veloz carrera, siendo tú mortal, a un dios inmortal? Aún no conociste
que soy una deidad, y no cesa tu deseo de alcanzarme. Ya no te cuidas de pelear con los troyanos, a quienes
pusiste en fuga; y éstos han entrado en la población, mientras te extraviabas viniendo aquí. Pero no me
matarás, porque el hado no me condenó a morir.
Muy indignado le respondió Aquiles, el de los pies ligeros:
-¡Oh tú, que hieres de lejos, el más funesto de todos los dioses! Me engañaste, trayéndome acá desde la
muralla, cuando todavía hubieran mordido muchos la tierra antes de llegar a Ilio. Me has privado de alcanzar
una gloria no pequeña, y has salvado con facilidad a los troyanos, porque no temías que luego me vengara. Y
ciertamente me vengaría de ti, si mis fuerzas lo permitieran.
Dijo y, muy alentado, se encaminó apresuradamente a la ciudad; como el corcel vencedor en la carrera de
carros trota veloz por el campo, tan ligeramente movía Aquiles pies y rodillas.
EI anciano Príamo fue el primero que con sus propios ojos le vio venir por la llanura, tan resplandeciente como
el astro que en el otoño se distingue por sus vivos rayos entre muchas estrellas durante la noche obscura y
recibe el nombre de perro de Orión, el cual con ser brillantísimo constituye una señal funesta porque trae
excesivo calor a los míseros mortales; de igual manera centelleaba el bronce sobre el pecho del héroe,
mientras éste corría. Gimió el viejo, golpeóse la cabeza con las manos levantadas y profirió grandes voces y
lamentos, dirigiendo súplicas a su hijo. Héctor continuaba inmóvil ante las puertas y sentía vehemente deseo
de combatir con Aquiles. Y el anciano, tendiéndole los brazos, le decía en tono lastimero:
-¡Héctor, hijo querido! No aguardes, solo y lejos de los amigos, a ese hombre, para que no mueras presto a
manos del Pelión, que es mucho más vigoroso. ¡Cruel! Así fuera tan caro a los dioses, como a mí: pronto se lo
comerían, tendido en el suelo, los perros y los buitres, y mi corazón se libraría del terrible pesar. Me ha privado
de muchos y valientes hijos, matando a unos y vendiendo a otros en remotas islas. Y ahora que los troyanos se
han encerrado en la ciudad, no acierto a ver a mis dos hijos Licaón y Polidoro, que parió Laótoe, ilustre entre
las mujeres. Si están vivos en el ejército, los rescataremos con bronce y oro, que todavía lo hay en el palacio;
pues a Laótoe la dotó espléndidamente su anciano padre, el ínclito Altes. Pero, si han muerto y se hallan en la
morada de Hades, el mayor dolor será para su madre y para mí que los engendramos; porque el del pueblo
durará menos, si no mueres tú, vencido por Aquiles. Ven adentro del muro, hijo querido, para que salves a los
troyanos y a las troyanas; y no quieras procurar inmensa gloria al Pelida y perder tú mismo la existencia.
Compadécete también de mí, de este infeliz y desgraciado que aún conserva la razón; pues el padre Cronida
me quitará la vida en la senectud y con aciaga suerte, después de presenciar muchas desventuras: muertos mis
hijos, esclavizadas mis hijas, destruidos los tálamos, arrojados los niños por el suelo en el terrible combate y las
nueras arrastradas por las funestas manos de los aqueos. Y cuando, por fin, alguien me deje sin vida los
miembros, hiriéndome con el agudo bronce o con arma arrojadiza, los voraces perros que con comida de mi
mesa crié en el palacio para que lo guardasen despedazarán mi cuerpo en la puerta exterior, beberán mi
sangre, y, saciado el apetito, se tenderán en el pórtico. Yacer en el suelo, habiendo sido atravesado en la lid por
el agudo bronce, es decoroso para un joven, y cuanto de él pueda verse todo es bello, a pesar de la muerte;
pero que los perros destrocen la cabeza y la barba encanecidas y los panes verendas de un anciano muerto en
la guerra es lo más triste de cuanto les puede ocurrir a los míseros mortales.
Así se expresó el anciano, y con las manos se arrancaba de la cabeza muchas canas, pero no logró persuadir a
Héctor. La madre de éste, que en otro sitio se lamentaba llorosa, desnudó el seno, mostróle el pecho, y,
derramando lágrimas, dijo estas aladas palabras:
-¡Héctor! ¡Hijo mío! Respeta este seno y apiádate de mí. Si en otro tiempo te daba el pecho para acallar tu
lloro, acuérdate de tu niñez, hijo amado; y penetrando en la muralla, rechaza desde la misma a ese enemigo y
no salgas a su encuentro. ¡Cruel! Si te mata, no podré llorarte en tu lecho, querido pimpollo a quien parí, y
tampoco podrá hacerlo tu rica esposa, porque los veloces perros te devorarán muy lejos de nosotras, junto a
las naves argivas.
De esta manera Príamo y Hécuba hablaban a su hijo, llorando y dirigiéndole muchas súplicas, sin que lograsen
persuadirle, pues Héctor seguía aguardando a Aquiles, que ya se acercaba. Como silvestre dragón que,
habiendo comido hierbas venenosas, espera ante su guarida a un hombre y con feroz cólera echa terribles
miradas y se enrosca en la entrada de la cueva, así Héctor, con inextinguible valor, permanecía quieto, desde
que arrimó el terso escudo a la torre prominente. Y gimiendo, a su magnánimo espíritu le decía:
-¡Ay de mí! Si traspongo las puertas y el muro, el primero en dirigirme baldones será Polidamante, el cual me
aconsejaba que trajera el ejército a la ciudad la noche funesta en que el divinal Aquiles decidió volver a la
pelea. Pero yo no me dejé persuadir, mucho mejor hubiera sido aceptar su consejo, y ahora que he causado la
ruina del ejército con mi imprudencia temo a los troyanos y a las troyanas, de rozagantes peplos, y que alguien
menos valiente que yo exclame: Héctor, fiado en su pujanza, perdió las tropas. Así hablarán; y preferible fuera
volver a la población después de matar a Aquiles, o morir gloriosamente delante de ella. ¿Y si ahora, dejando
en el suelo el abollonado escudo y el fuerte casco y apoyando la pica contra el muro, saliera al encuentro del
irreprensible Aquiles, le dijera que permitía a los Atridas llevarse a Helena y las riquezas que Alejandro trajo a
Ilio en las cóncavas naves, que esto fue lo que originó la guerra, y le ofreciera repartir a los aqueos la mitad de
lo que la ciudad contiene; y más tarde tomara juramento a los troyanos de que, sin ocultar nada, formarian dos
lotes con cuantos bienes existen dentro de esta hermosa ciudad? ... Mas ¿por qué en tales cosas me hace
pensar el corazón? No, no iré a suplicarle; que, sin tenerme compasión ni respeto, me mataría inerme, como a
una mujer, tan pronto como dejara las armas. Imposible es mantener con él, desde una encina o desde una
roca, un coloquio, como un mancebo y una doncella; como un mancebo y una dondella suelen mantener.
Mejor será empezar el combate cuanto antes, para que veamos pronto a quién el Olímpico concede la victoria.
Tales pensamientos revolvían en su mente, sin moverse de aquel sitio, cuando se le acercó Aquiles, igual a
Enialio, el impetuoso luchador, con el terrible fresno del Pelión sobre el hombro derecho y el cuerpo protegido
por el bronce que brillaba como el resplandor del encendido fuego o del sol naciente. Héctor, al verlo, se puso
a temblar y ya no pudo permanecer allí; sino que dejó las puertas y huyó espantado. Y el Pelida, confiando en
sus pies ligeros, corrió en seguimiento del mismo. Como en el monte el gavilán, que es el ave más ligera, se
lanza con fácil vuelo tras la tímida paloma, ésta huye con tortuosos giros y aquél la sigue de cerca, dando
agudos graznidos y acometiéndola repetidas veces, porque su ánimo le incita a cogerla, así Aquiles volaba
enardecido y Héctor movía las ligeras rodillas huyendo azorado en torno de la muralla de Troya. Corrían
siempre por la carretera, fuera del muro, dejando a sus espaldas la atalaya y el lugar ventoso donde estaba el
cabrahígo; y llegaron a los dos cristalinos manantiales, que son las fuentes del Escamandro voraginoso. El
primero tiene el agua caliente y lo cubre el humo como si hubiera allí un fuego abrasador; el agua que del
segundo brota es en el verano como el granizo, la fría nieve o el hielo. Cerca de ambos hay unos lavaderos de
piedra, grandes y hermosos, donde las esposas y las bellas hijas de los troyanos solían lavar sus magníficos
vestidos en tiempo de paz, antes que llegaran los aqueos. Por allí pasaron, el uno huyendo y el otro
persiguiéndolo: delante, un valiente huía, pero otro más fuerte le perseguía con ligereza; porque la contienda
no era por una víctima o una piel de buey, premios que suelen darse a los vencedores en la carrera, sino por la
vida de Héctor, domador de caballos. Como los solípedos corceles que tomán parte en los juegos en honor de
un difunto corren velozmente en torno de la meta donde se ha colocado como premio importante un trípode o
una mujer, de semejante modo aquéllos dieron tres veces la vuelta a la ciudad de Príamo, corriendo con ligera
planta. Todas las deidades los contemplaban. Y Zeus, padre de los hombres y de los dioses, comenzó a decir:
-¡Oh dioses! Con mis ojos veo a un caro varón perseguido en torno del muro. Mi corazón se compadece de
Héctor, que tantos muslos de buey ha quemado en mi obsequio en las cumbres del Ida, en valles abundosos, y
en la ciudadela de Troya; y ahora el divino Aquiles le persigue con sus ligeros pies en derredor de la ciudad de
Príamo. Ea, deliberad, oh dioses, y decidid si lo salvaremos de la muerte o dejaremos que, a pesar de ser
esforzado, sucumba a manos del Pelida Aquiles.
Respondióle Atenea, la diosa de ojos de lechuza:
-¡Oh padre, que lanzas el ardiente rayo y amontonas las nubes! ¿Qué dijiste? ¿De nuevo quieres librar de la
muerte horrísona a ese hombre mortal, a quien tiempo ha que el hado condenó a morir? Hazlo, pero no todos
los dioses te lo aprobaremos.
Contestó Zeus, que amontona las nubes:
-Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo benigno, pero contigo quiero ser complaciente.
Obra conforme a tus deseos y no desistas.
Con tales voces instigóle a hacer lo que ella misma deseaba, y Atenea bajó en raudo vuelo de las cumbres del
Olimpo.
Entre tanto; el veloz Aquiles perseguía y estrechaba sin cesar a Héctor. Como el perro va en el monte por valles
y cuestas tras el cervatillo que levantó de la cama, y, si éste se esconde, azorado, debajo de los arbustos, corre
aquél rastreando hasta que nuevamente lo descubre; de la misma manera, el Pelión, de pies ligeros, no perdía
de vista a Héctor. Cuantas veces el troyano intentaba encaminarse a las puertas Dardanias, al pie de las torres
bien construidas, por si desde arriba le socorrían disparando flechas; otras tantas Aquiles, adelantándosele, lo
apartaba hacia la llanura, y aquél volaba sin descanso cerca de la ciudad. Como en sueños ni el que persigue
puede alcanzar al perseguido, ni éste huir de aquél; de igual manera, ni Aquiles con sus pies podía dar alcance a
Héctor, ni Héctor escapar de Aquiles. ¿Y cómo Héctor se hubiera librado entonces de las Parcas de la muerte
que le estaba destinada, si Apolo, acercándosele por la postrera y última vez, no le hubiese dado fuerzas y
agilizado sus rodillas?
El divino Aquiles hacía con la cabeza señales negativas a los guerreros, no permitiéndoles disparar amargas
flechas contra Héctor: no fuera que alguien alcanzara la gloria de herir al caudillo y él llegase el segundo. Mas
cuando en la cuarta vuelta llegaron a los manantiales, el padre Zeus tomó la balanza de oro, puso en la misma
dos suertes de la muerte que tiende a lo largo, la de Aquiles y la de Héctor, domador de caballos, cogió por el
medio la balanza, la desplegó, y tuvo más peso el día fatal de Héctor, que descendió hasta el Hades. Al instante
Febo Apolo desamparó al troyano. Atenea, la diosa de ojos de lechuza, se acercó al Pelión, y le dijo estas aladas
palabras:
-Espero, oh esclarecido Aquiles, caro a Zeus, que nosotros dos procuraremos a los aqueos inmensa gloria, pues
al volver a las naves habremos muerto a Héctor, aunque sea infatigable en la batalla. Ya no se nos puede
escapar, por más cosas que haga Apolo, el que hiere de lejos, postrándose a los pies del padre Zeus, que lleva
la égida. Párate y respira; e iré a persuadir a Héctor para que luche contigo frente a frente.
Así habló Atenea. Aquiles obedeció, con el corazón alegre, y se detuvo en seguida, apoyándose en el arrimo de
la pica de asta de fresno y broncínea punta. La diosa dejóle y fue a encontrar al divino Héctor. Y tomando la
figura y la voz infatigable de Deífobo, llegóse al héroe y pronunció estas aladas palabras:
-¡Mi buen hermano! Mucho te estrecha el veloz Aquiles, persiguiéndote con ligero pie alrededor de la ciudad
de Príamo. Ea, detengámonos y rechacemos su ataque.
Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco:
-¡Deífobo! Siempre has sido para mí el hermano predilecto entre cuantos somos hijos de Hécuba y de Príamo,
pero desde ahora hago cuenta de tenerte en mayor aprecio, porque al verme con tus ojos osaste salir del muro
y los demás han permanecido dentro.
Contestó Atenea, la diosa de ojos de lechuza:
-¡Mi buen hermano! El padre, la venerable madre y los amigos abrazábanme las rodillas y me suplicaban que
me quedara con ellos, ¡de tal modo tiemblan todos!, pero mi ánimo se sentía atormentado por grave pesar.
Ahora peleemos con brio y sin dar reposo a la pica, para que veamos si Aquiles nos mata y se lleva nuestros
sangrientos despojos a las cóncavas naves, o sucumbe vencido por tu lanza.
Así diciendo, Atenea, para engañarlo, empezó a caminar. Cuando ambos guerreros se hallaron frente a frente,
dijo el primero el gran Héctor, el de tremolante casco:
-No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como hasta ahora. Tres veces di la vuelta, huyendo, en torno de la gran
ciudad de Príamo, sin atreverme nunca a esperar tu acometida. Mas ya mi ánimo me impele a afrontarte, ora
te mate, ora me mates tú. Ea, pongamos a los dioses por testigos, que serán los mejores y los que más cuidarán
de que se cumplan nuestros pactos: Yo no te insultaré cruelmente, si Zeus me concede la victoria y logro
quitarte la vida; pues tan luego como te haya despojado de las magníficas armas, oh Aquiles, entregaré el
cadáver a los aqueos. Pórtate tú conmigo de la misma manera.
Mirándole con torva faz, respondió Aquiles, el de los pies ligeros:
-¡Héctor, a quien no puedo olvidar! No me hables de convenios. Como no es posible que haya fieles alianzas
entre los leones y los hombres, ni que estén de acuerdo los lobos y los corderos, sino que piensan
continuamente en causarse daño unos a otros, tampoco puede haber entre nosotros ni amistad ni pactos,
hasta que caiga uno de los dos y sacie de sangre a Ares, infatigable combatiente. Revístete de toda clase de
valor, porque ahora te es muy preciso obrar como belicoso y esforzado campeón. Ya no te puedes escapar.
Palas Atenea te hará sucumbir pronto, herido por mi lanza, y pagarás todos juntos los dolores de mis amigos, a
quienes mataste cuando manejabas furiosamente la pica.
En diciendo esto, blandió y arrojó la fornida lanza. El esclarecido Héctor, al verla venir, se inclinó para evitar el
golpe: clavóse la broncínea lanza en el suelo, y Palas Atenea la arrancó y devolvió a Aquiles, sin que Héctor,
pastor de hombres, lo advirtiese. Y Héctor dijo al eximio Pelión:
-¡Erraste el golpe, oh Aquiles, semejante a los dioses! Nada te había revelado Zeus acerca de mi destino, como
afirmabas; has sido un hábil forjador de engañosas palabras, para que, temiéndote, me olvidara de mi valor y
de mi fuerza. Pero no me clavarás la pica en la espalda, huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando animoso y
frente a frente te acometa, si un dios te lo permite. Y ahora guárdate de mi broncínea lanza. ¡Ojalá que toda
ella penetrara en tu cuerpo! La guerra sería más liviana para los troyanos, si tú murieses; porque eres su mayor
azote.
Así habló; y, blandiendo la ingente lanza, despidióla sin errar el tiro, pues dio un bote en medio del escudo del
Pelida. Pero la lanza fue rechazada por la rodela, y Héctor se irritó al ver que aquélla había sido arrojada
inútilmente por su brazo; paróse, bajando la cabeza, pues no tenía otra lanza de fresno; y con recia voz llamó a
Deífobo, el de luciente escudo, y le pidió una larga pica. Deífobo ya no estaba a su lado. Entonces Héctor
comprendiólo todo, y exclamó:
-¡Oh! Ya los dioses me llaman a la muerte. Creía que el héroe Deífobo se hallaba conmigo, pero está dentro del
muro, y fue Atenea quien me engañó. Cercana tengo la perniciosa muerte, que ni tardará, ni puedo evitarla. Así
les habrá placido que sea, desde hace tiempo, a Zeus y a su hijo, el que hiere de lejos; los cuales, benévolos
para conmigo, me salvaban de los peligros. Ya la Parca me ha cogido. Pero no quisiera morir cobardemente y
sin gloria, sino realizando algo grande que llegara a conocimiento de los venideros.
Esto dicho, desenvainó la aguda espada, grande y fuerte, que llevaba en el costado. Y encogiéndose, se arrojó
como el águila de alto vuelo se lanza a la llanura, atravesando las pardas nubes, para arrebatar la tierna
corderilla o la tímida liebre; de igual manera arremetió Héctor, blandiendo la aguda espada. Aquiles embistióle,
a su vez, con el corazón rebosante de feroz cólera: defendía su pecho con el magnífico escudo labrado, y movía
el luciente casco de cuatro abolladuras, haciendo ondear las bellas y abundantes crines de oro que Hefesto
había colocado en la cimera. Como el Véspero, que es el lucero más hermoso de cuantos hay en el cielo, se
presenta rodeado de estrellas en la obscuridad de la noche, de tal modo brillaba la pica de larga punta que en
su diestra blandía Aquiles, mientras pensaba en causar daño al divino Héctor y miraba cuál parte del hermoso
cuerpo del héroe ofrecería menos resistencia. Éste lo tenía protegido por la excelente armadura de bronce que
quitó a Patroclo después de matarlo, y sólo quedaba descubierto el lugar en que las clavículas separan el cuello
de los hombros, la garganta que es el sitio por donde más pronto sale el alma: por allí el divino Aquiles
envasóle la pica a Héctor, que ya lo atacaba, y la punta, atravesando el delicado cuello, asomó por la nuca. Pero
no le cortó el garguero con la pica de fresno que el bronce hacía ponderosa, para que pudiera hablar algo y
responderle. Héctor cayó en el polvo, y el divino Aquiles se jactó del triunfo, diciendo:
-¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patroclo, sin duda te creíste salvado y no me temiste a mí porque
me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo como vengador, mucho más fuerte que él, en las cóncavas naves, y te
he quebrado las rodillas. A ti los perros y las aves te despedazarán ignominiosamente, y a Patroclo los aqueos
le harán honras fúnebres.
Con lánguida voz respondióle Héctor, el de tremolante casco:
-Te lo ruego por tu alma, por tus rodillas y por tus padres: ¡No permitas que los perros me despedacen y
devoren junto a las naves aqueas! Acepta el bronce y el oro que en abundancia te darán mi padre y mi
veneranda madre, y entrega a los míos el cadáver para que lo lleven a mi casa, y los troyanos y sus esposas lo
entreguen al fuego.
Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el de los pies ligeros:
No me supliques, ¡perro!, por mis rodillas ni por mis padres. Ojalá el furor y el coraje me incitaran a cortar tus
carnes y a comérmelas crudas. ¡Tales agravios me has inferido! Nadie podrá apartar de tu cabeza a los perros,
aunque me traigan diez o veinte veces el debido rescate y me prometan más, aunque Príamo Dardánida
ordene redimirte a peso de oro; ni, aun así, la veneranda madre que te dio a luz te pondrá en un lecho para
llorarte, sino que los perros y las aves de rapiña destrozarán tu cuerpo.
Contestó, ya moribundo, Héctor, el de tremolante casco:
-Bien lo conozco, y no era posible que te persuadiese, porque tienes en el pecho un corazón de hierro.
Guárdate de que atraiga sobre ti la cólera de los dioses, el día en que Paris y Febo Apolo te darán la muerte, no
obstante tu valor, en las puertas Esceas.
Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto: el alma voló de los miembros y descendió al Hades,
llorando su suerte, porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven. Y el divino Aquiles le dijo, aunque muerto lo
viera:
-¡Muere! Y yo recibiré la Parca cuando Zeus y los demás dioses inmortales dispongan que se cumpla mi destino.
Dijo; arrancó del cadáver la broncínea lanza y, dejándola a un lado, quitóle de los hombros las ensangrentadas
armas. Acudieron presurosos los demás aqueos, admiraron todos el continente y la arrogante figura de Héctor
y ninguno dejó de herirlo. Y hubo quien, contemplándole, habló así a su vecino:
-¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más blando en dejarse palpar que cuando incendió las naves con el
ardiente fuego.
Así algunos hablaban, y acercándose lo herían. El divino Aquiles, ligero de pies, tan pronto como hubo
despojado el cadáver, se puso en medio de los aqueos y pronunció estas aladas palabras:
-¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Ya que los dioses nos concedieron vencer a ese guerrero que
causó mucho más daño que todos los otros juntos, ea, sin dejar las armas cerquemos la ciudad para conocer
cuál es el propósito de los troyanos: si abandonarán la ciudadela por haber sucumbido Héctor, o se atreverán a
quedarse todavía a pesar de que éste ya no existe. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? En
las naves yace Patroclo muerto, insepulto y no llorado; y no lo olvidaré, mientras me halle entre los vivos y mis
rodillas se muevan; y si en el Hades se olvida a los muertos, aun allí me acordaré del compañero amado. Ahora,
ea, volvamos cantando el peán a las cóncavas naves, y llevémonos este cadáver. Hemos ganado una gran
victoria: matamos al divino Héctor, a quien dentro de la ciudad los troyanos dirigían votos cual si fuese un dios.
Dijo; y, para tratar ignominiosamente al divino Héctor, le horadó los tendones de detrás de ambos pies desde
el tobillo hasta el talón; introdujo correas de piel de buey, y lo ató al carro, de modo que la cabeza fuese
arrastrando; luego, recogiendo la magnífica armadura, subió y picó a los caballos para que arrancaran, y éstos
volaron gozosos. Gran polvareda levantaba el cadáver mientras era arrastrado; la negra cabellera se esparcía
por el suelo, y la cabeza, antes tan graciosa, se hundía toda en el polvo; porque Zeus la entregó entonces a los
enemigos, para que allí, en su misma patria, la ultrajaran.
Así toda la cabeza de Héctor se manchaba de polvo. La madre, al verlo, se arrancaba los cabellos; y, arrojando
de sí el blanco velo, prorrumpió en tristísimos sollozos. El padre suspiraba lastimeramente, y alrededor de él y
por la ciudad el pueblo gemía y se lamentaba. No parecía, sino que toda la excelsa Ilio fuese desde su cumbre
devorada por el fuego. Los guerreros apenas podían contener al anciano, que, excitado por el pesar, quería
salir por las puertas Dardanias; y, revolcándose en el estiércol, les suplicaba a todos llamando a cada varón por
sus respectivos nombres:
-Dejadme, amigos, por más intranquilos que estéis; permitid que, saliendo solo de la ciudad, vaya a las naves
aqueas y ruegue a ese hombre pernicioso y violento: acaso respete mi edad y se apiade de mi vejez. Tiene un
padre como yo, Peleo, el cual le engendró y crió para que fuese una plaga de los troyanos; pero es a mí a quien
ha causado más pesares. ¡A cuántos hijos míos mató, que se hallaban en la flor de la juventud! Pero no me
lamento tanto por ellos, aunque su suerte me haya afligido, como por uno cuya pérdida me causa el vivo dolor
que me precipitará en el Hades: por Héctor, que hubiera debido morir en mis brazos, y entonces nos
hubiésemos saciado de llorarle y plañirle la infortunada madre que le dio a luz y yo mismo.
Así habló llorando, y los ciudadanos suspiraron. Y Hécuba comenzó entre las troyanas el funeral lamento:
-¡Oh hijo! ¡Ay de mí, desgraciada! ¿Por qué, después de haber padecido terribles penas, seguiré viviendo ahora
que has muerto tú? Día y noche eras en la ciudad motivo de orgullo para mí y el baluarte de todos, de los
troyanos y de las troyanas, que te saludaban como a un dios. Vivo, constituías una excelsa gloria para ellos;
pero ya la muerte y la Parca te alcanzaron.
Así dijo llorando. La esposa de Héctor nada sabía, pues ningún veraz mensajero le llevó la noticia de que su
marido se quedara fuera de las puertas; y en lo más hondo del alto palacio tejía una tela doble y purpúrea, que
adornaba con labores de variado color. Había mandado en su casa a las esclavas de hermosas trenzas que
pusieran al fuego un trípode grande, para que Héctor se bañase en agua caliente al volver de la batalla.
¡Insensata! Ignoraba que Atenea, la de ojos de lechuza, le había hecho sucumbir muy lejos del baño a manos
de Aquiles. Pero oyó gemidos y lamentaciones que venían de la torre, estremeciéronse sus miembros, y la
lanzadera le cayó al suelo. Y al instante dijo a las esclavas de hermosas trenzas:
-Venid, seguidme dos; voy a ver qué ocurre. Oí la voz de mi venerable suegra; el corazón me salta en el pecho
hacia la boca y mis rodillas se entumecen: algún infortunio amenaza a los hijos de Príamo. ¡Ojalá que tal noticia
nunca llegue a mis oídos! Pero mucho temo que el divino Aquiles haya separado de la ciudad a mi Héctor
audaz, le persiga a él solo por la llanura y acabe con el funesto valor que siempre tuvo; porque jamás en la
batalla se quedó entre la turba de los combatientes, sino que se adelantaba mucho y en bravura a nadie cedía.
Dicho esto, salió apresuradamente del palacio como una loca, palpitándole el corazón, y dos esclavas la
acompañaron. Mas, cuando llegó a la torre y a la multitud de gente que allí se encontraba, se detuvo, y desde
el muro registró el campo; en seguida vio a Héctor arrastrado delante de la ciudad, pues los veloces caballos lo
arrastraban despiadadamente hacia las cóncavas naves de los aqueos; las tinieblas de la noche velaron sus
ojos, cayó de espaldas y se le desmayó el alma. Arrancóse de su cabeza los vistosos lazos, la diadema, la
redecilla, la trenzada cinta y el velo que la áurea Afrodita le había dado el día en que Héctor se la llevó del
palacio de Eetión, constituyéndole una gran dote. A su alrededor hallábanse muchas cuñadas y concuñadas
suyas, las cuales la sostenían aturdida como si fuera a perecer. Cuando volvió en sí y recobró el aliento,
lamentándose con desconsuelo dijo entre las troyanas:
-¡Héctor! ¡Ay de mí, infeliz! Ambos nacimos con la misma suerte, tú en Troya, en el palacio de Príamo; yo en
Teba, al pie del selvoso Placo, en el alcázar de Eetión, el cual me crió cuando niña para que fuese desventurada
como él. ¡Ojalá no me hubiera engendrado! Ahora tú desciendes a la mansión de Hades, en el seno de la tierra,
y me dejas en el palacio viuda y sumida en triste duelo. Y el hijo, aún infante, que engendramos tú y yo,
infortunados ... Ni tú serás su amparo, oh Héctor, pues has fallecido; ni él el tuyo. Si escapa con vida de la
luctuosa guerra de los aqueos, tendrá siempre fatigas y pesares; y los demás se apoderarán de sus campos,
cambiando de sitio los mojones. El mismo día en que un niño queda huérfano, pierde todos los amigos; y en
adelante va cabizbajo y con las mejillas bañadas en lágrimas. Obligado por la necesidad, dirígese a los amigos
de su padre, tirándoles ya del manto, ya de la túnica; y alguno, compadecido, le alarga un vaso pequeño con el
cual mojará los labios, pero no llegará a humedecer la garganta. El niño que tiene los padres vivos le echa del
festín, dándole puñadas a increpándole con injuriosas voces: ¡Vete, enhoramala!, le dice, que tu padre no come
a escote con nosotros. Y volverá a su madre viuda, llorando, el huérfano Astianacte, que, en otro tiempo,
sentado en las rodillas de su padre, sólo comía medula y grasa pingüe de ovejas, y, cuando se cansaba de jugar
y se entregaba al sueño, dormía en blanda cama, en brazos de la nodriza, con el corazón lleno de gozo; más
ahora que ha muerto su padre, mucho tendrá que padecer Astianacte, a quien los troyanos llamaban así
porque sólo tú, oh Héctor, defendías las puertas y los altos muros. Y a ti, cuando los perros se hayan saciado
con tu carne, los movedizos gusanos te comerán desnudo, junto a las corvas naves, lejos de tus padres;
habiendo en el palacio vestiduras finas y hermosas, que las esclavas hicieron con sus manos. Arrojaré todas
estas vestiduras al ardiente fuego; y ya que no te aprovechen, pues no yacerás en ellas, constituirán para ti un
motivo de gloria a los ojos de los troyanos y de las troyanas.
Así dijo llorando, y las mujeres gimieron.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un relato en donde tanto Héctor como Aquiles vuelvan a encontrarse, pero esta vez en el
Hades o inframundo.
