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Textos de Filosofía para Selectividad

1) El documento presenta un debate sobre si la ley natural contiene muchos preceptos o solo uno. Tomás de Aquino argumenta que contiene múltiples preceptos. 2) Algunos objetan que solo debería haber un precepto dado que la naturaleza humana es una y la razón es única. 3) Sin embargo, Tomás de Aquino concluye que la ley natural contiene varios preceptos dado que la naturaleza humana es múltiple en sus partes y facultades.

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Textos de Filosofía para Selectividad

1) El documento presenta un debate sobre si la ley natural contiene muchos preceptos o solo uno. Tomás de Aquino argumenta que contiene múltiples preceptos. 2) Algunos objetan que solo debería haber un precepto dado que la naturaleza humana es una y la razón es única. 3) Sin embargo, Tomás de Aquino concluye que la ley natural contiene varios preceptos dado que la naturaleza humana es múltiple en sus partes y facultades.

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PRUEBAS DE ACCESO Y ADMISIÓN A LA

UNIVERSIDAD

HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

TEXTOS SELECCIONADOS PARA EL CURSO 2016/2017

1
RELACIÓN DE TEXTOS SELECCIONADOS PARA EL
CURSO 2016/2017

BLOQUE I

PLATÓN: República Libro VII


DESCARTES, R: Discurso del Método, II, IV

BLOQUE II

TOMÁS DE AQUINO: Suma Teológica I-II.


KANT, I: «Contestación a la pregunta: ¿Qué es la
Ilustración?», en ¿Qué es la Ilustración?

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Nota: El formato digital de estos textos sólo tiene carácter orientativo para facilitar su
seguimiento al profesorado, cualquier duda o error debe cotejarse con las ediciones
originales.

- PLATÓN, República, VII, 514a1-5171c. (Trad. C. Eggers Lan). Madrid: Gredos,


1992.

- DESCARTES, Réné, Discurso del Método, partes 2ª y 4ª. (Trad. Guillermo Quintás
Alonso). Madrid: Alfaguara, 1981, pp. 14-18, 24-30.

- STO. TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica I-II, Cuestión 94, Art.2. (Madrid:
BAC, 1989, pp. 731-733).

- KANT, Immanuel, “Contestación a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?”, en ¿Qué


es la Ilustración?, Madrid, Alianza Editorial, 2004, (Edición de R.R. Aramayo), pp.
83-93.

2
1) PLATÓN: Libro VII 514a-517c (Trad. C. Eggers Lan). Madrid: Gredos, 1992.

Libro VII

(514a) -Después de eso proseguí compara nuestra naturaleza respecto de su educación y


de su falta de educación con una experiencia como ésta. Represéntate hombres en una
morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su
extensión, a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de
modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les
impiden girar en derredor la cabeza. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego
que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un camino más alto, junto
al cual imagínate un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros
levan- tan delante del público para mostrar, por encima del biombo, los muñecos.
- Me lo imagino.
- Imagínate ahora que, del otro lado del tabique, pasan hombres que llevan toda clase de
utensilios y figurillas de hombres y otros animales, hechos en piedra y madera y de
diversas clases; y entre los que pasan unos hablan y otros callan.
- Extraña comparación haces, y extraños son esos prisioneros.
- Pero son como nosotros. Pues en primer lugar, ¿crees que han visto de sí mismos, o
unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la
caverna que tienen frente a sí?
- Claro que no, si toda su vida están forzados a no mover las cabezas.
- ¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los que pasan del otro lado del
tabique?
- Indudablemente.
- Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar nombrando a
los objetos que pasan y que ellos ven?
- Necesariamente.
- Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y alguno de los
que pasan del otro lado del tabique hablara, ¿no piensas que creerían que lo que oyen
proviene de la sombra que pasa delante de ellos?
- ¡Por Zeus que sí!
- ¿Y que los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los objetos
artificiales transportados?
- Es de toda necesidad.
- Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de su
ignorancia, qué pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado
y forzado a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz, y al hacer
todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas
cuyas sombras había visto antes. ¿Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que
había visto antes eran fruslerías y que ahora, en cambio está más próximo a lo real, vuelto
hacia cosas más reales y que mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los
objetos que pasan del otro lado del tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre
lo que son, ¿no piensas que se sentirá en dificultades y que considerará que las cosas que
antes veía eran más verdaderas que las que se le muestran ahora?

3
- Mucho más verdaderas.
- Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludir-
la, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son
realmente más claras que las que se le muestran?
- Así es.
- Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo antes
de llegar hasta la luz del sol, ¿no sufriría acaso y se irritaría por ser arrastrado y, tras
llegar a la luz, tendría los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver uno solo de los
objetos que ahora decimos que son los verdaderos?
- Por cierto, al menos inmediatamente.
- Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En primer lugar
miraría con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los hombres y de los
otros objetos reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos mismos. A
continuación contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo, mirando la
luz de los astros y la luna más fácilmente que, durante el día, el sol y la luz del sol.
- Sin duda.
- Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros
lugares que le son extraños, sino contemplarlo como es en sí y por sí, en su propio ámbito.
- Necesariamente.
- Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las estaciones y
los años y que gobierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las
cosas que ellos habían visto.
- Es evidente que, después de todo esto, arribaría a tales conclusiones.
- Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus
entonces compañeros de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del cambio y que los
compadecería?
- Por cierto.
- Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas
para aquel que con mayor agudeza divisara las sombras de los objetos que pasaban detrás
del tabique, y para el que mejor se acordase de cuáles habían desfilado habitualmente
antes y cuáles después, y para aquel de ellos que fuese capaz de adivinar lo que iba a
pasar, ¿te parece que estaría deseoso de todo eso y envidiaría a los más honrados y
poderosos entre aquéllos? ¿O más bien no le pasaría como al Aquiles de Homero, y
«preferiría ser un labrador que fuera siervo de un hombre pobre» o soportar cualquier
otra cosa, antes que volver a su anterior modo de opinar y a aquella vida?
- Así creo también yo, que padecería cualquier cosa antes que soportar aquella vida.
- Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su propio asiento, ¿no tendría
ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol?
- Sin duda.
- Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia con
aquellos que han conservado en todo momento las cadenas, y viera confusamente hasta
que sus ojos se reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve,
¿no se expondría al ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasta lo alto, se
había estropeado los ojos, y que ni siquiera valdría la pena intentar marchar hacia arriba?
Y si intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz, ¿no lo matarían, si pudieran tenerlo en
sus manos y matarlo?
- Seguramente.

