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Reflexiones políticas en Platón

El documento analiza la evolución del pensamiento político de Platón, destacando su reflexión sobre la ciudad ideal y la teoría de las catástrofes periódicas. A través de diálogos como el Timeo y Las Leyes, Platón explora la relación entre la política, la educación y la moralidad, proponiendo un modelo de ciudad que busca la formación ética del ciudadano. Además, se discuten las implicaciones de la legalidad y la autoridad en la gobernanza, así como la importancia de la música y la cultura en la educación cívica.
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Reflexiones políticas en Platón

El documento analiza la evolución del pensamiento político de Platón, destacando su reflexión sobre la ciudad ideal y la teoría de las catástrofes periódicas. A través de diálogos como el Timeo y Las Leyes, Platón explora la relación entre la política, la educación y la moralidad, proponiendo un modelo de ciudad que busca la formación ética del ciudadano. Además, se discuten las implicaciones de la legalidad y la autoridad en la gobernanza, así como la importancia de la música y la cultura en la educación cívica.
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de todos estos siglos Occidente no ha hecho sino llenar de distintos modos ese lugar del fundamento.

Fue
ocupado por figuras teológicas, pero también por la razón y la ciencia, las revoluciones y la misma ‘libertad’. Hay
que preguntarse si efectivamente hoy ese esquema está en crisis.

La reflexión política en algunos diálogos platónicos

Después de Rep., Platón no cesa de replantearse el tema político. Uno de esos intentos está en el Timeo y su
secuela, el inconcluso Critias. La ciudad de Rep., con cuyo resumen se abre el diálogo, es identificada con la
Atenas prehistórica en el contexto de un relato sobre catástrofes periódicas, especialmente diluvios, que
destruyen la civilización en distintos lugares. Esa Atenas antediluviana ha triunfado sobre la gran isla de
Atlántida. Es la oportunidad, como quiere Sócrates, de ‘ver a la ciudad en acción’. Pero el plan expositivo
comienza con la cosmología de Tim., que va desde los orígenes del mundo hasta llegar al hombre. El inconcluso
Critias debía tomar a los hombres como ciudadanos de esa Atenas, equivalente de la ciudad ‘ideal’, y ponerlos
en guerra. Posiblemente un tercer diálogo describiría la destrucción de la ciudad por un diluvio y enunciaría la
teoría de las catástrofes periódicas y el proceso de recuperación de la cultura a partir de los pocos
sobrevivientes, rudos e ignorantes, que Platón desarrolló luego en Leyes III-IV. De esta forma, la teoría política,
que en Rep. se continuaba hacia el individuo, la psicología y la ética, queda proyectada en un marco
cosmológico y dentro de lo que podría denominarse una filosofía de la historia.

o, muy probablemente anterior al Timeo, está dedicado principalmente a arduos problemas metodológicos, en
función de los cuales y casi como ejercicio (cf. 285d), se introduce la definición del hombre de estado. Pero en
Platón la teoría política no puede ser nunca mera excusa. Obviando los otros aspectos, podemos indicar algunos
aportes del diálogo.

El hombre político o real es definido como pastor de hombres (267d) 50. Para aclarar y rechazar esta definición
se introduce el extraño mito según el cual el mundo gira alternativamente en un sentido cuando es impulsado por
‘el dios’, y a veces en sentido opuesto cuando queda librado a sí mismo. Al ser retomado por el dios, nuestra
temporalidad se invierte y los hombres pasan de la vejez a la juventud hasta desaparecer, para nacer luego de la
tierra. En este ciclo –una edad de oro, sin regímenes políticos- el dios apacienta personalmente a los hombres.
La definición del rey como pastor es adecuada en realidad a esta situación. El político en cambio es buscado al
hilo de una clasificación de las constituciones que ya hemos mencionado, obtenida a partir de los criterios de la
legalidad e ilegalidad por un lado y el número de gobernantes (realeza y tiranía, gobierno de uno), el número y la
fortuna (aristocracia y oligarquía) y además el grado de libertad (democracia en sus dos formas). Sin embargo,
estos criterios y distinciones carecen de valor: la autoridad y el derecho a ejercerla proceden, de acuerdo a la
definición inicial del político como ‘técnico’, tekhnítes, de la posesión de un conocimiento, que podría darse en
uno o a lo sumo en dos o tres hombres. La epistéme del verdadero político está por definición dirigida al bien, no
importa que se ejerza por la persuasión o por la fuerza: legislar es función real, pero el ‘rey’ está por encima de
la ley. Como el rey infalible ‘no nace como en las colmenas’, la ley resulta ser un segundo expediente necesario.
La legalidad se convierte entonces en criterio de las constituciones, y la jerarquía se invierte: dejando de lado la
monarquía del rey supralegal, la monarquía sería la mejor, pero su corrupción en la ilegalidad, la tiranía, la peor.
Aristocracia y oligarquía son intermedias, y la democracia es la menos buena dentro de la legalidad, pero la
menos mala si se vuelve ilegal -el poder está desmigajado entre muchos-, de modo que en la práctica es el
régimen preferible. La salida marginal es pues la tolerabilidad de los regímenes malos.