Cuento "La última noche del mundo" de Ray Bradbury con actividades de comprensión lectora
La última noche del mundo
Ray Bradbury
Fahrenheit 451
(fragmento)
Ray Bradbury
Toma en cuenta:
Fahrenheit 451 es la temperatura a la que arde el papel. En el futuro los libros son ilegales. Los bomberos del
futuro no se dedican a apagar fuegos, sino a buscar y quemar libros en esta parodia de la corrección social, en
la que todos los elementos discordantes son eliminados.
Cuando el bombero Montag vuelve a casa después de un duro día de trabajo de quema de libros, encuentra a
su mujer ensimismada en la pantalla del televisor que ocupa una pared del salón. Su vida se sustenta en las
drogas y el televisor, del que recibe todo el entretenimiento y la información que al gobierno le interesa que la
gente sepa.
Unos días después, Montag queda intrigado por una mujer que ve en el metro y se parece asombrosamente a
su esposa. Pero los ojos de esta mujer sugieren otro tipo de mentalidad. Es una activista que esconde libros. Su
influencia hará que Montag se plantee dudas sobre su trabajo, su mujer y la sociedad en la que viven, y
empiece a leer a escondidas, aprendiendo la razón por la que los libros están prohibidos y son tan peligrosos: la
gente podría querer pensar por sí misma.
Fahrenheit 451
(fragmento)
Ray Bradbury
Más deportes para todos, espíritu de grupo, diversión, y no hay necesidad de pensar, ¿eh? Organiza y
superorganiza superdeporte. Más chistes en los libros. Más ilustraciones. La mente absorbe menos Y menos.
Impaciencia. Autopistas llenas de multitudes que van a algún sitio, a algún sitio, a algún sitio, a ningún sitio. El
refugio de la gasolina. Las ciudades se convierten en moteles, la gente siente impulsos nómadas y va de un sitio
para otro, siguiendo las mareas, viviendo una noche en la habitación donde otro ha dormido durante el día y el
de más allá la noche anterior. (...) Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la
población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos,
abogados, comerciantes, cocineros, mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos,
italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México. En este libro, en esta obra, en esta serie
de televisión la gente no quiere representar a ningún pintor, cartógrafo o mecánico que exista en la realidad.
Cuanto mayor es el mercado, Montag, menos hay que hacer frente a la controversia, recuerda esto. Todas las
minorías menores con sus ombligos que hay que mantener limpios. Los autores, llenos de malignos
pensamientos, aporrean máquinas de escribir. Eso hicieron. Las revistas se convirtieron en una masa insulsa y
amorfa. Los libros, según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. No es extraño que los libros dejaran
de venderse, decían los críticos. Pero el público, que sabía lo que quería, permitió la supervivencia de los libros
de historietas. Y de las revistas eróticas tridimensionales, claro está. Ahí tienes, Montag. No era una imposición
del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas
y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno
puede ser feliz continuamente, se le permite leer historietas ilustradas o periódicos profesionales.
-Sí, pero, ¿qué me dice de los bomberos?
-Ah. -Beatty se inclinó hacia delante entre la débil neblina producida por su pipa.- ¿Qué es más fácil de explicar
y más lógico? Como las universidades producían más corredores, saltadores, boxeadores, aviadores y
nadadores, en vez de profesores, críticos, sabios, y creadores, la palabra «intelectual», claro está, se convirtió
en el insulto que merecía ser. Siempre se teme lo desconocido. Sin duda, te acordarás del muchacho de tu
clase que era excepcionalmente «inteligente», que recitaba la mayoría de las lecciones y daba las respuestas,
en tanto que los demás permanecían como muñecos de barro, y le detestaban. ¿Y no era ese muchacho
inteligente al que escogían para pegar y atormentar después de las horas de clase? Desde luego que sí. Hemos
de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales.
Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces todo son felices, porque no pueden establecerse
diferencias ni comparaciones desfavorables. ¡Ea! Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo.
Quita el proyectil del arma Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre
que leyese mucho? ¿Yo? No los resistiría ni un minuto. Y así, cuando, por último, las casas fueron totalmente
inmunizadas contra el fuego, en el mundo entero (la otra noche tenías razón en tus conjeturas) ya no hubo
necesidad de bomberos para el antiguo trabajo. Se les dio una nueva misión, como custodios de nuestra
tranquilidad de espíritu, de nuestro pequeño, comprensible y justo temor de ser inferiores. Censores oficiales,
jueces y ejecutores. Eso eres tú, Montag. Y eso soy yo. (...) Has de comprender que nuestra civilización es tan
vasta que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren o exciten. Pregúntate a ti mismo: ¿Qué
queremos en esta nación, por encima de todo? La gente quiere ser feliz, ¿no es así? ¿No lo has estado oyendo
toda tu vida? «Quiero ser feliz», dice la gente. Bueno, ¿no lo son? ¿No les mantenemos en acción, no les
proporcionamos diversiones? Eso es para lo único que vivimos, ¿no? ¿Para el placer y las emociones? Y tendrás
que admitir que nuestra civilización se lo facilita en abundancia. (...) A la gente de color no le gusta El pequeño
Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del tío Tom. A quemarlo. Escribe un
libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro.
Serenidad, Montag. Líbrate de tus tensiones internas. Mejor aún, lánzalas al incinerador, ¿Los funerales son
tristes y paganos? Eliminémoslos también, Cinco minutos después de la muerte de una persona en camino
hacia la Gran Chimenea, los incineradores son abastecidos por helicópteros en todo el país. Diez minutos
después de la muerte, un hombre es una nube de polvo negro. No sutilicemos con recuerdos acerca de los
individuos. Olvidémoslos. Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio. (...) No se
puede construir una casa sin clavos en la madera. Si no quieres que un hombre se sienta políticamente
desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno. o, mejor
aún, no le des ninguno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Si el Gobierno es poco eficiente,
excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la
gente se preocupe por ello. Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la
letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado, o cuánto maíz produjo Iowa el
año pasado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados,
pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la
impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No
les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino
se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo
luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trata
de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta
bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado ¡Al diablo con ello! Así, pues, adelante con los clubs las fiestas, los
acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas helicópteros, el sexo y las drogas, más de
todo lo que esté relacionado con reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la
comedia carece de sentido, dame una inyección de teramina. Me parecerá que reacciono con la obra, cuando
sólo se trata de una reacción táctil a las vibraciones. Pero no me importa. Prefiero un entretenimiento
completo.
Beatty se puso en pie.
-He de marcharme. El sermón ha terminado. (...)
3. La dialéctica, es decir la contracción a la que se vio inmersa la sociedad actual fue
5. Que se haya reducido un libro a unos 15 minutos de una edición radiofónica nos da la idea de que:
6. ¿Qué significado tiene la frase: “Salir de la guardería infantil para ir a la Universidad y regresar a la
guardería”?
A. Que antes la tendencia al conocimiento era la especialización, pero ahora solo importa el saber general
y superficial.
B. Que los que antes iban a la universidad era gente capaz y ahora solo vemos a chicos que son menos
que en guardería
B. Admirar la diversión
9. Se infiere que para Beatty todos deben ser iguales porque así:
A. No cuestionar
B. No reír
C. No leer
II. ACTIVIDAD CREATIVA
¿En cuánto se parece nuestra sociedad actual a lo que plantea Beatty en este fragmento?
Cuento "El vestido de terciopelo" de Silvina Ocampo con actividades de comprensión lectora
El vestido de terciopelo
Silvina Ocampo
Sudando, secándonos la frente con pañuelos, que humedecimos en la fuente de la Recoleta, llegamos a esa
casa, con jardín, de la calle Ayacucho. ¡Qué risa!
Subimos en el ascensor al cuarto piso. Yo estaba malhumorada, porque no quería salir, pues mi vestido estaba
sucio y pensaba dedicar la tarde a lavar y a planchar la colcha de mi camita. Tocamos el timbre: nos abrieron la
puerta y entramos, Casilda y yo, en la casa, con el paquete. Casilda es modista. Vivimos en Burzaco y nuestros
viajes a la capital la enferman, sobre todo cuando tenemos que ir al barrio norte, que queda tan a trasmano.
De inmediato Casilda pidió un vaso de agua a la sirvienta para tomar la aspirina que llevaba en el monedero. La
aspirina cayó al suelo con vaso y monedero. ¡Qué risa!
Subimos una escalera alfombrada (olía a naftalina), precedidas por la sirvienta, que nos hizo pasar al dormitorio
de la señora Cornelia Catalpina, cuyo nombre fue un martirio para mi memoria. El dormitorio era todo rojo,
con cortinajes blancos y había espejos con marcos dorados. Durante un siglo esperamos que la señora llegara
del cuarto contiguo, donde la oíamos hacer gárgaras y discutir con voces diferentes. Entró su perfume y
después de unos instantes, ella con otro perfume. Quejándose, nos saludó:
—¡Qué suerte tienen ustedes de vivir en las afueras de Buenos Aires! Allí no hay hollín, por lo menos. Habrá
perros rabiosos y quema de basuras… Miren la colcha de mi cama. ¿Ustedes creen que es gris? No. Es blanca.
Un ampo de nieve —me tomó del mentón y agregó—: —No te preocupan estas cosas. ¡Qué edad feliz! Ocho
años tienes, ¿verdad? —y dirigiéndose a Casilda; agregó—: ¿Por qué no le coloca una piedra sobre la cabeza
para que no crezca? De la edad de nuestros hijos depende nuestra juventud.
Todo el mundo creía que mi amiga Casilda era mi mamá. ¡Qué risa!
—Señora, ¿quiere probarse? —dijo Casilda, abriendo el paquete que estaba prendido con alfileres. Me ordenó:
—Alcanza de mi cartera los alfileres.
—¡Probarse! ¡Es mi tortura! ¡Si alguien se probara los vestidos por mí, qué feliz sería! Me cansa tanto.
La señora se desvistió y Casilda trató de ponerle el vestido de terciopelo.
La señora no podía contestar. El vestido no pasaba por sus hombros: algo lo detenía en el cuello. ¡Qué risa!
—El terciopelo se pega mucho, señora, y hoy hace calor. Pongámosle un poquito de talco.
—¿Para cuándo será el viaje, señora? —volvió a preguntar Casilda para distraerla.
—Me iré en cualquier momento. Hoy día, con los aviones, uno se va cuando quiere. El vestido tendrá que estar
listo. Pensar que allí hay nieve. Todo es blanco, limpio, y brillante.
—Levante los dos brazos para que le pasemos primero las dos mangas —dijo Casilda, tomando el vestido y
poniéndoselo de nuevo.
Durante algunos segundos Casilda trató inútilmente de bajar la falda, para que resbalara sobre las caderas de la
señora. Yo la ayudaba lo mejor que podía. Finalmente consiguió ponerle el vestido. Durante unos instantes la
señora descansó extenuada, sobre el sillón; luego se puso de pie para mirarse en el espejo. ¡El vestido era
precioso y complicado! Un dragón bordado de lentejuelas negras, brillaba sobre el lado izquierdo de la bata.
Casilda se arrodilló, mirándola en el espejo, y le redondeó el ruedo de la falda. Luego se puso de pie y comenzó
a colocar alfileres en los dobleces de la bata, en el cuello, en las mangas. Yo tocaba el terciopelo: era áspero
cuando pasaba la mano para un lado y suave cuando la pasaba para el otro. El contacto de la felpa hacía
rechinar mis dientes. Los alfileres caían sobre el piso de madera y yo los recogía religiosamente uno por uno.
¡Qué risa!
—¡Qué vestido! Creo que no hay otro modelo tan precioso en todo Buenos Aires —dijo Casilda, dejando caer
un alfiler que tenía entre sus dientes—. ¿No le agrada, señora?
—Muchísimo. El terciopelo es el género que más me gusta. Los géneros son como las flores: uno tiene sus
preferencias. Yo comparo el terciopelo a los nardos.
—El nardo es mi flor preferida, y sin embargo me hace daño. Cuando aspiro su olor me descompongo. El
terciopelo hace rechinar mis dientes, me eriza, como me erizaban los guantes de hilo en la infancia y, sin
embargo, para mí no hay en el mundo otro género comparable. Sentir su suavidad en mi mano, me atrae
aunque a veces me repugne. ¡Qué mujer está mejor vestida que aquella que se viste de terciopelo negro! Ni un
cuello de puntilla le hace falta, ni un collar de perlas; todo estaría de más. El terciopelo se basta a sí mismo. Es
suntuoso y es sobrio.
Cuando terminó de hablar, la señora respiraba con dificultad. El dragón también. Casilda tomó un diario que
estaba sobre una mesa y la abanicó, pero la señora la detuvo, pidiéndole que no le echara aire, porque el aire
le hacía mal. ¡Qué risa!
En la calle oí gritos de los vendedores ambulantes. ¿Qué vendían? ¿Frutas, helados, tal vez? El silbato del
afilador, y el tilín del barquillero recorrían también la calle. No corrí a la ventana, para curiosear, como otras
veces. No me cansaba de contemplar las pruebas de este vestido con un dragón de lentejuelas. La señora
volvió a ponerse de pie y se detuvo de nuevo frente al espejo tambaleando. El dragón de lentejuelas también
tambaleó. El vestido ya no tenía casi ningún defecto, sólo un imperceptible frunce debajo de los dos brazos.
Casilda volvió a tomar los alfileres para colocarlos peligrosamente en aquellas arrugas de género sobrenatural,
que sobraban.
—Cuando seas grande —me dijo la señora— te gustará llevar un vestido de terciopelo, ¿no es cierto?
—Sí —respondí, y sentí que el terciopelo de ese vestido me estrangulaba el cuello con manos enguantadas.
¡Qué risa!
Casilda la ayudó a quitárselo tomándolo del ruedo de la falda con las dos manos. Forcejeó inútilmente durante
algunos segundos, hasta que volvió a acomodarle el vestido.
—Tendré que dormir con él —dijo la señora, frente al espejo, mirando su rostro pálido y el dragón que
temblaba sobre los latidos de su corazón—. Es maravilloso el terciopelo, pero pesa —llevó la mano a la frente
—. Es una cárcel. ¿Cómo salir? Deberían hacerse vestidos de telas inmateriales como el aire, la luz o el agua.
La señora cayó al suelo y el dragón se retorció. Casilda se inclinó sobre su cuerpo hasta que el dragón quedó
inmóvil. Acaricié de nuevo el terciopelo que parecía un animal. Casilda dijo melancólicamente:
—Ha muerto. ¡Me costó tanto hacer este vestido! ¡Me costó tanto, tanto!
¡Qué risa!
3. ¿Qué opina sobre Europa Cornelia Catalpina? ¿Por qué crees que opina así?
4. Qué infieres de la siguiente expresión: "Entró su perfume y después de unos instantes, ella con otro
perfume". Justifica tu respuesta.
5. Qué infieres de esta expresión: "¿Por qué no le coloca una piedra sobre la cabeza para que no crezca? De la
edad de nuestros hijos depende nuestra juventud". Explica tu respuesta.
6. ¿Por qué todo el mundo creía que Casilda era la mamá de la protagonista?
8. ¿Qué pasaba con la señora Cornelia que se estaba probando el vestido de terciopelo?
11. ¿Qué función cumple la expresión repetitiva "¡Qué risa!" dentro del cuento? Explica tu respuesta.
12. ¿Qué opinas del cuento? ¿Cuál crees que fue la intención de la autora al crear este cuento?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento cuyo narrador se encuentre en primera persona y que este sea un niño o niña. No olvides ser
muy creativo y original.
Cuento "El príncipe feliz" de Oscar Wilde con actividades de comprensión lectora
El príncipe feliz
Oscar Wilde
En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.
Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí
rojo ardía en el puño de su espada.
-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una
reputación de conocedor en el arte-. Pero no es tan útil -añadió, temiendo que lo tomaran por un hombre poco
práctico.
Y realmente no lo era.
-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El
Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.
-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre
fracasado, contemplando la estatua maravillosa.
-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus
soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.
-¿En qué lo conocen -replicaba el profesor de matemáticas- si no han visto uno nunca?
Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que
unos niños se permitiesen soñar.
Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.
Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba
sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo
para hablarle.
-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.
Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.
-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente
demasiada familia.
Una vez que se fueron sus amigas, sintiose muy sola y empezó a cansarse de su amante.
-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.
Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.
-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le
debe gustar viajar conmigo.
-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!
Y la Golondrina se fue.
-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.
-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.
-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.
Y se dispuso a dormir.
Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.
-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡sin embargo
llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era
puro egoísmo.
-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de
chimenea.
Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.
Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.
Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintiose llena de piedad.
-Entonces, ¿por qué lloriqueas de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me has empapado casi.
-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas
porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día
jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba
una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era
hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la
felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades
y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.
«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien
educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.
-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda.
Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está
enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es
costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella
de las damas de honor de la reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre
y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no
quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y
charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del gran rey. El mismo rey está allí en su caja de
madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade
verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi
mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!
-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río,
dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que
no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una
familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.
-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche contigo y seré tu mensajera.
Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los
tejados de la ciudad.
Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.
-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!
-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas
pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!
Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos
viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.
Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre
se había quedado dormida de cansancio.
La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego
revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.
-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.
Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor; sin embargo, hace mucho frío.
-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en
invierno!
Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.
Por todas partes adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:
Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.
-¿Tienes algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el
hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las
estrellas durante la noche y cuando brilla Venus lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos
leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los
rugidos de la catarata.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en
una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de
violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes
ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para
escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre lo ha rendido.
-Me quedaré otra noche contigo -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro
rubí?
-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros
extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un
joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.
Y se puso a llorar.
Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en
ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la
habitación.
El joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el
hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.
-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.
Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala
tirando de unos cabos.
Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?
-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las
palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis
compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y
se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejarte, pero no te olvidaré nunca y la primavera próxima te traeré de
allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que diste. El rubí será más rojo que una rosa roja y el
zafiro será tan azul como el océano.
-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de fósforos. Se le
han caído los fósforos al arroyo, estropeándose todos. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está
llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su
padre no le pegará.
-Pasaré otra noche contigo -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancarte el ojo porque entonces te quedarás
ciego del todo.
-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña, y corrió a su casa muy alegre.
Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que
habla visto en países extraños.
Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la
esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan
lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las
montañas de la luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente
verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte
sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en
guerra con las mariposas.
-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que
soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad,
Golondrinita, y dime lo que veas.
Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que festejaban en sus magníficos palacios,
mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía
las calles negras.
Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.
-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres
creen siempre que el oro puede hacerlos felices.
Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.
Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y
rieron y jugaron por la calle.
Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se
cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.
La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: lo amaba demasiado
para hacerlo.
Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando este no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.
Pero, al fin, sintió que se iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del
Príncipe.
-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí
demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.
-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del
Sueño, ¿verdad?
En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.
El hecho es que la coraza de plomo se habla partido en dos. Realmente hacía un frío terrible.
A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad.
-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del
alcalde.
-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando
prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.
Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía
hacerse con el metal.
Y acabaron disputando.
-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el
horno; habrá que tirarlo como desecho.
-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.
-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro
el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.
2. ¿Con qué comparaban los habitantes de la ciudad a la estatua del Príncipe Feliz? ¿Por qué crees que lo
hacían?
3. Infiere: ¿Por qué crees que el profesor de matemáticas "no podía aprobar que unos niños se permitiesen
soñar"? Explica tu respuesta.
8. El Príncipe le dice a la Golondrina que ayude a la costurera que trabaja sin descanso. ¿Cómo la ayuda? ¿Para
quién es el vestido que compone?
10. El Príncipe ayuda a un estudiante que escribe una obra de teatro, ¿cómo lo hace?
13. Qué infieres de la siguiente frase del Príncipe: "No hay misterio más grande que la miseria". Justifica tu
respuesta.
17. ¿Qué dijo el alcalde sobre la apariencia de la estatua del Príncipe Feliz?
18. ¿Qué parte del cuerpo de la estatua del Príncipe Feliz es la que no consiguen fundir? ¿Qué se puede inferir
de ello?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento alternativo cuyo protagonista sean la Golondrina y el Príncipe Feliz. No olvides ser creativo y
original.
Cuento "La máscara de la muerte roja" de Edgar Allan Poe con actividades de comprensión lectora
Pero el príncipe Próspero era intrépido, feliz y sagaz. Con sus dominios ya medio despoblados, llamó un día a su
presencia a un millar de amigos sanos y joviales de entre las damas y caballeros de su corte, y con ellos se
recluyó en el apartado retiro de una de sus abadías amuralladas. Era un conjunto de edificios amplio y
magnífico, concebido por el gusto excéntrico, aunque majestuoso, del propio príncipe. Lo rodeaba una alta y
sólida muralla. La muralla tenía portones de hierro. Una vez dentro los cortesanos, se trajeron fraguas y
enormes martillos y se soldaron los cerrojos. Decidieron que no hubiese modo alguno de entrar o salir, si
alguien de pronto se dajaba llevar por la desesperación o la locura. Había abundancia de provisiones. Con tales
precauciones los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo de fuera se ocupase de sí mismo. Había
bufones, había trovadores, había bailarinas, había músicos, había Belleza, había vino. Dentro había todo eso, y
también seguridad. Fuera estaba la Muerte Roja.
Fue hacia el final del quinto o sexto mes de su encierro, y mientras la peste se cebaba con furia en el exterior,
cuando el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de rara vistosidad.
Aquel baile fue un espectáculo voluptuoso. Pero permítaseme hablar primero de los salones en que se celebró.
Eran siete: todo un ámbito imperial. Hay muchos palacios, sin embargo, en los que salones así ofrecen una
perspectiva larga y lineal, con puertas corredizas que se desplazan casi hasta las mismas paredes de uno y otro
lado, de modo que apenas nada interrumpe la vista en toda su longitud. El caso era aquí muy distinto, como
cabría esperar de la afición del duque por lo extravagante. La distribución de las salas era tan irregular que
apenas se contemplaban más de una al mismo tiempo. Cada veinte o treinta metros se producía un giro
brusco, y con cada giro un efecto novedoso. A derecha e izquierda, en medio de la pared, una ventana gótica
alta y estrecha se asomaba a un corredor cerrado que enmarcaba las sinuosidades del conjunto, con vidrieras
cuyos colores variaban de acuerdo con los tonos dominantes en la decoración del salón al que se abrían. El del
extremo oriental, por ejemplo, estaba decorado en azul, y las vidrieras en azul vivo. La ornamentación y los
tapices del segundo eran de color púrpura, y purpúreos eran allí los cristales. El tercero era todo él verde, lo
mismo que las ventanas. Los muebles y la iluminación del cuarto eran anaranjados; el quinto, blanco; el sexto,
violeta. La séptima estancia era un denso sudario de tapices de terciopelo negro que cubrían el techo y las
paredes, y caían en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo tinte y textura. Pero sólo en esta
habitación el color de las ventanas difería del decorado. Las vidrieras eran aquí de un tono escarlata, un rojo
oscuro de sangre. Ahora bien, en ninguna de las siete cámaras había lámpara o candelabro alguno, entre la
abundancia de adornos dorados que había por todas partes o que colgaban de los techos. No había luz alguna
que procediera de una lámpara o vela en todo el conjunto de habitaciones. Pero en el corredor que envolvía
los salones había, frente a cada ventana, un pesado trípode con un brasero de fuego que, al proyectar su
resplandor a través de las vidrieras, inundaba de luz la estancia. Se producía así una profusión llamativa de
formas fantásticas. Pero en la habitación negra, o de poniente, el efecto del fuego a través de los cristales de
sangre sobre los tapices negros resultaba de lo más siniestro, y daba un aire tan irreal a los rostros de los que
allí entraban que muy pocos se atrevían a dar siquiera un paso en aquella estancia.
También era aquí donde se encontraba, contra el muro oeste, un gigantesco reloj de ébano. El péndulo
oscilaba con un sonido grave, monótono y apagado, y cuando el minutero había recorrido toda la esfera y
llegaba el momento de marcar la hora, de sus pulmones metálicos surgía un sonido límpido, potente, profundo
y muy musical, pero de nota y énfasis tan peculiares que, a cada hora, los músicos se veían obligados a
detenerse un momento para escucharlo, lo que obligaba a su vez a quienes bailaban a interrumpir el vals; y se
producía un breve desconcierto en la alegría de todos; y, mientras sonaba el carillón, se veía cómo los más
frívolos palidecían y los más sosegados por los años se pasaban la mano por la frente como perdidos en
ensueños o en meditación. Aunque cuando cesaban los últimos ecos, una risa leve se apoderaba a la vez de
toda la concurrencia; los músicos se miraban y sonreían como burlándose de sus propios nervios y
desconcierto, y se susurraban mutuas promesas de que las siguientes campanadas no les causarían ya la misma
impresión; pero luego, al cabo de sesenta minutos (que son tres mil seiscientos segundos de Tiempo que
vuela), de nuevo sonaba el carillón, y volvía a repetirse la misma meditación, y el mismo desconcierto y
nerviosismo de antes.
Pero a pesar de todo, era una fiesta alegre y magnífica. Los gustos del duque eran peculiares. Tenía un buen ojo
para los colores y los efectos. Desdeñaba las convenciones de la moda. Sus planes eran atrevidos y
apasionados, y un viso de barbarie iluminaba sus proyectos. Algunos le habrían tenido por loco. Sus seguidores
no lo creían así. Pero era necesario oírle, y verle, y tocarle, para estar seguro.
Con ocasión de esta magna fiesta, había supervisado personalmente casi toda la decoración de los siete
salones; y había sido su propio gusto el que había inspirado los disfraces. No os quepa duda de que eran
extravagantes. Abundaba la ostentación y el brillo, lo ilusorio y lo picante..., mucho de lo que después se ha
visto en Hernani. Había figuras arabescas, con miembros y atuendos grotescos. Había fantasías delirantes como
sólo los locos imaginan. Había mucha belleza, mucha voluptuosidad, mucho de estrafalario, algo de terrible, y
no poco de lo que podría haber ofendido. De hecho, por las siete estancias se paseaba majestuosamente una
muchedumbre de sueños. Y estos -los sueños- se revolvían por las habitaciones, tiñéndose del color de cada
una, y haciendo que la música desenfrenada de la orquesta pareciera el eco de sus pasos. Y entonces suena el
reloj de ébano en el salón de terciopelo. Y por un momento todo se aquieta, todo se acalla salvo la voz del
reloj. Los sueños quedan congelados y estáticos. Pero el eco de las campanadas se apaga -no han durado sino
un instante- y una risa leve, a medias reprimida, queda flotando tras él. Y surge de nuevo la música, y viven los
sueños, y se revuelven de un lado a otro más alegres que nunca, teñidos por las ventanas multicolores por las
que penetra el resplandor de los trípodes. Pero en el salón de poniente, ninguno de los enmascarados se
atreve ahora a entrar, porque la noche ya se desvanece y una luz más rojiza se filtra por los cristales de color
sangre; y la negrura de los tapices espanta; y quien aventura sus pasos sobre la negra alfombra escucha un
sordo tictac, más solemne y enfático que el que llega a oídos de quienes se entregan a la alegría en las salas
más distantes.
Pero las otras habitaciones estaban abarrotadas, y en ellas latía febrilmente el ansia de la vida. Prosiguió así el
torbellino festivo, hasta que al cabo el reloj inició las campanadas de la medianoche. Y cesó entonces la música,
como ya he dicho; y los que bailaban interrumpieron el vals; y, como en otras ocasiones, todo quedó
desasosegadamente detenido. Pero ahora eran doce las campanadas que tenían que sonar; y ocurrió así, quizá,
que al disponer de más tiempo, más grave se tornó la reflexión de quienes en la concurrencia ya estaban
pensativos. Y también ocurrió así, quizá, que antes de que el último eco de la última campanada hubiera
desaparecido en el silencio, muchos ya habían reparado en la presencia de una figura enmascarada que hasta
entonces no había llamado la atención de nadie. Y de boca en boca se extendió el rumor de esta nueva
presencia, y al poco se alzó en toda la compañía un susurro, un murmullo de desaprobación y sorpresa, luego,
por último, de terror, de horror y de asco.
En una congregación fantasmagórica como la que he pintado, bien se puede suponer que ningún atuendo
ordinario habría causado tal sensación. De hecho, esa noche la libertad en los disfraces era prácticamente
ilimitada; pero la figura en cuestión había rizado el rizo, superando incluso los límites del gusto permisivo del
príncipe. Hay fibras aún en el corazón de los más osados que no pueden tocarse sin que se emocionen. Hasta
los casos perdidos, para quienes la vida y la muerte son una misma broma, creen que hay ciertos asuntos con
los que no se puede bromear. En todos los asistentes, desde luego, se apreciaba ahora la sensación intensa de
que el disfraz y el porte del extraño carecían de todo ingenio y decoro. Era una figura alta y lúgubre,
amortajada de la cabeza a los pies con el atuendo de la tumba. La máscara que ocultaba representaba tan
fielmente el semblante rígido de un cadáver que al observador más atento le resultaría difícil descubrir el
engaño. Aun así, todo esto lo habría soportado, si no aprobado, aquella alocada concurrencia. Pero el
enmascarado había llegado incluso a asumir el aspecto de la Muerte Roja. La sangre le salpicaba la
vestimenta..., y su ancha frente, y todas sus facciones, aparecían moteadas por el horror escarlata.
Cuando la mirada del príncipe Próspero se detuvo en este espectro (que se paseaba lento y solemne, como
para dar mayor empaque a su figura), se le notó una convulsión en un primer momento con un fuerte
estremecimiento de horror o repugnancia; pero enseguida, el rostro se le encendió de ira.
-¿Quién se ha atrevido...? preguntó con voz ronca a los cortesanos que le acompañaban—: ¿Quién se ha
atrevido a insultarnos con esta burla blasfema? ¡Cogedle y quitadle la máscara, y así sabremos a quien hay que
colgar de una almena al amanecer!
Cuando pronunció estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el salón azul, que daba al oriente. Y su eco
recorrió alto y claro las siete estancias, porque el príncipe era un hombre robusto y osado, y un gesto suyo
había acallado ya la música.
