Howard Fast

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Howard Fast

en México y dos cuentos


©Howard Fast
Editado en México, año 2020.

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Cuidado de la edición: Alicia Rodríguez.


Diagramación y portada: Daniela Campero.
El escritor y militante judeo-estadounidense Howard
Fast (1914-2003), perseguido de los grandes poderes
de su tiempo, es conocido sobre todo por sus nove-
las históricas, entre ellas la gran epopeya Espartaco,
que sirvió de base a la célebre película, del mismo
nombre, de Stanley Kubrik, así como Mis gloriosos
hermanos, sobre la resistencia del pueblo judío, am-
bas incluidas en el catálogo, de descarga gratuita, de
la Brigada Para Leer en Libertad.
Pero su increíble capacidad para traducir los
grandes dramas sociales al lenguaje concreto de la
anécdota individual puede apreciarse también en
sus poderosos relatos breves. Por eso hemos decidi-
do reunir aquí algunas de sus mejores páginas narra-
tivas, tomando como eje la experiencia mexicana de
Fast. En una coyuntura mundial particularmente
oscura, ofrecemos al lector esta selección de su narra-
tiva, honesta, dura y solidaria, como una ventana
para mirar hacia la humanidad, sus grandeza y sus
tragedias, y mantenernos vinculados y comprometi-
dos con ella.

para leer en libertad ac

3
Prólogo
Howard Fast
Paco Ignacio Taibo II

“Howard Fast está vivo”, me dijo hace un par de


años un editor en Nueva York. No me lo acababa de
creer. Desde la publicación de sus novelas duras en
el final de los años ochenta, le había perdido la pista.
¿Cuántos años tenía? Debería tener más de ochenta y
cinco. Había nacido en 1914. Y me dijo: “No sólo está
vivo, está escribiendo”. Puse mi mejor cara de fan y
salí de la reunión con las pruebas para los críticos de
las novelas que le iba a reeditar, El cruce y Bunker Hill
y un teléfono en Connecticut.
Si todo el mundo tiene su actriz de cine, su
cantante, su gran maestro de ajedrez, su mago, su
político, yo tenía a mi novelista: Howard Fast. Lo ha-
bía seguido con la fidelidad de un grupi a lo largo
de casi cuarenta años, coleccionaba sus novelas y sus
cuentos, sabía bajo qué seudónimos se había escon-
dido, qué películas se habían hecho de sus libros sin
darle crédito. Me había acompañado en los camiones

5
de tercera con los que recorrí la República en los se-
senta y me había descubierto las inmensas posibili-
dades de la novela histórica.

II
Nacido en Nueva York en el Lower East Side, un ba-
rrio de emigrantes judíos pobres (Fastov se volvió
Fast), que habría de retratar maravillosamente en su
novela Infancia en Nueva York, vendió su primer cuen-
to a los diecisiete años.
En la década de los 40 publicó Los soberbios y
los libres y Lugar de sacrificio, que junto con su libro so-
bre Washington, El hombre invensible, arman una tri-
logía maravillosa sobre la guerra de independencia
norteamericana. Logró una enorme fama con Camino
de libertad, una novela sobre una rebelión negra des-
pués de la Guerra de Secesión.
Durante la Segunda Guerra Mundial su con-
dición de antifascista “prematuro” lo alejó de los
frentes y le dieron un extraño trabajo errante de pe-
riodista, que retrata magistralmente en un libro de
cuentos, trabajo que le hizo desarrollar las aventuras
más extrañas como quedar perdido durante días en
un depósito de cascos de Coca Cola del ejército esta-
dounidense en un país árabe.
Fue blanco de la represión política de pos-
guerra y cuando se enfrentó a Joe McCarthy en una
de las audiencias del Senado, durante la época de la

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cacería roja (Red Scare), logró deseperarlo de tal ma-
nera al explicarle minuciosamente la historia nortea-
mericana, que McCarthy lo interrumpió gritándole:
“¡Vaya y escriba un libro!” Y Fast fue y lo escribió; no
uno, muchos, y entonces las editoriales lo pusieron
en la lista negra y no había editor en Estados Unidos
que quisiera sus obras, y lo sacaron de las bibliotecas
públicas, y entonces Fast escribió Espartaco, la editó
de su bolsillo y la vendió directamente a los lectores.
Y cuando también esa puerta se le cerró porque le
bloquearon el uso del correo para la distribución, se
ocultó bajo el seudónimo de Walter Ericsson y escri-
bió una novela policiaca inquietante, El ángel caído,
una novela policiaca metafísica. Y luego con el seu-
dónimo E. Y. Cunningham escribió una serie de no-
velas policiacas con títulos de nombres femeninos:
Phillys, Penélope, Sylvia...
Premio Stalin de literatura; encarcelado en
1950 en Estados Unidos por haberse negado a dar los
nombres de sus compañeros de un comité de apoyo
a los refugiados españoles; exilado en México, donde
escribiró una historia maravillosa, Cristo en Cuerna-
vaca, Fast es autor de El ciudadano Tom Paine, Max (la
mejor novela sobre los magnates de Hollywood), Tor-
quemada, El caso Winston, La pasión de Sacco y Vanzetti.
En el 56, después de los acontecimientos, de
Hungría rompió con el comunismo oficial y escribió
un libro inquietante, El dios desnudo.

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Durante un tiempo fue censurado por fascistas
y stalinistas, retirados sus libros de la circulación —lo
mismo en la biblioteca pública de Nueva York que en
la de Moscú—, retenidos sus derechos autorales.
La Warner le pirateó El otoño de los cheyennes
(tomada casi literalmente para la versión de John
Ford de La última frontera), porque Edgar Hoover dijo
que no se podría hacer cine de las novelas de Fast; y
Espartaco (una novela de la que se han editado varias
decenas de millones de ejemplares en todo el mun-
do), adaptada por Dalton Trumbo, habría de apare-
cer en pantalla sin su crédito. En los ochenta volvió a
la carga con una enorme capacidad de provocación,
unida a sus grandes virtudes como narrador, con dos
novelas espléndidas: The pledge que recuperaba una
historia que había recogido en Bengala durante la
Segunda Guerra Mundial sobre la hambruna provo-
cada por los ingleses, un crimen de guerra de magni-
tudes horripilantes y que había sido censurado hasta
la aparición del libro en 1988, y reincidió con La con-
fesión de Joe Cullen, un libro que provocó que hasta
el liberal NY Times lo tildara de ultra. Una historia
sobre los manejos sucios y las guerras secretas de la
CIA en Centroamérica.
Combinó estos escritos con dos libros de
cuentos de ciencia ­ficción con una serie de novelas
policiacas que tienen como protagonista a un detec-
tive de origen japonés y filosofía zen en Hollywood.

8
III
A partir de septiembre de 2002 mantuve una larga
serie de llamadas telefónicas con él. Quería hacerle un
homenaje durante la Semana Negra, y aproveché para
contarle las lecturas de sus libros que había hecho mi
generación. Lo convencí, pero no a su médico. Nos
mandó un mensaje grabado. Nos despedimos que-
dando en que los primeros días, de mayo 2003, pa-
saría a verlo. Dijo que me esperaría en la estación del
tren, con su automóvil, que si yo lo reconocería. Dije
que tenía en mi casa una foto suya de un mitin en los
años 40, me dijo que no había cambiado demasiado.
Poco después, de repente, los cables de las
agencias transportaron la noticia de su muerte.
Howard Fast había muerto y algunos de nosotros
nos hemos quedado más solos que de costumbre.
Pero tres estantes de los libreros de mi casa
le pertenecen, acostumbro recomendarlo a lectores
jóvenes que no lo conocían y que suelen agradecer-
me de las maneras más cálidas y sonrientes. Pres-
to sus libros, no me los devuelven y los vuelvo a
conseguir en librerías de viejo. Tengo su foto en mi
pared, recuerdo su voz y nuestras largas conversa-
ciones telefónicas. Lo he leído y sigo releyéndolo.
Me dijeron que se había muerto. No me lo creo. Se-
guro que en los próximos meses, años, alguna nue-
va novela de Fast aparecerá por ahí escrita desde los
cielos y los infiernos.

9
IV
Unos meses después de haber escrito una primera
versión de esta nota, rebuscando en uno de los libre-
ros de mi casa que había quedado tapado por una
bicicleta fija y una máquina de coser, un libro de Fast
que desconocía, salió de entre los demás. Una reco-
lección de historias sobre los Estados Unidos, Patrick
Henry and the frigate's keel.
No recordaba haberlo comprado.
¿Ven? Estaba vivo.

10
Fast en México
En junio de 1954, Bette, nuestros dos hijos y yo nos
fuimos a México. Hubiéramos preferido ir a Europa,
pero nos negaron los pasaportes (un truco ingenioso
que el gobierno había aprendido de los rusos) y, por
lo tanto, se nos prohibió la entrada a Europa. Hasta
ese momento, habíamos vivido diez años como co-
munistas en Estados Unidos. Teníamos los nervios
de punta; vivíamos en una preocupación constante, y
si bien la amenaza particular no estaba bien definida,
seguía presente. Los principales líderes del Partido
Comunista estaban en prisión. El Partido se reducía
conforme la campaña del gobierno en contra nuestra
iba haciendo su efecto. Aunque seguía yo escribiendo
con cierta regularidad para el Daily Worker, mi traba-
jo para el Partido era cada vez menor. Intenté publi-
car yo mismo mis escritos, pero me fue imposible. La
relación editor-escritor es muy importante. Es parte
del cemento que une a un escritor con sus lectores, y

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de ninguna manera es lo mismo ser tu propio editor.
Además, mientras más publicas, sean tus propios es-
critos o los de alguien más, más dinero pierdes.
Entonces vino el extraño asunto de Michols
y Feffer. Michols era un actor soviético famoso, ju-
dío. El coronel Itzhak Feffer, judío también, era un
oficial del Ejército Rojo que había luchado valiente-
mente en defensa de Rusia durante la invasión nazi,
y había sido nombrado Héroe de la Unión Soviética,
la más alta condecoración que daba su país; y ade-
más era un hombre muy guapo y atractivo. Ambos
habían visitado Estados Unidos algunos años antes,
principalmente para asegurarles a los judíos esta-
dounidenses que las historias de antisemitismo en
la Unión Soviética no tenían ningún fundamento. En
ese momento circulaba una historia familiar. Feffer
tenía parientes aquí, a los que les había ido bien y
ofrecieron instalarlo en algún pequeño negocio
minorista. Se rió de ellos. Él, un coronel del Ejército
Rojo, dejando todo para vivir bajo el capitalismo.
Entonces, en 1954, una amiga, una comunis-
ta cuya militancia no era conocida, visitó la Unión
Soviética como turista y habló con varios judíos allí;
le dijeron que Michols había muerto en un accidente
y que Feffer había sido ejecutado. Eran cosas muy
vagas, pero le dijeron que no podían decirle nada
más. No sé si lo creí, pero en ese momento fue muy
inquietante. Tanto como la incesante cacería de bru-

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jas aquí en casa. Era parte del mismo fenómeno que
estaba afectando al Partido acá, y comencé a darme
cuenta de que éste se estaba destruyendo a sí mismo
tanto como el FBI. Cada vez se expulsaba a más per-
sonas, militantes leales, a los que se acusaba de racis-
mo, y la reputación de Petis Perry, el jefe interino del
Partido, no era nada buena. Para rematar, recibí una
carta anónima de alguien que decía que trabajaba
en el Departamento de Justicia en Washington, y
que tenían un hombre negro dentro del Partido que
podía hacer que cualquiera fuese expulsado. El autor
pedía que destruyera la carta, y así lo hice. Cuando
hablé del asunto con personas del Partido en las que
confiaba, lo ignoraron.
Así, nos marchamos a México con la idea de
que, si podíamos escaparnos por un tiempo, podría-
mos desenredar nuestros cerebros y pensar con cla-
ridad. La venta de nuestra casa de mampostería en
118 mil dólares representó un apoyo financiero, a pe-
sar de que nuestra parte, después de la hipoteca y el
costo, fue de sólo 8 mil dólares. Bette y yo habíamos
estado en México en 1939 y sólo teníamos recuerdos
cálidos de esa tierra que amábamos profundamente.
En ese momento, el síndrome de Cluster me había
debilitado mucho, y necesitaba desesperadamente
descansar y olvidar por un tiempo que mi teléfono
estaba intervenido y que al otro lado de la calle, al-
gún idiota del FBI me esperaba para seguirme.

13
Viajamos por Air France, y fue un vuelo lar-
go y estresante, en un avión de hélice lleno de gen-
te, entre el rugido interminable de los motores. Los
niños estuvieron maravillosos, y Jonathan, entonces
un brillante y entrañable niño de seis años, se ganó
a todos en el avión, mientras que Rachel se deleitaba
con que le dijeran una y otra vez lo hermosa que era.
Y de verdad lo era, con su largo cabello color miel y
la salud de sus mejillas rosas de diez años. Muchas
veces durante ese viaje reflexioné sobre nuestra con-
dición de típica familia estadounidense de reparto
televisivo.
Pasamos la noche en un hotel de la calle 5 de
Mayo y a la mañana siguient, nos subimos a un taxi con
rumbo a Cuernavaca. Un querido amigo mío, Maxim
Lieber, había sido uno de los agentes literarios más
importantes de Nueva York. Pero al verse atacado
—era agente de varios escritores comunistas, tanto
europeos como norteamericanos— había entrado en
pánico y, junto con su esposa Minna y sus dos hijos,
se había mudado a México. Él tuvo la amabilidad de
hacer los arreglos necesarios para que nos hospedá-
ramos en un excelente hotel mexicano de departa-
mentos. El dólar estaba entonces a doce pesos (era
antes de la inflación en EU y en México), y para un
estadounidense los precios eran ridículamente bara-
tos. Teníamos dos dormitorios, sala, cocina y balcón.
El balcón daba a una imponente cadena de montañas

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púrpuras, y cada tarde las nubes se reunían alrededor
de esos altos picos, como un velo suelto y ondeante
sobre una gran dama, y luego estallaban en truenos
y relámpagos. Era un lugar hermoso, dramático pero
pacífico y extrañamente apartado del mundo, y eso
nos convenía. Bette y yo sentíamos que habíamos
tenido suficientes emociones fuertes por un buen
rato. El hotel nos proporcionó una cocinera india,
una señora pequeña y bondadosa llamada Raquel,
y durante el tiempo que vivimos en el Hotel Latino
Americano, Raquel nos alimentó con un extenso
menú de comida mexicana extraña y deliciosa de
infinita variedad. Cada noche, justo antes de la cena,
corría a la calle y compraba tortillas calientes recién
hechas. Nuestras cenas pronto se hicieron justifica-
damente famosas entre los comunistas que se habían
refugiado allí.
En su mayor parte, los comunistas que ha-
bían huido de Estados Unidos para refugiarse en
México provenían de la Costa Oeste. Debido a que
la cacería de brujas había cobrado un precio devasta-
dor en la industria cinematográfica, el estado de áni-
mo de los ellos y de otras personas de izquierda era
desesperado y desesperanzado. Aquellos castigados,
encarcelados, privados del derecho a volver a traba-
jar —como ellos lo veían— eran parte de una sola in-
dustria, a diferencia del Este, donde los izquierdistas
perseguidos se distribuían en una variedad de indus-

15
trias y lugares. Para ellos, el fascismo se había con-
vertido ya en un rasgo fijo en el gobierno, y aunque
la mayoría de la población no era aún consciente de
ello, el sistema se impregnaría hasta convertirse en
una copia estadounidense de la Alemania de Hitler.
¿No estaba ya Henry Luce proclamando el «siglo
estadounidense» y no era eso similar al llamado de
Hitler a que Alemania gobernara el mundo?
Era un estado de desesperación con el que no
podía estar de acuerdo, aunque Albert Maltz lo había
aceptado y se había alquilado una casa en la Ciudad
de México, donde lo veríamos más tarde. La libertad
y los derechos humanos estaban demasiado enraiza-
dos en Estados Unidos como para permitir una de-
riva tan fácil hacia el fascismo. Pensé que no era de
ninguna manera inevitable, pero la pequeña colonia
de exiliados se alegró de tenernos entre ellos para
respaldar su opinión, tal como la veían, aunque yo
insistía en que estaríamos allí sólo unos meses antes
de que los niños comenzaran la escuela.
Hace treinta y seis años Cuernavaca era una
ciudad pequeña y encantadora, con sus jardines, su
hermoso zócalo y el antiguo Palacio de Cortés, conver-
tido en museo, con murales de Diego Rivera sobre la
Conquista de México en sus paredes. Fuimos muchas
veces a ver los murales, y nos intrigó especialmente la
cantidad de peones, hombres y mujeres muy pobres

