Sunshine

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La protagonista decide pasar un tiempo aislada en una cabaña familiar junto a un lago. Sin embargo, es encontrada por vampiros y queda encadenada y prisionera junto a uno de ellos en una man…

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claus chacon

Rae,

a la que todos llaman Sunshine, sabía que estaba cometiendo una


imprudencia, pero necesitaba aislarse un rato para desconectar, y la cabaña
familiar del lago le pareció un buen refugio. Pero entonces los vampiros la
encontraron. Y ahora, encadenada y prisionera en una mansión en ruinas,
sola salvo por el hambriento vampiro encadenado junto a ella, tendrá que
valerse de habilidades que desconocía poseer si es que quiere sobrevivir.
Sorprendentemente, su compañero de cautiverio no resultará ser lo que ella
esperaba de un vampiro, y pronto descubrirá que no solo ella necesita su
ayuda, también él depende de ella para salvar su vida.

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Robin McKinley

Sunshine
ePub r1.0
Titivillus 06.09.18

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Título original: Sunshine
Robin McKinley, 2003
Traducción: María Otero González

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

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Para Peter,
mi Mel y Con en un mismo pack.
¿Soy o no soy una suertuda?

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Primera parte

Había sido una estupidez, pero tampoco era para tanto. No había ocurrido nada en el
lago en años. Y estaba tan deliciosamente alejado del resto de mi vida.
La noche de los lunes era nuestra noche de pelis, porque celebrábamos haber
sobrevivido a otra semana. Los domingos por la noche cerrábamos a las once o a
medianoche y nos arrastrábamos hasta casa moribundos, y el lunes (salvo algunas
fiestas nacionales) era nuestro día libre. Ruby va los lunes con su cohorte de
guerreros y asola la cafetería con todo tipo de tecnología puntera de limpieza con la
que lograría la sumisión del mismísimo Godzilla: esas mentes militares unicelulares
jamás se plantean pedir ayuda a su personal de limpieza en lo relativo a gigantescas y
letales criaturas depredadoras. Gracias a Ruby, el café de Charlie es probablemente el
único lugar de todo el casco antiguo donde se está a salvo de las cucarachas locales,
que son del tamaño aproximado de las ardillas. Se las puede oír desplazándose a paso
ligero por los adoquines de la calle.
Habíamos empezado la tradición de las películas siete años atrás, cuando
comencé a levantarme a las cuatro de la mañana para preparar el pan y la repostería.
Nuestros primeros clientes llegan a las seis y media de la mañana y quieren nuestros
«rollos de canela grandes como cabezas» y yo soy quien los prepara. Dejo la masa
reposar por la noche para que crezca y esta me aguarda enorme y esponjosa cuando
llego a las cuatro y media de la mañana. Para cuando Charlie llega a las seis para
preparar el café y abrir la caja (y, durante la mayor parte del año, sacar a rastras las
mesas de la terraza por el callejón) ya se huelen en el horno. Uno de los subalternos
de Ruby llega todos los días a eso de las cinco para barrer y limpiar. Salvo los martes,
cuando la cafetería está reluciente y yo me agencio una tendinitis intentando
convencer a la masa, tiesa y arisca tras treinta horas de refrigeración, de que es hora
de soltarse un poco.
En mi universo, Charlie es uno de los buenos. Me subió el sueldo cuando acabé el
instituto (cosa que hice por los pelos y gracias a la intercesión de mi subversiva
profesora de lengua) y comencé a trabajar para él a jornada completa para poder
permitirme vivir sola y, lo que es más importante, habló con mamá para que me
dejara.
Pero levantarse a las cuatro de la mañana seis días a la semana limita y mucho tu
vida social (aunque, como a mi madre le gustaba recalcar cada vez que estaba de mal
humor, si aún viviera con ellos, podría levantarme a las cuatro y veinte). Al principio,
los lunes por la noche éramos solo nosotros: mamá, Charlie, Billy, Kenny y yo, y en
ocasiones uno o dos de los incondicionales de la cafetería. Pero, con los años, los
lunes de peli habían evolucionado y en la actualidad asistía prácticamente cualquier
trabajador de la cafetería que quisiera pasarse, además de algunos de los clientes que

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se habían convertido en amigos. (Conforme Billy y Kenny fueron haciéndose
mayores, la calidad de las películas también mejoró. El primer lunes en que se
proyectó una película no apta para todos los públicos, abrimos una botella de
champán).
Charlie, que no sabe estarse quieto y al que le gusta hacer chapuzas en casa en sus
días libres, había ido tirando poco a poco todas las paredes de la planta baja para que
la creciente muchedumbre cupiera con holgura. Pero eso era todo: mi vida entera
guardaba relación con la cafetería. Mis únicos amigos eran el personal de esta y los
clientes habituales. Empecé a salir con Mel porque estaba soltero, era bien parecido y
también el ayudante de cocina de lunes a viernes en la cafetería, con ese interesante
aire de chico malo que tiene una moto y demasiados tatuajes y al que no se le
conocían pegas importantes. (Baz también era soltero y atractivo, pero siempre había
habido algo sospechoso en él, misterio que se resolvió por sí solo cuando Charlie lo
pilló con las manos en la caja registradora). Yo era feliz trabajando en el obrador de la
cafetería. Pero a veces cuando salía de ella sentía que quería tener algo más.
Mamá había estado especialmente de mal humor esa semana, cortante y brusca
con todos salvo con los clientes, aunque tampoco es que los viera mucho, pues se
pasaba todo el día en el despacho ocupándose del papeleo y poniendo en su sitio a
cualquiera de nuestros proveedores que no se estuviera comportando como es debido.
Yo había estado teniendo problemas con mi coche y me estaba quejando de la factura
del taller a todo aquel que me quisiera escuchar. Era obvio que mi madre había oído
la historia más de una vez, pero yo también tenía que aguantar cada semana las
andanzas de su peluquera (tanto ella como Mary y Liz iban a Lina, me da en la nariz
que para poder quedar después y cotillear de su vida amorosa, que era de lo más
fascinante). Pero el domingo por la tarde me oyó contárselo a Kyoko, que había
estado enferma y tenía que ponerse al día de lo ocurrido durante sus cinco días de
baja, y mi madre perdió los nervios. Empezó a gritarme que si aún viviera en casa, no
necesitaría ningún coche, y que estaba preocupada por mí porque siempre parecía
cansada, y que cuándo iba a dejar de pasarme el día soñando y me iba a casar con
Mel y tener hijos. Suponiendo que Mel y yo quisiéramos casarnos, algo que en
ningún momento se había hablado. Me pregunté cómo se lo tomaría mi madre cuando
se presentaran en la boda los miembros restantes de la antigua banda motera de Mel
(es decir, los que aún seguían vivos), con sus melenas y sus Roc y Griffin (hasta Mel
tenía aún una Griffin para las ocasiones especiales, aunque perdía aceite a raudales) y
sus problemas de actitud. Jamás se habían presentado en bloque en la cafetería, pero
se harían notar en el tipo de boda que mi madre esperaría que tuviera.
La respuesta obvia a la pregunta de los niños era ¿quién va a cuidar del bebé si
me tengo que levantar a las cuatro de la mañana para hacer los rollos de canela? Mel
tenía un horario tan horrible como el mío, especialmente desde que había sido
ascendido a jefe de cocina después de que Charlie se hubiera visto obligado (por
votación unánime a mano alzada) a aceptar que o bien delegaba alguna tarea o

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acabaría cayendo muerto por agotamiento. Así que ponerlo a él de amo de casa no era
la respuesta. Pero lo cierto era que yo sabía que mi familia lo habría solucionado.
Cuando una de nuestras camareras se quedó embarazada, su novio se marchó de la
ciudad y su familia la echó de casa, mi madre y Charlie la acogieron y todos hicimos
de niñeras por turnos, dentro y fuera de la cafetería (acabábamos de librarnos de Evie,
la hermana de mi madre, y sus cuatro hijos, que habían estado en casa durante casi
dos años, así que una madre y un bebé eran una nimiedad en comparación.
Especialmente después de tener a Evie en casa, que era una inútil profesional). Barry
cursaba ahora segundo de primaria y Emmy iba a casarse con Henry. Henry era uno
de nuestros clientes habituales, y Emmy seguía trabajando como camarera para
nosotros. La cafetería es así.
Me gustaba vivir sola. Me gustaba el silencio y que nada se moviera salvo yo.
Vivía en la planta de arriba de una antigua y enorme granja en las lindes de un parque
federal. Mi casera vivía en la planta de abajo. Cuando había ido a ver la casa, aquella
anciana (tan alta, espigada y con una mirada penetrante que parecía atravesarte) me
había mirado y había dicho que no le gustaba alquilársela a «jóvenes» (había
pronunciado esa última palabra como cualquiera hubiera dicho «vómito de perro»)
porque tenían unos horarios muy malos y hacían ruido. Me gustó de inmediato. Le
expliqué con humildad que en efecto, mis horarios eran muy malos porque tenía que
levantarme a las cuatro de la mañana para hacer rollos de canela en la cafetería de
Charlie, tras lo cual dejó de fruncir magistralmente el ceño y me invitó a entrar.
Me había llevado tres meses desde mi graduación que mi madre considerara
siquiera la posibilidad de dejarme emanciparme, y eso con la ayuda de Charlie.
Seguía leyendo a hurtadillas los anuncios de apartamentos en alquiler de los
periódicos y llamando cuando mi madre no estaba cerca. La mayoría de los que
entraban dentro de mi presupuesto eran terribles. Ese apartamento, situado en la
tercera planta y al lado del granero de aquella casa llena de rincones y recovecos era
perfecto, y la anciana tuvo que ver que hablaba totalmente en serio cuando lo dije.
Pude sentir cómo se me iluminaba la cara cuando abrió la puerta, tras un segundo
tramo de escaleras, y vi el sol entrar en todas direcciones. El balcón de la sala de
estar, no muy grande por culpa de la vieja plataforma del granero, pero con vistas al
jardín, aún no tenía cortinas.
Para cuando firmamos el contrato de arrendamiento, mi futura casera y yo ya
íbamos camino de convertirnos en amigas, si es que se puede ser amiga de alguien
que con su sola manera de caminar te hace sentir como un trol. Tal vez fuera
solamente curiosidad: sin duda había algo misterioso en ella, hasta su nombre era
extraño. Extendí el cheque a nombre de «Señora Yolande». Ni Smith ni Jones o
Fitzalan-Howard o cualquier otro apellido. Únicamente señora Yolande. Pero siempre
era de lo más agradable conmigo y también tenía sus debilidades: le llevaba comida
de la cafetería y ella se la comía. Tengo ese gen dominante, esa necesidad de cebar a
la gente que creo que hay que tener para sobrevivir en todo pequeño negocio de

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hostelería. No lo haces por dinero o por las horas. Al principio lo hacía de vez en
cuando, pues no quería que se percatara de que estaba intentando cebarla, pero le
gustaba tanto y se mostraba tan agradecida que se acabó convirtiendo en algo
habitual. Poco tiempo después me bajó el alquiler (que tengo que admitir que fue
como un regalo caído del cielo, pues por aquel entonces ya había descubierto lo caro
que me iba a salir tener coche) y me dijo que omitiera el «señora».
Yolande me había dicho también tras mudarme que era bienvenida en el jardín
siempre que quisiera, solo estábamos ella y yo (y la valla electrificada para los
ciervos) y de tanto en tanto su sobrina y las tres hijas pequeñas de esta. Las niñas y yo
nos llevábamos bien porque eran de estómago agradecido y para ellas el poder estar
tras la barra de la cafetería era lo más emocionante del mundo. Bueno, yo recordaba
que sentía lo mismo cuando mi madre empezó a trabajar para Charlie. Pero, una vez
más, así es la cafetería en acción: arrastra y engulle a la gente. Creo que la única que
ha conseguido resistirse a esa fuerza irrefrenable es Yolande, pero claro, yo le llevaba
pasteles prácticamente todos los días.
Por lo general me las apañaba para que el temperamento de mi madre no me
afectara. Pero últimamente había sido demasiado. Mi madre es la que suele llevarse la
peor parte de los desastres acontecidos en la cafetería, porque es la que se encarga del
dinero y la gestión y también de tareas como, por ejemplo, contrastar las referencias
de la gente que enviaba sus currículums, algo que Charlie no se molestaba en hacer;
pero ella no es de las que hacen frente a los problemas con tranquilidad y en silencio.
Esa primavera habíamos tenido que afrontar unas costosas reparaciones tras
descubrir, después de que un rincón del techo de la cocina principal se viniera abajo
una tarde, que ahí había una humedad desde hace meses; además, uno de nuestros
proveedores de la panadería se había declarado en bancarrota y no encontrábamos
otro que nos gustara; y dos de nuestros camareros y otro de la cocina se habían
marchado sin avisar. Además, Kenny había cumplido catorce años en otoño y estaba
holgazaneando y poniéndose hasta arriba en vez de estudiar. No estaba
holgazaneando ni poniéndose más de lo que yo había hecho, pero no era muy bueno
en eso de mantener un perfil bajo. Sí que era muy brillante, mis dos hermanastros lo
eran, y mi madre y Charlie tenían muchas esperanzas puestas en ellos. Siempre había
sospechado que Charlie había sido quien me había relegado del puesto de camarera,
que me aburría hasta decir basta, y me había dado una ocupación real en la cocina
para enderezarme. Solo tenía dieciséis años, así que era joven para ello, pero en el
pasado ya me había dejado que le echara una mano alguna que otra vez, por lo que
sabía que yo era capaz de hacerlo; la cuestión era si lo haría. El peso de tan repentina
responsabilidad había funcionado en mi caso. Pero Kenny no iba a conseguir
licenciarse en derecho aprendiendo a hacer rollos de canela, y no tenía la irrefrenable
pulsión de cebar a la gente como Charlie o yo.
La cuestión era que Kenny no había regresado a casa hasta el amanecer ese
domingo por la mañana. Su toque de queda de los sábados era a las doce de la noche

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y se había liado una buena. Había sido un día de perros para todos, y yo me fui a casa
malhumorada e inquieta y mi única noche en la semana de doce horas de sueño
reparador no había surtido el efecto habitual. Me llevé a la cama un té y una tostada y
Muerte inmortal (uno de mis libros favoritos desde que con once o doce años lo
leyera bajo las sábanas con una linterna) cuando finalmente me levanté esa mañana
casi al mediodía, y ni siquiera la realmente memorable escena en la que la heroína
escapa del oscuro Otro que ha estado persiguiéndola durante trescientas hojas
apelando a su herencia demoníaca (por fin) y convirtiéndose en cascada logró
animarme. Me pasé la mayor parte de la tarde limpiando, que es mi otra respuesta
estándar al mal humor, y eso tampoco funcionó. Tal vez yo también estuviera
preocupada por Kenny. Yo había tenido suerte en mi época de desmadre; puede que él
no la tuviera. También me tomaba la calidad de mi harina muy en serio y no me
gustaba demasiado nuestro último proveedor en periodo de pruebas.
Cuando llegué a casa de mamá y Charlie esa noche para el lunes de pelis la
tensión podía cortarse con un cuchillo. Charlie estaba haciendo palomitas e
intentando fingir que todo estaba bien. Kenny estaba de morros, lo que
probablemente significara que estaba de resaca aún, porque Kenny no solía estar
enfurruñado, y Billy estaba de lo más hiperactivo para cubrirle, sin éxito. Mary y
Danny y Liz y Mel estaban allí, y Consuela, la última ayudante de mi madre, que
empezaba a revelarse como el mejor golpe de suerte que habíamos tenido en todo el
año, y cerca de media docena de nuestros clientes habituales. Emmy y Barry también
estaban allí, como ocurría habitualmente cuando Henry estaba fuera, y Mel estaba
jugando con Barry, lo que le dio a mi madre la oportunidad de poner la mirada en
blanco en mi dirección, que yo bien sabía que significaba «Mira lo bien que se le dan
los niños. Es hora de que tenga los suyos propios». Sí. Y en otros catorce años ese
hipotético niño iría al instituto y aprendería mejores y adolescentes maneras de
cagarla y volver locos a los adultos.
Quería a todas y cada una de esas personas. Y no podía soportar un minuto más
su presencia. Las palomitas y la película nos harían sentir mejor a todos, y al día
siguiente había que trabajar, y no te queda mucho hueco libre en la cabeza para
preocupaciones si regentas un restaurante familiar. La crisis de Kenny desaparecería
como todas las demás, como siempre habían hecho, olvidadas y finalmente
sepultadas entre notas de pedidos, cuentas y las increíbles historias con las que los
clientes nos entretenían cada día.
Pero la perspectiva de estar sentada allí durante dos horas, incluso con Mel
rodeándome con su brazo y reservas infinitas de excelentes palomitas (Charlie no
podía dejar de cebar a la gente porque ese fuera su día libre) no era suficiente para ese
lunes en concreto. Así que dije que llevaba todo el día con dolor de cabeza (que era
cierto) y que me lo había pensado mejor y que me iba a casa a meterme en la cama, y
que lo sentía. Salí por la puerta ni cinco minutos después de haber entrado por ella.
Mel fue tras de mí. Una de las cosas buenas que siempre habíamos tenido desde

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el principio como pareja era nuestra capacidad de no hablar sobre todo. Esas personas
que quieren hablar sobre sus sentimientos todo el tiempo, y que quieren que les
hables sobre los tuyos, me vuelven loca. Además, Mel conoce a mi madre. No hay
nada que discutir. Si mi madre es el rayo, yo soy el árbol más alto de la planicie. Así
son las cosas.
Hay dos caras de Mel muy distintas. Está el lado del chico salvaje, duro, el
motero. Se ha pulido bastante con el tiempo, pero ese lado seguía estando allí. Y
luego estaba esa enorme y extraña serenidad que parecía provenir del hecho de que
considera que no tiene nada que demostrar. Esa mezcla de matón anárquico y calmo
autocontrol le conferían la capacidad de serenar a la gente a su alrededor, como si
fuera la prueba andante de que el aceite y el agua se pueden mezclar. También es
genial para esos días en que todos andan a gritos en la cafetería.
Era lunes, así que olía a gasolina y pintura en vez de a ajo y cebollas. Se estaba
rascando distraídamente el tatuaje del roble de su hombro. Hacía eso cuando estaba
pensando en otra cosa, lo que significaba que lo que quiera que estuviera cocinando o
en lo que estuviera trabajando podía acabar generosamente desperdigado sobre su
persona en esos días meditabundos.
—Se le pasará, en un día o dos —dijo—. He estado pensando que quizá hable con
Kenny.
—Hazlo —le dije—. Estaría bien que viviera lo suficiente para descubrir que no
quiere ser abogado.
Kenny quería especializarse en la legislación sobre los Otros, que es la rama de la
Ley de aquellos a los que les gusta vivir peligrosamente, pero un abogado sigue
siendo un abogado.
Mel gruñó. Probablemente tuviera más motivos que yo para creer que los
abogados eran una enorme bacteria botulínica en un traje de tres piezas.
—Disfruta de la peli —dije.
—Sé el motivo por el que te estás escabullendo, cielo —dijo Mel.
—Era el turno de Billy de alquilar la película —dije—. Y odio los wésterns.
Mel se rio, me dio un beso y volvió dentro, cerrando con cuidado la puerta tras de
sí.
Me quedé en la acera, inquieta. Habría probado con el estante de novedades de la
biblioteca, pero los lunes cerraba antes. También podía ir a dar un paseo. No me
apetecía leer. No me apetecía contemplar las imaginativa vidas en blanco y negro de
otras personas desde mi demasiado poco imaginativa vida. Se estaba haciendo algo
tarde para dar un paseo yo sola, incluso por el casco antiguo, y además, tampoco me
apetecía caminar. No sabía qué quería.
Deambulé por la calle, me subí a mi coche recién salido del taller y giré la llave.
Escuché el saludable ronroneo del motor y de repente decidí que tal vez estaría bien
conducir un poco. No era una persona a la que le gustara especialmente conducir.
Pero pensé en el lago.

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Cuando mi madre aún seguía casada con mi padre teníamos una cabaña de
veraneo allí, junto con centenares más de personas. Después de que mis padres se
separaran, cogía el autobús hasta allí cada cierto tiempo para ir a ver a mi abuela. No
sabía dónde vivía (no era en la cabaña), pero ella me hacía llegar una nota o me
llamaba y sugería que no me había visto en un tiempo y que podíamos vernos en el
lago. Mi madre, a quien le habría encantado prohibirme esas visitas (cuando se le
metía alguien entre ceja en ceja, se le metía a conciencia, y cuando rompió lazos con
mi padre también lo hizo con toda su familia, exceptuándome a mí, a quien demandó
tutelar con la misma vehemencia), jamás me lo impidió, pero el resultado de su
descontento y desaprobación, que no se molestaba en ocultar, no hizo sino convertir
esos viajes al lago en una mayor aventura de lo que tendrían que haber sido, al menos
en un principio. Los primeros días yo esperaba que mi abuela hiciera algo drástico, de
lo que estaba segura que era muy capaz, pero nunca lo hizo. No fue hasta después de
que dejara de esperarlo… pero eso fue más tarde, y para nada era lo que me rondaba
en la cabeza en esos momentos. Y entonces, cuando yo tenía diez años, desapareció.
Cuando tenía diez años, las Guerras Vudúes empezaron. No guardaban ninguna
relación con el vudú, para nada, pero sí con muchas cosas malas, y algunas de las
peores en nuestra zona tuvieron lugar en los alrededores del lago. Muchas de las
cabañas fueron quemadas o derruidas, y había unos cuantos lugares alrededor del
lago adonde se seguía sin ir salvo que quisieras tener pesadillas o algo peor en los
meses posteriores. Debido fundamentalmente a los focos del mal (aunque también al
hecho de que no hubiera tanta gente que pudiera tener residencias de verano), una vez
las guerras hubieron terminado y los daños fueron más o menos reparados, el lago
jamás volvió a ser lo que había sido. La vida agreste estaba apoderándose de él, que
en parte era buena señal, porque significa que aún era posible. Había muchos lugares
donde nada iba a volver a crecer jamás.
Resultaba de lo más curioso que la única gente que se aventuraba allí con
asiduidad fueran los ecologistas radicales, para ver cómo la vida salvaje avanzaba, y
cuando las poblaciones urbanas de seres como mapaches, zorros, conejos y ciervos
comenzaron a marcharse de la ciudad, empezaron a comportarse de nuevo como los
mapaches, zorros, conejos y ciervos se comportaban tiempo atrás. Los ecologistas
también llevaban un censo de las águilas predadoras y las martas, y una extraña
hierba pantanosa que era otra especie en peligro de extinción, aunque no tan
interesante de admirar; a ninguno de los cuales parecía preocuparle la magia humana
maligna, o tal vez los focos del mal no hacían que las águilas predadoras y las martas
y las hierbas tuvieran pesadillas. Yo iba de tanto en tanto con Mel (veíamos a las
águilas con bastante frecuencia y a las martas solo las habíamos visto una o dos
veces, pero la hierba me parecía toda igual), aunque no había estado allí de noche
desde que era una cría.
La carretera que llevaba a lo que había sido la cabaña de mis padres era pasable,
por decir algo. Salí del coche y fui a sentarme en el porche. Contemplé el lago. La

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cabaña de mi familia era la única que seguía en pie de esa zona, probablemente
porque había pertenecido a mi padre, cuyo nombre siguió siendo relevante incluso
durante las Guerras Vudúes. Había un foco del mal hacia el este, pero estaba lo
suficientemente alejado como para no causarme problemas, aunque podía sentirlo
allí.
Me senté en el porche combado con las piernas colgando por fuera y sentí cómo
los problemas del día abandonaban mi interior como si de agua se tratara. El lago
estaba hermoso: calmo, casi liso, tan solo unas leves olas chapaleaban en la orilla, y
refulgía plateado con la luz de la luna. Había pasado muy buenos momentos allí:
primero con mis padres, cuando aún eran felices juntos, y más tarde con mi abuela.
Allí sentada empecé a sentir que si permanecía el tiempo suficiente, podría llegar al
fondo de lo que me tenía tan malhumorada últimamente, averiguar si había algo peor
más allá de una harina de mala calidad y un hermano pequeño un tanto disperso.
No los oí llegar. Pero claro, a los vampiros nunca se les oye llegar.

Poseía cierto conocimiento teórico sobre los Otros por todo lo que había podido leer
en la Globalnet sobre ellos (conocimiento fabulosamente embellecido, he de
reconocer, por mi adicción a novelas como Muerte inmortal y Cáliz de sangre), pero
disponía de poca información práctica. Tras las Guerras Vudúes, Nueva Arcadia
había pasado de ser un lugar provinciano y apartado a la octava ciudad del top diez
nacional de ciudades en las que vivir, simplemente porque la mayor parte de ella
seguía en pie. Nuestro nuevo rango trajo consigo sus propios problemas. Uno de ellos
fue el incremento de la población de chupasangres. No teníamos demasiados aún.
Pero ningún lugar de este planeta está libre de los Otros, incluidos los más oscuros,
los vampiros.
Es ilegal ser vampiro, técnicamente. De vez en cuando algún pobre estúpido o un
tipo con poca suerte es convertido en chupasangres a modo de advertencia o
venganza, y en vez de ser adoptado por la comunidad vampírica (si es que
«comunidad» es la palabra adecuada) que lo creó, lo dejan tirado en algún lugar
donde pueda ser encontrado por humanos antes de que el sol lo alcance a la mañana
siguiente. Y entonces tiene que pasar el resto de su «vida», por decir algo, en una
especie de mitad prisión, mitad psiquiátrico, bajo supervisión médica y, por supuesto,
vigilado. Había oído, aunque no tenía ni idea de si era verdad, que esa pobre exgente
era ejecutada (drogada hasta quedar sin sentido y posteriormente estacada, decapitada
y quemada) cuando alcanzaba lo que habría sido su esperanza de vida normal si
hubieran estado vivos en el sentido clásico del término.
Una de las causas de las Guerras Vudúes había sido que los vampiros, cansados
de ser los únicos de los Tres Grandes (la liga de los Otros) con una legislación
específica contra ellos, crearon una gran cantidad de vampiros que dejaron
abandonados para que nosotros los humanos los cuidáramos y posteriormente los

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organizaron (de algún modo) para una rebelión a gran escala. El vampirismo por lo
general no hace demasiado por tu personalidad (quiero decir, no hace demasiado
bien) y los vampiros habían escogido a la gente más buena posible para convertirlos y
enfatizar así su desencanto con el sistema actual. La afiliación a grupos ecologistas,
por ejemplo, cayó en picado, casi un cuarenta por ciento, durante las Guerras Vudúes,
y un par de importantes organizaciones caritativas tuvieron que cerrar durante unos
años.
No es que ninguno de los Otros sea demasiado popular, o que solo fueran los
vampiros quienes lucharan contra nosotros durante las guerras. Pero un aspecto
importante a tener en cuenta sobre los vampiros es que son los únicos que no pueden
ocultar lo que son: deja que un poco de luz del sol los toque y arderán en llamas.
Llamas letales. Exposición y destrucción en un mismo pack. Los cambiaformas solo
están en peligro una vez al mes, y existen medicamentos que pueden contener la
transformación. Esos medicamentos son ilegales, pero también lo son la coca, el
caballo, las pastillas y las anfetas. Si quieres medicamentos antitransformación, es
fácil conseguirlos (y la mayoría de los cambiaformas lo hacían. Ser un cambiaformas
no es tan malo como ser un vampiro, pero es bastante malo). Y muchos demonios
tienen un aspecto perfectamente normal. La mayoría tienen alguna que otra
costumbre curiosa, pero a menos que vivas con uno y lo pilles comiendo fertilizante
para el jardín o piezas viejas de un combox, o que le crezcan alas escamosas y se
eleve un metro ochenta sobre la cama después de haberse quedado dormido, jamás lo
sabrás. Y algunos demonios son de lo más amables, aunque es mejor no contar con
ello. (Estoy hablando de los Tres Grandes, como hace todo el mundo, pero
«demonio» es un término demasiado genérico, y a menudo acaba significando lo que
el oficial de turno al mando quiere que signifique en ese momento).
El resto de los Otros no causa muchos problemas, al menos no oficialmente. Es
bastante molón que sospechen que puedas ser un ángel caído, y todo el mundo
conoce a alguien con sangre de trasgo o hada. Mary, de la cafetería, por ejemplo.
Todos quieren que sea ella la que les sirva el café porque el café que sirve Mary
siempre está caliente. No sabe de dónde le viene, pero no niega que tenga que ver con
la sangre de alguno de los Otros. Siempre y cuando Mary se limite a ser camarera en
la cafetería, el gobierno hará oídos sordos a ese tipo de cosas.
Pero si alguien consigue crear una sustancia que permita a los vampiros salir a la
luz del día, conseguirá más dinero en un mes que el total de todas las cuentas
bancarias actuales del consejo global. Hay muchos científicos y tarados en sus garajes
y patios traseros intentando que suene la flauta, en ambos bandos. El dinero fácil está
en el mercado negro, pero es concebible que los científicos lo consigan primero. Es
un secreto a voces que se está experimentando con los vampiros en los psiquiátricos;
por su bien, claro. Esa es otra consecuencia de las Guerras Vudúes. El consejo global
afirma querer «curar» el vampirismo. Pero es poco probable que los científicos vayan
a empezar por prenderse fuego a sí mismos. (Al menos no lo creo. Nuestro día festivo

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de junio es por Hiroshi Gutterman, que consiguió destruir a un montón de vampiros
él solo, pero posiblemente no por ser un demonio Naga y cerrar su capucha a prueba
de sol en el momento oportuno, porque aparte de no querer ni plantearme siquiera
que un Naga purasangre pueda llevar una capucha de cobra lo suficientemente
grande, no hay rumores verosímiles de que los chupasangres o bien los científicos
estén usando cobras para experimentar con sus pieles).
Hay muchos vampiros ahí fuera. Nadie sabe cuántos, pero muchos. Y los listos, al
menos los listos y suertudos, tienden a acumular riqueza. Los chupasangres realmente
antiguos son casi siempre muy adinerados. Cuando no hay noticias importantes,
puedes tener por seguro que aparecerá en la Globalnet un enorme artículo debatiendo
qué parte del dinero del mundo está realmente en manos de chupasangres, y esos
artículos son recogidos de manera automática por toda la prensa local y nacional. Tal
vez estemos todos un poco paranoicos. Pero hay otra particularidad sobre los
vampiros. Ellos no, bueno, no se reproducen. Oh, sí, crean nuevos vampiros, pero lo
hacen con gente ya preexistente. Los cambiaformas y los demonios y demás pueden
tener hijos con humanos así como entre sí, y a menudo lo hacen. Al menos en
ocasiones esto ocurre porque se quieren y el amor suaviza las aristas de la xenofobia.
Circulan por ahí historias increíbles de sexo y orgías con vampiros, pero ningún mito
medianamente creíble sobre el nacimiento de un vampiro o medio vampiro.
(Hablando de sexo con chupasangres, las historias más populares tienen que ver
con el hecho de que puesto que los vampiros no están vivos, todas sus actividades
están sometidas a su control voluntario. Esto incluye las obvias como caminar, hablar
y morder a la gente, pero también las involuntarias, como el flujo de su sangre. Una
de las primeras historias sobre los vampiros varones que llega a todo adolescente que
está despertando a las posibilidades carnales es que pueden aguantar indefinidamente.
Yo personalmente me dejé de sonrojar después de mi primera experiencia y descubrí
que lo último que quería en un novio era una erección permanente).
Así que los chupasangres están en lo cierto, los humanos los odian de una manera
tan vehemente que es contradictoria con nuestra actitud para con los restantes Otros.
Pero no es de extrañar. Los vampiros podrían poseer cerca de una quinta parte del
capital mundial y son una raza incontestablemente aparte. A los humanos no les
gustan tampoco los espíritus malignos ni las lamias, pero el resto de los no muertos
no duran mucho, no son muy listos y si uno te muerde, las emergencias de todos los
hospitales de la ciudad disponen del antídoto (suponiendo que quede lo suficiente de
ti para huir). El consejo global intenta de manera periódica entablar conversaciones
con los líderes vampiros para ofrecerles poner fin a la persecución y las restricciones
legales, y un suministro inagotable de sangre de cerdo, a cambio de la promesa de
que los vampiros dejarán de usar a los humanos como sus presas. En primer lugar eso
no puede funcionar porque, si bien los vampiros suelen cazar en grupos, la población
vampírica en su totalidad se compone de una serie de pequeños feudos, donde las
alianzas son escasas y poco habituales, y por lo general solo se dan con el objetivo de

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destruir otro feudo de chupasangres mutuamente intolerable para ellos. En segundo
lugar, cuanto más grande es el grupo y más poderoso el amo, menos se mueve este o
esta, y abandonar su cuartel general para sentarse a tener esas fingidas conversaciones
con el consejo global humano no es tan sencillo. Y tercero, la sangre de cerdo no es
demasiado popular entre los vampiros. Probablemente sea como si te ofrecen cava
cuando has estado bebiendo toda tu vida Veuve Clicquot Ponsardin. (La cafetería
tenía licencia para cervezas y vinos, pero Charlie sentía debilidad por el champán. La
cafetería de Charlie apareció una vez en una lista de Globalnet como la única
cafetería en la que se podía pedir champán por copas. Os sorprendería saber la de
gente a la que le gusta tomar espumoso con pastel de carne o incluso con queso
untado en pan de centeno).
Vale, estoy un poco obsesionada. Hay gente a la que le gustan los culebrones.
Otra es una neurótica del deporte. A mí me gustan las historias sobre los Otros.
Además, podemos saber más sobre los Otros en la cafetería (si queremos, claro)
porque varios de nuestros clientes habituales trabajan para las FEAO, las Fuerzas
Especiales Anti Otros. También conocidos como la poli antichupasangres pues, como
he dicho, su principal preocupación son ellos. Mi madre los hace callar cuando los
pilla hablando del trabajo en nuestras instalaciones, pero ellos saben que siempre
tendrán a un público receptivo en mí. No confiaría en ningún policía más de lo que lo
haría en Prometeo, nuestro reluciente monstruo negro que domina la cocina de la
cafetería y que es el ojito derecho de Mel (uno entiende la conexión entre motos y
cocina cuando ha visto ese horno de uso industrial a plena potencia), pero me caían
bien Pat y Jesse.
Nuestros FEAO decían que nadie y nada hará que los vampiros puedan salir a la
luz del día, y eso es bueno, porque la luz del día es lo único que evita que se apoderen
de las cuatro quintas partes restantes de la economía mundial y conviertan la crianza
de humanos en el siguiente sector en crecimiento para los capitales de riesgo. Pero
ellos son paranoicos profesionales y no tienen mucha fe en los tipos con batas de
laboratorio, ya sean de los legales o de los que no lo son.
Existen historias sobre vampiros buenos como existen sobre esa horrible mujer
que, tras una copiosa comida de carne de caballo crudo y del perro de caza y tal vez
del cazador o arquero, seguida de una excitante noche en brazos de su amado
caballero, se convierte en la mujer más bella y amable sobre la faz de la tierra; pero,
de acuerdo con los antichupasangres, ningún humano ha conocido jamás a un
vampiro bueno, o al menos no ha regresado para contarlo, un detalle que lo dice todo,
¿no creéis? Y tal como yo lo veo, el caballo y los perros de caza y el cazador siguen
estando muertos, y una no puede más que preguntarse por la moral del caballero en
cuestión que acepta unirse a toda esa carnicería y a la diversión y al posterior regocijo
en la cama basándose en un dudoso concepto de honor.
Los vampiros matan a gente y succionan su sangre. O más bien al revés. Les
gusta que estén vivos y aterrorizados, y les gusta jugar con ellos antes de rematarlos.

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Otra historia que circula sobre los vampiros es que el único animal doméstico que un
vampiro podría tener es el gato, porque los vampiros comprenden el funcionamiento
de las mentes de estos. Durante el peor momento de las Guerras Vudúes, todo aquel
que viviera solo con un gato era sospechoso de ser un vampiro. Se oían historias de
que en algunos lugares donde las guerras habían sido más cruentas, la gente que vivía
sola con gatos y que no ardía en llamas bajo la luz del día era quemada. Confió en
que no sea cierto, pero podría haber ocurrido. Siempre hay gatos merodeando por la
cafetería de Charlie, pero por lo general buscan refugio de la población de ratas local,
y son de lo más amigables. Siempre hay muchos más en las noches de luna llena, lo
que viene a demostrar que no todos los cambiaformas optan por (o, en el casco
antiguo, pueden permitirse) la ruta de la droga.
Así que cuando recuperé la consciencia, el hecho de que siguiera aún con vida y
de una pieza no me resultó tranquilizador. Estaba desplomada contra algo situado en
el extremo del círculo de una hoguera. Los vampiros pueden ver en la oscuridad y no
cocinan su comida, pero parece gustarles jugar con fuego, tal vez de la misma manera
en que a los humanos les gusta montar en coches robados o atravesar las vías del tren
un instante antes de que este pase.
Salí de mi estado de letargo inquieta y revuelta, y claro está, asustadísima. Me
habían impuesto su hálito. Sabía que los vampiros no tenían que rebajarse a utilizar
instrumentos romos o poner alguna sustancia en un pañuelo y cubrirte la boca para
dejarte inconsciente. Pueden exhalar sobre ti y caes noqueado. No es algo que todos
sepan hacer, pero casi todos los vampiros cazan en grupos desde las guerras, y ser el
exhalador de una banda se ha convertido en un importante signo de estatus (de
acuerdo con los informes de la Globalnet). Todos ellos pueden desplazarse en
completo silencio, sin embargo, y recorrer distancias cortas más rápidamente que
nada (bueno, que nada ni nadie vivo). Así que aunque el exhalador no haga bien su
trabajo, te atraparán de todas maneras, si eso es lo que quieren.
—Está despertando —dijo una voz.
Jamás había visto antes a un vampiro, ni lo había oído hablar, salvo en la
televisión, donde filtran previamente la voz con una especie de tecnología antiglamur
para que nadie que esté escuchando salga de su casa y empiece a buscar al dueño de
esa voz. No me imagino que un vampiro quiera que quien escuche su voz salte del
sofá y empiece a buscarlo, pero no sé cómo piensan los vampiros (ni los gatos, ni las
brujas), y tal vez sí que desearan eso. Y luego está también esa historia, porque
siempre hay una historia, de que un amo puede modular su voz para que solo una
persona en concreto de todos los posibles millones que oyen o ven un programa (y
una entrevista con un chupasangres siempre bate récords de audiencia) salte de su
silla, etc. No me lo creo, pero me alegro de que usen esa tecnología antiglamur pues,
además de todo lo demás que haga, logra que sus voces suenen extrañas. Que suenen
a no humanas, pero no humanas de una forma mecánica, como de robot.
Así que, en teoría, supongo que no debería haber sabido que esos tipos eran

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vampiros. Pero lo supe. Si has sido secuestrado por los más oscuros de los Otros, lo
sabes.
En primer lugar, está el olor. No es el olor de una carnicería, tal como cabría
esperar, aunque sí tiene ese deje metálico. Pero la carne de una carnicería está muerta.
Sé que es una contradicción en términos, pero los vampiros huelen a sangre «viva». Y
a algo más. No sé qué es ese algo más. No es ni animal, ni vegetal ni mineral, de
acuerdo al menos con mi experiencia. No es atractivo ni desagradable, aunque sí que
hace que el corazón te lata a toda velocidad. Supongo que lo llevarán en los genes. Tu
cuerpo sabe que eres una presa incluso aunque tu cerebro esté abotargado por el
hálito o esté intentando no prestar atención. Es el olor de un vampiro, y tu instinto de
correr o huir se apodera de ti.
No existen muchas historias en las que esos instintos te ayuden a escapar. En esos
momentos no se me ocurría ninguna.
Y los vampiros no se mueven como humanos. He oído que algunos pueden pasar
por humanos (después de que oscurezca) si quieren, y un juego muy popular entre los
humanos es ir a algún lugar donde se rumorea que hay vampiros e intentar distinguir
a alguno. Sabía que Kenny y sus amigos lo habían hecho algunas veces. Yo también
lo hice a su edad. No es demasiado peligroso si permaneces en grupo y no te adentras
en las tierras de nadie que bordean las principales ciudades. Somos una ciudad de
tamaño medio y, como he dicho, estamos bastante limpios de vampiros. Sin embargo,
no por ello deja de ser estúpido y peligroso hacerlo, más incluso que lo de mi
escapada al lago.
Los vampiros alrededor de la hoguera ni se molestaron en no moverse como
vampiros.
Como he dicho antes, la tecnología antiglamur hacía que las voces de los
chupasangres sonaran extrañas en la televisión, en la radio y en la Globalnet. En
persona eran más extrañas incluso. Peculiarmente extrañas. Espantosamente extrañas.
Tal vez tuviera que ver con el hálito. Me desperté, como ya he dicho, revuelta,
con mal cuerpo y asustada, pero debería haber estado totalmente histérica y no era
así. Sabía que era el final. Los vampiros no cogen a gente y luego deciden que
tampoco tenían tanta hambre y la dejan libre. Yo era su cena, y cuando hubiera
terminado de serlo, estaría muerta. Pero era como: vale, así son las cosas, mala suerte,
maldita sea. Igual que te sentirías si tus vacaciones se hubieran cancelado en el último
momento o te hubieras pasado todo el día preparando una fabulosa tarta de
cumpleaños para tu novio y se te cayera encima del perro nada más traspasar la
puerta de la cocina. Mierda. Pero eso es todo.
Seguí tumbada allí, respirando, oyendo los latidos de mi corazón, pero sintiendo
ese extraño entumecimiento. Aún estábamos junto al lago. Por lo que podía ver por
entre los árboles desde mi posición, seguía siendo una serena y bella noche.
—¿La llevamos ya? —Ese era el que se había percatado de que me había
despertado. Estaba un poco apartado de los demás, sentado con la espalda erguida

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sobre un tocón o una piedra (no podía distinguirlo), como si estuviera haciendo
guardia.
—Sí. Eso ha dicho Bo. Pero dice que primero tenemos que vestirla. —Sonó como
si fuera él quien estaba al mando. Tal vez fuera el exhalador.
—¿Vestirla? ¿Qué es esto, una fiesta?
—Pensaba que ya habíamos tenido la fiesta mientras… —dijo un tercero. Varios
de ellos se echaron a reír. Su risa me puso la carne de gallina. No era capaz de
distinguir formas individuales salvo la del vigilante. No podía ver cuántos eran. Me
parecía que las voces que estaba oyendo eran masculinas, pero no estaba segura. Así
de extrañas eran las voces de los chupasangres.
—Bo dice… que nuestro invitado está chapado a la antigua. Las damas deben
llevar vestido.
Podía sentir cómo me miraban, sentir el brillo de sus ojos con la luz de la
hoguera. No miré hacia atrás. Incluso aunque sepas que estás bien jodida, no se mira
a los ojos a los vampiros.
—Lo de que es una dama, ejem…
—Da igual. Lo parecerá lo suficiente con un vestido. —Todos se rieron de nuevo.
Tal vez yo gimoteara entonces. Uno de los vampiros se separó de la masa borrosa y
oscura y se acercó a mí. El corazón se me iba a salir por la boca, pero seguí tumbada,
muy quieta. Era extraño, pero estaba empezando a abrirme paso por entre mi
entumecimiento, como si pudiera encontrar mi centro de nuevo. Como si ser capaz de
pensar con claridad y tranquilidad fuera a valerme de algo. Me pregunté si así era
cómo te sentías al levantarte el día en que sabías que ibas a ser ejecutado.
Una de las cosas que tenéis que entender es que no soy una persona valiente.
Tampoco me gusta que me anden mareando, y no tolero demasiado bien a los idiotas.
En pocas palabras, soy una cabrona. Creedme, puedo daros referencias. Pero eso es
otra cosa. No soy valiente. Mel es valiente. Uno de sus mejores amigos me contó en
una ocasión algunas historias sobre él que apenas si fui capaz de escuchar, como que
hizo de mensajero durante las guerras, y Mel se enfadó cuando se enteró, aunque no
negó que hubiera ocurrido. Mi madre es valiente: dejó a mi padre sin tener dinero,
trabajo, perspectivas de futuro. (Sus propios padres la habían echado de casa al
casarse con mi padre y sus hermanas menores no dieron con ella hasta que reapareció
años después en la cafetería de Charlie y con una niña de seis años). Charlie es
valiente: abrió una cafetería tras lograr convencer al banco de que le concediera un
préstamo con su casa de aval en una época en la que en las calles del casco antiguo
solo se veían ratas, cucarachas y ruinas, además de a Charlie.
No soy valiente. Hago rollos de canela. Leo mucho. Mi idea de algo emocionante
es que Mel haga un caballito con la moto conmigo de paquete tras saltarse un stop.
El vampiro se colocó delante de mí. No pensé que hubiera recorrido esa distancia.
Lo había visto ponerse en pie y separarse del grupo de vampiros. Y entonces ya
estaba a mi lado. Le miré la mano cuando la extendió con algo para mí.

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—Póntelo.
Yo extendí el brazo a regañadientes y cogí lo que quiera que fuera aquello.
Parecía tener las mismas ganas de tocarme que yo de que me tocara él. Aquello que
me estaba ofreciendo se deslizó de sus manos a las mías. Se marchó. Intenté
observarlo, pero no pude diferenciarlo de las sombras. Ya no estaba allí.
Me puse lentamente de pie y les di la espalda a todos ellos. Tal vez penséis que no
se debe dar la espalda a un montón de vampiros, pero ¿queréis ver cómo comprueban
la cuerda y la seguridad del nudo corredizo y la palanca de la trampilla o tal vez
prefiráis cerrar los ojos? Yo me di la vuelta. Me quité la camiseta por la cabeza y me
puse el vestido. Los tirantes apenas cubrían los de mi sujetador y mi cuello y
hombros y gran parte de mi espalda y escote quedaban al descubierto. Bufet libre.
Muy gracioso. Me quité los vaqueros que aún vestía bajo la falda del vestido, larga y
amplia. Seguía de espaldas a ellos. Confiaba en que los vampiros no estuvieran
interesados en una comida que al parecer era para otro. No me gustaba darles la
espalda, pero no paré de repetirme que no importaba. (Hay guardias que te apresan si
la palanca se atasca en el primer intento e intentas escabullirte del cadalso). Me quité
con cuidadosa torpeza los pantalones y en el proceso me metí mi pequeña navaja por
dentro del sujetador. Simplemente lo hice para sentir que no me había dado por
vencida. ¿Qué vas a hacer con una navaja plegable de seis centímetros frente a un
montón de vampiros?
Me tuve que quitar las zapatillas para quitarme los pantalones, y las miré con
recelo. El vestido era de seda y elegante y no pegaba con las zapatillas, pero tampoco
me apetecía ir descalza…
—Eso servirá —dijo el que me había dado el vestido. Reapareció de entre las
sombras—. Vamos.
Y extendió la mano y me tocó el brazo.
Físicamente solo me estremecí; en mi interior se produjo toda una revolución. El
entumecimiento desapareció y el pánico se abrió paso por mi cuerpo. Me palpitaba la
cabeza; si no hubiera sido por esos tensos y aterradores dedos que atenazaban mi
brazo, me habría caído. Un segundo vampiro me cogió por el otro brazo. No le había
visto acercarse, pero en ese momento no podía ver ni sentir nada salvo pánico. No
importaba que hubieran tenido que tocarme antes (cuando me atraparon y me
sumieron en la oscuridad, cuando me llevaron adonde quiera que estuviéramos), en
ese momento no había estado consciente. Ahora sí lo estaba.
El entumecimiento (esa extraña sensación de indiferente compostura) se unió al
terror en mi interior. Fue una sensación de lo más extraña. El adormecimiento y el
pánico pelearon por mi cuerpo espástico, y el adormecimiento venció. Mi cerebro se
trastabillaba como un motor frío renuente a ser encendido de nuevo.
Los vampiros me habían arrastrado un trecho mientras todo eso ocurría. A pesar
del entumecimiento, noté entonces que llevaban guantes. Como si eso lo solucionara
todo, de repente el pánico amainó. Me dolía un pie. Ya me las había apañado para

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meterlo en algo, invisible en la oscuridad.
El material de los guantes era parecido al cuero. La piel de qué animal, pensé.
—Eres callada —me dijo el segundo vampiro—. ¿No vas a rogar por tu vida ni
nada? —Se rio.
—Cállate —le dijo el primer vampiro.
No sé por qué lo sabía, pues no podía verlos ni oírlos, pero sabía que los demás
vampiros nos estaban siguiendo, salvo por uno o dos que corrían por entre los árboles
por delante de nosotros. Tal vez no lo supiera. Quizá estaba imaginándomelo.
No fuimos muy lejos, y avanzamos con lentitud. Por un motivo que desconozco,
los dos vampiros que me sostenían dejaron que pisara con mis pies desnudos y
temblorosos aquel terreno irregular y oscuro. Si me hubiesen arrastrado, hubiésemos
ido más rápido. La luna no se había marchado aún, pero la luz que se filtraba por
entre las hojas de los árboles solo me confundía más. No me parecía una zona que
conociera, incluso aunque pudiera verla. Me pareció sentir un foco del mal no muy
lejos, en el interior del bosque. Me pregunté si los vampiros sentían los focos de la
misma forma que los humanos. Todo el mundo se preguntaba si los vampiros tenían
algo que ver con la presencia de los focos del mal, pero estos eran un misterio; las
Guerras Vudúes habían producido focos del mal, y los vampiros habían sido el
principal enemigo en las guerras, pero ni siquiera la Globalnet parecía saber más.
Todos en la zona sabían de la presencia de focos del mal alrededor del lago, ya
hubieran ido hasta allí de senderismo o no, pero no había ningún rumor de posibles
actividades de chupasangres. Los vampiros suelen preferir las ciudades:
presumiblemente por la mayor densidad de población.
Los únicos sonidos eran los que yo hacía, y el leve chapaleo del agua y el crujido
de las hojas al moverse con la brisa. La orilla del lago era más rocosa que de marjal, y
cuando cruzamos un pequeño e irregular riachuelo, el contacto del agua fría con mis
pies me espabiló: Estoy viva, pensé.
Mi raciocinio entumecido se percató entonces de que los vampiros aparentemente
podían cruzar las aguas, al menos en algunas circunstancias. Tal vez el tamaño del
arroyo fuera importante. Observé que mis dos guardias lo habían cruzado de orilla a
orilla. Tal vez no quisieran mojarse los zapatos, pues parecían carísimos. No sería
nada bueno para las compañías de fosos eléctricos que se supiera que el agua
corriente no detenía a los chupasangres.
Podía sentir cómo aumentaba… ¿el qué? Opresión, tensión, suspense, malos
presagios. Estaba sintiendo todo eso a la vez. Pero estábamos acercándonos adonde
quiera que nos dirigiéramos y a mi escolta no le gustaba tampoco la situación. Me
dije a mí misma que eran imaginaciones mías, pero la impresión persistió.
Salimos de los árboles y nos detuvimos. La luz de la luna me hizo pestañear, o tal
vez fuera la sorpresa de salir a una zona despejada. Por lo general no te imaginas a
vampiros saliendo a zonas abiertas, ni siquiera de noche.
Había habido casas enormes en el lago. Había visto fotos de ellas en revistas, pero

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nunca había visitado ninguna. Habían sido abandonadas junto con el resto durante las
guerras y presumiblemente quemadas o explosionadas o reducidas a escombros. Pero
ante mí se alzaba una pendiente con una enorme mansión en la cima. Incluso con la
luz de la luna pude ver el mal estado en que se encontraba; le faltaban algunas tejas y
contraventanas, y distinguí al menos una ventana rota. Pero seguía en pie. Donde nos
encontrábamos, otrora debía de haber habido un césped verde perfectamente cortado
y pude ver las cicatrices en el terreno cercano a la casa que debieron de haber sido los
caminos del jardín y lechos de flores. Había un cobertizo para lanchas cuyo techo se
había desplomado cerca de donde estábamos, en la orilla. El foco del mal estaba
cerca: tras la casa, no muy lejos. Me sorprendió que hubiera un edificio relativamente
de una pieza tan cerca de un foco del mal. Había tantas cosas que no sabía de las
guerras.
Pero estaba contenta de no saberlo.
—Hora de ponerse en marcha —dijo el teniente de Bo.
Empezaron a subir la pendiente hacia la casa. Los demás habían salido del bosque
(donde quiera que hubieran estado mientras tanto) y estaban subiendo tras nosotros
tres, mis dos carceleros y yo. Mi sensación de que ninguno de ellos estaba contento
creció. Me pregunté si el hecho de que hubieran atravesado el bosque a velocidad
humana tenía algo que ver con eso. Alcé la vista al cielo y me pregunté, casi con total
tranquilidad, si esa sería la última vez que lo vería. Miré hacia abajo y a ambos lados.
La caminata estaba siendo tan penosa en ese punto como lo había sido por entre los
árboles. Había algo extraño… pensé en la vieja cabaña de mis padres y en las cabañas
y las casitas de campo (o más bien lo que quedaba de ellas) de alrededor. En los diez
años que habían transcurrido desde que las guerras habían terminado oficialmente, la
maleza había crecido prácticamente alrededor de todas ellas. Debería haber sucedido
lo mismo con esa casa. Pensé: Han estado desbrozando la zona. Recientemente. Por
eso el terreno era tan irregular. Miré de nuevo a ambos lados: ahora que estaba
mirando, resultaba obvio que también habían talado árboles. La enorme casa se
alzaba, sola, en medio de una amplia extensión de terreno que había sido
rudimentaria pero eficazmente desprovista de todo lo que pudiera proyectar una
sombra.
Ese detalle no podía haber empeorado más mi situación, pero sin embargo
empecé a temblar, cosa que no había hecho antes.
La casa era nuestro destino. Avancé a trompicones. No estaba haciéndolo
deliberadamente, como una especie de táctica dilatoria desesperada. Estaba perdiendo
la capacidad de mantenerme en pie. Había algo en aquel espacio abierto, lo que este
suponía… lo que quiera que me estuviera aguardando. En la renuencia de mis
escoltas. En el hecho de que, por tanto, lo que quiera que me aguardara era más
terrible que ellos.
Mis carceleros me cogieron y me arrastraron a la fuerza cuando me tambaleé. Los
chupasangres son muy fuertes; tal vez ni se percataran de que estaban prácticamente

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llevando todo mi peso cuando mis rodillas cedieron y mis pies perdieron su agarre en
el suelo irregular.
Me subieron a rastras por los últimos escalones hasta llegar a un otrora elegante
porche. Las láminas de madera crujieron bajo mi peso cuando perdí el punto de
apoyo, mientras que los vampiros que teníamos a ambos lados avanzaron sin hacer
más sonido del que habían hecho al atravesar el bosque. Uno de ellos abrió la puerta
delantera y se echó a un lado para que la prisionera y sus guardias entraran primero.
Accedimos a un vestíbulo enorme y oscuro; la luz de la luna se filtraba escuetamente
por entre las puertas abiertas que teníamos a ambos lados, lo suficiente como para
que mis ojos pudieran asimilar lo que tenían ante sí. Probablemente fuera más grande
que toda la planta baja de la casa de Charlie y mi madre. En el extremo más alejado,
una escalera ascendía en un semicírculo hasta desaparecer en la oscuridad del piso
superior.
Giramos a la izquierda y fuimos hasta una puerta entreabierta.
Tenía que ser un salón de baile. Era más grande incluso que el vestíbulo principal.
No había mobiliario que yo pudiera ver, pero había algo arriba (su sombra había
atraído mi atención hacia allí) que parecía una enorme lámpara de araña, aunque me
habría esperado que algo así hubiera sido saqueado años atrás. Cuando cruzamos la
sala se me antojaron acres de suelo. Había otro bulto más apoyado contra la pared
que teníamos delante de nosotros. Probablemente un bulto con forma de cuerpo
humano, pensé, confundida. ¿Otro prisionero? ¿Otra cena viviente? ¿Aguardar a ser
comido en compañía sería menos terrible que esperar sola? ¿Dónde estaba el invitado
chapado a la antigua al que le gustaban los vestidos en vez de los vaqueros y las
zapatillas? Oh, dioses y ángeles, que esto se acabe pronto, no podré soportar mucho
más…
El bulto era alguien sentado con las piernas cruzadas, la cabeza gacha y los
antebrazos apoyados en las rodillas. No me percaté hasta que levantó la cabeza con
un movimiento líquido, inhumano, que era otro vampiro.
Retrocedí de un brinco. No quise hacerlo. Sabía que no había manera de escapar.
Pero no pude evitarlo. El vampiro a mi izquierda, el que me había preguntado que por
qué no rogaba por mi vida, rio de nuevo.
—Después de todo hay algo de vida en ti, chica. Estaba preguntándomelo. A Bo
no le gustaría enterarse de que hemos cogido a alguien así. Quiere que nuestro
invitado esté de buen humor.
El teniente de Bo dijo una vez más:
—Cállate.
Uno de los otros vampiros se deslizó hacia nosotros y le dio algo a su teniente. Se
lo pasaron entre ellos como si no fuera más que un pañuelo, pero hizo un ruido
metálico.
El teniente de Bo dijo:
—Sujétala. —Me soltó el brazo y me cogió el pie, como haría un carpintero con

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su martillo. Me habría caído de bruces de no ser porque el otro vampiro me sostuvo
con rapidez. Sentí algo frío alrededor de mi tobillo y, cuando dejó caer mi pie de
nuevo, este se precipitó al suelo con tanta fuerza que me hice daño en la planta por
culpa del nuevo peso añadido. Llevaba un grillete de metal, unido a su vez a una
cadena. El vampiro que se lo había traído al teniente de Bo tiró del extremo de la
cadena y la ajustó en un aro en la pared.
—¿Cuántos días han pasado, Connie? —preguntó en voz baja el teniente de Bo
—. ¿Diez? ¿Doce? ¿Veinte? Es joven, suave y cálida. Totalmente encantadora. Bo
nos dijo que te trajéramos a una que fuera guapa. Es toda para ti. No la hemos tocado.
Pensé en los guantes.
Estaba retrocediendo despacio mientras hablaba, como si el vampiro que estaba
sentado de brazos cruzados fuera a saltarle encima. El vampiro que me agarraba
parecía estar mirando de reojo al teniente de Bo y entonces, con un siseo repentino de
esos que te hielan la sangre, me soltó y corrió tras él y los demás, que estaban
disolviéndose entre las sombras, como si estuvieran temerosos de quedarse atrás.
Caí al suelo y, por un momento, medio aturdida como estaba, no pude moverme.
En esos momentos el grupo de vampiros estaba, con esa repentina rapidez propia
de ellos, al otro lado de la enorme sala, junto a la puerta. Creo que fue el teniente de
Bo quien, no vi cómo, hizo algún tipo de gesto, y la lámpara se encendió.
—Querrás echarle un ojo a lo que te hemos conseguido —dijo, y ahora que se
estaba marchando su voz sonó desdeñosa y fuerte—. Bo no quiere que pienses que te
hemos traído cualquier cosa. Y bueno, ya sé que no necesitas la luz, pero es más
divertido si ella puede verte, ¿no?
El vampiro que me había soltado dijo:
—Eh, los pies ya le sangran. Si es que te van los pies. —Rio, una risita estridente
y aguda de trasgo.
Y entonces se fueron.

Creo que debí de desmayarme de nuevo. Cuando volví en mí estaba rígida, como si
hubiera pasado mucho tiempo tumbada en el suelo. Intenté al mismo tiempo recordar
y no recordar qué había ocurrido. Aquello duraría unos diez segundos. Seguía con
vida, así que aún no estaba muerta. Si me querían despierta y en pie de guerra, seguir
pareciendo inconsciente era una buena idea. Seguí tumbada mirando hacia la puerta
por la que se habían marchado los vampiros: lo que significaba que el vampiro
sentado de piernas cruzadas estaba detrás de mí… No lo pienses.
Me incorporé hasta ponerme de rodillas y finalmente de pie, y fui a trompicones
hasta la puerta antes de terminar de pensar siquiera, incluso a pesar de que sabía que
no se puede huir de un vampiro. Me había olvidado de que estaba encadenada a la
pared. Llegué al límite de mi cadena y me caí de nuevo. Grité, tanto de miedo como
de dolor. Seguí desplomada donde me había caído, aguardando a que todo acabara.

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No ocurrió nada.
Pensé de nuevo: Por favor, dioses y ángeles, que esto acabe pronto.
Nada sucedió.
Me senté con desesperación y me volví para mirar frente a frente a lo que tenía a
mis espaldas.
Estaba mirándome.
La lámpara de araña tenía velas, no bombillas, así que la luz que emitía era más
tenue y menos definida. A pesar de ello tenía mal aspecto. Sus ojos (no, no le mires a
los ojos) eran de un verde grisáceo, como el agua estancada de un lodazal, y su piel
era del color de los champiñones pochos (esos que un día te encuentras en una bolsa
de papel al fondo de la nevera y no sabes si merece la pena seguir guardándolos o si
es mejor tirarlos). Tenía el pelo negro, pero lacio y apagado. Parecía alto. Era de
espaldas anchas y sus manos y muñecas, que le colgaban por encima de las rodillas,
parecían enormes. No llevaba camisa y sus pies, al igual que los míos, estaban
desnudos. Que estuviera medio desnudo resultaba curiosamente indecente. No me
gustaba… Oh, bien, pensé, esa es buena. El tren ruge hacia ti y el villano está
mesándose el bigote y tú solo piensas en que te ha atado a las vías con una cuerda
inadecuada. Tenía un enorme verdugón a lo largo del antebrazo. En términos
generales era un poco arácnido. Predatorio. Extraterrestre. No había nada humano en
él salvo que tenía más o menos forma humana.
Era delgado, delgado hasta decir basta. Los pómulos y las costillas parecían estar
a punto de rasgarle su piel de champiñón pasado. Daba igual. La vitalidad aún
fulgente de ese cuerpo era visible hasta para mis ojos. Estaría bien una vez hubiera
cenado.
Me castañearon los dientes. Apoyé la barbilla en mis rodillas y las rodeé con mis
brazos. Seguimos sentados así durante varios minutos, el vampiro inmóvil mientras
yo temblaba y castañeaba e intentaba no gemir. Intenté no rogar inútilmente por mi
vida. Observé cómo me miraba. No volví a mirarlo a los ojos. Al principio le miré la
oreja izquierda, pero estaba demasiado cerca de sus ojos (¿cómo algo del color del
agua de un pantano podía resultar tan persuasivo?), así que miré a su huesudo hombro
izquierdo. Aun así podía ver cómo me miraba. O sentirlo.
—Habla —dijo finalmente—. Recuérdame que eres una criatura racional. —Las
palabras salieron entre largas pausas, como si le costara hablar o como si tuviera que
recordar las palabras de una en una, y su voz era ronca, como si se hubiera lastimado
hacía poco la garganta por gritar demasiado. Tal vez le resultara extraño hablar con su
cena. Si no tenía cuidado se abalanzaría sobre mí, como Alicia después de que le
hubieran presentado al pudin. No tendría tanta suerte.
Me estremecí al oír su voz, tanto por el hecho de que me hubiera hablado como
porque su voz sonaba tan marciana como el resto de él, como si el pecho de donde
esta había salido estuviera hecho de algún material extraño que no produjera el
sonido de la misma manera que un cuerpo normal (vivo, esto es) haría. Podía

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haberme llegado a imaginar que el grupo de Bo era humano. Pero de él no podía
imaginármelo.
Cuando me estremecí grité algo parecido a «¿eh?». Primero pensé entre delirios
en Alicia y el pudin y luego sus palabras empezaron a calar en mí. ¡Recuérdame que
eres una criatura racional! No estaba segura de seguir siéndolo. Intenté
recomponerme y pensar en otro tema que no fuera Lewis Carroll.
—Eh… yo… Te han llamado Connie —dije al azar, después de un silencio
demasiado largo—. ¿Es ese tu nombre?
El vampiro emitió un ruido como una tos o un gruñido, o algo más. No se me
ocurría un nombre para esa cosa vampírica.
—Sabes suficiente como para no mirarme a los ojos —dijo—, ¿pero no para no
preguntarme por mi nombre? —Pronunció las palabras más pegadas en esa ocasión.
Y sin duda había habido una interrogación al final. Me estaba preguntando.
—Oh… no… oh… no sé, no sé mucho sobre vamp… ehhh —balbucí, recordando
a mitad de palabra que él no había usado la palabra «vampiro». Había dicho
«preguntarme» y «mi». Tal vez no se decía «vampiro» como tampoco se preguntaba
su nombre. Intenté pensar en todo lo que Pat y Jesse y los demás me habían contado
todos esos años, y consideré la posibilidad de que la opinión de los FEAO sobre los
vampiros fuera probablemente distinta del concepto propio de estos y que me sería de
poca utilidad en esos momentos. Y tener Muerte inmortal prácticamente memorizado
tampoco—. Lo siento —dije con toda la dignidad que pude fingir, que no era mucha
—. Esto… ¿de qué quieres que te hable?
Se produjo otra de sus pausas y a continuación dijo:
—Dime quién eres. No necesito que me digas tu nombre. Los nombres tienen
poder, incluso los humanos. Dime dónde vives y qué haces para ganarte la vida.
Lo miré boquiabierta.
—¿Que te diga…? —¿Quién soy yo, Sherezade? Sentí una ola histérica de
indignación. Ya era malo que fuera a comerme (o más bien, beberme. Mi mente
volvería a Alicia), ¿pero encima tenía que hablar primero?—. Soy… soy repostera en
la cafetería de Charlie, en la ciudad. Charlie se casó con mi madre cuando yo tenía
diez años, justo antes de… —Conseguí no decir «Antes de las Guerras Vudúes», pues
pensé que tal vez ese fuera un tema peliagudo—. Tienen dos hijos, Kenny y Billy.
Son buenos chicos. —Bueno, Billy seguía siéndolo. Kenny era adolescente. Oh,
mierda. Se suponía que no podía usar nombres. Bueno, había más de un Charlie y
Kenny y Billy en el mundo—. Todos trabajamos en la cafetería, aunque mis
hermanos están aún estudiando. Mi novio también trabaja allí. Está al frente de la
cocina ahora que Charlie se ha convertido en una especie de jefe de comedor y
sumiller, si es que una cafetería puede tener un jefe de comedor y un sumiller. Vale,
pensé, al menos me he acordado de no decir el nombre de Mel.
Pero me costaba recordar cómo era mi vida. Se me hacía tan lejana, todo ello,
ahora, esa noche, encadenada a una pared en un salón de baile vacío en el lado más

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apartado del lago, hablando con un vampiro.
—Vivo en un apartamento, al otro lado de la ciudad, en la planta de arriba
de Y…, de la anciana que es la propietaria de la casa. Me encanta vivir allí, tiene
muchos árboles, pero por mis ventanas entra mucha… eh. —En esa ocasión no dije
«luz», porque pensé que también sería un tema espinoso—. Siempre me ha gustado
trastear en la cocina. Uno de mis primeros recuerdos es el de sostener una cuchara de
madera y llorar hasta que mi madre me dejara remover algo. Antes de que se casara
con Charlie, mi madre bromeaba con que cuando creciera sería cocinera. Mientras
otros jugaban al softball o se unían al club de teatro, yo lo único que hacía era estar
en la cocina de la cafetería, así que ella también decía que quizá se casara con uno, un
cocinero, y puesto que él, Charlie, no dejaba de pedírselo, al final le dijo que sí,
porque quería ponérmelo fácil. Esa era nuestra broma. Lo conoció trabajando para él.
Era camarera. Le gusta cebar a la gente, como a Charlie y a mí y a M… como a
Charlie y a mí y al cocinero. Cree que la respuesta a casi todo es una buena y
contundente comida, pero no le gusta demasiado cocinar, y en la actualidad
prácticamente nos dirige a todos, se encarga de confeccionar los horarios para que
todos tengan suficientes horas de trabajo y nadie tenga demasiadas muy a menudo,
que es la versión del triatlón olímpico de rascarte la tripa y patearte la cabeza al
mismo tiempo, solo que lo hace todas las semanas, y también se encarga de la
contabilidad y de los pedidos. Mmm. Es bueno que no esté de cara al público porque
no viene mucha gente para tomar comidas contundentes, vienen a por un trozo de
algo con chocolate y una copa de champán o nuestro desayuno, disponible durante
todo el día, que se compone de huevos y beicon y salchichas y judías y tortitas y
guiso de carne y una tostada, y un rollo de canela hasta que se agotan, que suele ser
cerca de las nueve, pero hay muffins todo el día, y un paseo gratis en carretilla hasta
la parada del autobús. Eh, eso era una broma. Un paseo en carretilla por nuestros
adoquines tampoco sería ningún favor.
»Tengo que levantarme a las cuatro de la mañana para ponerme con los rollos de
canela, rollos de canela tan grandes como tu cabeza, es una especialidad de la
cafetería de Charlie, pero no me importa. Me encanta trabajar con la harina y la
levadura y el azúcar y me encanta el olor del pan en el horno. M…, quiero decir, mi
novio, dice que quiso pedirme salir porque cuando me vio por primera vez yo tenía
los brazos metidos hasta los codos en la masa del pan y estaba cubierta de harina.
Dice que la mayoría de los chicos se fijan en unas buenas piernas o si en bailas bien
(yo no sé bailar) o al menos en si tienes personalidad o eres lista, pero él se decidió al
verme aporrear aquella masa de pan…
No me di cuenta de que había empezado a llorar. Mi antigua, lejana vida. Las
lágrimas corrieron por mis mejillas.
Y de repente el vampiro se movió hacia mí. Me quedé quieta, pensando, Oh no y
por fin y vale, al menos mis últimos pensamientos han sido sobre mi gente, pero todo
lo que hizo fue colocar una de sus enormes manos bajo mi barbilla para que las

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lágrimas le cayeran en la palma. En esos momentos yo estaba llorando tanto por
miedo y por lo que iba a suceder como por el dolor y la pérdida, y las lágrimas habían
formado un charco importante antes de que parara. Paré de llorar porque estaba
demasiado cansada para seguir y sentía la cabeza como si se me hubiera ablandado.
Supongo que debería haberme puesto como una loca. Lo tenía a mi lado. No se había
vuelto a mover. Cuando paré de llorar bajó la mano y dijo con total calma:
—¿Puedo tener tus lágrimas?
Yo asentí, desconcertada, y con gran cuidado y precisión tocó mi cara con el dedo
índice de su otra mano, recogiendo las últimas gotas. Estaba tan preparada para lo
peor que apenas me percaté de que esa vez sí que me había tocado de verdad un
vampiro.
Se replegó de nuevo contra la pared antes de lamerse el dedo húmedo y a
continuación beber la pequeña cantidad de agua salada de su mano. No quería
mirarlo, pero no lo pude evitar.
Él no tendría por qué haber dicho nada. Tal vez le hubiera gustado la historia de
mi vida.
—Lágrimas —dijo—. No tan buenas como… —Una inquietante pausa—… pero
mejor que nada.
—Oh, dioses —dije y hundí el rostro en mis rodillas una vez más. Había
empezado a temblar de nuevo. Estaba totalmente agotada, y también, pensé en ese
momento, hambrienta y sedienta. Y, por supuesto, aguardando mi muerte.
Horripilante.
Sin embargo, no podía aguantar estar sin mirarlo durante demasiado tiempo, así
que levanté mi, en esos momentos, pegajosa cara, casi al instante. Me limpié las
mejillas con una esquina de mi ridículo vestido. Ni me había fijado en lo que llevaba
puesto (mi mente había estado ocupada con otras cosas desde que me había visto
obligada a ponérmelo). En otras circunstancias me habría parecido muy bonito, pero
algo absurdo para la repostera de una cafetería, incluso para la repostera de una
cafetería en un salón de baile con un baile en curso. Si acudiera a un baile, sería como
parte del personal del catering. De ningún modo estaría allí para bailar. Estoy
delirando, pensé. El vestido era de color rojo oscuro, como los arándanos. Rojo
sangre, pensé. Las telas estaban cortadas al bies, y me quedaba ceñido en la parte
superior hasta caer en lo que se me antojaban metros y metros de tela hasta los pies.
Formaba pliegues en mis rodillas, como en una pintura renacentista. Supuse que era
de seda. No había tenido ninguna experiencia cercana con la seda. Era suave como la
piel de un bebé recién bañado. Yo sabía bastante de niños, de los limpios y de los que
no.
Lo miré, a su hombro izquierdo. Seguía mirándome. Bajé la vista hasta sus
pantalones negros raídos y sus pies descalzos. Él también tenía un grillete en el
tobillo…
¿Qué?

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También estaba encadenado a la pared como yo.
Debió de leerme el pensamiento.
—Sí —dijo.
—¿Por qué?
—Estarás pensando eso de que no existe el honor entre ladrones. Así es. Bo y yo
somos viejos enemigos.
—Pero… —El motivo de la tierra baldía rodeando la casa fue en esos momentos
obvio. No había donde guarecerse de la luz del sol salvo en el interior de la casa.
Quienquiera que fuera ese Bo temía que el grillete tal vez no fuera suficiente. La
cadena que lo inmovilizaba era mucho más pesada que la mía y tanto el grillete
(ahora que estaba mirando podía verlo) como la chapa en la pared que contenía el aro
estaban cubiertos de… bueno, para empezar, con el símbolo de salvaguardia más
básico y antiguo: una cruz y una estrella de seis puntas en el interior de un círculo. La
protección estándar frente al daño no humano que el diez por ciento de los padres aún
tatuaba sobre los corazones de sus bebés al nacer, o al menos eso decían las
estadísticas actuales. Era ilegal tatuar a un menor, debido a los posibles efectos
secundarios, y porque prácticamente había que tener la dispensa de un dios para que
te concedieran una licencia para dar a luz en casa, puesto que desde las guerras el
gobierno daba por sentado que la oportunidad para hacer un tatuaje ilegal era el único
motivo por el que alguien querría dar a luz en su casa. Los tatuajes de protección no
se hacían en los hospitales. En teoría. Jesse y Pat habían dicho que ningún tatuaje
detendría a un vampiro, pero el motivo real de su ilegalidad era porque las severas
multas impuestas a los padres que lo hacían de todas maneras suponían una buena
fuente de ingresos anuales para el gobierno.
Había pruebas de que un talismán de metal templado y hechizado por un forjador
acreditado y en contacto directo con la piel desalentaría a un vampiro que entrara
inesperadamente en contacto con este el tiempo suficiente como para poder huir de
él. Tal vez. El problema con ese supuesto es que, como ya he dicho, los vampiros van
en bandas. Uno de los amigos del que te ha soltado te agarrará y el segundo sabrá
dónde no agarrarte.
No quería mirar con detenimiento, pero había bastantes más pictogramas
haciéndole compañía al símbolo de protección estándar: el corazón estacado (no me
gustaba nada ese, por muy sencillo y genérico que fuera su diseño), el triángulo
perfecto, el roble, el ángel no caído, el dolor verdadero, el lagarto cantante, el sol y la
luna. Había más también. En otras circunstancias, habría pensado que el efecto era un
tanto frenético. Como si quienquiera que lo hubiera planeado estuviera dando palos
de ciego ante un problema que desconoce cómo solucionar.
Las protecciones parecían estar surtiendo cierto efecto. El tobillo aprisionado por
el grillete estaba hinchado y de un curioso color (aunque no estoy segura de qué es un
color curioso para un vampiro). La piel parecía casi… achicharrada. Uggh. Pero si
esa protección del metal protegía (o en este caso debilitaba), ¿quién le había puesto el

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cascabel al gato, es decir, quién le había colocado el grillete? Dejemos a un lado por
el momento quién ha podido forjarlo. Me imagino que un forjador no pondría pegas
si un grupo de vampiros aparece y expone su caso de manera lo suficientemente
persuasiva. Lo que viene a decir que ni los mejores forjadores pueden proporcionar
una protección perfecta, ni siquiera para ellos mismos.
Pero… ¿Bo también contaba con no vampiros? Esa protección estándar también
era para evitar daños del resto de los Otros… lo que significaba que esa criatura, Bo,
tenía siervos humanos. No era un pensamiento agradable.
De nuevo pareció leerme la mente.
—Llevaban… guantes.
Esa había sido otra de sus desagradables pausas. Lo miré. Entonces, pensé, las
protecciones funcionan, pero ¿puede un vampiro manipularlas o estar en contacto con
ellas siempre y cuando ese vampiro o esas protecciones lleven el aislante adecuado?
¿Y cuál es ese aislante? No, sé que no quiero saberlo. Sería un duro golpe para los
forjadores de protecciones si se corriera la voz. Pero tal vez mejoraría su negocio si
se supiera que las protecciones realmente funcionaban. La de cosas que estoy
aprendiendo. Tal vez esa fuera la razón por la que la banda de Bo había usado guantes
conmigo, por si llevaba alguna protección oculta. Ahora que ya conocía un poco
mejor su actitud hacia aquel invitado, tal vez se temieran que yo llevara una de las
buenas. Y dado que estaba encadenada, huir mientras él apagaba su dedo en llamas o
lo que fuera no era una opción para mí.
O quizá no quisieran dejar sus huellas dactilares en mí. Tal vez no sea de buena
educación manipular la comida de otra persona, incluso cuando se trata de un
vampiro.
Oí un chisporroteo a mis espaldas. Me volví rápidamente: la cera de una de las
velas de la lámpara de araña estaba cayendo al suelo. La mecha de estas apenas si
prendía, emitiendo menos luz de lo que deberían. Pero la habitación no parecía más
oscura: más bien lo contrario. Miré hacia la ventana más cercana: el cielo estaba gris.
—El amanecer —dijo. Lo miré de nuevo. Estaba sentado como había estado
desde que yo había entrado en la habitación, de piernas cruzadas y apoyado contra…
no, apoyado no, más bien con la espalda recta, tan solo la cabeza algo gacha, pegado
a la pared, los brazos sobre las rodillas. La única vez que se había movido había sido
cuando yo había roto a llorar. Miré las ventanas de la enorme habituación. Eran
grandes también, sin cortinas, y las había en tres de las paredes de la sala. Pensé
entonces en el verdugón de su brazo.
La luz del sol empezó a cobrar fuerza. El sol estaba saliendo sobre el lago, a mi
izquierda. Así que estábamos en el lado norte del lago; la antigua cabaña de mi
familia estaba en el sudeste y la ciudad quedaba al sur. Incluso en la desolación en
que me hallaba era imposible que mi corazón no se animara con la llegada de la luz
del día. El amanecer era por lo general mi momento favorito: fin de la oscuridad,
comienzo de la luz. Yo era una especie de fanática del sol. Suspiré. Recordé de nuevo

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lo hambrienta que estaba, y más sedienta aún. Y tan cansada que si no me comía
pronto, moriría de todas maneras. Era broma. Ni siquiera tenía ganas de reír. Lo miré.
Tenía peor aspecto que a la luz de las velas. «¿Cuánto tiempo ha pasado?», había
preguntado el teniente de Bo. Así que era presumible que había vivido (si es que
«vivido» era la palabra) algunos días ya allí. Ugh.
Conforme la luz fue haciéndose más fuerte, pude ver la habitación con mayor
claridad. Cerca del rincón a mi izquierda había un bulto que no había visto antes. Era
demasiado pequeño para tratarse de otro vampiro. No me consoló. Era un saco de tela
con algo en su interior. Por hacer algo, me levanté con mis piernas temblorosas (sin
dejar de mirarlo en ningún momento), y me dirigí hacia allí. Podía llegar al saco si
tiraba de la cadena al máximo y prácticamente me tumbaba en el suelo para hacerlo.
El vampiro estaba encadenado en la pared central de la sala, mientras que mi
abrazadera estaba más hacia un extremo. Si nuestras cadenas tenían el mismo largo,
yo podía llegar hasta ese punto, pero él no. ¿Más humor vampírico? Si era a mí a
quien quería, claro está, simplemente podía tirar de la cadena. Me levanté de nuevo.
Abrí el saco. Una rebanada de pan, dos rebanadas más bien, una botella de agua y una
manta. Sin pensármelo dos veces pellizqué un trozo del extremo inferior de una de las
rebanadas: pan estándar de las tiendas, hinchado pero sin sustancia, miga seca, casi
sin aroma. No era tan bueno como el que hacía yo. Era comida para cerdos
comparado con el que yo hacía. Pero era pan. Comida. Levanté el extremo que había
roto y lo olisqueé con más detenimiento. ¿Por qué me habían dejado comida? ¿Estaba
envenenada? ¿Tenía algún tipo de droga que me sedaría para que así no lo viera
acercarse? Tal vez eso era lo que a mí me gustaría.
Tenía tanta hambre que estar allí de pie con el pan en las manos hizo que las
piernas me flaquearan, así que tuve que seguir engulléndolo.
—Es comida para ti —dijo—. No hay nada malo en ella. Es solo comida.
—¿Por qué? —dije de nuevo. Mi curso intensivo en costumbres vampíricas
seguía adelante.
Algo similar a una mueca se dibujó en su rostro demasiado impertérrito.
—Bo me conoce bien.
—Te conoce… —dije pensativa—. Sabe que no… inmediatamente. La paca de
heno para tener a la cabra contenta mientras los cazadores aguardan tras los árboles al
tigre.
—No exactamente —dijo—. Los humanos pueden sobrevivir varios días, quizá
una semana, sin comida, creo. Pero no permanecerás… atractiva durante tanto
tiempo.
Atractiva. Miré el vestido de color rojo arándano. Había vivido tiempos mejores.
Estaba arrugado y había más de una mancha de barro en el dobladillo, así como allí
donde me había limpiado mi cara llorosa, y mis pies, que sobresalían por debajo,
estaban llenos de arañazos y mugre. Ni con camiseta y vaqueros podía haberme
asemejado menos a una dama. Comí el pan que tenía en la mano y luego cogí un

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pedazo más y lo engullí. No tenía mejor sabor que aspecto, y si bien dejaba un
curioso gusto a posteriori, di por sentado que se debía a algún potenciador de la
harina o a alguna guarrería de condimento y nada más. También podía ser mi boca,
que me sabía algo rara después de la noche que había pasado. Me comí prácticamente
la primera rebanada. ¿Cuánto tiempo se suponía que tenían que durarme esas
provisiones? Abrí la botella de agua y bebí una tercera parte. Era una botella de
plástico estándar de litro y medio, etiquetada. El precinto del tapón estaba intacto
cuando lo giré para abrirlo.
Lo miré de nuevo. Tenía los ojos entrecerrados, pero aun así seguía
observándome. Estaba oculto en las sombras pero, si bien seguía inmóvil, parecía
más pequeño en esos momentos. Sitiado.
Me acerqué a la luz del sol que se filtraba por entre la ventana. El agua y la
comida habían ayudado y el roce del sol en mi piel me ayudó más todavía. Dejé el
saco en el suelo, con el resto del pan en su interior, bostecé y me estiré como si
estuviera levantándome un lunes por la mañana, la única mañana de toda la semana
en que me despierto después de que el sol lo haga. Me sentía cansada… pero viva.
Me aferré a ese breve momento de paz relativa, a pesar de que casi todo mi ser sabía
que era falso. Me pregunté cómo de fuerte sería la caída cuando el resto de mí lo
recordara, si es que no lo había hecho ya.
Como ya he dicho, soy una adicta a la luz. Mi madre lo descubrió el primer año
tras abandonar a mi padre. Encontró un pequeño, feo y oscuro apartamento en el
sótano de una vieja casa adosada (no quería el dinero de mi padre, así que al principio
éramos realmente pobres) y me pasé ocho meses llorando y enferma todo el tiempo.
Ella creyó que se debía a haber perdido a mi padre, y los médicos se mostraron de
acuerdo con mi madre porque no me encontraron nada salvo apatía y tristeza, pero en
cuanto se lo pudo permitir cogió un apartamento mejor, en la última planta de la casa
contigua, con ventanas de verdad. (Eso fue cuando empezó a trabajar para Charlie y,
en cuanto este se enteró de que tenía una hija enferma, le subió el sueldo. No
descubrió hasta tiempo después lo pequeña que yo era, y que el motivo por el que
había solicitado ese trabajo en la cafetería era porque estaba tan cerca que podía ir a
casa durante los descansos a ver cómo estaba). Era invierno, y mi madre dice que me
pasé tres semanas moviéndome por el nuevo apartamento y tumbándome en cada
franja de sol que se colaba al interior (eso incluía mover una mesa y un pesado baúl
con cajones que se interponían en mi camino) y transcurrido un tiempo volví a estar
bien. Yo no lo recuerdo, pero sí recuerdo que esos ocho meses habían sido el único
momento en toda mi vida en que he estado enferma.
Permanecí allí, con la luz del sol, sintiendo su vida y calidez y postergando la
caída.
Seguía agarrando la botella de agua. Miré al vampiro de nuevo. Tenía los ojos
cerrados, tal vez porque yo estaba delante de la luz. Parecía recorrerle un hilillo de
sudor. ¿Los vampiros sudan? No me parecía algo propio de ellos.

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Me aparté de la luz y sus ojos se entreabrieron de nuevo. No me buscó. Sus ojos
se posaron justo donde yo estaba. A punto estuve de ponerme delante de la luz del sol
de nuevo, pero no lo hice. Caminé hacia él hasta estar a un brazo de distancia.
—Aún no me has matado porque… porque si lo hicieras, eso significaría que Bo
ha vencido.
—Sí —dijo él. Su voz, carente de entonación, sonó sin embargo exhausta.
Fingiéndome a mí misma que no sabía lo que estaba a punto de hacer, sostuve en
lo alto la botella de agua. Si los vampiros sudaban, tal vez también bebieran agua.
—¿Quieres agua?
Abrió los ojos del todo.
—¿Por qué?
Sonreí sin querer. Era su turno para el curso intensivo en costumbres humanas.
—No me gustan las malas personas.
No era exactamente la verdad, pero era toda la verdad que yo sabía en esos
momentos.
Hizo ese sonido similar a toser y gruñir al mismo tiempo.
—Sí —dijo.
Le pasé la botella y la cogió. La miró un instante, me miró de nuevo y luego a la
botella. Desenroscó el tapón de plástico. Todo eso estaba ocurriendo a una velocidad
humana normal, aunque sus movimientos tenían esa aterradora fluidez vampírica.
Pero entonces… otra tercera parte del agua desapareció. No lo vi beber. No vi cómo
se le movía la garganta al tragar. Pero solo quedaba una tercera parte del agua en la
botella, y estaba enroscando el tapón de nuevo. Y tenía mejor aspecto. Los
champiñones perdidos en el fondo de la nevera ya no parecían llevar tanto tiempo allí
ni estaban tan pochos.
—Gracias —dijo.
No fui capaz de decir: «De nada». Me alejé lo suficiente de nuevo y, aunque
seguía prácticamente en la sombra, el sol estaba tocando mi espalda, así que me
senté. Sentir la calidez del sol era como que el brazo de un amigo te rodeara.
—Podías haberla cogido sin más.
—No —respondió él.
—Bueno, ordenarme que te diera un poco.
—No —volvió a decir.
Suspiré. Estaba irritada con esa criatura traicionera, malvada y mortalmente
peligrosa. El peso de la ironía podía hacer pedazos lo poco que quedaba de mi
raciocinio antes de que me matara.
Dijo muy despacio:
—No puedo tomar nada de ti. Solo puedo aceptar lo que me ofreces. Como
mucho lo puedo… pedir.
—¡Oh, venga ya! —dije—. ¿Puedo negarme a que me mates? ¡Los vampiros no
han matado nunca a nadie que no haya dicho «Oh, sí, por favor, quiero morir, quiero

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morir ahora, quiero que bebas toda mi sangre y lo demás que hagan los vampiros de
manera que mi cadáver quede en tan mal estado que cuando la policía haya acabado
con él lo quemarán y esterilizarán las cenizas antes de que se convierta en uno de los
vuestros»! —No me habría atrevido a decir algo así de noche. El día era mi momento.
Durante unas horas más podría olvidar que la pesadilla volvería pronto de nuevo.
Estaba cansada, medio desquiciada por lo que había pasado y hasta cierto punto ya
me daba igual. Había visto el sol una vez más. Era un día hermoso y, si iba a
marcharme ahora, lo haría siendo aún yo misma.
—Si tienes fuerza de voluntad, podrás detenerme a mí o a cualquier vampiro —
dijo. De nuevo pronunció las palabras despacio, como había hecho cuando me había
hablado por vez primera esa noche. Lo curioso era que parecía querer hablar.
También había usado la palabra «vampiro». Bueno, yo también—. Esas protecciones
—dijo mientras se señalaba brevemente el tobillo—. Son… efectivas. Harán el efecto
para el que han sido creadas. Ellas… me contendrán. Bo las ha colocado con ese
motivo. También impiden el daño de un no humano a un humano. Pero solo pueden
hacerlo si el humano que las lleva se resiste a la voluntad del contrario. Los vampiros
son más fuertes que los humanos. Rara vez pueden resistirse a nuestra voluntad. ¿Por
qué crees que no debéis mirarnos a los ojos? Podemos… persuadiros de todas
maneras. Pero mirar a un vampiro a los ojos es la perdición de cualquier humano.
Horrorizada, dije:
—Entonces ellos piden que los matéis. Ruegan que…
—Sí —dijo.
Yo le susurré:
—¿Entonces? Al final es… bueno, ¿está bien? ¿Les… acaba gustando?
Se produjo una larga pausa.
—No.
Una pausa más larga todavía. Me aparté estremecida de su lado, me puse de pie
de nuevo junto a la luz. Me separé el corpiño del cuerpo para que el sol pudiera
tocarme. Me eché el pelo para atrás para que la luz pudiera tocar toda mi cara y luego
me recogí el pelo para que calentara mi nuca y hombros. No iba a llorar de nuevo. No
iba a llorar otra vez. Tenía que verlo como una manera de conservar la hidratación.
Lo miré mientras seguía al sol. Tenía los ojos cerrados. Me aparté de la luz del sol
sin dejar de mirarlo. Sus ojos se entreabrieron tan pronto como estuve entre las
sombras.
—¿Cuánto tiempo podrás aguantar? —dije con voz brusca y fuerte—. ¿Cuánto?
Sus palabras fueron de nuevo lentas.
—No es el hambre lo que me quebrará —dijo—. Es la luz del sol. La luz del sol
me está volviendo loco. En breve hará que en algún anochecer deje de ser yo mismo.
—Abrió los ojos del todo y giró la cabeza para mirarme. Yo aparté la vista y me
concentré en el verdugón de su antebrazo—. Entonces… tal vez entonces te mate. Tal
vez me mate a mí mismo. No lo sé. La historia de los vampiros es una historia larga,

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pero no sé de nadie que haya… tenido una experiencia así.
Me senté. Me oí a mí misma diciendo:
—¿Puedo hacer algo?
—Ya estás haciéndolo. Estás hablando conmigo.
—Yo… —dije—. No soy muy habladora. Nuestros camareros son los que saben
hablar y escuchar. Yo estoy detrás, la mayor parte del tiempo, liada con el horno. —
Aunque algunos de los clientes habituales se pasaban por allí también, si les apetecía.
También había un pequeño patio tras la cafetería que Charlie siempre había querido
arreglar para poner más mesas, pero nunca había llegado a hacerlo, tal vez en parte
porque se había convertido en una especie de club privado para los clientes asiduos.
Cuando el ventilador no estaba puesto, pero las puertas estaban abiertas, oía las
conversaciones, y la gente venía y se apoyaba en el umbral para que pudiera escuchar
mejor. Las historias más interesantes de Pat y Jesse las había oído allí atrás.
—El peor momento es cuando se acerca el mediodía —dijo—. Mi mente está
llena de… —Paró de hablar—. Es como si la cabeza se me desintegrara, como si los
rayos del sol me estuvieran sesgando.
Se hizo de nuevo el silencio y el sol siguió ascendiendo.
—Me imagino que no te interesarán mucho las recetas —dije con un poco de
temeridad—. A mis muffins de salvado, trigo y avena solo les superan los rollos de
canela en cuanto a cifras de venta. Y luego está todo lo demás, muchos más muffins
(puedo hacer muffins de frutas con casi todo) y el pan de té y de levadura de cerveza
y galletas y brownies y pasteles y más. Los viernes y los sábados hago tartas. Ni
siquiera Charlie conoce el secreto de mi tarta de manzana. Supongo que mi secreto
estará a salvo contigo. —Charlie tampoco sabía el secreto de mi «Muerte por
chocolate amargo», pero no me apetecía mencionar a la muerte en las circunstancias
presentes, incluso aunque fuera por chocolate.
El vampiro tenía los ojos entrecerrados y seguía mirándome.
—No tengo mucho más que contarte de mi vida. No soy de pensamientos
profundos. Aprobé a duras penas el instituto. Era una estudiante bastante mala. En lo
único que era buena era en literatura y escritura, con la señorita Yanovsky. —June
Yanovsky se había enfrentado a la junta del instituto porque había decidido incluir
una sección de literatura clásica de vampiros en sus clases. Ella decía que negarles a
los chicos la oportunidad de debatir sobre Drácula y Carmilla y Muerte inmortal iba
en la misma línea de actitud protectora y equivocada que les llevaba a creer que no
podían quedarse embarazadas si lo hacían con los zapatos puestos. Ganó—. Me
habría rendido si no hubiera sido por ella, y también Charlie me hizo saber lo mucho
que disgustaría a mi madre si lo dejaba. Tenía razón, suele ser así, especialmente en
lo que respecta a mi madre. Llevo trabajando en la cafetería desde los doce años y
pasé de la jornada parcial a la completa cuando acabé el instituto. No he hecho otra
cosa. Lo más lejos que he estado de Nueva Arcadia es el océano, un par de veces
durante las vacaciones cuando mis hermanos eran más pequeños y la cafetería

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también y muy de vez en cuando conseguíamos sacar a Charlie de los pelos de allí.
Me gusta leer. Mi mejor amiga es bibliotecaria. Pero no tengo tiempo para hacer
demasiado salvo trabajar y dormir. En ocasiones siento que debería haber algo más…
—La imagen de mi abuela se me vino a la memoria: una imagen de la última vez que
la había visto. Aún no sabía si la distancia era la que me había llevado a creer que sí
que había sentido que mi abuela sabía que no nos íbamos a volver a ver. Su aspecto
exterior había sido el de siempre. Me había dicho adiós como siempre. No había
habido nada distinto esa vez que nos vimos salvo porque había sido la última—. A
veces siento que debería haber algo más, pero no sé el qué. —Añadí muy despacio—.
Por eso conduje hasta el lago anoche.
No podía permitir que se dilatara el silencio tras mi perorata.
—Podrías hablarme de tu vida. Esto… —dije. ¿Vida?, ¿cómo se le podía llamar?
—. Tú… lo que sea… Debes de haber hecho un montón de cosas además de…
—No —dijo él.
Me quedó claro. Miré por encima de mi hombro. El sol estaba llegando hasta él.
Lo miré. Se le estaba poniendo el mal color de antes y estaba sudando. Parecía como
si estuviera muriéndose, o eso parecería si fuera humano. Por lo único que no parecía
que se estuviera muriendo era porque no era humano.
—Podrías contarme una historia —dijo. Las palabras fueron casi resuellos. ¿Los
vampiros respiran?
—¿Una… qué? —pregunté estúpidamente.
—Una historia —dijo. Pausa—. Tienes… hermanos pequeños. ¿Les cuentas
cuentos a ellos?
Sherezade lo tuvo fácil al lado de esto, pensé. A lo único que se arriesgaba era a
que la decapitaran. Y, si bien su marido estaba chiflado, por lo menos era humano.
—Oh, mmm, sí, supongo. Pero ya sabes, El gato con botas, Paul Bunyan, Mike
Mulligan y su máquina maravillosa. Y ellos siempre querían que les contara historias
sobre astronautas y espadas láser. Me leí todos los libros de la serie marciana de
Burroughs y los de Alpha Centauri de Quatermain para sacar alguna idea, pero las
mujeres de mis historias tenían más oportunidades de salir airosas que yo. Nada
demasiado… fascinante.
—El gato con botas —dijo.
—Sí, ya sabes. Cuentos de hadas. Es ese en el que el gato hace todas esas cosas
inteligentes para ayudar a su amo, y así este se acaba convirtiendo en alguien
realmente importante y rico y se casa con la princesa, a pesar de ser el hijo del
molinero.
—Cuentos de hadas —dijo.
—Sí. —Quería preguntarle si es que no había sido niño alguna vez, sin duda tenía
que recordar los cuentos de hadas. O si eso había sido hacía tanto que ya no podía
recordarlo. O tal vez uno olvida todo lo relativo a los humanos cuando se ha
convertido en vampiro. Tal vez tenías que hacerlo. En ese caso, ¿cómo sabía que yo

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les contaba cuentos a mis hermanos?—. Hay a montones. Blancanieves. Cenicienta.
La bella durmiente. Las doce princesas bailarinas. El príncipe rana. El soldadito
valiente. Jack el cazagigantes. Pulgarcito. A mis hermanos les gustaban los que
tenían pocos besos. Así que les gustaba más El gato con botas y Jack el cazagigantes
que Cenicienta y Blancanieves, que les parecían una ñoñez. La verdad es que yo
opinaba lo mismo.
—¿Cuál es tu cuento favorito?
Me salió de la boca un sonido que en otras circunstancias habría sido una
risotada.
—La bella y la bestia —dije.
—Cuéntame ese —me pidió.
—¿Qué?
—Cuéntame el cuento de La bella y la bestia —dijo.
—Oh, sí. Mmm. —Me lo había aprendido de memoria porque los dibujos de la
Bestia nunca me gustaban y no quería que ningún niño bajo mi influencia se llevara
una impresión equivocada de él. Me pregunté si algún ilustrador habría intentado
hacer que se pareciera a un vampiro—. Bueno, es la historia de un mercader —
empecé obedientemente—. Era muy rico y tenía tres hijas…
Cómo contar una historia, cómo seguir con ella y llenar el tiempo, cómo
interesarte por ella para que resulte interesante a su vez para tus oyentes, todo eso
volvió a mí, creo. Era imposible saberlo, y me imagino que los vampiros tendrán
gustos distintos a los de unos niños pequeños. Pensé en los pocos viajes en coche que
habíamos hecho en esas vacaciones al océano, cuando les había contado cuentos
hasta quedarme afónica. Se podía hacer tanto con la historia de la Bella y la Bestia, y
yo lo había hecho casi todo ya, y eso hice en esos momentos. Observé el arco del sol
sobre mi hombro izquierdo. La luz reptaba por el suelo y el vampiro tuvo que
moverse para mantenerse alejado de ella. Primero tuvo que moverse en una dirección,
deslizándose por el suelo como si le doliera todo el cuerpo (¿Cómo podía parecer que
cada movimiento fuera pura agonía para él y a la vez retener esa curiosa y ágil
fluidez?), y luego retrocedió de nuevo, más y más, acercándose a mí. Yo me moví
para permanecer junto al sol mientras él se movía para apartarse. Seguí contándole la
historia. No había ningún lugar en el suelo en el que pudiera haber permanecido todo
el día, lejos de la luz. Los vampiros, según las leyendas y las FEAO, hacían algo
parecido a dormir durante el día, al igual que hacen los humanos por la noche.
¿Necesitan los vampiros dormir como nosotros? ¿Así que no era solo de comida y
libertad de lo que Bo le estaba privando?
Había dicho que no era el hambre lo que acabaría con él, sino la luz del día.
Me pregunté sin demasiada preocupación si me quemaría de estar tanto al sol,
pero rara vez me quemaba, y esa idea en semejantes circunstancias, como
preocuparse por un padrastro en el dedo cuando estás siendo perseguida por un
asesino, me parecía tan ridícula que no pensé más en ello.

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El sol se estaba precipitando hacia el final del día, y mi voz estaba agotándose.
Había tomado varios tragos de agua más durante el relato de la historia (si no has
visto que los labios de un vampiro toquen la botella, ¿tienes que limpiarla primero?),
concluí con una vívida escena (por no decir estridente) de felicidad y regocijo, y paré
de hablar.
—Gracias —dijo.
Volví a sentir el cansancio, solo que multiplicado por diez, por cien. No podía
mantener los ojos abiertos. Tenía que hacerlo, estaba con un vampiro. ¿Era esa una de
las maneras que tenían de persuadir a sus víctimas? ¿Había matado dos pájaros de un
tiro, por así decirlo, con aquello? ¿Haz que el día pase y que la víctima sea más fácil
de manejar? ¿Pero no preferían que se lo pusieran difícil? No pude evitarlo. Los ojos
se me seguían cerrando y la cabeza se me caía hacia delante, y mucho me temía que
solo me despertaría cuando me crujiera el cuello y la barbilla me tocara el esternón.
—Duerme —dijo su voz—. Lo peor ha pasado… para mí… por hoy. Quedan
cinco horas hasta la puesta del sol. Soy… inofensivo hasta entonces. Ningún vampiro
puede… matar con la luz del día. Duerme. Querrás estar despierta… esta noche.
Recordé que había visto una manta en el saco. Me arrastré por el suelo hasta él, la
saqué, apoyé la cabeza encima del saco y de la rebanada de pan restante y me quedé
dormida antes de tener tiempo de discutir conmigo misma si el vampiro estaba o no
diciendo la verdad.

Soñé. Soñé como si el sueño estuviera aguardándome, esperando el momento en el


que cayera dormida. Soñé con mi abuela. Soñé que caminaba junto al lago con ella.
Al principio el sueño fue más como un recuerdo. Yo era pequeña de nuevo y ella me
cogía de la mano, y de tanto en tanto tenía que meter algún brinco para mantenerme a
su altura. Estaba orgullosa de tenerla como abuela y me daba pena que solo pudiera
verla a solas, en el lago. Me habría gustado que mis amigos del cole la conocieran.
Sus abuelas eran más normales. Algunas eran amables y otras no tanto, pero todas
tenían… dobleces. Ni yo misma sé explicarlo. Mi abuela no era brusca o arisca, pero
no había vacilación en ella. Era inequívocamente ella. Yo la admiraba tanto. Tenía el
pelo largo y cuando el viento soplaba con fuerza en el lago se le formaba una maraña
tremenda y a veces dejaba que yo se lo peinara después, en la cabaña. Por lo general
llevaba faldas largas y zapatos de suela de goma que no hacían sonido alguno,
independientemente de por dónde pisara.
Mis padres se separaron cuando yo tenía seis años. No vi a mi abuela en todo el
año siguiente. Resultó que mi madre había ido tan lejos como para contratar a
algunos creadores de protecciones (forjadores, escribas, fantasmas, lo típico), aunque
no sé con qué dinero, para evitar que nadie de la familia de mi padre nos encontrara.
Mi padre no quería dejarnos marchar, y si bien se suponía que en su familia eran de
los buenos, cuando se está enfadado es muy difícil no hacer algo que sabes que

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puedes hacer y que hará que obtengas lo que quieres. Un año y un día después
probablemente ya se hubiera tranquilizado, y entonces mi madre dejó que las
protecciones expiraran. Mi abuela nos localizó casi inmediatamente, y mi madre, que
puede volver loco a cualquiera, incluso a sí misma, por su arraigado sentido de la
justicia, permitió que la viera. Al principio yo no quería verla, porque había pasado
todo un año y me había tirado gran parte de este enferma y mi madre se vio obligada
a decirme (su sentido de la justicia de nuevo) lo que había hecho, y por qué, adaptado
a mi edad. Yo solo tenía siete años, pero había sido un mal año. Esa conversación con
mi madre fue uno de esos momentos en que mi mundo realmente cambió. Me di
cuenta de que algún día yo también crecería y tendría que tomar decisiones terribles
como esa. Así que acepté ver a mi abuela de nuevo. Y luego me alegré de haberlo
hecho. Estaba tan feliz de tenerla de vuelta.
Habíamos estado viéndonos en el lago cada pocas semanas durante algo más de
un año cuando una tarde dijo:
—No me gusta lo que voy a hacer, pero no se me ocurre una forma mejor.
Querida, tengo que pedirte que no le cuentes a tu madre un secreto.
La miré sorprendida. No era el tipo de cosas que hacían los adultos. Ocultaban
secretos a tus espaldas todo el tiempo sobre cosas que eran de una terrible
importancia para ti (como mi madre al no decirme lo de las protecciones) y luego
fingían no haberlo hecho. Había muchas cosas que nadie me había explicado antes de
que mis padres rompieran y yo no lo había olvidado. Incluso con seis o siete años
sabía que las protecciones de mi madre eran solo la punta del iceberg, pero seguía sin
saber demasiado de ese iceberg. No supe, por ejemplo, que mi padre había sido un
hechicero hasta años después. Y a veces los mayores decían cosas como «Oh, tal vez
sea mejor que no le digas esto a tus padres», que o bien significaba que te fueras de
allí ya mismo o que sabían que lo contarías de todas maneras porque eras solo una
cría, pero luego se enfadaban contigo por hacerlo. (Que eso hubiera ocurrido en
varias ocasiones con algunos de los socios de mi padre era uno de los motivos por los
que mi madre se marchó). Pero yo sabía que mi abuela me quería y que con ella
estaba a salvo. Sabía que ella no me pediría nada malo. Y sabía que decía muy en
serio lo de que tenía que mantenerlo en secreto.
—De acuerdo —dije.
Mi abuela suspiró.
—Sé que tu madre solo quiere lo mejor para ti y lleva razón en muchas cosas.
Estoy muy contenta de que tenga tu custodia y no tu padre, aunque en un principio él
estuviera muy resentido por ello.
Fruncí el ceño. Nunca vi a mi padre. Una vez mi abuela me hubo encontrado,
empezó a escribirme muchas postales, pero jamás lo vi. Y los matasellos de las
postales siempre estaban borrosos, de manera que no podía saber desde dónde las
enviaba. Todos los matasellos estaban borrosos. En ocasiones me enviaba dos o a
veces tres postales a la semana.

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—Pero se equivoca en pensar que mantenerte al margen de la herencia de tu
padre hará que esta no exista. Sí que existe. Puedes optar por ser la hija de tu madre
en todos los aspectos, pero debe ser una elección. Voy a proporcionarte los medios
para que tomes esa decisión. De lo contrario, algún día esa herencia que desconoces
tal vez pueda meterte en muchos problemas.
Yo debí de mirarla aterrorizada, porque tomó mis manos entre las suyas y me las
apretó.
—O, quizá, algún día estés en problemas y te ayudará a salir de ellos.
Estábamos sentadas en el porche de la cabaña junto al lago. Habíamos estado
dando un paseo antes y habíamos cogido un ramillete de flores silvestres. Había
cogido una taza de la cocina y la había llenado de agua y las flores descansaban en
ese momento en ella, sobre la mesita desvencijada que seguía aún en el porche.
Habíamos estado paseando bajo el sol, que pegaba con fuerza, y en esos momentos
estábamos sentadas a la sombra de los árboles, que proporcionaban un agradable
frescor. Podía sentir cómo la brisa secaba el sudor de mi rostro. Mi abuela sacó una
de las flores de la taza y la puso entre mis dos manos, para a continuación juntármelas
de manera tal que la flor ya no se veía. Puso sus manos sobre las mías.
—¿Qué tienes en las manos? —preguntó.
Era un juego divertido. Sonreí y dije:
—Una flor.
—¿Qué más podrías tener entre tus manos en vez de una flor? ¿Qué más es tan
pequeño que pudiera quedar totalmente oculto, que no pesara mucho y que no picara
ni hiciera cosquillas, que fuera tan suave que no pudieras sentir que está allí?
—Eh… ¿una pluma? —dije.
—Una pluma. Bien. Ahora, piensa en una pluma.
Pensé en una pluma. Pensé en una pluma pequeña y de color gris, marrón y
blanca. De un gorrión, algo así. Luego sentí un extraño zumbido en mis manos, bajo
las suyas. Me revolví un poco, pero no demasiado.
—Ahora abre las manos.
Apartó las suyas de las mías y las abrí. Había una pluma. Una pluma pequeña y
gris, blanca y marrón. Ni rastro de la flor. Miré a mi abuela. Sabía que uno de los
motivos por los que mi madre había dejado a mi padre era porque él no iba a dejar de
hacer conjuros y hechizos y de hacer negocios con otros hechiceros. Sabía que venía
de una familia de cuidadores y manipuladores de magia, pero no todos hacían magia.
Yo no había hecho nunca magia.
—Lo has hecho tú —le dije.
—No. Yo he ayudado, pero lo has hecho tú. Lo llevas en la sangre, hija. Si no
fuera así, esa pluma seguiría siendo una flor. Han sido tus manos las que la han
tocado, tus manos las que lo han llevado a cabo.
Cogí la pluma. Parecía una pluma de verdad.
—¿Te gustaría intentarlo de nuevo? —me preguntó. Asentí.

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Me dijo que solo haríamos cosas pequeñas esa primera vez, así que convertimos
la pluma en otro tipo de pluma, y luego en varias flores distintas, y luego en distintos
tipos de hojas, y luego en tres cerillas sin prender, y luego en un pequeño trozo de
tela (amarilla con puntos azules) y luego la convertimos en la flor inicial.
—Primera regla: convierte todo a su forma original si puedes, a menos que haya
un motivo de peso para no hacerlo. Ya hemos hecho bastante por una tarde, y
queremos dar las gracias y limpiar toda la basura y restos que hayamos podido dejar,
igual que barremos el suelo y limpiamos las encimeras después de haber hecho
galletas. —Me enseñó tres palabras que había que decir, encendió un palito de
incienso y nos sentamos en silencio hasta que se hubo consumido del todo.
—Ya está —dijo—. ¿Estás cansada?
—Un poco —dije. Lo pensé—. No demasiado.
—¿No lo estás? Eso es interesante. Entonces he hecho bien en mostrártelo. —
Sonrió. Fue una sonrisa amable, pero no tranquilizadora. Tenía razón en que no podía
contárselo a mi madre.
Mi madre había dejado de llevarme y recogerme tras algunas visitas, aunque me
hacía llevar un talismán para tener un salvo regreso al hogar. Tiempo después caí en
la cuenta de que a mi abuela eso podría parecerle un insulto colosal, pero mi madre
no lo había hecho con esa intención y mi abuela no se lo tomó así. Yo lo colgaba en
un árbol cuando llegaba y solo lo quitaba de allí cuando ya me iba. Mi abuela me
acompañaba hasta la carretera y esperaba conmigo hasta que se veía al autobús, se
aseguraba de que el conductor supiera adónde iba yo (el autobús no se habría
detenido por mí si se me olvidaba darle al botón de stop y yo era demasiado
pequeña), me daba un beso y se esperaba a que yo subiera.
—Hasta la próxima vez —dijo, que era lo que siempre decía.
Jugamos a ese juego muchas veces. Pronto lo hice sin sus manos sobre las mías, y
ella me enseñó cómo hacer otras cosas también, algunas de las cuales podía hacer con
facilidad y otras me resultaban imposibles.
Una tarde se quitó un anillo del dedo y me lo dio.
—Estoy cansada de esta piedra roja —dijo—. Dame una piedra verde.
Había unas reglas, claro está, para lo que en un principio había considerado un
juego. Cuanto más denso el material, más difícil era transformarlo, así que una piedra
o una gema eran más difíciles que una flor o una pluma. Todo aquello que haya sido
alterado por una manipulación humana es más difícil que lo que no lo ha sido, así que
una piedra pulida y tallada era más difícil que un mineral sin pulir. El metal trabajado
era lo peor. Es pesado y denso y lo menos originario de todo. Algo que ha sido
maleado y usado es más complicado que algo que no, por lo que una herramienta será
más difícil de transformar que una placa que cuelga de una pared, y una piedra
engarzada en un anillo iba a resultar más difícil que una piedrecita decorativa en una
estantería. Es más sencillo transformar una cosa en otra misma cosa: una flor en una
flor, una pluma en una pluma. Una flor en una hoja es más sencillo que una flor en

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una pluma. Pero el metal trabajado es siempre difícil. Incluso transformar un
imperdible en otros imperdibles era difícil. Hasta un centavo de 1986 en otro del
mismo año era complicado.
No había entrado en esos detalles el primer día, cuando convertí una flor en un
trozo de tela. Aquello puso de manifiesto lo buena que era mi abuela, pues no solo
podía crear una tela de fabricación humana, sino una tela suave y amarilla con
puntitos azules, al momento, sin problemas, porque eso era lo que yo estaba
intentando hacer y ella quería que yo me hiciera una idea de lo que iba a enseñarme,
sin aturullarme ni darme demasiadas explicaciones. Pero eso había sido hacía un año,
y ahora yo sabía más.
El anillo estaba caliente del contacto con su piel. Cerré las manos y me concentré.
No tenía que hacer nada respecto al metal. Cambiar la piedra ya iba a ser suficiente.
Solo lo había intentado con las piedras del lago y era bastante duro. Nunca había
probado a hacerlo con una piedra tallada. Y ese era un anillo que mi abuela llevaba
todo el tiempo, y era una experta cuidadora y manipuladora de magia. Los objetos
que tienen un fuerte contacto con la magia, por muy periférico que sea, suelen
impregnarse de ella. Pero aun así debería poder hacerlo.
Pero no pude. Supe antes de abrir las manos que no lo había conseguido. Lo
intenté tres veces y todo lo que obtuve fue un fuerte dolor en cuello y hombros de
intentarlo con demasiado ímpetu. Tenía ganas de llorar. Era la primera vez que no
había conseguido cambiar algo: transmutar era lo que mejor se me daba. Y mi abuela
no me habría pedido que hiciera algo si no creyera que iba a ser capaz de lograrlo.
Estábamos sentadas en el porche, a la sombra de los árboles.
—Intentémoslo una vez más —dijo—. Pero no aquí, ven. —Nos levantamos, yo
tenía aún el anillo en una mano, y bajamos los escalones y luego seguimos hasta la
orilla, al sol. Era otro día caluroso y el cielo estaba azul como un zafiro.
No estaba preparada para lo que ocurrió. Cuando cerré mis manos alrededor del
anillo y puse toda mi frustración en ese último intento, se produjo una especie de
explosión (me estremecí cuando recorrió mi cuerpo) y durante el más breve de los
segundos sentí tanto calor en las manos que era como si fuesen a prenderse en llamas.
Entonces todo terminó y mis manos se separaron porque yo estaba temblando. Mi
abuela me rodeó con su brazo. Levanté mi temblorosa mano y ambas la miramos.
Su anillo tenía una piedra verde, y el engarce, que había sido de oro fino y liso, se
había tornado en una gruesa y salvaje maraña de arabescos, con pequeñas piedrecitas
verdes anidadas en sus centros. Me pareció horrible, y sentí cómo los ojos se me
llenaban de lágrimas (después de todo, solo tenía nueve años) porque en esa ocasión
lo había hecho peor que nunca.
Pero mi abuela rio de deleite.
—¡Es precioso! Oh, Dios mío, es tan, enérgico, ¿no? Me encanta. Lo has hecho
espléndidamente bien. Me preguntaba (escucha, pequeña, este asunto es importante
que lo recuerdes) si tu elemento sería la luz del sol. Es poco usual, razón por la que

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no me lo planteé antes. Pero probablemente puedas hacer casi todo lo que te
propongas bajo la luz brillante del sol.
No me dejó que lo devolviera a su forma original. Yo pensaba que lo había hecho
porque sabía que estaba demasiado cansada e inquieta, que lo transformaría cuando
me hubiera marchado. Pero no lo hizo. La siguiente vez que la vi lo llevaba con la
piedra verde. Nunca antes habíamos dejado nada sin cambiar, siempre lo
devolvíamos a su forma original. No sé qué palabras se decían para algo que no se iba
a cambiar de nuevo. Tal vez debería habérselo preguntado, pero para mí ese anillo era
un error, una equivocación, y no quería atraer su atención hacia él, a pesar de que
cada vez que movía esa mano el anillo sí llamaba la mía. Ni siquiera podía rogarle
que me dejara intentar cambiarlo de nuevo porque tenía miedo de hacer algo todavía
más feo.
Tal vez se lo hubiera pedido algún día. Pero solo la vi unas pocas veces más
después de que transformara su anillo. Nos habíamos estado viendo prácticamente
cada mes, en ocasiones con más frecuencia, durante mi décimo año de vida. Después
de mi décimo cumpleaños solo la vi una vez más. Todos los adultos sabían que las
guerras estaban al caer, e incluso nosotros los niños teníamos cierta noción de ello.
Pero jamás pensé que esas guerras llegarían a nuestro lago, o que no volvería a ver
más a mi abuela.
No volvimos a hablar tampoco de la luz del sol. Tampoco le dije que en la
cafetería me llamaban Sunshine desde que mi madre se había casado con Charlie.
Cuando lo conocí por primera vez no sabía que les decía «Eh, soletes» a todos los
niños y pensé que se estaba burlando de mi nombre (bueno, lo que mi madre había
hecho con mi nombre después de dejar a papá). Rae. Rayo de sol, ¿no? Cuando lo
descubrí, Sunshine se convirtió en mi nombre. Y después, como era la única niña en
ese momento que andaba por la cafetería, los clientes asiduos empezaron a llamarme
Sunshine también. En poco tiempo se convirtió en mi nombre. Lo sentía tan mío que
ni lo pensé cuando mi abuela me dijo en primer lugar que la luz del sol era mi
elemento. La mayoría de la gente, hasta mi madre, sigue llamándome Sunshine.
Soñé todo eso, recordé y soñé, tumbada en el suelo del salón de baile, con mi
cabeza apoyada en el saco con la rebanada de pan dentro, y un vampiro apoyado
contra la pared a unos metros de distancia. El sueño fue tan real y vibrante como si
estuviera reviviéndolo de nuevo, junto con la extraña sensación de ser una cría de
nuevo cuando sabes que ya eres una adulta.
Entonces el sueño real empezó. Me pareció estar de nuevo en el porche de la
cabaña con mi abuela, aquella vez primera, cuando transformamos la flor, solo que en
esa ocasión no estábamos sentadas a la sombra, sino bajo el sol. Tenía la flor entre
mis manos, y sus manos cubrían las mías, pero yo era la adulta que era ahora y
ninguna de las dos estaba hablando. Cerré las manos y las abrí, y la flor se convirtió
en una pluma. Cerré las manos y las abrí y la pluma eran tres cerillas. Cerré las
manos y las abrí de nuevo y las cerillas se convirtieron en una hoja. Las volví a cerrar

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y a abrir y en esos momentos lo que estaba sosteniendo era su sencillo anillo de oro
con la piedra roja. La piedra roja destelló con un repentino y brillante rayo de sol
antes de que cerrara de nuevo la mano. Cerré y abrí y allí estaba esa monstruosidad
barroca titilando en verde. Cerré, abrí. Tenía la navaja entre las palmas de mis manos,
la pequeña navaja que por lo general llevaba en el bolsillo de los vaqueros y que en
esos momentos ocultaba dentro del sujetador. Cerrar, abrir. Una llave. Una llave…

Me desperté. Seguía siendo de día, pero el cielo estaba enrojeciéndose con la puesta
del sol. Me dolía el cuerpo entero de haber dormido en el suelo. Todo seguía siendo
verdad: estaba encadenada por el tobillo, atrapada en una casa vacía con un vampiro.
Lo que había soñado era solo eso, un sueño, y el sol estaba poniéndose. Seguía
sintiéndome terriblemente cansada; no podía haber dormido más de cuatro horas. Si
hubiera tenido una de esas muelas huecas con veneno que los espías suelen llevar en
los thrillers de escaso presupuesto, la habría partido. No veía cómo iba a afrontar otra
noche. El grupo de Bo regresaría, claro está. Para ver cómo nos llevábamos. Y mi
vampiro (qué pensamiento tan grotesco, «mi» vampiro) tendría que volver a decidir
si… como quiera que la cuestión se le presentara. Si iba a dejar que Bo venciera o no.
Rodé por el suelo con un gemido. Él seguía sentado con las piernas cruzadas en el
centro exacto de la pared. Observándome. Me incorporé. La boca me sabía más allá
de la hediondez. Había dejado la botella a su alcance, pero no había cogido agua. Me
obligué a levantarme (me dolían todos los huesos) en vez de arrastrarme, y fui hacia
él y la cogí. Estaba acostumbrándome a acercarme a él. Es cierto eso de que es
imposible mantener un pico de terror durante mucho tiempo; tu cuerpo no puede
hacerlo. Me encontraba mala del temor que sentía, en parte quería morirme y que
todo se acabara, pero me acerqué a poca distancia (más o menos un brazo) de un
vampiro hambriento y cogí mi botella de agua y bebí sin más vacilación que si
hubiera sido Mel.
—¿Quieres más?
El vampiro la cogió de mi mano y se bebió la mitad de lo que quedaba. Una vez
más, no le vi beber. Cuando me la pasó me la quedé mirando. Quería acabarla,
suponiendo que los de Bo trajeran más para mantenerme atractiva, pero no tenía
ganas de que me viera limpiándola.
Me dijo:
—No contraerás ninguna infección si compartes el agua conmigo.
Había una curiosa nueva cualidad en su hasta el momento inexpresiva voz. Me
quedé pensativa. Tenía que ver con el tono. Parecía divertido.
Me olvidé de no mirarlo a los ojos.
—¿Y si… y si has estado, por ejemplo, bebiendo sangre mala?
—¿Qué ocurre cuando viertes agua en alcohol? Se mezcla, ya no es agua, es
alcohol, y está… limpio de cosas vivas.

