SOFOCLON
SOFOCLON
S eg ú n la s n o rm a s d e la B. C. G., la tr a d u c c ió n d e e s ta o b ra
h a sid o re v is a d a p o r Carlos G arcía G ual.
TRAGEDIAS
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1981.
INTRODUCCIÓN DE
TRADUCCIÓN Y NOTAS DE
ISBN 84-249-0099-5.
Impreso en España. Printed in Spain.
EDITORIAL GREDOS Gráficas Cóndor, S. A., Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1981. — 5305.
δ TRAGEDIAS
sabio contraste. Al severo Esquilo se contrapone el jo y cuando aquél tronaba sobre Atenas, desempeñó Sófo
vial Sófocles, seguramente. Pero hay algo más. Lo que cles altas m agistraturas: en el 443/2, en un momento
fue positivamente para quien la vivió, aquella aventura particularm ente delicado, adm inistró la hacienda de la
decisiva para el destino de Grecia, es cosa que acompa Liga ateniense, o sea, el tesoro de Atenas y el de una
ñó al «soldado de Maratón», Esquilo, toda su vida. En cuantía de repúblicas; en el 441-439, en la Guerra Sa
cambio, p ara Eurípides, hijo del 480, aquello rem onta mia, fue estratego juntam ente con Pericles y, por cier
ba a una época anterior a su propia vida, era un pasado to, vencida la flota ateniense, que teóricam ente capita
que encontraba solamente bajo especie de recuerdo de neaba el general-poeta, po r la que m andaba Meliso, un
otros. Para Esquilo, un ejemplo, inmediato, de expe general-filósofo, y eleata p o r más señas; en el 428 pue
riencia. Para Eurípides, un pasado que ya está pasado. de que fuera otra vez estratego en el conflicto armado
Para Sófocles era un recuerdo infantil, pero propio y con los Anaítas; y, según alguno4, tam bién con Nicias,
que le acompañó en su juventud, al entrar en la nueva en el 423/2. Después del 421 (aquél fue el año de la Paz
época que bautizamos con el nom bre de Pericles. ¿Será de Nicias), Sófocles no parece haber tenido cargos po
ligereza contemplar, en el sincronismo de m arras, el líticos; pero, consecutivamente al desastre de Sicilia,
símbolo del modo de pensar de u n poeta que se sentía ha pertenecido, en el 413-411, al suprem o Consejo de
muy de su tiempo, pero tam bién m uy dentro de la tra los Diez Probulos (Aristóteles, Ret. III 18, 1419 a 26).
dición heredada, del poeta que si, una vez, ha llamado Lo dice, y lo dice casi bien, el biógrafo de la Vida
al hom bre «lo más terrible» (Antígona 332-375), esto anónima, cuando asegura que Sófocles como político no
es, campo de batallas donde alternan maravillas y ho era gran cosa, pero sí «un buen ateniense». Por modes
rrores, otra, ha considerado a los hom bres, diminutos, ta, sin embargo, que haya sido la influencia de Sófocles
iguales a «nada» (Edipo Rey 1186-1188), la palabra más como hom bre público, si su pueblo, el alto y el bajo, le
horrible que puede pronunciar una boca viva? Son dos confió sus soldados y sus dineros en horas agudas, fue
ejemplos, tomados entre otros. porque confiaba en su crédito m oral para cum plir la
Su relieve en Atenas no fue sólo literario. No se li encomienda. En su elección como estratego en el 441
m itó a participar, como ciudadano raso, en los actos influyó, según el biógrafo, el éxito de Antígona. Una
civiles, sino que condujo una vida política activa en crítica positivista se apresura a afirm ar que aquí trope
cargos útiles a la rep ú b lica3. A su espíritu clarividente zamos con el típico error post hoc, ergo propter hoc.
no se le ocultaría la dirección que tom aba la vida po Tal vez. Se comprende perfectam ente que no se trataba
lítica en Atenas bajo la agencia de Pericles y luego de de prem iar con el generalato al buen dram aturgo: la
que el Areópago perdiera su influencia en el 462. El historia ofrece pocos casos de ta n herm oso prodigio.
caso es que Pericles (a quien sus contiguos aplicaban Pero acaso, y con toda seguridad, fue el buen sentido
el cognomento de «el Olímpico») fue su «jefe político» político (política, en la acepción m oral de la palabra)
evidenciado en esa pieza p or un dram aturgo que hace
3 Cf. V. E h ren b e rg , Sophokles und Perikles, Munich, 1956,
páginas 144-173. Una actitud hipercrítica adopta H. C. Avery, «So 4 H. D. W estlake, «Sophocles and Nicias as colleagues», Her
phocles’ political career», Historia XXII (1973), 509-514. mes LXXXIV (1956), 110-116.
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decir al hijo del . tirano «una ciudad que pertenece a dios Asclepio, traída de Epidauro, y le dedicó u n altar
uno solo, no es una ciudad» (v. 737), el que le atrajo la y un himno, ejerciendo el oficio de preste de los héroes
sim patía de muchos espíritus francos y graves y le abrió Halón y Amino. Es poco decir que el sacerdocio era allí
un crédito liberal en cuanto a cum plir con perfecta «acto político». La verdad es que ideas m uy arraigadas
honestidad las obligaciones de su cargo. en lo religioso (como «mancha», «purificar», «sanar»)
En correspondencia ferviente al am or de sus convilla tienen particular im portancia en la obra conservada
nos, amó Sófocles a su ciudad. Como «el más amante de Sófocles 6. Otra anécdota: un día fue robada una co
de Atenas», lo pondera el biógrafo y señala (Vita 10) rona de oro de la Acrópolis, Heracles le reveló al poeta
que, por no abandonar físicamente Atenas, rechazó las el lugar donde estaba escondida y Sófocles, con el pre
invitaciones de príncipes poderosos. Términos obliga mio conseguido, edificó un santuario al héroe Denun
dos de comparación son Esquilo y Eurípides, rindiendo ciador (una especie de San Antonio, buen auxiliador en
el viaje de la corte siracusana de Hierón y macedónica la recuperación de objetos perdidos).
de Arquelao, respectivamente. En otro sentido, en cuan Como poeta dram ático tuvo una gloria popular y
to mínimam ente extranjerizado, lo es Sócrates, el gran plebiscitaria. Su prim era intervención en el teatro, en
urbano; pero éste no se llevaba bien con todos sus el 468, fue prem iada con el máximo galardón, en com
conciudadanos, por tanto m oscardearlos. (Es de adver petencia con Esquilo. Tomó parte en treinta concursos
tir que el círculo socrático ha simpatizado particular trágicos, año tras año en la tem porada teatral (o sea;
m ente con la tragedia sofoclea5.) en las grandes fiestas dionisíacas), a lo largo de más de
Esa arm onía entre la tradición y la novedad (y no sesenta: dieciocho veces el jurado popular le otorgó el
necesariam ente un cambio de su m odo de sentir, con prim er prem io (lo que hace un total de setenta y dos
form e iba em pujando el volumen de su vida) explica piezas premiadas, y aún hay que añadir seis victorias
algún aparente contradicho biográfico. Como amigo de en las fiestas Leneas); nunca quedó el tercero. El pue
Pericles, nuestro poeta debió de conocer y tratar, en el blo bonachón le amaba con un afecto obtenido en reci
círculo pericleo, a una nueva generación ateniense, en procidad graciosa al que el poeta le profesaba. Esto le
filosofía y literatura, que hacía alarde de gran tibieza libró de caídas monum entales en su carrera dramática,
en m ateria de religión. De ese lado soplaban las co como las que a Eurípides le am argaban la vida y le
rrientes (a veces, esas corrientes son un vendaval). No turbaban el sosiego. Sófocles acertaba, en el más ele
olvidemos el caso Anaxágoras que, de no ponerse en vado sentido, con los gustos y disgustos de sus contem
cobro oportunam ente, acaso hubiera sido expilado y poráneos. Eurípides, en algunas cosas, hasta tal punto
quemado (quiero decir, suprim ido) por ateo. Pero a se adelanta a su tiempo y anuncia la dram ática del por
ese mismo Sófocles, amigo de Pericles, lo conocía su venir lejano, que nos parece un dram aturgo aquejado
pueblo con el bienaventurado vocablo de theosebésta- del «mal del siglo»... xix. Quizás p or esto, algunas pie
tos, como el hom bre más piadoso del mundo, desde zas suyas triunfaron sólo en el escándalo y el poeta
que, en el 420, acogió en su propia casa la estatua del
6 Cf. L. M o u lin ie r, Le pur et l’impur dans la pensée des
5 Cf. Jen o fo n te, Memorables I 4, 3. Grecs d’Homère à Aristote, Paris, 1952, págs. 147 sigs.
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que, como es natural, consideraría su propia obra alta que era un apasionado y muy vulnerable. Cicerón (De
como la luna, tan ladrada de perros, vivía amargado. offic. I 40) y Plutarco (Pericl. 8, 8) nos recuerdan el
La «felicidad» de Sófocles era proverbial en Atenas y, siguiente chichisveo: como en medio de una muy seria
asimismo, su buen carácter (Aristófanes, Las ranas 82). deliberación política llam ara el poeta la atención de
En sus tratos diarios de sociedad tenía un encanto hu Pericles sobre un bello muchacho, hubo de oír del es
m ano particular. Un botón de m uestra: cuando m urió tadista lo que Cicerón llama iusta reprehensio: «un
Eurípides (más joven que Sófocles, pero a quien éste caudillo debe tener no solamente manos puras, sino
sobrevivió unos meses), tuvo Sófocles el bello gesto de tam bién ojos puros». No m ucho después del 460, algo
presentar en el teatro a su propio Coro enlutado y sin menos que treinteno, desposó a N icóstrata, quizás im
corona, en duelo por su rival, cuya m uerte estaba re perfecta casada, de la que hubo u n hijo, Yofonte, de
ciente. En la vejez se dijo que estuvo un poco tocado oficio dram aturgo como el padre. Ya cincuentón tras
de la m anía del dinero, de cierta cicatería o codicia pe puesto, cayó en am or con Teóride de Sición, m eretriz
cuniaria, pasando de ahorrativo a tacaño: que, por aho respetuosa, y se envolvió con ella: de este am or nació
rrarse el alquiler de un barco, era capaz de «darse a la Aristón, padre de Sófocles el Joven, poeta trágico y
m ar sobre una estera» (Aristófanes, La Paz 695-699). nieto predilecto del abuelo, por encima de otro nieto
Este cargo y arruga de su vejez, de ser fundado, empa homónimo y legítimo. Por cierto que algunos filólogos 7
ñaría muy poco, relativam ente a las normales choche han atribuido esta historia del casam iento con Nicós
ces de otros viejos, la imagen de su buen carácter. trata y del am or a Teóride a una mala interpretación,
Estuvo adornado de perfección de rostro y cuerpo por chiste verbal, de un verso del poeta (fr. 765); pero
muy cumplida. La voz, algo débil, fue uno de los pocos aquí el único chiste es el de esos filólogos (el chiste de
dones naturales que le habían sido negados. Por esto, filólogo que, rara vez, hace reír y, alguna, hiela la san
quizás ( ¡pero recordemos a Demóstenes! ), no se dis gre), pues ni Aristón ni Sófocles el Joven son produc
tinguió en la oratoria pública, como otros políticos que tos de la imaginación.
aspiraban a dirigir la ciudad con el tim ón de sus larin Muy viejo ya y como algún im pertinente le pregun
ges; y, por esto, tampoco representó en persona pape tara si era capaz todavía de cohabitar con m ujer, «No
les de sus dramas, sacando alguna excepción: la Nau digas palabras de mal agüero. ¡Qué beneficio escapar
sicaa lavandera jugando a la pelota y el Támiris porta- de un amo rabioso! », replicóle en bello elogio de la
liras tañendo el instrum ento. Porque, eso sí, de joven edad que lleva aparejada consigo la inmunidad contra
se distinguió en los ejercicios gimnásticos (Eurípides, ciertos enardecimientos (Platón, República 329 b). Las
en cambio, detestaba el deporte), danzaba extremada ocurrencias certeras de Sófocles eran famosas. En la
m ente y de la música sintió siem pre Sófocles toda la Atenas de su tiempo se vivía en un medio de refina
fascinación. En lo erótico, toda su vida, en la mocedad m iento espiritual que se reflejaba en la conversación
ardorosa y en la edad provecta («cuanto más envejez entre personas cultivadas, en las tertulias misceláneas.
co, más me entusiasmo», pudo haber dicho), estuvo
7 E. M aas, en págs. 18-19, de «Die Erigone des Sophokles»,
consagrado a lo bello, y a los bellos muchachos, de los Philologus LXXVII (1921), 1-25.
16 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 15
muy presentes algunos pasajes herodoteos, en ciertos
Entre los tertuliantes que brillaban con desenvoltura
lugares señales de sus dram as. Los tan traídos y lle
graciosa, con franqueza elegante, revelábase Sófocles
vados vv. 904-920 de Antígona (que Goethe, por razones
como el más finamente m undano y capaz, en una sola
de g u sto 9, querría atetizar, encontrando algunos filó
frase, de dar cuenta y razón de acontecimientos y per
logos que le han dado gusto) pudieran responder a un
sonas. Sobre sus colegas de profesión se recuerdan al
pensam iento a la o rie n tal10, con ciertos ecos folklorís-
gunos juicios recortadam ente reveladores. Del misógi
ticos griegos; pero no es fácil negar que, en esos ver
no Eurípides (Ateneo, X III 557 e): «Sí, en la escena;
sos, funcione un apoyo memorístico en el episodio de
pero no en la cama». Del mismo (Aristóteles, Poética
Intafernes (Heródoto, III 119). Edipo en Colono 339
4, 1460 b 33): «Representa a los hom bres cuales son,
y Edipo Rey 980 se inspiran, acaso, en Heródoto, II
yo como deben ser», frasecita que revienta de significa
35,2 y VI 107, respectivamente, y, quizás, Electra 59-66
ciones y que tanto h a dado que hablar. De Esquilo, que
sea un eco de Heródoto, IV 95 ss. y IV 14 ss. De la
según malas lenguas componía en estado de ebriedad
cortesía de Sófocles da prueba su contestación a su
(hasta tal punto tenía el vino dichoso), esta flechilla
colega el estratego Nicias, como éste le invitara a to
envirolada (Ateneo, I 22 b): «Acierta, sin saberlo», con
m ar la palabra el prim ero, po r ser el más viejo: «Sí,
la que tam bién Sófocles parece hablar en platónico, sin
el más viejo en años, pero tú en m érito y dignidad»
saberlo, al pensar así del trance creativo (bromas apar
(Plutarco, Nic. 15,2).
te, la obra esquilea fue hecha «con furor y con pacien
Otro de sus amigos fue el poeta Ión de Quíos (fr. 8).
cia»). Los dos últimos dichetes revelan una plena con
Por cierto que, en su libro de memorias Epidemias
ciencia de su propio arte p o r parte del poeta que es
(«Las estadías»), nos legaba una bella estam pa del ca
cribió un tratado (perdido) Sobre él Coro y que fundó
rácter de Sófocles en sus m ejores años. Esta informa
un «tíaso de las Musas», donde los entendidos rendían
ción inapreciable nos es referida p or Ateneo, X III
culto a las Musas y hablaban de arte. Estas noticias
603 e-604 d; por su m ateria no puede ser más caracte
son muy interesantes, porque nos presentan a un Só
rística y por la persona de que procede no puede ser
focles teorizador de la poesía, tam bién él «un poeta de
más autorizada. Encontró Ión a Sófocles de recalada
la poesía», en relación sabia con su arte (inquietudes
en Quíos, cuando con ocasión de la Guerra Samia el
literarias, problemas profesionales) y tratando de cono
dram aturgo-estratego viajaba hacia Lesbos. Su anfitrión,
cer lo que significaban sus experiencias.
el próxeno de Atenas Hermesilao, le daba una comida.
Fue muy amigo de sus amigos. Con Heródoto, ver
Estando a manteles, el copero, un bello mozo, servía
bigracia, mantuvo relaciones amistosas, afectuosas re
cabe la lumbre del hogar, a cuya luz se encendían las
laciones. Contaba el poeta cincuenta y cinco años, cuan
mejillas del criadito. Muy impresionado Sófocles se di
do compuso en honor de su amigo una oda: de estos
plácemes versificados solamente se conserva el dístico
9 Cf. Eckerm an, Conversaciones con Goethe, 29-III-1827 (h a y
inicial, una especie de rúbrica titu la r 8. Un fino home
tr a d , esp., M a d rid , 1921).
naje de am istad rinde el poeta al historiador al tener 10 Cf. J. Th. K a k rid is, Homeric Researches, L u n d , 1949, p á g i
n a s 152-164.
8 E. Diehl, Anth. Lyr. Graeca, fase. 1, Leipzig, 19493, pág. 79.
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rige al muchacho y le pregunta si le complacería que ximándola Sófocles a la boca, de arte que cabeza y ca
él, Sófocles, bebiera suavemente y, recibida una res beza se juntaban, cuando lo tuvo muy cerca, cogiéndo
puesta afirmativa, le encarece que no se dé tanta prisa lo con la mano, le dio un beso. Todos rieron la astucia
al colmarle y retirarle la copa. Se sonroja el copero y la fina malicia. Comentaban: «Finamente ha engaña
todavía más y, entonces, Sófocles, dirigiéndose a su ve do al chico». A lo que Sófocles respondió: «Amigos, me
cino de mesa, le comenta: «Con cuánta razón y belleza ejercito en la estrategia. Pericles dice que yo entiendo
dice Frínico resplandece sobre las mejillas purpúreas, algo de poesía y nada del arte bélico. Pero, ¿no ha sido
de Eros la luz». Eritrieo, un m aestro de letras (didás- buena mi estratagema?» Ión añade que Sófocles solía
kalos grammátdn) y asno solemne, interviene con su hacer y decir cosas finas de esa suerte, cuando se sen
cuarto a espadas: «Sófocles, tú eres un entendido en taba a echar un trago de vino o cuando, en la sobre
poesía. Pero Frínico no lo ha expresado bien. ¡Llamar mesa de una comida, se hablaba inter pocula. La per
’’purpúreas” a las mejillas de un bello! Si un pintor sona del referente, amigo de Sófocles, presta plausibi-
pintara con púrpura las mejillas de este muchacho, no lidad a la historieta, como m em oria fidedigna de algo
parecería bello. Luego no cuadra que a lo bello se lo así sucedido y como testim onio im par del carácter del
compare con lo que no parece bello». Como se ve, el poeta trágico, compatible con ciertas alegrías y ciertas
maestrillo, además de hom bre de ninguna m undanidad eutrapelias.
y desprovisto de buenas formas, era un insensato, pues No deja de alcanzárseme que la biografía antigua es
locura es la pérdida del sentido de lo irreal y el buen un hervidero de anécdotas (a veces, graciosas y diver
hom bre confundía el ser real con el ser metafórico, el tidas) y que el terreno de lo anecdótico, propicio a la
ser como. Riéndose del pedante, Sófocles le responde: indiscreción y a la irreverencia, lo es tam bién a la in
«Tampoco te place, entonces, el dicho de Simónides, vención pura y simple. El lector obrará con pruden
que sin embargo es generalmente considerado como un cia si, después de lo que acabo de escribir sobre las
acierto Cuando la doncella desde su purpúrea boca en anécdotas, me pregunta po r qué, pues, las utilizo yo
vía la voz. Ni tampoco cuando el poeta se refiere al ahora. Si se me dice que es arriesgado fiarse de ciertas
cabello de oro de Apolo. Si u n pintor pintara el cabello fuentes, en las que casi todo es m ás dudoso que cierto,
del dios color amarillo de oro y no negro, la pintura declaro que pienso lo mismo; pero tam bién creo que,
desmerecería. 0 cuando dice de dedos de rosa. Porque muchas veces, las anécdotas responden a noticias fide
si alguien pintara los dedos color d e rosa, resultarían dignas, son un modo de transm itirlas (casi el único que
las manos de un pintor, no las de una beldad». Se rió conoce la biografía antigua), y que aunque, después, los
la blanda burla y el don Pedancio quedó cortado. Vol que las reciben de segunda y tercera mano pongan en
viéndose de nuevo Sófocles hacia el muchacho que, con ellas los adornos que pongan y les m etan añadiduras
el dedo meñique, quería ap artar una pajilla de la copa, e hijuelas, adornos aparte, todavía se descubre en el
le preguntó si la veía y, como dijera que efectivamente curioso anecdotario un fondo de verdad. Lo que sí de
sí, añadióle: «Sóplala y así no te m ojarás el dedo»; cididamente me parece cierto es que las que aquí he
y cuando el mocito acercó el rostro hacia la copa, apro referido nos proveen no tanto ni sólo de unos cuantos
20 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 19
rasgos biográficos sabrosos, sino de varias facciones jovial en su vida, bien habido con la vida. No creo que
decisivas del retrato moral del poeta biografiado. se oculte a nadie el interés y la ra ra sugestión que ema
Ayudará lo dicho para, relacionándolo con la obra na de este tema.
de Sófocles, tom ar el prim er contacto con un problema Feliz Sófocles. Vivió largo tiempo
que la misma nos plantea. Algo quisiera yo decir aquí y murió como un hombre feliz y diestro.
de la «psicología» de Sófocles, de su m anera de vivir Hizo muchas hermosas tragedias.
(tomando la frase en un sentido elevado) y del íntimo Finó bellamente y no soportó dolor alguno.
y profundo sesgo que su obra tiene. La leyenda nos
presenta al artista como hom bre jocundo y gran ama Este elogio fúnebre escribió Frínico en Las musas
dor de la vida, y la realidad dice claramente, en sus (fr. 1 = fr. 31 Kock) y, seguramente, lo suscribían los
tragedias, que Sófocles nos aparece como siendo el contemporáneos. Sobre el sentido que tiene el dolor ab
trágico por excelencia. Al mismo tiempo que nos dice soluto en la tragedia sofoclea, he escrito de largo en
que la vida es amarga, sonríe con gracia adorable a la otro lugar y, aunque no quiero repetirm e, algo diré
vida. Es verdad que en la obra literaria de cualquier tam bién aquí más adelante. Que tal alegría vital y con
trágico griego tropezamos tam bién con lo que a nos ciencia tan aguda del dolor humano, una vida así y una
otros nos semeja una antinomia. Sabida cosa es que el obra así hayan hecho residencia en una m ism a persona
mismo poeta que componía tragedias, componía igual parécenos el más bello de los ejemplos. Para sacar a
mente dram as satíricos. En Sófocles, en Eurípides y luz la obra bella, se necesita que el espíritu creador
en el más solemne de todos e ilustre, Esquilo, el públi participe, en alguna medida, de la experiencia del dolor.
co contemporáneo adm iraba tam bién a los m aestros del En Sófocles ha debido de ocurrir tam bién así. La cal
dram a satírico. Salvo en el caso de Eurípides, por h a ma, la ponderación espiritual, el equilibrio de la propia
berse conservado su Ciclope, nuestro conocimiento de personalidad no fueron, en Sófocles, u na fortuna del
estos talentos en los grandes poetas trágicos era nulo tem peram ento, por una fatalidad de la naturaleza, sino
hasta no hace muchos años. Pero negarles este aspecto el prem io de una gran victoria, conquistada no al abri
es mutilarlos. Hoy en día, los restos de un dram a satí go del puerto, sino venciendo entre el fragor de las
rico como Los sabuesos son tan im portantes para nues tem pestades. La biografía antigua nos presenta el re
tro conocimiento de la historia de este género literario, trato jovial y ponderado. El cordón vincular entre crea
como en cuanto complemento de nuestra imagen de dor y criatura, que sin duda se da en la tragedia sofo
Sófocles (algo parecido nos ha sucedido con Esquilo). clea, nos perm ite adivinar, por vislumbres, la otra cara.
Nos muestran, la cara jovial del poeta. Pero la antinomia Edipo en Colono, hija de su vejez, suena a amarguras
a la que aquí me refiero es particularm ente hiriente en no disimuladas. Pero ya los gritos, en térm inos alarm is
tas, del Coro en Edipo Rey, juntam ente con el coro
el caso de Sófocles, porque Sófocles es el trágico del
central entero (w . 863-910), constituyen la prueba de
dolor absoluto (supremo, insacudible) del hombre, afir
que, después de la peste de Atenas y de la revolución
mación ésta que hoy ya parece vulgar, de puro corrien
subsiguiente de costum bres y creencias (por no hablar
te y admitida, y, de otra parte, fue u n hom bre feliz y
INTRODUCCIÓN GENERAL 21 22 TRAGEDIAS
de la revolución de la política, m uerto Pericles muy es concordataria de los sentimientos íntimos de un pú
antes de tiempo), Sófocles veía que la ausentación del blico que estuvo aplaudiéndole más de sesenta años
sentido de lo divino en el m undo am biente estaba en en vida. M uerto el poeta, cuando estaba para acabar la
peligro terriblem ente próximo de producirse, que el guerra más terrible que entre sí movieron los griegos,
sentido de lo divino se cuarteaba envejecido, derruyén es fam a que Lisandro, el general espartano que asedia
dose, y que, de ocurrir así, perdería su finalidad el ofi ba Atenas, se vio forzado por una doble admonición del
cio mismo que el poeta oficiaba. Por aquí ha de bus dios Dioniso a dejar paso franco a las postreras pom
carse la experiencia dolorosa que el poeta debió expe pas que conducían al m uerto egregio hasta la necró
rim entar, por lo hondo, p ara convertirse en el trágico polis fam iliar de Decelia, a ocho millas de Atenas (Vita
por antonom asia y, sin embargo, legarnos un ejemplo 15; Plinio, Hist. Nat. V II 109; Pausanias, I 21,2). Al
de suprem a calidad personal, por el que le estamos pueblo ateniense, que tenía un corazón agradecido y
agradecidos. Un artista anónimo, pero excelente, con memorioso, el am or de gratitud le em pujó a guardar
tem poráneo de la restauración del teatro ateniense bajo piadosam ente la m em oria de Sófocles, el poeta que ha
el arcontado de Licurgo (por los años treinta del si bía hecho de su obra misión de alta piedad patria. Tan
glo IV a. C.), esculpió inm ortalm ente la figura de Só pronto m uerto, comenzó el culto de Sófocles. Los ate
focles. No era, desde luego, copia del natural, pues el nienses canonizaron a Sófocles, o sea, lo heroizaron
buen arte griego no es copia de las cosas, sino creación bautizándolo con el nom bre de Dexión, «el Acogedor»
de formas. E ra la incorporación plástica de la idea, en (Etym . Magn. 256,6), y estableciendo, en honor suyo, un
la m ente del escultor, del poeta trágico en la plenitud sacrificio anual. Este trato, propio de antiguos reyes y
de sazón. M ejor que bien consiguió el artista plasm ar fundadores de ciudades, le fue concedido en atención
la imagen de la hom bría del ateniense «como debe a sus antecedentes y hoja de servicios en el terreno
ser». Copia de esa obra de arte es el Sófocles del Museo religioso, «porque había recibido al dios de Epidauro»
Laterano. La cabeza fue m alaventuradam ente restaura (según más arriba alegamos); pero también, «por su
da al peor gusto clasicista; pero el vaciado de Villa excelencia», esto es, en hacim iento de gracias a su obra
Medici, anterior a la restauración, nos perm ite adm irar de poeta. En casos tales, la lengua griega habla de «des
un rostro sereno y grave, que parece recordarnos que treza» (dexiós es vocablo de laude muy fam iliar refi
no ha vivido plenam ente quien no ha rozado peligros riéndose a Sófocles): el poeta poseía esa destreza mo:
de m uerte. ral y cívica, inseparable de la destreza artística, a la
No ha sido, en otras épocas y manos, el teatro el que sus paisanos dirigían su aplauso.
modo literario que refleja m ás de cerca el carácter de Las fechas de su vida dem uestran una particular
un pueblo. Pero, en manos del genio y en épocas social vinculación entre Sófocles y su pueblo. La m uestra
m ente propicias, sí ha podido serlo. En Sófocles, lo es. igualmente su teatro, hijo de su época y de su pueblo.
Poeta de casta viva, con profundas raíces en emociones Pronto está dicho: hijo de su época. Pronto y mal, si
étnicas fundam entales (de la urbe ateniense y tam bién no se lo entiende debidamente. Pues aquí, una adver
de la Atenas profunda y agarrada al terruño), su poesía tencia. Corren ciertas interpretaciones (yo las juzgo
INTRODUCCIÓN GENERAL 23 24 TRAGEDIAS
caricaturales) de la tragedia sofoclea, que ven en cada el principio, esta nota se acentúa a m edida que el poe
dram a un reflejo ocasional de la anécdota política de ta se va haciendo más viejo...
la vida ateniense. Nada es la tragedia sofoclea en me También, en la concepción sofoclea del héroe y su
nor grado que un teatro que se atiene con dócil exac grandeza: una visión del hom bre, como campo dinámi
titud a las órdenes del tiem po en ese sentido pequeño, co de la acción trágica, sometido a fuerzas poderosas
de m enuda realidad. Un gran teatro, hijo de su pueblo que hacen de él, a la vez, algo poderoso y una nadería...
y de su tiempo, puede muy bien no ser, acaso deba no Igualmente, al enfrontar la relación entre lo divino
ser eso. Tales interpretaciones atenúan y restringen a y lo humano. En las tragedias de la prim era manera,
ciertos accidentes exteriores la irrupción de la vida en hasta Edipo Rey, el héroe (salvador, purificador), en
el arte. Nada más insofocleo. No nos referimos a eso. tregado a u n alto ñn de pureza, se siente un colabora
Nos referimos a una vinculación profunda que hace del dor de la divinidad; en las últim as obras, lo divino se
teatro sofocleo un arte genuinamente ateniense del si eleva a un a proceridad distante del hom bre, desde la
glo v, en características suyas esenciales. Aquí se trata cual se le manifiesta al final, desde luego; pero al hé
de radicar, esto es, determ inar dónde se asientan sus roe le falta la seguridad de su colaboración...
raíces, la actitud profunda que adopta frente al tem a Estas características, que son esenciales en el teatro
trágico el espíritu creador de un m omento histórico de Sófocles, las comprendemos m uy bien, cuando rela
determinado, la visión del sino dram ático del ser hu cionamos, en función respiratoria, al trágico con la at
mano; de ver cómo el artista convierte la sustancia m ósfera histórica (y sus cambios) de la Atenas de su
(no los accidentes) de su vida en m ateria de arte. tiempo y con la tensión, en su alma, entre la Atenas
Schadew aldt11 ha escrito bella y penetrantem ente so real y la ideal, por Sófocles trascendida hasta la cate
bre este tem a, centrándolo en tres aspectos: goría de lo clásico. Vistas así las cosas, entonces sí, lo
En la tragedia sofoclea se da u n juego, muy suyo, biográfico carga de emoción este teatro.
de cercanía y distancia en todos los planos: desde la El clasicismo de la tragedia sofoclea no es simple
lengua cordial y fría, al mismo tiempo, pasando p o r la trasunto exterior de una personalidad, la del poeta, clá
configuración de la acción dram ática a través de episo sico de nacimiento y por su esfuerzo personal. Hay una
dios y escenas, hasta llegar a aspectos más profundos perfecta compenetración con su pueblo y su cultura;
en la visión de la m udanza de la vida humana, tal y se nutre de ésta, para elevarse luego a una altura uni
como la contem plan los personajes, particularm ente versal y genéricamente humana. Es el resultado natural
cuando van a perderla y se despiden de ella en los tí de la conjunción de una personalidad excepcional y de
picos «adioses», al separarse de aquello que tenían y un gran contenido de hum anidad histórica (que el Mito
en lo que estaban y eran. Trátase de una tensión entre representa poéticamente): esta últim a es la m ateria, a
lo que une y separa: un hom bre nacido para la comu la que el poeta h a sabido dar forma.
nidad y que siente ese desgarram iento. Presente desde
Las formas de la tragedia sofoclea cuantas reformas, que voy a enum erar comenzando por
las que nos presentan a un dram aturgo atento a los
Más que otros géneros literarios pide, de suyo, el problem as de la corporeidad escénica de sus obras. Si
•teatro variación y reformas. Éstas fueron considera hoy generalmente gustamos de Sófocles po r la lectura,
bles en el desarrollo del teatro griego que comenzó en es a más no poder, y, en todo caso, que lo leamos en
el dram a sacro de las oscuras épocas, de donde salen, nuestra casa y, quizás, por la noche, en zapatillas y
como de entre nubes, las tragedias clásicas. La evolu junto al fuego no debe hacernos olvidar que el poeta
ción del teatro clásico ateniense, corta en años, ha sido componía sus obras para ser representadas como es
larga en iniciativas que traen novedad en los procedi pectáculo y en condiciones muy precisas.
mientos escénicos, en la técnica composicional o en el Acabó Sófocles pronto (Vita 4) con la tradición de
manejo de la lengua y de los motivos temáticos, ade que los autores representaran como actores sus pro
más de en lo tocante a m aterialidades y recursos de pias obras, et pour cause, pues, como antes se dijo, la
presencia del teatro. También por este respecto, el tea voz no le acompañaba. Los farsantes de sus dramas
tro de Sófocles ensancha los moldes y patrones anti fueron actores de oficio, un Tlepólemo (schol. Aristoph.,
guos, sin romperlos: su acomodación al odre viejo no Nub. 1266), u n Clidémides (schol. Aristoph., Ran. 791),
es la sumisa del agua al e n trar en la vasija, sino la un Calípides (a este últim o lo recuerda Aristóteles
activa de la luz que llena u n ám bito y le da un nuevo como actor im portante y discutido).
sentido. Las innovaciones, cuya conquista e invención Subió hasta tres el núm ero de actores (Vita 4; Suda;
habían de ocupar parte de la existencia de Sófocles, Aristóteles, Poética 4. 1449 a 19; Diógenes Laercio, III
fueron bien acogidas, porque hacían falta y porque no 56), que todavía en sus obras prim erizas seguían sien
rompían violentamente con lo admitido. No así siem do dos. Esquilo ha encajado lo nuevo en su Orestea
pre los propósitos reform istas del statu quo escénico, (tam bién Sófocles tiene influencias bien aprovechadas
emprendidos por Eurípides en su prim era época. Cu de su rival más joven, Eurípides, acogiendo algunas
riosamente (pero es reversión nada infrecuente), en su de sus novedades). Esta reform a fue muy im portante,
segunda m anera, Eurípides volvió a empalmar direc pues no afectó sólo al movimiento de personajes y a
tamente, en bastantes cosas, con el viejo Esquilo, gra los pormenores y servicio de la escena, sino que per
vitando hacia el arcaísmo sus propios procedimientos m itió a Sófocles triangularizar el diálogo, lo que no es
dramáticos; por lo que, pese a las apariencias, ha sido lo mismo que hacer intervenir en el diálogo a tres ac
Sófocles en este terreno el verdadero innovador. En su tores en dúo, de dos en dos (el ejemplo es muy cono
obra dram ática arde más de medio siglo de fatigas por cido; pero no renuncio a un ejem plo exacto, por el
hacer progresar el teatro. hecho de ser muy conocido: compárese la escena final
Según adm itida noticia, aunque no en todos los ca de Ayante, donde hay tres personajes que dialogan,
sos igualmente fehaciente, débense a Sófocles una serie pero no diálogo triangular —el patetism o «estaciona
de innovaciones o, dicho al modo griego, fue nuestro rio» no lo toleraba—, con el verdadero trío entre Edi
poeta el «prim er inventor» (prótos heuretés) de unas po, Yocasta y Creonte en Edipo Rey).
INTRODUCCIÓN GENERAL 27 28 TRAGEDIAS
Subió a quince el núm ero de coristas o «coreutas», que Esquilo había m antenido prim ordialm ente. Es po
que eran docena hasta entonces (Vita 4; Suda). Acaso sible que Sófocles, en sus comienzos, utilizara la forma
su escrito Sobre el Coro tocaba este asunto. trilógica (así, quizás, la trilogía de Télefo) para dar
Con Sófocles acredita fuero de admisión la esceno nexo y trabazón a las tres tragedias que, seguidas de
grafía (Aristóteles, Poética 4. 1449 a 19). Aunque no sa un dram a satírico, el dram aturgo griego presentaba al
bemos exactamente el alcance de la innovación en el concurso. Pero pronto hizo de cada una de las tres pie
atalaje y decorado de la escena, es obvio que estos zas un todo autónomo, así en la m ateria dram ática
asuntos de bastidores teatrales y decoración de los lu como en la acción; desde entonces, las tres piezas pre
gares buscaban dar una impresión más viva y coloris sentadas al concurso se ju n tan por la sola voluntad
ta; el estímulo fom entador más influyente procedería del poeta. Parece excusado insistir sobre la trascenden
de la pintura, pues el público, contem poráneo de los cia que esta innovación externa hubo de tener en la
progresos del arte pictórico, buscaría tam bién en la concentración de la acción sobre un solo individuo, el
escena teatral algunos atractivos pictóricos y sugesti héroe trágico, así como en la pérdida de im portancia
vos 12. Todo autor teatral es tam bién un poco alfayate: de motivos temáticos tradicionales, como el de la mal
se dice que, en cuestión de patrones indumentarios, dición familiar. Sófocles no presenta, como Esquilo,
Sófocles (Vita 6) introdujo el bastón recurvado y el grandes sucedidos a lo largo de toda una historia fa
color blanco del coturno de gruesa suela (lo grueso de miliar. Lo suyo es el individuo que obra su acción, con
ésta explica precisam ente el bastón, para evitar en lo lleva su destino y sufre su dolor. De donde se genera
posible las caídas; el inconveniente era un andar con un nuevo tipo de tragedia, de composición cerrada, ro
lento paso de vaca por la escena): este porm enor del tunda.
color del calzado, con blancura herm ana del lino, m a Con certera visión de los nuevos intereses teatrales,
terializaba acaso una interpretación plástica y crom á modifica Sófocles las norm as y cánones de la arquitec
tica de la escena, para que impresione en la distancia tu ra de la tragedia, y tanto las form as como su conte
del teatro. En cuanto a la música, asegura Aristóxeno nido, y no menos la función de las estructuras tradi
que Sófocles acogió el modo musical frigio. cionales, sufren los cambios precisos. Veámoslo.
Todas esas innovaciones nos ponen delante los ojos Los cánticos corales reducen su extensión, pero no
al hom bre de teatro, que no olvida que este género es, su relieve dramático. El papel del Coro sofocleo ha
además de otras cosas, un teatro p a ra la vista y para sido cuestión muy porfiada 13. Algunos han visto en él
el oído, un espectáculo de color, sonido y movimiento. lo que, con expresión acuñada por Augusto Schlegel, se
Reforma más im portante: desechó la trilogía (Suda), denomina «el espectador ideal». Otros, u n portavoz de
12 Cf., en general, K. Joerden, en págs. 379-389 de «Die Bedeu- las ideas del poeta. Otros, un actor que tiene su perso
tung des Ausser- und Hinterszenischen», en el vol. col. (ed. W. nalidad definida, la cual determ ina sus acciones y pala
Je n s), Die Bauformen der griechischen Tragodie, Munich, 1971. bras. En térm inos generales, a esta últim a opinión, que
Derrochan fantasía en sus reconstrucciones H. B u lle -H . W irz in g ,
Szenenbilder zum griechischen Theater des 5. Jahrhunderts v. 13 C. B ecker, Studien zum sophokleischen Chor, tesis doct.,
Chr., Berlín, 1950, págs. 4042. Francfort, 1950, págs. 1-16.
INTRODUCCIÓN GENERAL 29 30 TRAGEDIAS
era la de Aristóteles (Poética 4. 1456 a 26 ss.), se ha in Coro sofocleo un actor como los demás, nos parece un
clinado la erudición inglesa, que ha dado al problema prejuicio no menos dañino que la opinión tajantem ente
una interpretación, en efecto, m uy inglesa, reducién contraria; y que además olvida las diferencias que hay
dolo a algo habitual y consuetudinario y, en definitiva, entre los demás actores y el Coro, que tiene otras fun
negando la existencia del problem a. Entre nosotros, el ciones en su lirismo: suspensión, amplificación del epi
jesuíta Ignacio Errandonea se pasó la vida defendien sodio anterior descrito p o r modo lírico, contraste iró
do la tesis de que el Coro sofocleo es, en toda la exten nico con el episodio siguiente15... El papel de los co
sión de la palabra, persona d ram ática14. En cambio, ros sofocleos es algo más complejo y sinuoso. Es actor
la filología alemana, inserta en u n a tradición estética y expone en form a lírica y actúa según su carácter, de
de signo idealista, solía ver, hasta no hace mucho, en la m anera y hum or que le es peculiar: aconseja, co
el Coro sofocleo más un intérprete de la acción que m enta, jalea el infortunio del héroe como orquesta de
persona inm ersa en la ilusión dram ática, más la boca acompañamiento. Pero quien lee u n coro sofocleo so
del poeta que un «carácter». lam ente desde esa perspectiva, en lo que el sentido pa
¿Cómo orientarse en esta diversidad de pareceres? tente y superficial de sus palabras dice, como diciendo
Que el Coro sofocleo no ha de verse como instrum ento cosa clara y sencilla, se queda sin com prender mucho
de intempestiva predicación del poeta, llevado de furia de lo que en esas palabras, de aparente facilidad, se
ética o de prurito docente, parécenos evidente. Que el dice. Por contraria m anera, hay intérpretes que eviden
Coro es actor en Sófocles, lo admitim os porque, en esta cian gran penetración hasta el sentido soterrado (en
tragedia, el poeta dram ático y el poeta lírico no son profundidad y latencia) de los coros sofocleos, pero una
entidades distintas y los trozos líricos no están nunca como presbicia para captar el sentido cercano.
artificiosamente superpuestos a la acción, sino que son El Coro es «parte del todo» de una tragedia sofo
participantes naturales en su desarrollo, ya en un papel clea; pero la «orquestra» no se sitúa en el mismo plano
consiliario, ya reflexivo, ya prospectivo. Pero que sea el exactamente que la acción escénica, sino en un nivel
distinto (algo parecido les ocurre a los símiles homé
14 Cf., como resumen de sus ideas, I. E rran d o n e a, Sófocles. ricos o a los relatos míticos en la lírica coral arcaica).
Investigaciones sobre la estructura dramática de sus siete trage
También en este punto puede ayudarnos (desde con
dias y sobre la personalidad de sus coros, Madrid, 1958, y Sófo
cles y la personalidad de sus coros. Estudio de dramática cons ceptos que hoy son familiares en el análisis de otras
tructiva, Madrid, 1970. Me parece que Errandonea tiene razón estructuras literarias, como el relato) u n poco de aten
en algunas cosas; sólo que a veces ¡tiene un modo de tenerla!, ción a la estructura del plano comunicativo en el tea
como cuando defiende que en Edipo en Colono el Coro es el tro. Puede que ocurra como en la narración literaria,
verdadero protagonista, que confiere unidad a la pieza, o que,
en Electra, ésta y el Coro forman una alianza y el papel director cuando el narrador no sabe sólo lo que el personaje
lo tiene el Coro... No hablo aquí de otros temas de su exégesis, que habla o, incluso, menos que éste, sino que, en todo
verbigracia, cuando diputa demasiado sutilmente que en el He momento, sabe más (lo que técnicam ente se llama «fo-
racles del final de Filoctetes arreboza la cara el mismísimo Uli
ses, o que la Deyanira de Las Traquinias es una especie de 15 Cf. G. M . K irkw ood, A Study of Sophoclean Drama, Ithaca,
Medea hipócrita, etc. N. York, 1958, cap. 4.
INTRODUCCIÓN GENERAL 31 32 TRAGEDIAS
calización cero»). También el autor dram ático puede vamente hermosas de la literatura griega. Los coros
ser una especie de cripto-narrador, a condición de po sofocleos juegan ese juego, pu ra inteligencia, de armo
seer el arte necesario para, en ningún momento, pare- nía perfecta. Un leer pensativo de entram bos sentidos
cerlo. Sófocles poseía ese talento, que, tocante al diá es la clave que nos proporciona su m ejor entendimien
logo dramático, le ha sido reconocido desde siempre: to y el de la preciadísim a segunda realidad que tiene
me refiero, claro, a la «ironía trágica», en la cual a la vi esta obra de arte. Dicha lectura tiene su técnica no
sión lim itada del personaje se asocia y se yuxtapone la siempre fácil. La facultad elevadora del sentido se apli
visión ilim itada del dram aturgo que comunica su m en ca m ediante una táctica esencialmente evocadora, por
saje opuesto por el sentido al que comunica la inten que las palabras elegidas tienen ciertos dobles fondos
ción de la persona que habla. ¿Por qué negar, en los y las frases, a veces, parecen lo que no son y son lo
Coros, al poeta un recurso que le concedemos en el que no parecen (por lo demás, la táctica no es exclu
diálogo? La ignorancia de este hecho sencillísimo hace siva de Sófocles: se m e acuerdan los medios sutiles,
caminar muy desnortados a muchos intérpretes de los casi pérfidos, de que se vale Eurípides p ara dar expre
coros sofocleos. sión a ciertas ideas peligrosas, nadando y salvando la
El cariz sutilísimo de un coro de Sófocles consiste ropa). Pero no se piense que nos las habernos con una
en que el poeta ha sabido acoplar a las palabras del poesía de intelectual clausura, de artificio mental. Para
Coro como actor (pensam ientos superficiales, a veces; que su m ensaje sea recibido, com prendido y convivido
a sus orígenes dionisíacos sigue siendo el espejo que por los espectadores (cada cual, conforme a sus posi
son un comentario más general, en los que el Coro fiel bles) el poeta ofrece asideros convenientes: lo que debe
a sus orígenes dionisiacos sigue siendo el espejo que entenderse se nos da por relaciones, en definitiva, os
recibe la imagen de lo divino, y tam bién pensamientos tensibles, por una combinación de espejos claros; por
suyos propios. Ni Sófocles se da todo en sus coros, ni el juego acordado de expresiones nucleares insistentes
se esfuma totalm ente de sus dramas. El Coro es actor, en proximidad o a distancia (Fernverbindungen); por
sí; pero las frases y pensamientos del Coro, aparte de el contraste y como contrapeso de u n pasaje con otro
poetizarlos líricamente, los somete Sófocles —maravi corresponsal suyo. No se tra ta de todo un cuerpo de
lloso taum aturgo del idioma— a un proceso de profun- módulos y reglas de exquisitez técnica, de una compli
dización y elevación y los convierte en una expresión cada estética (del orden de las que alim entan el que
cargada, para nuestros oídos, de otro sentido no menos hacer de los m atemáticos), sino que la cosa es de una
dramático y, para nuestro espíritu, de un brillo nuevo. construcción tan sencilla como penetrante su efecto...
El reflejo de las palabras del Coro aparece sobre el para el oído griego que fácilmente percibía las impli
agua quieta, pero por debajo hay una hondura que da caciones, insinuaciones, alusiones. Para nosotros, en
a la imagen profundidad y la dota de una nueva di cambio, es un poco tra ta r la frase hecha deshaciéndola
mensión. H aber organizado en una lengua poética inte- y rehaciéndola en una lectura restauradora de la uni
gradora, en un nivel de superior categoría lírica ambos dad de su doble sentido... Para desentram ar los secre
sentidos, es en Sófocles una de las cosas más definiti- tos de una tal lectura, deberíamos hacer alguna cala
INTRODUCCIÓN GENERAL 33 34 TRAGEDIAS
y dar una m uestra del método. No es éste su lugar más m a obra (lo que en el argot teatral de nuestros días se
indicado. Para esto, léanse los comentarios a los coros dice «doblar») es hoy cosa excepcional, reservada a
de Antígona, por diligencia de G. M üller 16. Yo propio partiquinos, po r razones de economía, o bien al luci
he intentado algo semejante, tratando por menudo los m iento de divos en dobles papeles; pero en el teatro
coros de Edipo R e y 17. ateniense, con sólo dos o tres actores, era cosa normal.
En cuanto a aspectos formales en el m anejo sofo También «llenan» los coros intervalos temporales, por
cleo de los coros, he aquí unos pocos datos. Su exten supuesto que de un tiem po absoluto y que no guarda
sión es intermedia, relativamente a los otros dos trá relación con la duración real del canto: esto menos en
gicos: una m edia de 48 versos, frente a 69 en Esquilo Sófocles (8 de 36 coros, un 22 °/o) que en Esquilo (8 de
y 46 en Eurípides. Por buscado contraste los más b re 29, un 28 %) y mucho menos que en Eurípides (38 de
ves son los que preceden al éxodo, o sea, en Sófocles 87, un 44 %). La «pausa» m ás fuerte la m arca, en
(y Eurípides) al cuarto o quinto estásimo (en Esquilo, Sófocles, el estásimo prim ero, tras el prim er tercio
al tercero); los más largos se sitúan hacia la m itad de más o menos de la pieza, m ientras que en Eurípides
la pieza y tienen una extensión aproxim ada de vez y suele estar en el estásimo segundo, delante aproxima
media mayores que los prim eros. E sta proporción es damente de la segunda m itad de la pieza. En cambio,
todavía mayor entre el párodo y el coro final (tantos son débiles las «pausas» después del párodo y antes
por ciento expresivos: en Sófocles, 2,7/1; Esquilo, del éxodo, de donde surte que un dram a en cinco epi
2,5/1; Eurípides, 2,2/1). Los cánticos corales sofocleos sodios tendería naturalm ente a originar un dram a en
son, generalmente, antistróficos y en una proporción tres «actos».
del sesenta por ciento se cantan con la escena vacía; No puedo en este lugar hacer expresa (porque ello
pero en el Sófocles tardío (Electra, Filoctetes y Edipo exigiría mucho espacio y una disciplina de alto tecni
en Colono) aum enta la frecuencia de los amebeos, es cismo) una caracterización del verso coral sofocleo.
decir, cantos alternados entre Coro y actor. No se ol Más que de grandes audacias en la renovación de for
vide que los coros generalmente separan episodios y, mas, se trata de lo perfecto de la ejecución artística en
rara vez, los suplantan (choriká epeisodiká)·, al quedar una serie de delicadas, diminutas maravillas, así en el
vacía la escena, esto perm itía que el actor que desem uso de los diferentes tipos de verso, como en el diseño
peñaba más de un papel, pudiera cam biar de vestido: prim oroso de los periodos m étricos compuestos de nú
el haber de incorporar más de un personaje en la mis- meros concordes: los «números poéticos», que es el
concepto antiguo de la poesía, afectan también, y muy
16 Sophokles: Antigone. Einleitung und Kommentar, Heidel particularm ente, a este territorio de la periodología,
berg, 1967; «Ueberlegungen zum Chor der Antigone», Hermes tan esencial como hoy sabemos (harto más que la colo-
LXXXIX (1961), 398-422; «Chor und Handlung bei den griechi
schen Tragikern», en el vol. col. (ed. H. D i l l e r ) Sophokles, m etría, que algunos traductores presentan como el úni
Darmstadt, 1967, págs. 212-238. co dios que merece sacrificios; ante todo hay un deber
17 «Los Coros de Edipo Rey: notas de métrica», Cuad. Fil. de trasladar con fidelidad esta arquitectura periodoló-
Clás. II (1971), 9-95. gica); Sófocles compone los periodos de una m anera
INTRODUCCIÓN GENERAL 35 36 TRAGEDIAS
muy suya y elegantemente sencilla 1S. En especial ad tico y el relato, en Antígona, Edipo Rey y Electra do
miramos en Sófocles la m aestría soberana con la que mina un plan riguroso en los episodios y escenas, que
articula la m étrica y el sentido, la com postura de las se suceden con sujeción a sabias norm as, ya por con
formas m étricas y el moldeamiento conceptual, de suer traste, ya por gradaciones; finalmente, en Filoctetes y
te que la adecuación m etro y sentido —tal el cristal—■ Edipo en Colono lo dom inante es una construcción
parece orgánica y no producto del arte 19. Cuando lee sim étrica del conjunto, de traza concéntrica en torno
mos estos coros, nos sorprende la abundancia de res a un eje de aplomo de una serie de movimientos: las
ponsiones verbales que, por el cauce del verso, se co escenas se despliegan como dos alas simétricas a am
munican con paladinos o secretos hilos de intención y bos lados del eje 20.
sentido. Nos convencemos de que toda colaboración El prólogo (una o tres escenas) form a un preludio
entre métodos métricos y estilísticos es aquí posible... relativamente independiente, «exposición» y etopeya
y necesaria. Creo que quienes no lo ven así, sólo rozan que contienen in nuce la tragedia, en Ayante, Traqui
las orillas de esta poesía exquisita e intensa. nias, Antígona y Edipo Rey; en las tres tragedias poste
A la reducción en extensión de las partes corales riores prepara y ya inicia la acción.
corresponde el enriquecim iento de la escena en m últi Primer episodio: bipartito, o sea, con dos escenas
ples aspectos en la construcción y organización de las (coro-actor, segunda entrada de actor); en Ayante y
formas, en el fondo y en la función dentro de la eco Traquinias se continúa la exposición del conflicto ini
nomía dramática. ciada en el prólogo (junto con la etopeya de persona
jes); en las demás piezas, es ya el prim er eslabón de
Empezaremos por los últimos. La articulación del
la cadena conflictiva; la prim era escena funciona como
drama en episodios y escenas y la construcción interna
retardación y como recapitulación de los motivos de la
de los mismos (cambios variados y, a veces, bruscos;
«introducción»; la entrada que abre la escena segunda
acciones contrarias, acciones paralelas...) nos m uestran
se presenta como sorpresa (opuestam ente a lo que su
no ya al dram aturgo diestro y efectivo, sino la seguri
cede en Esquilo) y, entre ambas escenas, se da un con
dad del m aestro ajedrecista y form idable arquitecto de
traste. Segundo episodio: h asta Electra, el conflicto se
estructuras teatrales. Se percibe cierta evolución al
extiende y tropezamos con el «nudo»; en Ayante y Tra
respecto. Mientras las prim eras tragedias conservadas
quinias lo constituye una sola escena entre actor y
(Ayante, Las Traquinias) están dominadas p o r lo paté
coro, sin entrada de personero nuevo; en Antígona,
Edipo Rey y Electra, lo integran dos escenas, con un
18 Cf. W. K ra u s, Strophengestaltung in der griechischen Tra-
godie, I: Aischylos und Sophokles, Viena, 1957, págs. 116-179; segundo conflicto en la prim era y, entre ambas, se pro
H. A. P ohlsan der, Metrical Studies in the Lyrics of Sophocles, duce la nueva entrada que origina un clímax o contra
Leiden, 1964; K. T hom am üller, Die aiolischen und daktyloepitriti- movimiento; en Filoctetes y Edipo en Colono trátase
schen Masse in den Dramen des Sophokles, tesis doct., Hambur- del mismo motivo central en movimiento, interrum pi
go, 1965.
19 Cf. D. K o rz en ie w sk i, «Zum Verhaltnis von Wort und Me
trum in sophokleischen Chorliedem», Rhein. Mus. CV (1962), 20 Cf. E. G a rcía Novo, Estructura compositional de «Edipo
142-152. en Colono», Madrid, 1978, págs. 272-279.
INTRODUCCIÓN GENERAL 37 38 TRAGEDIAS
do por un breve momento de reposo. Tercer episodio: y de sutileza bastante), algunas felicidades expresivas
en Ayante y Traquinias se revela el destino en una es que provocan nuestro asombro; en una palabra, un diá
cena doble, dividida por la correspondiente entrada; logo exactamente fiel a su cometido de reproducir los
en Antígona, Edipo Rey y Electra se prosigue el contra pequeños cambios en que consiste el vivir humano, todo
movimiento del episodio anterior, con una nueva en eso es en Sófocles maravilloso. La esticomitía, esto es,
trada de personaje (Hemón, el m ensajero corintio...); el canje alternativo y continuo de un verso para cada
en Filoctetes y Edipo en Colono se retrasa hasta aquí el interlocutor (funcionalmente afines son la disticomitía
segundo ataque conflictual y el más fuerte. Cuarto epi y la hemisticomitía), tiene en Sófocles una técnica fra
sodio: tanto en Ayante como en Traquinias catástrofe g u ad a22: evoluciona desde una form a estática, subordi
en escena (el cadáver, el m uriente); en Edipo Rey y nada en su función a las rhéseis vecinas (Ayante, Traqui
Electra, tercer grado del contramovimiento; en Antí nias), a una form a dinámica (desde Edipo Rey) que
gona se ofrece un quinto episodio, al intercalarse en hace progresar la acción dram ática y colabora al des
cuanto tal el ecce de Antígona ante Creonte. Éxodo: lo arrollo de las relaciones entre los caracteres. Del «diá
norm al es el tipo de relato-ecce; son excepciones Ayan logo triangular» algo se dijo m ás arriba. En los discur
te (en form a de conflicto entre Teucro, Agamenón y sos se afina, más cada vez, la expresión de los variados
Ulises, en pendant con la introducción), Electra (mêchâ- sentimientos del alma: vemos en ella una ganancia pro
nema en una serie de tiempos) y Filoctetes (deus ex gresiva, más que de intensidad de tim bre, de riqueza en
machina). En resumen: en la factura de las piezas con atinos y atisbos de matiz, en que está estribada la efica
servadas todos los episodios tienen carácter dramático, cia psicológica del dram a. Cierto sofocleísmo de nues
salvo el prim ero de Ayante, el cuarto de Antígona y el tro pasado inmediato (pienso, claro está, en Tycho von
segundo de Filoctetes; son biscénicos, antitéticos por W ilam ow itz23) nos reveló lo que Sófocles vale como
su m itad; el clímax procede en cinco escalones, gradua carpintero teatral. Ahora está de m oda no agradecér
dos: en m archa ascensional sube hasta el tercero, aquí selo, sin duda porque, junto a ese m érito, tuvo el de
cae la cumbre climáctica y, desde ella, inicia la bajada; m érito de ser muy ciego para apreciar lo que vale Só
el principio y final de la escala corresponden a relato focles como psicólogo. Verdad es que en esto de la
y ecce 21. psicología y del desenvolvimiento psicológico en el tea
Asistimos a un movimiento cada vez mayor del diá tro hay quien reputa gran psicólogo al dram aturgo que
logo. La precisión del lenguaje, la rapidez elíptica de pinta muy a la m oderna todo lo que hay que pintar...
las respuestas, exactamente representativas de la reac
ción psicológica inmediata, la capacidad verbal para 22 Cf. W. Jen s, Die Stichomythie in der frühen griechischen
traducir los movimientos del alma en la ágil contradan Tragodie, Munich, 1955, págs. 84-104, y B. S e id e n stic k e r, en pági
za del diálogo (movido, rico, de fuerza plástica certera nas 200-209 de «Die -Stichomythie», en el vol. col. Die Bauformen
der griechischen Tragodie, págs. 183-220.
