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Moderadoras

Kyda y Brisamar58

Traductoras

Axcia
Brisamar58
Cassandra92
cjuli2516zc
Gerald
Gigi
Kath
Katyandrea
Kyda
lvic15
Mimi
Mona
Neera
Nelshia
Olivera
Valalele
Valen Drtner

Corrección, Recopilación y revisión

Kuami

Diseño
Roxx
CRÉDITOS
ÍNDICE
SINOPSIS
PRÓLOGO
UNO
DOS
CUATRO
CINCO
SEIS
SIETE
OCHO
NUEVE
DIEZ
ONCE
DOCE
TRECE
CATORCE
QUINCE
DIECISEIS
DIECISIETE
DIECIOCHO
DIECINUEVE
VEINTE
VIENTIUNO
VEINTIDOS
VEINTITRES
Epílogo
Próximo libro
Sobre el autor
Ella respeta la ley, él la infringe.
Dos corazones azules, ambos por igual en valentía.
En un Londres no-tan-justo dónde tenemos nuestra escena del
crimen de un pequeño robo con arma.
Dónde la familia es tu sangre y la supervivencia mancha tus
manos.
En este lugar, nos encontramos dos corazones que deberían ser
enemigos y, sin embargo, en medio de la confusión su amor sigue
creciendo.
La desgracia abunda y la línea divisoria les traerá disputas.
Aunque con suerte, la muerte no siempre significa el fin de la vida.
Hearts of Blue es un romance contemporáneo independiente que
narra la historia de dos desventurados amantes; Karla Sheehan y Lee
Cross, una agente de policía y el ladrón que le roba su corazón.
Londres, 2000

La habitación estaba helada, tan fría que podías ver el vaho de tu


propio aliento delante de tu rostro.
Había algo que hacía que todo se sintiera húmedo. La electricidad
había sido cortada varias semanas atrás y con ella la calefacción
central. El viejo sofá de la sala estaba húmedo al tacto; también lo
estaban todas las mantas y almohadas en el dormitorio que Lee
compartía con sus tres hermanos. Se subió a la cama y cerró los ojos,
trató de ignorar el malestar de la ropa de cama húmeda y simplemente
ir a dormir, pero eso no funcionaría.
Nunca lo admitiría a ninguno de sus amigos, pero a menudo se
acurrucaba fuertemente con su hermano mayor, Stu, buscando calor.
Liam y Trevor compartían la cama al otro lado de su pequeña
habitación, mientras que su prima Sophie dormía en la vieja habitación
de su madre. Su tía Jenny hacía meses la había abandonado allí, justo
después de que la madre de Lee falleciera. Luego se había ido de
vacaciones con su "maldito" novio; cuando ni siquiera había empezado
a enfriarse. Para los servicios sociales, Jenny se había mudado para
ocuparse de los hijos de su hermana. En la realidad, ella estaba
tomando el sol en Magaluf, bebiendo hasta emborracharse, dejando que
los cinco niños sobrevivieran con un sobre de dinero, que hacía mucho
tiempo se había agotado.
Había un hombre vestido con traje y llevaba anillos de oro que
había comenzado a venir más y más a menudo, ofreciéndole a Lee una
manera de cuidar a su familia. Lo había visto varias veces por el barrio.
Una vez había estado golpeando a un hombre hasta casi matarlo porque
no podía pagar el dinero que le debía y otra vez había estado visitando a
una mujer cuyo marido había muerto, trayéndole un cesto de comida
para alimentar a sus hijos. Era difícil reconciliar al hombre violento con
el que ayudaba a la viuda. ¿Cómo podría alguien ser amable y cruel?
Sin embargo, Lee quería confiar en él. Quería que lo que el hombre
ofrecía fuera real y no un engaño, porque vio su costoso traje y elegante
auto, y en lo profundo de su tripa codició esas cosas para sí mismo.
Estaba cansado de sufrir, cansado de ver a sus hermanos vivir una vida
de pobreza. Quería asegurarse de que su familia nunca volviera a tener
frío o hambre y el hombre representaba la oportunidad de hacerlo.
Stu tosió y se volvió de lado, con los ojos abiertos, claramente
incapaces de dormir, tampoco.
—La odio —dijo, apartando a Lee de sus pensamientos.
—Todos la odiamos —respondió Lee. Lo que hizo fue egoísta. Ella
merece que se le odie.
—No estoy hablando de la tía Jenny. Estoy hablando de mamá.
Ella era peor que Jenny. Ella nunca nos quiso. Se supone que las
mamás aman a sus hijos.
—Ni siquiera se amaba a sí misma —dijo Lee mientras pensaba en
ella—. Los drogadictos no aman a nada excepto drogarse.
Tanto su madre como su hermana habían crecido en una casa que
era las peores desestructuradas. No era de extrañar que ellas
terminaran como lo hicieron.
Stu dejó caer su cabeza y miró al techo.
—Nunca consumiré drogas. Lo estoy jurando ahora. Si alguna vez
intento tocar una sola píldora, quiero que me golpees en la cara.
Lee ahogó la risa.
—No hay problema, bruv.
—Estoy hablando en serio —insistió Stu—. Incluso te dejaré
romperme la nariz si eso me impide convertirme en un maldito
estúpido.
Las proclamas de Stu despertaron a sus hermanos menores.
Liam, que tenía sólo nueve años y era el más pequeño, se quejó:
—Ustedes dos están hablando muy fuerte.
—Lo sentimos, hombrecito. Vuelve a dormir. Hablaremos más bajo
—dijo Lee en voz baja.
—Tengo hambre —dijo Trevor, sentándose y frotándose los ojos.
Lee y Stu habían estado robando comida durante semanas, pero
sólo era cuestión de tiempo que fueran atrapados. No podían seguir
haciéndolo. Tenían que encontrar una alternativa. Una vez más, el
hombre del traje invadió sus pensamientos.
—¿Cuándo regresará la tía Jenny? —preguntó Liam, demasiado
pequeño para darse cuenta de que ella nunca regresaría, no por ellos de
todos modos.
—Ella no volverá —gritó Stu abruptamente.
Él no tenía la sensibilidad de Lee cuando se trataba de los niños
más pequeños. Los ojos de Liam empezaron a brillar justo antes de que
rompiera a llorar y Lee se levantó de la cama, yendo a su lado para
consolarlo. Pasó el brazo por los hombros de su hermano pequeño y
apartó sus lágrimas con el pulgar.
—Todo va a ir bien. No la necesitamos —le prometió.
—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó Trevor amargamente—. No
tenemos nada. Sólo somos un grupo de chicos a los que a nadie les
importa una mierda.
—A mí me importa —respondió Lee—. Me importa todos nosotros.
Y voy a pensar en un plan.
—¿Un plan? —preguntó Liam, resoplando.
—Sí. No me importa lo que tenga que hacer o por quién tenga que
pasar por encima; voy a asegurarme de que nunca anhelemos nada
nunca más. Estoy harto de vivir así. —Pasados unos minutos en
silencio sintió que los tres muchachos lo miraban fijamente. Rompiendo
el silencio finalmente preguntó—: ¿Quién está conmigo?
Stu se acercó inmediatamente y colocó su mano encima de la de
Lee.
—Yo.
—Yo también —dijo Trevor.
—Y yo —convino Liam.
Lee hizo contacto visual con cada uno de sus hermanos, sellando
su pacto. Mañana iría a ver al hombre del traje, y, con suerte cambiaría
sus vidas.
Solo esperaba que eso fuera para mejor.
Londres, 2010
Karla

La primera vez que conocí a Lee Cross, estaba haciendo algo tan
habitual como ir a comprar al supermercado.
Parado despreocupadamente fuera de un salón de apuestas, había
llamado a mi mejor amiga, Alexis, a quien conocía porque ella había
salido con su hermano. El tiempo pareció moverse a cámara lenta
cuando sus ojos aterrizaron en mí e inmediatamente me sonrojé. Casi
contra mi voluntad le encontré atractivo, desde su desordenado cabello
castaño, sus picaros ojos azules, y, hasta los tatuajes que asomaban
por los extremos de las mangas de su camisa.
Para no alargar la historia, me invitó a salir. Lo rechacé y él había
intentado convencerme para que aceptara susurrando en mi oído:
"Si vienes, voy a hacer que te corras con la lengua sin a esperar
nada a cambio".
No puedo decir que no estuviera tentada, pero eso probablemente
se debía a mis diez meses de sequía. Yo era policía. Me tomaba mi
trabajo muy en serio. Y sólo tuve que echarle un vistazo a Lee Cross
para saber que no vivía en el mismo lado de la ley que yo. Además, era
demasiado joven para mí. Claro, sólo tres años, pero seguía siéndolo.
La segunda vez que lo vi, yo estaba ofreciendo un poco de apoyo
moral a Alexis, porque le había pedido un favor a Lee y él vino a nuestro
piso. Había sido arrogante, descansando junto a mí en el sofá y ligando
conmigo. Tuve que recordarme que estaba fuera de los límites, sobre
todo cuando cruzó conmigo esa pequeña sonrisa confiada suya. La que
decía: Una palabra, y te follaré hasta hacer desaparecer esa frustración,
nena. Muy molesto, ya sabes. Nunca le diría esa palabra. Nunca me
dejaría decirle que sí a Lee Cross.
Y la tercera vez que lo vi, bueno, eso nos lleva al presente, mientras
perseguía a alguien con capucha por unos callejones. Apenas unos
segundos antes lo había atrapado tratando de robar un auto
estacionado al lado de un quiosco y en el momento en que me vio se
escapó. Entreno varias veces a la semana, pero este hijo de puta era
demasiado rápido para mí. Ni que decir tiene, que me sentí aliviada
cuando vi que se metió en un callejón sin salida. Demasiado malo para
él. No había ningún sitio por dónde escapar y mi compañero de turno,
Tony, doblaría la esquina en cualquier momento. Mi alivio rápidamente
se desinfló cuando el tipo de la sudadera saltó sin esfuerzo la pared de
tres metros como si no fuera nada. ¿Qué demonios? Justo antes de
dejarse caer por el otro lado, se volvió y me lanzó un guiño.
Insolente. Pequeño. Bastardo.
Reconocería esos ojos azules en cualquier lugar, ya que su
hermano mayor poseía un par idéntico. Trevor era el segundo miembro
más joven de la familia Cross. Se le había detenido numerosas veces,
todo cosas poco importantes y no había ido a prisión. Todavía. Estaba
dispuesta a apostar que, si continuaba en la dirección que iba, acabaría
en la cárcel antes o después.
Un segundo más tarde Tony se acercaba a mí con las manos en las
caderas, mientras trataba de recuperar el aliento.
—¿Acaba de saltar la pared?
—Sí.
—Cabrón.
—Eso es exactamente lo que pienso. Vamos, creo que sé dónde
podemos encontrarlo.
Después de mis dos primeros encuentros con Lee, había hecho mis
deberes. Sabía que vivía en un piso de protección en Hackney. Sabía
que tenía veinticinco años y era dueño de un taller con operaciones
dudosas a sólo un par de minutos de mi comisaría llamado Hermanos
Cross. Y sabía que, al igual que su hermano menor, Trevor, tampoco
había ido a la cárcel. Pero como ya dije, eso iba a pasar finalmente.
Es cierto que había exagerado un poco mirándolo y no podría decir
por qué estaba tan interesada. Supuse que sólo quería saber a qué me
enfrentaba, ya que cada vez que me encontraba con él, parecía decidido
a conquistarme.
Tony y yo regresamos al auto patrulla, y me subí al asiento del
conductor con mi destino ya en mente. Sentía un cosquilleo en mis
manos y mi corazón vibraba ante la idea de ir a la casa de Lee por
asuntos policiales, pero había atrapado a su hermano en medio de una
actuación delictiva y de ninguna manera iba a dejar que él se escapara.
—He contado cuatro hasta ahora —dijo Tony, reanudando nuestro
recurrente juego, en el que contábamos las zapatillas deportivas que
colgaban de los cables eléctricos.
Esa una señal para mostrar que se vendían drogas en la zona. Por
desgracia, Tony y yo siempre contábamos más zapatillas de las que
teníamos tiempo de abordar. Además, no era como si pudiéramos
utilizar un par de zapatillas colgadas como razón para ir a buscar a
alguien a casa. Era por eso que las zapatillas iban tan bien. Todo el
mundo sabía qué quería decir, cuando técnicamente no querían decir
nada.
Al llegar a la calle de Lee, que consistía en dos largas hileras de
casas, me di cuenta de que algunas estaban en condición aceptable,
mientras que otras estaban tapiadas o cayéndose a pedazos. Era el tipo
de lugar en el que no querrías encontrarte caminando por la noche o
tampoco, durante el día.
La casa de Lee, el número 52, probablemente era la mejor cuidada.
Tenía triple acristalamiento y afuera estacionada, había una camioneta
negra Ford Focus RS con los cristales posteriores tintados.
—¿Cómo sabías que tenías que venir aquí? —preguntó Tony,
mirando burlonamente el auto de la misma forma que yo.
Eso era demasiado malditamente característico.
—Reconocí al chico. Aquí es donde vive —respondí, agarrando el
volante mientras miraba hacia fuera.
Estábamos saliendo del auto y caminando hacia la casa cuando
Tony dijo:
—Ya has lidiado con él antes, ¿verdad?
Me encogí de hombros justo antes de levantar la aldaba y golpear
tres veces a la puerta.
—Algo así.
Las cortinas se movieron en la ventana de una casa de dos puertas
más abajo, y vi una pequeña señora asomar la cabeza por ella. Pareció
sobresaltarse cuando me descubrió mirando y rápidamente dejó caer la
cortina. Podía oír el partido en la televisión y voces hablando en el
interior de la casa de Lee. Luego alguien vino por el pasillo y abrió la
puerta. Era una mujer pequeña, probablemente de unos veinte años,
con cara de duendecillo y el cabello castaño y corto. Me pregunté si
sería la novia de Lee. Estaba mascando chicle mientras ladeaba la
cabeza y me daba una mirada vacía.
—¿Sí?
—Buenas tardes señorita. Estamos buscando a Trevor Cross,
queremos hacerle unas cuantas preguntas acerca de su paradero
anteriormente esta noche. ¿Está aquí por casualidad?
La mujer continuó dándome una mirada vacía antes de rodar sus
ojos y volverse a gritar por encima del hombro:
—¡Lee! Los policías están en la puerta preguntando por Trev.
—Estoy haciendo la cena. Diles que no está —gritó Lee de vuelta y
mi estómago se agitó un poco al oír el sonido de su voz.
Hacía dos, tal vez tres meses desde que lo había visto por última
vez. Ni que decir tiene, que no estaba muy feliz por mi reacción. Sabía
que estaba diciendo la verdad acerca de la cena, cuando una ráfaga de
ajo golpeó mi nariz. Lo que estaba cocinando, olía delicioso.
Se volvió hacia mí, y le devolví la mirada con una expresión dura
que la hizo tragar.
—No creo que se vayan a ir tan fácilmente, primo. —¿Así que era
su prima?
—Está bien, estaré allí en un minuto —gritó Lee.
Ella me dio una mirada mordaz que decía, ¿Feliz ahora? antes de
girarse y entrar a la casa. Miré a Tony. Parecía aburrido. Este tipo de
cosas eran costumbre para nosotros; sin embargo, el hecho de que se
trataba de Lee Cross significaba que estaba lejos de ser aburrido. Ajusté
mi radio y pasé las manos por la libreta a buen recaudo dentro del
bolsillo de mi camisa antes de enderezar mi corbata. Estaba inquieta,
mi agitación elevándose más y más cuanto más nos dejaba Lee
esperando.
Escuché a alguien arrastrando los pies y luego un niño de unos
tres o cuatro años de edad asomó con timidez la cabeza por la puerta.
Era adorable, y le estaba sonriendo como una idiota antes de que tener
la oportunidad de calmar mi expresión.
—Hola, ¿cómo te llamas? —pregunté, agachándome un poco para
mirarlo a los ojos.
En el momento en que hablé, salió corriendo. A veces los niños se
asustan cuando ven el uniforme.
Un segundo más tarde Lee caminaba por el pasillo hacia nosotros,
secándose las manos con un paño de cocina. Llevaba vaqueros y una
camiseta, me permití un breve momento para mirar los intrincados
tatuajes que adornaban sus brazos y la forma en que sus vaqueros
abrazaban su esbelta cintura antes de enderezar mi postura. Las cejas
de Lee se levantaron cuando me vio allí de pie. Su expresión no decía
mucho y su atención vagó brevemente sobre Tony antes de regresar a
mí. Parecía a gusto. Éste era su territorio y eso no me gustaba. Tenía
ventaja, sin duda.
Una fácil y lenta sonrisa se extendió por su boca mientras me
miraba.
—Sabía que vendrías a picar, tarde o temprano, Snap.
—Había un niño pequeño —solté. Ni idea de por qué lo dije.
—Es Jonathan. Es el niño de mi prima Sophie. Viven aquí con
nosotros.
—Oh —dije, mirándolo en silencio durante un segundo antes de
recordar por qué estaba allí. Me aclaré la garganta—. Bueno, estamos
aquí de servicio. Acabo de llegar de perseguir a tu hermano Trevor por
un callejón tras sorprenderlo tratando de robar un Honda. Si está aquí,
me gustaría hablar con él.
Lee se cruzó de brazos.
—Como dije, no está aquí. Pero ¿cómo sabes que era Trev? Hay un
montón de chicos ahí fuera que se le parecen, un hijo de puta guapo es
lo que es. Creo que te has equivocado, nena.
—Estás hablando con una agente de policía, hijo. Muestra un poco
de respeto —dijo Tony, erizado porque Lee me llamara "nena".
Lee miró a Tony, luego a mí, y sonrió mientras inclinaba la cabeza
y dijo en voz baja:
—Mis disculpas, Karla.
La forma en la que dijo mi nombre me dio esa sensación
burbujeante en el estómago de nuevo, pero no dejé que se mostrara.
Hasta ahora, nunca me había llamado por mi nombre propio, siempre
por el apodo que había decidido darme: Snap, o la versión más larga,
Gingersnap1.
—Soy la agente Sheehan para ti —dije con firmeza.
Algo de reconocimiento brilló en sus ojos cuando se pasó una
mano por la mandíbula.
—¿Dijiste Sheehan?
Estreché mi mirada hacia él.
—Sí.
—Mierda.
—¿No acabo de decir que muestres un poco de respeto? —
interrumpió Tony, disgustado ahora.
Lee ni siquiera lo miraba en este momento. Su atención estaba
toda en mí.
—¿Alguna relación con el superintendente Sheehan?
Tragué saliva, mi garganta secándose más de repente. Él conocía a
mi padre. Fantástico.
—Eso no es de tu incumbencia. Ahora, si nos puedes ayudar a
localizar a tu hermano...
—Oh, Cristo, la tienes, ¿no? ¿Qué es, tu tío? ¿Tu viejo? Por favor,
no me digas que estás casada con el imbécil, porque eso sólo va a
quitarme las ganas de cenar.
Su declaración hizo que me olvidase de mí un segundo, mientras
hacía una mueca de asco.
—Ecs, no. Es mi padre, id... —Me sorprendí a mí misma justo
antes añadí la palabra "idiota" al final de la frase.
—¡Mieeerda! ¿Tu padre? Maldita sea, Snap, ahora siento lástima
por ti.
No estaba bromeando, tampoco. Había autentica simpatía en su
expresión, pero puse una mirada estoica en mi rostro. Casi todo el
mundo que conocía a mi padre sabía que era un hombre agresivo,
beligerante y duro, pero destacaba en su trabajo. En su vida personal,
no tanto.

1 Gingersnap: Significa galleta de jengibre, aunque también es un apelativo cariñoso,


algo así como encanto o corazoncito.
—No voy a discutir esto contigo. Llama a tu hermano y dile que
venga. Si es inocente, como dices, entonces no debería importarle que le
hagamos algunas preguntas.
Lee no soltó ni una palabra; en cambio, me miraba de una manera
que hizo que mi uniforme se sintiese demasiado estrecho y mi chaleco
antibalas demasiado pesado. Lentamente, metió la mano en el bolsillo
de sus tejanos y sacó un iPhone. Después de pulsar en la pantalla un
par de veces, se lo llevó a la oreja con sus ojos en mí mientras llamaba.
Estaba lo suficientemente cerca como para escuchar que iba al correo
de voz.
—No contesta.
—Increíble —dijo Tony antes de hacerme un gesto—. Vamos, no
vamos a llegar a ninguna parte con éste.
—Oh, ¿no se quedan a cenar? —bromeó Lee, su boca de nuevo
formando una sonrisa mientras alargaba sus manos—. Y pasé por todo
esto.
Tony iba a responderle con alguna pulla cuando su radio se
encendió con una llamada del despacho. Se apartó para que poder
responderla, lo que me dejó a solas con Lee, quien se apoyó en el marco
de la puerta y me echó una ardiente mirada.
—Tengo que decir que me gustas en uniforme.
—Oh, cállate. —Rodé mis ojos. No había nada atractivo en el
uniforme. Se trataba básicamente de ropa de hombre en una mujer.
—No estoy mintiendo. ¿Qué tal si vienes un rato a mi habitación y
te muestro cuánto me gusta? —Se detuvo mirándome mientras me
guiñaba—. Incluso puedes dejarte el sombrero puesto.
Completamente en contra de mi voluntad, me reí, doblando los
brazos sobre mi pecho.
—No, gracias, Tom Jones.
—Creo que verás que era Randy Newman quien escribió la melodía.
Tom Jones simplemente la cantó después —dijo Lee en broma.
Hice un esfuerzo por recuperar mi profesionalismo y tirar un cubo
de agua fría sobre sus bromas coquetas.
—Cuando veas a tu hermano, dile que venga a la comisaría de
policía a verme.
—Joder, Snap, realmente eres la hija de Ross Sheehan. Crecer
debe haber sido una mierda para ti.
La empatía en su voz me tomó por sorpresa. Tragué saliva, pero no
dije nada. Nuestras miradas se encontraron y acuerdo espeso y tácito
pasó entre nosotros. Dio un paso afuera, más allá del umbral de su
puerta hacia la calle. Miré a los dedos de mis botas y arriba de nuevo,
un mechón de cabello cayendo detrás de mi oreja. Lee extendió la
mano, como si estuviera a punto de ponerlo de nuevo en su sitio, pero
luego se paralizó antes de que pudiera tocarme. Tocar a un agente
técnicamente podría considerarse asalto. Y técnicamente, podría
detenerlo por eso. Tal vez por eso se detuvo. O tal vez era algo más.
Sus ojos se suavizaron cuando susurró:
—Si ese irritable larguirucho no estuviera contigo en este
momento, sería totalmente otro juego.
Miré a Tony, que acababa de terminar con su llamada. Lee se
volvió y casualmente volvió a entrar en su casa, cerrando la puerta
suavemente detrás de él. Asintiendo hacia mí, Tony me indicó que le
siguiera de vuelta al auto patrulla.
Estaba a punto de hacerlo cuando la puerta de la casa contigua se
abrió de golpe y una niña salió corriendo. Tenía unos cinco o seis años
de edad y alguien estaba gritando en voz alta para que volviera dentro.
La miré fijamente, desde su cabello castaño despeinado hasta sus ojos
azules y ropas raídas. Su mirada era amplia y llena de miedo. Me
devolvió la mirada un segundo antes de correr hacia la puerta de Lee y
comenzar a golpear con furia. La puerta se abrió y Lee volvió a aparecer,
la niña al instante corrió a su lado y se abrazó a su pierna. Él se inclinó
y acarició suavemente el cabello.
—¿Qué pasa, cariño? —preguntó, y la niña le dijo algo al oído. Su
expresión se endureció mientras asentía y le dijo que fuera dentro.
Cuando su mirada se posó en mí, fue sólo durante un segundo. No
dijo ni una palabra, simplemente se levantó y cerró la puerta de nuevo.
Había algo en la escena que hizo que una parte profunda de mi
corazón doliera. Los niños desprotegidos era mi verdadero punto débil y
ahí estaba la razón de ello. Ver a la niña correr hacia Lee como si fuera
su salvador dorado me hizo sentir cosas que no estaba lista para
explorar.
Escuché a alguien bajando por las escaleras de la casa de la que la
chica había salido corriendo justo antes de que una mujer delgada con
el cabello grasiento y bolsas bajo sus ojos saliera, gritándole a su hija:
—Juro por Dios, Billie, que será mejor que traigas tu trasero aquí
de vuelta antes de que te dé algo por lo que llorar.
Se detuvo en seco una vez que me vio, estrechando sus ojos con
ira.
—¿Qué coño quieres, cerda?
—¿Esa era su hija? —pregunté, apretando el puño.
Ya la odiaba. No era mi trabajo odiar a la gente, pero en este caso
en particular, era incapaz de evitarlo. Salió de su casa, como si
estuviera realmente considerando poner sus manos sobre mí. ¿Por qué
los drogadictos siempre piensan que pueden contigo? Sólo podían dar
un golpe, como mucho, antes de que su energía se acabase. Estaba
apuntándome con su dedo ahora.
—Ese es el problema con ustedes, siempre metiéndose en los
asuntos donde no son requeridos.
Escuché a Tony volver a salir del auto y caminar hacia nosotras.
—¿Hay algún problema aquí, señora? —le preguntó a la mujer.
Al ver a mi colega corpulento de un metro noventa y dos, el valor
de la mujer se esfumó rápidamente mientras negaba:
—No, no hay problema —se apresuró a responder antes de volver
dentro de su casa y cerrar la puerta.
Tony me dio unas palmaditas en el hombro.
—Venga.
Una vez que estuvimos de vuelta en el auto y con el cinturón de
seguridad, dejé escapar lentamente el aliento.
—A veces me gustaría ser hombre. Nadie tiene miedo de una mujer
de uno setenta.
—Oye, te he visto pelear. Podrías acabar con la mitad de los
hombres de la comisaría antes de que tuvieran la oportunidad de
parpadear. Todo el mundo debería tenerte miedo —dijo Tony con una
sonrisa.
Le lancé una pequeña sonrisa. Eso era cierto. Practicaba eskrima2
dos veces a la semana, lo que me mantenía en forma y capaz de
defenderme si hiciera falta. Y en mi trabajo, por lo general hacía falta.
—Entonces, ¿de qué conoces a ese? —continuó Tony, mirando
hacia atrás, a la casa de Lee mientras ponía el auto en marcha.
—Mi compañera de piso solía salir con su hermano. Aprendió la
lección. —Y él me hace sentir cosas, añadió mi conciencia, cosas que no
debería estar sintiendo.
Tony frunció los labios y miró por la ventana el paisaje menos-que-
agradable. Pensé que donde yo vivía era peligroso, pero este lugar era
bastante peor.
—Me imagino que lo hizo —dijo—. Las familias como esa, Karla,
tienen la palabra problemas estampada por todos lados.
Odiaba que tuviera razón.
—A mí me lo vas a decir. —Suspiré, y luego nos dirigimos a hacer
frente a un accidente de tráfico en la A10.

Cuando finalmente acabé de trabajar esa noche, no tenía nada


más en mi mente que un largo baño y quizás algo de comida china para
llevar. Desafortunadamente, mis pensamientos felices se vieron
interrumpidos por la inspectora detective Katherine Jennings. Si una
persona pudiera ser el equivalente de que te caguen unas gaviotas,
entonces esa era la DI Jennings. Choqué con ella en mi camino fuera de
la comisaría, y quiero decir que literalmente choqué con ella. Jodido Lee

2 Arnis o Eskrima: Es el deporte nacional de las Filipinas, que enfatiza la lucha


basada en armas como palos, cuchillos, armas de hoja y varas armas improvisadas.
Cross con sus atrevidas y hermosas sonrisas y sus ojos exploradores
ocupando todos mis pensamientos.
—Mira por dónde vas, Sheehan, por el amor de Dios —me espetó.
Katherine la tenía tomada conmigo, a lo grande. Sabía que tenía
algo que ver con una vieja disputa entre ella y mi padre. Al parecer, la
había llamado solterona vieja y arrugada, y, bueno para nada durante
una discusión particularmente brutal cuando habían estado trabajando
en el mismo caso juntos años atrás, pero si me preguntas, era más que
eso. De todos modos, gracias a mi querido padre, ahora despreciaba el
mismo suelo por el que yo caminaba y había hecho todo en su poder
para hacer mi trabajo difícil desde el momento en que comencé a
trabajar para ella.
—Lo siento, señora, miraré por donde voy la próxima vez. —Mis
palabras fueron dichas con claridad, sin ningún tipo de sarcasmo o
descaro, pero Katherine tenía una habilidad especial para detectar
agresiones donde no las había.
—Utiliza ese tono conmigo de nuevo, agente y haré que te
transfieran a algún distrito de mierda en el fin del mundo antes de que
tengas tiempo de ir llorando a tu papi.
Ni una sola vez en mi vida había ido "llorando a papá", pero la dejé
decir la última palabra. Era la única manera de evitar incurrir más en
su ira. Asintiendo con un gesto, interioricé mi frustración y en silencio
me giré, continuando mi camino.
Cuando llegué a casa, me encontré con Alexis tumbada boca abajo
en el sofá mientras daban una telenovela en la televisión. No sabía si
reír o preocuparme. Este comportamiento abatido había comenzado a
ser habituar en ella desde que el amor de su vida había desaparecido de
la faz del planeta. Para hacerlo corto, había tenido una aventura con su
jefe y él había huido después de golpear hasta casi matar a su propio
padre.
Que nunca se diga que nuestras vidas transcurrían sin
complicaciones.
—Hombre, el sofá debe oler muy bien —comenté secamente
mientras entraba y ponía la bolsa de comida china para llevar sobre la
mesita de café—. ¿Me dejas oler? Me encanta una buena sesión de oler
el sofá.
—No estoy oliendo el sofá —se quejó Alexis antes de sentarse y
mirarme mal—. Estaba tratando de transmitir mi sentido de total y
absoluta soledad y desesperación. Ya sabes, como arte en acción, pero
más mierda.
Me reí y le di en su hombro un pequeño apretón. Su corazón había
pasado por mucho en los últimos meses, por lo que pude entender de
dónde venía.
—En serio, ¿cómo te siente?
—Como una mierda, como de costumbre.
—Siempre te he amado por tu honestidad, ¿lo sabes?
Obtuve un indicio de sonrisa mientras sus ojos se posaban en la
bolsa.
—Y yo siempre te he querido, ya que eres de la que me trae comida
a casa después del turno. ¿Puedo?
—Todo tuyo.
Recogió la bolsa y se la llevó a la cocina, buscando platos y
repartiendo el chow mein. Me quité las botas y me fui a mi habitación
para cambiarme el uniforme. Cuando regresé Alexis estaba de nuevo en
el sofá, hundiendo el tenedor en su comida mientras que un plato
estaba dispuesto para mí.
—Entonces, ¿cómo fue el trabajo? —preguntó entre bocado y
bocado.
—Estaba bien hasta que me encontré con DI Jennings de camino a
casa. Lo juro, ella tiene esta manera de agotarme la felicidad como
nadie. —Tomé la decisión de no decirle a Alexis sobre mi encuentro con
Lee y no estaba muy segura de porqué.
Sostuvo el tenedor en el aire y dejó escapar un largo suspiro.
—Te aseguro, Karla, que debes cerrar las pestañas con esta zorra.
De lo contrario, sólo va a seguir presionándote hasta que explotes y así
tendrá una verdadera razón para despedirte.
La miré fijamente.
—¿Cerrar pestañas?
Ella me devolvió la mirada.
—Ya sabes, como en el ordenador.
No pude evitar sonreír.
—Sé lo que significa, Lexie. Nunca lo había oído utilizado en ese
contexto antes.
—Bueno, ya lo has oído. Es necesario que la desconectes. Nunca
has hecho nada para justificar su comportamiento y me jode que
simplemente lo dejes pasar y no hagas nada. Ninguna amiga mía
tomará mierda.
Me reí un poco más. Ella entrecerró los ojos. Suspiré.
—Mira, sé lo que quieres decir, pero me siento como que mi padre
le hizo algo realmente horrible que nadie más sabe. No lo dejaría en el
pasado. Quiero decir, ella tampoco es que sea un rayo de sol con los
demás, pero conmigo es verdadero odio. No sientes ese nivel de odio
hacia alguien sin una buena razón.
—Debes preguntarle a tu padre al respecto. Dejarlo todo fuera.
—Mmm, ¿has visto a mi padre últimamente? No es exactamente
un tipo que comparta.
Alexis me miró con el ceño fruncido, pero entendiéndome y
terminamos nuestra comida en un agradable silencio. Todavía estaba
pensando en papá más tarde mientras entraba en el baño y me metía a
la bañera para darme un largo baño. Mis padres nacieron y se criaron
en el norte de Belfast durante el apogeo de los Troubles. Digamos que
ser un protestante en Irlanda del Norte durante los años 60 y 70 no
significaba una existencia armoniosa. Mi padre trabajó para el PSNI
hasta mediados de los años ochenta, antes de que le ofrecieran un
trabajo con la Policía Metropolitana aquí en Londres. Nací unos dos
años después de mudarnos, la única hija de una pareja donde la
mecánica era muy desigual.
Mi padre era un hombre delgado y fibroso de uno noventa y cinco,
de cabello castaño y ojos azules. Mi madre apenas media uno cincuenta
y dos, pequeña y tímida, de cabello pelirrojo y ojos marrones. Yo media
uno setenta, dura pero sensible, pelirroja y de ojos azules, era una
mezcla uniforme de ambos.
Mi madre era el felpudo de mi padre y lo triste era que ella parecía
muy feliz de continuar de esa manera. Nunca en mi vida podía recordar
ni un momento en que hubiera querido ser como ella. Y nunca en mi
vida podía recordar ni un momento en que hubiera querido ser como mi
padre. Lo sé, es curioso que lo diga yo, ya que al parecer seguí sus
pasos y me uní a la policía. La cuestión es que nunca me uní a la
policía para complacerlo. Me uní a la policía porque quería ayudar a la
gente, pero lo más importante, me uní para demostrarle que estaba
equivocado.
De niña era un marimacho, idolatrando a personajes como Sarah
Connor y Ellen Ripley, sin embargo, cada día tenía que sentarme y
escuchar a mi padre decir cosas como: “No deberían permitir que
hubiera mujeres en la policía, tienen demasiada poca voluntad”, y, “¿Qué
sentido tiene una mujer policía? Ni en fuerza ni en sabiduría, nunca
serán capaces de derrotar a un hombre”.
Al mismo tiempo tenía que hacer frente a sus constantes críticas
tanto hacia mí como hacia mamá, y de alguna manera, eso se
transformó en una profunda necesidad de hacer todo lo posible para
demostrar mi valía. ¿El único problema con eso? Katherine Jennings
me odiaba a muerte, y mientras lo hiciera, nunca llegaría a sargento.
Siete años en el cuerpo y todavía era una simple agente de policía. No
hace falta decir que, papá estaba jodidamente feliz ya que nunca había
logrado subir de rango. Eso corroboraba que él tenía razón.
Cada vez que iba a cenar a casa de mis padres, tenía que
escucharle continuamente decir que debería dejar mi trabajo e ir a
hacer algo menos peligroso para una mujer, como, por ejemplo,
convertirme en camarera o florista. Juro que uno de estos días no iba a
poder contener el veneno que había ido acumulando dentro por su
diatriba sobre mí durante años. Uno de estos días se lo iba a soltar
todo.
Respirando profundamente y hundiéndome entre las burbujas,
traté de limpiar mis pensamientos sobre mi padre y pensar en algo más
relajante. De alguna manera, el rostro de Lee apareció en mi mente, lo
que hizo que me calentara de una manera muy diferente. No podía
ganar. Involuntariamente, una risita se me escapó mientras pensaba en
lo que mi padre pensaría si hubiera llevado a casa a Lee conmigo para
cenar alguna noche. Y sabes, casi valdría la pena ver la mirada en su
rostro y ver esa vena en su frente latir, la que se veía como el Vesubio
preparado para una erupción cuando algo le molestaba.
Cerrando los ojos, me hundí más en el baño, mojando la cabeza
bajo el agua mientras recordaba la primera vez que conocí a Lee.
—¿Tienes novio? —preguntó, con las manos apoyadas casualmente
en el extremo metálico de mi carrito de la compra. Tenía los ojos muy
intensos y la forma en que los músculos de sus antebrazos se
flexionaban era un poco fascinante.
—Eso no es asunto tuyo —contesté, tratando de concentrarme en los
paquetes de las estanterías delante de mí.
—Actúas como si tuvieras novio, ¿o todas las policías son así de
estiradas?
Una pequeña risa se me escapó.
—Mira, estás equivocándote conmigo y tengo que hacer la compra,
así que ¿podrías por favor dejarme?
Se inclinó un poco más cerca.
—¿Cuánto tiempo hace que conoces a Alexis? Nunca te mencionó
mientras ella y Stu estuvieron juntos.
Alzando una ceja, le contesté:
—Mmm, ¿me pregunto por qué? La gente por lo general no menciona
el hecho de que tienen amigos en la policía a alguien como tú.
Al instante me arrepentí de cuán critica soné, pero era la verdad. Lee
tenía las palabras "poco fiable", impresas sobre él, desde los tatuajes
hasta el brillo de pretender ser más sabio de lo que era que tenía en sus
ojos. Había conocido a hombres como él antes, por lo general mientras
estaba trabajando. Robaban tu billetera y tu teléfono de tu bolsillo antes
de que te dieras cuenta de que te pesaba un poco menos.
La curva de sus labios estaba en desacuerdo con la dureza que de
pronto marcó su expresión.
—¿Alguien como yo?
—Mira, lo siento, no debería haber dicho eso. No te conozco.
—Sí, no me conoces.
—Ni quiero.
Soltó el carro y lo rodeó hasta estar delante de mí, susurrando:
—Oye, ambos sabemos que eso es mentira.
Miré hacia él por debajo de mis pestañas, aspirando una bocanada
de aire ante su proximidad. Olía a tabaco y colonia, y de repente me di
cuenta de que estaba disfrutando de su cercanía. Dando un paso atrás,
le miré duramente, diciéndole que no tentara su suerte. No tomó mi
advertencia, y en su lugar se estiró para capturar un mechón de mi
cabello entre sus dedos.
—Jodidamente adoro este cabello. Eres hermosa. Deja que te invite
a salir.
Así que, era uno de esos hombres, del tipo que tenía obsesión por las
pelirrojas. Antes de que siquiera tuviera la oportunidad de responder, fui
salvada por Alexis, que se colocó detrás de Lee y le dio una palmada en
el trasero descaradamente. Dios, la quería. A veces era genial tener una
amiga que sabía exactamente cuándo necesitas que te ayuden.
Salí del agua, inhalando profundamente y traté de sacudir mis
pensamientos sobre Lee. Pensar en un hombre que nunca podría tener
era una pérdida de tiempo. Así que, haciendo todo lo posible para
aclarar mi mente, disfruté el resto de mi baño, excepto por mis
pensamientos internos.
—Drogándose con sus propios suministros. Asquerosamente típico
—chasqueó mi compañero de trabajo Steve mientras volvía a contar la
historia del traficante que había atrapado el día antes.
No era muy afectuosa con Steve, principalmente porque él era lo
suficientemente afectuoso para sí mismo por ambos y su jactancia de
macho alfa tendía a molestarme. Era la mañana del sábado y estaba
estacionada con él, Tony y otra agente, Keira, en el exterior de Upton
Park, donde un partido de fútbol estaba por empezar entre Arsenal y
Spurs.
Estábamos ahí más que nada para controlar las multitudes, pero
también por la vieja rivalidad entre los equipos, lo que quería decir que
había una pequeña posibilidad de problemas después del partido. El
vandalismo en el fútbol era una verdadera molestia para mí. Estas
personas discutían hasta el punto de verdaderamente lastimar a otros,
todo por una supuesta rencilla entre bandos. Era ridículo.
—No pudo haber sido muy difícil atraparlo entonces, si estaba
drogado —dije en un esfuerzo por bajarle un poco su arrogancia.
Saqué mi lado argumentativo de mi padre. Era un defecto, seguro,
pero al menos podía aceptarlo.
Mi compañero me miró, erizándose por mi comentario.
—Estaba hasta las cejas de cocaína, Karla. ¿Alguna vez has visto a
un adicto a la cocaína justo después de aspirar dos líneas? Son todos
unos casos mentales.
—Ha visto a varios —intervino Tony con calma, y pude notar que
estaba intentando tomar medidas para apaciguar cualquier riña entre
Steve y yo, siempre el padre del grupo—. Todos los hemos visto. Las
noches de los sábados de servicios difícilmente son pan comido.
—Cierto —dijo Keira con un bostezo.
Ella había tenido un turno hasta tarde anoche y podía notar que
estaba exhausta. Había querido dejar que se tomara la mañana libre,
pero el estadio estaba al máximo de su capacidad, así que
necesitábamos toda la ayuda posible.
Estábamos estacionados cerca a la entrada, donde los hinchas del
Arsenal estaban reuniéndose, un mar de camisetas rojas y blancas. Yo
estaba en piloto automático, mirando la multitud por cualquier señal de
alteraciones, cuando vi un rostro familiar. Habían pasado cerca de dos
semanas desde que había hecho una visita a su casa, y de verdad no
debería haber sentido mariposas en ese momento, pero parecía que no
podía evitarlas.
Lee Cross y su hermano Stu iban caminando hacia el estadio.
Ambos eran la clase de hombres que exigían atención, así que no fue
una sorpresa de que la mía fuera atraída en su dirección. Justo detrás
de ellos estaban sus otros dos hermanos, Liam y Trevor. Liam era el
menor, una versión de Lee con cara de niño. Trevor era el segundo más
joven y era más lindo que la mitad de las chicas que conocía. Stu, con
quien Alexis había salido, era el mayor y era apuesto de una forma ruda
y fuerte.
Antes de que pudiera pensarlo dos veces, mis pies se movieron. Me
las arreglé para pasar al lado de Lee y fui directo hacia Trevor.
—Discúlpeme un momento, señor, ¿pero puedo hablar con usted?
—dije, levantando una mano para detenerlo.
Él se detuvo a medio paso y me miró de cerca, como si me
reconociera, pero no pudiera ubicar del todo dónde me había visto
antes. Al momento en que miró mi uniforme, sin embargo, su mirada se
ensanchó con reconocimiento. Aun así, no se asustó y en cambió me
mostró una sonrisa, dando un paso atrás mientras Liam arqueaba una
ceja en mi dirección.
—Claro, oficial, ¿qué puedo hacer por usted? —dijo Trevor, sus
ojos azules bailando. ¿Esto era un juego para él?
Los pequeños vellos en mi nuca se erizaron de repente, como un
tenebroso sexto sentido. Mirando rápidamente a mis espaldas, observo
a Lee parado a unos metros con Stu.
—¿Algún problema, Snap?
Tragué, mis parpados se movieron nerviosamente. ¿Qué demonios
me pasaba? Nunca me ponía nerviosa de esta forma cuando estaba
trabajando. Era Lee. Él tenía un extraño efecto en mí. Por alguna razón,
me ponía toda nerviosa a la vez que mi mandíbula se tensaba. Su
pequeño apodo para mí de verdad estaba empezando a molestarme. Lo
ignoré y me giré hacia Trevor.
—Hace dos semanas, el viernes veintiuno, entre las cinco y las
cinco y treinta, ¿puedes recordar dónde estabas?
Se rascó su mandíbula, como si de verdad estuviera pensándolo.
He estado en contacto con los diarios donde el carro él había intentado
robar estaba estacionado. Solicité sus grabaciones de vigilancia, pero, y
sabía que esto no era una coincidencia, la cámara estaba en un ángulo
de tal forma que no lo había atrapado.
—Es difícil recordar una hora tan específica, ¿me entiende? —dijo
Trevor justo antes de que Stu se acercara, con una mueca hostil en su
boca.
—Estuviste conmigo, hermano, en el garaje, ¿recuerdas?
—Oh, sí, claro. Ahí estaba. En el garaje. —Asintió Trevor.
Miré a ambos, siendo increíblemente consciente de Lee a mis
espaldas. Él tenía esta forma de hacerme sentir completamente
observada, como si sintiera lo incomoda que me sentía bajo su mirada.
El pensamiento me puso incluso más determinada a no dejar que su
hermano se escapara con su descarada mentira. Sin embargo, debería
haber sabido que uno de ellos le daría una coartada a Trevor.
—¿Hay alguien más que pueda corroborarlo? ¿Algún otro
trabajador del garaje?
—Claro que sí. El lugar está cerrado durante el fin de semana, pero
asegúrese de ir el lunes y haremos que alguno de los chicos hable con
usted —dijo Lee, acercándose para pararse a mi lado.
Tomé una pequeña cantidad de aire y traté de mantener el control,
lo cual era difícil de hacer, considerando que estaba rodeada por los
hermanos Cross en medio de una multitud de seguidores de fútbol.
Finalmente permití que mis ojos encontraran los de Lee y la forma en
que estaba mirándome provocó que tragara con fuerza.
—Sí, yo, eh, haré eso —respondí, un poco aturdida, antes de volver
a mirar a Trevor y Stu—. Disfruten del partido.
Estaba alejándome cuando Stu me gritó:
—Lo haremos y dile a Lexy que estuve preguntando por ella.
Resistiendo la urgencia de poner los ojos en blanco, le di un rápido
asentimiento. Stu era guapísimo, pero sus intentos por recuperar a
Alexi eran inútiles. Su corazón pertenecía a otro. El hombro de Lee rozó
el mío cuando se dio vuelta para seguir a sus hermanos y no pude
explicar ni por mi vida misma por qué, pero estiré la mano para agarrar
su muñeca.
Steve, Tony y Keira estaban a unos metros, pero la zona estaba tan
llena que nunca serían capaz de ver que estaba tocándolo. Él bajó la
mirada a mis dedos antes de que sus ojos se alzaran a mi cara,
pareciendo intrigado.
—¿Puedo hablar un segundo contigo?
Respiré pesadamente cuando su pulgar se deslizó lentamente a lo
largo de mi palma antes de frotar suavemente el interior de mi muñeca.
Retirando la mano como si hubiera sido quemada, vi sus labios
retorcerse de diversión.
—¿Qué pasa, Snap? —susurró.
—Yo, eh, yo… —Santo Dios, ¿tenía los labios sellados?
—Karla —dijo Lee, y él sonaba preocupado—. ¿Estás bien?
Me sonrojé, sin poder evitarlo, antes de invocar mi resolución.
—Sí, estoy bien. Sólo quería pedirte si podías dejar lo del apodo.
Sugiere una familiaridad que no tenemos, y socava mi posición como
agente de policía. Tengo una sensación de que es eso por lo que lo
haces, y para ser perfectamente honesta, es condescendiente.
Alzando mi barbilla, lo miré sin expresión a los ojos, y sus rasgos
se suavizaron.
—Si esa es la impresión que da, entonces lo siento. Pero no te
llamo Snap por ser condescendiente… lo hago porque me gustas.
Demonios, ¿por qué tengo que encontrar su honestidad tan
encantadora? Parecía que quería tocarme de nuevo, lo cual me hizo
sentir la necesidad de moverme rápidamente. No lo estaba mirando
directamente, sino a alguna parte cerca de su hombro y continué:
—Como sea, lo otro de lo que quería hablar contigo es sobre
Trevor. Si está mintiendo… y no soy estúpida, Lee, él y Stu claramente
están mintiendo; entonces podría verse metido en un gran problema
después. Parece que es un buen chico, pero necesitas enseñarle a ser
honesto y no estoy diciéndolo por ser cruel; sólo es la verdad, ¿un chico
que luce como él en prisión? Eso no terminaría bien de ninguna forma.
Finalmente me las arreglé para mirarlo a los ojos, y cuando lo hice,
estuve sorprendida por lo que encontré. Por un segundo, se veía
culpable, cada rasgo de su rostro lleno de remordimiento antes de
reemplazarlo con algo que parecía rabia. Tomó aire profundamente y se
pasó una mano por la mandíbula.
—¿Hemos acabado? —preguntó cortante.
Soberbiamente, asentí y me di vuelta alejándome. Era ridículo que
me sintiera mal por lo que había dicho, pero necesitaba ser dicho.
Alguien debía recordarle a Lee la realidad que su familia estaba viviendo
y exactamente a dónde los llevaría.
Cuando fui a reunirme con los nuestros, noté a Steve mirando en
la dirección por la que Lee se había ido.
—¿Eran esos los chicos Cross con los que estabas hablando? —
preguntó con curiosidad.
Lo miré.
—Ajá.
—¿En qué han estado metidos esta vez?
Tony intervino para responder por mí.
—Karla y yo tuvimos un encuentro con uno de ellos hace unas
semanas. Lo encontramos intentando robar un auto. Nunca lo
atrapamos, sin embargo.
Steve se rió.
—Bueno, no podrían. —Se detuvo y me miró—. ¿Ves a los dos más
jóvenes? Jamás atraparás a ninguno de ellos. Al menos, no a pie. Están
metidos en esa cosa del parkour. Los mierdecillas estarán a medio
camino bajando por el costado de un edificio antes de que hayas parado
a tomar aire.
—¿En serio? —dijo Tony.
Mi mente retrocedió mientras recordaba a Trevor saltando una
pared de tres metros como si no fuera nada. Así que definitivamente era
él. Tony y yo compartimos una mirada, como si ambos pensáramos lo
mismo, y mi determinación regresó. Tal vez debería hacer esa visita al
garaje de Lee el lunes después de todo. No podría ser tan difícil atrapar
a alguno de sus empleados en una mentira.
No me malinterpreten… no estaba haciéndolo para poner a Trevor
en una celda. Estaba haciéndolo porque pensaba que podría ser
suficiente para asustarlo y empezara a obedecer la ley.
Una vez que la multitud se hubo dispersado y todo el mundo
estuvo dentro del estadio mirando el partido, Keira y yo fuimos por un
par de cafés y sándwiches para un almuerzo temprano. Después de eso
hubo un par de accidentes de los que encargarse mientras el partido
seguía, la mayoría borrachos y comportamientos incívicos. Deporte más
licor por lo general era igual a un montón de imbéciles agitados.
El juego terminó 3-1 a favor de los Spurs, lo cual significaba que
habría un montón de hinchas del Arsenal molestos viniendo hacia
nosotros, incluyendo a Lee y sus hermanos. Estábamos controlando el
flujo de forma que los fanáticos de equipos opuestos no se mezclaran.
Desafortunadamente, un grupo de seguidores de los Spurs, sin querer
esperar en la fila, se las arreglaron para saltar la barricada. Antes de
saberlo, se mezclaron con los hinchas del Arsenal.
Había experimentado un número de problemas en su momento,
pero en realidad nunca había presenciado el momento que instigaba
todo. Era asombroso cómo algo tan pequeño podía crear tal caos. Un
chico usando una camiseta de los Spurs chocó con un hincha del
Arsenal, palabras acaloradas se intercambiaron, y antes de saberlo, se
empezaron a lanzar golpes. Miré a mi izquierda y a mi derecha, pero
Kiera y Steve estaban muy lejos, y no serían capaces de pasar a tiempo
entre la multitud. Tendría que encargarme yo sola.
Mi mano instintivamente fue a mi porra; no dudaría en usarla si
las cosas se salían de control. Había veces como estas en que deseaba
que todos los policías del Reino Unido llevaran armas. Las personas
generalmente retrocedían cuando les apuntabas con un arma.
Teníamos unidades armadas, pero el cuerpo principal llevaba encima
porras, aerosol y una pistola eléctrica. Trataba de usar el aerosol y la
pistola eléctrica sólo cuando era necesario, y por lo general la visión de
mi porra era suficiente para mantener a la mayoría a raya.
¿El problema en esta situación en particular? El licor.
Ambos hombres estaban borrachos y molestos, de mala manera,
así que sabía que tendría una pelea entre manos.
—¡Oigan! Ya basta, amigos —grité cuando uno de los hombres
lanzó un gancho a la mandíbula del otro.
Una multitud estaba empezando a reunirse, bandos de personas
reuniéndose. Saqué la porra, y un espectador a mi izquierda soltó un
silbido. Aquí era donde el entrenamiento en artes marciales se volvía
útil, porque una porra era casi de la misma longitud de un palo de
eskrima. No era exactamente ético, pero a cierto nivel se podían adaptar
las habilidades.
—Los dos retrocedan. Esta es su última advertencia —grité con
autoridad.
Cuando ninguno de los dos escuchó mi aviso, comencé a
acercarme. Alguien colocó su mano en mi hombro, y me giré
rápidamente para ver a Tony de pie ahí.
—Déjame ayudar —dijo, y asentí, permitiéndole adelantarse.
Agarrando a un chico de un brazo y retorciéndolo bajo su espalda,
Tony se las arregló para someterlo, mientras yo iba directo por el otro.
Deslizando mi porra en su funda, saqué mis esposas.
—Manos arriba —ordené, cometiendo el error de tocar su hombro.
Él lo interpretó como una señal de agresión, demasiado ebrio para
darse cuenta que era una oficial de policía, y se giró. Afortunadamente,
me las arreglé para agacharme rápidamente y evitar el golpe. Viendo
que había fallado su golpe, lanzó uno más, pero era rápida. Evitando el
golpe haciéndome a un lado, agarré su otro brazo y lo puse firmemente
a su espalda.
—Maldita perra. —Arrastró las palabras, retorciéndose en mi
agarre.
—Oye —gritó Tony, viéndolo resistirse—. Haga lo que dice la oficial.
—¡Vete al diablo! —escupió el borracho mientras le ponía un par de
esposas.
—Deja de actuar como un idiota —intervino un espectador. No
ayudo al caso.
El ebrio se puso más enfurecido y se lanzó contra el hombre.
Estuve momentáneamente distraída, y se deslizó de mi agarre. Todavía
esposado, se lanzó hacia adelante y le dio un cabezazo al hombre, quien
sacó sus brazos en un esfuerzo de defenderse. Un par de personas
intentaron romper la riña, pero sólo resultó en más pelea. Pronto estuve
de pie en medio de una trifulca, y no podía ver a Tony en ninguna parte.
El pulso se me aceleró, mis palmas se pusieron sudorosas. ¿Cómo
demonios habían escalado las cosas así de rápido?
Los cuerpos parecían estar en todas partes, y antes de que pudiera
reaccionar, alguien corrió hacia mí. Lo contuve antes de hacerse,
alcancé mi porra, y ordené a varios luchadores que pararan. La cosa
fue, que había una docena de ellos y sólo yo, e ignoraron por completo
mis órdenes. Me acerqué a dos hombres, ambos de unos veinte años,
con mi porra afuera. Grité una advertencia, pero ninguno escuchó, así
que les di a cada uno un golpe medido en la espinilla. Él
inmediatamente se giró hacia mí.
—Al suelo —ordené al mismo momento en que agarró mi porra.
Le lancé una patada a su vientre y se dobló, golpeando las rodillas
en el asfalto. Justo cuando estaba por sacar mi segundo par de esposas
para arrestarlo, una botella de vidrio que alguien había lanzado voló por
el aire, golpeándome justo en la frente.
—Mierda —maldije, mareándome, y vi al hombre arrastrarse para
robar mi porra otra vez.
Antes de que pudiera irse, alguien estrelló sus pies contra su
muñeca y escuché una voz amenazar:
—Suelta la porra y lárgate.
Alzando la mirada, vi a Lee, pero estaba muy ocupada intentando
recuperar mi compostura para prestarle mucha atención. Un segundo
después estuvo frente a mí, con sus manos en mi cara.
—¿Karla, estás bien?
—Estoy… estoy bien —dije mientras ponía un brazo alrededor de
mi cintura y me acercaba.
—No, no lo estás. Vamos, déjame sacarte de aquí. No es seguro.
La urgencia por protestar casi se me salió, pero mi cabeza dolía
mucho para hablar. El cuerpo de Lee se hundió contra el mío,
calentando mis huesos. Él siguió mirándome con preocupación
mientras me apartaba de la disputa. Segundos después estaba de pie
en una estrecha entrada mientras él me apuraba a entrar. Permití que
mi peso descansara contra la pared mientras él sacaba una servilleta de
su bolsillo y comenzaba a limpiar con golpecitos el corte de mi frente.
Murmuró con molestia para sí mismo, pero estaba demasiado
mareada para escuchar bien lo que estaba diciendo.
—¿Dónde está Tony? —logré preguntar finalmente con voz
inestable.
La mano de Lee se detuvo.
—¿El bastardo desgarbado? No lo vi.
Traté de apartarlo del camino.
—Necesito volver y ayudar.
Se paró firme, con sus manos apoyándose en mis hombros.
—Estás herida. No servirás de nada. Ahora quédate quieta y
déjame limpiarte.
Tomé aire profundamente y me quedé quieta. Esto era
probablemente lo más cerca que habíamos estado, y me encontré
estudiando su cara.
Él estaba concentrado en limpiar la sangre de mi frente, así que
tuve la oportunidad de mirarlo apropiadamente. Dios, era apuesto.
Había una dureza en sus rasgos, y sentí una extraña necesidad de
pasar mis dedos sobre la arruga entre sus cejas. Parecía que estaba
preocupado por mí, lo cual hizo que esas mariposas comenzaran a
aletear de nuevo.
Mis ojos siguieron las líneas de su fuerte mandíbula, los pómulos
prominentes, los labios masculinos. Luego alcé la mirada y lo encontré
mirándome observarlo. Esos labios que había estado mirando ahora se
curvaron en una sonrisa. Su cuerpo avanzó, su calor me rodeó, y contra
mi propia voluntad me estremecí.
—Oh, Snap, ¿qué vamos hacer? —susurró en mi oído, y me sonrojé
al segundo en que su aliento golpeó mi piel.
La forma en que su peso se presión contra mí no era desagradable.
El ruido de la gente gritando y vidrio rompiéndose resonó, pero de
alguna forma la presencia de Lee parecía ensordecer todo. Lo único que
podía escuchar era su aliento y el mío. Lo único que podía oler era su
jabón y su colonia. Sus dedos fueron a mi cuello, pero el cuello de mi
camisa estaba muy arriba para que fuera capaz de tener acceso a mi
piel. Aun así, las partes de mí que estaba tocando estaban en llamas.
—¿Te sientes enferma o mareada? —preguntó, y sacudí mi cabeza.
Había tenido una contusión varias veces en el pasado para saber que
no tenía una en ese momento. Nuestras miradas se conectaron, y no
estaba muy segura de cuánto tiempo pasó cuando hizo otra pregunta—.
¿Cómo sabías donde vivía?
—¿Qué?
—La otra semana pasaste por mi casa. ¿Cómo sabías dónde vivía?
Traté de pensar en la respuesta menos vergonzosa, porque la
verdad era que había ido fisgoneando.
—Todos tus hermanos tienen antecedentes, Lee. Por no mencionar
que Stu pasó seis meses en Feltham como delincuente juvenil. Tu
dirección está en el sistema.
—Sí, pero fuiste buscando, ¿verdad? —Su sonrisa regresó.
—Así es. Fui buscando después de que atrapara a tu hermano
tratando de robar el auto de alguien —le dije enfáticamente.
Arqueó una ceja como si no me creyera.
—Eres así de rápida, ¿eh?
Mi boca se puso seca.
—Lo único que se necesita es una llamada para enviar a alguien.
Su pecho se frotó con el mío, e incluso a través de mi chaleco pude
sentirlo.
—¿Y cómo reconociste a Trevor? Nunca antes lo habías visto.
¿Dios, esto era un interrogatorio?
—Tiene tus ojos —solté sin pensar.
Esto hizo que Lee se detuviera, y un largo silencio cayó entre
nosotros, su mirada buscaba la mía.
—Eso es prestarle demasiada atención a alguien de quien no
quieres saber nada —dijo finalmente, lanzándome mis propias palabras,
las que dije la primera vez que nos conocimos.
—Lee —imploré, necesitando desesperadamente alejarme—. Eres
muy joven para mí.
—Karla, soy perfecto para ti —respondió, justo antes de que su
boca bajara y sus labios rozaran ligeramente los míos.
Difícilmente era algo, y, aun así, cada terminación nerviosa de mi
cuerpo cobró vida. Justo cuando su boca estaba por descender de
nuevo sobre la mía de nuevo, enterré mi talón en su tobillo. Él gruñó y
retrocedió, dejándome suficiente espacio para alejarme de él.
Desafortunadamente, no llegué muy lejos. Apenas y había dado tres
pasos cuando Lee tomó mi brazo y me acercó a él, mi espalda contra su
frente.
—Lo que hiciste, no es aconsejable —dijo respirando con fuerza.
No había error en la amenaza en su voz, y un estremecimiento me
atravesó. Ya se había ido el coqueteó juguetón, y recordé una vez más
que este hombre eran malas noticias.
—Quítame las manos de encima ahora mismo o te arrestaré —
ordené, con tono duro.
Los segundos pasaron, como si estuviera deliberando qué hacer.
Luego me liberó, pero no antes de decir una última frase.
—Un día, Karla, entenderás que tener mis manos sobre ti no es
algo malo.
Mi piel cosquilleó. Me tomó un momento absorber sus palabras,
para el momento que me di vuelta, ya se había ido.

Una vez que logré reunir la cordura después de mi encuentro con


Lee, llamé a las tropas. Una hora después teníamos la disputa bajo
control, un número de personas fueron arrestadas y el resto fue
desalojado del estadio. La herida en mi frente era superficial, y gracias
al trabajo de Lee limpiándome, fui capaz de terminar mi turno. Me fue
difícil comprender por qué me había ayudado, pero me recordé que todo
era una farsa. Él sólo quería acostarse con la oficial para poder alardear
sobre eso con sus compañeros después.
Estaba saliendo del vestuario esa noche cuando escuché a alguien
preguntar:
—Mierda, ¿qué te pasó?
Hice una pequeña mueca ante el sonido de la voz de mi ex, Gavin.
Por lo general, me esforzaba por evitar cruzármelo y en los diez meses
desde que rompimos, me las había arreglado para reducir el número de
veces que nos topamos al minino. Gavin trabajaba para la unidad
armada, y su trabajo solía ir hacia un abanico más peligroso, mientras
que mis turnos diarios generalmente lo eran menos. Hoy no era lo
usual.
—Estaba de turno en Upton Park. Supongo que escuchaste de la
riña —dije, pasando a su lado y esperando que no intentara prolongar
la conversación.
En mi mente, había dos categorías de hombres que se inscribían a
la policía. Tenías los buenos, del tipo familiar, como Tony, quien solo
querían hacer de las calles un lugar más seguro para que sus hijas
crecieran. Luego tenías los que rozaban el límite de lo sociópata, como
Steve, y enfrentémoslo, mi padre, quien se unió a la fuerza porque
significaba que tendría poder sobre las personas.
Gavin caía en esta última. Había terminado con él por dos razones.
Una, había sido un imbécil controlador, y dos, lo había atrapado
acostándose con otra mujer, en mi cumpleaños, dentro del baño de
mujeres del club donde se estaba celebrando mi fiesta. Nada como un
poco de adulterio en tu cumpleaños para hacerte sentir que de verdad
estás celebrando; eso era sarcasmo, por cierto.
En conclusión, Gavin era un imbécil, y estaba mejor sin él.
—Eso escuché, pero no sabía que estabas ahí. Mierda, eso se ve
mal, Karla. ¿Ya hiciste que lo revisaran?
—Está bien. Ahora si no te importa… —Levanté una ceja y le hice
un gesto para que saliera de mi camino, pero no se movió.
—Ah, vamos, no seas así —dijo.
Puse los ojos en blanco, sacudí mi cabeza, y lo rodeé. Ni siquiera
valía la pena para tener una conversación hostil con él. Me llamó, así
que alcé mi mano y le enseñé el dedo medio. Su gruñido de irritación
fue infinitamente satisfactorio. Acababa de subir a mi auto cuando mi
teléfono timbró con una llamada de Alexis. La puse en altavoz.
—Hola.
—¡Karla! Acabo de ver los disturbios en las noticias. ¿Estás bien?
—Estoy bien, nada que una copa de vino y una buena noche de
sueño no arregle. Voy de camino a casa. ¿Necesitas algo?
Una pausa.
—Bueno, ahora que lo mencionas, no te molesta pasar por
McDonald’s, ¿verdad? Tengo un antojo por nuggets de pollo y un helado
con cobertura de chocolate para bañarlos.
Resistí la urgencia de una arcada.
—Santo infierno, eso suena horrible. ¿Estás embarazada?
Resopló al otro lado.
—Vete al diablo. No estoy embarazada. Estoy deprimida. Hay una
diferencia.
—Bien. Te conseguiré McDonald’s. Estaré en casa en veinte
minutos.
—Ohh, de verdad me amas, ¿verdad? —canturreó.
Me reí.
—Sí, para mi pesar algunas veces.
El día siguiente en el trabajo, Tony me llevó hacia una de las salas
de reuniones, abrió una portátil y presionó "reproducir" a un video. Era
una grabación de vigilancia de un edificio de departamentos, mostrando
los terrenos exteriores. Nada sucedió por un segundo y entonces por la
izquierda se aproximó un hombre. Vestía una sudadera oscura y
vaqueros, su rostro escudado por una malla negra mientras se estiraba
y se agarraba del marco de la ventana del piso inferior. Levantándose,
se balanceó perfectamente en el estrecho espacio, sus movimientos
suaves y gráciles como un doble de película o un acróbata.
—¿Qué es esto? —pregunté, mirando a Tony.
—Sólo sigue mirando —me instó, sus labios curvándose en una
sonrisa.
Mis ojos regresaron al video, donde el hombre enmascarado agarró
el siguiente marco y balanceó su cuerpo de la misma forma que antes.
La grabación se cortó a una de una cámara más alta, mostrando que
había escalado algo así como diez pisos, sólo para aterrizar en una
delgada saliente de ladrillo que corría alrededor de la mitad del edificio.
—Alguien vio demasiado Spiderman de niño —dije cínicamente,
aunque realmente estaba impresionada, muy impresionada.
Ninguna persona común podría realizar algo como eso sin algo de
extrema cantidad de habilidad. El fondo de mi estómago comenzó a
cosquillear con un pequeño flujo de emoción sobre lo que sucedería
después.
El material cortaba de nuevo hacia otra cámara, mostrando al
hombre detenerse en una ventana y empujarla para abrirla con
facilidad antes de deslizarse dentro del edificio. Tony adelantó un par de
minutos y el hombre estaba de vuelta, emergiendo por la misma
ventana. Sin embargo, esta vez la mochila que llevaba aparecía
claramente más llena de lo que lo había estado antes. Comenzó a
moverse a lo largo de la cornisa igual que antes, sólo que ahora ya no
trepó entre las ventanas.
Por alguna razón, mis ojos se fijaron en la línea de sus hombros, la
forma en que movía su cuerpo, y un extraño sentido de familiaridad me
golpeó. No pude precisar que era, así que me concentré en lo que estaba
sucediendo.
El video cortó a otra cámara, donde un andamio estaba instalado
en un costado del antiguo edificio. El hombre comenzó a balancearse de
barra en barra, sus movimientos más de pantera que de mono. Cuando
llegó a la cima de una farola cercana, saltó por el aire, se colgó de la
lámpara, y se deslizó hábilmente hacia el suelo, como un bombero que
baja por un poste. La cámara estaba en ángulo justo para atraparlo
corriendo hacia la noche, y luego se había ido.
—Los muchachos abajo en evidencias arreglaron esta grabación
después que alguien dejara una mochila llena de joyería y una nota
advirtiéndonos sobre una de las unidades en ese edificio —dijo Tony—.
Hicimos una visita, y resulta que había una estafa de dinero por oro
siendo ejecutada en el mismo piso en el cual irrumpió nuestro tipo. Su
blanco eran personas mayores, generalmente quienes viven solos y no
tienen a nadie que les diga que es una estafa. Ponen folletos en sus
buzones diciendo si envían su oro viejo a un código postal en la ciudad,
será valuado, y un cheque por la misma cantidad será enviado de vuelta
a ellos.
Asentí.
—Sí, he oído hablar de eso.
Tony suspiró.
—Obviamente, pasan semanas, y el cheque nunca llega. Montón de
escoria, aprovechándose así de los ancianos.
—¿Así que este tipo robó las joyas de vuelta?
—Eso es aproximadamente el tamaño de ello.
Tenía que admitir que estaba fascinada.
—Olvídate de Spiderman, tal vez piensa que es Robin Hood. Tal vez
su abuela fue timada, y estaba enojado y decidió repartir una justicia
vigilante —bromeé.
—Sea cual sea la forma en que quieras mirarlo, tienes que admirar
sus agallas. Aunque no apruebo el método, por lo menos hay unas
pocas personas por ahí siendo procesados por robo.
—Sí —dije, mirando la pantalla congelada de la computadora
portátil y otra vez tratando de sacudir esa extraña sensación de
familiaridad—. Al menos hay eso.

