LA FUNDACION
Concepto y características
De las dos personas jurídicas reguladas en la legislación civil, la fundación es aquélla
que ha sufrido mayores transformaciones.
Frente a la laxa y escueta definición del art. 64 del Código Civil de 1936 que la concebía
como un patrimonio afectado a un fin especial se erige una nueva definición que
contempla una serie de modificaciones y que, a la postre, rescata la verdadera
naturaleza y propósitos de las fundaciones.
En efecto, el Código derogado concedía, absurdamente, personalidad jurídica a un
patrimonio, lo cual representa un contrasentido en la medida que ese expediente sólo
puede ser concedido a los seres humanos que se organizan para desarrollar una
actividad en conjunto.
El art. 99 destaca por la referencia a la organización instituida por el fundador a través
de la afectación de bienes para realizar fines de interés social.
En primer lugar, con ello se descarta la concesión de la personalidad a los bienes
aportados por el fundador. En verdad, la fundación es un acto de organización para la
administración del patrimonio afectado. De esta manera el patrimonio pasa a tener un
fin instrumental y no un papel primordial como se creía poniéndose énfasis sobre el
elemento personal que da vida a este ente. Por ello no se puede centrar la definición
de la fundación en la masa patrimonial sino en la concurrencia de los hombres que se
encargan de la gestión y aplicación de los bienes entregados a ella.
Otro cambio de suma importancia en la conceptuación de la fundación, y que la
caracteriza de modo adecuado, es la asignación de fines de interés social. Como bien
se ha señalado, el Código de 1936 apenas se limitaba a señalar que cumplía fines
especiales, lo cual podía dar pie a que ella cumpliera cualquier fin particular, del más
variado tipo, individual, familiar o social.
Luego veremos los aspectos vinculados con el acto de constitución de la fundación y
las características de su patrimonio. Por ahora nos interesa señalar alguna de sus
características.
Una nota importante es que la fundación carece de titulares. En efecto, a diferencia de
lo que sucede con la asociación en la que los asociados son los que, reunidos en
asamblea, definen todo lo concerniente a dicha organización, en el caso de la
fundación no existen titulares que puedan disponer de ella o de su patrimonio a su
libre albedrío. En estricto, la fundación es un nuevo sujeto de derecho distinto del
fundador que administra, a través de la organización creada, el patrimonio aportado
por el fundador y, en consecuencia, se desvincula de éste, quien queda al margen de
ella.
Otra característica de la fundación es que carece de miembros. En realidad, la
fundación tiene órganos que se encargan de su administración, ya sea individual o
colegiadamente, pero no tiene integrantes por ser una persona jurídica cerrada a la
afiliación. Siendo así, es claro que la única integración a ella se da a través de la
asunción de las tareas del administrador.
Con relación a los fines de la fundación, ella se caracteriza por ser una organización
que realiza objetivos que favorecen a terceros que no son ni el fundador ni los
administradores. No son concebibles, al menos en nuestro ordenamiento, fundaciones
que persigan objetivos que beneficien a quien la ha creado o a quienes la administran.
Usualmente se ha señalado que se debe conseguir resultados en favor de categorías
indeterminadas de personas, no con otro sentido que el de precisar que los
beneficiarios no pueden ser sujetos individuales o señalados. La fundación, por ser
producto de un acto de liberalidad, de desprendimiento, de preocupación del entorno,
de los problemas que afectan a grupos o categorías concretas de la población, cumple
un evidente fin social que no puede disolverse en motivaciones particulares. Como
bien se ha dicho, una razón que puede encontrarse en su creación es realizar una
buena acción en beneficio de los demás, queriendo compartir el bienestar propio con
las necesidades de otros, intentando. nivelar así las desigualdades sociales. Quienes
crean fundaciones pueden estar movidos por razones como el amor, la solidaridad o el
deseo de ayudar a los demás. Así lo demuestran las actividades en las cuales se
desempeñan estas instituciones.
Es interesante anotar que la fundación es una excepción, en el derecho civil, a la regla
que exige pluralidad de seres humanos para constituir una persona jurídica.