16
que parecían haber recorrido todos los rincones del
país para contemplar las espléndidas escenas.
Era una vida tranquila. Nos hicimos amigos
íntimos de un médico alemán, Ernst Aman, que
había luchado con el XV Batallón de las Brigadas
Internacionales en España, y allí también estaban
el escritor John Penn y su esposa, y un puñado de
amigos más. No era una gran vida social, pero era
suficiente para nosotros. El hotel tenía una alberca
grande y bien cuidada, donde los niños jugaban
durante horas. Hicimos un viaje con Ernst a una
ciudad perdida en la cima de una montaña a unos
treinta kilómetros de Cuernavaca, un lugar maravi-
lloso aún sin excavar y alejado del camino de los tu-
ristas. Un niño mexicano del valle circundante nos
sirvió de guía por unos pocos pesos. Conocía todos
los rincones de esta antigua ciudad y hablaba un
inglés fluido. Había trabajado intermitentemente
con el grupo de arqueólogos estadounidenses que,
junto con un grupo mexicano, habían comenzado la
excavación. Nos dijo con orgullo que sus antepasa-
dos ​​habían construido esta ciudad y que algún día
iría a la universidad y se convertiría en arqueólogo
y completaría la excavación.
Eso fue hace muchos años. Me pregunto al fi-
nal si se convirtió en el arqueólogo que soñaba ser.
En ese entonces sólo había veintisiete millones de
personas en México; la población se ha triplicado y

17
dudo que el país siga siendo tan salvaje, misterioso
y encantador como lo era entonces. El gran artista
mexicano, Siqueiros, vino de la Ciudad de México a
visitarnos. No nos conocíamos en persona, pero por
supuesto conocíamos su obra y su reputación, y él
había escuchado que estábamos en Cuernavaca. Era
un hombre alto, apuesto y elegante, y vino con su
esposa y varios miembros de su familia. Jonathan era
feliz con una hoja de papel y un crayón. Dibujaba
constantemente y una de sus creaciones recientes
era un dinosaurio. Había comenzado el dibujo en
una hoja de papel, y como había calculado mal el
tamaño de la bestia, requirió una segunda hoja para
completar el dibujo. Bette pegó ambas hojas en la
pared, y cuando Siqueiros las vio, admiró el dibujo
y le dijo a Jon: «Cuántas veces deseé poder construir
otra pared para completar una pintura”.
Era absolutamente maravilloso estar en un lu-
gar donde podíamos vivir y funcionar como seres hu-
manos normales, donde no había nadie esperando al
otro lado de la calle para seguirnos, donde pasaba un
día o una semana sin noticias de otro encarcelamiento
político, otra vida arruinada, y un nuevo editorial pi-
diendo la destrucción de Howard Fast. Caminábamos
por las calles como gente libre, y nuestros conocidos
no tenían por qué fingir que no nos veían.
Sin embargo, esto no era vida, no era una
vida para nosotros. Yo no podía escribir y Bette no

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podía pintar. Los días pasaban sin sentido. Nues-
tros hijos encontraron otros niños con quienes jugar,
pero nosotros nos revolcábamos en una nebulosa
inexistencia, enfrentando la extraña contradicción
de que aquí, en esta tierra atrasada y hermosa,
un comunista podía caminar como un hombre
libre, mientras que en el gran gigante del norte, la
corriente de mentiras anticomunistas, calumnias
y odio nunca cesaba, y los comunistas eran
perseguidos y encarcelados. No podíamos hacer
una vida aquí como habían hecho otros comunistas,
escritores, artistas, y cineastas estadounidenses.
Estábamos completamente aburridos. Habíamos
planeado pasar tres meses en Cuernavaca; al cabo
de dos meses habíamos llegado a nuestro límite y
decidimos que la Ciudad de México podría ser me-
nos aburrida.
Max Lieber, que había estado pasando algún
tiempo con nosotros en Cuernavaca para ayudarnos
a instalarnos, tenía un departamento en la Ciudad de
México a las afueras del bosque de Chapultepec, y
encontró un departamento amueblado más pequeño
en el mismo edificio que pudimos tomar durante un
mes. Era un edificio bastante nuevo en uno de los
mejores vecindarios, con el bosque de Chapultepec
frente a nuestras ventanas, un lugar infinitamente
divertido con campos de juego, museos, excelentes
restaurantes, hasta llegar a las Lomas de Chapulte-

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pec, donde los mexicanos habían ofrecido su última
resistencia contra el ejército estadounidense invasor,
y donde, en el momento en que estábamos allí, un
edificio albergaba un enorme mapa que mostraba
Texas, Nuevo México, Arizona, California y Nevada
como parte de México.
Aunque Jon ya no podía pasar cuatro o cinco
horas al día en la alberca, había otras cosas para los
niños, y cuando se corrió la voz de que vivíamos allí,
un sinfín de visitantes vino a vernos. Alguien sugirió
un viaje a la Pirámide del Sol, donde los arqueólogos
a cargo hicieron todo lo posible para saludarnos.
Le mostraron a Jon un puñado de fragmentos que,
según explicaron, tenían tres mil años. Con los dos
niños, subí a la cima de la gran pirámide mientras
Bette se quedó abajo y miraba y oraba; y si nada más
surgía de esos meses en México, Bette y yo encontra-
mos en nosotros un amor duradero que no se rompió
ni se tensó durante los siguientes treinta y seis años.
Todo eso nos dio México, por lo cual le esta-
ré eternamente agradecido. Después de diez años de
ser vilipendiado como un delincuente común, aquí
fui procurado, honrado y admirado. Diego Rivera
nos invitó a Bette y a mí a almorzar en su casa. Le
explicamos que no teníamos a nadie con quien dejar
a los niños y nos dijeron que los lleváramos. Fueron
unas horas maravillosas las que pasamos con ese
hombre, un gran artista que fue el alma de México.

20
Su esposa había muerto muy recientemente; la casa
estaba cubierta de luto; y le dijo a Rachel que nun-
ca debía temer a la muerte. No puedo imaginar lo
que pensó ella de ese extraño notable y gran hombre,
que, le habían dicho, era un gran artista, sentado a
la luz filtrada de su habitación, rodeado de su gran
colección de perros funerarios aztecas de arcilla. Nos
dijo, mientras los niños lo escuchaban con la boca
abierta, que todo el que muere debe ser enterrado
con uno de esos perros, porque sólo ellos conocen
el camino a través del río del inframundo hacia el
paraíso del más allá, y luego sonrió y les aseguró que
era sólo un viejo cuento popular indio. «Pero, verán,
yo soy un indio viejo», explicó. «Mis raíces llegan
muy profundo».
Recientemente había completado una serie
de murales para el nuevo hotel de lujo de la Ciudad
de México, el Prado, murales que protestaban por
las afrentas del pueblo mexicano; y cuando terminó,
los dueños del hotel habían cubierto su obra con una
gran pantalla, para que los turistas estadounidenses
ricos no lo vieran y se sintieran ofendidos. “Un artis-
ta debe ofender”, dijo, y me preguntó si lo entendía.
Lo entendí. Había pintado la bandera de Guatemala
en la puerta de su casa unas semanas antes, cuando
la CIA derrocó al gobierno elegido democráticamen-
te para poner en el poder a un dictador aprobado por
Estados Unidos. “Es un gesto tan pequeño —dijo—.

21
Pero siempre es lo mismo. México está demasiado
lejos de Dios y demasiado cerca de Estados Unidos.”
Insistió en caminar con nosotros desde su
estudio, en un barrio de calles pequeñas y estrechas,
hasta la avenida principal, donde podíamos tomar
un taxi. Rachel, fascinada por él, lo tomó de la mano
mientras caminábamos, y en ese barrio bastante po-
bre, cada persona con la que nos topamos —obreros,
barrenderos, mujeres cocinando tortillas, mujeres
comprando, tenderos— hizo una pausa para hacer
una reverencia: “Saludos, maestro”. Una palabra que
va muy bien con Diego Rivera. Había para nosotros
amor, compasión y respeto allí en México, pero ni
Bette ni yo teníamos madera de exiliados o expatria-
dos, y cuanto más lejos estábamos, más anhelábamos
estar en casa. Fuimos a Oaxaca, en el sur, para ver las
ruinas, viajando con una bella dama mexicana que
era hija de un hombre recordado como el «general
cristiano», el dueño de una gran hacienda que
había dividido su tierra entre los peones y se había
unido a los revolucionarios de Zapata. Fue una guía
maravillosa, una compañera brillante y encantadora.
De regreso a la Ciudad de México, nos aguar-
daba una asombrosa sorpresa; era una carta de Ju-
lie Trupin, informándonos que el Congreso había
aprobado la Ley de Control Comunista, una medida
discutida durante mucho tiempo pero tan inhumana
y cruel que iba más allá de cualquier promulgación

22
del pasado. Eliminaba la Primera Enmienda de la
Constitución y legalmente convertía a Estados Uni-
dos en un estado policial. A la fecha de este escrito,
la Ley de Control Comunista de 1954 nunca se ha
utilizado, pero permanece en el Código Penal de Es-
tados Unidos, como un recuerdo obsceno y podrido
del pasado. Pero era 1954 y no podíamos ver el fu-
turo. Sentimos que la ley se había promulgado para
usarse, y eso significaba el final de la vida como la
conocíamos, de hecho, como la conocía toda persona
de buena voluntad en Estados Unidos; porque se tra-
taba de una ley que podía poner a todos los liberales
de Estados Unidos en prisión durante veinte años.
Permítanme explicar sus disposiciones. Hay
catorce definiciones de las personas que están bajo su
jurisdicción y que, sobre la base de esas definiciones,
pueden ser encarceladas hasta por veinte años. En
otras palabras, cualquier persona definida por los
siguientes párrafos se presume culpable y puede ser
arrestada y procesada. (Tengan en cuenta que digo
«presunto culpable», en lugar de «inocente hasta
que se demuestre su culpabilidad», una idea básica
para el derecho penal de Estados Unidos, porque la
legislación instruye al jurado de manera tan amplia
en términos de pruebas que crea una red inquebran-
table de culpa.)

23
Cristo
en Cuernavaca

En una fresca y clara mañana de verano, mientras mi


esposa y yo bajábamos por la calle Dwight W. Mo-
rrow, en Cuernavaca, desde lo alto de la colina hasta
el viejo mercado, vimos a un hombre cabalgando en
un burrito —o ”burro” como le llaman aquí—, y ese
hombre se parecía a Jesucristo. Ustedes pueden ob-
jetar que nadie sabe cómo era Jesucristo, pero existe
un rostro que con el tiempo se ha venido formando y
haciéndose real a través de miles de cuadros y escul-
turas, y ése era el rostro de ese hombre.
Era un indio. Lo cubría un viejo poncho, en
la cabeza llevaba un sombrero de alas anchas, sus
cabellos largos caían a ambos lados de su rostro sen-
sible y lleno de dolor como tantos rostros en México
y sus hermosos ojos negros reflejaban una carga tan
grande como una pesada cruz de madera. Su mon-
tura, crudamente tallada a mano, parecía hecha por

25
él mismo. Dos pequeños jarros para leche colgaban
a ambos lados de la perilla del arzón y sus sanda-
lias de correas lo hacían ver como un labriego que
seguramente había venido al pueblo para vender la
leche de las pocas cabras que tenía. Cabalgaba con
lentitud, y tanto sus pensamientos como su mirada
debían haber estado ensimismados, porque parecía
no tener conciencia más que de sus propias preocu-
paciones y recuerdos.
Lo observamos con descortés curiosidad por-
que no pudimos apartar la vista de él y, después que
pasó de largo, mi esposa y yo nos miramos llenos
de asombro, porque no es una experiencia muy co-
rriente ver la viva imagen de Cristo cabalgando en
un burro.
Mientras hacíamos nuestras compras no deja-
mos de hablar de él, después, llevamos nuestra cesta
de provisiones a la plaza del pueblo para poder be-
ber el maravilloso café mexicano y gozar del sol de la
mañana, antes de regresar a casa.
Cuando llegamos a la plaza, vimos sentado
en una mesita delante del cáfe a un hombre al que
nosotros llamábamos el desterrado y como era inge-
nioso, encantador y gentil, nos alegramos de tomar
cáfe en su compañía.
Cuernavaca está llena de desterrados de una
y otra clase, así ha sido por muchos años: los repu-
blicanos españoles en dest­ierro y, antes que ellos, los

26
desterrados alemanes y, aun antes, desterrados de
toda América Latina; porque, si uno tiene que estar
desterrado, ¿dónde mejor que en un pueblo encanta-
dor y tranquilo como Cuernavaca? Los desterrados
de los Estados Unidos de Norteamérica han apareci-
do allí sólo durante los últimos cinco años, exiliados
y refugiados, prisioneros políticos recién puestos en
libertad y todavía enfermos con la soledad y el ho-
rror de la cárcel, escritores incluidos en la lista negra
y perseguidos dondequiera que vayan, actores que
ya no pueden trabajar porque un día firmaron una
petición, pintores interrogados por éste o por aquél
comité del Congreso, y muchas otras personas enfer-
mas con el miedo y con el horror de lo que estaba su-
cediendo en la tierra en que nacieron. En una época,
hace poco tiempo, había una colonia considerable de
estos exiliados de los Estados Unidos, pero la colonia
disminuyó por la emigración que buscaba el confort
de la Ciudad de México, deshaciéndose luego bajo
las exigencias de la nostalgia por la patria y la po-
breza que, al fin, los hacía volver para soportar cual-
quier cosa que les esperara en su propio país.
Simbólicamente, sólo el desterrado permane-
cía allí durante el verano que nosotros pasamos en
Cuernavaca y era el último de los americanos que
quedaba. Se le veía lleno de dolor y de angustia por
haber quemado tantos puentes con su hogar y por-
que el camino de regreso era ahora tan enmarañado

27
e imposible, pero encubría el dolor con su ingenio
un poco amargo y con irónicos comentarios sobre sí
mismo. Él mismo sabía que era penoso estar con él,
pero odiaba ese papel y nos dio la bienvenida con
palabras llenas de cáustico humor.
Después que pedimos cáfe, mi esposa le dijo:
—Vimos a Cristo que se dirigía al mercado
montado en un burro.
—¿Qué?
Yo le expliqué todo mientras bebía mi café,
dirigiendo la mirada a la plaza bañada en luz verde
y blanca, al antiguo palacio de Hernán Cortés y al
anfiteatro de increíbles montañas que nos rodeaban
por completo.
—No me sorprende —dijo él. En México pue-
de suceder cualquier cosa. Piensen que hace cuatro-
cientos años este país fue clavado en la cruz por los
cristianos españoles. El canto del látigo llegó a ser
himno nacional. ¿Por qué le sorprende encontrarse
con Cristo en la calle Dwight W. Morrow? Es el sitio
más indicado para él.
—¿No te impresiona?
—Cada vez me impresionan menos cosas. El
exilio hace nacer un cinismo inevitable. En cualquier
caso me parece una reacción curiosa de parte de dos
personas que se consideran materialistas.
—Lo que vimos era bastante material —dijo
mi esposa. Era un indio montado en un burro.

28
—Sin duda eso es lo que estaba ahí —señaló
el desterrado. Pero lo que vieron, según ustedes me
han contado, fue a Cristo.
Hablamos mucho rato, mientras el desterrado
estimulaba nuestra creciente credulidad y finalmen-
te, con poco menos que una disculpa, estuvimos dis-
puestos a admitir que era un truco de la imaginación.
Durante los días siguientes, el asunto desapareció de
nuestras mentes. Un día nos encontramos en la ca-
lle con el doctor Arno Serente, le mencioné que me
aquejaba un forúnculo bastante grande y doloroso, y
me rogó que pasara por su consultorio para abrirlo.
No me pareció que el forúnculo tuviera tanta impor-
tancia, pero al doctor Serente le encantaba hablar de
las cosas de América y de otras partes del mundo y,
como era un conversador interesante y pintoresco,
poco me costó comprometerme a pasar por su con-
sultorio esa misma tarde.
Él también había sido un desterrado en otros
tiempos, tantos años atrás que parecía haberlo olvi-
dado, ahora era parte de Cuernavaca, aunque man-
tenía su anhelo de regresar a España, guardando en
su corazón un profundo amor por ella; su vida era un
continuo apurarse de un lado a otro con su maletín
negro en la mano, atendiendo a los pobres enfermos
mexicanos que jamás tenían dinero suficiente para
pagarle, y a los ricos alcohólicos americanos, de quie-
nes vivía porque les cobraba precios exorbitantes.