4
- Pues bien, querido Glaucón, debemos aplicar íntegra esta alegoría a lo que
anteriormente ha sido dicho, comparando la región que se manifiesta por medio de la
vista con la morada-prisión, y la luz del fuego que hay en ella con el poder del sol;
compara, por otro lado, el ascenso y contemplación de las cosas de arriba con el camino
del alma hacia el ámbito inteligible, y no te equivocarás en cuanto a lo que estoy
esperando, y que es lo que deseas oír. Dios sabe si esto es realmente cierto; en todo caso,
lo que a mí me parece es que lo que dentro de lo cognoscible se ve al final, y con
dificultad, es la Idea del Bien. Una vez percibida, ha de concluirse que es la causa de
todas las cosas rectas y bellas, que en el ámbito visible ha engendrado la luz y al señor de
ésta, y que en el ámbito inteligible es señora y productora de la verdad y de la
inteligencia, y que es necesario tenerla en vista para poder obrar con sabiduría tanto en lo
privado como en lo público.
- Comparto tu pensamiento, en la medida que me es posible.

5
2) TOMÁS DE AQUINO: Suma teológica I-II, cuestión 94, artículo 2 (Madrid:
BAC, 1989, pp. 731-733).

La ley natural, ¿comprende muchos preceptos o uno solamente?


Objeciones por las que parece que la ley natural no comprende muchos preceptos, sino
solamente uno.
1. Como ya vimos, la ley pertenece al género del precepto. Luego si hubiera muchos
preceptos en la ley natural se seguiría que también serían muchas las leyes naturales.
2. La ley natural es algo consiguiente a la naturaleza humana. Mas la naturaleza humana,
aunque es una considerada como un todo, es múltiple en sus partes. Por eso, la ley
natural, o bien consta de un solo precepto por la unidad de la naturaleza humana
como un todo, o bien consta de muchos por la multiplicidad de la naturaleza humana en
sus partes. Pero en este caso también las inclinaciones de la parte concupiscible deberían
pertenecer a la ley natural.
3. La ley, como ya vimos es cosa de la razón. Pero la razón en el hombre es una sola.
Luego la ley natural sólo tiene un precepto.
En cambio consta que los preceptos de la ley natural son en el orden práctico lo que son
los primeros principios en el orden de la demostración. Pero estos primeros principios son
muchos. Luego también son múltiples los preceptos de la ley natural.
Solución. Hay que decir: Como ya dijimos, los principios de la ley natural son en el
orden práctico lo que los primeros principios de la demostración en el orden especulativo,
pues unos y otros son evidentes por sí mismos.
Ahora bien, esta evidencia puede entenderse en dos sentidos: en absoluto y en relación a
nosotros. De manera absoluta es evidente por sí misma cualquier proposición cuyo
predicado pertenece a la esencia del sujeto; pero tal proposición puede no ser evidente
para alguno, porque ignora la definición de su sujeto.
Así, por ejemplo, la enunciación «el hombre es racional» es evidente por naturaleza, por-
que el que dice hombre dice racional; sin embargo, no es evidente para quien desconoce
lo que es el hombre.
De aquí que, según expone Boecio en su obra De hebdomadibus, hay axiomas o
proposiciones que son evidentes por sí mismas para todos; y tales son aquellas cuyos
términos son de todos conocidos, como «el todo es mayor que la parte» o «dos cosas
iguales a una tercera son iguales entre sí». Y hay proposiciones que son evidentes por sí
mismas sólo para los sabios, que entienden la significación de sus términos. Por ejemplo,
para el que sabe que el ángel no es corpóreo y entiende lo que esto significa, resulta
evidente que el ángel no está circunscrito a un lugar; mas no así para el indocto, que
desconoce el sentido estricto de estos términos.
Ahora bien, entre las cosas que son conocidas de todos hay un cierto orden.
Porque lo primero que alcanza nuestra aprehensión es el ente, cuya noción va incluida en
todo lo que el hombre aprehende. Por eso, el primer principio indemostrable es que «no
se puede afirmar y negar a la vez una misma cosa», principio que se funda en las
nociones de ente y no-ente y sobre el cual se asientan todos los demás principios, según se
dice en IV Metaphysica. Mas así como el ente es la noción absolutamente primera del
cono- cimiento, así el bien es lo primero que se alcanza por la aprehensión de la razón
práctica, ordenada a la operación; porque todo agente obra por un fin, y el fin tiene razón
de bien. De ahí que el primer principio de la razón práctica es el que se funda sobre la
noción de bien, y se formula así: «el bien es lo que todos apetecen». En consecuencia,
el primer

6
precepto de la ley es éste: «El bien ha de hacerse y buscarse; el mal ha de evitarse ». Y
sobre éste se fundan todos los demás preceptos de la ley natural, de suerte que cuanto se
ha de hacer o evitar caerá bajo los preceptos de esta ley en la medida en que la razón
práctica lo capte naturalmente como bien humano.
Por otra parte, como el bien tiene razón de fin, y el mal, de lo contrario, síguese que todo
aquello a lo que el hombre se siente naturalmente inclinado lo aprehende la razón como
bueno y, por ende, como algo que debe ser procurado, mientras que su contrario lo
aprehende como mal y como vitando. De aquí que el orden de los preceptos de la ley
natural sea correlativo al orden de las inclinaciones naturales. Y así encontramos, ante
todo, en el hombre una inclinación que le es común con todas las sustancias, consistente
en que toda sustancia tiende por naturaleza a conservar su propio ser. Y de acuerdo con
esta inclinación pertenece a la ley natural todo aquello que ayuda a la conservación de la
vida humana e impide su destrucción.
En segundo lugar, encontramos en el hombre una inclinación hacia bienes más
determinados, según la naturaleza que tiene en común con los demás animales. Y a tenor
de esta inclinación se consideran de ley natural las cosas que la naturaleza ha enseñado
a todos los animales, tales como la conjunción de los sexos, la educación de los hijos y
otras cosas semejantes.
En tercer lugar, hay en el hombre una inclinación al bien correspondiente a la naturaleza
racional, que es la suya propia, como es, por ejemplo, la inclinación natural a buscar la
verdad acerca de Dios y a vivir en sociedad. Y, según esto, pertenece a la ley natural todo
lo que atañe a esta inclinación, como evitar la ignorancia, respetar a los conciudadanos y
todo lo demás relacionado con esto.
Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Todos estos preceptos de la
ley natural constituyen una ley natural única en cuanto se reducen a un único primer
precepto.
2. A la segunda hay que decir: Todas las inclinaciones de cualquiera de las partes de la
naturaleza humana, como la concupiscible y la irascible, en la medida en que se someten
al orden de la razón, pertenecen a la ley natural y se reducen a un único primer precepto,
como acabamos de decir. Y así, los preceptos de la ley natural, considerados en sí
mismos, son muchos, pero todos ellos coinciden en la misma raíz.
3. A la tercera hay que decir: Aunque es una en sí misma, la razón ha de poner orden en
todos los asuntos que atañen al hombre. Y en este sentido caen bajo la ley de la razón
todas las cosas que son susceptibles de una ordenación racional.