23 Die dramatische Technik des Sophokles, Berlin, 1917 (re-
21 Estas averiguaciones las pormenoriza K. A ichele en pági impr., Zurich, 1969), y cf. H. Lloyd-Jones, «Tycho von Wilamowitz-
nas 68-73 de «Das Epeisodion», en el vol. col. Die Bauformen der Moellendorf on the dramatic technique of Sophocles», Class.
griechischen Tragodie (vid. nuestra nota 12), págs. 47-83. Quart. XXII (1972), 214-228.
40 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 39
gramaticales y semasiológicas 25 y a modo de inventa
menos los cuatro rasgos necesarios. Si abandonamos r i o 26, respectivamente; pero tam bién, como necesidad
prejuicios (bien sean wilamowitzianos, bien simplemen de crearse el poeta un nuevo instrum ento de expresión
te vulgares), daremos la razón al biógrafo antiguo, cuan literaria. Esta últim a perspectiva es la única que aquí
do asevera: «con un pequeño hem istiquio (soy yo quien nos interesa.
subraya) sabe Sófocles dibujar todo un carácter». En La lengua sofoclea trae u n nuevo estilo, que pone
esa pintura psicológica, el dominio de los recursos de novedad en el teatro ateniense. Se desarrolla en un sen
la lengua y su capacidad de virtuosism o (palabras de tido muy diferente al de la lengua de Esquilo y al de
doble filo) brillan en Sófocles particularm ente en la ex
la de Eurípides. En Esquilo dom ina la suntuosidad
presión de la ironía, la «ironía trágica» que destila de verbal, el poderío mágico de la palabra llevado hasta
las limitaciones y quimeras gnoseológicas del ser hu
el frenesí; el poeta agarra con zarpazo de genio las me
mano y que en la tragedia sofoclea está poco menos
táforas y un lenguaje altam ente figurado agita y hura
que omnipresente. cana su verso. El intervalo estético entre Esquilo y
El verso del diálogo y discursos es, como se sabe,
Sófocles es aquí notorio y se nos aparece como con
siempre el mismo; pero hay que añadir que en Sófo
tención y refreno (a veces, lo revolucionario consiste
cles tiene la gracia proteica de ser siempre uno y siem
en el refreno). Elimina Sófocles bastante de la magni-
pre vario, cambiante de cesuras expresivas de notas
locuencia esquilea, que parece puesta bajo la divisa de
agresivas o relentas, flexible en el reparto de vocablos
aquel verso final del soneto gongorino: «¡Goza, goza el
en la entidad versal o por el ritm o partido de un verso color, la luz, el oro! » La imaginería, menos frecuente, se
con antilabai; en una palabra, muy lejos de cualquier hace cada vez más eficaz. Pero de esa renuncia hace
anquilosamiento o momificación. El verso camina so Sófocles virtud, pues su lengua tiene densidad, se au
lemne o se desasosiega con elegante naturalidad de pa sentan de ella los vocablos de valor irresponsable y
labra hablada. Sólo en Sófocles puede este verso cabal vago. En cuanto a la música, lo suyo no es la sonoridad
gar sobre el siguiente, quiero decir, que una palabra se brillante, sino la calidad de sonido, dando la nota justa.
alarga de un verso al siguiente y suelda dos versos con Un botón de m uestra: la pasión del adjetivo, pasión
secutivos Z4. entusiasta y ferviente que tiene Esquilo, no conduce al
Completará nuestra imagen del a rte de Sófocles un epíteto ornam ental (los adjetivos que suenan y brillan
sumario bosquejo de su lengua. El estudio del diccio sobre la frase sólo porque dan form as eufónicas), salvo
nario del poeta y de su retórica, en cuanto variedad
bella del hablar, se puede encarar según direcciones 25 D. M. Clay, A formal analysis of the vocabulary of Aes
chylus, Sophocles and Euripides, tesis doct., Minnesota, 1958, y
24 Cf. J. D escro ix, Le trimètre iambique dès iambographes J. C. F. N uchelm ans, Die Nomina des sophokleischen Wortschat-
à la Comédie nouvelle, Mâcon, 1931, págs. 46 sigs., 109-115, 262, zes, tesis doct., Nimega, 1949.
288 sigs.; M. D. O lc o tt, Metrical variations in the iambic trime 26 Cf. E . B ru h n , Anhang (vol. VIII), a F . W. Schneidew in-
ter as a function of dramatic technique in Sophocles’ Philocte A. Nauck, Sophokles, B e rlin , 1899 ( r e p r . 1963); F. R. E arp , The
tes and Ajax, tesis doct., Stanford Univ., 1974 (micr.); S. L. Schein, style of Sophocles, C a m b rid g e , 1944; y W. B . S ta n fo rd , Sopho
The iambic Trimeter in Aeschylus and Sophocles, Leiden, 1979, cles «Ajax», L o n d res, 1963, p á g s. 263-280.
páginas 35-50.
INTRODUCCIÓN GENERAL 41 42 TRAGEDIAS
en los «relatos de mensajero» po r hom erism o27. La insistencia del procedimiento acaba por convertirlo en
fam iliaridad y comercio con Hom ero dejan numerosos rasgo propio; o ciertos tipos de trim em bración a que
sedimentos en todo poeta griego; pero Sófocles (en acostum bra acomodarse; o dos tipos muy sofocleos de
otro sentido el «más homérico» de los trágicos) utiliza expresión afectiva, uno que opera a base de parataxis,
con m esura el almacén adjetivatorio épico, y lo propio asíndeton y frases breves (Filoctetes 468-506) y otro
sucede con otros rasgos característicos de la casaca co que opera a base de un estilo periódico, en el cual el
m ún de la lengua épica: la enorm e serie de coinciden énfasis radica en la estructura lógica del periodo (Edi
cias de este tipo entre el gran poeta épico y Esquilo, po en Colono 1405-1410) 29, etc. Se trata, sin embargo,
que ha acumulado Sideras 28, no tiene paralelo en Só de algo más sutil y residente en el andar mismo de la
focles. frase, con una rapidez y un tem po peculiares, y en la
En relación con Eurípides, la lengua del diálogo so calidad personal de una lengua de inconfundible trazo
focleo es otram ente coloquial, tiene otra jugosidad y hasta el punto de que, anónim a la obra, no podríam os
nunca se avulgara. Lo peculiar de la palabra hablada vacilar al atribuirle autor, porque los diálogos de Sófo
sofoclea es haber logrado lo que llamaríam os perfecta cles, sin nombre, están ya firmados y los Coros de Só
fusión de un lenguaje que llega al espectador en un re focles, muy llenos de elisiones y alusiones y con una
sultado total de naturalidad y la dignidad literaria, la gracia más bailada, parece que el poeta los ha resellado
realeza de la palabra, de lo que, en definitiva, es una con firma en todo tan inequívocamente suya: como
trasposición estética (más distante que la de Eurípides muy bien se ha e sc rito 30, ante u n texto sofocleo difícil
de la lengua vulgar de la vida diaria, más exëlîagménë m ente se produciría la situación irritante que ha ocu
como dice Aristóteles, Ret. III 1404 b 8 y 1406 a 15). rrido ante algún texto anónimo, que unos han conside
E sta lengua resulta inconfundible y no sólo ni tanto rado «muy Eurípides», y otros, «muy Menandro».
por sus giros idiomáticos o po r la preferencia de cier La pregonada sencillez de esta lengua es aparente.
tas figuras retóricas (como el oxímoro o ju n tu ra de La claridad de entendim iento que, al prim er pronto, se
opósitos/que va contra la ley lógica «dos contrarios no crea en torno a lo que el diálogo dice, es ilusoria. Con
alguna frecuencia comprobamos su dificultad, inclusive
pueden caber en u n mismo sujeto») o por la receta sin
sobre algunos de sus traductores que tampoco la en
táctica propia y con pequeña variación, que tam bién la
tiene: verbigracia, el giro dialéctico binario (ni-ni, no-
29 Cf. F r . Z ucker, «Formen gesteigert affektischer Rede in
sino, tanto-cuanto), que responde a una costumbre m en Sprechversen der griechischen Tragodie», Indog. Forsch. LXII
tal muy de los griegos, se reitera constantem ente y la (1955), 62-77 (recogido en el vol. col. [ed. H. D i l l e r ] Sophokles,
Darmstadt, 1967, págs. 252-267).
27 Cf. L. B e rg so n , L’epithète ornementale dans Eschyle, So 30 A. Lesky, Die tragische Dichtung der Hellenen, Gotinga,
phocle et Euripide, tesis doct., Uppsala, 1956, y «Episches in den 1956, pág. 141. Quiere decirse que algo falla en el planteamiento
rhêseis aggelikaí», Rhein. Mus. Cil (1959), 9-39. de principio, cuando se plantean disputas como la suscitada en
torno a POxy 2452: cf. R. Carden-W . B a r r e t t , en pág. 117 de op. cit.
28 A. S id e ras, Aeschylus Homericus. Untersuchungen zu den
en nuestra nota 41.
Homerismen der aischyleischen Sproche, Gotinga, 1971.
INTRODUCCIÓN GENERAL 43 44 TRAGEDIAS
tienden por completo (alguno hay que, después de ca que fría: no m a te 32, sino matizada; no sorda, sino con
lificarla de sencilla y diáfana, dem uestra luego que no sordina; no con voz débil, sino a m edia voz.
tenía razón y que no la entiende ni aun en el sentido Tanto en el plano de la acción como en el de la len
material). Un crítico antiguo hablaba ya de la «anoma gua, asistimos a la evolución desde algo estático toda
lía» de la lengua sofoclea. Oigo decir que el viejo Wila- vía a algo mucho más funcional. Vemos surgir leyes de
mowitz, después de haber tenido cátedra de tanta auto la composición y de la expresión seguras en Sófocles.
ridad en estas m aterias, confesaba encontrar en la len Cuando el oído y el ojo se fam iliarizan con ellas, reco
gua de Sófocles dificultades para adueñarse de ella que nocemos una dinamicidad, una fluencia dinámica admi
no había encontrado en los otros dos grandes trági rable. El vocabulario y sus combinaciones eléctricas,
cos 31. La descolocación en el enlace de palabras, tantas cuya onda tantos siglos después aún nos sacude: una
veces inesperado en el orden común de asociaciones, es palabra trágica, que no es cifra secreta del alma, sino
una dificultad más bien aparente: u n desorden con que algo fáctico y a c tu a n te 33, plástica, corporal, elástica.
se viste, en apariencia, un orden secreto. Cuando tra ta La trayectoria de la frase y de la acción dram ática tie
mos de ponerle orden, ¿orden?, pronto vemos que se nen en Sófocles una vibración peculiar. La frase ahora
trata de palabras en m ejor orden que el buen orden se tensa elástica, ahora crece, ahora lanza hacia lo más
esperable. Dificultad más real es la que toca a bastan alto la palabra exacta. La acción progresa paso a paso
para elevarse hasta su clímax — ¡y qué alta va la acción
tes cosas idiomáticas, para apreciarlas debidamente, y
en esa cum bre!— y, paso a paso, descender hasta el
a una sintaxis que perm ite casi todas las aventuras po
acorde final del drama. Es un juego de arcaduces que
sibles. Pero, sobre todo, es la dificultad natural de una
voltean, se cruzan y superponen, se elevan más y más
lengua que, desnudándose relativam ente de sonorida
alto. Todo vibra y se estremece como en un arco iris
des exteriores, busca músicas y m atices del alma, que
o encrucijada de vientos, es decir, no con un único co
procede por matices y medias tintas más que por con
lor o viento constante; pero todo según un orden con
trastes violentos. ¿Frialdad, como pregona el vulgo de veniente: «lo adecuado del modo adecuado y en el ade
los cultos? Nada es la lengua sofoclea en menos grado cuado tiempo», como viene a decir el biógrafo antiguo
(Vita 21). Tal en Edipo Rey: frase tras frase se suceden
31 Téngase presente, para comprender el alcance de la mo en tensa curva, conducida a través de inauditos hipér-
desta confesión del gran filólogo, que en la producción wilamo-
witziana (que es ella sola una biblioteca de más de setenta volú batos; las entradas escénicas cierran y abren escena
menes) la ocupación con la tragedia ática fue tema constante tras escena, episodio tras episodio y, entrem edias del
hasta el sketch titulado «Die griechische Tragodie und ihre drei m etal del diálogo, suena la cuerda de los Coros; la tra
Dichter» (Griechische Tragodien, IV, Berlín, 1923), contando Wila- gedia m archa hacia adelante y hacia arriba, y luego
mowitz setenta y cinco años, y desde un escrito de despedida de
colegio, o cosa así («Valediktionsarbeit», en la Escuela de Pfor-
ta), redactado a los dieciocho años, en 1867, editado recientemen 32 «Mattigkeit» dice, hablando de Filoctetes, Wilamowitz en
te por W. M. C alder, III: Inwieweit befriedigen die Schlüsse der página 84 de la obra juvenil que acabamos de citar.
erhaltenen griechischen Trauerspiele? Ein asthetischer Versuch, 33 Cf. W. S chadew aldt, en el concienzudo epílogo galeato a su
Leiden, 1974 (sobre Sófocles, págs. 70-95). Griechisches Theater, Francfort, 1964, págs. 493 sigs.
INTRODUCCIÓN GENERAL 45 46 TRAGEDIAS
refluye en sentido contrario hasta que, al fin, la acción el hom bre y los dioses toma nuevo giro. El hom bre
se hace pathos y todo se recoge en la corriente de la debe vivir por cuenta propia y el dram aturgo, con una
mentos, que interrum pen las palabras de Creonte, re sensibilidad muy suya, encuentra una nueva m anera de
cién llegado al poder... Tanto movimiento y variedad se ver la tragedia de los hom bres. El teatro euripideo es
articulan, por m inisterio artístico del poeta, en la uni flor amarga de un espíritu que acepta como hecho in
dad a la vez más libre y más estricta. evitable la discrepancia radical entre el hom bre y el
La lengua, verdadero órgano natural de la palabra dios y que no espera gran cosa de los dioses. Los hom
del héroe y de sus acompañantes; la acción dramática, bres sufren, con digna am argura, las burlerías de este
equidistante de la rigidez constructiva, algo ingenua, mundo y los encontrados giros de fortuna loca. Cobran
de Esquilo y del esquem atismo excesivamente artifi la libertad de organizar su propia existencia por natu
cioso de Eurípides... nos explican lo que la tragedia ral impulso de su ingenio, en cuanto es posible a un
sofoclea tiene de clásica, en cuanto polaridad y concier pobre humano. Descubren tesoros recatados dentro de
to entre m ajestad y belleza34. Pero, para term inar de sí mismos, unos valores autónom os y una dignidad pro
aclarar el secreto, debemos dirigir nuestra atención a pia que, en los viceversas y complicaciones de la exis
otro factor esencialmente coadyuvante: los personajes. tencia, saben m antener. La relación en tre el hom bre y
lo divino no es, en Sófocles, de consonancia, como en
Esquilo, creyente en una conciliación futura como si
El héroe trágico la viera. El héroe sofocleo advierte una discrepancia
'entre sí mismo y las fuerzas realm ente actuantes en el
Y entram os a hablar del héroe trágico sofocleo, «una
mundo; pero no a la m anera de Eurípides. El disol
imagen luminosa proyectada sobre una pared oscura»:
vente del conocimiento no ha liquidado, en el héroe
esta definición la sienta Nietzsche en El nacimiento de
sofocleo, el sentimiento íntim o de que el hom bre no
la tragedia.
es nada sin el dios. Su terrible dram a íntimo radica,
La relación entre el hom bre y lo divino en el teatro
de Esquilo es, en fin de cuentas, de consonancia y ajus precisamente, en que su soledad no es la de un indivi
te. Para Esquilo, robusto afirm ador del orden de la dualismo desesperado, sino u n reflejo existencial de la
Justicia representado por Zeus, el curso del tiempo da «excentricidad» del hum ano en su relación con lo di
a las tragedias de los hom bres la luz de un sentido: en vino; y como el desarraigo del hom bre con respecto al
lo porvenir encuentran, en una conciliación final, con dios es íntimo, es cosa de dentro que no tiene cura ex
suelo de su desconsuelo. De diferente m anera ocurren terna, por eso es particularm ente doloroso.
las cosas en el teatro de Eurípides, reflejo y transpa En este sentido, el teatro de Sófocles está concor
rencia de la revolución de valores contemporánea: ro ta dado íntim a y espiritualm ente con la crisis del espíritu
la conciencia de aquella consonancia, la relación entre griego irrum piente en los días que el poeta corría.
Como en todos los momentos de crisis, la vida es dual,
34 Cf. lo que decimos en págs. 57-70 de «Sobre lo clásico», coexisten una persistencia de lo antiguo con una ger
en el libro Experiencia de lo clásico, Madrid, 1971. minación de algo nuevo en conflicto con lo antiguo. El
INTRODUCCIÓN GENERAL 47 48 TRAGEDIAS
hom bre que una vez (una vez que ha durado varios si desengañado y tristón. Pero ningún otro trágico griego
glos) ha vivido en un repertorio sincero de creencias, ha sentido, como Sófocles, la absolutez del dolor de sus
arrojado a una circunstancia nueva y conflictiva, vive héroes, sin el m enor esperanzam iento en la interinidad
en una situación espiritual infinitamente dramática. del dolor. Es un dolor a lim ine y definitivo. No está
Más adelante, saldrá de una creencia para vivir en otra: enderezado ad maiorem gloriam Dei, como lección mo
cuando se queda sin aquellas convicciones, pero se ins ral constituida por m ateria ejemplificadora. Tampoco
tala en otras y en los nuevos entusiasmos que informan cabe hablar de condición expiatoria de este dolor que,
su época, su vida pierde poco a poco ese dramatismo. una vez apurado hasta las heces del cáliz, asegura su
Sin embargo, m ientras dura el tránsito, m ientras vive galardón al hom bre que ha sufrido y h a sabido peniten
en dos creencias situado en un um bral que es a la vez ciarse y es como la prim a que le garantiza un seguro
entrada y salida, su desarraigo de lo divino es un des de eterna bienaventuranza. Fuera un error sustantivo
garro íntimo, el de poder o no poder el hom bre hacer (pero es error bastante común) confundir a Sófocles
sin el dios, el de no tener en lo divino el hom bre el con Esquilo o con un poeta cristiano. No es el dolor en
asidero que tuvo y que no se sabe ahora quién lo lle- Sófocles trám ite interm ediario entre el sufrim iento pre
. nará. Y si es esa ausentación y presencia de lo divino sente y el gozo futuro. No tiene, para el hombre, salida,
porque es la señal de su hum anidad. Pero, precisamen
como de veras lo es, característica del dram a sofocleo,
te p or ser un dolor tan absoluto, es la condición, y no
más cada vez, así se explica una m anera suya de ser
hay otra, para que el héroe doliente cobre conciencia
exclusiva, y síguese de ahí que Sófocles fundam enta la
de su ser verdadero. El hallazgo de la propia alma, del
situación trágica en bases diferentes, y mucho más ra
más íntimo centro de ella, lo consigue el héroe en el
dicales, que Esquilo y Eurípides.
alum bram iento doloroso. El dolor insoluble, condición
La separación entre hom bre y dios concentra el dra irrem ediable de la vida del héroe trágico, es el medio
ma sobre el hombre, sobre su soledad, que ocupa el en el cual encara aquél su verdadero fondo sustantivo.
espacio escénico y constituye la situación trágica. Y por Estoy repitiendo, con la m ayor economía de pala
que efunde de la condición hum ana misma, insacudi- bras, algo que va siendo ya de común aceptación. No
ble, dicha soledad existencial está penetrada por la entro en pormenores ni cito pasajes demostrativos, que
am argura de un dolor supremo. en este lugar omito, po r ser cosa en o tra parte referida
La fuerza incomparable de la tragedia sofoclea resi y ven tilad a35. Son incontables las expresiones 36 que el
de en la figura aislada, en el dolor que descarga sobre
la figura del protagonista (el aislamiento empieza ya en 35 «El dolor y la condición humana en el teatro de Sófocles»,
el título, que es, en seis de las siete tragedias, un nom bre en De Sófocles a Brecht, Barcelona, 19742, págs. 13-83.
individual). El dolor del héroe sofocleo es absoluto, sin 36 Cf. J. C. O p s te lte n , Sophocles and Greek Pessimism, Ams
salida, y por eso es un dolor hasta la congelación de terdam, 1952, págs. 118-156. De un modo circunstanciado y escru
puloso, desde una perspectiva de semántica estructural, ha estu
los huesos. Los personajes de cualquier tragedia griega diado el venero de léxico del dolor en Sófocles M arcos M a rtín e z
son hom bres y m ujeres doloridos: se duelen gravemen HernAndez, La esfera semántico-conceptual del dolor en Sófocles,
te de sus desdichas con frases de brío o con acento tesis doct., Univ. Complutense de Madrid, 1981 (2 vols.).
INTRODUCCIÓN GENERAL 49 50 TRAGEDIAS
poeta pone en boca de sus personajes y en los melancó sabiduría. Tal es la fuerza terrible del dolor, en una
licos comentarios del Coro p ara señalar que la vida del tragedia sofoclea cualquiera.
hom bre es dolor, la desventura de vivir y la ventura El héroe sufre un dolor sin salida y sin conforta
de no haber nacido. Innumerables son tam bién los lu ción, que tiene la virtud de revelarle su verdadera ima
gares en que los héroes y heroínas de este teatro des gen, su yo más genuino, generalm ente de un golpe y
cargan su dolor con gritos y requisitorias pesimistas, en u n instante, in ictu ocüli. Una vez que se le ha reve
jaleados por el Coro, en son querulante, con sus excla lado la imagen, en la que él se reconoce, de acuerdo
maciones dolorosas y versículos de tipo más clamador con ella decide irrevocablemente, sin dar su brazo a
que métrico. Sófocles ha experimentado más profunda torcer, sin apearse de eso. Antes que dim itir de su ser,
m ente que ningún otro poeta griego, trágicos incluidos, prefiere el desastre, m ortal con frecuencia. No puede,
la condición doliente de la existencia humana. Sus hé no sabe, no quiere transigir; de donde se saca que la
roes, transidos de dolor, sufren la limitación de la hu consecuencia de su intransigencia es su soledad, el ais
mana condición sin esperanza, sin tener siquiera el lam iento to ta l37: esta idea de que el hom bre sólo es
desahogo de la rebeldía o de la desesperación que co en su verdad, sólo es en sí mismo, cuando es en su so
rre por el subsuelo del teatro euripideo. Ocurre, ade ledad, ha encontrado en la fisonomía del héroe sofocleo
más, que el espectador no puede preguntarse por culpas su perfil representativo. En su arisca insularidad, en
m edio de una hum anidad circuidora que no le com
y castigos, sino que, y a causa de que esos desdichados
prende, el héroe se siente solo, abandonado. Parece
son generalmente inocentes, su sufrim iento les viene de
que, entre las otras que tiene, una de las misiones del
la condición humana, nacida en el dolor. Esto, por una
Coro es hacer que el héroe se sienta solo: cuándo le
parte.
trae su m isericordia y su consuelo locuaz, pero, al con
Pero, por otra parte, precisam ente por ser un dolor
dolerse, se alimenta de tópicos sociales que contrarían
tan absoluto, es el lugar hum ano donde sale a luz lo
al héroe; cuándo le trae su desaprobación y le aconseja
m ejor y más verdadero del hombre: es de calidad que,
que cambie de opinión. De un sentim iento raíz de sen
al que lo padece, revela su verdadera verdad. El dolor tirse solo, incom prendido de las gentes, que exacerba
sin salida, por su carácter inclusivo y total, porque no
su dolor, deriva en parte el autorreconocim iento del
admite soluciones externas, posee la fuerza de revelar
héroe y la voluntad de m antener su decisión a todo
al hom bre, levantándose éste desde lo más suyo hasta precio, contracorriente de los hombres. En medio de
que llega a la conciencia de sí mismo por el dolor. Aquí un m undo de lo razonable y de lo utilitario, el héroe es
palpamos la condición aneja al dolor, de crisol que se
para la verdad de la apariencia, la pulpa del hollejo, la 37 Cf. B. M. W. K nox, The Heroic Temper. Studies in Sopho-
esencia desnuda, en cueros, de un carácter de su fiso clean Tragedy, Berkeley-Los Angeles, 1964, págs. 10-25 (ésta es la
nomía ficticia. Este dolor hace que el héroe sea por p ri tirada que tengo a la vista, pero hay otra de 1966), y H. D i l le r ,
«Ueber das Selbstbewusstsein der sophokleischen Personen»,
m era vez lo que él es y que su puesto en el mundo se Wiener Stud. LXIX (1956), 70-85 (recogido en Kleine Schriften zur
le revele como lo que realm ente es. El dolor genera antiken Literatur, Munich, 1971, págs. 272-285).
INTRODUCCIÓN GENERAL 51 52 TRAGEDIAS
el gran incomprendido, el inconvencible, el que no otros contrastes: vitalidad y razón, naturaleza y cultu
atiende lo que le dicen, p ara los mediocres el hombre ra, etc.) surge, en Sófocles, de la conciencia de la limi
sin mesura; en realidad, el que no oye ni ve más que tación del conocimiento h u m an o 3S. Precisado en estos
aquello que le sale del corazón: u n deber ser así y un térm inos el contraste divino-humano, en cuanto dilema
no poder ser de otro modo. Ayante tiene u n solo pen trágico, se convierte en el ángulo insustituible, desde el
samiento, el recobro de su honra perdida. Antígona, el cual debe leerse la tragedia sofoclea, no sólo en casos
derecho del m uerto a sepultura. Edipo, la persecución evidentes, como Edipo Rey o el «discurso engañoso» de
de la verdad que, revelada, purificará a Tebas. Electra, Ayante, sino en todos los casos. Lo trágico de su exis
tencia le viene a la simiente hum ana más por defecto
la venganza de la m uerte paterna, p ara que la casa se
de cabeza que por vicio de corazón.
purifique... Por esa vía caen en graves malaventuras:
Claro que, al procurar el héroe sofocleo por que la
dolor aún más intenso, m uerte.
justicia y la verdad no solamente valgan y sean reco
Pero sería ligereza insigne in terpretar que la sole
nocidas, sino, en cierta m anera, por hacerlas originarse,
dad del héroe le nace de sentirse abandonado de los
nacer de nuevo èn este mundo, está y se pone, en cuan
humanos, sin alma amiga, cuando la verdad es que esa
to hom bre, en consonancia con lo divino y es, en la
últim a soledad simplemente se sobreañade y exacerba voluntad del poeta, un hom bre «como debe ser» el hom
la más radical soledad que le nace a la existencia hu bre. Sólo que tal consonancia no es la tranquila del
mana de su excentricidad con respecto a lo divino. Lo sabio que se recoge a sus solas y se abism a en soledad,
imperecedero y sempiterno de la Divinidad —que, con sino que es dolor indecible, soledad total, m uerte. En
esta pureza, ni Esquilo ni Eurípides han reconocido— cualquier caso, el sucedido trágico centrado en el dolor
constituye, en cualquier tragedia de Sófocles, el fondo del héroe es acreditación de lo divino, todavía docu
sobre el cual se destaca lo flaco y fallecedero humano, m ento literario del «misterio» del hombre.
su caducidad y efimerismo a m erced del tiempo y la Me im porta añadir, muy p o r lo sumario, dos no
fragilidad de su dicha y su grandeza. Ahora bien, la tas complementarias. La prim era se refiere a cierta
voluntad del dios, que ejerce su dominio premioso so compensación, esperable en un teatro que pinta tan a
bre el hombre, es una fuerza extraña a éste, hostil. Su lo vivo la soledad del hom bre vista desde su relación
hostilidad no proviene de avieso natural, sino que el con lo divino. El contrapeso lo constituye el descubri
dios es hostil al hombre, en cuanto incognoscible para m iento de finos valores de hum anidad en la relación
éste o cognoscible solamente al precio y al térm ino de interindividual. A un nivel distinto de la proceridad es
una experiencia dolorosa, que coincide con la acción cotera, insolidarizable, del héroe solitario hay, en el
trágica en su conjunto. Así el problem a de lo trágico se
hace, en Sófocles, problem a de conocimiento o, m ejor 38 Tema que ha rendido, en su labranza, frutos exquisitos
en el estudio de H. D i l le r , «Gottliches und menschliches Wissen
digo, de ignorancia, esto es, no de ausencia de conoci bei Sophokles»: coleccionado está este trabajo en el vol. col.
miento, sino de un conocimiento ilusorio, de apariencia Gottheit und Mensch in der Tragodie des Sophokles, Darmstadt,
que entra en tensión con la verdad. El sentimiento trá 1963, págs. 1-28, y en Kleine Schriften zur antiken Literatur, pá
gico de la existencia (que, en otros trágicos, efunde de ginas 255-271.
54 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 53
titularm ente el trágico del hom bre, que ha esculpido al
teatro de Sófocles, algunas figuras nobles (Ulises en
hom bre «como debe ser». La correspondencia entre el
Ayante, Neoptolemo en Filoctetes, Teseo en Edipo en
arte temporal, la tragedia, y el arte espacial, la escul
Colono...) que descubren su hum anidad a la luz de su
tura, es obligada y justa. El dolor lim pia al hom bre de
finitud y de su reconocimiento en la desdicha de los
todo lo accesorio y lo reduce y aprieta a su figura ver
otros 39, con quienes fraternizan, comunican y se socia
dadera. El dolor ha delineado, en la escena sofoclea,
lizan.
unas figuras de exacta cuadratura, siem pre admirables
En segundo lugar, debo salir al paso de una obje
para vistas. Dotados de magnífica arquitectura son per
ción previsible. En efecto, pudiera argüirse que, cuan
sonajes imposibles de olvidar, se hincan para siempre
do se hace pivote fundam ental del pensamiento sofo
en la memoria. La tragedia sofoclea es bello arte plás
cleo la contraposición: apariencia del m undo hum ano
tico y la más verdadera escultura de hombres. El trá
frente a realidad del m undo divino, estamos olvidando gico verdaderam ente lapidario, escultor de figuras de
que esa contraposición puede trad ucir la modalidad hom bres como deben ser, ni semidioses ni demasiado
m isma de la escena dram ática, admirablemente explo humanos, nos significa tam bién en este respecto, sobre
tada por m inisterio artístico del dram aturgo, y saltán todo en este respecto, u n ejem plo de arte clásico por
donos los límites entre realidad y arte, en deplorable excelencia, de tragedia clásica ne varietur40.
confusión. El hasta dónde llega el efecto teatral y hasta
dónde el pensam iento íntim o del hom bre Sófocles, es
cuestión sobre la que no puedo hacer juicio seguro. La obra y su cronología
Pero yo me pregunto si la frontera entre arte y realidad
es tajante, cuando el arte consiste en la teatralización La tradición atribuye a Sófocles unas 123 piezas, en
de la tragedia del hombre, y la realidad es el gran tea tre tragedias y dramas satíricos, caso portentoso de fe
tro de la existencia. Nos sentimos solicitados a objeti cundidad, aunque sean, en núm ero, diez veces menos
var la experiencia literaria del artista en experiencia que las comedias de Lope. De todo ese latifundio dra
hum ana suya y a pensar que el arte devuelve a la vida m ático el tiempo, que cura o m ata, hizo su tría y ya, al
lo que la vida le dio. Si el lector de este teatro conside menos, en el siglo iv d. C. se había hecho una selección
ra igualmente auténticas y esenciales, para su propio con las siete tragedias que conservamos íntegras. A lo
uso, las fuerzas que se expresan en el mismo, vehicula- mucho que se puede encontrar en la tradición indirecta
das por la palabra trágica y por el gesto escénico, y tie (en citas, obras eclógicas, traducciones latinas), los pa
ne estos dram as por texto sagrado (Hôlderlin, W. F. piros han añadido nuevos fragm entos41, algunos tan
Otto), ésa es cuestión personal suya.
Lo que me queda por decir, en este capítulo, se ha 40 Cf. A. Lesky, «Wesenszüge der griechischen Klassik», en
dicho muchas veces. No buscamos originalidad. Porque Gesammette Schriften, págs. 443-460.
Sófocles es el trágico del dolor absoluto, es también 41 Cf. R. Carden-W . S. B a r r e t t , The Papyrus Fragments of
Sophocles, Berlín, 1974 (esta colectánea no comprende los frag
mentos de Los sabuesos ni los que corresponden a las siete tra
39 Cf. A. Lesky, «Sophokles und das Humane», recogido en gedias completas). La edición general de fragmentos sofocleos
Gesammelte Schriften, Bema-Stuttgart, 1966, págs. 190-203.
INTRODUCCIÓN GENERAL 55 56 TRAGEDIAS
superlativam ente interesantes como los oxirrinquitas, rica... Por lo demás, Sófocles, aun fragm entariam ente,
publicados en 1912 y 1927, con extensas porciones de es admirable muchas veces y, alguna, nos es dable sa
Los sabuesos o los tebtunitas (restos de 78 versos en un car de esas escombreras preciosas partículas de liris
cartonaje que envolvía una momia) y oxirrinquitas con mo; aparte de que la particular expresividad de lo
restos de otro dram a satírico Inaco, editados en 1933 fragm entario añade m aravilla a la m aravilla... Pero
y 1956, respectivamente. Por regla general, empero, son toda esa problem ática más pertenece a monografías
frases truncadas, menuzas inzurcibles, trizas desglosa especializadas que a estas sencillas páginas de introduc
das de contexto; aunque su aparición tiene siempre la
ción muy general. Aquí querem os reducim os a los gran
emoción que acompaña a todo salvamento. La mayor
des problemas que plantean las siete tragedias comple
parte de los fragmentos no papirológicos son también tas conservadas.
briznas miserables en extensión. El todo constituye
El prim ero de esos problem as es la cronología. Sa
como un conjunto madrepórico o m ontón de trozos dis
bemos que Edipo en Colono, tragedia ultim ogénita de
persos, resultado de una explosión caótica. El filólogo
Sófocles, se representó en el 401, m uerto ya el poeta,
se acerca a estos fragm entos con ánimo de salvación,
y que Filoctetes fue representada en el año 409. La ig
para reintegrarlos al conjunto de que, en su día, for
m aban parte. Procura reducir el núm ero de los incertae norancia de la cronología de las piezas restantes plan
sedis, intenta som eter el desorden a forma. La restitu tea un pleito filológico im portante a la hora de juzgar
ción y recobro de las grandes líneas del argumento, a estos dram as que, como cualquier obra de arte, tienen
p a rtir de los fragmentos, como trocitos de un espejo, dos significaciones, una por lo que en sí representan
de un espejo de cuerpo entero que el tiempo ha roto y o tra por lo que representan en relación con las demás
en pedazos y los más se han perdido, es una tarea filo del mismo autor, un valor intrínseco e individual y otro
lógica emocionante. Se deducen corolarios generales de valor, el que representan en la serie de obras que de
gran interés: los fragm entos de dram as satíricos enri m uestran una evolución. La filología sofoclea se h a em
quecen nuestra imagen de Sófocles y la de un género pleado en seriar cronológicamente estos dram as con
conocido antaño sólo por E l Ciclope euripideo; la re los métodos que, en casos tales, le son habituales y que,
construcción de la Telefia nos lleva a un Sófocles que como todas las cosas de este mundo, tienen su más y
todavía componía trilogías; más de un cuarenta por su menos. El procedimiento que, a mi ver, tiene menos
ciento de los temas sofocleos (doblando la cifra corres que dar y que no consigue mi adhesión es el que con
pondiente a Esquilo y Eurípides) viene del Ciclo troya- tem pla en las tragedias de Sófocles respuestas concre
no, y se confirma el aserto de Cameleonte (Ateneo, VI tas a hechos precisos de política interna ateniense o de
277 e) de que Sófocles se abastece de la cantera homé política exterior, amistades y enemistades con otras ciu
dades y cosas por el estilo 42, como si Sófocles fuera de
ya no sigue siendo la de A. C. P e a rso n (Cambridge, 1917, 3 vols.;
el texto original con la versión suplementaria va acompañado 42 Este punto de vista rige la obra entera de G. R o n n e t,
de una orla de comentarios); consúltese ahora S t. R adt, Sopho- Sophocle poète tragique, París, 1969, en una monotonía que la
kles, en Tragicorum Graecorum Fragmenta IV, Gotinga, 1977. empobrece sobremanera.
INTRODUCCIÓN GENERAL 57 58 TRAGEDIAS
la clase de poetas de lance y políticos que se nutren de term inus post quem de Edipo Rey, fechable en los ini
pequeñas anécdotas para reverterías convertidas en m a cios del octavo decenio del siglo (ca. 429).
teria teatral o como si la tragedia sofoclea fuera una Las Traquinias completa la nóm ina y presenta el
especie de novela en clave: que si Electra es un ale problem a más grave. Para unos (Dain-Mazon, Zielinski,
gato en favor de la política de Terámenes, que si el Ronnet, que la data ca. 464-62), es la pieza más antigua
rey Edipo es Pericles y Filoctetes es Alcibiades, que si de las conservadas. Para otros (Schmid, Kranz), se si
en Ayante el protagonista simboliza a Salamina y Ulises tú a entre Edipo Rey y Electra. Schiassi llega a datarla
y la diosa a Atenas, que si el estásim o prim ero de An ca. 410. Son opiniones extremosas. Los más de los eru
tígona (w . 332-375) celebra la fundación de Turios en ditos actuales la sitúan antes de Edipo Rey (así Lesky)
el 443, etc. Por lo demás, estos eruditos, a quien detes y todavía más, antes de Antígona (Reinhardt). No diga
to, aficionados al dram a en clave, practican un método mos nada definitivo: el problem a se alza todavía. Mu
tan dúctil que la cronología de una m ism a pieza lo m is chas razones abonan por una datación antigua, anterior
mo se acomoda a u n acaecimiento que a otro. Nos fija desde luego a Edipo Rey y, tal creemos, algunas invitan
remos, pues, en otro tipo de argumentos. a adelantar aún más la fecha y ponerla antes de Antí
La fecha de Electra ha sido m uy discutida, sobre gona. Estas razones, las de uno y otro grupo, si una a
todo en su relación con la pieza hom ónim a de Eurípi una consideradas, acaso pudiera pensarse que son apre
des, cuya data tam bién se discute: algunos, por razones ciaciones subjetivas (eterna cuestión del «todavía no»
métricas, la sitúan hacia el 418; otros, en el 413; en o del «ya no»), producto de m ucha imaginación inter
todo caso, cree hoy la opinión más común que la de pretativa, y que cualquiera podría sostener una inter
Sófocles es algo anterior, de hacia el 420 lo más pron pretación contraria. Pero esa im presión de isosthé-
to; lo más im portante es que, como lo patentiza el tra neia ton lógdn no resiste la fuerza de convicción que
tamiento de la intriga, el movimiento escénico y otros de todas las pruebas, en su conjunto, se deduce: la
rasgos, form a grupo con Filoctetes y Edipo en Colono. fusión entre la saga y el fatalism o no es perfecta, como
Ayante debe de ser de ca. 447 y, aunque algunos filólo lo es en Edipo Rey; Las Traquinias es una «tragedia de
gos (los Wilamowitz padre e hijo, Perrotta, Mazon) han la ceguera», como Edipo Rey, pero, a diferencia de ésta,
considerado algo anterior Antígona, hoy se piensa ge está ausente toda distinción entre culpa voluntaria e
neralmente que esta últim a es unos años posterior y involuntaria; el descubrimiento del yo en Edipo Rey
se da crédito a la «hipótesis» prim era, que invita a acontece en la intim idad de dos almas que se aproxi
fechar su estreno en el 442; el debate final en Ayante man, en Las Traquinias se m antiene el carácter «mo-
sobre la sepultura del héroe parece que prefigura el nológico» primitivo; Heracles carece de la autorrevela-
conflicto central de Antígona. Como, en el año 425, Los ción de Edipo; el signo precursor de la catástrofe no
acameos de Aristófanes (v. 267 paródico del v. 629 de está enviado por el dios tan claram ente como en Edipo
la tragedia sofoclea) la presuponen, éste es el terminus Rey y Antígona; las oposiciones y contrastes son más
ante quem y si la peste de Atenas, del año 431, está complejos en Antígona; la ironía divina comienza, en
implícita en la misma (véase el párodo), éste sería el esta última, a anim ar el juego escénico; en el .contraste
60 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 59
na el dram a mismo. Y ya que nos hemos demorado en
entre lo fatal y lo racional interviene ya en Antígona la
este problem a cronológico, añadirem os una últim a ob
contraposición divino-humano... E. R. Schwinge ha de
servación: autores (como Lesky y Paduano) que ponen
dicado, en 1962, a la cronología de Las Traquinias un
libro im p o rtan te43, poniéndola detrás de Ayante y an Las Traquinias después de Antígona, porque, como se
tes de Antígona. Su análisis se detiene en cuatro pun dijo, esta últim a pieza se data comúnm ente en el 442
tos: «diálogo triangular» propiam ente dicho, ausente y porque entienden que hay en Las Traquinias una es
de Ayante y Las Traquinias, pero presente ya en Antí cena, la despedida de Deyanira (w . 920 ss.), que se
gona y perfectam ente m anejado en Edipo Rey (Edipo, inspira en otra análoga de Alcestis de Eurípides (del
Creonte y Yocasta, Edipo, el pastor y el m ensajero co año 438), los «adioses» de Alcestis (w . 175 ss.) no acier
rintio); «forma díptica», que W eb ster44 ha señalado tan, creo, a persuadim os de que ése, y no el contrario,
como característica de las piezas anteriores a Edipo es el versus de la relación 45.
Rey, o sea, presencia de una cesura en la acción, pro
ducida por la m uerte de un personaje, pero m ientras
que en Ayante y Las Traquinias el m uerto (Ayante, De Evolución
yanira) deja paso a un nuevo «protagonista», en Antí
gona Creonte está presente en escena desde él comien «En efecto, así como Sófocles decía que estando ju
zo; desarrollo de u n diálogo más m aduro que tiene gada por él hasta su térm ino la solemnidad de Esquilo
eficacia sobre los interlocutores: m ientras que, al final y luego lo amargo y artificioso de su propia invención,
de Ayante, Menelao y Agamenón no cambian después en tercer lugar cambiaba ya a la form a del estilo, que
de discutir con Teucro y Ulises, ni en Las Traquinias es precisam ente la más propia del carácter y la m ejor,
Hilo ante su padre, que vence pero no convence al hijo así tam bién los que filosofan, cuando desde lo propio
que obedece, ya en Antígona el resultado, po r ejemplo, de las solemnidades y lo artificial descienden al discur
del diálogo Creonte-Tiresias es que, de amigos que eran, so que toca al carácter y la pasión, empiezan a progre
pasan a ser enemigos; finalmente, aprécianse ciertos sar el progreso verdadero y sin orgullo.» Esto es Plutar
distingos en la utilización de los oráculos y avisos del co, en el capítulo séptimo del tratad o m oral dirigido a
más allá: en Ayante y Las Traquinias tropezamos (como Sosio Senecio y que, en traslado latino, se titula De pro
tantas veces en Heródoto) con vaticinios oscuros, cuyo fectibus in uirtute (Mor. 79 b). Es u n testimonio, im
sentido solamente se desentraña una vez que la profe
p ar entre los autores clásicos, que nos da proporción
cía se ha cumplido, cosa totalm ente adversa a lo que
de conocer lo que el propio Sófocles pensaba de la
acontece en Edipo Rey, que el oráculo no es algo a pos
evolución de su estilo. El texto griego ofrece algunas
teriori de la acción dram ática, sino algo que condicio
45 No me convencen los argumentos métricos de H. Pohl-
43 Die Stellung der «Trachinierinnen» im Werk des Sopho san der,«Lyrical meters and chronology in Sophocles», Amer.
kles, Gotinga, 1962. Joum. Phil. LXXXIV (1963), 280-286, para poner Las Traquinias
44 Op. cit., págs. 102-103, y J. A. W aldock, Sophocles the Dra detrás de Antígona.
matist, Cambridge, 1951 (repr. 1966), págs. 50-61.
INTRODUCCIÓN GENERAL 61 62 TRAGEDIAS
dificultades de interpretació n46, cuya solución va im Proene, el suicidio de Ayante solitario); en el vocabula
plícita en la traducción literal que ofrecemos. Esta de rio, a la inflación de adjetivos privativos, compuestos
claración preciosa (palabras de confidencia y de tanto verbales con ciertos dobles preverbios, mucho nom bre
encanto) nos m uestra a Sófocles convirtiendo la m ira a b stra cto 47, adverbios no adjetivales con sufijo poco
da hacia atrás, haciendo examen de conciencia y com corriente, formaciones anómalas para acomodarlas al
parando al Sófocles que fue con el que ahora es. E n el verso; a una imaginería excesiva (todavía en Antígona
arranque, un escritor muy influido po r el estilo de Es contamos más del doble de m etáforas que en Electra y
quilo, por su ónkos, que no ha de declararse por so Edipo en Colono y casi el triple que en Filoctetes); a
lemne bambolla, sino por grandeza orgullosa en pala cierta dureza en la construcción del periodo; a cierta
bras que desplazan gran volumen fonético y también rigidez en la argum entación «circular», en la form a se
en la inventiva. En los comedios, reconociendo en su entiende; exceso de amplificaciones; a un manejo, me
estilo un no sé qué de áspero y teatralesco. E n la meta, nos flexible y personal, del verso del diálogo... Este
el punto de madurez de un estilo «más ético», que efun resabio de sequedad y artificio se va corrigiendo por
de directam ente del ser íntimo del hom bre (ético en el efecto de un cambio natural (metabállein dice el texto
sentido, verbigracia, con que Aristóteles así designa los plutarquiano, que no hay que enm endar en metalabeín)
discursos del Ulises de la Odisea). y, por último, viene lo que Sófocles considera su m ejor
Así dijo de sí mismo el propio Sófocles un día en estilo propio, por compulsa con lo anterior. El poeta se
que se supo conocer y distinguió tres etapas en su poe ve en su m aestría y modo, seguro ya en el rum bo de
sía. E n su prim era etapa seguía la m anera de Esquilo su producción: un nuevo dram a que lleva consigo cier
en el vocabulario, en el relato, en lo escénico: en los ta eficacia «ética».
m iserables fragm entos restantes de Triptólemo y de Tá- ¿De dónde ha tom ado Plutarco este testim onio? De
miris son, en efecto, muy pronunciadas las reminiscen la respuesta que demos a esa pregunta depende la ca
cias léxicas esquileas y la relación influenciadora de sación de muchas discusiones sobre la m anera de
Esquilo se aprecia tam bién en el relato, en la «relación com putar en años cada etapa y de establecer las corres
geográfica» donde hay tierras y m ares para todos los pondientes divisorias. Algunos sabios (Schadewaldt,
gustos. Lo «amargo» de la segunda etapa (en el sentido Earp) opinan que, dentro de la obra sofoclea conserva
en que amargo, opuesto a dulce, se aplica a cosas lite da, Ayante es m uestra de la prim era etapa, hasta los
rarias) y lo artificioso de ella debe de referirse, en lo cincuenta años del poeta; Antígona, Las Traquinias y
escénico, a ciertos golpes de efecto para estrem ecer al Edipo Rey, m uestras de la segunda etapa, entre los cin
espectador (la m uerte en escena de algún hijo de Níobe cuenta y cinco y sesenta y tantos años de Sófocles; y
o, en Tereo, las m etamorfosis en pájaros de Tereo y reservan la tercera etapa para Electra ca. 413, Filocte
tes del 409 y Edipo en Colono ca. 406. Ahora bien, si
el testim onio en cuestión procede, como puede supo
46 Cf. C. M. B o w ra, «Sophocles on his own development»,
Amer. Journ. Phil. LXI (1940), 385401, recogido en Problems of
Greek Poetry, Oxford, 1953, págs. 108-125, y, en versión alemana, 47 Cf. A. A. Long, Language and Thought in Sophocles (A
en el vol. col. (ed. H. D i l l e r ) Sophokles, págs. 126-146. study of abstract nouns and poetic technique), Londres, 1968.
64 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 63
Rey sean documento de la tercera etapa. Luego vendría
nerse, de Ión de Quíos (fuente segura de Plutarco en un cuarto Sófocles, junto a los tres que él mismo ha
otras ocasiones; el vocabulario del texto, en su acep considerado al hacer historia de su carrera desde un
ción técnica y literaria, es perfectam ente datable a fines Sófocles, que no es Sófocles pero que presupone a Só
del siglo v), fallaría tal vez el cómputo anterior. En focles, hasta u n Sófocles que se siente dueño de su arte
efecto, la am istad de Ión con Sófocles, como quedó di y su camino propio. El cuarto Sófocles no otro, no, sino
cho páginas más arriba, arranca de hacia el 441, recién el mismo en perfección es el poeta octogenario de Elec
estrenada Antígona. Sófocles hace su confidencia, insta tra, Filoctetes y Edipo en Colono.
lado ya en la tercera m anera, en el estar haciendo des Trepado a esa altura de años, Sófocles nos ofrece
pués de haber hecho (cf. edè y diapepaichos, porque la un caso portentoso de juventud, de capacidad de reno
prim era y segunda etapas son ya conclusas); luego, por vación y rejuvenecimiento. H asta traspasar la barrera
una parte, el nuevo estilo podría estar ya de cuerpo en de los noventa años sigue echando hijos artísticos al
tero en Antígona (aunque si la confidencia data de años m undo y, en lugar de sufrir la natural decadencia de
más tarde, verbigracia del 428, estando Ión en Atenas todo lo criado, se embala en una nueva m anera y re-
con ocasión de participar en un concurso trágico, la mudación de estilo. Dante com para la vejez con una
tercera etapa deberíamos iniciarla con Edipo R e y 48). rosa muy abierta que da sus perfum es, los de la expe
Por otra parte, Ión de Quíos ha m uerto en el 421: por riencia, a todos. Tal la de Sófocles. En la altitud de los
varias razones, pero ante todo po r esa bien sencilla, años y del talento el poeta, que tuvo una salud fisioló
cuando Sófocles le hacía esa confidencia, no estaba di gica de hierro, seguía poseyendo inspiración lírica, po
cha aún la últim a palabra de su poesía. (Creo recordar der plástico, don verbal sabiamente esgrimido. Pero,
que tam bién ha hablado de los tres estadios o periodos sobre todo, Sófocles, que se ha envejecido en el cultivo
de su obra poética Nietzsche... a los catorce años.) El del arte, nos asom bra y pasm a (como es fam a que pas
poeta (salvo que lo supongamos encaramado al trípode mó a los jueces) por su energía espiritual. La evolución
de las predicciones, adelantando porvenires) no podía que nos lleva al últim o Sófocles concierne, desde luego,
saber si, más tarde, su estilo tom aría nuevo giro, ni si a aspectos im portantes de la lengua y de la escena (a
su obra, después de la otoñada fecunda, inauguraría algo de esto aludimos m ás arriba); pero, sobre todo, a
otra nueva etapa en el invierno fructuoso: como así su visión de la vida y su conducta, a la m anera de en
fue, en efecto. En resumen: es probable que la prim era tender la actitud del héroe trágico frente a sí mismo y
de las tres etapas que Sófocles —ingenio viril en lo frente a la deidad y al carácter mismo de las situacio
m aduro de su edad— ha distinguido en su propia obra nes trágicas.
abarque una fase anterior a la producción conservada, También de esto últim o hablábamos antes. Pero
desde Triptólemo, su prim er estreno en el 468, cuando ahora ya se nos hace forzosa la referencia al Sófocles
el poeta reunía ya veintiocho años; que la única repre de Karl R einh ardt4β, que tanto ha sensibilizado, en esa
sentación conservada de su segunda etapa sea Ayante,
de hacia el 447; y que Las Traquinias, Antígona y Edipo « Sophokles, Francfort, 1933 ( 19412, 19473, 19754). Hay tra
ducción francesa: Sophocle, París, 1971, que las Ediciones de
48 Así T. B. L. W ebster, op. cit., pág. 193.
INTRODUCCIÓN GENERAL 65 66 TRAGEDIAS
dirección al sofocleísmo del actual presente. Este libro, profundo respeto por la organicidad del texto (sin mu
por los blancos que elige y po r el tino de sus disparos, tilarlo) y a la búsqueda del sistem a inherente del orga
el m ejor libro de Reinhardt (que tan buenos ha escrito), nismo literario, que surge de las relaciones fundam en
debiera ser la compañía inseparable de todos los lecto tales entre las fuerzas que lo determ inan: el héroe, lo
res cultos que se acercan a Sófocles. Ya empieza a ser divino, los demás hombres. Por otra parte, tam bién la
lo, aunque todavía algún sofocleísta (de los semino ti- herm enéutica, más cuando es de poesía, necesita su án
ciados) acredita su rara insensibilidad al desconocerlo. gel: aquí el crítico literario no se avergüenza de su es
La verdad es que la fama internacional de Reinhardt tilo, un estilo poético que no facilita la lectura, pero la
(f 1958) ha sido una fam a póstum a. Su propia concep hace más rem unerativa. En fin, hoy ya se tiene para
ción del m étodo filológico, como algo intransm isible, R einhardt un movimiento de m erecida reflexión; pero
le condenó en vida al aislamiento. Hay otras razones. aún merece más fam a de la m ucha que ya tiene. Me
Su formación intelectual avanzó siempre en contacto refiero al juicio de la filología profesional (en el que
directo con la filosofía. Su estilo expositivo, con haber R einhardt es recientem ente famoso), pues, desde otros
aprovechado el saber menudo que u n largo asedio filo
campos, la obra de R einhardt hace tiem po que había
lógico ha almacenado, prescinde del lastre de la erudi
sido apreciada como merece: Heidegger consideraba
ción allegadiza y, como la m ucha ciencia no estorba «grandiosa» su interpretación de Edipo Rey y Gadamer
para la bella m archa del texto, tiene la calidad de ver
(un filósofo tan atento a los problem as de la herm enéu
dadera creación poética. Estas calidades no le predis
tica) diputa al Sófocles como el libro que más se acer
ponían para ser bien acogido ni comprendido por cier
ca al modelo ideal de ensayo literario.
ta filología al uso. Pero una buena form ación filosófica,
La técnica del análisis reinhardtiano consiste en un
siempre que no lleve a interpretar lo antiguo a p artir
examen comparativo de los módulos escénicos y lin
del presente y siempre que no sustituya p o r grandes
construcciones apriorísticas lo que nunca debe dejar güísticos que, en la obra sofoclea conservada, definen
de ser exégesis «de lo particular y de lo singular», pue una situación hum ana sustancialm ente unitaria, pero
de y debe ser bien recibida p o r la filología sofoclea, y que se configura variablem ente a través, entre otras co
en efecto, para bien y no p ara m al de la misma, ha sas, de la diversa relación entre sus térm inos dialécti
forjado una nueva imagen del teatro sofocleo. Es ella cos fundamentales. El hom bre sofocleo se constituye
el resultado de una lectura enteram ente «autónoma» de según las incidencias de dos coordenadas, se coloca en
Sófocles: el autor y el intérprete (in angello cum li el centro de dos ejes definidores de su existencia: el
bello) cara a cara, otra novedad, ¡quién lo diría!, sin eje vertical de su relación con lo divino y el horizontal
interposición de la erudición ajena, porque la crítica de su relación con los demás hombres. El prim ero dé
no puede sustituir, tampoco p ara el filólogo, el contacto term ina el sucedido trágico; el segundo, la reacción hu
directo entre la obra y el lector. Se lee al poeta con m ana ante el mismo. El prim ero es constante, y el se
gundo, variable y subordinado al prim ero. Páginas más
Medianoche, de selecto gusto, han querido para sus catálogos. arriba hemos perfilado nosotros el m arco general de
Trad, inglesa: Oxford, Blackwell, 1979. esta situación trágica. Destacamos ahora solamente lo
INTRODUCCIÓN GENERAL 67 68 TRAGEDIAS
que R einhardt añade tocante a la evolución cronológica contactos entre los hom bres y en el influjo m utuo entre
en el tratam iento sofocleo de la misma. los mismos) y participan uno con otro en su acción,
La evolución en el teatro de Sófocles y los proble voluntad y dolor; entre tanto, lo divino se ausenta de
mas conexos de cronología los h a visto Reinhardt como la escena, el poeta lo extraña a u n círculo más exterior
evolución de la «forma interior», que él considera so al acontecer dramático, desde el cual contem pla cómo
bre todo al nivel del pensamiento, viendo en el estilo los hombres, abandonados a sí mismos, se debaten en
algo así como una form a m entis (lo cual poco tiene que estériles esfuerzos. Cesante el dios, en apariencia, los
ver con lo que hoy se llama «morfología literaria»). hom bres tienen licencia para, con optimismo de ilusos,
Persiguiendo la «cronología de la form a interior» se a rb itra r planes inteligentes: el hom bre que, ande por
descubre tam bién una evolución form al en la carrera donde ande, sólo nuevos dolores se acarrea. Pero, final
dram ática de Sófocles. Dos tipos de dram a se contra m ente (Edipo en Colono), la deidad se acerca de nuevo
ponen. Hay una «primera manera», representada por al hom bre en una vecindad que supone un clima com
pletam ente nuevo en el teatro sofocleo, o bien (Filoc
Ayante y Las Traquinias, en la cual el centro de la
acción dram ática es el yo estanco y la escena adopta la, tetes) interviene enseñando y reconciliando. Entrem e
m ejor o peor llamada, form a estática o estacionaria. dias de am bas m aneras, los dram as de la m adurez An
tígona y Edipo Rey: en la escena, el «démon» ausente-
Es una form a «monológica», no en el sentido técnico-
escénico ni en lo que este 'vocablo tiene de equivalente presente y el hom bre obrando, sufriendo, errando en
libertad, en disociación con los demás hombres, pero
fronterizo con soliloquio: apunta a una form a de poe
de acuerdo con el dios.