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«Limpio» de cosas vivas. Me gustaba eso.
—Es alcohol diluido.
—Este alcohol sigue siendo lo suficientemente fuerte. Y podría decirse que… se
autoregenera.
Sus ojos no estaban tan opacos como la noche anterior. Probablemente fuera por
el agua, que estaba diluyendo… algo más.
—Por favor, no me mires a los ojos. Está haciéndose de noche otra vez y… sigo
sin querer que Bo venza.
Aparté la vista con brusquedad. Era una mala señal que me lo hubiera tenido que
decir. Pero era buena señal que siguiera queriendo que Bo perdiera. ¿Buena señal de
qué? Bo seguía teniéndonos cautivos. No es que aquello fuera una especie de prueba,
de desafío, y que cuando llegáramos al final nos dejaría libres si sobrevivíamos. Esto
era todo. Era únicamente una cuestión de si sería pronto o algo menos pronto. Me
pregunté qué estarían pensando mamá, Charlie y Mel; si Aimil lo sabría ya. No había
dejado de hacer mis rollos de canela en siete años. Jamás había faltado una mañana
hasta ese día. Nunca me había cogido vacaciones, y jamás enfermaba. (Charlie, que
tampoco enfermaba nunca, solía hablar de «buenos hábitos», algo que enfurecía a mi
madre, que siempre se pillaba una gripe en invierno). ¿Habrían informado a la policía
de mi desaparición? Probablemente. Pero estos les habrían dicho que yo era una
persona libre y mayor de edad y que volvieran en unos días si aún no había aparecido.
Pat o Jesse los presionarían una vez empezaran a buscar, pero yo no iba a estar viva
en unos días. Y nuestra policía local era gente amable, pero no exactamente unos
lumbreras. Tampoco es que eso fuera a ayudarme.
No habría motivos para pensar que las FEAO tuvieran que involucrarse.
¿A quién más preguntarían mi madre o Mel? A Yolande. Pero ella tampoco sabría
nada. Habrían reparado en que faltaba mi coche. ¿Se le ocurriría a alguien ir hasta el
lago y buscar en la vieja cabaña? No era probable. Nadie más iba allí salvo yo, y no
había estado en años. Nunca había llevado a Mel hasta allí cuando hacíamos
senderismo. No creía tampoco que hubiera patrullas regulares por la zona. No había
motivos conocidos por los que el lago necesitara una patrulla. Y luego estaban los
focos del mal. Pero si alguien había ido hasta la cabaña y había encontrado mi coche,
¿entonces qué? Yo no estaba allí, y mucho me temía que los vampiros no dejaban
pistas. Las noticias sobre vampiros aparecían en los informativos únicamente cuando
la gente empezaba a encontrar cuerpos sin sangre con marcas de colmillos. Y esa casa
estaba bien resguardada por el foco del mal que había tras nosotros.
Me bebí el resto del agua. No me limpié la boca después. Pensé, ¿Qué es más
higiénico, mi brazo o el vestido?
Me giré hacia la ventana. Sentí que el vampiro me estaba observando.
—Tengo que hacer pis —le dije con irritación—. Voy a hacerlo por la ventana.
¿Te importaría no mirar? Te avisaré cuando haya acabado. —Nunca lo había oído
moverse, así que supongo que el ruido que hizo fue intencionado. Lo miré, se había

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dado la vuelta. Hice mi pis, sintiéndome ridícula.
—De acuerdo, ya —dije. Él se dio la vuelta y siguió mirándome, con el rostro tan
inexpresivo como antes.
Al igual que había parecido empequeñecer al nacer el sol, también parecía crecer
cuando el sol se ponía.
La última luz palideció y yo también. Tenía frío y náuseas y estaba aterrorizada, y
sentía más el dolor de cabeza que mi propia cabeza. Me envolví con la manta y me
acurruqué tan cerca del rincón como la cadena me permitía. Me acordé de la otra
rebanada de pan, la saqué y empecé a comérmela con la esperanza de que pudiera
ayudar, pero me sentó fatal y no comí mucho más. Me encorvé y me acurruqué. Y
esperé.
Ya era noche cerrada. La luna saldría más tarde, pero en ese momento casi no
podía ver nada. En una noche despejada no se estaba a oscuras del todo en el exterior,
pero nosotros estábamos dentro de la casa. Las ventanas dibujaban rectángulos grises
en el suelo, pero no podía ver más allá de ellos. Sabía que él podía ver en la
oscuridad. Sabía que los vampiros podían oler la sangre viva… No, pensé. Eso da
igual. No va a olvidarse de mí como yo no voy a olvidarme de él, incluso aunque no
pueda verlo ni oírlo, incluso a pesar de haberme acostumbrado a su olor y no
percibirlo ya. Lo cual empeoraba las cosas. Pensé que tendría que verlo cruzar el
rectángulo gris entre él y yo, pues estaba casi segura de que su cadena no era lo
suficientemente larga para rodearme, y sabía que no lo oiría. Tampoco lo había visto
beber. Me mordí el labio. No iba a llorar, y no iba a gritar…
Casi grité cuando oí su voz en la oscuridad.
—Vienen. Escucha. Levántate. Dobla la manta y déjala en el suelo. Estírate el
vestido. Péinate el pelo con los dedos. Siéntate de nuevo si así lo deseas, pero un
poco más lejos de la esquina. Sí, más cerca de mí. Recuerda que un metro más o un
metro menos no me supone ninguna diferencia. Siéntate erguida. Cruza los tobillos,
quizá. ¿Me has comprendido?
—Sí —respondí con voz ronca. Doblé la manta y la dejé en el suelo. Guardé en el
saco los restos del pan. Puse la botella vacía dentro. Me estiré el vestido.
Probablemente estuviera hecho un desastre, pero no había nada que pudiera hacer
para remediarlo. El pelo me quedaba mejor si no me lo peinaba demasiado, así que
intenté pasarme los dedos del mismo modo que habría hecho si estuviera delante del
espejo de mi casa. Me limpié el rostro con el dobladillo una vez más. Me sentía
inexplicablemente mugrienta y sucia. Resultaba irónico que, a pesar de estar aún de
una pieza, me sintiera mancillada. Y para nada me sentía atractiva. Pero me estiré la
falda del vestido antes de sentarme de nuevo, justo en el interior de mi lado del
rectángulo gris, a menos de dos metros de mi rincón. La cadena no estaba tensa, sino
levemente curvada.
—Bien —dijo desde la oscuridad.
Había al menos que reconocerme la buena voluntad, pensé. June Yanovsky estaría

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orgullosa de mí.
«Ya vienen» es, quizá, un término relativo. A mí, que tenía los nervios a flor de
piel, se me antojó una eternidad antes de que la lámpara de araña repiqueteara
repentina y ferozmente, y a continuación se encendiera. Las velas eran nuevas. Mi
abuela me había dicho que prenderle fuego a las cosas desde cierta distancia era un
truco relativamente fácil, lo que ayudaba a explicar por qué tantas casas se habían
incendiado durante las guerras: pero las casas ya estaban allí, no las construías
primero. Ese repiqueteo de dos segundos había sido para mí suficiente advertencia
para contener mis gritos, para obligarme a permanecer como estaba, con los tobillos
cruzados, las manos muertas, una encima de la otra, abiertas y con las palmas boca
arriba. Mucho me temía que no estaba engañando a nadie, pero al menos lo estaba
intentando.
Había una docena de ellos. No los había contado la noche anterior, así que no
sabía si eran más o menos. Reconocí al teniente de Bo, y al que había sido mi otro
guardia. Hay quien dice que todos los vampiros son iguales, pero no es así, al igual
que tampoco lo son los humanos. De todas maneras, ¿cuánta gente aparte del
personal del psiquiátrico había visto a muchos vampiros? Esos doce eran todos
delgados y de aspecto dúctil y esa era la única similitud obvia entre ellos. Y claro que
eran vampiros, se movían como vampiros y olían como vampiros, y eran estáticos
como vampiros cuando no se movían.
—Bo dijo que aguantarías solo por molestar —dijo el teniente de Bo—. Te
conoce.
Está asustado, pensé. Se suponía que aquello había sido un insulto, pero no había
surtido ese efecto. Y entonces pensé: Debo estar imaginándome cosas. Las voces de
los vampiros son tan extrañas como el movimiento de los vampiros e inescrutables
como sus rostros. Qué demonios, si no podía diferenciar a los vampiros chicos de las
chicas, ¿cómo iba a saber cómo suena el miedo de los vampiros? Si es que los
vampiros sienten miedo. Pero el pensamiento se repitió en mi interior: está asustado.
Recordé lo renuentes que habían parecido la noche anterior, cuando me llevaron a ese
lugar.
—Acabemos con esto —había dicho el teniente de Bo.
Recordé que no querían acercarse demasiado a su «invitado» y que todo lo que le
dijeron lo hicieron desde la puerta, lo más lejos posible del alcance de su cadena;
también recordé cómo el vampiro que me había estado agarrando me soltó y echó a
correr cuando se dio cuenta de que sus amigos estaban dejándolo atrás.
—¿Sigue cuerda aún, Connie? Es más difícil si esperas demasiado y se vuelven
locos, ya lo sabes, y la sangre no es tan dulce. Bo lo encuentra tan decepcionante
como seguramente te parezca a ti, pero así son los humanos. No querrás que se eche a
perder lo que te hemos traído, ¿verdad?
Estaban todos bastante por detrás de la lámpara de araña, ni siquiera en medio de
la habitación. Se habían desplegado en un irregular semicírculo. Cuando el teniente

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de Bo habló, dio un paso hacia mí. Los otros se separaron un poco más. Mi pobre
corazón latía desesperado, desesperanzado, subiéndoseme a la garganta. Me recordó a
cuando un grupo de humanos arrincona a su víctima; y, sin embargo, por muy
cautelosos que se mostraran los hombres de Bo con su invitado, seguían siendo doce
contra uno, y ese uno estaba encadenado a la pared con símbolos de protección por
todo el grillete. No pude evitarlo. Doblé las piernas bajo mi cuerpo. Quería cruzarme
de brazos y taparme así el pecho, pero me recordé a mí misma que era inútil, al igual
que meter las piernas bajo mi cuerpo, así que me apoyé con una mano y dejé la
izquierda sobre mi regazo. Conseguí no cerrarla en un puño, aunque no me fue
sencillo. Los vampiros, salvo por el que estaba sentado a mi lado contra la pared,
dieron otro lento, fluido y aparentemente aleatorio paso al frente. Yo estaba con la
espalda tan pegada a la pared que me dolía la columna.
Ojalá supiera lo que pasaba, ¿por qué eran Bo y su invitado viejos enemigos?
Pero, incluso entonces, aunque supiera qué pasaba, ¿en qué iba eso a ayudarme? Lo
que yo deseaba, que era salir de allí con vida, no parecía una opción. Así que tal vez
fuera bueno que me intentara distraer queriendo saber qué estaba ocurriendo.
No parecían querer acercarse demasiado, pero seguían moviéndose. No se me
ocurría ningún motivo para pensar que eso fuera una buena señal.
Tampoco lo vi venir en esa ocasión. Eran vampiros. Oí al teniente de Bo decir,
como si sus palabras provinieran de otro universo: «Tal vez necesites un empujoncito,
Connie». Las palabras sonaron, o eso me pareció a mí, a velocidad humana.
Probablemente porque quería que yo las oyera. En el universo en que en esos
momentos estaba mi cuerpo, me levantaron y algo afilado me rasgó la piel justo por
debajo de las clavículas, por encima del escote de mi vestido, y a continuación me
soltaron y mi cabeza se golpeó contra algo duro y sentí que se me partía el labio.
Oí:
—Ya que parece que no te gustan los pies… —Y la risa de trasgo de la noche
anterior.
Y entonces se fueron.
Yo yacía en el regazo de mi compañero de cautiverio. El corte había sido tan
rápido que era en esos momentos cuando me empezaba a doler. El corte… Estaba
sangrando, sangrando, sangre fresca y cálida, sobre un vampiro medio hambriento.
Sentí sus manos en mis hombros desnudos.
Me aparté de él, sin duda a una buena velocidad para ser humana. Él me dejó
marchar. Retrocedí de rodillas, ayudándome de mi resbaladiza falda roja,
aferrándome a la mitad superior de mi cuerpo, sintiendo cómo la sangre se escapaba
por entre mis dedos y goteaba en el suelo, dejando un reguero tras de mí, un charco.
También me sangraba el labio y me goteaba hasta la barbilla.
Aún no se había movido. Pero en esa ocasión, cuando sentí que me miraba, tuve
que mirarlo yo también. Tenía que mirarlo a los ojos, a esos ojos verdes como
esmeraldas, verdes como las piedras del horrible anillo de mi abuela…

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Puedes detenerme a mí o a cualquier otro vampiro si tu fuerza de voluntad es lo
suficientemente fuerte.
Sentí que mis manos se apartaban de mi pecho. Me incliné hacia delante. Iba a
tener que arrastrarme hacia él. Estaba arrodillada en mi propia sangre, embadurnando
el suelo, reptaba hacia él. Él tenía salpicaduras de sangre en su pecho, en un brazo, el
del verdugón. No mires. Míralo. Míralo a los ojos. Ojos de vampiro.
… Si tu fuerza de voluntad es lo suficientemente fuerte.
Intenté pensar en algo a la desesperada, en lo que fuera, el anillo de mi abuela,
que era del color de sus ojos. Mi abuela. La luz del sol es tu elemento. Pero
estábamos inmersos en la oscuridad allí, apenas atenuada por la luz de las velas. Esas
velas solamente estaban allí para que mis débiles ojos de humana se vieran atraídos
con más facilidad hacia los ojos hipnóticos del vampiro. Pero recordé la luz, la luz
real, la luz del día, la luz del sol. Buenos días, solete. Yo soy el sol. Sunshine es mi
nombre.
Recordé una canción que Charlie siempre cantaba:

You are my sunshine,


my only sunshine.

Lo oí cantarla. No, me oí a mí. Con la voz baja y quebrada, sin una melodía
discernible. Pero era mi voz.
La luz de sus ojos verdes se quebró y caí de espaldas como si me hubieran
empujado. Me volví y me arrinconé en la esquina. Me metí bajo la manta y seguí allí.

Debí de quedarme dormida de nuevo. Una estupidez. ¿Pero qué era sensato hacer?
Tal vez me desmayara. Me desperté de repente, pensando que eran las cuatro de la
mañana y que tenía que prepararme para ir a hacer los rollos de canela. Pero esta vez,
cuando me desperté, supe al momento dónde estaba. Seguía en el salón de baile, aún
encadenada a la pared.
Seguía viva.
Estaba tan cansada.
Me incorporé. Pronto amanecería. Las velas se habían consumido mientras
dormía, pero una tenue luz grisácea se filtraba por entre las ventanas. Pude ver que el
horizonte empezaba a colorearse de rosa. Suspiré. No quería volverme y mirarlo.
Sabía que seguía sentado en mitad de la pared; sabía que no se había movido. Lo
sabía igual que sabía que el grupo de Bo había estado aterrorizado. La sangre de mi
labio roto se me había quedado pegada y cuando me relamí, el corte se abrió de
nuevo y sentí un dolor tan agudo que se me humedecieron los ojos. Mierda. Me toqué
el pecho con recelo. Estaba empapado y pegajoso. El corte había sido bastante arriba,
allí donde solo hay piel sobre el hueso. No había perdido mucha sangre, a pesar de
que era un corte grande y feo. No quería darme la vuelta. Él me había dejado ir la

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noche anterior. Había recordado que no quería que Bo venciera. Tal vez mi canto
había sonado como el de una criatura racional. Pero la visión de mi sangre a punto
había estado de ser demasiado para él. No quería mostrarle mi pecho de nuevo, tal
vez la costra fuera demasiado también. Me chupé el labio.
De espaldas a él, envuelta en mi manta, observé cómo nacía el sol. Iba a ser otro
día brillante y luminoso. Bien. Necesitaba la luz del sol, pero también necesitaba
cuantas más horas me fuera posible antes de que este se pusiera. ¿Cuánto podía
permitirme esperar?
Charlie estaría en esos momentos preparando el café. El sol brillaba sobre el lago.
Tendría que servir.
Me levanté y dejé caer mi manta. Si el vampiro había estado diciendo la verdad,
estaría a salvo hasta la puesta de sol. Me volví y miré hacia la luz del sol que entraba
por las dos ventanas que tenía cerca. Por un motivo inexplicable, preferí la ventana
más cercana a él. Me coloqué delante del bloque de amigable luz y me arrodillé.
Saqué mi pequeña navaja de mi sujetador y la sostuve entre mis dos manos, con los
dedos extendidos y las palmas juntas como si estuviera rezando. Supongo que en el
fondo eso es lo que estaba haciendo.
No había intentado transformar nada en quince años. Solo lo había hecho con mi
abuela y, después de que se fuera, dejé de hacerlo. Tal vez fuera por la inquietud que
me provocó lo que había hecho con su anillo. Quizá estuviera enfadada con ella por
marcharse, a pesar de que las guerras habían empezado y mucha gente se había visto
separada de su familia, pues los desplazamientos y las comunicaciones se
convirtieron en algo cada vez más errático y en algunas zonas en un imposible. Las
postales de mi padre dejaron de llegar durante las guerras. Pero yo sabía que mi
abuela me quería, sabía que no me habría dejado si no hubiera tenido que hacerlo.
Aun así dejé de intentar hacer lo que me había enseñado.
Era como si el tiempo que pasamos en el lago perteneciera a una vida diferente.
Mi vida lejos del lago, lejos de mi abuela, era la vida que mi madre había escogido
para mí, en la que la herencia de mi padre no existía. Aunque fui al colegio con varios
niños de familias cuidadoras de magia, y a algunos les gustaba demostrar lo que
podían hacer, yo jamás me sentí tentada. Me hacía la sorprendida como el resto de los
niños normales y mi apellido, el de Charlie, no revelaba nada.
Para cuando las guerras terminaron, yo era una adolescente, y tal vez me convencí
a mí misma de que los juegos junto al lago con mi abuela habían sido solo juegos
para críos, y que si recordaba algo más es que estaba soñando (o que las pastillas que
me había tomado eran inusualmente buenas). Tampoco es que mi abuela regresara
nunca para recordarme lo contrario.
Pero ella tenía razón en lo de que mi herencia no se iría porque todos fingieran
que no existía. No había estado cerca de aquel lugar, ese lugar de mi interior, en
quince años, pero cuando regresé allí esa mañana, arrodillada al sol, no era
exactamente como antes, había cambiado. Crecido. Era como si lo que mi abuela

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había hecho, lo que las dos habíamos hecho, fuera plantar un árbol joven. A este no
parecía importarle que nos hubiéramos marchado y lo hubiéramos dejado. Había
crecido hasta convertirse en un árbol. Mi herencia era el terreno en el que había
crecido.
Pero yo no había hecho nunca nada tan difícil y no había hecho nada de nada en
quince años. ¿De verdad que nunca se olvida montar en bici? Si sabías montar en
bici, ¿podías montar a la primera en una de esas enormes motos que se oían a seis
calles de distancia y en las que tenías que ponerte de puntillas para llegar al suelo?
Sentí cómo mi fuerza se me agolpaba bajo la nunca, entre los omóplatos. Esa
zona de mi espalda empezó a arder, como si el sol que me estaba dando fuera
demasiado fuerte. Era una desagradable y creciente sensación de presión, como el
peor caso de acidez estomacal que se pudiera imaginar, y luego explotó, y recorrió
mis brazos como látigos feroces, y se produjo un apenas audible ruido metálico. O tal
vez sí fuera audible. Abrí las manos. Notaba los brazos débiles, como si hubiera
levantado una roca. Había una llave en la palma de mi mano.
—Eres una manipuladora de magia. Una transmutadora —dijo el vampiro con esa
extraña voz que ya no me parecía inexpresiva. En esta ocasión parecía sorprendido.
—No mucho —dije—. Solo cambio cosas pequeñas. Pensaba que no podías
mirarme si estaba bajo la luz del sol.
—El sonido y el olor de la magia eran demasiado fuertes como para ignorarlos, y
tu cuerpo ensombrece tus manos —dijo.
Extendí el pie que llevaba el grillete. Ese era el momento. El corazón me latía
como si… como si hubiera un vampiro en la habitación. Ja, ja. Me temblaba la mano,
pero conseguí dar con la extraña y pequeña cerradura del grillete, metí como
buenamente pude mi flamante llave y la giré.
Clic.
—Bien hecho —susurró él.
Miré por la ventana. Tal vez fueran las siete. Disponía de unas doce horas. Ya
estaba agotada, pero tendría que correr para salvar mi vida. ¿Cuánto tiempo me
duraría la adrenalina? Tenía una vaga pero práctica idea de dónde estaba; el propio
lago en sí era un buen punto de referencia. Todo lo que tenía que hacer era
mantenerlo a mi derecha y llegaría hasta el lugar donde había dejado mi coche… a
unos treinta kilómetros, si es que la orilla del lago era como la recordaba. Si
permanecía cerca del lago podría evitar el foco del mal que había tras la casa, y solo
me quedaba confiar en que no hubiera más focos del mal entre mi coche y yo que no
pudiera sortear. ¿Podría convertir la llave del grillete en la de un coche? Dudaba
mucho que los vampiros me hubiesen doblado la ropa que me había tenido que quitar
(las llaves del coche estaban en mis vaqueros) y me la hubieran dejado en el asiento
del conductor.
Podía recorrer esos treinta y pico kilómetros en doce horas, a pesar de las dos
noches y el día que había pasado.

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Me volví hacia el vampiro. Lo miré por primera vez ese día. Por primera vez
desde que había sangrado encima de él. Había cerrado los ojos de nuevo. Me aparté
de la luz del sol y sus ojos se abrieron. Me acerqué hacia él y me arrodillé a su lado.
Sentí su mirada en mi pecho ensangrentado. La sangre de su pecho se había secado;
no había intentado limpiársela ni lamérsela.
—Dame tu tobillo —le dije.
Se produjo una larga pausa.
—¿Por qué? —preguntó finalmente.
—No me gustan las malas personas —dije—. Honor entre ladrones. Haz tu
elección.
Negó con la cabeza lentamente.
—Es… —Una pausa más larga incluso—. Es muy amable por tu parte. —Me
pregunté en qué profundidades habría tenido que adentrarse para dar con la palabra
«amable»—. Pero no servirá. La gente de Bo tiene rodeado este lugar. El área
despejada de la zona que rodea la casa es del tamaño del área que Bo cree que puede
mantener vigilada de cerca. No se equivocaría en algo así. Tú podrás atravesar ese
círculo ahora, a la luz del día, mientras todos los vampiros cuerdos están
resguardados y en reposo, pero en el momento en que yo pueda poner un pie fuera de
este lugar, mis guardias se pondrán en marcha.
Y no estás, claro, en tu mejor momento, añadí para mí.
Me levanté y regresé junto a la luz del sol, la sentí en mi piel y pensé en el
enorme árbol donde otrora había habido un pequeño plantón. Había mucho
simbolismo relativo a los árboles en la magia creada para protegerse de o contener a
los Otros, porque los árboles son inmunes a la magia negra. Y entonces pensé en
trampas, y en cosas atrapadas, y en cuando el mal de la oscuridad era claramente el
mal, y en cuando no era tan obvio.
Se produjo una larga pausa mientras yo notaba cómo la luz empapaba mi piel,
empapaba el árbol que hasta unos minutos antes no había sabido que estaba allí, y
sentía cómo las hojas de mi árbol se desplegaban y extendían, como pequeñas manos,
para recibir el sol. Estaba cansada, estaba asustada, estaba estupefacta. Acababa de
hacer magia de gran calibre y estaba medio en trance. Me pareció oír el viento en las
hojas de mi árbol y el viento portaba consigo una voz que decía «Síiiiiii».
—Entonces tendrás que venir conmigo.
Se hizo de nuevo el silencio pero, cuando habló, su voz me asustó porque esta
parecía portar sangre consigo.
—No me atormentes —dijo—. He tenido piedad contigo, toda de la que he sido
capaz. Ahora no bromees. Vete y vive. Vete.
Lo miré. No me estaba mirando, pero yo seguía delante de la luz. Me aparté de
ella, pero aun así siguió sin mirarme.
—Lo siento —dije—. No estoy tomándote el pelo. Si no me dejas probar con el
grillete, al menos dame la mano.

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Extendí la mano hacia él, que seguía sentado de piernas cruzadas.
Más valiosos momentos de luz solar transcurrieron.
—¿Preferirías morir, o lo que sea que hagáis, como una rata en un cepo? —dije
con más brusquedad de la que pretendía—. No veo que te hayan hecho ofertas
mejores.
No vi que se moviera, claro. De repente estaba allí de pie, a mi lado, con su mano
en la mía. Era la primera vez que lo veía de pie. El tacto de su mano era tan inhumano
como su aspecto: tenía forma de mano humana y eso, pero algo no cuadraba. No
cuadraba de una manera indefinible, insondable. También estaba el olor. Ahora que lo
tenía a mi lado resultaba abrumador. Ojo, olía mucho mejor que yo, que necesitaba un
baño como no os podéis hacer una idea (no hay muchas cosas que huelan peor que el
miedo), pero no olía a humano. No olía a nada animal, ni vegetal ni mineral. Olía a
vampiro.
Aun así respiré profundamente. A continuación volví a colocarme en el sol,
todavía cogida de su mano, tirando de él tras de mí. Su brazo cedió y se dejó llevar.
La luz del sol tocó su mano y siguió subiendo hasta su brazo herido. Se produjo
un cambio sutil, sutil pero profundo. La sensación de su mano en la mía ya no
suponía una amenaza para todo lo que me hacía humana. La mano se convirtió en…
en un proyecto, una empresa, una tarea. Tal vez no fuera muy distinta a la harina, el
agua, la levadura y la apremiante hora en la que aparecen los clientes hambrientos y
resueltos.
Sentí cómo el poder se movía por mi interior. No fueron latigazos esta vez, sino
lentas, gruesas y curvadas ondas. Las ondas hacían que me sintiera extraña, como si
algo estuviera moviéndoseme dentro, echando a un lado mi hígado y estómago,
retorciéndose entre mis intestinos. Intenté relajarme y dejar que las ondas se
retorcieran y serpentearan a su antojo. Tenía que saber si podía hacerlo durante
mucho tiempo. Probablemente hasta el atardecer. Posiblemente unas doce horas o
más. ¿Podría soportar esa invasión tanto tiempo, incluso aunque la hubiera invitado
yo a entrar? ¿Y si sobrestimaba mi fuerza, como un buceador que sobrestima el
tiempo durante el que puede contener la respiración?
Estaba fuera de mí. Lo más destacable que había hecho hasta la fecha era
convertir un bonito anillo en una horrenda pifia. Y tendría la… eh… «vida» de ese
vampiro en mis manos.
Estaba intentándole salvar la vida a un vampiro.
Las ondas se extendieron por mi cuerpo, primero balanceándose con cautela,
como niños en un balancín, y luego lentamente, con cuidado, encontrando espacios
donde podrían acomodarse en distintos puntos de mi anatomía interna, al igual que
los últimos clientes en la hora punta del desayuno intentan encontrar las últimas
mesas disponibles. La mayor parte de mi ser estaba ya llena de cosas como un
corazón y un bazo y riñones, pero había huecos donde ese poder podía acomodarse,
encajar. Acceder. Me sentía muy… llena. Cuando fueron produciéndose esas

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conexiones, cuando ese poder fue sintiéndose como en casa, las ondas empezaron a
cambiar. En esos momentos eran como las correas de un arnés al ser colocadas en su
sitio, una un poco más ceñida aquí, otra más suelta allí. Cuando hubieron acabado,
todo parecía encajar.
Pensé entonces que podría hacerlo.
Suspiré. Yo no podía ver mi árbol porque me había convertido en él, encarnado en
él; crecía en mí, su savia mi sangre, sus ramas mis extremidades. Su poder me abrazó
como si de cuerdas y cables se tratara, voló de sus ramas como estandartes y
serpentinas. Tal vez la próxima vez que el viento acariciara mi pelo, este crujiría
como las hojas. Síiiiiiii. Extendí mi mano derecha y él puso su mano izquierda sobre
ella. Lo atraje, a todo él, hasta el rectángulo de luz que había delante de la ventana.
La piel de los vampiros tiene un aspecto terrible a la luz del sol, por cierto. Tal
vez sea preferible churruscarse.
Da igual.
Sentí cómo mi arnés aceptaba su carga. Equilibrada y repartida, pesada pero
soportable. Al menos eso esperaba.
—De acuerdo —dije—. Retrocede de nuevo. Quiero tener las dos manos libres
para liberarte de ese grillete y…, tendremos que estar en contacto mientras hagamos
esto a la luz del sol.
No sabía que los vampiros fueran tan torpes. Yo pensaba que la gracilidad venía
con su condición de vampiros, como los colmillos y una tez que tiene muy mala pinta
a la luz. En los libros siempre son superágiles. Pero él se tambaleó hacia las sombras,
y se golpeó con un impacto sordo contra la pared. Soltó mis manos, y dejó caer las
suyas hasta golpearse contra la pared que tenía detrás.
—¿Qué eres? —dijo—. Eso no es transformar pequeñas cosas. No es posible. No
es posible. He estado expuesto a la luz del sol y sé que eso no es posible.
Era agradable saber que no era la única que estaba alucinando. Me arrodillé para
llegar mejor al grillete. Sentí un gran alivio cuando la llave también funcionó para su
cerradura. Iba a tener que administrar mis fuerzas para poder ser un eficaz parasol
para ese no muerto durante las siguientes doce horas. No estaba pensando más de lo
necesario en ninguna de las demás implicaciones que mi oferta conllevaba. Lo
principal, lo único, era que no podía dejarlo atrás. Me daba igual quién o qué fuera.
No podía salir de esa jaula y dejar a alguien atrapado tras de mí. Si podía evitarlo. Y,
para bien o para mal, podía. Aparentemente.
La piel de su tobillo tenía un aspecto horrible. No sabía si esa… descamación…
se debía únicamente a la rozadura, pero por si acaso tuve cuidado de no tocarlo. Mi
tobillo tampoco tenía el mejor de los aspectos, pero mi grillete no tenía símbolos de
protección antihumanos (que yo me hubiera dado cuenta). Oh, sí, existen. Los
humanos no hablamos mucho de ello, pero existen.
—¿Qué eres? ¿Quién eres? —repitió—. ¿Cuál es tu familia?
Le quité el grillete.

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—Mi nombre es Rae Seddon, pero mi nombre real es Raven Blaise. Seddon es el
apellido de Charlie, mi padrastro, pero mi madre dejó de usar tanto Raven como
Blaise en cuanto nos marchamos del lado de mi padre.
—Eres una Blaise —dijo, apoyado contra la pared, pero mirándome mientras yo
seguía arrodillada a sus pies—. ¿Qué Blaise?
—Mi padre es Onyx Blaise —dije.
—Onyx Blaise no tuvo hijos —me espetó el vampiro.
—¿«Tuvo»? —le respondí con la misma brusquedad—. ¿Sabes que está muerto?
El vampiro negó con la cabeza, impaciente, pero luego siguió moviéndola una y
otra vez, como si le estuvieran acechando los mosquitos. A los mosquitos
probablemente les gustaran los vampiros: buscaban sangre. Pero no creía que ese
fuera el problema en esos momentos.
—No lo sé. No lo sé. Desapareció…
—Hace quince años —dije yo.
El vampiro me miró.
—Onyx Blaise no tenía… no tiene hijos.
¿Cómo lo sabes?, quise preguntarle. ¿Es mi padre otro de tus viejos enemigos?
O… ¿un viejo amigo? No. No. No lo había visto desde que yo tenía seis años, pero
no podía creerme algo así del hijo de mi abuela.
—Al menos una sí que tiene —dije.
El vampiro se deslizó lentamente por la pared hasta sentarse en el suelo, junto a
mí. Rompió a reír. Los vampiros no ríen muy allá, o el menos este. En parte su risa
parecía, sonaba, como sacada de una peli mala de terror, de esas que no te dan miedo
porque no son creíbles. Sonaba tan tosca que te hacía preguntarte dónde había ido a
parar el presupuesto para los efectos especiales. Y en parte también era como la peor
peli de terror que hayas visto nunca, de esas que te hacían pensar en cosas que jamás
te habrías imaginado, esas que daban tanto miedo que te entraban ganas de vomitar.
Peor que la risa del trasgo, mi segundo guardia, del grupo de Bo. Sujeté el grillete con
las dos manos y esperé a que parara de reír.
—Una Blaise —dijo—. La gente de Bo me ha traído una Blaise. Y no una prima
tercera que sabe hacer juegos de cartas y quizá un signo de protección que casi
funcione, sino a la hija de Onyx Blaise. —Paró de reír. Y entonces concluí que tal vez
fuera peor el silencio, al menos después de esa risotada.
—Tu padre no te ha educado muy bien. Si te hubiera matado y tuviera tu sangre,
la sangre de la hija de Onyx Blaise, la sangre de alguien que puede hacer lo que tú
acabas de hacer, habría roto el grillete como si el acero fuera papel y las marcas en
este no serían más que… una receta de rollos de canela, y a pesar de las pocas
posibilidades que tengo frente a la banda de Bo, a pesar de las semanas que he pasado
aquí, a pesar de todos los demás que no has visto, silentes en el bosque, observando,
habría vencido. Eso es lo que la sangre de alguien de una de esas familias puede
hacer, y una Blaise… El efecto no dura, una semana como mucho, pero pueden

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hacerse muchas cosas en unas pocas noches. —Sonó casi ensimismado—. Con la
sangre de la hija de Onyx Blaise podría librarme de Bo para siempre. Aún podría.
Todo lo que tendría que hacer sería mantenerte aquí un día más y esperar al atardecer.
Estoy débil y enfermo y veo doble con la maldita luz del sol, pero sigo siendo más
fuerte que un humano. Y todo lo que tendría que hacer es retenerte aquí… —Paró de
hablar.
No me moví. Me acechaba un pensamiento molesto. Era algo como: «Oh, vaya».
Conforme más se acercaba a mi conciencia ese pensamiento, más definido se tornaba,
y decía: «Bueno, hemos pasado por esto antes, varias veces, en los últimos dos días.
O sucumbimos finalmente, o no».
Me senté muy quieta, como si estuviera intentando desalentar a una cobra para
que no me atacara.
Más minutos de luz solar transcurrieron hacia la caída de la noche.
Finalmente dijo:
—Pero no voy a hacerlo. Supongo que no lo haré por un motivo tan descabellado
como el que te ha llevado a decidir dejarme libre y llevarme contigo. ¿Pero qué
ocurrirá cuando se te acabe el poder, en cinco minutos o en cinco horas? Bueno, sé
que el fuego actúa rápido.
Me moví. Lentamente. Angustiada, a pesar de todo, por ese «sé». No «creo» o
«supongo», sino «sé». Algo más en lo que no pensar. Seguí moviéndome muy
lentamente. Solté el grillete vacío. Me guardé la llave en el sujetador. Podría
permanecer por el momento como llave para grilletes.
Tal vez no estuviera segura del todo de que la cobra hubiera bajado su capucha.
Sentí sus ojos sobre mí de nuevo.
—Te avisé de que los nombres tienen poder —dijo—. Incluso los nombres
humanos, aunque esto no era lo que tenía en mente cuando te lo dije.
—Tendré presente no decirle a ningún vampiro el nombre de mi padre en el
futuro —dije. Miré por la ventana. Habíamos perdido cerca de media hora desde que
había transformado la llave. Me estremecí. Mi mirada se posó en el rincón. El saco
parecía más lleno que la última vez que lo había mirado, antes de que la banda de Bo
volviera por segunda vez. Más provisiones, presumiblemente. Necesitaría comer para
pasar el día, aunque no me apetecía nada en esos momentos, y ninguno teníamos
bolsillos donde guardarlo. Fui hasta el saco y lo cogí. Otra rebanada de pan y otra
botella de agua y algo pesado en una bolsa de plástico. Saqué la cosa pesada…
pesada y blanda. Un trozo enorme de carne sangrante.
Solté un gritito y lo tiré al suelo, donde cayó con un plof sordo.
El vampiro dijo:
—Es animal. Vaca. Ternera. Creo que se han olvidado de cocinarlo para ti.
—Tampoco me gusta cocinada —dije mientras retrocedía—. No, gracias. ¿A ti te
podría servir?
Otra de sus pausas.

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—Sí —dijo.
—Toda tuya —dije—. Yo me quedaré con el pan.
Lo vi, en esa ocasión sí. Que lo hiciera para que yo lo pudiera ver, que fuera
porque le costara más moverse con la luz del día a pesar de ser primera hora de la
mañana y estar a la sombra o porque simplemente se estaba regocijando por estar
libre de su cadena, lo desconozco. ¿O acaso se había movido tan poco esos días y
noches que se sentía algo entumecido? Caminó tan lento como un humano receloso
haría y rodeó el enorme rectángulo de luz en el suelo hasta mi rincón, si bien con una
sinuosidad que jamás había visto en un humano. Se inclinó y cogió el paquete
chorreante. Pensé, ¿Va a chuparlo hasta dejarlo seco o qué?
No lo vi. Fue como cuando bebió agua. Un segundo antes había agua, al siguiente
no. Un momento antes había un enorme trozo de carne sanguinolenta en una bolsa de
plástico blanca y al siguiente la bolsa de plástico blanca, rota, estaba precipitándose al
suelo y la carne había desaparecido. Supongo que a los vampiros a veces les gusta
tomar la sangre con algo sólido. Quizá fuera como tomar el arroz con curry y la pasta
con salsa.
Decidí que era mejor no llevar el saco conmigo y me comí gran parte de la nueva
rebanada, a pesar de que sabía a polvo y cenizas, no solo por tratarse de pan de
supermercado. (Se me pasó entonces por la cabeza el fugaz pensamiento de cómo
irían los vampiros a una tienda de alimentación humana; para humanos, me refiero).
A continuación cogí la botella de agua. Esta sí vendría con nosotros.
Teníamos que irnos.
Nos marchábamos. Estábamos en ello. Íbamos a irnos ahora. Y yo estaba asustada
como no lo había estado nunca. ¿En qué me había metido? La mera idea de tener un
contacto físico constante con un vampiro era algo aberrante, y tenía razón, ¿qué
pasaría cuando se me agotara la fuerza? Pero no podía obligarlo a venir conmigo. Él
había decidido que merecía la pena correr el riesgo. De todas maneras, ¿cómo de
rápido era el fuego? Suponiendo que llegáramos a eso. No necesitaba una respuesta:
no lo suficientemente rápido. Nada es tan rápido como una decapitación limpia.
Y si estás tocando a un vampiro cuando este se prende…
Vale, vale, aguarda, dijo una vocecilla en mi cabeza. ¿Cómo has acabado así?
Pues has acabado así intentando escoger la mejor de una serie de pésimas opciones. Y
recuerda que él no lo pasa mal cuando haces tu truco del parasol. Es como… como
cuando ayudas a Charlie con la contabilidad cuando mamá está enferma. O cuando
tienes que tratar con el señor Cagney.
El señor Cagney era uno de nuestros clientes habituales de la cafetería, y estaba
convencido de que el resto de la humanidad existía para hacérselo pasar mal. Era el
único de nuestros clientes asiduos que nunca había dicho nada bueno de mis rollos de
canela. Eso no le impedía comérselos, sin embargo, y después de que se quejara de
que se habían agotado, un día que vino más tarde de lo habitual, siempre le
dejábamos uno apartado. Tratar al señor Cagney requería de cierto esfuerzo. Un

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esfuerzo enorme, desagradecido y agotador. Creo que en conjunto prefería al
vampiro.
Estaba observándome.
—Puedes cambiar de opinión. —A continuación dijo algo que por primera vez
sonó a humano—. En parte desearía que lo hicieras.
Negué con la cabeza, triste.
—No. No puedo.
—Entonces hay una cosa más —dijo.
Yo estaba empezando a aprender que tal vez no me fuera a gustar nada de lo que
dijera tras una de aquellas pausas. Aguardé.
—Tendrás que dejar que sea yo quien te lleve hasta que estemos bien lejos de
aquí.
—¿Cómo?
—Rastro de sangre. Tus pies volverán a sangrar antes de que hayamos salido
siquiera del claro. —¿Acaso hubo un leve temblor en su voz resonante?—. Los míos
no. Y a la gente de Bo no le va a gustar nada nuestra huida cuando lo descubran esta
noche. Encontrarán el rastro al momento si hay sangre que puedan seguir.
Esta vez fui yo quien hizo una pausa.
—¿Me estás diciendo que si hubiera decidido dejarte atrás, no lo habría logrado?
—No lo sé. Tal vez hubiera habido alguna posibilidad de que pudieras escapar:
que la cerradura del grillete estuviera defectuosa, por ejemplo, y entonces Bo haría
que alguien pagara por ello, pero ya está, todo acabaría allí. Que los dos nos hayamos
ido significará que algo realmente extraordinario ha ocurrido. Y que casi con toda
certeza tiene que ver contigo, como en realidad es, y entonces sabrán que han pasado
por alto algo importante sobre ti. Y a Bo le molestará eso más que el que un
prisionero humano normal y corriente se haya escapado. Ordenará a su gente que nos
siga. No podemos ponérselo fácil.
Había sido la vez que más había hablado, más que cuando me había contado en
qué supervampiro se habría convertido si hubiera chupado la sangre de la hija de
Onyx Blaise.
—Para un vamp… para una criatura a la que le enloquece la luz del día, lo que
dices tiene sentido.
—Tener un cómplice es… revitalizador. Esperanzas tras haberlas perdido. Incluso
en unas circunstancias tan desalentadoras como estas.
Desalentadoras. Eso también me gustó. Era tan bueno como lo de «estar limpio de
cosas vivas».
Se acercó hacia mí y extendió lentamente los brazos, como si estuviera intentando
no asustarme. Sentí un repentino subidón de adrenalina (mi cuerpo tenía ciertos
problemas para aceptar las volátiles decisiones de mi mente) y empecé a moverme de
un lado a otro como si estuviera manipulando una marioneta. Rodeé su cuello con mi
brazo, con cuidado de no abrirme la herida del pecho, y sostuve la botella de agua

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con la otra mano. Se agachó y me cogió con más facilidad que con la que yo cojo una
bandeja de rollos de canela.
No iba a ser un trayecto cómodo. Era como estar en el armazón de una silla a la
que le han quitado todas las piezas y solo le quedan partes de la estructura de hierro y
se te clavan por todas partes. Si eso era una silla, había sido construida para que se
sentaran otras especies. Los vampiros respiran, por cierto, pero su pecho no se mueve
como el de los humanos. ¿Habéis intentado alguna vez, en brazos de vuestra pareja,
emparejar vuestra respiración? Ocurre de manera automática. Tu mente solo se
implica si a tu cuerpo le está costando. Por suerte no había nada en aquella situación
que se asemejara a yacer en brazos de tu amado salvo en que estaba apoyada contra el
pecho desnudo de alguien. No podría haber equiparado mi respiración a la suya, al
igual que no podría prender gasolina ni que me saliera humo del trasero por el mero
hecho de ir en el asiento de copiloto de un coche.
También tuve la extraña sensación de que su temperatura corporal era unos
grados más baja antes de tomarme en brazos, y que había ajustado su temperatura
corporal a la mía. Hablando de ajustes y equiparaciones.
Cruzamos la puerta por la que la banda de Bo me había traído, recorrimos el
espectral vestíbulo y salimos por la puerta principal, que encontramos
convenientemente entreabierta. ¿Qué sabía yo de la intencionalidad de los vampiros?
Si apenas podía reconocer la respiración de mi vampiro como tal. Pero sí me dio la
sensación de que no solo caminaba sin vacilación sino deliberadamente hacia la luz
del sol que se descubría tras el porche, y giró a la izquierda, hacia los árboles a ese
lado. Sentí que mi arnés se tensaba. Si hubiera habido correas de verdad, se habrían
rasgado. Había un largo camino hasta las lindes del bosque. Tal vez fuera bueno que
me llevara; el calor del sol me estaba atontando un poco.
El calor por lo general no me supone un problema. Uno de los motivos por los
que Charlie me dejó que lo ayudara con el obrador cuando aún era pequeña fue
porque era la única que podía aguantar el calor allí en el verano. También era cuando
la cafetería era relativamente pequeña, y Charlie hacía la mayor parte de la comida,
antes de que abriera la parte delantera para que pudiéramos tener más mesas además
del mostrador y de las mesas con asientos corridos junto a la pared, y antes de que
construyera mi obrador. Ahora está pegado a la cocina principal, y sí hay ventanas y
una puerta al exterior y ventiladores industriales, pero en julio y agosto casi todo el
mundo salvo yo tiene que salirse de allí para refrescarse con agua y sentarse un rato.
Pero aquello era distinto. Las fuertes ondas de poder que había sentido cuando
nos habíamos colocado delante de la ventana parecían más grandes y serpenteantes
que nunca y estaban ralentizando al resto de mi ser, ocupando demasiado espacio,
estrujándome y arrinconándome hasta aplastarme, como cuando estás en el metro en
hora punta. Sentía que se me comprimía hasta el cerebro. Esa sensación de llevar
algún tipo de arnés que también había conseguido apuntalarse en mis órganos
principales seguía estando allí, pero empezaba a sentir que no era tanto para cargar

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con el peso como para mantenerme de una pieza, para que las ondas de poder
supieran dónde estaban los confines, mis confines, y no destruyeran nada. No estaba
asustada, aunque me pregunté si no debería estarlo.
Llegamos al extremo de los árboles finalmente, y todo fue mejor una vez
estuvimos bajo su sombra. Yo me sentía más alerta, y en cierto modo más ligera,
aunque no habría descrito el efecto de las ondas como pesado. Pero la sensación de
tener todos mis huecos ocupados en demasía se relajó en cierto modo. Recordé lo que
él me había dicho de la luz del día: «Siento como si los rayos del sol me estuvieran
sesgando». La sombra de los árboles no era muy extensa ni tampoco podíamos
confiar en que nos protegiera del sol, así que mi poder seguía fluyendo a través de mí,
pero no me sentía como si estuviera a punto de desbordarme o resquebrajarme.
Pensé: Vale. Puedo proteger a un vampiro de los efectos de la luz directa del sol. No
podría proteger a dos. Tampoco era una información que tuviera planeado necesitar
en el futuro.
—Hemos cruzado su línea —dijo el vampiro—. Hemos dejado atrás el círculo de
vigilancia.
—Sabrán que lo hemos hecho, ¿verdad?
—Lo sabrán esta noche. Nosotros no prestamos atención al mundo diurno.
—¿Sabrán adónde hemos ido?
—Tal vez. Pero estoy siguiendo las huellas del camino por el que te trajeron hasta
aquí y de momento es el mismo, y sin sangre fresca tendrán problemas para decidir
qué es nuevo y qué no.
—Eh… —Ese no era un tema que quisiera sacar—. Sabes que tanto tú como yo
llevamos bastante sangre mía, ya. Seca. De anoche.
—Eso importa poco —dijo el vampiro—. Solo la sangre caliente de un cuerpo
vivo deja una señal inequívoca cuando toca la tierra.
Me obligué a recordarme a mí misma que esas eran buenas noticias.
Permaneció en silencio un buen rato, y entonces dijo, de manera tan
desapasionada como siempre:
—Había temido, a pesar de que incluso tú pudieras proteger mi cuerpo del fuego
cuando cruzásemos el espacio abierto, que el sol me cegara. No ha ocurrido. Me
siento aliviado.
—Oh, dioses —dije.
—Sí. Pero como has dicho antes, tampoco tenía una mejor opción. Me pareció
que merecía la pena correr ese riesgo frente a la probabilidad más que certera de ser
aniquilado a manos de Bo.
Fascinada, se me nubló el juicio y dije:
—¿Creías que yo podría haberte guiado por entre los árboles?
—Sí. No habría estado totalmente indefenso. Puedo detectar la presencia de
objetos sólidos. Pero no habría sido sencillo.
Reí. Era la primera vez que reía desde que había conducido hasta el lago sola.

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—No, estoy segura de que no.
Seguimos avanzando un rato en silencio. Tuvimos que parar otra vez para que yo
hiciera otro pis. Dioses. Los vampiros no parecían tener necesidades fisiológicas. Me
puse a horcajadas tras él, sin dejar de agarrarle una de las piernas. Mientras estaba a
mis cosas, no me quedó otra que mirar su tobillo magullado. Seguía teniendo un
aspecto horrible, pero no me pareció que estuviera peor.
En varias ocasiones se me vino a la cabeza que estábamos avanzando a mucha
más velocidad que la que habríamos alcanzado si yo hubiera ido a pie, y descalza. Si
bien esa sensación de estar sentada sobre un armazón de hierro resultaba bastante
dolorosa, había montado en coches con peor suspensión. Ese movimiento fluido y
líquido de los vampiros no es ninguna broma, y cargar con unos cincuenta y cinco
kilos (kilo arriba, kilo abajo) no era moco de pavo. Si el tobillo le molestaba, no lo
demostró en ningún momento.
El corte del pecho me dolía bastante, pero tenía cosas más importantes de las que
preocuparme. Me llevaba con tanto cuidado que no se me volvió a abrir. Le estaba
agradecida por esos pequeños favores. Temía que incluso nuestra alianza actual
pudiera peligrar si empezaba a sangrarle encima de nuevo.
Estaba pendiente del sol, que se colaba por entre los árboles, y también, con mi
poder vivo y en funcionamiento, fue como si me sintiera capaz de percibirlo de una
manera distinta a ver o sentir el toque de su luz, y noté cuándo llegó y se marchó el
mediodía. Había bebido de la botella un par de veces y se la había ofrecido a mi
chofer, pero él dijo:
—No, gracias, no es necesario.
Estaba siendo de lo más educado tras haber decidido que no iba a convertirme en
su cena.
Estábamos mucho más lejos de mi coche de lo que me había supuesto en un
primer momento. A unos cincuenta kilómetros, probablemente más. Tal vez hubiera
podido lograrlo por mí misma antes de que se pusiera el sol, incluso descalza. Quizá.
Pero no habría llegado mucho más allá, y el coche no estaba.

Le había explicado adónde nos dirigíamos al principio de todo aquello. El vampiro no


había dicho nada, pero era lo que solía hacer, y no se había mostrado disconforme. Yo
tenía la navaja-llave en mi sujetador; o bien encontrábamos una buena sombra
mientras yo hacía el truco de nuevo, o él podía apoyar sus manos en mis hombros
para mantener el factor de protección solar 50 +++. No había pensado más allá de
eso. Supongo que creí que encontrar mi coche equivaldría a recuperar mi vida
normal. Una vez me metiera en mi coche, girara la llave y el motor se encendiera,
todo lo que había ocurrido habría terminado, como si nunca hubiera pasado, y podría
retomar mi vida. No estaba pensando con claridad, obviamente, pero ¿quién lo haría?
Seguía viva, y eso era bastante increíble dadas las circunstancias.

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Tampoco había pensado en lo que haría con el vampiro una vez llegáramos al
coche. Lo máximo que se me había ocurrido era que este podía apoyar la mano en mi
rodilla mientras yo conducía, o similar. Nadie me ponía la mano en la rodilla salvo
Mel. Pero ¿acaso un vampiro era «alguien»? No veía posible poder meter a un
vampiro en el maletero, aunque la oscuridad allí tenía que ser total, y tampoco estaba
segura de cuáles eran los parámetros. Sabía que un abrigo grueso y un sombrero de
ala ancha no eran protección antillamas suficiente y los historiadores habían afirmado
tiempo atrás que las famosas historias de los caballeros con sus pesadas armaduras
que resultaron ser vampiros tampoco eran ciertas, así que probablemente una chapa
de coche no fuera a ser suficiente. ¿Pero entonces qué? ¿Dónde dejas a un vampiro al
que has llevado en tu coche? ¿En el mausoleo más cercano? Ja, ja. Eso de que los
vampiros merodean por las tumbas es falso, los vampiros no quieren tener nada que
ver con los muertos, y la gente a la que convierten no ha sido enterrada primero. Pero
ya se sabe cómo son estas cosas, las viejas leyendas tardan en morir. (Demasiado
Bram Stoker y demás, esa era la opinión de la señorita Yanovsky).
Así que no había hecho planes de contingencia. Cuando llegamos a la vieja
cabaña dije:
«Vale, aquí estamos» y el vampiro me dejó en el suelo y yo me mantuve sola de
pie, con cuidado de no pisar nada que me hiciera sangrar. Él se tambaleaba, sin
embargo, y no solo por el sol; aunque estoy segura de que me habría tomado en
brazos de nuevo más rápido de lo que tarda una gota de sangre en caer llegado el
punto. Tenía su mano en mi codo. La luz no era más que unas leves motas allí donde
nos encontrábamos. Resulta curioso cómo el resurgimiento claustrofóbico de la
maleza salvaje parece traidoramente esporádico cuando estás pensando en la alergia
letal al sol de tu acompañante.
Sabía dónde había dejado el coche. Era una cabaña pequeña y la zona para
aparcar estaba justo detrás.
—No está aquí —dije estúpidamente. Por primera vez sentí que las ondas de
poder se movían a trompicones, como si fueran a arrollarme, como si… como si
fueran a desbordárseme en la boca y perderse. No podía correr ese riesgo, no podía…
Me di la vuelta y lo cogí, lo rodeé con mis brazos, como si él fuera un rompeolas y
pudiera contener la marea o cualquier ruptura inesperada. Sus brazos me rodearon
vacilantes y pensé en ese momento que nuestro contacto físico prolongado
probablemente no fuera más agradable para él de lo que lo estaba siendo para mí, si
bien tal vez por motivos diferentes.
Respiré profundamente y las ondas se estabilizaron. Yo me estabilicé. Era un
buen muro. En muchos sentidos. Sólido. Inmóvil. Me di cuenta entonces de que tenía
la cabeza pegada a lo que por experiencia sabía que era un cuerpo ambulante… sin
corazón que latiera. Curioso. Y sin embargo se oía un zumbido… algo pasaba ahí
dentro. Vida, podría decirse, a falta de un término más adecuado. Jamás había visto
un muro que zumbara.

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Lo solté. Él me soltó, salvo por la mano en mi hombro.
—Perdón —dije—. Creí que lo perdía.
—Sí —dijo.
—Si lo hubiera perdido, habrías muerto. Frito, ya sabes —dije para ver qué decía.
—Sí —respondió.
Negué con la cabeza.
—Los de mi especie no nos sorprendemos con facilidad —dijo—. Esta mañana
me sorprendiste. He agotado mi cuota de consternación y sorpresa por hoy.
Lo miré.
—Acabas de hacer una broma.
—He oído que eso puede pasar, cuando los vampiros pasan tiempo en compañía
de los humanos —dijo con un aspecto y una voz de lo más vampírica—. No es una
situación que haya despertado nunca demasiado interés en nosotros… Y… bueno, no
soy yo mismo después de pasar un día bajo la luz.
Yo tampoco me siento yo misma, pensé. Tuve cuidado de no pensar en el instinto
que acababa de arrojarme a sus brazos apenas unos instantes antes. ¿Acaso haber
abrazado un árbol no me habría estabilizado también? ¿Y qué si se freía?
—Así que no te sorprende la desaparición de mi coche. Pues no somos dos.
—Me parecía poco probable que Bo hubiese dejado un cabo tan obvio suelto.
—Lo siento. Sí. Tiene sentido. Pero no sé qué hacer ahora.
—Seguimos —dijo el vampiro—. Tenemos que estar muy lejos del lago antes de
que anochezca.
Estaba intentando recuperar el equilibrio en mi cabeza. Estabilizar las ondas me
había llevado mucho esfuerzo, y mi cabeza no quería producir pensamientos
coherentes. Estaba, además, cansada hasta decir basta y no quería pensar en nada.
—¿El lago? —pregunté.
Hizo de nuevo una pausa, así que estaba convencida de que no me iba a gustar lo
que venía a continuación.
—Los sentidos de los vampiros son distintos a los de los humanos en muchas
cosas. Lo relevante en este caso es que los lugares son más… penetrables a nuestra
conciencia dependiendo de su grado de homogeneidad. No es la distancia lo que es
crucial, sino la uniformidad. Bo podrá encontrarnos con demasiada facilidad, incluso
sin un rastro de sangre que seguir, en uno de los bosques que rodean el lago porque,
aunque sean bosques distintos, todos lindan con el lago. Una vez salgamos de los
bosques… Bo tendrá más dificultad para seguirnos de la que tendría un humano.
Buenas noticias, si es que vivíamos lo suficiente. Vale. El camino más corto para
salir del bosque seguía siendo el camino que habíamos estado tomando, razón por la
que el vampiro debía de haber aceptado seguirlo en un primer momento. El bosque
que rodea el lago se prolongaba en más bosques y en pequeños lagos y alguna que
otra granja desierta antes de alcanzar más ciudades. Nueva Arcadia era la única
ciudad en cierta distancia, tras la cual finalmente había muchas más ciudades y

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pueblos más pequeños que iban creciendo y juntándose hasta convertirse en otra
ciudad. Pero eso era a más de ciento cincuenta kilómetros de aquí.
—¿Adónde vas a ir? —le pregunté.
—Iré donde tú vayas hasta la puesta del sol —dijo el vampiro—. Luego irás
donde tengas que ir y yo iré donde tenga que ir.
Suspiré.
—Sí. No. No quería ser cotilla. Mira, está muy bien eso de alejarnos del bosque,
pero eso significa adentrarse al menos en la periferia de la ciudad. Y si bien puedo
hacer que el sol no te haga daño, no puedo hacer que parezcas humano. Y deja
también que te diga que el color de tu piel es absolutamente increíble, y ni siquiera
llevas camisa. Y no tenemos coche.
El vampiro asimiló todo sin temblar.
—¿Qué sugieres?
—Lo único que se me ocurre es embadurnarnos de barro, especialmente tú,
avanzar a tumbos y llegar a la ciudad por el extremo norte, donde andan los
drogadictos. Pareces un poco yonqui, o te pareces más a un yonqui que a cualquier
otra cosa. Humana. Con suerte los yonquis que nos vean estarán tan asustados por lo
que les pueda pasar que no te dirán nada. —Paré de hablar—. Luego está la zona
pobre pero respetable, pero si nos movemos no llamarán a la pasma… a la policía. Lo
que me preocupa es que algún lumbreras te tome por un demonio. Evidentemente, no
puedes ser un vampiro porque estás bajo la luz del día. Pero no eres nada creíble
como humano. Podrías ser más un demonio lerdo que no es consciente de lo mal que
se hace pasar por humano y, puesto que tenemos que ir de la mano, tal vez alguien
piense que me has secuestrado. Mierda. Y también tenemos al menos que atravesar
una autopista. Mierda. Mierda. Supongo que ni siquiera conoces esa zona de la
ciudad, ¿no?
—No.
—No, yo tampoco, no mucho. Bueno, si no llaman a las FEAO, deberíamos
poder encontrar la reserva natural donde se encuentra la casa de mi casera, que está al
otro lado de… no tengo ni idea de cómo está de lejos. Muy lejos. Podríamos haber
atravesado directamente la ciudad con mi coche. —Miré al sol con aprensión, pues ya
era media tarde y todavía había muchos árboles entre nosotros y el asfalto.
—No habría sido una buena idea atravesar la ciudad en coche, no conmigo. Tu
familia le habrá dado el número de identificación a la policía.
—¿El qué? Ah, la matrícula. Oh. Oh, lo siento. Tampoco me había parado a
pensar en eso.
—En ningún momento he pensado que me habías traído hasta aquí para
traicionarme al final —dijo.
No.
—Pero… es probable que hayamos dejado atrás el anochecer para cuando
lleguemos a mi apartamento —dije, intentando no parecer desolada. No estaba

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demasiado cansada para seguir, me estaba diciendo a mí misma. No haber
encontrado el coche era solo un contratiempo. No era el fin de la historia.
—Te acompañaré a casa —dijo el vampiro con cortesía, como un chico bien
educado llevaría a su cita a casa tras haber cenado en la pizzería del barrio.
No había motivo por el que aquello tuviera que hacer que mis ojos se llenaran de
lágrimas. Era el cansancio.
—No quería… gracias —dije. Debería haberlo querido lejos de mí lo antes
posible. Debería haber estado deseando la visión del sol tocando el horizonte, al
menos una vez saliéramos de los árboles. Pero no era así. Estaba agradecida de que
fuera a llevarme hasta la puerta de mi casa. Allí donde estaba, junto a la cabaña y
contemplando el lugar donde mi coche debería haber estado y no estaba, no creía
poder hacerlo sin él.
Estaba contenta de que no se hubiera churruscado.
Descendimos por el lago, conectados. En cierto modo me había acostumbrado a
que me llevara, y como absolutamente todo lo que estábamos haciendo era de lo más
raro, la extrañeza crucial y fundamental de nuestra necesaria proximidad se hacía
menos evidente. Caminar pegados con mi mano metida bajo su brazo era mucho más
extraño e incómodo. Y además también me hacía sentir más desbalanceada.
Probablemente se debiera al cansancio, pero que el intercambio de poder, o lo que
quiera que fuera aquello, solo se realizara a través de una mano me mareaba. Me
apoyé sobre él, no muy voluntariamente.
El terreno estaba compuesto básicamente de musgo y tierra con pequeños parches
de hierba, por lo que mis pies descalzos no corrían mucho peligro. Cuando llegamos
a la orilla, escogí el lugar más pantanoso que pude encontrar (sabía dónde buscar,
pues había una pequeña ensenada al este de la cabaña) y le indiqué que se sentara
para a continuación enfangarlo entero, pelo incluido. Estaba tan delgado que mis
manos hacían ruidos sordos en sus costillas. Lo aguantó con perfecto estoicismo.
Agarró mi tobillo con una mano, para que yo tuviera las dos manos libres, pero le dije
que me agarrara los dos para mantener el equilibrio. Mi equilibrio.
Fui un poco más artística con mi ornamentación. Solo tenía que parecerme a
alguien que estuviera con aquel bicho raro por voluntad propia. Así que me froté el
barro en el pelo y dejé que me cayera por un lado de la cara hasta el hombro. Tuve
cuidado de que no me tocara la herida del pecho. Las normas higiénicas de mi madre
eran muy estrictas respecto a evitar que la suciedad entrara en una herida abierta, y no
tenía ninguna tirita a mano. Hubiera necesitado unas cuantas de todas maneras.
Confiaba en que el fango en el tobillo maltrecho del vampiro no le causara ningún
problema, que eso de «estar limpio de cosas vivas» fuera una defensa de amplio
espectro. Además, el corte probablemente añadiera verosimilitud y nos venía bien
toda la ayuda posible. ¿Verosimilitud de qué? Aún tenía el labio hinchado, pero había
dejado de sangrarme horas atrás y ya no notaba en la boca el sabor metálico de la
sangre. Hurra. Quería sentirme lo menos vampira que fuera posible. No me gustaba la

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sensación de que los límites estuvieran difuminándose.
Había pasado mucho tiempo en aquella ensenada con mi abuela. En los quince
años que habían transcurrido desde entonces esta había cambiado de trayectoria y
había quedado obstruida por los sedimentos. Cuando nos sentábamos allí, se podía oír
el riachuelo que había creado la ensenada, pero en esos momentos todo estaba en
silencio. Lo único que podía oír era mi respiración y el chapaleo de mis manos en el
barro. Ni siquiera había pájaros.
El vampiro insistió, si es que se le puede llamar insistir, en que me llevaría
durante el último tramo del bosque hasta las primeras calles de la ciudad.
Homogeneidad, me recordó, y rastro de sangre. Y yo recordé lo rápido que habíamos
avanzado cuando solo era él quien caminaba, y además quedaban unos veinte o
veinticinco kilómetros hasta las afueras de la ciudad, así que no protesté.
Me llevó hasta el asfalto destrozado del principio de la última calle y dejó que mis
piernas descendieran con cuidado a la acera, que estaba en pleno proceso de
desintegración. No tuve que fingir apoyarme en él para mantener el contacto, lo
necesitaba para mantenerme erguida. Rodeé su brazo con el mío y puse mi mano en
su muñeca. Así nos rozábamos levemente también por el hombro y la cadera. Las
ondas de poder chapalearon un poco conforme yo intentaba ajustar mis pies para que
volvieran a caminar, pero no corrí el peligro de perder el equilibrio como cuando
había descubierto que mi coche había desaparecido. De hecho, las ondas en ese
momento parecían estar alterando ligeramente su forma y patrón para ayudarme. El
mareo que había sentido cuando caminamos hacia la ensenada amainó.
Aún me quedaba juicio suficiente como para dejar la ya vacía botella de agua en
una papelera de la ciudad.
No quiero volver a tener que hacer otra travesía por la ciudad como esos últimos
kilómetros. Sé que no paro de decir lo cansada que estaba, pero ese último tramo fue
como una enfermedad mortal, y me sentía como si pudiera ver mi muerte aguardando
a unos metros al final de la calle. Me gusta caminar y tengo aguante, pero estoy
hablando de la vida normal. Mel y yo podemos caminar veinticinco kilómetros en las
inmediaciones del lago buscando animales e intentando mantenernos lejos del
alcance de los ecologistas radicales, pero le dedicábamos todo el día, y hacíamos
varias paradas para descansar y una larga para almorzar, y llegábamos a casa
cansados y orgullosos de nuestra hazaña. También llevábamos calzado. Esos últimos
veinticinco kilómetros en cambio se sumaban a todo lo que habíamos pasado ya, y yo
llevaba bastante tiempo corriendo sin haber probado bocado. No era solo mi muerte
lo que estaba viendo: estaba empezando a tener unas alucinaciones terribles. Mucha
gente empieza a tenerlas cuando está extremadamente cansada, y yo también las
había tenido antes, cuando andábamos escasos de personal en la cafetería y todos
estaban malos salvo Charlie y yo, y teníamos que trabajar dieciséis, dieciocho horas
día tras día, pero esa era la primera vez que veía cosas moviéndose a mi alrededor,
además de una paleta de colores totalmente nueva. No era una experiencia agradable.

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Aun así, pude reconocer lo que estaba ocurriendo, y luché para que mi visión se
enfocara dentro de los límites de mi propio espectáculo privado, intentando discernir
por qué camino deberíamos ir en el mundo real. Conocía la disposición de mi ciudad
a la perfección incluso aunque no tuviera en la cabeza todos los detalles, e incluso
con esa frontera personal final mantuve mi sentido de la orientación. Sin embargo,
estaba tan paralizada que apenas presté atención a mis pobres pies. Menos mal que lo
del rastro de sangre ya no era un problema allí.
En esos momentos el sol se disponía rápidamente a ponerse, lo cual debería haber
sido algo bueno, pues tendríamos un aspecto menos lúgubre en la oscuridad. Nadie
nos dijo nada. Vimos a algunas personas, pero o bien iban totalmente ciegas y con
unas alucinaciones peores que las mías (de las que varios de ellos hablaban
animadamente consigo mismos) y ni nos prestaron atención, o bien nos miraron y se
cambiaron a la otra acera de la calle, donde quiera que estuviéramos, y se cuidaron de
volver a mirar. Me entraron ganas de preguntarle al vampiro si estaba haciendo algo
(los vampiros podían ser persuasivos, ¿no? ¿Podían repeler también entonces?), pero
seguía siendo de día, si bien la luz era ya tenue, así que no parecía probable. Tal vez
mis ondas de poder estuvieran haciendo algo. Tal vez eso fuera parte de los ajustes
que habían hecho al llegar a la ciudad. Tal vez fuera mera suerte.
En mitad de todo aquello sentí una irrefrenable añoranza por mi abuela, que
podría haberme explicado qué era lo que estaba haciendo (estaba segura de ello) y
cómo lo estaba haciendo. Cuando empecé a deslizarme por una especie de línea
definitiva y final, a sentir que las ondas de poder pronto serían todo lo que quedase de
mí, que mi propia personalidad estaba palideciendo, decreciendo, de repente tuve la
repentina y apasionada necesidad de saber qué estaba haciendo.
No era al vampiro al que la gente estaba evitando, descubrí. Era a mí. Yo era la
que estaba tambaleándome y murmurando como una tarada y la que tenía
probablemente el aspecto más peligroso.
Estaba consumiéndome con la luz del día. Me había exigido demasiado.
Llegamos al extremo del parque justo cuando el ocaso se tornó en oscuridad, y él
me cogió de nuevo sin perder el paso, y nos metimos bajo los árboles, en la noche,
que era su elemento. Podía sentir cómo las ondas de poder se movían levemente por
mi interior a pesar de que ya no las necesitaba como parasol. Pensé, como en una
nebulosa, que tal vez estuvieran intentando mantenerme con vida. Qué amables. Él
también debía de estar intentándolo. Curioso que un vampiro hiciera eso…
La oscuridad más total nos rodeaba, oscuridad y árboles, y el vampiro abriéndose
paso a toda velocidad entre ellos. Febrilmente murmuré:
—No tengo ni idea de dónde estamos.
—Yo sí —dijo él—. Puedo oler tu casa.
Puede que me quedase dormida. Eso explicaría los sueños: que estaba volando,
que estaba muerta, que era un vampiro, que me hallaba junto al lago con mi abuela, y
que acababa de abrir mis manos cerradas, pero en vez de una flor o una pluma o un

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anillo, la sangre se agolpaba y vertía por mis manos, y fluía y fluía, como si mis
manos fueran una fuente. Pero una fuente de sangre.
El vampiro se detuvo. Parpadeé y abrí los ojos y vi luces titilando por entre
algunos árboles y distinguí la forma de mi casa. Mi casa. Estábamos en la parte
posterior del jardín. Podía ver el pálido color lavanda de las lilas junto a la ventana de
la sala de estar de Yolande. Era el tipo de mujer que tenía sala de estar en vez de
salón. Y las luces encendidas significaban que seguía despierta, aunque por lo general
se iba tan pronto a la cama como una persona que se tiene que levantar a las cuatro de
la mañana para ir a hacer rollos de canela. Me pregunté qué hora sería.
El vampiro dijo:
—Necesitarás una llave para abrir la puerta.
Podía dejarme allí. Podría pedirle que me dejara en el suelo y luego él se podría
marchar. Yo llamaría con los nudillos a la puerta de Yolande y una vez se le hubiera
pasado el susto al ver a una vagabunda en la entrada, cuando me hubiera reconocido,
me dejaría entrar con su llave. Sería amable y comprensiva. Llamaría a la cafetería y
al médico y a la policía. Me prepararía un baño caliente y me ayudaría a meterme en
la bañera y curaría mis heridas. No me haría ninguna pregunta; sabría que yo estaba
demasiado cansada y reconocería los síntomas de un estado de shock. Me prepararía
un té caliente y dulce y un zumo de naranja, y me daría calidez humana y
comprensión y compañía.
No me sentía capaz de verla en esos momentos.
Me moví despacio y saqué la navaja-llave de mi sujetador. El vampiro se
arrodilló, manteniéndome en su regazo. Me apoyé contra él y cerré las manos,
sosteniendo ese pequeño trozo de metal. Apelé al poder de la luz del día. Venía desde
muy lejos, de otra vida casi, pero vino. Sentí que algo se partía, como si mi estómago
se hubiera separado de mi intestino delgado, o el hígado de mi bazo. Pero cuando abrí
las manos de nuevo, ahí estaba la llave de mi puerta.
El vampiro me levantó de nuevo, con cuidado. Bordeó el jardín. Subió los
peldaños del porche en silencio, algo que yo no podría haber hecho. Los escalones
del porche crujen y el porche es peor todavía. Avanzó en silencio, cual sombra, hasta
mi puerta y, todavía en sus brazos, metí la llave, giré el pomo, empujé la puerta
abierta un poco y susurré:
—Sí.
Cruzó la puerta de mi casa y la estancia delantera y me dejó en el sofá. No oí que
se levantara o se moviera, pero sí que oí que la puerta de la nevera se abría y cerraba,
y entonces lo vi de rodillas junto a mí de nuevo. Deslizó un brazo bajo mi cabeza y
me la levantó y me colocó unas almohadas debajo para incorporarme y a
continuación me dijo:
—Abre la boca.
Vertió un poco de leche en mi boca y se aseguró de que la tragaba antes de
sujetarme el cartón para que pudiera beber de él. Me sujetó la nunca con la otra

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mano. ¿Qué se creía que era, una enfermera? Se lo habría preguntado, pero estaba
demasiado cansada. Me hizo beber casi todo el cartón, me acomodó la cabeza con las
almohadas y entonces empezó a darme algo en pequeños pedacitos. Tras los primeros
trocitos, parte de mis sentidos volvieron a la vida y reconocí uno de mis muffins, uno
de los que habían quedado el último día que había estado en la cafetería, siglos atrás.
Estaba deshaciéndolo en trocitos pequeños y dándomelos poco a poco, para que no
me atragantara. El muffin estaba rico, pero tres días de existencia para un repostero
eran demasiados. Creo que tal vez me diera otro más, migaja a migaja. A
continuación me sostuvo el cartón de leche hasta que me la acabé. Luego me quitó
todas las almohadas salvo una, y me tumbó.
No recuerdo nada más.
Me desperté no sé cuántas horas después con la luz entrando por las ventanas.
Finalmente el sol había llegado hasta el sofá donde yo yacía, y acarició mi rostro. No
podía recordar dónde estaba. No, estaba en casa. No, no en mi habitación de la
infancia, sino en el que era mi apartamento desde hacía casi siete años. Pero entonces
¿por qué no estaba en la cama? ¿Por qué me recuerdo durmiendo en el suelo? No, eso
había sido un sueño. No, una pesadilla. No pienses en ello. No pienses en ello. Y al
mismo tiempo sabía que había dormido mucho y que debería llevar ya horas en la
cafetería y que Charlie me mataría. No, no lo haría. ¿Por qué nadie había llamado
para ver dónde estaba?
Intenté incorporarme y a punto estuve de gritar. Tenía agarrotados todos los
músculos de mi cuerpo y era como si todas y cada una de mis terminaciones
nerviosas hubieran gritado «No» al moverme. Me dolía todo, dentro y fuera. Y
además me sentía… me sentía como si en mi interior, los órganos, todas las cosas que
estudiabas en la clase de biología y que olvidas poco después, todas esas partes y
piezas semiconocidas, difusas, ya no tuvieran la misma relación entre sí que habían
tenido… antes… antes… Era una sensación estúpida y extraña, tenía que estar
delirando. Mi mente estaba divagando. No pienses en ello. ¿Pero cómo iba a saber
por qué estaba en casa, durmiendo en el sofá, de día? Y dolorida hasta el punto de no
poder moverme. Si eso, si todo eso, era una pesadilla, ¿qué me había ocurrido?
Intenté incorporarme de nuevo y finalmente lo conseguí. Estaba tapada con una
manta y esta se cayó al suelo.
Llevaba un vestido rojo arándano lleno de mugre que se ceñía en la mitad
superior y que luego caía en capas y capas de tela hasta los tobillos. Estaba descalza y
tenía los pies destrozados, arañados y magullados e hinchados. Tenía fango por todo
mi ser (y en esos momentos también había en el sofá y en el suelo) y un largo y
curvado corte en el pecho con muy mala pinta que sin duda había sangrado hasta
formársele una costra. Los bordes se abrieron un poco cuando intenté moverme. Mi
labio inferior estaba roto y sentía esa parte de la cara hinchada.
Empecé a temblar de manera incontrolada.
Cogí la manta entre fuertes dolores y me tapé con ella. Fui al baño tanteando las

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paredes y abrí el grifo del agua caliente de la bañera. El agua caliente iba a doler,
pero merecería la pena. Eché cuatro veces más espuma de baño de la que usaba
normalmente y aspiré el aroma a lilas del valle. Me dolían hasta los pulmones y la
respiración se me antojaba extraña, había algo en la forma en que respiraba que era
distinta a… Mientras esperaba a que se llenara la bañera, fui hasta la cocina. Me comí
una manzana porque fue lo primero que vi. Había un cartón de leche vacío en la
encimera, junto al fregadero. No le presté atención. Me comí otra manzana. A
continuación una pera. Me coloqué delante de la luz que entraba por la ventana de la
cocina y me empapé de ella mientras contemplaba el jardín. Con la luz cálida y
regeneradora del sol, mientras intentaba no pensar en nada, sentí una menuda,
laboriosa y estimulante sensación de bienestar: la felicidad del convaleciente ante el
primer leve indicio de poder recuperar la salud. Me daría un baño y luego llamaría a
la cafetería. No tenía por qué decirle nada a nadie. Podía estar demasiado
traumatizada. Podía haberlo olvidado todo. Lo había olvidado todo. Estaba
olvidándolo todo en esos momentos. Mis pies y mi rostro y el corte en mi pecho
evitarían que me presionaran demasiado para recordar algo tan obviamente terrible.
Yolande debía de haber salido; de lo contrario habría oído el agua y habría subido
para ver si estaba bien. Sabría que había desparecido y que en un día normal llevaría
horas en la cafetería, no estaría dándome un baño.
Que había desparecido.
Que había…
No tenía que recordar o pensar en nada, podía quedarme así y dejar que el sol me
sanase. Me alegré de que Yolande no estuviera allí, haciéndome preguntas, estando
como estaba, en shock y con tanto dolor. Recordándomelo todo con su desazón. Me
alegré de que nadie me fuera a molestar hasta que hubiera terminado de olvidar.
La bañera ya debería de estar llena. Ahora que el sol había empezado a hacer su
trabajo, quería sentirme limpia, y tendría que usar todas las pastillas de jabón y los
estropajos de la cocina que tuviera. Iba a quemar el vestido, de donde fuera que
viniera. No era algo que yo habría escogido. No alcanzaba a imaginar por qué lo
llevaba. Cuando estuviera completamente limpia, y llevando mi propia ropa, llamaría
a la cafetería, les diría que estaba en casa de nuevo. Sana y salva. Salva.
Cuando me aparté de la ventana, un papel encima de la mesa de la cocina llamó
mi atención. Era del bloc de notas que tenía al lado del teléfono. En él estaba escrito:

Adiós, mi sol.
Constantine

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Segunda parte

Después de todo, la cosa no habría ido tan mal, de no ser por dos detalles: las
pesadillas y que el corte de mi pecho no terminaba de curarse.
Eso era una tontería, claro. Si hubiera sido capaz de ser honesta conmigo misma,
habría sabido que de ninguna manera aquello podría no ir mal.
Supongo que no fui consciente de lo mal que estaba aquella primera mañana.
Después de darme un baño me di otro. (Que los dioses bendijeran a las caseras con
enormes calentadores de agua). Me lavé el pelo tres veces en el primer baño y dos
durante el segundo. El agua caliente y el jabón dolían como si de cuchillas se tratara,
pero era un dolor maravilloso, humano, normal, de este mundo. Vestirme no me costó
mucho porque mi armario se compone de ropa desgastada y cómoda, pero dar con un
calzado y unos calcetines que no escarificaran mis pobres pies con su algodón de
acero me resultó complicado. A continuación me tomé una jarra entera de té muy
cargado y con el subidón de teína hasta medio logré convencerme de que me sentía
casi normal, y si me sentía casi normal debía de tener un aspecto casi normal.
Mal.
En el último momento decidí no quemar el vestido. Lo metí en el fregadero con
un poco de detergente para lavar a mano y luego lo colgué con un cubo debajo para
que se secara. Las gotas de agua rojiza que caían parecían sangre y eso me puso tan
nerviosa que casi lo quemo. Pero aun así no lo hice.
Sí que quemé la ropa interior que había llevado. Era como si necesitara quemar
algo. La saqué casi de puntillas, oculta en las sombras, como si estuviera haciendo
algo ilícito y me pudieran pillar, y la tiré a las cenizas y astillas de la hoguera del
jardín de Yolande, donde quemaba los rastrojos. Mis manos temblaron cuando
encendí la cerilla, pero podía deberse a la teína. Ardió sorprendentemente bien para
tratarse de ropa, como si mis ansias por ver cómo se convertía en humo actuaran de
agente inflamable.
Guardé la nota en un cajón para no tener que verla ni pensar en ella. Ni en quién
la había escrito.
La llave de la casa que había sido una navaja estaba encima de una montaña de
libros junto al sofá. Había sido una de las primeras cosas que había visto cuando
había conseguido incorporarme. Había hecho un montón de cosas (me había lavado,
relavado, inyectado teína y prendido fuego a la ropa) pero no había decidido qué
hacer con ella. No es que una llave extra para la casa supusiera un problema enorme.
Pero era una llave que había sido una navaja. Que se suponía que tenía que ser una
navaja. Y la echaba en falta. Y solo había una manera de recuperarla, lo que me
recordaría todo aquello que estaba intentando olvidar. Había regresado al mundo
donde yo hacía rollos de canela y era la hija de mi madre, no de mi padre, y quería

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seguir allí.
Había abierto todas las ventanas y las puertas que daban al balcón; quería que
entrara cuanto más aire fresco fuera posible. No quería que en casa permaneciera ni el
más leve olor de lo que hubiera podido traer conmigo la noche anterior. La manta que
me había tapado estaba en remojo en la bañera. Había frotado el sofá con un cepillo
que le habría quitado la piel hasta a un armadillo. Cogí el cojín que había tenido en la
cabeza y lo rocié con quitamanchas. En esos momentos estaba secándose.
Fui al balcón. Cerré los ojos y dejé que el sol y la brisa se movieran sobre mí. A
través de mí. Oí, sentí cómo las hojas de mi árbol se movían y crujían. Mi abuela me
había enseñado que si usas la magia, tienes que purificarte después. Al igual que
lavabas (o quemabas) la ropa o echabas quitamanchas en cantidades industriales en el
cojín de un sofá.
Volví a entrar a por la llave que no debería ser una llave. Me arrodillé sobre el
suelo del balcón, bajo la luz del sol, lo suficientemente cerca como para oler la brisa
del jardín.
Fue tan fácil esa vez. Sentí el cambio, sentí cómo la llave perdía su cualidad de
llave y recuperaba la de navaja. Era como amasar, sentir que algo se convertía en lo
que querías bajo tus manos, sentir que te responde, que se transforma como resultado
de tu esfuerzo. Tu poder. Tu conocimiento.
No me gustaba que fuera fácil.
Pero me gustaba tener de vuelta mi navaja. Estaba en mi mano, con el aspecto que
siempre había tenido.
—Bienvenida, amiga —murmuré, y me negué a sentirme estúpida por hablarle a
una navaja. Tal vez estuviera diciéndomelo a mí misma también.
A continuación la guardé en mi bolsillo y fui a por incienso. Como repostera,
jamás uso incienso, prefiero el olor a pan recién hecho, pero era una de esas cosas
que la gente te regala cuando no sabe qué regalarte. Mi tía Edna, la otra hermana de
mi madre, me regala cada solsticio un paquete de incienso del olor que se lleva en ese
momento. Así que probablemente tuviera alguno, acechando al fondo de algún
aparador. Ahí estaba. Encendí una varita World Harmonics de jazmín, la puse en un
vaso y dije las palabras que mi abuela me había enseñado. No tuve que recordarlas,
estaban allí, como mi árbol.
Luego llamé a la cafetería para decirles que había vuelto, y el infierno se desató.
Especialmente después de que mi madre irrumpiera en mi apartamento, tras
explicarle que ya no tenía coche. Fue a recogerme y me vio por primera vez desde mi
desaparición.
No me explayaré mucho. Baste con decir que no fue uno de nuestros mejores
momentos madre-hija.
Fui al médico porque todo el mundo insistió en que tenía que ir. El médico me
dijo que no me ocurría nada, salvo una leve deshidratación y agotamiento. Me puso la
vacuna del tétanos y me recetó una crema para los pies y el pecho. Me preguntó que

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cómo me había hecho el corte del pecho porque, me dijo en ese tono portentosamente
sereno y exasperante de los médicos, «tiene una pinta un poco fea». Pero no había
decidido aún cuánto iba a contar, y como todo el mundo que me había visto hasta el
momento había alucinado (salvo el médico, con esa serenidad que me sentaba como
un tiro), no me era de mucha ayuda. Así que dije que no lo recordaba. Dijo «Mmm»,
me puso algunos puntos y me dijo que se curaría bien. Luego murmuró algo acerca
del síndrome de estrés postraumático, me dio referencias de alguien con quien podría
hablar de mis lagunas de memoria y me despachó. Había sido Mel quien me había
llevado. Había cogido prestado el coche de Charlie para que yo no tuviera que ir de
paquete en la moto. (Hasta entonces no había sabido que Mel condujera coches.
Siempre iba en moto hiciera el tiempo que hiciera, ya nevara copiosamente o hubiera
atronadoras tormentas). Y me llevó de vuelta. A la cafetería. La idea de regresar a mi
apartamento me tentó fugazmente. Pero quería regresar a mi vida, y mi vida, para
bien o para mal, estaba en el obrador de la cafetería. Además, también quería
normalizar la situación para no tener que hablar de ello una y otra vez, y sabía que
para mi madre aún no había acabado. Charlie casi tuvo que atarla para dejar que fuera
Mel quien me llevara al médico. Mi madre tiene cierta tendencia a la exageración.
Pero Mel, cuando me vio por primera vez, se quedó lívido, y sus ojos parecieron
sumirse a un millón de kilómetros de profundidad, y supe entonces qué aspecto
tendría cuando tuviera noventa años. Y no dijo nada de nada, que probablemente
fuera peor que el tumulto que todos los demás estaban armando.
Mi madre intentó insistir en que me quedara en su casa, que volviera con ella y
Charlie y mis hermanos. Yo le dije que no haría tal cosa. Lo decía en serio, aunque el
hecho de no tener coche me suponía ciertas trabas. (Nunca llegaron a encontrar mi
coche. Me gustaba ese coche). Esa tarde, después de hablar con el médico y unos
cuarenta y siete polis, mi madre y yo nos enzarzamos en un concurso de gritos para el
que yo no tenía fuerzas, y rompí a llorar y le dije que iría a casa andando si era
necesario y mi madre también empezó a llorar y todo se tornó terrible. En ese punto,
Charlie le recordó, tratando de mantener la calma (mientras no dejaba de darme
palmaditas en el hombro para a continuación parar, porque yo le había dicho que me
dolía todo el cuerpo, y era cierto), que ya no había habitación para mí; la habitación
libre y el cuarto de estar habían desaparecido cuando Charlie había tirado abajo todas
las paredes de la planta baja, y Kenny se había mudado de la habitación de los chicos
a mi antigua habitación, a la planta de arriba. Eso solo hizo que mi madre llorara más.
Entonces Mel, que se había quedado más o menos solo al mando de la cafetería
mientras todo aquel drama acontecía en el despacho, empezó a llamar al personal que
se había agolpado en la puerta del despacho para observar y hacer las veces de coro
griego del horror, y uno a uno los llevó de vuelta a sus tareas, como atender a los
clientes antes de que ellos fueran también a ver qué estaba pasando, algo que, dado el
tipo de clientela de la cafetería, era bastante posible. Cuando se hubo abierto camino
hasta mí, le pasó a Charlie la espátula que seguía sujetando con la otra mano, cual

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corredor de relevos pasando la antorcha en las Termópilas, y dijo:
—¿Puedes encargarte de la cocina un minuto?
Me metió en el obrador. Mi obrador. El mero hecho de estar de vuelta en mis
dominios, donde yo era la reina del rollo de canela, del muffin de salvado, de mi pan
de té de naranja y dátiles, del «Cataclismo de caramelo» y la «Avalancha por la
carretera rocosa», me hizo sentir mejor. Tuve que reprimir mi impulso inmediato de
ponerme un delantal limpio y echar un vistazo a mis provisiones de harina. Estaba
demasiado limpio para ser jueves…
—Nadie ha estado aquí mientras estuviste desaparecida. Le dimos los días libres a
Paulie.
Paulie era mi nuevo aprendiz. Había dejado de llorar por el momento pero eso
hizo que me dolieran los ojos de nuevo.
—Oh…
—Oye, no sabíamos qué hacer. —Su voz sonó triste, pero estudiadamente calma.
Por primera vez me hice una idea de por lo que debían de haber pasado todos ellos
cuando desaparecí. Yo no era de esas personas que desaparecen sin más. Se habrían
temido lo peor. Era la respuesta normal en esa situación. Y dado lo que podría haber
ocurrido, probablemente tuviera mucho peor aspecto de como realmente me sentía,
así que todos me miraban y ajustaban esa visión a las pesadillas que les habían estado
atormentando durante los dos últimos días.
—Cielo…
Me puse tensa.
—Eh, calma. Soy yo, ¿vale? He visto que no has apuntado el nombre de la
persona con la que el médico quería que hablaras. No tienes que hablar conmigo a
menos que quieras. Ni con nadie, incluidos Charlie o tu madre. Pero si me dices qué
es lo que quieres, te ayudaré. Si me dejas.
Gracias a todos los dioses y ángeles por Mel. No podía explicar que si bien sí,
siempre había sido una persona un tanto solitaria, poco propensa a hablar de lo que
me importaba, de lo que pensaba, para mí era de vital importancia poder ir a casa, mi
casa, mi espacio privado. Ahora. Y sola. Donde no tenía que mentir.
Había olvidado prácticamente todo lo que fingía haber olvidado.
Lo cierto era que había olvidado muchas cosas. Esa cosa postraumática de la que
había hablado el médico. Los policías también lo habían mencionado. Tuve que ir a
hablar con la policía porque mi madre y Charlie, como es lógico, habían denunciado
mi desaparición. Les dije que había conducido hasta el lago el lunes por la noche y
que no recordaba nada tras eso. No, no recordaba dónde había estado. No, no
recordaba cómo había llegado a casa dos días después. No, no recordaba por qué
estaba llena de golpes. Mel fue conmigo a eso también, a pesar de su alergia a la
pasma. (Charlie, intentando hacer una gracia, dijo que no había tenido que cocinar
tanto en años, y que si quería que Mel me llevara a algún otro lado. ¿Florida? ¿Las
montañas de Catskills?). Y el loquero de la poli con el que me obligaron a hablar me

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hizo volver a ello de nuevo. El quid de la cuestión es que solo recuerdas lo que
puedes soportar recordar. Si tienes suerte, conforme te haces más fuerte, te atreves a
recordar un poco más y finalmente eres capaz de recordarlo todo, y al recordarlo ya
no puede interferir en tu vida. Esa es la teoría. Qué sabrán ellos.
No mencioné lo de los vampiros a nadie, y eso sí lo recuerdo. Si lo hubiera dicho,
las FEAO no solo habrían hablado conmigo, me habrían retenido. La gente no escapa
de los vampiros. No iba a pensar en cómo había escapado de los vampiros, y mucho
menos contárselo a las FEAO, así que hice como que no había escapado de los
vampiros. Estrés postraumático, y una leche. A mí me daba la sensación de que el
trauma trotaba justo a mi lado, como un perro con correa junto a su dueño. Y yo era
el perro.
Tenía que hablar con las FEAO, porque cualquier cosa misteriosa podría tener
que ver con los Otros y las FEAO eran la sección de la policía que se encargaba de
ellos. Pero también les dije que no recordaba nada. Para cuando tuve que hablar con
ellos ya había perfeccionado mi amnesia. Podía mirarlos a los ojos y decirlo
totalmente en serio. Su interrogatorio fue de lo más astuto. Me preguntaron cosas
como el aspecto que había tenido el lago esa noche, dónde me había sentado
exactamente en el porche de la cabaña. No estaban intentando pillarme en un
renuncio, estaban intentando ayudarme a recordar, posiblemente para nuestro
beneficio mutuo, intentando ayudarme a encontrar una manera de abrir la puerta a los
recuerdos. Fingí que no había puerta, o que si la había, tenía seis cerraduras y cuatro
candados y una barra de acero y que había sido tapiada años atrás.
Era más sencillo decir que no lo recordaba. Lo aparté todo, incluso la
bienintencionada pero insistente preocupación de todos. Y resultó ser algo sencillo,
demasiado quizá, lo de romper a llorar si alguien insistía en seguir haciéndome
preguntas. Hay personas que son bebedores empedernidos. Yo era una plañidera
empedernida.
Los primeros días transcurrieron y se convirtieron en la primera semana. Las
magulladuras fueron curándose y los arañazos también, y yo empecé a tener un
aspecto menos infernal. El segundo lunes de peli en la casa de los Seddon tras mi
regreso, la gente empezó a mirarme sin que pareciera que les costaba.
Y yo estaba haciendo de nuevo rollos de canela y pan como si solo fuera la
repostera de una cafetería con un ritmo frenético, evitando así el inminente ataque de
nervios de Paulie. Iba a ser bueno, pero aún era nuevo y lento por la falta de
experiencia, aunque estaba deseoso de aprender. Llevaba varias semanas probando
conmigo la laminadora de masa y el mezclador industrial de cinco velocidades
cuando desaparecí y todo el mundo le empezó a hablar a gritos porque su presencia
les recordaba mi ausencia y entonces lo mandaron a casa. Quería animarlo, así que le
dije el secreto de la «Muerte por chocolate amargo» y la hizo, y muy bien, por
primera vez. Eso lo animó tanto que empezó a tararear mientras trabajaba. Ya era
malo tener a alguien conmigo en el obrador para enseñarle qué hacer y controlarlo

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mientras lo hacía: el tarareo era ya demasiado. ¿Era absolutamente necesario tener un
aprendiz alegre?
Charlie encontró a alguien que me prestaría un coche hasta que pudiera
reemplazar el que nunca encontraron y luego me proporcionó otro cuando el dueño
del primero lo necesitó de vuelta. El seguro tardó una eternidad en apoquinar, pero
finalmente lo hizo. Su comercial intentó poner pegas por el hecho de que yo no
recordara qué había pasado exactamente, pero pronto se vio abrumado por la gente de
la cafetería, trabajadores y clientes, que se ofrecieron a dar referencias sobre mi
persona, y también el médico que me había visto y el loquero de la policía dijeron
asimismo que yo estaba siendo sincera, y luego mi madre empezó a escribir cartas.
La aseguradora tal vez pudiera habérselas apañado con los demás, pero nadie se
resiste por mucho tiempo a mi madre cuando empieza una de sus campañas de
misivas.
Entre coche prestado y coche prestado fue Mel quien me estuvo llevando en su
moto (pocos favores hay más importantes que llevar a alguien a las cuatro de la
mañana) y luego empecé a usar la bici de Kenny. Kenny estaba en una edad en la que
las bicis no molaban nada y no la echaba en falta. Es un coñazo ir en bici al centro,
donde está la cafetería. Los coches y los autobuses primero te rebasan en la carretera
y luego te asfixian con el humo que dejan tras de sí, pero lo cierto es que estaba
relativamente cerca de la casa de Yolande e ir en bicicleta me ayudaba a cansarme lo
suficiente como para poder dormir por las noches. Aunque eso significara tener que
levantarme a las tres y media para poder llegar a tiempo para hacer los rollos de
canela. Que es ridículo. Además, a mi madre no le hacía gracia que fuera en bici de
noche (o antes de que saliera el sol) y tal vez no estuviera errada en ello, incluso
aunque no supiera el motivo, e incluso aunque no existiera constancia de que
hubieran secuestrado a alguien en bici en Nueva Arcadia. Tampoco había constancia
de chupasangres en el lago. Así que me compré otro coche. Lo llamé Tartana.
Funcionaba. Se lo compré a un amigo de Mel al que le gustaba apañar coches al igual
que a Mel le gustaba arreglar motos, y el amigo me garantizó que funcionaría,
siempre y cuando no quisiera nada sofisticado como una caja de cambios que fuera
como la seda, o poder ir a más de sesenta. Me iba perfecto. No tenía ganas de
sentirme unida a otro coche y la ausencia esporádica de la tercera marcha era una
distracción interesante.
El médico me quitó los puntos. Mis pies sanaron. La vida empezó a parecer
normal de nuevo, en la superficie. Respiré profundamente y le pregunté a Paulie si le
gustaría levantarse una vez a la semana a las cuatro para preparar los rollos de canela.
Se ilusionó mucho. Otro chiflado que se unía a la cafetería de Charlie. Escogió el
jueves. En esos momentos disponía de dos días a la semana en los que no tenía que
levantarme antes del amanecer. En teoría. No le dije lo que, si había estado prestando
atención, ya sabría: que los horarios de la cafetería solo existían sobre el papel y que
rara vez se cumplían. Pero dejar que pensara que lo había escogido él era bueno para

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la moral. Su moral. Y la serie impredecible de madrugones que me iba a ahorrar iban
a ser buenos también incluso para mi moral.
Aimil y yo volvimos a ir a ferias de trastos viejos y libros antiguos. Y cuando fui
de senderismo con Mel no fuimos al lago. No ser capaz de decidir qué contarles se
había convertido en un hábito, el de no decir nada. Lo curioso es que fue Yolande la
persona a la que estuve más cerca de contárselo. Había algo en la forma en que me
ayudaba a sentarme en la butaca, me preparaba tazas de té, se sentaba conmigo y se
ponía a hablar del tiempo, o del último escándalo de la ciudad, o de algún libro que
hubiéramos leído las dos, y no solo no me preguntaba nada, sino que tampoco parecía
que estuviera reprimiendo el deseo de preguntarme nada tampoco.
La segunda vez que estuve más cerca de contarlo fue una noche con Mel, cuando
me desperté de una pesadilla, me levanté de la cama y salí de la habitación antes de
ser consciente de que el cuerpo con el que había estado en la cama (y en cuyo pecho
tenía apoyada la cabeza) tenía ritmo cardiaco. Mel no dijo ninguna estupidez. Se
incorporó lentamente, encendió la luz y me preparó una taza de té. Para entonces ya
no me estremecía con cada sombra, pero la adrenalina me impedía dormir. Mel me
llevó abajo y me dio una brocha. De tanto en tanto me pedía ayuda para customizar
alguna de las motos que había rescatado. Ya había puesto capas de imprimación y de
pintura en varias ocasiones, además de pulir los acabados, pero eso era todo. Esa
noche me hizo rellenar un contorneado de pequeñas hojas de roble verdes. Cuando
tuve que dejarlo para irme a hacer los rollos de canela casi me sentía normal. No, no
normal. Algo más. Me sentía como si hubiera vuelto a entrar accidentalmente en el
mundo de mi abuela, un lugar al que no quería ir. Pero si ahí era adonde había ido, me
había hecho bien. Me pregunté para quién sería la moto y por qué querrían un roble.
Mel nunca ponía esa decoración estándar de demonios ululantes o superhéroes que
eran todo mandíbula, bíceps y llamas, y una de las pocas estupideces que podían
perturbar su calma era ver una moto decorada con un hechicero en vuelo, pero un
árbol era un… bueno, un símbolo curioso para algo con ruedas que había sido
fabricado para ir a toda velocidad. O, visto de otro modo: el principal simbolismo
sobre los árboles es su incorruptibilidad, ¿no? Su inmunidad a la magia negra. No es
algo que te imagines que pueda interesar a un motero.
Sentí una leve brisa (Mel había abierto la ventana) y oí cómo las hojas crujían. No
se me había pasado por la cabeza que mi árbol secreto pudiera ser, pongamos, un
roble, o un fresno o un haya, un árbol que pudiera encontrar en un paisaje normal. No
quería que el mundo de mi abuela tuviera nada que ver con este. No quería que lo que
me había ocurrido en el lago tuviera que ver con este mundo, con este paisaje
corriente. Dejé la brocha y fui junto a la ventana con Mel.

Tras la primera o segunda semana de silencio armado y sofocante tras nuestra


discusión, y todos los mensajes entregados a través de intermediarios neutrales, mi

[Link] - Página 77
madre había empezado a darme amuletos. Aparecía a eso de las ocho de la mañana en
la cafetería con otro, envuelto en el típico papel marrón de los vendedores de
amuletos. Yo no los quería, pero los cogía y así no discutía con ella. No le decía nada
salvo (en ocasiones) gracias. Mi madre y yo no habíamos tenido una conversación
banal en años, puesto que las conversaciones nunca eran banales entre nosotras.
Hacía cosas con los amuletos como enrollarles el cable del teléfono de casa para
suavizar cualquier mala noticia que me pudieran traer, o pasarlos por la pantalla de
mi combox, también. Ese tipo de acciones desgastan los amuletos con rapidez. No
soy muy amiga de los amuletos (quitando las protecciones básicas, que admito que
solo un tonto prescindiría de ellas; en cuanto a fetiches, refugios, maldiciones,
talismanes, amuletos, festones o demás, podía apañármelas sin ellos). Ocupan
demasiado espacio psíquico y cuanto antes esos nuevos amuletos se rompieran y
quemaran, antes dejarían de molestarme. Pero mi madre estaba intentando
comportarse y los amuletos parecían calmar sus sentimientos. Una vez tuve coche de
nuevo, empecé a guardarlos en la guantera. No les gustaba nada, pero los amuletos no
habían sido forjados para pelear contra ti.
La marca de mi pecho, que parecía haber cicatrizado, se abrió de nuevo y empezó
a sangrar. Era pleno verano por aquel entonces y yo, que por lo general vestía lo
mínimo que la decencia permitía porque hacía mucho calor en el obrador, empecé de
repente a llevar camisetas de cuello alto. No puedes ponerte a sangrar en un obrador.
Volví al médico y él dijo «Mmm» y me preguntó que si había recordado ya cómo me
había hecho el corte. Le dije que no. Me recetó una crema distinta y me mandó a casa
de nuevo. Durante un tiempo pareció sanar, pero luego volvió a abrirse. Me volví
toda una experta en eso de colocar gasas y cortar las mangas de mis camisetas de
cuello alto y empecé a llevar sujetadores multicolores (por fortuna se llevaban
bastante en ese momento), para que pareciera que me estaba dejando llevar por algún
desafortunado dictado de la moda. Mel sabía por qué lo hacía, claro está, y si no
hubiera sido por él, habría dejado de ir al médico, pero Mel era un cabrón cabezota
cuando quería y ese era el caso, mierda. Así que tuve que ir de nuevo. El médico
estaba ya empezando a preocuparse y quiso enviarme a un especialista. A un
especialista en qué, me entraron ganas de preguntarle, pero no me atreví. Tenía miedo
de revelar algo, de que mi conciencia culpable empezara a supurar por mi ser, como
la sangre y la linfa supuraban por la herida de mi piel. Me negué a ver a un
especialista.
Algún que otro policía se pasaba al menos una vez por semana para «ver cómo lo
llevaba». Hasta nuestros clientes habituales menos atentos sabían que la reina del
rollo de canela y repostera jefe había estado ausente durante unos días en misteriosas
circunstancias y que lo que quiera que le hubiera ocurrido seguía cerniéndose
inquietantemente sobre el personal al completo de la cafetería. Es decir, todos. Y
nuestros clientes habituales de las FEAO estaban más que alerta, de lo contrario no
trabajarían para las FEAO. Así que la policía venía a echarme un ojo y nuestros

[Link] - Página 78
FEAO vigilaban a los polis y viceversa. Debería de haberme resultado gracioso. No
lo era. Creo que Pat y Jesse sospechaban la verdad, aunque no sé cómo. Tal vez
pensaran que se debía a algún espectro o algo, aunque los espectros no suelen ser tan
previsores como para, pongamos, almacenar su futura comida. Pero algo había
ocurrido y los encargados de velar por el cumplimiento de la ley querían salir ahí
fuera y hacer que esta se cumpliera. No eran quisquillosos. Si habían sido humanos,
los policías se encargarían de ello. Si no, los agentes de las FEAO estarían
encantados de ocuparse. Pero se suponía que yo era quien tenía que escoger a mi
compañero de baile y no lo hacía, y eso los tenía intranquilos.
Sí que noté la diferencia entre la gente que de veras se preocupaba por mí, o los
que por el bien de la sociedad recibían un sueldo para mantenernos a salvo, y la gente
que quería saber más porque era como la televisión en directo o esas revistas con
titulares tipo «Me he comido a mi bebé alienígena». Frito, con una ensalada de
guarnición y una cerveza.
El revés más serio de mi decisión de no contar nada era que lo hacía mucho más
misterioso, y la naturaleza de los cotilleos aborrece la vacuidad de lo inexplicable.
Eso significaba que pronto todos «sabrían» que lo que quiera que hubiera ocurrido
guardaba relación con los Otros, porque así la historia sería mejor. Creo que les
habría gustado dar por sentado que tenía que ver con los más oscuros de los Otros,
porque esas son las mejores historias, salvo por el detalle, claro está, de que yo estaba
allí, y nadie escapaba de los vampiros.
Nadie escapaba de los vampiros.
Desconocía si las FEAO se incluían entre los que sabían ese detalle o no, pero
tampoco podía preguntar.

Y luego estaban las pesadillas. Continuas e incesantes pesadillas. No mejoraban ni


disminuía su frecuencia. No había mucho que contar sobre ellas porque las pesadillas
lo son por cómo te hacen sentir, no necesariamente por el caos ni el número de
cadáveres. Estas eran terribles. Y siempre había vampiros en ellas. En ocasiones era
observada por docenas de ojos, ojos a los que no debía mirar, pero adonde quiera que
mirara, había más ojos, y no podía cerrar los míos. A veces solo era la certeza de estar
en un sitio horrible que me estaba contaminando, y que a pesar de salir de allí me lo
llevaría conmigo. También había sangre en las pesadillas, de un modo u otro. En una
ocasión creí haberme levantado y que mi cama estaba flotando en sangre. En otra
estaba llevando el vestido color arándano y era de sangre. Pero las peores eran
aquellas en las que era una vampira. Tenía sangre en la boca y mi corazón no latía, y
albergaba pensamientos horribles y extraños sobre cosas que nunca antes había
pensado, y que en el sueño creía que no podía pensarlas porque era humana y luego
recordaba que no lo era, que era una vampira. Como vampira, el mundo para mí era
diferente.