Hora de confesar: tenía un enamoramiento con mi instructor de


eskrima.
Su nombre era Felix y procedente de Filipinas. También tenía
cuarenta años y estaba casado con tres hijos, pero bueno, no era como
que alguna vez planeara hacer algo al respecto. Era feliz simplemente
admirándolo desde lejos. Era pequeño de estatura, pero tenía un cuerpo
perfecto, con músculos cubiertos de una suave piel bronceada.
La verdad era que me gustaban los hombres pequeños y guapos.
Me pones por delante a James McEvoy, a Elijah Wood, a Daniel
Radcliffe, demonios, incluso al tipo que interpretaba a E en Entourage y
estaría riendo como una colegiala. Creo que esto derivaba de mi
profundo resentimiento por mi padre, que era lo contrario a un hombre
pequeño y guapo. Por lo tanto, representaban un ideal cómodo, algo no
amenazante y seguro.
Lee Cross no era ni pequeño, ni extremadamente alto, sino un
punto intermedio. Era inclasificable. Umm.
Me senté en la alfombra junto a mi buena amiga Reya,
estirándome y mirando fijamente a Felix mientras estaba junto a la
puerta, charlando con un tipo que estaba interesado en unirse a la
clase. Por alguna razón, había una gran cantidad de nuevos miembros
hoy. Practicábamos dos veces por semana en mi gimnasio, lo que era
práctico porque significaba que podía ir a nadar después para
refrescarme, o pasar algún tiempo en la sauna.
—Estás mirando fijamente de nuevo —dijo Reya, empujándome
con su hombro.
Me reí entrecortadamente y salí de mi trance inducido por Felix.
—Lo siento. Pero mira al hombre. Es perfecto.
Ella rió.
—A veces eres tan rara.
Reya y yo nos habíamos conocido bajo circunstancias algo
inusuales. Había salido una noche a un bar de jazz con Alexis y Reya
había estado en el escenario, cantando y tocando el piano. Ella se
presentaba bajo el nombre de Queenie y quizás era la cantante más
tímida que me había encontrado. Durante toda su actuación no abrió
sus ojos ni una vez, pero sus letras me habían golpeado directamente
en el estómago. Eran tan brutalmente honestas, llenas de dolor y
angustia, que no podía entender cómo una chica tan joven podría haber
experimentado esa cantidad de dolor. Estaba claro que había sido
víctima de algún tipo, así que decidí acercarme a ella después del
espectáculo.
Cuando lo hice, le dije lo mucho que su música me había afectado,
la invité a tomar unas copas conmigo y Alexis, y el resto es historia. En
algún momento del camino, le sugerí que aprendiera a defenderse, y
ahora era un miembro de tiempo completo de la clase. Iba a verla tocar
en conciertos cada vez que tenía la oportunidad, pero ella todavía nunca
abría sus ojos. Supongo que podría llamarlo un trabajo en progreso.
Después de unos minutos, Felix vino, habló un poco con todos los
nuevos miembros y finalmente empezamos. Cuando terminamos, era
un desastre, acalorada y sudorosa. Aparentemente, otro gimnasio
cercano había entrado en bancarrota, que era la razón de todos los
nuevos miembros. Reya y yo nos dirigíamos hacia las duchas cuando
escuché una voz familiar gritar:
—¡Vamos, Smithy, vales más que eso, sácalo!
Mirando a mi derecha, me sorprendió ver a Lee Cross y un par de
otros chicos luchando en el ring de boxeo. Joder con mi vida.
Aparentemente no podía alejarme de él. Sólo ayer lo había visto en el
partido de fútbol y ahora estaba asistiendo a mi gimnasio. Un ser
superior estaba tratando seriamente de probar mi fuerza de voluntad.
Era demasiado ridículo para las palabras.
Tan ridículo que mis pies repentinamente estuvieron pegados al
lugar mientras lo observaba lanzar un puñetazo. Llevaba un equipo de
protección, por supuesto, pero no tenía nada en la parte superior.
Repito: Lee Cross estaba a pocos metros de mí, sin nada de ropa en
la parte superior.
Mi piel hormigueó mientras observaba cómo se movía. A primera
vista podía decir que no era un aficionado, desde la manera en que
lanzaba sus golpes hasta la forma en que inclinaba su cuerpo.
Su piel brillaba con una fina capa de sudor, haciendo que el
movimiento de sus músculos fuera mucho más cautivador. Sus oscuras
cejas fruncidas mientras se concentraba y cuando finalmente derribó al
otro tipo, sentí un estremecimiento entre mis muslos.
Dios, estaba tan avergonzada de mí misma a veces, que no era
divertido. Mis hormonas femeninas me hacían actuar como un completo
estereotipo y odiaba cómo sólo la visión de Lee ejerciendo su dominio
sobre otro hombre podría reducirme a un desastre tembloroso.
—Karla, ¿vienes o qué? —llamó Reya con impaciencia.
Tan pronto como escuchó mi nombre, la cabeza de Lee giró, y me
encontré atrapada en su mirada. Levantó una botella de agua hasta su
boca y tomó un largo trago. Todo el tiempo sus ojos nunca dejaron los
míos. De inmediato mi piel se sintió demasiado caliente y demasiado
fría. Bajó la botella y limpió su boca, y el lugar entre mis piernas
continuó doliendo con una necesidad que me negaba a reconocer.
Volviéndome bruscamente, fui y seguí a Reya a los vestidores
femeninos, me desnudé y caminé bajo el chorro caliente de la ducha.
La forma en que Lee me había mirado, como si ya me conociera
íntimamente, estaba atascada en mi cabeza, repitiéndose en un bucle.
Se mezcló con mis recuerdos del día anterior, cuando sus labios rozaron
los míos y mi frustración alcanzó niveles incontrolables. Realmente
quería hacer algo acerca de mi excitación, pero no lo hice. No iba a dejar
que mi atracción por Lee me hiciera actuar fuera del personaje, porque
ciertamente no era el tipo de mujer que se masturbaba en las duchas
del gimnasio. Eso era simplemente asqueroso.
Tomando un segundo para recobrar mi nervio, salí, me sequé y me
giré para encontrar a Reya observándome con curiosidad.
—Entonces, ¿quién era el tipo en el ring de boxeo?
Le fruncí el ceño.
—¿Quién?
—Umm, el tipo de cuyo cuerpo no podías apartar tus ojos. Lo
mirabas de la misma manera que miras a Felix, pero con más hambre.
Reya era realmente muy expresiva haciendo gestos con sus manos
y dramatismo, siempre la artista. Así que sí, era tímida hasta que
llegaba a conocerte y luego nunca se callaba. También era altamente
perspicaz. Era un poco molesto a veces.
—¡Oh, vete a la mierda!
Ella rió.
—Estoy hablando en serio. No sé cuál es la historia entre tú y ese
tipo, pero incluso yo pude sentir la química. Fue tan delicioso que casi
podía moldearla con mis manos —dijo entusiasmada, continuando con
los gestos.
—Ve a escribir una canción sobre eso, entonces —dije inexpresiva,
y ella frunció su ceño hacia mí.
—No empieces poniendo la agresividad por delante. No estás en
modo de policía ahora, y yo no soy una delincuente. Soy tu amiga.
Puedes hablar conmigo.
Su expresión mostraba que estaba un poquito herida porque no me
abría con ella, sobre todo porque ella se había abierto conmigo sobre su
pasado. Me hizo querer decirle algo, así que dije en voz baja:
—Mira, esto es todo lo que te voy a decir. Tiene antecedentes.
Aparentemente está interesado en mí. Y no voy a meterme en algo así,
ni tocarlo con una pértiga de tres metros.
—¿Por qué la gente siempre dice eso? —preguntó Reya irritada—.
¿Normalmente vas tocando cosas con una pértiga? No tiene sentido.
—Sí, lo hace. Las pértigas son notoriamente largas.
—Bueno, de todos modos, creo que es estúpido. Además, ¿ni
siquiera seguimos usando pértigas? No lo creo, no desde como la Edad
Media, cuando los ejércitos querían asaltar un castillo o algo así.
Me reí en voz alta, porque en serio, ella lograba llegar a mí.
—Eso no es una pértiga, tonta, es un ariete. Una pértiga es
literalmente un palo utilizado para propulsar una barcaza. Todo está en
el nombre.
Ella estrechó su mirada hacia mí.
—Oh, Dios mío, acabo de permitirte cambiar de tema, ¿cierto? Eres
una pequeña perra escurridiza.
Sonreí.
Estábamos dando la vuelta a la zona de recepción y de camino
hacia la salida cuando vi a Lee nuevamente y mi sonrisa vaciló. No
había manera de evitarlo, porque estaba parado junto a la puerta con
un par de tipos con los que había estado entrenando. Lo miré
rápidamente, aliviada al descubrir que aún no me había visto.
Entonces, justo cuando Reya y yo estábamos a punto de marcharnos, él
se adelantó y nos abrió la puerta.
—Damas —dijo, y sonrió.
Reya le dio un pequeño asentimiento tímido de reconocimiento y
pasó por delante.
—Agente, ¿cómo está la cabeza? —preguntó Lee, sus ojos
moviéndose brevemente hacia el pequeño vendaje que cubría mi herida.
—Está curándose —contesté, y fruncí el ceño. Había sido irritante
para mí ya que nunca tuve la oportunidad de darle las gracias, incluso
si su ayuda había sido todo una farsa—. Por cierto, gracias. Por lo de
ayer.
Su expresión se suavizó.
—No son necesarias las gracias.
Miré alrededor.
—Nunca antes te había visto aquí.
Lee asintió.
—Murphy ha cerrado, así que todos tuvimos que encontrar un
nuevo lugar para entrenar.
—Umm.
—Umm —imitó, una sonrisa formándose en sus labios mientras se
inclinaba, su mano apoyada contra la puerta por encima de mi
cabeza—. Señorita Sheehan, ¿crees que te estoy acosando?
Involuntariamente, resoplé y luego me ruboricé con vergüenza.
Mirando fijamente al suelo, murmuré:
—Mi ego no es tan grande.
Sentí su aliento susurrar a través de mi piel cuando respondió:
—Es algo bueno que el mío no lo sea. —Su guiño me dijo que no
estaba hablando de su ego.
Sintiendo la necesidad de huir, rápidamente pasé junto a él y salí
para unirme a Reya. Todo el tiempo, tuve la sensación que él estaba
mirándome. La acerqué a la estación del metro y luego me fui a casa de
mis padres. Sí, todavía los visitaba, pero era mayormente por mi deber
con mi madre. Estaba esperando pacientemente el día en que se
opusiera a mi padre y finalmente dejara su patético trasero para
siempre. Ese sería el mismo día que a los elefantes les brotaran alas
púrpuras y los científicos declararan que el mundo no era redondo, sino
plano. Así que, nunca.
Estacionándome fuera de su casa, hice una mueca ante la vista del
pequeño jardín delantero con sus rosales prístinamente arreglados y su
perfecta parcela de césped. Era artificial, justo como todo lo demás
sobre mi familia. Perfecto en la superficie, roto debajo.
Utilizando mi llave para entrar por la puerta principal, pude
escuchar a papá hablando en voz alta. El acento irlandés del norte era
distintivo y él tenía esa manera de sonar siempre amenazante, incluso
cuando simplemente estaba comentando sobre el clima. Estaba en el
teléfono, y por lo poco que oí de la conversación, era una llamada de
trabajo.
—Necesitamos imputar a McGregor más temprano que tarde. Es
una serpiente, siempre cuando pensamos que lo tenemos, se las arregla
para esquivar la bala final.
Charla trivial en una tarde de domingo. Encantadora.
Pasé por alto el salón, donde mi padre estaba atendiendo su
llamada telefónica y me dirigí directamente a la cocina. Mamá estaba de
pie junto a los fogones cuando entré, sacando su asado del horno.
—No está del mejor humor hoy, cariño —susurró ella en voz baja,
sin ni siquiera molestarse en saludarme—. Probablemente lo mejor es
que trates de no irritarlo.
—Me alegro de verte también, mamá —dije, molesta, y fui servirme
un vaso con agua—. Y nunca intento irritarlo. Se irrita solo. Por cierto,
¿por qué diablos estamos susurrando?
—Porque te lo dije, tu padre está de terrible humor. El caso en el
que pasó los últimos meses trabajando ha fracasado completamente. —
Hizo una pausa, sus ojos moviéndose a mi vendaje mientras estiraba la
mano para tocar mi frente—. ¿Qué te sucedió aquí?
—Gajes del oficio —contesté con ligereza, y me volví a concentrar
en lo que había dicho sobre papá—. ¿En qué caso estaba trabajando?
A papá a veces le gustaba desestresarse hablándole a mamá sobre
su trabajo. Pensaba que era seguro, porque incluso si quisiera
contárselo a alguien, en realidad no tenía nadie con quien hacerlo.
Había visto desde mucho tiempo atrás que ella no tenía amigos. A
veces, sin embargo, si estaba estresada, podía engañarla para que
hablara.
—Algún pez gordo llamó a McGregor. Tu padre ha estado tratando
de capturarlo durante años —dijo mamá, ignorando mis preguntas—.
¿Puedes poner la mesa, por favor?
Quería preguntar más, pero sabía que ella cerraría el pico si lo
hiciera. Así que fui y puse la mesa como me había pedido y un par de
minutos más tarde estábamos sentados para comer. Papá entró, metió
el teléfono en el bolsillo y me miró con el ceño fruncido. Eso era lo más
parecido a un saludo que siempre recibía de él. Comimos durante varios
minutos sin conversar, y, a pesar de la advertencia de mamá para no
irritarlo, no pude evitarlo.
—Oye, ¿sabes que estaba en Upton Park ayer? —dije, mirando a
papá y señalando a mi frente—. No es que espere que expreses tu
preocupación por el hecho de que llevo un vendaje o algo así.
Dejando caer el cuchillo y el tenedor sobre su plato, gruñó:
—Estoy seguro de que sobrevivirás.
—Sí, estoy segura de que lo haré —respondí.
No fue tanto por lo que dije, sino la forma en que lo dije lo que hizo
que su frente se arrugara.
—Algo así nunca te habría sucedido si estuvieras trabajando en un
sector apropiado.
—Un campo apropiado ¿cómo qué? ¿Convertirme en ama de casa?
—respondí burlonamente—. Eso no va a pasar.
—Sí, bueno, tal vez eso sea lo mejor —dijo papá cortantemente
mientras casualmente se dispuso a comer de nuevo su comida—. Me da
pena el hombre que se case contigo.
—No todos los hombres son como tú. Algunos quieren una mujer
que pueda pensar por sí misma —dije echándome hacia atrás.
Papá dejó escapar una risa siniestra, yendo directamente con un
golpe más.
—¿Es por eso que sigues soltera?
Lo que dijo no lastimó mis sentimientos. Mis sentimientos estaban
endurecidos por la lucha diaria y habíamos tenido esta conversación
cientos de veces antes.
—Él tiene razón, Karla. Realmente deberías pensar en sentar a
cabeza —acotó mamá, distraída como siempre—. Ahora tienes
veintiocho años. Es una lástima que no estés dando a tu aspecto un
buen uso.
¿Hablaba en serio? Lo juro, pero a veces pienso que ella podría ser
peor que papá. La forma en que ambos se expresan era prácticamente
medieval.
Me senté y solté un largo suspiro, mientras una idea traviesa
entraba en mi mente.
—En realidad, ahora que lo mencionas, estoy viendo a alguien —
mentí.
—¡Oh! —Mamá se animó—. ¿Durante cuánto tiempo han estado
saliendo?
—Es bastante reciente.
—Bueno, tanto a tu padre como a mí nos encantaría conocerlo.
—Tal vez lo traiga a casa alguna vez.
—Eso sería encantador. Podría hacer mi pastel de requesón
especial.
Resistí el impulso de lanzar una risa burlona. Nunca lo iba a
hacer, pero aun así me complacía sin fin el imaginarme traer a casa a
Lee Cross para conocer a mis padres. Papá estrechó sus ojos hacia mí
con recelo, como si supiera que yo estaba tramando algo y me satisfizo
saber que lo había ofendido.
Al día siguiente estaba de guardia con Steve, lo que significaba que
tenía que ahogar la mayor parte de la conversación para evitar
dispararme en la cara. Quiero decir, realmente no quería oírle hablar
acerca de los pájaros que peló durante el fin de semana o cómo batió su
anterior récord de levantamiento de peso en el gimnasio. Sólo empecé a
prestar atención de nuevo cuando escuché el nombre de "Cross" salir de
su boca.
—¿Qué fue eso? —pregunté, fingiendo que había estado
concentrada en conducir.
—Tenemos que ir a visitar el garaje de los hermanos Cross. Tony
mencionó algo acerca de entrevistar a algunos de los empleados.
—Sí, iba a ir después del almuerzo.
—Bueno, vamos a acabar con esto ahora, mientras las cosas son
tranquilas.
Mi pulso vibró ante la perspectiva de ver a Lee otra vez. Después de
no encontrarme con él durante meses, su presencia en mi vida estaba
empezando a convertirse en una ocurrencia diaria. Un par de minutos
más tarde nos paramos fuera del garaje; tenía un cartel azul y blanco
sobre la entrada que decía "Hermanos Cross". Me pareció curioso que
no fuera "Hijos Cross", porque este tipo de negocios eran generalmente
heredados de los padres. Teniendo en cuenta que Lee tenía sólo
veinticinco años, era muy joven para tener su propio negocio. Por otra
parte, si mis sospechas eran correctas, el lugar no era lo que parecía.
Un chico joven que llevaba un mono de trabajo estaba parado
afuera, tomando un descanso para fumar. En cuanto vio el auto
patrulla, apagó el cigarrillo y entró corriendo. Estábamos acercándonos
a la entrada cuando Stu salió, con la camiseta manchada de aceite de
motor.
—¿Algún problema, Karla? —dijo, mirando a Steve mientras se
limpiaba las manos con un trapo sucio.
—Estamos aquí para entrevistar a tus empleados acerca de Trevor,
—dije, y Stu nos indicó que nos dirigiéramos hacia dentro.
—Sí, lo recuerdo. Lee está en la oficina. Dijo que puedes usar la
sala para tus entrevistas.
—Adelántate —me dijo Steve, con una súbita mirada de interés en
su rostro—. Sólo voy a echar un vistazo.
Lo miré, sin saber a qué estaba jugando, sin embargo, me dirigí a
la oficina. Llamando a la puerta primero, escuché que Lee me llamaba
para que entrara. Cuando lo hice, encontré que la habitación era
pequeña, con una fila ordenada de archivadores a lo largo de una pared
y un escritorio empotrado contra la ventana. Él estaba al teléfono, con
las mangas cortas de su camiseta enrollada para revelar todo el largo de
sus brazos. Tenía el cabello rizado y parecía que acababa de salir de la
cama, pero tal vez eso era intencional.
Me aclaré la garganta y él miró hacia arriba, luciendo como que me
esperara. ¿Había corrido ese tipo para avisar a todos que la policía
estaba afuera? Lee rápidamente terminó su llamada telefónica y se puso
de pie.
—Umm, ¿Stu mencionó que dijiste que podríamos usar tu oficina?
—empecé, insegura.
—Por supuesto, entra y toma asiento —dijo, lanzándome una
cálida expresión.
¿Por qué siempre tenía que ser tan... amable? Hacía difícil ser fría
con él cuando actuaba así.
—Esto no debería tomar mucho tiempo. De pie está bien.
Lee me miró un momento, todavía sonriendo, y luego pasó una
mano por su mandíbula.
—Bien, lo haremos a tu manera. Voy a enviar a los muchachos a
hablar contigo uno por uno.
—Gracias.
Se fue, y tomé un momento para explorar la habitación. Nada saltó
hacia mí inmediatamente que gritara ilegal, pero, por otra parte, no
debería. Los delincuentes generalmente no corrían de aquí para allá
anunciando lo que eran. No, al menos los inteligentes.
Uno o dos minutos más tarde llegó el primer tipo y rápidamente le
hice un par de preguntas. Aún no había rastro de Steve, y tuve que
preguntarme qué estaba tramando. Desafortunadamente, cuando
terminé de hablar con todos, todas sus historias se podían comprobar.
Steve todavía no se había presentado, así que salí de la oficina para ir a
buscarlo.
Cuando entré en la zona principal del garaje, las cosas parecían
igual que antes, solo un grupo de jóvenes trabajando en los autos. Pero
entonces vi a Lee, Stu y Steve teniendo lo que parecía una acalorada
discusión cerca de la entrada.
—Lárgate de aquí antes de que haga algo que lamente —escuché
que amenazaba Lee cuando me acerqué. Parecía realmente enojado, al
igual que Stu.
—Oye, ¿qué está pasando? —pregunté con preocupación, y los tres
hombres se volvieron para mirarme.
—Nos vamos —dijo Steve, antes de girar e irse ofendido por la
puerta.
Lee me miró.
—¿Puedo hablar contigo un minuto?
Asentí y lo seguí de nuevo a su oficina. Su postura era tensa, y
cuando cerré la puerta detrás de mí, parecía listo para romper algo.
—¿Lee? —dije en una voz suave, sintiendo que algo más fuerte
podría hacerlo explotar.
Se volvió y su expresión era de furia mientras apuntaba la puerta.
—¿Ves a tu compañero allá afuera? Es corrupto como la mierda.
—¿Perdón? —contesté con sorpresa.
—¿Algún problema con tus oídos, Snap? Dije que tu pequeño
amigo es un policía sucio y juro por Dios, que, si alguna vez muestra su
rostro por aquí de nuevo, se lo romperé.
Vacilantemente, di un paso adelante.
—Cálmate por un momento y dime qué pasó.
Lee tomó unas cuantas respiraciones profundas antes de colocar
su mirada fija en mí.
—El imbécil entró, comenzó a mirar alrededor, luego se acercó a
Stu y trató de extorsionarlo. Dijo que, si le dábamos dos mil dólares
cada mes, no informaría de lo que encontró en nuestras instalaciones.
—¿Qué encontró? —pregunté, en tono serio.
La noticia de que Steve era corrupto no me sorprendió. Siempre
supe que había algo raro en él. Sin embargo, el hecho de que él pudo
haber encontrado evidencia de actividad ilegal dentro del garaje me
puso en alerta.
—No encontró nada. Nada que nos perteneciera, de todos modos.
Dijo que había una bolsa de cocaína escondida debajo de algunos
azulejos en el baño, pero es mentira. Ninguno de los muchachos
consume drogas y si lo hicieran, no permitiría que lo hicieran en las
instalaciones.
Lo que dijo provocó un recuerdo de Steve alardeando frente a mí,
Tony y Keira de un vendedor de cocaína que había arrestado la semana
pasada. No me sorprendería si se hubiera guardado algunas de las
drogas que requisó para usarlas en una situación como esta.
—Lo plantó —dije mientras todo encajaba en su lugar.
Una mirada de sorpresa cruzó las facciones de Lee.
—¿Me crees?
Levanté la vista hacia él.
—Sí, en realidad, curiosamente, sí te creo.
—Bueno —dijo, mirándome de otro modo—. No voy a darle a ese
cabrón dos de los grandes. Él puede ir y ahorcarse por ello.
—No tienes que darle nada. Me ocuparé de él.
Su expresión se puso seria.
—No quiero que te metas en esto. Es más que probable, que el tipo
tenga toda una red de estafas en curso. Por la forma en que habló, me
pareció que no era su primera vez.
Tomé un momento para asimilar eso, tratando de presentar un
plan de cómo tratar con él. No hacía falta decir que no había nada de
afecto entre Steve y yo y si trataba de interponerme en el camino de
cualquier pequeña red corrupta que tuviese, no dudaría en meterse
conmigo y mi carrera. Diablos, no descartaría que intentara
chantajearme de la misma manera que había intentado chantajear a
Lee.
Giré los ojos hacia arriba para encontrarme con los suyos,
confirmando con mis labios.
—Déjamelo a mí. Pensaré en algo.
—Karla —murmuró Lee tiernamente mientras se ponía delante de
mí—. No te involucres. No necesito tus buenas acciones. Y, de todos
modos, tu chico no se da cuenta de con quién está jodiendo. La próxima
vez que muestre su cara, me aseguraré de que reciba el mensaje.
Me tomó un momento comprender lo que decía, principalmente por
la forma en que me llamó por mi nombre, pero también por cómo su
olor se infiltraba en mis sentidos así de cerca. Finalmente, su
significado caló en mí y fruncí el ceño.
—¿Con quién está jodiendo?
Lee no respondió, en su lugar dio un paso adelante, obligándome a
retroceder si no quería que chocáramos. El problema con esto fue que
mi espalda golpeó la pared un momento después.
—Eres tan guapa, Snap —dijo, en voz baja, mientras dejaba caer
su rostro en mi cabello y aspiraba.
No llevaba la gorra y mi cabello estaba recogido en un moño. Todo
mi cuerpo tembló cuando él envolvió sus brazos alrededor de mi
cintura, inhaló profundamente, y me estrechó en un abrazo. Esto era
una distracción, lo sabía, y, sin embargo, permití que me distrajera.
Quería que me distrajera y me alegré de que las persianas de su oficina
estuvieran cerradas.
Permanecí en su abrazo durante al menos un minuto con el
silencio a nuestro alrededor, no podía moverme. Me gustaba tener a Lee
cerca, me encantaba el calor que emanaba y cómo podía sentirme tan...
rodeada. A pesar de todas las señales de advertencia, mi atracción sólo
se hizo más fuerte. Había algo en él que no podía resistir.
—Lee.
Su boca se movió contra mi cabello.
—¿Qué pasa, Karla?
—¿Por qué me abrazas?
—Parecía que necesitabas que te abrazaran. —Su respuesta fue
suave y el tono afectuoso me hizo tragar profundamente.
Finalmente convoqué a mi fuerza de voluntad para romper el
abrazo. Sus brazos se alejaron de mí fácilmente, mi estómago
revoloteando con confusión. ¿Qué demonios estaba haciendo?
Miré el suelo cuando hablé:
—Tengo que irme.
Dirigiéndome hacia la puerta, hice una pausa cuando él dijo con
suavidad:
—Oye, yo también lo necesitaba.
No me di la vuelta, pero prácticamente salí corriendo de la oficina.
Momentos después, me metí en el auto patrulla donde Steve había
estado esperando. Mi corazón martilleó con las palabras de Lee, los
sentimientos comenzando a cocerse profundamente en mi vientre. Él
me estaba engañando, seguro. Los chicos como él no eran románticos.
Te follaban y luego te dejaban.
—¿Qué te tomó tanto tiempo? —preguntó Steve, con los ojos
entrecerrados en mí con sospecha.
Recordando la advertencia de Lee de que no me involucrara, mentí:
—Sólo tenía algunas preguntas más que necesitaba hacer.
Transcurrió un rato en silencio.
—¿Y? —preguntó Steve.
—Y, eh, todas sus historias se verificaron. Lo siento.
—Eh. Entonces debieron estar preparados para nosotros.
—Sí —dije—. Debían estarlo.
Pasó una semana y no vi a Lee en absoluto. Durante un tiempo
sentí como si estuviera por todas partes y entonces no estaba en
ninguna parte. Y voy a admitir que cada vez que iba al gimnasio, me
mantenía alerta, ansiosa por echarle un vistazo.
Sí, era tan patético como sonaba.
Estaba conduciendo a casa tarde una noche cuando pasé por un
recién construido edificio de oficinas. Estaba construido de tal manera
que había montones de empinadas escaleras y muros entrelazados
rodeándolo. El edificio, sin embargo, no fue lo que captó mi interés
cuando estacioné a un lado de la carretera y miré por la ventana. Había
un grupo de hombres jóvenes allí; todos parecían estar al final de su
adolescencia o al principio de los veinte, y todos estaban haciendo
algunas muy impresionantes escenas peligrosas. Fue sólo cuando eché
una mirada desde más cerca que reconocí a Trevor Cross.
Era un poquito fascinante. Era un poco como ver a alguien jugar
un videojuego, donde el avatar podía sin esfuerzo saltar y brincar de
edificio en edificio sin herirse. Trevor corrió por el borde de un alto
muro, luego saltó varios metros por el aire para aterrizar en el siguiente.
Mis ojos captaron otra figura y mi respiración se atoró
involuntariamente cuando vi que era Lee. Llevaba vaqueros, una
camiseta de manga larga y una boina que ocultaba la mayor parte de su
rostro. Mi corazón latió ante la vista de él y mis poros empezaron a
hormiguear como algún pulso eléctrico dentro de mí. Podía observarlo
desde la comodidad de mi auto sin que supiera que estaba allí.
Su camiseta cayó hacia delante, revelando su estómago, mientras
balanceaba todo su cuerpo sobre sus manos. Estaba en el borde de una
de las altas pasarelas. Vi a varios de los chicos animar cuando dejó caer
un brazo, permitiendo que se cerniera en el aire mientras sostenía todo
su peso sobre una mano. Mantuvo la posición por varios segundos
antes de bajar su mano de nuevo, preparándose, y entonces lanzarse en
un salto hacia atrás antes de hacer un perfecto aterrizaje en el suelo.
Vaya.
La manera en que se movió fue habilidosa y recordé a Steve
hablando sobre que los hermanos practicaban free running3. Pero sólo
mencionó a los más jóvenes. Quizá Lee era más discreto sobre las cosas

3 Free running: es una disciplina muy similar al parkour en el cual sus participantes
conocidos como freerunners utilizan el entorno urbano y el paisaje rural para realizar
movimientos y acrobacias a través de sus estructuras.
que podía hacer, como Willy Wonka fingiendo necesitar un bastón para
ayudarle a caminar.
El nombre oficial para el deporte era parkour y me mataba ver
cuánto talento tenía, mientras al mismo tiempo sabía que estaba
usando ese talento para mentir y robar.
Con un suspiro derrotista, arranqué el motor y me fui. Cansada
después de mi turno, fui a casa y me quedé dormida casi al instante.
Tenía dos días libres y planeaba aprovecharlos. Sabía que había
dormido demasiado cuando me desperté con la luz del sol entrando por
mi ventana y busqué mi teléfono para mirar la hora. Diez y media.
Solamente fui consciente de que alguien estaba sentado al final de mi
cama cuando me senté y vi a Alexis deprimida, mirando con fijeza algo
que sostenía en sus manos.
—Lexi, ¿qué pasa? —pregunté con voz ronca.
No respondió y todo lo que oí fue un sorbido. Había estado llorando
un montón desde que King desapareció, así que esto no era nada
demasiado inusual. A veces, le gustaba esconder su dolor tras humor y
sarcasmo, pero sabía que estaba sufriendo mucho en el interior.
Me levanté y fui hacia ella, sentándome y pasándole el brazo por
los hombros. Se inclinó hacia mí, tomando el consuelo que le ofrecía sin
una palabra. Fue sólo cuando miré hacia abajo para ver el test de
embarazo que sostenía, que jadeé. La pequeña ventana mostraba dos
líneas rojas y no necesitaba ser un genio para saber lo que significaban.
—¿Estás embarazada? —dije con incredulidad.
Justo la semana anterior había bromeado sobre eso, pero es todo
lo que había sido, una broma. En realidad, nunca pensé que fuera
verdad. Y, por cómo se veía, tampoco lo hizo Alexis. Esto fue una
enorme sorpresa para ella. King había estado desaparecido un tiempo,
lo que significaba que tenía que estar al menos de tres o cuatro meses,
y sabía que no había estado con nadie más desde entonces.
Su sonrisa era triste.
—Estaba pensando que era un estante para pasteles lo que llevaba
—dijo, con una mano yendo a su estómago, ocultando sus sentimientos
con humor como siempre.
Tragué saliva, intentando no dejar que mis propios sentimientos
personales me afectaran entonces. Cuando era adolescente, había
tenido un muy grave accidente de tráfico. Mi padre había estado tras el
volante, mi madre en el asiento del pasajero y yo en la parte de atrás.
En pocas palabras, había resultado peor herida que mis padres y el
daño resultó en que nunca sería capaz de tener hijos. Era por lo que me
enojaba tanto cuando veía a gente descuidando a sus propios hijos,
pero lo había aceptado hacía tiempo. Aun así, un extraño dolor
fantasma siempre me recorría cuando tenía un recordatorio. Alexis
sabía todo sobre mi accidente, pero no creía que supiera lo mucho que
me dolía, saber que nunca tendría un hijo propio.
—Es de King, ¿verdad? —pregunté finalmente, apartando mis
propios sentimientos.
Asintió y miró a sus pies.
—¿Has tenido suerte encontrándolo? ¿Alguna idea de dónde podría
estar?
—Nada —chilló—. Es como si nunca hubiera existido. —Y entonces
las lágrimas empezaron a caer.
Me senté con ella durante mucho tiempo, simplemente
abrazándola y dejando que llorara. Finalmente, me las arreglé para
llevarla a su propio dormitorio, donde se metió en la cama y se quedó
dormida. Había estado levantada toda la noche, llena de preocupación.
Pasé el día limpiando el apartamento y vagueando. Incluso horneé
unos brownies, pensando que podrían animar a Alexis.
Desafortunadamente, ella actuó completamente distinta a su
carácter cuando se despertó y apenas dio a los brownies una segunda
mirada. Normalmente, era el tipo de chica que tomaba los desafíos de la
vida con calma, así que era desconcertante verla así.
Estaba viendo la televisión esa noche cuando de repente se sentó a
mi lado y preguntó:
—¿Podemos salir esta noche?
—¿A dónde?
—A cualquier parte. Necesito escapar de estas cuatro paredes
antes de volverme loca. Podríamos ir a un bar y podría verte beber. Será
divertido. —La mirada en su rostro me dijo que estaba intentando
convencerse desesperadamente de eso. Sin embargo, no quería
molestarla, así que asentí.
—Claro, voy a darme una rápida ducha y saldremos.
Una hora después, estábamos en un taxi, dirigiéndonos al bar
donde Alexis solía trabajar antes de que cambiara su trayectoria
profesional. Por el momento estaba desempleada, pero hacía algo de
modelaje cada cierto tiempo para pagar las facturas. Supuse que podría
tener que tomarse un descanso de eso una vez que empezara a
notársele.
No estaba segura de porqué quería ir a visitar su viejo lugar de
trabajo. Bueno, no lo estaba hasta que entramos y vi a Stu de pie junto
a la mesa de billar. ¿Cómo no había pronosticado esto? Sólo podía ver
la espalda de la persona con la que jugaba, pero supe al instante que
era Lee. Llevaba vaqueros y una camiseta de Fred Perry con el cuello
hacia arriba, el uniforme de los pequeños arrogantes hijos de puta en
todas partes.
—¿Qué tramas? —pregunté, entrecerrando mis ojos hacia mi
amiga.
Simplemente movió la cabeza y se acercó a la barra, ordenando un
vaso de vino y una Coca Cola. Supuse que el vino era para mí.
Realmente no me había vestido elegante, pero de repente me volví más
consciente de mi apariencia. Me había dejado el cabello suelto y llevaba
unos pantalones verdes caqui con una camiseta negra ajustada y botas.
Incluso cuando Alexis había trabajado aquí, nunca realmente la
había visitado. La verdad sea dicha, era un poco un antro. Era el local
de Stu, sin embargo, así que tenía que ser el de Lee también. Además,
era donde Alexis y Stu se habían conocido originalmente.
—Espero que esto no sea lo que creo que es —dije cuando deslizó
el vaso de vino hacia mí y me guió para sentarnos en un reservado.
La mirada que me dio fue miserable y pasó sus manos por su
cabello antes de replicar:
—Me siento sola, Karla. Y sí, sé que probablemente voy a lamentar
esto por la mañana, pero sólo déjame lamentarlo, ¿de acuerdo? Esta
noche de todas las noches simplemente necesito alguien que me haga
sentir bien.
Su respuesta me hizo callar y una punzada de simpatía me golpeó
justo en el estómago. Nunca había perdido a alguien que amaba como
Alexis había perdido a King, así que no era quien para juzgarla. En
cambio, me senté en silencio y bebí mi vino. Un par de minutos más
tarde, Stu divisó a Alexis y avanzó hacia nuestro reservado.
—Lex, ¿qué te trae por estos lares? —preguntó, sus ojos oscuros
con interés mientras se situaba a su lado.
Pensé que la oí murmurar "desesperación" antes de que alzara la
mirada y esbozara una sonrisa para él.
—Simplemente tomar un trago tranquila.
—¿Les importa si me uno? —ronroneó prácticamente.
—Eh, ya lo has hecho —comenté bruscamente.
Stu me disparó una amplia sonrisa, sin inmutarse por mi
comentario mientras me daba toda su atención.
—Este es un lugar peligroso para tus iguales, Karla. Tomando un
paseo en el lado salvaje, ¿no es así?
—¿Qué pasa, los policías no están permitidos en antros ahora? —
pregunté inteligentemente.
Stu sacudió su cabeza y respondió justo cuando sentí un cálido
cuerpo tomar el lugar vacío a mi lado.
—No es de eso de lo que hablo.
Todos mis músculos se tensaron.
—Clarky —dijo Lee, asintiendo hacia Alexis. Ella le dio un
asentimiento similar en respuesta—. Snap —continuó, con su boca
mucho más cerca de mi oreja de lo que era necesario.
—Lee —dije, alejándome y encontrando sus ojos.
Hubo un momento de silencio, los dos hermanos sonriendo,
mientras que Alexis y yo fruncíamos el ceño. Pensé que tal vez ambas
nos sentíamos de la misma manera entonces. En un nivel, queríamos
estar ahí, y en otro en realidad no queríamos.
—Entonces, ¿qué quieren de beber? —preguntó Lee.
—Coca Cola —dijo Alexis, levantando su vaso vacío.
—Otra cerveza —intervino Stu.
Me quedé en silencio. De ninguna manera iba a permitirle
invitarme a una bebida. De ninguna jodida manera.
—¿Snap?
—Estoy bien.
—Nena.
Mi frente se frunció y simplemente negué hacia él para que supiera
que toda la cosa de "nena" no estaba sucediendo. Su sonrisa se amplió,
como si disfrutara el desafío. En lugar de preguntarme de nuevo,
simplemente se inclinó, levantó mi vaso y tomó un sorbo.
Hizo una mueca cuando lo probó.
—Un vaso de vinagre en camino.
—Oye, no es culpa suya que este bar sirva vino de mierda. Ve a
hablar con Keith y dile que consiga algo mejor —se quejó Alexis.
Supuse que Keith era el dueño.
—Lo haré —replicó Lee con sarcasmo antes de acercarse a la barra.
Froté mis párpados, frustrada. Esto ciertamente no era lo que
había planeado para mi noche libre, pero no podía abandonar a Alexis
en su momento de necesidad. Mirando al otro lado de la mesa, vi que
Stu ya estaba moviéndose hacia ella, su brazo apoyándose casualmente
a lo largo de la parte de arriba de la cabina. Se inclinó hacia abajo y
susurró algo en su oído. Ella asintió y dijo algo en respuesta, pero no
pude oírlo sobre la música del bar. No tomó mucho tiempo para que ella
entrara en calor con él y entonces estaban flirteando completamente.
No podría haber estado más incómoda si lo hubiera intentado.
Oh, no, espera. Hablé demasiado pronto.
Lee volvió con bebidas, colocando un nuevo vaso delante de mí. Le
eché un vistazo, sin intención de beberlo. Alexis y Stu estaban en una
profunda conversación, así que podría también haber estado sentada
sola con Lee. Era demasiado incómodo para las palabras. Bueno, lo era
en mi lado. Lee no parecía tener un hueso incómodo en su cuerpo.
—Relájate —murmuró—. Parece que estuvieras asustada de que
pudiera saltar sobre ti o algo así.
—No tengo miedo de ti —dije a la defensiva.
—¿Te gustaría decírselo a tu puño apretado?
Miré hacia abajo y, en efecto, mi mano estaba fuertemente cerrada
en un puño. Estaba muy alterada. Aflojando mis dedos, miré de nuevo
hacia él y dije cortantemente:
—Estoy aquí por Alexis, eso es todo.
—Y yo que pensaba que viniste por el placer de mi compañía —dijo
socarrón antes de levantar su pinta—. Mira, lo entiendo. Soy escoria, no
hecho para lamer tus botas, etcétera, etcétera.
Algo sobre la manera en que habló me hizo sentir mal. Mi
expresión se suavizó cuando repliqué:
—Eso no es lo que… mira, lo siento, ¿podemos empezar de nuevo?
Lee asintió.
—Ya está olvidado. Así que, ¿qué pasa con Clarky? La última vez
que vi, estaba con ese tipo rico presumido.
—Lo estaba. Él se ha ido. Ella ha estado intentando encontrarlo
durante meses, pero no ha tenido suerte. Hoy ha sido un día un poco
duro para ella.
Comprensión se mostró en la expresión de Lee.
—Entonces, ¿lo que estás diciendo es que ella está aquí para usar
a mi hermano para sexo?
Hice una mueca.
—Suena horrible cuando lo pones así.
Lee se rió.
—Stu la tendrá de cualquier manera que pueda tenerla. No te
preocupes por eso. Tiene un talento para mantener las emociones fuera
de su vida sexual.
—¿Oh? —dije con curiosidad.
Lee alejó la mirada y bebió un poco más de cerveza.
—Sí, algunos no tenemos esa habilidad.
Cuando sus ojos regresaron a los míos, eran feroces y me tomó un
consciente esfuerzo respirar con normalidad. Realmente desearía no
sentirme tan atraída por él. De esa manera, no me sentiría tan débil en
ese momento. Involuntariamente, crucé una pierna sobre la otra, lo
cual causó que la atención de Lee vagara a mis muslos. Los miró
durante unos buenos diez segundos, tomándose su tiempo.
—¿Cuán a menudo haces ejercicio? —preguntó casi ausentemente.
—Un par de veces a la semana. ¿Por qué?
Levantó su cabeza.
—No te tomes esto a mal, pero tienes un jodido cuerpo asesino y
estoy diciendo eso desde un punto de vista puramente atlético. Admiro
tu dedicación.
—Eh, gracias —dije, tragando torpemente.
—Deberíamos entrenar juntos alguna vez.
—No hago boxeo. —Ni estaba interesada en saltar de los edificios
por diversión, pero no dije eso, porque tendría que confesar que lo
espié.
—Pero haces lucha. Puedo decirlo por la forma en que te mueves.
Fui consciente de mí misma otra vez, sintiéndome tímida y
preguntándome cómo podía decir eso.
—Practico eskrima, pero no, no creo que entrenar juntos sea una
buena idea.
—Sí, tienes razón. Todas esas hormonas y sudor volando
alrededor, quién sabe qué podría suceder. —Apartó la mirada,
sonriendo en su vaso de cerveza.
—Simplemente no puedes evitar molestar, ¿verdad?
Se giró hacia mí y sacudió su cabeza.
—No contigo, nena.
—Oh, Dios mío, bien. Debemos de aclarar esto, no más nena, no
más Snap. Mi nombre es Karla. Compórtate como un humano normal y
úsalo.
Abrió su boca, lista para contestar, cuando Stu intervino.
—Hermano, voy a llevar a Lexie a casa. ¿Vienes o te quedas aquí?
—Él viene —dijo Alexis—. Debe hacerle compañía a Karla mientras
tú… me haces compañía a mí. —Soltó una carcajada y fue la primera
vez que la he visto reírse de verdad desde hacía tiempo, incluso si era
por la ridiculez de la situación.
Stu le lanzó una sonrisa sexy y simplemente me sentí aliviada de
que su mente estuviera sin problemas para variar.
—Claro, vamos —dijo Lee, poniéndose en pie mientras Stu sacaba
a Alexis de la mesa.
Me quedé en el lugar, sin estar segura de qué hacer. No quería ir a
su casa, pero no quería abandonar a mi amiga, tampoco. Aunque
técnicamente, ella me estaba abandonando.
Cuando alcé la mirada, Lee estaba de pie allí, con su mano
estirada. Había algo en sus ojos en ese momento que me hizo estirar la
mano instintivamente y tomarla. Tan pronto como mi mano se deslizó
en la suya, sentí una electricidad dispararse a través de mí. Estaba
extrañamente excitada de hacer algo tan ordinario como sostener su
mano. Él me levantó y yo fui, sonrojándome furiosamente. Tomar su
mano había sido instintivo. Mi cerebro ni siquiera tuvo palabra en el
hecho.
Para el momento en el que salimos, Stu y Alexis ya habían tomado
un taxi. Ambos se subieron en la parte de atrás y Stu la subió a su
regazo, sin desperdiciar tiempo mientras la besaba con fuerza justo en
la boca. Ella no lo detuvo. Lee sostuvo la puerta abierta para que
entrara y subió el ultimo. Le dijo al conductor su dirección y nos
fuimos.
No había necesidad de decir, que posiblemente fue el viaje en taxi
más incómodo de mi vida. Lee y yo nos sentamos al lado de Stu y
Alexis, quiénes habían pasado al manoseo pleno. La radio no estaba
encendida y el taxista no se sentía con ánimos de conversar.
Los únicos sonidos eran los de los besos.
Bueno, eso y la fuerte respiración. Miré hacia mi regazo, sintiendo
los ojos de Lee sobre mí, pero me negué a mirarlo. Sólo empeoraría las
cosas. Pero maldición, su mirada debía de tener cualidades magnéticas,
porque finalmente no pude evitar mirarlo. Sus ojos estaban fijos en mis
labios y cualquier pensamiento que estaba teniendo estaba escrito en
su rostro. Tomé aire profundamente y deseé que mi corazón no
estuviera latiendo tan erráticamente. Juraba que él podía ver mi pulso
palpitando en mi cuello.
Su atención vagó entre mis ojos y mis labios cuando habló.
—¿Hambrienta?
Parpadeé, con miedo de que por un segundo hubiera leído mis
pensamientos.
—¿Qué?
Sus labios se curvaron mientras repetía su pregunta.
—¿Tienes hambre? Podría cocinar cuando lleguemos a la casa.
Hago buena comida.
—¿Se supone que eso es un eufemismo?
Sacudió su cabeza, se rió y respondió con simplicidad.
—No.
Aclaré mi garganta y me removí en mi asiento.
—Bueno, ¿qué prepararas?
—Lo que sea. ¿Qué te apetece?
Me giré y miré hacia la ventana, porque toda esta conversación
sobre comida era extrañamente sexy.
—No tengo ni idea.
Lee se inclinó para darme un golpecito con su hombro.
—Supongo que tendré que sorprenderte.
Afortunadamente, no pasó mucho tiempo antes de que llegáramos
a la casa y todos bajamos mientras Lee pagaba al taxista.
Alexis y Stu ya estaban dentro y subiendo las escaleras para el
momento en que con dudas traspasé la puerta principal. Lee entró tras
de mí, golpeándome con su pecho y obligándome a adentrarme en el
pasillo. Dando un paso atrás, esperé a que me guiara hasta la cocina.
El lugar estaba limpio y recogido, lo cual era lo último que esperaba,
dado que sus dos hermanos vivían ahí. Entonces recordé a su prima,
Sophie y su pequeño niño. Tal vez ella hacía la limpieza.
Al pasar junto a la sala de estar, vi una TV de pantalla plana
gigante en la pared y un sofá de piel de diseñador. La cocina era
brillante y nueva, un poco rara con la edad de la casa. Supuse que el
lugar fue construido alrededor de los años 50 o los 60, una de esas
obras del ayuntamiento. Por lo general, estos edificios eran de esos con
las zonas comunes abajo y arriba los dormitorios, pero sabía que debía
de haber más cuartos, ya que seis personas vivían aquí. Así que seguro,
un pasillo llevaba de la cocina a una extensión en la parte de atrás.
Estaba dispuesta a apostar que el ático también había sido renovado.
A fin de cuentas, era bastante obvio que los hermanos ingresaban
una decente cantidad de dinero, aunque nunca lo notarias desde fuera.
Lee me miró un segundo, astuto como un zorro y supe que él pudo
notar que estaba observando todo y llegando a una conclusión. A
menos que su taller fuera un negocio en auge, su dinero debía de venir
de otra parte. Era por esto que no podía entender por qué me había
invitado. O estaba permitiendo que su atracción nublara su juicio o
estaba tramando algo.
Me senté en un taburete y él se dio vuelta, abriendo el refrigerador
para ver qué comida había.
—Debe ser un poco frenético, vivir con tantas personas bajo un
techo —dije, intentando mantener una conversación.
Después de todo, no iba a hacer una perra con el tipo en su propia
casa.
—Estoy acostumbrado al bullicio, Sn… digo, Karla —dijo Lee,
sacando los ingredientes del refrigerador—. Mis hermanos y yo hemos
estado viviendo aquí desde que éramos niños. En ese entonces
estábamos los cuatro en un cuarto, aunque hemos modificado un poco
el lugar desde entonces.
Se detuvo y apuntó la zona.
—Sophie y Jonathan comparten el cuarto de abajo. Stu tiene su
propio cuarto arriba, Trevor y Liam comparten el suyo y yo estoy en el
ático.
—¿Entonces tus padres no viven aquí?
—¿Te gustan los espaguetis? —preguntó, tal vez para cambiar de
tema—. Hago mi propia salsa desde cero.
Asentí
—Suena bien.
Un momento de silencio se extendió y no esperaba que respondiera
mi pregunta sobre sus padres, así que me sorprendí cuando lo hizo.
—Mamá murió cuando tenía catorce años. Una sobredosis. Papá se
fue cuando era pequeño, pero a veces se deja caer por aquí. A ocupar el
maldito espacio.
Tomé aire.
—Lamento oír eso. ¿Quién cuidó de todos ustedes después de que
tu madre muriera?
Lee arqueó una ceja como si estuviera siendo entrometida, lo cual
era así.
—Nos encargamos de nosotros mismos. Mi tía, la madre de Sophie,
engañó a los servicios sociales para hacer creer que se mudaría para
cuidarnos. Lo que hizo en realidad fue dejar a Sophie aquí, después se
largó para vivir con su novio drogadicto mientras recibía un buen
cheque del gobierno cada mes.
Estaba cortando tomates, cebollas y ajos mientras hablaba,
introduciéndolos en una licuadora.
—Pero si se llevó el dinero, ¿cómo sobrevivieron?
Se detuvo, me miró sin expresión y preguntó en voz baja:
—¿Cómo crees tú que sobrevivimos?
Lo miré de regreso y a pesar de lo que estaba deduciendo, la
simpatía se revolvió en mis entrañas. No sabía cómo responder. Apuntó
un segundo su cuchillo hacia mí, lo cual fue un poco perturbador.
—Todo el mundo siempre es rápido para juzgar, pero todos
nacimos con nuestra mancha. Algunas son peores que otras, y sí, la
mayoría de las veces tienes opciones sobre la forma en que vives. El
problema es, que algunas veces la elección es entre lo malo y lo peor.
Tuve dos opciones y si no hubiera elegido la que tomé, mis hermanos
habrían sido separados y enviados a un montón de hogares de acogida,
donde se habrían convertido en víctimas. En cambio, elegí la otra
opción y los convertí en sobrevivientes.
Miré a Lee, pero él rehuyó mi mirada, concentrándose en la comida
en cambio. Me incomodé ver las cosas desde su perspectiva. Siempre
había visto el mundo desde el punto de vista de un policía. Alguien que
detenía a la gente de llevarse lo que no era suyo. El problema era, que
algunas personas no tenían nada y su única opción era robar.
Había tantas cosas que quería decir. Como, ¿por qué Stu no
consiguió un trabajo para apoyarlos? Debería de haber tenido dieciséis
años en esa época. Sí, lo mejor que podría haber hecho habría sido
poco, pero al menos era honesto. De nuevo, dudaba que esa clase de
ingreso hubiera mantenido una casa de cinco niños en pleno
crecimiento. Además, Stu no era exactamente un tipo de lo más listo.
Podía imaginarlo esperando a Lee, quien parecía mucho más sabio,
buscando por un guía y quien obviamente vio un camino más lucrativo.
—Lo que estoy diciendo —continuó Lee—, es que todos tenemos
nuestras razones. ¿Cuál era tu razón? —preguntó, pareciendo
genuinamente interesado.
Me froté las palmas en los muslos.
—Es un poco más complicado que eso.
—¿Tu viejo?
—¿Qué pasa con él?
—¿Te presionó?
Me reí, descansando mis codos sobre la encimera, mirando a Lee
completamente absorta cortando los vegetales. Tenía una de esas
sofisticadas habilidades con los cuchillos, como los chef en la televisión.
—De hecho, no. todo lo contrario. No cree que las mujeres encajen
en la policía.
El entendimiento llenó sus ojos y sonrió.
—Ah, entonces lo hiciste para molestarlo. Sabía que había una
razón para que me gustaras.
Mi sonrisa empezó a desvanecerse.
—Eso es solo una parte. También quiero ayudar a la gente. Mucho
más de lo que quería molestar a mi padre.
Los ojos de Lee se movieron a los míos, con expresión
contemplativa.
—Sí, puedo verlo. —Un silencio cayó entre ambos y durante
apenas un segundo sentí que nos vimos el uno al otro de verdad. Con
todos los defectos y las virtudes. El momento fue roto cuando
continuó—. Como sea, mira, no estoy juzgándote por el asunto con tu
viejo. De hecho, esto significa que tenemos algo común. Mi padre
también es un imbécil.
—¿Cómo es que lo conoces? —pregunté antes de aclarar—. A mi
padre, quiero decir.
—Esa sí es larga de contar. Sólo déjame poner la pasta a hervir.
Su respuesta me intrigó y esperé mientras ponía los espaguetis en
una olla. Una vez terminó, volvió al refrigerador, sacando una lata de
cerveza y una botella de vino blanco. La sostuvo para mí.
—Esto es de Sophie. Tiene que ser mejor que la mierda que bebías
en el bar.
Me encogí de hombros y me sirvió una copa antes de destapar su
lata. Tomando un taburete y apoyando sus codos en la encimera, su
postura casi igual a la mía, me contó su historia.
—En ese entonces, acababa de cumplir los dieciocho y estaba en
una fiesta en casa de un amigo. Un poco de marihuana se había rotado,
lo de siempre. De repente, las luces se apagaron y alguien empezó a
aporrear la puerta. Un vecino debió haber llamado a la policía para
venir a calmar las cosas y tu padre estaba dirigiendo al equipo. Resulta
que el traficante en la fiesta había estado bajo su radar desde hacía un
tiempo y tu viejo estaba empeñado en atraparlo. Por lo general, me
hubiera ido por la ventana de atrás rápidamente, pero estaba
jodidamente ebrio.
»Antes de darme cuenta, tu padre estaba poniéndome un par de
esposas y arrastrándome para pasar una noche en el calabozo.
¿Es una porra lo que tiene en el bolsillo, o sólo está muy feliz de
verme? —bromeé.
»Tu viejo no se lo tomó muy amablemente. El bastardo retorció mi
muñeca, casi la rompió. Y me dio una advertencia.
—Una palabra más y te arrestaré por cargos de drogas.
—Vete a la mierda, no tengo nada.
—Tienes lo que yo diga que tienes.
»Incluso aunque estaba ebrio, supe cerrar mi boca después de eso.
Liam y Trev todavía eran muy jóvenes en esa época, y no podía
permitirme que me enviaran lejos, incluso durante un par de meses. He
tenido otro par de encuentros con él durante estos años y es un hijo de
puta malvado. Así que sí, mis condolencias y todo eso.
Entrecerré mis ojos y sacudí mi cabeza. No dudaba que mi padre
hubiera dicho esas cosas, pero me incomodaba que Lee supiera cómo
era él, porque eso significaba que también sabía que mi niñez no fue
ninguna salida al parque.
—Yo… no sé qué decir. Lamento que hiciera eso —repliqué.
Lee me miró fijamente.
—Sí, bueno, creo que el hecho que no te parezcas a él es el maldito
asunto, Snap.
Estaba llamándome Snap de nuevo, pero sólo sacudí mi cabeza.
Estaba perdiendo una batalla tratando de detenerlo. Regresando a la
cocina, sirvió su salsa en una sartén, removiéndola cada tanto. Hizo un
rápido trabajo escurriendo la pasta, y antes de saberlo, hubo un plato
frente a mí. Olía absolutamente delicioso, así que sólo pude imaginarme
a qué sabría.
—Mmm, gracias —dije, mirándolo mientras levantaba el tenedor
quise pronunciar un "vaya" para mí misma cuando finalmente lo probé.
Era de lejos la mejor cosa que había comido en mucho tiempo y sólo era
espagueti. Sólo podía imaginar lo que podría hacer con una receta más
atrevida.
—Bueno —dijo Lee—, ¿cuál es el veredicto?
—Asombroso —solté antes de que pudiera censurarme a mí misma
y él me sonrió ampliamente—. Quiero decir, no es que sea la mejor juez.
Mi trabajo no deja mucho tiempo para cocinar sofisticadamente. Por lo
general, termino pidiendo algo a la comida a domicilio de camino a
casa.
La sonrisa de Lee no desfalleció, pero sus ojos sí miraron hacia el
techo durante un segundo.
Los últimos minutos, había intentado ignorar los sutiles golpes que
venían de arriba, pero gradualmente se hacían más fuertes. Miré hacia
Lee y él se rió, luego me reí y él también. Ambos compartimos un
momento de contacto visual antes de sacudir mi cabeza.
—Entonces, tu hermano es, vigoroso. —Fruncí el ceño para mí
misma.
¿Por qué demonios no había sacado un tema diferente? Como,
digamos, uno que no involucrara discutir el hecho de que su hermano y
mi mejor amiga estaban pasando un tremendo gran momento arriba,
sobre nuestras cabezas.
—El vigor corre en la familia —dijo Lee.
Solté una carcajada.
—Eso sí que fue fino.
Él me mostró los dientes cuando sonrió.
—Que te quede claro.
Los golpes de arriba pararon y mi corazón dio un golpe seco de
alivio. Seguí comiendo, porque honestamente, estaba demasiado bueno
para ignorarlo. También estaba bebiéndome el vino como si fuera agua
y cuando mi vaso estaba vacío, Lee lo rellenaba. No era una gran
bebedora, así que, es innecesario decir que las tres copas que había
tomado estaban haciéndome efecto. Estaba borracha y estar borracha
en presencia de Lee Cross era territorio peligroso.
—Entonces, ¿te gura cocinar? —dije para romper el silencio.
—Síp.
—Espero que no te importe que lo diga, pero es algo extraño que
eso le guste a un tipo de veinticinco años.
Lee dejó escapar un suspiro.
—Sí, bueno, cuando puedes recordar un tiempo en el que no
podías permitirte la comida, tiendes a sacarle el máximo partido cuando
puedes.
Su respuesta me tomó con la guardia baja. Maldición, venir a su
casa había sido una mala idea. Cada vez más, estaba empatizando con
él y eso no me gustaba. Quiero decir, a nadie le gusta ser forzado a
admitir que quizás te había equivocado en tus primeras impresiones.
Terminé de comer mis espaguetis, esperando que pudieran
absorber algo del alcohol. Sabía que Lee me estaba observando todo el
tiempo, pero me negué a reconocer su atención. En cambio, mantuve
mis ojos nivelados en las proximidades de su oreja derecha y le conté
alguna historia inocua que había visto en las noticias antes ese mismo
día. Lee parecía divertirse como de costumbre y si hubiera mirado su
rostro, estaba segura que habría encontrado una sonrisa de
conocimiento.
Tomando nuestros platos vacíos, él los llevó al fregadero, luego se
volvió hacia mí.
—¿Quieres ir a sentarte en la sala de estar un rato? Estoy seguro
que Alexis vendrá pronto.
—De acuerdo —contesté y lo seguí a la habitación contigua.
Junto a la televisión había una base para el iPod. Lee lo encendió y
se deslizó a través de sus listas de reproducción mientras se sentaba en
el sofá. Si había una cosa que los hombres hacían mejor que las
mujeres, era elegir sofás. Iban por la opción más cómoda, mientras que
las mujeres generalmente escogían la que parecía más estética. No
inesperadamente, me hundí en el lujoso cuero con gusto. Un momento
después, Lee se acercó, y aunque había mucho espacio, decidió
sentarse justo a mi lado.
Mi mirada vagó hacia su brazo, que descansaba en el respaldo del
sofá, y tragué con mi cuerpo tenso.
—Así que, ¿cuánto tiempo llevas viviendo con Alexis? —preguntó
Lee, centrando su atención en mí y mi piel se agitó en conciencia.
Estaba demasiado cerca para estar cómoda, y podía decir que era el
tipo que miraba a una persona y lo veía todo.
—Un par de años, pero nos conocemos desde que éramos niñas —
respondí—. Crecimos en la misma calle.
Las cejas de Lee se alzaron.
—¿De verdad? ¿Tu familia todavía vive allí?
¿Estaba intimando conmigo para obtener información sobre mi
padre?
—No. Se mudaron a una zona más bonita hace unos años después
de que mi padre fuera ascendido —contesté, evitando decir
intencionadamente el lugar exacto donde se habían mudado.
Si Lee lo notó, no lo comentó.
—¿Y empezaste a entrenar para poli justo después de terminar la
escuela?
—Eh-umm. ¿Por qué tantas preguntas?
Me dio una pequeña sonrisa.
—Estoy tratando de conocerte, sin motivos ocultos, lo prometo. Si
no quieres hablar de ti, podemos hablar de mí. O podríamos sólo
sentarnos en silencio.
Dios, era tan inteligente.
Sacudí la cabeza.
—Hablemos de ti. ¿Cuándo dejaste la escuela?
—Aproximadamente cuando mi madre murió. No tuve tiempo para
ir la escuela después de eso. Stu dejó de ir en esa época también. Me
quedé con Liam y Trev hasta que cumplieron los dieciocho. —Tenía que
admitir que estaba sorprendida por eso y obviamente eso se reflejó en
mi rostro, porque Lee continuó—: Vivo para mi familia, Snap. Haría
cualquier cosa por ellos.
—¿Tanto es así que tuviste que unirlos al negocio familiar en vez
de enviarlos a la Uni?
Ahora él frunció el ceño.
—Les di la opción. Trabajar en el garaje fue la que escogieron.
—Sabes, vi a Trevor haciendo free-running el otro día. Es
realmente talentoso. —Dejé de lado la parte en la que lo había visto a él,
también, porque sabía que le agradaría descubrir que había estado
espiándole.
—Sé de lo que es capaz. ¿Qué quieres decir?
—Él podría estar haciendo otras cosas.
—Reparar autos es un trabajo duro —dijo Lee, y extrañamente,
cuanto más hostil se volvía, más se acercaba a mí.
Yo también me enfurecía, mientras clavaba los dedos en mis
palmas. Estábamos hablando de Trevor, pero quizás en el fondo estaba
hablando de él. Porque él era igual de talentoso, canalizando toda su
energía en la dirección equivocada.
—Creo que ambos sabemos que arreglar autos no es todo lo que tú
y tus hermanos hacen.
Los ojos de Lee se volvieron feroces, y me asusté por su intensidad.
—No, no lo sabemos. De hecho, no sabes nada.
—Sé lo suficiente.
Lee pasó su mano por su cabello y me sorprendió cuando se
levantó rápidamente del sofá, paseando de un lado a otro.
—No entres en mi maldita casa y me juzgues.
Le disparé una mirada como si estuviera drogado.
—Umm, si recuerdas, nunca te pregunté de venir. Tú me invitaste.
—Y podrías tener un poco de respeto dejando tu sombrero de
policía en la puerta.
—No estoy usando mi sombrero de poli. Sólo estoy siendo yo —
repliqué, poniéndome de pie para enfrenarme a él—. Ves, crees que te
gusto, pero no es así. No realmente. Esta soy yo, y mírame… lo odias.
Tuve que inclinar mi cabeza hacia atrás para encontrar su mirada.
Su pecho subía y bajaba con su genio, y de repente mi piel se sentía
demasiado tensa. La electricidad pulsaba entre los dos como una cosa
viva que respiraba. Un hormigueo irradiaba por mi espina dorsal, sus
dificultosas respiraciones de alguna manera me recordaban al sexo. Me
encontré mirando sus labios, y me atrapó mirando. La tensión entre
nosotros creció más densa. Me rodeó como si fuera una presa y cuando
habló, casi gruñó. Lo sentí justo en la boca de mi estómago.
—No odio nada de ti, Karla.
Las palabras apenas habían dejado su boca cuando extendió la
mano y me agarró por el cuello para empujarme hacia adelante. Se
inclinó y apoyó su frente contra la mía, nuestras respiraciones
mezclándose. Sólo pasó un segundo antes de que sus labios buscaran
los míos, suavemente al principio, un ligero pellizco de exploración.
Gemí, y el sonido le hizo algo, porque un segundo después aplastó
su boca contra la mía y temblé bajo su asalto.
Un ronroneo de placer salió de mi garganta. Me sentía enloquecida.
Mis manos se apoderaron de su cuello, sintiendo los músculos tensos y
la piel caliente. Su lengua se sumergió dentro, resbalosa y húmeda. Un
segundo después me levantó, encajando mis muslos alrededor de su
cintura y me llevó al sofá. Se sentó conmigo a horcajadas sobre él, sus
manos vagando por mi cuello, por mis hombros y mis caderas hasta
llegar a mis muslos.
Me sentí tan febril en ese momento que apenas tuve tiempo de
pensar, de salir del momento y ver el gigantesco error que estaba
cometiendo. Tan pronto como las manos de Lee vagabundearon
alrededor de las nalgas de mi trasero, me había ido, perdida en la
sensación.
Me sentía poseída, reclamada por sus manos y su boca. Se apartó
ligeramente, atrayendo mi labio inferior entres sus dientes y mordiendo
con fuerza. Apreté su camiseta, murmurando un febril "por favor" en su
boca antes de que nos besáramos otra vez.
Se separó el tiempo suficiente para susurrar:
—Dime lo que necesitas, nena.
Me apretó el trasero, y me asusté cuando un dedo se deslizó entre
las nalgas, provocándome sobre la tela de mis pantalones. Se sentía
chocantemente bueno, prohibido, lo que era suficiente para sacarme de
mi momento de debilidad. Blasfemé y me bajé de él, luego caminé al
otro lado de la habitación. Estaba jadeando, y supe que mi rostro debía
estar tan rojo como una señal de "stop". Levantando un dedo, señalé
entre él, yo y el sofá.
—Esto nunca sucedió.
Lee sonrió, sus labios ligeramente más rojos que antes. Sentí un
profundo sentimiento de vergüenza ante lo hambrienta que había
atacado su boca. Sabía que él había sido el que había iniciado las
cosas, pero yo había sido una participe más que dispuesta.
—¿Qué parte, nena?
—Cada parte. Y deja el "nena". No soy tu nena.
—Hace un segundo se sentía como si lo fuera —murmuró Lee de
forma socarrona antes de cruzar la habitación. Mi espalda golpeó la
pared cuando su pecho encontró mi pecho. Luego su boca estaba en mi
oído—. Lo querías —susurró.
Yo estaba mirando fijamente el suelo de madera, mi conmoción
mejorando cuando repliqué tímidamente:
—No entiendo cómo ese es tu primer recurso.
Sus ojos buscaron los míos durante un segundo con sus cejas
fruncidas y luego estalló en risas. Sus manos ahuecaron mis mejillas
antes de que me abrazara.
—Dios, eres linda.
A pesar de mí, me hundí en su agarre. Respiró hondo, como si me
estuviera olfateando, y había algo en ello que hizo a mi estómago dar un
vuelco. Toda la situación era ridícula. Y yo estaba borracha. Sí, es por
eso que estaba sacando el tema del sexo anal como un extraño bicho
raro. Alzando mis manos en su pecho, lo empujé hacia atrás y me alejé
para poner algo de distancia entre los dos.
—Mira, puedes dejar de actuar como un buen chico. No estás
engañando a nadie.
Me miró tiernamente. El afecto en su voz me hacía sentir cosas que
no quería sentir.
—No estoy fingiendo.
—Tú, yo… nosotros, nunca funcionaría, sabes eso, ¿verdad?
—No estoy seguro de estar de acuerdo.
—Sí, bueno, no eres el que tiene una reputación que defender.
—Oh, ¿en serio? ¿Qué piensas que dirían mis chicos si saben que
estoy acostándome con una poli?
Incliné mi cabeza y puse una mano en mi cadera.
—No lo sé, Lee. Según tú, no tendrían razón para decir nada.
Me miró fijamente durante un largo y duro momento, sin hablar, la
frialdad en sus ojos me dio escalofríos. Sentí que nuestra conversación
había llegado a un círculo cerrado, volviendo a la discusión que
habíamos estado teniendo antes de que me besara. Afortunadamente, la
tensión se rompió cuando la puerta se abrió y Alexis entró. Su cabello
estaba alborotado y su maquillaje corrido. De hecho, estaba
recolocándose su ropa y parecía que estaba huyendo de la escena de un
crimen.
—Lee, ¿podrías llevarnos a casa? —preguntó ella con prisa.
Él le lanzó una mirada perpleja.
—Claro.
Fruncí el ceño y sacudí mi cabeza hacia él.
—No te molestes. Cogeremos un taxi.
—No tenemos tiempo para llamar a un taxi. Necesitamos irnos
ahora —insistió Alexis.
—¿Por qué?
No tuve que esperar por una respuesta, porque Stu entró furioso a
la habitación.
—¿Dónde demonios crees que vas? —preguntó.
No llevaba la parte de arriba, y la bragueta de sus pantalones
seguía abierta, lo que significaba que yo estaba empapándome de la
vista. Stu era musculoso, y honestamente, entendía totalmente por qué
Alexis lo buscaba como acompañante. Quiero decir, si fueras a tener
sexo sin sentido, deberías hacerlo bien. Traté de mantener los ojos fijos
a las doce, en vez de guiarlos hacia las seis. Está bien, tal vez eché un
vistazo a las cinco. Oh, ¿a quién estoy engañando? Mi mirada se dirigía
directamente a las seis, y ni siquiera me sentía culpable de ello.
Hola.
Yyyy, de vuelta a la materia. A juzgar por la mirada de enojo en la
cara de Stu, pensé que quizás no era tan bueno en mantener sus
emociones fuera de la vida sexual como Lee dijo que era.
—Te dije que esto sólo era sexo —murmuró Alexis, su postura
caída mostrándome que estaba decepcionada de sí misma.
—¿Pero por qué? Ese imbécil te dejó, Lex. Yo estoy aquí. Te deseo.
Danos otra oportunidad.
Oh, vaya. Nunca pensé que vería el día en que Stu Cross mostrara
su lado emocional.
—No lo entiendes —respondió, volviéndose.
Stu alargó la mano y la agarró por el hombro.
—¿Qué es lo que no entiendo?
—Oye, no seas duro con ella, ella está… —me detuve justo antes
de terminar la frase.
No importaba de todos modos, porque un segundo después Alexis
se fue de la lengua.
—Estoy embarazada, ¿bien? Y antes de preguntar, no, el bebé no
es tuyo. Ahora simplemente, ¿me dejarás ir?
Stu la miró fijamente. Alexis se volvió y salió por la puerta. Lee
lanzó a su hermano una severa mirada que le decía que no la siguiera.
Luego posó suavemente la mano en mi espalda y me sacó de la casa. Un
minuto más tarde, Alexis y yo estábamos en el asiento trasero de su
auto mientras nos llevaba a casa. Estaba en silencio hasta que Lee
anunció sarcásticamente.
—Bueno, Clarky, es un buen truco el que acabas de sacar. Debería
estar muy orgullosa de ti misma.
—No le hables así —le advertí.
Sus ojos atraparon los míos en el espejo retrovisor y fui la primera
en alejarlos. No podía mirarlo en ese momento, no cuando todavía
quería saborearlo en mi boca, todavía sentía sus manos en mi cuerpo.
Lo que había ocurrido permanecía entre nosotros, pesado y tácito.
—No, Karla. Él tiene razón. Lo que acabo de hacer con Stu fue una
mierda. Y no estoy orgullosa de mí misma, en absoluto.
—Le diré que has dicho eso —respondió Lee, parecía un poco
apaciguado.
—Pensé que dijiste que Stu estaba emocionalmente desinteresado
cuando se trata de mujeres —dije—. Esta noche no parecía así.
Alexis hizo una mueca.
—Oh, Dios mío, Lee, maldito bastardo. No sabía que ahora te
dedicabas a los clichés.
Suprimió una sonrisa.
—¿Qué? Es la verdad, aunque siempre has sido su punto débil. Tal
vez serás la que hará que él finalmente haga borrón y cuenta nueva.
—Sí, porque soy un copo de nieve tan especial. Esa mierda sólo
ocurre en comedias románticas, y mi mierda apesta igual que la de los
demás.
—Agh, tenías que ir y hacerlo asqueroso —me quejé.
—Oye, es mejor que te acostumbres. Voy a ser madre soltera, y he
decidido que serás la madrina. Eso significa también un montón de
cambios de pañal.
A pesar de que estábamos bromeando, lo que ella dijo me hizo
emocionarme, y mi voz se agravó.
—¿Quieres que sea la madrina, en serio?
—¿A quién diablos más se lo podría pedir? Por supuesto que sí.
Me acerqué y agarré su mano, olvidando por un segundo que Lee
estaba en el auto con nosotras.
—Sabes que eso significa mucho para mí, ¿verdad? Nunca te lo
podré agradecer.
Compartimos una mirada significativa, y le apreté la mano antes
de soltarla. El auto se quedó en silencio, y cuando levanté la vista, me
encontré con Lee observándome de nuevo.
Tragué y aparté la mirada, mirando fijamente por la ventanilla.
Unos minutos más tarde, habíamos llegado al edificio de Lexie y mío.
Ella salió primera y se apresuró hacia el sistema de entrada de la
puerta. Me quedé mirando a Lee. Había algo en su expresión que me
hizo pensar que quería decir algo, pero no lo hizo. En cambio, me
disparó un seco asentimiento y volvió a encender el motor.
—Nos vemos, Snap —dijo justo antes de apartarse de la acera.
Me quedé en el camino, viendo su auto negro desaparecer en la
noche negra y preocupándome por cómo mi vida estaba cambiando,
todo porque él estaba en ella.
—Oye, Burrows, ¿dónde te conseguiste ese ojo a la funerala? —dijo
Tony detrás de Steve, cuando acababa de entrar en la sala de descanso.
Steve puso toda su atención en Tony, con cara de pocos amigos y
un ojo entrecerrado.
—Tu parienta quiso probar algo nuevo con el saco —se mofó él, y
Tony se tensó.
Mi compañero de trabajo no era un hombre fácil de hacer enfadar,
pero lo que había dicho Steve lo había hecho enojar. Él se quedó en
silencio, y créeme, tanto como él normalmente era una persona feliz,
era un tipo bastante hablador, Tony daba más que miedo cuando se
quedaba en silencio. Steve le echó una mirada sarcástica antes de ir a
sentarse al otro lado de la sala lejos de nosotros.
—No la escuches, ellas solo esta osca porque se ha metido en otra
pelea de gatas. Bolsos al atardecer, eso fue —le dije, sonriendo a mi
amigo—. Necesita aprender a comportarse como una señora.
Tony dejó escapar una buena carcajada, y Steve frunció el ceño. Él
se mantuvo callado, lo cual, no era normal para su carácter.
Normalmente, el hombre tenía una boca tan grande que era imposible
hacerlo callar. Eso me inquietó un poco, porque si Steve se hubiera
metido en una pelea en el trabajo, estaría fanfarroneando sobre ello con
una charla interminable como; "Deberías ver cómo quedó el otro tipo". El
hecho de que fuera una tumba era preocupante y me recordó las
amenazas de Lee cuando lo visitamos en el garaje. Quizás Steve intentó
hacerle otra visita, y Lee había cumplido su promesa.
Mmm.
Tony y yo justo habíamos terminado de comer, así que recogimos
nuestras cosas y dejamos a Steve sentado solo el resto de su descanso.
—¿Has sospechado alguna vez que él podría estar metido en algo
turbio? —le pregunté a mi amigo una vez que estábamos lo suficiente
alejados para que nadie nos oyera.
Tony me dio una mirada cínica.
—¿Es el cielo azul?
Suspiré.
—Él necesita que lo atrapen.
—Me lo dices tú. En cuanto tenga la más mínima evidencia, lo
entregaré.
Asentí, pensando en cuánto le costaría a Steve dar un paso en
falso. Un poco más tarde, estábamos en marcha, bajando por la calle
principal, cuando me di cuenta de que había alguna especie de
disturbio fuera de un mugriento local de comidas.
—¡No te voy a dejar pasar tiempo con Jonathan hasta que no estés
limpio! —gritó una mujer, apoyando sus manos en el pecho de un tipo
alto y alejándolo de ella.
Un niño estaba de pie en la entrada del bar, con el pulgar en la
boca y lágrimas corriendo por su cara. Yo solo la había visto una vez
antes, así que me costó un momento reconocer a la prima de Lee,
Sophie. El tipo con el que estaba discutiendo era más o menos de su
edad. Él era alto y delgado, y, para ser honesta, se veía como un
baboso. Me imaginaba por el tipo de discusión que él era el padre del
niño.
—¿Está todo bien por aquí? —pregunté yo, acercándome a ellos
mientras Tony se acachó frente al niño. Hablando con él en voz baja,
preguntándole si le habían hecho daño.
Sophie se giró para ver quién les estaba interrumpiendo y se
congeló cuando me vio.
—Tú otra vez.
Asentí.
—¿La está molestando este hombre?
Le tomó un momento contestar, mientras me miraba a mí y al
hombre.
—Sí, él me está molestando. Quiero que se vaya.
En cuanto las palabras abandonaron su boca, me giré hacia el tipo
y le hice un gesto para que circulara por la calle.
—Señor, le tendré que pedir que se vaya ahora. Está molestando a
esta mujer.
—Eso es solo porque ella está intentando alejarme de mi hijo —
escupió él.
—Sí, y ¿puedes culparme cuando este es el tipo de comportamiento
que tengo que aguantar?
—Quizás si dejaras de ser tan zorra, yo no tendría esta actitud.
Tony se puso de pie y le miró de manera hostil.
Él se enervó, endureciendo su postura, antes de dar un par de
pasos atrás.
—Esto es mentira. Me largo de aquí —dijo él, y se alejó escurriendo
el bulto.
Un momento más tarde Sophie me miraba con sus mejillas
estaban rojas por la vergüenza.
—Gracias por eso. Te prometo que normalmente no voy por ahí
teniendo peleas domésticas en la calle, pero es que David se presentó de
repente e intentó llevarse a Jonathan.
Ella se giró hacia su hijo, quien corrió a su lado y enterró su rostro
detrás de su pierna. Por alguna razón, mis ojos fueron hacia su muñeca
izquierda, donde ella estiraba la manga hacia abajo tanto como daba de
sí. Un pequeño morado se podía entrever y supe que estaba tratando de
esconderlo.
Me acerqué un poco más y bajé la voz, hablando suavemente le
pregunté:
—¿Ha intentado hacerte daño alguna vez?
Ella se me quedó mirando, con lágrimas que no caían aún
brillando en sus ojos, y supe que la respuesta era que sí. No dijo nada,
y un momento después tomó una honda inspiración.
—Nosotros deberíamos irnos.
Di un paso y me puse delante de ella, bloqueándole la huida.
—Puedo ayudarte, lo sabes. Todo lo que tienes que hacer es
rellenar un informe. Podemos conseguir una orden de alejamiento para
que no pueda acercarse a ti o a tu hijo.
Ella negó.
—No, no quiero hacer eso. Venga, cariño, vámonos. —Ella agarró
de la mano a Jonathan y se alejó caminando.
Dejé salir el aire, y mis ojos se encontraron con los de Tony. Los
dos sabíamos que no había mucho que hacer si ella no quería cooperar.
Durante el resto del día, mi encuentro con Sophie no se me iba de
la cabeza. Me preguntaba si Lee tenía alguna idea de lo que estaba
pasando entre ella y ese personaje llamado David. No podía imaginar
que él lo supiera, juzgándolo por su fiera reacción cuando me dijo que él
haría lo que hiciera falta por su familia. Dudaba que David se acercara
a menos de tres metros de Sophie si Lee lo supiera.
Estaba tan preocupada con estos pensamientos que casi me olvidé
de organizar una noche de chicas para Alexis. Había invitado a Reya,
una amiga de Alexis, Bradley, quien era una chica honorifica. Íbamos a
ver comedias románticas, pedir pizzas, y, bien, intentar hacerla sentirse
mejor por estar embarazada. Ella pensaba que estaba sola, pero en
realidad no lo estaba. Yo había planeado estar a su lado durante todo el
proceso, pero estaba preocupada de que ella pudiera caer en una
profunda depresión. No sería bueno para ella o para el bebé.
Todo el mundo estaba ya en el apartamento cuando llegué, así que
di unos cuantos holas y me fui a duchar. Siempre me gustó ducharme
después de un turno; era casi compulsivo. De alguna manera el agua se
sentía como si limpiara toda la mierda que había visto durante el día,
dejándome fresca y renovada.
Alexis estaba anotando en una lista de qué quería la pizza cada
una cuando salí, con el cabello enrollado en una toalla y un pijama
limpio.
—¿Puedo pedir una pizza para amantes de la carne, tiras de pollo,
patatas fritas, y ensalada de col? —dijo Reya—. Oh, y una Coca Cola
Light.
No pude evitar pincharla.
—Sí, porque eso hará que lo otro no sume.
—¡Oye! Yo prefiero la cola light de hecho —discutió ella, y Bradley
se rió.
—Nunca hay suficiente de ese sabor sexy químico, ¿eh?
Me reí y me acerqué a él para chocar los cinco.
—Ustedes dos, dejen de meterse con la pequeña Reya —se
entremetió Alexis, dándole a ella una mirada amable—. No les hagas
caso. Son un par de abusonas.
Me pareció divertido como Alexis llamó pequeña a Reya, ya que ella
era más mujer que nosotras dos juntas. Imagino que la consideró
pequeña porque era seis o siete años más joven que todas nosotras. No
sabía cuál era exactamente su herencia, pero creo que recordaba una
vez que ella me dijo que sus padres eran latinos, de ahí sería de donde
había recibido sus facciones oscuras. Ella era bastante estructural, con
piel color miel y curvas infinitas. Quiero decir, Alexis hacía de modelo
de tallas grandes, pero ella no tenía nada que ver con Reya.
Una vez que la comida ya había sido pedida, Bradley puso en
marcha el DVD. Íbamos a ver una película llamada A él simplemente no
le gustas así. Innecesario decir, que yo no había formado parte en el
proceso de selección. El título era tan jodidamente condescendiente que
de alguna manera me hacía querer pegarle a alguien. Gracias a Dios, no
tuvimos que esperar mucho a que nuestra comida llegara,
distrayéndome de mis ensoñaciones infligiendo dolor a alguien.
Fue más tarde, mientras Bradley y Reya estaban hablando en el
salón, que conseguí arrinconar a Alexis en la cocina. Yo sabía que me
iba a dar una sesión de palos interminable por esto, pero tenía que
poner mi orgullo de lado al momento. Tan solo no iba conmigo ignorar
el hecho de que la prima de Lee estaba siendo acosada por su ex. Si él
había sido violento con ella en el pasado, entonces yo tenía que hacer
algo para evitar que volviera a pasar.
—¿Tienes el número de Lee? —pregunté tranquilamente mientras
yo fregaba los platos y ella los secaba.
Ella me miró perspicazmente.
—Quizás lo tenga. ¿Y por qué, dímelo por favor, lo estás buscando?
—Es complicado. Pero te aseguro, que no tengo intenciones
románticas de ningún tipo por él, si era eso en lo que estabas
pensando.
—No sé, tú podrías ser una buena asalta-cunas. —Se rió—. Te
llamarían "rubia picante".
—Calla —susurré entre dientes, intentado no reír—. Soy
demasiado joven para ser una asalta-cunas. Y él es demasiado mayor
para ser mi juguete. Si yo fuera a meterme en ese tipo de cosas, el chico
tendría que estar en sus, ser como, menos de veinte o algo así.
Demonios, estaba divagando.
Alexis completamente se rió.
—Oooh, no sabía que estabas ya mirando los aspectos legales,
agente.
Me impacienté.
—¿Tienes su número sí o no?
Ella suspiró.
—Sí, lo tengo. Y para que lo sepas, si estuvieras pensando en ir por
ello, yo no estaría en posición de poder juzgarte, especialmente después
de la mierda que le saqué a Stu la otra noche. De todas formas,
siguiendo en tu línea de trabajo, probablemente no es la mejor idea.
Sus cejas se alzaron significativamente de manera no sutil.
—Es bueno que no tenga intenciones de golpear nada —dije,
secando mis manos y regresando al salón.
—Bueno, tendrás que golpear algo de vez en cuando —gritó detrás
de mí.
Me di la vuelta lo suficiente para poder hacerle una de esas señas
italianas con la mano en la barbilla que significa, "vete al cuerno".