sía que tiende a la autorrepresentación del yo, a un
proceso de excavación en la personalidad individual, En una palabra, el cambio de estilo y de procedi
mientos viene de un cambio en la visión de la realidad
basada en datos que se refieren a la esfera subjetiva,
humana, de una nueva visión de la situación existencial
dentro de los límites del autismo. El hom bre «monoló-
gicamente» desde su destino habla al «démon», por el del hom bre. Adquirimos así un sentido más exacto de
las conquistas progresivas del poeta. En el plano de la
cual está limitado y encerrado. Por «démon» se entien
visión trágica de la existencia, desde el aislamiento del
de el destino doloroso del hom bre como conjunción de
la fuerza sobrenatural que lo decide y de su recepción hom bre en Ayante y Las Traquinias, que es pura expe
riencia de la realidad de la vida, a un aislamiento hu
hum ana que, absorbiéndolo, lo transform a en módulos
mano que es centro y núcleo del que irradia la fuerza
de la existencia trágica, ilustrativos de la libertad de
sufrir, de advertir una discrepancia radical entre uno que da form a y sentido a la tragedia. En Electra, Apolo
y Orestes, el que impone la intriga y el que la ejecuta,
mismo y las fuerzas que realm ente actúan en el mundo.
son un m undo extraño para Electra, entre ese m undo
En la m anera tardía, desde Electra a Edipo en Colono
pasando por Filoctetes, el centro es el tú o la penetra y el suyo propio hay una verdadera cesura: el indivi
ción del yo en otro yo, un juego dinámico, juego m utuo duo, que se identifica con su «démon», puede afirmarse
de los hom bres que realm ente dialogan (diálogo es la en su aislamiento. La conclusión del trabajo artístico,
organización de la existencia que se funda en posibles verdaderam ente constructivo, del poeta la representa
INTRODUCCIÓN GENERAL 69 70 TRAGEDIAS
Edipo en Colono, donde todas las conquistas preceden tensión interna que lo sustrae a paralelos fáciles con la
tes intentan realizar, en el arte y en el mundo, el tras novelística y va tendiendo a ahondar y a b arrenar en
paso del hom bre al «démon». Aquí radica el salto con la autenticidad de la condición hum ana; los coros, que
que este dram a se separa, o aventaja, a sus hermanos tenían un solo tono desde el principio al fin, se animan
anteriores. con u n movimiento interior m ás rico, hasta form ar
Al fulgor de esta profunda intuición reinhardtiana «pequeños dramas», con peripecia y final propios...
se nos alum bra una visión nueva de muchos problemas Podemos nosotros, a nuestro libérrim o arbitrio, pre
perennes de la tragedia sofoclea: problem as de función ferir la una o la otra m anera en el teatro de Sófocles,
dramática, como el exacto valor de los oráculos en Las gustar más de Edipo Rey como dechado de la tragedia
Traquinias y Edipo Rey; composicionales, como la re griega, la prim era tragedia sofoclea en jerarquía, o ver
lación entre la prim era y segunda p arte de Ayante, a la en Edipo en Colono el m ejor m om ento del poeta. Pero
luz de la exégesis del lógos eschëmatisménos, sacándolo la existencia misma de una «última manera» en la tra
de algunas confusiones que la crítica ha venido enre gedia sofoclea (Electra, Filoctetes, Edipo en Colono),
dando en torno suyo (mira, lector, lo que escribimos dándonos a gustar un Sófocles distinto al de antes, está
más adelante), o la unidad composicional de Las Tra fuera de duda.
quinias; problemas técnicos, como la valoración e im La cesura decisiva, y volvemos con esto al terreno
portancia del tercer actor; u n planteam iento profundo biográfico, se sitúa en el tiempo que siguió a la m uerte
de los problemas cronológicos, en particular el de la de Pericles y gran peste de Atenas, a comienzos de los
fecha relativa de Las Traquinias, que debe seriarse, con años veinte. Fue entonces cuando Sófocles vio que «lo
forme más arriba alegamos, delante de Antígona... Casi divino trasponía» (Edipo Rey 910: érrei dè tá theia), es
siempre y en casi todo nos convencen estas ideas me decir, que, entre otras cosas, se ponía en tela de juicio
nores de Reinhardt; pero, dado el carácter muy general lo que era, sin duda, la razón de ser del poeta trágico,
de estas páginas nuestras, más nos im porta señalar al la que legitimaba su oficio (Edipo Rey 896: tí det me
gunas consecuencias de significación más amplia. En choreúein). Su respuesta no fue sentirse inseguro con
lo formal, nace una nueva concepción de la acción dra respecto a lo divino, como le ocurrió a Eurípides; pero
m ática y de sus diferentes momentos: los episodios no parece como si entonces el poeta, como los dioses se
representan ya situaciones estáticas (en fin, así pueden alejaran del hom bre a una distancia homérica, hubiera
llamarse, sin poner gran empeño en la exactitud del querido refugiarse en lo «humano» del carácter noble
epíteto) en sucesión rígida, sino que advienen lugar p ro (gennalon ëthos), que con tan ta m aestría diseñó en
pio de peripecias y cambios que inform an la escena; Electra y Filoctetes. Pero, al final de sus días, de nuevo
el pathos arcaico, en el que el dolor se esteriliza, se el poeta nos pone delante de los ojos la m isteriosa ver
hace dram ático en la m edida en que viene convivido dad que hay en el esfuerzo hum ano que, en el dolor,
por diferentes individuos; el nivel narrativo, a base de tiende como un imán a lo divino y éste, finalmente, res-
«relatos de mensajero» 50 sobre todo, se anim a con una
tenberichtes bei Aischylos und Sophokles, tesis doct., Tubinga,
50 Cf. J. K e lle r , Struktur und dramatische Funktion des Bo- 1959 (mee.).
INTRODUCCIÓN GENERAL 71 72 TRAGEDIAS
ponde a la llamada con una vecindad, que no se ve en intención del poeta, ya en la prim era parte, está m iran
sus obras del inmediato antaño, pero sí en Edipo en do a la segunda, tan esencial como la prim era, y deter
Colono, hija de su vejez. m ina la característica construcción del dram a. No es
un díptico con «carga inicial» en su prim era parte no
más esencial que la segunda: la reivindicación postum a
«Ayante» * del suicida, guardador puntilloso de su honra, la salva
ción de su imagen heroica. Es, precisamente, Ulises
La leyenda de la m uerte de Ayante sube hasta La quien cubre con sus discreciones las indiscreciones de
Etiópide y La pequeña Ilíada. M uerto Aquiles, aspiran los dos Atridas que, en su rencor, siguen dando gran
a heredar sus arm as el corajudo Ayante, que con tozu des lanzadas a moro m uerto. E ste gesto muy señor de
dez indóm ita ha protegido el cadáver del Pelida hasta Ulises nos recuerda aquel m om ento de la litada, cuan
ponerlo a salvo en el campamento aqueo, y el astuto do da su merecido al insolente Tersites, cuya plebeyez
Ulises. A este último le dan su voto los griegos. No m oral Homero ha doblado de o tra física, pintándolo
pudiendo sufrir Ayante el menoscabo de su honra las achaparrado, hombriangosto, anquiboyuno y piemicor-
timada, para vengar el agravio decide dar m uerte a to. La ejem plar magnanimidad de Ulises está prepara
Ulises y a los Atridas, sus enemigos ostensibles y deci da desde el prólogo, donde no falta en él un ingrediente
didos. Pero es víctima de una am arga burla de Atenea, de compasión y respeto hacia Ayante. Con calor sufi
cuyo favorito es Ulises. La insania, que la diosa le pro ciente consigue Ulises, en el desenlace de la pieza, la
duce, llévale a dar m uerte, a prim a noche, a un inocen digna sepultura de Ayante, cuyo cadáver h a estado pre
te rebaño de reses, tomándolas p o r sus enemigos. Re sente en la escena hasta el final: documento y aviso, ya
velada por la luz de m adrugada la verdad del caso, en este dram a, de hum anidad m uy sofoclea, que efunde
Ayante se siente cubierto de ridículo. Para u n guerrero, de la conciencia en el hom bre de su m ortalidad. Este
que piensa en puro homérico, la honrá consiste en la rasgo de hum anidad, juntam ente con la libertad del
vista pública y en lo que defuera parece. La vergüenza suicida al ejecutar su acto y con la dureza de la diosa,
de lo que hizo, perdida la cabeza, en aquella noche me son los tres acentos resaltantes que ha puesto Sófocles
drosa, sólo puede lavarla el suicidio. Ayante abandona al viejo tema. Composicionalmente el dram a se revela
la vida por propio designio. como un organismo muy trabado 51.
El dram a tiene form a de díptico: dos terceras p ar La prim era parte es, como en Edipo en Colono, el
tes, que acaban con la m uerte del Ayante, y el tercio camino del héroe hacia su m uerte. Al principio, la ima
final, con el regreso de su medio herm ano Teucro (Teu gen del héroe enloquecido, en tiniebla m ental, en círcu
cro de Ayante, como Alvarfáñez del Cid, su «derecha lo de fiebre y melancolía y, al punto, envuelto en una
mano») y la disputa, diálogo sacudido de violencias red de pensamientos, roto, deshecho. En el lam ento
y de intransigencias, sobre la sepultura del héroe. La lírico, la catástrofe predecible. Y los tres grandes dis
* En español hay dos formas correctas de este nombre: 51 C f. R . G r u e t t e r , Untersuchungen zur Struktur des sopho-
Ayante y Ayax (que es la preferida por el traductor). kleischen Aias, tesis doct., Kiel, 1971.
74 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 73
cursos. El prim ero es el de la tom a de conciencia quieren? ¿Es la lucha entre u n Ayante irreductible y
(vv. 430-480) y reconocimiento de que desde el punto un «anti-Ayante» dispuesto a aceptar ciertos valores,
en que hizo lo que hizo, no hay más salida que el sui con la victoria final del prim ero? ¿Es, en fin, explicable
cidio. El tercero es el típico discurso de los «adioses» por simple conveniencia de técnica teatral, como retar
al m undo que Ayante ha amado (w . 815-865). Entre dación? (Esta últim a explicación, desde luego, no es
ambos, el lógos eschëmatisménos (w . 642-692), gesto de suficiente.)
condición ambigua y asendereado lugar, que ha dado Pero la «mentira» se verá solamente una vez que se
lugar a bastantes malas inteligencias. Texto oscuro, se haya producido el salto desde la apariencia a la verdad.
dice. Sí, pero un texto oscuro puede serlo por m érito En realidad, las palabras del héroe reconocen la verdad
propio o por m érito del lector que no sabe ver claro de lo que el m undo es, elogian el orden de la existencia
o del com entador que le traspasa graciosamente al como ésta es. En el espectador provocan un conflicto
autor su propia oscuridad m e n ta l52. de simpatía: la nobleza de Ayante le despierta una sim
Varían los ingenios de los intérpretes en declarar el patía que no hay que decir; pero sin dejar de solidari
sentido de las palabras del héroe. ¿Miente Ayante, zarse emocionalmente con el héroe y su elección, no
héroe homérico de la veracidad, en este discurso de puede evitar identificarse igualmente con el contenido
engaño? La pintura literaria de los procesos de engaño ético de la ficción de Ayante, que se funda en máximas
tiene una larga tradición en la literatu ra g riegass. ¿Dice de sôphrosynë, tan cálidas al corazón de los atenienses.
la verdad, pero se engañan sus oyentes, porque Ayante Este conflicto refleja el contraste humano-divino que se
habla de un suicidio glorioso, esto es, después de m atar produce en lo íntimo de Ayante, puesto en capilla para
a los Atridas, y ellos refieren sus palabras al suicidio el encuentro supremo. Demasiado tarde, como siempre,
de Ayante, tal y como tiene que ser? ¿Es el discurso alcanza el héroe el conocimiento de sí propio, del m un
de un loco? ¿Dice Ayante su verdad de ese m om ento do y de la relación entre estas dos realidades. La armo
y es auténtico su cambio, pero el impulso determ inante nía del Universo está gobernada por leyes superiores
de las fuerzas divinas le llevan luego a reto m ar a su que se inspiran en un ceder y adaptarse. Pero esas leyes
prim era actitud? ¿Busca que le dejen camino libre para no tienen ya su lugar en el m undo de Ayante. Serían el
su acto y engaña, pero, al mism o tiempo, denuncia una lugar de Ayante en un m undo diferente al suyo. La ló
concesión íntim a de su alma a aquellos que bien le gica de su existencia hace de Ayante la única excepción
a aquella harmonía: él debe irse de este mundo.
52 Bien lo comprendió W. S c h a d e w a l d t . El ilustradísimo pro ¡Cosa más curiosa! E sta tragedia comienza después
fesor protagonizó, en este punto, una ejemplar palinodia, como de la catástrofe, consumado ya el acto de locura (como
se infiere del cotejo entre dos trabajos suyos: «Sophokles, Aias
und Antigone», Neue Wege zur Antike VIII (Leipzig, 1929), 61-109, en la Níobe esquilea), se nos m uestra un destino ya
y «Das Drama der Antike in heutiger Sicht», Universitas VIII decidido, que el héroe debe sustanciar. Tiene tam bién
(1953), 591-599 (cf. pág. 595): este último trabajo, recogido en nuestro dram a otra cosa, que es la presencia visible, en
Hellas und Hesperien, I, 187-194. la escena inicial, de un dios que viene a señalar a la
53 Cf. U. P a rla v a n tz a -F rie d ric h , Tauschungsszenen in den Tra-
godien des Sophokles, Berlín, 1969, s t., págs. 16-24.
víctima de su ira. Procedimientos de los que el poeta
INTRODUCCIÓN GENERAL 75 76 TRAGEDIAS
no tard ará en prescindir se mezclan con el anuncio de ños lo que de ellos tomó, depende, en buena parte, de
otros característicos de la obra fu tu ra que se prepara: la imaginación de los críticos.
muy en particular, el arte de trazar una figura en el La pieza tiene form a de díptico, articulado de tal
marco de una o dos situaciones que emergen resuelta guisa que Deyanira y Heracles son, respectivamente,
mente del plan general de la obra. Todo lo restante centro de la acción dram ática en la prim era y segunda
viene a ser reflexión, comentario, interpretación de ese parte, esta últim a más breve. Ni Heracles es el prota
núcleo central; pero todavía la interpretación no se gonista ni tampoco una cantidad negativa, relativamen
eleva al nivel de una concepción fundam ental, surgien te a Deyanira. Rasgo técnico curioso: no coinciden en
do del núcleo poético mismo, como en Edipo Rey. escena y es probable que un m ism o actor representara
ambos papeles. Aunque, para la leyenda, el destino de
Deyanira era un capítulo más del destino de Heracles,
«Las Traquinias» el dram a sofocleo disocia ambos destinos o, para de
cirlo con Reinhardt, no nos m uestra «un destino a
Repútase por lo menos vivo y fuerte de la obra con dos», sino «dos destinos en uno»: no como el destino
servada. La sagacidad ajena, que se ha empleado en de Fedra e Hipólito o el de Romeo y Julieta, sino dos
declararlos, nos ahorra porm enorizar los defectos, rea destinos que se presentan en una especie de inversión
les y supuestos, de esta pieza. En descargo de las incul rítm ica, así en su sucesión como en su sentido. Dos
paciones circulantes sobre el dram a señalaré que la figuras encadenadas una a otra, pero a las que el des
refundición de Ezra Pound 64 se ha considerado henchi tino impone uná autonom ía propia. E sta actitud funda
da de sentido para nuestra m oderna sensibilidad y que m ental condiciona la form a escénica.
algunas representaciones recientes han demostrado que Deyanira no pertenece a la terrible galería de m uje
la actualidad de Las Traquinias es reivindicable. Como res euripideas, tipo Medea. Su alegría por la llegada
ya se dijo, es cuestión muy contenciosa la cronología, inminente de Heracles cede al dolor de enterarse de
y no sabemos gran cosa de hasta qué grado Sófocles que su esposo piensa casarse con Yola, la joven cauti
ha rebozado con peculiares ingredientes los antiguos va. Deyanira no se irrita con la muchacha, cuya belleza
materiales (La toma de Ecalia de Creófilo de Samos, destroza su m atrim onio y su vida. En este paso, se
Pisandro, el poema épico Heraclea de Paniasis): igno acuerda de la túnica del centauro Neso y de sus virtu
rancias que no dejan de influir en nuestra gustación de des de encanto amoroso. Para reconducir a Heracles a
la obra, pues, por ejemplo, una datación muy baja lleva su amor, le envía la camisa, untada con sangre de la
a algunos a ver en Las Traquinias una imitación de hidra de Lerna, y, sin quererlo ni saberlo, le causa la
Eurípides, algo al gusto del dram a psicológico; y la m uerte. Deyanira hace m utis y se suicida. No es un
originalidad de Sófocles, una vez devueltos a sus due- m onstruo de maldad, disim ulada con sigilos e hipocre
sías (así de béllacona la pinta Errandonea). Es una fi
34 The Women of Trachis (1954): cf. H. A. M ason, «The W o gura atractiva, dulce con la m uerte como lo fue en vida
m enof Trachis», Arion II, 1 (1963), 59-81, y G. K. G alinsky, The
Herakles Theme, Oxford, 1972, págs. 240-244. con todo el mundo.
78 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 77
La inocencia del hum ano en la desgracia que le so do por esta tragedia, Hegel (Estética, II 2.1 y en otros
breviene: éste es el prim er motivo de la pieza. El se lugares) la interpretaba, conforme a su modo de avis
gundo motivo es el tránsito desde el error a la verdad tar el curso de la historia, como conflicto entre tesis
(sueño profundo de Heracles, crisis de delirio, recono (derecho del Estado, Creonte) y antítesis (derecho de
cimiento de sí mismo, todo ello en un episodio único). la familia), superable en una síntesis que congruye los
contrarios y compone inconveniencias. Un precursor del
Puesto en las últim as y rodeado de su hijo y servidores
que le asisten a bien m orir, Heracles aprende ( ex even existencialismo contemporáneo, Kierkegaard (en el ca
tu, como en los oráculos de Heródoto) el verdadero sen pítulo «Symparanekroúmenoi» de O esto o aquello) vio
tido del antiguo vaticinio relativo a su m uerte y reco en Antígona la novia de la m uerte que, con acezante
noce que todo lo sucedido lo ha sido por ordenación impulso, por incom patibilidad con la vida que le rodea,
del cielo («y nada de eso que no sea Zeus», es el acorde busca abandonarla. Considerándolo desde este viso hay
final de la tragedia, puesto en boca del corifeo). La más de un rejuvenecimiento literario del tema, alguno
divinización del héroe (que son para benditos los dolo recibido con mucho éxito en la escena francesa contem
res que llevan a ella), de que hablaba la leyenda hercu- poránea. Desde un vértice de óptica diferente, de polí
lina, queda aquí fuera en el final, tan sordo como el tica de oportunidad, otros han visto en Antígona la re
comienzo, de este drama. A la dulce esposa y al hijo belde revolucionaria que se alza contra un gobierno
terrible del dios más poderoso el destino les asalta tiránico 57. O bien se ha visto, en el dram a, el conflicto
igualmente. entre dos formas de religión, la ortodoxia convencional
En suma, no sería justo concluir, con paradoja atrac y la libre, que los ortodoxos llaman herética: Blumen-
tiva, que Las Traquinias es una de las peores tragedias thal, por ejemplo, incorporaba en Antígona lo dioni-
de Sófocles y prueba, sin embargo, que Sófocles es un síaco, irracional, instintivo, y en Creonte, la racionali
gran dram aturgo. No, no es el m ejor de los dram as de dad político-religiosa. Todo esto, y más todavía, se ha
Sófocles, pero sí de los excelentes 55. visto en el tema sofocleo: la oposición dialéctica entre
la juventud y el desprendimiento, de una parte, y, de
otra, la ceguera de la edad, la estrechez del corazón 5S...
«Antígona» En alguna de esas interpretaciones puede haber, hay
su dosis de verdad; pero presentada desde una óptica
El evento trágico de esta pieza, predilecta de los
públicos, se ha interpretado desde puntos de vista muy 57 Cf. «La Antígona de Sófocles de Bertolt Brecht», en nues
diferentes y, en ocasiones, harto anacrónicos se. Se ha tro libro De Sófocles a Brecht, 311-379.
58 E n unas páginas, probablemente hoy poco conocidas, el
hablado mucho de la interpretación hegeliana. Fascina
elocuente E m ilio C a s te la r, en el prólogo a su Galería histórica
de mujeres célebres, I, Madrid, 1886, págs. 273-293, traza un retra
55 Cf. G. W. D ickerson, The structure and interpretation of to de Antígona como «hermana de la caridad» y prototipo de
Sophocles’ Trachiniae, tesis doct., Princeton, 1972 (micr.). femineidad. Más conocida es la interpretación de M ig u e l de U na
56 Cf. E . E b e rle in , «Ueber die verschiedenen Deutungen des m uno (en el prólogo a La tía Tula) de la «sororidad» de Antígo
tragischen Konflikts in der Tragôdie Antigone», Gymnasium
na, en función de ser hermana carnal de su padre.
LXVIII (1961), 16-34.
INTRODUCCIÓN GENERAL 79 80 TRAGEDIAS
lateral y exclusivista, que asegura que todo el hilo se lado de Antígona. Negar al herm ano m uerto el descan
debe sacar del mismo ovillo. Además, alguna de ellas so en la tierra m aternal y centenaria es un crimen
ha llevado a plantear ciertos equívocos que no vienen contra los dioses infernales (in inferis), huella un de
al caso. Pienso en la «culpa» de Antígona, que buscan recho divino y no hay utilidad de la política tirana que
algunos obligados del método hegeliano que aplican, y lo justifique. En nom bre de aquellas leyes que no son
que dicen encontrar, cada uno a su modo: la causa de de hoy ni de ayer, sino de siempre, Antígona, en pugna
Antígona es en el fondo justa, pero se acompaña de con la ley hum ana por no quebrantar la ley divina, le
excesiva falta de respeto a ciertos fueros clásicos del lleva la contra al tirano, entierra simbólicamente a su
derecho; su acto ofrece cierta ambivalencia, es piadoso herm ano y salva aquel deber intocable, a costa de la
e impío, a la vez; Creonte tiene su parte de razón, se propia vida. Para que sangre de u n pariente no la de
dice, y se le presenta más hum ano y simpático que en rram e un pariente, Creonte la enclaustra en gruta pé
su retrato tradicional. trea, en cuyo um bral Antígona prorrum pe en aquellos
A nuestra contemporaneidad, esta tragedia se nos sus conmovedores adioses. Cuando, en hora tardía,
ofrece, sobre todo, desde una perspectiva religiosa, que Creonte vuelve de su acuerdo, los rem ordim ientos no
fue raíz sagrada de la tragedia griega. Se tra ta del con le sirven de nada: Antígona ya se ha colgado, ya es ida
flicto entre religión y utilismo hum ano, dos concepcio para siempre, su prom etido e hijo de Creonte se suici
nes de la existencia, que a veces hacen rostro hacia da y esta desgracia arrastra el suicidio de su m adre
horizontes opuestos 59. Para preservar y m ejorar la so Eurídice. Roto, deshecho Creonte abandona la escena:
ciedad hum ana se crea el hom bre norm as sociales, re que, aunque equivocado, todavía el dolor le confiere
glas políticas y decreta medidas ejem plares para pre una cierta grandeza humana.
caver que el individuo no se aparte de ellas. Ahora bien, El hom bre es lo que es por contraste. En esta tra
esta arm adura de normas, que el hom bre ha ido fabri gedia los personajes que conllevan el conflicto trágico
cando para defenderse de la anarquía y de la conducta los ha visto Sófocles a través de u n juego constante de
m eram ente impulsiva del individuo, tiene un límite, contrastes 60. Antígona y su herm ana Ism ena incorpo
ante el cual debe detenerse, pues, si lo sobrepasa, esa ran dos estilos de vida que no engranan el uno al otro.
transgresión puede constituir un crimen: es la esfera Lo mismo digo de Creonte y Hemón, padre e hijo, y de
de lo divino, de las leyes no escritas sublimes a todo Creonte y Tiresias, el rey y el adivino. Se ha hecho no
código. Las prudentes ordenanzas de Creonte le llevan tar que tam bién en contraste con Creonte se nos retra
a prohibir, por ejem plaridad, que el enemigo de la ciu ta la figura del guardián que sorprende a Antígona en
dad, Polinices, sea sepultado. Quizás no pueda decirse su acto y la trae a presencia del tirano. Persona de
que, en todos los casos y con carácter general, la ética traza cómica, es un típico personaje que entra aquí en
griega condenara esa prohibición. Pero Sófocles sí, se escena. Si no se me entiende mal, diré que es un lejano
gún su voluntad y su idea. Aquí está completamente del
60 Cf. J. Goth, «Antigone». Jnterpretationsversuche und Struk-
59 Cf. K. R einhahdt, Sophokles: «Antigone», Gotinga, 19613, turuntersuchungen, tesis doct., Tubinga, 1966.
páginas 9-13.
INTRODUCCIÓN GENERAL 81 82 TRAGEDIAS
antecedente de nuestro «gracioso»; su lenguaje está ta los cuales el uno sigue al otro como su imagen inver
raceado de giros populares. tida.
Antígona y Creonte se contraponen tajantem ente. Además, la dram ática del contraste adquiere un di
Antígona es una muchacha, como debe ser una mucha namismo particular, en el conjunto y en los pormeno
cha de elemental ingenuidad. Nada de heroísmo rom án res, por virtud del cual se pasa progresivam ente de una
tico, ni de figura ideal. Sabe y está segura de pocas posición a otra, de acto en acto, de principio al fin. Se
cosas: que hay unos dioses arriba y otros de abajo, preludia un modo nuevo, el de Edipo Rey.
que aquende están los vivos y allende los m uertos y que
a los difuntos, que son del reino de los dioses de abajo,
«Edipo Rey»
m enester es enterrarlos. Esto lo cree firmemente y des
de ésa su convicción saca fuerzas p ara enfrentarse al Es medida profiláctica: ante todo, digamos lo que
tirano y a la m uerte. Al otro lado, Creonte, tan estricto Edipo Rey no es 61. No es un dram a del destino inque
en el cumplimiento de sus obligaciones de rey y de brantable (que es cosa muy tardía, estoica) en su con
padre y, en el fondo, tan débil. En lugar de abrirse a traposición con la libertad: este conflicto destino-liber
la comprensión y corregir actitudes, se enrigidece, se tad será cosa perdidam ente rom ántica; pero es una
endurece más cada vez y acaba p o r asistir al fracaso idea confusa y b arata querer traspasarlo a la tragedia
de sus principios demasiado estrechos y, ¡cosa para él de Sófocles, viendo en ella una pintura de los esfuerzos
más terrible!, los que más quería (su hijo, su esposa) del hom bre por escapar a su destino, a la «fuerza del
declinan también. Pierde lo que tenía. Antígona gana sino» que, en definitiva, se impone. En la perspectiva
lo que era. dram ática de esta tragedia, el hado pertenece al pasado
Ese contraste condiciona la estructura m ism a de la lejano, m ientras que el espacio auténtico del dram a es
obra. Es un dram a «de dos figuras», cuyo enfrentam ien el presente de la revelación. No es un dram a psicoló
to condiciona el movimiento dramático. Las acciones gico de caracteres, tendencia que unge y aun satura el
de Antígona y Creonte se cruzan, de arte que Antígona, ambiente dram ático de tantas piezas teatrales del si
la vencida, vence, y Creonte, el vencedor por su fuerza, glo XIX y de más de un neo-Edipo finisecular.
No es un dram a de culpa y castigo que descarga
en definitiva sucumbe: esto nada tiene que ver con la
sobre la enhiesta cabeza del culpable. ¿Cuáles son los
justicia poética y toca algo más al, para nosotros fa
hechos punibles de Edipo? ¿Satisfacción de sí propio,
miliar, tem a de morte persecutorum. Drama de dos
excesos en su reacción, sin ser dueño a contenerse, ante
ocasos humanos separados esencialmente, pero unidos Tiresias o Creonte, o es la suya una hybris post even-
demónicamente, lo ha definido Reinhardt con soberana
agudeza, es decir, conflicto existencial entre los dos 61 Cf. E . R. Dodds, «On Misunterstanding the Oedipus Rex»,
personajes y no como representantes de dos derechos en Greece and Rome XIII, 1966, 37-49, recogido en The Ancient
Concept of Progress and other Essays on Greek Literature and
opuestos y pariguales en im portancia ética (Recht gegen Belief, Oxford, 1973, págs. 64-77 (hay trad, alemana: Der Port-
Recht), por una parte, y, por otra, son dos ocasos, de schrittsgedanke in der Antike, Munich, 1977).
INTRODUCCIÓN GENERAL 83 84 TRAGEDIAS
turn? ¿O no hay culpa y la hamartía, de que habla Aris so inexorable, por exigencia de verdad, hacia el descu
tóteles, es simplemente su ignorancia? ¿O la culpa es brim iento de lo que se encubre bajo lo que parece. Dra
de Yocasta, por su ataque a la religión tradicional? El m a policiaco, se ha dicho m uchas veces: bueno, pero
problem a de la culpa, se resuelva positiva o negativa siempre que se añada que se tra ta mucho más que del
mente, esencial en Esquilo y Eurípides, no tiene cabida descubrimiento intelectual, por u n juego ingenioso de
aquí. Un tribunal, divino o humano, que, como a Ores- observación y deducción, del crim inal, un juego poli
tes, declarara a Edipo libre de mancha, no resolvería ciaco del gato y del ratón. Es el camino existencial
la contradicción entre lo que Edipo imagina ser y lo desde la apariencia al ser. El carácter gnoseológico de
que realm ente es. este dram a lo entrevio ya Schiller, al definirlo como
¿Qué es, entonces, Edipo Rey? Porque hasta ahora «análisis trágico». Los dos mundos de la apariencia y
sólo vamos reparando en lo que no es. del ser se superponen al final, después de u n lento pro
Destino, carácter, culpa son nociones que pueden, de ceso que les hace envolverse el uno al otro: todo un
alguna manera, entrar aquí en juego. Pero no es esto sistema poético-dramático (escena de Tiresias, de Yo
lo esencial. Por ley de cortesía histórica vemos hoy la casta, racionalidad de Edipo como m anifestación de la
tragedia sofoclea más como acto irgligiQso^’Ç ïê- como apariencia) hace revelarse al ser bajo la superficie de
diversión pública. Edipo Rey es fundam entaîm ënteTm la apariencia. No se tra ta simplemente de la incerteza
documento religioso. Hase de ' añadir ^^jj~|2dScïïm ën- o falibilidad que inform a ocasionalmente la existencia
to de religión griega, precisión que no huelga, porque humana. El de Edipo no es un erro r o una cuantía de
a algunas interpretaciones de esta tragedia se les ve lo ellos, sino un «sistema de errores», capaz de organizar
cristiano y hasta lo católico-romano: por simpática se autónom am ente y que se realiza, particularm ente, a
que haya sido la influencia de Mauricio Bowra, muy través de la ironía omnipresente.
discreto helenista y catedrático de Poesía, debe recono Tres nociones religiosas presiden el proceso de la
cerse que, en su visión de la tragedia sofoclea 6Z, ha in revelación de Edipo: es una revelación quenH a^poPel
gerido algo de religión nada griega. Más que teatro, en dios de la verdad: es una purificación del m undo man-
el sentido actual del térm ino, es u na especie de «mis chado v una salvación de lo divino amenazado; es una
terio»: a los sentados en la gradería se les ofrece el
espectáculo de un hom bre muy im portante, inocente felicidad hum anas. “ 'Γ*
mente culpable, al que le ocurre una caída terrible que, Primero. Desde su altar instalado en la escena Apolo
sin embargo, es documento de lo divino 63. preside la acción entera del dram a °4. Es el dios de la
Edipo Rey es un «drama de revelación», de progre- verdad, y la verdad busca de suyo revelarse. Apolo, a
62 Sophoclean Tragedy, Oxford, 1944, págs. 162-211. Una in la vez que Edipo, mueve la acción, es el dios el que da
terpretación católica: E. S c h le s in g e r, El «Edipo Rey» de Sófo el prim er toque de arrebato y el que luego sigue ha
cles, La Plata, 1950. ciendo progresar la acción. E sta tragedia es el asalto
63 Cf. W. Schadew aldt, «Der Konig Odipus des Sophokles in
neuer Deutung», Schweizer Monatshefte XXXVI (1956), 21-31 (re 64 Cf. W. E li g e r , «Sophokles und Apollon», en Synusia. Fest-
cogido en Helias und Hesperien, I, 466476). gabe W. Schadewaldt, Pfuhlingen, 1965, págs. 79-109.
INTRODUCCIÓN GENERAL 85 86 TRAGEDIAS
der, con el tiempo. Sófocles produjo aquí la obra defi plan de su herm ano para facilitar la venganza, la m uer
nitiva, y que da la casualidad que, cuando se representó te de Orestes, la falsa noticia provoca un dolor inde
en Atenas, obtuvo un segundo premio; el prim ero se cible en Electra. El dolor revela su verdadera esencia:
otorgó a Filocles, un sobrino de Esquilo (cf. Dicearco, ella es «la vengadora». (El paso de la apariencia —m uer
fr. 80 Wehrli). Este Filocles ¿era un genio o un ingenio te de Orestes— a la verdad afecta aquí no a los prota
segundón y un trágico hebén? La historia literaria deja gonistas, sino a sus enemigos.) Pero Electra, en su dolor
su figura en indecisa penum bra o, por m ejor decir, el y en su decisión, no se siente en aquella inmediatez con
río del olvido se la ha tragado. Pero, para nosotros, el lo divino que tenían Ayante o Edipo. E sta m ujer, de
veredicto del jurado parece desconcertante, irritante dolor probado, tampoco se siente segura, como lo esta
(o quizás lo que le sorprende a uno, de pronto, es sen ba Antígona, de luchar en nom bre de una ley divina.
tir que, alguna vez, por casualidad tiene razón). ¡Eso De modo que, mirándolo por este lado, el dram a se
se llama dar en el blanco! concentra, en su prim era parte, en un crescendo que
sirve gradualmente para revelar la naturaleza de Elec
tra (la acción se centra en torno a un personaje que no
«Electra» actúa, que sólo sufre) y el autor se delecta en la expre
sión de las manifestaciones del dolor, creciente de es
El gusto selectivo de la Antigüedad nos ha salvado cena en escena; en la segunda parte, el dram a se centra,
las tres tragedias, una de cada trágico, sobre el tem a
m ediante una utilización prudente de la suspensión, en
de Electra: Las coéforos esquilea y las dos Electras de
el acto de la venganza. La economía dram ática es de
Sófocles y Eurípides. Aunque la datación del dram a
una gran sabiduría. Las manifestaciones del dolor de
euripideo no es unánim e (Zuntz lo data en el 420, Webs
Electra se dilatan por muchos versos; el acto m atricida
ter en el 418, otros en el 413), ni tampoco la cronología
se sucinta en extremo: la acción condensadísima, rá
relativa de ambas piezas, generalm ente se opina que la
pida, avanza con celeridad y el poeta aguija y acelera
Electra de Sófocles es algo anterior y, en cualquier
para la escena el ritm o andante de la vida. Y porque el
caso, fruto del sereno invierno del p o e ta 67.
Los dioses se ajenan, en su acción directa, del m un flujo de la palabra endolorida y la acción hum ana se
do de los hechos y dolores humanos. Naturalm ente el reparten el volumen de la tragedia muy desigualmente,
orden, que reside en el regazo de los dioses, se cumple de aquí le nace al dram a su equilibrio artístico; se po
finalmente y lo que ha de suceder, sucede; pero la in tencia su eficacia. El grito de Electra a su herm ano
triga hum ana gana im portancia, aunque sólo sea para (v. 1415): «pega, si tienes fuerza, por segunda vez», con
a la postre, en im prevista tornavuelta, acarrear nuevo centra, en el instante debido, toda la intensidad del do
dolor al hombre. Al anunciarse a Electra, conforme al lor que antes se describió escrupulosa, amorosamente.
Electra, que se reveló antes como la vengadora (porque
67 Una buena crítica de la tesis de Zuntz (aceptada por propiedad es de un dolor como el suyo revelar la ver
Webster, Theiier y Newiger) en A. V o g le r, Vergleichende Studien dadera naturaleza del hom bre que lo endura), se mues
zur sophokleischen und euripideischén «Elektra», Heidelberg,
1967.
tra ahora como autora virtual de una venganza que le
INTRODUCCIÓN GENERAL 89 90 TRAGEDIAS
trae a ella la liberación expiatoria (?) y a la casa de los de las formas: la palabra trágica, la composición de las
Atridas, mancillada por el crimen, la libertad. escenas (agrupadas sim étricam ente en torno a las que
Pero sería torpe ver en Electra u n dram a de almas, jas de Electra contra Clitem estra y la «escena de la
sin más. ¿Qué postura adopta Sófocles ante el acto urna»), la técnica dramática. Con razón se la compara
m atricida, lo justifica es, lo critica como Eurípides 69, se al arte maravilloso de las figuras del Partenón.
m antiene en una neutralidad «amoral»? 70. El matricidio
y la ley de retaliación son, tam bién en el dram a sofo
cleo, centrales y lo son sus consecuencias, esto es, el «Filoctetes»
tem a de las Erinis; sólo que en una visión todavía más
También el tem a de Filoctetes lo ha tratado la tra
pesimista, dado que el futuro y la conciliación que éste
gedia ática en sus tres eminencias. Cada uno de los trá
puede traer no son tomados en consideración. Otramen
gicos ha debido de tratarlo con diferente sensibilidad.
te que Esquilo, Sófocles no avista el problem a del m a
Las piezas de Esquilo y de Eurípides se han perdido;
tricidio desde la óptica culpa-castigo, orden de Apolo
pero una noticia fidedigna (Dión de Prusa, Or. 52) nos
(v. 1425, Apollon ei kalós ethéspisen, significa un lavar
proporciona una prim era y decisiva observación sobre
se las manos del poeta) y h o rro r del crimen de un hijo.
la originalidad de Sófocles. Un oráculo había anunciado
El castigo de los culpables, previsto desde el principio,
que Troya solamente sería tom ada por el arco de Filoc
es la única salvación posible de la casa, la sola purifi
tetes, el guerrero a quien sus cam aradas griegos habían
cación posible de un mundo manchado por el asesinato
abandonado al no poder resistir su incómoda presencia,
de Agamenón. El presunto dram a de almas es aquí la
pudriéndose y hediendo día a día su llaga. Pero ¿cómo
tragedia de la purificación del m undo m ediante el dolor
convencer ahora, pasados los años, al héroe amargado
y el acto nacido del dolor. Los coros iniciales y los de
contra sus antiguos camaradas? En Esquilo esto suce
acompañamiento de la acción m atricida elevan la m uer
día, como en Prometeo y Níobe, por eficacia de los con
te de la madre, que en una perspectiva hum ana sería
sejos de otros (Ulises y el coro de lemnios, que pro
algo incomportable, a un plano m ucho más que hum a
curan convencerlo); el destino seguía su curso y el
no. Orestes y Pílades son los agentes de una justicia
oráculo se cumplía. En el dram a euripideo Filoctetes
divina. (del 431, coetáneo de Medea y veintidós años anterior
Hay en Electra un clasicismo verdaderam ente ático
al de Sófocles), por eficacia de largos duelos de pala
bras, razonamientos y contrarrazonam ientos a cargo de
68 T. B. L. W ebster, op. cit., pág. 195, y The tragedies of Euri
pides, Londres, 1967, pág. 15.
helenos y troyanos: lo griego (y el sentimiento naciona
69 J. T. Sheppard, «Electra: A defense of Sophocles», Class lista del héroe) y lo genérico hum ano intervenían. Es
Review XLÏ (1927), 2-9, y J. H. K e lls , Sophocles: «Electra», Cam cosa particular, e inventada de su cabeza, que Sófocles
bridge U. P., 1973, págs. 5-12 (con un resumen de estas disputas finge en Lemnos (localización más tradicional de las
interpretatorias). Pero cf. H. E rb se , «Zur Elektra des Sophokles», fraguas de Hefesto) una ínsula desierta (v. 2), cendi-
Hermes CVI (1978), 284-300.
da y virgen aún de pie humano: el coro lo form an los
70 H. F r i i s Johansen, «Die Elektra des Sophokles», Classica
et Mediaevalia XXV (1964), 8-32. m arineros que acaban de poner pie en tierra firme. Esta
92 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 91
alma de Neoptólemo no deben explicarse anacrónica
idea del poeta nada tiene que ver, p o r supuesto, con la m ente por un psicologizar «muy siglo diecinueve», ni se
busca de un paisaje de desolación rom ántica o de una tra ta tampoco de exigencias autom áticas de la acción
isla ideal para bucolistas y árcades. En Lemnos vive, en teatral. Neoptólemo, el hijo de su amigo, es la persona
apartam iento y soledad sin mitigación, como un Robin más indicada para llegar al corazón de Filoctetes. Se
son griego, Filoctetes; de arte que su dolor físico y mo gana, más de cada vez, la confianza del héroe. Ocurre el
ral se exacerba al máximo: ningún humano puede res momento de la crisis de su herida, que el poeta ha pin
ponder a sus quejas, a voz en grito, cuando el héroe se tado a lo vivo con una descripción nosográfica muy
lam enta de su mala dicha. La herida del pie pudiera exacta, pero sin insistir en la pintura de lo asqueroso
curarse, la del alma no tiene vendaje. E sta «acción de m aterial para ver nuestra fuerza de estómago, y entre
dolor» es la base del sucedido escénico en la prim era gritos horadantes: estos gritos los critican el estoico
parte del drama, en la que tam bién se encuentra la Cicerón (Tuse. disp. II 14, 33) y algún moderno (con
preparación del plan, a cargo de Ulises, tan m aestro del una m anía de im perturbabilidad y de no descomponer-,
intrigar; los intentos para convencer a Filoctetes se re se veintiún siglos más grave que la de Cicerón). En ese
servan a la segunda parte 71. momento, Filoctetes cede al joven el arco, con que son
El segundo punto de gran originalidad sofoclea es conseguidos los fines del griego, y a Ulises está a punto
por lo que m ira a la persona de Neoptólemo, a cuyo de sucederle su intento. Pero la reacción m oral que
cargo parece que, en Esquilo, corría el prólogo, pero esto provoca en Neoptólemo parece que cambia las tor
no un papel im portante. En Sófocles es tan im portante nas. Porque la compasión hace su oficio y entra en jue
que algunos críticos equivocadamente lo consideran go el tem blor de hum ana comprensión por parte de un
protagonista del dram a, cuando en realidad él es sola alma juvenil y noble. En ley de hum anidad el hijo de
mente el m ediador y el portador de una llamada a la Aquiles juega limpio, descubre la m entira, devuelve el
sociabilidad, único consuelo del héroe solitario y des arco y, fiel a la palabra dada, se declara dispuesto no
arraigado. Al hijo de Aquiles su nobleza constitutiva le ya a no llevar a Filoctetes a Troya, sino a repatriarlo a
viene de abolengo, por el tirón hereditario. Cuanto a Uli su casa, alturas de Eta. Es, o tra vez, el camino tan so
ses, que no es ningún cobarde, sino un patriota que jue focleo desde la apariencia a la verdad, pero trasladado
ga en frío, él ha urdido la intriga p ara que, conforme al ahora al terreno personal, a la verdad personal de un
oráculo, el arco de Filoctetes vuelva a Troya. Un juego
Neoptólemo que se opone al determ inism o del destino.
entre tres almas, Filoctetes, Neoptólemo y Ulises, lleva Los hombres pueden intrigar, pero pueden tam bién ser
do con notable habilidad artística, es esta pieza m adura fieles a sí mismos y veraces 72. El desistimiento de Neop
del estilo «ético» de Sófocles: ético, explica Aristóteles tólemo deja las cosas sin camino humano de salida.
(Poética 6, 1450 b), es «aquello que m uestra cuál clase
Aquí se produce la epifanía de Heracles, viejo cama-
de elección» hace el hombre; no la noción m oderna del
rada de Filoctetes (de aquél recibió éste el arco) y hoy
carácter como unidad orgánica. Los movimientos del
72 Cf. K. A lt, «Schiksal und phÿsis in Sophokles», Hermes
71 Cf. J. U. Schm idt, Sophokles: «Philokíet». Eine Struktur- LXXXIX (1961), 141-179.
analyse, Heidelberg, 1973.
94 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 93
deificado. Enseña Heracles el sentido del destino de Fi antes. En el 404 se había cerrado la guerra, con la de
loctetes, que toda su existencia es, a su vez y sucesiva rro ta de Atenas. E sta obra, hija de la vejez 74, es cabo
mente, desgracia y felicidad. Adivina porvenires que de la obra dram ática de u n poeta nonagenario que, des
escapan a los humanos, p ara su enseñamiento. El hé de el fondo de sus largos años, se despide de la m usa
roe, qué remedio, obedece: si el cristiano sabe dar a la trágica, de un buen tiempo fenecido y de una ciudad
libertad toda la dignidad de la obediencia, el griego sabe que fue, en otros días, capital del planeta, pero que hoy
d ar a la obediencia toda la dignidad de la libertad. La parece una fuerza que ha perdido toda su fuerza.
solución de Heracles preserva la dignidad de Filoctetes Edipo Rey y Edipo en Colono (segunda lectura sofo
y, a la vez, se cumple la voluntad de los dioses. Este clea del caso Edipo) están separadas p o r veinte años.
episodio final ¿es, como pretenden algunos, el deus ex La últim a pieza no es una «segunda parte» de la prim e
machina que, con desprecio de todo lo anterior en el ra; sin embargo, semeja que la figura de Edipo y el
drama, metiéndose al quite satisface las exigencias de propio poeta, el ente de ficción y su creador, fueran
la leyenda, como en Eurípides? ¿Esta epifanía es una algo así como mellizos especulares, quiero decir, como
interiorización del mito tradicional, en el sentido de una si en los dos Edipos, que Sófocles esculpió inm ortal
revelación íntim a de la virtud del propio héroe, como mente, pudiéramos contem plar cómo el poeta se pro
pretende W hitman? 7S. Heracles habla al hombre Filoc longa del plano personal al literario. Diré, otra vez, que
tetes, se pone a sí mismo como ejemplo humano y la no hay en el segundo Edipo una continuación del pri
respuesta de Filoctetes se explica en el marco de lo mero; pero si borrando la distancia del tiempo junta
que es la piedad sofoclea. Retirados los dioses de la mos ante la vista ambos Edipos, sí un complemento que
acción dram ática, queda al hom bre un amplio territo añade a la imagen del dolor absoluto, inalienable, in
rio de actuación; pero toda su inteligencia y sus planes transferible con la que el rey Edipo se despide, la otra
solamente consiguen que las cosas se enreden inextrica cara de la gracia que, por fin, recae sobre el sufridor
blem ente hasta que lo divino restaura, al final, el orden. absoluto. Edipo anciano, sirviéndole de zagalejo Antí
Filoctetes cede y emprende el camino hacia Troya y gona, ha llegado al final de su muy aporreada peregri
hacia su propia gloria. nación, sin nunca reposarse, ante el bosque benéfico y
m isterioso de las Euménides, en la colina de Colono
Hipio. Final de jornada de su tránsito m ortal, que será
«Edipo en Colono» tam bién su glorificación.
En un prim er plano, la acción dram ática es ese ca
Edipo en Colono la hizo representar el año 401 el mino de Edipo. Su m eta está prefijada desde el comien
nieto del poeta, Sófocles el Joven. El abuelo, que nunca zo, cuando Edipo reconoce en el bosque de las Eumé-
se jubiló como dram aturgo, había m uerto cinco años
74 Los rasgos estructurales de una «obra de vejez» han sido
73 C. H. W hitm an, Sophocles. A Study of heroic Humanism,
bien estudiados por H. W. Schm idt, Das Spatwerk des Sopho
Cambridge Mass., 1951, págs. 186-188. Pero, sobre todo, confrón
kles. Eine Strukturanalyse des «Oidipus auf Kolonos», tesis doct.,
tese W. Schm idt, Der deus ex machina, tesis doct., Tubinga, 1963,
Tubinga, 1961.
páginas 95-112.
INTRODUCCIÓN GENERAL 95 96 TRAGEDIAS
nides la «palabra de liberación de su destino» (w . 42-46). pedimentos y cortapisas que ponen alguna dram ática
Sin necesidad alguna se ha puesto en duda la unidad dificultad, hacen intervenir lo inesperado, el asombro,
de la acción dramática, pensando que ésta la interrum y parece que darían al traste con el final previsto. Es
pen digresiones o que está engrosada con m ateria ad decir, que las escenas de Creonte o Polinices se deben,
v en ticia75. La glorificación final está en razón directa no más no menos, a esta necesidad dram ática. Ensa
de la jerarquía de dificultades que el héroe debe vencer yemos imaginariamente suprim irlas. Tras su imaginaria
todavía: del hom bre que le ilustra sobre el lugar sagra supresión, la acción perdería eficacia dram ática. Esas
do; del Coro de colonenses que sé erizan en invectivas partes pertenecen a la concepción originaria del drama.
apenas oyen su nombre; de Creonte que, p o r fuerza de El sucedido dram ático toca, como en Edipo Rey,
m añas o mañas de fuerza, quiere repatriarlo a Tebas, pero en un sentido todavía más trascendente, al miste
pues m uerto Edipo, predicho está que ha de ser el rio del hombre. La glorificación de Edipo no es el pre
homo m issus a deo para derram ar bendiciones sobre el mio y compensación de sus dolores, para advertencia
suelo que lo entierre; de su hijo Polinices que, con las ejem plar de los hombres. Tampoco Edipo ha «mejora
mesnadas argivas, pretende sitiar y expugnar Tebas... do» de carácter. Si sü gesto es cordial cuando se des
En un segundo plano, la estructura formal de la pie pide de las hijas, frente a otros personajes del dram a
za está articulada como «súplica», hikesía, esto es, como Edipo es un desapacible y un áspero, como suelen ser
motivo del suplicante que acude para pedir ayuda y fa lo los «héroes» locales: contra Creonte se revuelve con
vor, un motivo proveniente de la vida real y configura bronquedad y con acritud explicables; pero tam bién a
do dram áticam ente, con gran eficacia, por Esquilo y su hijo Polinices, en situación apiadable, lo tra ta con
Eurípides 76. Este motivo disciplina y da unidad orgá rudeza, fieramente, y acaba m aldiciéndolo... Tropeza
nica a la pieza. La acogida que Edipo solicita se entien
mos aquí con una provincia de m isterio en la relación
de en un doble sentido. Se acoge Edipo al acorro de
entre lo divino y el hom bre. El hom bre más apaleado
Atenas y Teseo. La buena disposición de Atenas para el
por el destino es tam bién el elegido por los dioses, que
suplicante era tópico máximo de la vanidad ateniense.
tienen estos viceversas. ¡Cosa bien extraordinaria! El
El poeta le tocaba al público auditor en la cuerda sen
herido por los dioses, que más que hacer padeció sus
sible con un motivo cálido y próximo a su corazón.
crímenes (m atar a su padre, a ra r el tálamo materno),
Pero, en un sentido más profundo, son los dioses quie
nes acogen a Edipo como héroe salutífero en el recinto aquel a quien el dios otorgó la gracia de ser desgracia
sacro de las Euménides. También este motivo depoten- do, es tam bién el elegido para héroe. También el Anti
ciaría su eficacia, si no hubiera el poeta interpuesto im guo Testamento es vocero de una complacencia de Dios
con el hom bre al que otorga su gracia, con independen
75 Una doxografía al respecto (cf. nuestra nota 20), en cia de los m éritos del agraciado: un regalo imprevisible
E. G arcía Novo, op. cit., páginas 262-264. que cae sobre el hombre.
70 Cf. J. Kopperschm idt, Die Hikesie ais dramatische Form,
Bamberg, 1967, y «Hikesie ais dramatische Form», en el vol. col.
Otros motivos se im brican en la acción adm irable
Die Bauformen der griechischen Tragodie, págs. 321-346, s. t. m ente una en sus grandes líneas tectónicas y, sin em
329-335. bargo, varia. Melancolía, y hasta desesperación, de la
INTRODUCCIÓN GENERAL 97 98 TRAGEDIAS
vejez: uno de los m ejores coros de Sófocles, por hum a cíes efunden estímulos imperecederos p a ra el espíritu
nam ente melancólico y profundo, es el tercero de esta y la poesía. Porque las creaciones del arte son libérri
pieza (w . 1211-1248); es incom parable la emoción que mas, incom parablem ente autónom as, y, cuando las ar
suavemente se evapora de este coro. Fe en la fuerza de mas quedan humilladas y periclitan las form as políti
la Atenas eterna, incorporada dram áticam ente en la fi cas, ellas se salvan y perduran, pues son espíritu (y el
gura de Teseo y líricamente en el famoso canto en ren espíritu rara vez alienta en la política).
dimiento y loor de las glebas de Colono: parece Sófo
cles aquí, por un respecto, que, con alboque bucólico,
La fortuna del texto sofocleo
canta la alabanza de la aldea ante el vecindario y parro
quia urbanos; y, por otro respecto, parece que el lugar La fam a de Sófocles, grande en vida, se ha m ante
ameno y deleitoso (prado liento, verde veste botánica nido dotada de intacto prestigio a través de los siglos.
de narciso y azafrán, rum or de aguas claras y el olean En el siglo iv se han repuesto sus dram as en escena.
dro fecundo bajo un cielo azul bruñido, que surca el Ha sido un autor escolar y la filología alejandrina se ha
canto de la delicada filomena), que el poeta exalta con empleado en su comentario y edición. El Aticismo le
ojos enamorados, simboliza tanto y tan bien a su patria ha dado mucho precio. El teatro rom ano de la época
entera. El tiempo es otro de lo que era antes. Muchas republicana lo ha tomado por modelo más o tanto como
cosas se lleva el tiempo inexorablemente; pero la Ate a E u ríp id es77... Las obras clásicas hacen linaje. Cono
nas ideal permanece. En giro exacto, en un precipitado cida y reconocida es la pervivencia de Sófocles en la
verbal admirable, el elogio se resum e en la frase del tradición literaria universal a través de nuevas encam a
corifeo (vv. 726-27): «Yo soy viejo, pero la fuerza de la ciones y renuevos de sus dramas. Lo que hay de vivaz
tierra no envejece». en las figuras de su teatro lo dem uestra la enorm e nó
Edipo en Colono es una despedida en varios senti m ina de arreglos y refundiciones en todas las épocas 7S,
dos. Edipo, llamado por los dioses, entra en el soto de tam bién en la escena contemporánea. A través de las
las Euménides, su gran descanso, su liberación. Desen edades llama el teatro sofocleo a la sensibilidad de los
ganchado de todo, extranjero a todo, deja tras de sí el dram aturgos que lo reinterpretan desde distintos ángu
m undo de sus acciones y dolores, las ambiciones y b ri los de interpretación. La beatería literaria de casi todas
llos de la política; purgado acerca de todas particula las épocas ha hecho de Sófocles uno de sus ídolos rei
res aficiones, tam bién deja atrás el m undo de los senti nantes. Lo que, a mi ver, falta añadir es que, por regla
mientos, de la comprensión, de la ternura. También general, Sófocles es un poeta que reina, pero no gobier
para Sófocles Edipo en Colono significó personalmente
la despedida de la escena y de la escena del mundo; 77 Cf. W. Schm idt, Geschichte der griechischen Literatur, I, 2,
Munich, 1934, págs. 501-507
y quizás también, en un sentido histórico, la despedida
78 Véanse los artículos correspondientes (bajo los nombres
de un m undo que se iba alejando río abajo del tiempo. propios de seis piezas y s. u. «Herakles») en E. F re n z e l, Stoffe
Pero así como la tum ba de Edipo envía grandes halos der Weltliteratur, Stuttgart, 19764 (hay trad, esp., Diccionario de
de bendición para los hombres, así del teatro de Sófo- argumentos de la Literatura universal, Madrid, 1976).