[Link] - Página 79
Me dije a mí misma que esos dos días en el lago eran simplemente algo que había
pasado. Eso era todo. Los sueños eran como la herida de mi pecho: mi mente estaba
también herida. Las magulladuras y los arañazos eran algo superficial y sanaban con
rapidez. Y todo el mundo sueña con vampiros; crecemos soñando con ellos. Son el
primer y peor monstruo que habita bajo nuestra cama. También soñamos con
cambiaformas o un demonio que está cansado de hacerse pasar por humano y que no
es capaz de hacer las cosas menos atractivas propias de los demonios, pero la mayor
parte de las veces es con vampiros.
Nunca soñaba con… Era curioso cómo me estaba esforzando en intentar olvidarlo
a él también. Me había salvado la vida, pero en el proceso había destrozado mi visión
del mundo. El único vampiro bueno era el vampiro empalado y quemado, ¿no? Así
que qué más daba si había mostrado un leve egoísta interés por mí (por no hablar de
un sentido del honor y del deber que parecía sacado de un melodrama del siglo XIX,
de esos con duelos de pistolas), motivo por el que yo había vivido lo suficiente como
para que se le presentara la oportunidad de mostrar su interés egoísta. Seguía siendo
un vampiro. Y a todos a los que… No quería pensar en eso… Seguían estando
muertos. Dicho de otra manera: la mujer poco agraciada seguía siéndolo, no había
sido curada y no había motivo para suponer que no iba a ir por ahí comiendo a
cazadores y a sus caballos y sabuesos, y probablemente al caballero que no
respondiera como ella quisiera.
No creo que existiera una palabra para una persona tan tarada como para rescatar
a un vampiro para que este pudiera seguir siéndolo, porque nadie lo había hecho
nunca. Hasta ahora.
Cuando me despertaba de una de esas pesadillas, no me atrevía a volver a
dormirme de nuevo. Y no dejaba de tenerlas. Así que, tras unas pocas semanas de
estar histérica y agotada por lo que me había pasado, empecé a estar histérica y
agotada de estar histérica y agotada.
Por primera vez en mi vida no quería leer nada relacionado con noticias sobre las
actividades de los Otros, si bien parecía haber más noticias que nunca.
Que hubiera algunas estaba bien, no pasaba nada. Se produjo otro largo y
acalorado debate (como resultado de la publicación de unas estadísticas según las
cuales el número de afectados estaba creciendo) sobre si los íncubos y los súcubos
eran vivos o no muertos, algo que hasta la fecha nadie había podido confirmar. El
obstáculo para el estudio científico era que, en el momento en que la conexión
psíquica se corta, el objeto de investigación se desintegra, y al apoderarte por la
fuerza de algo para su estudio científico estás cortando el vínculo ipso facto. Al
menos hasta que el consejo global decida permitir mantener a un humano como
huésped-siervo, que en la actualidad es totalmente ilegal incluso para propósitos
estrictamente científicos, aunque el lenguaje oficial habla de subyugación corpórea y
no corpórea. El motivo de que sea un tema tan candente es que, si bien los íncubos y
los súcubos son un problema relativamente pequeño, hay gente que piensa que saber

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cómo son supondría una ventaja de cara a conocer a los vampiros, que sin duda
ocupan el primer puesto de los Otros para todo el mundo, y los médicos pueden curar
a alguien que haya sido un huésped, y que no es una opción para aquellos que hayan
sido la cena de un vampiro. Bueno, por lo general pueden curar a un huésped si no lo
ha sido durante demasiado tiempo.
No hace mucho se presentó un proyecto con una lista de voluntarios para ser
huésped pero no llegó a cuajar, en parte tal vez porque a los -ubos les gusta escoger a
sus propias presas, pero fundamentalmente por el clamor popular en contra de tales
prácticas. Lo que no entiendo es por qué alguien se presentaría voluntario. Los -ubos
pueden suponer un mayor problema del que la gente se cree porque los huéspedes-
siervos por lo general lo pasan muy bien y son sus amigos y familiares (a veces sus
compañeros cabreados) los que empiezan a preguntarse por qué duermen doce o
catorce horas al día y se pasan el resto con cara de habérselo pasado pipa en la cama.
Nadie sabe si los huéspedes tienen sexo con sus hospedadores o si simplemente creen
tenerlo. Pero incluso la mejor experiencia sexual que tus terminaciones nerviosas
puedan alcanzar a imaginar tiene que equilibrarse con el hecho de que se pierde un
punto de coeficiente intelectual cada mes que pasas como huésped. Los -ubos más
listos cierran el grifo antes de que resulte obvio, y mucha gente no usa demasiado su
cerebro, así que no lo echa en falta. Pero en ocasiones es demasiado tarde para el
huésped y se tiene que conformar con encontrar trabajo de reponedor en el turno de
noche. Conozco a un tipo que trabaja en el Mega Food de nuestro barrio que había
sido el mejor abogado criminalista de Nueva Arcadia antes de que un -ubo se
apoderara de él. Recuerdo que, cuando leí las noticias sobre su comportamiento
ridículo en los tribunales, pensé que el que se convirtiera en un huésped había
mejorado su personalidad más allá de lo imaginable, pero había hecho añicos todas
sus expectativas profesionales.
Había una serie de artículos acerca de cuántos tipos distintos de cambiaformas
existían, otro de los temas favoritos. Los hombres lobo son los más famosos, claro
está, pero no lo son en número. Probablemente hubiera más hombres pollo que
hombres lobo, algo que, si me preguntáis, creo que explica por qué hay menos
cambiaformas solitarios en comparación a, pongamos, demonios. Y posiblemente
también sea la razón por la que el mercado negro de medicamentos contra la
transformación sea tan escurridizo, aunque pensar que los comerciantes ilegales
tengan sentido del humor o bien compasión tal vez sea pensar demasiado. Era más
probable que los hombres pollo pagaran lo que fuera por tener esos medicamentos, y
lo hacían.
Pero también había hombres puma, por ejemplo, y hombres oso. Los hombres
coyote son tal lacra que las FEAO les dan caza una vez al año. Los hombres mapache
son repugnantes y los hombres mofeta, bueno, peor que una pesadilla. Como hagas
enfadar a un hombre mofeta, tu vida dejará de tener sentido. Hay una unidad especial
de aire en las FEAO para los hombres mofeta. Hablando de limpiezas, toda ciudad

[Link] - Página 81
con una población superior a las cien mil personas dispone de una unidad de las
FEAO anti hombres rata. Nueva Arcadia tiene una. Pero, de acuerdo con Pat y Jesse,
se puede ir un paso por delante (por decirlo de algún modo) de todos los
cambiaformas, incluso de los hombres rata, siempre y cuando no te vuelvas
descuidado. Sin embargo, nadie va un paso por delante de los vampiros.
Tal vez porque habían surgido todas esas noticias sobre los Otros y porque, claro,
no quería que se me notara, ignoré por un tiempo que había más historias locales
sobre vampiros. Testigos que habían visto a chupasangres, actividad vampírica, que
es lo mismo que decir cadáveres de tipos recién succionados, esto es, secos. Como
digo, Nueva Arcadia está bastante limpia de vampiros, pero ningún lugar está
realmente limpio de vampiros. Así que no me percaté al momento, pero ¿quién quiere
saber lo malo que le ocurre al vecino de al lado? E incluso aunque estuviera pasando,
eso no significaba que tuviera nada que ver con mi pequeña aventura. Podía hacer
caso omiso si quería…
… Que los dos nos hayamos ido significará que algo realmente extraordinario ha
ocurrido. Y que casi con toda certeza tiene que ver contigo, como en realidad es, y
entonces sabrán que han pasado por alto algo importante sobre ti. Y a Bo le
molestará eso más que el que un prisionero humano normal y corriente se haya
escapado…

La cafetería se encuentra en el casco histórico de la ciudad. Había sido un lugar de


mala muerte cuando Charlie abrió, y atendía a gente poco recomendable, pues él
consideraba que todo el mundo tenía que comer. Puesto que al principio no hacía otra
cosa (incluido, lo juro, dormir) más que llevar la cafetería, lo hacía todo él, incluso
cocinar. Ni siquiera tuvo una camarera fija durante los dos primeros años; la cocina
estaba ubicada a lo largo de la cuarta pared. Eso mantuvo bajas sus expectativas, y ya
os he dicho que es un buen cocinero. Los parroquianos más limpios y lúcidos de la
zona comenzaron a traer a gente más recomendable por la comida. Cuando mi madre
y yo nos mudamos dos calles más allá, el aburguesamiento solo acababa de comenzar
(lo suficiente como para que mi madre no fuera considerada una estúpida integral por
mudarse allí), pero seguía habiendo borrachos y drogadictos en más esquinas de las
que no, y la calle Ingleby seguía siendo una calle de librerías antiguas, del tipo de las
que con solo traspasar la puerta corrías el riesgo de morir aplastado por una montaña
de publicaciones amarillentas a las que nadie había echado un vistazo en cincuenta
años (eso estuvo a punto de pasarme a mí cuando tenía doce años, y el dueño sintió
tal alivio por el hecho de que no fuera a contárselo a mi madre —pues por aquella
época mi madre ya tenía fama de ser alguien con quien no te gustaría tener un
problema—, que me regaló un montón. Tan variopinta colección comprendía una
edición prácticamente nueva de Cuentos de vampiros y otros escalofriantes temas de
los sesenta, que entre otras cosas incluía la primera publicación por entregas de los

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volúmenes iniciales, y menos controvertidos, de Sabiduría de la sangre. Yo por aquel
entonces ya estaba fascinada por los Otros, pero esto agravó mi enfermedad).
Cuando aún estaba en el instituto, las autoridades locales se entusiasmaron porque
Nueva Arcadia iba a figurar en el mapa de la posguerra. Eso se debía en parte a que,
en comparación, las guerras habían sido menos cruentas allí, por lo que la mayor
parte de la ciudad seguía en pie y la mayor parte de sus habitantes aún cuerdos, y en
parte porque nuestro museo de los Otros (por el mero hecho de seguir allí) había
alcanzado gran repercusión nacional y quizá internacional. A mí no me gustaba
demasiado. Las exposiciones abiertas al público eran de lo más básicas y cutres y
había que tener seis doctorados, ningún sentido de la vestimenta y la cara más
arrugada que una pasa para poder acceder a algunas de sus adquisiciones más
importantes, que incluían cosas que no se podían obtener por la Globalnet. Resultaba
ofensivo. Menos incluso me iba a gustar el museo si nos iba a saturar la ciudad de
académicos pirados especializados en los Otros, pero para el ayuntamiento aquello
iba a ser el no va más.
Una de sus brillantes ideas para incrementar el atractivo del casco antiguo, puesto
que estábamos inconvenientemente cerca del museo, fue la de levantar todo el
pavimento y poner los adoquines que las autoridades de la ciudad habían quitado
setenta años atrás para pavimentar, y reemplazar las viejas (y por cierto, más
luminosas) farolas de la calle con lámparas de gas de mentira con bombillas en su
interior. Luego plantaron un arriate en medio de lo que había sido la carretera y
finalmente la hicieron peatonal. Las viejas librerías cerraron y las tiendas de
antigüedades y de objetos artesanales llegaron, y durante un tiempo, Charlie y mi
madre se plantearon la posibilidad de tener que reubicar la cafetería porque no
queríamos tener que hacer coulis de frambuesa con garabatos a lo Jackson Pollock,
no gracias. Y si los impuestos iban a subir tal como predecían, tendrían que vender la
casa incluso aunque siguieran con la cafetería, algo que probablemente tampoco
harían porque no podrían mantener los precios de los pasteles de pollo con chili y el
pudin de frijoles y maíz y los enormes sándwiches con rebanadas de nuestro propio
pan que tan bien hacíamos. (Eso fue antes de construir el obrador y, por tanto, antes
de ser conocidos por nuestras bombas tóxicas de azúcar). Nuestros clientes habituales
no podrían permitírselo, incluso aunque los recién llegados quisieran comer comida
retro, o quisiéramos servírsela. Entre tanto, la zona peatonal parecía estar cortándonos
también la afluencia de camioneros, y la cafetería de Charlie los había tenido entre
sus clientes desde el primer día. Se solía bromear con que un camionero de Nueva
Arcadia no era tal si no podía meter su camión a dos calles de la cafetería de Charlie.
Pero al final resultó que se quedó mucha más gente del barrio de la que en un
principio pensamos (bueno, lo supimos porque la mayoría comían en la cafetería,
incluida la mejor clase de vagabundos que iban a la puerta lateral para pedir las
sobras), aunque creímos que los matones con Rolex y lustrosos maletines los
acabarían echando. Pero fueron estos los que finalmente se marcharon. Así que la

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«gentuza» sigue aquí, y la cafetería sigue aquí, y mi madre y Charlie siguen viviendo
a la vuelta de la esquina, y la mayoría de las tiendas de antigüedades que han
sobrevivido lo han hecho vendiendo trastos viejos y algunas de ellas empiezan a tener
pilas de libros amontonadas en los rincones, y casi todos nuestros camioneros se
pasan por aquí siempre que pueden, aunque ya no puedan aparcar a dos calles. Y
cuando la ciudad nos dijo que cuidáramos nosotros de nuestro arriate porque ellos ya
no lo iban a hacer más, la señora Bialosky, que es una de nuestras ubicuas e
incondicionales clientas, organizó grupos de trabajo y desde entonces prácticamente
cada año nuestro arriate gana algún premio en el festival de jardinería de Nueva
Arcadia, y me gusta pensar que puedo oír cómo les rechinan los dientes a las
autoridades de la ciudad. La señora Bialosky tiene una casa pequeña en Ingleby con
la Norte desde donde puede vigilar casi todo lo que pasa, y la mesa del rincón con
asientos corridos justo a la derecha de la entrada principal de la cafetería también le
pertenece a todos los efectos, salvo los contractuales, y ¡ay de aquel que se siente allí
sin su permiso! Por cierto, se sospecha que la señora B. es una cambiaformas, pero no
hay consenso en cuanto a de qué tipo. Las opciones van desde el periquito al
monstruo de Gila (sí, hay hombres Gila, pero por lo general no tan al norte).
Nuestro vecindario es bueno en su mayoría. ¿Quién quiere quedar deslumbrado
por Rolex y maletines de aluminio cada vez que quiera tomar tranquilamente una taza
de té sentado en las inmediaciones de un arriate ganador de múltiples premios? Me
imagino que el vagabundo que merodea por la zona. Pero esto significa que si tienes
vampiros que vienen de fuera, van a venirse antes aquí que a otro vecindario como el
que las autoridades habían planeado para nosotros. A los chupasangres no les gusta
que su comida esté en mal estado más que a nosotros los humanos, pero nuestra
población es fundamentalmente sana y fuerte, tan solo no muy adinerada o
importante. Además, cuando la ciudad se molestó por nuestra mala actitud, quitaron
todas las antiguas luces de las calles, pero no habían terminado de poner las nuevas, y
desde entonces alegan que no pueden permitirse acabar el trabajo. Algunos de
nuestros rincones oscuros son muy oscuros.
Y entonces uno de los tipos secos apareció en la calle Lincoln, a menos de tres
calles de la cafetería.
Tal vez podáis pensar que el vecindario se recluiría, que todos se quedarían en
casa con las puertas cerradas con candados de hierro llenos de signos de protección y
talismanes colgando de las contraventanas, pero nada más lejos de la realidad. La
cafetería de Charlie estaba hasta los topes la noche siguiente, y puesto que Charlie
preferiría morir antes que decir que no a un cliente (no solo porque siempre pensara
en los beneficios, aunque mi madre dijera que no tenía ojo para ello, sino porque una
persona hambrienta y sedienta siempre debía ser tratada con amabilidad), teníamos a
gente apoyada en las paredes y fuera, junto a la ventana delantera. Tal vez hubiera
más gente agolpada de lo normal bajo el toldo, allí donde las luces de la cafetería
brillaban con fuerza. Nuestras lámparas de gas de mentira parecían más patéticas de

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lo habitual, pero estás a salvo si tienes a gente cerca. Incluso una banda de vampiros
importante no atacaría a un grupo grande de humanos sin un motivo extremadamente
bueno. Pero me alegro de que ningún inspector se pasara esa noche para comprobar el
aforo que nos permitía nuestra licencia. Aunque el inspector de incendios local era un
viejo amigo y de pasarse lo habría hecho para tomarse una copa de champán y
charlar.
La cosa se puso de lo más interesante cuando apareció la furgoneta de la tele. Yo
estaba en el obrador, haciendo lo que menos tiempo me llevara para poder alimentar a
los clientes extra, pero oí el bullicio y Mary asomó la cabeza lo suficiente para poder
decirme lo que pasaba.
—No estoy —dije—. Si preguntan. —Ella asintió y desapareció.
Pero demasiada gente sabía que sí estaba allí. Había sido entrevistada, o más bien
lo habían intentado, antes de que esto ocurriera. Se suponía que las FEAO debían
colaborar con los medios, aunque sé que Pat y Jesse están molestos porque alguien de
su oficina filtra información que consideran que nadie más que ellos tiene que saber,
pero su jefa, o más bien su subjefa, más conocida como la Diosa del Dolor, se niega a
ponerle fin, así que tienen las manos atadas. En este caso significaba que si las FEAO
lo habían filtrado era porque estaban interesados en lo que me había ocurrido, incluso
aunque yo no les hubiera dado un motivo para que se interesaran, e incluso a pesar de
que aparentemente nada había ocurrido desde entonces (si tuviera un pasajero, como
un íncubo o un demonio, un entendido hubiera visto señales). Así que en estos
momentos el señor Reportero Baboso, buscando cuál era la respuesta del vecindario
ante la aparición de un chupasangres en la zona, quería entrevistarme, y al menos
ocho personas le habían dicho que yo estaba en el local. Mi madre, para bien o para
mal, se había ido ya a casa. Odia las noches en que hay mucha gente, y en teoría no la
necesitábamos. Le habría dado al señor Grano en el Culo algo en qué pensar. No
habría sido una publicidad muy buena para la cafetería, tal vez, pero nos daba igual lo
que la televisión local pensara de nosotros.
Charlie es muy bueno camelando. Poca gente puede resistírsele si está en modo
camelo, pero no es tan bueno librándose de gilipollas como lo es Mel, y esa era la
noche libre de Mel. Charlie vino un rato después y me preguntó si podía salir para
que me vieran.
—Puedes decir que no unas cuantas veces y volver para dentro. Yo los mantendré
a raya tras eso. Pero si te muestras poco cooperativa en persona, será más fácil.
Charlie sabía que yo odiaba aquello, y así era, pero ese no era el problema real.
Los tipos de la tele, siempre prestos a la caza de desastres frescos, habían sacado mi
rostro herido y maltrecho siete semanas atrás, aunque yo me había negado a hablar
con ellos. No creo que hubiese podido detenerlos incluso aunque se me hubiera
pasado por la cabeza hacerlo. Lo había pensado a posteriori. No había querido
pararles los pies entonces, pero ahora sí. ¿Veían los vampiros las noticias locales en la
televisión? Siete semanas atrás aún debían de haber estado levantando hasta las

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baldosas buscando dónde podía estar ocultándome.
La mayor parte de lo que ocurre en la televisión, incluso en la local, se archiva en
la Globalnet en unas semanas, y los vampiros usan la Globalnet. Hay quien piensa
que la tecnología vampira es mejor que la humana.
Salí como Charlie me había pedido. El señor TV estaba allí con su cámara
esclavo, una mezcla entre Quasimodo y un borg. El señor TV tenía unos dientes
increíbles, hasta para un presentador de televisión.
—No tengo nada que decir —le espeté al señor Dientes.
—Salga solamente un minuto para poder sacarle un buen plano —dijo el señor
Dientes. Me pregunté si los vampiros llevarían fundas. De adolescente soñaba con
ponerme unos colmillos de mentira. Probablemente no.
—No tiene por qué sacar un buen plano —dije.
—Oh, deje que seamos nosotros quienes lo decidamos —dijo el señor Dientes
con una sonrisa más amplia si cabe. Me cogió del brazo.
—Quíteme las manos de encima —le dije. Había pretendido parecer molesta,
pero más bien soné como una lunática. Mierda.
El señor Dientes me soltó el brazo, pero sus ojos (e incisivos) relucieron con
creciente interés. Mierda. Le hizo un gesto a su esclavo, que levantó la cámara y
apuntó hacia él. Oí cómo empezaba con la típica voz introductoria de la tele pero los
oídos comenzaron a zumbarme. La cicatriz del pecho empezó a picarme muchísimo.
Seguí con las manos en la cadera. Si me rascaba comenzaría a sangrar, y si sangraba
me calaría la ropa y no quería que «la herida que jamás sana» apareciera en las
noticias de las once. Siete semanas atrás había vuelto a casa del médico por vez
primera llena de puntos que habían sido parte importante en la impresión que causaba
mi aspecto, puesto que se veían. Si bien en ese momento no había estado buscando el
look Frankenstein, no me había planteado que tuviera nada que ocultar, y no quería
que se me rozaran los puntos con la ropa.
Había estado evitando pensar en las posibles implicaciones de encontrar a la
víctima de un chupasangres a tres calles de la cafetería, como había estado evitando
percatarme de si había o no más actividad vampírica. Si me hubiera esforzado algo
menos en evitar pensar en ello, tal vez se me habría ocurrido que algunos periodistas
ansiosos se presentarían para fisgonear en busca de expresiones afligidas y tal vez
con suerte señales de crisis nerviosa en algunos de los nativos. (Probablemente no
supieran que en el casco antiguo siempre hay autóctonos al borde de una crisis
nerviosa). La policía aún no había identificado el cuerpo (lo llamaban «la víctima») y
nadie en la cafetería echaba en falta a algún conocido.
Los sentidos de los vampiros son distintos a los de los humanos en muchas cosas.
Lo relevante en este caso es que los lugares son más… penetrables a nuestra
conciencia dependiendo de su grado de homogeneidad.
No tenía ni idea de cuál sería la homogeneidad de una retransmisión televisiva
desde la perspectiva de un vampiro. No quería saberlo.

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La cámara se movió para apuntarme a mí.
Levanté la mano para taparla.
—No —dije.
—Pero… —dijo el señor Dientes. Estaba decidiendo si sonreír más o fruncir el
ceño. Levanté la otra mano, cubriendo prácticamente la lente. Quasi-borg dijo:
—Vale, vale, lo pillo. —Y lo dejó estar. Si estaba grabando, lo que estaba
encuadrando en esos momentos era mi delantal sucio, mis vaqueros morados y unas
zapatillas rojas.
El señor Dientes, con el micrófono aún pegado bajo la barbilla, dijo:
—Señorita Seddon, solo queremos hablar un poco con usted. Debe comprender
que los asaltos a humanos por parte de los Otros son siempre de primera importancia
para el resto de humanos, y es deber de un medio responsable informar de todo con la
mayor rapidez y profundidad posible. Señorita Seddon, un hombre ha muerto aquí.
—Lo sé —dije—. Vale. Informe de ello.
El señor Dientes me miró un instante. Pude leer en su expresión que estaba
decidiendo si usaba o no la táctica del tipo duro.
—Señorita Seddon, está muy claro para muchos de nosotros que, ya quiera o no
hablar de sus experiencias, usted también ha sido víctima de un ataque de los Otros, y
el hecho de que apenas unas semanas después una víctima de un vampiro haya
aparecido cerca de su lugar de trabajo no puede ser considerado insignificante.
—Dos meses —dije—. No unas pocas semanas.
—Señorita Seddon —prosiguió—, ¿sigue usted negando que fuera capturada por
los Otros?
—No he dicho ni eso ni lo contrario —le respondí—. No lo recuerdo.
—Señorita Seddon…
—Ya le ha dicho que no tiene nada que decirle —dijo Charlie—. Creo que es
suficiente. —Se estaba mostrando tan hostil que apenas si lo reconocí. En lo más
recóndito de mi cerebro, un pensamiento estaba empezando a tomar forma: si puede
despachar a un trabajador de la construcción de metro noventa con unas pocas
palabras amables, y de hecho puede, y si hace unos minutos no ha podido librarse de
un pedorro televisivo con aires de grandeza porque ha sido incapaz de enfrentarse a
él, ¿cuáles eran las implicaciones de que de repente mostrara tanta animadversión
hacia el reportero? No me gustaba la respuesta a esa pregunta. Significaba que creía
que el señor Medios Responsables, y nuestros repentinamente atentos en extremo Pat
y Jesse y sus amigos, estaba en lo cierto respecto a lo que me había ocurrido. ¿Cómo
podían saberlo? Yo no había dicho nada. Y nadie sale con vida de… No podían
pensar que se tratara de vampiros.
El señor Medios Responsables puso gesto desafiante, pero ese era mi país. Yo era
la reina de los rollos de canela y la mayoría de los allí reunidos mis más devotos
súbditos.
—Eh, déjala en paz, tío —dijo Steve, poniéndose en pie junto al taburete de la

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barra en el que había estado sentado. Steve no es muy alto, pero es el mandamás en el
departamento de las amenazas silenciosas e inquietantes. El bullicio del café se había
calmado durante los últimos minutos, mientras todos observaban cómo me negaba a
ser entrevistada, y en esos momentos el silencio era mayor todavía. Una o dos
personas (dos tíos, vaya) se pusieron de pie, tal como había hecho Steve. Me alegré
entonces de que Mel tuviera la noche libre; tras esa fachada de chico bueno había un
temperamento de armas tomar, y últimamente estaba de lo más protector conmigo.
Tras el hombro del señor Medios Responsables vi la mirada de Jesse. Pat, John y él
estaban sentados juntos, apretujados en una mesa para dos. Por su quietud pude ver
que no iban a levantarse… y no tuve que estrujarme mucho la sesera para ver que el
motivo por el que no lo hacían era porque el señor Medios Responsables los
reconocería como FEAO y estaban dándome un respiro. Porque sabían que lo
necesitaba. Oh, mierda. Mierda.
—De acuerdo, de acuerdo —murmuró el señor Responsable, y le hizo un gesto
con la mano a su cámara esclavo, tras lo cual se marcharon a regañadientes de la
cafetería.
—Gracias —les dije a todos en general. Le di una palmadita a Steve en el hombro
de camino de vuelta al obrador (le mandé tres muffins de arándanos y trigo germinado
vía Mary; eran sus favoritos) y no salí de allí hasta el cierre, aunque Mary vino un par
de veces para contarme qué estaba pasando. Se pasó también su descanso en el
obrador para poder contarme con detalle la entrevista que el señor Medios
Responsables había tenido con la señora Bialosky, que sabía cómo ganarse a la
audiencia. Había aprendido mucho tras tantos años encargándose de nuestro arriate y
nunca había sido una persona con la que alguien en su sano juicio quisiera tener un
enfrentamiento. Para cuando Mary tuvo que volver al tajo, ya había conseguido
hacerme reír.
Jesse entró justo después de que saliera Mary. Era como si hubiera estado
escuchando en la puerta. Se quedó allí, mirándome. Yo seguí echando cucharadas
bien colmadas de masa en millones de moldes para muffins. Los moldes para muffins
eran los instrumentos de aprendiz de hechicero de mi obrador, al igual que la masa
que preparo para los rollos de canela cada mañana bien podría hacer las veces de la
masa devoradora.
—No hay espacio suficiente para que todos merodeéis por aquí —dije. No había,
aunque la gente normalmente lo hacía. Era ilegal tener a clientes allí atrás, pero los
inspectores de Sanidad eran todos amigos de Charlie, al igual que el de Incendios.
Habíamos celebrado en la cafetería la fiesta del decimoquinto cumpleaños de la hija
del inspector jefe hará unos seis meses: la cafetería fue el compromiso alcanzado
entre la fiesta que los padres querían que su hija tuviera y la fiesta que ella quería
tener. Hice seis tartas de chocolate para el acontecimiento (y también galletas de
mantequilla y chocolate con las letras FELIZ CUMPLEAÑOS CATHY que puse encima del
glaseado, porque no me gusta demasiado decorar; la vida es demasiado corta) y todas

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se comieron en esa tarde. Algunas de sus amigas seguían viniendo. Iba a tener que
buscarme un segundo aprendiz si la cafetería de Charlie se acababa convirtiendo en
un lugar frecuentado por adolescentes.
—Mary ha estado quince minutos.
—Llevas muy bien la cuenta —dije—. ¿Es una habilidad necesaria en las FEAO?
Mary cabe en el taburete, tú no. —Tenía un taburete en el único rincón semilibre que
no estaba pegado a los hornos, para que algún compañero se pudiera sentar en el
descanso, o cualquiera que yo quisiera que entrara en mi territorio. Ningún FEAO
figuraba en la lista esa noche, y yo no estaba de buen humor.
Jesse entró y se sentó en el taburete. Cupo. Las FEAO les exigían mantenerse en
forma para conservar su puesto de trabajo. Nada de culos fofos. Aunque tanto
ejercicio para mantenerte en forma te hace comer. Pat, en concreto, podía atiborrarse
de una forma sobrehumana. Cuando se sentaba en aquel taburete tenía que vigilarlo.
Podía hacer que rebanadas enteras de pan desaparecieran en cuestión de segundos.
Abrí las puertas del horno y el aliento del dragón atronó en la habitación. Metí las
bandejas de los muffins. Cerré las puertas y puse el temporizador. Metí los boles en el
fregadero y abrí el grifo. La cafetería no tiene la disposición más efectiva del mundo,
y el lavaplatos está en la cocina principal. Cuando tenía tiempo, me lavaba mis
propios utensilios.
Hice todo el ruido que me fue posible.
—Rae —dijo finalmente Jesse.
—Sí —le dije yo.
—Estamos en el mismo bando.
No dije nada. ¿De veras? ¿Estoy segura de seguir en el bando correcto? Todo era
un misterio. La gente no escapa de los vampiros. Puesto que yo seguía con vida… No
es que yo me hubiera asociado con el enemigo. Era algo que había ocurrido, sin más.
Sí, y también había ocurrido sin más que yo protegiera a un vampiro del sol.
No era a él a quien tenía que olvidar. Era a mí. O más bien lo que yo había hecho.
¿Por qué iba un vampiro a alimentar a un humano con leche y darle muffins en
trocitos para asegurarse de que no se atragantaba? ¿Honor entre ladrones? Yo era
quien había dicho eso. A él. ¿Por qué demonios había querido salvarle? Casi me
come de cena. Se le había pasado por la cabeza.
¿Por qué mi árbol había dicho «Síiiii»? ¿Qué demonios era yo?
Que el corte que me había hecho el vampiro en el pecho siguiera doliendo y que
no sanara tal vez fuera buena señal. Quizá significaba que seguía siendo humana.
Jesse finalmente se bajó del taburete y se marchó.
Las pesadillas esa noche fueron especialmente malas, y al parecer me había
estado arañando en sueños, porque cuando sonó la alarma a las tres y cuarenta y
cinco y bostecé, me di la vuelta y encendí la luz, no solo la herida se me había vuelto
a abrir, sino que la almohada estaba llena de manchas de sangre.
La alarma seguía sonando un cuarto de hora más tarde de lo habitual, porque

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tardé un cuarto de hora más de lo habitual en ponerme en marcha. Aún me sentía
cansada todo el tiempo. Vale, eran las pesadillas las que me impedían dormir bien.
Además de preocuparme por cosas como que mi rostro apareciera en la Globalnet y
lo que pensaban todos mis amigos. No estaba perdiendo tanta sangre por la herida
como para estar así de cansada. Y tampoco dolía tanto. Era tan solo una molestia
irritante.
Conduje hasta la cafetería y preparé rollos de canela y pan de centeno (era el día
del pan de centeno) y luego preparé pan de nueces, plátano y miel y barritas de higo y
«Comida para los Ángeles del Infierno» y «Cebras asesinas» y muchos muffins, y
para última hora de la mañana ya había acabado. Tuve el resto del día libre hasta las
seis.
Sí que había algo que me ayudaba un poco con el cansancio, y que hacía que la
herida me dejara de picar también. La luz del sol. Era un día soleado y despejado,
glorioso, así que fui a casa y me tumbé al sol. Durante casi siete horas. Debería
haberme tostado cual patata frita, pero lo cierto es que nunca me quemo. Es como si
el sol pasara a mi interior. Siempre había sido así. Pero desde aquellas dos noches en
el lago pasaba más tiempo de lo normal al sol, tumbada. Y cada vez parecía necesitar
más. Me perdí una feria del libro antiguo a la que iba a ir con Zora y Aimil, y la
última vez que Mel había sugerido que hiciéramos senderismo yo había optado por
tumbarme al sol en su patio trasero mientras él despedazaba otra moto. Por Mel no
había problema, pero sí por mi parte. Ni siquiera podía leer tanto como era habitual;
era como si tuviera que concentrarme en empaparme de cuanto más sol pudiera, y no
me atrevía a distraerme de tan crucial actividad.
Vale, tenía mucho con lo que ponerme al día. La parte de mí que era la nieta de
mi abuela había estado moviéndose a sus anchas los últimos quince años y de repente
yo ahora la había atado en corto. Ya fuera para bien o para mal. Tenía que
recargarme.
Pero no era solo eso. Era como si estuviera siendo atacada. Y no parecía provenir
únicamente de mi propio pensamiento negativo.

Había más gente de lo habitual en la cafetería esa noche, pero no tanta como la noche
anterior, y tampoco había furgonetas de la tele ni nada que me pusiera nerviosa, salvo
quizá que seis de nuestros miembros de las FEAO estaban allí. ¿Seis? ¿Pero es que
esa gente no tenía vida o qué?
No, no tenían vida. De ellos no se esperaba que tuvieran vida. Eres un FEAO, te
mantienes muy en forma y no tienes vida. Era un poco como regentar una cafetería
familiar. Tal vez por eso sentíamos que éramos como almas gemelas. Y nuestros
FEAO cenaban más veces en la cafetería que no, y gran parte del personal de su
cuartel general, que estaba a cerca de un kilómetro al norte del casco antiguo, se
pasaba a veces por la mañana para tomar un café y un rollo de canela. Relájate,

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Sunshine.
Intenté relajarme. Dieron a conocer el nombre del pobre al que habían chupado la
sangre: ninguno de nosotros lo conocíamos. Vivía en nuestra ciudad, pero no era de la
zona. Nada más ocurrió. No más tipos secos, o al menos ninguno que dejaran en el
barrio para que nosotros lo encontráramos. Tres días después, cuando las cosas
parecían estar volviendo a la normalidad, logré decir: «¿Cómo va todo?» con una voz
normal cuando vi a Jesse y Theo sentados en la mesa pegada a la puerta cuando
llegué para el cambio de turno. Paulie había estado en el obrador toda la tarde y
estaba deseando marcharse. Yo seguía dándole libres todas las noches que quisiera,
dejándole que trabajara sus horas durante el día; a mí me interesaba, y mucho, seguir
teniendo esa segunda mañana semanal exenta de tener que levantarme a las tres y
cuarenta y cinco. Estaba acostumbrada a no tener vida, y quería aferrarme a Paulie.
Era el primer aprendiz de los que había contratado que tenía cerebro y al que le
gustaba manipular la comida. También era el primer chico que no parecía temer que
su masculinidad se viera comprometida por tener que aprender y recibir órdenes de
alguien de mi edad y sexo. Todavía le quedaba sobrevivir a su primer agosto en el
obrador con los hornos encendidos, pero tenía muchas esperanzas puestas en él.
La cafetería se fue vaciando un poco antes de lo habitual, lo cual era sorprendente
teniendo en cuenta que era el domingo de un fin de semana de tres días. Pero íbamos
a abrir al día siguiente mientras el resto del mundo trabajador celebraba el nacimiento
de Jasmin Aziz, una célebre criptógrafa que consiguió descifrar el código de las
Guerras Vudúes y que es la razón por la que aún tenemos Michigan, Chippewa y la
mayor parte de Ontario en vez de un enorme agujero humeante en el planeta. Ya la
llamaban Madre Durga, «Aquella difícil de tratar» mucho antes de que se convirtiera
en una heroína, y el nombre persistió. Ja. Incluso si la cafetería de Charlie no abriera
los lunes festivos, este lo haría.
Había sacado las últimas bandejas del horno hacía tiempo, colocado en los
estantes o congelado aquello que no iba a ser comido esa noche, empezado a preparar
la masa para el pan y los rollos para la mañana siguiente y había salido para sentarme
en la barra y cotillear los últimos minutos con Liz y Kyoko, que trabajaban hasta
tarde esa noche, y Emmy, que recientemente había sido ascendida a ayudante de
cocinera y no estaba segura de poder seguir el ritmo. (Me sentí algo insultada, pues
había estado trabajando conmigo en el obrador entre aprendiz y aprendiz y yo me
consideraba una supervisora tan inmisericorde y temperamental como cualquiera de
los que trabajaban en la cocina). Theo mostraba signos ocasionales de querer intimar
más con Kyoko, pero ella conocía a las FEAO y no quería tenerlos cerca. Charlie
andaba merodeando por ahí. No sabía estarse quieto. Mel estaba cerrando la cocina,
tarea que incluía evitar que Kenny se escabullera antes de tiempo. Una noche
tranquila te permitía ponerte al día.
Era una noche cálida y las puertas delanteras estaban abiertas. Todavía había
algunas personas sentadas en una de las mesas de la terraza; otra pareja se había ido

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con sus tazas de café a sentarse junto al arriate y besuquearse. Uno de los últimos
rituales del cierre era hacer un barrido por la plaza en busca de tazas de café, copas de
champán y platos del postre. Si has pagado tu cuenta, no nos importa que te lleves a
tu amor y tu postre a un sitio más tranquilo (mala suerte si el sitio que escoges está ya
ocupado por un borracho o un yonqui, pero oye). Probablemente eso fuera también
ilegal, de acuerdo con la norma 6703/4, subtitulada «Comportamiento de la Clientela
en Establecimientos Hosteleros y Potencial Emisión de Restos con Efectos
Perjudiciales», a saber, alimañas, pero nadie nos había detenido aún.
Estaba tan tranquilo todo. Hasta los FEAO parecían bastante relajados, tratándose
de FEAO.
Y entonces oí una risita de trasgo familiar.
¿La había oído? No lo sé. Jamás lo sabré. Pero lo supe. De una manera u otra, me
llegó. Y yo ya había cogido un cuchillo de mesa y salido disparada por la puerta antes
de que cualquier débil función, como por ejemplo un pensamiento racional, tuviera
tiempo siquiera de ponerse en marcha.
Ningún humano ha destruido jamás a un vampiro blandiendo un cuchillo de mesa.
En primer lugar, los vampiros son increíblemente más rápidos que los humanos. No
puedes alcanzar a un vampiro para hacerle algo, porque él ya lo habrá hecho varias
veces y estará aguardándote. Y te puedes apostar lo que quieras a que no se va a
quedar quieto esperando a que lo estaques.
En segundo lugar, un cuchillo de mesa es una opción muy mala. Puedes hacerlo
con hierro forjado, aunque nadie en su sano juicio va a ir por ahí con una estaca de
hierro forjado cuando las de madera funcionan mejor y pesan mucho menos. Pero de
acero inoxidable, olvídate: se escurre, como una varilla de cóctel en una hielera.
Tienes las mismas posibilidades de hacerle un agujero a un vampiro con acero
inoxidable como de correr hacia él y que se quede quieto mientras lo intentas.
La madera se abrirá paso por entre esa pequeña capa de lo que quiera que sea eso,
la electricidad de los no muertos, y dejará que tu estaca penetre. Tendrás que empujar
con fuerza, y saber adónde va, y alcanzar y penetrar el corazón, o morirás cuando el
vampiro te arranque la cabeza. Un vampiro que está repeliendo una estaca no se va a
molestar en florituras (tened en cuenta que, si bien un vampiro puede tener que
pedirte permiso para chuparte la sangre, puede matarte cuando quiera). Los machotes
de las FEAO van directos al esternón, pero el enfoque más sofisticado (además del
que más probabilidades tiene de llegar a buen puerto) es justo debajo. El hueco en la
parte inferior del esternón es un marcador de ruta útil, eso me han dicho. Aun así no
es algo sencillo de hacer. Hay montones de personas muertas que lo han intentado.
También se han realizado muchos estudios relativos a cuál es la mejor madera para
las estacas. Al parecer es la del manzano, y no la de cualquier manzano viejo, sino
uno donde more el muérdago. Los FEAO retirados (voluntariamente o por heridas o
enfermedad: esta última categoría es un número pequeño, pues las FEAO tienden a
vivir y morir sin nada entre medias) a menudo acaban plantando manzanos para su

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excuerpo y asegurándose de que el muérdago sea feliz. El muérdago es un picajoso y
nadie sabe por qué a veces crece y otras no. Te hace preguntarte qué sabrían los
druidas, o Johnny Appleseed. Los druidas, claro está, solo salen en los cuentos y
Johnny Appleseed jamás existió. O eso dicen. Pero también hay quien dice que
ningún humano ha destruido jamás a un vampiro abalanzándose sobre él y atacándolo
con un cuchillo de mesa.
Tal vez ningún humano lo hubiera hecho.
Yo tenía una ventaja. El vampiro no me esperaba.
Me dio tiempo a ver la expresión de su rostro. Probablemente no supiera lo que
había visto hasta después, pero aquello era lo que era: estaba buscándome,
buscándome, pero no esperaba dar conmigo. Estaba siguiendo las órdenes de su amo,
sí, pero en el fondo creía que su amo se había vuelto loco, que no iba a encontrarme
porque yo estaba muerta. No sabía cómo había muerto, o dónde había desaparecido,
pero tenía que estar muerta. Por tanto, lo estaba. Comprendo ese mecanismo mental.
Tal vez fuera la sorpresa de ver a alguien que se creía que iba a poder hacer algo
con un cuchillo de mesa.
Se quedó quieto. La chica a la que había estado intentando someter permaneció
de pie vacilante y con gesto estúpido mientras este se volvía hacia mí. Nos miramos a
los ojos durante un segundo, mis últimos pasos a la carrera, antes de golpearlo con un
ruido sordo…
… y clavarle el cuchillo de mesa bajo la clavícula, en su corazón. Recuerdo el
olor cálido y maligno de su último aliento en mi cara…
Jamás había leído ni oído que los vampiros explotaran cuando les clavabas una
estaca. Tal vez fuera únicamente cuando lo hacías con un cuchillo de mesa. Los
vampiros no son de carne y hueso como nosotros… pero mueren también. Fue…
horrible. El roce, cuando me pegué a él (no mantuve las distancias), la sensación del
cuchillo hundiéndose (tal vez yo tampoco pensara que fuera capaz de hacerlo); tal vez
ese fuera el plan… La textura del cuchillo deslizándose en su interior… La manera en
que parecía saber adónde ir, con mi mano en él…
El olor…
La sorpresa en su rostro, justo antes de que mi cuchillo llegara a su corazón y este
se detuviera…
El sonido…
La presión del… estallido… que me hizo tambalear, que me manchó y pringó
de…
A juzgar por el mal sabor de mi boca unos minutos después, doy por sentado que
vomité. Tal vez me desmayara también, aunque aún seguía de pie cuando empecé a
oír que alguien gritaba: «¡Rae!, ¡Rae! Tranquila, ¡todo ha acabado!» y también
empecé a ser consciente de que unos brazos me rodeaban para intentar que me
estuviera quieta. Había muchos más ruidos: alguien gritando, mucha gente gritando,
y, más cerca, una sirena. La sirena debería haberme tranquilizado: el sonido de las

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autoridades acercándose. Las autoridades se encargarían y yo podría tranquilizarme.
Tranquilízate, Sunshine.
No me tranquilicé. Pero sí tuvo el efecto de espabilarme. Dejé de moverme. Mis
brazos se quedaron inertes (no mucho) y pude sostenerme con mis propios pies. Era
Jesse quien me rodeaba con sus brazos.
Ya se había congregado bastante gente. Supongo que los gritos los atrajeron.
Somos el tipo de vecindario que responde a los gritos. Jesse y yo estábamos en un
pequeño callejón, a una calle de distancia de donde apareció el cadáver, el del tipo
seco, una semana atrás. Alguien había encontrado un par de focos halógenos. Eso
significaba que podría ver…
Empecé a tener arcadas y Jesse me dio la vuelta y empezó a tirar de mí hacia lo
que resultó ser un coche, conducido por Theo. Es toda una hazaña conseguir meter
algo de cuatro ruedas, aunque sea el cochecito rojo de un niño, hasta esa parte del
casco antiguo. Tal vez forme parte del adiestramiento de las FEAO. La multitud iba
creciendo. Quizá no comprendieran lo que estaban viendo: las manchas oscuras,
pegajosas y goteantes en el suelo, adheridas a las paredes del callejón. El olor a
vertedero podía deberse a una rata muerta o a una alcantarilla atascada. Es lo que
tiene vivir en el casco antiguo. Pero la escena que iluminaron los focos… Logré
apartar la mirada antes de que me dieran arcadas de nuevo, aunque no creía que me
quedase ya más por echar.
Jesse me metió en el asiento trasero y… empezó a limpiarme con una toalla.
Tenía… cosas horribles por todas partes. ¿Todos los vehículos de las FEAO llevaban
toallas absorbentes grandes para… limpiar? Este las tenía colgadas en fila. Intenté
pensar en el olor de la toalla: a jabón de lavandería, a aire fresco, a luz del sol. Estaba
llorando. Menos sucio que vomitar. Más sencillo de limpiar después. Lloré con más
fuerza. Había llorado más en los últimos dos meses que en toda mi vida anterior.
Dije algo con la voz ronca. Ni yo entendí lo que dije, y Jesse habló:
—No digas nada ahora. Vamos a darte ropa limpia y una taza de caf… de té. —
Me conocía lo suficientemente bien como para saber que yo no bebía café. Eso
debería haberme resultado tranquilizador, estaba entre amigos, pero no era así. No
estaba entre amigos. Estaba con gente de las FEAO. Que me habían visto reventar a
un vampiro con un cuchillo de mesa. Me pregunté si me habían llevado tan rápido
para que nadie de la cafetería tuviera la posibilidad de intervenir. Mel. Charlie.
¿Adónde me llevaban, de todas maneras? ¿Y por qué? Podía hacerme una idea y no
me hacía sentir mejor.
El rostro sombrío de Jesse era invisible en la oscuridad del asiento trasero. Estaba
casi lo suficientemente desesperada como para pedir que encendieran las luces del
interior, lo justo para poder verle el rostro. Para poder ver que tenía rostro. Un rostro
humano.
Hablé de nuevo con voz ronca:
—¿Estará bien?

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—¿Quién? —preguntó Jesse.
—La chica. La… chica que estaba gritando. La chica que estaba… en la
oscuridad.
Jesse dijo:
—Estará bien.
Permanecí en silencio un minuto. Estábamos ya fuera del casco antiguo. Al
principio no sabía qué estábamos haciendo; solo conocía la puerta delantera del
edificio de las FEAO del condado (tampoco es que tuviera por costumbre ir allí), pero
claro, tendría una entrada trasera. Tenía que haberla. Allí donde aparcaban sus
coches. También quizá por donde metían a la gente que no querían que fuera vista.
¿Cuánto tardaría en aparecer la furgoneta de la televisión en el callejón y empezaría a
recorrer con las cámaras los muros ensangrentados, esos bultos terriblemente amorfos
sobre el pavimento?
—No lo sabes, ¿verdad? No sabes si estará bien.
Jesse suspiró y se recostó, dejando la toalla en mi regazo. Ya no olía a luz del sol:
olía a vampiro desintegrado. El coche olía a vampiro desintegrado. Jesse, como me
había estado sujetando, también tenía vampiro desintegrado por todo su cuerpo. Con
la luz parpadeante de las farolas de las calles se parecía mucho a un demonio, y no de
los amables.
—No lo sé. No rescatamos muy a menudo a gente de la oscuridad en el último
minuto. Pero estoy seguro de que estará bien. Puedo decirte por qué, pero tú también
podrías decirnos algo. Algo a cambio de algo.
Gemí. Había bajado la ventanilla para que entrara algo de aire fresco y había
descubierto que solo se podía bajar hasta la mitad, y que el cierre de seguridad estaba
activado, pero no por mí. Nadie escapa del asiento trasero de un coche de las FEAO.
Jesse casi rompe a reír.
—No es lo que piensas. Demonios, Sunshine, ¿qué tenemos que hacer para…?
El coche se detuvo. Estábamos en un aparcamiento situado entre un montón de
enormes edificios municipales. No estaba ni mucho menos vacío, como cabría
esperar a esas horas de la noche, aunque todos los coches estaban aparcados en un
extremo del garaje, cerca de un edificio en concreto. No reconocí el cuartel general
de las FEAO por detrás, pero me imaginé que eso era. La mayoría de los
departamentos municipales no tienen un turno de noche con tantos empleados, y la
comisaría estaba al otro lado de la ciudad.
Los seguros se subieron de forma automática. Salimos del coche, primero Theo y
después Jesse, que no dejaba de sostenerme del brazo como si yo necesitara un punto
de apoyo, o me fuera a escapar. Me subieron por unas escaleras y me llevaron por un
pasillo horrible sin ventanas y con puertas a ambos lados. Jesse abrió finalmente una
puerta entreabierta tras la que se veía luz.
—Annie —dijo—. ¿Puedes echarnos una mano?
Annie tampoco me resultó tranquilizadora, pero fue amable e intentó fingir que

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no pensaba que hubiera nada extremadamente sospechoso en cuanto al motivo por el
que yo estaba allí y en qué estado y a esas horas de la noche. Después de todo, ella
estaba en lo cierto: había algo extremadamente sospechoso en todo aquello. Me llevó
a las duchas de mujeres y me dio toallas limpias, jabón y un jersey sin forma alguna y
con una especie de forro peludo de color caqui que era igual que los pijamas de los
niños, pero sin los pies.
Me metí en la ducha con toda la ropa puesta. Me costaría más quitármela mojada,
pero no quería esperar a tener que desvestirme para sentir el agua caliente. A
continuación me arrodillé en el plato de la ducha y froté bien toda la ropa, zapatillas
incluidas, y la dejé en un montón con el que tuve que tener cuidado de no tropezarme
mientras me duchaba. Pero quería que toda la sangre y… demás… salieran de ella.
No tardé tanto como aquella mañana tras regresar del lago, pero me restregué y froté
hasta hacerme daño y salí casi escaldada pues había abierto el grifo del agua caliente
a tope. Estaba sudando mientras intentaba secarme, en parte por el agua caliente. El
corte de mi pecho se había vuelto a abrir, claro. Me puse un poco de papel higiénico,
como si me hubiera cortado afeitándome, con la esperanza de que no me calara el
pijama y tuviera que dar explicaciones a posteriori.
A continuación rescaté el contenido de mis bolsillos cuando colgué mi ropa
empapada en un radiador frío (era verano). A la navaja no le pasaba nada por mojarse
siempre y cuando la secara al momento, pero mi llavero de cuero probablemente
jamás me lo perdonaría, y el talismán en forma de bucle que llevaba en él estaba a
punto de pasar a mejor vida. Era uno de los amuletos de mamá, de esos que no dejan
de zumbar para que sepas que está ahí, prestando atención, y yo no había tenido
intención de ahogarlo, pero tampoco lamentaba que fuera a dejar de molestarme.
Me quedé quieta un momento, una vez estuve seca y vestida, para hacer acopio de
las pocas facultades mentales que me quedaban. Estaba realmente cansada.
Annie estaba esperándome fuera para llevarme a algún sitio. Me ofreció también
unas pantuflas forradas por dentro, de color caqui, pero ya había tenido suficiente
regresión a la infancia, así que me quedé descalza. Además, odio el color caqui.
Supuse que era el despacho de Jesse, puesto que él era quien estaba sentado tras
el escritorio, mientras que Theo estaba en una silla a un lado, inclinado hacia atrás y
con los pies sobre la mesa, tocando con los zapatos la caótica pila de papeles de esa
esquina y dejando marcas negras en los extremos de los papeles. La chaqueta de Jesse
había desaparecido y llevaba una camisa limpia que no era de su talla. Había una
cafetera borboteando en la esquina.
Nadie dijo nada al momento. Si lo hicieron para que yo llenara el silencio, no
funcionó. No había nada que pudiera decir que me fuera a sacar del lío en el que
estaba metida. Vale, un detallito: la gente que manipula magia tiene que estar
certificada e inscrita. Yo había mentido respecto a lo que me había ocurrido en el lago
por infinidad de motivos, y la obligación de registrarme como manipuladora de magia
era para mí el de menor importancia y algo que no merecía la pena comentar desde

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mi punto de vista, pero al no haberlo hecho había cometido el tipo de delito que ni
siquiera a la policía ordinaria le gusta y que las FEAO odian. Esa noche lo había
echado todo a perder, total, innegable e inexorablemente. Ni siquiera un manipulador
de magia debería ser capaz de cargarse a un chupasangres con un cuchillo de mesa.
No iba a poder mentir sobre aquello. El cuchillo de mesa en cuestión estaba en el
único espacio libre del escritorio de Jesse. Di por sentado que era el mismo cuchillo.
Era igual que los que usamos en la cafetería y, si bien lo habían limpiado un poco, las
manchas de sangre restantes resultaban de lo más reveladoras.
No tenía ni idea de cuándo lo había soltado. Pero el hecho de que estuviera allí
significaba que sabían lo que había ocurrido. No tenía escapatoria.
Y entonces entró Pat con una tetera y una bolsa de papel con el logo del Prime
Time. Me entraron ganas de reír. De veras que estos chicos lo estaban intentando, sí.
La reina de los rollos de canela no iba a ser sobornada con una hamburguesa de un
restaurante de comida rápida (suponiendo que yo comiera hamburguesas, que no era
el caso, y después de anoche, jamás las comería), pero Prime Time era una tienda
gourmet que abría las veinticuatro horas. Del centro, claro está. Demasiado elitista
para abrir una franquicia en el casco antiguo. De todas maneras, tampoco sobreviviría
en el mismo territorio que Charlie.
Dejé de querer reírme cuando me fijé en que Pat tenía la expresión de alguien a
quien habían sacado de la cama por una emergencia.
Hasta el té era bueno.
Jesse dijo:
—¿Puedes decirnos de qué tienes miedo? ¿Por qué no hablas con nosotros?
Yo dije con cautela:
—Bueno, no estoy inscrita…
Se oyó un suspiro generalizado y el nivel de tensión bajó como unos cuarenta
grados.
—Sí, pensábamos que tal vez fuera por eso.
Se hizo un breve silencio y entonces los tres se miraron de manera harto
significativa. Yo había empezado a tranquilizarme, si bien con recelo, y aquello me
frenó en seco, como cuando vas a sentarte en una butaca y descubres que hay un
lecho de clavos en vez de un cojín bajo el tapizado de flores. Oh-oh.
Pat suspiró de nuevo, esta vez un suspiro muy largo, como el de un hombre a
punto de despeñarse por un precipicio. A continuación cerró los ojos, tomó aire, y
contuvo la respiración. Y la contuvo y la contuvo. Como cerca de un minuto.
Después empezó a volverse… bueno, azul. Y no me refiero al azul de alguien que se
está ahogando, sino a azul azul. Conteniendo la respiración aún, abrió los ojos y me
miró: sus ojos también eran azules, aunque varios grados más oscuros que su piel, y
con ojos me refiero al ojo en su totalidad: la córnea también. Aunque, hablando de
sus ojos, mientras lo observaba, un tercer ojo empezó a parpadear lentamente entre
sus cejas. Seguía conteniendo la respiración. Sus orejas estaban tornándose

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apuntadas. Levantó una mano y mostró los dedos. Tenía seis. Los nudillos eran muy
protuberantes y la mano en sí, enorme. Pat, en circunstancias normales, era un
hombre de complexión media.
Theo bajó con cuidado las patas delanteras de su silla al suelo, fue hasta la puerta
del despacho y la cerró con pestillo. Regresó a su silla, apoyó los pies contra el borde
del escritorio y volvió a mecerse sobre dos patas.
Pat volvió a respirar.
—Si la aguanto más, empezarán a reventarme los botones de la camisa.
Disculpad. —Se desabrochó el cinturón y el botón de la cintura.
—Eres un demonio —dije.
—Solo una cuarta parte —dijo Pat—, pero corre con fuerza en mi interior. —Su
voz sonó extraña, más profunda y ronca—. Mi hermano no se convierte si no aguanta
la respiración hasta provocarse un infarto. Suerte para él. Siento tener que cerrar la
puerta, pero los efectos tardan en desaparecer una buena media hora.
En realidad solamente es ilegal ser un vampiro, pero la gente que se pone enferma
tras las noches de luna llena con demasiada asiduidad no suele ascender a puestos de
responsabilidad en su trabajo, y un demonio que no puede hacerse pasar por humano
es automáticamente un paria, y el mestizaje es un delito. Puesto que estas leyes son
casi imposibles de ser llevadas a la práctica, lo que sucede es que si tienes un bebé
que sabes que no podrá pasar por humano, te lo montas para aparentar estar lo más
preocupado y abatido posible (algo sencillo en tales circunstancias) y te vas cual paño
de lágrimas al registro y les dices que nadie te había dicho que tu bisabuelo (o
bisabuela) había sido eso o hecho lo otro (estando tu bisabuelo, además, ya muerto y,
por lo tanto, no podrá ser acusado de nada). Así que el niño es inscrito y crece hasta
descubrir que no podrá obtener trabajo en ninguna empresa de las consideradas
«delicadas». Y si alguien de tu familia más cercana ha estado en primera línea de una
investigación, los demás también lo estarán. De por vida. Incluso aunque nadie más
muestre signos de ser algo distinto a un humano puro.
Probablemente sea peor para aquellos parciales que están bien hasta que alcanzan
la adolescencia y de repente descubren que la sangre de algún Otro, de la que
posiblemente nada supieran, está vivita y coleando en ellos y que va a arruinar sus
vidas. De tanto en tanto le ocurre a un adulto. Hubo un caso famoso unos años atrás
de un director de banco al que a los treinta y ocho años le empezaron a crecer
cuernos. Lo despidieron. Había tenido una carrera ejemplar hasta el momento.
Recurrió. El caso tuvo muchísima publicidad.
Aun así lo despidieron.
En lo que respecta a empresas «delicadas», las FEAO figuraban en lo alto de la
lista. Ningún demonio de sangre parcial sería contratado por las FEAO.
Hasta alguien como Mary sería rechazada incluso para el adiestramiento más
básico de las FEAO, si algún malnacido informara a su equipo de reclutamiento de
que el café que servía siempre estaba caliente. Mary no estaba inscrita. Si el gobierno

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insistiera en inscribir a todo aquel que pudiera coser una costura que jamás se soltara
o servir café que siempre se mantuviera caliente o ponerle un parche a una bici que
luego no reventara por otro lado a treinta metros más allá, tendrían que inscribir al
sesenta por ciento o más de la población, y por mucho que al gobierno le gustara el
papeleo y las cargas fiscales, al parecer aquello superaba la capacidad de sus
minúsculos cerebros. Pero las FEAO sí se preocupaban hasta ese extremo. Por
ejemplo, los picos de viuda que a veces se tienen si portas sangre de algún peri y que
estaban tan de moda que los modelos y los actores se hacían la estética para
implantárselo; si alguna de esas personas sintiera el deseo repentino de un cambio en
su trayectoria profesional y quisiera pertenecer a las FEAO, tendrían que presentarse
con el certificado del cirujano pegado en la frente, o los despacharían en la misma
puerta. Las FEAO no se andaban con tonterías.
Pat parpadeó hacia mí y sonrió. Tenía una bonita sonrisa como demonio. Sus
dientes también eran azules.
—Las FEAO están podridas de parciales —dijo Jesse—. Yo soy uno de ellos.
Theo es otro. Y John también. Y Kate y Millicent y Mike. De alguna manera hemos
conseguido dar los unos con los otros para trabajar juntos. Es más seguro, claro está.
«Eh, ¿ese tipo azul no se parece mucho a Pat? ¿Y dónde está Pat?», «¿Que se parece
a Pat? Tienes que estar de coña. De todas maneras, está en casa acatarrado». Pero Pat
es el más espectacular de todos nosotros, motivo por el que le hemos llamado para
que viniera esta noche.
Quizá me las había podido más o menos apañar para que no se me cayera la
mandíbula a los pies cuando Pat se volvió azul (había tardado varios minutos, y yo
podía dejarme llevar por la corriente), pero aquello era demasiado. Era como, no sé,
descubrir que el presidente del consejo global era un chupasangres, que la luna estaba
hecha de queso verde y que el sol solo se veía por las mañanas gracias a un
complicado sistema de palancas y cuadrantes supervisado por un campamento de la
raza superior de la estrella de Antares asentado en Marte…
—¿Qué demonios quieres decir con que las FEAO están podridas de parciales?
¿Qué hay del maldito análisis de sangre que os hacen para poder entrar?
Los tres sonrieron. Lentamente. Por un instante yo fui la única humana de la sala,
y todos eran más grandes y duros que yo. Me quedé muy quieta. No fue, lamento
decirlo, esa quietud que te confiere la serenidad y la compasión. Más bien me sentía
como un conejo frente a un foco de luz.
El momento pasó.
—Tuvo que ser horrible al principio —dijo Jesse.
—Cuando la única droga que funcionaba te hacía mear verde durante una semana
—dijo Pat.
—O añil o violeta —dijo Theo.
—Sí —dijo Pat—, dependiendo del tipo de parcial que fueras.
—Pero ahora mismo ya hay muchos infiltrados en el laboratorio —dijo Jesse—.

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Una vez has conseguido llegar tan lejos, ya estás en casa.
Se hizo otra pausa. Tal vez debería preguntar qué significaba eso de «estar ya en
casa», pero ya no quería saber nada más. Mi cerebro no había estado tan embotado
desde que me había despertado junto a una hoguera rodeada por vampiros. Conforme
el silencio se fue alargando, me percaté de que el grado de tensión también estaba
volviendo a crecer, y que había más miradas significativas de uno y otro lado. Intenté
espabilarme. Pero estaba muy cansada.
Finalmente, fue Pat quien habló.
—De acuerdo —dijo—. ¿Por dónde íbamos? Mmm. Hemos estado pensando que
algo como… como volverse azul… te tuvo que ocurrir cuando desapareciste en el
lago. O… donde fuera. Pero no hemos tenido una buena excusa para, bueno, para
preguntártelo de una manera más privada. En algún lugar donde yo pudiera cerrar la
puerta y contener la respiración.
—Hasta esta noche no hemos estado totalmente seguros de qué estábamos
buscando —dijo Jesse—. Lo cierto es que aún no lo sabemos.
Me miraron esperanzados.
Pensé en qué podría decirles. Acababan de ponerme sus carreras en bandeja. Todo
lo que tenía que hacer era salir de allí y contarle a alguien (pongamos, al señor
Medios Responsables) que Pat se volvía azul y le salían tres ojos y doce dedos si
contenía la respiración y que varios de sus compañeros de trabajo más cercanos,
incluido su compañero de patrulla, lo sabían, y atarían a Pat a una silla, le pondrían
una bolsa de plástico en la cabeza y aguardarían a ver el resultado. Tendrían que
hacerlo. Incluso aunque su comandante supremo fuera un demonio purasangre y
supiera el nombre de cada parcial a su servicio, el escándalo público sería tal que se
verían obligados a hacerlo. Ser una manipuladora de magia sin inscribir era una
tontería en comparación.
Mi cerebro empezó a procesar la siguiente conexión necesaria. Oh…
—¿Conocéis a mi padre? —dije.
Todos resoplaron. El resoplido de Pat sonó como el claxon de una furgoneta.
—¿El sol sale por las mañanas? —dijo Jesse.
¿Con o sin la ayuda de los tipos de Antares?
—Entonces probablemente sepáis que mi madre me crio para que no… eh…
fuera la hija de mi padre.
—Sí —dijo Pat—. Eso nos interesó mucho, si te somos sinceros.
Me lo quedé mirando.
—Será mejor que no me digáis que habéis estado quince años merodeando por la
cafetería por si se presentaba la oportunidad de pillarme… volviéndome azul.
No me volvería azul, claro está. A diferencia de la sangre de demonio, la
manipulación de magia estaba bien vista tanto por el gobierno y la burocracia
empresarial. En cierto modo. Lo que querían era una manipulación de la magia
cooperativa y dócil. Algo a medio camino entre un primo tercero que sabía hacer

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trucos de cartas y un hechicero. El problema es que si la manipulación de la magia
crece en la escala de prepotencia, el manipulador se hunde en el otro extremo de la
escala de docilidad. Pero probablemente hubieran existido Blaise dóciles. Y nadie
había conseguido demostrar que mi padre fuera un hechicero. No lo creo, al menos.
—Vamos por la cafetería porque todos somos unos adictos a tus rollos de canela,
Sunshine, y a tus letales postres especiales —dijo Pat—. No íbamos ni la mitad de
veces antes de que Charlie pusiera el obrador. Pero tu padre tampoco nos venía mal
como excusa para nuestra abultada cuenta de gastos.
Otra pausa. No dije nada.
—Y tu madre parecía… bueno, muy extrema al respecto, ¿sabes?
Y otra pausa. Tenía la sensación de que se me estaba pasando por alto algo que
querían que pillara. Pero estaba tan cansada.
—Y la cafetería es un buen lugar para echarle el ojo a bastante gente. Gat Donnor.
—Pobre Gat. Era uno de nuestros yonquis. A veces, cuando se equivocaba (o
acertaba) con la mezcla, se convertía en un delgaducho lagarto de metro ochenta
(cola incluida) y piel naranja que te leía el futuro, si se lo pedías. Los del barrio
estaban acostumbrados a verle, pero algún que otro turista había salido corriendo tras
toparse con él. Los FEAO estaban interesados en él por el elevado porcentaje de
aciertos en sus predicciones.
Volví al presente. Sentada en un despacho de las FEAO con un demonio azul
agente de las FEAO y unos pocos amigos.
—Supongo que sabrás que la señora Bialosky es una cambiaformas.
Ahí sí que me reí.
—Todo el mundo cree que lo es, pero nadie sabe de qué tipo. No, no me lo digas.
Arruinaría la diversión. Además, la señora Bialosky es de los buenos. Me da igual lo
que tenga su sangre. —Es una violación flagrante de tus derechos humanos que un
médico te saque sangre para analizarla salvo para dar con la enfermedad para la que
hayas firmado el consentimiento antes de que el técnico de laboratorio se te acerque
con la aguja, pero los accidentes ocurren. Una de las otras maneras de averiguar si
alguien era un cambiaformas o un demonio es por su fobia a los médicos. Por fortuna,
los laboratorios perfeccionaron (o casi) la sangre humana artificial cincuenta años
atrás, así que donar sangre ya no es de vital importancia, y los cerrados de mente ya
no se pueden hacer ideas raras viendo quiénes no aparecen en las listas de donantes.
La capacidad humana de manipular la magia no se transmite mediante transfusiones,
la sangre de demonio no te convertirá en demonio y un demonio débil puede no
manifestarse siquiera, pero un demonio fuerte o purasangre puede hacer enfermar
gravemente a un humano purasangre, incluso a pesar de tener el mismo tipo de
sangre. Y los cambiaformas se transfunden de una manera hermosa, con cada
transformación.
—Yo no podría haberlo dicho mejor —dijo Jesse—. Así que creciste siendo la
hija de tu madre, sin más ambición que la de hacer los mejores rollos de canela del

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país. ¿Conocías a tu padre?
Vacilé, pero no durante mucho tiempo.
—Más o menos. Sabía que manipulaba magia y que fue miembro de una de las
familias más importantes. O lo descubrí una vez entré en el colegio, cuando un niño
perteneciente a una de esas familias mencionó a los Blaise. Por aquel entonces yo
usaba el apellido de soltera de mi madre, antes de que se casara con Charlie. Sabía
que el que mi padre tuviera relación con la magia era el motivo por el que mi madre
le había dejado, y… a esa edad eso era suficiente para mí. —Pensé en los «socios
empresariales» que a mi madre tan poco le gustaban. Así los había llamado siempre.
Conforme fui haciéndome mayor me di cuenta de que la gente como mi madre
realmente quería decir «limo de estanque» cuando decía «hechicero». Limo de
estanque tóxico-lunático.
—Yo me sentía hija de mi madre, ¿entendéis? Y tras abandonarlo, jamás lo volví
a ver. —No le había dicho esto a nadie—: Mi madre estaba tan decidida a que no
tuviera nada que ver con la familia de mi padre que yo quería parecerme en todo lo
posible a ella. Ella era todo lo que tenía.
Todos asintieron.
—¿Así que no sabías nada sobre tu posible herencia?
—Algo sí sabía. Mi abuela, la madre de mi padre, se presentó un año después de
que nos fuéramos. Yo solía visitarla en nuestra antigua cabaña en el lago. Nos
veíamos allí. A mi madre no le gustaba, pero me dejaba ir. Mi abuela me enseñó…
algo.
—Te enseñó —dijo Jesse rápidamente.
—Sí. A transformar cosas, fundamentalmente. Cosas pequeñas. Lo suficiente
como para saber que yo tenía algo, pero no tanto como para tener que usarlo, ¿me
comprendéis?
Asintieron de nuevo. La manipulación de magia, como la sangre de los Otros, a
menudo hace acto de presencia lo quieras o no. Pero si no era demasiado fuerte, cabía
la posibilidad de que te dejara en paz, siempre que tú lo hicieras. Probablemente.
—Entonces mi abuela desapareció. Cuando yo tenía diez años. Justo antes de las
guerras. Y justo cuando Charlie se casó con mi madre. A Charlie no parecía
importarle tenerme cerca. Me adoptó y dejó que trasteara por la cafetería. Y sí, me
llamaba mucho la atención cocinar, o intentar cocinar, ya desde muy pequeña. Muy
triste, ¿no? Una Blaise con glaseado en la nariz. Y una vez me puse a trabajar en la
cafetería, pensé que ese era el final de la historia.
—Y entonces dos meses atrás… —dijo Jesse. ¿Por qué tenía la sensación de que
pasaba algo más? Era como si estuviéramos teniendo dos conversaciones, una de
ellas silente. Me parecía que con la hablada ya era suficiente.
Suspiré.
—Lo único que hice fue conducir hasta el lago en mi noche libre. Me dolía la
cabeza, quería un poco de paz y tranquilidad, y eso es imposible cerca de mi familia,

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o cerca de la cafetería. Acababan de arreglarme el coche, hacía una buena noche. No
había pasado nada en el lago, que yo sepa, desde el final de las guerras, siempre y
cuando te mantuvieras apartado de los focos del mal. Conduje hasta nuestra antigua
cabaña, me senté en el porche, contemplé el agua…
Eso era todo lo que había contado hasta el momento de mi historia. Aun así no me
esperaba que se me fuera a acelerar el corazón, que el estómago me diera un brinco
como el agua en una parrilla caliente, ni que las lágrimas se me fueran a agolpar en la
parte posterior de los ojos ante la perspectiva de tener que contarles algo más. Miré al
regazo de mi jersey-sin-forma-pijama-de-niño, y luego miré el cuchillo de mesa que
estaba sobre el escritorio de Jesse. El mundo empezó a girar más rápido y en un
ángulo de lo más curioso.
Jesse sacó del último cajón una botella de… oh, vaya, whisky de malta. Algunos
FEAO sí que sabían cómo vivir. Theo había vaciado el contenido la bolsa de Prime
Time. Había distintos bultos envueltos y olían… a comida. A comida de verdad.
—Tómate un sándwich —dijo Theo—. Y unas patatas. Tómate… ¡Eh, Pat!, te
gusta vivir al límite, ¿eh? Tómate un brownie del Prime Time.
—No, gracias —respondí de manera automática—. Demasiada harina, demasiada
levadura, y el chocolate que usan es así-así.
—Ya tienes mejor color —dijo Jesse—. Háblanos más de los pecados del Prime
Time. Estoy convencido de que ni su pan será tan bueno como el tuyo tampoco. —
No, en efecto—. Toma un poco de whisky. —Extendí mi taza (vacía).
Me comí medio sándwich de queso suizo y berros (en un pan mediocre) para
darle a mi estómago algo en qué pensar. Las manchas oscuras en las paredes del
callejón. Los trozos entre los adoquines… Para. Vale, tal vez debería pensar en lo que
Pat, Jesse y Theo estaban intentando darme espacio para decir. ¿Algo que tenía que
ver con, por muy buena que fuera su identidad falsa, el miedo que deberían tener a
que se descubriera que eran parciales?
… No.
No se me había pasado por la cabeza antes. No creo que exista una palabra para
un humano tan tarado como para rescatar a un vampiro, porque ningún humano lo
había hecho nunca antes.
Dioses y ángeles, no.
No es solo la paranoia y la opresión burocrática lo que exige que los parciales
sean inscritos. Los genes relativos a la manipulación de la magia por parte de
humanos y ciertos genes demoniacos se mezclan muy muy mal. Hay montones de
creadores menores de amuletos que poseen habilidades humanas y demoniacas para
la magia, y se cuenta que algunos de ellos pueden hacer cosas que nadie más puede,
aunque por lo general sean más ridículas que útiles. Pero se trata de una manipulación
de magia estrictamente trivial.
No todos los demonios saben hacer magia; algunos de ellos simplemente lo son,
aunque algunas acciones de los demonios pueden parecer mágicas cuando en realidad

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no lo son. Un demonio engullidor (por poner un ejemplo poco habitual pero
espectacular) puede volar no tanto por sus huesos huecos, aunque también los tiene,
como porque algo extraño sucede con sus átomos, que se comportan en ciertos
aspectos como si existieran en otro universo. Uno de esos aspectos es que no sufren
la gravedad en este universo. Así que un demonio engullidor, a pesar de ser del
tamaño de cualquier cosa que va desde un enorme armario hasta un pequeño granero,
vuela. Los demonios engullidores no hacen magia. Pero parece magia. Pero muchos
demonios pueden manipular magia, a veces tan poderosa como la de algunos
humanos. Y una gota de su sangre en un estanque de genes humanos con una fuerte
predisposición a la manipulación de magia es un desastre.
Los genes dominantes de manipulación de magia, e incluso un gen de demonio
operante de magia en una misma persona a la que durante generaciones no se le ha
manifestado ese poder, resultan en un noventa por ciento de posibilidades de acabar
siendo un delincuente psicótico. Un noventa y cinco por ciento, incluso. Hay
psiquiátricos especiales para esa gente, que por lo general es muy difícil de controlar.
Las principales familias manipuladoras de magia se convierten, por ello, en
endogámicas. Aunque esa tampoco es la solución ideal, porque generación tras
generación empiezan a aparecer más… primos terceros que tal vez puedan trazar una
protección que casi funcione… pongamos. Y por lo general tienen pocos hijos. En
cierto modo es un alivio. Alguien que lleve eso en su ADN pero no pueda hacer
mucho más que una protección que casi funcione poco puede hacer frente a una
tatarabuela con sangre de demonio, incluso aunque sus genes mágicos hayan pasado
desapercibidos y lleven inutilizados durante generaciones y le hayan llegado
prácticamente intactos. (Eso es algo totalmente distinto. Sí, existen historias, al
menos una o dos muy bien documentadas, sobre fuertes hacedores en familias en
declive cuya magia ha resultado tener un origen demoniaco. Pero todas esas historias,
al menos aquellas con final feliz, son sobre familias cuyo poder de manipulación de
magia ha estado moribundo durante generaciones. La gente con padres bajo sospecha
de ser hechiceros son un caso completamente diferente). Por otro lado, las familias
mágicas importantes necesitan seguir manipulando la magia para seguir siendo
importantes.
La sombra del nombre de los Blaise sigue siendo alargada. Pero hasta yo sabía
que su momento álgido había pasado, y que no había demasiados, que no éramos
demasiados. No parecía haber quedado ninguno tras las guerras. No había pensado en
ello. Tal vez habría sido un problema si hubiera querido manipular magia, pero no era
el caso. Es increíble la de cosas en las que puedes «no» pensar. Echaba de menos a mi
abuela, pero era mucho más sencillo ser la hijastra de Charlie Seddon.
Los cruces en una familia manipuladora de magia en declive… como la mía…
son vistos con sentimientos enfrentados. Tal vez seamos la salvación. O la catástrofe.
Depende del linaje del otro lado.
La gente con cruces sospechosos a menudo se ve obligada a exiliarse o es

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repudiada por su familia. Es más sencillo si el pariente foráneo es la madre, porque
entonces pueden alegar que era una picaflores. Las pruebas de paternidad aplicadas a
cruces de magia nocivos son muy poco fiables.
No. No había ni gota de sangre de demonio en la familia de mi madre.
¿Pero acaso yo lo sabía? Las hermanas de mi madre no es que fueran muy
espabiladas que digamos. No eran el tipo de personas a las que se les confiarían
oscuros secretos familiares. Y no tuve que perder ni un segundo en preguntarme si mi
madre me lo habría contado de ser el caso. «Sobreprotectora» es el segundo nombre
de mi madre. No me lo habría contado.
Los padres de mi madre se habían negado en rotundo a que se casara. Habían
dejado de hablarle cuando se negó a renunciar a mi padre. Era joven, estaba
enamorada, y me puedo imaginar que, incluso a aquella temprana edad, no llevaba
bien que le dijeran lo que tenía que hacer. Tal vez no se lo contaran. Simplemente la
echaran: no vuelvas a ensombrecer esta casa con tu presencia, etc. Jamás hicieron el
más mínimo intento por conocerme, a su nieta, su primera nieta. Tal vez mi madre lo
descubriera después, de algún modo, tras mi nacimiento. Tal vez fuera mi padre quien
lo había descubierto…
No había vuelto a ver a mi padre desde que mi madre lo abandonara, ni tampoco
al resto de su familia. Solo a mi abuela. Quien quizá optara por verme en privado y
sola no por deferencia hacia mi madre, sino porque su propia familia le había
ordenado no tener nada conmigo.
Tal vez mi abuela tuviera otro motivo para creer que yo estaba bien. O tal vez no
supiera por qué mi madre se había marchado. Tal vez pensara que fuera por los socios
de mi padre. Las familias que manipulan magia pueden ser bastante engreídas con
respecto a su talento, y se ofenden por la opinión de los plebeyos si estos opinan
inadecuadamente sobre ellos. Tal vez mi abuela creyera que su familia estaba siendo
arrogante, sin más.
Si te encontrabas en ese noventa por ciento, se manifestaba pronto. Por lo general.
Si no has nacido con la capacidad precoz de salirte de la cuna y hacer una travesura
realmente repulsiva, entonces el siguiente momento en que vuelvas a perder el
control será probablemente durante la preadolescencia, cuando a los críos les enseñan
por primera vez a manipular la magia. Cuando mi abuela me enseñó a transmutar.
El cinco o diez por ciento sano restante por lo general muestra personalidades no
interesadas en la magia. Una de las recomendaciones para alguien que ha descubierto
que se encuentra en la categoría de riesgo alto es no hacer magia, incluso la más
intrascendente. Mi madre jamás me habría dejado quedar con mi abuela si hubiera
habido cualquier posibilidad…
Tal vez sí. Mi madre hace que Atila el Huno parezca un pusilánime. Si hubiera
querido que yo no fuera un cruce de magia nocivo, entonces yo no lo habría sido, por
pura fuerza de voluntad si hubiera sido necesario. Pero tal vez aun así habría querido
saber con qué tendría que vérselas.

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Yo no había llegado un buen día a casa y había empezado a acuchillar a ancianas
ni a prenderles fuego a perros callejeros.
Yo era una persona solitaria. Un poco recelosa respecto a estar cerca de la gente.
Demasiado interesada en los Otros, quizá.
Mi madre habría dado por sentado que mi abuela había intentado enseñarme
magia y que no lo había logrado. Así que mi madre habría supuesto que los genes
Blaise eran débiles en mí o que su propia y comprometida herencia había hecho que
los perdiera.
Tal vez tuviera que perdonar a mi madre por ser tan controladora. Porque nunca
lo había sabido con certeza.
Los cruces de magia nocivos no siempre se muestran pronto. Algunos de nuestros
peores y más inventivos asesinos en serie han resultado ser cruces nocivos de magia,
lo cual se ha comprobado cuando se les ha podido capturar. En ocasiones resulta que
algo lo desencadenó en ellos. Como hacer magia. Como descubrir que pueden
hacerla.
Yo no había hecho magia en quince años.
No.
Dejé de masticar.
Pat y Jesse daban por sentado que yo había pensado en todo aquello antes.
Estaban dando por hecho que ese era el motivo por el que no había hablado con ellos.
Por el que había tenido miedo de hablar con ellos. Lo de no estar inscrita era una
estupidez. Ellos sabrían que yo lo sabía también. Si aquello era por el hecho de no
estar inscrita, oye, podían tomar mi número de identificación y mi carnet de conducir.
Los burócratas me darían un poco de guerra por no haberlo hecho antes, pero yo era
una ciudadana modélica que hacía rollos de canela; al menos me medio creerían
cuando les dijera que no había hecho magia antes, probablemente ni me multarían. Lo
del registro era una maniobra de distracción. Pat no se habría vuelto azul por no
haberme inscrito. Así que tenía que tener miedo de otra cosa.
Claro que tenía miedo de otra cosa. Pero estaban equivocados respecto a qué era y
cómo había llegado hasta allí.
Lo cierto es que estaban haciendo todo un acto de fe para conmigo. Me estaban
diciendo que no creían que fuera un cruce nocivo.
Tenían que gustarles muchísimo mis rollos de canela.
Lo que no sabían era que yo había rescatado a un vampiro, detalle que podría
verse como la versión sutil y cortés de un asesino con hacha.
—Toma más whisky —dijo Jesse.
Y ahora, claro está, lo único que pensaban es que me daba miedo contarles lo que
había pasado dos meses atrás.
De acuerdo. Deja que crean que ese miedo es por contar la historia. Nada más.
La historia de cómo rescaté a un vampiro.
Que no les iba a contar.

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Dejé la taza, porque estaban empezando a temblarme las manos. Me crucé de
brazos y empecé a mecerme hacia delante y atrás en la silla. Pat arrastró su silla más
cerca de la mía, me cogió las manos y me las sostuvo. En esos momentos eran de
color azul claro, y sin tantas protuberancias. No pude ver si aún tenía seis dedos.
Dije, hablándole a las manos de color azul claro de Pat:
—No los vi venir. —Me salió una voz fuerte y extraña que no reconocí como mía
—. Pero uno no… ¿verdad?, no cuando son vampiros.
Se oyó un gemido de Theo, no lo que llamarías un gemido humano.
Fue un sonido aterrador y amenazante, a pesar de saber que lo había hecho por
mí. Me entraron ganas de reír como una histérica durante unos instantes. Se me pasó
por la cabeza que quizá no hubiera sido la única humana en la habitación, unos
minutos antes, cuando me había sentido como un conejo bajo los focos.
Jesse dejó que el silencio se prolongara unos instantes, y a continuación dijo en
voz baja:
—¿Cómo escapaste?
… El bulto era alguien sentado; las piernas cruzadas, la cabeza gacha y los
antebrazos apoyados en las rodillas. No me percaté hasta que levantó la cabeza con
un movimiento líquido, inhumano, que era otro vampiro…
Tomé aire.
—Me inmovilizaron con un grillete a la pared de lo que parecía un salón de baile
en… en una enorme casa de veraneo. En el lago. Yo… yo… era una especie de
premio, creo. Ellos, ellos vinieron a verme un par de veces. Me dejaron comida y
agua. El segundo día yo… transmuté mi navaja en una llave para el grillete.
—¿Transformaste metal trabajado?
Tomé aire de nuevo.
—Sí. No, no debería haber sido capaz de hacerlo. Jamás había hecho algo así, ni
parecido. No había hecho nada de nada en quince años, desde la última vez que vi a
mi abuela. Prácticamente… casi ni se me ocurrió intentarlo. —Me estremecí y cerré
los ojos. No, no cierres los ojos. Los abrí. Pat me estrechó las manos.
—Eh. Tranquila, todo está bien —dijo—. Estás aquí.
Lo miré. Era casi humano ya.
Me pregunté qué era yo. ¿Casi humana?
—Sí —dijo—. ¿En qué estás pensando?
Intenté poner cara de estar pensando en lo que él creía que yo estaba pensando.
Fuera lo que fuera.
—Las FEAO están llenas de Otros y parciales porque nuestro problema son los
vampiros. Claro que hay demonios apestosos…
Y cruces nocivos de magia.
—… Pero también hay humanos apestosos. Nos ocupamos de los Otros y los
polis de los humanos. Si consiguiéramos dar con los vampiros, los humanos se
calmarían y, tarde o temprano, dejarían que el resto de nosotros viviera en paz. Y

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entonces podríamos organizarnos y librarnos de una vez por todas de los -ubos, de los
trasgos, de los espectros y demás hasta poder conseguir un mundo relativamente
seguro.
Había una historia (confiaba en que no fuera más que una leyenda) que decía que
el motivo por el que no existía un test prenatal fiable para conocer los cruces de
magia nocivos eran los prejuicios hacia los parciales.
Jesse dijo con paciencia:
—Transformaste metal trabajado.
Asentí.
—¿Sigues conservando la navaja?
Mi cabeza regresó al presente. Había decidido instantes antes que la luz del
despacho era lo suficientemente buena, así que asentí de nuevo con la cabeza en vez
de responder.
—¿Podemos verla?
Pat me soltó las manos y yo saqué la navaja del bolsillo forrado y la dejé encima
de una montaña de papeles del escritorio de Jesse. Allí estaba, con un aspecto
totalmente normal. Jesse la cogió y la miró. Se lo pasó a Theo, que la miró también y
se la ofreció a Pat. Pat negó con la cabeza.
—No cuando aún estoy recuperándome. Podría hacer que me convirtiera de
nuevo y no podemos tener la puerta cerrada toda la noche.
—¿Qué pasaría si alguien llamara? —pregunté—. Sigues estando un poco azul
por los lados.
—Hay un armario —dijo Pat—. Grande. Por eso escogimos el despacho de Jesse.
—Y nos extrañaría tanto que la puerta estuviera cerrada… —dijo Jesse—. Debe
de pasarle algo al pestillo. Haremos que lo mire alguien mañana. La señorita Seddon
está bien, ¿no?
—La señorita Seddon está bien —mentí. Lo que le pasaba a la señorita Seddon no
era culpa de ellos.
—Rae… —dijo Jesse, y vaciló.
Me estaba aferrando al presente, a ese despacho, así que estaba bastante segura de
saber qué era lo que Jesse me quería preguntar.
—No lo sé —dije—. No he vuelto a ir al lago desde entonces. Hay un foco del
mal enorme detrás de la casa, tal vez en parte por eso la escogieron, y cuando…
cuando salí de allí, me limité a seguir la orilla del lago hacia el sur.
—Si te llevamos allí, pongamos mañana, ¿intentarías encontrarlo?
Lo que no les había contado no tenía nada que ver con que el silencio se
prolongara antes de responder. Lo que les había contado era suficiente motivo para no
ir allí de nuevo.
—Sí —dije finalmente, no sin dificultad—. Lo intentaré. No habrá… nada.
—Lo sé —dijo Jesse—. Pero aun así tenemos que ir a verlo. Lo siento.
Asentí. Cogí mi navaja y me la guardé de nuevo en el bolsillo. Miré a Jesse. A

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continuación miré el cuchillo de mesa manchado de sangre encima de su escritorio y
él me observó mientras lo miraba.
—Esto es lo siguiente, ¿no? —dijo—. Vale. Puedes transformar metal trabajado.
Un trabajo bastante impresionante, debo decir. Pero eso no explica…
El teléfono sonó. Lo cogió.
—Ah. Bien. Será mejor que lo hagas pasar entonces. —Todos miramos fijamente
a Pat. Ya no estaba azul. Theo quitó el cierre a la puerta.
Mel irrumpió unos diez segundos después, con gesto de estar listo para asesinar a
un batallón de FEAO con poco más que un cuchillo de mesa.
—¿Qué demonios creen que están haciendo, panda de ojos rojos, reteniendo a una
ciudadana respetuosa con las leyes humanas y teniéndola incomunicada durante una
hora?
Conseguí mantener un gesto calmo.
«Ojos rojos» es una acusación de tener sangre de los Otros. El tipo de comentario
que un civil cabreado le diría a uno de las FEAO. Todos pusieron cara de póquer.
—Lo siento —dijo Jesse—. No pretendíamos tenerla incomunicada. Quisimos
sacarla de una situación problemática tan pronto como fuera posible. La metimos por
la puerta de atrás, claro. Los de la tele no podrán llegar a ella estando aquí. Pero nos
olvidamos de dejar dicho en recepción que no estábamos, eh, reteniéndola.
Claro, pensé. Mel, que seguía temblando de la ira, e igualmente consciente de que
Jesse estaba mintiendo, se volvió hacia mí.
—Estoy bien —le dije—. Estaba un poco… histérica. Me dejaron que me diera
una ducha —añadí, sin venir a cuento de nada. Había tenido una noche complicada y
cada vez me costaba más recordar qué había contado a quién y por qué.
—¿Una ducha? —dijo Mel mientras miraba mi ropa (probablemente fuera la
primera vez que me viera con algo que no fuera rojo o rosa o naranja o amarillo o al
menos azul pavo real o púrpura fluorescente) y supe entonces que Mel no sabía lo
que había ocurrido. No podía saberlo, ¿no? No se acaba con los vampiros corriendo
hacia ellos y clavándoles cuchillos de mesa. Lo único seguro sobre los
acontecimientos de esa noche era que había ocurrido algo y que yo había
desaparecido con algunos FEAO. Probablemente ya hubiera media docena de
versiones incompatibles con lo que había ocurrido allí.
No era de extrañar que Mel estuviera un poco fuera de sí.
—Es una historia larga —dije—. ¿Puedo irme ya, por favor? —Antes de que me
empecéis a preguntar por esta noche, pensé.
—Para eso estoy aquí —dijo Mel, tras lanzar otra mirada a su alrededor.
—Mañana nos vemos, pues —dijo Jesse.
—¿Qué? —dijo Mel.
—Te lo cuento fuera —le dije.
—Duerme bien —dijo Pat.
—Tú también —le dije.

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Me dieron mi ropa calada en una bolsa de plástico del Mega Food y conseguí meter
mis pies en las húmedas y pegajosas zapatillas para poder caminar. Jesse se ofreció a
llamar a un taxi, pero yo quería que me diera el aire. Incluso el aire del exterior de un
edificio municipal.
Tuvimos que volver a la cafetería: mi Tartana estaba allí. Mel había venido
andando. Bueno, no sé si andando. El caso es que había venido sin ayuda vehicular.
Seguía mosqueado, incluso tras el exitoso rescate de su damisela de la torre
custodiada por el dragón. El dragón había sido en este caso azul y esencialmente
amigable. El problema lo tenía la damisela… Nunca antes había tenido tantas ganas
de hablar con alguien y nunca me había sentido tan incapaz de decir de qué quería
hablar.
Y si conseguía decírselo, ¿qué me iba a decir él? ¿«Yo iré de puerta en puerta por
las casas residenciales en busca de esos letales fanáticos»?
—Ni se te ocurra intentar contarme nada hasta que hayas dormido un poco —dijo
Mel—. Qué cara más dura… Y yo que pensaba que Pat y Jesse eran de los buenos.
—Creo que lo son —dije con pesar. En algunos aspectos sería más sencillo si no
lo fueran—. Jesse y Theo me sacaron de allí y bueno, no pudieron evitar sentir cierto
interés profesional.
Mel resopló.
—Si tú lo dices. Escucha, todo el vecindario está hablando de ello. De lo que sea
que haya pasado. El informe oficial de las FEAO, que ya han filtrado a los imbéciles
de los medios, es que eres una inocente transeúnte que pasaba por allí. Ninguno de
nosotros va a decir nada, pero ya había mucha gente en el callejón cuando Theo y
Jesse te sacaron, y es unánime la afirmación de que…
Se produjo una pausa. No dije nada.
Mel añadió:
—Charlie parecía creer que Jesse te estaba haciendo un favor. Que los FEAO
podrían protegerte mejor que nosotros.
Sí. Que siguiera la destrucción de mi mundo.
Mel suspiró.
—Así que hemos estado pegados al teléfono de la cafetería, esperando. Charlie y
yo. Hemos mandado a todos los demás a casa, incluido a Kenny, que ha jurado so
pena de acabar con su riñón en el menú de mañana que no le iba a decir nada a tu
madre. El teléfono no sonaba. Así que llamamos a las FEAO y me pasaron con la
lumbrera que estaba en la centralita y ahí fue cuando vine…
—Lo siento —dije.
La cafetería estaba a oscuras y la plaza vacía y en silencio, aunque se oía algo de
barullo en la distancia, supongo que a unas dos calles de allí, en el callejón
recientemente profanado. Fuimos a la puerta del lateral de la cafetería y vimos luz en
el despacho. Era Charlie, caminando de un lado a otro y tomando café sin parar. Me

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dio tal abrazo al verme que casi me deja sin respiración antes de entrar. Charlie es un
tío muy tierno, la mayor parte del tiempo.
—Estoy bien —le dije. Charlie suspiró profundamente y se estremeció, y recordé
entonces cómo me había respaldado con el señor Medios Responsables. También
recordé todo el tiempo que había pasado durante años alentando mi mundano interés
por aprender a hacer mayonesa que no se cortara, cuánto ajo llevaba el famoso guiso
de la cafetería, mis primeros experimentos de lo que resultaron ser los ancestros de la
«Muerte por chocolate amargo» y demás. No había magia en Charlie. Ni en la
mayoría de los restaurantes, ya puestos. Los clientes humanos son un poco reacios a
algo más mágico que una camarera que mantiene caliente el café. Me pregunté por el
motivo por el que mi madre quiso trabajar allí como camarera tantos años atrás: yo ya
hacía galletas con trozos de chocolate y mantequilla de cacahuete cuando aún
vivíamos con mi padre (si había en ese momento un adulto que me encendiera el
horno) y si estaba buscando un lugar más seguro…—. Lo de hoy. Está… está
relacionado con lo que… con lo que me ocurrió cuando desaparecí esos dos días.
—Me lo temía —dijo Charlie.
—Jesse quiere que intente encontrar el lugar donde ocurrió todo. En el lago. Van
a llevarme allí mañana.
—Oh, mierda —dijo Mel—. Han pasado dos meses. No tenéis por qué ir mañana.
Me encogí de hombros.
—Qué más da. Además, tengo la tarde libre.
—El lago —dijo Charlie pensativo.
Le había contado a todo el mundo que había conducido hasta el lago. No había
dicho nada de lo que había ocurrido posteriormente allí. Hasta esa noche mis
recuerdos oficiales concluían en el porche de la vieja cabaña.
—Sí. Me… esto… retuvieron en una casa en el lago. Quieren que intente dar con
ella.
Tanto Mel como Charlie podrían haber dicho: ¿Cuándo has recordado eso? ¿Qué
más recuerdas? ¿Por qué se lo has contado a las FEAO si a nosotros no nos has dicho
nada? Ninguno de ellos lo hizo. Mel me rodeó con su brazo.
—Oh, dioses y condenados ángeles —dijo.
—Ten cuidado —dijo Charlie.

Una de las (pocas) ventajas de tener que ir al trabajo a las cuatro de la mañana es que
siempre encuentras sitio para aparcar. Cuando llego más tarde no tengo tanta suerte.
Había tenido que aparcar a Tartana en un aparcamiento aquella noche, y cerraba a las
once. Mel me llevó a casa. Cuando llegamos allí y apagó la moto, sentí que el
silencio me oprimía. La repentina quietud se vuelve casi molesta cuando has ido en
moto a algún lugar y a continuación te detienes y apagas el motor, pero esa vez fue
diferente. Mel no dijo nada más sobre los acontecimientos de la noche. No dijo nada

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acerca de que los agentes de las FEAO fueran a llevarme al lago al día siguiente. Yo
podía ver que quería hablar… pero, como ya he dicho antes, uno de los motivos por
los que aún seguíamos juntos tras cuatro años era porque en ocasiones no hablábamos
sobre las cosas. Eso incluía saber cuándo callarse.
Era una bendición poder pasar tiempo con alguien que sabía cuándo dejarte en
paz. Lo quería por eso. Y estaba feliz de poder corresponderle.
Jamás se me había pasado por la cabeza que dejar a alguien en paz podría acabar
convirtiéndose en un hábito y posteriormente en una barrera. No se me había ocurrido
hasta ese momento.
Tuve que reprimir las ganas de pedirle que por esa vez no se callara. Tuve que
reprimir la necesidad de preguntarle si podía hablar con él.
Pero ¿qué podría haberle dicho?
Seguimos allí, en la oscuridad, durante un minuto o dos. Estaba frotándose otro
de sus tatuajes, el del reloj de arena, en el dorso de su mano izquierda. A continuación
vino conmigo para comprobar que aún tenía la bici de Kenny y que las ruedas no
estaban pinchadas. Entonces me besó y se marchó.
—Hasta mañana. —Eso fue todo lo que dijo.
Extendí los brazos para tocar las protecciones que pendían del extremo del tejado
del porche al entrar en casa. Esas eran todas de Yolande. Sus protecciones eran
especialmente buenas y a menudo se me había pasado por la cabeza preguntarle de
dónde las había sacado, pero a Yolande no se le hacen preguntas. Me había percatado
de que su sobrina, cuando iba a visitarla, no le hacía preguntas tampoco, más allá de
«Voy a llevar a las niñas al centro, ¿necesitas algo?», a lo que la respuesta
habitualmente era: «No, gracias, querida».
Toqueteé con los dedos los bordes de las macetas de mis pensamientos, en los
escalones del porche, para comprobar que las protecciones que había enterrado aún
seguían allí, y el ping que sentí en mis dedos me dijo que seguían funcionando.
Coloqué bien el medallón en mi puerta de la planta baja y levanté la alfombra que
rezaba «Piérdete» en la puerta de la planta superior, escaleras arriba, para comprobar
que la protección entre las tablas del suelo no había sido saboteada por alguna
criatura o criaturas desconocidas. Agité el amuleto de papel que había enrollado en la
barandilla de mi balcón para asegurarme de que seguía vivo y soplé a los marcos de
mis ventanas en busca de la más leve onda de respuesta. No me gustaban los
amuletos y demás protecciones, pero no era tan ingenua como para no tener
protecciones básicas, y en los últimos dos meses me había vuelto bastante meticulosa
en su cuidado y mantenimiento.
A continuación me preparé una manzanilla para bajar el whisky y el queso. Me
quité el pijama y me puse uno de mis camisones. El papel higiénico había aguantado.
No había sangre en la ropa que me habían dejado los FEAO. Puse mi ropa aún
mojada en el fregadero con más jabón y agua. Al día siguiente la metería en la
lavadora. Tal vez la tirara, o quemara. (Aún no había quemado el vestido rojo

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arándano. Vivía atrás del todo del armario. Creo que supe que no lo iba a quemar tras
la noche en que soñé que estaba hecho de sangre, no de tela, y lo saqué del armario
en la oscuridad y toqueteé una y otra vez la reluciente y sedosa tela, que en nada se
parecía a la sangre. En nada). Mis zapatillas vivirían. Tenía docenas de camisetas y
vaqueros por si decidía quemar algo, pero no iba a sacrificar unas buenas zapatillas si
podía evitarlo.
Abrí las puertas que daban al balcón y me senté allí. Era una noche despejada y
tranquila, con la luna en cuarto creciente.
Cuando Yolande había tenido ratones en la cocina, yo había puesto trampas para
atraparlos con vida, había conducido treinta kilómetros y los había liberado en una
granja desierta. (Las protecciones frente a la vida salvaje son pésimas: de ahí la valla
electrificada para evitar que los ciervos se coman las rosas de Yolande. Y una
protección buena contra ratones y ardillas era una pérdida de dinero, tanto como un
amuleto para que los vampiros puedan caminar bajo la luz del día). Soy incapaz de
matar algo más grande que una mosca. Había dejado de sacar a las arañas fuera de
casa tras leer en alguna parte que las arañas domésticas no sobrevivían a la
intemperie. Cuando limpiaba, dejaba las telarañas ocupadas en paz. No me había
hecho ni había hecho sangre a nadie desde las peleas en el patio del colegio en
séptimo.
No comía carne. Soy demasiado escrupulosa. Me hace pensar en animales
muertos. Los días en que me tocaba trabajar en la cocina principal, la única comida
caliente que salía de ella era vegetariana.
Tal vez mi madre sí que hubiera conseguido coaccionarme y lavarme el cerebro
hasta convertirme en una buena pelele humana.
Pero yo lo había echado todo a perder. Lo había hecho cuando había convertido
mi navaja en una llave, porque era la única manera de seguir con vida. Porque quizá
no sabía qué más hacer, y quería vivir. Me miré los brazos y las manos, que sostenían
la taza de té, como si fueran a empezar a salirme escamas, piel o verrugas (o a
volverse azules) al momento. La mayor parte de la sangre de los demonios no te hace
más grande o fuerte o azul, ya venga con capacidades mágicas o no. Mucha de esa
sangre te vuelve más débil o estúpido. O más loco.
Había estado haciéndolo bien como hija de mi madre. Mi vida no era perfecta,
¿pero cuál lo era?
Sí. Siempre me había despreciado por ser una cobarde. Una gallina. ¿Y qué? Hay
cosas peores.
Y entonces tuve que conducir hasta el lago una noche.
Ellos lo habían desencadenado. Puede que yo fuera una gallina, pero nunca me
habían gustado las malas personas. Quizá, si todo acababa terriblemente mal, al
menos habría tenido una salida a lo grande.
Qué dulce, buena, encantadora y filosóficamente altruista era yo, que no me
gustaban las malas personas, que quería tener una salida a lo grande. Seguía siendo

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una cobarde, tenía a un amo vampiro y a su banda pisándome los talones y estaba
completamente sola, y totalmente fuera de mi liga.
—Oh, Constantine —susurré en la oscuridad—. ¿Qué hago ahora?

Me quedé dormida en cuanto mi cabeza tocó la almohada, a pesar de todo lo que


había ocurrido. Sin embargo, era muy tarde para mí, y me había tomado dos tragos
generosos de whisky. La alarma sonó unas tres horas después. Me desperté
extrañamente tranquila y descansada. Puedo pasar con seis horas y media de sueño,
siempre y cuando esté animada, algo que no me ha pasado últimamente. Tres horas
de sueño no es algo que soporte en ninguna circunstancia. Pero me incorporé, me
estiré y no me sentí demasiado mal. Y tenía una sensación de lo más extraña… como
si alguien hubiera estado conmigo en mi habitación. Dados los acontecimientos de la
noche anterior, tendría que haber caído presa del pánico. Pero no fue así. Fue una
sensación tranquilizadora, como si alguien hubiera estado velando mi sueño.
Espabila, Sunshine.
Tenía que darme prisa a pesar de cómo me sentía, porque me llevaba mucho más
tiempo ir en bicicleta que en coche al centro. Pero resultó que no fue así. Cuando
rodeé la casa hasta el cobertizo para llevarme la bici de Kenny, había un coche
aparcado al final de la calle, con el motor apagado, pero con el foco de las FEAO
encendido, iluminando la insignia de la puerta y el rostro de un hombre apoyado en el
capó. Pat.
—Buenos días —dijo.
—No vamos a ir al lago a estas horas —dije, a medio camino entre la
incredulidad y la indignación—. Voy a hacer rollos de canela, pan de centeno,
brownies y «Bombas de mantequilla» y podrás llamar a la caballería a eso de las diez.
—Calma. Sé que vas a hacer los rollos de canela. Tal vez quieras guardar algunos
para luego. Los únicos lunes buenos son los lunes festivos en los que la cafetería está
abierta. Pero supusimos que fue Mel quien te trajo anoche, lo que te dejaría con
únicamente dos ruedas no motorizadas para esta mañana. Y no te queremos cansada
esta tarde.
Mientras estuviera cansada, pero siguiera viva, valdría. No amanecería hasta
dentro de dos horas y media, y soy la primera persona que ha estacado a un
chupasangres con un cuchillo de mesa y podría ser la primera persona a la que
atraparan montando en bicicleta… Lo había estado pensando mientras bajaba las
escaleras en la oscuridad. Vivir sola tiene sus ventajas en lo que respecta a la
protección: tus protecciones no se confunden, ni se desgastan con tanta rapidez como
si hubiera varios familiares contigo. Una familia grande con muchos amigos gastaría
amuletos como los Seddon gastan palomitas las noches de los lunes. Y a menos que
fueras tan rico que pudieras gastarte millones para pedir más, siempre iba a haber
agujeros en la barrera. Alguien que vive solo y que no recibe muchas visitas puede,

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probablemente, construirse un sistema de protección en su casa bastante bueno y
sólido. Probablemente.
Pero los amuletos y demás protecciones son inestables en el mejor de los casos, y
tienden a echarse a perder o a ir por su cuenta o a cruzar sus atributos y transformarse
en otra cosa, casi con total certeza en algo que no quieres, con mucha facilidad, y por
lo general, cuanto más poderosos son, más altas son las probabilidades de que se
vuelvan locos de atar. Y las protecciones son el extremo más sensato de la familia. El
resto, en su mayoría, son mucho peores. Una de las maneras más fiables de saber si
una protección se adhiere o no a ti es viajar. Todos los amuletos (incluidas las
protecciones) que llevas pegados a la piel son distintos (de ahí la perenne, si bien
problemática, popularidad de los tatuajes), pero las protecciones que llevas a cierta
distancia tienen que estar quietas.
De ahí, por tanto, la eternamente controvertida cuestión de proteger tus medios de
transporte. Y si bien es cierto que las limusinas conducidas por chóferes del consejo
global son más una protección en sí que una limusina, también es cierto que ningún
miembro del consejo va a ninguna parte sin un guardaespaldas humano hasta arriba
de tecnología, incluso para ir a por el periódico a la tienda de la esquina. Si es que
hay miembros del consejo global que vivan en vecindarios con tiendas en la esquina,
que probablemente no sea el caso.
La ironía es que la mejor protección de transporte para nosotros los mortales es la
confusa noción del movimiento en sí. (Hay una velocidad de mantenimiento crucial,
inferior a los quince kilómetros por hora. Eso equivale a un pedaleo enérgico o correr
a buen ritmo, si es que eso no supone una contradicción en términos. En la época de
los caballos se mataba de un tiro a los que no pudieran mantener una velocidad de
unos quince kilómetros por hora. Eso hacía que los caballos fueran caros y vivieran
poco tiempo y que la gente se quedara en casa cuando oscurecía; pero al menos viajar
era posible). La protección del movimiento no es ni mucho menos perfecta, razón por
la que siguen intentando crear protecciones para los transportes, pero existe (y gracias
a los dioses y a los ángeles por ello, ya que no creo que sin ella existieran ya muchos
humanos cuerdos a estas alturas). Solo se puede vivir con cierto grado de temor
incesante y constrictivo. De cualquier modo, sabía que tenía que estar agradecida por
ello, pero para mí nunca había tenido mucho sentido, al menos no hasta que un
vampiro me dijo que no es la distancia lo crucial, sino la uniformidad.
Pero ¿qué tipo de homogeneidad es esa de los sentidos de los chupasangres?
¿Acaso la última visión del de la risa de trasgo de la humana que acabó con él había
sido transmitida a algún lugar?
Me sentía relativamente a salvo en mi apartamento. Tenía buenas protecciones y
en cierto modo se podía notar la presencia de su pantalla, se sentía que estaban allí,
sin corrientes atravesándolas. Y también las sentías cuando estabas al otro lado de
ellas.
Pero jamás había sido capaz de llevar un amuleto pegado a la piel. Me hacían

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sentir como si fuera fumada. Había aceptado ponerme el bucle del llavero para que
mi madre se sintiera bien, y me había costado mucho. Pobre. Probablemente habría
agradecido morir ahogado la noche anterior en la ducha, en el caso de que hubiera
sobrevivido al pequeño incidente que había acontecido poco antes.
Le dije a Pat con poca amabilidad:
—Podías haberlo pensado anoche.
Sonrió y abrió la puerta del copiloto. Me metí.
—¿Por qué has sacado la pajita más corta?
—Porque funciono mejor que los demás sin dormir. Mi sangre de demonio tiene
sus ventajas.
Había al menos dos clases de demonios que no dormían. Mi favorito era el
demonio hildy, que duerme todo lo que necesita con solo pestañear. Pensaréis que
esto tiene que interrumpir todo pensamiento que tarde más en formarse que el tiempo
transcurrido entre un parpadeo y otro, pero no para un hildy. (Los llaman así por
Brynhildr, que durmió durante largo tiempo rodeada por el fuego. Los hildy también
exhalan fuego cuando están molestos, aunque por lo general son tan tranquilos como
los demás demonios). Los hildy, sin embargo, no son azules.
A mí no me vale con un mero parpadeo.
Me quedé en el obrador toda la mañana. Charlie y Mel mantuvieron a raya tras el
mostrador a todo aquel que no trabajara en la cafetería, mi madre respondió más
llamadas telefónicas de lo habitual y dijo muchas veces «No tiene nada que decir».
Con la puerta del obrador abierta a veces puedo oír las conversaciones en el
despacho. Mi madre es buena colgando a la gente. Es uno de sus mayores activos
como gerente de un pequeño negocio. (Consuela y ella habían estado trabajando
últimamente en un numerito de poli buena/poli mala que era una gozada oír). No
tenía ni idea de qué le había contado Charlie sobre los acontecimientos de la noche
anterior. No quería saberlo. Pero algo tenía que haberle dicho. Sin embargo,
milagrosamente, me dejó en paz, aunque un nuevo amuleto particularmente estridente
me aguardaba en el gancho del delantal esa mañana. Lo dejé allí, brillando. Me gusta
el naranja, pero no en palos sobrecargados con plumas.
No era tan malo como podría haber sido. Sentí cierta admiración (a
regañadientes) por los FEAO.
Nadie intentó seguirme cuando salí de la cafetería a las diez, o al menos nadie
salvo la llamada «vida salvaje» que merodea por la zona peatonal y que intenta
sacarle una limosna a las personas débiles de voluntad. Saben reconocer una bolsa de
pastelería cuando la ven, y yo llevaba una docena de rollos de canela. Os aseguro que
algunos de nuestros gorriones están demasiado gordos para volar, pero los gatos
salvajes también están demasiado gordos para cazarlos. Y las ardillas deberían ir en
patinetes pequeños para que la tripa no les llegara al suelo. Uno de los rumores más
recientes sobre las actividades en el vecindario de la señora Bialosky era que
encabezaba una unidad que nos protegía de la vida salvaje más peligrosa del casco

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antiguo: las ratas, los zorros y los ciervos mutantes que jamás mudaban sus pequeños
pero afilados cuernos. Si la cafetería de Charlie hubiera tenido que mantenerlos
demasiado gordos como para no intimidar a nadie, nos habríamos quedado sin
negocio.
Ese día solo estaban Pat y Jesse. Me hicieron subir al asiento delantero de un
coche sin distintivos, con Pat solo en la parte trasera. Jesse se comió cuatro rollos de
canela y Pat cinco. No creía que eso fuera humanamente posible, pero (en efecto) tal
vez no lo fuera. Yo me comí uno. Ya había desayunado. Dos veces. Las diez de la
mañana ya es mucha mañana para alguien que se levanta a las cuatro.
Condujimos primero a la vieja cabaña. Yo seguía aún aferrándome a esa extraña
sensación de que alguien me estaba protegiendo, pero aun así empezaba a sentirme
un tanto inquieta. Quizá debería haber llevado conmigo el palo de plumas en vez de
esconderlo bajo el delantal. Cuando la gravilla llena de maleza que otrora había sido
la entrada crujió bajo mis pies, me metí la mano en el bolsillo y sujeté mi pequeña
navaja. Había puesto tanto empeño en no recordar lo que había ocurrido dos meses
atrás que las lindes de mi memoria real se habían tornado difíciles de diferenciar.
Estar allí, donde había ocurrido, lo trajo todo de regreso. Miré al porche, donde no les
había visto acercarse. Miré al lugar donde había estado mi coche y donde ya no
estaba dos días después.
Caminé pegada a la zona pantanosa cercana a la orilla, donde un riachuelo había
fluido quince años atrás. No parecía que nadie hubiera estado allí jugueteando con el
barro. Regresé a la cabaña.
—Sí —estaba diciendo Pat.
—Pero ha pasado mucho tiempo, y no han vuelto —dijo Jesse.
Estaban allí quietos, sin ningún aparato a la vista, ni auriculares, ni cables ni
portátiles con luces parpadeantes y ruidosos pitidos. Supuse que no era la tecnología
lo que les estaba ayudando a sacar conclusiones.
Menos mal que Pat no había ido a mi porche esa mañana, ni había subido por las
escaleras ni había llamado a mi puerta y, quizá, pasado a la habitación donde estaba el
mismo sofá (si bien ya sin manchas) y la pequeña alfombra debajo, y también el
tirador de la puerta del frigorífico, el mismo que había estado allí listo para revelar un
cartón de leche tras la puerta que alguien sacó dos meses atrás.
Menos mal que los buenos modales dictaban que no se va por ahí cruzando un
probable círculo de protección exterior y llamando a la puerta a menos que hayas sido
invitado.
Demonios.
Nos metimos en el coche y condujimos por el camino por el que habíamos ido,
rumbo al norte.
Nos topamos con un foco del mal casi al momento. Yo lo vi primero, o al menos
fui quien dijo:
—No sé vosotros, pero yo no quiero seguir avanzando por aquí.