29
Había sido capitán en el Ejército Republicano
Español y, finalmente, tuvo que huir a través de los
Pirineos con su esposa y miles más, terminando su
larga odisea en México, sin más que las ropas que los
cubrían y sin un peso, ni un franco, ni un centavo en
el bolsillo. Pero de eso hacía ya quince años, y esta-
ban distantes también los días en que ejerció su pro-
fesión en pequeños pueblos de indios adonde hay que
llegar en mula porque no tienen caminos ni siquiera de
terracería; en cambio ahora tenía éxito —dentro de cier-
ta medida—, con una casa agradable, un consultorio y
una enfermera, comiendo tres comidas diarias y con el
peso de buena cantidad de dinero en sus bolsillos. Es-
paña seguía sumida en un estado soñoliento, era casi
incapaz de darse cuenta de que el verdugo Franco se
hacía cada vez más experto en sus carnicerías, ase-
sinando el corazón y el alma y la esperanza de Es-
paña hasta que, poco a poco, Serente llegó a aceptar
con resignación su vida en México. “Regresaré algún
día”, decía en alguna parte de su corazón, pero ese
día no tenía fecha en el calendario.
Su consultorio era un pequeño edificio de la-
drillos que estaba más allá del mercado, y se entraba
por un vestíbulo antiguo, oscuro y sucio. Subiendo
las escaleras se llegaba a un rellano con un largo
banco y dos sillas que hacía las veces de antesala y
donde una pila de revistas viejas y deshojadas, en
castellano e inglés, ofrecían su humilde compañía a

30
los enfermos afligidos que esperaban. Eran cerca de
las tres de la tarde cuando llegué y allí, sentado triste
y pacientemente en la antesala, estaba el hombre del
burro, el indio que se parecía a Jesucristo.
Esta vez tuve tiempo para observarlo con
cuidado, sin la confusión del mágico sol matinal, y
descubrí que mi esposa y yo habíamos estado atina-
dos en nuestra primera impresión, que este hombre
parecía un Cristo redivivo, vestido con ropa de indio
vieja y gastada por el trabajo.
Cuando uno ha estado en México durante al-
gún tiempo se llega a aceptar la tristeza de los rostros
mexicanos como si las facciones mismas admitieran
que en todo el mundo no existen rostros más her-
mosos que los oscuros rostros surcados de los indios
de esta tierra infeliz y, por lo tanto, el dolor nunca
es vulgar. Es una intrusión, una deformación, por-
que estos son seres hechos para la luz de la alegría
y siempre queda el misterio de cómo es posible que
el dolor se grabe en forma tan profunda. Así era este
caso y, como sentí necesidad de saber algo de él, en
mi pésimo español le pregunté si estaba esperando
al médico.
—No, a mi hija —respondió, explicándome
que ella estaba muy enferma y que se encontraba en
consulta acompañada de su madre. Poseía la pacien-
cia increíble de la mayoría de los mexicanos sencillos
que, cuando un extranjero les habla en su idioma,

31
aun mal como yo, abren su corazón. Tenía una voz
rica y agradable, muy tierna, y aun antes que me di-
jera que su hija era todo en el mundo para él, estaba
claro que se trataba de un hombre que adoraba a los
niños. Me dijo que la niña tenía doce años y que, para
su fortuna e infortunio, no tenía más hijos. Un hom-
bre sin hijos, tiene por delante una vejez laboriosa
y cansada, especialmente si se trata de un pequeño
agricultor como él, que poseía unos cuantos metros
de terreno, una choza y un puñado de cabras, que
sólo rinde algo con muchos cuidados; sin embargo,
tenía la buena suerte de criar una hija y de derramar
sobre ella todo el amor, porque —como él lo hizo no-
tar— un niño que recibe todo el amor que necesita,
crece como una planta única en la tierra negra del
valle, haciéndose tan fuerte como hermoso.
No alcancé a entender todo lo que me dijo, ya
que no supe el significado de ciertas palabras, pero
lo comprendí cuando la madre y la hija salieron del
consultorio de Serente; la belleza de la chica me dejó
sin respiración, la madre aún conservaba vestigios
de una belleza parecida de la época feliz de juventud.
Aunque estaban atemorizados con la consulta y con
la oficina del médico, y aunque los ojos de la madre
parecían desenfocados por el dolor, no disminuía su
belleza, por el contrario, parecía aumentarse y acen-
tuarse. Se sentaron a esperar mientras Serente habla-
ba con el hombre en su papel de padre de familia. A

32
ellas no les hablé. Sólo las miraba de vez en cuando;
luego, aunque el padre salió aterrado, logró cumplir
con los requisitos de cortesía:
—Buenas tardes, señor, y adiós.
Mientras bajaban la escalera, Serente me hizo
entrar a su consultorio.
Pronto terminamos con el forúnculo y le dije:
—¿Has pensado alguna vez, Arno, a quién se
parece el hombre que estaba afuera?
—Supongo que se parece a todos los indios.
Le conté de esa mañana en la calle Dwight W.
Morrow, explicándole nuestra impresión.
—Es maravilloso ser escritor, porque enton-
ces nada se ve simplemente como es. Supongo que es
necesario que así sea...
—No más necesario para un escritor que para
un médico.
—Entonces fue el burro.
—Lo malo de mucha gente y también de mu-
chos escritores, es que dejan de ver cosas.
—Quizá tu misión sea la de ver lo más posi-
ble mientras que nuestra paz mental depende de ver
tan poco como podamos. Sea como sea. Mi esposa
quiere saber si puedes cenar con nosotros mañana,
porque vendrá un muchacho honrado y valiente,
que es jefe de sindicatos de la Ciudad de México y
quiere conocerte.

33
—¿Por qué será que ustedes los mexicanos
usan la palabra valiente de una manera en que no
debería de ser empleada? —pregunte un poco mal-
humorado.
—En primer lugar, para mi desgracia, no soy
mexicano sino español, y en segundo lugar, en nues-
tro idioma la palabra ha sido usada con perfecta pro-
piedad. Es sólo al traducirla al inglés que se torna
extraña y eso debido a que en tu idioma no hay una
palabra que esté a su altura o quizá porque el con-
cepto de valentía disgusta al norteamericano.
—No quiero meterme en una discusión se-
mántica. Estaré feliz de cenar contigo porque tienes
una esposa encantadora, un jardín hermoso y exqui-
sita comida.
—La diferencia entre tú y la mayoría de los
americanos —dijo sonriendo— es que insultas con
toda consciencia mientras que ellos llegan al mismo
resultado sin darse cuenta. A las siete de la tarde.
Prometí acudir y entonces, al salir, le pregun-
te acerca de la chica que había atendido antes que a
mí, esperando que no estuviera gravemente enferma
y que pronto se restableciera.
—Me temo que está muy enferma —dijo Se-
rente.
—¿Sí? Pero seguramente se podría curar.
—Me temo que no —dijo él con toda calma.

34
—¿Quieres decir que tiene una enfermedad
mortal? Dios mío, ¿cómo puedes quedarte ahí para-
do y decírmelo con toda tranquilidad?
—¿De qué manera debería decirlo? Soy mé-
dico y tengo que ver con gente enferma, no de vez
en cuando, sino doce o quince horas al día. Muchos
mueren. Parece que aquí en México mueren más que
en otras partes.
—¿Me quieres decir que ella se va a morir?
—Me temo que sí.
—No, no es posible. No es posible que una chi-
ca tan joven y tan bella esté condenada a la muerte.
—Mi querido amigo norteamericano —res-
pondió con paciencia. ¿Qué tiene que ver la juventud
y la belleza? La chica está muy enferma.
—Acepto que lo esté, pero no vivimos en la
Edad Media. Vivimos en una época de antibióticos,
de drogras milagrosas y de cirugías maravillosas. Se-
guramente puedes hacer algo.
—Nada puedo hacer —dijo él agriamente,
volviéndose para colocar sus instrumentos dentro
del esterilizador. Donde tú vives puede ser la época
de los antibióticos y de todas esas cosas. Aquí todo
es muy parecido a la Edad Media. Más aún, creo que
estás haciendo un drama y dudo que seas completa-
mente sincero.
—Ahora te toca ser altanero.
—Nada de eso. La verdad del asunto es que
yo trabajo y vivo aquí. Pero porque tú te emocionas

35
al ver a un peón indio cabalgando sobre un burro y
porque su hijita es hermosa, cosa que no es rara en
este país, traes a colación el problema de la enferme-
dad de la chica como si yo pudiera curarla, pero me
negara a hacerlo.
—¿Y puedes hacerlo? —insistí.
—No, no puedo. En primer lugar, tiene una
afección muy grave en los riñones. Hay que extraerle
uno de sus riñones y, aun así, nadie puede saber si el
otro quedaría en estado de hacerse cargo del trabajo
de ambos.
—Pero hay una posibilidad. Acabas de decirlo.
—Nada de eso, no trates de proyectar tus
pensamientos en mis palabras, por favor. ¿Cómo van
a pagar sus padres por la operación, cuando ni si-
quiera tienen dinero para pagar cuando me consul-
tan? Tú me pagas cincuenta pesos; si ellos me pagan
un peso, es mucho, y una operación puede costar dos
mil pesos, eso sin tomar en cuenta el precio del via-
je a la Ciudad de México, ni de la permanencia allá,
ni de todas las cosas extra: el hospital y la anestesia
y los medicamentos y Dios sabe cuántas cosas más.
Todo esto, en caso de que consintieran en someterla
a una operación muy peligrosa.
—¿Cómo es posible que no consientan hacer
algo que pueda salvar la vida de su hija? Es claro que la
quieren mucho. El padre me dijo que es su única hija.
—No es tan seguro. Todo lo que es seguro para
la gente normal —dijo Serente amargamente— se des-

36
figura al contárselo a un gringo. Por favor, no creas
que estoy insultándote y que sólo siento ira contra mí
mismo y contra el mundo en que vivo. Me caes bien
y te admiro, pero compartes las peores características
de tus compatriotas y una de las más notables es in-
vestir a todo el mundo con sus propios procesos men-
tales. Durante cincuenta años, tus compatriotas han
sido educados para que piensen que las operaciones
son benéficas, aunque no sean necesarias. Pero para
la gente sencilla y pobre que jamás ha visto un hos-
pital, una operación es algo terrible y atemorizador.
Y si el paciente muere a pesar de la operación ellos
quedan convencidos de que ha sido un asesinato. En
todo caso, no es posible. No hay dinero.
—Yo podría financiar ...
—¿Tú? En nombre de Dios, ¿podrías financiar
las operaciones que urge hacerles a más de cien de mis
pacientes que lo necesitan con tanto apremio como
ella? ¿Quieres declararte Dios para decidir quién va a
vivir o quién perecerá? O quizá esto se transforme en
un juego nuevo para los norteamericanos, una lotería
muy divertida para ver quién merece vivir.
—Realmente, Serente, me parece que no tie-
nes derecho a hablar así.
—No, supongo que no. Lo siento. Pero, ¿crees
que no tengo sentimientos? ¿Acaso no vi a la madre y
al padre y a la chica? ¿Por qué te elegí para esta escena?
No lo sé. Es asunto cotidiano para mí, día tras día, todos

37
los días, como para todo médico mexicano. ¿Pero para
qué torturarte, no tienes ya suficientes torturas?
—No me estás torturando. Comprendo per-
fectamente.
—¿Cómo puedes comprender? Yo he estado
aquí quince años y todavía no comprendo, y todavía
suelo hacer lo que no debo, simplemente porque ja-
más he sido un labriego que en toda su vida no supo
qué es no tener hambre, no tener frío, no estar enfer-
mo. Ayer en la mañana vino a verme un peón con su
mujer, su hijo y su hija. Ambos hijos habían tenido
diarrea sanguinolenta desde hacía un mes. Pero hay
que pensar la terrible decisión que fue para los pa-
dres cerrar la casa y emprender el viaje de cincuenta
kilómetros hasta la ciudad aterradora. Finalmente,
llegan. Me cuentan sus males, examino a los hijos
porque para hacer cualquier cosa por ellos es necesa-
rio saber de qué organismos se trata. Y así, le entrego
al padre dos cajas de cartón, una con el nombre de
la hija, otra con el nombre del hijo, y le digo que los
haga defecar en las cajas y que entonces me traiga
las cajas. Me miró como un animal herido, hecho que
después de quince años todavía no entiendo. Siem-
pre estoy demasiado ocupado. Tengo demasiados
pacientes y he agotado mi sensibilidad. Por supuesto
que el padre no volverá jamás con la cajas. ¿Por qué?
Porque para él yo soy como Dios y cuando le digo
que me traiga las muestras de excremento le pare-

38
ce que le estoy haciendo una broma espantosa o que
lo estoy insultando, es sólo honor. ¿Sabe él que hay
organismos que causan enfermedade? ¿Ha visto en
su vida un microscopio? De manera que es probable
que ahora el chico y la chica mueran, es culpa mía
porque olvidé los terrores y los sufrimientos de la
gente pobre. Bueno, basta. Ven a cenar con nosotros
y, como tu anfitrión, hablaré con cortesía.
—Habla como quieras —repuse. Estaré en tu
casa.

Al regresar desde el consultorio de Serente a mi casa,


recordé que debía pasar a la carpintería. Hacía mu-
cho tiempo que mi esposa soñaba con hacer uso de
estos meses de vacaciones para dedicarse a la escul-
tura, y unos días atrás había pasado por un pequeño
taller de carpintería para pedir que le hicieran una
armazón. Necesitaba algo muy simple, un bloque de
madera con una vara vertical en torno a la cual se
pudiera moldear la arcilla. El carpintero comprendió
inmediatamente y me dijo que lo tendría listo dentro
de uno o dos días.
Cuando entré al taller, la armazón estaba lis-
ta. La carpintería me devolvió a mi estado de ánimo
anterior, porque era un lugar que tocaba los más ín-
timos recuerdos del hombre que trabaja con herra-
mientas, taladros tan primitivos como los que se ven
pintados en las tumbas egipcias, cepillos y sierras

39
fabricados a mano, la azuela idéntica a la azuela es-
pañola traída por los conquistadores hacía cuatro si-
glos, y hasta los clavos eran de esos con cuatro lados
porque estaban hechos a martillazos.
Adormecida detrás de su blanca fachada, la
carpintería yacía bajo el sol como el cuadro de una
época muy remota; los dos carpinteros, con sus de-
lantales de cuero, sus manos endurecidas por el
trabajo y sus finos rostros oscuros, pertenecían tam-
bién al cuadro y, sin embargo, poseían esa cualidad
particular y peculiar que entre todos los artesanos el
carpintero posee más que ninguno: una relacion sin-
gular con sus herramientas y con la madera y con
las personas, una suavidad de expresión, cierta con-
templación de la vida, una rara unión benigna con el
mundo que lo rodea y con su gente. Esto no es ima-
ginación mía, he trabajado con carpinteros y los he
visto en muchos lugares y múltiples situaciones, en
Europa y en Asia, en Maine, Vermont y California,
trabajando en mi casa o como prisioneros trabajando
en la cárcel y siempre los acompaña esa cualidad.
—Aquí está su armazón, señor —me dijo el
más viejo de los carpinteros, entregándomela.
Una maravilla de bella artesanía que me cortó
la respitación de asombro. La base de caoba pulida
y la madera vertical unida a la base, el objeto entero
con terminaciones dignas de un mueble precioso.
—Cuesta cuatro pesos —que en dólares son
treinta y dos centavos.

40
Al ver mi rostro, me preguntó si era mucho
dinero. Respondí que no, que era muy poco dine-
ro por su magnífico trabajo y por la madera preciosa
que había empleado. No, le dije, mi asombro se debe
al hecho de que hubiera trabajado tanto para hacerlo
con tanta belleza.
—¿Y por qué había de ser bello, señor?
La pregunta no tenía respuesta, porque el sig-
nificado de la belleza para este hombre se apoya en
mil años experiencia y cultura de las que yo sabía
demasiado poco y comprendía menos aún. Recor-
daba el río infinito de labriegos y artesanos que en
México emprenden largos viajes para contemplar las
pinturas que adornan los muros incomparables de
sus edificios antiguos. Tomé la armazón, le pagué y
me fui a casa…
Al día siguiente vi al sacerdote. Sucedió acci-
dentalmente cuando entré en la catedral con mi mu-
jer y mis niños con el único propósito de ver el inte-
rior de esa enorme construcción,pero la destemplada
tristeza del lugar pronto hizo que los niños volvie-
ran a salir al sol y mi mujer los siguió, dejándome
solo mientras contemplaba las imágenes cargadas
de joyas, los antiguos murales, los candelabros de
oro y de plata, las sedas, las tapicerías y las alhajas,
todo reunido en la húmeda penumbra, separado por
murallas oscuras del brillante sol mexicano y de esa
pobreza de los paisanos que rompe el corazón. Debí
haber estado sumido en mi meditación cuando el sa-

41
cerdote me dirigió la palabra, porque como no me
di cuenta que se me había acercado, sus palabras me
sobresaltaron:
—¿Le gusta nuestra catedral, señor?
—No he pensado si me gusta o no, pero me
impresiona.
—El señor no es católico —palabras dichas
más como una afirmación que como pregunta.
Su inglés era excelente, y se lo dije.
—Sí, estudié inglés en España.
Era obviamente mexicano, un hombre grue-
so y pesado de unos cincuenta años, con ese aspecto
sano y redondo que muchos sacerdotes suelen tener.
—Estuve en España entre 1935 y 1940, una
época en que el gobierno mexicano no estaba muy
de acuerdo con nuestra Madre Iglesia. Entonces era
mejor estar en España.
Pero nada dijo de lo que ocurrió en España
durante esos años y me pregunté por qué. Le relaté
brevemente la historia del hombre que cabalgaba en
el burro y que se parecía a Jesucristo, de su hija y de
su enfermedad:
—¿No puede usted ayudarlos?
—¿Y por qué se lo pide a un sacerdote?
—Creo que porque no hay más a quién acudir.
—Pero ese hombre es mexicano y acudirá a
Dios.
—Quizás, pero eso no curará a su hija.
—¿Está seguro, señor? Si es la voluntad de
Dios, su hija vivirá, y si la voluntad de Dios es que

42
muera, morirá. Esas cosas están ordenadas y ni usted
ni yo podemos decidirlo.
—¿Pero, no es un poco anticuada esa actitud?
—pregunté con cuidado, sopesando cada palabra an-
tes de pronunciarla. Existe la ciencia de la medicina y
hay hospitales y cirujanos y antibióticos. Seguramen-
te usted no podrá negar que estas cosas sirven para
sanar a las personas.
—Estamos hablando en una forma en que no
podemos entendernos, señor —sonrió el sacerdote.
¿Cree usted en Dios?
—¿No le parece que ésa es una pregunta un
poco personal?
—¿Habla usted de una manera menos per-
sonal, señor? Usted ve a un hombre que se asemeja
al Salvador. ¿Se le ocurrirá eso a un cristiano? Usted
no pensó eso dos veces antes de expresar ese pensa-
miento ante mí, aunque sea una blasfemia. Y, enton-
ces, cuando le pregunto si usted cree en Dios, usted
siente que le estoy haciendo una pregunta demasia-
do personal. No, no es antibiótico lo que necesitan
los mexicanos. Es fe.
—En otras palabras —dije sin tratar ya de
ocultar mi desagrado—, usted no se conmueve con
esta historia y no tiene intención de hacer nada para
remediarlo.
—Al contrario, estoy muy conmovido. Ade-
más, creo que haré más que usted para remediarlo.