100 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 99
comentario de Dídimo (s. il a. C.), al cual se rem ontan
na, quiero decir, que una cosa son los títulos de estas
bastantes escolios conservados 81. En el siglo n de la
obras y su pretendida raigam bre sofoclea y otra, bien
Era cristiana (según la opinión ortodoxa de Wilamo-
distinta, la realidad, que nada de Sófocles se conoce en
witz, hoy en día cuestionada 82) se llevó a cabo la «se
esos renuevos...
lección» de siete piezas de cada trágico. En el siglo iv
Pero, en fin, hablamos aquí de la historia de la trans
d. C., Salustio preparó su edición de la selecta, acom
misión del texto griego que, en relación con las varia
pañada de una revisión de los escolios. E ntre los si
bles circunstancias históricas, ha sufrido los avatares
glos vi y IX el interés hacia la tragedia clásica estuvo
consiguientes desde el momento en que el autor enviara
el original para la prim era representación hasta su fija reducido al pequeño mundo de algunos sabios y erudi
ción im presa en la «editio princeps» Aldina de 1502, sie tos. Nuestro m anuscrito medieval sofocleo más antiguo
te años después de haberse im preso cuatro piezas de (L del s. x) es ya el resultado del renovado interés ha
Eurípides y dieciséis años antes de la prim era edición cia la literatura clásica, tam bién la poesía, en los círcu
de Esquilo. Difícil, muy difícil es que aquel texto, que los del llamado «segundo Helenismo», que la hizo trans-
durante dos siglos circuló indefenso ante las corrupcio literar a un nuevo tipo de escritura, la «minúscula».
nes, se haya salvado de éstas, entre las otras, de las Ahora bien, huellas de una actividad propiam ente filo
llamadas «interpolaciones de actor»; sin embargo, pa lógica sobre el texto de los poetas trágicos no se en
rece que estas últim as han sido menores que en los cuentran hasta la filología de la época de los Paleólogos
otros dos trág ico s79. Un decreto de Licurgo (ca. 338- (ca. 1290-1320). Máximo Planudes no parece haber dado
326 a. C.) mandó conservar, en archivo oficial, copia una recensión propia de Sófocles; pero sí compuso es
autorizada de las obras de los tres grandes poetas trá colios para las piezas de la «tríada» bizantina (Ayante,
gicos, posiblemente la m ism a que, en tiempos de Pto- Electra, Edipo Rey). La recensión de la tríada por su
lomeo III (246-211 a. C.), fue llevada a Alejandría y discípulo Manuel Moscopulo (ca. 1290) m arca un hito
sirvió de base a los trabajos filológicos de los sabios im portante e influyente. Tomás Magistro preparó una
alejandrinos, particularm ente de Aristófanes de Bizan- edición de las siete piezas y de escolios a la tríada y
cio (ca. 257-180 a. C.), a cuya diligencia se debió una Antígona. Su discípulo Demetrio Triclinio se ocupó es
edición de Sófocles, que presentaba todas las piezas en pecialmente de la m étrica de las partes líricas: su re
orden alfabético de títulos y probablem ente con sepa censión la tomó po r base de su edición Turnebo, en
ración de la colometría lírica; y de Aristarco (ca. 216-
144 a. C.), com entarista de nuestro poeta 80. Estos tra 81 J. H avekoss, Untersuchungen zu den Sophokles-Scholien,
bajos y otros de prim era mano han sido la base del Hamburgo, 1961, y V. De M arco, Scholia in Sophoclis «Oedipum
Coloneum», Roma, 1952, págs. XVI-XXVII. Hay dos buenas edi
ciones recientes de escolios: O. Longo, Scholia Byzantina in So
79 Cf. D. L. Page, Actor's interpolations in Greek Tragedy, phoclis «.Oedipum Tyrannum», Padua, 1971, y la que citamos en
Oxford, 1934, pág. 91. nuestra nota 103.
80 Cf. R. P f e if f e r , Geschichte der klassischen Philologie von 82 Cf. A. T u il i e r , Recherches critiques sur la tradition du
den Anfangen bis zum Ende des Hellenismus, trad, alemana, texte d'Euripide, Paris, 1968, págs. 91-113.
Hamburgo, 1970, págs. 272-273.
INTRODUCCIÓN GENERAL 101 102 TRAGEDIAS
1553, edición dominante hasta la de R. F. Ph. Brunck códice uncial del siglo v (Dain). E ste códice, en perga
(1786-89, en Argentina de F ra n cia )83. mino, fue adquirido en Constantinopla por Giovanni
En el respecto de los m anuscritos sofocleos, un es Aurispa, en su célebre viaje (1421-23), y enviado a su
tudio fundamental, verdadero m agnum opus, de A. Tu- amigo Niccolo de Niccoli; utilizado por Petrus Victo
ryn, publicado en 1952 84, situó sobre bases firmes nues rius en la segunda edición Giuntina, en 1547, cayó luego
tro conocimiento de la tradición m anuscrita de Sófocles. en olvido, hasta que P. Elmsley lo redescubrió; bien
Turyn identifica las recensiones de los sabios bizanti conocido de los editores m odernos desde que Dindorf,
nos, cuya mención acabamos de hacer: Manuel Mosco- en su edición oxoniense de 1832, lo tomó como base de
pulo 85, Tomás Magistro y Demetrio Triclinio 8β, y separa su texto, b) El palimpsesto de Leiden, B. P. G. 60 A
los m anuscritos procedentes de esas recensiones bizan ( Λ o P), contemporáneo de L y quizá su gemellus, dado
tinas (muy numerosos: unos 68 moscopuleos, unos 30 a conocer en 1926 por J. V ü rth eim 87: sobre el texto
tomanos y unos 15 triclinianos) de los m anuscritos «an sofocleo (aproximadamente, las dos quintas partes de
tiguos», éstos son m anuscritos que, aunque de data muy un m anuscrito) se han copiado, en el s. xiv, distintos
diferente, ofrecen u n texto menos afectado por conje textos cristianos, cosa habitual en estos casos y de ahí
turas de ediciones bizantinas. Distingue dos familias, aquel bon m ot del poeta Heine, cuando com paraba con
designadas como «laurenciana» y «romana», por sendos un palimpsesto el rostro de una dama piadosísima en
códices representativos. La familia «laurenciana» com tonces, pero de muy alegre pasado, en cuya faz peniten
prende: a) Un m anuscrito de Florencia, Laurentianus ciada se descubrían todavía restos de las pretéritas ale
32,9 (L) fols. 1-118 (contiene tam bién, de distinta mano grías. c) Laurentianus 28,25 (F, de hacia 1300) y otros
contemporánea, el texto de Apolonio Rodio y de Esqui cuatro manuscritos, que contienen solamente el texto
lo, designándose, en este últim o caso, como Mediceus, de la tríada bizantina (reducida selección escolar que
[M] ), copiado entre los años 960-980 directam ente de un data, probablemente, del siglo xn).
83 Sobre la historia del texto impreso, cf. R. C. Jebb, Sopho
La «familia romana», identificada originalm ente por
cles, the text of the seven Plays, Cambridge, 1897, págs. XXXI- Vittorio De Marco (aunque su independencia ha sido
XLIV. puesta en duda por P. Maas, H. Lloyd-Jones y R. D. Da-
84 Studies in the manuscript Tradition ,of the Tragedies of we), comprende: a) Laur. conv. soppr. 152 (G, cuatro
Sophocles, Urbana, Illinois, 1952. El sabio polaco había publicado piezas), suscrito en 1282 y am pliam ente utilizado por
previamente el catálogo de los manuscritos sofocleos: «The Ma
nuscripts of Sophocles», Traditio II (1944), 1-41, inventariando un los editores, desde Dindorf; b) Vat. gr. 2291 (R, falto
total de 191. A. D ain, Sophocle, I, Paris, 1955, pág. XXIII, añade de Trach. 372 al final), del siglo xv; c) otros m anuscri
Par. suppl. gr. 1348 (s. x v ii: Ayante 1-1417; cf. Ch. A struc-M . L. tos de los siglos xv-xvi. E sta familia, según la opinión
Concasty, Catalogue des manuscrits grecs. Le supplément, Paris,
hoy más común, está suficientemente libre de interpo
1960, págs. 666-667).
85 Cf. A. T ü ry n , «The Sophocles recension of Manuel Moscho- laciones para que el editor la tenga en cuenta, si bien
pulus», Trans. Amer. Phil. Ass. LXXX (1949), 94-173.
86 Cf. R. A u breton, Demétrius Triclinius et les recensions mé 87 Cf. J. Ir ig o in , «Le palimpseste de Sophocle», Rev. ét. grec
diévales de Sophocle, Paris, 1949. ques LXIV (1951), 443-455.
104 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 103
códice uncial encontrado en el siglo x m , o que, en todo
sus contribuciones positivas para la constitución del caso, el copista tuvo acceso a una fuente antigua que
texto son relativamente pocas 8S.
ha colacionado. El problem a no está todavía claro; pero
La cuestión más controvertida afecta al m anuscrito últim am ente se va imponiendo una revalorización de
Par. Gr. 2712 (A), datado por unos a fines del siglo x i i i este m anuscrito, por un doble camino: por un estudio
y por Turyn a comienzos del siglo xiv, muy prestigioso m ás ahincado de sus lecciones propias 91 y por la coin
desde que Brunck lo utilizara para su edición; un có cidencia de algunas de éstas con las de códices conside
dice afín a éste (Leningrad, gr. 741) ha servido de base rados por Turyn como deteriores92.
para la edición príncipe Aldina (a cargo de Juan Gre- No es posible actualm ente determ inar la fecha de
goropulo) y a su escriba se debe la introducción en L
la fuente común medieval de nuestros m anuscritos so-
de correcciones (L2), cuya procedencia identificó Turyn:
focleos (para Turyn, un códice en m inúscula de los
sostiene que, esencialmente, A procede de una edición
siglos ix-x). En cualquier caso, textualm ente éstos evi
bizantina, en conexión para el texto de la tríada con
dencian una notable homogeneidad (y los papiros sue
la recensión moscopulea 89, con más algunas lecciones
len estar de acuerdo igualmente). Quiere decirse que
procedentes de L, y, para las otras cuatro piezas, basa
se puede reconstruir bastante bien el texto de la «vul
do en la «familia romana», más algunas correcciones
gata» sofoclea. Pero entre ésta y el original sofocleo hay
propias, que son simple enmienda bizantina; en conclu
un gran trecho cronológico que sólo se salva con el re
sión: carece de valor en la tríada y lo tiene muy pe
curso a la crítica textual.
queño en el resto (salvo en los escolios, que ha con
En cuanto a la recensio, nos resultan hoy h arto sim
servado tam bién para esta pieza). Sin embargo, otros
plistas las ediciones que .basaban su texto en los códi
eruditos 90 sostienen que A translitéra y enmienda un
ces de la prim era familia o en el parisino A. Frente
al excesivo atenerse a L de un P. M asqueray (edición
88 Cf. P. E . E a s te r lin g , «Sophocles' Ajax, Collations of the
Manuscripts G, R and Q», Class. Quart, n. s., XVII (1967), 52-79, Budé, de 1922-24), se recom ienda la actitud ecléctica de
y «Sophocles’ Philoctetes. Collations of the Manuscripts G, R A. C. Pearson (edición oxoniense de 1924, todavía hoy
and Q», Class. Quart., n. s., XIX (1969), 57-85. reim presa con algunas correcciones), qtíe se basa en un
89 Cf. A. T u ry n , «On the sophoclean scholia in the manu amplio núm ero de m anuscritos con L y A como testigos
script Par. 2712», Harvard Stud. Class. Phil. LXIII (1958), 161-170,
y P. E . E a s te r lin g , «The Manuscript A of Sophocles and its
principales, G como testigo frecuente y, entre los recen-
Relation to the Moschopulean Recensio», Class. Quart., n. s., X tiores, T (símbolo de la recensión tricliniana); o de
(1960), 51-64.
99 Cf. A. D ain, Sophocle, I, Paris, 1955, págs. XLIII-XLVI, y 91 Cf., en general, H. P. D ie tz , Thomas Magistros’ recension
A. C olonna, «De Sophoclis codicum familia Parisina», Studi clas of the S'ophoclean plays «Oedipus Coloneus», «Trachiniae», «Phi
sici in onore di Q. Cataudella, I, Catania, 1972, págs. 205-212. fista loctete.s», tesis doct., Illinois, 1965, págs. 201-222, y «Einige echte
es también la opinión de J. C. K a m e r b e e k , «De Sophoclis memo Lesarten des Sophoklestextes in der thomanischen Rezension»,
ria», Mnemosyne XI (1958), 25-31: acaso la existencia de estos Riv. Cult. Class. Med. XIII (1971), 171-181. Desde un punto de
problemas ha sido la causa de que el ilustre sofocleísta no haya vista diferente: E. Ch. K opff, «Thomas Magister and the text of
dado todavía un texto crítico del texto sofocleo y sí excelentes Sophocles’ Antigone», Trans. Amer-, Phil. Ass. CVI (1976), 240-266.
comentarios: Ayante (1953), Traquinias (1959), Edipo Rey (1967), 92 En este sentido, R. D. D aw e, op. cit. (cf. nuestra nota 95).
Electra (1973) y Antígona (1978).
INTRODUCCIÓN GENERAL 105 106 TRAGEDIAS
A. Dain, responsable del texto griego en el nuevo Sófo texto no en los vetustiores, sino sobre 19 m anuscritos
cles de la Colección Budé (en tres volúmenes: 1955- (seleccionados entre los aproxim adam ente 163 que, se
1958-1960; la traducción se debe a P. Mazon), que basa gún Turyn, traen el texto de la tríada) y una crítica in
su texto (además de, en su caso, en los papiros) en terna de las variantes.
LP, Φ («familia romana») y A; o de A. Colonna, respon Manuscritos sofocleos en España (prescindiendo de
sable de una de las dos ediciones críticas sofocleas que un misceláneo, con insignificantes extractos, como Scor.
últim am ente han empezado a sacarse de molde 03 y que X.I.13 del siglo xviin) se conservan cinco, tres escuria-
ofrece un texto basado en presupuestos teóricos muy lenses y dos m atritenses. Dos de los escurialenses pre
similares a los de Dain y a la imagen que de la his sentan el texto moscopuleo de la tr ía d a 96: Scor. [Link].
toria del mismo ofreció Turyn, salvo la defensa por 15 (s. XVI, procedente de la Biblioteca de H urtado de
Colonna del valor de A y su m ayor valorización de la Mendoza; tríada completa) y Scor. ψ .ΐν.1 5 (Ayante,
«clase véneta» (V). En la otra edición que reciente Electra 1-469 y schol. ad Ai. et El. 1-129; papel; s. xvmei;
m ente se ha editado, el nuevo Sófocles teubneriano a viene de la biblioteca de Antonio Agustín; en el texto
cargo de R. D. D aw e94, el «eclecticismo» es cosa de poético, básicamente moscopuleo, se descubre ocasio
método y resultado de unas ideas particulares sobre la nalm ente algún rasgo procedente de la recensión tricli-
transm isión del texto sofocleo, expuestas previamente niana). El tercer m anuscrito en esta biblioteca (proce
por el filólogo británico en un libro estimulante, pero dente tam bién de la de H urtado de Mendoza) Scor.
discutible93, obra que constituye una casi total retrac Q.I.9, s. xv“ , contiene, además de seis piezas de Eurípi
tatio de los puntos de vista de Turyn. Si la «familia des, el texto de las siete tragedias de Sófocles: es un
romana» (y fundam entalm ente el grupo GQR, tan esti apógrafo de A 'l7, copiado por Zacarías Callierges 0S.
mado por Turyn) está fuertem ente interpolada; si el En nuestra Biblioteca Nacional se guardan dos códi
valor, como testigos, de A y de algunos supuestos dete ces sofocleos. El Matrit. 4617 (olim N 75), m anuscrito
riores (ADXrXsZr) m utuam ente se defiende, y no ha en papel, s. xiv (suscripción del copista Jorge Cinnamo,
habido nunca una edición moscopulea, ni tomana, de año 1344, al final del texto de Edipo Rey " ) , contiene
Sófocles; y si, en definitiva, la parádosis no perm ite es un texto moscopuleo 100 de la tríada sofoclea y, además,
tablecer familias claram ente diferenciadas..., el resulta la tríada esquilea, Los trabajos y días de Hesíodo, y
do es que «lo bueno» puede encontrarse en cualquier Olímpicas de Píndaro. El Matrit. 4677 (olim N 47), en
parte, y así, en su edición de la tríada, Dawe basa su
96 Cf. A. T u ry n , Studies, 27 y 192, y S. Bernardinello, en pá
93 Sophoclis Fabulae I: «Aiax»-«Electra», Turin, Paravia, 1975. ginas 272-73 de «La tradizione manoscrita di Sofocle», Scripto
94 Sophoclis Tragoediae I: Aiax, Electra, Oedipus Rex, rium XXX (1976), 271-78.
Leipzig, B. G. Teubner, 1975; II: Trachiniae, Antigone, Philocte 97 Cf. A. T u ry n , Studies, 190.
tes, Oedipus Coloneus, ibid., 1979. 98 Cf. Ch, G. P a t r in e l is , en pág. 89 de «'Έλληνες κωδικό-
95 Studies in the Text of Sophocles. I: The Manuscripts and γράφοι τών χρόνων της Αναγεννήσεως», ’Eit. τού Μεσαιω
the Text. II-III: The Collations, Leiden, 1973-1978. A. Colonna ha νικού ’Αρχείου, VIII-IX (1958-59), 63-124.
tornado postura crítica frente a esta obra en op. cit. en nuestra 99 Cf. Ch. G. P a t r in e l is , op. cit., 94, núm. 3.
nota 93 (apéndice). 100 Cf. A. T u ry n , Studies, 28.
INTRODUCCIÓN GENERAL 107 108 TRAGEDIAS
papel, s. xiv, 205 folios, contiene las tres tríadas de los Resultaría de mal ver que, al frente de este volumen,
trágicos y Pluto de Aristófanes. Fue propiedad (como no se dijera algo sobre la tradición de los estudios so-
el otro m atritense) de Constantino Láscaris, de cuya focleos en España. Poco, la verdad, hay que decir. Has
mano están suplidos los folios perdidos (lazo de unión ta llegar el siglo xx esa tradición ha sido, entre nosotros,
y complemento) del códice que nuestro hum anista ad el hueco de una ausencia agresiva. Esa veinticuatrocen-
quirió en tres fragm entos inconexos. En fol. 180, Lásca tenaria realidad literaria universal que es Sófocles no
ris explica que este códice «muy vetusto» (pampálaios), fue ni siquiera traducida a lengua española en una ver
que estaba en Constantinopla, después de la conquista sión completa: otros clásicos griegos se han traducido,
hallólo en Feras, donde lo compró; lo perdió por ha bien o mal, en español; Sófocles, no. Menos todavía ha
berlo prestado a un amigo y, dieciocho años más tarde, sido Sófocles objeto de un trabajo filológico.
lo reencuentra y vuelve a com prar en Mesina: historia
El prim er texto sofocleo de m ediana extensión im
curiosa, pero harto frecuente en la época. El texto de
preso en griego en España es, si no yerro, el que se
la tríada sofoclea hállase en fols. 76r al 131r siendo de
contiene en una antología escolar de Lázaro Bardón,
letra de Láscaris (etapa de Mesina 101) los fols. 76r-77T y
131r y, de la letra original del copista, fols. 78r al 130v. Lectiones graecae, Madrid, 1856, págs. 302-311 (18592,
páginas 421-29): cuatro pasajes y doscientos versos en
Este m anuscrito (N) es, junto con F (Laur. plut. 28,25
de ca. 1300), el principal representante, dentro de la total. El prim er dram a completo impreso en griego se
«familia laurenciana», de la clase φ (tríada, escolios lau- saca de molde ya en nuestra centuria: Sófocles, Elec
rencianos y texto básicamente afín al de la clase λ); tra. Texto griego con la versión directa y literal por el
aunque con alguna interpolación moscopulea 102, ofrece Dr. José Alemany y Bolufer y traducción en verso cas
un texto anterior al m anipulado por los filólogos de la tellano por Vicente García de la H uerta y en verso ca
edad de los Paleólogos. Desgraciadamente, en la única talán por Joseph Franquesa i Gomis, Barcelona, Bosch,
edición crítica publicada en España (la de Errandonea), 1911 (corren ejem plares sin la traducción catalana y
cuyo aparato registra las variantes de los tres códices con fecha 1912). Hasta 1921 no se h a publicado una tra
escurialenses, no se ha colacionado este m atritense, el ducción castellana completa: José Alemany y Bolufer,
único que ofrece algún interés y que sí ha sido colacio Las siete tragedias de Sófocles traducidas al castellano,
nado posteriorm ente por Dawe en su edición de la tría Madrid, 1921 (Biblioteca Clásica, núm. 247). Las existen
da y por G. A. Christodoulou en su edición de los esco tes hasta esa fecha eran de alguna pieza suelta y, gene
lios a Ayante 103. ralm ente, refundiciones m ás que traducciones, de esas
en las que el traductor vierte a su talante, escribiendo
101 Cf. J. F ern an d ez Pomar, en pág. 286 de «La colección de lo que quiere y como él quiere y sin tener delante el
Uceda y los manuscritos griegos de Constantino Láscaris», Emé original griego. La nómina, es, además, bien parva. Una
rita XXXIV (1966), 211-288.
refundición libre de Electra es La venganza de Agame
102 Cf. A. T u ry n , Studies, 147-148.
103 G. A. C h risto d o u lo u , Τ ά άρχαΐα σχόλια εις Αϊαντα του nón. Tragedia que hizo Hernán Pérez de Oliva, Maestro,
Σοί(>οκλέοι>ς, Atenas, 1977. cuyo argumento es de Sophocles poeta griego, Burgos,
INTRODUCCIÓN GENERAL 109 110 TRAGEDIAS
1528 [Burgos, 1531; Sevilla, 1541; reim presa en la edi citado ingenio 104. En el siglo xix se publican sendas tra
ción por su sobrino Ambrosio de Morales de Las Obas ducciones de dos piezas sofocleas: Ángel Lasso de la
(sic) de Fernán Pérez de Oliva, Córdoba, Gabriel Ra Vega (y Argüelles, 1834-1899) Sófocles: Filoctetes, Tra
mos, 1586 (ff. 76-101)]. En el xvm , el poeta Vicente Gar gedia. Traducción en verso. Juvenal. Sátiras, Madrid,
cía de la H uerta produce una versión muy libremente 1886 (íeim pr. Madrid, 1918. Biblioteca Universal, t. 108;
arreglada de Electra (más de la que hiciera el m aestro Sófocles, págs. XXII-152, y Juvenal, págs. 153-192), y An
Oliva que de la del propio Sófocles), con el título de tonio González Garbín, La Antígona de Sófocles. La Apo
Agamenón vengado (en Obras poéticas, Madrid, Sancha, logía de Sócrates. Las Poetisas de Lesbos, Madrid, 1889
1768, y en Theatro Hespañol, XVI, Madrid, Imp. Real, (Biblioteca Andaluza, serie, VI 16; la traducción de
1786). En la «Nota» que figura en cabeza de la versión Sófocles ocupa las págs. V-124). Este últim o traductor
podemos leer esta declaración adorable por lo cando fue catedrático universitario y su versión está hecha, en
rosa: «En cierto tiempo deseaban unas damas repre efecto, sobre el original griego, no como las de otros
sentar y declamar una tragedia griega, y no hallándose que traducen libros griegos con ayuda de vecino... fran
otra más a propósito, se puso en verso ésta por el autor cés. En la Biblioteca Menéndez Pelayo, de Santander,
con aquellas adiciones y m oderaciones que bastaban a se conservan m anuscritas las traducciones de tres pie
que quedase con menos impropiedades». No una tra zas, obradas tam bién en el siglo pasado 105: Áyax fla-
ducción, sino una imitación libérrim a, es la pieza del gelífero, por el ingenio lorquino José Musso y Valiente
novicio jesuíta José Arnal (1729-1790: cf. F. de Latassa, (1785-1838), doble versión en prosa y en verso; La Antí
Biblioteca Nueva de los Escritores Aragoneses, V, Pam gona de Sófocles, por el canónigo doctoral de Canarias
plona, 1801, págs. 494-96): E l Philoctetes de Sophocles. Graciano Afonso, y El Edipo en Colona (así dice) de
Tragedia, puesta en verso español y dedicada por las Sófocles, por Em eterio Suaña y Castellet.
Escuelas de Latinidad de Zaragoza a su Ilustrisim o De venir ya en n u e stra siglo un cierto renacim iento
Ayuntamiento el año de 1764, Zaragoza, Francisco Mo
reno (in-4.°, 36 págs., hay dos ediciones barcelonesas s. a. 104 Cf. M. M enéndez Pelayo, Biblioteca de Traductores Espa
y otra de Madrid, 1866): Sófocles empieza y acaba en ñoles, III, Madrid (Edición nacional), 1953, págs. 374-75. No men
el título. Mucho más estimable (pero no nos metamos ciono más que traducciones españolas de existencia acreditada;
a pedir cotufas en el golfo) es: Edipo Tirano, traducida por esta razón, no cito la traducción latina de Vicente Mariner
( f 1642), fechada en 1619 (cf. M. M enéndez Pelayo, op. cit., III,
del griego en verso castellano, con un Discurso prelimi páginas 65-67), ni meros proyectos de volver a Sófocles en caste
nar sobre la Tragedia antigua y moderna por Don Pedro llano, que luego se dejaron en el tintero: a José A ntonio Conde
Estala, Presbítero. E n Madrid, en la Im prenta de San (1765-1820) parece que le sonreía mucho el proyecto de traducir
cha, año MDCCXCIII (el tal discurso, muy «fin-de-si- Electra (cf. M. M enéndez Pelayo, op. cit., I, pág. 360), pero nó pasó
de proyecto. Una buena junta de noticias sobre otros aspectos,
glo» xvm , es notable). Una im presión partenopea (Nápo- y no solamente sobre las versiones, en José Μ* D íaz-Regañón,
les, 1820), con varias piezas de Pedro de Montengón Los trágicos griegos en España, Valencia (Anales de la Univ. de
(1745-1820), que pasó, sin serlo, por traducción de Sófo Valencia, XXIX, 3, curso 1955-56).
cles, contiene en realidad algunas creaciones propias del 105 Cf. José M.a DIaz-Regañón, op. cit., 237-249.
INTRODUCCIÓN GENERAL 111
112 TRAGEDIAS
polis 6, Heracles se le apareció en sueños a Sófocles diciendo por los refugiados de quién era el que había muerto y enterado
que la buscara en una casa no habitada en el lado derecho se de que se trataba de Sófocles, tras enviar un heraldo, permitió
gún se entraba, en donde estaba oculta. Él la mostró al pueblo enterrarle.
y recibió un talento, pues esto era lo convenido. Tras recibir el 16 Lobón dice'1 que sobre su tumba están escritas las siguientes
talento, consagró el templo de Heracles Menito 7. palabras:
Ante muchos tuvo lugar el juicio entre él y su hijo Yofonte. 13 «En esta tumba cubro a Sófocles, el que consiguió tos prime
Teniendo a Yofonte de Nicóstrata y a Aristón de Teoris de Si- ros puestos en el arte de la tragedia, la más noble figura.»
ción, sin embargo amaba más al hijo nacido de este último, de
nombre Sófocles. En una obra 8 denuncia que Yofonte le odiaba 17 Istro cuenta que los atenienses, a causa de la virtud de tan
y que ante los miembros de su fratría había acusado a su pro gran hombre, decretaron incluso ofrecerle un sacrificio anual.
pio padre de haber perdido el juicio por su avanzada edad. És 18 Escribió ciento treinta dramas, según afirma Aristófanes, de
tos censuraron a Yofonte. Sátiro dice que él replicó: «si soy 19 ellos diecisiete apócrifos. Disputó con Esquilo, Eurípides, Qué-
Sófocles no estoy loco y si desvarío no soy Sófocles», y, a con rilo, Aristias y otros muchos, incluso con su hijo Yofonte.
tinuación, leyó en voz alta el Edipo. 20 En todo emplea las palabras de Homero. Trata los mitos si
guiendo la huella del poeta y, en muchos dramas, recibe influen
Istro y Neante cuentan que Sófocles murió de la siguiente 14
cia de la Odisea y hace derivar el nombre de Odiseo como Ho
manera: que el actor Calípides, al volver de una actuación desde
mero »:
Opunte, llegando por la fiesta de las Libaciones, envió un racimo
de uvas a Sófocles, quien, tras llevarse a la boca un grano aún «Con razón soy Odiseo, llamado así por mis desgracias. Pues
verde, murió asfixiado a causa de su mucha vejez. son muchos los que se han enojado, infames, contra mí.»
Sátiro nos refiere que estaba leyendo la Antígona y, al llegar Crea los caracteres, los adorna y utiliza con maestría sus
al final de un largo parlamento que no tenía pausa ni comas invenciones, influenciado al tiempo por el encanto de Homero.
para hacer algún descanso, como había alzado demasiado la voz, De ahí que se pueda decir que Sófocles es el único discípulo
se le fue la vida al tiempo que la voz. Otros cuentan que des jónico de Homero. Muchos de los otros imitaron a alguno de
pués de la lectura pública de la obra, cuando fue proclamada su sus antecesores o de sus contemporáneos, pero sólo Sófocles
victoria, murió de alegría. toma lo mejor de cada uno, al igual que la abeja. Él logró reunir
Fue depositado en el sepulcro familiar, situado en el camino 15 oportunidad, dulzura, arrojo y variedad.
que lleva a Decelia, a once estadios delante de la muralla. Unos 21 Ha sabido también calibrar oportunamente las acciones, has
dicen que colocaron encima para su recuerdo una sirena y otros ta el punto de retratar totalmente a una persona en un peque
que una hechicera en bronce. Como los lacedemonios habían ño hemistiquio o en un solo parlamento. Esto es lo más impor
sitiado este lugar frente a los atenienses, Dioniso se apareció tante en el arte poético: mostrar carácter o sentimiento.
en sueños a Lisandro y le ordenó que permitiera dar sepultura 22 Afirma Aristófanes que «se apoyaba en el corazón» y, en otro
a este hombre. Como Lisandro no le hizo caso, por segunda vez lugar, «Sófocles tenía untada la boca de miel».
se presentó Dioniso ordenándole lo mismo. Informado Lisandro 23 Aristóxeno nos dice que fue el primero de los poetas de Ate
nas que utilizó canciones frigias para sus propios cantos y los
6 En Cíe., De Div. I 54, se encuentra también esta anécdota. mezcló con el estilo del ditirambo.
7 «El declarador», que le declaró (emenyse) dónde estaba la
corona.
8 Se ha querido ver aquí una alusión a la escena de Polini
ces en Edipo en Colono, pero es una referencia poco clara. 9 F r. 965.
INTRODUCCIÓN
a Deyanira, pidiéndole que la tran sp o rtara por una el hijo de Ceix, y a Argio y Melas, hijos de Licimnio—
paga, se la confió a Neso. Durante la travesía, éste in y de haber saqueado la ciudad, se lleva a Yole como
tentó violarla. Heracles, al oír sus gritos, saliendo, dis prisionera. Y abordando el prom ontorio Ceneo en
paró a Neso una flecha en el corazón. Él, cuando estaba Eubea, fundó un templo dedicado a Zeus Ceneo. Cuan
a punto de m orir, llamando a Deyanira junto a sí, le do estaba a punto de celebrar la ceremonia religiosa,
dijo que prestara atención a recoger su sangre en una envió a Licas como heraldo a Traquis que habría de
concha, si quería m antener el am or de Heracles; sacó venir con la brillante túnica. Deyanira, enterada por
el dardo sobre la concha y, habiéndola mezclado, le dio éste del asunto de Yole y temiendo que desde entonces
la sangre que m anaba del extremo de la herida. Y ella, am ara a aquélla, creyendo que de verdad era un filtro
tras tomarla, la guardaba consigo. Al atravesar Heracles la sangre que m anó de Neso, con ella untó la túnica.
el territorio de los Dríopes y faltarle alimento, hacién Una vez que el m anto estuvo expuesto al calor del sol,
dole frente Tiodamante que conducía una yunta de bue el veneno de la hidra le iba devorando; él despeñó a
yes, soltó a uno de los bueyes y, sacrificándolo, se dio Licas y fue conducido en una nave hasta Traquis. De
un banquete. Cuando llegó a Traquis, junto a Ceix, aco yanira, sintiéndose culpable, se dio m uerte a sí misma.
gido por él, venció en combate a los Dríopes; y, a su Heracles, después de ordenar a Hilo, hijo mayor suyo
vez, allí luchó juntam ente con Egimio, rey de los dorios. y de Deyanira, que, al hacerse hom bre, se casara con
En efecto, los lapitas combatían contra él por las lindes Yole, transportado al Eta, que es u n m onte de Traquis,
del país, al mando de Corono. Egimio, que estaba sitia y habiendo hecho una pira, le ordenó, al llegar, que
do, m andó llam ar a Heracles p ara que le ayudara a prendiera fuego. Éste no quiso y Peante, que había acu
cambio de una parte del país. Habiendo acudido Hera dido a buscar sus rebaños, tras ser el que prendiera
cles en su ayuda, m ató a Corono, ju n to con los demás, fuego, recibió en recom pensa el arco y las flechas de él.
y dejó libre todo el territorio. Mató tam bién a Lágoras Se dice que, encendida la pira, surgió una nube acom
con sus hijos, rey de los Dríopes, aliado de los lapitas, pañada de un trueno que le arrebató al cielo. Allí, ha
en el recinto sagrado de Apolo. Cieno, el hijo de Ares y biendo obtenido la inm ortalidad, se casó con Hebe, hija
de Pelopia, cuando acudió él a Itono, le provocó a un de Hera, y tuvo dos hijos, Alexiares y Aniceto.
combate singular. Tras haberse entablado, tam bién a
éste le mató. Cuando llegó a Ormenio, el rey Amintor
no le perm itió entrar con sus arm as y, al ver que se le
prohibía entrar, igualmente le m ató. Una vez que llegó
a Traquis, reunió en Ecalia u n ejército deseando ven
garse de Éurito. Con él estaban aliados los Arcadios,
los Melios descendientes de Traquis y los Locrios epic-
nemidios y, tras m atar a É urito y a sus hijos, captura
la ciudad y, después de enterrar a los que habían m uer
to entre los que habían com batido con él —a Hípaso,
PERSONAJES D eyanira. — Hay una máxima que surgió entre los
hombres desde hace tiempo, según la cual no se puede
conocer completamente el destino de los mortales, ni
si fue feliz o desgraciado p ara uno, hasta que muera.
D e y a n ir a .
Sin embargo, yo sé, aun antes de llegar al Hades, que 5
N o d r iz a .
H il o .
el mío es infortunado y triste. Yo, cuando habitaba aún
C o ro d e m u j e r e s .
en Pleurón \ en la casa de m i padre Eneo, experimenté
M e n sa jer o .
una repugnancia muy dolorosa por el matrimonio, en
mayor grado que cualquier m ujer etolia. En efecto, te
L ic a s .
H er ac les.
nía como pretendiente un río, me refiero a Aqueloo 2,
A n c ia n o .
el cual, bajo tres apariencias, me pedía a mi padre. Se 10
presentaba, unas veces, en figura de toro, otras, como
una serpiente de piel m oteada y, otras, con cara de
buey en un cuerpo humano. De su sombrío m entón b ro
taban chorros de agua como de u na fuente. Mientras 15
yo esperaba tem erosa a sem ejante pretendiente, pedía
una y otra vez, desventurada, m orir antes que acercar
me nunca a este tálamo.
Algún tiempo después, llegó a mí, causándome gran
20 alegría, el ilustre hijo de Zeus y A lcm ena3, quien, en pero nadie sabe dónde se encuentra aquél. Lo único
trando en combate con aquél, me libera. Y cómo fue cierto es que su m archa me ha causado amargos dolo
la lucha no podría decirlo, pues no lo sé. Sin embargo, res. Y casi estoy segura de saber que él sufre algún in
quien haya perm anecido sentado ante el espectáculo fortunio, porque, no por breve tiempo, sino que ya hace
sin miedo, éste podría contarlo. Yo, en efecto, me ha- diez meses más otros cinco, que perm anece sin dar no- 45
25 liaba fuera de mí por el tem or de que mi belleza me ticias. Es posible que alguna terrible desgracia haya
pudiera proporcionar algún día pesadum bre. sucedido. Al m archarse me dejó esta ta b lilla 8, y yo pido
Zeus, el que dirime los combates, puso un térm ino muchas veces a los dioses que haberla recibido no sea
feliz, si es que verdaderam ente fue feliz, ya que, desde causa de sufrimiento.
que he sido unida a Heracles como esposa elegida, ali N odriza. — Reina Deyanira, te he visto ya repetida
m ento siem pre tem or tras tem or en mi preocupación m ente lam entando la m archa de Heracles con quejas 50
30 por él. Una noche trae consigo sufrim iento y la noche anegadas en lágrimas, pero ahora, si es justo que los
siguiente lo quita. Hemos tenido hijos a los que él, como libres entren en razón p o r los consejos de esclavos,
un labrador que adquiere un campo distante, sólo ha tam bién yo debo hablar en lo que te concierne. ¿Por
visto una vez en la siem bra y en la recogida4. Tal es qué, teniendo tantos hijos, no envías a uno en busca de 55
el destino que hace a este hom bre m archarse continua- su padre y, especialmente, a Hilo, como es natural, si
35 m ente del palacio y volver a él, siem pre al servicio de es que tiene alguna inquietud por saber si su padre está
alguien. bien? Pero, justam ente, es él en persona el que, presu
Y ahora, cuando ha dado fin a estos trabajos 5, es roso, se precipita hacia el palacio, de modo que, si a ti
cuando estoy más aterrada. Pues, desde que él m ató a te parece que en algo he hablado oportunam ente, es 60
Ifito 6, nosotros habitam os desterrados aquí en Traquis, preciso que te sirvas de tu hijo y de mis consejos.
40 junto a un hom bre que nos ha acogido como huésped 7, (E ntra Hilo llamado por su m adre.)
3 Heracles, quien, por consejo de Meleagro, fue a pedir la D e y a n i r a . — ¡Oh hijo, oh muchacho! También de
mano de Deyanira. personas no nobles se desprenden palabras acertadas.
4 Metáfora de la vida campesina. Es el símil del labrador Pues esta m ujer es esclava, pero h a hecho un razona
que alquila un campo, pero que no se encarga personalmente de
él y que sólo acude en los dos momentos culminantes de la
m iento digno de hom bres libres.
temporada, en la siembra y en la recolección. H ilo. — ¿Cuál? Dímelo, m adre, si yo debo conocerlo.
5 Alusión a los famosos doce trabajos de Heracles bajo las D e y a n i r a . — ■Que es vergonzoso que, llevando tu pa
órdenes de Euristeo, su primo, personaje de categoría humana
y física muy por debajo de la de Heracles, pero a quien estaba dre tanto tiempo ya ausente, no te enteres tú de dónde 65
sometido en virtud del cumplimiento del oráculo de la Pitia. He está.
racles, enloquecido por Hera, que buscaba la venganza por celos
de Alcmena, dio muerte a sus propios hijos y, después, acudió 8 Tablilla cubierta de cera, donde, con un estilo o punzón,
■a Delfos a consultar a Apolo. se marcaban las letras. Era usada en las escuelas. Recordemos,
6 Hijo de Éurito y, por tanto, hermano de Yole. en E u r íp id e s , Hipólito 857, la tablilla en la que Fedra deja escrito
7 Es Ceix, rey de Traquis, al que no nombra en la obra. su falso mensaje.
En H e s I o d o ; Escudo 353, es nombrado por boca de Heracles.
196 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 197
H ilo. — Pero yo lo sé, si se debe dar crédito a los cuando o nos habremos salvado si se salva, o nos per- 85
rumores. demos con él?
D eyanira. — ¿En qué parte de la tierra has oído, H ilo. — Iré, m adre. Si yo hubiera conocido la res
hijo mío, que se encuentra? puesta de estos oráculos, m e habría presentado hace
H ilo . — Dicen que, a lo largo del tiempo, en el año tiempo. Pero el destino habitual de mi padre no perm i
70 que ha pasado, él ha trabajado como siervo para una tía que nosotros temiésemos p o r él ni que estuviéramos
m ujer lid ia 9. en exceso asustados. Ahora que me doy cuenta, no des- 90
D eyanira. — Si verdaderam ente soportó esto, ya todo cuidaré nada para enterarm e de toda la verdad acerca
se puede oír. de esto.
H ilo. — Pero se ha liberado de ello, al menos según D eyanira. — Parte ahora, hijo, pues tam bién para el
yo tengo oído. que va con retraso, el actuar con éxito, una vez infor
D eyanira. — Y, ¿dónde, vivo o m uerto, se dice que mado, le reporta provecho.
está ahora? (Sale de escena. E ntra el Coro form ado p o r mucha
H ilo . — Dicen que h a em prendido una expedición chas del país.)
contra la tierra Eubea, contra la ciudad de É urito 10
75 o que está a punto de hacerlo. Coro.
D eyanira. — ¿Sabes acaso, hijo, que me dejó orácu E strofa 1.a
los dignos de crédito acerca de esa tierra? A aquel a quien la noche tachonada de estrellas, al
H ilo. — ¿Cuáles, m adre? Pues desconozco de qué extinguirse, engendra y le hace acostar cuando aún está 95
m e hablas. inflamado, a Helios, a H elios suplico que m e anuncie
esto: dónde, dónde m e habita el h ijo de Alcmena, ¡oh tú,
D eyanira. — Que o bien está a punto de alcanzar el
que alum bras con brillante esplendor!, si está situado 100
80 final de su vida, o bien de llevar una vida feliz el resto
en los estrechos m arinos o en uno de los do s continen
de su existencia, si obtiene esta victoria. Encontrándose
en sem ejante trance, hijo, ¿no correrás en su ayuda, tes. Dím elo tú, que tienes el m ayor poder en la mirada.
Antístrofa 1.a
9 ónfale, reina de Lidia, a donde Hermes condujo a Hera Pues estoy enterada de que la siem pre disputada
cles, cumpliendo los deseos de Zeus, para que sirviera junto a
esta reina en calidad de esclavo durante tres años. Era una ex Deyanira, con corazón anhelante, com o un infortunado ios
piación que debía ofrecer por el asesinato de ífito. ónfale com pájaro, nunca adorm ece el deseo de sus ojos ya sin lá
pró a Heracles por tres talentos, «precio de sangre» que fue grimas, sino que, alim entando un tem or obsesivo por
pagado a Éurito como compensación ( A p o l o d o r o , II 6, 2). el esposo a causa de su marcha, se consume en el lecho u o
10 Éurito era rey de Ecalia, ciudad que se sitúa, en esta vacío de varón, llena de inquietud, esperando, desdi
obra, en la isla de Eubea, pero, en otras ocasiones, en Tesalia
o Mesenia. Era padre de cinco hijos, de los que conocemos a chada, un funesto destino.
ífito y a Yole. Una vez que Heracles terminó el periodo de ex
piación en Lidia, emprendió una expedición de castigo contra Estrofa 2.a
Ecalia, en la que mató a Éurito y a sus hijos y se llevó a Yole. De igual m odo que se pueden ve r muchas olas pro-
198 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 199
115 ducidas po r el infatigable N oto o p o r el B ó re a s 1X, que Deyanira. — Estás aquí porque te has enterado de
van y vienen en el dilatado mar, así al del linaje de Cad mi sufrimiento, según yo me figuro. Ahora no sabes
m o 12 le trastornan y le levantan los interm inables tra cómo se consume mi corazón y ¡ojalá no lo aprendas
bajos de su vida, como ocurre con el m ar de C re ta 13. nunca por experiencia! Pues la juventud pace en sus 145
120 Pero alguno de los dioses le aparta a él, infalible siem propios campos y, a ella, ni el ardor de la divinidad ni
pre, de la mansión de Hades. la lluvia ni ningún viento la turban, sino que entre pla
ceres lleva una vida sin fatigas, hasta que una es llama
Antístrofa 2.a da m ujer en lugar de doncella y tom a parte en las pre
R eprochándote estos lam entos m e dirigiré a ti, de ocupaciones nocturnas, sintiendo temor, bien por el iso
form a respetuosa pero haciéndote frente. Pues digo que marido, bien por los hijos.
125 no debes agotar la buena esperanza, ya que nada sin
En este momento, alguien podría considerar, obser
dolores ha enviado a los m ortales el rey que todo lo do
vando su propia situación, las desgracias bajo las que
no mina, el Crónida, sino que sufrim ientos y alegría van
yo estoy agobiada. Muchas penas, ciertam ente, he llo
rodando para todos, com o las rutas circulares de la
rado yo, pero una, cual nunca hasta ahora, os expondré
O s a 14.
a continuación. Cuando el rey Heracles partió de p a la - 155
Epodo. ció en el últim o viaje, dejó en él una antigua tablilla
Pues ni dura la estrellada noche para los m ortales, escrita con unas notas, las cuales a mí nunca antes, a
ni la desgracia, ni la riqueza, sino que aprisa se va y, pesar de que partía para num erosas expediciones, se
135 para otro, viene la alegría y su privación. P or tanto, te atrevió a nom brarm e, pues salía como p ara llevar a I 60
aconsejo, señora, que retengas esto siem pre en m edio de cabo una hazaña y no p ara m orir.
140 la esperanza, ya que, ¿quién ha visto que Zeus no se E sta vez, sin embargo, como quien no existe ya, me
preocupe de sus hijos? 15. dijo qué bienes del m atrim onio debía yo tom ar y tam
bién qué parte de tierra paterna dejaba para ser distri
11 Pasaje que recuerda a Iliada II 396, pero con mención buida entre los hijos, y señaló por anticipado el tiempo
expresa, aquí, de los dos vientos opuestos, el Noto o viento del diciendo que, cuando hubiera estado ausente del país 165
Sur, cálido y húmedo, y el Bóreas, viento del N. que trae frío. un año y tres meses desde su partida, entonces debería
12 Heracles era tebano por su nacimiento accidental en la
ciudad fundada por Cadmo, aunque sus padres eran argivos, y o m orir en ese momento, o, si superaba el térm ino del
también porque fue admitido desde su juventud entre la nobleza plazo, pasar ya, en el futuro, una vida carente de penas.
de la ciudad. Decía que tales hechos, decretados p or los dioses, p o n - 170
13 Era reconocida por los antiguos la peligrosidad de este drían fin a los trabajos de Heracles, según había anun
mar, en donde se producía un cruce de distintos vientos. Esta ciado, en cierta ocasión, la antigua encina en Dodona 16
misma metáfora la emplea H o r a c i o , Odas I 26, 2.
14 El porqué de esta metáfora queda aclarado por H o m e r o ,
en Iliada XVIII 487 y sigs., que explica que la Osa gira siempre 16 Antiguo santuario de Zeus, famoso por los oráculos. És
sobre su eje. tos se revelaban por el susurro de las hojas de las sagradas en
15 El que Heracles sea hijo de Zeus es la mejor razón para cinas o por el vuelo de las palomas. Los sacerdotes eran llamados
tener confianza, según el Coro. Selli y las sacerdotisas «Palomas», nombre que les da aquí, pero
200 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 2 01
por boca de las dos sacerdotisas. Y la exactitud de es paso adelante. Cada uno quiere satisfacer su deseo en
tas profecías, de cumplirse, se com prueba en el día de terándose y no le suelta antes de oírle a placer. Y así
175 hoy. De modo que, aunque dorm ía dulcemente, con aquél está allí tío por su gusto, sino para dárselo a ellos.
miedo he saltado de la cama, m ujeres, tem erosa no sea Pero en seguida se m ostrará a tu vista.
que me haya de quedar privada del más noble de todos D e y a n i r a . — ¡Oh Zeus, tú que dominas la pradera 200
los hombres. indivisible del Eta! 18, nos has dado por último una
C o r i f e o . — Contén ahora tus palabras, pues veo que alegría. Cantad, oh m ujeres, las que estáis dentro del
un hom bre se aproxima coronado en señal de buena palacio y las que estáis fuera, porque disfrutam os aho
nueva. ra del consuelo de esta noticia que se presenta inespe
(Entra apresuradamente un mensajero.) rada para mí.
M e n s a j e r o . — Señora Deyanira, con mi m ensaje seré
180 el prim ero en liberarte del tem or. Sabe que el hijo de C oro.
Alcmena está vivo y victorioso y que trae, desde el com La casa que espera al esposo estallará en gritos de 205
bate, las primicias para los dioses locales; júbilo alrededor del hogar. Vaya, común, el canto de
D e y a n i r a . — ¿Qué palabras acabas de decirme, an los jóven es a Apolo protector, el de bella aljaba. Y al 210
ciano? m ism o tiem po vosotras, doncellas, entonad el peán, el
185 M e n s a j e r o . — Que muy pronto a tu casa llegará el pean. Clamad a su hermana Ártem is, de O rtig ia i e , la
esposo muy amado y se m ostrará con victorioso poder. flechadora de ciervos, la que p o rta una antorcha en
D e y a n i r a . — ¿A quién, ciudadano o extranjero, has cada mano, y a las Ninfas sus vecinas. 215
L i c a s . — Hemos llegado bien y bien somos acogidos, debemos, m ujer, añadir repulsa por la palabra a algo
230 señora¿ como corresponde al feliz térm ino de una ac de lo que Zeus se m uestra autor. Aquél, vendido a la
ción. Es forzoso que el hom bre que viene triunfante bárbara ónfale, pasó un año 23, como él dice, y de tal
obtenga excelentes saludos. m odo se ofendió al recibir este u ltra je que, haciéndose 255
D e y a n i r a . — ¡Oh queridísimo entre los hom bres!, a sí mismo un juram ento, prom etió que esclavizaría al
ante todo infórmame de lo que prim ero deseo, si reci causante de este sufrimiento, juntam ente con su hijo
biré a Heracles vivo. y su m ujer, y no frustró esta palabra, sino que, cuando
L i c a s . — Yo lo dejé fuerte, vivo, en plena energía estuvo purificado, reclutando a un ejército aliado, se
y no bajo el peso de una enfermedad. dirigió contra la ciudad de Éurito. Pues decía que, en- 260
D e y a n ir a . — ¿En qué tie r r a , p a tr ia o e x tr a n je r a ? tre los m ortales, sólo éste era culpable de semejante
D ím e lo . oprobio contra él 24: cuando llegó a su casa en calidad
235 L i c a s . — Hay un prom ontorio Eubeo donde está de huésped —pues lo era de antiguo— estalló en provo
ofreciendo altares y ofrendas de frutos en honor de caciones, muchas con razones, otras muchas con ánimo
Zeus Ceneo21. ofuscado, diciendo que, a pesar de tener flechas infali- 265
D e y a n i r a . — ¿Para cum plir u na prom esa o por cau bles 25 en sus manos, quedaría por debajo de sus hijos
sa de algún oráculo? en la prueba del arco, y, además, voceaba que sería des
240 L i c a s . — Por votos hechos cuando quería obtener la truido por su calidad de esclavo de un hom bre libre.
tierra devastada po r la lanza de estas m ujeres que ves Con ocasión de un banquete, cuando estaba embriaga
ante tus ojos. do, le arrojó fuera. Estando resentido por estas cosas,
D e y a n i r a . — ¡Por los dioses! ¿De dónde son y quié una vez que Ifito, a su vez, se dirigió a la acrópolis Ti- 270
nes? Pues son dignas de lástima, si no me engañan sus rintia 26 siguiendo las huellas de unos caballos errantes,
desgracias. entonces, cuando tenía la vista en una parte y la m ente
L i c a s . — A quél22, después de destruir la ciudad de en otra, le arrojó desde una de las explanadas de una
245 Éurito, las escogió como botín selecto p ara él mismo y torre. A causa de esta acción, se irritó el soberano Zeus 275
para los dioses. Olímpico, padre de todos, y le echó fuera p ara ser ven
D e y a n i r a . — ¿Y frente a esa ciudad ha estado un dido, no tolerando que hubiese m atado a traición, aun
tiempo imprevisto durante días sin cuento? que fuera a éste sólo. Si se hubiera vengado pública-
L i c a s . — No, sino que la m ayor p arte del tiempo
estuvo retenido en Lidia, según cuenta él mismo, no 23 Obsérvese la contradicción, tal vez intencionada, con la
versión popular, que habla de tres años.
250 como hom bre libre, sino obtenido por compra. Y no
24 Heracles.
25 Éurito era famoso por la destreza en el manejo del arco,
21 El cabo Ceneo está en el extremo noroccidental de la y ofende a Heracles insinuándole que el mérito de sus triunfos
isla de Eubea y, por tanto, frente al golfo Málico. Era lugar de está en las infalibles flechas.
paso para el héroe viniendo de Ecalia, que estaba más hacia \ 26 Acrópolis aquea, donde remaba Euristeo, a cuyo servicio
el S., en la región de Eretria. realizó Heracles los trabajos. Era el lugar habitual de residencia
22 Heracles. del héroe.
204 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 205
mente, Zeus hubiera consentido en que le sometiera nada que ver con todo esto y pareces alguien de noble
280 con justicia, pues ni siquiera los dioses am an la inso linaje. Licas, ¿de qué m ortal ha nacido la extranjera? 310
lencia. Aquellos que m ostraron su arrogancia con pala ¿Quién es su m adre? ¿Quién el padre que la ha engen
bras desmesuradas 27, todos son habitantes del Hades drado? Dime, ya que, al m irarla, por ella sentí más com
y su ciudad es esclava; y éstas que ves vienen hacia ti pasión que por éstas, en cuanto que ella tam bién es la
habiendo encontrado una vida nada deseable desde una única que sabe m antenerse con compostura.
285 situación dichosa. Pues tu esposo ordenó esto y yo, que L i c a s . — ¿Y qué sé yo? Es más, ¿por qué me inte
soy fiel, lo ejecuto. En cuanto a él mismo, cuando lleve rrogas? Tal vez sea un vástago de los nobles de allí. 315
a cabo los sagrados sacrificios a Zeus paterno debidos D e y a n i r a , — ¿Acaso de los reyes? ¿Había alguna h ija
por la conquista, piensa que vendrá. En efecto, esto, de Éurito?
290 después de pronunciar u n largo y feliz discurso, es lo L i c a s . — No sé, pues yo no preguntaba mucho.
más agradable de oír. D e y a n i r a . — ¿Ni sabes el nom bre por alguna de las
C o r i f e o . — Señora, ahora tienes claro motivo de compañeras?
gozo, de un lado, por lo que tienes presente y, de otro, L i c a s . — Ciertamente no. En silencio cumplía mi
por lo que te has enterado de sus palabras. trabajo.
D e y a n i r a . — ¿Cómo no iba yo a experim entar una D e y a n ir a . — D i, o h d e s d ic h a d a , p e r o d ín o s lo p o r t i 320
alegría sincera, al oír las hazañas afortunadas de mi m i s m a , y a q u e e s u n a p e n a n o s a b e r d e t i 29 a l m e n o s
295 esposo? Por muchos motivos es forzoso que esto vaya q u ié n e r e s .
unido a lo otro 28. Y, sin embargo, es posible que los (Yole no contesta.)
que observan bien sientan algún tem or de que el ven L ic a s . — Por lo visto no abrirá la boca, al igual que
cedor fracase alguna vez. A mí me h a entrado una fuer antes, la que nunca se ha hecho oír ni m ucho ni poco,
te compasión, amigas, cuando he visto a estas desdicha- sino que, angustiada siem pre por el peso de la desgra- 325
300 das en tierra extranjera, sin casa y sin padres, deste cia, derram a lágrimas, infeliz, desde que abandonó su
rradas, que antes, tal vez, eran de familias libres y aho patria expuesta a los vientos. El destino es funesto para
ra, sin embargo, soportan una vida de esclavas. ¡Oh ella, ciertam ente, pero lleva consigo indulgencia.
Zeus, que alejas los males! ¡Ojalá nunca te vea avanzar D e y a n i r a . — Dejémosla tranquila y que entre, así, en
305 con esta actitud contra mis hijos y, si algo hicieras, que la casa del modo más agradable posible, y que no reci- 330
no sea estando yo con vida! Tanto es mi tem or al ver ba otra pena, además de las desgracias que ya tiene, por
a éstas. lo menos de mi parte, porque es suficiente la actual.
(Dirigiéndose a Yole.) Entrem os ya todos al palacio, para que tú te apresures
¡Oh infortunada! ¿Quién eres entre estas jóvenes, a ir adonde quieres y yo disponga en orden lo de aden
aún doncella o ya con hijos? Por tu aspecto no tienes tro.
(Se va Licas y, al disponerse a hacerlo también la
27 Constante del pensamiento griego, el castigo de la hybris
por parte de los dioses. 29 Clara muestra de la ironía sofoclea. La pena de no saber
28 La alegría, al éxito del héroe y esposo. quién es se convertirá en verdadera desgracia cuando lo sepa.
206 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 207
reina, la retiene el Mensajero, que ha permanecido en
habiéndose agenciado un pretexto pequeño y una oca
escena.) sión, combatió la patria de ésa, en la que —dijo— É uri
335 M e n s a j e r o . — Primero espera aquí un poco para que
to era dueño del trono, m ató al rey, su padre, y devastó
te enteres, sin la presencia de éstos, a quiénes conduces
la ciudad. Y llega, como ves, enviándola a esta casa, ni 365
adentro y p ara que conozcas lo que debes acerca de lo
irreflexivamente, señora, ni como una esclava —no su
que nada has oído. Pues sobre esto yo tengo inform a
pongas eso ni sería verosímil, ya que está inflamado de
ción completa.
pasión—. Por ello, me pareció bien, señora, revelarte
D e y a n i r a . — ¿Qué hay? ¿Por qué me detienes en mi
todo lo que aprendí de éste por encontrarm e allí casual- 370
m archa? mente. Muchos oían esto al mismo tiempo que yo, en
340 M e n s a j e r o . — Deténte y escúchame, pues no oíste
medio de la plaza de Traquis, y podrían refutarle. Si no
en vano, antes, mi discurso y, ahora, creo que tampoco. digo cosas amables, no lo hago por gusto, pero, sin em
D e y a n i r a . — ¿Llamamos aquí de nuevo a aquéllos,
bargo, he dicho la verdad.
o quieres hablarm e a mí y a éstas?
D e y a n i r a . — ¡Ay de mí, infortunada! ¡En qué situa- 375
M e n s a j e r o . — A ti y a éstas, nada se opone; pero a
ción estoy! ¿Qué encubierta desgracia he recibido en
ésos déjalos.
mi casa, desdichada? ¿Acaso no tiene nombre, como
345 D e y a n i r a . — Ya se han ido. Hazme saber tus pala
juraba el que la trajo?
bras.
M e n s a j e r o . — Por el contrario, es ilustre tanto po r
M e n s a j e r o . — Este hom bre no h a hablado con im
parcialidad y justicia en nada de lo que dijo hace un su nom bre como por su origen, ya que es p o r su naci- 380
momento, sino que, o ahora es m entiroso, o antes era m iento hija de Éurito, y es llam ada Yole. Aquél nada
u n m ensajero desleal. hablaba respecto a su origen, sin duda porque nada
había preguntado.