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—Subid las ventanillas —dijo Jesse. Pulsó un par de botones de un peculiar
salpicadero del que acababa de tomar conciencia y de repente noté algo como una
enorme armadura corporal apresándome, opresiva como una cota de malla, una
coraza y un casco de rostro entero (penacho y pañuelo de seda opcional para las
damas). Casi podía oler el metal.
—Ugh —dije.
—No lo golpees, funciona —dijo Jesse. Nuestras voces resonaron de una manera
muy extraña. Condujimos despacio durante un minuto y a continuación una luz roja
parpadeó en el salpicadero y se produjo un gorjeo maniaco como el de un periquito a
toda velocidad.
—Vale. Lo hemos pasado. —Pulsó los mismos botones. La armadura invisible
desapareció.
—Increíble, ¿no? —dijo Pat.
—No —dije yo.
Condujimos por entre dos focos del mal más, y cada vez me gustaba menos aquel
programa de armadura corporal. Me hacía sentir atrapada. Me hacía sentir que si me
volviera a despertar, me hallaría en el extremo de una hoguera con un montón de
vampiros al otro lado.
Era un viaje largo. Unos cincuenta kilómetros aproximadamente. Lo recordaba.
Entonces llegamos a un foco del mal muy chungo. Jesse pulsó los botones de
nuevo, pero en esa ocasión sí que fue como estar atrapada, inmovilizada mientras
cosas se deslizaban por entre los huecos intangibles de uniones incorpóreas, dedos
con largas garras me rozaban…
Enorme. Gran espacio. Interior; el techo tiene que estar en alguna parte. Antigua
fábrica. Andamios donde los trabajadores otrora habían colocado la maquinaria. Sin
ventanas. Enormes y rectangulares conductos de ventilación, vastas jorobas
parasitarias de maquinaria silenciosa, contorsiones de tuberías como uróboros en su
eterno sufrimiento…
Y ojos. Ojos. Mirando fijamente. Ojos que quemaban como el ácido. Incoloros.
¿Qué color tiene el mal?…
Grité. Me detuve. Hasta Pat y Jesse parecían perturbados. Las marcas del frenazo
eran patentes en la carretera que teníamos ante nosotros, donde Jesse nos había
llevado marcha atrás. Menos mal que al conductor no le había pasado nada. Me cubrí
la boca con las manos.
—Lo siento —dije.
—Naaa —dijo Pat—. Si no hubieras gritado tú, habría tenido que hacerlo yo.
—¿Y ahora qué? —dijo Jesse. Los dos me miraron.
—Tal vez ese fuera el enorme foco del mal tras la casa —dije—. Os dije que
había uno. Estamos bastante al norte del lago ahora, ¿no? Todo apunta a que nos
hemos alejado lo suficiente, pero ya no veo el lago por entre los árboles.
—Sí —dijo Jesse—. La carretera llega hasta aquí, porque aquí es donde están las

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casas más grandes. Estaban.
—De acuerdo —le dije yo—. Caminemos, pues. —Abrí la puerta del coche y salí
como pude, pues estaba totalmente anquilosada. Me estaba costando más de lo
normal debido a aquella tecnología de las FEAO que me había aprisionado cuatro
veces, especialmente la última vez, aquella en la que no había funcionado. Me toqué
el estómago como para comprobar que aún estuviera allí. Eso me pareció. El corte del
pecho me picaba una barbaridad: el típico picor de intensidad variable que refuerza su
acción con punzadas de dolor que te quiebran los nervios.
Mi navaja parecía estar quemando el bolsillo de algodón de mis pantalones hasta
la pierna. La cubrí con la mano. El calor probablemente fuera una ilusión, lo que tal
vez explicara por qué la sensación de estar friéndome resultaba tan confortante. Me
había adentrado en el bosque sin mirar atrás. Ellos me seguirían, y yo tenía que
ponerme en marcha antes de pensarlo mucho o no lo haría.
No me molesté en intentar averiguar dónde acababa el foco del mal. Descendimos
hasta la orilla del lago y giramos a la derecha. Caminar pegados a la orilla, a pesar de
las extrañas y diminutas piedrecitas y la tierra depositada por el agua, no era tan malo
como por entre los árboles. Allí me daba la luz del sol, y la última vez lo había hecho
bajo la arboleda. No había caminado por la orilla esa vez.
Era ese foco del mal. Llegué a la casa demasiado pronto. Hasta podía haberme
convencido a mí misma de que estaba disfrutando de ese paseo junto al lago. Me
gustaba caminar junto al agua bajo la luz del sol. Había disfrutado a menudo de mis
paseos por el lago. Antes. Me detuve al sentirme indispuesta de repente, y aguardé a
que me alcanzaran.
—No estoy segura de poder hacerlo —dije, y mi voz empezó a tornarse extraña
de nuevo, como la noche anterior, cuando les dije que a los vampiros no se les oye
venir.
—Es de día, y estamos contigo —dijo Jesse de manera comprensiva.
Yo le dije con brusquedad:
—¿Y si volvemos al coche y no arranca? No lograremos salir del bosque antes de
que anochezca.
—Arrancará —dijo Pat—. Estás a salvo. Tranquila. Vamos a subir la colina hacia
la casa muy despacio. Tú sigue respirando. Yo caminaré a tu izquierda y Jesse a tu
derecha. Iremos todo lo despacio que quieras. Oye, Jesse, ¿ha conseguido tu sobrino
que sus padres le compraran el cachorro?
Fue una buena idea. Las historias sobre cachorros me ayudaron a distraerme. Para
aquel entonces Pat me llevaba cogida del codo porque yo estaba resollando como un
demonio fumador, solo que ellos siempre respiran así, pero tener aquella mano en mi
codo se parecía mucho a cuando me habían llevado en volandas por las escaleras la
última vez que había estado allí.
—No —dije—. Gracias, pero suéltame. La otra vez tuve ayuda, ya sabes.
Los escalones del porche crujieron bajo mi peso. Como la última vez. Solo que, a

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diferencia de la última vez, los peldaños también crujieron bajo el peso de mis
acompañantes.
Atravesé la aún entreabierta puerta delantera casi como en una nebulosa y dejé
atrás el enorme vestíbulo en dirección al salón de baile. Era de día, así que alcé la
vista y pude ver en qué punto la espiral de la escalera concluía en el pasillo de la
planta superior, flanqueado por lo que otrora había sido una igualmente grandiosa
balaustrada, pero le faltaban algunas de las maderas, o estaban rotas. Aún había
destellos de pintura dorada en las oquedades de las tallas. A oscuras solo había sabido
que la barandilla era suave y lisa al tacto. Tampoco es que me hubiera importado
demasiado en aquel momento.
El salón de baile era más pequeño de lo que recordaba. Seguía siendo una
estancia grande, más grande que cualquier otra que no fuera un salón de baile, pero
en mis recuerdos tenía el tamaño de un país pequeño, y lo cierto es que tan solo era
una habitación. Y en comparación con otros salones de baile, seguro que no era ni de
los más grandes. La lámpara de araña, que se veía muy descuidada con la luz del día,
todavía tenía velas, y había mucha cera derramada en el suelo, justo debajo. Allí
estaba mi rincón, y las ventanas en ambas paredes que habían unido mi mundo
durante dos largas noches y un día entre medias…
Me estremecí.
—Tranquila, Sunshine —dijo Pat.
Estaba preocupada por los grilletes de las paredes. Iba a tener que volver a lo de
que no recordaba nada cuando Pat y Jesse me preguntaran por el segundo grillete, el
que tenía protecciones inscritas.
Pero no había grilletes, tan solo agujeros en la pared. Casi rompo a reír. Gracias,
Bo, dije en silencio. Me has hecho un favor.
Pat y Jesse estaban examinando los agujeros, si bien Pat seguía también pendiente
de mí. Era como si los grilletes hubieran sido arrancados de la pared en un ataque de
ira. Por algún vampiro: ningún humano podría haber hecho eso. Pero me imaginé que
en lo de la ira sí que estaba en lo cierto. Ira por la frustración, y posiblemente también
por el miedo, ¿por qué no? ¿O simplemente alguien había obedecido órdenes?
Órdenes, pensé. Dudaba mucho que la banda de Bo hiciera nada que este no les
hubiera ordenado primero. Pero independientemente de cómo hubiera ocurrido, la
cuestión era que ya no tenía que dar explicaciones por el grillete con los signos de
protección.
Cómo no, Pat y Jesse quisieron saber de ese segundo grupo de agujeros.
—Aquí fue donde estuve yo —dije, señalando a los agujeros cercanos al rincón.
—¿Y esto? —dijo Jesse mientras se arrodillaba delante de los otros.
—No lo recuerdo —respondí de manera automática.
Se hizo el silencio.
—Tal vez podamos llegar a un acuerdo —dijo Pat—. Que tú dejes de decir «No
lo recuerdo» y tengas la amabilidad de decirnos la verdad, que es que no nos vas a

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decir lo que recuerdas.
El silencio fue más prolongado en esa ocasión. Pat estaba mirándome. Lo miré a
los ojos. Había contenido la respiración hasta volverse azul la noche anterior. Había
decidido confiar en mí, a pesar de saber que yo estaba mintiendo sobre lo que había
ocurrido. Eso me hizo sentir muy mal, hasta que pensé que quizá existiera otra
perspectiva respecto a lo de anoche: que Pat, Jesse y Theo no solo estaban dispuestos
a confiar en mí, sino que comprendían que en ocasiones no te quedaba otra que
mentir.
—De acuerdo —dije.
—¿Y bien? —dijo Jesse—. Este segundo grupo de agujeros.
Tomé aire.
—No voy a contároslo.
—De acuerdo —dijo Jesse—. Creo que estos agujeros son de otro grillete. Si
hubiera estado vacío mientras estuviste aquí, Rae, no te habría importado decírnoslo.
Así que debía de haber otro prisionero, y es de ese otro prisionero del que no nos vas
a hablar.
No dije nada.
—Interesante —dijo Jesse.
Pat se puso a mirar por una de las ventanas mientras fruncía el ceño.
—Unos grilletes no son una equipación estándar en un salón de baile, así que los
chupasangres los habrán puesto allí por algo en especial. La cuestión es que la zona
que rodea la casa ha sido despejada recientemente. Hemos de dar por hecho que
también lo hicieron ellos, ¿por qué?
Con esa pregunta no me costó tanto permanecer en silencio. Resultaba demasiado
extraño si desconocías el motivo. Y la respuesta a eso no la podían adivinar. Confié
en ello, al menos.
Se fueron a registrar el resto de la casa. Yo me quedé en el salón de baile. Me
senté en el alféizar más cercano a mi grillete, el de la pared más alargada, con la
ventana por la que me había asomado. La ventana delante de la cual me había
arrodillado y había transformado mi navaja en una llave. El lago estaba casi igual que
el día en que había estado allí: otro día despejado y azul. Hacía más calor hoy, sin
embargo, pues estábamos más cerca del verano que de la primavera. Me recosté
contra el lateral de la ventana y pensé en rollos de canela, muffins, brownies y las
tartaletas de cereza con las que había empezado a experimentar desde que Charlie
había comprado por catálogo una máquina para machacar cerezas y me la había dado
lleno de esperanzas. Para Charlie, esa era su idea de terapia para curar mi estrés
postraumático: un nuevo artilugio para la cocina. Pensé en lo placentero que era estar
sentada bajo el sol. Con dos humanos cerca, protegiéndome. Me habría abierto la
camisa para que me diera el sol en el pecho, pero tenía vendada la herida y no iba a
arriesgarme a que Jesse o Pat la vieran.
Pensé en el hecho de que Mel, el Mel despreocupado, relajado, el que iba a su

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bola y se preocupaba solo de sus asuntos, no dejara de insistirme en que fuera a ver a
un médico que pudiera hacer algo al respecto, y que mi negativa le pareciera
inexplicable y estúpida.
Jesse y Pat volvieron al salón de baile y se pusieron en cuclillas en el suelo
delante de mí y de la ventana. Se hizo el silencio. No me gustaba aquello. Quería
irme. Quería marcharme del lago, dejar atrás lo que había ocurrido allí, no tener que
recordar lo que había ocurrido. Había hecho lo que me habían pedido, había
encontrado la casa para ellos. No quería hablar más de ese tema. Quería volver al
coche y asegurarme de que arrancaba y salir de allí antes de que atardeciera. Quería
sentarme bajo el sol en otro lugar que no fuera junto al lago.
—Entonces, anoche —dijo Jesse—, ¿qué ocurrió?
—No lo… —empecé a decir. Pat me miró y sonrió levemente—. No iba a decir
que no lo recuerdo. Iba a decir que no lo sé. Fue como, como algo instintivo, ¿pero
quién tiene un instinto así? Si fue mi instinto, fue un instinto realmente estúpido.
—Salvo por el hecho de que funcionó —dijo Pat con cierta sequedad—.
¿Entonces no pensaste, ajá, hay un chupasangres un par de calles más allá, creo que
voy a ir a clavarle algo a ese cabrón? ¿Da igual que no sepa cómo tengo la certeza de
que está allí o que lo que le voy a clavar sea un maldito cuchillo de mesa?
—No —respondí—. Ni lo pensé siquiera. Dejé de actuar de una manera racional
desde que… desde que me levanté de la banqueta del mostrador hasta que… hasta
que Jesse me sujetó y empezó a gritarme que todo había acabado.
—Entonces, ¿por qué te levantaste, cogiste un cuchillo de mesa y echaste a correr
como un velocista olímpico?
—Ehhh —dije—. Bueno, lo oí. Mmm. Y no me gustaba tenerlo… en mi terreno.
Estaba enfadada, supongo.
—Lo oíste. ¿Lo oíste qué? Nadie oyó nada.
—Lo oí reír.
Silencio.
—¿Es el mismo chupasangres de hace dos meses por alguna casualidad? —dijo
Pat con delicadeza—. ¿El de lo que ocurrió aquí?
—Sí.
—¿Puedes contarnos algo más?
Es el que me hizo esta marca, pensé. Este corte en mi piel que no se cierra.
Podría decirse que tenía una deuda que saldar. Eso no explica por qué conseguí
saldarla, sin embargo.
—Era… era el otro que me trajo a rastras hasta aquí. No sé cuántos había en total,
una docena tal vez. —Pensé en la segunda noche, cuando los doce se desplegaron a
nuestro alrededor y empezaron a acercarse. Lentamente. Me había pegado tanto a la
pared que me había lastimado la columna vertebral—. La mayor parte de ellos no dijo
nada. El que yo creía que era el exhalador era quien daba las órdenes. Para mí era
como el teniente del grupo de asalto. Él sí habló. Y fue uno de los que me agarró del

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brazo para traerme hasta aquí. Este… el de anoche, fue quien me sostuvo el otro
brazo. También habló. Era el del… sentido del humor. —Eh, los pies ya le sangran.
Si es que te van los pies.
—El teniente del grupo de asalto —dijo Jesse pensativo—. Eso suena a que había
un coronel en el cuartel general.
—Sería de esperar en un ardid tan elaborado como este —añadió Pat—. Se trata
de una banda liderada por un amo vampiro.
Los dos me miraron.
—¿Sabes algo del amo?
Podría haberles dicho que no se lo iba a decir. Simplemente dije:
—No.
Se hizo de nuevo el silencio. Intenté no estremecerme. Ese debería ser el
momento en que los agentes de las FEAO cambiaran de táctica y empezaran a
gritarme por ocultar información importante y demás.
—Verás, tenemos un problema, Sunshine —dijo Pat finalmente—. Vale, sabemos
que no nos vas a contar todo. Pero… bueno, probablemente no debiera decirte esto,
pero que la gente no le cuente a las FEAO todo lo que sabe pasa más a menudo de lo
que crees. Ni siquiera entre nosotros nos lo contamos todo, qué demonios. Y no me
refiero a la sangre nómada de tipos como Jesse y yo. Probablemente podríamos vivir
con ello, si eso fuera todo. No nos gustaría, probablemente, pero tenemos bastante
práctica en eso de que no se nos cuente todo y si te muestras demasiado cabreado con
la gente, no conseguirás que hablen contigo.
»Pero tú has hecho algo sin precedentes. En dos ocasiones. Escapaste de un grupo
de vampiros, sola, en mitad de la nada. A veces sucede que un grupo de vampiros se
deja llevar e intenta engañar a algún crío de una panda humana que está en el lugar
equivocado con la esperanza de ver vampiros. El chaval acaba un poco lacerado, pero
lo llevamos al hospital y le ponen puntos e inyecciones y vuelve a casa como nuevo,
si bien con una mayor propensión a las pesadillas de lo que acostumbraba. Lo que sí
que no ocurre es que una chica joven, sola, en un bosque, huya de una banda de
chupasangres tan resueltos a retenerla que hasta la encadenan a una pared. Hasta
donde sé, no ha ocurrido nunca antes.
Cómo me gustaría que dejara de decir «sola». No se había olvidado del segundo
grupo de agujeros en la pared, no más que yo. Gracias a los dioses que el grillete con
las protecciones había desaparecido.
—Y eso es solo la primera cosa. La segunda es que fuiste a por un vampiro que
en primer lugar no tenías manera alguna de saber que estaba allí, y en segundo lugar
se quedó allí quieto mientras tú lo empalabas sin previo aviso ni refuerzos, y en tercer
lugar lo hiciste con un cuchillo de mesa de acero inoxidable. Hay gente que ha
clavado estacas a chupasangres sin ayuda, pero jamás lo ha hecho abalanzándose
sobre uno y, con la misma certeza que te digo que a los vampiros no les gusta la luz
del sol, tampoco nadie lo ha hecho con un maldito cuchillo de mesa. Anoche saqué

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los expedientes relativos a las investigaciones que demuestran que no puede hacerse.
El acero inoxidable no funciona ni aunque tengas a los mejores forjadores y
talladores de protecciones y amuletos para que plasmen su magia en él.
»Ya te dije que no necesito dormir mucho. Me pasé el resto de anoche revisando
expedientes en busca de algo relativo a gente que hubiera escapado de chupasangres
y a estacamientos inusuales. No hay mucho. Y nada que se parezca a ti, Sunshine.
»Deberíamos ponerlo todo en nuestro informe y seguir la cadena de mando, y
entonces tendrías a una horda de expertos de las FEAO tras de ti como nunca te
hubieras imaginado y, hablando de grilletes, probablemente te pasarías el resto de tu
vida encadenada al escritorio de la Diosa del Dolor. Le encantarías.
»Pero no queremos que eso pase. Porque te necesitamos. Te necesitamos para el
trabajo de campo. Por todos los dioses y ángeles, te necesitamos aquí. Necesitamos
todo lo que podamos obtener porque, francamente, estamos perdiendo. No lo sabías,
¿verdad? Por el momento conseguimos tener a los medios callados. Pero no será así
por mucho tiempo. Cien años más y serán los vampiros quienes dirijan el cotarro. Las
guerras fueron solo una distracción. Nos creemos que fuimos nosotros quienes
ganamos. Bueno, tal vez lo hiciéramos, pero comprometimos nuestro futuro al
hacerlo. Es terrible, pero es lo que hay. Así que los tipos gruñones como Jesse y yo te
necesitamos aquí mucho más de lo que necesitamos que desaparezcas en algún
programa de investigación mientras intentan averiguar cómo has hecho lo que has
hecho y cómo podrían conseguir que otra gente lo hiciera también. Cosa que no
podrán hacer porque descubrirán que no funciona así. Y suponemos que tampoco
quieres desaparecer, ¿no?
Negué con la cabeza y me dio un tirón en el cuello.
—Sí, bueno. La cuestión es que si eres capaz de acabar con los vampiros con
utensilios domésticos normales y corrientes, te queremos aquí fuera haciéndolo.
Hasta mentiremos a la Diosa del Dolor para tenerte solo para nosotros, y bonita, hay
que tener pelotas para eso.
¿Seguirían queriéndome allí haciendo lo que podía hacer si supieran de qué más
era capaz? ¿Si supieran la verdad sobre el segundo grillete? ¿De verdad que los
vampiros vencerían en los próximos cien años?

Cuando regresamos al coche, este arrancó a la primera. No hubo demasiada


conversación. Llevábamos gran parte del camino a la ciudad recorrido cuando Pat
dijo:
—Sunshine, háblanos. ¿En qué estás pensando?
—Estoy intentando no pensar. Estoy… —Callé. No sabía si sería capaz de decirlo
en voz alta, incluso aunque fuera algo importante—. Estoy intentando no pensar en
las manchas en los muros del callejón de anoche.
Hubo otra pausa.

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—Lo siento —dijo Jesse—. Podemos hacernos una idea de lo que te estamos
pidiendo. No dejes que la autocomplacencia de Pat para con su propia retórica te
afecte.
—¡Eh! —dijo Pat.
—Hace mucho tiempo que tuve tu edad —prosiguió Jesse— y crecí queriéndome
unir a las FEAO. Sabía que iba a ser difícil, lo que tendría que hacer si me convertía
en un agente de campo, que era lo que quería ser. Y es malo y difícil, mucho, y la
mayor parte del tiempo. Lo de anoche fue duro hasta para un viejo curtido como yo.
»Rae, no te estamos pidiendo que tomes una decisión para salvar el mundo
mañana. Pero, por favor, piensa en lo que te ha dicho Pat. Piensa en que te
necesitamos, te necesitamos de veras. Y piensa, si te sirve de algo, que te
respaldaremos hasta el final, si tú nos quieres allí. Y si es necesario.
—Y por cierto, jovencita —dijo Pat con su voz más dulce—. No te estoy
acusando de nada, ¿de acuerdo? Pero debe de haber más de ochenta kilómetros desde
aquí hasta donde vives con esa extraña siddharta. No estoy diciendo que no sea
posible, Sunshine, pero es mucho para cualquiera, y más para alguien que ha pasado
dos días encadenado a una pared aguardando su muerte. Me parece que tu bloqueo en
esa parte de la historia resulta de lo más oportuno.
Miré por la ventana, pensando en el segundo grillete.

Hice el turno de noche, el de los postres, con el piloto automático puesto. Nadie me
preguntó cómo me había ido la tarde y yo no me ofrecí voluntaria a contárselo. Sin
embargo, la atmósfera de ansiedad reprimida era tal que podía cortarse con un
cuchillo y freírla. Me pregunté qué guarnición se pondría en un plato de «Profunda
ansiedad frita». ¿Pepinillos? ¿Ensalada de col? ¿Puré de patata con estricnina? La
tensión era tal que Kenny entró en el obrador el tiempo suficiente como para decirme
«Hola, hermanita mayor» y darme un abrazo. No me llamaba así desde que tenía
ocho años y yo dieciocho y le pillé espiándonos a mi entonces novio Raoul y a mí y
echó a correr por casa gritando «Hermanita mayor» y «Muá, muá, muá» y yo mandé
a Raoul a casa y fui a la habitación de mi hermano y le destrocé las copias de
seguridad de todos y cada uno de sus juegos del combox que pude encontrar. Fue
demasiado. Tal vez penséis que me pasé (mi madre, Charlie y Billy así lo creyeron),
pero tuve suerte de que solo nos pillara besándonos, y yo quería estar segura de
haberle desalentado en cuanto a ese tipo de comportamiento fraternal. Fuere como
fuere, ni Kenny ni Billy me hablaron durante seis meses, y para entonces ya me había
graduado, la época de la hermanita mayor había acabado y poco después me mudé a
mi propio apartamento.
Mary pasó de nuevo su descanso en el obrador y me contó la última historia del
señor Cagney, pero tenía la mente en otra cosa.
—Estoy bien —le dije—. De verdad.

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—Lo sé —me respondió ella, pero me abrazó igualmente, y la pringué toda de
harina y canela.
Tenía que quedarme hasta el cierre, pero me despacharon una hora antes. No les
rebatí. Me monté en Tartana y conduje muy despacio hasta casa. Estaba tan cansada,
me dolían hasta los huesos. ¿Qué viene tras tal cansancio extremo? ¿El cansancio de
vivir? Así de cansada estaba. No era solo cansancio por falta de sueño, aunque sí que
veía un poco borroso por los lados.
Podía oír cómo algunos amuletos de mi madre se movían por la guantera. Cuando
a un amuleto se le ha dado el nombre de alguien, si ese alguien no lo rompe y lo deja
vivir, puede intentar ir tras de él. Cuando abrí la guantera para meter uno nuevo,
media docena de los antiguos intentaron subírseme al brazo. Probablemente
estuvieran todos medio resquebrajados de tanto viajar en el coche.
Hacía dos horas que había oscurecido. La luna aún no había salido. Pensé en
intentar convencer a Charlie de que tuviera abierta la cafetería las veinticuatro horas y
ganarle la partida al Prime Time y a sus brownies mediocres. Así no podría
abandonar la cafetería nunca, durante el resto de mi vida. A Pat y a Jesse no les
gustaría, lógico, y tendríamos que pelear duro por hacernos con el mercado de los
insomnes y mantener un flujo de clientes constante durante toda la noche, pues no se
puede proteger un restaurante. Pero esos eran meros problemas prácticos. La cuestión
que me preocupaba era que tendría que contarles a todos el porqué.
Porque había un vampiro, un amo vampiro y su banda, tras de mí. Concretamente,
los que me apresaron dos meses atrás, y resulta que los chupasangres son muy malos
perdedores. Y unos cabrones de lo más persistentes.
Porque tal vez yo fuera la primera manipuladora de magia cobardica de la
historia. La brigada de batas de laboratorio probablemente querría hacer una
investigación exhaustiva respecto a las técnicas de crianza de mi madre así como a la
química de mi sangre. Los vejestorios de los académicos escribirían artículos. Si lo
supieran.
Si lo descubrieran.
Había luz en la parte de Yolande de la casa, luz que se vertía por el porche hasta
la entrada para los coches. Aun así subí las escaleras que daban a mi apartamento a
oscuras. El pasillo tenía luz, pero la luz eléctrica en lugares estrechos sin ventanas me
daba claustrofobia. Cuando llegué arriba y cerré la puerta tras de mí, incluso entonces
no encendí la luz aún. Me tomé otra taza de manzanilla en el balcón oscuro. La luz de
la luna estaba empezando a filtrarse por entre los árboles, en las lindes del jardín.
Dejé de pensar. Me quedé allí quieta, escuchando ese silencio casi total. Se oían leves
crujidos, el ulular de los búhos, el viento al acariciar las hojas. Hojas externas, hojas
internas.
¿Un árbol? No debería ser un árbol. Mi mentor inmaterial debería ser una de esas
cosas de los juegos del combox de mi hermano a los que hay que dar caza, todo
dientes y obscenidad.

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Y nada que se parezca a ti, Sunshine… Te necesitamos.
Estaba tan cansada. Al menos esa noche tenía la posibilidad de acostarme pronto.
Dejé la taza en el fregadero y me puse el camisón. Al igual que la noche anterior, caí
dormida en cuanto me tumbé.

Pero me desperté de nuevo pocas horas después, consciente de que él estaba allí.
Seguí hecha un ovillo de cara a la pared; la ventana y el resto de la habitación
quedaban a mi espalda. No lo había oído entrar. Pero sabía que estaba allí.
Me volví. La luz de la luna dibujaba un rectángulo en el suelo y una forma oscura
estaba sentada inmóvil en una butaca situada justo detrás. Levantó un poco la cabeza,
creo que para dar a entender que era consciente de que ya me había despertado. Había
estado observándome.
Pensé en el hecho de estar en la misma habitación con un vampiro. Pensé en el
hecho de que hubiera entrado a pesar de las protecciones y amuletos de la puerta (o
ventana). Pensé en el hecho de que yo lo había invitado a entrar cuando me había
llevado a casa dos meses atrás. No había pensado hacerlo, pero no estaba en esos
momentos para pensar mucho y además me había hecho el pequeño favor de
salvarme la vida. Ahora no debería ponerle objeciones a que, al parecer, una vez que
lo había invitado a traspasar el umbral de mi casa, la bienvenida era permanente.
En cierto modo puedes sentir la barrera que las protecciones hacen para ti, sentir
si se filtran corrientes por entre posibles agujeros de gran tamaño. No había
corrientes. Ninguna de mis protecciones estaba reaccionando a su presencia.
Di por sentado que la invitación era para él en concreto. Que no había dejado la
puerta abierta a todos los vampiros en general. No era un pensamiento agradable.
Tal vez lo hubiera invitado a entrar una segunda vez cuando dos noches atrás
había dicho: «¿Qué hago ahora?».
Había cosas que había olvidado. Había olvidado esa sensación que me producía
verle. Lo que sí era nuevo era que, a pesar de que mi corazón se peleaba entre «Corre
y huye», «Ayuda, estamos presos» y «Estúpida, es un vampiro» me alegraba de verlo.
Ridículo pero cierto. Aterrador pero cierto.
La única persona (criatura) que conocía que no estaría en peligro si yo me
quebraba. Hasta un demente criminal y furioso no está a la altura de un vampiro.
El único que conocía que, en comparación, me haría seguir pareciendo virtuosa y
moralmente respetable si me viniera abajo.
Lo cierto es que no sirve de mucho consuelo.
—Has venido —dije.
—Estuve aquí anoche —dijo—. Pero dormías profundamente y no quise
molestarte.
También me había olvidado de lo extraña que era su voz. Siniestra. No humana.
—Es muy amable por tu parte —dije mientras me oía a mí misma y pensaba,

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¿Pero serás patética?—. Solo dormí tres horas anoche y han sido un par de días muy
largos.
—Sí —dijo.
Silencio. Algunas cosas no habían cambiado.
—Bo está buscándome —dije finalmente.
—Sí —dijo él.
—Lo siento —dije con humildad—. No sé qué hacer. Yo… yo… todo lo que hice
fue conducir hasta el lago esa noche, y todo lo demás… Lo siento —dije de nuevo,
un poco agitada, y demasiado consciente de la ironía de todo aquello—. No quiero
morir, ¿sabes?
—Sí —dijo de nuevo.
Esta vez sí reconocí la pausa como una de esas tras las que luego venía algo que
no me iba a gustar.
—Bo también está buscándome —dijo—. Cuando me encuentre, se asegurará de
destruirme. La última vez fue todo histrionismo. Esta vez no correrá riesgos.
Bueno, esas eran las mejores noticias que había oído en toda la semana. Mejores
incluso que la terrible revelación de la posible realidad de mi composición genética.
Nadie entiende la genética mejor de lo que entendería la economía mundial, y lo que
me temía tal vez no fuera verdad. Podría estar preocupándome por ello el resto de mi
vida. Si es que iba a tener resto de vida. Como garantes de malas noticias, los
vampiros son mucho mejores. Genial. Hagamos una fiesta.
—Oh —dije con cautela.
Vislumbré lo que probablemente fuera a ser un futuro breve y sombrío y me di
cuenta entonces de que uno de los motivos por los que estaba contenta de ver a esa
forma oscura en la butaca era porque con él allí, por primera vez desde que había
vuelto a casa tras aquellas noches en el lago, tal vez no me sentiría… totalmente
perdida y abrumada. Sí, él había estado encadenado a la pared del salón de baile
conmigo, pero a él lo temían. Doce contra uno, y ese uno encadenado a la pared, y
aun así lo temían. El hecho de que lo hubieran secuestrado podía haberse debido a
algún truco. Ocurría. Presumiblemente también entre los vampiros.
Y ahora me estaba diciendo que no sabía qué hacer. Que estaba desesperado.
Quería algo de negación humana. No, no, ¡todo irá bien! ¡Lo del cuchillo de mesa fue
un accidente! ¡Y, por cierto, no por ello te vas a convertir en una asesina!
Haber rescatado a un vampiro de la destrucción ya había satisfecho la cuota de
comportamiento antisocial de mi gen malo. Por favor.
—¿Por qué te odia tanto? —le pregunté.
El silencio se prolongó un rato, pero yo podía esperar. ¿Qué más podía hacer?
¿Salir a la calle y gritar «Aquí estoy»? Puede que me quedara un futuro corto y
raquítico, pero iba a aferrarme a lo que tenía.
Él aún no se había negado a responder.
—Es una larga historia —dijo finalmente—. Somos casi de la misma edad. Hay

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maneras distintas de ser lo que somos. Yo soy de una manera, él de otra. La mía ha
resultado tener ciertas ventajas. Si otros pensaran en las posibles implicaciones de
ello, las cosas serían diferentes. Bo no quiere que nadie piense en las posibles
implicaciones de nada. Destruirme es una manera de acabar con las pruebas. Además,
no le importa que yo disponga de ventajas que ya no están disponibles para él.
Aquello era interesante, y en otras circunstancias habría despertado mi curiosidad.
Constantine no podía ser muy mayor (de acuerdo a los estándares vampiros), pues
solo los vampiros jóvenes pueden salir cuando la luz de la luna es muy fuerte, como
esa noche. Los de mediana edad pueden salir cuando la luna es creciente o
menguante. Los vampiros muy antiguos no pueden salir ante la mínima posibilidad
de que el más leve reflejo de luz los toque. Ese era uno de los motivos por los que los
de mayor edad empezaban a reunir bandas.
Si habían sobrevivido tantos años, también desarrollaban otras facultades.
—Ahora tiene otro motivo acuciante. Si no me destruye, perderá el control de su
banda. A Bo le gusta mandar. También es necesario para él poseer el mando, tiene
que ver con esas ventajas que yo poseo y él no. Y mientras sea el líder de su banda
será mucho más poderoso que yo que, aunque soy más fuerte, estoy solo.
—Y no diriges una banda —le dije.
—No.
Se me pasó por la cabeza decir: «¿Y ahora qué? ¿Nos cogemos de la mano y
saltamos?» ¿Podría acabar un vampiro con su vida precipitándose desde lo alto?
¿Cuánto tendríamos que trepar primero? Un ser casi humano se hace papilla desde un
cuarto piso, creo. Estaba empezando a lamentar que hubiera venido. No. Preferiría
saltar por una ventana y acabar con todo aquello antes que caer en las garras de Bo de
nuevo. Tan solo me estaba resistiendo a la idea de que saltar era mi mejor opción.
—Le he dado muchas vueltas estas últimas semanas —estaba diciendo—, pues
sabía que lo que había ocurrido en el lago no sería el final. No con Bo. Pero también
sé que tú y yo solos no tenemos ninguna oportunidad.
Desearía que dejaras de decir eso, pensé.
—Pero juntos —prosiguió— tal vez sí la tengamos. No es buena, pero es una
oportunidad. No me gusta. A ti tampoco te va a gustar. No comprendo qué es lo que
haces ni lo que has hecho. No estoy seguro de si podremos trabajar juntos, incluso
aunque lo intentemos. Incluso aunque seamos la única posibilidad del otro. —Estaba
sentado en la oscuridad tras la luz de la luna y no podía verle el rostro. Sí podía ver
cierto movimiento cuando hablaba; los vampiros también mueven sus bocas al hablar.
Pero esa conversación se parecía demasiado a hablar con algo producto de tu
imaginación. Esa parte de tu imaginación más tenebrosa y espeluznante donde
moraban los peores monstruos de tu conciencia. Hasta la sombra de la butaca parecía
imaginaria.
No lo era. La presencia de un vampiro en la habitación era inconfundible.
—¿Me ayudarás? —dijo. Resulta extraño que te formulen una pregunta de vida o

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muerte con un tono de voz carente de tono en sí. Emocionalmente hablando, uno
siente que la respuesta debería ser algo como pasar la sal o cerrar la puerta.
—Oh —dije con gran inteligencia por mi parte—. Eh… Bueno. Sí. Dado que has
sido tan persuasivo.
Otra pausa y luego un breve ruido que, si bien muy corto, hizo que un escalofrío
me recorriera la espalda. Se había reído.
—Disculpa mi persuasión —dijo—. Te la habría ahorrado si pudiera. No deseo
esto más que tú.
—No —le respondí pensativa—. Supongo que no. —Si hubiera sido honesta,
supongo que lo que realmente habría querido que me dijera era: «Oh, no te
preocupes. Es un asunto entre vampiros y yo me encargaré de ello». Sigue soñando
—. ¿Y bien? —dije. No quería saberlo, pero supuse que tendría que hacer el esfuerzo
—. ¿Qué hacemos ahora?
—Empezaremos —dijo, y se detuvo. Lo tomé por la mitad de una frase inacabada
y no por uno de sus crípticos pronunciamientos, y esperé. A continuación se oyó un
extraño sonido de respiración que podría traducirse de manera provisional como un
suspiro. Los vampiros no respiran, ¿no? ¿Por qué iban a suspirar? Pero tal vez
significara que los vampiros sí sienten frustración. Tomaré nota—. Empezaremos
intentando descubrir de qué ayuda puedo serte.
Aquello no sonó a eso de las películas, tipo «Yo te cubro mientras cargas el
arma».
—¿A qué te refieres?
—Debemos enfrentarnos a Bo de noche. Tus habilidades no nos ayudarán a
vencer a los guardias que protegen sus días.
Ni siquiera me planteé preguntarle qué eran esos guardias.
—Los humanos están en gran desventaja por la noche. Creo que tal vez yo pueda
concederte ciertas dispensas.
Dispensas. Me gustaba eso. Un vampiro haciendo las veces de Hada Madrina. O
de Padrino. Lástima que no pudiera dispensarme de ser asesinada.
—Te refieres a poder ver en la oscuridad o algo así.
—Sí, me refiero exactamente a eso.
—Oh. —Si pudiera ver en la oscuridad jamás tendría que ir palpando las paredes
hasta el baño para hacer un pis por la noche. Si viviera lo suficiente para necesitarlo.
—Tendré que tocarte —dijo.
Vale, me dije a mí misma. No va a perder el control y comerme porque se acerque
un poco. Pensé en la segunda noche en el salón de baile. Siéntate de nuevo si así lo
deseas, pero un poco más lejos de la esquina. Sí, más cerca de mí. Recuerda que un
metro más o un metro menos no me suponen ninguna diferencia.
Y había cargado conmigo durante casi ochenta kilómetros. Y solo los primeros
setenta habían sido a plena luz del día.
Y no sé por qué, pero señalar que estaba en la cama con nada más que un camisón

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y que me gustaría levantarme y ponerme algo de ropa primero me parecía peor que
no mencionar mi inapropiado estado para recibir visitas, así que no lo mencioné.
—De acuerdo —dije.
Ese movimiento fluido e inhumano de nuevo cuando se levantó y se acercó hacia
mí. También me había olvidado de ello, de lo extraño que era. De lo inquietante.
Demasiado fluido para ser algo humano. Algo vivo.
Se sentó cerca de mí en la cama. La cama se combó, como si tuviera un peso
humano normal. Saqué los pies fuera de la cama y me giré hacia él, pero lo hice sin
cuidado, más consciente de él que de otra cosa (es decir, con mucho menos cuidado
del que había tenido durante los dos últimos meses, tan poco cuidado que mi herida
se abrió no un poquito, sino del todo, como si me hubieran cortado por vez primera).
No lo pude evitar: me dolió; solté un grito ahogado.
Y él siseó. Fue un sonido aterrador y retrocedí hasta golpearme contra las
almohadas y el cabecero antes de tener oportunidad de pensar en nada, de pensar que
no podría escapar de él aunque quisiera, de pensar que acabábamos de declarar
nuestra alianza. De pensar que tal vez hubiera otro motivo para un sonido así aparte
del de que él era un vampiro y yo estaba viva y llena de sangre fresca.
—Detente —dijo en lo que podía pasar como su voz normal—. No voy a hacerte
daño. Háblame de la sangre de tu pecho.
No se recreó con la palabra «sangre». Yo murmuré:
—No se cura. Lleva así dos meses.
No era tan bueno esperando como yo.
—Sigue —dijo inmediatamente.
También había dejado de encogerme de hombros en esos dos últimos meses: no
puedes encogerte sin tensar la piel bajo las clavículas.
—No lo sé. No se cura. Parece que se cierra, pero luego se vuelve a abrir. El
médico me ha puesto puntos un par de veces y me ha dado cosas para que cicatrice.
Nada funciona. Se abre una y otra vez. Es una molestia, pero en cierto modo he
aprendido a vivir con ello. Como si tuviera elección. Está… bueno… peor de lo
habitual. Lo siento. Es solo un corte superficial. Tal vez lo recuerdes.
—Lo recuerdo —dijo—. Enséñamelo.
Conseguí no decir: «¡¿Qué?!». Me llevó cerca de un minuto recomponer mi
dignidad así como mi coraje, y las manos me temblaron un poco cuando me
desabroché los dos primeros botones de mi camisón y eché los bordes hacia atrás
para que pudiera ver el hueco óseo bajo mis clavículas y por encima del pecho, por
donde la sangre corría cual cortina fina e irregular desde la abertura del feo corte.
Apenas si parpadeé cuando estiró el brazo y tocó la sangre con el dedo y… la probó.
Entonces cerré los ojos.
—No voy a hacerte daño —dijo de nuevo con delicadeza—. Sunshine, abre los
ojos.
Los abrí.

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—La herida está envenenada —dijo—. Te debilita. Es muy peligroso.
—Era para ti —dije, casi ensimismada. Me sentía como una de las sacerdotisas
del oráculo de algún antiguo mito: poseída por algún espíritu que hablaba por su boca
—. Querían envenenarte.
—Sí —dijo.
Pensé en lo que cansada que había estado esos dos últimos meses. También me
había acostumbrado a aquello. Me había dicho a mí misma que era parte de lo que
había ocurrido, de lo que ocurría. No se supera algo así tan rápidamente. Me había
dicho a mí misma que eso era todo. Casi me lo había tragado. Me lo había creído. El
corte no se curaba porque no se curaba.
Envenenada. Debilitándome. Matándome era lo que quería decir. Nota: los
vampiros también sabían tener tacto.
Todas esas horas bajo el sol, cociendo a la hostil presencia de mi cuerpo. Había
sabido que era hostil, aunque no lo había admitido. No había llegado al siguiente
paso, al de pensar que estaba «envenenada». La luz del sol era mi elemento; así que
me ponía bajo esta. Y la luz del sol era lo único que me hacía algo, y no lo suficiente.
Porque la herida estaba envenenada. Parecía sacado de alguna historia sobre la
sacerdotisa de algún oráculo: lo de la herida envenenada que no sanaba. Me había
estado preguntando cómo iba a pasar el invierno, cuando no pudiera tumbarme fuera
y cocerme unas horas a la semana. Había estado aprendiendo a no pensar en cómo iba
a pasar el invierno.
Él estaba en silencio, aguardando a que yo dejara de pensar. Lo miré: sus ojos
verdes brillaban con la luz de la luna. No lo mires a los ojos, pensé.
Esto también habría tenido que ser un mazazo para él. Descubrir que su aliada
estaba en las últimas.
Estaba demasiado cansada para mirarlo. Estaba demasiado cansada para casi
todo. En ocasiones es mejor no saberlo. A veces, cuando lo sabes, te rompes.
—Sunshine, sé algo de venenos. No es algo para lo que los médicos humanos
puedan recetarte algún antídoto.
Eso era mejor incluso que el que no parara de repetir que ninguno de nosotros
tenía posibilidad alguna contra Bo. Al estar yo a punto de morir, iba a arruinar
también sus posibilidades. Es gracioso, pero lo cierto es que lo sentía por él. Tal vez
estuviera delirando. Tal vez hubieran pasado demasiadas cosas últimamente. Tal vez
estuviera muy muy falta de sueño.
—Hay algo que puede hacerse, que puede intentarse. —Pausa—. No es fácil.
Oh, qué sorpresa. Algo que no iba a ser fácil. Intenté espabilarme, reaccionar.
Nada.
—¿Pero puedes confiar en mí?
Más buenas noticias. No solo había algo que se pudiera hacer, sino que ese algo
era vampírico. Lo que sin duda implicaba sangre. No me gustaba la sangre. No me
malinterpretéis, me gusta que esté sana, dentro de mí, circulando, transportando

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oxígeno y calorías a todas mis células locales, pero era ver una hamburguesa rosa y
rezumante de sangre y me entraban los siete males.
«¿Puedes confiar en mí?», había dicho. No «confiarás». «Puedes». Buena
pregunta. Lo medité. No sería sencillo. Sí, claro, eso ya lo sabía. No había tenido que
pensar en ello. ¿Puedo confiar en él?
¿Qué tenía que perder?
¿Y si es algo que no puedo soportar? Hay todo tipo de cosas que no puedo
soportar. No soy una persona valiente, eso para empezar. Estoy muy muy cansada,
sigo en estado de shock postraumático y a duras penas puedo soportar pensar en lo
que hice la noche anterior con un cuchillo de mesa. Y tal vez fuera una homicida
maniaca.
—Sí —le dije—. Sí. Eso creo.
No exhaló con fuerza, como un humano habría hecho, sino que se quedó inmóvil.
Era una quietud distinta a la de no moverse. Tras haberle dicho que sí me sentía
mejor. Menos cansada. Evidentemente tenía que seguir delirando, sin embargo,
porque me incliné hacia él y le toqué la palma de la mano.
—¿Vale? —pregunté.
Un leve silencio.
—Vale —dijo él. Tuve el repentino e irrespetuoso pensamiento de que quizá
jamás antes hubiera dicho esa palabra. Pasas tiempo con los humanos y te pasan todo
tipo de experiencias inusuales. Risas. Lenguaje coloquial.
—No será mañana por la noche —dijo—. Tal vez la noche siguiente.
—De acuerdo —dije—. Nos vemos.
—Duerme bien —dijo.
—Oh, sí, claro —dije intentando ser irónica, pero él ya se había marchado.
Dejé la ventana abierta del todo. Quería que entrara a la habitación todo el aire
fresco que fuera posible. Oí el leve repiqueteo de uno de los amuletos de la ventana.
Fue un ruido extrañamente sereno y esperanzador.

Debía de tener muy mal aspecto esa mañana también. Tenía la sensación de que todo
el mundo en la cafetería estaba tratándome como a una inválida mientras intentaban
fingir que no estaban haciéndolo. Quería decirles que tenían razón, que lo era, que la
marca de mi pecho que solo Mel sabía que seguía allí estaba envenenada y que me
estaba muriendo. No dije nada de eso. Dije que necesitaba recuperar sueño.
Paulie apareció una hora antes que de costumbre esa mañana diciendo que no
tenía nada mejor que hacer, pero yo estaba casi segura de que mi madre le había
llamado y le había pedido que viniera antes. Creo que mi madre se había olido que
los amuletos que me había estado dando estaban yendo a parar a la guantera de mi
Tartana, así que había empezado a ocultarlos por el obrador, donde tal vez no los
encontrara pero igualmente me harían bien. Desde las inoportunas especulaciones

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acerca de los oscuros secretos de mi familia la noche anterior en el despacho de Jesse,
había empezado a preguntarme para qué eran exactamente los amuletos de mi madre.
Siempre había sido una adicta a de los amuletos: yo lo achacaba a haber vivido ocho
años en el mundo de mi padre. Encontré dos nuevos esa mañana: una especie de
pequeño animal acurrucado con las garras sobre los ojos y una barba roja hasta donde
tendría que haber estado el ombligo, y un pequeño disco blanco y reluciente que
mostraba un arcoíris si lo sostenías a contraluz. Los dejé ahí donde los encontré. Tal
vez debiera dejarles que intentaran defenderme contra lo que quiera que pudieran. Me
embargó cierto sentimiento de compañerismo hacia la pequeña criatura acurrucada
con el rostro cubierto, incluso aunque aquel parásito alienígena rojo tuviera un
aspecto más lamentable que el mío. Los amuletos, por lo general son ruidosos, otro
motivo por el que no me gustaban mucho, pero no se pueden oír zumbidos y
borboteos superfluos con el barullo de la cafetería de Charlie. Especialmente durante
los cambios de turno, cuando tenía que pasar algo de tiempo en compañía de un
aprendiz que tarareaba sin parar.
Mel trabajaba esa tarde, pero Aimil tenía el día libre en la biblioteca. Entró al
obrador con una taza de té cuando ya estaba a punto de acabar mi turno y me dijo que
había encontrado un mercadillo de libros y trastos antiguos en Redtree, que era una
de las pequeñas ciudades entre nosotros y la siguiente ciudad importante al sur, y que
iba a ir y que si quería ir con ella. Debería haberme ido a casa a echarme una siesta,
pero no quería. Así que dije que sí. Un poco de aire fresco para los condenados.
Además, Aimil fue hablándome de políticas bibliotecarias durante todo el camino
hasta allí y en ningún momento hizo mención alguna a alborotos nocturnos en el
vecindario. Así que cuando llegamos a la plaza ya estaba animada.
Por lo general me encantan esas cosas, no tenía que fingir. Alguien que se gana la
vida horneando repostería y pan en una cafetería no dispone de importantes
cantidades de dinero, pero lo bueno de los mercadillos de libros y objetos antiguos es
que nunca sabes lo que te puedes encontrar por un precio ridículamente barato. Hay
menos gente desde las guerras de la que había habido, y menos dinero (no me
preguntéis cómo funciona esto: pensaríais que si hay menos gente, debería haber más
dinero en circulación), así que los traficantes tenían menos motivos para descubrir
mercados especializados en busca de material gastado, extraño y siniestro y
probablemente relacionado con los Otros. Además, mucha gente no quiere ni pensar
en ese tipo de material porque les recuerda a las guerras, o a lo que había sido la vida
antes de las guerras. El resultado es que muchos de esos objetos tan interesantes
acababan apilados en la caja más a mano del garaje o trastero para el siguiente
mercadillo.
Además, casi nadie quiere leer la antigua y limitada ficción sobre los Otros, que
es mi favorita. Cogí un ejemplar de Hechizos sórdidos únicamente por el título, y el
cuarto (y más difícil de encontrar) ejemplar de la saga Sangre oscura, aunque ya no
estaba segura de querer leerlo, pues la heroína tenía que elegir entre morir de una

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manera horrible o convertirse en vampiro (también de una forma horrible). Si hubiera
sido consciente de cómo iba a degenerar tras el primer libro, ni me habría molestado,
pero yo soy una persona a la que le gusta completar las cosas; tenía los tres primeros,
y oye.
Me sentía bastante bien. A pesar de lo de la noche anterior. O de una manera más
rara incluso, debido a ello. Era como si estuviera dos días fuera de plazo. Todo estaba
en standby hasta que… o bien ese algo vampírico funcionara o no. Jesse y Theo
estaban sentados en una mesa bajo el toldo cuando Aimil y yo salimos de la cafetería,
y yo les había saludado con la cabeza y había seguido avanzando. Confié en que no
hubiera surgido nada de lo que me quisieran hablar. Nada podía ocurrir en los
próximos dos días. Estaba mentalmente de vacaciones, tuviera que hacer rollos de
canela a las cuatro de la mañana o no.
Debía de ser la influencia de Paulie, pero fui tarareando una canción, una antigua
canción popular acerca de mantener a un vampiro hablando hasta el amanecer (no a
uno de los vampiros más espabilados, claro), mientras rebuscaba en una caja a
rebosar de objetos. Tazas de té de porcelana descascarilladas. Bandejas de latón
abolladas. Pequeñas cajas de madera astilladas cuya tapa ya no cerraba. Un
abrebotellas con forma de dragón con una mandíbula inferior extremadamente
prominente y ojos de cristal de color rosa. Rosa. La Sociedad contra la Difamación de
los Dragones debería tener noticias de esto.
Cuando lo toqué, me recorrió una sensación de efervescencia, como si hubiera
metido el brazo en una máquina de hacer capuchinos. Sabía que tenía que ser alguna
especie de protección (los amuletos no protectores son de lo más pegajosos), pero una
protección viva no debería estar en el fondo de una caja de objetos baratos en un
mercadillo. Tal vez se hubiera caído de una de las cajas de madera hechas astillas.
Vacilé y a continuación la cogí para verla mejor. Con cautela. Había conseguido
atraer mi atención, así que presumiblemente no sentiría la necesidad de aferrarse a mi
brazo de nuevo.
No reconocí el estilo ni el diseño. Era oval y ni siquiera tenía el largo de la palma
de mi mano; tenía un extremo ligeramente elevado, pesado y pegajoso, como una
vieja moneda, antes de que la Casa de la Moneda se volviera tacaña y empezara a
acuñar monedas que a veces se doblaban si caían de canto al suelo. Era de plata, creo,
o chapado en plata; estaba tan deslustrado que apenas se podía distinguir lo que
ponía, aunque algo sí había. Tres algos: uno arriba, otro en el medio y uno abajo,
como un glifo egipcio. Lo único que podía decir con total seguridad era que no se
trataba de ningún sello anti-Otros que conociera, ni siquiera el del círculo-estrella-y-
cruz multipropósito.
Lo más interesante era que estaba vivo. Muy vivo. Las protecciones no son
necesariamente para un dueño en concreto, como la mayoría de los amuletos, y si no
están activas y en uso pueden descomponerse en silencio durante largo tiempo y aun
así ser capaces de despertarse y hacer algún acto protector. Pero incluso una que ha

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sido calibrada para ti específicamente no saltará sobre ti ni moverá la cola como un
perro que quiere que lo saques de paseo.
Podría haberla puesto de nuevo en la caja. Podría habérsela llevado a su dueño y
haberle dicho: «Has cometido un error. Esta aún funciona». Pero no lo hice. Era como
si yaciera en mi mano. No seas ridícula, pensé, no está respondiéndote a ti en
concreto.
Los del puesto no podían esperar demasiado por ella, pero eso solo podía deberse
a que no se habían percatado de que estaba viva. Merecía la pena intentarlo. Llevé los
dos libros y la protección deslustrada al tipo con aspecto sospechoso que estaba en la
mesa plegable con la alcancía oxidada, que me los quitó de las manos como si
pensara que yo estaba tramando algo. Pero estaba tan preocupado respecto a si debía
o no venderme Altar de oscuridad (en el que la heroína tarda cuatrocientas páginas en
morir), que sin duda valía más de lo que pedía, que apenas se fijó en el pequeño glifo.
Me hice la inocente, escandalizada cuando empezó a arengar por el libro, y algunos
de los demás clientes lo miraron con el ceño fruncido y murmuraron algo acerca de la
ecuanimidad. Vencí esa ronda. Así que cuando vio el glifo y me dijo que costaba
cincuenta blinks, resoplé para que supiera que yo sabía que era un jeta, y lo dejé
pasar. Sabía más de libros. Hasta una protección muerta bañada en plata valía más.
Un blink es un dólar, y así lo ha sido desde las guerras, cuando nuestra economía se
hizo añicos y todo se vino abajo en un abrir y cerrar de ojos.
Más interesante todavía era que había tocado el glifo y no había dicho: «¡Uau!
¡Ha sido como meter la mano en una máquina de hacer capuchinos!».
Aimil había estado observando mi actuación con gesto serio.
—Bien hecho —dijo cuando regresamos al coche—. El cuarto volumen de
Sangre Oscura por diecisiete blinks. Zora se va a morir de la envidia. ¿Y qué es esa
cosa pequeña? —El glifo estaba haciendo equilibrios sobre los libros y miré cómo lo
cogía. Que el señor Alcancía Oxidada no hubiera notado nada era una cosa. Si Aimil
no notaba nada era otra muy diferente.
No dijo nada de que hubiera sentido como si le hubieran dado con un martillo en
el codo.
—Mmm. Es bastante interesante, ¿no? Incluso ennegrecido como está.
—¿Interesante? —Quizá el glifo hubiera llegado a la conclusión de que hacer que
se te erizara el vello no era la mejor manera de hacer amigos e influir en la gente—.
¿Eres capaz de descifrar lo que pone aquí?
Frunció el ceño y lo giró a la luz.
—Ni idea. Tal vez después de que lo limpies.

El turno de los postres de esa noche fue destacable por el número de gente que pidió
tartaletas de cereza. Nos íbamos a quedar sin ellas. Por lo general no me
entusiasmaban los artilugios eléctricos (la mayoría de los obradores de la ciudad

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usaban máquinas para amasar, algo que a mí me resultaba inconcebible), pero de
ninguna manera iba a hacer tartaletas de cereza sin uno. Ya había dicho que solo haría
tartaletas individuales y los clientes tenían que pedirlas con el plato principal para que
me diera tiempo a servírselas recién hechas. Y seguían pidiéndolas. No quería que las
tartaletas de cereza se convirtieran en otra «Muerte de Marat». Cuando me hube
instalado en mi nuevo obrador y dejé de preocuparme por las implicaciones de que
Charlie lo hubiera hecho construir para mí, me había estado divirtiendo con pudines
que parecían una cosa y cuando les clavabas el cuchillo se convertían en otra. Poseer
una sensibilidad gótica no es necesariamente algo bueno en un obrador. Había hecho
un postre blando y tembloroso, lo había dispuesto en un plato blanco oval con los
bordes altos y lo había presentado con gran teatralidad ante un grupo de clientes
asiduos que se habían ofrecido voluntarios para que yo experimentara con ellos.
Aimil era la que tenía el cuchillo y, cuando lo clavó en el postre, el relleno de
grosellas y frambuesas reventó por un lado y fue a parar a la encimera. He de admitir
que resultó un tanto teatral.
—Por todos los dioses, Sunshine, ¿qué es esto, la muerte de Marat? —me dijo.
Aimil lee mucho. Todos los que estaban en la cafetería de Charlie aquella noche
quisieron probarlo, y así nació la «Muerte de Marat», la primera de las pronto
notorias creaciones de nombres épicos e imposibles de Sunshine, aunque creo que la
mayor parte de nuestra clientela pensaba que Marat era una especie de amo vampiro
(Aimil es buena con los nombres. También es la responsable del de «Santo Grial del
glotón» y de «Límite máximo de mantequilla»). El problema es que durante meses no
dejaron de pedírmelo, y los pudines blanditos con rellenos consistentes son muy
difíciles de hacer. Nuestros clientes más antiguos lo piden de tanto en tanto, pero yo
soy ya mayor y más gruñona y ya he aprendido a decir «no». Lo haré si me caes lo
suficientemente bien. Tal vez.
Bueno, la temporada de cerezas no dura mucho por aquí; volveré a las tartas de
manzana antes de que Billy eche de menos pelarlas. (A no ser que encuentre más
mano de obra infantil barata, tendré que hacerme con un pelador eléctrico el año que
viene). Era cierto que en la cafetería de Charlie lo hacíamos todo con ingredientes
frescos y naturales, y que algo en lo que ninguno de nosotros fuera bueno no se
llegaba a hacer, pero también era cierto que pedíamos comprensión a nuestros
clientes fieles. Si yo decidía que no me gustaba hacer tartaletas de cereza fuera de
temporada, tendrían que conformarse o irse a comer al Fast Burgers “R” Us.
Cuando llegué a casa, saqué las sábanas y el camisón de la noche anterior de la
bañera, donde las había dejado en remojo con agua y jabón para que se quitaran las
manchas (igual que la «Muerte de Marat» pero sin Marat), luego las bajé y las metí
en la lavadora. Si Yolande se había percatado de la cantidad de lavadoras que había
puesto en los dos últimos meses, jamás dijo nada.
Puse Altar y Hechizos sórdidos en una de mis enormes pilas de libros de próxima
lectura junto a un rincón de mi sala de estar y saqué el producto para pulir la plata.

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No era algo que tuviera habitualmente en casa: lo había comprado de camino. El glifo
se reveló en toda su belleza. Aun así, tampoco podía distinguir las figuras.
Era extrañamente pesado para llevar solo un baño de plata. ¿Y el baño de plata no
queda como laminado cuando lo limpias? Tal vez solo conociera los baños de plata
baratos. Aun así.
El símbolo de la parte superior era redondo, con líneas serpenteantes y
puntiagudas entrelazándolo. El símbolo inferior era estrecho en la base y grueso en la
parte superior. El del medio… parecía tener cuatro patas, por lo que probablemente
sería un animal. Vale. Dos garabatos y un animal desconocido.
El garabato superior podría ser el símbolo del sol. El inferior el de un árbol.
Y si era de plata maciza (incluso aunque el garabato redondo no fuera el sol y el
grueso en la parte superior no fuera un árbol) bien podría seguir siendo una
protección contra los Otros. A ninguno de los Otros le gustaba la plata.
Fuera lo que fuera, mirarlo me animaba. Para una persona amenazada de muerte
por partida doble (además de las incompatibles amenazas de la idea de Pat y Jesse
sobre lo que mi futuro debería incluir, suponiendo que tuviera uno, porque, si lo tenía,
me lo iba a pasar custodiada en una habitación acolchada) era más que suficiente. Lo
puse en el cajón de la mesilla. Esa noche dormí, perdonadme la expresión, como un
muerto.

Así que cuando sonó la alarma estaba casi preparada para levantarme. La perspectiva
de la noche venidera empezó a reptar en mi interior al instante, pero tuve
distracciones. El señor Cagney se quejó de que su rollo no tenía suficiente canela a
las siete de la mañana, Paulie llamó a las siete y cuarto para decir que estaba
resfriado, y Kenny tiró una bandeja con platos sucios a las siete y media. Había
estado haciéndolo mejor desde que Mel habló con él, pero había decidido que
prefería hacer las primeras horas de la mañana que las últimas, y eso solo iba a
funcionar si llegaba a casa antes para hacer los deberes e irse así a la cama un poco
más pronto. No era mi problema. Salvo por el tiempo que Liz tendría que dedicar a
ayudar a limpiar el suelo en vez de sacarme las bandejas de galletas y muffins.
Pat vino al mediodía y penetró en mi guarida de harina.
—Pensé que te gustaría saber de la chica de la otra noche. Ha vuelto en sí. No
recuerda nada desde el momento en que el vampiro empezó a hablarle hasta que se
despertó en el hospital a la mañana siguiente. No recuerda que el tipo aquel fuera un
chupasangres. Y está bien. Un poco asustada, pero bien. —Traducción: La única
testigo presencial no recuerda lo que vio, o al menos no dice nada. Y Jesse y Theo,
que habían querido apresar al vampiro para las FEAO (a los vampiros no se les mata,
claro está, aunque la mayoría de nosotros los civiles usamos ese término. En las
FEAO se habla de apresarlos) llegaron allí tan solo unos segundos después que yo y
antes que el resto. Salvo quizá la señora Bialosky.

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Pero era uno de esos días en que los turnos y horarios de la cafetería se van al
traste, y Charlie, Mel, mi madre y yo mantuvimos el negocio en pie con gran
esfuerzo. Siempre tenemos al menos un día de esos en una semana de siete días (o de
trece, dependiendo de cómo las cuentes). Por no mencionar la perspectiva de tener
que levantarte a las tres y cuarenta y cinco un jueves. En una semana de trece días.
Mi sensación de oculta opresión se agudizó, pero estaba acostumbrada. Tuve un
descanso de cuarenta y cinco minutos, desde las diez y cuarenta y cinco hasta las
once y media, entre las hornadas de primera hora de la mañana y el inicio del frenesí
del almuerzo, y casi una hora a las tres y media, mientras un exiguo personal
aguardaba a la gente que a última hora de la tarde se pasaba para pedir algún muffin o
bollo, antes de que la hora de la cena fuera acercándose gradualmente (además de dos
o tres parones para tomarme un té, aspirina opcional). Me fui a casa a las nueve.
Quien quisiera tomar postre tras esa hora podía pedir una tarta de jengibre molido o
pudin indio o «Chocoadicción». No era noche para tartas de fruta individuales.
Por suerte, estaba lo suficientemente cansada como para dormir. Antes de saber
que iba a tener que currar todo el día, había pensado que sería incapaz de dormir. Para
cuando llegué a casa estaba segura de que sí dormiría, pero di por sentado que serían
un par de horas y que estaría despierta a medianoche, aguardando a que algo
ocurriera.
Había estado pensando en qué debería, ya sabéis, vestir. Esa cosa vampírica que
iba a tener lugar en mi habitación me resultaba más perturbadora que el vampiro en
sí. A pesar de que el desconcierto solo estuviera teniendo lugar en mi mente. Había
un corolario a la historia esa de que los chupasangres podían aguantar la erección de
manera indefinida: que tú tenías que, bueno, invitarles primero a traspasar ese umbral
también. Pero si podían seducirte hasta la muerte con solo mirarte, entonces también
podrían llevar a cabo otro tipo de seducciones. Vale, ese vampiro en concreto se había
negado a seducirme hasta la muerte cuando había podido. Era un buen presagio.
Me recordé a mí misma que el sonido de su risa me daba ganas de vomitar, y que
con la luz del sol parecía… bueno, muerto. Pongámonos serios. De ninguna manera
podía estar interesada en…
Sin quererlo recordé la sensación de tener a un vampiro en la habitación. No era
como la neblina de feromonas cuando tus ojos se cruzaban con los de otro en una
misma habitación, llena de gente o no, y ¡pam! No era así para nada. Pero se parecía
más a eso que a cualquier otra cosa que en ese momento se me pudiera ocurrir.
Probablemente tuviera que ver con el clímax: con un vampiro en la habitación no
puedes más que aguardar tu muerte. Sexo y muerte, ¿no? Experiencias culminantes.
Y dado que yo no había tomado parte en ningún pasatiempo que pusiera en riesgo mi
cuello, carecía del conocimiento práctico del subidón de adrenalina que
experimentabas cuando estabas a punto de diñarla. Tal vez a alguien a quien le
encantara la caída libre o luchar contra tiburones no le resultara tan perturbador
encontrarse a un vampiro en su habitación.

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Daba igual. Dejémoslo en que los vampiros que infestan tus espacios privados
son inquietantes, y una de las maneras de levantar… eh… de subir la moral de uno es
llevar ropa cuidadosamente seleccionada para la ocasión.
Me fui a la cama con mi camisa de franela más desgastada, el sujetador que había
tenido muy buena pinta en el catálogo pero que cuando lo recibí vi que sin duda tenía
que tratarse de un fugitivo de una residencia pública para ancianos, unas bragas de
algodón blanco que otrora habían tenido los dibujos de unos pensamientos pero que,
tras unos setecientos lavados, habían adquirido un color gris moteado y los vaqueros
que por lo general me ponía para limpiar la casa o rastrillar el jardín de Yolande
porque estaban demasiado gastados como para ponérmelos en el trabajo, incluso
aunque no saliera del obrador. Vaqueros con multa automática del inspector de
Sanidad. Oh, y unos calcetines verdes mullidos. Hacía fresco para ser una noche de
verano. Relativamente. Me tumbé encima de la colcha.
Y dormí hasta que sonó la alarma a las tres y cuarenta y cinco. No había venido.

No fue uno de mis mejores días en el trabajo. Grité a todo aquel que se dirigió a mí, y
les grité más todavía al ver que nadie me devolvía los gritos. Mel, que sí que lo habría
hecho, no estaba allí. Mi madre, por suerte, no tenía tiempo para entablar una
conversación airada conmigo, así que nos soltamos algunas pullas y nos retiramos a
nuestros respectivos refugios.
Intentábamos mantenernos lejos la una de la otra, pero mi madre no era de las que
declinaba una pelea con su hija cuando se la habían servido en bandeja. ¿Qué habría
estado investigando mientras yo hacía mis propias indagaciones? Había estado
buscando en los archivos de la Globalnet cuando podía haber estado leyendo
Hechizos sórdidos.
—¡No soy una puta inválida! —le grité a Charlie—. No necesito que me tengan
entre algodones. ¡¿Por qué no me dices que soy una zorra miserable y que te gustaría
echarme el cubo de la basura por la cabeza?!
Se produjo una pausa.
—Bueno, la idea se me ha pasado por la cabeza —dijo Charlie.
Me quedé allí, con mis puños mantecosos y la respiración entrecortada.
—Gracias —le dije.
—¿Hay algo de lo que quieras hablar? —dijo Charlie con los mejores modales de
los que disponía en esos momentos.
Lo medité. Charlie fue hasta la puerta del obrador con total tranquilidad y la
cerró. Las puertas no se cierran mucho en esta cafetería, así que cuando se hace, es
mejor no abrirlas salvo que se haya presentado un autobús de turistas sin reserva
previa, tengan cuarenta y cinco minutos para comer antes de encontrarse con su guía
en el museo de los Otros, que es un trayecto de quince minutos (son solo siete
minutos a pie, pero intenta convencer a un autobús lleno de turistas de eso), todos

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quieran hamburguesas y patatas sin siquiera molestarse en mirar el menú. (No somos
muy de hamburguesas, así que nuestra parrilla es bastante pequeña, y no tenemos
patatas fritas, salvo en ocasiones especiales, y tampoco en ese caso son lo que un
devorador de hamburguesas llamaría patatas fritas).
Eso ocurrió una vez, y cuando mi madre contactó con la turoperadora, al
presidente no le quedó otra que ponerse a sus pies, ofreciéndole un conciliador
crucero de lujo gratis para dos en el Caribe, o al menos todas las reservas de comida
futuras de sus grupos turísticos cuando vinieran a Nueva Arcadia, informando de
ellas por adelantado. Aceptó lo último, y la Compañía de Turismo y Senderismo
Terrestre (el nombre del presidente es Benjamin Sisko, pero me apuesto lo que sea a
que no es el apellido con el que nació, pues los logos de los autobuses tienen que ser
resultones) era ahora uno de nuestros mejores clientes. Casi podríamos retirarnos con
lo que sacábamos el mes de agosto. Y también enseñamos a sus guías a ir al museo a
pie. Eso hizo que los conductores de los autobuses también nos adoraran.
Aquello no era lo que el Ayuntamiento de la ciudad había tenido en mente cuando
fantaseaba con ver a Nueva Arcadia en los nuevos mapas posguerras, pero el museo
de los Otros es el motivo por el que autobuses repletos de turistas pertenecientes a
una compañía llamada Senderismo Terrestre venían a Nueva Arcadia. Las
exposiciones abiertas al público seguían siendo de poca calidad y de lo más básicas,
pero hay más de las que había antes, y tengo entendido que el simulador de ataques
de espectros es bastante bueno. También tenemos a unos cuantos vejestorios
académicos más gastándose lo justo en habitaciones alquiladas en el casco antiguo,
pero la cosa no es tan grave como me había temido. El proletariado vence de nuevo.
Ja, ja.
Tras cerrar la puerta, Charlie se sentó en el taburete de la esquina. No era un día
especialmente caluroso, así que no íbamos a morir por estar en el obrador con los
hornos encendidos y la puerta cerrada durante diez minutos.
—Debido a lo que ocurrió la otra noche —dije—, los de las FEAO quieren que
trabaje para ellos de manera extraoficial.
Charlie dijo con recelo:
—No pensé ni por un momento que lo del cuchillo de mesa fuera… usual.
Suspiré.
—¿Qué pensaste cuando me seguiste hasta allí esa noche? ¿Que había perdido el
juicio?
Charlie lo meditó antes de responder.
—Pensé que se te había cruzado algún cable, sí. No pensé que fuese tu cerebro…
pero tampoco tuve mucho tiempo para pensarlo. Cuando llegué allí ya había
terminado todo. Y supongo que en ese momento supe que todo este tiempo habíamos
estado equivocados.
—Respecto a mi desaparición aquellos dos días.
—Sí. Tenían que ser los Otros, de un modo u otro. Lo siento. Es solo que… tal

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como estabas… no querías hablar con la poli, pero con quien no querías hablar de
ningún modo era con las FEAO.
No pensé que se me hubiera notado tanto.
—Estabas bien con el resto de nosotros en la cafetería, nosotros los humanos, no
solo con nosotros, con los extraños también. Nerviosa, como si algo realmente malo
hubiera ocurrido, algo que ya sabíamos, pero bueno… Con todo aquel que fuera muy
humano.
Salvo con los reporteros de la tele. Aunque fueran humanos.
—No era nada relacionado con los cambiaformas, porque has estado aquí en las
noches de luna llena como cualquier otro día, después de lo que ocurrió. Y por lo
general no van mordiendo a gente por ahí salvo esas noches.
Y por muy inquieta y nerviosa que me hubiera sentido, no habría conducido hasta
el lago sola una noche de luna llena. Hay cambiaformas allí. Al igual que hay unos
cuantos en el casco antiguo. Más que unos cuantos. No pasa nada por ser amable con
ellos; recordarán que lo fuiste, los veintinueve días restantes del mes. A diferencia de
los chupasangres, que suelen preferir entornos urbanos, los cambiaformas a los que
debes esquivar se hallan en los bosques.
—Y, lo siento, pero como no te faltaba ninguna parte visible no podían ser zombis
ni espectros.
Yo era la experta en Otros de la cafetería. La mayor parte de los que trabajaban
allí no querían saber nada de ellos, al igual que la mayoría de la población humana, y
nuestros FEAO eran tan solo clientes con una exagerada tendencia a vestir de color
caqui. Mel decía que las historias sobre los Otros desasosegaban a sus tatuajes.
—Sadie y yo pensamos que tenía que tratarse de algún tipo de demonio. Sadie…
bueno, Sadie habló con algunos de los especialistas con los que tú te negaste a hablar,
y dijeron que estas cosas eran muy traumáticas y que te dejáramos en paz si no
querías hablar.
Deseé que ese fuera el único motivo por los amuletos y esa reserva tan poco
característica en ella. Tal vez lo fuera. O tal vez yo pudiera hacer que eso fuera todo.
Al fin y al cabo, yo era hija de mi madre. Quizá también hubiera algo de Atila el
Huno en lo más recóndito de mi ser.
Dije con cautela:
—¿Les habló de mi padre?
Charlie negó con la cabeza.
—Casi me había olvidado de tu padre, hasta la otra noche. No se me había
llegado a pasar por la cabeza que lo que te había ocurrido tuviera que ver con los
vampiros. Eh… la gente no escapa de los vampiros. Al igual que la gente no se libra
de los vampiros con cuchillos de mesa.
Hasta Charlie sabía eso.
—Sí. Eso es lo que los de las FEAO dijeron también.
Permaneció un minuto en silencio. Pensé que si Charlie se había olvidado de mi

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padre, entonces no debía ser de la Patrulla Anti Cruces Nocivos. Mi madre jamás le
había hablado de la lejana tía abuela Margaret, que cojeaba porque su pie izquierdo
era pequeño, como de cuerno y hendido. O quienquiera que hubiera sido la tía abuela
Margaret y la marca del demonio que tuviera. A lo que me refiero con esto es que mi
madre se guardaba sus miedos para sí. Ya os he dicho que era valiente: no dejó que
sus padres le impidieran casarse con mi padre, y se había ocupado ella sola de los
Blaise cuando lo abandonó. Para cualquier mujer en su sano juicio que no hubiera
sido Atila el Huno en otra vida, habría sido más que justificable dejarme a cargo de la
familia de mi padre para que ellos se ocuparan de mí. Y lo habrían hecho: si hubiera
salido mal, tal vez hubieran negado que yo fuera una de ellos, pero habrían
apechugado. Y si hubiera salido mal, me habrían querido con ellos, para poder
efectuar el control de daños, por su bien o el mío. Así que sin duda alguna había sido
valiente por partida doble, o una imprudente. Y tal vez no quedaran muchos Blaise
tras las guerras, pero todos ellos eran formidables.
Algunos demonios son muy duros. Más que cualquier humano. Aunque los duros
también suelen ser los estúpidos.
Charlie dijo:
—¿Qué quieres hacer?
—Seguir haciendo rollos de canela —respondí al momento.
Charlie sonrió levemente.
—Eso es lo que quería oír, claro está…
—¿De veras? —dije—. ¿Quieres a alguien que, obviamente, no solo manipula
magia sino alguien que tiene historias con vampiros, quieres a alguien así, como yo,
haciendo tus rollos de canela?
—Sí —dijo Charlie—. Sí, tus rollos de canela son probablemente los mejores del
mundo. El resto da igual. Pagamos con nuestros impuestos a las FEAO para que se
encarguen de los Otros. Te necesitamos aquí. Si quieres estar aquí, me da igual quién
sea tu padre. O qué más sepas hacer con un cuchillo de mesa.
Lo miré. Tenía todo el derecho del mundo a despedirme; a los humanos no les
gustaba que hubiera manipuladores de magia en las cocinas de sus restaurantes. Pero
yo era miembro de esa familia, de ese clan, miembro de la extraña comunidad que era
la cafetería de Charlie. Un miembro clave incluso. Le debía a esa gente no volverme
loca. Con o sin cuchillo.
Y permanecer con vida.
La cafetería de Charlie: una pequeña y peculiar baliza en la invasora oscuridad
del casco antiguo.
Una perspectiva interesante, dadas las circunstancias.
—De acuerdo, pues —dije.
—Bien. —Charlie abrió de nuevo la puerta y se fue.

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Me fui a la cama una vez más con vaqueros y una camisa de franela. Me desperté a
medianoche y fui a tientas hasta el baño para hacer un pis, dándome con el alféizar de
la ventana por el camino. Volví a la cama y me dormí al momento. La alarma sonó a
las tres y cuarenta y cinco.
No había venido.

La indignación del día anterior (esa absurda sensación de haber estado esperando cual
adolescente preparada para el baile de fin de curso) había desaparecido, como si fuera
la llama de una vela y la hubieran apagado. Estaba preocupada.
El hecho de que la herida de mi pecho (desde los últimos cuatro días, desde que
me había dicho que estaba envenenada) me ardiera como si el diablo me hubiera
marcado la piel, resultaba casi anecdótico. Era como si ahora que sabía el diagnóstico
no me importara cuál fuera: con saberlo era suficiente. Al menos durante unos días.
Sangraba tanto que no solo debía llevarla siempre vendada, sino que tenía que
cambiarme el apósito al menos una vez al día. Me daba igual. Lo hacía y no pensaba
en ello. La agotadora y permanente sensación de cansancio me lo hacía más llevadero
que si hubiera estado despierta y alerta. El único problema era encontrar sitios donde
poner el esparadrapo que no estuvieran ya en carne viva por haberlo llevado con
demasiada frecuencia. Podía haber comprado cinta quirúrgica, que no te arrancaba la
piel, pero eso habría sido como admitir que había un problema. Yo no estaba
admitiendo nada. Así que la zona alrededor del corte estaba bastante irritada.
La cuestión, lo que no estaba bien, era que él me había dicho que volvería y no lo
había hecho.
Las cosas estaban poniéndose realmente feas si estaba preocupada por un
vampiro. Bueno: estaban feas y yo estaba preocupada. No lo veía como un tipo leal.
Si es que las directrices humanas podían aplicarse a un vampiro, cosa que no creía
que fuera posible.
Pero si había dicho que volvería, volvería. Estaba segura. Y no lo había hecho.
Tuve el resto del día libre tras terminar con el horneado matutino. Paulie, que aún
seguía ronco pero ya no estornudaba, vino y empezó a preparar la «Lujuria de limón»
y el bizcocho con azúcar moreno espolvoreado, y yo me fui a casa para peinar todas
las páginas de la Globalnet que pudiera encontrar sobre actividad vampírica. Debido
a mi peculiar hobby, pagaba por una línea en el mundo cósmico mucho mejor que
aquella que tenía la mayoría de los demás usuarios domésticos, así no tenía que ir a la
biblioteca cada vez que quería hacerme con el último reportaje sobre los Otros. Si
había algo que encontrar, debería poder encontrarlo. Cuando un gran feudo vampiro
se venía abajo, siempre se armaba el caos suficiente como para alertar hasta a los
medios más lentos de reflejos. Y tal vez ese fuera un feudo diminuto y local, pero los

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de nuestros medios no son lentos. No podía creerme que, en esa ocasión, sabiendo lo
que sabía, Con no se vendiera caro, si Bo lo había cogido de nuevo.
Esto es, si no había vuelto porque se lo habían impedido. Si es que no había
estado esperando cual adolescente para ir al baile con un notorio perdedor. Por no
decir un matado. Ja, ja.
No pude encontrar nada. Tras mirar todas las noticias locales, empecé con las
nacionales y luego con las internacionales. Lo más cercano a lo que creía estar
buscando estaba ocurriendo en Macedonia. No creía que fuera a ocurrir en
Macedonia.
Quería empezar a mirar glifos para ver si podía traducir el mío, pero no logré
despertar en mí el interés suficiente. En vez de eso, me puse a limpiar el apartamento.
Volví a ordenar las pilas de libros de inmediata lectura. Altar de oscuridad se fue al
final, aunque primero le quité el polvo. Pasé la mopa al suelo. Froté hasta dejar
reluciente el fregadero. Quité con bicarbonato de sodio las manchas de té de la tetera
y de mis tazas favoritas. Pasé el aspirador. Doblé la colada. Hasta limpié algunas
ventanas. Odiaba limpiar las ventanas. Estaba demasiado cansada para semejante
paliza, pero no podía estarme quieta. Y fuera estaba nublado. No era un día que me
alentara a salir y tumbarme al sol.
Por la noche estaba agotada y algo inquieta.
Me comí un sándwich de huevo y lechuga con dos rebanadas de mi pan de
centeno a las seis y me fui a la cama a las siete. Me había dado por vencida. Llevaba
el camisón que me había puesto hacía cuatro noches y me metí entre las sábanas. No
me costó dormirme, pero fue como si mis pensamientos giraran a toda velocidad (o
tal fuera el efecto del veneno, que finalmente estaba ganando), hasta que finalmente
empecé a marearme y caí inconsciente.

Cuando me desperté tres horas después, él estaba allí. En la oscuridad, sentado en la


butaca de mi dormitorio. En la oscuridad y descalzo. No podía recordar si había
estado descalzo la otra noche o no.
Me incorporé. Estaba demasiado adormilada y aliviada como para mentir.
—Estaba preocupada.
Ya había visto la vez anterior que los vampiros no se mueven cuando se
sobresaltan, sino que se ponen más tiesos. Adoptó esa quietud distinta.
—Ya sabes —dije yo—. Preocupación, inquietud. Ansiedad. Dijiste que volverías
hace dos noches. No lo hiciste. Está esa amenaza de aniquilación en curso, ¿sabes?
Pensé que tal vez te hubieses metido en problemas.
—Los preparativos me llevaron más tiempo del que había creído. Eso es todo. No
hay nada… por lo que tengas que preocuparte.
—Nada de lo que tenga que preocuparme —dije yo, dulcificando mi tono—.
Claro. La amenaza de aniquilación me incluye a mí y tengo una herida envenenada

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que me está matando lentamente. Cómo se me ocurre preocuparme.
—Bien —dijo él—. Preocuparse es inútil.
—Oh —empecé—. Yo… —Callé—. Vale. Tú ganas. Preocuparse es inútil.
Se levantó. Intenté no aferrarme a las sábanas. Se quitó la camisa y la tiró al
suelo.
Se sentó de nuevo en el borde de mi cama. Con una pierna doblada bajo su cuerpo
y el otro pie aún en el suelo, se volvió para mirarme, mientras que yo seguía pegada
al cabecero. Pensé, Vale, vale, aún tiene un pie en el suelo. Y solo se ha quitado la
camisa.
—¿Aún tienes la navaja que transformaste? —preguntó—. Sería lo mejor.
¿Lo mejor para qué? Sabía que iba a haber sangre. Sabía que no iba a gustarme. Y
esa navaja en concreto…
—Eh… Bueno, sí. Aún la tengo. —No me moví.
—Enséñamela —dijo. Un humano tal vez hubiera dicho: «¿Cuál es tu problema?
¿Dónde está?». Él simplemente dijo: «Enséñamela».
Abrí el cajón de la mesilla. Cuando eché los vaqueros a lavar, el contenido de los
bolsillos acabó allí. La navaja estaba ahí, junto al glifo, como si estuvieran
conociéndose.
Con aquella oscuridad, la luz fue visible al momento. Cogí la navaja y la acuné
entre mis manos: un sol diminuto y clemente que se parecía a una navaja. En la luz
del día o con luz artificial potente seguía pareciendo una navaja. La extendí hacia él.
—¿Ha estado así… desde esa noche?
—Sí. Ocurrió… ¿lo recuerdas?, justo al final, la transformé de nuevo, en la llave
de mi puerta.
—Sí.
—Estoy prácticamente segura de que ahí fue cuando ocurrió. Tenía… como
color… cuando la saqué. No… creo que tiene que ver con haber hecho el cambio por
la noche. Tal vez no deba transformar cosas después de que oscurezca. Pero lo hice.
Sentí algo. Un crujido. Un chasquido. En mi interior. Y desde entonces ha estado así.
La volví a transformar en navaja al día siguiente. No me percaté de lo que había
ocurrido hasta la noche. Pensé que se atenuaría con el tiempo, pero no ha sido así.
Tal vez no deba transformar cosas después de que oscurezca. Y sin embargo lo
había hecho. Y resulta que en ese momento había estado en el regazo de un vampiro.
Esa era otra de las cosas en las que no había estado pensando en los últimos dos
meses. Porque si guardaba relación con el vampiro, con ese vampiro, ¿por qué mi
navaja se había impregnado de luz?
No se lo había dicho a nadie ni se la había enseñado a nadie. Resultaría muy
extraño si tuviera que contárselo a alguien. No había querido contárselo a nadie de la
cafetería ni de las FEAO. Cuando pasaba la noche con Mel, tenía cuidado de tenerla
siempre en el bolsillo. Seguía intentando ser Rae Seddon, la repostera de la cafetería
de Charlie, en esa vida. Incluso tras haber revelado mi secreto de que había habido

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vampiros en el lago (y de que yo era una manipuladora y transmutadora de magia),
no le había hablado a nadie de mi navaja. La única «persona» (perdonad la expresión)
que me quedaba para contárselo era al vampiro. El vampiro con el que había aceptado
formar una alianza con la esperanza de poder vencer a un enemigo común.
Era un alivio contárselo a alguien.
Me pregunté qué más habría dejado suelto aquel crujido que había sentido en mi
interior, además de esa filtración radiante. Me pregunté si una navaja perteneciente a
un cruce de magia nocivo podría brillar en la oscuridad. Claro. Y cuando me vuelva
loca la transformaré en una sierra.
La miró, pero no hizo amago de tocarla.
—Eso ayuda a explicarlo. Uno de los motivos por los que me ha llevado más
tiempo volver es que me sorprendió que no estuvieras más débil por lo que ha llevado
tu piel durante dos meses ya. He estado buscando una explicación. Podría ser crucial
para nuestro esfuerzo de esta noche. —Se pausó. Cuando prosiguió, su voz había
descendido una octava aproximadamente, y no resultaba fácil oírlo, en parte por el
eco ronco y la carencia de tono de su voz—. Lo que me muestras es un escarmiento a
mi arrogancia. No se me pasó por la cabeza preguntarte información relevante. Tengo
mucho que aprender en eso de trabajar con alguien, visto lo que creía cuando
hablamos la última vez. Te pido perdón.
Lo miré boquiabierta.
—Oh, por favor. Como si no estuviera aquí casi esperando que cambies de
opinión y me comas. Oh, lo siento, se me olvidaba, soy venenosa, supongo que
después de todo estoy a salvo, voy a morir sin tu ayuda. Soy tu amiga la belladona
letal. Pero es solo eso: los vampiros y los humanos no se alían. Somos enemigos
implacables. Como las cobras y las mangostas. ¿Por qué deberías haber pensado en
preguntarme nada? Si va a haber perdón entre nosotros, debería ser por nuestra
locura, mutua.
Al menos no se rio.
—Muy bien. Aprenderemos juntos.
—Hablando de aprender —dije—. Entiendo que has descubierto qué hacer con
esto. —Señalé a mi pecho—. Puesto que estás aquí.
—He descubierto qué puede funcionar, si es que algo lo hace.
—¿Y si no funciona?
—Entonces los dos acabaremos con nuestra existencia esta noche —dijo con esa
voz impasible que había usado para decirme que ambos estábamos encadenados a la
pared y que los malos venían. La recordaba demasiado bien.
Vaya. No sueltes las cosas así. Puedo soportar la verdad, puedo. Dije algo como:
—Ungggg.
—Creo que funcionará.
—Me alegra oírlo.
—Tu herida está peor.

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—Oh, bueno. No es importante. —Era una banalidad comparado con su
descubrimiento de nuestra más que inmediata condena conjunta—. Va y viene.
—¿Puedes quitarte la venda?
¿O lo harás tú?, pensé nerviosa. Me desabroché los dos botones superiores del
camisón una vez más y aparté los bordes. Cómo no, el corte empezó a sangrar al
momento.
—Eh… Supongo que no querrás contarme qué vas a hacer.
Frase mal formulada.
—No —dijo él.
—Por favor, ¿podrías decirme qué vas a hacer?
—¿Puedes abrir la navaja?
Mi corazón, tras intentar acostumbrarse a la presencia de un vampiro en la
habitación, empezó a latir de manera incómoda. La navaja estaba en la cama, entre
los dos, donde yo la había dejado. Lo miré con gesto extrañado mientras la cogía y él,
supongo que más acostumbrado a ver la sangre y a pensar más o menos lo mismo
siempre, malinterpretó mi expresión.
—Preferiría no tocar la navaja, me quemará. Y es mejor si tú me cortas.
¡¿Cómo?!
—¿Cortarte?
—Sí, como tú. Aquí. —Y se tocó la parte inferior de las clavículas. Me pareció
menos huesudo. No había reparado en ello antes, pero parecía más relleno de lo que
había estado la primera vez que nos vimos.
Cuando estaba muerto de hambre y demás. No lo había visto sin camisa hacía
cuatro noches. Bueno.
Yo podía haber seguido sentada allí, pensando en cosas ridículas: cualquier cosa
era mejor que pensar en la perspectiva de cortarle. Una navaja de cinco centímetros
es lo suficientemente grande para hacer más daño del que quería, pero él me dijo con
paciencia:
—Ábrela.
La navaja me pareció más pesada de lo habitual, y el filo parecía renuente a
desplegarse. La abrí y la hoja refulgió como fuego plateado.
—Has dicho que te quemará.
—Y así será. Agradecería que me hicieras el corte rápido.
—No puedo —dije, presa del pánico—. No puedo… cortarte.
—Muy bien —dijo—. Por favor, coloca la punta aquí. —Señaló un punto bajo la
clavícula.
Me quedé sentada, quieta y atenta. Hasta alcé la vista y lo miré a los ojos: verdes
como la hierba, como el anillo de mi abuela, como mis calcetines de la noche
anterior. Él me mantuvo la mirada. Podía sentir cómo mi sangre, mi sangre
envenenada, manaba lentamente por mi pecho, manchándome el camisón y goteando
hasta las sábanas.

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Se acercó y con cuidado colocó su mano sobre la mía, que blandía la navaja.
Acercó la mano y la navaja hacia él, hacia el punto que había indicado. Sentí cómo la
piel cedía levemente bajo la hoja. Apretó con más fuerza mi mano y la movió y giró,
y la punta de la navaja separó la piel. Sentí en mi mano cuando la piel se dividió bajo
la reluciente hoja de acero inoxidable, cuando penetró en él. Hubo un sonido, como si
pudiera oír el desgarro de la piel, o tal vez la electricidad no muerta que guardaba
esta, un siseo o zumbido de un minuto de duración. A continuación deslizó la hoja
por su pecho en un arco superficial, justo como mi herida. Y apartó la navaja de
nuevo. Acabó en un momento.
El corte que se hizo fue más profundo y la sangre empezó a salir.
Yo estaba temblando y gimoteando: «Oh, no, oh, no», y solté la navaja y me
acerqué hacia él como si fuera a poder cerrar ese feo corte con mis manos. La sangre
era negra con la luz de la luna, había tanta, tanta… y era caliente, caliente, y se vertía
por mis manos…
—Bien —dijo. Cogió mis manos ensangrentadas y las volvió hacia mí, las limpió
con mi pobre y otrora blanco camisón con firmeza, contra el contorno de mi cuerpo;
tiró de mis manos hacia él de nuevo, se las restregó por el pecho y las pegó de nuevo
contra mí. Repitió la operación hasta que el camisón se me quedó pegado, empapado,
saturado, como si hubiera estado nadando, salvo que era sangre, no agua.
Yo estaba llorando.
—Shhh —dijo—. Shhh.
—No lo entiendo —dije llorando—. No lo entiendo. Esto no puede sanar.
—Puede —dijo—. Lo está haciendo. Todo está bien. Túmbate boca arriba. Pronto
dormirás.
Me tumbé y pegué la cabeza contra el cabecero. Las lágrimas me caían por las
sienes hasta el pelo. El olor a sangre era denso, pesado y nauseabundo. Vi cómo se
inclinaba inquietantemente hacia mí, sentí cómo se tumbaba a mi lado, con
delicadeza, hasta que nuestras pieles sangrantes se unieron en una, salvo por la fina
capa de algodón entre ambas: hasta que la nueva herida suya presionó la antigua
herida mía. Su pelo rozó mi cara mientras inclinaba la cabeza. Su aliento me movió el
pelo.
—Constantine —grité—, ¿vas a convertirme?
—No —dijo—. No lo haría. Y esto no es eso.
—¿Entonces qué…?
—No hables. No ahora. Después. Podremos hablar después.
—Pero… pero… estoy tan asustada —rogué.
Con la luz de la luna pude ver su silueta con claridad. Levantó la cabeza y arqueó
hacia atrás el cuello para que nuestros cuerpos siguieran tocándose. Vi cómo se
rasgaba el labio superior con los dientes inferiores y el inferior y la lengua con los
superiores. Inclinó su cabeza hacia mí de nuevo y cuando detuvo su boca junto a la
mía, su sangre corrió por mi lengua y descendió por mi garganta.

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Seguía siendo de noche cuando me desperté. Me había puesto de costado (siempre
dormía en posición fetal), pero en esa ocasión estaba mirando a la habitación. Mi
primer pensamiento fue que había tenido un sueño terrible.
Estaba sola en la cama. Me miré. Me toqué con recelo mi camisón blanco. Había
sido un sueño. Lo había imaginado. Lo había imaginado todo. Aunque mi camisón
tenía un tacto raro, como pegajoso, como si lo hubiera llevado demasiado tiempo, a
pesar de haberlo sacado esa misma mañana de la secadora. Pero era blanco. Las
sábanas también.
Sin manchas de sangre.
Lo había imaginado.
Sabía que estaba sentado en la butaca. Tras cuatro noches, había regresado. No
podía mirarlo, aún no, no mientras el sueño pesara tanto en mí, tan
vergonzantemente. Qué sueño tan horrible. Incluso aunque fuera sobre un vampiro.
Al menos él no sabría qué había soñado. Al menos no lo sabría. No tendría que
contárselo. Me incorporé y, cuando lo hice, sentí que algo pesado cambiaba de
posición sobre la ropa de cama.
Mi pequeña y reluciente navaja. La hoja seguía desplegada.
No.
Lo miré. Aunque la butaca estaba envuelta en sombras, lo vi con una extraña
claridad. La piel gris champiñón, el rostro impasible, los ojos verdes, el cabello
oscuro. Sabía que era de noche, lo sentía en mi propia piel, ¿entonces por qué podía
ver como si fuera de día?
Me fijé entonces en que no llevaba camisa.
No.
Yo me había levantado de la cama, dado dos pasos hasta la butaca y colocado mis
manos sobre su pecho sin marcar antes de poder pensar siquiera, de poder decirme a
mí misma que no posara mis manos sobre él como había hecho (¿una hora atrás?,
¿una semana?, ¿un siglo?), con la sangre manando del corte que había hecho con mi
navaja. Toqué su boca, sus labios sin desgarrar.
—Pobre Sunshine —dijo entre mis dedos—. Te dije que no sería fácil. No pensé
en lo difícil que sería para ti.
—¿Entonces? ¿Ha ocurrido? —dije. De repente las rodillas no me sostenían y me
desplomé junto a su butaca. Apoyé la frente en el reposabrazos—. Lo que recuerdo…
pensé que tenía que ser un mal sueño. Un sueño vergonzante.
—¿Vergonzante? —dijo. Se inclinó hacia mí, me cogió de los hombros para
incorporarme, lejos del apoyo de la butaca. Los dos botones superiores de mi camisón
seguían desabrochados, y las esquinas se abrieron cuando me moví. Puso una mano
en mi pecho justo debajo de la clavícula, de manera tal que cubriera el ancho de mi
vieja herida. Dejó la mano allí durante dos respiraciones mías, la apartó y la sostuvo
en lo alto como si fuera a recolectar mis lágrimas; pero yo ya no tenía lágrimas que

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derramar.
—Estás curada —dijo—. No hay vergüenza alguna en la sanación.
Bajé la vista y toqué el lugar que él acababa de tocar. La piel estaba lisa y suave.
Podía verlo perfectamente. También pude ver una fina y pálida cicatriz allí donde la
herida había estado, pero esa era una cicatriz real. La herida había desaparecido y no
se volvería a abrir.
—La sangre —dije—. Toda la sangre.
—Era sangre limpia —dijo—. Era para ti.
Estaba recordando el sueño real que había tenido tras quedarme dormida: el sueño
de la sangre. Luz del día, sol, hierba, árboles, flores, la calidez de la vida, la alegría
de estar viva…
La alegría de estar viva. «Alegría» no era la palabra adecuada. Era más sencillo
que eso, más directo. No existía una palabra que pudiera definir una sensación de
alegría así. Era la sensación en sí. Olores, sonidos, sabores, todas ellas percepciones
tan distintas de nada que conociera en mi vida, tan inequívocas, tan ordenadas, tan…
no contaminadas. El vasto y enorme mundo a mi alrededor parecía de tal manera que
no lo reconocía. Pero la sensación de mi ser era… no cabía pensamiento para
definirlo. Había un lugar donde todas las extrañas y vívidas sensaciones se unían, y
ahí estaba yo. Un yo sentiente, instintivo, receptivo, pero no era yo.
A cuatro patas. La vida que soñé, la vida que había tomado prestada, esa vida que
tan extraña sentía desde el interior, esa vida (supe abruptamente entonces) que me
había sido arrebatada, no era una vida humana. Estaba recordando la vida como si
fuera una criatura. Una, la recordaba como hembra. Comía hierba, olisqueaba la brisa
y escuchaba atenta con las orejas apuntadas. Sentí sus músculos alargados y ágiles, su
pelaje marrón, el olor dulzón a caza impregnado en ella. Corriendo y saltando y
ocultándose en las sombras moteadas. Una cierva.
Busqué el horror de su muerte, el miedo y el dolor, la impotente consciencia de la
inminente oscuridad final. Recordé levantarme con náuseas y mareada pero con una
sensación de tranquilidad narcótica, como después de que el teniente de Bo hubiera
usado el hálito en mí. Busqué algún equivalente en los últimos minutos de mi cierva.
No pude encontrarlo.
—La cierva —dije.
—Sí. No habría sido bueno para ti que recordaras el último día de una mujer
humana.
La risa se me atascó en la garganta.
—No —le respondí con sobriedad—. No habría sido bueno para mí—. Me
encorvé de nuevo, pero esta vez me apoyé contra su pierna, con mi mejilla justo
encima de su rodilla.
—¿Cómo murió? —pregunté adormilada, apoyada contra la pierna de un vampiro
que había curado mi herida envenenada con la muerte de una cierva.
—¿Cómo? —repitió. Se produjo una larga pausa mientras yo recordaba la hierba

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rozando mis patas esbeltas, la manera en que mis cuatro pezuñas se hundían en el
suelo al soportar mi peso mientras corría. Corría con más rapidez y a un ritmo más
constante con aquellas cuatro patas de lo que habría hecho con mis dos pies rígidos y
mis patosas piernas.
Dijo:
—Existen muchos mitos sobre los míos. No es cierto que no podamos
alimentarnos a menos que atormentemos primero. Murió con la muerte que cualquier
buen cazador da a su presa: con un golpe limpio y certero.
—Pero… —dije mientras buscaba la respuesta que quería. Que necesitaba—. Me
lo dijiste. Tiempo atrás. En el lago. Que tenías que pedir. Que no podías tomar…
sangre que no se te hubiera ofrecido. Que ella tuvo que decir «Sí».
Tras un rato dijo:
—Los animales no hacen distinción entre la vida y la muerte como los humanos.
Si un animal es atrapado, por edad, por enfermedad, por algunas criaturas más fuertes
que él, y no puede escapar, acepta la muerte. —Una pausa mayor—. Además… los
de mi especie fueron en su momento humanos. Tal vez no exista una muerte limpia
entre uno de los míos y uno de los tuyos.
Pensé: si eso es cierto, tiene que darse por ambas partes. La muerte del vampiro
con risa de trasgo a mis manos no fue más limpia que la muerte que él estaba
ofreciéndole a esa chica. Me estremecí. Sentí la mano de Constantine en mi nuca.
—Te dije la última vez que Bo y yo escogimos diferentes maneras de ser lo que
somos. La gente que manipula la magia conoce los riesgos de lo que hace. Bo lleva
años y años regocijándose con el tormento que proporciona sabor a sus comidas. El
sabor es real, sí, yo también lo he probado, pero no merece la pena.
Yo estaba mirando al otro lado de la habitación, a un rincón cerca del techo,
donde pendía una de las telarañas ocupadas. Podía ver el diminuto punto que era la
araña, en el centro.
Levanté la cabeza y me volví, me agaché, puse mis manos en sus rodillas y lo
miré a la cara, a los ojos. Lo había mirado fijamente a los ojos aquella noche,
mientras sostenía la navaja, antes de que él hiciera lo que yo era incapaz de hacer. Lo
miré en esos momentos, minuto tras minuto, mientras la noche iba dando paso a la
mañana como había hecho el día en que estuvimos junto al lago, dos meses y una
eternidad atrás, cuando le dije que lo llevaría conmigo, de día, lejos de la trampa que
compartíamos.
—Has usado la sangre de una cierva para ahorrarme la muerte de un humano.
Dijiste que no me convertirías. ¿Por qué no me dices que no te mire a los ojos?
—No te he convertido —respondió—. En tres horas, cuando amanezca,
descubrirás que la luz del sol es tu elemento, como siempre lo ha sido. No creo que
pueda convertírsete. Se te puede matar, como a cualquier humano, como el veneno
que Bo depositó en tu piel habría acabado haciendo, pero no creo que puedas ser
convertida.

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»No hay nada que pueda hacerte ahora mismo con mi mirada, nada más, lo desee
o no. No fui capaz… de darte la sangre limpia de la cierva de una manera limpia.
Cogí y transporté la sangre para ti, para el rito necesario de esta noche, pero no soy
un medio de transporte limpio. Sunshine, tanto tú como yo nos encontramos en un
territorio desconocido para ambos. Estamos unidos ahora, tú conmigo como yo lo
estaba ya contigo, pues he salvado tu vida esta noche como tú salvaste mi existencia
dos meses atrás.
—Creo que dos meses atrás quedamos empatados —dije, esforzándome. Me
cogió las manos de las rodillas y las sostuvo entre las suyas.
—Aquello que nos une no lo juzgó así, la balanza no estaba equilibrada. Creo que
ahora empezarás a leer esas líneas de… poder, gobernanza, brujería, como yo puedo
leerlas. Eso se debe a lo que ha ocurrido entre nosotros esta noche. La hija de Onyx
Blaise, la hija que hizo lo que hizo la segunda mañana en el lago, siempre ha tenido
esa habilidad. Ahora debes aprender a usarla. Aquello que nos une considera que yo
quedé unido a ti por lo que ocurrió dos meses atrás. No habría venido a ti si tú no me
hubieras llamado, pero como lo hiciste tuve que venir. Ahora tú también estás unida a
mí. No lo he hecho de manera deliberada; para salvarte la vida, era la única opción
que tenía, y me vi impelido a intentarlo.
»Cuando vine a ti cuatro noches atrás, no sabía de la herida. Estaba pensando
únicamente en cómo podía convencerte para que lucharas conmigo. Que pudiera
lograrlo no parecía probable, aunque me estuvieras llamando para pedirme ayuda.
Vine aquí esa noche pensando qué podría darte para ayudarte en esa batalla, si tú
aceptabas. Habría requerido de un vínculo mayor entre nosotros, pero nada como…
»No sé qué te he dado esta noche. —Otro silencio. Añadió—: No sé qué me has
dado a mí.
Un silencio más largo.
—Bueno —dije temblorosa mientras me aferraba a sus manos—. Creo que puedo
ver en la oscuridad.

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Tercera parte

Así que, bueno, podría decirse que nada podría ser peor (casi como estar muerta o no
muerta) que aquellas primeras semanas tras la noche en que fui al lago y me topé de
cerca con unos vampiros. Habría dicho que estar paralizada del cuello para abajo o
tener un tumor cerebral inoperable sería peor. No mucho más. Eso tan solo pone de
relieve lo limitada que puede ser la imaginación humana.
Las primeras semanas después de que Con sanara mi herida fueron peores.
Es curioso, porque había pensado, tras aquellos dos primeros meses tras las
noches en el lago, que la gran crisis versaba sobre quién era o en quién me había
convertido o qué terrible cosa me ocurría (que estaba a punto de empeorar) y por qué
todo había cambiado como resultado de aquello. Pero seguía resistiéndome a la idea
de que todo había cambiado.
Haber matado al vampiro con risa de trasgo con un cuchillo de mesa debería
haberme sacado de tal fantasía en caso de que el truco de sombrilla para el
chupasangres no lo hubiera hecho ya, pero estaba demasiado ocupada sintiéndome
asqueada por aquella terrible última experiencia como para pensar en posibles
implicaciones filosóficas. Lo que la pequeña conversación que había tenido con Pat y
Jesse me había revelado había hecho mucho mal en mi cabeza, y las noticias de que
los chupasangres iban a conquistar el mundo en el próximo siglo no habían hecho
sino empeorarlo. Me sentía como una tortita en manos de un cocinero loco. Pero,
cuando tu vida se ha estrellado cual pelota de squash, no tienes margen para pensar
en qué ocurre después. Cuando estás dando de comer al segundo autobús de turistas
de ese día no puedes pensar en la fiesta de cumpleaños para cincuenta de la semana
siguiente. Tal vez debieras, pero no lo haces. Con el ahora es más que suficiente.
Antes de la noche de desintoxicación con Con aún pensaba que podría negarme a
seguir adelante, que podría meter la cabeza bajo tierra de nuevo. Eh, no iba a estar
por aquí dentro de cien años (a menos que me pusiera a usar la magia sin parar, algo
que no quería hacer, ¿no?). Eso era exactamente lo que no quería estar haciendo; lo
de que la manipulación de magia extendía tu promedio de vida era una leyenda, así
que ¿a mí qué me importaba?
Uno puede llegar a ser un memo egoísta y repugnante cuando está lo
suficientemente asustado. Y yo lo estaba.
Claro que yo había tenido esa herida supurante en mi pecho, había tenido esas
pesadillas, y lo había pasado muy mal por evitar pensar en lo que todo aquello
significaba, lo que había ocurrido en el lago. Pero aun así seguía obstinada en fingir
que solo había tenido muy muy mala suerte, y que el hecho de que hubiera
sobrevivido no era… irremediable. Mi abuela me había enseñado a transmutar cosas
quince años atrás, y no lo había vuelto a hacer. Tal vez pasarían otros quince años

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antes de que lo usara de nuevo. Tal vez treinta en esta ocasión. ¿Y a quién le importa
un vampiro más o menos?
Y lo que había pasado con el cuchillo de mesa se había debido a que el de la risa
nerviosa había sido quien me había cortado, envenenado. Había sido algo fortuito.
Había una respuesta a ello en alguna parte: no era yo, no era mi herencia genética
deformada y echada a perder.
Y si había librado al mundo de un chupasangres, y de manera accidental había
salvado a otro, entonces mi efecto final sobre la población vampírica era cero, nada,
invisible. Que era exactamente el perfil bajo que yo había escogido.
Me dije a mí misma que siempre había sido la hija de mi padre. Estaba
viéndomelas con algo que había estado allí todo el tiempo.
Pero también estaba afrontando cosas que no habían estado ahí.
Poder ver en la oscuridad suena genial. Nada de volver a tropezarse con el marco
de la puerta del baño cuando vas a hacer pis a medianoche. Pero no es así de simple.
Los ojos humanos no ven en la oscuridad. Carecen de lo que quiera que sea necesario
para ello. Por tanto, estás haciendo algo que no es humano. No es como si se hubiera
despertado en ti un talento latente, como alguien que averigua que tiene un don para
tocar música jazz al piano tras una vida previamente dedicada a Bach. Eso tal vez sea
extraño, pero entra dentro de los límites humanos. Ver en la oscuridad, no. Y todos lo
sabemos. Eso no significa que sepa cómo explicarlo; pero creedme, puedo describir
la diferencia entre ver porque hay luz suficiente y «ver» porque algo extraño y
vampírico está ocurriendo en mi cerebro, que opta por fingir que está sucediendo en
mis ojos porque ese es el equivalente más cercano. Como si algún humano hubiera
tenido una herida envenenada y hubiera sanado por algún extraño y recíproco
intercambio con el ave fénix y luego pudiera volar, aparentemente con la mera
agitación de sus brazos.
(He de recordaros que nadie ha visto un ave fénix en más de mil años, y nunca
han sido muy dados a hacer intercambios buenos con los humanos. Más bien lo
contrario. Muy en la línea de los vampiros, supongo. Salvo que mucha gente cree que
el ave fénix es un mito, y no tantos son lo suficientemente estúpidos como para
pensar que los vampiros también lo son. Creo que el ave fénix tiene una posibilidad
de al menos el cincuenta por ciento de ser real, porque es desagradable. Lo que este
mundo no tiene es la magia tipo «Los tres deseos», «Ve al baile y conoce a tu
príncipe» y «Fueron felices y comieron perdices». Solo tenemos magia maligna y
destructora. ¿Quién inventó este sistema?).
Veía en la oscuridad bastante bien. Pensé, ¿Quiero ver cómo se me acerca Bo?
Oh, sí, y ver en la oscuridad no significa solamente cuando el sol se pone.
Significa también que ves entre las sombras que se proyectan con la luz del día. No
será de mucha importancia para un vampiro, claro, pero a mí me tenía acongojada.
Hasta un cuchillo de mesa normal y corriente proyecta una sombra (aunque no
necesitaba ningún recordatorio de que los cuchillos de mesa jamás volverían a ser

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normales y corrientes para mí).
Ver a través de las sombras te desequilibra. La percepción de la profundidad
cambia, es como intentar ver con las gafas de otro. Todo tiene extraños bordes
oscuros y claros, y en ocasiones esos mismos bordes tienen extremos rojos como
hilos. Esa distorsión nueva se aplica a todo, incluidas tus propias manos, tu cuerpo,
los rostros y cuerpos de la gente a la que quieres y en quien confías. Oh, la única vez
que se va es cuando te miras en un espejo. O al menos en mi caso. Por si necesitara
que me recordaran que lo había obtenido de un vampiro. Gracias.
Odiaba tanto ver ahora con más facilidad en la oscuridad que con la luz. En la
oscuridad todo cobraba sentido. Lo odiaba.
Los primeros diez días estaba tan torpe que Charlie hizo otro de sus numeritos de
meterse-en-el-obrador-y-cerrar-la-puerta. Vaya, dos veces en dos semanas: debía de
estar realmente preocupado. Echó a andar de un lado a otro del obrador durante un
minuto como si estuviera pensando qué decir. Pero yo sabía la verdad: lo tiene todo
más que pensado de antemano. Cuando aún vivía con mamá, observaba a Charlie,
deambulando fingidamente distraído por la casa, pensando en qué le iba a decir a
alguien, qué podrían responderle. Lo piensa mientras camina y lo dice mientras
camina. Lo hacía mucho cuando el ayuntamiento estaba intentando mejorar el barrio.
Los medios, que adoraban una buena historia y para los que la verdad no era algo
necesario, presentaron la cafetería de Charlie como el epicentro de la campaña
vecinal para seguir tal como éramos: un barrio obrero de mala muerte. Eso no era del
todo falso. Ahí fue cuando la cafetería de Charlie se situó en el mapa de Nueva
Arcadia y no solo en el del casco antiguo, y uno de los resultados de aquello fue que
Charlie pudo permitirse construir el obrador. (He de decir que también deambuló
mucho de un lado para otro cuando mi madre y yo tuvimos nuestras peores peloteras.
Quizá esos periodos se solaparan. Kenny y Billy probablemente estén marcados de
por vida).
Pero tenerlo así de nuevo en un modo que me resultaba tan familiar me hizo sentir
mal. Ya no vivía con él, pero tenía la impresión de que no deambulaba tanto como lo
había hecho entonces: que ya casi tenía pensado cómo decir el tipo de cosas que tenía
que decir como Charlie, el dueño de la cafetería.
Supongo que una repostera manipuladora de magia con cierta afinidad con los
vampiros es un problema inusual en una cafetería. Tal vez el factor de la mala uva
fuera una trivialidad.
—Has estado teniendo algún que otro problema últimamente —dijo con
delicadeza, dirigiéndose a uno de los hornos.
—Ese horno funciona bien —dije, pensando: Si vas a mangonearme, puedes
hacerlo.
Se dio la vuelta.
—Lo siento. Nosotros… La cafetería ha pasado por momentos difíciles, pero…
que los de las FEAO estén interesados en uno de mis trabajadores es algo nuevo para

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mí.
Me abstuve de señalar que nuestros clientes habituales de las FEAO siempre
habían estado pendientes de mí. Yo había creído que se debía a que era la que oía sus
historias, pero resulta, ahora lo sé, que era porque recordaban a mi padre, incluso
aunque Charlie (y por tanto, mi madre y yo) no.
—Sí —dije—. Es abrumador. He estado pensando, vale, mi padre siempre ha sido
mi padre, pero eso no ayuda. Podría haber seguido perfectamente sin saber lo que eso
significaba.
Charlie vaciló.
—Bueno… lo dudo, Sunshine. Si solo mantuvieras el café caliente, quizá. Pero
alguien que puede… —Su voz se apagó—. ¿Has hablado con Sadie de esto?
Negué con la cabeza. ¿Me había partido en dos a mí misma con un cuchillo
afilado? No.
—Ya sabes cómo es Sadie, mejor que nadie. Has heredado sus agallas y su
tenacidad.
La gran diferencia entre mi madre y yo (además de que ella es totalmente normal
y yo soy un bicho raro que manipula magia) es que ella es auténtica, sin trampa ni
cartón. Tal vez tenga un leve problema con eso de aceptar los puntos de vista de los
demás, pero es honesta al respecto. Es una cabrona inflexible porque cree que ella lo
sabe todo mejor que nadie. Yo soy una cabrona inflexible porque no quiero que nadie
se acerque lo suficiente a mí para descubrir el manojo de nervios que en realidad soy.
—Y su mal carácter —añadí.
Charlie sonrió.
—Conocía bien a tu padre. ¿Sabes que le quería? De veras que sí. Aún lo hace, en
lo más profundo de su corazón. Oh, ella me quiere, no te preocupes. Y somos felices
juntos, eso es lo que importa. Es feliz llevando la parte administrativa de la cafetería.
Y haciendo jirones a pedorros engreídos, pensé. Pero a falta de un oponente real,
le valía cualquiera.
—Tuvo muchos momentos de felicidad, de euforia, con tu padre, especialmente al
principio. Pero ella no podía vivir en ese mundo. En el mío sí.
»Creo que el motivo por el que tu madre abandonó el mundo de tu padre cuando
lo hizo y que te llevara consigo fue porque sabía lo que eres. Creo que sabía que ibas
a ser alguien inusual. Creo que confiaba en que lo que te había dado, tanto por ser tu
madre como criándote en un lugar como esta cafetería, sería suficiente. Pero no. Todo
se vino al traste cuando lo que tu padre te dio empezó a manifestarse.
Ya había descartado que mi madre hubiera incluido a Charlie en la Patrulla Anti
Cruces Nocivos, así que lo que yo era en la versión de los acontecimientos de Charlie
no incluía la posibilidad de una mácula demoniaca. En conjunto me pareció que mi
versión era más verosímil que la de Charlie. Probablemente porque era más
deprimente.
Caminé, como habría hecho Charlie, hasta la banqueta, y me senté. Me miré las

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manos, que tenían un curioso contorno rojo. Pensé en mi cruce de genes. Apoyé la
cabeza en mis manos y cerré los ojos.
—¿En qué piensas, Sunshine? —preguntó él—. ¿Va a acabar?
—No lo sé —dije—. Charlie, no lo sé.

Agosto fue menos letal de lo habitual en cuanto a las temperaturas (lo que entre otras
cosas significaba que no había tenido que rogar a Paulie para que no dimitiera) si bien
no en cuanto al número de autobuses de Senderismo Terrestre, y posiblemente, como
todo el calor que agosto no había usado tenía que ir a parar a algún sitio, nos metimos
de cabeza en el veranillo de septiembre, sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar
los doscientos blinks de la banca. Así que saqué todas mis camisetas de tirantes con
la mínima cantidad de tela y me las puse. La cicatriz se veía, pero la piel estaba lisa y
suave, no en relieve, y la línea blanquecina parecía extrañamente antigua y con ese
aspecto como de desgastada que en ocasiones tienen algunas cicatrices.
Seguía teniendo problemas con la idea de que lo que había acontecido esa noche
contara como sanación, pero fuera lo que fuera, había funcionado.
Empecé a ir mucho a casa de Mel. Él estaba contento de tenerme cerca, y también
de haber dejado de discutir conmigo para que fuera a ver a otro médico. No sabía lo
de Con, claro, pero sabía bastante, demasiado quizá, de los acontecimientos recientes.
Creería que necesitaba tranquilidad sin saber que lo yo necesitaba en realidad era
sentirme… humana.
Es una estupidez, sí, pero también descubrí que en cierto modo lo consideraba el
único humano de la cafetería de Charlie que podría detenerme a tiempo en caso de
que mis genes erróneos hicieran repentino acto de presencia, agarrara la máquina de
machacar cerezas y fuera a por el cuerpo cálido más cercano. Que me ahogaría con
gran eficacia en una cuba de salsa para pasta mientras todos a nuestro alrededor nos
miraran boquiabiertos y dijeran: «¿A quién vamos a encontrar para que se ocupe del
obrador en tan poco tiempo?».
Eso era aún peor durante las noches de pelis de los lunes. La sala de estar de los
Seddon jamás antes me había parecido tan pequeña, o tan llena de endebles y
vulnerables cuerpos humanos. Si a Mel no le apetecía ir, yo tampoco iba.
Como fantasía romántica no creo que vaya a entrar en el top diez (la mayoría de
las mujeres que languidecen por la presencia de sus amados no se preocupan por la
necesidad acuciante de que desbaraten sus tendencias homicidas), pero sí que me
sentía un poco más segura con Mel cerca.
Quizá ni yo me lo creyera del todo. Simplemente no quería dejarle. Era cálido,
respiraba, y tenía un corazón que latía.
Humano. Sí. No había estado dispuesta a ver a un médico especialista humano,
algo que Mel me había pedido en repetidas ocasiones. No. Le había pedido ayuda a
un vampiro. Y la había aceptado al momento cuando este me la había ofrecido.

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Mel debía de haberse preguntado qué le había pasado a la herida de mi pecho.
Pero no dijo nada. Era muy bueno en eso de no decir las cosas. Había sido a partir de
la noche del cuchillo de mesa que yo me había empezado a preguntar si su silencio
era por mi bien o el suyo.
Y si era por su bien… No. Necesitaba que se mantuviera firme, seguro. Lo
necesitaba demasiado. Demasiado como para preguntarme por el número de tatuajes
vivos que tenía. Incluso para un rudo motero.
Otra de las cosas en las que no había pensado era que siempre que íbamos juntos
a casa era a su casa. Él había estado solamente unas cuantas veces en la mía. Si
pasábamos la tarde juntos, o íbamos a hacer senderismo, siempre volvíamos a su
casa. Si pasábamos la noche juntos y decidíamos salir, íbamos a donde él quería ir
porque no había ningún sitio al que yo quisiera ir. Conocía a sus amigos. Él no
conocía a los míos. Las protecciones de su casa habían sido dispuestas para que me
reconocieran. Las de la mía, no.
Yo no tenía amigos. Tenía la cafetería. Algunos bibliotecarios (principalmente
Aimil, que había sido clienta de Charlie toda la vida) era lo máximo que había tenido
por amigos.
Es verdad que si trabajas en un negocio familiar como una cafetería, no tienes
vida. Pero esa es una verdad a medias. Mel tenía una vida.
Ya os dije antes que Mel había sido un poco delincuente en sus años mozos,
aunque nadie parecía saber con certeza cuánto, o tal vez sus servicios prestados
durante las guerras habían ayudado a borrar sus antecedentes. No era mayor, pero
había tenido tiempo suficiente para equivocarse y cambiar de opinión. Debió de ver
ciertas señales que le indicaron que no iba por el buen camino. Algunos de sus
tatuajes eran para cosas de lo más extrañas. De algunos de ellos desconocía su
propósito porque cuando le había preguntado había dicho «Mmm» y no había
articulado palabra.
Cualquiera que pasara mucho tiempo rodeado de motocicletas tendría al menos
un par de protecciones para no chocarse con metales voladores ni precipitarse contra
árboles a gran velocidad, o bien tatuadas en la piel o en una cadena para el cuello o
un bolsillo secreto en el cinturón o en la suela de las botas de motero. Él tenía de
esas. Pero también tenía un amuleto para ver las cosas con claridad que no había
reconocido cuando lo había visto por vez primera. Vale, es algo útil para alguien que
ha estado al otro lado de la ley (o al otro lado del campo de batalla) y necesita estar
atento ante posibles problemas, pero la de Mel no era la protección convencional de
bloqueo y advertencia que la mayoría de los delincuentes tenían.
(A veces podías llegar a identificar al tipo de malhechor con el que te las estabas
viendo por el simple hecho de ver, o no, su protección. Los estafadores, como es de
esperar, las tienen bien ocultas: no serviría tenerlas colgando de un brazalete o
tatuadas en la muñeca, justo delante de a quien quieres timar. Un par de amigos del
club motero de Mel que también habían cambiado de bando las llevaban en el dorso

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de las manos para que el tipo a punto de ser golpeado las viera en el puño que se
blandía delante de su nariz).
Da igual. La cuestión es que Mel seguía comprando y vendiendo motos. Seguía
tomándose cervezas con sus colegas en el Nighthouse o en el Jug. Las mujeres y las
novias formales (muy ocasionalmente los novios) eran bienvenidas si a ellas les
apetecía (mejor aún, se esperaba que habláramos. Obviamente, preferían que
habláramos de la resistencia de los pistones y de mezclas de ignición, pero no se
podía tener todo). Había comprado una casa en lo que había sido Chesterfield pero
que ahora se llamaba Whiteout, la zona más golpeada por las guerras de toda Nueva
Arcadia, la había limpiado y protegido, y poco a poco estaba convirtiéndola en algo
que hasta mi madre reconocería como habitable (aunque le entrarían convulsiones si
viera el taller de motos en lo que había sido la planta baja). Le gustaba cocinar y la
cafetería, pero su vida era más que eso.
En parte me sentía como si debiera pedirle prestado su manual de supervivencia.
Tal vez el problema residiera en que los primeros capítulos de este versaban sobre
escapar de casa a los catorce y mentir sobre tu edad, y a continuación ser un
delincuente motero durante unos años antes de decidir que el hecho de que siempre
acabes friendo salchichas para todo el mundo tal vez sea una señal para cambiar de
vida y con mejores opciones de jubilación, algo que cinco años de guerras le habían
dado muchísimo tiempo para considerar.
Mel habría entendido por qué había conducido hasta el lago esa noche. Estoy
segura de que así era. Me habría gustado oírselo decir. Pero no quería contárselo.
Porque no podía, no podía, contarle lo que había ocurrido después.
Pero no hace falta hablar cuando estás haciendo el amor, y los cuerpos tienen su
propio lenguaje. Y no tienes que usar los ojos demasiado. Hay otras cosas en marcha.
Mientras tanto, yo aún tenía problemas para ajustar distancias y poder agarrar los
extremos del papel de horno y las bandejas de muffins o los mangos de las cucharas, y
se me caían cuando había conseguido agarrarlos, y me chocaba con las puertas con
demasiada frecuencia en vez de cruzarlas. Al menos me sabía de memoria las recetas
y no tenía que leer las etiquetas ni identificar las rayas de los medidores. Tampoco
había perdido la percepción de cuándo una masa estaba bien, o qué hacer si no era el
caso.
Podía contarles a Jesse y Pat lo de que veía en la oscuridad y dejar que ellos me
dijeran qué hacer al respecto. O con ello. Mis nuevos talentos dejaban mancos los
«Usos inusuales de un cuchillo de mesa». Y tal vez si se lo contara, me sentiría capaz
de contárselo a la gente de la cafetería.
Nadie tenía que saber nada de por qué ahora podía ver en la oscuridad. Incluida la
oscuridad del día.
Un día, cuando Pat y John vinieron a por unos rollos de canela recién salidos del
horno a eso de las seis y treinta y dos, yo misma los puse en un plato y se los llevé
mientras Liz aún estaba bostezando encima de la cafetera.

