TAYTA DOLOSANTOS
Adriana Manrique Gamarra
En algún lugar de la extensa cordillera, de geografía
caprichosa, y que parece infinita, se encuentra
Huancavelica, ciudad enclavada entre cuatro montañas.
Hace mucho tiempo, en esa ciudad, en noviembre
de todos los años se celebraba la fiesta más importante
en honor a “Tayta Dolo Santos” (Señor de todos los
Santos).
María, una humilde y modesta mujer, madre soltera
y llena de fe cristiana, era la futura mayordoma de Tayta
Dolo Santos, su pobreza no evitó que se comprometiera
porque las personas pobres son más generosas y eso
hace que estén más cerca de Dios.
Ni el intenso frio andino que penetraba hasta el fondo
del alma, tan intenso que ni los gallos se animaban a
cantar, podría contra la fe de María, que todas las
madrugadas salía apresurada, rumbo al mercado a
ofrecer sus ofrecer sus lechones, que criaba con el fin de
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ofrecer una gran fiesta para todo el pueblo en honor a
Tayta Dolo Santos, la fiesta estaba próxima, y María muy
entusiasmada ahorraba centavo tras centavo.
En una fatídica madrugada, María encargo a su
único hijo de nombre Mamerto quien sufría de retardo
mental que en quechua se les llama “opa” que cuide de
los cerdos que criaba y le dijo: allinta cuchinchicta
michinqui (tienes que pastar con cuidado nuestros cerdos)
a lo que Mamerto pregunto: ¿imapaq cay cuchicuna
mamay? (¿Madre para quienes son estos cerdos?) Tayta
Dolosantuspaq (es para el señor de Todos los Santos)
-respondió María-.
En su recorrido de pastoreo por chalan pampa, el
“opa Mamerto” iba preguntando a la gente; señor:
¿jamchu canqui Tayta Dolosantos? (¿Usted es Tayta
Dolosantos?), todos se reían con semejante pregunta,
todos menos uno, un osado ladronzuelo que le dijo: Ari
ñojan cani tayta Dolosantos (Si yo soy Tayta Dolosantos).
Ah... entonces jampaq chiqui cay cuchicuna, apacuy
jinalla (entonces estos cerdos deben ser para usted,
lléveselos) -dijo Mamerto- inmediatamente el ladrón
desapareció con los cerdos.
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La pobre mujer al enterarse de lo sucedido, se sintió
perdida, y entre lágrimas dijo ¿ahora que vamos a hacer?.
Iré a vender lo que queda de los animales a Yauli, un
pueblo próximo a Huancavelica.
Antes de partir María le dijo a Mamerto: Jacha opa...
wasinchik punkunta allinta cuidanqui... (tienes que cuidar
con mucho celo la puerta de nuestra casa) ari mamay (sí
madre) respondió Mamerto, grande fue la sorpresa de
María cuando al retomar vio a Mamerto el opa,
aproximarse llevando atado con una soga sobre su
espalda el portón de madera de su casa. Desesperada le
reclamó: imata ruanki punku jipicusqa (que haces
cargando esa puerta) mamay: jamqa nihuanqui manan
punkuta dejanqui (madre: tú me encargaste que no dejara
el portón de la casa) desesperada, María se dirigió a su
vivienda y la encontró completamente vacía, los ladrones
habían hecho de las suyas.
A María no le quedaba más salida que irse del
pueblo, para no sentir la tremenda vergüenza de no
asumir la mayordomía de Tayta Dolosantos.
Madre e hijo avanzaron por un sendero tortuoso
rumbo a cualquier lugar que los aleje de Huancavelica. De
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pronto, Mamerto sintió ganas de orinar y dijo: mamay
ispacuchkaniñam (madre estoy a punto de orinar) chay
tankar kichcachapi jepampi ispacusaq –dijo Mamerto-
(tras de ese arbusto espinoso voy a orinar) jacha opa
ispacuy chaychaypipas qinalla (sucio “opa” orina donde
gustes) -respondió la madre-. Mamerto se puso a orinar
en un agujero.