D e y a n i r a . — ¿Qué dices? Expónme con claridad1todo
C o r i f e o . —■¡Ojalá perezcan no todos los malvados,
350 lo que piensas, pues lo que me has dicho me es incom
prensible. pero sí quien prepara ocultamente actos indignos que
M e n s a j e r o . — Yo oí a este hom bre cuando contaba,
le perjudican!
D e y a n i r a . — ¿Qué debo hacer, m ujeres? Porque yo 385
delante de muchos testigos, que, por causa de esta jo
v e n 30, aquél destruyó a Éurito y a Ecalia la de altas con estas palabras de ahora me encuentro turbada.
355 torres, y que Eros, el único de los dioses, le cegó para
C oro.
em prender esta lucha, no el estar en el país de los lidios
ni la servidumbre de los trabajos bajo ónfale, ni el Ve y pregunta al hombre, pues tal vez dijera la ver
despeñamiento, causa de la m uerte de Ifito. Éste ahora, dad si quisieras interrogarle con rigor.
menospreciando al Amor, lo dice del revés. En resu- D e y a n i r a . — Sí, iré. No te falta razón en lo que dices.
360 men, cuando no lograba convencer al padre de que le M e n s a j e r o . — Y yo, ¿me espero o qué debo hacer? 390
diera a la hija p ara celebrar u n m atrim onio secreto, D e y a n i r a . — Espera, pues ese hom bre sale del pala
cio, no por nuestro aviso, sino espontáneamente.
so Yole.
208 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 209
(Licas sale de palacio y se dirige a la reina.) Licas . — Habla, si algo quieres, pues no estás en si
L i c a s . — ¿Qué debo decir a Heracles al llegar, oh se lencio.
ñora? Dímelo, porque me m archo, como puedes ver. Mensajero. — ¿Conoces a la cautiva que escoltaste
395 D e y a n i r a . — ¿Por qué te vas rápidam ente, después a palacio?
de haber llegado con tardanza, antes, incluso, de que Licas . — Sí, ¿por qué lo preguntas?
reanudem os la conversación? M ensajero. — ¿Y no es cierto que tú decías que lle
L i c a s . — Si deseas preguntar algo, yo estoy dis vabas a Yole, ésa a la que m iras con desconocimiento,
puesto. la hija de Éurito? 420
D e y a n i r a . — ¿Acaso observarás fidelidad a la verdad? Licas. — ¿Entre qué hom bres? ¿De dónde podría
L i c a s . — ¡Zeus grande sea testigo! Al menos de lo venir quien testificara ante ti que me oyó esto?
que yo soy conocedor. Mensajero. — E ntre muchos ciudadanos. En medio
400 D e y a n i r a . — ¿Quién es la m ujer que has traído con de la plaza de Traquis, una gran m ultitud te lo escuchó.
tigo? Licas. — En efecto. Yo decía que, al menos, lo ha- 425
L i c a s . — Una eubea. De quiénes nació no sé decirlo. bía oído. No es lo mismo decir una opinión que dar
M e n s a j e r o . — (Interviene el mensajero.) ¡Eh tú, cuenta exacta de una palabra.
éste, m ira aquí! ¿A quién te parece que te diriges? Mensajero. — ¿Qué clase de opinión? ¿Acaso no de
L i c a s . — Y tú, ¿por qué me has preguntado esto? cías, afirmándolo bajo juram ento, que llevabas a ésta
M e n s a j e r o . — Atrévete a responder, si entiendes lo como esposa para Heracles?
que te pregunto. Licas. — ¿Yo? ¿Esposa? ¡Por los dioses! Dime, que
405 L i c a s . — A la dueña Deyanira, h ija de Eneo y espo
rida reina, ¿quién es este extranjero? 430
M ensajero. — Quien, al estar presente, te oyó decir
sa de Heracles, y, si no estoy m irando equivocadamen
te, a m i reina. que, por el deseo de é s a 31, toda la ciudad fue sometida
y que no fue la lid ia 32 la que le dominó, sino la pasión
M e n s a j e r o . — Eso es lo que pretendía: saberlo de
que brotó por ella.
ti. ¿Dices que ésta es tu reina Deyanira?
L icas. — Que se vaya el hom bre, oh señora, pues la
L ic a s . — L o e s , c ie r to .
charla con un loco no es propia de hom bres prudentes. 435
410 M e n s a j e r o . — ¿Y qué castigo consideras que se debe
Deyanira. — No, ¡por Zeus que fulm ina rayos en la
aplicar, si eres sorprendido en actitud desleal para ella?
alta cima del E ta!, no me ocultes la historia, pues ha
L i c a s . — ¿Cómo desleal? ¿Qué embrollos traes en
blarás a una m ujer prudente y que sabe que la natura
tre manos?
leza hum ana no se complace siempre con las mismas 440
M e n s a j e r o . — Ninguno. Tú, en cambio, eres el que
cosas. Porque quien con Eros se enfrenta 33 de cerca,
actúas precisam ente así.
L i c a s . — Me voy, pues soy necio por escucharte tan «i Yole.
to tiempo. 32 ónfale.
33 Eros como un competidor desigual en el agón. Esto es un
415 M e n s a j e r o . — No antes de que, por lo menos, res
lugar común en la literatura. (Cf. Antígona 781-801; E u r í p i d e s ,
pondas a una breve pregunta. Hipólito 525 ss.)
210 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 211
como un púgil, no razona con cordura. Él, en efecto, Y esto —pues el decirlo es necesario tam bién en favor
que dispone como quiere incluso de los dioses, y de mí
de aquél— ni él dijo que lo ocultara ni lo negó nunca, 480
con mayor motivo, ¡cómo no va a disponer tam bién de sino que yo mismo, ¡oh señora!, tem eroso de producir
445 otras iguales a mí! De m anera que, si yo reprochara
dolor a tu corazón con estas noticias, he cometido falta,
algo a mi esposo, atrapado por este mal, estaría muy
si en algo lo consideras una falta. Y puesto que sabes 485
loca, o si lo hiciera a esta m ujer, que no es cómplice de ya todo, en tu provecho, que es igualmente el de aquél,
nada vergonzoso ni perjudicial p ara mí. No es posible
acepta a la m ujer y desea que las palabras que dijiste
esto. Pero, si mientes por haberlo aprendido de a q u é l34,
respecto a ella sean inalterables. Porque, aunque aquél
450 no has aprendido una bella lección; y, si por ti mismo
ha triunfado en todas las demás cosas con sus medios,
te adoctrinas así, cuando quieras m ostrarte noble, re
ha sido vencido completamente por el amor de ésta.
sultarás malvado. Así que dime toda la verdad, porque D e y a n i r a . — También así pienso yo, de modo que lo 490
para una persona libre, ser tenido por m entiroso no es llevaré a cabo. Y por lo menos no provocaré un mal
455 un bello destino, y ocultarlo no puedes, pues hay mu
voluntario, luchando en inferioridad con los dioses. Pero
chos a los que has hablado que me lo dirán. Y, si tienes entremos al palacio, para que lleves mis encargos en
miedo, no lo tienes con motivo. El no enterarm e sí me palabras y para que lleves tam bién los regalos a los
dolería, m ientras que el saberlo, ¿qué tiene de terrible? que, en correspondencia a los suyos, debo ajustarm e. 495
460 ¿Acaso no desposó ya Heracles a otras m uchas? Y nin
Pues no es razonable que te vayas de vacío, cuando te
guna de ellas soportó de mí una m ala palabra ni un re has presentado aquí con un séquito tan grande.
proche, y tampoco ésta, aunque esté totalm ente consu (A m bos entran en el palacio y el Mensajero se re
mida por su amor, ya que yo sentí mucha compasión tira.)
precisam ente por ella cuando la vi, porque su belleza
465 arruinó su vida, y, sin querer, la desgraciada asoló y C oro.
esclavizó la tierra de los suyos. Estrofa.
Pero estas cosas, que sigan su curso. Y yo te digo Grande es la fuerza con que C ip ris 35 se lleva siem
que seas desleal con otro; a mí no me m ientas nunca. pre la victoria. Paso de largo los asuntos de los dioses
470 C o r i f e o . — Convéncete de que ha hablado con toda y no hablo de cóm o engañó al Crónida, ni al som brío 500
razón. No podrás hacer reproches a esta m ujer más Hades, o a Posidón el que sacude la tierra. Pero para
adelante y, además, obtendrás mi agradecimiento. tener a é s ta 36 com o esposa, ¿quiénes, adversarios ro
L i c a s . — Pero, ¡oh am ada rein a!, ya que me doy bustos, han descendido al com bate con vistas a las bo
cuenta de que tú, como hum ana, sientes cosas hum anas das? ¿Quiénes salieron adelante en los prem ios de lides 505
y no insensatas, te diré toda la verdad y no te la ocul- llenas de golpes y fatigosas?
475 taré. En efecto, es tal como ése lo cuenta. Un trem endo
reflexionado sobre esto, ¡oh amigas! —pues lo tenía ba, m ientras tú, Licas, hablabas dentro con las extran
580 bien guardado en casa desde la m uerte de aquél—, im jeras, para que le lleves de mi p arte este fino manto,
pregné esta túnica, ajustándom e a cuantas cosas me obsequio preparado con mis manos p ara aquel hombre
dijo m ientras aún tenía vida. y, al dárselo, adviértele que ningún m ortal antes que él 605
Ya está hecho. ¡Ojalá no sepa yo nunca malos ardi lo ciña a su cuerpo, y que no lo vea ni el resplandor del
des, ni los llegue a aprender! Aborrezco a las que los sol, ni el fuego de un recinto sagrado o de un hogar,
llevan a cabo. Si con filtros y hechizos puedo aventajar antes de que él, colocado en pie de modo visible ante
585 a esta joven ante Heracles, para esto tal acción está los ojos de todos, lo m uestre a los dioses en un día en
pensada, a no ser que dé la im presión de em prender que se inmolen toros. Pues prom etí que, si alguna vez 6io
algo inútil; en ese caso me abstendré. veía o llegaba a saber con seguridad que estaba a salvo
C o r i f e o . — Si tú tienes alguna confianza en lo que en casa, le vestiría con esta túnica y le m ostraría ante
has hecho, nos parece que no has tomado una mala los dioses como un sacrificador nuevo envuelto en nue
decisión. va tú n ic a 40. Y presentarás como señal de esto algo que,
590 D e y a n i r a . — La confianza es ésta: que se puede cuando lo tenga delante, reconocerá fácilmente en el 615
creer, aunque no lo he experimentado nunca. cerco de este anillo. Pero ponte en camino y observa
C o r i f e o . — Pero hay que saberlo llevándolo a la prác prim eram ente esta ley, la de no desear hacer nada es
tica. Porque, aunque creas tener un conocimiento, no pecial 41 en tu condición de m ensajero, y, después, ten
lo tendrías si no lo experimentas. en cuenta que puede m ostrársete un doble agradeci
D e y a n i r a . — En seguida lo sabremos. Pues veo que m iento en lugar de uno solo, si el de aquél y el mío se
595 éste ya está en las puertas. Rápidamente se irá. Sola unen.
m ente deseo que, por vuestra parte, mantengáis bien L i c a s . — Pues bien, si yo en la profesión de Hermes 62o
en secreto mi plan: si las acciones inicuas las realizas tomo parte con firmeza, no voy a fracasar precisamen
en la oscuridad, nunca caerás en vergüenza. te, en lo que a ti respecta, en m ostrar este cofre, lleván
(Licas sale del palacio.) dolo como está, y en agregar la garantía de las palabras
L ic a s . — ¿Qué tengo que hacer? Indícamelo, hija de que dices.
D e y a n i r a . — Podrías p a rtir ya, pues sabes cómo se 625
39 Las flechas de Heracles estaban envenenadas por haber encuentran los asuntos en palacio.
sido anteriormente sumergidas en la sangre de la Hidra. El Cen
tauro ordena a Deyanira que tome sangre suya, de la que está 40 Debemos pensar que el rito exigía un vestido nuevo. Así
en contacto con la flecha y, por tanto, con el veneno. Se diferen parece indicarse en Odisea IV 750. O, también, puede ser un
cia por el color más oscuro. Sófocles racionaliza la anterior ver recurso dentro de la característica ironía trágica tan frecuente
sión de la leyenda, según la cual el veneno —presunto filtro— en Sófocles.
era la mezcla de la sangre del Centauro con el semen del mismo. 41 Esto es, no excederse en la misión del mensajero, sino
transmitir exclusivamente las noticias sin tener iniciativa propia.
216 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 217
se iba calentando, se disolvía, haciéndose invisible, y participa de la culpa, sino el que no tiene ninguna car- 730
quedó deshecho en tierra, lo más parecido por su as ga en su casa.
C o r i f e o . — Convendría que silenciaras el resto de tu
pecto a las serraduras que se pueden ver cuando se cor
ta la m adera. Así yace disuelto, y de la tierra donde es relato, si es que no quieres decir nada a tu hijo. Pues
el que se fue antes en busca de su padre está presente.
taba echado borbotean espumas que form an grumos,
(Entra Hilo, visiblemente afectado.)
como si se hubiera derram ado po r el suelo la espesa
H i l o . — ¡Oh madre! ¡Cómo preferiría una de estas
bebida del blanco fruto que procede de la viña báquica. tres cosas, o que tú ya no estuvieras viva, o que, ya 735
De modo que no sé, infortunada, qué pensar. Veo que lo estás, fueses llamada m adre de otro, o que cam
que he llevado a cabo una terrible acción, pues, ¿por biases a m ejores sentimientos que los que tienes ahora!
qué motivo y en agradecimiento de qué me iba a ofre D e y a n i r a . —■¿Qué ocurre, hijo mío, para que tengas
cer el centauro al m orir un favor a mí, que era la causa estas manifestaciones de odio respecto a mí?
de que sucumbiera? No es posible, sino que, deseando
que pereciera el que arrojó la flecha, me estaba enga 46 Quirón era el más célebre de los centauros por sus cua
ñando. Y yo demasiado tarde llego a la comprensión de lidades. Hijo de Crono y de la ninfa Fílira, tenía un origen di
vino que no tenían los otros centauros. Fue herido por Heracles
esto, cuando ya no aprovecha. Yo sola, desdichada, si por error, cuando el héroe llevaba a cabo un enfrentamiento
no me engaño en mi impresión, seré causa de su ruina, contra los demás centauros.
pues sé que la flecha que disparó ha dañado incluso a 47 Del centauro Neso.
18 A Heracles.
220 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 221
H ilo . — Sábete que a tu m arido, a mi padre me re- articulaciones, como la obra de un arte san o 49, y le
740 fiero, le has dado m uerte en este día. llegó un convulsivo dolor desde los huesos, devorándole m
D eyanira. — ¡Ay de mí! ¿Qué noticia me has traído, luego como un veneno de una hostil y m ortífera víbora.
hijo? Entonces le gritó al desdichado Licas que para nada era
H ilo. — Una que no puede dejar de realizarse. Pues causante de tu mala acción, que con qué intenciones
lo que ha sido visto, ¿quién podría conseguir que no había traído este manto. Pero él, ¡desventurado!, que 775
hubiera pasado? no sabía nada, dijo que lo traía como un regalo de tu
Deyanira. — ¿Cómo dices, oh hijo? ¿De quién entre parte, y de ti sola, tal como se había dispuesto. Aquél
745 los hom bres lo has sabido para decir que yo he come lo oyó al tiempo que se apoderaba de sus entrañas una
tido una acción tan deplorable? dolorosísima convulsión y, cogiéndole por el pie, donde
H ilo. — Yo mismo he visto con mis ojos la terrible se dobla la articulación, le arroja contra una roca que m
desgracia de mi padre y no la he oído de boca de otro. emerge del mar, bañada por todas partes, y le hace sal
D eyanira. — Pero, ¿dónde te acercaste a él y lo en tar entre la cabellera el blanco cerebro, esparciéndose el
contraste? cráneo partido en dos y la sangre. Toda la m ultitud
H ilo . — Si te tienes que enterar, es preciso que lo lanzó un grito de lamento a la vista de la locura de uno
750 cuente todo. Cuando, tras haber destruido la ciudad y del final de otro, y ninguno se atrevía a enfrentarse al 785
ilustre de Éurito, él volvía con los trofeos y primicias héroe, que se tiraba por tierra y se levantaba por el aire
de victoria, en un prom ontorio de Eubea, bañado en sus gritando, dando alaridos. En torno suyo las rocas, los
dos lados por el m ar —el cabo Ceneo—, allí donde a su montañosos cabos de Lócride y los acantilados de
padre Zeus dedicó altares y un frondoso recinto, en este Eubea, resonaban. Después que quedó agotado de arro
755 lugar le vi por prim era vez, feliz por el deseo de verle. jarse a sí mismo, el infortunado, muchas veces por tie- 790
Llegó junto a él, en el m omento que se disponía a pre rra y de lanzar muchos gritos de lamento, al tiempo
p arar gran núm ero de sacrificios, su propio heraldo que maldecía el funesto lecho, el tuyo, infeliz, y la boda
Licas, procedente de su palacio, llevando tu regalo, el de Eneo —cómo había sido dispuesta para ruina de su
m anto m ortal. Heracles, poniéndose el vestido, según vida—, entonces, desde el hum o que le rodea me ve, llo
760 tú habías dado previamente las órdenes, sacrifica doce rando, entre la num erosa m uchedum bre y, dirigiéndo- 795
bueyes que estaban sin tacha, como prim icia del botín, me la m irada, me llama: « ¡Oh h ijo !, acércate, no re-
y además se prepara a llevar al ara todo el ganado mez húyas mi desgracia, ni siquiera si es preciso que tú
clado, en núm ero de cien. Y, en prim er lugar, ¡infortu m ueras juntam ente conmigo en m i destrucción. Pero
nado! , con ánimo bien dispuesto y alegre por el vestido apártam e y, sobre todo, colócame allí donde ningún
765 con que se engalana, hacía su plegaria. Pero cuando ar m ortal me pueda ver. Y si tienes compasión, en tal caso, 800
día la llama que procede del resinoso árbol, rociada
con sangre de los solemnes sacrificios, un sudor le su 49 Imagen plástica que nos recuerda las obras de Fidias,
cuya técnica es conocida como la de «paños mojados», por estar
bió a la piel, el m anto se ciñó muy ajustado a todas las los ropajes estrechamente ajustados al cuerpo.
LAS TRAQUINIAS 223
222 TRAGEDIAS
Antístrofa 1.a
llévame fuera de esta tierra lo m ás rápidam ente posi
ble, no vaya a m orir aquí». Pues si una insidiosa angustia, por medio de la nube
Después de que me hiciera estas pocas recomenda mortal del Centauro, le roza los costados, una vez apli
ciones, colocándole en el fondo de un barco, le condu cado el veneno 51 que la M uerte engendró y alimentó el
jimos a esta tierra con dificultad, porque daba gritos centelleante dragón 52, ¿cómo podría éste ver otro sol, 835
805 de dolor entre convulsiones. Y pronto lo veréis, vivo o después del de hoy, acechado por el terrible espectro de
m uerto recientemente. ¡Has sido sorprendida, madre, la Hidra, y al m ism o tiempo atormentado por los san- 840
habiendo tram ado y realizado tales cosas contra mi pa grientos, engañosos dardos inflamados del de negros
dre, por las que ojalá Justicia vengadora y las Erinis te cabellos? 53.
sio hagan pagar! Y si es de justicia, hago una imprecación, Estrofa 2.a
y sí es justo, ya que tú antes m e has proporcionado
De todas estas cosas, ella, la desgraciada, no estaba
argum ento de justicia al m atar al m ejor varón de todos
temerosa, aunque veía en su casa gran daño al irrumpir
los de la tierra, cual no conocerás nunca a otro.
nuevas bodas. Unas cosas no comprendió, otras llega
(Deyanira entra en palacio.)
ron procedentes de opinión ajena a través de fatales en- 845
— ¿Por qué sales en silencio? 50. ¿No sabes
C o r if e o .
cuentros. ¡De seguro que, en más de una ocasión, deses
que al callar le das la razón al acusador?
peradamente se lamenta! ¡De seguro que derrama un
815 H i l o . — ¡Dejadla que se vaya y que un viento favo
delicado rocío de abundantes lágrimas! Y el destino que 850
rable se presente para ella y la arrastre bien lejos de llega evidencia una engañosa y tremenda desgracia 54.
mis ojos! Pues, ¿por qué debe conservar en vano la dig
nidad del nom bre de m adre quien no hace nada como Antístrofa 2.a
820 tal? ¡Que se vaya con mi adiós y que ojalá alcance ella Una fuente de lágrimas estalló, una calamidad se ha
m ism a el placer que está dando a m i padre! extendido, ¡ay!, y cual nunca, ni aun de sus enemigos,
C oro.
llegó al ilustre varón sufrim iento digno de lamentarse. 855
Estrofa 1.a ¡Ay, oscura punta de lanza, en primera línea de lucha,
Ved cómo, oh hijos, se nos ha acercado en seguida que rápida trajiste desde la escarpada Ecalia, tras el
la profética palabra del oráculo, hace tiem po anuncia- combate, a esta joven! 55. Pero Cipris, ayudando en si- seo
825 da, según la cual, cuando llegara a fin el duodécim o
lencio, resultó claramente autora de estas cosas56.
año, al acabarse del todo el ú ltim o mes, term inaría la
carga de los trabajos para el h ijo de Zeus, y esto, pun 51 La Sangre era tenida por hija de la Muerte.
52 La hidra de Lerna, a la que se representaba como una
tualmente, irreversible, se cum ple. Porque, ¿cómo el
serpiente de varias cabezas.
830 que ya no ve podría tener aún, una vez m uerto, una pe 53 N eso. (Cf. Hesíodo, E scudo 186.)
nosa servidum bre? 54 La muerte de Heracles.
55 A Yole.
so Es importante el significado trágico que tiene el silencio. 56 Es decir que fue Afrodita la que infundió el amor en el
El Coro lo hace notar. Recuérdense (Edipo Rey 1075, y Antígona héroe.
1245) las salidas también silenciosas de Yocasta y Eurídice.
224 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 225
doloroso, y algo insólito sucede en la casa. engendrado, ha engendrado una gran E rin is58 para
Observad a esta anciana, con qué extraño y turbado esta casa.
870 a s p e c t o v i e n e h a c i a n o s o t r o s q u e r i e n d o i n d i c a m o s a l g o . N o d r iz a . — Y tanto. Seguro que la hubieras compa
(La Nodriza entra en escena.) decido más si, estando cerca de ella, hubieras visto qué
o d r iz a . — ¡Oh hijos, de qué m anera el regalo en
N
cosas hizo.
viado a Heracles ha dado lugar a grandes desgracias! C o r i f e o . — ¿Y una mano de m ujer se atrevió a ha
H eracles. — ¡Oh Zeus! ¿A qué tierra llego? ¿Junto una sola ayuda con tus brazos vale más que dos mías
985 a qué hom bres yazco afligido p or incesantes dolores? para salvarle.
¡Ay de mí, desgraciado! Este m aldito m al me consu H i l o . — Yo le sujeto, pero no está ni dentro de m í 1020
me de nuevo, ¡ay! ni fuera el poner remedio a sus dolores. Pues tales re
Anciano. — ¿Te has dado bien cuenta de qué venta medios en la vida los distribuye Zeus.
ja era ocultar tu angustia en silencio y no dejar esca- H e r a c l e s . — ¡Ah, ah! ¡Oh hijo! ¿Dónde estás? Por
990 p ar el sueño de su cabeza y de sus ojos? aquí, por aquí, agárrame para levantarm e. ¡Ay, ay! 1025
H ilo. — No sé cómo hubiera podido resignarme, ¡Oh destino! Avanza de nuevo, avanza, cobarde, para
viendo esta desgracia. destruirm e la incurable, cruel enfermedad. ¡Oh Palas, 1030
H e ra c les. — ¡Oh tierra Cenea, cimiento de altares! Palas! Esto de nuevo me deshace. ¡Ay, hijo! Compa
995 ¡Qué agradecimiento he obtenido p ara mí, infortuna dece a tu padre, saca la espada, que no será censura- 1035
do, en pago de tales sacrificios! ¡Oh Zeus, en qué ruina ble; hiéreme bajo la clavícula. Remedia el sufrimiento
me convertiste, en qué ruina! ¡Nunca yo, desventura con el que tu m adre impía me ha irritado, a la que
do, debía haberla visto con mis ojos! ¡No debía haber ¡ojalá yo viera caer así, de la m ism a m anera que me 1040
contemplado nunca la inexorable fuerza de esta locu- destruyó! ¡Oh dulce Hades, oh herm ano de Zeus, ador
íooo ra! Pues, ¿quién es el encantandor, quién el habilidoso méceme, adorméceme m atándom e a mí, inerme, con
en medicina que, aparte de Zeus, pueda suavizar este rápido fin!
dolor? ¡Lejos se podría ver tal portento! el. C o r i f e o . — He temblado, amigas, al oír estas des
1005 Dejadme, dejadme a mí, desgraciado, descansar. Por gracias del rey, con las que, siendo él cual es, ha sido 1045
últim a vez, dejadm e descansar. m altratado.
(Al anciano.) ¿Dónde me tocas? ¿Hacia dónde me H e r a c l e s . — ¡Oh numerosos y ardientes sufrimien
mueves? ¡Me m atas, me matas! Has reavivado lo que tos —incluso al narrarlos— que yo he soportado con
ío io ya estaba calmado. Se ha apoderado de mí, ¡ay, ay!, mis manos y con mis hombros! 62. Y, sin embargo, nun
se introduce de nuevo ésta. ¿De dónde sois, oh varones, ca ni la esposa de Zeus 63 ni el odioso Euristeo 64 me
los más injustos de todos los griegos, po r los que yo, impuso algo semejante a esto; red tejida por las Eri- loso
infeliz, me arriesgaba a m orir cuando os liberaba de nias, que la traidora hija de Eneo echó sobre mis hom
numerosos peligros tanto en el m ar como en los bos bros, por la que perezco. Pues, adherida a mis costados,
ques todos? Y ahora, en esta enfermedad, nadie apor-
1015 tará fuego ni espada que me socorra, ¡ah, a h !, y ningu 62 A continuación enumera algunos de los más significativos
trabajos que hubo de realizar para satisfacer la cólera de Hera
no quiere llegarse para cortar por la fuerza la cabeza y que le dieron gloria. La alusión a los hombros debe estar he
de un ser abominable, ¡ay, ay! cha pensando en el que consistió en sostener la bóveda celeste
Anciano. — ¡Oh hijo de tal varón! Esta tarea se pre sustituyendo a Atlante.
senta superior a mis fuerzas, pero tú ayúdame, pues 63 La diosa Hera.
64 Primo de Heracles, que reinaba en Micenas y Tirinto por
la voluntad de Hera (ver nota 5 de esta misma tragedia), la que
61 El sentido es que ya no espera ver logrado esto. evitaba así que reinase Heracles.
230 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 231
está devorando la carne desde lo m ás profundo y se De nuevo este espasmo de dolor me abraza ahora
cando, por estar unido a ellas, las arterias del pulmón. mismo, atraviesa los costados y parece que la m isera
1055 Y, por otra parte, ha bebido ya m i vigorosa sangre.
ble y devoradora enferm edad no va a dejar de hosti
Tengo el cuerpo entero destrozado, prendido en este
garme. ¡Oh señor Hades, recíbeme! ¡Oh rayo de Zeus, 1085
lazo indescriptible. Y esto ni la lanza en la llanura 65,
hiéreme! Impulsa, oh rey, descarga el dardo de tu rayo,
ni el ejército de los Gigantes nacido de la tierra, ni la
padre.
1060 violencia de las Fieras 66, ni la Hélade, ni la tierra ex
tranjera, ni región alguna a la que yo llegué para li Pues me devora de nuevo, ha resurgido, se ha agu
b erar 67, me lo hicieron nunca. M ientras que esta mu dizado. ¡Oh manos, manos! ¡Oh espalda y pecho, oh 1090
jer, siendo hem bra y sin tener, po r tanto, la naturaleza brazos queridos! Vosotros fuisteis los que sometisteis
de un hombre, sola, me ha aniquilado sin la espada. en una ocasión por la fuerza al habitante de Nemea 68,
1065 ¡Oh muchacho! Sé para mí u n verdadero hijo y no al león, azote de los pastores, animal inabordable y fe
respetes más el nom bre de tu m adre. Tú mismo con roz, y a la hidra de Lerna, y a la biform e e insociable 1095
tus manos trayéndola, pónmela en m is brazos, para que tropa de centauros, insolente, sin ley, de fuerza supe
sepa claram ente si tú sientes más dolor ante mi desfi rior 69, y a la fiera del Erim anto 70, y al subterráneo
gurado cuerpo que ante el de ella, cuando la veas mal perro de tres cabezas del Hades 71, m onstruo invenci
tratada con justicia. ble, criatura de la terrible Equidna, y al dragón guar - 1100
1070 Ve, hijo, ten valor, compadécete de mí, que para dián de las manzanas de oro en las regiones más ex
muchos soy digno de lástima, yo que he dado gritos de trem as 72. Y experimenté otras innum erables fatigas,
dolor lam entándome como una muchacha. Y nunca nin y nadie erigió trofeos de m i valor.
guno podría decir que vio a este hom bre hacerlo antes, Y ahora, así, sin fuerzas, deshecho, estoy destruido
sino que siempre, sin em itir gemidos, se sometía a las por u n destino ciego, ¡desventurado! ¡Yo que he sido 1105
1075 desgracias. Pero ahora, a consecuencia de tal situación,
infortunado, me m uestro como una m ujer. En seguida, 68 Al león cuya piel y cabeza, a modo de casco, llevará con
acercándote, colócate cerca de tu padre, contempla bajo él en las demás aventuras, y que son un signo de reconocimien
qué sufrimientos estoy padeciendo. Yo te lo m ostraré to del héroe. Para acabar con el león, tuvo que obligarle a entrar
en la cueva y ahogarlo allí.
sin velos encubridores. Mirad, contem plad todos un
09 Como ya hemos visto, los centauros son seres mitad hom
loso cuerpo digno de compasión, ved al desgraciado, en qué bre mitad caballo, de costumbres brutales y temperamento sal
lam entable estado me encuentro. ¡Oh infortunado! ¡Ah! vaje. Sólo Quirón y Folo son una excepción.
¡Ah! 7» El tercer trabajo era dar caza a tin monstruosojabalí
que vivía en el río Erimanto y llevarlo vivo.
?! El can Cerbero, guardián del Hades, a quien debía llevar
6 s Se debe referir a los combates frente a frente, en con
a Micenas, ante Euristeo. En esta difícil empresa le ayudaron
traposición a aquellos en los que había de emplear astucias.
Hermes y Atenea. El héroe luchó contra el animal sin sus armas
86 Se refiere a los centauros. habituales y, a pesar de ello, le venció.
67 Región que liberó de algún monstruo o fiera que la tenía 72 El jardín de las Hespérides, de difícil y dudosa locali
oprimida, así: Nemea, del león. zación.
232 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 233
llamado hijo de la más excelente m adre y que soy in H e r a c l e s . — ¿Por quién? Un prodigio me has profe
vocado como hijo de Zeus bajo los cielos! tizado con estas funestas palabras.
Pero al menos aprended bien esto: aunque no sea H i l o . — Ella por sí misma, y no por mano de un
yo nada, y aunque no pueda arrastrarm e, someteré a la extraño.
que me hizo estas cosas incluso en estas circunstancias, H e r a c l e s . — ¡Ay de mí! ¿Antes de que, como era
uio Que se acerque sólo para que le enseñe a anunciar a preciso, m uriera a mis manos?
todos que yo, tanto vivo como m uerto, castigué a los
H i l o . — Cambiaría de parecer tu ánimo si supieras
traidores.
todo.
C o r i f e o . — ¡Oh Hélade desventurada! ¡Qué aflicción
H e r a c l e s . — Empezaste un extraño discurso. Dime 1135
veo que tendrás, si pierdes a este hombre!
en qué piensas.
1115 H i l o . — Ya que perm ites contestar, padre, guardan
H i l o . — Esto es todo el asunto: se equivocó en su
do silencio, óyeme aunque sufras. Pues te voy a pedir
lo que es justo alcanzar. Escúchame, para que no estés intento de hacer lo mejor.
irritado hasta el punto en que lo estás ahora por la H e r a c l e s . — ¿Hace lo m ejor, oh perverso, m atando
U 20 H e r a c l e s . — Termina de decir lo que deseas, porque so cuando vio a la desposada dentro de la casa, se equi
yo, a causa del sufrimiento, no comprendo nada de las vocó.
astucias que tú tram as desde hace un rato. H e r a c l e s . — ¿Y quién es ese hacedor de fármacos 1140
H il o . — H e v e n id o p a r a h a b la r te de m i m adre, en entre los traquinios?
q u é s itu a c ió n e s tá a h o r a y q u é f a llo s c o m e t ió e n con H i l o . — Neso, el centauro, hace tiempo la conven
t r a d e s u v o lu n ta d . ció de que con ese filtro encendería tu pasión.
H e r a c l e s . — ¡Oh el más malvado! ¿Y me recuerdas H e r a c l e s . — ¡Ah, ah, negro destino! ¡Me muero,
1125 otra vez a la m adre asesina de tu padre pretendiendo infortunado! ¡Estoy perdido, estoy perdido! ¡Ya no
que yo te escuche? hay para mí luz del sol! ¡Ay de mí, me doy cuenta en 1145
H ilo. — Sí, ya que ella está de tal modo que no con qué grado de desgracia nos hallamos! Vete, hijo mío,
viene guardar silencio. ya no tienes padre. Llama a todos mis hijos, tus her
H e r a c l e s . — No, ciertam ente, a causa de los errores manos. Llama a la infortunada Alcmena, en vano espo
cometidos antes. sa de Zeus, para que estéis enterados por m í de la úl
H i l o . — No seguirás hablando así, debido a lo suce tim a predicción de los oráculos, pues yo ya la conozco. 1150
dido en el día de hoy. H i l o . — Tu m adre no está aquí, sino que se ha ido
H e r a c l e s . — Dilo, pero evita m ostrarte como u n mal a la costera Tirinto para establecer su residencia. Y de
nacido. tus hijos, a unos se los ha llevado consigo ella misma
1130 H i l o . — Lo digo: ella h a m uerto sacrificada hace para educarlos, m ientras que otros te informo que ha
poco tiempo. bitan la ciudad de Tebas. Pero nosotros, los que e s ta - 1155
234 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 235
mos presentes, si hay que hacer algo, padre, obedientes
H il o . — Mira, la tiendo; en nada te pienso contra
te serviremos.
decir.
H e ra c les. — Tú, oye lo que tienes que hacer. Ha lle
H e r a c l e s . — Ju ra ahora por la cabeza de Zeus, el U85
gado el momento en que vas a m ostrar qué clase de
que me engendró...
hom bre es llamado hijo mío. En efecto, yo tenía desde
H il o . — ■¿ Q u é he de h acer? ¿M e será dado a co
1160 antiguo una profecía de mi padre, según la cual, yo mo
nocer?
riría no por obra de ninguno de los vivos, sino de quien,
ya m uerto, fuera habitante del Hades. Éste, el Centau H er ac les. — ...cu m p lir lo que te diga.
ro, m uerto, me ha m atado a mí que estoy vivo, cum H il o .— Lo juro y pongo a Zeus como testigo.
pliendo el oráculo divino. Y yo voy a revelar qué nue- H e r a c l e s . — Y , si faltas, haz votos para que recibas
U65 vos oráculos resultaron iguales a éstos, concordantes pesares.
con los antiguos, los que yo, al llegar al recinto sagrado H i l o . — No los voy a recibir, pues lo haré; sin em- 1190
de los Selos —los que viven en la m ontaña y duermen bargo, los hago.
en el suelo—, me hice inscribir de acuerdo con la en H e r a c l e s . — ¿Conoces la cum bre más alta del Eta,
cina paterna de muchas lenguas, la cual me decía que, donde estás Zeus?
en el tiempo en que estamos y en la situación actual- H i l o . — La conozco. Como sacrificador he estado
U70 m ente presente, se cum pliría p ara m í la liberación de muchas veces arriba.
los trabajos impuestos 73. Yo creía que se realizaría H e r a c l e s . — Allí es necesario que ahora, tras levan
felizmente, pero no se refería, por lo visto, a otra cosa tar m i cuerpo con tus propias manos y con la ayuda
que a mi m uerte, pues para los m uertos ya no existe de los amigos que necesites, después de cortar una bue- 1195
1175 la fatiga. Y así, ya que éstos resultan claros, hijo, debes na cantidad de m adera de la encina de profundas raí
aliarte con este hom bre y no esperar provocar mi len ces y de arrancar, asimismo, abundante cantidad de
gua, sino que, cediendo, colabora con él, reconociendo
fuertes olivos, m etas tú mi cuerpo y lo quemes con el
que la más bella de las norm as es obedecer a un padre.
fuego de una tea de pino. Que no se derram e ni una
H ilo. — Pero, ¡oh padre!, me espanta el llegar a
uso sem ejante punto de tus palabras; no obstante, obede lágrima, señal de lamentación, sino que debes hacerlo 1200
ceré en lo que tú creas oportuno. sin proferir gemidos ni em itir sollozos, si es que eres
H eracles. — En prim er lugar, dame tu m ano dere hijo mío, y, si no, yo te aguardaré, incluso en los in
cha 74. fiernos, como una pesada maldición para siempre.
H ilo. — ¿Por qué te vuelves hacia esta garantía? H i l o . — ¡ A y de mí, padre! ¿Qué dices? ¿Qué cosas
H eracles. — ¿No la acercarás rápidam ente sin des me haces realizar?
confiar de mí? H e r a c l e s . — Las que deben realizarse y, en otro
caso, sé hijo de otro padre y no seas llamado ya hijo 1205
r o c o n p ie d r a s e n s a m b la d o , h a z c e s a r lo s g r ito s , c o m o
si fu e r a s a c u m p lir con a le g r ía una a c c ió n a que te
o b lig a n .
H i l o . — A lz a d lo , c o m p a ñ e r o s , s ie n d o e n g r a n m a n e -
1265 r a i n d u l g e n t e s c o n m ig o p o r e llo , y v ie n d o g r a n d e s c o n
s id e r a c ió n d e lo s d io s e s a n te e s t a s a c c io n e s r e a liz a d a s .
É sto s, a u n q u e h a n engendrado y so n in v o c a d o s com o
p a d r e s, c o n s ie n te n s in p r o t e s t a t a le s s u fr im ie n to s .
1270 P u e s e l fu tu r o n in g u n o lo c o n te m p la , p e r o n u e s tr a
s itu a c ió n a c tu a l e s la m e n ta b le p a r a n o s o t r o s y v e r g o n
zosa p ara e llo s , y , lo m ás duro de to d o , p a ra el que
s u fr e e s t a d e s g r a c ia e n tr e t o d o s lo s h o m b r e s .
1275 T ú , d o n c e lla , n o t e q u e d e s le j o s d e la c a s a , d e s p u é s
d e v e r te r r ib le s y r e c ie n te s m u e r te s , y ta m b ié n n u m e
r o s o s e in a u d it o s in fo r tu n io s ; y n a d a h a y en e sto q u e ELECTRA
n o se a Z eu s.
372 TRAGEDIAS
N O TA SO B R E L A E D IC IÓ N
33 πατρός πατρί
45 Φωκέως Φωκεύς
81 κάικΧκσΰσωμεν κ ά ν α κ ο ύ σ ω μ εν
84-85 φίρειν/νίκην τέ φημι φέρει / νίκην τ ’ έφ’ ήμίν
102 αίκως άδίκως
163 βήμοαι λήματι
187 τεκέων τοκέων
215-216 τά παρόντ’ ; ... αίκως. τά παρόντ’ αίκώς;
ARGUMENTO DE ELECTRA
PERSONAJES
a Anaxibia, su hermana]. C l it e m e s t r a .
E g is t o .
DE OTRA MANERA
Dirás lo siguiente: que eres extranjero, de Focea, 45 E lectra. — (Dentro de palacio.) ¡Ay de mí! ¡Infortu
que vienes de parte de Fanoteo, porque casualmente nada de mí!
éste es el mejor de sus amigos. Anuncia, reforzándolo P ed a g o g o . — Me ha parecido, hijo, oír dentro, a tra
con un juramento, que ha muerto Orestes debido a un vés de las puertas, el gemido de algún servidor,
fatal accidente, al rodar desde el carro en marcha duran
so O r e s t e s . — ¿No será acaso la desgraciada Electra?
te los juegos píticos. Sea éste tu relato. Nosotros, según 50
¿Quieres que permanezcamos aquí y que escuchemos sus
lo ordenado, tras adornar la tumba de mi padre con
lamentos?
libaciones y rizos cortados de la cabeza, volveremos de
P ed a g o g o . — En modo alguno. No emprendamos nada
nuevo, sosteniendo en las manos la urna de paredes
antes de realizar las órdenes de Loxias. De acuerdo con
broncíneas que tú sabes tengo oculta entre unas matas, 55
ellas, comencemos derramando libaciones por tu padre.
para, después de engañarles con esta historia, llevarles la
85 Pues ello nos traerá la victoria y el dominio de las accio
dulce noticia de que mi cuerpo ha perecido, consumido
nes emprendidas.
por el fuego y convertido en polvo. ¿Por qué ha de in
quietarme esto cuando, muerto de palabra, estoy de he- 60 (Abandonan la escena los tres personajes y se pre
cho vivo y voy a obtener fama con ello? senta Electra.)
Pues me parece que ningún discurso que comporta — ¡Oh luz inocente y aire que recubres por
E lectra.
provecho es malo. En efecto, he visto varias veces que, igual a la tierra! Muchas veces escuchaste cantos de due-
incluso los sabios, mueren falsamente de palabra, y des 90 lo y muchas percibiste golpes en el pecho que me hacían
pués, cuando vuelven otra vez a casa, son aún más hon brotar sangre, cuando la sombría noche terminaba. Los
rados 4. Así también yo me jacto de que, como resultado 65 odiosos lechos de esta casa desdichada son ya conocedo
de esta noticia, brillaré vivo entre mis enemigos como res de lo que ocurre durante la noche: cuántas veces
una estrella. 95 gimo por mi infortunado padre, a quien el sangriento
Conque, ¡oh tierra patria y dioses locales!, recibidme Ares no recibió como huésped en tierra extranjeras, sino
victorioso en estos caminos, y tú, palacio paterno, pues que mi madre y el que comparte su lecho, Egisto, como
vengo para purificarte según la justicia, impulsado por 70 leñadores a un árbol, le abrieron la cabeza con asesina
los dioses. Y no me expulséis de esta tierra sin honra, hacha.
sino recibidme dueño de mi fortuna y restablecedor del íoo Y ningún lamento ante estos hechos parte de otro
palacio. Yo ya he hablado; ahora tú, anciano, ve y pre que no sea yo, por ti, padre, tan injusta y lastimosa
ocúpate de cumplir tu deber. Nosotros dos partimos. 75
mente muerto. Pero, ciertamente, no cesaré en duelos y
Éste es el momento oportuno y esto constituye precisa
ios en sombríos lloros mientras vea los resplandecientes
mente la mayor protección en toda empresa para los
centelleos de las estrellas y la luz del día. No dejaré de
hombres.
hacer oír a todos el sonido de mi queja — cual ruiseñor
te, ni el dios que reina junto al Aqueronte15. bras. ¿No te das cuenta de qué argumentos te vales
ahora para precipitarte ignominiosamente hacia tu pro
E l e c t r a . — Pero una gran parte de mi vida se me ha 185
pia desgracia? ¿Te has procurado algo mejor que desgra
quedado ya atrás, sin que se cumplan mis esperanzas. Y
cias al originar siempre disputas por tu ánimo malhumo
no resisto más, yo que sin padres me consumo, sin que
rado? Pues tales cosas no son para discutir con los po-
ninguna persona amiga proteja, sino que, igual que una
220 derosos, en el trato con ellos.
extranjera indigna, soy una administradora de la casa de i90
E l e c t r a . — Por terribles circunstancias he sido for
mi padre. Así, con indecoroso vestido, vago en torno a
zada, por terribles circunstancias. Lo sé, soy consciente
mesas vacías16.
de mi cólera. Pero ni en ellas refrenaré esta obstinada
225 actitud mientras tenga vida. Porque, ¿a quién, oh linaje
consoladoras mías. Esto ha de ser considerado irreme- m del ultraje: veo al asesino en el lecho de mi padre con
diable. Nunca pondré fin a mis sufrimientos y habrá un la infeliz de mi madre, si se debe llamar así a la que yace
sinnúmero de lamentaciones. 275 con éste; ella, tan malvada como para vivir con un infa
me sin temer a ninguna Erinis; antes bien, como quien
Epodo.
se regocija por lo que ha hecho, cuando descubre el día
Coro. — Pero es con ánimo benevolente, como una
280 en el que otrora mató a mi padre con engaño, organiza
madre leal, como te digo que no engendres desgracia 235
coros y ofrece ovejas para ser sacrificadas mensualmen
sobre desgracia.
te a los dioses salvadores. Y yo, al verlo, desventurada,
E l e c t r a . — ¿Y cuál es la medida de la maldad? ¡Ea!,
lloro dentro de la casa, me consumo y me lamento a so
dito. ¿Cómo puede ser bueno despreocuparse de los que
las conmigo misma por este infortunado festín celebrado
han muerto? ¿En qué hombre se ha engendrado esta
285 en el nombre de mi padre. Y ni siquiera me es posible
idea? ¡Ojalá no sea yo estimada entre éstos, ni habite con 240
ellos satisfecha si estoy en la verdad, dejando de lanzar llorar tanto como para complacer a mi ánimo. Pues esa
mujer «noble por sus palabras», llamándome a voces, me
al aire agudos lamentos que dan honra a mi padre!
lanza injurias de esta clase: «Oh ser impío y odioso,
Pues si el muerto, siendo polvo y nada, ha de yacer 245
desgraciado, y ellos, en cambio, no pagan las penas que 290 ¿acaso se te ha muerto a ti sola el padre? ¿Ningún otro
son precio de su muerte, se podría perder el respeto y la 250 mortal está en duelo? ¡Ojalá mueras miserablemente y
piedad en todos los mortales. los dioses infernales no te liberen nunca de los lamentos
C o r i f e o . — Yo, hija, he venido procurando por lo
actuales!». Con esta arrogancia habla, excepto cuando
tuyo tanto como por lo mío. Y si no hablo con sensatez, oye de alguno que Orestes vendrá; entonces, a mi lado,
prevalezca tu opinión. Nosotras te seguiremos. 295 furiosa, me grita: «¿No eres tú la causa de estas cosas?
E l e c t r a . — Siento vergüenza, mujeres, de pareceros ¿No es esto obra tuya, que, habiéndome arrebatado a
que estoy demasiado afligida por mis muchos gemidos, 255 Orestes de mis manos, lo pusiste a resguardo en secreto?
pero la fuerza de los hechos me obliga a hacerlo. Discul Pero sábete que pagarás la pena que mereces.» Con estas
padme. Mas, ¿cómo la mujer que es bien nacida no ha 300 palabras me insulta y, a su lado, la incita su «ilustre es
ría esto al ver las desgracias paternas? Desgracias que, poso», ese cobarde en todo, la maldad en persona, el que
más que declinar, veo yo crecer incesantemente de día libra las batallas con las m ujeres19. Mientras que yo, es
y de noche. Y así, primeramente, las relaciones con la 260 perando siempre que Orestes se presente para hacer
madre que me engendró han resultado aborrecibles. Ade 305 cesar esta situación, me muero, ¡infeliz! Porque, en esa
más, vivo en mi propia casa con los asesinos de mi padre constante demora, ha destruido todas las esperanzas pre
y por ellos soy dominada y en ellos está el que yo reciba 265 sentes y por venir. En semejante situación, amigas, no
algo o, del mismo modo, que quede privada de ello.
Y además, ¿qué clase de días os parece que arrastro, w P od em os entender d o s alusiones en esta du ra crítica a
E gisto. O que ha d e ja d o a C litem estra llevar a ca b o el asesinato
cuando veo a Egisto sentado en el trono paterno y ob
d e A gam enón, o que se q u ed ó en su p a ís entre las m u jeres m ien
servo que lleva los mismos vestidos que aquél y que ofre- 270 tras lo s h om b res com ba tía n en T roya (c f. E s q u il o , Agamenón
ce libaciones junto al hogar donde le mató? Y el colmo 1625).
ELECTRA 387 388 TRAGEDIAS
es posible ni ser sensata ni piadosa; antes bien, en las 335 sentimientos para con ellos. Pero ahora, en medio de las
desgracias es forzoso, incluso, practicar el mal. desgracias, me parece mejor navegar con las velas re
C o r i f e o . — Ea, dime, ¿nos dices esto estando Egisto 310 cogidas 20 y no creer que estoy haciendo algo sin hacer
cerca o porque se ha ido del palacio? daño en realidad.
E l e c t r a . — ¡Ciertamente! No creas que yo, si él estu Otro tanto quiero que hagas también tú. Aunque lo
viera cerca, vendría ni a las puertas. Ahora está en los justo no está en lo que yo digo, sino en lo que tú crees.
campos. 340 Pero s i he de vivir en libertad, tienen que ser obedeci
C o r i f e o . — Verdaderamente también yo llegaría a dos en todo los que mandan.
hablar más confiadamente contigo si esto es así. 3is E l e c t r a . — Es terrible que, siendo hija de un padre
E l e c t r a . — Ya que ahora está ausente, infórmate de como el tuyo, le hayas olvidado y te preocupes de la que
lo que quieras. te engendró. Todas las advertencias que me has hecho
C o r i f e o . — Pues bien, te pregunto: ¿qué tienes que las has aprendido de aquélla y nada dices por ti misma.
decir de tu hermano, si viene ya o se demora? Quiero sa 345 Según esto, escoge una de las dos cosas: o razonar im
berlo. prudentemente o, haciéndolo con prudencia, olvidar a los
E l e c t r a . — Al menos lo dice, pero, a pesar de ello, tuyos. Porque acabas de decir que, si tuvieras fuerza,
nada hace de lo que dice. mostrarías el odio que les tienes, pero, cuando yo me
C o r i f e o . — Cuando un hombre acomete una gran ac- 320
dispongo a vengar a nuestro padre, hasta las últimas
ción suele vacilar. 350 consecuencias, no colaboras, y obstaculizas a quien in
E lectra. — E n lo q u e a mí r e s p e c ta le sa lv é sin v a c i tenta hacerlo. ¿No es esto cobardía unida a las desgra
la c ió n . cias? Porque, enséñame — o aprende de mí— qué ventaja
C o r i f e o . — Ten confianza. Tiene un natural noble obtendría si cesara de lamentarme. ¿Acaso no vivo? De
como para proteger a los suyos. 355 mala manera, lo sé, pero me es suficiente. Inquieto a és
E l e c t r a . — Estoy convencida, ya que, si no, no hubie tos 21, con lo que procuro satisfacciones al muerto, si es
ra vivido tanto tiempo. que hay algún tipo de gratificación allá abajo. Mientras
C o r i f e o . — Ahora no digas nada más, porque veo a 325 que tú, que los «odias», lo haces sólo de palabra, pero
tu hermana, a Crisótemis, hija por linaje del mismo pa de hecho convives con los asesinos de tu padre. Yo, por
dre y de la misma madre, que, procedente de la casa, 360 mi parte, nunca condescendería con ellos, ni aunque al
lleva ofrendas fúnebres en sus manos, como se acostum guien me fuera a traer los privilegios por los que ahora
bra a practicar con los muertos. te envaneces. Que ante ti haya una mesa colmada y te
C r is ó t e m is . — ¿Qué noticias has venido a traer junto sea la vida fácil. ¡Que tenga yo por único alimento el no
a las puertas del vestíbulo, oh hermana, sin querer 330
aprender después de tan largo tiempo a no complacer 20 C o m o en tantas otras o ca sion es, aquí em p lea un térm in o
en vano tu cólera inútil? Sé que también yo, ciertamen to m a d o del len gu aje del m ar, m e tá fo ra de fá c il ca p ta ción p o r
te, sufro en las presentes circunstancias, hasta el punto u n p u e b lo em inentem ente m a rinero.
de que, si yo tuviera fuerza, les haría ver cuáles son mis 21 Clitem estra y E gisto.
390 TRAGEDIAS
ELECTRA 389
C r is ó t e m is . —
Nuestra madre me envía a derramar 425 estado presente cuando ella exponía el sueño al S o l25.
libaciones sobre la tumba del padre. No sé nada más, excepto que aquélla me envía a causa
de este terror. Ahora, ipor los dioses de nuestra raza!,
E l e c t r a . — ¿Cómo dices? ¿Al que le es el más odiado
te suplico que te dejes persuadir por mí y que no te
de los hombres?
430 pierdas por insensatez, porque, si me rechazas, vendrás
C r i s ó t e m i s . — Al que dio muerte ella misma, pues es
a buscarme de nuevo cuando te acompañe la desgracia.
esto lo que quieres decir.
E l e c t r a . — ¡Oh querida!, no deberías ofrendar en la
E l e c t r a . — ¿Por cuál de sus amigos ha sido persua
tumba nada de lo que tienes en tus manos, pues no te
dida? ¿A quién dio satisfacción con ello?
es lícito ni piadoso depositar presentes ni hacer libacio-
C r is ó t e m i s . — Según creo, a causa de un terror noc- 410 435 nes a nuestro padre de parte de una mujer odiosa. Hazlo
turno. desaparecer por los aires o bajo espesa capa de polvo,
E lectra. — ¡Oh dioses patrios! Socorredme al menos de forma que ninguno de ellos pueda llegar nunca al se
ahora. pulcro de nuestro padre. ¡Que, cuando ella muera, se le
C r i s ó t e m is . — ¿Tienes alguna confianza en ese te conserven allá abajo como tesoros!
mor? 440 Si no hubiera sido la más atrevida de todas las mu
E lectra. — Si me cuentas la visión, te lo podría decir. jeres, en modo alguno hubiera ofrecido nunca libaciones
C r is ó t e m is . — Pero sólo puedo contártela en una pe malévolas ál que había dado muerte. Pues juzga si crees
queña parte. que el muerto recibirá en la tumba estos obsequios con
E l e c t r a . — Dámelo, sin embargo, pues con frecuen- 415
un sentimiento benevolente para aquella por obra de la
cia unas pocas palabras han hecho fracasar o prosperar cual fue muerto indecorosamente y mutilado76, como si
445 fuera una persona hostil, después que ella, para purifi
grandemente a los mortales.
carse, secó las manchas de sangre en la cabeza de él.
C r is ó t e m i s . — Existe el rumor de que ella ha visto
¿Acaso crees que esto le reporta liberación de su asesina
que nuestro padre, en una segunda aparición, se presen
to? No es posible.
taba a la luz y , tras coger el cetro que él mismo llevaba 420
Por ello, suéltalo y , habiendo cortado las puntas de
en otro tiempo y ahora lleva Egisto, lo clavó en el ho
450 los rizos de tu cabeza, y de la mía — desdichada, aun
gar 24, y que de éste había brotado un nuevo tallo floreci
que esto sea poco, es lo único que tengo— , ofrécele esta
do con el que se había ensombrecido toda la tierra de
Micenas. Estas cosas se las oí relatar a uno que había
25 E l S ol es el gran p u rifica d o r q u e pu ed e a leja r lo s peli
gros vistos en el sueño. Cf. E u r íp id e s , Ifigenia entre los Tau
ción h able de lib a cion es, tal vez p orq u e era lo m ás frecuen te
ros 42.
en el rito.
26 Para evitar qu e el m u erto se vengara de los asesinos,
24 Puede clavar el ce tro, p o r q u e el su elo era de tierra p ren
creían d eja rle in operan te si le corta b a n las extrem idades y las
sada. E ste tip o de sueños, c o m o el que narra, tienen un p re ce
ataban al cu ello o axilas. C reían ta m b ién que, si secaban las
dente en el que cu enta H e r ó d o t o (I 108) q u e tu vo el rey m e d o
gotas de sangre q u e caían del h acha en la ca b eza del m u erto,
Astiages, qu e soñ ó q u e una v id n acía de su h ija y se extendía
la cu lpa del crim en recaía so b re éste.
p o r tod a Asia.
ELECTRA 393 394 TRAGEDIAS
lucida cabellera27 y este ceñidor mío que no está traba 485 que te engendró, ni la vieja hacha de doble filo fabrica
jado con lujos, y pídele, cayendo encima de la tumba, da en bronce que le mató en medio de los más injuriosos
que él mismo venga del fondo de la tierra, con ánimo ultrajes.
bien dispuesto para nosotras, a vengar a los enemigos,
Antístrofa.
y que su hijo Orestes, vivo, en ataque victorioso pisotee 455
Llegará también la Erinis de muchos pies y manos,
a sus enemigos, a fin de que en el futuro le coronemos28
490 infatigable, la que en terribles emboscadas acecha. Pues
con manos más ricas que las ofrendas de ahora. Cierta
el empeño de una unión manchada de sangre, sin lecho
mente creo, estoy segura, que por algo le interesaba tam
nupcial, sin casamiento, acometió a quienes no les era
bién a aquél29 enviarle estos sueños siniestros. Pero, a 460
495 lícito. Por lo tanto, existe la esperanza de que nunca,
pesar de ello, préstate estos servicios a ti misma y tam
nunca un presagio se nos hará presente sin que cause
bién a mí y a nuestro común padre, el más querido de
daño a sus autores y cómplices1·2. O ciertamente, no
todos los hombres, que yace en el Hades.
existen señales de adivinación para los hombres en los
C o r if e o . — La joven habla piadosamente y tú, si 465
500 sueños terribles o en los oráculos, si esta visión noctur
eres sensata, oh querida, lo harás.
na no se realiza.
C r i s ó t e m i s . — Lo haré, pues no tiene sentido mante
ner una discusión entre dos acerca de una cosa justa,
Epodo.
sino apresurarse a su ejecución.