La definición del arte del tejedor, que entrelaza los hilos fuertes de la urdimbre y los flexibles de la trama, sirve de
paradigma (recurso metodológico que aquí es más una analogía que un modelo) para el tejedor real, que
entrelaza los caracteres y temperamentos mansos y fogosos: nuevamente un tema que en Rep. ha aparecido

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múltiples veces. Como trama y urdimbre del tejido social, el rey debe unirlos con un doble lazo: la parte eterna de
sus almas con un lazo divino, la comunidad de opiniones verdaderas y firmes sobre el bien, que procede de la
educación; la parte humana, mediante los matrimonios. Esta nueva propuesta de mejoramiento genético
consiste en cruzar familias de características violentas y moderadas, para producir caracteres equilibrados.

La muerte encuentra a Platón ocupado todavía en el problema de la Ciudad. Su último diálogo, Las Leyes,
editado póstumamente por su discípulo Filipo de Opunte, es el más largo de su producción e intenta todavía un
modelo político, menos estricto que el de Rep. y que, dada la inalterada voluntad de Platón de influir en la
práctica, puede pensarse como un testamento y una guía para los asesores, si no revolucionarios, producidos
por la Academia.

El diálogo, ubicado en Creta, reúne a tres ancianos: un ateniense en el que hay que ver al mismo Platón, un
cretense, y un espartano, en camino hacia un lugar de culto bajo el sol del verano y distrayéndose con la
fundación verbal de una ciudad, esta vez ubicada con precisión en un paraje de Creta. El tronco de la obra es un
detallado cuerpo de leyes. Se han tomado en serio los resultados del Político, no es cuestión ya del rey filósofo
sino de su substituto legal, y la frondosa regulación se extiende hasta las cuestiones más cotidianas. Pero el
texto es mucho más que esto, y no es posible reseñar aquí su riqueza.

En los dos primeros libros, junto a tópicos conocidos de Rep. como el problema de la felicidad del tirano, corre la
curiosa presentación de la paideia a través del uso controlado del vino en banquetes supervisados. El mejor fruto
paidético serán los tres coros de canto y baile de los niños, los jóvenes y los hombres mayores que, algo
vergonzosos, cantarían y bailarían en privado. En una imagen significativa, el hombre es presentado como títere
de los dioses, no sabemos si para su diversión o no, y los hilos con que lo manejan son el placer y el dolor
(644d). La paideia consiste en inculcar la actitud correcta ante placeres y dolores, y esto acrecienta la
importancia paidética de la música y su estricto control (en 700 a ss., la decadencia de Atenas es atribuida a las
innovaciones musicales). El libro III plantea la génesis de las organizaciones políticas en el marco de la teoría de
las catástrofes periódicas. Algunos pastores incultos han sobrevivido en las montañas al diluvio, y el descenso
de ellas coincide con el ascenso en la cultura y la organización, desde la familias patriarcales, su unificación por
los primeros legisladores y gobernantes hasta la fundación de ciudades en las llanuras. Con Troya se toca la
historia hasta llegar a Esparta, cuya fortuna se atribuye a su constitución, donde los poderes están divididos y
contrabalanceados. La historia se une a la teoría constitucional: llegados a las guerras Médicas, Persia y Atenas
proporcionan los modelos de las constituciones extremas, monarquía (= tiranía) y democracia, de las que las
demás son mezclas y atenuaciones. Por otra parte, la degeneración de Atenas a partir de la pátrios politeía
solónica que la salvó de los persas, proviene de la substitución de la ‘aristocracia’ musical por la ‘teatrocracia’
(701a), la libertad en los espectáculos a la que se atribuye toda clase de consecuencias.