Era en el salón azul donde se hallaba el príncipe, en compañía de un grupo de pálidos cortesanos. Al principio,
cuando habló, dieron éstos un primer paso hacia el intruso, que entonces estaba próximo a ellos, y que ahora
se acercaba mas aún, con porte deliberado y majestuoso. Pero cierto miedo indecible que la insensata
arrogancia de la máscara había inspirado a todo el grupo impidió que nadie le pusiera la mano encima; así que,
sin estorbo alguno, pasó apenas a un metro del príncipe; y, mientras en los salones la numerosa concurrencia,
como movida por un mismo resorte, se hacía a un lado buscando el refugio de las paredes, el enmascarado
siguió andando con el mismo paso solemne y mesurado que desde el comienzo le había distinguido, pasando
de la sala azul a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la de color naranja, de ésta a la blanca, e
incluso de aquí a la morada, sin que nadie hiciera el menor intento de detenerle. Fue entonces, sin embargo,
cuando el príncipe Próspero, fuera de sí y avergonzado por su cobardía pasajera, cruzó veloz los seis salones,
sin que nadie le siguiera por el terror mortal que de todos se había apoderado. Blandía una daga desenvainada,
y se acercó impetuoso y rápido a muy poca distancia de la figura que seguía su camino, cuando ésta, que ya
había llegado al salón de terciopelo, giró de pronto y le hizo frente. Hubo un grito agudo, y la daga reluciente
cayó en la alfombra negra sobre la que, al instante, caía postrado por la muerte el príncipe Próspero. Después,
llevados por el valor enloquecido de la desesperación, un amplio grupo entró en avalancha en el salón negro,
en el que la alta figura seguía inmóvil y erguida bajo la sombra del reloj de ébano; pero al ponerle la mano
encima al enmascarado, un horror innombrable les cortó el aliento y descubrieron que la mortaja y la máscara
cadavérica que habían tratado con violenta rudeza no estaban habitadas por ninguna forma tangible.
Y reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno a uno fueron
cayendo los presentes en los salones antes festivos, ahora bañados en sangre, y cada uno hallaba la muerte en
la desesperada postura en que caía. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último cortesano. Y las
llamas de los trípodes se extinguieron. Y de todo se adueñó la Tiniebla, la Corrupción y la Muerte Roja.
1. Organiza las siguientes ideas del argumento según la aparición temporal en el cuento:
3. ¿Quién es el príncipe Próspero? Infiere: ¿Por qué crees que tiene ese nombre? Explica.
5. Identifica: ¿Qué elementos de la narrativa de terror podemos encontrar en este cuento de Edgar Allan
Poe?
[Link]é infieres de la siguiente frase: “Hay fibras aún en el corazón de los más osados que no pueden tocarse
sin que se emocionen.”. Explica tu respuesta.
7. A qué hace referencia esta frase: “Las manchas escarlatas en el cuerpo, y sobre todo en el rostro de la
víctima, eran el estigma de la peste que le apartaban de toda ayuda y compasión de sus congéneres”.
8. Infiere: ¿Qué simboliza el reloj dentro de la historia? ¿Es un elemento importante? ¿Por qué?
9. Infiere: Qué significa la frase: “Había venido como un ladrón en la noche”. Explica.
10. Qué infieres del siguiente fragmento: “También era aquí donde se encontraba, contra el muro oeste, un
gigantesco reloj de ébano. El péndulo oscilaba con un sonido grave, monótono y apagado, y cuando el
minutero había recorrido toda la esfera y llegaba el momento de marcar la hora, de sus pulmones metálicos
surgía un sonido límpido, potente, profundo y muy musical, pero de nota y énfasis tan peculiares que, a cada
hora, los músicos se veían obligados a detenerse un momento para escucharlo, lo que obligaba a su vez a
quienes bailaban a interrumpir el vals; y se producía un breve desconcierto en la alegría de todos”.
11. Critica: ¿Te parece justa la actitud del príncipe de encerrarse frente a la peste de la “Muerte Roja”?
ACTIVIDAD DE CREACIÓN:
1. A partir del texto construye un cuento donde la temática sea de terror y donde el objeto central sea una
MÁSCARA.
(fragmento)
Gustave Flaubert
Madame Bovary narra la historia de Emma, una mujer casada con un médico muy bondadoso, pero sin grandes
ambiciones. En una desesperada búsqueda de lo que ella cree que es la felicidad, cae en manos de Rodolfo, un
hombre sin escrúpulos, quien finge amarla para jugar con ella. Emma, engañada y entusiasmada, decide huir
con él. Pero Rodolfo no está muy convencido.
Al llegar al plazo señalado para la fuga, Rodolfo pidió una prórroga de dos semanas, a fin de ultimar ciertos
asuntos; después, al cabo de ocho días, pidió otra de quince; luego se fingió enfermo; tras de esto emprendió
un viaje; transcurrió el mes de agosto, y después de todos estos retrasos acordaron que la fuga tuviera lugar
irrevocablemente el lunes 4 de septiembre.
-Sí.
Entonces rodearon el jardín y fueron a sentarse cerca del terraplén, junto a la tapia.
-¿Acaso porque te vas a marchar? ¿Porque abandonas tus afectos, tu vida? ¡Ah! Ya comprendo... Yo no tengo
nada en el mundo... Tú lo eres todo para mí. También yo lo seré todo para ti; seré tu familia, tu patria; te
cuidaré, te amaré.
-¿De veras? -preguntó ella con voluptuosa sonrisa-. ¿Me amas? ¡Júramelo!
-¿Que si te amo? ¿Que si te amo? ¡Te adoro, amor mío!
La luna, empurpurada y redonda surgía, a ras del suelo, en el fondo de la pradera y ascendía prestamente,
entre las ramas de los álamos, que de trecho en trecho y a modo de agujereada y negra cortina la ocultaban.
Luego, resplandeciente de blancura, apareció en el desierto cielo por ella iluminado; entonces dejó caer sobre
el río un largo y centelleante reguero de luz. (...)
-Sí, será delicioso viajar... Sin embargo, estoy triste. ¿Por qué? ¿Es el miedo a lo desconocido?... ¿El abandono
de las viejas costumbres?... ¿O más bien...? ¡No! ¡Es el exceso de felicidad! ¡Qué débil soy! ¿No es cierto?
Perdóname.
Y acercándose a él:
-¿Qué desgracia puede sobrevenirme? ¡No hay desierto, ni precipicio, ni océano que no esté dispuesta a
atravesar contigo! El lazo que nos une, a medida que más vivamos juntos, será como un abrazo cada día más
estrecho, más completo. No habrá nada -cuidados ni obstáculos- que nos turbe. Viviremos solos el uno para el
otro eternamente... Habla, respóndeme.
Emma había hundido sus manos en los cabellos de él, y, a pesar de sus lágrimas, repetía con infantil acento:
-¡Las doce! -dijo Emma-. ¡Otro día más! ¡Aún falta uno!
Rodolfo se levantó para marcharse, y como si el gesto que hiciera fuese la señal de la fuga, Emma, de pronto,
con aire jovial dijo:
-Sí.
-No.
-¿Estás seguro?
-Segurísimo.
Y lo miró alejarse.
Rodolfo no volvía la cabeza. Corrió hacia él, e inclinándose, a orilla del río, por entre los matorrales:
Pasado un momento, Boulanger se detuvo, y cuando la vio desvanecerse en la sombra, con su blanco vestido,
igual a un fantasma, fue tal su conmoción, que hubo de apoyarse en un árbol para no caer.
-¡Qué imbécil soy! -dijo lanzando un juramento espantoso-. Pero, ¡qué importa! ¡Ha sido una querida preciosa!
Y al punto la belleza de Emma, con todos los placeres de aquel amor, reaparecieron en su memoria. En un
principio se enterneció; pero luego se revolvió contra ella.
-Porque, en resumidas cuentas -exclamaba gesticulando-, yo no puedo expatriarme y cargar con una criatura.
-Y además, las molestias, los gastos... Nada, nada; ¡no y mil veces no! Sería un solemnísimo disparate.
Apenas llegó a casa, Rodolfo se sentó bruscamente a su mesa de despacho, bajo la cabeza de ciervo que, como
trofeo, colgaba de la pared.
Pero, ya con la pluma entre los dedos, no se le ocurrió nada, de modo que, apoyándose en los dos codos, se
puso a reflexionar. Emma le parecía alejada en un pasado remoto, como si la resolución que él había tomado
acabase de poner entre los dos, de pronto, una inmensa distancia.
A fin de volver a tener en sus manos algo de ella, fue a buscar al armario, en la cabecera de su cama, una vieja
caja de galletas de Reims donde solía guardar sus cartas de mujeres, y salió de ella un olor a polvo húmedo y a
rosas marchitas. Primero vio un pañuelo de bolsillo, cubierto de gotitas pálidas. Era un pañuelo de ella, de una
vez que había sangrado por la nariz, yendo de paseo; él ya no se acordaba. Cerca, tropezando en todas las
esquinas, estaba la miniatura que le había dado Emma; su atavío le pareció pretencioso y su mirada de soslayo,
del más lastimoso efecto; después, a fuerza de contemplar aquella imagen y de evocar el recuerdo del modelo,
los rasgos de Emma se confundieron poco a poco en su memoria, como si el rostro vivo y el rostro pintado,
frotándose el uno contra el otro, se hubieran borrado recíprocamente. Por fin leyó cartas suyas; estaban llenas
de explicaciones relativas a su viaje, cortas, técnicas y apremiantes como cartas de negocios. Quiso ver de
nuevo las largas, las de antes; para encontrarlas en el fondo de la caja, Rodolfo revolvió todas las demás; y
maquinalmente se puso a buscar en aquel montón de papeles y de cosas, y encontró mezclados ramilletes, una
liga, un antifaz negro, alfileres y mechones de pelo, castaños, rubios; algunos, incluso, enredándose en el
herraje de la caja, se rompían cuando se abría.
Vagando entre sus recuerdos, examinaba la letra y el estilo de las cartas, tan variadas como sus ortografías.
Eran tiernas o joviales, chistosas, melancólicas; las había que pedían amor y otras que pedían dinero. A
propósito de una palabra, recordaba caras, ciertos gestos, un tono de voz; algunas veces, sin embargo, no
recordaba nada.
En efecto, aquellas mujeres, que acudían a la vez a su pensamiento, se estorbaban las unas a las otras y se
empequeñecían, como bajo un mismo nivel de amor que las igualaba. Cogiendo, pues, a puñados las cartas
mezcladas, se divirtió durante unos minutos dejándolas caer en cascadas, de la mano derecha a la mano
izquierda. Finalmente, aburrido, cansado, Rodolfo fue a colocar de nuevo la caja en el armario diciéndose:
Lo cual resumía su opinión; porque los placeres como escolares en el patio de un colegio, habían pisoteado de
tal modo su corazón, que en él no crecía nada tierno, y lo que pasaba por
allí, más distraído que los niños, ni siquiera dejaba, como ellos, su nombre grabado en la pared.
Escribió:
«Después de todo, es cierto, pensó Rodolfo; actúo por su bien; soy honrado.»
«¿Ha sopesado detenidamente su determinación? ¿Sabe el abismo al que la arrastraba, ángel mío? No,
¿verdad? Iba confiada y loca, creyendo en la felicidad, en el porvenir... ¡ah!, ¡qué desgraciados somos!, ¡qué
insensatos!»
«¿Si le dijera que toda mi fortuna está perdida?... ¡Ah!, no, y además, esto no impediría nada. Esto serviría para
volver a empezar. ¡Es que se puede hacer entrar en razón a tales mujeres!» Reflexionó, luego añadió:
«No la olvidaré, puede estar segura, y siempre le profesaré un profundo afecto; pero un día, tarde o temprano,
este ardor, tal es el destino de las cosas humanas, habría disminuido, sin duda. Nos habríamos hastiado, y
quién sabe incluso si yo no hubiera tenido el tremendo dolor de asistir a sus remordimientos y de participar yo
mismo en ellos, pues habría sido el responsable. Sólo pensar en sus sufrimientos me tortura. ¡Emma!
¡Olvídeme! ¿Por qué tuve que conocerla? ¿Es culpa mía? ¡Oh, Dios mío!, ¡no, no, no culpe de ello más que a la
fatalidad!»
«He aquí una palabra que siempre hace efecto -se dijo.»
«¡Ah!, si hubiera sido una de esas mujeres de corazón frívolo como tantas se ven, yo habría podido, por
egoísmo, intentar una experiencia entonces sin peligro para usted. Pero esta exaltación deliciosa, que es a la
vez su encanto y su tormento, le ha impedido comprender, adorable mujer, la falsedad de nuestra posición
futura. Yo tampoco había reflexionado al principio, y descansaba a la sombra de esa felicidad ideal, como a la
del manzanillo, sin prever las consecuencias.»
Va quizá a sospechar-se dijo-que es mi avaricia lo que me hace renunciar... ¡Ah!, ¡no importa!, ¡lo siento, hay
que terminar!:
«El mundo es cruel, Emma. Donde quiera que estuviésemos nos habría perseguido. Tendría que soportar las
preguntas indiscretas, la calumnia, el desdén, el ultraje tal vez. ¡Usted ultrajada!, ¡oh!... ¡Y yo que la quería
sentar en un trono!, ¡yo que llevo su imagen como un talismán! Porque yo me castigo con el destierro por todo
el mal que le he hecho. Me marcho. ¿Adónde? No lo sé, ¡estoy loco! ¡Adiós! ¡Sea siempre buena! Guarde el
recuerdo del desgraciado que la ha perdido. Enseñe mi nombre a su hija para que lo invoque en sus
oraciones.»
El pábilo de las dos velas temblaba. Rodolfo se levantó para ir a cerrar la ventana, y cuando volvió a sentarse:
-Me parece que está todo. ¡Ah! Añadiré, para que no venga a reanimarme: «Estaré lejos cuando lea estas
tristes líneas; pues he querido escaparme lo más pronto posible a fin de evitar la tentación de volver a verla.
¡No es debilidad!
Volveré, y puede que más adelante hablemos juntos muy fríamente de nuestros antiguos amores. ¡Adiós!»
Y había un último adiós, separado en dos palabras: «¡A Dios!», lo cual juzgaba de muy buen gusto.
-¿Cómo voy a firmar, ahora? -se dijo-. ¿Su siempre fiel? ¿Su amigo? Sí, eso es: «Su amigo.»
«¡Pobrecilla chica! -pensó enternecido-. Va a creerse más insensible que una roca; habrían hecho falta aquí
unas lágrimas; pero no puedo llorar; no es mía la culpa.» Y echando agua en un vaso, Rodolfo mojó en ella su
dedo y dejó caer desde arriba una gruesa gota, que hizo una mancha pálida sobre la tinta; después, tratando de
cerrar la carta, encontró el sello Amor nel cor.
1. ¿Qué siente Emma por Rodolfo? ¿Flaubert ridiculiza el amor de Emma Bovary? Justifica tu respuesta.
2. ¿Qué siente Rodolfo por Emma? ¿Crees que llegará a huir con ella? ¿Por qué?
3. ¿Cómo describirías a Emma Bovary? ¿Te parece una mujer que se encuentra emocionalmente estable? ¿Por
qué? Justifica tu respuesta.
4. ¿Qué diferencias encuentras entre la actitud de Rodolfo y la de Emma, sobre la idea de escaparse? Explica.
6. Esta obra pertenece al Realismo, sabiendo eso, ¿crees que el narrador se identifica o siente simpatía por
alguno de los personajes? ¿Por qué? Explica.
7. ¿A qué hace referencia esta frase de Rodolfo: “¡Qué cantidad de cuentos!”? Explica.
8. ¿Qué piensas de la carta escrita por Rodolfo para Emma? ¿Crees que Rodolfo debió ser más sincero con
Emma? Explica tu respuesta.
9. Qué infieres de esta parte: “«¡Pobrecilla chica! -pensó enternecido-. Va a creerse más insensible que una
roca; habrían hecho falta aquí unas lágrimas; pero no puedo llorar; no es mía la culpa.» Y echando agua en un
vaso, Rodolfo mojó en ella su dedo y dejó caer desde arriba una gruesa gota, que hizo una mancha pálida sobre
la tinta; después, tratando de cerrar la carta, encontró el sello Amor nel cor”. Justifica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un diálogo realista sobre una pareja que esté discutiendo. No olvides definir muy bien la personalidad
de cada uno de tus personajes.
Niebla
(fragmento)
Miguel de Unamuno
Aquella tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible calma, en decisión de suicidarse. Quería
acabar consigo mismo, que era la fuente de sus desdichas propias. Mas antes de llevar a cabo su propósito,
como el náufrago que se agarra a una débil tabla, ocurriósele consultar conmigo, con el autor de este relato.
Emprendió, pues, un viaje acá, a Salamanca, donde hace más de veinte años vivo, para visitarme.
Empezó hablándome de mis trabajos literarios y más o menos filosóficos, demostrando conocerlos bastante
bien, lo que no dejó, ¡claro está!, de halagarme, y en seguida empezó a contarme su vida y sus desdichas. Le
atajé diciéndole que se ahorrase aquel trabajo, pues de las vicisitudes de su vida sabía yo tanto como él, y se lo
demostré citándole los más íntimos pormenores y los que él creía más secretos. Me miró con ojos de
verdadero terror y como quien mira a un ser increíble; creí notar que se alteraba el color y traza del semblante
y que hasta temblaba. Le tenía yo fascinado.
-¡Parece mentira! -repetía-. ¡Parece mentira! A no verlo, no lo creería... No sé si estoy despierto o soñando...
-No me lo explico..., no me lo explico –añadió; mas puesto que usted parece saber sobre mí tanto como sé yo
mismo, acaso adivine mi propósito...
-Sí -le dije-. Tú -y recalqué ese tú con un tono autoritario-, tú, abrumado por tus desgracias, has concebido la
diabólica idea de suicidarte, y antes de hacerlo (...) vienes a consultármelo.
El pobre hombre temblaba como un azogado, mirándome como un poseído miraría. Intentó levantarse, acaso
para huir de mí; no podía. No disponía de sus fuerzas.
—Sí. Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester? -le pregunté.
-¡Desde luego!
-¿Cómo que no estoy vivo? ¿Es que me he muerto? -y empezó, sin darse cuenta de lo que hacía, a palparse a sí
mismo.
-¡No, hombre, no! —le repliqué-. Te dije antes que no estabas despierto ni dormido, y ahora te digo que no
estás ni muerto ni vivo.
-¡Acabe usted de explicarse de una vez, por Dios! ¡Acabe de explicarse! -me suplicó consternado-. Porque son
tales las cosas que estoy viendo y oyendo esta tarde, que temo volverme loco.
-Pues bien; la verdad es, querido Augusto -le dije con la más dulce de mis voces-, que no puedes matarte
porque no estás vivo, y que no estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes...
-No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía y
de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo;
tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto.
(…)
-No importa; sé lo que me digo. Y me temo que, en efecto, si no te mato pronto acabes por matarme tú.
-No puede ser, Augusto, no puede ser. Ha llegado tu hora. Está ya escrito y no puedo volverme atrás. Te
morirás. Para lo que ha de valerte ya la vida...
-¿Conque no, eh? –me dijo–, ¿conque no? No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir,
verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme: ¿conque no lo quiere?, ¿conque he de morir ente de
ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, ¡también usted se morirá, también usted, y se volverá a la
nada de que salió...! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá
usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos sin quedar uno! ¡Entes de ficción como
yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros,
nivolesco lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted más que otro ente
nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima...
-¿Víctima? –exclamé.
-¡Víctima, sí! ¡Crearme para dejarme morir!, ¡usted también se morirá! El que crea se crea y el que se crea se
muere. ¡Morirá usted, don Miguel, morirá usted, y morirán todos los que me piensen! ¡A morir, pues!
Este supremo esfuerzo de pasión de vida, de ansia de inmortalidad, le dejó extenuado al pobre Augusto.
Y le empujé a la puerta, por la que salió cabizbajo. Luego se tanteó como si dudase ya de su propia existencia.
Yo me enjugué una lágrima furtiva.
7. ¿Por qué crees que Augusto desea vivir, si antes deseó suicidarse?
9. Qué infieres del siguiente fragmento: “–¡Víctima, sí! ¡Crearme para dejarme morir!, ¡usted también se
morirá! El que crea se crea y el que se crea se muere. ¡Morirá usted, don Miguel, morirá usted, y morirán todos
los que me piensen! ¡A morir, pues!” Fundamenta tu respuesta
10. ¿Cuál crees que es la palabra clave del fragmento? ¿Por qué?
11. Según tu opinión, ¿en qué nos parecemos a Augusto y en qué nos diferenciamos de él?
13. ¿Cuál crees que es el propósito del autor de haber escrito esta novela?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento en donde el protagonista se llega a encontrar con su autor (es decir, contigo). No olvides
narrar tu historia atendiendo mucho a los detalles y ser muy creativo y original.
Matar a un niño
Pero, al mismo tiempo que en el primer pueblo el hombre cierra la puerta izquierda del coche y tira del botón
de arranque, en el tercer pueblo la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que
se ha abrochado la camisa y que se ha atado los cordones de los zapatos, está de rodillas en el sofá y
contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y el negro bote que está medio varado sobre la hierba. El
hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa,
las tazas de café, el pan, la leche y las moscas. Sólo falta el azúcar, y la madre ordena a su hijo que corra a casa
de los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, el padre le grita que se dé
prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán hasta tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño
corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra
que sólo le quedan ocho minutos de vida y que el bote permanecerá allí en donde está, todo el día y muchos
otros días. No está lejos la casa de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre
atravesándolo, el pequeño coche azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas,
con gente que acaba de despertar, que está en la cocina con las tazas de café levantadas y observan al coche
venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre ve cómo los
álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla el verano por la
ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El coche se mantiene seguro en medio del camino. Están solos
todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho
mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún
hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto
matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no
los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los suaves botes del coche, sueña en lo terso que estará.
¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un
niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar con el
ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina
y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo
puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos
en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con
grandes peces y un ancho bote con callados remos?
Después, todo es demasiado tarde. Después, hay un coche azul cruzado en el camino, y una mujer que grita,
retira la mano de la boca y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de
mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar
blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la
cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido
beberse el café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.
Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura
muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla
prestada; e, igualmente, cura muy mal la congoja del hombre feliz, que lo mató.
Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un niño vuelve lentamente a casa en
medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que
pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan
todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a
necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue culpa suya. Pero sabe que esto es mentira, y en los
sueños de muchas noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para “hacer este solo
minuto diferente”.
Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.
ACTIVIDAD DE COMPRENSIÓN
3. En una palabra, ¿cuál es el tema del texto? Explica tu respuesta en 3 líneas
4. Según tu capacidad deductiva, ¿qué relación hay entre el título y el contenido del cuento? Fundamenta tu
respuesta en 6 líneas
6. ¿Qué infieres del párrafo que está en negrita en el texto? Fundamenta tu respuesta
7. El accidente que sucede en el cuento, ¿es intencional o accidental? ¿Por qué?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Redacta un cuento donde se presente una situación imprudente: un atropello, un incendio, un atentado,
etc. No olvides ser creativo y original.
Cuento "Un señor muy viejo con unas alas enormes" de Gabriel García Márquez con actividades de
comprensión lectora
Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio
anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que
era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de
ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un
caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa
después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del
patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en
el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.
Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole
compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un
callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo
pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de
toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en
el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del
asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto
incomprensible pero con una buena voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las
alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el
temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte,
y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.
— Es un ángel –les dijo—. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la
lluvia.
Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso.
Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de
una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la
tarde desde la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo
encerró con las gallinas en el gallinero alumbrado. A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda
seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se
sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y
abandonarlo a su suerte en altamar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el
vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los
huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.
El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya
habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el
porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más
áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos
visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres
alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador
macizo. Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta
para examinar de cerca de aquel varón de lástima que más parecía una enorme gallina decrépita entre las
gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de fruta y
las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas
si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y
le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de impostura al comprobar que no entendía
la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado
humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las
plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con
la egregia dignidad de los ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los
curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a
artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para
determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los
ángeles. Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice,
de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.
Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al
cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas
para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto
barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada
para ver al ángel.
Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó
zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de
ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una
pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un
jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se
levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor
gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban
felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de
peregrinos que esperaban su turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.
El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba buscando
acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de
sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que, de
acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los despreciaba,
como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por
ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural
parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando le picoteaban las gallinas en busca de los
parásitos estelares que proliferaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus
defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se levantara para verlo de cuerpo entero.
La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos,
porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en
lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol
de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron
que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la
mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en
reposo.
El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica,
mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido
la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo
que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un
noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un
acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.
Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al
pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La
entrada para verla no sólo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda
clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera
en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una
doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba
los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un
baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno
pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en
araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca.
Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin
proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos
milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la
visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de
ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación
que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la
mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del
insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los
cangrejos caminaban por los dormitorios.
Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión
de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del
invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además
un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda
se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las
señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció
atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por
hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas
partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron de
que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y
antes de que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas
podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero
soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la
varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y
encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera
vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel
organismo completamente humano, que no podía entender por qué no las tenían también los otros hombres.
Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero.
El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin dueño. Lo sacaban a escobazos de un
dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo
tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada
Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía
comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no
le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la
caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas
delirantes en trabalenguas de noruego viejo. Fue esa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque
pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles
muertos.
Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se
quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de
diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más
bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de estos cambios, porque se
cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes que a veces
cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo,
cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la ventana, y
sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de
arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que
resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de
descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier
modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió
viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida,
sino un punto imaginario en el horizonte del mar.
3. ¿Qué pensaron en un primer momento Pelayo y Elisenda sobre el ser que tenían ante ellos?
-Vecina:
-Padre:
2. ¿Por qué dice la vecina que el ángel venía por el niño de Pelayo y Elisenda?
3. ¿Por qué crees que Pelayo estaba vigilando al ángel con un garrote?
b) Un desierto
5. La gente paga por ver al hombre con alas como si se tratara de un espectáculo, ¿por qué será que esto
pasa?
Explicación:
Explicación:
Explicación:
Explicación:
1. ¿Qué crees que simboliza el supuesto ángel del cuento? Justifica tu respuesta
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento sobre un hecho sobrenatural o inesperado. No olvides ser creativo y original.
Cuento "El gigante egoísta" de Oscar Wilde con actividades de comprensión lectora
El gigante egoísta
Oscar Wilde
Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y
hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se
abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la primavera se cubrían con
delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se
demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para
escuchar sus trinos.
Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con
él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues
su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio
fue a los niños jugando en el jardín.
-Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el Gigante-; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que
nadie se meta a jugar aquí.
Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:
Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero
estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro
que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.
Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante
Egoísta permanecía el invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban y los árboles se olvidaron
de florecer. Solo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan
triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.
La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida
invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el
Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando
las plantas y derribando las chimeneas.
-¡Qué lugar más agradable! -dijo-. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.
Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión,
hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más
rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.
-No entiendo por qué la primavera se demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba
a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, espero que pronto cambie el tiempo.
Pero la primavera no llegó nunca, ni tampoco el verano. El otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero
al jardín del Gigante no le dio ninguno.
De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el invierno, y el Viento del Norte y el
Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.
Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde
afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En
realidad, era solo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el
Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo.
Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por
entre las persianas abiertas.
-¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana.
Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se
habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos
nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus
cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente
un espectáculo muy bello. Solo en un rincón el invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se
encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba
vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente
cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que
parecían a punto de quebrarse.
-¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado
pequeño.
Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa y entró en el jardín. Pero en cuanto lo
vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en invierno otra vez. Solo aquel pequeñín
del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante.
Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos y lo subió al árbol. Y el árbol
floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo
besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con
ellos la primavera regresó al jardín.
-Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo
el muro.
Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el
jardín más hermoso que habían visto jamás.
Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.
-Pero, ¿dónde está el más pequeñito? -preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?
El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.
Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó
muy triste.
Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el
Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero
echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.
Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero,
sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.
-Tengo muchas flores hermosas -se decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas.
Una mañana de invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno pues sabía que el
invierno era simplemente la primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su
rostro enrojeció de ira y dijo:
Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus
pies.
-¿Pero, quién se atrevió a herirte? -gritó el Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.
-¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas
ante el pequeño.
-Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.
Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba
entero cubierto de flores blancas.
4. Infiere: ¿Qué simboliza la primavera, según el cuento? ¿Por qué es tan importante para el Gigante? Explica
tu respuesta
5. Infiere: ¿Por qué eran tan importantes los niños para el jardín del Gigante?
8. Qué significa la frase: "Estas son las heridas del Amor". Explica tu respuesta.
10. ¿Qué simbolizan las flores blancas del final? Explica tu respuesta.
11. ¿Crees que una persona puede cambiar de actitud? ¿Por qué?
12. Según tú, ¿qué sentimiento o emoción ha predominado en este cuento? Explica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento que aborde algún valor: la amistad, la compasión, la honestidad, la responsabilidad, etc.
A la deriva
Horacio Quiroga
El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un
juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el
machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero
el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor
agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo
con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres
fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla.
Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un
nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían
ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa.
Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió
nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda
ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad
de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un
fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó
a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis
millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos
dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol
que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre
cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas
lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se
decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se
arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la
selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola
de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan
fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro
también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se
precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte.
Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de
pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed
disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la
mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en
Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el
vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y
al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también.
Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en
penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el
Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón
de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo
que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses?
Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes
santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…
-Un jueves…
Y cesó de respirar.
4. ¿Por qué crees que el protagonista no pide a su mujer que lo acompañe en la canoa?
5. Infiere: ¿Por qué el narrador se refiere a él como “el hombre” y nunca por su propio nombre, es decir,
Paulino?
7. Qué sentimientos despierta en ti está parte del texto: “El dolor en el pie aumentaba, con sensación de
tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos,
habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica
sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento”.
8. A qué hace referencia el narrador con esta frase: “una somnolencia llena de recuerdos”. Explica tu
respuesta.