7
3) DESCARTES: Discurso del Método. II, IV (Trad. G. Quintás Alonso). Madrid:
Alfaguara, 1981, pp. 14-18, 24-30.

SEGUNDA PARTE

Pero al igual que un hombre que camina solo y en la oscuridad, tomé la resolución
de avanzar tan lentamente y de usar tal circunspección en todas las cosas que aunque
avanzase muy poco, al menos me cuidaría al máximo de caer. Por otra parte, no quise
comenzar a rechazar por completo algunas de las opiniones que hubiesen podido
deslizarse durante otra etapa de mi vida en mis creencias sin haber sido asimiladas en la
virtud de la razón, hasta que no hubiese empleado el tiempo suficiente para completar el
proyecto emprendido e indagar el verdadero método con el fin de conseguir el
conocimiento de todas las cosas de las que mi espíritu fuera capaz.

Había estudiado un poco, siendo más joven, la lógica de entre las partes de la
filosofía; de las matemáticas el análisis de los geómetras y el álgebra. Tres artes o
ciencias que debían contribuir en algo a mi propósito. Pero habiéndolas examinado, me
percaté que en relación con la lógica, sus silogismos y la mayor parte de sus reglas
sirven más para explicar a otro cuestiones ya conocidas o, también, como sucede con el
arte de Lu- lio, para hablar sin juicio de aquellas que se ignoran que para llegar a
conocerlas. Y si bien la lógica contiene muchos preceptos verdaderos y muy adecuados,
hay, sin embargo, mezclados con estos otros muchos que o bien son perjudiciales o bien
superfluos, de modo que es tan difícil separarlos como sacar una Diana o una Minerva de
un bloque de mármol aún no trabajado. Igualmente, en relación con el análisis de los
antiguos o el álgebra de los modernos, además de que no se refieren sino a muy
abstractas materias que parecen carecer de todo uso, el primero está tan circunscrito a la
consideración de las figuras que no permite ejercer el entendimiento sin fatigar
excesivamente la imaginación. La segunda está tan sometida a ciertas reglas y cifras que
se ha convertido en un arte con- fuso y oscuro capaz de distorsionar el ingenio en vez de
ser una ciencia que favorezca su desarrollo. Todo esto fue la causa por la que pensaba que
era preciso indagar otro método que, asimilando las ventajas de estos tres, estuviera
exento de sus defectos. Y como la multiplicidad de leyes frecuentemente sirve para los
vicios de tal forma que un Estado está mejor regido cuando no existen más que unas
pocas leyes que son minuciosamente observadas, de la misma forma, en lugar del gran
número de preceptos del cual está compuesta la lógica, estimé que tendría suficiente con
los cuatro siguientes con tal de que tomase la firme y constante resolución de no
incumplir ni una sola vez su observancia.

El primero consistía en no admitir cosa alguna como verdadera si no se la había


conocido evidentemente como tal. Es decir, con todo cuidado debía evitar la precipitación
y la prevención, admitiendo exclusivamente en mis juicios aquello que se presentara tan
clara y distintamente a mi espíritu que no tuviera motivo alguno para ponerlo en duda.

El segundo exigía que dividiese cada una de las dificultades a examinar en tantas
parcelas como fuera posible y necesario para resolverlas más fácilmente.

8
El tercero requería conducir por orden mis reflexiones comenzando por los
objetos más simples y más fácilmente cognoscibles, para ascender poco a poco,
gradualmente, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo inclusive un
orden entre aquellos que no se preceden naturalmente los unos a los otros.

Según el último de estos preceptos debería realizar recuentos tan completos y


revisiones tan amplias que pudiese estar seguro de no omitir nada.

Las largas cadenas de razones simples y fáciles, por medio de las cuales general-
mente los geómetras llegan a alcanzar las demostraciones más difíciles, me habían
proporcionado la ocasión de imaginar que todas las cosas que pueden ser objeto del
conocimiento de los hombres se entrelazan de igual forma y que, absteniéndose de admitir
como verdadera alguna que no lo sea y guardando siempre el orden necesario para
deducir unas de otras, no puede haber algunas tan alejadas de nuestro conocimiento que
no podamos, finalmente, conocer ni tan ocultas que no podamos llegar a descubrir. No
supuso para mí una gran dificultad el decidir por cuales era necesario iniciar el estudio:
previamente sabía que debía ser por las más simples y las más fácilmente cognoscibles.
Y considerando que entre todos aquellos que han intentado buscar la verdad en el campo
de las ciencias, solamente los matemáticos han establecido algunas demostraciones, es
decir, algunas razones ciertas y evidentes, no dudaba que debía comenzar por las mismas
que ellos habían examinado. No esperaba alcanzar alguna unidad si exceptuamos el que
habituarían mi ingenio a considerar atentamente la verdad y a no contentarse con falsas
razones. Pe- ro, por ello, no llegué a tener el deseo de conocer todas las ciencias
particulares que comúnmente se conocen como matemáticas, pues viendo que aunque sus
objetos son diferentes, sin embargo, no dejan de tener en común el que no consideran
otra cosa, sino las diversas relaciones y posibles proporciones que entre los mismos se
dan, pensaba que poseían un mayor interés que examinase solamente las proporciones en
general y en relación con aquellos sujetos que servirían para hacer más cómodo el
conocimiento. Es más, sin vincularlas en forma alguna a ellos para poder aplicarlas tanto
mejor a todos aquellos que conviniera. Posteriormente, habiendo advertido que para
analizar tales proporciones tendría necesidad en alguna ocasión de considerar a cada una
en particular y en otras ocasiones solamente debería retener o comprender varias
conjuntamente en mi memoria, opinaba que para mejor analizarlas en particular, debía
suponer que se daban entre líneas puesto que no encontraba nada más simple ni que
pudiera representar con mayor distinción ante mi imaginación y sentidos; pero para
retener o considerar varias conjuntamente, era preciso que las diera a conocer mediante
algunas cifras, lo más breves que fuera posible. Por este medio recogería lo mejor que se
da en el análisis geométrico y en el álgebra, corrigiendo, a la vez, los defectos de una
mediante los procedimientos de la otra.