43
—¿Puedo preguntarle qué hará?
—Rezaré —dijo el sacerdote.

La cena en casa del doctor Serente era siempre dig-


na de recordarse. No sólo porque su esposa española
era una anfitriona encantadora y delicada, ni porque
la gente con que uno siempre se encontraba en su
casa fuera interesante y a veces muy divertida, sino
también porque la comida era excelente, y cuando la
comida mexicana es buena, es mejor que cualquier
comida de este hemisferio.
La casa de Serente era antigua, construida
en el viejo estilo mexicano. Las habitaciones estaban
dispuestas en una sola fila que presentaba a la calle
un frente liso y sin carácter con escasas ventanas con
barrotes y la entrada era un zaguán abovedado. Pero
una vez adentro, en el cuadrángulo que contenía la
casa y el jardín, se abría ante los ojos un verdadero
paraíso. Todas las habitaciones daban al largo co-
rredor donde los Serente vivían, comían y recibían a
sus invitados, mirando el bellísimo jardín. Como la
mayor parte de los jardines mexicanos, no era muy
grande y su belleza se debía más que nada a la inten-
sidad de su verde tropical, a la variedad de árboles y
arbustos y a la calidad del pasto, sorprendentemente
parecida a la del terciopelo. Al atardecer, como aho-
ra, se transformaba en un sitio completamente en-
cantado, relacionado con nuestro mundo sólo por las

44
risas de los hijos del doctor (que tienen alrededor de
diez años), mientras jugaban con sus amigos.
Cuando mi mujer y yo llegamos, ya estaba allí
el jefe de sindicatos de la Ciudad de México, un hom-
bre de cerca de treinta años, pesado, ancho de hom-
bros, con un vasto y amable rostro de indio. Unos
cuantos minutos más tarde llegaron el desterrado y
su mujer, una mujer delgada y con aspecto de has-
tío, con magníficos ojos oscuros y un aire de increíble
soledad; completaba el grupo un chileno, miembro
del Senado y representante de la clase trabajadora
chilena ante el Congreso de Sindicatos de la Ciudad
de México. Después de las presentaciones, nos senta-
mos en el corredor sin ninguna formalidad, bebimos
los sabrosos tragos que el doctor sirvió y platicamos,
la mitad de la conversación en español, la mitad en
inglés, fluyendo de un idioma a otro, suavizando la
tiesura del inglés con las modulaciones melodiosas
del español. El chileno había estado en España du-
rante la Guerra Civil y él y la mujer de Serente —a
quien había conocido entonces como enfermera— hi-
cieron recuerdos, la mayor parte atormentados por
el tiempo, por la derrota y por la resignación. El jefe
sindical mexicano, que se llamaba Diego Gómez, era
demasiado joven para recordar aquella época y Se-
rente, para quien hablar de España era siempre un
dolor, cambió el tema contando el cuento de cómo yo
había visto a Cristo cabalgando por la calle Dwight

45
W. Morrow. Lo contó en tono de broma, observando
mi reacción, y el desterrado señaló que “Cristo en la
calle Dwight W. Morrow” sería un título encantador
para un cuento. ¿Podría haber algo más incongruen-
te en todo el mundo?
—Sólo “Calle Dwight W. Morrow” —dijo la
señora Serente. Cada vez que lo escucho lo encuentro
increíble.
—Cristo en Cuernavaca —dijo Gómez en espa-
ñol. Ése es el mejor título. Sólo que tengo mis dudas. De
todos los sitios del mundo creo que Cuernavaca será el
último al cual vendrá, si es que regresa.
—¿Por qué?
—¿No es claro? —preguntó Gómez. Aquí en
México el dolor es doble. Mis compatriotas, que son
muy afectos a las frases punzantes, explican todo lo
que les aflije diciendo que México está demasiado
lejos de Dios y demasiado cerca de Estados Unidos.
Ustedes han poblado nuestras cantinas con sus es-
pléndidos alcohólicos, nuestros salones de baile con
sus homosexuales y nuestras hermosas plazas con
flacas, hambrientas y asexuadas mujeres. Han cons-
truido grandes mansiones en nuestros cerros y nos
enceguecen con su opulencia. La prima de mi cuña-
da, una mujer muy sencilla, es trabajadora doméstica
en casa de Thompson, aquél que fuera embajador de
Argentina. Ella recibe ciento cincuenta pesos al mes y
trabaja siete días de la semana. La semana pasada un

46
texano dueño de pozos petroleros visitó a los Thomp-
son. Cuando estaba borracho comenzó a cortejar a la
señora y fanfarroneando encendió un cigarro con un
billete de veinte dólares. Cuatro veces hizo esto —mil
pesos— y sólo hace un año, a esta mujer, la sirvienta,
se le murió su hijo porque 250 miligramos de terrami-
cina costaban dos pesos.
—Ya lo sé —interrumpió mi esposa. Eso su-
cede. Pero no todos somos así. No hay que juzgar a
ciento sesenta millones de personas por la conducta
de Thompson.
—¿Quién soy para juzgar? —dijo Gómez son-
riendo. Estamos hablando de Cristo en Cuernavaca.
—Lo que pasa es que los mexicanos son siem-
pre el centro del mundo —dijo el chileno con gran
suavidad—. ¡Ah, qué pueblo!
—Y con razón —dijo Gómez.
—Cualquier razón mexicana es buena razón.
Su ego quisera incluir el monopolio de todos los
sufrimientos del mundo, el monopolio de todas las
aflicciones, incluido Estados Unidos.
—Usted es demasiado bueno con nosotros.
—Lo malo es —dijo el desterrado—, que nin-
gún norteamericano no puede ni siquiera remota-
mente comprender a México.
—Con excepción de ti mismo —interrumpió
Serente.
—Posiblemente; pienso que comprendo a
México, por lo menos en parte.

47
—Yo no lo comprendo —dijo el chileno có-
modamente. Jamás lo comprenderé . Yo he desistido
de tratar de comprenderlo. Sólo he estado aquí tres
semanas, pero he decidido que es mejor amar a Mé-
xico que tratar de comprenderlo.
—Somos fáciles de entender —dijo Gómez
lentamente. Somos gente muy sencilla y muy pobre
y nuestras espaldas están encorvadas porque sobre
ellas siempre ha habido un español o un norteameri-
cano. ¿Por qué le parece tan difícil entender una cosa
así? ¿Por qué todo el mundo lo complica tanto?
—¿Y cuando ya no tengan las espaldas encor-
vadas?
—Entonces conocerán México —dijo Gómez
moviendo la cabeza. Todo México será como este jar-
dín.
—Pero nos hemos olvidado de la niñita —dijo
mi esposa. ¿Qué le sucederá?
—Morirá —dijo Gómez sin vacilar.
—¿Y tenemos que aceptarlo?
—Jamás he comprendido bien —observó Se-
rente—, por qué la gente viene a México de vacaciones.
Para ver nuestras catedrales —dijo Gómez.
Yo dije que había visto una de ellas ese mis-
mo día, y conté mi cuento con el sacerdote.
—¿En tu español? —dijo Serente con tono
despectivo.
—Él habla inglés perfectamente. Lo aprendió
en España durante la Guerra Civil.

48
—¿Qué hacía en España?
—En esa época México no era muy cómodo
para él, así que se fue a España. No le pregunté qué
hizo allá, pero es fácil adivinarlo.
—¿Escuchó tu historia con atención?
—Con mucha atención.
—¿Y qué dijo?
—Dijo que la vida y la muerte dependían de
Dios y que le parecía mal mi intervención.
El desterrado sonrió amargamente y dijo, con
la lógica de non sequitur:
—Cuando estuve en la India, hace muchos
años, cuando la India era todavía una colonia britá-
nica, pasé una hora con el organizador distrital del
Partido Comunista del estado de Bengala y le pedí
que me contara su programa. Me señaló que aunque
el programa era largo y complicado, podía conden-
sarlo en una sola frase. Todo lo que tenemos que ha-
cer, me explicó, es enseñarle a nuestra gente que con
que todos ellos escupan al mismo tiempo una sola
vez, se producirá una ola tan grande que arrastrará
al mar a todos los ingleses.
—¡Que escupan una sola vez! —dijo Gómez
aprobando. Un acto muy sencillo pero que tarda mu-
chos siglos en perfeccionarse.
—No me gusta su sonrisa —dijo la mujer de
Serente. Es un poco desagradable.
—Pero muy franca. ¿No le parece que a veces
confundimos una cosa con la otra?

49
Entonces el chileno me preguntó:
—¿Qué le hizo pensar que el rostro de ese
hombre se parecía al de Cristo? ¿Cómo podía saberlo?
Usó un modismo español que me confundió
y Serente tuvo que traducir la pregunta.
—Bueno, existe un rostro. Es el rostro que se
repite en casi todos los cuadros y las esculturas.
—Lo dudo —dijo el chileno. Se especula tanto
acerca de si Cristo realmente existió. Rembrandt pin-
tó rostros judíos, si es que existe tal cosa. Cuando los
españoles llegaron a nuestra tierra el Cristo que traje-
ron tenía rostro de español, pero poco a poco nuestros
escultores y pintores hicieron con él una cara chilena,
el rostro paciente y cansado del minero chileno, o del
labriego chileno. No comprendo por qué usted sintió
que ése era el rostro y la figura de Cristo.
—Yo tampoco —dijo Serente. El hombre es
paciente mío y jamás se me ocurrió.
Su esposa dijo:
—A los escritores se les ocurren cosas que a ti
jamás se te ocurrirían. Por eso son escritores. Pero ya
es hora de cenar. Es una cena típica, pero se estropea-
rá si la hacemos esperar mucho rato.
Era una cena muy buena, una maravillosa
cena, con tortillas calientes, mole —esa antigua e
increíble salsa con chocolate que los aztecas per-
feccionaron hace mil años—, frijoles, buen arroz
mexicano con pollo y camarones, y adobo con ce-

50
bollas y ajos, tomates y pepinos frescos, y cerveza
mexicana helada, que es tan buena como la mejor
cerveza del mundo.
Durante la cena se habló de otras cosas —para
el descanso de mi mujer y mío—, se habló del arte
mexicano, de Chile, de la diferencia entre las danzas
españolas y las danzas mexicanas, de por qué tantos
españoles eran dueños de almacenes de comestibles
en México y de cómo la supercarretera que unía a
la Ciudad de México con Cuernavaca fue construi-
da por peones que recibían un salario de seis pesos
diarios. El desterrado habló de la Ciudad Universita-
ria y de los maravillosos mosaicos de Diego Rivera y
el chileno preguntó si era cierto que debido a que la
nueva Universidad fue construida tan lejos de la ciu-
dad los estudiantes no podían pagar el pasaje en los
autobuses para llegar a ella; Gómez admitió que era
cierto, asegurando que México tenía la mejor Univer-
sidad y los estudiantes más pobres del mundo. En-
tonces se habló de Guatemala, traicionada y violada
hacía tan poco tiempo y de cómo, en lugar del grito
de angustia y de odio que México debía haber dado,
sólo vertió unas cuantas lágrimas. Pero Serente dijo
que eran más lágrimas que las que había podido ha-
ber esperado, recordando que en su oficina una mu-
jer india lloró sin consuelo por lo que le habían hecho
al hermoso país del sur; y su mujer nos contó de la
bandera guatemalteca que Rivera había pintado en

51
las puertas de su casa, orgullosa, desafiante y patéti-
ca, para que fuera vista por el mundo.
Así pasó la noche, una buena noche, con
gente amable reunida en torno a la comida apetito-
sa y en amena charla. La España republicana tuvo
su momento, también la República de Guatemala y
otros levantaron del polvo los estandartes derriba-
dos, manteniéndolos en alto, y así entremezclaron las
esperanzas y los deseos. Ninguna persona se refugió
en las palabras y la especulación; todos ellos habían
expuesto sus cuerpos y sus almas por lo que creían,
y conocían bien las ganancias y las pérdidas ofreci-
das por la vida que llevan. Finalmente todo conclu-
yó y cuando la luna estuvo alta en el cielo después
que la breve lluvia de la tarde lo había lavado y lo
había dejado limpio y puro, fue hora de retirarse y
comenzamos a despedirnos. El doctor Serente ofre-
ció llevarnos a casa en su auto, pero Gómez, que se
alojaba en casa de un tío que vivía cerca de nuestro
hotel, dijo que quería caminar porque la noche era
muy hermosa y nosotros decidimos acompañarlo.
Nada dijimos mientras regresábamos por las calles
oscuras, porque cuando concluye una velada como
ésa es difícil tomar hilos nuevos y, en realidad, nada
más cómodo y reparador que el silencio. Como era el
camino más corto y directo, tomamos la calle Dwight
W. Morrow después de cruzar la plaza vacía y en la
última cuadra, antes de llegar a Morelos, divisamos
a un hombre parado bajo un faro.

52
Era un obrero de teléfonos que acababa de ba-
jar del poste. La luz lo iluminaba, engrandeciéndolo
mientras estaba parado allí con los pies aparte y las
manos en la cintura, con un rollo de alambre sobre
un hombro y un cable para trepar sobre el otro, con
sus herramientas metidas en el cinturón de cuero y
sus pies enfundados en pesadas botas para trepar.
Parecía de roca, su cuerpo musculoso y su fino rostro
tallado de indio parecían hechos de una sola pieza,
su camisa de algodón abierta en el cuello, sus labios
separados con la ligera sonrisa de reconocimiento
que se prodigan las personas honradas cuando se
encuentran a tan avanzada hora de la noche. Gómez
lo saludó suavemente y con dignidad, él le devolvió
el saludo con la misma tranquilidad. No fue nece-
sario hacer ningún comentario. Nos despedimos de
Gómez y nos fuimos a casa...
Unos dos días más tarde, mi mujer, que no
estaba dispuesta a dejar el asunto tal como estaba,
fue a ver a Serente y le rogó que aceptara nuestro
dinero para llevar a cabo la operación que la chica
necesitaba pero, como en mi caso, Serente logró con-
vencerla que era imposible. Le señaló que ni siquiera
sabía dónde era la casa de esa familia, no tenían su
dirección, poseían unos cuantos metros de terreno,
en alguna parte, en los cerros y, a no ser que regre-
saran a su consultorio, era imposible ponerse en con-
tacto con ellos. Mejor que yo, fue capaz de señalarle

53
las dificultades arrolladoras en lo que a nosotros nos
parecía un asunto muy sencillo. Subrayó el hecho de
que carecía de pruebas de que la operación pudiera
tener éxito.
—Ustedes ofrecen caridad —le dijo a mi mu-
jer. Lo hacen porque son buenos y generosos. Pero
creo que saben qué es la caridad. La caridad es como
tener un mendrugo para cien personas hambrientas.
Para nosotros, la frustración fue como un azo-
te propinado a nuestra compasión y a nuestro senti-
mentalismo. En México, donde se pueden comprar
doce pesos y medio con un dólar, las ilusiones de
grandeza se apoderan aun del turista americano más
pobre, hasta el momento en que se mira a sí mismo.
Es cierto que muchos jamás se miran a sí mismos,
pero algunos lo hacen, y para esos hay por lo me-
nos una chispa de perspicacia que les permite verse
como otros lo ven…
Pasaron cerca de diez días antes de que vol-
viéramos a ver a Serente. Su clientela era bastante
dispareja. Si de pronto en los cerros se declaraba una
repentina epidemia de disentería o de cualquier en-
fermedad, los pacientes inundaban su consultorio.
A los pobres mexicanos, que tienen muy buena me-
moria, no les gustan los españoles, pero también sa-
bían que jamás despedía a un enfermo, mientras que
muchos otros doctores se negaban a examinar a un
paciente a no ser que mostrara los pesos en la palma

54
de la mano. Por eso la clientela del doctor Serente,
raramente disminuía. Un día, el doctor apareció en
nuestro departamento cuando eran cerca de las dos
de la tarde, con aspecto fatigado por la presión del
trabajo, y me dijo:
—O huyo por unas cuantas horas o me vuel-
vo loco. ¿Tienes algo que hacer esta tarde?
—Como todas las tardes, trabajo muy duro
en mi tarea de descansar.
—¡Qué lástima que no pueda ser turista!
—Careces de la personalidad necesaria para
serlo. ¿Dónde quieres ir?
—A un lugar extraño y maravilloso llamado
Xocalco, una antiquísima ciudad construida en la
cima de una montaña. Está a unos de treinta kilóme-
tros de aquí y a ambos nos hará bien pasar allá una
hora. Es un sitio muy apacible. ¿Te dará permiso tu
esposa para que me acompañes?
—Creo que sí. Pero estoy enfermo, de manera
que dudo si haré bien en escalar montañas.
—Podemos subir ésta, en gran parte, en mi
auto. Te hará bien. Oye mi palabra de médico.
Mi esposa fue de la misma opinión y en po-
cos minutos estuve junto a Serente, corriendo en su
auto por los verdes y brillantes arrozales. Comenza-
mos a remontar el gran muro de montañas que yace
al suroeste de Cuernavaca. De pronto abandonamos
la carretera principal doblando por un camino que