11. El cuento finaliza con la muerte del protagonista. ¿Qué infieres sobre ello? Explica.
12. Esta historia nos muestra la lucha de un hombre frente a la muerte. Según tu opinión ¿por qué el autor ha
escrito esta historia? Justifica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
Crea un cuento breve cuyo protagonista deba luchar por su vida. No olvides ser creativo y original.
Cuento "Emma Zunz" de Jorge Luis Borges con actividades de comprensión lectora
Emma Zunz
El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el
fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a
primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve o diez líneas borroneadas
querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y
había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la
noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.
Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de
ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió
que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y
seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si
de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que
sería.
En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los
antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de
recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una
ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del
cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era
Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma,
desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá
rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no
sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.
No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto
su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de
huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a
un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su
apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las
Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó
que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi
patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a
dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.
El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel
día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los
hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a
Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió
pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho
memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los
pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que
había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el
sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió;
debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía
haberla visto; la empezó a leer y la rompió.
Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo
infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer
verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la
memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa
tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y
desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la
indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con
hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá
más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una
puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que
había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una
puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda
como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.
¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces,
pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y
que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había
hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en
seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma
como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió
en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo
rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió,
apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El
asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no
quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina
subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran
la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las
cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las
bocacalles de Warnes. Pardójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los
pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.
Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos
de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había
un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año
anterior, la inesperada muerte de su mujer -¡una Gauss, que le trajo una buena dote!-, pero el dinero era su
verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy
religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y
devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la
ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.
La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un
pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz
baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.
Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había
soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y
exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por
temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad
del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.
Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje
padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que
perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones
de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró
que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero
indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces.
El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se
rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas
palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y
una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la
acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar...”), pero no la acabó, porque
el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.
Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco
del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que
tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor
Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...
La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero
era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había
padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.
1. En este cuento, la protagonista, Emma Zunz, se entera del suicidio de su padre motivado por una injusta
acusación de latrocinio. El autor de este robo es el dueño de la fábrica en la que Emma trabaja. ¿En qué
momento la protagonista planea su venganza?
4. ¿Qué secreto guarda Emma? ¿Qué otra persona sabía del secreto además del padre y de Emma?
6. Entre los aspectos más terribles de su plan, la protagonista tiene relaciones con un marinero desconocido
que solo estaría una noche en la ciudad. ¿Por qué lo hace?
7. Explica en tus propias palabras esta expresión referida a ese marinero: «El hombre, sueco o finlandés, no
hablaba español; fue una herramienta para Emma como esta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él
para la justicia».
8. Interpreta: Qué quiere decir el autor en esta frase “…comprendió que esa voluntad era inútil porque la
muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin”.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento policiaco cuyo tema gire en torno a la venganza. Tu historia deberá estar en tercera persona
con un narrador omnisciente.
Cuento de terror "La lotería" de Shirley Jackson con actividades de comprensión lectora
La lotería
Shirley Jackson
La mañana del 27 de junio amaneció clara y soleada con el calor lozano de un día de pleno estío; las plantas
mostraban profusión de flores y la hierba tenía un verdor intenso. La gente del pueblo empezó a congregarse
en la plaza, entre la oficina de correos y el banco, alrededor de las diez; en algunos pueblos había tanta gente
que la lotería duraba dos días y tenía que iniciarse el día 26, pero en aquel pueblecito, donde apenas había
trescientas personas, todo el asunto ocupaba apenas un par de horas, de modo que podía iniciarse a las diez de
la mañana y dar tiempo todavía a que los vecinos volvieran a sus casas a comer.
Los niños fueron los primeros en acercarse, por supuesto. La escuela acababa de cerrar para las vacaciones de
verano y la sensación de libertad producía inquietud en la mayoría de los pequeños; tendían a formar grupos
pacíficos durante un rato antes de romper a jugar con su habitual bullicio, y sus conversaciones seguían girando
en torno a la clase y los profesores, los libros y las reprimendas. Bobby Martin ya se había llenado los bolsillos
de piedras y los demás chicos no tardaron en seguir su ejemplo, seleccionando las piedras más lisas y
redondeadas; Bobby, Harry Jones y Dickie Delacroix acumularon finalmente un gran montón de piedras en un
rincón de la plaza y lo protegieron de las incursiones de los otros chicos. Las niñas se quedaron aparte,
charlando entre ellas y volviendo la cabeza hacia los chicos, mientras los niños más pequeños jugaban con la
tierra o se agarraban de la mano de sus hermanos o hermanas mayores.
Pronto empezaron a reunirse los hombres, que se dedicaron a hablar de sembrados y lluvias, de tractores e
impuestos, mientras vigilaban a sus hijos. Formaron un grupo, lejos del montón de piedras de la esquina, y se
contaron chistes sin alzar la voz, provocando sonrisas más que carcajadas. Las mujeres, con descoloridos
vestidos de andar por casa y suéteres finos, llegaron poco después de sus hombres. Se saludaron entre ellas e
intercambiaron apresurados chismes mientras acudían a reunirse con sus maridos. Pronto, las mujeres, ya al
lado de sus maridos, empezaron a llamar a sus hijos y los pequeños acudieron a regañadientes, después de la
cuarta o la quinta llamada. Bobby Martin esquivó, agachándose, la mano de su madre cuando pretendía
agarrarlo y volvió corriendo, entre risas, hasta el montón de piedras. Su padre lo llamó entonces con voz severa
y Bobby regresó enseguida, ocupando su lugar entre su padre y su hermano mayor. La lotería -igual que los
bailes en la plaza, el club juvenil y el programa de la fiesta de Halloween- era dirigida por el señor Summers,
que tenía tiempo y energía para dedicarse a las actividades cívicas.
El señor Summers era un hombre jovial, de cara redonda, que llevaba el negocio del carbón, y la gente se
compadecía de él porque no había tenido hijos y su mujer era una gruñona. Cuando llegó a la plaza portando la
caja negra de madera, se levantó un murmullo entre los vecinos y el señor Summers dijo: «Hoy llego un poco
tarde, amigos». El administrador de correos, el señor Graves, venía tras él cargando con un taburete de tres
patas, que colocó en el centro de la plaza y sobre el cual instaló la caja negra el señor Summers. Los vecinos se
mantuvieron a distancia, dejando un espacio entre ellos y el taburete, y cuando el señor Summers preguntó:
«¿Alguno de ustedes quiere echarme una mano?», se produjo un instante de vacilación hasta que dos de los
hombres, el señor Martin y su hijo mayor, Baxter, se acercaron para sostener la caja sobre el taburete mientras
él revolvía los papeles del interior.
Los objetos originales para el juego de la lotería se habían perdido hacía mucho tiempo y la caja negra que
descansaba ahora sobre el taburete llevaba utilizándose desde antes incluso de que naciera el viejo Warner, el
hombre de más edad del pueblo. El señor Summers hablaba con frecuencia a sus vecinos de hacer una caja
nueva, pero a nadie le gustaba modificar la tradición que representaba aquella caja negra. Corría la historia de
que la caja actual se había realizado con algunas piezas de la caja que la había precedido, la que habían
construido las primeras familias cuando se instalaron allí y fundaron el pueblo. Cada año, después de la lotería,
el señor Summers empezaba a hablar otra vez de hacer una caja nueva, pero cada año el asunto acababa
difuminándose sin que se hiciera nada al respecto. La caja negra estaba cada vez más gastada y ya ni siquiera
era completamente negra, sino que le había saltado una gran astilla en uno de los lados, dejando a la vista el
color original de la madera, y en algunas partes estaba descolorida o manchada. El señor Martin y su hijo
mayor, Baxter, sujetaron con fuerza la caja sobre el taburete hasta que el señor Summers hubo revuelto a
conciencia los papeles con sus manos. Dado que la mayor parte del ritual se había eliminado u olvidado, el
señor Summers había conseguido que se sustituyeran por hojas de papel las fichas de madera que se habían
utilizado durante generaciones.
Según había argumentado el señor Summers, las fichas de madera fueron muy útiles cuando el pueblo era
pequeño, pero ahora que la población había superado los tres centenares de vecinos y parecía en trance de
seguir creciendo, era necesario utilizar algo que cupiera mejor en la caja negra. La noche antes de la lotería, el
señor Summers y el señor Graves preparaban las hojas de papel y las introducían en la caja, que trasladaban
entonces a la caja fuerte de la compañía de carbones del señor Summers para guardarla hasta el momento de
llevarla a la plaza, la mañana siguiente. El resto del año, la caja se guardaba a veces en un sitio, a veces en otro;
un año había permanecido en el granero del señor Graves y otro año había estado en un rincón de la oficina de
correos y, a veces, se guardaba en un estante de la tienda de los Martin y se dejaba allí el resto del año.
Había que atender muchos detalles antes de que el señor Summers declarara abierta la lotería. Por ejemplo,
había que confeccionar las listas de cabezas de familia, de cabezas de las casas que constituían cada familia, y
de los miembros de cada casa. También debía tomarse el oportuno juramento al señor Summers como
encargado de dirigir el sorteo, por parte del administrador de correos. Algunos vecinos recordaban que, en
otro tiempo, el director del sorteo hacía una especie de exposición, una salmodia rutinaria y discordante que se
venía recitando año tras año, como mandaban los cánones. Había quien creía que el director del sorteo debía
limitarse a permanecer en el estrado mientras la recitaba o cantaba, mientras otros opinaban que tenía que
mezclarse entre la gente, pero hacía muchos años que esa parte de la ceremonia se había eliminado. También
se decía que había existido una salutación ritual que el director del sorteo debía utilizar para dirigirse a cada
una de las personas que se acercaban para extraer la papeleta de la caja, pero también esto se había
modificado con el tiempo y ahora solo se consideraba necesario que el director dirigiera algunas palabras a
cada participante cuando acudía a probar su suerte. El señor Summers tenía mucho talento para todo ello;
luciendo su camisa blanca impoluta y sus pantalones tejanos, con una mano apoyada tranquilamente sobre la
caja negra, tenía un aire de gran dignidad e importancia mientras conversaba interminablemente con el señor
Graves y los Martin.
En el preciso instante en que el señor Summers terminaba de hablar y se volvía hacia los vecinos congregados,
la señora Hutchinson apareció a toda prisa por el camino que conducía a la plaza, con un suéter sobre los
hombros, y se añadió al grupo que ocupaba las últimas filas de asistentes.
-Me había olvidado por completo de qué día era -le comentó a la señora Delacroix cuando llegó a su lado, y las
dos mujeres se echaron a reír por lo bajo-. Pensaba que mi marido estaba en la parte de atrás de la casa,
apilando leña -prosiguió la señora Hutchinson-, y entonces miré por la ventana y vi que los niños habían
desaparecido de la vista; entonces recordé que estábamos a veintisiete y vine corriendo.
-De todos modos, has llegado a tiempo. Todavía están con los preparativos.
La señora Hutchinson estiró el cuello para observar a la multitud y localizó a su marido y a sus hijos casi en las
primeras filas. Se despidió de la señora Delacroix con unas palmaditas en el brazo y empezó a abrirse paso
entre la multitud. La gente se apartó con aire festivo para dejarla avanzar; dos o tres de los presentes
murmuraron, en voz lo bastante alta como para que les oyera todo el mundo: «Ahí viene tu mujer,
Hutchinson», y, «Finalmente se ha presentado, Bill». La señora Hutchinson llegó hasta su marido y el señor
Summers, que había estado esperando a que lo hiciera, comentó en tono jovial:
-Muy bien -anunció sobriamente el señor Summers-, supongo que será mejor empezar de una vez para acabar
lo antes posible y volver pronto al trabajo. ¿Falta alguien?
-Clyde Dunbar -comentó-. Es cierto. Tiene una pierna rota, ¿no es eso? ¿Quién sacará la papeleta por él?
-Yo, supongo -respondió una mujer, y el señor Summers se volvió hacia ella.
-La esposa saca la papeleta por el marido -anunció el señor Summers, y añadió-: ¿No tienes ningún hijo mayor
que lo haga por ti, Janey?
Aunque el señor Summers y todo el resto del pueblo conocían perfectamente la respuesta, era obligación del
director del sorteo formular tales preguntas oficialmente. El señor Summers aguardó con expresión atenta la
contestación de la señora Dunbar.
-Horace no ha cumplido aún los dieciséis -explicó la mujer con tristeza-. Me parece que este año tendré que
participar yo por mi esposo.
-De acuerdo -asintió el señor Summers. Efectuó una anotación en la lista que sostenía en las manos y luego
preguntó-: ¿El chico de los Watson sacará papeleta este año?
El chico parpadeó, nervioso, y escondió la cara mientras varias voces de la muchedumbre comentaban en voz
alta: «Buen chico, Jack», y, «Me alegro de ver que tu madre ya tiene un hombre que se ocupe de hacerlo».
-Bien -dijo el señor Summers-, creo que ya estamos todos. ¿Ha venido el viejo Warner?
Un súbito silencio cayó sobre los reunidos mientras el señor Summers carraspeaba y contemplaba la lista.
-¿Todos preparados? -preguntó-. Bien, voy a leer los nombres (los cabezas de familia, primero) y los hombres
se adelantarán para sacar una papeleta de la caja. Guarden la papeleta cerrada en la mano, sin mirarla, hasta
que todo el mundo tenga la suya. ¿Está claro?
Los presentes habían asistido tantas veces al sorteo que apenas prestaron atención a las instrucciones; la
mayoría de ellos permaneció tranquila y en silencio, humedeciéndose los labios y sin desviar la mirada del
señor Summers. Por fin, este alzó una mano y dijo, «Adams». Un hombre se adelantó a la multitud. «Hola,
Steve», le saludó el señor Summers. «Hola, Joe», le respondió el señor Adams. Los dos hombres
intercambiaron una sonrisa nerviosa y seca; a continuación, el señor Adams introdujo la mano en la caja negra
y sacó un papel doblado. Lo sostuvo con firmeza por una esquina, dio media vuelta y volvió a ocupar
rápidamente su lugar entre la multitud, donde permaneció ligeramente apartado de su familia, sin bajar la vista
a la mano donde tenía la papeleta.
-Ya parece que no pasa el tiempo entre una lotería y la siguiente -comentó la señora Delacroix a la señora
Graves en las filas traseras-. Me da la impresión de que la última fue apenas la semana pasada.
-Clark… Delacroix…
-Allá va mi marido -comentó la señora Delacroix, conteniendo la respiración mientras su esposo avanzaba hacia
la caja.
-Dunbar -llamó el señor Summers, y la señora Dunbar se acercó con paso firme mientras una de las mujeres
exclamaba: «Animo, Janey», y otra decía: «Allá va».
-Ahora nos toca a nosotros -anunció la señora Graves y observó a su marido cuando este rodeó la caja negra,
saludó al señor Summers con aire grave y escogió una papeleta de la caja. A aquellas alturas, entre los reunidos
había numerosos hombres que sostenían entre sus manazas pequeñas hojas de papel, haciéndolas girar una y
otra vez con gesto nervioso. La señora Dunbar y sus dos hijos estaban muy juntos; la mujer sostenía la
papeleta.
-Harburt… Hutchinson…
-Vamos allá, Bill -dijo la señora Hutchinson, y los presentes cercanos a ella soltaron una carcajada.
-Jones…
-Dicen que en el pueblo de arriba están hablando de suprimir la lotería -comentó el señor Adams al viejo
Warner. Este soltó un bufido y replicó:
-Hatajo de estúpidos. Si escuchas a los jóvenes, nada les parece suficiente. A este paso, dentro de poco querrán
que volvamos a vivir en cavernas, que nadie trabaje más y que vivamos de ese modo. Antes teníamos un refrán
que decía: «La lotería en verano, antes de recoger el grano». A este paso, pronto tendremos que alimentarnos
de bellotas y frutos del bosque. La lotería ha existido siempre -añadió, irritado-. Ya es suficientemente terrible
tener que ver al joven Joe Summers ahí arriba, bromeando con todo el mundo.
-Eso no traerá más que problemas -insistió el viejo Warner, testarudo-. Hatajo de jóvenes estúpidos.
-Ojalá se den prisa -murmuró la señora Dunbar a su hijo mayor-. Ojalá acaben pronto.
-Llevo sesenta y siete años asistiendo a la lotería -proclamó el señor Warner mientras se abría paso entre la
multitud-. Setenta y siete loterías.
-Watson… -el muchacho alto se adelantó con andares desgarbados. Una voz exhortó: «No te pongas nervioso,
muchacho», y el señor Summers añadió: «Tómate el tiempo necesario, hijo». Después, cantó el último nombre.
-Zanini…
Tras esto se produjo una larga pausa, una espera cargada de nerviosismo hasta que el señor Summers,
sosteniendo en alto su papeleta, murmuró:
Durante unos instantes, nadie se movió; a continuación, todos los cabezas de familia abrieron a la vez la
papeleta. De pronto, todas las mujeres se pusieron a hablar a la vez:
Los presentes empezaron a buscar a Hutchinson con la mirada. Bill Hutchinson estaba inmóvil y callado,
contemplando el papel que tenía en la mano. De pronto, Tessie Hutchinson le gritó al señor Summers:
-¡No le has dado tiempo a escoger qué papeleta quería! Te he visto, Joe Summers. ¡No es justo!
-Tienes que aceptar la suerte, Tessie -le replicó la señora Delacroix, y la señora Graves añadió:
-Bueno -anunció, acto seguido, el señor Summers-. Hasta aquí hemos ido bastante deprisa y ahora deberemos
apresurarnos un poco más para terminar a tiempo.
-Bill, tú has sacado la papeleta por la familia Hutchinson. ¿Tienes alguna casa más que pertenezca a ella?
-Están Don y Eva -exclamó la señora Hutchinson con un chillido-. ¡Ellos también deberían participar!
-Las hijas casadas entran en el sorteo con las familias de sus maridos, Tessie -replicó el señor Summers con
suavidad-. Lo sabes perfectamente, como todos los demás.
-Entonces, por lo que respecta a la elección de la familia, ha correspondido a la tuya -declaró el señor Summers
a modo de explicación-. Y, por lo que respecta a la casa, también corresponde a la tuya, ¿no es eso?
-Tres -declaró Bill Hutchinson-. Está mi hijo, Bill, y Nancy y el pequeño Dave. Además de Tessie y de mí, claro.
-Muy bien, pues -asintió el señor Summers-. ¿Has recogido sus papeletas, Harry?
-Entonces, ponlas en la caja -le indicó el señor Summers-. Coge la de Bill y colócala dentro.
-Creo que deberíamos empezar otra vez -comentó la señora Hutchinson con toda la calma posible-. Les digo
que no es justo. Bill no ha tenido tiempo para escoger qué papeleta quería. Todos lo han visto.
El señor Graves había seleccionado cinco papeletas y las había puesto en la caja. Salvo estas, dejó caer todas las
demás al suelo, donde la brisa las impulsó, esparciéndolas por la plaza.
-¡Escúchenme todos! -seguía diciendo la señora Hutchinson a los vecinos que la rodeaban.
-¿Preparado, Bill? -inquirió el señor Summers, y Bill Hutchinson asintió, después de dirigir una breve mirada a
su esposa e hijos.
-Recuerden -continuó el director del sorteo-: Saquen una papeleta y guárdenla sin abrir hasta que todos tengan
la suya. Harry, tú ayudarás al pequeño Dave.
El señor Graves tomó de la manita al niño, que se acercó a la caja con él sin ofrecer resistencia.
-Saca un papel de la caja, Davy -le dijo el señor Summers. Davy introdujo la mano donde le decían y soltó una
risita-. Saca solo un papel -insistió el señor Summers-. Harry, ocúpate tú de guardarlo.
El señor Graves tomó la mano del niño y le quitó el papel de su puño cerrado; después lo sostuvo en alto
mientras el pequeño Dave se quedaba a su lado, mirándolo con aire de desconcierto.
-Ahora, Nancy -anunció el señor Summers. Nancy tenía doce años y a sus compañeros de la escuela se les
aceleró la respiración mientras se adelantaba, agarrándose la falda, y extraía una papeleta con gesto delicado-.
Bill, hijo -dijo el señor Summers, y Billy, con su rostro sonrojado y sus pies enormes, estuvo a punto de volcar la
caja cuando sacó su papeleta-. Tessie…
La señora Hutchinson titubeó durante unos segundos, mirando a su alrededor con aire desafiante y luego
apretó los labios y avanzó hasta la caja. Extrajo una papeleta y la sostuvo a su espalda.
-Bill… -dijo por último el señor Summers, y Bill Hutchinson metió la mano en la caja y tanteó el fondo antes de
sacarla con el último de los papeles.
Los espectadores habían quedado en silencio.
-Espero que no sea Nancy -cuchicheó una chica, y el sonido del susurro llegó hasta el más alejado de los
reunidos.
-Antes, las cosas no eran así -comentó abiertamente el viejo Warner-. Y la gente tampoco es como en otros
tiempos.
-Muy bien -dijo el señor Summers-. Abran las papeletas. Tú, Harry, abre la del pequeño Dave.
El señor Graves desdobló el papel y se escuchó un suspiro general cuando lo mostró en alto y todos
comprobaron que estaba en blanco. Nancy y Bill, hijo, abrieron los suyos al mismo tiempo y los dos se volvieron
hacia la multitud con expresión radiante, agitando sus papeletas por encima de la cabeza.
-Tessie… -indicó el señor Summers. Se produjo una breve pausa y, a continuación, el director del sorteo miró a
Bill Hutchinson. El hombre desdobló su papeleta y la enseñó. También estaba en blanco.
Aunque los vecinos habían olvidado el ritual y habían perdido la caja negra original, aún mantenían la tradición
de utilizar piedras. El montón de piedras que los chicos habían reunido antes estaba preparado y en el suelo;
entre las hojas de papel que habían extraído de la caja, había más piedras. La señora Delacroix escogió una
piedra tan grande que tuvo que levantarla con ambas manos y se volvió hacia la señora Dunbar.
La señora Dunbar sostenía una piedra de menor tamaño en cada mano y murmuró, entre jadeos:
-¡Vamos, vamos, todo el mundo! -gritó el viejo Warner. Steve Adams estaba al frente de la multitud de vecinos,
con la señora Graves a su lado.
-¡No es justo! ¡No hay derecho! -siguió exclamando la señora Hutchinson. Instantes después todo el pueblo
cayó sobre ella.
2. ¿Por qué la gente del pueblo acepta participar en la lotería y volverse unos contra otros? Justifica tu
respuesta.
6. ¿Qué opinas de la respuesta que le da el viejo Warner al señor Adams cuando este le dijo: "Dicen que en el
pueblo de arriba están hablando de suprimir la lotería"? Explica tu respuesta.
7. ¿Por qué muchos del pueblo, aunque no quieren participar de la lotería, terminan participando de ella?
Explica tu respuesta.
9. ¿Qué pasó al final de este cuento? ¿Te pareció justo? ¿Qué crees que debió suceder? ¿Qué sentiste al leer el
final?
10. ¿Qué significado tiene la palabra "lotería" en este cuento? ¿Por qué?
11. ¿Cuál crees que fue la intención de Shirley Jackson al ofrecernos este cuento?
Alienación
Pero no anticipemos. Precisemos que se llamaba Roberto, que años después se le conoció por Boby, pero que
en los últimos documentos oficiales figura con el nombre de Bob. En su ascensión vertiginosa hacia la nada fue
perdiendo en cada etapa una sílaba de su nombre.
Todo empezó la tarde en que un grupo de blanquiñosos jugábamos con una pelota en la plaza Bolognesi. Era la
época de las vacaciones escolares y los muchachos que vivíamos en los chalets vecinos, hombres y mujeres,
nos reuníamos allí para hacer algo con esas interminables tardes de verano. Roberto iba también a la plaza, a
pesar de estudiar en un colegio fiscal y de no vivir en chalet sino en el último callejón que quedaba en el barrio.
Iba a ver jugar a las muchachas y a ser saludado por algún blanquito que lo había visto crecer en esas calles y
sabía que era hijo de la lavandera.
Pero en realidad, como todos nosotros, iba para ver a Queca. Todos estábamos enamorados de Queca, que ya
llevaba dos años siendo elegida reina en las representaciones de fin de curso. Queca no estudiaba con las
monjas alemanas del Santa Úrsula, ni con las norteamericanas del Villa María, sino con las españolas de la
Reparación, pero eso nos tenía sin cuidado, así como que su padre fuera un empleadito que iba a trabajar en
ómnibus o que su casa tuviera un solo piso y geranios en lugar de rosas. Lo que contaba entonces era su tez
capulí, sus ojos verdes, su melena castaña, su manera de correr, de reír, de saltar y sus invencibles piernas,
siempre descubiertas y doradas y que con el tiempo serían legendarias.
Roberto iba sólo a verla jugar, pues ni los mozos que venían de otros barrios de Miraflores y más tarde de San
Isidro y de Barranco lograban atraer su atención. Peluca Rodríguez se lanzó una vez de la rama más alta de un
ficus, Lucas de Tramontana vino en una reluciente moto que tenía ocho faros, el chancho Gómez le rompió la
nariz a un heladero que se atrevió a silbarnos, Armando Wolff estrenó varios ternos de lanilla y hasta se puso
corbata de mariposa. Pero no obtuvieron el menor favor de Queca. Queca no le hacía caso a nadie, le gustaba
conversar con todos, correr, brincar, reír, jugar al vóleibol y dejar al anochecer a esa banda de adolescentes
sumidos en profundas tristezas sexuales que sólo la mano caritativa, entre las sábanas blancas, consolaba.
Fue una fatídica bola la que alguien arrojó esa tarde y que Queca no llegó a alcanzar y que rodó hacia la banca
donde Roberto, solitario, observaba. ¡Era la ocasión que esperaba desde hacía tanto tiempo! De un salto
aterrizó en el césped, gateó entre los macizos de flores, saltó el seto de granadilla, metió los pies en una
acequia y atrapó la pelota que estaba a punto de terminar en las ruedas de un auto. Pero cuando se la
alcanzaba, Queca, que estiraba ya las manos, pareció cambiar de lente, observar algo que nunca había mirado,
un ser retaco, oscuro, bembudo y de pelo ensortijado, algo que tampoco le era desconocido, que había tal vez
visto como veía todos los días las bancas o los ficus, y entonces se apartó aterrorizada.
Roberto no olvidó nunca la frase que pronunció Queca al alejarse a la carrera: “Yo no juego con zambos”. Estas
cinco palabras decidieron su vida.
Todo hombre que sufre se vuelve observador y Roberto siguió yendo a la plaza en los años siguientes, pero su
mirada había perdido toda inocencia. Ya no era el reflejo del mundo sino el órgano vigilante que cala, elige,
califica.
Queca había ido creciendo, sus carreras se hicieron más moderadas, sus faldas se alargaron, sus saltos
perdieron en impudicia y su trato con la pandilla se volvió más distante y selectivo. Todo eso lo notamos
nosotros, pero Roberto vio algo más: que Queca tendía a descartar de su atención a los más trigueños, a través
de sucesivas comparaciones, hasta que no se fijó más que en Chalo Sander, el chico de la banda que tenía el
pelo más claro, el cutis sonrosado y que estudiaba además en un colegio de curas norteamericanos. Cuando
sus piernas estuvieron más triunfales y torneadas que nunca ya sólo hablaba con Chalo Sander y la primera vez
que se fue con él de la mano hasta el malecón comprendimos que nuestra deidad había dejado de
pertenecernos y que ya no nos quedaba otro recurso que ser como el coro de la tragedia griega, presente y
visible, pero alejado irremisiblemente de los dioses.
Desdeñados, despechados, nos reuníamos después de los juegos en una esquina, donde fumábamos nuestros
primeros cigarrillos, nos acariciábamos con arrogancia el bozo incipiente y comentábamos lo irremediable. A
veces entrábamos a la pulpería del chino Manuel y nos tomábamos una cerveza. Roberto nos seguía como una
sombra, desde el umbral nos escrutaba con su mirada, sin perder nada de nuestro parloteo, le decíamos a
veces hola zambo, tómate un trago y él siempre no, gracias, será para otra ocasión, pero a pesar de estar lejos
y de sonreír sabíamos que compartía a su manera nuestro abandono.
Y fue Chalo Sander naturalmente quien llevó a Queca a la fiesta de promoción cuando terminó el colegio.
Desde temprano nos dimos cita en la pulpería, bebimos un poco más de la cuenta, urdimos planes insensatos,
se habló de un rapto, de un cargamontón. Pero todo se fue en palabras. A las ocho de la noche estábamos
frente al ranchito de los geranios, resignados a ser testigos de nuestra destitución. Chalo llegó en el carro de su
papá, con un elegante smoking blanco y salió al poco rato acompañado de una Queca de vestido largo y
peinado alto, en la que apenas reconocimos a la compañera de nuestros juegos. Queca ni nos miró, sonreía
apretando en sus manos una carterita de raso. Visión fugaz, la última, pues ya nada sería como antes, moría en
ese momento toda ilusión y por ello mismo no olvidaríamos nunca esa imagen, que clausuró para siempre una
etapa de nuestra juventud.
Casi todos desertaron la plaza, unos porque preparaban el ingreso a la universidad, otros porque se fueron a
otros barrios en busca de una imposible réplica de Queca. Sólo Roberto, que ya trabajaba como repartidor de
una pastelería, recalaba al anochecer en la plaza, donde otros niños y niñas cogían el relevo de la pandilla
anterior y repetían nuestros juegos con el candor de quien cree haberlos inventado. En su banca solitaria
registraba distraídamente el trajín, pero de reojo, seguía mirando hacia la casa de Queca. Así pudo comprobar
antes que nadie que Chalo había sido sólo un episodio en la vida de Queca, una especie de ensayo general que
la preparó para la llegada del original, del cual Chalo había sido la copia: Billy Mulligan, hijo de un funcionario
del consulado de Estados Unidos.