Y como, en efecto, la exacta observancia de estos escasos preceptos que había es-
cogido, me proporcionó tal facilidad para resolver todas las cuestiones, tratadas por estas
dos ciencias, que en dos o tres meses que empleé en su examen, habiendo comenzado por
las más simples y más generales, siendo, a la vez, cada verdad que encontraba una regla
útil con vistas a alcanzar otras verdades, no solamente llegué a concluir el análisis de
cuestiones que en otra ocasión había juzgado de gran dificultad, sino que también me
pareció, cuando concluía este trabajo, que podía determinar en tales cuestiones en qué
medios y hasta dónde era posible alcanzar soluciones de lo que ignoraba. En lo cual no
pareceré ser excesivamente vanidoso si se considera que no habiendo más que un
conocimiento verdadero de cada cosa, aquel que lo posee conoce cuanto se puede saber.
Así un niño instruido en aritmética, habiendo realizado una suma según las reglas
pertinentes puede estar seguro de haber alcanzado todo aquello de que es capaz el ingenio
humano en lo relacionado con la suma que él examina. Pues el método que nos enseña a
seguir el verdadero orden y a enumerar verdaderamente todas las circunstancias de lo que
se investiga, contiene todo lo que confiere certeza a las reglas de la Aritmética.

Pero lo que me producía más agrado de este método era que siguiéndolo estaba
seguro de utilizar en todo mi razón, si no de un modo absolutamente perfecto, al menos
de la mejor forma que me fue posible. Por otra parte, me daba cuenta de que la práctica
del mismo habituaba progresivamente mi ingenio a concebir de forma más clara y distinta
sus objetos y puesto que no lo había limitado a materia alguna en particular, me prometía
aplicarlo con igual utilidad a dificultades propias de otras ciencias al igual que lo había
realizado con las del Álgebra. Con esto no quiero decir que pretendiese examinar todas
aquellas dificultades que se presentasen en un primer momento, pues esto hubiera sido
contrario al orden que el método prescribe. Pero habiéndome prevenido de que sus
principios deberían estar tomados de la filosofía, en la cual no encontraba alguno cierto,
pensaba que era necesario ante todo que tratase de establecerlos. Y puesto que era lo más
importante en el mundo y se trataba de un tema en el que la precipitación y la prevención
eran los defectos que más se debían temer, juzgué que no debía intentar tal tarea hasta
que no tuviese una madurez superior a la que se posee a los veintitrés años, que era mi
edad, y hasta que no hubiese empleado con anterioridad mucho tiempo en prepararme,
tanto desarraigando de mi espíritu todas las malas opiniones y realizando un acopio de
experiencias que deberían constituir la materia de mis razonamientos, como
ejercitándome siempre en el método que me había prescrito con el fin de afianzarme en
su uso cada vez más.

CUARTA PARTE

No sé si debo entreteneros con las primeras meditaciones allí realizadas, pues son
tan metafísicas y tan poco comunes, que no serán del gusto de todos. Y sin embargo, con
el fin de que se pueda opinar sobre la solidez de los fundamentos que he establecido, me
encuentro en cierto modo obligado a referirme a ellas. Hacía tiempo que había advertido
que, en relación con las costumbres, es necesario en algunas ocasiones opiniones muy
inciertas tal como si fuesen indudables, según he advertido anteriormente. Pero puesto
que deseaba entregarme solamente a la búsqueda de la verdad, opinaba que era preciso
que hiciese todo lo contrario y que rechazase como absolutamente falso todo aquello en
lo que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de comprobar si, después de hacer esto,
no quedaría algo en mi creencia que fuese enteramente indudable. Así pues, considerando
que nuestros sentidos en algunas ocasiones nos inducen a error, decidí suponer que no
existía cosa alguna que fuese tal como nos la hacen imaginar. Y puesto que existen
hombres que se equivocan al razonar en cuestiones relacionadas con las más sencillas
materias de la geometría y que incurren en paralogismos, juzgando que yo, como
cualquier otro estaba sujeto a error, rechazaba como falsas todas las razones que hasta
entonces había admitido como demostraciones. Y, finalmente, considerado que hasta los
pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos pueden asaltarnos cuando
dormimos, sin que ninguno en tal estado sea verdadero, me resolví a fingir que todas las
cosas que hasta entonces habían alcanzado mi espíritu no eran más verdaderas que las
ilusiones de mis sueños. Pero, inmediatamente después, advertí que, mientras deseaba
pensar de este modo que todo era falso, era absolutamente necesario que yo, que lo
pensaba, fuese alguna cosa. Y dándome cuenta de que esta verdad: pienso, luego soy, era
tan firme y tan segura que todas las extravagantes suposiciones de los escépticos no eran
capaces de hacerla tambalear, juzgué que podía admitirla sin escrúpulo como el primer
principio de la filosofía que yo indagaba.

10
Posteriormente, examinando con atención lo que yo era, y viendo que podía fingir
que carecía de cuerpo, así como que no había mundo o lugar alguno en el que me
encontrase, pero que, por ello, no podía fingir que yo no era, sino que por el contrario,
sólo a partir de que pensaba dudar acerca de la verdad de otras cosas, se seguía muy
evidente y ciertamente que yo era, mientras que, con sólo que hubiese cesado de pensar,
aunque el resto de lo que había imaginado hubiese sido verdadero, no tenía razón alguna
para creer que yo hubiese sido, llegué a conocer a partir de todo ello que era una
sustancia cuya esencia o naturaleza no reside sino en pensar y que tal sustancia, para
existir, no tiene necesidad de lugar alguno ni depende de cosa alguna material. De suerte
que este yo, es decir, el alma, en virtud de la cual yo soy lo que soy, es enteramente
distinta del cuerpo, más fácil de conocer que éste y, aunque el cuerpo no fuese, no dejaría
de ser todo lo que es.