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—¿Tenéis un momento libre? —dije intentando sonar despreocupada. Los dos se
revolvieron en su asiento, intentando no parecer perros de caza. No hay mucha gente,
ni siquiera en la cafetería de Charlie, que esté en su mejor momento a esas horas,
pero es mejor andarse con cuidado. Y la señora Bialosky estaba allí, fingiendo leer el
periódico mientras aguardaba a que uno de sus cómplices apareciera para presentarle
algún informe clandestino.
—Por ti lo que sea, Sunshine —contestó Pat.
—Salgo a las dos —añadí.
—Pásate por el trabajo —dijo Pat—. Hay dos mostradores en la entrada, ¿sí? Ve
directa al de la derecha y di que Pat te está esperando; te dejarán entrar.
Asentí.

Había una mujer joven en el mostrador con placa y uniforme y una mirada aguda que
parecía dejar entrever que un rango debería acompañar a su nombre en la placa, pero
¿yo qué sabía? Pulsó dos botones, uno que abrió la puerta interna y otro que,
presumiblemente, avisó a Pat, porque este vino a recibirme antes de que yo apenas
hubiera avanzado por el pasillo por el que Mel debía de haberme sacado la última
noche de la existencia del risitas sobre la faz de la Tierra, pero era tan impersonal que
yo estaba dispuesta a creer que había cruzado uno de esos umbrales interespaciales y
estaba en esos momentos en Marte. Si era así, Pat estaba también conmigo. Así que
tal vez hubiéramos estado en Marte aquella noche también.
—¿Y si otra persona hubiera aparecido primero y hubiera dicho que le estabais
esperando? —pregunté.
—Les he dicho que eras una chica muy delgada, de estatura media y pelo extraño
porque acabarías de soltártelo tras toda la mañana trabajando con él recogido en un
restaurante y que no te lo peinas nunca, de ahí tu aspecto fiero —dijo Pat—. En
ningún momento he corrido peligro alguno.
—¿Fiero? —dije. También pensé, ¿muy delgada?, pero tenía mi orgullo. Lo de mi
pelo es cierto.
—Sí. Fiero. Por aquí. —Abrió una puerta y me invitó a entrar. Supuse que sería el
despacho de Pat. La silla tras el escritorio estaba vacía, pero parecía que acababan de
echarla hacia atrás. Jesse estaba sentado en una silla a un lado del escritorio—. Hay
alguien a quien quiero que conozcas —dijo Pat mientras asentía a la otra persona en
la habitación, que se levantó de su silla y dijo con una voz más bien afectada:
—Hola.
Aimil.
La miré y ella me miró. Con mi nueva visión, las cuencas de sus profundos ojos y
las oquedades de sus pómulos adquirieron una periferia oscura y brillante.
—Vale —dije con intención de no perder la calma a menos que fuera totalmente
necesario—. ¿Qué estás haciendo aquí?

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—¿Un té? —preguntó Pat como si nada.
—Primero decidme qué está haciendo Aimil aquí —dije.
—Bueno, estamos poniendo todas nuestras cartas sobre la mesa —dijo Pat con su
tono carente de expresión—. Lo estamos haciendo desde ayer por la noche. Así que
es hora de que sepas que Aimil es de los nuestros.
—De los vuestros —dije—. FEAO. Y yo que pensaba que era bibliotecaria.
—Agente infiltrado —dijo Jesse.
—A tiempo parcial —añadió Pat.
—Soy bibliotecaria —dijo Aimil—. Pero… a veces… soy una bibliotecaria que
trabaja para las FEAO también.
Medité sobre lo que acababa de descubrir. Conocía a Aimil desde que yo tenía
siete años y ella nueve. Su familia había ido a desayunar los domingos a la cafetería
de Charlie casi todas las semanas durante años, y ya eran clientes habituales cuando
mi madre empezó a trabajar como camarera y yo empecé a pasar tiempo allí. Fue uno
de los rostros que reconocí en mi nuevo colegio. Había perdido medio año por mi
enfermedad y luego mi madre me metió mucha caña durante el segundo semestre del
año para que no repitiera curso al año siguiente. (Sí, caña. Segundo es muy duro
cuando tienes siete u ocho años). Ahora que lo pienso, creo que ahí fue cuando la
cafetería de Charlie se convirtió en toda mi vida: no tuve tiempo para hacer amigos
los seis meses que estuve empollando. Los únicos niños a los que conocía eran los
que iban a la cafetería, y tampoco es que conociera a muchos porque no se me
permitía molestar a los clientes. Pero Aimil preguntaba por mí cuando iba, así que me
dejaron hablar con ella. Me hablaba porque yo le daba pena: era delgaducha y
pequeña y durante aquel semestre parecía constantemente alicaída, y siempre estaba
haciendo deberes. No recuerdo cómo empezó. Tal vez me viera sentada en la barra
estudiando, algo que solo podía hacer cuando la cafetería no estaba muy llena.
Habíamos conseguido seguir siendo amigas fuera del colegio, aunque dentro no
tanto: dos años de diferencia es como el Gran Cañón cuando eres un crío. Se había
ido a la facultad de Biblioteconomía en mi penúltimo año de instituto y había hecho
prácticas en la biblioteca del centro el año después de que yo empezara a trabajar a
jornada completa en la cafetería, y solíamos juntarnos para quejarnos de lo duro que
era ganarse la vida. Dos años después le dieron el trabajo para la filial de la biblioteca
más cercana a la cafetería de Charlie. En ocasiones seguía desayunando allí con sus
padres los domingos.
—¿Cuándo te convertirse en FEAO, ya sea de incógnito, a tiempo parcial o
colgándote boca abajo de un trapecio? —pregunté. No en un tono amigable. No me
salió.
—Hace veinte meses —respondió rápidamente.
Me relajé. Ligeramente.
—Vale. ¿Por qué?
Aimil suspiró.

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—En ese momento me pareció una buena idea. —Miró a Pat y a Jesse. Yo
también los miré. Si seguían con esa expresión tan poco beligerante y blanda iban a
acabar disolviéndose en pequeños charcos.
Aimil me volvió a mirar.
—Esto no va a gustarte —dijo.
—Lo sé —le respondí.
—Las FEAO supervisan la utilización de la Globalnet para ver a quiénes les gusta
mucho leer sobre los Otros —dijo Aimil—. Así me encontraron. Llevan un listado de
todo aquel que se suscribe a la Línea Oscura—. Lo que nos incluía a ella y a mí. En
teoría cualquier línea potente del mundo cósmico te permite buscar lo que quieras en
la Globalnet, y los parámetros solo los determina el importe de tu suscripción y el
peso de la línea. Pero en la práctica es algo un poco más específico. La Línea Oscura
es lo que vas a escoger si estás interesado fundamentalmente en buscar las últimas
noticias sobre los Otros en la Globalnet sin tener que ir a una tienda oscura o a la
biblioteca, o utilizar cualquier otro enlace público.
Si alguna vez hubiera pensado en algo que no fuera mi obrador, habría sabido que
las FEAO tenían que hacer cosas como controlar la Línea Oscura. Lo que significaba
que sabrían que yo la usaba. Y eso, unido a lo de mi padre, era suficiente para
interesarse por mí.
Si alguna vez hubiera pensado en ello, que no había sido así. Vivía en mi pequeño
y propio mundo. Había sido la alumna estrella en la clase de literatura vampírica de la
señorita June Yanovsky. Pero esa era la cuestión. Los Otros seguían siendo algo que
ocurría entre las tapas de libros como Cuentos de vampiros y otros escalofriantes
temas. Lo que les oía de refilón a los FEAO en la cafetería de Charlie eran historias
de vivos. Sí que aparecían tipos secos, pero nadie que yo conociera. Los vampiros
estaban ahí fuera, pero no cerca de mí.
Hasta hacía poco.
—Ya te habíamos encontrado, claro —dijo Pat—, por tu padre.
—Sí —le dije yo—. Podrías parar de recordármelo. No pasa nada raro con tu
padre, ¿verdad? —le pregunté a Aimil.
Aimil se rio de una manera un tanto amarga y agachó la cabeza. Cuando el
flequillo le cayó por la frente dejó intermitentes marcas de caoba en su piel.
Parpadeé.
—No que yo sepa. Y lo mismo con mi madre. Por eso fue un shock para ellos
cuando me empezaron a salir dos dentaduras, una dentro de la otra. Por suerte mi
madre tiene un primo que es dentista. Un dentista discreto. Y que estaba atemorizado
ante la posibilidad de que hubiera algo malo en su sangre. Afortunadamente mi
segunda dentadura no era de las que seguían creciendo, aunque tenía una forma
curiosa. Una vez salieron se quedaron así. Y el primo de mi madre no tiene nada que
ver con nuestra rama de la familia. Pero no estoy inscrita. ¿Recuerdas a Azar?
Ya estaba acordándome de él.

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Era un año mayor que yo y tenía uno menos que Aimil. En mi primer año de
instituto él era el único estudiante de segundo que estaba en el equipo universitario de
fútbol. Eso fue antes de que su mandíbula inferior empezara a ensancharse para dar
cabida a los increíbles colmillos que comenzaron a crecerle al mismo tiempo. Le
sacaron los colmillos, pero no se le podía hacer demasiada cirugía reconstructiva
hasta que la mandíbula dejara de expandirse. Tras la primera operación, su familia se
marchó de la ciudad para que pudiera estudiar en un lugar donde nadie lo conociera.
Eso fue después de que fuera inscrito. Y después de que nuestro instituto le retirara
todos los premios deportivos que había ganado porque era un parcial y había tenido
por ello una ventaja sobre el resto. Una estupidez. Y además era un chico muy majo.
No era estúpido ni un matón.
—Es una situación interesante —interrumpió Pat—, porque uno de los objetivos
oficiales de las FEAO es encontrar a parciales sin inscribir, inscribirlos y multarlos, si
no detenerlos y meterlos en la cárcel, que en ocasiones también ocurre. Uno de los
objetivos extraoficiales de las FEAO es encontrar ciertos tipos de parciales no
registrados, protegerlos para que no sean descubiertos y convencerlos de que trabajen
para nosotros. Nos gustan mucho los bibliotecarios. Por lo general tienen una mente
organizada.
—Los bibliotecarios parciales probablemente sean muy fáciles de encontrar —
dijo Aimil—. Seremos los que pertenezcan a la Vigilancia y Protección anti-Otros. —
Son los dos buscadores más importantes de información sobre los Otros en la
Globalnet, exclusivos para la Línea Oscura. Por una modesta cuota extra puedes
descargarte también millones de millones de gigabytes semanales y experimentar una
parálisis por agotamiento mental, a menos que seas un miembro aleccionado de las
FEAO o un bibliotecario o documentalista, o un académico con cara de pasa arrugada
y tengas la capacidad propia de un ciborg para asimilar información a gran velocidad.
Yo no la tenía. Además, siempre había sentido predilección por la ficción. Puesto que
ahora parecía estar viviendo en ella, había resultado ser una elección totalmente
razonable—. Me pasaba algunas horas siguiendo ciertos posts y… bueno… siguiendo
mi instinto.
—Contactamos con ella porque los filtros que había colocado en las contraseñas
de su subscripción parecían traerle un tráfico considerablemente alto de material
escrito por los Otros o por parciales, no solo acerca de ellos. Así que hablamos con
ella y cuando se hubo calmado un poco…
—¿Alguien se volvió azul para ti? —pregunté.
Aimil sonrió.
—Sí.
—Descubrimos que ese instinto suyo a menudo le decía cuándo algún Otro había
puesto literalmente sus dedos en el teclado, y en ocasiones ha resultado de lo más útil
—dijo Jesse.
—Especialmente cuando pilla a un chupasangres —dijo Pat.

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Todos vieron cómo me tensaba.
—Eh —dijo Pat—. Ese es el motivo de todo esto, ¿recuerdas? Atrapar vampiros.
Asentí, completamente rígida. El abismo (o debería decir abismos) de mi vida
cada vez se volvía más profundo y ancho. Conseguí contenerme y no tocarme la fina
cicatriz blanca del pecho. Si alguna de esas personas se había percatado de que me
había tirado todo el abrasador verano con camisetas de cuello alto, no lo habían
mencionado, así como tampoco que de repente había dejado de llevarlas ahora que
hacía un otoño bastante cálido.
—Es solo que… no me gusta hablar de vampiros —dije, tras un instante. Si una
quinta parte de la riqueza del mundo (o posiblemente más) estaba en manos de los
vampiros, estaba claro que había muchos allí fuera con no solo un equipo básico de
comunicaciones para manejar sus abultadas cuentas bancarias, sino también
monstruosas redes de comunicación que implicaban que probablemente ya ni
repararan en que no podían salir al exterior durante el día. Muchos técnicos
informáticos humanos tampoco salían al exterior de día. Pero las redes también
incluían chats en la Globalnet. Y algunos de los vampiros sin duda se divertían
conversando con humanos.
Lo sabía. Pero esos vampiros eran como hombres del saco sin rostro y las FEAO
existían para encargarse de ellos. ¿Qué estaba haciendo yo en un despacho de las
FEAO?
Parciales socializando, supongo. ¿Y si les decía que no sabía si yo era parte de ese
diez por ciento lúcido? Me estremecí.
¿Tenía Bo una línea colectiva en la Globalnet? Era un amo vampiro. Por supuesto
que la tenía.
¿La tenía Con?
Me estremecí. Más notoriamente.
—Sunshine, lo siento —dijo Aimil—. Sé que no vale de mucho, pero a veces
cuando estoy rastreando algo, incluso ese mero contacto, a pesar de los kilómetros y
kilómetros de éter, me provoca náuseas. No puedo ni imaginarme cómo tiene que ser
para ti.
Cierto.
—Bueno, qué hay de ese té —dijo Pat.
—Aún no me has dicho por qué estás aquí, hoy, ahora, en este momento, en el
despacho de Pat —le dije a Aimil.
Negó con la cabeza.
—Casualidad, supongo. Vine esta tarde para presentar mi informe y Pat me trajo
aquí, me dijo que estaba a punto de venir una vieja amiga que era una nueva
adquisición y que quizá pudiera convencerla de que tener algo que ver con las FEAO
no significa que de manera automática vayas a perder tu interés en leer ficción ni que
te levantes un día con la acuciante necesidad de vestir de caqui y empezar a
coleccionar armas de fuego.

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Pat, que llevaba unos pantalones azul marino y una camisa blanca, dijo:
—Oye.
—El azul marino y el blanco también son caqui —dijo Aimil con firmeza—. Pero
Rae, no supe que se trataba de ti hasta que cruzaste la puerta.
—¿Entonces por qué estás diciendo que sientes lo que me está pasando? ¿Qué
sabes de ello?
Aimil me miró, visiblemente desconcertada.
—¿Que qué sé de ello? Desde la otra noche, todo el casco antiguo sabe que has
tenido un problema con los chupasangres, esos dos días que estuviste desaparecida
durante la pasada primavera, y muchos de nosotros ya habíamos estado haciendo
nuestras cábalas. ¿Qué más podría haber sido?
Cierto. ¿Qué más podría haber sido?
—Podría haber sido un demonio solitario —respondí con obstinación.
Aimil suspiró.
—No es muy probable. Muchos parciales pueden distinguir a otros, ¿verdad? Yo
no tengo el don de Pat para eso. Pero un demonio purasangre… si hubieras sido
retenida por uno de ellos, yo lo habría sabido. Es como tener pelos de gato en la
camiseta. Y también lo habría sabido cualquiera de los FEAO que te interrogaron. No
habrían asignado para el interrogatorio a nadie que no lo supiera.
—Y Jesse es bueno —dijo Pat—. Mejor que yo incluso.
«Bueno» no es el adjetivo que yo habría usado para definir mi experiencia de
aquel interrogatorio, pero lo dejé correr.
—Al igual que muchas de las personas que están en la cafetería también lo
habrían sabido —prosiguió Aimil—. ¿No te has percatado…, bueno, de que esa
señora Bialosky apenas te quita el ojo últimamente?
—La señora Bialosky es una cambiaformas —le dije.
—Sí, y su sentido del olfato es realmente bueno —dijo Pat.
—Es otra FEAO de paisana, supongo —dije yo.
Pat rompió a reír.
—Las FEAO no podrían controlarla —dijo.
Yolande y ella deberían conocerse, pensé, pero no lo dije en voz alta. Si las
FEAO no tenían motivo para investigar a mi casera, no sería yo quien lo sugiriera. Si
Pat pensaba que era una especie de siddharta, mejor que mejor.
Y si ya la habían investigado, no quería saberlo.
Jesse dijo con delicadeza:
—Sabes que existe una cosa que son los amigos, además de los colegas y los
vecinos, ¿verdad?
Yo ya tenía la boca abierta para decir:
—Claro, y vosotros os habríais presentado a diario en la cafetería para
observarme con al menos cuatro ojos si yo tan solo hubiera sido una pobre lela que se
ha visto envuelta en algo truculento con los Otros, ¿no? —Y entonces cerré la boca

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de nuevo, porque me di cuenta de que la respuesta era sí. Tal vez no me hubieran
estado vigilando tan de cerca, y tal vez no lo hubieran hecho con la esperanza de que
lo que quiera que me hubiera ocurrido pudiera llevarlos a algo que pudieran usar sin
tener que hacer referencia a un continuo e ininterrumpido suministro de rollos de
canela, pero me habrían estado vigilando igualmente. Porque para eso estaban las
FEAO (en teoría el motivo principal y más importante de su existencia): para
mantener a los ciudadanos a salvo. Y las FEAO, a pesar de todos sus defectos, se lo
tomaban muy en serio. Suspiré—. ¿Qué hay de esa taza de té? Y tal vez entonces me
podáis contar finalmente por qué queríais que coincidiera con Aimil aquí.
Pat giró su combox para que la pantalla mirara a Aimil. Esta se sentó y empezó a
teclear, y la pantalla se iluminó con el símbolo de la Globalnet. Aparté la vista. Desde
que había empezado a ver en la oscuridad no podía mirar las pantallas de ordenador
durante demasiado tiempo, ni tampoco la tele, ni la GameDeluxe (aunque ese no era
mi territorio, pero Kenny tenía una genial), ni nada de eso. Daba igual. No era vértigo
lo que me provocaba, pero sí que rozaba la migraña a veces. Al menos no iba a gastar
mi cuota de suscripción en Vigilancia y Protección anti-Otros desde mi combox.
Sí que pude ver de soslayo, sin embargo, que Aimil estaba sacando listas de
correos guardados. Escogió una lista, pulsó un botón y aparecieron bloques y bloques
de correos. Sentí una sacudida casi física, y me agarré al respaldo de la silla de Aimil
para no perder el equilibrio.
—Ajá —dijo Pat mientras me observaba.
—¿Qué? —le respondí con aspereza. No me gustaban las sorpresas.
Especialmente ese tipo de sorpresas, y era ya la segunda desde que había entrado por
las puertas del cuartel general de las FEAO.
Mientras observaba la pantalla, Aimil dijo:
—Guardo todo lo que, bueno, lo que creo que proviene de algún Otro. Es curioso.
Esta gente me paga para esto. Somos muchos los que lo hacemos. No sabemos
quiénes somos entre nosotros, claro está, pero dudo que todos seamos bibliotecarios,
y cuando alguna etiqueta de red nos hace reaccionar, las FEAO intentan averiguar
quién o qué está tras ello. Jesse me pidió que separara algunas que están en la lista
activa de las FEAO que yo personalmente siento pertenecientes a vampiros más que a
otros, y…
—Nos preguntábamos si alguno podría significar algo para ti, ya sabes, en
términos de localización —dijo Jesse.
¿En términos de localización? Para mí era irrelevante. ¿Hablamos el mismo
idioma?
—Después de lo que pasó la otra noche… —dijo Jesse—. La manera en que
supiste dónde estaba el vampiro a pesar de que se encontrara demasiado lejos de ti
como para, eh, oírlo, como haría un humano. O verlo. ¿Qué te ha hecho reaccionar
cuando Aimil ha abierto su lista de correos guardados?
Negué con la cabeza.

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—Probablemente esté reaccionando a lo que queréis que reaccione, sí —dije—.
Pero respecto a si va a ser algo más que la sensación de haber metido el dedo en un
enchufe, no lo sé.
—Inténtalo —dijo Jesse.
Aimil se levantó de la silla y yo me senté, intentando buscar señales que indicaran
que mi gen maligno estuviera despertándose. Sería un momento lógico para ello, y
probablemente también práctico, desde la perspectiva de los que tal vez serían mis
últimos momentos de cordura filantrópica. Jesse y Pat estarían preparados para el
cuerpo a cuerpo, en forma, con los músculos que te salen si amasas a la masa
devoradora hasta convertirla en bandejas y bandejas de rollos de canela cada mañana.
Yo sería pan comido para un par de agentes de campo veteranos de las FEAO.
La pantalla brillaba con hostilidad. Cerré los ojos. Nada ocurrió. Mi cuerpo siguió
respirando con tranquilidad, aguardando a que yo le pidiera hacer algo.
—¿Qué hago?
—Si la das a «siguiente» —dijo Aimil—, irás al siguiente mensaje.
Abrí los ojos lo suficiente como para encontrar la tecla de «Siguiente». El teclado
sí que lo podía mirar. Contemplé de nuevo a la pantalla. Las palabras se retorcían. No
me gustaba pero tampoco me dijo «vampiro». Pulsé la tecla «Siguiente».
Más palabras enmarañadas. Puaj. Nada más, sin embargo. Siguiente.
Y siguiente.
Sentía una creciente presión interna que no sabía si se debía a intentar no mirar
una pantalla que aguardaba para proporcionarme una terrorífica punzada de dolor en
la cabeza o a la certeza de saber que estaba rodeada por FEAO que deseaban con
avidez que hiciera algo. O tal vez fuera yo misma quien estuviera esperando que
pasara algo como convertirme en el increíble Hulk e intentara comerme a alguien.
Así que podía suponerme que era mi turbio entendimiento, afinidad, Dispositivo de
Precisión y Navegación Global (pendiente de patente) o lo que quiera que fuera
estaba reaccionando a la presencia de vampiros en algún lugar tras la pantalla, pero
¿y bien?
Siguiente. Siguiente. Siguiente. Estaba sudando.
Supe entonces qué era esa presión. Expectación. Me estaba acercando. ¿A qué?
Siguiente.
Aquí.
Cerré los ojos con fuerza y salí despedida en la silla, que se desplazó hacia atrás
hasta golpearse con una mesa pegada a la pared. Una montaña inestable de papeles se
desparramó en el suelo.
Me levanté, temblorosa, sin mirar la pantalla. Podía sentir los latidos del «aquí».
Moví la cabeza de un lado a otro como si estuviera en el campo buscando un punto de
referencia. No. No aquí. Giré un cuarto, y esperé a reorientar el «aquí». No. Otro
cuarto… casi. Giré una octava parte hacia atrás. No. Una octava parte hacia delante, y
luego otra octava. Sí. Aquí.

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Levanté un brazo.
—Por ahí. Ahora apaga lo que sea eso, porque me están entrando náuseas.
Aimil se abalanzó sobre la pantalla y está se quedó negra.
Me senté.
—Bueno, bueno, bueno —dijo Pat. Me sentí repentinamente molesta por el tono
de satisfacción de su voz, pero estaba demasiado cansada y revuelta como para
decírselo. Cerré los ojos.
Los abrí un minuto después. El vapor de una taza de té caliente acariciaba mi
rostro. Acepté la taza. La teína era mi amiga. No estaba segura de si tenía otros
amigos en esa habitación o no.
Las Fuerzas Especiales Anti Otros existen para controlar, derrotar, neutralizar o
exterminar toda amenaza de los Otros hacia los humanos. Era sencillo y directo, y
aunque como humana sonaba (o me había sonado) muy bien, al mismo tiempo
siempre me había supuesto un problema que todo lo relacionado con los Otros fuera
catalogado como malo, que parecía ser la consigna extraoficial de las FEAO. Ahora
estaba descubriendo que en realidad las FEAO estaban, aparentemente, llenas de
parciales, tal vez purasangres, y presumiblemente cambiaformas, y que simpatizaban
clandestinamente con aquellos que eludían inscribirse.
Debería haberme alegrado. Si yo era una parcial, era una parcial entre parciales.
Debería estar deseosa de cooperar con mi pequeño grupo de FEAO.
Que, por cierto, odiaba a los vampiros. A todos los vampiros. Por definición.
Odiaban y perseguían a los vampiros porque creían que los vampiros no solo hacían
más peligrosa la vida de todos, sino las suyas propias, sus vidas como demonios o
demonios parciales buenos, socialmente adaptados y bien dispuestos, como
cambiaformas que solo necesitaban una noche libre al mes. Si no fuera por los
vampiros (al menos esa era la teoría de Pat), los humanos probablemente revocarían
las leyes que impiden de manera automática que cualquiera con sangre de un Otro
disfrute de plenos derechos humanos.
La teoría probablemente fuera correcta.
Por no mencionar que nos quedaban menos de cien años antes de que todos
acabáramos sumidos en la oscuridad.
Lo de ver en la oscuridad no me asustaba únicamente por haberlo obtenido de un
vampiro. Era porque me hacía ser permanente, incesante, continuamente consciente
de estar conectada a lo vampírico.
No sé qué te he dado esta noche. No sé qué me has dado a mí.
Era consciente de ello incluso cuando me quedaba quieta fuera, al mediodía, en
un día soleado. Incluso la ausencia de sombra es una sombra en sí. Puede que no lo
sepáis, pero yo sí. Ahora lo sé. Me pregunté si sería similar a cuando eres consciente
de ser un parcial: saber que eres, y que no eres, humano, pero aun así creer con
frustración e ira que eso no te hace menos…
¿Menos qué, exactamente? ¿Menos humano? ¿Persona? ¿Individuo? ¿Criatura

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racional?
Recuérdame que eres una criatura racional.
Deseé poder preguntarle a alguien. Pero nadie era en parte vampiro, no era
posible. Fuera lo que yo fuera, no era eso. ¿O sí?
Bébete el té, Sunshine, y deja de pensar. Pensar no es tu fuerte.
Había algo más sobre todo aquello que me preocupaba, pero no podía llegar tan
lejos aún. No tenía que hacerlo. Ahí donde estaba ya era lo suficientemente lejos
como para sentirme una nómada al respecto.
—¿Te sientes mejor? —preguntó Pat.
—No —le respondí.
—¿Sabes hacia dónde estabas señalando?
—No —dije. Alcé la vista y contemplé la línea que había indicado, y pensé en
qué lugar se hallaba el edificio de las FEAO y en qué parte de este creía estar yo.
Probablemente hubiera señalado al oeste, o similar. No era de mucha ayuda. Al oeste
era donde se encontraban todas las fábricas abandonadas, donde estaban los peores
focos del mal de la ciudad. Nadie vivía por allí ya; cuando la población empezó a
recuperarse lentamente de las Guerras Vudúes, en vez de intentar reclamar esa zona,
pequeños comercios y bloques de oficinas y casas empezaron a levantarse en el sur y
el este (también evitando el lago y sus focos del mal) hasta subir finalmente
(evitando, eso sí, el nirvana de los yonquis) hacia el norte. El motivo por el que todo
el mundo estaba intentando salvar Chesterfield era porque se encontraba en el sur. En
veinte o treinta años nosotros y la siguiente ciudad al sur, Piscataweh, probablemente
seríamos una única gran ciudad. A menos que todos cayéramos en la oscuridad antes
de tiempo.
El extremo occidental de Nueva Arcadia no está desierto del todo. Tiene algunos
negocios un tanto oscuros desperdigados por la zona y algunos clubes que la policía
no para de clausurar y que vuelven a abrir al día siguiente o una semana después. En
ocasiones reabren por un breve periodo de tiempo en otra parte, a veces ni siquiera se
molestan en fingir que se mudan. Es en el extremo occidental de la ciudad donde las
bandas son en su mayoría humanas, fundamentalmente adolescentes que van en
busca de vampiros. Es también una zona popular para los okupas, aunque el índice de
muertes allí es importante. Muchos de los turbios negocios que consiguen asentarse
en la zona abastecen a los okupas que no pueden permitirse pagar un alquiler, pero
que, si quieren seguir con vida, tienen que pagar por cierta protección. Hay dos tipos
de protecciones baratas: las que no funcionan y las que a falta de algo mejor voy a
llamar magia negra. Lo que os puede dar una idea. Los vagabundos están más
seguros durmiendo en las alcantarillas del casco antiguo, pero he de admitir que por
el bien del casco antiguo es bueno que la mayoría no lo haga.
No hacía falta un combox ni un terrible dolor de cabeza para decirle a alguien de
Nueva Arcadia que si lo que estaba buscando eran chupasangres, tenía que ir al oeste.
—Estaba señalando al oeste —dije a regañadientes—. Vaya cosa.

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—No sabemos aún si es importante o no —dijo Pat con sensatez—. No lo
sabremos hasta que te llevemos allí.
—No —dije.
—Podría resultar, por ejemplo —prosiguió Pat como si nada—, que no sea el
oeste de Nueva Arcadia. Podría ser algún lugar mucho más lejano: Springfield,
Lucknow, Manchester. —Manchester tenía fama de ciudad de vampiros—. La
Globalnet es la Globalnet; nunca se sabe de dónde proviene un correo cósmico.
—A menos que seas de las FEAO y lo rastrees —dije.
Se hizo un breve silencio, y Jesse suspiró.
—No es tan sencillo. Rastrear algo en la red nunca es sencillo…
—Están todas esas aburridas leyes sobre la privacidad —dije.
—… Que incluso las FEAO tienen que hacer un esfuerzo para quebrantar —dijo
Pat.
—… Pero muchas de las leyes normales de, mmm, la física, no funcionan de la
misma manera con los Otros que con los humanos —prosiguió Jesse.
Sí. ¿Cómo un hombre de ochenta kilos puede convertirse en un lobo de cuarenta?
¿Adónde van a parar los kilos restantes? ¿Los deja en el paragüero esa noche?
—La geografía y los vampiros es de lo peor que hay. A menudo, donde estamos y
donde están no se… vaya, no se correlaciona.
Los sentidos de los vampiros son distintos a los de los humanos en muchas
cosas… No es la distancia lo que es crucial, sino la uniformidad… Evidentemente,
eso funcionaba en ambas direcciones. Einstein estaba errado. Me pregunté si sería
demasiado tarde para darle una mala noticia a mi antiguo profesor de física.
—Así que incluso si obtuviéramos una buena lectura de un correo cósmico que
estamos seguros de que ha sido enviado por un chupasangres, seguiríamos sin saber
mucho más de lo que sabíamos antes de gastar parte del dinero de las FEAO,
procedente de los impuestos, en descifrarlo. Tenemos que usar toda la ayuda de la
que podemos disponer.
—Algo que creo que ya te dije no hace mucho —añadió Pat—. Deberías también
tener en cuenta que los tipos que no quieren ser encontrados suelen ir un paso por
delante de los que quieren encontrarlos. Incluso los humanos, y esos por lo general
son más fáciles de atrapar. Sunshine, danos un respiro. No estamos intentando
arruinar tu vida por diversión, de verdad.
Contemplé el fondo de mi taza. No era culpa de Pat ni de Jesse que yo estuviera
unida a un vampiro. No creía que estuvieran abiertos a la idea de hacer una excepción
con él. Yo tampoco estaba muy contenta con ello. Pero no podía decirle a Pat que el
hecho de que las FEAO estuvieran tan llenas de parciales me hacía sentir peor, no
mejor.
Mal íbamos si empezaba a preguntarme si volverme una tarada y tener que ser
recluida por mi bien era mi mejor opción.
¿Y si había señalado hacia Con?

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No. La respuesta fue casi inmediata. No. Lo que había señalado era algo… algo
enfermizo en sí, antiético para los humanos. Para cualquier cosa que fuera cálida y
respirara. La traición me hubiera dejado un sabor de boca diferente. Estaba segura.
Estaba convencida.
Un humano no debería poder pensar en términos de traición para con un vampiro.
No funcionaba. Era como esas frases estúpidas que usaban para despertar tu interés
cuando estás aprendiendo una segunda lengua. «Me como el sombrero de mi tío».
«Me siento en el gato de mi tía». Depende del gato, claro está.
No funcionaba, al igual que tampoco funcionaba poder ver en la oscuridad. El
fondo de mi taza estaba inmerso en sombras. No me había bebido el último sorbo
porque quedaba una fina capa de polvo de hojas de té. Incluso estas proyectaban
sombras, pequeñas sombras dentro de la sombra, flotando en la oscura sombra
líquida.
—De acuerdo —dije.
Tal vez hubiera encontrado a Bo. Quizá lo había sentido a través de la Globalnet.
Era el pensamiento más repulsivo que podía tener. Bo, al que se suponía que Con
estaba buscando para poder fastidiarle los planes antes de que nos los fastidiara a
nosotros. De nuevo. De manera permanente.
—Entonces, ¿vendrás con nosotros?
Lo medité. No había mucho que pensar.
—Tengo que estar de vuelta a las seis —dije.
—Entendido —dijo Pat.

Solo fuimos Pat, Jesse y yo. Aimil volvió a la biblioteca. Cuando nos dijimos un
incómodo adiós, su rostro estaba lleno de sombras brillantes que no pude descifrar.
La miré, intentando reubicarla en mi mente como parcial y FEAO. ¿Tanto esfuerzo
suponía? No lo sabía. Me estaba costando mucho ser lo que quiera que yo fuera
ahora.
Mientras Pat rebuscaba entre papeles y Jesse desaparecía unos minutos, me
acerqué a la ventana por la que se filtraba el sol al despacho de Pat. La luz era tenue,
pero era luz del sol. Todas las ventanas de las FEAO eran grises debido al cristal
blindado: antibalas, bombas, cambiaformas kamikazes, garras de demonio capaces de
cortar el cristal y el acero, encantamientos, amuletos, casi todo salvo obuses. Los
cristales blindados habían aparecido en el mercado hacía apenas diez años, justo
después de las guerras, que habrían resultado menos letales si los hubieran inventado
unos años antes. Todos los negocios de alto riesgo, así como el ejército y la mayoría
de los departamentos gubernamentales restantes, además de muchos paranoicos, tanto
los que tenían enemigos reales como los que no, tenían ya cristales blindados en sus
ventanas y vehículos. La actualización de cristales blindados era una profesión en
alza para los jóvenes manipuladores de magia. No era necesario ser un manipulador

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de magia para ser contratado como actualizador, pero probablemente vivirías más.
Sin embargo, nadie había descubierto aún cómo hacerlos menos grises. Grises y
deprimentes, como estar en una celda. ¿Acaso no había estudios que decían que los
humanos necesitaban la luz del sol? No solo luz. Luz del sol. Y todos los humanos,
no solo yo. Confié en que Charlie no tuviera que poner cristales blindados en la
cafetería.
Confié en que yo siguiera siendo humana.
Pat se sentó en el asiento del conductor y me indicó que me acomodara a su lado.
—¿Aún sientes… algo?
Lo medité. A regañadientes. Indagué en mi interior en busca de esa sensación.
Aquí. La encontré. Era como hallar una rata muerta en tu sala de estar. Una rata
enorme, muerta.
—Sí —dije.
—¿Oeste?
—Sí.
Condujimos. Los edificios municipales antiguos pronto se convirtieron en el
casco antiguo, que casi con la misma rapidez se tornó en el centro y luego con algo
más de lentitud en una zona de la ciudad sin nada en particular, calles y calles de
casas ligeramente antiguas que dieron paso a calles con tiendas cutres y oficinas. No
era una ciudad grande. Llegamos a lo que la mayoría de nosotros llamamos No
Ciudad con demasiada rapidez. En primer lugar no quería ir allí para nada, en
segundo no me gustaba tener el recordatorio constante de que estuviera tan cerca. Los
únicos focos del mal grandes de toda Nueva Arcadia estaban en la No Ciudad, lo que
implicaba cierta conducción evasiva. Incluso un coche de las FEAO solamente puede
ir por donde aún haya carreteras, y los focos del mal urbanos puedan bloquearse con
rapidez. Pero no estábamos yendo lo suficientemente indirectos para mí.
«Aquí» se desplazó de la parte posterior de mi cerebro a la delantera, como si la
Enorme Rata Zombi se levantara de tu sala de estar y te siguiera a la cocina, donde te
darías cuenta de que era más grande y fea de lo que pensabas y sus dientes más
imponentes y, si bien los zombis son realmente estúpidos, también son muy muy
malos. También son casi tan rápidos como los vampiros y, como no razonan, solo
tienen un objetivo; si uno va tras de ti, ese probablemente sea su objetivo, y entonces
estás metido en un buen lío.
«Aquí» estaba poniéndose peor. Iba a reventarme el cráneo y danzar por el
salpicadero, y no sería algo que mis compañeros de viaje quisieran ver.
—Para —dije. Pat detuvo el coche. Intenté respirar. La Rata Zombi parecía estar
sentada en mi pecho, por lo que no podía tomar aire con normalidad. No podía ver
nada más, no parecía quedar nada salvo sus pequeños ojos rojos, no, unos enormes
ojos sin color en los que te ahogabas…
—No… puedo. Da la vuelta… —Creo que eso fue lo que logré articular. No lo
recuerdo. Sí que recuerdo a partir de que Pat diera la vuelta y condujera de nuevo

[Link] - Página 173


hacia el casco antiguo. Tras lo que se me antojó una eternidad, empecé a respirar de
nuevo. Estaba pegajosa del sudor y me dolía la cabeza como si mi cráneo se hubiera
roto en pedazos y los bordes estuvieran chocando y chirriando entre sí. Pero la Rata
Zombi había desaparecido.
Se había parecido mucho al foco del mal del que el coche de las FEAO no había
podido protegernos, el día que Jesse y Pat me llevaron de regreso a la casa del lago
(esos ojos incoloros… planos como un espejo y profundos como un abismo… si es
que eran ojos). Pero no habíamos intentado atravesar un foco del mal en coche. Y en
esta ocasión solo había sido yo. Pat y Jesse no habían sentido nada. Salvo mi pequeña
crisis.
No sabía si estaba más enfadada porque me hubieran obligado a intentar hacerlo
(fuera lo que fuera aquello) o por haber fracasado. Había estado en la No Ciudad de
adolescente. No es que no supiera de qué iba la cosa. Cualquier adolescente con
pretensiones rebeldes, y me temo que yo las tenía, iría allí si se le presentaba la
oportunidad. Y la No Ciudad era como un rito de iniciación: los chavales con cierto
juicio iban allí al menos una vez. Yo había estado más de una vez. Algunos de los
clubes eran demasiado para los estándares de cualquiera. Kenny decía (cuando mi
madre no estaba cerca) que seguía siendo así. Y también (en boca de Kenny) los
chavales seguían retándose los unos a los otros a adentrarse más, a la zona que
rodeaba los focos del mal, aunque nadie llegaba muy lejos.
Así que ¿se había mudado algo allí desde mi adolescencia o era más sensible
ahora de lo que lo había sido? La No Ciudad estaba mucho más limpia ahora que
cuando yo tenía dieciséis o diecisiete años, justo después de las guerras. Tras haber
sido capturada por los vampiros, ¿reaccionaba en exceso ahora a su presencia? Si es
que «reaccionar en exceso» no era una contradicción en toda regla.
¿O aquello era otra horrible excepción, como haber oído las risas de trasgo
cuando nadie más podía?
No sé si quería que la respuesta fuera «sí» o «no». Si era no, entonces tal vez
significara que mi conexión con los chupasangres era general, algo que ni soportaba
pensar. Pero si era sí, entonces significaba que estaba percibiendo algo relacionado
con Bo. Algo que tampoco soportaba pensar.
A menos que fuera Con. A menos que eso hubieran sido sus protecciones frente a
la luz del sol, protegiéndole, protegiéndonos, en compañía de un par de FEAO que
odiaban a los chupasangres.
No. No era Con. Fuera lo que fuera, no se trataba de Con.
Pat condujo de regreso al aparcamiento de las FEAO. Ninguno dijo una palabra
de culpa o fracaso o frustración hacia mí, aunque podía oírles pensar. Palabras como
«triangulación». No sabía si habían marcado el punto donde les había hecho dar la
vuelta. Probablemente. Pero ninguno de ellos lo mencionó. Aún.
—Te llevaría directamente a la cafetería, pero no creo que quieras que el
vecindario te vea llegar en un coche de las FEAO —dijo Pat, tan tranquilo como si

[Link] - Página 174


estuviéramos haciendo la compra.
Empecé a negar con la cabeza. Los coches sin distintivo de las FEAO eran como
los FEAO sin uniforme; seguías sabiendo que eran ellos.
—Gracias. —Toqué a tientas el tirador de la puerta.
—¿Quieres entrar? Pareces un poco… cansada. Hay unos cuantos dormitorios en
la parte trasera. Son bastante básicos, pero tienen camas y son silenciosos. O podría
llevarte a casa.
Esa vez sí que pude negar con la cabeza. Con cuidado.
—No, gracias. Voy a dar un paseo. Para despejarme la cabeza. —Lo último que
quería era tumbarme en una habitación pequeña a oscuras e intentar dormir. No
quería irme a casa tampoco. Tal vez hubiera una rata muerta en la sala de estar.
Salí del coche y levanté la cabeza hacia el sol. Fue como el beso de un hada
madrina. Salvo que las hadas madrinas no existen.
Mientras me dirigía a la salida, Pat me llamó.
—Esto… ¿no querías decirnos algo? Por eso habías venido.
Lo miré, miré la manera en que las sombras cruzaban su rostro. Estaba apoyado
en el capó del coche, que era del color azul de la poli. Probablemente esa fuera la
razón por la que las sombras de las oquedades de sus ojos, su labio superior, su
garganta, parecían azules.
—Se me ha olvidado —dije—. Ya me volverá.
Pat sonrió levemente. Un leve torcimiento de boca.
—Lo siento, Sunshine.
Levanté la mano y me di la vuelta de nuevo. Dijo en voz baja: «Nos vemos».
Podría haber significado que nos veríamos en la cafetería, donde nos habíamos estado
viendo durante años. Pero yo sabía que no era a eso a lo que se refería.

Di un largo paseo. Callejeé lentamente por el casco antiguo, desde el extremo


exterior, donde el cuartel general de las FEAO y el ayuntamiento colindan entre el
casco antiguo y el centro, hasta el siguiente círculo donde se encuentran la biblioteca
y el museo de los Otros y los edificios más antiguos; atravesé varios parques
pequeños y el verdoso Camino del General Aster (púrpura en otoño gracias a los
asteres, idea de algún jardinero de lo más gracioso) y luego a continuación me
adentré en las calles traseras del vecindario, donde estaba la cafetería, donde todo el
mundo se perdía de tanto en tanto, hasta la gente que había vivido allí toda la vida,
como Charlie, Mary o Kyoko. Yo estaba acostumbrada a perderme. No me
importaba. Llegaría tarde o temprano a algún punto que reconociera.
Deambulé y pensé en la última cosa en la que no quería pensar. Últimamente
parecía haber muchas cosas en las que no quería pensar.
No quería pensar en la creciente sensación que tenía de que algo le había ocurrido
a Con.

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Y eso era importante.
No existe compañerismo entre humanos y vampiros. Somos fuego y agua,
cabezas y colas, norte y sur… día y noche.
Tal vez era yo la que me estaba imaginando el vínculo. Tal vez fuera una manera
de lidiar con lo que había ocurrido. Como eso del síndrome de estrés postraumático.
El propio Con había dicho que el vínculo existía, pero también podía estar
equivocado. Los vampiros son letales, pero nadie dice que sean infalibles.
Parpadeé, observando cómo las cosas en las sombras relucían y se deslizaban. Ya
tenía demasiadas cosas de las que preocuparme. No quería tener que preocuparme
también de los vampiros. De un vampiro. Lo último que quería hacer era
preocuparme por él.
No, lo anterior a lo último. Lo último que quería era estar unida a él.
No había pensado que tuviera nada que perder (¿inocente, decís?), tras aquellas
dos noches en el lago. No sabía que se podía descubrir que tenías algo al perderlo. No
me parecía un método demasiado bueno.
Llevar más de dos meses siendo paulatinamente envenenada tampoco había sido
demasiado bueno para mí. Y las pesadillas habían sido malas. Pero, en cierta manera,
habían sido puras aún. Había cometido un error, un error que había pagado caro, pero
había sido un error.
Un mes atrás, había llamado a Con. Vale, estaba con la soga al cuello. Pero aun
así había pedido ayuda a un vampiro. No a Mel, o a un médico de medicina humana.
Y me había ayudado. Las pesadillas que había tenido desde entonces no eran puras
para nada.
Mi pensamiento se detuvo allí, al borde del precipicio, para a continuación
despeñarse.
¿Y si no había sido un error conducir hasta el lago? ¿Y si era lo que tenía que
hacer (si bien no eso exactamente, algo similar)? ¿Y si esa inquietud a la que no había
podido poner nombre había causado exactamente lo que tenía que causar?
Esa pregunta que no le había formulado a Con cuando estábamos en el lago: ¿Es
mi padre otro de tus viejos enemigos? ¿O de tus amigos?
Entre los oscuros pensamientos de mi cabeza y las sombras brillantes y saltarinas
que veían mis ojos, me vi obligada a parar. Estaba justo donde empezaba el parque
Oldroy. Fui hasta un banco y me senté.
Me senté allí y contemplé el árbol que tenía delante y la manera en que las
protuberancias de su corteza parecían retorcerse en la sombra. Mis pensamientos
estaban atascados en esa noche en el lago. Nunca me habían gustado las
coincidencias, y tampoco me gustaba nada el sentido que parecía cobrar todo en esos
momentos.
Observé la corteza serpenteante. Pensé entonces que eso era nuevo. Había estado
viendo en las sombras, pero tan solo lo que estaba allí, como si hubiera una luz más
bien errática en los objetos. Aquello era distinto. Lo que me dio algo en lo que sí

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podía pensar, así que pensé en ello. Transcurrieron unos minutos más y me pareció
que era como si estuviera viendo al árbol respirar. Encontré una hoja en la sombra y
la contemplé un rato. Titiló como si tuviera pequeños destellos, pero en vez de pensar
en lo raro que era, me quedé observando, hasta que me pareció ver un patrón. Pensé:
Es como si estuviera viendo cómo se abren y cierran sus poros. Me miré las manos.
Las sombras entre mis dedos relucían como un fuego cercado. Las diminutas sombras
de las venas de las palmas eran de un verde oscuro parpadeante con los bordes de un
rojo más fino y titilante todavía. La parte de las venas que quedaba a la luz tenía el
mismo aspecto de siempre. En las zonas de sombra podía ver cómo se movía la
sangre.
Estaba sentada bajo la luz del día, no en la sombra. Siempre escogía de manera
automática el sol si había alguna zona donde diera. Recordé el sol en mi espalda la
primera mañana en el lago, como el brazo de un amigo. Cerré los ojos.
Oí pisadas, pero no esperaba que se fueran a detener.
—Disculpa —dijo una voz—. ¿Te encuentras bien?
Abrí los ojos. Allí estaba una anciana, un poco inclinada, apoyada en el asa de un
carrito de dos ruedas.
—Pareces cansada —dijo—. ¿Necesitas algo? Hay una tienda a la vuelta de la
esquina. Y tiene teléfono público. ¿Quieres que llame a alguien?
Tenía un rostro amable. Sería alguien a quien que te gustaría tener de vecina, o
como clienta habitual en la cafetería que llevaba tu familia. Contemplé las sombras
que caían por su rostro y vi… no sé cómo… que era una parcial. Y que algo en mi
expresión tal vez le hiciera pensar que yo estaba pasando por el momento de
descubrir mi verdadero yo. Y recordando lo difícil que era, ella, una total
desconocida, había decidido preguntarme si estaba bien.
Volví al mundo normal, y la visión se evaporó. Las sombras que cubrían su rostro
volvieron a ser las sombras, desorientadoras, penetrantes y curiosas que llevaba
viendo un mes. Sonrió.
—Siento molestarte. Eh… pensé que tal vez…
—¿Quería ser molestada? —dije—. Sí. ¿No le parece una tontería lo inquietante
que puede ser el mero hecho de pensar?
—No es una tontería para nada. En nuestras mentes habitan las cosas más
espeluznantes que existen.
¿Más que los vampiros?, pensé. ¿Más que una afinidad con los vampiros? Bueno.
Eso era lo que había dicho, ¿no? Que lo que mi mente contenía era una afinidad con
los vampiros.
Estaba rebuscando en su carro y sacó una caja de Fig Carousels y otra de galletas
de chocolate Pinwheels. Me reí. Me sonrió de nuevo.
—¿Cuál? —dijo mientras las sostenía delante de mí.
No había tomado una Pinwheel en quince años, aunque la receta secreta para las
«Cebras asesinas» provenía de haber consumido tres paquetes a la semana durante mi

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infancia pre-Charlie. Señalé las Pinwheels. Abrió el paquete, se sentó y me lo pasó.
—Gracias —dije.
Ella también cogió una.
Seguimos sentadas en silencio un rato, y nos comimos unas galletas más.
—Gracias —le dije de nuevo.
—Maud —dijo ella—. Me llamo Maud. Vivo… aquí. —Señaló una de las casas
antiguas que bordeaban el parquecito—. Me siento aquí a menudo, cuando hace buen
tiempo. He descubierto que es un buen sitio para pensar. Me gusta creer que el
coronel Oldroy era un hombre agradable, razón por la que los pensamientos
desagradables se van si te sientas aquí.
El coronel Oldroy había sido uno de los científicos militares que se había pasado
décadas encerrado en un enorme y secreto laberinto subterráneo porque lo que quiera
que estuviera haciendo era tan secreto que la mera existencia de un laboratorio para
hacerlo era información confidencial. Seguía sin ser de dominio público dónde había
estado su laboratorio, pero Oldroy se llevó los honores, o la culpa, de los análisis de
sangre que las FEAO aún hacían a aquellos que solicitaban trabajo allí. Antes de
Oldroy no existían análisis fiables para demonios parciales. (Recordad que
«demonio» es una palabra que se usa para un batiburrillo de cosas. Un cambiaformas
no puede ser un parcial. O lo eres o no lo eres. Todo lo demás, todo lo demás que esté
vivo, quiero decir, puede ser denominado demonio, aunque seres como los ángeles y
demás probablemente protesten). Lo primero que Oldroy descubrió fue que él era un
parcial. Se había retirado antes de que tuvieran la posibilidad de despedirle, y se
había pasado los últimos veinte años de su vida cultivando rosas, y llamándolas
Lucifer, Mammón, Belcebú y Belfegor. Belfegor, con el nombre menos controvertido
de Corazón Puro, era un enorme éxito comercial. Mi madre las tenía en el patio
trasero de su casa. Tal vez Oldroy no hubiera llevado una vida muy feliz, pero sí que
daba la sensación de que había tenido sentido del humor. Me pregunté si habría
tenido algo que ver con la síntesis del medicamento que hacía que los parciales
orinaran verde o azul violáceo pero con el que podían superar los análisis de sangre, o
con la puesta en marcha del sistema mentor pirata.
—En ocasiones uno tiene ayuda —dije yo—. A veces aparece alguien y te ofrece
una galleta.
—A veces —dijo.
—Me llamo Rae —dije—. ¿Conoce la cafetería de Charlie? Está a menos de
medio kilómetro en esa dirección —dije mientras señalaba.
—No suelo alejarme tanto —dijo ella.
—Bueno, si en algún momento quiere, tal vez le apetezca probar nuestras
«Cebras asesinas». Se parecen mucho… Dígale a quienquiera que le atienda que
Sunshine ha dicho que puede llevarse todas las que sea capaz de cargar para traerlas a
este parque y comérselas. Bajo el sol.
—¿Entonces tú también eres Sunshine?

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Suspiré.
—Sí, supongo. También soy Sunshine.
—Bien por ti —dijo y me dio una palmadita en la rodilla.

Llegué a casa esa noche a las nueve y media, me preparé una taza de té de canela y
escaramujo y me quedé pensativa contemplando la oscuridad. Al menos había salido
algo bueno de mi epifanía esa tarde en el parque Oldroy: de repente me parecía que
había tantas cosas malas que mi preocupación por Con se me hacía nítida y concisa.
Después de todo, me había salvado la vida. Dos veces. Independientemente de las
extenuantes circunstancias. Inmóvil en mi pequeño balcón, recordé: No habría venido
a ti si tú no me hubieras llamado, pero como lo hiciste tuve que venir.
—Constantine —dije en voz baja y en la oscuridad—. ¿Me necesitas? Tienes que
llamarme si es así. Tú mismo me dijiste que así es como funciona esto.
Había dicho que Bo iba tras nosotros. Y que movería ficha pronto. En esa ocasión
«pronto» parecía una definición en la que tanto vampiros como humanos podían
coincidir. Con debería haber vuelto ya para decirme qué estaba pasando, qué íbamos
a hacer. Lo lejos que había llegado en su seguimiento a Bo. No había sido así.
Algo no marchaba bien.

Dormí mal esa noche, pero se estaba convirtiendo en algo tan habitual que suponía
todo un esfuerzo intentar decidir si las pesadillas que había tenido eran de aquellas a
las que debería prestar atención o no. Decidí que probablemente lo fueran, pero no
sabía qué tipo de atención prestarles, así que no iba a hacerlo. Fui al trabajo, puse el
piloto automático y empecé a preparar rollos de canela y panecillos de ajo y romero
para el almuerzo. Después me puse con los brownies de azúcar moreno, con la
«Avalancha por la carretera rocosa», las «Cebras asesinas» y muchos muffins, y luego
dieron las diez y media y tuve libre el turno del almuerzo.
Me había quitado el delantal y estaba a punto de quitarme el pañuelo cuando la
mano de Mel me detuvo el tiempo suficiente como para besarme en la nunca. Me
solté el pelo y dije «Sí» y fuimos a su casa juntos y estuvimos en la azotea. No hay
nada más agradable que hacer el amor bajo un día cálido y soleado y en esa época del
año era como una forma de escape.
Mel a veces se reía después de llegar al orgasmo, como sorprendido, como si
jamás hubiera esperado estar así de feliz, y después me besaba, pensativo, y yo me
abrazaba a él y confiaba en estar leyendo correctamente las señales. Esa tarde fue uno
de esos momentos. Se había colocado encima, algo que, he de admitir, yo había
buscado, pues se había levantado un poco de brisa y se estaba muy a gusto bajo su
cuerpo. Su aliento olía a café y canela. Nos quedamos así un rato después (me
encantaba la sensación de mariposas batiendo sus alas cuando se relajaba dentro de

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mí tras alcanzar el clímax) y mientras seguimos así yo estaba bien y el mundo
también y todo lo que tal vez no lo estuviera quedó momentáneamente aparcado. Era
de día y con mis traicioneros ojos cerrados podía seguir allí tumbada y sentir la luz
del sol en mi rostro.
Tras un agradable almuerzo, casi de ensueño, Mel bajó para despiezar o montar
una moto y yo me fui a la biblioteca. Quería hablar con Aimil.
Levantó la vista del mostrador, sonrió levemente y dijo:
—Tengo un descanso en… cuarenta minutos. —Y volvió a lo que quiera que
estuviera haciendo.
Eché un vistazo a los estantes de novedades, donde había un libro con el
tronchante título El Azote de los Otros. Tenía sus buenos cinco centímetros de grosor.
Se me pasó por la cabeza robarlo y pasarlo por la picadora de carne de la cafetería,
pero la biblioteca compraría otro y los restos de cola y tinta no harían ningún bien a la
carne de nuestra cafetería. Sin ojearlo sabía ya que los capítulos tendrían títulos
predecibles como La amenaza demoniaca y La maldición de los cambiaformas. No
iba a hacer suposiciones acerca de qué sustantivo sería lo suficientemente
desesperado para los vampiros. Cuatro meses atrás me habría limitado a fruncir el
ceño. Pero ese día se me hizo un nudo en el estómago. Resulta que tenía un montón
de amigos entre los Otros. Y a Con, claro, donde quiera que estuviera. Con, ¿estás
bien?
Mi té ya estaba listo cuando entré en la pequeña cocina del personal de la
biblioteca, donde estaba Aimil.
—¿Y bien? ¿Cómo pasó? —dije.
No se molestó en preguntar que cómo había ocurrido el qué.
—Sabía lo de los agentes de las FEAO en la cafetería porque tú me hablaste de
ellos.
—Te lo conté para que no me dejaras de hablar porque parecieran gustarme los
tipos que van de caqui y azul marino.
—¿Y que fueran de las FEAO iba a ayudar?
—Cuentan las mejores historias sobre los Otros.
—Supongo. Podía habérmelas apañado sin ellas… da igual. La cuestión es que
los reconocí cuando vinieron aquí. Un día Pat y Jesse me preguntaron si podría
pasarme por su despacho para hablar. No sabía que fuera posible sentirse rodeado por
dos personas, ¿sabes? ¿Y qué les iba a decir?, ¿que no? Así que les dije que sí. Y
luego me preguntaron si estaría interesada en hacer un trabajillo para las FEAO y, por
supuesto, les dije que no, y luego empezaron a decirme que no les importaba tanto
que fuera bibliotecaria sino lo que hacía con la Vigilancia y Protección Anti Otros.
Parecían saber lo que hacía también en casa, y antes de que cayera presa del pánico,
Pat contuvo la respiración y se volvió azul. Le pregunté qué me impedía denunciarlo.
Y él me dijo: «Que tú lo eres también»… no tengo ni idea de cómo me encontraron.
—Aimil paró de hablar, pero no sonó a punto final, a «fin de la historia».

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—¿Y? —le insistí.
Suspiró.
—Rae, lo siento. También me dijeron: «Porque eres amiga de Sunshine».
La cocina para el personal de la biblioteca no tenía ventanas. Quería luz, luz del
sol. ¿Qué tenía que ver mi amistad con esto? Aimil llevaba casi dos años trabajando
para las FEAO.
—Y no me lo contaste.
Aimil fue hacia la puerta y la cerró con cuidado. Yo tampoco quería que nadie nos
oyera, pero un escalofrío, como por la claustrofobia, o bien podría ser nictofobia,
recorrió mi cuerpo.
—Lo siento —dijo Aimil—. Es que solo desde que he estado trabajando con ellos
he empezado… he sido capaz de pensar en mí como Otro. Como parcial. La mejor
manera de pasar por humana es creérselo, ¿sabes? Mis padres lo saben, claro, pero no
han hecho ningún intento por averiguar de dónde me viene. A ninguno de mis
hermanos les ha pasado nada raro, y hasta el momento sé que ellos no saben nada
sobre mí. No le he contado a mi familia que soy de las FEAO, y no le he contado a
nadie que soy una parcial. ¿A quién iba a contárselo? ¿Por qué? La única persona que
tendría derecho a saberlo sería el padre de mis hijos, pero no voy a tener hijos y
transmitírselo. Espero que ninguno de los hijos de mis hermanos… bueno. Porque
entonces tendría que contárselo.
No hablé al momento.
—¿Cuándo lo averiguaste?
—Pues… —dijo Aimil—. Más o menos cuando te conocí. Parecías tan perdida
como yo me sentía. Y luego congeniamos y…
—¿Entonces todo el mundo salvo mi madre y yo daba por sentado que quién era
mi padre era de dominio público?
—No era tan malo.
La miré.
Dijo con renuencia:
—Tal vez fuera peor durante las Guerras Vudúes, pero por aquel entonces todos
te conocían, y tu madre se había casado con Charlie, y la familia de Charlie había
vivido en el casco antiguo siempre, y eras normal. Y luego tuviste dos pequeños
apestosos totalmente normales por hermanos. Nadie te pilló jamás haciendo algo
extraño en el colegio, parecías tan fascinada como el resto de nosotros cuando
algunos de los ngus y los bloodaxes hablaban de la manipulación de la magia. No voy
a negar que algunas personas te miraran de reojo.
Había dejado reposar el té demasiado, pero la amargura que sentí en la boca
resultaba apropiada.
—Te gustaba cocinar, Rae. Y una generación o dos atrás los Blaise estaban en la
cima, eso es seguro…
Estaban, pensé yo. Había tantas cosas que mi madre no me había contado.

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Aunque no era su culpa que yo evitara leer los artículos de la Globalnet que
mencionaran a los Blaise, ¿no? Yo quería ser Rae Seddon.
—Aún se oía algo de ellos al principio de las guerras… pero luego fue como si lo
que quedara de ellos desapareciera. Así que tal vez tú fueras realmente normal,
¿sabes? La mayor parte de la gente piensa que en esas familias la magia se agota
tarde o temprano.
—Las FEAO no pensaban así —murmuré. Agotarse. Una Blaise. La gente de Bo
me ha traído una Blaise. Y no una prima tercera que sabe hacer juegos de cartas y
quizá un signo de protección que casi funcione, sino a la hija de Onyx Blaise.
Onyx Blaise.
Cuya madre le había enseñado a su hija a transmutar. ¿Cómo contaba una o dos
generaciones toda esa gente que me miraba de reojo? ¿Qué más podía hacer mi
abuela? ¿Qué más había hecho?
¿Cómo había desaparecido?
—Y no hay nadie más normal que tu madre.
Cierto. Tendría que pensar en cómo agradecerle que yo hubiera abrazado tan bien
la normalidad. Sería difícil escoger entre el cianuro y el garrote vil.
—¿Podemos salir? —le pregunté.
El sol estaba oculto tras las nubes, pero la luz del día sigue siendo mejor que estar
dentro de un edificio.
—Aimil, quiero pedirte un favor.
—Claro.
—Vale, gracias. Es lo que las FEAO quieren que haga, lo de intentar obtener una
localización fija en uno de tus inquietantes correos cósmicos. Quiero hacerlo en un
lugar que no esté tras un cristal blindado.
—Con la luz del día —dijo Aimil—. De acuerdo. Lo haremos en mi casa. Mi
siguiente tarde libre es el jueves.
—Encontraré a alguien con quien cambiar el turno.
—No es solo por los cristales blindados, ¿verdad? También es por ellos. No
quieres hacerlo porque las FEAO te lo digan.
Asentí.
—Sé que son los buenos y tal, pero…
—Lo sé. Una vez descubrí que estaban observándome, cambié la manera de hacer
ciertas cosas. Son buenos y hago trabajos para ellos y no me importa. No demasiado.
Pero todo esto es extraño para mí. Y aún tengo esa estúpida idea de que mi vida me
pertenece.
Había buenos motivos por los que Aimil y yo éramos amigas.

Fui a casa esa noche, salí al balcón de nuevo y dije en la oscuridad:


—Con, Constantine, ¿estás bien? Si me necesitas, llámame.

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Por un instante, sentí… algo. Como un tirón cuando estás medio dormida o
pensando en otra cosa. Podría ser un pez y podría ser la corriente… pero podría ser
un pez. (Sabía de peces porque Mel me había enseñado, no porque ardiera en deseos
de empalar a pequeños invertebrados en ganchos de alambre, desgarrarles sus
cavidades orales y asfixiarlos en un entorno ajeno a ellos). Eso me hizo pensar que
debía de estar medio dormida o pensando en otra cosa, porque estaba buscando
desesperadamente cualquier señal. Y se fue tal como llegó.

La tarde del jueves no fue de las mejores, pero me las apañé. Paulie no sintió
demasiado cambiarme su única mañana de madrugón por trabajar ese jueves por la
tarde, y tampoco había recuperado aún la mañana que había faltado durante nuestra
última semana de trece días. Me preocuparía después de lo poco que parecía sentirlo.
Mientras tanto, me levanté a las tres de la mañana para hornear alguna cosa extra,
como si con ello quisiera recalcar algo importante. Mientras me tomaba la cantidad
necesaria de un té más oscuro que el foso de los condenados para poder pasar el día,
salí de nuevo al balcón, en busca de temblores en la corriente. Todo lo que obtuve fue
una sensación más fuerte de que algo iba mal; pero yo era buena en eso de sentir que
algo iba mal cuando no era así (algo que había heredado de mi madre) y en este caso
no había nada, nada salvo mi propia desazón.
Lo de conducir una vieja tartana tiene sus ventajas frente a los coches modernos;
las tartanas tienen muy mala amortiguación y van a trompicones, lo que te ayuda a
mantenerte despierta. Los amuletos de la guantera también estaban más inquietos de
lo habitual: creo que estaban protestando por mi manera de conducir. Para cuando salí
del trabajo al mediodía, sentí como si hubieran pasado varios años desde la última
vez que había dormido algo, así que me eché una siesta en vez de almorzar. Me llevé
unos sándwiches en una bolsa y Aimil tenía una tetera aguardándome.
Era otro día gris, pero Aimil había dado la vuelta a la mesa del combox para que
la silla diera la espalda a la ventana, que había abierto. La poca luz que había cayó
sobre mí cuando me senté, y una leve brisa acarició mi pelo.
—¿Por dónde quieres empezar? —preguntó Aimil—. ¿Con el del otro día, o
quieres empezar de cero?
No había pensado en ello. Empezamos bien. Me costaba tanto obligarme a hacer
algo, que los detalles se volvían un poco dispersos…
¿Quién o qué estaba buscando? ¿A Con? ¿A Bo? Puesto que lo iba a hacer a solas
con Aimil no estaba intentando contentar a Pat y a Jesse. Así que ¿qué me haría feliz
a mí? Define «feliz».
Pero si encontraba algo al otro lado del mundo real que les sirviera a Pat y a Jesse
para entablar conversaciones con los equivalentes locales de las FEAO, tal vez así
dejaran de molestarme.
Encontrar a Bo no iba a hacerme feliz, pero no quería buscar a Con con alguien a

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mi lado, incluso aunque fuera Aimil. Con lo que me quedaba Bo o lo Desconocido.
Lo Desconocido, por el momento, era desconocido. Bo, por otro lado, iba tras de mí.
Bo, entonces.
—Empecemos con el de ayer.
Aimil sacó el archivo, el correo cósmico que yo quería, y dio un paso atrás. Yo
entrecerré los ojos ante la pantalla. Pude ver cómo la barra parpadeaba con el correo
destacado y la tecla estaba bajo mi dedo. La pulsé.
Sentí unas manos agarrándome el cuello, un peso aplastante y quebrador en mi
pecho; también sentí una presión horrible, horrible, en mis ojos, mis pobres ojos
aturdidos por la oscuridad… estaba perdida en la oscuridad, ya no sabía si estaba
boca arriba o boca abajo, era vertiginoso, me entraron náuseas…
No.
Me estabilicé. Encontré un… alineamiento. En algún punto. En algún lugar, en la
oscuridad… estaba… no, no estaba de pie. No parecía haber nada sobre lo que estar
de pie y no estaba segura de que hubiera algo de mí con lo que sostenerme. Si mis
pies habían desaparecido, entonces no era de extrañar que mis ojos (no, mi visión)
también lo hubieran hecho. No era oscuridad: era lo siguiente. Era el más allá de la
oscuridad. Y yo solo podía ver en la oscuridad. Mis ojos seguían allí (o tal vez ahora
fueran mis no-ojos) y no podía ver con ellos y parpadear no parecía ya relevante, pero
la presión estaba allí. ¿Y por qué era tan difícil respirar? Especialmente porque al
mismo tiempo respirar parecía tan irrelevante como parpadear. ¿Por qué quería
respirar?
¿Dónde estaba? Era como si me extendiera a lo largo de una línea intangible; cual
aguja de una brújula. A las agujas de las brújulas no les importaba la oscuridad.
Aunque yo dudaba mucho que estuviera apuntando hacia algo que en el mundo real
pudiera reconocer como norte. Tal vez hubiera encontrado de dónde venía el correo
cósmico de Aimil. ¿Pero dónde era? ¿Y había alguna pista que pudiera llevarme
conmigo al mundo que conocía?
Si es que podía volver allí.
Experimenté con el movimiento. El movimiento no parecía ser una opción. Allí,
en ese no lugar, en el más allá de la oscuridad, yo no era nada. Vale, sí, la próxima
vez organizaré mejor todo este asunto…
La próxima vez, presuponiendo que salga de esta con vida.
Estaba agradecida por la presión en mis ojos, por la dificultad para respirar; me
hacía sentir que aún existía… en cierta manera. En algún lugar.
Era una manipuladora de magia, una transmutadora de objetos, una Blaise por
sangre y, últimamente, por práctica. No demasiada, pero en ello estaba.
Recordé otra sensación de alineamiento, cuando cambié mi pequeña navaja y la
convertí en una llave. Intenté alcanzar esa sensación. No, intenté alcanzar mi navaja.
No debería haber estado allí, y yo no tenía dedos con los que sentirla, pero fui
consciente de repente de su presencia. No podía verla, pero sabía que era una luz a

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pesar incluso de esa oscuridad. Y con su luz invisible podía… ver. Ver. Sentir. Oír.
Oler. Vivir…
Oí un crujido, como las hojas agitadas con la brisa. Y por un instante me erguí
sobre cuatro patas enjutas y cubiertas de pelaje, y pude sentir, oler y oír como ningún
humano podía.
Y entonces estaba de vuelta, sentada en la sala de estar de Aimil, y su mano
estaba apartando mis dedos ineptos para poder pulsar ella la tecla. La pantalla se
tornó oscura.
—Esto no ha sido nada bueno —dijo.
—¿Qué ha ocurrido? —Estaba alucinando por sentir mi cuerpo sentado en la silla,
la gravedad, la vista (luz, sombras titilantes), los dedos en el teclado, los pies en el
suelo. Los sentidos de los vampiros son distintos a los de los humanos en muchas
cosas. ¿Acaso yo…? ¿Qué había…?
Las hojas dibujaron sombras moteadas en mi lomo pardusco cuando me levanté,
con los árboles y el campo dorado ante mí. Levanté mi nariz negra al viento, apunté
las orejas y escuché.
No. Mis dedos humanos agarraron la navaja. Seguía en la sala de estar de Aimil.
—No estabas aquí —dijo Aimil—. No por mucho tiempo, unos diez segundos, lo
suficiente para que diera dos pasos y pulsara la tecla. Pero tu cuerpo no te contenía.
—Se sentó entonces en el suelo—. ¿Sabes adónde has ido? —Agachó la cabeza y la
metió entre las rodillas para a continuación levantarla y mirarme—. ¿Lo sabes?
Negué con la cabeza. Experimentando con el movimiento. Recordé el vacío, el
alineamiento, los otros sentidos… mi navaja. Mi árbol. Mi… cierva. Me pregunté,
cuando ella había aceptado la muerte de la que sabía que no podía escapar, si sabía
para qué moría, si eso podía haber supuesto alguna diferencia, si esa era la razón por
la que… toqué el bulto de la navaja en mi bolsillo. No la sentí diferente. Estábamos
sentadas bajo la luz del sol; si la sacaba, no diferiría de ninguna otra navaja. La
segunda hoja, que rara vez usaba, estaría cubierta de pelusas del bolsillo; la primera,
que era la que usaba todo el tiempo, necesitaría un buen afilado. Plegada era del largo
de mi dedo corazón, y un poco más ancha y gruesa. Estaba arañada y desgastada por
haber pasado años en distintos bolsillos y compartiendo espacios angostos con cosas
como monedas y llaves del coche. Y relucía en la oscuridad, incluso en el más allá de
la oscuridad de aquel vacío. Relucía como una baliza que decía: «Aguanta. Te tengo.
Aquí».
Sentía algo tras mi experiencia en ninguna parte, en el más allá de la oscuridad.
¿Me habría traído conmigo algo, algo que pudiera usar?
Sí. Pero no sabía qué era. No era algo como una directriz o indicación.
—Nada de teína tras esto —dijo Aimil, que aún seguía en el suelo—. Whisky. —
Se puso a gatas y fue hasta el pequeño aparador que tenía junto al sofá—. Y ni si te
ocurra decirme que quieres probar de nuevo, porque la respuesta es no.
La miré mientras me pasaba el pequeño y pesado vaso con un dedo de líquido

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ámbar oscuro dentro, similar al color de la madera que recubría mi pequeña navaja.
—No lo intentaremos de nuevo hoy —dije—. Pero tenemos que hacerlo otra vez.
—No, no tenemos —dijo ella—. Deja que las FEAO se ocupen de ello. Para eso
están.
—Si pudieran ocuparse de ello, no nos habrían pedido ayuda.
—Las guerras han terminado —dijo Aimil.
—No exactamente —le respondí, tras una pausa—. ¿No te dijo Pat…?
—Sí, ¡me dijo que nos sumiríamos en la oscuridad en cien años! —dijo enfadada
—. ¡Lo sé!
Me deslicé de la silla hasta el suelo, con ella. Me sentía como una colección de
viejas y chirriantes bisagras. Me incliné hacia delante y la rodeé con mi brazo.
—Yo tampoco lo quiero saber.
Tras un instante, Aimil me dijo:
—Han aparecido dos tipos secos más en el casco antiguo esta semana. ¿Lo
sabías?
—Sí. —Lo había oído en las noticias unos días atrás, un tema genial cuando estás
conduciendo sola de noche, y Charlie y Liz estaban hablando de ello cuando salí con
la primera bandeja de rollos de canela y se hizo el silencio. Fingí que no había oído
nada y serví el primer rollo, que estaba muy caliente, en un plato, para la señora
Bialosky. Ella me dio una palmadita en la mano y me dijo:
—No te preocupes, cielo, no es culpa tuya. —Como era la señora Bialosky, a
punto estuve de creerla, pero cometí el error de alzar la vista, mirarla a la cara y
sonreírle, y vi la expresión de sus ojos. Oh, a punto estuve de darle una palmadita en
la mano y de decirle que no era tampoco su culpa, pero de qué habría servido.
Supongo que no me sorprendió descubrir que la señora Bialosky no solo se
preocupaba de la basura, las ratas y el arriate.
—No me habría unido a las FEAO únicamente porque Pat puede volverse azul —
dijo Aimil—. Trabajar en una habitación con los cristales blindados me provoca
asma. Incluso a tiempo parcial. O tal vez sea por todos esos tipos de caqui.

Volví a la cafetería para el turno de las cenas, pero cuando Charlie me vio me dijo:
—Encontraré a alguien que te sustituya. Vete a casa.
—Me iré cuando encuentres a alguien —le respondí, y aguanté dos horas, hasta
que el pobre Paulie aceptó renunciar al resto de su noche libre tras haber estado allí
toda la tarde. Estaba enseñándole a estar contento de librarse del turno de las cuatro y
media de la mañana. Llegué a casa a las ocho y media; era noche cerrada. Charlie me
había mandado a casa con una botella de champán a la que le quedaba una copa y
media: perfecto. Fui al balcón y me lo bebí en la oscuridad. La oscuridad danzaba.
Había tenido una idea. No me gustaba mucho, pero tenía que intentarlo. Volví
dentro y desenchufé mi combox. Nunca se está a oscuras del todo en el exterior, y no

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tenía cortinas para tapar las ventanas del balcón. Me lo puse bajo el brazo, me fui al
armario, me metí dentro y cerré la puerta. Eso sí que era oscuridad de verdad. No
había mucho espacio, pero eché a un lado algunos zapatos y me senté. Encendí el
combox, escuché el zumbido resentido de su batería; era viejo y prefería funcionar
enchufado. La pantalla se encendió y me preguntó si quería acceder a la Globalnet.
Seguí sentada, contemplando las letras brillantes. En la oscuridad no parpadeaban, ni
huían en millones de pequeñas, inquietas y menguantes dimensiones, como cuando
miras a un espejo con otro situado a tu espalda. Se leían con facilidad.
Me gustaba menos todavía que mi idea hubiera funcionado. Al menos no tenía
que usar un combox en la cafetería. Me habría resultado difícil explicar por qué
necesitaba un armario.
Saqué el combox de ahí y lo enchufé en mi escritorio. No es que invitara a mucha
gente a casa, pero tenía cuidado de parecer normal a ojos de todos, incluidos los
míos, ahora que me estaba comportando más como la hija de Onyx Blaise. Tener el
combox en la mesa es mucho más normal que en un armario. ¿Podía ver mi padre en
la oscuridad? ¿Podía alguien de su familia? No recordaba a nadie salvo a mi abuela.
El resto eran formas alargadas y borrosas de mis primeros años de vida. Aimil tenía
razón: los Blaise habían desaparecido durante las guerras. Pero yo no me había
percatado. Había estado ocupada siendo la hija de mi madre. Incluso aunque quisiera
contactar con ellos, no sabría cómo.
Podría preguntárselo a Pat y Jesse. Justo después de contarles que había accedido
a una flamante línea directa al Mundo Vampiro, el nuevo parque temático del horror.
Dejaría en ridículo al simulador de ataques de espectros del museo de los Otros.
Haría que la montaña rusa de dragones del Mundo Monstruoso pareciera un tiovivo.
Tan pronto como solucionáramos algunos detalles nimios, del tipo «cómo llegaste
allí». Y cómo saliste de allí. Entretanto, aún no les había contado que podía ver en la
oscuridad. ¿Se lo habría contado unos días atrás, si Aimil no hubiera estado allí? Para
eso había ido a hablar con ellos.
Regresé al balcón. Quería un alineamiento. Permanecí al borde del vacío, pero en
mi mundo, sobre mis pies, contemplando la oscuridad ordinaria con mis… no tan
corrientes ojos.
Constantine. Con, ¿estás ahí?
Esa vez estoy segura de haber sentido ese tirón en la línea que fluye en el oscuro
éter. Un pinchazo coherente en la incoherente nada. Pero lo perdí una vez más.
Estaba tan cansada que tenía que agarrarme a la barandilla para mantenerme de
pie.
Así que me metí dentro y me fui a la cama.

Mientras tanto iba apañándomelas en otros frentes. Por lo general, ya lo hacía bien a
la primera cuando meto la cuchara en el saco de harina o cuando uso el horno. Y no

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me había dado contra una puerta en varios días.
Después de que mi visión se hubiera elevado cual ola y me hubiera desplazado
fuera de mi terreno en el parque Oldroy, después de ver lo que había visto en el rostro
de Maud (estuviera allí o no, puesto que no podía preguntarle), cuando la visión
amainó y me dejó en tierra firme de nuevo, parte de esa sensación de embriaguez se
había atenuado también. Era como si la oscuridad fuera una especie de mapa de
carreteras que había estado doblando mal, y esa vez lo hubiera hecho bien. Aunque
los mapas de carreteras por lo general no se desdoblaban solos y se agitaban ante ti
diciendo: ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Presta atención, estúpida! Pensé que era una especie de
mapa de carreteras, pero de un país que desconozco, en un idioma que no comprendo.
Y no es tanto que no se desdobla como que erupciona.
No sabía si había visto lo que había visto en el rostro de la señora Bialosky
tampoco, esa mañana en que me había dicho que no me preocupara.
Así que, ¿qué me gustaba más? ¿Que mi afinidad estuviera haciéndose más
fuerte, que pudiera sacarme del mundo humano a algún espacio oscuro y alienígena,
o que simplemente me estuviera volviendo loca y/o tuviera un tumor cerebral
inoperable? ¿Tenía una tercera opción?
Trabajé bastante bien ese día y llegué a casa a tiempo para tomarme una taza de té
en el jardín. La sobrina de Yolande y sus hijas se habían marchado tras una visita de
dos semanas y, aunque nada tenía que decir al respecto, en mi fuero interno estaba
contenta de tener el jardín de nuevo para nosotras. Yolande salió al jardín y se unió a
mí. Observé cómo algunas rosas tardías bailaban una especie de vals con sus sombras
mientras la leve brisa de la tarde jugaba con ellas. Entonces observé a Yolande.
Siempre me había gustado observarla. Deseaba que esa serenidad y autodominio
pudiera embotellarse para adueñarme de una pizca. Era un poco como Mel, solo que
sin los tatuajes. Me sentía cansada y sosegada y estaba disfrutándolo tanto que me
llevó un rato darme cuenta de algo extraño.
Las sombras yacían inmóviles sobre el rostro de Yolande.
Salí de mi ensimismamiento y la miré. Ella vio que la miraba y sonrió. Aparté
apresuradamente los ojos. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué podía preguntarle?
Nada.
La miré de nuevo. Las sombras de su rostro estaban quietas, pero eran profundas.
Como mirar al cielo.
¿Qué sabía de ella? Había heredado esa casa de alguna pariente lejana que no
había tenido descendencia y que sentía que las solteras del mundo tenían que
mantenerse unidas. Se había mudado allí desde Cold Harbor cuando se había
jubilado. No recordaba si alguna vez me había contado en qué trabajaba. Tenía esa
actitud centrada, calmada y fuerte que me hacía pensar que podía haber sido maestra,
clériga, curandera o comadrona. No me la imaginaba con un traje de chaqueta delante
de un escritorio con un combox con una pantalla del tamaño de una pista de tenis y
un enjambre de jóvenes y atractivos ayudantes en despachos adjuntos cuyos cortes de

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pelo habían sido creados de manera tal para poder llevar los auriculares de la
Globalnet durante todo el día.
No podía preguntar. Si hubiera querido contármelo, lo habría hecho tiempo atrás.
Probablemente no tuviera nada que ver con cuál había sido su trabajo. Probablemente
fuera como tener pecas o el pelo rizado o la capacidad de transmutación: se nace con
ello. Pero cualidades como la capacidad de transmutación solían llevar a otras
opciones…
—Creo que nunca me has contado de qué te jubilaste —le solté.
—Era guardiana de protecciones —me dijo como si nada, como si estuviera
comentando lo agradable que se había puesto la tarde, como si mi pregunta no
hubiera sido una grosería.
Guardiana de protecciones.
Me entraron ganas de reír. No era de extrañar que las protecciones de su casa
fueran tan buenas. Ese título no se conseguía así como así. Por cada guardián de
protecciones había cientos de artesanos de protecciones acreditados de primera,
segunda y tercera clase. El rango de guardián garantizaba una autoridad ilimitada
para diseñar y crear cualquier protección frente a los Otros para la que el cliente
deseara contratarte. Incluso los guardianes de protecciones tenían sus especialidades:
empresas grandes, pequeñas, casas, guardaespaldas, y todo el turbio negocio de la
vigilancia, que iba desde la honesta vigilancia protectora al espionaje puro y duro.
Pero uno no se hacía con su insignia de guardián a menos que pudiera hacer
actuaciones más que competentes con todo aquello.
Guardiana de protecciones. Entonces debía… su casa… pero Con… Caí en la
cuenta de que había dicho la primera palabra en voz alta (confiaba en que solo
hubiera sido la primera), porque Yolande me respondió.
—No, no soy tu idea de un guardián de protecciones, ¿verdad? —dijo ella—. De
nadie, en realidad. Pero una vez me hube establecido, los negocios llegaban por el
boca a oreja y mis clientes anteriores por lo general tenían el buen juicio de advertir a
posibles clientes futuros de que yo era una anciana menuda y de cabello gris (lo he
tenido así desde la adolescencia, por cierto) con aspecto de ser incapaz de cruzar la
calle sola. —Me miró y sonrió—. He de admitir que nunca he sido muy buena en eso
de cruzar sola. Los coches van demasiado rápido y a menudo en direcciones
inesperadas. Siempre he sido mucho mejor en la creación de protecciones.
No era capaz de pensar en cómo formular mi siguiente pregunta. Ni siquiera
podía hacer acopio de mi atención restante para reírme de la idea de que Yolande
fuera una persona apocada.
—Pero bueno —prosiguió, casi como si me estuviera leyendo la mente—, la
gente no siempre es lo que uno espera. Yo tampoco me esperaba que una joven
humana agradable, sensata, fanática del sol y que trabaja en el restaurante de su
familia fuera amiga de un vampiro.
Ahí ya sí que no pude decir nada de nada.

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—Querida —dijo Yolande—. Acabo de referirte todo lo que sé sobre tus asuntos
privados. Sí, hay más protecciones en esta casa y en el jardín de las que eres
consciente y el hecho de que no te hayas percatado de ellas tal vez sea señal de que
no he perdido aún mis habilidades. Claro que sabía que había estado viniendo un
vampiro, pero también sabía que no solo lo habías invitado a entrar, sino que no te
habías visto coaccionada para hacerlo. Una buena protección, querida mía, también
evita que una invitación forzada logre su objetivo. Y mis protecciones son buenas.
»No hace falta mucho esfuerzo intelectual para deducir lo que te ocurrió durante
los dos días que estuviste desaparecida la pasada primavera, especialmente con ese
hedor a vampiro impregnado en ti. Sherlock Holmes, ¿los jóvenes lo seguís leyendo?,
fue quien dijo esa famosa frase de que una vez has eliminado lo imposible, lo que
queda, por muy improbable que sea, tiene que ser la verdad. Es un precepto de lo más
útil para alguien que crea protecciones, y yo tal vez no me haya retirado del todo. Los
vampiros, como es propio de ellos, te causaron daño, pero en este caso, y eso no es
habitual, no fue un daño terminal. Así que he de asumir que ese vampiro en concreto
te ha ayudado en algo, y eso ha creado una especie de vínculo entre los dos. Esta
descabellada teoría, proveniente de alguien más sumida en la senectud de lo que le
gustaría, se ha visto últimamente reforzada por su regreso, no una, sino dos veces.
»Sé que tu improbable amigo es un vampiro, un vampiro varón, y que solo a él le
invitaste a traspasar tu umbral. Ese detalle me tranquiliza, por cierto. Si hubiera
habido más de uno, creo que mi determinación para pensar bien y no mal tal vez
hubiera fracasado. Aunque he de admitir que he doblado el número de protecciones
alrededor de mi parte de la casa… nada me indica que también sea mi amigo,
compréndelo, y la repulsión que los humanos sienten hacia ellos está por lo general
más que justificada.
Yolande se inclinó hacia delante para mirarme a la cara.
—Lo que te estoy diciendo, con todos estos circunloquios propios de una anciana
que tal vez pase demasiado tiempo sola, es que te ofrezco mi apoyo en esta tarea
increíblemente difícil en la que te has embarcado. La antipatía natural entre vampiros
y humanos significa, creo yo, que os traéis algo entre manos; dudo mucho que ni tu
amigo ni tú estéis disfrutando de la situación. No creo que tus nuevos colegas de las
FEAO sepan de este amigo ni de en lo que andáis metidos, ¿verdad?
Conseguí negar con la cabeza.
—No me sorprende. Dudo mucho que las FEAO sean… flexibles. La falta de
flexibilidad es la causa raíz de gran parte de los problemas de las organizaciones
grandes.
Pensé en Pat volviéndose azul y sonreí un poco. Pero solo un poco. Yolande tenía
razón en lo de la actitud de las FEAO hacia los vampiros. Tenía razón respecto a la
actitud universal de los humanos frente a los vampiros.
—No tenía pensado decirte nada. Al principio pensé que lo que quiera que te
hubiera ocurrido cuatro meses atrás había acabado. Pero la mácula vampírica seguía

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en ti: esa herida de tu pecho la causó un vampiro, ¿no es cierto?
Qué poco habían servido de camuflaje mis camisetas de cuello alto. Asentí.
—Y luego vino tu amigo y la herida desapareció. Los dos hechos están
relacionados, ¿verdad?
Asentí de nuevo.
—Para mí eso es más que suficiente como definición de amistad. Pero esa… ya
no la llamaría mácula… una leve mota, la huella del vampiro, sigue en ti. Lamento
que la única comparación que se me venga a la cabeza ahora mismo sean esas
personas que ingieren arsénico. Si tomas un poco, muy poquito, con el tiempo
desarrollas una inmunidad limitada hacia este. No sé por qué deberías optar por…
inmunizarte así. O por qué él… Querida, discúlpame si estoy siendo una entrometida.
Pero tu inevitable y totalmente justificada consternación, confusión y preocupación
de los últimos cuatro meses ha cambiado, eso tenlo por seguro, aunque no ha
decrecido. Se ha incrementado, y alarmantemente.
Paró de hablar, como si esperara una respuesta por mi parte, pero no pude decir
nada.
—Querida, mis protecciones me han dicho además que tu apodo es algo más que
un mote cariñoso. No puedo pensar nada malo de alguien que saca sus fuerzas de la
luz del sol. Si puedo ayudarte, lo haré.
La carga que sentía desapareció de una manera tan inesperada que me sentí
abrumada, también porque fue entonces cuando fui consciente de cuán pesada había
sido. Había dado por sentado (había estado segura de ello) que no había nadie a quien
pudiera hablarle de mi «amigo improbable», que no había absolutamente nadie a
quien pudiera arriesgarme a contárselo. Y ahora Yolande me lo había dicho, ella a mí.
Éramos dos las que lo sabíamos.
Tal vez eso significara que nuestra tarea no fuera imposible del todo.
Fuera cual fuera.
Bueno, acabar con Bo sería beneficioso para toda la humanidad, sin duda,
sobreviviéramos Con y yo o no. Pero en ese momento no veía cómo tener a una
guardiana de protecciones de nuestra parte iba a sernos útil. Además, sentía el egoísta
deseo de permanecer con vida. Que le dieran al futuro y a la humanidad.
Y Con no se había presentado para ayudarme a hacer planes. Fue él quien me dijo
que no disponíamos de mucho tiempo. La aparición de más tipos secos en el casco
antiguo era un mensaje.
Pero ahora había otro humano que sabía lo nuestro, y no había alucinado en
colores. Me sentía mejor, aunque no debiera.
—Gracias —dije.
—No me las des aún —dijo Yolande—. Todavía no he hecho nada, salvo
entrometerme en tus asuntos privados. No lo habría hecho si hubiera sentido que
podía correr el riesgo de no indagar sobre ellos.
Bueno, gracias a los dioses y a los ángeles por las caseras entrometidas. Por esta

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en concreto.
—¿Existe algo como una antiprotección? ¿Algo que atraiga? —le pregunté.
Yolande arqueó las cejas.
—Mi amigo improbable. Debería haber vuelto y no lo ha hecho. Y no sé cómo
encontrarlo.
—¿Y el vínculo entre los dos?
Negué con la cabeza.
—No es lo suficientemente fuerte, o… es como si traspasara nuestros mundos. Y
yo no puedo acceder al mundo de los vampiros. —O podía, pensé, pero no sabría qué
hacer una vez estuviera allí. Cómo podría encontrar algo, por ejemplo. O cómo
podría salir de nuevo.
—Entonces tal vez él no te haya llamado.
Qué interesante que ella supiera que tenía que hacerlo.
—Creo que está en apuros. Creo que está en tales problemas que no puede
llamarme. O que no sabe cómo. Los vampiros no llaman a los humanos, ¿no?
Yolande siguió con la ceja arqueada mientras meditaba sobre aquello.
—Veo la dificultad. —Permaneció sentada en silencio durante varios minutos y
yo seguí sentada callada, casi recordando eso que llamaban paz. Había olvidado lo
que era en esos últimos cuatro meses. Decía bastante sobre mi estado de ánimo que el
mero hecho de compartir la existencia de Con con otro ser humano me hubiera hecho
recordar lo que era… a pesar de la temible certeza de la existencia de Bo.
Se levantó y entró en casa. Yo me serví otra taza de té y contemplé las rosas.
Aquella paz que sentía, por muy frágil que fuera, hacía que fuera más sencillo ceder
al extremo visionario de mi visión nocturna. Las sombras de las rosas decían que
adoraban el sol, pero que también amaban la oscuridad, allí donde sus raíces crecían
por entre el oscuro misterio de la tierra. Las rosas decían: «No tienes por qué
escoger».
Mi árbol decía «Síiiii».
Mi cierva se hallaba en el extremo de las sombras del bosque, mirando al sol, con
su espalda moteada por la luz de este.
No tienes que escoger.
No me lo creía. ¿Cuántos devoradores de hamburguesas del planeta son
acechados por vacas?
Cuando Yolande reapareció, traía las manos llenas.
—Puedo hacerte algo más conectado a ti, más como… un nudo en una cuerda,
pero aquí hay algo que podrás probar ahora mismo. —Dos velas, y un pequeño haz
de hierbas de fuerte olor—. Pon las velas a ambos lados de ti y las hierbas delante y
detrás. Enciéndelas también. ¿Tienes algún cuenco viejo? Aguarda unos minutos
hasta que todo el humo se haya mezclado. Luego busca a tu amigo.

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Esperé a que fuera noche cerrada y entonces me coloqué en el suelo ante las puertas
abiertas del balcón. Encendí las velas y las hierbas. Aguardé a que el humo se
mezclara. No era exactamente un olor agradable, pero resultaba interesante, e intenso.
Un olor… atrayente. Me sumergí en él.
Cerré los ojos. Con, maldita sea, ¿dónde estás? Estoy segura de que tienes
problemas. Llámame para que pueda ir hasta ti, cabrón cabezota.
Regresé al espacio de los vampiros, pero el humo había venido conmigo, me
envolvía como una enorme bufanda, dejando tras de sí su estela en el mundo de los
humanos, y avanzando por delante de mí hacia el más allá de la oscuridad vampírica.
Yo yacía, suspendida, entre medias, pero en esta ocasión no me sentí perdida ni
revuelta.
Sunshine, presta atención. Ni perdida ni revuelta. No era el mismo espacio. Era
otro extraño vacío de los Otros donde los humanos no pintaban nada. La gran
diferencia era que este no estaba intentando matarme. Al menos no de momento. ¿Era
esa la parte de atrás, la carretera secundaria, tras la velocidad y el rugido de la
superautopista que había sido demasiado para mí aquella vez? Aún era incapaz de
leer el mapa.
Era una lástima que no se pudiera tomar un autobús sin más.
Me retorcí un poco allí donde yacía. Seguía notando la extraña presión de estar en
un espacio ajeno a mí, como si un cuerpo humano fuera el vehículo equivocado si
querías viajar hasta allí; pero aquel lugar carecía de la malevolencia de aquel en el
que había estado aquella tarde en la sala de estar de Aimil, y la bufanda de humo me
confería cierta protección, como frente a un viento molesto. Si yo fuera un coche,
entonces habría subido las ventanas. Vale. Ahí estaba. Probé a respirar. Pasó algo de
tiempo, si es que allí el tiempo transcurría. Hasta la extrañeza, aquella extrañeza no
malevolente, empezaba a parecer… el medio con el que tenía que trabajar.
Yo era un pintor al que le habían dado un pegote de arcilla, un cantante al que le
habían dado un clarinete… un panadero de pan y galletas al que le habían dado un
vampiro.
Me incliné y me giré, buscando el alineamiento que buscaba. Allí… no. Casi.
Allí.
Y entonces oí su voz.
Sunshine.
Una vez. Solo una vez. Mi nombre. Allí.
Cuando capté la dirección exacta fue como si hubiera metido todo mi cuerpo en
un enchufe. Uau. Pero entonces salí disparada en ese rumbo igual que la flecha de un
arco en llamas. El humo se estaba dispersando por la velocidad de mi avance, el pelo
parecía estar despegándoseme del cuero cabelludo, y la presión se estaba
incrementando… e incrementando… me estaba estirando cual bola de masa para

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hacer colines, como un puñado de lana es apretujada y enrollada antes de ser
colocada en un huso, fina, más y más fina, como un hilo romo aplastado entre
enormes dedos, precipitándose dolorosamente por entre el ojo de una aguja.
Plof.
Caí de la oscuridad, del vacío, del espacio de los Otros, a otra parte. A mi cuerpo,
si es que había llegado a salir de él.
Caí a cierta distancia y me golpeé contra algo. Algo más bien frío, y un tanto
blando, pero no mucho, y también extrañamente… mullido. Me habría resbalado
también de él.
Pero me rodeó con sus brazos y me giró de manera tal que se colocó encima de
mí, protegiéndome con su peso, y hundió sus colmillos en mi cuello.
Me quedé inmóvil. Bueno, ¿qué iba a hacer en una situación así? Y todo aquello
estaba sucediendo a la velocidad de los fotogramas de una película pasada a cámara
rápida, demasiado deprisa como para poder reaccionar.
Estaba oscuro, muy oscuro, tanto como el vacío por el que había viajado
recientemente, y si bien podía ver en la oscuridad, no tenía demasiada práctica en
aquel tipo de oscuridad y también… bueno, también estaba pasando algo más. Mi
conciencia estaba centrada en los dientes que sentía contra mi cuello.
Los dientes no habían rasgado la piel. Sus dientes no lo habían hecho. Sentí su
pelo en mi rostro. Lo había tenido en mi cara antes, pero aquella vez había estado
sangrando encima de mí. ¿Tal vez fuera mi oportunidad de devolverle el favor? Había
dicho que no me convertiría, que no podía convertirme. También había dicho que se
me podía matar, como a cualquier otro humano. Las muertes estándar de los humanos
también incluían que te succionaran la sangre hasta dejarte seco.
Tal vez a los vampiros no les gustaran las visitas que se presentaban sin avisar.
Bueno, había intentado avisar con antelación. Ja, ja.
Sus dientes seguían aún pegados a mi cuello. Por lo demás, estaba inmóvil.
Quieto. Era como estar apoyada contra una piedra. Una piedra con colmillos, claro
está.
El pelo le olía a humedad, a tierra. No era un olor agradable (de recordarme a
algo era al rocío de primavera, a tierra húmeda y a musgo en las rocas a su alrededor),
pero no era su olor habitual de vampiro. No me preguntéis cómo sabía que era él,
pero lo sabía. Además de por el hecho de que, si hubiera sido cualquier otro vampiro,
no habría vacilado a la hora de clavarme los colmillos.
Estaba frío. Inmóvil y frío. Todo su cuerpo…
El contacto de nuestras pieles era casi total. Parpadeé frente a la oscuridad. Me
estremecí por el contacto con su cuerpo. A continuación, sentí, levemente, sus labios
en mi cuello, cuando estos cubrieron sus dientes. Su rostro descansó en la curva de mi
cuello, un instante, dos. Dos latidos míos. Estaba menos frío. En cierto modo estaba
acostumbrada a la falta de latidos, pero estaba casi segura de que tampoco estaba
respirando. Lo que los vampiros llamaban respirar, vaya. La efervescencia que sentí

[Link] - Página 194


cuando lo rodeé con mis brazos tras descubrir que mi coche había desaparecido, ese
día en el lago, tampoco estaba.
Levantó la cabeza. Otro de mis latidos, y otro. Cambió la posición de sus brazos,
por lo que ya no me estaba sosteniendo como una abrazadera agarra un motor
recalcitrante en un taller. Giré un poco la cabeza. Pude ver el brillo gris de su mejilla
y mandíbula en la oscuridad: mi visión se estaba ajustando. Noté cómo mis ojos
intentaban escudriñarlo, como cuando el oculista te da una de esas gafas ridículas y
va metiendo lentes para que mires a través de ellas y todo se ve mal. Resultaba
desconcertante ver en lo que yo sabía que era una oscuridad propia de… un
enterramiento. No, no era una buena metáfora. Pero donde quiera que estuviéramos,
me sentía bajo tierra, y no creía que fuera solo por la oscuridad.
Levantó la cabeza un poco más y la volvió para mirarme, y vi entonces que el
color del agua estancada de sus ojos se volvía verde esmeralda de nuevo. Recordé
que la primera vez que había visto sus ojos, la noche del lago, habían tenido el color
del agua estancada; ¿cómo es que no recordaba esa transformación? Probablemente
porque no la había visto. Eso había sido en aquellos días en que aún me creía humana
y cuando no era capaz de mirar a un vampiro a los ojos.
También estaba ganando temperatura. Ya no estaba tieso como (pongamos) un
lagarto hibernando. Aun así seguía sintiéndolo frío.
Noté cómo su pecho se expandía, y su primer aliento acarició mi rostro. Recordé
cuando me llevó en nuestra huida del lago, cuando me apoyé en su pecho y reconocí
su respiración, pero ningún ritmo en ella.
Apoyaba todo su peso en los codos para que yo pudiera respirar mejor.
Recordé también que, en el largo camino desde el lago, había sido incapaz de
acompasar mi respiración a la suya. Pero ahora él lo estaba haciendo. También me di
cuenta de repente de que estaba notando su erección en mi pierna.
Los dos estábamos desnudos.
Sabía que los vampiros controlan en parte su temperatura corporal, al igual que el
flujo sanguíneo. Tal vez sea un tanto variable, especialmente en momentos de
tensión. Había pasado de estar frío como un muerto (perdonad la expresión) a lo que
podríamos definir como la temperatura normal de un cuerpo humano, en cerca de un
minuto. Sabía que tenía problemas (había estado casi segura); por eso estaba yo allí.
Quizá lo hubiera, ejem, «despertado» demasiado repentinamente. Tal vez se hallara
en lo que para la ciencia biológica vampírica fuera un shock, pues los sistemas de
control no estaban respondiéndole.
Eso no explicaba lo de la erección, sin embargo. Eso sí estaba respondiendo.
De repente estaba muy caliente, caliente como si hubiera estado en una cocina
haciendo rollos de canela en el mes agosto. Ya sabía que los vampiros podían sudar,
en ciertas condiciones, como estar encadenado a la pared de una casa con la luz
entrando directamente por las ventanas. Estaba sudando de nuevo. Parte de su sudor
me cayó encima.

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Siempre me había gustado el sudor. En otras ocasiones, cuando había tenido un
cuerpo masculino desnudo y sudoroso contra el mío, siempre solía pensar que eso
significaba que estaba entrando en acción. Y eso por lo general produce un
entusiasmo similar en mí. Aunque en este caso no es que estuviera pasando nada…
exactamente. Aún. Recordad lo rápido y repentinamente que estaba ocurriendo todo
aquello. Y si él estaba en shock, yo también. Tal vez mi cerebro no hubiera venido
entero conmigo en aquel salto al vacío, al igual que había ocurrido con mi ropa. Con
aquella esplendorosa erección presionando contra mi cuerpo, volví la cabeza y lamí
su sudoroso hombro.
Lo que ocurrió a continuación probablemente durara diez segundos. Tal vez
menos.
No creo haber oído el sonido que hizo; creo que solamente lo sentí. Movió de
nuevo las manos para acercar mi rostro al suyo y me besó. No puedo decir que notara
los colmillos. Todavía persistía en mí la certeza de que no debía intentar nada con mis
dientes, algo que con una pareja humana sí habría hecho. Pero aun así estaba de lo
más ocupada con la lengua y las manos. Me moví un poco bajo él. Lo besé mientras
él entrelazaba los dedos en mi pelo. Arqueé un poco el cuerpo para pegarme más a él.
Seguro que yo también estaba haciendo mis ruidos…
Siempre había pensado que la tierra se tenía que mover cuando llegabas, no
cuando acababas de empezar el viaje.
Un segundo estaba levantando mi pelvis para recibirlo (y, creedme, estaba allí) y
al siguiente Con se había apartado de mí y me había lanzado hasta precipitarme
contra una pared. Se puso de pie y desapareció.
Yo me quedé allí, pensando. Punto primero: donde demonios quisiera que
estuviera (y confiaba en que mi afirmación no fuera demasiado literal), el suelo era
suave y liso, de piedra. La pared contra la que me había empujado era del mismo
material.
Punto segundo: ¿qué había ocurrido?
Punto tercero: ¿por dónde quería empezar a contar?
Confié en tener la oportunidad de contarle a Yolande que no tenía que hacerme
nada especial, que las hierbas y las velas habían funcionado bien. Si es que a eso
podía llamársele bien.
Recordé, no sin cierto esfuerzo, que cuando había llegado (por decirlo de algún
modo), Con había estado frío y no respiraba. Pero por lo que a mí respectaba aquello
bien podía ser el equivalente vampiro a nuestra siesta. Muchos humanos se ponen de
mal humor cuando se despiertan sobresaltados. No. No creo que sus ojos adquirieran
el color de las charcas con una mera siesta. Vale. Tal vez había logrado mi misión,
que hubiera estado metido en algún lío vampírico y yo lo hubiera sacado de él.
Debería haberme sentido avergonzada. Debería haberme sentido paralizada de la
vergüenza. Estaba sentada, no, estaba acurrucada, desnuda, en un suelo frío de piedra
en la oscuridad, tras haber sido lanzada contra la pared por… bueno, una criatura…

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con la que había tenido la sensación de estar a punto de iniciar un encuentro íntimo.
Tal vez debería intentar sentirme agradecida por haberme librado de intimar con el
más peligroso de los Otros.
Aquello daba un significado completamente nuevo a lo de que te llevaran a «lo
oscuro».
No me sentía agradecida. Si hablamos de mal humor, un coitus interruptus me
pone de lo más malhumorada. Los labios de mis genitales latían como si me
estuvieran presionando el cerebro, lo que quedaba de él, y si no me follaba a alguien,
a algo (un vampiro serviría) ya, iba a explotar. Me ardían mis partes como si las
tuviera magulladas.
El mal humor, menos mal, no se transforma en bochorno. Se transforma en ira.
Conforme mi presión sanguínea empezaba a adoptar un patrón más normal yo echaba
humo. No podía importarme menos que estuviera desnuda en la oscuridad en Dios
sabe dónde. Bueno, no me importaba demasiado. No demasiado. De verdad.
Era una habitación grande. Vacía (salvo por mí) y el techo era tan alto que ni
siquiera mis ojos con visión nocturna podían distinguirlo. Nada de mobiliario. Ni
ventanas. Nada de nada. Un sitio curioso para una siesta. O tal vez para un asedio
solitario. Pero claro, yo no era un vampiro.
Estaba tan oscuro como el interior de mi armario. Así que nada parpadeó mientras
lo contemplaba. Lo que había que contemplar, claro. Uau, menudo extra. Tendría que
controlar mi euforia.
Reapareció. Llevaba lo que estaba empezando a pensar que era su vestuario
estándar: camisa negra holgada y pantalones negros. Sin zapatos. No podía estar
segura, pero no creía haberlo visto alguna vez con zapatos. Llevaba algo más, y me lo
acercó sin mirarme. Lo desdoblé. Era otra camisa negra holgada. Cuando me la metí
por la cabeza, me llegaba casi hasta las rodillas. Malditos fueran todos los dioses. No
estaba de humor.
Seguía sin mirarme. Y yo seguía furiosa.
—Lo siento muchísimo —dijo.
—Sí —dije yo—. Yo también me alegro de verte.
Hizo uno de esos gestos rápidos de vampiros, demasiado rápidos para el ojo
humano. Mis ojos ya no tan humanos pudieron seguirlo: en cierto punto indicó
frustración. Bien. Ya éramos dos. Aunque mejor pensado, dudaba mucho que la
frustración fuera física. Empecé a alegrarme de llevar la camisa negra, que
probablemente me hiciera parecer una muerta, especialmente con esa luz, esto… «no
luz»: el negro no es mi color, se mire por donde se mire. Pero parecer un muerto
puede resultar atractivo a ojos de un vampiro. En cuyo caso había menos motivos aún
para explicar por qué… mi ira estaba amainando. No quería que amainara.
Necesitaba su calidez. Pero él me había apartado de su lado, ¿no?
Independientemente de lo que su polla dijera, no me deseaba. Sentir ira era mucho
mejor que sentirse miserable. Y estaba cerca de eso. Me abracé y me estremecí.

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Tal vez él viera mi estremecimiento.
—Después de tu… —Paró de hablar—. Necesitas comer —dijo—. Ni siquiera
puedo alimentarte. —Se miró a sí mismo como si tal vez esperara tener colgando un
sándwich de mantequilla de cacahuete. Si se estaba planteando la posibilidad de
abrirse una vena y ofrecérmela, la respuesta era «No». Si estaba contemplando esa
idea, la rechazó. Me pregunté qué querría decir con eso de que no podía alimentarme.
—También he de darte las gracias por… rescatarme —dijo. Finalmente me miró.
¿Rescatarlo?
—No hay de qué —le dije—. Estoy convencida de que me encantará revisar mi
nueva colección de cicatrices y recordar cómo me las he hecho. Las de haberme
golpeado en la espalda y aterrizado como un saco de patatas y las de unos segundos
después, cuando me arrojaste de un lado a otro de la habitación contra la pared.
Vi cómo se estremecía. Punto para la humana.
—Sunshine —dijo. Hizo amago de acercarse a mí y yo me estremecí. Otro para el
vampiro.
No quería decirlo. No quería decir nada al respecto. Estaba resuelta a no decir
nada. Pero me salió una voz fuerte y extraña, teñida de desdicha:
—¿Por qué? Sé lo de que a los vampiros hay que invitarles. —Durante unos seis
meses, cuando tienes trece o catorce años, es la historia favorita de toda adolescente:
porque es entonces cuando descubres que tienes poder—. ¿Será que tal vez no
conozca bien los detalles? ¿Como que es necesario que se te haga llegar una
invitación solicitando respuesta (supongo que prefieres las letras con rebordes negros
y no dorados) al menos cuarenta y ocho horas antes del momento en cuestión? Quizá
necesites que esté impresa en un pergamino y escrita con sangre. Y, tonta de mí, no
sabía a qué dirección enviártela. —Estaba alzando la voz y cada vez sonaba más
estridente. Me callé.
Se quedó donde estaba, con los brazos muertos, mirando el suelo. El pelo le caía
por la frente. Quería echárselo hacia atrás para verle los ojos… no, no quería hacer
nada de eso. Me mordería la mano antes de tocarlo voluntariamente de nuevo.
—Creo que estabas invitándome a más de lo que eras consciente —dijo
finalmente.
Suspiré.
—Oh, genial. Afirmaciones crípticas de vampiros. Mis favoritas. Ahora vas a
decirme algo oscuro y profético acerca de nuestro vínculo, ¿verdad? ¿Que el vínculo
me trajo hasta aquí pero que no debemos dejarnos llevar por él quizá?
Se movió con tanta rapidez que no habría podido echarme a un lado a tiempo,
aunque se detuvo antes y no me tocó. Pero no se paró muy lejos de mí. Lo cierto es
que estaba tan cerca que lo difícil era no tocarlo. Puse las manos a la espalda cual
persona a dieta a la que le ofrecen elegir entre la «Muerte por chocolate amargo» o la
«Merenguemanía».
—No te he molestado por elección mía —dijo él—. ¿No te lo crees? —Hizo otro

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de esos ruidos de vampiros, algo así como un urrrrr—. Tal vez no puedas creerlo.
Esta, nuestra situación, se complica aún más por los miles de años que los míos…
llevan molestando a los tuyos.
—Molestar es una manera de llamarlo, sí —le respondí con maldad. Seguí de mal
humor, sintiéndome desdichada y queriendo que él se sintiera igual a modo de
resarcimiento. Y aún superada por los acontecimientos desde que había descubierto
esa noche que mi casera sabía que estaba viéndome con un vampiro. Habían pasado
muchas cosas en un espacio muy breve de tiempo. No solo una cosa en concreto
sacada de una telenovela morbosamente pervertida.
—Yo también estoy trastornado —dijo en voz baja.
Fui a abrir la boca para hacer otro comentario cruel, pero cambié de opinión. Me
alejé de él, encontré la pared y me apoyé contra ella. No quería sentarme en el suelo
(y lo tenía a él cerniéndose sobre mí) y tampoco había nada más sobre lo que
apoyarse. Salvo él, claro, y en esos momentos no era una opción. Alteración: bien. Si
pudiera dejar de sentir mi ego mortalmente herido por un instante, tal vez pudiera
volver a recordar qué estaba ocurriendo allí. Él era un vampiro. Yo humana. Se
suponía que no podía haber vínculos entre nosotros, salvo los genéricos del
antagonismo asesino y demás. Y, hablando de telenovelas pervertidas, nadie había
tenido un rollo con un vampiro, y ni siquiera se mencionaba en Sabiduría de la
sangre. El motivo es que, cuando tienes trece o catorce años, la única manera de
superar la fascinación respecto a que un vampiro no pueda hacerte nada a menos que
tú lo invites es ser consciente de que, nada más haberle dicho: «Ven y hazme tuya,
chicarrón», estarás muerta.
Era ilegal escribir historias y hacer películas sobre sexo entre vampiros y
humanos. De hecho, era una de las pocas cosas sobre las que el consejo global estaba
de acuerdo. Las historias y las películas se escribían y filmaban de todas maneras,
pero si el gobierno te pillaba, acababas con tus huesos en la cárcel. Durante mucho
tiempo.
Vale. Probablemente él también estuviera afectado.
Lo miré, preguntándome si él también se estaría preguntando cómo habíamos
acabado allí, donde quiera que fuera. Preguntándose por qué habíamos podido crear
ese vínculo antiético y en qué consistía exactamente. Probablemente fuera una buena
idea no hacerlo más complicado (e intenso) de lo necesario.
Una pequeña parte de mi susurró: «Oh, mierda». Otra parte susurró: «Sí, bueno,
¿cómo es que él ha sido el más sensato de los dos?».
De repente me sentí agotada.
—¿Tregua? —pregunté, aún apoyada contra la pared.
—Tregua —dijo él.
Solo iba a cerrar un segundo los ojos…

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Me desperté. Me sentía bastante a gusto. Estaba tumbada sobre algo suave, pero no
demasiado, y envuelta en algo cálido y peludo. Y olía a manzanas. Me rugieron las
tripas. Abrí los ojos.
No, no abrí los ojos. Solamente creí hacerlo. Estaba teniendo el sueño más
ridículo de toda mi vida hasta la fecha (y mira que los había tenido en su tiempo),
algo sacado de Gormenghast o El castillo de Otranto o de Bienvenidos a las tumbas.
Quería decirle a mi imaginación, «Oh, venga ya».
Pero seguían rugiéndome las tripas (a menudo zampo en mis sueños, sé que se
supone que no se debe) y las manzanas estaban a mi lado con una rebanada de pan y
una copa fantástica, en sintonía con la rimbombancia a mi alrededor, así que me
incorporé y alcancé la manzana más cercana. Y vi que la manga negra de seda se me
deslizaba por el brazo.
No siseé tan bien como hizo él la noche en que descubrió la herida de mi pecho,
pero fue un buen intento. Estaba tan hecha a que mi vista se comportara de manera
extraña que no me había percatado del parpadeo de la luz, pero ahora sí: había luz y
esta serpenteaba. Había una enorme fuente de calor tras de mí. Me volví.
La chimenea, claro está, era enorme. Tenía la forma de la boca de un monstruo
rugiendo; se podían ver los ojos del monstruo (bueno, dos de ellos, decidí no buscar
más) brillando encima de la repisa de sus labios retorcidos (pensaréis que los labios
no tienen partes planas, pero había candelabros encima con forma de serpientes y de
brazos desmembrados); cada uno de los ojos era más grande que mi cabeza y relucían
en un vibrante rojo, aunque tal vez fuera por el fuego. No, no era por el fuego.
Con, sentado con las piernas cruzadas en el suelo y la espalda recta, sin camisa,
descalzo, con la cabeza un poco inclinada, estaba casi como la primera vez que lo
había visto. Pero no tan esquelético. También estaba menos gris, envuelto por la luz
del fuego. Y mi corazón latía a más velocidad cuando lo miré por motivos distintos a
los de la vez primera. Alzó la vista cuando yo me volví; nuestros ojos se encontraron.
Yo aparté la vista primero. Cogí la manzana y le di un mordisco. Bueno, tal vez
viviera cerca de un huerto. (¿Cuánto tiempo había estado durmiendo?). Eso no
explicaba el pan. No iba a preguntar. No iba a preguntar tampoco por la botella de
vino que había en el suelo junto a la mesita (el pie de la mesita tenía la forma de una
doncella con aspecto deprimido, era de un material muy compacto, sin un apoyo
visible y sostenía la superficie en un ángulo imposible entre el cuello y un hombro.
Más imposible incluso era el ángulo de sus pechos, que no creo que ni la cirugía
estética pudiera conseguir), que era un vino blanco de la zona. Habría preferido una
taza de té. Un vaso o dos de vino con todo lo que había ocurrido y acabaría medio
chiflada. Pero oye, ya lo estaba. Chiflada, me refiero. Me serví un poco de vino en la
copa. Era una pena desperdiciarlo: ya le había sacado el corcho. El anfitrión más
atento jamás habido. El vino pareció recorrer un largo camino hasta caer en la copa,

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igual que cuando tirabas guijarros a un pozo.
Me comí otra manzana y di un sorbo al vino con reservas (seguía sabiendo a un
vino blanco de la zona, incluso a pesar de tan histriónica copa). Sentí el hormigueo de
aquel maldito cáliz. No quería entrar en una especie de comunión con aquel vaso
profusamente decorado. Tenía incrustadas lo que parecían piedras preciosas. Oh, por
favor. Me comí una tercera manzana y empecé con el pan. La textura era engañosa:
harina con gluten añadido, probablemente, pero el sabor no era demasiado malo; el
panadero debía de haber tenido la paciencia o el buen juicio de dejar que la masa
reposara y madurara. Tal vez simplemente estuviera muy hambrienta.
—Gracias —dije.
Los hombros de Con ondularon brevemente; el equivalente al encogimiento de
hombros humano, tal vez.
—Es poco —dijo.
—¿Cuánto tiempo he dormido?
—Cuatro horas. Quedan cuatro horas para el amanecer —respondió.
Y Paulie tenía el primer turno esa mañana (se había ofrecido él). Vale.
Mi pequeña excursión a través de la Ciudad de Nadie no me había llevado nada
de tiempo entonces. Una de las características estándar de ese lugar que tal vez
tuviera sentido, pero lo cierto es que no esperas que tus alarmantes experiencias fuera
de este mundo se alineen con la ciencia ficción que has leído de cría. La ciencia
ficción que abandonaste en favor de Christabel y El cáliz de la muerte. Mis ojos
deambularon involuntariamente hasta la copa infestada de gemas. He de admitir que
mis lecturas en cierto modo me habían preparado para una fantasía recalentada como
la de aquella habitación. Y respecto a la Ciudad de Nadie, nada me había preparado
para ello.
Con no tenía aspecto de haber sufrido los efectos perniciosos de su coma, o lo que
quiera que hubiera sido aquello. Me pregunté qué sería una experiencia cercana a la
muerte para un vampiro. ¿Una estaca mal clavada? Había sido capaz de salir y hacer
una incursión: el pan y las manzanas eran frescos.
—Jamás habría esperado que… optaras por sentarte junto al fuego —dije por
decir algo. Sentarse cerca del fuego parecía el tipo de cosas que solo un vampiro
estúpido y fanfarrón haría. Al igual que los chavales a los que les gusta buscar
vampiros en la No Ciudad.
No dijo nada. Oh, bien, ya estábamos jugando de nuevo a ese juego. Me comí otra
manzana.
Levantó la cabeza y se echó el pelo hacia atrás en un gesto casi humano.
—Nosotros no necesitamos el calor como vosotros —dijo, y yo al momento
traduje con pericia el «nosotros» y el «vosotros» por «vampiros» y «humanos»—.
Pero lo disfrutamos.
Disfrutar. No disfrutaba pensando que los vampiros disfrutaran con algo. Con
esas cosas con las que por lo general disfrutaban.