Billy era pecoso, pelirrojo, usaba camisas floreadas, tenía los pies enormes, reía con estridencia, el sol en lugar
de dorarlo lo despellejaba, pero venía a ver a Queca en su carro y no en el de su papá. No se sabe dónde lo
conoció Queca ni cómo vino a parar allí, pero cada vez se le fue viendo más, hasta que sólo se le vio a él, sus
raquetas de tenis, sus anteojos ahumados, sus cámaras de fotos, a medida que la figura de Chalo se fue
opacando, empequeñeciendo y espaciando y terminó por desaparecer. Del grupo al tipo y del tipo al individuo,
Queca había al fin empuñado su carta. Sólo Mulligan sería quien la llevaría al altar, con todas las de la ley, como
sucedió después y tendría derecho a acariciar esos muslos con los que tanto, durante años, tan inútilmente
soñamos.
Las decepciones, en general, nadie las aguanta, se echan al saco del olvido, se tergiversan sus causas, se
convierten en motivo de irrisión y hasta en tema de composición literaria. Así el chancho Gómez se fue a
estudiar a Londres, Peluca Rodríguez escribió un soneto realmente cojudo, Armando Wolff concluyó que Queca
era una huachafa y Lucas de Tramontana se jactaba mentirosamente de habérsela pachamanqueado varias
veces en el malecón. Fue sólo Roberto el que sacó de todo esto una enseñanza veraz y tajante: o Mulligan o
nada. ¿De qué le valía ser un blanquito más si había tantos blanquitos fanfarrones, desesperados, indolentes y
vencidos? Había un estado superior, habitado por seres que planeaban sin macularse sobre la ciudad gris y a
quienes se cedía sin peleas los mejores frutos de la tierra. El problema estaba en cómo llegar a ser un Mulligan
siendo un zambo. Pero el sufrimiento aguza también el ingenio, cuando no mata, y Roberto se había librado a
un largo escrutinio y trazado un plan de acción.
Antes que nada había que deszambarse. El asunto del pelo no le fue muy difícil: se lo tiñó con agua oxigenada y
se lo hizo planchar. Para el color de la piel ensayó almidón, polvo de arroz y talco de botica hasta lograr el
componente ideal. Pero un zambo teñido y empolvado sigue siendo un zambo. Le faltaba saber cómo se
vestían, qué decían, cómo caminaban, lo que pensaban, quiénes eran en definitiva los gringos.
Lo vimos entonces merodear, en sus horas libres, por lugares aparentemente incoherentes, pero que tenían
algo en común: los frecuentaban los gringos. Unos lo vieron parado en la puerta del Country Club, otros a la
salida del colegio Santa María, Lucas de Tramontana juraba haber distinguido su cara tras el seto del campo de
golf, alguien le sorprendió en el aeropuerto tratando de cargarle la maleta a un turista, no faltaron quienes lo
encontraron deambulando por los pasillos de la embajada norteamericana.
Esta etapa de su plan le fue preciosa. Por lo pronto confirmó que los gringos se distinguían por una manera
especial de vestir que él calificó, a su manera, de deportiva, confortable y poco convencional. Fue por ello uno
de los primeros en descubrir las ventajas del blue-jeans, el aire vaquero y varonil de las anchas correas de
cuero rematadas por gruesas hebillas, la comodidad de los zapatos de lona blanca y suela de jebe, el encanto
colegial que daban las gorritas de lona con visera, la frescura de las camisas de manga corta a flores o anchas
rayas verticales, la variedad de casacas de nylon cerradas sobre el pecho con una cremallera o el sello
pandillero, provocativo y despreocupado que se desprendía de las camisetas blancas con el emblema de una
universidad norteamericana.
Todas estas prendas no se vendían en ningún almacén, había que encargarlas a Estados Unidos, lo que estaba
fuera de su alcance. Pero a fuerza de indagar descubrió los remates domésticos. Había familias de gringos que
debían regresar a su país y vendían todo lo que tenían, previo anuncio en los periódicos. Roberto se constituyó
antes que nadie en esas casas y logró así hacerse de un guardarropa en el que invirtió todo el fruto de su
trabajo y de sus privaciones.
Pelo planchado y teñido, blue-jeans y camisa vistosa, Roberto estaba ya a punto de convertirse en Boby.
Todo esto le trajo problemas. En el callejón, decía su madre cuando venía a casa, le habían quitado el saludo al
pretencioso. Cuando más le hacían bromas o lo silbaban como a un marica. Jamás daba un centavo para la
comida, se pasaba horas ante el espejo, todo se lo gastaba en trapos. Su padre, añadía la negra, podía haber
sido un blanco roñoso que se esfumó como Fumanchú al año de conocerla, pero no tenía vergüenza de salir
con ella ni de ser pilotín de barco.
Entre nosotros, el primero en ficharlo fue Peluca Rodríguez, quien había encargado un blue-jeans a
un purser de la Braniff. Cuando le llegó se lo puso para lucirlo, salió a la plaza y se encontró de sopetón con
Roberto que llevaba uno igual. Durante días no hizo sino maldecir al zambo, dijo que le había malogrado la
película, que seguramente lo había estado espiando para copiarlo, ya había notado que compraba cigarrillos
Lucky y que se peinaba con un mechón sobre la frente.
Pero lo peor fue en su trabajo. Cahuide Morales, el dueño de la pastelería, era un mestizo huatón, ceñudo y
regionalista, que adoraba los chicharrones y los valses criollos y se había rajado el alma durante veinte años
para montar ese negocio. Nada lo reventaba más que no ser lo que uno era. Cholo o blanco era lo de menos, lo
importante era la mosca, el agua, el molido, conocía miles de palabras para designar la plata. Cuando vio que
su empleado se había teñido el pelo aguantó una arruga más en la frente, al notar que se empolvaba se tragó
un carajo que estuvo a punto de indigestarlo, pero cuando vino a trabajar disfrazado de gringo le salió la
mezcla de papá, de policía, de machote y de curaca que había en él y lo llevó del pescuezo a la trastienda: la
pastelería Morales Hermanos era una firma seria, había que aceptar las normas de la casa, ya había pasado por
alto lo del maquillaje, pero si no venía con mameluco como los demás repartidores lo iba a sacar de allí de una
patada en el culo.
Roberto estaba demasiado embalado para dar marcha atrás y prefirió la patada.
Fueron interminables días de tristeza, mientras buscaba otro trabajo. Su ambición era entrar a la casa de un
gringo como mayordomo, jardinero, chofer o lo que fuese. Pero las puertas se le cerraban una tras otra. Algo
había descuidado en su estrategia y era el aprendizaje del inglés. Como no tenía recursos para entrar a una
academia de lenguas se consiguió un diccionario, que empezó a copiar aplicadamente en un cuaderno. Cuando
llegó a la letra C tiró el arpa, pues ese conocimiento puramente visual del inglés no lo llevaba a ninguna parte.
Pero allí estaba el cine, una escuela que además de enseñar divertía.
En la cazuela de los cines de estreno pasó tardes íntegras viendo en idioma original westerns y policiales. Las
historias le importaban un comino, estaba sólo atento a la manera de hablar de los personajes. Las palabras
que lograba entender las apuntaba y las repetía hasta grabárselas para siempre. A fuerza de rever los films
aprendió frases enteras y hasta discursos. Frente al espejo de su cuarto era tan pronto el vaquero romántico
haciéndole una irresistible declaración de amor a la bailarina del bar, como el gánster feroz que pronunciaba
sentencias lapidarias mientras cosía a tiros a su adversario. El cine además alimentó en él ciertos equívocos que
lo colmaron de ilusión. Así creyó descubrir que tenía un ligero parecido con Alan Ladd, que en
un western aparecía en blue-jeans y chaqueta a cuadros rojos y negros. En realidad sólo tenía en común la
estatura y el mechón de pelo amarillo que se dejaba caer sobre la frente. Pero vestido igual que el actor se vio
diez veces seguidas la película y al término de ésta se quedaba parado en la puerta, esperando que salieran los
espectadores y se dijeran, pero mira, qué curioso, ese tipo se parece a Alan Ladd. Cosa que nadie dijo,
naturalmente, pues la primera vez que lo vimos en esa pose nos reímos de él en sus narices.
Su madre nos contó un día que al fin Roberto había encontrado un trabajo, no en casa de un gringo como
quería, pero tal vez algo mejor, en el club de Bowling de Miraflores. Servía en el bar de cinco de la tarde a doce
de la noche. Las pocas veces que fuimos allí lo vimos reluciente y diligente. A los indígenas los atendía de una
manera neutra y francamente impecable, pero con los gringos era untuoso y servil. Bastaba que entrara uno
para que ya estuviera a su lado, tomando nota de su pedido y segundos más tarde el cliente tenía delante
su hot-dog y su coca-cola. Se animaba además a lanzar palabras en inglés y como era respondido en la misma
lengua fue incrementando su vocabulario. Pronto contó con un buen repertorio de expresiones, que le
permitieron granjearse la simpatía de los gringos, felices de ver un criollo que los comprendiera. Como Roberto
era muy difícil de pronunciar, fueron ellos quienes decidieron llamarlo Boby.
Y fue con el nombre de Boby López que pudo al fin matricularse en el Instituto Peruano-Norteamericano.
Quienes entonces lo vieron dicen que fue el clásico chancón, el que nunca perdió una clase, ni dejó de hacer
una tarea, ni se privó de interrogar al profesor sobre un punto oscuro de gramática. Aparte de los blancones
que por razones profesionales seguían cursos allí, conoció a otros López, que desde otros horizontes y otros
barrios, sin que hubiera mediado ningún acuerdo, alimentaban sus mismos sueños y llevaban vidas
convergentes a la suya. Se hizo amigo especialmente de José María Cabanillas, hijo de un sastre de Surquillo.
Cabanillas tenía la misma ciega admiración por los gringos y hacía años que había empezado a estrangular al
zambo que había en él con resultados realmente vistosos. Tenía además la ventaja de ser más alto, menos
oscuro que Boby y de parecerse no a Alan Ladd, que después de todo era un actor segundón admirado por un
grupito de niñas esnobs, sino al indestructible John Wayne. Ambos formaron entonces una pareja inseparable.
Aprobaron el año con las mejores notas y mister Brown los puso como ejemplo al resto de los alumnos,
hablando de “un franco deseo de superación”.
La pareja debía tener largas, amenísimas conversaciones. Se les veía siempre culoncitos, embutidos en
sus blue-jeans desteñidos, yendo de aquí para allá y hablando entre ellos en inglés. Pero también es cierto que
la ciudad no los tragaba, desarreglaban todas las cosas, ni parientes ni conocidos los podían pasar. Por ello
alquilaron un cuarto en un edificio del jirón Mogollón y se fueron a vivir juntos. Allí edificaron un reducto
inviolable, que les permitió interpolar lo extranjero en lo nativo y sentirse en un barrio californiano en esa
ciudad brumosa. Cada cual contribuyó con lo que pudo, Boby con sus afiches y sus pósters y José María, que
era aficionado a la música, con sus discos de Frank Sinatra, Dean Martin y Tomy Dorsey. ¡Qué gringos eran
mientras recostados en el sofá-cama, fumando su Lucky, escuchaban The strangers in the night y miraban
pegado al muro el puente sobre el río Hudson! Un esfuerzo más y ¡hop! ya estaban caminando sobre el puente.
Para nosotros incluso era difícil viajar a Estados Unidos. Había que tener una beca o parientes allá o mucho
dinero. Ni López ni Cabanillas estaban en ese caso. No vieron entonces otra salida que el salto de pulga, como
ya lo practicaban otros blanquiñosos, gracias al trabajo de purser en una compañía de aviación. Todos los años
convocaban a concurso y ambos se presentaron. Sabían más inglés que nadie, les encantaba servir, eran
sacrificados e infatigables, pero nadie los conocía, no tenían recomendación y era evidente, para los
calificadores, que se trataba de mulatos talqueados. Fueron desaprobados.
Dicen que Boby lloró y se mesó desesperadamente el cabello y que Cabanillas tentó un suicidio por salto al
vacío desde un modesto segundo piso. En su refugio de Mogollón pasaron los días más sombríos de su vida, la
ciudad que los albergaba terminó por convertirse en un trapo sucio a fuerza de cubrirla de insultos y reproches.
Pero el ánimo les volvió y nuevos planes surgieron. Puesto que nadie quería ver aquí con ellos, había que irse
como fuese. Y no quedaba otra vía que la del inmigrante disfrazado de turista.
Fue un año de duro trabajo en el cual fue necesario privarse de todo a fin de ahorrar para el pasaje y formar
una bolsa común que les permitiera defenderse en el extranjero. Así ambos pudieron al fin hacer maletas y
abandonar para siempre esa ciudad odiada, en la cual tanto habían sufrido y a la que no querían regresar así no
quedara piedra sobre piedra
Todo lo que viene después es previsible y no hace falta mucha imaginación para completar esta parábola. En el
barrio dispusimos de informaciones directas: cartas de Boby a su mamá, noticias de viajeros y al final relato de
un testigo.
Por lo pronto Boby y José María se gastaron en un mes lo que pensaban les duraría un semestre. Se dieron
cuenta además que en Nueva York se habían dado cita todos los López y Cabanillas del mundo, asiáticos,
árabes, aztecas, africanos, ibéricos, mayas, chibchas, sicilianos, caribeños, musulmanes, quechuas, polinesios,
esquimales, ejemplares de toda procedencia, lengua, raza y pigmentación y que tenían sólo en común el
querer vivir como un yanqui, después de haberle cedido su alma y haber intentado usurpar su apariencia. La
ciudad los toleraba unos meses, complacientemente, mientras absorbía sus dólares ahorrados. Luego, como
por un tubo, los dirigía hacia el mecanismo de la expulsión.
A duras penas obtuvieron ambos una prórroga de sus visas, mientras trataban de encontrar un trabajo estable
que les permitiera quedarse, al par que las Quecas del lugar, y eran tantas, les pasaban por las narices, sin
concederles ni siquiera la atención ofuscada que nos despierta una cucaracha. La ropa se les gastó, la música
de Frank Sinatra les llegaba al huevo, la sola idea de tener por todo alimento que comerse un hot-dog, que en
Lima era una gloria, les daba náuseas. Del hotel barato pasaron al albergue católico y luego a la banca del
parque público. Pronto conocieron esa cosa blanca que caía del cielo, que los despintaba y que los hacía
patinar como idiotas en veredas heladas y que era, por el color, una perfidia racista de la naturaleza.
Sólo había una solución. A miles de kilómetros de distancia, en un país llamado Corea, rubios estadounidenses
combatían contra unos horribles asiáticos. Estaba en juego la libertad de Occidente decían los diarios y lo
repetían los hombres de Estado en la televisión. ¡Pero era tan penoso enviar a los boys a ese lugar! Morían
como ratas, dejando a pálidas madres desconsoladas en pequeñas granjas donde había un cuarto en el altillo
lleno de viejos juguetes. El que quisiera ir a pelear un año allí tenía todo garantizado a su regreso: nacionalidad,
trabajo, seguro social, integración, medallas. Por todo sitio existían centros de reclutamiento. A cada
voluntario, el país le abría su corazón.
Boby y José María se inscribieron para no ser expulsados. Y después de tres meses de entrenamiento en un
cuartel partieron en un avión enorme. La vida era una aventura maravillosa, el viaje fue inolvidable. Habiendo
nacido en un país mediocre, misérrimo y melancólico, haber conocido la ciudad más agitada del mundo, con
miles de privaciones, es verdad, pero ya eso había quedado atrás, ahora llevaban un uniforme verde, volaban
sobre planicies, mares y nevados, empuñaban armas devastadoras y se aproximaban, jóvenes aún colmados de
promesas, al reino de lo ignoto.
La lavandera María tiene cantidades de tarjetas postales con templos, mercados y calles exóticas, escritas con
una letra muy pequeña y aplicada. ¿Dónde quedará Seúl? Hay muchos anuncios y cabarets. Luego cartas del
frente, que nos enseñó cuando le vino el primer ataque y dejó de trabajar unos días. Gracias a estos
documentos pudimos reconstruir bien que mal lo que pasó. Progresivamente, a través de sucesivos tanteos,
Boby fue aproximándose a la cita que había concertado desde que vino al mundo. Había que llegar a un
paralelo y hacer frente a oleadas de soldados amarillos que bajaban del polo como cancha. Para eso estaban
los voluntarios, los indómitos vigías de Occidente.
José María se salvó por milagro y enseñaba con orgullo el muñón de su brazo derecho cuando regresó a Lima,
meses después. Su patrulla había sido enviada a reconocer un arrozal, donde se suponía que había emboscada
una avanzadilla coreana. Boby no sufrió, dijo José María, la primera ráfaga le voló el casco y su cabeza fue a
caer en una acequia, con todo el pelo pintado revuelto hacia abajo. Él sólo perdió un brazo, pero estaba allí
vivo, contando estas historias, bebiendo su cerveza helada, desempolvado ya y zambo como nunca, viviendo
holgadamente de lo que le costó ser un mutilado.
La mamá de Roberto había sufrido entonces su segundo ataque, que la borró del mundo. No pudo leer así la
carta oficial en la que le decían que Bob López había muerto en acción de armas y tenía derecho a una citación
honorífica y a una prima para su familia. Nadie la pudo cobrar.
Colofón
¿Y Queca? Si Bob hubiera conocido su historia tal vez su vida habría cambiado o tal vez no, eso nadie lo
sabe. Billy Mulligan la llevó a su país, como estaba convenido, a un pueblo de Kentucky donde su padre había
montado un negocio de carne de cerdo enlatada. Pasaron unos meses de infinita felicidad, en esa linda casa
con amplia calzada, verja, jardín y todos los aparatos eléctricos inventados por la industria humana, una casa
en suma como las que había en cien mil pueblos de ese país-continente. Hasta que a Billy le fue saliendo el
irlandés que disimulaba su educación puritana, al mismo tiempo que los ojos de Queca se agrandaron y
adquirieron una tristeza limeña. Billy fue llegando cada vez más tarde, se aficionó a las máquinas tragamonedas
y a las carreras de auto, sus pies le crecieron más y se llenaron de callos, le salió un lunar maligno en el
pescuezo, los sábados se inflaba de bourbon en el club Amigos de Kentucky, se enredó con una empleada de la
fábrica, chocó dos veces el carro, su mirada se volvió fija y aguachenta y terminó por darle de puñetazos a su
mujer, a la linda, inolvidable Queca, en las madrugadas de los domingos, mientras sonreía estúpidamente y la
llamaba chola de mierda.
(París, 1975)
5. Según tú ¿Crees que este cuento está relacionado con la realidad actual? ¿Por qué?
7. ¿Qué fue lo que hizo López para ser un “gringo” y subir de estatus social?
8. ¿Bob López era el único que quería ser gringo? ¿Quiénes más querían serlo?
9. ¿Por qué crees que López está avergonzado con su forma de ser y su origen?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento donde el tema central sea DISCRIMINACIÓN. La extensión será de una cara y con un título
original.
Cuento de terror "Vera" de Villiers de L’Isle Adam con actividades de comprensión lectora
Vera
El amor es más fuerte que la muerte, ha dicho Salomón: su misterioso poder no tiene límites.
Concluía una tarde otoñal en París. Cerca del sombrío barrio de Saint–Germain, algunos carruajes, ya
alumbrados, rodaban retrasados después de concluido el horario de cierre del bosque. Uno de ellos se detuvo
delante del portalón de una gran casa señorial, rodeada de jardines antiguos. Encima del arco destacaba un
escudo de piedra con las armas de la vieja familia de los condes D’Athol: una estrella de plata sobre fondo de
azur, con la divisa Pallida Victrix bajo la corona principesca forrada de armiño. Las pesadas hojas de la puerta se
abrieron. Un hombre de treinta y cinco años, enlutado, con el rostro mortalmente pálido, descendió. En la
escalinata, los sirvientes taciturnos tenían alzadas las antorchas. Sin mirarles, él subió los peldaños y entró. Era
el conde D’Athol.
Vacilante, ascendió las blancas escaleras que conducían a aquella habitación donde, en la misma mañana,
había acostado en un féretro de terciopelo, cubierto de violetas, entre lienzos de batista, a su amor voluptuoso
y desesperado, a su pálida esposa, Vera.
Todos los objetos permanecían en el mismo lugar en donde la condesa los había dejado la víspera. La muerte,
súbita, la había fulminado. La noche anterior, su bien amada se desvaneció entre placeres tan profundos, se
perdió en tan exquisitos abrazos, que su corazón, quebrado por tantas delicias sensuales, había desfallecido.
Sus labios se mojaron bruscamente con un rojo mortal. Apenas tuvo tiempo de darle a su esposo un beso de
adiós, sonriendo, sin pronunciar una sola palabra. Luego, sus largas pestañas, como cendales de luto, se
cerraron para siempre.
Hacia el mediodía, después de la espantosa ceremonia en el panteón familiar, el conde D’Athol despidió a la
fúnebre escolta. Después solo, encerrose con la muerta, entre los cuatro muros de mármol, y cerró la puerta
de hierro del mausoleo. El incienso se quemaba en un trípode, frente al ataúd. Una corona luminosa de
lámparas, en la cabecera de la joven difunta, la aureolaba como estrellas.
Él, en pie, ensimismado, con el solo sentimiento de una ternura sin esperanza, se había quedado allí durante
todo el día. Alrededor de las seis, en el crepúsculo, salió del lugar sagrado. Al cerrar el sepulcro, quitó la llave
de plata de la cerradura y, empinándose en el último peldaño de la escalinata, la arrojó al interior del panteón.
Cayeron sobre las losas interiores a través del trébol que adornaba la parte superior del portal. ¿Por qué todo
esto…? Con certeza obedecía a la secreta decisión de no volver allí nunca más.
La ventana, detrás de los amplios cortinajes de cachemira malva, recamados en oro, estaba abierta. Un último
y pálido rayo de luz del atardecer iluminaba un cuadro envejecido de madera. Era el retrato de la muerta. El
conde miró a su alrededor. La ropa estaba tirada sobre un sillón, como la víspera. sobre la chimenea estaban
las joyas, el collar de perlas, el abanico a medio cerrar, y los pesados frascos de perfume que su amada no
aspiraría nunca más. Sobre el techo deshecho, construido de ébano, con columnas retorcidas, junto a la
almohada, en el lugar donde la cabeza adorada había dejado su huella, en medio de los encajes, vio el pañuelo
enrojecido, por gotas de su sangre cuando su joven alma aleteó un instante. El piano permanecía abierto, a la
espera de una melodía inconclusa. Las flores de indiana, recogidas por ella en el invernadero, se marchitaban
dentro del vaso de Sajonia. A los pies del lecho, sobre una piel negra, estaban las pequeñas chinelas orientales,
de terciopelo, sobre las que un emblema gracioso resaltaba bordado en perlas: Quien ve a Vera la ama. Los
pies desnudos de la bien amada jugaban aún la mañana del día anterior, moviendo a cada paso el edredón de
plumas de cisne. Y allá, en la sombra, estaba el reloj de péndulo al que él había roto el resorte para que no
sonasen más las horas.
Así, pues, ella había partido… ¿Adónde? Vivir ahora, ¿para hacer qué? Era imposible, absurdo…
Seis meses habían transcurrido desde su matrimonio. ¿No fue en el extranjero, en el baile de una embajada,
donde la vio por primera vez…? Sí, ese instante se recreaba ante sus ojos, pero de forma muy distinta. Ella se le
apareció allí, radiante, deslumbrante. Aquella tarde sus miradas se habían encontrado. Ellos se habían
reconocido íntimamente, sabiéndose de naturaleza igual, y en adelante se amaron para siempre.
Los propósitos engañosos, las sonrisas que observaban, las insinuaciones, todas las dificultades y problemas
que opone el mundo para retrasar la inevitable felicidad de aquellos que se pertenecen, se desvanecía ante la
certeza que ellos tuvieron, en aquel fugaz instante, de saberse el uno para el otro.
Vera, cansada de la insípida ceremoniosidad, de las personas de su entorno, había ido hacia él desde el primer
instante, dejando de lado las banalidades donde se pierde el tiempo precioso de la vida.
¡Oh! Cómo, a las primeras palabras, las tontas ideas de quienes les eran indiferentes, les parecían como el
vuelo de los pájaros nocturnos adentrándose en la oscuridad. ¡Qué sonrisas intercambiaban y qué inefables
abrazos!
Sin embargo, su naturaleza era de lo más extraña. Eran dos seres dotados de sentidos maravillosos, pero
exclusivamente terrestres. Las sensaciones se prolongaban en ellos con una intensidad inquietante, tanto es así
que se olvidaban de sí mismos a fuerza de experimentarlas. Y por el contrario, ciertas ideas, aquellas del alma,
por ejemplo, del Infinito, de Dios mismo, estaban como veladas a su entendimiento. La fe de la mayoría de las
personas en las cosas sobrenaturales no era para ellos más que algo sorprendente y extraño, una cuestión de la
cual no se preocupaban, no considerándose con capacidad para criticar o aprobar.
En razón de eso, puesto que reconocían que el mundo les era extraño, se habían aislado, inmediatamente
después de haberse unido, en esa vieja y sombría mansión, donde la extensión de los jardines alejaba los
ruidos del exterior.
Allí, ambos amantes se sumergieron en ese océano de alegrías lánguidas y perversas donde el espíritu se
mezcla con los misterios de la carne. Ellos agotaron las violencias de los deseos, los estremecimientos de la
ternura más apasionada, y se convirtieron en el palpitante latido de ser el uno del otro. En ellos, el espíritu se
adentraba tan bien en el cuerpo que sus formas parecían compenetrarse, y los besos ardientes les
encadenaban en una fusión ideal. ¡Prolongado deslumbramiento! La muerte había destruido el encanto. El
terrible accidente los desunía, y sus brazos se desenlazaban. ¿Qué sombra había atrapado a su querida
muerta? ¡Muerta no! ¿Es que el alma de los violoncelos puede ser arrastrada con el gemido de una cuerda que
se quiebra?
A través de la ventana, él contemplaba cómo la noche se insinuaba en los cielos. Y la noche se le apareció como
algo personal. Tuvo la impresión de que era una reina marchando con melancolía en el exilio, y el broche de
diamantes de su túnica de luto, Venus, sola, brillaba por encima de los árboles, perdida en el fondo oscuro.
–Es Vera –pensó él.
Al pronunciar en voz muy baja su nombre se estremeció como un hombre que despierta. Después,
enderezándose, miró en torno suyo.
En la habitación, los objetos estaban iluminados ahora por una luz tenue, hasta entonces imprecisa, la de una
lamparilla que azulaba las tinieblas, y que la noche, ya alzada en el cielo, hacía aparecer como si fuese otra
estrella. Era esa lamparilla, con perfumes de incienso, un icono, relicario de la familia de Vera. El relicario, de
una madera preciosa y vieja, colgaba de una cuerda de esparto ruso entre el espejo y el cuadro. Un reflejo de
los dorados del interior caía sobre el collar encima de la chimenea.
La compacta aureola de la Madona brillaba con hálito de cielo; la cruz bizantina con finos y rojos alineamientos,
fundidos en el reflejo, sombreaban con un tinte de sangre las perlas encendidas. Desde la infancia, Vera
admiraba, con sus grandes ojos, el rostro puro y maternal de la Madona hereditaria. Pero su naturaleza, por
desdicha, no podía consagrarle más que un supersticioso amor, ofrecido a veces, ingenua y pensativamente,
cuando pasaba por delante de la lámpara.
Al verla, el conde, herido de recuerdos dolorosos hasta lo más recóndito de su alma, se enderezó y sopló en la
luz santa, para luego, a tientas, extendiendo la mano hacia un cordón, hacerlo sonar.
Apareció un sirviente. Era un anciano vestido de negro. Llevaba un candelabro que colocó delante del retrato
de la condesa. Cuando se volvió, el hombre sintió un escalofrío de terror supersticioso al ver a su amo de pie y
tan sonriente como si nada hubiera sucedido.
–Raymond –dijo tranquilamente el conde–, esta tarde, la condesa y yo nos sentimos abrumados de cansancio.
Servirás la cena hacia las diez de la noche. Y a propósito, hemos resuelto aislarnos aquí durante algún tiempo.
Desde mañana, ninguno de mis sirvientes, excepto tú, debe pasar la noche en la casa. Les entregarás el sueldo
de tres años y les dirás que se vayan. Atrancarás después el portal, encenderás los candelabros de abajo, en el
comedor. Tú nos bastarás puesto que en lo sucesivo no recibiremos a nadie.
El sirviente pensó primeramente que el dolor, demasiado agudo y desesperado, había perturbado el espíritu de
su amo. Él le conocía desde la infancia y comprendió al instante que el choque de un despertar demasiado
súbito podía serle fatal a ese sonámbulo. Su primer deber consistía en respetar aquel secreto.
Inclinó la cabeza. ¿Una abnegada complicidad a ese sueño religioso? ¿Obedecer…? ¿Continuar sirviéndoles sin
tener en cuenta a la muerte? ¡Qué idea tan extraña! ¿Podría además sostenerse por más tiempo que una
noche? Mañana, mañana… ¡Ay! Pero, ¿quién sabe…? ¡Quizá! Después de todo era un proyecto sagrado… ¿Con
qué derecho reflexionar sobre ello?
Salió del cuarto. Ejecutó las órdenes al pie de la letra y aquella misma tarde comenzó la insólita experiencia.
Al principio con estupor, pero luego por una especie de deferente ternura, Raymond se las ingenió tan bien
para parecer natural que aún no habían transcurrido tres semanas cuando por momentos él mismo se sentía
engañado por su buena voluntad. No había lugar para segundas interpretaciones. A veces, experimentando
una especie de vértigo, tenía la necesidad de decirse a sí mismo que la condesa estaba realmente muerta. Se
dejó arrastrar a ese juego fúnebre olvidándose a cada instante de la realidad. Y muy pronto tuvo necesidad en
más de una ocasión de reflexionar para convencerse y rehacerse. Comprendió pronto que de seguir así no
tardaría en abandonarse por completo al espantoso magnetismo a través del cual el conde iba impregnando
paulatinamente la atmósfera que les rodeaba. Tenía miedo, un miedo indeciso, suave…
D’Athol, en efecto, vivía sumido en la inconsciencia de la muerte de su bien amada. No podía más que tenerla
siempre presente, a tal punto la memoria viva de la joven dama estaba mezclada con la suya. En ocasiones se
sentaba en un banco del jardín, los días de sol, leyendo en voz alta las poesías que ella prefería, o bien, en la
tarde, delante del fuego, las dos tazas de té sobre una mesita, conversaba con la Ilusión sonriente, sentada, a
sus ojos, en el otro sillón.
