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SÓFOCLES A seso r p a r a la secció n g rieg a : Carlos G arcía G ual.

S eg ú n la s n o rm a s d e la B. C. G., la tr a d u c c ió n d e e s ta o b ra
h a sid o re v is a d a p o r Carlos G arcía G ual.

TRAGEDIAS
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1981.

INTRODUCCIÓN DE

JOSÉ S. LASSO DE L A VEGA

TRADUCCIÓN Y NOTAS DE

ASSELA ALAM ILLO

Depósito Legal: M. 31103-1981.

ISBN 84-249-0099-5.
Impreso en España. Printed in Spain.
EDITORIAL GREDOS Gráficas Cóndor, S. A., Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1981. — 5305.
δ TRAGEDIAS

Disfrutó largo curso m ortal. El siglo tenía tres o


cuatro años cuando él nació: había nacido en el 497/6,
año arriba, año abajo, y m urió en el 406/5. Su vida se
extiende por casi todo el siglo opulento y glorioso, el
Cuatrocientos griego: vivió los años cima de la grande­
za de Atenas y también, el comienzo de su inevitable
ocaso, cuando le llegaba la hora de la ruina; pero tuvo
INTRODUCCIÓN GENERAL la suerte de no presenciar el choqúe brutal de la de­
rro ta 1.
Hay días, hay horas en los anales del m undo que
valen por siglos. Uno de ellos fue cuando una suerte di­
Vida vina favoreció a los griegos y éstos hicieron comer tie­
rra a la grey persa. En la Vida anónim a de Sófocles
Nace en el seno de una familia pudiente. Rico por (datable en el siglo i a. C .)2 encontram os un sincro­
su casa, se cría en los «encantos de la burguesía»: una nismo ingenioso en tom o al año (480) de la victoria na­
educación esmerada, el trato consiguiente con gentes val de Salamina. Esquilo participó como combatiente
aupadas. Su padre, Sófilo, era un industrial armero, ac­ y un hermano suyo (asido al espolón de nave enemiga)
tividad muy alejada de la literatu ra desinteresada y prestó el cruento sacrificio de su vida. Desnudo a la
más lucrativa que ella (fabricante de arm as fue tam ­ usanza griega y tocando la lira, Sófocles, jovencito de
bién el padre de Demóstenes). En Sófocles, como quien diecisiete años, condujo el coro pueril que entonaba el
era y de quien venía, el respeto a la tradición heredada peán celebrativo. Ese año, Eurípides saludó al m undo
de los mayores se compenetra espontáneam ente con el con el prim er berrido. En torno a esa fecha coinciden­
espíritu de progreso, lo vigorosamente innovador con te se centra el triángulo de la tragedia ateniense, con
lo tradicional que, al aceptar, renovaba, transm itiéndo­ sus tres vértices, adulto, adolescente y naciente: si non
lo igual y distin to'a los que vinieron tras él. No fue un è vero... So capa de ingenuidad, la combinación pura­
espíritu estacionario, de los que se quedan en el pasa­ m ente conjetural de la biografía antigua esconde un
do; pero sí de los que renuncian al salto a partir de la
nada. Cuando joven, no nos lo imaginamos ni e n ‘el gre­ 1 Más pormenores biográficos en W. Schmid, Geschichte der
mio de los dóciles ni en el de los disfrazados de rebel­ griechischen Literatur, I, 2, Munich, 1934, págs. 309-325; G. P e r r o t-
des, dóciles con el signo menos, que se creen indepen­ ta , Sofocle, Mesina, 1935 (reimpr. Roma, 1963), págs. 1-58; T. B. L.
dientes porque son indisciplinados. Si su obra tuvo W eb ster, An Introduction to Sophocles, Oxford, 1936 (reimpr. Lon­
tanta fuerza entre sus contemporáneos y eficacia tan ta dres, 1969, con «addenda»), págs. 1-17.
2 El texto griego de Sophokléous génos kal bíos suele prece­
en lo porvenir,' fue porque se apoyaba profundam ente der a todas las ediciones griegas de Sófocles (salvo la de Dawe,
en la historia, en la raza y en el pueblo de cuyas en­ que tiene también esta originalidad). La traducción de P. Mazon
trañas salía, y ese am or intenso le llevaba a una visión la editó, con algunas notas propias, A. D a in , «La Vie de Sopho­
de Atenas como empresa creadora de futuro. cle», Lettres d'Humanité XVII (1958), 3-6.
INTRODUCCIÓN GENERAL 9 10 TRAGEDIAS

sabio contraste. Al severo Esquilo se contrapone el jo­ y cuando aquél tronaba sobre Atenas, desempeñó Sófo­
vial Sófocles, seguramente. Pero hay algo más. Lo que cles altas m agistraturas: en el 443/2, en un momento
fue positivamente para quien la vivió, aquella aventura particularm ente delicado, adm inistró la hacienda de la
decisiva para el destino de Grecia, es cosa que acompa­ Liga ateniense, o sea, el tesoro de Atenas y el de una
ñó al «soldado de Maratón», Esquilo, toda su vida. En cuantía de repúblicas; en el 441-439, en la Guerra Sa­
cambio, p ara Eurípides, hijo del 480, aquello rem onta­ mia, fue estratego juntam ente con Pericles y, por cier­
ba a una época anterior a su propia vida, era un pasado to, vencida la flota ateniense, que teóricam ente capita­
que encontraba solamente bajo especie de recuerdo de neaba el general-poeta, po r la que m andaba Meliso, un
otros. Para Esquilo, un ejemplo, inmediato, de expe­ general-filósofo, y eleata p o r más señas; en el 428 pue­
riencia. Para Eurípides, un pasado que ya está pasado. de que fuera otra vez estratego en el conflicto armado
Para Sófocles era un recuerdo infantil, pero propio y con los Anaítas; y, según alguno4, tam bién con Nicias,
que le acompañó en su juventud, al entrar en la nueva en el 423/2. Después del 421 (aquél fue el año de la Paz
época que bautizamos con el nom bre de Pericles. ¿Será de Nicias), Sófocles no parece haber tenido cargos po­
ligereza contemplar, en el sincronismo de m arras, el líticos; pero, consecutivamente al desastre de Sicilia,
símbolo del modo de pensar de u n poeta que se sentía ha pertenecido, en el 413-411, al suprem o Consejo de
muy de su tiempo, pero tam bién m uy dentro de la tra ­ los Diez Probulos (Aristóteles, Ret. III 18, 1419 a 26).
dición heredada, del poeta que si, una vez, ha llamado Lo dice, y lo dice casi bien, el biógrafo de la Vida
al hom bre «lo más terrible» (Antígona 332-375), esto anónima, cuando asegura que Sófocles como político no
es, campo de batallas donde alternan maravillas y ho­ era gran cosa, pero sí «un buen ateniense». Por modes­
rrores, otra, ha considerado a los hom bres, diminutos, ta, sin embargo, que haya sido la influencia de Sófocles
iguales a «nada» (Edipo Rey 1186-1188), la palabra más como hom bre público, si su pueblo, el alto y el bajo, le
horrible que puede pronunciar una boca viva? Son dos confió sus soldados y sus dineros en horas agudas, fue
ejemplos, tomados entre otros. porque confiaba en su crédito m oral para cum plir la
Su relieve en Atenas no fue sólo literario. No se li­ encomienda. En su elección como estratego en el 441
m itó a participar, como ciudadano raso, en los actos influyó, según el biógrafo, el éxito de Antígona. Una
civiles, sino que condujo una vida política activa en crítica positivista se apresura a afirm ar que aquí trope­
cargos útiles a la rep ú b lica3. A su espíritu clarividente zamos con el típico error post hoc, ergo propter hoc.
no se le ocultaría la dirección que tom aba la vida po­ Tal vez. Se comprende perfectam ente que no se trataba
lítica en Atenas bajo la agencia de Pericles y luego de de prem iar con el generalato al buen dram aturgo: la
que el Areópago perdiera su influencia en el 462. El historia ofrece pocos casos de ta n herm oso prodigio.
caso es que Pericles (a quien sus contiguos aplicaban Pero acaso, y con toda seguridad, fue el buen sentido
el cognomento de «el Olímpico») fue su «jefe político» político (política, en la acepción m oral de la palabra)
evidenciado en esa pieza p or un dram aturgo que hace
3 Cf. V. E h ren b e rg , Sophokles und Perikles, Munich, 1956,
páginas 144-173. Una actitud hipercrítica adopta H. C. Avery, «So­ 4 H. D. W estlake, «Sophocles and Nicias as colleagues», Her­
phocles’ political career», Historia XXII (1973), 509-514. mes LXXXIV (1956), 110-116.
INTRODUCCIÓN GENERAL 11 12 TRAGEDIAS

decir al hijo del . tirano «una ciudad que pertenece a dios Asclepio, traída de Epidauro, y le dedicó u n altar
uno solo, no es una ciudad» (v. 737), el que le atrajo la y un himno, ejerciendo el oficio de preste de los héroes
sim patía de muchos espíritus francos y graves y le abrió Halón y Amino. Es poco decir que el sacerdocio era allí
un crédito liberal en cuanto a cum plir con perfecta «acto político». La verdad es que ideas m uy arraigadas
honestidad las obligaciones de su cargo. en lo religioso (como «mancha», «purificar», «sanar»)
En correspondencia ferviente al am or de sus convilla­ tienen particular im portancia en la obra conservada
nos, amó Sófocles a su ciudad. Como «el más amante de Sófocles 6. Otra anécdota: un día fue robada una co­
de Atenas», lo pondera el biógrafo y señala (Vita 10) rona de oro de la Acrópolis, Heracles le reveló al poeta
que, por no abandonar físicamente Atenas, rechazó las el lugar donde estaba escondida y Sófocles, con el pre­
invitaciones de príncipes poderosos. Términos obliga­ mio conseguido, edificó un santuario al héroe Denun­
dos de comparación son Esquilo y Eurípides, rindiendo ciador (una especie de San Antonio, buen auxiliador en
el viaje de la corte siracusana de Hierón y macedónica la recuperación de objetos perdidos).
de Arquelao, respectivamente. En otro sentido, en cuan­ Como poeta dram ático tuvo una gloria popular y
to mínimam ente extranjerizado, lo es Sócrates, el gran plebiscitaria. Su prim era intervención en el teatro, en
urbano; pero éste no se llevaba bien con todos sus el 468, fue prem iada con el máximo galardón, en com­
conciudadanos, por tanto m oscardearlos. (Es de adver­ petencia con Esquilo. Tomó parte en treinta concursos
tir que el círculo socrático ha simpatizado particular­ trágicos, año tras año en la tem porada teatral (o sea;
m ente con la tragedia sofoclea5.) en las grandes fiestas dionisíacas), a lo largo de más de
Esa arm onía entre la tradición y la novedad (y no sesenta: dieciocho veces el jurado popular le otorgó el
necesariam ente un cambio de su m odo de sentir, con­ prim er prem io (lo que hace un total de setenta y dos
form e iba em pujando el volumen de su vida) explica piezas premiadas, y aún hay que añadir seis victorias
algún aparente contradicho biográfico. Como amigo de en las fiestas Leneas); nunca quedó el tercero. El pue­
Pericles, nuestro poeta debió de conocer y tratar, en el blo bonachón le amaba con un afecto obtenido en reci­
círculo pericleo, a una nueva generación ateniense, en procidad graciosa al que el poeta le profesaba. Esto le
filosofía y literatura, que hacía alarde de gran tibieza libró de caídas monum entales en su carrera dramática,
en m ateria de religión. De ese lado soplaban las co­ como las que a Eurípides le am argaban la vida y le
rrientes (a veces, esas corrientes son un vendaval). No turbaban el sosiego. Sófocles acertaba, en el más ele­
olvidemos el caso Anaxágoras que, de no ponerse en vado sentido, con los gustos y disgustos de sus contem­
cobro oportunam ente, acaso hubiera sido expilado y poráneos. Eurípides, en algunas cosas, hasta tal punto
quemado (quiero decir, suprim ido) por ateo. Pero a se adelanta a su tiempo y anuncia la dram ática del por­
ese mismo Sófocles, amigo de Pericles, lo conocía su venir lejano, que nos parece un dram aturgo aquejado
pueblo con el bienaventurado vocablo de theosebésta- del «mal del siglo»... xix. Quizás p or esto, algunas pie­
tos, como el hom bre más piadoso del mundo, desde zas suyas triunfaron sólo en el escándalo y el poeta
que, en el 420, acogió en su propia casa la estatua del
6 Cf. L. M o u lin ie r, Le pur et l’impur dans la pensée des
5 Cf. Jen o fo n te, Memorables I 4, 3. Grecs d’Homère à Aristote, Paris, 1952, págs. 147 sigs.
INTRODUCCIÓN GENERAL 13 14 TRAGEDIAS

que, como es natural, consideraría su propia obra alta que era un apasionado y muy vulnerable. Cicerón (De
como la luna, tan ladrada de perros, vivía amargado. offic. I 40) y Plutarco (Pericl. 8, 8) nos recuerdan el
La «felicidad» de Sófocles era proverbial en Atenas y, siguiente chichisveo: como en medio de una muy seria
asimismo, su buen carácter (Aristófanes, Las ranas 82). deliberación política llam ara el poeta la atención de
En sus tratos diarios de sociedad tenía un encanto hu­ Pericles sobre un bello muchacho, hubo de oír del es­
m ano particular. Un botón de m uestra: cuando m urió tadista lo que Cicerón llama iusta reprehensio: «un
Eurípides (más joven que Sófocles, pero a quien éste caudillo debe tener no solamente manos puras, sino
sobrevivió unos meses), tuvo Sófocles el bello gesto de tam bién ojos puros». No m ucho después del 460, algo
presentar en el teatro a su propio Coro enlutado y sin menos que treinteno, desposó a N icóstrata, quizás im­
corona, en duelo por su rival, cuya m uerte estaba re­ perfecta casada, de la que hubo u n hijo, Yofonte, de
ciente. En la vejez se dijo que estuvo un poco tocado oficio dram aturgo como el padre. Ya cincuentón tras­
de la m anía del dinero, de cierta cicatería o codicia pe­ puesto, cayó en am or con Teóride de Sición, m eretriz
cuniaria, pasando de ahorrativo a tacaño: que, por aho­ respetuosa, y se envolvió con ella: de este am or nació
rrarse el alquiler de un barco, era capaz de «darse a la Aristón, padre de Sófocles el Joven, poeta trágico y
m ar sobre una estera» (Aristófanes, La Paz 695-699). nieto predilecto del abuelo, por encima de otro nieto
Este cargo y arruga de su vejez, de ser fundado, empa­ homónimo y legítimo. Por cierto que algunos filólogos 7
ñaría muy poco, relativam ente a las normales choche­ han atribuido esta historia del casam iento con Nicós­
ces de otros viejos, la imagen de su buen carácter. trata y del am or a Teóride a una mala interpretación,
Estuvo adornado de perfección de rostro y cuerpo por chiste verbal, de un verso del poeta (fr. 765); pero
muy cumplida. La voz, algo débil, fue uno de los pocos aquí el único chiste es el de esos filólogos (el chiste de
dones naturales que le habían sido negados. Por esto, filólogo que, rara vez, hace reír y, alguna, hiela la san­
quizás ( ¡pero recordemos a Demóstenes! ), no se dis­ gre), pues ni Aristón ni Sófocles el Joven son produc­
tinguió en la oratoria pública, como otros políticos que tos de la imaginación.
aspiraban a dirigir la ciudad con el tim ón de sus larin­ Muy viejo ya y como algún im pertinente le pregun­
ges; y, por esto, tampoco representó en persona pape­ tara si era capaz todavía de cohabitar con m ujer, «No
les de sus dramas, sacando alguna excepción: la Nau­ digas palabras de mal agüero. ¡Qué beneficio escapar
sicaa lavandera jugando a la pelota y el Támiris porta- de un amo rabioso! », replicóle en bello elogio de la
liras tañendo el instrum ento. Porque, eso sí, de joven edad que lleva aparejada consigo la inmunidad contra
se distinguió en los ejercicios gimnásticos (Eurípides, ciertos enardecimientos (Platón, República 329 b). Las
en cambio, detestaba el deporte), danzaba extremada­ ocurrencias certeras de Sófocles eran famosas. En la
m ente y de la música sintió siem pre Sófocles toda la Atenas de su tiempo se vivía en un medio de refina­
fascinación. En lo erótico, toda su vida, en la mocedad m iento espiritual que se reflejaba en la conversación
ardorosa y en la edad provecta («cuanto más envejez­ entre personas cultivadas, en las tertulias misceláneas.
co, más me entusiasmo», pudo haber dicho), estuvo
7 E. M aas, en págs. 18-19, de «Die Erigone des Sophokles»,
consagrado a lo bello, y a los bellos muchachos, de los Philologus LXXVII (1921), 1-25.
16 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 15
muy presentes algunos pasajes herodoteos, en ciertos
Entre los tertuliantes que brillaban con desenvoltura
lugares señales de sus dram as. Los tan traídos y lle­
graciosa, con franqueza elegante, revelábase Sófocles
vados vv. 904-920 de Antígona (que Goethe, por razones
como el más finamente m undano y capaz, en una sola
de g u sto 9, querría atetizar, encontrando algunos filó­
frase, de dar cuenta y razón de acontecimientos y per­
logos que le han dado gusto) pudieran responder a un
sonas. Sobre sus colegas de profesión se recuerdan al­
pensam iento a la o rie n tal10, con ciertos ecos folklorís-
gunos juicios recortadam ente reveladores. Del misógi­
ticos griegos; pero no es fácil negar que, en esos ver­
no Eurípides (Ateneo, X III 557 e): «Sí, en la escena;
sos, funcione un apoyo memorístico en el episodio de
pero no en la cama». Del mismo (Aristóteles, Poética
Intafernes (Heródoto, III 119). Edipo en Colono 339
4, 1460 b 33): «Representa a los hom bres cuales son,
y Edipo Rey 980 se inspiran, acaso, en Heródoto, II
yo como deben ser», frasecita que revienta de significa­
35,2 y VI 107, respectivamente, y, quizás, Electra 59-66
ciones y que tanto h a dado que hablar. De Esquilo, que
sea un eco de Heródoto, IV 95 ss. y IV 14 ss. De la
según malas lenguas componía en estado de ebriedad
cortesía de Sófocles da prueba su contestación a su
(hasta tal punto tenía el vino dichoso), esta flechilla
colega el estratego Nicias, como éste le invitara a to­
envirolada (Ateneo, I 22 b): «Acierta, sin saberlo», con
m ar la palabra el prim ero, po r ser el más viejo: «Sí,
la que tam bién Sófocles parece hablar en platónico, sin
el más viejo en años, pero tú en m érito y dignidad»
saberlo, al pensar así del trance creativo (bromas apar­
(Plutarco, Nic. 15,2).
te, la obra esquilea fue hecha «con furor y con pacien­
Otro de sus amigos fue el poeta Ión de Quíos (fr. 8).
cia»). Los dos últimos dichetes revelan una plena con­
Por cierto que, en su libro de memorias Epidemias
ciencia de su propio arte p o r parte del poeta que es­
(«Las estadías»), nos legaba una bella estam pa del ca­
cribió un tratado (perdido) Sobre él Coro y que fundó
rácter de Sófocles en sus m ejores años. Esta informa­
un «tíaso de las Musas», donde los entendidos rendían
ción inapreciable nos es referida p or Ateneo, X III
culto a las Musas y hablaban de arte. Estas noticias
603 e-604 d; por su m ateria no puede ser más caracte­
son muy interesantes, porque nos presentan a un Só­
rística y por la persona de que procede no puede ser
focles teorizador de la poesía, tam bién él «un poeta de
más autorizada. Encontró Ión a Sófocles de recalada
la poesía», en relación sabia con su arte (inquietudes
en Quíos, cuando con ocasión de la Guerra Samia el
literarias, problemas profesionales) y tratando de cono­
dram aturgo-estratego viajaba hacia Lesbos. Su anfitrión,
cer lo que significaban sus experiencias.
el próxeno de Atenas Hermesilao, le daba una comida.
Fue muy amigo de sus amigos. Con Heródoto, ver­
Estando a manteles, el copero, un bello mozo, servía
bigracia, mantuvo relaciones amistosas, afectuosas re­
cabe la lumbre del hogar, a cuya luz se encendían las
laciones. Contaba el poeta cincuenta y cinco años, cuan­
mejillas del criadito. Muy impresionado Sófocles se di­
do compuso en honor de su amigo una oda: de estos
plácemes versificados solamente se conserva el dístico
9 Cf. Eckerm an, Conversaciones con Goethe, 29-III-1827 (h a y
inicial, una especie de rúbrica titu la r 8. Un fino home­
tr a d , esp., M a d rid , 1921).
naje de am istad rinde el poeta al historiador al tener 10 Cf. J. Th. K a k rid is, Homeric Researches, L u n d , 1949, p á g i­
n a s 152-164.
8 E. Diehl, Anth. Lyr. Graeca, fase. 1, Leipzig, 19493, pág. 79.
INTRODUCCIÓN GENERAL 17 18 TRAGEDIAS

rige al muchacho y le pregunta si le complacería que ximándola Sófocles a la boca, de arte que cabeza y ca­
él, Sófocles, bebiera suavemente y, recibida una res­ beza se juntaban, cuando lo tuvo muy cerca, cogiéndo­
puesta afirmativa, le encarece que no se dé tanta prisa lo con la mano, le dio un beso. Todos rieron la astucia
al colmarle y retirarle la copa. Se sonroja el copero y la fina malicia. Comentaban: «Finamente ha engaña­
todavía más y, entonces, Sófocles, dirigiéndose a su ve­ do al chico». A lo que Sófocles respondió: «Amigos, me
cino de mesa, le comenta: «Con cuánta razón y belleza ejercito en la estrategia. Pericles dice que yo entiendo
dice Frínico resplandece sobre las mejillas purpúreas, algo de poesía y nada del arte bélico. Pero, ¿no ha sido
de Eros la luz». Eritrieo, un m aestro de letras (didás- buena mi estratagema?» Ión añade que Sófocles solía
kalos grammátdn) y asno solemne, interviene con su hacer y decir cosas finas de esa suerte, cuando se sen­
cuarto a espadas: «Sófocles, tú eres un entendido en taba a echar un trago de vino o cuando, en la sobre­
poesía. Pero Frínico no lo ha expresado bien. ¡Llamar mesa de una comida, se hablaba inter pocula. La per­
’’purpúreas” a las mejillas de un bello! Si un pintor sona del referente, amigo de Sófocles, presta plausibi-
pintara con púrpura las mejillas de este muchacho, no lidad a la historieta, como m em oria fidedigna de algo
parecería bello. Luego no cuadra que a lo bello se lo así sucedido y como testim onio im par del carácter del
compare con lo que no parece bello». Como se ve, el poeta trágico, compatible con ciertas alegrías y ciertas
maestrillo, además de hom bre de ninguna m undanidad eutrapelias.
y desprovisto de buenas formas, era un insensato, pues No deja de alcanzárseme que la biografía antigua es
locura es la pérdida del sentido de lo irreal y el buen un hervidero de anécdotas (a veces, graciosas y diver­
hom bre confundía el ser real con el ser metafórico, el tidas) y que el terreno de lo anecdótico, propicio a la
ser como. Riéndose del pedante, Sófocles le responde: indiscreción y a la irreverencia, lo es tam bién a la in­
«Tampoco te place, entonces, el dicho de Simónides, vención pura y simple. El lector obrará con pruden­
que sin embargo es generalmente considerado como un cia si, después de lo que acabo de escribir sobre las
acierto Cuando la doncella desde su purpúrea boca en­ anécdotas, me pregunta po r qué, pues, las utilizo yo
vía la voz. Ni tampoco cuando el poeta se refiere al ahora. Si se me dice que es arriesgado fiarse de ciertas
cabello de oro de Apolo. Si u n pintor pintara el cabello fuentes, en las que casi todo es m ás dudoso que cierto,
del dios color amarillo de oro y no negro, la pintura declaro que pienso lo mismo; pero tam bién creo que,
desmerecería. 0 cuando dice de dedos de rosa. Porque muchas veces, las anécdotas responden a noticias fide­
si alguien pintara los dedos color d e rosa, resultarían dignas, son un modo de transm itirlas (casi el único que
las manos de un pintor, no las de una beldad». Se rió conoce la biografía antigua), y que aunque, después, los
la blanda burla y el don Pedancio quedó cortado. Vol­ que las reciben de segunda y tercera mano pongan en
viéndose de nuevo Sófocles hacia el muchacho que, con ellas los adornos que pongan y les m etan añadiduras
el dedo meñique, quería ap artar una pajilla de la copa, e hijuelas, adornos aparte, todavía se descubre en el
le preguntó si la veía y, como dijera que efectivamente curioso anecdotario un fondo de verdad. Lo que sí de­
sí, añadióle: «Sóplala y así no te m ojarás el dedo»; cididamente me parece cierto es que las que aquí he
y cuando el mocito acercó el rostro hacia la copa, apro­ referido nos proveen no tanto ni sólo de unos cuantos
20 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 19

rasgos biográficos sabrosos, sino de varias facciones jovial en su vida, bien habido con la vida. No creo que
decisivas del retrato moral del poeta biografiado. se oculte a nadie el interés y la ra ra sugestión que ema­
Ayudará lo dicho para, relacionándolo con la obra na de este tema.
de Sófocles, tom ar el prim er contacto con un problema Feliz Sófocles. Vivió largo tiempo
que la misma nos plantea. Algo quisiera yo decir aquí y murió como un hombre feliz y diestro.
de la «psicología» de Sófocles, de su m anera de vivir Hizo muchas hermosas tragedias.
(tomando la frase en un sentido elevado) y del íntimo Finó bellamente y no soportó dolor alguno.
y profundo sesgo que su obra tiene. La leyenda nos
presenta al artista como hom bre jocundo y gran ama­ Este elogio fúnebre escribió Frínico en Las musas
dor de la vida, y la realidad dice claramente, en sus (fr. 1 = fr. 31 Kock) y, seguramente, lo suscribían los
tragedias, que Sófocles nos aparece como siendo el contemporáneos. Sobre el sentido que tiene el dolor ab­
trágico por excelencia. Al mismo tiempo que nos dice soluto en la tragedia sofoclea, he escrito de largo en
que la vida es amarga, sonríe con gracia adorable a la otro lugar y, aunque no quiero repetirm e, algo diré
vida. Es verdad que en la obra literaria de cualquier tam bién aquí más adelante. Que tal alegría vital y con­
trágico griego tropezamos tam bién con lo que a nos­ ciencia tan aguda del dolor humano, una vida así y una
otros nos semeja una antinomia. Sabida cosa es que el obra así hayan hecho residencia en una m ism a persona
mismo poeta que componía tragedias, componía igual­ parécenos el más bello de los ejemplos. Para sacar a
mente dram as satíricos. En Sófocles, en Eurípides y luz la obra bella, se necesita que el espíritu creador
en el más solemne de todos e ilustre, Esquilo, el públi­ participe, en alguna medida, de la experiencia del dolor.
co contemporáneo adm iraba tam bién a los m aestros del En Sófocles ha debido de ocurrir tam bién así. La cal­
dram a satírico. Salvo en el caso de Eurípides, por h a­ ma, la ponderación espiritual, el equilibrio de la propia
berse conservado su Ciclope, nuestro conocimiento de personalidad no fueron, en Sófocles, u na fortuna del
estos talentos en los grandes poetas trágicos era nulo tem peram ento, por una fatalidad de la naturaleza, sino
hasta no hace muchos años. Pero negarles este aspecto el prem io de una gran victoria, conquistada no al abri­
es mutilarlos. Hoy en día, los restos de un dram a satí­ go del puerto, sino venciendo entre el fragor de las
rico como Los sabuesos son tan im portantes para nues­ tem pestades. La biografía antigua nos presenta el re­
tro conocimiento de la historia de este género literario, trato jovial y ponderado. El cordón vincular entre crea­
como en cuanto complemento de nuestra imagen de dor y criatura, que sin duda se da en la tragedia sofo­
Sófocles (algo parecido nos ha sucedido con Esquilo). clea, nos perm ite adivinar, por vislumbres, la otra cara.
Nos muestran, la cara jovial del poeta. Pero la antinomia Edipo en Colono, hija de su vejez, suena a amarguras
a la que aquí me refiero es particularm ente hiriente en no disimuladas. Pero ya los gritos, en térm inos alarm is­
tas, del Coro en Edipo Rey, juntam ente con el coro
el caso de Sófocles, porque Sófocles es el trágico del
central entero (w . 863-910), constituyen la prueba de
dolor absoluto (supremo, insacudible) del hombre, afir­
que, después de la peste de Atenas y de la revolución
mación ésta que hoy ya parece vulgar, de puro corrien­
subsiguiente de costum bres y creencias (por no hablar
te y admitida, y, de otra parte, fue u n hom bre feliz y
INTRODUCCIÓN GENERAL 21 22 TRAGEDIAS