505 ¡Ah de la antigua y dolorosa carrera de carros de
Mientras intento llevar a cabo estas acciones, guar
Pélope33/ ¡Cómo has venido a ser largamente dolorosa
dad silencio, ¡por los dioses!, amigas, porque, si mi ma- 470
para esta tierra! Pues desde que Mirtilo durmió el sueño
dre se entera de esto, pienso que la empresa a la que
510 de la muerte tras ser precipitado al mar, totalmente
me voy a atrever resultará amarga.
destruido al ser lanzado desde su carro de oro por un
C oro. 515 triste infortunio, no dejó de haber nunca en la casa al
Estrofa. guna penosa desgracia.
Si yo no soy adivino insensato y falto de juicio, está 475 C l i t e m e s t r a . — A lo que parece, vas y vienes libre
a punto de venir la hacedora de presagios, la Justicia, otra vez. Pues no está aquí Egisto que te impedía aver-
llevando en sus manos justos poderes. Irá en busca de
ellos20, ¡oh hija!, sin dejar transcurrir mucho tiempo. 32 Otra alusión a C litem estra, qu e e je c u tó e l asesinato, y a
En el fondo tengo confianza, después que he oído gratos 480 E gisto, que fu e su có m p lice.
33 P élope, fu n d a d o r del lin a je rea l d e M icenas, con sigu ió
sueños. Pues nunca olvidan, ni el rey de los helenos31
ven cer a E n óm a o en una carrera de ca rro s gracias a h a b e r so
b o rn a d o a M irtilo, su auriga, q u e a flo jó el e je del ca rro del rey.
27 V éase n ota 108 de Áyax. O btu vo co n ello la m a n o de H ip od a m ía . D espués de la victoria,
28 Im agen q u e sign ifica «a p o rta r ofren d a s». M irtilo fu e m u erto p o r P élope, q u e l o a r r o jó al m ar, según una
29 Agam enón. versión , p o r in ten tar abusar de H ip od a m ía , y, segú n otra, para
30 De Clitem estra y Egisto. n o pagarle el p re cio con ven id o. A l m o r ir, m a ld ijo a P élop e y a
su raza.
31 A gam enón, rey de reyes en la Iliada.
ELECTRA 395 396 TRAGEDIAS
gonzar a los tuyos estando en la puerta. Pero ahora, Y la que está muerta, si tomara voz, lo confirmaría.
como aquél está ausente, no me haces ningún caso. Sin 550 Yo no estoy afligida por lo que he hecho. Si a ti, por tu
embargo, muchas veces has dicho a voz en cuello ante parte, te parece que no tengo razón, censura a los que
mucha gente que yo gobierno con insolencia y contra te rodean, pero con una argumentación razonable.
justicia, injuriándote a ti y lo tuyo. Pero yo no soy inso E l e c t r a . — Al menos ahora no dirás de mí que inicié
lente, y hablo mal de ti porque con frecuencia oigo lo algo molesto después que tuve que escuchar esto de ti
mismo por parte tuya. Tu padre, y nada más, es siem hasta el final. Pero, si me lo permites, hablaría con ver-
pre para ti el pretexto: que fue muerto por mí. Por mí, 555 dad sobre el muerto, a la vez que sobre mi hermana.
lo sé bien, no puedo negarlo; la Justicia se apoderó de C l i t e m e s t r a . — Desde luego que te lo permito. Si
él, no yo sola, a la que deberías ayudar si fueras sen dieras así siempre comienzo a tus palabras, no serías
sata. Este padre tuyo, al que siempre estás llorando, fue tan molesta de oír.
el único de los helenos que se atrevió a sacrificar a tu E l e c t r a . — Entonces te hablo. Dices que has dado
hermana34 a los dioses. ¡No tuvo él el mismo dolor cuan muerte a mi padre. ¿Qué expresión más vergonzosa que
do la engendró que yo al darla a luz! Anda, muéstrame 560 ésta podría ya existir, bien lo hayas hecho con razón
por qué causa la sacrificó. ¿Es que vas a decir que por o no? Te diré, además, que no lo mataste con justicia
los argivos? Ellos no tenían derecho a dar muerte a la precisamente, sino que te arrastró a ello el obedecer al
que era mía. Por consiguiente, habiendo matado lo mío malvado varón con el que ahora vives. Pregunta a la
en favor de su hermano Menelao, ¿no iba a pagarme el cazadora Ártemis en castigo de qué retuvo en Áulide los
castigo por ello? ¿Acaso no tenía aquél dos hijos, los 565 frecuentes vientos36, o yo te lo diré, pues no es lícito
cuales era más natural que murieran que ella35, por ser aprenderlo de ella.
hijos del padre y de la madre a causa de la que tenía En otro tiempo, mi padre, según yo tengo oído, cuan
lugar esa expedición? do cazaba en el recinto sagrado de la diosa, con sus
¿O acaso tenía Hades mayor deseo de devorar a mis pisadas, hizo levantarse a un cornudo ciervo moteado.
hijos que a los de aquélla? ¿Es que en el muy infame En ocasión del sacrificio de éste, sucedió que lanzó lleno
padre se había esfumado el amor por los hijos habidos 570 de jactancia ciertas palabras. Por esto, habiéndose enco
conmigo y existía, en cambio, por los de Menelao? ¿No lerizado la doncella hija de Leto, retuvo a los aqueos
es esto mentalidad de .un padre desconsiderado y per a fin de que mi padre, en compensación por el animal,
verso? Así lo creo, aunque hable de modo distinto a lo sacrificara a su propia hija. Así tuvo lugar el sacrificio
que opinas. de aquélla, porque no había otro medio de liberación
para el ejército, ni para volver a casa ni hacia Ilion.
34 S a crificio de Ifigenia p o r A gam enón . L o e v o ca Clitemes-
575 Ante esto, coaccionado por todas partes y oponiendo
tra c o m o ju s tifica ció n de su crim en , ya q u e la d ecisión fue de
A gam enón, S ófocles, c o m o E sq u ilo, ign ora la leyenda que usa
E u rípides, según la cu a l Ifigen ia n o m u rió en Á ulide, sino qu e 36 V ien tos que im pedían a la flo ta de los aqueos ech arse a
fue raptada p o r Á rtem is y rescatada. la m ar en d irección a T roya, circu n sta n cia q u e o rig in ó qu e Aga
35 E ran dos, H erm ion e, la ú nica cita d a en la épica (Odisea m en ón sacrificase a su h ija Ifigen ia pa ra a placar la cólera de Ar
IV 14), y N icóstra to. tem is y con seguir, c o n ello, q u e la escu a d ra zarpase.
ELECTRA 397 398 TRAGEDIAS
mucha resistenda, la sacrificó muy a su pesar y no a güenza. Si por naturaleza soy experta en todas estas
causa de Menelao. cosas, tal vez sea que no desdigo de tu estirpe.
Pero — y voy a hablar con tu razonamiento— si por 610 C o r i f e o . — Veo que respira cólera39, pero no veo
querer ayudar a aquél lo hubiera hecho, ¿era necesario que le preocupe si tiene razón.
que, a causa de ello, muriese por obra tuya? ¿Según qué C l it e m e s t r a . — ¡Qué cuidado voy a tener por ésta
ley? Cuida no sea que, por establecer este principio en- 580 que injuria a su madre con tales insultos y eso a su
tre los hombres, reporte dolor y arrepentimiento para 615 edad! ¿No te parece que podría llegar a todo tipo de
ti misma. Porque, si damos muerte a uno en defensa de acciones sin ninguna vergüenza?
otro, tú podrías morir la primera si se hiciera justicia. E l e c t r a . — Entérate bien de que yo siento vergüen
Ten cuidado no establezcas un pretexto inexistente. za por esto, aunque no te lo parezca. Comprendo que
Dinos, si quieres, por qué motivo cometes ahora las 585 hago cosas intempestivas y que no son apropiadas para
más vergonzosas de todas las acciones, cuando te acues 620 mí. Pero la hostilidad que de ti me viene y tus actos me
tas con el criminal, con cuya ayuda has matado antes a fuerzan a hacerlo. En acciones deshonrosas se aprende
nuestro padre, y tienes hijos de é l37 y has desechado a 590 a obrar deshonrosamente.
los que engendraste antes en tu matrimonio legal. C l i t e m e s t r a . — ¡Oh criatura sin consideración! Cier
¿Cómo podría yo alabar estas cosas? ¿Acaso también tamente que yo, mis palabras y mis obras te dan que
dirás que estás vengando a tu hija? Sería vergonzoso si hablar en exceso.
lo alegas. No está bien casarse con un enemigo por cau 625 E l e c t r a . — Tú lo dices, no yo. Tú realizas el hecho y
lanzas a toda voz que yo injurio a mi madre. Yo te con caparás por esta osadía cuando venga Egisto!
sidero más un ama que una madre para mí, puesto que E l e c t r a . — ¿Ves? Te has dejado llevar por la cólera.
llevo una mísera vida y soy víctima, por tu culpa y la Aunque me habías permitido decir lo que quisiera, no
de tu compañero, de innumerables males. Y el otro, 600 sabes escuchar.
desterrado, que a duras penas escapó de tu mano, el 6J0 . C l i t e m e s t r a . — ¿ Y no me vas a dejar ni hacejr un sa
infortunado Orestes, arrastra una vida desgraciada38. crificio bajo un devoto murmullo40, después de que te
Muchas veces me has acusado de criarle para que tome permití soltarlo todo?
venganza contra ti. Y esto, si tuviera fuerza, lo haría 605 E l e c t r a . — Te dejo, te invito a ello, haz el sacrificio
yo, entérate bien. Por ello, proclama ante todos, si quie y no acuses a mi lengua, porque no podría decir ya más.
res, que soy malvada y deslenguada y llena de desver- C l i t e m e s t r a . — Tú, la que me acompañas, alza la
ofrenda de todos los frutos, a fin de que ofrezca a esta 635 C o r if e o . — Nada más cierto: ella es quien está junto
divinidad súplicas que sean liberadoras de los miedos a ti.
que ahora tengo. P ed a g o g o . — ¡Te saludo, reina! Llego trayendo gra
Escucha ya, Febo protector, mis palabras ocultas. tas noticias de parte de una persona amiga para ti y
Pues no te dirijo la oración ante amigos, ni conviene que también para Egisto.
todo salga a la luz mientras ésa se encuentre cerca de 640 C l it e m e s t r a . — Acojo favorablemente tus palabras.
mí, para que no vaya divulgando ya, por toda la ciudad, Deseo saber de ti, ante todo, quién fe envía.
equívoca fama acompañada de rencor y maldiciente pa P e d a g o g o . — Fanoteo el Fócense, para anunciarte un
labra. Por consiguiente, escúchame así, que de este modo importante asunto.
yo te hablaré41. C l i t e m e s t r a . — ¿Cuál, oh extranjero? Habla, porque
Las visiones de oscuros sueños que en esta noche sé bien que, siendo de parte de un amigo, traerás pala
he tenido concede, rey Licio, que se cumplan si se han 645 bras amistosas.
aparecido para bien, pero, si han sido hostiles, remítelas P ed a g o g o . — Orestes está muerto. Resumiendo, breve
mitas, sino concédeme que, llevando una vida sin daño, 650 toy en este día.
rija el palacio y el cetro de los Atridas viviendo con los C l i t e m e s t r a . — ¿Qué dices, qué dices? ¡Oh extranje
amigos que ahora tengo en una feliz existencia, y con ro!, no escuches a ésta.
aquellos de mis hijos en los que no se encuentre animad P e d a g o g o . — Digo, como acabo de hacerlo, que Ores-
a todos nosotros42 tal y como te lo pedimos. Todo lo de C l it e m e s t r a . — (A Electra.) Tú ocúpate de tus asun
más, aunque yo lo silencie, supongo que en tu calidad tos. Y tú, extranjero, dime la verdad, ¿de qué modo mu
de dios lo conoces. Pues es natural que los hijos de rió?
Zeus vean todo. P e d a g o g o . — He sido enviado para esto y todo te lo
Cuando la multitud le ve derribado, prorrumpe en 750 780 dre, me amenazaba con lleyar a cabo hechos terribles, de
gritos de lamento por el joven que, habiendo realizado suerte que ni de noche ni de día podía yo cubrir los ojos
semejantes hazañas, alcanza ahora tales infortunios. con dulce sueño, sino que el tiempo, momento a momen
Arrastrado unas veces por el suelo y otras aparecién- to, pasaba como si fuera a morir? Pero ahora, en este día,
do las piernas por el aire, hasta que los otros conducto he sido liberada del temor que sentía ante ésta y ante
res, reteniendo con esfuerzo la carrera de los caballos, 785 aquél. Ésta era para mí mayor daño por vivir conmigo
lo soltaron cubierto de sangre, de modo que ninguno de 755 y estar bebiendo siempre la sangre pura de mi vida.
sus amigos hubiera podido reconocerle, si hubiera visto Ahora, por lo que se refiere a sus amenazas, podré vivir
el desdichado cuerpo. tranquila.
Después de quemarle en una pira, unos hombres fo- E l e c t r a . — ¡Ay de mí, desgraciada! Ahora me es po
censes designados para ello traen en una pequeña urna sible, Orestes, lamentar tu desventura, cuando en tal si-
de bronce un gran cuerpo que sólo es miserable ceniza, 790 tuación eres ultrajado por parte de semejante madre.
para que obtenga enterramiento en la tierra paterna. 760 ¿Acaso está bien?
Tales son los hechos, dolorosos para narrarlos, pero, C l i t e m e s t r a . — Tú, ciertamente, no. Aquél sí está
para nosotros que los vimos, la más grande de todas las bien como está4S.
desgracias que yo he contemplado. E l e c t r a . — Escucha, ¡oh Némesis49 del que acaba de
C o r i f e o . — ¡Ay, ay! A lo que parece se ha extinguido morir!
para mis antiguos soberanos todo el linaje desde la raíz. 765 C l i t e m e s t r a . — Escuchó lo que debía y sancionó con
C l i t e m e s t r a . — Oh Zeus, ¿qué es esto? ¿Acaso debo razón.
decir que son acontecimientos afortunados o terribles E l e c t r a . — Sigue hablando con insolencia, pues aho
aunque provechosos? Es doloroso que tenga que salvar ra te encuentras feliz.
la vida con mi propia desgracia. C l i t e m e s t r a . — Ni Orestes ni tú vais a desposeerme
P e d a go go . — ¿Por qué estás angustiada, oh mujer, 795 de este estado.
por mis actuales palabras? E l e c t r a . — Nosotros somos los desposeídos y no es
C l i t e m e s t r a . — Es extraño dar a luz. No se consigue 770 tamos en condiciones de desposeerte a ti.
odiar a los que has engendrado, ni aun sufriendo males C l i t e m e s t r a . — (Dirigiéndose al Pedagogo.) Si con tu
podrías decir en vano, si me vienes con pruebas fidedig situación está en orden.
nas de la muerte de quien, nacido de mi vida, pero apar- 775 800 C l i t e m e s t r a . — De ningún modo, porque en este caso
no podrías obtener un trato digno de mí ni del huésped 835 que claramente se han ido al Hades, me pisoteas aún
que te ha enviado. Entra al interior. Deja que ésta vocee más a mí, que ya estoy agotada.
fuera sus propias desgracias y las de su gente.
(Entran en la casa Clitemestra y el Pedagogo.) Antístrofa 1.a
— ¿Acaso os parece que llora o se lamenta
E le c tr a . C o r o . — Pues sé que el señor Anfiarao51 fue oculta-
con excesiva tristeza y dolor, la desdichada, por el hijo sos 840 do por una diadema de mujer labrada en oro y ahora
muerto de este m odo?50. ¡Y aun se ha ido riendo! ¡Ay, in bajo tierra...
fortunada de mí! ¡Queridísimo Orestes! ¡Cómo me has — ¡Ah, ah! ¡Ay!
E le c tr a .
perdido con tu muerte! Te has ido y me has arrancado C oro. — ... reina totalmente vivo.
de mi corazón las únicas esperanzas que aún quedaban sio E le c tr a . — ¡Ay de mí!
en mí: que tú habías de llegar un día sano y salvo como C oro. — ¡Ay! Sí, pues la funesta...
vengador de nuestro padre y de mí, ¡desdichada! Así, 845 E l e c t r a . — Fue muerta.
pues, ¿adonde debo volverme? Pues estoy sola, privada C o r o . — Sí.
de ti y de mi padre. Preciso es que ahora viva de nuevo E l e c t r a . — Lo sé, lo sé. Apareció un vengador para
sometida entre los que me son los más odiosos de todos sis el que estaba en duelo. Pero para mí ninguno existe ya,
los hombres, los asesinos de mi padre. ¿Es eso apropia pues quien todavía existía se ha ido como arrebatado.
do para mí? Pero yo no entraré a vivir con ellos de aho
ra en adelante, sino que, dejándome caer frente a esta E str o fa 2a
puerta, sin amigos, consumiré mi vida. Ante esto, que 820 C o r o . — Te sientes desgraciada por acontecimientos
alguno de los de dentro me mate, si se siente incómodo, desgraciados.
que, si lo hace, me hará un favor, mientras que, si vivo, 850E l e c t r a . — Lo sé, lo sé muy bien, a lo largo de una
será motivo de tristeza. Ningún deseo tengo de vivir. vida cargada de numerosas y terribles desdichas.
C o r o . — Conocemos a lo que te refieres.
C oro.
855 E l e c t r a . — No me conduzcas wdonde no...
Estrofa 1.a
C oro. ■ — ¿Qué dices?
¿Dónde están los rayos de Zeus o dónde el brillante
E l e c t r a . — ... existen ya esperanzas de ayuda de un
sol si, cuando ven estas cosas, se ocultan tranquilos? 825
hermano noble en su linaje.
E l e c t r a . — ¡Ah, ah! ¡Ay!
C o r o . — Oh hija, ¿por qué lloras?
si H istoria de A nfiarao, a divino de A rgos q u e to m ó parte
E l e c t r a . — ¡Ay de mí!
en la e x p ed ición d e lo s siete co n tra T ebas — a pesar d e que
C o r o . — No grites tan fuerte. 83o co n o cía el resu lta do d e la guerra, en la q u e ib a a m o rir— , p o r
E le c tr a . ■ — Me perderás. que le h abía o b lig a d o su m u je r E rífile , a quien, para ello, P o
C o r o . — ¿Cómo? linices había o fr e c id o u n co lla r de o r o . E rífile fu e m uerta, más
tarde, p o r A lcm eón, h ijo d e a m b os, en venganza. A n fiarao des
E l e c t r a . — Si me haces concebir esperanzas por los
a p a reció p o r o b ra de Zeus b a jo tierra, desd e d on d e sigu ió
fo rm u la n d o o rá cu lo s (c f. Odisea X I 326 y sigs., y X V 247; tam
so Clara ironía. b ién P í n d a r o , Ñemeos I X 16).
ELECTRA 407 408 TRAGEDIAS
E l e c t r a . — ¿Acaso también del modo que fue para cia qué has dirigido la mirada para inflamarte con este
aquél, infeliz, en carreras de caballos de veloces cascos, fuego irremediable?
enredado con las bien cortadas riendas? C r is ó t e m i s . — ¡Por los dioses! óyeme ahora para
C o r o . — Impensable fue su destrucción. 890 que, después de escucharme, digas si soy sensata o si
E l e c t r a . — Cómo no, si, desterrado, lejos de mis 865 desvarío.
manos... E l e c t r a . — Habla, si en la palabra encuentras algún
C o r o . — ¡Ay! ¡Ay! placer.
E l e c t r a . — ...está enterrado, sin haber obtenido de C r is ó t e m is . — Te diré todo cuanto observé. Cuando
mí ni sepultura ni siquiera lamentos. m llegué a la tumba antigua de nuestro padre, veo regue
(Entra Crisótemis corriendo.) ros de leche que acaban de derramar desde la parte alta
C r is ó t e m i s . — A causa de la alegría me llego corrien 895 del túmulo, y que la piedra sepulcral de nuestro padre
do apresurada, descuidando el decoro52. Porque traigo está coronada enteramente alrededor por toda clase de
motivos de gozo y el fin de las desgracias que te acosa flores. Al verlo, el asombro se apoderó de mí. Miro en
ban y te hacían gemir. derredor, no sea que algún mortal nos acechara de cer-
E l e c t r a . — ¿Dónde podrías haber encontrado tú ali- 875 900 ca, pero, como vi que el lugar estaba en caima, me fui
vio de mis males, para los que ya no hay remedio po acercando más a la sepultura. Entonces veo en lo más
sible? alto del túmulo un bucle cortado de algún joven. Nada
C r is ó t e m i s . — Orestes está entre nosotros —entéra más verlo, infeliz, se me presentó a mi ánimo un rostro
te, oyéndolo, por mí— de una manera tan real como familiar, me pareció ver en esto una señal del más que
que tú me estás viendo a mí. rido de todos los mortales, Orestes.
E l e c t r a . — Pero, ¿es que estás loca, oh desgracia- 880 905 Con él bucle en las manos no digo palabras que pue
da y, a más de tus propias desgracias, te ríes de las dan resultar de mal agüero, sino que, al punto, se me
mías? llena el rostro de lágrimas por la alegría. Y ahora, como
C r is ó t e m i s . — ¡Por el hogar de nuestros padres! No antes, sé que esta ofrenda no viene de otro más que de
lo digo en un arrebato, sino porque sé que aquél está aquél. Porque, ¿a quién le afecta esto sino a ti o a mí?
presente entre nosotras. 910 Y yo no lo hice, lo sé bien, ni tú tampoco. ¿Cómo, si
E l e c t r a . — ¡Ay, desventurada! ¿Y a qué mortal le no te es posible alejarte de esta casa impunemente, ni
has oído esta noticia como para tener esa excesiva con siquiera para el servicio de los dioses? Tampoco el buen
fianza? sentido de nuestra madre suele realizar tales actos, ni
C r is ó t e m i s . — Yo confío en esta noticia, porque he 885 pasaría inadvertido si los hiciera.
915 Estas ofrendas fúnebres son de Orestes, así que,
52 La n o ció n ateniende de eukosmia su p on ía q u e los m o v i
m ientos h abían de ser pau sados (P la tón , Cármides 159 b).
¡oh querida, ten ánimo! Pues no siempre asiste a los
410 TRAGEDIAS
ELECTRA 409
y, después, tal cual naciste, serás llamada libre el resto 970 manos menos fuerzas que tus enemigos. La fortuna les
del tiempo y alcanzarás unas bodas como te mereces. íooo sonríe a ellos cada día, mientras que para nosotras se
Pues todos suelen poner su vista en la que tiene más pierde y llega a nada.
méritos. En este caso, ¿quién que planeara prender a seme
Y, por otra parte, ¿no ves cuánta celebridad podrías jante persona54 podría escapar a la desgracia sin sufrir
procurarte a ti misma y a mí si me obedeces? Porque, 975 daño? Ten cuidado, no vaya a ser que, además de irnos
¿qué ciudadano o extranjero53, al vernos, no nos salu ya mal, obtengamos aún mayores desdichas si alguien
daría con alabanzas de este tipo: «Ved a estas dos her 1005 escucha semejante razonamiento. A nosotras no nos re
manas, amigos, que guardaron la casa paterna y que, suelve ni ayuda el morir ignominiosamente, aunque ha
con desprecio de su vida, llevaron a cabo la muerte de yamos obtenido una buena fama. Y no es lo peor la
sus enemigos, para quienes la situación era muy pros- 980 muerte, sino el que, cuando alguien desee morir, no
pera. Todos debemos amarlas y respetarlas. Es preciso pueda, sin embargo, conseguirlo,
que en las fiestas y con ocasión de las asambleas de la íoio Te lo suplico, antes de perdernos por completo nos
ciudad todos las honremos por su valentía»? Cualquier otras de la manera más infame y de extinguir nuestro
mortal podrá hablar así de nosotras tanto en vida como 985 linaje, contén tu cólera. Yo vigilaré para qué tus pala
después de muertas, de modo que nuestra fama no de bras queden como no dichas y sin efecto para ti. Y tú
clinará. misma ten prudencia de ahora en adelante y, si no tie
¡Ea!, ¡oh querida! Déjate convencer, ayuda a nues nes fuerza, cede ante los poderosos,
tro padre, socorre a nuestro hermano, líbrame de des lois C o r i f e o . — Obedece. Nada más provechoso pueden
gracias y líbrate a ti misma, comprendiendo que es ver recibir los hombres que el buen juicio y la mente sabia.
gonzoso vivir en deshonra para los que han nacido
E l e c t r a . — No has dicho nada que no esperara. Sa
nobles.
bía bien que tú rechazarías lo que te he anunciado.
C o r i f e o . — En situaciones así, la prudencia es buena 990
Esta acción debe ser hecha solamente por mi propia
ayuda, tanto para el que habla como para el que es
1020 mano. Yo, al menos, no la dejaré en proyecto.
cucha.
C r i s ó t e m i s . — ¡Ay! Tales propósitos debías haberlos
C r is ó t e m i s , — Si ésta no tuviera pensamientos equi
tenido cuando nuestro padre murió. Lo habrías arre
vocados, oh mujeres, hubiera conservado la precaución
glado todo.
antes de hablar, lo que no ha hecho. Porque, ¿adonde 995
E l e c t r a . — Por naturaleza ciertamente que sí, pero
has mirado para proveerte de semejante valor? ¿Y, en
mi capacidad de pensamiento era entonces menor.
cima, me llamas a mí para obedecerte? ¿Es que no lo
C r i s ó t e m i s . — Esfuérzate para que permanezca a lo
estás viendo? Eres mujer y no hombre, y tienes en tus
largo de tu vida tal cual es.
1025 E l e c t r a . — Me adviertes esto, aun cuando no vas a
53 Las m u jeres griegas a parecían m u y p o c o en p ú b lico. E le c
tra está pen sando aquí en oca sion es especiales, festivales o es
ayudar para llevarlo a cabo.
pectá cu los teatrales a los qu e ellas a cu dían y que, adem ás,
con ta b a n co n la presen cia d e extra n jeros. 54 A E gisto, tan p o d e ro s o .
414 TRAGEDIAS
ELECTRA 413
E l e c t r a . — ¿Y qué? ¿No te parece que hablo con largo tiempo! 55. ¡Oh voz de los mortales que llegas hasta
toda justicia? los infiernos, haz oír a los Atridas que están bajo tierra
C r i s ó t e m i s . — Pero a veces también la justicia apor mi palabra quejumbrosa, portadora de tristes reproches!
ta desgracia.
E l e c t r a . — Yo no quiero vivir bajo estas leyes. 55 L os asesinos de A gam enón. A n teriorm en te ha a lu d id o a
C r i s ó t e m i s . — Pero, si llegas a hacer esto, me darás las cigüeñas, anim ales que lo s antiguos con sidera b a n c o m o e je m
la razón. p lo de cu id a d o p o r sus crías ( A r is t ó f a n e s , Aves 1353 y sigs.), y
E l e c t r a . — Lo haré, porque no me has infundido 1045 la rela ción está en que C risótem is, c o n su co n d u cta d e in hibi
ción , n o se p reocu p a de lo s suyos.
ningún miedo.
ELECTRA 415 416 TRAGEDIAS
medio de una vida de penurias, anónima, ¡oh hija, hija!, íoss A mí el anciano Estrofio me ordenó comunicar algo
como tú, que también preferiste una vida acompañada acerca de Orestes.
de llantos sin fin y, tras vencer al deshonor, ganar dos E l e c t r a . — ¿Qué? ¡Oh extranjeros! ¡Cómo se apode
tes que ponerte a salvo de la muerte, para que tú hu También ahora deseo morir y no quedar privada de tu
bieras podido yacer aquel día, muerto, tras obtener la 1135 1170 sepultura, pues no veo que los muertos sufran.
parte que te corresponde de la tumba paterna! Pero C o r i f e o . — Has nacido de un padre mortal, Electra,
ahora has perecido de mala manera, fuera de casa y piénsalo. Orestes también era mortal. De modo que no
como emigrante en otra tierra, separado de tu hermana. te aflijas en demasía. Todos nosotros debemos pasar
Y yo, infortunada, ni con manos amorosas te he prepa por ello.
rado con abluciones, ni he recibido del fuego, como era mo O r e s t e s . — (Hablando consigo mismo.) ¡Oh, oh! ¿Qué
natural, la desdichada carga incandescente, sino que, diré? ¿A qué palabras acudir estando perplejo como es-
habiendo sido atendido por manos extrañas, infeliz, lle U75 toy? No tengo fuerzas para contener más la lengua.
gas como un peso insignificante en pequeña vasija. E l e c t r a . — ¿Qué dolor padeces? ¿Por qué estás di
¡Ay de mí, desventurada, por mis inútiles cuidados ciendo estas cosas?
de otro tiempo, que yo frecuentemente prodigué en tor O r e s t e s . — ¿Es, por cierto, tu noble figura la de
no a ti con dulce fatiga! Porque entonces tú no eras 1145 Electra?
más querido de tu madre que de mí, ni los que estaban E l e c t r a . — Ésta es y en muy lamentable estado.
en casa eran quienes te cuidaban, sino yo, y a mí me O r e s t e s . — ¡Ah, por esta penosa desgracia!
llamabas siempre hermana. Ahora ha desaparecido esto liso É l e c t r a . — ¿Y no es cierto, oh extranjero, que te la
en un solo día por tu muerte. Pues, arrebatándolo todo, 1150 mentas así por mí?
te has ido como un huracán. Nuestro padre se ha ido.
O r e s t e s . — ¡Oh cuerpo, deshonrosa e impíamente
Yo estoy muerta contigo57. Tú mismo te has ido, pues
destrozado!
has muerto. Los enemigos ríen. Tu madre, que no me
E l e c t r a . — Tus palabras de compasión no se diri
rece tal nombre, está enloquecida por efecto del placer.
gen, extranjero, a otra que no sea yo.
Acerca de ella, tú me hacías llegar frecuentes recados 1155
O r e s t e s . — ¡Ah, tu vida sin matrimonio y de sombrío
a escondidas, en los que decías que te mostrarías tú en
destino!
persona como vengador.
E l e c t r a . — ¿Por qué, oh extranjero, me miras así y
Pero nos ha privado de ello el aciago destino tuyo
te lamentas?
y mío, que de esta manera te ha enviado, como ceniza y
U85 O r e s t e s . — ¡Hasta qué punto no conocía ninguna de
sombra vana en lugar de la queridísima figura. ¡Ay de 1160
mis propias desgracias!
mí! ¡Oh cuerpo digno de compasión, ay, ay! ¡Oh ama
E l e c t r a . — ¿Cuál de mis palabras te lo ha hecho co
dísimo! ¡Por qué caminos terribles has sido enviado!
nocer?
¡Ay de mí! ¡Cómo me has perdido! Me has perdido en
O r e s t e s . — El ver que te distingues por tus nume
verdad, ¡oh hermano!, y, por ello, recíbeme en esta mo- 1165
rosos dolores.
rada tuya; acoge a la que nada es en la nada, para que
E l e c t r a . — Pues ciertamente sólo ves unos pocos de
habite contigo, abajo, el resto del tiempo. Porque, cuan
mis males.
do estabas arriba, yo participaba por igual contigo.
O r e s t e s . — ¿Cómo podría ver otros peores aún que
E l e c t r a . — Con sus manos, con malos tratos y con E l e c t r a . — ¿Tan indigna soy del que está muerto?
dría decir. Tal como están las cosas ahora, lo que se re- 1345 presentes que ya es hora de actuar. En este momento,
fiere a aquéllos está bien, incluso lo que no es bueno63. Clitemestra está sola y no hay dentro ninguno de los
E l e c t r a . — ¿Quién es éste, hermano? ¡Por los dioses, 1370 servidores. Si os retrasáis, pensad que os las veréis con
dímelo! otros más diestros y numerosos que ellos.
O r e s t e s . — ¿No te das cuenta? O r e s t e s . — No debe ser ya para nosotros tarea de
E l e c t r a . — N o lo te n g o en la m e n te . largos discursos, Pílades, sino de entrar cuanto antes,
O r e s t e s . — ¿No conoces a aquel en cuyas manos me tras inclinarnos a saludar a las imágenes de los dioses
entregaste un día? 1375 patrios que se encuentran en este atrio.
E l e c t r a . — ¿A quién? ¿Qué dices? (Entran en palacio Orestes, Pilades y el Pedagogo.)
O r e s t e s . — En las manos de éste, debido a tu solici- 1350 E l e c t r a . — Soberano Apolo, óyeles propicio y a mí
tud, fui sacado secretamente al país de los Foceos. junto a ellos, que en muchas ocasiones te he presentado
E l e c t r a . —■¿Acaso es aquel el único a quien encontré con mano implorante lo que tenía. Y ahora, oh Apolo
leal entre mucho entonces, con ocasión del asesinato de 1380 Licio, a partir de lo que tengo te hago la súplica, me
mi padre? arrodillo ante ti, te lo imploro: sé para nosotros resuelto
O r e s t e s . — Éste es, pero no me interrogues con más defensor de estas decisiones nuestras y muestra a los
palabras. hombres los castigos que aplican los dioses por impie
E l e c t r a . — ¡Oh el día más querido! ¡Oh único sal dad.
vador del palacio de Agamenón! ¿Cómo has llegado? 1355 (Entra también en palacio.)
¿Eres por ventura aquel que nos salvaste a éste y a mí
Coro.
de muchos padecimientos? ¡Oh manos queridísimas64!
Estrofa.
¡Oh tú, que con tus pies nos prestaste un servicio inesti
(Hablando entre ellos.) Ved hacia dónde se extiende
mable!'¿Cómo es que estuviste a mi lado sin advertirlo
1385 Ares, engendrando sangre inevitable. Acaban de entrar
y no me lo hiciste saber, sino que me matabas con tus 1360
bajo el techo de palacio, vengadores de funestos críme
palabras, aunque llevabas los más agradables hechos
nes, los perros de los que no se puede escapar65. De
para mí? Te saludo, padre, pues me parece estar viendo
modo que ya no espera por mucho tiempo en suspenso
a un padre. Te saludo. Sábete que yo en un solo día te
13S0 el sueño de mis pensamientos.
he aborrecido y amado lo más que se puede.
P ed agogo. — Me parece que es suficiente. Pues mu- 1365 Antístrofa.
chos días, al sucederse con sus correspondientes noches, Es conducido a la casa con paso furtivo, vengador
te revelarán claramente los relatos de lo acaecido des de los muertos, a la habitación en otro tiempo lujosa de
de entonces, Electra. Y ahora os digo a vosotros aquí su padre, llevando en las manos sangre recién afilada
63 Pasaje p o c o cla ro. Jebb in terp reta que las con d icion es, 65 Las Erinias so n com pa ra da s c o n perras q u e persiguen a
en lo que se refiere a C litem estra y E gisto, son buenas para los h um an os para vengar crím en es de sangre.
ellos, Orestes y Pílades, in clu so m ora lm en te buenas. La sangre q u e h a o ca sio n a d o la m u erte de A gam enón p o r
64 Al m ism o tiem p o debía cog e rle las m anos. un golp e d e hacha b ie n afilada.
ELECTRA 427 428 TRAGEDIAS
El hijo de Maya, Hermes m, les conduce, ocultando el en- 1395 C lite m e s tr a . — ¡Ay, he sido herida!
gaño en la oscuridad, hacia la misma meta y ya no es 1415 E l e c t r a . — Hiere una segunda vez, si tienes fuerza.
peta. C l i t e m e s t r a . — ¡Ay d e m í o tr a v e z!
O restes. — Ya me voy. (Salen Orestes y Pílades.) te mi rienda y no tenga que ponerse en razón por la
E l e c t r a . — Lo de aquí es cosa mía. fuerza, al recibir mi castigo.
E l e c t r a . — Lo que se refiere a mí está cumplido71.
C o r o . — Al oído convendría hablarle amistosamente
1465 Con el tiempo he obtenido inteligencia como para agra
algunas palabras a este hombre, para que se precipite 1440
dar a los más poderosos.
engañado al combate justiciero.
(Se abren las puertas de palacio y se muestra un
(Entra Egisto en escena.)
cuerpo tapado, a cuyos lados están Orestes y Pílades.)
E g i s t o . — ¿Quién de vosotras sabe dónde están los E g i s t o . — ¡Oh Zeus, tengo ante los ojos una imagen
extranjeros focenses, quienes, según dicen, nos anuncian fantasmal que no ha sucumbido sin la envidia divina!
que Orestes ha perdido la vida en un naufragio hípico? Pero si la venganza hace acto de presencia no hablo.
(A Electra.) A ti te pregunto, sí, a ti, tan audaz en 1445 Descorred del todo el velo del rostro para que, como pa
otro tiempo, Creo que es a ti a la que más te interesa y riente, reciba cantos fúnebres también de mi parte.
la que con más conocimiento podrías hablar. 1470 O r e s t e s . — Levántalo tú mismo. No es cosa mía sino
E l e c t r a . — Lo sé, ¿cómo no? ¿Podría yo estar indife tuya el mirar estos restos y saludarlos con afecto.
rente a lo que afecta a mis seres queridos? E g i s t o . — Me das un buen consejo y lo seguiré. Y tú
E g i s t o . — En ese caso, ¿dónde están los extranjeros? 1450 (a Electra), si Clitemestra está por alguna parte de la
Dímelo. casa, llámala.
E l e c t r a . — Dentro. Ellos han cumplido con una ama O r e s t e s . — Está cerca de ti. No mires por otro lado.
DE OTRA MANERA
sabe que le calma. Envia al que está a tu lado a un reco tar obligado por juramento con nadie4, ni a la fuerza, ni
nocimiento, no sea que me sorprenda inesperadamente. en la primera expedición; sin embargo, yo no puedo
Porque él preferiría capturarme a mí antes que a todos 75 refutar ninguna de estas cosas. De modo que, si él me ve
los argivos. mientras sea dueño del arco, estoy perdido, y te arrastro
(Neoptólemo da señal al marino de que parta.) en la perdición a ti también por estar en tu compañía.
N e o p t ó l e m o .—Se va, y acechará el sendero. Tú, si Es necesario que en esto mismo te las ingenies para
algo quieres, dilo de nuevo. sustraerle las armas invencibles. Sé, hijo, que no estás
so predispuesto por tu naturaleza a hablar así ni a maqui
O d ise o . — Hijo de Aquiles, preciso es que seas vale
nar engaños. Pero es grato conseguir la victoria. Lánzate
roso en la misión para la que has venido, y no sólo con
a ello; ya nos mostraremos justos en otra ocasión. Aho
tu cuerpo, sino que, si oyes algo nuevo que antes no
ra, por un corto espacio del día, préstate para algo des-
habías oído, debes colaborar en aquello en que estás
85 vergonzado, y, después, durante el resto del tiempo, po
como ayudante.
drás ser llamado el más piadoso de todos los mortales.
N e o p t ó le m o . — ¿Qué o r d e n a s ?
N eo ptó lem o . — Yo, ¡oh hijo de Laertes!, odio poner
O d ise o . — Te necesito para que, al hablarle, engañes
en práctica las palabras que me afligen al oírlas. Por mi
con tus palabras el ánimo de Filoctetes. Cuando te pre naturaleza no hago nada con medios engañosos, ni yo
gunte quién eres y de dónde has llegado, dices que hijo 90 mismo, ni, según dicen, el que me dio el ser. Pero estoy
de Aquiles —esto no hay que ocultarlo— y que navegas dispuesto a llevarme a este hombre por la fuerza y no
hacia casa, tras abandonar la expedición naval de los con engaños. Porque no nos someterá por la fuerza con
aqueos, habiendo surgido un gran odio contra ellos un solo pie a nosotros que somos tantos. Sin embargo,
porque te hicieron venir con súplicas desde tu país, habiendo sido enviado como colaborador tuyo, temo ser
como si fueras el único medio de conquistar Ilion, y no 95 llamado traidor. Pero prefiero, rey, fracasar obrando
te consideraron, una vez que hubiste llegado, digno de rectamente que vencer con malas artes.
las armas de Aquiles. A pesar de que pedías con pleno O diseo . — Hijo de noble padre, también yo mismo
derecho que te las dieran, se las entregaron a Odiseo. cuando era joven tenía la palabra ociosa y el brazo ac
Puedes decir los más mezquinos ultrajes que quieras tivo. Y ahora, remitiéndome a las pruebas, veo que en
contra mí. En nada me ofenderás con ello. Y, si no lo tre los mortales son las palabras y no los actos los que
haces, lanzarás a la ruina a todos los argivos. Pues si guían todo.
no es capturado el arco de éste, te será imposible con íoo N eo ptó lem o . — Y ¿qué otra cosa me ordenas sino
quistar la llanura de Dárdano3. decir mentiras?
Entérate de por qué no puedo yo, y en cambio tú sí,
4 E l ju ra m e n to a qu e alude es aquel qu e h icie ro n to d o s los
tener un trato confiado y seguro. Tú has viajado sin es- pretendientes de H elena — entre los q u e el p r o p io O diseo se
en con tra b a — a T in dáreo, su pa d re, d e presta r ayu da al e sp o so
3 La llanura de D árdan o sign ifica el te rrito rio d on d e está la q u e ésta tom ara, si lo solicitaba. In v o ca n d o este ju ra m en to es
ciu d a d d e T roya, q u e se llam aba antes D ardania y fu e fun dada c o m o A gam enón reu nió a lo s prin cip a les je fe s a qu eos pa ra la
p o r D árdano, h ijo d e Zeus. expedición .
FILOCTETES 445 446 TRAGEDIAS
O d is e o . — Te digo que con astucia captures a Filoc O d i s e o . — ¿De verdad te acuerdas de todo lo que te
tetes. he advertido?
N e o p t ó le m o . — ¿Y por qué hay que llevarlo con en N e o p t ó l e m o . — Puedes estar seguro, ya que te lo he
gaños, en lugar de convenciéndolo? prometido.
O d is e o . — No se deja convencer. Por la fuerza no po O d i s e o . — Tú te quedas ahora aquí y aguardas a
drías tomarlo. aquél. Yo me voy, no vaya a ser reconocido estando a
N e o p t ó le m o . — ¿Tan tremendamente confiado en su tu lado. Al vigilante lo voy a enviar de nuevo al barco.
fuerza está? Y si me parece que os retrasáis mucho tiempo, otra vez
O d is e o . — Tiene flechas que no fallan y portadoras haré venir hacia aquí, después de disfrazarlo para que
de muerte. sea imposible reconocerlo, a este mismo hombre con
N e o p t ó le m o . — Y, en ese caso, ¿no es una temeridad apariencia de piloto. Acepta lo que te convenga de sus
acercarse a aquél? palabras en cada momento, porque él, hijo, hablará de
O d is e o . — Sí, a no ser que lo cojas con engaño, como manera ambigua. Yo me voy a la nave, dejándote este
yo te digo. asunto a ti. Que Hermes, el dios de la astucia, nos guíe
N e p o t ó le m o . — Y ¿no consideras vergonzoso, cierta escoltándonos a los dos, y Atenea Vencedora, protectora
mente, decir mentiras? de la ciudad, que me protege siempre.
O d ise o . — No, si la mentira reporta la salvación.
Coro.
N e o p t ó le m o . — Y ¿cómo se atreverá alguien a hablar
así mirando a la cara? Estrofa 1.a
O d ise o . — Cuando haces algo para un provecho, no ¿Qué es preciso, señor, que yo, extranjero en tierra
conviene vacilar. extranjera, oculte, o qué debo decir ante el varón lleno
N e o p t ó le m o . — ¿Qué me aprovecha a mí que éste
de desconfianza? Dimelo. Pues una habilidad que supera
a cualquier otra y buen juicio sobresalen en aquel que
vaya a Troya?
gobierna con el cetro divino derivado de Zeus. A ti, ¡oh
O d is e o . — Sólo este arco conquistará Troya.
hijo!, ese poder te ha venido de tus antepasados. Dime,
N e o p t ó le m o . — ¿Acaso no soy yo, como decíais, el
por tanto, en qué es preciso que te sirva.
que va a devastarla?
N e o p t ó l e m o . — Ahora, tal vez quieres ver el lugar
O d is e o . — Ni tú podrías sin aquél ni aquél sin ti.
donde habita, en los confines de la isla. Mira confiado y,
N e o p t ó le m o . — Tendrá que ser capturado, si es así.
cuando llegue el terrible caminante, sal de su morada y,
O d ise o . — Si lo haces, obtendrás dos beneficios.
avanzando según las señas que cada vez te vaya hacien
N e o p t ó le m o . — ¿Cuáles? Si me los haces ver, no po do con mi mano, intenta servir a las necesidades del
dría negarme a hacerlo. momento.
O d ise o . — Serías reputado por sabio tanto como por
valiente. Antístrofa 1.a
N e o p t ó le m o . — Ea, lo haré, liberándome de todo sen Me hablas de un cuidado qué desde hace tiempo ten
timiento de vergüenza. go, señor: mantener mis ojos vigilantes para tu conve-
448 TRAGEDIAS
FILOCTETES 447
190 que no deja de hablar, el eco que se oye a lo lejos, res
niencia sobre todo. Y, ahora, dime en qué morada está ponde a sus amargos lamentos.
aposentado y qué lugar ocupa. Pues no me es inoportuno 155 N e o p t ó le m o . — Nada de esto me sorprende. Pues,
el saberlo, no sea que me lo encuentre en algún sitio sin por lo que yo deduzco, de origen divino son, tanto aque
advertirlo. ¿Cuál es el lugar o cuál la residencia? ¿Qué llos padecimientos que le sobrevinieron de la despia-
sendero conduce dentro de la cueva o fuera de ella5? 195 dada Crisa7 como los que actualmente padece sin nadie
N e o p t ó l e m o . — Estds viendo aquí la casa de doble que lo atienda. E s imposible que no sea que algún dios
puerta que es su guarida de piedra. I60 se preocupa de que él no dirija contra Troya las inven
C o r i f e o . — (Acercándose y viendo que no está en el cibles flechas de los dioses 8 antes de que llegue el tiem-
interior.) ¿Adonde se ha marchado el desdichado? 200 po en que, está dicho, debe ser sometida por éstas.
N e o p t ó l e m o . — Para mí al menos es evidente que va (Se oyen gritos de dolor.)
arrastrándose por el camino, en alguna parte cerca de
aquí, por la necesidad de alimento. Esta es la clase de íes Estrofa 3.a
vida que dicen que lleva, disparando a las fieras con sus C oro. — Guarda silencio, hijo.
alados dardos, miserable, de miserable manera y sin N e o p t ó le m o . — ¿Qué pasa?
que ningún aliviador de sus males se le acerque. C o r o . — Un grito se ha oído claramente, cual es habi
tual en un hombre que sufre, en alguna parte, por aquí o
Coro. 205 por aquellos lugares. Me alcanzan, me alcanzan efecti
Estrofa 2.a vamente ruidos de quien se arrastra penosamente en su
Yo siento compasión por él, porque, desdichado, sin no caminar, y no me pasa inadvertida la voz que desde lejos
que se preocupe de él ningún mortal y sin ninguna mi llega angustiada y afligida. Son claros sus gritos.
rada que le acompañe, siempre solo, sufre cruel enfer
medad y se angustia ante cualquier necesidad que se le 175 Antístrofa 3.a
presente. ¿Cómo, cómo, desventurado, se mantiene? ¡Oh C oro. — Pero fíjate, hijo.
recursos de los mortales! ¡Oh razas desgraciadas de — Dime en qué.
N e o p t ó le m o .
hombres, para quienes no existe una vida mesurada! 210 C oro. — En nuevas reflexiones: Que no está lejos el
215 hombre, sino por aquí cerca, no entretenido en música
Antístrofa 2.a _________ )
Ése, sin duda no menos importante que cualquier iso 7 Crisa es la n in fa q u e da n o m b re a un islo te situ ado al
miembro de familias nobles, yace privado de todo en la Su r de L em nos, desaparecido en el siglo i i de nuestra era, y en
vida, abandonado de los demás, en compañía de motea el cual lo s griegos tenían que pa ra rse a celeb ra r sa crificios. De
ahí v o lv ió Filoctetes co n la h erida ca u sa de to d o s sus m ales.
das o lanudas fieras6, y, digno de lástima entre dolores 185
Según otras version es, era la isla de T én edos.
y hambre, con irremediables preocupaciones, grita. Y el 8 Las arm as eran de origen div in o p o r q u e se las había da d o
A p olo a H eracles y éste a F iloctetes c o m o recom p en sa p o r ha
5 E l C oro n o estaba presen te cu a n do N eo p tóle m o descu b rió b e rle h ech o el fa v o r de q u em a rlo en la pira. N uevas alusiones
la cueva. a las arm as en el ve rso 670.
6 O pon e los anim ales in ofen sivos a los anim ales salvajes.
FILOCTETES 449 450 TRAGEDIAS
de flauta, cual pastor en el cam po9, sino que, por F ilo c te te s . — ¡Oh hijo de un padre queridísimo! ¡Oh
sufrir algún tropiezo a causa de su necesidad, lanza un tú, de un país amado! ¡Oh retoño del anciano Licome-
grito lejano, o por fijar los ojos en un puerto inhóspito des u! ¿Con qué objeto has abordado a esta tierra? ¿De
para las naves. Lo cierto es que un terrible grito le pre dónde ha partido la travesía?
cede. 245 N e o p t ó le m o . — En esta ocasión navego desde Ilion.
(Entra Filoctetes.) F i l o c t e t e s . — ¿Cómo dices? Tú no eras marinero con
F i l o c t e t e s . — ¡Ah, extranjeros! ¿Quiénes sois que os 220 nosotros al principio de la expedición a Ilion.
habéis dirigido con marino remo hacia esta tierra que N e o p t ó le m o . — ¿Acaso participaste también tú en
ni tiene fácil desembarco ni está habitada? ¿De qué pa esa contienda?
tria o de qué raza podría decir con acierto que sois? La F i l o c t e t e s . — ¡Hijo mío! ¿Es que no conoces a quien
apariencia del vestido es la de los helenos, la que me es estás contemplando?
más querida. Pero quiero oíros la voz. No os sobresal- 225 250 N e o p t ó le m o . — ¿Cómo voy a conocer a quien nunca
téis por el miedo ante mí, temerosos de mi aspecto sal he visto?
vaje; antes bien, apiadaos de un hombre mísero, solita F i l o c t e t e s . — ¿Y nunca has oído hablar de mi nom
rio, abandonado aquí y arruinado, sin amigos, y hablad- bre, ni de la fama de las desgracias en que me consumo?
le, si es que habéis llegado en calidad de amigos. Ea, 230 N e o p t ó le m o . — Entérate de que nada sé de lo que
respondedme, porque no es natural que yo me vea frus me preguntas.
trado en esto por vuestra parte, ni vosotros por la mía. F i l o c t e t e s . — ¡Ah, soy muy desgraciado y odioso para
N e o p t ó le m o . — En efecto, extranjero, sabe esto lo 255 los dioses! ¡A pesar de encontrarme en este estado, a
primero, que somos helenos, ya que es lo que quieres ninguna parte han llegado noticias mías, ni a mi patria
saber. ni a sitio alguno de la tierra helena! Los que me aban
F i l o c t e t e s . — ¡Oh queridísimo lenguaje! ¡Nada como 235 donaron impíamente se ríen guardando silencio n, mien-
recibir el saludo de un hombre como tú después de tan 260 tras que mi dolencia no deja de crecer y va a más. ¡Oh
to tiempo! ¿Quién te ha acercado, oh hijo? ¿Qué necesi hijo, oh muchacho nacido de tu padre Aquiles! Yo soy
dad te ha dirigido? ¿Qué deseo? ¿Cuál entre todos los aquel de quien, tal vez, has oído decir que es dueño de
vientos el más querido? Hazme saber todo esto para que las armas de Heracles, Filoctetes, el hijo de Peante, al
sepa quién eres. 265 que los dos caudillos y el rey de los cefalonios 13 aban-
N e o p t ó le m o . — Soy por mi origen de Esciros, a la
que el mar baña por todas partes 10. Navego hacia mi pa- 240 11 L icom edes, rey de lo s D ólop es, en la isla de E sciros, es
tria. Soy llamado Neoptólemo, hijo de Aquiles. Ya cono padre de D eidam ia, de la qu e se e n a m o ró Aquiles cu ando, dis
ces todo. fra za do de m u jer, estaba e sco n d id o en tre las h ija s d el rey para
evitar ir a la guerra de T roya. D e esta u n ión n a ció N eop tólem o,
que fu e ed u ca d o p o r su ab u elo m ientras A quiles estaba en Troya.
9 C om o con traste a la situ a ción en q u e se halla Filoctetes 12 E sto es: guardan silen cio a cerca de él y de sus hazañas.
se evoca la im agen del pa stor q u e to c a apaciblem ente el ca 13 O diseo, qu e era rey d e Ita ca , C efa lon ia y Zante. A sus
ram illo. habitantes en general se los designa c o m o ce fa lon ios, tal vez
10 E sciros es una pequ eña isla al E ste de la isla de E ubea. c o n un cie rto to n o de m en o sp re cio , pu es era b ien co n o cid a de
452 TRAGEDIAS
FILOCTETES 451
mi cólera con la acción,' para que Micenas y Esparta 15 325 vez muerto mi padre. Tras decirme esto, no me retrasé
conozcan que Esciros es también madre de hombres va 350 mucho tiempo en embarcarme rápidamente, sobre todo
lerosos! por el deseo de poder ver al muerto antes de sepultarlo
F i l o c t e t e s . — ¡Bravo, hijo! ¿Y por qué motivo has — pues no lo había visto— , y, después, por otro lado, se
llegado a inculparles de la gran cólera que sientes con añadía una bella razón, si con mi idea tomaba la ciuda-
tra ellos? dela de Troya.
N e o p t ó le m o . — ¡Oh hijo de Peante! Te referiré, aun 355 Era ya el segundo día de navegación para mí cuando
que me sea penoso contarlo, aquello en lo que fui mal- 330 arribé con viento favorable para los remos al amargo
tratado por ellos cuando llegué. Después que le hubo Sigeo18. Y, nada más desembarcar, todo el ejército, ro
llegado a Aquiles la hora de la muerte... deándome, me recibe con muestras de cariño jurando
F i l o c t e t e s . — ¡Ay de mí! No sigas sin que sepa pri que veían de nuevo vivo al que ya no existía, a Aquiles.
mero si ha muerto él hijo de Peleo. Pero aquél yacía muerto.
N e o p t ó le m o . — Ha muerto, no a mano de hombre al 360 Yo, desventurado, una vez que derramé lágrimas por
guno, sino de la divinidad, abatido por una flecha de 335 él, no dejé transcurrir mucho tiempo sin ir junto a los
Febo, según dicen16. Atridas amigos — según era de esperar— y les pedí las
F i l o c t e t e s . — Nobles eran, en verdad, tanto el que armas de mi padre y todas las otras cosas que quedaron.
ha matado como el muerto. No sé, hijo, interrogarte pri Pero ellos me dijeron, ¡ay!, unas palabras llenas de inso
mero acerca de tu agravio o lamentarme por aquél. lencia: «Hijo de Aquiles, todas las demás cosas de tu
N e o p t ó le m o . — Creo que te bastan tus sufrimientos, 340 365 padre te está permitido coger, pero otro hombre es aho
¡oh desventurado!, de modo que no te lamentes por los ra dueño de aquellas armas, el hijo de Laertes.» Y yo,
de quienes te rodean. sin poder contener las lágrimas, me levanto al punto,
F i l o c t e t e s . — Con razón has hablado. Así, pues, vuel presa de vehemente cólera, y con amargura les grito:
ve otra vez a hablarme de tu asunto, de cómo te ultra «¡Oh miserable!19. ¿Es que os habéis atrevido a entregar
jaron. 370 a otro en lugar de a mí las armas que me pertenecen,
N e o p t ó le m o . — Llegaron junto a mí, en una nave abi sin haber contado conmigo?». Y Odiseo, que se encon
garradamente engalanada, el divino Odiseo y el ayo de traba cerca, dijo: «Sí, muchacho, éstos me las han dado
mi padre17 diciendo, sea con verdad o sea sin razón, que 345 con toda justicia. Pues yo estaba presente y las puse a
no sería lícito que otro, sino yo, tomara la fortaleza, una salvo, así como a aquél».
Yo, irritado, empecé enseguida a abrumarle con toda
15 Patrias de A gam enón y M enelao, respectivam ente. 375 clase de denuestos, sin omitir ninguno, si es que aquél
16 E ste «según dicen» pa rece revelar que a lgo m isterioso iba a despojarme de mis armas. Y él, una vez llegado a
había en to rn o a la m u erte de A quiles. Fue Paris el q u e disp a ró
este punto, aunque no es persona propensa a la cólera,
la flech a fatal, p e ro en la creen cia d e lo s h om b res el q u e le
m a tó fu e A p olo (/liada X X II 359 y sigs.). Cf. n ota 97 de Ayax.
w Fénix fu e exp ulsado p o r su p a d re A m ín tor y se refu g ió 18 P ro m o n to rio en el N oroeste de T ró a d e don de, según la
ju n to a Peleo, el cu al le c o n fió la ed u ca ció n de su h ijo A quiles. trad ición , estaba el tú m u lo d e A quiles.
A com p a ñ ó a A quiles a T roya e n ca lid ad de m en sajero. 19 D irigiéndose en singular a A gam enón.
456 TRAGEDIAS
FILOCTETES 455
molesto ante lo que había oído, contestó: «No estabas estáis lo bastante de acuerdo conmigo como para reco
donde nosotros, sino que te habías ido adonde no debías, nocer que estas acciones proceden de los Atridas y de
Odiseo. Pues bien sé que ése24 con su lengua participaría
y, puesto que hablas con tal osadía, no zarparás hacia
Esciros con ellas». en cualquier bajo pretexto y en cualquier astucia de la
que nada justo, al final, resultara
Y tras haber oído tales insultos y haber sido así in
410 Esto, pues, no es para mí motivo de asombro, sino
juriado, navego hacia mi país, despojado de lo que me
el que, estando presente el gran Áyax, soportara presen
pertenece por el más malvado y descendiente de malva
ciarlo.
dos, Odiseo. Y no inculpo tanto a aquél como a los que
N e o p t ó le m o . — No estaba ya vivo, extranjero. Si hu
están en el poder. Porque la ciudad y el ejército por en
tero son de los que mandan, y quienes de los mortales biera vivido aquél, nunca hubiera yo sido despojado de
obran contra la ley llegan a ser malvados por los conse esta forma.
jos de sus maestros. F ilo c te te s . — ¿Cómo dices? ¿Pero es que también ha
Mi relato ha concluido. Que sea querido para los dio muerto éste?
ses del mismo modo que para mí el que odie a los Atri- 415 N e o p t ó le m o . — Sabe que él n o contempla la luz del
das. día.