El nuevo proyecto de ciudad que trazan los ancianos, aunque presentado como conversación de viejos, es
enormemente detallado y serio. Siempre ha sido comparado con Rep. como un paso más cerca de lo factible. La
hiperbólica oportunidad única en los tiempos se cambia por una ciudadosa disposición de la fundación de la
colonia, su población de origen, la elección de los dirigentes con procedimientos bastante democráticos, la
duración de los cargos y la rendición de cuentas. La legislación sobre todos los aspectos de la vida pública y
privada es extensa y detallada. El principal fin de toda legislación será la formación moral del ciudadano. Platón
propone, reclamando originalidad, los ‘prefacios’ a cada ley, donde el legislador la explica y exhorta a
obedecerla. Todo el sistema de castigos, aunque severo, está concebido en esta línea, e incluye razonamientos
con el delincuente y todo tipo de esfuerzos, que pueden ser comparados con la psiquiatría o con la inquisición
según se mire, para su reforma. Los casos desesperados se penan con la muerte.

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Existe la propiedad, pero con un fuerte sentido de subordinación a lo público y contenida dentro de límites. Los
ciudadanos son apartados del proceso de producción, que queda en manos de esclavos o hilotas en el campo y
de metecos para los oficios. Los ciudadanos se ocupan sólo de los deberes de la ciudadanía, que son bastantes:
de ‘mantener el orden (kósmos)’, siguiendo el principio de Rep. de hacer cada uno lo suyo. La esclavitud está
expresamente contemplada con una mezcla de humanidad y severidad excesiva. No hay comunidad de mujeres
e hijos aunque se lo propone como ideal, pero sí igualdad de las mujeres, militar y política (aunque, como en
Rep., serían inferiores, 917a, 781c). Hay comidas comunes para ambos sexos, por separado. Pero la represión
sexual es mayor que en Rep.: se admite el coito sólo en función de la procreación, se prohibe la homosexualidad
por ser estéril, y se deshonra al adúltero. La instrucción en música y gimnasia está a cargo del estado, es
gratuita y obligatoria y hay para ella maestros pagos, que deben ser extranjeros. Pero el proyecto educativo no
está en este nivel ínfimo sino que se encarna en los grandes magistrados que presiden los concursos y
especialmente el director general de la educación, “el cargo más importante en la Ciudad”.

El culto religioso de Leyes es una colorida seguidilla de festivales, uno para cada día del año. Pero uno de los
pasajes filosóficamente más importantes y políticamente más ingratos es el concerniente a la teología. El
ateísmo, la creencia de que los dioses no se ocupan de los asuntos humanos o que se puede negociar con ellos
mediante sacrificios, es uno de los más poderosos factores de corrupción de la juventud. El esfuerzo de
convencer –antes de castigar- a quienes profesan tales doctrinas debe enfrentar la seria opinión filosófica que
niega la finalidad en la naturaleza y considera las realizaciones políticas, y los mismos dioses, como productos
de la convención. Y la persecución del bien natural en vez del convencional lleva directamente a la subversión.
La respuesta es una demostración de la prioridad del alma sobre la materia a partir de la racionalidad del
universo. La existencia del mal lleva inclusive a postular un alma mala, aunque el mundo como un todo muestra
el predominio de la buena.

Para la preservación de las leyes y de su espíritu se instituyen los ‘guardianes de las leyes’, (nomophylakes) y en
especial el Consejo Nocturno, que aparece al final de la obra. Esta institución, que sesiona al alba, reúne a los
diez nomophylakes mayores y otros personajes, es la ‘mente del estado’. Conoce el fin de la ciudad, esto es, la
areté, su unidad y pluralidad y los medios de promoverla. Para ello se requerirán equivalentes de los
gobernantes de Rep., educados como filósofos, dialécticos y teólogos. El diálogo se corta en las dificultades para
establecer esta institución. c

Notas

1 En terminología de Karl Polanyi. Cf. K. Polanyi, C. M. Arensbreg, H. W. Pearson eds., Comercio y mercado en
los imperios antiguos, tr. c. Labor, Barcelona 1976, esp. K. P., “La economía como actividad institucionalizada”,
pp. 289-315, esp. 296 ss.
2 Como recuerda Jean-Pierre Vernant (Los orígenes del pensamiento griego, tr. c., Paidós, Barcelona-Bs. As.-
México, 1992, p. 59), poner algo en discusión pública se dice en griego “llevarlo hacia el centro”. En estos
párrafos el lector reconocerá ecos del ilustre historiador francés, aunque a diferencia de él creemos que en el
tránsito a la polis ha pesado más el conflicto entre clases que el agôn aristocrático.

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