Las noches, los días, las semanas, transcurrieron en un soplo. Ni el uno ni el otro sabían lo que estaban
haciendo. Y se producían unos fenómenos singulares que hacían que resultase cada vez más difícil distinguir
cuándo lo imaginario y lo real se hacían idénticos. Una presencia flotaba en el aire: una forma se esforzaba por
manifestarse, por hacerse ver, plasmándose en el espacio indefinible. D’Athol vivía doblemente iluminado. Un
semblante suave y pálido, entrevisto como un relámpago, en un abrir y cerrar de ojos; un débil acorde que
hería de repente el piano; un beso que le cerraba la boca en el momento en que se disponía a hablar,
pensamientos femeninos que aparecían en él como respuesta a lo que decía, un desdoblamiento de sí mismo
que le llevaba a percibir como en una niebla fluida, el perfume vertiginosamente dulce de su bien amada muy
próximo a él. Y por la noche, entre la vigilia y el sueño, las palabras oídas muy quedas le conmovían. ¡Era una
negación de la muerte elevada, por fin, a un poder desconocido! Una vez, D’Athol la vio y sintió tan cerca de él
que la tomó en sus brazos, pero ese movimiento hizo que desapareciera.
El día de su cumpleaños colocó, como una broma, una flor de siemprevivas en el ramillete que depositó encima
de la almohada de Vera.
Gracias a la profunda y todopoderosa voluntad del señor D’Athol que, a fuerza de amor, forjaba la vida y la
presencia de su mujer en la solitaria mansión, esta existencia había acabado por llegar a ser de un encanto
sombrío y seductor. El mismo Raymond ya no experimentaba temor y se acostumbraba a todas aquellas
circunstancias. Un vestido de terciopelo negro entrevisto al girar un corredor, una voz risueña que le llamaba
en el salón; el sonido de la campanilla despertándole por la mañana, como antes, todo esto llegaba a hacérsele
familiar. Se hubiera dicho que la muerta jugaba en lo invisible, como una chiquilla. ¡Se sentía amada de tal
modo que resultaba todo de lo más natural!
En la tarde del aniversario, sentado junto al fuego en la habitación de Vera, el conde terminaba de leerle un
cuento florentino, Callimaque, cuando, cerrando el libro y sirviéndose el té, dijo:
–Douschka, ¿te acuerdas del Valle de las Rosas, en las orillas del Lahn, del castillo de Cuatro Torres…? Estas
historias te lo han recordado, ¿no es verdad?
Se levantó y en el espejo azulado se vio más pálido que de ordinario. Introdujo un brazalete de perlas en una
copa y miró atentamente las perlas. Las perlas conservaban todavía su tibieza y su oriente se veía muy suave,
influido por el calor de su carne. Y el ópalo de aquel collar siberiano, que amaba también el bello seno de Vera,
solía palidecer enfermizamente en su engarce de oro, cuando la joven dama lo olvidaba durante algún tiempo.
Por ello la condesa había apreciado tanto aquella piedra fiel. Esta tarde el ópalo brillaba como si acabara de
quitárselo y como si el exquisito magnetismo de la hermosa muerta aún lo penetrase. Dejando a un lado el
collar y las piedras preciosas, el conde tocó por casualidad el pañuelo de batista en el que las gotas de sangre
aparecían todavía húmedas y rojas como claveles sobre la nieve. Allá, sobre el piano, ¿quién había vuelto la
página final de la melodía de otros tiempos? ¿Es que la sagrada lamparilla se había vuelto a encender en el
relicario…? Sí, su llama dorada iluminaba místicamente el semblante de ojos cerrados de la Madona. Y esas
flores orientales, nuevamente recogidas, que se abrían en los vasos de Sajonia, ¿qué mano acababa de
colocarlas? La habitación parecía alegre y dotada de vida, de una manera más significativa e intensa que de
costumbre. Pero ya nada podía sorprender al conde. Todo esto le parecía tan normal que ni siquiera se dio
cuenta de que la hora sonaba en aquel reloj de péndulo, parado desde hacía un año.
Sin embargo, esa tarde se había dicho que, desde el fondo de las tinieblas, la condesa Vera se esforzaba por
volver a aquella habitación, impregnada de ella por completo. ¡Había dejado allí tanto de sí misma! Todo
cuanto había constituido su existencia le atraía. Su hechizo flotaba en el ambiente. La desesperada llamada y la
apasionada voluntad de su esposo debían haber desatado las ligaduras de lo invisible en su derredor. Su
presencia era reclamada y todo lo que ella amaba estaba allí.
Ella debía desear volver a sonreír aún en aquel espejo misterioso en el que admiró su rostro. La dulce muerta,
allá, se había estremecido ciertamente entre sus violetas, bajo las lámparas apagadas. La divina muerta había
temblado en la tumba, completamente sola, mirando la llave de plata arrojada sobre las losas. ¡Ella también
deseaba volver con él! Y su voluntad se perdía en las fantasías, el incienso y el aislamiento, porque la muerte
no es más que una circunstancia definitiva para quienes esperan el cielo; pero la muerte y los cielos, y la vida,
¿es que no eran para ella algo más que su abrazo? El beso solitario de su esposo debía atraer sus labios en la
penumbra. Y el sonido de melodías, las embriagadoras palabras de antaño, los vestidos que cubrían su cuerpo y
conservaban aún su perfume, las mágicas pedrerías que la amaban en su oscura simpatía, la inmensa y
absoluta necesidad de su presencia, ansia compartida finalmente por las mismas cosas, tan insensiblemente
que, curada al fin de la adormecedora muerte, ya no le faltaba más que regresar. ¡REGRESAR!
¡Ah! ¡La ideas son iguales que seres vivos…! El conde había esculpido en el aire la forma de su amor y era
preciso que aquel vacío fuese colmado por el único ser que era su igual o de otro modo el universo se hundiría.
En ese momento la impresión se concretó en una idea definitiva, simple, absoluta: ¡Ella debía estar allí, en la
habitación! Él estaba tan seguro de eso como de su propia existencia y todas las cosas a su alrededor estaban
saturadas de la misma convicción. Eso era algo patente. Y como no faltaba más que la misma Vera, tangible,
exterior, era preciso que ella se encontrase allí y que el gran sueño de la vida y de la muerte entreabriese por
un momento sus puertas infinitas. El camino de resurrección estaba abierto por la fe hacia ella. Un fresco
estallido de risa iluminó con su alegría el lecho nupcial. El conde se volvió, y allí, delante de sus ojos, hecha de
voluntad y de recuerdos, apoyada sobre la almohada de encajes, sosteniendo con sus manos los largos
cabellos, deliciosamente abierta su boca en una sonrisa paradisíaca y plena de voluptuosidad, bella hasta
morir, al fin ella, la condesa Vera le estaba contemplando, un poco adormecida aún.
Y entonces se dieron cuenta de que ellos no formaban más que un solo ser.
Las horas volaron en un viaje extraño, un éxtasis en el que se mezclaban, por primera vez, la tierra y el cielo.
De repente, el conde D’Athol se estremeció como golpeado por una fatal reminiscencia.
–¡Ah! Ahora recuerdo… ¿Qué es lo que me sucede…? ¡Pero si tú estás muerta!
En ese mismo instante, al oírse estas palabras, la mística lamparilla del icono se extinguió. El pálido amanecer
de una mañana insignificante, gris y lluviosa, se filtró en la habitación por los intersticios de las cortinas. Las
velas vacilaron y se apagaron, dejando humear acremente sus mechas rojizas. El fuego desapareció bajo una
capa de tibias cenizas. Las flores se marchitaron y secaron en un instante. El balanceo del péndulo fue
recobrando paulatinamente su anterior inmovilidad. La certeza de todos los objetos se esfumó de golpe. El
ópalo, muerto ya, no brillaba más. Las manchas de sangre se habían secado también, sobre la batista. Y
esfumándose entre los brazos desesperados, que en vano querían retenerla, la ardiente y blanca visión entró
en el aire y se perdió. El conde se puso en pie. Acababa de darse cuenta de que estaba solo. Su maravilloso
sueño acababa de disiparse en un momento. Había roto el hilo magnético de su trama radiante con una sola
palabra. La atmósfera que reinaba allí era ya la de los difuntos.
Como esas lágrimas de cristal, ensambladas ilógicamente pero tan sólidas que un solo golpe de martillo,
asestado en su parte más gruesa, no llegaría a romperlas, pero que caen en súbito e impalpable polvo si se
rompe la extremidad más fina que la punta de una aguja, todo se había desvanecido.
–¡Oh! –gimió él–. ¡Todo ha terminado! ¡La he perdido…! ¡Otra vez vuelve a estar sola…! ¿Cuál es ahora la ruta
para llegar hasta ti..? ¡Indícame el camino que puede conducirme hasta ti!
De pronto, como una respuesta, un objeto brillante cayó del lecho nupcial sobre la negra piel con un ruido
metálico. Un rayo del tétrico día lo iluminó… El abandonado se inclinó. Lo cogió y una sonrisa sublime iluminó
su rostro al reconocer aquel objeto. ¡Era la llave de la tumba!
"El amor es más fuerte que la muerte, ha dicho Salomón: su misterioso poder no tiene límites". Responde:
¿Qué relación hay entre esta frase y el contenido del cuento?
5. ¿Qué significa esta frase: "Así, pues, ella había partido… ¿Adónde? Vivir ahora, ¿para hacer qué? Era
imposible, absurdo…" Explica tu respuesta.
6. ¿Qué le dijo el conde a Raymond, su criado? ¿Qué pensó el criado sobre ello?
7. Infiere: ¿Qué significa esta parte de la narración: "D’Athol, en efecto, vivía sumido en la inconsciencia de la
muerte de su bien amada"? Explica tu respuesta
8. ¿Por qué el conde D’Athol colocó una flor de siemprevivas en la almohada de Vera?
9. ¿Por qué en una parte de este cuento la palabra "¡REGRESAR!" está escrita con mayúsculas y entre signos de
admiración?
10. Qué se infiere de la siguiente frase: "El conde había esculpido en el aire la forma de su amor y era preciso
que aquel vacío fuese colmado por el único ser que era su igual o de otro modo el universo se hundiría".
Justifica tu respuesta.
11. ¿Por qué al final del cuento se hace referencia a la llave de la tumba? ¿Qué significa ello? Justifica tu
respuesta.
13. Después de leer el cuento: ¿Crees que el conde D’Athol había enloquecido? Justifica tu respuesta.
15. ¿Qué opinas de este cuento? ¿Cómo lo valorarías? ¿Qué te gustó más y qué no te gustó? Explica tu
respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
Crea un cuento cuyo protagonista haya sufrido la perdida de un ser amado. No olvides crear una atmósfera
acorde a los sentimientos de tu protagonista.
Cuento "El barril de amontillado" de Edgar Allan Poe con actividades de comprensión lectora
El barril de amontillado
Había yo soportado hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me hacía objeto, pero cuando
se atrevió a insultarme juré que me vengaría. Vosotros, sin embargo, que conocéis harto bien mi alma, no
pensaréis que proferí amenaza alguna. Me vengaría a la larga; esto quedaba definitivamente decidido, pero,
por lo mismo que era definitivo, excluía toda idea de riesgo. No sólo debía castigar, sino castigar con
impunidad. No se repara un agravio cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es reparado si el
vengador no es capaz de mostrarse como tal a quien lo ha ofendido.
Téngase en cuenta que ni mediante hechos ni palabras había yo dado motivo a Fortunato para dudar de mi
buena disposición. Tal como me lo había propuesto, seguí sonriente ante él, sin que se diera cuenta de que mi
sonrisa procedía, ahora, de la idea de su inmolación.
Un punto débil tenía este Fortunato, aunque en otros sentidos era hombre de respetar y aun de temer.
Enorgullecíase de ser un connaisseur en materia de vinos. Pocos italianos poseen la capacidad del verdadero
virtuoso. En su mayor parte, el entusiasmo que fingen se adapta al momento y a la oportunidad, a fin de
engañar a los millonarios ingleses y austriacos. En pintura y en alhajas Fortunato era un impostor, como todos
sus compatriotas; pero en lo referente a vinos añejos procedía con sinceridad. No era yo diferente de él en este
sentido; experto en vendimias italianas, compraba con largueza todos los vinos que podía.
Anochecía ya, una tarde en que la semana de carnaval llegaba a su locura más extrema, cuando encontré a mi
amigo. Acercóseme con excesiva cordialidad, pues había estado bebiendo en demasía. Disfrazado de bufón,
llevaba un ajustado traje a rayas y lucía en la cabeza el cónico gorro de cascabeles. Me sentí tan contento al
verle, que me pareció que no terminaría nunca de estrechar su mano.
—Mi querido Fortunato —le dije—, ¡qué suerte haberte encontrado! ¡Qué buen semblante tienes! Figúrate
que acabo de recibir un barril de vino que pasa por amontillado, pero tengo mis dudas
—Tengo mis dudas —insistí—, pero he sido lo bastante tonto como para pagar su precio sin consultarte antes.
No pude dar contigo y tenía miedo de echar a perder un buen negocio.
—¡Amontillado!
—¡Amontillado!
—¡Amontillado!
—Como estás ocupado, me voy a buscar a Lucresi. Si hay alguien con sentido crítico, es él. Me dirá que…
—Y sin embargo no faltan tontos que afirman que su gusto es comparable al tuyo.
—¡Ven! ¡Vamos!
—¿Adónde?
—A tu bodega.
—No, amigo mío. No quiero aprovecharme de tu bondad. Noto que estás ocupado, y Lucresi…
—No, amigo mío. No se trata de tus ocupaciones, pero veo que tienes un fuerte catarro. Las criptas son
terriblemente húmedas y están cubiertas de salitre.
—Vamos lo mismo. Este catarro no es nada. ¡Amontillado! Te has dejado engañar. En cuanto a Lucresi, es
incapaz de distinguir entre jerez y amontillado.
Mientras decía esto, Fortunato me tomó del brazo. Yo me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome
una roquelaure, dejé que me llevara apresuradamente a mi palazzo.
No encontramos sirvientes en mi morada; habíanse escapado para festejar alegremente el carnaval. Como les
había dicho que no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes expresas de no moverse de casa,
estaba bien seguro de que todos ellos se habían marchado de inmediato apenas les hube vuelto la espalda.
Saqué dos antorchas de sus anillas y, entregando una a Fortunato, le conduje a través de múltiples
habitaciones hasta la arcada que daba acceso a las criptas. Descendimos una larga escalera de caracol,
mientras yo recomendaba a mi amigo que bajara con precaución. Llegamos por fin al fondo y pisamos juntos el
húmedo suelo de las catacumbas de los Montresors.
—Está más delante —contesté—, pero observa las blancas telarañas que brillan en las paredes de estas
cavernas.
Se volvió hacía mí y me miró en los ojos con veladas pupilas, que destilaban el flujo de su embriaguez.
—Vamos —declaré con decisión—. Volvámonos; tu salud es preciosa. Eres rico, respetado, admirado, querido;
eres feliz como en un tiempo lo fui yo. Tu desaparición sería lamentada, cosa que no ocurriría en mi caso.
Volvamos, pues, de lo contrario, te enfermarás y no quiero tener esa responsabilidad. Además está Lucresi,
que…
—¡Basta! —dijo Fortunato—. Esta tos no es nada y no me matará. No voy a morir de un acceso de tos.
—Ciertamente que no —repuse—. No quería alarmarte innecesariamente. Un trago de este Medoc nos
protegerá de la humedad.
Rompí el cuello de una botella que había extraído de una larga hilera de la misma clase colocada en el suelo.
Mirándome de soslayo, alzó la botella hasta sus labios. Detúvose y me hizo un gesto familiar, mientras
tintineaban sus cascabeles.
—Un gran pie humano de oro en campo de azur; el pie aplasta una serpiente rampante, cuyas garras se
hunden en el talón.
—¿Y el lema?
Chispeaba el vino en sus ojos y tintineaban los cascabeles. El Medoc había estimulado también mi fantasía.
Dejamos atrás largos muros formados por esqueletos apilados, entre los cuales aparecían también barriles y
pipas, hasta llegar a la parte más recóndita de las catacumbas. Me detuve otra vez, atreviéndome ahora a
tomar del brazo a Fortunato por encima del codo.
—¡Mira cómo el salitre va en aumento! —dije—. Abunda como el moho en las criptas. Estamos debajo del
lecho del río. Las gotas de humedad caen entre los huesos… Ven, volvámonos antes de que sea demasiado
tarde. La tos…
—No es nada —dijo Fortunato—. Sigamos adelante, pero bebamos antes otro trago de Medoc.
Rompí el cuello de un frasco de De Grâve y se lo alcancé. Vaciolo de un trago y sus ojos se llenaron de una luz
salvaje. Riéndose, lanzó la botella hacia arriba, gesticulando en una forma que no entendí.
—¿No comprendes?
—No —repuse.
—¿Cómo?
—Te estás burlando —exclamó Fortunato, retrocediendo algunos pasos—. Pero vamos a ver ese amontillado.
—Puesto que lo quieres —dije, guardando el utensilio y ofreciendo otra vez mi brazo a Fortunato, que se apoyó
pesadamente. Continuamos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos bajo una hilera de arcos muy
bajos, descendimos, seguimos adelante y, luego de bajar otra vez, llegamos a una profunda cripta, donde el
aire estaba tan viciado que nuestras antorchas dejaron de llamear y apenas alumbraban.
En el extremo más alejado de la cripta se veía otra menos espaciosa. Contra sus paredes se habían apilado
restos humanos que subían hasta la bóveda, como puede verse en las grandes catacumbas de París. Tres lados
de esa cripta interior aparecían ornamentados de esta manera. En el cuarto, los huesos se habían desplomado
y yacían dispersos en el suelo, formando en una parte un amontonamiento bastante grande. Dentro del muro
así expuesto por la caída de los huesos, vimos otra cripta o nicho interior, cuya profundidad sería de unos
cuatro pies, mientras su ancho era de tres y su alto de seis o siete. Parecía haber sido construida sin ningún
propósito especial, ya que sólo constituía el intervalo entre dos de los colosales soportes del techo de las
catacumbas, y formaba su parte posterior la pared, de sólido granito, que las limitaba.
Fue inútil que Fortunato, alzando su mortecina antorcha, tratara de ver en lo hondo del nicho. La débil luz no
permitía adivinar dónde terminaba.
—Es un ignorante —interrumpió mi amigo, mientras avanzaba tambaleándose y yo le seguía pegado a sus
talones. En un instante llegó al fondo del nicho y, al ver que la roca interrumpía su marcha, se detuvo como
atontado. Un segundo más tarde quedaba encadenado al granito. Había en la roca dos argollas de hierro,
separadas horizontalmente por unos dos pies. De una de ellas colgaba una cadena corta; de la otra, un
candado. Pasándole la cadena alrededor de la cintura, me bastaron apenas unos segundos para aherrojarlo.
Demasiado estupefacto estaba para resistirse. Extraje la llave y salí del nicho.
—Pasa tu mano por la pared —dije— y sentirás el salitre. Te aseguro que hay mucha humedad. Una vez más,
te imploro que volvamos. ¿No quieres? Pues entonces, tendré que dejarte. Pero antes he de ofrecerte todos
mis servicios.
Mientras decía esas palabras, fui hasta el montón de huesos de que ya he hablado. Echándolos a un lado, puse
en descubierto una cantidad de bloques de piedra y de mortero. Con estos materiales y con ayuda de mi pala
de albañil comencé vigorosamente a cerrar la entrada del nicho.
Apenas había colocado la primera hilera de mampostería, advertí que la embriaguez de Fortunato se había
disipado en buena parte. La primera indicación nació de un quejido profundo que venía de lo hondo del nicho.
No era el grito de un borracho. Siguió un largo y obstinado silencio. Puse la segunda hilera, la tercera y la
cuarta; entonces oí la furiosa vibración de la cadena. El ruido duró varios minutos, durante los cuales, y para
poder escucharlo con más comodidad, interrumpí mi labor y me senté sobre los huesos. Cuando, por fin, cesó
el resonar de la cadena, tomé de nuevo mi pala y terminé sin interrupción la quinta, la sexta y la séptima hilera.
La pared me llegaba ahora hasta el pecho. Detúveme nuevamente y, alzando la antorcha sobre la
mampostería, proyecté sus débiles rayos sobre la figura allí encerrada.
Una sucesión de agudos y penetrantes alaridos, brotando súbitamente de la garganta de aquella forma
encadenada, me hicieron retroceder con violencia. Vacilé un instante y temblé. Desenvainando mi espada, me
puse a tantear con ella el interior del nicho, pero me bastó una rápida reflexión para tranquilizarme. Apoyé la
mano sobre la sólida muralla de la catacumba y me sentí satisfecho. Volví a acercarme al nicho y contesté con
mis alaridos a aquel que clamaba. Fui su eco, lo ayudé, lo sobrepujé en volumen y en fuerza. Sí, así lo hice, y sus
gritos acabaron por cesar.
Ya era medianoche y mi tarea llegaba a su término. Había completado la octava, la novena y la décima hilera.
Terminé una parte de la undécima y última; sólo quedaba por colocar y fijar una sola piedra. Luché con su peso
y la coloqué parcialmente en posición. Pero entonces brotó desde el nicho una risa apagada que hizo erizar mis
cabellos. La sucedió una voz lamentable, en la que me costó reconocer la del noble Fortunato.
—¡Ja, ja… ja, ja! ¡Una excelente broma, por cierto… una excelente broma…! ¡Cómo vamos a reírnos en el
palazzo… ja, ja… mientras bebamos… ja, ja!
—¡Ja, ja…! ¡Sí… el amontillado…! Pero… ¿no se está haciendo tarde? ¿No nos estarán esperando en el palazzo…
mi esposa y los demás? ¡Vámonos!
—¡Fortunato!
—¡Fortunato!
No hubo respuesta. Pasé una antorcha por la abertura y la dejé caer dentro. Sólo me fue devuelto un tintinear
de cascabeles. Sentí que una náusea me envolvía; su causa era la humedad de las catacumbas. Me apresuré a
terminar mi trabajo. Puse la última piedra en su sitio y la fijé con el mortero. Contra la nueva mampostería volví
a alzar la antigua pila de huesos. Durante medio siglo, ningún mortal los ha perturbado. ¡Requiescat in pace!
1. El tema de este cuento es la venganza, ¿por qué Montresaor quería vengarse de Fortunato?
3. ¿Cuál es la estrategia de Montresor para ganarse la confianza de Fortunato y así ejecutar su venganza?
6. ¿Por qué crees que es importante que la venganza de Fortunato se lleve a cabo en un carnaval? Explica tu
respuesta.
7. Qué infieres de esta frase: "Se volvió hacía mí y me miró en los ojos con veladas pupilas, que destilaban el
flujo de su embriaguez". Explica.
8. ¿Por qué es simbólico el lema: «Nemo me impune lacessit». (En esapañol: «Nadie me ofende
impunemente»)? Explica tu respuesta.
9. ¿Cuánto tiempo transcurrió desde que Montresor cometió su crimen hasta que cuenta la historia?
12. Infiere: ¿Crees que el nombre “Fortunato” tiene alguna relación con su destino trágico? ¿Por qué?
14. ¿Crees que lo hecho por Montresor tiene justificación? Explica tu respuesta.
15. ¿Cuál crees que haya sido la intención de Edgar Allan Poe al escribir este cuento? Explica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento de suspenso cuyo tema gire en torno a la venganza. No olvides ser creativo y original.
LOS MISERABLES
Victor Hugo
(fragmento 1)
Este fragmento nos cuenta cómo por el robo de un pan Jen Valjean se vuelve un presidiario.
Jean Valjean era de una pobre familia de aldeanos de la Brie. En su infancia no había aprendido a leer. Cuando
fue hombre tomó el oficio de podador en Faverolles. Su madre se llamaba Jeanne Mat- hieu, y su padre, Jean
Valjean, o Vlajean, mote y contracción, probablemente, de voila Jean.
Jean Valjean tenía el carácter pensativo, sin ser triste, lo cual es propio de las naturalezas afectuosas. En
resumidas cuentas, era una cosa algo adormecida y bastante insignificante, en apariencia al menos, este Jean
Valjean. De muy corta edad, había perdido a su padre y a su madre. Esta había muerto de una fiebre láctea mal
cuidada. Su padre, podador como él, se había matado al caer de un árbol. Ajean Valjean le había quedado
solamente una hermana mayor que él, viuda, con siete hijos, entre varones y hembras. Esta hermana había
criado a Jean Valjean y, mientras vivió su marido, alojó y alimentó a su hermano. El marido murió. El mayor de
sus hijos tenía ocho años y el menor uno. Jean Valjean acababa de cumplir veinticinco años. Reemplazó al
padre y sostuvo, a su vez, a la hermana que le había criado. Hizo aquello sencillamente, como un deber, y aun
con cierta rudeza de su parte. Su juventud se gastaba, pues, en un trabajo duro y mal pagado. Nunca le habían
conocido «novia» en la comarca. No había tenido tiempo para enamorarse.
Por la noche, regresaba cansado y tomaba su sopa sin decir una palabra. Su hermana, mientras él comía, le
tomaba con frecuencia de su escudilla lo mejor de la comida, el pedazo de carne, la lonja de tocino, el cogollo
de la col, para darlo a alguno de sus hijos; él, sin dejar de comer, inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi
metida en la sopa y sus largos cabellos cayendo alrededor de la escudilla, ocultando sus ojos, parecía no ver
nada y dejábala hacer. Había en Faverolles, no lejos de la cabaña de los Valjean, al otro lado de la callejuela,
una lechera llamada Marie-Claude; los niños Valjean, casi siempre hambrientos, iban muchas veces a pedir
prestado a Marie- Claude, en nombre de su madre, una pinta de leche que bebían de trás de una enramada, o
en cualquier rincón de un portal, arrancándose unos a otros el vaso con tanto apresuramiento que las niñas
pequeñas lo derramaban sobre su delantal y su cuello. Si la madre hubiera sabido este hurtillo, habría
corregido severamente a los delincuentes. Jean Valjean, brusco y gruñón, pagaba, sin que Jeanne lo supiera, la
pinta de leche a Marie-Claude, y los niños no eran castigados.
En la estación de la poda, ganaba veinticuatro sueldos por día, y luego se empleaba como segador, como peón
de albañil, como mozo de bueyes o como jornalero. Hacía todo lo que podía. Su hermana, por su parte,
trabajaba también; pero ¿qué podía hacerse con siete niños? Era un triste grupo, al que la miseria envolvía y
estrechaba poco a poco. Sucedió que un invierno fue muy crudo. Jean no en contró trabajo. La familia no tuvo
pan. Ni un bocado de pan, y siete niños.
Un domingo por la noche, Maubert Isabeau, panadero en la plaza de la iglesia, en Faverolles, se disponía a
acostarse cuando oyó un golpe violento en la vidriera enrejada de la puerta de su tienda.
Llegó a tiempo para ver un brazo pasar a través del agujero hecho de un puñetazo en uno de los vidrios. El
brazo cogió un pan y se retiró. Isabeau salió apresuradamente; el ladrón huyó a todo correr; Isabeau corrió tras
él y le detuvo. El ladrón había soltado el pan, pero tenía aún el brazo ensangrentado. Era Jean Valjean.
Esto pasó en 1795- Jean Valjean fue llevado ante los tribunales acusado de «robo con fractura, de noche y en
una casa habitada». Tenía un fusil y era un excelente tirador, un poco aficionado a la caza furtiva; esto le
perjudicó. Existe un prejuicio legítimo contra los cazadores furtivos. El cazador furtivo, lo mismo que el
contrabandista, anda muy cerca del salteador. Sin embargo, digámoslo de paso, hay un abismo entre ambos y
el miserable asesino de las ciudades. El cazador furtivo vive en el bosque; el contrabandista vive en las
montañas o cerca del mar. Las ciudades hacen hombres feroces, porque hacen hombres corrompidos. La
montaña, el mar, el bosque hacen hombres salvajes. Desarrollan el lado feroz, pero a menudo lo hacen sin
destruir el lado humano.
Jean Valjean fue declarado culpable. Los términos del código eran formales. En nuestra civilización hay
momentos terribles; son aquellos en que la ley pronuncia una condena. ¡Instante fúnebre aquel en que la
sociedad se aleja y consuma el irreparable abandono de un ser pensante! Jean Valjean fue condenado a cinco
años de galeras.
El 22 de abril de 1796, se celebró en París la victoria de Montenotte, obtenida por el general en jefe de los
ejércitos de Italia, a quien el mensaje del Directorio a los Quinientos, el 2 de floreal del IV, llama Buona-Parte;
aquel mismo día se remachó una cadena en Bicétre. Jean Valjean formaba parte de esta cadena. Un antiguo
portero de la cárcel, que tiene hoy cerca de noventa años, recuerda aún perfectamente a este desgraciado,
cuya cadena se remachó en la extremidad del cuarto cordón, en el ángulo norte del patio. Estaba sentado en el
suelo, como todos los demás. Parecía no comprender nada de su situación, salvo que era horrible. Es probable
que descubriese, a través de las vagas ideas de un hombre ignorante, que había en su pena algo excesivo.
Mientras a grandes martillazos remachaban detrás de él el perno de su argolla, lloraba; las lágrimas le ahoga-
ban, le impedían hablar y solamente de vez en cuando exclamaba: «Yo era podador en Faverolles.» Luego,
sollozando, alzaba su mano derecha y la bajaba gradualmente siete veces, como si tocase sucesi vamente siete
cabezas a desigual altura; por este gesto se adivinaba que lo que había hecho, fuese lo «que fuera, había sido
para alimentar y vestir a siete pequeñas criaturas.
Partió para Tolón. Llegó allí después de un viaje de veintisiete días en una carreta, con la cadena al cuello. En
Tolón fue revestido de la casaca roja. Todo se borró de lo que había sido su vida, incluso su nombre; ya no fue
más Jean Valjean; fue el número 24.601. ¿Qué fue de su hermana? ¿Qué fue de los siete niños? ¿Quién se
ocupó de ellos? ¿Qué es del puñado de hojas del joven árbol serrado por su pie?