de la revolución de la política, m uerto Pericles muy es concordataria de los sentimientos íntimos de un pú­
antes de tiempo), Sófocles veía que la ausentación del blico que estuvo aplaudiéndole más de sesenta años
sentido de lo divino en el m undo am biente estaba en en vida. M uerto el poeta, cuando estaba para acabar la
peligro terriblem ente próximo de producirse, que el guerra más terrible que entre sí movieron los griegos,
sentido de lo divino se cuarteaba envejecido, derruyén­ es fam a que Lisandro, el general espartano que asedia­
dose, y que, de ocurrir así, perdería su finalidad el ofi­ ba Atenas, se vio forzado por una doble admonición del
cio mismo que el poeta oficiaba. Por aquí ha de bus­ dios Dioniso a dejar paso franco a las postreras pom­
carse la experiencia dolorosa que el poeta debió expe­ pas que conducían al m uerto egregio hasta la necró­
rim entar, por lo hondo, p ara convertirse en el trágico polis fam iliar de Decelia, a ocho millas de Atenas (Vita
por antonom asia y, sin embargo, legarnos un ejemplo 15; Plinio, Hist. Nat. V II 109; Pausanias, I 21,2). Al
de suprem a calidad personal, por el que le estamos pueblo ateniense, que tenía un corazón agradecido y
agradecidos. Un artista anónimo, pero excelente, con­ memorioso, el am or de gratitud le em pujó a guardar
tem poráneo de la restauración del teatro ateniense bajo piadosam ente la m em oria de Sófocles, el poeta que ha­
el arcontado de Licurgo (por los años treinta del si­ bía hecho de su obra misión de alta piedad patria. Tan
glo IV a. C.), esculpió inm ortalm ente la figura de Só­ pronto m uerto, comenzó el culto de Sófocles. Los ate­
focles. No era, desde luego, copia del natural, pues el nienses canonizaron a Sófocles, o sea, lo heroizaron
buen arte griego no es copia de las cosas, sino creación bautizándolo con el nom bre de Dexión, «el Acogedor»
de formas. E ra la incorporación plástica de la idea, en (Etym . Magn. 256,6), y estableciendo, en honor suyo, un
la m ente del escultor, del poeta trágico en la plenitud sacrificio anual. Este trato, propio de antiguos reyes y
de sazón. M ejor que bien consiguió el artista plasm ar fundadores de ciudades, le fue concedido en atención
la imagen de la hom bría del ateniense «como debe a sus antecedentes y hoja de servicios en el terreno
ser». Copia de esa obra de arte es el Sófocles del Museo religioso, «porque había recibido al dios de Epidauro»
Laterano. La cabeza fue m alaventuradam ente restaura­ (según más arriba alegamos); pero también, «por su
da al peor gusto clasicista; pero el vaciado de Villa excelencia», esto es, en hacim iento de gracias a su obra
Medici, anterior a la restauración, nos perm ite adm irar de poeta. En casos tales, la lengua griega habla de «des­
un rostro sereno y grave, que parece recordarnos que treza» (dexiós es vocablo de laude muy fam iliar refi­
no ha vivido plenam ente quien no ha rozado peligros riéndose a Sófocles): el poeta poseía esa destreza mo:
de m uerte. ral y cívica, inseparable de la destreza artística, a la
No ha sido, en otras épocas y manos, el teatro el que sus paisanos dirigían su aplauso.
modo literario que refleja m ás de cerca el carácter de Las fechas de su vida dem uestran una particular
un pueblo. Pero, en manos del genio y en épocas social­ vinculación entre Sófocles y su pueblo. La m uestra
m ente propicias, sí ha podido serlo. En Sófocles, lo es. igualmente su teatro, hijo de su época y de su pueblo.
Poeta de casta viva, con profundas raíces en emociones Pronto está dicho: hijo de su época. Pronto y mal, si
étnicas fundam entales (de la urbe ateniense y tam bién no se lo entiende debidamente. Pues aquí, una adver­
de la Atenas profunda y agarrada al terruño), su poesía tencia. Corren ciertas interpretaciones (yo las juzgo
INTRODUCCIÓN GENERAL 23 24 TRAGEDIAS

caricaturales) de la tragedia sofoclea, que ven en cada el principio, esta nota se acentúa a m edida que el poe­
dram a un reflejo ocasional de la anécdota política de ta se va haciendo más viejo...
la vida ateniense. Nada es la tragedia sofoclea en me­ También, en la concepción sofoclea del héroe y su
nor grado que un teatro que se atiene con dócil exac­ grandeza: una visión del hom bre, como campo dinámi­
titud a las órdenes del tiem po en ese sentido pequeño, co de la acción trágica, sometido a fuerzas poderosas
de m enuda realidad. Un gran teatro, hijo de su pueblo que hacen de él, a la vez, algo poderoso y una nadería...
y de su tiempo, puede muy bien no ser, acaso deba no Igualmente, al enfrontar la relación entre lo divino
ser eso. Tales interpretaciones atenúan y restringen a y lo humano. En las tragedias de la prim era manera,
ciertos accidentes exteriores la irrupción de la vida en hasta Edipo Rey, el héroe (salvador, purificador), en­
el arte. Nada más insofocleo. No nos referimos a eso. tregado a u n alto ñn de pureza, se siente un colabora­
Nos referimos a una vinculación profunda que hace del dor de la divinidad; en las últim as obras, lo divino se
teatro sofocleo un arte genuinamente ateniense del si­ eleva a un a proceridad distante del hom bre, desde la
glo v, en características suyas esenciales. Aquí se trata cual se le manifiesta al final, desde luego; pero al hé­
de radicar, esto es, determ inar dónde se asientan sus roe le falta la seguridad de su colaboración...
raíces, la actitud profunda que adopta frente al tem a Estas características, que son esenciales en el teatro
trágico el espíritu creador de un m omento histórico de Sófocles, las comprendemos m uy bien, cuando rela­
determinado, la visión del sino dram ático del ser hu­ cionamos, en función respiratoria, al trágico con la at­
mano; de ver cómo el artista convierte la sustancia m ósfera histórica (y sus cambios) de la Atenas de su
(no los accidentes) de su vida en m ateria de arte. tiempo y con la tensión, en su alma, entre la Atenas
Schadew aldt11 ha escrito bella y penetrantem ente so­ real y la ideal, por Sófocles trascendida hasta la cate­
bre este tem a, centrándolo en tres aspectos: goría de lo clásico. Vistas así las cosas, entonces sí, lo
En la tragedia sofoclea se da u n juego, muy suyo, biográfico carga de emoción este teatro.
de cercanía y distancia en todos los planos: desde la El clasicismo de la tragedia sofoclea no es simple
lengua cordial y fría, al mismo tiempo, pasando p o r la trasunto exterior de una personalidad, la del poeta, clá­
configuración de la acción dram ática a través de episo­ sico de nacimiento y por su esfuerzo personal. Hay una
dios y escenas, hasta llegar a aspectos más profundos perfecta compenetración con su pueblo y su cultura;
en la visión de la m udanza de la vida humana, tal y se nutre de ésta, para elevarse luego a una altura uni­
como la contem plan los personajes, particularm ente versal y genéricamente humana. Es el resultado natural
cuando van a perderla y se despiden de ella en los tí­ de la conjunción de una personalidad excepcional y de
picos «adioses», al separarse de aquello que tenían y un gran contenido de hum anidad histórica (que el Mito
en lo que estaban y eran. Trátase de una tensión entre representa poéticamente): esta últim a es la m ateria, a
lo que une y separa: un hom bre nacido para la comu­ la que el poeta h a sabido dar forma.
nidad y que siente ese desgarram iento. Presente desde

11 «Sophokles und Athen», en Helias und Hesperien, I, Zu­


rich, 1970, págs. 370-384.
INTRODUCCIÓN GENERAL 25 26 TRAGEDIAS

Las formas de la tragedia sofoclea cuantas reformas, que voy a enum erar comenzando por
las que nos presentan a un dram aturgo atento a los
Más que otros géneros literarios pide, de suyo, el problem as de la corporeidad escénica de sus obras. Si
•teatro variación y reformas. Éstas fueron considera­ hoy generalmente gustamos de Sófocles po r la lectura,
bles en el desarrollo del teatro griego que comenzó en es a más no poder, y, en todo caso, que lo leamos en
el dram a sacro de las oscuras épocas, de donde salen, nuestra casa y, quizás, por la noche, en zapatillas y
como de entre nubes, las tragedias clásicas. La evolu­ junto al fuego no debe hacernos olvidar que el poeta
ción del teatro clásico ateniense, corta en años, ha sido componía sus obras para ser representadas como es­
larga en iniciativas que traen novedad en los procedi­ pectáculo y en condiciones muy precisas.
mientos escénicos, en la técnica composicional o en el Acabó Sófocles pronto (Vita 4) con la tradición de
manejo de la lengua y de los motivos temáticos, ade­ que los autores representaran como actores sus pro­
más de en lo tocante a m aterialidades y recursos de pias obras, et pour cause, pues, como antes se dijo, la
presencia del teatro. También por este respecto, el tea­ voz no le acompañaba. Los farsantes de sus dramas
tro de Sófocles ensancha los moldes y patrones anti­ fueron actores de oficio, un Tlepólemo (schol. Aristoph.,
guos, sin romperlos: su acomodación al odre viejo no Nub. 1266), u n Clidémides (schol. Aristoph., Ran. 791),
es la sumisa del agua al e n trar en la vasija, sino la un Calípides (a este últim o lo recuerda Aristóteles
activa de la luz que llena u n ám bito y le da un nuevo como actor im portante y discutido).
sentido. Las innovaciones, cuya conquista e invención Subió hasta tres el núm ero de actores (Vita 4; Suda;
habían de ocupar parte de la existencia de Sófocles, Aristóteles, Poética 4. 1449 a 19; Diógenes Laercio, III
fueron bien acogidas, porque hacían falta y porque no 56), que todavía en sus obras prim erizas seguían sien­
rompían violentamente con lo admitido. No así siem­ do dos. Esquilo ha encajado lo nuevo en su Orestea
pre los propósitos reform istas del statu quo escénico, (tam bién Sófocles tiene influencias bien aprovechadas
emprendidos por Eurípides en su prim era época. Cu­ de su rival más joven, Eurípides, acogiendo algunas
riosamente (pero es reversión nada infrecuente), en su de sus novedades). Esta reform a fue muy im portante,
segunda m anera, Eurípides volvió a empalmar direc­ pues no afectó sólo al movimiento de personajes y a
tamente, en bastantes cosas, con el viejo Esquilo, gra­ los pormenores y servicio de la escena, sino que per­
vitando hacia el arcaísmo sus propios procedimientos m itió a Sófocles triangularizar el diálogo, lo que no es
dramáticos; por lo que, pese a las apariencias, ha sido lo mismo que hacer intervenir en el diálogo a tres ac­
Sófocles en este terreno el verdadero innovador. En su tores en dúo, de dos en dos (el ejemplo es muy cono­
obra dram ática arde más de medio siglo de fatigas por cido; pero no renuncio a un ejem plo exacto, por el
hacer progresar el teatro. hecho de ser muy conocido: compárese la escena final
Según adm itida noticia, aunque no en todos los ca­ de Ayante, donde hay tres personajes que dialogan,
sos igualmente fehaciente, débense a Sófocles una serie pero no diálogo triangular —el patetism o «estaciona­
de innovaciones o, dicho al modo griego, fue nuestro rio» no lo toleraba—, con el verdadero trío entre Edi­
poeta el «prim er inventor» (prótos heuretés) de unas po, Yocasta y Creonte en Edipo Rey).
INTRODUCCIÓN GENERAL 27 28 TRAGEDIAS

Subió a quince el núm ero de coristas o «coreutas», que Esquilo había m antenido prim ordialm ente. Es po­
que eran docena hasta entonces (Vita 4; Suda). Acaso sible que Sófocles, en sus comienzos, utilizara la forma
su escrito Sobre el Coro tocaba este asunto. trilógica (así, quizás, la trilogía de Télefo) para dar
Con Sófocles acredita fuero de admisión la esceno­ nexo y trabazón a las tres tragedias que, seguidas de
grafía (Aristóteles, Poética 4. 1449 a 19). Aunque no sa­ un dram a satírico, el dram aturgo griego presentaba al
bemos exactamente el alcance de la innovación en el concurso. Pero pronto hizo de cada una de las tres pie­
atalaje y decorado de la escena, es obvio que estos zas un todo autónomo, así en la m ateria dram ática
asuntos de bastidores teatrales y decoración de los lu­ como en la acción; desde entonces, las tres piezas pre­
gares buscaban dar una impresión más viva y coloris­ sentadas al concurso se ju n tan por la sola voluntad
ta; el estímulo fom entador más influyente procedería del poeta. Parece excusado insistir sobre la trascenden­
de la pintura, pues el público, contem poráneo de los cia que esta innovación externa hubo de tener en la
progresos del arte pictórico, buscaría tam bién en la concentración de la acción sobre un solo individuo, el
escena teatral algunos atractivos pictóricos y sugesti­ héroe trágico, así como en la pérdida de im portancia
vos 12. Todo autor teatral es tam bién un poco alfayate: de motivos temáticos tradicionales, como el de la mal­
se dice que, en cuestión de patrones indumentarios, dición familiar. Sófocles no presenta, como Esquilo,
Sófocles (Vita 6) introdujo el bastón recurvado y el grandes sucedidos a lo largo de toda una historia fa­
color blanco del coturno de gruesa suela (lo grueso de miliar. Lo suyo es el individuo que obra su acción, con­
ésta explica precisam ente el bastón, para evitar en lo lleva su destino y sufre su dolor. De donde se genera
posible las caídas; el inconveniente era un andar con un nuevo tipo de tragedia, de composición cerrada, ro­
lento paso de vaca por la escena): este porm enor del tunda.
color del calzado, con blancura herm ana del lino, m a­ Con certera visión de los nuevos intereses teatrales,
terializaba acaso una interpretación plástica y crom á­ modifica Sófocles las norm as y cánones de la arquitec­
tica de la escena, para que impresione en la distancia tu ra de la tragedia, y tanto las form as como su conte­
del teatro. En cuanto a la música, asegura Aristóxeno nido, y no menos la función de las estructuras tradi­
que Sófocles acogió el modo musical frigio. cionales, sufren los cambios precisos. Veámoslo.
Todas esas innovaciones nos ponen delante los ojos Los cánticos corales reducen su extensión, pero no
al hom bre de teatro, que no olvida que este género es, su relieve dramático. El papel del Coro sofocleo ha
además de otras cosas, un teatro p a ra la vista y para sido cuestión muy porfiada 13. Algunos han visto en él
el oído, un espectáculo de color, sonido y movimiento. lo que, con expresión acuñada por Augusto Schlegel, se
Reforma más im portante: desechó la trilogía (Suda), denomina «el espectador ideal». Otros, u n portavoz de
12 Cf., en general, K. Joerden, en págs. 379-389 de «Die Bedeu- las ideas del poeta. Otros, un actor que tiene su perso­
tung des Ausser- und Hinterszenischen», en el vol. col. (ed. W. nalidad definida, la cual determ ina sus acciones y pala­
Je n s), Die Bauformen der griechischen Tragodie, Munich, 1971. bras. En térm inos generales, a esta últim a opinión, que
Derrochan fantasía en sus reconstrucciones H. B u lle -H . W irz in g ,
Szenenbilder zum griechischen Theater des 5. Jahrhunderts v. 13 C. B ecker, Studien zum sophokleischen Chor, tesis doct.,
Chr., Berlín, 1950, págs. 4042. Francfort, 1950, págs. 1-16.
INTRODUCCIÓN GENERAL 29 30 TRAGEDIAS

era la de Aristóteles (Poética 4. 1456 a 26 ss.), se ha in­ Coro sofocleo un actor como los demás, nos parece un
clinado la erudición inglesa, que ha dado al problema prejuicio no menos dañino que la opinión tajantem ente
una interpretación, en efecto, m uy inglesa, reducién­ contraria; y que además olvida las diferencias que hay
dolo a algo habitual y consuetudinario y, en definitiva, entre los demás actores y el Coro, que tiene otras fun­
negando la existencia del problem a. Entre nosotros, el ciones en su lirismo: suspensión, amplificación del epi­
jesuíta Ignacio Errandonea se pasó la vida defendien­ sodio anterior descrito p o r modo lírico, contraste iró­
do la tesis de que el Coro sofocleo es, en toda la exten­ nico con el episodio siguiente15... El papel de los co­
sión de la palabra, persona d ram ática14. En cambio, ros sofocleos es algo más complejo y sinuoso. Es actor
la filología alemana, inserta en u n a tradición estética y expone en form a lírica y actúa según su carácter, de
de signo idealista, solía ver, hasta no hace mucho, en la m anera y hum or que le es peculiar: aconseja, co­
el Coro sofocleo más un intérprete de la acción que m enta, jalea el infortunio del héroe como orquesta de
persona inm ersa en la ilusión dram ática, más la boca acompañamiento. Pero quien lee u n coro sofocleo so­
del poeta que un «carácter». lam ente desde esa perspectiva, en lo que el sentido pa­
¿Cómo orientarse en esta diversidad de pareceres? tente y superficial de sus palabras dice, como diciendo
Que el Coro sofocleo no ha de verse como instrum ento cosa clara y sencilla, se queda sin com prender mucho
de intempestiva predicación del poeta, llevado de furia de lo que en esas palabras, de aparente facilidad, se
ética o de prurito docente, parécenos evidente. Que el dice. Por contraria m anera, hay intérpretes que eviden­
Coro es actor en Sófocles, lo admitim os porque, en esta cian gran penetración hasta el sentido soterrado (en
tragedia, el poeta dram ático y el poeta lírico no son profundidad y latencia) de los coros sofocleos, pero una
entidades distintas y los trozos líricos no están nunca como presbicia para captar el sentido cercano.
artificiosamente superpuestos a la acción, sino que son El Coro es «parte del todo» de una tragedia sofo­
participantes naturales en su desarrollo, ya en un papel clea; pero la «orquestra» no se sitúa en el mismo plano
consiliario, ya reflexivo, ya prospectivo. Pero que sea el exactamente que la acción escénica, sino en un nivel
distinto (algo parecido les ocurre a los símiles homé­
14 Cf., como resumen de sus ideas, I. E rran d o n e a, Sófocles. ricos o a los relatos míticos en la lírica coral arcaica).
Investigaciones sobre la estructura dramática de sus siete trage­
También en este punto puede ayudarnos (desde con­
dias y sobre la personalidad de sus coros, Madrid, 1958, y Sófo­
cles y la personalidad de sus coros. Estudio de dramática cons­ ceptos que hoy son familiares en el análisis de otras
tructiva, Madrid, 1970. Me parece que Errandonea tiene razón estructuras literarias, como el relato) u n poco de aten­
en algunas cosas; sólo que a veces ¡tiene un modo de tenerla!, ción a la estructura del plano comunicativo en el tea­
como cuando defiende que en Edipo en Colono el Coro es el tro. Puede que ocurra como en la narración literaria,
verdadero protagonista, que confiere unidad a la pieza, o que,
en Electra, ésta y el Coro forman una alianza y el papel director cuando el narrador no sabe sólo lo que el personaje
lo tiene el Coro... No hablo aquí de otros temas de su exégesis, que habla o, incluso, menos que éste, sino que, en todo
verbigracia, cuando diputa demasiado sutilmente que en el He­ momento, sabe más (lo que técnicam ente se llama «fo-
racles del final de Filoctetes arreboza la cara el mismísimo Uli­
ses, o que la Deyanira de Las Traquinias es una especie de 15 Cf. G. M . K irkw ood, A Study of Sophoclean Drama, Ithaca,
Medea hipócrita, etc. N. York, 1958, cap. 4.
INTRODUCCIÓN GENERAL 31 32 TRAGEDIAS

calización cero»). También el autor dram ático puede vamente hermosas de la literatura griega. Los coros
ser una especie de cripto-narrador, a condición de po­ sofocleos juegan ese juego, pu ra inteligencia, de armo­
seer el arte necesario para, en ningún momento, pare- nía perfecta. Un leer pensativo de entram bos sentidos
cerlo. Sófocles poseía ese talento, que, tocante al diá­ es la clave que nos proporciona su m ejor entendimien­
logo dramático, le ha sido reconocido desde siempre: to y el de la preciadísim a segunda realidad que tiene
me refiero, claro, a la «ironía trágica», en la cual a la vi­ esta obra de arte. Dicha lectura tiene su técnica no
sión lim itada del personaje se asocia y se yuxtapone la siempre fácil. La facultad elevadora del sentido se apli­
visión ilim itada del dram aturgo que comunica su m en­ ca m ediante una táctica esencialmente evocadora, por­
saje opuesto por el sentido al que comunica la inten­ que las palabras elegidas tienen ciertos dobles fondos
ción de la persona que habla. ¿Por qué negar, en los y las frases, a veces, parecen lo que no son y son lo
Coros, al poeta un recurso que le concedemos en el que no parecen (por lo demás, la táctica no es exclu­
diálogo? La ignorancia de este hecho sencillísimo hace siva de Sófocles: se m e acuerdan los medios sutiles,
caminar muy desnortados a muchos intérpretes de los casi pérfidos, de que se vale Eurípides p ara dar expre­
coros sofocleos. sión a ciertas ideas peligrosas, nadando y salvando la
El cariz sutilísimo de un coro de Sófocles consiste ropa). Pero no se piense que nos las habernos con una
en que el poeta ha sabido acoplar a las palabras del poesía de intelectual clausura, de artificio mental. Para
Coro como actor (pensam ientos superficiales, a veces; que su m ensaje sea recibido, com prendido y convivido
a sus orígenes dionisíacos sigue siendo el espejo que por los espectadores (cada cual, conforme a sus posi­
son un comentario más general, en los que el Coro fiel bles) el poeta ofrece asideros convenientes: lo que debe
a sus orígenes dionisiacos sigue siendo el espejo que entenderse se nos da por relaciones, en definitiva, os­
recibe la imagen de lo divino, y tam bién pensamientos tensibles, por una combinación de espejos claros; por
suyos propios. Ni Sófocles se da todo en sus coros, ni el juego acordado de expresiones nucleares insistentes
se esfuma totalm ente de sus dramas. El Coro es actor, en proximidad o a distancia (Fernverbindungen); por
sí; pero las frases y pensamientos del Coro, aparte de el contraste y como contrapeso de u n pasaje con otro
poetizarlos líricamente, los somete Sófocles —maravi­ corresponsal suyo. No se tra ta de todo un cuerpo de
lloso taum aturgo del idioma— a un proceso de profun- módulos y reglas de exquisitez técnica, de una compli­
dización y elevación y los convierte en una expresión cada estética (del orden de las que alim entan el que­
cargada, para nuestros oídos, de otro sentido no menos hacer de los m atemáticos), sino que la cosa es de una
dramático y, para nuestro espíritu, de un brillo nuevo. construcción tan sencilla como penetrante su efecto...
El reflejo de las palabras del Coro aparece sobre el para el oído griego que fácilmente percibía las impli­
agua quieta, pero por debajo hay una hondura que da caciones, insinuaciones, alusiones. Para nosotros, en
a la imagen profundidad y la dota de una nueva di­ cambio, es un poco tra ta r la frase hecha deshaciéndola
mensión. H aber organizado en una lengua poética inte- y rehaciéndola en una lectura restauradora de la uni­
gradora, en un nivel de superior categoría lírica ambos dad de su doble sentido... Para desentram ar los secre­
sentidos, es en Sófocles una de las cosas más definiti- tos de una tal lectura, deberíamos hacer alguna cala
INTRODUCCIÓN GENERAL 33 34 TRAGEDIAS

y dar una m uestra del método. No es éste su lugar más m a obra (lo que en el argot teatral de nuestros días se
indicado. Para esto, léanse los comentarios a los coros dice «doblar») es hoy cosa excepcional, reservada a
de Antígona, por diligencia de G. M üller 16. Yo propio partiquinos, po r razones de economía, o bien al luci­
he intentado algo semejante, tratando por menudo los m iento de divos en dobles papeles; pero en el teatro
coros de Edipo R e y 17. ateniense, con sólo dos o tres actores, era cosa normal.
En cuanto a aspectos formales en el m anejo sofo­ También «llenan» los coros intervalos temporales, por
cleo de los coros, he aquí unos pocos datos. Su exten­ supuesto que de un tiem po absoluto y que no guarda
sión es intermedia, relativamente a los otros dos trá ­ relación con la duración real del canto: esto menos en
gicos: una m edia de 48 versos, frente a 69 en Esquilo Sófocles (8 de 36 coros, un 22 °/o) que en Esquilo (8 de
y 46 en Eurípides. Por buscado contraste los más b re­ 29, un 28 %) y mucho menos que en Eurípides (38 de
ves son los que preceden al éxodo, o sea, en Sófocles 87, un 44 %). La «pausa» m ás fuerte la m arca, en
(y Eurípides) al cuarto o quinto estásimo (en Esquilo, Sófocles, el estásimo prim ero, tras el prim er tercio
al tercero); los más largos se sitúan hacia la m itad de más o menos de la pieza, m ientras que en Eurípides
la pieza y tienen una extensión aproxim ada de vez y suele estar en el estásimo segundo, delante aproxima­
media mayores que los prim eros. E sta proporción es damente de la segunda m itad de la pieza. En cambio,
todavía mayor entre el párodo y el coro final (tantos son débiles las «pausas» después del párodo y antes
por ciento expresivos: en Sófocles, 2,7/1; Esquilo, del éxodo, de donde surte que un dram a en cinco epi­
2,5/1; Eurípides, 2,2/1). Los cánticos corales sofocleos sodios tendería naturalm ente a originar un dram a en
son, generalmente, antistróficos y en una proporción tres «actos».
del sesenta por ciento se cantan con la escena vacía; No puedo en este lugar hacer expresa (porque ello
pero en el Sófocles tardío (Electra, Filoctetes y Edipo exigiría mucho espacio y una disciplina de alto tecni­
en Colono) aum enta la frecuencia de los amebeos, es cismo) una caracterización del verso coral sofocleo.
decir, cantos alternados entre Coro y actor. No se ol­ Más que de grandes audacias en la renovación de for­
vide que los coros generalmente separan episodios y, mas, se trata de lo perfecto de la ejecución artística en
rara vez, los suplantan (choriká epeisodiká)·, al quedar una serie de delicadas, diminutas maravillas, así en el
vacía la escena, esto perm itía que el actor que desem­ uso de los diferentes tipos de verso, como en el diseño
peñaba más de un papel, pudiera cam biar de vestido: prim oroso de los periodos m étricos compuestos de nú­
el haber de incorporar más de un personaje en la mis- meros concordes: los «números poéticos», que es el
concepto antiguo de la poesía, afectan también, y muy
16 Sophokles: Antigone. Einleitung und Kommentar, Heidel­ particularm ente, a este territorio de la periodología,
berg, 1967; «Ueberlegungen zum Chor der Antigone», Hermes tan esencial como hoy sabemos (harto más que la colo-
LXXXIX (1961), 398-422; «Chor und Handlung bei den griechi­
schen Tragikern», en el vol. col. (ed. H. D i l l e r ) Sophokles, m etría, que algunos traductores presentan como el úni­
Darmstadt, 1967, págs. 212-238. co dios que merece sacrificios; ante todo hay un deber
17 «Los Coros de Edipo Rey: notas de métrica», Cuad. Fil. de trasladar con fidelidad esta arquitectura periodoló-
Clás. II (1971), 9-95. gica); Sófocles compone los periodos de una m anera
INTRODUCCIÓN GENERAL 35 36 TRAGEDIAS

muy suya y elegantemente sencilla 1S. En especial ad­ tico y el relato, en Antígona, Edipo Rey y Electra do­
miramos en Sófocles la m aestría soberana con la que mina un plan riguroso en los episodios y escenas, que
articula la m étrica y el sentido, la com postura de las se suceden con sujeción a sabias norm as, ya por con­
formas m étricas y el moldeamiento conceptual, de suer­ traste, ya por gradaciones; finalmente, en Filoctetes y
te que la adecuación m etro y sentido —tal el cristal—■ Edipo en Colono lo dom inante es una construcción
parece orgánica y no producto del arte 19. Cuando lee­ sim étrica del conjunto, de traza concéntrica en torno
mos estos coros, nos sorprende la abundancia de res­ a un eje de aplomo de una serie de movimientos: las
ponsiones verbales que, por el cauce del verso, se co­ escenas se despliegan como dos alas simétricas a am­
munican con paladinos o secretos hilos de intención y bos lados del eje 20.
sentido. Nos convencemos de que toda colaboración El prólogo (una o tres escenas) form a un preludio
entre métodos métricos y estilísticos es aquí posible... relativamente independiente, «exposición» y etopeya
y necesaria. Creo que quienes no lo ven así, sólo rozan que contienen in nuce la tragedia, en Ayante, Traqui­
las orillas de esta poesía exquisita e intensa. nias, Antígona y Edipo Rey; en las tres tragedias poste­
A la reducción en extensión de las partes corales riores prepara y ya inicia la acción.
corresponde el enriquecim iento de la escena en m últi­ Primer episodio: bipartito, o sea, con dos escenas
ples aspectos en la construcción y organización de las (coro-actor, segunda entrada de actor); en Ayante y
formas, en el fondo y en la función dentro de la eco­ Traquinias se continúa la exposición del conflicto ini­
nomía dramática. ciada en el prólogo (junto con la etopeya de persona­
jes); en las demás piezas, es ya el prim er eslabón de
Empezaremos por los últimos. La articulación del
la cadena conflictiva; la prim era escena funciona como
drama en episodios y escenas y la construcción interna
retardación y como recapitulación de los motivos de la
de los mismos (cambios variados y, a veces, bruscos;
«introducción»; la entrada que abre la escena segunda
acciones contrarias, acciones paralelas...) nos m uestran
se presenta como sorpresa (opuestam ente a lo que su­
no ya al dram aturgo diestro y efectivo, sino la seguri­
cede en Esquilo) y, entre ambas escenas, se da un con­
dad del m aestro ajedrecista y form idable arquitecto de
traste. Segundo episodio: h asta Electra, el conflicto se
estructuras teatrales. Se percibe cierta evolución al
extiende y tropezamos con el «nudo»; en Ayante y Tra­
respecto. Mientras las prim eras tragedias conservadas
quinias lo constituye una sola escena entre actor y
(Ayante, Las Traquinias) están dominadas p o r lo paté­
coro, sin entrada de personero nuevo; en Antígona,
Edipo Rey y Electra, lo integran dos escenas, con un
18 Cf. W. K ra u s, Strophengestaltung in der griechischen Tra-
godie, I: Aischylos und Sophokles, Viena, 1957, págs. 116-179; segundo conflicto en la prim era y, entre ambas, se pro­
H. A. P ohlsan der, Metrical Studies in the Lyrics of Sophocles, duce la nueva entrada que origina un clímax o contra­
Leiden, 1964; K. T hom am üller, Die aiolischen und daktyloepitriti- movimiento; en Filoctetes y Edipo en Colono trátase
schen Masse in den Dramen des Sophokles, tesis doct., Hambur- del mismo motivo central en movimiento, interrum pi­
go, 1965.
19 Cf. D. K o rz en ie w sk i, «Zum Verhaltnis von Wort und Me­
trum in sophokleischen Chorliedem», Rhein. Mus. CV (1962), 20 Cf. E. G a rcía Novo, Estructura compositional de «Edipo
142-152. en Colono», Madrid, 1978, págs. 272-279.
INTRODUCCIÓN GENERAL 37 38 TRAGEDIAS