Pasaron algunos segundos y un ruido estrepitoso se
escuchó desde el subsuelo; lo que sucedió fue que
Mamerto había orinado en una grieta que conducía a una
cueva que servía de refugio a unos abigeos (ladrones de
ganado y asaltantes) y precisamente en ese momento la
orina de Mamerto cayó en una sartén conteniendo harto
aceite caliente, provocando un sonido estruendoso, que
asustó a los caballos que los cuatreros tenían atados a su
cintura y en su desesperación los equinos corrieron
tirando a rastras a sus jinetes que por los golpes
fallecieron.
María y Mamerto bajaron a la cueva y se encontraron
con cuatro cadáveres, muy asustados ingresaron,
descubriendo que los ladrones ocultaban ahí su botín:
dinero, oro, joyas y otros objetos de valor.
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Cargando con todo, María y Mamerto retornaron al
pueblo para celebrar la fiesta más grande e inolvidable en
la historia de Tayta Dolosantos.
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EL OCASO DE LOS CHANCAS
Teodoro Manrique Palomino
Allá por el siglo XV d.n.e. un ejercito de miles de
hombres, de aterrador y escalofriante aspecto, avanzaba
por el sendero que conducía a la laguna de
“Choclococha”, cuyas aguas heladas y cristalinas se
agitaban al compás de las pisadas.
La presencia de estos seres, hacia que hasta en el
más valiente se despierte ese sentimiento oculto que
tenemos los hombres, llamado miedo, y como si se tratara
de una peste, no solo los humanos huían, el miedo
apodera de todo ser vivo: las vizcachas, huallatas, zorros
y vicuñas huían despavoridos, hasta el trinar de las aves
se ahogaban en un sepulcral silencio.
El paso de estos barbaros era acompañado por el
retumbar de sus tambores, confeccionados con la piel de
sus enemigos, que se dice, eran desarrollados vivos.
A la vanguardia, avanzaban, un grupo de guerreros
portando sus lanzas a manera de estandartes, en cuya
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punta llevaban incrustadas las cabezas de los jefes de sus
enemigos, en la retaguardia, vigilados por la atenta mirada
de los Chancas, se ubicaban los yanas o esclavos y un
gran número de llamas, hombres y bestias llevaban sobre
su lomo los pertrechos de guerra del ejército Chanca.
Al llegar a “Choclococha”, la marcha se detuvo y los
miles de guerreros ingresaron a sus aguas sagradas, que
para la mitología Chanca, era fuente de energía divina,
que les daba valor y fortaleza, era su “pacarina”, lugar de
su origen, de su génesis. Bañarse en sus aguas era un
ritual ancestral y obligatorio antes de emprender una
campaña de guerra. Luego del ritual, la laguna de
Choclococha, fue quedando atrás, los Chancas
avanzaban a paso firme. Después de sembrar la muerte y
desolación entre los pueblos que se ubican en Ayacucho,
Apurímac y Huancavelica; ahora se disponían a avanzar
más al oeste, allí donde existían pueblos prósperos,
tierras fértiles y abundante ganado. Ahora el objetivo era
el Cusco, donde habitaban los Incas.
Los generales Tumay Huaraca y Asto Huaraca,
quienes comandaban al ejercito Chanca, manteniendo su
mirada imperturbable y altiva eran llevados en andas, se
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sentían muy seguros de vencer al ejercito cusqueño y
ampliar sus dominios.
Para aquel entonces, en el Cusco reinaba la
anarquía, el señorío cusqueño gobernado por el Inca
Wiracocha y su hijo el Inca Urco había sido abandonado
a su suerte.
Wiracocha y su vástago enterados del avance de los
Chancas emprendieron una fuga, y siguiendo sus bajos
instintos y deseos carnales obligaron a un grupo de
vírgenes del sol a refugiarse con ellos en el “Inti Cancha”,
que era una posada dedicada a la nobleza militar
cuzqueña para su descanso luego de las batallas, ahora
convertida en un antro de vicio y placeres.
Cundía el pánico entre los cuzqueños, la suerte
estaba echada; sin embargo, en medio de ese caos
apareció el hijo bastardo de Wiracocha llamado
Pachacútec, hijo en una de sus concubinas fuera de
matrimonio, este se puso al frente del ejercito cusqueño y
la anarquía terminó.