Durante los siguientes días, el número de Lee me quemaba en el


bolsillo. Alexis me lo había dado y yo lo había guardado en la agenda de
mi teléfono, pero era reacia a llamarle. Dependiendo de la personal con
la que estuvieras al llamar, la llamada telefónica podría ser como algo
íntimo y de echo sabía que sería así con Lee. Él tenía esta cosa de
hacerme sentir rara y excitada, además no podía negar que tenía una
voz muy sexy. Era toda profunda y tosca.
De todos modos, estaba trabajando el turno de noche o en el de
madrugada, dependiendo en como quisieras verlo. Keira y yo íbamos
conduciendo por la ciudad, vigilando las cosas. A veces se sentía como
si me pudiera poner poética sobre Camden a las dos de la mañana un
sábado. La basura cubría las calles, moviéndose de un lado a otro como
olas en un océano. La gente caía borracha, peleando por una conexión
que no tenían el valor de buscar cuando estaban sobrios.
Está bien, quizás no era tan poético.
La radio se puso en marcha con una orden para enviarnos a
controlar unos disturbios violentos afuera de un club que estaba solo a
unos minutos de distancia. Keira encendió las sirenas, en segundos ya
estábamos en marcha.
Cuando llegamos allí, nos encontramos con tres hombres
enganchados en una pelea, dos de ellos que le estaban dando la paliza
de su vida a un tercero. Él estaba tirado en el suelo, acurrucado en
posición fetal mientras los dos se le echaban encima. No me lo pensé
dos veces antes de sacar mi pistola eléctrica y la amenaza de
incapacitarlos fue suficiente para que los dos se apartaran. En un
momento, tuvimos a los dos atacantes esposados y sentados en la parte
trasera del auto patrulla, listos para ser llevados a la comisaria,
mientras que el tipo al que le habían pegado la paliza se lo estaban
llevando en una ambulancia.
Estaba más exhausta de lo que pudiera ser creíble para cuando
llegué a casa, dejé las llaves en la mesita de café y me dejé caer en el
sofá. Pude oír a Alexis roncando suavemente en su habitación mientras
cerraba mis ojos y dejaba salir un cansado suspiro. Quería ir a la cama,
pero el número de Lee me seguía llamando. No podría dormir
profundamente hasta que le dejara saber que su prima podría estar en
problemas.
Marcando su número, esperé tensamente a que él contestara. Sonó
durante tanto rato que empecé a preguntarme si él iba a contestar.
Entonces, justo cuando iba a apretar "fin", su voz llenó mi oído,
cansada y sexy.
—Quienquiera que seas, mejor que sea importante para que me
estés llamando a las… —se paró, y yo pensé que estaba mirando la
hora—… cinco y diez un sábado por la mañana.
Aclaré mi garganta.
—Hola, eh, soy Karla. Alexis me dio tu número.
—¿Snap? —preguntó Lee, sonando sorprendido.
—Sí, yo estoy, eh, perdona por llamarte tan temprano. No lo pensé.
El turno de noche hace cosas extrañas a mi cerebro.
Había una sonrisa en su voz cuando contestó en voz baja:
—Tú me puedes llamar cuando quieras. Perdona por el tono,
pensaba que sería Liam o Trevor pidiendo que los fuera a buscar o algo
así.
—¿Llevarlos a casa a las cinco de la mañana?
—A los jóvenes cachorros les gusta salir de fiesta hasta tarde.
Me reí involuntariamente.
—Oh, y qué eres tú ahora, ¿un perro viejo?
—Definitivamente tengo unos cuantos kilómetros recorridos en
esta ciudad.
Me reí, de nuevo. Dios, él era encantador hasta cuando lo
despertaban a una hora intempestiva.
—Pufff, tú tienes cero kilómetros en la ciudad, y los dos sabemos
eso —solté antes de tener oportunidad de pensarlo.
—Ah, ¿sí? ¿Has estado contando mis kilómetros? —preguntó
flirteando, y oí el sonido de sábanas moviéndose.
Eso me recordó que él estaba más que probablemente en la cama.
No necesitaba visualizar eso.
Apuesto lo que sea a que duerme desnudo, meditó la parte obscena
de mi mente, causando un pequeño escalofrío que recorrió mi espalda.
—De todas formas, te llamaba por una razón.
Él sonó divertido.
—Mis disculpas. Adelante por favor.
Más crujido de sábanas. ¡Dios mío, ¿qué es lo que estaba haciendo
él allí?!
—¿Podrías dejar de moverte un segundo? El ruido me está
distrayendo.
Lee dejó salir una profunda y ronca risita que te prometo que me
penetró. Me encontré aflojando el cuello de la camisa y soltando unos
cuantos botones, sintiéndome más excitada por momentos.
—Mm-umm, te distraes fácilmente, ¿no crees? —Su voz era puro
sexo y simplemente sabía que estaba completamente desnudo.
Nadie hablaba así cuando estaba vestido. Tragué e intenté sonar
tranquila.
—Para ya con esa voz.
—¿Qué voz?
—La que distrae —le grité prácticamente y oí parar los ronquidos
de Alexis.
Continuaron un segundo más tarde y suspiré pesadamente. Por un
segundo pensé que la había despertado. Lee se reía al otro lado del
teléfono y el sonido era tan delicioso que lo pude sentir en mis olvidadas
partes femeninas.
—De nuevo, me disculpo. Ahora continúa… dime que hay en tu
cabeza, cariño.
Dejé el "cariño" pasar de largo, porque honestamente, seguiríamos
así al teléfono toda la noche (o mañana) si no lo ignoraba.
—De acuerdo, pues, el otro día mientras estaba trabajando, me
tropecé con tu prima, Sophie. Ella tenía a su pequeño con ella y el
padre estaba allí. Estaban discutiendo. Normalmente no metería mis
narices así, pero creo que él le ha estado pegando a ella. Cuando le
pregunté si quería denunciarlo, ella se negó. Solo pensaba que deberías
saberlo.
Lee se quedó completamente callado al otro lado de la línea, y casi
podía sentir el enfado irradiando de él. Pasó un largo momento hasta
que habló:
—Ese era David, ¿verdad? ¿Un imbécil alto y flaco, con el cabello
como si lo hubiera metido en una freidora?
—El mismo.
—Ellos rompieron hace meses. Sophie nunca dijo que él estaba de
vuelta en escena.
—Bueno, por lo que vi, lo está.
Lee dejó salir un lento suspiro.
—Gracias por avisarme. Me aseguraré de que se mantenga alejado
de ella.
—Bien —dije yo y se instaló el silencio.
Debería de haber colgado entonces, pero algo me lo impidió. No
quería terminar la llamada, porque por mucho que odiara admitirlo,
estaba un poquitín enganchada a interactuar con él.
—¿Era eso todo lo que querías decirme? —preguntó Lee, en voz
baja, casi susurrando.
Podía imaginarlo dentro de mí, hablándome de ese modo, como si
yo fuera el centro de su universo.
—Mmm, sí. Quiero decir, no. —Dejé de hablar un segundo antes de
continuar—: ¿Te acuerdas de Steve? ¿El tipo que iba conmigo la
semana pasada cuando fuimos a tu taller?
—Difícil olvidar a un estúpido como ese.
—Mmm-umm, ¿podría ser que tú supieras algo del ojo morado que
ha estado luciendo?
—Nop.
—Oh, bueno, solo pensé que te preguntaría.
Lee se movió de nuevo, como si estuviera intentando ponerse en
una postura cómoda.
—Suenas cansada —comento él.
—Lo estoy. Te dije que había trabajado esta noche. Bueno, ayer
noche y esta madrugada.
—Entonces, ¿qué harás hoy, solo dormir y hacer el perro?
—Lo más probable. Puede ser que vaya al gimnasio más tarde.
—Podría ir ahí y cocinar para ti. Una mujer trabajadora debe tener
un hombre que se ocupe de sus necesidades.
Pude imaginarme su mueca descarada. Y honestamente, eso
sonaba bien, demasiado bien. Tuve que reír ante su desfachatez.
—Nunca te habría tomado por un feminista.
—Oh, pero lo soy. De hecho, creo que tendrían que crear una ley
nueva en la que dijeran que todas las mujeres deberían recibir varios
orgasmos a la semana. Yo estaría la mar de contento apoyándola —dijo
él y contra mi propia voluntad, me reí.
—Seguro que lo harías.
—Sí, oye, ¿sabías que antiguamente había médicos a quienes las
mujeres visitaban para que las trataran de histeria? El médico
literalmente las hacia correrse para que liberaran la tensión y luego las
enviaban a casa más contentas que una almeja. Perdón por el juego de
palabras. Vi esa mierda en un documental.
Me reí muy alto, sin poder evitarlo.
—Estás loco.
—Te lo juro por Dios que es verdad. Míralo en Google si no me
crees. Entonces, ¿me vas a dejar ir ahí? —ronroneó Lee.
—No lo creo.
—Agh, pero te traería mi pastel de queso horneado. No has vivido
hasta que no hayas probado mi pastel de queso.
Tenía que admitir, que encontraba desternillante imaginar a Lee
horneando, con todos los tatuajes que tenía. No tendría que haberlo
consentido, pero parecía ser que no podía evitarlo.
—¿De qué sabor es el pastel de queso?
Su voz se volvió más profunda.
—Cualquier sabor que te haga decir sí.
—Estás hecho un ligón.
Él se rió y yo me levanté del sofá, dirigiéndome a mi habitación.
—Será mejor que me vaya. Ha sido una noche larga.
—No te vayas todavía.
Estaba bostezando mientras contestaba:
—Tengo que hacerlo. Si no, me quedaré dormida mientras
hablamos.
—No me importa. Quédate en línea.
Cerré la puerta de mi habitación.
—De acuerdo, bien, te voy a poner por el altavoz un minuto porque
me tengo que quitar el uniforme.
Lo oí gruñir mientras apretaba "altavoz" y ponía el teléfono sobre
mi mesilla.
—Olvídate de hablar por teléfono. Debería de ir ahí.
Me reí.
—Buen intento.
—No bromeo. Puedo estar ahí en quince minutos, quizás menos.
—Eres incorregible.
—Oh, eso es que estás buscando pelea verbal. Dónde ha aprendido
esas palabras estrafalarias, ¿agente?
—Lee, estás flirteando de nuevo. Déjalo o colgaré.
—Bien, no es necesario tomar medidas drásticas. Me portaré bien.
Nos quedamos en silencio mientras me quitaba la camisa y la
corbata, luego desaté mi cinturón.
—¿Entonces, ya estás desnuda?
Dejé salir un resoplido.
—Pensé que habías dicho que te ibas a portar bien.
—Lo haré, pero por lo menos dame algo. Estoy intentando
visualizar desde aquí.
Un segundo más tarde mis pantalones cayeron y lancé mis ropas
al cesto de lavar. Estaba demasiado cansada para mi habitual ducha,
así que solo me puse una camiseta vieja y me subí a la cama.
—Siento reventar tu burbuja, pero nada remotamente sexy está
pasando por aquí. He estado trabajando durante las últimas diez horas,
y apesto. Ves y pon eso en tu banco de azotes.
Lee gruñó de nuevo.
—No puedes decir "banco de azotes", Snap. Eso me da ideas.
—No te atrevas —lo avisé yo.
Su risa era diabólica.
—Por todo lo que tú sabes, yo podría haber estado frotando algo
durante todo este tiempo.
—Por todo lo que tú sabes, también lo podría haber hecho yo —
contrarresté.
—Joder. Bien, tú ganas esta ronda. —Maldijo y se separó del
teléfono un segundo.
Creo que lo oí rascándose la barba mientras murmuraba
"Jesucristo" entre dientes.
Intenté lo mejor que pude cambiar de tema.
—Así que, ¿qué planes tienes para hoy?
—¿Aparte de ir a tu casa? —preguntó confiadamente. Cuando me
quedé en un silencio sepulcral, añadió—: Es broma, es broma. No tengo
grandes planes. Es el cumpleaños de un amigo mío esta noche, así que
tendré que pasar para enseñar mi cara.
—Oh, bien, espero que lo pases bien —dije somnolienta mientras
me arrellanaba en mi almohada y los dos nos quedábamos en silencio
un minuto más.
Lo podía oír respirar en el otro lado de la línea, así que sabía que
seguía allí.
—¿Ya estás casi dormida? —preguntó Lee suavemente.
Por un momento sentí como si estuviera a mi lado, susurrándolo
en mi oreja.
—Casi —contesté cuando terminé otro bostezo.
—Seguro que te ves como en un cuadro ahora mismo —murmuró
él.
—Mmm-umm —murmuré cerrando mis ojos.
—Duérmete, guapa —me dijo, con su voz como una caricia.
Segundos más tarde, me había muerto para el mundo.
—Adivina cuántos sujetadores estoy usando —preguntó Reya
mientras corría a mi lado en la caminadora.
Escupí una carcajada.
—Umm, espero que la respuesta a eso sea uno.
Sacudió la cabeza.
—No, tengo tres de estos malotes en este momento. De lo contrario,
las chicas estarían rebotando por ahí como un elefante en un
trampolín.
Me reí fuerte, sintiéndome sin aliento.
—¡Dios mío, detente! Me estás distrayendo.
—Estoy hablando en serio. Apuesto que nunca has tenido como
estas dobles, mientras que yo tengo el triple y podría ser cuádruples. Te
maldigo, Karla Sheehan, tú y tus senos perfectamente manejables.
El tipo en la cinta junto a Reya inclinó su cabeza, claramente
escuchando nuestra conversación. No podía culparlo.
—¿Sabes qué? —continuó ella—. Estoy pensando en hacerme una
reducción. Quiero unas como las de la actriz Claire Danes. Probable ella
se pasea libre como un pájaro día tras día, sin un horrible pinchazo en
la espalda.
El tipo que escuchaba casi tropieza con sus propios pies y me sentí
mal por él. Reya siempre fue muy habladora cuando estaba a mi
alrededor porque la hacía sentir segura. El problema de eso era que a
menudo significaba que no se censuraba a sí misma.
—¿Por qué simplemente no compras un sujetador deportivo,
anormal? —pregunté cuando finalmente logré dejar de reír.
—Porque estoy sin blanca, pero también porque los sujetadores
deportivos son una mierda. Pueden que te den sujeción, pero apenas
me cubren los pezones. No quiero estar por ahí mostrando mis faros a
todo el mundo.
—Tienes que callarte. En serio, me está dando un calambre —me
quejé, riendo tan fuerte que tuve que alcanzar los botones para frenar
mi máquina.
Había dormido hasta el mediodía, luego Reya había llamado,
preguntando si quería ir al gimnasio a hacer ejercicio. Desde que me
sentía inusualmente renovada después de ser arrullada para dormir por
Lee, estuve de acuerdo. Ahora, aquí estábamos. Y sí, me estaba
negando a pensar en el hecho de que la voz de Lee Cross me había
enviado a la mejor noche de sueño que alguna vez había tenido.
—Voy a la máquina de remo. Ven a buscarme cuando termines —
dije, deteniendo la cinta y yendo al otro lado del gimnasio.
Había estado remando un par de minutos cuando por la esquina
de mi ojo vi a alguien tomar la máquina junto a la mía. No le presté
mucha atención y me concentré en la música que fluía de mi MP3. Por
alguna razón, prefería escuchar heavy metal cuando me ejercitaba, y
James Hetfield4 estaba gruñendo en mis oídos.
Fue sólo cuando empecé a frenar que sentí una presencia familiar,
intensa y consumidora. Frené hasta detenerme, sacando mis
auriculares. Un segundo después me di la vuelta para ver quién tenía
mis sentidos en alerta, y allí estaba él.
Lee me miró, usando ropa de entrenamiento y una toalla envuelta
alrededor de sus hombros. Limpié el sudor de mi frente y entrecerré mis
ojos hacia él. Después de un milisegundo de contacto visual, me puse
de pie, dirigiéndome a la fuente de agua. Sabía de hecho que esto no era
una coincidencia. Anoche al teléfono recordé decirle claramente que
podría ser que viniera al gimnasio hoy.
Me siguió pisando mis talones, secando su cabeza y preguntando
—¿Dormiste bien anoche, agente?
Me incliné sobre la fuente, tomé un trago y luego me enderecé.
—Lo suficientemente bien.
La camiseta que él usaba no era exactamente ajustada, pero su
sudor había hecho que partes de ella se pegaran a su pecho. Traté de
no mirar y fracasé.
Lee aprovechó la oportunidad para estirar sus brazos sobre su
cabeza, haciendo que su camiseta se levantara y revelando centímetros
de su tonificado estómago. Sabía que lo había hecho a propósito, pero,
aun así, no pude evitar seguir mirando fijamente. Fue entonces cuando
mi mirada vagó hacia su mano derecha, donde sus nudillos estaban
vendados.
—¿Qué te pasó ahí?
Lee miró hacia abajo y luego hacia mí.
—David pasó —contestó casualmente—. Digamos que, ya no
molestará más a Sophie.
—¿Peleaste con él?
—Tuve que hacerlo. No hay otra manera de frenar a un tipo como
él. Las palabras no funcionan, pero los puños seguro que sí.
No sabía cómo sentirme sobre eso, porque si David había sido
realmente violento con Sophie, un pequeño duendecillo de mujer,

4 James Hetfield: Músico estadounidense vocalista y guitarrista de Metallica


entonces él merecía algún tipo de castigo. Simplemente no estaba
segura de que el castigo fuera una paliza.
—Deberías haberlo denunciado.
—Así tus compañeros le habrían dado una palmadita en la muñeca
y luego volvería a molestar a Sophie dentro de un mes. No, gracias te
dije que haría lo que sea por mi familia. Algunas veces eso significa
hacer cosas que caen en una… categoría gris.
Lo miré de cerca, con una mueca formándose en mis labios. La
cosa sobre Lee era que nunca sabía si estar o no de acuerdo con él, y
era desconcertante. No tuve tiempo de contemplarlo más, ya que me
distrajo asintiendo hacía el ring de boxeo.
—¿Te gustaría entrenar conmigo?
Sacudí mi cabeza y traté de mantener una expresión neutra.
—No, gracias.
—¿Preocupada de que te avergüence? —preguntó, con el desafío
brillando en sus ojos mientras vagaban sobre mí atentamente.
Sentí como si estuviera grabando cada pequeño detalle, desde la
forma en que mis pantalones de entrenamiento se aferraban a mis
muslos hasta el brillo de sudor brillando en mi cuello. Me reí, tratando
de no dejar que su atención me afectara.
—No, realmente, lo contrario. No quisiera que todo el gimnasio te
vea siendo vencido por una chica.
Lee se acercó, tan cerca que podía olerlo, jabón, sudor y hombre.
Inclinó la cabeza para responder:
—Umm, siento acercarse una apuesta.
Nuestras miradas se bloquearon y fue la primera vez que noté que
teníamos casi el mismo color de ojos, excepto que los suyos eran una
pequeña sombra más claros. Un momento de locura debió de haberme
golpeado, porque había algo acerca de su desafío de lo que no podía
apartarme. Estaba irritada y quería mostrarle a Lee Cross que el boxeo
era una tontería cuando se enfrenta contra una verdadera arte marcial.
—¿Qué obtengo si gano? —pregunté, nivelándolo con una dura
mirada.
Sonrió y fue lento y sexy.
—¿Qué deseas?
—Mmm, déjame pensar. ¿Qué te parece si te alejas de este
gimnasio mientras yo estoy cerca?
Su boca estaba a unos centímetros de la mía cuando respondió.
—Pero no hay ninguna diversión en permanecer lejos.
—A veces la diversión no vale la pena.
—A veces sí.
Gruñí. Realmente no iba a dejarlo.
—Terminamos aquí.
Me agarró el brazo y me volví para irme.
—Bien, de acuerdo. Si ganas, me mantendré lejos, pero si gano,
tendrás que dejarme ir a tu casa mañana y prepararte la cena.
Lo miré, incrédula.
—¿Quieres prepararme la cena?
Lee asintió firmemente y me tendió la mano.
Me enojé. ¿Por qué su final del trato tenía que sonar tan…tan
romántico? Una pequeña parte de mí quería perder y esa parte
comenzaba con una "V".
Después de un momento de indecisión, estreché su mano. Unos
minutos después, ambos estábamos en el ring. No podía usar mis palos
de eskrima, porque entonces no sería una pelea justa. Sin embargo, no
importaba; tenía un montón de técnicas de mano vacía que podía usar
en él. Me puse en posición y Lee estaba parado a menos de un metro de
distancia, las rodillas dobladas ligeramente y los puños arriba.
—Sólo para que sepas, no te voy a golpear. Esto no es sobre herir
al otro, sino de sumisión. La primera persona en lograr derribar al otro
gana —dijo.
Escupí una carcajada, rodeándolo.
—No es una pelea real a menos que me golpees.
—Sí, bueno, no quiero una pelea real contigo. Jugar a luchar es
más sexy —dijo, mostrando los dientes y balanceándose.
Me moví rápidamente, esquivando el posible ataque. Se balanceó
de nuevo, y enrollé mi mano alrededor de su mano, empujé su otra
mano fuera del camino y bloqueé su brazo detrás de su espalda. Dejó
caer su cuerpo y presionó su pie sobre mi tobillo. Lo solté. Retrocedió
unos cuantos pasos.
—Eso fue astuto.
Sólo sonreí en respuesta antes de preguntar.
—Entonces, realmente nunca establecimos las reglas. ¿Patear está
permitido?
—Claro —dijo Lee, y antes de que pudiera reaccionar su pierna se
disparó, haciendo contacto ligero con mi muslo
Sacudí la cabeza hacía él.
—Movimiento sucio.
—Oye, acabamos de acceder a patear.
—Sí. —Sonreí—. Lo hicimos. —Asegurándome de que tenía
suficiente espacio, me lance en una serie de patadas. Mi pie lo golpeó
directo en la parte baja del abdomen, y se echó hacia atrás, sin aliento.
—Oye, tranquila, señor Miyagi.
—El señor Miyagi hace karate. —Fingí ofenderme—. No me
insultes.
Lee se rió entre dientes de mi respuesta y fui por él de nuevo, pero
esta vez fue más rápido, y agarró mi pie antes de que pudiera
descender. Perdí el equilibrio y caí al suelo, duro.
—Ah, mira eso. Miyagi fue derribado —se burló Lee, y le fruncí el
ceño, extendiendo la mano para frotar la base de mi espina dorsal.
—Pensé que dijiste que no ibas a golpearme. —Me estremecí,
fingiendo que estaba realmente adolorida.
La sonrisa de Lee cayó y se apresuró hacia adelante, extendiendo
su mano para ayudarme a levantarme.
—Mierda, ¿te lastimé?
—Voy a sobrevivir —dije, colocando mis dedos en los suyos, pero
en lugar de dejar que me levantara, lo arrastré hacia abajo, haciendo un
trabajo corto envolviendo mis piernas alrededor de sus hombros y
capturando su cabeza en una llave. El gancho era algo así como mi
fuerte, y realmente tenía una experiencia con lucha en el suelo. Apreté
los músculos de mis muslos alrededor de su cuello, y aunque sabía que
debía estar sufriendo en ese momento, se rió.
—¿Es así como se siente el cielo? —Su pecho se elevó y cayó
mientras luchaba por respirar.
Sonreí ampliamente, un poco sin aliento por el esfuerzo de
mantenerlo abajo.
—Más o menos.
Luchó, moviendo su cuerpo y probándome, tratando de encontrar
una manera de salir de la llave.
—Este es una buena mirada para ti, Snap.
—Estoy de acuerdo. También creo que acabo de ganar.
—Aún no.
—Agh, eso es lindo. En realidad, crees que te vas a salir de esta,
¿verdad?
En un movimiento desvergonzado, giró la cabeza hacia un lado por
la mínima fracción y acarició con su nariz la parte interior de mi muslo.
La electricidad se disparó justo entre mis piernas, el choque lo
suficiente para hacerme aflojar mi agarre por un milisegundo mientras
me agarraba y me giraba sobre mi espalda. Antes de que lo supiera,
tenía mis muñecas capturadas en sus manos mientras estaba a
horcajadas sobre mi cintura.
—Bueno, qué sabes —ronroneó—. Me las arreglé para salir
después de todo.
Traté de patear mis piernas, pero su cuerpo era puro musculo, y
con la manera en que me estaba sujetando, también podría haber sido
superada por acero.
—Eso fue otro movimiento sucio —me quejé, respirando
fuertemente.
—Lo siento, pero no puedes quejarte sobre movimientos sucios
cuando tú también los usas. Traté de darte una mano y traicionaste mi
bondad —dijo con desaprobación, sacudiendo la cabeza hacia mí con
aire presuntuoso.
No tenía intención de ceder.
—Te das cuenta de que hay una serie de maneras mucho más
eficaces de inmovilizarme ahora mismo, sin embargo, escogiste la
opción más sexy.
—Síp, estoy muy consciente de eso.
Gruñí irritada, incómodamente consciente de la fuerza de sus
muslos encerrados alrededor de los míos y la forma en que nuestros
cuerpos estaban tan convenientemente alineados. Chasqueando mis
ojos arriba hacia los suyos, estaba segura de que vio mi frustración.
Había suavidad en su mirada y exhalé un suspiro cuando aflojó su
agarre y bajó su cuerpo para que todo su peso descansara sobre mí.
Sus pectorales eran fuertes, su abdomen presionaba con firmeza mi
estómago.
—¿Qué estás haciendo? —susurré, consciente de cada respiración
que tomaba.
El ruido de los otros usuarios del gimnasio y la música para
entrenar de mala calidad que salía de los monitores en el techo eran
una realidad lejana. Había muchas maneras en la que podía haber
salido en ese momento, pero parecía como si ya no estuviéramos
luchando y no podría haber movido un músculo, incluso aunque lo
hubiera intentado.
—Eres jodidamente sexy —susurró Lee de vuelta, su nariz se
sumergió en el punto debajo de mi oreja.
—Tienes que bajarte de mí. Alguien podría ver —dije, desesperada.
—Me encanta eso de ti —continuó Lee susurrando, todavía
acariciándome.
—¿Qué?
—Cómo actúas tan tosca, pero tan pronto como te toco, te derrites
y te retraes. Es espectacular.
Momentáneamente me sentía contenta de que este no fuera un
gimnasio de policías y que ninguno de mis compañeros de trabajo fuera
socio de aquí. Sólo podía imaginarme con la mierda con la que tendría
que lidiar si alguien me viera en mi posición actual.
—Tienes que bajarte de mí ahora —repetí mi suplica, tratando de
poner mi voz dura y fallando. Había demasiado aire en ella.
—Si quieres que me baje, lo haré —dijo Lee, moviendo sus caderas
ligeramente. Sentí algo firme presionarme y sabía que tenía una
erección. Eso era en muchos niveles malo y ni siquiera sabía por dónde
comenzar—. ¿Quieres que lo haga?
Cerré los ojos un segundo y traté de respirar. Nunca me había
sentido tan débil y ambos sabíamos que no quería que se moviera, ni
siquiera una pizca. Lo que yo quería era que nos transportaran por arte
de magia a algún lugar privado donde pudiera mostrarme exactamente
lo que planeaba hacer con la dura longitud en sus pantalones.
Cuando no respondí, Lee continuó hablando:
—No puedo sacarme tu sabor de mi boca.
Un ínfimo gemido escapó de mí y me sentí humedeciendo por sus
palabras. Quería tantas cosas en ese momento. Al final, abrí los ojos, y
estaba segura de que reconoció la derrota en mi expresión.
—Tú ganas.
Odiaba admitirlo, pero la forma en la que sonrió como respuesta
fue hermosa.
—¿Eso significa que puedo ir mañana?
Todo lo que pude hacer fue asentir a regañadientes. Tal vez Alexis
tendría ganas de hacerme un favor y se quedaría en el piso mientras
Lee estaba allí, como un amortiguador. Ella lo odiaría, pero oye, no es
como si no hubiera hecho favores por ella en el pasado.
—De acuerdo, así que… —La voz de Lee disminuyó mientras sus
ojos recorrían mi agitado pecho—. Creo que lo único que queda por
hacer es besar al ganador.
Eso lo hizo. No podía aguantar más mientras retorcía mis muñecas
fuera de su agarre y usaba mi hueso de la cadera para romper la
tensión de sus muslos. En cuestión de segundos, salí de debajo de él,
caminando hacia el otro lado del ring y buscando mi toalla. Una vez que
la encontré, me limpié la frente y salí de entre las cuerdas.
—Oye, Karla —me llamó Lee. Me di vuelta y esperé a que dijera
algo—. Sé que podrías haber hecho eso en cualquier momento.
Se detuvo, sin decir nada más porque no tenía que hacerlo. Ambos
sabíamos a lo que se estaba refiriendo. Podría haber salido de debajo de
él, pero no lo hice porque me gustaba tenerlo encima de mí y esa era la
cosa más terrible de todas.

Los fideos de pollo eran mi debilidad. Tendía a sentirme locamente


hambrienta cuando estaba de turno, por lo que la visión de Tony
entrando en la comisaría con una bolsa de comida china para llevar fue
como música para mis oídos, o, no sé, como una hermosa obra de arte
para mis ojos.
Estaba a cargo de la recepción y decidí comer mientras trabajaba
ya que la comisaría era un manicomio. A la mitad de mi cena y
habiendo tratado con un montón de borrachos, una prostituta y una
mujer a quien le habían robado su bolso en el metro, tuve una llamada
sobre una macro fiesta ilícita en los bajos de un almacén en Brixton.
Necesitaban respaldo adicional porque había cientos de personas allí,
muchas se creían eran menores de edad y al parecer circulaban
algunas drogas peligrosas. Así que con un suspiro triste me despedí de
mis fideos y salté en el auto patrulla con Tony.
—Está bien, aquí hay uno para ti —empezó, y sabía que iba a ser
abordada con un acertijo. A Tony y a mí nos gustaba tratar de averiguar
juntos las soluciones. Cuando trabajabas con alguien día a día, se te
ocurren maneras de pasar el tiempo—. Si fuese dos horas de más, sería
la mitad del tiempo hasta la medianoche como lo sería si fuera una hora
más tarde. ¿Qué hora es en este momento?
Le eché un vistazo, torciendo la boca mientras me concentraba
repitiendo la pregunta para mí misma una y otra vez. El problema era,
que mientras más la repetía, menos sentido tenía. Al final me di por
vencida.
—Agh, no tengo ni idea. Tendré que pensarlo en otro momento.
Oye, ¿cuál es el problema con estas drogas en el almacén?
—Pequeñas píldoras blancas —dijo Tony—. Han estado circulando
durante el último par de meses y un par de chicos tienen OD’d5. Están
diciendo que es E6 , pero no es E normal. Las pruebas realizadas en el
laboratorio dicen que hay todo tipo de cosas ahí.
Sacudí la cabeza y miré por la ventana con mi estómago agitándose
de rabia y preocupación. Los adolescentes parecían estar dispuestos a
meterse cualquier cosa es sus cuerpos sin importarles el hecho de que
podría matarlos. Me di cuenta de las luces que parpadeaban detrás de
nosotros y me di la vuelta para ver un ARV7 siguiéndonos. Mi ex, Gavin,
era más que probable estuviera adentro. Fantástico.
—¿Es eso realmente necesario? —pregunté, mirando hacia Tony y
luego de nuevo a la furgoneta de detrás de nosotros.
—Nuestro informante dice que la fiesta está organizada por Tommy
McGregor. Está en serios negocios y su gente probablemente está
preparada.
—Oh, bravo. ¿Así que nos envían para que nos disparen?
—Estás de un buen humor hoy. Y no, la unidad armada entrará
primero. Estaremos fuera para limpiar después.
Como si reiterara sus palabras, la furgoneta nos alcanzó. El
nombre del mafioso que dirigía la fiesta seguía sonando en mi cabeza
hasta que recordé dónde había oído hablar de él antes. Este era el
mismo tipo que mi padre estaba tratando de encarcelar, el que no había

5 OD'd: Abreviación para sobredosis.


6 E: Abreviación para la droga Éxtasis.
7ARV: Vehículos Oficiales Autorizados de Armas de Fuego para responder a los

incidentes y/o situaciones de alto riesgo.


sido capaz de encarcelar. Dado que papá tendía a trabajar en los casos
más graves, suponía que este tipo era un asunto serio, como dijo Tony.
Bajando la ventanilla y dejando entrar el aire frío de la noche en el
auto, escuché música resonando a lo lejos. Estábamos cerca.
Tony siguió a la furgoneta y giró hacia una zona bastante ruinosa.
Las luces brillaban de las ventanas del almacén y reconocí a Swedish
House Mafia sonando a todo volumen del edificio tan fuerte que era casi
ensordecedor.
—No importa las drogas o los menores de edad bebiendo, este
lugar parece a punto de derrumbarse —dije.
—Un maldito desastre a punto de suceder —estuvo de acuerdo
Tony tristemente.
Él tenía dos hijas adolescentes y estos eran los tipos de lugares de
las que intentaba mantenerlas alejadas. Varios otros vehículos
policiales ya habían llegado y noté la corriente de gente, todos vestidos
con ropa de club, saliendo por una salida trasera del edificio. Las chicas
llevaban diminutos vestidos y faldas que apenas cubrían sus traseritos,
mientras que los chicos llevaban vaqueros y camisetas sin mangas.
Algunos incluso iban sin camiseta, con bandas luminosas alrededor de
sus brazos y cuellos.
—Oye, gira aquí y mira si podemos atrapar a unos cuantos
mientras salen —dije, y Tony giró el auto bruscamente.
Eran como hormigas esparcidas por todas partes. Al ver a dos
chicas, noté que estaban tirando de una tercera y parecían estar
pidiendo ayuda. La chica a la que estaban ayudando se veía fuera de sí,
con la cabeza inclinada hacia un lado y el cabello colgando sobre su
cara. Salté antes de decirle a Tony que estacionara y que lo alcanzaría.
—¿Qué le pasa a tu amiga? —pregunté con voz autoritaria
mientras corría hacia las chicas y prendía una linterna sobre ellas.
—Ella… ella tomó algo. No sé qué, pero se desmayó hace unos
minutos —respondió una de ellas, al borde de las lágrimas.
Sentí una especie de preocupación maternal por ellas, porque no
podían tener más de dieciséis o diecisiete años.
—Ambas quédense justo ahí en la pared mientras le echo un
vistazo —les ordené.
—No vas a llamar a nuestros padres, ¿verdad?
—Puede que tu amiga necesite ser hospitalizada, ¿y tú estás
preocupada de que tus padres lo descubran? Deberías estar agradecida
de no estar en su lugar.
Parecían culpables y alteradas, pero hicieron lo que dije. Sabía que
no eran malas, simplemente mal encaminadas. Muchas chicas habrían
abandonado a su amiga y corrido por las colinas. La agarré y comprobé
sus signos vitales. Estaba mal. Colocándola contra mi cadera, conduje a
las chicas a la entrada del edificio, donde un grupo de gente había sido
detenida. Los paramédicos ya estaban en la escena y entregué a la
chica a ellos.
—Sus amigas dijeron que tomó algo. Probablemente alguna de esas
nuevas píldoras que andan por ahí —le dije al médico antes de que me
llamaran.
—Sheehan, mira si puedes conseguir apagar esa música. Me está
dando migraña —me ordenó un sargento y me apresuré dentro del
edificio para ver si podía cortar la electricidad de alguna manera.
Estaba oscuro adentro y todavía había un número de miembros de
la unidad armada corriendo alrededor. No había escuchado ningún
tiroteo, lo que era una buena señal. Tal vez todo sería controlado de
manera pacífica. Pude entender la molestia del sargento con la música,
porque era incluso peor dentro y combinada con la tenue iluminación,
era un poco desorientador.
VI algunos cables a lo largo de los rodapiés y los seguí, subiendo
por dos plantas, esperando que me llevara a una fuente de energía.
Estaba en el tercer piso cuando sentí movimiento a mi derecha.
Dándome la vuelta, vi a tres tipos, uno de ellos corpulento, corriendo
por las escaleras. Debían haber estado en el último piso y estaban
tratando de salir sin chocar con ningún policía.
—Paren ahí —grité, pero era probable que no me oyeran por la
música.
Y aunque pudieran oírme, dudo que se hubieran detenido. Los
perseguí, mis pies con botas bajando por las escaleras. Los dos chicos
delgados eran más rápidos, pero me las arreglé para alcanzar al más
grande. Chocamos, y en su lucha por escapar, tuve que golpearlo hasta
tirarlo al suelo, esposándolo rápidamente mientras le recitaba sus
derechos. Maldijo en voz alta, y uno de los tipos con los que había
estado dejó de correr y se dio la vuelta.
El tiempo se movió en cámara lenta cuando levanté la vista y vi los
ojos azules de Lee Cross mirándome fijamente.
Un número de emociones me golpearon a la vez, primero sorpresa,
luego decepción, seguida por una tercera, ira. Estaba molesta de que se
encontrara aquí, porque en algún lugar en la parte trasera de mi mente,
había estado manteniendo la esperanza de que tal vez no fuera un mal
chico, que tal vez no se relacionara con criminales. Pero la esperanza a
menudo era fútil y la mía ciertamente lo fue.
Este era un lugar para que los menores de edad buscaran fiesta y
los criminales buscaran un lugar para hacer negocios. Ya que Lee no
era menor de edad, tenía que asumir que estaba aquí por lo último. Mi
ira rápidamente se transformó en determinación cuando me levanté y
caminé hacia él, dejando al gran tipo esposado en el suelo. Medio
esperaba que Lee se volviera y corriera, pero no lo hizo. Se quedó en el
lugar. Tal vez estaba tan sorprendido de verme allí como yo a él, o tal
vez no creía que en realidad fuera a arrestarle. Bien, estaba muy
equivocado en eso.
Alguien debía haber resuelto cómo quitar la música, porque de
repente se apagó y un completo silencio se hizo.
—Date la vuelta —espeté.
—Karla —empezó Lee, pero lo interrumpí.
—Dije que te des la vuelta.
Debió haber visto algo en mis ojos que le dijo que no estaba
jugando, porque su mandíbula se tensó y se dio la vuelta.
Empecé a registrarle, mis manos moviéndose cuidadosamente por
su cuerpo en busca de drogas o armas.
—Estás bajo arresto. Tienes derecho a permanecer en silencio.
Cualquier cosa que digas o hagas podrá ser usada…
—Snap, espera, ¿vas a escucharme un segundo?
Cerré mis ojos, respiré profundamente y negué.
—No digas nada —dije y continué diciéndole sus derechos.
No tenía nada más que una billetera, un juego de llaves de auto,
un paquete de cigarrillos y un encendedor. Saqué mi segundo par de
esposas. Cuando bajé la mirada, descubrí que mis manos temblaban y
sabía que Lee debía haberlo sentido también. Dejé pasar un momento
mientras intentaba calmarme un poco. Mi cabeza estaba girando y los
fideos que había comido antes estaban borboteando alrededor de mi
estómago, esperando una oportunidad para salir.
¿Por qué tenía que ser él? Podría haber manejado arrestar al
mismo Lucifer, pero no a Lee.
Por segunda vez en cuestión de minutos, el tiempo se detuvo. Miré
a su amplia y musculosa espalda y silenciosamente jadeé cuando
capturó mis dedos temblorosos con los suyos. Todo se ralentizó, el aire
a mi alrededor se volvió eléctrico y tenso. El pulgar de Lee se deslizó
suavemente por el centro de mi palma y me estremecí.
—Relájate —susurró y una cuerda profunda en mi pecho se tensó.
Tragué, intenté estabilizar mi respiración y, abruptamente, quité
sus dedos de los míos. Me hacía sentir tan, demasiado y era una tarea
intimidante mantener mi dominio sobre un hombre que deseaba. Un
hombre que era fuerte y viril, siempre el alfa en cualquier ambiente.
Finalmente, cerré las esposas y me alejé, mi pulso latía en mis
oídos. Lee se quedó en el lugar cuando fui a ayudar al otro tipo a
levantarse, pero pude sentir sus ojos sobre mí todo el tiempo. Su amigo
debía pesar unos ciento quince kilos, así que me sorprendió que se las
hubiera arreglado para correr tan rápido antes de que lo atrapara.
Mientras llevaba a los dos fuera del edificio y los alineaba junto a
los otros arrestados, sentí mi garganta secarse con nervios. La detective
inspectora Jennings estaba allí, espetando órdenes a la gente y, por un
segundo, tuve una horrible visión de Lee contándole que me conocía,
que había estado en su casa y que nos habíamos besado. Ninguna de
estas cosas eran crímenes, por supuesto, pero, conociendo a Jennings,
encontraría alguna manera de usarlo contra mí.
Los nervios se enrollaron apretadamente en mi estómago.
Lee no dijo ni una palabra, sin embargo. No, mostraba una
expresión impasible, con las manos detrás de la espalda, una estoica
figura que se levantaba al final de la fila. Estaba a punto de ir a buscar
a Tony cuando Jennings me localizó, sus labios se apretaron con fuerza
en mi presencia.
—No muevas un músculo, Sheehan. Quiero que me ayudes a
mantener un ojo en este grupo. Asegúrate de que ninguno piensa en
huir.
—No me parecen del tipo de sacrificar un pulgar para quitarse las
esposas, inspectora —se entrometió una voz familiar. Era Gavin.
Esta noche seguía poniéndose mejor y mejor. Sostenía su arma al
nivel del pecho, su oscuro cabello era muy corto.
—Sólo le di una orden a la agente, Matthews, así que cierra ese
agujero que llamas boca y haz algo productivo —le espetó Jennings, y
un poco deseé que fuéramos amigas por un segundo para que pudiera
chocar los cinco con ella.
Desafortunadamente, no lo éramos, y un segundo más tarde se
fue, gritando órdenes a todos como la pequeña Hitler que era.
—Karla —dijo Gavin, dándome un rápido repaso de arriba abajo—.
¿Cómo has estado?
Era abrumadoramente consciente de la presencia de Lee a pocos
metros de distancia, mirando atentamente el intercambio.
—Estaba bien hasta que puse mis ojos sobre ti —repliqué
malhumoradamente y creí ver las esquinas de los labios de Lee curvarse
en una sonrisa.
—Demonios, ¿tienes la regla o algo? —dijo Gavin, molesto.
Entrecerré mis ojos en hendiduras y moví la cabeza.
—Sólo vete, ¿sí?
Un par de miembros de su unidad aparecieron entonces, junto con
unos pocos agentes, incluyendo a Steve. Cristo, ¿qué era esto, la
convención de malditos idiotas o algo parecido?
Una mujer que había sido arrestada y que llevaba un vestido
indecentemente corto con lentejuelas, tembló, rodeándose con sus
brazos.
—Mira esto —dijo uno de los policías armados, mirando a la mujer
con lascivia—. No pensaste en traer un abrigo, ¿no es así, querida?
Ella le frunció el ceño y él rió, como hicieron los otros. Hice
contacto visual con Lee durante un segundo, y sí, seguía
observándome. Su mirada era intensa. Habría matado por saber en qué
pensaba. Su atención fue a los hombros y había tanto odio en su
expresión que me atrapó con la guardia baja. A él realmente no le
gustaban, para nada. Supongo que me sorprendía porque eran policías,
pero yo también, aun así, nunca había actuado como si me odiara. Ni
una vez.
—Si trajera un abrigo, no podría mostrar esas piernas, ahora, ¿no
es así? —intervino alguien. Sorpresa, sorpresa, era Steve.
—O esas tetas. ¿Qué tienes, amor, una copa D? —dijo otro. La
mujer parecía estar decapitando mentalmente a cada uno de ellos y no
podía culparla.
—Eh, gente —grité—. Guarden sus pollas y vayan a hacer sus
trabajos.
—Oh, no estés celosa, Karla —dijo Gavin—. Sabes que te daré un
buen rato si me lo pides agradablemente.
Los hombres rieron y por la esquina de mi ojo vi a Lee enojarse,
sus hombros se tensaron y su boca se convirtió en una apretada línea.
—Lástima que nunca me gustaran las salchichas de cóctel —
repliqué, y la sonrisa de Gavin cayó al instante, mientras sus colegas
soltaban "ooohs" de diversión.
Si no me equivocaba, el pecho de Lee se sacudió con una risa
contenida y se sintió bien superar a mi ex. Notando que la mujer
temblaba una vez más, me volví y fui hacia la ambulancia y agarré una
manta de repuesto para ella. Cuando regresé, la puse sobre sus
hombros y me disparó una mirada de agradecimiento.
—Si empiezan a molestarte otra vez, dímelo, ¿de acuerdo? —dije,
mirándola significativamente.
Sólo porque estaba en esta fiesta, no significaba que mereciera ser
reprendida así. Sentí a Lee observar el intercambio y le eché un vistazo
justo a tiempo para ver a Steve reconocerlo. Una sonrisa malvada
adornó la boca de mi compañero cuando codeó al tipo a su lado antes
de ir al final de la fila. Estaba demasiado lejos para oír lo que le decían,
pero Lee parecía preparado para estallar.
Un momento después, la detective inspectora Jennings volvió,
instruyéndonos para llevar a los arrestados a los vehículos de policía,
donde iban a ser transportados de vuelta a la comisaría. Era más que
probable que la mayoría de ellos pasara una noche entre celdas para
mantenerse a la espera. Todos habían sido registrados, así que sólo era
una cuestión de papeleo ahora.
Me encontré al final de la fila, justo detrás de Lee. Steve y su amigo
se habían ido, pero por alguna razón, mis instintos protectores
aparecieron. Quería pegarme a Lee para asegurarme de que Steve no
pudiera llevar a cabo otro regodeo ególatra con él.
Cuando aclaramos el lado del edificio, fui vagamente consciente de
un pequeño hueco entre dos muros exteriores. Todo sucedió en una
rápida sucesión después de eso. Un minuto Lee estaba caminando
delante de mí con las manos esposadas a su espalda y al siguiente se
estaba volviendo, usando su amplio hombro para meterme entre los
muros. Ya que estábamos al final de la fila, nadie más se encontraba
allí para ver lo que había hecho.
Luché para defenderme, pero apoyó todo su peso sobre mí,
sujetándome contra los ladrillos. Su esencia invadió mis sentidos y todo
mi cuerpo tembló.
—Tienes dos segundos para dejarme ir o voy a empezar a gritar —
le amenacé, mi ritmo cardíaco se aceleró.
—No grites. Sólo escúchame. Tienes que quitarme las esposas,
Karla —dijo Lee, con voz suave y suplicante. Había desesperación en
sus ojos.
—¿Por qué demonios haría eso? ¿Sabes en cuántos problemas
podría meterme?
La respiración de Lee llegó a mis mejillas mientras miraba al suelo,
con su postura derrumbada.
—Lo sé. Y lo siento por pedirlo, pero no puedo pasar una noche en
la cárcel. Créeme. —Sus ojos azules se movieron entre los míos,
rogándome que lo hiciera.
Lo miré, bastante literalmente atascada entre una roca y un lugar
duro. Sí, había estado en la fiesta. Sí, probablemente estaba
involucrado en algunos asuntos turbios. Pero no había llevado nada
encima. Dejarle ir no sería lo peor del mundo, ¿verdad?
Tragando, pregunté:
—¿Qué estabas haciendo aquí esta noche? Porque en serio, Lee,
desde donde estoy no se ve bien.
Asintió, algo de alivio cubrió sus rasgos.
—Sí, lo sé. Se ve mal y es malo. Sé que este lugar no tiene licencia
y sé que el alcohol y las drogas estaban siendo vendidos a menores,
pero estaba aquí por mi amigo. ¿Recuerdas cuando hablamos por
teléfono? Te dije que iba a ir a la fiesta de cumpleaños de mi amigo. Es
por eso que me encontraba aquí. Su fiesta era dentro.
—En ese caso, tendrías que ser un poco más selectivo cuando
elijas a tus amigos en el futuro. ¿Pero por qué es tan importante que te
suelte? Difícilmente esta es tu primera vez.
Lee juro en voz baja y me niveló con una mirada seria.
—¿El ojo negro que tu chico Steve tenía? Mentí. Fui yo quien se lo
hizo. No tengo tiempo para explicarlo ahora mismo, pero el hijo de puta
se lo merecía. Y créeme, si no me dejas ir, en algún momento de la
noche ese imbécil va a reunir a sus amigos y venir a buscarme.
Digamos que seré afortunado si no estoy en una cama de hospital por la
mañana.
Mientras lo escuchaba hablar, todo encajó en su lugar. Ya que
Steve era corrupto, me creía que le daría una paliza a Lee una vez que
lo hubiera encerrado. Era difícil pensar con claridad, pero en ese
momento, supe que tenía que hacerlo. Tenía que liberar a Lee.
—Está bien —dije sin respiración—. De acuerdo, date la vuelta.
—Gracias —susurró Lee con gratitud, dejando su boca caer en mi
frente cuando colocó un suave beso en mi sien.
El contacto me hizo estremecer. Desafortunadamente, justo
cuando estaba a punto de sacar las llaves de sus esposas, oí la voz de
Jennings gritando muy fuerte:
—¿Dónde está la agente Sheehan? Estaba aquí hace sólo un
momento.
—Mierda —maldije, y rápidamente le di la vuelta a Lee, agarrando
su brazo y empujándolo hacia delante.
Jennings estaba justo rodeando la esquina cuando salimos.
—Lo siento, señora, este casi se me escapa —dije sin respiración,
mientras internamente enloquecía.
¿Cómo diablos iba a liberar a Lee para que no pasara la noche en
la comisaría, ahora?
—Asegúrate de que no vuelva a pasar —espetó antes de caminar
con nosotros a los autos patrulla.
Lee estaba en silencio cuando abrí la puerta, puse mi mano en la
cima de su cabeza y amablemente lo ayudé a entrar. Tony, que estaba
sentado en el asiento del conductor, estudió a Lee por el espejo
retrovisor, con su ceño fruncido. Caminé alrededor y me subí en el
asiento del pasajero y luego nos fuimos.
—¿No ese el tipo cuya casa visitamos hace unas semanas? —me
preguntó con curiosidad.
—Síp —respondí, un ladrillo se hundió en mi estómago.
—Ah.
—Saben, estoy justo aquí. No tienen que hablar de mí como si
estuviera en otra habitación —intervino Lee, el comentario era un reflejo
de su habitual personalidad descarada.
Fue la tensión alrededor de sus ojos lo que me dijo que no estaba
tan relajado como dejaba ver.
—Cállate —dijo Tony, mirando a Lee de nuevo con una severa
expresión.
Lee se derrumbó en su asiento y el silencio llenó el auto. Todo el
camino hacia la comisaría, estuve tensa y exhausta, especialmente
desde que Lee no me quitó los ojos de encima en todo momento.
Preguntándome: ¿Vas a ayudarme a salir de esto?
El problema era que ahora que Tony lo había reconocido, no había
liberación. Si Lee desaparecía, Tony investigaría en mi dirección en
busca de respuestas. Ya que estaba de turno el resto de la noche, decidí
mantener un ojo en Lee y asegurarme de que Steve no lo atrapaba a
solas.
Un par de minutos después, llegamos a la comisaría, pero fue casi
tres horas más tarde que terminamos de registrar a todos. Lee fue
llevado a las celdas con un grupo de jóvenes y justo cuando estaba
siendo escoltado, le disparé una mirada de disculpa. No había nada
realmente que pudiera hacer por él, no aquí en la comisaría donde
había tantos ojos atentos.
Estaba de nuevo en recepción cuando vi una llamada entrar sobre
un allanamiento de morada, así que le pedí a Steve que fuera a
comprobarlo. No se vio demasiado feliz por ser enviado lejos, pero
tampoco pareció sospechar. No tenía ni idea de que conocía a Lee más
que como una oficial. Una vez que se fue, sentí que podía relajarme y
me perdí en el papeleo, para la hora en que mi turno terminó, estaba
lista para pasar el día en cama.
Sin embargo, mientras me dirigía fuera, rebuscando en mi bolso
por las llaves de mi auto, divisé a Lee y Stu saliendo por la puerta
opuesta. Stu debió haber venido a recogerlo y además de parecer un
poco cansado, Lee no estaba diferente a lo normal. Steve no había
llegado a él, gracias a Dios.
—Hola —dije, un poquito incómoda—. ¿Todo bien?
Stu mostraba una expresión hostil mientras que Lee me miró y
respondió de forma cortante:
—Perfecto.
Fue sólo cuando habló que oí la tensión en su voz, lo cual me
alertó del hecho de que estaba caminando más rígidamente de lo
normal. Se mantenía recto, pero tenía su mano sobre su estómago como
si le doliera. Ambos se estaban alejando cuando me apresuré a
alcanzarlos.
—Lee, espera. ¿Seguro que estás bien?
Se volvió lentamente y me miró con fijeza, un momento pasó entre
nosotros mientras mi mirada se movía por su rostro. No había señales
visibles de que hubiera sido herido, pero eso no significaba que no lo
estuviera.
—Tenemos que irnos, hermano —dijo Stu, con las manos apoyadas
sobre el techo de su auto.
—¿Te vas a casa? —preguntó Lee y asentí—. Síguenos, entonces, y
te invito a desayunar.
Con eso, se volvió y cuidadosamente bajó su cuerpo al auto. Me
quedé allí un segundo mientras el auto de Stu permanecía en la salida
de la comisaría, como si estuviera esperando a que me moviera.
Inhalando profundamente, me apresuré a seguirlos y un par de minutos
después, estacionamos en una calle delante de una pequeña y
destartalada cafetería.
Stu fue delante de Lee, quien esperó a que lo alcanzara. A pesar de
que claramente estaba adolorido, abrió la puerta para mí. Pasé a su
lado, murmurando:
—No necesitas hacer eso.
Sólo me miró y caminamos hacia donde una camarera estaba
acomodando a Stu en una mesa junto a la ventana. Me quedé
momentáneamente agradecida por el hecho de que me había quitado el
uniforme y cambiado a ropa de civil antes de dejar la comisaría, porque
si alguien aquí conocía a los hermanos Cross, estaba segura que les
resultaría extraño verlos desayunar con una policía.
Los hermanos charlaban mientras me senté junto a Lee, en
silencio. No sabía cómo traer a colación las preguntas que quería
hacerle, principalmente por cuán culpable me sentía. No sólo lo había
arrestado, sino también porque por eso había recibido una paliza. La
inquietud se retorció en mi estómago. La camarera volvió y tomó
nuestros pedidos. Pedí café y un croissant, mientras que Lee y Stu
ordenaron dos desayunos ingleses completos. El silencio cayó sobre la
mesa mientras los hermanos me miraban y me sentí más incómoda.
Incapaz de pensar en cualquier cosa que decir, de repente recordé
el acertijo de Tony de la noche anterior.
—Oye, ¿están interesados en los acertijos? Hay uno que he tratado
de averiguar. Va algo así: Si fuera dos horas más, sería la mitad hasta
la medianoche como lo sería si fuera una hora más tarde. ¿Qué hora es
en este momento?
Pensé que vi los labios de Lee formar algo parecido a una sonrisa
por mi divagación. Luego, sin perder un segundo, Stu respondió:
—Las nueve de la noche.
Fruncí el ceño y lo miré.
—Oh, ¿habías escuchado eso antes?
Negó.
—Nop.
—Entonces, ¿cómo obtuviste esa respuesta?
—Sesenta minutos es una hora. X=60. Medianoche menos 180
minutos igual a 9 p.m.
Lo miré con los ojos muy abiertos, tratando de entender su
ecuación y saliendo con nada. Cuando miré a Lee, sonreía. Stu se
levantó de la mesa.
—Voy a hacer pis.
Me recliné, doblando los brazos.
—Bueno, eso fue inesperado.
—Stu tiene dislexia, pero los números son lo suyo. Le pido que
haga todas las cuentas en el garaje.
—¿De verdad? Imagínate lo que podría hacer si no hubiera dejado
la escuela tan rápido.
—Síp.
Todavía estaba contemplando el espectáculo imprevisto de
inteligencia de Stu cuando Lee comenzó a toser de forma irregular. Hizo
una mueca cuando se sujetó el estómago.
—Dime qué pasó —dije en voz baja, acercándome y tocándolo
suavemente en el brazo.
—El imbécil vino a eso de las cuatro esta mañana y trajo a dos de
sus amigos. Hicieron un numerito en mis costillas.
Me quedé sin aliento y me encontré recorriendo hacia el borde de
su camiseta, tirándola y encontrando dos contusiones grandes y
oscuras a lo largo de un lado de su caja torácica.
—¡Lee! Tienes que ir a un hospital.
Lo estaba tocando entonces, frenéticamente corriendo mis dedos a
lo largo de sus heridas. Dejó escapar un gruñido mientras cerraba los
ojos.
—No es que no disfrute tu preocupación por mí, pero he tenido
costillas rotas antes y estas no están rotas. Parece peor de lo que se
siente.
—No se ve como si se sintiera muy bien.
—Ya me curaré.
No podía haber estado frunciendo más el ceño si lo intentara.
—Él no puede salirse con la suya. Tan pronto como llegue a
trabajar mañana, voy a ver a mi sargento y presentaré un informe.
Lee giró su cuerpo y mis manos cayeron de sus costillas
mallugadas.
—Karla —murmuró—. No. —Había una finalidad en la palabra que
no aceptaba argumentos.
Discutí de todos modos:
—Voy hacerlo, Lee. Steve Burrows es una vergüenza para el
uniforme que lleva y no lo llevará mucho más tiempo si tengo algo que
ver. —Cristo, podría incluso ir a mi padre al respecto.
—Fue una venganza —dijo Lee—. Y como dice el refrán, ella es una
perra. He tenido peores palizas en mi vida. No te quiero involucrada en
esto. Burrows obtendrá lo suyo, no lo dudes.
Su mano se deslizó por mi hombro antes de agarrar mi cuello.
Cerré los ojos por un segundo, saboreando su toque antes de alejarme.
—Entonces, ¿por qué le pusiste el ojo negro?
—¿Eh?
—Anoche me dijiste que habías mentido, que fuiste tú quien lo
golpeó pero que tuviste una razón, ¿cuál fue la razón?
Lee ahogó un suspiro.
—Volvió de nuevo a buscar dinero. Hice que se fuera, tal como dije
que haría.
No me gustaba eso, no me gustaba lo aparentemente fácil que era
la violencia para él.
—También golpeaste a David, para que se alejara de Sophie.
¿Cuánto crees que va a durar el usar tus puños como una solución,
Lee?
—Si alguien lastima a mi familia, los lastimo a ellos. Si alguien me
amenaza con chantaje, también los lastimo. —Lee se encogió de
hombros—. No digo que me guste, pero si vives en una zona de guerra,
no sobrevives con paz y amor.
—¿Y qué pasa cuando resultas lastimado? Estás herido ahora y no
parece que te importe.
—Cada método tiene sus defectos.
Lo miré con tristeza, pensando en la vida que había vivido y en
cómo lo había endurecido. Stu regresó a la mesa entonces y un segundo
después la camarera estaba allí con nuestra comida. Me tomé mi
tiempo revolviendo el azúcar en mi café mientras los hermanos
comieron sus desayunos.
—Estos huevos son una mierda —dijo Lee—. ¿Alguna vez oyeron
hablar del aliño?
No pude evitar sonreír, por un momento olvidando mis
preocupaciones. Era un poco lindo lo aficionado y conocedor a la
comida que era.
—Es una restaurantucho —dijo Stu, con la boca llena de bacón—.
¿Qué es lo que quieres? —Sonaba más como "queedloquequiedes".
—Un poco de pimienta negra molida no iría nada mal. Tal vez una
pizca de sal marina —respondió Lee, empujando a su hermano.
Stu meneó la cabeza y continuó removiendo el bacón mientras le
mostraba el dedo a Lee. No estaba muy seguro de si Stu me gustaba
mucho, pero en una extraña manera disfruté verlos interactuar como
hermanos. Sintiendo mi teléfono vibrar en mi bolsillo, lo saqué y
encontré un mensaje de texto de Tony, informándome que la chica que
había entregado a los paramédicos anoche tuvo que tener un lavado de
estómago, pero ahora ya estaba bien. Sus padres habían sido llamados
al hospital.
Envié un mensaje rápido agradeciéndole por haberme informado y
levanté la vista para encontrar a Lee observándome. Alzó una ceja.
—¿Todo bien?
—Sí —respondí, frunciendo el ceño—. Eh, ¿te molesta si te hago
una pregunta que quizás no quieras contestar?
—Dispara.
Aclaré mi garganta:
—Bueno, hay una nueva droga éxtasis que los chicos están
tomando. Ayudé a una chica anoche que había estado en muy mal
estado. No sabrías quién la distribuye, ¿verdad?
Stu silbó bajo, sacudiendo la cabeza.
—Tienes pelotas al preguntar eso, Karla.
Lee le lanzó una mirada silenciadora y se volvió hacia mí.
—Lo siento, pero no puedo ayudarte con eso.
Supe al instante que estaba mintiendo.
—Entonces lo que realmente quieres decir, es que lo sabes, pero no
me lo vas a decir.
—No soy tu informante y nunca seré un soplón. Así que, como dije,
no puedo ayudarte.
Entrecerré mi mirada hacia él.
—¿Estás tú involucrado?
Stu golpeó su taza de café.
—Joder, agente. Tienes que dejar de hacer preguntas.
Lee parecía ofendido.
—Te dije cómo murió mama. Fue una adicta a la heroína casi toda
su vida. Liam nació adicto y es un milagro que sobreviviera. —Hizo una
pausa para mírame a los ojos—. Nunca voy a estar involucrado en el
negocio de las drogas. Nunca. Ahí está tu respuesta.
Me quedé callada entonces, sintiéndome culpable por asumir cosas
sobre él. Por desgracia, sospechar y hacer un montón de preguntas era
una segunda naturaleza para mí en mi línea de trabajo. Terminé el
resto de mi croissant en silencio. En algún momento el teléfono de Stu
sonó y salió a responder la llamada.
—Entonces —dijo Lee una vez que estuvimos solos—. Ahora es mi
turno de hacerte algunas preguntas. ¿Cuál es la historia entre tú y esa
boca de mierda con la pistola?
Estaba preguntando por Gavin. Debería haberlo esperado.
—No hay tanto como una historia. Solíamos salir. Me engañó, así
que lo dejé. Eso es todo.
—¿Está tratando de volver contigo?
Reí.
—No, e incluso si lo estuviera, sería un esfuerzo inútil. La gente
sólo tiene una oportunidad conmigo.
Lee sonrió.
—Un poco reina del hielo, ¿verdad?
—No realmente. Sólo sé que el comportamiento pasado es
típicamente un indicador del comportamiento futuro. El Dr. Phil me
enseñó eso.
—Tú y Phil son cercanos, ¿eh? —bromeó—. Sabía que eras una
mujer genial.
Estreché mi mirada hacia él, haciendo un esfuerzo para no sonreír
y fallando.
—Toma nota: a las mujeres generalmente no les gusta que se les
conozca como “mujer genial” o lo contrario.
Movió su cuerpo más cerca y noté su mueca de dolor,
recordándome que seguía con dolor.
—Oh, ¿no es así?
Su rostro estaba a solo centímetros del mío, y no puede evitar
mirar su boca. Tenía muy buenos labios; no eran demasiado llenos,
pero tenían una buena forma masculina. También tenía una mandíbula
fuerte, y su piel era impecable, a pesar de que claramente no había
pegado el ojo.
Dejé salir un pequeño bostezo, y de algún modo Lee logró acercarse
más.
—¿Cansada?
Asentí.
—Tú también debes estarlo.
—Estoy agotado. Deberías volver a mi casa y dormir conmigo.
Inhalando fuertemente a sus palabras y lo que dedujeron, le lancé
una expresión irónica.
—Buen intento.
—Estoy hablando en serio, y me refiero a dormir.
Sólo reí. Era un gran oportunista.
—Vamos, Snap, no me dejes aquí sentado sintiéndome rechazado.
Sacudiendo la cabeza, le pregunté en voz baja:
—Lee, ¿por qué te gusto? —La pregunta seriamente me había
molestado desde la noche pasada.
Claramente no había amor perdido entre Lee y el cumplimiento de
la ley. De hecho, a juzgar por las miradas mortales que había estado
dándole a Steve y compañía, incluso llegaría a decir que odiaba a los
policías. Por lo tanto, estaba genuinamente desconcertada al por qué
estaba tan interesado en mí.
Se inclinó hacia adelante y tomó un mechón de mi cabello entre
sus dedos. Sus ojos se quedaron fijos en este mientras respondía.
—Honestamente todavía estoy intentando averiguar eso.
Lo que dijo me intrigó.
—¿Qué quieres decir?
Dejó escapar un suspiro y siguió jugueteando con mi cabello.
—Cuando nos conocimos, Alexis me dijo que eras policía, y, como
una mierda codiciosa, quería lo que no podía tener. Ahora, Jesús,
Karla, ni siquiera lo sé. Sólo… te veo haciendo cosas y me obsesiona.
Tal como te pusiste al frente por esa mujer anoche, o cómo quieres
ayudarme con Steven a pesar de que puedo cuidar de mí mismo. Lo
entiendo, y al mismo tiempo no. Porque ayudo a la gente como tú los
ayudas, pero sólo si son familia, sólo si significan algo. No sé por qué
harías eso por un desconocido, alguien que nunca haría lo mismo por
ti. Cuando me levanto por mis hermanos, es para protegerlos, pero
cuando defiendes a cualquier persona aleatoriamente en la calle, te
estás poniendo en riesgo sin retorno. Así que supongo que cuando te
miro, veo un poco de mí mismo, pero más valiente. Por eso me gustas.
Su respuesta me sorprendió como el infierno y sentí la necesidad
de ayudarlo a entender mis motivaciones.
—No es tan difícil cuando piensas en ello. ¿Alguna vez has leído el
periódico y viste alguna horrible historia sobre un niño que ha sido
herido o asesinado? ¿O sobre personas inocentes siendo víctimas y
simplemente te sientes tan enojado que podrías estallar?
Lee me observó atentamente.
—Sí, una o dos veces.
—Bueno, así es como me siento todo el tiempo. Tal vez hay algo
mal conmigo, pero desde que era una niña, siempre me he preocupado
por la gente que es herida en el mundo. Probablemente fue por el
trabajo de papá y por ser consciente de todas las cosas horribles que
suceden. Así que realmente no lo veo como si me estuviera exponiendo
sin recibir nada a cambio. Lo veo como que estoy luchando contra toda
la gente malvada, todos los asesinos, violadores y pedófilos. Son solo un
enorme muro de maldad que quiero desarmar pieza a pieza. Saber que
lo hago todos los días me permite dormir profundamente por la noche.
Nuestras miradas se bloquearon, ambos en silencio mientras
compartíamos un extraño momento de comprensión en una cafetería
del East-End. Después de lo que había dicho, me miraba como si fuera
la mujer más sexy del mundo y no estaba segura de haber entendido su
reacción. Tal vez mi complejo de heroína era excitante.
—Eres increíble —susurró Lee, su respiración en mi oreja mientras
inclinaba la cabeza para hablar—. Deberías venir conmigo. Iríamos a la
cama. Incluso te dejaré mantener la ropa puesta. Te abrazaré fuerte y
nos dormiremos. —Se detuvo un momento para ver si me estaba
convenciendo, antes de continuar en voz baja. Me golpeó justo en el
fondo de mi estómago—. Entonces nos despertaremos más tarde.
Estarás mojada, estaré duro. Te quitaré la ropa y me meteré en ti
fácilmente, como si supuestamente siempre hubiera estado ahí.
Después cocinaré y comeremos en la cama. Para cuando estés llena, me
querrás de nuevo.
Apenas respiraba cuando terminó de hablar y mis muslos estaban
tan apretados que estaba en peligro de lastimar un musculo. Quería
tanto lo que había descrito que era casi un dolor físico decir que no.
—No puedo ir contigo, Lee —susurré—. Lo siento.
Frunció el ceño ante mi respuesta, y me di cuenta de que su mano
se había movido mientras hablaba y ahora estaba agarrando mi muslo.
Me alejé de su toque justo cuando Stu regresó de su llamada telefónica,
mirando entre los dos.
—¿Todo listo?
—Sí —dijo Lee, secándose las manos en una servilleta—. Ya
terminamos. Puedes esperar en el auto.
Stu asintió y salió por la puerta. Lee me empujo con su cadera,
necesitando que me parara para que pudiera salir. Me levanté y él
también, rozándome cuando caminaba hacia el mostrador, sacando su
billetera de su bolsillo. Cuando terminó de pagar, me moví a su lado,
atrapándolo por el codo y mirándolo.
—Si yo no fuera yo y tú no fuera tú, iría a casa contigo en un
segundo. Lo sabes, ¿verdad? —le dije en voz baja.
Por un momento apartó la mirada y luego inclinó la cabeza para
responder, con la voz ronca.
—Es porque tú eres tú y yo soy yo que nos queremos, Karla. Y no
lo haría de otra manera.
Antes de que pudiera detenerlo, su boca se sumergió en la mía y
depositó un suave y persistente beso en mis labios. Su lengua se deslizó
por un momento, como una promesa. Sin decir otra palabra, se dio la
vuelta para alejarse, y me quedé allí, mi corazón tratando de salirse de
mi pecho.
—Gracias por el desayuno —susurré, pero ya se había ido.
Pasaron dos días. Cuarenta y ocho horas y casi el noventa por
ciento de ellas las pasé con Lee en mi mente. Estaba preocupada por él,
especialmente después de ver el estado en el que Steve lo había dejado.
Quería saber cómo estaba, pero tenía recelo de enviarle mensajes de
texto, con miedo de que pudiera darle la impresión equivocada... o la
correcta. De todos modos, estaba decidida a privarme de lo que quería.
Era una mujer adulta, y podía resistir mi deseo de dormir con alguien
que sabía que no era bueno para mí.
¿Seguro?
Eran las seis y acababa de llegar a casa de un turno cuando mi
resistencia flaqueó. Mi necesidad de ponerme en contacto con él era
casi física por su urgencia, así que, sacando mi teléfono del bolsillo; le
envíe un mensaje rápido.
Karla: ¿Cómo te sientes?
Había metido una comida preparada en el horno para cenar
cuando mi teléfono hizo ping con una respuesta.
Lee: Como una mierda... debes venir y besarme para que mejore ;-)
Me burlé de su respuesta.
Karla: Nunca te detienes.
Lee: No contigo.
Apenas pasó un segundo antes de enviar otro mensaje y la risa
burbujeó de mí. Realmente, casi bufé.
Lee: Quiero tu gran porra dura, agente, toda brillante y ancha.
Karla: Ya no llevamos porras. Se llaman bastones.
Lee: Eres tan buena con los mensajes eróticos. Creo que acabo de
correrme.
Ahí sí que realmente resoplé. A veces podía ser un mierdecilla muy
sarcástico.
Karla: ¿Puedes hablar en serio un segundo? Quiero saber si estás bien.
¿Fuiste a ver al médico?
Lee: No médico. Liam me arregló. El chico tiene unas tremendas
habilidades con un kit-médico.
Karla: ¿Entonces te sientes mejor?
Lee: Si digo que sí, ¿significa que no vas a venir?
Karla: Nunca dije que iba a ir.
Lee: ¿Recuerdas nuestra apuesta? Aún te debo una cena.
Karla: Tan tentador como suena, no creo que sea prudente.
Lee: Me hieres.
Y así fue como las cosas progresaron entre nosotros durante las
siguientes dos semanas. Sin llamadas telefónicas, sin reuniones en
personas; mensajes de texto al azar, a cualquier hora del día o de la
noche. Parecía seguro, cómodo. Si no podía tenerlo en la vida real, al
menos podría tener sus mensajes.
Lee: ¿Qué haces, Snap?
Karla: Preparándome para el trabajo. Estoy en el turno de noche otra
vez. FML8. ¿Tú?
Lee: Viendo a Anthony Worrall-Thompson hornear pasteles de limón y
tratando de averiguar la receta.
Karla: Lo siento. No me di cuenta que estaba enviando mensajes a mi
abuela.
Lee: ¡Jajaja! Los dos sabemos que quiere mis pasteles de limón.
Karla: ¿Es tu truco? ¿Atraes a las mujeres a la cama con productos
horneados?
Lee: Prácticamente. Mis batidos traen a todas las chicas al garaje,
también.
Karla: Me alegra que no hayas dicho chicos.
Lee: Oye, si quisiera a los chicos podría conseguir a los chicos.
Me reí.
Karla: Cállate.
Lee: No seas celosa. Si quisieras a las chicas, apuesto a que podrías
conseguir a las chicas.
Karla: No quiero a las chicas.
Lee: Muy mal. Tiene que haber una gran cantidad de tortilleras con
licencia en tu línea de trabajo.
Karla: Eso es un estereotipo.
Lee: ¿Qué hay del viejo pájaro de cara amargada que estaba en el
almacén la otra semana? Ahora hay un alto muro construido para retener
el agua si alguna vez veo alguno.
Oh, Dios mío, ¿estaba hablando de DI Jennings? Me tomó un
segundo para entender lo que estaba diciendo y luego me eché a reír,
tanto por su frase, por como la describió. Tenía el rostro amargado,
siempre luciendo como si hubiera probado algo en mal estado.
Karla: Ella es mi superior y no tengo ni idea de su orientación sexual.
Tengo que ir a trabajar ahora. Hablamos luego.

8 FML (Fuck my life) = Mi vida está arruinada/Mi jodida vida


Lee: Más tarde, Snap.
Al día siguiente recibí un mensaje con una foto adjunta. Mostraba
a Lee dando un beso a la cámara haciendo una cara de pato, con el
gimnasio en el fondo. Me reí cuando lo vi antes de leer el texto de abajo.
Lee: Trabajando en mis habilidades para tomarme selfies. ¿Qué te
parece?
Karla: Creo que es perturbador.
Lee: ¿Quééé? ¿En dónde me equivoqué?
Karla: Intenta parecerte menos a un pájaro acuático.
Lee: Bien, ¿qué tal esta?
Había adjuntado otra foto, esta vez con él sonriendo/sonriendo con
superioridad, con su camiseta pegada a él con sudor. Dios, se veía bien,
y obviamente había estado entrenando. Sin pensar, guardé la foto en mi
teléfono, tratando de no profundizar demasiado en el porqué.
Karla: Mejor.
Lee: Tu turno :-D
Karla: Ni lo sueñes
Lee: Oh, anímate. Extraño tu cara.
Hice una pausa, mi dedo sobre la pantalla mientras sus palabras
se clavaban en mi mente. Mi barriga silbaba con una sensación
burbujeante. De alguna manera, me hubiera gustado enviarle una foto
de regreso, pero era un territorio dudoso. Escribirle también era un
territorio arriesgado, pero lo necesitaba. Era la forma menos común de
comunicación que podíamos tener, y no estaba dispuesta a renunciar a
ella todavía. Incapaz de lidiar con su dulce mensaje, intenté cambiar el
tema.
Karla: ¿Por qué me mandas mensajes desde el gimnasio? Vuelve a
ejercitarte, perezoso.
Lee: Terminé de pelear con algunos de los chicos. No es lo mismo que
hacerlo contigo, por supuesto ;-)
Ignoré la insinuación, a pesar de que me hizo ruborizar
ligeramente.
Karla: Sabes, nunca pregunté. ¿Boxeas profesionalmente?
Lee: Nah, sólo para mantenerme en forma. Soy un pacifista, no un
luchador.
Karla: Jaja. ¿Practicas algún otro deporte?
Pregunté porque quería que me hablara del parkour. Habiéndolo
visto en acción, podía decir que claramente había pasado mucho tiempo
perfeccionando su técnica, pero nunca lo mencionó en la conversación.
Era casi como si no quisiera que la gente supiera lo bueno que era.
Lee: Esto y aquello. Tengo que ir a la ducha ahora. Hablamos luego.
Hum. No podía decir si él estaba siendo evasivo o si realmente sólo
tenía que ducharse. De cualquier manera, obviamente no iba a
conseguir lo que yo quería.
Karla: De acuerdo. Hablamos luego.