do por un breve momento de reposo. Tercer episodio: y de sutileza bastante), algunas felicidades expresivas
en Ayante y Traquinias se revela el destino en una es­ que provocan nuestro asombro; en una palabra, un diá­
cena doble, dividida por la correspondiente entrada; logo exactamente fiel a su cometido de reproducir los
en Antígona, Edipo Rey y Electra se prosigue el contra­ pequeños cambios en que consiste el vivir humano, todo
movimiento del episodio anterior, con una nueva en­ eso es en Sófocles maravilloso. La esticomitía, esto es,
trada de personaje (Hemón, el m ensajero corintio...); el canje alternativo y continuo de un verso para cada
en Filoctetes y Edipo en Colono se retrasa hasta aquí el interlocutor (funcionalmente afines son la disticomitía
segundo ataque conflictual y el más fuerte. Cuarto epi­ y la hemisticomitía), tiene en Sófocles una técnica fra­
sodio: tanto en Ayante como en Traquinias catástrofe g u ad a22: evoluciona desde una form a estática, subordi­
en escena (el cadáver, el m uriente); en Edipo Rey y nada en su función a las rhéseis vecinas (Ayante, Traqui­
Electra, tercer grado del contramovimiento; en Antí­ nias), a una form a dinámica (desde Edipo Rey) que
gona se ofrece un quinto episodio, al intercalarse en hace progresar la acción dram ática y colabora al des­
cuanto tal el ecce de Antígona ante Creonte. Éxodo: lo arrollo de las relaciones entre los caracteres. Del «diá­
norm al es el tipo de relato-ecce; son excepciones Ayan­ logo triangular» algo se dijo m ás arriba. En los discur­
te (en form a de conflicto entre Teucro, Agamenón y sos se afina, más cada vez, la expresión de los variados
Ulises, en pendant con la introducción), Electra (mêchâ- sentimientos del alma: vemos en ella una ganancia pro­
nema en una serie de tiempos) y Filoctetes (deus ex gresiva, más que de intensidad de tim bre, de riqueza en
machina). En resumen: en la factura de las piezas con­ atinos y atisbos de matiz, en que está estribada la efica­
servadas todos los episodios tienen carácter dramático, cia psicológica del dram a. Cierto sofocleísmo de nues­
salvo el prim ero de Ayante, el cuarto de Antígona y el tro pasado inmediato (pienso, claro está, en Tycho von
segundo de Filoctetes; son biscénicos, antitéticos por W ilam ow itz23) nos reveló lo que Sófocles vale como
su m itad; el clímax procede en cinco escalones, gradua­ carpintero teatral. Ahora está de m oda no agradecér­
dos: en m archa ascensional sube hasta el tercero, aquí selo, sin duda porque, junto a ese m érito, tuvo el de­
cae la cumbre climáctica y, desde ella, inicia la bajada; m érito de ser muy ciego para apreciar lo que vale Só­
el principio y final de la escala corresponden a relato focles como psicólogo. Verdad es que en esto de la
y ecce 21. psicología y del desenvolvimiento psicológico en el tea­
Asistimos a un movimiento cada vez mayor del diá­ tro hay quien reputa gran psicólogo al dram aturgo que
logo. La precisión del lenguaje, la rapidez elíptica de pinta muy a la m oderna todo lo que hay que pintar...
las respuestas, exactamente representativas de la reac­
ción psicológica inmediata, la capacidad verbal para 22 Cf. W. Jen s, Die Stichomythie in der frühen griechischen
traducir los movimientos del alma en la ágil contradan­ Tragodie, Munich, 1955, págs. 84-104, y B. S e id e n stic k e r, en pági­
za del diálogo (movido, rico, de fuerza plástica certera nas 200-209 de «Die -Stichomythie», en el vol. col. Die Bauformen
der griechischen Tragodie, págs. 183-220.
23 Die dramatische Technik des Sophokles, Berlin, 1917 (re-
21 Estas averiguaciones las pormenoriza K. A ichele en pági­ impr., Zurich, 1969), y cf. H. Lloyd-Jones, «Tycho von Wilamowitz-
nas 68-73 de «Das Epeisodion», en el vol. col. Die Bauformen der Moellendorf on the dramatic technique of Sophocles», Class.
griechischen Tragodie (vid. nuestra nota 12), págs. 47-83. Quart. XXII (1972), 214-228.
40 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 39
gramaticales y semasiológicas 25 y a modo de inventa­
menos los cuatro rasgos necesarios. Si abandonamos r i o 26, respectivamente; pero tam bién, como necesidad
prejuicios (bien sean wilamowitzianos, bien simplemen­ de crearse el poeta un nuevo instrum ento de expresión
te vulgares), daremos la razón al biógrafo antiguo, cuan­ literaria. Esta últim a perspectiva es la única que aquí
do asevera: «con un pequeño hem istiquio (soy yo quien nos interesa.
subraya) sabe Sófocles dibujar todo un carácter». En La lengua sofoclea trae u n nuevo estilo, que pone
esa pintura psicológica, el dominio de los recursos de novedad en el teatro ateniense. Se desarrolla en un sen­
la lengua y su capacidad de virtuosism o (palabras de tido muy diferente al de la lengua de Esquilo y al de
doble filo) brillan en Sófocles particularm ente en la ex­
la de Eurípides. En Esquilo dom ina la suntuosidad
presión de la ironía, la «ironía trágica» que destila de verbal, el poderío mágico de la palabra llevado hasta
las limitaciones y quimeras gnoseológicas del ser hu­
el frenesí; el poeta agarra con zarpazo de genio las me­
mano y que en la tragedia sofoclea está poco menos
táforas y un lenguaje altam ente figurado agita y hura­
que omnipresente. cana su verso. El intervalo estético entre Esquilo y
El verso del diálogo y discursos es, como se sabe,
Sófocles es aquí notorio y se nos aparece como con­
siempre el mismo; pero hay que añadir que en Sófo­
tención y refreno (a veces, lo revolucionario consiste
cles tiene la gracia proteica de ser siempre uno y siem­
en el refreno). Elimina Sófocles bastante de la magni-
pre vario, cambiante de cesuras expresivas de notas
locuencia esquilea, que parece puesta bajo la divisa de
agresivas o relentas, flexible en el reparto de vocablos
aquel verso final del soneto gongorino: «¡Goza, goza el
en la entidad versal o por el ritm o partido de un verso color, la luz, el oro! » La imaginería, menos frecuente, se
con antilabai; en una palabra, muy lejos de cualquier hace cada vez más eficaz. Pero de esa renuncia hace
anquilosamiento o momificación. El verso camina so­ Sófocles virtud, pues su lengua tiene densidad, se au­
lemne o se desasosiega con elegante naturalidad de pa­ sentan de ella los vocablos de valor irresponsable y
labra hablada. Sólo en Sófocles puede este verso cabal­ vago. En cuanto a la música, lo suyo no es la sonoridad
gar sobre el siguiente, quiero decir, que una palabra se brillante, sino la calidad de sonido, dando la nota justa.
alarga de un verso al siguiente y suelda dos versos con­ Un botón de m uestra: la pasión del adjetivo, pasión
secutivos Z4. entusiasta y ferviente que tiene Esquilo, no conduce al
Completará nuestra imagen del a rte de Sófocles un epíteto ornam ental (los adjetivos que suenan y brillan
sumario bosquejo de su lengua. El estudio del diccio­ sobre la frase sólo porque dan form as eufónicas), salvo
nario del poeta y de su retórica, en cuanto variedad
bella del hablar, se puede encarar según direcciones 25 D. M. Clay, A formal analysis of the vocabulary of Aes­
chylus, Sophocles and Euripides, tesis doct., Minnesota, 1958, y
24 Cf. J. D escro ix, Le trimètre iambique dès iambographes J. C. F. N uchelm ans, Die Nomina des sophokleischen Wortschat-
à la Comédie nouvelle, Mâcon, 1931, págs. 46 sigs., 109-115, 262, zes, tesis doct., Nimega, 1949.
288 sigs.; M. D. O lc o tt, Metrical variations in the iambic trime­ 26 Cf. E . B ru h n , Anhang (vol. VIII), a F . W. Schneidew in-
ter as a function of dramatic technique in Sophocles’ Philocte­ A. Nauck, Sophokles, B e rlin , 1899 ( r e p r . 1963); F. R. E arp , The
tes and Ajax, tesis doct., Stanford Univ., 1974 (micr.); S. L. Schein, style of Sophocles, C a m b rid g e , 1944; y W. B . S ta n fo rd , Sopho­
The iambic Trimeter in Aeschylus and Sophocles, Leiden, 1979, cles «Ajax», L o n d res, 1963, p á g s. 263-280.
páginas 35-50.
INTRODUCCIÓN GENERAL 41 42 TRAGEDIAS

en los «relatos de mensajero» po r hom erism o27. La insistencia del procedimiento acaba por convertirlo en
fam iliaridad y comercio con Hom ero dejan numerosos rasgo propio; o ciertos tipos de trim em bración a que
sedimentos en todo poeta griego; pero Sófocles (en acostum bra acomodarse; o dos tipos muy sofocleos de
otro sentido el «más homérico» de los trágicos) utiliza expresión afectiva, uno que opera a base de parataxis,
con m esura el almacén adjetivatorio épico, y lo propio asíndeton y frases breves (Filoctetes 468-506) y otro
sucede con otros rasgos característicos de la casaca co­ que opera a base de un estilo periódico, en el cual el
m ún de la lengua épica: la enorm e serie de coinciden­ énfasis radica en la estructura lógica del periodo (Edi­
cias de este tipo entre el gran poeta épico y Esquilo, po en Colono 1405-1410) 29, etc. Se trata, sin embargo,
que ha acumulado Sideras 28, no tiene paralelo en Só­ de algo más sutil y residente en el andar mismo de la
focles. frase, con una rapidez y un tem po peculiares, y en la
En relación con Eurípides, la lengua del diálogo so­ calidad personal de una lengua de inconfundible trazo
focleo es otram ente coloquial, tiene otra jugosidad y hasta el punto de que, anónim a la obra, no podríam os
nunca se avulgara. Lo peculiar de la palabra hablada vacilar al atribuirle autor, porque los diálogos de Sófo­
sofoclea es haber logrado lo que llamaríam os perfecta cles, sin nombre, están ya firmados y los Coros de Só­
fusión de un lenguaje que llega al espectador en un re­ focles, muy llenos de elisiones y alusiones y con una
sultado total de naturalidad y la dignidad literaria, la gracia más bailada, parece que el poeta los ha resellado
realeza de la palabra, de lo que, en definitiva, es una con firma en todo tan inequívocamente suya: como
trasposición estética (más distante que la de Eurípides muy bien se ha e sc rito 30, ante u n texto sofocleo difícil­
de la lengua vulgar de la vida diaria, más exëlîagménë m ente se produciría la situación irritante que ha ocu­
como dice Aristóteles, Ret. III 1404 b 8 y 1406 a 15). rrido ante algún texto anónimo, que unos han conside­
E sta lengua resulta inconfundible y no sólo ni tanto rado «muy Eurípides», y otros, «muy Menandro».
por sus giros idiomáticos o po r la preferencia de cier­ La pregonada sencillez de esta lengua es aparente.
tas figuras retóricas (como el oxímoro o ju n tu ra de La claridad de entendim iento que, al prim er pronto, se
opósitos/que va contra la ley lógica «dos contrarios no crea en torno a lo que el diálogo dice, es ilusoria. Con
alguna frecuencia comprobamos su dificultad, inclusive
pueden caber en u n mismo sujeto») o por la receta sin­
sobre algunos de sus traductores que tampoco la en­
táctica propia y con pequeña variación, que tam bién la
tiene: verbigracia, el giro dialéctico binario (ni-ni, no-
29 Cf. F r . Z ucker, «Formen gesteigert affektischer Rede in
sino, tanto-cuanto), que responde a una costumbre m en­ Sprechversen der griechischen Tragodie», Indog. Forsch. LXII
tal muy de los griegos, se reitera constantem ente y la (1955), 62-77 (recogido en el vol. col. [ed. H. D i l l e r ] Sophokles,
Darmstadt, 1967, págs. 252-267).
27 Cf. L. B e rg so n , L’epithète ornementale dans Eschyle, So­ 30 A. Lesky, Die tragische Dichtung der Hellenen, Gotinga,
phocle et Euripide, tesis doct., Uppsala, 1956, y «Episches in den 1956, pág. 141. Quiere decirse que algo falla en el planteamiento
rhêseis aggelikaí», Rhein. Mus. Cil (1959), 9-39. de principio, cuando se plantean disputas como la suscitada en
torno a POxy 2452: cf. R. Carden-W . B a r r e t t , en pág. 117 de op. cit.
28 A. S id e ras, Aeschylus Homericus. Untersuchungen zu den
en nuestra nota 41.
Homerismen der aischyleischen Sproche, Gotinga, 1971.
INTRODUCCIÓN GENERAL 43 44 TRAGEDIAS

tienden por completo (alguno hay que, después de ca­ que fría: no m a te 32, sino matizada; no sorda, sino con
lificarla de sencilla y diáfana, dem uestra luego que no sordina; no con voz débil, sino a m edia voz.
tenía razón y que no la entiende ni aun en el sentido Tanto en el plano de la acción como en el de la len­
material). Un crítico antiguo hablaba ya de la «anoma­ gua, asistimos a la evolución desde algo estático toda­
lía» de la lengua sofoclea. Oigo decir que el viejo Wila- vía a algo mucho más funcional. Vemos surgir leyes de
mowitz, después de haber tenido cátedra de tanta auto­ la composición y de la expresión seguras en Sófocles.
ridad en estas m aterias, confesaba encontrar en la len­ Cuando el oído y el ojo se fam iliarizan con ellas, reco­
gua de Sófocles dificultades para adueñarse de ella que nocemos una dinamicidad, una fluencia dinámica admi­
no había encontrado en los otros dos grandes trági­ rable. El vocabulario y sus combinaciones eléctricas,
cos 31. La descolocación en el enlace de palabras, tantas cuya onda tantos siglos después aún nos sacude: una
veces inesperado en el orden común de asociaciones, es palabra trágica, que no es cifra secreta del alma, sino
una dificultad más bien aparente: u n desorden con que algo fáctico y a c tu a n te 33, plástica, corporal, elástica.
se viste, en apariencia, un orden secreto. Cuando tra ta ­ La trayectoria de la frase y de la acción dram ática tie­
mos de ponerle orden, ¿orden?, pronto vemos que se nen en Sófocles una vibración peculiar. La frase ahora
trata de palabras en m ejor orden que el buen orden se tensa elástica, ahora crece, ahora lanza hacia lo más
esperable. Dificultad más real es la que toca a bastan­ alto la palabra exacta. La acción progresa paso a paso
para elevarse hasta su clímax — ¡y qué alta va la acción
tes cosas idiomáticas, para apreciarlas debidamente, y
en esa cum bre!— y, paso a paso, descender hasta el
a una sintaxis que perm ite casi todas las aventuras po­
acorde final del drama. Es un juego de arcaduces que
sibles. Pero, sobre todo, es la dificultad natural de una
voltean, se cruzan y superponen, se elevan más y más
lengua que, desnudándose relativam ente de sonorida­
alto. Todo vibra y se estremece como en un arco iris
des exteriores, busca músicas y m atices del alma, que
o encrucijada de vientos, es decir, no con un único co­
procede por matices y medias tintas más que por con­
lor o viento constante; pero todo según un orden con­
trastes violentos. ¿Frialdad, como pregona el vulgo de veniente: «lo adecuado del modo adecuado y en el ade­
los cultos? Nada es la lengua sofoclea en menos grado cuado tiempo», como viene a decir el biógrafo antiguo
(Vita 21). Tal en Edipo Rey: frase tras frase se suceden
31 Téngase presente, para comprender el alcance de la mo­ en tensa curva, conducida a través de inauditos hipér-
desta confesión del gran filólogo, que en la producción wilamo-
witziana (que es ella sola una biblioteca de más de setenta volú­ batos; las entradas escénicas cierran y abren escena
menes) la ocupación con la tragedia ática fue tema constante tras escena, episodio tras episodio y, entrem edias del
hasta el sketch titulado «Die griechische Tragodie und ihre drei m etal del diálogo, suena la cuerda de los Coros; la tra ­
Dichter» (Griechische Tragodien, IV, Berlín, 1923), contando Wila- gedia m archa hacia adelante y hacia arriba, y luego
mowitz setenta y cinco años, y desde un escrito de despedida de
colegio, o cosa así («Valediktionsarbeit», en la Escuela de Pfor-
ta), redactado a los dieciocho años, en 1867, editado recientemen­ 32 «Mattigkeit» dice, hablando de Filoctetes, Wilamowitz en
te por W. M. C alder, III: Inwieweit befriedigen die Schlüsse der página 84 de la obra juvenil que acabamos de citar.
erhaltenen griechischen Trauerspiele? Ein asthetischer Versuch, 33 Cf. W. S chadew aldt, en el concienzudo epílogo galeato a su
Leiden, 1974 (sobre Sófocles, págs. 70-95). Griechisches Theater, Francfort, 1964, págs. 493 sigs.
INTRODUCCIÓN GENERAL 45 46 TRAGEDIAS

refluye en sentido contrario hasta que, al fin, la acción el hom bre y los dioses toma nuevo giro. El hom bre
se hace pathos y todo se recoge en la corriente de la­ debe vivir por cuenta propia y el dram aturgo, con una
mentos, que interrum pen las palabras de Creonte, re­ sensibilidad muy suya, encuentra una nueva m anera de
cién llegado al poder... Tanto movimiento y variedad se ver la tragedia de los hom bres. El teatro euripideo es
articulan, por m inisterio artístico del poeta, en la uni­ flor amarga de un espíritu que acepta como hecho in­
dad a la vez más libre y más estricta. evitable la discrepancia radical entre el hom bre y el
La lengua, verdadero órgano natural de la palabra dios y que no espera gran cosa de los dioses. Los hom­
del héroe y de sus acompañantes; la acción dramática, bres sufren, con digna am argura, las burlerías de este
equidistante de la rigidez constructiva, algo ingenua, mundo y los encontrados giros de fortuna loca. Cobran
de Esquilo y del esquem atismo excesivamente artifi­ la libertad de organizar su propia existencia por natu­
cioso de Eurípides... nos explican lo que la tragedia ral impulso de su ingenio, en cuanto es posible a un
sofoclea tiene de clásica, en cuanto polaridad y concier­ pobre humano. Descubren tesoros recatados dentro de
to entre m ajestad y belleza34. Pero, para term inar de sí mismos, unos valores autónom os y una dignidad pro­
aclarar el secreto, debemos dirigir nuestra atención a pia que, en los viceversas y complicaciones de la exis­
otro factor esencialmente coadyuvante: los personajes. tencia, saben m antener. La relación en tre el hom bre y
lo divino no es, en Sófocles, de consonancia, como en
Esquilo, creyente en una conciliación futura como si
El héroe trágico la viera. El héroe sofocleo advierte una discrepancia
'entre sí mismo y las fuerzas realm ente actuantes en el
Y entram os a hablar del héroe trágico sofocleo, «una
mundo; pero no a la m anera de Eurípides. El disol­
imagen luminosa proyectada sobre una pared oscura»:
vente del conocimiento no ha liquidado, en el héroe
esta definición la sienta Nietzsche en El nacimiento de
sofocleo, el sentimiento íntim o de que el hom bre no
la tragedia.
es nada sin el dios. Su terrible dram a íntimo radica,
La relación entre el hom bre y lo divino en el teatro
de Esquilo es, en fin de cuentas, de consonancia y ajus­ precisamente, en que su soledad no es la de un indivi­
te. Para Esquilo, robusto afirm ador del orden de la dualismo desesperado, sino u n reflejo existencial de la
Justicia representado por Zeus, el curso del tiempo da «excentricidad» del hum ano en su relación con lo di­
a las tragedias de los hom bres la luz de un sentido: en vino; y como el desarraigo del hom bre con respecto al
lo porvenir encuentran, en una conciliación final, con­ dios es íntimo, es cosa de dentro que no tiene cura ex­
suelo de su desconsuelo. De diferente m anera ocurren terna, por eso es particularm ente doloroso.
las cosas en el teatro de Eurípides, reflejo y transpa­ En este sentido, el teatro de Sófocles está concor­
rencia de la revolución de valores contemporánea: ro ta dado íntim a y espiritualm ente con la crisis del espíritu
la conciencia de aquella consonancia, la relación entre griego irrum piente en los días que el poeta corría.
Como en todos los momentos de crisis, la vida es dual,
34 Cf. lo que decimos en págs. 57-70 de «Sobre lo clásico», coexisten una persistencia de lo antiguo con una ger­
en el libro Experiencia de lo clásico, Madrid, 1971. minación de algo nuevo en conflicto con lo antiguo. El
INTRODUCCIÓN GENERAL 47 48 TRAGEDIAS

hom bre que una vez (una vez que ha durado varios si­ desengañado y tristón. Pero ningún otro trágico griego
glos) ha vivido en un repertorio sincero de creencias, ha sentido, como Sófocles, la absolutez del dolor de sus
arrojado a una circunstancia nueva y conflictiva, vive héroes, sin el m enor esperanzam iento en la interinidad
en una situación espiritual infinitamente dramática. del dolor. Es un dolor a lim ine y definitivo. No está
Más adelante, saldrá de una creencia para vivir en otra: enderezado ad maiorem gloriam Dei, como lección mo­
cuando se queda sin aquellas convicciones, pero se ins­ ral constituida por m ateria ejemplificadora. Tampoco
tala en otras y en los nuevos entusiasmos que informan cabe hablar de condición expiatoria de este dolor que,
su época, su vida pierde poco a poco ese dramatismo. una vez apurado hasta las heces del cáliz, asegura su
Sin embargo, m ientras dura el tránsito, m ientras vive galardón al hom bre que ha sufrido y h a sabido peniten­
en dos creencias situado en un um bral que es a la vez ciarse y es como la prim a que le garantiza un seguro
entrada y salida, su desarraigo de lo divino es un des­ de eterna bienaventuranza. Fuera un error sustantivo
garro íntimo, el de poder o no poder el hom bre hacer (pero es error bastante común) confundir a Sófocles
sin el dios, el de no tener en lo divino el hom bre el con Esquilo o con un poeta cristiano. No es el dolor en
asidero que tuvo y que no se sabe ahora quién lo lle- Sófocles trám ite interm ediario entre el sufrim iento pre­
. nará. Y si es esa ausentación y presencia de lo divino sente y el gozo futuro. No tiene, para el hombre, salida,
porque es la señal de su hum anidad. Pero, precisamen­
como de veras lo es, característica del dram a sofocleo,
te p or ser un dolor tan absoluto, es la condición, y no
más cada vez, así se explica una m anera suya de ser
hay otra, para que el héroe doliente cobre conciencia
exclusiva, y síguese de ahí que Sófocles fundam enta la
de su ser verdadero. El hallazgo de la propia alma, del
situación trágica en bases diferentes, y mucho más ra­
más íntimo centro de ella, lo consigue el héroe en el
dicales, que Esquilo y Eurípides.
alum bram iento doloroso. El dolor insoluble, condición
La separación entre hom bre y dios concentra el dra­ irrem ediable de la vida del héroe trágico, es el medio
ma sobre el hombre, sobre su soledad, que ocupa el en el cual encara aquél su verdadero fondo sustantivo.
espacio escénico y constituye la situación trágica. Y por­ Estoy repitiendo, con la m ayor economía de pala­
que efunde de la condición hum ana misma, insacudi- bras, algo que va siendo ya de común aceptación. No
ble, dicha soledad existencial está penetrada por la entro en pormenores ni cito pasajes demostrativos, que
am argura de un dolor supremo. en este lugar omito, po r ser cosa en o tra parte referida
La fuerza incomparable de la tragedia sofoclea resi­ y ven tilad a35. Son incontables las expresiones 36 que el
de en la figura aislada, en el dolor que descarga sobre
la figura del protagonista (el aislamiento empieza ya en 35 «El dolor y la condición humana en el teatro de Sófocles»,
el título, que es, en seis de las siete tragedias, un nom bre en De Sófocles a Brecht, Barcelona, 19742, págs. 13-83.
individual). El dolor del héroe sofocleo es absoluto, sin 36 Cf. J. C. O p s te lte n , Sophocles and Greek Pessimism, Ams­
salida, y por eso es un dolor hasta la congelación de terdam, 1952, págs. 118-156. De un modo circunstanciado y escru­
puloso, desde una perspectiva de semántica estructural, ha estu­
los huesos. Los personajes de cualquier tragedia griega diado el venero de léxico del dolor en Sófocles M arcos M a rtín e z
son hom bres y m ujeres doloridos: se duelen gravemen­ HernAndez, La esfera semántico-conceptual del dolor en Sófocles,
te de sus desdichas con frases de brío o con acento tesis doct., Univ. Complutense de Madrid, 1981 (2 vols.).
INTRODUCCIÓN GENERAL 49 50 TRAGEDIAS

poeta pone en boca de sus personajes y en los melancó­ sabiduría. Tal es la fuerza terrible del dolor, en una
licos comentarios del Coro p ara señalar que la vida del tragedia sofoclea cualquiera.
hom bre es dolor, la desventura de vivir y la ventura El héroe sufre un dolor sin salida y sin conforta­
de no haber nacido. Innumerables son tam bién los lu­ ción, que tiene la virtud de revelarle su verdadera ima­
gares en que los héroes y heroínas de este teatro des­ gen, su yo más genuino, generalm ente de un golpe y
cargan su dolor con gritos y requisitorias pesimistas, en u n instante, in ictu ocüli. Una vez que se le ha reve­
jaleados por el Coro, en son querulante, con sus excla­ lado la imagen, en la que él se reconoce, de acuerdo
maciones dolorosas y versículos de tipo más clamador con ella decide irrevocablemente, sin dar su brazo a
que métrico. Sófocles ha experimentado más profunda­ torcer, sin apearse de eso. Antes que dim itir de su ser,
m ente que ningún otro poeta griego, trágicos incluidos, prefiere el desastre, m ortal con frecuencia. No puede,
la condición doliente de la existencia humana. Sus hé­ no sabe, no quiere transigir; de donde se saca que la
roes, transidos de dolor, sufren la limitación de la hu­ consecuencia de su intransigencia es su soledad, el ais­
mana condición sin esperanza, sin tener siquiera el lam iento to ta l37: esta idea de que el hom bre sólo es
desahogo de la rebeldía o de la desesperación que co­ en su verdad, sólo es en sí mismo, cuando es en su so­
rre por el subsuelo del teatro euripideo. Ocurre, ade­ ledad, ha encontrado en la fisonomía del héroe sofocleo
más, que el espectador no puede preguntarse por culpas su perfil representativo. En su arisca insularidad, en
m edio de una hum anidad circuidora que no le com­
y castigos, sino que, y a causa de que esos desdichados
prende, el héroe se siente solo, abandonado. Parece
son generalmente inocentes, su sufrim iento les viene de
que, entre las otras que tiene, una de las misiones del
la condición humana, nacida en el dolor. Esto, por una
Coro es hacer que el héroe se sienta solo: cuándo le
parte.
trae su m isericordia y su consuelo locuaz, pero, al con­
Pero, por otra parte, precisam ente por ser un dolor
dolerse, se alimenta de tópicos sociales que contrarían
tan absoluto, es el lugar hum ano donde sale a luz lo
al héroe; cuándo le trae su desaprobación y le aconseja
m ejor y más verdadero del hombre: es de calidad que,
que cambie de opinión. De un sentim iento raíz de sen­
al que lo padece, revela su verdadera verdad. El dolor tirse solo, incom prendido de las gentes, que exacerba
sin salida, por su carácter inclusivo y total, porque no
su dolor, deriva en parte el autorreconocim iento del
admite soluciones externas, posee la fuerza de revelar
héroe y la voluntad de m antener su decisión a todo
al hom bre, levantándose éste desde lo más suyo hasta precio, contracorriente de los hombres. En medio de
que llega a la conciencia de sí mismo por el dolor. Aquí un m undo de lo razonable y de lo utilitario, el héroe es
palpamos la condición aneja al dolor, de crisol que se­
para la verdad de la apariencia, la pulpa del hollejo, la 37 Cf. B. M. W. K nox, The Heroic Temper. Studies in Sopho-
esencia desnuda, en cueros, de un carácter de su fiso­ clean Tragedy, Berkeley-Los Angeles, 1964, págs. 10-25 (ésta es la
nomía ficticia. Este dolor hace que el héroe sea por p ri­ tirada que tengo a la vista, pero hay otra de 1966), y H. D i l le r ,
«Ueber das Selbstbewusstsein der sophokleischen Personen»,
m era vez lo que él es y que su puesto en el mundo se Wiener Stud. LXIX (1956), 70-85 (recogido en Kleine Schriften zur
le revele como lo que realm ente es. El dolor genera antiken Literatur, Munich, 1971, págs. 272-285).
INTRODUCCIÓN GENERAL 51 52 TRAGEDIAS