La fundación, en este sentido, nace de un negocio jurídico unilateral que puede ser
otorgado por uno o más sujetos. En el caso en que se constituya por más de una
persona, dado que los fundadores quedan al margen de la fundación, entre ellos no se
constituye ninguna relación contractual o asociativa.
Órganos de la fundación
Siquiera brevemente debemos precisar que la fundación es dirigida por un grupo de
administradores que se reúnen en una Junta.
La Junta de Administradores, al no ser titular de la fundación, pues, solamente, es el
órgano que gestiona el patrimonio aportado por el fundador para el cumplimiento de
los fines de la institución, es un “órgano dependiente” de la voluntad del fundador
expresada en el acto constitutivo. A tal grado llega su sujeción que los administradores
no pueden disolver la organización (la que solicita al Poder Judicial el Consejo de
Supervigilancia de Fundaciones, en caso de imposibilidad de cumplimiento de sus
fines, art. 109 del Código civil) ni pueden, tampoco, ampliar o modificar sus fines, pues
en este caso, además de la solicitud del órgano contralor, debe mediar autorización
judicial (art. 108 del mismo Código).
La razón de estas limitaciones obedece a que, como regla general, el fundador, una vez
creada la fundación, queda al margen de ella. Los administradores, al ser terceros, y al
estar obligados a la prosecución de fines en favor de otros sujetos, deben quedar
sometidos al control de un organismo (estatal) que vele por el cumplimiento de los
fines propuestos por el fundador. Inclusive esta regla es válida en el caso que los
fundadores se reserven la condición de administrador de la fundación, pues tarde o
temprano, ya sea con su alejamiento o con su muerte, la fundación pasará a ser
administrada por otros individuos.
Inclusive, a fin de evitar una gestión interesada en la administración de una fundación,
la ley contempla que los administradores, así como sus parientes hasta el cuarto grado
de consanguinidad y segundo de afinidad, no pueden celebrar contratos con aquélla,
salvo que medie expresa autorización del Consejo de Supervigilancia de Fundaciones.
La prohibición se hace extensiva a las personas jurídicas de las cuales sean socios tanto
el administrador como sus parientes en los grados señalados (art. 108 del Código civil).
Por otro lado, nada impide que la fundación cuente con otros órganos, como puede
ser una gerencia.
Control de las fundaciones
Como bien ha sido señalado, en la fundación la administración de los bienes corre a
cargo de personas que no han contribuido a la formación del patrimonio de la
organización y que no son beneficiarios de ella. El fundador, generalmente, no tiene
ingerencia en las decisiones. Además, la fundación puede ser creada por testamento,
en cuyo caso se presenta la imposibilidad de la participación del fundador dada su
inexistencia al instituirse la fundación. A ello se añade que los beneficiarios de la
fundación no tienen intervención en la administración de la fundación.
EL COMITE
Definición y características
El artículo 111 del Código civil define al comité como la organización de personas
naturales o jurídicas, o de ambas, dedicada a la recaudación pública de aportes
destinados a una finalidad altruista.
El comité es una de las novedades que trajo el Código al ser promulgado. La ley de
1936 no lo contemplaba como una de las personas jurídicas del derecho civil.
El comité tiene características muy bien definidas. Es, en primer lugar, una
organización de temperamento asociativo, al igual que la asociación. En esa medida, su
constitución exige la presencia de cuando menos dos personas, entre las que se crea,
al igual que entre ellas y el comité, un vínculo de “necesidad”. Es, en este aspecto, tan
similar a la asociación que en los países que no tienen un tratamiento especial se
denomina a los comités como asociaciones de hecho o asociaciones temporales.
Sus miembros también realizan actividades en común, pareciéndose, nuevamente, a la
asociación. No obstante, la participación excede ampliamente la actuación de quienes
hacen parte de él, pues el fondo de aportes que se forma es producto de la solidaridad
comunitaria, gracias a las contribuciones del público en la colecta que se lleva a cabo.