Analizadas estas cuestiones, reflexionaba en general sobre todo lo que se requiere


para afirmar que una proposición es verdadera y cierta, pues, dado que acababa de
identificar una que cumplía tal condición, pensaba que también debía conocer en qué
consiste esta certeza. Y habiéndome percatado que nada hay en pienso, luego soy que me
asegure que digo la verdad, a no ser que yo veo muy claramente que para pensar es
necesario ser, juzgaba que podía admitir como regla general que las cosas que
concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas; no obstante, hay solamente
cierta dificultad en identificar correctamente cuáles son aquellas que concebimos
distintamente.

A continuación, reflexionando sobre que yo dudaba y que, en consecuencia, mi


ser no era omniperfecto pues claramente comprendía que era una perfección mayor el
conocer que el dudar, comencé a indagar de dónde había aprendido a pensar en alguna
cosa más perfecta de lo que yo era; conocí con evidencia que debía ser en virtud de
alguna naturaleza que realmente fuese más perfecta. En relación con los pensamientos
que poseía de seres que existen fuera de mi, tales como el cielo, la tierra, la luz, el
calor y otros mil, no encontraba dificultad alguna en conocer de dónde provenían pues no
constatando nada en tales pensamientos que me pareciera hacerlos superiores a mí, podía
estimar que si eran verdaderos, fueran dependientes de mi naturaleza, en tanto que posee
alguna perfección; si no lo eran, que procedían de la nada, es decir, que los tenía porque
había defecto en mi. Pero no podía opinar lo mismo acerca de la idea de un ser más
perfecto que el mío, pues que procediese de la nada era algo manifiestamente imposible y
puesto que no hay una repugnancia menor en que lo más perfecto sea una consecuencia y
esté en dependencia de lo menos perfecto, que la existencia en que algo proceda de la
nada, concluí que tal idea no podía provenir de mí mismo. De forma que únicamente res-
taba la alternativa de que hubiese sido inducida en mí por una naturaleza que realmente
fuese más perfecta de lo que era la mía y, también, que tuviese en sí todas las
perfecciones de las cuales yo podía tener alguna idea, es decir, para explicarlo con una
palabra que fuese Dios.

A esto añadía que, puesto que conocía algunas perfecciones que en absoluto
poseía, no era el único ser que existía (permitidme que use con libertad los términos de la
escuela), sino que era necesariamente preciso que existiese otro ser más perfecto del cual
dependiese y del que yo hubiese adquirido todo lo que tenía. Pues si hubiese existido solo
y con independencia de todo otro ser, de suerte que hubiese tenido por mi mismo todo lo
poco que participaba del ser perfecto, hubiese podido, por la misma razón, tener por mi
mismo cuanto sabía que me faltaba y, de esta forma, ser infinito, eterno, inmutable,
omnisciente, todopoderoso y, en fin, poseer todas las perfecciones que podía
comprender que se daban en Dios. Pues siguiendo los razonamientos que acabo de
realizar, para conocer la naturaleza de Dios en la medida en que es posible a la mía,
solamente debía considerar todas aquellas cosas de las que encontraba en mí alguna idea
11
y si poseerlas o no suponía perfección; estaba seguro de que ninguna de aquellas ideas
que indican imperfección estaban en él, pero sí todas las otras. De este modo me
percataba de que la duda, la inconstancia, la tristeza y cosas semejantes no pueden estar
en Dios, puesto que a mí mismo me hubiese complacido en alto grado el verme libre
de ellas. Además de esto, tenía idea de varias cosas sensibles y corporales; pues,
aunque supusiese que soñaba y que todo lo que veía o imaginaba era falso, sin embargo,
no podía negar que esas ideas estuvieran verdaderamente en mi pensamiento. Pero
puesto que había conocido en mí muy claramente que la naturaleza inteligente es
distinta de la corporal, considerando que toda composición indica dependencia y que ésta
es manifiestamente un defecto, juzgaba por ello que no podía ser una perfección de Dios
al estar compuesto de estas dos naturalezas y que, por consiguiente, no lo estaba; por el
contrario, pensaba que si existían cuerpos en el mundo o bien algunas inteligencias u
otras naturalezas que no fueran totalmente perfectas, su ser debía depender de su poder de
forma tal que tales naturalezas no podrían subsistir sin él ni un solo momento.

Posteriormente quise indagar otras verdades y habiéndome propuesto el objeto de


los geómetras, que concebía como un cuerpo continuo o un espacio indefinidamente ex-
tenso en longitud, anchura y altura o profundidad, divisible en diversas partes, que podían
poner diversas figuras y magnitudes, así como ser movidas y trasladadas en todas las
direcciones, pues los geómetras suponen esto en su objeto, repasé algunas de las
demostraciones más simples. Y habiendo advertido que esta gran certeza que todo el
mundo les atribuye, no está fundada sino que se las concibe con evidencia, siguiendo la
regla que anteriormente he expuesto, advertí que nada había en ellas que me asegurase de
la existencia de su objeto. Así, por ejemplo, estimaba correcto que, suponiendo un
triángulo, entonces era preciso que sus tres ángulos fuesen iguales a dos rectos; pero tal
razona- miento no me aseguraba que existiese triángulo alguno en el mundo. Por el
contrario, examinando de nuevo la idea que tenía de un Ser Perfecto, encontraba que la
existencia estaba comprendida en la misma de igual forma que en la del triángulo está
comprendida la de que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos o en la de una esfera que
todas sus partes equidisten del centro e incluso con mayor evidencia. Y, en consecuencia,
es por lo menos tan cierto que Dios, el Ser Perfecto, es o existe como lo pueda ser
cualquier de- mostración de la geometría.