el gran incomprendido, el inconvencible, el que no otros contrastes: vitalidad y razón, naturaleza y cultu­
atiende lo que le dicen, p ara los mediocres el hombre ra, etc.) surge, en Sófocles, de la conciencia de la limi­
sin mesura; en realidad, el que no oye ni ve más que tación del conocimiento h u m an o 3S. Precisado en estos
aquello que le sale del corazón: u n deber ser así y un térm inos el contraste divino-humano, en cuanto dilema
no poder ser de otro modo. Ayante tiene u n solo pen­ trágico, se convierte en el ángulo insustituible, desde el
samiento, el recobro de su honra perdida. Antígona, el cual debe leerse la tragedia sofoclea, no sólo en casos
derecho del m uerto a sepultura. Edipo, la persecución evidentes, como Edipo Rey o el «discurso engañoso» de
de la verdad que, revelada, purificará a Tebas. Electra, Ayante, sino en todos los casos. Lo trágico de su exis­
tencia le viene a la simiente hum ana más por defecto
la venganza de la m uerte paterna, p ara que la casa se
de cabeza que por vicio de corazón.
purifique... Por esa vía caen en graves malaventuras:
Claro que, al procurar el héroe sofocleo por que la
dolor aún más intenso, m uerte.
justicia y la verdad no solamente valgan y sean reco­
Pero sería ligereza insigne in terpretar que la sole­
nocidas, sino, en cierta m anera, por hacerlas originarse,
dad del héroe le nace de sentirse abandonado de los
nacer de nuevo èn este mundo, está y se pone, en cuan­
humanos, sin alma amiga, cuando la verdad es que esa
to hom bre, en consonancia con lo divino y es, en la
últim a soledad simplemente se sobreañade y exacerba voluntad del poeta, un hom bre «como debe ser» el hom­
la más radical soledad que le nace a la existencia hu­ bre. Sólo que tal consonancia no es la tranquila del
mana de su excentricidad con respecto a lo divino. Lo sabio que se recoge a sus solas y se abism a en soledad,
imperecedero y sempiterno de la Divinidad —que, con sino que es dolor indecible, soledad total, m uerte. En
esta pureza, ni Esquilo ni Eurípides han reconocido— cualquier caso, el sucedido trágico centrado en el dolor
constituye, en cualquier tragedia de Sófocles, el fondo del héroe es acreditación de lo divino, todavía docu­
sobre el cual se destaca lo flaco y fallecedero humano, m ento literario del «misterio» del hombre.
su caducidad y efimerismo a m erced del tiempo y la Me im porta añadir, muy p o r lo sumario, dos no­
fragilidad de su dicha y su grandeza. Ahora bien, la tas complementarias. La prim era se refiere a cierta
voluntad del dios, que ejerce su dominio premioso so­ compensación, esperable en un teatro que pinta tan a
bre el hombre, es una fuerza extraña a éste, hostil. Su lo vivo la soledad del hom bre vista desde su relación
hostilidad no proviene de avieso natural, sino que el con lo divino. El contrapeso lo constituye el descubri­
dios es hostil al hombre, en cuanto incognoscible para m iento de finos valores de hum anidad en la relación
éste o cognoscible solamente al precio y al térm ino de interindividual. A un nivel distinto de la proceridad es­
una experiencia dolorosa, que coincide con la acción cotera, insolidarizable, del héroe solitario hay, en el
trágica en su conjunto. Así el problem a de lo trágico se
hace, en Sófocles, problem a de conocimiento o, m ejor 38 Tema que ha rendido, en su labranza, frutos exquisitos
en el estudio de H. D i l le r , «Gottliches und menschliches Wissen
digo, de ignorancia, esto es, no de ausencia de conoci­ bei Sophokles»: coleccionado está este trabajo en el vol. col.
miento, sino de un conocimiento ilusorio, de apariencia Gottheit und Mensch in der Tragodie des Sophokles, Darmstadt,
que entra en tensión con la verdad. El sentimiento trá ­ 1963, págs. 1-28, y en Kleine Schriften zur antiken Literatur, pá­
gico de la existencia (que, en otros trágicos, efunde de ginas 255-271.
54 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 53
titularm ente el trágico del hom bre, que ha esculpido al
teatro de Sófocles, algunas figuras nobles (Ulises en
hom bre «como debe ser». La correspondencia entre el
Ayante, Neoptolemo en Filoctetes, Teseo en Edipo en
arte temporal, la tragedia, y el arte espacial, la escul­
Colono...) que descubren su hum anidad a la luz de su
tura, es obligada y justa. El dolor lim pia al hom bre de
finitud y de su reconocimiento en la desdicha de los
todo lo accesorio y lo reduce y aprieta a su figura ver­
otros 39, con quienes fraternizan, comunican y se socia­
dadera. El dolor ha delineado, en la escena sofoclea,
lizan.
unas figuras de exacta cuadratura, siem pre admirables
En segundo lugar, debo salir al paso de una obje­
para vistas. Dotados de magnífica arquitectura son per­
ción previsible. En efecto, pudiera argüirse que, cuan­
sonajes imposibles de olvidar, se hincan para siempre
do se hace pivote fundam ental del pensamiento sofo­
en la memoria. La tragedia sofoclea es bello arte plás­
cleo la contraposición: apariencia del m undo hum ano
tico y la más verdadera escultura de hombres. El trá­
frente a realidad del m undo divino, estamos olvidando gico verdaderam ente lapidario, escultor de figuras de
que esa contraposición puede trad ucir la modalidad hom bres como deben ser, ni semidioses ni demasiado
m isma de la escena dram ática, admirablemente explo­ humanos, nos significa tam bién en este respecto, sobre
tada por m inisterio artístico del dram aturgo, y saltán­ todo en este respecto, u n ejem plo de arte clásico por
donos los límites entre realidad y arte, en deplorable excelencia, de tragedia clásica ne varietur40.
confusión. El hasta dónde llega el efecto teatral y hasta
dónde el pensam iento íntim o del hom bre Sófocles, es
cuestión sobre la que no puedo hacer juicio seguro. La obra y su cronología
Pero yo me pregunto si la frontera entre arte y realidad
es tajante, cuando el arte consiste en la teatralización La tradición atribuye a Sófocles unas 123 piezas, en­
de la tragedia del hombre, y la realidad es el gran tea­ tre tragedias y dramas satíricos, caso portentoso de fe­
tro de la existencia. Nos sentimos solicitados a objeti­ cundidad, aunque sean, en núm ero, diez veces menos
var la experiencia literaria del artista en experiencia que las comedias de Lope. De todo ese latifundio dra­
hum ana suya y a pensar que el arte devuelve a la vida m ático el tiempo, que cura o m ata, hizo su tría y ya, al
lo que la vida le dio. Si el lector de este teatro conside­ menos, en el siglo iv d. C. se había hecho una selección
ra igualmente auténticas y esenciales, para su propio con las siete tragedias que conservamos íntegras. A lo
uso, las fuerzas que se expresan en el mismo, vehicula- mucho que se puede encontrar en la tradición indirecta
das por la palabra trágica y por el gesto escénico, y tie­ (en citas, obras eclógicas, traducciones latinas), los pa­
ne estos dram as por texto sagrado (Hôlderlin, W. F. piros han añadido nuevos fragm entos41, algunos tan
Otto), ésa es cuestión personal suya.
Lo que me queda por decir, en este capítulo, se ha 40 Cf. A. Lesky, «Wesenszüge der griechischen Klassik», en
dicho muchas veces. No buscamos originalidad. Porque Gesammette Schriften, págs. 443-460.
Sófocles es el trágico del dolor absoluto, es también 41 Cf. R. Carden-W . S. B a r r e t t , The Papyrus Fragments of
Sophocles, Berlín, 1974 (esta colectánea no comprende los frag­
mentos de Los sabuesos ni los que corresponden a las siete tra­
39 Cf. A. Lesky, «Sophokles und das Humane», recogido en gedias completas). La edición general de fragmentos sofocleos
Gesammelte Schriften, Bema-Stuttgart, 1966, págs. 190-203.
INTRODUCCIÓN GENERAL 55 56 TRAGEDIAS

superlativam ente interesantes como los oxirrinquitas, rica... Por lo demás, Sófocles, aun fragm entariam ente,
publicados en 1912 y 1927, con extensas porciones de es admirable muchas veces y, alguna, nos es dable sa­
Los sabuesos o los tebtunitas (restos de 78 versos en un car de esas escombreras preciosas partículas de liris­
cartonaje que envolvía una momia) y oxirrinquitas con mo; aparte de que la particular expresividad de lo
restos de otro dram a satírico Inaco, editados en 1933 fragm entario añade m aravilla a la m aravilla... Pero
y 1956, respectivamente. Por regla general, empero, son toda esa problem ática más pertenece a monografías
frases truncadas, menuzas inzurcibles, trizas desglosa­ especializadas que a estas sencillas páginas de introduc­
das de contexto; aunque su aparición tiene siempre la
ción muy general. Aquí querem os reducim os a los gran­
emoción que acompaña a todo salvamento. La mayor
des problemas que plantean las siete tragedias comple­
parte de los fragmentos no papirológicos son también tas conservadas.
briznas miserables en extensión. El todo constituye
El prim ero de esos problem as es la cronología. Sa­
como un conjunto madrepórico o m ontón de trozos dis­
bemos que Edipo en Colono, tragedia ultim ogénita de
persos, resultado de una explosión caótica. El filólogo
Sófocles, se representó en el 401, m uerto ya el poeta,
se acerca a estos fragm entos con ánimo de salvación,
y que Filoctetes fue representada en el año 409. La ig­
para reintegrarlos al conjunto de que, en su día, for­
m aban parte. Procura reducir el núm ero de los incertae norancia de la cronología de las piezas restantes plan­
sedis, intenta som eter el desorden a forma. La restitu­ tea un pleito filológico im portante a la hora de juzgar
ción y recobro de las grandes líneas del argumento, a estos dram as que, como cualquier obra de arte, tienen
p a rtir de los fragmentos, como trocitos de un espejo, dos significaciones, una por lo que en sí representan
de un espejo de cuerpo entero que el tiempo ha roto y o tra por lo que representan en relación con las demás
en pedazos y los más se han perdido, es una tarea filo­ del mismo autor, un valor intrínseco e individual y otro
lógica emocionante. Se deducen corolarios generales de valor, el que representan en la serie de obras que de­
gran interés: los fragm entos de dram as satíricos enri­ m uestran una evolución. La filología sofoclea se h a em­
quecen nuestra imagen de Sófocles y la de un género pleado en seriar cronológicamente estos dram as con
conocido antaño sólo por E l Ciclope euripideo; la re­ los métodos que, en casos tales, le son habituales y que,
construcción de la Telefia nos lleva a un Sófocles que como todas las cosas de este mundo, tienen su más y
todavía componía trilogías; más de un cuarenta por su menos. El procedimiento que, a mi ver, tiene menos
ciento de los temas sofocleos (doblando la cifra corres­ que dar y que no consigue mi adhesión es el que con­
pondiente a Esquilo y Eurípides) viene del Ciclo troya- tem pla en las tragedias de Sófocles respuestas concre­
no, y se confirma el aserto de Cameleonte (Ateneo, VI tas a hechos precisos de política interna ateniense o de
277 e) de que Sófocles se abastece de la cantera homé­ política exterior, amistades y enemistades con otras ciu­
dades y cosas por el estilo 42, como si Sófocles fuera de
ya no sigue siendo la de A. C. P e a rso n (Cambridge, 1917, 3 vols.;
el texto original con la versión suplementaria va acompañado 42 Este punto de vista rige la obra entera de G. R o n n e t,
de una orla de comentarios); consúltese ahora S t. R adt, Sopho- Sophocle poète tragique, París, 1969, en una monotonía que la
kles, en Tragicorum Graecorum Fragmenta IV, Gotinga, 1977. empobrece sobremanera.
INTRODUCCIÓN GENERAL 57 58 TRAGEDIAS

la clase de poetas de lance y políticos que se nutren de term inus post quem de Edipo Rey, fechable en los ini­
pequeñas anécdotas para reverterías convertidas en m a­ cios del octavo decenio del siglo (ca. 429).
teria teatral o como si la tragedia sofoclea fuera una Las Traquinias completa la nóm ina y presenta el
especie de novela en clave: que si Electra es un ale­ problem a más grave. Para unos (Dain-Mazon, Zielinski,
gato en favor de la política de Terámenes, que si el Ronnet, que la data ca. 464-62), es la pieza más antigua
rey Edipo es Pericles y Filoctetes es Alcibiades, que si de las conservadas. Para otros (Schmid, Kranz), se si­
en Ayante el protagonista simboliza a Salamina y Ulises tú a entre Edipo Rey y Electra. Schiassi llega a datarla
y la diosa a Atenas, que si el estásim o prim ero de An­ ca. 410. Son opiniones extremosas. Los más de los eru­
tígona (w . 332-375) celebra la fundación de Turios en ditos actuales la sitúan antes de Edipo Rey (así Lesky)
el 443, etc. Por lo demás, estos eruditos, a quien detes­ y todavía más, antes de Antígona (Reinhardt). No diga­
to, aficionados al dram a en clave, practican un método mos nada definitivo: el problem a se alza todavía. Mu­
tan dúctil que la cronología de una m ism a pieza lo m is­ chas razones abonan por una datación antigua, anterior
mo se acomoda a u n acaecimiento que a otro. Nos fija­ desde luego a Edipo Rey y, tal creemos, algunas invitan
remos, pues, en otro tipo de argumentos. a adelantar aún más la fecha y ponerla antes de Antí­
La fecha de Electra ha sido m uy discutida, sobre gona. Estas razones, las de uno y otro grupo, si una a
todo en su relación con la pieza hom ónim a de Eurípi­ una consideradas, acaso pudiera pensarse que son apre­
des, cuya data tam bién se discute: algunos, por razones ciaciones subjetivas (eterna cuestión del «todavía no»
métricas, la sitúan hacia el 418; otros, en el 413; en o del «ya no»), producto de m ucha imaginación inter­
todo caso, cree hoy la opinión más común que la de pretativa, y que cualquiera podría sostener una inter­
Sófocles es algo anterior, de hacia el 420 lo más pron­ pretación contraria. Pero esa im presión de isosthé-
to; lo más im portante es que, como lo patentiza el tra ­ neia ton lógdn no resiste la fuerza de convicción que
tamiento de la intriga, el movimiento escénico y otros de todas las pruebas, en su conjunto, se deduce: la
rasgos, form a grupo con Filoctetes y Edipo en Colono. fusión entre la saga y el fatalism o no es perfecta, como
Ayante debe de ser de ca. 447 y, aunque algunos filólo­ lo es en Edipo Rey; Las Traquinias es una «tragedia de
gos (los Wilamowitz padre e hijo, Perrotta, Mazon) han la ceguera», como Edipo Rey, pero, a diferencia de ésta,
considerado algo anterior Antígona, hoy se piensa ge­ está ausente toda distinción entre culpa voluntaria e
neralmente que esta últim a es unos años posterior y involuntaria; el descubrimiento del yo en Edipo Rey
se da crédito a la «hipótesis» prim era, que invita a acontece en la intim idad de dos almas que se aproxi­
fechar su estreno en el 442; el debate final en Ayante man, en Las Traquinias se m antiene el carácter «mo-
sobre la sepultura del héroe parece que prefigura el nológico» primitivo; Heracles carece de la autorrevela-
conflicto central de Antígona. Como, en el año 425, Los ción de Edipo; el signo precursor de la catástrofe no
acameos de Aristófanes (v. 267 paródico del v. 629 de está enviado por el dios tan claram ente como en Edipo
la tragedia sofoclea) la presuponen, éste es el terminus Rey y Antígona; las oposiciones y contrastes son más
ante quem y si la peste de Atenas, del año 431, está complejos en Antígona; la ironía divina comienza, en
implícita en la misma (véase el párodo), éste sería el esta última, a anim ar el juego escénico; en el .contraste
60 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 59
na el dram a mismo. Y ya que nos hemos demorado en
entre lo fatal y lo racional interviene ya en Antígona la
este problem a cronológico, añadirem os una últim a ob­
contraposición divino-humano... E. R. Schwinge ha de­
servación: autores (como Lesky y Paduano) que ponen
dicado, en 1962, a la cronología de Las Traquinias un
libro im p o rtan te43, poniéndola detrás de Ayante y an­ Las Traquinias después de Antígona, porque, como se
tes de Antígona. Su análisis se detiene en cuatro pun­ dijo, esta últim a pieza se data comúnm ente en el 442
tos: «diálogo triangular» propiam ente dicho, ausente y porque entienden que hay en Las Traquinias una es­
de Ayante y Las Traquinias, pero presente ya en Antí­ cena, la despedida de Deyanira (w . 920 ss.), que se
gona y perfectam ente m anejado en Edipo Rey (Edipo, inspira en otra análoga de Alcestis de Eurípides (del
Creonte y Yocasta, Edipo, el pastor y el m ensajero co­ año 438), los «adioses» de Alcestis (w . 175 ss.) no acier­
rintio); «forma díptica», que W eb ster44 ha señalado tan, creo, a persuadim os de que ése, y no el contrario,
como característica de las piezas anteriores a Edipo es el versus de la relación 45.
Rey, o sea, presencia de una cesura en la acción, pro­
ducida por la m uerte de un personaje, pero m ientras
que en Ayante y Las Traquinias el m uerto (Ayante, De­ Evolución
yanira) deja paso a un nuevo «protagonista», en Antí­
gona Creonte está presente en escena desde él comien­ «En efecto, así como Sófocles decía que estando ju­
zo; desarrollo de u n diálogo más m aduro que tiene gada por él hasta su térm ino la solemnidad de Esquilo
eficacia sobre los interlocutores: m ientras que, al final y luego lo amargo y artificioso de su propia invención,
de Ayante, Menelao y Agamenón no cambian después en tercer lugar cambiaba ya a la form a del estilo, que
de discutir con Teucro y Ulises, ni en Las Traquinias es precisam ente la más propia del carácter y la m ejor,
Hilo ante su padre, que vence pero no convence al hijo así tam bién los que filosofan, cuando desde lo propio
que obedece, ya en Antígona el resultado, po r ejemplo, de las solemnidades y lo artificial descienden al discur­
del diálogo Creonte-Tiresias es que, de amigos que eran, so que toca al carácter y la pasión, empiezan a progre­
pasan a ser enemigos; finalmente, aprécianse ciertos sar el progreso verdadero y sin orgullo.» Esto es Plutar­
distingos en la utilización de los oráculos y avisos del co, en el capítulo séptimo del tratad o m oral dirigido a
más allá: en Ayante y Las Traquinias tropezamos (como Sosio Senecio y que, en traslado latino, se titula De pro­
tantas veces en Heródoto) con vaticinios oscuros, cuyo fectibus in uirtute (Mor. 79 b). Es u n testimonio, im­
sentido solamente se desentraña una vez que la profe­
p ar entre los autores clásicos, que nos da proporción
cía se ha cumplido, cosa totalm ente adversa a lo que
de conocer lo que el propio Sófocles pensaba de la
acontece en Edipo Rey, que el oráculo no es algo a pos­
evolución de su estilo. El texto griego ofrece algunas
teriori de la acción dram ática, sino algo que condicio­
45 No me convencen los argumentos métricos de H. Pohl-
43 Die Stellung der «Trachinierinnen» im Werk des Sopho­ san der,«Lyrical meters and chronology in Sophocles», Amer.
kles, Gotinga, 1962. Joum. Phil. LXXXIV (1963), 280-286, para poner Las Traquinias
44 Op. cit., págs. 102-103, y J. A. W aldock, Sophocles the Dra­ detrás de Antígona.
matist, Cambridge, 1951 (repr. 1966), págs. 50-61.
INTRODUCCIÓN GENERAL 61 62 TRAGEDIAS

dificultades de interpretació n46, cuya solución va im­ Proene, el suicidio de Ayante solitario); en el vocabula­
plícita en la traducción literal que ofrecemos. Esta de­ rio, a la inflación de adjetivos privativos, compuestos
claración preciosa (palabras de confidencia y de tanto verbales con ciertos dobles preverbios, mucho nom bre
encanto) nos m uestra a Sófocles convirtiendo la m ira­ a b stra cto 47, adverbios no adjetivales con sufijo poco
da hacia atrás, haciendo examen de conciencia y com­ corriente, formaciones anómalas para acomodarlas al
parando al Sófocles que fue con el que ahora es. E n el verso; a una imaginería excesiva (todavía en Antígona
arranque, un escritor muy influido po r el estilo de Es­ contamos más del doble de m etáforas que en Electra y
quilo, por su ónkos, que no ha de declararse por so­ Edipo en Colono y casi el triple que en Filoctetes); a
lemne bambolla, sino por grandeza orgullosa en pala­ cierta dureza en la construcción del periodo; a cierta
bras que desplazan gran volumen fonético y también rigidez en la argum entación «circular», en la form a se
en la inventiva. En los comedios, reconociendo en su entiende; exceso de amplificaciones; a un manejo, me­
estilo un no sé qué de áspero y teatralesco. E n la meta, nos flexible y personal, del verso del diálogo... Este
el punto de madurez de un estilo «más ético», que efun­ resabio de sequedad y artificio se va corrigiendo por
de directam ente del ser íntimo del hom bre (ético en el efecto de un cambio natural (metabállein dice el texto
sentido, verbigracia, con que Aristóteles así designa los plutarquiano, que no hay que enm endar en metalabeín)
discursos del Ulises de la Odisea). y, por último, viene lo que Sófocles considera su m ejor
Así dijo de sí mismo el propio Sófocles un día en estilo propio, por compulsa con lo anterior. El poeta se
que se supo conocer y distinguió tres etapas en su poe­ ve en su m aestría y modo, seguro ya en el rum bo de
sía. E n su prim era etapa seguía la m anera de Esquilo su producción: un nuevo dram a que lleva consigo cier­
en el vocabulario, en el relato, en lo escénico: en los ta eficacia «ética».
m iserables fragm entos restantes de Triptólemo y de Tá- ¿De dónde ha tom ado Plutarco este testim onio? De
miris son, en efecto, muy pronunciadas las reminiscen­ la respuesta que demos a esa pregunta depende la ca­
cias léxicas esquileas y la relación influenciadora de sación de muchas discusiones sobre la m anera de
Esquilo se aprecia tam bién en el relato, en la «relación com putar en años cada etapa y de establecer las corres­
geográfica» donde hay tierras y m ares para todos los pondientes divisorias. Algunos sabios (Schadewaldt,
gustos. Lo «amargo» de la segunda etapa (en el sentido Earp) opinan que, dentro de la obra sofoclea conserva­
en que amargo, opuesto a dulce, se aplica a cosas lite­ da, Ayante es m uestra de la prim era etapa, hasta los
rarias) y lo artificioso de ella debe de referirse, en lo cincuenta años del poeta; Antígona, Las Traquinias y
escénico, a ciertos golpes de efecto para estrem ecer al Edipo Rey, m uestras de la segunda etapa, entre los cin­
espectador (la m uerte en escena de algún hijo de Níobe cuenta y cinco y sesenta y tantos años de Sófocles; y
o, en Tereo, las m etamorfosis en pájaros de Tereo y reservan la tercera etapa para Electra ca. 413, Filocte­
tes del 409 y Edipo en Colono ca. 406. Ahora bien, si
el testim onio en cuestión procede, como puede supo­
46 Cf. C. M. B o w ra, «Sophocles on his own development»,
Amer. Journ. Phil. LXI (1940), 385401, recogido en Problems of
Greek Poetry, Oxford, 1953, págs. 108-125, y, en versión alemana, 47 Cf. A. A. Long, Language and Thought in Sophocles (A
en el vol. col. (ed. H. D i l l e r ) Sophokles, págs. 126-146. study of abstract nouns and poetic technique), Londres, 1968.
64 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 63
Rey sean documento de la tercera etapa. Luego vendría
nerse, de Ión de Quíos (fuente segura de Plutarco en un cuarto Sófocles, junto a los tres que él mismo ha
otras ocasiones; el vocabulario del texto, en su acep­ considerado al hacer historia de su carrera desde un
ción técnica y literaria, es perfectam ente datable a fines Sófocles, que no es Sófocles pero que presupone a Só­
del siglo v), fallaría tal vez el cómputo anterior. En focles, hasta u n Sófocles que se siente dueño de su arte
efecto, la am istad de Ión con Sófocles, como quedó di­ y su camino propio. El cuarto Sófocles no otro, no, sino
cho páginas más arriba, arranca de hacia el 441, recién el mismo en perfección es el poeta octogenario de Elec­
estrenada Antígona. Sófocles hace su confidencia, insta­ tra, Filoctetes y Edipo en Colono.
lado ya en la tercera m anera, en el estar haciendo des­ Trepado a esa altura de años, Sófocles nos ofrece
pués de haber hecho (cf. edè y diapepaichos, porque la un caso portentoso de juventud, de capacidad de reno­
prim era y segunda etapas son ya conclusas); luego, por vación y rejuvenecimiento. H asta traspasar la barrera
una parte, el nuevo estilo podría estar ya de cuerpo en­ de los noventa años sigue echando hijos artísticos al
tero en Antígona (aunque si la confidencia data de años m undo y, en lugar de sufrir la natural decadencia de
más tarde, verbigracia del 428, estando Ión en Atenas todo lo criado, se embala en una nueva m anera y re-
con ocasión de participar en un concurso trágico, la mudación de estilo. Dante com para la vejez con una
tercera etapa deberíamos iniciarla con Edipo R e y 48). rosa muy abierta que da sus perfum es, los de la expe­
Por otra parte, Ión de Quíos ha m uerto en el 421: por riencia, a todos. Tal la de Sófocles. En la altitud de los
varias razones, pero ante todo po r esa bien sencilla, años y del talento el poeta, que tuvo una salud fisioló­
cuando Sófocles le hacía esa confidencia, no estaba di­ gica de hierro, seguía poseyendo inspiración lírica, po­
cha aún la últim a palabra de su poesía. (Creo recordar der plástico, don verbal sabiamente esgrimido. Pero,
que tam bién ha hablado de los tres estadios o periodos sobre todo, Sófocles, que se ha envejecido en el cultivo
de su obra poética Nietzsche... a los catorce años.) El del arte, nos asom bra y pasm a (como es fam a que pas­
poeta (salvo que lo supongamos encaramado al trípode mó a los jueces) por su energía espiritual. La evolución
de las predicciones, adelantando porvenires) no podía que nos lleva al últim o Sófocles concierne, desde luego,
saber si, más tarde, su estilo tom aría nuevo giro, ni si a aspectos im portantes de la lengua y de la escena (a
su obra, después de la otoñada fecunda, inauguraría algo de esto aludimos m ás arriba); pero, sobre todo, a
otra nueva etapa en el invierno fructuoso: como así su visión de la vida y su conducta, a la m anera de en­
fue, en efecto. En resumen: es probable que la prim era tender la actitud del héroe trágico frente a sí mismo y
de las tres etapas que Sófocles —ingenio viril en lo frente a la deidad y al carácter mismo de las situacio­
m aduro de su edad— ha distinguido en su propia obra nes trágicas.
abarque una fase anterior a la producción conservada, También de esto últim o hablábamos antes. Pero
desde Triptólemo, su prim er estreno en el 468, cuando ahora ya se nos hace forzosa la referencia al Sófocles
el poeta reunía ya veintiocho años; que la única repre­ de Karl R einh ardt4β, que tanto ha sensibilizado, en esa
sentación conservada de su segunda etapa sea Ayante,
de hacia el 447; y que Las Traquinias, Antígona y Edipo « Sophokles, Francfort, 1933 ( 19412, 19473, 19754). Hay tra­
ducción francesa: Sophocle, París, 1971, que las Ediciones de
48 Así T. B. L. W ebster, op. cit., pág. 193.
INTRODUCCIÓN GENERAL 65 66 TRAGEDIAS

dirección al sofocleísmo del actual presente. Este libro, profundo respeto por la organicidad del texto (sin mu­
por los blancos que elige y po r el tino de sus disparos, tilarlo) y a la búsqueda del sistem a inherente del orga­
el m ejor libro de Reinhardt (que tan buenos ha escrito), nismo literario, que surge de las relaciones fundam en­
debiera ser la compañía inseparable de todos los lecto­ tales entre las fuerzas que lo determ inan: el héroe, lo
res cultos que se acercan a Sófocles. Ya empieza a ser­ divino, los demás hombres. Por otra parte, tam bién la
lo, aunque todavía algún sofocleísta (de los semino ti- herm enéutica, más cuando es de poesía, necesita su án­
ciados) acredita su rara insensibilidad al desconocerlo. gel: aquí el crítico literario no se avergüenza de su es­
La verdad es que la fama internacional de Reinhardt tilo, un estilo poético que no facilita la lectura, pero la
(f 1958) ha sido una fam a póstum a. Su propia concep­ hace más rem unerativa. En fin, hoy ya se tiene para
ción del m étodo filológico, como algo intransm isible, R einhardt un movimiento de m erecida reflexión; pero
le condenó en vida al aislamiento. Hay otras razones. aún merece más fam a de la m ucha que ya tiene. Me
Su formación intelectual avanzó siempre en contacto refiero al juicio de la filología profesional (en el que
directo con la filosofía. Su estilo expositivo, con haber R einhardt es recientem ente famoso), pues, desde otros
aprovechado el saber menudo que u n largo asedio filo­
campos, la obra de R einhardt hace tiem po que había
lógico ha almacenado, prescinde del lastre de la erudi­
sido apreciada como merece: Heidegger consideraba
ción allegadiza y, como la m ucha ciencia no estorba «grandiosa» su interpretación de Edipo Rey y Gadamer
para la bella m archa del texto, tiene la calidad de ver­
(un filósofo tan atento a los problem as de la herm enéu­
dadera creación poética. Estas calidades no le predis­
tica) diputa al Sófocles como el libro que más se acer­
ponían para ser bien acogido ni comprendido por cier­
ca al modelo ideal de ensayo literario.
ta filología al uso. Pero una buena form ación filosófica,
La técnica del análisis reinhardtiano consiste en un
siempre que no lleve a interpretar lo antiguo a p artir
examen comparativo de los módulos escénicos y lin­
del presente y siempre que no sustituya p o r grandes
construcciones apriorísticas lo que nunca debe dejar güísticos que, en la obra sofoclea conservada, definen
de ser exégesis «de lo particular y de lo singular», pue­ una situación hum ana sustancialm ente unitaria, pero
de y debe ser bien recibida p o r la filología sofoclea, y que se configura variablem ente a través, entre otras co­
en efecto, para bien y no p ara m al de la misma, ha sas, de la diversa relación entre sus térm inos dialécti­
forjado una nueva imagen del teatro sofocleo. Es ella cos fundamentales. El hom bre sofocleo se constituye
el resultado de una lectura enteram ente «autónoma» de según las incidencias de dos coordenadas, se coloca en
Sófocles: el autor y el intérprete (in angello cum li­ el centro de dos ejes definidores de su existencia: el
bello) cara a cara, otra novedad, ¡quién lo diría!, sin eje vertical de su relación con lo divino y el horizontal
interposición de la erudición ajena, porque la crítica de su relación con los demás hombres. El prim ero dé­
no puede sustituir, tampoco p ara el filólogo, el contacto term ina el sucedido trágico; el segundo, la reacción hu­
directo entre la obra y el lector. Se lee al poeta con m ana ante el mismo. El prim ero es constante, y el se­
gundo, variable y subordinado al prim ero. Páginas más
Medianoche, de selecto gusto, han querido para sus catálogos. arriba hemos perfilado nosotros el m arco general de
Trad, inglesa: Oxford, Blackwell, 1979. esta situación trágica. Destacamos ahora solamente lo
INTRODUCCIÓN GENERAL 67 68 TRAGEDIAS