—Yo, Ingrid y Gina vamos a salir esta noche —dijo Reya mientras
salíamos del gimnasio un sábado por la tarde—. Deberías venir.
Suéltate el pelo.
Ingrid y Gina eran sus amigos de la Real Academia de Música,
donde Reya estaba estudiando su carrera. La mayor parte del tiempo
tendía a pasar tiempo con ella lejos de su habitual círculo social,
porque todos eran un poco demasiado jóvenes para mí. Reya era
diferente. Nos conectamos en un nivel que trascendió la edad, ¿pero sus
amigos? Pasaban mucho tiempo hablando de celebridades o el último
escándalo de Facebook y yo no tenía paciencia para esa mierda.
—No lo sé. Estaba planeando una maratón de Héroes con Alexis.
—¡Puedes hacerlo en cualquier momento! Y Alexis también debería
venir. Será divertido.
Sabía de hecho que mi mejor amiga no querría salir. Una, porque
seguía de luto por King y dos, porque estaba embarazada y no podía
beber. Cada vez que trataba de tomar una copa de vino cerca de ella,
ponía esa triste cara de cachorro, haciéndome sentir culpable porque
ella no podía disfrutar de una, también.
—De acuerdo, déjame pensarlo —le dije, y Reya pasó su brazo por
mis hombros, sonriendo ampliamente. Sabía que había ganado.
Más tarde esa noche, me puse un mini vestido ajustado negro y
tacones. Dejé mi cabello suelto con un ligero rizo y me maquillé un poco
más de lo habitual. Conociendo a Reya y a sus amigos, apuesto que me
arrastraran a un bar de música moderno o a un club de rock, y quería
tener el aspecto adecuado.
Estábamos teniendo un clima loco de tardías lluvias fuertes y
tormentas eléctricas aleatorias, lo que significaba que la electricidad se
cortaba. Había estado a medio camino de peinar mi cabello cuando el
piso se oscureció y escuché a Alexis maldecir en voz alta en su
dormitorio.
—¡Maldita sea! Ahora voy a perderme el final de Coronation Street,
—gimió, y traté de no reír.
—Puedes ver la repetición cuando pasan el Ómnibus —le dije.
—¡Éste era el Ómnibus! —gritó ella—. Ahora nunca sabré qué
pasa.
Un segundo después, las luces se encendieron y Alexis dejó
escapar una risotada de triunfo. Sacudí la cabeza y terminé de
peinarme. Una vez que estuve lista, llamé a un taxi para poder ir a
conocer a Reya&Co. Estaba sentado en el asiento trasero cuando mi
teléfono se iluminó con un mensaje.
Lee: ¿Viste el rayo en tu apartamento?
Karla: No, me lo perdí :—(
Lee: Fue ENORME.
Me reí.
Karla: ¿Oh, en serio? Cuéntame más.
Lee: Chica mala.
Karla: No puedo hablar ahora. Estoy en camino.
Lee: ¿A algún lugar lujoso?
Karla: Solo encontrarme con una amiga en un club llamado The Evil
Beetle. No preguntes.
Lee: Conozco el lugar. No pensé que fueras gótica.
Karla: No fue mi elección. Mi amiga es estudiante de música.
Pretenciosos clubes musicales van de la mano en su territorio.
Lee: Ah, entiendo. Que tengas una noche divertida. Xxx.
Karla: Tú también :-)
Miré su último mensaje, frunciendo el ceño. Después de dos
semanas de correspondencia, esta fue la primera vez que me envió
besos. Hicieron que mi garganta se sintiera rara y áspera, y el hecho era
que lo extrañaba. Quería verlo en persona, porque, aunque me gustaba
hablarle a través de los mensajitos, no era sustituto de cómo me hacía
sentir en persona. Cómo sus ojos me seguían en cada movimiento y
cómo su cercanía me provocaba hormigueos.
Afortunadamente, no tuve demasiado tiempo para reflexionar en
profundidad, ya que el taxi se detuvo fuera del club. Pagué al
conductor, salí y caminé por la fila, buscando a Reya. La encontré a
mitad de camino, usando un vestido hippie púrpura bajo un largo
abrigo de marinero. Su amiga Ingrid era rubia y llevaba un montón de
delineador, mientras que su otra amiga, Gina, tenía un corte de cabello
pixie y usó varios cinturones tachonados alrededor de la cintura de sus
vaqueros ajustados. Me sentí un poco demasiado arreglada, pero no me
molestó mucho.
Las cuatro charlamos de tonterías hasta que llegamos a la puerta e
inmediatamente el gorila nos dejó pasar. Música rock fuerte sonaba
mientras un DJ con rastas azules giraba los platos. Fui directamente a
la barra, para pedir una ronda de bebidas para todas. Yo no era
exactamente ostentosa con el dinero, pero ya que estaba con tres
estudiantes hambrientas, decidí ser generosa.
Como era de esperar, Gina e Ingrid asintieron ansiosamente
cuando les pregunté si querían una bebida. Encontramos una mesa en
un rincón oscuro donde era casi imposible mantener una conversación,
pero lo intentamos de todos modos. A este ritmo, iba a tener zumbidos
en los oídos por la mañana.
Pasamos una hora más o menos, durante la cual había tomado
tres bebidas más. Y ahora estábamos en la pista de baile, bailando en
"Night Train" de Guns n Roses. Reya agarró mis manos y se balanceó
conmigo hacia la música, mientras sus amigas gritaban las letras,
conociendo cada palabra. Fue cuando mis ojos se movieron sobre el
mar de cabezas que me rodeaba cuando me pareció reconocer una
conocida. El tipo desapareció y me lo saqué de encima.
Lee no vendría aquí, ¿verdad?
Hubo un breve segundo de silencio entre una canción y la
siguiente cuando sentí mi teléfono vibrar en mi bolsillo.
Lee: Eres una buena bailarina.
Jadeé mientras lo leía, escribiendo rápidamente una respuesta.
Karla: ¿Dónde estás?
Mi corazón latía con fuerza y mi piel se volvió sudorosa de los
nervios mientras contemplaba la idea de que él estuviera aquí. Había
algo en el hecho de que nos habíamos estado comunicando, pero en
realidad no nos habíamos visto durante semanas, lo que aumentaba mi
expectativa. Me sentí rodeada, con demasiado calor, y mis dedos
temblaron mientras esperaba que él respondiera. La pantalla de mi
teléfono permaneció oscura y sentí que Reya me empujaba. Mirando
hacia arriba, la vi fruncir el ceño mientras me enviaba una mirada que
preguntaba: ¿Qué pasa?
Sacudiendo la cabeza para hacerle saber que estaba bien, volví a
colocar el teléfono en mi bolsillo y traté de concentrarme en bailar de
nuevo. Sin embargo, no me sirvió de nada y me encontré explorando
frenéticamente el club. Después de un minuto lo vi en el bar. Estaba
con otro tipo, bebiendo. El tipo se volvió y reconocí a Trevor, el segundo
hermano menor de Cross. Sus hermosos ojos azules brillaron en la
oscuridad mientras sonreía por algo que Lee dijo, mostrando un par de
hermosos hoyuelos.
Supuse que Trevor sería unos dos años más joven que Lee, lo cual
lo ponía en alrededor de los veintitrés años. Tenía un estilo muy
relajado de chico sexy en monopatín y cada chica que pasaba por su
lado le daba una segunda mirada. Lee tenía la misma belleza, pero a
pesar de la sonrisa que estaba perennemente pegada en su rostro,
había algo más duro en él, algo un poco más intimidante e inaccesible.
Casi como si me hubiera sentido mirándolo, sus ojos brillaron a los
míos y me mantuvieron cautiva. Le lancé una mirada de irritación y
saqué mi teléfono.
Karla: Espero que no hayas venido aquí por mí.
Desde el otro lado del club, lo vi mirar su pantalla, leyendo mi
mensaje antes de que sus dedos comenzaran a escribir.
Un segundo después miró en mi dirección y sonrió. Mi teléfono se
iluminó en mi mano.
Lee: No tengo ni idea de qué estás hablando.
Agh, él era tan sabiondo. Mi atención se alejó del teléfono cuando
Reya me dio un codazo de nuevo. Colocando sus manos alrededor de su
boca, gritó en mi oreja:
—Acabo de ver al tipo de nuestro gimnasio. ¿Lo invitaste aquí?
Sacudí la cabeza en respuesta.
—¿Quién está con él?
—Su hermano —contesté, adoptando su técnica de manos-en-la-
boca. No estaba seguro de porqué la gente hacía eso cuando trataba de
ser escuchado en medio de la música, porque no parecía haber mucha
diferencia.
Continuamos bailando, pero ahora estaba notando que los ojos de
Reya volvían a Trevor, claramente evaluándolo. No me sorprendió. Era
demasiado guapo para no mirar. La espalda de Lee se volvió en la barra,
con los codos apoyados sobre el mostrador mientras bebía una botella
de cerveza. Mis caderas se movieron con la música y él tomó un trago,
limpiándose la boca con el dorso de la mano.
La música cambió de rock a una canción más techno. Había algo
en el golpeteo rítmico, combinado con la atención de Lee, que hizo que
mi sangre bombeara. Lujuria loca se construyó dentro de mí y tuve que
alejarme antes de hacer algo estúpido. Mis poros hormigueaban con
energía apenas contenida, y de repente me di cuenta de lo ajustado que
era mi vestido, cómo se moldeaba a mi forma.
Perdiéndome en la música, bailé. Las luces estroboscópicas
parpadeaban, blancas, rojas y azules, haciendo que mi visión se
desdibujara y el movimiento de la gente que me rodeaba parecía
variable y desligado. Reya y las chicas habían llamado la atención de un
grupo de chicos, pero yo me quedé justo fuera de su círculo, tratando
de olvidar la presencia de Lee.
No debería haber estado allí.
Esto iba a terminar en un desastre.
Vivimos en dos mundos diferentes.
Y todavía....
No. Esto no podía suceder. Se suponía que no debíamos vernos. Se
suponía que eran sólo mensajes, nada tan cercano como esto. El hecho
de que yo no estuviera en uniforme añadía una tensión adicional. Era
muy consciente de que llevaba mi profesión como un escudo con él,
algo para mantener sus avances a raya. Pero el hecho era que me
asustaba lo mucho que lo deseaba, lo necesitada que me hacía sentir.
Con una sola caricia, podría atraerme a poner en peligro años de duro
trabajo y dedicación.
Oí un grito por encima de la música justo antes de que se cortara y
el club se oscureció. Mi corazón latía con fuerza. El tiempo debía de
estar cobrando impulso de nuevo, dando como resultado otro corte de
energía. Me preguntaba si habría un generador y cuánto tiempo tomaría
para entrar en funcionamiento. Ahora que no podía ver nada, las voces
que me rodeaban eran casi más fuertes que la música. La gente se
quejaba del apagón o gritaba como maníacos, emocionados por el hecho
de que estábamos sumidos en la oscuridad.
En cuestión de segundos todo el mundo tenía sus teléfonos fuera,
utilizando la tenue luz de las pantallas para encontrar su camino.
Busqué a Reya, pero aún estaba demasiado oscuro para ver. De
repente, mi piel hormigueó cuando empezó a vibrar, como si mi cuerpo
lo sintiera. Fuertes brazos se deslizaron alrededor de mi cintura y me
atrajeron hacia un cuerpo aún más fuerte. No tuvo que decir una
palabra para que supiera que era él, porque había memorizado su
toque, su olor. Su boca fue hacia mi cuello expuesto, lamiendo justo
debajo del lóbulo de mi oreja.
—Snap —susurró Lee.
Me estremecí ante el sonido de su voz.
Había algo en la oscuridad, en el hecho de que nadie nos podía ver
que me hacía sentir imprudente. Me volví en su agarre, coloqué mis
brazos alrededor de su cuello y me levanté sobre los dedos de los pies.
Vacilantemente, puse su labio inferior en mi boca y él me acercó,
capturando mis labios con su ferocidad. Sus manos viajaron desde mi
cintura, todo el camino hasta mi columna vertebral, antes de hundirse
en mi cabello. Cuando su lengua se sumergió en el interior y se agitó a
lo largo de la mía, gemí, el sonido de ello reverberando en mi garganta.
Lee acercó mi cuerpo tan fuerte contra el suyo que pude sentir el
fuerte contorno de la erección en sus jeans. Se presionó contra mi
estómago, llenándome con una profunda y consumidora lujuria.
Justo en ese momento, lo quise, y no quería pensar en las
repercusiones. Ahí, en la oscuridad del club nocturno, tuvimos una
guerra con nuestras lenguas y labios. Era casi como si estuviera
peleando con él por ver que tan fuerte lo besaba. Se apartó, sin aire, y
presionó su boca contra mi frente mientras enlazaba sus dedos con los
míos.
—Ven conmigo —ronroneó, tirando de mi mano.
Incapaz de hacerlo algo más, lo seguí.
No estaba segura de a dónde me llevaba a Lee, pero poco después
dejamos la zona principal del club y entramos a un lugar más tranquilo.
Lee había sacado su teléfono, sosteniéndolo con la pantalla iluminada
para ver el camino. Tenía una vaga idea de estar en ese pasillo antes de
que Lee abriera la puerta, rápidamente arrastrándome dentro. La
puerta se cerró con un suave clic, y luego estuvo sobre mí, haciéndome
retroceder hacia la pared y sus manos se hundieron de nuevo en mi
cabello, su entrepierna empujaba contra mí con necesidad.
—Te deseo.
Mi aliento se obstruyó ante la dureza de su voz.
Sus dedos se deslizaron por mi cuerpo y encontró el dobladillo de
mi vestido, alzándolo frenéticamente para poder tener mayor acceso.
Sin esfuerzo, me levantó y me sostuvo, mis piernas se envolvieron
alrededor de su cintura. Su boca estaba por todas partes, probando
cada centímetro de mí, desde mi barbilla hasta mi mandíbula y mi
cuello.
—Hueles maravilloso —gruñó mientras sus manos agarraban mis
muslos—. Y mierda, estás en forma.
—Tócame —le rogué, mi ropa interior ahora estaba expuesta con
mi vestido alzado y alrededor de mis caderas.
Lo único que nos separaba eran dos capas de tela, su dura polla en
sus pantalones creaba una deliciosa fuente de fricción. Busqué a
tientas su cinturón mientras me sostenía, atacando mis labios con el
beso más caliente que había experimentado.
—¿Qué quieres, hermosa? —preguntó Lee en un áspero susurro
mientras soltaba la hebilla de su cinturón, desabrochaba sus jeans, y
deslizaba dentro mi mano. Todo su cuerpo se estremeció cuando mi
palma encontró su polla, y saboreé la caliente y sedosa sensación de
este contra mi piel. La moví lentamente de arriba abajo,
placenteramente sorprendida por su tamaño.
—Quiero esto —dije, mordiendo sus labios con mis dientes y
apretándolo en mi palma.
—Estás matándome —gruñó contra mi boca, girándonos y
cargándome por el espacio.
Un segundo después mi trasero golpeó una superficie dura, y la
mano de Lee se deslizó bajó mi ropa interior. Siseó el aire cuando sus
dedos me encontraron mojada y temblé contra él. Nunca nadie me
había tocado como Lee me tocó, como si quisiera consumirme. La
combinación de habilidad, pasión, y necesidad me volvían loca, y
cuando enterró dos dedos dentro, casi perdí la cabeza.
Mi boca cayó sobre su hombro, mordiéndole con fuerza para evitar
hacer mucho ruido. Esto era un club lleno, y aunque no tenía idea de
en qué cuarto estábamos, sabía que alguien podría entrar en cualquier
momento.
—Eso es pequeña, lastímame si necesitas hacerlo. —Suspiró Lee,
su voz áspera, moviendo sus dedos dentro y fuera mientras agarraba su
polla.
Su lengua penetró mi boca, y no estuve segura de cuánto tiempo
pasó. Podría haber sido un minuto. Podría haber sido una hora. Lo
único que sabía era que no quería que esto terminara, no quería que
dejara de besarme nunca.
Encontrando mi clítoris con su pulgar, comenzó a frotar pequeños
círculos, y sentí mi abdomen tensarse. La necesidad de venirme puso
mi visión borrosa con luces y estrellas que no estaban ahí.
—Dios, te extrañé —susurró Lee—. Extrañé tu voz.
Había algo en la forma en la que lo dijo, como si de verdad quisiera
decirlo, que hizo que mi corazón se tensara. No podía negarlo por más
tiempo… sentía cosas por él, y esos sentimientos me aterraban y
emocionaban.
—Por favor —rogué, mi voz como un susurro sin aliento. Lo
necesitaba en ese momento, necesitaba que llenara cada centímetro de
mí como sus ojos siempre prometían que haría.
Lee maldijo profusamente mientras sus dedos me abandonaban
para quitarme la ropa interior. Se inclinó para pasar su boca a lo largo
de mi muslo interno, el rozar de la barba de su mandíbula creo un
arañazo placentero. Levantándose, rebuscó en su bolsillo, sacando un
condón mientras se bajaba los pantalones, sin poder esperar más.
Su lengua se deslizó a lo largo del lóbulo de mi oreja cuando se
inclinó más cerca, su voz baja y ronca.
—¿Lo quiere duro, agente? ¿O lento?
Su énfasis en las palabras me derritió, todo mi cuerpo tembló por
su pregunta. Por un segundo, estuve muy avergonzada para responder.
—Por favor —gemí de nuevo, mis manos se deslizaron bajo su
camiseta para sentirse la dureza de sus abdominales abajo.
Bajaron por su estómago y saboreé la forma en que sus músculos
saltaban ante mi toque.
—Dime —insistió, con los dientes mordiendo mi lóbulo.
El cosquilleo saltó de la piel bajo mi oreja hasta mi espalda. Lo
miré entonces, los azules, los ojos azules se miraron en la oscuridad y
un entendimiento pasó entre ambos. Lee dejó salir un suave gruñido de
placer cuando sus labios encontraron los míos de nuevo.
—Muy bien, Snap. Te lo daré duro.
Mientras rompía el paquete del condón, los sonidos de nuestra
respiración trabajosa llenaron el pequeño cuarto. Un segundo después,
posicionó su polla contra mí, sus caderas meciéndose de atrás adelante.
Sentí que moriría si no se deslizaba dentro de mi pronto.
Dejé salir un gemido de frustración, Lee se inclinó más cerca para
que su boca estuviera en mi oído de nuevo.
—Me perteneces —gruñó y mariposas aletearon en mi vientre—.
Dilo.
—Sólo cállate y fóllame —le rogué.
Gruñó cuando se empujó dentro de mí de un rápido y duro
movimiento, pero se retiró rápidamente y ordenó de nuevo.
—Dilo.
—No puedo —gemí.
—Sí puedes —insistió, empujando dentro de mí una vez más, pero
retirándose demasiado pronto.
Sin ser capaz de soportar más la tortura, me rendí suavemente.
—Soy tuya.
Sus ojos brillaron con victoria, como si acabara de ganar algo. Y
entonces me folló tan fuerte que se me olvidó mi nombre. Sus caderas
se movieron de atrás adelante con exquisita precisión, y dejé que mi
rostro cayera contra su cuello. Me encantaban los sonidos que hacía,
cómo gruñía mientras me penetraba. Mis dedos se enterraron en su
hombro con tanta fuerza que iba a terminar dejando marcas. Se sentía
maravillosos, tan bien que podía sentirme a mí misma apretándome a
su alrededor, como si pudiera correrme desde adentro.
—Mierda —maldijo Lee, sintiéndolo también—. De verdad te gusto,
¿verdad? —dijo, su voz marcada por la excitación.
Me negué a mirarlo, enterrando mi rostro más profundo en su
cuello mientras se enterraba a sí mismo profundamente. Sus dedos
alzaron mi barbilla, subiendo mi rostro para que tuviera que mirarlo.
Fue entonces que las luces se encendieron, y vi su rostro claramente, vi
la posesión y la necesidad en sus ojos.
Nuestras miradas se encontraron y no pude mirar a otro lado.
Estaba cautivada por él. La forma en que sus ojos capturaron los míos
me hizo sentir como si fuera todo su mundo. Sus manos ahuecaron mis
mejillas y sentí mis músculos apretarse otra vez, un orgasmo creciendo
hasta que me corrí en su pene.
—Dios —gruñó Lee, sus ojos se cerraron mientras lo saboreaba.
No pasó mucho hasta que se viniera también, y observé, fascinada
por la forma en que se veía, tan sobrepasado por el placer. Su cuerpo
cayó contra el mío y sus brazos se envolvieron a mi alrededor,
acercando mi torso hacia el suyo. Sentí su boca en mi cuello, plantando
besos hasta mi clavícula.
Finalmente tomándome un segundo para mirar alrededor, vi que
estábamos en una pequeña oficina vacía. Había un viejo archivador
junto a la puerta y estaba sentada en lo que solía ser el escritorio de
alguien. Nunca había tenido sexo en un lugar público antes y el hecho
inquietante de que había acabado de romper la ley se asentó.
La parte más aterradora era que ni siquiera me sentía mal. No
podía, no con el aroma de Lee rodeándome y su boca adorando mi piel
con suaves besos. Su mano se estiró hacia mi pecho, brevemente
acunando mi pecho antes de deslizarse dentro y tocarlo por completo.
Su pulgar se movió sobre mi duro pezón.
—Dios, tus tetas son perfectas, y ni siquiera he tenido oportunidad
de probarlas todavía. —Gruñó como si estuviera adolorida, su boca se
hundió aún más en mi escote.
—No podemos quedarnos aquí —protesté.
—A la mierda si no.
Cerrando mis ojos, gemí cuando bajó la copa del sujetador y cerró
su boca alrededor de mi pezón. Bajé la mirada y me miró, el calor de su
mirada me decía que ni de lejos había terminado.
Desafortunadamente, el resto del mundo tenía otras ideas, y mi
teléfono comenzó a vibrar con fuerza en mi bolso donde lo había soltado
en la puerta. Los dientes de Lee se presionaron con fuerza alrededor de
mi pezón, el dolor era agonizantemente dulce.
—Ignóralo —ordenó.
—No puedo. Mi amiga Reya estará preguntándose dónde estoy.
—Karla —dijo Lee, su voz dejando mi pecho mientras se
enderezaba para mirarme directamente a los ojos—. Te he deseado
durante meses, no he estado con una sola persona desde que te conocí.
De ninguna forma terminamos aquí.
Sorprendida por su admisión, retrocedí, apoyando mis manos en
su pecho.
—Tú… ¿qué?
—Me oíste. Ahora, ven aquí —murmuró en su voz sexy, pero ya
estaba bajándome de la mesa, enderezando mi vestido y tratando de
encontrar mi ropa interior. Miré alrededor del cuarto antes de girarme
de nuevo a Lee. Su boca formó una sonrisa cuando mis ojos viajaron a
su bolsillo, donde había metido la tanga de encaje negro.
Estiré la mano.
—Dame eso.
Me disparó una mirada desafiante.
—Ven por él.
Hizo un mohín de frustración.
—No puedes simplemente decir cosas como esas y esperar que no
pierda la cabeza.
Dio un paso al frente.
—¿Cosas como cuáles?
—Que no has estado con nadie desde que me conociste. ¿Qué
significa siquiera eso?
Agachó su cabeza, bajando sus ojos hacia mí y respondió
simplemente.
—Significa que causaste una impresión.
—Eso es… es ridículo.
—¿Lo es? ¿Tú has estado con alguien?
Crucé mis brazos sobre mi pecho, haciendo que la atención de Lee
fuera a mi escote.
—Eso es diferente. No he estado en una relación y no tengo rollos
de una noche.
—Bueno, es bueno escucharlo, porque planeo hacer que esto... —
se detuvo y apuntó entre ambos—… sea algo regular.
Lo miré boquiabierta.
—Eso no va a pasar, a menos que también planees cambiar toda tu
forma de vida, porque no voy a tener una relación con un delincuente.
Era muy consciente de lo hipócrita que estaba siendo, pero no
parecía no poder evitarlo. El cableado de mi cerebro sólo chisporroteaba
cuando estaba a su alrededor, provocándome hacer cosas que nunca
haría normalmente.
—Auch, me golpeó donde dolía, ¿por qué lo harías verdad? —Se rió
Lee, y mi temperamento aumentó.
—Todo esto es un gran chiste para ti, ¿verdad? Sólo un maldito
juego para ocupar tu tiempo.
—Nadie está jugando. Me gustas demasiado, Karla. Te lo he dicho
ya, así que deja de intentar convencerte a ti misma de lo contrario.
Todo el aire me abandonó cuando se acercó, acorralándome contra
la pared y acunando mi rostro en sus manos, su mirada era reverente.
—Dame una oportunidad y te probaré que todo lo que crees ver es
una perspectiva borrosa.
Sus labios encontraron los míos, suaves y gentiles, y después de
un momento de resistencia, lo besé en respuesta. Mis manos se
apretaron en su camiseta negra. La dulce forma en que su boca
adoraba la mía me golpeó aún más fuerte que tenerlo dentro de mí. Con
un fuerte suspiro se separó y me abrazó. Nos quedamos ahí, abrazando
al otro, pero sin decir ni una palabra. Cuando mi teléfono empezó a
vibrar otra vez, supe que tenía que ir a buscar Reya.
Lee se inclinó para dejar un último beso en mis labios antes de
sacar la tanga de su bolsillo y agacharse para ayudarme a ponérmela de
nuevo. Alisó mi vestido sobre mis piernas, y luego pasó sus manos a
través de mi cabello. Por último, pasó sus dos pulgares por debajo de
mis ojos para arreglar mi maquillaje.
—Mucho mejor —susurró, y mi corazón tamborileó.
Sabía que acabábamos de tener sexo en una vieja oficina, pero
probablemente era una de las cosas más dulces que un hombre había
hecho por mí.
Sin ser capaz de formar palabras, asentí, y Lee enlazó sus dedos
con los míos, abriendo la puerta y llevándome afuera. Se quedó conmigo
mientras buscábamos a Reya en el club, finalmente encontrándola
afuera en el área de fumadores. Ingrid y Gina no estaban en ningún
sitio, y me sorprendí al verla sentada con Trevor, en una profunda
conversación.
—Reya —la llamé para llamar su atención.
Se giró hacia mí, y estuve incómodamente consciente de cómo su
mirada bajó a mi mano, la cual Lee estaba sosteniendo. Arqueó una
ceja, y solté su mano rápidamente. No tuve que ver su cara, para saber
que por lo rápido que lo había soltado debía estar molesto.
—Eh, hola —dije, dando un paso adelante y lanzando una mirada
de duda en dirección a Trevor.
—¿Dónde estabas? —preguntó Reya, la conocida mueca de su boca
diciéndome que ya tenía sus sospechas.
—¿Y Gina e Ingrid se fueron a casa? —pregunté, ignorando su
pregunta porque no sabía cómo responder.
Lee estaba inquietantemente callado a mi lado y pude sentir sus
ojos prácticamente taladrando un agujero en mi cabeza.
—Fueron a una fiesta con esos chicos de antes. Me quedé para
esperarte y así fue como me encontré con Trevor aquí.
Mi ceño se frunció.
—¿Oh, ustedes se conocen? —Sentados ahí, parecían demasiado
cómodos para dos personas que acababan de conocerse.
—No, nunca puse mis ojos en ella antes —intervino Trevor con una
encantadora sonrisa antes de volver a mirar Reya—. Lo cual,
francamente, es bastante raro.
Ella entrecerró su mirada hacia él, pero no estaba haciendo un
muy buen trabajo en contener su sonrisa.
Trevor le sonrió ampliamente, como si supiera que la tenía en la
palma de su mano, a pesar de su actuación poco impresionada.
—Bien —dije, aclarándome la garganta—, deberíamos irnos.
¿Quieres compartir el taxi?
Ante esto sentí la mano le Lee presionarse en mi espalda baja.
—Te llevaré.
Lo miré.
—No lo creo. Has estado bebiendo.
—Tomé un trago y media cerveza. Estaré bien —insistió.
—No está mintiendo. Lo he visto beber toda una botella de tequila
y aun así anotar perfectamente en la diana en el tablero de dardos —
dijo Trevor.
Lee dio una palmadita en su pecho.
—Tengo constitución fuerte.
—Déjalo que nos lleve —dijo Reya tímidamente—. No quiero pagar
un taxi.
Pensé que era más que no quería despedirse de Trevor todavía,
pero no se lo dije. Rindiéndome, suspiré y dije:
—Bien.
Un momento después, Lee estaba envolviendo su brazo alrededor
de mi sección media y sacándome del club, mientras Reya y Trevor
venían detrás. Me ericé ante su demostración de posesividad, tensando
mi cuerpo.
—¿Avergonzada de mí, Snap? —susurró Lee en mi oído, y alcé la
mirada.
La forma en que sus cejas se fruncían me provocó una terrible
culpa por mi comportamiento.
—No estoy avergonzada. Es sólo complicado. Lo sabes. Si alguien
con quien trabajo me ve aquí contigo, crearía un montón de problemas.
Hubo comprensión en sus ojos antes de inclinarse para susurrar
en mi oído:
—Déjame dejar a tu amiga en su casa y luego llevarte a la mía.
Necesito estar dentro de ti de nuevo.
Me estremecí ante sus palabras, pero sabía que no podía decir que
sí. Tener sexo con él había sido más intenso de lo que había imaginado.
Ir con él a casa era demasiado íntimo, y sabía que, si pasaba la noche
en su cama, terminaría enamorándome de él.
—No puedo —dije, mi garganta cerrándose.
Su pulgar acarició de atrás adelante mi cadera.
—No me hagas rogar.
—Tengo una, eh, reunión mañana temprano —dije, mi cerebro
buscaba una excusa, pero no se me ocurrió nada.
Había muy pocos compromisos factibles que tuvieran lugar un
domingo en la mañana.
Lee no dijo nada mientras nos llevaba hacia la esquina en que
había dejado su auto. Lo vi de inmediato, pero fruncí el ceño cuando su
brazo en mi cintura se tensó. Fue entonces cuando noté al tipo de pie
ahí. Estaba solo, usando una capucha negra y jeans negros. Una gorra
escudaba su cara de la vista, pero de alguna forma sentí sus ojos caer
sobre mí con interés.
—¿Estás bien, amigo? —dijo Lee, su voz era dura.
Todo en él se puso tenso mientras miraba a la figura de pie en la
acera.
—Sólo caminando —respondió el hombre, girando su cabeza para
darle una mirada al auto de Lee antes de girarse y alejarse.
Lee estaba frunciendo el ceño, y Trevor parecía igual de tenso.
Ambos compartieron un momento de silenciosa comunicación.
—¿Quién era ese? —pregunté, sintiendo una inquietud inundarme,
y no estaba muy segura de la razón.
Lee tenía una expresión distante cuando respondió.
—Alguien tratando de enviar un mensaje.
—¿Qué quiere decir eso?
Sacándose a sí mismo del letargo, parpadeó antes de responder.
—Nada, Karla. Vamos a llevarte a casa.
Supe instintivamente que había algo que no estaba diciéndome,
pero le permití que me llevara al auto de todos modos.
Lee pasó varios minutos revisando su auto antes de finalmente
arrancar el motor. Parecía distante, con su mente en alguna parte
mientras sus puños apretaban el volante hasta poner sus nudillos
blancos y conducir en dirección a la casa de Reya. Vivía con un par de
otros estudiantes y siempre se estaba quejando sobre cuán desastrosos
y groseros eran. No la envidiaba.
Echando un vistazo por el espejo de encima, vi a Trevor con su
brazo apoyado a lo largo del respaldo del asiento del auto mientras le
hacía a Reya preguntas y ella le daba respuestas tentativas, intentando
no sonrojarse por su atención. Dejé de observarlos con un sobresalto
cuando sentí una cálida mano agarrando mi rodilla y miré al lado para
ver los ojos de Lee moviéndose de la carretera al dobladillo de mi
vestido. Su pulgar acarició el interior de mi muslo y de repente recordé
nuestro momento en la oficina, cuán bien se sintió tenerlo dentro de mí,
invadiendo cada uno de mis sentidos.
Dios, quería volver a su casa tan desesperadamente. Estar con él
esta noche no había apaciguado mi deseo en absoluto. Al contrario, sólo
lo volvió más fuerte.
Unos minutos después, nos detuvimos fuera de la casa de Reya.
Trevor salió y la acompañó a su puerta. Cuando regresó, dejó su cabeza
caer hacia atrás, sonriendo como el gato que se comió al canario.
—De acuerdo, esto probablemente está al borde de ser demasiada
información, pero es el mejor par de tetas que he visto jamás.
Lee se rió de su hermano y me di la vuelta en mi asiento para
mirarlo.
—Es mi amiga de la que hablas y es más que un par de tetas, así
que muestra algún respeto.
—Oh, calma tus bragas. Mis intenciones son puras… puramente
sexuales.
Entrecerré mi mirada hacia él mientras Lee advertía:
—Basta, Trev.
El hermano pequeño cayó hacia atrás en su asiento, murmurando:
—Tu novia necesita relajarse.
—No soy su novia —protesté al mismo tiempo que la mirada de
Trevor vagaba a la mano de Lee firmemente agarrando mi muslo.
Me disparó una mirada cínica que lo decía todo. Seguro que no lo
eres.
Un segundo después, su teléfono sonó y lo sacó para leer el
mensaje. Me di la vuelta en mi asiento.
—Oye, ¿dónde estamos, hermano? —preguntó Trevor—. Estaciona
y déjame salir. Tengo unas cosas de las que ocuparme.
Lee miró a Trevor por el espejo y compartieron un momento de esa
extraña comunicación silenciosa de nuevo. Sin cuestionarlo, Lee detuvo
el auto y su hermano salió. Cuando estuvimos de vuelta en la carretera,
le disparé una mirada curiosa.
—¿A dónde va?
—Joder si lo sé.
—Son casi las dos de la madrugada.
—Y Trevor es un chico mayor. Puede cuidarse.
Ahora que estábamos solos en el auto, la mano de Lee se movió
más arriba por mi muslo. Mi piel hormigueaba con carne de gallina y
cerré mis ojos por un segundo, intentando convocar la habilidad para
pensar con claridad. Cuando los abrí de nuevo, el motor estaba apagado
y alcé la mirada para ver que habíamos estacionado delante de mi
edificio.
—Ven aquí —dijo Lee, su voz fue una orden baja.
—Sería mejor que entrara.
—Todavía no —discutió y me tomó de la mano.
Levantó mi cuerpo con destreza hasta que estaba sentada a
horcajadas sobre él en el asiento del conductor, sus dedos se movían
arriba y abajo por el exterior de mis muslos. Jadeé una respiración
temblorosa. Me miró con su boca ligeramente abierta. Viéndose así, era
más o menos imposible de resistir. La adoración en sus ojos hizo que mi
pecho se sintiera demasiado apretado y cuando empezó a endurecerse
contra mí, estaba lista.
Era tarde y no había nadie alrededor. Aun así, no debería haber
estado considerando tener sexo con Lee Cross en el asiento delantero de
su auto donde cualquiera podía vernos.
—No puedo hacer esto —dije, negando.
Extendiendo la mano, Lee sujetó la parte de atrás de mi cuello y
atrajo mi boca a la suya para un rápido y duro beso.
—Rompe las reglas, Karla. Sólo esta vez —dijo entrecortadamente
mientras sus manos bajaban por mi cuerpo para palmear mi culo.
Gimoteé cuando apretó, presionándome contra su erección. Antes
de que pudiera protestar más, deslizó a un lado mi ropa interior y metió
dos dedos dentro de mí.
—Húmeda —siseó, y me derretí contra él, con mi rostro cayendo al
recodo de su cuello—. Mírame. Necesito tus ojos —dijo Lee, y me retiré,
mirando mientras me llevaba hasta el orgasmo. Continuó haciéndomelo
con un dedo, y cuando su pulgar se movió sobre mi clítoris, gemí—. Eso
es… dame tus ojos. Eres tan hermosa.
Su pecho se elevó y cayó mientras me observaba, su mirada
brillaba en la oscuridad. La intensidad en su expresión me hizo
sonrojarme, mis exhalaciones y suspiros llenando los pequeños
confines del auto. Me incliné y lo besé. Cuando deslicé mi lengua en su
boca, fui recompensada con un profundo y masculino gemido, y la
siguiente vez que hizo círculos en mi clítoris, me corrí con una
inesperada ferocidad justo en su mano.
Me tomó un buen rato recuperarme, pero Lee me sostuvo, con una
mano pasando tiernamente arriba y abajo por mi espalda.
—Vamos, te acompañaré a tu apartamento —dijo, por fin
rompiendo el silencio.
Era incómodamente consciente del hecho de que todavía estaba
duro. Moviendo mi mano a su entrepierna, froté y susurré:
—¿Necesitas algo?
Lee gimió, pero sujetó mi mano, deteniendo mi movimiento.
—Por mucho que me duela decir esto, estaré bien.
Mirándolo fijamente, vi su nuez de Adán sobresalir en su garganta,
y supe que realmente le había tomado mucho decir que no. Me
pregunté por qué de repente quería que la noche terminara. Sombras
oscuras revoloteaban en su expresión y supe que tenía otras cosas en
mente. Cosas que no habían estado allí antes esta noche. Era el tipo
con el que había estado fuera de su auto; algo sobre todo el encuentro
había sido realmente extraño.
Mi voz era baja cuando pregunté:
—¿Tienes muchos enemigos, Lee?
Se volvió hacia mí, su rostro era intenso cuando respondió:
—Viene con el territorio, Karla.

No me tomó mucho quedarme dormida esa noche, pero a la


mañana siguiente cuando desperté, todo se derrumbó sobre mí como
una tonelada de ladrillos. No podía creer lo que había hecho, no me
podía creer que hubiera cedido tan fácilmente. Puede que no fuera la
mujer más fuerte del mundo, pero siempre me había enorgullecido de
vivir mi vida por un firme conjunto de principios. Entonces, apareció
Lee y bombardeó todas mis reglas, reduciéndolas a un montón de
escombros sin sentido.
Ahora no tenía tan claro que hubiera querido resistir, ya que
realmente todo había sido culpa mía. No debería de haber empezado
nunca a enviarle mensajes tan regularmente. Me había permitido
conocerlo, pero, lo más importante, le había permitido meterse bajo mi
piel.
Verlo en el club ayer por la noche después de interactuar a
distancia con él durante tanto tiempo, se había sentido embriagador;
había estado completamente bajo su hechizo.
De cualquier modo, al menos tenía el día libre y podía tomar algo
de tiempo para asimilar todo. Alexis y yo fuimos de compras y luego
rentamos una película y compramos helado de camino a casa. Si mi
mejor amiga no hubiera estado tan envuelta en sus propios problemas,
estaba segura de que se habría dado cuenta que algo me pasaba.
Deliberadamente había dejado mi teléfono apagado todo el día,
diciéndome que era porque quería estar desconectada un rato. La
verdad era que me asustaba que Lee llamara y me asustaba incluso
más, el hecho de que no fuera capaz de resistirme a responder.
Recordando al hombre de pie junto a su auto la noche de antes,
supe que tenía que detener esto antes de que me implicara demasiado.
Él tenía enemigos y si cualquiera de ellos descubría que Lee tenía una
relación con una policía, no terminaría bien para ninguno de los dos.
Un par de días más tarde volví al trabajo, encontrando una extraña
clase de alivio en mantenerme ocupada. Tony y yo estábamos
recibiendo llamada tras llamada, desde robos, asaltos en la calle a
accidentes en carretera. Acabábamos de estacionar en una tienda de
ropa lujo donde tenían retenida a una mujer joven a la que una
dependienta había atrapado intentando robar algo de lencería.
—¿Quieres encargarte de esta? —preguntó Tony, moviéndose
incómodamente en el asiento del pasajero.
—Oye, me encargué de la última llamada y necesito un descanso.
Deberías ir tú. Es lo justo.
Frunció el ceño.
—Bien. Volveré en un momento.
Salió y dio un portazo, disgustado, entró en la tienda. Imaginarlo
teniendo que preguntar a la mujer sobre la naturaleza de los objetos
que había robado, me hizo sonreír y me di cuenta de que había sido mi
primera sonrisa propiamente dicha en días. Mi teléfono sonó en mi
bolsillo y lo saqué, encontrando un mensaje de Alexis preguntando si
podía comprar leche cuando volviera a casa.
Había recibido varias llamadas y mensajes de Lee, pero nada más
en los últimos dos días. Después de ignorarlo repetidamente, tal vez se
había rendido. Un tipo como Lee no necesitaba anhelar a una mujer;
estaba segura de que había harenes esperando por una oportunidad
para mantener su cama caliente. De repente, mi sonrisa flaqueó y me
encontré frunciendo el ceño. Froté mi pulgar por la pantalla,
desplazándome por los mensajes que había enviado y sintiéndome
triste. Lo quería, pero esto era lo mejor. Como había dicho, nada bueno
podía salir de estar juntos.
Fue justo cuando volvía a meter el teléfono en mi bolsillo que
escuché la puerta del auto abrirse y a Tony entrar.
—Eso fue rápido —dije, levantando la cabeza. Cuando vi quién
había entrado en el auto, todo pensamiento huyó de mi mente. No era
Tony. Era Lee. ¿Cómo diablos me había encontrado aquí?
Tragué con fuerza, con un montón de galimatías saliendo de mi
boca.
—¿Tú… ah… qué… eh?
Lee no sonrió por mi conmoción, pero en lugar de mirar hacia
delante, sus labios eran una firme línea cuando cerró la puerta. No dijo
ni una palabra mientras lo miraba boquiabierta y cuando el silencio se
volvió demasiado, finalmente me las arreglé para preguntar:
—¿Qué estás haciendo aquí?
Sus ojos se deslizaron hacia el lado.
—Has estado ignorando mis llamadas, así que tuve que ser
creativo.
—Ajá, ¿y cómo sabías dónde estaba? Simplemente estabas en el
vecindario, ¿no es así?
Una ceja se alzó sardónicamente.
—Nah, tuve que tomar el viejo escáner policial.
Lancé una carcajada, pero me callé cuando me lanzó una mirada
seria.
—No estás bromeando.
—Nop.
Me senté más recta.
—Bueno, sea como sea, tienes que irte. Tony volverá en cualquier
momento y si te ve aquí, no tardará mucho en sumar dos más dos.
Lee se erizó, tensando la mandíbula.
—¿Parezco como que me importa una mierda?
Su pregunta me enojó mientras me retorcía en el asiento para
mirarlo.
—Bueno, ¡debería importarte! Si tienes algún sentimiento por mí,
te importaría si pierdo o no mi trabajo.
Su expresión se suavizó, y se vio arrepentido por su falta de
seriedad.
—No es como si pudieran despedirte por tener una vida sexual,
Karla.
—Tal vez no. Pero mi superior la tiene contra mí y si alguna vez se
entera de que estoy viendo a alguien con antecedentes, lo usaría contra
mí. Sin mencionar que probablemente empezaría a investigarte y a tu
negocio —dije, haciendo una pausa para mirarlo significativamente—.
¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres a la policía husmeando por tu garaje,
Lee?
—Pueden husmear todo lo que quieran. No encontraran nada.
—Claro, porque todo está encima del tablero.
Su expresión se endureció.
—No es lo que dije, Snap.
Un pesado silencio cayó entre nosotros. Quería decirle que se
fuera, que estaba cometiendo un delito por el simple hecho de estar en
un vehículo policial sin permiso. Al mismo tiempo, no quería que se
fuera. Lo había extrañado. Y cada noche mis sueños habían estado
llenos de su voz y miradas cálidas, como se sentía por fin estar con él.
—¿Qué es lo que tu jefe tiene contra ti? —preguntó, rompiendo el
silencio.
Giré la cabeza para ver que tenía una mirada feroz, y por alguna
razón, me hizo ablandarme un poco. Dejando salir una respiración
lenta, respondí:
—Ella y mi padre han tenido alguna especie de disputa eterna
desde siempre. Así que, aunque yo apenas había dejado los pañales
cuando sucedió, ella me odia tanto como lo odia a él.
Lee arqueó las cejas.
—¿Qué le hizo él?
—No lo sé. Todo el mundo dice que tuvieron una discusión y él la
llamó por algunos nombres horribles, pero eso no es el tipo de cosas
que sigue durante décadas.
—No sé, tu viejo es absolutamente un hijo de puta. Es casi
universalmente odiado por todos los que conozco. Y para ser honesto,
con la cantidad de grandes apostadores a los que ha encerrado, me
sorprende que siga respirando después de todos estos años. —Hizo una
pausa y deslizo sus ojos a los míos, tomando un lápiz que había estado
en el tablero y chasqueándolo entre los dedos—. Aunque como dicen, el
diablo puede esperar por los suyos.
Lo miré fijamente, las emociones contradictorias en una guerra
dentro de mí. En seguida quise estar de acuerdo con él en cuanto a
papá. Pero de nuevo, era mi propio padre del que estábamos hablando y
el único que tenía y la insinuación de que iba irse al infierno me
molestó.
Cualquier calidez que pude haber sentido hacía Lee desapareció
cuando le dije con severidad:
—Tienes que irte ahora. De lo contrario, no tendré más opción que
arrestarte.
—Cualquier excusa para ponerme un par de esposas, ¿eh? Si no te
conociera mejor, diría que eres una aprendiz a dominatriz —bromeó Lee
antes de inclinarse más cerca para susurrar—: Pero ambos sabemos
que eso no es verdad.
Una pausa.
—Un placer malditamente hermoso ver entregarte así a mí, Karla.
Tragué con fuerza y cerré los ojos, recuerdos del club inundando
mi mente. Eran tan viscerales que casi podía sentir sus dedos
hundiéndose en mis caderas, saborear su lengua mientras invadía mi
boca. De repente estaba demasiado acalorada, incapaz de inhalar
suficiente aire. Desesperadamente quería deshacer algunos botones de
mi camisa, pero no le daría a Lee la satisfacción de saber que estaba
llegando a mí.
—No puedo hacer esto. Tiene que terminar antes de que comience.
Acercándose más, cerró su mano sobre mi rodilla, su voz muy
seria.
—Eso comenzó hace mucho tiempo.
Antes de que pudiera reaccionar, extendió la mano y agarró mi
barbilla, girando mi rostro al suyo y dejando un beso rápido en mis
labios. Después de solo un segundo de vacilación, lo aparté de mí.
—Vete —le dije, sin aliento.
—Entonces, ¿así es como va a ser?
—No hay otra manera —respondí.
Sin decir otra cosa, abrió la puerta del auto y salió.
Sólo un minuto después, Tony regresó. Abrió la puerta y dirigió a
una morena esposada a la parte de atrás antes de dar la vuelta y caer
en el asiento que Lee había dejado vacío. Le envié una enjuta sonrisa,
notando que parecía un poco perplejo.
—¿Todo bien? —pregunté, la tensión nerviosa enrollándose dentro
de mí. ¿Habría visto a Lee?
—Simplemente no lo entiendo
—¿No entiendes qué?
—¿Por qué alguien se arriesgaría ser arrestado por un pedazo de
tela que se mete entre las nalgas de su trasero?
La mujer en el asiento de atrás frunció el ceño furiosamente
mientras yo reía a carcajadas, en gran medida de alivio porque no había
visto a Lee.
—La gente está loca.
—Dímelo a mí.

Los siguientes días en el trabajo fueron bastantes tranquilos, y


Tony yo estábamos prácticamente esperando impacientemente por algo
de acción. No era como si quisiera que algo peligroso ocurriera, pero
cuando tu día consistía en lidiar con accidentes menores y papeleo,
necesitabas algo para romper la monotonía.
Estaba a punto de obtener mi deseo.
Estábamos sentados en la patrulla, tomándonos un café en un
rápido descanso, cuando llegó una llamada sobre un Gran Coupe que
acababa de ser informado como robado. Al parecer, se dirigía en
nuestra dirección y cuando el vehículo atravesó unos momentos
después, inmediatamente encendí las sirenas y el motor.
Tal pronto como el ladrón nos vio persiguiéndolo, aumentó su
velocidad. Había estado conduciendo desde que tenía los diecisiete, y,
no es por presumir, pero aprender a conducir en Londres te da mucha
más habilidad que aprender a conducir en otros lugares. Podía
estacionar en el espacio más reducido conocido por el hombre, pero lo
más importante, era que podía maniobrar por calles estrechas y
callejones empedrados a gran velocidad como nadie.
—Creo que necesitamos algo de música —dijo Tony mientras yo
tiraba de la palanca de cambios un poco demasiado fuerte.
—Ni siquiera pienses en ello —le dije, incapaz de evitar que la
sonrisa se expandiera por mi rostro.
Él sonrió de vuelta.
—Pero es tradición. No puedes romper la tradición.
—Bien, ponla y cállate. Estoy tratando de conducir.
Tony tocó algunos botones en su iPod y unos segundos más tarde
los acordes de apertura de "Thunderstruck" de AC/DC salieron a través
de los altavoces. No te rías. La primera vez que estuvimos en una
persecución a alta velocidad, esta canción estaba sonando en la radio, y
había sido tan apropiadamente impresionante que habíamos hecho de
una tradición ponerla cada vez que estábamos en la persecución de un
auto robado desde entonces.
También tenía una extraña manera de ayudar a concentrarme,
como si los cirujanos escucharan "Staying Alive" durante las
operaciones. Apreté más fuerte el acelerador.
Sin embargo, quien sea que estuviera al volante del BMW tenía
algunas habilidades locas, e incluso yo tenía dificultad para seguirlo
cuando hicieron un brusco giro a la izquierda. Si la música no fuera tan
fuerte, estaba segura que se escucharía los neumáticos chirriando. Casi
perdí el control del volante, pero Tony se lanzó hacia adelante a tiempo
para agarrarlo. En poco tiempo estuvimos en la autopista y maldije en
voz alta, porque iba a ser más difícil atraparlo ahora. O a ella.
El ladrón se sumergió peligrosamente por entre los autos, haciendo
que varios conductores se desviaran, casi provocando un accidente.
Eran momentos como estos en los que me preguntaba si debíamos
seguir persiguiéndolo, porque si seguía conduciendo así, la gente iba a
salir herida de gravedad, o peor, muerta.
Tony estaba en la radio, informando de nuestra ubicación y la
proximidad al auto robado, mientras que yo intentaba lo mejor que
sabía acercarme. El BMW giró a la izquierda entrando en el carril-bús
vacío y yo seguí su ejemplo. Desafortunadamente para él,
aproximadamente a casi un kilómetro de distancia, había un número de
autobuses que usaban el carril, y con el tráfico en el otro lado, no tenía
ningún otro lugar a donde ir.
Tuve que frenar de repente cuando el BMW chirrió deteniéndose de
golpe y la puerta del conductor se abrió. El hombre salió y Tony ya
estaba fuera del auto policial, corriendo tras él mientras yo hablaba por
mi emisora:
—El sospechoso esta ahora a pie. Hombre, un metro setenta y
cinco centímetros, vestido con jeans, sudadera negra con capucha y
zapatillas blancas. El agente Pollard está en persecución.
Cerrando la puerta tras de mí, fui detrás de Tony. A treinta o
cuarenta metros delante de mí, él perseguía al ladrón, quien había
saltado por encima de la barandilla de metal que separaba la carretera
de la zona más allá. Estaba sin aliento mientras corría, mis piernas
bombeando para alcanzarlos. Tony se acercó a él, pateándolo para
tumbarlo y el tipo cayó volando de cara contra la hierba.
Cuando llegué a ellos, lo oí maldecir y tratar de levantarse, pero
Tony agarró su mano para detenerlo mientras ordenaba:
—¡Manos sobre la cabeza, ahora!
El ladrón empezó a levantar las manos mientras Tony sacaba
rápidamente sus esposas, encerrando sus muñecas y llevándolas a su
espalda. Luego le ordenó que se diera la vuelta, fue entonces cuando me
encontré cara a cara con Liam Cross.
Liam tenía veinte años. Averigüé esto cuando accedí a su archivo
en la comisaría para poder rellenar mi informe del incidente.
Contemplaba una cita en el juzgado dentro del próximo par de semanas
y más que probablemente un tiempo entre rejas. Lo alarmante era que
no sabía cómo sentirme sobre eso. Robar autos era como un trabajo
para él y creciendo en su familia, lo veía como un medio para un fin.
Robas para poder poner comida en la mesa, o no lo haces y pasas
hambre.
Lee y sus hermanos no eran ya niños pequeños; podían salir de
este asunto y hacer algo honesto para vivir si de verdad querían. El
problema era que no tenía ni idea de cuán profundo estaban metidos,
quiénes tenían las riendas y si esa gente alguna vez los dejaría ir.
Seguía sentada en mi escritorio, rellenando el informe, cuando Lee
entró confiadamente en la comisaría, todo cabello alborotado y contoneo
arrogante. Llevaba vaqueros y una camiseta blanca con manchas de
aceite en el fondo de la parte delantera, una camisa de trabajo atada a
su cintura. Claramente, venía del garaje. Probablemente había estado
trabajando cambiando los números de serie y la matrícula de un auto,
pensé con disgusto.
Después de ese primer vistazo, me negué a mirarlo de nuevo,
observando atentamente los papeles delante de mí y escuchando igual
de atentamente su voz mientras hablaba. Rápidamente se volvió
aparente que estaba allí para pagar la fianza de Liam. El agente con el
que habló se apresuró a salir y Lee se quedó en recepción. Me permití
un vistazo más a él y lo encontré apoyado contra la pared, con sus ojos
revisando la zona antes de encontrarme. Alejé la mirada otra vez.
Me sobresalté cuando mi teléfono vibró en mi bolsillo, dejé caer mi
bolígrafo y lo saqué.
Lee: ¿Arrestaste a mi hermano?
Oh, tenía valor. No debería haber respondido, pero no parecía
poder detenerme.
Karla: No lo arresté. Tony lo hizo.
Lee: Pero estabas allí.
Un segundo pasó y mi ira llameó. Estaba actuando como si yo
debería haber hecho, ¿qué? ¿Convencer a Tony de soltar a Liam con
una advertencia y una amonestación menor?
Lee: ¿No vas a venir y saludar?
De acuerdo, eso lo hizo. Sin pensar, me levanté de mi silla y crucé
la sala. Había heredado mi temperamento de mi padre y a veces
simplemente no tenía la fuerza para contenerlo.
Lee sonrió con suficiencia cuando me vio acercarme, pero había
una dureza detrás. Me maldije por darle una reacción. Debería haber
continuado ignorándolo.
Echando un vistazo para asegurarme de que nadie observaba,
sujeté su mano, tirando de él alrededor de la esquina y a un pasillo
vacío.
—Eres un poco insolente —siseé.
Lee extendió sus brazos mientras preguntaba sardónicamente:
—¿Qué? ¿Sin abrazo? ¿Sin beso?
Bajé uno de sus brazos de un golpe.
—Deja de ser un listillo. Tu hermano pequeño podría ir a prisión.
Podría cumplir una condena de siete años y es sólo un niño. —Mi
garganta se oprimió con preocupación.
Ni siquiera conocía a Liam, pero se parecía mucho a una versión
más joven de Lee. Tal vez era por eso que la idea de que fuera a la cárcel
me estresara tanto.
Los ojos de Lee se movieron entre los míos, con su boca firme
mientras me observaba. Obviamente le sorprendía darse cuenta de que
de verdad me preocupaba de lo que le pasara a su familia. Dio un paso
adelante para que apenas hubiera espacio entre nosotros.
—¿Crees que no lo sé? —dijo con los dientes apretados, con voz
baja.
—No tenía ni idea de que estaba en el auto. Hacía mi trabajo. Así
que no te atrevas a intentar echarme la culpa.
Lee frunció el ceño.
—¿Cuándo te he echado la culpa?
—Tu mensaje.
—Te hice una pregunta. Nunca te culpé. Las acciones de Liam son
suyas, pero prácticamente críe a ese chico. Tengo permitido enojarme.
—Nunca dije que no lo tuvieras, pero es tu culpa por llevarlo por
ese camino en primer lugar, así que no dirijas tu ira contra mí. Podría
haber sido cualquier número de oficiales persiguiéndolo. Aun así,
habría sido capturado.
Lee sacudió su cabeza y se alejó un segundo. Sus hombros
subieron y cayeron bruscamente, como si estuviera intentando ganar
algo de compostura. Finalmente, pasó una mano por su rostro y se
volvió hacia mí, con una ceja arqueada.
—¿Estabas detrás del volante?
Me ericé.
—No veo que eso tenga algo que ver.
—Liam al volante es insuperable. Un policía común no lo habría
atrapado. —Se detuvo, algo parecido al interés brilló en sus ojos—.
Debes tener algunas habilidades, Snap, persiguiendo un Gran Coupe
con un Vauxhall Corsa.
En realidad, parecía impresionado.
—Sí, tal vez debería dejarlo todo y trabajar para ti, ¿eh? —dije
inexpresivamente, con el cinismo llenando cada palabra.
Fijamos los ojos un buen rato, una batalla silenciosa de
voluntades. A él no le gustaba que insinuara que era un ladrón. Pocas
personas disfrutaban de la visión de su verdadero reflejo.
—Sé muy cuidadosa con lo que dices a continuación, Karla —me
advirtió.
—¿O qué? ¿Vas a enviar a algunos matones y darme una paliza?
Es así como funciona normalmente con gente como tú, ¿verdad?
Se acercó a mí de nuevo y mi espalda golpeó la pared. Su voz era
baja y mesurada cuando habló:
—No tienes ni idea de lo que hablas. Y sólo para que te quede
claro, nunca te haría daño, nunca. Si cualquier hombre intentará
ponerte las manos encima, me aseguraría de que fuera la última cosa
que hiciera en la vida.
Lo miré con fijeza, insegura de qué sentir. Había estado preparada
para una pelea y entonces fue y dijo algo tan protector, pero igualmente
equivocado. Me tomó un largo tiempo replicar y cuando lo hice, mi tono
era mucho más suave.
—Sé de lo que hablo.
—No, no lo sabes —dijo, chasqueando sus dedos sobre la tela de
mi camisa—. Cuando te pones este uniforme cada mañana, ves a una
mujer trabajando para asegurar que las calles son un sitio más seguro.
Para ti, la ley trabaja para evitar que la gente buena sea herida por
gente mala, pero siempre, desde que era un niño, supe que eso no era
verdad. La policía simplemente es un grupo de imbéciles con uniformes
negros y blancos y una maldita estúpida gorra, tratando de impedirme
que alimente a mi familia.
Sus palabras me afectaron profundamente y estaba a punto de
decir algo, cualquier cosa, cuando oí pasos aproximándose. De
inmediato, me volví y me dirigí hacia mi escritorio, recogiendo mi
bolígrafo y fingiendo que nuestra conversación nunca había sucedido.
Lee volvió a la zona de recepción para esperar a Liam y todo el tiempo
sus palabras resonaron en mis oídos.
Para ti, la ley trabaja para evitar que la gente buena sea herida por
gente mala, pero siempre, desde que era un niño, supe que eso no era
verdad.
***
Casi había terminado mi turno y cuando regresaba después de una
llamada a domicilio, Keira me envió un mensaje preguntando si podía ir
por algunas bebidas y sándwiches para la comisaría. Cometí el error de
detenerme en una tienda de un vecindario peligroso, entré, metí unas
cuantas cosas en mi cesta, comprobé y salí para encontrar una banda
de hombres jóvenes esperándome.
Los conté, cinco en total, y apreté mis dedos con más fuerza
alrededor de la bolsa de plástico que cargaba.
—Los tuyos no son bienvenidos aquí —gritó uno de ellos, y seguí
caminando.
Era inferior en número, así que no tenía sentido responder. No
creía que se pusieran violentos, ya que no estaba intentando detenerlos
de lo que hicieran, pero uno de ellos se puso delante de mí, fumando un
cigarrillo y exhalando justo en mi rostro.
—Eres guapa para ser poli, sin embargo. Oye, pelirroja, ¿por qué
no te quedas y pasas un buen rato con nosotros?
—Miren, muchachos, no es necesario que haya problemas aquí, así
que, si pudieras dejar el espectáculo de lado, me iré.
Sabía al instante que mi tono no sentó bien al cabecilla, mientras
tiraba la colilla de su cigarro al suelo y me disparaba una mirada
obscena. Tenía tatuajes en su cuello y rostro y, por su aspecto, habían
sido hechos en prisión. Este tipo obviamente estaba un poco resentido
con los cuerpos de seguridad.
—¿Espectáculo? —dijo, y echó un vistazo a sus chicos—. Esta
estúpida zorra es una grosera.
Dio un paso más cerca. Rápidamente cambié la bolsa a mi otra
mano, saqué mi Taser y la sostuve a un brazo de distancia.
—Retrocede ahora —le ordené, y me miró arrogantemente, como si
no estuviera asustado. Levantó su camiseta y reveló una pistola metida
en la cinturilla de sus pantalones.
—No eres la única que está lista, zorra —espetó, pero me mantuve
firme.
—¿De verdad quieres apuntar con un arma a una oficial en el
exterior? Estoy apuntando esta Taser directamente hacia ti, ¿así que
quién crees que va a ser más rápido?
—Vamos, ella no lo vale —dijo uno de sus amigos.
Unos segundos después y no antes de que pronunciara algunas
horribles palabras más dirigidas a mí, se fueron.
Dejando escapar una lenta exhalación, regresé al auto, dejé caer
mi bolsa en el asiento trasero y saqué mi teléfono para llamar a la
comisaría. Informé del incidente, describí cómo era el chico con la
pistola y luego colgué. Para el momento en que llegué a casa esa noche,
estaba exhausta, pero aun así me las había arreglado para comprar
algunos comestibles para la cena, en un mejor vecindario esta vez.
Girando mi llave en la cerradura, oí a Alexis reír y di un paso
dentro para descubrir que tenía compañía. No era necesario decir que
no estaba demasiado feliz cuando vi que su compañía era Lee.
—¿Qué haces aquí? —pregunté con irritación, demasiado cansada
para siquiera pretender ser educada.
—Estoy aquí para visitar a Alexis, ver cómo le va con el bebé y
todo.
—Lee se ofreció para llevarme al hospital si alguna vez necesito ir
cuando estés trabajando —intervino Alexis, mirándome con curiosidad.
Ella no tenía ni idea sobre lo que había estado pasando entre el
hombre sentado delante de ella y yo en las pasadas semanas.
—Qué amable —murmuré, dejando los comestibles en la cocina
antes de encerrarme en mi dormitorio.
Me apoyé contra la puerta y dejé escapar un largo y agotado
suspiro, realmente necesitando que este día terminara. Un golpe sonó
sobre mi cabeza y me sobresalté cuando Lee gritó:
—Desempaqué tus cosas, Snap. ¿Por qué no te relajas durante
media hora y empiezo a hacer la cena?
¿Estaba de broma? Y Dios, acababa de recordar que había un
paquete de tampones con los comestibles. Maravilloso. Sin querer
alertar a Alexis de alguna rareza, repliqué en un tono tranquilo:
—No hay problema. Puedo hacer mi propia cena.
—Déjale hacerlo —gritó Alexis—. Sin ofender, pero Lee es mejor
cocinero que tú.
—Eso es encantador.
—¡Sabes que es verdad!
Agarré una muda de ropa y abrí la puerta. Lee, que había estado
apoyando su mano contra la madera, cayó hacia delante un poco y
suprimí una sonrisa.
—Bien, puedes cocinar. Voy a tomar una ducha.
Y con eso fui al cuarto de baño, aparentando un comportamiento
casual y sin volver a mirar a ninguno de ellos.
—Puse tus tampones en el armario de arriba, por si los buscas —
gritó Lee detrás de mí, con una sonrisa en su voz.
Encogiéndome, resistí la urgencia de responder, mi piel
hormigueaba mientras me desvestía, sabiendo que estaba en la
habitación de al lado. Pasé más tiempo del necesario lavándome, sin
querer volver a salir al apartamento y preguntar por qué exactamente
estaba Lee aquí. Sabía de hecho que no sólo había venido para ser
caballeroso y ofrecerle a Alexis ayuda mientras estaba embarazada. No,
estaba aquí por mí y odiaba cómo parecía que no podía escapar de él, ni
siquiera en mi propia casa.
Pasé tiempo poniendo loción en mi cuerpo y trenzando mi húmedo
cabello. Me puse la camiseta y pantalones cortos que normalmente
llevaba para dormir, pero no pude ir sin sujetador como habitualmente
hacía y el lugar olía genial.
Había usado los ingredientes que compré y los había convertido en
un salteado de pollo.
Hicimos un breve contacto visual cuando pasé por su lado, su
mirada se clavó en mi rostro, luego bajó y se quedó en mis piernas
desnudas. Resoplé y fui a mi dormitorio, dejando mi ropa en la cesta de
lavandería antes de volver a salir. Alexis estaba sentada delante de la
televisión, cambiando los canales, y me senté a su lado.
—Oh, Tony llamó, por cierto. Ha estado intentando contactar
contigo, pero tu teléfono estaba apagado. Parecía preocupado.
—Sí, mi batería murió. Tuve un desacuerdo con unos rufianes
antes. Debe haberse enterado y quería comprobar si estaba bien.
Ni siquiera me di cuenta de que Lee había estado escuchando
hasta que preguntó con voz tensa:
—¿Qué aspecto tenían?
Me volví hacia él un momento, encontrando su ceño fruncido.
Parecía molesto. Lo desdeñé.
—Está bien. Ya lo he informado.
—¿Qué aspecto tenían, Karla? —repitió, esta vez con más firmeza.
Noté que estaba sosteniendo un cuchillo de cortar. Alexis me hizo
un gesto para que se lo contara, como si no tuviera razón para no
hacerlo, así que finalmente dije:
—Chico alto, cabeza rapada, tatuaje en el cuello de algún tipo de
pájaro. Un águila, creo. Fue el que me provocó. No tuve un vistazo
apropiado de los otros.
—Cuándo dices "provocar", ¿a qué te refieres exactamente?
—Simplemente hablaba tonterías, llamándome zorra. Tenía una
pistola, sin embargo.
Lee siguió asintiendo, asimilándolo todo, pero podía ver los
engranajes en su cabeza girando. Continuó preparando la cena y yo me
volví a la televisión, intentando concentrarme en el programa que Alexis
había puesto. Desafortunadamente, parecía no poder concentrarme y
continué preguntándome por qué Lee quería saber el aspecto del chico
tan desesperadamente. ¿Planeaba hacer algo al respecto? Recordé sus
palabras en la comisaría.
Nunca te haría daño, nunca. Si cualquier hombre intentará ponerte
las manos encima, me aseguraría de fuera la última cosa que hiciera.
Este tipo no había puesto sus manos sobre mí exactamente, pero
no dudaba de que lo hubiera hecho si no hubiera sido tan rápida en
sacar mi Taser.
Unos minutos más tarde, la cena estaba lista y Lee nos sirvió un
gran plato de salteado. Estaba demasiado hambrienta para no comer de
inmediato y pareció complacido por mi ímpetu. Me disparó una sonrisa
desde donde se sentaba en el sillón y puse los ojos en blanco.
—Oh, Dios mío, Lee, ¡esto es asombroso! —se entusiasmó Alexis—.
Jamie Oliver9 está en casa.
Él le guiñó un ojo.
—Soy más del tipo Gordon Ramsey.
—Oh, sí, definitivamente puedo verlo. Tú en la cocina, maldiciendo
al personal porque no puedes soportar sacar un risotto de segunda
categoría a los clientes.
Lee rió.
—Ese es el plan.
—No, en serio, deberías dejar todo ese negocio de los autos y abrir
tu propio restaurante. No estoy bromeando.
Sacudiendo su cabeza, Lee puso su atención en la televisión. Noté
que no había hecho nada para sí mismo, lo cual me dejó sintiéndome
un poco culpable, pero tal vez ya había comido. Una vez que Alexis
hubo terminado, declaró que se iba a la cama. Pareció un poco
apresurada al anunciarlo y me pregunté si había sentido algo entre Lee
y yo y quería darnos privacidad para hablar.
Pasamos unos cuantos segundos en silencio antes de preguntarle:
—¿Qué tal está Liam?
—Está enojado. Todos lo estamos.
No sabía cómo responder. Quiero decir, Tony, uno de mis amigos
más cercanos, lo había arrestado, así que si Lee estaba enojado,
entonces realmente no entendía por qué se encontraba aquí en mi
apartamento, actuando como si todo fuera normal.
—Si puede hacer un trato, tal vez pueda evitar una condena —dije
finalmente.
—Ya he pensado en eso —replicó Lee con voz tensa.
—¿Y?
—Y probablemente no llegue a eso. Tengo un buen abogado.
Mi curiosidad despertó.
—¿Y quién es?
Sus ojos se afilaron.

9 Jamie Oliver: Es un cocinero inglés. Presentado por la BBC, se convirtió en uno de


los cocineros más influyentes del Reino Unido.
—William Dunning.
Parpadeé hacia él, con la boca abierta.
—Te das cuenta de cuánto me dice eso sobre ti, ¿no?
Lee se encogió de hombros, pero su expresión era implacable. No
iba a disculparse por quien era.
Dunning era una serpiente y representaba a algunos de los más
poderosos individuos en Londres. Si Lee lo contrataba, eso significaba
que el hombre sentado ante mí era mucho más peligroso de lo que
había pensado. De repente estaba ansiosa por tenerlo en mi casa.
¿Estaba siendo monitoreado por la Agencia Nacional del Crimen? Ellos
tendían a vigilar a todos los grandes apostadores, pero al ser de tan
bajo rango, no sabría nada al respecto.
Alguien podría estar vigilándolo en este mismo momento. Ya que
vivía en un enorme edificio, no sabrían en qué piso estaba a menos que
lo hubieran seguido dentro. Pero, aun así, era demasiado cerca para ser
un consuelo.
Lee pareció leer mis pensamientos, tan claros como el día en mi
rostro.
—Relájate. Nadie sabe que estoy aquí.
—¿Por qué estás aquí?
Frunció el ceño.
—Tenía que hablarte de algo.
Le hice un gesto con mi mano.
—Entonces habla.
Dejando escapar un largo suspiro, frotó su corto cabello y me
niveló con sus ojos.
—¿Recuerdas al tipo de fuera del club?
—¿El rarito de pie junto a tu auto? Sí.
—Bien, digamos que su jefe y mi jefe han estado teniendo algunos
desacuerdos últimamente. Para abreviar, las cosas no son seguras y
este tipo piensa que eres mi novia. Ha amenazado con… hacer cosas.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Cosas? ¿Qué tipo de cosas?
Lee negó con un gesto.
—No, no voy a decírtelo, Snap.
Una sensación asqueada subió por mi estómago.
—¿Sabe quién soy?
—Conoce tu aspecto, eso es todo. Pero tengo un plan para ponerle
los puntos sobre las íes. Mientras tanto, voy a hacer que Trevor te vigile
cuando estés libre del deber, sólo para asegurarnos.
—Nadie me va a vigilar. Puedo cuidar de mí misma. Y, de todos
modos, ni siquiera soy tu novia, pero si este chico intenta ponerme una
mano encima, le arrestaré.
Lee sacudió su cabeza.
—Así no es como esto funciona, Karla.
—No hay "esto" —espeté—. Si me hubieras dejado en paz en primer
lugar, entonces nada de esto estaría pasando.
Lee se inclinó hacia delante para que sus codos se apoyaran sobre
sus rodillas. De repente, vi lo exhausto que estaba.
—¿Puedes dejar de discutir conmigo por una vez? Joder, sé que
debería haberte dejado en paz. Lo intenté, créeme, pero no podía
hacerlo. Ahora nuestra situación es la que es, ¿así que puedes dejar de
ser policía por un segundo y dejarme protegerte?
Lo miré con fijeza, no muy segura de qué decir o si debería siquiera
decir algo en absoluto. Toda esta situación se estaba saliendo de control
y sólo habíamos estado juntos una vez.
—Mira, ahora sé que debe haber sido horrible para ti y si te digo la
verdad, odio haber ayudado a atrapar a Liam. Pero aún más, odio el
hecho de que estuviera robando en primer lugar. Y sí, entiendo que tu
vida ha sido dura y has tenido que tomar decisiones difíciles, pero
tenemos que tomar nuevas decisiones cada día. Tal vez mañana puedas
tomar la correcta.
Los ojos cansados de Lee se elevaron para encontrar los míos.
—¿La correcta?
—Sí, como decidir salir de este negocio en el que estás y ser legal.
Dejó escapar una risa triste.
—Porque es tan simple.
—Puedo ayudarte.
Su mirada cayó a sus manos y su voz fue baja cuando dijo:
—No hay ayuda para mí.
Un largo silencio cayó entre nosotros y levantó su cabeza para
mirarme de nuevo. Estremecimientos hormiguearon a lo largo de mi
clavícula, una intensa tensión llenó el aire.
—No entiendo por qué no me odias ahora mismo —susurré.
Lee me miró, sus ojos azules claros como el cristal estaban llenos
de sinceridad.
—Tampoco yo.
Lo que dijo me sobresaltó, porque significaba que entendía que
debería odiar mis entrañas, y la idea de que me odiara hacía que mi
estómago se revolviera con náuseas. Aunque no quería admitirlo, me
sentí enferma ante la idea de perder el afecto que tan obviamente sentía
por mí.
Era un desastre.
Después de un minuto, se levantó, se volvió y fue hacia la puerta.
—Mira a tu alrededor, Karla —dijo antes de abrir la puerta e irse.
Apenas un segundo pasó antes de que la puerta del dormitorio de
Alexis se abriera de golpe y mi mejor amiga se pusiera frente a mí,
mirándome con la boca abierta.
—¡Maldición lo sabía! —exclamó, rodeando el sofá y sentándose a
mi lado—. Quiero saberlo todo, pequeña zorra reservada y empieza por
el principio.
Durante los siguientes tres días, trabajé. Cada cierto tiempo, me
encontraba mirando alrededor, intentando localizar a Trevor, pero
nunca lo vi. Tal vez Lee había decidido respetar mis deseos y no hizo
que su hermano me siguiera. O quizá era bueno escondiéndose.
La noche que Lee visitó nuestro apartamento, me había rendido y
le conté a Alexis todo. Me había desaconsejado desde el principio y tenía
la intención de hacer caso a su consejo, pero mi corazón, o tal vez era
mi vagina, tenía otras ideas. Al final, no me reprendió por mis
elecciones. Después de todo, si alguien podía entender por lo que estaba
pasando, era Alexis. Había tenido una aventura con su jefe, lo cual en
cierta manera era tan ilícito como lo que había estado pasando con Lee
y conmigo.
Cuando terminé mi turno la noche del sábado, casi había olvido
todo acerca de negocios sucios y amenazas a mi seguridad. Tenía todo
el fin de semana libre y planeaba aprovecharlo, empezando con ir a ver
a Reya actuar en un pequeño local en el Soho. Al trabajar a tan
impredecibles horas, raramente tenía la oportunidad de verla tocar, así
que era un verdadero regalo para mí.
Decidí tomar el metro en la ciudad para que pudiera tomar algunas
bebidas y me puse un vestido azul oscuro de lápiz con un abrigo largo
azul real y tacones. No me arreglaba a menudo de una manera
femenina apropiada, así que cuando lo hacía, me esforzaba. Sequé y
alisé mi cabello para que se viera brillante y liso, y me puse un poquito
de maquillaje.
Acababa de salir de mi edificio cuando una cabeza de repente cayó
desde arriba, dándome el susto de mi vida. Sosteniendo una mano
sobre mi corazón, miré a Trevor, que estaba colgando por sus piernas
de una barra de arriba como un maldito mono.
—¿Qué diablos? —dije, obligando a mi pulso a ralentizarse.
Trevor balanceó su cuerpo y cayó al suelo, disparándome una
amplia y dentuda sonrisa.
—Lo siento por eso, agente. Olvido a veces que la gente no está
acostumbrada a mis formas.
—¿Tus formas?
—Me gusta moverme de una forma poco convencional.
—Ajá, ¿y qué estás haciendo aquí?
—Cuidando de tu seguridad —respondió—. Aunque si me
preguntas, no estoy seguro de que lo merezcas, ya que tuviste que ver
en joder la vida de mi hermano pequeño.
Oh, por el amor de Dios. No estaba de humor para esta
conversación.
—Tu hermano se jodió su propia vida solito. Simplemente, fui la
que lo atrapó haciéndolo.
—Es lo mismooo.
—Lo digo en serio, Trevor. Estaba haciendo mi trabajo.
Pasé por su lado, apreté mi abrigo para defenderme contra el frío y
caminé en dirección de la estación del metro. Trevor me siguió.
—Sabes, eso suena mucho como algo que Hitler diría —comentó.
Puse mis ojos en blanco.
—Aprecio una carta bien colocada de Hitler como cualquiera, pero
en este caso, estás completamente equivocado.
Trevor hizo el saludo Nazi y entrecerré mi mirada, empezando a
pensar que de todos los hermanos Cross, este era el excéntrico. Llevaba
unos desgastados y rasgados vaqueros, con cadenas colgando de sus
bolsillos, botas con puntas de acero y una holgada camiseta gris que
decía "Oh. De acuerdo", bajo una chaqueta de cuero escocesa. Su
constitución era un poco fibrosa y su corto cabello castaño era un
desastre.
Caminamos lado a lado unos minutos, a regañadientes por mi
parte, antes de llegar a la estación del metro. Pasé mi abono de
transporte mientras Trevor procedía a saltar las barreras y continuar
hacia la escalera mecánica como si no tuviera ni una preocupación.
Miré alrededor, irritada al encontrar que no había empleados.
—Oye, no puedes… —grité antes de detenerme a media zancada,
mi boca se abrió mientras lo veía saltar por encima de las escaleras
mecánicas y sin esfuerzo deslizarse por en medio. Varias personas
observaron con sorpresa al igual que yo, mientras le gritaba con enojo,
diciéndole que se iba a romper el cuello.
Subí a los escalones en movimiento y miré abajo para ver a Trevor
esperándome al final, casualmente apoyado contra una pared mientras
revisaba su teléfono. Lo metió en su bolsillo cuando finalmente llegué a
la plataforma.
—Entonces, ¿hacia dónde? —preguntó, como si todo fuera
perfectamente normal.
—Tú… Yo… eh… —murmuré, intentando comprender lo que
acababa de hacer—. ¿Estás loco?
Subió su pulgar y dedo índice.
—Sólo un poquito.
—Tienes que volver arriba ahora y pagar tu pasaje —dije,
intentando sonar sería.
Trevor lo negó.
—No, no tengo ganas.
Estaba a punto de protestar más cuando agarró mi brazo y me
impulsó hacia delante justo cuando un tren llegaba a la plataforma.
Antes de que me diera cuenta, me había empujado a bordo y me estaba
acompañando a un asiento. Solté mi brazo con brusquedad de su
agarre y lo fulminé con la mirada.
—Vas a conseguir que nos maten.
Dejó escapar un largo suspiro, sonando como un adolescente
aburrido cuando replicó:
—Tienes que relajarte. —Hizo una pausa y alzó una curiosa ceja—.
¿Qué es lo que ve Lee en ti, de todos modos?
Lo que dijo me hizo enderezar la espalda cuando me levanté,
alejándome de él y yendo por el centro del pasillo. Pasé por las puertas
que separaban los vagones y entré al siguiente. Tenía menos pasajeros
que el último y me senté en un lugar vacío, cruzando mis brazos sobre
mi pecho. Un segundo después, Trevor se sentó a mi lado y le fruncí el
ceño con dureza.
—Necesitas mucho más que irte indignada para deshacerte de mí,
agente —se burló con una sonrisa en su rostro.
—No estoy enojada.
—Lo estás —dijo, apuntando su dedo en mi hombro—. Estás
nerviosa porque pregunté qué ve Lee en ti, pero no esperaste a que
terminara. Creo que es el cabello. Siempre ha tenido debilidad por las
pelirrojas, aunque su última novia, Tammy, estaba teñida de ese raro
color ciruela.
Su mención de una ex novia captó mi interés y lo miré.
La sonrisa de Trevor se ensanchó.
—Oh, ahora ella tiene curiosidad.
—Cállate.
Me dio un empujoncito.
—Todo lo que tienes que hacer es preguntar, agente. No me llaman
"viejo chismoso" por nada.
Le di una diminuta sonrisa. Había algo sobre Trevor que era tan
divertido e infantil que parecía no poder evitar sentirme cautivada por
él, aunque acabara de romper varias leyes en el espacio de casi tres
minutos. Estaba fuera del deber, después de todo.
—Así que, dime, entonces —urgí.
—¿Qué quieres saber?
—¿Cuánto tiempo hace que han roto?
—Unos seis meses. Lee lo dejó cuando ella empezó a pedir
demasiado, quería que le comprara una casa, un nuevo auto. Quiero
decir, ¡qué desfachatez! —exclamó y me reí—. En serio, sin embargo,
Tammy no era demasiado brillante, no se dio cuenta de que en el
minuto que empiezas a mostrar el dinero, la gente comienza a darse
cuenta.
Trevor me miró significativamente y no necesité pedirle que se
explicara más a fondo. Mi estómago se revolvió mientras recibía aún
más pruebas de la criminalidad de Lee y su familia.
—De todos modos, Lee ha estado siempre "aquí te agarro, aquí te
mato, gracias, señora" desde entonces. Bueno, hasta que apareciste tú,
eso es.
—No estoy segura que debieras estar diciéndome esto.
—¿Qué vas a hacer, arrestarme? —preguntó en broma, aunque
había cierta mordacidad en sus palabras.
Todavía no me había perdonado por lo de Liam, ni de lejos.
—Lo creas o no, sólo quiero lo mejor para tus hermanos y para ti, y
aunque vaya completamente contra todo lo que defiendo, me preocupo
mucho por Lee, más de lo que debería.
Trevor me miró, el silencio descendió entre nosotros. Volví mi
cabeza y miré por la ventana a toda la oscuridad que pasaba.
El silencio fue roto por Trevor preguntando descaradamente:
—Entonces, ¿eso significa que puedo empezar a llamarte hermana?
Moví mi cabeza hacia él, incapaz de reprimir una risita.
—Vete a la mierda.
Nos bajamos en la siguiente parada, charlando en el camino al
local donde Reya actuaba y, sorprendentemente, Trevor me invitó a un
trago cuando llegamos allí. Faltaban un par de minutos para que ella
subiera al escenario y mi insólito compañero estaba con el teléfono de
nuevo. Empezaba a irritarme.
—¿A quién le mandas mensajes tan furiosamente? —pregunté.
Trevor se rió.
—Nunca he escuchado mandar mensajes ser descrito como
furioso. ¿Se ven mis dedos enojados o algo?
—Responde la pregunta.
—Es Lee. Quería saber dónde estamos.
—¿Oh?
—También me dijo que me rompería las bolas si intentaba ligar
contigo. Le dije que no eras mi tipo.
—Mi decepción es palpable —dije inexpresivamente.
Trevor alzó su teléfono para tomar una foto.
—Di queso.
—¿Qué haces?
—Lee pidió una foto —respondió simplemente, enfocando su
teléfono—. Dice que le gusta tu vestido. Quiere saber para quién te has
arreglado.
—Dile que es porque me voy a encontrar con un hombre —
respondí descaradamente.
Trevor amplió su mirada, pero continuó tecleando en su teléfono.
—Si tú lo dices.
Di un sorbo de mi bebida y esperé por la respuesta de Lee. Trevor
se rió.
—Dice que casi olvida que ustedes tenían un polvo preparado para
esta noche, pero aprecia tu esfuerzo.
—Eso es mentira.
—Claro.
—Lo es —exclamé—. Cualquier cosa que pasara entre tu hermano
y yo se ha acabado.
—Bien, genial, entonces. Así que, ¿qué hay esta noche? ¿Algo
bueno?
—Reya va a actuar. ¿Recuerdas a mi amiga, la que conociste en el
club?
—¿Chesty Laroo10? No jodas.
—Si la llamas así a la cara, te daré un puñetazo en los testículos.
Trevor levantó sus manos en el aire.
—Oye, tranquila. Aunque podría sorprenderte descubrir que ella
no es mi tipo tampoco. Sólo dije todo eso sobre ella la otra noche para
molestarte.
—¿Eres gay?
—Nooooo.
—Bien, parecía gustarte en el club.
—Eso es porque soy un coqueto sinvergüenza —dijo, batiendo sus
largas pestañas. Tenía que admitir que eran muy envidiables—. No
puedo evitarlo. No me malinterpretes, le daría una noche, pero no estoy
seguro de repetir, si me entiendes.
—Eres asqueroso.
—Sólo soy honesto. La gente no puede manejar la honestidad en
estos días. Pero, de todos modos, estaba hablando con ella porque tengo
una actuación para la que creo que será buena.
—¿Qué clase de actuación?