Pero lo que motiva que existan muchas personas persuadidas de que hay una gran
dificultad en conocerle y, también, en conocer la naturaleza de su alma, es el que jamás
elevan su pensamiento sobre las cosas sensibles y que están hasta tal punto habituados a
no considerar cuestión alguna que no sean capaces de imaginar (como de pensar propia-
mente relacionado con las cosas materiales), que todo aquello que no es imaginable, les
parece ininteligible. Lo cual es bastante manifiesto en la máxima que los mismos
filósofos defienden como verdadera en las escuelas, según la cual nada hay en el
entendimiento que previamente no haya impresionado los sentidos. En efecto, las ideas
de Dios y el alma nunca han impresionado los sentidos y me parece que los que desean
emplear su imaginación para comprenderlas, hacen lo mismo que si quisieran servirse
de sus ojos para oír los sonidos o sentir los olores. Existe aún otra diferencia: que el
sentido de la vista no nos asegura menos de la verdad de sus objetos que lo hacen los del
olfato u oído, mientras que ni nuestra imaginación ni nuestros sentidos podrían
asegurarnos cosa alguna si nuestro entendimiento no interviniese.

En fin, si aún hay hombres que no están suficientemente persuadidos de la


existencia de Dios y de su alma en virtud de las razones aducidas por mí, deseo que sepan
que todas las otras cosas, sobre las cuales piensan estar seguros, como de tener un
cuerpo, de la existencia de astros, de una tierra y cosas semejantes, son menos ciertas.
Pues, aunque se tenga una seguridad moral de la existencia de tales cosas, que es tal que,
a no ser que se peque de extravagancia, no se puede dudar de las mismas, sin embargo, a
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no ser que se peque de falta de razón, cuando se trata de una certeza metafísica, no se
puede negar que sea razón suficiente para no estar enteramente seguro el haber constatado
que es posible imaginarse de igual forma, estando dormido, que se tiene otro cuerpo, que
se ven otros astros y otra tierra, sin que exista ninguno de tales seres. Pues ¿cómo
podemos saber que los pensamientos tenidos en el sueño son más falsos que los otros,
dado que frecuente- mente no tienen vivacidad y claridad menor? Y aunque los ingenios
más capaces estudien esta cuestión cuanto les plazca, no creo puedan dar razón alguna
que sea suficiente para disipar esta duda, si no presuponen la existencia de Dios. Pues, en
primer lugar, incluso lo que anteriormente he considerado como una regla (a saber: que lo
concebido clara y distintamente es verdadero) no es válido más que si Dios existe, es un
ser perfecto y todo lo que hay en nosotros procede de él. De donde se sigue que nuestras
ideas o nociones, siendo seres reales, que provienen de Dios, en todo aquello en lo que
son claras y distintas, no pueden ser sino verdaderas. De modo que, si bien
frecuentemente poseemos algunas que encierran falsedad, esto no puede provenir sino de
aquellas en las que algo es confuso y oscuro, pues en esto participan de la nada, es decir,
que no se dan en nosotros sino porque no somos totalmente perfectos. Es evidente que no
existe una repugnancia menor en defender que la falsedad o la imperfección, en tanto que
tal, procedan de Dios, que existe en defender que la verdad o perfección proceda de la
nada. Pero si no conocemos que todo lo que existe en nosotros de real y verdadero
procede de un ser perfecto e infinito, por claras y distintas que fuesen nuestras ideas, no
tendríamos razón alguna que nos asegurara de que tales ideas tuviesen la perfección de ser
verdaderas.

Por tanto, después de que el conocimiento de Dios y el alma nos han convencido
de la certeza de esta regla, es fácil conocer que los sueños que imaginamos cuando
dormimos, no deben en forma alguna hacernos dudar de la verdad de los pensamientos
que tenemos cuando estamos despiertos. Pues, si sucediese, inclusive durmiendo, que se
tu- viese alguna idea muy distinta como, por ejemplo, que algún geómetra lograse alguna
nueva demostración, su sueño no impediría que fuese verdad. Y en relación con el error
más común de nuestros sueños, consistente en representamos diversos objetos de la
misma forma que la obtenida por los sentidos exteriores, carece de importancia el que nos
dé ocasión para desconfiar de la verdad de tales ideas, pues pueden inducirnos a error
frecuentemente sin que durmamos como sucede a aquellos que padecen de ictericia que
todo lo ven de color amarillo o cuando los astros u otros cuerpos demasiado alejados nos
parecen de tamaño mucho menor del que en realidad poseen. Pues, bien, estemos en
estado de vigilia o bien durmamos, jamás debemos dejarnos persuadir sino por la
evidencia de nuestra razón. Y es preciso señalar, que yo afirmo, de nuestra razón y no de
nuestra imaginación o de nuestros sentidos, pues aunque vemos el sol muy claramente no
debemos juzgar por ello que no posea sino el tamaño con que lo vemos y fácilmente
podemos imaginar con cierta claridad una cabeza de león unida al cuerpo de una cabra sin
que sea preciso concluir que exista en el mundo una quimera, pues la razón no nos dicta
que lo que vemos o imaginamos de este modo, sea verdadero. Por el contrario nos dicta
que todas nuestras ideas o nociones deben tener algún fundamento de verdad, pues no
sería posible que Dios, que es sumamente perfecto y veraz, las haya puesto en nosotros
careciendo del mismo. Y puesto que nuestros razonamientos no son jamás tan evidentes
ni completos durante el sueño como durante la vigilia, aunque algunas veces nuestras
imágenes sean tanto o más vivas y claras, la razón nos dicta igualmente que no pudiendo
nuestros pensamientos ser todos verdaderos, ya que nosotros no somos omniperfectos, lo
que existe de verdad debe encontrarse infaliblemente en aquellos que tenemos estando
despiertos más bien que en los que tenemos mientras soñamos.

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4) KANT, I: «Contestación a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?», en ¿Qué es la
Ilustración?, Madrid, Alianza Editorial, 2004, (Edición de R. R. Aramayo), pp. 83-
93.

Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad
cuyo responsable es él mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad para
servirse de su entendimiento sin verse guiado por algún otro. Uno mismo es el culpable
de dicha minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en
la falta de resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía del de algún otro.
Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la
Ilustración.