Los cuzqueños no podrían enfrentar solos a los
Chancas, estos los superaban enormemente en número,
además estaban mejor preparados para la guerra.
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Pachacútec, demostrando liderazgo, y gran destreza
militar, convoco a los señoríos vecinos y los conminó a
unirse en un solo ejercito para hacer frente a los chancas.
La propuesta fue aprobada, sin embargo, el temor a
una derrota estaba latente.
Llegó el día, al rayar la aurora el sonido de los
pututos, pincullos y tambores anunciaban el inicio de la
batalla, se escuchaban gritos de guerra en ambos frentes,
las banderas flameaban y los estandartes blandían en lo
alto, todos estaban ataviados de lanzas, huaracas,
macanas, mazos, hachas, boleros y escudos.
Al principio solo, se presentaron en el frente los
chancas y los cuzqueños, se desató un feroz combate,
todo hacía presagiar una inminente victoria de los
chancas, cuando de pronto las tropas de reserva de los
señoríos vecinos atacaron desde diferentes flancos, se
desató una verdadera carnicería.
Tras cuatro horas de intensa lucha, los generales
Tomay Huaraca y Asto Huaraca, fueron hecho prisioneros
y fue el mismo Pachacutec quien se encargo de
decapitarlos.
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En el campo de batalla se derramó tantísima sangre,
que el lugar antes denominado Ichupampa a partir de
entonces se llamaría Yahuar Pampa.
Tras la victoria, Pachacútec fue proclamado Inca por
el pueblo cuzqueño, ante esto, cual ratas que salen de su
madriguera, Wiracocha y el Inca Urco, quisieron retomar
el trono, para ello diseñaron un plan de emboscada al
Inca, enterado del plan siniestro, Pachacútec ordeno
capturar a los traidores y así fue, ambos fueron
capturados y ahorcados, luego, sus cuerpos mutilados,
fueron arrojados al Rio Ancasmayo.
A partir de la victoria frente a los indómitos Chancas,
Pachacútec no se detendría, el señorío cuzqueño dio
paso al Estado Regional Cuzqueño que anexo a los
señoríos vecinos y más tarde con la expansión de su
territorio devendría en el gran Imperio de los Incas
“Tahuantinsuyo” ocupando el territorio del Perú, Ecuador,
Chile, Bolivia y Argentina.
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DAVID EL CONDENADO
Adriana Manrique Gamarra
En la vida espiritual del hombre andino, hallamos
historias mágicas y misteriosas, “David el Condenado”; es
una historia que la existencia de las diferencias
económico– sociales del mundo andino que sobreviven
hasta nuestros tiempos.
David fue descendiente de hacendados, cuyo
emporio floreció en Huancavelica, nació en una cuna de
oro, en los tiempos de los terratenientes y los pongos, de
aquellos que lo tenían todo y los que eran dueños de
nada, de aquellos que alguna vez fueron poderosos
Chancas, Huillcas, Pocras y Anccaras, ahora solo eran
eso, pongos. La riqueza y la pobreza convivían, porque
no pueden existir ricos sin que existan pobres.
David, desde el vientre de su madre sintió el poder y
cuando nació, tras un llanto suyo se alborotaba toda la
hacienda, todos sus caprichos se cumplían. Ya de niño,
frente a la mirada complaciente de su padre, David
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maltrataba a los yanas, a los pongos, los golpeaba,
humillaba, los arrojaba al suelo y luego los escupía.
David se hizo joven, era dueño de todo y a la vez de
nada, era pobre de alma, el odio, la codicia, la ambición,
la crueldad y la injusticia tenían un solo nombre: David,
engendro de dos padres, que equivocados, pensaron que
amar es solo dar y que criar es malcriar.
En un día de tragedia, la mañana se enluto, cuando
David pensando que su poder era ilimitado se armó de
una escopeta de la colección de su padre y disparó
indiscriminadamente contra todos los Pongos, uno tras
otros fue cayendo, hombres, mujeres, niños y ancianos,
20 en total. Fue una verdadera masacre, los gritos de
desesperación y los llantos lastimeros solo excitaban al
psicópata, que disfrutaba cada instante de su crueldad,
porque para él eran solo eso indios, indios de mierda
-decía-.