10 Chesty Laroo: Chica Bond en el porno.


—Una "no es de tu incumbencia" clase de actuación.
Le lancé una mirada de muerte.
—Lo que sea que prepares, ni siquiera te atrevas a pensar en
involucrar a mi amiga. Reya ya ha tenido bastantes momentos malos de
eso.
—Oh, sí, ¿qué le pasó?
Levantando mi vaso de Martini, le devolví su propia línea.
—No es de tu incumbencia.
Trevor se rió lo bastante alto para que las mujeres sentadas al otro
lado de nosotros volvieran sus cabezas. Cuando vieron a la fuente de la
risa, se tomaron su tiempo para echarle un vistazo. Trevor les guiñó y
dijo un suave:
—Damas.
Volviéndose, me miró de arriba abajo, una sonrisa reservada se
formó en sus labios.
—Está bien, creo que lo entiendo ahora.
—¿Entender qué?
—Por qué mi hermano tiene tal erección por ti. Tienes una boca
inteligente. Es bastante sexy.
—Oh, cállate —dije, justo cuando las luces se atenuaron y una
morena subió al escenario para anunciar la actuación de Reya. Tenía
bastantes seguidores estos días, así que el bar estaba repleto de gente.
Un minuto después, mi amiga llegó al escenario, vestida
completamente de negro: vestido, mallas y zapatos negros. Su cabello
estaba peinado en ondas vintage y su maquillaje era de la era dorada de
Hollywood. Se veía impresionante sin mostrar ni un centímetro de piel y
noté que la atención de Trevor estaba pegada a ella.
Él bebió un sorbo de su pinta cuando las manos de Reya
encontraron las teclas de su piano y tocó los acordes de apertura de su
canción. Con la boca cerca del micrófono, inhaló y exhaló, creando un
efecto de sonido como si estuviera jadeando por aire. Su estilo era tan
auténticamente único y la misma razón por la que me había sentido
atraída por ella la primera vez que vi su actuación.
Cuando cantaba, su voz era clara, su acento deslizándose y
haciendo que las letras sonaran más honestas. Tenía la atención de
cada persona en la sala y noté que Trevor estaba inusualmente
silencioso. Pensé oírlo murmurar algo, pero no capté lo que dijo.
Demasiado pronto, su actuación terminó y la multitud rugió
aplaudiendo. Ella hizo una pequeña reverencia y salió del escenario,
desapareciendo detrás de una cortina roja de terciopelo. Me bebí lo que
quedaba de mi tercer Martini, ¿o era el cuarto? Bueno, lo terminé y
codeé a Trevor.
—Voy detrás del escenario para ver a Reya. ¿Vienes?
Él asintió y me siguió. Un minuto o dos después, la encontramos
metiendo sus cosas en una pequeña mochila de lona. A veces traía su
teclado a los conciertos, pero como el lugar tenía su propio piano, en su
lugar había tocado ahí. Significaba que no tenía un montón de equipo
para llevar a casa. Levantándose, se puso la bolsa en su hombro antes
de vernos. Me apresuré hacia adelante, tirando de ella para un abrazo y
diciéndole cuán genial había estado la actuación. Ella levantó su mano
hacia mí, mostrando un vendaje en su dedo medio.
—Casi tuve que cancelar. Me corté tratando de conseguir abrir la
ventana de mierda en mi habitación. Me está matando ahora, pero al
menos pude tocar.
—Bueno, nunca lo hubiera notado.
—Un poco de WD4011 debería servir —dijo Trevor como por
casualidad, y los ojos de Reya vagaron hacia él.
Parecía perpleja respecto a por qué estaba él allí, pero no lo
cuestionó.
—¿Perdón?
—Para la ventana —explicó Trevor—. Si sigue enganchándose.
—Oh, lo tendré en cuenta —dijo.
Un silencio incómodo transcurrió y Trevor se quedó con sus manos
juntas detrás de su espalda, observándola.
—¿Por qué no abres los ojos cuando cantas? —soltó, como con algo
de decepción en su voz.
—Yo... —comenzó Reya—. No lo sé —mintió antes de volverse hacia
mí y cambiar de tema—. ¿Viste cuántas personas estaban aquí esta
noche? Qué tontería. Es un alivio que ahora seré capaz de pagar el
alquiler de este mes.
—Lo sé —exclamé—. Estoy tan orgullosa de ti.
Reya sonrió antes que un tipo se nos acercara para reclamar su
atención.
—Hablando de eso. Ese es el gerente del club. Será mejor que vaya
a cobrar mi sueldo.
Le hice un gesto para que fuera y un minuto después ella volvió,
frunciendo el ceño mientras colocaba un sobre en su bolso.
—Oye, ¿qué pasa? —pregunté preocupada.
Ella se encogió de hombros, sin mirar mis ojos, y supe que estaba
molesta por algo.
—El bastardo me embaucó. Cuando reservé este concierto, me
dijeron que me quedaría el cuarenta por ciento de las ventas de las
entradas y ahora está diciendo que acordamos un veinte. Ya que no

11WD-40: Es una marca comercial de aceite multiusos desarrollado en 1953 por el


químico industrial estadounidense Norm Larsen.
firmé ningún contrato oficial, no hay nada que pueda hacer. Dios, soy
tan idiota a veces.
—¿Hablas en serio? —dije enojada—. No puede hacer eso. Voy a
tener una palabra con él.
Reya tomó mi mano.
—No, no lo hagas. Si hago un escándalo, no me dejarán tocar aquí
de nuevo, y necesito el dinero. —Compartimos un momento de contacto
visual, y un segundo pasó antes que nos diéramos cuenta de que Trevor
ya no estaba parado junto a nosotras. Al mirar alrededor de la sala,
descubrí que se había acercado al director del club y parecía estar
teniendo una seria conversación con él.
—¡Oh, Dios mío, ¿qué está haciendo?! —siseó Reya, su agarre en
mi mano se apretó.
—No lo sé —dije, sacando mi mano de su agarre antes que dejara
una marca permanente.
El director del club gesticulaba violentamente con sus manos
mientras Trevor hablaba con él, con actitud confiada. El gerente frunció
el ceño y frotó su barbilla. Trevor dijo algo más y entonces el gerente
pareció hacerle señas para que se tranquilizara. Un momento después
sacó algo de dinero de su bolsillo, contó los billetes y las metió en la
mano de Trevor. El hermano de Lee se volvió y caminó de vuelta hacia
nosotras, dándole el dinero a Reya.
—Aquí tienes —dijo él.
—¿Qué es esto? —preguntó ella.
—El veinte por ciento que te debía.
—¿Cómo has...? —comenzó, pero Trevor la interrumpió.
—Nadie arrincona a mi pequeña —dijo, como si eso explicara todo.
Reya lo miró, nerviosa, claramente no tenía idea acerca de qué
decir.
—Eso ni siquiera tiene sentido —le dije.
—Por supuesto que lo tiene. Ahora, vamos, creo que ustedes dos
mis hermosas damiselas me deben un trago.
Sí, sin duda el excéntrico, pensé para mí mientras lo dejábamos
llevarnos de vuelta al bar.

Me desperté a la mañana siguiente con la madre y el padre de una


resaca. Me había quedado más tiempo de lo que planeaba, dejando que
Trevor me convenciera de ir de club nocturno en club nocturno. Los tres
bebimos y bailamos y luego bebimos un poco más. Literalmente perdí la
cuenta de cuánto alcohol había consumido y eso nunca sucedía. Cada
vez que Trevor miraba su teléfono, sentía un pequeño cosquilleo en la
columna vertebral, sabiendo que estaba escribiéndole a Lee.
Era desconcertante que sólo estar cerca de alguien que tuviera
contacto con él me excitara. Aunque ¿honestamente? Había muy poco
sobre mi relación con Lee que no fuera desconcertante. O bien, mi no-
relación, como parecía ser el caso ahora.
Alexis me dirigió una sonrisa engreída mientras caminaba
penosamente hacia el baño. Estaba sentada junto a la encimera de la
cocina, comiéndose un plato de cereales y luciendo satisfecha consigo
misma, ahora que no era la única que quería vomitar sus tripas a
primera hora de la mañana. Aunque por lo menos ella tenía una razón
válida.
En lugar de tomar una ducha, me di un baño, vertiendo burbujas
extra antes de hundirme en el agua relajante. El aroma a miel y
almendras me hizo sentir un poco menos como una muerta
recalentada. Cuando finalmente salí y me vestí, decidí que lo primero
por hacer era ir de compras por comida para la resaca. Era después de
la una cuando salí del apartamento para ir caminando a la tienda más
cercana.
A diferencia de la noche anterior, esta vez vi a Trevor antes que él
me viera a mí. Estaba colgando de la misma barra de metal con la
mitad de su cuerpo suspendido en el aire.
—¿Cómo está la cabeza, agente? —me llamó cuando finalmente me
vio.
—Punzante. ¿Por qué estás aquí?
—Estoy de guardia otra vez. No hay descanso para los malvados.
—Bueno, sólo voy a la tienda. Luego planeo pasar el resto del día
en cama, así que puedes irte a casa —dije, continuando mi camino
mientras Trevor se dejaba caer al suelo, metiendo sus manos en sus
bolsillos y caminando junto a mí.
—Lee quería que te invitara a la nuestra. Cuando le conté sobre
nuestras escapadas anoche, dijo que debías tener una resaca de miedo
y que necesitarías una buena alimentación. Está cocinando un asado.
—No voy a ir a su casa —dije, mi declaración final.
—¿Por qué no? Es comida gratis, además podrás desmayarte por
mi hermano y ser toda, Oh, Lee, llévame arriba y espósame a tu
cabecera. Quiero que me tomes prisionera esta vez —bromeó Trevor,
haciendo su voz más aguda.
Lo golpeé en el brazo y le dije que se callara.
—No sueno así —resoplé y él se rió entre dientes.
—Sé que no, tienes un dejo ronco. Muy sexy. Pero en serio, tienes
que venir. Lee dijo que quiere ponerte al día sobre todo lo que ha estado
sucediendo. Quiero decir, que si no él probablemente terminará
llorando lágrimas de tristeza en la olla de salsa si no apareces.
Le di una mirada con ojos estrechos.
—Eres realmente raro, ¿sabes eso?
—Oh, date por vencida, ambos sabemos que estás encantada.
—Estoy lejos de estar encantada.
—Entonces, por qué ya nos hemos pasado de la tienda, ¿eh? Has
decidido venir y todavía ni siquiera te diste cuenta.
—¿Por qué Lee no puede llamarme al teléfono y ponerme al día?
—Tal vez porque esa es la opción no sexy. O tal vez porque las
líneas telefónicas están siendo intervenidas. —Abrió sus ojos en
simulado terror.
Fruncí el ceño, sabiendo que nunca iba a ganarle.
—Pero, ¿no será un poco incómodo? Liam tiene que odiarme y Stu
nunca ha sido exactamente mi mayor admirador.
—Lee ya ha hablado con ellos. Estarán en su mejor
comportamiento.
Lo miré un minuto, sin saber si estaba diciendo la verdad. Por
desgracia, no podía negar que realmente quería descubrir lo que estaba
sucediendo. Tal vez mi cerebro con resaca no funcionaba
correctamente, porque después de un minuto finalmente cedí y le dije a
Trevor que iría con él.
Cuando llegamos a la calle de Lee, miré de arriba a abajo,
comprobando para ver si había vehículos de aspecto sospechoso
alrededor. Resultó que sólo había unos cuantos autos y todos estaban
vacíos. Además, siendo un tipo tan astuto, pensé que si Lee estaba
siendo vigilado, él lo sabría.
Cristo, ¿qué demonios estaba haciendo? Realmente no debería
haber estado allí. La anciana a la que había notado mirando por su
ventana antes, estaba parada junto a la puerta de su casa, a dos casas
de distancia, con una escoba en su mano mientras barría el polvo de su
pasillo hacia la calle.
—Hola, Trevor —dijo ella con una cálida sonrisa, al mismo tiempo
que me miraba con recelo. ¿Me reconocía sin mi uniforme?
—Tardes, señora Spencer —respondió Trevor—. Se ve muy
atractiva este agradable domingo.
La mujer soltó una carcajada y sacudió su cabeza, despidiéndolo.
Dios, realmente era un coqueteo sin vergüenza. Juro que, si hubiera un
gato delante de él, encontraría alguna forma de charlar con él.
Entrando en la casa, Trevor me llevó hacia la sala de estar, donde
Sophie estaba sentada en el suelo, jugando con su hijo y otra niña
pequeña. Me tomó un momento reconocerla como la niña del vecino de
al lado, la que había visto la primera vez que vine aquí.
—¿No es esa la niña de al lado? —pregunté con curiosidad.
Recordé cómo había corrido hacia Lee, como si él fuera un lugar
seguro, lejos de la idiota de su madre, y cómo eso me había
emocionado.
La expresión de Trevor se volvió seria cuando asintió, mientras
Sophie explicaba:
—Ésta es Billie. Estoy cuidando de ella porque su madre se ha ido.
Estuvo sola en la casa durante dos días antes que la encontrara.
Algunas personas no merecen tener hijos. —Sonaba enojada, y no podía
culparla.
Recordé que Lee me contó que la madre de Sophie la había
abandonado de una manera similar cuando era pequeña. Mirando de
nuevo a la niña, vi que llevaba ropa limpia y su cabello estaba peinado
en una trenza francesa. Parecía que estaba siendo bien cuidada, pero,
aun así, quería sugerir llamar a servicios sociales.
—Sophie está decidida a criarla —me dijo Trevor en voz baja—.
Aunque Lee no está seguro de que servicios sociales le dé luz verde.
Asentí, volviendo a mirar a la prima de Lee y entendiéndolo por
completo. Aunque era joven, había algunas mujeres que simplemente
habían nacido para ser madres, y ver cómo Sophie interactuaba con
Billie y su hijo era prueba de eso.
—Entonces, ¿estás con Lee ahora? No puedo decir que viera venir
eso —dijo Sophie, sacándome de mis pensamientos.
Su expresión no decía nada y realmente no podía decir cómo se
sentía acerca de mí.
—Oh, no, no estamos ... —comencé, pero ella me desestimó con un
gesto.
—No te molestes. Lo entiendo. Sólo espero que ambos sepan lo que
están haciendo —dijo, su rostro serio.
Y ese era el problema, ¿no? No estaba segura que alguno de los dos
tuviera la menor idea de qué estábamos haciendo, o a dónde nos
llevaría. Desde que conocí a Lee por primera vez, una sensación de
temeridad se había formado en mi estómago, y se había vuelto más
grande, cada vez que lo veía. Una parte de mí ya no quería vivir
siguiendo todas las reglas y procedimientos; Quería que se disolvieran
en el viento.
Trevor se volvió para entrar en la cocina y lo seguí. Stu estaba
sentado a la mesa, escribiendo en un ordenador portátil, mientras Lee
estaba junto a los fogones, comprobando la comida.
—¿Qué mierda está haciendo aquí ella? —preguntó alguien con
enojo, y mi atención recorrió la habitación hacia Liam, quien estaba
apoyado contra la pared con sus brazos cruzados.
Le di a Trevor una mirada molesta. Claramente había estado
mintiendo cuando dijo que Lee les había dicho a sus hermanos que iba
a venir.
—Sí, secundo eso —intervino Stu, sus ojos se estrecharon a
rendijas.
Los dos me miraron con abierta hostilidad, haciendo que mi
estómago se retorciera con incomodidad. La idea que no debería haber
estado allí resonó en mi cabeza una vez más. Lee secó sus manos en un
paño de cocina y miró a cada uno de sus hermanos con una mirada
aguda.
—Los dos se callan. Está aquí porque yo lo digo.
Tanto Liam como Stu se erizaron ante la autoridad en su voz, pero
no discutieron. Apenas tuve la oportunidad de parpadear cuando Lee se
acercó a mí con paso decidido.
—Karla. —Respiró, y la forma en que dijo mi nombre me hizo
estremecer.
Deslizó sus dedos entre los míos y me sacó de vuelta al pasillo para
tener privacidad.
—Tienen razón, debería irme —dije antes que él pudiera decir algo.
Sus manos fueron a mi rostro, sus palmas acunaron mis mejillas
mientras sus ojos parpadeaban sobre mis rasgos.
—Pareces cansada —murmuró, con voz baja y tierna.
El tono serio tuvo un efecto extrañamente excitante en mí, y de
repente me sentía demasiado excitada. También estuve demasiado
consciente de cuánto lo había extrañado. A todo él. Tratando de reunir
algo de reserva, tomé sus manos y las bajé de mi rostro antes de
retroceder un poco. Aclarando mi garganta, dije:
—Trevor dijo que tenías novedades para mí.
Lee frunció el ceño y acortó la distancia que yo había puesto entre
ambos.
—Todavía solo trabajo, ¿eh?
—No veo cómo debería ser de alguna otra manera.
Nos miramos el uno al otro en silencio, tanto deseo entre nosotros
que casi podría probarlo en mi lengua. Incapaz de resistir, mi mirada
bajó a sus labios. Extrañaba cómo se sentían sobre mí, extrañaba cómo
sus ojos podían devorarme de adentro hacia afuera. Corregí mi
expresión, sabía que Lee simplemente podría ver lo mucho que me
costaba estar tan cerca de él. Respiró hondo y se alejó.
—Está bien. Hagamos esto a tu manera, entonces. La novedad es
que todo ha sido resuelto. Ya nadie te está buscando. Mayormente era
una precaución, porque ni siquiera sabían tu nombre.
El aire salió de mí todo al mismo tiempo.
—Esas son buenas noticias.
Lee me miró especulativamente.
—Sí, lo son. Así que, ¿te vas a quedar a cenar, o te vas a escapar
ahora que has conseguido lo que querías?
—Podrías simplemente haberme llamado, ¿sabes?
—Lo sé —dijo Lee, mirándome de arriba a abajo antes de
susurrar—, pero entonces no te habría visto.
Aspiró profundamente, acercándose más, y me estremecí
ligeramente.
—Hueles increíble. ¿Qué es eso?
—Eh, miel y almendra —contesté, parpadeando. Su proximidad me
ocasionaba flotar un poco.
—Quédate, Karla, come. Quiero pasar un rato contigo. Y te
prometo que no te tocaré a menos que me lo pidas —me dijo con voz
enronquecida.
Debería haber metido la cola y huido justo entonces, pero no lo
hice. No, yo misma era mi peor enemigo, porque no tenía la fuerza de
voluntad para decirle que no. Finalmente, asentí tímidamente y fue
recompensada con la más hermosa de las sonrisas.
Tomó mi mano de nuevo y me llevó de vuelta a la cocina.
No podía recordar cuánto tiempo había pasado desde la última vez
que me senté en una mesa y comí una buena cena familiar. Claro, he
visitado a mamá y papá de vez en cuando, pero eso era diferente. No
había calidez entre nosotros. Los hermanos Cross hicieron la cena del
domingo de la manera como se suponía que debía hacerse. La gente
hacía circular los platos de comida, hablaban, se reían, pero lo más
importante era que todos disfrutaban mutuamente de la compañía.
Bueno, aparte del hecho de que Stu y Liam se negaron a reconocer
mi presencia.
Sin embargo, no era una obligación como lo era cuando iba a
visitar a mis padres. Y realmente, me hizo sentir incómoda el pensar
cuán funcional era esta familia de ladrones comparada con la casa
estricta y respetuosa de la ley en la que había crecido.
Sentada entre Lee y Trevor, traté de concentrarme en mi comida
más que en el hecho de que el muslo de Lee estaba presionado contra el
mío, el peso enviando mariposas a revolotear en mi estómago con un
salvaje abandono. Tan pronto como se había sentado a mi lado, colocó
sus piernas para que nos tocáramos. Ya estaba rompiendo la promesa
que había hecho en el pasillo, pero no me importaba. De hecho, saboreé
el contacto.
Por alguna razón, no podía apartar los ojos de Sophie, donde se
sentó al final de la mesa, ayudando a su hijo con su cena. Más que
nunca sentí algo como... vacío, sabiendo que nunca llegaría a
experimentar ese vínculo materno o cuidar de un niño que me
perteneciera.
—¿Estás bien, Snap? —preguntó Lee, con sus ojos vagando de
Sophie y luego de vuelta a mí. Obviamente me había atrapado mirando.
Amontoné unas patatas encima de mi tenedor y asentí, antes de
meterlas en la boca para no tener que hablar. A diferencia de Trevor,
que parecía haber decidido que ahora éramos amigos, Liam y Stu
continuaron ignorándome.
Cuando todo el mundo terminó de comer, Lee se acercó y tomó un
plato cubierto de papel de aluminio del horno.
—Liam, ve a llevar esto a la señora Spencer, ¿quieres? —dijo.
Liam asintió y se levantó, quitándole el plato y saliendo. ¿Había
guardado cena para la anciana? Mi corazón realmente no sabía cómo
lidiar con esa información, porque lo hacía mucho más atractivo de lo
que debería ser.
Traté de ayudar a Lee a lavar los platos, pero él me dijo que me
sentara y relajara. A continuación, se sirvió el postre, que consistía en
un delicioso bizcocho borracho con frutas y crema de jalea.
Yo estaba a reventar para el momento que terminé y Sophie me
invitó a la sala de estar para sentarme con Jonathan y Billie mientras
los chicos limpiaban. De pie junto a la puerta, me sentí insegura de mí
misma, pero luego miré hacia abajo y encontré a Billie mirándome, con
una muñeca en la mano.
—¿Quieres jugar con Sally? —preguntó, presentándome la
muñeca.
—Oh, claro —contesté, tomándola mientras ella me llevaba a la
habitación.
Me senté al lado de Sophie mientras Billie le informaba a Jonathan
que iban a jugar a la fiesta del té. Casi me eché a reír cuando Jonathan
arrugó su rostro con disgusto.
—Trevor dijo que querías acogerla —dije en voz baja.
Sophie soltó un largo suspiro.
—Supongo que me vas a decir que es una mala idea, que soy
demasiado joven.
—De ningún modo. Creo que es una cosa muy honorable lo que
quieres hacer. De hecho, si quieres puedo enviarte cierta información.
Te ayudaría a averiguar por dónde empezar.
Ella me miró sorprendida.
—¿De verdad?
—Por supuesto.
Sus labios temblaron ligeramente mientras me lanzaba una mirada
de agradecimiento y miraba a Billie.
—Ella me recuerda tanto a mí misma cuando era pequeña, ¿sabes?
Odio la idea de que ella pase por lo que pasé. Si puedo darle un hogar
seguro tal como Lee me lo dio, haré todo lo que pueda para que suceda.
Lee le dio un lugar seguro y Dios, él era solo un niño. El
pensamiento hizo que mi corazón se apretara nuevamente. El silencio
se posó entre nosotras antes de que Sophie se volviera hacia mí.
—Es una buena persona, en el fondo. Todos lo somos.
Sin saber qué decir, tomé su mano y le di un apretón antes de
responder finalmente:
—Sé que lo eres.
Después de un rato, me excusé para ir a usar el baño. Una vez allí,
me salpiqué un poco de agua en la cara para refrescarme, todavía me
sentía un poco mal por la resaca de la noche anterior. Cuando volví,
encontré que Lee había regresado de la cocina. Tenía a Billie en su
regazo mientras desenredaba la trenza francesa de su cabello. Me quedé
sin palabras al verlo tan afectuoso y cuidadoso con una niña que ni
siquiera estaba emparentada con él y una sensación de calidez se
extendió por mi pecho.
—Listo, terminé —dijo antes de que Billie se volviera y le diera un
abrazo.
—Gracias, Lee. Sophie siempre me trenza el cabello demasiado
apretado —le dijo, frotándose la cabeza.
—¡Oye! ¡Escuché eso! —exclamó Sophie fingiendo molestia.
Lee rió entre dientes, sus ojos encontraron los míos y vi cómo
estaba dudando.
—Vamos, Snap.
Pasando al interior, fui a sentarme en el sofá, pero Lee agarró mi
muñeca y me hizo girar, tirando de mí para que me sentara a su lado en
el sofá biplaza. El calor de su cuerpo presionó a lo largo de mi costado y
sentí un repentino nerviosismo. Se duplicó cuando Sophie sonrió a Lee
y anunció que iba a llevar a Billie y a Jonathan a dar un paseo.
Lee recogió el control remoto, cambiando de canales.
—¿Quieres ver una película? —preguntó, con la atención fija en la
pantalla.
Observando su perfil, pasé por el suave movimiento de su nariz, la
curva angular de sus labios.
—Está bien —contesté, mi voz inesperadamente suave.
Atrajo la atención de Lee y su mirada se dirigió a la mía,
atrapándome mientras lo observaba. Miré hacia otro lado rápidamente,
luchando contra el rubor.
Aun sin mirar, supe que estaba sonriendo.
—Anoche estabas sexy con tu vestido azul.
—Gracias.
—Lástima que no llegué a verlo.
—Has visto una foto.
Soltó un lento suspiro.
—No es lo mismo.
Mi atención volvió a la pantalla cuando Lee seleccionó una película
para ver. Me acomodé en el asiento y él pasó su brazo por la espalda.
Entonces podía sentir su calor en mi cuello, y había algo relajante en
ello. Olía a una colonia fresca de cítricos y suavizante de ropa. Quería
apoyar la cabeza en su hombro, pero no era lo suficientemente valiente.
La casa parecía tranquila y me preguntaba si sus hermanos habrían
salido a alguna parte.
A medida que avanzaba la película, encontré que mis ojos se
cerraban. En algún momento, Lee bajó el brazo y ahora estaba
acurrucado junto a mí, sosteniéndome cerca. Me sentí abrigada y
segura, tanto que me quedé dormida. Sólo me desperté cuando sentí la
nariz de Lee hurgando en mi sien. Los créditos finales estaban pasando
por la pantalla.
—Debo irme —dije antes de bostezar.
Lee no respondió, en su lugar su boca bajó lentamente hacia mi
cuello, donde presionó sus labios contra mi piel.
Un suspiro tranquilo se me escapó y su brazo tiró de mi cuerpo.
Sus labios continuaron viajando de mi cuello hasta mi mandíbula y
finalmente al borde de mi boca. Cuando me besó, temblé. Al principio
fue lento, sólo una suave presión de su boca antes de que su lengua se
escabullera para probarme. Había algo en la lentitud de sus
movimientos que se sentía como una droga. Sus manos rodearon mi
cintura, luego me levantó para que quedara a horcajadas sobre él. El
beso se intensificó a medida que nuestros cuerpos se movían, buscando
fricción. Nos quedamos así un rato y cuando buscamos aire, ambos
estábamos sin aliento.
—Quédate conmigo esta noche —murmuró Lee, su voz un
murmullo sexy.
Me incliné hacia atrás para besarlo de nuevo, me encontré
arañando su erección y sus ojos cerrados, parpadearon. Su lengua se
sumergió en mi boca mientras sus manos vagaban por mi trasero.
—Joder —renegó—. Déjame llevarte arriba, de lo contrario, voy a
pasar vergüenza.
Sentí que el rubor volvía a aparecer cuando entendí lo que dijo y le
permití levantarme del asiento. Lee entrelazó sus dedos con los míos y
me condujo por dos tramos de escaleras hacia el ático. Su habitación
debía de ser la más grande de la casa. Tenía una cama tamaño grande,
un televisor de pantalla plana en la pared, un armario grande y un
baño adjunto. Solté su mano y di vueltas, mirándolo todo. Había dos
ventanas, pero en vez de dar hacia fuera, daban hacia arriba. La forma
en que se podía ver las estrellas era romántica.
Lee se me acercó por detrás, deslizando sus brazos alrededor de mi
cintura, tirando de mi trasero para que quedara a ras con su polla. Su
boca volvió a mi cuello y juro que todo mi cuerpo se convirtió en líquido.
—Puedes ver las estrellas desde aquí —susurré.
—Te haré ver estrellas, Karla —prometió antes de llevarme a su
cama.
Fue inesperadamente tierno cuando me acostó. No concordaba con
la mirada depredadora que me dio cuando subió al colchón, sus manos
fueron hasta la cintura de mis vaqueros y desabrocharon la bragueta.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, sin aliento.
Cuando miró hacia arriba sus ojos estaban oscuros y me
estremecí, reconociendo su intención. Segundos más tarde mis
vaqueros habían desaparecido y me quedé en camiseta y coulote.
—Mmm, estos son sexy —dijo Lee, tarareando—. Pero tienen que
desaparecer.
Los sacó con manos experimentadas. Los nervios se enroscaron en
la boca de mi estómago cuando me expuse a él, consciente de que ni
siquiera había apagado las luces. Esto era muy diferente de estar con él
en la oscuridad de la discoteca. Aquí, en su dormitorio, iba a poder
verlo todo. Me tapé y él pareció sentirlo.
—No hagas eso —susurró—. Eres hermosa.
Sus ojos vagaron entre mis piernas, separando suavemente mis
muslos para poder ver todo de mí. Dejando escapar un improperio por
lo bajo, se levantó lo suficiente para deshacerse de su ropa. Me quedé
boquiabierta ante su cuerpo, los músculos tensos y la piel lisa. Su pene
estaba inconfundiblemente duro, y cuando él lo agarró, bombeando
hacia arriba y hacia abajo, un fuego se encendió dentro de mí.
Estaba tan húmeda para él que me dolía.
—Ves lo que me haces —preguntó con voz ronca.
Mordiéndome el labio, asentí.
—Suéltate el cabello, nena.
Extendí la mano, me quité el clip y dejé caer el cabello alrededor de
mis hombros. Los ojos de Lee brillaron, comiendo cada centímetro de
mí. Un segundo después, volvió a subir a la cama, colocando su rostro
entre mis muslos.
Un silencioso jadeo se me escapó cuando su cabeza se inclinó
hacia adelante y su lengua se sacudió experimentalmente sobre mi
clítoris. Gemí y un gruñido bajo emanó de lo profundo de su pecho. Me
retorcí un poco, pero sus manos fueron a mis muslos, sujetándome
hacia abajo. Su barba incipiente rascó deliciosamente a lo largo de mi
piel cuando presionó su boca completamente sobre mí.
—Lee —grité, con mis manos en un puño en sus mantas mientras
mi cuerpo se inclinaba hacia adelante.
—Mírame —dijo, con voz baja y autoritaria.
Su lengua salió y lamió una línea hasta el clítoris. Un dedo entró
en mí, y sentí un espasmo a su alrededor. Lo movió lentamente hacia
adentro y hacia afuera, el placer intenso rompió a través de mí. Cuando
su lengua comenzó a rodear mi clítoris con determinación, mis ojos se
cerraron, incapaces de manejar la intensidad.
Una de las manos de Lee fue hasta el borde de mi camiseta.
—Sácate esto —gruñó entre lametones.
Cuando la pasé por encima de mi cabeza y la arrojé al suelo, sus
ojos se movieron sobre mis pechos como si trazara cada centímetro de
ellos. Consciente de que había gente abajo, traté de no hacer demasiado
ruido, pero fue difícil. Lee sabía claramente lo que estaba haciendo y se
tomó su tiempo, demorándolo, tratando de hacerme rogar. No tardé
mucho en darle lo que él quería.
—Por favor —ronroneé.
Sus manos rodearon mi cintura, hundiendo sus dedos
despreocupadamente en la carne de mis caderas. Él gimió cuando
nuestros ojos se encontraron y vi su lengua mientras se movía sobre mí.
La vista era irritantemente erótica, y en cuestión de segundos me corrí
con atronadores temblores en su boca. Continuó lamiéndome, sacando
cada onza de mi placer. Todavía estaba disfrutando en una neblina
post-orgásmica cuando su calor me dejó y fui vagamente consciente que
estaba abriendo un cajón.
Un momento después volvió, desenrollando un condón en su
impresionante longitud mientras se estaba arrodillando al pie de la
cama. Su cabeza estaba inclinada a un lado mientras murmuraba:
—Jodidamente hermosa.
—Te necesito —susurré, sin aliento.
Ahora que había bajado del festín que acababa de darme, estaba
desesperada por tenerlo dentro. Sus ojos rastrearon mi cuerpo,
deteniéndome momentáneamente en la cicatriz en mi estómago. Era
vieja, apenas visible, en realidad, pero en ese momento estaba
hipersensible por la imperfección. Lee no me preguntó dónde me lo
había hecho y, en cambio, continuó sumergiéndose en la vista de mi
cuerpo desnudo como si fuera su obra de arte favorita.
Apoyando sus manos sobre mis hombros, inclinó su cabeza hacia
abajo para lamer mis pezones. Gemí cuando chupó uno y luego el otro,
haciendo girar su lengua alrededor de la carne necesitada.
—Todos están suaves y listos para mí —dijo, su voz la cosa más
sexy que jamás había oído—. No puedo esperar por sentirte, Karla.
Mi respiración comenzó a acelerarse de nuevo cuando levantó mis
muslos alrededor de sus caderas. Me sostuvo, me miró con ferocidad, y
una emoción aguda cortó mi pecho. Un segundo después se metió en mí
con fuerza, haciendo que la electricidad crujiera por todo mi cuerpo.
Nuestros ojos permanecieron conectados, y sentí como si pudiera ver
directamente al núcleo de él en ese momento. No había pared, ni
máscara ni pretensión. Todo lo que vi era a él y era hermoso.
Se movió en mí lentamente, y cerré los ojos para poder saborear la
fricción perezosa contra mis terminaciones nerviosas.
—Abre los ojos —susurró, presionando un suave beso en mis
labios.
Hice lo que me dijo, golpeada sin palabras por las emociones que
se mostraban a través de las claras profundidades azules de sus iris.
En ese momento, supe que esta cosa entre nosotros era real para él,
que las cosas que sentía por mí eran mucho más fuertes que la simple
lujuria. Fue chocante, pero al mismo tiempo me dio claridad sobre mis
propios sentimientos y que sentía también más que una atracción fugaz
por él.
Nunca aceleró sus movimientos, sino que continuó balanceándose
hacia adelante y hacia atrás en un ritmo uniforme. Me estaba
enseñando, sintiéndome, haciendo el amor conmigo. El sonido de
nuestra respiración y el silencioso golpeteo de nuestros cuerpos
mientras se conectaban llenaban la habitación. Gemí cuando él se
agachó y presionó con un dedo el paquete de nervios entre mis piernas.
Su frente brillaba con una fina capa de sudor, los músculos de su
abdomen tensándose con cada empuje de las caderas. Me encantó la
definición en sus brazos mientras sostenía su cuerpo sobre el mío.
Sus movimientos se hicieron un poco más frenéticos cuando se
inclinó y presionó su frente a la mía.
—Córrete sobre mi polla —exclamó, con voz tensa.
Apreté fuertemente mis muslos alrededor de él, sintiendo que los
sentidos se acumulaban en mi núcleo. Él gruñó cuando empezó a
follarme en impulsos duros, medidos, y el placer rompió a través de mi
cuerpo. Frotando más rápido en mi clítoris, capturó mis labios con los
suyos y hundió su lengua contra la mía. Me sentía completamente
poseída, como si estuviera en todas partes al mismo tiempo; su sabor
en mi boca, sus ruidos en mis oídos, su polla haciendo cosas
maravillosas a mis entrañas. Todo en mí se estremeció, la arremetida
que hizo que Lee alcanzara su pináculo, y yo me vine por segunda vez
esa noche.
Sólo que ahora era mucho más, porque yo lo sentía correrse,
también, llenándome mientras su respiración se agitó y sus
movimientos comenzaron a disminuir.
—Jesús —dijo, descansando su frente sobre la mía de nuevo.
Nuestros corazones parecían palpitar al unísono, nuestras
respiraciones a juego mientras él me sostenía contra él tan apretado
que pensé que nunca me iba a soltar.
—Me haces sentir tan jodidamente vivo —dijo Lee con fervor, sus
palabras amortiguadas por mi piel—. Hecha para mí.
Envolví mis brazos alrededor de su cuello y lo abracé cerca, un
extraño temor se aferraba a mi corazón. Un silencio cayó entre nosotros
hasta que Lee nos dio la vuelta, envolviendo sus brazos alrededor de mí
y abrazándome por detrás.
—Estás muy callada —me susurró al oído, y hubo un toque de
incertidumbre en sus palabras, como si estuviera preocupado de que
fuera a salir huyendo de él.
Levanté su mano y entrelacé nuestros dedos.
—Estoy asustada, Lee. Lo que siento por ti, es intenso. Me asusta.
Su brazo se apretó alrededor de mí, acercando mi cuerpo más
cerca del suyo.
—Siento lo mismo, también, la intensidad. No deberías asustarte.
Por alguna razón, mis ojos se llenaron de lágrimas y no pude
entender por qué estaba siendo tan emocional. Tal vez era la forma en
que hablaba. Aquí, a solas conmigo en su cama, su voz era diferente. No
había valentía arrogante ni burlas. Él era simplemente abierto, real, y
me dificultaba mantener el control sobre mis sentimientos.
Una sola lágrima rodó por mi mejilla y me alegré de estar frente a
frente con él en ese momento. Probablemente pensaría que yo era un
caso perdido por completo, llorando después del sexo. Era sólo que el
estar con él hacía del resto de mi vida una mentira y, sin embargo, la
idea de estar sin él hacía que todo pareciese vacío y gris. Así que estaba
atrapada en la mentira. De hecho, me había metido en ella con ambos
ojos abiertos voluntariamente.
Presioné mi mejilla en la almohada para secar las lágrimas y giré
en sus brazos. Necesitaba consuelo, enterré mi rostro en su cuello y
sentí que una respiración salía con mucha fuerza de él.
—¿Karla? —preguntó Lee, con un tono de interrogación.
Hablé contra su piel.
—Realmente, realmente me gustas mucho. Me gustan las cosas
que me haces y no quiero perderlas.
Sintiendo moverse su mandíbula, pensé que podría estar
sonriendo.
—Si es un consuelo, también me gustan las cosas que te hago. En
realidad, las adoro. Y no me perderás, siempre y cuando elijas estar
conmigo.
Levanté la cabeza hacia sus ojos.
—Pero es imposible. Nunca podremos tener una relación normal.
Aparte de Alexis y Reya, no hay una sola persona en mi vida a quien
pueda hablarle sobre ti, nadie que no me condene por ello.
—Es sencillo, entonces, no se lo digas a nadie.
—Entonces, ¿qué hacemos, escondernos por ahí?
—Si eso es lo que se necesita.
Mis labios se volvieron hacia abajo.
—¿Cómo va a funcionar eso?
—Lo descubriremos. Soy muy inventivo —contestó, moviendo sus
cejas.
Me reí suavemente, y él besó mis labios rápidamente.
—Esta noche, no nos preocupemos por eso. Mañana será un nuevo
día.
Lee me tiró de nuevo sobre las almohadas y cerré los ojos,
acurrucándome en su pecho esta vez. Su mano acarició suavemente
hacia arriba y abajo mi espina dorsal y antes de que yo lo supiera,
estaba inconsciente.
Me desperté en algún momento a mitad de la noche, escuchando
voces. La habitación estaba oscura, pero una delgada franja de luz se
filtraba desde afuera. Parpadeando con los ojos abiertos, vi a Lee de pie,
con la puerta ligeramente entreabierta, usando sólo sus bóxers. Stu
estaba afuera y no parecía feliz. Inmediatamente cerré los ojos fingiendo
dormir.
—Lo siento, hermano, pero estás fuera de control. Todo ese coño de
policía está nublando tu visión.
—Oye, mírame. Intenta fisgar en mi habitación de nuevo, y te juro
que te derribaré de un golpe —le advirtió Lee.
Mierda. De repente me di cuenta de que mis piernas y una buena
parte de mi pecho izquierdo estaban descubiertas. Debí de haberme
quitado las mantas cuando dormía. Mi piel empezó a temblar con la
necesidad de encubrirme, pero si me movía, sabrían que estaba
escuchando.
—¿Cómo sabes que no nos está delatando con sus jefes? —
preguntó Stu con voz ronca.
—Porque ella no sabe nada. Además, aparte de lo que sucedió con
Liam, no nos hemos acercado a la policía últimamente. Lo que hay
entre yo y Karla está entre nosotros. No tiene nada que ver con su
trabajo o con esta familia.
—Tiene todo que ver con ellos. Cristo, Lee, ¿cómo qué no?
Abruptamente, no quería oír más, porque si decía algo
incriminatorio en ese momento, me pondría en una mala posición.
Tendría que decidir si informar o no, y no quería informar nada. Sólo
quería olvidar mi trabajo un rato y disfrutar de estar con Lee durante el
tiempo que durara. Dejando salir lo que esperaba sonase como un
suspiro soñoliento, cambié de posición.
Ambos hermanos se quedaron en silencio antes de que Stu dijera:
—Me voy. Solo piensa en eso, Lee. Se supone que eres tú el
inteligente.
Con eso la puerta se cerró con un chasquido, y sentí que la cama
se hundió cuando Lee volvió a subir a mi lado. No me preguntó si
estaba despierta, sólo me abrazó y me dio un beso en la nuca. En poco
tiempo oí su respiración uniforme, y supe que se había quedado
dormido. Luché con la decisión de irme o no, pero su calor se sentía
demasiado bien, y a pesar de que Stu había hablado con mucho
sentido, estaba demasiado cómoda en la cama de Lee para ir a
cualquier parte.

La siguiente vez que me desperté, la cama estaba vacía de nuevo.


Sin embargo, sentí que no estaba sola. Giré a un costado, me froté los
ojos y parpadeé unas cuantas veces. Lee estaba sentado en un sillón en
la esquina de la habitación. Estaba sin camiseta, su cabello mojado y
una toalla alrededor de su cintura. Debía de haberse duchado. Su
barbilla descansaba en su puño mientras me observaba, su expresión
era absorta y me preguntaba en qué estaría pensando.
—¿Cuánto tiempo llevas sentado allí? —pregunté, sujetando el
edredón contra mi pecho mientras me sentaba.
Lee arqueó una ceja ante mi intento de cubrirme, obviamente
porque había visto todo lo que había que ver anoche.
—No hace mucho.
Nuestros ojos se trabaron y sentí que mi cuerpo se cubría de piel
de gallina. Su mirada era posesiva, cómplice, y los recuerdos de lo que
habíamos hecho la noche anterior se colaron en mi cabeza. Todavía
podía olerlo en mí y eso hizo temblar mis muslos con necesidad.
Pasaron varios momentos tranquilos.
—¿Dónde te hiciste la cicatriz, Snap? —preguntó Lee, su
curiosidad evidente en su rostro.
Mi corazón dio un agudo golpe de dolor y sorpresa. Me sorprendió
que le importara lo suficiente como para preguntar, el dolor por lo que
representaba. Abracé el edredón más fuerte contra mí.
—Cuando era niña, estuve en un accidente de auto con mis
padres. El impacto vino del costado y hubo fragmentos de cristal
incrustados en mi abdomen. Tuve algunas lesiones internas, así que
tuve que permanecer en el hospital durante un par de semanas. Dios,
fue aburrido —dije, intentando compensar mi incomodidad.
Lee aspiró con fuerza, con expresión simpática.
—Karla.
Le hice un gesto con la mano.
—Fue hace mucho tiempo.
—Bueno, siempre digo que una cicatriz es mejor que estar muerta.
—Oh, oh.
Lee frunció el ceño.
—¿Hay algo más que no me estás diciendo?
La ternura en su voz hizo que mi garganta se apretara. No había
planeado decirle nada, pero la verdad simplemente salió derramándose
de mí de todos modos mientras yo espetaba:
—Mis heridas internas eran graves. No puedo tener hijos.
En el silencio de la habitación, la frase sonaba sorprendentemente
dura. Lee no habló durante un segundo y miré mis manos. Antes de
que me diera cuenta, la cama se hundió y unos brazos tibios y
musculosos me rodearon por detrás. Lee me empujó hacia su abrazo, y
había algo en el gesto que me hacía sentir peor y mejor al mismo
tiempo.
—¿Siempre quisiste tener hijos? —preguntó en un susurro, su
boca descansando en mi sien.
—No siempre. Pero una vez que algo se te quita, tiendes a desearlo
más. Sé que puedo vivir una vida completa sin niños, pero es como si
mi corazón se sintiera horrible y encogido cuando pienso en el hecho de
que yo... no puedo.
—Podrías adoptar —sugirió Lee, bajando la mano hacia mi muslo y
acariciándome.
Dejé escapar una triste sonrisa.
—No es lo mismo.
Respiró profundamente.
—No, supongo que no.
Un largo silencio transcurrió con la barbilla de Lee descansando
sobre mi hombro y su aliento calentando el costado de mi cuello. No
podía recordar un momento en que me hubieran abrazado así, piel con
piel, sintiéndome abierta y expuesta, y también cosida y curada todo a
la vez.
La voz de Lee era baja y solemne cuando dijo:
—Somos más fuertes en los lugares en que hemos sido rotos.
Sus palabras me golpearon en el estómago, el sentimiento hizo que
mis ojos se humedecieran y me pregunté a quién estaba citando.
—¿Quién dijo eso? —susurré.
—Hemingway.
Una risa suave y sorprendida se me escapó, aunque mis ojos
todavía estaban húmedos.
—¿Leíste a Hemingway?
Sentí el movimiento de su cabeza, afirmando.
—Solía estar en ese túnel cerca de donde vivía un viejo amigo mío.
Había un montón de grafitis en las paredes. Recuerdo caminar a casa
una noche y ver ese mural en hermosos colores vibrantes con esa cita
como la pieza central. ¿Has leído alguna vez palabras que sólo tienen
sentido para ti? Tuve uno de esos momentos.
—Sí, la veracidad de ellas simplemente... emociona —dije.
Lee agarró mi barbilla entre sus dedos, girando mi cara para poder
mirarme directamente a los ojos. Nunca había visto su expresión
luciendo tan sincera.
—La parte más fuerte de ti es la quebrantada y tener hijos no es la
única manera en que puedes llegar a ser madre, Karla. La manera en
que proteges a la gente te convierte en una madre para el mundo.
Su declaración golpeó el centro de mi corazón y me aferré a él,
sintiendo un sentido renovado de significado sobre mí misma. Nunca
había pensado en eso antes. En serio, tuve que cambiar de tema,
porque de lo contrario iba seriamente a empezar a gritar. La calidez de
su mano se sentía calmante y de repente sentí curiosidad por él.
—Tú probablemente, algún día tendrás una docena de niños
corriendo alrededor. Definitivamente puedo ver eso para ti. Después de
todo, prácticamente criaste a tus propios hermanos.
Él permaneció en silencio durante más tiempo de lo que yo
esperaba, y parecía pensativo. Tal vez fue la insinuación de que su
futuro sería con alguien más, lleno con los hijos de otra persona. La
idea me dolió más de lo que debería. Su aliento calentó mis mejillas
mientras él se armaba de valor para responder:
—No, tal vez criar a mis hermanos fue suficiente para una vida. Y
recordemos, que no hice exactamente un trabajo excelente.
—Hiciste lo mejor que pudiste. Tú también eras un niño.
—Fui despiadado, pero eso solamente porque tenía que serlo.
Me acurruqué más en sus brazos y coloqué una mano en su
mejilla.
—Sabes, podría terminar lamentando decirte esto algún día, pero
si hubiera estado en tu posición, probablemente habría tomado
exactamente las mismas decisiones.
Las fosas nasales de Lee se ensancharon y su mirada se intensificó
ante mis palabras. Era verdad. Podía sentarme en mi caballo alto,
lanzando virtudes morales, pero sabía que, si hubiera nacido en la
situación de Lee, habría hecho lo que fuera necesario para sobrevivir.
Tal vez éramos más parecidos de lo que quería admitir.
Bajando su cabeza, acercó los labios y me besó, tirando de mí
sobre él. Sus manos acariciaron mis muslos mientras me miraba
fijamente, con los ojos entrecerrados.
—Me gustas —murmuró.
—Tú también me gustas.
—No debes ser tan cínica acerca de lo que podríamos ser, ¿sabes?
Arrugué mi frente.
—¿Que se supone que significa eso?
—Significa que sé a lo que estabas jugando hace un momento,
hablando de que yo voy a tener hijos, como que la idea de que estés en
mi futuro fuera imposible.
—Lee —dije, suspirando mientras sus pulgares se clavaron en mis
músculos, masajeando mi tensión—. Mi padre me repudiaría si supiera
que estuve contigo.
—¿Y qué? Ni siquiera te gusta el hombre.
—Lo sé, pero es mi padre. Además, es un producto de su entorno.
Mis padres crecieron en un momento en que no podías pasear por la
calle sin preocuparte por si una bomba iba a estallar. Esa clase de
cosas endurece a la gente.
—Umm. —Lee sonrió.
—No me vengas con umm a mí, pedazo de mierda descarada. ¿Y
por qué sonríes?
—Es por el hecho de que vas a olvidar toda esta charla seria en un
minuto cuando te follé.
—Oh, ¿en serio?
—De Verdad. Tan intensamente que reconectaré las conexiones de
ese cerebro tuyo, para que después, cuando pienses en el futuro, todo
lo que puedas ver es a mí en él.
Alzando la mano, palmeó mis dos senos, luego se inclinó hacia
delante y capturó uno de mis pezones en la boca.
La acción me hizo incapaz de hacer otra cosa más que rendirme. Y
cuando me dio la vuelta y me tiró a cuatro patas, cumplió su promesa,
porque podría haber sido por la mañana, pero realmente vi las estrellas.
Me reí tan fuerte que tuve que agacharme y poner una mano sobre
mi estómago, tanto que las lágrimas rodaban por mis mejillas. Tony y
yo estábamos sentados en la sala de descanso comiendo y tratando de
no mojarnos mientras Keira hacía una imitación de DI Jennings.
—Agente, mete la camisa y endereza la corbata. Pareces el
vagabundo de Keith Richards y Worzel Gummidge.
—¡Detente! —le supliqué, tratando de calmar mi risa―. No he oído
a nadie usar a Worzel Gummidge como referencia desde que tenía cinco
años.
—Eso es porque nunca me escuchas, ¿verdad, Sheehan? Algodón
en los oídos —interrumpió Keira, sin dejar caer la actuación.
Me pasé un pulgar bajo los ojos, finalmente me tranquilicé y
levanté la mirada. La sonrisa de inmediato se desvaneció, porque en la
puerta no estaba más y nada menos que la propia Jennings. Keira
estaba de espaldas, continuando con su representación.
El rostro de Jennings era indescifrable y me quedé en completo
silencio, esperando que entrara en la habitación y colocara a Keira en
su lugar. Pero no hizo eso. En cambio, me dio una rápida e incómoda
mirada, giró sobre sus talones y se marchó sin decir una palabra.
Quería decirle a Keira que la había visto, pero sabía que sólo haría
que se preocupara. Si Jennings planeaba reprenderla, iba a suceder si
se lo decía o no. Guardando lo que quedaba de mi almuerzo, sentí un
extraño impulso de ir tras Jennings. Incluso aunque le gustara hacer
mi trabajo difícil, no pude evitar sentirme mal. Quería disculparme por
Keira y por mí misma, por reírme.
Salí de la sala de descanso y corrí por el pasillo, me dirigí a su
oficina, golpeando suavemente la puerta antes de entrar. Lo que vi
cuando entré me hizo desear haber esperado a que me llamara, porque
Jennings estaba sentada en su escritorio, secándose las lágrimas de los
ojos con un pañuelo. Su mirada se amplió cuando me miró y pasaron
varios minutos de silencio incómodo entre ambas. La mujer tenía
sentimientos. Este pensamiento me inquietaba.
—Yo, eh, lo siento, señora. Disculpe —dije y me giré para irme.
—No se atreva —dijo Jennings—. Acaba de tener las agallas para
irrumpir en mi oficina sin previo aviso, por lo que ahora puede quedarse
y decir lo que tenga que decir. Supongo que tiene algún tipo de discurso
que hacer.
—No es por eso que...
—¿Entonces por qué entró? —Jennings sollozó y me sorprendió un
poco.
—Realmente no lo sé. Sólo quería disculparme, supongo, por lo que
Keira estaba haciendo y por reírme. Sobre todo por reír. Usted no
merece ese tipo de comportamiento y es poco profesional de nuestra
parte.
Bueno, tal vez se lo merecía un poco, pero no iba a decirle eso en
su cara.
—El comportamiento poco profesional de usted no es una gran
sorpresa, Sheehan. Cristo, mira a tu padre.
Le di una mirada divertida.
—Puede que mi padre no sea el hombre más agradable del mundo,
pero no está ni de cerca a ser poco profesional.
Jennings sólo resopló y limpió una vez más sus ojos antes de
arrojar su pañuelo a un lado. Entrecerré mi mirada.
—¿Qué sucede entre ustedes dos de todos modos?
Ella levantó la mirada sorprendida.
—¿Perdón?
—Odias a mi padre como si hubiera asesinado a su abuela o algo
así. ¿Por qué?
Jennings se enderezó en su asiento.
—No le incumbe para hacer esas preguntas. Ahora vuelve al
trabajo.
—No, quiero saberlo. Nunca le he hecho nada, pero me trata como
si fuera una mierda en la punta de su bota. Me merezco que me diga la
razón.
Un silencio cayó y Jennings me miró astutamente.
—¿Cómo se encuentra tu madre?
Su pregunta parecía un poco al azar, pero respondí de todos
modos.
—Umm, ella está bien.
—Apuesto a que lo está —murmuró Jennings y no estaba segura
de porqué, pero había algo en su tono que me resultaba curioso. Eran
celos con un toque de resentimiento... Oh, diablos, no. De repente, todo
encajó en su lugar, y para ser honesto, me hizo sentir un poco mareada.
—¡Oh, Dios mío! —susurré, boquiabierta e incrédula—. De ninguna
manera.
—¿De qué estás hablando?
—Usted y mi padre...
Jennings frunció el ceño.
—Tu padre y yo, ¿qué? Maldito infierno, termina tus frases,
Sheehan, no eres una niña.
—Usted y papá tuvieron algo, ¿no? Espera, no conteste a eso. No
quiero saberlo.
Me miró fijamente, sus ojos azules me cortaron como un cuchillo y
de repente supe que era verdad. Mi padre tuvo una aventura con
Jennings. Sentí como si acabara de pasar por el umbral y entrar en una
dimensión desconocida.
—Tu padre es un cobarde —dijo Jennings, con voz sobria—. Es la
peor decisión que jamás he tomado.
—¿Así sin más? —Arqueé una ceja.
—Así sin más —repitió Jennings—. ¿Sabes que una vez me
golpearon tanto los miembros de un crimen organizado que tu padre y
yo investigábamos que casi perdí la vida? Los matones irrumpieron en
mi casa y me atacaron y cuando tu padre apareció y los ahuyentó, se
negó a dar pruebas o identificar a mis atacantes, porque esto daría
lugar a que la gente descubriera que estábamos teniendo una
aventura. Permitió que esos hombres quedaran libres para salvar su
reputación y mantener intacto su matrimonio.
Mi estómago se revolvió de nuevo, esta vez por una razón muy
diferente. Quería pensar que estaba mintiendo, pero no tenía ninguna
razón para hacerlo y su historia no sonaba mal. De hecho, cuanto más
tiempo lo pensaba, más sonaba exactamente como algo que mi padre
haría.
—Vamos, dime que estoy mintiendo —dijo Jennings, cruzando los
brazos sobre el pecho defensivamente.
—Le creo —susurré, y sus ojos brillaron de sorpresa. Pasó un
momento entre nosotras sin saber qué decir. Al final, simplemente
dije—: Lamento lo que le ha pasado. Y siento que mi padre sea un
cobarde.
Porque lo era. Y aunque Jennings no era un rayo de sol, ninguna
mujer merecía ser tratada como él la trató.
Ella levantó su barbilla y compartimos un momento de contacto
visual. Finalmente, asintió, aceptando mi disculpa, me giré y salí de su
oficina.

Cuando llegué a casa del trabajo esa noche, me sentí


emocionalmente agotada. No podía dejar de pensar en Jennings y mi
padre, apenas podía concentrarme, realmente. Había engañado a mi
madre con ella, y luego hizo algo tan aborrecible como abandonarla
cuando más lo necesitaba. Por fin, su trato conmigo todos estos años
tenía sentido. Demonios, si yo fuera Jennings, también me odiaría.
La casa estaba vacía cuando entré y recordé que Alexis tenía un
trabajo para modelar por la tarde. Dejé mis llaves sobre la mesa de café,
abrí la puerta de mi habitación y me asusté al ver a un hombre sentado
al final de mi cama. Saltando hacia atrás, mi mano se acercó a mi
porra, que, puesto que todavía estaba vestida con el uniforme completo,
estaba en su funda. Tardé un segundo en que mi pulso se ralentizara.
—Casi me diste un ataque al corazón. —Suspiré—. ¿Cómo has
entrado aquí?
Los ojos de Lee me observaron tiernamente.
—Alexis me dejó entrar hace media hora. —Hizo una pausa y se
pasó una mano por su cabello corto, parecía algo desaliñado—. He
estado pensando en ti todo el día. Anoche mi cama se sintió vacía sin ti.
Podía decir que estaba perpleja por sus sentimientos y
sinceramente, después de nuestra conversación emocional la noche
anterior, sentía lo mismo. Sus palabras hicieron que algo dentro de mí
se suavizara, y me acerqué para sentarme a su lado en la cama. Me
había ido de su casa ayer por la tarde, después de una noche (y una
mañana) de sexo que cambiaba la vida, del tipo de sexo que te hacía
darte cuenta que estabas siendo engañada por todo el sexo que tuviste
antes.
—He tenido un día extraño —dije mientras suavemente me quitó
los broches de mi cabello y pasó sus dedos entre los mechones—. Un
día realmente extraño, en realidad.
Sus manos se detuvieron por un segundo.
—¿Extraño?
—¿Recuerdas a mi jefa de la que te estuve hablando?
Lee asintió.
—La que tiene algo contra ti, sí.
—Bueno, tuvimos una charla de corazón a corazón o tan cerca de
ser corazón a corazón podríamos haberla tenido. Ya sé por qué me odia
ahora. Ella y mi padre tuvieron un romance hace años y terminó mal.
Las manos de Lee reanudaron su movimiento, esta vez masajeando
la parte de atrás de mi cuello mientras ponía una expresión pensativa.
—No lo vi venir.
—Yo tampoco. Como dije, un día extraño.
Su aliento encontró mi piel cuando preguntó:
—¿Quieres que lo haga menos extraño?
Su voz era puro sexo. Me estremecí, cerré los ojos, y
silenciosamente asentí mientras sus dedos iban a mi camisa para
deshacer los botones. Me senté y le permití desnudarme, sin jamás
abrir los ojos. Cuando sus labios rozaron ligeramente los míos, mi boca
se abrió. Casi pude sentir su sonrisa cuando su lengua se deslizó a lo
largo de mi labio inferior y luego en mi interior.
Incliné la cabeza hacia atrás y gemí cuando sus labios viajaron a lo
largo de mi mandíbula y hacia mi cuello, donde comenzó a plantar
besos que me mojaron al instante.
Ya estaba aprendiendo lo que me gustaba.
En algún momento entre ahora y la noche que habíamos pasado
juntos, había tomado la decisión inconsciente de dejar que esto
sucediera, de permitirme tener a Lee de la manera que pudiera. Tal vez
fue por las cosas dulces que había dicho, la forma en que me entendía
mejor que nadie. O tal vez por la prisa de estar con él cuando supe que
no debería. Me convencí que, si nadie lo descubría nunca, nada malo
podría venir de ello.
Llevaba sólo mi sujetador negro y mis bragas a juego cuando Lee,
tiró de mí sobre mi cama. Se subió sobre mí, todavía completamente
vestido, con los ojos vagando por mi rostro mientras extendía mi cabello
a través de la almohada, como un halo rojo. Mi pecho subía y bajaba
con mi respiración y mis pechos se frotaban contra la tela de su
camiseta, necesitando desesperadamente que me quitara el sostén.
En vez de eso, tomó mis dos manos entre las suyas y las levantó
por encima de mi cabeza, luego colocó su boca sobre la mía y me besó
con tanta fuerza que lo sentí todo hasta los pies. Acomodó su peso entre
mis piernas y comenzó a mover sus caderas suavemente hacia adelante
y hacia atrás, su dureza encontrando mi suavidad.
Me quedé boquiabierta justo antes que algo frío tocara mis
muñecas y oí un clic reconocible.
Abruptamente, aparté mi boca de la de él y traté de bajar las
manos, solo para encontrar que me había esposado al cabecero de la
cama. Mi corazón latía con rapidez, mi adrenalina a toda velocidad.
—¡Lee! —siseé—. ¿Las sacaste de mi uniforme?
Sonrió, todavía encima de mí y presionó su erección entre mis
piernas una vez más.
—Una decisión espontánea, no podía evitarlo —murmuró,
besándome otra vez—. Sígueme la corriente.
—Dame la llave, ahora —exigí entre besos, tratando de no
derretirme bajo su asalto.
—Silencio, te gustará esto —me aseguró, riendo roncamente
mientras su boca descendía.
Levantó mi cuerpo ligeramente para desabrochar mi sostén y luego
me acarició los pechos, corriendo sus labios tentadoramente sobre los
picos de mis pezones y haciéndome retorcerme en mi lugar. Quería
protestar más, decirle que le patearía el trasero si no me liberaba en los
próximos tres segundos, pero no podía, porque la verdad era que Lee
tenía razón.
Me gustó. De hecho, me gustó un poco demasiado. Especialmente
cuando chupó mi pecho y su mano se deslizó dentro de mi ropa interior
y sus dedos me encontraron instantáneamente.
Él gimió, su lengua moviéndose alrededor de mi pezón y se separó
lo suficiente como para gruñir:
—Tan húmeda.
Era agonizante y tentador no poder tocarlo. Todo lo que podía
hacer era estar allí y dejar que hiciera lo que quería hacerme. Mi piel se
erizó con anticipación.
—Quítate algo —le supliqué, frustrada que aún no se hubiera
quitado ni una sola pieza de ropa.
Rió entre dientes, y su boca se apartó de mí cuando se levantó
para sacar su camiseta por encima de su cabeza.
Dejé que mis ojos trazaran los contornos de su cuerpo, disfrutando
de cómo sus caderas se estrechaban en la cintura de sus vaqueros. Su
mirada se deslizó sobre mí mientras sus manos se movían para bajar la
cremallera, sacando un condón de su bolsillo antes de quitarse los
pantalones. Con su boca rasgó el envoltorio, luego lo tiró sobre la cama
mientras colocaba su cabeza entre mis piernas.
—Tú —comenzó, besando mi parte interna del muslo—, eres la
mujer más sexy que jamás he visto.
Mi espalda se arqueó contra el colchón cuando presionó sus labios
contra mis pliegues, su lengua se asomó y dio un suave lametón. Sus
ojos estaban en mis pechos, que estaban levantados hacia arriba por mi
posición mientras lamía. Mis manos se retorcían en las esposas y mis
muñecas golpearon en el cabecero de la cama con mi esfuerzo por
luchar para liberarme.
—Tienes que... —Jadeé, deteniéndome a mitad de la frase cuando
deslizó su lengua hacia abajo y luego dentro de mí—. Dios, tienes que
hacerme correr.
Rió entre dientes, sin levantarse y siguió comiéndome hasta que
estuve en la cúspide del orgasmo. Entonces su boca me dejó, y di un
resoplido de insatisfacción. Agarrando el condón desde donde lo había
tirado en la cama, se levantó sobre sus rodillas y lo rodó por su longitud
rígida. Apenas un segundo más tarde, estaba empujando dentro de mí,
duro y rápido, sus manos rodeando mi cintura, los ojos vagando por mi
cuerpo mientras yacía allí completamente a su merced.
Me folló sin cesar, sus caderas moviéndose dentro y fuera en un
frenesí de lujuria. Mi visión se volvió borrosa y apenas pude encontrar
mi voz para hablar.
—Mía —gruñó Lee, con las yemas de sus dedos clavándose en mi
carne—. Esto es mío.
—Sí —exhalé, mi voz con más aire que sonido cuando sus ojos
brillaron con una victoria feroz.
—Dios mío, mírate. Eres tan hermosa cuando te dejas ir, Karla.
—Necesito tocarte —gemí.
Lee me dio una hermosa sonrisa.
—Aún no.
—Lee —gemí con necesidad—. Por favor.
Sus ojos captaron los míos mientras sus movimientos se
aceleraban. Después de tener su boca en mí, estaba tan lista para
correrme que, con cada empuje, su polla se sentía increíble. Las llaves
debieron haber quedado en las esposas, porque él las tomó y las soltó,
tomando una de mis manos y bajándola entre nuestros cuerpos.
—No me toques, tócate a ti misma. Quiero verte —dijo Lee,
llevando mis dedos a mi clítoris mientras seguía moviéndose.
Me persuadió para dibujar círculos lentos sobre mi piel, sus ojos
ardieron de excitación. Saber que tocarme a mí misma le causaba eso
era un gran cambio.
—Mierda —maldijo Lee, observándome, su mirada vagaba de mis
dedos y hasta mi rostro.
Sentí mi propia capa de humedad en mi mano y la sensación de
tener su polla dentro de mí mientras me llevaba al orgasmo era
increíble. Me estremecí a su alrededor, gimiendo en voz alta cuando
llegué. Lee me besó, ahogando mis sonidos mientras buscaba su propia
liberación. Su lengua se entrelazó con la mía, una y otra vez, hasta que
sentí que sus movimientos disminuían. Abrí los ojos, observándolo
correrse con sus cejas fruncidas. Parecía tan masculino, tan
perfecto. Su cuerpo cayó a mi lado y sus brazos me rodearon
acercándome.
Cuando nos quedamos dormidos, él estaba aún dentro de mí.
Al día siguiente cuando me tomé el descanso del almuerzo, decidí
visitar un restaurante cerca para comprar un sándwich. Cuando me
había despertado esa mañana, Lee no estaba, había una nota suya
sobre el tocador junto a la cama diciendo que volvería por la noche. Mi
corazón dio una voltereta, al saber que al final del día podría verlo de
nuevo, podría perderme de nuevo en su cuerpo. Era una nueva
sensación para mí, porque nunca me había sentido así durante
ninguna de mis relaciones previas, nunca había ansiado a un hombre
de una forma que me hiciera sentir tan… loca.
Mi mente seguía vagando mientras reproducía sus palabras
cuando teníamos sexo, o recordaba su olor o la sensación de él.
Básicamente estaba caminando por ahí en un estado de excitación
continua y parecía un poco obsceno.
Casi como si mis pensamientos lo hubieran invocado, miré al otro
lado de la calle del restaurante, y ahí estaba.
Lee estaba allí parado hablando con otros hombres que reconocí de
su taller, el cual estaba rodeando la esquina. Estaba de uniforme, así
que supe que acercarme a él no era una opción, en especial tan cerca
de la comisaría. No ser descubierta era la clave para esta relación que
teníamos.
Arriesgué una última mirada en su dirección y fue en ese momento
que él me miró. Sus ojos brillaron y aparté la mirada rápidamente.
Apurándome a entrar en el restaurante, me ocupé haciendo el pedido y
traté de animar mi corazón a desacelerar.
Mi piel cosquilleaba y sentí sonrojarme, de repente sabiendo qué
estaba mal conmigo. Estaba excitada. Sólo saber que él estaba cerca
aceleraba mi pulso. Era algo tan malo. Cuando salí ya se había ido y un
repentino ataque de decepción me golpeó. Sacando el teléfono de mi
bolsillo, estuve doblemente decepcionada al ver que no me había
enviado ningún mensaje, ni intentó llamarme.
Continuando mi camino a la comisaría, dejé que mis pensamientos
vagaran al día por venir y el papeleo que debía completar, cuando de
repente tiraron de mí alrededor de una esquina y hasta un callejón. La
bolsa de papel que llevaba cayó al suelo mientras Lee estrellaba su boca
contra la mía en un beso que envió pura adrenalina fluyendo por mi
sistema. Sus brazos me acercaron, pero mi uniforme tenía demasiadas
capas y no podía estar lo suficientemente cerca.
Sus manos subieron para deslizarse por el cuello de mi camisa,
suavemente acunando mi cuello mientras su lengua me mareaba.
Cuando finalmente me aparté, prácticamente estaba jadeando por aire,
con mis mejillas ardiendo y mi pecho subiendo y bajando rápidamente.
—Me desperté esta mañana todavía dentro de ti —susurró Lee, sus
palabras hicieron mi vientre aletear—. ¿Tienes alguna idea de lo duro
que es para mí irme?
Mientras presionaba su frente contra la mía, su aliento mentolado
rozó mis mejillas. Nunca rompió el contacto visual cuando movió una
mano de mi cuello a mis labios, deslizando su pulgar dentro de mi boca.
Gemí suavemente, con mi cabeza inclinándose hacia atrás mientras
movía mi lengua sobre este y él lo deslizaba hasta el interior.
—Esta noche —dijo Lee, todavía susurrando—, voy a ponerte de
rodillas y deslizar mi polla dura en esta bonita boca. —Sus
sorprendentes palabras obscenas me encendieron, y jadeé suavemente.
Murmuró en su garganta con sus ojos fijos en su pulgar mientras
sentía la presión de su erección contra mis caderas. Un segundo
después su teléfono empezó a sonar y él gruñó de irritación.
—Mierda —maldijo, bajando la mano.
—Debería volver al trabajo —dijo, buscando alrededor mi almuerzo
tirado.
Estaba en el suelo, relativamente bien. Lo levanté y me enderecé.
Lee agarró mi muñeca, llevándome de regreso con él y dándome otro
intenso beso.
—Después —prometió cuando se apartó, sin aliento.
Asentí, tratando de calmar mis nervios, y entonces se fue.
Tragando con fuerza, esperé unos segundos antes de rodear la esquina
y dirigirme de regreso a la comisaría. Sólo había dado unos pasos
cuando vi otro uniforme venir en mi dirección. Casi tropecé sobre mis
propios pies mientras Steve caminaba hacia mí, con una sonrisa
petulante en su cara. Por un momento me pregunté si había visto algo,
pero entonces, siempre era petulante. No tenía que haber
necesariamente una razón.
—Ah, fuiste a buscar mi almuerzo, ¿verdad, Karla? Que amable —
dijo, y entrecerré la mirada.
—Que chistoso.
Steve me estudió, sus cejas delgadas se fruncieron.
—¿Qué te tiene tan irritada?
Algo sobre su atención tan de cerca me hizo sonrojarme un poco
más y respondí con brusquedad.
—Nada. —Fue un error, porque si hubiera estado actuando
normal, le habría lanzado algún comentario mordaz.
Ahora parecía sospechar. Su mirada vagó hacia mi hombro, pero
sabía que Lee se había ido hace mucho. No había forma de que pudiera
haber visto algo. Al menos, esperaba que no.
—Estás actuando extraño —dijo con expresión pensativa.
—Es esa época del mes —respondí casualmente, recuperando un
poco la compostura.
Steve frunció su boca con desagrado mientras pasaba a su lado y
continuaba el camino a la comisaría, todo el tiempo mi corazón palpitó
en mis oídos. Esa situación fue bastante incomoda.
Necesitaba ser más cuidadosa.