Pereza y cobardía son las causas merced a las cuales tanto hombres continúan
siendo con gusto menores de edad durante toda su vida, pese a que la Naturaleza los haya
liberado hace ya tiempo de una conducción ajena (haciéndolos físicamente adultos); y por
eso les ha resultado tan fácil a otros erigirse en tutores suyos. Es tan cómodo ser menor
de edad. Basta con tener un libro que supla mi entendimiento, alguien que vele por mi
alma y haga las veces de mi conciencia moral, a un médico que me prescriba la dieta,
etc., para que yo no tenga que tomarme tales molestias. No me hace falta pensar, siempre
que pueda pagar; otros asumirán por mí tan engorrosa tarea. El que la mayor parte de los
hombres (incluyendo a todo el bello sexo) consideren el paso hacia la mayoría de edad
como algo harto peligroso, además de muy molesto, es algo por lo cual velan aquellos
tutores que tan amablemente han echado sobre sí esa labor de superintendencia. Tras
entontecer primero a su rebaño e impedir cuidadosamente que esas mansas criaturas se
atrevan a dar un solo paso fuera de las andaderas donde han sido confinados, les
muestran luego el peligro que les acecha cuando intentan caminar solos por su cuenta y
riesgo. Mas ese peligro no es ciertamente tan enorme, puesto que finalmente aprenderían
a caminar bien después de dar unos cuantos tropezones; pero el ejemplo de un simple
tropiezo basta para intimidar y suele servir como escarmiento para volver a intentarlo de
nuevo.

Así pues, resulta difícil para cualquier individuo el zafarse de una minoría de edad
que casi se ha convertido en algo connatural. Incluso se ha encariñado con ella y eso le
hace sentirse realmente incapaz de utilizar su propio entendimiento, dado que nunca se le
ha dejado hacer ese intento. Reglamentos y fórmulas, instrumentos mecánicos de un uso
racional –o más bien abuso- de sus dotes naturales, constituyen los grilletes de una
permanente minoría de edad. Quien lograra quitárselos acabaría dando un salto inseguro
para salvar la más pequeña zanja, al no estar habituado a semejante libertad de
movimientos. De ahí que sean muy pocos quienes han conseguido gracias al cultivo de
su propio ingenio, desenredar las ataduras que les ligaban a esa minoría de edad y
caminar con paso seguro.

Sin embargo, hay más posibilidades de que un público se ilustre a sí mismo; algo
que casi es inevitable con tal de que se le conceda libertad. Pues ahí siempre nos
encontraremos con algunos que piensen por cuenta propia incluso entre quienes han sido
erigidos como tutores de la gente, los cuales, tras haberse desprendido ellos mismos del
yugo de la minoría de edad, difundirán en torno suyo el espíritu de una estimación
racional del propio valor y de la vocación a pensar por sí mismo. Pero aquí se da una
circunstancia muy especial: aquel público, que previamente había sido sometido a tal
yugo por ellos mismos, les obliga luego a permanecer bajo él, cuando se ve instigado a

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ello por alguno de sus tutores que son de suyo incapaces de toda ilustración; así de
perjudicial resulta inculcar prejuicios, pues éstos acaban por vengarse de quienes fueron
sus antecesores o sus autores. De ahí que un público sólo pueda conseguir lentamente la
ilustración. Mediante una revolución acaso se logre derrocar un despotismo personal y la
opresión gene- rada por la codicia o la ambición, pero nunca logrará establecer una
auténtica reforma del modo de pensar; bien al contrario, tanto los nuevos prejuicios como
los antiguos servirán de rienda para esa enorme muchedumbre sin pensamiento alguno.

Para esta ilustración tan sólo se requiere libertad y, a decir verdad, la más
inofensiva de cuantas pueden llamarse así: el hacer uso público de la propia razón en
todos los terrenos. Actualmente oigo clamar por doquier: ¡No razones! El oficial ordena:
¡No razones. Adiéstrate! El asesor fiscal: ¡no razones y limítate a pagar tus impuestos! El
consejero espiritual: ¡No razones, ten fe! (Sólo un único señor en el mundo dice: razonad
cuanto queráis y sobre todo lo que gustéis, mas no dejéis de obedecer). Impera por
doquier una restricción de la libertad. Pero ¿cuál es el límite que la obstaculiza y cuál es
el que, bien al contrario, la promueve? He aquí mi respuesta: el uso público de su razón
tiene que ser siempre libre y es el único que puede procurar ilustración entre los hombres;
en cambio muy a menudo cabe restringir su uso privado, sin que por ello quede
particularmente obstaculizado el progreso de la ilustración. Por uso público de la propia
razón entiendo aquél que cualquiera puede hacer, como alguien docto, ante todo ese
público que configura el universo de los lectores. Denomino uso privado al que cabe
hacer de la propia razón en una determinada función o puesto civil, que se le haya
confiado. En algunos asuntos en- caminados al interés de la comunidad se hace necesario
un cierto automatismo, merced al cual ciertos miembros de la comunidad tienen que
comportarse pasivamente para verse orientados por el gobierno hacia fines públicos
mediante una unanimidad artificial o, cuando menos, para que no perturben la
consecución de tales metas. Desde luego, aquí no cabe razonar, sino que uno ha de
obedecer. Sin embargo, en cuanto esta parte de la maquinaria sea considerada como
miembro de una comunidad global e incluso cosmopolita y, por lo tanto, se considere su
condición de alguien instruido que se dirige sensatamente a un público mediante sus
escritos, entonces resulta obvio que puede razonar sin afectar con ello a esos asuntos en
donde se vea parcialmente concernido como miembro pasivo. Ciertamente, resultaría
muy pernicioso que un oficial, a quien sus superiores le hayan ordenado algo, pretendiese
sutilizar en voz alta y durante el servicio sobre la conveniencia o la utilidad de tal orden;
tiene que obedecer. Pero en justicia no se le puede prohibir que, como experto, haga
observaciones acerca de los defectos del servicio militar y los presente ante su público
para ser enjuiciados. El ciudadano no puede negarse a pagar los impuestos que se le
hayan asignado; e incluso una indiscreta crítica hacia tales tributos al ir a satisfacerlos
quedaría penalizada como un escándalo (pues podría originar una insubordinación
generalizada). A pesar de lo cual, el mismo no actuará contra el deber de un ciudadano si,
en tanto que especialista, expresa públicamente sus tesis contra la inconveniencia o la
injusticia de tales impuestos. Igualmente, un sacerdote está obligado a hacer sus homilías,
dirigidas a sus catecúmenos y feligreses, con arreglo al credo de aquella Iglesia a la que
sirve; puesto que fue aceptado en ella bajo esa condición. Pero en cuanto persona docta
tiene plena libertad, además de la vocación para hacerlo así, de participar al público todos
sus bienintencionados y cuidadosamente revisados pensamientos sobre las deficiencias de
aquel credo, así como sus propuestas tendentes a mejorar la implantación de la religión y
la comunidad eclesiástica. En esto tampoco hay nada que pudiese originar un cargo de
conciencia. Pues lo que enseña en función de su puesto, como encargado de los asuntos
de la Iglesia, será presentado como algo con respecto a lo cual él no tiene libre potestad
para enseñarlo según su buen parecer, sino que ha sido emplazado a exponerlo según una
prescripción ajena y en nombre de otro. Dirá: nuestra Iglesia enseña esto o aquello; he ahí
los argumentos de que se sirve. Luego extraerá para su parroquia todos los beneficios
prácticos de unos dogmas que él mismo no suscribiría con plena convicción, pero a cuya
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exposición sí puede comprometerse, porque no es del todo imposible que la verdad
subyazca escondida en ellos o cuando menos, en cualquier caso no haya nada
contradictorio con la religión íntima. Pues si creyese encontrar esto último en dichos
dogmas, no podría desempeñar su cargo en conciencia; tendría que dimitir. Por
consiguiente, el uso de su razón que un predicador comisionado a tal efecto hace ante su
comunidad es meramente un uso privado; porque, por muy grande que sea ese auditorio
siempre constituirá una reunión doméstica; y bajo este respecto él, en cuanto sacerdote,
no es libre, ni tampoco le cabe serlo, al estar ejecutando un encargo ajeno. En cambio,
como alguien docto que habla mediante sus escritos al público en general, es decir, al
mundo, dicho sacerdote disfruta de una libertad ilimitada en el uso público de su razón,
para servirse de su propia razón y hablar en nombre de su propia persona. Que los tutores
del pueblo (en asuntos espirituales) deban ser a su vez menores de edad constituye un
absurdo que termina por perpetuar toda suerte de disparates. […].