David muy confiado, regresó a la hacienda, pero
aquel día gris y triste hasta para lo montes que
lamentaban haberlo visto nacer, sería su último día en la
hacienda, esta vez, sus padres no podrían contra la
justicia, porque el dinero no siempre lo compra todo.
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A David sólo le quedaba un camino, huir, se fue lejos,
muy lejos, a convivir con el ichu, la lluvia, el viento, el frío
y la soledad; su naturaleza lo hizo seguir pecando, se
había convertido en un asaltante y asesino. Decía que los
muertos no· hablan y mejor si te los comes.
Una cueva en lo más inhóspito de las montañas era
su nuevo hogar y dentro de ella guardaba los esqueletos
de sus víctimas, cierto día, David, manchado de sangre se
encontró en el camino con un mercader que junto a su hija
iban rumbo a Huancavelica. La singular belleza de aquella
joven de ojos claros y cabello negro frondoso, cautivaron
a David y declinó de su propósito de asesinarla al igual
que a sus demás víctimas. A ella la mantuvo secuestrada
y la hizo su mujer.
Lucia, cautiva en la oscura y tenebrosa cueva, tuvo
que convivir con ese monstruo, asesino de su padre y
padre a la vez de la criatura que llevaba en sus entrañas;
en medio del tormento Lucia siempre abrigaba las
esperanzas de poder huir.
Las noticias sobre David el condenado, llegaron a
oídos de sus padres que sin pensarlo dos veces fueron en
su búsqueda, el encuentro fue escalofriante, David tenía
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el cabello y la barba crecida, su mirada era sádica y
penetrante, en sus ojos se podía ver el peligro y su aliento
olía a muerte. ¿Por Dios hijo que te pasó? -Exclamó su
madre- David ni se inmutó, guardó silencio y solo atinó a
decir, síganme y los condujo a su cueva, ahí les mostró
dos árboles que crecían al interior, pero los árboles eran
muy diferentes, uno era grande, verde y hermoso, lleno de
frutos y el otro era feo, marchito, torcido, casi sin vida;
entonces, David les explicó que si ellos hubieran sabido
educarlo, él sería diferente y no sería como aquel árbol
marchito, torcido.
David no sintió compasión ni por sus propios padres
y los colgó en aquel árbol torcido, mientras tanto Lucía
horrorizada, aprovecho el momento, logró escapar y se
echó a correr. David fue a su alcance lanzando gritos
estruendosos diciendo: ¡Lucia vuelve a mí!, ¡Lucia vuelve
a mí!, él bebe aun en sus entrañas sollozaba y le decía a
su madre que siga adelante y que no voltee la mirada y
así fue.
Lucia, logró cruzar el puente Seccsechaca, puente
colgante sobre el río Ichu, que en invierno se hace
caudaloso. David por ganarle el paso intentó cruzar por el
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río, pero las aguas bravías pudieron más que sus fuerzas
y su cuerpo fue arrastrado por las turbulentas aguas.
Desde aquel entonces, cuentan que a partir de las seis de
la tarde en aquel lugar se escuchan gritos lastimeros:
¡Lucia vuelve a mí!, ¡Lucia vuelve a mí!.
Cuentan que todo aquel que voltee la mirada al
escuchar estos gritos, se convertirá en una víctima más
de David el condenado.
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LECCIÓN DE JUSTICIA
Teodoro Manrique Palomino
Entre monolíticas y altivas montañas, se encuentra
Huancavelica, ciudad virreinal y mestiza, fruto de esa
extraña fusión entre América y España, donde se venera
al Tayta Inti, la Pachamama y a los apus; y al mismo
tiempo se reza a los santos cristianos, con construcciones
de piedra caliza, rojos tejados y balcones de pino curtidos
por el tiempo. Por sus callecitas estrechas van los
caminantes, unos hablan en un castellano mestizo y otros,
en quechua, idioma ancestral y nativo.
Al rayar la aurora, el humo gris que brotaba de entre
los tajados se elevaba hasta el infinito y el Tayta
“Potocchi” miraba quedo la ciudad, que poco a poco,
cobraba vida.