F i l o c t e t e s . — ¡Ay de mí, desgraciado! ¡Pero el hijo
Coro. de Tideo26 y el hijo de Sísifo, comprado por Laertes11,
Estrofa. no hay miedo de que mueran, y ellos son los que no de
Tierra montañosa, que a todos alimentas, madre del berían vivir!
mismo Zeus 20, tú que contienes el gran Pactolo11, rico en N e o p t ó le m o . — N o , c ie r ta m e n te . Y s a b e e s to , q u e al
oro, a ti ya allí72, soberana madre, te invocaba cuando 420 c o n tr a r io , e s tá n a h o r a e n p le n o a u g e e n e l e jé r c ito d e lo s
toda la insolencia de los Atridas se abatió contra éste, al a rg iv o s.
entregar las armas paternas, el más preciado honor, al F ilo c te te s . — ¿Y qué? ¿Vive el valiente anciano, ami-
hijo de Laertes. ¡Ah bienaventurada diosa asentada so
bre leones n, matadores de toros!
M O diseo.
— Habéis navegado hasta aquí, según pa
F ilo c te te s . 25 C om o en tantas oca sion es, la iro n ía trágica del d o b le pla
rece, con un claro motivo de pesar, oh extranjeros, y n o, el de las palabras de los p e rso n a je s y el d el especta dor, está
presente.
20 R ea y C íbele p u eden ser iden tifica d a s. Se refie re a la gran 26 D iom edes, h ijo de T id e o , rey d e A rgos, h é ro e valiente,
d iosa m a d re de los dioses, a la que se d a cu lto so b re to d o en p e r o vio le n to y o rg u lloso. L o trae a co la ció n p a ra re fo rza r la
Asia M enor, op in ió n negativa que tiene so b re O diseo, de quien es co la b o ra d o r
en las m aqu inacion es y estratagem as. E n el v. 570 lo verem os
21 R ío d e L idia en cuyas orilla s se en con tra b a Sardes, ciu d a d
em b a rca d o c o n O diseo en p e rse cu ció n de F iloctetes. E n el per
de gran cu lto a Cíbele.
d id o Filoctetes de E u r íp id e s era D iom ed es el q u e acom pañaba
22 E n Troya.
a O diseo en lugar de N e op tólem o.
23 La expresión griega p o d ría h aberse trad u cid o tam bién
27 S o b re esta alusión al lin a je de O diseo véase la n ota 22
«qu e estás sentada en un tr o n o so b re leon es», m ás acord e con
de Áyax. V u elve so b re e llo en el v. 625.
la ico n og ra fía trad icion a l de la diosa Cíbele.
FILOCTETES 457 458 TRAGEDIAS
go mío, Néstor de Pilos? Él, al menos, solía impedir las vez, aun cuando ninguno le dejaba. ¿Sabes si se encuen
fechorías de aquéllos con sus sabios consejos. tra vivo?
N e o p t ó le m o . — Las cosas le van ahora mal, ya que 445 N e o p t ó le m o . — N o le h e v is t o , p e r o m e e n te r é de
Antíloco el hijo que estaba a su lado, se le ha muerto. q u e a ú n v iv e.
dos hombres, de los que en modo alguno hubiera queri mala ha perecido aún; al contrario, ¡bien les protegen
do yo oír decir que habían muerto. ¡Ay, ay! ¿Qué se pue los dioses! Y en cierta manera se alegran devolviéndo-
de esperar cuando ellos están muertos y Odiseo, en 450 nos del Hades a los perversos y ladinos30, mientras que
cambio, sigue viviendo allí donde debía ser anunciado no dejan de enviar allí a los justos y honrados. ¿Cómo
como muerto en lugar de éstos? hay que entender esto y aprobarlo cuando, al tiempo
que alabo las obras divinas, encuentro a los dioses mal
— Es un hábil luchador aquél, sí, pero
N e o p t ó le m o .
vados?
incluso las mentes hábiles tropiezan a menudo, Filoc
tetes. N e o p t ó le m o . — Yo, ¡oh hijo de la patria etea! 31, en
como tú deseas. Partamos nosotros para que, tan pronto a la vista de mi amado padre, de quien hace tiempo que
el dios nos conceda la posibilidad de navegar, en ese 465 temo se me haya muerto.
mismo momento salgamos. Muchas veces, con los que llegaban, le enviaba de
F iloctetes . — ¿Ya estáis preparados para partir, mandas suplicantes de que, haciendo venir a su propia
hijo? escuadra, me llevara a salvo a casa. Pues bien, o ha
N eo ptólem o . — El momento actual nos invita a con muerto, o es — creo— cosa de los intereses de los men
siderar la partida no como algo distante, sino cercano. sajeros, como es natural, quienes tenían en muy poco
F iloctetes . — (Echándole los brazos en actitud de lo que a mí concierne y apresuraban el viaje hacia su
súplica.) ¡Por tu padre, por tu madre, oh hijo, por lo patria.
que te es más querido en la casa!, me dirijo a ti como 470 Ahora me llego a ti para que seas mi acompañante
suplicante, no me dejes así solo, abandonado en medio y, en tu misma persona, mi mensajero. Sálvame tú, apiá
de estas desgracias en las que me ves y con las que has date tú de mí. Considera que todo es digno de ser te
oído que vivo. Considérame como algo añadido. Es mu mido e inseguro para los hombres y, si una vez lo pasan
cha la repugnancia que causa esta carga, lo sé. Sin em- 475 bien, otras es al contrario. Hay que tener en cuenta los
peligros cuando se está alejado de los pesares y cuando
bargo, sopórtala. Para los hombres bien nacidos, lo mo
alguien vive felizmente: entonces es, principalmente,
ralmente vergonzoso es aborrecible y lo virtuoso es
cuando debe cuidar de que su vida no se le eche a perder
digno de gloria.
sin advertirlo.
Si dejas de hacer esto, será una vergüenza infaman
te, pero si lo haces, oh hijo, tendrás el mayor privilegio Coro.
de una buena fama, si yo llego vivo a la tierra etea. ¡Ea, 4so Antístrofa.
el tormento no será cosa de más de un día! Atrévete, Apiádate, Señor. Nos ha hablado de numerosas prue
méteme donde quieras si me llevas, en la sentina, en la bas de sufrimientos difícilmente soportables. ¡Que con
proa, en la popa, donde menos vaya a molestar a los ésos ninguno de los míos se tope! Y si odias a los abo
marineros. Accede, ¡por el mismo Zeus suplicante!, hijo, rrecibles Atridas, señor, yo, por mi parte, cambiando el
déjate persuadir. Yo me postro ante tus rodillas aunque 485 mal que aquéllos te hicieron por un provecho para éste,
esté debilitado, infortunado, por mi cojera. en rápida y bien equipada nave le conduciría allí donde
No me dejes así abandonado, lejos de toda huella precisamente está deseando ir, a su patria, escapando a
de los hombres, sino, por el contrario, sálvame, lleván la venganza divina.
dome hasta tu patria o hasta la residencia de Calco- N e o p t ó le m o . — Mira, no te presentes ahora como
donde en Eubea. El trayecto desde allí no me será largo 490 alguien condescendiente, y luego, cuando estés harto por
hasta el Eta y hasta la cordillera traquinia, o hasta el la cercanía de la enfermedad, no te muestres ya el mis
Esperqueo de hermosa corriente32, para que me pongas mo que ahora en estas palabras.
C o r i f e o . — Ni mucho menos. De ningún modo ten
32 Estos tres accidentes geográficos son lo más destacado drás que dirigir justamente contra mí este reproche.
del país de Filoctetes. N e o p t ó le m o . — Pues bien, sería en verdad vergon-
462 TRAGEDIAS
FILOCTETES 461
te c o n c ie r n e n , d e lo s p r o y e c to s n u e v o s q u e s o b r e ti tie-
zoso que yo me mostrara más remiso que tú en esfor- 525
555 n e n lo s a rg iv o s, y n o s ó lo p r o y e c t o s , s in o a c c io n e s lle
zarme por el extranjero en lo que necesita. ¡Ea!, si os
v a d a s a c a b o y q u e n o h a n s id o d e s c u id a d a s .
parece bien, hagámonos a la mar, que él se embarque
N e o p t ó le m o . — El agradecimiento por tu solicitud,
rápidamente. La nave lo llevará y no se negará. Que los
extranjero, si no soy yo un mezquino, perseverará obli
dioses nos concedan sólo salir sanos y salvos de esta
gado. Pero háblame de eso a lo que precisamente has
tierra y, desde aquí, navegar adonde queramos.
560 aludido, para que yo conozca qué nuevo designio de los
F i l o c t e t e s . — ¡Oh el más querido día, dulcísimo va- S30
argivos me anuncias.
rón, queridos marineros! ¿Cómo podría yo mostraros
M e r c a d e r . — El anciano Fénix y los hijos de Teseo35
con acciones que en mí contáis con un amigo? Parta
han zarpado en tu busca con una expedición naval.
mos, hijo, después de que los dos saludemos la morada
N e o p t ó le m o . — ¿Para llevarme a la fuerza, o con ra
inhóspita del interior, para que sepas con qué me he 535
zonamientos?
mantenido y cuán animoso he sido. Pues creo que nadie,
M e r c a d e r . — No lo sé. Por haberlo oído me presento
excepto yo, hubiera soportado tener siempre ante los
a anunciártelo.
ojos tan sólo este espectáculo. Yo, sin embargo, por
565 N e o p t ó le m o . — ¿Y Fénix y sus marineros hacen esto
necesidad, he aprendido pronto a aceptar las desgracias.
con tanto celo en favor de los Atridas?
(Se dispone a entrar en la cueva.)
M e r c a d e r . — Puedes estar seguro de que esto son ya
C o r i f e o . — Deteneos. Vamos a informamos33, pues
hechos y no propósitos.
dos hombres, el uno un marinero de tu nave, el otro 54o
N e o p t ó le m o . — ¿Y cómo es que Odiseo, ante esto,
un extranjero, avanzan hacia aquí. Después de oírles,
no estaba dispuesto a embarcarse y traer personalmen
entraréis de nuevo.
te la noticia? ¿O algún temor le detenía?
(Entra el mercader conducido por un marinero.)
570 M e r c a d e r . — Él y el hijo de Tideo se preparaban
M e r c a d e r . — Hijo de Aquiles, a este compañero que,
para salir a por otro hombre cuando yo me hice a la
junto a otros dos, hacía guardia en tu nave le pedí que
vela.
me dijera dónde podías estar, ya que lo encontré sin 545
N e o p t ó le m o . — ¿Y en busca de qué clase de hombre
pensarlo cuando, por un azar, fui precipitado hacia esta
se hace a la mar Odiseo en persona?
tierra. Navegaba como capitán con reducida tripulación
M e r c a d e r . — Era un tal... (Reparando en Filoctetes.)
desde Ilion hacia mi patria, a Pepareto34, la rica en
Pero antes dime quién es éste, y lo que contestes, que
vides, y, cuando oí que todos estos marinos navegaban 550
no sea en alta voz.
a tus órdenes, me pareció oportuno no continuar en si
575 N e o p t ó le m o . — Éste es el ilustre Filoctetes, extran
lencio mi viaje sin hablar contigo antes y obtener así la
jero.
recompensa. Tú no sabes nada acerca de las cosas que
de ningún otro mortal conozco por haberlo oído o por estanque de agua, a ella se tenia que dirigir siempre! 42.
haberlo visto que se haya encontrado con un destino
peor que el de éste, el cual, sin haber forzado a nadie ni
Antístrofa 2.a
haberle robado, antes bien, siendo ecuánime con los que
Y ahora que se ha encontrado con el hijo de valientes
lo eran con é l39, perece tan indignamente. Esto me tiene 685
720 varones 43 será, por fin, feliz y poderoso al salir de esos
admirado: cómo en esta soledad, oyendo el estruendo
males. Éste, después de un buen número de meses en su
de las olas que batían a su alrededor, cómo pudo sopor
nave surcadora del mar, le conducirá a la morada pater-
tar una vida tan lamentable. 690
725 na de las ninfas meliades y a las riberas del Esperqueo,
Antístrofa 2.a donde el varón de broncíneo escudo44 se acercó a los
Él mismo era su propio vecino, sin poder andar y sin dioses radiante por el divino resplandor4S, por encima de
que ningún lugareño fuera compañero de sus desgracias, las alturas del Eta.
ante el cual pudiera proferir un lamento que encontrara (Salen de la gruta Neoptólemo y Filoctetes. Éste se
respuesta, lamento provocado por la sangrienta herida 695 detiene de pronto aquejado de un repentino mal.)
que le devoraba cruelmente. Ÿ no había quien mitigara 730 N e o p t ó l e m o . — Avanza, si quieres. ¿Por qué te callas
el ardiente flujo de sangre que rezumaba de las llagas así sin ninguna razón y te quedas pasmado?
del ulcerado pie, cada vez que le sobrevenía, con calman- m F il o c t e t e s . — ¡A h , a h , a h !
nodriza, allí donde hubiera recursos a su alcance, cuan- 705 N e o p t ó l e m o . — ¿Es que notas dolor por la enferme
Coro. todo esto fácil, aun estando agobiado por los gritos y
Antístrofa. el mal olor. Ahora, cuando parece que existe un momen
Pero de esto, hijo, el dios, por su parte, se cuidará, to de respiro y de tregua en mi enfermedad, hijo, leván
y tú, lo que de nuevo me quieras contestar, dimelo, oh 845 tame tú en persona, ayúdame a restablecerme, mucha-
hijo, en voz baja, muy baja. Porque en la enfermedad 880 cho, a fin de que, cuando la fatiga se aleje de mí, nos
el sueño no es verdadero sueño: tiene buena disposición dirijamos a la nave y no retrasemos la navegación.
para percibir. Mira cómo harás a ocultas lo mejor posi N e o p t ó l e m o . — Me alegro de verte vivo y respirando
ble aquello, sí, aquello. Sabes de qué hablo. Si tienes la sso aún, libre de dolor, ya que los síntomas de los sufri-
misma opinión respecto a éste, muchas dificultades in 885 mientos que te aquejaban parecían los de quien ya no
salvables prevén los hombres sagaces. vive. Ahora levántate tú mismo, o, si lo prefieres, éstos
te transportarán. No vacilarán ante el trabajo, si es que
Epodo. a ti y a mí nos ha parecido bien hacerlo así.
El viento es favorable, hijo, favorable. Nuestro hom- 855 F i l o c t e t e s . — Te lo agradezco, hijo mío. Levántame
bre tiene los ojos cerrados y sin posibilidad de defen 890 como piensas. Deja a éstos, no sea que se sientan mo
derse. Yace inmerso en su noche — intenso es el sueño lestos antes de lo debido por el mal olor. Bastante fas
al sol del mediodía— . No domina sus brazos, ni pies, ni tidio les será habitar conmigo en la nave.
ningún miembro, sino que está como quien yace en el 860
N e o p t ó l e m o . — Así será. Ea, levántate y sostente por
Hades. Cuida, mira si tus palabras son oportunas54. Por
ti mismo.
lo que a mi razón se alcanza, hijo, el trabajo que se hace
F i l o c t e t e s . — Tranquilo, la larga costumbre me ten
sin temor es el mejor.
drá derecho.
(Filoctetes se despierta.)
(Empiezan a caminar, pero Neoptólemo se detiene de
N e o p tó le m o . — Te ordeno que guardes silencio y que 865
repente.)
no vayas más allá de lo razonable. Nuestro hombre mue
895 N e o p t ó l e m o . — ¡Ah, ah! A partir de este momento,
ve los ojos y levanta la cabeza.
¿qué debería hacer yo?
F i l o c t e t e s . — ¡Oh resplandor del sol que sucedes al
F i l o c t e t e s . — ¿Qué ocurre, hijo, adónde quieres ir a
sueño! ¡Oh custodia de estos extranjeros, en la que mis
parar con tus palabras?
esperanzas no creían! Nunca hubiera yo supuesto, oh
N e o p t ó l e m o . — No sé adónde debo dirigir una emba
hijo, que te resignaras a seguir tan compasivamente a 870
razosa resolución.
mi lado, ante mis sufrimientos, prestándome tu ayuda.
F i l o c t e t e s . — ¿Por qué estás tú angustiado? No ha
Los Atridas, sin embargo, no pudieron soportarlo tan
bles así, hijo.
pacientemente, ¡los valientes jefes del ejército! Pero tu 875
N e o p t ó l e m o . — Es que me encuentro ya en una si
sangre es noble y eres nacido de nobles, y consideraste
tuación de angustia.
900 F i l o c t e t e s . — ¿No será la repugnancia por mi enfer
54 Las palabras q u e ha d ich o anteriorm ente (v erso 839). El
C oro tem e q u e esto sea una im pru den cia y le recom iend a que,
medad lo que te ha persuadido para no llevarme ya
ten ien do ya el a rco en su p o d e r, se em barqu e. como pasajero?
476 TRAGEDIAS
FILOCTETES 475
vos. Y a mí mismo quiere llevarme por la fuerza, como 945 hubiera abandonado Esciros! Tanto estoy a disgusto con
si hubiera prendido a un hombre vigoroso, sin darse esta situación.
cuenta de que ha destruido un cadáver, una sombra de F i l o c t e t e s . — Tú no eres malvado. Parece que has
hum o59, una mera apariencia. ¡De estar yo fuerte no se llegado a estas vilezas por aprender de hombres per
hubiera apoderado de mí, ya que, ni siquiera estando versos. Pero ahora, remitiéndolas a los otros como con
así, me hubiera cogido si no es con engaño! He sido en viene, hazte a la mar cuando me hayas dado mis armas.
gañado, ¡desgraciado!, ¿qué debo hacer? N e o p t ó l e m o . — ¿Qué h a c e m o s , a m i g o s ?
Conque devuélvemelo. Aún estás a tiempo de volver 950 (Odiseo irrumpe60 en escena seguido de dos ma
a convertirte en ti mismo. ¿Qué dices? ¿Callas? ¡Nada rinos.)
soy, desdichado! O d i s e o . — ¡Ah, hombre malvado! ¿Qué vas a hacer?
¡Oh tú, entrada doble de la gruta, otra vez me vuelvo Retrocede y déjame este arco.
a ti desarmado, sin recursos. Me iré consumiendo en F i l o c t e t e s . — ¡Ay de mí! ¿Quién es este hombre?
esta cueva, abandonado, sin poder matar con ese arco 955 ¿Acaso estoy oyendo a Odiseo?
pájaros ni montaraces animales; al contrario, yo mismo, O d is e o . — Es Odiseo, entérate bien, el que tienes de
O d i s e o . — Es Zeus, para que lo sepas, Zeus, que go faltas que ha cometido y por el mal que me hizo! Pero
bierna esta tierra, Zeus, el que lo ha dispuesto así. Yo 990 tu perverso ánimo, que está constantemente acechando
estoy a sus órdenes. lois desde los rincones, fue enseñando a ser diestro en infa
F i l o c t e t e s . — ¡Oh ser odioso! ¡Qué razones te has mias a quien era sencillo y no estaba dispuesto a come
inventado! Poniendo por delante a los dioses, los haces terlas.
mentirosos. Y ahora,, respecto a mí, desgraciado, tienes intención
O d i s e o . — No, al contrario, veraces. Pues debes se de sacarme atado63 de este promontorio en donde tú me
guir tu camino. arrojaste antes, sin amigos, abandonado, sin patria,
F i l o c t e t e s . — Digo q u e no. como un muerto entre vivos. ¡Ah! ¡Ojalá perezcas! En
O d i s e o . — Y yo que sí. Has de obedecer en esto. 1020 muchas ocasiones he pedido esto para ti, pero los dioses
F i l o c t e t e s . — ¡Ay de mí, infeliz! Está claro que nues- 995 nada agradable me conceden, y, mientras tú disfrutas de
tro padre nos engendró como esclavos y no como hom vivir, yo me atormento por eso mismo, porque vivo en
bres libres. tre abundantes desgracias, miserable, siendo objeto de
O d i s e o . — No, sino semejantes a los más valientes, burla por parte tuya y de los dos jefes hijos de Atreo,
junto con los que es preciso que tú tomes Troya y la de quienes ahora tú estás cumpliendo órdenes.
devastes por la fuerza. 1025 Sin embargo, tú, sólo obligado por la astucia y la
F i l o c t e t e s . — Nunca, ni aunque tuviera yo que su fuerza64, te hiciste a la mar con ellos. En cambio de mí,
frir toda clase de males, mientras exista para mí el 1000 ser totalmente desgraciado, que como marino navegué
escarpado suelo que piso. voluntariamente con siete naves65, se deshicieron igno
O d i s e o . — ¿Qué piensas hacer? miniosamente, según tú dices, pero ellos dicen que tú.
F i l o c t e t e s . — Voy a ensangrentar al punto mi cabe Y ahora, ¿por qué me conducís? ¿Por qué me lle-
za, precipitándome sobre las rocas desde las peñas de 1030 váis? ¿Con qué objeto? A mí, que nada soy y estoy muer
arriba. to para vosotros desde hace tiempo. ¿Cómo es, oh ser
O d i s e o . — Prendedle para que no pueda hacerlo. aborrecido por los dioses, que ahora ya no me conside
F i l o c t e t e s . — ¡Oh brazos apresados por este hombre, ráis un cojo pestilente? ¿Cómo podréis quemar ofren-
cuánto tenéis que soportar a falta del bien amado arco! 100s
¡Oh tú, que no tienes ni un pensamiento sano ni elevado, 63 Aún n o lo estaba, p e r o adivina las in ten cion es d e lo s
m arineros.
cómo me has vuelto a engañar! ¡Cómo me has dado
64 A pesa r de q u e ta m b ién O diseo estaba o b lig a d o p o r ju ra
caza, tomando por pantalla a este joven, desconocido m en to a T in dáreo (n ota 4), trató d e sustraerse a la o b lig a ció n
para mí, a quien tú no mereces, pero yo sí, y que no 1010 de ir a T roya fin gién dose lo c o . M en elao y Palam edes acu dieron
sabía más que cumplir lo ordenado, quien incluso evi a b u sca rlo y co m p ro b a rlo , y lo descu b rieron . E n e fecto , O diseo
dencia ya a las claras que sufre de penoso modo por las había u n cid o al ara do un a sn o y u n b u e y ju n to s y sem braba sal.
A Palam edes se le o cu rrió co lo c a r al pe q u e ñ o T elém a co ante el
arado, y O diseo en ton ces se p a ró , d e ja n d o patente su b u en ju i
nía un cu lto especial en la isla d e L em nos, don de, según la tra cio . E stratagem a m oralizante que ya en co n tra m o s en el fa m o s o
dición , h abía ca íd o m a ltrech o cu a n d o Z eu s lo a r r o jó desde el ju ic io de Salom ón.
O lim po. A llí lo reco g iero n los Sin tios (Iliada I 593). « Iliada II 719-720.
FILOCXETBS 481
482 TRAGEDIAS
Pero las inesperadas y confusas palabras de un alma ojos a quienes esta región mantiene paciendo en sus
mentirosa se deslizaron en mí. ¡Ojalá viera yo que el que montes! ¡No os alejéis ya a saltos huyendo de mi gruta!
ha proyectado esto obtuviera por igual tiempo un su frí- 1115 uso Pues no tengo en mis manos, ¡desgraciado de mí!, las
miento como el mío! flechas que eran antes mi protección. ¡Oh, cuán desgra
C o r o . — Un destino, un destino de- los dioses, y no ciado soy yo ahora! Este lugar no se guarda con cuidado,
una trampa de mi mano69, te ha alcanzado. Aplica a U55 ya no tenéis que temerlo. Acercaos. Ahora es justo que,
otros tu odiosa maldición portadora de fatal destino, 1120 en pago de vuestras muertes, saciéis a placer vuestras
pues a mí sólo me interesa que no rehúses mi amistad. fauces con mi amoratada carne. Pronto voy a dejar la
vida. Porque, ¿de dónde obtendré los medios de subsis-
Estrofa 2.a 1160 tencia? ¿Quién puede alimentarse del aire sin poseer ya
— ¡Ay de mí! Sentado en cualquier pun
F ilo c te te s . nada de cuanto envía la fértil tierra?
to de la playa ante el espumoso mar, se está riendo de 1125 C o r o . — ¡Por los dioses! Si tienes alguna considera
mí, blandiendo en su mano mi medio de vida10, desdi ción con el extranjero que se te acerca lleno de buena
chado, el arma que nadie alzó nunca. ¡Oh arco querido, 1165 voluntad, aproxímate. Pero entiéndelo, entiéndelo bien:
arrebatado de mis manos! Probablemente estás viendo 1130
en tus manos está el rehuir este destino74, pues es la F i l o c t e t e s . — Nunca, nunca, tenlo por seguro, ni aun
mentable que lo alimentes, mientras seas incapaz de so que el señor del fuego, el que lanza el rayo ” , venga a in-
portar el tremendo peso q,ue lo acompaña. 1200 flamarme con las llamaradas de sus relámpagos. ¡Que
F i l o c t e t e s . — De nuevo, de nuevo has mencionado muera Ilion76 y los que están bajo sus muros, que todos
un antiguo dolor, ¡oh tú, el mejor de los que han llega- ino ellos tuvieron el atrevimiento de despreciar este pobre
do antes! ¿Por qué me has matado? ¿Qué me has he pie mío! Pero, oh extranjeros, concededme un solo de
cho?... seo.
C o r o . — ¿Qué quieres decir? C o r o . — ¿Qué es lo que quieres decirnos?
F i l o c t e t e s . — ...si has concebido la esperanza de 1175 1205 F i l o c t e t e s . — Hacedme llegar una espada, si hay al
llevarme al aborrecido pais de Troya. guna, o un hacha o un arma cualquiera.
C o r o . — Porque creo que es esto lo mejor. C o r o . — ¿Qué acción violenta piensas llevar a cabo?
F i l o c t e t e s . — Abandonadme ya, en ese caso. F i l o c t e t e s . — Voy a cortar de una vez mi cabeza y
C o r o . — Me das una orden que me es grata, sí, grata, mis miembros con mi propia mano. De muerte, de muer
y gustoso la cumpliré. Vayamos, vayamos al puesto que uso te son ya mis pensamientos.
tenemos asignado en la nave. C o r o . — ¿Cuáles?
F i l o c t e t e s . — ¡Por Zeus que escucha a los suplican π ιο F i l o c t e t e s . — Ir en busca de mi padre.
tes, no partáis, os lo suplico! C o r o . · — ¿En qué país?
C o r o . — Modérate. lies F i l o c t e t e s . — En el Hades. No está ya con vida. ¡Oh
F i l o c t e t e s . — ¡Oh extranjeros, por los dioses, que ciudad, oh ciudad paterna! ¿Cómo podría yo verte, des-
daos! . 1215 graciado de mí, tras haber abandonado tu sagrada co
C o r o . — ¿Por qué gritas? rriente para ir en ayuda de los aborrecidos dáñaos? ¡Ya
F i l o c t e t e s . — ¡Ay, ay, destino, destino! ¡Estoy perdi no soy nada!
do, miserable! ¡Oh pie, pie! ¿Qué haré contigo en lo que 1190 (Filoctetes entra en la cueva.)
me queda de vida, infortunado? Extranjeros, llegaos de C o r i f e o . — Hace rato que me hubiera marchado, y
nuevo. ya estaría cerca de la nave, si no hubiera visto que
C o r o . — ¿Para qué? ¿Con un propósito diferente a 1220 Odiseo se aproxima junto al hijo de Aquiles y vienen
los que antes manifestabas? hacia aquí, en dirección a nosotros.
F i l o c t e t e s . — Nadie tiene la culpa de que, fuera de (Entran Neoptólemo y Odiseo discutiendo v .)
mí, a causa de tormentoso dolor, grite en contra del 1195 O d is e o . — ¿No podrías decirme qué camino llevas
buen sentido.
C o r o . — Ven, pues, desgraciado, como te exhorta 75 E stá h ablan do de Zeus.
mos. 76 E sta exp resión ten em os qu e entenderla c o m o q u e a Fi
loctetes n o le im p o rta cuál sea el fin a l de la guerra de Troya.
77 Son m u y raros lo s ca sos en qu e d os a ctores entran ju n
74 Si va a Troya será curado de la dolencia que le aqueja
tos, excep to en escenas iniciales. S ó lo en Traquinias 971 entran
y terminarán los males y molestias que ésta conlleva: hambre,
H ilo y el ancian o c o n H eracles m o r ib u n d o , y en Edipo en Co
soledad, privaciones, etc.
lono 1099 T eseo c o n A ntigona e Ism ene.
FILOCTETES 487 488 TRAGEDIAS
con tanto apresuramiento, después de haber dado media O d is e o . — Hay alguien, lo hay, que te impedirá ha
vuelta? cerlo.
N e o p t ó le m o . — Voy a enmendar cuantos yerros co N e o p t ó l e m o . — ¿Qué dices? ¿Quién será el que me
falta? cabeza.
N e o p t ó le m o . — La de haberte obedecido a ti y a todo N e o p t ó l e m o . — Aunque eres sagaz por naturaleza, no
N e o p tó le m o . — Has vuelto a tus cabales. Si razonas con. engaños, después me vienes a amonestar; tú, que has
así de aquí en adelante estarás libre de lamentos. (Diri- 1260 mostrado que eres un odioso hijo de un excelente padre.
giéndose hacia la cueva.) Y tú, hijo de Peante, Filoctetes, 1285 ¡Ojalá perezcáis los Atridas en primer lugar, el hijo de
vez ante mi cueva? ¿Por qué me llamáis? ¿Qué deseáis, de mi mano estas flechas m.
extranjeros? (Aparece ante la entrada de la cueva y ve a F i l o c t e t e s . — ¿Cómo dices? ¿Es que por segunda vez
Neoptólemo.) ¡Ay de mí! No es cosa buena79. ¿Es que 1265 voy a ser engañado?
tal vez venís a causarme nuevos males, además de los N e o p t ó le m o . — Te lo juro por el sagrado respeto del
fue mal con bellas razones, cuando me dejé convencer extiende tu mano derecha y apodérate de tus armas.
por tus palabras. (Aparece súbitamente Odiseo en escena.)
N e o p t ó l e m o . — ¿Y es que no ha lugar a arrepentirse 1270 O d is e o . — Yo lo prohíbo, ¡sean los dioses testigos!,
cuando me robaste el arco, leal pero funesto para tus esa voz? ¿Acaso he escuchado a Odiseo?
adentros. O d is e o . — Entérate claramente: a tu lado me estás
N e o p t ó l e m o . — Pero en verdad que no es éste el viendo, a mí que voy a enviarte por la fuerza a la llanura
caso. Quiero oír de ti si estás decidido a resistir que de Troya, aunque no quiera el hijo de Aquiles.
dándote aquí o a navegar con nosotros. F i l o c t e t e s . — (Tendiendo el arco.) Pero no lo harás
F i l o c t e t e s . — Detente, no digas más, porque en vano 1275 impunemente, si esta flecha da en el blanco.
dirás todo lo que siga. 1300 N e o p t ó le m o . — (Sujetándole por el brazo.) ¡Ah, de
N e o p t ó l e m o . — ¿Así está decidido? ninguna manera, por los dioses, no dejes escapar nin
F i l o c t e t e s . — Sí, y más firmemente, sábelo, de lo guna flecha!
que mis palabras expresan. F i l o c t e t e s . — En nombre de los dioses, suéltame el
N e o p t ó l e m o . — Hubiera querido persuadirte con mis 1280 brazo, hijo muy querido.
razones, pero, si no estoy hablando en un momento opor N e o p t ó l e m o . — N o te s o lta r é .
con mis flechas al hombre que es mi aborrecido ene bierto cercado. Sabe también que, en tanto el mismo sol
migo? 1330 se levante por ahí y se ponga otra vez por allí84, no te
N e o p tó le m o . — Es que ni para ml ni para ti está bien vendrá el final de esta penosa enfermedad hasta que por
tal acción. tu propia voluntad vayas a la llanura de Troya y, encon
F i l o c t e t e s . — Pero entérate al menos de que los prin- 1305 trándote con los dos hijos de Asclepio85 que están entre
cipales de nuestro ejército, esos mentirosos heraldos de nosotros, te cures de esta dolencia y te dejes ver sa-
los aqueos, son cobardes en la lucha pero osados en sus 1335 queando la ciudadela de Troya con ayuda de estas fle
palabras. chas y con la mía.
N e o p t ó l e m o . — Sea, pero tienes ya el arco y no existe Y te diré cómo sé yo que está así dispuesto. Tene
razón para que tengas enojo ni reproche contra mí. mos un prisionero de Troya, el excelente adivino Heleno,
F i l o c t e t e s . — Estoy de acuerdo. Has demostrado, 1310 quien declara sin lugar a dudas que es necesario que
hijo, de qué estirpe has nacido, que no es de Sísifo, sino 1340 suceda así. Y a esto aún añade que es forzoso que en el
de Aquiles, de quien las mayores alabanzas se oían, tanto verano próximo Troya sea tomada por completo. Y se
cuando estaba entre los vivos, como ahora entre los ofrece a sí mismo voluntario para que lo maten, si re
muertos. sulta equivocado en lo que dice.
N e o p t ó l e m o . — Me complace que hables bien de mi
Así, pues, ya que estás enterado, consiente de grado.
padre, y de mí mismo, pero escucha lo que deseo obte- íais' Ganarás mucho si, juzgado como el mejor de los hele-
ner de ti. A los hombres les es forzoso soportar las for 1345 nos, te pones en primer lugar en las manos de quien te
tunas que los dioses les asignan82. Pero cuantos cargan dará la salud y seguidamente, tras tomar Troya, la qué
con males voluntarios, como tú, no es justo que nadie 1320 hace derramar abundantes lágrimas, alcanzas la más alta
les tenga clemencia ni compasión. Tú te enfureces y no gloria.
F i l o c t e t e s . — ¡Ah, odiosa existencia! ¿Por qué, por
toleras a un consejero y, si alguien te amonesta, aunque
qué me mantienes vivo aquí arriba sin permitir que me
sus palabras sean amistosas, le aborreces y le consideras
1350 dirija ái Hades? ¡Ay de mí! ¿Qué haré? ¿Cómo voy a con
un enemigo y un adversario. Sin embargo, te hablaré, e
fiar en las palabras de quien, con la mejor voluntad, me
invoco a Zeus por quien se hace el juramento.
aconseja? Pero, ¿voy a ceder? Y luego, ¿cómo, desdicha
Entérate de esto y grábalo dentro de tu corazón: tú 1325
do, podré aparecer a la vista de todos si lo hago? ¿A
padeces este mal por un destino que te viene de los dio
quién podré dirigir la palabra? ¡Oh ojos que habéis con-
ses, ya que te acercaste a la guardiana de Crisa, a la
serpiente83 vigilante que a escondidas custodia el descu-
ninfas y a los h éroes se les con sa gra ba n lugares o recin tos abier
tos y n o tem plos.
82 E n esta exp resión d eb em os en ten der «desgracias», ya que 84 Ib a acom p a ñ a d o, n aturalm ente, d e gestos del a cto r seña
éste es el ca so de Filoctetes. E ste eu fem ism o n o es ú nico en la land o el O riente y el O ccidente.
literatura griega. L o en con tra m os en Iliada I II 65; S o ló n , I 83 L os d os h ijo s d e A sclep io so n M acaón y P od a lirio, que
64; E u r íp id e s , Hipólito 1411, etc. re cib ie ro n el m ism o p o d e r pa ra cu ra r q u e su p a d re (Iliada I I
83 E ra la serpien te que cu stod ia b a e l recin to sagrado de la 731-732). M ás adelante, ve rso 1437, H eracles d ice q u e será el p r o
n infa Crisa (véase n ota 7) en la isla del m ism o n om bre. A las p io A sclep io el q u e le cure.
FILOCTETES 493 494 TRAGEDIAS
templado todos los agravios que me han hecho! ¿Cómo 1355 F i l o c t e t e s . — ¿Y no te avergüenzas de hablar así
podréis soportar que yo conviva con los hijos de Atreo, ante los dioses?
los que me perdieron? ¿Y con el hijo de Laertes, grandí N e o p t ó le m o . — ¿Cómo podría alguien avergonzarse
simo infame? No es el dolor por los hechos que han de prestar un servicio a los amigos?
pasado lo que me mortifica, sino que creo prever cuán F i l o c t e t e s . — ¿Te refieres a un servicio para los
tas cosas he de sufrir aún de su parte. Pues, para los ia6o Atridas o para mí?
que el pensamiento llega a ser la fuente de las iniquida 1385 N e o p t ó le m o . — Para ti, sin duda alguna, porque soy
des, éstas les enseñan también otros males. Y esto es tu amigo y como tal te hablo.
también lo que me admira en ti, que tú mismo no de F ilo c te te s . — ¿Y cómo, tú que quieres entregarme a
bías ir a Troya y debías impedírmelo a mí, ya que aqué mis enemigos?
llos te injuriaron al despojarte de los honores que te- 1365 N e o p t ó le m o . — ¡Oh querido amigo!, aprende a no en
nías de tu padre “ . Y a pesar de ello, ¿vas a luchar a su valentonarte en medio de tus males.
lado y me obligas a hacerlo a mí también? No, por cier F ilo c te te s . — Me perderás, te conozco, con estas pa
to, hijo. Antes bien, envíame a casa como has prometi labras.
do. Y tú mismo quédate en Esciros y deja que ellos, los N e o p t ó le m o . — Yo ciertamente que no. Pero afirmo
malvados, perezcan de mala manera. Y así recibirás un 1370 que tú no las entiendes.
doble agradecimiento: el mío y el de tu padre. Y no darás 1390 F i l o c t e t e s . — ¿No sé yo que los Atridas me expul
la impresión de ser de la misma calaña que ellos, al ir saron?
en ayuda de unos malvados. N e o p t ó le m o . — Pero considera si, aun habiéndote
N e o p t ó le m o . — Dices algo que es razonable; sin expulsado, te van a salvar en esta ocasión.
embargo, yo quisiera que confiaras en los dioses y en F i l o c t e t e s . — Nunca, si tengo que visitar yo Troya
mis palabras y zarparas de esta tierra en mi compañía, 1375 por mi propia voluntad.
que soy tu amigo. N e o p t ó le m o . — ¿Qué haré, pues, yo, si ninguna de
F i l o c t e t e s . — ¿Acaso en dirección a la llanura de 1395 las razones que doy te pueden convencer? Lo más fácil
Troya y junto al odiado hijo de Atreo, con este desgra para mí es dejar de hablar y que tú vivas sin ser curado,
ciado pie? como ya estás viviendo.
N e o p t ó le m o . — Sí, junto a los que te liberarán a ti y F i l o c t e t e s . — Deja que yo sufra lo que me es preciso
tu supurante pie de dolores y te curarán tu enfermedad. sufrir. Pero lo que me prometiste, estrechándome la
F i l o c t e t e s . — ¡Ah! Tú das extraños consejos. ¿Qué i380 mano derecha, de enviarme a mi patria, cúmplelo, hijo,
1400 y no te retrases, ni me menciones ya Troya. Pues bas
quieres decir?
tante lo he deplorado ya con mis lamentos.
N e o p t ó le m o . — Lo que veo que resultará mejor para
N e o p t ó le m o — Si te p a r e c e , p a r ta m o s .
ti y para mí.
F i l o c t e t e s . — ¡Ah, nobles palabras has proferido!
N e o p t ó l e m o . — Apoya ahora tu pie.
86 Se refiere a las arm as. A ún n o sabe F iloctetes que esta
n oticia era falsa. F i l o c t e t e s . — Al menos en tanto yo tenga fuerzas.
FILOCTETES 495 496 TRAGEDIAS
N e o p t ó le m o . — ¿Cómo escaparé de la acusación de al botín que logres del ejército en memoria de mis fle
los aqueos? chas, llévalo a mi tumba.
F ilo c te te s . — No te preocupes. Y a ti, hijo de Aquiles, te aconsejo lo mismo. Pues ni
N e o p t ó le m o . — ¿Y q u é o c u r r ir á si d e v a sta n m i p a ís ? 1405 1435 tú puedes tomar la llanura de Troya sin éste, ni él sin ti.
F i l o c t e t e s . — Yo estaré allí presente... Antes bien, como dos leones que van juntos, protegeos
N e o p t ó le m o . — ¿Y qué ayudas podrás prestarme? el uno al otro.
F i l o c t e t e s . — ...c o n las flechas de Heracles. Por mi parte, enviaré a Asclepio a Troya para que
N e o p t ó le m o . — ¿Qué quieres decir?
te cure de tu enfermedad. Porque por segunda vez88 es
F i l o c t e t e s . — Les impediré acercarse.
1440 preciso que Troya sea tomada con mis flechas. Pero te
N e o p t ó le m o . — Tras despedirte de esta tierra, ponte
ned esto en cuenta cuando hayáis asolado la región:
en marcha. mostrad la debida reverencia para los dioses89. Todo lo
(Cuando se disponen a marchar, aparece Heracles demás es secundario, según el criterio de nuestro padre
por encima de los actores*1.) Zeus. La piedad no muere con los mortales y, aunque
H e r a c l e s . — Aún no, sin que escuches mis palabras, 1410 estemos vivos o muertos, ella no perece.
hijo de Peante. Puedes afirmar que estás oyendo con tus 1445 F i l o c t e t e s . — ¡Oh tú que has emitido una voz anhe
oídos la voz de Heracles y que estás contemplando su lada por mí y que apareces tras largo tiempo! No des
rostro. En atención a ti he venido, abandonando las ce obedeceré tus órdenes.
lestes moradas, para comunicarte los propósitos de Zeus i4is N e o p t ó le m o . — Y yo doy mi parecer en el mismo
y para impedir que tomes el camino que vas a empren sentido.
der. Escucha mis palabras. H e r a c l e s . — N o os retraséis mucho tiempo en ac
En primer lugar te hablaré de mi propio destino, de uso tuar. Os urgen la ocasión y este viento que sopla de
cuántos trabajos soporté y cumplí hasta obtener la glo- 1420 popa.
ria inmortal que te es posible contemplar. También para (Heracles desaparece.)
ti, entérate bien, está destinada una suerte así: que de F i l o c t e t e s . — Ea, pues, déjame saludar esta tierra al
los sufrimientos presentes obtengas una vida gloriosa. partir. Adiós s® ¡oh morada que me has protegido y nin-
Irás con este hombre a la ciudad troyana, donde, pri 1455 fas de los arroyos y los prados, y tú, enérgico estrépito
mero, quedará libre de tu penosa dolencia y, luego, ele- 1425 del promontorio marino donde, muchas veces, en su
gido por tu valor el más importante del ejército, tras
matar con mis flechas a Paris, que fue el causante de 88 E n la prim era e x p ed ición a T ro y a p a rticip ó H eracles c o n
estos males, devastarás Troya, y el botín que, como pre su a rco, cu a n d o reinaba L eom edon te, p a d re d e P ríam o. Le a co m
mio, recibas de la armada lo enviarás a tu morada para 1430 pañ aba T elam ón (véase n ota 44 de Ayax).
89 Y a sabem os p o r la tra d ició n p o s te rio r q u e n o lo cu m
tu padre Peante, a la meseta del Eta, tu patria. En cuanto
plieron.
90 Parece que F iloctetes h ab la b a a m e d id a q u e abandon aba
87 Las divinidades aparecían en una m áqu ina de teatro, lla la escena. D e ahí qu e se desp ida p rim e ro de la m o ra d a qu e tiene
m ada theologeíon, qu e las m ostra b a en el aire. E ste recu rso lo a la vista, lu ego de los p a isa jes de a lre d e d o r y, finalm ente, del
em plea frecuen tem ente E urípides. p r o m o n to rio m arino.
FILOCTETES 497
II
I
OTRO ARGUMENTO
ARGUMENTO
IV
E d ip o . — ¿Puedes decirme ya dónde nos encontra E x t r a n j e r o . — La gente de aquí dice que ellas son
mos? las Euménides, que todo lo ven, pero otros epítetos tie
A n t íg o n a . — E n verdad sé que en Atenas, aunque no nen en otros sitios.
sé en qué región. E d ip o . — Pues bien, acojan con benevolencia al supli
25E d ip o . — Al menos eso es lo que todos los viajeros
cante, porque no voy a abandonar ya este sitio. 45
nos han dicho. E x t r a n j e r o . — ¿Qué significa eso?
A n t íg o n a . — ¿Voy a alguna parte a informarme de E d ip o . — La señal de mi destino.
qué lugar es? E x t r a n j e r o . — No tengo la osadía de hacerte salir
E d ip o . — Sí, hija, si es que es un lugar habitable. sin el consentimiento de la ciudad, antes de informarle
A n t íg o n a . — E stá habitado. Creo que no hay que ha de tus intenciones.
cer nada. Pues V eo cerca de nosotros a un hombre. E d ip o . — ¡Por los dioses, oh extranjero, no me con
30 E d i p o . — ¿Se dispone a acercarse aquí? sideres indigno a mí, un vagabundo cual soy, de infor- 50
(Aparece en escena un habitante de Colono dando marme sobre lo que te pregunto!
rápidos pasos.) E x t r a n j e r o . — Házmelo saber, que a mis ojos por lo
A n t íg o n a . — Y a está a nuestro lado. Dile lo que te menos no serás indigno.
- parezca oportuno, pues aquí está el hombre. E d ip o . — ¿Cuál es el lugar en el que nos encontra
E d i p o . — ¡Oh extranjero!, he oído a ésta, que ve por
mos?
mí y por ella misma, que has llegado como un observa- E x t r a n j e r o . — De todo cuanto yo sé te enterarás
35 dor oportuno para nosotros, para decimos lo que des
también tú si me escuchas. E ste lugar, todo él, es sagra
conocemos... do. E l venerable Posidón es su dueño y en él está el 55
E x t r a n j e r o . — Antes de que te informes de más co
dios portador del fuego, el titán Prometeo. E l sitio que
sas, sal de este lugar. Pues ocupas un sitio en el que no estás pisando es llamado el «umbral broncíneo» de este
es piadoso poner los pies. país, «bastión de Atenas»2. Los campos cercanos se ufa
E d i p o . — ¿Qué lugar es? ¿A cuál de los dioses se
nan de que este jinete de aquí, Colono (señalando la
considera que pertenece? estatua ecuestre del héroe), es su fundador y todos lie- 60
E x t r a n je r o . — E s un lugar sagrado y no habitable.
van en común su nombre, siendo así designados. Tales
40 Lo poseen las temibles diosas hijas de la Tierra y de lo son las cosas, oh extranjero, no honradas por leyendas 3,
O scurol. sino más bien al frecuentarlas cada día.
E d i p o . — ¿Y con qué venerable nombre podría invo
E d ip o . — ¿Hay habitantes en estos lugares?
carlas, si puedo saberlo?
2 Con este nombre parece que se designaba un subterráneo
1 Las Erinias, llamadas tam bién Euménides. E n E s q u ilo ( E u - cuya abertura estaba en Colono y que llegaba hasta la entrada
m énides, 804-7), Atenea les prom ete que tendrán una gruta dedi de Atenas. E l bronce form aba p arte de la composición geoló
cada a ellas en esta tierra. E stas divinidades son fuerzas primi gica de la ro ca en que estaba excavado.
tivas que no reconocen la autoridad de los dioses olímpicos. Su 3 Colono no es un héroe digno de ser cantado en poemas,
intervención en las tragedias es muy frecuente, castigando, ven pero los ciudadanos de este demo estaban orgullosos de su
gadoras, a quien ha cometido un crim en de sangre. héroe y de sus lugares sagrados.
514 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 515
E x t r a n je r o .— Por supuesto que sí, llamados con el la ciudad. Ellos serán quienes decidan si debes quedarte eo
sobrenombre de este dios4. o continuar tu camino de nuevo.
E d i p o . — ¿Les gobierna alguien o la palabra está en (Sale el colonense.)
poder del pueblo? E d ip o . — Hija mía, ¿se ha ido nuestro extranjero?
E x t r a n j e r o . — Están gobernados por el rey de la ciu A n tíg o n a . — Se ha ido, de modo que puedes hablar
dad. tranquilamente, padre, porque sólo yo estoy cerca de ti.
E d i p o . — ¿Y quién es el que manda por la palabra E d ip o . — ¡Oh soberanas de terrible ro s tro 6! Ya que
tanto como por la fuerza? me he sentado en este recinto vuestro, el primero en 85
E x t r a n j e r o . — Teseo es llamado, hijo del que reinó esta tierra, no seáis insensibles con Febo y conmigo. Él,
anteriormente, de E g e o 5. cuando anunció aquel cúmulo de desgracias, me habló
E d ip o . — ¿Alguien de vosotros podría llegarse junto de este descanso al cabo de mucho tiempo, cuando lle
a él como enviado mío? gara a una región extrem a donde encontraría un asiento 9o
E x t r a n j e r o . — ¿Con qué objeto? ¿P ara hablarle o y un hospedaje en las venerables diosas. Que allí llegaría
para disponer su venida? el término de mi desdichada vida y que, una vez instala
E d ip o . — Para que, ayudándome en bien poco, obten do, aportaría ganancias a los que me habían acogido,
ga gran provecho. pero infortunio a los que me arrojaron y despidieron.
E x t r a n j e r o . — Y ¿qué utilidad puede venir de un Y me dijo que como garantía de ello llegarían señales,
hombre que no ve? un seísmo, un trueno o el rayo de Zeus. 95
E d ip o . — Todo cuanto diga lo diré porque lo veo Ahora me doy cuenta que no pudo ser sino un cer
claramente. tero auspicio vuestro el que me condujo por ese camino
E x t r a n j e r o . — ¿Sabes, extranjero, cómo no equivo hasta este recinto. En otro caso, nunca me hubiera en
carte ahora? Si es que eres noble, como lo pareces para contrado en mi m archa con vosotras las primeras, yo 100
quien te ve —excepto en la fortuna—, permanece ahí que me abstengo de vino con vosotras que tampoco be
donde te me m ostraste mientras yo voy a contar estas béis 7, y no hubiera tomado asiento sobre este venerable
cosas a los hombres de este pueblo de aquí, no a los de pedestal sin desbastar.
Así que, diosas, según los oráculos de Apolo conce
< Se designa con el térm ino genérico de theós a aquellos dedme ya el término de mi vida, un desenlace, si no os
que reciben honores divinos. E sto ocu rre con Colono, y lo sa parezco indigno, yo que soy siervo de las mayores mise- 105
bemos también de Anfión y Zeto, héroes tebanos (A ristófan es , rías de los humanos. ¡Ea, oh dulces hijas de la ancestral
Acarnienses 905) y de Academo ( É u p o l is , fr. 3).
Oscuridad! ¡Ea, oh Atenas, la ciudad más honrada de
5 Teseo es el m ítico rey de Atenas. Aquí nos lo presenta
Sófocles al final de su vida y encam ando todas las virtudes que todas, que tomas el nombre de la gran Palas! Compade-
él reconoce en el pueblo ateniense: humanidad, lealtad y hospi
talidad, entre otras. E s un herm oso homenaje a Atenas que, si 6 Las Erinias. Sobre su aspecto, véase nota 58 de Traquinias.
bien no falta en ninguna tragedia, aquí tiene su más im portante 7 A las Erinias no se les ofrecía libraciones con vino, sino
manifestación. E ste mismo tem a de alabanza a Atenas lo encon que consistían en agua y miel mezcladas ( E squilo , E um énides
tram os en las Suplicantes y en H eracles, de E u r íp id e s . 107, 727). Otra alusión en la m ism a obra aparece en los vv. 159-60.
516 TRAGEDIAS
EDIPO EN COLONO 517
no ceos de esta infeliz figura que fue Edipo; pues cierta
mente no es éste mi antiguo aspecto. esta tierra. Y lo puedo evidenciar, pues no me arrastra
A n t ig o n a . — Calla. He aquí que se acercan unos an ría así, con ojos ajenos, ni me apoyaría, mayor como
cianos para examinar dónde te has sentado. soy, en quienes son pequeños.
E d ip o . — Callaré, y tú ocúltame en el bosque; guía Antístrofa 1 .a
115 mis pasos fuera del camino hasta que me entere de qué — ¡Oh, oh! ¿E res desgraciado por los ojos
C o r if e o . iso
es lo que dicen; porque de enterarnos depende la pre sin vista desde nacimiento? Por lo que se puede conje
caución de nuestras acciones. turar, lo eres desde hace tiempo. P ero en verdad, si está
(Se ocultan ambos en el bosque. E ntran los ancianos en m i mano, no añadirás sobre ti estas m aldiciones8.
de Colono que form an el Coro. Van dialogando por gru Has penetrado, sí, has penetrado ya, p ero en este 155
pos.) mudo bosque herboso no vayas más adelante, allí donde
C oro. una crátera llena de agua se mezcla con la corriente de I60
Estrofa 1 .a dulces aguas. De esto, infeliz extranjero, guárdate bien,
Atiende. ¿Quién era? ¿Dónde se encuentra? ¿Adonde apártate, aléjate. Un largo camino nos separa. ¿Escu- i65
no se ha alejado, fuera del lugar, el más osado de todos, chas, desdichado vagabundo? Si tienes algo que replicar
sí, de todos? Mira, acéchalo, insiste en preguntar p o r to a mis palabras, sal de los lugares sagrados, habla donde
das partes. está perm itido a todos. Antes, abstente de hacerlo.
Algún vagabundo, algún vagabundo será el anciano, E d ip o . — Hija, ¿qué puedo hacer en mi preocupa- 170
125 no del país. Pues nunca hubiera pisado el sagrado recin ción?
to de las invencibles doncellas ante las que, sólo con A n t íg o n a . — Padre, es preciso que practiquemos las
130 llamarlas, temblamos y pasamos por delante sin mirar, mismas costumbres que los ciudadanos, cediendo en lo
sin hablar, en silencio, soltando los labios en devota m e que sea preciso y obedeciendo.
ditación. Y ahora nos llega la noticia de que alguien que E d ip o . — Cógeme, pues.
135 nada las respeta ha llegado; al cual yo, a pesar de que A n t íg o n a . — Ya te sujeto.
miro por todo el bosque, aún no sé dónde se esconde. E d ip o . — Extranjeros, no sea yo agraviado. Os hago 175
(Edipo y Antigona salen del bosque.) caso y cambio de lugar.
E d ip o . — Yo soy ése. Veo por la voz, como suele de
Estrofa 2 .a
cirse. C o r if e o . —
Nunca, anciano, te sacará nadie de esos
140 C o r i f e o . — ¡Ah, ah, terrible de ver, terrible de oír! sitios9 contra tu voluntad.
E d ip o . — No me miréis como a un malvado, os lo su
(Edipo, conducido por Antígona, avanza hacia ade
plico. lante.)
C o r i f e o . — Zeus protector, ¿quién puede ser el an
E d ip o . — ¿Aún más?
ciano?
E d ip o . — Alguien que no es el primero en ser con- 8 Las que recaen en el que profana el recinto sagrado.
145 siderado feliz por su destino, oh vosotros, vigilantes de 9 E l corifeo señala, con un gesto, el lugar al que se refiere,
para que Antígona lo deposite allí.
518 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 519
Coro.— Adelántate todavía. gracia encima, eres conducido? ¿Podría saber qué país
— (Dando otro paso.) ¿Todavía?
E d ip o . es el tuyo?
iso C o r o . — (A Antigona.) Hazle avanzar unos pasos, m u E d ip o . — ¡Oh extranjero! No tengo patria, pero no...
chacha, tú que ves. C o r o . — ¿Qué es lo que nos prohíbes, anciano?
A n t íg o n a . — Síguem e, síguem e, así, con tus pies que E d ip o . — No, no m e preguntes quién soy ni trates de 210
se m ueven a ciegas, padre, por donde yo te lleve. averiguar más.
E d ip o . — . . . 10. C o r o . — ¿Qué significa esto?
185 C o r o . — E xtranjero en tierra extraña, resígnate, des E d ip o . — Un terrible origen.
venturado, a detestar lo que también la ciudad ha fijado C o r o . — Habla.
com o hostil y a respetar lo que estima. E d ip o . — (A A n tíg o n a .) Hija, ¡ay de mí! ¿Qué voy a
E d ip o . — Llévame tú, hija, adonde, practicando la pie- decir?
190 dad, podamos hablar y escuchar y no tengamos que lu C o r o . — ¿De quién desciendes, extranjero, dime, por 215
char contra la necesidad. vía paterna?
E d i p o . — ¡Ay de mí! ¿Qué m e va a suceder, hija mía?
Antístrofa 2.a A n t íg o n a . — Habla, ya que has llegado al extrem o n.
C o r i f e o . — A q u ín, y no apartes el pie fuera de esta
E d i p o . — E n ese caso hablaré, pues no puedo disi-
grada que form a la roca misma. _ mular.
E d ip o . — ¿Así?
C o r o . — Os estáis demorando m ucho. ¡Ea, date pri
C o r o . — Ya es bastante, según estás escuchando.
sa!
195 E d ip o . — ¿Me siento?
E d ip o . — ¿Conocéis a un hijo de Layo? 220
C oro . — S í, de medio lado, en el borde de la roca,
C o r o . — ¡Ay!
con las rodillas dobladas hacia abajo. E d i p o . — ¿La estirpe de los Labdácidas?
A n t íg o n a . — Esto es m i cometido, padre. Acopla tu
C o r o . ·— ¡Oh Zeus!
paso en tranquilo movim iento... E d i p o . — ¿Al desventurado Edipo?
E d i p o . — ¡Ay de mí!
C o r o . — ¿E res tú ése?