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—Lo disfruto —dijo, sorprendiéndome enormemente, y añadió—: Es la calidez
de la vida y el calor de la muerte.
¿Vida definida como calidez por un vampiro congelado? ¿Muerte por el fuego,
muerte por el sol? ¿O la muerte original de ser convertido? Tal vez sí que le había
afectado el coma: le estaba volviendo introspectivo. Como haber sido lanzada contra
una pared parecía estar haciendo conmigo.
Respiré profundamente.
—Yo… tenía la sensación… de que algo no iba bien… durante mucho tiempo —
dije—. Creo que empezó la noche en que me… curaste. Pero me llevó un tiempo
desc… descubrir qué era lo que estaba percibiendo. Si es que percibía algo. No sé si
me sigues.
—Sí —dijo él.
No dijo nada durante el tiempo que me llevó comerme una quinta manzana. Qué
pasa, eran pequeñas. ¿Era de mala educación comer… esto… comida, delante de un
vampiro? Ya lo había hecho antes, claro. Pero si había futuro en las relaciones
vampiro-humano, habría ciertas cuestiones de etiqueta que tendrían que ser
abordadas.
—¿Vas a contarme qué te ha pasado? —dije, un poco irritada por tener que ser yo
(aparentemente) la que se lo sacara, y un tanto sorprendida también de mi deseo por
saber. ¿Qué era aquello, amistad? Alerta, alerta: gran ironía. Aquí estábamos los dos,
agonizando por aquel asunto del vínculo y tal vez se debiera únicamente a que
estábamos aprendiendo a ser amigos. Probablemente pudiera sentarme yo también
junto a la calidez de la vida. Eh, él seguía siendo un vampiro y yo una humana y
había otras cosas extrañas, como la transmutación y las heridas envenenadas y aquel
lugar que era la Ciudad de Nadie. Por no mencionar lo de que él había salido al
exterior con la luz del día.
Pero si se suponía que íbamos a ser amigos, tendría que acostumbrarme a que él
no es de los habladores.
Dijo, murmurando, como si estuviera escuchando sus propias palabras conforme
las decía:
—Estaba más cansado por el esfuerzo de sanar tu herida de lo que había pensado
en un primer momento. No había intentado nada así antes. Como te dije, tuve que…
improvisar ciertos aspectos. Adivinar otros. No estoy acostumbrado a no saber lo que
hago.
Una de las ventajas de una vida larga. Mucho tiempo para practicar.
—Fui descuidado cuando te dejé. Me permití sentirme preocupado. Fui…
percibido. Por uno de los vampiros de Bo. Necesitaba escapar y no dejar que te
localizaran a través de mí. Otra maniobra a la que no estoy acostumbrado es a
proteger el paradero de un humano.
Tuve la sensación de que estaba diciendo algo más que: «Y no iban a sacar nada
de mí más que mi nombre, rango y número de identificación». Me pregunté cómo

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sería la agenda de un vampiro: ¿tendría alineamientos en vez de nombres de calles?
¿Cómo sería el directorio de los alineamientos?
¿Podía un vampiro robarle a otro su agenda?
—El primero pidió ayuda, claro. Y fueron de lo más… persistentes, cuando te
percibieron en mí. Conseguí esquivarlos finalmente. No fue fácil. Vine aquí. Tal
como me encontraste.
Desnudo en una habitación de piedra oscura y vacía. Un vampiro convaleciente
en apuros.
—¿Me estás diciendo que has estado así durante más de un mes? Serás gilipollas.
¿Por qué no me llamaste antes?
Alzó la vista y ahí estaba: una inconfundible sonrisa en su rostro. Resultaba un
poco grotesca, pero no demasiado. Nada comparado con su risa, por ejemplo.
—No se me pasó por la cabeza.
Le había dicho a Yolande: Los vampiros no llaman a los humanos, ¿no?
Miró de nuevo al fuego.
—Aunque se me hubiera ocurrido, no creo que lo hubiera hecho. No se me habría
pasado por la cabeza que pudieras ayudarme de alguna manera.
—Me llamaste. Dijiste mi nombre. Una vez. No te habría encontrado si no lo
hubieras hecho.
—Oí que me llamabas. Me pediste que te respondiera.
—Te llamé para que me llamaras.
—Sí. Sunshine, ¿quieres que me disculpe de nuevo? Lo haré si así lo deseas. No
podría haberme rescatado yo solo. Estaba… demasiado lejos. Pero te oí, y todavía fui
capaz de responderte. Viniste y… trajiste de vuelta al resto de mí contigo. Te estoy
agradecido. Gracias. No es la manera en que habría escogido… abandonar esta
existencia. La balanza se ha vuelto a equilibrar entre nosotros.
—Oh, a la mierda con la maldita balanza —dije—. Lo que estoy pensando es que,
si no hubieras tenido que protegerme, todo habría sido mucho más sencillo, ¿no? Te
debilito, ¿verdad? Aparte de haberte agotado ya la otra noche en que me echaste un
cable. —Con la sangre de una cierva.
Había ocasiones, como esa, en que la luz y la calidez eran… diferentes, también.
Diferente como era ver en la oscuridad, pero diferentemente diferente. Diferente de
una manera que sabía que no podía provenir de un vampiro. ¿Era esa nueva sensación
de percepción un regalo de ella?
Por un instante fuimos tres: mi yo humano. Mi yo árbol. Y mi yo cierva.
¿Acaso no superábamos al yo vampiro?
—Debilitado —dijo él pensativo—. Creo que tu interpretación de debilidad tal
vez esté distorsionada. Soy físicamente más fuerte que cualquier humano. Puedo vivir
sin sustento más tiempo que cualquier humano. Pero tú puedes alimentarte de
manzanas y pan, yo no. Y puedes caminar bajo el sol, y yo no. ¿Cómo defines
entonces debilidad?

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Estaba pensando en la experiencia de haberlo traído de vuelta. Resultaba un poco
difícil no pensar en hacer comparativas de debilidad cuando solo uno de los dos podía
arrojar al otro por la habitación y tú eres la arrojada. Vale, no iba a seguir por ahí.
Suspiré. Ya me había dicho que no podía hacerle frente a Bo él solo. Que me hubiera
escogido como aliada tal vez hubiera tenido algún sentido para mí si obtener energía
del pan y las manzanas y caminar bajo el sol tuvieran alguna relevancia discernible
para el asunto.
—¿Dónde estoy?
Me pareció verlo desconcertado. Otro de esos momentos «los vampiros tienen
sentidos diferentes», supongo.
—Esta es mi… casa —dijo al final.
—No la llamas casa —dije, interesada.
—No, es mi… lugar en la tierra, quizá. Paso aquí mis días. Lo he hecho durante
muchos años.
—¿Lugar en la tierra? Entonces, ¿estamos bajo tierra?
—Sí.
—¿Qué hay de la chimenea?
Me miró.
—¿El humo no dice «hay alguien aquí»?
—El humo no es detectable en el mundo humano.
Oh. Los vampiros poseerían mucho más que una quinta parte de la riqueza
mundial si patentaran un filtro de aire realmente bueno. La visión cínica de las
Guerras Vudúes era que los Otros nos habían hecho a los humanos un favor al matar
a un número suficiente de nosotros y bajar así el nivel de comercio industrial a un
punto en el que aún no habíamos llegado al suicidio de nuestra especie por la
polución. Incluso mirado de esa manera, algo que dudaba, no habría sido por
filantropía. Los demonios y los cambiaformas, independientemente del lado de la
alianza en que hubieran estado, necesitaban en su mayoría las mismas cosas que
nosotros, y los vampiros… bueno. Tal vez dependa de cuál es tu definición de
filantropía.
Miré a mi alrededor un poco más. La única luz era la del fuego, y mi visión en la
oscuridad quedaba comprometida en parte por ese lugar, tal vez por tanto
recargamiento. Aun así, podía ver bastante, y todo era de lo más extraño. La piel en la
que estaba envuelta parecía de verdad, larga y suave, negra con franjas irregulares
blancas. No se me ocurría qué animal podía ser. Algo que no existía, quizá, hasta que
un vampiro lo había matado. Con mi camisa negra holgada (y las magulladuras) me
sentía como la portada del mes de Bondage y disciplina. Todo lo que necesitaba era
unos brazaletes en los tobillos y un mejor corte de pelo. Los botones de la parte
trasera de su sofá eran pequeños rostros de gárgolas, con la lengua fuera o metiéndose
el dedo en la nariz. Entre estas había algunas que no eran rostros, sino traseros. El
sofá parecía de una especie de terciopelo mullido púrpura… salvo que las sombras de

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este eran del color de la lavanda. Bueno, si podía viajar a través de la Ciudad de
Nadie supongo que no debería protestar porque las sombras fueran más claras que su
fuente de origen, o por pieles de animales que no existían. Mi conocimiento de la
fauna en blanco y negro no iba más allá de las cebras y las mofetas. Tal vez existiera,
fuera lo que fuera. La piel podía haber sido teñida, pero de alguna manera aquello no
encajaba con mi concepto de elegancia vampírica. Bueno, lo cierto era que Con
tampoco. Esa sensibilidad gótica febril era toda una sorpresa.
—Interesante gusto decorativo —dije.
Miró brevemente a su alrededor, como para recordarse qué había allí.
—Mi amo era de gustos un tanto excéntricos.
Me quedé fascinada con «amo» y «era». ¿Como «solía», como «muerto» en vez
de «no muerto»?
—¿Tu amo? —tanteé experimentalmente.
—Esta es su sala.
Se hizo el silencio. Con retomó su postura inmóvil junto al fuego. Demasiadas
preguntas. Suspiré de nuevo.
Con, para mi sorpresa, se movió.
—¿Quieres que te hable de mi amo? —preguntó.
—Bueno, sí —dije.
Se produjo una pausa, mientras él, ¿qué? ¿Organizaba sus pensamientos?
¿Decidía qué dejar fuera?
—Él me convirtió —dijo finalmente—. Yo no me mostré… agradecido. Yo no
quería. Pero era apto para su propósito. Y como no había vuelta atrás, acepté hacer lo
que él deseaba. —Otra pausa, y añadió, con una de esas expresiones más que
inexpresivas, como su quietud más que inmóvil—: Un vampiro recién convertido tal
vez sea más vulnerable de lo que crees. Al principio dependía de mi amo, lo quisiera
o no, y yo… opté por dejar que me enseñara lo que necesitaba saber para sobrevivir.
Fue muchos años atrás, cuando esto aún era el Nuevo Mundo.
Uau, pensé. Trescientos o cuatrocientos años atrás, década más década menos, y
dependiendo desde qué exploradores del Viejo Mundo empezaras a contar. No podía
ser: si había vivido tantos años, no debería poder salir con la luz de la luna.
—Mi amo deseaba gobernar aquí, cuando las Guerras de la Libertad, al menos…
extraoficialmente.
La jerga estándar humana era «bajo tierra» y «sobre tierra». Extraoficialmente
sería bajo tierra: ser el peor y mayor dirigente del lado oscuro. Oficialmente sería
bastante extraoficial: controlar otras dos quintas partes de la economía mundial,
presumiblemente, y hacer de nuestro consejo global un lugar donde pudieran
mantener las apariencias.
—Tal vez lo hubiera conseguido, pero tuvo mala suerte, y un poderoso y
resentido enemigo con mejor suerte. No quedaron muchos de los soldados de mi amo
tras las Guerras de la Libertad. Yo fui uno de ellos. Gran parte de la vitalidad de mi

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amo se fue con la ruina de su ambición. Se convirtió en coleccionista. Aquellos de
sus soldados que habían sobrevivido a las guerras se marcharon o fueron destruidos,
uno a uno, hasta quedar únicamente yo. Cuando mi amo fue también destruido, me
quedé solo.
Estaba agradecida del calor del fuego. Con hablaba bajo y, como siempre, de
manera desapasionada, y yo no tenía ni idea de, bueno, de si había sentido cariño por
su amo en algún sentido, tal vez después de haber superado lo de no querer ser
convertido. ¿Para qué propósito era Con apto? De eso sí que estaba segura: no quería
saberlo. Bien. Una pregunta que probablemente no obtuviera respuesta menos. ¿Por
qué entonces Con se había quedado cuando todos los demás se habían marchado?
Recordé lo que me dijo un mes atrás: Hay maneras distintas de ser lo que somos. Su
amo antes de las Guerras de la Libertad parecía la versión vampira de un matón
dispuesto a hacerse con el orden mundial, y uno poderoso. Entonces, ¿por qué se
había quedado Con junto a él? Con, el que ni siquiera tenía una banda. Más preguntas
que no formularía por miedo a que me las respondiera.
Pero no sabía demasiado acerca de cómo funcionaban las emociones de un
vampiro. Lujuria por la sangre. ¿Qué más? (¿Otro tipo de lujuria? Tal vez hubiera
sido… lujuria por la vida, antes. No, no estaba pensando en eso). ¿Había superado
Con su desagradecimiento logrando ser capaz de sentir gratitud? No. Con me acababa
de decir que se sentía agradecido por haber sido rescatado. Pero la gratitud tal vez
fuera un concepto humano, aplicable meramente a una situación que demandaba
cierta cortesía, aunque fuera tan pragmáticamente insignificante como un «gracias».
Bueno, al menos él había, mmm, sentido que tal cortesía era requerida.
Y luego estaba Bo. El inconveniente vínculo entre Con y yo que estábamos
intentando… esto… fortalecer, sin… eh… intensidad, era porque Bo nos había
amenazado a los dos. No me gustaba adónde se dirigía todo aquello.
—¿El enemigo de tu amo… era Bo?
—No, el amo de Bo.
Oh, bueno, eso lo mejoraba todo. Me metí un trozo de la manta de piel en la boca
para dejar de hacer pucheros.
Con me miró. Tal vez pensara que el pan y las manzanas no habían sido
suficientes y que yo seguía con hambre.
—Yo acabé con su amo. Ahora solo está Bo.
Mordí la piel. Perdóname, pensé, si no encuentro esta información
abrumadoramente tranquilizadora. Solo Bo. Y su banda, que había encadenado a
Con en una casa junto al lago no hará mucho tiempo, de la que había escapado por la
más extraña de las casualidades. Con tal vez no volviera a caer en esa trampa, pero
habría sin duda otras posibilidades. Tenía que asumir que Bo era un enemigo lleno de
recursos. Otra de esas posibilidades casi atrapa a Con hace un mes, por ejemplo. ¿Por
qué no ponía un anuncio en el tablón de mensajes de los chupasangres (tenía que
haber zonas vampiras ocultas en la Globalnet) y pedía a sus antiguos compañeros de

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armas que regresaran y le echaran una mano? Podía darles el contenido de la sala de
su amo como recompensa, puesto que no parecía tener demasiado interés por esos
objetos. Si lo de aquella absurda copa eran piedras preciosas de verdad,
probablemente su valor equivaldría a la deuda nacional de un país de tamaño medio.
¿Por qué no montaba una banda, como un vampiro «normal» de su edad? Algo
que debería hacer porque ya no podía salir a la luz de la luna.
Había tantas preguntas de las que no quería conocer las respuestas.
Me saqué la piel de la boca e intenté estirarla. Las marcas de mis dientes, por no
mencionar la saliva, probablemente disminuirían su valor. Me sentía terriblemente
cansada, y sola, a pesar de mi acompañante. Especialmente por él. Cogí la copa de
nuevo (casi necesitaba las dos manos; con dos manos habría sido más fácil, tan solo
me estaba resistiendo a la idea de necesitar las dos) y me la llevé a la boca. Al igual
que se me había antojado una eternidad lo que había tardado el vino en llegar a la
base cuando lo había servido, también me pareció que tardaba mucho en tocar mis
labios. Beberlo directamente de la botella no me parecía una opción. No en esa
habitación. En la habitación de Con quizá, en la vacía, sin muebles. Y sin fuego.
Quería montañas de masa que convertir en rollos de canela y pan, quería un
inesperado grupo de turistas un día en que anduviéramos cortos de personal, y quería
una enorme fiesta a la hora de la cena en la que todos pidieran tartaletas de cereza.
Quería acurrucarme en mi balcón con una pila de libros y una tetera, quería la calidez
de Mel, su brazo tatuado rodeándome y la luz del día en mi rostro. Quería irme a
casa. Quería que mi vida regresara.
Ya había estado así antes. Ya lo había tenido y había conducido hasta el lago para
alejarme de ello.
—¿Qué es esto? —pregunté mientras alzaba la copa. Esta vez sí usé las dos
manos. Podía ser un trofeo. El primer premio en algún deporte vampírico. Pero no
para llenarla de champán, claro, sino para verter en ella la sangre de las cabezas
cortadas del equipo perdedor. El champán para luego, quizá, cuando hubieran
acabado con el plato fuerte.
—Es una Copa de Almas de la ceremonia de congregación en Oranhallo.
—¿Qué? —La dejé en la mesa al momento. Deja de hacer preguntas, Sunshine.
No era de extrañar, pues, ese hormigueo en mi maldita mano. Nadie sabe dónde está
Oranhallo. Bueno, al menos nadie que lo sepa se lo dice al resto de nosotros. No es
un tema importante en la Línea Oscura, pero sí de los que siempre salen. Entre la
gente que cree que existe en algún lugar, nadie lo sitúa cerca de Nueva Arcadia. Pero
no hay consenso respecto a si se trata de un lugar geográfico o tan solo una parte del
rito. Es un importante rito de manipulación de magia, hecho por los clanes. Los
Blaise probablemente supieran cómo (y dónde) hacerlo, pero yo no. Yo no sabía nada
de copas de almas ni de ceremonias de congregación, pero tampoco quería saberlo.
—Es de los pocos objetos de esta habitación que le fue dado a mi amo —dijo Con
—. Por lo general siempre sucedía bajo coacción.

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Estoy convencida de ello.
—¿Por qué un clan manipulador de magia querría darle algo así a un amo
vampiro? Especialmente a un amo vampiro.
—No fue un regalo —dijo Con tras otra de sus pausas—, sino que fue ofrecido y
aceptado como pago por algo que se hizo para su mutuo beneficio. Hubo opciones
respecto a la manera de concluir la tarea. Esa recompensa fue propuesta a modo de
persuasión para escoger una opción en vez de otra. La copa no porta mácula alguna
que pueda trastocarte.
Y tan refinados utensilios de comedor no pegaban con los vasos de vino que
vendían en la Boutique Central.
—Entonces ¿por qué hormiguea al entrar en contacto con mi piel? —le pregunté,
enojada.
—Tal vez porque fueran los Blaise quienes la poseyeran —dijo Con.
Di un brinco del sofá, me tambaleé, golpeé la mesita y oí cómo la copa caía al
suelo cuando eché a correr en la oscuridad. No llegué muy lejos; el amo de Con había
sido un coleccionista entusiasta, y yo no estaba para esquivar y zigzaguear por entre
su botín. Al momento me choqué con algo que podía ser otomano y que se cayó al
suelo con más fuerza que la copa, aunque no lo volqué. Otra anotación más con
respecto a las emociones de los vampiros, si es que las tienen: no esperes que un
vampiro comprenda los tumultuosos vínculos familiares entre humanos (incluidas las
familias rotas) o quizá sea que los vampiros no saben de cobardía, ni que la reacción
más habitual de los humanos ante unas noticias inesperadas es intentar huir de ellas.
Me puse en pie. Más golpes. Oh, bien. Ya no me iba a bastar con camisetas de
cuello alto: iba a necesitar un mono de cuerpo entero y una bolsa para la cabeza. Me
giré lentamente, apoyándome en un enorme objeto de estuco que, en ese decorado,
bien podría ser una columna jónica. Con estaba levantándose, mirándome, de
espaldas al fuego, con el halo de su luz. Tal vez se debiera a mi estado de ánimo, pero
de repente me parecía más alto e inquietante de lo que se me había antojado antes de
saber su nombre. No podía verle el rostro. Tal vez mi visión en la oscuridad se
hubiera desestabilizado más por mi caída, pero lo cierto es que había algo que no
cuadraba con su silueta contorneada por la luz del fuego: algo que no cuadraba en el
hecho de que estuviera envuelto por la luz. Recordé lo que había pensado la primera
vez que lo vi, junto al lago: depredador, de otro mundo. No era Con, era un vampiro:
inescrutable y letal.
Regresé junto al fuego. No sabía si quería reclamar a Con como aliado, ya no
como amigo, o si era que no tenía sentido huir. Tuve que pasar muy cerca de él para
llegar al fuego; solo había un hueco entre todo aquel mobiliario arcano por el que
poder pasar. Me arrodillé en la alfombra (al menos había alfombra, aunque la peluda
cabeza con largos colmillos que tenía en un extremo no permitía mirarla muy de
cerca) y acerqué las manos al fuego. Parecía fuego de verdad. Más importante aún,
olía a fuego de verdad, y cuando me incliné demasiado cerca, el humo hizo que me

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picaran los ojos. Crepitaba como un fuego de verdad, también, y como no había
salvachispas, una cayó a la alfombra. La miré; la alfombra era inesperadamente
desagradable, de pelaje corto, pardusco y cuarteado, como si ya le hubieran caído
chispas antes. Unas cuantas quemaduras más no la echarían a perder porque no era
demasiado bonita. Me sentía como la alfombra. Nunca me había preocupado
demasiado por mi aspecto; siempre había tenido otras cosas de las que preocuparme,
como hacer rollos de canela y dormir lo suficiente. Pero estaba empezando a sentirme
demasiado marcada por el fuego. Como si hubiera pasado demasiado tiempo delante
de una chimenea sin salvachispas.
¿Lo oí sentarse a mi lado? Nunca oyes cuándo se acerca un vampiro. Lo sabía por
experiencia propia. Pero ese no era cualquier vampiro; era Con. Ya había prometido
ayudarle, si podía, porque necesitaba su ayuda. No. No lo había prometido. Pero no
importaba. El vínculo estaba allí. No había ratificado ningún contrato, me había
despertado una mañana y había descubierto una bonita escritura y subcláusulas
estampadas por todo mi cuerpo. Si quería una firma, esa era la cicatriz de mi pecho.
Eso significaba que lo había oído venir incluso a pesar de no haberle oído acercarse.
Aguardé un instante más antes de volverme para mirarlo. Un vampiro. Peligroso.
Misterioso. Aterrador. Su nombre era Constantine. Nos habíamos visto ya antes.
Bien.
—¿Qué hacemos ahora? —dije.
—Te llevaré a casa —dijo Con.
—Vale, eso es hoy. ¿Qué hay de esta noche? ¿De mañana? —pregunté.
—Debemos encontrar a Bo.
Me dio un vuelco el estómago. Tal vez fueran las manzanas. También había
tenido que descubrir que esa vacilación no era un don otorgado por los vampiros. Me
pregunté si podría enseñarle a decir «Quizá» y «No antes de la semana que viene».
Era consciente de que aquello no iba a ser una cuestión de aprovisionarnos de
estacas de madera de manzano (o de cuchillos de mesa) y llamar a la puerta de Bo.
—No sabes dónde, bueno, dónde vive.
—No. Empecé a buscar tras nuestro encuentro en el lago. Está bien protegido y
acuartelado.
Miré al techo invisible. Con tan recargado mobiliario, el techo tenía que ser
increíble. O no: como la cabeza de Medusa o el ojo de un basilisco.
—Espero que tú estés mejor protegido —le dije.
—Yo también lo espero.
No me gustaba oír a un vampiro hablar de esperanzas.
—Mi amo coleccionaba en especial objetos de defensa o que pudieran convertirse
en defensivos. Sentía que su intento por hacerse con lo que deseaba mediante la
agresión había fracasado, y quería que su subsecuente reclusión no se viera
interrumpida.
Gárgolas y baratijas: el arsenal del vampiro.

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—Siempre he preferido la soledad, y he mejorado sus disposiciones. Tengo
motivos para creer que si jamás abandonara este lugar, nadie podría llegar a mí.
—Te estás olvidando del camino a través de la Ciudad de Nadie —le dije con
gran sentimiento.
—No me olvido —respondió él—. Soy atacable por tu persona de una manera en
la que no puedo ser atacable por nadie ni nada más.
Atacable. Interesante elección de adjetivo. Alcé la vista y lo miré y él me miró
también. No podía ver nada en las sombras de su rostro. Seguían siendo sombras. No
se retorcían ni brillaban ni tenían los extremos rojos. No se alargaban. Eran
simplemente sombras. Genial. La única persona que parecía normal a mis ojos no era
ni persona ni normal.
Nuestras miradas se prolongaron. Tal vez no fuera capaz de engatusarme hasta el
mismo grado que la segunda noche en el lago, pero aun así lo vi en sus ojos. Aparté
la mirada.
—Mejoras —dije yo—. Te refieres a esta… esta… —Las palabras que se me
ocurrían no eran las más adecuadas: esta trágica reproducción de la sala de recepción
de William Beckford, o tal vez de Luis II—. ¿Te refieres a sus cosas, esto, tus cosas?
—Nada que puedas ver aquí, no. No me gusta centrar mi fuerza en objetos. Esa
era una discusión que siempre tenía con mi amo. La forma física tiene una
durabilidad concreta de la que carece lo menos tangible, pero en mi opinión es una
durabilidad frágil. Mi amo creía lo contrario.
Y él fue quien acabó mal, pensé.
—¿Sabes cuál es la filosofía defensiva de Bo?
Pausa. Finalmente dijo:
—Centra la mayor parte de sus energías en su banda. Eso no nos ayudará a
localizarlo.
Suspiré.
—Esto es otro de esos rollos de que los sentidos de los vampiros son diferentes,
¿verdad? —Supuse que tenía que hablarle de lo que había encontrado por la
Globalnet, cómo había encontrado primero la versión chunga de la Ciudad de Nadie,
el espacio más allá de la oscuridad, y lo que quiera que hubiera en ella además. Si es
que «en» era la preposición correcta. ¿Fuera? ¿Sobre? ¿Ante? ¿Con? ¿Tras? Existían
demasiadas preposiciones en nuestro idioma. ¿Debería mencionarle a las FEAO?
No tenía que contarle nada aún. No parecía tener mucha prisa por llevarme a casa.
¿Cómo de cerca, en términos de geografía humana, estaba ese lugar bajo tierra de la
casa de Yolande? Aliados o no, no me gustaba la idea de que pudiéramos ser vecinos.
—Bo no es su verdadero nombre, ¿verdad? —pregunté—. Parece el nombre que
le pondrías a un perro ovejero.
—Es el diminutivo de Beauregard.
Me reí. No sabía que me quedaran más risas disponibles. Un vampiro de nombre
Beauregard. Era demasiado perfecto. Y probablemente no lo habría adquirido de

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manera accidental por tener un padrastro que regentaba una cafetería.
—¿De cuánto tiempo disponemos? —le pregunté—. Para lo de Bo, me refiero, no
para que amanezca.
Estaba empezando a distinguir cuándo Con estaba pensando y cuándo estaba
simplemente pensando en qué decirme a mí, una humana presuntuosa. Esta vez
estaba pensando.
—He estado fuera de contexto desde que nos vimos por última vez —dijo. Sí,
dijo «contexto»—. No lo sé. Lo averiguaré.
—Misma hora, mismo lugar —murmuré.
—No lo comprendo.
—Tenemos que vernos de nuevo, ¿no? —dije—. Y yo también tengo cosas que
contarte. Tal vez haya encontrado una… una especie de línea hacia Bo.
Asintió. No sabía si sentirme halagada o indignada. Tal vez pensara que había
escogido bien a su aliada. Socios parejos con un vampiro: un concepto excitante.
Suponiendo que vivieras lo suficiente para disfrutar de tal entusiasmo. Pero supongo
que: «Vaya, bien hecho, felicidades, uau» no eran expresiones de uso habitual en los
vampiros. Tal vez pudiera enseñarle eso también, junto con el «Quizás» y el «No
antes de la semana que viene».
—Iré a ti, si puedo —dijo él.
—Preferirías que no volviera aquí. —No había pretendido decir eso tampoco,
pero me salió.
Un gesto de sorpresa contorsionó su rostro durante un tercio de segundo. No lo
habría visto si no lo hubiera estado mirando a la cara, pero ahí estaba.
—Puedes venir aquí si lo deseas. Yo… —Calló. Supe qué estaba pensando. Era lo
mismo que estaba pensando yo. No pensando—. Ven. Te daré algo.
Pasó sin problemas por entre un hueco de la exuberante decoración (perdonad,
pero ese entorno y mobiliario sacan lo peor de mi vocabulario; era como si todas las
malas novelas y los mitos hiperbólicos que había leído se agolparan para acecharme
en tres dimensiones) y se adentró en la oscuridad. Miré de reojo la copa volcada
cuando pasé a su lado. Mi visión se centraba si mantenía la mirada fija en la espalda
de Con, así que eso hice, la mayor parte del tiempo, resistiendo el impetuoso deseo de
intentar adivinar qué eran en realidad algunas de las oscuridades más distorsionadas
mirándolas directamente: hidras con cabezas interminables; Laocoonte con varias
docenas de hijos y el doble de serpientes; una invasión de trífidos; todas las cuadrigas
de Ben-Hur; todo ello petrificado en estuco, madera o piedra. Confié. Especialmente
en lo que respectaba a los trífidos.
Con se detuvo ante un aparador. Distintas florituras sobresalían de su puerta como
un bosque de cuernos de sátiros, y otras cosas, parecidas a sátiros, a los lados. Eran
sátiros. Sus manos eran los pomos. Ugh. Con, con la mano en una de las puertas, me
miró.
—¿Por qué te trastornó la copa?

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Me encogí de hombros. ¿Cómo iba a explicárselo?
—Mi pregunta no es banal —dijo—. No quiero perturbarte.
No hasta que hubiéramos derrotado al señor Bo, al menos. Oh, Sunshine, dale un
respiro al vampiro. Probablemente crea que se está esforzando.
—No estoy segura de poder explicarlo —dije—. No estoy segura ni de poder
explicármelo a mí misma. Y los vampiros no son muy de vínculos familiares, ¿no?
—No —respondió.
Ya sabía yo que los vampiros no eran muy dados a la ironía.
—Yo… me he metido en esto por la herencia de mi padre. Estoy viva para
contarlo, sí, hasta el momento, gracias a esa herencia, ¿no? Pero… —Lo miré a la
cara mientras hablaba, y concluí que la impasividad estándar se hallaba en el nivel
más calmo y comprensivo de la gradación, al igual que el mármol es algo menos duro
que el adamantio—. Me pone un poco nerviosa esto del vínculo contigo, y la idea de
que haya un antecedente relativo a esto, que tu amo hubiera hecho tratos con la
familia de mi padre… no me gusta. —No es plato de buen gusto saber que el
monstruo que vivía bajo tu cama cuando eras pequeña no solo estaba realmente allí,
sino que se había tomado unas cuantas cervezas con tu padre—. Y la única
instrucción que he recibido, si es que puede llamarse así, ha sido un par de horas
convirtiendo flores en plumas y luego en flores con mi abuela quince años atrás, y me
siento un tanto… bueno, expuesta. No preparada. —También podía haber dicho
atacable.
—Comprendo. —Con contempló unos instantes la fea puerta del aparador como
si estuviera decidiéndose, y finalmente la abrió. Dentro había filas y filas de pequeños
cajones. Pude sentir… bueno, no era calor, ni un olor, ni vocecitas, sino las tres cosas
a la vez. Había docenas de objetos en esos cajones y ninguno inerte. Todos estaban
gritando/segregando/irradiando una especie de ¡A mí! ¡A mí! ¡A mí!, como los niños
en el colegio cuando el profesor de gimnasia está escogiendo los equipos. Me
pregunté de qué material sería el aparador. No me apetecía tocarlo y ver si me decía
algo. No me gustaban las muecas de los rostros de los sátiros.
Con abrió un cajón y sacó una cadena fina. Las otras voces/emisiones se
esfumaron al unísono, algunas con una especie de gruñido (o flatulencia). La cadena
relució con la no luz del lugar (la luz del fuego no alcanzaba hasta allí); parecía de
ópalo, si es que era posible hacer eslabones de ópalo. Zumbaba una especie de
mágica melodía; mi mente, o mi oído, intentaba convertir el zumbido en melodía,
pero no. Con se la pasó de una mano a otra (parecía fina como una telaraña en sus
manos) y luego la alzó de nuevo, extendiendo los dedos para que pendiera en un
irregular círculo. La casi melodía empezó a cambiar. La presencia de Con la turbaba,
cual muesca en un vinilo, haciéndola vacilar y saltar; pero cada vez que levantaba la
cadena, la melodía había cambiado. Lo hizo una y otra vez mientras yo la escuchaba,
mientras Con la tenía en su mano y, conforme escuchaba aquella extraña y vacilante
no melodía, empezó a resultarme cada vez más familiar, como el zumbido del

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frigorífico o el de una televisión con el volumen quitado. Familiar: confortable.
Seguro. También sentí, por muy extraño que fuera, que el sonido cada vez me
resultaba más familiar porque era como si de alguna manera estuviera intentando que
me fuera familiar, al igual que la forma de un desconocido al otro lado de la calle se
convierte en un viejo amigo conforme va acercándose y puedes verle el rostro y
posiblemente ese abrigo raído que tendría que haber tirado hace años. Esa cadena
sibilina se estaba acercando a mí… haciéndose pasar por un viejo amigo mío.
Sabía hacer bien su trabajo. Para cuando quedó en silencio yo ya me disponía a
agarrarla como si me perteneciera. Que tal vez así fuera. Con la soltó en mis manos y
me dio la sensación de que acariciaba mi piel mientras se deslizaba por mis dedos.
Observé cómo relucía unos instantes (el brillo en sí parecía portar un ritmo, como los
latidos del corazón) y luego me la metí por la cabeza. Desapareció bajo el cuello de la
camisa negra, pero sentí cómo se posaba en mi piel, tocando los extremos de la
cicatriz bajo mis clavículas, descansando en curva sobre mi corazón.
—Gracias —le dije, vacilante. Sabía reconocer una pieza poderosa de magia
cuando la tenía delante y esta pendía de mi cuello, pero nunca antes había oído nada
como esa… convergencia; por lo general había que hacer un esfuerzo terrible para
emparejar las cosas ni siquiera una cuarta parte de bien que esto. Pero claro, lo que
desconocía sobre la manipulación de magia podía llenar bibliotecas y bibliotecas.
Además, «gracias» parecía una respuesta patética ante tal maravilla.
—Pensé que le gustaría irse contigo.
—Eh… ¿Tú no…?
—No. Para mi amo fue una vejación descubrir que el colgante no funcionaba ni
para él ni para ninguno de los nuestros. Este aparador contiene otras de sus
decepciones.
—Se oyó cierto clamor cuando abriste las puertas —dije.
—Sí. Son objetos de humanos y no han visto a ninguno desde que fueron traídos
aquí. —Pausa—. No les gusta estar desocupados. Algunos de ellos son muy
poderosos. Puedo refrenarlos, incluso a pesar de no poder usarlos. Te los ofrecería,
si…
—Si tuvieras alguna certeza de que no fuera a fastidiarla —lo interrumpí—. Que
no es así. Más bien lo contrario, si acaso. —La existencia de mi mácula demoníaca,
siempre presente en mi mente esos días a pesar de la seria competencia que los
vampiros y una muerte inmediata comportaban, resurgió el tiempo suficiente como
para que yo fuera consciente de que aquellos «objetos humanos» habían respondido a
mí como humana. Bueno, si estaban comparándome con Con, eso era fácil. No sabía
cuánto tiempo llevaban allí, pero me imaginaba que el suficiente como para estar
desesperados. Toqué la cadena con el dedo y me pareció oír un zumbido, el más leve
de los zumbidos. Si tuviera que describir lo que había oído, diría que había sido un
zumbido feliz. Pero no iba a decir que lo había oído.
—Lo de la copa ha sido error mío.

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—Deja que puntualice que esta noche ya había sido de lo más agotadora —dije
con impertinencia— antes de conocer al maldito «caldero». Y no estaba exactamente
preparada. Ni habíamos sido correctamente presentados. Incluso un manipulador
experto, que no lo soy, puede tener en ciertos momentos la guardia baja.
—El colgante te ayudará a encontrar el camino de vuelta aquí —dijo Con—. Tal
vez, si así lo deseas, puedas investigar más acerca de estos objetos, una vez te hayas
preparado.
Se me escapó una risa seca.
—Ese tipo de preparación conlleva décadas de aprendizaje. De aprendizaje
implacable, concienzudo y aterrador. También requiere de alguien que te enseñe, y en
mi caso no tengo a nadie que lo haga, además de ser al menos quince años demasiado
vieja para empezar. —Y probablemente una parcial calamitosa.
Tras una pausa, Con dijo:
—Yo también tuve que… improvisar gran parte de mi aprendizaje. Un amo con el
que discrepas es en ocasiones peor que no tener amo.
¿Entonces por qué te quedaste?, pensé.
—Creo que hay pocos manipuladores de magia que puedan viajar de la manera
que lo has hecho tú esta noche para venir aquí y sobrevivir a ello.
Mi capacidad para la invención es absoluta, pensé. Parasol de vampiros.
Reconocimiento de radares incorpóreo. Por no mencionar la «Muerte por chocolate
amargo» y las «Cebras asesinas». El resto de mí, una lástima.
—¿Aceptarás mi consejo si te sugiero que no vengas por ese camino de nuevo,
salvo en caso de extrema necesidad?
—Encantada de prometértelo —dije—. Pero no vuelvas a encontrarte en extrema
necesidad, ¿vale? Ni siquiera en leve necesidad.
—Ah. No —dijo Con—. Eso también te lo prometo. Hasta donde esté en mi
mano.
Cerró el aparador. Pensé que, si volvía ahí, lo primero que haría sería mover todos
esos objetos fuera de tan repulsivo aparador, que estoy convencida de que les impide
descansar. Suponiendo que pueda encontrar algo más adecuado en esta casa de la risa
barroca.
—Debemos ponernos en marcha. Queda menos de una hora para que amanezca.
—¿Una hora? —dije—. ¿Quieres decir que estás… que esto… está tan cerca
de…?
Mi consternación no podía resultar nada halagadora, pero Con respondió con su
habitual indiferencia.
—No en la geografía humana. Pero que estés aquí, viniendo por donde has
venido, y con el colgante que ahora llevas, implica que podrás recorrer algunos de
mis atajos.
Me dio un vuelco al corazón.
—Me acabas de decir que no vuelva a usar la Ciudad de Nadie.

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Con dijo:
—No puedo usar esa vía como tampoco puedo caminar bajo el sol. No te llevaré
por ahí.
—Oh —dije yo—. Vale.

No sé cómo salimos a la superficie de nuevo, a la noche normal, con su brisa normal


y unos murciélagos corrientes y molientes revoloteando a nuestro alrededor.
Murciélagos. Qué evocador. Me percaté de que no venían de donde habíamos venido,
sin embargo. Fuera donde fuera. No recuerdo haber salido al exterior, como de un
túnel por ejemplo; la oscuridad intensa de la morada subterránea de Con se estrechó y
desmoronó y finalmente nos encontramos caminando sobre hierba y césped. Con
murciélagos revoloteando sobre nuestras cabezas. Fui consciente de mi escueta
vestimenta cuando la brisa empezó a mostrar cierta tendencia a arremolinarse en el
interior de la camisa negra, pero estaba tan agradecida de respirar aire fresco (y me
moría de ganas de estar en casa) que cuando Con me cogió la mano no la aparté,
estremecida. Al menos no se ofreció a llevarme. A pesar de que yo volvía a estar
descalza. Pensé que lo de vestir de forma inapropiada durante mis asociaciones con
Con empezaba a parecerse a un patrón.
Su atajo era más bien como subir por rocas empinadas mientras un torrente de
agua hacía espuma alrededor de tus pies (en este caso, el torrente de esa realidad
convencional a la que tantas ganas tenía de regresar) y amenazaba con crecer y
llevarte consigo. Habría perdido el equilibro sin su mano: tenía que mirar abajo todo
el rato para ver dónde ponía los pies, y la realidad a una velocidad de Mach 112 es
ciertamente vertiginosa; además, algunas de las piedras estaban de lo más
resbaladizas (desconcertantemente similares a las piedras normales de un riachuelo
corriente), aunque no quería pensar por qué estaban pegajosas, ni cuál sería el
equivalente de acabar empapada si me caía. Resultaba menos perturbador que el
camino por el que había ido antes esa misma noche, al igual que ese lo era menos que
el lugar al que el correo cósmico de Aimil me había llevado, pero seguía siendo
perturbador. Mucho.
Me pregunté si viajar por entre la Ciudad de Nadie estaba incluido en eso de
Ahora empezarás a leer esas líneas de… poder, gobernanza, brujería, como yo puedo
leerlas que Con había predicho un mes atrás. Pero había dicho «leer». Si eso era leer,
no quería ni saber lo que sería «hacer».
Entonces las piedras parecieron hacerse más y más grandes y el torrente de agua
amainó y se calmó, y de repente nos hallamos al inicio del jardín de Yolande.
No noté que se iba. No recuerdo que soltara mi mano. Pero cuando reconocí la
forma de la casa en la casi luz de la noche mundana bajo el cielo abierto, me di
cuenta de que estaba sola.
Recordé mientras subía tambaleante los escalones del porche, intentando evitar

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los más ruidosos, que no llevaba la llave de mi apartamento. Una vez más.
A ese ritmo debería empezar a dejarla debajo de una maceta para aquellas noches
en que hiciera algo extraño con Con, descalza y con ropa inadecuada. Tal vez fuera
por el colgante, pero puse la mano sobre la cerradura y gruñí algo, no sé el qué, y oí
cómo el maldito pestillo se abría. También oí las vocecillas de mis protecciones
hablándome irritadas, pero no intentaron impedirme la entrada. Cerré la puerta tras de
mí.
No me quité la camisa. Me desplomé sobre la cama y me dormí al momento.

En parte esperaba que, al levantarme, yacería en una montaña de cenizas después de


que la camisa negra del vampiro se hubiera desintegrado bajo el roce de los rayos del
sol; también me medio esperaba despertarme habiendo tenido un largo y laberíntico
sueño sobre Con con un entorno a la par: un laberinto, vaya. No, de nuevo. (Aunque
me acordaba de la última vez que me había levantado de la cama confiando en que lo
que recordaba que había pasado con Con hubiera sido únicamente un sueño
vergonzante. Tampoco había sido un sueño, y las cosas que no eran sueños cada vez
se tornaban más vergonzantes incluso. Ese era uno de los patrones a los que quería
poner fin ya). Me levanté, rígida como una tabla gracias a mis nuevos arañazos y
magulladuras, y con un dolor tan fuerte en el cuello que no tenía muy claro si iba a
poder poner la cabeza recta de nuevo. Miré por encima del hombro al pequeño
montón de ropa abandonada delante de las puertas aún abiertas del balcón mientras
me dirigía tambaleante al servicio y abría el agua caliente para darme un buen baño.
Ya había pasado por algo así antes, solo que la última vez habían sido otros vampiros
los que me habían dado una buena curra.
Sé justa, pensé. Estás mucho mejor que cuando regresaste a casa cuatro meses y
medio atrás.
No me apetecía ser justa.
Durante un instante (durante los menos de diez segundos que habían
transcurrido), recordé su boca en la mía, su cuerpo desnudo y caliente contra el
mío…
No. Metí la cabeza bajo el grifo y dejé que el agua borrara esos pensamientos.
Tenía que lavarme el pelo de todas formas.
La camisa, aunque necesitaba un lavado, aún parecía bastante elegante con la luz
del día. Buen tejido. Buen corte. Incluso aunque el negro no fuera mi color. A pesar
de que en ese momento gran parte de mí fuera de color azul y púrpura e hiciera juego
con ella. Fruncí el ceño ante el espejo. Culpa mía por mirarme. La cadena que
rodeaba mi cuello relucía también con la luz del sol. Parecía más de oro esa mañana,
pero si la tocaba con el dedo adquiría una extraña iridiscencia impropia del oro
bueno, aunque tampoco estaba muy familiarizada con tan noble metal. Siempre había
sido más de plástico y estrás.

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Me quité la camisa con cuidado y la puse junto al resto de ropa sucia. ¿Era de
fibras naturales, me pregunté, había que lavarla en seco? No había interrogado a Con
sobre tan cruciales detalles. Por lo general, tomarles prestadas camisas a los chicos
normales no era tan complicado. Para empezar, las camisas de los chicos normales
llevaban una etiqueta con las instrucciones de lavado. Esta no tenía ninguna.
Me di un baño y me pregunté si iba a conseguir sobrevivir al turno del almuerzo
de la cafetería.
No estaba tan mal como había estado la pasada primavera. Estaba de mal humor,
sin más. Me di solo un baño. Para cuando el agua había pasado de estar en ebullición
a simplemente caliente, ya podía mover de nuevo la cabeza.
Me dejé la cadena puesta mientras me bañaba. No quería quitármela, y dudaba
que un baño de espuma fuera a estropearla. Lo que hice fue presentársela a mis otros
talismanes. No tenía ni idea de cómo limpiar la magia de la noche anterior. Ninguna
de las palabras que mi abuela me había enseñado parecía apropiada, pero quería
quitar las velas y las hierbas y no estaba de humor para agradecimientos. Aun así,
sabía que había que hacer algo. Era un compromiso.
Como rito solemne no fue gran cosa: me senté con las piernas cruzadas sobre las
sábanas arrugadas de la cama, aún mojada y envuelta en varias toallas. Había sacado
mi navaja de los pantalones que había tirado al suelo, y saqué también el misterioso
sello del cajón de la mesilla. Estiré un poco la almohada y los coloqué allí. A
continuación, con cuidado, me saqué la cadena por la cabeza y los rodeé con ella.
No sé qué esperaba que fuera a pasar. Me pareció que era lo que había que hacer.
Sello, este es colgante. Colgante, estos son navaja y sello. Mucho me temo que
vamos a pasar bastante tiempo juntos, y que vais a ser mis co-conspiradores (vosotros
y ese tipo que vive bajo tierra) y quiero asegurarme de que os conozcáis antes de
pediros que me guardéis las espaldas.
O lo que sea.
El año estaba ya bastante avanzado como para que la luz directa del sol tocara la
almohada a esa hora del día. Así que no sé qué ocurrió. Pero se produjo una especie
de destello; bueno, como una especie de rayo de sol, pero sí fue un rayo, sí. Como
una espada dorada, como la visión de la gloria para un santo cristiano. Se posó sobre
mis talismanes con un golpe sordo, como si el rey hubiera perdido el agarre de la
espada y esta se hubiera resbalado y golpeado contra el hombro del caballero en vez
de darle un pequeño golpecito mientras era nombrado sir no sé qué.
Y la almohada se prendió.
Me quedé allí sentada, boquiabierta, contemplando la escena mientras el vapor
emanaba de mis toallas húmedas. Y mi cerebro debía de haberse ido de vacaciones
sin previo aviso, porque me acerqué al fuego, cogí los tres talismanes con mis manos
y los saqué de las llamas.
El fuego se apagó. La almohada quedó chamuscada y humeante.
Notaba calor en las manos. Nada importante. Pero, cuando las abrí, tenía tres

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marcas rojas superpuestas en las palmas: una larga y casi oval-rectangular, por la
navaja; otra más corta y gruesa por el sello y una espiral carmesí en la parte anterior
del pulgar del ancho de un hilo irregular, por la cadena. Ninguno de los objetos
parecía superar la temperatura corporal humana. Ninguno de los objetos parecía
distinto a como habían sido un minuto atrás. Antes de haber sido quemados por
personas o fuerzas desconocidas.
—Oh. —Mi voz flaqueó—. Madre mía.

Llegué sin problemas al turno del almuerzo. No quería estar sola en casa. Me metí de
nuevo la cadena por el cuello, y guardé la navaja y el sello en bolsillos separados. No
me apetecía dejar nada en los cajones de la mesilla. Habíamos establecido una
especie de vínculo (hablando de vínculos extraños…). Nuestra afiliación se había
visto confirmada cuando la almohada se había prendido. La tiré a la basura y metí las
sábanas en la lavadora. Mis sábanas no habían estado tan limpias como en los últimos
meses. Apenas si las ponía cuando algo ocurría y las tenía que quitar a toda prisa y
meterlas en la lavadora con doble cantidad de detergente y dándole a todos los
botones de programas «dobles»: doble lavado, doble aclarado, doble agua, doble
centrifugado, doble protección contra cosas que dan miedo. Por desgracia, no
encontré ese último botón. Tendría que ir a comprarme otra almohada y unas cuantas
fundas.
Resultó que con manga larga, cuello alto y vaqueros, los golpes no se veían
mucho. Tenía uno en la mandíbula que se vería tan pronto como me recogiera el pelo
y una quemadura en el antebrazo que iba a tapar con gasas, aunque así pareciera peor
de lo que era. No podía evitarlo. No puedes sangrar en un obrador al igual que no
puedes cocinar nada si no te arremangas primero. Me preocupaba qué le iba a decir a
Mel.
Paulie estaba contento de verme. Había sido una mañana atareada, pero siempre
lo eran:
—Estamos hasta arriba de FEAO —dijo. Yo gemí. Los había visto al llegar,
cuando miré de reojo hacia la puerta principal, así que había decidido entrar por la
puerta lateral, que era de uso exclusivo para el personal (y los vagabundos
hambrientos). Me puse un delantal limpio y me recogí el pelo a toda velocidad (cual
rayo, cual espada dorada, a Mach 112), me eché un poco de harina en la cara para
camuflar la magulladura de la mandíbula y ya tenía los brazos metidos hasta los
codos en la masa cuando Pat entró como si tal cosa en el obrador. No lo había visto
en la cafetería cuando había llegado; había sido de lo más veloz si lo habían avisado
desde el cuartel general.
—¿Puedo hablar contigo en tu próximo descanso? —preguntó.
—Acabo de llegar —dije mientras mezclaba harina, mantequilla y azúcar glas
con brío.

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—Cuando sea —dijo sin hacer amago de marcharse.
—Será en un par de horas —le respondí con paciencia. Noté cómo Paulie
arqueaba las cejas a mis espaldas: por lo general, Pat era un amigo con privilegios.
Eso había sido antes de que hubiera descubierto que mis lealtades no solo se habían
dividido, sino que me habían cortado en dos y estaban desapareciendo sobre el
horizonte en direcciones contrarias.
—Lo que usted diga, señora —dijo mientras se despedía con la mano, aunque no
de una manera muy convincente—. Supongo que no quedarán rollos de canela.
—No —le dije.
—¿Magdalenas con nueces? —dijo Paulie—. ¿Muffins de arándanos, de calabaza,
de naranja, zanahoria y avena, pan de jengibre y pera, pastel de miel?
—Uno de cada —dijo Pat y desapareció.
Paulie no llevaba con nosotros el tiempo suficiente como para fingir ser inmune a
los cumplidos sinceros de la gente que se regocijaba con los bollos que habías hecho.
Se frotó el rostro con su mano llena de azúcar para ocultar la sonrisa, llenó un plato
hasta arriba y llamó a Mary para que lo sacara a la mesa de los FEAO.

Me sentí tentada a no decir cuándo tenía el descanso, pero ya estaba mintiendo


demasiado esos días (y noches) y no quería acostumbrarme. Era como si no quisiera
olvidar la diferencia entre el día y la noche: y tanto mis nuevos ojos como mi nuevo
estilo de vida no muerto parecían estar llevándome sin remedio a esa dirección. No
me gustaba un pelo.
Mi yo sol. Mi yo árbol. Mi yo cierva. ¿Acaso no superábamos al yo vampiro? Mis
manos tocaron los dos bolsillos que contenían la navaja y el sello, dejando dos
manchas más en mi delantal.
Me lo quité, me lavé las manos, me preparé una taza de té y salí a la sala. Pat o
bien había vuelto o seguía allí. El plato a rebosar de Paulie no habría sido suficiente
para dos horas y media; en esos momentos estaba comiendo hojaldres de «Lujuria de
limón» y «Cebras asesinas». Cualquier humano normal tendría que ser llevado en
carretilla después de comer eso. Eso se me había pasado alguna vez por la cabeza
antes, tras muchos años viéndolo comer, pero era un FEAO, ¿no? Tenía que hacer
mucho ejercicio y su metabolismo era rápido. Me pregunté de nuevo qué tipo de
demonio era. Si era un pie de goma, que a veces se volvían azules, podía caminar por
las paredes, por ejemplo, y eso debía de quemar muchas calorías. Asentí con la
cabeza hacia él y salí a sentarme junto al arriate de la señora Bialosky. El sol brillaba.
Me siguió.
—¿Viste las noticias anoche? —preguntó.
Fui parte de ellas, pensé. Contuve un escalofrío.
—No.
—Un asesinato y tres personas desaparecidas en el casco antiguo —dijo—. El

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muerto es un chupasangres. Confirmado.
—No puedes saber tan pronto que los otros tres estén desaparecidos —dije yo—.
Tal vez hayan huido.
Pat me miró.
—Tal vez hayan huido de algo —insistí— que no tuviera nada que ver con los
vampiros.
—Mucha gente los vio juntos esa misma noche —dijo Pat.
No dije nada.
—Cuatro son muchos para una noche, incluso en el casco antiguo.
Seguí sin decir nada.
—Nos gustaría que te pasaras esta tarde y que echáramos un vistazo a unos
correos cósmicos —dijo Pat.
—No salgo hasta las diez esta noche.
—Esperaremos —dijo Pat con tono grave—. Hay un pequeño inconveniente,
Aimil no quiere hacerlo. Dice que lo intentaste tú sola hace unos días y que te
transportaste a otro lugar. Dice que creyó que habías muerto. Me pregunto por qué
quisiste intentarlo sola.
—¿Por qué crees tú? —le dije, mirándolo fijamente. Las sombras de su rostro
eran limpias y simples. Dejé hacer a mi extraña visión. Las sombras tenían como una
textura rugosa; empezaba a pensar que eso indicaba que era un parcial (lo había visto
en el rostro de Maud primero, pero Aimil también lo tenía) y en el caso de Pat ese
aspecto no del todo humano era inconfundiblemente azul. Pero las sombras decían
que no había engaño más allá del básico subterfugio de pasarse por un humano
purasangre. Pat era quien decía ser, y creía en lo que decía que creía—. Yo también
quiero encontrar a esos tipos —dije—. Y, no te lo tomes a mal, pero los FEAO me
ponéis nerviosa.
Pat suspiró y se pasó las manos por la cabeza, quedándosele el pelo de punta.
—Mira, Sunshine, conozco todas las quejas habituales respecto a las FEAO y
estoy de acuerdo con la mayoría de ellas. —Vio que yo estaba mirándole el pelo y
sonrió un poco—. A mí no me importan ni mi pelo ni el uniforme. ¿Es eso un delito?
Pero podemos protegerte mejor en el cuartel general de las FEAO de lo que tú puedes
protegerte en cualquier otro lugar. ¿Y si lo que estabas rastreando se ha percatado de
que estuviste buscándolo el otro día? ¿Crees que podrías haber regresado lo
suficientemente rápido como para que no te siguiera a casa? Que Aimil siga con vida
es una prueba de que no se percató. Pero creo que ha sido una cuestión de suerte.
Nadie ha vivido una vida feliz dependiendo de la suerte, y depender de esta es tan
bueno como arrancarte la garganta cuando estás viéndotelas con chupasangres. Me
dan igual los poderes adicionales que tengas, Sunshine.
Tragué saliva.
—¿Le dijiste todo eso a Aimil?
—Pues claro que lo hice, y más. Después de todo, ella está en nuestra nómina y,

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por tanto, sometida a nuestra normativa. Tú no. Aún, aunque lo he pensado. Pero las
FEAO no pagan tan bien y por lo general nos vemos obligados a chantajear a la gente
como tú o Aimil, por decirlo a las claras, por no mencionar que tendríamos que
pensar cuál sería la descripción oficial del trabajo que queremos que hagas para
nosotros. Probablemente podría enredarte en un enorme nudo de burocracia
ultraconfidencial. Tenemos potestad para obligar a ciudadanos normales y corrientes
en determinadas circunstancias, ¿lo sabías? Y podemos hacer que esas circunstancias
se den, pero llevaría demasiado tiempo y me temo que te pondría de mal humor. Te
necesitamos demasiado como para arriesgarnos a cabrearte, si es que existe la
posibilidad de conseguirte de otra manera. Por cierto, tenías pensado decirnos lo que
encontraras al otro lado de los correos cósmicos de Aimil, ¿verdad? No tendrás
ningún plan noble y suicida de acabar tú sola con esos chupasangres, ¿no? Dime que
no eres tan estúpida.
Le dije con perfecta honestidad:
—No tengo intención alguna de acabar con esos chupasangres yo sola, no.
Pat me miró con el ceño algo fruncido.
—¿Por qué no me suena tan tranquilizador como debería?
Lo miré con la expresión más inocente de que fui capaz.
Pat suspiró.
—Da igual. Nos vemos a las diez. Vendré yo al cierre.
—No voy a escabullirme por la puerta de atrás e irme a casa si te he dicho que iré
—dije, molesta.
—No has dicho que vayas a venir —dijo Pat con calma—. Y no quiero que vayas
por ahí sola a esas horas, por si Bozo se vuelve inteligente en ese periodo de tiempo.
Aquella afirmación era demasiado cercana a la realidad.
—¿Bozo? —dije con cautela—. ¿Sabes su nombre?
—¿Alguna vez lo hemos sabido? —dijo Pat—. Los encuentras y les clavas una
estaca y los quemas para asegurarte. Pero está claro que estamos persiguiendo a un
amo vampiro, y es más sencillo si lo llamamos de alguna manera. Damos por sentado
que es un varón, que por lo general así es. Así que lo llamamos Bozo. Bueno, me
decías entonces que me esperarías a las diez, ¿no?
—Pero si Aimil…
—Le diré que vas a venir de todas maneras y que tenemos los correos cósmicos
guardados y que podemos hacerlo sin ella si fuera necesario. Puede formar parte de la
red de seguridad o sentarse en casa esperando las malas noticias, o que la arrojen
sobre la alfombra y le disparen.
—Sois unas almas cándidas los de las FEAO —dije.
El rostro de Pat se tornó de lo más serio cuando dijo:
—Sí. Nos dedicamos en cuerpo y alma a la idea de mantener a los vivos con vida.
¿Qué te ha pasado en la barbilla… y en el brazo? ¿Es de cuando te caíste de la silla de
Aimil?

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—Debe ser —respondí—. No lo recuerdo bien.

Fue un día de lo más normal en la cafetería. Tuvimos a un tarado merodeando por la


calle que quería decirnos a todos que el final estaba cerca. Tenía una variante
interesante del formato estándar: en su predicción la luna iba a colocarse delante del
sol y se iba a quedar allí para crear un eclipse permanente mientras las criaturas de la
oscuridad se hacían con el poder. La luna se mantendría en ese lugar gracias a un
chisme inventado por las criaturas de la oscuridad y que en la actualidad estaban
perfeccionando. Dijo «criaturas de la oscuridad», no «vampiros». Supongo que yo
también estaba un tanto susceptible, pero no me gustó nada aquello. Hay montones de
criaturas de la oscuridad, pero yo habría dicho que, salvo los vampiros, ninguno es lo
suficientemente listo como para crear un chisme. Entonces ¿por qué no había dicho
vampiros? Dijo que quedaban dieciocho meses antes de que el eclipse comenzara.
Menos mal que no se había lavado en un tiempo y que gritaba como un pirado, o
de lo contrario algunos puede que le hubiéramos creído. Me dije a mí misma que
sería una buena historia para una novela. Sería mejor como novela que como
realidad. Mel se libró de él. Mel se pone en plan colega amigable y los saca fuera y
cuando es él quien lo hace, nunca vuelven. Las únicas veces que habíamos tenido que
llamar a la policía habían sido cuando Mel no estaba allí. Echar a locos ponía
nervioso a Charlie. Puesto que estábamos en el casco antiguo, teníamos un número
importante de tarados; qué demonios, si dábamos de comer a la mayoría, por la
puerta lateral, pero no muchos de ellos despotricaban. Charlie puede calmar a un
cliente con ganas de pelea mientras que Mel se limitaría a sacarlo fuera del local en
cuanto le gritara a una de las camareras, y yo respaldaría a Mel frente a los más
bravucones, pero ponerse a la altura de ellos tampoco es una buena forma de evitar
llamar a la poli. En ocasiones creo que echarlos sería mejor (ya tenemos clientes
suficientes, no necesitamos tener que aguantar a gilipollas provocadores), pero la
cafetería de Charlie lo es por él, y eso también es bueno. Pero es Mel quien se ocupa
de los pirados molestos. Si alguna vez Mel abre una cafetería, será más animada, y
Charlie tendrá que contratar a un gorila para la suya.
El chiflado hizo acto de presencia en el periodo de calma entre los muffins y
scones de última hora de la tarde y los de las cenas tempranas, así que no había
demasiada gente en el local. La señora Bialosky estaba allí, y tampoco me gustó la
manera en que esta lo escuchó. Me dio la sensación de que estaba pensando lo mismo
que yo. Tal vez simplemente estuviera pensando en lunas llenas. El loco no había
dicho nada de qué iba a pasar con las fases lunares. No debía de ser un cambiaformas.
—Eh, un poco de entretenimiento en vivo y en directo —me dijo Mel—. Este se
ha pasado, sí. La próxima vez contrataré a malabaristas. —Sonreí, porque sabía que
él quería que sonriera, pero me di cuenta de que se estaba frotando uno de sus
tatuajes: el del reloj de arena, ese en el que no puedes ver en qué sentido cae la arena.

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Es un talismán para no quedarse sin tiempo. Él también había escuchado atentamente
al tarado.
No podía leer las sombras del rostro de Mel. Parpadeaban menos que las de otros,
pero los contornos rojos eran más cegadores, como para compensarlo. No sabía si
podía ver más allá de los destellos porque no podía o porque no quería. Si no quería,
¿qué era lo que me daba miedo ver?
Cuando dieron las diez estaba cansada y quería irme a casa y meterme en la cama.
Tenía mucho sueño que recuperar. Lo último que quería hacer era ir al cuartel general
de las FEAO, conectarme a otro enchufe vivo y freírme los sesos un poquito más,
pero cuando Kyoko entró en el obrador para decirme que Pat estaba esperándome en
la sala, no me escabullí por la puerta de atrás (a pesar de que no lo había prometido).
Tal vez removiera la masa para los rollos de canela con más energía y durante más
tiempo del necesario, pero luego eché el delantal en el cesto de la colada, me quité un
poco por encima las peores manchas y salpicaduras y fui a encontrarme con mi
destino.
Me detuve un instante bajo el umbral de la puerta. Unos meses atrás había
colocado una cuerda encima del marco para poder colocar algunos de los talismanes
de mi madre allí. Y ahí estaban, haciendo malabarismos en el estrecho dintel, y el
cordel era el que evitaba que cayeran. Mi madre no me había dicho una palabra, pero
nunca habíamos hablado nada del hecho de que entrara en el obrador cuando yo no
estaba allí (rara vez cruzaba el umbral cuando yo sí estaba) y dejara talismanes por
todas partes. Bueno, sí, la guantera estaba llena. O a lo mejor estaba intentando
vencerme por agotamiento. Y no durarían demasiado tiempo intentando proteger una
puerta por la que la gente entraba y salía de manera constante, pero al menos podían
mantener sus ojos (es una manera de hablar) en mí mientras estaba allí. Y mientras
siguieran teniendo lo que para los talismanes eran sus ojos.
Lo curioso era que había empezado a sentirlos allí y en cierto modo no me
importaba. Os había dicho que por lo general no tolero bien los talismanes, para mí
son como una erupción, o un bebé con cólicos en la habitación contigua cuya madre
duerme más profundamente que tú. Y cuando me coloqué bajo la puerta durante un
instante sentí su… bueno, su buena fe (no estoy segura de que fuera algo más fuerte
que eso), empapándome. Me sentí como un bizcocho borracho rebosante de ron. O
posiblemente encurtidos picantes. Sacudí la cabeza para que la cadena opalescente
tintineara sobre mi piel y me di una palmadita en los bolsillos.
Pat y yo fuimos a pie, para mi sorpresa.
—Quiero saber si hay alguien lo suficientemente cerca acechando —dijo Pat—.
Espero que lleves un cuchillo de mesa en el bolsillo.
—Qué gracioso —le dije.
—No debería ser necesario —dijo Pat sin inmutarse—. Tengo a algunos de los
nuestros ocultos en la oscuridad, listos para correr a nuestro rescate.
No resultaba alentador, no tanto porque un vampiro podría salir de la nada y

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matarnos a los dos antes de que ningún humano pudiera hacer más que tomar aire y
preguntarse si había algún problema como por qué las FEAO nada sabían de mis
actividades extracurriculares. No quería que me vigilaran tan de cerca. Y no me
gustaba que gastaran tan valioso tiempo humano en mí.
—Pareces estar tomándotelo muy en serio.
—Por supuesto que sí.
—¿Por qué? No tienes prueba alguna aún de que lo que Aimil y yo estamos
haciendo no sean más que filigranas psicológicas.
Pat permaneció en silencio un segundo y luego suspiró.
—¿Sabes, Sunshine? Es un incordio trabajar contigo. Piensas demasiado. ¿Has
leído algo sobre las cajas negras que registran la actividad de los Otros? Se llaman
teletipos.
—Sí. No funcionan.
—En realidad funcionan muy bien. El problema es que hay un número mayor de
parciales sin registrar de lo que nadie quiere admitir (bueno, eso no es demasiado
sorprendente) y los teletipos se confunden. O, bueno, son saboteados. Ha sido un
verdadero problema para las FEAO por algún motivo. Aunque no me imagino por
qué. Hay formas de solucionar el problema, sin embargo, una vez todos leemos la
misma página. Así que tenemos algunos teletipos que nos dan buenas lecturas, una
vez sabemos cómo calibrarlos. Y te diré que a un par que tenemos en la No Ciudad se
les fundieron los fusibles cuando hiciste el truco de localización unos días atrás, y les
volvió a pasar esa tarde cuando, al parecer, cometiste tu delito con Aimil.
—Y una mierda delito —le respondí.
—Intentar asociarte con un enemigo de los humanos es un delito, querida, y todos
los Otros son enemigos de los humanos. No es una de esas leyes cuyo cumplimiento
sigamos de cerca, pero tiene su utilidad. Y tratar de localizarlo se aproxima lo
suficiente a intentar asociarse con ellos. La cuestión es que jamás hemos obtenido
lecturas como esas. Tal vez solo sean lo que tú dices, bien, pero son muy fuertes y
estamos empezando a confiar en que quizá seas la mejor baza que hemos tenido en
años y no otra de mis malas decisiones tomadas por un exceso de optimismo.
Consideré la posibilidad de tener un ataque de ansiedad ahí mismo.
Probablemente habría sido uno bueno, tras el que le relataría cómo no podía soportar
el estrés, que mi vida se había hecho pedazos esas dos noches que desaparecí en el
lago y que lo que Pat y las FEAO estaban haciendo en esos momentos era acabar con
la poca cordura que quedaba en mí. Oh, y por cierto, si tienes un hacha a mano te la
quitaré y echaré a correr como una posesa porque mis genes han estado un poco más
aletargados de lo que esperaba desde que lo descubrí dos meses atrás y, ah, eso
también era por culpa de las FEAO, por sus sugerentes conversaciones. Mientras
parte de mi cerebro estaba considerando la crisis nerviosa, la otra se planteaba si
podría localizar a Bo con suficiente exactitud y dejar que las FEAO se encargaran de
él. Con y yo no tendríamos que adentrarnos kilómetros y kilómetros (ya fueran

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humanos o vampíricos) en la No Ciudad. Nos sentaríamos en casa, beberíamos
champán y aguardaríamos a los titulares de la prensa. «La división de las FEAO de
Nueva Arcadia destruye una guarida vampira y elimina a su amo». Nuestro
corresponsal, bla bla bla.
Mi imaginación quería un titular tipo «El golpe más importante desde las Guerras
Vudúes», pero no sería así. Para mí era de importancia capital porque era mi vida la
que pendía de un hilo.
Pero no iba a ocurrir. Ni siquiera sabía por qué, no era capaz de explicarlo. Pero
podía sentirlo, como sientes un dolor de estómago o un catarro en ciernes, o los ojos
de alguien clavados en tu espalda. Las FEAO podrían ir y complicarles las cosas
durante un rato, clavarles estacas a los más jóvenes y tal vez arruinar los planes más
inmediatos de Bo. Pero… Tal vez fuera algo más que estaba aprendiendo por poder
ver en la oscuridad. Tal vez fuera por haber recorrido la Ciudad de Nadie o el atajo de
Con de anoche, cuando yo estaba en otro sitio: observando mi realidad, descubriendo
que existen otros lugares con otras reglas. Estaba empezando a comprender que las
conexiones en el mundo vampiro en nada se parecen a las humanas de nuestro
mundo.
Estaba tan atada a Con como él había estado encadenado a la pared de la casa
junto al lago. Bo y él tenían un vínculo que requería que uno de ellos fuera la causa
de destrucción del otro. Supongo que entre vampiros esa será una situación tan
normal como hacer rollos de canela lo era para mí. Me pregunté qué ocurría si un
vampiro implicado en uno de esos pactos letales hacía el equivalente vampiro de
acabar bajo un autobús: ¿entonces el otro, viendo su catarsis frustrada, se lanzaba al
vacío? Un vacío de lo más terrible y desagradable, me refiero. Lo que explicaría por
qué es un lugar tan horrible de visitar.
Podría haberme avisado, pensé. Con podía haberme dicho algo esa segunda
mañana junto al lago. ¿Se le habría pasado por la cabeza? No. Además, ¿qué iba a
decir? ¿«Muere ahora o después»? Esa había sido la opción todo el tiempo. Y mi
situación actual era el resultado triste e inevitable de haber estado en el lugar
incorrecto en el momento inadecuado: Madura un poco, Sunshine. Bo estaría algo
más que un tanto irritado conmigo. No solo había escapado, sino que me había
llevado a su preciado prisionero. Lo que me había mantenido con vida hasta el
momento (mi odioso e ignorado talento para la magia, mi renuente y desgarradora
alianza con Con) era también lo que estaba causando el vínculo. Los mortales
normales y corrientes no se implican en duelos ceremoniales hasta la muerte con
amos vampiros. Pero los mortales normales y corrientes tampoco sobreviven a
encuentros con vampiros.
Traté de recordar la segunda mañana en el lago y pensé: Sí que me avisó, o me
advirtió. Pero yo simplemente no lo escuché. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Y por qué
debería pensar que yo necesitaba ser alertada? Que los dos nos hayamos ido
significará que algo realmente extraordinario ha ocurrido. Y que casi con toda

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certeza tiene que ver contigo, como en realidad es, y entonces sabrán que han pasado
por alto algo importante sobre ti. Y a Bo le molestará eso más que el que un
prisionero humano normal y corriente se haya escapado. Ordenará a su gente que
nos siga. No podemos ponérselo fácil… Yo era la que había dado por sentado que
existían limitaciones temporales en cuanto a las puntualizaciones de Con respecto al
lío en el que estábamos metidos.
Más recientemente, Con había dicho: «Sabía que lo que había ocurrido en el lago
no sería el final». Y tampoco es que me hubiera sorprendido.
Vale, ¿y si (solo para dejar claro dónde estábamos en esos momentos), y si
conseguíamos acabar con Bo? ¿Qué nuevas cadenas de venganza y represalias
desencadenaríamos al hacerlo?
Quería reír, pero no me apetecía inventarme una historia para explicarle a Pat qué
es lo que me parecía divertido. A menos que me saliera la risa histérica, como
anticipo de mi crisis nerviosa.
Pero no lo hice. Quería encontrar a Bo y acabar con todo. Independientemente de
lo que ocurriera después. Lo que fuera. Pensaría en ese lo que fuera si había un
mañana para pensarlo. Con el presente tenía más que suficiente en esos momentos, al
igual que haber escapado del lago con vida había sido suficiente. Si el correo cósmico
de Aimil era de Bo, y yo podía rastrearlo, y las FEAO pueden ofrecer cierta
protección para que no nos rastrearan a nosotras, entonces me arriesgaría a hacerlo
con las FEAO. Quería encontrar a Bo. ¿Y acaso no había yo estado diciendo que
también había un vínculo entre Bo y yo? Ugh.
Lo que no quería era ser succionada de nuevo y aparecer, tal vez en esa ocasión,
encima de Bo. De todas las cosas en las que era incapaz de pensar en esos momentos,
esa encabezaba la lista.
Mi yo sol, mi yo árbol, mi yo cierva. ¿Acaso no superábamos al yo oscuro?
Lo que tenía que averiguar, y rápido, era si iba a haber un camino que pudiera
marcar, un rastro que dejar, alguna prueba que llevarme conmigo del vacío maligno
para que Con y yo pudiéramos seguir o interpretar mejor o más rápido que las FEAO.
Habían pasado muchas cosas y todavía no tenía muy claro qué había encontrado (o
había estado a punto de encontrar, o empezado a encontrar…) en la sala de estar de
Aimil. Si es que esa era una posibilidad. Aimil había temido que hubiera muerto…
No. Lo averiguaría. Tenía que hacerlo.
¿Los teletipos hacían algo más que registrar la actividad, podían definirla?
Nos percibirían a Con y a mí también, cuando nos dispusiéramos a ir a… adonde
fuera, ¿verdad? Suponiendo que nuestras conjeturas sobre el mundo humano
estuvieran en lo cierto y todo lo que quisiéramos estuviera en la No Ciudad. Pero… si
las FEAO iban a empezar a vigilarme más de cerca, ¿tenían pensado plantar un
teletipo cerca de casa de Yolande? Oh, dioses. ¿Podría mi casera inhabilitar un
teletipo de las FEAO?
Aimil estaba esperando en el despacho de Pat con gesto sumiso. Theo y Jesse

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estaban allí. Se levantó de la silla y me abrazó. Yo le devolví el abrazo y nos
quedamos mirándonos un instante.
—Supongo que los presentes se las han apañado para que no se te vean las marcas
de los golpes —le dije.
—Que es más de lo que se puede decir de ti —dijo Aimil mientras tocaba con
cuidado mi mandíbula.
—Me lo hice con el horno de arriba —dije—. Pongámonos con esto, ¿va? Quiero
ir a casa y meterme en la cama. Las cuatro de la mañana están ya al caer.
El combox de Pat estaba encendido y el correo cósmico guardado parpadeó tan
pronto como el agente tocó la pantalla. Antes incluso de enchufarlo a la conexión en
directo ya me parecía maligno. Las letras, parpadeantes, parecían tener los bordes de
un rojo protuberante, por lo que era como si pequeñas bocas carmesíes aullaran detrás
de cada palabra.
—¿Lista? —dijo Pat.
Me senté y puse las manos en el teclado, como si fuera a hacer una cosa
totalmente normal con él, pulsar algunas teclas, ver cuáles eran los titulares de la
Línea Oscura.
—Lista —dije. Pat pulsó el botón de la Globalnet y el correo cobró vida.
Fue casi como si me succionara, después de todo. Eh, no sabía qué estaba
haciendo. ¿Existía algún tipo de aprendizaje para eso? La Globalnet no llevaba tanto
tiempo en funcionamiento, pero los manipuladores de magia se adaptan con bastante
rapidez. Tienen que hacerlo. Si me hubieran enseñado, ¿habría aprendido a rastrear
un correo? No. Si eso fuera algo que los manipuladores de magia hicieran de manera
rutinaria, las FEAO habrían tenido una división de manipuladores de magia que se
encargara de ello. Y no estarían encima de mí como estaban. Iba a adentrarme donde
nadie más lo había hecho antes. Y no iba a pasármelo bien.
Fueron mis talismanes los que me mantuvieron de una pieza, y en este mundo.
Sentí cómo se calentaban, uau, de cero a cien en un instante, como un vampiro frío e
inerte que regresa a la no muerte por acción de un invitado que se ha presentado sin
avisar. Supuse que tendría una marca roja alrededor del cuello y sobre el pecho, y una
ovalada en cada muslo. Confié en que no me prendieran la ropa, algo que me sería
difícil de explicar, además de embarazoso.
Resultó bastante intenso. Fue como ser arrastrada y retenida a la vez: como si
estuviera viviendo el momento en que mis lealtades divididas me desgarraban y se
llevaban consigo sus partes sesgadas. El espacio de los Otros gimió y, si bien la noche
anterior, junto a Con, en el extremo más alejado de aquella especie de carretera
comarcal, había sido algo meramente remoto, y no de la tierra y en ningún lugar en el
que yo tuviera algo que hacer, esa noche volvía a ser el lugar malo, el vertiginoso y
ululante torbellino. Si me precipitara de cabeza hacia allí no saldría, a no ser que
fuera en trocitos.
Pero estaba triscando en las lindes de un territorio peligroso a propósito. Percibí

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un inaudible estrépito, pensé que tal vez fuese el sistema de defensa de Bo. Vale, si
puedo encontrar dónde está ese sistema de defensa, en teoría puedo encontrar dónde
está aquello que está defendiendo. ¿O esa lógica es demasiado humana? Intenté
orientarme con cuidado y cautela, pegada a la silla del despacho de Pat, sintiendo
cómo los talismanes ardían en distintos puntos de mi piel. Yo no era la aguja de la
brújula en esa ocasión (eso habría significado adentrarse demasiado), estaba
intentando encontrar un punto desde donde pudiera ver dónde apuntaba la aguja…
Allí.
Y fui propulsada hacia atrás, con la silla, y aterricé en el suelo con tal golpe que
se me cortó la respiración. Y menos mal, porque el combox de Pat explotó, y gotas
candentes del líquido de su interior llovieron sobre mi cabeza, así como pequeños
fragmentos de solo los dioses saben qué y trozos más grandes de plástico. Se oyeron
gritos amortiguados de sorpresa y dolor, y luego empezaron a sonar muchas alarmas.
Yo seguía intentando que el aire entrara de nuevo en mis pulmones cuando comenzó
a llegar gente. Me había parecido que eran alarmas de verdad. En efecto.
Lo que se me antojó la totalidad del personal de las FEAO se presentó en el
despacho de Pat, y había más de los que te imaginarías a las diez y media de la noche.
Una vez pude volver a respirar le dije al médico que estaba bien. (Hay médicos las
veinticuatro horas del día en el cuartel general de las FEAO: nuestros impuestos.
Bueno, muchas empresas importantes tienen médicos en su plantilla, pero pocos de
estos llevan insignias de combate. Y este sí). Se me había retorcido un poco la
camiseta, y la cadena y la marca que me había dejado eran visibles; me dio algo de
crema para las quemaduras y murmuró algo acerca de los extraños efectos de la
explosión de un combox. Por suerte no se le ocurrió sugerir que había algo extraño en
aquel colgante y que no debería ponérmelo. No le mencioné los focos de calor que
sentía en los muslos. Estaba contenta de tener aún muslos.
Pat se había llevado la peor parte; tuvieron que ponerle puntos en un hombro,
pues le había golpeado el trozo más grande del combox volador, y tenía varias
quemaduras en el rostro y en una mano, aunque ninguna seria.
—Eh, ya era un puto cardo antes —dijo—. No va a arruinar mi vida social.
Hasta Pat había quedado un tanto conmocionado. Me di cuenta porque los dos
tipos que habían llegado corriendo y se habían sentado delante del otro combox de la
habitación (uno de ellos con unos auriculares con micro por el que no paraba de
hablar) habían estado tecleando sin parar durante varios minutos antes de que Pat se
percatara. Yo los había estado observando desde el suelo, pero estaba bastante
aturdida y no acertaba a pensar qué podrían estar haciendo. Me medio percaté de que
Jesse se había quedado inmóvil cuando aquellos dos habían entrado, pero no lo había
procesado. Sí que me di cuenta de cómo Pat volvía a la consciencia y miraba con
gesto serio a Jesse.
Y entonces entró la mujer y el grado de tensión del despacho aumentó hasta
límites insospechados. Me sentí como si estuviéramos en uno de esos cohetes de las

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pelis antiguas donde la velocidad de despegue es tal que te quedas pegado a la
tapicería. Vale, ya sé que mis metáforas no son muy allá, pero cuando la miré por
primera vez no pude ver sombras en ella: era como si brillara, en enormes y
vertiginosas ondas, como un reactor nuclear andante o similar, si alguna vez hubiera
visto uno, que no era el caso. Sentí un dolor de cabeza de inmediato. Deseé al
momento estar lejos de allí, donde quiera que fuera; ese sitio parecía palidecer bajo la
fuerza de su presencia.
Tenía que ser la Diosa del Dolor. Y yo que había pensado que el nombre era una
coña. Oh, oh.
Le espetó un par de órdenes en voz baja al tipo de los auriculares. A este no
pareció gustarle, y negó con la cabeza. Su compañero de delito se encogió de
hombros y extendió las manos.
—Su numerito se ha cargado todo el sistema informático del cuartel general —
dijo con una voz fría y clara que era mucho peor que si estuviera gritando—. ¿Qué
demonios está haciendo?
Pat, intentando recuperar la compostura, dijo:
—Tenía autorización. Pregúntele a Sánchez.
—No tenía autorización para destruir los sistemas del cuartel general, y es obvio
que no ha hecho los deberes respecto a las medidas preventivas —dijo la mujer, para
nada calmada—. Aún no me ha dicho qué estaban intentando hacer, y Sánchez no
está aquí.
Uno de los tipos que estaban con el otro combox la llamó y ella los escuchó un
breve instante. Cuando se volvió para mirar a Pat de nuevo, este ya estaba algo más
prevenido.
—Estábamos intentando rastrear un correo cósmico de un posible Otro hasta una
fuente terrestre. Hemos estado trabajando con Aimil —dijo mientras la señalaba—,
durante ya algunos meses. Esta es Rae Seddon. Tenemos motivos para creer que
puede sernos de ayuda. Es la segunda vez que intenta hacer una conexión. Respecto a
las medidas preventivas, yo… —Y soltó una jerga técnica de la que no entendí una
sílaba, aunque tampoco me importaba. Desconecté.
Para entonces yo ya volvía a respirar, aunque me dolían los pulmones. No tanto
como mi cabeza, ni de lejos, sin embargo. Era como si mis globos oculares tuvieran
cristales clavados y el cráneo me latiera. En esos momentos veía un grueso borde en
todo, de un rojo intenso y errático, en ocasiones ancho como una navaja, en otras
como una cadena opalescente. No necesitaba sombras. Eran como grietas en la
realidad, abriéndose al caos que yo había visto y que protegía el camino a Bo. Me
aferré a los brazos de la silla (de nuevo de pie) en la que me colocaron una vez el
médico hubo terminado conmigo.
—Estese quieto —dijo el médico. Estaba intentando ponerle puntos a Pat en el
hombro. No quería volver a mirar a la Diosa del Dolor; sabía que eran mis ojos, pero
había algo que no cuadraba en ella, y fuera lo que fuera, hacía que mi dolor de cabeza

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empeorara.
Observé que un par de personas recogían las piezas del combox. Apareció otra
persona con una enorme botella con algo, supongo que disolvente, y empezó a
limpiar las gotas viscosas del suelo. Alguien más estaba echando los trozos de
viscosidades más grandes a un cubo. Me percaté de que algunos dejaban marcas al
quitarlos. Jesse tenía quemaduras menores en un antebrazo: Theo y Aimil estaban
ilesos. Podía haber sido mucho peor.
Era mucho peor. No solo por habernos podido quemar con el líquido del interior
del combox.
Mis bordes rojos estaban estrechándose. No con la suficiente rapidez.
No me di cuenta de que la conversación había cesado hasta que oí que repetían mi
nombre.
—Rae Seddon —estaba diciendo la Diosa. Alcé la vista y parpadeé: ni mis ojos ni
mi cabeza estaban preparados para tan repentinos movimientos, ni tampoco para
mirar a la Diosa a los ojos—. Oí lo de su incidente de unas semanas atrás —dijo—
con el vampiro del casco antiguo.
No dije nada.
—Me gustaría tener una conversación con usted en algún momento —dijo ella.
Seguí sin decir nada. Miré a Pat. Tenía tal cara de póquer que supe que estaba
preocupado. Había un enorme halo rojo alrededor de su cabeza, y las sombras que
cruzaban su rostro eran tan azules que me sorprendió que no les resultaran obvias a
los demás. Confié en que no lo fueran.
—Dudo que pueda ayudarla —dije sin mirarla—. Creo que fue un accidente.
—¿Algún residuo de poder de su experiencia en el lago? —dijo. No me gustaba
que estuviera tan al tanto de mi historia. Me pregunté qué más sabría—. Sí, supongo
que eso es lo más probable. Pero es el primer incidente de esa índole del que tenemos
constancia (¿significaba eso que estaba lo suficientemente interesada como para abrir
una investigación?) y me gustaría saber todo lo posible sobre el tema. Las FEAO
siempre están interesadas en casos inusuales y únicos. Tenemos que estarlo. —
Sonrió. Lo vi por el rabillo del ojo. No era que no lo dijera en serio, no exactamente.
Fue una sonrisa oficial. Muy acorde con su aura de gases venenosos. Un aceite tóxico
derramándose en el mar de la sociedad. No me gustó esa sonrisa. El compromiso de
Pat con la aniquilación total de los vampiros me resultaba un tanto inoportuno, pero
estaba convencida de que era de los buenos. No creía que ella lo fuera.
No le sonreí. Intenté aparentar estar demasiado superada por lo que había
ocurrido como para poder sonreír. No era así. Lo que me superaba era tener que
sonreír cuando no quería.
—¿He de dar por sentado que el intento fallido de establecer una conexión esta
noche también se ha basado en una lectura defectuosa de ese mismo residuo?
El tono de su voz haría que los rollos de canela se desenrollaran, que las tartas se
desmoronaran, y que la «Muerte por chocolate amargo» se derritiera. Confié en que

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estuviera hablándole a Pat y no a mí.
Pat dijo:
—Existe un precedente. Milenkovic…
—Tendrá que hacerlo mucho mejor que eso, agente Velasquez —le interrumpió la
Diosa—. Milenkovic era una mujer senil.
Pat cogió aire.
—Señora, los informes de Milenkovic registran claramente…
Jesse estaba discutiendo con los tipos del combox de apoyo. Quería oír qué estaba
pasando, pero tampoco quería parecer interesada en nada mientras la Diosa siguiera
mirándome. No creía que ella estuviera escuchando la descripción obstinada de Pat
sobre los infortunios de la pobre Milenkovic. Me concentré en parecer aturdida y con
la mente en blanco. Y tal vez estúpida. Yo era una joven marginal que a duras penas
había terminado el instituto y que horneaba pan para ganarse la vida. El intelecto no
era un rasgo característico en mí. Mantén ese pensamiento. Tras mi expresión vacía
estaba intentando recordar lo que había ocurrido mientras estaba conectada. ¿Había
encontrado algo o había sido repelida antes de poder averiguar nada? No iba a
levantarme y a hacer una predicción direccional como había hecho la última vez en
ese despacho, no con la Diosa mirando. Pero sí que lo sentía un tanto… direccional.
Y tenía miedo de que si no lo intentaba de nuevo, pronto lo perdería, como si hubiera
algo que perder.
Aimil se colocó delante de mi campo de visión. Estaba mirándome también, pero
su mirada decía: «¿Puedo ayudar?».
Me puse en pie lentamente. Tenía un poco de tembleque, pero fingí estar peor
todavía. Aimil corrió a agarrarme del hombro. Cuando me moví, sentí…
Sí. Había encontrado algo. Y no lo había perdido aún.
Creo que Aimil también sintió cómo ese escalofrío me recorría, y probablemente
supuso el porqué.
—Rae está bastante afectada —dijo, y yo reconocí su voz aplacadora de
inquisidores: una mujer de la dirección de la biblioteca tenía esa voz, y cuando fue
destinada a la biblioteca del casco antiguo, Aimil encontró otros proyectos especiales
al otro lado de la ciudad que atender—. ¿Puedo llevarla a casa?
—Dígame, Rae —dijo la Diosa—. ¿Cree haber encontrado algo de utilidad esta
noche?
—No lo sé —respondí con cautela—. Acabó de repente, y ahora tengo un dolor
de cabeza horrible.
—Por lo general —dijo la Diosa—, cuanto antes se interroga sobre la experiencia,
más información se obtiene.
Intenté poner cara de querer cooperar.
—Lo siento —dije—. Fue como si me precipitara al caos, y luego me caí hacia
atrás de la silla y el combox estalló.
El radar de la Diosa le estaba diciendo que yo me guardaba algo. Con gran

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esfuerzo alcé los ojos de nuevo y la miré a los suyos. No había manera de leer sombra
alguna en su rostro: era todo lo que podía hacer, mirarla. ¿Qué demonios era aquello?
¿Una especie de sistema salvaje de protección personal? Jamás me había topado con
algo así.
Nos quedamos mirando. No era mi jefa (y no era una vampira) y vivir con mi
madre me había enseñado a no dejarme intimidar con facilidad, aunque en esta
ocasión me llevó cierto esfuerzo, y la cabeza me daba más vueltas que cuando…
¿Qué? Estaba intentando rastrearme…
Eso era totalmente ilegal: una violación de mis derechos personales, y todo lo que
un rastreo encontrara era automáticamente invalidado como prueba, en teoría, pero
una vez sabías algo lo sabías, ¿no? Puede autorizarse una búsqueda cerebral en
determinadas circunstancias, pero se dan una lista de requisitos previos tan larga
como los estatutos del consejo global (además, hay que ser un manipulador de magia
particularmente talentoso en el intercambio de información del éter) y en la práctica
solo existen unos pocos policías y abogados especiales que puedan obtener un
permiso. Y probablemente algunos FEAO: pero si la Diosa tenía autorización, en esos
momentos la estaba usando de manera incorrecta.
—Eh —dije y levanté el brazo, como si estuviera protegiéndome de un golpe
físico. El rastreo no es una ciencia exacta ni para el mejor rastreador, y el rastreado
tiene que permanecer quieto. Las principales comisarías disponen de una silla
rastreadora de mentes como equipamiento estándar, y un médico al lado con una
jeringuilla llena de lo que comúnmente se conoce como «borrador», que te hace
quedarte quieto y no puedes volverte a mover con normalidad hasta mucho tiempo
después.
Estaba convencida de que no había tenido la oportunidad de sacarme nada, pero
no me gustaba que lo hubiera intentado. También me pareció entender entonces por
qué aquellos a los que desconcertantemente consideraba de mi banda (Pat, Jesse,
Aimil y Theo) parecían tan nerviosos.
—Lo lamento tanto —dijo, para nada arrepentida—. Estoy acostumbrada a
ayudar a recordar a nuestros agentes. Me ha salido de manera automática.
Y una mierda, señora. Eso no lo dije. Esperabas que no me fuera a dar cuenta. Lo
que sí dije fue:
—Buenas noches. Si recuerdo algo, se lo haré saber.
Le habría gustado retenerme, pero tal vez no se atreviera. Me había percatado de
lo que había intentado hacerme, y una acusación de rastreo ilegal de mentes sería
embarazosa para las FEAO incluso aunque lo negaran de manera convincente. Pensé
que mucho debía de querer que le contara lo que sabía para haber corrido ese riesgo.
¿Tanto odio tenía a los vampiros, u ocurría algo más? Tonta de mí. Claro que ocurría
algo más. Si simplemente sintiera una fuerte aversión por los vampiros, Pat y ella
serían colegas, y no lo eran.
También pensé que no me había podido sacar nada, porque si lo hubiera hecho,

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habría encontrado la manera de retenerme, y estaba dejándome marchar.
Me volví con cuidado a la puerta, deseosa de salir antes de que cambiara de
opinión. No quería soltar aquello que había sentido hasta que hubiera tenido la
posibilidad de explorarlo. Sentí cómo oscilaba, de la misma manera que se mueve la
aguja de una brújula cuando la giras.
Aimil se aferró solícita a mi codo.
—Mi coche está atrás —dijo.
Llevábamos medio pasillo recorrido cuando oímos que alguien corría tras
nosotras: Pat.
—He dejado a Jesse con la Diosa —dijo—. Lo siento, Sunshine. ¿Puedes ir más
rápido? Nos quiero a todos fuera antes de que se le ocurra un motivo para encerrarnos
aquí.
Me llevaron entre los dos. Pat llevaba el brazo herido pegado al cuerpo, pero me
sujetaba con la fuerza suficiente. Una vez estuvimos fuera, volví a sentir cómo aquel
estremecimiento me recorría.
—Tengo que parar —dije. Pat no me rebatió, pero miró hacia atrás.
Nos quedamos delante de una breve escalera que daba al aparcamiento. Tomé aire
e intenté tranquilizarme, aguardar a que la aguja de la brújula dejara de oscilar de un
lado a otro. No quería dejar de hacerlo. Una aguja del vacío probablemente estuviera
confusa en una realidad ordinaria, de la misma manera que la aguja de una brújula
normal y corriente estaría confusa por la acción de los campos magnéticos.
Confié en que no hubiera ningún equivalente a un campo magnético cerca.
Cálmate, le dije. No lo he perdido, por favor, dime que no lo he perdido…
—Mmmm —dijo Aimil—. No sé si te será de mucha ayuda. —Se sacó un trozo
del combox del bolsillo y me lo ofreció.
—Eres una amiga —dije. La magia compasiva nunca es la mejor y por lo general
es la más rudimentaria, pero cuando necesitas una base sólida no hay nada mejor, y
cualquier estúpido con una gota de sangre de manipulador de magia de seis
generaciones atrás puede hacerla. Sostuve el trozo de plástico con las dos manos.
Esa vez no tuve que darme la vuelta. Sentí cómo me golpeaba el hombro derecho
(no, cómo lo atravesaba) en dirección a mi corazón. Como una estaca en un vampiro.
Dejé caer el trozo de combox y me aparté de su trayectoria de vuelo. La cadena
que rodeaba mi cuello, el cuchillo y el sello de mis bolsillos refulgieron de nuevo (y
creo que me salió una quemadura de fricción en la parte delantera del hombro
derecho, donde lo que quiera que me había quemado me había rozado). Era como si
alguien me hubiera pasado una lijadora.
Pat me cogió, de lo contrario me habría caído por las escaleras hasta el suelo del
aparcamiento.
—Uau —dijo, y casi me suelta, como si hubiera cogido algo en llamas, pero era
un verdadero FEAO, o llevaba puesto el sombrero de rescatador de damas esa noche,
o estaba más preocupado por mí que por la piel de sus manos o los puntos de su

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hombro. Se estremeció, pero no me soltó.
—Lo siento —dije—. Esto ha sido un poco de lo que hizo estallar el combox.
Aimil negó con la cabeza y lentamente se acercó al lugar donde el trozo de
combox había aterrizado, balanceándose aún sobre su extremo curvado. Se agachó
muy despacio y lo cogió. Mujer valiente. Pero no era el tipo de pista que podíamos
dejar por ahí: todo el mundo conoce la magia compasiva, y «todo el mundo» incluía a
todos los espías de la Diosa.
Pat se frotó las manos en los laterales de las piernas.
—Madre del amor hermoso —dijo—. Sunshine, ¿estás bien?
—Sí —dije—. Más o menos. —Miré en la dirección por donde había venido la
estaca invisible. No Ciudad, de nuevo. Miré hacia atrás—. Se te han abierto los
puntos.
—¿Has obtenido algo?
—No Ciudad. Ya lo sabíamos.
Pat soltó el aire con un suspiro de enfado.
—Así que nos hemos cargado el sistema informático, destruido gran cantidad de
equipos y puesto en alerta a la Diosa del Dolor y todo lo que sabemos es que es en la
No Ciudad. Genial.
Miré a Aimil, que estaba absteniéndose de decir «Ya te lo dije».
—Lo siento —dije.
—No es culpa tuya, Sunshine. Estoy seguro de que estamos cerca de algo, tan
solo tenemos que averiguar cómo usarlo. Algún día te llevaremos a dar una vuelta
para ver si es en la No Ciudad, y si podemos encontrar una especie de ángulo.
Me sonó un poco a intentar encontrar el epicentro mientras estás cayendo por
entre las grietas en la tierra, pero no dije nada.
—Pero ese es el camino largo y estoy impaciente. Maldita sea. John es un genio
con los ordenadores. Debería haberle preguntado a él antes. Podría haber contenido a
los lacayos de la Diosa. Pensé que Sánchez… bueno. Las cosas han salido así y la
Diosa va a vigilar cada uno de nuestros movimientos de ahora en adelante.
—¿Quién es ella? —pregunté.
—¿La Diosa del Dolor? Sunshine, estás desbarrando. Es la segunda al mando
aquí en el cuartel general, pero mantenemos la esperanza de que sea ascendida y se
marche de aquí y la perdamos de vista. Jack Demetrios, el jefe, es un buen tipo.
Eso lo sabía. Pero no sabía cómo preguntarle por las extrañas vibraciones de la
Diosa.
—¿Tiene alguna protección personal poco convencional o similar?
Pat me miró con un gesto excesivamente alarmado que no me gustó.
—¿Te refieres a que el mero hecho de que entre en una habitación hace que
cualquier persona en su sano juicio quiera salir corriendo de allí? ¿Te refieres a que
tiene el mismo efecto que un interruptor en un control de mandos? Sunshine, ¿qué
estás percibiendo?

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Negué con la cabeza.
—Nada. Han pasado demasiadas cosas esta noche. Eso es todo.
—Intentó rastrear tu mente, ¿verdad?
—Sí —le respondí.
—Pero la bloqueaste —dijo Pat—. Gracias a los dioses. Me alegro de que la
bloquearas. Pero, además, siempre es agradable ver cómo joden a la Diosa.

Me costó convencerles de que me dejaran conducir hasta mi casa. Me costó mucho.


Aimil me conocía lo suficiente como para dejar de insistir, aunque Pat se quedó
enfadado y contrariado. Pero no tanto como debería haber estado. Eso significaba que
ya había colocado algo en casa de Yolande para tenerme controlada. Mierda.
Tartana estaba de buen humor. Llegamos a casa a una velocidad constante de
unos cincuenta y cinco kilómetros hora. Revolví en el compartimento lateral en busca
de algo en lo que escribir y algo con lo que escribir: con los talismanes en la guantera
no había sitio para los objetos que allí suelen guardarse. Garabateé: Yolande, ayuda.
Las FEAO están vigilando la zona en busca de actividad de los Otros. S., y metí la
nota bajo su puerta. Intenté escuchar en busca de teletipos en el vecindario, pero eso
no figuraba entre mis habilidades y no sabía qué tenía que escuchar.
Me arrastré escaleras arriba. No había limpiado todo tan bien la noche anterior,
por lo que no tuve problemas para encontrar restos de cera de las velas que Yolande
me había dado. Los metí en un viejo bol y encendí una vela debajo. Aguardé hasta
que empezaron a reblandecerse y pude oler levemente su aroma. Entonces cerré los
ojos y me alineé a mí misma…
No quería ir a ningún lugar. Tan solo quería dejar un mensaje. Empecé a sentir la
calidez de la cadena alrededor de mi cuello. Una leve calidez.
… ¿Sunshine?
… Descubierto…
… Mañana…
… Cuidado… Las FEAO están aquí…

Menos mal que mis manos sabían lo que hacían, porque el resto de mi ser apenas
respondió al piloto automático al día siguiente, o tal vez fuera que al ensamblaje le
hacía falta tensar varios eslabones de la cadena. Pasé la mañana, mi Tartana me llevó
a casa, me tropecé con varios peldaños de las escaleras pero mis pies me llevaron
durante el resto del camino hasta la habitación y me desperté a las tres, atravesada
sobre la cama deshecha, con los pies colgando por un extremo, la mejilla
dolorosamente surcada de arrugas y mi mandíbula más lastimada todavía por culpa
de las sábanas gurruñadas. El pecado del desaliño castigado.
—Oh, vaya —dije mientras rodaba hasta levantarme. Hora de darse un baño. En

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caso de duda, siempre un baño. Mi familia (especialmente aquellos que recordaban lo
que había sido compartir casa con un solo baño conmigo) me regalaba cada año por
el solsticio de invierno suficiente espuma de baño como para tener hasta el siguiente.
Siempre me daba muchos baños de espuma, pero ese año se estaba llevando la palma.
Una vez estuve vestida, salí al balcón para peinarme el pelo mojado a la luz del
sol. Yolande estaba en el jardín, quitando las flores marchitas. Alzó la vista cuando
oyó que las ventanas del balcón se abrían.
—Buenas tardes —dijo—. ¿Te apetece una taza de té?
—Me encantaría —dije yo—. Dame cinco minutos.
Cuando bajé las escaleras, su puerta estaba abierta. La cerré tras de mí y fui hasta
su cocina. Mi apartamento era uno de los de la planta superior; el suyo ocupaba toda
la planta baja y era una casa grande. Antes no había prestado demasiada atención,
pero en esos momentos estaba mirando todo lo que ya había visto ante la nueva idea
de que pudiera contener posibles protecciones secretas; y me dio la sensación de que
las sombras yacían de manera diferente sobre ciertos objetos, y algunos de esos
objetos eran de lo más inesperados. ¿Podía esa postal curvada y desgastada apoyada
contra una vela y que decía Recuerdo de Portland ser otra cosa que no una digna
candidata a una purga de limpieza?
Yolande estaba echando el té en la tetera cuando entré. Había tazas sobre la mesa.
Sabía dónde tenía los platos para las galletas, así que cogí uno y coloqué mis
ofrendas: galletas con avellanas y trozos de chocolate, «Dandis de mermelada»,
«Tortugas de anacardos», además de brownies de mantequilla escocesa y media
docena de muffins (por fortuna no me había quedado dormida encima de la bolsa de
los bollos). En teoría no podemos llevarnos nada a casa de la cafetería hasta el final
del día, pero que me dijeran algo si se atrevían.
—Es irónico —dijo ella—, que las FEAO, nuestros caballeros de blanca
armadura frente a la oscuridad, te estén causando tantos problemas. Pero creo que
puedo garantizarte que no percibirán a tu amigo si vuelve. Tendrás que perdonarme si
hago de nuevo mis obstrucciones específicas únicamente a él. ¿Tuviste éxito anoche?
No tenía intención de reírme, pero una especie de risita se me escapó.
—Sí, por decir algo.
Yolande dijo:
—Me temo que eso es en ocasiones el inevitable resultado de la posesión de
poder real. Que es más fuerte que tú, y no muy dócil.
—No creo que mi llamado poder sea el problema —dije yo sombríamente—. Son
los problemas en que mi poder me mete.
Yolande acercó mi taza hacia ella, colocó el diminuto colador de plata encima y
vertió el té. Antes de conocerla, preparar el té para mí era poner una bolsita en una
taza y añadirle agua caliente. Cuatro años atrás había convencido a Charlie para
incluir en la carta el té en hojas y servido en teteras individuales. Le dije que una
cafetería que vendía champán por copas también podía hacer lo mismo con el té en

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hojas. La clientela de sobremesa se había disparado. Debía de haber más exiliados de
Albión en Nueva Arcadia de lo que pensábamos. Albión había sido de las más
castigadas por las guerras.
—Dudo de tu interpretación —dijo Yolande—. Si tuviera que ser directa, diría
que no creo que siguieras con vida si fueras un mero peón.
—Sé que es patético, pero en ocasiones creo que preferiría serlo. Un peón vivo,
vale.
Yolande estaba sonriendo. Tenía esa mirada introspectiva.
—La responsabilidad es siempre una carga —dijo.
—Lo siguiente que me vas a decir es que no se vuelve más fácil.
—Cierto. Pero te acostumbras.
—Los guardianes de protecciones tienen un riguroso aprendizaje. Así que no te
expones. No ocurre nada hasta que terminas el proceso y estás preparada para lo que
pueda ocurrir.
Se rio y fue una risa de verdad.
—Solo en teoría. Dime, ¿cómo fueron tus primeros rollos de canela? ¿Y acaso la
receta no parecía clara y precisa sobre el papel? ¿Y las instrucciones que te dio tu
profesor, antes de ponerte a ello, no eran perfectamente inteligibles y lo abarcaban
todo?
Sonreí al recordarlo mientras me echaba azúcar en el té.
—Eran pequeños ladrillos redondos. Aún no sé cómo lo hice. Pesaban más. No
podían pesar más que la harina que les puse. Pero juro que así era. En nuestra familia
corre el bulo de que Charlie los usó para la pared que estaba levantando alrededor del
jardín de rosas de mi madre. No me sorprendería que fuera cierto.
—La primera vez que tallé un símbolo de protección (tallar un signo de
protección es el primer gran paso para crear todos los signos básicos, y estás
deseando crearlos) me las apañé para cargarme el taller. Por suerte mi maestro
consideraba que mi talento bien lo valía. Si sobrevivíamos a mi aprendizaje.
—Una vez fundí los hornos, pero no fue del todo mi culpa… Vale, lo pillo. Pero
no creo que nadie sepa cómo viajar por la Ciudad de Nadie.
—Entonces confío en que estés tomando buena nota para que enseñarle a tus
pupilos sea más sencillo.
—Eres una mujer dura —le dije.
Se inclinó hacia delante y tocó ligeramente la cadena que pendía de mi cuello.
—Es potente. Tienes otros, creo, pero este es nuevo. Tiene una enorme sensación
de oscuridad a su alrededor, y sin embargo es de un oscuro nítido, claro. Como una
joya en una caja forrada de terciopelo negro. Un regalo de tu amigo, imagino.
Asentí, intentando no ponerme nerviosa por su perspicacia.
—Mi maestro estaría de lo más interesado, pero vive al otro lado del país.
—¿Tu maestro? —dije sobresaltada y sin demasiada cortesía—. Pero eres…
—Vieja —añadió ella serena—. Sí, más de lo que piensas. La manipulación de la

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magia tiene ese efecto. Seguro que lo sabías.
—Pensaba que era un cuento de hadas. Como lo de la olla de oro y los tres
deseos.
—No es un efecto muy fiable, y los talladores de protecciones y encantamientos
normales no notan una gran diferencia. Pero para los que nos empapamos plenamente
en una fuente mágica, puede tener profundas consecuencias. No es algo que se
escoja. Te escoge a ti, no al revés.
—Siempre pensé que mi abuela parecía muy joven —dije despacio—. No la he
visto desde que tenía diez años. Cuando era adolescente concluí que era porque tenía
el pelo oscuro y largo y no se parecía a las demás abuelas.
—No conocí a tu abuela, aunque conocí a otros Blaise en su momento. Pero me
aventuro a decir que era mucho mayor de lo que te imaginas.
—«Era» —dije—. No sobrevivió a las Guerras Vudúes. Ni mi padre tampoco.
—Lo siento.
—No sé si están muertos. Pero no me creo que mi abuela no me hubiera hecho
saber… —Se me cortó la voz—. He sido la niña de la familia de mi madre toda mi
vida, incluso cuando aún vivíamos con mi padre, creo… hasta hace cuatro meses.
Casi cinco. Es un shock para mí.
Me miró, pensativa.
—Considera la posibilidad de que fuera necesario tener una cierta edad para
soportarlo, cuando finalmente te llegara.
—Tenía que haber una forma más sencilla.
Se rio.
—A posteriori, siempre hay una forma mejor.
Intentando sonreír, dije:
—Los primos que conozco, los hijos de las hermanas de mi madre, se casaron con
mi edad. Los más jóvenes hacen cosas como practicar deporte o coleccionar sellos o
mobiliario para casas de muñeca. De los dos que están en la universidad, Anne quiere
ser bióloga marina y William maestro de primaria. Es como si ese lado de los Otros
no existiera en ellos. Incluso Charlie, que de todos, pensarías que es quien lo
recordaría, dice que casi había olvidado quién era mi padre. —Paré de hablar—. Ni
siquiera sé cómo se conocieron mis padres. No parece algo muy probable, ¿no? Que
doña Drásticamente Normal se colgara por don Inquietante. Todo lo que sé es que mi
madre trabajaba en una floristería antes de casarse con mi padre.
»¿Qué ha pasado con mi red de seguridad? Si yo iba a salir así, ¿por qué no me
enseñaron? ¿Por qué mi abuela no dejó una disposición en su testamento pidiendo
que alguien estuviera pendiente de mí? Me enseñó a transmutar cosas. Sabía que yo
había heredado algo.
Yolande no dijo nada durante varios minutos mientras yo seguía sentada,
intentando no sentir vergüenza de mi arranque de ira.
—No creo en el destino —dijo finalmente—. Pero sí creo en… resquicios,

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accidentes. Creo que gran parte de lo que hace que el mundo siga moviéndose es el
resultado de accidentes, felices o lo contrario, y saber beneficiarse de ellos. Tal vez tu
abuela creyera que tú eras uno de esos accidentes. Tal vez dejara una disposición en
su testamento en la que dijera que no influyeran en ti de ninguna manera. ¿Y si te
hubieran enseñado y descubrieras que no hay manera de acceder a la Ciudad de
Nadie?

No pude concentrarme en la lectura esa noche (cualquier cosa relativa a los Otros me
ponía nerviosa, y lo demás me era indiferente hasta hacerme enloquecer). Hija de
fantasmas, otra de mis lecturas favoritas durante más de una década, no me sirvió de
ayuda alguna. Leer, claro está, era un problema con mi visión nocturna, pero lo cierto
era que las letras negras sobre una página plana blanca me resultaban más sencillas
de abordar que casi todo lo demás. Todo iría bien mientras recordara mantener la
cabeza y la página totalmente inmóviles; de no ser así, la grafía saltaría en tres
dimensiones hasta marearme. Era como el anuncio de una novela de suspense: «¡La
historia es tan excitante que salta de las páginas!». Para mí así era. Resulta de lo más
desconcertante cuando estás leyendo la Revista de pastelería profesional, algo que
solía hacer. Me hacía sentir que tenía la actitud correcta, y con la página de las cartas
de los lectores siempre me echaba unas risas. Mi madre renovaba la suscripción cada
año a modo de regalo de respaldo maternal. Sorpresa.
Me metí cerca de media hora en el armario con el combox. Tuve que hacer acopio
de todo mi coraje para darle al botón de la conexión en vivo. Pero nada sucedió más
allá de lo que se suponía que tenía que pasar. Uau. Tal vez la comunicación cósmica
no fuera tan homogénea después de todo. Sabía que oficialmente la comunicación
cósmica era una creación humana, pero ¿qué iban a decir? Y si había mucha
ingeniería vampira en ella, eso ayudaría a explicar de dónde venía la mayoría del
dinero de los vampiros y por qué toda autoridad en el planeta (empresarial, servicios
sociales, gubernamental, todos ellos) era de lo más paranoica con respecto a los
vampiros. Sin embargo, si mi combox seguía de una pieza y la comunicación cósmica
no había emergido de la pantalla y me había atrapado, entonces tenía que haber
suficiente aporte humano al funcionamiento de la comunicación cósmica para
mantenerla… heterogénea.
Así que revisé mi correo cósmico para asegurarme de que no me estuviera
perdiendo nada importante. Las tonterías habituales de la Globalnet: un viaje en
autobús espacial por una cantidad desorbitada de dinero y el alma de tu primogénito.
Un cirujano plástico que garantizaba lograr que te parecieras a la princesa Helga o te
devolvía el dinero. ¿Y también tu cara? Aprende a hacer conjuros desde casa en tus
ratos libres, gana millones y vive para siempre. Siempre había dado por sentado que
vivir para siempre y tener millones no era compatible. Me pregunté cuántos años
tendría Yolande, cuántos tendría su maestro. Dudaba que tuviera cuatrocientos años.

