Selene
MAYORAL BLANCO FRANCISCO ISRAEL
En las épocas tempranas del mundo, cuando el mismo cielo nocturno era más
que precario, con la ausencia de sus titilantes encantos y la hermosa fuente de
luz lúgubre, el ciclo nocturno era una gran fuente de temor e incluso odio, la
noche se presentaba tan cruda e insípida, solo un gran manto de infinita
oscuridad cubriendo todo lo visible por el ojo, aislando todo lo atractivo para
cualquier persona, o al menos para la mayoría, a excepción de Selene.
Selene era una chica con un encanto bastante particular, la clase de encanto que
siempre evocaba la ternura y el cariño más puro de cualquiera que la mirase,
cualquier palabra que le eran entregadas se ofrecían con impecable delicadeza y
educación, la crueldad nunca se manifestó ante sus ojos, y aunque todos se
mantenían fascinados con su belleza el destino que Afrodita le tenía planeado en
el amor parecía bastante incierto. Selene al igual que una flor guardaba una
belleza misteriosa pero notoriamente perceptible por cualquiera, pareciese
como si la belleza misma hubiese decidido encarnar en ella, su piel pálida como
el papel, sus pecas finas como granos de arena, sus risos rojos como la sangre,
labios delicados y rosas cual pétalo perteneciente a la más hermosa flor, voz tan
suave como el algodón, un par de hermosos ojos felinos radiantes y una sonrisa
impecable digna de protagonizar un sinfín de cuadros.
La presencia de Selene suavizaba cualquier ambiente, dentro de tan bella chica
no podría haber más que una personalidad alegre, llena de amabilidad, a rebosar
de curiosidad y empatía, su figura tan delicada y bien dotada nunca evocó el
morbo o la envidia, hombres y mujeres le amaban tanto como podrían amar a
una hermana o hija, el mundo de Selene eran sonrisas de inicio a fin, amabilidad
por doquier y atención dulce, causando la impresión de que en su mente no se
conocía la amargura, tristeza y como garantía jamás se le había visto a sus ojos
derramar una sola lágrima, aunque eso no era del todo cierto.
Selene siempre amó la noche, siendo tan oscura, cruel, fría y atemorizante,
siendo tan detestada y tan odiada por todos, Selene en cada madrugada
encontraba entre tantos defectos el más digno acompañante al cual confiar sus
pesares, la presencia digna de escuchar sus pensamientos y secretos.
Con el pasar de los años Selene veía como todos encontraban el otro extremo del
hilo rojo guiándolos a quien sería su amor verdadero, siendo tan hermosa como
era, aún con todo su encanto, siendo tan preciada en la vida de tantos pareciese
no tener un alma dispuesta a complementar la felicidad que tanto añoraba en la
oscuridad de la fiel noche.
Una noche sofocada a más no poder por este detalle, salió ante la noche como de
costumbre, pero con un corazón vacío, sus ojos no sin brillo y el rostro con la más
amarga preocupación pintada, un sentimiento hueco invadió cada parte de su
cuerpo y la tristeza contaminó hasta el más mínimo rincón de su mente, tan
grande era su pesar que la misma noche percibió tal pesar.
Desde esa ocasión ante la noche lloró, ante la noche suspiró y ante la noche su
sonrisa parecía más lejana y ausente, a lo largo de toda su vida solo la noche
conoció sus lágrimas y solo la noche consoló su amargura.
El tiempo pasó y Selene nunca se casó, nunca fue madre y todo su brillo se
marchitó, en algún punto su vida comenzó a transcurrir aislada a todo el mundo,
una vez más sentada en la oscuridad le susurró al aire sus pensamientos, le contó
como su esperanza se fue marchitando con su cuerpo con el pasar de los años,
como sentía cada vez más frías las mañanas y presentía la cercanía de la muerte,
esa noche en la cual ella proclamaría su final le contó varias cosas, pero en cierto
punto, cuando ya no había nada más que decir, por el borde de su ojo se asomó
el brillo de una lágrima que desencadenó miles más, mientras entre sollozos y el
más puro sentimiento de dolor nuevamente le contó su pesar de no haber
encontrado nunca el amor, pero esta vez tomó una conclusión, que si aquel que
le correspondiese se encargaría de mitigar todo su dolor, escuchar sus pesares y
gozos, compartir momentos que nadie más le daría, a quien le ofrecería lo más
profundo de sus pensamientos y regalaría sus secretos, no sería una persona a la
que el incierto hilo rojo la llevó, entonces es cuando dirigió su mirada a la
inmensidad de el vacío oscuro y con un fuerte grito proclamó todo su amor y su
deseo de acompañarle en la eternidad, y con esto último ya sea por la vejes o por
la decisión que tomó su último aliento abandonó su cuerpo, el cual poco a poco
se desvaneció mientras las lágrimas que durante toda su vida lloró se convertían
en pequeñas piedras brillantes que se elevaban alojándose en el cielo nocturno,
una gran esfera blanca apareció en lo más alto mientras poco a poco inundaba
todo con una suave y relajante luz.
A partir de ahí durante la noche vuelven todas esas lágrimas titilantes y esa
esfera de luz que ilumina e irradia alegría con la belleza y gracia que alguna vez,
hace mucho tiempo, alguna chica poseyó, misma que a la noche por primera vez
amó.