200 A n t íg o n a . — ... reclinando tu anciano cuerpo en mi
E d i p o . — No tengáis m iedo de mis palabras.
solícito brazo. C o r o . — ¡Oh, oh, oh!
E d i p o . — ¡Ah, adverso destino!
E d ip o . — ¡Desdichado!
C o r o . — Desdichado, ya que ahora estás sosegado,
C o r o . — ¡Oh, oh!
205 háblame. ¿Quién eres? ¿Quién, tú, que, con tanta des-
E d i p o . — Hija, ¿qué vamos a encontrarnos ahora? 225
C o r o . — ¡Fuera, marchaos lejos de esta tierra!
10 Hay una laguna en el texto de cinco versos. Dos en boca
E d ip o . — ¿Cumplirás lo que prom etiste?
de Edipo, dos en la de Antígona y o tro más en la de Edipo,
según la edición de A. C. Pearson que seguimos.
11 Edipo ha avanzado hacia el borde de la gruta sagrada. 12 E s una expresión ambigua. No podemos saber si se refiere
Allí hay una roca que form a una especie de asiento en el· que a que ha llegado al final de su vida, o a que está acorralado y
se instala. sin o tra escapatoria.
EDIPO EN COLONO 521
520 TRAGEDIAS
i
C o r if e o . — Debes hacer las libaciones de pie frente si con ánimo bien dispuesto se presenta. Haced algo soo
a la prim era lu z34. pronto, pero a mí no me dejéis solo, porque mi cuerpo
E d i p o . — ¿Con aquellas vasijas a que te refieres debo no tendría fuerza para arrastrarse solo y separado de mi
hacerlas? guía.
C o r i f e o . — Sí, y en tres chorros cada una y la úl I s m e n e . — Yo iré a cumplirlo. Quiero saber una cosa:
tima por completo. dónde tendré que encontrar el lugar.
E d i p o . — ¿De qué la lleno?35. Enséñamelo también. C o r i f e o . — Al otro lado de este bosque, extranjera, sos
C o r i f e o . — De agua y de miel, sin añadir vino. Y si algo necesitas, un guardián hay que te informará.
E d ip o . — ¿Y cuando las haya recibido la tierra de I s m e n e . — Parto a hacerlo. Antígona, tú vigila aquí a
oscuro follaje? nuestro padre. Pues aunque uno se tome trabajo por los
C o r i f e o . — Entonces coloca sobre ella tres veces con padres, no se debe recordar el esfuerzo.
las dos manos nueve ramos de olivo y suplica con estas (Se marcha Ism en e.)
plegarias...
C oro.
E d ip o . — Quiero escucharlas. Pues es lo más impor
Estrofa 1 .a
tante.
C oro. — E s terrible, sin duda, oh extranjero, avivar sio
C o r i f e o . — « . . . Y a que las llamamos las Bondado
el mal que desde hace tiempo ya está adormecido. Sin
s a s 36, que con bondadoso corazón acojan al suplicante
em bargo, ardo en deseos de saber...
que es un medio de salvación.» Haz tú mismo esta sú
E d i p o . — ¿Qué?
plica, o cualquier otro por ti, hablando quedamente y sin
C o r o . — ... acerca de la trem enda angustia que se te
alzar la voz. Después aléjate sin m irar atrás. Yo te so
presentó, irrem ediable, y en la que te viste envuelto.
correré confiado si haces esto, pero de otro modo teme
E d i p o . — E n nom bre de tu hospitalidad, no descu-sis
ría por ti, extranjero.
bras los hechos vergonzosos que padecí.
E d ip o . — ¡Oh hijas! ¿Habéis escuchado a estos luga
C o r o . — Deseo escuchar fidedignam ente el repetido e
reños que nos acogen?
incesante rum or, extranjero.
A n t íg o n a . — Les hemos escuchado. Ordénanos lo que
E d i p o . — ¡Ay d e mil
hemos de hacer.
C o r o . — Compláceme, te lo suplico.
E d i p o . — Para mí no es factible. Me lo impide el no
E d i p o . — ¡Ay, ay!
tener fuerza y el no ver, doble desgracia. Pero que una
C o r o . — Consiente. Yo, p o r m i parte, lo hago en lo m
de vosotras vaya y lo haga. Pues yo creo que es sufi
que deseas.
ciente una sola persona que lo cumpla por otras muchas,
modo que a nadie que sea extranjero, como tú ahora, E d ip o . — Cuando era yo quien lo quería no me lo
dejaría de ayudar a salvarse. Sé que soy m ortal y que concedieron.
en nada dispongo más que tú del día de mañana. T e s e o . — ¡Oh insensato! La pasión en medio de las
E d ip o . —
Teseo, tu nobleza de sentimientos en tan desgracias no es oportuna.
570 corto discurso me obliga a no abusar de largos parla E d ip o . — Cuando conozcas mis razones, repréndeme;
mentos. Tú has dicho ya de mí quién soy y de qué pa por ahora déjame.
dre he nacido y de qué país he venido. De modo que T e s e o . — E x p líc a te , y a q u e n o d e b o h a b la r sin c o n o
ninguna otra cosa me queda, sino decir lo que deseo y c im ie n to .
mi relato se termina. E d ipo . — He sufrido, Teseo, males terribles que se 595
575 T eseo. — Dímelo ahora para que me entere. añadían a otros.
T e s e o . — ¿Aludes al antiguo hado de tu familia?
E d ip o . — He venido para ofrecerte el don de mi in
fortunado cuerpo. No es apreciado para la vista, pero E d ip o . — No, ciertamente, pues de él todos los hele
los beneficios que de él obtendrás son m ejores que un nos hablan.
bello aspecto. T e s e ó . — ¿Qué sufres que esté por encima de lo hu
mano?
T eseo . — ¿Con qué provecho pretendes haber lle
E d ip o . — Así están las cosas para mí: fui expulsado
gado?
de mi tierra por mis propios vástagos. Me es imposible 6O 0
580 E d ip o . — Con el tiempo lo podrás saber, no en el mo
mento presente. regresar de nuevo como lo es a un parricida.
T e s e o . — En ese caso, ¿cómo te van a hacer buscar,
T eseo . — ¿Cuándo, pues, se m anifestará este bene
si debes vivir aparte?
ficio?
E d ip o . — E l mandato divino les obligará.
E d ip o . — Cuando yo muera y tú seas quien me dé se
T e s e o . — ¿Qué desgracia temen que les venga de los
pultura.
oráculos?
T e s e o . — Pides los últimos deberes de la vida; pero,
E d ip o . — Que sea inevitable el ser derrotados por 605
respecto a lo que hay entretanto, o lo tienes en olvido o
este país.
lo desdeñas.
T e s e o . — ¿ Y c ó m o p o d r ía n lle g a r a e s t a r tir a n te s
585 E d ip o . — Es que, entonces, yo obtendré a la vez eso. n u e s tr a s re la c io n e s ?
T eseo . — Me pides una gracia que poco cuesta. E d ip o . — ¡Oh queridísimo hijo de Egeo! La vejez y
— Pero presta atención. No es pequeña, no,
E d ip o . la muerte a su tiempo sólo a los dioses no alcanza. El
esta contienda. tiempo, que todo lo puede, arrasa todas las demás cosas.
T eseo . — ¿Te refieres acaso a la de tus hijos y yo? Se consume el vigor de la tierra, se consume el del cuer- 610
E d ip o . — Ellos presionarán para llevarme allí. po, perece la confianza, se origina la desconfianza y no
590 T e s e o . — Pues si tú lo quieres... No es hermoso estar permanece el mismo espíritu ni entre los hombres ami
en el destierro. gos ni entre una ciudad y otra.
536 TRAGEDIAS
EDIPO EN COLONO 537
615 Para unos, pronto, para otros, más tarde, los placeres
Si le es grato al extranjero permanecer aquí (diri
se vuelven amargos y, posteriormente, dulces42. Asimis
giéndose al corifeo), te ordeno que le custodies, o si eli
mo, si a Tebas por ahora le van bien sus relaciones con
ge partir conmigo... Lo que prefieras de estas cosas,
tigo, el tiempo incalculable en su curso engendra días y
Edipo, te permito escoger, pues con eso estaré de
noches sin cuento durante los cuales se pueden romper acuerdo.
620 por la lanza, con un pequeño motivo, los amistosos
E d ip o . — ¡Oh Zeus, concede beneficios a hombres de
acuerdos de hoy. Entonces mi cadáver en reposo, en
este talante!
terrado, beberá, ya frío, la caliente43 sangre de ellos,
T e s e o . — ¿Qué quieres, pues? ¿Acaso ir a mi palacio?
si es que Zeus es aún Zeus y Febo hijo de Zeus es in
E d ip o . — Si me fuera posible, pero éste es el lugar...
falible.
T e s e o . — ¿Qué vas a hacer en él? No me opondré.
Pero no es lícito hablar de asuntos que deben ser E d ip o . — ... en el que venceré a los que m e han ex
625 inviolables. Déjame, pues, en el punto en que comencé:
pulsado.
que guardes sólo tu juramento, y nunca tendrás que de T e s e o . — Grande sería el don de que hablas por per
cir que recibiste en Edipo a un inútil habitante de estos manecer aquí.
lugares, si es que los dioses no me engañan. E d i p o . — Sí, si por tu parte perseveras en dar cum
C o r i f e o . — Señor, desde hace tiempo este hombre
plimiento a lo que me has dicho.
630 se manifiesta como quien desea cumplir estas y otras
T e s e o . — Confía en lo que a mí se refiere. No te trai
promesas para esta tierra. cionaré.
T e s e o . — ¿Quién es el que, en esta situación, recha
E d i p o . — Yo no te voy a obligar a la fidelidad bajo
zaría el favor de un hombre así con quien, en primer juramento, como si fueras un m alvado43.
lugar, existe siempre un hogar común entre nosotros
T e s e o . — En verdad nada obtendrías de él más que
por los vínculos de hospitalidad44 y luego, tras venir
de mi sola palabra.
635 como suplicante de los dioses, satisface un tributo no
E d i p o . — ¿Cómo a c t u a r á s ?
pequeño para esta tierra y para mí? Yo, temeroso ante T e s e o . — ¿Qué es lo que más temes?
esto, nunca desdeñaré su ofrecimiento y le instalaré en E d i p o . — Llegarán unos hom bres...
esta región como ciudadano. T e s e o . — Éstos (señalando a los del Coro) se cuida
rán de eso.
42 Obsérvese que se com pleta el círculo de la evolución. No
E d i p o . — Mira que abandonándome...
sólo cambia, sino que vuelve o tra vez al primitivo estado.
T e s e o . — No m e enseñes lo que debo hacer.
43 Contraste de sensaciones por el que se asocia el frío a la
idea de m uerte y el calor a la de vida. Véase Antígona 88. E d i p o . — Es necesario, porque tem o...
44 E l adjetivo dorÿxenos se aplica solamente entre príncipes T e s e o . — Mi c o r a z ó n n o t e m e .
o jefes que mandan una fuerza arm ada, cuando hay entre ellos E d ip o . — No sabes las amenazas...
una alianza para la guerra. Aquí los vínculos de hospitalidad T e s e o . — Yo sé que no te sacará de aquí ningún
a los que se refiere Teseo son una alianza hereditaria entre las
dos casas reales de Tebas y de Atenas. También en E u ríp id es
(iSuplicantes 930), Teseo dice que Polinices es un huésped. 45 Encontram os esta misma fórm ula en Filoctetes 811, diri
gida al joven Neoptólemo.
538 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 539
rano Posidón! Tú la asentaste en esta gloria cuando Así pues, infortunado Edipo, escúchame y vuelve a 740
715 instituiste en este país por prim era vez el freno que tu casa. Todo el pueblo de los cadmeos te llama, con
doma a los caballos. Y la prodigiosa pala que sirve para razón, y yo más que ninguno por cuanto, si no soy el
rem ar, adaptada a nuestras manos, se precipita en el más malvado con mucho de los hombres, he de sufrir
mar, en seguimiento de las Nereidas de cien pies M. por tus desgracias, anciano, porque veo que eres un 745
720 A n t íg o n a . — (Dirigiéndose al Coro.) ¡Oh región la desventurado en tierra extraña, siempre de un lado a
más celebrada en alabanzas! Ahora te corresponde de otro, arrastrando una vida sin medios con sólo una
m ostrar estas brillantes palabras. acompañante que nunca hubiera creído yo, ay de mí,
E d i p o . — ¿Qué hay de nuevo, oh hija?
que cayera en tal grado de infortunio cual ha caído
esta infeliz, preocupándose siempre de ti y de tu per- 750
A n t íg o n a . — Aquí está Creonte, que se nos acerca,
sona en una vida de mendiga, a la edad que tiene, sin
padre, y no sin escolta.
conocer el matrimonio y a riesgo de que el primero que
E d ip o . — ¡Oh muy queridos ancianos! De vosotros
llegue la ra p te 56.
725 depende ya el cumplimiento de mi salvación.
¿E s que no es un cruel reproche, infortunado de mí,
C o r i f e o . — Ten confianza, que se cumplirá. Pues aun
el que lanzo contra ti, contra mí y contra todo nuestro
que yo me encuentro viejo, el vigor de este país no ha
linaje? Pero no es posible ocultar lo que está a la vista 755
envejecido.
de todos, así que tú, Edipo, por los dioses de tus padres,
(Entra Creonte seguido de hom bres armados.)
obedéceme y ocúltate, consintiendo en volver a tu ciu
C r e o n t e . — ¡Nobles habitantes de esta tierra! Veo en
dad y a tu hogar patrio, saludando cordialmente a esta
730 vuestros ojos que un imprevisto tem or a mi llegada se
ciudad, pues se lo merece. Pero tu propia patria debería m
ha apoderado de vosotros. No temáis ante mí ni dejéis
ser más honrada en justicia, ya que en otro tiempo fue
escapar funestas palabras. No he venido con intención
tu nodriza.
de tram ar algo; pues soy anciano y sé que he llegado a
E d i p o . —; ¡Ah, tú, que a todo te atreves y que de
735 una poderosa ciudad cual ninguna en Grecia. Más bien
cualquier razonamiento justo sacas un oscuro provecho!
he sido enviado por mi avanzada edad para convencer a
¿Por qué me seduces así y quieres atraparm e por se
este hombre a que me siga a la llanura de los cadmeos,
gunda vez en aquello en lo que más me dolería ser co
no de parte de uno solo que me haya mandado, sino de
gido? 57. E n otro tiempo en que sufría con mis desgra- 765
todos los ciudadanos, porque me concernía a mí por mi
cias personales, cuando hubiera sido una satisfacción
linaje más que a ninguno de la ciudad55, sentir sus aflic
para mí ser expulsado del país, no me quisiste otorgar
ciones.
el favor que estaba deseando. Por el contrario, una vez
58 Piensa en la hum anitaria acogida q u e le ha dispensado 59 Sin ser prendido, ya que la falta de sus hijas le será causa
Teseo. de sufrimiento.
544 TRAGEDIAS
EDIPO EN COLONO 545
820 E d ip o . — /A y d e m í!
C r e o n t e . — / Aparta!
C r e o n t e . — Enseguida tendrás más motivo para que
Coro. — No de ti mientras estés intentando estas
jarte.
cosas.
E d ip o . — ¿Te has apoderado de mi hija?
C r e o n t e . — Tendrás que enfrentarte con mi ciudad
C r e o n t e . — Y de esta otra sin dejar pasar mucho
si me haces algún daño.
tiempo.
E d ip o . — ¿ N o o s lo d e c ía y o ?
E d ip o . — (Al Coro.) ¡Ay extranjeros! ¿Qué haréis? ¿ E s
C o r ife o . — (A un servidor de Creonte.) Aparta sin
que me yais a traicionar y no arrojaréis al impío de
tardar tus manos de la muchacha.
esta tierra?60.
C r e o n t e . — No des órdenes en lo que no te incumbe.
C o r i f e o . — (A Creonte.) Sal, extranjero, aprisa. Pues
C o r i f e o . — Suéltala, te d ig o . 840
825 no es justo lo que ahora intentas hacer ni lo que has
C r e o n t e . — (Al mismo servidor.) Y yo que te pongas
llevado ya a cabo.
en marcha.
C r e o n t e . — (A sus soldados.) Es momento de que
C o r o . — Acudid, venid, venid, habitantes del país. La
vosotros la saquéis a la fuerza si no os sigue de buen
ciudad, sí, nuestra ciudad es aniquilada por la violencia.
grado.
Llegaos aquí, junto a mí.
A n t íg o n a . — ¡Ay de mí, desdichada! ¿Adónde huyo?
A n t íg o n a . — Soy arrastrada, desdichada de mí, ¡oh
¿Qué ayuda puedo alcanzar de los dioses o de los hom
extranjeros, extranjeros!
bres?
E d ip o . — ¿Dónde estás, h i j a m ía ? 845
C o r i f e o . — ¿Qué haces, extranjero?
A n t íg o n a . — Soy conducida por la fuerza.
830 C r e o n t e . — No tocaré a este hombre, sino lo que me
E d ip o . — E x tie n d e la s m a n o s , h ija .
pertenece.
A n t íg o n a . — Pero no puedo.
E d ip o . — ¡Oh soberanos de esta tierra!
C r e o n t e . — (A sus hom bres.) ¿No la llevaréis vos
C o r i f e o . — Extranjero, no obras con justicia.
otros?
C r e o n t e . — Con justicia, sí.
E d ip o . — ¡Ah in f o r t u n a d o d e m í, i n f o r t u n a d o !
C o r i f e o . — ¿Cómo puedes decir eso?
(Los soldados de Creonte se van llevándose a Antí
C r e o n t e . — Me llevo a los m íos61.
gona.)
Estrofa. C r e o n t e . — Ya no caminarás nunca más valiéndote
¡Ah, ciudad!
E d ip o . — de estos dos báculos. Pero ya que quieres vencer a tu 850
¿Qué haces, oh extranjero? ¿No la soltarás?
Coro. — patria y a tus parientes — por orden de los cualeshago
835 ¡Pronto probarás nuestros brazos! yo esto, aunque sea también príncipe— , vence. Que con
el tiempo, lo sé, te darás cuenta de que ni tú obras bien
60 E s impío, porque Edipo está b ajo la protección de las para contigo mismo ni antes lo hiciste cuando, en con
Euménides y, sobre todo, porque Ismene, com o Edipo se ima tra de los tuyos, cediste a la cólera que siempre te per- 855
gina, ha sido raptada dentro del recinto sagrado.
judica ®.
61 No hay que olvidar que Edipo le confía a sus hijas pe
queñas. (E dipo Rey 1506.)
62 E l personaje de Edipo se nos presenta en las dos trage
546 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 547
C o rife o . — (A Creonte que había emprendido la mar palabras me defiendo de ti por los hechos que he pa
cha.) No te muevas de aquí, extranjero. decido.
C r e o n t e . — Digo que no me toques. C r e o n t e . — No voy a contener más mi cólera, sino
C o r i f e o . — No te soltaré mientras esté privado de que lo arrastraré por la fuerza, aunque estoy solo y len- 875
éstas. to por la edad.
C r e o n t e . — Pues en ese caso, pronto harás que tu (Avanza hacia Creonte.)
ciudad pague una liberación mayor, porque no sólo voy Antístrofa.
a capturar a estas dos. E d ip o . — ¡Ay, desdichado!
860 C o r i f e o . — ¿Qué estás tramando? Coro. — ¡Con cuánta arrogancia has llegado, extran
C r b o n t e . — C a p t u r a r a é s t e y l le v á r m e lo . jero, si crees que vas a llevar a cabo tal cosa!
C o r i f e o . — Terrible cosa anuncias. C r e o n t e . — Lo creo.
C r e o n t e . — Ten la certeza de que enseguida estará C o r o . — No tendré a ésta 65 por una ciudad, entonces.
de sufrir terribles afrentas de este hombre que está infortunados mortales que están en calidad de supli
aquí. cantes.
T e s e o . — ¿Qué clase de afrentas? ¿Quién es el que Yo al menos, si entrara en tu país, ni aun cuando 925
las ha causado? Habla. tuviera las más justas pretensiones me llevaría a rastras
895 E d ip o . — Creonte, éste, a quien estás viendo, se va a nadie sin contar con el que mandara allí, quienquiera
después de arrebatarme las dos hijas, lo único que que fuese. Antes bien, sabría qué normas debe observar
tengo. un extranjero entre los ciudadanos. Tú, en cambio, aver
T e s e o . — ¿Cómo d ic e s ? güenzas a tu propia ciudad sin que ella lo merezca y , 930
E d ip o . — Has escuchado las cosas que he sufrido. a medida que pasa el tiempo, además de en anciano te
T e s e o . — (A sus criados.) ¿No habrá alguno de los estás convirtiendo en alguien sin sentido común.
servidores que, yendo cuanto antes hacia los altares, obli- Pues bien, lo dije ya antes y lo repito ahora: que
900 gue a que todo el pueblo desde los sacrificios se lance alguien traiga aquí cuanto antes a las muchachas, si es
a toda prisa, a pie o a caballo, allí donde confluyen para que no quieres ser, a la fuerza y no por tu grado, un 935
los viajeros los dos caminos a fin de que no lo sobre meteco 67 en este país. Y esto te lo digo de palabra tanto
pasen las muchachas y yo me convierta, vencido por su como con el corazón.
violencia, en un objeto de irrisión para este extranjero? C o r i f e o . — ¿Ves adonde has llegado, oh extranjero?
Según te ordeno, ve rápido. A pesar de que por los de tu linaje pareces justo, has
905 En cuanto a ése, si yo me dejara llevar por la cólera sido sorprendido en actos indignos68.
de la que es merecedor, no saldría ileso de mi mano. C r e o n t e . — No he cometido tal acción porque consi
Pero ahora a las reglas con las que él mismo se ha pre dere a esta ciudad carente de hombres ni falta de de- 940
sentado, a éstas y no a otras deberá atenerse. (Dirigién cisión, hijo de Egeo, como tú dices; sino pensando que
dose directamente a Creonte.) No saldrás de esta tierra ningún ferviente deseo por los míos les iba a entrar a
910 hasta que te presentes ante mí con aquéllas sanas y sal éstos69, como para alimentarlos en contra de mi volun
vas. Has cometido acciones indignas de mí, de aquellos tad. Sabía que no recibirían a un hombre parricida,
de los que tú mismo has nacido y de tu país, porque, además de impuro, para quien las bodas se revelaron 945
entrando en una ciudad que observa la justicia y que impías por la relación con sus hijos. En efecto, yo sabía
915 nada realiza que esté fuera de la ley y despreciando las que teníais en este país el prudente tribunal del Areó-
leyes vigentes en esta tierra, irrumpes así en ella, te lle
vas lo que deseas y por la fuerza lo pones a tu lado. 67 E s un empleo del térm ino m eteco no exento de ironía.
Te has creído que mi ciudad estaba despoblada o que Meteco se le llamaba al residente que se instalaba voluntaria
tenía una población esclava y que yo para nada contaba. mente en la ciudad por el tiempo que quería.
Sin embargo, Tebas no te ha educado en la maldad, 68 Aquí, también, Teseo intenta desagraviar a la ciudad de
Tebas con la que le unían lazos de hospitalidad, diferenciando
920 pues no gusta de criar hombres injustos, ni podría ala
la actitud concreta de Creonte del com portam iento noble de su
barte si se enterara de que has arrebatado lo que per familia.
tenece a mí y a los dioses, llevándote por la fuerza a 69 A los habitantes de Colono.
550 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 551
pago 70 que no permite que tales vagabundos se instalen consciente de nada de lo que hacía y contra quién lo ha
950 cerca de esta ciudad. Por tener confianza en él es por lo cía, ¿cómo me podrías reprochar justamente un hecho
que me apoderé de esta presa. involuntario?
Y no lo hubiera hecho tampoco si no hubiera lanza Acerca de las bodas con mi madre, que es tu herma
do crueles maldiciones contra mi propia persona y mi na, ¿no te avergüenzas de obligarme a hablar? Ense- 980
linaje en represalia de las cuales, afectado por ellas, guida diré cómo fueron. Pues no voy a callarme después
juzgué conveniente corresponderle con esto. No existe que tú has llegado en tu impío lenguaje a este punto.
955 ningún otro envejecimiento para la cólera a no ser la Me dio a luz, sí, me dio a luz — ¡ay de mis desgracias!—
muerte. Y ningún dolor alcanza a los muertos. Ante esto sin que yo supiera nada ni ella tampoco, y, tras engen
obra como gustes, ya que la soledad me hace estar en drarme a mí, engendró conmigo unos hijos que son su
desventaja, aunque tenga razón en mis palabras. Con propia vergüenza.
todo, contra estos hechos y a pesar de lo avanzado de Pero una sola cosa sé: que tú te complaces en escar- 985
mi edad, procuraré actuar en respuesta. necernos a mí y a ella con esto. Por lo que a mí se
960 E d ip o . — ¡Oh desvergonzada arrogancia! ¿A cuál de refiere, yo la desposé sin que mediara mi voluntad y
los dos ancianos crees que estás injuriando con este len contra mi voluntad estoy hablando ahora de estas cosas.
guaje, a mí o a ti mismo, cuando lanzas por tu boca Pero ni debo ser tenido por culpable por estas bodas ni
contra mí asesinatos, bodas y desventuras que yo, des por el asesinato de mi padre que tú me echas sin cesar 990
graciado, padecí en contra de mi voluntad? Así lo que- en cara con amargos reproches.
965 rían los dioses, tal vez porque estaban resentidos desde Contéstame sólo a una de las preguntas que te voy
antiguo contra mi linaje; ya que no me podrías descu a hacer: si alguien que se hubiera acercado a ti, el justo,
brir en mi propia persona ningún reproche de un pe intentara matarte aquí mismo, ¿acaso te informarías si
cado por causa del cual yo haya faltado así a mí mismo el asesino es tu padre o te vengarías al punto? Me pa- 995
éste le aventaja en eso. De este país tú has intentado C r e o n t e . — Nada de lo que me digas aquí es para
raptarme a mí, anciano suplicante, reducirme a la impo- ser censurado. En nuestra patria también nosotros sa
íoio tencia y marcharte con las muchachas. Por eso hago mi bremos lo que debemos hacer.
súplica yo ahora invocando a estas diosas en mi prove T e s e o . — Amenaza ahora, pero camina. Y tú, Edipo,
cho, y las insto con mis ruegos a venir vengadoras y permanece aquí con nosotros confiado en que, si no 1040
aliadas, a fin de que aprendas por qué clase de hombres muero yo antes, no cesaré hasta hacerte dueño de tus
está defendida la ciudad. hijas.
C o r i f e o . — El extranjero, señor, es honrado. Sus in- E d ip o . — ¡Que recibas beneficios, Teseo, por tu gene
1015 fortunios son tremendamente funestos, pero dignos de rosidad y por los leales cuidados que tienes para nos
que le concedamos ayuda. otros!
T e s e o . — ¡Basta de discursos! Porque mientras los (Salen Teseo y sus 'ascompañantes con Creonte.)
que las han raptado se apresuran, nosotros, que sufri
mos las consecuencias, estamos aquí quietos. C oro.
C r e o n t e . — ¿Qué le ordenas hacer a este hombre Estrofa 1 .a
débil? ¡Ojalá estuviera yo donde las acometidas de los 1045
T e s e o . — Que empieces a caminar hacia allí y que enemigos pronto trabarán un com bate de broncíneo es
1020 me guíes a fin de que, si en esos lugares retienes a las trépito, junto a las orillas píticas o en las riberas ilumi
muchachas, me lo puedas indicar tú mismo al llegar. nadas por antorchasn, donde las augustas diosas73 p r e - 1050
Pero si los que se han apoderado de ellas han huido, no siden los venerables misterios para los mortales, sobre
hay que apenarse. Otros serán los que se apresuren y, cuya lengua está la dorada llave de sus servidores, los
por escapar de ellos fuera de esta tierra, nunca tendrán Eum ólp id as74/
que dar gracias a los dioses. Creo que allí Teseo, el prom otor de combates, y las 1055
1025 Así que ve por delante y sé consciente de que el que dos herm anas aún doncellas pronto se verán mezclados
dominaba es ahora dominado y que el destino se ha en una batalla, en m edio de un victorioso clamor, en esos
apoderado de ti mientras tú te apoderabas de otros. Lo mismos lugares.
que se obtiene con artes poco honestas no se conserva.
Y no encontrarás la ayuda de otro para este fin. Porque 72 E l prim er camino nombrado se llama así p or pasar de
estoy seguro de que tú no has llegado sin un cómplice lante del templo dedicado a Apolo Pítico, a la entrada del paso
de Dafne, a unos nueve kilómetros de Colono, que se unía a las
1030 o sin preparativos a tal arrebato de audacia cual ahora
costas de la bahía de Eleusis. Allí tenía lugar la procesión de las
has mostrado, sino que lo has llevado a cabo confiando antorchas en los grandes misterios de Eleusis, durante el mes
en alguien. Es preciso que yo considere tales cosas y no de septiembre. Una imagen de Y aco era traída en procesión,
permita que esta ciudad sea vencida por un solo hom- desde Eleusis, a Atenas a lo largo del camino sagrado, lo que
form aba una parte fundamental del ritual.
1035 bre. ¿Comprendes mis palabras o te parece que han sido
73 Deméter y Perséfone.
dichas ahora tan en vano como en el momento en que
74 Familia descendiente de Eumolpo que tenía a su cargo
estabas tramándolo? la celebración de los Misterios.
554 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 555’
todo lo ves, tú, su augusta hija, Palas Atenea! ¡Conceded a vuestra edad un breve discurso es suficiente.
a los habitantes de esta tierra que, con fuerza triunfa- A n t íg o n a . — He aquí al que nos salvó. A él debes
1090 dora, realicen una emboscada de feliz presa! Al agreste escuchar, padre, y para ti y para mí se simplificará la
Apolo y a su herm ana perseguidora de moteados ciervos tarea.
de rápidos pies, ruego que lleguen doblem ente protec- E d ip o . — No te admires ante m i insistencia, si me
1095 tores para esta tierra y sus ciudadanos. alargo en la conversación con mis hijas, aparecidas 1120
C o r i f e o . — ¡Ah, extranjero errante! No dirás que tu cuando ya no las esperaba. Pues sé que la satisfacción,
vigía es un falso adivino. Pues veo que las muchachas manifiesta en mí ante su presencia, de ningún otro pro
se dirigen de nuevo hacia aquí con una escolta. cede sino de ti. Tú las has salvado y nadie más. ¡Que
E d i p o . — ¿Dónde, dónde? ¿Qué dices? ¿Qué afirmas? los dioses te procuren lo que yo deseo a ti y a esta tie- 1125
(Entran Antígona e Ism ene con Teseo y su escolta.) rra! Porque sólo entre vosotros de los hombres he en
noo A n t íg o n a . — ¡Oh padre, padre! ¿Cuál de los dioses te contrado yo piedad, honradez y ausencia de falsedad.
556 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 557
Consciente de ello te correspondo con las siguientes pa sentado76 en el altar de Posidón — donde yo estaba ha
labras: tengo lo que tengo por ti, que no por otro de ciendo un sacrificio— , tan pronto como yo me vine aquí.
1130 los mortales. Tiéndeme, oh señor, la mano derecha para E d ip o . — ¿De qué país es? ¿Qué pretende con esta 1160
que la toque y bese tu rostro, si es lícito... actitud de suplicante?
Sin embargo, ¿qué estoy diciendo? ¿Cómo puedo pre T e s e o . — No sé sino una cosa. Pide, según me dicen,
tender, siendo como soy un desdichado, que toques a una conversación contigo breve y sin solemnidad.
un hombre en quien han hecho su m orada todas las E d i p o . — ¿De qué clase? Pues esa postura no es pro
1135 desgracias? Yo por mi parte no te tocaré ni te permi pia de unas palabras sin importancia.
tiré que lo hagas tú. A los únicos mortales que les es T e s e o . — Dicen que pide volverse seguro por este
posible tom ar parte en mi pena es a los que están expe camino después de hablar contigo. 1165
rimentados en ellas. Recibe mi saludo desde donde es E d i p o . — ¿Quién podrá ser el que está sentado en
75 Edipo había dado un paso hacia adelante p ara abrazar a 76 La postura ritual del suplicante era de rodillas y sentado
Teseo, pero, cuando tom a conciencia de su situación, se detiene. sobre las piernas.
558 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 559
m La lista de los siete guerreros argivos que luchan con tra 89 E stos oráculos son los que ya anunció Ismene, y que Po
Tebas está dada en E squilo (Siete contra Tebas 377-652) y en linices conoció antes de venir.
E u r ípid es (Suplicantes 860 y ss., y Fenicias 1104-1188). 90 Juram ento solemne que encontram os otras veces. (Antí
87 E n aplicar las reglas de adivinación según el vuelo de los gona 844.)
pájaros. 91 Eteocles.
88 E xiste en griego un juego de palabras entre el nombre 92 Uno de los frecuentes desajustes con el m ito, según el
propio Partenopeo y el calificativo dedicado a su m adre, par- cual Polinices nunca llegó a ocupar el trono.
thénos.
564 TRAGEDIAS
EDIPO EN COLONO 565
1360 yo, en el mismo infortunio. No es momento de lamen s a s 93, así como a A res94, que ha infundido en vosotros
tarse sino de soportar, al menos por mi parte, estas co dos el terrible odio.
sas mientras viva, con el recuerdo puesto en ti, mi ase Después de oír esto, ponte en m archa y, cuando lle
sino. Pues tú has hecho que viva en esta miseria, tú me gues, anuncia a todos los cadmeos, así como a tus fieles 1395
has arrojado a ella. Por tu culpa soy un vagabundo y aliados, que tal clase de privilegios reparte Edipo a sus
1365 pido a los demás mi sustento de cada día. Y si no hu propios hijos.
biera engendrado a estas hijas que m e alimentan, cierta C o r i f e o . — No me congratulo contigo por tus pasa
mente que, por lo que a ti atañe, ya no existiría. Actual dos avances, Polinices; y ahora vete cuanto antes.
mente a ellas debo mi vida, ellas son mi sustento, ellas P o l i n i c e s . — ¡Ay de mi viaje y de mi fracaso! ¡Ay de 1400
son hombres —no mujeres— para participar en mis fa mis compañeros! ¡Qué final del camino, el que empren
tigas, mientras que vosotros habéis nacido de otro, que dimos desde Argos, desdichado de mí, tan aciago que ni
no de mí. puedo hablar acerca de él a ninguno de los camaradas
1370 Por tanto, la divinidad te contempla, y no del modo ni puedo retroceder, sino que en silencio debo encontrar
que lo hará enseguida, si es que esos ejércitos se ponen me con mi destino! ¡Oh hermanas mías, hijas de éste! 1405
en movimiento contra la ciudad de Tebas. Es imposible Vosotras, ya que habéis escuchado la crueldad de nues
que destruyas esa ciudad; antes caeréis manchados con tro padre en su maldición, ¡por los dioses!, si ésta se
1375 vuestra propia sangre tú y tu hermano. Tales maldicio cumple y si regresáis a casa, no permitáis, al menos, mi
nes lancé yo antaño contra vosotros dos, y ahora apelo deshonra, antes bien depositadme en una tumba y tri- 1410
a ellas de nuevo, para que vengan com o aliadas mías a butadme honras fúnebres9S. Y las alabanzas que os ha
fin de que os dignéis reverenciar a los que os engendra béis ganado por las fatigas que os tomáis con este hom
ron y no seáis desconsiderados si habéis nacido de un bre, se incrementarán con otras no menores por la ayu
1380 padre ciego. Pues éstas no actuaron así. Por ello estas da que me prestéis.
maldiciones tendrán más poder que tu actitud de supli A n t íg o n a . — Polinices, te suplico que te dejes per
cante y tus tronos, si la Justicia celebrada desde antiguo suadir por mí en una cosa.
sigue sentada junto a las leyes de Zeus que rigen desde P o l i n i c e s . — ¿E n qué, queridísima Antígona, dime? i4is
siempre. A n t íg o n a . — Haz volver al ejército a Argos lo más
Tú vete en mala hora, aborrecido y sin contar con pronto posible y no te destruyas a ti mismo y a nuestra
migo como padre, más malvado que nadie, llevándote ciudad.
1385 contigo estas maldiciones que invoco contra ti; que ni P o l in ic e s . — Y a no es posible. ¿Cómo podría hacer
conquistes por la lanza la tierra de nuestra patria ni re
greses nunca a la cóncava Argos, sino que mueras por 93 Las Erinias, en su papel de diosas vengadoras que casti
mano de quien comparte tu linaje y que mates a aquel gan las faltas contra los familiares.
por quien fuiste desterrado. Tales son mis maldiciones, 94 Repetidas veces sale la figura de este dios de m uerte y
1390 e invoco a la odiosa oscuridad paterna del Tártaro para destrucción, nada grato ni entre los m ortales ni entre los in
mortales.
que en ella te preparen morada, e invoco a estas dio- 95 Alusión tardía que hace el poeta a su propia Antígona.
566 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 567
volver de nuevo al mismo ejército porque yo haya sen P o l i n i c e s . — No me persuadas a lo que no debo.
tido tem or en un momento? A n t íg o n a . — ¡A h , qué desgraciada soy si de ti me veo
1420 A n t íg o n a . — ¿Por qué tienes que encolerizarte otra privada!
vez, muchacho? ¿Qué provecho sacarás de asolar tu pa P o l i n i c e s . — De la divinidad depende el que eso sea
tria? así o de otro modo. Yo pido a los dioses para vosotras 1445
P o l i n i c e s . — Es vergonzoso huir y también que yo, dos que nunca os topéis con desgracias, pues, en opinión
el mayor, sea así objeto de burla por parte de mi her de todos, no merecéis ser desgraciadas.
mano. (Polinices sale precipitadamente.)
A n t íg o n a . — ¿No ves que así harás que se cumplan
las predicciones de él, que os anuncian la muerte a los C oro.
1425 dos por vuestras mutuas manos? Estrofa 1 .a
P o l i n i c e s . — Es que lo desea. Nosotros no debemos H e aquí males nuevos, recientem ente llegados a nos
ceder. otros, penosos males que provienen del ciego extranjero,
A n t íg o n a . — ¡A y de mí, desgraciada! ¿Quién se atre a no ser que la Moira no disponga otra cosa. Pues no 1450
verá a seguirte si escucha lo que este hombre ha profe puedo decir que ninguna resolución de los dioses sea
tizado? vana. Lo ve, lo ve siem pre el Tiempo, precipitando y e n - 1455
P o l i n i c e s . — No anunciaremos desastres, porque es grandeciendo las mismas cosas de nuevo en un día. (Se
1430 propio de un buen estratego decir lo bueno y no lo malo. oye un trueno.) E l cielo ha retum bado, ¡oh Zeus!
A n t íg o n a . — Así, pues, muchacho, ¿estás decidido a E d ip o . — ¡Oh hijas, hijas! ¿Cómo podría cualquier lu
ello? gareño hacer que viniese aquí Teseo, el más noble de
P o l i n i c e s . — Sí, y no me retengas. Es a mí a quien todos?
tiene que im portar este camino, si es desdichado o si A n t íg o n a . — Padre, ¿con q u é pretensión lo llamas?
1435 funesto a causa de nuestro padre y de sus Erinias. A vos E d ip o . — Este trueno alado de Zeus me llevará pron- i460
otras, en cambio, que Zeus os colme de gracias si me to al Hades. Ea, enviad a buscarle cuanto antes.
cumplís esto cuando esté m uerto, porque vivo ya no (Se oye tronar más fuerte.)
me volveréis a abrazar. Soltadme y a 96. ¡Adiós! Y a no me
Antístrofa 1 .a
veréis más con vida.
V ed: un enorm e, trem endo ruido, helo aquí, enviado
A n t íg o n a . — ¡A h , d e s g r a c ia d a d e m í!
P o l in ic e s . — No g im a s por m í. por Zeus se abate sobre la tierra. E l espanto m e invade 1465
1440 A n t íg o n a . — ¿Y quién no te lloraría, hermano, si hasta las puntas de los cabellos de mi cabeza. Se asusta
mi corazón. E n el cielo los relámpagos brillan de nuevo.
claramente te precipitas al Hades?
P o l i n i c e s . — Si es preciso m oriré.
¿Qué final nos deparará? Me da m iedo, nunca se presen - 1470
ta 97 en vano sin que algo grave sobrevenga. ¡Oh inmenso
A n t íg o n a . — No, hermano; antes bien, sigue mi con
Éter! ¡Oh Zeus!
sejo.
96 E sto hace suponer que estaban abrazados. 97 La torm enta, en sí misma, es siempre un peligro para los
EDIPO EN COLONO 569
568 TRAGEDIAS
(Llega apresuradamente Teseo.)
E d ip o . — ¡Oh hijas! Llega sobre mí el final de la vida T e s e o . — ¿Qué revuelo de voces provocáis, claras las 1500
determinado por los dioses y sin que haya escapatoria. de los ciudadanos y clara también la del extranjero?
A n t íg o n a . — ¿Cómo lo sabes? ¿De qué lo has dedu ¿No será acaso un rayo de Zeus, o la espesa granizada
cido? que ha descargado? Todo es posible suponer cuando la
1475 E d ip o . — Lo sé bien. Que lo más pronto posible vaya divinidad produce una tempestad semejante.
alguien y me traiga al soberano de este país. E d ip o . — Señor, te has mostrado ante quien lo es- isos
(Se oyen más truenos.) taba deseando. Algún dios ha dispuesto para ti la buena
fortuna de este viaje.
C oro. T e s e o . — ¿Qué hay de nuevo esta vez, hijo de Layo?
Estrofa 2 .a E d ip o . — E s e l tr a n c e d e c is iv o d e m i v id a y n o q u ie
¡Ah, ah, mirai De nuevo nos envuelve p o r todas par r o m o r ir d e fr a u d á n d o te a ti y a e s t a c iu d a d en lo q u e
tes el estridente ruido. Sé propicio, sé propicio, oh dios, p ro m e tí.
1480 si es que a la tierra nutricia traes algo misterioso. ¡Que T e s e o . — ¿E n qué señal te basas de que se trata de 1510
encuentre en ti un feliz destino y que, no por haber visto tu muerte?
a un hom bre maldito, obtenga yo un agradecimiento sin E d ip o . — Los propios dioses, como heraldos, m e lo
1485 provecho! Zeus soberano, a ti m e dirijo. anuncian y en nada me engañan de las señales conveni
E d i p o . — ¿Está cerca nuestro hombre? ¿Me encon das.
trará aún con vida y capaz de controlarme en mis pen T e s e o . — ¿Cómo dices, oh anciano, que te lo hacen
samientos? manifiesto?
A n t íg o n a . — ¿Cuál es la prueba de confianza que
/ E d ip o . — Los truenos que incesantes se repiten y los
quieres depositar en su ánimo?
numerosos dardos que relampaguean procedentes de i5i5
E d ip o . — A c a m b i o d e lo s b i e n e s q u e m e o t o r g ó , q u e -
una mano invencible.
1490 r í a o f r e c e r l e u n a r e c o m p e n s a t a n g ib l e , l a q u e l e p r o m e t í
T e s e o . — Me convences. Veo que has profetizado mu
a l o b te n e rlo s .
chas cosas y no falsas. Lo que hay que hacer dímelo.
E d ip o . — Yo te explicaré, hijo de Egeo, las ventajas
C oro.
que habrá para ti y para esta ciudad sin las penas de la
Antístrofa 2 .a
vejez. Yo mismo, sin guía, voy a conducirte pronto al lu- 1520
¡Ah, ah, hijo, ven, ven! Aunque te encuentres ofren-
gar donde debo morir. Pero tú no digas jam ás a hombre
1495 dando bueyes en lo más hondo de la gruta, en el altar de
alguno ni dónde está oculto ni en qué pasaje se encuen
sacrificios, al marino dios Poséidon, ven. Pues el extran
tra, a fin de que te sea siempre una protección mayor
jero os consideraba ti, a la ciudad y a los amigos, m ere
que muchos escudos y que la lanza de los vecinos alia- 1525
cedores de devolveros el favor p o r el trato recibido.
dos. Las cosas más sagradas que no se pueden remover
¡Apresúrate, ven, oh rey!
con palabras, tú mismo las aprenderás cuando allí acu
das solo, porque yo no podría decirlas a ninguno de estos
griegos. E l Coro piensa que algún mal les acecha p o r culpa del
extranjero.
570 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 571
ciudadanos, ni siquiera a mis hijas, amándolas como las está en contacto contigo! Pues ya estoy haciendo el úl
amo. timo trecho de mi vida para ocultarm e en el Hades. Tú,
1530 Y tú guárdatelo siempre para ti mismo y, cuando el más querido de los huéspedes, tú mismo, este país y
llegues al final de la vida, indícaselo sólo al m ejor y que los que te siguen, sed felices y en el éxito acordaos de 1555
él no deje de revelárselo al siguiente. E s así como habi mí, aunque muerto, para vuestra duradera felicidad.
tarás una ciudad que no será devastada por los hombres (Salen todos detrás de E dipo: sus hijas, Teseo y los
1535 «sem brados»9S. Innumerables ciudades, aunque uno las servidores.)
gobierne bien, caen en la insolencia con facilidad. Pero
los dioses se dan buena cuenta, a pesar de que haya pa C oro.
sado el tiempo, de cuando alguien se vuelve hacia la lo Estrofa.
cura con desprecio de las normas divinas. E sto no quie Si m e es licito adorar con súplicas a las diosas invi
ras experimentarlo tú, hijo de Egeo. sibles y a ti, rey de las tinieblas, Edoneo, E d o n e o 103, con- i560
Sin duda que estamos enseñando algo a quien ya es cededm e que sin penas y sin lamentos de m uerte des
1540 conocedor de ello. Pártamos ya hacia el paraje, pues la cienda el extranjero al Uano de los m uertos, el que a to
señal enviada por el dios me apremia, y no dejemos ya dos oculta, a la morada estigia. Que, tras haberle llegado 1565
el camino. ¡Oh hijas!, seguidme allí, que ahora soy yo el tantas inútiles penas, un dios justo le ensalce de nuevo.
que me convierto en un desusado guía para vosotras " ,
Antístrofa.
como antes lo erais para vuestro padre. (Edipo avanza
¡Oh diosas infernales y fiera inven cible104 de quien
con paso firm e y decidido, como si un dios le guiara.)
se tiene noticia de que, en las muy visitadas puertas, te 1570
1545 Avanzad y no me toquéis, sino dejad que yo mismo
a c u e s t a c o m o guardián indómito junto al Hades y gru
descubra la sagrada tumba en donde está destinado que
ñes desde su cueva! Yo te suplico, hijo de la Tierra y del
mi persona sea enterrada en esta tierra. Por aquí, por
Tártaro, que éste deje libre el paso para el extranjero 1575
aquí avanzad.
que se dirige hacia las llanuras profundas de los m uer
Por este camino me conducen el mensajero Her tos. A ti te invoco, a la que das un sueño e te rn o 105.
mes 100 y la diosa de los infiernos 101. ¡Oh luz que no per- (Llega un mensajero.)
1550 cibo m, antes eras mía y ahora mi cuerpo por última vez M e n s a je r o . — Ciudadanos, en breves palabras podría i580
decir que Edipo ha muerto. Pero, acerca de lo que ha
98 Los tebanos o cadmeos nacidos de los dientes sepultados ocurrido, ni el relato puedo hacerlo brevemente ni son
del dragón que sembró Cadmo.
breves los hechos que allí tuvieron lugar.
99 Un efecto dram ático muy conseguido es, según Jebb, el
que aquí encontramos cuando el, hasta ahora, torpe e indeciso
ciego se convierte en guía p ara los demás. ciego Edipo hay un m ayor dram atism o cuando tiene que decir
100 Herm es, invocado aquí com o conductor de las almas de estas palabras.
los m uertos. 103 Edoneo, otro nombre de Hades.
ιοί Perséfone. 104 Se tra ta de Cerbero, que vigila la entrada al Hades.
102 La despedida habitual de la vida se h ace apelando a la 1® Posiblemente la divinidad a que se refiere es Thánatos,
luz del día (véanse Áyax 856, Füoctetes 415, etc.). E n el caso del la Muerte.
572 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 573
C o r if e o . — ¿Ha muerto entonces, desdichado? deseaba, tronó Zeus infernal y las muchachas se estre
M e n s a je r o . — Ten por cierto que él ha abandonado mecieron cuando lo oyeron y, caídas a los pies de su
su vida. padre, lloraban y no dejaban de darse golpes de p ech o 108
1585 C o r if e o . — ¿ C ó m o ? ¿A caso con un d e s tin o d iv in o ni de lamentarse continuamente. Y él, cuando oyó este i6io
q u e s e lo h a h e c h o f á c i l ? repentino y amargo lamento, abrazándolas dijo: «¡Oh
M e n s a je r o . —
Esto precisamente es lógico que sea hijas, no tenéis ya padre en este día! Está muerto todo
digno de admiración. Cuando salió de aquí —y tú que lo mío y ya no tendréis que afanaros por mi alimento.
estabas presente lo sabes— no le servía de guía ninguno E ra duro, hijas, lo sé. Pero una sola palabra os redime 1615
de los suyos, antes bien, él en persona nos guiaba a to- de todas estas penalidades: no podéis haber recibido de
1590 dos nosotros. Una vez que llegó al abrupto camino só nadie un amor mayor que de este anciano sin el cual
lidamente arraigado desde la tierra por broncíneos ci vais a pasar desde ahora el resto de vuestra vida.»
mientos 106, se detuvo en uno de los senderos que se bi De esta manera, teniéndose abrazados entre sí, to- I620
furcan, cerca de la cóncava hondonada de la roca, donde dos se lamentaban entre sollozos. Cuando hubieron pues
reposan los pactos de lealtad eterna entre Teseo y Pirí- to fin a sus plañidos y ningún grito se emitía, se hizo el
1595 to o 107. A partir de aquí, colocándose en el medio, entre silencio. De repente una voz de alguien le llama a gritos
la roca Toricia y el peral silvestre hueco y la tumba de de tal modo que a todos se nos erizan súbitamente los 1625
piedra, se sentó. cabellos por el terror. Un dios le llama repetidas ve
A continuación se liberó de las mugrientas ropas, y ces 109 de distintas maneras: «¡Eh, a ti, a ti, Edipo! ¿A
entonces, llamando a sus hijas, les ordena que traigan qué esperamos para m archar? Y a hace rato que hay re
de algún manantial agua para lavarse y para las libacio- traso por tu parte.» Y cuando él se da cuenta que la
1600 nes. Ellas, dirigiéndose a la colina que tienen ante sí divinidad le llama, manda que se le acerque Teseo, rey 1630
dedicada a Deméter, la que produce verdor en los cam del país, y una vez que lo hizo, le dijo: «¡Oh amigo que
pos, llevaron con prontitud a su padre este encargo y le rido! Da con tu mano a mis hijas la antigua garantía y
arreglaron con los baños y con la ropa con que se acos vosotras, hijas, a él, y promete que nunca las abandona
tumbra. rás por tu voluntad y que cumplirás cuantas cosas de
Tan pronto sintió la satisfacción de que todo estaba bas, creyendo honradamente que les son convenientes 1635
1605 realizado y que no quedaba ya por hacer nada de lo que siempre para ellas.» Y él, noble como es, sin lamentacio
nes, accedió bajo juramento a cumplir tales cosas para
106 Existía la creencia popular de que la gruta de Colono se el extranjero.
comunicaba con el mundo subterráneo. Parece que se habían
Tan pronto hubo hecho esto Edipo, poniendo sus cie
construido unas gradas artificiales para señalar la bajada.
107 Teseo descendió con Pirítoo, rey de los lapitas, a los in gas manos en sus hijas, dice: «Hijas mías, es preciso que 1640
fiernos para ayudarle a traerse a Perséfone; pero ambos fueron
hechos prisioneros por Hades. Más tarde, Teseo fue liberado por 10*Gestos de dolor entre las mujeres griegas.
Heracles cuando bajó a captu rar a Cerbero; pero, al ir a liberar 109 E ste dios debe de ser Caronte, genio del mundo infernal.
a Pirítoo, la tierra tembló y el héroe entendió que los dioses no Su misión era p asar a las almas a través de los pantanos del
querían. Aqueronte hasta la orilla opuesta del río de los muertos.
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EDIPO EN COLONO 575
1655 tierra y al Olimpo de los dioses en la misma plegaria. ¿ Y cómo no, si a él ni Ares ni el Ponto le salieron al i680
Pero de qué muerte pereció aquél no podría decirlo encuentro, sino q ue las praderas tenebrosas se lo traga
ni uno solo de los mortales excepto Teseo. No le mató ni ron, llevado por un oscuro destino? ¡Desdichada de mí!
mo el rayo portador del fuego de una deidad ni un torbe Una noche de m uerte nos ha caído sobre nuestros ojos.
llino que del m ar se hubiera alzado en aquel momento. ¿Cómo, vagando p o r algún distante país o por las olas 1685
Más bien, o algún mensajero enviado por los dioses o el del xnar, podrem os obtener los medios de vida tan difí
sombrío suelo de la tierra de los muertos le dejó paso ciles de soportar?
benévolo. El hombre se fue no acompañado de gemi I s m e n e . — No sé. ¡Que el m ortífero Hades se apo- i690
dos y de los sufrimientos de quienes padecen dolores, dere de mí, desventurada, para unirm e con la m uerte a
1665 sino de modo admirable, cual ningún otro de los m orta nuestro anciano padre! P orque para m í la vida que nos
les. Y si doy la impresión de que no hablo con sensatez, resta no es soportable.
tampoco suplicaría a los que no les parezco cuerdo uo. C o r o . — ¡Ah, vosotras, las dos excelentes hijas! ¡Lo
C o r i f e o . — ¿Y dónde están las hijas y los que las que redunda en un bien y procede de la divinidad hay 1695
escoltaban de los nuestros? que soportarlo! No os consumáis en exceso, pues no os
M e n s a je r o . — No están lejos. Las voces de sus la ha sucedido nada que sea reprobable.
mentos son nítidas y nos indican que se acercan aquí.
Antístrofa 1.a
A n t íg o n a . —
Una cierta añoranza hay incluso de los
males. Pues lo que de ningún modo sería querido, lo era
110 Es decir que no va a pretender parecer lógico, porque se
da cuenta de lo absurdo del relato que responde a hechos en cuando a él lo tenía entre mis brazos. ¡Oh padre! ¡Oh 1700
sí nada comunes.
ni E s decir, en su muerte.
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querido! ¡Oh tú, envuelto en la eterna oscuridad bajo — Condúcem e y m átam e a mí también.
A n tíg o n a .
tierra, ni atínque te hayas ido te encontrarás sin m i ca Is m e n e . — ¡Ah, ah, desventurada! ¿Cómo entonces, de 1735
riño y el de ésta! nuevo sola y sin saber adonde ir, soportaré m i desgracia
C o r o . — Acabó... da vida?
A n t íg o n a . — Acabó cual deseaba.
nos C o r o . — ¿Cómo? Antístrofa 2 .a
A n tíg o n a . — Ha m uerto en la tierra extranjera que C o ro . — Amigas, nada temáis.
quería, y abajo tiene un lecho bien som breado para A n t í g o n a .— Pero ¿adonde voy a huir?
s ie m p re m . No dejó un duelo sin lágrimas. Pues estos C o r o . — Tam bién antes habéis escapado las dos.
mo ojos míos, ¡oh padre!, se lamentan con lágrimas. Y no A n tíg o n a . — ¿De qué?
sé, ¡desventurada!, cómo debo hacer para suprim ir tanto C o r o . — De sucum bir m íseram ente. 1740
A n t í g o n a . — Estoy pensando...
dolor p or ti. ¡Ay de m í! Sob re tierra extranjera desea
bas morir, p ero lo has hecho así, separado de mí. C o r o . — ¿Qué es lo que piensas?
1715 I s m e n e . — ¡Oh desdichada! ¿Qué destino nos espera A n tíg o n a . — No sé cóm o vamos a volver a casa.
rao C o r o . — Pero ya que felizm ente cumplió el desenlace A n tíg o n a . — La fatiga se apodera de mí.
de su vida, haced cesar esta aflicción. Pues ninguno está C o r o . — Ya antes te poseía.
al abrigo de los males. A n tíg o n a . — Antes situaciones difíciles y ahora aún 1745
peores.
Estrofa 2 .a Í S o r o . — Una gran cantidad de males os han tocado
— Partamos de nuevo, querida.
A n t íg o n a . en suerte.
I sm en e.— ¿Para qué? A n tíg o n a . — Sí, sí.
1725 A n t íg o n a . — Un deseo m e dom ina... C o r o . — Yo también lo confirmo.
I s m e n e . — ¿Cuál? Dímelo. A n tíg o n a . — ¡Ay, ay, adonde irem os, oh Zeus! ¿A qué mo
A n t íg o n a . — V er la subterránea m orada... situación por presentarse nos em puja aún el destino?
I s m e n e . — ¿De quién? (Aparece Teseo.)
A n t íg o n a . — De nuestro padre, ¡infortunada de mí! T eseo. — Cesad vuestros lamentos, hijas. No se debe
1730 I s m e n e . — ¿ Y cómo va a ser lícito esto? ¿E s que no estar en duelo cuando el favor de los m uertos se nos ha
lo ves? dado a todos. Provocaría venganza divina.
A n tíg o n a . — ¿Por qué m e increpas? A n tíg o n a . — ¡Oh hijo de Egeo! Nos echamos a tus
Is m e n e . — Y, además, q u e ... pies.
A n t íg o n a . — ¿Qué hay más? T e s e o . — ¿Qué deseo queréis conseguir, oh hijas?
I s m e n e . — Que m urió sin tumba, separado de todo. A n tíg o n a . — Nosotras en persona querem os ver la 1755
tumba de nuestro padre.
h2 Una tum ba bien oculta, de modo que no podrían llevarse T e s e o . — Pero no está perm itido ir allí.
su cuerpo los que lo desearan. A n tíg o n a . — ¿Cómo dices, rey soberano de Atenas?
V
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