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Respondí algunos correos cósmicos. Mi presencia en distintas áreas de estudio de
los Otros se había desvanecido en los últimos cinco meses. Podía haber dado
respuestas definitivas a algunos de los tópicos allí comentados. ¿Había escapado
alguna vez un humano del vampiro que lo había capturado? ¿Habían tenido una
conversación en igualdad de términos un humano y un vampiro? ¿Habían tenido
cualquier tipo de conversación que hubiera acabado con el humano aún vivo? Aparte
de las entrevistas en los medios de comunicación, aunque otro de los temas más
recurrentes era si las entrevistas a los vampiros eran reales.
No tenía gana alguna de hacerlo. Pero desde mi primer contacto con el espacio de
los Otros se me había pasado por la cabeza que quizá fuera una buena idea seguir
fingiendo que Canela (mi nombre en el éter durante siete años) era una mujer normal
y corriente a la que no le había pasado nada interesante en los últimos tiempos.
Cuando salí del armario, ya había llegado el ocaso. Había pensado que el
atardecer jamás llegaría. Tal vez ese fuera el primer día de mi vida en el que había
deseado que la oscuridad llegara antes. Siempre quería que el día durara más. Me
costaba mucho más levantarme a las cuatro de la mañana en invierno, cuando seguía
siendo de noche, que en verano, cuando ya había amanecido para cuando llegaba a la
cafetería.
Me saqué una taza de manzanilla al balcón y aguardé, sintiendo cómo caía la
oscuridad, como si fuera algo que estaba aterrizando en mi piel.
Esta vez sí que lo sentí llegar. No sé por qué pensaba que era algo que oiría,
cuando nada tuvo que ver con mis oídos. No vi tampoco sombras que se movieran
entre las demás sombras del jardín, aunque sabía que estaba allí. Se parecía más a oír
que a cualquier otra cosa, al igual que ver en la oscuridad se parece más a ver que a
otra cosa.
—El camino hasta aquí ha crecido en complejidad —dijo.
—Oh, ¿eh? —dije—. Oh, deben de ser las nuevas protecciones de Yolande. Las
FEAO han colocado teletipos y no sé qué más.
—Teletipos —dijo Con.
—Ya sabes —le dije yo—. Tienes que saberlo. Las FEAO los usan, registran y
graban a cualquier Otro que se acerque a ellos y desde el cuartel general controlan los
monitores.
—No he tenido demasiado contacto con las FEAO.
El llanero solitario de los vampiros. Entonces ¿yo era su compañero Toro?
—Da igual. La cuestión es que las FEAO piensan que están protegiéndome. Así
que le pedí a Yolande que desactivara cualquier equipo espía de las FEAO que
pudiera percibirte.
—Yolande.
—Mi casera.
—¿Le has hablado de mí?
Bufé.

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—Ella me habló de ti. Resulta que lo ha sabido todo el tiempo. Y es una
guardiana de protecciones. Es alguien útil a quien tener de tu lado.
Con permaneció en silencio. Lo entendía. A mí no me habría gustado la idea de
que hubiera metido a un amigo en nuestros asuntos. Estaba tan entusiasmada que no
había pensado en nuestra desastrosa última reunión hasta que ya le había cogido de la
mano, y cuando lo hice fue demasiado tarde. Regresó de donde quiera que hubiera
estado y me miró. Sus dedos se entrelazaron con los míos. Mis sentidos estuvieron en
una especie de Dolby Surround durante esos diez segundos que no fueron a ninguna
parte, pero pulsé el botón del censor mental y desapareció.
—Escucha —le dije, aunque para él era menos escuchar que lo que su no sonido
acercándose había sido para mí. Resultaba extrañamente más sencillo hacerlo con él,
enseñarle mi nuevo mapa de carreteras, que intentar desentrañarlo yo sola. Él conocía
el lenguaje y el paisaje. Tuve una idea genial: la próxima vez que Pat me llamara para
un poco más de caos técnico en el cuartel general de las FEAO, llevaría a Con.
«Hola, quiero que conozcas a mi útil amigo vampiro. No te preocupes, mi casera es
una guardiana de protecciones prácticamente retirada y dice que él es de fiar». Claro.
Pero miré a Con a los ojos y me alineé conmigo misma, o con él, como si
cogieras los hombros de alguien y lo volvieras para que mirara en la dirección
adecuada, como señalarías un mapa una vez le hubieras dicho a tu acompañante:
«Mira, son esas montañas que ves allí…».
Durante un desagradable momento pensé que de alguna manera había conseguido
retomar el contacto en vivo y en directo. Que no estábamos mirando el mapa de
aquellas montañas, sino que habíamos sido transportados allí, y los tigres se estaban
acercando. Retrocedí estremecida, pero la mano de Con me sostuvo, y la sacudida fue
como cuando giras un caleidoscopio y las partículas de colores adoptan una
composición nueva.
Era extrañamente similar a contemplar un acuario con multitud de peces. Estos se
movían frenéticamente (cual peces cañón) pero podía verlos individualmente, un
poco, y todos eran distintos a pesar del caos. Resultaba interesante, aunque no fui
mucho más allá; seguían moviéndose con demasiada rapidez para mí como para
captar un patrón o abrirme paso entre ellos. Pero no me mareé tanto, ni resultó tan
aterrador observarlo o pensar en ello. En teoría tendría que ser algo bueno. Pero
recordé la cualidad del terror y no estaba segura de que no estar aterrorizada fuera
inteligente o un síntoma de cordura.
Lo que estábamos buscando se hallaba tras esas cosas que pasaban zumbando. Y
eso sí que mareaba y resultaba aterrador. No me gustaba ese mapa tridimensional
animado. Aquí hay dragones. Mucho peor que cualquier dragón, que son criaturas
sencillamente vivas que tan solo adolecen del terrible defecto de que les gusta la
carne humana. Encontrarás horrores indescriptibles. Apenas sentí la temible
amenaza (su diferenciación respecto al sistema de protección, cual bola de pinball
fuera de sí) antes de ser repelida, expulsada, arrojada con más violencia que con la

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que Con me había lanzado la otra noche… salvo que fue Con, en esa ocasión, quien
me cogió.
Fui arrojada contra él, su brazo alrededor de mi cintura, mi oreja pegada a su
silente pecho. Le agarré el otro brazo, me erguí y me sostuve de nuevo sobre mis
propios pies, que se me antojaron muy pequeñitos y muy alejados del resto de mi
cuerpo.
—¿Nos he delatado? Con, ¿estaba eso vivo? —El mundo aún daba vueltas. Si
hubiera tenido en el estómago algo más que té (los muffins los había comido hacía
tiempo), habría vomitado. El té chapaleó vindicativo un par de veces y se calmó. La
cadena ardió alrededor de mi garganta.
—No —dijo Con—. Mi sol, debes aprender a moderarte. No es un enemigo al
que puedas derrotar presentándote en su puerta.
Tosí, pero lo que me salió bien podía haberse parecido a una risa.
—No tenía intención de hacer nada parecido a eso. Pensé que tan solo estaba
mirando. Salvo que no estaba, bueno, mirando.
—No —dijo Con. Estaba pensando. Lo noté—. Si fueras un nuevo… uno de los
nuestros… hay cosas que podría enseñarte. No creo que pueda enseñar a un humano
esas cosas.
Suspiré.
—Te creo. Al igual que probablemente no te moleste ver en la oscuridad porque
no pasas mucho tiempo viendo en la luz, ¿no?
—Lo siento.
Como socios dejábamos mucho que desear.
—¿Era él?
Los ojos de Con refulgieron fugazmente. Ojos de vampiro que han visto a su
presa. No mires.
—Sí.
—¿Puedes… puedes rastrearlo mejor de lo que yo… te he mostrado?
El rostro de Con adoptó una expresión de esas invisibles para el ojo humano.
Supuse que era de ironía. Nota: existe la ironía vampírica.
—No estoy seguro. Sin duda es una señal a la que debemos prestar atención.
Cómo hacerlo sin ponernos en peligro de manera innecesaria, lo desconozco aún.
Recuerda que no ha sido ahora, en vivo, como tú has dicho. Es solo tu recuerdo, tu
exégesis, de lo que viste.
Me estremecí.
—Creí que estabas expuesta a menos peligro, incluso anoche, de lo que temías.
Esto es un poco como… ¿Qué son esos aparatos con un olor extraño que atrapan a los
insectos hasta la muerte?
—¿Matamoscas? Matamoscas. Atacan a los bichos.
—Tú has sido atacada. La máquina no registra al… bicho. Simplemente ataca. Yo
también los uso.

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—¿Los vampiros no usan espray? —dije con interés. Nada como una inminente
amenaza de muerte para que desees cualquier tipo de distracción superficial. Había
experimentado ese fenómeno antes—. ¿Por eso solo salís al exterior cuando es de
noche?
—No.
—¿No les gusta vuestra sangre?
—Los vampiros no son percibidos por el radar de los insectos.
—Oh. —Por fin un buen motivo para querer ser vampiro. Yo soy una de esas
personas a las que invitan a un pícnic o a hacer senderismo porque los bichos
revolotean a mi alrededor y dejan a todos los demás en paz.
Sunshine, tranquilízate.
—Mmm. Esta no es la primera vez que… bueno, deja que te cuente el resto. —
Eso hice—. Así que anoche fue la tercera y la peor. ¿No crees que tal vez esté usando
un dispositivo molón atrapa-lo-que-sea que diga: «Oye, jefe, ese bicho no para de
venir»?
—Creo que te pediré que no te acerques de nuevo a ese lugar de momento.
Incluso aunque ese Pat te lo pida.
—No es Pat quien me preocupa —dije—. Es la Diosa del Dolor.
—Ah. —Su carencia de expresión adquirió una sombra inquietante.
—Con —dije nerviosa.
Su mirada regresó de adonde quiera que hubiera ido y me miró.
—No —dijo. No le pregunté qué significaba ese «no». Los vampiros son un poco
como los ladrones, ¿no? Si un vampiro lúcido y resuelto quiere entrar en tu casa, va a
hacerlo, y ni la mejor alarma del mundo ni los fosos electrificados ni los dieciséis
rottweilers genéticamente modificados ni las protecciones ni los amuletos ni los
objetos de tu casa bendecidos por los sacerdotes o pontífices de la religión de tu
elección ni los hechizos de los mejores hechiceros que tu dinero pueda comprar, van
a detenerlo. O detenerla. No es bueno cabrear a un vampiro, porque es mucho más
complicada la cirugía plástica y el tratamiento de hemo para cambiar la química de tu
sangre que vender tu casa e irte a vivir a una cabaña pequeñita con nada que robar.
Además, el tratamiento de hemo no solo cuesta un riñón, a veces te mata, aunque al
menos dos de los miembros del consejo global se lo han hecho en dos ocasiones que
sepamos, y aún siguen aquí.
Las opciones habituales (esto es, las caras) no están disponibles para reposteras de
una cafetería. Tras haber sabido que el hecho de que yo estuviera viva mantenía a Bo
alerta, Con no era mi mejor opción, era mi única opción.
Pero el problema de tener a un no-humano como aliado es que un no-humano
podía no ser, ya sabéis, demasiado sentimental con respecto a las peculiaridades de la
vida humana. Especialmente un vampiro no-humano con respecto a un humano que
muestra signos de leer la mente del aliado humano del vampiro. Y, seamos sinceros:
yo tampoco era demasiado sentimental respecto a los vampiros en su conjunto, ¿no?

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—Puedo decirle que no a la Diosa si tengo que hacerlo —dije, tal vez más alto de
lo necesario.
—Estoy seguro de ello, Sunshine —dijo Con.
Se marchó un instante después. No vi exactamente que se fuera, pero tampoco oí
que se apartara de mí, ni vi la sombra entre las otras sombras, después de que se
fuera. Sin embargo, tampoco había prestado demasiada atención, porque estaba
preocupada por la sensación de mi boca, como si me hubiera besado antes de
marcharse.

Más tiempo de espera truculento, preguntándome qué estaba ocurriendo.


Preguntándome que ocurría a mis espaldas, preguntándome qué estaba a punto de
asaltarme desde las sombras. En mis peores momentos podía llegar a preguntarme si
no me habría imaginado a Con. Bueno, él era la parte que no encajaba en el patrón,
¿no? Un vampiro amable, útil y de aspecto no muy tranquilizador. Genial.
Tenía suficientes detalles que me recordaban que algo estaba ocurriendo
(empezando por la cicatriz de mi pecho y siguiendo por el hecho de poder ver en la
oscuridad y la combustión espontánea de almohadas y terminando, quizá, con el
hecho de que no parecía haber ya FEAO en esos momentos en la cafetería, y que cada
vez que entraba o salía por la puerta, los ojos de quienquiera que fuera se posaban en
mí). Durante un tiempo usé la puerta lateral si había clientes en la cafetería, pero
finalmente decidí que estaba haciendo una montaña de un grano de arena de algo
sobre lo que nada podía hacer al respecto, así que los días que me sentía fuerte
entraba por la puerta delantera. Que me miraran. Había sido necesario que Aimil me
lo comentara para darme cuenta de que la señora Bialosky ocupaba su mesa con más
asiduidad de la habitual. Pero ella se había erigido en uno de mis protectores de una
manera de lo más práctica: los acontecimientos recientes habían traído como
consecuencia que aún tuviéramos a turistas que venían a la cafetería para comprobar
si yo tenía tres cabezas o hablaba en distintas lenguas. No se quedaban demasiado si
la señora Bialosky los calaba, exonerando así de esa responsabilidad a nuestro
personal, que probablemente empezaba a estar cansado de mi notoriedad.
Pero era demasiado, y mi mente exhausta y saturada empezó a buscar cosas que
pudiera etiquetar de imaginarias. Con era la opción perfecta. En ocasiones sentía que
si pudiera librarme de Con, me libraría del resto: Bo, mis extraños y heredados
talentos, el agobiante interés de las FEAO, todo. Sabía que no era verdad. Pero…
Sí que tuve una sorpresa agradable. Una tarde salí del obrador y descubrí a
alguien que no conocía en la mesa de la señora Bialosky y con la que esta estaba
enfrascada en una conversación. No pude resistirme, así que me coloqué tras la barra
para observarla sin tener que acercarme a la mesa: pero mi subterfugio no funcionó,
porque la señora B levantó al momento la cabeza y me miró. Y eso hizo que la otra
persona se volviera para mirar lo que la señora B estaba mirando. Sonrió cuando me

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vio: era Maud. No me había fijado hasta ese momento en que sobre la mesa, entre
ellas, había un enorme plato que en esos momentos contenía algunas migas y una
única «Cebra asesina».
Una de esas mañanas, a las cuatro y media, estaba esperando encontrarme a un
FEAO acechante en un rincón, y el hecho de no ver a ninguno no me convenció de
que no lo hubiera en alguna parte. Pat me había hecho la oferta oficial de escoltarme
a y desde casa, pero no lo dejé ni terminar porque me negué. Aparte de eso, no había
sabido mucho de él: control de daños con la Diosa, supuse. Me interesaba que mi
deseo de autonomía fuera aún más fuerte que mi miedo a lo que pudiera o fuera a
ocurrir. Mi rincón menos favorito, cuando llegaba a la cafetería antes del amanecer,
no era el más cercano, donde Mandelbaum se unía a la carretera principal, sino al otro
lado de la plaza, que daba a uno de los más pequeños y oscuros callejones del casco
antiguo. Fingí estar buscando las llaves y luego hice la pantomima de encontrar la
correcta mientras escudriñaba las sombras que no yacían correctamente. Las sombras
nunca yacen correctamente en ese rincón. Siempre me sentía observada esos días. La
cuestión era por quién. O por qué.
Tras abrir la puerta y entrar, eché el cierre después de apagar la alarma. Antes no
me preocupaba en volver a cerrarla. Le había pedido a Charlie que programara un
retraso de unos segundos en la alarma para poder hacerlo. Me había mirado con
preocupación, pero lo había hecho. Y no me había preguntado nada. No iba a decir la
palabra con «v» si yo no lo hacía.
No tenemos una alarma de última generación en la cafetería, no podemos
permitírnoslo, pero una de las ventajas de tener a agentes de las FEAO como amigos
es que sí que disponemos de unos aparatitos de lo más curiosos que te dicen si algo
ha sido perturbado. Nada había sido perturbado hasta el momento, salvo mi estado
mental.
Estaba sacando del horno pan de maíz con azúcar de arce a eso de las ocho de la
mañana cuando Mary entró para decirme que Theo quería hablar conmigo. Lo
medité.
—Vale —dije—. Supongo que ya es ahora de hacer un descanso.
Theo avanzó furtivamente cual renuente portador de malas noticias. Mi tetera de
uso privado del obrador estaba empezando a silbar y borbotear.
—¿Un té?
Negó con la cabeza.
—¿Pan de maíz?
Se le iluminó el rostro al momento. Yo era tan mala como Paulie, sí, a pesar del
tiempo que llevaba trabajando en la cafetería. Si alguien quiere comer mi comida, se
convierte automáticamente en mi amigo. Alguien que no quiere comer mi comida,
automáticamente deja de serlo. Una actitud un tanto extraña para alguien que
socializa bastante con un vampiro.
Theo llevaba bastante tiempo siendo un habitual del obrador, mi obrador, como

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para saber que la comida recién salida del horno tiene que ser manipulada con
cuidado. Cogió la esquina de una rebanada de pan de maíz con cuidado y la observó
todo feliz mientras los más de cien gramos de mantequilla que le había puesto encima
se derretían. Lamería el plato cuando terminara. Esa era una de las ventajas de comer
allí atrás: los buenos modales en la mesa no eran necesarios. En una ocasión en que
estaba haciendo de rabiar a Kyoko con el tema de Theo, le comenté que lamía los
platos. Pareció fugazmente interesada.
—Oh, tal vez sea humano después de todo. —A continuación negó con la cabeza
—. No, es de las FEAO.
A posteriori me di cuenta de que era una broma mejor de lo que me había
parecido en ese momento.
—Será mejor que me lo digas ya —le dije después de que hubiera dejado de
lamer el plato.
Suspiró.
—Pat quiere verte esta tarde.
Había decidido, en la oscuridad preamanecer de la mañana siguiente a conocer a
la Diosa, qué iba a decir la próxima vez que Pat quisiera hablar conmigo.
—No le hará ningún bien. Esa noche fundimos algo. He perdido mi conexión, mi
capacidad de hacerlo. Me desperté a la mañana siguiente con los fusibles fundidos. Y
así sigo.
Pareció sorprendido, preocupado y a continuación pensativo. Y luego, para mi
gran sorpresa, esperanzado.
—Aun así sigue queriendo verte.
—¿Por qué pareces tan contento?
Vaciló.
—La Diosa quiere encargarse. Encargarse de ti. Dice que es porque Pat destruyó
una propiedad del gobierno, que hizo una chapuza, que quiere arreglarlo, y que te
mandará de vuelta una vez se asegure de que no ha habido ninguna brecha en la
seguridad. Pero en realidad es porque está cabreada por el hecho de que a alguien
pueda habérsele ocurrido o pueda haber descubierto algo antes que ella. Algo que tal
vez sea importante, que quizá pueda usar.
—¿Y crees que Pat piensa que cargarse todo el sistema informático del cuartel
general por una mala decisión es mejor que el hecho de que la Diosa averigüe que tal
vez no sea una decisión tan mala?
—Sí.
Pensé en su aura de reactor nuclear andante.
—Si no tuviera miedo de la Diosa ya, ahora lo tendría.
Sonrió. Fue una sonrisa débil.
—Y no sabes ni la mitad. No quieras saberlo. Si quieres mi consejo, limítate a los
chupasangres. ¿A qué hora sales hoy? Pat vendrá un poco antes.
—A las tres —dije. Sus ojos deambularon por las bandejas de muffins. Había de

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pasas y salvado y de avena y compota de manzana aguardando a salir al mostrador.
—Llévate uno para el camino —dije.
—Gracias —me dijo. Cogió dos.

Pat se pasó unos minutos antes de las tres. Ahora ya sabía que para que pareciera
cansado mucho tenía que haberle pasado, y él lo parecía. Más que eso. Levantó sus
ojos ojerosos y dijo:
—Hola, Sunshine.
—Tienes un aspecto infernal —dije. Estaba rascando la superficie de la última
bandeja horneada. Nuestra clientela de Albión tendría que estar de lo más hambrienta
hoy para acabarse eso. Y había hecho mi crema de queso especial para el pan de
jengibre con triple cantidad de jengibre. Me había dado cuenta hacía tiempo de que el
pan de jengibre, si bien estaba riquísimo solo, seguía siendo esencialmente una
excusa para tomar la crema, así que siempre hacía el doble de cantidad por porción
respecto a la receta original. Luego resultó que algunos de nuestros clientes estaban
más locos que yo, así que empecé a hacer el triple de cantidad, y lo servíamos en
pequeñas salseras. De vez en cuando te topabas con algún purista que lo quería sin
crema, pero aun así tenía que seguir haciendo ingentes cantidades.
—Gracias —dijo.
—¿Qué está ocurriendo?
Se encogió de hombros. Su hombro debía de estar mejor. Tal vez la sangre de
demonio azul que corría por sus venas le hiciera sanar con más rapidez.
—Lo que Theo te contó.
—Tienes aspecto de acabar de salir del calabozo. Pensaba que lo de aplastar
pulgares se había quedado desfasado.
—La Diosa no necesita aplastapulgares. Con mirarte, ya sientes cómo se te
derriten los sesos.
Pensé en la noche anterior.
—Te creo.
—Theo dice que lo has perdido.
—Sí, bueno, estoy a salvo de la Diosa. Ya no me quedan sesos que me pueda
freír.
—Nadie está nunca a salvo de la Diosa. —El Pat que conocía salió a la superficie
y me miró con su expresión habitual: astuta, cómica, no estúpida—. ¿Crees que
realmente has perdido tu poder para siempre?
Me quité el delantal y me solté el pelo.
—Lo suficiente por el momento. Si reemplazo un fusible y el sistema empieza a
funcionar de nuevo, te lo haré saber.
—Tal vez simplemente estés cansada —dijo Pat.
—Tal vez —dije con voz amigable.

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Pat se pasó la mano por lo que le quedaba de pelo.
—No me gusta cuando estás de acuerdo conmigo, Sunshine. No es tu estilo. ¿Qué
es lo que no me estás contando?
—Que estoy aliviada de no tener que intentarlo de nuevo —dije.
Sabía que se lo había tragado: se encogió y de repente pareció más pequeño y más
viejo. Sentí una fuerte punzada de culpabilidad, pero me recordé a mí misma que él
creía que el único vampiro bueno era el estacado, decapitado y quemado. Con
tristeza, consideré fugazmente una situación hipotética en la que Con y yo tuviéramos
un equipo de las FEAO cuando nosotros… lo que fuera… pero sabía que era una
fantasía, tanto como que la Diosa del Dolor se retirara de las FEAO y abriera un
centro de día para ancianos.
—Pareces estar necesitado de cafeína —dije—. Seleccionaré algo de la barra para
ti y nos veremos fuera. ¿Quieres privacidad o confort? —Confort significaba las
mesitas del exterior, que daban a la plaza y al arriate de la señora Bialosky, que
seguía sembrado de crisantemos y margaritas en esa época del año.
—Privacidad —dijo.
Pat estaba sentado en una de las inestables mesas del pequeño y lúgubre patio tras
la cafetería que, al no haber hecho obra alguna, seguíamos evitando abrir a los
clientes. Te acabas acostumbrando al rugido de los extractores de la cocina y mi
madre había puesto un par de arbustos de hoja perenne en macetas que podían
sobrevivir a los humos de la cocina. No hablamos demasiado después de todo. Se
tomó el café y engulló los bollos y diversas cosas comestibles que le llevé, pero
distraído, como si de un mero repostaje se tratara. Que no intentara convencerme para
que probara de nuevo, para intentar averiguar el alcance de mi agotamiento (si
realmente se trataba de eso), me hizo sentir más culpable.
El silencio se prolongó. Pat miraba a la nada.
—Lo siento —dije.
Me miró.
—Te creo —dijo. Se puso en pie—. No estoy seguro de tragarme el resto, pero sí
lo de que lo sientes. —Paró un momento de hablar—. En ciertos aspectos me hace
más fácil la existencia. —Otro destello del Pat normal dijo—: Tal vez para cuando
hayas decidido que ya no estás agotada, la Diosa haya encontrado a otro a quien
crucificar.
No dije nada. Se pasó las dos manos por el pelo esta vez y añadió:
—Yo no te he dicho nada, pero vigila tu espalda, Sunshine.
A continuación se marchó.

Mel se acercó unos minutos después de que Pat se hubiera marchado. Yo estaba
mirando mi taza de té. Se me había olvidado sacar un colador, así que había hojas en
el fondo, pero no las supe leer.

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—Pareces una mujer que necesita reírse un poco —dijo—. ¿Te sabes ese del
hombre-paloma y el barrendero?
—Sí —le respondí—. Mel, ¿es todo el mundo exactamente quien dice ser?
—Charlie, quizá —respondió tras una breve pausa, porque no se esperaba la
pregunta o porque lo estaba meditando—. No se me ocurre nadie más. Mmm. —Vi
cómo levantaba la mano de la mesa y se frotaba otro de sus tatuajes.
Tal vez debería haber pensado también en los tatuajes, pero tienen un importante
inconveniente. Cualquier talismán puede volverse contra ti, si chocas o te topas con la
cosa de la que se supone que te está protegiendo y es más fuerte que la protección.
Un experto en demonios o un manipulador de magia lo suficientemente poderoso
puede superarlo, aunque eso son palabras mayores y no se da con frecuencia. Un
tatuaje se alimenta de ti, por lo que los tatuajes tienden a ser más estables y viven más
que los amuletos corrientes que colocas y cuelgas a tu alrededor, incluidos los que
llevas pegados a la piel; pero un amuleto que no vive de ti puede ser destruido con
más facilidad si se vuelve en tu contra. Un tatuaje así puede devorarte. De tanto en
tanto ocurre. Cinco meses atrás no creía que necesitara una protección fuerte. Ahora
que sí la necesitaba, los tatuajes eran lo último que iba a intentar.
—Charlie —dije—. Tampoco se me ocurre nadie más. —Ni Mel. Ni yo.
—No la señora B —dijo Mel con una sonrisa—. Sunshine, no me gusta la
metafísica a menos que vaya borracho. Son las tres de la tarde y trabajo esta noche.
¿Qué ocurre?
Si Mel hubiera estado intentando hacerse pasar por un matón motero, sus tatuajes
no serían tan bonitos ni elaborados. Muchos hechiceros prefieren la sobreabundancia
de tatuajes, pero la mayoría de ellos no los tienen a la vista (así es más difícil que se
vuelvan en tu contra). De ahí la larga túnica envolvente y la técnica de la capucha
para los hechiceros hasta arriba de tinta cuando están manipulando magia (para el día
a día, sacar al perro, ir a comprar, muchos hechiceros tapan la forma real de sus
tatuajes con cosméticos. Las mangas largas y los cuellos altos no son factibles en
verano —y también los llevan en los labios y mejillas y frente—. Pero —me encanta
esto— al parecer la magia puede ser un tanto descuidada respecto a ciertas cosas en el
calor de una transacción. Cualquier tatuaje que un hechicero que quiera que funcione
mientras él o ella manipula magia no puede ser distorsionado con pintura o bases
cubrientes porque puede convertirse en la figura aparente que representa. O no).
Mi padre no tenía tatuajes. Que yo recordara. Pero tampoco recordaba demasiado
bien a mi padre y no todos los hechiceros tienen tatuajes.
Pero los hechiceros son hechiceros. Los tatuadores se ganan la vida
fundamentalmente grabando talismanes en el cuero, no en la piel, e intentarán
disuadirte de hacértelos si ya tienes, pongamos, tres tatuajes portadores de magia,
incluso los aburridos y pequeños, y te dirán por qué. Con todo lujo de detalles. No
solo es por la posibilidad de que se vuelvan en tu contra: muchos tatuajes portadores
de magia pueden desequilibrarte. Empiezas por no distinguir las líneas del mundo

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real, pues muchos tatuajes te susurran en sueños. Claro que es obvio que si tienes
muchos tatuajes portadores de magia es una manera de decir que eres un tipo duro
(primero por la implicación de que necesitas todo ese poder de protección y, segundo,
porque eres lo suficientemente fuerte como para soportar la desorientación y la
merma que hacen en ti).
Pero hay mejores maneras de demostrar que eres un tipo duro que tener montones
de tatuajes, en parte porque no es probable que ningún tatuador que quiera mantener
su licencia coopere, y los que no la tienen pueden liártela. Solo hay un cuarto de
círculo secundario de diferencia entre una protección frente a la embriaguez y otra
frente a la vista cansada, y esa última no te servirá para llegar sano y salvo a casa con
un pedal de órdago. Y esa es una de las protecciones más simples y habituales, y la
mayoría de los tatuajes de Mel no eran ni simples ni habituales. Pero eran portadores
de magia, no decorativos. Podías olerlo, como el ozono cuando se avecina una
tormenta. Y además, nadie que tenga pretensiones de formar parte de una panda de
moteros se atrevería a tener tatuajes decorativos. Eso es de nenazas.
Mel no podía ser un hechicero (la hechicería no es algo que se pueda ocultar
durante mucho tiempo), pero sí tenía muchos tatuajes. Como cabía esperar de alguien
como él, cuando había ido a la cafetería por primera vez para interesarse por el puesto
de trabajo, se había presentado con las mangas arremangadas por encima de los codos
y la camisa abierta, a pesar de que era enero y hacía un frío que pelaba. Aunque tal
vez simplemente fuera porque tenía un buen pálpito con respecto a Charlie quien, con
su afabilidad y franqueza, disfrutaba de la peligrosa reputación de la cafetería.
Le dije:
—Mel, ¿quién eres?
Mel me cogió las dos manos y me las besó. Sus labios estaban cálidos. Cuando
me las colocó de nuevo sobre la mesa, no las soltó. Observé cómo el sol titilaba entre
el fino vello de sus manos y el rojo y dorado y negro de los tatuajes de estas. Tanto el
vello como los tatuajes tenían un borde rojo inusualmente brillante, como si hubiera
fuego sobre ellos. O en ellos. Sus manos también estaban cálidas. Temperatura
humana. La temperatura del fuego de la vida humana. Hablando de metafísica.
—Soy tu amigo, Sunshine —dijo Mel—. Todo lo demás son solo interferencias
en la línea.
Me pregunté si había oído lo que Pat había dicho. Me pregunté quién le habría
hecho los tatuajes. Tal vez mi escaso conocimiento sobre los tatuajes portadores de
magia provenía del mismo texto que la disquisición relativa a cómo la masturbación
te dejaba ciego y te convertía en un cretino (ni siquiera los -ubos dañaban la vista).
Tal vez debiera preguntárselo. Pero entonces tendría que decirle por qué quería
saberlo.
Incluso aunque fuera posible ocultar que se es un hechicero, Mel seguía sin poder
ser uno. Los hechiceros son solitarios, no hacen cosas como trabajar de cocinero en
una cafetería ni salir por ahí con su panda de moteros. De tanto en tanto salen con

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otros hechiceros, pero por lo general con un propósito concreto y por un tiempo
limitado. Los hechiceros son bastante paranoicos respecto a tener amigos humanos
normales y son demasiado competitivos como para tener amigos hechiceros. La
versión a pie de calle es que no se puede confiar en ellos: los humanos no deben
mezclarse con la magia. Ni siquiera con humanos que la manipulen.
¿De dónde sacaban los tatuajes los hechiceros?
Tal vez yo no supiera nada de nada.

Conduje de vuelta a casa pensando en eso de «Vigila tu espalda». Ya lo hacía y Pat lo


sabía. ¿Estaba avisándome de que lo hiciera contra las FEAO? ¿Un miembro leal
(aunque fuera un parcial) de las FEAO que me alertaba de las FEAO era alguien de
fiar? Vale, últimamente había llegado a mis oídos que los parciales necesitan estar
juntos para defenderse mutuamente, y yo ya había oído hablar hacía tiempo de la
Diosa del Dolor, y sabía que a ninguno de nuestros agentes de las FEAO le gustaba;
pero había pensado, o dado por sentado, que se debía únicamente a que era una zorra
más preocupada por su trayectoria profesional que por salvar a la humanidad de los
Otros. ¿Estaba sugiriendo Pat algo más inquietante? Y si así era, ¿lo estaba
sugiriendo sobre una bruja demasiado ambiciosa y con prioridades sesgadas o sobre
la vena traicionera, perdonadme la expresión, que corría por todos los FEAO?
Dioses y ángeles, ¿es que no era suficiente con Bo?
En un semáforo abrí la guantera y contemplé el revoltijo de objetos. Algunos de
los amuletos se retorcieron. Pobrecita mi madre. Al menos estaba intentándolo. Me di
cuenta entonces de que estaba agradecida por aquella maraña inútil, a pesar incluso
de su inutilidad. Porque estaba haciendo algo. Su hija necesitaba ayuda y no había
mirado a otro lado. Simplemente no tenía ni idea de cuánta ayuda ni de qué tipo. Solo
Con lo sabía en realidad, pero en el fondo tampoco lo sabía, porque no era humano,
así que no sabía lo que sabía. O algo así.
Cuando llegué a casa me quedé mirando las sombras de las hojas que los árboles
arrojaban a la entrada de la casa. Relucían y hacían cosas extrañas con la perspectiva
como todas las sombras hacían ahora para mis ojos, pero eran hermosas y no
significaban nada. Eran las sombras que se formaban cuando la luz caía sobre las
hojas. Ya no era el final de verano; era otoño y las hojas estaban empezando a
cambiar. Una de un tono amarillo pálido, como una almendra, resbaló por el capó de
Tartana.
Abrí el compartimento y metí la mano entre los amuletos allí contenidos,
incluidos una bujía, mucha cuerda y algunas bridas, de los días en que la guantera
hacía su función normal. Estaba convencida de haber sentido un pequeño y
penetrante zumbido cuando mi piel rozó uno de los amuletos, pero no tenía ni idea de
cuál. Salí del coche y llamé con los nudillos a la puerta principal de Yolande.
La abrió casi al momento.

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—Pasa —dijo—. He hablado con mi maestro.
Suspiré. Entré en su casa. Me llevó a una habitación en la que no había estado
antes, pegada a la cocina, también con vistas al jardín. Supe al momento que allí no
entraba mucha gente: en primer lugar, porque si deseaba que nadie supiera que había
sido una guardiana de protecciones, o que la gente creyera al menos que ya se había
retirado, aquella habitación descubriría todo el pastel; en segundo lugar, por la
privacidad que irradiaba todo lo que esta contenía, como calor o luz. Me pasé la mano
por la cara, como si hubiera un velo y me costara respirar a través de él.
Yolande se percató y dijo: «Oh, perdona» y levantó algo de debajo de la puerta
por la que habíamos entrado. La sensación de estar invadiendo un espacio privado
desapareció. Yo bajé la vista, desconcertada. Las sombras del suelo estaban muy
activas.
Colocó lo que había quitado encima del escritorio. Me senté en una silla pegada a
la mesa, me incliné hacia delante y le puse la mano encima: algo golpeó mi palma.
No era calor, al igual que mi visión en la oscuridad nada tenía que ver con mis ojos,
pero quizá sí estuviera relacionado con él, y se manifestó en parte como calidez
contra mi piel. Moví la mano y contemplé el objeto. Era una pequeña pieza redonda
que parecía de cristal. Podía ver la talla, pero no si los fragmentos conformaban un
dibujo o si algunos estaban pintados. Sus sombras se movían de una manera extraña.
Guardiana de protecciones. Sonaba tan… sólido. Incluso si te cargabas el taller, al
menos sabías qué estabas aprendiendo y para qué. Tu maestro te decía qué hacer, qué
hacer a continuación.
Yolande, viendo mi expresión, dijo:
—Lo siento, querida. Sé que esto es lo último que quieres oír, pero creo que estás
metida en una situación difícil pero para la que estás más que capacitada y que lo
estás haciendo muy bien. Lo siento si mi gramática se torna confusa.
Casi tanto como la de Con. ¿Qué había sido de las charlas intranscendentes?
Tenía ganas de decir: «Yo solo quería hacer rollos de canela durante el resto de mi
vida», pero sabía que no era verdad, y además, estaba cansada de gimotear. Así que
no lo dije. Levanté la mochila donde había colocado mis amuletos de la no-humedad
en ebullición que seguía vagando por el suelo y la coloqué encima de la mesa.
Cuando la levanté, sentí que los amuletos se agolpaban para alejarse de la no-
humedad; cuando la dejé en la mesa, fue como si intentaran escapar del contacto con
la superficie de esta. Bueno, pensé, al menos uno de ellos está vivo.
Yolande abrió los ojos de par en par y luego frunció el ceño.
—Levántala de nuevo, ¿quieres, querida? —dijo. Así lo hice y ella sacó algo de
un cajón, lo esparció y luego me indicó que pusiera la mochila encima. Lo hice. Lo
que quiera que hubiera pasado cesó.
—¿Qué me has traído? —preguntó.
Abrí la mochila, pero de repente no quise tocar los amuletos.
—Espera —me dijo, y sacó algo más de otro de los cajones, un par de pinzas de

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madera. Tenía símbolos garabateados en las caras planas. Cogí con ellas un extremo
de la maraña de amuletos y la saqué. Fue como si se hubieran desenmarañado
parcialmente; parecía ganchillo muy mal tejido. Cuando estuvo fuera de la mochila,
un extremo se retorció, como si estuviera buscando algo, y a continuación comenzó a
subir por las pinzas. Hacia mi mano.
—Suéltala —dijo con brusquedad Yolande. La solté. La maraña cayó al
escritorio. Se produjo un silbido y un olor muy malo (muy muy malo) y luego quedó
una pequeña montaña de ganchillo mal tejido (además de la bujía) con un agujero
bordeado por una mancha de un tono marrón purpúreo. La mancha se retorció.
—Puaj —dije.
—Sí —dijo Yolande con voz amable—. Eso no era una protección, era un
buscador. ¿Dónde estaba?
—En Tart… en mi coche —dije.
—¿Cierras el coche?
—Aquí no —dije mientras un escalofrío recorría mi espalda.
—No —dijo ella—. Si lo que quiera que ha colocado esto hubiera venido aquí, lo
habría sabido.
—Entonces ellos, él, algo, puede entrar en un coche cerrado —dije mientras el
escalofrío seguía recorriéndome. Algo, pensé. No, espera, los vampiros no hacían
búsquedas, ¿no?
—¿De dónde vienen esos otros objetos?
—Oh… Como estuve dos días desaparecida, mi madre se ha dedicado a
comprarme amuletos. Se supone que son protecciones. Se me había ocurrido
preguntarte si alguno de ellos estaba, bueno, vivo.
—¿No tienes protecciones en tu coche?
—Solo las estándares: el volante, el eje. —Todo fabricante de coches tenía un
signo de protección en su logo, y todos y cada uno de los fabricantes de coches del
mundo estampaban su logo en la parte central del volante—. Los cierres de la puerta
me los protegió el tipo que me lo vendió, pero supongo que no ha funcionado. —
Fruncí el ceño. Bueno, Dave en ningún momento dijo que fuera un especialista en
protecciones: solo me prometió que Tartana funcionaría—. Y el coche tiene quince
años, aún no habían inventado la aleación. —Lo que permitía a los fabricantes de
coches proteger casi todo. Había una gran diferencia en los precios de los coches
usados pre y posaleación. Algunos de nosotros, incluidos Mel, Dave y yo,
pensábamos que la aleación era la versión para vehículos de esas cremas que
garantizan la desaparición de arrugas, o de las dietas que garantizan una figura como
la de la reina de la belleza de ese año en tan solo treinta días.
Últimamente los laboratorios comerciales estaban trabajando en una protección
que se disolviera en pintura, como la sal en el agua, y proteger así toda superficie
pintada. Cuando llegaran a ello harían una fuerte campaña publicitaria, pero no
resultaría tan útil. Como el agua salada. Si necesitabas fundir algunos trífidos era

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genial, pero no había habido ningún brote de trífidos en generaciones. Si tenías
úlceras en la boca o dolor de garganta era mejor la aspirina o el alumbre. Si tenías
vampiros, la pintura de tu coche tal vez les provocara algunas quemaduras de
fricción, pero eso no iba a evitar que rompieran el parabrisas y te sacaran a rastras del
coche.
La mejor protección para viajar seguía siendo por desgracia el movimiento de
viajar en sí. No me gustaba que Yolande no estuviera diciendo las cosas habituales
respecto al poder protector del movimiento, que no me preocupara, etc. Bueno, pero
acabábamos de demostrar que había algo de lo que preocuparse. Ese buscador no
había quedado inhabilitado por haber ido en el coche.
Yolande había cogido algo que se parecía mucho a una aguja de tricotar (hasta
tenía un pequeño ojo en un extremo) y estaba intentando arreglar aquella especie de
ganchillo. Había una cuenta de color azul claro que seguía brillando un poco.
—Creo que algunos han estado vivos hasta hace poco —dijo—. Creo que de lo
que te han protegido es la utilidad del buscador, y eso los ha desgastado. Supongo
que no tendrás alguna idea de cuándo lo adquiriste, ¿no? ¿Cuánto tiempo llevas
metiendo amuletos en…?
—En la guantera —dije distraída. Un buscador era por lo general de la forma de
la cosa que querías atrapar (algo que estuviera intentando encontrar o buscar a una
persona era por lo general una especie de estrella alargada, con una cuenta o cristal o
fragmento en el centro a modo de corazón, y cuentas o cristales o fragmentos más
pequeños por cabeza, manos y pies). Estaba segura de que me habría percatado si mi
madre me hubiera dado un… y además, no era tan estúpida. Ocho años con mi padre
habían hecho que fuera más difícil engañarla que a la mayoría de la gente corriente
respecto a todo aquello que tuviera que ver con la magia, si bien era también
tremendamente difícil engañarla acerca de casi cualquier cosa.
¿Cuándo me había percatado de que la maraña de la guantera, en vez de en unos
ocho o doce amuletos sueltos, se había convertido en un gruñido apelmazado? La
había abierto (¿cuándo?) para echar un vistazo a un mapa. Había estado sentada en el
asiento del conductor. Se habían caído varias cosas al suelo. Había oído cómo se
movían de la manera en que se mueven los amuletos y, sin dejar de mirar el mapa,
había tocado el suelo a tientas para agarrarlos. Cogí uno o dos, pero el crujido se
seguía oyendo. Estaban reptando por el suelo bajo el asiento del copiloto,
empujándose entre sí sobre el árbol motor y uno o dos habían conseguido meterse
debajo del asiento del conductor, que para tratarse de amuletos aquello era moverse
muy rápido. Aun así no había prestado demasiada atención. Había metido la mano
bajo el asiento del conductor y había sacado lo que quiera que se moviera y lo había
metido todo de nuevo en la guantera sin mirar.
Pero si hubiera habido un buscador bajo el asiento del conductor, entonces las
protecciones se habrían unido para intentar deshabilitarlo.
Eso había sido un día, o dos, o tres después de haber hecho aquel trayecto

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inconcluso a la No Ciudad con Pat y Jesse.
Vigila tu espalda, había dicho Pat.
—Las FEAO —dije con incredulidad. No, en lo que deseé que fuera incredulidad.
Me sentía como si me hubiera caído por el pozo de un ascensor a unas aguas gélidas
—. Alguien de las FEAO me hizo esto. En las FEAO. —Y quienquiera que fuera, no
le iba a gustar nada que no hubiera funcionado. Ningún miembro genuinamente
inocente de los humanos debería poder desvirtuar un buscador.
—Querida —dijo Yolande—. Las organizaciones grandes son inevitablemente
corruptas. Cuanto más poderosa es la organización, más peligrosa la corrupción.
Cuando era joven quería pertenecer a una de las corporaciones principales de
protecciones: Zammit o Drusilla, si demostraba tener suficiente habilidad. Varios de
los aprendices de mi maestro acabaron en esos sitios, y él siempre estaba taciturno y
preocupado durante semanas, meses, tras haber «perdido» a uno de los nuestros. Así
era como siempre lo describía, que había perdido a Benedict, que había perdido a
Ancilla. Yo tuve suerte; aprendía despacio. Para cuando estuve lista para escoger
cómo enfocar mi vocación, decidí quedarme donde estaba, y seguí trabajando con mi
maestro. Solo fuimos tres durante muchos años: Chrysogon, Hippolyte y yo, además
de nuestro maestro y unos cuantos aprendices que iban y venían.
Nota mental: la próxima vez que conozcas a alguien con un nombre extraño,
pregúntale si es un guardián de protecciones.
—Sigue siendo mejor que las FEAO existan en vez de que no. Uno también tiene
que ganarse la vida: no hay equivalente en el mundo de las FEAO para el pequeño
grupo de guardianes de protecciones de mi maestro.
En eso también tenía razón: el Gremio de Centinelas es de lo más triste y los
Vindicadores son peores todavía.
—Ese tipo de las FEAO que vino una vez: es tu amigo.
—Pat —dije—. ¿Lo es?
—No es perfecto —dijo Yolande—, pero yo tampoco. Ni tú. Como tampoco lo es
tu acompañante oscuro. Pero sí, es tu amigo. Desea la derrota del mal de la oscuridad,
como todos nosotros.
Depende, pensé, de lo que entiendas por el mal de la oscuridad. O por
«nosotros».
—Pat no está interesado en lo que puedas hacer por las FEAO. O por su carrera.
—No te olvides de mis rollos de canela, que vuelven débiles a los hombres
fuertes y hacen que las mujeres corran en taconazos desde la estación de autobuses
por los adoquines del casco antiguo para llegar a la cafetería de Charlie a tiempo. Si
sabes todo eso, ¿puedes decirme quién ha colocado el buscador?
—No, me temo que no. Sé lo de Pat porque una vez se sentó a esperarte durante
veinte minutos, y el sitio en el que se sentó resultó estar bajo la remisión de una de
mis protecciones más ambiciosas, y siguió, bueno, tomando notas mientras él estuvo
sentado allí.

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Mucho dudaba que yo fuera a poder persuadir a la Diosa para que se sentara
tranquilamente bajo el roble al final de la entrada para los coches de la finca de
Yolande durante veinte minutos.
—Te dije que había hablado con mi maestro al respecto. También se lo conté a
Chrysogon. Creemos que podemos crear algo para ti, pero sería mejor, más fuerte,
si…
—Queréis sangre —dije con resignación. La mayoría de los creadores de
protecciones las harían usando algo como un delantal sucio, que estaba segura de que
era lo que mi madre había estado usando. Los más resueltos o mejor establecidos
pedirían pelo o trozos de uña. Pero hay todo un mercado negro de uñas y pelo y
cuanto más probable sea que necesites un amuleto, menos seguro vas a sentirte
respecto a dar partes de ti. La sangre es lo peor. No solo es sangre, que con mucho es
lo más poderoso de ti que puedes dar a todo tipo de efectos, es que cualquier
concepto que contenga «magia» y «sangre» juntos hace que la mayoría de la
población piense «vampiros» y se aterrorice. Eso en realidad es una estupidez, porque
los vampiros no están interesados en los viales de sangre que usan los creadores de
protecciones, y un vampiro que deje limpia la tienda de un creador no va a ir en tu
busca porque haya saboreado ese poquito de ti cual degustación del helado del mes ni
va a atravesar continentes y continentes hasta encontrarte y hacerse con el resto de ti.
Pero la paranoia tras el principio general es válida.
—Sí —dijo Yolande.
Jamás había conocido a un guardián de protecciones, sin embargo, y mucho
menos a uno que fuera a hacer una protección personalizada para mí. En cuanto a
conceptos, uno que contenga «Yolande» y «mercado negro» se desintegraría al
contacto. Entonces no debería haber ningún problema, ¿no? Salvo mi reparo a todo el
tema de la sangre, y el numerito de Con para curarme no había ayudado mucho.
—Mmm —dije.
Yolande estaba sonriendo.
—¿Puedes cerrar los ojos? —dijo.
—Vale.
—Si eres tan amable de extender las manos con las palmas hacia arriba y estirar
ambos índices. Después te pincharé en el centro de la frente.
La cadena que llevaba al cuello había empezado a calentarse antes de que cerrara
los ojos, y pude sentir una agradable calidez contra mis piernas también. Oh, dioses,
amigos, les dije a mis talismanes, ¿no está esto por debajo de vuestra dignidad? Me
estremecí por el pinchazo de la frente, pero en los dedos no me dolió, con lo que yo
soy.
Toqué la cadena cálida con una mano y me metí en el bolsillo la otra.
—Tal vez puedas traducirme algo más. Encontré esto en el fondo de una caja
destartalada en un mercadillo de libros usados.
—¡Vaya! ¡Qué extraordinario! Es una… una senda directa: nítida y sencilla.

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Limpia y antigua, muy inmaculada para tratarse de una protección tan antigua.
Representa las fuerzas del día, de la luz del día. El sol está en la parte superior, luego
un animal, y debajo un árbol. Interesante: el animal es un ciervo, creo. Por lo general
suele ser una criatura fiera, el león es el más común. No solo es un ciervo, no tiene
astas, por lo que quizá sea una cierva. Y luego alrededor, alrededor del extremo del
sello, ¿ves esa fina línea ondulada? Eso es agua. Con esto se puede resistir a las
fuerzas de la oscuridad o impedir tu derrota. Pero claro, esto es solo una protección.
—El sándwich de mantequilla de cacahuete que lanzas a tu espalda para el ogro
—dije—, para que así quizá puedas saltar la valla si se detiene a comerlo.
—Pero este te encontró a ti. Eso es importante. Una protección con las fuerzas del
día no es algo fuera de lo común, pero esta está hecha de manera sencilla y exquisita
y te ha encontrado. Mantenla cerca de ti y a salvo. Me alegro de corazón de que te
haya encontrado. Son buenas noticias.
No sabes lo necesitada que estoy de buenas noticias, pensé.
—¿Cuándo crees que estará lista tu… protección?
—Pronto. Por favor, por favor, pídele a tu oscuro aliado que espere a que esté
preparado. No serán más de un día o dos.
Malas noticias de vuelta. Yolande y sus amigos guardianes de protecciones
pensaban que Con y yo íbamos a vérnoslas con Bo muy pronto. Bueno, supongo que
yo también lo creía.

Más tarde. Arriba. Puertas del balcón abiertas; velas encendidas: me senté con las
piernas cruzadas y las manos en las rodillas. No iba a ir a ninguna parte. Solo quería
decir algo.
Cuándo.
No esta noche. No… la siguiente. Entonces…
No tan pronto. Yolande… protección… para mí.
Iba a ser necesario mucho trabajo antes de que eso de la alineación reemplazara al
teléfono. Pero yo no estaría para verlo, puesto que todo apuntaba a que me quedaban
dos días de vida.
Y pensar que me había quejado de la espera.

¿Qué haces cuando sabes que te quedan dos días de vida? Esperad un segundo, ¿no
había pasado por eso antes? No. La última vez solo estaba fingiendo. No había sabido
que estaba segura de que Con me salvaría, la última vez, hasta esta vez, que sabía que
no lo haría. Pero sí que había pasado por eso: seguía descubriendo que tenía más
cosas que perder cuando las perdía.
¿Por dónde iba? Ah, sí, que qué haces cuando sabes que te quedan dos días de
vida. Nada muy diferente a lo que harías si no lo supieras. Con seis meses sí se puede

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hacer algo. ¿Con dos días? Mmm. Comerte una «Muerte por chocolate amargo»
entera tú sola. (Lo cierto es que eso sí lo hice. Aunque Mel tuvo que comerse la
última porción. No es muy grande, pero sí intensa). Volver a leer tu novela favorita,
esa que solo te permites leer de nuevo cuando estás en cama enferma. Tal vez hubiera
disfrutado de eso más, porque rara vez estoy enferma, si la muerte no me pareciera un
sacrificio exagerado. Comprar ocho docenas de rosas del mejor florista de la ciudad
(de las carísimas, las que huelen a rosas y no solo lo parecen) y ponerlas por todo tu
apartamento. Compré cinco docenas de rojas y tres de blancas. Tengo un jarrón y una
jarra para el té, que por lo general pasa más tiempo con flores cortadas que con té
helado. Tras utilizarlas, y los dos vasos de whisky con motas doradas y las dos copas
baratas de champán junto a lo mejor de mi limitada y variopinta colección de vasos
de agua y vino, vacié mi bote de champú (que era largo y con una forma chula, a
pesar de ser de plástico) en un tarro de mermelada y puse algunas en él. Corté las
demás por la base y las puse en todo lo que me quedaba que pudiera contener agua,
incluida la bañera. Decidí que esa había sido una de mis mejores ideas. Las últimas
tres (dos rojas, una blanca) las até juntas y las colgué boca abajo del espejo retrovisor
de Tartana. Mucho mejor que un dado de peluche.
Mirar durante largo tiempo a aquellos a los que quieres (a todos, solo tienes dos
días). Y no contárselo a nadie. No te hace ninguna falta estar rodeado por un montón
de gente deprimida; ya eres tú lo suficientemente deprimente para los demás.
Pero claro, en mi caso no podía contárselo a nadie porque o bien no me creerían o
intentarían detenerme.
Pensé en ser brusca con el señor Cagney. Era algo que deseaba hacer desde hacía
años, y de alguna forma me las apañé para estar tras la barra la segunda mañana,
cuando necesitó a alguien a quien quejarse. Pero miré su rostro arrugado y petulante y
decidí, no sin pesar, que tenía mejores cosas que hacer con mi última mañana en la
tierra. Así que dije «mmm» unas cuantas veces, le llené de nuevo la taza de café (a lo
que él cambió de táctica y me dijo que estaba frío; vale, no soy Mary, pero no lo
estaba) y se lo dejé a Charlie, que no sabía que era mi última mañana en la tierra y se
apresuró a acercarse para evitar que fuera maleducada.
Otras cosas que no hice incluyeron perder tiempo en intentar averiguar quién me
había colocado ese buscador. Yolande hizo un barrido a Tartana y no encontró nada
salvo dos nuevas protecciones metidas bajo el parachoques y un teletipo tras la placa
de la matrícula trasera. Se quedó bastante sorprendida con las protecciones. Dijo que
se estaba quedando atrás con más rapidez de la que pensaba, que eran unas
protecciones de movimiento con un diseño totalmente nuevo y las más eficaces que
había visto con diferencia. Tenían que ser también de las FEAO. Un ejemplo de una
organización corrupta haciéndolo bien. Las dejó todas donde estaban.
Había estado confiando en ver a Pat. Podía prometerle lo que quisiera para el día
siguiente o el otro. Pero no apareció, como llevaba ocurriendo desde la noche que nos
cargamos los sistemas del cuartel general. Debía de estar enviando a alguien para que

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le llevara los rollos de canela. En un mundo en el que cada vez estaba menos segura
de nada, estaba convencida de que ese deseo era real. Sentía no tener la oportunidad
de decirle adiós, salvo que no se lo habría dicho. Cuando Mary entró en el obrador
para preguntar si había que sacar algo caliente del horno que desconociera para
decírselo a Theo y Jesse le dije, aparentando despreocupación:
—Oh, yo lo sacaré. Haré que prueben mis nuevos «lo que quiera que sea eso».
Me gustaba la idea de inventar una nueva receta en mi último día en la tierra, y
siempre me había gustado ver la cara de mis cobayas cuando daban el primer
mordisco. Dije:
—Decidle hola a Pat de mi parte. —Los dos me miraron como si hubiera un
mensaje oculto, que así era, aunque dudaba mucho que fueran a adivinarlo. Estaban
ya bastante distraídos por lo que quiera que fuera mi receta nueva: tendría que hacer
lo impensable y escribirla para que Paulie pudiera tenerla. Y tal vez a Aimil se le
ocurriera un buen nombre. «Escatología de Sunshine». Eh, mi escatología llevaría
mantequilla, mucha crema, nueces y tres tipos de chocolate.
Echaría de menos alimentar a mis FEAO: eran estómagos agradecidos.
Echaría de menos estar viva.
Tenía que volver al trabajo para el primer turno de la cena, pero decidí que quería
ver la puesta del sol desde mi balcón una vez más, así que me camelé a Emmy para
que lo hiciera ella. No quería que perdiera sus destrezas en la repostería ahora que se
había convertido en ayudante de la cocina contigua. Paulie iba a necesitarla. Ya le
había retorcido el brazo a Paulie hasta convertirlo en un pretzel para que aceptara
hacer el primer turno al día siguiente. El sistema de los jueves por la mañana se había
venido abajo por completo y ya no recordaba si yo le debía alguno de los turnos de
las cuatro de la mañana o él a mí. La confusión probablemente fuera a ser buena para
él. Iba a tener que aprender a convertirse en el repostero jefe a toda velocidad.
Había otras personas a las que era demasiado difícil decirles adiós, así que ni lo
intenté. A mi madre, por supuesto. Si hubiera hecho amago de ir al despacho a decirle
adiós ese día, por mucho que hubiera disimulado, habría llamado a la policía y al
hospital antes de que las palabras salieran de mi boca. Una madre siempre lo es, y yo
tenía que tener un motivo más que de peso para romper la extraña pero práctica
costumbre que teníamos de no hablarnos a menos que fuera por temas estrictamente
de la cafetería. Kenny estaba limpiando las mesas; intercambiamos saludos. Nunca le
había dicho adiós a Kenny y esa no iba a ser la primera vez. Había visto a Billy unas
dos terceras partes de un segundo, antes, por la tarde, cuando se había presentado en
la cafetería el tiempo suficiente como para soltar (y que así le oyera el progenitor más
cercano) que iba a pasar el resto del día con el amigo igualmente hiperactivo que lo
acompañaba. Hizo como que no me había visto. Yo era parte del telón de fondo
familiar. Mi importancia residía en la disponibilidad de los ocho muffins (y dos
galletas de cada bandeja y cuatro si eran de chocolate) que se llevaron con ellos
cuando se largaron.

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Mary y Kyoko dijeron «Nos vemos». Le dije adiós con la mano a Emmy, que
estaba en la cocina principal con gesto abrumado, pero yo estaba empezando a
sospechar que ponía esa cara para disimular que estaba pasándoselo genial y que no
se podía creer su suerte. Siempre hacía una última comprobación con Charlie para
asegurarnos de que no hubiera huecos en el último momento que yo pudiera llenar,
para asegurarnos de que nuestros horarios para el día siguiente coincidieran. Le había
dicho lo del cambio de turno con Paulie. Solo le dije que estaba cansada, y sabía que
tenía pinta de estarlo. Tampoco nos dijimos adiós. Nuestro ritual era: «Hasta mañana,
Sunshine» y «Sí». Yo dije «Sí», como era habitual. Incluso en los días libres me decía
«Hasta mañana». Porque incluso en esos días nos veíamos.
No había sido consciente de que nunca le había dicho adiós a nadie por nada.
Mel. Estaba en el descanso cuando me marché, y no estaba hablando con un tipo
o tipos con los vaqueros manchados de grasa sobre árboles de levas acompañados de
unos sándwiches de pastrami y ternera, o de las noticias del mundo con uno de
nuestros vagabundos más coherentes. Estaba apoyado contra una esquina del edificio
con un café y murmurando para sí. Sabía qué estaba murmurando: había dejado de
fumar diez años atrás pero seguía teniendo ganas de un cigarro cada vez que se
tomaba un café, y tomaba muchos. En ocasiones sus dedos se entrelazaban, no por el
mono de cafeína, sino por la costumbre de liarse cigarrillos. Eso le hacía beber más
café. Un día iba a despertarse y a darse cuenta de que se había convertido en una
plantación de café, y entonces Charlie dispondría de sus propios granos de cultivo
casero, si bien tendría que reemplazar a su cocinero jefe. Hay cosas peores en qué
convertirte. En un vampiro, por ejemplo. Aunque en los libros dicen que lo ves venir.
Mel alzó la vista y me vio, y su rostro cambió a su sonrisa de chico bueno. Mel
usaba sus encantos de manera deliberada, como un as sobre la mesa, así podías saber
exactamente de qué se trataba. Esa era una de las cosas buenas de Mel.
Independientemente de lo que podía no estar diciéndote, lo que sí decía era verdad.
«Soy tu amigo, Sunshine». Seguía pareciendo alguien a quien le pegaría más llevar
vaqueros manchados de grasa que un delantal, aunque los tatuajes confundían:
¿vaqueros llenos de grasa y una capa larga con capucha? Mmm. Me pregunté si los
hechiceros habían usado alguna vez manchas de comida en vez de cosméticos.
—Hola, Sunshine.
—Hola.
—¿Sigue en pie lo del viernes por la tarde?
Asentí, probablemente con demasiada vehemencia, porque se le borró la sonrisa.
—¿Ocurre algo?
Nada que no fuera ya mal la última vez que me hiciste esa pregunta, pensé, solo
que las cosas están empeorando a más velocidad de la que me esperaba. Negué con
la cabeza, esta vez intentando que fuera con menos vigor.
—No, en serio.
Le dio un último trago al café, dejó la taza en el suelo y vino hacia mí.

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—¿Seguro?
—Seguro. Sí. —Lo rodeé con mis brazos, apoyé la cabeza sobre su hombro (y la
frente sobre el roble que era visible bajo la manga arrancada de su camiseta) y sonreí.
Olía a comida y a luz del día. Podía sentir los latidos de su corazón. Me abrazó—.
Probablemente sea una indigestión por las once doceavas partes de «Muerte por
chocolate amargo» que me metí ayer —dije. Sentí un pequeño respingo de su
diafragma cuando se rio (tenía una risa ronca), pero me conocía demasiado bien.
—Prueba otra vez, Sunshine —dijo—. ¿Acaso las ballenas se empachan del agua
del mar? Por tus venas corre chocolate negro de la mejor calidad. No sangre.
Qué lástima que fuera de color rojo, entonces. Daba ideas a los vampiros. No dije
nada.
—Puedes contármelo todo el viernes, ¿te parece? —dijo.
Asentí.
—Vale. —Si decía algo más, probablemente rompería a llorar.

Conduje despacio hasta casa. Pensé en pasarme por la biblioteca, pero concluí que
Aimil se incluía en la categoría de «demasiado difícil», y tal vez ella pudiera adivinar
por qué estaba tan taciturna; no quería correr ese riesgo. Era un motivo terrible para
no ver a alguien por última vez. Pero estaba realmente cansada.
Al llegar a casa seguí sentada en el coche y observé cómo habían cambiado las
hojas. Tenía la sensación de que el otoño había llegado en los últimos dos días. Pensé
en los días que creí que me quedaban después de que Con me hubiera diagnosticado y
antes de que supusiera que fuera a volver para curarme. Sabía que me estaba
muriendo, pero en cierto modo no me había importado. No solo se debía a que creía
que Con iba a dar con la manera de curarme, sino que no había nada que yo pudiera
hacer al respecto. Ahora no me podía permitir ese lujo. Iba a tener que pasar por ello,
fuera lo que fuera. Siempre había odiado las historias donde las princesas aguardan a
ser rescatadas: La bella durmiente, por favor. Decidle a esa estúpida que se levante y
que acabe con la bruja ella solita. Pensé entonces que pasar el trance durmiendo
sonaba bastante bien después de todo.
Yolande estaba esperándome, y su puerta estaba ya abierta antes de que saliera de
Tartana. Fui casi a rastras. Ni siquiera sabía si iba a ser esa noche. Recordé esas
noches adicionales en las que había aguardado a Con, con la muerte en mi pecho cual
amante. Se me antojaba muy lejano. Intenté que ese fuera un pensamiento positivo,
pero no funcionó. Era como intentar hinchar un globo pinchado. Hola, muerte, tú de
nuevo. No puedes dejarme en paz, ¿verdad?
Santos y maldiciones. Maldiciones, fundamentalmente.
Yolande me llevó a su lugar de trabajo. Había un pequeño montón de… luz del
sol sobre su escritorio. ¿Qué? Parpadeé. Era como… como si hubiera una grieta en la
persiana y un único rayo se posara allí: salvo que el rayo no bañaba el escritorio, sino

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que se agolpaba encima de él, y no era un rayo de sol. Noté cómo mis ojos se movían
de un lado a otro como una lente automática, intentando encontrar el enfoque
adecuado. El montón no proyectaba sombra alguna. Era una pequeña colina de pura
luz dorada.
Yo había ya parado de mirar, y Yolande fue al escritorio y lo levantó. Pareció fluir
sobre sus manos, lentamente, como espirales de cálida miel, o pequeñas y amistosas
serpientes durmientes. Era, pensaba mientras se separaba sobre sus dedos, como una
especie de celosía. Los filamentos se unían y separaban conformando un patrón, y los
filamentos en sí también parecían seguir un patrón, como escamas en el lomo de una
serpiente. Se movía despacio, pero se movía. Se ensortijó alrededor de las muñecas
de Yolande. La extraña sensación que tenía de que se trataba de algo amistoso pero
aún latente siguió ahí.
—Despertará cuando te toque —dijo Yolande, como si me estuviera leyendo la
mente—. Tuvimos que hacerlo a toda prisa, y aún no ha tenido la ocasión de
manifestarse.
Se acercó hacia mí con la red de luz entre sus manos como si estuviera acunando
a un gato y me la lanzó.
Durante un instante me vi rodeada de luces titilantes, y luego sentí cómo se
asentaba sobre mi piel, delicada como los copos de nieve, pero cálida. Extendí un
brazo para contemplar todo el proceso. Si miras atentamente, si te concentras, puedes
sentir cómo los copos de nieve se posan sobre ti, sentir su frío, al principio casi de
una manera individual, hasta que tu rostro o mano o brazo empieza a quedarse
entumecido del frío y finalmente se derriten en tu piel y desaparecen. Lo mismo
ocurrió con esos diminutos copos de luz: los vi flotando, brillando, los sentí cuando
me tocaron, más ligeros que las plumas o las telarañas, y cubrieron todo mi ser, pues
la ropa era insustancial para ellos. Pero no solo eran cálidos, algunos estaban tan
calientes que resultaba molesto, y me dejaron pequeñas marcas rojas, y si bien sí se
disolvían al entrar en contacto con mi piel de la misma manera que los copos de
nieve, era como si la penetraran, dejando nada tras de sí, ni humedad, ni sensación
pegajosa, ni escamas sueltas… Después de que hubieran desaparecido en su totalidad,
si giraba el brazo con rapidez podía ver la telaraña de luz, como si fueran venas, solo
que doradas, no azules. Me picaba un poco, sobre todo donde me rozaban el cinturón
y los tirantes del sujetador.
Yolande exhaló. La miré inquisitivamente.
—No estaba segura de que fuera a funcionar. Ya te he comentado que tuvimos
que hacerlo a toda prisa.
—¿Qué es esto?
Yolande no respondió al momento.
—No estoy segura de cómo explicártelo. No es una protección, o solo lo es de
manera indirecta. Es una especie de acumulador, pero por lo general solamente los
hechiceros usan algo así. Hace acopio de tu energía. Accede a la fuente de tu fuerza

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con más intensidad de la que tú podrías hacerlo sin su ayuda.
»La mayoría de los manipuladores de magia tiene talento para una u otra cosa, y
es relativa a un área de este mundo u otra. Un vidente con un mayor entendimiento de
los árboles puede ver visiones en un nudo de su madera favorita, por ejemplo, en vez
de en la tradicional bola de cristal. Un hechicero con una relación más sólida con el
agua tiene más probabilidades de ahogar a su enemigo que de hacerle frente en una
batalla, aunque uno con afinidad hacia el metal lo que haría sería forjar una espada.
—Afinidad —dije con amargura—. Mi afinidad es con los vampiros.
—No —dijo Yolande—. ¿Por qué dices eso?
—Pat. Las FEAO. Por eso me quieren. Porque soy… una manipuladora de magia
—apenas era capaz de pronunciar la frase— con afinidad con los vampiros.
Yolande negó con la cabeza.
—Las jerarquías de la manipulación de magia no pertenecen a mi campo de
estudio. Pero tu afinidad principal es con la luz del sol: es tu elemento, podríamos
decir. Por lo general es uno de los cuatro elementos estándares: tierra, aire, agua,
fuego. En ocasiones es el metal, a veces la madera. No había oído antes que hubiera
gente con afinidad con la luz del sol, pero hay pruebas para comprobar ese tipo de
cosas. El tuyo no es ni el fuego ni el aire, sino un poco de ambos, y algo más.
Mientras estaba haciendo las comprobaciones y no llegaba a ninguna conclusión,
pensé en la luz del sol por todos esos días en que te he visto tumbada al sol como un
gato o un perro, y en que solo te he visto relajada en esos momentos, tumbada bajo el
sol. Y en una ocasión me hablaste del año en que estuviste enferma, que vivíais en un
sótano, y que te curaste acurrucándote delante de las ventanas por donde entraba el
sol cuando os mudasteis a un piso más alto. Pensé en cómo te llaman, en cómo yo
misma había utilizado en ese mote cariñoso para que me contaras la verdad después
de que el vampiro te hubiera visitado…
»Respecto a tu… llamémosla contraafinidad, tal vez sea hacia los vampiros.
Tampoco he oído que esto sea posible, pero sé que con frecuencia un manipulador de
magia con una afinidad por el agua puede atravesar el desierto con más facilidad; que
un manipulador con una afinidad principal por el aire puede mantener más tiempo la
respiración, que alguien con afinidad por la tierra puede volar con más facilidad. Es
la fortaleza de ese elemento en ti la que te hace más capaz de resistir y, al mismo
tiempo, abrazar a su contrario. No te consume la oscuridad porque estás llena de luz.
No me sentía llena de luz. Me sentía llena de ácidos estomacales y flemas frías.
Conocía los cuatro elementos, claro: hasta sabía un poco de eso de la contraafinidad.
Los manipuladores de magia con el fuego como principal elemento nunca son
contratados para ayudar a los bomberos; resulta más difícil extinguir los fuegos con
ellos cerca. Pero el aire o el agua como elemento principal es una ventaja para el
cuerpo de bomberos porque los del aire nunca sufren intoxicaciones por inhalación de
monóxido de carbono y los del agua hacen que su caudal aumente. Se han salvado
muchas vidas gracias a los manipuladores de magia del cuerpo de bomberos con el

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aire y el agua como elemento principal. Sin embargo, jamás había pensado que eso
guardara relación con la contraafinidad.
Pero tampoco había pensado demasiado en la manipulación de la magia. Siempre
había estado demasiado ocupada con mi fascinación por las historias de los Otros.
—Ahora puedo ver en la oscuridad —le dije, sin querer profundizar en cómo
había ocurrido—, y me vuelve loca. En la oscuridad no hay problema. Pero también
veo por entre las sombras durante el día. Apenas puedo discernir qué es lo que estoy
viendo. —O, si puedo, no sé si me lo estoy imaginando para hacer que tenga sentido
—. Y la mayor parte de esas sombras se retuercen.
Yolande pareció interesada.
—Tal vez puedas hablarme más acerca de ello en otra ocasión. Quizá pueda
ayudarte.
En otra ocasión, pensé. Sí.
—Sin embargo, tus sombras no se mueven. Están quietas, como solían hacer las
sombras antes.
—Ah. Tal vez eso sea por el proceso de purificación de la guardia de
protecciones. Si te conviertes en maestro, como yo hice finalmente, pasas por una
serie de pruebas para serlo con la mayor intensidad posible. No podrías hacer las
cosas que hace un maestro sin ello. Me imagino que a los maestros en otras artes los
verás igual que a mí.
Aún no sabía con seguridad si las sombras que se posaban sobre Con se movían o
no. Las sombras de la oscuridad eran distintas de las de luz, por decirlo de alguna
manera. Si no se movían, ¿lo convertía eso en un amo vampiro? ¿Qué es un amo
vampiro? Las FEAO usaban ese término para aquellos que estaban al frente de una
banda.
Levanté los dos brazos y contemplé el leve y titilante dorado, sentí el tenue picor
de mi piel. Cogí también un mechón de mi pelo y al mirarlo vi que también este
estaba entrelazado y embadurnado de dorado. Tal vez Yolande le pudiera vender el
truco a un peluquero: así no habría que retocarse las raíces cada pocas semanas.
Una lástima que no fuera a estar allí para verlo.
El sol estaba a punto de ponerse.
Bajé los brazos.
—Gracias —dije—. Muchas, muchas gracias.
—No hay de qué, querida —dijo Yolande.
—Creo que debo irme.
—Sí. Pero espero que regreses y me lo cuentes.
La miré a los ojos y me emocioné al ver que lo sabía. Intenté sonreír.
—Yo también lo espero.

Me senté frente a las puertas abiertas del balcón con las piernas cruzadas y las manos

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en las rodillas. Ni me molesté en alinearme, en preguntarle nada, en decirle nada.
Estaría aquí pronto. Estaría aquí. No podría posponerse lo que iba a ocurrir.
Comenzaría esta noche. Y, probablemente, también acabaría esta noche.
El sol enrojeció los colores otoñales de los árboles. Las sombras se oscurecieron y
alargaron.

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Cuarta parte

Tal vez los copos de luz se hubieran posado también en mis ojos cuando Yolande
colocó la red sobre mí. Allí sentada, muy quieta, expectante, aguardando la puesta del
sol, no había reparado demasiado en la manera en que las sombras caían y se movían;
siempre era más fácil cuando me estaba quieta. Pero esa vez lo vi sin problemas. Lo
vi a él, y no por un mero proceso de eliminación, una sombra serpenteante
moviéndose en una dirección concreta. Era una figura oscura, con forma humana.
Con forma de vampiro. Con.
Una figura oscura: oscura con destellos dorados, como si motas de luz cayeran
sobre él, como cuando una cerilla se prende y se apaga.
¿Lo había oído o no? No lo sé. Tenía la sensación de haberlo oído, al igual que de
haberlo visto. Vi cómo desaparecía a la vuelta de la esquina de la casa. A
continuación subiría por las escaleras; sentí su presencia allí. Abriría la puerta (mmm,
¿abría las puertas para cruzarlas?). No, espera. Los vampiros no podían desintegrarse,
creo. Algunos hechiceros eran capaces, pero solo los más chiflados. Si has invitado a
un vampiro a traspasar el umbral de tu casa, tal vez la puerta sencillamente ya no
existiera para él. ¿Y por qué la puerta siempre sonaba levemente cuando yo la abría
pero no cuando lo hacía él?
Supe entonces que estaba detrás de mí. No es que lo hubiera oído respirar. Pero la
sensación de un vampiro en tu habitación es inconfundible.
Me levanté y me di la vuelta.
Parecía diferente. Tal vez se debiera a los copos de luz, pero no lo creía.
Probablemente yo también pareciera distinta. Si estás a punto de iniciar lo que sabes
que será tu batalla final, tal vez tu expresión lo refleje de manera permanente. Mi
experiencia es limitada. No sé si habría identificado la expresión de Con como la de
un vampiro preparado para la batalla, pero como somera descripción valdría.
Siempre me sorprendía lo grande que era. Probablemente tuviera que ver con la
manera en que se movían los vampiros, ese deslizamiento como carente de huesos,
esa aterradora gracilidad que helaba la sangre. No creías que algo así fuera posible,
así que en tu cabeza los vampiros se tornaban más pequeños para que fuera más
verosímil (bueno, no sé si se puede usar un «tú» genérico para este caso. Hasta donde
sabía, yo era la única humana que había tenido la oportunidad. O la necesidad). Es
curioso, los vampiros han sido una constante desde los albores de la historia y, aun
así, en lo más profundo de nuestros corazones no me parece que realmente creamos
en ellos. Cada vez que uno de nosotros se topa con uno, nos sigue sorprendiendo su
existencia. Cierto es que, en la mayoría de los casos, cuando un humano ve a un
vampiro es porque está a punto de morir, y no creer es el último resquicio de
esperanza que te queda (pero yo estoy aquí para decir que estar familiarizada con uno

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no atenúa la sensación. Yo no creía en Con).
Era complicado.
Creía más en mi propia muerte.
Extendí la mano y la puse sobre su pecho, donde no había latidos. Llevaba otra de
sus camisas negras de manga larga. Bien podía haber sido la que yo había llevado
hacía unas noches, salvo por el detalle de que esa estaba en mi armario, detrás del
todo, junto con el vestido rojo. Mi fondo de armario vampiro.
Dejé caer la mano.
Pero él me la cogió. Sentí un espasmo, una efervescencia, cuando su piel rozó la
mía. Noté cómo Con se retorcía levemente, pero no me soltó la mano. La giró y luego
la colocó con cuidado, como si no tuviera voluntad propia, en la palma de su otra
mano. La chispa invisible se produjo de nuevo, pero en esa ocasión no se sobresaltó.
Yo estaba de espaldas al crepúsculo, pero en la sombra de mi cuerpo los ocasionales
destellos dorados de mi red eran levemente visibles.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Me lo ha dado Yolande. Dijo que me ayudaría a hacer uso del origen de mi
fuerza.
—La luz del día —dijo él.
—Sí. ¿Te hace daño?
—No.
Pensé en ese «no». Había sonado un poco al «no» de la niña que jugando al fútbol
americano había acabado en el suelo debajo de los tres niños más grandes del
vecindario. Cuando se levantaron de encima, me preguntaron si me habían hecho
daño. Les dije que no. Mentí.
—Deja que lo reformule.
Un pequeño estremecimiento en su aliento. Muy parecido a un sonido humano:
aliento audible y contenido, como una risa amortiguada.
—¿Cuando sientes demasiado calor, o demasiado frío, te duele?
El señor Termómetro, pensé. ¿Qué sabrás tú de demasiado frío, demasiado
calor? No, no iba a pensar aún en nada de eso. Borra ese pensamiento.
—¿O, si coges algo que es demasiado pesado para ti, te hace daño? O es tan solo
una leve presión en los límites conocidos de uno mismo.
Me gustaba eso: una leve presión en los límites conocidos de uno mismo. Parecía
sacado de una clase de conciencia del yo, probablemente con yoga. Mira en qué
pretzel te puedes convertir si presionas tus límites…
Estaba delirando, si bien solo para mis adentros. Respiré profundamente. Vale, mi
nueva red de luz no le hacía más daño a Con que a mí sacar una bandeja de rollos de
canela del horno y llevarla corriendo a la barra antes de que se me cayera.
Lo miré a la cara, tenuemente iluminada por el fin del ocaso, y me percaté,
sobrecogida, de que no había duda: sus sombras también yacían inmóviles.
—¿Lista? —dijo.

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Sonreí de manera involuntaria. ¿Estás de coña?
—Sí —dije.
—He cogido lo que me mostraste y lo he… ponderado con las formas que
conozco. Creo que los dos juntos podremos… conseguir nuestro objetivo.
Nuestro objetivo, pensé. No lo traduje a términos prácticos.
—No viajaremos a través de tu Ciudad de Nadie, pero temo que el camino que
vamos a tomar será igualmente… desagradable. Necesitaré de tu ayuda. No será fácil
viajar por allí y proteger nuestra presencia para que no nos detecten demasiado
pronto.
Cerré los ojos (me lancé a ello, para evitar pensarlo), le apreté con más fuerza la
mano y empecé a buscar el alineamiento. Era muy distinto a la línea no telefónica que
había usado para hablar con Con; con ella podía ir al extremo de lo que quiera que
hubiera allí fuera y buscarlo a tientas. Esto era más parecido a caminar por entre un
foso de serpientes con una horqueta, confiando en poder avanzar a hurtadillas tras la
serpiente que buscas y atraparla antes de que ella te atrape a ti. Esperando, mientras
tanto, que ninguna de las otras serpientes te vea a ti antes.
Miré con gesto de disculpa al titilante y tenue dorado contra, en, mi piel. Dije una
de las palabras de mi abuela: fue solo una palabra, corta, de agradecimiento y
asentamiento, pero pensé que a la red de luz tal vez le gustara. A continuación cerré
los ojos de nuevo.
Allí.
Tal vez hubiera sido también la red de luz, o que ya había hecho mi maniobra de
aguja de brújula varias veces y empezaba a acostumbrarme a ello, o tal vez hubiera
sido Con. En parte fue Con; podía sentir el leve y agudo zumbido de aquella
conexión por entre nuestras palmas. Parecía haber una gran variedad de caminos ante
nosotros: el horriblemente peor, el algo menos peor pero lo suficiente malo, el
realmente malo, el extremadamente letal y probablemente alguno que otro más. Yo
estaba buscando los fuegos artificiales del camino que había reventado el cuartel
general de las FEAO y a la tan inquietante cosa que era nuestro destino mientras Con
nos colocaba en las lindes de uno de los otros terribles caminos. Gracias, Con.
Aquella cosa inquietante y sus guardianes no se parecían demasiado a un acuario en
esa ocasión (o si así era, los peces estaban enfermos), más bien a los efectos
especiales de esas películas posapocalípticas. En cualquier momento los abominables
mutantes aparecerían en la pantalla y extenderían sus aberrantes extremidades hacia
nosotros.
Deseé que fuera una película.
—Vamos —dijo Con, y ambos dimos un paso adelante.
Para cuando salimos del balcón, nos hallábamos firmemente anclados (si es esa la
palabra que quiero) en el espacio de los Otros. Los vampiros probablemente puedan
caer de una tercera planta, pero yo no quería intentarlo. Ya me estaba costando
horrores mantener el equilibrio: no parecía haber ascendido ni descendido (un detalle

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importante cuando acabas de dejar un balcón) ni avanzado hacia delante o atrás, o en
diagonal, salvo que teníamos nuestras partes delanteras y traseras y nuestros rostros a
un lado de nosotros en vez de al otro. Ese camino, fuera el que fuera, era mucho peor
que el atajo desde casa de Con de la otra noche. Al menos tenía pies, que era una
mejora en la Ciudad de Nadie.
Eh, no solo tenía pies, también seguía con la ropa puesta.
Podía ver aún aquella cosa inquietante que era el lugar al que nos dirigíamos, y
dado que nada sabía de los detalles de la protección, di por sentado que mi función
era la de seguir mirando. Con nos propulsó. Presumiblemente hacia delante. Él sí
parecía diferenciar arriba de abajo y un lado de otro. Yo sentía que de tanto en tanto
me pasaban cosas zumbando, y si bien no sabía qué eran, podía imaginarme que no
eran amistosas. Cada vez que apoyaba el pie, parecía averiguar algo más del lugar en
el que estaba, como si mi invasora triple dimensión estuviera haciendo que mis
alrededores se coagularan, y poco a poco parecía distinguirse otro tipo de sistema
rocoso, aunque en vez de que el mundo ordinario se escurriera por entre las piedras,
parecía bullir y convertirse en parte de esas subidas y bajadas. Me sentía como si
fuera a vomitar, pero por suerte mi estómago no distinguía qué era arriba o abajo
tampoco, así que se quedó como estaba.
Tras un rato empezamos a ver cosas normales y corrientes, casi reconocibles, en
aquella entropía vertiginosa: una farola. La esquina de un edificio en ruinas con una
puerta giratoria y uno de sus paneles rotos. Una señal de stop.
La placa de una calle: calle Garrison.
Estábamos en la No Ciudad.
Conforme avanzábamos, la No Ciudad se distinguía con más claridad. En
ocasiones dimos uno o dos pasos sobre trozos de pavimento, como si realmente
estuviéramos allí. Tal vez así fuera. También había otras personas esporádicamente
presentes. No me gustaba la pinta de ninguna de ellas. Pasamos junto a varios clubes
con gente entrando y saliendo. Había seguridad en algunos, pero por lo general ese no
era el estilo de la No Ciudad. Si podías andar, podías ir adonde quisieras. Incluso en
los clubes más tremendos, aquellos a los que la gente que vivía en la zona más
exclusiva del centro iba cuando quería sentirse pordiosera pero aun así estaba
dispuesta a pagar treinta blinks por un vasito de vino para demostrar que lo hacían
porque querían, tenían maneras más sutiles de librarse de ti.
Mientras tanto, fuera, si te caías, ahí te quedabas, y la gente hasta te pasaba por
encima: los cuerpos en horizontal formaban parte del paisaje. Tal vez te echaran a un
lado mientras yacías en el suelo. Tal vez te llevaran a casa para cenar. Como cena. No
era un buen sitio en el que demorarse (para los vivos, me refiero), pero había otra
leyenda: se decía que si te colocabas lo suficiente, los vampiros te dejarían en paz,
porque tu sangre les jodería pero bien. Yo no me fiaría demasiado. Hay
irresponsables entre los vampiros como pasa con los humanos, y mi opinión es que
hay chupasangres que han desarrollado cierto gusto por la sangre contaminada.

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Además, si estás lo suficientemente hambriento, te comerías lo que fuera, ¿no? Y un
cuerpo aún vivo tirado boca abajo junto a una alcantarilla es una presa realmente fácil
de, bueno, de atrapar.
Me estaba costando mantenerme de pie mientras nos movíamos por ambos
mundos. Pero si cuando fuera visible me tambaleara un poquito, tampoco
desentonaría.
Me daba un poco de miedo ver a alguien que conociera. Dioses y ángeles, jamás
sobreestiméis el poder del condicionamiento social; incluso bajo tales circunstancias,
cuando no me esperaba tener que ver o explicar nada a nadie de nuevo tras los
próximos minutos u horas o fragmentos temporales hechos añicos por aquel espacio-
caos, estaba preocupada por ello, que pudiera ver a Kenny, o a sus amigos, o a
algunos de los clientes habituales más jóvenes de la cafetería, o incluso a los pocos de
mi edad que sabía que no habían conseguido salir de las drogas. ¿De qué tenía
miedo? ¿De que ellos también me vieran… y de la mano de un vampiro? ¿De que
pareciera que había sucumbido a la oscuridad y fuera a correr el destino habitual de
un humano visto en compañía de un vampiro? ¿Y eso por qué me tendría que
importar?
No sé qué le estaríamos pareciendo a los humanos. Pero empecé a ver que los
vampiros se volvían para mirarnos. No tuve ningún problema para reconocerlos. No
sé si era porque ni se estaban molestando en pasar por humanos o porque ya sabía
cómo reconocer a un vampiro cuando lo tenía delante.
No me percaté cuando el primero hizo algo más que mirar y vino hacia nosotros.
No me percaté hasta que Con… da igual. Lo hizo con la otra mano, y con la mano
que sostenía la mía nos arrojó de vuelta al espacio-caos. Se limpió la salpicadura de
sangre de la cara con el antebrazo, pero también tenía en el brazo. Temí que se
relamiera. No fue así. Tal vez no lo observara el tiempo suficiente. Tal vez, no sé, la
sangre «usada» no fuera muy de su interés. Mi mano tembló en la suya: en la mano
de mi letal acompañante vampiro.
Estaba viva, era humana, con un corazón que latía. Estaba completamente sola.
La siguiente vez fueron varios. Esa vez Con nos sacó del espacio-caos porque
tuvo que soltarme la mano. Me alegré de no tener que descubrir qué ocurriría si me
quedara allí sola sin él. La alegría no me duró mucho.
No sabía qué se suponía que tenía que hacer: nota mental, en mi próxima vida,
daré clases de artes marciales (muchas), solo por si acaso. De nuevo, al igual que con
el primer vampiro que nos atacó, algo ocurrió (demasiado rápido como para que yo
pudiera seguirlo), más rápido de lo que yo quisiera, y aparté la vista, temerosa de lo
que mi visión en la oscuridad pudiera mostrarme. De nuevo hubo sangre, pero
también quedaba al menos un vampiro más mientras Con estaba ocupado con otro, y
me estaba mirando. Lo miré sin pensar en otra cosa que no fuera mi propio terror, con
los ojos abiertos de par en par, tanto que me empezaron a doler. Me miró (eh, él
también reconocía a un humano cuando lo tenía delante) y lo vi flaquear, y entonces

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Con dejó lo que quiera que estuviera haciendo y… se encargó de ese también, con
demasiada rapidez como para que me diera tiempo a apartar la vista. Creo que grité.
Jesse no iba a rescatarme en esa ocasión. No iba a volver en mí con unos brazos
humanos rodeándome y una voz humana diciéndome al oído: «Tranquila, ya ha
acabado todo. Estás bien».
En esos momentos había mucha sangre y… cachos y trozos. Yo también tenía
sangre. Con me cogió de nuevo de la mano y me dijo con brusquedad: «Ven». No me
atreví a mirarlo a la cara. No encontraría consuelo, tranquilidad, en el rostro de un
vampiro. Cuando di un paso rápido para ponerme a su lado, el calzado me resbaló.
Con la sangre. Teníamos tanta sangre en las manos que, cuando se empezó a secar, se
nos quedaron pegados los dedos. El olor a carne era como un miasma, un gas
venenoso.
No regresamos al espacio-caos. Casi me había olvidado de mi alineamiento, pero
en esos momentos era como si él estuviera atado a mí, o yo a él. Estaba tirando de los
dos, por entre aquellas calles oscuras donde las sombras se retorcían y agolpaban
como cadáveres, arreándonos como si lleváramos correas. Quería soltarme, pero no
podía, no debía, quería… no, era demasiado tarde; si me entraba el canguelo ahora,
en el último minuto, tras el último minuto, lo único que conseguiría es que nos
mataran. Antes de tiempo.
Alguien nos seguía. ¿Por qué no nos rodeaban, nos cortaban el paso, nos
atacaban? Con dijo en voz baja, como si no tuviéramos ninguna prisa:
—Bo no podrá decir tu nombre. Ninguno de tus nombres.
¿Qué? Sunshine. Rae. Nombres relativos a la luz del día. ¿Los vampiros antiguos
tampoco pueden decir palabras relacionadas con la luz del día? ¿Esos vampiros muy
muy viejos que no pueden salir con la luz de la luna que es el tenue reflejo de la luz
del día? Los académicos habrían dicho que Con era de los antiguos, y él ni siquiera
esperaba a que fuera noche cerrada: el ocaso era suficiente para él. Y me llamaba
Sunshine. Hay maneras distintas de ser lo que somos. Al parecer Bo no había
envejecido tan bien. Algo que cabría mencionar a esos eruditos. La variabilidad del
envejecimiento entre vampiros. Uso de ciertas palabras pertenecientes al día por
parte de vampiros antiguos. Tal vez me ganara un hueco en la biblioteca del museo
de los Otros después de todo. No, espera. Estaba a punto de morir.
No vi qué tenía de bueno que Bo no fuera capaz de decir mi nombre. Bo no
necesitaba decir, ni saber, mi nombre para matarme.
Vale. Los nombres tienen poder. Con ya me había dicho eso en el lago. Bueno, los
colmillos tenían más poder. También lo había comprobado en el lago. Con había
escogido dejarme ir. Bo no iba a hacerlo.
¿Por qué había aceptado hacer esto?
—¿Sientes la fuerza? —Con siguió hablando con esa voz exasperadamente calma
—. Bo se ha conectado a nuestra presencia aquí. Si nos separamos, sigue. Sigue la
conexión hasta su fin. Déjame. Te alcanzaré en cuanto pueda.

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Oh, bien. Estaba tan contenta de que pudiera hacer el esfuerzo de alcanzarme
después. Aunque deseaba que hubiera usado la palabra «objetivo» o «propósito» en
vez de «fin».
—Te aconsejo… —añadió tan desapasionadamente como siempre. Estaba
intentando recordarme a mí misma que siempre parecía imperturbable, por no decir
muerto. O tal vez fuera una buena señal que pareciera tan despreocupado, como si
todo eso fuera parte de las actividades normales de los vampiros. Apenas si oí el resto
de lo que estaba diciendo—: Te aconsejo que no intentes replegarte a ningún espacio
de los Otros, incluido el camino por el que hemos venido. Solo conseguirás atraer a
algunas de las criaturas de Bo y su ventaja allí será mayor que la nuestra.
Vale. Ni que la mía fuera superior en alguna circunstancia.
Me di cuenta de que, si bien ya no estábamos en el espacio-caos, tampoco
estábamos exactamente en la No Ciudad. O al menos confiaba en que no lo
estuviéramos, porque si así era, nuestro mundo humano tenía más problemas del que
la mayoría de nosotros creíamos… de lo que yo creía… de nuevo ese pensamiento:
¿qué sabía yo? Pat había dicho cien años, un siglo, antes de que… Y la gente que iba
a la No Ciudad en busca de emociones probablemente no se percataría de que aquello
se estaba saliendo de los límites de la realidad…
Sentí el tirón, como una mano en mi cuello que poco a poco me lo estuviera
apretando. Si yo era un perro con correa, el collar era de castigo, y mi amo no me
tenía demasiado aprecio. Tal vez fuera esa sensación de presión la que hizo que mi
visión se tornara extraña, pero bueno, mi visión llevaba así dos meses ya y estaba
empezando a acostumbrarme a su rareza. Pero esa era una rareza distinta, una en la
que las cosas parecían danzar dentro y fuera de la existencia, en vez de entrar y salir
de la luz y la oscuridad.
Había farolas en las calles donde estábamos (algunas hasta funcionaban) y
enormes franjas de oscuridad. También pavimento irregular bajo nuestros pies,
carreteras con socavones, aceras derruidas. En una ocasión pisé la tapa de una
alcantarilla y el sonido de esta, incluso en aquella noche de horrores, hizo que el
corazón se me subiera hasta la garganta. Había edificios altos que parecían merodear
entre las sombras; algunos de ellos tenían tenues luces que conferían una indeseable
vida a los carteles medio despegados: rostros que me guiñaban sus enormes ojos
pintados, dedos largos como mis piernas llamándome. La manera en que los clubes
emergían de la nada en la noche con sus ruidos y luces estroboscópicas, punzantes y
erráticas, rítmicas y cegadoras, de los colores del arco iris o del de moda esa semana,
potenciaban la sensación de estar en zona de los Otros. Eh, quería decirles a algunos
de los humanos que vimos, no necesitáis drogas, permitid que os lo diga, existen
espacios entre los mundos, hay amos vampiros que te colocan cuerdas invisibles
alrededor del cuello y te arrastran a la muerte…
Estábamos atravesando a la carrera la No Ciudad. Oí nuestras pisadas. No, oí mis
pisadas, y un eco descoordinado de esos que te hielan la sangre porque sabes que no

[Link] - Página 272


estás sola, pero que no es un humano quien te acompaña. Recordé cuando ver y oír
eran algo sencillo y tenía que ver con el sonido y la luz y las ecuaciones abordables
que te enseñaban en el colegio. Me preguntaba si alguien nos estaría viendo: aquí
solo se corre para huir, no hay gente quemando la hamburguesa con patatas de la
noche anterior ni intentando subir sus endorfinas. Nadie, al oír pasos apresurados
(especialmente con un eco no sincronizado de acompañamiento) va a alzar la vista si
puede evitarlo. Supongo que puedo dejar de preocuparme entonces por la posibilidad
de ver a alguien que conozca…
Algunas personas sí alzaron la vista: malas conciencias, o viejos hábitos, ¿un
descuido momentáneo (o inducido por las drogas) respecto a quiénes eran o dónde
estaban? Creo que crucé miradas con una chica joven; vi cómo ella me miraba,
miraba a Con, nos observaba con incredulidad y… luego, cuando pasamos a su lado,
siguió pendiente de cómo nos adentrábamos de nuevo en el océano de oscuridad.
En un nuevo bullicio de vampiros. No querían conectar conmigo. Qué suertuda.
Me estremecí y me aparté del camino de cualquier cosa que viera, que me pareciera
ver; desistí de intentar ver, y dejé que mi instinto (el que fuera) me mantuviera en
movimiento. ¿Dónde estaba Con? No, aún lo distinguía del resto de ellos. Para
empezar, estaba en el centro del bullicio. Si solo hay un tipo en tu equipo, ese es
sobre el que todos los demás saltan.
Todo se sucedió en un silencio casi total, terrible.
Había un pequeño círculo candente alrededor de mi cuello y a lo largo de mi
pecho, además de dos pequeños fuegos ardiendo en los dos bolsillos delanteros de
mis vaqueros. Al parecer habían aprendido la lección esa primera vez, cuando la
espada de luz había alcanzado la almohada; en esta ocasión no me prendieron la ropa.
Y no era porque no estuvieran esforzándose, vaya si lo estaban haciendo. La noche
que nos habíamos cargado el cuartel general de las FEAO no había sido ni siquiera un
ensayo de lo que estaba ocurriendo en esos momentos.
Incluso con mis talismanes a todo gas, mi suerte no duró demasiado. Algo,
alguien, me golpeó, me separó de Con, apartándome del bullicio. Me estaba llevando
a alguna parte. Era, de hecho, la misma dirección a la que estaba siendo arrastrada
por mi correa invisible, pero no tenía gana alguna de que me ayudaran a llegar allí
antes; además, independientemente de lo que Con me había dicho acerca de seguir
sin él, prefería no hacerlo, gracias.
Vi una forma, y me agaché para ocultarme. Parecía un tanto insegura de su
rumbo. Perdió su agarre y unos dientes se precipitaron a mi brazo, extrañamente
titubeantes, si es que los dientes pueden titubear. Eh, mi yugular está más arriba.
Deseé tener una bonita estaca de madera de manzano, bien impregnada de muérdago,
salvo por el detalle de que no sabía cómo usarla; clases para clavar estacas. El
cuchillo de mesa había sido algo circunstancial… Me metí la mano derecha en el
bolsillo y cogí el extremo de la candente navaja en la palma y la coloqué entre mis
dedos: no con la hoja desplegada, solo por el extremo romo y duro, como un puño

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americano de un solo dedo. La vi momentáneamente, brillando como una diminuta
luna, como una piedra preciosa ligeramente desalineada en un anillo.
A continuación la blandí, con mi irrisoria fuerza humana, hacia la base del
esternón del cuerpo al que pertenecían los dientes que se acercaban a mi brazo.
Hice blanco. El extremo romo de mi navaja se… hundió. Al hacerlo refulgió, ya
no como la luz de la luna sino como la del sol, dorada, brillante, una lengua de fuego,
y con su luz vi que una celosía dorada se extendía por mi brazo.
Tan solo tuve tiempo de recordar lo que había ocurrido en el callejón cuando
había usado un cuchillo de mesa.
El sonido fue distinto. No había muros donde la sangre pudiera salpicar. En vez
de eso oí un chapaleo denso y pesado, cual hedionda lluvia, cuando cayó a mi
alrededor. Me había olvidado del olor, del olor de algo que llevaba mucho tiempo
muerto y podrido. Pensé que ni siquiera eran un poco más humanos cuando
reventaban: estallaban con facilidad, como si arrojaras un melón pasado contra una
valla. Ningún melón olía así…
Con volvió a materializarse de donde quiera que hubiera estado, de lo que quiera
que hubiera estado haciendo. Conseguí no escabullirme también de su camino. El
problema era que tenía el aspecto de un vampiro, y en ese momento se parecía más a
un vampiro que a Con. Una de las historias más reconfortantes sobre los vampiros es
que, en ocasiones, durante guerras entre bandas por ejemplo, son embargados por tal
furia que acaban con todo lo que caiga en sus manos, no solo sus enemigos sino
también sus compañeros, los tipos de su mismo bando. En teoría la furia puede durar
bastante, y si un desmembrador particularmente efectivo acababa con los cuerpos a su
alrededor antes de que se le pase el ataque, también se hará pedazos a sí mismo.
Tal vez fuera una historia reconfortante cuando estás en casa con un libro o
leyéndolo en la pantalla de tu combox: la idea de que haya muchos menos vampiros
en el mundo y que acaben los unos con los otros mientras los humanos se ocultan tras
la seguridad de sus puertas cerradas con montones de protecciones apuntaladas. (Si
tienes la mala suerte de vivir en un lugar donde haya una guerra entre bandas,
apuntala muchas protecciones alrededor de tu casa y no salgas después de que
oscurezca o antes de que amanezca bajo ningún concepto). No sé qué aspecto tiene
un vampiro desbocado, pero bien podría ser el aspecto de Con. No era solo… no
era… Mirad, si en alguna ocasión tenéis la oportunidad de escoger entre ser
devorados por un tigre o mordidos por un vampiro fuera de sí, escoged el tigre.
Probablemente estuviera fuera de mí, una débil humana en un espacio aterrador.
Los humanos no se las apañan muy bien en situaciones extremas. Nuestros patéticos
cuerpos se aterran. Nos quedamos petrificados y la presión sanguínea cae en picado,
y no podemos pensar ni hacer nada. Me quedé allí, mirando, mientras Con gritaba y
me enseñaba sus dientes. Entonces… quizá recordara que yo era su aliada, tal vez lo
había recordado pero se le había olvidado por un instante al verme cubierta de sangre
y restos de un enemigo mutilado como él que yo era una simple humana. Tal vez el

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grito fuera el equivalente vampiro a: ¡Vaya! ¡Bien hecho!
Daba igual. Dejó de gritar y… acercó su rostro al mío. Cuando me cogió mi mano
pegajosa y tiró de mí de nuevo no farfullé, ni me desmayé, ni vomité. Me guardé la
navaja en el bolsillo y eché a correr.
Ojalá pudiera olvidar lo que se siente cuando tienes el pelo pegado al cráneo por
la sangre, sangre hedionda que desciende pegajosa hasta el interior de tu ropa,
invadiendo tu privacidad, tu decencia, tu humanidad, hasta que roza tu aliento, tus
movimientos, la sensación de tirantez cuando se seca en tu piel, como una especie de
cepo. Sangre en tu boca que no puedes escupir para librarte de su terrible sabor. Creo
que debo de haber sido víctima de un ataque de furia. Hay veces en que no quieres
saber las cosas de las que eres capaz, ¿verdad? Pero si tienes suerte jamás lo llegas a
saber. Yo había averiguado demasiadas, muchas, todas a la vez. Yo, que tenía que
salirme de la cocina de la cafetería cuando cortaban piezas de carne o ponían filetes
rojos y chorreantes en la parrilla.
La sangre pica cuando se te mete en los ojos. Y es viscosa, tanto que te dificulta
parpadear. Que pique tal vez no sea el único motivo por el que te haga llorar.
Siempre he tenido miedo de más cosas de las que soy capaz de recordar. Mi
madre (cuando yo era más pequeña, y aún reconocía algunas) me decía que ese era el
precio por tener una buena imaginación, y me sugería que dejara de leer Sabiduría de
la sangre (que ya pasaba de los treinta volúmenes) y que tal vez sería mejor quitar
Muerte inmortal y Bajo la fortaleza del infierno del estante superior por un tiempo.
No lo hice, pero tampoco me habría servido de nada si lo hubiera hecho. Leer libros
de miedo resulta extrañamente tranquilizador: la mayor parte del tiempo significa que
al menos otra persona (el escritor) ha imaginado cosas tan terribles como tú. Lo malo
es cuando al escritor se le ocurren algunas que ni se te habían pasado por la cabeza
aún.
Y yo que pensaba que ya era malo leer cosas que no se me habían ocurrido a mí
antes.
E incluso entonces había sabido que en ocasiones es peor que el escritor lo deje a
tu imaginación.
Dejé de usar la navaja. Descubrí que no tenía que hacerlo. Descubrí que podía
hacerlo con mis propias manos.
Sin embargo fue fundamentalmente gracias a Con que conseguimos avanzar. A
pesar de ir hasta arriba de protecciones y cubierta por aquella red dorada brillante,
seguía siendo humana, seguía siendo más lenta y débil que cualquier vampiro. Pero
tenía a Con. Y estaba protegida y cubierta por la red, y a los vampiros no les gustaba
vérselas conmigo. Preferían vérselas con Con, a pesar incluso de que podían ver
(gráficamente) lo que le había ocurrido al último vampiro o a los doce o veintisiete o
cuatro mil ocho vampiros que habían entablado combate con Con. Incluso aunque
llegáramos al final de todo aquello, ja, ja, y quisiéramos encontrar el camino de
regreso de aquel laberinto, no sería un hilo lo que tendríamos que seguir, sino un

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sendero pavimentado con partes de cuerpos muertos.
Tal vez pensaran que podrían agotar a Con o algo similar.
Yo acabé con unos pocos. Os pensaréis que cuando te cargas a algunos vampiros
te sientes como si estuvieras haciendo un servicio a la comunidad. Pues no. Ni
siquiera cuando no estallan. Por eso empecé a hacerlo con las manos. Descubrí que
no estallaban si metía los dedos bajo su esternón y apretaba.
Mi afinidad con los vampiros.
Perdí la cuenta. Era algo sangriento y macabro y lo odiaba, y hubiera estado
dispuesta a que me mataran aunque fuera para acabar con todo aquello, si alguien me
prometía por lo más sagrado que no me levantaría de nuevo. De ninguna manera.
Aún no estaba segura de los mecanismos de la transformación y me parecía que morir
en las circunstancias presentes probablemente no fuera el mejor modo para quedarme
quietita en mi tumba para la eternidad. Suponiendo que encontraran algo de mí que se
pudiera enterrar.
Me habría gustado rendirme. De verdad. Pero no podía. Al igual que no podía
quedarme en casa y esconderme bajo la cama, supongo. Tal vez fuera prometedor que
Con siguiera pegado a mí en aquel lugar. «Pegado» me parecía la expresión correcta
dadas las circunstancias. Cada vez que levantaba uno de mis zapatos empapados de
sangre se oía un ruido pegajoso.
Y luego se hizo el silencio, al menos salvo por el ruido que estaba haciendo yo.
Fundamentalmente mi respiración. Tal vez estuviera hasta balando un poquito.
Una de las cosas que habían ocurrido mientras nos abríamos paso por entre el
ejército de Bo era que había empezado a saber dónde estaba Con, al igual que sabía
dónde estaba mi mano derecha o mi pierna izquierda. Era un poco como desenvolver
algo de capas y capas de papel, o seguir una idea desde su desarrollo hasta el
desenlace. Tienes un pálpito de algo, de una forma o concepto, y este se va haciendo
más claro y fuerte hasta que sabes lo que es. Esto ocurrió mientras proseguían los
ocasionales gritos y ruidos de carne muerta, los intentos fallidos por matarme.
Comprendí que estaba loca, loca por seguir con vida, loca por hacer lo que estaba
haciendo para permanecer con vida, loca por intentar seguir viva. Esa conciencia de
Con era una extraña isla en un extraño océano.
La percepción de la presencia de Con, de su ubicación precisa, sin duda había
salvado mi vida en varias ocasiones durante aquella carnicería, si bien no había
ayudado a mi cordura. Pero eso significaba que cuando se hacía el silencio y sentía
que alguien (un vampiro) se acercaba sigiloso tras de mí, sabía que era Con.
Bueno, bueno, dijo una voz silente por un altavoz invisible. Esta reunión ha sido
mucho más divertida de lo que me esperaba.
Ni siquiera tuve que oír a Con bufar. No lo hizo, claro está. Los vampiros no
resoplan, ni a modo de mofa. Pero sabía, como Con sabía, que la voz estaba
mintiendo al decir «divertida».
También sabía quién era. Bo. El señor Beauregard. El tipo que nos había metido

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en todo aquello. El tipo por el que estábamos allí. Él o nosotros. Estaba casi segura de
que la cosa apenas acababa de empezar a ponerse «divertida», a pesar de que hasta el
momento nada había salido como Bo se había esperado. Y si bien los vampiros no se
cansaban, no exactamente, yo sabía que podían llegar al límite de sus fuerzas. Había
visto a Con así, en el lago. No sé cómo una noche desmembrando a tus iguales podía
equipararse a ser encadenado a la pared de una casa con una protección devorándote
el tobillo y el sol reptando por la ventana en tu busca día tras día, pero dudaba que
Con se estuviera sintiendo alegre y enérgico en esos momentos. Yo, desde luego, no.
Echaba en falta al enfermero de la sala de urgencias cuando te dice: «No tienes nada.
Vamos a darte un sedante y podrás irte a casa». Estaba tan cansada que mi visión en
la oscuridad estaba empezando a volver a molestarme, como unos zapatos nuevos que
aún no has domado y que has estado llevando demasiado tiempo. No podía distinguir
cuánto de lo que estaba viendo estaba sucediendo y cuánto era una mala pasada que
estaban jugándome mis ojos.
Miré a mi alrededor para intentar discernir qué estaba… vale, no viendo, pues
estábamos a oscuras allí, donde quiera que fuera aquello. ¿Cuándo habíamos llegado
allí? Habíamos comenzado en las calles de la No Ciudad, más o menos. Bueno, ya no
estábamos allí. Dado el… caos desatado… me alegraba de que no hubiera ningún
humano que pudiera toparse con nosotros. Intenté calmarme, volver a meterme en mi
piel… salvo que ya no quería estar en mi pellejo. No quería ser yo. No quería
conocerme.
Pero el cuerpo animal estaba haciendo caso omiso del cerebro consciente, del
cerebro que distinguía conceptos como «merece la pena» y «no merece la pena». Mi
bulbo raquídeo estaba resuelto a mantener mi cuerpo con vida, independientemente
de lo que dijera mi cerebelo. Durante un instante me dio la sensación de estar
flotando por encima de mí misma, contemplando aquella carnicería y a las dos
figuras que seguían en pie, Con y yo, pegados el uno al otro y mirando en la misma
dirección.
Cuando Bo volvió a hablar, mi mente y mi cuerpo se unieron abruptamente de
nuevo. Casi pude oír el ruido de las clavijas encajando en su sitio, atrapándome de
nuevo en mí misma. Tal vez me odiara y temiera a mí misma en esos momentos, pero
odiaba y temía más a Beauregard.
Bienvenidos, bienvenidos. Pasad. Las bienvenidas entre nosotros, Connie, han
sido un asunto de lo más curioso en los últimos años, ¿no es cierto? Me imagino que
no estarás demasiado sorprendido. Tal vez se lo hayas explicado a tu acompañante.
Eso espero, Connie. Habría sido de lo más descortés omitir esa explicación, en mi
opinión, y tú siempre has sido la cortesía personificada, ¿no es cierto? Tu pequeña
humana, Connie, es de lo más emprendedora. Lleva ya un tiempo metiendo las
narices por aquí. Me sorprende que hayas permitido que un humano haga, cómo
llamarlo, ¿el trabajo sucio? La experiencia por la que pasaste unos meses atrás ha
debido de resultarte más debilitadora de lo que creía. O tal vez más corruptora.