Los primeros destellos del sol se proyectaban sobre
el lomo de las montañas y el pitazo del “tren macho” que
anunciaba su partida, apuraba nuestro paso rumbo a la
escuela; luciendo en la espalda, un maletín de cuero
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tallado, corte de cabello “altito” y como fijador un poquito
de limón, avanzábamos raudos para evitar la tardanza ,
que era castigada con el temido “callejón oscuro”, que
consistía en la formación de la clase en dos columnas con
correa en mano, y vaya que si te propinaban una
tremenda latiguera.
La formación matinal de la escuela era una gran
algarabía, hasta que frente a nosotros se ubicaba un
hombre espigado y elegante, vestía un impecable traje de
corte ingles, corbata satinada y zapatos de charol, en un
instante, todo era silencio y quietud, se trataba de don
Pepín Cárdenas Castellares, el director de la escuela.
Entre los compañeros de mi clase, había uno,
distinto a los demás, vestía una chompita descolorida de
color gris, zapatos negros de jebe y calcetines de lana de
oveja, por su apariencia muchos burlaban de él,
avergonzado de su pobreza, solo agachaba la cabeza.
Era Pedro, Pedro de Sacsamarca, un niño ensimismado y
de pocas palabras.
Distante a tres kilómetros de la ciudad, se encuentra
Sacsamarca, comunidad campesina de ganaderos, en su
mayoría pobres, ahí vivían Pedro y su abuelo Anastasio,
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un anciano senil y lleno de achaques, que casi siempre
permanecía sentado y “chacchando”. El anciano con
movimientos torpes y lentos de sus tullidas manos, se
llevaba las hojas de la coca a la boca, para extraer su
savia verde y amarga, para adormecer sus dolores y
olvidar sus penas.
La madre de Pedro había fallecido, y de su padre no
se sabia nada, un día partió, para nunca más regresar.
Escudriñando en mis recuerdos, hay algo que
siempre me perturba y que se quedó grabado de manera
indeleble en mi memoria:
Cierto día en la escuela, a mitad de la mañana, sonó
la campana que interrumpió las clases, todos nos
alborotamos y henchidos de alegría salimos al recreo,
unos portábamos dulces y bebidas, otros frutas y comida,
todos, menos Pedro quien se quedó en el aula, solo, solo
con su hambre, con su soledad y pobreza.
Al retornar al aula, Carlos Enrique, un niño pecoso y
regordete, hijo de un próspero comerciante, reclamó de
manera airada: -¡maestro, no encuentro el refrigerio que
traje!- El maestro, dirigiéndose a todos, preguntó:
¿alguien vio quien lo cogió? – de inmediato, Ricardo, el
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brigadier del aula se puso de pie y acusó a Pedro, él es el
único que no salió al recreo, dijo: El maestro muy iracundo
y señalando con el dedo a Pedro, le dijo: ¡Aproxímate!
Pedro con el rostro desencajado y los ojos cubiertos de
lagrimas se acercó al maestro - ¿Tu eres el ladrón
verdad?, preguntó el maestro, mirándolo fijamente Pedro
asintió con la cabeza. Al ver al maestro furioso, Pedro
tembló de miedo, este sin contemplación, ni reparo alguno
cogió su correa.
Esperando el peor desenlace, todos los niños
permanecimos en nuestros lugares, estáticos, asustados
y en silencio; cuando de pronto, sucedió algo inesperado,
el maestro dejó caer su correa, cogió su pañuelo y secó
las lagrimas de Pedro, luego haciendo un gran esfuerzo
para no quebrarse, en voz bajita le pregunto: ¿Tenias
hambre verdad? –Pedro, con la voz ahogada le respondió:
-Si maestro-.
En ese momento sentí que teníamos el mejor
maestro del mundo y que nos había dado la mejor lección
de justicia, no solo juzgo el acto, que en realidad era
sancionable, fue más allá, considero la causa, el motivo y
actuó sabiamente.
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Desde aquel día, motivados por un remordimiento de
culpa, nos esmeramos en ser los mejores amigos de
Pedro y nunca más se quedo solo en el aula.
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