También se asemeja a la asociación (y se distingue, por ende, de la fundación) por ser
una organización abierta a la afiliación. Cualquier persona puede integrarse a ella
siempre que cumplan con las previsiones estatutarias para la admisión de nuevos
miembros.
El comité se distingue de las demás personas jurídicas por su existencia efímera.
Después de la recaudación de fondos del público y de aplicar los recursos captados a
un fin altruista, se disuelve. Se organiza para una colecta pública y nada más.
Por ello, para facilitar el recurso a este expediente, el legislador ha sido flexible en su
forma de constitución, pues puede ser creado por medio de un documento privado
con la firma legalizada por notario, que es suficiente para su inscripción en el registro.
Nada impide que sus fundadores opten por instrumentar el acto en escritura pública;
sin embargo, ello desvirtúa la concesión de la ley.
Los objetivos del comité son caracterizado como fines altruistas. ¿Cómo se diferencian
los fines de un comité con los de una fundación, que son de interés social? Intentemos
una respuesta.
Digamos, en principio, que todo fin altruista es de interés social, pero no siempre los
fines de interés social son altruistas.
El altruismo del propósito se revela a través de acciones de corte humanitario,
filantrópico. El comité es una muestra del interés de quienes se juntan con el objeto de
hacer participar a los demás, al público, en un fondo de aportes, en tómbolas, rifas,
etc., que servirán para paliar alguna situación ajena que espera una demostración de
solidaridad, muchas veces con relativa urgencia. Por lo general, quienes se encuentran
atravesando determinadas circunstancias derivadas de su escasez de recursos, de un
sismo o hecho fortuito, no se encuentran en aptitud ni espiritual ni económica de
emprender, por sí mismos, la tarea de organizarse y solicitar ayuda a la colectividad.
Inclusive el pedido formulado por los propios afectados suele ser visto, egoístamente,
con desconfianza. Es, entonces, cuando surge la acción solidaria de los demás, de
quienes están dispuesto a entregar su esfuerzo y tiempo para apelar a la cooperación
ciudadana.
Una fundación que, por ejemplo, se constituye para la investigación de las bondades
de una especie vegetal y su posible aplicación a terapias curativas tiene un fin
abiertamente social, mas no filantrópico.
Dadas estas características, es claro que el comité persigue fines en bien de terceros,
que no son ni en favor de sus instituyentes y miembros, ni de aquéllos que lo
administran, diferenciándose así de la asociación y asemejándose a la fundación.
Patrimonio del comité. Destino del patrimonio en caso de disolución.
Al comité no le importa tanto tener un patrimonio propio formado por los
instituyentes (promotores) y miembros del mismo, cuanto recaudar dinero u otros
bienes del público.
En verdad, su patrimonio proviene del público y se destina a un fin altruista, aspecto
que lo diferencia de la asociación por cuanto en ésta es formado en base a los aportes
de sus integrantes y es aplicado a satisfacer fines de ellos mismos.
En principio, una vez captada la recaudación prevista y planificada por el comité y
aplicados los fondos obtenidos a la finalidad motivadora, éste debe disolverse por
acuerdo de los miembros de la persona jurídica. Se entiende que los recursos
resultantes de la colecta, rifa, tómbola, etc., son enteramente destinados a los
objetivos promocionados. Ocurrido ello, ha de extinguirse el comité haciendo de
conocimiento del Ministerio Público las cuentas finales y balances.
No obstante, puede ocurrir que, después de haber pagado las deudas sociales y
aplicado los recursos entregados por los erogantes, de la liquidación realizada resulte
un remanente. En estos raros casos, y en la medida que el Ministerio Público no objete
los balances, el haber neto se adjudica a los erogantes, es decir, se distribuye entre
quienes contribuyeron a la formación del fondo de fin altruista. Dado que ello no es
usualmente posible, el art. 122 del Código civil establece que dicho haber neto
resultante de la liquidación ha de ser entregado a la Beneficencia del lugar en el cual
tuvo su sede el comité. La misma solución ha de aplicarse si el comité se disuelve y
liquida por no poder satisfacer sus propósitos, según se desprende del art. 121 del
mencionado Código.