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Y yo que había pensado que la risa de Con era horrible. Me quedé en blanco
cuando Bo se rio, igual que cuando te das en la cabeza. No es una respuesta
voluntaria.
Tal vez debería haberme sentido insultada por estar siendo ignorada. No fue así.
No quería que me dijera nada. La mera experiencia (no voy a llamarlo sonido) de su
voz era como si me desollaran la piel, la piel que instantes antes no había querido
habitar. Se me pasó remotamente por la cabeza que si me sintiera algo más animada,
me resultaría curioso que Bo pareciera estar acusándome de ser una mala influencia.
Para un vampiro. Pero no me sentía así.
Oh, sí, estoy aquí, esperándoos. Venid. Después de todo, habéis trabajado duro
para llegar hasta aquí, ¿no es así? Sería una lástima desperdiciar tanto esfuerzo. Y
la verdad es que no me apetece dejaros ir sin que me presentéis vuestros respetos
personalmente. Sería de lo más descortés. ¿Y acaso no acabo de decir, Connie, que
tú eres la cortesía personificada?
La voz en sí me estaba despellejando viva. Lo que quedaba de mi mente y
voluntad se confundieron con el esfuerzo de seguir siendo yo misma. Lenta,
dolorosamente, moví mi mano derecha, me la metí en el bolsillo, y cerré mis dedos
doloridos y pegajosos sobre la navaja. Ya no quemaba, y la dolorosa presión de la voz
cesó un poco. Bajé los ojos y por entre la hedionda bazofia que manchaba mi
antebrazo pude ver el destello ocasional de la telaraña dorada.
Seguid caminando. Por favor.
Ese «favor» pareció durar una eternidad.
Seguir caminando era precisamente lo que estaba intentando evitar que
hiciéramos, a juzgar por el no sonido de su voz. Apreté la navaja hasta que pude
sentirla rechinar en mi palma y di un paso al frente. Lo mismo hizo Con. No me
cogió la mano, pero cuando avanzamos, su hombro rozó el mío. Supe entonces que
era importante no parecer estar en apuros. Con probablemente habría avanzado con
mayor rapidez sin mí, pero no lo hizo. Esperó. Así que levanté mi otro pie y di otro
paso. Y otro. Con avanzó a la par que yo, y a cada paso que dábamos, nos rozábamos
levemente el hombro o el brazo o la palma de la mano. Sentí cierto estremecimiento
en mi pecho, como si la cadena que pendía allí estuviera reorganizándose.
Debéis de estar cansados, dijo la voz. Camináis muy despacio.
Pero yo también lo oí. Estaba perdiendo su asalto, al igual que había perdido el
primero, porque no estábamos paralizados ni impotentes. Porque no estábamos
palideciendo bajo el azote de su voz.
Me pregunté cómo de fea se pondría la cosa si pronunciara mi nombre.
Resultó más sencillo conforme avanzábamos; él se había retirado, supongo, a
planear su siguiente movimiento. No nos metió prisa ninguno de sus adláteres ni
tampoco intentaron matarnos. Seguí con la mano en la navaja y sentí también el bulto
duro del sello contra mi otra pierna. La cadena era como si estuviera extendiéndose
sobre mi pecho cual escalador ansioso por subir una pendiente particularmente

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complicada. Fingí estar avanzando con valentía, lista para el siguiente desafío. Pero
había quedado herida por esa voz que era como una quemadura de ácido. Mi cuerpo
palpitaba, a pesar de los talismanes, a pesar de la red de luz. Cada paso
desencadenaba una ráfaga de dolor por todo mi cuerpo. Intenté no estremecerme,
pues eso solo empeoraría las cosas; y además (es patético, lo sé) no quería que Con
me despreciara. Cuando nuestros hombros se rozaron, sentí que me ayudaba, que me
ofrecía su fuerza. Me volví a olvidar de que era un vampiro, de que también tenía
miedo de él, de que odiaba lo que era capaz de hacer y lo que había hecho, esa noche,
de que lo odiaba por hacerme descubrir de lo que era capaz. También era todo lo que
tenía. Era mi aliado y si iba a decepcionarlo, que probablemente así sería, al menos
que no fuera porque había perdido el control.
La luminiscencia plateada que comenzó a envolvernos era una luz real, una luz a
la que el ojo humano podía responder. Pero no había nada allí que quisiera ver, que
no prefiriera fingir que no estaba viendo, o que mis neuronas humanas se
confundieran por aquello vampírico con lo que estaba infectada.
Nos hallábamos en una habitación enorme. Había tuberías de gran tamaño y
restos de andamios y maquinaria junto a las paredes y más por encima de nuestras
cabezas. Una especie de fábrica abandonada. La No Ciudad estaba llena de ellas. Esta
había sido renovada en cierto modo: el pálido baño de luz como de cenagal iluminaba
pomos y remaches, cuadrantes y artilugios que el ser humano no había inventado, y
mucho menos juntado. Me pregunté si tendrían algún propósito, o si tan solo eran un
telón de fondo, una fachada, la última versión vampírica de la fantasía febril de
castillos en ruinas y ataúdes llenos de tierra de Bram Stoker. Las bandas grandes o
importantes de vampiros siempre tenían un cuartel general, y los cuarteles generales
habitualmente disponían de comodidades para aquellas noches en las que deseaban
cambiar de plan y no salir a comer y preferían hacer una cena en casa. Ese lugar
estaría apropiadamente decorado para inspirar un mayor pánico y subida de
adrenalina a sus visitantes y se decía que la tecnodepravación había sido el estilo
decorativo preferido desde las guerras, aunque seguía siendo un misterio cómo
alguien lo había averiguado para colgarlo en la Globalnet. Stoker y sus ataúdes
habían sido siempre una tontería, pero los vampiros habían cogido prestada la idea
durante uno o dos siglos como puesta en escena porque funcionaba. La falta de capas
negras con ribetes escarlata y acentos curiosos esa noche no me hacía especialmente
feliz.
Supe al momento que tampoco me gustaba la tecnodepravación, pero tampoco me
habrían gustado mucho más los ataúdes llenos de tierra. De haber alguna sorpresa,
sería que no me quedaban ya energías para disgustarme nada.
Era mucho mejor sentir aversión por la decoración e intentar convencerte de que
no la estabas viendo. En el extremo final de aquella enorme sala había un estrado y en
este estaba Bo.
Sentí sus ojos en mí. «Mírame», decían. No fue una voz en esa ocasión, ni

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siquiera una coacción, como el tirón que, cual soga en mi cuello, había sentido antes.
No mirarlo a los ojos era como intentar que mi corazón dejara de latir. Pero no miré,
y mi corazón siguió latiendo.
El estrado era bastante elevado y en los escalones que daban a este había más
vampiros. Todos nos estaban observando con interés. Pude ver el brillo de sus ojos.
Me pregunté si a los vampiros les brillan realmente los ojos, o si tenía que ver con la
luz de cenagal o con mi visión en la oscuridad, o con el hecho de que me había vuelto
loca y no había dilucidado aún eso. Así que, bueno, todo apuntaba a que no iba a
tener mucho tiempo para dilucidarlo, pero por el momento seguía con vida y…
parecía ridículo incluso mientras lo pensaba, pero estaba enfadada. Mi vida se había
ido al garete por aquel repugnante monstruo no muerto. No tenía nada que perder.
Las mejores partes de los libros (y a veces también de la realidad) son protagonizadas
por gente que no tiene nada que perder y que por ello ya no mira a sus espaldas como
hacía antes. Pensé, con tristeza, que preferiría estar mirando a mis espaldas en busca
de una salida. Pero no era así. Estaba a punto de morir. Pero si pudiera llevarme a ese
Bo conmigo, habría merecido la pena.
Ese pensamiento prendió en mí, como cuando el sol se pone sobre el horizonte.
Sí, merecería la pena. Saqué la mano del bolsillo.
Ahora todo lo que tenía que hacer era «hacerlo».
Llegamos a los pies del estrado. Aquellos ojos seguían intentando tirar de mí.
Deliberada, consciente, voluntariamente, alcé la vista y los miré.
El monstruo ni siquiera hizo amago de cubrirse. Irónicamente, el recibimiento que
habíamos tenido por parte de su guardia me había hecho un favor; creo que si ya no
estuviera horrorizada más allá de mi capacidad, no habría sobrevivido al golpe inicial
de mirar a los ojos del amo. Tal vez fuera bueno que ya hubiera perdido mi alma, o
que ya estuviera medio fuera de mi cuerpo, de mi mente, de mi vida. Porque eso
significaba que no estaba allí para recibir toda la fuerza de la mirada de Bo.
Lo cierto es que era bastante malo igualmente. La destilación de cientos de años
de maldad refulgiendo en aquellos ojos, y su disfrute por el hecho de que yo estuviera
contemplándolo.
Pero él también esperaba que yo fuera a resquebrajarme, a desintegrarme, de
inmediato. Pensó que tan pronto como lo mirara a los ojos todo habría terminado.
Olvidad este detalle de que, al parecer, podía mirar a los ojos a los vampiros. A veces
pasaba (también lo vi en sus ojos, y pensé, ¿de veras? Recuérdalo. La parte de mí que
estaba deseando acabar muriendo dijo, ¿para qué?). Bo era un amo vampiro. Podía
destruir a vampiros con su mirada. Un simple humano acabaría hecho cenizas en
cuestión de segundos.
Oh, y sus ojos no tenían color. ¿Os había dicho ya eso? No había pensado en la
maldad como incolora, pero así era. Una vez superas la maldad ordinaria, quedas
desprovisto de color. La maldad es como una especie de olvido, tras haber destrozado
todo en el camino para llegar hasta allí.

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Ardí en llamas. Pero no las llamas que él se había esperado. La red de luz
refulgió, como un fusible de camino al detonador, la bomba, serpenteando por el
suelo: una lengua de fuego comenzó a arremolinarse en las palmas de mis manos.
Subió por mis brazos, lamiendo las líneas de la celosía, por mi pecho (la cadena se
prendió también) hasta mi cuero cabelludo. Noté cómo se me erizaba el pelo,
agitándose con el fuego, o tal vez se hubiera convertido en fuego; descendió por mi
espalda, mi estómago, mis piernas. La luz de aquel fusible estaba mirando a Bo a los
ojos.
Estaba ardiendo. Puse uno de mis pies en llamas en el primer peldaño del estrado
y lo subí. Seguí mirándolo a los ojos.
Sentí, más que ver, que los vampiros del estrado se estaban agrupando y
descendiendo hacia Con. No sé si me vieron arder en llamas o no; no sé si era el tipo
de llamas que todo el mundo, hasta los vampiros, veía. Si vieron que la red de luz se
prendía, presumiblemente pensarían que su amo me tenía y que se podían concentrar
en Con. Pero Bo me dio otro regalo, mientras yo subía los escalones del estrado hacia
él, al permitirme ver, fugazmente, en sus ojos, la base del estrado, a mi espalda. Vi
que los otros vampiros cerraban filas en torno a Con. Los vampiros situados
alrededor del estrado de Bo serían la élite, claro está, al igual que el comité de
bienvenida había sido carne de cañón; y, como os he dicho antes, no estoy segura de
que los vampiros se cansen, no exactamente, pero pueden llegar al límite de sus
fuerzas. Mientras ardía en llamas (también me pareció oír el rugido de estas) pensé en
que tal vez Con me hubiera dado más remanente de su fuerza de lo que había sido
consciente, para que yo pudiera llegar hasta allí. Más de lo que me podía dar.
Lo que significaba que tenía que…
Vi que uno de los vampiros se cernía sobre él mientras los demás lo
inmovilizaban, con la boca abierta, mostrando sus relucientes colmillos; hundió el
rostro en su garganta. Vi que Con se movía y retorcía, pero lo sujetaron con fuerza. Vi
que otro vampiro desabrochaba con delicadeza lo que quedaba de su camisa, le
palpaba el pecho…
Vi cómo sus dedos se colocaban debajo del esternón de Con para hacerse con su
corazón.
No puede decirse que fuera algo tan obvio y noble como una decisión pues, dado
que no podía hacer nada por él, lo mejor era que me pusiera a hacer lo que estaba
haciendo. Con moriría por una buena causa si yo podía rematar a Bo antes de morir
también. No era un choque de fuerzas entre Bo y yo, porque Bo seguía siendo el más
fuerte. Iba a detenerme antes de que yo lo alcanzara.
Estaba a dos pasos del trono donde Bo estaba sentado, y no podía avanzar más.
Pero no podía ver morir a Con. No podía.
Piensa en rollos de canela. Piensa en el obrador de la cafetería de Charlie.
Siente la masa bajo tus manos y el calor de los hornos. Piensa en Charlie bajando el
toldo, en mamá yendo al despacho y encendiendo el combox antes de quitarse el

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abrigo. Piensa en Mel en la cocina contigua. Piensa en Pat y Jesse sentados en su
mesa, comiéndose todo lo que Mary les pone delante; piensa en Mary sirviendo café
caliente.
Piensa en la señora Bialosky sentada en su mesa y en Maud sentada enfrente de
ella.
… Y durante un instante las vi, a la señora B y a Maud. Estaban cogidas de la
mano por encima de la mesa, y sus rostros parecían demacrados, ojerosos, cansados,
como si estuvieran aguardando a oír la noticia de la muerte de alguien. Noticias que
esperaban. Y cuando la señora B alzó la mirada, directamente hacia mí, como había
hecho el día que yo había estado observándola desde detrás de la barra, y Maud me
miró también, por encima de su hombro, como estaba haciendo la señora B., sus ojos
se cruzaron con los míos.
De pie tras ellas me pareció ver a Mel. Extendió sus brazos hacia mí y las llamas
saltaron de su piel, como si los tatuajes fueran una red de luz.
Di los últimos dos pasos. Estaba delante de Bo.
Pero no me atrevía a tocarlo, a intentar tocarlo. Ya os he dicho que «monstruo» se
quedaba corto para él. No había palabra posible para un vampiro de varios cientos de
años que ha cometido de manera incesante todo tipo de maldades imaginables hasta
tener que inventarse las no disponibles porque ha desgastado las demás. Su carne no
era tal; era como si rezumara algo viscoso que únicamente se mantenía unido por la
malicia. Su voz era una manifestación de la maldad, pues no tenía ni lengua ni
laringe; sus ojos eran la encarnación del mal; inmaculados de una manera en la que la
carne jamás lo sería.
Sabía que si lo tocaba, me recrearía en lo que él realmente era.
La cicatriz de mi pecho se abrió y mi sangre envenenada empezó a manar.
Paré. Dejé de intentarlo.
Pero Bo cometió un error. Se rio.
Metí la mano en el bolsillo izquierdo y saqué el talismán de la luz del día. No lo
miré, pero sentí cómo el diminuto sol giraba y refulgía, cómo el árbol agitaba sus
hojas (síiiii), y la cierva levantaba la cabeza, consciente de su propia muerte,
observando cómo se acercaba hacia ella. Sentí cómo se movía la línea de la barrera
de agua de sus extremos. Mientras Bo reía, lancé el talismán al repugnante agujero
que era su boca. Una tracería de fuego siguió a continuación, como una flecha con
una cuerda cruzando un abismo. El agujero-boca se cerró con un sonido succionador,
perceptible al oído. Lo que quedaba de él en el mundo real vaciló y se tornó de nuevo
vulnerable cuando la fuerza y la concentración de su voluntad flaquearon ante la
sorpresa.
Sorpresa y dolor. El fuego, mi fuego, le subió por el rostro; sus ojos.
No, no, no puedo decirlo.
Pero él llevaba tanto tiempo siendo fuerte y maligno y no muerto y yo tan poco
siendo humana y viva… Mi pequeño fuego titubeó y empezó a menguar. Su rostro se

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contorsionó: estaba a punto de hablar.
Ssssss.
¿Un siseo? Había oído a Con sisear, los vampiros lo hacían. El de la risa de trasgo
había siseado. Era un sonido horrible incluso para el más común de los vampiros,
aunque en el caso de Bo era mucho peor, como todo lo relacionado con él. Pero
¿acaso había sido un siseo? ¿O un intento por decir mi nombre?
Estaba de nuevo en el lago, donde todo había empezado. El sol brillaba fuera de
la casa. El agua chapaleaba en la orilla del lago. Por primera vez oí a mi árbol: Síiiii.
Tal vez hubiera habido entonces una cierva en el bosque, mirando por entre los
árboles a la casa, buscando un lugar donde poder dormitar hasta el atardecer.
—¡Beauregard! —grité—. ¡Yo te destruyo!
Y puse las manos en el lodazal que era su pecho y le arranqué el corazón.

El cielo estaba cayendo. Ah. Vale. Los cielos no caen, entonces estaba muerta. En
cierto modo me lo esperaba. Me sentía bastante bien, de verdad. Aliviada.
¿Significaba eso que lo había logrado? ¿Logrado el qué? Había algo que estaba
desesperada por conseguir antes de la última vez que… no podía recordarlo.
Sunshine.
¿Por qué no me dejas en paz? Hay mucho ruido. No debería poder oír a nadie
llamándome. Así que no estoy oyendo a nadie diciendo mi nombre. Así que vete,
maldita sea. No quiero estar aquí, temblando en este cuerpo contaminado. Mis
manos… mis manos… tocaron… No lo recordaré.
Aún no estoy muerta, pensé, pero estoy muriéndome. Bien. No quiero pasarme el
resto de mi vida tratando de no recordar.
Confié en haber hecho lo que fuera que quisiera hacer en primer lugar.
Tal vez pudiera volver atrás lo suficiente como para recordarlo.
Sunshine.
Con, a gatas, se inclinó sobre mí. El suelo se estremecía bajo nosotros y había
muchas… cosas… volando y cayendo a nuestro alrededor. No era un buen sitio en el
que estar, a menos que te estuvieras muriendo, como era el caso. Con, quise decirle,
no te preocupes. Deja que uno de esos cachos voladores de lo que sea rematen la
faena. Estoy cansada y no quiero seguir aquí. Mis manos…
—Sunshine —dijo de nuevo—. Tenemos que salir de aquí. Escúchame. Has
acabado con Bo; no puede rehacerse. Lo has logrado. Esta es tu victoria. Pero queda
mucho de él, de su alma, liberada por la destrucción final de su cuerpo. Este lugar
está haciéndose pedazos. No puedo llevarte para salir de aquí. Sunshine, escúchame.
Estaba perdiendo de nuevo la conciencia. Me detuve, fugazmente atrapada por la
voz de Con. Sonaba realmente… emocional. Quise reírme, pero no tenía fuerzas.
Empecé a hundirme de nuevo en la inconsciencia.
Sentí cómo me levantaba. Quise forcejear. Déjame en paz. Pero no tenía fuerzas

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para eso tampoco. Me cogió contra sí, rodeándome con un brazo y con el otro me
sujetaba la cabeza, atrayéndola hacia su cuerpo…
Sangre. Sangre en mi boca.
De nuevo.
No.
Quise resistirme. De veras que sí. Podía no haber tragado. Podía haberla escupido
fuera de mi boca. La sangre de Con. Esa vez no era la sangre de una cierva, matada
para mí, asesinada porque era como yo, más como yo de lo que era un vampiro.
Menos como yo que un vampiro, quizá, por el hecho de que había muerto, por el
hecho de que su hasta hacía poco sangre caliente me había salvado la vida. Eso había
sido hacía mucho tiempo. Esa vez no había sabido lo que ocurría. Pero ahora sí. Era
la sangre de Con. La sangre del corazón de un vampiro.
¿Cuándo había cruzado la irrevocable línea? ¿Cuando había conducido hasta el
lago, cuando me había guardado la navaja en el sujetador, cuando la había
transformado en una llave, cuando había abierto mi grillete, cuando había liberado a
Con?
¿Cuando lo había llevado bajo la luz del día y había conseguido que no se
quemara?
¿Cuando él me había salvado la vida con la muerte de una cierva?
¿Cuando había descubierto que podía destruir a un vampiro con mis propias
manos?
¿Cuando había acabado con Bo con esas manos?
¿O cuando había aceptado vivir al beber la sangre del corazón de Con?
No sé qué ocurrió a los pies del estrado, cuando la tropa de élite de Bo cercó a
Con mientras yo subía los peldaños. No sé si lo que vi fue un espejismo cortesía de
Bo para confundirme y debilitarme, o si parte de eso ocurrió de verdad. Preferiría
pensar que parte de aquello sí ocurrió. Que la herida en su pecho ya estaba allí
cuando pegó mi boca a ella. Aquella no era una herida superficial, no era un corte
hecho por un filo pequeño. No quería pensar en él hundiendo sus dedos, rasgando su
propia…
Levanté la cabeza con un grito ahogado e intenté ponerme en pie. Él se irguió a
mi lado: aún con esa fluidez vampírica, incluso después de todo lo que había pasado.
Incluso con esa herida en el pecho.
Me cogió la mano de nuevo y echamos a correr.
Se requiere de cierta coordinación para correr con alguien de la mano, pero si lo
logras, cada vez que las manos unidas se balanceen hacia delante, se consigue un
empuje extra para esa zancada. En parte era por el cóctel vampírico que acababa de
ingerir; recorrió mi cuerpo, dándome una fuerza que sabía que no me pertenecía, que
no debería pertenecerme, que no debería dejar que siguiera resistiéndome. Debía
correr, usar mis manos envenenadas. Aferrada como estaba a su mano, o tal vez él a
la mía, quería dejar de pensar en lo que mis manos habían hecho hacía poco.

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¿Habría sido mejor morir?
Habían pasado demasiadas cosas desde mi último atardecer. Tal vez Con
estuviera en lo cierto en eso de que no se me podía convertir, y que no sería la luz del
día lo que me matase, pero el roce del mundo real sí, independientemente de lo que el
sol estuviera haciendo.
Echaba en falta el calor del sello contra mi pierna. La cadena iba de un lado a otro
de mi pecho conforme yo corría, pero lenta, aletargada, repentinamente pesada por la
sangre densa y venenosa de la cicatriz reabierta.
Mi yo sol, mi yo árbol, mi yo cierva. ¿Acaso no superaban al yo oscuro?
Ya no.
Corrimos y un viento propio del fin del mundo ululó a nuestro alrededor, y
enormes fragmentos de maquinaria se elevaron de nuevo para a continuación
precipitarse como pequeños trozos de papel. Creo que el techo estaba combándose
también. Me costaba diferenciarlo. No había rastro que seguir, ni restos de vampiros
desmembrados o demás. No sé cómo Con sabía hacia dónde correr, pero parecía
saberlo, y yo corría porque él corría, porque parecía lo más adecuado cuando trozos
voladores de metal del tamaño de microbuses rasgan el aire a tu alrededor, incluso
aunque supongo que es tan probable precipitarse al lugar equivocado en el momento
equivocado como demorarse en el lugar equivocado en el momento equivocado si te
mueves más lentamente.
Por el momento, mientras corríamos, yo parecía comprometida con la idea de
intentar permanecer con vida.
Entonces vi que corríamos por algo que se asemejaba a un pasillo, hacia algo que
parecían unas puertas giratorias. Extendimos nuestras manos unidas para empujar y,
milagrosamente, las puertas se movieron, como hacen las puertas normales en el
mundo real. Estábamos fuera, en la No Ciudad, bajo el cielo de la noche, respirando
aire de verdad.
Tal vez no me hubiera dado tiempo a morir al haber regresado a la carrera al
mundo real. O tal vez estaba demasiado sorprendida.
Fuimos directos a los brazos de una división de las FEAO.

En cierto modo tuve suerte: me reconocieron casi al momento. Estaba histérica. Sin
lugar a dudas había sido demasiado, y cuando esos tres tíos me agarraron la tomé con
uno de ellos hasta que los otros dos consiguieron inmovilizarme con una cuerda
especial de las FEAO. No podía soportar el roce de… bueno, de su piel, contra la
mía, especialmente en mis manos, así que me alegro de que tuvieran una cuerda
preparada para inmovilizarme en vez de hacer lo de tirarme al suelo para sujetarme
las manos a la espalda. La cuerda debería haberme detenido, pero tenía tal subidón de
adrenalina, o de sangre oscura, o la fuerza restante de la que la red de luz había hecho
acopio, o de veneno, o de lo que queráis, que me retorcí como alguien presa de un

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ataque durante un minuto o dos hasta que paré. Para entonces oí una voz casi familiar
que dijo:
—Esperen, ¿no es esa… Rae, de la cafetería de Charlie? Sí, es…
Aquello había que atribuírselo al adiestramiento de las FEAO. Una tarada
cubierta de sangre sale corriendo de la nada, intenta lisiar a uno de tus compañeros y
a continuación se pone histérica y ese tipo tiene la cabeza lo suficientemente fría
como para hacer una identificación. Y luego una voz completamente familiar, de
alguien que en esos momentos estaba arrodillado a mi lado mientras yo resollaba, me
dijo:
—Sunshine. Sunshine. ¿Puedes oírme?
Podía. A duras penas. Su voz sonaba como si tuviera un filtro, o a través de una
conexión telefónica penosa. No creo que fuera el caso, pero podría ser.
La persona que estaba diciendo: «Sunshine, ¿puedes oírme?» era Pat.
Asentí. No estaba preparada para intentar decir algo. No estoy segura de que se te
vea asentir con la cabeza cuando estás inmovilizada, pero Pat lo vio.
—Puedo soltarte si prometes… si ya estás bien.
Lo medité. Estaba en el suelo. Una buena cuerda evita que te hagas daño así como
que se lo hagas a los demás, y no me parecía estar mucho peor que antes de que los
agentes de las FEAO me agarraran. Y sujeta con una cuerda no tienes responsabilidad
alguna. ¿Quería que me soltaran?
Dioses y ángeles, ¿qué estaba ocurriendo con Con? Las FEAO me conocían, tal
vez hasta me escucharan. No le haría ningún bien a Con actuando como una tarada y
empezando a echar espuma por la boca. Tampoco podía permitirme morir. Primero
tenía que sacarlo de esta. Si es que no le habían clavado ya una estaca. Las prisas se
apoderaron de mí e intenté unir los trozos desperdigados de mi personalidad y mi
voluntad de nuevo.
Dije con toda la calma que pude:
—Sí. Vale. Estoy un poco… mareada.
Pat me dio una palmadita en el hombro y luego me quitó la cuerda. Fue a agarrar
mi brazo para ayudarme a levantarme, pero me estremecí y le dije:
—Por favor, no me toques.
Asintió, pero pude ver que estaba preocupado (con mis pintas tenía que preocupar
a cualquiera) y por la forma en que el pequeño círculo de FEAO se movía a nuestro
alrededor, parecían listos para abalanzarse sobre mí a la primera señal de nuevos
problemas.
Me giré lentamente: estaba mareada y no quería alarmar a nadie y que hicieran
algo de lo que luego me arrepintiera. Busqué a Con. Aparentemente él se había
tomado mejor nuestra captura. Estaba de pie, observándome. Le habían esposado.
Esposado. No se esposa a un vampiro. Bueno, hay esposas para vampiros, pero esas
eran normales y corrientes. Desde donde yo estaba no me pareció ver ningún signo de
protección en ellas. Un vampiro podía partir unas esposas normales como un humano

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podría partir un donut.
Por lo general no miento bien. Lo que quiera que esté pensando se me ve en la
cara. Confié en que mi cara no dijera: «Estúpidos, le acabáis de poner esposas a un
vampiro». Confié en parecer únicamente confundida y aturdida. De veras me sentía
así.
—¿Estás bien? —acerté a decir.
Con asintió. Tenía una pinta un tanto peculiar, pero toda esa noche había sido
peculiar.
—¿Es amigo tuyo? —preguntó Pat con neutralidad.
Asentí. Tenían que habernos visto correr…
Me volví para mirar desde qué, desde dónde, habíamos corrido. Ya me había
percatado de que estábamos en la No Ciudad.
Estábamos en lo que quedaba de alguna zona de la No Ciudad. Todo a nuestro
alrededor parecía estar hecho pedazos. Las puertas que habíamos atravesado
pertenecían a un edificio que concluía en una pared diagonal, derruida e irregular, de
unos dos metros cincuenta de altura sobre las puertas en su punto más bajo; no tenía
tejado. Ninguno de los edificios a cada lado de este tenía tejado tampoco. Uno de
ellos aún tenía parte de la fachada en pie, que era casi tan alta como yo; el otro tenía
un trozo de pared lateral aún de una pieza. Una pieza no muy grande.
Me volví hacia Pat.
—¿Qué ha ocurrido?
Pat casi sonrió.
—Esperaba que tú me lo pudieras decir. Dado que… bueno, que estás aquí. Nos
informaron de que estaban lloviendo… esto… partes de un cuerpo, en la No Ciudad.
Algunos de los fiesteros se asustaron. Enviamos a una patrulla a que echara un
vistazo y nos solicitaron ayuda por radio antes siquiera de llegar. Para cuando
llegamos, también llovían trozos de edificios. Y más partes de un cuerpo. Las partes
de ese cuerpo parecen pertenecer a un vampiro. Exvampiro, podríamos decir. Las que
hemos podido ver más de cerca.
Asentí. Miré de nuevo a Con. Mi cerebro estaba poco a poco empezando a
funcionar. Supe entonces que el motivo por el que Con me parecía peculiar era
porque se estaba haciendo pasar por humano. No me preguntéis cómo lo estaba
haciendo. Pero los agentes de las FEAO pensaban que era humano.
—También puedo quitarle las esposas a tu amigo, si me dices que lo conoces —
dijo Pat, en esa ocasión con demasiada neutralidad—. Se puso un poco nervioso
cuando tú, bueno…
—Cuando perdí la cabeza —añadí—. Lo siento.
Pat me miró. Vi cómo procesaba que, a juzgar por mi apariencia, tenía motivos
para estar al borde de la crisis nerviosa. Apartó la vista de nuevo y asintió, y alguien
dio un paso al frente y soltó a Con. Este se unió a Pat y a mí. El círculo de FEAO se
rehízo de manera discreta para seguir manteniéndonos bajo vigilancia. Pat, el

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domador de leones, dentro, con los leones. Con se movía con cierta rigidez, como un
hombre que había tenido una noche dura. O como un vampiro intentándose pasar por
humano.
Tenía mucho mejor aspecto del que había tenido la tarde que habíamos huido del
lago. No era alguien a quien quisieras llevar a casa para que conociera a tu familia,
pero no parecía tampoco un drogadicto tarado. O un vampiro. Yo tampoco tenía unas
pintas como para ir a casa de nadie a conocer a su familia. Los dos estábamos
magullados, con la ropa hecha jirones, saturados de sangre y llenos de mugre, y mi
nariz estaba tan entumecida como el resto de mi ser, pero me imaginaba que
apestábamos. Con tenía la camisa negra tan pegada al cuerpo que no podía verle la
herida del pecho. Si es que seguía allí. A mí me dolía el pecho, y me ardía, pero si
seguía sangrando, ya no lo hacía tanto como antes.
Me crucé de brazos, pero con los codos por delante del cuerpo para que las manos
me cayeran inertes a ambos lados, sin tocar nada. No recordaba más de lo que había
ocurrido que lo necesario, pero sabía que algo les ocurría a mis manos.
Me pregunté dónde habría aprendido Con a hacerse pasar por humano. ¿Acaso
era parte de lo que yo le había dado la noche en que él me había dado la capacidad de
ver en la oscuridad? ¿O se estaba fijando en nuestros carceleros? Tampoco es que
nadie hubiera dicho que lo fueran. Aún. No quería decir nada del tipo, «¿Podemos
irnos ya a casa?». Además, no sabía si quería ir a casa. No sabía si quería hacer nada.
El pulso me retumbaba en las manos.
Se oyó el leve zumbido de la radio de alguien: la de Pat. Vi que su expresión se
tornaba más sombría, y ya lo estaba bastante antes.
—Sí, vale. No, creo que las cosas van a estar tranquilas ya. Sí, dejaré a algunos
para que controlen la zona y envíen a todo el personal de limpieza que puedan
encontrar. Sí. —Me miró—. La directora ejecutiva adjunta Jain quiere interrogarte.
Se me bajó el corazón a los pies. La Diosa del Dolor. Y no se suele interrogar a
civiles.
—Tú y el señor… —Pat se dirigió con cortesía a Con.
—Connor —respondió Con.
—Señor Connor. Usted y Sunshine pueden venir en mi coche y así Sunshine
podrá hablarle un poco de nuestra directora ejecutiva adjunta.
Casi conseguí sonreír. La intrusiva presencia de la Diosa había puesto a Pat de
nuestro lado. Supuse que lo necesitaríamos allí. La sonrisa se esfumó, dando paso a
un cansancio gélido.

Pat hizo todo lo que pudo por nosotros. La Diosa no iba a esperar a que nos diéramos
una ducha, qué decir de comer y dormir algo (me habría gustado ver a Con con uno
de esos pijamas de color caqui). Pat habló por radio antes de llegar y cuando
llegamos, Theo y John nos recibieron con mantas y té (me pregunté quién limpiaría el

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interior del coche). También nos ofrecieron la oportunidad de hacer un pis. Qué
magnánimos. Acepté. Con no. ¿Hacen pis los vampiros? Cuando huimos del lago
había sido distinto, porque llevaba mucho tiempo bebiendo y comiendo en pequeñas
cantidades. Vale, ¿tienen sistema digestivo? Tal vez todo vaya directamente a… Da
igual. Al menos pude lavarme las manos, aunque sentí que el jabón apenas tenía
efecto sobre todo aquello que necesitaba frotar con ahínco. Me limpié la cara con una
toalla de papel, así que mis manos no tocaron nada salvo papel.
Con vaciló algo más de un segundo cuando le ofrecieron té o café, y escogió el té.
Se tapó con la manta. Era amarilla y eso no ayudaba a su complexión. Resultaba
imponente como vampiro, pero desagradable como humano. Y en esa fealdad había
algo amenazador, pero no sabía por qué. Leí una vez un estudio respecto a si la gente
atractiva o fea resultaba más o menos imponente. Por lo general cuanto más feo,
menos impresionabas, hasta alcanzar el nadir de una fealdad que te volvía de lo más
impresionante. Creo que Con no llegaba al nadir. Por poco. También era más bajo
como humano. No lo comprendía muy bien. Pero era conveniente de cara a la Diosa,
que lo infravaloraría. Probablemente ese detalle hasta le salvara la vida. Aunque no
estaba segura de cómo me sentía respecto al hecho de que hubiera salvado mi vida en
repetidas ocasiones. Mis pensamientos eran lentos, poco claros, y se agolpaban. Tuve
que agarrar la taza de té con las manos para beber, pero mantuve los dedos lejos del
borde, allí donde la tocarían mis labios. Nos ofrecieron comida, pero la rechacé.
Serían sándwiches, algo que tendría que tocar con las manos. Y que yo no quisiera
comida hizo que el que Con tampoco quisiera pareciera menos raro, quizá.
Cuando Pat nos llevó al despacho de la Diosa, éramos siete en total. Pat, Con y
yo, Theo y John y dos personas que no conocía más allá de verlos de tanto en tanto en
la cafetería: Kate y Mike. La Diosa quiso despacharlos a todos salvo a Con y a mí
(tenía a su propia gente presente, claro está), pero Pat, con toda la formalidad de que
fue capaz, se negó a marcharse y empezó a soltar de memoria alguna directiva o
similar. Le había oído solicitar la normativa de las FEAO y ojearla en el tiempo
transcurrido entre el trayecto en coche y el despacho de la Diosa, pero en ese
momento no le había dado ninguna importancia. Ahora, Pat estaba intentando
demostrar que, puesto que nos había echado el guante en el transcurso de una acción
de campo, era responsable de nosotros, incluso en presencia de un oficial superior,
porque era un especialista de campo y ella no, y la situación no era segura.
Punto para Pat. Pero el rictus de los labios de la Diosa se tensó y apretó la boca. Y
todos íbamos a pagar por ello.
Fue principalmente a por Con. ¿Porque sabía que había algo raro en él? ¿O
porque era al único que no conocía? Si es que no lo había hecho ya antes de que me
cargara el sistema informático del cuartel general, ahora sí que me abriría un
expediente, un pensamiento nada agradable, especialmente por la presunción de que
iría ganando grosor conforme su interés en mí creciera. Me pregunté si Yolande
podría crear una protección contra las técnicas de recopilación de información de las

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FEAO. Una protección que no se desvelara a sí misma como tal, que solamente me
hiciera parecer aburrida. Porque mi imagen de normalidad quedaría herida de
gravedad esa noche. Nadie (y mucho menos Pat o la Diosa) iba a tragarse ya mi
historia de que se me habían fundido los fusibles la noche en que me había cargado
su sistema informático.
Pero ahí seguía yo, haciendo planes una vez más como si tuviera futuro, y sobre
eso aún no había nada decidido. El futuro sería complicado sin unas manos que poder
utilizar, y la vieja herida de mi pecho… Pero quería sacar a Con de allí. Luego su
futuro sería cosa suya.
Había más voces. La voz de la Diosa me levantaba dolor de cabeza. Tenía que
escuchar, que prestar atención, y tenía que pensar, ser cuidadosa, estar lista… alerta…
alerta… El esfuerzo estaba haciendo que me desintegrara de nuevo… Estaba
divagando, era mucho más fácil divagar…
—¿Cuál es su apellido? —preguntó la Diosa.
—Connor —respondió Con.
—¿Nombre?
—Malcolm.
—¿Y vive en?
Acababa de regresar al presente en ese punto y no había decidido aún si me iba a
quedar. Prefería pensar que no.
—¿Su dirección?
—Tengo alquilada una casa junto al lago.
Oí cómo todos contenían la respiración, salvo Con y yo.
—Nadie vive ya junto al lago —dijo la Diosa, como si lo hubiera pillado en una
mentira.
Con se encogió levemente de hombros.
—Yo sí: mi alquiler es muy razonable, y me gusta la soledad.
Hubo una breve pausa. Era cierto que ya nadie vivía junto al lago, pero no había
ningún buen motivo para no hacerlo. Había focos del mal, pero también los había en
otras partes, y también había focos perfectamente buenos junto al lago. La Diosa tal
vez pensara que ningún humano podía soportar vivir en un lago encantado, pero no
podría acusarlo de parcial no inscrito o de ser un Otro ilegal por ello. Mucho menos
de ser un vampiro. Y mi pequeño problema de hacía cinco meses había sido el
primero de ese tipo en años. La elección de Con de ese emplazamiento lo traería a
colación, claro, pero no había forma alguna de que mi presencia en medio de lo que
quiera que hubiera ocurrido esa noche fuera a situarlo de nuevo en el centro de
atención de todos. Tal vez Con tuviera un plan. Que era bastante más de lo que yo
tenía. Quería frotarme mi dolorida cabeza, pero no quería usar las manos.
—¿Quién es tu arrendador?
—No lo conozco. Envío el alquiler a un código postal en Raidance. El pago se
acordó a través de un agente inmobiliario.

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—¿Qué agente?
—No recuerdo el nombre. Tengo los documentos en casa.
—¿Podría traerlos?
—Sí.
—¿Qué le trajo a esta zona?
—Su belleza natural.
Eso la detuvo un instante. No era una persona amante de los árboles y las puestas
de sol. Me pregunté distraída dónde viviría. No tenía pinta tampoco de vivir en la
zona cara del centro. Tampoco la veía en el poco ortodoxo casco antiguo. Ni
rehabilitando una de las casas de Whiteout. No la veía como una persona con vida.
Me la imaginé pasando sus horas libres doblada en un cajón. Si es que tenía horas
libres.
—¿A qué se dedica?
—Tengo la suerte de no tener que trabajar para vivir.
Eso la sorprendió. Bueno, no había sido encontrado en circunstancias que dieran a
entender que era rico, pero en la mirada de la Diosa del Dolor pude ver su deleite por
cómo aquel personaje ya sospechoso se le revelaba como un parásito de la sociedad.
Un mosquito o liquen o algo que succionara la sangre. Ja, ja.
—¿Y entonces, cómo se mantiene?
—Mi padre me dejó una buena herencia.
—¿Y su padre era?
—Comerciaba con objetos raros y valiosos.
La Diosa parecía confiar en tenerlo, o en hacerlo pronto.
—¿Qué tipo de objetos raros y valiosos?
Con se encogió de nuevo de hombros.
—Todo aquello que pudiera comprar y vender. Joyería, baratijas, figuritas. Cosas
pequeñas en su mayoría. En ocasiones pinturas, esculturas, mobiliario de mayor
tamaño. Era muy bueno en ello.
Pensé en su hogar en la tierra, y me pregunté si estaba confiriendo a su amo el rol
de padre humano. Me pregunté si su hogar en la tierra estaba cerca del lago. Me
pregunté si los vampiros también creían que las mentiras más cercanas a la verdad
eran las mejores, porque así era más fácil recordar después lo que habías dicho. Me
pregunté si los vampiros se encogían de hombros, o si era otro intento de parecer
verosímil, como tener un padre. Lo estaba haciendo muy bien.
El interrogatorio prosiguió. Me pregunté cuánto sabría Con de las leyes humanas;
podía protestar por estar siendo retenido sin motivo; podía negarse a declarar. Tal vez
no quisiera. Tal vez hacerse pasar por humano fuera esfuerzo suficiente, y no iba a
jugársela. Tal vez le diera igual. Sin duda eso era lo que parecía. Me dije a mí misma
que era un vampiro, y los vampiros no dan la impresión de tener interés por las cosas,
incluso quizá cuando están fingiendo ser humanos.
No se me pasó por la cabeza que yo sí que podía protestar por estar retenida sin

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explicación alguna. No quería alentarlos a que se les ocurrieran motivos para hacerlo.
Me daba en la nariz que ya tenían bastantes y buenas opciones.
Pero con una repentina y fría saturación de miedo a la antidesintegración me
pregunté qué hora sería. ¿Cuánto tiempo habíamos estado «ocupados» con Bo y su
banda? Era noche cerrada cuando habíamos salido por esas puertas a los brazos de los
agentes de las FEAO, que de manera presumiblemente involuntaria nos aguardaban,
pero ¿qué tramo de la noche era «noche cerrada»? ¿Y cuánto tiempo llevábamos allí?
¿Cuándo amanecía?
Cuando la Diosa empezó a hacerme preguntas, tuve que recorrer un largo camino
de vuelta para centrarme en sus palabras, para intentar responder. Estaba demasiado
alterada para estar asustada, si bien al mismo tiempo estaba demasiado alterada como
para sentirme de otra manera que no fuera asustada: tenía que poder pensar en una
historia que contarle, ya que no podía contarle la verdad. En teoría tenía mucho
menos que perder que Con, pero no lo sentía así. Es decir, todo lo que había hecho
era acabar con algunos vampiros. Tal vez no lo hubiera hecho siguiendo los canales
adecuados, pero dar caza a vampiros siempre es un plus. Debería ponerme una
medalla. Pero no creía que fuera a hacerlo.
Vigila tu espalda, Sunshine.
Cuando Con y yo habíamos planeado nuestra confrontación con Bo, no habíamos
pensado en lo que pasaría después. Bueno, tal vez él sí, pero si así había sido, no me
había hecho partícipe de ello. No era muy hablador. Además, después de lo de Bo,
dando por hecho que iba a haber un después, nuestro motivo para ser aliados había
concluido; probablemente no hubiera pensado que tuviéramos que hablar de nada.
Yo desde luego que no había pensado en ninguna coartada. ¿Quién investiga la
exterminación de vampiros? Si escapábamos, habríamos escapado y acabado con
todo aquello. Claro que no habíamos planeado reventar la No Ciudad.
Ese pensamiento volvió a mi cabeza: después de Bo, si es que había un después,
no había motivo para que Con y yo tuviéramos nada que ver el uno con el otro.
La Diosa me estaba hablando.
Sí, el señor Connor y yo nos conocimos cinco meses atrás, durante mi… nuestra
reclusión involuntaria en el lago. No, no lo había mencionado con anterioridad. Sí,
quizá debería haberlo hecho: pero en ese momento quería olvidarlo todo y no
imaginaba que lo volvería a ver. No, nuestra reunión de esta noche no estaba
planeada, pero sin duda había tenido que ver con nuestra reclusión por parte del
vampiro del que habíamos escapado esos meses atrás.
Con aplastante desdén, la Diosa dijo:
—Las personas no escapan de los vampiros.
Yo tuve un gran momento entonces. Le dije que el vampiro debía de haber
planeado que escapáramos porque quería atraparnos de nuevo después, cuando nos
creyéramos a salvo.
Incluso la Diosa tuvo que parar. No creía que a los vampiros les gustara jugar al

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gato y al ratón con sus víctimas hasta el punto de dejarlos sueltos durante meses antes
de plantarles la pata encima, pero los vampiros son indiscutiblemente impredecibles.
Y tal vez no desentonara con mi manía de reventar los sistemas informáticos.
—Entonces —dijo entre dientes— ¿cómo explica que hayan escapado esta vez?
—Con todos los respetos, señora —dijo Pat en tono solemne, para nada su estilo
—. Obviamente se trata de una guerra entre bandas de chupasangres. Ellos dos
estaban en el momento y lugar equivocados. Tal vez eso explique cómo lograron
escapar la última vez; una trampa, quizá.
—¿Y por qué no sabemos nada de una guerra entre bandas lo suficientemente
importante como para arrasar una tercera parte de la No Ciudad? —gritó la Diosa.
—No lo sé —dijo Pat—, pero vamos a averiguarlo.
Las siguientes preguntas de la Diosa dirigidas a mí fueron extremadamente
moderadas.
No. No podía recordar cómo había (habíamos) escapado, cinco meses atrás. Ni
siquiera recordaba que hubiésemos escapado. Toda aquella experiencia estaba
demasiado borrosa en mi memoria. Sin duda era por la conmoción. Pregúntele a Pat.
Le conté todo lo que recordaba. Supongo que ahora recordaba menos todavía.
No le preguntó a Pat. Había leído el expediente.
No mencionó la otra noche y las circunstancias en las que nos habíamos conocido
la primera vez. Debería habérmelo tomado como una tregua. No fue así.
Se volvió hacia Con. ¿Qué recordaba de los dos días que había pasado
encadenado en la casa junto al lago? ¿O quizá habían sido más de dos días en su
caso?
No, él tampoco lo recordaba demasiado bien. Creía que bien podían haber sido
más de dos días. Creía recordar que a la chica la habían llevado después que a él.
Había estado haciendo senderismo y tenía pensado pasar un tiempo fuera de casa de
todas maneras. No, no recordaba bien cuánto tiempo había estado desaparecido.
Habían transcurrido varios días hasta que había regresado, algo aturdido. Vivía solo y
tenía, gracias al legado de su padre, pocas responsabilidades. Nadie lo había echado
en falta. No había contactado con nadie tras su terrible experiencia. No, se disculpó,
tampoco se le había ocurrido informar a las FEAO. Era consciente de que debería
haberlo hecho. Estaría encantado de declarar ahora, sí, pero tampoco había mucho
que decir. Recordaba tan poco. No, no se le habían quitado las ganas de vivir junto al
lago. Vivía en una parte distinta del lago.
—¿Y eso dónde estaba?
—En la zona sudoeste.
—Cerca de la No Ciudad.
—No muy cerca.
La Diosa lo dejó pasar, tal vez porque era verdad. Pero luego empezó con los
acontecimientos de esa noche. Con lo lamentaba mucho, pero tampoco lo recordaba
con mucha claridad. El notorio encanto de los vampiros, sugirió, lo había confundido.

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Tenía que recordar algo.
Recordaba estar junto a la puerta de su casa, aspirando el aire del otoño y
observando la puesta del sol.
Tenía que recordar algo más que eso.
Con paró de hablar y puso gesto pensativo. Lo hizo muy bien: comedido pero
obvio. Como el tono de su voz: no inescrutable como la voz de un vampiro, sino
como la de un varón humano muy reservado. Reticente en vez de no muerto. Podía
tener un gran futuro en el teatro, siempre y cuando no le pidieran hacer matinés.
Recordaba una gran confusión, y miedo, y dolor, y… eh… sangre. Se tocó el pelo
tieso de la sangre a modo de disculpa. Y explosiones. En cierto momento descubrió a
la señorita Seddon con él entre el… tumulto. No recordaba que hubiera ningún otro
humano más presente, pero tampoco había estado buscándolos. Sí había estado
buscando una salida, al igual que la señorita Seddon. Naturalmente.
Con cerró los ojos momentáneamente en ese punto. Me entraron ganas de decirle
que no exagerara.
—Naturalmente —dijo con sequedad la Diosa—. Señor Connor, parece estar
tomándose todo ese tumulto, como usted lo ha llamado, con mucha calma.
Con extendió las manos y sonrió levemente. Sonrió. De verdad.
—Ya ha acabado —dijo—. ¿Qué quiere que haga?
—¡Decirme la verdad! —gritó ella.
Di un bote en la silla. No la había estado mirando. Había estado observando a
Con y a la persiana. Me costaba ver; la persiana estaba cerrada y el cristal blindado
tras ella atenuaría toda luz que intentara filtrarse, y el despacho de la Diosa estaba
fuertemente iluminado. Pero estaba segura de que el cristal de las ventanas eran de un
gris más pálido de lo que habían estado cuando entramos.
Miré a la Diosa. Intenté observar las sombras cegadoras de su rostro, pero estaba
muy cansada, y las sombras tenían varias capas de grosor. No pude ver nada a través
de ellas salvo más sombras. La cabeza me palpitaba.
Pero sí podía verle los ojos. No me gustaba lo que veía. Ella no podía intuir nada,
¿verdad? No podía.
¿Qué había en los archivos secretos de las FEAO? ¿Datos sobre vampiros?
¿Alianzas entre humanos y vampiros?
Vigila tu espalda, Sunshine.
¿Por qué estaría vigilándome? ¿Qué había en mi expediente que había llamado su
atención? ¿Algo lo suficientemente importante como para colocarme un buscador?
¿Algo que había averiguado tras intentar leerme ilegalmente la mente la noche en
que nos conocimos?
¿Estaba haciéndolo ahora? Me dolía tanto la cabeza que no sabía qué parte de ese
dolor me lo causaba su aura espantosa y cuánto se debía simplemente a… a cómo me
sentía. ¿Había intentado leerle la mente a Con? Seguro que sí (no, espera, no habría
podido o él estaría empalado y decapitado a estas alturas). Vale, incluso aunque él la

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hubiera bloqueado, ¿qué le habría dicho ese bloqueo? ¿Acaso un bloqueo de un
vampiro parece (sabe, huele, lo que sea) distinto al de un humano? ¿O Con, en su
intento por pasar como humano, había conseguido que su mente también lo
pareciera?
Pero ser capaz de bloquear un rastreo mental también era ilegal. Los humanos
normales no podían hacerlo. Lo que significaba que quien lo hiciera no era un
humano normal y corriente. Y si sabes algo, lo sabes, incluso si ese algo lo has
averiguado por medios prohibidos. Como rastreando la mente sin consentimiento.
No era mi espalda la que necesitaba ser vigilada en ese momento. Era la de Con.
Además de su parte delantera, costados, parte superior, inferior, y demás partes a él
unidas.
Miré la ventana. En la esquina inferior más cercana a mí había una pequeña
rendija donde la persiana no encajaba. Estaba segura de que estaba viendo luz
entrando por ella.
La Diosa estaba de espaldas a la ventana. Tenía un escritorio enorme (cómo no)
delante de la ventana, pero era una sala grande, y había espacio más que suficiente
para sus adláteres, Pat, su gente, Con y yo. Su escritorio estaba vacío. Incluso el
equipo informático estaba guardado en un armario junto a la pared. Lo sabía porque
uno de sus vasallos cerró las puertas y se sentó delante. Había muchas cosas. Era
como si pudiera ocupar una pared entera si las puertas se abrieran del todo. Me
alegraba de no ser técnica informática. Si hubiera entendido algo de lo que podía ver
ante mis ojos, me habría entrado más canguelo del que ya tenía.
En ese momento éramos quince. Solo había tres esbirros cuando llegamos pero
luego, cuando quedó claro que no iba a poder librarse de Pat, uno de ellos murmuró
algo por el micro y cuatro más entraron tan pronto como hubo terminado de hablar,
casi en marcha cerrada. La Diosa debía de tenerlos metidos en un aparador junto a la
puerta para esos momentos en que necesitaba sofocar un problema con rapidez. Tal
vez escogiera a gente que también quisiera pasar sus horas libres encogida en un
cajón, lo mejor para una rápida recuperación de información.
Nos miramos por encima de su escritorio, ellos y nosotros. Con y yo estábamos
sentados en dos sillas separadas por algo menos de dos metros. Pat, siguiendo firme a
su aseveración de que estábamos bajo vigilancia defensiva, había colocado a dos de
sus hombres detrás de nuestras sillas. Él se apoyó contra la pared tras nosotros, pero
más cerca de Con; podía verlo por el rabillo del ojo sin girar la cabeza. Su walkie
cobraba vida y chirriaba de tanto en tanto. A veces respondía. En una ocasión vi
cómo levantaba la cabeza y nos miraba (si a Con o a mí, no lo sabía) tras un chirrido
de lo más agitado. Me pregunté qué le estarían diciendo sus agentes de campo
respecto a lo que estaban encontrando en los restos de la No Ciudad. No estaba
acostumbrada a ver a Pat con walkie. Nunca lo llevaba cuando estaba en la cafetería.
Ni siquiera cuando habíamos conducido hasta el lago. Le hacía parecer más
amenazador. Le hacía parecerse más a un miembro de las FEAO, la agencia nacional

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dedicada a proteger a los humanos de la amenaza de los Otros, aquellos que en una de
sus operaciones locales menores me habían colocado un buscador ilegal.
Incluso con walkie, Pat no era ni de cerca tan amenazador como un vampiro.
O como la Diosa.
Los walkies de varios de los esbirros sonaron también. Vi cómo se miraban entre
sí con preocupación. Tal vez siempre tuvieran esa expresión. Ser esbirro de la Diosa
no podía ser un trabajo fácil, incluso si tenías la personalidad adecuada para ello.
La Diosa iba de un lado a otro del escritorio y de tanto en tanto se inclinaba
enfáticamente sobre él, y a veces lo rodeaba hasta colocarse delante, donde se sentaba
en el extremo y nos miraba. No prestaba atención a nadie más.
Me pareció que miraba también a la ventana. Vale, podía abalanzarme sobre Con
en cuanto ella tocara la persiana, pero eso delataría dos cosas al instante: lo que él
era. Y lo que yo era capaz de hacer.
El aire en la habitación parecía presionarme el cráneo cual torno en
funcionamiento. Tal vez simplemente fuera por la Diosa. Me miré las manos. Me
pareció ver pequeños filamentos verdes y negros recorriéndome las palmas, subiendo
por mis brazos, cual gangrena extendiéndose desde el foco de la infección. No pude
ver ni rastro de la red dorada, aunque la manta que me cubría me había quitado gran
parte de la sangre. Solo veía verde y negro. La muerte como una infección. La
infección que había comenzado cinco meses atrás. Tal vez ya hubiera muerto en el
cuartel general de Bo (quizá cuando se me reabrió la cicatriz del pecho) y aún no me
había dado cuenta. Quizá Con hubiera retrasado lo inevitable al hacerme… al
ofrecerme su sangre para que la bebiera. Después de todo, la sangre de un no muerto
se usaba para mantener a los muertos vivos. Así que quizá no importara si me rendía.
Sería morada de gusanos tan pronto como los filamentos negros y verdes llegaran a
mi corazón.
Sí que importaba. También estaría vendiendo a Con.
—Lo lamento mucho —le estaba diciendo Con a la Diosa—. Sé cómo suena mi
historia. Pero no tengo nada más que contar. Todo esto ha sido de lo más
desconcertante para mí, y también para la señorita Seddon.
Se hizo un breve silencio. Dejé la taza en el suelo y me metí la mano en el bolsillo
para tocar mi navaja, la navaja que brillaba con la luz del día incluso en la oscuridad,
la navaja que quemaba a Con si la tocaba. La sostuve un instante antes de soltarla,
preguntándome si estaba muerta (no-muerta no, pues Con me prometió que eso no
era posible, solo muerta, tal vez una nueva variante de zombi, lo que explicaría por
qué mi cerebro se negaba a funcionar correctamente, por qué nada parecía real, ni
siquiera mi miedo). El cerebro de un zombi es lo primero que muere, mientras que en
ocasiones sus corazones siguen funcionando. Si estaba muerta, quizá tampoco podría
salvar a Con de la luz del día. Sentí la calidez de la navaja en mi mano. Calor
humano. Pero los zombis están por lo general fríos. Como todos los no muertos. Mi
navaja estaba cálida como el contacto de un amigo en mi mano gangrenada. De

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repente había lágrimas en mis ojos. ¿Los zombis lloran?
Saqué la navaja. Hice todo lo que estuvo en mi mano por estar allí, presente, en
esa habitación, con Con y Pat y la Diosa del Dolor.
—Disculpen —dije—. Quería devolverle al señor Connor la navaja antes de
que… se me olvide. —Debería haber dicho algo respecto a por qué lo estaba
recordando en ese momento y no en otro, por qué el señor Connor había tenido la
navaja en primer lugar, pero no se me ocurrió nada. Estaba al límite de mi capacidad
de raciocinio. Estar allí se estaba llevando toda mi energía.
Y no sabía si funcionaría. Simplemente fue lo único que se me ocurrió intentar.
Con se volvió hacia mí. Casi se le olvida comportarse como un humano. Cuando
le tiré la navaja, su mano se movió hacia donde esta iba a estar… noté cómo intentaba
mantener la compostura. Cogió la navaja en el aire con demasiado cuidado, pero no
resultó chocante. No lo hizo de una manera impropia para un humano. La cogió y
cerró los dedos alrededor de esta para a continuación apoyar su mano en su rodilla.
La navaja había desaparecido. Si había algo que ver mientras le quemaba, si es que le
quemaba, si seguía aún llena de luz del día (de mi luz del sol), nadie en la habitación
lo vería ya. Dejó la taza en el suelo para tener una mano libre.
—Gracias —dijo, y se volvió para mirar a la Diosa como si aguardara a la
siguiente pregunta.
Tuvimos entonces nuestro pequeño momento de suerte. Se oyó una interferencia
tal por los walkie-talkies que uno de los adláteres de la Diosa se arriesgó a susurrarle
algo y ella se distrajo, quizá, de todo el tema de la navaja del señor Connor. No estaba
muy contenta con las noticias del adlátere, fueran las que fueran.
Entonces suspiró, elaboradamente, como si estuviera liberando la tensión. Como
si estuviera pidiendo a todos los allí presentes que se relajaran. No me relajé. Con
tampoco, pero él nunca estaba relajado, así como tampoco estaba tenso. Simplemente
estaba allí. Pat no se relajó. No pude ver a ninguno de sus hombres. Los adláteres no
se relajaron. Estoy convencida de que existe algo en su contrato que les prohíbe
relajarse. La Diosa miró a nuestro alrededor y sonrió. La sonrisa no fue muy allá. Si
tuviera que escoger, diría que Con lo había hecho mejor.
—Bueno —dijo—. Ha sido una noche larga y todos necesitamos descansar. Y
ustedes dos, los guerreros —dijo intentando no sonar irónica, sin éxito—, de acuerdo
con el último informe, han contribuido a la destrucción de un santuario vampiro, tal
vez fuesen incluso parte instrumental de esa destrucción. Tendrán que perdonar mi
exceso de celo, pero hechos así son poco habituales, y las FEAO deben conocer todo
lo que sea posible respecto a cualquier acontecimiento relativo a los Otros,
especialmente a aquellos más oscuros, para ser todo lo efectivos que nos sea posible.
Y la experiencia nos dice, una y otra vez, que cuanto antes hablemos con todos los
testigos, mejor.
»Les agradecería que regresaran más tarde, cuando hayan descansado, y firmen
sus declaraciones para poder archivarlas en el expediente. También les agradecería

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que estuvieran disponibles para cualquier reunión ulterior en cualquier momento
futuro. En ocasiones los testigos recuerdan a posteriori algo que en ese momento
estaban demasiado afectados para comprender; tal vez averigüen más cosas sobre lo
que ha ocurrido, algún detalle que desate algo su memoria, algo que podamos usar.
»Deben comprender que, puesto que parece posible que hayan tenido un papel
crucial en los acontecimientos de esta noche, hemos de descubrir qué papel es ese.
»Y mientras tanto, quizá —estaba moviéndose mientras hablaba—, después de la
noche que han pasado, la luz del día nos hará sentir mejor a todos.
Al decir «mejor» subió la persiana. La luz del día, filtrada por el cristal blindado
pero aun así inconfundible e innegablemente luz del día, cayó de pleno sobre Con.
¿Cuánto tiempo transcurre hasta que la luz del sol quema a un vampiro? Las
historias decían que inmediatamente, pero ¿cuánto es inmediatamente? ¿Un segundo?
¿Diez? Me senté tensa, demasiado erguida, con los nervios a flor de piel. Con, por
supuesto, tenía la misma expresión de siempre, ni tensa ni tranquila. Veinte segundos.
Treinta. Treinta segundos tenía que ser más que inmediatamente, ¿no?
¿Cómo se calcula cuánto tiempo puede una persona con cierta afinidad por los
vampiros proteger a uno de los efectos de la luz del sol comparado con una navaja
pequeña e inanimada cargada de luz solar? Suponiendo que esa persona continúe viva
y la afinidad esté aún en funcionamiento, la navaja siga aún cargada y que el hecho
de que el vampiro se esté haciendo pasar en ese momento por humano no altere el
proceso de manera que Con estuviera a punto de convertirse en un montón de cenizas
frías sin grotescas fases intermedias.
Cuarenta segundos. Cincuenta.
Sesenta.
Suficiente.
Rompí a llorar y Con se levantó inmediatamente de su silla (tan inmediatamente
como el fuego que no se había producido), se arrodilló a mi lado y puso una mano en
mi hombro. La manta se me había caído. Sentí que mi afinidad se apartaba de donde
quiera que morara (aparentemente cerca de mi corazón) y se arrojaba hacia el hombro
que Con me estaba tocando. Seguía ahí. Seguía viva. Oí un crujido, cual suspiro de
hojas.
Los árboles son impermeables a la magia negra.
La mano que blandía mi navaja le pendía de un costado.
Me dio la sensación de que como actuación no era demasiado improbable que
hubiera puesto la mano en mi hombro, después de lo que habíamos pasado juntos. Tal
vez nos estuviéramos dirigiendo el uno al otro como señor Connor y señorita Seddon,
pero habíamos salido de lo que quiera que hubiera sido aquello cogidos de la mano.
Giré la cabeza y lo miré a los ojos, verdes como las hojas, al rostro del monstruo al
que había salvado, que me había salvado, probablemente demasiadas veces como
para contarlas, ahora, nunca, incluso con eso que había definido como «aquello que
nos une». Tal vez esa fuera la razón por la que podía sentir cómo mi afinidad se abría

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paso por su cuerpo a través de los vasos sanguíneos que transportaban su sangre, y un
pequeño escuadrón corría hacia su mano quemada. Puse las dos manos, mis manos
contaminadas, en sus hombros, me incliné hacia él, y lloré; lloré, y la calidez, el roce
de la aparentemente humana calidez de su cuerpo por entre su camisa hecha jirones y
sucia contra las palmas de mis manos fue como cuando había tocado la navaja: el
contacto de un amigo. El sanador roce de un amigo.
Había planeado ponerme a llorar para romper el momento, para darle a Con la
oportunidad de que se moviera, y para ponerle su parasol, pero me había resultado
sencillo (demasiado sencillo), y me costaba parar de llorar una vez había comenzado.
Tardé varios minutos en llegar a la fase de hipar y tragar saliva, para cuando entonces
todo el personal de Pat estaba trayéndome cajas de pañuelos y toallas húmedas para
limpiarme la cara y tazas con té recién hecho. La Diosa y su gente ni se habían
movido. Parecía una naturalista observando un comportamiento ritual defectuoso:
para nada lo que a ella le había llevado a creer que era la norma en esa especie, pero
precisamente por ello le resultaba interesante. Y además, ¿cómo podía volverlo a su
favor? No me gustaba, pero me preocuparía de ello después.
Su gente seguía de pie y sentada con gesto impertérrito. Trabajar para la Diosa no
alentaba la adquisición de habilidades como traerte toallas húmedas.
Me preocuparía de todo aquello después. Estaba empezando a acostumbrarme a la
idea de que tal vez tendría un después del que preocuparme. Tal vez. Estaba tan
cansada.
Había soltado mis manos de los hombros de Con para agarrar el té y las toallas y
los pañuelos. Las miré, mis manos, y observé cómo realizaban sus tareas habituales
de agarrar y manipular objetos. Ya no veía los filamentos verdes y negros. Pero
tampoco podía ver los dorados. Sabía que el sello se había ido para siempre, y la
cadena. (Ya no sentía la cadena contra mi pecho, aunque la herida reabierta había
dejado de dolerme). ¿Había oído un crujido de hojas cuando Con había tocado mi
hombro? Mi yo sol. Mi yo árbol. Mi yo cierva. ¿Acaso no superábamos al yo oscuro?
Ya no. También me preocuparía de eso más tarde. De mis manos. Le preguntaría a
Con… Confié en tener la oportunidad de preguntárselo. Porque una vez consiguiera
sacarlo de allí, nuestra alianza habría terminado.
Con. Seguía arrodillado junto a mí. Un hombre normal habría parecido un tanto
estúpido, allí, sin hacer nada, pero incluso como humano relativamente creíble
parecía tan… ¿poco convencional? Estúpido no era la palabra adecuada. O tal vez
solo fuera yo quien lo viera así. Era de día de nuevo, Con era mi responsabilidad, y
estábamos rodeados por gente que tenía que seguir creyendo que era humano. Lo
miré. Había soltado la manta amarilla al levantarse de la silla. Tenía mejor aspecto sin
ella, incluso a pesar de las manchas de sangre y la ropa hecha jirones.
—Disculpe, señorita Seddon, pero debo pedirle que me guarde algo más de
tiempo mi navaja, creo que ninguno de mis bolsillos ha sobrevivido a los
acontecimientos de esta noche. —Extendió la mano y la abrió: la palma no estaba

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marcada. Sentí que la patrulla de emergencia de mi afinidad estaba en alguna parte
dando brincos y chocando palmas en una especie de sinapsis.
Dejé la toalla y acepté la navaja, que me metí un tanto aparatosamente en el
bolsillo del que la había sacado. Tuve cuidado de no mirar a la Diosa mientras lo
hacía: como si simplemente fuera una navaja. Me pregunté si la ropa de los vampiros
tenía bolsillos. ¿Qué guardarían los vampiros en los bolsillos? ¿Pañuelos? ¿Las llaves
de casa? ¿Amuletos para no acabar churruscados (es una manera de hablar) por los
oficiales de las FEAO de mayor rango?
Me las había apañado para mover la silla un poquito durante la conmoción tras
haber roto a llorar. Con estaba a salvo por el momento, en la sombra. Me levanté y
miré a la Diosa. Era más alta que yo, claro está. Hay hechizos para parecer más alto
que quienquiera con quien estés hablando, pero son caros, y todos salvo los mejores
tienen la fea costumbre de revelar tu verdadera altura en cuanto centras tu atención en
otra persona. Supuse que la Diosa era alta, sin más.
—Siento haber montado este número —dije con todo el respeto de que fui capaz.
Tal vez estuviera tan acostumbrada a heder la hostilidad por parte de la mayor parte
de sus colegas e interrogados que ya ni se percataba de ello. Tal vez diera por sentado
que ella no me gustaba porque había conseguido intimidarme. Bueno, así era, en
realidad.
»¿Podemos irnos ya, por favor? —continué, extendiendo mis manos
emponzoñadas con las palmas hacia arriba—. Volveré cuando quiera, pero estoy tan
cansada que no puedo ni pensar. Y necesito darme un baño. —Varios. Y lo que vestía
(lo que quedaba de ello) iría a la basura. No, a la hoguera de rastrojos de Yolande. Si
no tenía más cuidado, iba a quedarme pronto sin ropa. Si tenía un futuro, debería
incluir en él ir de compras.
La Diosa hizo unos sonidos de cortés cooperación que fueron tan sinceros como
mi respetuosidad, y nos dejaron marchar: a Con y a mí, y a Pat y John y Theo y Kate
y Mike. Con y yo avanzamos separados por el pasillo sin ventanas. Estaba intentando
recordar si había alguna ventana inesperada en los puntos ciegos. No había estado en
mi mejor momento cuando lo habíamos recorrido la primera vez. Tampoco estaba en
mi mejor momento ahora pero, contra todo pronóstico, estaba mejorando.
Pat exhaló sonoramente.
—Bien hecho, chicos —dijo. Miró a Con. Supongo que estaba dividido entre las
ganas de celebrar una victoria parcial contra la Diosa y el querer saber quién y qué
demonios era mi supuesto aliado. Me miró a los ojos y vi cómo decidía confiar en mí.
Observé cómo nos miraba a uno y otro y decidía confiar en mí. Era cierto: le debía
una. Esa era otra de las cosas de las que me encargaría después.
—¿Puedo llevarte a casa, Sunshine? —preguntó como si tal cosa.
—Sería genial —dije, y lo dije de verdad. Incluso suponiendo que tuviera un
billete para el autobús, que no era el caso, no me apetecía pasar por la experiencia de
vernos a Con y a mí rodeados de gente. Ningún conductor de autobuses en su sano

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juicio permitiría que subiéramos con el aspecto que teníamos, por no mencionar que
la parada más cercana estaba a más de dos kilómetros de la casa de Yolande y no me
veía capaz de caminar tanto.
Dudaba mucho que hubiera ninguna Ciudad de Nadie disponible que atravesar
durante el día. Y si estaba demasiado cansada para caminar desde la parada del
autobús, estaba mucho más que cansada para vérmelas con eso.
Y aparecer en la cafetería con estas pintas y con Con tampoco era una opción.
—John. ¿Puedes llevar al señor Connor…?
—Puede venir conmigo —dije con firmeza—. Tenemos que… hablar.
—Apuesto a que sí —dijo Pat—. De acuerdo, Sunshine, pero toma notas, ¿vale?
No voy a hacer las veces del poli malo aquí porque ya habéis tenido bastante con la
Diosa, pero si se entera de que te llevé a mi despacho y te saqué más de lo que ella ha
conseguido, acabaré con mi culo en la patrulla de Campanilla.
Hay una legión de pequeñas ancianas que creen que los Otros son en su mayoría
pequeños, hermosos e inofensivos seres que viven bajo hongos venenosos y llevan
campanillas por sombreros. Muchas llaman a su correspondiente división local de las
FEAO informando de haberlos visto, pues es lo que todo ciudadano debe hacer, y
puesto que hay Otros con un temperamento enfermizo que en ocasiones fingen ser
pequeños, bonitos e inofensivos (nada he oído de lo de las campanillas, sin embargo),
todas las llamadas han de ser comprobadas. Pero no es un puesto muy codiciado.
—Han estado informándome todo este tiempo desde la No Ciudad, ¿sabes? —
continuó Pat—, y quiero saber qué es lo que habéis hecho. Y lo quiero por triplicado,
¿entendido? Pero soy un hombre paciente y esperaré. Ni siquiera le contaré a la Diosa
que os he llevado juntos a casa.
—Ha perdido las llaves de su casa —dije con poca sinceridad—, así que
llamaremos a un cerrajero desde la mía.
—¿También tiene una muda en tu casa? —dijo Pat—. ¿Lo sabe Mel? Yo diría que
no.
Aún no había ventanas. Los otros FEAO siguieron por su camino, y ya solo
estábamos Pat, Con y yo. Recorrimos otros pasillos y en esos momentos nos
dirigíamos hacia las puertas de cristal que daban al aparcamiento. Con se movió hasta
colocarse cerca de mí y yo metí el brazo bajo el suyo y fingí estar apoyándome en él.
No hizo falta fingir mucho, no más que mis lágrimas con la Diosa.
Pat nos miró de nuevo de reojo y me di cuenta del esfuerzo que estaba haciendo
por no ponerse, bueno, en plan machito. Deseaba con todas sus fuerzas poner a Con
en su sitio, y así averiguar qué sitio era ese. Quería hacerlo como el oficial de alto
rango de las FEAO que era, como mi amigo autoerigido en mitad protector, mitad
explotador, y probablemente también por Mel incluso, del que al menos estaba seguro
de que era verdaderamente humano, aunque por norma general consideraría que mi
vida privada era un asunto solo mío. Y también tendría sentimientos encontrados
respecto a Con por sospechar (por obvios motivos) que era un parcial. Pero reconocí

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las señales en aquel respetable (en comparación) agente de las FEAO de mediana
edad por los concursos de miradas y gruñidos que hacíamos a veces en la cafetería y
por algunos de los bares de moteros a los que había ido con Mel. De repente tuve el
frívolo deseo de reír… y entonces salimos por la puerta giratoria a la luz de la
mañana.
El sol seguía bajo pero sentí su luz en la cara como si fuera lo mejor que me
hubiera ocurrido nunca. No pude evitarlo: me detuve y levanté el rostro. Con se
detuvo conmigo, claro.
—Unos rayos de sol para Sunshine —dijo Pat con amabilidad—. Iré a por el
coche. —Y se fue, pasándose las manos por la cabeza como si estuviera aplanando
sus plumas tras una demostración de dominio frustrada. No había percibido ninguna
respuesta de Con (siempre sentía cuándo Mel no respondía a una provocación), pero
lo cierto era que Con no respondía de manera notable a casi nada. Y no es que los
vampiros no tuvieran sus propias competiciones; después de todo, habíamos
sobrevivido a una particularmente extravagante. Ya se me habían quitado las ganas de
reír.
Puse el brazo de Con alrededor de mi cintura para poder extender ambas manos
hacia el sol, como si cincuenta centímetros adicionales de brazo extendido fueran a
suponer una importante diferencia en las propiedades curativas de este. Me daba
igual. Las levanté, con las palmas hacia arriba, hasta que vi que el coche de Pat se
acercaba a nosotros y Con me ayudó a entrar con cuidado y se metió después.
Me acurruqué y fingí dormir en el hombro de Con para que no tuviéramos que
ponernos a hablar y Pat no lo intentara. En realidad era una excusa: era incapaz de
dormir, al menos de momento, y tenía miedo de intentarlo. Hasta cerrar los ojos me
costaba, pero escuché atentamente todos los sonidos normales de la mañana en la
ciudad, olí el humo de los tubos de escape y el café de primera hora, y sentí el brazo
de Con a mi alrededor (y su cabello en punta rozando mi rostro de tanto en tanto) y
conseguí mantener a raya las visiones de lo acontecido aquella noche antes de
revivirlas contra mis párpados. El olor del café (penetrante incluso a pesar de cómo
olíamos) me hizo recordar la cafetería de Charlie, y tuve uno de esos extraños
derrapes mentales que los traumas producen. Pensé: Oh, qué bien que no esté muerta,
no llegué a escribirle esa receta a Paulie…
Se me antojó un trayecto largo, aunque no lo era, y menos antes de la hora punta,
y en un coche de verdad en vez de en mi Tartana.
—Llama tan pronto como puedas —dijo Pat cuando nos dejó.
—Gracias —le dije.
—Gracias —dijo Con.
De nuevo esa mirada, primero a uno, después al otro.
—Sí —dijo Pat, y se alejó.

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Había evitado perder las llaves de casa no llevándomelas. Rebusqué debajo de la
maceta de margaritas, por entre la grieta en el suelo del porche, y abrí la puerta, aún
observándome las manos, como si fueran a volverse contra mí y a intentar sacarme el
corazón. Con me siguió por las escaleras a oscuras. Mi apartamento estaba lleno de
rosas. Me había olvidado de las rosas. Ninguna de ellas estaba completamente
abierta. Era como un milagro: se me antojaba que habían pasado siglos desde que las
había comprado, dos días atrás. Se suponía que yo ya tenía que estar muerta. Iría a
trabajar al día siguiente. Rollos de canela. Rosas. Eran de otro mundo. Del mundo
humano. Me miré las manos de nuevo. Manos que se ganaban la vida haciendo
comida para humanos. No hay muchas más cosas que se hagan con las manos tan
desnudas como amasar.
La protección dispuesta alrededor de la barandilla del balcón tenía un enorme
agujero achicharrado en medio. Supongo que ocurrió cuando la atravesamos anoche,
camino al espacio de los Otros. Pobre: probablemente se hubiera sentido como un
mecánico al que le traen al taller un elefante cojo: «Un momento, en ningún momento
dije que pudiera arreglar cualquier medio de transporte». Había sido una buena
protección, había sobrevivido a mi humeante pasaje para encontrar a Con. Ya vería
después si se podía parchear o tenía que tirarla (o aplastarla).
Dejé a Con en la mitad del suelo oscurecido por las sombras y salí a la luz del día
de nuevo, extendiendo mis manos al sol cual sacrificio o descarte. Con avanzó hasta
el borde de la sombra.
—No les ocurre nada malo a tus manos —dijo.
Negué con la cabeza, pero bajé las manos hasta apoyarlas en la barandilla del
balcón. Había marcas de quemaduras en el pasamanos. Mis manos allí posadas
parecían muertas.
—Háblame —dijo.
—Tuve que… tocarlo —dije con voz queda—. Intenté no hacerlo, pero era
demasiado fuerte. Estaba venciendo. Puse mis manos… Lo toqué. A Bo. —Mientras
hablaba, todo lo que había intentado no recordar sobre la noche anterior se abrió paso
por mi mente. Empecé a sentir que me fragmentaba de nuevo. Cuando había estado
con la Diosa, había sabido lo que estaba haciendo, al menos durante un tiempo.
Ahora que no había ninguna amenaza inmediata a mi alrededor… Me estremecí.
Incluso con la luz del día. Con la luz fría y leve del otoño, con el invierno en ciernes,
con sus días más cortos y fríos, antes de que el calor asfixiante del verano regresara.
La luz del día otoñal no iba a sanar mis manos.
Ni la herida reabierta de mi pecho. Aún no había tenido que mirármela, aceptar su
reaparición, pues toda yo estaba cubierta de sangre seca.
—Sunshine —dijo Con con delicadeza—. No tenía poder para hacerte daño
físico. No tenía ese poder desde hacía muchos años. Su fuerza residía en su voluntad,

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y en la fuerza física de aquellos a los que controlaba con su voluntad. Si sus criaturas,
sus acólitos, no te han hecho daño, él tampoco ha podido.
Quería decirle que sí que me había hecho daño, que sus criaturas me habían hecho
daño, me habían enseñado de lo que era capaz. Jamás le habría hecho lo que le hice a
Bo si no se lo hubiera hecho ya a sus seguidores.
—¡Casi me mata! —dije al fin, en voz alta, fuera de mí. Aquella fue una manera
inaguantablemente banal de describir lo que había ocurrido. Morir sin más parecía
una dificultad menor, como un despertador que no ha sonado o un coche que no
arranca. Tal vez llevara demasiado tiempo relacionándome con vampiros.
—Sí. Mediante la fuerza del mal. Solamente eso.
—Solamente eso —dije—. Solamente eso.
—Sí.
Volví la cabeza para mirarlo, dejando las manos donde estaban. El señor Connor
del despacho de la Diosa había desaparecido: mi Con estaba de vuelta. Había un
vampiro en la habitación. Parecía cansado, casi tanto como lo parecería un humano,
además de desaliñado y sucio. Mi vampiro parecía cansado. Aparté las manos de la
barandilla para poder adentrarme en las sombras con Con. Fui a tocarlo, pero aparté
las manos en el último momento. Sin embargo, él me cogió las manos por las
muñecas y besó cada puño, las giró y esperó, con paciencia, hasta que los dedos se
relajaron y pudo besar las palmas. Fue una sensación extraña. Lo sentí menos como
un beso y más como si un médico me estuviera aplicando una pomada. O un
sacerdote la extremaunción.
—No les pasa nada malo a tus manos —dijo—. El contacto con el mal envenena
por el mero concepto en sí. Rechaza la idea y rechazarás el mal.
Un vampiro estaba dándome lecciones de moralidad. Quería echarme a reír. El
problema era que no tenía razón. Si hubiera tenido razón, tal vez me habría reído.
—Siento que mis manos… han cambiado. Puedo sentirlo. Ya… ya no me
pertenecen. Simplemente están unidas a mí. Las siento como si se hubieran
convertido al mal.
—El mal de Bo era una idea muy poderosa.
—Pensé que me iba a hacer pedazos. No estoy segura de que no lo haya hecho.
Mis manos… mis manos son dos fragmentos de lo que queda de mí. —Dos
fragmentos en ruinas.
Se produjo una pausa.
—Sí —dijo Con.
—¿Cómo lo sabes? —susurré.
Esperé a que me soltara las manos, a que se apartara de mí. El tono suplicante de
mi voz me puso de los nervios. El único motivo por el que seguía allí conmigo era
porque el sol lo retendría hasta el atardecer.
No se apartó. Dijo:
—Lo veo en tus ojos.

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Me pilló tan de sorpresa que grité:
—¿Qué…?
—No. No puedo leer tus secretos. Pero puedo leer tus miedos. Mi especie es
experta en leer el miedo. Y tú miras a mis ojos como ningún humano ha hecho nunca
antes.
Aparté la mirada de él. Guerra y paz, eso ocupaban mis miedos. Los cincuenta
volúmenes de la saga Sabiduría de la sangre. El directorio entero de la Globalnet.
Mis miedos estaban a su disposición, para una minuciosa y completa observación.
Confié en que fuera un lector veloz.
Soltó entonces mis manos, pero solo para poner un dedo bajo mi barbilla.
—Mírame.
Dejé que me levantara la barbilla. Eh, era un vampiro. Podía partirme el cuello si
así lo quería. De esa manera no tendría que hacerlo.
—No tienes miedo de todo —dijo Con.
—De casi todo —dije—. Tengo miedo de ti. De mí.
—Sí —dijo.
Sentí un extraño alivio con ese «sí». Sin duda había estado pasando demasiado
tiempo con vampiros. Con ese vampiro.
Recordé cuando estuve delante de la ventana de mi cocina, la mañana en que
regresamos del lago. Ese momento cuando por primera vez pensé que tal vez me
recuperara de lo que quiera que me hubiera ocurrido.
Las astillas de lo que una vez fue mi paz mental (si no mi cordura) estaban
enviando pequeños filamentos por entre las grietas, buscando las otras partes, ya las
hubiera mandado yo buscar o no. Allí donde los filamentos se encontraban, estos
empezaron a unirse entre sí, formando filas… probablemente construyendo esos
primeros nudos de cuando había aceptado salir de la cuerda de los FEAO y ser
responsable de mi comportamiento.
No: los primeros nudos de la mañana después de que Con me llevara a casa desde
el lago.
Iba a tener más cicatrices y la textura del tejido final iba a cambiar. Estaba
cambiando. Iba a ser más tosca, e iba a tener más agujeros extraños. Nunca había sido
capaz de aprender a tejer. No soy buena en la uniformidad y la consistencia. Incluso
mis rollos de canela tienen una personalidad individual. Probablemente ni me
importaría llevar el maquillaje a ronchones.
Tal vez mi bulbo raquídeo se estuviera negando a recibir más tonterías de mi
cerebro. Calla y ponte con la reconstrucción. Si no puedes encontrar la pieza
correcta, usa otra.
Di un paso hacia atrás, aún mirando a Con, aún dentro de su alcance, pero para
que la luz del sol también me tocara.
Había algo forcejeando para salir de la oscuridad, intentando hacerme pensar: si
el bien va a triunfar sobre el mal, el bien tiene que permanecer cuerdo.

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¿Cómo? Si aún tengo que pensar en respirar. ¿Y se supone que ahora tengo que
empezar a curtirme para luchar por las fuerzas del…? bueno, «bien» es una palabra
demasiado grande. Te hace imaginar a un sajón de mandíbula cuadrada y refulgente
espada al que cualquier resquicio de humor le ha sido quirúrgicamente extirpado años
atrás tras ser aceptado con reservas en la Escuela de Héroes.
Pero en cierto modo eso era en lo que me había convertido, incluso sin la
mandíbula y la instrucción. Porque sin duda estaba en contra del mal. Seguro. A mi
modo tosco y errático. Y sabía de lo que estaba hablando, porque había conocido el
mal. Esa era precisamente la cuestión.
Lo había tocado.
E iba a tener que recordar durante el resto de mi vida que lo había tocado. Que
esas manos habían agarrado, sacado…
Pero nosotros, los antimal, teníamos que permanecer cuerdos. Agujereados y
maltrechos, quizá, pero cuerdos. Escucha, Sunshine: Bo ya no está. No va a tener la
última palabra.
Eso esperaba.
Al menos no hasta después de esa mañana.
—Voy a abrir el grifo de la bañera. Echaremos a suertes quién va primero. —
Tenía un tarro en el escritorio, al lado del balcón, donde guardaba calderilla.
—¿A suertes?
Vampiros. No saben de nada.
Gané. Hasta me dio un poco de pena. Me sentí obligada a darme solo un baño,
uno rápido, pero me lo di a conciencia. Si me frotaba las palmas con más ahínco del
necesario, al menos sentía que eran mis manos las que lo estaban haciendo. Tal vez el
contacto con los pétalos de las rosas, cuando tuve que sacar todas las flores flotantes
de la bañera para poder meterme, había ayudado en algo.
No tenía ninguna herida en el pecho. Al principio no me lo había creído. Me froté
con empeño el pecho, desde la garganta al pubis, como si se me hubiera extraviado.
Pero no estaba allí. La cicatriz sí. Me pareció algo más… ancha, más brillante, de lo
que estaba el día después de que Con la hubiera cerrado por vez primera. Pero era una
cicatriz.
Pero mi cadena también había desaparecido, y había una nueva cicatriz
descendente que se superponía a la antigua con la forma de una cadena colgando de
mi cuello. Juntas parecían conformar una especie de runa, cuyo significado era
incapaz de descifrar.
No había ni rastro de la red dorada, por mucho que me frotase.
… ¿Qué había estado diciendo de eso de seguir luchando para las fuerzas del
bien? ¿Había sido en ese breve momento de locura después de que Con me hubiera
dicho algo tranquilizador? Que me pareciera que un vampiro había dicho algo
tranquilizador debería haber sido indicativo de que estaba teniendo un momento de
demencia, no uno de esperanza y de recuperación de la cordura.

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Seguir haciendo cualquier cosa que se asemejara a lo que había estado haciendo
esos últimos cinco meses (que habían culminado de manera terrible con lo que había
hecho esa noche) era básicamente la última cosa que quería hacer.
Especialmente cuando eso implicaba cargar con lo que había hecho. Y eso a su
vez significaría tener que seguir haciéndolo y ser asimismo consciente de ello.
Pero Pat había dicho que nos quedaban menos de cien años. A nosotros, los
humanos. No, no a nosotros los humanos. A nosotros, los del lado bueno. Y no
éramos suficientes.
Vale, he aquí la ironía: si yo continuaba manipulando magia de esa manera, era
probable que siguiera por aquí en unos cien años.
Quité el tapón y empecé a secarme con una toalla. Me froté con violencia el pelo,
como si estuviera intentando hacer desaparecer con la fricción todo pensamiento
indeseable. Lavé y sequé con cuidado mi navaja, sin embargo, y la guardé en mi
bolsillo nuevo, limpio y seco. Me vestí con lo primero que saqué del armarito que
tenía colgado en una pared del baño, donde moraba mi ropa más vieja y desgastada.
Luego abrí el grifo de nuevo y llamé a Con.
Encontré en el armario uno de esos kimonos de talla única que pensé que a Con le
valdría; al menos era negro. Podía darle la camisa que guardaba atrás del todo en mi
armario, pero no sería lo suficientemente larga para él.
Vale. Estaba limpia. Con tenía algo de ropa que ponerse. Pasemos a lo siguiente.
Comida. No tenía que ocuparme aún de pensamientos a largo plazo. Todavía tenía
pequeños e inmediatos detalles de los que ocuparme.
Estaba friendo unos huevos cuando Con salió del baño con un aspecto de lo más
exótico con el kimono. Me quedé allí quieta con la sartén en la mano y los tres
hermosos huevos fritos que esta contenía y dije con tristeza:
—Ni siquiera puedo alimentarte.
Así era como había organizado mi vida entera: alimentando a otra gente. Oí lo
que estaba diciendo (o lo que estaba diciéndole) un instante después de pronunciar las
palabras, pero su mirada no cambió.
—No como a menudo. No necesito comida.
Negué con la cabeza. Había esquivado por los pelos una crisis nerviosa tras
haberle hecho frente a un mal incontenible, y ahora estaba a punto de perder los
papeles por no poder dar de desayunar a un vampiro. Noté cómo las lágrimas se
agolpaban en mis ojos. Aquello era ridículo.
—No puedo comer delante de ti. Es tan… Me gano la vida dando de comer a la
gente. Si no lo hago, me siento como una fracasada. Me identifico como alguien que
cocina para…
—Gente —dijo Con—. Yo no soy una persona.
Había estado teniendo esa conversación conmigo misma en el baño.
—Sí lo eres —dije—. Lo que no eres es, bueno, ya sabes, humano.
—Se te enfría la comida —dijo Con—. Está mejor caliente, ¿no?

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Negué con la cabeza. Sin embargo, él tenía razón, era una lástima echar a perder
unos huevos tan apetitosos.
—Beberé contigo —dijo Con.
—¿Zumo de naranja? —pregunté esperanzada. Tenía que ser algo que contuviera
alguna caloría. El agua no contaba.
—Muy bien. Zumo de naranja.
Saqué tres rosas blancas de uno de mis vasos buenos, le di un fregado rápido y
serví zumo de naranja en él. Era uno de los altos con motas doradas. Era una
estupidez beber zumo en un vaso así. No vi que bebiera (aunque, ahora que lo pienso,
tampoco le había visto beber el té en el despacho de la Diosa), pero cerca de dos
litros de zumo desaparecieron mientras yo me comía los huevos y dos muffins y un
scone tostados (qué buena idea había sido no vaciar la nevera antes de morir).
¿Significaba eso que le había gustado o era su estándar de cortesía de nuevo?
—¿A qué sabe? —le pregunté.
—A zumo de naranja —dijo con un tono de lo más enigmático.
¿Cómo iba a definirnos como pertenecientes al bando bueno? Con había estado
en el lado bueno si lo comparábamos con Bo. Pero Con seguía siendo un vampiro.
Seguía…
Lavé los platos en silencio mientras Con se sentaba en una butaca. El kimono le
hacía parecer muy zen allí sentado, inmóvil, sin hacer nada. Ya había visto en el lago
esa capacidad que tenía para permanecer sentado y erguido sin hacer nada en perfecta
gracilidad: aunque no era eso lo que había pensado cuando habíamos estado
encadenados juntos a la pared. Y resultaba interesante que retuviera esa cualidad
incluso cuando no estaba bajo la amenaza de una eliminación inmediata sin salida,
situación que por lo general hace que te centres. Si es que no te vuelves loco antes,
claro.
Lavé los platos muy despacio. Estábamos limpios y habíamos comido. No había
nada que hacer salvo pensar en cómo íbamos a dormir. Con me había dicho que los
vampiros hacían algo parecido a dormir durante el día. Y mi cuerpo tenía que dormir
pronto o iba a caerme redonda allí donde estaba. Pero mi mente era incapaz. Había
intentado convencerme a mí misma para bajar algo de ropa y poner una lavadora,
pero no me veía con fuerzas para hacer tal esfuerzo: «escaleras»: era como la
conquista del Everest, y ¿dónde estaban mis sherpas? Rescaté los pantalones de Con
del toallero, donde los había colocado tras aclararlos y estirarlos (uno nunca se
imagina a los vampiros haciendo tareas domésticas, pero supongo que hasta ellos
tendrán que lavarse la ropa de alguna manera) y los colgué en el balcón para que se
secaran con el sol y el aire. Al menos seguían siendo pantalones, si bien algo
desgastados por los acontecimientos, que era más de lo que se podía decir de lo que
quedaba de su camisa. Rebusqué de nuevo en el armario (no sin cierto riesgo, pues mi
equipo informático pasaba cada vez más tiempo dentro de él), saqué la camisa y la
dejé en el pomo de la puerta de este.

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Todo había sido lavado, secado y guardado.
A dormir. De ninguna manera.
Al menos, al estar tan cansada, y aún pendiente de que mis manos no hicieran
movimientos renegados, no estaba interesada (o más bien debería decir que no era
capaz de procesar) en qué más podría ocurrir en una situación como aquella en una
habitación. O no pasar.
Sí que era capaz de procesar el miedo a dormir sola. Miedo a dormir.
—Tú te quedarás con la cama —le dije—. El balcón no tiene cortinas y el sol
llega a casi toda la sala de estar conforme avanza el día. Yo dormiré en el sofá.
Permaneció en silencio un instante y pensé que tal vez lo rebatiera. Tal vez eso
fuera lo que yo andaba buscando. Tener una discusión. Pero todo lo que dijo fue:
—Muy bien.

Como era de esperar, no pude dormir. Me habría gustado fingir (incluso intentar
fingir) que fue porque no estaba habituada a dormir de día, pero con las horas a las
que salía a veces de la cafetería había tenido que acostumbrarme a o echarme siestas
durante el día o morir, así que había aprendido. Hasta hacía cinco meses eso de «Haz
algo o muere» siempre se me había antojado una simple elección en favor de una
cosa u otra.
Dormir no era una opción ese día. Cada vez que mis pesados y doloridos
párpados se cerraban, alguna escena de la noche anterior asaltaba la pantalla privada
del interior de mi ojo, así que seguí con ellos abiertos y me quedé allí tumbada,
rodeada por el olor de las rosas y la levemente dorada luz del día otoñal.
No sé cuánto tiempo estuve allí. Me puse de costado para poder contemplar cómo
la luz del sol se extendía por el suelo conforme este iba elevándose y llegaba a mi
montaña de libros y abrazaba mi escritorio, acariciaba el sofá y posaba sus dedos con
delicadeza sobre mi rostro. Me sentía a gusto, y a salvo: más de lo que había estado
desde la noche en que había conducido al lago, y conocido a Con. Bo ya no estaba, ni
Bo ni su banda. Pero no podía asimilarlo. O no era capaz sin… asimilar todo lo que
aquello implicaba. Lo habíamos logrado. Con y yo. Habíamos conseguido lo que
queríamos hacer, y, además, lo que habíamos tenido por seguro que no
conseguiríamos. O que yo había dado por sentado que no íbamos a ser capaces de
hacer. Y estaba equivocada. Lo habíamos conseguido. «Conseguido» es una palabra
muy punzante. Me sentía como si estuviera golpeándome con un palo de golf.
No tenía, sin embargo, sensación de seguridad. Era como si estuviera aguardando
a que algo terrible ocurriera. No. Me sentía como si la cosa más terrible hubiera
llegado y después de todo no era la muerte. Era yo. Tengo miedo de ti. Miedo de mí.
Hacía tan solo tres meses había pensado que descubrir que tal vez fuera una
parcial, y que como resultado corría el riesgo de volverme loca una vez mi gen
demoniaco se juntara con mi gen de manipuladora de magia, era lo peor que me

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podía suceder. Era lo peor que me podía imaginar. Había quitado el protector de papel
del paquete del bicarbonato de sodio herencia de mi padre y lo había vertido en el
vinagre de mi madre. Había creído que la efervescencia y ebullición resultantes iban
a volarme la tapa de los sesos. Ahora esos miedos parecían tan poderosos como la
bomba casera que todo niño tiene que hacer una o dos veces en su vida para epatar a
sus amigos. Me sentía cómo si la locura normal y corriente hubiera sido una prórroga.
Conocía el mal pronóstico para aquellos parciales con antecedentes de manipulación
de magia en su familia. Nada había sabido de Bo, sin embargo. De lo que algo como
Bo podía ser.
Alerta: humor negro. Y aún seguía sin saber si mis genes iban a acabar
volándome la tapa de los sesos. Aunque me parecía a mí que ya habían tenido la
mejor oportunidad que cualquier gen maligno pudiera desear y la habían dejado
pasar.
Me cubrí con la manta, me levanté y fui a la habitación. Había corrido bien las
cortinas y la cama estaba totalmente a oscuras y yo tampoco estaba mirando
fijamente la cama, así que me llevó algo de tiempo darme cuenta de que no estaba en
ella.
No podía haberse marchado. Era de día. El pánico creció en mi interior. Habría
jurado que ya no tenía fuerzas para sentir pánico. Una cosa más en la que había
errado. Y además, ¿por qué sentía pánico? ¿Por estar a solas conmigo misma?
¿Prefería tener a un vampiro conmigo?
Bueno. Sí.
No me dio tiempo a seguir aterrada. Con se incorporó (o más bien se desplegó
cual escalera extensible o similar, «incorporarse» no alcanza a describirlo bien) desde
el lado más alejado de la cama.
—¿Qué haces en el suelo?
Simplemente me miró y recordé entonces la habitación en la que lo había
encontrado una vez. La habitación que no era de su amo. Al menos aún llevaba el
kimono.
—Lo siento —dije—. No puedo dormir.
—Yo tampoco —dijo él.
—Entonces ¿duermes? —pregunté—. Quiero decir, ¿los vampiros dormís?
—Descansamos. Alcanzamos un estado de… consciencia diferente a cuando
estamos… despiertos. No estoy seguro de si es lo mismo a lo que vosotros llamáis
dormir.
No, y el zumo de naranja probablemente tampoco te sepa a zumo de naranja,
pensé.
No podía dormir, pero estaba demasiado cansada como para seguir de pie, así que
me senté en la cama.
—Lo logré… lo logramos, ¿sabes? —dije—. Pero no me siento bien. Me siento
como si hubiéramos fracasado. Me siento como si todo fuera peor ahora de lo que era

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antes. O que yo soy peor.
Con seguía en la misma postura.
—Sí —dijo.
—¿Tú también te sientes así?
Volvió la cabeza como si estuviera mirando por la ventana. Tal vez así fuera. Si
un vampiro podía ver en la oscuridad, quizá pudiera ver a través de las cortinas.
Puede que fuese algo que aprendes tras los primeros cien años o así. Uno de esos
misteriosos poderes que los vampiros más antiguos desarrollan.
—No pienso en términos de mejor o peor.
Se quedó callado tanto tiempo que pensé que no iba a decir nada más. Convertirse
en un fatalista probablemente sea un riesgo potencial para un vampiro.
Pero finalmente volvió a hablar:
—Lo que ocurrió anoche nos ha cambiado. Sí. Inevitablemente. ¿Has vivido
cuánto tiempo? ¿Un cuarto de siglo? Yo llevo existiendo mucho más. Esta
experiencia significa menos para mí que para ti, pues yo he vivido muchas más cosas.
Y aun así lo de anoche también me perturba. Así que puedo imaginarme… un poco,
al menos… lo mucho que te perturba a ti.
Bajé la vista, en parte para que no pudiera leer nada en mis ojos, aunque
probablemente ya lo hubiera hecho. Tal vez esa fuera la razón por la que había estado
mirando en dirección a las cortinas. Cortesía de vampiros. Ya observada con
anterioridad.
Perturbada, pensé. Vale.
—Sunshine —dijo—. No eres peor, ni mala.
Lo miré y recordé lo que le había visto hacer. Recordé lo que me había visto
hacer. Recordé a Bo.
Intenté recordar que nosotros éramos los vencedores.
Intento errado. Si eso era una victoria…
Estaba tan cansada…
—Haré todo lo que esté en mis manos por ti —dijo—. Dime qué quieres.
Un vampiro, en el lado más alejado de mi cama, vestido con mi kimono,
diciéndome que haría lo que le pidiera. Cálmate, Sunshine.
Suspiré. No estaba preparada para ello.
—No quiero estar sola —dije—. Túmbate en la cama y deja que me tumbe a tu
lado, y rodéame con tus brazos. Sé que no puedes hacer nada respecto a tu falta de
latidos, pero sé que puedes respirar como un humano si quieres, así que ¿lo harás, por
favor?
Contemplé su rostro en las sombras (sombras inmóviles) pero este no tenía
expresión alguna, como era de esperar. Se tumbó, yo también lo hice, y me rodeó con
sus brazos. (Nota: ¿tienen los vampiros cosquillas?). Y respiró como un humano. Más
o menos. Costaba un poco ignorar la falta de latidos estando tan cerca el uno del otro
(en serio, tal vez penséis que uno no es consciente del pulso de un cuerpo tumbado

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junto al tuyo cuando tienes la cabeza en su pecho, pero creedme, no es así), pero tenía
la temperatura corporal adecuada y eso ayudó. Y en cierto modo su solidez, el hecho
de que mis ojos abiertos no vieran nada salvo su garganta por encima de los pliegues
del kimono y su mandíbula encima de esta hizo que me sintiera extrañamente
protegida, como si pudiera protegerme de lo que yo había traído de vuelta conmigo,
de lo que había crecido en mí durante la noche anterior. Me metí mis manos falsas
bajo la mejilla. Finalmente, conseguí dormirme.
Soñé, claro está. Con y yo estábamos de vuelta en la guarida de Bo, y los
vampiros se acercaban a nosotros desde todas direcciones, con los ojos en llamas,
mortíferos, terribles. Vi de nuevo cómo Con hacía lo que jamás habría querido ver a
nadie hacer; volví a ver cómo yo hacía lo que habría preferido no ver hacer ni saber
que había hecho. Llegados a cierto punto no importa si son ellos o nosotros. Da igual.
Hay ciertas cosas con las que no puedes vivir. No, sabiendo que las has hecho.
Incluso aunque haya sido para sobrevivir.
De nuevo mis manos tocaron el pecho de Bo. Se hundieron en él. Agarraron su
corazón y lo arrancaron. Observé cómo se quemaba. Cómo se licuaba.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
Sentí cómo el veneno de aquel contacto se filtraba por entre mi piel. Daba igual si
era el veneno del mal, o el veneno de una idea: estaba corrupto, y me corrompía a mí.
Sentí cómo el fuego de la red dorada crecía en mí, en mi interior: y se marchaba.
Lloré en mis sueños.
Cuando Bo se prendió, yo también lo hice: mis lágrimas dejaron pequeños
arroyos de fuego, no de agua, por mi rostro. Gotearon hasta mi pecho, donde la herida
se había reabierto. Allí prendieron con especial fuerza. Mis lágrimas y la red de luz
me quemaron y a continuación me abandonaron.
Durante un rato, tras aquello, me batí en el viento como si no fuera más que
cenizas. Pero finalmente fui expelida de la oscuridad hacia la luz, y cuando esta me
tocó empecé a cobrar forma de nuevo. Luché contra ello; yo era fragmentos, cenizas.
No era nada ni nadie, no tenía entidad propia ni responsabilidades. No quería
recomponerme de nuevo y tener que hacer frente a todo lo que yo era y lo que había
hecho y podría volver a hacer. Cien años más y serán los vampiros quienes dirijan el
cotarro. Las guerras fueron solo una distracción.
No quería sentir cómo el veneno me devoraba, ver esas líneas gangrenosas
reptando por mis brazos allí donde antes había estado la red dorada, hacia mi corazón
aún latente; ver cómo me pudría…
Prefería ser cenizas, secas y livianas, sin deberes ni responsabilidades. Ni
recuerdos.
O lealtades sesgadas.
Un recuerdo: estaba sentada en el porche de la cabaña junto al lago. Era de noche.
Podía oír a mis espaldas el ruido del motor de mi coche mientras se enfriaba. Era una

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noche hermosa. Estaba contenta de haber ido.
Pero mi vida estaba a punto de cambiar de manera irreversible. Irreparable.
Mi muerte estaba a punto de comenzar.
Escuché atentamente en busca de vampiros, consciente de que no los oiría. Era
una etapa demasiado temprana en la historia de mi muerte como para poder oírlos.
En vez de eso oí una leve pisada humana en la hierba, en las hojas del año
anterior que yacían sobre esta. Me volví, sorprendida.
Mi abuela subió los escalones del porche y se sentó a mi lado. Tenía más canas en
el cabello que quince años atrás. Parecía cansada y desalentada, pero me sonrió
mientras yo la miraba con incredulidad.
—No dispongo de mucho tiempo, querida —dijo—. Perdóname. Pero tuve que
venir cuando te oí llorar. Cuando comprendí por qué llorabas. —Cogió mis manos
(un gesto muy de Con) y las unió como había hecho tiempo atrás, cuando me había
enseñado a transformar una flor en una pluma—. Constantine te está diciendo la
verdad —dijo—. No hay nada malo en tus manos. No hay nada malo en ti. Salvo,
quizá, que has alcanzado tu fuerza con demasiada rapidez, y sola, que no es como
debería ocurrir. Si te sirve de consuelo, no es la primera vez que le pasa a alguien, y
no será la última. Y aun así, si no te hubiera sucedido de esa manera, tal vez no
hubieras hecho lo que hiciste, en parte porque habrías sabido que no era posible. Y
entonces habrías muerto.
—¿Habría sido eso tan malo? —dije, intentando que no se me quebrara la voz—.
Mel habría llorado mi pérdida, y Aimil, y mamá y Charlie y Kenny y Billy… hasta
Pat, quizá. Incluso la señora Bialosky. Pero ¿habría sido tan malo?
Mi abuela volvió la cabeza para mirar al lago y de nuevo me recordó a Con por la
manera en que este había girado la cabeza para mirar por entre las cortinas. Seguía
sosteniéndome las manos.
—¿Que si habría sido tan malo? —dijo, divertida—. No soy la persona adecuada
para responderte a eso, pues soy tu abuela y te quiero. Pero sí, creo que habría sido
muy malo. Lo que podemos hacer, hemos de hacerlo: debemos usar lo que se nos ha
dado, y debemos usarlo de la mejor manera que podamos, independientemente de la
mucha o poca ayuda de que dispongamos para la tarea. Lo que se te ha concedido es
algo duro de llevar, muy duro, o de lo contrario no te habrías preguntado si sería malo
que tu fracaso y muerte temprana ocurrieran. Pero querida, ¿qué pasaría si no hubiera
nadie que pudiera hacer las cosas difíciles?
—¿Qué cosas difíciles? —pregunté con amargura—. Hay tantas. Ahora mismo es
como si todo fueran cosas difíciles.
Aguardé a que me dijera que recuperara la compostura y dejara de sentir lástima
por mí misma, pero me dijo:
—Sí, hay muchas cosas difíciles y casi han llegado a ser demasiado para ti,
demasiado para soportarlas todas de repente. Recuerda lo que Constantine te dijo: qué
él también está perturbado, a pesar de que es más viejo y fuerte que tú.

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—Con es un vampiro —dije—. Él es una de esas cosas difíciles.
—Sí —respondió ella—. Lo siento.
—Pat dice que nos quedan menos de cien años —dije.
Y por tercera vez me recordó a Con, por el silencio antes de su respuesta. Pero
suspiró como una humana.
—Pat tal vez sea un poco pesimista —dijo.
—¡Un poco! —dije—. ¡Un poco!
No dijo nada.
Seguimos sentadas, con sus cálidas manos envolviendo las mías. Estaba
esperando que me dijera que todo estaba bien, que pronto me sentiría mejor y que
todo se iría, que estaría bien. Que no tendría que volver a mirar de nuevo a ningún
otro vampiro. Que teníamos todo el tiempo que necesitábamos y que esa tampoco era
mi batalla, de todas maneras. No lo hizo. Oí los leves ruidos del agua del lago. Sentí
cómo los pedazos de mis lealtades sesgadas se unían. O los fragmentos de mí misma.
Pensé en la simplicidad de morir.
Finalmente dije, sorprendiéndome a mí misma:
—Sentiría no volver a ver el sol de nuevo. —Paré de hablar y entonces supe que
lo sentía de verdad—. Sentiría no volver a hacer nunca más rollos de canela, o
brownies o muffins o… la «Escatología de Sunshine». Me daría pena no tener que
trabajar durante veinticuatro horas seguidas en un día caluroso de agosto y luego
quitarme el delantal a medianoche y jurar que iba a buscarme otro trabajo en una
fábrica. Sentiría no sentir arcadas cuando Mel abriera la válvula de su proyecto de
customización semanal. Sentiría no volver a decirle a mi madre que se metiera en sus
malditos asuntos ni ver a Charlie entrar en el obrador y preguntarme si estaba todo
bien cuando estoy en modo perra rabiosa, ni ver las graduaciones de Kenny y Billy,
suponiendo que alguno de los dos consiga graduarse. Me daría pena no poder volver
a releer Hija de fantasmas, ni volver a discutir con Aimil sobre Le Fanu o M. R.
James, ni volver a tumbarme en el jardín de Yolande en verano… —No sin cierta
perplejidad, añadí—: Sentiría no volver a oír los últimos cotilleos de Pat sobre las
FEAO.
Paré de hablar de nuevo, durante más tiempo en esa ocasión. Después, apenas si
hablé. Más bien susurré:
—Sentiría no volver a ver a Con de nuevo. A pesar de que sea una de esas cosas
difíciles.
Me desperté con lágrimas en el rostro y el pelo de Con en la boca. No creo que
moviera nada salvo los párpados, pero él levantó la cabeza de inmediato. Me
incorporé, liberándolo de su terrible servidumbre. Rodó hasta ponerse de pie y
descorrió las cortinas. La noche había caído.
—Es de noche —dije de manera totalmente innecesaria.
—Sí —dijo él. No vi que se quitara el kimono ni que saliera de la habitación, pero
de repente no estaba allí, y el kimono no era más que un bulto oscuro en el suelo.

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Cuando reapareció, llevaba su propia ropa. La camisa negra le quedaba mucho mejor
a él que a mí. Los pantalones estaban muy estropeados, pero eran mejor que nada.
Tenían que seguir húmedos, pero me dije a mí misma que podía aumentar su
temperatura corporal para secarlos si quería. Otra de esas pequeñas ventajas de ser un
no muerto.
No se había abrochado la camisa.
La herida del pecho no estaba.
Ya había pasado por eso antes.
Pero sí que tenía una cicatriz.
Me levanté de la cama y me puse de pie un tanto mareada. Fui hacia él y se la
toqué.
—Es nueva —dije.
—Sí —respondió él.
Quería saber por qué: ¿qué dejaría una cicatriz en un vampiro? ¿El intento de otro
vampiro por hacerse con tu corazón? ¿O el contacto de unos labios humanos en esa
herida? Pero no le pregunté.
—Has dormido —dijo.
Asentí.
—Se ha acabado. Anoche terminó todo —dijo—. Y Bo se ha ido para siempre.
Lo miré. No había expresión en aquel rostro extraño y grisáceo. Si no fuera por
los ojos, bien podría haber sido una estatua. Una tallada por un escultor
particularmente lúgubre.
Ridículo, pensé. Descabellado, grotesco, imposible.
Aparté la mirada para que no pudiera leérmela. Pero él me había dicho que solo
podía ver mis miedos, no mis secretos.
Sentiría no volver a ver a Con de nuevo.
—Está empezando a terminar —dije—. Lo de anoche está empezando a concluir.
Soñé… soñé con mi abuela.
—La que te enseñó a transformar cosas.
—Sí.
Asintió (como asentiría una estatua articulada) como si fuera de lo más lógico.
Como si fuera la última y perfecta pincelada, y la historia (o la estatua) quedara así
conclusa.
No iba a llorar. No iba a hacerlo.
—Seguimos unidos, tú y yo —dijo—. Si me llamas, vendré.
Negué con la cabeza, pero él no dijo nada más.
—Tú podrías llamarme —le dije yo. Espectros como el teléfono fantasía de
baquelita negra que el amo de Con podría haber tenido olvidado en un rincón
hicieron acto de presencia en mi cabeza.
—Sí —dijo Con.
Toqué la nueva cicatriz de mi cuello, la que cruzaba la antigua cicatriz, la que

[Link] - Página 315


tenía forma de colgante.
—He perdido el colgante que me diste. Lo siento. No podría encontrar el camino,
incluso aunque me llamaras.
—No lo has perdido —dijo. Se produjo una pausa—. El colgante sigue ahí.
—Oh —acerté a decir. Supongo que si una navaja puede ser transformada en una
llave, una cadena puede transformarse en una cicatriz. Tal vez, basándonos en los
mismos preceptos, no sea fácil dejar tu cabeza atrás por el mero hecho de que algo no
funcionara en ella. Aunque había sido también gracias a Con que mi navaja no se
había fundido conmigo. Con cautela, dije:
—No querría llamarte si tú no quieres venir.
Otra pausa. Me mordí el labio.
—Querré venir —dijo.
—Oh —volví a decir.
Pausa.
—¿Es necesario que esté en peligro de muerte? —pregunté.
—No —dijo. Pero giró la cabeza y miró a la ventana como si estuviera deseando
irse.
Retrocedí un paso. Cogí aire. Pensé en rollos de canela. Y en Mel. Pensé en
intentar ayudar a salvar el mundo en menos de cien años, haciéndolo a la manera de
Pat.
—Lo siento —dije—. Estoy intentando hacer de esto una especie de despedida a
lo humano, ¿sabes? Eres libre de irte.
—No soy humano —dijo—. No soy libre.
—¡No soy una especie de trampa, o de celda! —le dije enfadada—. ¡No soy una
soga alrededor de tu cuello… o un grillete en tu tobillo! ¡Así que vete!
Tal vez fuera el viento de mi ira. Oí un crujido de hojas.
Miró de nuevo a la ventana. Me crucé de brazos y me apoyé contra los pies de la
cama y miré al suelo, aguardando a que se desvaneciera.
—¿Cuándo vuelves a hacer rollos de canela?
Lo del «Oh» iba camino de convertirse en una mala costumbre. Así que dije:
—¿Qué?
Con paciencia repitió:
—¿Cuándo vuelves a tu trabajo de alimentar a humanos?
—Eh… Mañana por la mañana, supongo. ¿Qué hora es?
—Será medianoche en dos horas.
—En seis horas, entonces. Salgo de aquí un poco después de las cuatro.
Lentamente, como si fuera un arqueólogo descifrando un fragmento de una
lengua tiempo extinta, dijo:
—Podrías venir conmigo. Esta noche. Te traeré de vuelta a tiempo para que vayas
a preparar los rollos de canela. Si has descansado lo suficiente. Si… quieres venir.
¿Qué es lo que hace un vampiro por la noche? ¿Dar largos y tonificantes paseos?

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¿Investigar sobre los hábitos de los búhos, los tejones y… (perdonad, no soy muy
ducha en la fauna nocturna)?
—¿No tienes… esto… hambre?
Otra pausa. Tiempo suficiente para decidir que me había imaginado lo que
acababa de decir.
—Tengo hambre —respondió—. Pero no tanta que no pueda esperar seis horas.
Pensé en lo terriblemente difícil que iba a ser el día de mañana. Pensé en todas las
historias que tendría que contar. Pensé en toda la verdad que no iba a poder contar.
Pensé en que tendría que mentirles a Charlie, a Mel, a mamá. A la señora Bialosky y
a Maud. A Aimil, incluso a Yolande. Pensé en la perspectiva de ver de nuevo a Pat,
en tener que hablar con la Diosa una vez más (entre otras cosas, sobre la desaparición
del señor Connor, cuya dirección resultaría ser falsa). Pensé en que todo sería mucho
más sencillo si Con desapareciera con la noche, ahora, para siempre. Nada sería
sencillo, nada volvería a serlo, tras lo de anoche. Y odiaba mentir. Había mentido
mucho últimamente.
Casi todo sería mucho más fácil si Con se fuera para siempre.
Con dijo:
—Preferiría disfrutar de tu compañía unas horas más que aplacar mi hambre.
No decidí nada, pero oí que mi voz decía:
—Voy a vestirme.
Me volví (como una estatua andante, un títere mal hecho) y fui al armario.
Conseguí girar el pomo y abrir la puerta antes de recuperar mi raciocinio. Para aquel
entonces la decisión ya estaba tomada.
Dado que el armario de mi sala de estar albergaba en esos momentos mi equipo
informático, el de mi habitación era infranqueable. ¿Dónde había visto por última vez
mis vaqueros negros? Como ya os he dicho en alguna que otra ocasión, no soy muy
de negro, y mi fondo de armario no se basa en el concepto de desmaterialización en
las sombras.
—Puede que me lleve un momento —dije. Confié en que no pareciera un ruego.
—No me iré sin ti —dijo.
Su voz seguía siendo totalmente inexpresiva y no podía verlo, estando de rodillas
en el suelo de mi armario, rebuscando entre una pila de ropa que podría haber estado
bien doblada si tuviera un estante, pero no era así y por tanto no lo estaba. Que
estuviera pensando en mi ropa no doblada tal vez fuera el motivo por el que me
resultó muy sencillo percibir que estaba diciendo la verdad. No me iré sin ti. Me miré
las manos, las manos que habían tocado a Bo y habían sostenido su corazón mientras
este se fundía y descendía hediondo por mis muñecas hasta gotear sobre un suelo que
estaba desintegrándose, y que en esos momentos rebuscaban con eficiencia entre mi
ropa arrugada. Vi mis manos con claridad, a pesar de estar a oscuras, porque podía
ver en la oscuridad, y no parecían raras ni extrañas ni corrompidas. Eran mis manos.
Con ellas sumidas en las profundidades del armario, y mientras estaba pensando en

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los vaqueros, vi un tenue brillo dorado en las palmas de mis manos y en los
antebrazos. Tampoco había perdido la red de luz.
Esa era mi vida ahora: rollos de canela, «Escatología de Sunshine», ver en la
oscuridad, talismanes que se prendían y fundían en mi piel, donde no podría
perderlos. Una relación especial con las Fuerzas Especiales Anti Otros, donde no
todos eran del mismo bando. Una casera que era una guardiana de protecciones.
Armarios desordenados. Vampiros.
Vete acostumbrando, Sunshine.
Salí del armario con unos vaqueros negros y una camiseta de color gris pizarra
que nunca me había gustado. Y zapatillas rojas. Eh, el rojo se vuelve gris en la
oscuridad más rápidamente que cualquier otro color.
Extendió la mano.
—Vamos, pues —dijo.
Me adentré con él en la noche.

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ROBIN MCKINLEY (Warren, Ohio, EE. UU., 1952) es una escritora norteamericana
de libros de fantasía juvenil.
Pasó su infancia a caballo entre Nueva York, California, Japón y Maine debido al
trabajo de su padre, que era oficial de la marina. Estudió en las universidades
Dickinson College de Pennsylvania y Bowdoin College de Maine, y se graduó
summa cum laude en 1975. Trabajó como editora, transcriptora, asistente de
investigación y dependienta de una librería antes de publicar su primera novela,
Beauty: A Retelling of the Story of Beauty and the Beast, en 1978.
Sus obras incluyen diversas reinterpretaciones de cuentos clásicos con «una vuelta de
tuerca feminista», protagonizados por heroínas. Beauty y Rose Daughter son
versiones de La Bella y la Bestia, mientras que Spindle’s End es la historia de La
Bella Durmiente. Dos de sus novelas están ambientadas en el mundo fantástico de
Damar, The Blue Sword y The Hero and the Crown, por las cuales recibió dos
premios Newbery. También es autora de los autoconclusivos Sunshine y
Dragonhaven, además de numerosos relatos cortos recogidos en antologías. Destaca
la colección Tales of Elemental Spirits, escrita por Robin McKinley y el que fue su
marido, el difunto escritor Peter Dickinson.
Actualmente vive en Hampshire, England, donde continúa dedicándose a la escritura.

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Rae, a la que todos llaman Sunshine, sabía que estaba cometiendo una
imprudencia, pero necesitaba aislarse un rato para desco
Robin McKinley
Sunshine
ePub r1.0
Titivillus 06.09.18
ebookelo.com - Página 3
Título original: Sunshine
Robin McKinley, 2003
Traducción: María Otero González
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
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Para Peter,
mi Mel y Con en un mismo pack.
¿Soy o no soy una suertuda?
ebookelo.com - Página 5
Primera parte
Había sido una estupidez, pero tampoco era para tanto. No había ocurrido nada en el
lago en años. Y estaba tan
se habían convertido en amigos. (Conforme Billy y Kenny fueron haciéndose
mayores, la calidad de las películas también mejoró
acabaría cayendo muerto por agotamiento. Así que ponerlo a él de amo de casa no era
la respuesta. Pero lo cierto era que yo s
hostelería. No lo haces por dinero o por las horas. Al principio lo hacía de vez en
cuando, pues no quería que se percatara d
y se había liado una buena. Había sido un día de perros para todos, y yo me fui a casa
malhumorada e inquieta y mi única noch

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