Mi teléfono me despertó temprano a la mañana siguiente y rodé a


un lado para ver quién estaba llamando. Fruncí el ceño cuando vi el
número de Tony, sabiendo que nunca llamaría a este teléfono a esta
hora a menos que fuera importante. Mi turno no comenzaba hasta el
mediodía y había planeado permitirme un par de horas extras de sueño.
El cuerpo cálido de Lee me rodeaba, su respiración era profunda
mientras dormía. Había venido tarde por la noche después de que
Alexis se fuera a la cama y habíamos estado despiertos hasta la
madrugada, difícilmente pudimos mantener las manos lejos uno del
otro. Pensé que era gracioso que hubiera esperado hasta que Alexis se
durmiera, porque mi amiga era demasiado lista para no saber que algo
estaba pasando. Además, no era como si ya no le hubiera contado todo,
con respecto a Lee, por supuesto. Mi cama olía a él, y los recuerdos de
la noche anterior llenaron mis sentidos.
Me senté en el borde del colchón, mirándolo mientras se cernía sobre
mí, con sus ojos oscuros por el hambre.
—Quítalo —murmuró suavemente, con su garganta moviéndose
mientras tragaba.
Estiré la mano, para desatar la hebilla de su cinturón y bajar el
cierre de sus jeans. Su erección estaba ya delineándose con fuerza contra
la tela, y cuando deslicé mi mano dentro y lo acaricié, estaba más duro
de lo que jamás lo sentí.
—Coloca tu boca en mí —insistió, con la voz tensa.
Me incliné hacia adelante y presioné mis labios contra el costado de
su polla, luego lamí su longitud. El gruñido masculino que emanó desde
la profundidad de su pecho hizo que mis muslos temblaran mientras
bajaba mi boca sobre su cabeza. Sus manos empuñaron mi cabeza, el
agarre era fuerte y un poco doloroso y se sentía excitante. Comencé a
moverme de arriba abajo por su longitud en un ritmo sin pausa. Mis ojos
estaban cerrados, pero cuando los abrí y alcé la mirada, nunca vi tal
necesidad animal y cruda.
—Hola —dije, con la voz adormilada cuando respondí la llamada,
tratando de aclarar mi mente de los pensamientos de la noche anterior.
El cuerpo de Lee se movió ligeramente, pero no podía decir si el sonido
lo había despertado o si estaba todavía dormido.
—¿Karla, hay alguna posibilidad de que puedas venir antes? —
preguntó Tony, con urgencia en su voz—. Hemos recibido información
sobre el garaje que tú y Steve visitaron hace unas semanas, el que es de
los hermanos Cross.
Tan pronto como las palabras dejaron su boca, mi cuerpo se quedó
inmóvil, mi pulgar instintivamente yendo al botón del costado de mi
teléfono y bajando el volumen.
—¿Información? —susurré prácticamente.
—Aparentemente, está siendo usado como una base para
almacenar y desmontar autos robados hasta que están listos para
venderse en el exterior. Hemos conseguido una orden firmada, pero
necesitamos todas las manos disponibles para esto. Pensé que ya que
has estado dentro y conoces como es el lugar, te gustaría estar en el
equipo.
Incluso aunque estaba acostada, sentí que podía desmayarme. Mi
pulso martilleó mientras intentaba descubrir cómo proceder. Todavía no
podía saber si Lee estaba o no despierto, pero si lo estaba, ¿podía
escuchar lo que se acababa de decir? ¿Debería advertirle que su garaje
iba a ser revisado? Mis entrañas se hundieron cuando una terrible
sensación las inundó. Estaba dividida, no sabía de qué lado se suponía
que debía estar ahora.
—Bien, gracias por llamar. Estaré ahí tan pronto como pueda —
dije, tratando de mantener la voz tranquila.
—Te veo en un rato —dijo Tony antes de colgar, completamente
ignorante al dilema moral en que me había puesto.
Dejando de nuevo el teléfono sobre la mesita de noche con los
dedos tembloroso, sentí mi garganta empezar a tensarse. La respiración
de Lee era profunda y constante, así que pensé que estaba durmiendo.
Girando en sus brazos, agarré su hombro y lentamente lo moví. Hizo un
sonido de disgustos al ser molestado, y le tomó unos momentos
despertarse. Lo miré, la decisión que debía de tomar retorciéndome de
adentro hacia afuera.
—Snap —dijo, centrando sus ojos azules mientras me miraba. Dejé
salir un suspiro tembloroso y la expresión de Lee se puso seria. Debió
de sentir que algo sucedía, pero no hizo comentario. En cambio,
preguntó—. ¿Qué hora es?
—Sólo pasadas las siete —respondí.
—Será mejor que me vaya. Debo de ir a reunirme con un proveedor
a las nueve.
Inclinándome hacia adelante, dejó un rápido beso en mis labios
antes de salir de la cama. Su rapidez me tomó por sorpresa, y comencé
a preguntarme si había fingido dormir y había estado escuchando toda
mi conversación con Tony. Me golpeó repentinamente que había estado
por contarle todo, y me puso seria por completa. Había estado por
advertirle a un criminal que sus asuntos iban a ser revisados, y
difícilmente lo había pensado dos veces. ¿Qué demonios me estaba
pasando? Estar con Lee estaba cambiando todo, y estaba cien por
ciento segura que no me gustaba.
Se vistió normal, y no había nada en su comportamiento que me
hiciera pensar que estuviera ansioso por irse. Actuó como cualquier
hombre que tenía una reunión a la cual llegar; apurado, pero no
exageradamente. Tal vez estaba sobreactuando. Tal vez no había
escuchado la llamada. Me senté en la cama, mirándolo vestirse, y
cuando terminó fue hacia mí, besándome una última vez.
De nuevo, estaba en la punta de mi lengua advertirle, pero parecía
que no podía encontrar la voz. Lee se quedó por un segundo, con sus
ojos mirando fijamente los míos, casi como si estuviera esperando que
dijera algo, pero eso no podía ser correcto.
Tan pronto como se fue, me levanté, me duché y vestí, todo en el
espacio de media hora. Tuve el tiempo suficiente para agarrar un café
de Starbucks de camino a la comisaría en lugar de un desayuno.
Cuando llegué encontré a la detective Jennings en el cuarto de reunión,
dirigiendo el equipo de búsqueda. Steve tenía una lista de los autos que
sospechaba estaban almacenados en el garaje, incluyendo todos los
modelos, marcas y placas de identificación de los números.
De repente, todo se sintió muy real, y aunque no había comido
todavía nada, fui golpeada por una ola de nauseas. Tony condujo y me
senté en el asiento del pasajero, con Keira en la parte de atrás mientras
hacíamos el pequeño recorrido hasta el garaje. Keira parloteó sobre la
pelea que había tenido con su novio, pero apenas me enteré de lo que
estaba diciendo. Desde afuera podría haber parecido tranquila, pero
dentro estaba entrando en pánico.
¿Por qué no le había advertido a Lee?
Sí, era culpable, y siempre creí que las personas culpables debían
ser castigadas. Pero ahora que sentía cosas muy reales por una persona
culpable, las líneas estaban empezando a desdibujarse. Saqué el
teléfono de mi bolsillo, a punto de escribir un mensaje, pero era muy
tarde, ¿y qué demonios le diría de todos modos? No era como si pudiera
hacer desaparecer un auto por un sanitario o esconderlo bajo la
alfombra.
Un minuto después Tony estacionó fuera del garaje, uniéndose a
un número de patrullas. Jennings estaba de pie en la entrada, su boca
moviéndose mientras vociferaba órdenes a los oficiales congregados.
Tony, Keira, y yo bajamos y nos unimos a los otros justo antes de
que Jennings se girara y golpeara tres veces la puerta. Mi corazón
golpeteó mientras esperaba, esperando como el infierno que no fuera
Lee quien respondiera. Al final, fue Stu quien apareció y Jennings
inmediatamente se presentó y su intención de buscar en el recinto.
—Claro que no —dijo Stu, enderezándose y cruzando los brazos
sobre su pecho—. Esto es propiedad privada.
De repente fui consciente de su tamaño, sus anchos hombros y
brazos musculosos y lo aterrador que parecía mientras miraba a
Jennings, quien era la mitad de su tamaño, pero igual de feroz. Ella se
tomó su tiempo sacando la orden judicial antes de entregársela con
arrogancia en su cara. Stu frunció el ceño hacia ella un largo momento,
pero finalmente se hizo hacia atrás y la dejó pasar.
Jennings giró e indicó al equipo que pasara. Fui una de las ultimas
en entrar, y cuando Stu me vio sacudió su cabeza, dejando salir una
fuerte risa mientras me lanzaba una mirada de puro desdén.
—Oh, esto no tiene precio —dijo, sin una pizca de humor en su
voz.
Estuve agradecida de que nadie más estuviera prestándole
atención. Estaba por seguir a los otros cuando Jennings me detuvo
sobre mis pasos.
—Sheehan, quédate aquí y asegúrate de que nadie entré aquí.
Asentí ante la orden y fui a detenerme junto a la puerta. La
búsqueda era bastante ruidosa, entrando disparados por el garaje,
abriendo armarios y cajas de herramientas en la búsqueda de
cualquiera cosa remotamente sospechosa. Jennings tocó con fuerza la
puerta de la oficina de Lee, y me quedé completamente inmóvil cuando
lo escuché decirle algo, la irritación era clara en su voz.
Stu se paró a unos pasos, inclinándose contra la pared con los
brazos cruzados y mirándome.
—Le advertí a Lee sobre ti, y ahora mira. Sabía que no serías más
que problemas para nosotros.
—Esto no tiene nada que ver conmigo —dije en voz baja,
fervientemente, sin poder evitar que mi voz se atorara.
Stu puso sus ojos en blanco.
—La historia más jodidamente creíble.
—¡No estoy mintiendo! —susurré/siseé, mirando alrededor para
asegurarme de que nadie escuchaba—. Me preocupo mucho por tu
hermano.
—No lo suficiente para advertirle de esto, sin embargo —respondió
Stu, apuntando al grupo que en el momento revoloteaba por el lugar.
—Nunca planeé que esto sucediera, y si pudiera rebobinar el reloj,
lo haría. Trataría de tomar la decisión correcta, pero debes saber que
esto habría sucedido, aunque Lee y yo estuviéramos involucrados o no.
No dijo nada sólo continuó mirándome, y estuve sorprendida de
que lograra estar de pie en el suelo. Stu era mucho más que
intimidante, en especial cuando estaba enojado. Finalmente se dio
vuelta y caminó en dirección a la oficina de Lee.
Escuché a los dos hermanos hablar y me puse nerviosa,
preguntándome si Stu estaba diciéndole que estaba aquí. Estaba
esperando que Lee viniera a verme en cualquier momento, pero eso
nunca sucedió. Cerca de una hora pasó, y tuve que despachar a un par
de clientes que pasaron. Claramente, había un algo legítimo en el
negocio; simplemente no sabía qué porcentaje en comparación al lado
ilegal.
Mi estómago estaba rugiendo, un recordatorio de que no había
comido hoy, cuando Tony se acercó. Había un ceño en su frente
mientras miraba la carpeta que sostenía, con el listado de los vehículos
robados.
—No lo entiendo —dijo, confundido y me espabilé de inmediato—.
Ninguno de estos motores encaja con los de la lista.
Solté un suspiro, si era de alivio o sorpresa, no podía decirlo.
—¿Crees que alguien le dio a Jennings una información errónea?
—Es eso, o alguien les dijo que veníamos —dijo Tony, su mirada
moviéndose alrededor de la sala y de repente lo supe. No había
sospecha en su voz, sólo la declaración de un hecho, y aun así mi
estómago se retorció como si hubiera apuntado un dedo acusatorio
hacia mí.
—¿Se le dijo a Jennings?
Tony asintió.
—Acabo de informarle. Está en pie de guerra. Probablemente lo
mejor sea no acercarse hoy.
—Eso escuché —murmuré, frotando mis dedos sobre mis ojos
cansados.
No era mala información. Tony había dado justo en el clavo. Ellos
sabían que veníamos y todo era responsabilidad mía. La mañana había
ido de mal a peor. Primero me sentí culpable por no explicarle a Lee
sobre la orden de registro y ahora estaba enojada porque había fingido
estar dormido mientras que había escuchado claramente una llamada
privada. Como sea que quisieras verlo, él había tomado ventaja de
nuestra relación y había puesto en peligro mi trabajo en el proceso. Pero
en realidad, estaba incluso más molesta conmigo misma, porque lo
había puesto en entredicho por estar con él. También por ser tan tonta
como para pensar que podía confiar en él.
¿Qué había pasado con la mujer que había dicho que nunca diría
que sí a Lee Cross?
Se olvidó de usar su cerebro, eso fue. Mientras más minutos
pasaban, más molesta me ponía. En un punto vi a Jennings salir del
garaje, con el rostro como un rayo y varios miembros del equipo se
fueron con ella. Solo unos pocos quedaban y tomé la oportunidad para
ir a buscar a Lee. Él estaba de pie en un corredor de atrás del edificio,
uno de ellos llevaba a un cuarto de descanso y el otro a un baño. Tenía
su espalda girada hacia mí y Stu hablaba en susurros. Mirando detrás
de mí para asegurarme de que ninguno de mis compañeros estaba
cerca, agarré el brazo de Lee y tiré de él hacia el baño antes de que
pudiera reaccionar.
—¡Oye! —gritó Stu cuando cerré de un portazo y puse el seguro.
—¿Qué demonios? —maldijo Lee, con expresión furiosa.
Tomé un paso hacia él.
—No me mires así. Sabes lo que hiciste.
Arqueó una ceja y extendió sus brazos.
—¿Ah sí, y qué fue eso?
—Te aprovechaste de mí, eso fue. No estabas dormido esta mañana
cuando Tony llamó, ¿verdad? Escuchaste jodidamente todo.
Lee no respondió, sólo me miró sin expresión. Dejé salir una
sonrisa como loca y coloqué mis manos en mis caderas mientras
miraba al techo.
—Dios, ¿cómo pude ser tan estúpida? —Repentinamente, el dolor
se mezcló con la rabia, y una fuerte punzada se disparó a mi pecho—.
Tú y tus hermanos probablemente se han reído de mí todo este tiempo,
riéndose de la tonta policía que no pudo ver el engaño.
—Estás equivocada —dijo Lee firmemente.
—Oh, ¿sí? Explícalo, entonces.
Su expresión se suavizó una fracción pequeñísima mientras daba
un paso más cerca.
—No puedo hacer esto ahora, Karla. Iré a tu casa después y
hablaremos, ¿de acuerdo?
Su respuesta hizo que mi temperamento se agitara mientras
presionaba mis manos contra su pecho y lo empujaba.
—No harás tal cosa. No quiero verte después de esto, jamás. Sólo
eres un niñito jugando con fuego, sólo que fui yo quien se quemó.
Antes de poder alejarme, Lee tomó mis muñecas, tirando mi cuerpo
contra el suyo mientras me fulminaba con su mirada.
—Nunca fui un niño, no en esta vida. Incluso cuando era un niño,
no me sentí como tal, así que no digas eso. ¿Sabes cuánto estabas
dispuesta a decir algo esta mañana? Nada. Pero no dejaste escapar ni
una palabra. Ni una maldita palabra. Debería haber sabido que en
realidad no te importaba ni una mierda después de lo que pasó con
Liam. Pero no, no escuché a mi instinto, sólo dejé que mi polla me
guiara, pensando que eras perfecta. Eso me hace a mí el estúpido, no a
ti.
Sus palabras me cortaron profundamente y tiré de su agarre, pero
me sostuvo con fuerza y no pude soltarme.
—No te atrevas a darle vuelta a esto.
—¿Por qué no? —preguntó, su cálido aliento golpeando mis
mejillas—. Sí, escuché tu llamada telefónica, pero tú ibas a dejarme
salir de tu apartamento completamente ignorante al hecho de que
estaba a punto de ser jodido. Sabes que esta no es la vida que hubiera
elegido si hubiera tenido otra opción, aun así, me ibas a dejar ir a
prisión, Karla. Piénsalo un minuto. Me mató cuando no dijiste nada, y
esperé. Te di cada oportunidad.
El dolor en sus ojos era claro como el día y mi determinación
disminuyó.
—Quería decírtelo —susurré—. Pero sólo… no pude.
—Por supuesto que no pudiste, porque te preocupa más ser una
policía y salvar a todas las personas que ves como a inocentes de lo que
te preocupas por mí. Nunca verás que el mundo no es completamente
negro o blanco. —La rabia y la angustia se mezclaban en su voz
mientras se rompía en los bordes, atorándosele—. Algunas veces los
inocentes son culpables solo porque el mundo no les dio la oportunidad
de seguir siendo inocentes. Tal vez sea a mí a quien deberías pensar
salvar.
Justo en ese momento mis entrañas se desplomaron. Su rabia era
muy triste para estar igual de molesta, y por un segundo lo único que vi
fue un niño lastimado. Cuando hablé, mantuve la voz suave.
—He intentado hablar sobre limpiarte, pero no escuchas nada.
Su boca se retorció e hizo un gesto alrededor de nosotros.
—Porque estoy jodidamente hundido, ¡te lo dije!
—Puedo ayudarte. Hay cosas que podemos hacer, procedimientos.
Lee se rió con sarcasmo, sacudiendo su cabeza.
—Dios, mírate, todavía una jodida policía. Siempre una jodida
policía. ¿No puedes estar de mi lado un maldito segundo?
Cualquier suavidad en mi voz se desvaneció y mi expresión se
endureció.
—Era una policía mucho antes de conocerte, Lee, y apenas y he
raspado la superficie para saber quién eres, ¿así que cómo puedes
esperar lealtad cuando no te la has ganado?
Inclinó la cabeza para mirarme directamente a los ojos, sus labios
a meros centímetros de los míos.
—No finjas que no sientes lo que hay entre nosotros. —Se detuvo,
su voz cayendo—. He estado profundamente dentro de ti, Karla. Sé
quién eres y sabes quién soy. Solo que estás muy asustada para
admitirlo.
Sacudí mi cabeza, negándome a escucharlo racionalizar tan
irracionalmente.
—Lee, debemos ser listos. Esto que estamos haciendo va a
destruirnos. Mira lo que ya pasó. Me encanta estar contigo, pero todo
esto… —lo miré con desesperadamente—, no vale la pena.
Sacudió su cabeza.
—No crees eso.
—Sí. Lo creo. No voy a decirte cómo vivir tu vida, pero siempre y
cuando siga igual, no podemos estar juntos. Lo siento.
Di un paso atrás y me dejó ir.
Las lágrimas picaban en mis ojos, pero me negué a dejarlas caer,
sin querer parecer débil. Los rasgos de Lee se endurecieron, sus ojos se
entrecerraron a dos franjas de azul. Nos miramos el uno al otro por un
rato, hasta que la tensión en el pequeño cuarto fue insoportable.
—Debo irme —dije, girando sobre mis talones y abriendo la puerta.
Saliendo al pasillo, encontré que estaba vacío, el garaje en silencio
ahora que la mayoría del equipo de registro se había ido. Lee no me
llamó para que me quedara o vino detrás de mí, y me alejé de él, llevé
mis dedos a mis mejillas, limpiándome las lágrimas.
De regreso a la comisaría esa tarde, fue un raro acontecimiento
que viera mi padre. Mis emociones seguían un tanto desconcertadas
después de lo que había sucedido con Lee, así que no estaba segura de
estar en condiciones de tratar con mi padre. Afortunadamente, él
estaba allí en un asunto profesional, para informar al equipo después
del registro fallido. No es sorprendente que Jennings no se viese por
ninguna parte y tuve que admitir que estaba un poco decepcionada.
Había una parte rara de mí, que quería verlos interactuar, tal vez hacer
algo para probar que Jennings había estado mintiendo sobre su
aventura.
Me senté en el fondo de la habitación entre Tony y Keira,
escuchándolo hablar de cómo la búsqueda estaba conectada a un caso
mucho más grande, en el que se había estado trabajando para
encarcelar a Tommy McGregor.
Apenas pude respirar mientras hacía clic a través de una serie de
imágenes proyectadas, todas exhibiendo imágenes y pruebas sobre el
poderoso señor del crimen. Se sospechaba que el garaje de Cross era
una de sus principales fuentes de vehículos robados de gama alta, y
tenían fotos de todos los hermanos. Mi corazón tartamudeó cuando un
plano de la vigilancia de Lee apareció en la pantalla. Estaba cruzando la
calle, con el teléfono sujeto a su oreja mientras sacaba un cigarrillo.
Minúsculos pinchazos cosquilleaban en mis palmas, y mi boca se sentía
seca como un hueso.
Ellos habían juzgado mal la organización, sin embargo,
sospechando que Stu estaba encabezando la operación, ya que era el
mayor. Todo encajó en su lugar. El jefe de Lee era McGregor; Por eso
había estado en el almacén la noche de la fiesta.
—Desafortunadamente para la investigación —siguió diciendo mi
padre—, se filtró información de que el garaje debía ser registrado hoy,
lo que como todos saben, resultó en que el lugar estaba más limpio que
un sacerdote el domingo.
Poco sabía, que la fuente de esa filtración era yo. Nunca me sentí
más en conflicto en mis siete años de trabajo. Cuando papá terminó la
reunión informativa, me levanté sobre mis piernas temblorosas y me
dirigí al frente de la sala, donde hablaba seriamente con uno de los
sargentos. Esperé hasta que terminaron, antes de acercarme a él.
—Papá —dije, y sus ojos vinieron a mí.
—Agente —replicó formalmente, negándose a usar mi nombre real.
Nunca nos habíamos hablado realmente en el trabajo, pero todavía
me endurecía por dentro, que ni siquiera podía reconocer que yo fuera
su hija delante de sus colegas. Era desconcertante que me hubiera
acercado a él en absoluto, pero por alguna razón tuve la súbita
necesidad de hablar con él.
—¿Tienes tiempo para una rápida taza de té? —le pregunté.
Por un breve instante pareció disgustado, desanimado por la idea
de pasar un poco de su precioso tiempo conmigo. Pasaron unos
momentos antes de que finalmente asintiera, mirando su reloj.
—Sí, pero no mucho.
—Hay un café al otro lado de la calle —sugerí y conseguí otro
movimiento de cabeza.
Caminamos en silencio fuera de la comisaría y sobre la calle, sin
hablar hasta que la camarera nos trajo nuestras bebidas. Papá me
observó con curiosidad y con un poco de impaciencia, esperando a que
yo hablara.
—Hablé con DI Jennings el otro día. Ella me dijo algunas cosas —
comencé, y la postura de papá se tensó.
—Esa mujer no tiene nada que hablar contigo —prácticamente
gruñó.
—Lo tomaré como confirmación de que lo que me dijo es cierto,
¿verdad?
Se volvió, mirando por la ventana mientras llevaba la taza de té a
su boca y bebía un sorbo.
Junté mis manos, con mi estómago anudado.
—No puedo creer que le hicieras eso a mamá —dije, rompiendo el
silencio—. Ella siempre ha sido fiel a ti, más leal de lo que te mereces.
—Fue hace mucho tiempo, Karla. Lo he dejado atrás —respondió,
despectivo.
—Bueno, ciertamente Jennings no. ¿Tienes idea de lo que es para
mí trabajar con ella? Ella literalmente busca la manera de joderme
todos los días.
A papá le irritaba mi vocabulario, pero no me reprendió por ello.
—Katherine siempre ha sido volátil —dijo, y si no me equivocaba,
había una nota de afecto en su voz.
¿Me está tomando el pelo? Nunca le había oído sonar así antes, ni
siquiera con mamá.
—Dejaste que los hombres que la atacaron quedaran libres —dije,
y la vena en su cuello empezó a latir.
—No intentes actuar como si entendieras algo, Karla. Tú sólo eras
una niña cuando eso sucedió.
—Entiendo que podrías haber facilitado un testimonio,
describiendo a los hombres que entraron a su casa, pero te negaste.
No dije lo que realmente quería decir, pero pude ver que sabía lo
que estaba pensando. Fue un acto cobarde.
—¿Crees que no me arrepiento de lo que hice? —preguntó papá
después de un largo silencio.
Su pregunta me sorprendió mientras posaba mis ojos sobre él.
—No lo sé. ¿Te arrepientes?
—Por supuesto que sí. Era joven, tenía miedo de dañar mi
reputación. ¿Por qué crees que he estado poniendo toda mi energía en
el caso McGregor? Lo que teníamos está en el pasado. Nunca se
reavivará de nuevo, pero estoy tratando de hacer lo correcto por
Katherine, para alejar a ese monstruo finalmente, aunque sea unos
años demasiado tarde.
—¿Es McGregor quien la golpeó?
Papá asintió con sobriedad.
—Él y sus hombres. Eras muy pequeñita en ese momento y
acababas de empezar a expresar interés por la policía. Era ridículo. Por
qué cualquier mujer se pondría en peligro, Eso es algo que todavía me
asombra.
A pesar de que lo que dijo me enojó, podía leer entre líneas. Nunca
lo admitiría en voz alta, pero tal vez no le gustó la idea de que me
convirtiera en policía, porque le asustaba. Era algo triste que nunca
fuera capaz de mostrar debilidad, admitir sus temores, ni siquiera ante
su propia hija. Él era demasiado duro y rudo, para mostrar algún gesto
de cariño en mi vida, para que tengamos una relación en la que
pudiéramos compartir nuestros sentimientos sin preocuparnos de ser
juzgados.
Y en cuanto a que las mujeres que se unan al cuerpo, estábamos
destinados a estar siempre en desacuerdo. A decir verdad, era una
situación lamentable, porque lo conocía de toda mi vida y eso era
suficiente para saber que nunca cambiaría, nunca aprenderá a admitir
que estaba equivocado.
—Creo que descubrirás, papá, que los hombres están hechos de
carne y hueso al igual que las mujeres. Pueden ser lastimados,
también. Esto no tiene nada que ver con el género. Katherine tuvo mala
suerte, como estoy segura que han tenido muchos oficiales masculinos.
—No eres tan fuerte. Eso es un hecho genético —replicó papá.
—Nosotras tampoco somos débiles… todo lo contrario.
Me miró, en silencio y parecía que habíamos llegado a algún
callejón sin salida. Apenas había tocado mi té, pero papá levanto el
suyo, apurando el resto de él antes de levantarse de la mesa.
—Tengo que regresar —dijo, actuando como si no hubiéramos
estado discutiendo algo tan monumentalmente importante—. Si tienes
tiempo disponible, harías feliz a tu madre si la visitas esta semana.
Con eso se fue y lo vi alejarse.

La noche siguiente, decidí hacer una visita al gimnasio. Ya que con


todo lo que había estado sucediendo, me había estado quedando
rezagada en mis entrenamientos. Reya tenía un concierto, así que no
podía venir, pero no me importó. Necesitaba un rato a solas para
aclarar mi cabeza, mis pies pisoteaban con fuerza en la cinta andadora
mientras impulsaba mis piernas rápidamente. Estaba acalorada y toda
sudada cuando terminé y me dirigí a las duchas, donde me duché.
Mi cabeza estaba llena de pensamientos contradictorios,
comenzando por lo que le iba a suceder a Lee cuando mi padre
finalmente arrestase a McGregor. ¿Se vería atrapado en el fuego
cruzado o solo parte del daño colateral? ¿O finalmente estaría libre de la
vida en la que estaba envuelto?
Quería tan desesperadamente que me mirara a los ojos y que
prometiese que iba a modificar sus hábitos, salir del juego. Pero tal vez
estaba sobreestimando lo que significaba para él. Tal vez había
permitido que mis sentimientos fueran demasiado profundos.
Recogiendo mi cabello húmedo en un moño desordenado, me vestí
rápidamente con una camiseta y unos pantalones de yoga antes de salir
de los vestuarios para dirigirme a casa. Paré mis pasos tan pronto como
salí y encontré a Lee esperando por mí. El gimnasio debía cerrarse en
media hora, así que no había mucha gente alrededor. Estaba de pie
apoyado contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho
mientras me miraba.
—Hola —dije, preguntándome qué estaba haciendo aquí.
Después de cómo habíamos dejado las cosas ayer, no pensé que
quisiera verme otra vez. Le había dicho que no quería verlo, pero sabía
que la afirmación había caído en picado. Ni siquiera yo podía
convencerme de que era verdad, no digamos a alguien más. Su mirada
viajó desde mi cabello húmedo y desordenado hasta el cuello escotado
de mi camiseta.
—Snap —dijo Lee, impulsándose en la pared y caminando hacia
mí.
— ¿Está todo bien? —pregunté.
—¿Lo ha estado alguna vez? —preguntó de vuelta, sin expresión.
—Lo siento por lo de ayer. —Le miré de manera significativa, mi
mirada vacilando sobre su rostro.
Había una tensión en sus rasgos, y parecía estresado.
—No hay nada para que lo lamentes. Los dos estuvimos exaltados,
y todo el mundo dice mierda que no quiere decir cuando están
enojados. —Hizo una pausa, pareciendo cansado y pasó una mano por
su barba de tres días—. De todos modos, ambos sabíamos en lo que nos
estábamos metiendo.
—Pero, de todos modos, nos metimos en eso —terminé.
Dejó escapar un suspiro.
—Sí, lo hicimos.
—Bueno, al menos fuimos lo suficientemente listos para acabar
con las cosas antes de que se salieran de las manos.
Los ojos de Lee se afilaron, sus labios formando una línea recta, y
pude ver que lo que yo había dicho lo enojaba. Todo lo que conseguí de
él fue un plano:
—Ah.
—Así que supongo que ya te veré —le dije, moviéndome para
caminar al lado de él.
Se interpuso en mi camino, bloqueando mi camino y siguió
avanzando, obligándome a retirarme hasta que mi espalda golpeó la
pared. Presionando todo su cuerpo en el mío, susurró:
—¿Crees que va a ser así de fácil, Karla?
Su pregunta me hizo tragar saliva mientras llevaba mis manos a su
pecho y empujaba. Apenas se movió unos centímetros. De hecho, mi
empujón sólo le incitó a presionarse sobre mí más firme. Podía sentir
cada centímetro de su torso, desde sus duros pectorales y abdominales
hasta el latido de su corazón golpeando salvajemente en su clavícula.
—No hagas esto —le supliqué.
—Echo de menos sentirte —dijo, su voz profunda y sensual.
Mi cuerpo se relajó contra el suyo, el tono que usó me hizo derretir.
Necesitaba ser más fuerte.
—Deberías odiarme.
—Lo sé, pero no puedo. No creo que pueda.
—Lee, estás haciendo esto más difícil de lo que necesita ser —dije,
subiendo mis manos de su pecho para tocar su cuello—. Será más fácil
si no nos vemos. La proximidad es un problema para ambos, lo sabes.
Él sumergió su cabeza, tocando con su boca el lóbulo de mi oreja.
—No puedo evitar que me atraigas —Su voz cayó a un susurro—.
Te quiero de vuelta en mi cama. Quiero sentirte agitarte por mí.
Me estremecí, con la garganta atrapada mientras respondía:
—Eso no puede suceder.
—Puede. Sólo tienes que dejarte llevar. Yo me encargo de todo lo
demás.
De repente, me di cuenta de que lo estaba dejando hacer, como
siempre hacía. Estaba dejando que se desdibujara mi visión y mezclara
mis pensamientos con el sexo. Su boca cayó del lóbulo de mi oreja
cuando me alejé el máximo que pude.
—Pero no lo ves, eso es justamente el asunto. No te estás
encargando de nada. Te has escapado de la muerte durante tanto
tiempo que le has perdido el miedo. Sé que robas. Sé que trabajas para
un hombre peligroso, pero tienes que salir ahora. —Hice una pausa
para recobrar el aliento y lo miré fijamente—. Tienes que salir antes de
que sea demasiado tarde, y, créeme cuando digo esto, será tarde muy
pronto, Lee.
Su frente se arrugó y esperé que recibiera mi mensaje. No podía
decirlo directamente, pero podía advertirlo a mi manera.
—¿Qué estás diciendo?
—La otra mañana me quedé callada. Bueno, ahora no lo haré.
Necesitas escucharme. De lo contrario, no puedo predecir qué podría
sucederte a ti y a tu familia. ¿Lo entiendes?
Sus ojos se pusieron serios mientras sus labios se endurecieron y
pasó un largo rato en silencio antes de asentir.
—Sí, te entiendo.
Exhalé profundamente, sabiendo que había hecho mi parte. Ahora
le correspondía a él arreglar las cosas. Mi padre buscaba a McGregor y
era personal. No iba a detenerse hasta que acabase con él y a todos los
que trabajaban para él. Solo esperaba que Lee sacara a sus hermanos y
a si mismo del edificio, antes de que la bomba estallase.
—Me voy a casa ahora —dije—. Tengo que trabajar por la mañana.
Lee me permitió alejarme, pero sólo porque estaba sumido en sus
pensamientos. Buscando su mano la sujeté con la mía y le di un suave
apretón antes de continuar mi camino. Fue un alivio saber que había
tomado mis palabras en serio y algo de la tensión dentro de mí se alivió,
sabiendo que Lee y sus hermanos podrían tener una oportunidad, un
tipo diferente de vida.
Todo el concepto giró completamente al día siguiente cuando llegué
a la comisaría para encontrar el lugar lleno hasta rebosar. Hombres
jóvenes alineados a ambos lados de la zona de recepción, todos
esposados. No tenía ni idea de qué estaba pasando, pero una cosa era
clara: Si los hombres no hubieran estado esposados, podríamos haber
tenido un motín entre manos. La hostilidad impregnaba el aire como
una cosa seria.
Fue solo cuando mis ojos echaron un vistazo a los presentes que vi
a Liam, Trevor y Lee parados junto a una pared. Un policía comenzó a
guiar a Lee a través de las puertas dobles que conducían a las salas de
interrogatorio. A pesar del hecho de que su rostro estaba todo cortado,
él llevaba una amplia sonrisa que estaba dirigida a un tipo de piel
oscura en el otro lado la sala. La sangre manchaba la frente de Lee y
había una herida en su barbilla.
Cuando eché una mirada al hombre a quien él sonreía (que, por
cierto, volvía a ver de nuevo), reconocí el tatuaje en su cuello. Era el
mismo tipo que había intentado intimidarme fuera de la tienda aquella
noche, el mismo del que le hablé a Lee. La sangre en mis venas se heló
cuando una inquietante idea me vino a la mente. Esto no se trataba de
eso, ¿o sí?
—Muy valiente sonriéndome como una mierda presumida cuando
no puedo hacer nada al respecto —decía el del tatuaje en su cuello—.
¿Dónde dejaste tus bolas, Cross?
—Las dejé bajo la cama de tu madre. Está manteniéndolas
calientes por mí —bromeó Lee, y el del tatuaje en su cuello se zambulló
justo antes de que dos oficiales se apresuraran para detenerlo.
Me mantuve en mi lugar viendo como todo ocurría, y la sonrisa de
Lee titubeó ligeramente cuando sus ojos finalmente aterrizaron en mí.
No había estado esperando verme allí, eso estaba muy claro, quizás
porque le dije la noche anterior que tenía que trabajar temprano. Fue
una mentira para terminar nuestra conversación. No iba a llegar hasta
el mediodía y era por eso que seguía en el turno.
Su mandíbula se endureció mientras el guardia continuaba
sacándolo de la habitación. Me acerqué a Tony para preguntar qué
estaba pasando.
—Parece ser algún tipo de rivalidad entre pandillas. Una mujer
llamó para informar la pelea que ocurría fuera de su edificio. No había
armas involucradas, pero unos cuantos están muy graves. Y escucha
esto, fueron los hermanos Cross los que empezaron la pelea. El mayor
está siendo interrogado justo ahora, y estoy a punto de interrogar al
otro. —Tony hizo una pausa para echar un vistazo al archivo que
estaba sosteniendo—. Lee Cross. No te importaría encargarte de eso,
¿verdad? Has lidiado con él antes. Tal vez estará más inclinado a hablar
con un rostro familiar.
Me sentí como de unos cinco centímetros de altura cuando Tony
me miró con tal sinceridad y confianza. Él no tenía ni idea de la pésima
excusa de oficial de policía que era o qué tan profundamente cercanos
éramos Lee y yo.
—Por supuesto —respondí rígidamente—. Cualquier cosa que
pueda hacer para ayudar.
Tony asintió y me hizo un gesto para que lo siguiera a la sala de
interrogatorio, la cual consistía en unas paredes de color magnolia
desnudas y una mesa con tres sillas, una de las cuales estaba
ocupando Lee. El guardia que lo había traído allí estaba de pie junto a
la puerta, mientras Tony y yo tomamos los asientos frente a Lee. Le
eché un vistazo, incapaz de evitar el dolor en mis intestinos de
preocupación al verlo herido. Mi primer instinto fue ir alrededor de la
mesa e inspeccionar sus heridas, asegurarme de que estaba bien. Sus
manos esposadas estaban detrás de su espalda y quería quitárselas
desesperadamente y masajear sus muñecas para aliviar las tensiones.
Intenté dejar esos confusos instintos a un lado y endurecer mi
propósito. Lee había instigado a una peligrosa pelea de pandillas. Se
merecía estar sufriendo. Ni siquiera sabía que él era parte de una
pandilla, o tal vez Tony supuso que lo era. Después de todo, él era el
jefe, un subjefe, pero jefe sin embargo y obviamente tenía a un montón
de jóvenes trabajando para él; robando para él.
Seguí recordándome esos hechos, mi expresión era hosca.
La mirada de Lee se clavó en mí mientras los músculos de su
mandíbula temblaban.
—He olvidado algo, vuelvo en seguida —dijo Tony, después de
buscar en el archivador que había llevado. Una vez había salido, me
quedé a solas en la mesa con Lee. El otro guardia aún estaba junto a la
puerta, así que no podía hablar abiertamente. Nos encontramos en algo
parecido a un concurso de mirada fija. No aparté la mirada, ni dejé que
mi expresión titubeara. Él necesitaba saber que no estaba contenta con
nada de esto.
Lee sonrió vagamente y apoyó su cuerpo hacia delante tanto como
pudo, observándome mientras inclinaba la cabeza.
—¿Por qué estás triste, ojos azules?
—No te di permiso para hablar, así que guarda silencio —respondí
firmemente, irritada por la forma en que sus labios se curvaban
alrededor de los bordes a mi temperamental respuesta, odiando cómo
hacía que mis entrañas revolotearan.
—Un azul muy bonito —continuó, molestándome.
—Te dije que te callaras. Es tu última advertencia.
—Sabes, me gusta un poco cuando te haces la jefa conmigo,
agente.
Decidiendo que él estaba disfrutando demasiado, me quedé
callada, mirando a la pared mientras esperábamos que Tony regresara.
Sólo le tomó un minuto y su silla rascó contra el suelo cuando tiró
de ella. Una vez estuvo sentado, advirtió a Lee antes de comenzar el
interrogatorio.
—Entonces —comenzó Tony hojeando una nueva carpeta—,
¿quieres decirme por qué empezó todo esto, muchacho?
—Mi abogado está en camino. No les hablaré hasta que él llegue.
Fin.
—Un testigo afirma que fuiste el instigador en el disturbio, dice que
caminaste directo a Carl Finley y lo atacaste, completamente sin motivo.
—Un poco dramático —dijo Lee.
—Entonces dime tu versión de los eventos.
—¿Tienes un problema para escuchar? He dicho que no tengo
nada que contarles.
Tony levantó sus manos en el aire.
—Está bien por mí. Entonces, ¿debo seguir hablando?
Lee se encogió de hombros, sus ojos se movían un segundo hacia
mí y luego volvían a Tony. Jamás me había sentido más tensa en mi
vida. Podría habernos contado todo justo allí en ese momento. Podría
haber dicho cualquier cosa y no había nada que pusiera hacer para
detenerlo.
—Nuestro testigo sostiene que estuviste gritándole a Carl, diciendo
que le había faltado al respeto a alguien que te pertenecía. Suena como
si tal vez lo merecía, y sabes, me preguntó con quién fue irrespetuoso.
Debe ser alguien muy especial —siguió Tony, y todo mi cuerpo se heló
cuando mis ojos se elevaron hacia los de Lee.
Se me quedó mirando, completamente inexpresivo, pero en ese
momento lo supe. Sabía que había empezado la pelea con el tipo del
tatuaje en el cuello, o Carl Finley, por lo que me hizo. Era increíble.
Imperdonable. Lidiaba con sujetos agresivos diariamente. Estaba
acostumbrada a hacerlo. Y el hecho del asunto era, Lee no tenía excusa
en empezar una pelea por mí. Ni siquiera estábamos juntos y a pesar de
lo que me había hecho decir durante el sexo, ciertamente no le
pertenecía.
Lee me miró mientras le decía a Tony:
—No tienes ni idea.
Mis poros se apretaron, mi estómago revoloteaba en respuesta a la
intensidad de sus palabras. La reacción me molestó.
—No pareces muy arrepentido por tus acciones —dije, incapaz de
quedarme callada.
—No me arrepiento, si es a lo que quieres llegar.
Agarré la carpeta de Tony, la cual contenía detalles de los que
fueron llevados al hospital.
—Uno de los hombres involucrados en la pelea tenía la mandíbula
destrozada y otro tiene una fractura de rótula. Se debe ser una persona
bastante fría para no sentir preocupación por tales lesiones graves.
—Si Mugabe se rompió la mandíbula, ¿derramarías una lágrima?
—preguntó Lee con tono de burla.
—No es lo mismo.
—Ah, ¿no? ¿Tienes alguna idea de la clase de mierda asquerosa
que Carl y sus muchachos hacen? Violaciones en pandilla, ataques
violentos, asaltos, intimidación, nómbralas tú. ¿Has oído sobre esas
drogas que han estado circulando por ahí? ¿Esas de las que algunos
adolescentes tomaron y tuvieron sobredosis? —Hizo una pausa para
mirarme fijamente—. Ha amenazado a la gente a punta de pistola. Ha
golpeado a gente hasta dejarla medio muerta y aun así se pasea por las
calles como si fuese el rey de su pequeño imperio. Creo que encontrarás
que no es exactamente lo mismo.
—Entonces, ¿comenzaste la pelea por qué? ¿Como una especie de
justiciero? —dijo Tony cínicamente y repentinamente recordé que no
estábamos solos.
También me sentí horrible, porque Carl me había amenazado y lo
había dejado salirse con la suya. Si lo hubiera arrestado ese día,
entonces podría haber salvado a unas cuantas de las personas de las
había hablado Lee. Ese pensamiento me hizo marchitar con la culpa.
Odiaba admitirlo, pero lo que me había dicho era verdad. El mundo no
era todo blanco o negro y estaba comenzando a darme cuenta que
muchas de mis creencias podrían ser alteradas al tomar las
perspectivas de otra persona.
—¿Acaso dije que yo comencé una pelea? —preguntó Lee—. Porque
estoy bastante seguro de que no.
—Muy bien, bueno, vamos a hablar de las drogas, entonces.
¿Puedes darnos más detalles? —dijo Tony—. Si tienes información,
podemos trabajar juntos para tenerlo imputado.
Lee sacudió su cabeza mientras soltaba una risita burlona.
—¿Te parezco un puto idiota? Dios, cuéntame otra.
—Tú ofreciste la información. Sólo tenía curiosidad de saber más
—respondió Tony.
Estaba siendo amable, jugando al policía bueno. ¿Eso significaba
que yo era la policía mala? No, no lo creo, no con la cantidad de
sentimientos que estaban enfrentándose dentro de mí por el delincuente
del otro lado de la mesa.
La radio del oficial parado junto a la puerta sonó, llamándolo para
un encargo. Le dijo a Tony que estaría de vuelta tan pronto como
pudiera antes de dejar la habitación. Con él fuera, el lugar se sintió
extrañamente más pequeño. Sentí un movimiento bajo la mesa
mientras Lee estiró su pierna, su zapato golpeó contra el mío.
Retirando inmediatamente mi pie, entrecerré mis ojos hacia él y le
ordené que no hiciera nada que pudiera hacer sospechar a Tony. Quería
preguntarle si había comenzado la pelea por mí, o si lo había hecho por
las otras cosas por las que Carl era culpable. Quería decirle que
lamentaba haber interrumpido las cosas entre nosotros, pero que no
podía evitarlo. Pero más que todo, quería abrazarlo y decirle que la
violencia no era siempre una solución. Quería demostrarle lo que podría
ser el mundo sin eso.
En realidad, nunca llegaría a hacer nada de eso, porque siempre
habría una división. La delgada línea azul siempre estaría entre ambos,
conmigo del lado del orden y él al lado del caos.
—¿Te ha visto alguna enfermera por tus heridas? —pregunté, la
ternura en mi voz fue inesperada.
Tony me echó una mirada curiosa mientras Lee sacudía su cabeza.
—Mi salud no es un factor muy alto en la lista de prioridades
donde las viejas cuentas son importantes, pero gracias por preguntar.
—Bueno, ¿cómo te sientes? ¿Estás herido en algún lado que no
podamos ver?
La barbilla de Lee se elevó mientras sus ojos brillaban
maliciosamente.
—¿Por qué no te acercas un poquito más y echas un vistazo,
oficial?
—No seas listo. —En el exterior sonaba severa, mientras que en el
interior le rogaba que me dejara saber que estaba bien.
Recordé el momento en que Steve lo golpeó. También había
intentado esconderme sus heridas. Seguí mirándolo hasta que su
expresión se suavizó.
—Estoy bien, nada que un baño caliente y unas pocas cervezas no
puedan arreglar.
Su respuesta me alivió. Tony se aclaró la garganta y se dirigió a mí
formalmente.
—Oficial, ¿puedo hablar con usted un momento?
Lo miré y asentí con un gesto.
—Claro. —Al levantarme de mi asiento, me preguntaba
frenéticamente si había hecho algo para delatarme. ¿Había demostrado
mucho afecto al hablarle a Lee? No lo sé.
Tan pronto como estuvimos afuera y la puerta se cerró, Tony me
miró especulativamente.
—¿Te sientes bien?
Me encogí de hombros.
—Sí. Nada diferente de lo habitual.
—Estás actuando extraño. ¿Por qué todas esas preguntas ahí
adentro? Si no te conociera bien, diría que hay algo que no me estás
diciendo.
Cada músculo en mi cuerpo se enroscó fuertemente y
repentinamente me di cuenta de lo transparente que estaba siendo.
Jamás expresé preocupación sobre la salud de un sospechoso, no en la
manera en la que lo había hecho con Lee. Tampoco perdí mi seriedad en
los interrogatorios o actué como si tuviera algo personal con el
delincuente investigado. Tony me conocía lo suficientemente bien como
para saber que había algo sospechoso.
—Bueno, ahora que pienso en ello, estoy teniendo un día un poco
apagado. No dormí mucho anoche —mentí en un esfuerzo para explicar
mi comportamiento.
Tony dejó salir un lento respiro.
—¿Segura que eso es todo?
—Muy segura.
—Bien, bueno, no parece que el joven señor Cross vaya a darnos
algo con lo que podamos trabajar. ¿Puedes escoltarlo a una celda de
detención hasta que su abogado llegue? Voy a traer a otro de los
hombres para interrogarlo.
—Claro, lo haré en seguida —dije, dándome la vuelta para volver a
entrar en la sala de interrogación.
Lee alzó la mirada tan pronto como entré, mirando detrás de mí
para ver si estaba sola. Parecía diferente ahora que Tony no estaba,
menos arrogante y más preocupado. Incluso su voz era diferente que
cuando hablaba, más suave.
—¿Todo bien?
—Sí —respondí cortante—. Tu interrogatorio se acabó. Voy a
llevarte a una celda hasta que tu abogado llegue.
—Oye —dijo Lee, su tono suave mientras le hacía señas para que
se levantara de su asiento—. No esperaba que estuvieras aquí.
—No tengo ni idea de qué se supone que quiere decir eso. Ahora
muévete. No tenemos todo el día.
Se levantó, sobrepasándome por un par de centímetros, sus ojos
recorriendo mis rasgos.
—¿Qué te pasa?
Lo fulminé con la mirada, incrédula, mientras susurraba/siseaba.
—¿Estás jodiéndome? Comenzaste esta pelea por mí y ahora
esperas que me comporte normal. Este comportamiento es inexcusable.
Lee se mordió su labio como para evitar reírse ante mis intentos de
regañarlo.
—Es inexcusable… tienes razón. Pero no fue por ti. Sabes cómo me
siento sobre las drogas. Algo debía hacerse. —Se detuvo y dio un paso
más cerca hasta que apenas había espacio entre los dos—. Y si eso
significaba tener que ir a enseñarle una lección por siquiera pensar en
ponerte una mano encima, entonces mejor que mejor.
Su voz era baja, un murmullo ronco y sentí mi garganta cerrarse
con emociones contrarias. Quería besarlo y abofetearlo a la vez.
—No sé por qué estás reaccionando tan casual ahora. Si Carl
decide presentar cargos, podrías recibir seis meses por asalto agravado,
más si resulta que alguien resultó de verdad lastimado —le dije.
Lee fijó sus ojos en los míos.
—Finley no presentará cargos. Así es como hacemos las cosas.
—Oh, es un "nosotros", ¿verdad? ¿Entonces te consideras la
misma clase de persona que él? Que tranquilizador.
—No es lo que quise decir.
Sacudí mi cabeza y abrí la puerta, agarrándolo bajo el brazo para
moverlo.
—Esta conversación se acabó. Ahora empieza a caminar —le
ordené.
Salió al corredor y escuché voces acercarse.
—Jodido infierno —maldijo Lee, mirando a su derecha.
Me paré a su lado justo a tiempo para ver a Carl Finley darle un
cabezazo a uno de los agentes que habían estado intentando llevarlo a
un cuarto de interrogación. Lee posicionó su cuerpo frente a mí, como si
me escudara de quedar atrapada en un fuego cruzado. Mi corazón se
tensó por un momento ante el movimiento protector, pero entonces los
oficiales consiguieron reducir a Carl, inmovilizándolo en el suelo. Al que
le había dado el cabezazo lo pateó con fuerza en el abdomen y Carl
gruñó de dolor. Viendo que tenían las cosas bajo control, comencé a
guiar a Lee por el corredor.
Él se rió suavemente cuando pasamos junto a Carl, quien giró su
cabeza para mirar a Lee con veneno en sus ojos. Lee miró al agente que
lo había pateado, todavía riéndose.
—Eso es muy injusto, amigo.
—Cállate o serás el próximo —escupió el agente.
El agente dio un paso adelante, pero entrecerré mi mirada hacia él
e intervine justo a tiempo.
—Un poco de profesionalidad no sería malo, Connors —dije
tensamente antes de continuar guiando a Lee lejos de allí.
—Eres buena para esta mierda —dijo Lee una vez estuvimos solos
de nuevo, su declaración me sorprendió.
Caminaba frente a mí, así que lo único que pude ver fue su
espalda. Todavía sostenía su brazo, ya fuera para evitar que corriera o
para calmar mi necesidad de tocarlo, no estaba segura.
Cuando no respondí, siguió hablando.
—Odio pensar que seas lastimada, Karla, odio imaginarte en todas
esas situaciones peligrosas a las que debes ir todos los días.
Sus palabras removieron una punzada de emoción en mi vientre,
pero intenté ahogarla y mantuve la forma firme mientras susurraba:
—¿Y crees que eso no va en ambos sentidos? Odio pensar en tu
vida tanto como odias pensar en la mía.
Lee no soltó ni una palabra después de eso y cuando lo encerré en
la celda, miró sus manos, claramente hundido en sus pensamientos.

Fue cuatro días después de verlo en la comisaría que decidí visitar


el taller de Lee. Conduje en mi propio auto, esperando que estuviera por
allí. Fue solo cuando llegué que recordé que no abría los fines de
semana. Apretando el freno, me senté ahí un momento, preguntándome
qué demonios estaba haciendo.
El silencio radial de su parte me preocupó y quería saber
desesperadamente si estaba haciendo algo para salir del círculo interno
de McGregor. Sabía que la única forma en que iba poder hacerlo
pacíficamente era comprar su salida, pero ¿cuánto costaría eso?
No tenía ni idea.
Finalmente decidiendo que era una idiota por intentar verlo, decidí
ir a casa y dejar de perder mi tiempo preocupándome por un hombre
que ni siquiera era mi compañero. En la gran escala de las cosas, poco
había sucedido entre nosotros. Tuvimos sexo un par de veces; eso es
todo. Necesitaba darme a mí misma una sacudida firme a la realidad.
Era de noche, el cielo estaba empezar a oscurecerse cuando lancé
un último vistazo a las puertas del taller del Lee. Fruncí el ceño cuando
noté algo en el suelo y en una inspección más de cerca me di cuenta
que de hecho era alguien.
Sin pensarlo salí del auto, corriendo hacia el cuerpo tendido en un
ovillo. Tenía una gorra gastada, pero cuando suavemente la aparté con
mis dedos, vi que era Liam. La mitad de su rostro estaba golpeado y
sangre manchaba su ropa. Buscándole el pulso, solté un suspiro
aliviada al ver que estaba vivo y respiraba, aunque entrecortadamente.
Me tomó unos minutos mirarlo por encima y determinar sus heridas.
Su cuerpo estaba maltrecho y tenía varios cortes que parecían
dolorosos, pero no había balas ni heridas fatales hasta donde podía ver.
Sacando mi teléfono del bolsillo, comencé a marcar el número de
los servicios de emergencia cuando una mano de repente se disparó,
sacando el teléfono de mi agarre. Liam estaba despierto.
—No —dijo—. Sólo llévame a casa. Busca a Lee.
—Estás herido —dije—. Necesitas una ambulancia.
—No —siguió fervientemente—. Nada de ambulancia, por favor.
La ferocidad en sus ojos me hizo detener y por instinto corrí a mi
auto, abriendo la puerta de atrás antes de correr de regreso con Liam y
ayudarlo a levantarse. Era algo bueno que fuera fuerte, porque alguien
más podría haber tenido problemas para levantar al musculoso chico de
veinte años hasta la parte de atrás del auto. Una vez que lo tuve
acomodado, me deslicé al frente y encendí el motor, dirigiéndome a casa
de Lee. Mirando a través del espejo retrovisor vi que Lee se había
desmayado de nuevo.
Cuando llegué allí, corrí hacia la puerta principal y llamé
frenéticamente, mientras me preguntaba por qué no había ido al
hospital o llamado a la comisaría para informar. Era algo que pensar y
no por primera vez me pregunté cuánta influencia estaban teniendo mis
sentimientos por Lee en mis acciones.
Trevor abrió la puerta, la sonrisa inmediatamente desapareció de
su rostro cuando vio mi expresión de pánico. Sin decir una palabra,
agarré su mano y lo llevé fuera, tirando de él hacia mi auto y abriendo
la puerta trasera. Maldijo profusamente cuando vio el estado en que
Liam estaba, luego volvió de nuevo a la casa. Antes de darme cuenta,
Stu y Lee estaban ahí, todos con sus ceños fruncidos con la rabia
cuando vieron a su hermano menor. Sophie salió de la casa también,
con su mano sobre su boca por la sorpresa.
Miré en silencio mientras trabajaban juntos para llevarlo dentro.
Entre todos lo depositaron con cuidado en el sofá, mientras Sophie
subía las escaleras para buscar un kit de primeros auxilios. Una vez
Liam estuvo acomodado, Lee se acercó a mí, sus manos fueron
directamente a mi cara mientras me miraba directamente a los ojos.
Había una tirantez en su voz, su ira apenas escondida. Mi respiración
era frenética todavía y mi pulso desbocado.
—Dime que pasó, Karla y empieza desde el inicio.
Rápidamente le conté como había ido a su garaje para hablar con
él y encontré a Liam en el suelo. Trevor y Stu estaban a unos metros,
escuchando mientras hablaba.
—Esto tiene a Finley escrito por todas partes —gruñó Stu, con sus
manos apretadas en puños.
Los dedos de Lee cayeron de mi rostro mientras le disparaba una
mirada a Stu. Cientos de palabras fueron intercambiadas en el silencio,
y luego todos los tres hermanos estaban en movimientos. No tenía ni
idea de qué estaba pasando, pero seguí a Lee por el pasillo, donde abrió
la puerta del cuarto de almacenaje, sacando un bate de béisbol, un palo
de acero y un martillo. Le pasó los tres a Stu antes de subir las
escaleras.
Estaba demasiado atónita para reaccionar, mirando mientras los
tres reunían municiones con la boca abierta. Cuando Lee bajó otra vez,
tenía una capucha negra con el cierre subido hasta arriba. Luego ató
una bandana alrededor de su cara, cubriendo todo menos sus ojos
antes de subirse la capucha.
—No —dije, con voz áspera—. De ninguna jodida manera. No vas a
hacer esto.
Lee se movió para pasar a mi lado, pero agarré su brazo. Me miró
con el ceño fruncido y fui sorprendida por el hecho de que lo único que
podía ver eran sus glaciales ojos azules.
—Mantente al margen —gruñó, arrancando su brazo de mi agarre.
—Finley debe pagar —dijo Stu, como si fuera así de simple—. Tú
entregas justicia, pero también nosotros. Sólo tenemos nuestra marca
particular de castigo.
—Espera —rogué, mis pensamientos revolviéndose cuando caí en
cuenta—. No pudo haber sido Finley. Sólo escúchame un segundo.
Lee se giró, dándome toda su atención y dejé salir un fuerte
suspiro.
—Después de tu interrogatorio el otro día, Tony ha estado como un
sabueso yendo tras Carl. Encontró dónde estaba suministrando sus
drogas y buscó el lugar. Él y un buen número de su gente fueron
arrestados y han sido mantenidos en custodia desde entonces. No pudo
haber sido él.
Finalmente, los hermanos estaban de verdad escuchándome y mi
pulso empezó a tranquilizarse. Lee se quitó la bandana de su cara
dejándola alrededor de su cuello.
—Será mejor que no me estés mintiendo, Karla.
—Lo juro, es la verdad.
Él miró a Stu, y de nuevo tuvieron una de sus silenciosas
comunicaciones.
—Pudo haber sido la gente de Hartfield. Dejamos todo con ellos
hace semanas —dijo Stu.
Lee se pasó una mano por la incipiente barba, su mente
claramente corría.
—Esto es una completa mierda. Alguien golpeó a Liam para enviar
un mensaje. —Girándose, salió a la sala de estar, donde estaba Sophie
atendiendo las heridas de Liam.
Todos fuimos detrás y Lee se arrodilló en el suelo, pasando una
mano por el cabello de su hermano.
—Liam, hermano, ¿puedes oírme?
Ante el sonido de la voz de Lee, los ojos de Liam se abrieron.
—¿Quién te hizo esto, hermano? ¿Viste?
Liam lo miró, su atención aterrizó en mí un segundo antes de
volver a su hermano.
—Ven aquí… —resolló, apuntando a Lee para que se acercara más.
Cuando lo hizo, Liam susurró algo en su oído y todo el cuerpo de
Lee quedó inmóvil, cada musculo tensándose. Obviamente, él no había
querido que escuchara lo que fuera que tenía que decir. Cuando se
levantó, hizo señas a Stu y Trevor para que fueran a la cocina. Ambos
se fueron y entonces Lee se giró hacia mí, tomando mi mano en la suya
y llevándome por el pasillo. Cuando llegó a la puerta principal, acercó
mi cuerpo, abrazándome inesperadamente.
—Gracias —susurró contra mi cabello—. No sé por qué fuiste a
verme, pero si no hubieras encontrado a Liam cuando lo hiciste, podría
haber estado ahí toda la noche.
Mis manos se agarraron en su sudadera mientras enterraba mi
rostro en su cuello, inhalando su esencia masculina. Nos quedamos ahí
de pie un buen rato, abrazándonos, sin intercambiar palabras. Sentí su
gratitud por lo fuerte que me abrazaba y tuve la sensación de que tenía
muchas cosas en su cabeza. Apartándome un poco para mirarlo, dije:
—Sé que hay cosas que no me cuentas, pero si necesitas ayuda
sólo dímelo. —Su expresión se suavizó mientras pasaba una mano por
mi mejilla.
—Si te pido que subas esas escaleras ahora y me esperes a que
regrese, ¿lo harías? —preguntó, perforándome con sus ojos.
—Eso no nos ayudaría.
—Ahora, es la ayuda que necesito.
No pude decirle no, no otra vez, así que simplemente negué. Parte
de la tensión regresó a su cuerpo mientras su expresión se volvía seria.
—Será mejor que te vayas, entonces.
—Cuando digo que quiero ayudar, lo digo en serio, Lee. Deja de
llevar la carga de todo el mundo sobre tus propios hombros.
—Si quisieras ayudar, irías a mi habitación, te quitarías la ropa y
calentarías mi cama —gruñó, agarrándome el cabello y tirando
suavemente. La sensación me dio un pequeño cosquilleo entre las
piernas—. Harías que todo lo que tengo oliese a ti y dejarías de dejarme
todo el tiempo.
—Cuando me voy, no es porque quiera.
—Entonces quédate —murmuró, dejando caer su boca sobre la mía
y que nuestros labios se encontraran en un breve beso.
Me alejé de él, tratando de comunicar mi confusión en una mirada
torturada.
—No, eso pensaba —dijo Lee con dureza.
Respiré profundamente, giré sobre mis talones y salí por la puerta.

—¿Un mal día? —preguntó Alexis cuando entré en su habitación,


me metí en la cama a su lado y apoyé mi cabeza en la parte redondeada
de su vientre, que crecía a medida que pasaban los días.
—Algo así —respondí con cansancio—. ¿Puedo dormir aquí contigo
esta noche?
—Por supuesto. ¿Quieres hablar?
—Realmente no.
—Bueno.
Una calma cayó entre nosotras y pude sentir su estómago
subiendo y bajando mientras respiraba.
—¿Has pensado cómo llamarás al bebé cuando nazca? —pregunté,
tratando de pensar en algo que me hacía feliz en lugar de algo triste.
Soltó un largo suspiro.
—Esto probablemente esté jodido desde que él me abandonó, pero
si es un niño, no creo que pueda llamarlo más que Oliver. Olivia si es
una chica, supongo.
—Esos son buenos nombres.
—Sí —dijo, susurrando.
—¿Todavía te duele el corazón cuando piensas en él? —le pregunté,
incapaz de evitarlo.
La oí inhalar en un silencioso suspiro y permaneció en silencio
durante mucho tiempo antes de responder.
—Cada día.
—Me duele el corazón cuando pienso en Lee. ¿Eso significa que lo
amo como tú amas a King?
Otro suspiro salió de ella, esta vez por una razón totalmente
diferente, mientras me miraba con su expresión aturdida.
—Oh, Karla, no tenía ni idea. Quiero decir, sabía que ustedes dos
estaban haciendo cosas, pero no sabía que era así.
—No quiero que lo sea.
—Yo tampoco quería.
Dejé escapar una pequeña sonrisa triste.
—Qué pareja hacemos.
Su risa de respuesta fue igual, sin alegría, el sonido resonó en mis
sentimientos y estuvo de acuerdo de todo corazón.
Pasaron dos semanas. Dos horribles y agonizantes semanas.
Todo parecía amplificar mi soledad, como la tela de mi uniforme
frotando fríamente en mi piel, la humanidad en el tacto o cómo me
acostaba en la cama y recibía un susurro fantasmal de su olor. Sabía
que no era real, porque había lavado y cambiado mis sábanas varias
veces desde la última vez que compartimos la cama. Estaba marcado en
mi memoria, sin embargo, y cada vez que estaba en el trabajo y olía la
colonia de un hombre que me recordaba a la suya, mi estómago se
revolvía.
Estaba en el turno de noche con Tony, conduciendo por la ciudad
en el auto-patrulla, cuando mi teléfono vibró con un mensaje. La
atención de Tony estaba fija en el camino mientras lo sacaba, mirando
hacia abajo para ver el nombre de Lee en la pantalla. De repente, un
ladrillo cayó al fondo de mi estómago. Estaba poniéndose en contacto,
pero eran más de las once. Sólo esperaba que no fuera una especie de
llamada de sexo.
Lee: Soy Stu. T necesito n nuestro pub. Lee está mal.
Mi corazón latía con fuerza mientras leía el mensaje mal escrito y
las preguntas girando alrededor de mi cabeza. ¿Había estado en una
pelea? ¿Había sido golpeado por alguien, como Liam había sido
golpeado? Mirando a Tony, le dije:
—Oye, tengo un amigo que está en problemas. No te importaría
tomar un pequeño desvío por mí, ¿verdad?
—No hay problema, ha sido una noche tranquila de todos modos.
Un par de minutos más tarde, estábamos estacionados fuera del
pub. Me eché una mirada rápida en el espejo, quitándome el sombrero y
arreglando mi cabello en el moño que usaba habitualmente para
trabajar.
—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Tony.
—No, tómate un descanso. Pasa rato con las chicas. No tardaré
mucho.
Asintió y salí, mi corazón latía mientras entraba en el ruidoso
pub. El lugar estaba concurrido para ser un miércoles, pero después
recordé que había un partido de fútbol antes. Probablemente lo habían
visto en la televisión de pantalla plana que colgaba en la esquina más
alejada del bar. Un par de hombres me miraron agresivamente,
preguntándose qué estaba haciendo un policía en su local, pero una vez
que no los molesté, regresaron a sus conversaciones y me ignoraron.
Caminé, escudriñando los rostros de los que me rodeaban, hasta
que vi a Stu con lo que parecía ser una acalorada discusión con otros
dos hombres.
—Ponle una correa a tu hermano, ¿podrías? Ha estado en la salsa
desde el mediodía.
—Oh, vete a la mierda —gritó alguien, y me volví para ver a Lee
haciendo un movimiento con la mano, ciego, borracho y muy
claramente en busca de pelea.
El hombre volvió a mirar a Stu.
—Lo digo en serio... no queremos ningún problema.
—Ha tenido una mala noche. Me aseguraré que se comporte —dijo
Stu y los hombres parecían relativamente aplacados al volver a sus
puestos.
—Sí, eso es, regresa por donde viniste —dijo Lee con dureza y Stu
frunció el ceño.
—¿Intentas empezar una guerra? —siseó, descontento.
Lee soltó una risa burlona.
—Como si no estuviéramos en una.
Finalmente, moviendo mis pies, me acerqué a ellos, dirigiendo mi
pregunta a Stu.
—¿Qué está pasando? ¿Qué pasa con él?
—Rayos —dijo Lee, parpadeando como si pensara que no era real.
—Está ahogando sus penas, eso es lo que está haciendo, y
tratando de matarnos a los dos —respondió Stu—. ¿Ves a ese tipo
allá? Ese es Ade Fowler. Acaba de salir de prisión por homicidio. Mató
al hombre que tenía un lío con su esposa, y este idiota —dice, haciendo
un gesto a Lee—, va hacia él y le pregunta cómo está su señora,
dándole una gran maldita mirada.
Hizo una pausa, mirando mi aspecto.
—¡Jesús, Karla, podrías haberte cambiado al menos!
—Estaba trabajando y pensé que era una emergencia.
Antes que pudiera responder, Lee estaba delante de mí, su olor
invadía mis sentidos mientras agarraba mi muñeca y tiró de mi cuerpo
hacia el suyo.
—Te he extrañado —susurró, el alcohol pesado en su aliento—.
Vamos a salir de aquí.
Traté de estabilizarme, poniendo mi mano sobre su pecho y
empujándolo hacia atrás.
—¿Qué estás haciéndote? Este no eres tú —dije, mi voz medio
enojada, medio triste.
—Sí —dijo, irritado—. Bueno, esto es lo que sucede cuando tengo
que estar sin ti. —Hizo una pausa un segundo, con expresión tensa—
. La vida es una mierda sin ti, Karla.
Mis ojos se dirigieron a Stu, que me miraba como si fuera culpa
mía que su hermano estuviera actuando como un alcohólico.
—Déjame hablarle en privado un minuto.
—Por supuesto —dijo Stu, alzando las manos.
—Ven conmigo —dije, concentrándome en Lee.
Poniéndole el brazo por encima del hombro, lo saqué del pub lleno
de gente y hacia el baño de señoras, que afortunadamente estaba
vacío. Su rostro estaba en mi cabello, inhalando profundamente. Traté
de ignorar las mariposas que se esparcían dentro de mí por su
toque. También lo había extrañado, desesperadamente.
Sus manos fueron a mi cuello, sus pulgares frotando suavemente
mi garganta mientras un profundo gemido escapaba de él. Podía sentir
que estaba duro, su erección me molestaba en la cadera.
Con los dedos metiéndose en el cuello de la camisa, me instó:
—Quítate esto.
Le tomé las manos para detenerlo.
—No, Lee, mírame. ¿Qué está pasando contigo?
Levantó la cabeza, los ojos un poco rojos.
—Todo va como la mierda, y no puedo dormir cuando no estás
allí. Necesito sentir tu piel, sólo un minuto —suplicó, y tragué con
fuerza.
Sus manos volvieron a mis botones, pero esta vez no lo
detuve. Sabía que debía ser fuerte, pero no pude reunir suficiente
fuerza de voluntad. Quería que me tocara tanto como él quería tocarme
a mí. Sus manos se deslizaron dentro de mi camisa, deslizándose sobre
mis clavículas y acariciando la elevación de mis pechos.
—Tan perfecta —gruñó Lee, y yo respiraba entrecortado.
Una mano se hundió en mi cabello, y gruñó de frustración cuando
no pudo sacarlo del moño.
—No —susurré—. Tengo que volver a trabajar en un minuto.
Levantó su rostro entonces mientras me miraba a los ojos, y
aunque estaba ciego, todavía se las arreglaba para parecer sexy y
depredador.
—A la mierda el trabajo. Quiero estar dentro de ti.
Un segundo más tarde, sus labios se apoderaron de los míos, su
lengua invadió mi boca mientras todo mi cuerpo se encendía. Lo
necesitaba, lo necesitaba. Todavía me estaba besando cuando sus
manos cayeron de mi cabello y empezaron a buscar mi cinturón. Antes
que lo supiera, su mano había desaparecido dentro de mis pantalones y
sus dedos se deslizaban a lo largo de mis pliegues, sintiendo que estaba
mojada.
Un ruido profundo y masculino resonó en su pecho, y su boca se
acercó a mi cuello, besándome febrilmente por debajo de la oreja.
—Joder, te amo —maldijo, y me quedé inmóvil.
Mi piel se erizó, y mis manos lo empujaron con dureza.
—¿Qué? ¿Qué acabas de decir? —pregunté en pánico.
—Shhh… —Lee me silenció con voz perezosa—. No hables ahora.
Traté de hacer que mi corazón latiera normalmente, pero no
sirvió. Acababa de decir que me amaba, pero estaba más borracho de lo
que lo había visto, y claramente no estaba pensando en lo
correcto. Estaba caliente y lleno de cerveza, y aunque dijeron que el
alcohol era el suero de la verdad, no estaba muy segura que fuera el
caso en este momento.
A menudo las personas confundían la lujuria por el amor, y eso era
claramente lo que estaba pasando con Lee. Él me quería, sí, pero,
¿amarme? ¿Cómo podía Lee amar a una mujer que defendía todo lo que
él no?
Acarició mi clítoris, mientras que dos dedos se sumergieron en el
interior y dejé caer mi cabeza por el placer. Su boca tomó la mía de
nuevo, y saboreé cómo me devoró, cómo actuó, como si fuera la única
cosa en su mundo.
Fue justo cuando estaba a punto de correrme que mi conciencia
comenzó a surgir. Estaba siendo una perra egoísta, dejando que Lee me
tocara cuando sabía perfectamente que iba a tener que dejarlo
después. Saldría del pub y volvería al auto de patrulla con Tony,
volvería al trabajo, lo que significaba que nada estaría bien entre
nosotros.
—Lee. —Respiré, agarrando su muñeca y apartando su mano de
mis pantalones—. Detente.
—¿Por qué? —preguntó, con el pecho agitado mientras trataba de
recuperar el aliento—. Estabas casi allí. Podía sentirte hinchándote por
mí.
Parpadeé, me mordí los labios con dureza y reuní todo mi valor.
—Porque no está bien. Estás borracho, y me estoy aprovechando
de ti.
Se rió en voz alta, su rostro tan guapo cuando sonrió.
—No puedes aprovecharte de alguien que lo quiere.
Miré el piso.
—Sí, bueno, hay muchas maneras diferentes de tomar ventaja. Sea
como sea que quieras verlo, soy policía. Estoy en una posición de poder
sobre ti, y sólo estar aquí es un comportamiento imprudente de mi
parte.
Lee se acercó y me dio golpecitos en la frente.
—Estás pensando demasiado.
Ahora era mi turno de reír.
—No, en realidad, no estoy pensando en absoluto. Si lo estuviera
haciendo, no estaría aquí.
—Oh, por Dios, no esa mierda otra vez. A veces siento como si
fuera a dar vueltas en círculos contigo.
—Eso es porque seguimos tratando de ignorar lo que está justo
delante de nosotros —discutí.
Con esto puso sus manos a cada lado de mi cara, levantando mi
cabeza para que lo mirara directamente.
—No estoy haciendo caso omiso de nada. Veo lo que está justo
delante de mí, y es perfecto. Eres perfecta. Vuelve conmigo, Karla.
Mis ojos parpadearon entre los suyos, mi boca se abrió cuando su
declaración terriblemente romántica se apoderó de mí. Mi corazón latía
con fuerza, mis pulmones se llenaron de aire, y de repente me pregunté
si alguna vez volvería a sentirme así por algún hombre.
Antes que pudiera responder, la puerta se abrió, y me estremecí
ante la idea de ser sorprendida por una mujer cualquiera. Fue sólo
cuando giré la cabeza y vi a Tony de pie allí que deseaba que hubiera
sido el caso.
Los ojos de Tony se abrieron de par en par cuando asumió la
escena: yo con la parte delantera de mi camisa abierta, mi sostén
expuesto, la bragueta de mis pantalones deshechos, las manos de Lee
apretando mi cara.
Después de un segundo, su expresión se oscureció, y me niveló
con una mirada dura.
—Arréglese agente y salga conmigo. Estaré esperando en el auto. —
Con eso se dio la vuelta, salió del baño y me entró el pánico.
—¡Joder, mierda, joder! —renegué, alejándome de Lee y derecha
hacia la pared opuesta.
—Oye, todo estará bien —trató de tranquilizarme—. Voy a hablar
con él.
—No harás nada de eso. Este es mi problema. Lo arreglaré. Sólo...
ayúdame a volver a ponerme el uniforme.
Silenciosamente, se adelantó, rehaciendo mi cinturón mientras
abotonaba mi camisa e intentaba arreglarme el cabello. Mirando en el
espejo, vi que mis labios estaban rojos e hinchados, mis mejillas
enrojecidas. Esto era tan, tan malo. No había manera de convencer a
Tony de que lo que había visto no había sido lo que parecía.
—Tengo que salir —le dije a Lee, alejándome de él y dirigiéndome
hacia la puerta.
—Espera —dijo, agarrando mi muñeca.
Me volví, nuestras miradas se bloquearon y una sensación de
desesperación se apoderó de mí. Toda mi imprudencia había llegado
finalmente a su clímax. O bien Tony iba a denunciarme por ver a un
hombre que estaba bajo investigación policial, o iba a guardar mi
secreto y yo no tenía ni idea de cuál era la mejor opción.
—Te veré mañana —prometió Lee.
—Sí, bien —contesté, nerviosa—. Ahora mismo solo necesito ir a
hablar con Tony.
Con eso tiré de mi muñeca de su agarre y salí del baño de señoras.
Cuando subí al auto junto a Tony, lo encontré mirando fijamente hacia
delante, con la boca firme. Pasamos un momento en silencio antes de
que él hablara.
—¿Cuánto tiempo lleva pasando esto?
La culpa y el remordimiento enturbio dentro de mí. Se suponía que
éramos amigos. Los amigos no se engañaban el uno al otro, como yo
engañe a Tony.
—Nunca quise que esto sucediera. Tienes que creerme cuando digo
eso.
—¿Cuánto tiempo, Karla?
—Dos meses, tal vez un poco más. La primera vez que lo conocí fue
hace seis meses, pero no pasó nada entre nosotros durante mucho
tiempo.
Tony sacudió la cabeza y soltó un lento suspiro.
—¿Sabes qué? Debería haberlo visto venir. Mirando hacia atrás,
todos los signos estaban allí. Nunca esperé esto de ti. Se supone que
eres uno de los buenos. Joder, sabes que hay tan poco de nosotros
legales.
—Soy uno de los buenos. Mi relación con Lee es totalmente
personal. Nunca ha tenido nada que ver con mi trabajo.
Tony me dirigió su mirada paternal, la que me hizo marchitar en el
lugar.
—Así que me estás diciendo que la vez que buscamos en su garaje
y apareció vacío, ¿no tuvo tenía nada que ver contigo?
Me volví hacia él, con expresión agonizante.
—Bueno, sí, pero esa fue la única vez, lo prometo. Estaba conmigo
cuando llamaste y oyó la conversación. Jamás le dije nada. Fue solo un
mal momento.
—¿Puedes oírte ahora mismo? Tienes una relación con un
delincuente conocido. Cristo, tu padre está trabajando en el caso que lo
pondrá tras las rejas. Eres una de mis mejores amigas, Karla, por favor,
escúchame cuando te digo esto. Tienes que salir ahora antes de que
todo explote a tu alrededor.
Mi voz era apenas un susurro cuando respondí:
—He intentado salir. No es tan fácil, especialmente cuando los
sentimientos están involucrados.
Ahora parecía preocupado.
—¿Lo amas?
—¡No! —exclamé—. Por supuesto que no.
Me detuve
—No lo sé. Nunca he estado enamorada.
Él estuvo callado durante un largo minuto y pude ver que su
temperamento se estaba extinguiendo un poco mientras contemplaba
las cosas. Su voz se suavizó:
—Mira, lo entiendo, créeme, lo hago. El tipo es carismático y desde
que hablé con él en la sala de interrogatorio, tengo la sensación de que
está dispuesto a establecer su propia versión de la justicia en el mundo.
Hay un cierto atractivo en eso y en cierto modo lo puedo respetar. Pero
cuando se trata de ir a lo esencial, ese chico vive en un mundo diferente
al nuestro, Karla, con un conjunto de reglas completamente diferentes.
—Lo sé, pero no ha sido fácil para él. Prácticamente crió a sus
hermanos solo. Esa familia no tenía nada. Si uno de nosotros naciera
así, estaríamos viviendo con un conjunto de reglas diferente, también.
Tony me miró con tristeza, dejando escapar el aliento
precipitadamente.
—Lo amas.
Me concentré en mi regazo.
—Tal vez.
Él se acercó y tomó mi mano en la suya.
—Escucha, estoy pensando en lo que más te conviene Eres joven.
Te miro como si fueras una de mis hijas, así que cuando digo esto, es
con la mayor preocupación. Tienes que alejarte de él y pasar página.
Habrá otros hombres, que no tendrán capacidad para destruir tu
carrera y tu vida. Sólo tendrás que pasar por el dolor, antes de poder
salir al otro lado.
Miré la mano que estaba sosteniendo, completamente desinflada.
Tony estaba hablando con juicio y sabía que nunca me daría malos
consejos. Se preocupaba por mí y tenía razón. Tenía que ser la mujer
fuerte que siempre decía ser y dejar de ver a Lee para siempre.
—¿Vas a delatarme a Jennings? —susurré en el silencio del auto.
Tony dejó escapar un gruñido.
—Si prometes terminarlo, entonces no. Olvidaré lo que esta noche
ha pasado.
—Gracias —dije, mirándolo a los ojos y lo dije en serio. Esta era mi
última oportunidad, y no tenía intención de arruinarla.

Al día siguiente estaba fuera del trabajo. Era tarde, comenzaba a


oscurecer y estaba de camino de vuelta desde la tienda de la esquina,
donde había ido a recoger algunas cosas. Iba caminando junto a una
fila de compartimientos de almacenamiento, donde algunos vecinos
guardaban sus autos y herramientas de la casa. Había un montón de
almacenes alrededor de Londres, porque la mayoría de la gente vivía en
pisos y no tenía ningún lugar para guardar extras como escaleras y
cortadoras de césped.
Seguí pensando que podía oír los pies golpeando por encima de mi
cabeza, pero tal vez estaba imaginando cosas. ¿Por qué alguien iba a ir
corriendo por los tejados?
Alcanzando la intercepción entre una fila y la siguiente, levanté la
vista justo a tiempo para ver a Lee saltar por el aire, superando el hueco
de casi dos metros y aterrizando perfectamente en la siguiente fila de
compartimientos. Por un segundo me quedé allí impresionada. La visión
era tan completamente inesperada y algo sobre la forma en que se
movía removió mi memoria, como una extraña sensación de déjà vu.
—¿Qué haces ahí arriba? —grité, deteniéndome en mi camino para
mirarlo.
Cuando vio que lo había visto, se detuvo, lanzándome una sonrisa
pícara antes de retroceder unos cuantos pasos, luego de una carrera
saltó al suelo. Caray. Se agachó cuando aterrizó y no pude ocultar que
estaba impresionada.
—Pensé que sólo Trevor y Liam hacían... todas esas cosas. —Hice
un gesto con las manos, fingiendo que no lo sabía.
Lee se levantó, con la sonrisa todavía en su rostro mientras se
sacudía el polvo.
—¿Quién piensas que les enseñó?
—¡Oh! —dije, sin saber qué más decir. Quería preguntarle dónde
aprendió, si alguna vez le dio miedo que pudiera caerse y realmente
lastimarse, pero no lo hice. Ahora no era el momento—. ¿Qué estás
haciendo aquí?
—Vine a verte, como dije que haría —respondió, adelantándose y
tomando mi mano, sus dedos entrelazándose sin esfuerzo con los míos.
Él ya estaba tirando de mí hacia adelante, liberándome de mi bolsa
de la compra antes de que pudiera tratar de detenerlo.
—Suéltame, Lee.
Me miró por encima del hombro.
—Dame media hora, ¿de acuerdo? Entonces me iré.
Sabiendo que él no iba a tomar un no como respuesta, le permití
que me llevara dentro del bloque de pisos delante del mío. Subimos casi
quince tramos de escaleras antes de que llegáramos a una salida de
emergencia y Lee la abrió, conduciéndome hacia el techo del edificio.
Aparté mi mano de la suya, no demasiado emocionada por estar
tan alto. No tenía miedo de las alturas, pero no había ningún tipo de
barandilla en el borde del tejado, lo que haría sentirse a cualquiera un
poco nervioso.
Cruzando mis brazos sobre mi pecho, le lancé una mirada irónica.
—No vas a tratar de empujarme para matarme, ¿verdad?
Lee sonrió y vino para tirar de mí hacia delante una vez más. Me di
cuenta de que alguien había dejado un viejo sofá aquí arriba y había un
montón de colillas de cigarrillos en el suelo, junto a unas cuantas latas
de cerveza vacías. Lee se dejó caer en el sofá, pero me resistí cuando
intentó tirarme con él.
—No voy sentarme sobre eso.
Sin decir una palabra, se levantó, abrió la cremallera de su
chaqueta y la depositó para mí, quedando sólo con una camiseta gris de
manga larga. Finalmente, me senté, inhalando su olor en la tela casi
contra mi propia voluntad.
—Bueno, esto es romántico —dije con sarcasmo.
Ambos estábamos contemplando la vista más allá de nosotros. Era
el crepúsculo, no completamente de día, no completamente de noche, y
había tejados y edificios hasta donde podía ver a lo lejos. La niebla
colgaba en el cielo, otro día en la ciudad se acercaba a su fin.
—Me alegro de que lo apruebes —replicó Lee—. Entonces, ¿cómo lo
tomó el viejo anoche?
—Tony tiene cuarenta años. Él no es viejo —le dije con gruñido.
Lee deslizó su brazo alrededor de mis hombros, y me ericé ante su
toque.
—Tienes mi chaqueta. Lo menos que puedes hacer es dejarme
acurrucar cerca del calor —coqueteó, tratando de encandilarme.
Dejando escapar un largo suspiro, finalmente le expliqué:
—No lo tomó bien, pero no me va a delatar. —Hice una pausa,
levantando la cabeza y deslizando mis ojos hacia los suyos—. Con la
condición de que deje de verte.
La expresión de Lee no dijo nada.
—Creí que eso ya lo habías hecho.
—Yo también. Pero parece que sigues apareciendo como un
penique malo —le di un codazo en el costado.
—Ooh —dijo Lee, poniéndose la mano en el pecho como si lo
acabara de herir.
Nos quedamos en silencio.
—¿Por qué bebiste tanto ayer? Nunca antes te había visto así.
Su respiración salió en un pesado silbido.
—Una combinación de razones.
—¿Por ejemplo?
Frunciendo la mandíbula, respondió:
—Era el aniversario de la muerte de mamá. Siempre ha sido un día
de mierda, pero este año fue más asqueroso que de costumbre. —Con
su brazo todavía alrededor de mis hombros, tomó un mechón de mi
cabello y lo frotó entre sus dedos—. Por un lado, te echaba de menos, y
por el otro, estaba lidiando con las consecuencias de descubrir quién
golpeó a Liam.
Dejé escapar un jadeo.
—¿Quién fue?
Lee desvió la vista y se alejó.
—Mi jefe.
Le miré con incredulidad. Su jefe era Tommy McGregor. Lee hizo
mucho dinero para ese hombre, así que ¿por qué demonios haría tal
cosa?
Como si pudiera leer mis pensamientos, Lee continuó:
—Consiguió averiguar que estaba arreglándolo para salir, no le
gustó eso, no le gustó el dinero que perdería si me fuera. Así que decidió
enviar un mensaje, demostró cómo haría daño a mi familia si alguna
vez lo jodía.
—Lee —susurré, tratando de absorber el hecho de que él estaba
planeando limpiarse, preguntándome qué pensaban sus hermanos de
todo—. Sé para quién trabajas.
Él exhaló.
—Pensé que te gustaría.
—Entonces, ¿no te dejará salir de su... organización?
—Al principio no, pero hablamos esta mañana, hicimos un trato.
Él me dejará a mí y a todos mis hermanos empezar una nueva vida.
—¿Si? —pregunté.
—Si, ¿qué?
—Tiene que haber una trampa.
—No tienes que preocuparte por una trampa, Karla. Sólo sé que,
dentro de un par de semanas, seré un hombre libre.
No me gustaba el sonido de eso, para nada. Nadie dejaba de
trabajar para un gánster como McGregor sin perder algo. Tenías que
pagar a tu manera, y a menudo, el dinero no era la única moneda.
Quería hacer más preguntas, pero sabía que no iba a obtener nada de
él. En su lugar, le pregunté lo que mi corazón quería saber.
—¿Estás haciendo esto por mí?
—Por ti y por mi familia. Jamás quise esta vida para mis
hermanos, pero era la única opción que tuve ante mí al mismo tiempo.
Permitiendo que mi cuerpo se apoyara en el suyo, le pregunté
amablemente.
—¿Me contarás sobre ello? La vida que has vivido. —Hice una
pausa antes de añadir con humor—. Cómo aprendiste a saltar por el
aire como Batman, etcétera.
Lee emitió una suave risa, su mano moviéndose a mi estómago y
sintiendo hacia mi pecho
—¿Llevas un micro, Snap?
—Oh, cállate, sabes que no —dije, riendo cuando me hizo
cosquillas.
Su mano se detuvo, rozando suavemente su pulgar en mi vientre,
mientras su sonrisa se volvía contemplativa.
—La primera vez que lo vi fue un par de meses después de que
mamá muriera —Instintivamente, sabía que estaba hablando de
McGregor—. Acababa de robar una cartera de un tipo viejo, estaba a
medio camino cuando salió de una esquina. Nunca había visto a nadie
tan rápido. Tenía todos esos anillos de oro, traje de diseñador, todo. Da
igual, creí que me habían atrapado, pero luego comenzó a hablarme,
diciéndome que había robado como un experto, dijo que tenía trabajo
para mí si lo quería.
—¿Qué edad tenías?
—Catorce. Parece joven, pero conozco gente que empezó mucho
antes. Me preguntó dónde vivía y luego comenzó a ir por allí todo el
tiempo. Al final, no tenía una opción más que trabajar para él. Stu se
metió en eso, también, y antes de que lo supiéramos, estábamos
entregando de cuatro o cinco autos por noche. Londres es un lugar
grande, listo para la recolección. El dinero empezó a rodar y se sentía
bien. Ser capaz de alimentar a Liam, Trev y Sophie, poner ropa en sus
espaldas y mandarlos a la escuela me levantaba el ánimo. Podía darles
algo que nuestros padres jamás pudieron.
»Había otros beneficios, también. Podía comprar buenas cosas, ir a
lugares, divertirme. Al final, la oferta no satisfacía la demanda, así que
tuve que reclutar a otros. No podía esconder lo que hice a Liam y a Trev,
y les dije que no tenían que hacer lo que yo hacía. Podían ir a la
universidad, tener trabajos normales, lo que quisieran. Sin embargo, la
terquedad corre en la familia y querían poner de su parte. Antes de que
o me diera cuenta, todos estábamos completamente involucrados en
esta vida, sin inclinación de cambiar.
—¿Y la cosa de Batman?
Lee se rió suavemente.
—Se llama parkour, cerebrito. Supongo que lo aprendí de forma
aleatoria. Vi a un montón de estudiantes españoles haciéndolo en Hyde
Park cuando tenía como unos quince años y pensé que se veía
jodidamente genial. Así que me acerqué al que parecía que sabía más de
lo que estaban haciendo y le pedí que me enseñara.
—Claramente, estuvo de acuerdo.
—Claramente. Su nombre era Alejandro —dijo Lee, poniendo un
acento en el nombre. sonreí—. Un buen tipo. Lo ayudé con su inglés
hablado y él me enseñó cómo caer seis metros sin romperme una
pierna.
—Estoy segura de que te fue útil.
Lee asintió.
—A mis hermanos les encanta, especialmente a Trev. Todos
querían aprender. Lo creas o no, nunca me propuse usarlo a mi favor.
Sólo quería hacer algo divertido. Supongo que toda la cosa… evolucionó.
—¿Es por eso que finges que no lo sabes hacer?
—¿Lo repites?
—No eres como Trevor. No presumes. Supongo que es por
discreción. Si ves a un hombre saltando de un edificio para alejarse de
la policía, sólo hay pocas personas que podrían ser.
Casi como si mis propias palabras me hubieran llevado a ello, me
di cuenta del porqué había tenido un déjà vu viendo a Lee saltar. Me
recordó al video que Tony me había mostrado del ladrón robando a los
estafadores de "dinero por oro".
—Ahí está —dijo Lee, sacándome de mis pensamientos—. Además,
Trevor es un idiota exhibicionista. En realidad, no lo puede evitar.
Se detuvo para mirarme curiosamente.
—¿Qué pasa? Parece que viste un fantasma.
Sacudí mi cabeza.
—No es nada, sólo... bueno, no, no es nada. ¿Puedo preguntarte
algo?
—Podrías también. Esto ya se parece como una entrevista de Esta
Es Tu Vida —bromeó Lee.
Me burlé de él.
—Vi una grabación de vigilancia de un robo una vez. Creo que
podrías haber sido tú.
Lee rió entre dientes.
—¿Estaba vestido a rayas blanco y negro y cargando un saco con
un signo de dólar en él?
—No. Llevabas un pasamontañas, y subiste un edificio de diez
pisos antes de balancearte a través del andamio.
Una tensión cayó mientras sus ojos brillaban en la oscuridad, pero
no dijo nada. De alguna manera, su silencio fue más confirmación que
palabras.
—Las personas de las que robaste estaban estafando a los
ancianos. Tú tomaste sus cosas y de forma anónima se las entregaste a
la policía. ¿Por qué?
Él no me miró cuando me habló, su postura era rígida, casi como
si estuviera avergonzado.
—¿Conoces a la señora Spencer que vive en mi calle?
—La anciana para la que guardaste cena, sí, la recuerdo, Lee. Eso
fue muy dulce, por cierto.
Él bufó avergonzadamente.
—Ella es viuda. Ha estado viviendo en esa casa toda su vida.
Cuando éramos niños, ella solía hablarle a mamá de lo gravemente
maltratados que estábamos. Incluso nos daba comida cuando podía
permitírselo. Bueno, la señora Spencer me contó que vendió su anillo de
bodas y unas pocas piezas caras de joyería a esos estafadores, a cambio
de algo de dinero para arreglar su casa. Obviamente, nunca vio ni un
penique. Me enteré de dónde estaba haciéndose la estafa y le puse fin a
ello.
Me quedé mirándolo, con el calor absorbiendo mis entrañas.
—Eres un mentiroso.
Él frunció el ceño, confundido.
—¿Por qué mentiría?
—Dijiste que no podías entender por qué ayudo a la gente sin
esperar nada a cambio, pero tú lo haces, también. Lo hiciste por la
señora Spencer.
—Me importa la señora Spencer. Ella es mi vecina, y fue amable
conmigo cuando yo era sólo un niño. Me podía importar una mierda
sobre tu mediocre Joe Soap andando por la calle.
Yo sólo le sonreí.
—Hablo en serio, Karla. No soy un santo. No ando creando
ningunas ideas caprichosas sobre mí. He robado a gente justo como
esos estafadores. Sólo que no le robo a los vulnerables. Robo a los ricos.
—Vehículos de gama alta, lo sé.
—Sí, bueno, ya no más.
—¿De verdad quieres salir? —pregunté, siempre esperanzada.
Lee emitió un suspiro cansado.
—No puedo quedarme en el penúltimo peldaño de la escalera para
siempre, Karla. O bien te mueves, o alguien más viene y te mueve, y no
me quiero mover. La fecha del juicio de Liam está a un par de semanas.
Y si lo encarcelan, jamás me lo perdonaré. Quizás es muy tarde, quizás
será todo en vano, pero al menos debo intentarlo.
Sus palabras me dieron confianza. Quizás no debía dejar de verlo
después de todo, no para siempre, de todos modos. Podríamos
quedarnos separados hasta que todo se estableciera, y luego podríamos
ver a dónde iría esto entre los dos.
Lee levantó mi bolsa de plástico y luego comenzó a remover a
través de ella. Sacando la leche, preguntó:
—¿Te importa?
Sacudí mi cabeza.
—Para nada.
Él abrió el cartón y tomó un largo trago antes de limpiar su boca
con el dorso de su mano.
—Estoy con una jodida resaca, apenas conseguí dormir anoche.
Justo después de que lo dijera, noté las bolsas bajo sus ojos. Se
veía cansado. Alzando la mano, la puse en su pecho y lo acaricié.
—No deberías de beber tanto.
Lee dejó caer su cabeza hacia atrás, saboreando mi toque.
—Sí, dímelo a mí.
En algún momento entre llegar a la azotea y ahora, el cielo había
oscurecido hasta anochecer. Se sentía tranquilo y silencioso allí, la
civilización muy por debajo de nosotros. Las farolas brillaban en el cielo,
con los autos moviéndose por las carreteras en la distancia.
—Lee —dije, mi voz buscando mientras rompía el silencio.
—¿Qué pasa, Snap?
—¿Qué tal si pasa algo malo? ¿Qué pasa si incluso después de
que hagas todo lo que te ha pedido, aun así, no te deja ir?
Pasó un rato antes de que él respondiera, como si de verdad
estuviera pensando en ello.
—Hay ladrones deshonorables y hay honorables. A pesar de todo lo
que hayas oído sobre mi jefe, él cae en la última categoría. Si hace una
promesa, se apegará a ello, sin importar qué.
Me le quedé mirando, no estaba segura de si creía eso. Si
McGregor tenía honor, entonces jamás habría golpeado a Jennings, o a
Liam, por aquello. A las personas como él les encantaba decir que
tenían un código, pero cuando llegaba a ello, era "implacable". O tal vez
la versión de Lee de honor era muy diferente a la mía.
Él me miró, sus ojos eran feroces. Parecía muy seguro de lo que
dijo.
Solo esperaba que su fe no se hubiera extraviado. Esperaba que su
plan funcionara. Porque quería creer que un día miraríamos todo esto y
nos preguntaríamos cómo nuestras vidas habían sido tan tumultuosas.
—Apuesto a que puedo llegar antes abajo —dijo Lee, con un brillo
malicioso en sus ojos.
Habíamos estado sentados en el tejado durante dos horas,
hablando de la vida, nuestras relaciones pasadas, de todo en realidad.
Le conté sobre Gavin, y el narcisista infiel que había sido, y Lee me
contó sobre su ex, Tammy, y lo materialista que era, que sólo estaba
con él para que le comprara cosas. Lo que quedó sin decir fue cómo
ambos sabíamos que éramos lo opuesto a nuestras ex parejas. Quería a
Lee profundamente por quien era, y nunca me sería infiel; no era su
forma de ser. Era leal.
Sentí como si estuviéramos atrapados juntos en una burbuja,
ninguno de los dos quería irse, sutilmente encontrábamos formas de
tocar al otro que no eran explícitamente sexuales, pero todavía mis
huesos dolían de necesidad.
—¿Qué quieres decir?
—Toma las escaleras. Mierda, puedes tomar el elevador, y te
apuesto a que llegaría abajo antes que tú.
Sus palabras me dieron un poco de adrenalina, mi pulso empezó a
acelerarse. Había algo en hacer apuestas con Lee que siempre era
emocionante.
—¿Y si ganas?
Se acercó más, su aliento calentando el frío aire de la noche.
—Puedo besarte por última vez antes de que todo cambie.
Su respuesta me hizo estremecer.
—¿Y si yo gano?
Sonrió ampliamente, y eso sólo resalto sus apuestos rasgos.
—Tú puedes besarme por última vez antes de que todo cambie.
No sé por qué, pero me reí con fuerza, sonriéndole en respuesta y
extendiendo mi mano.
—Es un trato.
Estrechamos manos y Lee se puso de pie. Lo miré mientras
caminaba hacia el borde del edificio, y de repente mi pánico se disparó
al darme cuenta lo que planeaba hacer. Iba a saltar. Todavía me
miraba, con su espalda hacia el borde y me levanté rápidamente,
corriendo hacia él.
—Espera, no, me retracto.
Lee dio un último paso hacia atrás, su pie conectó con el ultimo
pedazo de cemento antes de que no hubiera nada. Levantó sus manos,
todavía sonriendo.
—Una apuesta es una apuesta, Karla.
Justo después de que lo dijera saltó, y solté un grito de sorpresa,
mi mano voló a mi boca por el miedo. Corrí los últimos metros hasta el
borde y miré hacia abajo, sorprendida y emocionada por lo que vi.
Los balcones de cada apartamento sobresalían del edificio, casi
como escalones de una escalera; si eras un gigante. Lee saltó
diagonalmente de un al otro, cada balcón llevándolo más cerca del
suelo. Me llevé una mano a mi pecho para sentir lo fuerte y rápido que
mi corazón latía, mi miedo mermando mientras la emoción tomaba
lugar. Su cuerpo se movía con un propósito, sus tonificados músculos
perfectamente alineados, sus saltos medidos para evitar heridas. Estaba
a medio camino del suelo cuando me di cuenta la ventaja que le había
dado.
Incluso aunque ambos conseguíamos lo mismo, sin importar quién
ganara, mi vena competitiva saltó y corrí al elevador, sin escrúpulos por
la trampa. Para cuando llegué al piso de abajo, mi respiración salía
frenéticamente mientras corría del ascensor afuera.
Lee estaba sentado cómodamente en un banco mirando hacia la
entrada, con sus brazos cruzados, una sonrisa engreída en sus labios.
Sacudí mi cabeza y me reí, corriendo hacia él y deteniéndome a un paso
o dos.
—Eso fue increíble. Pero creo que estás más loco que Trevor. —
Suspiré, mis palabras llenas de aire.
Lee se levantó del banco y cerró la distancia entre nosotros. Estaba
cubierto por una delgada capa de sudor después de su esfuerzo y
saboreé su calidez. Tenía su chaqueta, habiéndome enfriado en el techo
después de un rato. Puso sus manos alrededor de mi cara y me miró.
—Pero loco puede ser un poco emocionante, ¿verdad?
Me reí de nuevo, esta vez más sin aire.
—Sí.
Y entonces me besó, presionando su boca en la mía e instando mi
lengua a deslizarse con la suya. Temblé bajo su asalto, su pecho en
llamas y mis pulmones llenos. Su voz era perforadora, demasiado y no
suficiente, y a través de este lo sentí comunicar todo lo que sentía
dentro. Lo agarré con fuerza, mis dedos presionándose contra las
profundas líneas de sus omoplatos, e hice mi mejor esfuerzo por
comunicarle todo lo que sentía de regreso.