que R einhardt añade tocante a la evolución cronológica contactos entre los hom bres y en el influjo m utuo entre
en el tratam iento sofocleo de la misma. los mismos) y participan uno con otro en su acción,
La evolución en el teatro de Sófocles y los proble­ voluntad y dolor; entre tanto, lo divino se ausenta de
mas conexos de cronología los h a visto Reinhardt como la escena, el poeta lo extraña a u n círculo más exterior
evolución de la «forma interior», que él considera so­ al acontecer dramático, desde el cual contem pla cómo
bre todo al nivel del pensamiento, viendo en el estilo los hombres, abandonados a sí mismos, se debaten en
algo así como una form a m entis (lo cual poco tiene que estériles esfuerzos. Cesante el dios, en apariencia, los
ver con lo que hoy se llama «morfología literaria»). hom bres tienen licencia para, con optimismo de ilusos,
Persiguiendo la «cronología de la form a interior» se a rb itra r planes inteligentes: el hom bre que, ande por
descubre tam bién una evolución form al en la carrera donde ande, sólo nuevos dolores se acarrea. Pero, final­
dram ática de Sófocles. Dos tipos de dram a se contra­ m ente (Edipo en Colono), la deidad se acerca de nuevo
ponen. Hay una «primera manera», representada por al hom bre en una vecindad que supone un clima com­
pletam ente nuevo en el teatro sofocleo, o bien (Filoc­
Ayante y Las Traquinias, en la cual el centro de la
acción dram ática es el yo estanco y la escena adopta la, tetes) interviene enseñando y reconciliando. Entrem e­
m ejor o peor llamada, form a estática o estacionaria. dias de am bas m aneras, los dram as de la m adurez An­
tígona y Edipo Rey: en la escena, el «démon» ausente-
Es una form a «monológica», no en el sentido técnico-
escénico ni en lo que este 'vocablo tiene de equivalente presente y el hom bre obrando, sufriendo, errando en
libertad, en disociación con los demás hombres, pero
fronterizo con soliloquio: apunta a una form a de poe­
de acuerdo con el dios.
sía que tiende a la autorrepresentación del yo, a un
proceso de excavación en la personalidad individual, En una palabra, el cambio de estilo y de procedi­
mientos viene de un cambio en la visión de la realidad
basada en datos que se refieren a la esfera subjetiva,
humana, de una nueva visión de la situación existencial
dentro de los límites del autismo. El hom bre «monoló-
gicamente» desde su destino habla al «démon», por el del hom bre. Adquirimos así un sentido más exacto de
las conquistas progresivas del poeta. En el plano de la
cual está limitado y encerrado. Por «démon» se entien­
visión trágica de la existencia, desde el aislamiento del
de el destino doloroso del hom bre como conjunción de
la fuerza sobrenatural que lo decide y de su recepción hom bre en Ayante y Las Traquinias, que es pura expe­
riencia de la realidad de la vida, a un aislamiento hu­
hum ana que, absorbiéndolo, lo transform a en módulos
mano que es centro y núcleo del que irradia la fuerza
de la existencia trágica, ilustrativos de la libertad de
sufrir, de advertir una discrepancia radical entre uno que da form a y sentido a la tragedia. En Electra, Apolo
y Orestes, el que impone la intriga y el que la ejecuta,
mismo y las fuerzas que realm ente actúan en el mundo.
son un m undo extraño para Electra, entre ese m undo
En la m anera tardía, desde Electra a Edipo en Colono
pasando por Filoctetes, el centro es el tú o la penetra­ y el suyo propio hay una verdadera cesura: el indivi­
ción del yo en otro yo, un juego dinámico, juego m utuo duo, que se identifica con su «démon», puede afirmarse
de los hom bres que realm ente dialogan (diálogo es la en su aislamiento. La conclusión del trabajo artístico,
organización de la existencia que se funda en posibles verdaderam ente constructivo, del poeta la representa
INTRODUCCIÓN GENERAL 69 70 TRAGEDIAS

Edipo en Colono, donde todas las conquistas preceden­ tensión interna que lo sustrae a paralelos fáciles con la
tes intentan realizar, en el arte y en el mundo, el tras­ novelística y va tendiendo a ahondar y a b arrenar en
paso del hom bre al «démon». Aquí radica el salto con la autenticidad de la condición hum ana; los coros, que
que este dram a se separa, o aventaja, a sus hermanos tenían un solo tono desde el principio al fin, se animan
anteriores. con u n movimiento interior m ás rico, hasta form ar
Al fulgor de esta profunda intuición reinhardtiana «pequeños dramas», con peripecia y final propios...
se nos alum bra una visión nueva de muchos problemas Podemos nosotros, a nuestro libérrim o arbitrio, pre­
perennes de la tragedia sofoclea: problem as de función ferir la una o la otra m anera en el teatro de Sófocles,
dramática, como el exacto valor de los oráculos en Las gustar más de Edipo Rey como dechado de la tragedia
Traquinias y Edipo Rey; composicionales, como la re­ griega, la prim era tragedia sofoclea en jerarquía, o ver
lación entre la prim era y segunda p arte de Ayante, a la en Edipo en Colono el m ejor m om ento del poeta. Pero
luz de la exégesis del lógos eschëmatisménos, sacándolo la existencia misma de una «última manera» en la tra­
de algunas confusiones que la crítica ha venido enre­ gedia sofoclea (Electra, Filoctetes, Edipo en Colono),
dando en torno suyo (mira, lector, lo que escribimos dándonos a gustar un Sófocles distinto al de antes, está
más adelante), o la unidad composicional de Las Tra­ fuera de duda.
quinias; problemas técnicos, como la valoración e im­ La cesura decisiva, y volvemos con esto al terreno
portancia del tercer actor; u n planteam iento profundo biográfico, se sitúa en el tiempo que siguió a la m uerte
de los problemas cronológicos, en particular el de la de Pericles y gran peste de Atenas, a comienzos de los
fecha relativa de Las Traquinias, que debe seriarse, con­ años veinte. Fue entonces cuando Sófocles vio que «lo
forme más arriba alegamos, delante de Antígona... Casi divino trasponía» (Edipo Rey 910: érrei dè tá theia), es
siempre y en casi todo nos convencen estas ideas me­ decir, que, entre otras cosas, se ponía en tela de juicio
nores de Reinhardt; pero, dado el carácter muy general lo que era, sin duda, la razón de ser del poeta trágico,
de estas páginas nuestras, más nos im porta señalar al­ la que legitimaba su oficio (Edipo Rey 896: tí det me
gunas consecuencias de significación más amplia. En choreúein). Su respuesta no fue sentirse inseguro con
lo formal, nace una nueva concepción de la acción dra­ respecto a lo divino, como le ocurrió a Eurípides; pero
m ática y de sus diferentes momentos: los episodios no parece como si entonces el poeta, como los dioses se
representan ya situaciones estáticas (en fin, así pueden alejaran del hom bre a una distancia homérica, hubiera
llamarse, sin poner gran empeño en la exactitud del querido refugiarse en lo «humano» del carácter noble
epíteto) en sucesión rígida, sino que advienen lugar p ro ­ (gennalon ëthos), que con tan ta m aestría diseñó en
pio de peripecias y cambios que inform an la escena; Electra y Filoctetes. Pero, al final de sus días, de nuevo
el pathos arcaico, en el que el dolor se esteriliza, se el poeta nos pone delante de los ojos la m isteriosa ver­
hace dram ático en la m edida en que viene convivido dad que hay en el esfuerzo hum ano que, en el dolor,
por diferentes individuos; el nivel narrativo, a base de tiende como un imán a lo divino y éste, finalmente, res-
«relatos de mensajero» 50 sobre todo, se anim a con una
tenberichtes bei Aischylos und Sophokles, tesis doct., Tubinga,
50 Cf. J. K e lle r , Struktur und dramatische Funktion des Bo- 1959 (mee.).
INTRODUCCIÓN GENERAL 71 72 TRAGEDIAS

ponde a la llamada con una vecindad, que no se ve en intención del poeta, ya en la prim era parte, está m iran­
sus obras del inmediato antaño, pero sí en Edipo en do a la segunda, tan esencial como la prim era, y deter­
Colono, hija de su vejez. m ina la característica construcción del dram a. No es
un díptico con «carga inicial» en su prim era parte no
más esencial que la segunda: la reivindicación postum a
«Ayante» * del suicida, guardador puntilloso de su honra, la salva­
ción de su imagen heroica. Es, precisamente, Ulises
La leyenda de la m uerte de Ayante sube hasta La quien cubre con sus discreciones las indiscreciones de
Etiópide y La pequeña Ilíada. M uerto Aquiles, aspiran los dos Atridas que, en su rencor, siguen dando gran­
a heredar sus arm as el corajudo Ayante, que con tozu­ des lanzadas a moro m uerto. E ste gesto muy señor de
dez indóm ita ha protegido el cadáver del Pelida hasta Ulises nos recuerda aquel m om ento de la litada, cuan­
ponerlo a salvo en el campamento aqueo, y el astuto do da su merecido al insolente Tersites, cuya plebeyez
Ulises. A este último le dan su voto los griegos. No m oral Homero ha doblado de o tra física, pintándolo
pudiendo sufrir Ayante el menoscabo de su honra las­ achaparrado, hombriangosto, anquiboyuno y piemicor-
timada, para vengar el agravio decide dar m uerte a to. La ejem plar magnanimidad de Ulises está prepara­
Ulises y a los Atridas, sus enemigos ostensibles y deci­ da desde el prólogo, donde no falta en él un ingrediente
didos. Pero es víctima de una am arga burla de Atenea, de compasión y respeto hacia Ayante. Con calor sufi­
cuyo favorito es Ulises. La insania, que la diosa le pro­ ciente consigue Ulises, en el desenlace de la pieza, la
duce, llévale a dar m uerte, a prim a noche, a un inocen­ digna sepultura de Ayante, cuyo cadáver h a estado pre­
te rebaño de reses, tomándolas p o r sus enemigos. Re­ sente en la escena hasta el final: documento y aviso, ya
velada por la luz de m adrugada la verdad del caso, en este dram a, de hum anidad m uy sofoclea, que efunde
Ayante se siente cubierto de ridículo. Para u n guerrero, de la conciencia en el hom bre de su m ortalidad. Este
que piensa en puro homérico, la honrá consiste en la rasgo de hum anidad, juntam ente con la libertad del
vista pública y en lo que defuera parece. La vergüenza suicida al ejecutar su acto y con la dureza de la diosa,
de lo que hizo, perdida la cabeza, en aquella noche me­ son los tres acentos resaltantes que ha puesto Sófocles
drosa, sólo puede lavarla el suicidio. Ayante abandona al viejo tema. Composicionalmente el dram a se revela
la vida por propio designio. como un organismo muy trabado 51.
El dram a tiene form a de díptico: dos terceras p ar­ La prim era parte es, como en Edipo en Colono, el
tes, que acaban con la m uerte del Ayante, y el tercio camino del héroe hacia su m uerte. Al principio, la ima­
final, con el regreso de su medio herm ano Teucro (Teu­ gen del héroe enloquecido, en tiniebla m ental, en círcu­
cro de Ayante, como Alvarfáñez del Cid, su «derecha lo de fiebre y melancolía y, al punto, envuelto en una
mano») y la disputa, diálogo sacudido de violencias red de pensamientos, roto, deshecho. En el lam ento
y de intransigencias, sobre la sepultura del héroe. La lírico, la catástrofe predecible. Y los tres grandes dis­

* En español hay dos formas correctas de este nombre: 51 C f. R . G r u e t t e r , Untersuchungen zur Struktur des sopho-
Ayante y Ayax (que es la preferida por el traductor). kleischen Aias, tesis doct., Kiel, 1971.
74 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 73

cursos. El prim ero es el de la tom a de conciencia quieren? ¿Es la lucha entre u n Ayante irreductible y
(vv. 430-480) y reconocimiento de que desde el punto un «anti-Ayante» dispuesto a aceptar ciertos valores,
en que hizo lo que hizo, no hay más salida que el sui­ con la victoria final del prim ero? ¿Es, en fin, explicable
cidio. El tercero es el típico discurso de los «adioses» por simple conveniencia de técnica teatral, como retar­
al m undo que Ayante ha amado (w . 815-865). Entre dación? (Esta últim a explicación, desde luego, no es
ambos, el lógos eschëmatisménos (w . 642-692), gesto de suficiente.)
condición ambigua y asendereado lugar, que ha dado Pero la «mentira» se verá solamente una vez que se
lugar a bastantes malas inteligencias. Texto oscuro, se haya producido el salto desde la apariencia a la verdad.
dice. Sí, pero un texto oscuro puede serlo por m érito En realidad, las palabras del héroe reconocen la verdad
propio o por m érito del lector que no sabe ver claro de lo que el m undo es, elogian el orden de la existencia
o del com entador que le traspasa graciosamente al como ésta es. En el espectador provocan un conflicto
autor su propia oscuridad m e n ta l52. de simpatía: la nobleza de Ayante le despierta una sim­
Varían los ingenios de los intérpretes en declarar el patía que no hay que decir; pero sin dejar de solidari­
sentido de las palabras del héroe. ¿Miente Ayante, zarse emocionalmente con el héroe y su elección, no
héroe homérico de la veracidad, en este discurso de puede evitar identificarse igualmente con el contenido
engaño? La pintura literaria de los procesos de engaño ético de la ficción de Ayante, que se funda en máximas
tiene una larga tradición en la literatu ra g riegass. ¿Dice de sôphrosynë, tan cálidas al corazón de los atenienses.
la verdad, pero se engañan sus oyentes, porque Ayante Este conflicto refleja el contraste humano-divino que se
habla de un suicidio glorioso, esto es, después de m atar produce en lo íntimo de Ayante, puesto en capilla para
a los Atridas, y ellos refieren sus palabras al suicidio el encuentro supremo. Demasiado tarde, como siempre,
de Ayante, tal y como tiene que ser? ¿Es el discurso alcanza el héroe el conocimiento de sí propio, del m un­
de un loco? ¿Dice Ayante su verdad de ese m om ento do y de la relación entre estas dos realidades. La armo­
y es auténtico su cambio, pero el impulso determ inante nía del Universo está gobernada por leyes superiores
de las fuerzas divinas le llevan luego a reto m ar a su que se inspiran en un ceder y adaptarse. Pero esas leyes
prim era actitud? ¿Busca que le dejen camino libre para no tienen ya su lugar en el m undo de Ayante. Serían el
su acto y engaña, pero, al mism o tiempo, denuncia una lugar de Ayante en un m undo diferente al suyo. La ló­
concesión íntim a de su alma a aquellos que bien le gica de su existencia hace de Ayante la única excepción
a aquella harmonía: él debe irse de este mundo.
52 Bien lo comprendió W. S c h a d e w a l d t . El ilustradísimo pro­ ¡Cosa más curiosa! E sta tragedia comienza después
fesor protagonizó, en este punto, una ejemplar palinodia, como de la catástrofe, consumado ya el acto de locura (como
se infiere del cotejo entre dos trabajos suyos: «Sophokles, Aias
und Antigone», Neue Wege zur Antike VIII (Leipzig, 1929), 61-109, en la Níobe esquilea), se nos m uestra un destino ya
y «Das Drama der Antike in heutiger Sicht», Universitas VIII decidido, que el héroe debe sustanciar. Tiene tam bién
(1953), 591-599 (cf. pág. 595): este último trabajo, recogido en nuestro dram a otra cosa, que es la presencia visible, en
Hellas und Hesperien, I, 187-194. la escena inicial, de un dios que viene a señalar a la
53 Cf. U. P a rla v a n tz a -F rie d ric h , Tauschungsszenen in den Tra-
godien des Sophokles, Berlín, 1969, s t., págs. 16-24.
víctima de su ira. Procedimientos de los que el poeta
INTRODUCCIÓN GENERAL 75 76 TRAGEDIAS

no tard ará en prescindir se mezclan con el anuncio de ños lo que de ellos tomó, depende, en buena parte, de
otros característicos de la obra fu tu ra que se prepara: la imaginación de los críticos.
muy en particular, el arte de trazar una figura en el La pieza tiene form a de díptico, articulado de tal
marco de una o dos situaciones que emergen resuelta­ guisa que Deyanira y Heracles son, respectivamente,
mente del plan general de la obra. Todo lo restante centro de la acción dram ática en la prim era y segunda
viene a ser reflexión, comentario, interpretación de ese parte, esta últim a más breve. Ni Heracles es el prota­
núcleo central; pero todavía la interpretación no se gonista ni tampoco una cantidad negativa, relativamen­
eleva al nivel de una concepción fundam ental, surgien­ te a Deyanira. Rasgo técnico curioso: no coinciden en
do del núcleo poético mismo, como en Edipo Rey. escena y es probable que un m ism o actor representara
ambos papeles. Aunque, para la leyenda, el destino de
Deyanira era un capítulo más del destino de Heracles,
«Las Traquinias» el dram a sofocleo disocia ambos destinos o, para de­
cirlo con Reinhardt, no nos m uestra «un destino a
Repútase por lo menos vivo y fuerte de la obra con­ dos», sino «dos destinos en uno»: no como el destino
servada. La sagacidad ajena, que se ha empleado en de Fedra e Hipólito o el de Romeo y Julieta, sino dos
declararlos, nos ahorra porm enorizar los defectos, rea­ destinos que se presentan en una especie de inversión
les y supuestos, de esta pieza. En descargo de las incul­ rítm ica, así en su sucesión como en su sentido. Dos
paciones circulantes sobre el dram a señalaré que la figuras encadenadas una a otra, pero a las que el des­
refundición de Ezra Pound 64 se ha considerado henchi­ tino impone uná autonom ía propia. E sta actitud funda­
da de sentido para nuestra m oderna sensibilidad y que m ental condiciona la form a escénica.
algunas representaciones recientes han demostrado que Deyanira no pertenece a la terrible galería de m uje­
la actualidad de Las Traquinias es reivindicable. Como res euripideas, tipo Medea. Su alegría por la llegada
ya se dijo, es cuestión muy contenciosa la cronología, inminente de Heracles cede al dolor de enterarse de
y no sabemos gran cosa de hasta qué grado Sófocles que su esposo piensa casarse con Yola, la joven cauti­
ha rebozado con peculiares ingredientes los antiguos va. Deyanira no se irrita con la muchacha, cuya belleza
materiales (La toma de Ecalia de Creófilo de Samos, destroza su m atrim onio y su vida. En este paso, se
Pisandro, el poema épico Heraclea de Paniasis): igno­ acuerda de la túnica del centauro Neso y de sus virtu­
rancias que no dejan de influir en nuestra gustación de des de encanto amoroso. Para reconducir a Heracles a
la obra, pues, por ejemplo, una datación muy baja lleva su amor, le envía la camisa, untada con sangre de la
a algunos a ver en Las Traquinias una imitación de hidra de Lerna, y, sin quererlo ni saberlo, le causa la
Eurípides, algo al gusto del dram a psicológico; y la m uerte. Deyanira hace m utis y se suicida. No es un
originalidad de Sófocles, una vez devueltos a sus due- m onstruo de maldad, disim ulada con sigilos e hipocre­
sías (así de béllacona la pinta Errandonea). Es una fi­
34 The Women of Trachis (1954): cf. H. A. M ason, «The W o­ gura atractiva, dulce con la m uerte como lo fue en vida
m enof Trachis», Arion II, 1 (1963), 59-81, y G. K. G alinsky, The
Herakles Theme, Oxford, 1972, págs. 240-244. con todo el mundo.
78 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 77

La inocencia del hum ano en la desgracia que le so­ do por esta tragedia, Hegel (Estética, II 2.1 y en otros
breviene: éste es el prim er motivo de la pieza. El se­ lugares) la interpretaba, conforme a su modo de avis­
gundo motivo es el tránsito desde el error a la verdad tar el curso de la historia, como conflicto entre tesis
(sueño profundo de Heracles, crisis de delirio, recono­ (derecho del Estado, Creonte) y antítesis (derecho de
cimiento de sí mismo, todo ello en un episodio único). la familia), superable en una síntesis que congruye los
contrarios y compone inconveniencias. Un precursor del
Puesto en las últim as y rodeado de su hijo y servidores
que le asisten a bien m orir, Heracles aprende ( ex even­ existencialismo contemporáneo, Kierkegaard (en el ca­
tu, como en los oráculos de Heródoto) el verdadero sen­ pítulo «Symparanekroúmenoi» de O esto o aquello) vio
tido del antiguo vaticinio relativo a su m uerte y reco­ en Antígona la novia de la m uerte que, con acezante
noce que todo lo sucedido lo ha sido por ordenación impulso, por incom patibilidad con la vida que le rodea,
del cielo («y nada de eso que no sea Zeus», es el acorde busca abandonarla. Considerándolo desde este viso hay
final de la tragedia, puesto en boca del corifeo). La más de un rejuvenecimiento literario del tema, alguno
divinización del héroe (que son para benditos los dolo­ recibido con mucho éxito en la escena francesa contem­
res que llevan a ella), de que hablaba la leyenda hercu- poránea. Desde un vértice de óptica diferente, de polí­
lina, queda aquí fuera en el final, tan sordo como el tica de oportunidad, otros han visto en Antígona la re­
comienzo, de este drama. A la dulce esposa y al hijo belde revolucionaria que se alza contra un gobierno
terrible del dios más poderoso el destino les asalta tiránico 57. O bien se ha visto, en el dram a, el conflicto
igualmente. entre dos formas de religión, la ortodoxia convencional
En suma, no sería justo concluir, con paradoja atrac­ y la libre, que los ortodoxos llaman herética: Blumen-
tiva, que Las Traquinias es una de las peores tragedias thal, por ejemplo, incorporaba en Antígona lo dioni-
de Sófocles y prueba, sin embargo, que Sófocles es un síaco, irracional, instintivo, y en Creonte, la racionali­
gran dram aturgo. No, no es el m ejor de los dram as de dad político-religiosa. Todo esto, y más todavía, se ha
Sófocles, pero sí de los excelentes 55. visto en el tema sofocleo: la oposición dialéctica entre
la juventud y el desprendimiento, de una parte, y, de
otra, la ceguera de la edad, la estrechez del corazón 5S...
«Antígona» En alguna de esas interpretaciones puede haber, hay
su dosis de verdad; pero presentada desde una óptica
El evento trágico de esta pieza, predilecta de los
públicos, se ha interpretado desde puntos de vista muy 57 Cf. «La Antígona de Sófocles de Bertolt Brecht», en nues­
diferentes y, en ocasiones, harto anacrónicos se. Se ha tro libro De Sófocles a Brecht, 311-379.
58 E n unas páginas, probablemente hoy poco conocidas, el
hablado mucho de la interpretación hegeliana. Fascina­
elocuente E m ilio C a s te la r, en el prólogo a su Galería histórica
de mujeres célebres, I, Madrid, 1886, págs. 273-293, traza un retra­
55 Cf. G. W. D ickerson, The structure and interpretation of to de Antígona como «hermana de la caridad» y prototipo de
Sophocles’ Trachiniae, tesis doct., Princeton, 1972 (micr.). femineidad. Más conocida es la interpretación de M ig u e l de U na­
56 Cf. E . E b e rle in , «Ueber die verschiedenen Deutungen des m uno (en el prólogo a La tía Tula) de la «sororidad» de Antígo­
tragischen Konflikts in der Tragôdie Antigone», Gymnasium
na, en función de ser hermana carnal de su padre.
LXVIII (1961), 16-34.
INTRODUCCIÓN GENERAL 79 80 TRAGEDIAS

lateral y exclusivista, que asegura que todo el hilo se lado de Antígona. Negar al herm ano m uerto el descan­
debe sacar del mismo ovillo. Además, alguna de ellas so en la tierra m aternal y centenaria es un crimen
ha llevado a plantear ciertos equívocos que no vienen contra los dioses infernales (in inferis), huella un de­
al caso. Pienso en la «culpa» de Antígona, que buscan recho divino y no hay utilidad de la política tirana que
algunos obligados del método hegeliano que aplican, y lo justifique. En nom bre de aquellas leyes que no son
que dicen encontrar, cada uno a su modo: la causa de de hoy ni de ayer, sino de siempre, Antígona, en pugna
Antígona es en el fondo justa, pero se acompaña de con la ley hum ana por no quebrantar la ley divina, le
excesiva falta de respeto a ciertos fueros clásicos del lleva la contra al tirano, entierra simbólicamente a su
derecho; su acto ofrece cierta ambivalencia, es piadoso herm ano y salva aquel deber intocable, a costa de la
e impío, a la vez; Creonte tiene su parte de razón, se propia vida. Para que sangre de u n pariente no la de­
dice, y se le presenta más hum ano y simpático que en rram e un pariente, Creonte la enclaustra en gruta pé­
su retrato tradicional. trea, en cuyo um bral Antígona prorrum pe en aquellos
A nuestra contemporaneidad, esta tragedia se nos sus conmovedores adioses. Cuando, en hora tardía,
ofrece, sobre todo, desde una perspectiva religiosa, que Creonte vuelve de su acuerdo, los rem ordim ientos no
fue raíz sagrada de la tragedia griega. Se tra ta del con­ le sirven de nada: Antígona ya se ha colgado, ya es ida
flicto entre religión y utilismo hum ano, dos concepcio­ para siempre, su prom etido e hijo de Creonte se suici­
nes de la existencia, que a veces hacen rostro hacia da y esta desgracia arrastra el suicidio de su m adre
horizontes opuestos 59. Para preservar y m ejorar la so­ Eurídice. Roto, deshecho Creonte abandona la escena:
ciedad hum ana se crea el hom bre norm as sociales, re­ que, aunque equivocado, todavía el dolor le confiere
glas políticas y decreta medidas ejem plares para pre­ una cierta grandeza humana.
caver que el individuo no se aparte de ellas. Ahora bien, El hom bre es lo que es por contraste. En esta tra­
esta arm adura de normas, que el hom bre ha ido fabri­ gedia los personajes que conllevan el conflicto trágico
cando para defenderse de la anarquía y de la conducta los ha visto Sófocles a través de u n juego constante de
m eram ente impulsiva del individuo, tiene un límite, contrastes 60. Antígona y su herm ana Ism ena incorpo­
ante el cual debe detenerse, pues, si lo sobrepasa, esa ran dos estilos de vida que no engranan el uno al otro.
transgresión puede constituir un crimen: es la esfera Lo mismo digo de Creonte y Hemón, padre e hijo, y de
de lo divino, de las leyes no escritas sublimes a todo Creonte y Tiresias, el rey y el adivino. Se ha hecho no­
código. Las prudentes ordenanzas de Creonte le llevan tar que tam bién en contraste con Creonte se nos retra­
a prohibir, por ejem plaridad, que el enemigo de la ciu­ ta la figura del guardián que sorprende a Antígona en
dad, Polinices, sea sepultado. Quizás no pueda decirse su acto y la trae a presencia del tirano. Persona de
que, en todos los casos y con carácter general, la ética traza cómica, es un típico personaje que entra aquí en
griega condenara esa prohibición. Pero Sófocles sí, se­ escena. Si no se me entiende mal, diré que es un lejano
gún su voluntad y su idea. Aquí está completamente del
60 Cf. J. Goth, «Antigone». Jnterpretationsversuche und Struk-
59 Cf. K. R einhahdt, Sophokles: «Antigone», Gotinga, 19613, turuntersuchungen, tesis doct., Tubinga, 1966.
páginas 9-13.
INTRODUCCIÓN GENERAL 81 82 TRAGEDIAS

antecedente de nuestro «gracioso»; su lenguaje está ta­ los cuales el uno sigue al otro como su imagen inver­
raceado de giros populares. tida.
Antígona y Creonte se contraponen tajantem ente. Además, la dram ática del contraste adquiere un di­
Antígona es una muchacha, como debe ser una mucha­ namismo particular, en el conjunto y en los pormeno­
cha de elemental ingenuidad. Nada de heroísmo rom án­ res, por virtud del cual se pasa progresivam ente de una
tico, ni de figura ideal. Sabe y está segura de pocas posición a otra, de acto en acto, de principio al fin. Se
cosas: que hay unos dioses arriba y otros de abajo, preludia un modo nuevo, el de Edipo Rey.
que aquende están los vivos y allende los m uertos y que
a los difuntos, que son del reino de los dioses de abajo,
«Edipo Rey»
m enester es enterrarlos. Esto lo cree firmemente y des­
de ésa su convicción saca fuerzas p ara enfrentarse al Es medida profiláctica: ante todo, digamos lo que
tirano y a la m uerte. Al otro lado, Creonte, tan estricto Edipo Rey no es 61. No es un dram a del destino inque­
en el cumplimiento de sus obligaciones de rey y de brantable (que es cosa muy tardía, estoica) en su con­
padre y, en el fondo, tan débil. En lugar de abrirse a traposición con la libertad: este conflicto destino-liber­
la comprensión y corregir actitudes, se enrigidece, se tad será cosa perdidam ente rom ántica; pero es una
endurece más cada vez y acaba p o r asistir al fracaso idea confusa y b arata querer traspasarlo a la tragedia
de sus principios demasiado estrechos y, ¡cosa para él de Sófocles, viendo en ella una pintura de los esfuerzos
más terrible!, los que más quería (su hijo, su esposa) del hom bre por escapar a su destino, a la «fuerza del
declinan también. Pierde lo que tenía. Antígona gana sino» que, en definitiva, se impone. En la perspectiva
lo que era. dram ática de esta tragedia, el hado pertenece al pasado
Ese contraste condiciona la estructura m ism a de la lejano, m ientras que el espacio auténtico del dram a es
obra. Es un dram a «de dos figuras», cuyo enfrentam ien­ el presente de la revelación. No es un dram a psicoló­
to condiciona el movimiento dramático. Las acciones gico de caracteres, tendencia que unge y aun satura el
de Antígona y Creonte se cruzan, de arte que Antígona, ambiente dram ático de tantas piezas teatrales del si­
la vencida, vence, y Creonte, el vencedor por su fuerza, glo XIX y de más de un neo-Edipo finisecular.
No es un dram a de culpa y castigo que descarga
en definitiva sucumbe: esto nada tiene que ver con la
sobre la enhiesta cabeza del culpable. ¿Cuáles son los
justicia poética y toca algo más al, para nosotros fa­
hechos punibles de Edipo? ¿Satisfacción de sí propio,
miliar, tem a de morte persecutorum. Drama de dos
excesos en su reacción, sin ser dueño a contenerse, ante
ocasos humanos separados esencialmente, pero unidos Tiresias o Creonte, o es la suya una hybris post even-
demónicamente, lo ha definido Reinhardt con soberana
agudeza, es decir, conflicto existencial entre los dos 61 Cf. E . R. Dodds, «On Misunterstanding the Oedipus Rex»,
personajes y no como representantes de dos derechos en Greece and Rome XIII, 1966, 37-49, recogido en The Ancient
Concept of Progress and other Essays on Greek Literature and
opuestos y pariguales en im portancia ética (Recht gegen Belief, Oxford, 1973, págs. 64-77 (hay trad, alemana: Der Port-
Recht), por una parte, y, por otra, son dos ocasos, de schrittsgedanke in der Antike, Munich, 1977).
INTRODUCCIÓN GENERAL 83 84 TRAGEDIAS