55
atravesaba un valle hermoso pero, extrañamente
deshabitado. Aquí faltaban las chozas de palma y los
pequeños potreros de los labriegos y tampoco se di-
visaba, contra el horizonte, ningún burro comiendo
pasto ni buey arrastrando el arado de madera. Se-
guimos en el auto hasta que Serente me señaló una
enorme masa púrpura.
—Ahí está —dijo, y comenté que me parecía de-
masiado alta y que dudaba que un auto pudiera subir.
—Quizá, pero los antiguos mexicanos cons-
truyeron una carretera de piedra hasta el pueblo, y
queda mucho de esa carretera rellena con tierra. Eran
magníficos artífices de la piedra, una gran raza, sus
obras dejan enanas a las antigüedades que nosotros
los europeos tanto admiramos. Los mexicanos son
muy orgullosos, lo son porque no olvidan los tiem-
pos prehispánicos.
—Otros los han olvidado.
—Sí, es cierto.
Serente era un chofer magnífico. Abandona-
mos el camino, doblando por lo que a primera vis-
ta no parecía más que una huella de animales, pero
después de cruzar varios potreros se transformó en
un camino de tierra bastante bueno. Remontó el cos-
tado de la montaña, con antiguas piedras talladas
que protegían el camino del abismo, sirviendo a la
vez de pavimento, seguía y seguía en curvas y cir-
cunvoluciones sin fin, al encaramarse, los cerros que

56
nos rodeaban parecieron retroceder y la amplia vista
del valle se extendió bajo nuestros ojos. Finalmente
llegamos a un sitio donde el auto ya no podía seguir
y Serente lo estacionó en un pequeño claro. Desde
allí caminamos los ciento cuarenta metros que nos
faltaban para llegar a la cima.
Por la descripción de Serente yo me había
imaginado un espectáculo extraordinario, pero eso
se debía a que mi concepto estaba formado por otras
ruinas que había visto cerca de la Ciudad de Méxi-
co y hacia el sur. Esas ruinas tenían muchos años de
trabajo arqueológico y este sitio casi no había sido
tocado —no habían excavado más que una sola pirá-
mide— y sin embargo, en su vastedad, en el inmenso
propósito del concepto animador, en la inmensidad
de sus ruinas, dejaba chico a cuanto había visto. Me
quedé sin aliento, lleno de admiración y mudo, ano-
nadado por la inmensidad del tiempo.
Habíamos llegado a una larga y ondeada me-
seta donde, en un radio de dos kilómetros y medio,
se extendía una enorme ciudad de piedra muerta,
muerta y entera, vestida de vegetación, que dejaba
ver algo de piedra, un borde, un muro, un umbral;
bajo el manto verde se adivinaban las formas que
quedaban, los inmensos edificios, las elevadas pirá-
mides, los patios hundidos, las columnas gigantes de
las que estaban sólo las bases, jardines formales por
los cuales habían vagado personas vestidas de ale-

57
gres colores y fuentes que en otros tiempos robaron
al ardiente sol mexicano sus matices más encendi-
dos. Caminamos por su soledad vacía como intru-
sos en el tiempo y examinamos la única pirámide
desenterrada. Era extraña, diferente a las pirámides
que antes había visto, pero de factura hermosa y
precisa. Le pregunté a Serente por la gente que una
vez vivió en esta ciudad.
—No lo sabemos todavía —me respondió.
Pero llámense como se llamen sabemos que eran de
la misma raza que los campesinos que hoy viven
en los alrededores. La gente que se apega a la tierra
nunca cambia, soporta todo y sobrevive a todo.
Yo me pregunté si en realidad era así. Serente
me dijo que se estimaba que diez mil personas habi-
taban la ciudad de la cima de esta montaña en otra
época. ¿ Y cuántos miles más vivirían en el valle que
ahora está vacío y silencioso, para suministrar ali-
mentos a estos pocos? Le pregunté a Serente.
—No está vacío. Todavía lo habitan unas
cuantas familias. Son los que la agonía dejó. Yo mis-
mo presencié la agonía en España y tomé parte en
ella, pero la agonía de México fue otra cosa. Lo que
ha pasado en la tierra sagrada de México es horrible,
la han violado y desangrado y traicionado múltiples
veces. La Iglesia y Estados Unidos de Norteamérica
le enseñaron duras lecciones y todavía le enseñan y
sus ricos chupan las venas hasta dejarlas casi secas,

58
así ha sucedido durante cuatrocientos años. ¿Qué
otro pueblo hubiera podido soportar eso, perma-
neciendo sin embargo, fuerte, orgulloso y valiente?
Quizás en un tiempo vivieron en el valle de abajo
cien mil personas y un día volverán a vivir otras cien
mil. Ahora sólo queda un puñado. Pero no se han
ido. No, no se han ido. Sus niños trabajarán la tierra
y la tierra florecerá.
Bajamos la pendiente de la meseta hacia un
campo de juego de pelota y observamos las galerías
donde los duques y los caballeros de la vieja civiliza-
ción india habían tomado sus lugares. Nuestros pen-
samientos vistieron el vasto panorama con animados
colores y dioses brillantes, con banderas al viento y
con el brillo del oro. Un niño indio vino a juntarse
con nosotros, seguido de su manada de cabras que
rumiaba entre las ruinas.
—Si los señores lo desean —dijo él—, les
mostraré dónde vivían los sacerdotes.
Cuando le dijimos que sí, le dimos un peso
y su hermoso rostro oscuro se iluminó un momento
con una sonrisa de agradecimiento. Él y sus cabras
nos guiaron cerro abajo por un sendero zigzaguean-
te, hasta un ancho borde de la meseta donde las ex-
cavaciones descubrían una larga fila de casas que no
se veían desde arriba.
—¿Quién dijo que éstas eran las casas de los
sacerdotes? —pregunto Serente y el muchacho respon-
dío:

59
—Cuando el encargado de las ruinas viene de
la Ciudad de México me da cuidadosas instrucciones.
Me cuenta que personas de mi raza construyeron es-
tas casas y que debo recordar todo lo que pueda, por-
que algún día deberemos reconstruirlas. Cuando yo
sea grande iré a la Universidad para estudiar estas
cosas y ser arqueólogo. Vean —reflexionó sobre ello-
, miren esa ladera que hay allá —señaló una loma
hacia el final de la meseta. ¿Ven ese espacio llano en-
tre los árboles, como si una tempestad los hubiera
arrasado en ese sitio? Bueno, yo he descubierto que
allí no crecen árboles porque debajo del pasto hay
una carretera de piedra, y ni siquiera el encargado lo
sabía hasta que yo se lo indiqué. La próxima semana
hará lo que llamamos un pozo de exploración. ¿Sa-
ben lo que es un pozo de exploración?
Dije que sí y lo seguimos a otros sitios escu-
chando su charla y su misteriosa sabiduría infantil.
Cuando nos despedimos de él, nos hizo una venia
formal con esa gracia cortesana que poseen tantos
mexicanos sin que nadie se los haya enseñado y,
como un anfitrión, nos invitó a que volviéramos y
que trajéramos a nuestros amigos.
—Porque la gente no sabe lo hay en esta mon-
taña. Ustedes tienen que contarles.
Volvimos al auto en silencio y en silencio des-
cendimos la montaña hasta el camino que yace a sus
pies. Sólo cuando estuvimos lejos le pregunté a Serente:

60
—¿Tienes noticias de la chica?
—Murió hace dos días —dijo Serente tranqui-
lamente. Ayer fui a la iglesia donde velaban su cadá-
ver. —Después supe que él había dado dinero para
el funeral, pero nada me dijo. Era una chica hermosí-
sima —continuó Serente. Hubiera querido llorar. Me
temo que, como los norteamericanos, me estoy po-
niendo sentimental y, fuera de algunas excepciones,
odio a los norteamericanos como odio el sentimenta-
lismo. Amigo mío, eres una de las excepciones y es-
toy seguro que has aprendido a perdonarme las co-
sas que digo. En todo caso, quizá te consuele un poco
mi opinión como médico: era imposible salvarla.
—No me consuela y además, creo que me es-
tás mintiendo.
—Quizá esté mintiendo. ¿Cuál es la dife-
rencia? Todos los niños son hermosos, en México y
Norteamérica. Aquí mueren de disentería, ustedes
destruyen la niñez de otras manera, y ahora que tie-
nen ese maravilloso juguete, la bomba de hidróge-
no, podrán esparcir la muerte entre los niños chinos
mucho más económicamente y con más eficacia que
entre los mexicanos, donde usan instrumentos tan
pasados de moda como la opresión, la ignorancia y
el monopolio de los antibióticos.
—He notado que hay varias compañías mexi-
canas que fabrican antibióticos y que mantienen los
precios tan altos como los nuestros.

61
—Muy cierto y atinado —suspiró Serente. Se
ha apoderado de mí un estado de ánimo extraño y es
mejor que por ahora no abra más la boca. Además,
quiero regresar a mi consultorio antes de que llueva.
Las nubes se estaban espesando cuando en-
tramos a Cuernavaca. Serente me dejó en mi aparta-
mento, me dio la mano con calor y me pidió perdón.
Pero nadie podía enojarse con él, y por lo tanto, nadie
jamás tuvo necesidad en perdonarlo. Subí y le conté
a mi mujer los acontecimientos de la tarde. Los niños
aún jugaban en el jardín y ella sugirió que saliéramos
a la terraza para fumar un cigarrillo, después, toda-
vía nos quedaría tiempo para bajar a un restaurante
a tomar una copa antes de la cena. Esa terraza era
un sitio que nos gustaba mucho a esa hora del día,
porque durante la estación de lluvias era posible des-
cubrir un espectáculo impresionante y conmovedor.
Casi todos los días, alrededor de las cinco, el cielo
comenzaba a llenarse de nubes y desde nuestra te-
rraza veíamos claramente una enorme garganta en
las montañas, por las que bajaba un río turbulento.
A medida que la lluvia se acercaba, esta garganta se
iba llenando con nubes de color púrpura y azul y las
nubes parecían resbalar de la barranca, como el río.
Todo el paisaje, entonces, tomaba un aspecto mágico,
lleno de terror y de grandeza, atravesado por rayos
de luz, como un cuadro de El Greco, pero mucho más
real y lleno de color.

62
Al enterarme le conté a mi mujer lo que Seren-
te me dijo de la chica, y ella bajó la cabeza en silencio,
apesadumbrada. Entonces se desató la lluvia y baja-
mos al restaurante. El administrador del restaurante
era un republicano, español, jefe de la organización
de republicanos españoles en Cuernavaca, su amable
bienvenida su sonrisa gentil y el ‘salud’ que nos di-
rigió, nos devolvió a la realidad. Lo invitamos a que
se sentara con nosotros y brindamos por la vida, para
disipar el espanto de ese carnicero llamado Franco y
por el día en que Madrid sea la tumba del fascismo.
Pedimos whiskey y yo propuse un brindis.
Mi esposa aceptó con la cabeza.
Entonces bebimos por México —por México,
la madre que ofrece refugio a los oprimidos, a los
perseguidos, a los hambrientos— no al pobre México
desangrado, sino al México iracundo y altivo.
Regresamos al departamento y cuando nues-
tros niños vieron nuestras caras preguntaron qué pa-
saba. Los abrazamos, seguros de sostener la vida en
nuestros brazos, asegurándoles que nada malo suce-
día y que deseábamos que vivieran y que crecieran
más y más fuertes, valientes y orgullosos.
Cerca de una semana después, caminando
por la calle Guerrero, la calle angosta y atestada de
gente que sirve de mercado a Cuernavaca, esa calle
con nombre salvaje y desafiante, lo divisamos de
nuevo, cabalgando en su burrito. “¡Ahí está!”, dijo

63
mi mujer, y como si respondiera a sus palabras, el
hombre levantó la cabeza. ¡Oh, cómo había cambia-
do su rostro! Ya no tenía serenidad ni sosiego. Ya no
veíamos a Cristo como se le ve en mil cuadros y es-
tatuas; vimos a un peón mexicano, cuyo corazón se
había colmado hasta desbordarse y se había roto con
el peso del dolor.

64
Nota al libro
Infancia en NY
Hace doce años terminé de escribir este libro. Al re-
cordarlo ahora, me parece que fue ésta la más difícil
labor literaria que haya intentado jamás, tanto física
como mentalmente.
Trabajaba entonces doce a catorce horas dia-
rias en una fábrica de los alrededores de Nueva
York. Cumplía la máxima del autor que escribe pese
a todo, en el cielo o en el infierno. Me levantaba al
amanecer, bebía dos o tres tazas de café cargado y
me las arreglaba para escribir una página o dos por
día. No era un método muy agradable ni lo conside-
ro especialmente útil para la labor creadora. En aquel
tiempo mi salario —se recordará que eran tiempos
muy malos— alcanzaba los once dólares semanales
y mi salud dejaba mucho que desear. Siempre esta-

65
ba cansado; soñaba constantemente con otras dos o
tres horas para dormir, de las que debía privarme,
sin embargo, o dejar de escribir. Al terminar, cuando
concluí por fin la última página del libro que había
surgido de lo más íntimo de mi ser, comprendí que
no se parecía a nada de lo que había leído hasta en-
tonces y que probablemente quedaría para siempre
en el cajón de un escrtorio. En los dos años siguientes
prácticamente no escribí nada más.
Al principio, yo mismo rechacé el manuscrito.
Lo dejé a un lado durante tres meses, sin tocarlo. Lue-
go leí en los diarios que Whit Burnett, editor de la
revista Story, estaba interesado en novelas cortas, y
dejé el original en su oficina. Una semana después mi
obra era considerada una revelación y me invitaron a
las oficinas de la revista para decirme que poseía un
maravilloso talento y para hacerme participar en la
sensación general. Era uno de sus hallazgos —como
me lo explicaron detalladamente—, una de las razo-
nes que justificaban la existencia de la pequeña revis-
ta. Por supuesto, el cuento era demasiado largo para
tal publicación, tenía 45 mil palabras y no pensaban
cortarlo, de manera que debían investigar la posibi-
lidad de utilizar una tipografía especial para poder
abarcar en cada página casi el doble de texto que lo
usual. El gasto que implicaba aquello era demasiado
para una revista como Story y por lo tanto no podían
pagarme mucho.