—¿Le importa si me siento? —pregunté mientras me detenía junto


a la mesa que Jennings estaba ocupando en el cuarto de descanso.
Había unos pocos oficiales por ahí, pero en su mayor parte estaba
vacío. Ella alzó la mirada del diario y frunció el ceño, con su boca
fruncida en las comisuras.
Después de un momento de consideración, me hizo señas para que
me sentara y tomé asiento al otro lado de la mesa. Mi almuerzo
consistía en un sándwich de jamón y queso, una manzana y un cartón
de jugo. Jennings procedió a ignorarme, leyendo su diario mientras yo
empezaba a comer.
—¿Algo interesante? —pregunté después de un minuto o dos de
silencio.
Dejó salir un suspiro de impaciencia.
—Si esto es por la postulación a sargento, entonces estás
perdiendo el tiempo.
—No se preocupe… hace mucho me rendí tratando de caerle bien,
Katherine. Y seguiré postulándome para sargento hasta que finalmente
se canse de mí y decida rendirse usted. Así de simple —repliqué con
confianza.
Alzó la mirada de su diario.
—Bien, ¿entonces qué quieres?
—¿Es tan raro imaginar que estoy aquí por el placer de su
compañía?
Jennings frunció el ceño y si no me equivoqué, algo parecido a una
sonrisa comenzó a formarse en sus labios. Pero eso no podía estar bien.
Mirando por la ventana, no vi ningún cerdo volar.
—Encuentro eso difícil de creer —dijo tensamente.
—No se sobreestime. Si de verdad se sacaras el palo del trasero y
dejara de tratarme como una infección de hongos particularmente
desagradable, se daría cuenta que tenemos mucho en común.
Cerró su diario y dándome toda su atención, Jennings cruzó los
brazos sobre su pecho y me miró con cinismo.
—Ahora, esto debo oírlo.
Alcé los cinco dedos.
—Bueno, primero, ambas somos perras rudas, segundo; podemos
trabajar en un ambiente dominado por hombres sin ceder bajo la
presión. Tercero, déjame ver, ambas odiamos a mi padre. Cuarto, somos
graciosas.
Cinco, ambas tuvimos romances que pusieron en peligro nuestras
carreras. Dejé el quinto dedo levantado.
—¿Chistosa? —preguntó Jennings con un suspiro de escepticismo.
—El otro día cuando Connors quiso saber si tenía comida en los
dientes, le preguntaste si se preocupaba tanto sobre su apariencia,
entonces por qué andaba por ahí con el cabello como un nido de
cuervos.
—Eso cae más en la categoría de perra, si me preguntas —dijo
Jennings—. Pero sí, tiene un horrible cabello.
—Y una mala actitud. Los menosprecias cuando están necesitados.
Bueno, excepto por mí, pero supongo que tienes tus razones para eso,
las cuales permito —le dije sonriendo.
Estaba presionando mi suerte, pero si sabía algo sobre esta mujer,
era que la única forma de ponerla de mi lado era valiendo mis derechos.
Si trataba de lamerle el trasero, me diría exactamente por dónde
metérmelo. Seguro, estaba halagándola, pero con dureza. En esta
instancia, hacerlo así era la clave.
—Eres persistente —dijo, mirándome astutamente.
—Debo serlo, como usted.
Ante esto nos sorprendió cuando soltó una carcajada.
—Me recuerdas mucho a tu padre de esa forma. Y sólo para ser
claros, eso no es un halago.
—No se preocupes, lo sé. —Me detuve y bajé la voz—. Pero él si se
siente mal por lo que le hizo. Bueno, tan mal como un hombre como mi
padre pueda sentirse por algo, lo cual es mucho. Por lo general, sus
formas son las correctas, sin peros ni nada. —La miré seriamente—.
Sabe qué ha estado trabajando arduamente en el caso McGregor para
finalmente conseguir justicia para usted.
—Sí, bueno, todo es un poco tarde, muy tarde en ese aspecto.
—Tal vez, pero todos fallamos. Son aquellos que no pueden aceptar
que han cometido un error los que tienen problemas.
Jennings me miró un rato, tanto que empecé a sentirme incomoda.
—Sabes —dijo—, ninguno de los otros agentes ha intentado unirse
a mí para almorzar.
—Bueno, estoy feliz de interrumpirla.
Ante esto dejó salir otra carcajada, una de verdad. Miré por la
ventana de nuevo. Síp, todavía ningún cerdo volador.
—Sigue presentándote para sargento, Sheehan. Quién sabe, tal vez
después de diez o quince intentos más, finalmente conseguirás lo que
quieres.
Con eso se levantó y reunió sus cosas, dejándome sola en la mesa.
Tomé mi sándwich y le di un mordisco, y después de masticar, comencé
a sonreír.

—Te lo estoy diciendo, la respuesta es las nueve p.m. —le dije a


Tony mientras discutíamos el acertijo que me dijo hace semanas antes,
el que Stu había resuelto. Era uno de esos acertijos que incluso cuando
tenías la respuesta, te tomaba un tiempo entenderlo.
—Nueve p.m. —repitió Tony—. No, todavía no lo entiendo.
—Sólo sigue pensándolo y empezará a tener sentido.
Su ceño se frunció, y sonreí por lo serio que se veía cuando se
concentraba. Sus gruesas cejas oscuras eran como dos orugas grandes
en su cara. Acabábamos de terminar de encargarnos de un vagabundo
que había estado causando problemas en el canal, y estábamos
regresando a la comisaría.
Escuché el sonido chirriante de la radio encendiéndose justo antes
de que una llamada de la central llegara. El ritmo de mi corazón se
aceleró cuando me enteré de los detalles del informe. El botón de pánico
había sido presionado en un banco del centro y todas las unidades
disponibles estaban siendo llamadas a investigar. Antes de que la
llamada se cortara, encendí las sirenas, coloqué mi pie en el acelerador,
y fui hacia la escena.
Era media mañana, uno de los periodos más tranquilos y todo
parecía normal cuando llegamos a la calle donde estaba ubicado el
banco. Revisé la zona, notando un par de transeúntes caminando junto
a varios autos estacionados. Fue la furgoneta negra del tránsito lo que
atrapó mi atención y justo cuando estaba estacionando sobre la acera,
las puertas del banco se abrieron. Un número de hombres vestidos con
ropa negra salieron, con sus rostros ocultos detrás de pasamontañas.
Juro que cuando vi a dos de ellos estaban cargando AK-47, los
otros con armas más discretamente ocultas. También estaban cargando
un número de bolsas de lona negras. Tony ya estaba en la radio,
informando lo que veíamos. Los hombres miraron en nuestra dirección,
las sirenas llamaron su atención, luego corrieron hacia la furgoneta,
abrieron las puertas traseras y saltaron dentro.
En segundo estuvieron acelerando lejos de la escena. Claramente,
había un conductor esperando. Sin molestarme en detenerme, los
seguí, gritando la placa de la furgoneta al operador para que hiciera la
búsqueda.
—Fue denunciada como robada hace dos días —me dijo, pero no
me sorprendí.
Los vehículos robados eran normales en los robos de bancos.
Estábamos a medio camino hacia Canning Town cuando otras tres
patrullas se unieron a la persecución tras nosotros. Eran unidades sin
armas, como nosotros, lo cual no iba a ser muy bueno si los ladrones
entraban en pánico. La sentencia por robo armado era de siete años,
más si usaban sus armas para herir a alguien. Si las cosas se
presionaban, no tenía duda de que abrirían fuego contra nosotros para
escaparse. De repente, mis palmas se sintieron acalambradas en el
volante, mi adrenalina disparándose.
—¿Dónde está mi ARV12? —pregunté a la operadora.
—En camino. Solo mantén distancia y sigue a la furgoneta hasta
que llegue ahí.

12 ARV: Es un vehículo que carga armas de fuego, usado por la policía británica.
Estábamos entrando en un destartalado barrio residencial, una
selva de bloques de pisos con la mitad de las ventanas tapiadas. No
iban a ser capaces de perdernos aquí, no en la furgoneta, de todos
modos. Los edificios estaban muy cerca entre sí, no había espacio para
que aceleraran o huyeran entre ellos.
Casi como si confirmara mis pensamientos, la furgoneta chirrió
hasta detenerse cerca de doscientos metros delante de nosotros y los
hombres emergieron. Tuve que pisar con fuerza los frenos para detener
el auto-patrulla antes de que chocara con la furgoneta y para el
momento en que nos detuvimos, los hombres estaban subiendo la
escalera de metal que subía por el costado del edificio más cercano.
Con apenas un segundo para pensarlo, Tony y yo nos bajamos del
auto y corrimos hacia ellos. Fui la primera en llegar a la escalera y
cuando miré a lo lejos, vi el ARV acercándose. Si pudiéramos seguirles
el rastro a los ladrones hasta que la unidad armada nos alcanzara,
entonces tal vez podríamos atraparlos.
Probablemente iba seis o siete peldaños delante de Tony, y el
ladrón que iba de último ya había desaparecido en el tejado del edificio.
Para cuando llegué arriba, los cuatro estaban al otro lado. Llegué justo
a tiempo para ver al primer hombre saltar la brecha entre un edificio y
el siguiente y a la vez una irritante sensación de miedo se apoderó de
mí.
Corrí a lo largo del tejado, mis piernas bombeando sobre el
cemento plano. Era muy lenta, sin embargo y todos ellos ya habían
saltado, dirigiéndose hacia el siguiente edificio. Había cerca de quince a
veinte torres en el mismo vecindario, y con ellos pudiendo saltar de uno
a otro tan fácilmente, quién sabría dónde terminarían.
Por alguna razón, el último ladrón se giró justo antes de saltar y
quedé cara a cara con un par ojos azules que era imposible no
reconocer. Apenas un segundo transcurrió, pero el tiempo se detuvo, el
momento se arrastró hasta que mi corazón latió salvajemente en mi
pecho.
No.
Los recuerdos llenaron mi visión. Trevor saltando de un muro de
tres metros la primera vez que lo encontré intentando robar un auto.
Lee diciéndome que había hecho un acuerdo con McGregor para salir de
su acuerdo. Y después, apostándome que podía llegar al suelo de un
edificio de quince plantas con nada más que sus dos pies.
Parpadeé de nuevo volviendo al presente justo a tiempo para verlo
aterrizar sobre el techo del otro edificio antes de desaparecer de la vista.
Tratando de recuperar la compostura, levanté mi radio, contando los
detalles de lo que sucedió, completamente en piloto automático. Un
minuto después, Tony y varios oficiales armados llegaron.
Les conté como habían escapado los hombres e inmediatamente se
planeó buscar en cada edificio de la zona. Me mantuve ocupada,
ayudando con la búsqueda tratando de no dejar que mi mente viajara a
la realidad de lo que vi.
Varias horas después, mi turno ya había terminado y me encontré
sentada en un inodoro cerrado en el baño de mujeres de la comisaría,
con el rostro entre las manos mientras experimentaba un pequeño
ataque de pánico.
Afortunadamente, ningún empleado o civil del banco había sido
herido. La visión de las armas fue suficiente para evitar que cualquiera
intentara ser un héroe. La búsqueda no tuvo éxito, aunque el equipo
forense estaba en el momento revisando la furgoneta abandonada. No
esperaba que encontraran algo.
Lee era demasiado listo para eso. Acababa de robar un banco. No
era tan sorprendente cuando considerabas el hecho de que había
pasado toda su vida robando autos, pero entonces pensé en la cantidad
con la que se había escapado.
Tres millones de libras en efectivo y en bonos al portador.
De repente tuvo sentido que McGregor dejara que Lee saliera de su
organización. Iba a pagar su salida y el bueno y tradicional dinero en
efectivo era la moneda elegida. Todo mi cuerpo se empezó a sentir frío y
pegajoso y sentí mi estómago revuelto con la decisión que ahora estaba
pesando sobre mis hombros.
¿Debería informar como testigo ocular y decir que reconocí a los
ladrones? ¿O debería mantener la boca cerrada y dejarlos que pagaran
su salida de una vida de delincuencia? Para que finalmente tuvieran
algo parecido a la libertad.
No estaba segura de cuánto tiempo había pasado cuando
finalmente salí del cubículo. Mirando mi rostro en el espejo, fue la
primera vez en mi vida que vi mi propio reflejo y apenas reconocí a la
mujer que estaba ante mí. En ese momento, supe que jamás entregaría
a Lee. ¿Era porque lo amaba? ¿O porque era egoísta y no quería que lo
alejaran de mí?
Justo entonces sentía como una mezcla de los tres.
Cuando llegué a casa esa noche, era tarde y Alexis estaba dormida,
un ronquido suave venía de su cuarto. El apartamento estaba oscuro y
cuando encendí la lámpara, me asusté al ver a Lee sentado en el sofá.
Incluso aunque supe que era él, me sentí ansiosa. Había algo en la
tensión en sus hombros que me puso sobre el borde. No estaba aquí
para susurrar cosas dulces a mi oído, eso era seguro.
—¿Cómo entraste? —pregunté en la sala tenuemente iluminada.
—Alexis —respondió simplemente.
La última vez que hablé de Lee con mi mejor amiga, me preguntó si
estaba enamorada de él. Ella no sabía que Tony descubrió nuestra
relación, o sobre el robo del banco. Hasta donde sabía, estaba
haciéndome un favor al dejarlo entrar en nuestra casa.
Pasando la sala de estar, fui y puse mis llaves sobre la encimera de
la cocina, apoyando mis manos en la fría formica dejé salir un suspiro
de cansancio.
—¿Por qué tenía que ser yo? Si pudiera rebobinar el reloj y volver a
esta mañana, no me habría levantado de la cama. Habría dicho que
estaba enferma. Así jamás lo habría sabido.
—No puedes negar lo que viste —dijo Lee—. Entonces, ¿qué harás
al respecto?
Girándome abruptamente, fruncí el ceño.
—¿Es la única razón por la que estás aquí? ¿Quieres saber si te
voy a delatar?
La expresión de Lee era seria.
—Soy un sobreviviente, Karla, antes que nada. Si alguien está
preparándose para lanzarme a los leones, quiero estar preparado.
Mis manos se apretaron en puños, mi boca en una línea firme
mientras lo miraba con la animosidad que sentía dentro de mí.
—¿Y qué pasa si digo que lo haré? ¿Me harás daño? ¿Me
amenazarás para que guarde silencio? —Estaba contenta de poder
contener mis lágrimas y mantener la voz tranquila, cuando lo único que
quería hacer era llorar.
Lee estaba junto al sofá, con la postura tensa.
—¿Crees que soy así?
—No tengo idea de cómo eres, Lee. No hace ni dos días me dijiste
que querías retirarte del juego. Hoy robaste un banco. ¿Qué quieres que
diga?
—Quiero que al menos me des el respeto que merezco y creas que
jamás te pondría una mano encima. Y si vas a entregarme, entonces
creo que debería haber suficiente lealtad entre nosotros ahora como
para que me avises. Déjame salir del país antes de que me pongas en el
punto de mira.
—¿Hacer qué? —pregunté, incrédula—. ¿Te irías de Londres?
—Sí, y me llevaría a todos los que me importan conmigo —replicó
antes de que una mirada de tristeza cruzara sus rasgos—. Bueno, casi
a todos.
Mi corazón dolía, mi cabeza nadaba con emociones mientras
intentaba no sucumbir a la dulzura de su voz. Hubo varios segundos de
tranquilidad y me fui a sentar en el sofá.
Lee permaneció de pie, con sus ojos pegados en mí como si fuera
un animal salvaje que pudiera morderlo en cualquier momento.
—Presumo que le diste todo el dinero a McGregor.
La voz de Lee era baja.
—Al parecer, el precio de la libertad en estos días es de tres
millones.
Moví mi mirada hacia él.
—¿Tienes alguna idea qué hará con él?
—Comprar otra villa en España para su amante. Maldita sea si lo
sé, Snap. Lo único que me importa es que no molestara a mi familia de
nuevo. Podemos quedarnos en Londres y hacerlo legalmente. Todos
salimos ganando.
—Podría usarlo para hacer cosas malas, traer más criminales a la
ciudad.
—Va a hacerlo de todos modos. Mira, esto no va sobre que él haga
algo mal, es sobre mí haciéndolo bien. Puedes sentarte aquí y escupir
todas las filosofías morales que quieras. Todavía sé que son puras
tonterías. A los chicos buenos nunca les va bien y pasaría sobre mil
personas si eso significa que las personas que me importan estarán a
salvo, porque sé que cada uno de esos miles pasarían sobre mí, sin
darme ni media oportunidad.
Lo que dijo iba en contra de todo lo que creía. Podía nombrar miles
de situaciones en la que pondría la seguridad de un extraño antes de la
mía propia porque era mi trabajo. Aun así, entendía por qué tenía una
visión tan cínica del mundo. Sus propios padres lo habían abandonado
cuando era sólo un niño, al igual que su tía. Desde una edad muy
temprana había aprendido que las personas eran egoístas, sólo
preocupándose por ellos mismos. Lo endureció hasta hacerlo creer que
todos eran así. Para Lee, el verdadero altruismo no existía.
Bueno, iba a demostrarle que sí.
—No es cierto, sabes —dije finalmente.
Lee me miró, claramente habiéndose perdido en sus propios
pensamientos.
—¿Qué no es cierto?
—Que todos pasarían sobre ti. Yo no lo haría.
—Sí, bueno, tú eres diferente.
—De hecho no. sólo piensas de esa forma porque no estás
buscando en los lugares correctos. Las buenas personas existen, las
desinteresadas.
Dando un paso al frente, cerró el espacio entre ambos y se arrodilló
frente a mí. Cuando habló, su voz era un susurro:
—¿Estaba buscando en el lugar correcto desde el día que te
conocí?
—Sí —repliqué—. Y no voy a entregarte.
Lee exhaló con fuerza, toda la tensión abandonándolo. Inclinó su
cabeza para mirar el suelo, como si no pudiera mirarme.
—¿Por qué? —preguntó, la sola palabra llena de confusión.
Estaba genuinamente sorprendido y supe hasta este momento, que
realmente creyó que iba a denunciarlo.
—Porque a pesar de todo, no puedo ayudar protegiéndote, de la
misma forma que cualquiera necesitaría.
Tan pronto como las palabras salieron, supe que eran verdad, y
aunque estaba haciendo algo bueno por Lee, no estaba siendo
desinteresada. De hecho, salvarlo era probablemente la decisión más
egoísta que había tomado alguna vez. Supe entonces que me
preocupaba más por él que por mi carrera, o la ley, y era
completamente aterrador. La cosa era, que algunas veces cuando
miraba a Lee veía al chico que solía ser, el que había madurado muy
rápido. El hecho que no pudiera estar ahí para ayudarle en ese
entonces me hizo sentir impotente, pero podía recuperar ese poder
ayudándolo ahora.
Levantó su cabeza.
—¿Entonces eso es todo? Podría ser cualquier otro, ¿y tomarías la
misma decisión?
—Tus hermanos te necesitan —contesté, evitando la pregunta.
Su expresión se puso seria mientras se apartaba, mirándome como
si estuviera intentando descubrir cuál era el juego. No había juego. Me
había enamorado de él, así de llano y simple, y nunca sería la misma.
—No olvidaré esto —dijo, con voz tranquila.
No estaba llena de gratitud o emoción, ninguna lágrima de felicidad
fue derramada, pero de alguna forma supe que significaba más de esta
forma.
Durante el resto de mi vida, Lee Cross siempre creería que me
debía algo, cuando en realidad no me debía nada. Tal vez algún día
aprendería que las cosas dadas libremente, no estaban sujetas a pago.
INFORME POLICIAL

Caso No: 78956012 Preparado por: Oficial que


Fecha: 25/02/2010 lo arresto

Agente del caso: PC Tony Incidente: El gran robo del


Pollard auto

Detalles del caso:


A las 2:15 p.m. del 25/02, la PC Karla Sheehan y yo fuimos
informados a través de envío de un vehículo robado en la ruta a nuestra
ubicación. Una vez descubierto, se procedió a perseguir el vehículo. Al
llegar a una zona de tráfico intenso, el sospechoso, Liam Cross, de
veinte años de edad, huyó y tanto la PC Sheehan como yo, lo
perseguimos a pie hasta que fue atrapado y detenido.

Acciones Tomadas:
Se dio cautela inicial. El sospechoso fue arrestado y transportado a
la comisaría de policía de Bethnal Green para ser procesado, donde
permaneció detenido durante varias horas antes de que un miembro de
la familia cubriera la libertad bajo fianza. Se ha fijado una fecha para
una audiencia preliminar en el Tribunal Penal Central.

Sumario:
Liam Cross, de veinte años de edad, residente en Hackney, East
London, fue arrestado por el gran robo de automóvil el veinticinco de
febrero del 2010. Basado en su delito, se enfrentará una audiencia
preliminar el diecisiete de abril de 2010 en el Tribunal.

Mire fijamente el escueto pero consistente informe que Tony había


hecho cuando arrestó a Liam, mordiendo mi labio y temiendo el
inminente día en el Tribunal. No había nada que pudiera hacer ahora
para cambiar lo que pasó y tenía que subir el estrado y detallar los
acontecimientos para el juez, probablemente frente a Lee y a toda su
familia. No iba a ser fácil, pero no tenía otra opción. No podía
excusarme justamente porque estaba enferma.
Han pasado tres semanas desde la última vez que vi a Lee, y la
investigación del robo al banco a caído en punto muerto. Había sido
bien planeado y parecía como si Lee y sus hermanos estuvieran fuera
de peligro. Por ahora. Lo que fuera que pasó durante el caso de Liam
podría perturbar aún más a la familia.
El trabajo del banco no había sido un crimen libre de víctimas. Los
empleados que trabajaban ese día y los clientes presentes se estaban
con seguridad tratando con todo tipo de trauma emocional. Sin
embargo, no era tan víctimas como podrías imaginar en estos tiempos.
Quiero decir, el dinero del banco estaba asegurado. Intenté consolarme
con esto, que al menos no habían lastimado o matado a nadie, pero
todavía me sentía inquieta. Y realmente, me preguntaba si podría ser
posible incluso para Lee ir por el buen camino. ¿Podría ir al trabajo por
la mañana y sentirse aburrido? ¿Extrañaría la emoción?
Los gritos sonaron desde el pasillo que conducía a los vestuarios y
me levanté para ir a ver de qué se trataba el alboroto. Cuando doblé la
esquina, encontré a Tony y a Steve en un enfrentamiento, a DI Jennings
con los brazos cruzados a pocos metros de distancia. Ella miraba a
Steve con nada menos que desdén mientras discutía con Tony.
—Solamente son un par de pusilánimes empleados, ustedes dos —
Steve se enfureció, y Jennings levantó la mano para dar golpecitos en
su boca, emitiendo un bostezo como si estuviera aburrida con su teatro.
—Te han suspendido indefinidamente —dijo Tony—. Tienes que
irte a tu casa y calmarte, quizás tomar algún tiempo para reflexionar
sobre todas estas artimañas que has estado lanzando.
—Por favor, entregue su placa y sus armas al PC Pollard —dijo
Jennings—. Estás retrasando mi almuerzo y tengo una cita con un
sándwich de atún que es mucho más interesante que todo lo que te
queda por decir.
Casi me eché a reír, pero lo contuve. Tony extendió las manos por
las cosas de Steve, y Steve se las entregó a regañadientes.
Cuando se volvió para marcharse y me vio mirando, me empujó a
propósito en el hombro, murmurando algo como "perra entrometida" en
voz baja.
—Jesús, ¿qué pasó con él? —le pregunté, mirando a Tony.
—El PC Pollard lo descubrió sacando dinero de la sala de pruebas
—contestó Jennings simplemente, antes de dar la vuelta y, supongo,
para tener su cita con ese sándwich de atún.
Lo que había dicho no me sorprendió. Tony y yo compartimos una
mirada cargada, la mía atada de agradecimiento. Habíamos hablado de
Steve y de sus maquinaciones engañosas unas cuantas veces durante
las últimas semanas durante nuestros turnos, ambos ansiosos por verlo
hacer algo a cámara para que pudiéramos suspenderlo. Parecía que
Tony había sido una abeja ocupada.
—¿Te he dicho alguna vez lo increíble que eres? —le dije,
sonriendo.
Tony sonrió y casualmente se encogió de hombros.
—Todo el tiempo. No puedo callarte.
Me reí y fui a estrechar su mano antes de regresar y volver a mi
escritorio.
Cuando llegué a casa esa noche, me encontré que Alexis había
preparado pollo asado y puré de patatas para la cena. Mi estómago
rugió, recordándome que tenía hambre, mientras fui a cambiarme de
ropa y tomar una ducha. La mesa estaba puesta cuando volví y nos
sentamos a comer.
—Lee me visitó hoy —dijo Alexis, y casi me atraganté con la comida
que acababa de tragar.
—¿En serio? ¿Qué quería?
—Para ver cómo estoy —respondió con algo de sarcasmo—. Estoy
segura de que todo fue sólo una artimaña para ver cómo estabas.
Miré fijamente mi plato.
—Sí, bueno, no necesito que me compruebe.
—La cita en la corte de Liam es esta semana, sabes.
—Soy consciente de eso, Lexie.
—Tienes que estar allí, ¿no?
La miré, preguntándome a dónde se dirigía.
—Sabes que sí. —Me miró con simpatía y pareció desgarrada sobre
qué decir. Dejando caer su tenedor sobre la mesa, se frotó el vientre—.
¿El bebé está pateando?
Asintió con un gesto.
—Sí, pero no es eso. Lee me dijo algo y no quiero que entres allí
con los ojos vendados. No sería justo.
—Dime entonces.
Ella tomó una respiración rápida.
—Va hacer un trato con el agente de Liam. Si entrega el nombre de
la persona con la que trabajaba, lo dejarán ir libre.
—Pero entonces Lee... —jadeé, incapaz de terminar mi oración.
—Pasará un tiempo en prisión —dijo Alexis, bajando sus ojos
marrones con tristeza y nuestra conversación cayó en silencio.
Apenas dormí esa noche, y al día siguiente parecía haber sacado la
pajita corta, porque todo lo que podía salir mal lo hizo. En primer lugar,
una mujer que arresté por robar en las tiendas se volvió loca y me atacó
en la comisaría, lo que resultó que fuera exhibiendo un terrible golpe en
una mejilla. En segundo lugar, las pruebas que había reunido sobre un
traficante de drogas menor varias semanas atrás desaparecieron, lo que
significaba que no podía ser procesado. Estaba dispuesta a apostar que
era un último "jódete" de Steve. Y, en tercer lugar, para añadir la guinda
del pastel de un día sumamente de mierda, mi auto se rompió.
Estaba oscuro, y estaba de camino a casa después de mi turno.
Cuando llamé a la AA13, me dijeron que tardaría una o dos horas antes
de la llegada de una grúa, así que estaba atrapada en la zona en el
arcén de una autopista sin otra opción más que esperarla.
Sólo habían transcurrido unos treinta minutos cuando se produjo
un firme golpe en mi ventanilla del lado del conductor. Pensé con alivio
que la grúa había llegado allí pronto, pero entonces miré hacia arriba
para encontrar a Lee mirándome a través del cristal.
Bueno, así que el que mi auto dejara de funcionar fue la guinda del
pastel, en ese caso la aparición de Lee era las chispitas de chocolate. No
abrí la puerta, sólo le bajé el cristal de la ventana.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó.
Maldita sea, se veía bien, su cabello alborotado casualmente. Noté
sus ojos sobre mí, me miraba de la misma manera que yo lo miraba a
él.
Sacudiendo la cabeza, respondí:
—No, gracias, estoy bien. El AA estará aquí pronto.
No parecía que me creyera.
—¿Cuánto tiempo llevas esperando?
—Treinta minutos —murmuré, mirando hacia mi teléfono.
Lee soltó una suave risita.
—En ese caso, no llegarán aquí hasta el próximo siglo. Déjame
echar un vistazo —me instó, levantando sus manos y retorciendo sus
dedos—. Esto es lo que se me da bien.
—Está bien. No me importa esperar. Estoy segura de que tienes
algún otro lugar donde tienes que estar.
Quería que se fuera, no sólo por los sentimientos que su
proximidad provocaba, sino también porque estaba a dos segundos de
enfrentarme a él por su plan de mierda para ir a prisión en lugar de
Liam.
Él me lanzó una mirada desafiante, sin soltar ni una palabra, en
lugar de discutir, se limitó a caminar hacia la parte delantera del
vehículo y procedió a abrir el capó.
Oh, de ninguna maldita manera.
Salí, echa una furia hacia él, empujando sus manos hacia atrás y
golpeándolo para que lo dejara. Tratando de ignorar la chispa que sentí
cuando nuestros dedos se tocaron, le fruncí el ceño con toda mi fuerza.
—Dije que no necesito tu ayuda. ¿Vas a hacerte el sordo o algo así?
Lee inclinó la cabeza, perplejo.
—¿Por qué estás siendo tan difícil?

13 AA: Es una asociación automovilística británica fundada en 1905, que en otras cosa
ofrece asistencia en carretera.
—No estoy siendo difícil. Solo estoy irritada por cómo siempre
piensas que sabes lo que es mejor —susurré.
En algún lugar en mi mente, sabía que no estaba enojada con él
por ser tan tosco, estaba molesta con él porque iba a sacrificarse por su
hermano y negándome a dejarle arreglar mi coche era la única manera
de expresar cómo me sentía en ese momento.
Lee se mantuvo firme cuando intenté mantener mi postura y antes
de que pudiera reaccionar, me agarró por la cintura, me levantó y me
tiró por encima del hombro. Me retorcí en su agarre, pero segundos más
tarde había abierto la puerta de mi auto y me metió en la parte trasera.
Ni siquiera le había visto quitarme las llaves, pero cuando intenté
enderezarme, ya había cerrado todas las puertas.
Mi auto era un viejo Nissan, así que todavía podía abrirlo desde el
interior. Lee me vio acercarme a la cerradura y me advirtió:
—Si sales, te beso.
Era un pequeño cabrón.
Resoplé un suspiro y doblé mis brazos con mi irritación reflejada
en todo mi rostro ante su amenaza. Lee se rió entre dientes mientras me
miraba, pero luego su expresión se volvió seria cuando vio el hematoma
en mi rostro. Su voz estaba atenuada, ya que todas las ventanas
estaban cerradas, pero podía escucharlo mientras llevaba los dedos a
su mejilla.
—¿Que te paso ahí?
—Una mujer que arresté hoy lo hizo. Totalmente loca.
Lee frunció el ceño preocupado, colocando sus manos en sus
caderas antes de volverse. Volvió a la parte delantera del auto, me senté
y esperé mientras él toqueteaba en el motor. Unos minutos más tarde
reapareció, deslizándose en el asiento de atrás junto a mí.
—Necesitas reemplazar los cables de ignición. Deberías llamar a AA
y cancelarlo. Te engancharé a la parte trasera de mi auto y te llevaré al
taller y te los reemplazaré gratis.
—¿Así me pagarás el favor que me debes? —pregunté.
Lee me miró y sonrió.
—No, solo estoy tratando de ser más como tú, ayudando a los
necesitados y todo eso.
Me burlé.
—Por supuesto.
Levantando la mano, pasó los dedos por mi mejilla lastimada.
—Esto se ve mal.
—He tenido peores.
—Espero que hayas dado tanto como recibiste.
—Oh, sí, le pateé el culo justo en medio de la comisaría mientras
los otros oficiales me animaban.
Lee frunció los labios, todavía sonriendo.
—No seas listilla. —Tomando mi teléfono de mi regazo, lo metió en
mi mano y dijo—: Llámalos. De lo contrario, estarás aquí sentada toda
la noche.
Cediendo, llamé y cancelé la grúa. Cuando colgué nos quedamos
en silencio y su plan de cambiar de lugar con Liam ardió pesadamente
en mi corazón. Estaba molesta y enojada con él, pero no podía dejar
escapar todo lo que sentía sin parecer una histérica. Sin embargo, tenía
que abordar el tema. La audiencia en el tribunal era al día siguiente.
Necesitaba convencerlo de que cambiara de opinión.
—Alexis me dijo lo que vas a hacer por Liam —dije, con voz
tranquila.
Lee exhaló y estiró las piernas todo lo que pudo en el pequeño
espacio.
—Por la manera en que me estás mirando ahora, veo que no lo
apruebas.
—Por favor, no lo hagas, Lee —le supliqué, incapaz de retener mi
desesperación.
Una lágrima cayó por mi mejilla y él estiró la mano para limpiarla.
—No llores —murmuró con ternura—. He estado violando la ley
durante años. Es justo que finalmente pague mi deuda.
Me volví hacia él, enterrando mi rostro en su cuello mientras
susurraba:
—Pero no quiero que te vayas lejos.
—No será para siempre —respondió, acariciando mi cabello
mientras sus labios se presionaron contra mi sien.
—No entiendo cómo simplemente aceptas esto. Antes dijiste que
iba a estar bien. Dijiste que tu abogado podía liberar a Liam, sin
problema.
Él suspiró.
—Sí, bueno, cuando dejé de trabajar para McGregor, perdí muchos
privilegios. Uno de ellos incluyó mi representación legal. Así que ahora
no tenemos a William Dunning de nuestro lado y tampoco tenemos la
maldita esperanza de posiblemente conseguir que los cargos de Liam
sean retirados. No puedo dejar que mi hermano menor vaya a la cárcel
por algo en lo que lo metí en primer lugar, Karla. Tengo que ser yo. Lo
entiendes, ¿verdad?
Lo miré a los ojos y supe que no podía discutir con él. Si hubiera
tenido una hermana, haría exactamente lo mismo, sin duda. Dios, él
había estado en lo cierto todo el tiempo. Éramos iguales. Demasiado
tercos y valientes para saber lo que era mejor para nosotros, en una
misión para salvar a todos menos a nosotros mismos.
—Sí, lo entiendo.
Dejándolo entrar, traté de comprender el hecho de que en unas
pocas semanas podría ir a la cárcel. No iba a verlo durante años y eso
me aterrorizaba.
Una oleada de desesperación se aferró de pronto a mi corazón
mientras golpeaba mi boca con la de él, besándolo como si mi vida
dependiera de ello. Tenía sólo veinticinco años, era joven, guapo e
inteligente e iba a pasar todos sus mejores años encerrado una celda.
Lo peor de todo era que sabía que no saldría como el mismo hombre.
Perdería la chispa que siempre brillaba tan intensamente en sus ojos,
ya no sería el hombre coqueto y despreocupado que una vez conocí en
una fría mañana en Londres.
Las manos de Lee se aferraron a mi rostro, hundiendo su lengua
profundamente en mi boca mientras un fuerte gemido se me escapaba.
Mis dedos se deslizaron bajo su camiseta, trazando sus duros
abdominales. Cuando agarró mis muslos y los tiró alrededor de su
cintura, su erección era dura como el acero contra mi núcleo. Había
pasado tanto tiempo desde que lo tocarlo de esta manera que mi
necesidad estaba cerca de la irritación.
Jadeando, rompió nuestro beso, arrastró su boca por mi cuello y
desabotonó mi blusa hasta que mi sostén quedó expuesto. Enterró su
rostro en mi escote y un gruñido resonó desde lo profundo de su pecho,
y la vibración me hizo estremecer.
—Lee. —Respiré justo antes de que un auto pasara por el camino.
El claxon tocó cuando oí a un hombre gritar salvajemente por la
ventana:
—¡Oye, oye!
Lee y yo reímos de manera incómoda después de eso y me retiré,
abotonando mi blusa.
—¿Tienes algo en tu auto que podamos usar como remolque?
Su mano se encontró con mi espalda baja.
—Quédate conmigo esta noche, Karla.
Era incapaz de negarme, simplemente asentí con un gesto. Lee me
dio un rápido beso en los labios, luego bajé del auto y corrí hacia el
suyo, que estaba estacionado a unos metros de distancia del mío.
Minutos más tarde, tenía mi auto asegurado y me subí a su asiento del
pasajero. Durante todo el viaje me tocó, ya fuera para colocar mi cabello
detrás de mi oreja o para apretarme la rodilla y cada vez que lo hacía,
mi estómago se agitaba con impaciencia.
No se molestó en ir al garaje, sino que en cambio condujo
directamente hasta su lugar, diciendo que uno de los chicos vendría a
arreglar mi auto por la mañana. Sabía que mañana todo cambiaría,
pero por esta noche sólo quería vivir el momento.
Lee tiró de mí dentro de su pasillo e inmediatamente presionó su
boca contra la mía con sus manos por todas partes mientras
tratábamos de dirigirnos hacia arriba sin detener lo que estábamos
haciendo. Me reí cuando ambos tropezamos y caímos a medio camino.
—¡Chsss! —susurró Lee, besándome de nuevo.
Me encantó como me besaba, ya fuera rápido o lento, siempre me
hacía sentir que podría ser nuestro último. Traté de apartar ese
pensamiento cuando me di cuenta de lo triste que me sentía. De alguna
manera nos las arreglamos para llegar a su cuarto y continuamos
desnudándonos el uno al otro.
Completamente desnuda me posó sobre su cama, sus hermosos
rasgos estaban serios con la tenue luz.
—Odio a todos los que consiguen estar cerca de ti cuando no estoy
ahí. Y lo odio porque amo a mis hermanos más que a nada en el
mundo, pero tú eres a la que más extrañaré.
Mi corazón dolía por su declaración, el miedo y la tristeza
aferrándome con fuerza y sin soltarme. Puse mis manos en sus mejillas,
mis ojos parpadeando entre los suyos, sin palabras. Cerrando los ojos,
le mostré con mi cuerpo las cosas que no podía decirle con palabras.
Girándonos, me puse sobre él, me apoyé por encima de su longitud
y me hundí hasta que me llenó completamente. Cuando empecé a
moverme, perdí todo pensamiento, totalmente consumida por la
sensación. Lee me agarró de la cintura y me sostuvo la mirada, sin
apartar sus ojos jamás de mí
Si esta era la última vez, iba a hacerla memorable.
Lee se estiró hacia abajo y encontró mi clítoris con el pulgar,
frotando círculos intensos con sus manos experimentadas. Su pene se
sentía increíble, y fue sólo cuando empecé a elevarme hacia el orgasmo
que me di cuenta que no había utilizado protección. Estaba dentro de
mí desnudo, pero sorprendentemente, no me dio pánico. Me sentía más
cerca de él de lo que nunca lo había estado y si había una sola duda en
mi mente de que lo amaba, se quedó por el camino.
Nunca antes había amado. Ahora amaba demasiado. Y por la
mañana lo perdería.
Había una tragedia dulce en todo ello.
Cuando me corrí, cerré los ojos, me dejé caer en su pecho y hundí
mi rostro en el hueco de su cuello, si era para consolarme o para
ocultar mis lágrimas, no podía decirlo.
—Siento si alguna vez te lastimé —susurré en la habitación oscura.
Lee permaneció en silencio durante mucho tiempo antes de que
susurrara:
—Sufrir contigo es mejor que una vida libre de dolor sin ti.
Sus palabras penetraron profundamente y lo abracé con más
fuerza, deseando no tener que dejarlo ir.
Tony y yo nos encontrábamos fuera de Old Bailey, sorbiendo el
asqueroso café para llevar y esperando los últimos minutos antes de
que tuviéramos que entrar. Él sabía que yo tenía un día difícil por
delante y no trató de llenar el silencio con charlas insulsas. Me dejó
tener tiempo para pensar y prepararme.
Había dejado la cama de Lee por la mañana temprano, mi corazón
dolía mientras lo veía dormir. Mi mirada trazó los contornos de su
cuerpo, tomando imágenes para guardarlas en mi memoria. Estaba
perdida en mis pensamientos cuando sentí que Tony me daba un
codazo y levanté la vista para ver llegar a los hermanos Cross. Llevaban
trajes, luciendo inteligentes y profesionales. Era extraño verlos sin su
habitual desenfadado estilo callejero.
Mi corazón latió con fuerza cuando encontré los ojos de Lee, los
recuerdos de la noche anterior inundaron mi mente. Recordé cómo
sabían sus labios, la forma en que sus manos recorrían mi piel,
reclamando todo lo que tocaban. Era un día frío, pero aun así me sentía
demasiado acalorada en mi uniforme. Era sofocante y de repente me
resultó difícil respirar.
Dos hombres se acercaron a los hermanos, sus abogados, asumí.
Intercambiaron algunas palabras y luego todos empezaron a dirigirse
hacia el palacio de justicia. Cuanto más se acercaba Lee, mis pulmones
más se estrechaban y cuando pasó junto a mí sin siquiera una mirada,
me sentí desolada.
—Vamos, será mejor que también entremos —dijo Tony, con voz
suave.
Tomándome lo último del café, lo seguí y nos sentamos en la sala
del tribunal. Había un montón de casos para ese día y cuando el juez
entró, parecía cansado y estresado. ¿Por qué los jueces siempre se veían
así? Como si la última cosa que tuvieran en el mundo fuera tiempo y
como si tú estuvieras siendo intolerablemente grosero al presumir que
mereces un momento de ello.
Varios casos fueron escuchados en primer lugar y me alegré
porque todavía no estaba lista para que todos los ojos estuvieran sobre
mí. Por desgracia, todo pasó demasiado rápido. Tony dio su versión de
los hechos, y antes de saberlo, fui llamada al estrado para declarar.
Cada paso se sentía como una eternidad y cuando me senté y aclaré mi
garganta, no pude ver a nadie más en la habitación excepto a Lee, con
su expresión estoica mientras me miraba desde la tribuna pública.
Había hablado en el tribunal en innumerables ocasiones, pero hoy
era diferente. Balbuceé nerviosamente a través de mi declaración, sólo
quería que terminara. Cuando fui despedida, prácticamente salí
corriendo de la sala, para buscar el baño de señoras y encerrarme
dentro. Parecía estar teniendo bastantes ataques de pánico en el baño
últimamente.
Tratando de estabilizar mis manos temblorosas, imaginé que
llamarían a Liam al estrado. Daría su testimonio y luego se le pediría
que diera el nombre de la persona para la que trabajaba. Diría que era
Lee y entonces todo se derrumbaría.
Estuve allí por lo menos veinte minutos cuando oí voces que
gritaban con furia desde afuera. Inmediatamente, me apresuré a salir
del baño para ver qué ocurría. Siguiendo el sonido de la discusión,
encontré a los cuatro hermanos al final de un corredor. Trevor retenía a
Lee, que estaba furioso con Stu, basada en la mirada en sus ojos
parecía como si quisiera cometer un asesinato.
—¿Cómo demonios pudiste hacer esto? —gritó Lee, con su rostro
rojo por la furia.
—Tuve que hacerlo —dijo Stu, su expresión resignada mientras
trataba de razonar con su hermano—. No había otra manera.
—Por supuesto que sí. Ya lo habíamos decidido. ¡Todo había sido
decidido!
—Te equivocas, ninguno de nosotros dijo una palabra. Tú tomaste
la decisión por todos, pensando que podrías poner la cabeza en la
guillotina como siempre. Bueno, esta vez no te dejaré ser el mártir.
—¿Así que pensaste que lo serías tú en cambio? Se supone que
eres mi hermano, se supone que no me mentirías. Me dejaste entrar en
esa sala pensando que Liam iba a dar mi nombre, sabiendo muy bien
que lo convenciste de dar el tuyo.
El tiempo se detuvo mientras acercaba la mano a mi boca y
jadeaba silenciosamente. Stu cambió de lugar con Lee. ¿Qué demonios?
Los hermanos se miraban fijamente.
—Desde que éramos niños has tomado la peor parte de la mierda
que hemos pasado, pero yo soy el mayor. Debería haber sido yo. —Stu
apartó la mirada, sus hombros se encorvaron con algo cercano a la
vergüenza. Pasó las manos por su corto cabello antes de enderezarse—.
Ahora es el turno de sacrificarme yo por esta familia, justo como tú lo
has hecho toda tu vida.
Lee empezó a sacudir la cabeza frenéticamente, el tumulto escrito
por todo su rostro. Cuando habló, su voz era tensa.
—No, no te voy a dejar hacer esto.
—Ya está hecho —dijo Stu, dando un paso adelante y colocando
sus manos en los hombros de Lee—. Tienes que dejar que ocurra.
Lee gruñó, quitándose de encima las manos de Stu y alejándose.
—Es una mierda, y no lo voy a aceptar —gritó antes de comenzar a
pisotear por el pasillo en mi dirección.
Nunca lo había visto tan furioso, como si estuviera a punto de
explotar en su propia piel y transformarse en el Increíble Hulk.
Se detuvo abruptamente cuando me vio, un millón de sentimientos
mezclándose en una mirada desgarradora. Era casi como si pudiera leer
sus pensamientos, porque en ese momento, sabía que él me culpaba.
Yo era el chivo expiatorio perfecto. Fui la que se encontraba detrás del
volante ese día y había intervenido para que Liam estuviera aquí.
Estuve involucrada en todo esto. Casi podía sentir la ira que lo
corrompía, retorciéndose y evolucionando hasta convertirse en un toro
furioso justo por debajo de la superficie de su piel mientras me miraba.
No había modo de razonar con él ahora. Lo sabía y sabía que dijo
que nunca podría odiarme, pero justo en este momento pensé que se
acercaba bastante.
No lo culpaba, ni un poco. Porque era correcto que me odiara. Que
me odiara era el orden natural de las cosas y debería haberlo hecho
desde el primer momento en que puso sus ojos en mí. Esto era bueno,
traté de tranquilizarme. Lee finalmente veía que la destrucción que
creamos era beneficiosa para todos. Podría manejar esto. Anoche me
había despedido; preparándome mentalmente para la separación.
Así que, ¿por qué sentía que mi corazón se estaba rompiendo de
nuevo? En el interior, las cuerdas se rompían violentamente, cortadas
indefinidamente.
Después de encerrarme en su mirada por lo que se sintió como
una eternidad, Lee no dijo ni una palabra, sólo pasó de largo junto a mí
y salió por la puerta. De alguna manera eso era peor, su silencio.
Hubiese preferido que me gritara algo horrible, que me llamara perra.
De esa manera, podría odiarlo de regreso, pero no lo odiaba.
Y lo más aterrador era que nunca lo haría.

—Stu recibió siete años —me dijo Alexis algunas semanas más
tarde cuando la llevé al médico para uno de sus chequeos regulares—.
Con buen comportamiento podría salir en dos.
—¿Quién te dijo esto? —pregunté, agarrando el volante demasiado
fuerte con mis manos, al instante pegajoso por mi sudor.
—Me encontré con Trevor en la calle.
—¿Dijo cómo ha estado Lee? —Mi corazón palpitó al pensar en él,
sabiendo que ya debió dejar de culparme a mí para culparse a sí
mismo.
—Está enojado, bebiendo demasiado, una pesadilla con la que
vivir, según Trevor —respondió Alexis.
—Puedo imaginarlo.
Me miró de soslayo.
—Nunca trató de ponerse en contacto contigo, ¿verdad?
—No desde aquel día en el tribunal —respondí, incapaz de
disimular la tristeza de mi voz.
Un día más tarde, encontré las llaves de mi auto en un sobre en
nuestro buzón. Mi auto se encontraba estacionado, reparado y como
nuevo, fuera del edificio, la conexión final entre nosotros cortada
cuidadosamente. Claro, ningún contacto era lo mejor, pero aun así dolía
que no tratara de llamarme, ni una sola vez.
Alexis se acercó y me dio un apretón en el brazo, la empatía
mostrándose en sus ojos.
—Cuando creces como esos chicos lo hicieron, alrededor de gente
que te apuñala por mirarlos o por andar en el camino equivocado, todo
en la vida es un extremo o el otro. Y guardan rencor, rencores graves.
Es la única manera en la que saben vivir.
—¿Crees que no lo sé? Trato con gente así todos los días.
—Entonces, ¿por qué actúas tan destrozada? En el fondo,
esperabas esto. Sabes que sí.
Respiré hondo.
—Sí, bueno, tengo problemas con papá. No es ninguna sorpresa
que haya escogido al hombre equivocado para enamorarme —bromeé
con ironía.
Su mano seguía apoyada en mi brazo, y me dio otro apretón, su
otra mano yendo a su vientre.
—¿Por qué no hacemos un pacto para dejar de amar a hombres
que no son buenos para nosotras, y poner todo nuestro amor en el
pequeño que llegará pronto? —Su sonrisa era tierna y prácticamente
chillé.
—¿¡Vas a tener un niño!? ¿Cuándo te enteraste?
—La semana pasada. Iba a mantenerlo en secreto, pero ya me
conoces, no puedo mantener mi gran boca cerrada ni por amor ni
dinero.
Estaba tan emocionada que casi detuve el auto.
—Así que, después de todo va a ser un Oliver —dije, sonriendo
ampliamente, olvidando momentáneamente mis preocupaciones—. No
puedo esperar para conocerlo.
Alexis regresó mi sonrisa.
—Yo tampoco.
Los aplausos sonaban desde dentro de la comisaría y fruncí el ceño
con curiosidad mientras entraba para encontrar a una multitud de
oficiales rodeando a mi padre, todos felicitándolo y dándole palmaditas
en la espalda. Me acerqué a Keira, que se hallaba de pie junto a la
recepción y le pregunté qué pasaba.
—Tu viejo acaba de encerrar a Tommy McGregor por quince años.
Por cargos de extorsión y lavado de dinero.
—¿En serio? —pregunté, sorprendida.
Sabía que mi padre era decidido, pero en el fondo de mi mente,
casi pensé que McGregor sería su Chinese Democracy14, su única obra
inacabada. Mis ojos vagaron por la comisaría, donde vi a Jennings de
pie en una puerta, con los brazos cruzados. Su mirada estaba fija en mi
padre, su expresión revelando un tipo de respeto a regañadientes.
Observé a mi padre mientras se giraba en su dirección, la atrapó
mirándolo y le dio un gesto de reconocimiento. Ella asintió, luego se
volvió y salió de la sala. Era como si hubiera aceptado silenciosamente
lo que él había hecho por ella sin necesidad de intercambiar palabras.
Nunca serían amigos, pero la disputa entre ellos finalmente había
terminado.
Un extraño alivio me golpeó cuando me di cuenta que Lee podría
haber sido capturado igual que McGregor si no hubiera salido cuando
lo hizo. Y con el hombre detrás de las rejas, Lee y su familia podrían
relajarse, sabiendo que no iba a intentar volver a entrar en sus vidas.
Ahora sólo me preocupaba por Stu, porque sinceramente, no me sentía
muy segura de que saliera después en sólo dos años. Claro, de todos los
hermanos, probablemente él era el más adecuado para ir a la cárcel.
Era el más grande y menos sensible y sin duda era rudo. No conocía a
muchos hombres lo suficientemente valientes como para intentar
intimidarlo. Solo esperaba que se mantuviera tranquilo y evitara
problemas innecesarios.

Pasaron los meses y comencé a caer en una rutina regular. Cuanto


más tiempo pasaba, menos me dolía el corazón. Mi vida era una serie
de trabajo, estudiar para el examen de sargento (¡sí, Jennings
finalmente decidió aprobar mi solicitud!) y ayudar a Alexis en las etapas
finales de su embarazo. Planeamos que yo o su padre la llevaríamos al
hospital, dependiendo de quién estuviera disponible.
Estaba en el último turno, a punto de tomar un descanso, cuando
saqué mi teléfono para comprobar si tenía llamadas perdidas. Al mirar
la pantalla y ver el nombre de Lee hizo que todo dentro de mí se saliera
de control. Cada sensación de angustia regresó en un instante, sólo por