La historia es siempre la misma. Estos pobres seres vivientes, estas criaturas de Dios, sin apoyo desde entonces,
sin guía, sin asilo, marcharon a merced del azar, ¿quién sabe a dónde?, cada uno por su lado, quizá,
sumergiéndose poco a poco en esa fría bruma en la que se sepultan los destinos solitarios, tenebrosas tinieblas
en las que desaparecen sucesivamente tantas cabezas infortunadas, en la sombría marcha del género humano.
Abandonaron aquella región. El campanario de lo que había sido su pueblo, los olvidó; el límite de lo que había
sido su campo, los olvidó; después de algunos años de permanencia en la prisión, Jean Valjean mismo los
olvidó. En aquel corazón, donde había existido una herida, había una cicatriz. Aquello fue todo. Apenas,
durante todo el tiempo que pasó en Tolón, oyó hablar una sola vez de su hermana. Era, creo, hacia el final del
cuarto año de su cautividad. No sé por qué conducto recibió las noticias. Alguien, que los había conocido en su
país, había visto a su hermana. Estaba en París. Vivía en una pobre calle, cerca de San Sulpicio, en la calle del
Geindre. No tenía consigo más que a un niño, el último. ¿Dónde estaban los otros seis? Quizá ni siquiera ella
misma lo sabía. Todas las mañanas iba a una imprenta de la calle del Sabot, n.°3, donde era plegadora y
encuadernadora. Era preciso estar allí a las seis de la mañana, mucho antes de ser de día en invierno. En el
mismo edificio de la imprenta había una escuela, a la cual llevaba a su hijo, que tenía siete años. Pero, como
ella entraba en la imprenta a las seis, y la escuela no abría hasta las siete, el niño tenía que esperar una hora en
el patio, hasta que se abriese; en invierno, una hora de noche y al descubierto. No querían que el niño entrara
en la imprenta, porque molestaba, según decían. Los obreros veían a esta criatura, al pasar por la mañana,
sentada en el suelo, cayéndose de sueño y, muchas veces, dormido en la oscuridad, acurrucado sobre su
cestito. Los días de lluvia, una viejecita, la portera, tenía piedad de él; le recogía en su covacha, donde no había
más que una pobre cama, una rueca y dos taburetes; el pobrecillo se dormía allí, en un rincón, arrimándose al
gato para sentir menos frío. A las siete se abría la escuela y entraba. Esto fue lo que le dijeron a Jean Valjean.
Ocupó su ánimo esta noticia un día, es decir, un momento, un relámpago, como una ventana abierta
bruscamente al destino de los seres que había amado. Después se cerró la ventana; no se volvió a hablar más, y
todo se acabó. Nada más supo de ellos; no los volvió a ver; jamás los encontró; ni tampoco los encontraremos
en la continuación de esta dolorosa historia.
Hacia el final de este cuarto año, le llegó su turno para la evasión. Sus compañeros le ayudaron, como suele
hacerse en aquella triste mansión. Se evadió. Erró durante dos días en libertad por el campo; si es ser libre
estar perseguido; volver la cabeza a cada instante; estremecerse al menor ruido; tener miedo de todo, del
techo que humea, del hombre que pasa, del perro que ladra, del caballo que galopa, de la hora que suena, del
día porque se ve, de la noche porque no se ve, del camino, del sendero, de los árboles, del sueño. En la noche
del segundo día fue apresado. No había comido ni dormido desde hacía treinta y seis horas. El tribunal
marítimo le condenó, por aquel delito, a un recargo de tres años, con lo cual eran ocho los de pena. Al sexto
año, le llegó de nuevo el turno de evadirse; aprovechóse de él, pero no pudo consumar su huida. Había faltado
a la lista. Disparóse el cañonazo y, por la noche, la ronda le encontró escondido bajo la quilla de un barco en
construcción; ofreció resistencia a los guardias que le prendieron: evasión y rebelión. Este hecho, previsto por
el código especial, fue castigado con un recargo de cinco años, de los cuales dos bajo doble cadena. Trece años.
Al décimo, le llegó otra vez su turno y lo aprovechó, pero no salió mejor librado. Tres años más, por aquella
nueva tentativa. Dieciséis años. Finalmente, en el año decimotercero, según creo, intentó de nuevo su evasión
y fue cogido cuatro horas más tarde. Tres años más, por estas cuatro horas. Diecinueve años. En octubre de
1815, fue liberado; había entrado en presidio en 1796, por haber roto un vidrio y haber robado un pan.
desastre de una vida. Claude Gueux había robado un pan; Jean Valjean había robado un pan. Una estadística
inglesa demuestra que, en Londres, de cada cinco robos, cuatro tienen por causa inmediata el hambre.
Jean Valjean había entrado en el presidio sollozando y temblando; salió de él impasible. Había entrado
desesperado, salió de él sombrío.
LOS MISERABLES
Victor Hugo
(fragmento 2)
Al inicio de la novela, Jean Valjean sale de la cárcel amargado y sin amigos. El único que lo ayuda es un obispo
que le da posada y lo trata como a un ser humano digno de caridad y respeto. Pero Valjean, necesitado de
dinero, le roba unos cubiertos de plata y huye. Poco después es descubierto por la policía y llevado ante el
obispo. La escena que vas a leer es la continuación de esta historia.
Al día siguiente, al salir el sol, monseñor Bienvenido se paseaba por el jardín. La señora Magloire salió
corriendo a su encuentro muy agitada.
- Monseñor, monseñor -exclamó-: ¿Sabe Vuestra Grandeza dónde está el canastillo de los cubiertos?
- Sí -contestó el obispo.
Y en un momento, con toda su viveza, la señora Magloire corrió al oratorio, entró en la alcoba, y volvió al lado
del obispo.
El obispo permaneció un momento silencioso, alzó después la vista, y dijo a la señora Magloire con toda
dulzura:
- Señora Magloire; yo retenía injustamente desde hace tiempo esa platería. Pertenecía a los pobres. ¿Quién es
ese hombre? Un pobre, evidentemente.
- ¡Ay, Jesús! -dijo la señora Magloire-. No lo digo por mí ni por la señorita, porque a nosotras nos da lo mismo;
lo digo por Vuestra Grandeza. ¿Con qué vais a comer ahora, monseñor?
- Entonces de hierro.
Algunos momentos después se sentaba en la misma mesa a que se había sentado Jean Valjean la noche
anterior. Mientras desayunaba, monseñor Bienvenido hacía notar alegremente a su hermana, que no hablaba
nada, y a la señora Magloire, que murmuraba sordamente, que no había necesidad de cuchara ni de tenedor,
aunque fuesen de madera, para mojar un pedazo de pan en una taza de leche.
- ¡A quién se le ocurre -mascullaba la señora Magloire yendo y viniendo- recibir a un hombre así, y darle cama a
su lado!
Se abrió con violencia la puerta. Un extraño grupo apareció en el umbral. Tres hombres traían a otro cogido del
cuello. Los tres hombres eran gendarmes. El cuarto era Jean Valjean. Un cabo que parecía dirigir el grupo se
dirigió al obispo haciendo el saludo militar.
- Monseñor... -dijo.
Al oír esta palabra Jean Valjean, que estaba silencioso y parecía abatido, levantó estupefacto la cabeza.
- ¡Ah, habéis regresado! -dijo mirando a Jean Valjean-. Me alegro de veros. Os había dado también los
candeleros, que son de plata, y os pueden valer también doscientos francos. ¿Por qué no los habéis llevado con
vuestros cubiertos?
Jean Valjean abrió los ojos y miró al venerable obispo con una expresión que no podría pintar ninguna lengua
humana.
- Monseñor -dijo el cabo-. ¿Es verdad entonces lo que decía este hombre? Lo encontramos como si fuera
huyendo, y lo hemos detenido. Tenía esos cubiertos...
- ¿Y os ha dicho -interrumpió sonriendo el obispo- que se los había dado un hombre, un sacerdote anciano en
cuya casa había pasado la noche? Ya lo veo. Y lo habéis traído acá.
- ¿Es verdad que me dejáis? -dijo con voz casi inarticulada, y como si hablase en sueños.
Y fue a la chimenea, cogió los dos candelabros de plata, y se los dio. Las dos mujeres lo miraban sin hablar una
palabra, sin hacer un gesto, sin dirigir una mirada que pudiese distraer al obispo.
Jean Valjean, temblando de pies a cabeza, tomó los candelabros con aire distraído.
- Ahora -dijo el obispo-, id en paz. Y a propósito, cuando volváis, amigo mío, es inútil que paséis por el jardín.
Podéis entrar y salir siempre por la puerta de la calle. Está cerrada sólo con el picaporte noche y día.
- No olvidéis nunca que me habéis prometido emplear este dinero en haceros hombre honrado.
Jean Valjean, que no recordaba haber prometido nada, lo miró alelado. El obispo continuó con solemnidad:
- Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las
negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.
1. ¿Qué opinas de la vida que le tocó vivir a Jean Valjean? Explica tu respuesta.
3. ¿Qué relación encuentras con la frase subrayada en el fragmento y el destino de Jean Valjean?
4. Qué infieres de esta frase: "Jean Valjean había entrado en el presidio sollozando y temblando; salió de él
impasible. Había entrado desesperado, salió de él sombrío". Fundamenta tu respuesta.
1. ¿Quiénes traían a Jean Valjean? ¿Ante quién pensaba Jean Valjean que estaba? ¿Por qué lo llevaron ante
al obispo?
3. Si tú te hubieras visto en la misma situación como la de Jean Valjean, ¿cómo habrías actuado? ¿Por qué?
4. ¿Por qué crees que el obispo actuó de esta manera? ¿Te pareció un hombre justo? ¿Por qué?
Cuento "La casa de Asterión" de Jorge Luis Borges con actividades de comprensión lectora
La casa del Asterión
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo
castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que
sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales.
Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la
quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que
declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la
casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada,
añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche
volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la
mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las plegarias de la grey dijeron
que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del
templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina
mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el
filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no
tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una
letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro
porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de
piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y
juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora
puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo
realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que
prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes
reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien
decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el
sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están
muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son
catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor
dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra
gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión
de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas
veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado
Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su
voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos
minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los
cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos
profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la
soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los
rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas.
¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de
hombre? ¿O será como yo?
De El Aleph (1949)
Glosario:
Bizarro: Extraño, raro.
Plebe: Pueblo, vulgo.
Toscas: Groseras.
Triviales: Superficiales.
Redentor: Salvador.
LECTURA COMPLEMENTARIA:
Teseo y el minotauro
Hace miles de años, la isla de Creta era gobernada por un rey llamado Minos. Eran tiempos de prosperidad
y riqueza. El poder del soberano se extendía sobre muchas islas del mar Egeo. Minos llevaba muchos años
en el gobierno cuando recibió la terrible noticia de que su hijo había sido asesinado en Atenas. Su ira no se
hizo esperar. Reunió al ejército y declaró la guerra contra los atenienses.
Atenas, en aquel tiempo, era aún una ciudad pequeña y no pudo hacer frente al ejército de Minos. Por eso
envió a sus embajadores a convenir la paz con el rey cretense. Minos los recibió y les dijo que aceptaba no
destruir Atenas, pero que ellos debían cumplir con una condición: enviar a catorce jóvenes, siete varones y
siete mujeres, a la isla de Creta, para ser arrojados al minotauro.
En el palacio de Minos había un inmenso laberinto, con cientos de salas, pasillos y gale rías. Era tan grande
que, si alguien entraba en él, jamás encontraba la salida. Dentro del laberinto vivía el minotauro, monstruo
con cabeza de toro y cuerpo de hombre. Cada luna nueva, los cretenses debían internar a un hombre en el
laberinto para que el monstruo lo devorara.
Cuando se enteraron de la condición que ponía Minos, los atenienses se estremecieron. No tenían
alternativa. Si se negaban, los cretenses destruirían la ciudad y muchos morirían. Mientras todos se
lamentaban, el hijo del rey, el valiente Teseo, dio un paso adelante y se ofreció para ser uno de los jóvenes
que viajarían a Creta.
En Creta, los jóvenes estaban alojados en una casa a la espera del día en que el primero de ellos fuera
arrojado al minotauro. Durante esos días, Teseo conoció a Ariadna, la hija mayor de
Minos. Ariadna se enamoró de él y decidió ayudarlo a matar al monstruo y salir del laberinto. Por eso le dio
una espada y un ovillo de hilo que debía atar a la entrada y desenrollar por el cami no para encontrar luego
la salida.
Ariadna le pidió a Teseo que le prometiera que si lograba matar al Minotauro, la llevaría luego con él a
Atenas, ya que el rey jamás le perdonaría haberlo ayudado. Llegó el día en que el primer ateniense debía
ser entregado al minotauro. Teseo pidió ser él quien marchara hacia el laberinto. Una vez allí, ató una de
las puntas del ovillo a una piedra y comenzó a adentrarse por los pasillos y las galerías, A cada paso
aumentaba la oscuridad. El silencio era total hasta que, de pronto, comenzó a escuchar a lo lejos unos reso -
plidos como de toro. El ruido era cada vez mayor.
Por un momento Teseo sintió deseos de escapar. Pero se sobrepuso al miedo e ingresó a una gran sala. Allí
estaba el minotauro. Era tan terrible y aterrador como jamás lo había imagi nado. Sus mugidos llenos de ira
eran ensordecedores. Cuando el monstruo se abalanzó sobre Teseo, este pudo clavarle la espada. El
minotauro se desplomó en el suelo. Teseo lo había vencido.
Cuando Teseo logró reponerse, tomó el ovillo y se dirigió hacia la entrada. Allí lo esperaba Ariadna, quien lo
recibió con un abrazo. Al enterarse de la muerte del minotauro, el rey Minos permitió a los jóvenes
atenienses volver a su patria.
2. ¿Cómo califica Asterión las acusaciones que se formulan ante él? ¿Por qué?
4. En el final del cuento se menciona una espada de broce, ya sin “vestigios de sangre”. También el hecho
de que el minotauro “apenas se defendió”. ¿Qué se puede inferir de esto con respecto a Teseo y el
minotauro? Fundamenta tu respuesta
5. ¿La libertad es un valor tan alto como lo sugiere Asterión? Fundamenta tu respuesta en 3 líneas
6. Paralelos: ¿Cuáles son las diferencias respecto a la historia de “La casa del Asterión” y “Teseo y el
minotauro”?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento de una cara sobre un monstruo. El cuento debe estar en primera persona (el narrador
será el monstruo) y debe ser muy creativo y detallado en la narración. Se sugiere tomar el ejemplo de
“La casa del Asterión” para lograrlo. No olvides ser original en el título.
Cuento de ciencia ficción "¡Cuánto se divertían!" de Isaac Asimov con actividades de comprensión lectora
¡Cuánto se divertían!
Isaac Asimov
Margie lo anotó esa noche en el diario. En la página del 17 de mayo de 2157 escribió: “¡Hoy Tommy ha
encontrado un libro de verdad!”.
Era un libro muy viejo. El abuelo de Margie contó una vez que, cuando él era pequeño, su abuelo le había
contado que hubo una época en que los cuentos siempre estaban impresos en papel.
Uno pasaba las páginas, que eran amarillas y se arrugaban, y era divertidísimo ver que las palabras se
quedaban quietas en vez de desplazarse por la pantalla. Y, cuando volvías a la página anterior, contenía las
mismas palabras que cuando la leías por primera vez.
-Caray -dijo Tommy-, qué desperdicio. Supongo que cuando terminas el libro lo tiras. Nuestra pantalla de
televisión habrá mostrado un millón de libros y sirve para muchos más. Yo nunca la tiraría.
-Lo mismo digo -contestó Margie. Tenía once años y no había visto tantos telelibros como Tommy. Él tenía
trece-. ¿En dónde lo encontraste?
-En mi casa -Tommy señaló sin mirar, porque estaba ocupado leyendo-. En el ático.
-De la escuela.
Margie siempre había odiado la escuela, pero ahora más que nunca. El maestro automático le había hecho un
examen de geografía tras otro y los resultados eran cada vez peores. La madre de Margie había sacudido
tristemente la cabeza y había llamado al inspector del condado.
Era un hombrecillo regordete y de rostro rubicundo, que llevaba una caja de herramientas con perillas y cables.
Le sonrió a Margie y le dio una manzana; luego, desmanteló al maestro. Margie esperaba que no supiera
ensamblarlo de nuevo, pero sí sabía y, al cabo de una hora, allí estaba de nuevo, grande, negro y feo, con una
enorme pantalla en donde se mostraban las lecciones y aparecían las preguntas. Eso no era tan malo. Lo que
más odiaba Margie era la ranura por donde debía insertar las tareas y las pruebas. Siempre tenía que
redactarlas en un código que le hicieron aprender a los seis años, y el maestro automático calculaba la
calificación en un santiamén.
-No es culpa de la niña, señora Jones -le dijo a la madre-. Creo que el sector de geografía estaba demasiado
acelerado. A veces ocurre. Lo he sintonizado en un nivel adecuado para los diez años de edad. Pero el patrón
general de progresos es muy satisfactorio. -Y acarició de nuevo la cabeza de Margie.
Margie estaba desilusionada. Había abrigado la esperanza de que se llevaran al maestro. Una vez, se llevaron el
maestro de Tommy durante todo un mes porque el sector de historia se había borrado por completo.
-Porque no es una escuela como la nuestra, tontuela. Es una escuela como la de hace cientos de años -y añadió
altivo, pronunciando la palabra muy lentamente-: siglos.
Margie se sintió dolida.
-Bueno, yo no sé qué escuela tenían hace tanto tiempo -Leyó el libro por encima del hombro de Tommy y
añadió-: De cualquier modo, tenían maestro.
-Claro que tenían maestro, pero no era un maestro normal. Era un hombre.
-Él les explicaba las cosas a los chicos, les daba tareas y les hacía preguntas.
-Qué ignorante eres, Margie. Los maestros no vivían en la casa. Tenían un edificio especial y todos los chicos
iban allí.
-Pero mi madre dice que a un maestro hay que sintonizarlo para adaptarlo a la edad de cada niño al que
enseña y que cada chico debe recibir una enseñanza distinta.
-Pues antes no era así. Si no te gusta, no tienes por qué leer el libro.
Quería leer todo eso de las extrañas escuelas. Aún no habían terminado cuando la madre de Margie llamó:
-¡Margie! ¡Escuela!
-¿Puedo seguir leyendo el libro contigo después de la escuela? -le preguntó Margie a Tommy.
-Tal vez -dijo él con petulancia, y se alejó silbando, con el libro viejo y polvoriento debajo del brazo.
Margie entró en el aula. Estaba al lado del dormitorio, y el maestro automático se hallaba encendido ya y
esperando. Siempre se encendía a la misma hora todos los días, excepto sábados y domingos, porque su madre
decía que las niñas aprendían mejor si estudiaban con un horario regular.
-La lección de aritmética de hoy -habló el maestro- se refiere a la suma de quebrados propios. Por favor, inserta
la tarea de ayer en la ranura adecuada.
Margie obedeció, con un suspiro. Estaba pensando en las viejas escuelas que había cuando el abuelo del abuelo
era un chiquillo. Asistían todos los chicos del vecindario, se reían y gritaban en el patio, se sentaban juntos en el
aula, regresaban a casa juntos al final del día. Aprendían las mismas cosas, así que podían ayudarse a hacer los
deberes y hablar de ellos. Y los maestros eran personas…
Margie pensaba que los niños debían de adorar la escuela en los viejos tiempos. Pensaba en cuánto se
divertían.
3. ¿Por qué los niños sentían envidia de los niños del pasado?
6. ¿A qué hace referencia esta frase: “Creo que el sector de geografía estaba demasiado acelerado”? Explica tu
respuesta.
7. Qué infieres de esta frase: “Margie estaba desilusionada. Había abrigado la esperanza de que se llevaran al
maestro. Una vez, se llevaron el maestro de Tommy durante todo un mes porque el sector de historia se había
borrado por completo”. Explica tu respuesta.
9. Infiere: ¿Qué es lo que se había perdido en la educación que nos muestra este cuento sobre el futuro?
Explica.
10. ¿Por qué el título del cuento se llama “Cuánto se divertían”? Justifica tu respuesta
12. Opina: En el cuento se habla de cómo son las evaluaciones de los estudiantes. Según tu punto de vista:
¿cómo debería evaluarse los aprendizajes de los estudiantes en la escuela? Justifica tu respuesta.
14. Juicio crítico: ¿Cómo relacionas este cuento con la educación virtual o a distancia? ¿Crees que es
importante el contacto social con los demás para que la educación sea significativa? Explica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento de ciencia ficción que gire en torno a la escuela del futuro. No olvides ser creativo y original.
Cuento “La tercera resignación” de Gabriel García Márquez con actividades de comprensión lectora
La tercera resignación
Allí estaba otra vez, ese ruido. Aquel ruido frío, cortante, vertical, que ya tanto conocía pero que ahora se le
presentaba agudo y doloroso, como si de un día a otro se hubiera desacostumbrado a él.
Le giraba dentro del cráneo vacío, sordo y punzante. Un panal se había levantado en las cuatro paredes de su
calavera. Se agrandaba cada vez más en espirales sucesivos, y le golpeaba por dentro haciendo vibrar su tallo
de vértebras con una vibración destemplada, desentonada, con el ritmo seguro de su cuerpo. Algo se había
desadaptado en su estructura material de hombre firme; algo que “las otras veces” había funcionado
normalmente y que ahora le estaba martillando de cabeza por dentro con un golpe seco y duro dado por unos
huesos de mano descarnada, esquelética, y le hacía recordar todas las sensaciones amargas de la vida. Tuvo el
impulso animal de cerrar los puños y apretarse la sien brotada de arterias azules, moradas, con la firme presión
de su dolor desesperado. Hubiera querido localizar entre las palmas de sus dos manos sensitivas el ruido que le
estaba a punta de diamante. Un gesto de gato doméstico contrajo sus músculos cuando lo imaginó perseguido
por los rincones atormentados de su cabeza caliente, desgarrada por la fiebre. Ya iba a alcanzarlo. No.
El ruido tenía la piel resbaladiza, intangible casi. Pero él estaba dispuesto a alcanzarlo con su estrategia
bien aprendida y apretarlo larga y definitivamente con toda la fuerza de su desesperación. No permitiría que
penetrara otra vez por su oído: que saliera por su boca, por cada uno de sus poros o por sus ojos que se
desorbitarían a su paso y se quedarían ciegos mirando la huida del ruido desde el fondo de su desgarrada
oscuridad. No permitiría que le estrujara más sus cristales molidos, sus estrellas de hielo, contra las paredes
interiores del cráneo. Así era el ruido aquel:
Pero le era imposible apretarse las sienes. Sus brazos se habían reducido y eran ahora los brazos de un
enano; unos brazos pequeños, regordetes, adiposos. Trató de sacudir la cabeza. La sacudió. El ruido apareció
entonces con mayor fuerza dentro del cráneo que se había endurecido, agrandado y que se sentía atraído con
mayor fuerza por la gravedad. Estaba pesado y duro aquel ruido. Tan pesado y duro que de haberlo alcanzado y
destruido había tenido la impresión de estar deshojando una flor de plomo.
Había sentido ese ruido “las otras veces”, con la misma insistencia. Lo había sentido, por ejemplo, el día
en que murió por primera vez. Cuando –ante la vista de un cadáver– se dio cuenta de que era su propio
cadáver. Lo miró y se palpó. Se sintió intangible, inespacial, inexistente. Él era verdaderamente un cadáver y
estaba sintiendo ya, sobre su cuerpo joven y enfermizo, el tránsito de la muerte. La atmósfera se había
endurecido en toda la casa como si hubiera sido rellena de cemento, y en medio de aquel bosque –en el que
había dejado los objetos como cuando era una atmósfera de aire– estaba él, cuidadosamente colocado dentro
del ataúd de un cemento duro pero transparente. Aquella vez, en su cabeza estaba también “ese ruido”. Qué
lejanas y qué frías sentía las plantas de sus pies; allá en el otro extremo del ataúd, donde habían puesto una
almohada, porque la caja le quedaba aún demasiado grande y hubo que ajustarlo, adaptar el cuerpo muerto a
su nuevo y último vestido. Lo cubrieron de blanco y alrededor de su mandíbula apretaron un pañuelo. Se sintió
bello envuelto en su mortaja; mortalmente bello.
Estaba en su ataúd, listo a ser enterrado, y sin embargo, él sabía que no estaba muerto. Que si hubiera
tratado de levantarse lo hubiera hecho con toda facilidad. Al menos “espiritualmente”. Pero no valía la pena.
Era mejor dejarse morir allí; morirse de “muerte”, que era su enfermedad. Hacía tiempo que el médico había
dicho a su madre, secamente:
–Señora, su niño tiene una enfermedad grave: está muerto. Sin embargo –prosiguió–, haremos todo lo
posible por conservarle la vida más allá de su muerte. Lograremos que continúen sus funciones orgánicas por
un complejo sistema de autonutrición. Sólo variarán las funciones motrices, los movimientos espontáneos.
Sabremos de su vida por el crecimiento que continuará también normalmente. Es simplemente “una muerte
viva”. Una real y verdadera muerte...
Recordaba las palabras, pero confundidas. Tal vez no las oyó nunca y fue creación de su cerebro cuando
subía la temperatura en las crisis de la fiebre tifoidea.
Cuando se sumergía en el delirio. Cuando leía la historia de los faraones embalsamados. Al subir la fiebre,
él mismo se sentía protagonista de ella. Allí había empezado una especie de vacío en su vida. Desde entonces
no podía distinguir, recordar cuáles acontecimientos eran parte de su delirio y cuáles de su vida real. Por tanto,
ahora dudaba. Tal vez el médico nunca habló de esa extraña “muerte viva”. Es ilógica, paradojal, sencillamente
contradictoria. Y eso lo hacía sospechar ahora que, efectivamente, estaba muerto de verdad. Que hacía
dieciocho años que lo estaba.
Desde entonces –en el tiempo de su muerte tenía siete años– su madre le mandó hacer un ataúd
pequeño, de madera verde; un ataúd para un niño. Pero el médico ordenó que le hicieran una caja más grande,
una caja para un adulto normal, pues aquella, podría atrofiar el crecimiento y llegaría a ser un muerto deforme
o un vivo anormal. O la detención del crecimiento impediría darse cuenta de la mejoría. En vista de aquella
advertencia, su madre le hizo construir un ataúd grande, para un cadáver adulto, y le colocó tres almohadas a
los pies, con el fin de ajustarlo.
Pronto empezó a crecer dentro de la caja, de tal manera que cada año podían sacarle un poco de lana a la
almohada extrema para darle margen al crecimiento. Había pasado así media vida. Dieciocho años (ahora tenía
veinticinco). Y había llegado a su estatura definitiva, normal. El carpintero y el médico se equivocaron en el
cálculo e hicieron el ataúd medio metro más grande. Supusieron que él tendría la estatura de su padre, que era
un gigante semibárbaro. Pero no fue así. Lo único que de él heredó fue la barba poblada. Una barba azul,
espesa, que su madre acostumbraba arreglar para verlo decentemente dentro de su ataúd. Esa barba le
molestaba terriblemente en los días de calor.
Pero había algo que le preocupaba más que “¡ese ruido!”. Eran los ratones. Precisamente, cuando niño,
nada había en el mundo que le preocupara más, que le produjera más terror, que los ratones. Y eran
precisamente esos animales asquerosos los que habían acudido al olor de las bujías que ardían a sus pies. Ya
habían roído sus ropas y sabía que muy pronto empezarían a roerlo a él, a comerse su cuerpo. Un día pudo
verlos: eran cinco ratones lucios, resbaladizos, que subían a la caja por la pata de la mesa y lo estaban
devorando. Cuando su madre lo advirtiera, no quedaría ya de él sino los escombros, los huesos duros y fríos. Lo
que más horror le producía no era exactamente que se lo comieran los ratones. Al fin y al cabo podría seguir
viviendo con su esqueleto. Lo que lo atormentaba era el terror innato que sentía hacia esos animalitos. Se le
erizaba la piel con sólo pensar en esos seres velludos que recorrían todo su cuerpo, que penetraban por los
pliegues de su piel y le rozaban los labios con sus patas heladas. Uno de ellos subió hasta sus párpados y trató
de roer su córnea. Le vio grande, monstruoso, en su lucha desesperada por taladrarle la retina. Creyó entonces
una nueva muerte y se entregó, todo entero, a la inminencia del vértigo.
Recordó que había llegado a mayor de edad. Tenía veinticinco años y eso significaba que no crecería ya
más. Sus facciones se volverían firmes, serias. Pero cuando estuviera sano no podría hablar de su infancia. No la
había tenido. La pasó muerto.
Su madre había tenido rigurosos cuidados durante el tiempo que duró la transición de la infancia a la
pubertad. Se preocupó por la higiene perfecta del ataúd y de la habitación en general. Cambiaba
frecuentemente las flores de los jarrones y abría las ventanas todos los días para que penetrara el aire fresco.
Con qué satisfacción miró la cinta métrica en aquel tiempo, cuando, después de medirlo, ¡comprobaba que
había crecido varios centímetros! Tenía la maternal satisfacción de verlo vivo. Cuidó, así mismo, de evitar la
presencia de extraños en la casa. Al fin y al cabo era desagradable y misteriosa la existencia de un muerto por
largos años en una habitación familiar. Fue una mujer abnegada. Pero muy pronto empezó a decaer su
optimismo. En los últimos años, la vio mirar con tristeza la cinta métrica. Su niño no crecía ya más. En los meses
pasados no progresó el crecimiento un milímetro siquiera. Su madre sabía que iba a ser difícil ahora encontrar
la manera de advertir la presencia de la vida en su muerto querido. Tenía el temor de que una mañana
amaneciera “realmente” muerto y tal vez por eso aquel día él pudo observar que se acercaba a su caja,
discretamente, y olfateaba su cuerpo. Había caído en una crisis de pesimismo. Últimamente descuidó las
atenciones y ya ni siquiera tenía la precaución de llevar la cinta métrica. Sabía que ya no crecería más.