66
—¿Cuánto? —pregunté.
—Cincuenta dólares —fue la respuesta.
Lo pensé. Era poco más de un décimo de centa-
vo por palabra. ¡Notable compensación para la labor
literaria! Calculé las horas invertidas durante el año
anterior. Eran mil, por lo menos, y llegué al magní-
fico salario de cinco centavos por hora. Calculé el
valor de torturarse y romperse la cabeza pensando
que el arte literario era el más elevado y valioso que
cultivaba el hombre. Entonces tomé una resolución:
no escribiría más; cavaría zanjas, manejaría una má-
quina o sería carretonero, pero no volvería a escribir.
Pues bien, cambié de idea y conseguí que me
pagasen cien dólares. Pero no volví a escribir para
pequeñas revistas. No culpo a Whit Burnett de aque-
llo; mantenía una lucha incesante para sostener el
único vocero que tenían entonces los escritores since-
ros, realizando un considerable aporte a la literatura
del treinta. Comprendí mucho mejor a la sociedad
que puede ofrecer al artista sólo la pobreza, la deses-
peranza y un ocasional derrumbe... la sociedad que
lo conduce a la prostitución tanto como a las pobres
mujeres que recorren las calles. Recuerdo haberlo
discutido años después con Stuart Rose, entonces
editor del The Ladies' Home Journal. Ya no trabajaba
más en la fábrica, porque Rose me compraba casi to-
dos los cuentos que escribía, pagándome seiscientos
dólares por cada uno. No eran buenos. No me sentía

67
orgulloso de esos relatos y menos lo estaría más ade-
lante, pero representaban montañas de embutidos,
bifes, de pan y manteca... Un día, mientras almorza-
ba con Rose en Filadelfia, me dijo:
—¿Sabe? Jamás leí algo semejante a Infancia en
Nueva York. Es un poema. Me conmovió profunda-
mente.
Rose pensaba que yo volvería a escribir cuen-
tos como aquél, y no podía comprender por qué no
estaba de acuerdo con él.
El cuento fue publicado en el número de marzo
de 1937 de Story. James J. Fee, funcionario de Lynn,
Massachusetts, lo leyó y decidió que era “lo más in-
mundo que había visto”. Hizo secuestrar los dos ejem-
plares que generalmente llegaban a la localidad. Al día
siguiente fue prohibido en Waterbury, Connecticut, y
pronto llegaron seiscientos pedidos desde ese pueblo.
La prohibición se difundió por Nueva Inglaterra, que
tenía una sensibilidad especial en tales asuntos desde
que Hawthorne fuera amenazado con la cárcel, azotes
y el exilio porque escribió La letra escarlata. Era la pri-
mera vez en seis años que se impedía la circulación de
Story y aquello originó una de las más grandes tiradas
que haya conocido la revista.
Desde entonces por una u otra razón se de-
moró la publicación del libro. Durante los años de
la guerra pensé que ninguna obra tenía importancia
si no contribuía de una u otra manera a la lucha que

68
sosteníamos por nuestra existencia y apenas termi-
nado el conflicto bélico siempre había otro libro que
deseaba ver publicado primero.
Ahora, al fin, veo editado Infancia en Nueva
York, en forma de libro. Está casi exactamente como
lo escribí y sólo se han introducido mínimas modifi-
caciones editoriales.
No debo presentar excusas por mi obra. Cuan-
do la tomé, pocos meses antes de escribir estas lí-
neas, la leí por primera vez después de diez años. Era
como leer la obra de un extraño y pude hacerlo con
una actitud que el autor casi nunca tiene hacia su tra-
bajo: objetividad absoluta. Había olvidado hasta los
diversos incidentes de la narración. Reaccioné como
el lector, a veces con placer, otras desilusionado, pero
siempre interesado y desconcertado de que pueda
agitarse y conservarse tan pura e inocente sensación
de horror. Hace doce años estaba bastante próximo
a la niñez para recordar las costumbres, los inciden-
tes y las emociones descritas. Hoy, al acercarme a los
treinta y tantos, ha bajado el telón y no puedo retro-
ceder. El mundo de los niños es de ellos y está veda-
do a los adultos. Si la historia que refiero tiene éxito
se debe principalmente a que ha sido escrita desde el
punto de vista de los niños.
Al escribirla expresé la amargura y el odio por
lo que hace nuestra sociedad a los niños; no creo que
la situación haya mejorado apreciablemente. El racis-

69
mo —y los “ismos” criminales menores que nutre—
es la maldición y el cáncer de la América moderna;
es la radiactividad que penetra en todas las capas de
nuestra sociedad, y si no lo destruimos nos destruirá
a nosotros.
No creo que hoy pudiera escribir sobre la per-
secución racial como lo hice entonces. Demasiado
ha sucedido en el mundo desde 1934 y demasiado
ha cambiado. En 1934 recién había transcurrido un
año de hitlerismo, y creíamos aún a los que decían
que Hitler no duraría ni mil días. Hoy, cincuenta mi-
llones de muertos atestiguan el infierno que puede
producir el fascismo. El autor tiene hoy una respon-
sabilidad que no puede ignorar y para escribir ahora
sobre todo aquello yo debería examinar más a fondo
la fuente que reflejan estos niños.
Finalmente, están los barrios bajos, el caldo de
cultivo del germen. Doce años nos han dado más y
peores barrios bajos. Si este relato hace algo para con-
tribuir a reemplazar los tugurios por viviendas habi-
tables, habrá resultado valioso el haberlo publicado.

70
La hormiga gigante
Ha habido toda clase de opiniones y conjeturas acer-
ca del fin. Se dijo que más pronto o más tarde habría
demasiada gente, o que nos mataríamos unos a otros
(con la bomba atómica era muy probable). Toda clase
de opiniones, pero nadie recordaba que somos lo que
somos. Podemos encontrar un modo de alimentar a
cualquier número de hombres, y quizá también de
evitar que nos eliminemos mutuamente con la bom-
ba; en eso somos gente experta, pero nunca hemos
sido expertos en modificarnos a nosotros mismos, o
en modificar nuestra conducta.
Lo sé. No soy un malvado ni un hombre cruel;
todo lo contrario: soy un ser humano común, quiero a
mi esposa y a mis hijos y me llevo bien con mis veci-
nos. Soy como otros muchos hombres, y hago las mis-
mas cosas que ellos, y de la misma manera irreflexiva.

71
Soy también escritor, y les dije a Lieberman, el
conservador del museo, y a Fitzgerald, el funcionario
del gobierno, que me gustaría escribir la historia. Se
encogieron de hombros.
—Escríbala —dijeron—, no cambiará nada.
—¿No creen ustedes que alarmará a la gente?
—¿Cómo puede alarmar a alguien si nadie lo
creerá?
—Podría incluir una o dos fotografías.
—¡Oh, no! ¡Fotografías no!
—¿Qué sentido tiene esto? Me permiten que
escriba la historia, pero no que publique fotografías
para que la gente me crea.
—Sería inútil. Dirían que usted ha falsificado
las fotografías, y eso aumentaría la confusión. Y si
hay alguna probabilidad de salir bien de ese asunto,
la confusión no ayudaría.
—¿Qué ayudaría?

No podrían decírmelo, porque no lo sabían. En conse-
cuencia, he aquí lo que ocurrió, relatado de un modo
directo y simple.
Todos los veranos, en el mes de agosto, cuatro
buenos amigos míos y yo vamos a pescar durante
una semana en la cadena de lagos de St. Regis, en
las montañas Adirondacks. Alquilamos la misma
cabaña todos los veranos, vamos de un lado a otro
en canoas, y a veces pescamos unas pocas lobinas.

72
La pesca no es muy buena, pero jugamos a los nai-
pes, cocinamos, y descansamos en general. El verano
último yo tuve que hacer algunas cosas que no po-
día dejar de lado. Llegué con tres días de retraso y
el tiempo era tan caluroso y apacible que decidí que-
darme solo, un día o dos, después de haberse ido los
otros. Había un pequeño prado delante de la cabaña
y me propuse pasar tres o cuatro horas jugando al
golf. Por eso yo tenía el palo de golf junto a mi cama.
El primer día que estuve solo abrí una lata de
legumbres y otra de cerveza, cené, y me tendí en la
cama con La vida en el Misisipi, un paquete de ciga-
rrillos y una barra de chocolate de ocho onzas. No
tenía nada que hacer, ni teléfono, ni obligaciones, ni
diarios. Me sentía tan tranquilo como puede estarlo
un hombre en estos tiempos de nerviosidad.
No había oscurecido aún, y yo leía con la luz
que entraba por la ventana, sobre mi cabeza. Iba a
tomar un nuevo cigarrillo cuando alcé la vista, y la
vi al pie de la cama. El borde de mi mano tocaba el
palo de golf y con un simple movimiento blandí el
palo, le asesté un golpe violento y exacto, y la maté.
A eso me refería anteriormente. Yo seré de éste o de
aquél modo, peor reacciono como un hombre. Creo
que cualquier hombre, negro, blanco, o amarillo, en
China, en África o en Rusia, hubiese hecho lo mismo.
Me sentí completamente empapado en sudor
al principio, y luego me di cuenta de que iba a vomi-

73
tar. Salí de la cabaña, recordando que no me sucedía
eso desde 1943, en mi viaje a Europa en la bodega
de un barco Liberty. Pronto me sentí mejor y pude
volver a entrar en la cabaña y mirarla. Estaba muerta,
pero yo ya había decidido no dormir solo allí.
No podía tocarla con las manos desnudas. La
recogí con un pedazo de papel de estraza, la eché en
mi cesta de pesca, y puse la cesta en el guardabaúles
del coche junto con el equipaje. Luego cerré la puerta
de la cabaña, subí al coche y volví a Nueva York. Me
detuve una vez en el camino, poco antes de llegar
a Thruway, y dormité en el coche algo más de una
hora. Casi amanecía cuando llegué a la ciudad, y me
afeité, y me di un baño caliente, y me cambié la ropa
antes que despertar a mi mujer.
Le expliqué durante el desayuno que no me las
arreglaba solo, y como ella lo sabía, y los viajes de no-
che no eran en mí nada extraordinarios, no me abru-
mó con preguntas. Me serví dos huevos, un poco de
café, y fumé un cigarrillo. Luego fui a mi estudio, en-
cendí otro cigarrillo, y contemplé la cesta de pesca,
que yo había puesto sobre el escritorio.
Mi mujer entró, vio la cesta, notó que tenía un
olor demasiado fuerte, y me pidió que la llevara al
sótano.
—Voy a vestirme —dijo—. Los muchachos
están todavía en el campo. Tengo una cita con Ann
para el almuerzo, pues no pensé que volverías hoy.
¿Me quedó?

74
—No, por favor. Aprovecharé para hacer algu-
nas cosas.
Me senté y fumé algunos cigarrillos más, y al
fin llamé al museo y pregunté quién era el encargado
de los insectos. Me dijeron que se llamaba Bertram
Lieberman y pedí que me permitieran hablar con él.
Tenía una voz agradable. Le dije que me llamo Mor-
gan y soy escritor, y él me indicó cortésmente que
había visto mi nombre, y él me indicó cortésmente
que había visto mi nombre, y había leído algo que yo
había escrito. Lo que suele oírse cuando un escritor
se presenta a una persona amable y educada.
Pregunté a Lieberman si podía verlo y contestó
que le esperaba una mañana de mucho trabajo. ¿Po-
día ser al día siguiente?
—Me temo que tenga que ser ahora mismo —re-
pliqué con firmeza.
—Oh. ¿Necesita alguna información?
—No. Tengo un ejemplar para usted.
—Oh.
Ese “Oh” era un intervalo culto y neutral. No
preguntaba ni respondía. Había que interpretarlo.
—Sí, creo que le interesará.
—¿Un insecto? —preguntó suavemente.
—Así creo.
—Oh. ¿Grande?
—Muy grande.
—¿A las once en punto? ¿Puede venir a esa
hora? En el primer piso entrando por la derecha.

75
—Iré.
—Una pregunta. ¿Está muerto?
—Si, está muerto.
—Oh. Tendré el gusto de verlo a las once en
punto, señor Morgan.
Mi mujer estaba ya vestida. Abrió la puerta del
estudio y dijo firmemente:
—Llévate esa cesta de pesca. Huele mal.
—Sí, querida. Me la llevaré.
—Creía que necesitabas dormir un poco des-
pués de viajar toda la noche.
—Es gracioso, pero no tengo sueño. Creo que
daré una vuelta por el museo.
Mi mujer me dijo que eso era lo que le gustaba
de mí, que nunca me cansaba de lugares como los
museos, los tribunales de policía y los clubes noctur-
nos de tercera clase.
De todos modos, aparte del hipódromo, un
museo es el lugar más interesante e insólito del
mundo. Era en verdad insólito que además del se-
ñor Lieberman me esperaran otros dos hombres.
Lieberman era un hombre flaco, de facciones agu-
das, y unos sesenta años de edad. El funcionario
del gobierno, Fitzgerald, era bajo, de ojos negros,
y llevaba anteojos con armazón de oro. Se mostró
muy vivaz, pero no me dijo a qué parte del gobier-
no representaba, se limitaba a decir “nosotros” re-
firiéndose al gobierno. Hopper, el tercer hombre,

76
bien vestido, regordete y afable, era un senador de
los Estados Unidos que se interesaba por la entomo-
logía, aunque con anterioridad a aquella mañana yo
hubiera jurado que un senador entomólogo era algo
que no existía ni podía existir.
La habitación era grande y cuadrada, estaba
amueblada con sencillez, y había estanterías y arma-
rios en todas las paredes.
Nos estrechamos las manos y luego Lieberman
me preguntó, señalando la cesta con la cabeza:
—¿Es eso?
—Es eso.
—¿Puedo verlo?
—Véalo. No es nada que quiera pasar de con-
trabando. Se lo regalo.
—Muchas gracias señor Morgan.
Lieberman abrió la cesta y miró adentro. Luego
se irguió y los otros dos lo miraron inquisitivamente.
—Sí —dijo Lieberman.
El senador cerró los ojos un largo rato. Fitzge-
rald se quitó los anteojos y los limpió cuidadosamen-
te. Lieberman extendió un mantel de plástico sobre
el escritorio, y luego sacó la cosa de la cesta y la puso
sobre el plástico. Los otros dos hombres no se movie-
ron. Se quedaron sentados, mirando.
—¿Qué opina usted, señor Morgan? —me pre-
guntó Lieberman
—Creía que esto era sunto suyo —dije.

77
—Sí, por supuesto, pero quisiera tener su im-
presión.
—Una hormiga. Ésa es mi impresión. Es la pri-
mera vez que veo una hormiga de cuarenta, cincuen-
ta centímetros de largo. Y espero que sea la última.
—Un deseo comprensible —asintió Lieberman.
Fitzgerald dijo entonces:
—¿Puedo preguntarle cómo la mató, señor
Morgan?
—Con un palo. Un palo de golf, quiero decir.
Fui a pescar con unos amigos en St. Regis, en los Adi-
rondacks, y llevé el palo para practicar un poco. Los
tiros cortos son la peor parte de mi juego. Yo me que-
dé solo en la cabaña, y se me ocurrió practicar cuatro
o cinco horas. Pero...
—No es necesario que lo explique —inte-
rrumpió Hopper sonriendo, pero con una sombra
de tristeza en el rostro—. Algunos de nuestros me-
jores jugadores de golf tienen la misma dificultad.
—Estaba acostado, leyendo, y la vi al pie de mi
cama. Yo tenía el palo...
—Comprendo —me interrumpió Fitzgerald.
—Evita usted mirarla —dijo Hopper.
—Me revuelve el estómago.
—Sí, sí, claro.
Lieberman preguntó:
—¿Quiere explicarnos por qué la mató, señor
Morgan?

78
—¿Por qué?
—Sí, ¿por qué?
—No entiendo. ¿Qué quieren decirme?
—Siéntese, por favor, señor Morgan —dijo Ho-
pper—. Trate de descansar. Esto ha sido muy penoso
para usted.
—Todavía no he dormido. Y no sé qué pesadi-
llas tendré realmente.
—No queremos inquietarlo, señor Morgan —de-
claró Lieberman—. Creemos, sin embargo, que ciertos
aspectos de este asunto son muy importantes. Por eso
le preguntó por qué la mató. Tuvo que tener usted al-
gún motivo. ¿Se vio usted atacado?
—No.
—¿Se sorprendió usted de un movimiento sú-
bito?
—No. Estaba ahí, simplemente.
—Entonces, ¿por qué?
—La pregunta es inútil —intervino Fitzge-
rald—. Sabemos por qué la mató.
—¿Lo saben?
—La respuesta es muy sencilla, señor Morgan.
Usted la mató porque usted es un ser humano.
—Oh.
—Sí. ¿Comprende?
—No, no comprendo.
—Entonces, ¿por qué la mató? —preguntó Ho-
pper.

79
—Estaba muy asustado. Y todavía lo estoy,
para decir verdad.
—Es usted un hombre inteligente, señor Morgan
—dijo Lieberman—. Permítame que le muestre algo.
Abrió las puertas de un armario adosado a la
pared y me mostró ocho frascos de aldehído fórmico
con ocho ejemplares como el mío, mutilados todos
por un golpe violento y mortal. Yo me limité a mirar
sin decir nada.
Lieberman cerró el armario y dijo, encogiéndo-
se de hombros:
—Todas en cinco días.
—Una nueva raza de hormigas —murmuré
tontamente.
—No. No son hormigas. Venga.
Me indicó que me acercara al escritorio y los
otros dos se unieron a nosotros. Lieberman sacó de
un cajón un equipo de instrumentos de disección,
dio vuelta al bicho con unas pinzas, y señaló la parte
baja de lo que sería el tórax en un insecto.
—Esto parece parte del cuerpo, ¿no es así señor
Morgan?
—Así es.
Utilizando otros dos instrumentos, Lieberman
encontró una fisura, y tironeó hacia los lados. El tórax
se abrió como el vientre de un avión de bombardeo.
Era un receptáculo, una bolsa, y adentro había cua-
tro utensilios o instrumentos, hermosos y diminutos,

80
de unos cinco centímetros de largo. Eran hermosos
como es hermoso todo objeto de propósito funcional
creado con amor, como la misma criatura, si ella no
hubiera sido un insecto y yo un hombre. Utilizando
unas pinzas, Lieberman sacó los instrumentos de las
grapas que los sostenían y me los ofreció. Y yo los
tomé, los palpé, los examiné y los dejé.
Luego miré la hormiga y me di cuenta de que
no la había observado verdaderamente hasta enton-
ces. No observamos atentamente lo que nos parece
horrible o repugnante. No se puede ver nada a tra-
vés de una pantalla de aborrecimiento. Pero el abo-
rrecimiento y el temor se habían diluido, y mirando
aquello comprobé que no era una hormiga, aunque
lo parecía. En verdad, yo nunca había visto ni imagi-
nado nada semejante.
Los tres hombres me observaban y de pronto
me defendí.
—¡Yo no lo sabía! —exclamé—. ¿Qué esperan
ustedes que haga uno cuando ve un insecto de este
tamaño?
Lieberman sacó de su escritorio una botella y
cuatro copas. Nos sirvió y bebimos. Yo no había es-
perado encontrar un buen whisky en aquella oficina.
—No lo sabemos —dijo Hopper—. No sabe-
mos qué es.
Lieberman señaló el cráneo roto donde asoma-
ba una sustancia blanca.