14 Chinese Democracy: Hace referencia a Guns N'Roses y su larga travesía para


lograr su Chinese Democracy, el disco más caro de la Historia de la música, más de
catorce años de gestación, todo lleno de secretos.
ver su nombre. Antes de que pudiera profundizar en lo que eso
significaba, mi teléfono comenzó a sonar de nuevo.
Con mano temblorosa, contesté, levantando el teléfono a mi oído,
con voz ronca.
—¿Eh, hola?
—Karla, gracias, joder. Escucha, tienes que venir al hospital. Alexis
está de parto —me dijo con urgencia.
De repente mi corazón dio un salto mortal, medio en pánico, medio
emocionado. No esperaba esto, porque ella no salía de cuenta hasta por
lo menos otros diez días más. El bebé venía antes.
—Qué… eh, quiero decir, ¿por qué me llamas tú?
—Ella no pudo contactar contigo y su padre está en el trabajo. Me
llamó para pedirme que la trajera al hospital.
Ya estaba en movimiento, pronunciando las palabras "Alexis" y
"Bebé" hacia Tony, para que supiera a dónde iba. Él asintió y me hizo
un gesto para que corriera. Sabía que me cubriría hasta que pudiera
volver.
—Está bien, bueno, estoy en camino. Estaré allí en unos minutos
—dije y luego oí a alguien gimiendo en el fondo, y no fue un gemido de
placer—. ¿Estás en la sala de partos? —pregunté rápidamente.
La voz de Lee contenía un toque de humor, pero en su mayoría
sonaba estresado.
—Ella no me dejará ir hasta que llegues aquí y apreciaría que te
apresuraras, porque está haciendo un buen trabajo en cortar el
suministro de sangre de mi mano en este momento.
Me reí, un sonido agudo y extraño, mientras me metía en un auto
patrulla y ponía el pie en el acelerador. Incluso encendí las sirenas, y
Lee se rió cuando las escuchó.
—Qué pequeña rompe-reglas.
Sonreí ante su comentario y colgué el teléfono. Sentía un subidón
de adrenalina, no sólo porque el bebé venía, sino también porque no
había hablado con Lee en meses y su mera voz tenía la capacidad de
excitarme.
Cuando llegué al hospital, corrí por los pasillos, siguiendo las
indicaciones para la sala de maternidad. El lugar era como un laberinto
y parecía que tardaba una eternidad en encontrar la sala de partos.
Todavía con mi uniforme de policía, irrumpí dentro, todos los ojos se
volvieron hacia mí mientras entraba allí, sin aliento.
—Estoy aquí —anuncié jadeando, viendo a Lee de pie junto a
Alexis, quien seguramente agarraba su mano como si su vida
dependiera de ello.
Su rostro estaba rojo y sudoroso, pero grabado con alivio cuando
me vio, y finalmente soltó a Lee. Él caminó hacia mí, sus ojos
bebiéndome como si no me hubiera visto en años. Poniendo las palmas
sobre sus hombros, susurró:
—Cuida de ella. —Y luego se fue.
Me apresuré para llegar al lado de mi mejor amiga, levanté la mano
que Lee había estado sosteniendo, y comencé a respirar hondo junto
con ella.
Oliver nació a las 6:12 a.m. Fue diez días prematuro, tenía un
mechón de cabello rubio y pesaba un poco menos de tres kilos y medio.
Tanto la madre como el bebé estaban sanos y dormían cuando salí en
silencio de la habitación, sintiéndome agotada pero feliz. Encontrando
el baño de señoras, salpiqué un poco de agua en mi cara, lavé mis
manos e hice todo lo posible para arreglar mi cabello.
Planeaba ir a casa para tomar una ducha, dormir un poco y luego
recoger algunas cosas para llevárselas a Alexis. Cuando salí y fui a verla
una última vez, vi a Lee sentado en una silla en el pasillo. El espacio
vacío entre ambos se sintió inmenso, aunque en realidad no era nada.
Quería acortar la distancia y huir al mismo tiempo.
—Todavía estás aquí —dije, de pie delante de él.
Levantó la vista con cansados ojos, sonrió.
—Te estaba esperando.
—¿Escuchaste la noticia?
Lee asintió.
—Solo hablé con una de las enfermeras. Un niño sano. Estoy
contento por ella.
Sin saber por qué, me senté a su lado, mirando la pared frente a
nosotros como si tuviera las respuestas a preguntas que no había
formulado todavía.
—Fue tan aterrador, estar allí con ella, sin saber cómo iba a
resultar todo.
No expresé el hecho de que también fue algo triste, porque sabía
que yo nunca experimentaría eso en mí misma, jamás tendría a mi
propio bebé en mis brazos. Pero podía abrazar al suyo, verlo crecer y
eso era suficiente. Tendría que serlo.
Lee me lanzó una mirada de compasión, como si sintiera lo que
estaba pensando. Era una de las pocas personas que sabía que no
podía tener hijos y recordé sus palabras de meses atrás.
Somos más fuertes en los lugares en que hemos sido rotos.
El tiempo que pasamos juntos había roto partes de ambos, pero
¿éramos más fuertes allí ahora? ¿Habría una pequeña parcela dentro de
nosotros, con la capacidad de crecer alguna cosa nueva? No lo sabía.
El silencio cayó entre nosotros y no estaba segura cómo actuar
junto con él. Puesto que no nos habíamos visto en mucho tiempo, había
una tensión, como si fuéramos extraños, aunque no.
Lo miré mientras entrelazaba sus dedos, mirando fijamente la piel
curtida del trabajo y tratando de no sucumbir al recuerdo de cómo solía
sentirlo cuando me tocaba.
—¿Cómo has estado? —preguntó, rompiendo el silencio.
Dirigí mi mirada a la suya.
—Bien. He estado ocupada. Haré mi examen para sargento la
próxima semana.
Sus cejas se levantaron mientras bromeaba.
—Sargento, eh, subiendo posiciones, ¿verdad?
—Algo así.
—Bueno, creo que es genial. Cuanta más gente como tú tengan en
la policía, mejor.
No pude evitar reírme.
—¿Qué? ¿Policías que usan sus sirenas para saltarse el tráfico y
llegar al hospital a tiempo para que su mejor amiga dé a luz?
Lee rió suavemente.
—Sí, más o menos.
Le sonreí de nuevo, y el contacto visual hizo algo extraño en mi
estómago. Al instante me di cuenta de la forma de sus labios y la forma
en que su cabello había crecido más. Solía mantenerlo casi rapado, pero
ahora estaba más largo en la parte superior. Su expresión se tornó seria
y aclaré mi garganta para romper la tensión.
—¿Y qué me dices de ti? ¿Qué has estado haciendo?
—Bastante, en realidad.
—¿Sí?
Hizo una pausa, como si estuviera dudando en decírmelo.
—Sí, estoy, eh, estoy poniendo en marcha un nuevo negocio.
—Ah.
Sus ojos se estrecharon.
—No así. Un negocio legítimo. Voy a abrir un restaurante.
Me quedé boquiabierta, no podría haber estado más sorprendida si
me hubiera dicho que estaba abriendo su propia tienda emporio de
pelotas de gomas.
—Esa es una noticia increíble. ¿Cómo lo vas a llamar?
—Grub Hut. Deberías visitarnos algún día. No vamos a abrir hasta
dentro de un par de semanas, pero estoy allí la mayoría de los días
organizando los preparativos.
Asentí, sonriendo de nuevo.
—Me gusta el nombre. Así que al final hiciste caso del consejo de
Alexis. ¿Recuerdas que dijo que deberías abrir un restaurante? Que
tenía sentido. Tu comida es increíble.
—Bueno, todavía estoy aprendiendo. He contratado a un equipo de
cocineros experimentados para ayudar a dirigir la cocina, sin embargo,
así que no estaré solo.
—¿Y el garaje?
—Vendido. Se sentía demasiado extraño alojarse allí con todo lo
que ha sucedido. Un nuevo comienzo es lo que todos necesitamos.
Exhalé, y una extraña sensación se apoderó de mí. Después de un
momento, me di cuenta de lo que era. Él estaba haciendo lo correcto y
estaba orgullosa de él. Suavizando mi voz, le pregunté:
—¿Cómo lo está llevando Stu? ¿Has ido a visitarlo?
En ese momento la expresión de Lee se ensombreció.
—Se está adaptando, pero es difícil por dentro, especialmente
cuando recibes fuerte, con una reputación que mantener. Es...
desafiante, pero lo conseguirá.
Mi estómago se revolvió, recordando mi culpabilidad. Yo había
tenido algo que ver con Stu estuviera entre rejas, así que no pude evitar
sentirme arrepentida.
—Bueno, él tiene mucha gente esperándolo fuera. Simplemente
sigue recordándole eso y lo ayudará.
—Sí —dijo Lee—. Espero que sí.
Girando su cuerpo ligeramente, sus ojos vagaron de la parte
superior de mi cabeza a mis hombros. Me sentí cohibida y me pregunté
por qué estaba examinándome tan intensamente.
—¿Estás viendo a alguien? —preguntó.
Le lancé una mirada incrédula, tratando de no sonreír.
—¿En serio dices eso?
—Tengo debilidad por ti, Snap. Siempre la he tenido. —Me guiñó
un ojo, pero había tristeza detrás de sus ojos.
Ambos sabíamos que lo que había sentido por mí era mucho más
que una debilidad.
Dejé escapar un suspiro.
—No, no he estado viendo a nadie. Ya te dije, que he estado
ocupada. —Me detuve y sin mirarlo le pregunté tímidamente—: ¿Y tú?
Prácticamente podía sentirlo sonreír, y cuando eché un vistazo,
noté su pecho hincharse mientras apoyaba su brazo en el respaldo de
mi silla.
—No. En este momento no hay ninguna mujer afortunada en mi
vida.
—Oh.
Compartimos un momento de contacto con los ojos, el fuego en su
mirada me hizo tragar saliva.
Su aliento golpeó mi oído cuando él rompió el silencio:
—Lamento por cómo te ignoré en el tribunal ese día. Esa fue una
jugada asquerosa, pero mi cabeza estaba por todas partes.
—Lo sé, y no te culpo. Amas a tu familia y una parte de ella se
estaba despedazando. Es comprensible que yo fuera la última persona
que quisieras ver.
—Aun así, debería haberte dicho algo, debería haber tratado de
explicarte, pero me sentí tan impotente. Pensé que lo tenía todo
resuelto. Que podría arrojarme debajo del autobús y todos los demás
estarían a salvo, no tenía ni idea de que Stu planeaba golpearme así.
—Creo que tenía que hacerlo, sin embargo —dije—. Necesitaba ser
él quien asumiera la responsabilidad esta vez.
—Sí, ahora lo entiendo.
El silencio descendió y olí la colonia de Lee. El olor provocó
recuerdos que intenté apartar.
—Entonces, sargento, ¿eh? —dijo, empujándome con el codo—.
¿Vas a usar una insignia nueva?
—RW 79, hasta el final —le respondí, saludándolo—. Además, voy
a mandar a todos los policías en torno a mí. Eso será un lujo.
—Oh, sí, ya puedo verlo, tú gritando órdenes, toda sexy en tu
uniforme —se burló Lee, tirando de mi corbata entre sus dedos.
Puse los ojos en blanco.
—Te juro, debes ser el único tipo en el mundo que está subyugado
por este uniforme.
Los ojos de Lee se afilaron mientras seguía sonriéndome, y luego
dejó caer mi corbata y se puso de pie.
—Dile a Alexis que le dije enhorabuena. Ah, y nos vemos por ahí,
sargento.
—Todavía no soy sargento —dije detrás de él mientras se alejaba.
Se dio la vuelta el tiempo suficiente para responder:
—Lo serás.
Su fe en mí despertó mis emociones y volví a mi asiento, mis
pulmones de repente estaban demasiado llenos de aire.
La semana siguiente, encontré un sobre en mi cubículo en la
comisaría. Mi corazón dio un salto cuando reconocí el sello. Había
hecho el examen solo el otro día y ya estaban los resultados.
Convertirme en sargento era algo que había querido durante años y
estaba nerviosa por abrir la carta. ¿Qué pasa si he suspendido? Claro
que, Jennings y yo ya no éramos enemigas mortales, pero no éramos
amigas del alma, tampoco. No quería tener que enfrentar su mirada
presuntuosa diciendo; te lo dije.
Casi me corté con el papel mientras abría ansiosamente el sobre,
desdoblaba la carta y dejaba que mis ojos escudriñaran el contenido.
¡Había aprobado! Sin pensar, emití un chillido de deleite muy poco
profesional, con el puño levantado al aire y sonriendo como una
maníaca.
Emocionada, primero llamé a Alexis, quien ya había regresado a
casa del hospital con Oliver. Luego llamé a Reya, quien insistió en que
nos encontráramos para tomarnos unos cócteles una vez que mi turno
terminara esa noche.
Me puse vaqueros y una blusa de seda antes de salir de la
comisaría, dejando mi cabello suelto y pasé mis dedos a través de las
ondas. Aplicando un pequeño toque de maquillaje, pensé que me veía
bien y me dirigí al bar donde Reya me había dicho que me reuniera con
ella. Cuando llegué, la encontré sentada a una mesa junto a la ventana,
absorta en su teléfono. Había dos margaritas frescas delante de ella y
me incliné hacia adelante para tomar un sorbo justo cuando miró hacia
arriba.
—¡Hola! ¿Alguna vez alguien te ha dicho que eres silenciosa como
un ninja? —preguntó sonriendo.
—Oh, muchas veces.
Se levantó de su asiento y se acercó para abrazarme.
—¡Bien hecho! Estoy muy orgullosa de ti.
—Gracias —dije, y ella se sentó y volvió a mirar su teléfono
mientras levantaba su propia margarita.
—¿Algo interesante? —pregunté, arqueando una ceja.
Ella ondeo su mano alejando mi intriga.
—Oh, no, es sólo Trevor.
—¿Trevor como Cross? —Me quedé boquiabierta.
—Sí, nos enviamos mensajes de vez en cuando. Le di mi número
cuando salimos todos juntos esa noche después de mi concierto.
—De acuerdo —repliqué—. ¿Y de qué hablan ustedes dos?
—De esto y aquello. Tiene la descabellada idea de crear una serie
web en la que lo siguen a él y a un grupo de sus amigos que hacen
parkour. Ya sabes, capturando las piruetas y todo eso. Al principio me
pidió que fuera la presentadora, pero luego decidió lo contrario. Al
parecer, tengo la "apariencia", pero no soy lo suficientemente
extrovertida —se burló.
—Eres una cantante, te presentas en el escenario siempre. ¿Cómo
es eso no es ser extrovertida?
—Sí, pero todo el asunto de "no abrir los ojos" le hizo pensar que
era demasiado tímida, lo cual, por cierto, lo soy. De todos modos, no es
como si hubiera dicho que sí. Viajar con un montón de chicos
malolientes apenas saliendo de su adolescencia no es exactamente mi
sueño de trabajo.
Eché un vistazo a sus manos, notando que estaba jugueteando con
el posavasos de cartón. Lo que me hizo pensar que tal vez no estaba
siendo completamente sincera.
—¿Entonces no hay nada entre ustedes dos? —sondeé.
Reya se ruborizó, lo que era una hazaña para alcanzar a su cutis
de caramelo.
—No, solo mensajes. Ah, y me agregó al Facebook.
—Eh… heh.
—No me hagas eh… heh, Karla. No hay nada. Me dijo que no soy
su tipo y lo creo. Su perfil está lleno de fotos de él con rubias
pequeñitas y yo no soy ni rubia ni pequeña.
—De acuerdo, así que has estado husmeando su perfil —continué,
animándola.
—Sí, por supuesto que sí. Soy una estudiante. Tengo un montón
de tiempo libre y me aburro. ¿Qué más hay que hacer?
—Bastante.
—Cállate. Casi nunca está en línea. No entiendes la tentación de
husmear.
—Especialmente cuando hay un chico guapo de ojos brillantes en
la mezcla.
Reya frunció el ceño.
—Eso es. Cambiando de tema. ¿Cuándo podré ver al bebé de
Lexie? Necesito algo adorable en mi vida.
—Cuando tú quieras. Dudo que ella tenga la oportunidad de salir
del apartamento a corto plazo.
Reya sonrió como si no pudiera esperar y luego un curioso brillo
iluminó sus ojos.
—Entonces, ¿cómo te fue con Lee? Él llevó a Alexis al hospital,
¿verdad?
—¿Quién te dijo eso?
—Trevor —respondió, como si fuera obvio.
—Ese chico tiene una bocaza. Y fue bien, positivamente civilizado,
en realidad. Charlamos un poco. Me dijo que estaba abriendo un
restaurante y me pidió que pasara por allí.
—Estoy segura que lo hizo —dijo Reya—. Él dirá; Oh, acabo de
derramar salsa marinada por todos mis músculos, ¿qué voy a hacer?
Luego se lo quitará de encima, flexionará sus abdominales para ti y
estarás en sus manos.
—Y luego vamos a salir delante de todos para que nos vean —dije
inexpresivamente.
—Entonces, ¿me estás diciendo que no hubo sentimientos no
resueltos, ni miradas anhelantes o miradas candentes?
—Eso es exactamente lo que estoy diciendo.
—¡Mentirosa!
—Oye, si quieres hablar de Lee, también tenemos que hablar de
Trevor. ¿Qué te parece eso?
Ella arrugó los labios, frunciendo el ceño.
—No eres divertida.
Le lancé una mirada afilada.
—Tampoco tú.
—Eso no es cierto. Hablar de tu vida amorosa es mucho más
divertido que hablar de la mía.
—De acuerdo, entonces algo está pasando contigo y Trev. —Sonreí.
—Oh, Dios mío, cállate. Bien, hablemos de estos cócteles,
entonces, ¿de acuerdo? Son bastante sorprendentes. Quiero probar al
menos cinco diferentes antes de que termine la noche.
Sonriendo ampliamente, levanté mi mano hacia ella para chocar
los cinco.
—Suena como un buen plan.
Cuando llegué a casa, estaba más ebria que entonada. Apenas
eran las diez, pero empezamos a beber a las seis. Cuando entré, me
quité los zapatos, dejé caer mi bolso en el suelo y me volví para
encontrar a Alexis y Lee sentados en el salón, con las tazas de té
colocadas delante de ellos en la mesita de café. Sin duda acogedor, mi
cerebro borracho reflexionó.
—Parece que alguien estuvo fuera celebrando —dijo Alexis con una
sonrisa—. Felicidades de nuevo, por cierto.
Le sonreí de una manera que reveló mi embriaguez, y
bamboleándome ligeramente sobre mis pies fui a la cocina para buscar
un vaso con agua. Estaba en el fondo de mi mente preguntar por qué
Lee estaba allí, pero pensé que debió venir para visitar al bebé y ver
cómo le estaba yendo a Alexis. Con mi vaso lleno, me dirigí hacia ellos y
me senté en el sofá junto a Lee.
—Reya y yo fuimos a tomar unos cócteles. Creo que se me podría
haber pasado la mano —dije, tratando de no pronunciar mal mis
palabras. Cuando miré a Lee, lo encontré cariñosamente divertido con
respecto a mí, con su brazo apoyado en el respaldo del sofá. Apretujé mi
boca y apunté un dedo en su pecho, la mitad del agua de mi vaso se
deslizó hacia mi regazo—. ¿Sabías de Reya y Trevor?
Negó.
—¿Qué hay de ellos?
—No sé. Creo que están teniendo algo.
—Suena importante.
—No seas descarado —le advertí, apuntándolo otra vez.
Un ruido llegó del monitor del bebé, y Alexis fue a comprobar a
Oliver. Podría estar borracha, pero no dejé de ver la cínica mirada de
complicidad en su rostro mientras nos miraba a los dos.
—Deberías ir a la cama, Snap. Duerme la mona de todo ese alcohol
—murmuró Lee.
—Tengo que beber esta agua primero. De lo contrario, tendré
resaca por la mañana. Agh, eres tan... tan... molesto —dije, y levanté el
vaso, derribando el resto de su contenido. Limpiando mi boca con el
dorso de mi mano, añadí—: Y no me llames hermosa. Crees que te
dejaré entrar en mis pantalones porque estoy borracha, bieeen, de
ninguna manera, José.
—Ah, me tienes etiquetado. Soy un asqueroso oportunista. —Lee
suspiró dramáticamente, incapaz de borrar la sonrisa de su rostro.
Pensaba que yo era divertida. Al levantarme del sofá, tropecé
ligeramente, pero él me atrapó a tiempo para evitar mi caída.
—Despacio —murmuró, agarrando mis codos en sus manos.
Mirándolo por debajo de mis pestañas, tragué con fuerza y salí de
su agarre. Girándome, me las arreglé para llegar a mi habitación, donde
sin ceremonias choqué con mi armario.
—Auch —gemí, agarrando mi rodilla.
Lee se detuvo a pocos metros de mi puerta.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —respondí, y luego procedí a plantar mi cara sobre el
colchón. Totalmente vestida. No tenía ninguna intención de hacer el
esfuerzo de desvestirme. Podría dormir así.
Lee entró en mi habitación.
—¿Estás segura de que no necesitas ayuda?
—No, estoy bien —le dije, agitando una mano en el aire.
—¿Vas a dormir vestida? —preguntó.
—Más o menos.
—Karla, déjame ayudarte.
Molesta, giré sobre mi espalda y me puse a su misma altura con
una mirada hostil.
—Dije, que estoy bien.
Lee suspiró y regresó a la sala de estar, sin molestarse en cerrar la
puerta. Cerré los ojos y traté de dormir, pero la cintura de mis vaqueros
empezó a clavarse en mi piel y me sentí incómodamente sudorosa con
mi blusa de seda. Había transcurrido sólo uno o dos minutos cuando
llamé tímidamente:
—¿Lee?
La sonrisa en su voz era inconfundible.
—¿Qué pasa, Snap?
—Tal vez me vendría bien algo de ayuda. —De ninguna manera
este vaquero ajustado iba salir sin ayuda.
Riendo, regresó a mi habitación y se detuvo al pie de mi cama,
sonriéndome.
—Eres adorable cuando estás borracha.
Me burlé.
—Por supuesto.
—Déjame que te quite esto, entonces —dijo, apoyando una rodilla
sobre el colchón e inclinándose hacia adelante para desabrochar mi
bragueta.
Con esfuerzo tiró de él bajándolo por mis piernas, finalmente
consiguió quitarlos. Yo estaba desabotonando mi blusa cuando me di
cuenta de que se había quedado callado, y levanté la vista para
encontrarlo de pie sobre mí, calor en sus ojos mientras ellos trazaban
mis piernas desnudas.
—¿Estás bien? —preguntó, tragando con fuerza.
No pude responder, porque su mirada estaba creando una ardiente
necesidad entre mis muslos. Mi garganta estaba anudada cuando
finalmente dije:
—Sí, estoy bien.
Se había girado para irse cuando añadí:
—Espera, ¿puedes ayudarme con el edredón antes de irte?
No debería haberlo dicho. Podría fácilmente arreglármelas con un
condenado edredón yo sola. La verdad era que no quería que se fuera.
No todavía. Asintiendo, no dijo ni una palabra cuando regresó, deslizó
un brazo alrededor de mi cintura y me levantó mientras tiraba del
edredón debajo de mí. Exhalando pesadamente, miré sus gruesas
pestañas, luego sus labios, antes de finalmente descansar mi mirada en
la suya.
Actuando solo por instinto, tomé su boca, moviendo mis labios y
persuadiéndolo a abrirla. Él gimió cuando lo besé, su cuerpo
completamente quieto y tenso. Mi piel se calentó, mi cuerpo respondió
al contacto mientras arqueaba mis caderas y sentía los indicios de una
erección en sus pantalones.
—Estás ebria —dijo mientras se separaba brevemente, como si
estuviera tratando de razonar consigo mismo.
—Mm… umm —murmuré indistintamente, tirando de él hacia
atrás mientras deslizaba mi lengua en su boca y envolviendo mis brazos
alrededor de su cuello.
Lee siseó cuando me moví sobre su polla, buscando la fricción. Por
un segundo me besó con hambre, bebiéndome y saboreándome. Luego,
un momento después, ya no estaba, levantándose de la cama se pasaba
las manos por el cabello.
—Joder —maldijo—. No puedes probarme así, Karla. No soy lo
suficientemente fuerte —dijo con brusquedad.
Me quedé allí, mirándolo, sin aliento.
—Lo siento.
Lee frunció el ceño y sacudió su cabeza.
—No lo lamentes. Simplemente no quiero aprovechar...
—Está bien, lo sé. Eres una buena persona, Lee —le dije, no muy
segura de quién estaba hablando, si la Karla ebria o la Karla sobria.
La forma en que sus ojos recorrieron mi cuerpo medio desnudo me
dio escalofríos.
—Los pensamientos que estoy teniendo ahora están lejos de ser
buenos. Dime que me vaya.
—¿Marcharte?
—Está bien, me voy —dijo, todavía mirándome a mí, o a mi pecho,
para ser más exacta—. Sí, definitivamente me marcho ahora.
Volviéndose, salió de mi habitación, esta vez cerrando la puerta
detrás de él. Tiré de la manta alrededor de mí, saboreando el calor, pero
deseando que fuera de otro tipo. Al final el alcohol en mi sistema ganó,
y perdí la consciencia.
Me desperté con el sonido de la voz de Reya, y, efectivamente,
cuando entré en la cocina, ella estaba sentada frente a Alexis,
sosteniendo a Oliver en sus brazos y arrullándolo como una molesta
abuela. O tal vez sólo lo encontré molesto porque mi cabeza estaba
dando vueltas.
—¿Cómo no te estás muriendo ahora mismo? —pregunté, abriendo
la nevera y sacando una caja de jugo de naranja.
Reya se encogió de hombros.
—Realmente no tengo resacas.
—Sólo espera —dijo Alexis, señalándome—. Unos años y serás así
de mala.
—Sí, sin ofender —añadí—, pero como que te odio ahora mismo.
Voy a tomar una ducha.
Cuando volví, limpia y vestida, encontré el desayuno esperándome.
Por lo visto, Reya se sintió culpable por su falta de resaca y decidió
prepararme bacón para compensarlo. Era una joya. Sentándome en la
mesa, removí mi comida. Su teléfono sonó con un mensaje y ella se
apresuró a comprobarlo. Estaba dispuesta a apostar que sabía quién
era.
—¿Trevor? —pregunté entre bocados.
Asintió tímidamente y volvió a poner su teléfono abajo.
—Quiere salir hoy.
—¿De verdad? Deberías ir.
Sacudió su cabeza.
—Es más bien un lugar de reunión en grupo. Él y algunos de sus
amigos están practicando para una competición de free-running. Quería
saber si me interesaba venir a verlo.
—Eso suena emocionante. Podría pensar en peores formas de
pasar un sábado.
—Entonces, ¿por qué no vienes conmigo? —dijo con entusiasmo—.
Será divertido y te compraré helado.
Había algo en la mirada inocente en sus ojos que no podía decir
que no.
—Claro, iré. De todos modos, no tengo nada más planeado.
—Eres la mejor —dijo, estirándose sobre la mesa para apretar mi
mano.
Media hora más tarde estábamos en el metro, dirigiéndonos hacia
Hyde Park. Trevor le envió un mensaje a Reya, diciéndole que se
reuniera con él en el monumento de Albert. Cuando llegamos allí, lo
encontramos, a Liam y un grupo de sus amigos saltando arriba y abajo
diez escalones a la vez, como si estuvieran haciendo running drills.
También había mucha gente alrededor observando; no era sorprendente
que en su mayoría fueran mujeres. Eso no fue lo que más llamó mi
atención, sin embargo, porque sentado al lado y dando gritos de aliento
estaba Lee.
Agarré el brazo de Reya, con voz tensa cuando le dije:
—No me dijiste que él estaría aquí.
Se encogió de hombros saliendo de mi asimiento, sonriéndome
como si no hubiera roto un plato.
—Trev no lo mencionó.
Sabía que estaba mintiendo cuando los sorprendí a ambos
compartiendo una pequeña sonrisa secreta mientras Trevor la saludaba
desde los escalones. Estaban tratando de jugar a Cupido, me di cuenta.
Decidiendo no dejar que me afectara, seguí caminando hacia Lee.
—Hola —dije vacilantemente y me senté a su lado en los
escalones—. Entonces, ¿qué eres, su entrenador o algo así?
Alzó la vista hacia mí, moviendo los ojos por mi cuerpo antes de
asentarse en mi cara.
—O algo así. ¿Cómo está la cabeza?
—Palpitando. Lo siento sobre, eh, anoche —dije, jugueteando
torpemente con la cremallera de mi chaqueta.
Lamentablemente, recordaba cada segundo de mi vergonzoso
intento de besarlo y su posterior rechazo. Deseé poder limpiar el
comportamiento humillante de mi cerebro, pero no habían creado una
píldora para la amnesia selectiva aún.
Sabía por el movimiento de su boca que él estaba tratando de no
sonreír.
—No hay nada que lamentar. —Inclinándose hacia adelante,
saludó con la cabeza a Reya—. Es bueno verte de nuevo.
—A ti también —contestó tímidamente.
Mi amiga tendía a callar alrededor de hombres guapos, lo que
explicaba su comportamiento con Lee. Lo que no explicaba era su
amistad con su hermano. Por otra parte, cuando Trevor decidía que iba
a ser amigo de alguien, ellos realmente no tenían ni voz ni voto. Lo
había aprendido de primera mano.
—Entonces, ¿para qué están practicando todos? —pregunté en un
intento por conversar.
Lee se pasó una mano por su mandíbula, donde una atractiva
sombra de barba crecía.
—La gran competición en Brighton la próxima semana. El equipo
ganador recibe un viaje de ida y vuelta a Tailandia para escalar la
montaña Doi Inthanon.
—¿Y esa es tu idea de un buen rato? —dije—. Prefiero quedarme en
la playa
Lee rió entre dientes.
—Esos somos tú y yo, ambos.
Noté que Trevor y el resto de los demás paraban para tomar un
descanso y él corrió hacia nosotros, dejándose caer al lado de Reya.
Moviendo su frente hacia ella, bromeó:
—Sé que estoy deliciosamente sudoroso ahora mismo, pero
realmente trata de resistir. —Se inclinó más cerca, pero ella lo apartó.
—Eww, quítate. Necesitas tomar una ducha.
—Iré sólo a saltar en el estanque, ¿sí? —bromeó, levantando el
extremo de su camiseta para revelar unos centímetros de su estómago
tonificado.
Reya se rió fuertemente.
—Te reto.
—Y yo voy a secundar ese reto —añadí, incitándolo—. Vamos.
Trevor nos frunció el ceño a las dos divertido.
—Es una cosa buena que sea inmune a la presión de grupo.
Probablemente hay tifus en esa agua.
—Y cólera —dijo Lee—. Así que ni siquiera pienses en ello. No voy a
llevarte al hospital.
—Simplemente no quieres limpiar después de que me dé diarrea.
—Trevor sonrió abiertamente, tratando de asquearlo.
Lee lo miró, inexpresivo, lo cual fue un poco gracioso.
—¿Podemos dejar las deposiciones fuera de la conversación, por
favor? —Hice una mueca.
—No sabes cómo es él —dijo Lee, todavía observando a su
hermano—. Le falta un tornillo. No puede retroceder ante un desafío.
Trevor se mofó.
—Saltar a un estanque no es un desafío. Ahora bien, si me
hubieras pedido que subiera sobre el viejo Albert, me despojara de toda
mi ropa y saltara al suelo mientras gritaba las letras de "Dancing
Queen", podría tener que tomarte la palabra.
Reya miró el monumento.
—Te romperías el cuello.
Se inclinó más cerca hacia ella.
—¿Eso es un reto?
Sus ojos se llenaron de preocupación.
—¡No! Absolutamente no.
—Lástima. Podría haber sido divertido.
—Creo que podría haber algo mal contigo —dije, frunciendo mi
frente.
Lee sonrió socarronamente y sacudió su cabeza.
—Nah, sólo está coqueteando con tu amiga.
—Oye, ahora, hermano, no digas mentiras. Reya es una buena
amiga mía —dijo Trevor, lanzando su brazo alrededor de sus hombros.
Reya apartó la mirada un segundo y pensé que podría estar
sintiéndose incómoda. Estaba claro que a ella le gustaba él, así que tal
vez estaba avergonzada de que su enamoramiento no fuera
correspondido.
Lee miró cuidadosamente a su hermano, su uso de otra expresión
pura comedia de oro.
Reya captó mi atención, con una mirada suplicante en sus ojos.
—¿Quieres ir por el helado ahora? Vi un puesto mientras veníamos
hacia el parque.
—Yo iré —dijo Lee—. Tú te quedas donde estás, cariño.
Reya frunció el ceño, molesta de que hubiera frustrado su plan de
escape y se acomodó en la hierba junto a Trevor. Estaba a punto de
recostarme y disfrutar del clima inusualmente soleado cuando sentí que
Lee me empujaba con la punta de su zapato.
—Ven a ayudar —dijo, observándome intencionadamente.
—Sí, claro —contesté y me levanté para seguirlo. Esperé hasta que
estábamos lo suficientemente lejos para susurrar—: Están tratando de
juntarnos.
Lee sonrió.
—Lo sé. ¿Te gusta cómo lo volví sobre ellos?
—Sí. Eres un genio malvado.
—Sólo les di un poco de su propia medicina. Ver cómo les gusta. A
propósito, nunca llegué a felicitarte correctamente anoche, al estar
borracha como una cuba y todo eso.
—Realmente creo que ese es el término técnico para ello, sí.
Se rió.
—Bien, oí que pasaste tu examen, así que, bien hecho.
Extendiendo la mano, me dio un pequeño apretón. Mi piel
hormigueó donde me tocó. No pasó mucho tiempo antes de que su
mano estuviera sobre mí de nuevo, esta vez cuando llegamos al puesto
de helados. Colocó su palma plana en la base de mi columna, de pie a
mi lado mientras yo escudriñaba las opciones. Su calor se extendió a
través de mí, tan relajante como desconcertante.
Deslizando su otra mano dentro de sus vaqueros, sacó una
pequeña tarjeta de negocios y me la dio. Mirando hacia abajo, vi que era
de su restaurante.
—La dirección está allí —dijo—. Deberías venir a ver el lugar.
—Ya me invitaste, ¿recuerdas? En el hospital.
—Sólo quería asegurarme de que sabías que la invitación todavía
estaba en pie —respondió, mirándome intensamente.
Tragué el nudo en mi garganta que siempre parecía venir cuando
estaba alrededor de él últimamente.
—Iré la próxima semana, en mi día libre.
—Bien. —Vi su manzana de Adán subir y bajar en su garganta.
¿Estaba sintiendo esto tanto como yo?
Después de que consiguiéramos los helados, el paseo de vuelta al
monumento fue tranquilo. Pensé que podía sentir que me miraba por la
esquina de mi ojo, pero no podía estar segura.
—Entonces, ¿ambas vienen con nosotros esta noche? —preguntó
Trevor mientras comíamos.
—¿Qué pasa esta noche?
Le dio un codazo a Lee en su codo.
—Es el cumpleaños de este. Está siendo un viejo cascarrabias y no
nos deja hacerle una fiesta, así que sólo vamos a ir a tomar unas copas
en la taberna local.
Me quedé boquiabierta ante Lee.
—¿Es tu cumpleaños? ¿Por qué no me lo dijiste?
Levantó despreocupadamente los hombros.
—No me gustan realmente los cumpleaños, Snap.
Había algo triste en su expresión, y me pregunté si no le gustaba
celebrarlo por cuando era niño. Supuse que los cumpleaños no eran
muy divertidos para él en ese entonces.
Ya que estaba sentada a su lado, extendí la mano y le di uno de
esos medio abrazos de premio consuelo, deseando poder darle uno
completo.
—Feliz cumpleaños —dije, con voz tranquila.
Volvió su cabeza, su boca a sólo centímetros de la mía.
—Gracias.
El tiempo se detuvo, y no podía apartar la mirada de sus labios. Lo
vi inhalar bruscamente, sus fosas nasales se abrieron cuando su mano
subió y limpió un punto de helado de la esquina de mi boca. Llevándola
a la suya, la lamió y sentí que todas mis entrañas se apretaban con
fuerza.
Al final, Trevor rompió el momento al anunciar en voz alta:
—Oh, mi Dios, sólo bésala. Esto se está poniendo completamente
inapropiado para mi joven mirada.
Reya se rió silenciosamente junto a él, y yo desvié la vista, tratando
de controlar mi rubor. En ese momento quería darle una patada,
molesta a un arrogante chiquito de veintitrés años, por avergonzarme
así. Afortunadamente, hubo una distracción cuando un grupo de chicas
apenas fuera de su adolescencia se acercó, sonriendo recatadamente y
riéndose mientras miraban la pequeña mierda arrogante antes
mencionada
—Hola, Trevor. —Una de ellas agitó los dedos.
Reya comenzó a examinar fijamente la arrugada servilleta del
helado que sostenía mientras Trevor les lanzaba una encantadora
sonrisa.
—Señoritas.
—Te estábamos mirando antes. Es increíble lo que ustedes, chicos,
pueden hacer.
—¿Ah, sí? —Trevor se pavoneó.
Reya silenciosamente se levantó y anunció:
—Acabo de recordar que tengo que ir a recoger mi ropa. Los veré a
todos más tarde. —Con eso se dio la vuelta y se alejó, con una urgencia
en su paso.
Miré a Lee.
—Será mejor que vaya tras de ella.
Asintió.
—Ve. ¿Te veré esta noche?
—Claro, pasaremos a eso de las ocho o nueve.
Sus ojos se animaron.
—Está bien, te veo luego.

Cuando alcancé a Reya, seguía sin admitir que tenía sentimientos


por Trevor y juró y perjuró que realmente tenía ropa para recoger. Al
final la dejé con ello, con una promesa de reunirnos más tarde para ir a
tomar las copas del cumpleaños de Lee. Mi estómago se revolvió al
pensar en volver a verlo, pero ahora se sentía diferente. No había
sentimiento ansioso de aprensión, ni sentimiento como si estuviera
haciendo algo malo. Todo lo que sentía era la emoción de ver a un
hombre que encontré atractivo y por quien tenía algunos sentimientos
profundos sin resolver
Así que, ya sabes, lo habitual.
Mira, al menos ya no estaba robando, ni estaba en la lista de
vigilancia de mi padre. Aunque Lee y sus hermanos estuvieran siendo
vigilados por el equipo del papá al principio, él sabía que no tenía nada
sobre ellos. Además, parecía lo suficientemente satisfecho con que Stu
estuviera cumpliendo condena, para él era la persona que siempre
había pensado era el cabecilla.
Ese era el problema con mi padre. Estaba tan envuelto en su
propia masculinidad alfa que no podía ver otro alfa cuando lo miraba
directamente en la cara. Y a veces, el perro grande no era
necesariamente el más grande.
Sintiendo la necesidad de buscarle a Lee un regalo de cumpleaños,
me detuve en una librería de mi camino a mi casa y compré el libro de
cocina; Le Cordon Bleu, que sabía que le gustaría. Sonreí, recordando la
vez que me había burlado por hornear pasteles de limón como una vieja
abuelita. Realmente, la idea de él con las mangas de camisa enrolladas,
exhibiendo los tatuajes y con delantal era algo sexy. O tal vez yo sólo
era un bicho raro.
Pasé el resto del día ayudando a Alexis con Oliver, luego fui a
arreglarme. Decidiéndome por unos vaqueros ajustados negros, botas y
una camisa blanca, pensé que me veía bien sin hacer demasiado
esfuerzo. Recogí mi cabello en una elegante cola de caballo antes de
salir. Reya se reunió conmigo en el metro, ya que vivía a dos paradas de
distancia y cuando llegamos al pub, el lugar estaba repleto. Vi a Lee,
Trevor, Liam y otros dos tipos sentados a una mesa grande, bebiendo
unas pintas.
—Hola a todos —dije saludando y Lee inmediatamente se puso de
pie para colocar un beso en mi mejilla.
Su mirada viajó sobre mí cuando me quité mi chaqueta, y luego
susurró en mi oído:
—Te ves jodidamente atractiva.
Me estremecí ante sus palabras, preguntándome si sólo lo dijo
porque estaba bebiendo, pero el alcohol en su aliento no era fuerte. Me
senté, y Trevor procedió a interrogar a Reya, para ver a dónde había
huido antes. Había estado tan ocupado coqueteando con su manada de
fans que ni siquiera se había dado cuenta de su partida, que
simplemente lo dijo todo. Creí que tal vez que mi amiga estaba mejor
con él siendo ignorante. Claro, Lee era difícil, pero imaginé que se
necesitarían diez mujeres para mantenerse al corriente con la
personalidad hiperactiva de Trevor.
Reya necesitaba alguien amable, alguien seguro. No un adicto a la
adrenalina que saltaba edificios y subía montañas sólo por diversión.
Claro, Lee estaba… bien, ya me entiendes. De todos los hermanos,
Trevor era el comodín. Hablando de hermanos, Liam me miraba
cautelosamente desde el otro lado de la mesa. Entendía por qué era
escéptico, sobre todo con el encarcelamiento actual de Stu. Pero no
estaba allí por ningún motivo aparte del hecho de que me sentía atraída
por Lee.
Habíamos estado fuera de la vida del otro durante tres meses.
Había creído que lo había superado, en la medida en que podías
superar un amor perdido. Pero al segundo que entré en esa sala de
parto y lo vi allí, de pie al lado de mi mejor amiga y a medida que
pasaba por una de las experiencias más difíciles e importantes de su
vida, supe que no lo había superado. Ni por asomo. Todos mis
sentimientos habían regresado, pero con una renovada sensación de
calidez. No tenía que preocuparme por mi carrera o mi reputación.
Ahora solo era un hombre. Sólo un hombre ordinario. Cualquier cosa
podría pasar. La idea hizo que cada uno de mis poros se apretara con
anticipación.
Quería decirle algo a Liam, pero sabía que, si alguna vez tuviera
que aceptarme, iba a llevar tiempo. Tendría que conseguir caerle bien
poco a poco. Por el momento, simplemente asentí hacia él en lugar de
un hola. Saludó con la cabeza de regreso. Esto estaba bien. Había
esperado que me mandara al diablo.
—Oh, te traje un regalo —dije, volviéndome hacia Lee.
Mi rodilla chocó contra la suya, y fui mucho más consciente del
simple toque de lo que debería haber sido. Sacando el libro envuelto
para regalo de mi bolso, se lo pasé.
Lee miró fijamente el regalo, con una sonrisa tirando de una
esquina de su boca.
—Vaya, Snap, no tenías por qué —dijo, inclinándose hacia
adelante y dándome otro besito en la mejilla.
Esta vez estaba peligrosamente cerca de mi boca, e inhalé un
fuerte aliento. Un segundo más tarde, la atención de Lee estaba en el
libro mientras lo sacaba del envoltorio. La sonrisa se apoderó de todo su
rostro entonces, y sus ojos se iluminaron mientras me miraba.
—Esto es genial, gracias.
—Muy bien, es hora para los chupitos de tequila —dijo Trevor,
volviendo de la barra.
Había estado tan envuelta en Lee que ni siquiera había notado que
dejó la mesa. Dejó de golpe una botella de Patrón, junto a un poco de
sal y limas. Luego le fue a buscar un montón de vasos de chupito al
barman antes de regresar.
—Nah, hombre, esas cosas me hacen vomitar —dijo Liam,
sacudiendo su cabeza.
—Peso ligero —se burló Trevor, luego se volvió a Reya, reluciendo
una sonrisa diabólica—. ¿Y tú, Queenie?
Ella se sonrojó cuando usó su nombre artístico, bajando sus ojos
mientras asentía.
—Claro.
Trevor me miró.
—¿Y tú, agente?
—Oye, es sargento ahora —dijo Lee, y Trevor me miró, con los ojos
muy abiertos.
—¿No jodas? ¿Te hiciste sargento? En ese caso, definitivamente
tienes que tomarte un chupito. Todos los sargentos son famosos por su
adición al tequila —dijo, sin sentido en absoluto, pero así era Trevor
para ti.
—Bien, tomaré uno —dije, sintiendo la atención de Lee a mi lado—.
Pero sólo uno.
Trevor comenzó a alinear los chupitos delante de nosotros. Cuando
Reya me pasó la sal, lamí una línea entre mi pulgar y el índice, lo
esparcí y recogí una porción de lima. Antes de que pudiera reaccionar,
Lee agarró mi mano y me dio una mirada ardiente. Un momento
después, dobló su cabeza para lamer la sal, con su lengua caliente y
húmeda sobre mi piel. Mi estómago revoloteó como loco mientras
trataba de estabilizar mi respiración, sobre todo cuando volvió a
mirarme con malicia en sus oscuros ojos.
Lo observé, paralizada, cuando se bebió su chupito y luego mordió
la lima. Fue probablemente una de las cosas más sexy que había visto
alguna vez.
—Tu turno —dijo, con voz ronca mientras me tendía la mano.
—Oh. —Suspiré, con mi corazón palpitando fuerte en mis oídos.
Después de un segundo de vacilación, llevé mi boca a su piel y
lamí. Así de cerca, todo lo que podía oler era él, su sabor salado en mis
labios. Para mi horror, me encontré persistiendo y un ruido que sólo yo
podía oír se elevó de su pecho. Me aparté rápidamente, bajando el
chupito y mordiendo la lima.
Esperando girar y encontrar a todos mirando nuestro intercambio
casi pornográfico, me sentí aliviada al ver que nos estaban ignorando
completamente. Eso fue sobre todo porque Trevor estaba en su tercer
chupito y los muchachos lo estaban presionando para tomar más.
Había música en el pub y una pequeña pista de baile, unas
cuantas mujeres y hombres despedazando movimientos borrachos. El
aliento de Lee golpeó mi piel justo antes de que susurrara:
—Ven a bailar conmigo.
No me dio tiempo para responder, solo agarró mi mano y me
levantó con él. Lo seguí, mi cabeza brumosa con excitación o con
tequila, no podía decirlo. Mis ojos trazaron las líneas musculares de sus
amplios hombros, hombros hechos para el trabajo duro y joder,
comencé a imaginar a dónde llevaría esta noche.
Una cursi balada de rock de los años ochenta sonaba a través de
los altavoces mientras Lee nos daba vueltas, me acercaba y deslizaba
sus brazos alrededor de mi cintura.
Lo miré fijamente, deteniéndome en sus brillantes ojos azules. El
modo en que se movía era decidido, cada roce de su cuerpo contra el
mío estaba diseñado para seducir.
—Lee —dije, insegura de si podía oírme sobre la música—, ¿por
qué te fuiste anoche?
Supe por el movimiento de su boca que no le gustó mi pregunta,
pero contestó de todos modos:
—No quería, si eso es lo estas preguntando.
Lo que dijo fue un alivio, porque, aunque me estaba mostrando
todos los signos de que él me quería, siempre habría esa duda en el
fondo de mi mente, poniendo en duda si aún albergaba o no la culpa.
—Entonces qué…. —Me arriesgué—. ¿Simplemente no querías
aprovecharte mientras estaba borracha?
—Sí, quiero hacer las cosas bien esta vez.
—¿Esta vez?
Asintió, con un destello depredador en sus ojos.
—Si crees que estoy aquí por amistad, Karla, tienes una mierda de
suerte. —El gruñido en su voz hizo cosas maravillosas en mi interior—.
Quiero que vuelvas a mi cama, para siempre.
—Oh. —Suspiré, sin saber qué decir.
—Pero no será como la última vez. Me niego a esconderme o
mantener las cosas en secreto. No quiero que me sueltes la mano
porque sientas vergüenza de que te vean conmigo. Esa mierda ha
terminado. Quiero que estés orgullosa de estar a mi lado. Quiero que
quieras que todos sepan que eres mía. Pero, sobre todo, quiero ser
digno de ti.
—Siempre fuiste digno. Solo que las circunstancias no eran…
óptimas.
Sacudió su cabeza, todavía balanceando nuestros cuerpos
suavemente con la música.
—Nah. Me dijiste algo una vez que sonó cierto. Dijiste que había
conseguido salirme con la mía durante tanto tiempo que no tenía miedo
de ser capturado ya, y tenías razón. Cuando estás tan adentro como yo,
te adormeces, pero también comienzas a justificar tus acciones.
Comienzas a creer que estás haciendo el bien, que eres tú o ellos. Te
convences de que la ley es injusta. Ahí es donde estaba mi cabeza
cuando te conocí, y poco a poco rompiste las paredes de mierda que
había construido. Me mostraste todas las mentiras que me había estado
diciendo a mí mismo hasta que finalmente desperté y te creí.
Lo miré fijamente, sorprendida por su admisión. Porque la verdad
era que también él me había enseñado mucho. La ley no era perfecta.
Siempre habría Steves alrededor para joder a la gente y aprovechar el
poder que venía con el trabajo. Siempre habría corrupción e injusticia.
Y eran aquellos como Lee y su familia los que soportaban la peor parte
de eso, porque él me había demostrado que las acciones de las personas
son el resultado de sus circunstancias y a veces violar la ley es la única
opción.
Pensaba en todo esto mientras bajaba mi cabeza para apoyarme en
su hombro.
—Lo que estoy tratando de decir es que quiero salir contigo, Karla
Sheehan —dijo, con una sonrisa en su voz.
Me reí suavemente y acaricié con mi nariz su piel.
—¿Cómo un cortejo chapado a la antigua?
Respiró profundamente y me acercó, su boca en mi sien.
—Tal vez no tan chapado a la antigua. No estoy seguro de poder
mantener mis manos lejos de ti durante tanto tiempo.
—No estoy segura de que lo quisiera —susurré y lo sentí
estremecerse cuando mi aliento golpeó el lóbulo de su oreja—. Pero sólo
hay una cosa más.
—Ah, sí, ¿y qué es eso?
—¿Cuándo planeas anunciar tus intenciones a mi padre?
Tan pronto como la pregunta terminó, los dos nos echamos a reír.
No hacía falta decir que mi padre nunca iba a aceptar a Lee. Era algo
bueno que yo nunca hubiera esperado la aprobación de mis padres.
—¿Qué te parece esto? Si te prometo que nunca tendrás que
conocer a mi viejo, entonces tú tienes que prometerme que nunca
tendré que conocer al tuyo
Mirándolo con diversión, tomé su mano y la estrechamos.
—Trato hecho.
Lee trabajaba en algunos arreglos de su menú. Así fue
exactamente cómo lo expresó cuando llamó y me pidió nuestra primera
cita oficial. Ven al restaurante, dijo. Déjame cocinar para ti, y puedes
decirme lo que te gusta y lo que no. No le tomó mucho tiempo
convencerme para que dijera que sí, sobre todo porque dijo toda esa
frase con una connotación decididamente sexual. Pero ahora me sentía
nerviosa. No tenía ni idea de qué ponerme y había cambiado mi atuendo
varias veces ya.
La noche anterior nos despedimos sin siquiera un beso, con Trevor
borracho por demasiados chupitos de tequila y Lee y Liam ayudándolo a
entrar en un taxi. No hacía falta decir que me encontraba electrificada,
emocionada y nerviosa por lo que pasaría cuando llegara al restaurante.
¿Habría trabajadores alrededor, o estaríamos solos?
Al final elegí una falda de patinadora color morado oscuro, botas y
una vieja camiseta de Metallica. Se remontaba a mis años grunge en la
adolescencia, pero parecía sexy y casual al mismo tiempo, así que me
obligué a no tratar de cambiarme de nuevo.
Cuando llegué al Grub Hut, vi el cartel encima de las instalaciones
hecho en metal tallado con estilo. Echando un vistazo por la ventana, vi
que todavía había trabajo que hacer en el interior, pero me imaginaba
que iba a quedar muy bien cuando se hubiera terminado. Le envié un
mensaje a Lee para hacerle saber que estaba afuera y un minuto
después apareció por la parte trasera, con el extremo de su camiseta
negra cubierta de harina y su cabello revuelto.
Abriendo la puerta, me recibió con una cálida sonrisa y me abrazó.
—Hola —murmuró, colocando un beso en mi sien.
—Hola —contesté, entrando—. El lugar se ve genial. Me encanta el
cartel.
Lee sonrió ante mi cumplido y me tomó de la mano, dirigiéndome
hacia la cocina. El lugar era nuevo, todo de acero inoxidable, con una
larga mesa de trabajo en el centro de la sala. Mi boca se hizo agua
mientras olfateaba todos los ingredientes. Había tazones dispuestos con
todo tipo de alimentos: tomates picados y cebollas, aguacates, cilantro,
limones cuarteados, chiles, tortillas frescas y toda una serie de
especias. Era evidente que planeaba hacer algún tipo de plato
mexicano.
—Esos chupitos de anoche me inspiraron —dijo con un guiño, y
sentí un pequeño cosquilleo en la nuca cuando recordé su lengua en mi
piel. Los ojos de Lee se oscurecieron, como si también estuviera
recordando, luego se acercó y tomó mi chaqueta.
—¿No hay nadie más? —pregunté, tratando de sonar casual.
Sacudió la cabeza y sonrió.
—Estamos solos.
Tratando de actuar como si su coqueteo no me estuviera
afectando, me apoyé en el mostrador opuesto a su espacio de trabajo y
doblé mis brazos. Mirando alrededor, supe que debió costar un buen
dinero levantar este lugar, por no hablar de que los alquileres en
Londres no eran baratos. Aunque no sospechaba que hubiera usado
dinero ilegal para financiar el nuevo negocio. Vender el garaje lo habría
dejado con más que suficiente para empezar de nuevo.
—Entonces, ¿cómo va todo? ¿Ha venido algún conocido a husmear
por aquí?
—No, y si son inteligentes, se alejarán. Un par de chicos que solían
trabajar para mí también querían quedar limpios, así que les di trabajo
aquí. Si alguien viene intentando chantajear, se les mostrará dónde está
la puerta.
—Eso es bueno. ¿Esperas que lo hagan?
Lee sacudió la cabeza.
—Pasé años construyendo cierta reputación, Karla. Si alguien
intenta joder este lugar o a mí, tendrían que ser tontos como la mierda.
Dejé escapar un suspiro y apoyé mis manos en el borde del
mostrador.
—Bueno, me alegro de oírlo, pero si alguna vez tienes algún
problema, avísame. Entonces, ¿qué estás haciendo?
Hizo señas a los ingredientes.
—¿No es obvio? Tacos.
—Adoro los tacos.
Sonrió.
—También yo.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. Lee fue a lavarse las
manos y luego regresó, introduciendo un poco de carne picada en la
sartén y mezclando algunas especias. Me pareció extrañamente
relajante verlo cocinar y mi estómago rugía para el momento en que
terminó. Puso tres tacos en un plato para mí y levantó un taburete.
—Bien, cada uno tiene una mezcla de especias diferente en la
carne. Dime cuál te gusta más.
Sonreí, disfrutando de esto.
—El segundo es el mejor. Me gusta ahumado —le dije después de
haber probado los tres.
—¿Sí? —preguntó Lee, sus ojos se iluminaron con interés—. ¿Y el
número tres? Traté con una pizca de cardamomo sólo para innovar.
—Es bueno, pero no tan bueno como el segundo.
Se detuvo delante de mí, con los brazos cruzados.
—Está bien, recordaré tus palabras. Ahora nos haremos mi receta
de salsa béarnaise. Voy a hacer mini-filetes para acompañarla. —Trató
de tomar mi plato, pero aparté sus manos.
—¡Oye! Aún no he terminado.
Lee se rió entre dientes y alzó las manos en señal de rendición.
—No es necesario que me ataques. Sólo pensé que podrías estar
satisfecha.
—¡Ja! Soy policía. Nunca estoy satisfecha.
—Eso es verdad. Debí haberte frito algunas rosquillas.
Estreché mi mirada, todavía masticando.
—No seas imbécil.
—¿Quieres mi polla? Caray, tranquila, sargento. No soy un pedazo
de carne.
Su guiño descarado contenía pura travesura mientras se inclinaba
para sacar una olla del armario.
Fruncí el ceño juguetonamente ante su comentario, un poco
molesta por lo fácil que podía afectarme, y sinceramente, sintiéndome
un poco encendida ahora que había cambiado la conversación. Observé
cómo empezaba a derretir la mantequilla en una cacerola y agregarle
chalotas. Ya se sentía un olor celestial, y todavía ni siquiera ponía los
otros ingredientes.
Cuando tocó un poco de mantequilla derretida con el pulgar y se lo
metió en la boca para chuparlo, sin darme cuenta, apreté los muslos
ante la vista. Cuando el vapor lo acaloró demasiado, levantó su
camiseta para limpiarse el sudor de la frente, exponiendo sus
abdominales. Lo juro, si alguien alguna vez decidía hacer un
espectáculo de cocina sobre Lee, obtendrían los mejores puntajes.
Dejé mi plato vacío y tomé un sorbo de agua. Sí, porque tenía sed,
pero también porque estaba demasiado acalorada.
—La salsa se ve genial —le dije y él levantó la vista.
—¿Sí? Deberías venir mañana de nuevo. Voy a hacer un Ruby
Murray.
—Oh, Dios mío, eres tan Cockney15 a veces —me burlé.
Lee sonrió maliciosamente.

15 Cockney: Es una forma de expresión/argot muy habitual en el inglés británico.


—¿No te gusta?
—Danny Dyer no es realmente mi tipo.
—Mientes. Todas las chicas aman un poco a Danny. Quieren que
él las frote un poco y sumerja su Mecha Hampton en sus Morris
Menores.
Casi me ahogué al reírme tan fuerte.
—Eso es realmente horrible. Por favor, no vuelvas a hablarme de
forma tan obscena en Cockney de nuevo. Me arruinarás el sexo de por
vida.
Lee también se rió, con su rostro arrugado cuando levantó las
manos.
—De acuerdo, entendido. No queremos dejarte sin sexo.
—¿Y por qué? —pregunté, sintiéndome coqueta de repente.
—Porque tienes la versión del orgasmo enojado. Si no te llevo al
clímax, estarás de buen humor.
—¡Cállate! Eso no es cierto.
—Pasó algunas veces, Snap —afirmó burlonamente.
—Oh, eres un pequeño mentiroso. —Mi expresión mostraba mi
molestia, y él parecía complacido por estar molestándome.
Claramente, esa había sido su intención desde el principio.
Después de que comiéramos los mini filetes y le dijera a Lee cuál
versión de su receta béarnaise prefería, agarró dos cervezas de la nevera
y me llevó a una terraza en la azotea. Era sólo un edificio de dos pisos,
por lo que no podía ver exactamente a kilómetros de distancia, pero aun
así era agradable. El clima era cálido y el cielo empezaba a oscurecerse.
Lee abrió las botellas, me dio una, y tomó un largo trago de la
suya. Nos sentamos lado a lado en las sillas plegables, con los pies
apoyados en un viejo banco de madera.
—Me gusta estar aquí —dije, rompiendo el silencio.
—¿Sí? Voy a conseguir algunas de esas luces de colores y colgarlas
sobre el cercado, poner algunos calentadores al aire libre y conseguir
algunos muebles de terraza. Voy a hacer un bonito comedor al aire
libre.
—Suena como si lo hubieras pensado mucho.
—Si vas a hacer algo, mejor hacerlo bien —dijo Lee, inclinando su
botella hacia la mía.
—Brindaré por eso.
Nos sentamos en silencio durante unos minutos, dejando que los
ruidos nocturnos de la ciudad nos inundaran. Lee acercó su silla a la
mía, así nuestros hombros estaban a sólo unos centímetros de
distancia.
Recogí mi cabello en una cola de caballo y mi vieja camiseta
colgaba perezosamente de un hombro. Fui vagamente consciente de
una sensación de plumas antes de darme cuenta que Lee rozaba sus
labios justo por debajo de la línea de mi cabello. Dejando escapar un
suspiro, ladeé mi cabeza para concederle un mayor acceso.
—Sabes que te amo, ¿verdad? —susurró, sacudiéndome de mi
ensueño.
Mi corazón latía con fuerza, y momentáneamente perdí la
capacidad de respirar. Me había dicho que me amaba una vez, mientras
se emborrachaba más allá de la creencia, pero esto era diferente. Esta
vez supe que era cierto. La emoción obstruyó mi garganta, bloqueando
mi voz, y sentí la humedad en mis ojos.
—Lo sé —logré susurrar finalmente.
—Entiendo si todavía no puedes decirlo. Sólo quería decirte cómo
me siento.
Involuntariamente, mi boca se abrió mientras lo miraba. ¿Cómo
podía pensar que no me sentía de la misma manera por él?
—Lee —dije, con mi voz ronca—, sé que nunca lo admití, pero
empecé a enamorarme de ti hace mucho tiempo. Fue imposible no
hacerlo.
Lo vi vacilar, con cara estoica mientras me miraba. Sabía lo que
esperaba. Necesitaba que dijera las palabras. Después de un momento
que sentí como una eternidad, me las arreglé para reunir el valor.
—También te amo —dije, y él se acercó para acariciar mi mejilla.
—¿Sí? —preguntó, sus ojos buscando los míos como si pudiera
cambiar de opinión entre un segundo y el siguiente.
—Sí —susurré.
En rápida sucesión, tomó nuestras botellas y las puso en el banco.
Entonces regreso, devorando mi cuello con su boca, besando y
pellizcando de una manera que envió temblores a través de todo mi
cuerpo. ¿Cómo era posible que unos cuantos besos cuidadosamente
colocados pudieran reducirme a una pila temblorosa y jadeante de
necesidad?
Lee tiró de mí para que me sentara sobre su regazo, arrastrando mi
boca hacia la suya y besándome con un tipo de urgencia relajada y
confidente. El punto entre mis piernas dolía por ser tocado mientras su
erección se clavaba en mi cadera. Antes de que me diera cuenta, estaba
a horcajadas sobre él y desatando mi cola de caballo, dejó que los
mechones cayeran alrededor de mis hombros.
Deliraba con la excitación, necesitando su boca en todas partes a
la vez. Lee subió la falda hasta mi cintura, sus manos encontraron mi
ropa interior y rápidamente la hizo a un lado. Cuando deslizó un dedo
por mis pliegues, rompió nuestro beso, se echó hacia atrás y me miró
fijamente.
—Eres jodidamente hermosa —dijo, con una voz feroz.
Dejé escapar un gemido débil, con mi respiración acelerándose.
—Te voy a mirar mientras te corres —continuó Lee—. Apuesto a
que será rápido.
No se equivocaba. Había estado sin sexo durante meses y estar
cerca de él durante los últimos días me sacudió. Me sentía en la
lamentable necesidad de una liberación. Lee metió dos dedos dentro de
mí, y saboreé la sensación de plenitud mientras empezaba a frotar mi
clítoris con su pulgar. Disfrutando la presión, cerré los ojos, y su otra
mano se deslizó debajo de mi camiseta, tirando de la copa de mi
sujetador y palmeando mi pecho. Lo moldeó con la mano, luego tiró de
mi pezón, haciendo que me estremeciera, cada vez más cerca del
orgasmo. Su pulgar se movía perezosamente de un lado a otro. Abrí los
ojos justo cuando estaba a punto de correrme, miré a Lee y me
estremecí cuando el placer me alcanzó.
—Tan jodidamente hermosa —repitió, devorándome con su mirada.
Una vez que mi orgasmo se desvaneció, me acurruqué cerca de él,
respirando su aroma. Su mano seguía en mi pecho, y lo masajeaba
distraídamente mientras nos sentábamos allí en el resplandor.
Me decepcionó cuando me movió gentilmente, ayudándonos a
ambos a ponernos de pie, y dijo:
—Debería llevarte a casa.
Quería hacer un mohín y quejarme como una niña, quería rogarle
que me tomara justo allí en el tejado, pero tenía que mantener un poco
de orgullo. Así que en cambio asentí y lo seguí hasta la cocina, donde
dejé mi chaqueta y mi bolso.
Me encontraba parada junto al mostrador, reuniendo mis cosas,
cuando sentí su calor en mi espalda.
—Ah, a la mierda con tomarlo lento —dijo Lee, con las manos en
mi cintura.
Jadeé cuando subió mi falda de nuevo, esta vez sacando mi ropa
interior y guardándola en su bolsillo. De repente recordé nuestra
primera vez, en la oscuridad del club nocturno lleno de gente,
absorbiéndonos entre sí como si fuera nuestra última noche en la
tierra. Estábamos tan desesperados el uno por el otro en aquel
entonces, pasamos mucho tiempo en un baile, jugando un juego sin
reglas fijas ni directrices.
La mano de Lee apretó mi cuello, su boca en mi oído mientras me
preguntaba:
—¿Me deseas?
—Sí —gimoteé.
Su agarre sobre mí no era suave y saboreé el toque de dolor. Con la
otra mano, se desabrochó el cinturón y bajó los pantalones. Cuando
sentí su cálida polla rozándome el trasero, arqueé mi espalda,
buscándola. Su aliento salió entrecortado, como si estuviera teniendo
dificultades para calmarse.
—Tan perfecta —gruñó justo antes de darme una palmada suave
en el trasero.
—Te necesito. Ahora —jadeé, mi voz se escuchaba aguda.
Sus manos vagaron por mi espalda, quitándome el sujetador y
dejándolo caer abruptamente al suelo. Por todas partes que me tocaba,
yo temblaba. Cuando agarró mi trasero con ambas manos, su pulgar
deslizándose en el pliegue y rozando un lugar prohibido, me estremecí,
cerrando mis ojos.
Su polla rozó mi entrada burlonamente, sus manos agarrándome
mientras me penetraba con un duro golpe. Cuando estuvo alojado
profundamente en mi interior, se calmó, su boca en mi nuca dejaba
pequeños besos húmedos que me excitaron aún más.
Ambos seguíamos de pie, la sensación era más intensa de esa
manera. Las caderas de Lee comenzaron a moverse, entrando y saliendo
rápidamente mientras desataba su necesidad por mí. Una mano se
acercó para moldear mi pecho, la otra se extendió sobre mi estómago,
manteniéndome en el lugar. Arqueé mi espalda, dejándolo entrar tan
profundo como pudiera.
—Ven conmigo a mi casa esta noche. —Respiraba con fuerza.
—Sí —dije, en voz alta mientras se mezclaba con mis gemidos.
Me mordió el hombro.
—Quizás podamos pasar por la tuya primero y recoger esas
esposas.
Una rápida e inesperada carcajada se me escapó.
—No puedo esperar para poner mi boca en tu coño —continuó Lee
con un gruñido—. Dios, me estás apretando tan fuerte ahora mismo.
Hombre, cuando no hablaba en Cockney, era realmente bueno con
las palabras obscenas. Su voz llenó mis oídos, contándome todas las
cosas traviesas que planeaba hacerme. Me puse tan húmeda, su polla
golpeándome con fuerza, que perdí la capacidad de pensar y me rendí a
la sensación. La boca de Lee se acercó a mi cuello, chupando mi piel
mientras sus movimientos se aceleraban aún más. Iba a dejar una
marca, pero ni siquiera pude preocuparme. Estaba segura de que mi
uniforme lo cubriría en el trabajo.
Cuando se corrió, lo hizo con una grave palabrota, rozándome con
sus dientes mientras sus caderas se ralentizaban y su calidez me
llenaba. Suspiré cuando mis paredes se apretaron a su alrededor y él
presionó mi cuerpo contra el suyo.
—Te amo, Karla, siempre lo haré —dijo cuando finalmente
recuperó el aliento.
—Yo también te amo —respondí, girando mi cara y capturando sus
labios en un lento y tierno beso.
Todo lo que necesitas saber es que fuimos a buscar las esposas y
fue increíble. Iba a pedir un par de esposas acolchadas online, porque
las reales dolían como el infierno… especialmente cuando no podías
evitar tirar de ellas.
Aparte de separarnos cuando teníamos que trabajar, Lee y yo
fuimos inseparables durante las siguientes semanas. Cuando
finalmente llegó el día de la apertura de su restaurante, me aseguré de
tener la noche libre para asistir. Lee organizaba una fiesta, con comida
y bebidas gratis para celebrar la gran inauguración.
Llevaba un vestido negro con tacones y dejé mi cabello suelto con
ondas. Alexis incluso les pidió a sus padres que cuidaran de Oliver por
la noche para que pudiera venir. Mi mejor amiga nunca rechazaba
comida gratis, incluso si tenía que alejarse de su adorable bebé unas
horas. Esta era la primera noche que salía después del parto y me
alegraba que tuviera la oportunidad de soltarse el pelo.
Reya también vino, luciendo impresionante con un vestido azul
oscuro que abrazaba su forma curvilínea. Se reasignó a sí misma
enseguida dentro de la zona de amigos con Trevor, no hubo forma de
razonar con ella. Trevor tenía un encanto enérgico que podía llegar a ser
adictivo, especialmente para alguien tan introvertida como Reya. Ella
vivía a través de su comportamiento extrovertido. En todo caso, él y su
grupo de trazadores habían ganado su competición y se iban a
Tailandia un mes de turismo y escalada. Dado que ambos habían
pasado tanto tiempo juntos, me pregunté cómo se las arreglaría en su
ausencia.
Lee había estado en el restaurante todo el día, preparándose para
la fiesta, así que no lo había visto desde la noche anterior. Al llegar con
mis dos amigas, lo vi de pie junto a la ventana de servicio, una hilera de
platos alineados ante él mientras aprobaba los platos. Parecía ocupado,
así que lo dejé, aceptando una copa de vino blanco del camarero
llevando alrededor una bandeja.
Poco después me disculpé para usar el baño y tropecé con Liam en
mi camino de regreso. Estaba sentado en la escalera, tomando un vaso
de whisky. Sus ojos se volvieron cautelosos cuando me vio, acabando lo
último de su bebida y colocando el vaso abajo.
—¿No estás bien con la multitud? —le pregunte, acercándome.
—Las grandes fiestas no son lo mío —dijo y tomé eso como una
invitación a sentarme.
—Sí, mías tampoco.
Lo sentí mirándome con curiosidad cuando nos quedamos en
silencio.
—Lee parece feliz estos días —dijo Liam después de un rato.
—Me gusta saber que lo es.
Volviendo su cuerpo, su voz y cara eran serias mientras decía:
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto.
—¿Crees que sería un buen policía?
No podría haberme sorprendido más que si me hubiera preguntado
si sería un buen granjero de cerdos. Mi ceño se frunció cuando me
apresure a contestar:
—Eh, bueno, seguro, creo que podrías ser bueno en cualquier cosa
si te empeñas, Liam.
Se volvió otra vez, con la mirada fija en sus manos.
—Esa es una respuesta adecuada, Karla. Dímelo directamente.
Quiero tu opinión sincera.
—¿Es algo en lo que has estado pensando? —pregunté.
Todavía estaba tratando de darle vueltas al hecho de que Liam
estaba considerando unirse a la policía. No soy una persona fácil de
sorprender, pero esto realmente me dejó fuera de juego.
—No lo estaría preguntando si no fuera así —dijo, su voz baja con
incertidumbre.
Me hizo preguntar si se sentía inseguro acerca de abrirse a mí.
—Liam, creo que serias un policía fantástico y eso es la pura
verdad de Dios. Pero tienes antecedentes. Podría ser difícil que acepten
tu solicitud.
—Sí, eso es lo que pensé —dijo con tristeza.
Lo observé, trazando con la mirada su apuesto perfil y su cabello
castaño corto. Liam era el hermano Cross con el que había pasado
menos tiempo. Pero observándolo ahora, estaba empezando a pensar
que era el más serio, aunque era el más pequeño. Pienso que quizás se
esforzó más para probar su valor a sus hermanos mayores.
Empujando su hombro con el mío, le dije.
—Yo podría ayudarte, sabes. Hablar bien de ti. No puede hacerte
daño. Y si no funciona, siempre está el ejército.
Liam sacudió su cabeza.
—Nah, el ejército no es para mí.
—¿Y por qué la policía?
Alzó una ceja.
—¿Honestamente? Tiene que ver con todas las cosas en las que
estábamos involucrados. —Hizo una pausa y suspiró—. Siento que
robar es en lo único que he sido bueno. Es lo que mejor conozco, pero
ya no puedo hacerlo. Así que pensé que tal vez podría cambiar, usar
todas las cosas que sé sobre los ladrones y prevenir en lugar de
provocar. Es estúpido, lo sé.
Le agarré el hombro.
—No es estúpido, no, en absoluto. En realidad, creo que es muy
noble. La mitad de los policías con los que trabajo se metió en la policía
porque es un trabajo del gobierno con sueldo fijo y esos son los buenos.
Ni siquiera quieres que empiece con los malos.
Liam parecía esperanzado y un poco avergonzado por mi cumplido.
—¿Así que crees que tengo alguna posibilidad?
—Lo creo. Y haré todo lo que pueda para ayudarte.
Unos minutos más tarde, me acerqué sigilosamente a Lee en la
cocina mientras escribía un mensaje en su teléfono. Pasé mis brazos
alrededor de su cintura y apreté fuertemente.
—Oye —murmuré—. ¿Va todo bien?
Él dejo escapar un suspiro y se retorció en mis brazos.
—Sí, nos hemos quedado sin cerveza, sin embargo. Estaba
enviando un mensaje al proveedor, para ver si puede hacer otra entrega
antes de cerrar.
Asentí.
—Crucemos los dedos para que pueda. Oye, estuve hablando con
Liam.
Lee frunció el ceño.
—¿Qué te dijo? Ha estado un poco irritable durante las últimas
semanas. No sé qué está pasando con él.
—Me dijo que ha estado pensando en unirse a la policía —dije,
dejando salir mis rápidamente con emoción.
Lee me dio una mirada maliciosa.
—¿Eso es broma?
—Créeme, estoy tan sorprendida como tú. Pero no, no es una
broma. Creo que ha estado considerando esto desde hace tiempo.
Lee seguía pareciendo escéptico, pero me dirigió una pequeña
sonrisa de todas formas, sus manos bajaron para darle una palmada a
mi trasero mientras susurraba.
—Tal vez tenerte alrededor ha sido una buena influencia.
Presioné un beso en sus labios antes de alejarme. Después de todo,
había media docena de empleados trabajando y las DPA16 no eran lo
mío. Levante una galleta con queso crema de salmón ahumado de una
bandeja y me la metí en la boca. Lee me volvió a palmear el trasero y me
dijo que dejara de tomar sus bocaditos. Justo cuando me acariciaba el
golpe y amenazaba con volver, Liam entró en la cocina.
—Bueno, bueno, bueno, no estás lleno de sorpresas —anunció
fuerte Lee, a la vista de su hermano menor—. Pensando en unirte a los

16 DPA: Demostraciones públicas de afecto


policías. Nuestro querido abuelo se estará revolviendo en su tumba.
Sabes que el viejo de mamá se dedicaba al estraperlo17 en su época.
Liam me lanzó una mirada exasperada.
—No tenías que correr a decírselo.
—¿Qué? —dije, metiendo otra galletita en mi boca—. Estaba
emocionada.
Suspiró y se volvió hacia Lee.
—¿Y por qué coño, viejo, me iba a importar una mierda algo de ese
viejo cascarrabias que nunca conocí?
—Porque estás haciendo un cambio, estás limpiando el nombre
Cross —contestó Lee, deslizando su brazo alrededor de mi cintura y
evitando que comiera más canapés—. Oye, ¿quién habría pensado que
la policía sería el nuevo negocio familiar?
Sonreí y saqué mi lengua
—Deberías estar agradeciéndome por la mejora. Y todavía no soy
de la familia.
Lee soltó una carcajada.
—Todavía, es la palabra justa. Tendrás un anillo en ese dedo antes
de que termine el año.
Me quedé boquiabierta, pero no pude evitar la sonrisa que se
extendía de oreja a oreja.
—Cállate.
—Oblígame —ronroneó, capturando mis labios en otro beso.
Liam gruñó y salió de la cocina, no queriendo presenciar más de
nuestras muestras de afecto.

Lee se encontraba al otro lado de la calle de la comisaria, con los


brazos cruzados mientras se apoyaba en su auto estacionado,
esperándome. Tuve una sensación de calor en mi estómago mientras
me dirigía hacia él y él me atrajo para un abrazo, presionando un beso
en mi sien. Era agradable tener un novio que me recogiera después de
un largo día de trabajo.
—Hola —dijo, presionando su rostro en mi cabello e inhalando
profundamente.
—Agh, por favor no me huelas en este momento. Tuve que
perseguir a un ladrón antes y apesto.
—Hueles increíble —replicó con voz ronca—. Y ahora eres sargento.
Deja que los demás hagan el trabajo duro...
—Ah, pero tú te has retirado. Tengo que buscar emociones en
alguna parte.

17 Se refiere a gente que vende cosas en el mercado negro/venta ilegal.


Lee se rió entre dientes y pasó el dedo pulgar por mi labio inferior.
—Ya te daré emoción, imprudente pequeña descarada.
Su risa murió cuando su atención se quedó enganchada en algo
justo detrás de nosotros. Sentí la presencia de mi padre antes de que
me diera vuelta, mi piel hormigueó cuando dijo mi nombre:
—Karla.
Salí de los brazos de Lee y cuando me volví hacia él, tenía su ceño
fruncido y las gruesas cejas casi juntas, señalando su desaprobación.
No necesariamente tenía que estar haciendo algo malo; sólo me
desaprobaba en general.
—Papá —dije firmemente mientras me colocaba derecha.
Estaba observando a Lee, con rostro serio, concentrado mientras
trataba de averiguar de qué lo conocía. Lee y mi padre habían tenido
algunos roces en el pasado durante años, además de que papá tenía
fotos de él de la investigación de McGregor.
Sin embargo, el cabello de Lee había crecido y llevaba una camisa
ajustada, un traje de chaqueta. Se vestía así en los días que estaba en
modo empresarial, así que no se veía de la manera en que papá estaba
acostumbrado a verlo. Lo juro, era una locura lo fácil que un traje podía
hacer a la gente ciega. Aunque en este caso, Lee era un lobo retirado
con ropa de oveja. La atención de papá volvió a mí mientras se aclaraba
la garganta.
—He oído que aprobaste tu examen de sargento —dijo
Él no me iba a dar "felicitaciones" o abrazos con un "bien hecho".
Dios no permita que muestre alguna emoción auténtica. Sin embargo,
el hecho de que se hubiera acercado a mí estaba fuera de carácter. Papá
era el tipo de hombre que esperaba que fueras tú a él; de lo contrario,
dejabas de ser importante para él.
—Lo hice.
—Al menos ahora ya no estarás en las trincheras —dijo
cínicamente.
Y ahí estaba. Sabía que no podía mantener el buen
comportamiento por mucho tiempo.
Un silencio cayó y Lee metió sus dedos en los míos como muestra
de apoyo. Realmente no odiaba a mi padre, pero sabía que tampoco lo
amaba. Sentí una extraña desconexión, y aunque fue algo triste, así es
como siempre sería entre nosotros.
La atención de papá volvió a Lee.
—Supongo que este es tu chico.
—Encantado de conocerlo, superintendente Sheehan. —Lee sonrió
ampliamente y se inclinó hacia adelante para estrecharle la mano.
Me di cuenta de que estaba recibiendo una patada con esto.
—Lo mismo digo —dijo papá—. Karla, a tu madre le agradaría
mucho si los dos vinieran a cenar el domingo.
—Oh, claro —dije, tratando de no tartamudear y ahogarme
simultáneamente con mi propia risa contenida—. Haremos todo lo
posible por ir.
El hecho de que no reconociera a Lee era demasiado hilarante para
decirlo con palabras. Si papá supiera a quién estaba invitando a cenar,
probablemente se giraría y vomitaría sobre sus brillantes zapatos de
cuero marrón.
—Bueno. Se lo haré saber —dijo antes de inclinar la gorra y dar la
vuelta para marcharse. Antes de que se volviera completamente, volvió
la mirada hacia Lee—. Lo siento, no sé tu nombre.
—Lee, mi nombre es, Lee Cross —respondió mi novio, y tan pronto
como las palabras salieron de su boca, los ojos de mi padre
prácticamente salieron de sus orbitas.
—Bueno —exclamé—. Tenemos un poco de prisa, así que será
mejor que nos vayamos.
Tirando de la mano de Lee, lo conduje hacia el auto. Ya estábamos
saliendo de la acera cuando papá finalmente volvió en sí, su mandíbula
se tensó y su expresión se ensombreció mientras nos veía conducir.
—Lo siento, pero eso no tuvo precio —dijo Lee, escapándosele la
risa.
—Mi pobre padre. —Reí entre dientes—. Creo que nunca lo vi con
ambas expresiones, furioso y confundido al mismo tiempo.
—Se lo tiene bien merecido, el viejo imbécil. No pudo estar feliz por
ti. ¿Ves la diferencia entre él y yo? Yo te doy ánimo, él te hunde. No
necesitas esa mierda en tu vida.
Dios, lo adoraba.
—No, tienes razón, absolutamente. No lo necesito.
Lee me dio una tierna sonrisa y se concentró en la carretera.
—Oye, por cierto, 007 —le dije, empujándolo en el brazo—. No creo
que te deje con esa frase tan cursi. Les voy a decir a todos cómo te
presentaste. Y me refiero a todo el mundo.
Lee agarró mi muslo y le dio un firme apretón con su otra mano
todavía en el volante.
—Hazlo y no tendrás sexo oral durante un mes.
Me burlé.
—¡No lo harías!
—Por supuesto que sí.
—Bueno. Mantendré tu secreto, James Bond. No querría empañar
a tu representante, ¿verdad? —me burlé antes de continuar—. De todos
modos, estoy dispuesta a apostar que la invitación a cenar con mis
padres pronto será rescindida.
—Sí.
—Podrías al menos fingir que estás decepcionado.
—Nop.
Me reí. De verdad, no había manera de que pudiera amar más al
hombre sentado a mi lado más de lo que ya lo hacía. Colocando mi
mano sobre la de él, descansé mi cabeza en su hombro y suspiré. Era
feliz en este momento, pero también visualizando el futuro.
Y se sentía bien.
Más tarde esa misma noche, estaba en el borde de un muro de dos
metros en un viejo polígono industrial cerca de los muelles. Lee estaba a
mi lado, sosteniendo mi mano. La semana anterior le había pedido que
me enseñara los conceptos de free-running y él pensó que estaba
bromeando.
No lo estaba. El hecho de que fuera sargento no significaba que
mis días de perseguir ladrones hubieran terminado, ¿y quién mejor
para enseñarme que uno de los mejores?
—Relájate —dijo Lee—. Cuando caemos y nos lastimamos, es
porque nuestros cuerpos están en tensión cuando entramos en pánico.
¿Alguna vez viste a un gato romperse una pata? No, porque están
completamente relajados y flexibles. Imagina que eres un gato.
Resistí la urgencia de maullar.
—Bien, soy un gato.
—Solo para que sepas, la primera vez que intenté un salto como
este, me torcí el tobillo.
—Puedo lidiar con un esguince de tobillo.
—Liam se rompió una pierna una vez. Y Stu casi se rompió la
rodilla cuando no calentó correctamente.
—¿Estás tratando de asustarme? Porque si es así, está
funcionando.
Los dedos de Lee apretaron los míos.
—Solo quiero que sepas que esto no es fácil. Vas a tener moretones
y esquinces. Mierda, te dolerá en lugares que nunca supiste que
existían antes.
Apreté mi boca y entrecerré mi mirada.
—Estas tratando de que no lo haga.
—No quiero que te hagas daño —respondió simplemente, con el
afecto brillando en sus ojos.
Me incliné para besar su mejilla, mi voz se volvió inesperadamente
suave.
—Todo lo bueno duele al principio. Si no hubiéramos sido
soldados, no estaríamos aquí ahora mismo.
Su expresión brillo con amor, pero permaneció en silencio,
sonriéndome tiernamente antes de finalmente susurrar:
—No, no lo estaríamos. ¿Estás lista?
—Sí. —No.
—Relájate. No soltaré tu mano.
Mirando fijamente al suelo, salté al mismo tiempo que Lee, el aire
pasando por mis oídos, mientras mi corazón latía en una emocionante
carrera. Nuestros pies aterrizaron simultáneamente y me agaché como
él me había enseñado hacer. Y, como me prometió, no soltó mi mano.
Dos años después. HM Prisión de Belmarsh, Londres.

Lee

Las manos en el volante. La palanca de marchas en punto muerto.


El corazón alojado firmemente en mi puta garganta.
He estado esperando en la Majesty Prisión durante la última media
hora. En cualquier minuto mi hermano saldrá por esas puertas y
finalmente será un hombre libre. Después de cumplir dos años de una
condena de siete años que debería haber tenido mi nombre, finalmente
va a salir. No estoy enojado. Ya no. Pero tampoco estoy agradecido. La
vida es demasiado corta para vivirla actuando como si le debieras algo a
la gente. Stu hizo por mí lo que yo habría hecho por él. Era simple.
Éramos hermanos.
Aún lo somos, pero recientemente no se ha sentido así.
Durante los últimos tres meses, se ha negado a recibir mis visitas.
No he tenido ni una sola llamada de teléfono, carta o señal de humo y
estoy empezando a preocuparme. Que se joda, eso es mentira. Estaba
preocupado desde hacía tiempo, pero sé con seguridad que Stu está
vivo y en perfecto estado de salud, entonces, ¿por qué diablos cortó la
comunicación?
Me siento más recto cuando veo las puertas abrirse y a dos
guardias de prisiones salir. Escoltan a tres tipos y de inmediato
reconozco a Stu como uno de ellos. Camina recto, con la cabeza gacha,
vestido con una sudadera con capucha y vaqueros.
Toco la bocina para llamar su atención y alza la mirada,
reconociendo mi auto. Lo veo murmurar algo para sí mismo, algunas
palabrotas, estoy dispuesto a apostar, antes de dirigirse en mi
dirección. Liam y Trevor están en casa, ayudando a Sophie y Karla a
preparar la fiesta de bienvenida a casa. Por lo que parece, les va a
costar de lo lindo poner a Stu de humor para la fiesta.
Abre la puerta y entra en el asiento del pasajero.
—No te pedí que vinieras. —Son las primeras palabras que salen
de la boca del malhumorado bastardo.
Si tuviera menos contención, le hubiera dado una patada en sus
bolas.
—No iba a dejar que tomaras el autobús, ¿no? —digo, arrancando
el motor.
Conducimos en silencio un par de minutos, Stu mira por la
ventanilla, la gran horrible cabeza sobre él.
—Bien, debo decir, Stu, eres un verdadero rayo de puto sol hoy.
Todo lo que hace es girar su cabeza, mirarme con una expresión
que tiene escrito "molesto" completamente en ella y seguir mirando por
la ventanilla.
—¿Así que no vas a explicarme por qué no he sabido nada de ti
durante meses?
Inclina la cabeza hacia mí, todo arrogante.
—No me sentía con ganas de charla.
—Creí que te habían metido en el agujero. Descubrí por el primo de
Jimmy Kelly que te paseabas por ahí fuerte como un roble.
—El primo de Jimmy Kelly puede joderse.
Ya es suficiente. Piso los frenos y estaciono el auto a un lado de la
carretera. Está levantando un muro, puedo verlo. Desabrochando mi
cinturón, me vuelvo hacia él, colocando una firme mano en su hombro.
Se encoge ante mi toque y, déjame decirte, ver a tu musculoso hermano
de casi uno noventa encogerse por un toque amigable, afectaría a
cualquiera.
—Soy yo, Stu. No hay nadie más aquí. Sin tonterías, así que deja
de bloquearme. —Mantengo mi voz mesurada, no dejando que mi
temperamento se apodere de mí.
De repente, Stu se desploma en su asiento. Su respiración sale
rara y cierra los ojos. Lo miro con fijeza, sin saber qué hacer. Parece que
me ignora de nuevo, pero entonces veo la humedad en sus mejillas y me
doy cuenta de que está llorando.
—Ahh, mierda —maldigo en voz baja, con la emoción
embargándome cuando tiró de él para abrazarlo.
Se lanza a mis brazos, todos sus noventa y tantos kilos, y noto que
se ha vuelto más voluminoso durante este tiempo fuera. El dolor con el
que ha estado lidiando sale como un torrente ahora que tiene un lugar
seguro para expulsarlo. Es una norma social de mierda que los
hombres no debían llorar de todas formas. Joder, había llorado como
un bebé en una botella de Jack cuando pensé que había perdido a
Karla, y soy lo suficientemente hombre para admitirlo. Sé que Stu tuvo
un momento difícil cuando primero fue encerrado, intentando evitar
peleas y estúpidos juegos mentales políticos. Un tipo como yo puede
desaparecer en una multitud, convertirse en empapelado, pero no Stu.
Él destaca.
—Jodeeeer —maldice, agarrando mi camiseta cuando se retira y
pasa sus manos por su rostro—. Lo siento.
—No es necesario.
—Lo es. No necesitas que salga como un resentido. Y me perdí tu
boda.
Me río suavemente. Perderse mi boda con Karla es la última cosa
por la que esperaba que se sintiera mal.
—No es que fueran a dejarte tomar un día libre.
—Sí, pero podría haber, no sé, estado por Skype o algo así.
Siempre pensé que sería tu padrino.
—Yo también. Trevor hizo un buen trabajo.
—El pequeño imbécil me robó el protagonismo.
Me río entre dientes y sostengo su mano.
—No te perdiste nada elegante, no es el estilo de Snap ni el mío,
pero fue el mejor día. Desearía que hubieras podido estar allí.
Se anima, moviendo sus ojos a los míos.
—¿Sí?
Recostándome en mi asiento, le describo el día, sabiendo que sería
bueno para él imaginar algo más que una celda de seis por ocho y altos
muros.
—Sí. Alexis fue su dama de honor. Habrías apreciado el escote
bajo.
Stu gime.
—Joder, no me tortures. Han pasado dos años, hermano.
Frunzo el ceño.
—Lo sé. Culpa mía.
—No es tu culpa. ¿Qué más?
—Karla tenía el cabello recogido en esta cosa que parecía una
maldita pasta danesa. No sé cómo las chicas hacen esa mierda. Es
como que está diseñado a propósito para hacerte querer tirar de eso y
alborotarlo. Obviamente, su viejo no apareció. Su madre hizo una breve
aparición, sin embargo. Karla pareció realmente feliz por eso. Liam la
entregó. Trevor, el codicioso pequeño bastardo, quería hacer de padre
de la novia y de padrino, pero no iba a permitirlo.
Stu ríe.
—Y durante el postre intentó besuquearse con la esposa de Larry
Murphy. El tipo casi lo castró. Confía en Trev para montar una escena
como esa, pero a la mierda, una boda no es una boda sin un poco de
color.
—Cierto.
El silencio cae entre nosotros y le echo una mirada.
—¿Estamos bien?
Stu asiente antes de dejar escapar una larga exhalación.
—Sí, estamos bien.
—Genial, porque Soph te ha organizado una fiesta de bienvenida a
casa, así que vas a tener que poner una sonrisa en esa fea jeta durante
las siguientes horas.
Stu se ríe en voz alta.
—Estás celoso de esta jeta y ambos lo sabemos. —Hace una pausa
mientras me mira de soslayo—. No invitó a un montón de gente,
¿verdad?
Sacudo la cabeza.
—No, sólo la familia hoy, hermano. Te voy a hacer un montón de
comida, por cierto. He estado planeándolo durante semanas. Va a
alucinarte, hacerte olvidar toda la porquería que has comido en prisión.
Stu gime.
—Nunca pensé que extrañaría la fruta, pero Cristo, juro que
tendría una erección si viera una manzana justo ahora.
—Toda redonda y madura para cosecharla —digo con una
sonrisa—. Sexys pequeñas perras.
Stu suelta una carcajada y me hace sentir muy bien verlo sonreír,
incluso si es sólo un minuto. Saco un paquete de cigarrillos de mi
bolsillo, enciendo uno y se lo entrego antes de encender otro para mí.
Nos sentamos en silencio mientras fumamos, mirando hacia la
carretera por delante. Cuando hemos acabado, tiramos las colillas por
la ventanilla y arranco el auto de nuevo.
—Espera —dice Stu, poniendo su mano sobre la mía. Me vuelvo
hacia él—. ¿Puedo conducir? —pregunta.
—Adelante —respondo y salimos para cambiarnos los asientos.
Todo el camino a casa, lo observo, poco a poco viendo la tensión
escaparse de él cuanto más nos alejamos de prisión. Aun así, parece
diferente, más estoico y pensativo ahora. Quiero decir, estar internado
cambiaría a cualquiera, sin importar cuán fuerte entra. Me pregunto
cómo es estar encerrado, atascado mirando a los mismos imbéciles
cada día. Ese destino casi fue mío y estoy decidido a hacer todo en mi
poder para hacer la vida mejor para mi hermano de ahora en adelante.
Para el momento en que llegamos a la casa, Stu casi parece su
viejo yo de nuevo. Entramos por la puerta principal y todos esperan en
la cocina, gritando "bienvenido a casa" y silbando. Stu sacude su
cabeza, pero sé que en secreto le encanta.
Karla da un paso adelante y le da un abrazo, él parece hundirse en
el toque. No me pone celoso, lejos de eso. No ha olido a una mujer en
unos dos años, así que entiendo que no pueda evitar absorber su
suavidad. Ella sonríe cuando se encuentra con mi mirada, dejando ir a
Stu y cruzando la habitación para saludarme.
Amo sus impresionantes y hermosas sonrisas, amo sus brillantes
ojos azules y su sexy cabello rojo. Amo su cuerpo, amo que todo sobre
ella parece como si estuviera hecho para mí. Pero, por encima de todo,
quiero eso para mi hermano. Después de todo por lo que ha pasado,
quiero que encuentre una mujer que agarre su corazón por las bolas y
le enseñe lo que se siente al amar verdaderamente a alguien.
—Te ves hermosa —le digo, dejando un rápido beso en su boca
mientras mi mano se desliza para sujetar su trasero.
—Oh, pero tú eres más guapo —se burla de mí, dándole a mi labio
un travieso pequeño mordisco.
Por un segundo, considero llevarla arriba para un rapidito, pero
luego recuerdo que hoy no se trata de mí y mis necesidades cachondas.
Hoy se trata de Stu.
Dejando ir a mi perfecta, dura y sagaz sargento de policía de
esposa, me dirijo al refrigerador y saco los ingredientes que preparé
antes. Le voy a cocinar a Stu un filete Angus con todas las
guarniciones.
—Joder sí —dice cuando ve lo que hago, dándome una palmada en
el hombro y bebiendo un trago de la cerveza que Sophie le entregó en el
momento en que cruzó por la puerta.
Karla va a sentarse a la mesa, entre Liam y Trev. Les sonríe
cuando pone a Billie sobre su regazo. La niña ha estado viviendo con
nosotros a tiempo completo desde que Karla ayudó a Sophie a acogerla.
Afectuosamente pone un mechón de su cabello detrás de su oreja y le
pregunta a Liam cómo le va en la academia de policía, luego le pregunta
a Trev sobre su último intento como adicto a la adrenalina.
Stu se sienta al otro lado de la mesa junto a Sophie, contento de
escuchar la conversación fluir a su alrededor. Es como un golpe en el
pecho, ver a Karla rodeada por toda mi familia. Son su familia ahora. Y
ni siquiera se ha dado cuenta, pero se ha convertido en una madre para
todos ellos, atenta a su bienestar, dándoles ayuda cuando es necesario.
Siempre lo había hecho yo solo, pero ahora tengo a alguien para
sujetar mi mano y cargar con algo de la responsabilidad. Nunca tendrá
mis hijos. Sé eso y lo odio, pero eso no quita ni un gramo del amor que
siento por ella. De hecho, eso solo me hace amarla más. Porque ha
convertido a mis hermanos en sus hijos, a Sophie en su hija, y
mejorado todas nuestras vidas en el proceso.
El mundo no es triste, no es solitario ya y aunque se suponía que
yo era el ladrón, ella fue la única que me robó el corazón.

F in
Andrea Anderson ni tiene ni
idea de los pensamientos que dan
vuelta en la cabeza del oscuro y
peligroso ex-convicto, cuando él
entra en su aula. De hecho, está
momentáneamente perdida por
sus palabras. En toda su carrera
docente jamás ha tenido un
estudiante que se pareciera a Stu
Cross, realmente.
Viuda con tan solo veintiocho
años, el amor es algo que Andie
no ha considerado como parte de
su vida durante mucho tiempo.
Sin embargo, cuando durante los
prolongados turnos se convierten
en palabras susurradas,
ardientes, en miradas fijas y
escrutadoras, empieza a
preguntarse si quizá debería dar
un salto al vacío.
Pero Stu está en su clase por una
razón y no tiene nada que ver con el amor. Él está allí para abrirse
camino en su vida y saldar una deuda, de lo contrario su familia
sufrirá.
Andie es la primera persona que le muestra la verdadera bondad desde
que dejó la prisión, y aunque él no quiere engañarla, no tiene otra
opción. En poco tiempo, Stu no podrá decir si está o no actuando ya y
sus sentimientos por Andie podrían convertir todos sus planes tan
cuidadosamente elaborado en total y absoluto desastre.
.
Sobre el autor

L. H. Cosway es licenciada en
Literatura Inglesa y en Civilización
Griega y Romana, y un doctorado
en Literatura Postcolonial.
Vive en Dublín.
Su inspiración para escribir le
viene de la música.
Lo que más le gusta en la vida
incluyen; escribir historias, la ropa
vintage, la música Dark Cabaret,
la comida, la comedia musical y
por supuesto los libros.
Piensa que las personas
imperfectas son mucho más
interesantes. Son las que cuentan
las mejores historias.

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