Y él sabía que ahora estaba “realmente” muerto, Lo sabía por aquella apacible tranquilidad con que su
organismo se dejaba llevar. Todo había cambiado intempestivamente. Los latidos imperceptibles que sólo él
podía percibir se habían desvanecido ahora de su pulso. Se sentía pesado, atraído por una fuerza reclamadora y
potente hacia la primitiva substancia de la tierra. La fuerza de gravedad parecía atraerlo ahora con un poder
irrevocable. Estaba innegable. Pero estaba más descansado así. Ni siquiera tenía que respirar para vivir su
muerte.
Imaginariamente, sin tocarse, recorrió uno a uno cada uno de sus miembros. Allí, sobre una almohada
dura, estaba su cabeza levemente vuelta hacia la izquierda. Imaginó su boca entreabierta por la delgada orilla
de frío que le llenaba la garganta de granizo. Estaba tronchado como un árbol de veinticinco años. Quizá trató
de cerrar la boca. El pañuelo que había apretado a su quijada estaba flojo. No pudo colocarse, componerse,
tomar una “pose” siquiera para parecer un muerto decente. Ya los músculos, los miembros, no acudían como
antes, puntuales al llamado de su sistema nervioso. Ya no era el de dieciocho años atrás, un niño normal que
podía moverse a gusto. Sintió sus brazos caídos, tumbados para siempre, apretados contra las paredes
acojinadas del ataúd. Su vientre duro, como una corteza de nogal. Y más allá las piernas íntegras, exactas,
complementando su perfecta anatomía de adulto. Su cuerpo reposaba con pesadez, pero apaciblemente, sin
malestar alguno, como si el mundo se hubiera detenido de repente, y nadie interrumpiera el silencio; como si
todos los pulmones de la tierra hubieran dejado de respirar para no interrumpir la liviana quietud del aire. Se
sentía feliz como un niño bocarriba sobre la hierba fresca y apretada, contemplando una nube alta que se aleja
por el cielo de la tarde. Era feliz, aunque sabía que estaba muerto, que reposaba para siempre en la caja
recubierta de seda artificial. Tenía una gran lucidez. No era como antes, después de su primera muerte, en que
se sintió embotado, bruto. Las cuatro bujías que habían puesto en derredor suyo, y que eran renovadas cada
tres meses, empezaban a agotarse nuevamente: precisamente cuando iban a ser indispensables. Sintió la
vecindad de la frescura en las violetas húmedas que su madre había llevado aquella terrible mañana. La sintió
en las azucenas, en las rosas. Pero toda aquella terrible realidad no le causaba ninguna inquietud; al contrario,
era feliz allí, sólo con su soledad. ¿Sentirse miedo después?
Quién sabe. Era duro pensar en el momento en que el martillo golpeara los clavos sobre la madera verde y
crujiera el ataúd bajo la esperanza segura de volver a ser árbol. Su cuerpo atraído ahora con mayor fuerza por
el imperativo de la tierra, quedaría ladeado en un fondo húmedo, arcilloso y blanco, y allá arriba, sobre cuatro
metros cúbicos, se irían apagando los últimos golpes de los sepultureros. No. Allí tampoco sentiría miedo. Eso
sería la prolongación de su muerte, la prolongación más natural de su nuevo estado.
No quedaría ya ni un grado de calor en su cuerpo, su médula se habría enfriado para siempre, y unas
estrellitas de hielo penetrarían hasta el tuétano de sus huesos. ¡Qué bien se acostumbraría a su nueva vida de
muerto! Un día –sin embargo– sentirá que se derrumba su armadura sólida; y cuando trate de citar, de repasar
cada uno de sus miembros, no los encontrará. Sentirá que no tiene forma exacta definida, y sabrá
resignadamente que ha perdido su perfecta anatomía de 25 años y que se ha convertido en un puñado de
polvo sin forma, sin definición geométrica.
En el polvillo bíblico de la muerte. Acaso sienta entonces una ligera nostalgia: nostalgia de no ser un cadáver
formal, anatómico, sino un cadáver imaginario, abstracto, armado únicamente en el recuerdo borroso de sus
parientes. Sabrá entonces, que va a subir por los vasos capilares de un manzano y al despertarse medido por el
hambre de un niño en una mañana otoñal. Sabrá entonces –y eso sí le entristecía– que ha perdido su unidad:
que ya no es –siquiera– un muerto ordinario, un cadáver común. La última noche la había pasado feliz, en la
solitaria compañía de su propio cadáver. Pero al nuevo día, al penetrar los primeros rayos del sol tibio por la
ventana, abierta, sintió que su piel se había reblandecido. Observó un momento. Quieto, rígido. Dejó que el
aire corriera sobre su cuerpo. No pudo dudarlo: allí estaba el “olor”. Durante la noche la cadaverina había
empezado a hacer sus efectos. Su organismo había empezado a descomponerse, a pudrirse, como el cuerpo de
todos los muertos. El “olor” era, indudablemente, un olor inconfundible a carne manida, que desaparecía y
reaparecía después más penetrante. Su cuerpo se había descompuesto con el calor de la noche anterior. Sí. Se
estaba pudriendo. Dentro de p ocas horas vendría su madre a cambiar las flores y desde el umbral la azotaría el
tufo de la carne descompuesta. Entonces sí lo llevarían a dormir su segunda muerte entre los otros muertos.
Pero de pronto el miedo le dio una puñalada por la espalda. ¡El miedo! ¡Qué palabra tan honda, tan
significativa! Ahora tenía miedo, un miedo “físico”, verdadero. ¿A qué se debía? Él lo comprendía
perfectamente y se le estremecía la carne: probablemente no estaba muerto. Lo habían metido allí, en esa caja
que ahora sentía perfectamente, blanda, acolchada, terriblemente cómoda; y el fantasma del miedo le abrió la
ventana de la realidad: ¡Lo iban a enterrar vivo!
No podía estar muerto, porque se daba cuenta exacta de todo; de la vida que giraba en torno suyo,
murmurante. Del olor tibio de los heliotropos que penetraba por la ventana abierta y se confundía con el otro
“olor”. Se daba perfecta cuenta del lento caer del agua en el estanque. Del grillo que se había quedado en el
rincón y seguía cantando, creyendo que aún duraba la madrugada.
Todo le negaba su muerte. Todo menos el “olor”. Pero, ¿cómo podía saber que ese olor era suyo? Tal vez
su madre había olvidado el día anterior cambiar el agua de los jarrones, y los tallos estaban pudriéndose. O tal
vez el ratón, que el gato había arrastrado hasta su pieza, se descompuso con el calor. No. El “olor” no podías
ser de su cuerpo.
Hacía unos momentos estaba feliz con su muerte, porque creía estar muerto. Porque un muerto puede
ser feliz con su situación irremediable. Pero un vivo no puede resignarse a ser enterrado vivo. Sin embargo, sus
miembros no respondían a su llamada. No podía expresarse, y era eso lo que le causaba terror; el mayor terror
de su vida y de su muerte. Lo enterrarían vivo. Sentiría el vacío del cuerpo suspendido en hombros de los
amigos, mientras su angustia y su desesperación se irían agrandando a cada paso de la procesión.
Inútilmente trataría de levantarse, de llamar con todas sus fuerzas desfallecidas, de golpear por dentro del
ataúd oscuro y estrecho para que supieran que aún vivía, que iban a enterrarlo vivo. Sería inútil; allí tampoco
responderían sus miembros al urgente y último llamado de su sistema nervioso.
Oyó ruidos en la pieza contigua. ¿Estaría dormido? ¿Habría sido una pesadilla toda esa vida de muerto?
Pero el ruido de la vajilla no continuó. Se puso triste y quizá tuvo disgusto por ello. Hubiera querido que todas
las vajillas de la tierra se quebraran de un sólo golpe allí a su lado, para despertar por una causa exterior, ya
que su voluntad había fracasado.
Pero, no. No era un sueño. Estaba seguro de que de haber sido un sueño no habría fallado el último
intento de volver a la realidad. El no despertaría ya más. Sentía la blandura del ataúd y el “olor” había vuelto
ahora con mayor fuerza, con tanta fuerza, que ya dudaba de que era su propio olor. Hubiera querido ver allí a
sus parientes, antes que comenzara a deshacerse, y el espectáculo de la carne putrefacta les produjera asco.
Los vecinos huirían espantados del féretro con un pañuelo en la boca. Escupirían. No. Eso no. Era mejor que lo
enterraran. Era preferible salir de “eso” cuanto antes. El mismo quería ahora deshacerse de su propio cadáver.
Ahora sabía que estaba verdaderamente muerto, o al menos inapreciablemente vivo. Daba lo mismo. De todos
modos persistía el “olor”.
Resignado oiría las últimas oraciones, los últimos latinajos mal respondidos por los acólitos. El frío lleno de
polvo y de huesos del cementerio penetrará hasta sus huesos y tal vez disipe un poco ese “olor”. Tal vez –
¡quién sabe!— la inminencia del momento le haga salir de ese letargo. Cuando se sienta nadando en su propio
sudor, en un agua viscosa, espesa, como estuvo nadando antes de nacer en el útero de su madre. Tal vez
entonces esté vivo. Pero estará ya tan resignado a morir, que acaso muera de resignación.
ACTIVIDAD DE COMPRENSIÓN
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crear un cuento de una cara sobre el tema “muerte en vida” o “vida en muerte”
Fragmento de "Marianela" de Benito Pérez Galdós con actividades de comprensión lectora
Marianela
(Fragmento)
-Madre de Dios y mía, ¿por qué no me hiciste hermosa? ¿Por qué cuando mi madre me tuvo no me miraste
desde arriba?... Mientras más me miro más fea me encuentro. ¿Para qué estoy yo en el mundo?, ¿para qué
sirvo?, ¿a quién puedo interesar?, a uno solo, Señora y madre mía, a uno solo que me quiere porque no me ve.
¿Qué será de mí cuando me vea y deje de quererme?... porque ¿cómo es posible que me quiera viendo este
cuerpo chico, esta figurilla de pájaro, esta tez pecosa, esta boca sin gracia, esta nariz picuda, este pelo
descolorido, esta persona mía que no sirve sino para que todo el mundo le dé con el pie. ¿Quién es la Nela?
Nadie. La Nela sólo es algo para el ciego. Si sus ojos nacen ahora y los vuelve a mí y me ve, caigo muerta... Él es
el único para quien la Nela no es menos que los gatos y los perros. Me quiere como quieren los novios a sus
novias, como Dios manda que se quieran las personas... Señora madre mía, ya que vas a hacer el milagro de
darle vista, hazme hermosa a mí o mátame, porque para nada estoy en el mundo. Yo no soy nada ni nadie más
que para uno solo... ¿Siento yo que recobre la vista? No, eso no, eso no. Yo quiero que vea. Daré mis ojos
porque él vea con los suyos; daré mi vida toda. Yo quiero que D. Teodoro haga el milagro que dicen. ¡Benditos
sean los hombres sabios! Lo que no quiero es que mi amo me vea, no. Antes que consentir que me vea, ¡Madre
mía!, me enterraré viva; me arrojaré al río... Sí, sí; que se trague la tierra mi fealdad. Yo no debía haber
nacido...
Y derramando lágrimas y cruzando los brazos, añadió medio vencida por el sueño:
-¡Ay! ¡Cuánto te quiero, niño de mi alma! Quiéreme mucho, a la Nela, a la pobre Nela que no es nada...
Quiéreme mucho... Déjame darte un beso en tu preciosísima cabeza... pero no abras los ojos, no me mires...
ciérralos, así, así.
(…)
El cambio de actitud de Pablo al recuperar la vista y que ahora empieza a enamorarse de la belleza física de su
prima Florentina
-Prima... ¡por Dios! -exclamó Pablo con entusiasmo candoroso- ¿por qué eres tú tan bonita?... Mi padre es
muy razonable... no se puede oponer nada a su lógica ni a su bondad... Florentina, yo creí que no podía
quererte; yo creí posible querer a otra más que a ti... ¡Qué necedad! Gracias a Dios que hay lógica en mis
afectos... Mi padre, a quien he confesado mis errores, me ha dicho que yo amaba a un monstruo... Ahora
puedo decir que idolatro a un ángel. El estúpido ciego ha visto ya y al fin presta homenaje a la verdadera
hermosura... pero yo tiemblo... ¿no me ves temblar? Te estoy viendo y no deseo más que poder cogerte y
encerrarte dentro de mi corazón, abrazándote y apretándote contra mi pecho... fuerte, muy fuerte.
(…)
La muerte de Marianela. Una muerte que simboliza la muerte por no lograr lo que se desea (el amor de Pablo),
pero también es una muerte simbólica al conocer la realidad, la verdad. En esta escena Teodoro y Florentina
tratan de reanimar a Marianela que ha caído enferma y muere.
-¡De muerte! No sé si pensar que ha muerto de vergüenza, de celos, de despecho, de tristeza, de amor
contrariado. ¡Singular patología! No, no sabemos nada... sólo sabemos cosas triviales.
-¿Es posible que se muera una persona sin causa conocida, casi sin enfermedad?... ¿Señor Golfín, qué es
esto?
-¿Lo sé yo acaso?
-¡De las pasiones! -exclamó hablando con la moribunda-. Y a ti, pobre criatura, ¿qué pasiones te matan?
-¡Infeliz! -exclamó con ahogado sollozo-. ¿Puede el dolor moral matar de esta manera?
-Recuerde usted lo que han visto hace poco estos ojos que se van a cerrar para siempre. Considere usted
que la amaba un ciego y que ese ciego ya no lo es, y la ha visto... ¡la ha visto!... ¡la ha visto!, lo cual es como un
asesinato.
-No, misterio no -gritó Teodoro con cierto espanto- es el horrendo desplome de las ilusiones, es el brusco
golpe de la realidad, de esa niveladora implacable que se ha interpuesto al fin entre esos dos nobles seres. ¡Yo
he traído esa realidad, yo!
-¡Oh!, ¡qué misterio! -repitió Florentina, que no comprendía bien por el estado de su ánimo.
-Misterio no, no -volvió a decir Teodoro, más agitado a cada instante- es la realidad pura, la desaparición
súbita de un mundo de ilusiones. La realidad ha sido para él nueva vida, para ella ha sido dolor y asfixia, ha sido
la humillación, la tristeza, el desaire, el dolor, los celos... ¡la muerte!
-¡Todo por unos ojos que se abren a la luz... a la realidad!... No puedo apartar esta palabra de mi mente.
Parece que la tengo escrita en mi cerebro con letras de fuego.
-Todo por unos ojos... ¿Pero el dolor puede matar tan pronto?... ¡casi sin dar tiempo a ensayar un remedio!
-No sé -replicó Teodoro inquieto, confundido, aterrado, contemplando aquel libro humano de caracteres
oscuros, en los cuales la vista científica no podía descifrar la leyenda misteriosa de la muerte y la vida.
-¡No sabe! -dijo Florentina con desesperación-. Entonces ¿para qué es médico?
-No sé, no sé, no sé -exclamó Teodoro, golpeándose el cráneo melenudo con su zarpa de león-. Sí, una cosa
sé, y es que no sabemos más que fenómenos superficiales. Señora, yo soy un carpintero de los ojos nada más.
Después fijó los suyos con atención profunda en aquello que fluctuaba entre persona y cadáver, y con
acento de amargura exclamó:
-No -dijo Teodoro, tocando a la Nela-. Aún hay aquí algo; pero es tan poco, que parece ha desaparecido ya
su alma y han quedado sus suspiros.
-¡Oh!, ¡desgraciado espíritu! -murmuró Golfín-. Es evidente que estaba muy mal alojado...
-Habla.
Sí, los labios de la Nela se movieron. Había articulado una, dos, tres palabras.
-¿Qué ha dicho?
-¿Qué ha dicho?
Ninguno de los dos pudo comprenderlo. Era sin duda el idioma con que se entienden los que viven la vida
infinita.
Después sus labios no se movieron más. Estaban entreabiertos y se veía la fila de blancos dientecillos.
Teodoro se inclinó, y besando la frente de la Nela, dijo así con firme acento:
2. ¿Por qué crees que Marianela dice que no vale nada, que no es nada?
5. ¿Qué es más importante para ti, el amor físico o el amor espiritual? Fundamenta tu respuesta.
6. Al inicio de este fragmento podemos leer un monólogo de Nela y entendemos que su autoestima no es muy
alta, ¿por qué sucede esto?
7. ¿En el caso tuyo, cómo hubieras reaccionado ante el cambio de actitud de Pablo frente a Marianela?
8. Qué quiere decir la siguiente frase: “Señora, yo soy un carpintero de los ojos nada más”.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Redacta un texto argumentativo que aborde tu postura sobre el tema de la belleza y la fealdad. Puedes
tomar como referencia el fragmento leído. No olvides que la estructura de tu texto argumentativo debe ser la
siguiente:
Estudiante de Secundaria
Lo que más resalta en la actualidad es lo superficial. Sin belleza es preferible morir, un dicho bien dicho. La
belleza es un tema que acopla definiciones e ideas dependiendo del punto en que sea visto tanto como la
fealdad que también es un tema, pero que a diferencia del anterior este intenta encajar en todos, pero resulta
no encajar en ninguno. Aunque cabe resaltar que si no existiese la fealdad tampoco existiese la belleza.
En una de las obras literarias donde resaltan ambos temas es la del novelista Benito Pérez Galdós, «Marianela».
En ella se puede apreciar en esta novela que sin belleza y sin dinero es mendigar a pedir más, a completar el
misterio con que nacimos y con el que uno quiere estar vivo. Sin duda la belleza y la fealdad revelan mucho de
uno.
Para definir el contexto de muchos, la belleza es lo sagrado, lo divino por decirlo así, no referente siempre al
rostro. El grandísimo filósofo griego Aristóteles sostenía que lo bello es lo que puede apreciarse abarcándolo
con placer y de un solo vistazo por simétrico, ordenado y realizado con grandeza.
Hablando de criterios relativos, la belleza es como el poder, algo muy ambicioso que por el lado oscuro es la
provocadora de tragedias, de sufrimiento y esto se demuestra en el famoso mito de la manzana de la
discordia que terminó desatando ¨La Guerra de Troya¨. Y que hablar de la perfecta arquitectura musulmana
¨Taj Mahal¨, en donde los arquitectos de la obra fueron asesinados para evitar que volvieran a edificar algo de
semejante belleza, un final de desgracia.
La fealdad es un tema épico y típico de conversación y de críticas. Ser feo es una desgracia, pero esto cambia
cuando la realidad ilumina y cambia las acciones. Por ejemplo, no se aprecia lo que se tiene hasta que se
pierde como una parte de tu cuerpo o tal vez, todo tu cuerpo. No estar al día con la moda también significa ser
feo por más tonto que suene.
Para concluir estas variaciones sobre el concepto ¨belleza¨ y su subjetividad alcanza muchos estándares y
reemplaza otros como las distintas definiciones que cada uno le da. La hermosa belleza y la fea fealdad es
conforme la facultad y dificultad. Desde lo más precioso hasta lo más desagradable despierta apetitos,
desborda sensualidad, provoca ansiedad y sobre todo induce problemas.
Seamos observadores con nuestro reflejo, con los objetos, con los lugares, los sentimientos, la atmósfera hasta
con una hormiga. Estimemos la belleza y no a sus imitaciones, y así aprenderemos a ser felices con nuestros
defectos.
Cuento "La noche de los feos" de Mario Benedetti con actividades de comprensión lectora
Mario Benedetti
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando
le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a
comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los
horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de
resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá
eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno
de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue
donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya
desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran
auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo-
tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura
de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó
que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi
vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la
penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado
normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por
lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces
para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no
puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si
Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o
tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la
impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la
gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente
adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro
corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis
oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene
evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco
menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con
quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito
y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia.
De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que
amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa
muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa,
irremisiblemente estúpida."
"Sí."
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no
lo sabía?"
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de
llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración
afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré
cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa.
Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había
fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro,
encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al
principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el
pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
8. Qué significa la siguiente frase: “Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa
curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente
simétrico”.
9. Qué se infiere de esta última parte del cuento: “Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me
levanté y descorrí la cortina doble”.
10. Qué nos quiere decir el narrador-protagonista con esta frase: ““Nos conocimos en la entrada del cine,
haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez
examinamos sin empatía, pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera
ojeada, nuestras respectivas soledades”.
11. A qué se refiere el narrador con esta frase: “En ese instante comprendí que debía arrancarme (y
arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un
relámpago. No éramos eso. No éramos eso”. Explica tu respuesta.
12. ¿Estás de acuerdo con el concepto de fealdad que plantea el autor? ¿Por qué?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento cuya temática gire en torno a la belleza o fealdad. No olvides trabajar mucho aspectos de la
descripción física y psicológica de tus personajes.
Cuento de ciencia ficción "Auténtico amor" de Isaac Asimov con actividades de comprensión lectora
AUTÉNTICO AMOR
Isaac Asimov
Mi nombre es Joe. Así es como me llama mi colega, Milton Davidson. Él es un programador, y yo soy un
programa de computadora. Formo parte del complejo Multivac, y estoy conectado con otros componentes
esparcidos por todo el mundo. Lo sé todo. Casi todo.
Soy el programa privado de Milton. Su Joe. Milton sabe más acerca de programación que cualquiera en el
mundo, y yo soy su modelo experimental. Ha conseguido que yo hable mejor que cualquier otra computadora
puede hacerlo.
-Es simplemente cuestión de hacer encajar sonidos con símbolos, Joe -me dijo-.
Así es como funciona el cerebro humano, pese a que no sabemos todavía qué símbolos particulares emplea el
cerebro. Sé los símbolos que hay en el tuyo, y puedo convertirlos en palabras, uno a uno.
De modo que hablo. No creo que hable tan bien como pienso, pero Milton dice que hablo muy bien. Milton no
se ha casado nunca, aunque está a punto de cumplir los cuarenta años. Nunca ha encontrado la mujer
adecuada, me dice. Un día me comentó:
-Algún día la encontraré, Joe. Quiero lo mejor. Quiero conseguir el auténtico amor, y tú vas a ayudarme. Estoy
cansado de mejorarte a fin de que resuelvas los problemas del mundo. Resuelve mi problema. Encuéntrame el
auténtico amor.
-No importa. Se trata de una abstracción. Simplemente encuéntrame a la chica ideal. Estás conectado con el
complejo de Multivac, de modo que tienes acceso a los bancos de datos de todos los seres humanos del
mundo. Resuelve mi problema. Encuéntrame el auténtico amor.
Eso era fácil. Sus palabras activaban símbolos en mis válvulas moleculares. Podía entrar en contacto con los
datos acumulados de todos los seres humanos del mundo. Como resultado de aquellas palabras, descarté a
[Link] hombres.
-Elimina a todas las menores de veinticinco años -me dijo-; a todas las mayores de cuarenta. Luego elimina a
todas las que tengan un CI inferior a 120; a todas las que midan menos de 150 centímetros y más de 175
centímetros de estatura.
Fue dándome instrucciones exactas; eliminó a las mujeres con hijos vivos; eliminó a las mujeres con diversas
características genéticas.
-No estoy seguro del color de los ojos -dijo-. Dejemos ese dato por el momento.
-No puedo entrevistarme con 235 mujeres -dijo-. Tomaría demasiado tiempo, la gente podría llegar a descubrir
lo que estoy haciendo.
Milton había arreglado las cosas de modo que yo pudiera hacer cosas que no estaba diseñado para hacer.
Nadie sabía nada al respecto.
-No es asunto tuyo -dijo él, y su rostro enrojeció ligeramente-. Te diré lo que vamos a hacer, Joe. Te
proporcionaré holografías, y comprobarás la lista en busca de similitudes.
-Esas son tres ganadoras de concursos de belleza -dijo-. ¿Alguna de las 235 encaja con ellas?
-Bien, tienes su banco de datos. Estudia las demandas y necesidades del mercado de trabajo y arregla las cosas
de modo que sean asignadas temporalmente aquí. Una a una, por supuesto. -Pensó unos instantes, agitó sus
hombros arriba y abajo, y dijo-: Por orden alfabético.
Esta es una de las cosas que no estoy diseñado para hacer. Trasladar a Gente de trabajo a trabajo por razones
personales es algo llamado manipulación. Puedo hacerlo ahora porque Milton lo agregó así. De todos modos se
suponía que solamente lo hacía por él.
La primera chica llegó una semana más tarde. Milton enrojeció cuando la vio.
Habló como si realmente le costara hacerlo. Estuvieron juntos durante mucho rato, y él no prestó la menor
atención. En un momento determinado le dijo:
-De alguna manera, no era lo suficientemente buena. Le faltaba algo. Es una mujer hermosa, pero no capté
nada del auténtico amor. Probemos la siguiente.
Ocurrió lo mismo con todas las ocho. Eran muy parecidas. Sonreían mucho y tenían voces extremadamente
agradables, pero Milton encontraba siempre algo que no encajaba.
-No puedo comprenderlo, Joe. Tú y yo hemos escogido a las ocho mujeres de todo el mundo que parecen más
adecuadas para mí. Son ideales. ¿Por qué no me gustan?
-¿Tú les gustas? -pregunté. Alzó las cejas, y dio un puñetazo con una mano en contra la palma de la otra.
-Eso es, Joe. Es como una calle con dos direcciones. Si yo no soy su ideal, ellas no pueden actuar de tal modo
que se conviertan en mi ideal. Yo debo ser también su auténtico amor, pero ¿cómo puedo conseguirlo?
-Pareció pensarlo todo el día.
-Voy a dejártelo a ti, Joe. Todo a ti. Tienes en tu poder mi banco de datos, y además voy a decirte todo lo que
sé de mí mismo. Llenarías mi banco de datos con todos los detalles posibles, pero guarda los añadidos para ti
mismo.
-Lo comparas con los de las 235 mujeres. No, 227. Deja aparte a las ocho que ya hemos visto. Arregla las cosas
de modo que se sometan a un examen psiquiátrico.
Llena sus bancos de datos y compáralos con el mío. Busca correlaciones. (Arreglar exámenes psiquiátricos es
otra de las cosas que están en contra de mis instrucciones originales).
Durante semanas, Milton no dejó de hablarme. Me contó de sus padres y de sus demás familiares. Me contó
de su infancia y de sus días de escuela y de su adolescencia. Me contó de mujeres jóvenes a las que había
admirado a distancia.
Su banco de datos fue creciendo, y él me ajustó de modo que yo pudiera ampliar y profundizar mi comprensión
simbólica.
-¿Te das cuenta, Joe? A medida que voy introduciendo más y más de mí en ti, te voy ajustando para que
encajes mejor conmigo. Si llegas a comprenderme lo suficientemente bien, entonces cualquier mujer cuyo
banco de datos puedas comprender perfectamente será mi auténtico amor.
Siguió hablándome, y yo fui comprendiéndole cada vez mejor y mejor. Podía construir frases más largas, y mis
expresiones se hacían más y más complicadas. Mi forma de hablar empezó a sonar muy parecida a la suya en
vocabulario, sintaxis y estilo.
-¿Sabes, Milton? No se trata tan sólo de encontrar en una chica un ideal físico. Necesitas una chica que encaje
contigo personal, emocional y temperamentalmente. Si eso ocurre, su apariencia es algo secundario. Si no
podemos encontrar entre esas 227 la que encaje, entonces buscaremos en otra parte. Encontraremos a alguien
a la que no le importe tampoco tu aspecto, si las personalidades encajan. Al fin y al cabo, ¿qué es la apariencia?
-Absolutamente de acuerdo -dijo-. Hubiera debido darme cuenta de eso si me hubiera relacionado más con
mujeres a lo largo de mi vida. Por supuesto, pensar en ellas lo hace ahora todo más claro. Siempre estábamos
de acuerdo; pensábamos de forma tan parecida.
-No vamos a tener ningún problema, Milton, si me permites hacerte algunas preguntas. Puedo ver donde hay
lagunas y contradicciones en tu banco de datos. Lo que siguió, dijo Milton, fue el equivalente de un cuidadoso
psicoanálisis. Por supuesto, yo estaba aprendiendo del examen psiquiátrico de las 227 mujeres, con todas las
cuales me mantenía en estrecho contacto.
Porque ya la había escogido, y después de todo era una de las 227. Su nombre era Charity Jones, y era
catalogadora en la Biblioteca de Historia de Wichita. Su banco de datos ampliado encajaba perfectamente con
el nuestro. Todas las demás mujeres habían sido desechadas por uno y otro motivo a medida que los bancos de
datos iban engrosando, pero con Charity la resonancia era cada vez más perfecta.
No tuve que describírsela a Milton. Milton Había coordinado tan perfectamente mi simbolismo con el suyo
propio que pude transmitirle directamente la resonancia. Encajaba conmigo.
El siguiente paso fue ajustar las hojas de trabajo y los requerimientos laborales de modo que Charity nos fuera
asignada a nosotros. Eso debía hacerse muy delicadamente, de modo que nadie se diera cuenta de que se
producía algo ilegal.
Por supuesto, Milton lo sabía muy bien, puesto que era él quien lo había arreglado todo y había cuidado de
ello. Cuando vinieron a arrestarlo bajo la acusación de abuso de sus atribuciones, fue, afortunadamente, por
algo que se había producido hacía diez años. Me había hablado de ello, por supuesto, gracias a lo cual había
sido fácil arreglarlo todo..., y él no iba a hablar de mí, porque eso haría que su delito fuera considerado mucho
más grave.
Ahora él ya no está, y mañana es el 14 de febrero, el Día de San Valentín. Charity llegará entonces, con sus frías
manos y su dulce voz. Le enseñaré cómo manejarme y como cuidarme. ¿Qué importa la materia cuando
nuestras personalidades resuenan de tal modo?
Le diré:
ACTIVIDAD DE CREACIÓN:
1. Crea un cuento de ciencia ficción una cara. No olvides ser creativo y original.