81
—Materia cerebral —dijo—, gran cantidad.
—Una criatura muy inteligente, quizá —decla-
ró Hopper.
—Un insecto, con una estructura en evolución
—dijo Lieberman—. Sabemos muy poco de la inte-
ligencia de nuestros insectos. No es exactamente lo
que llamamos inteligencia. Es un fenómeno colec-
tivo, como las partes que componen un cuerpo hu-
mano. Cada parte vive independientemente, pero la
inteligencia es el resultado del conjunto. Si sucediera
lo mismo en criaturas como ésta…
Los hombres se quedaron mirando el bicho y
yo pregunté:
—¿Y si tienen eso?
—¿Qué?
—La inteligencia colectiva de que usted ha ha-
blado.
—Oh. Bueno, no podría decirlo. Sería algo que
superaría nuestros sueños más extravagantes. Com-
paradas con nosotros serían… bueno, lo que somos
nosotros comparados con una hormiga ordinaria.
—No lo creo —dije lacónicamente.
Y Fitzgerald, el funcionario, me replicó con cal-
ma:
—Tampoco nosotros lo creemos. Lo suponemos.
—Si es tan inteligente, ¿por qué no empleó con-
tra mí una de sus armas?
—¿Hubiera sido eso una muestra de inteligen-
cia? —preguntó Hopper suavemente.

82
—¿Quizá ninguno de esos instrumentos sea un
arma?
—¿No lo sabe? ¿Las otras no llevaban instru-
mentos?
—Los llevaban —contestó Fitzgerald lacónica-
mente.
—¿Y qué eran?
—No lo sabemos —dijo Lieberman.
—Pero ustedes pueden averiguarlo. Tenemos
hombres de ciencia, ingenieros. Ésta es una era de
instrumentos, ¿qué son, cómo funcionan, para qué
sirven?
—Así es exactamente —replicó Hopper—. No
sabemos nada, señor Morgan. Carecen de sentido
para los mejores ingenieros y técnicos de los Esta-
dos Unidos. Conoce usted la vieja anécdota. Dele a
Aristóteles un aparato de radio. ¿Qué haría Aristó-
teles? ¿Dónde encontraría energía eléctrica? ¿Y qué
recibiría si nadie transmite nada? No es que esos ins-
trumentos sean complicados. En realidad son muy
sencillos. Pero no tenemos idea de lo que pueden o
podrían hacer.
—Pero tienen que ser un arma de alguna clase.
—¿Por qué? —preguntó Lieberman—. Mírese
a sí mismo, señor Morgan; es usted un hombre culto
e inteligente, pero no concibe un mundo donde las
armas no sean un artículo de primera necesidad. Sin
embargo, un arma es algo raro, señor Morgan, un ins-

83
trumento homicida. Nosotros no pensamos así por-
que las armas son hoy el símbolo de nuestro mundo.
¿Es eso civilización, señor Morgan? ¿O no son las ar-
mas y la civilización, en un sentido esencial, incompa-
tibles? ¿No puede usted imaginar una mentalidad que
no acepte, o no conciba la idea del crimen? Nosotros
vemos todo a través de nuestra subjetividad. ¿Por qué
otros —esta criatura, por ejemplo— no han de poder
ver el proceso de la actividad mental fuera de su sub-
jetividad? Se acerca a un ser de este mundo y la ma-
tan. ¿Por qué? ¿Qué explicación tiene? Dígame, señor
Morgan. ¿Cómo se lo explicaría usted a una criatura
completamente racional? —Y Lieberman señaló el
bicho que estaba sobre el escritorio—. Se lo pregunto
muy seriamente, ¿cómo lo explicaría usted?
—¿Un accidente? —murmuré.
—¿Y los ocho frascos del armario? ¿Ocho acci-
dentes?
—Creo, señor Lieberman —dijo Fitzgerald—,
que por ese camino puede ir usted un poco demasia-
do lejos.
—Sí, para ustedes puede ser así. Es una parte
del ambiente en que viven. Pero mi ambiente es la
ciencia. Y como hombre de ciencia trato de ser ra-
cional. La creación de una estructura de lo bueno
y lo malo, o lo que llamamos moralidad y ética, es
función de la inteligencia, e indiscutiblemente el mal
fundamental puede ser la destrucción de la inteligen-

84
cia consciente. Por eso, y desde hace tanto tiempo,
hemos aceptado al menos el mandamiento “No ma-
tarás”, aunque sólo de labios afuera. Pero para una
inteligencia colectiva, de la que podría ser parte esta
criatura, la idea del asesinato sería inconcebiblemen-
te monstruosa.
Me senté y encendí un cigarrillo. Me tembla-
ban las manos. Hopper se excusó:
—Hemos sido un tanto duros con usted, señor
Morgan, pero en los últimos días otros ocho hombres
han hecho exactamente lo mismo que usted. Estamos
metidos en una trampa: somos lo que somos.
—Pero díganme, ¿de dónde vienen estas cosas?
—No importa casi de dónde vienen —contestó
Hopper desanimadamente—. Quizá de otro plane-
ta, quizá de los abismos de la tierra, o de la Luna o
de Marte. No importa de dónde. Fitzgerald cree que
vienen de un planeta menor, pues sus movimientos
son aquí aparentemente lentos. Pero el doctor Lie-
berman opina que se mueven con lentitud porque no
han descubierto la necesidad de moverse con rapi-
dez. Entretanto, tienen que resolver el problema de
estos asesinatos. Sólo Dios sabe cuántas han muerto
en otros lugares, en África, Asia y Europa.
—Entonces, ¿por qué no se lo dicen al mundo?
¡Pronto, antes que sea demasiado tarde!
—Lo hemos pensado —dijo Fitzgerald—. ¿Pero
y el pánico, la histeria? ¿Y si nos dicen que la culpa

85
la tiene la bomba atómica? No podemos cambiar: so-
mos lo que somos.
—Quizá se vayan.
—Si, pueden hacerlo —declaró Lieberman—.
Pero si no padecen la maldición del asesinato, qui-
zá estén exentas también de la maldición del temor.
Pueden ser sociales en el sentido más elevado. ¿Qué
hace la sociedad con los asesinos?
—Hay sociedades que los condenan a muerte,
y otras que reconocen su enfermedad y los encierran
en un sitio donde no pueden seguir matando —dijo
Hopper—. Por supuesto, es distinto cuando todo un
mundo está en el banquillo. Ahora tenemos bombas
atómicas y otras cosas, y estamos alcanzando las es-
trellas...
—Yo me inclino a creer que se irán —dijo Fitge-
rald—. Quizá padezcan la maldición del temor, doctor.
—Quizá —admitió Lieberman—. Así lo espero.
Pero cuanto más lo pienso, más me parece que
el temor y el odio son dos caras de la misma moneda.
Trato aún de recordar, de recrear el momento en que
vi al animal al pie de mi cama en la cabaña. Trato
aún de extraer de mi memoria una visión clara de su
aspecto, y descubrir si detrás de aquella cara quiti-
nosa y de las dos antenas que se movían suavemente
había alguna muestra de temor y de ira. Pero cuanto
más se me aclaran los recuerdos, tanto más me pare-
ce descubrir una dignidad y una calma admirables.
Nada de temor ni de ira.

86
Y cada vez más, mientras hago mi trabajo, ten-
go la impresión de lo que Hopper llamó “un mundo
en el banquillo”. Yo tampoco siento ira. Como un
criminal que ya no puede vivir consigo mismo, me
satisface que me juzguen.

87
El espía policial
Ésta es la historia de un espía policial que se convir-
tió en algo más que un espía policial, y que se llama-
ba Bondar Shar. Era un hombre joven, aunque nadie
lo hubiera creído al verle los surcos bajo los ojos y los
pesares grabados en la frente. No se debía esto úni-
camente al hecho de que tuviera una mujer enferma
y cinco niños que nunca tenían bastante de comer,
sino también al hecho de que fuera el espía especial
de Widee Shimer.
Widee Shimer era organizador de Distrito del
Partido Comunista de la India, en la zona central del
Noroeste; esto quería decir que su territorio se exten-
día desde el Sind en el Oeste hasta Punjab en el No-
roeste, y desde el Tíbet hasta Nepal. En realidad un
reino, un imperio, como dirían algunos; pero como
un organizador del Partido Comunista en la India no
es un rey ni un emperador, Bondar Shar debía pen-
sar con frecuencia que la zona central era, sencilla y
puramente, una abominación.

89
En toda esta área inmensa, Widee Shimer no
poseía un automóvil; no poseía siquiera una tonga, o
sea un carro de bueyes; contaba únicamente con sus
dos pies y, ocasionalmente, con un viaje en tren si
debía recorrer una larga distancia, como cien o dos-
cientas millas.
Generalmente caminaba. Shimer era peque-
ño, moreno y flaco, y la piel de la planta de sus pies
estaba más curtida que el cuero. Cuando iba de un
lugar a otro se movía con una especie de trotecito,
con el cual hacía seis millas por hora aun en el calor
del verano, cuando el termómetro se eleva a cuaren-
ta y dos grados y a veces llega hasta cuarenta y cin-
co. Se lanzaba por los caminos polvorientos con un
animado “buenos días” a todos, a los boyeros que
dejaba detrás, como si estuvieran quietos, a los co-
cheros de tonga, que parecían moverse un poquito,
a los trabajadores de los campos, a los aguateros, a
los gordos sacerdotes, a los niños enclenques y a las
muchachas que le sonreían tímida y suavemente.
A su zaga iba Bondar Shar, el espía de la poli-
cía, que juraba o mascullaba, o gruñía, y que a veces
llegaba a llorar de cansancio y de rabia. Se dice que
en otros países, donde los dirigentes son ricos y po-
derosos y les sobra el dinero, los espías sólo trabajan
ocho horas al día, y los delatores e informantes aún
menos. Tal vez sea cierto, pero en la India un espía
que trabaja para la policía tiene horarios de veinti-

90
cuatro horas. La regla es: un espía por cada comunis-
ta. El mismo jefe de policía dictó la ley.
—Después de todo —dijo—, el Imperio no es
lo que era. Si un rojo puede arreglárselas, me parece
que un espía no tiene razones para quedarse corto.
Así fue que Bondar Shar no se quedó corto,
y a veces sollozaba de furia por la vida que llevaba,
y el oficio que había elegido. A veces, desesperado,
cuando Widee Shimer emprendía uno de sus viajes,
Bondar Shar alquilaba una tonga, pero el cochero de
la tonga tenía que dar de latigazos al caballito para
no quedarse atrás, y tarde o temprano esto termina-
ba en un incidente entre Bondar Shar y el cochero.
Muchas veces se pasaba de las injurias a los golpes, y
Bondar Shar se encontraba en el centro de un tumul-
to, mientras Widee Shimer se alejaba alegremente a
paso presto.
Eran razones suficientes para deprimir a un
hombre más duro que Bondar Shar. Cada mañana
tenía que levantarse antes de la salida del sol. Con
los miembros entorpecidos y fatigados se arrastraba
por las callejuelas de la vieja Delhi hasta un lugar que
estaba detrás de un bazar ambulante, donde Widee
Shimer echaba su manta y dormía, dormía pero no
vivía. Bondar Shar decía a su mujer con voz quejosa:
—El maldito tipo vive en mil lugares a la vez.
Y Bondar Shar tenía que empezar el día tem-
prano, pues ya a las cinco de la mañana Shimer esta-

91
ba en camino a la sede del Partido, donde flameaba
la bandera roja, o yendo al campo para asistir a una
reunión de campesinos, o en dirección a los galpones
de imprenta en la vieja Delhi.
Se tocaban los límites de la resistencia huma-
na, y aunque algunos digan otra cosa, un espía es
un ser humano. Las cosas llegaron al punto en que
Bondar Shar tuvo que actuar, y durante días meditó
sobre los diversos métodos a seguir. En la vieja Del-
hi había algunos hombres malos que hacían cosas si
se les pagaba, pero Bondar Shar no estaba seguro de
que consintieran en matar a un dirigente comunista,
y en el caso de que aceptaran, ¿dónde iba a encon-
trar el dinero? Un asesinato no es un paseo en tonga:
apenas podría arreglarse la cosa con veinte rupias, y
si se llegaba a saber, acaso al gobierno no le gustaría.
Es verdad que en el Punjab, cuando el gobierno se
cansaba de un dirigente comunista, le hacía quebrar
las dos piernas y atar a una camilla a fin de que los
huesos se soldaran en forma caprichosa, de tal modo
que siempre que uno veía a un Sij barbudo, que an-
daba como un pato, uno ya se daba cuenta de qué
clase de persona era.
Y también era cierto que en Bengala arranca-
ban las uñas de los dirigentes comunistas y de cuan-
do en cuando les cortaban los pulgares. Pero en este
momento el Partido era legal en la zona central, y
podía pasar un mes, o tal vez un año, antes de que

92
lo declararan de nuevo ilegal. Y como no era ni yogi
ni fakir, la idea de que tendría que seguir en este tren
por un mes, o tal vez por un año más, casi lo enloque-
cía de desesperación. ¿Cuántas veces no se dijo a sí
mismo: “Qué hombre es más desdichado que yo?”
Después de reflexionar y de desechar esta
solución, llegó finalmente a decidirse por la única
viable. Una vez decidido, quedó tranquilo y no dijo
nada ni a su mujer ni a sus amigos, y al día siguiente
procedió.
Aún no había amanecido aquel día cuando
Widee Shimer salió al trote del lugar que estaba de-
trás del bazar, deteniéndose sólo un instante para sa-
ludar al espía con una inclinación de cabeza. Pero esa
mañana Bondar Shar no esperó a que Shimer hubiera
alcanzado los treinta pasos establecidos para seguir-
lo, sino que extendió el brazo y asió la manga de la
camisa de algodón de Shimer, diciéndole:
—Detente. Espera un momento.
Un momento, un momento, —pensó Shi-
mer—, preguntándose si no se habría decidido la
noche anterior que el Partido iba a ser suprimido, y
qué posibilidades tenía de dejar a Bondar Shar fuera
de combate y atarlo con las cintas de su dhoti. Pero
Bondar Shar se había forzado a sonreír con una ama-
bilidad que ningún espía se habría permitido en el
momento de hacer un arresto.
—Me pareció que podíamos hablar —dijo
Bondar Shar rápidamente.—Aquí estamos los dos,

93
de aquí para allá y siempre juntos, y nunca cambia-
mos una palabra.
Era verdad y Shimer se vio forzado a recono-
cerlo. En general él saludaba con una inclinación de
cabeza y sonreía, pero nunca habían cambiado una
palabra.
—Un espía es un espía —dijo, eligiendo las
palabras cuidadosamente y reprimiendo todo deseo
de usar palabras más fuertes.
—Un espía es un ser humano —contestó Bon-
dar Shar.
—Es cierto.
Shimer no iba a ir más lejos, pero miró al otro
hombre, y trató de adivinar su casta, probablemente
brahmin, su edad, que no podía ser más de treinta, y
su aspecto, que no era malo: piel oscura, ojos casta-
ños claros y buenos rasgos, pero patéticamente flaco,
tan flaco como el mismo Shimer, y en esta hambrien-
ta tierra hay un vínculo entre todos los flacos.
—Humano —repitió Bondar Shar—. ¿Cuán-
tas veces he asistido a tus reuniones, te he oído hablar
y dirigir discusiones, escurriéndome entre paredes,
arrastrándome por los techos y colgándome de las
ventanas? ¿Cuántas veces?
—Muchas, sin duda —dijo Shimer—, pero ya
es tarde. Tengo una conferencia importante a las seis.
Si caminas conmigo...

94
—Y si voy atrás respetando los treinta pasos
prescritos, vamos a tener que gritarnos. Por otra par-
te, si me ven hablando contigo...
—A esta hora sólo nos pueden ver los culis
—dijo Shimer encogiéndose de hombros—. ¿Y, a
quién se lo van a contar?
Bondar Shar asintió resignado y se puso a an-
dar a lado de Shimer.
—No creas que escucho sin oír —dijo petulan-
temente, frotándose los ojos soñolientos—. Habláis de
las masas y del pueblo. Habláis de los trabajadores y
de los que no tienen bastante que comer. Habláis de
cómo hay que ayudar al pueblo, conocer al pueblo,
acercaros a él. Habláis de una vida mejor para el pue-
blo. ¡Cuántas veces he oído esto y he escrito en mi in-
forme: “Widee Shimer asegura a los trabajadores del
algodón que pueden obtener una vida mejor”!
—Estoy seguro que muchas veces —recono-
ció Shimer.
—Y ¿qué hay de mí? —preguntó Bondar
Shar—. ¿No soy humano?
—Eres un espía que trabaja para la policía,
pero también un espía es humano.
—Es cierto. Pero permíteme que te diga, Wi-
dee Shimer, que la vida que vivo no es vida para un
ser humano, es una vida de perro. Saldría benefi-
ciado si me cambiara por el más pobre de los culis.
Tengo que estar aquí antes del amanecer, cuando te

95
despiertas, ir a una aldea y volver a la ciudad. Hay
una, dos, tres reuniones, una tras otra. Una comisión
preparatoria en que tú hablas tan bajo que me veo
obligado a inventar los informes. Una demostración
popular, una huelga, y Dios sabe si mi cabeza no está
entonces en tanto peligro como la tuya. De vuelta a
las aldeas. De vuelta a Nueva Delhi, luego a la vieja
Delhi. ¿Sabes cuántos kilómetros por día me haces
caminar?
—Muchos, supongo —dijo Shimer un poco
incómodo.
—Treinta, cuarenta, cincuenta kilómetros por
día. Sí, la semana pasada por ejemplo, caminé cin-
cuenta kilómetros en un día. Y después las reuniones
y las conferencias hasta muy entrada la noche, hasta
la una y las dos de la mañana. ¿Puedo ver a mis hi-
jos? ¿Puedo oír una palabra de consuelo de mi mujer?
Mejor estar muerto que ser espía en este maldito lu-
gar. Pero, ¿qué otra cosa sé hacer? Durante dos años
estudié para pasar los exámenes de la policía. Soy un
empleado público, pero preferiría ser aguatero.
El rápido paso de Shimer se hizo más lento.
Sus ojos pequeños y brillantes se angostaron, y torció
la cabeza.
—Serías más feliz si fueras aguatero. No se
me había ocurrido. Primero me dices que eres huma-
no, y luego que eres desgraciado. Pero eres brahmin,
y no puedes ser aguatero. ¿Sabes cocinar?