turn? ¿O no hay culpa y la hamartía, de que habla Aris­ so inexorable, por exigencia de verdad, hacia el descu­
tóteles, es simplemente su ignorancia? ¿O la culpa es brim iento de lo que se encubre bajo lo que parece. Dra­
de Yocasta, por su ataque a la religión tradicional? El m a policiaco, se ha dicho m uchas veces: bueno, pero
problem a de la culpa, se resuelva positiva o negativa­ siempre que se añada que se tra ta mucho más que del
mente, esencial en Esquilo y Eurípides, no tiene cabida descubrimiento intelectual, por u n juego ingenioso de
aquí. Un tribunal, divino o humano, que, como a Ores- observación y deducción, del crim inal, un juego poli­
tes, declarara a Edipo libre de mancha, no resolvería ciaco del gato y del ratón. Es el camino existencial
la contradicción entre lo que Edipo imagina ser y lo desde la apariencia al ser. El carácter gnoseológico de
que realm ente es. este dram a lo entrevio ya Schiller, al definirlo como
¿Qué es, entonces, Edipo Rey? Porque hasta ahora «análisis trágico». Los dos mundos de la apariencia y
sólo vamos reparando en lo que no es. del ser se superponen al final, después de u n lento pro­
Destino, carácter, culpa son nociones que pueden, de ceso que les hace envolverse el uno al otro: todo un
alguna manera, entrar aquí en juego. Pero no es esto sistema poético-dramático (escena de Tiresias, de Yo­
lo esencial. Por ley de cortesía histórica vemos hoy la casta, racionalidad de Edipo como m anifestación de la
tragedia sofoclea más como acto irgligiQso^’Ç ïê- como apariencia) hace revelarse al ser bajo la superficie de
diversión pública. Edipo Rey es fundam entaîm ënteTm la apariencia. No se tra ta simplemente de la incerteza
documento religioso. Hase de ' añadir ^^jj~|2dScïïm ën- o falibilidad que inform a ocasionalmente la existencia
to de religión griega, precisión que no huelga, porque humana. El de Edipo no es un erro r o una cuantía de
a algunas interpretaciones de esta tragedia se les ve lo ellos, sino un «sistema de errores», capaz de organizar­
cristiano y hasta lo católico-romano: por simpática se autónom am ente y que se realiza, particularm ente, a
que haya sido la influencia de Mauricio Bowra, muy través de la ironía omnipresente.
discreto helenista y catedrático de Poesía, debe recono­ Tres nociones religiosas presiden el proceso de la
cerse que, en su visión de la tragedia sofoclea 6Z, ha in­ revelación de Edipo: es una revelación quenH a^poPel
gerido algo de religión nada griega. Más que teatro, en dios de la verdad: es una purificación del m undo man-
el sentido actual del térm ino, es u na especie de «mis­ chado v una salvación de lo divino amenazado; es una
terio»: a los sentados en la gradería se les ofrece el
espectáculo de un hom bre muy im portante, inocente­ felicidad hum anas. “ 'Γ*
mente culpable, al que le ocurre una caída terrible que, Primero. Desde su altar instalado en la escena Apolo
sin embargo, es documento de lo divino 63. preside la acción entera del dram a °4. Es el dios de la
Edipo Rey es un «drama de revelación», de progre- verdad, y la verdad busca de suyo revelarse. Apolo, a
62 Sophoclean Tragedy, Oxford, 1944, págs. 162-211. Una in­ la vez que Edipo, mueve la acción, es el dios el que da
terpretación católica: E. S c h le s in g e r, El «Edipo Rey» de Sófo­ el prim er toque de arrebato y el que luego sigue ha­
cles, La Plata, 1950. ciendo progresar la acción. E sta tragedia es el asalto
63 Cf. W. Schadew aldt, «Der Konig Odipus des Sophokles in
neuer Deutung», Schweizer Monatshefte XXXVI (1956), 21-31 (re­ 64 Cf. W. E li g e r , «Sophokles und Apollon», en Synusia. Fest-
cogido en Helias und Hesperien, I, 466476). gabe W. Schadewaldt, Pfuhlingen, 1965, págs. 79-109.
INTRODUCCIÓN GENERAL 85 86 TRAGEDIAS

de la verdad contra la apariencia, es la ru ta que va de fulminantemente, un rayo da su latigazo. La torm enta


la apariencia al ser. El Coro, llorándole la voz, no en­ le ha lavado y purificado. Al crescendo sinfónico del
tona ningún canto contra el destino, sí uno (vv. 1189 ss.) m eteoro sigue un suave diminuendo. El impuro resulta
contra la apariencia, penetradísim o y de gran intención ser un hom bre de noble grandeza espiritual y de rique­
melancólica: al leer aquello se siente profunda piedad, za anímica, un sediento de pureza. El enceguecido y
el corazón salta a la garganta. En una prim era perspec­ boto de vista es ahora, cuando se ciega, el conocedor.
tiva, la tragedia de Edipo es el dram a de la revelación La gracia del dios evita que la m utación de Edipo se
de cómo y de qué suerte acontece la verdad. convierta en destrucción y aniquilam iento sin sentido.
Segundo. Como dios de la verdad, Apolo es también Y Edipo tom a el camino que le ausenta de Tebas.
el dios de la pureza. La verdad es un a purificación des­ Tercero y de sustancia más abarcadora. Edipo Rey
de lo físico y ritual hasta lo m oral e intelectual. Así, en es expresión de la caducidad de la felicidad humana.
una segunda perspectiva, el dram a de Edipo es el ca­ La tragedia concluye con unas palabras (vv. 1528-30), en
mino de una purificación completa. El parricida e inces­ las que se nos viene a decir que la canción de la vida
tuoso es la ponzoña y foco de contagio que impurifica sólo se entiende cuando se canta entera hasta el final,
a todo su pueblo: debe ser descubierto y expulsado, que hasta el final nadie es dichoso. En tal respecto, se
para que la pureza se restablezca, por muy dolorosa, sitúa bajo el m andam iento délfico de la autognosis, esto
muy quirúrgica que deba ser la purificación. La trage­ es, «si quieres m ejorarte, conócete bien», sabe que eres
dia abre con un «ecce» que presenta la grandeza de m ortal, para ser plenamente hom bre ten presente el
Edipo como médico, juez y soberano ante su pueblo lím ite de tu m ortalidad.
suplicante. Se desenlaza con un «ecce» final, en el cual Va todo esto al tanto de reafirm ar que esta tragedia
el médico resulta ser el enfermo, el juez es el acusado es, como decíamos, un «misterio» del hom bre. Es como
y el soberano debe ser expulsado de la ciudad 65. En­ un ecce homo en sentido délfico, una representación
tremedias, la acción dram ática es como una torm enta dram ática de la condición humana. La representan no
purificadora 66. Se anuncia en el aire cargado, irrespi­ solamente Edipo, espécimen de existencia trágica, sino
rable, paisaje dram ático de la epidemia pestilencial. La también, en otros niveles, una pequeña galería de hom­
nube torva cubre el horizonte lívido, fosco. Gradual­ bres desde el grave Tiresias hasta el correo de Corinto
mente la amenaza se hace más cercana: recado que (un hálito de hum or que corre, un momento, por él
trae Creonte dé Delfos, palabras y amenazas del vidente dram a sombrío), pasando por el m enudo «burgués» que
ciego, recuerdo ominoso de la encrucijada de tres ca­ es Creonte.
minos que fue escenario del parricidio. Las nubes ame­ Edipo Rey es la áurea tragedia clásica griega y una
nazadoras se amontonan sobre la erguida cabeza de de las pocas tragedias cardinales del arte universal. Ha
Edipo. Cuando su verdadera personalidad se le revela sido la tragedia griega favorita y trae un arrastre lite­
rario sin parangón a lo largo de los siglos y por toda
65 Cf. G. K rem er, Strukturanalyse des Oedipus Tyrannos von el haz de la tierra de cultura literaria, como tem a eter­
Sophokles, tesis doct., Tubinga, 1963, 1-47 y 155-174. no propuesto a la reflexión teatral. Gana, en vez de per-
66 Cf. W. Schadew aldt, Hellas und Hesperien, I, 424.
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der, con el tiempo. Sófocles produjo aquí la obra defi­ plan de su herm ano para facilitar la venganza, la m uer­
nitiva, y que da la casualidad que, cuando se representó te de Orestes, la falsa noticia provoca un dolor inde­
en Atenas, obtuvo un segundo premio; el prim ero se cible en Electra. El dolor revela su verdadera esencia:
otorgó a Filocles, un sobrino de Esquilo (cf. Dicearco, ella es «la vengadora». (El paso de la apariencia —m uer­
fr. 80 Wehrli). Este Filocles ¿era un genio o un ingenio te de Orestes— a la verdad afecta aquí no a los prota­
segundón y un trágico hebén? La historia literaria deja gonistas, sino a sus enemigos.) Pero Electra, en su dolor
su figura en indecisa penum bra o, por m ejor decir, el y en su decisión, no se siente en aquella inmediatez con
río del olvido se la ha tragado. Pero, para nosotros, el lo divino que tenían Ayante o Edipo. E sta m ujer, de
veredicto del jurado parece desconcertante, irritante dolor probado, tampoco se siente segura, como lo esta­
(o quizás lo que le sorprende a uno, de pronto, es sen­ ba Antígona, de luchar en nom bre de una ley divina.
tir que, alguna vez, por casualidad tiene razón). ¡Eso De modo que, mirándolo por este lado, el dram a se
se llama dar en el blanco! concentra, en su prim era parte, en un crescendo que
sirve gradualmente para revelar la naturaleza de Elec­
tra (la acción se centra en torno a un personaje que no
«Electra» actúa, que sólo sufre) y el autor se delecta en la expre­
sión de las manifestaciones del dolor, creciente de es­
El gusto selectivo de la Antigüedad nos ha salvado cena en escena; en la segunda parte, el dram a se centra,
las tres tragedias, una de cada trágico, sobre el tem a
m ediante una utilización prudente de la suspensión, en
de Electra: Las coéforos esquilea y las dos Electras de
el acto de la venganza. La economía dram ática es de
Sófocles y Eurípides. Aunque la datación del dram a
una gran sabiduría. Las manifestaciones del dolor de
euripideo no es unánim e (Zuntz lo data en el 420, Webs­
Electra se dilatan por muchos versos; el acto m atricida
ter en el 418, otros en el 413), ni tampoco la cronología
se sucinta en extremo: la acción condensadísima, rá­
relativa de ambas piezas, generalm ente se opina que la
pida, avanza con celeridad y el poeta aguija y acelera
Electra de Sófocles es algo anterior y, en cualquier
para la escena el ritm o andante de la vida. Y porque el
caso, fruto del sereno invierno del p o e ta 67.
Los dioses se ajenan, en su acción directa, del m un­ flujo de la palabra endolorida y la acción hum ana se
do de los hechos y dolores humanos. Naturalm ente el reparten el volumen de la tragedia muy desigualmente,
orden, que reside en el regazo de los dioses, se cumple de aquí le nace al dram a su equilibrio artístico; se po­
finalmente y lo que ha de suceder, sucede; pero la in­ tencia su eficacia. El grito de Electra a su herm ano
triga hum ana gana im portancia, aunque sólo sea para (v. 1415): «pega, si tienes fuerza, por segunda vez», con­
a la postre, en im prevista tornavuelta, acarrear nuevo centra, en el instante debido, toda la intensidad del do­
dolor al hombre. Al anunciarse a Electra, conforme al lor que antes se describió escrupulosa, amorosamente.
Electra, que se reveló antes como la vengadora (porque
67 Una buena crítica de la tesis de Zuntz (aceptada por propiedad es de un dolor como el suyo revelar la ver­
Webster, Theiier y Newiger) en A. V o g le r, Vergleichende Studien dadera naturaleza del hom bre que lo endura), se mues­
zur sophokleischen und euripideischén «Elektra», Heidelberg,
1967.
tra ahora como autora virtual de una venganza que le
INTRODUCCIÓN GENERAL 89 90 TRAGEDIAS

trae a ella la liberación expiatoria (?) y a la casa de los de las formas: la palabra trágica, la composición de las
Atridas, mancillada por el crimen, la libertad. escenas (agrupadas sim étricam ente en torno a las que­
Pero sería torpe ver en Electra u n dram a de almas, jas de Electra contra Clitem estra y la «escena de la
sin más. ¿Qué postura adopta Sófocles ante el acto urna»), la técnica dramática. Con razón se la compara
m atricida, lo justifica es, lo critica como Eurípides 69, se al arte maravilloso de las figuras del Partenón.
m antiene en una neutralidad «amoral»? 70. El matricidio
y la ley de retaliación son, tam bién en el dram a sofo­
cleo, centrales y lo son sus consecuencias, esto es, el «Filoctetes»
tem a de las Erinis; sólo que en una visión todavía más
También el tem a de Filoctetes lo ha tratado la tra­
pesimista, dado que el futuro y la conciliación que éste
gedia ática en sus tres eminencias. Cada uno de los trá­
puede traer no son tomados en consideración. Otramen­
gicos ha debido de tratarlo con diferente sensibilidad.
te que Esquilo, Sófocles no avista el problem a del m a­
Las piezas de Esquilo y de Eurípides se han perdido;
tricidio desde la óptica culpa-castigo, orden de Apolo
pero una noticia fidedigna (Dión de Prusa, Or. 52) nos
(v. 1425, Apollon ei kalós ethéspisen, significa un lavar­
proporciona una prim era y decisiva observación sobre
se las manos del poeta) y h o rro r del crimen de un hijo.
la originalidad de Sófocles. Un oráculo había anunciado
El castigo de los culpables, previsto desde el principio,
que Troya solamente sería tom ada por el arco de Filoc­
es la única salvación posible de la casa, la sola purifi­
tetes, el guerrero a quien sus cam aradas griegos habían
cación posible de un mundo manchado por el asesinato
abandonado al no poder resistir su incómoda presencia,
de Agamenón. El presunto dram a de almas es aquí la
pudriéndose y hediendo día a día su llaga. Pero ¿cómo
tragedia de la purificación del m undo m ediante el dolor
convencer ahora, pasados los años, al héroe amargado
y el acto nacido del dolor. Los coros iniciales y los de
contra sus antiguos camaradas? En Esquilo esto suce­
acompañamiento de la acción m atricida elevan la m uer­
día, como en Prometeo y Níobe, por eficacia de los con­
te de la madre, que en una perspectiva hum ana sería
sejos de otros (Ulises y el coro de lemnios, que pro­
algo incomportable, a un plano m ucho más que hum a­
curan convencerlo); el destino seguía su curso y el
no. Orestes y Pílades son los agentes de una justicia
oráculo se cumplía. En el dram a euripideo Filoctetes
divina. (del 431, coetáneo de Medea y veintidós años anterior
Hay en Electra un clasicismo verdaderam ente ático
al de Sófocles), por eficacia de largos duelos de pala­
bras, razonamientos y contrarrazonam ientos a cargo de
68 T. B. L. W ebster, op. cit., pág. 195, y The tragedies of Euri­
pides, Londres, 1967, pág. 15.
helenos y troyanos: lo griego (y el sentimiento naciona­
69 J. T. Sheppard, «Electra: A defense of Sophocles», Class lista del héroe) y lo genérico hum ano intervenían. Es
Review XLÏ (1927), 2-9, y J. H. K e lls , Sophocles: «Electra», Cam­ cosa particular, e inventada de su cabeza, que Sófocles
bridge U. P., 1973, págs. 5-12 (con un resumen de estas disputas finge en Lemnos (localización más tradicional de las
interpretatorias). Pero cf. H. E rb se , «Zur Elektra des Sophokles», fraguas de Hefesto) una ínsula desierta (v. 2), cendi-
Hermes CVI (1978), 284-300.
da y virgen aún de pie humano: el coro lo form an los
70 H. F r i i s Johansen, «Die Elektra des Sophokles», Classica
et Mediaevalia XXV (1964), 8-32. m arineros que acaban de poner pie en tierra firme. Esta
92 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 91
alma de Neoptólemo no deben explicarse anacrónica­
idea del poeta nada tiene que ver, p o r supuesto, con la m ente por un psicologizar «muy siglo diecinueve», ni se
busca de un paisaje de desolación rom ántica o de una tra ta tampoco de exigencias autom áticas de la acción
isla ideal para bucolistas y árcades. En Lemnos vive, en teatral. Neoptólemo, el hijo de su amigo, es la persona
apartam iento y soledad sin mitigación, como un Robin­ más indicada para llegar al corazón de Filoctetes. Se
son griego, Filoctetes; de arte que su dolor físico y mo­ gana, más de cada vez, la confianza del héroe. Ocurre el
ral se exacerba al máximo: ningún humano puede res­ momento de la crisis de su herida, que el poeta ha pin­
ponder a sus quejas, a voz en grito, cuando el héroe se tado a lo vivo con una descripción nosográfica muy
lam enta de su mala dicha. La herida del pie pudiera exacta, pero sin insistir en la pintura de lo asqueroso
curarse, la del alma no tiene vendaje. E sta «acción de m aterial para ver nuestra fuerza de estómago, y entre
dolor» es la base del sucedido escénico en la prim era gritos horadantes: estos gritos los critican el estoico
parte del drama, en la que tam bién se encuentra la Cicerón (Tuse. disp. II 14, 33) y algún moderno (con
preparación del plan, a cargo de Ulises, tan m aestro del una m anía de im perturbabilidad y de no descomponer-,
intrigar; los intentos para convencer a Filoctetes se re­ se veintiún siglos más grave que la de Cicerón). En ese
servan a la segunda parte 71. momento, Filoctetes cede al joven el arco, con que son
El segundo punto de gran originalidad sofoclea es conseguidos los fines del griego, y a Ulises está a punto
por lo que m ira a la persona de Neoptólemo, a cuyo de sucederle su intento. Pero la reacción m oral que
cargo parece que, en Esquilo, corría el prólogo, pero esto provoca en Neoptólemo parece que cambia las tor­
no un papel im portante. En Sófocles es tan im portante nas. Porque la compasión hace su oficio y entra en jue­
que algunos críticos equivocadamente lo consideran go el tem blor de hum ana comprensión por parte de un
protagonista del dram a, cuando en realidad él es sola­ alma juvenil y noble. En ley de hum anidad el hijo de
mente el m ediador y el portador de una llamada a la Aquiles juega limpio, descubre la m entira, devuelve el
sociabilidad, único consuelo del héroe solitario y des­ arco y, fiel a la palabra dada, se declara dispuesto no
arraigado. Al hijo de Aquiles su nobleza constitutiva le ya a no llevar a Filoctetes a Troya, sino a repatriarlo a
viene de abolengo, por el tirón hereditario. Cuanto a Uli­ su casa, alturas de Eta. Es, o tra vez, el camino tan so­
ses, que no es ningún cobarde, sino un patriota que jue­ focleo desde la apariencia a la verdad, pero trasladado
ga en frío, él ha urdido la intriga p ara que, conforme al ahora al terreno personal, a la verdad personal de un
oráculo, el arco de Filoctetes vuelva a Troya. Un juego
Neoptólemo que se opone al determ inism o del destino.
entre tres almas, Filoctetes, Neoptólemo y Ulises, lleva­ Los hombres pueden intrigar, pero pueden tam bién ser
do con notable habilidad artística, es esta pieza m adura fieles a sí mismos y veraces 72. El desistimiento de Neop­
del estilo «ético» de Sófocles: ético, explica Aristóteles tólemo deja las cosas sin camino humano de salida.
(Poética 6, 1450 b), es «aquello que m uestra cuál clase
Aquí se produce la epifanía de Heracles, viejo cama-
de elección» hace el hombre; no la noción m oderna del
rada de Filoctetes (de aquél recibió éste el arco) y hoy
carácter como unidad orgánica. Los movimientos del
72 Cf. K. A lt, «Schiksal und phÿsis in Sophokles», Hermes
71 Cf. J. U. Schm idt, Sophokles: «Philokíet». Eine Struktur- LXXXIX (1961), 141-179.
analyse, Heidelberg, 1973.
94 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 93

deificado. Enseña Heracles el sentido del destino de Fi­ antes. En el 404 se había cerrado la guerra, con la de­
loctetes, que toda su existencia es, a su vez y sucesiva­ rro ta de Atenas. E sta obra, hija de la vejez 74, es cabo
mente, desgracia y felicidad. Adivina porvenires que de la obra dram ática de u n poeta nonagenario que, des­
escapan a los humanos, p ara su enseñamiento. El hé­ de el fondo de sus largos años, se despide de la m usa
roe, qué remedio, obedece: si el cristiano sabe dar a la trágica, de un buen tiempo fenecido y de una ciudad
libertad toda la dignidad de la obediencia, el griego sabe que fue, en otros días, capital del planeta, pero que hoy
d ar a la obediencia toda la dignidad de la libertad. La parece una fuerza que ha perdido toda su fuerza.
solución de Heracles preserva la dignidad de Filoctetes Edipo Rey y Edipo en Colono (segunda lectura sofo­
y, a la vez, se cumple la voluntad de los dioses. Este clea del caso Edipo) están separadas p o r veinte años.
episodio final ¿es, como pretenden algunos, el deus ex La últim a pieza no es una «segunda parte» de la prim e­
machina que, con desprecio de todo lo anterior en el ra; sin embargo, semeja que la figura de Edipo y el
drama, metiéndose al quite satisface las exigencias de propio poeta, el ente de ficción y su creador, fueran
la leyenda, como en Eurípides? ¿Esta epifanía es una algo así como mellizos especulares, quiero decir, como
interiorización del mito tradicional, en el sentido de una si en los dos Edipos, que Sófocles esculpió inm ortal­
revelación íntim a de la virtud del propio héroe, como mente, pudiéramos contem plar cómo el poeta se pro­
pretende W hitman? 7S. Heracles habla al hombre Filoc­ longa del plano personal al literario. Diré, otra vez, que
tetes, se pone a sí mismo como ejemplo humano y la no hay en el segundo Edipo una continuación del pri­
respuesta de Filoctetes se explica en el marco de lo mero; pero si borrando la distancia del tiempo junta­
que es la piedad sofoclea. Retirados los dioses de la mos ante la vista ambos Edipos, sí un complemento que
acción dram ática, queda al hom bre un amplio territo­ añade a la imagen del dolor absoluto, inalienable, in­
rio de actuación; pero toda su inteligencia y sus planes transferible con la que el rey Edipo se despide, la otra
solamente consiguen que las cosas se enreden inextrica­ cara de la gracia que, por fin, recae sobre el sufridor
blem ente hasta que lo divino restaura, al final, el orden. absoluto. Edipo anciano, sirviéndole de zagalejo Antí­
Filoctetes cede y emprende el camino hacia Troya y gona, ha llegado al final de su muy aporreada peregri­
hacia su propia gloria. nación, sin nunca reposarse, ante el bosque benéfico y
m isterioso de las Euménides, en la colina de Colono
Hipio. Final de jornada de su tránsito m ortal, que será
«Edipo en Colono» tam bién su glorificación.
En un prim er plano, la acción dram ática es ese ca­
Edipo en Colono la hizo representar el año 401 el mino de Edipo. Su m eta está prefijada desde el comien­
nieto del poeta, Sófocles el Joven. El abuelo, que nunca zo, cuando Edipo reconoce en el bosque de las Eumé-
se jubiló como dram aturgo, había m uerto cinco años
74 Los rasgos estructurales de una «obra de vejez» han sido
73 C. H. W hitm an, Sophocles. A Study of heroic Humanism,
bien estudiados por H. W. Schm idt, Das Spatwerk des Sopho­
Cambridge Mass., 1951, págs. 186-188. Pero, sobre todo, confrón­
kles. Eine Strukturanalyse des «Oidipus auf Kolonos», tesis doct.,
tese W. Schm idt, Der deus ex machina, tesis doct., Tubinga, 1963,
Tubinga, 1961.
páginas 95-112.
INTRODUCCIÓN GENERAL 95 96 TRAGEDIAS

nides la «palabra de liberación de su destino» (w . 42-46). pedimentos y cortapisas que ponen alguna dram ática
Sin necesidad alguna se ha puesto en duda la unidad dificultad, hacen intervenir lo inesperado, el asombro,
de la acción dramática, pensando que ésta la interrum ­ y parece que darían al traste con el final previsto. Es
pen digresiones o que está engrosada con m ateria ad­ decir, que las escenas de Creonte o Polinices se deben,
v en ticia75. La glorificación final está en razón directa no más no menos, a esta necesidad dram ática. Ensa­
de la jerarquía de dificultades que el héroe debe vencer yemos imaginariamente suprim irlas. Tras su imaginaria
todavía: del hom bre que le ilustra sobre el lugar sagra­ supresión, la acción perdería eficacia dram ática. Esas
do; del Coro de colonenses que sé erizan en invectivas partes pertenecen a la concepción originaria del drama.
apenas oyen su nombre; de Creonte que, p o r fuerza de El sucedido dram ático toca, como en Edipo Rey,
m añas o mañas de fuerza, quiere repatriarlo a Tebas, pero en un sentido todavía más trascendente, al miste­
pues m uerto Edipo, predicho está que ha de ser el rio del hombre. La glorificación de Edipo no es el pre­
homo m issus a deo para derram ar bendiciones sobre el mio y compensación de sus dolores, para advertencia
suelo que lo entierre; de su hijo Polinices que, con las ejem plar de los hombres. Tampoco Edipo ha «mejora­
mesnadas argivas, pretende sitiar y expugnar Tebas... do» de carácter. Si sü gesto es cordial cuando se des­
En un segundo plano, la estructura formal de la pie­ pide de las hijas, frente a otros personajes del dram a
za está articulada como «súplica», hikesía, esto es, como Edipo es un desapacible y un áspero, como suelen ser­
motivo del suplicante que acude para pedir ayuda y fa­ lo los «héroes» locales: contra Creonte se revuelve con
vor, un motivo proveniente de la vida real y configura­ bronquedad y con acritud explicables; pero tam bién a
do dram áticam ente, con gran eficacia, por Esquilo y su hijo Polinices, en situación apiadable, lo tra ta con
Eurípides 76. Este motivo disciplina y da unidad orgá­ rudeza, fieramente, y acaba m aldiciéndolo... Tropeza­
nica a la pieza. La acogida que Edipo solicita se entien­
mos aquí con una provincia de m isterio en la relación
de en un doble sentido. Se acoge Edipo al acorro de
entre lo divino y el hom bre. El hom bre más apaleado
Atenas y Teseo. La buena disposición de Atenas para el
por el destino es tam bién el elegido por los dioses, que
suplicante era tópico máximo de la vanidad ateniense.
tienen estos viceversas. ¡Cosa bien extraordinaria! El
El poeta le tocaba al público auditor en la cuerda sen­
herido por los dioses, que más que hacer padeció sus
sible con un motivo cálido y próximo a su corazón.
crímenes (m atar a su padre, a ra r el tálamo materno),
Pero, en un sentido más profundo, son los dioses quie­
nes acogen a Edipo como héroe salutífero en el recinto aquel a quien el dios otorgó la gracia de ser desgracia­
sacro de las Euménides. También este motivo depoten- do, es tam bién el elegido para héroe. También el Anti­
ciaría su eficacia, si no hubiera el poeta interpuesto im ­ guo Testamento es vocero de una complacencia de Dios
con el hom bre al que otorga su gracia, con independen­
75 Una doxografía al respecto (cf. nuestra nota 20), en cia de los m éritos del agraciado: un regalo imprevisible
E. G arcía Novo, op. cit., páginas 262-264. que cae sobre el hombre.
70 Cf. J. Kopperschm idt, Die Hikesie ais dramatische Form,
Bamberg, 1967, y «Hikesie ais dramatische Form», en el vol. col.
Otros motivos se im brican en la acción adm irable­
Die Bauformen der griechischen Tragodie, págs. 321-346, s. t. m ente una en sus grandes líneas tectónicas y, sin em­
329-335. bargo, varia. Melancolía, y hasta desesperación, de la
INTRODUCCIÓN GENERAL 97 98 TRAGEDIAS