Si ahora nos preguntáramos: ¿acaso vivimos actualmente en una época ilustrada?,


la respuesta sería ¡No!, pero sí vivimos en una época de Ilustración. Tal y como están
ahora las cosas todavía falta mucho para que los hombres, tomados en su conjunto,
puedan llegar a ser capaces o estén ya en situación de utilizar su propio entendimiento sin
la guía de algún otro en materia de religión. Pero sí tenemos claros indicios de que ahora
se les ha abierto el campo para trabajar libremente en esa dirección y que también van
disminuyendo paulatinamente los obstáculos para una ilustración generalizada o el
abandono de una minoría de edad de la cual es responsable uno mismo. Bajo tal mirada
esta época nuestra puede ser llamada “época de la Ilustración” o también “el siglo de
Federico”.

Un príncipe que no considera indigno de sí reconocer como un deber suyo el no


prescribir a los hombre nada en cuestiones de religión, sino que les deja plena libertad
para ello e incluso rehúsa el altivo nombre de tolerancia, es un príncipe ilustrado y
merece que el mundo y la posteridad se lo agradezcan, ensalzándolo por haber sido el
primero en haber librado al género humano de la minoría de edad, cuando menos por
parte del gobierno, dejando libre a cada cual para servirse de su propia razón en todo
cuanto tiene que ver con la conciencia. Bajo este príncipe se permite a venerables clérigos
que, como personas doctas, expongan libre y públicamente al examen del mundo unos
juicios y evidencias que se desvían aquí o allá del credo asumido por ellos sin menoscabar
los deberes de su cargo; tanto más aquel otro que no se halle coartado por obligación
profesional alguna. Este espíritu de libertad se propaga también hacia el exterior, incluso
allí donde ha de luchar contra los obstáculos externos de un gobierno que se comprende
mal a sí mismo. Pues ante dicho gobierno resplandece un ejemplo de que la libertad no
conlleva preocupación alguna por la tranquilidad pública y la unidad de la comunidad.
Los hombres van abandonando poco a poco el estado de barbarie gracias a su propio
esfuerzo, con tal de que nadie ponga un particular empeño por mantenerlos en la barbarie.

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He colocado el epicentro de la Ilustración, o sea, el abandono por parte del
hombre de aquella minoría de edad respecto de la cual es culpable él mismo, en
cuestiones religiosas, porque nuestros mandatarios no suelen tener interés alguno en
oficiar como tutores de sus súbditos en lo que ataña a las artes y a las ciencias; y porque
además aquella minoría de edad es asimismo la más nociva e infame de todas ellas. Pero
el modo de pensar de un jefe de Estado que favorece esta primera Ilustración va todavía
más lejos y se da cuenta de que, incluso con respecto a su legislación, tampoco entraña
peligro alguno el consentir a sus súbditos que hagan un uso público de su propia razón y
expongan públicamente al mundo sus pensamientos sobre una mejor concepción de dicha
legislación, aun cuando critiquen con toda franqueza la que ya ha sido promulgada; esto
es algo de lo cual poseemos un magnífico ejemplo, por cuanto ningún monarca ha
precedido a ése al que nosotros honramos aquí.

Pero sólo aquel que, precisamente por ser ilustrado, no teme a las sombras, al
tiempo que tiene a mano un cuantioso y bien disciplinado ejército para tranquilidad
pública de los ciudadanos, puede decir aquello que a un Estado libre no le cabe atreverse
a decir: razonad cuando queráis y sobre todo cuando gustéis, ¡con tal de que obedezcáis!
Aquí se revela un extraño e inesperado curso de las cosas humanas; tal como sucede
ordinariamente, cuando ese decurso es considerado en términos globales, casi todo en él
resulta paradójico. Un mayor grado de libertad civil parece provechosa para la libertad
espiritual del pueblo y, pese a ello, le coloca límites infranqueables; en cambio un grado
menor de esa libertad civil procura el ámbito para que esta libertad espiritual se
despliegue con arreglo a toda su potencialidad. Pues, cuando la naturaleza ha
desarrollado bajo tan duro tegumento ese germen que cuida con extrema ternura, a saber,
la propensión y la vocación hacia el pensar libre, ello repercute sobre la mentalidad del
pueblo (merced a lo cual éste va haciéndose cada vez más apto para la libertad de actuar)
y finalmente acaba por tener un efecto retroactivo hasta sobre los principios del gobierno,
el cual incluso termina por encontrar conveniente tratar al hombre, quien ahora es algo
más que una máquina, conforme a su dignidad”.

Königsberg (Prusia), 30 de septiembre de 1784.

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