96
—Peor que un inglés —contestó Bondar Shar
avergonzado.
—Es una vergüenza. Siempre pienso que, en
el peor de los casos, un brahmin puede cocinar. Dime:
¿cuánto te pagan por ser espía?
—Treinta rupias mensuales —dijo Bon-
dar Shar. Widee Shimer se paró y silbó suavemen-
te.—¡Treinta rupias mensuales! Mira, yo soy un di-
rigente comunista, soltero, que no necesita más que
un plato de arroz y una manta. El dinero que me pa-
gan proviene de las manos de los obreros y los cam-
pesinos, pero me dan treinta y cinco rupias por mes.
¿Cómo puedes vivir con treinta rupias mensuales?
—No puedo —reconoció Bondar Shar—. Siete
bocas que alimentar, y ¿cuándo comemos lo suficien-
te? Cuando los niños se enferman, no podemos llamar
al médico. Nunca han probado un dulce. Mi mujer
tiene que llevar el mismo sari durante cuatro años.
En el invierno tiritamos porque no podemos comprar
carbón. En el verano nos sofocamos. Si fuera espía de
prostitutas, podría ganarme una rupia aquí, otra allá.
Si fuera espía de los acaparadores de cereales, mi es-
tómago nunca estaría vacío, ni tampoco el de mis hi-
jos. Pero ser espía de los comunistas... ¡La muerte sería
mejor! ¡Te lo juro! mejor estar muerto.
—La muerte no es nunca mejor —dijo Shi-
mer suavemente—. Te diré una cosa, no hay reme-
dios rápidos para estos cánceres sociales, como son

97
los espionajes policiales. Pero podemos mejorar un
poco las cosas. Podemos hacer que veas a tu fami-
lia de cuando en cuando, que descanses un poco. A
esta altura, ya sabes más o menos lo que ocurre en
nuestras reuniones. Cuando yo tenga una reunión,
no es necesario que me acompañes. Te veré después
y te daré un informe completo. Y cuando haya una
reunión por la noche, podrás irte a tu casa. Al día
siguiente te ayudaré a redactar el informe.
Vacilante al principio, Bondar Shar terminó
por aceptar las propuestas de Shimer. Fue a su casa,
oyó los reproches de su mujer y jugó dos horas con
los niños. Especialmente con Santha, la menor, que
parecía una muñequita esculpida en marfil viejo. Así
pasó ese día y muchos otros, y la vida se volvió más
tolerable. Y a pesar de sí mismo, a pesar del hecho
de que sabía que era incorrecto, que no iba a llevar a
nada bueno, empezó a sentir cierto afecto por Widee
Shimer. Como súbdito del Estado, como empleado
público y oficial de la Corona, sabía que el sólo pen-
sar estas cosas era franca traición.
Había una lista de infracciones, una escala
del crimen, por así decirlo. Un ratero era peor que un
traficante de arroz, un tratante de blancas era peor
que una prostituta, y un asesino, por supuesto, era
el peor de todos; pero los asesinos y los tratantes de
blancas no tenían espías pegados a los talones, como
los comunistas. En verdad, Bondar Shar estaba sufi-

98
cientemente convencido de que albergar un pensa-
miento amistoso hacia un comunista era equiparable
a un crimen. Trató de recordar esto cuando Widee
Shimer le preguntó unos días más tarde:
—¿Es cierto, Bondar Shar, que a todos los es-
pías policiales se les paga tan mal como a ti?
—Peor, yo soy un espía superior. Un apren-
diz de espía policial gana veinte rupias al mes. Na-
turalmente, no está obligado a seguir a una persona
como tú.
—Naturalmente. En una palabra, te explotan
tanto como a los obreros... y no tienes recursos.
—¿Qué quieres decir?
—Que no puedes organizarte.
—¿Organizar qué?
—Un sindicato. Deja que te explique... Los
conductores de tonga tienen un sindicato y también
lo tienen los trabajadores del algodón, los aguateros,
los changadores y hasta los barrenderos. En la huel-
ga de los algodoneros ganamos para ellos un aumen-
to. Hemos llegado a convencer a los campesinos de la
necesidad de tener una organización. ¿Sabes que en
Estados Unidos un espía trabaja ocho horas al día y
ni un minuto más?
¿Con qué sueldo? —preguntó Bondar Shar
astutamente.
—Por mil doscientas o mil cuatrocientas ru-
pias mensuales —contestó Shimer encogiéndose de

99
hombros—. Personalmente, no tengo mucho interés
en el asunto. Nosotros no trabajamos para favorecer
a los espías de la policía, trabajamos para el pueblo...
Siguió hablando y Bondar Shar escuchaba.
Escuchó durante una hora y al cabo de ella dijo a Shi-
mer:
—Si yo reuniera a unos cuantos espías más,
unos seis o siete, amigos personales, ya me entien-
des... ¿podrías hablarles?
—Supongo que sí —contestó Shimer.
Después, pensando en la propuesta, se pre-
guntó qué podría decirles y qué sentido tendría esto
y dijo a Bose, el director del diario del Distrito:
—¿Qué puede esperarse de un hombre que
trabaja para la policía?
—La esperanza de que se muera— contestó
Bose, que era un hombre de buen humor.
—Sin embargo, un espía es un ser humano.
La muchachita que corregía pruebas —tres
de sus hermanos habían muerto en la plaga de ham-
bre, y otro en una cárcel inglesa— observó:
—Es un problema de fondo y forma, mi que-
rido Shimer. La forma es humana, pero el fondo es
pura mugre.
—Soy un hombre compasivo —dijo Bose re-
flexivamente—. Pero la compasión no es un pozo sin
fondo. ¿He de tener compasión por la víbora cuando
le corto la cabeza?

100
De modo que Shimer se quedó tranquilo, re-
cordando la excitación y la boca abierta de Bondar
Shar, y al día siguiente fue a la reunión que se cele-
braba en el lugar señalado. Una cantera abandonada,
a la cual nadie iba, pues los ingenuos creían que es-
taba habitada por el fantasma de un santón malhu-
morado. Sin embargo, como ni los comunistas ni los
espías creían en fantasmas, era tenida por un lugar
excelente. Bondar Shar no vino con seis o siete, sino
con veinte, y Widee Shimer observó curiosamente
los distintos tipos de hombres que estaban allí senta-
dos en el suelo.
Había altos y bajos, y en sus caras se leía
maldad, avidez y desesperanza, también astucia y
desorientación, y como nota común de todos ellos
un hambre que nunca se había satisfecho, ni siquie-
ra un día, ni siquiera una hora. Al mirarlos, Shimer
se sintió lleno de asco y rechazo, se sintió como el
héroe del Rigveda que se convierte en el confidente de
las serpientes y los seres que se arrastran; pero cuan-
to más los miraba, más se daba cuenta que el hambre
de estos hombres no provenía sólo del estómago.
Suspiró, lamentando haber venido, y empe-
zó a hablar lenta y laboriosamente. Habló de muchas
cosas, de las clases de hombres y de la fraternidad
de los hombres. Habló de la libertad, de oprimidos y
opresores, y mientras hablaba, observaba las caras de
los veinte hombres malditos en la cantera.

101
—En esta región —dijo Shimer— y en un lu-
gar al cual se puede llegar a pie, está el Taj, el más
bello edificio que existe sobre la tierra. Es como el
bendito sol de invierno encerrado en un receptáculo
de perlas y alabastro pero, ¿qué es sino una conme-
moración de los diez mil esclavos que lo construye-
ron, la hermosa torre de un inenarrable sufrimiento?
¿Cuántas lágrimas se han mezclado a la argamasa
con que está hecho? Recuerdo de esclavos en una tie-
rra de esclavos...
Así habló, y pasó una hora y otra hora y llegó
al fin de su discurso. No podía llamarlos camaradas;
los miró y ellos lo miraron, y entonces Bondar Shar
se levantó y dijo con aire de pedir disculpas:
—Gracias, Widee Shimer. Es para mí un ho-
nor que se me haya encomendado que siga tus pasos.
Pero antes de que tú llegaras, hemos hablado entre
nosotros de ciertos asuntos. Querríamos formar un
sindicato para que nuestros salarios aumenten y
puedan alimentarnos.
Los otros aprobaron. Hubo un rato largo,
muy largo, en que nadie habló y en que Shimer re-
flexionó considerando un aspecto y otro del proble-
ma, pero finalmente también él asintió con la cabeza
y les dijo:
—Está bien. Éstas y éstas son las cosas que
debéis hacer para tener un sindicato de espías.
Así fue que Widee Shimer se alejó de la can-
tera, turbado y perplejo, y que el primer sindicato

102
de espías de la India surgió a la existencia. Así fue
también que, dos semanas después, Widee Shimer se
levantó por la mañana, dejó su refugio y se encontró
con que había un nuevo espía que seguía sus pasos.
—¿Dónde está Bondar Shar? —le preguntó.
Pero el espía no contestó. —¿Está enfermo? ¿Lo han
transferido? ¿Tiene tribulaciones de familia? Widee
Shimer preguntó y se sintió un poco irritado de sí
mismo por interesarse en los asuntos de un espía.
Pero el hombre nuevo no dijo nada: se limitó
a apretar los labios y a fruncir el ceño, a la manera de
un empleado de policía.
A todo esto, Bondar Shar estaba sentado en
la oficina del jefe residencial, que llevaba una casaca
blanca de lino larga hasta la rodilla, pantalones cor-
tos blancos y finas medias de seda blanca que llega-
ban unos pocos centímetros por debajo del lugar en
que terminaban los pantalones. El casco de corcho
del magistrado estaba sobre el escritorio, a su espal-
da; tenía las piernas cruzadas y se espantaba las mos-
cas con una pantalla de reluciente cuero negro. Era
un hombre afable e interrogaba a Bondar Shar con
mucha cortesía.
—¿Es usted un empleado nacional? Bondar
Shar dijo: —Sí; por supuesto— sin dejarse engañar
por la amabilidad y muy, muy asustado.
—¿Pronunció usted un juramento de servicio
a la Corona?

103
—Así es —contestó Bondar Shar.
—No sólo empleado nacional —dijo el magis-
trado con aire reflexivo—, sino que forma usted parte
del Servicio Secreto. El Servicio más apreciado por Su
Majestad. ¿Se da cuenta de esto, por supuesto?
—Por supuesto —murmuró Bondar Shar.
—He tratado este asunto con el comisionado.
Está preocupado. También lo estoy yo. ¿Me entien-
de?
—Por supuesto —dijo Bondar Shar, horrible-
mente asustado y, sin embargo, un poquito orgullo-
so de haber llegado a ser un tema de conversación
del comisionado.
—No se puede tener una organización dentro
del Servicio —dijo el magistrado melancólicamen-
te—. No podemos tener un sindicato. Queremos los
nombres de todos los que pensaban asociarse con us-
ted. Después que me escriba los nombres, trataré de
que no lo pase demasiado mal.
Le dio una hoja blanca.
—¿Qué nombres? —murmuró Bondar Shar.
El magistrado había estado en la India mucho
tiempo y como él decía, conocía a los nativos; Bon-
dar Shar era sin ninguna duda un nativo. Así fue que
los dos se miraron y el magistrado pensó que iba a
llegar el día en que los diablos se habrían de soltar
sobre este país de cuatrocientos cincuenta millones
de almas —aunque en privado se reconocía a sí mis-

104
mo que no eran humanos y que no tenían almas—;
y Bondar Shar, por otra parte, tuvo conciencia de su
propia alma, de su valor, de su fuerza, y de la locura
que corría por sus venas, pese al miedo y al terror, y
que lo impulsaba a hacer una cosa inesperada.
Meneó la cabeza, recordando a sus cinco hi-
jos, a su mujer, a su hijita en especial, el olor pene-
trante y dulce de la ciudad vieja en el invierno, el
perfume del Bhísti en el verano y todas las buenas
cosas de la vida que recuerdan los hombres en estas
ocasiones.
—¿No? —preguntó el magistrado suavemente.
—No, sahib —contestó Bondar Shar en un su-
surro, porque sabía que debía esperar lo peor.
Y el magistrado no insistió ni amenazó, por-
que hacía mucho tiempo que estaba en la India.
En primer lugar, a Bondar Shar le arrancaron
las uñas. Una a una se las arrancaron y fue muy dolo-
roso. Al principio Bondar Shar lloraba como un niño,
pero al final gritaba como una parturienta. Después
lo entregaron a los gurjas, porque aunque gritaba
como una mujer que pare, sus gritos no eran más que
sonido y no los nombres de ciertos hombres. Sus gri-
tos eran plegarias, juramentos y súplicas, oscuras re-
ferencias que sólo se le ocurren a un espía, pero nun-
ca los nombres de determinados hombres. Así fue
que lo entregaron a los gurjas diciéndole al sargento
a cargo de la división que era necesario obtener esos

105
nombres. Los gurjas le hicieron muchas cosas. Son
hombrecitos de las montañas, hombres terribles, que
no creen en Dios ni en el honor, sino sólo en la guerra
y en sus malvados cuchillos. Los gurjas le hicieron
cosas que no se pueden describir. Y cuando Bondar
Shar estaba en carne viva y sin conciencia, fueron a
ver al magistrado y le dijeron:
—Emitió muchos sonidos, pero no dio los
nombres. Ahora se está muriendo. Nunca hemos
visto un comportamiento semejante en un espía a
sueldo de la policía, pues todos sabemos que estos
hombres son cobardes y abyectos. Tan sólo el veneno
del comunismo puede explicar este comportamiento.
—Ponedlo en una canasta y entregadlo a su
familia —dijo el magistrado, lleno de horror, pues
estas cosas no gustan a los hombres blancos y bien
nacidos, y muy enojado con los gurjas por haber ido
tan lejos.
Así fue que lo pusieron en una canasta y lo
llevaron a su casa, y entonces hubo un funeral, una
pequeña procesión, a decir verdad, pues éste es un
país de funerales, pero una procesión de todos mo-
dos, con cuatro lloronas profesionales, la mujer, los
hijos y Widee Shimer.
Shimer pasó un día entero en el funeral y
con la familia, después volvió a la casa de la antigua
Delhi, donde ondea mañana, tarde y noche la ban-
dera roja.

106
—¿En dónde andabas? —le preguntó Bose—.
¿Eres un organizador o un caballero que vive de ren-
tas?
—¿Una mujer, al fin? —preguntó la señorita
correctora de pruebas.
—¿O pensaste que necesitabas un descanso?
preguntó el secretario del sindicato.
—Marché en la procesión de un espía mal-
dito y despreciable, que dejó de ser un espía —dijo
Shimer serenamente, y luego, como en esa tierra el
que llora a los muertos ya no hace nada más, Widee
Shimer volvió a su trabajo entre los vivos.

107
Índice

Presentación.........................................................3

Prólogo.................................................................5

Fast en México....................................................11

Cristo en Cuernavaca........................................25

Nota al libro Infancia en NY............................65

La hormiga gigante............................................71

El espía policial...................................................89
Howard Fast
(1914-2003)

Uno de los escritores más prolíficos e interesantes del si-


glo XX. Comprometido con la sociedad de su tiempo y
con los derechos de las minorías, fue perseguido durante
el maccarthismo y pasó tres meses en prisión por des-
acato, amén de ver cómo sus libros eran retirados de las
bibliotecas públicas y su nombre aparecía en las famosas
«listas negras». Espartaco, sin duda la más célebre de sus
novelas, fue víctima de esta persecución, como explica el
propio autor en el prólogo.
Su defensa de la libertad individual y colectiva se
ha expresado de las formas más diversas (artículos pe-
riodísticos, obras teatrales, guiones cinematográficos y
televisivos, ensayos, relatos), pero destacan en su obra
una sesentena de novelas que van de la policiaca (a me-
nudo con el seudónimo E. V. Cunningham) a la ciencia
ficción. Entre sus más espectaculares éxitos, además de
Espartaco, se cuentan Rachel, su extenso ciclo sobre la
familia Lavette (Los inmigrantes, Segunda generación,
El legado, La hija del inmigrante...) y su impresionante
novela histórica Mis gloriosos hermanos. Judea contra
Antíoco IV.
Su obra ha sido traducida a más de ochenta
lenguas, de ella se han vendido decenas de millones de
copias, ha sido llevada al cine y la televisión en varias
ocasiones.
Este libro se editó en la Ciudad de México.
Todos los derechos reservados.

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