vejez: uno de los m ejores coros de Sófocles, por hum a­ cíes efunden estímulos imperecederos p a ra el espíritu
nam ente melancólico y profundo, es el tercero de esta y la poesía. Porque las creaciones del arte son libérri­
pieza (w . 1211-1248); es incom parable la emoción que mas, incom parablem ente autónom as, y, cuando las ar­
suavemente se evapora de este coro. Fe en la fuerza de mas quedan humilladas y periclitan las form as políti­
la Atenas eterna, incorporada dram áticam ente en la fi­ cas, ellas se salvan y perduran, pues son espíritu (y el
gura de Teseo y líricamente en el famoso canto en ren­ espíritu rara vez alienta en la política).
dimiento y loor de las glebas de Colono: parece Sófo­
cles aquí, por un respecto, que, con alboque bucólico,
La fortuna del texto sofocleo
canta la alabanza de la aldea ante el vecindario y parro­
quia urbanos; y, por otro respecto, parece que el lugar La fam a de Sófocles, grande en vida, se ha m ante­
ameno y deleitoso (prado liento, verde veste botánica nido dotada de intacto prestigio a través de los siglos.
de narciso y azafrán, rum or de aguas claras y el olean­ En el siglo iv se han repuesto sus dram as en escena.
dro fecundo bajo un cielo azul bruñido, que surca el Ha sido un autor escolar y la filología alejandrina se ha
canto de la delicada filomena), que el poeta exalta con empleado en su comentario y edición. El Aticismo le
ojos enamorados, simboliza tanto y tan bien a su patria ha dado mucho precio. El teatro rom ano de la época
entera. El tiempo es otro de lo que era antes. Muchas republicana lo ha tomado por modelo más o tanto como
cosas se lleva el tiempo inexorablemente; pero la Ate­ a E u ríp id es77... Las obras clásicas hacen linaje. Cono­
nas ideal permanece. En giro exacto, en un precipitado cida y reconocida es la pervivencia de Sófocles en la
verbal admirable, el elogio se resum e en la frase del tradición literaria universal a través de nuevas encam a­
corifeo (vv. 726-27): «Yo soy viejo, pero la fuerza de la ciones y renuevos de sus dramas. Lo que hay de vivaz
tierra no envejece». en las figuras de su teatro lo dem uestra la enorm e nó­
Edipo en Colono es una despedida en varios senti­ m ina de arreglos y refundiciones en todas las épocas 7S,
dos. Edipo, llamado por los dioses, entra en el soto de tam bién en la escena contemporánea. A través de las
las Euménides, su gran descanso, su liberación. Desen­ edades llama el teatro sofocleo a la sensibilidad de los
ganchado de todo, extranjero a todo, deja tras de sí el dram aturgos que lo reinterpretan desde distintos ángu­
m undo de sus acciones y dolores, las ambiciones y b ri­ los de interpretación. La beatería literaria de casi todas
llos de la política; purgado acerca de todas particula­ las épocas ha hecho de Sófocles uno de sus ídolos rei­
res aficiones, tam bién deja atrás el m undo de los senti­ nantes. Lo que, a mi ver, falta añadir es que, por regla
mientos, de la comprensión, de la ternura. También general, Sófocles es un poeta que reina, pero no gobier­
para Sófocles Edipo en Colono significó personalmente
la despedida de la escena y de la escena del mundo; 77 Cf. W. Schm idt, Geschichte der griechischen Literatur, I, 2,
Munich, 1934, págs. 501-507
y quizás también, en un sentido histórico, la despedida
78 Véanse los artículos correspondientes (bajo los nombres
de un m undo que se iba alejando río abajo del tiempo. propios de seis piezas y s. u. «Herakles») en E. F re n z e l, Stoffe
Pero así como la tum ba de Edipo envía grandes halos der Weltliteratur, Stuttgart, 19764 (hay trad, esp., Diccionario de
de bendición para los hombres, así del teatro de Sófo- argumentos de la Literatura universal, Madrid, 1976).
100 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 99
comentario de Dídimo (s. il a. C.), al cual se rem ontan
na, quiero decir, que una cosa son los títulos de estas
bastantes escolios conservados 81. En el siglo n de la
obras y su pretendida raigam bre sofoclea y otra, bien
Era cristiana (según la opinión ortodoxa de Wilamo-
distinta, la realidad, que nada de Sófocles se conoce en
witz, hoy en día cuestionada 82) se llevó a cabo la «se­
esos renuevos...
lección» de siete piezas de cada trágico. En el siglo iv
Pero, en fin, hablamos aquí de la historia de la trans­
d. C., Salustio preparó su edición de la selecta, acom­
misión del texto griego que, en relación con las varia­
pañada de una revisión de los escolios. E ntre los si­
bles circunstancias históricas, ha sufrido los avatares
glos vi y IX el interés hacia la tragedia clásica estuvo
consiguientes desde el momento en que el autor enviara
el original para la prim era representación hasta su fija­ reducido al pequeño mundo de algunos sabios y erudi­
ción im presa en la «editio princeps» Aldina de 1502, sie­ tos. Nuestro m anuscrito medieval sofocleo más antiguo
te años después de haberse im preso cuatro piezas de (L del s. x) es ya el resultado del renovado interés ha­
Eurípides y dieciséis años antes de la prim era edición cia la literatura clásica, tam bién la poesía, en los círcu­
de Esquilo. Difícil, muy difícil es que aquel texto, que los del llamado «segundo Helenismo», que la hizo trans-
durante dos siglos circuló indefenso ante las corrupcio­ literar a un nuevo tipo de escritura, la «minúscula».
nes, se haya salvado de éstas, entre las otras, de las Ahora bien, huellas de una actividad propiam ente filo­
llamadas «interpolaciones de actor»; sin embargo, pa­ lógica sobre el texto de los poetas trágicos no se en­
rece que estas últim as han sido menores que en los cuentran hasta la filología de la época de los Paleólogos
otros dos trág ico s79. Un decreto de Licurgo (ca. 338- (ca. 1290-1320). Máximo Planudes no parece haber dado
326 a. C.) mandó conservar, en archivo oficial, copia una recensión propia de Sófocles; pero sí compuso es­
autorizada de las obras de los tres grandes poetas trá ­ colios para las piezas de la «tríada» bizantina (Ayante,
gicos, posiblemente la m ism a que, en tiempos de Pto- Electra, Edipo Rey). La recensión de la tríada por su
lomeo III (246-211 a. C.), fue llevada a Alejandría y discípulo Manuel Moscopulo (ca. 1290) m arca un hito
sirvió de base a los trabajos filológicos de los sabios im portante e influyente. Tomás Magistro preparó una
alejandrinos, particularm ente de Aristófanes de Bizan- edición de las siete piezas y de escolios a la tríada y
cio (ca. 257-180 a. C.), a cuya diligencia se debió una Antígona. Su discípulo Demetrio Triclinio se ocupó es­
edición de Sófocles, que presentaba todas las piezas en pecialmente de la m étrica de las partes líricas: su re­
orden alfabético de títulos y probablem ente con sepa­ censión la tomó po r base de su edición Turnebo, en
ración de la colometría lírica; y de Aristarco (ca. 216-
144 a. C.), com entarista de nuestro poeta 80. Estos tra ­ 81 J. H avekoss, Untersuchungen zu den Sophokles-Scholien,
bajos y otros de prim era mano han sido la base del Hamburgo, 1961, y V. De M arco, Scholia in Sophoclis «Oedipum
Coloneum», Roma, 1952, págs. XVI-XXVII. Hay dos buenas edi­
ciones recientes de escolios: O. Longo, Scholia Byzantina in So­
79 Cf. D. L. Page, Actor's interpolations in Greek Tragedy, phoclis «.Oedipum Tyrannum», Padua, 1971, y la que citamos en
Oxford, 1934, pág. 91. nuestra nota 103.
80 Cf. R. P f e if f e r , Geschichte der klassischen Philologie von 82 Cf. A. T u il i e r , Recherches critiques sur la tradition du
den Anfangen bis zum Ende des Hellenismus, trad, alemana, texte d'Euripide, Paris, 1968, págs. 91-113.
Hamburgo, 1970, págs. 272-273.
INTRODUCCIÓN GENERAL 101 102 TRAGEDIAS

1553, edición dominante hasta la de R. F. Ph. Brunck códice uncial del siglo v (Dain). E ste códice, en perga­
(1786-89, en Argentina de F ra n cia )83. mino, fue adquirido en Constantinopla por Giovanni
En el respecto de los m anuscritos sofocleos, un es­ Aurispa, en su célebre viaje (1421-23), y enviado a su
tudio fundamental, verdadero m agnum opus, de A. Tu- amigo Niccolo de Niccoli; utilizado por Petrus Victo­
ryn, publicado en 1952 84, situó sobre bases firmes nues­ rius en la segunda edición Giuntina, en 1547, cayó luego
tro conocimiento de la tradición m anuscrita de Sófocles. en olvido, hasta que P. Elmsley lo redescubrió; bien
Turyn identifica las recensiones de los sabios bizanti­ conocido de los editores m odernos desde que Dindorf,
nos, cuya mención acabamos de hacer: Manuel Mosco- en su edición oxoniense de 1832, lo tomó como base de
pulo 85, Tomás Magistro y Demetrio Triclinio 8β, y separa su texto, b) El palimpsesto de Leiden, B. P. G. 60 A
los m anuscritos procedentes de esas recensiones bizan­ ( Λ o P), contemporáneo de L y quizá su gemellus, dado
tinas (muy numerosos: unos 68 moscopuleos, unos 30 a conocer en 1926 por J. V ü rth eim 87: sobre el texto
tomanos y unos 15 triclinianos) de los m anuscritos «an­ sofocleo (aproximadamente, las dos quintas partes de
tiguos», éstos son m anuscritos que, aunque de data muy un m anuscrito) se han copiado, en el s. xiv, distintos
diferente, ofrecen u n texto menos afectado por conje­ textos cristianos, cosa habitual en estos casos y de ahí
turas de ediciones bizantinas. Distingue dos familias, aquel bon m ot del poeta Heine, cuando com paraba con
designadas como «laurenciana» y «romana», por sendos un palimpsesto el rostro de una dama piadosísima en­
códices representativos. La familia «laurenciana» com­ tonces, pero de muy alegre pasado, en cuya faz peniten­
prende: a) Un m anuscrito de Florencia, Laurentianus ciada se descubrían todavía restos de las pretéritas ale­
32,9 (L) fols. 1-118 (contiene tam bién, de distinta mano grías. c) Laurentianus 28,25 (F, de hacia 1300) y otros
contemporánea, el texto de Apolonio Rodio y de Esqui­ cuatro manuscritos, que contienen solamente el texto
lo, designándose, en este últim o caso, como Mediceus, de la tríada bizantina (reducida selección escolar que
[M] ), copiado entre los años 960-980 directam ente de un data, probablemente, del siglo xn).
83 Sobre la historia del texto impreso, cf. R. C. Jebb, Sopho­
La «familia romana», identificada originalm ente por
cles, the text of the seven Plays, Cambridge, 1897, págs. XXXI- Vittorio De Marco (aunque su independencia ha sido
XLIV. puesta en duda por P. Maas, H. Lloyd-Jones y R. D. Da-
84 Studies in the manuscript Tradition ,of the Tragedies of we), comprende: a) Laur. conv. soppr. 152 (G, cuatro
Sophocles, Urbana, Illinois, 1952. El sabio polaco había publicado piezas), suscrito en 1282 y am pliam ente utilizado por
previamente el catálogo de los manuscritos sofocleos: «The Ma­
nuscripts of Sophocles», Traditio II (1944), 1-41, inventariando un los editores, desde Dindorf; b) Vat. gr. 2291 (R, falto
total de 191. A. D ain, Sophocle, I, Paris, 1955, pág. XXIII, añade de Trach. 372 al final), del siglo xv; c) otros m anuscri­
Par. suppl. gr. 1348 (s. x v ii: Ayante 1-1417; cf. Ch. A struc-M . L. tos de los siglos xv-xvi. E sta familia, según la opinión
Concasty, Catalogue des manuscrits grecs. Le supplément, Paris,
hoy más común, está suficientemente libre de interpo­
1960, págs. 666-667).
85 Cf. A. T ü ry n , «The Sophocles recension of Manuel Moscho- laciones para que el editor la tenga en cuenta, si bien
pulus», Trans. Amer. Phil. Ass. LXXX (1949), 94-173.
86 Cf. R. A u breton, Demétrius Triclinius et les recensions mé­ 87 Cf. J. Ir ig o in , «Le palimpseste de Sophocle», Rev. ét. grec­
diévales de Sophocle, Paris, 1949. ques LXIV (1951), 443-455.
104 TRAGEDIAS
INTRODUCCIÓN GENERAL 103
códice uncial encontrado en el siglo x m , o que, en todo
sus contribuciones positivas para la constitución del caso, el copista tuvo acceso a una fuente antigua que
texto son relativamente pocas 8S.
ha colacionado. El problem a no está todavía claro; pero
La cuestión más controvertida afecta al m anuscrito últim am ente se va imponiendo una revalorización de
Par. Gr. 2712 (A), datado por unos a fines del siglo x i i i este m anuscrito, por un doble camino: por un estudio
y por Turyn a comienzos del siglo xiv, muy prestigioso m ás ahincado de sus lecciones propias 91 y por la coin­
desde que Brunck lo utilizara para su edición; un có­ cidencia de algunas de éstas con las de códices conside­
dice afín a éste (Leningrad, gr. 741) ha servido de base rados por Turyn como deteriores92.
para la edición príncipe Aldina (a cargo de Juan Gre- No es posible actualm ente determ inar la fecha de
goropulo) y a su escriba se debe la introducción en L
la fuente común medieval de nuestros m anuscritos so-
de correcciones (L2), cuya procedencia identificó Turyn:
focleos (para Turyn, un códice en m inúscula de los
sostiene que, esencialmente, A procede de una edición
siglos ix-x). En cualquier caso, textualm ente éstos evi­
bizantina, en conexión para el texto de la tríada con
dencian una notable homogeneidad (y los papiros sue­
la recensión moscopulea 89, con más algunas lecciones
len estar de acuerdo igualmente). Quiere decirse que
procedentes de L, y, para las otras cuatro piezas, basa­
se puede reconstruir bastante bien el texto de la «vul­
do en la «familia romana», más algunas correcciones
gata» sofoclea. Pero entre ésta y el original sofocleo hay
propias, que son simple enmienda bizantina; en conclu­
un gran trecho cronológico que sólo se salva con el re­
sión: carece de valor en la tríada y lo tiene muy pe­
curso a la crítica textual.
queño en el resto (salvo en los escolios, que ha con­
En cuanto a la recensio, nos resultan hoy h arto sim­
servado tam bién para esta pieza). Sin embargo, otros
plistas las ediciones que .basaban su texto en los códi­
eruditos 90 sostienen que A translitéra y enmienda un
ces de la prim era familia o en el parisino A. Frente
al excesivo atenerse a L de un P. M asqueray (edición
88 Cf. P. E . E a s te r lin g , «Sophocles' Ajax, Collations of the
Manuscripts G, R and Q», Class. Quart, n. s., XVII (1967), 52-79, Budé, de 1922-24), se recom ienda la actitud ecléctica de
y «Sophocles’ Philoctetes. Collations of the Manuscripts G, R A. C. Pearson (edición oxoniense de 1924, todavía hoy
and Q», Class. Quart., n. s., XIX (1969), 57-85. reim presa con algunas correcciones), qtíe se basa en un
89 Cf. A. T u ry n , «On the sophoclean scholia in the manu­ amplio núm ero de m anuscritos con L y A como testigos
script Par. 2712», Harvard Stud. Class. Phil. LXIII (1958), 161-170,
y P. E . E a s te r lin g , «The Manuscript A of Sophocles and its
principales, G como testigo frecuente y, entre los recen-
Relation to the Moschopulean Recensio», Class. Quart., n. s., X tiores, T (símbolo de la recensión tricliniana); o de
(1960), 51-64.
99 Cf. A. D ain, Sophocle, I, Paris, 1955, págs. XLIII-XLVI, y 91 Cf., en general, H. P. D ie tz , Thomas Magistros’ recension
A. C olonna, «De Sophoclis codicum familia Parisina», Studi clas­ of the S'ophoclean plays «Oedipus Coloneus», «Trachiniae», «Phi­
sici in onore di Q. Cataudella, I, Catania, 1972, págs. 205-212. fista loctete.s», tesis doct., Illinois, 1965, págs. 201-222, y «Einige echte
es también la opinión de J. C. K a m e r b e e k , «De Sophoclis memo­ Lesarten des Sophoklestextes in der thomanischen Rezension»,
ria», Mnemosyne XI (1958), 25-31: acaso la existencia de estos Riv. Cult. Class. Med. XIII (1971), 171-181. Desde un punto de
problemas ha sido la causa de que el ilustre sofocleísta no haya vista diferente: E. Ch. K opff, «Thomas Magister and the text of
dado todavía un texto crítico del texto sofocleo y sí excelentes Sophocles’ Antigone», Trans. Amer-, Phil. Ass. CVI (1976), 240-266.
comentarios: Ayante (1953), Traquinias (1959), Edipo Rey (1967), 92 En este sentido, R. D. D aw e, op. cit. (cf. nuestra nota 95).
Electra (1973) y Antígona (1978).
INTRODUCCIÓN GENERAL 105 106 TRAGEDIAS

A. Dain, responsable del texto griego en el nuevo Sófo­ texto no en los vetustiores, sino sobre 19 m anuscritos
cles de la Colección Budé (en tres volúmenes: 1955- (seleccionados entre los aproxim adam ente 163 que, se­
1958-1960; la traducción se debe a P. Mazon), que basa gún Turyn, traen el texto de la tríada) y una crítica in­
su texto (además de, en su caso, en los papiros) en terna de las variantes.
LP, Φ («familia romana») y A; o de A. Colonna, respon­ Manuscritos sofocleos en España (prescindiendo de
sable de una de las dos ediciones críticas sofocleas que un misceláneo, con insignificantes extractos, como Scor.
últim am ente han empezado a sacarse de molde 03 y que X.I.13 del siglo xviin) se conservan cinco, tres escuria-
ofrece un texto basado en presupuestos teóricos muy lenses y dos m atritenses. Dos de los escurialenses pre­
similares a los de Dain y a la imagen que de la his­ sentan el texto moscopuleo de la tr ía d a 96: Scor. [Link].
toria del mismo ofreció Turyn, salvo la defensa por 15 (s. XVI, procedente de la Biblioteca de H urtado de
Colonna del valor de A y su m ayor valorización de la Mendoza; tríada completa) y Scor. ψ .ΐν.1 5 (Ayante,
«clase véneta» (V). En la otra edición que reciente­ Electra 1-469 y schol. ad Ai. et El. 1-129; papel; s. xvmei;
m ente se ha editado, el nuevo Sófocles teubneriano a viene de la biblioteca de Antonio Agustín; en el texto
cargo de R. D. D aw e94, el «eclecticismo» es cosa de poético, básicamente moscopuleo, se descubre ocasio­
método y resultado de unas ideas particulares sobre la nalm ente algún rasgo procedente de la recensión tricli-
transm isión del texto sofocleo, expuestas previamente niana). El tercer m anuscrito en esta biblioteca (proce­
por el filólogo británico en un libro estimulante, pero dente tam bién de la de H urtado de Mendoza) Scor.
discutible93, obra que constituye una casi total retrac­ Q.I.9, s. xv“ , contiene, además de seis piezas de Eurípi­
tatio de los puntos de vista de Turyn. Si la «familia des, el texto de las siete tragedias de Sófocles: es un
romana» (y fundam entalm ente el grupo GQR, tan esti­ apógrafo de A 'l7, copiado por Zacarías Callierges 0S.
mado por Turyn) está fuertem ente interpolada; si el En nuestra Biblioteca Nacional se guardan dos códi­
valor, como testigos, de A y de algunos supuestos dete­ ces sofocleos. El Matrit. 4617 (olim N 75), m anuscrito
riores (ADXrXsZr) m utuam ente se defiende, y no ha en papel, s. xiv (suscripción del copista Jorge Cinnamo,
habido nunca una edición moscopulea, ni tomana, de año 1344, al final del texto de Edipo Rey " ) , contiene
Sófocles; y si, en definitiva, la parádosis no perm ite es­ un texto moscopuleo 100 de la tríada sofoclea y, además,
tablecer familias claram ente diferenciadas..., el resulta­ la tríada esquilea, Los trabajos y días de Hesíodo, y
do es que «lo bueno» puede encontrarse en cualquier Olímpicas de Píndaro. El Matrit. 4677 (olim N 47), en
parte, y así, en su edición de la tríada, Dawe basa su
96 Cf. A. T u ry n , Studies, 27 y 192, y S. Bernardinello, en pá­
93 Sophoclis Fabulae I: «Aiax»-«Electra», Turin, Paravia, 1975. ginas 272-73 de «La tradizione manoscrita di Sofocle», Scripto­
94 Sophoclis Tragoediae I: Aiax, Electra, Oedipus Rex, rium XXX (1976), 271-78.
Leipzig, B. G. Teubner, 1975; II: Trachiniae, Antigone, Philocte­ 97 Cf. A. T u ry n , Studies, 190.
tes, Oedipus Coloneus, ibid., 1979. 98 Cf. Ch, G. P a t r in e l is , en pág. 89 de «'Έλληνες κωδικό-
95 Studies in the Text of Sophocles. I: The Manuscripts and γράφοι τών χρόνων της Αναγεννήσεως», ’Eit. τού Μεσαιω­
the Text. II-III: The Collations, Leiden, 1973-1978. A. Colonna ha νικού ’Αρχείου, VIII-IX (1958-59), 63-124.
tornado postura crítica frente a esta obra en op. cit. en nuestra 99 Cf. Ch. G. P a t r in e l is , op. cit., 94, núm. 3.
nota 93 (apéndice). 100 Cf. A. T u ry n , Studies, 28.
INTRODUCCIÓN GENERAL 107 108 TRAGEDIAS

papel, s. xiv, 205 folios, contiene las tres tríadas de los Resultaría de mal ver que, al frente de este volumen,
trágicos y Pluto de Aristófanes. Fue propiedad (como no se dijera algo sobre la tradición de los estudios so-
el otro m atritense) de Constantino Láscaris, de cuya focleos en España. Poco, la verdad, hay que decir. Has­
mano están suplidos los folios perdidos (lazo de unión ta llegar el siglo xx esa tradición ha sido, entre nosotros,
y complemento) del códice que nuestro hum anista ad­ el hueco de una ausencia agresiva. Esa veinticuatrocen-
quirió en tres fragm entos inconexos. En fol. 180, Lásca­ tenaria realidad literaria universal que es Sófocles no
ris explica que este códice «muy vetusto» (pampálaios), fue ni siquiera traducida a lengua española en una ver­
que estaba en Constantinopla, después de la conquista sión completa: otros clásicos griegos se han traducido,
hallólo en Feras, donde lo compró; lo perdió por ha­ bien o mal, en español; Sófocles, no. Menos todavía ha
berlo prestado a un amigo y, dieciocho años más tarde, sido Sófocles objeto de un trabajo filológico.
lo reencuentra y vuelve a com prar en Mesina: historia
El prim er texto sofocleo de m ediana extensión im­
curiosa, pero harto frecuente en la época. El texto de
preso en griego en España es, si no yerro, el que se
la tríada sofoclea hállase en fols. 76r al 131r siendo de
contiene en una antología escolar de Lázaro Bardón,
letra de Láscaris (etapa de Mesina 101) los fols. 76r-77T y
131r y, de la letra original del copista, fols. 78r al 130v. Lectiones graecae, Madrid, 1856, págs. 302-311 (18592,
páginas 421-29): cuatro pasajes y doscientos versos en
Este m anuscrito (N) es, junto con F (Laur. plut. 28,25
de ca. 1300), el principal representante, dentro de la total. El prim er dram a completo impreso en griego se
«familia laurenciana», de la clase φ (tríada, escolios lau- saca de molde ya en nuestra centuria: Sófocles, Elec­
rencianos y texto básicamente afín al de la clase λ); tra. Texto griego con la versión directa y literal por el
aunque con alguna interpolación moscopulea 102, ofrece Dr. José Alemany y Bolufer y traducción en verso cas­
un texto anterior al m anipulado por los filólogos de la tellano por Vicente García de la H uerta y en verso ca­
edad de los Paleólogos. Desgraciadamente, en la única talán por Joseph Franquesa i Gomis, Barcelona, Bosch,
edición crítica publicada en España (la de Errandonea), 1911 (corren ejem plares sin la traducción catalana y
cuyo aparato registra las variantes de los tres códices con fecha 1912). Hasta 1921 no se h a publicado una tra­
escurialenses, no se ha colacionado este m atritense, el ducción castellana completa: José Alemany y Bolufer,
único que ofrece algún interés y que sí ha sido colacio­ Las siete tragedias de Sófocles traducidas al castellano,
nado posteriorm ente por Dawe en su edición de la tría­ Madrid, 1921 (Biblioteca Clásica, núm. 247). Las existen­
da y por G. A. Christodoulou en su edición de los esco­ tes hasta esa fecha eran de alguna pieza suelta y, gene­
lios a Ayante 103. ralm ente, refundiciones m ás que traducciones, de esas
en las que el traductor vierte a su talante, escribiendo
101 Cf. J. F ern an d ez Pomar, en pág. 286 de «La colección de lo que quiere y como él quiere y sin tener delante el
Uceda y los manuscritos griegos de Constantino Láscaris», Emé­ original griego. La nómina, es, además, bien parva. Una
rita XXXIV (1966), 211-288.
refundición libre de Electra es La venganza de Agame­
102 Cf. A. T u ry n , Studies, 147-148.
103 G. A. C h risto d o u lo u , Τ ά άρχαΐα σχόλια εις Αϊαντα του nón. Tragedia que hizo Hernán Pérez de Oliva, Maestro,
Σοί(>οκλέοι>ς, Atenas, 1977. cuyo argumento es de Sophocles poeta griego, Burgos,
INTRODUCCIÓN GENERAL 109 110 TRAGEDIAS

1528 [Burgos, 1531; Sevilla, 1541; reim presa en la edi­ citado ingenio 104. En el siglo xix se publican sendas tra ­
ción por su sobrino Ambrosio de Morales de Las Obas ducciones de dos piezas sofocleas: Ángel Lasso de la
(sic) de Fernán Pérez de Oliva, Córdoba, Gabriel Ra­ Vega (y Argüelles, 1834-1899) Sófocles: Filoctetes, Tra­
mos, 1586 (ff. 76-101)]. En el xvm , el poeta Vicente Gar­ gedia. Traducción en verso. Juvenal. Sátiras, Madrid,
cía de la H uerta produce una versión muy libremente 1886 (íeim pr. Madrid, 1918. Biblioteca Universal, t. 108;
arreglada de Electra (más de la que hiciera el m aestro Sófocles, págs. XXII-152, y Juvenal, págs. 153-192), y An­
Oliva que de la del propio Sófocles), con el título de tonio González Garbín, La Antígona de Sófocles. La Apo­
Agamenón vengado (en Obras poéticas, Madrid, Sancha, logía de Sócrates. Las Poetisas de Lesbos, Madrid, 1889
1768, y en Theatro Hespañol, XVI, Madrid, Imp. Real, (Biblioteca Andaluza, serie, VI 16; la traducción de
1786). En la «Nota» que figura en cabeza de la versión Sófocles ocupa las págs. V-124). Este últim o traductor
podemos leer esta declaración adorable por lo cando­ fue catedrático universitario y su versión está hecha, en
rosa: «En cierto tiempo deseaban unas damas repre­ efecto, sobre el original griego, no como las de otros
sentar y declamar una tragedia griega, y no hallándose que traducen libros griegos con ayuda de vecino... fran­
otra más a propósito, se puso en verso ésta por el autor cés. En la Biblioteca Menéndez Pelayo, de Santander,
con aquellas adiciones y m oderaciones que bastaban a se conservan m anuscritas las traducciones de tres pie­
que quedase con menos impropiedades». No una tra ­ zas, obradas tam bién en el siglo pasado 105: Áyax fla-
ducción, sino una imitación libérrim a, es la pieza del gelífero, por el ingenio lorquino José Musso y Valiente
novicio jesuíta José Arnal (1729-1790: cf. F. de Latassa, (1785-1838), doble versión en prosa y en verso; La Antí­
Biblioteca Nueva de los Escritores Aragoneses, V, Pam­ gona de Sófocles, por el canónigo doctoral de Canarias
plona, 1801, págs. 494-96): E l Philoctetes de Sophocles. Graciano Afonso, y El Edipo en Colona (así dice) de
Tragedia, puesta en verso español y dedicada por las Sófocles, por Em eterio Suaña y Castellet.
Escuelas de Latinidad de Zaragoza a su Ilustrisim o De venir ya en n u e stra siglo un cierto renacim iento
Ayuntamiento el año de 1764, Zaragoza, Francisco Mo­
reno (in-4.°, 36 págs., hay dos ediciones barcelonesas s. a. 104 Cf. M. M enéndez Pelayo, Biblioteca de Traductores Espa­
y otra de Madrid, 1866): Sófocles empieza y acaba en ñoles, III, Madrid (Edición nacional), 1953, págs. 374-75. No men­
el título. Mucho más estimable (pero no nos metamos ciono más que traducciones españolas de existencia acreditada;
a pedir cotufas en el golfo) es: Edipo Tirano, traducida por esta razón, no cito la traducción latina de Vicente Mariner
( f 1642), fechada en 1619 (cf. M. M enéndez Pelayo, op. cit., III,
del griego en verso castellano, con un Discurso prelimi­ páginas 65-67), ni meros proyectos de volver a Sófocles en caste­
nar sobre la Tragedia antigua y moderna por Don Pedro llano, que luego se dejaron en el tintero: a José A ntonio Conde
Estala, Presbítero. E n Madrid, en la Im prenta de San­ (1765-1820) parece que le sonreía mucho el proyecto de traducir
cha, año MDCCXCIII (el tal discurso, muy «fin-de-si- Electra (cf. M. M enéndez Pelayo, op. cit., I, pág. 360), pero nó pasó
de proyecto. Una buena junta de noticias sobre otros aspectos,
glo» xvm , es notable). Una im presión partenopea (Nápo- y no solamente sobre las versiones, en José Μ* D íaz-Regañón,
les, 1820), con varias piezas de Pedro de Montengón Los trágicos griegos en España, Valencia (Anales de la Univ. de
(1745-1820), que pasó, sin serlo, por traducción de Sófo­ Valencia, XXIX, 3, curso 1955-56).
cles, contiene en realidad algunas creaciones propias del 105 Cf. José M.a DIaz-Regañón, op. cit., 237-249.
INTRODUCCIÓN GENERAL 111
112 TRAGEDIAS

de los estudios clásicos españoles, tenía que venir des­


Errandonea publicó un Sófocles bilingüe greco-caste­
pués una mayor curiosidad por la obra de Sófocles. Me
llano en la Colección Hispánica de Autores Griegos y
limito a reseñar las traducciones completas de Sófocles,
Latinos, en tres volúmenes (I: Edipo Rey, Edipo en
posteriores a la de Alemany de 1921 (reim presa varias
Colono, Barcelona, 1959; II: Antígona, Electra, Barce­
veces para el público español y americohispano) y ante­
lona, 1965; III: Ayante, Filoctetes, Las Traquinias, Bar­
riores a la de D.a Assela Alamillo, cuya firma responde
celona, 1968)loe.
de la que en el presente volumen se ofrece: Ignacio
Errandonea, S. J., Sófocles y su teatro. Estudio dramá­ J osé S. Lasso de la V ega
tico, traducción y comentario de sus siete tragedias,
loe para información bibliográfica sofoclea, son recomenda­
Madrid, Escelicer, 1942, en dos vols, (la traducción ha bles la relación de H. F r i i s Johansen (años 1939 al 1959) en Lus­
sido reim presa repetidas veces); Sófocles: Dramas y trum VII (1962), 94-288, y las relaciones, a cargo de A. Lesky y
tragedias, traducción y notas de Agustín Blánquez, B ar­ luego H. Strohm , en Anzeiger für die Altertumswissenschaft XIV
celona, Iberia, 1954 (varias reimpresiones); Sófocles, (1961), 1-26; XVI (1963), 129-156; XX (1967), 193-216; XXIV (1971),
129-162; XXIV (1973), 1-5; XXVII (1974), 33-54; XXX (1977), 129-144.
Las siete tragedias, traducción y notas por J. Motta Sa­
las, Bogotá, 1958; A. Espinosa Pólit, El teatro de Sófo­
cles en verso castellano, Quito, 1959 (reimpr. Las siete
tragedias y los 1129 fragmentos, Méjico, Jus, 1960); Án­
gel M.a Garibay, Sófocles: Las siete tragedias, Méjico,
Porrúa, 1962 (reim presa varias veces); Mariano Bena-
vente Barreda, Sófocles: Tragedias, M adrid, 1971 (Nue­
va Biblioteca Clásica Hernando; del mismo traductor:
Fragmentos de Sófocles, Granada, 1975); Julio Pallí Bo-
net, Sófocles: Teatro completo, Barcelona, Bruguera,
1973. Se han publicado tam bién bastantes traducciones
parciales, de una sola pieza o de un ram illete de ellas,
alguna estimable y de decoroso despacho literario. En
catalán tradujo a Sófocles el poeta Caries Riba en una
versión poética parcial, muy elogiada por los entendi­
dos (por impericia del idioma nosotros no debemos opi­
nar), y también, en una versión completa en prosa que
acompaña a un texto griego sin pretensiones de origi­
nalidad (Barcelona, B ernat Metge, 1951-1963, 4 vols.).
Como se aprecia, en pocos años es relativam ente creci­
do el núm ero de traslados españoles de Sófocles (no
cuento alguno que confiesa serlo del francés). Ignacio
114 TRAGEDIAS

vaciones en las obras; abandonó tempranamente las representa­


ciones por la debilidad de su voz —en efecto, al principio era el
propio poeta el que recitaba—, aumentó los coreutas de doce a
quince e introdujo el tercer actor.
5 Dicen que también en una ocasión, en Támiris x, tocó la cíta­
ra, por lo cual fue representado con una cítara en el Pórtico
6 Pecile 2. Sátiro cuenta que también él ideó la cachava3. Istro
afirma que fue el inventor de los blancos zapatos que calzan los
LINAJE Y VIDA DE SÓFOCLES * actores y los coreutas; que escribía los dramas atendiendo al
natural de ellos y que había formado con hombres instruidos
un tíaso dedicado a las Musas.
7 Y para decirlo de una vez: el agrado de su carácter fue tan
Sófocles era de linaje ateniense, hijo de Sofilo, el cual no te- 1 grande que en todas partes y por todos fue querido 4.
nía el oficio de carpintero o herrero, como dice Aristóxeno, ni de 8 Obtuvo veinte victorias, según Caristio dice; muchas veces el
fabricante de sables, como dice Istro, sino que, precisamente, segundo puesto y nunca el tercero.
era él dueño de esclavos herreros o carpinteros. Pues no sería
9 Los atenienses le eligieron estratego a los sesenta y nueve
natural que, de haber nacido de alguien de tal clase, hubiera
años, siete años antes de las Guerras del Peloponeso, en la gue­
sido considerado digno del cargo de estratego, juntamente con
rra contra los Aneos.
Pericles y Tucldides, los más importantes de la ciudad; tampoco
10 Era tan amante de Atenas que, aunque muchos reyes le in­
se hubiera librado del ataque de los cómicos, que no perdonaron
vitaban, él no quiso abandonar la ciudad.
ni a Temístocles.
Tampoco hay que creer a Istro cuando dice que no era ate­ 11 Desempeñó el sacerdocio de Alcón, héroe que acompañó a
niense sino de Fliunte. Si por sus orígenes era fliasio, en ningún Asclepio junto a Quirón..., fue consagrado8 por su hijo Yofonte
otro autor, excepto en Istro, es posible documentarlo. Así pues, después de su muerte.
Sófocles fue de linaje ateniense, del demo de Colono, famoso 12 Llegó también a ser Sófocles querido a los dioses cual nin­
por su vida y por su obra; recibió esmerada educación y fue gún otro, a juzgar por lo que nos cuenta Jerónimo acerca de una
criado en el bienestar, y no sólo fue destacado en política, sino corona de oro. En efecto, habiendo sido ésta robada de la Acró­
también en embajadas.
Dicen que nació en el segundo año de la Olimpíada 71, bajo 2 1 Conocemos el argumento de esta tragedia y conservamos
el arcontado de Filipo en Atenas. Era siete años más joven que algún fragmento. Támiris, rey de los tracios por su belleza y
Esquilo y veinticuatro mayor que Eurípides. En su niñez fue 3 por el arte en tañer la lira, desafió a las musas en dicho arte
adiestrado en la palestra y en la música, y en ambas disciplinas y fue vencido por ellas perdiendo la vista, la razón y el arte
musical.
recibió honores, según afirma Istro. Lampro fue su maestro de
2 La Estoa Pintada, galería cubierta, en el ágora ateniense,
música y, después de la batalla naval de Salamina, estando los cuyas paredes se adornaban con famosas pinturas,
atenienses celebrando la victoria, equipado sólo con una lira, di­ 3 Bastón curvo que utilizaban, sobre todo, en la comedia
rigió a los que entonaban el peán en los cantos triunfales. los ancianos de humilde rango.
Aprendió la tragedia en Esquilo. Llevó a cabo muchas inno- 4 4 El carácter afable y la magnanimidad de Sófocles eran
proverbiales entre los antiguos.
* Recogemos la antigua biografía anónima del trágico que 5 Laguna en el texto, que hace pensar en la falta de una
acompaña, tradicionalmente, la edición de sus obras. palabra como «templo, recinto o monumento recordatorio».
LINAJE Y VIDA DE SÓFOCLES 115 116 TRAGEDIAS

polis 6, Heracles se le apareció en sueños a Sófocles diciendo por los refugiados de quién era el que había muerto y enterado
que la buscara en una casa no habitada en el lado derecho se­ de que se trataba de Sófocles, tras enviar un heraldo, permitió
gún se entraba, en donde estaba oculta. Él la mostró al pueblo enterrarle.
y recibió un talento, pues esto era lo convenido. Tras recibir el 16 Lobón dice'1 que sobre su tumba están escritas las siguientes
talento, consagró el templo de Heracles Menito 7. palabras:
Ante muchos tuvo lugar el juicio entre él y su hijo Yofonte. 13 «En esta tumba cubro a Sófocles, el que consiguió tos prime­
Teniendo a Yofonte de Nicóstrata y a Aristón de Teoris de Si- ros puestos en el arte de la tragedia, la más noble figura.»
ción, sin embargo amaba más al hijo nacido de este último, de
nombre Sófocles. En una obra 8 denuncia que Yofonte le odiaba 17 Istro cuenta que los atenienses, a causa de la virtud de tan
y que ante los miembros de su fratría había acusado a su pro­ gran hombre, decretaron incluso ofrecerle un sacrificio anual.
pio padre de haber perdido el juicio por su avanzada edad. És­ 18 Escribió ciento treinta dramas, según afirma Aristófanes, de
tos censuraron a Yofonte. Sátiro dice que él replicó: «si soy 19 ellos diecisiete apócrifos. Disputó con Esquilo, Eurípides, Qué-
Sófocles no estoy loco y si desvarío no soy Sófocles», y, a con­ rilo, Aristias y otros muchos, incluso con su hijo Yofonte.
tinuación, leyó en voz alta el Edipo. 20 En todo emplea las palabras de Homero. Trata los mitos si­
guiendo la huella del poeta y, en muchos dramas, recibe influen­
Istro y Neante cuentan que Sófocles murió de la siguiente 14
cia de la Odisea y hace derivar el nombre de Odiseo como Ho­
manera: que el actor Calípides, al volver de una actuación desde
mero »:
Opunte, llegando por la fiesta de las Libaciones, envió un racimo
de uvas a Sófocles, quien, tras llevarse a la boca un grano aún «Con razón soy Odiseo, llamado así por mis desgracias. Pues
verde, murió asfixiado a causa de su mucha vejez. son muchos los que se han enojado, infames, contra mí.»
Sátiro nos refiere que estaba leyendo la Antígona y, al llegar Crea los caracteres, los adorna y utiliza con maestría sus
al final de un largo parlamento que no tenía pausa ni comas invenciones, influenciado al tiempo por el encanto de Homero.
para hacer algún descanso, como había alzado demasiado la voz, De ahí que se pueda decir que Sófocles es el único discípulo
se le fue la vida al tiempo que la voz. Otros cuentan que des­ jónico de Homero. Muchos de los otros imitaron a alguno de
pués de la lectura pública de la obra, cuando fue proclamada su sus antecesores o de sus contemporáneos, pero sólo Sófocles
victoria, murió de alegría. toma lo mejor de cada uno, al igual que la abeja. Él logró reunir
Fue depositado en el sepulcro familiar, situado en el camino 15 oportunidad, dulzura, arrojo y variedad.
que lleva a Decelia, a once estadios delante de la muralla. Unos 21 Ha sabido también calibrar oportunamente las acciones, has­
dicen que colocaron encima para su recuerdo una sirena y otros ta el punto de retratar totalmente a una persona en un peque­
que una hechicera en bronce. Como los lacedemonios habían ño hemistiquio o en un solo parlamento. Esto es lo más impor­
sitiado este lugar frente a los atenienses, Dioniso se apareció tante en el arte poético: mostrar carácter o sentimiento.
en sueños a Lisandro y le ordenó que permitiera dar sepultura 22 Afirma Aristófanes que «se apoyaba en el corazón» y, en otro
a este hombre. Como Lisandro no le hizo caso, por segunda vez lugar, «Sófocles tenía untada la boca de miel».
se presentó Dioniso ordenándole lo mismo. Informado Lisandro 23 Aristóxeno nos dice que fue el primero de los poetas de Ate­
nas que utilizó canciones frigias para sus propios cantos y los
6 En Cíe., De Div. I 54, se encuentra también esta anécdota. mezcló con el estilo del ditirambo.
7 «El declarador», que le declaró (emenyse) dónde estaba la
corona.
8 Se ha querido ver aquí una alusión a la escena de Polini­
ces en Edipo en Colono, pero es una referencia poco clara. 9 F r. 965.
INTRODUCCIÓN

ESTRUCTURA DEL DRAMA

P rólogo (1-93). Deyanira declara a la nodriza su preocupación por


LAS TRAQUINIAS Heracles, que lleva quince meses sin volver. Envía a Hilo,
su hijo, a buscarlo.
P árodo (94-140). Entrada del Coro compuesto de mujeres de Tra-
quis. Ellas no saben que Heracles está ya en Eubea y pi­
den al dios Sol que les diga dónde se encuentra, si en el
mar o en un continente. Mientras tanto, Deyanira no debe
perder la esperanza, pues a los sufrimientos sigue la ale­
gría, y Zeus no va a dejar de preocuparse por su hijo.
Está compuesto de dos estrofas, dos antístrofas y epodo.
E pisodio 1.°' (141-496). Deyanira confía a l Coro su especial motivo
de preocupación por Heracles: ya se ha cumplido el tiem­
po que habla señalado el oráculo. Se presenta un mensa­
jero anunciando la llegada gloriosa de Heracles. E l Coro
lo celebra con un canto de danza o hyporchema (205-224).
Llega Licas y cuenta la historia de Yole que luego desmien­
te el mensajero. Licas reconoce ante la reina la verdadera
historia de la joven.
E stásimo 1° (497-530). E l Coro recuerda e l día en que Deyanira,
una bella joven, era el premio por el que Heracles lucha
contra Aqueloo. Dos estrofas y dos antístrofas.
E pisodio 2.° (531-632), Deyanira confía al Coro su plan para atraer
el amor perdido de Heracles. Le envía como regalo una
túnica que ha untado secretamente con un filtro de amor
que le dio el centauro Neso. Licas parte para ofrecérsela
al héroe.
186 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 187
E stásimo 2.° (633-662). E l Coro celebrará con festivos sones la
NOTA SOBRE LA EDICIÓN
vuelta de Heracles victorioso y prendido en el amor de
Deyanira por el efecto del hechizo. Se compone de dos
estrofas y dos antístrofas.
Señalamos los pasajes en los que no hemos seguido
E pisodio 3.° (663-820). Deyanira sale del palacio y transmite al
Coro su temor de que algún peligro aceche a Heracles por
el texto de A. C. Pearson.
culpa del manto que le ha enviado. Entra Hilo y describe
lo que aconteció, al llegar Licas con el presente de la tú­ PASAJE TEXTO DE PEARSON TEXTO ADOPTADO
nica para Heracles, y los sufrimientos de éste, a quien 88-89 C... êç . . . ] Etcx
transportan hacia casa maldiciendo a su madre. Deyanira 98 παίς ΓπαΓς]
en silencio entra en palacio. 205 άνολολυξ,άτω άνολολύξεται
E stásimo 3.° (821-862). E l oráculo, dado doce años antes, se cum­ 219 εύοΐ (εόοΐ) εύοΐ
ple ahora. Heracles muere por obra de Neso, pero la mano 222 1δε Γδ· ϊδ'
inconsciente ha sido Deyanira. Se adivina que Afrodita es 226 φρουράν φρουρά
la autora de estas cosas. Se compone de dos estrofas y dos 272 θατέρα: θάτέρο:
antístrofas. 323 διήσει διοίσει
E pisodio 4.° (863-946). Anuncio y descripción de la muerte de De­ 328 αΰτη αύτη
yanira. 331 . . . άλλην . . . λύπην . . . λύτην . . . διπλήν
E stásimo 4° (947-970). El Coro lamenta la agonía de Heracles, que 379 ή κάρτα ... ΑΓ. ΤΗ κάρτα . ..
es conducido en comitiva a palacio. Está compuesto por 384 πρέπονθ’ αότφ πρέποντ’ αύτφ
dos estrofas y dos antístrofas. 470 πίθου πείθοο
É xodo (971-1278). Heracles lamenta su destino y da las últimas 526 μάτηρ βατήρ
órdenes a su hijo. Incluye un diálogo lírico (1004-1043). 564 ήνίκ’ η ’ν ήνίκ’ ήν
621 ο5 τι οΰ τοι
623 ην λέγεις δν εχεις
628 αύτή θ’ ώς αύτήν ώς
654 έπίπονον επιπόνων
NOTA BIBLIOGRAFICA
660 πανάμερος πανίμερος
661-2 τδς πειθοδς παγχρί- τω Πειθοΰς παγχριστφ συγκρα-
R , C. J ebb, The tragedies of Sophocles, Cambridge, 1904. στω συντακε'ις θη­ θείς επί πρσφάνσει θηρός
— Trachiniae, Cambridge, 1908. ρός δπο παρφάσει
A. C. P earson, Sophoclis Fabulae, Oxford, 1924. 675 εχριον, <ipγης οίός εχριον άργητ’, οίάς
A. D ain y P. M azon, Sophocle, I: Les Trachiniennes, Antigone, 770 άδαγμός όδαγμός
Paris, 1955. 816 καλός καλώς
J. C. K amerbeek, Trachiniae, Leiden, 1959. 837 νήματι; φάσματι,
M. B enavente, Sófocles. Tragedias, Madrid, 1970. 843 τά μέν αότά τά μέν οδτι
J. PallI, Sófocles. Teatro Completo, Barcelona, 1973. 852-3 άναρσίων (ΰπ’) οΰ- (έξ) άναρσίων οδπω (ποτ’ έίν-
J. M. L ucas, Sófocles. Áyax, Las Traquinias, Antígona, Edipo Rey, πω . . . δρ’>
Madrid, 1977.
188 TRAGEDIAS

PASAJE TEXTO DE PEARSON TEXTO ADOPTADO

869 άηδής άήθης


879 σχετλίω σχετλιώτατα
883 αίχμά αίχμ?
911 τάς άπαιδας . . . οΐ τής âit’ άλλοις . . . ούσίας
κίας
941 όθούνεχ’ είς όθούνεκ’ έκ
ARGUMENTO DE LA BIBLIOTECA DE APOLODORO
944 ή κέχτι ή καί τι
946
(II 7, 5-7)
παρη πάθη
951 μελόμεν’ μένομεν
1014 ούκέτι τρέψει ούκ έπιτρέψει
1019 σοΙ yàp έτο(μα σοί τε γάρ &μμα
1020 ές πλέον ή δι’ έμοΰ 'έν πλέον ή δύ’ έμοΰ Habiéndose presentado Heracles en Calidón, pre­
1022 εξανύσαι βίοτον' έξανύοΌΐ' βιότου tendió en m atrim onio a Deyanira, h ija de Eneo, y en
1062 φΰσις φύσιν
la lucha por las bodas con Aqueloo, que se había tran s­
1096 β[<? βίαν
1160 ποτε üito
form ado en toro, le rompió uno de los cuernos. Se casó
1191 όψίστου ϋψιστον con Deyanira, pero Aqueloo le pidió su cuerno dándole
1277 καΐνοτιαγή καιναπαθή a cambio el de Amaltea. Amaltea era hija de Hemonio
y tenía un cuerno de toro. Éste, según dice Ferécides
[fr. 37], tenía tal poder que ofrecía en abundancia be­
bida o comida, lo que se le pidiera. Heracles combatió,
junto a los Calidonios, contra los Tesprotios y, tras to­
m ar la ciudad de Éfira donde reinaba Filante, unién­
dose a Astíoque, la hija de éste, llega a ser padre de
Tlepólemo. Tras estos sucesos, estando en un festín con
Eneo, habiéndole golpeado con el puño, mató, sin nin­
guna dificultad, a Éunomo, hijo de Arquíteles, que era
pariente de Eneo. El padre del chico, por haber sido
un accidente involuntario, le perdonó. Pero Heracles,
según la ley, quiso imponerse el destierro y decidió irse
a Traquis junto a Ceix. Llevándose a Deyanira, llegó al
río Eveno, en donde estaba instalado Neso, el Centau­
ro, y cruzaba por dinero a los que llegaban, diciendo
que esta travesía la había conseguido de los dioses por
ser justo. Heracles por sí mismo atravesó el río, pero
190 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 191

a Deyanira, pidiéndole que la tran sp o rtara por una el hijo de Ceix, y a Argio y Melas, hijos de Licimnio—
paga, se la confió a Neso. Durante la travesía, éste in­ y de haber saqueado la ciudad, se lleva a Yole como
tentó violarla. Heracles, al oír sus gritos, saliendo, dis­ prisionera. Y abordando el prom ontorio Ceneo en
paró a Neso una flecha en el corazón. Él, cuando estaba Eubea, fundó un templo dedicado a Zeus Ceneo. Cuan­
a punto de m orir, llamando a Deyanira junto a sí, le do estaba a punto de celebrar la ceremonia religiosa,
dijo que prestara atención a recoger su sangre en una envió a Licas como heraldo a Traquis que habría de
concha, si quería m antener el am or de Heracles; sacó venir con la brillante túnica. Deyanira, enterada por
el dardo sobre la concha y, habiéndola mezclado, le dio éste del asunto de Yole y temiendo que desde entonces
la sangre que m anaba del extremo de la herida. Y ella, am ara a aquélla, creyendo que de verdad era un filtro
tras tomarla, la guardaba consigo. Al atravesar Heracles la sangre que m anó de Neso, con ella untó la túnica.
el territorio de los Dríopes y faltarle alimento, hacién­ Una vez que el m anto estuvo expuesto al calor del sol,
dole frente Tiodamante que conducía una yunta de bue­ el veneno de la hidra le iba devorando; él despeñó a
yes, soltó a uno de los bueyes y, sacrificándolo, se dio Licas y fue conducido en una nave hasta Traquis. De­
un banquete. Cuando llegó a Traquis, junto a Ceix, aco­ yanira, sintiéndose culpable, se dio m uerte a sí misma.
gido por él, venció en combate a los Dríopes; y, a su Heracles, después de ordenar a Hilo, hijo mayor suyo
vez, allí luchó juntam ente con Egimio, rey de los dorios. y de Deyanira, que, al hacerse hom bre, se casara con
En efecto, los lapitas combatían contra él por las lindes Yole, transportado al Eta, que es u n m onte de Traquis,
del país, al mando de Corono. Egimio, que estaba sitia­ y habiendo hecho una pira, le ordenó, al llegar, que
do, m andó llam ar a Heracles p ara que le ayudara a prendiera fuego. Éste no quiso y Peante, que había acu­
cambio de una parte del país. Habiendo acudido Hera­ dido a buscar sus rebaños, tras ser el que prendiera
cles en su ayuda, m ató a Corono, ju n to con los demás, fuego, recibió en recom pensa el arco y las flechas de él.
y dejó libre todo el territorio. Mató tam bién a Lágoras Se dice que, encendida la pira, surgió una nube acom­
con sus hijos, rey de los Dríopes, aliado de los lapitas, pañada de un trueno que le arrebató al cielo. Allí, ha­
en el recinto sagrado de Apolo. Cieno, el hijo de Ares y biendo obtenido la inm ortalidad, se casó con Hebe, hija
de Pelopia, cuando acudió él a Itono, le provocó a un de Hera, y tuvo dos hijos, Alexiares y Aniceto.
combate singular. Tras haberse entablado, tam bién a
éste le mató. Cuando llegó a Ormenio, el rey Amintor
no le perm itió entrar con sus arm as y, al ver que se le
prohibía entrar, igualmente le m ató. Una vez que llegó
a Traquis, reunió en Ecalia u n ejército deseando ven­
garse de Éurito. Con él estaban aliados los Arcadios,
los Melios descendientes de Traquis y los Locrios epic-
nemidios y, tras m atar a É urito y a sus hijos, captura
la ciudad y, después de enterrar a los que habían m uer­
to entre los que habían com batido con él —a Hípaso,
PERSONAJES D eyanira. — Hay una máxima que surgió entre los
hombres desde hace tiempo, según la cual no se puede
conocer completamente el destino de los mortales, ni
si fue feliz o desgraciado p ara uno, hasta que muera.
D e y a n ir a .
Sin embargo, yo sé, aun antes de llegar al Hades, que 5
N o d r iz a .

H il o .
el mío es infortunado y triste. Yo, cuando habitaba aún
C o ro d e m u j e r e s .
en Pleurón \ en la casa de m i padre Eneo, experimenté
M e n sa jer o .
una repugnancia muy dolorosa por el matrimonio, en
mayor grado que cualquier m ujer etolia. En efecto, te­
L ic a s .
H er ac les.
nía como pretendiente un río, me refiero a Aqueloo 2,
A n c ia n o .
el cual, bajo tres apariencias, me pedía a mi padre. Se 10
presentaba, unas veces, en figura de toro, otras, como
una serpiente de piel m oteada y, otras, con cara de
buey en un cuerpo humano. De su sombrío m entón b ro ­
taban chorros de agua como de u na fuente. Mientras 15
yo esperaba tem erosa a sem ejante pretendiente, pedía
una y otra vez, desventurada, m orir antes que acercar­
me nunca a este tálamo.
Algún tiempo después, llegó a mí, causándome gran

1 Sófocles ha preferido designar a Pleurón como la ciudad


donde reinaba Eneo, tal vez siguiendo a algún poeta anterior.
Esta ciudad se encontraba a poca distancia de Calidón, que es
la que tradicionalmente se ha considerado reino de Eneo. (Cf. Ilia­
da IX 529; Apolodoro, II 7, 5.) O v i d io llama Calidonia a Deyanira
(Metamorfosis IX 112).
2 Es el mayor rio de Grecia. Se le personifica como el dios
Aqueloo y se le considera el primogénito de los dioses-río. Era
hijo mayor de Océano y Tetis. Discurre formando la frontera
occidental de Etolia, región a la que pertenecía Pleurón.
LAS TRAQUINIAS 195
194 TRAGEDIAS

20 alegría, el ilustre hijo de Zeus y A lcm ena3, quien, en­ pero nadie sabe dónde se encuentra aquél. Lo único
trando en combate con aquél, me libera. Y cómo fue cierto es que su m archa me ha causado amargos dolo­
la lucha no podría decirlo, pues no lo sé. Sin embargo, res. Y casi estoy segura de saber que él sufre algún in­
quien haya perm anecido sentado ante el espectáculo fortunio, porque, no por breve tiempo, sino que ya hace
sin miedo, éste podría contarlo. Yo, en efecto, me ha- diez meses más otros cinco, que perm anece sin dar no- 45
25 liaba fuera de mí por el tem or de que mi belleza me ticias. Es posible que alguna terrible desgracia haya
pudiera proporcionar algún día pesadum bre. sucedido. Al m archarse me dejó esta ta b lilla 8, y yo pido
Zeus, el que dirime los combates, puso un térm ino muchas veces a los dioses que haberla recibido no sea
feliz, si es que verdaderam ente fue feliz, ya que, desde causa de sufrimiento.
que he sido unida a Heracles como esposa elegida, ali­ N odriza. — Reina Deyanira, te he visto ya repetida­
m ento siem pre tem or tras tem or en mi preocupación m ente lam entando la m archa de Heracles con quejas 50
30 por él. Una noche trae consigo sufrim iento y la noche anegadas en lágrimas, pero ahora, si es justo que los
siguiente lo quita. Hemos tenido hijos a los que él, como libres entren en razón p o r los consejos de esclavos,
un labrador que adquiere un campo distante, sólo ha tam bién yo debo hablar en lo que te concierne. ¿Por
visto una vez en la siem bra y en la recogida4. Tal es qué, teniendo tantos hijos, no envías a uno en busca de 55
el destino que hace a este hom bre m archarse continua- su padre y, especialmente, a Hilo, como es natural, si
35 m ente del palacio y volver a él, siem pre al servicio de es que tiene alguna inquietud por saber si su padre está
alguien. bien? Pero, justam ente, es él en persona el que, presu­
Y ahora, cuando ha dado fin a estos trabajos 5, es roso, se precipita hacia el palacio, de modo que, si a ti
cuando estoy más aterrada. Pues, desde que él m ató a te parece que en algo he hablado oportunam ente, es 60
Ifito 6, nosotros habitam os desterrados aquí en Traquis, preciso que te sirvas de tu hijo y de mis consejos.
40 junto a un hom bre que nos ha acogido como huésped 7, (E ntra Hilo llamado por su m adre.)
3 Heracles, quien, por consejo de Meleagro, fue a pedir la D e y a n i r a . — ¡Oh hijo, oh muchacho! También de
mano de Deyanira. personas no nobles se desprenden palabras acertadas.
4 Metáfora de la vida campesina. Es el símil del labrador Pues esta m ujer es esclava, pero h a hecho un razona­
que alquila un campo, pero que no se encarga personalmente de
él y que sólo acude en los dos momentos culminantes de la
m iento digno de hom bres libres.
temporada, en la siembra y en la recolección. H ilo. — ¿Cuál? Dímelo, m adre, si yo debo conocerlo.
5 Alusión a los famosos doce trabajos de Heracles bajo las D e y a n i r a . — ■Que es vergonzoso que, llevando tu pa­
órdenes de Euristeo, su primo, personaje de categoría humana
y física muy por debajo de la de Heracles, pero a quien estaba dre tanto tiempo ya ausente, no te enteres tú de dónde 65
sometido en virtud del cumplimiento del oráculo de la Pitia. He­ está.
racles, enloquecido por Hera, que buscaba la venganza por celos
de Alcmena, dio muerte a sus propios hijos y, después, acudió 8 Tablilla cubierta de cera, donde, con un estilo o punzón,
■a Delfos a consultar a Apolo. se marcaban las letras. Era usada en las escuelas. Recordemos,
6 Hijo de Éurito y, por tanto, hermano de Yole. en E u r íp id e s , Hipólito 857, la tablilla en la que Fedra deja escrito
7 Es Ceix, rey de Traquis, al que no nombra en la obra. su falso mensaje.
En H e s I o d o ; Escudo 353, es nombrado por boca de Heracles.
196 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 197

H ilo. — Pero yo lo sé, si se debe dar crédito a los cuando o nos habremos salvado si se salva, o nos per- 85
rumores. demos con él?
D eyanira. — ¿En qué parte de la tierra has oído, H ilo. — Iré, m adre. Si yo hubiera conocido la res­
hijo mío, que se encuentra? puesta de estos oráculos, m e habría presentado hace
H ilo . — Dicen que, a lo largo del tiempo, en el año tiempo. Pero el destino habitual de mi padre no perm i­
70 que ha pasado, él ha trabajado como siervo para una tía que nosotros temiésemos p o r él ni que estuviéramos
m ujer lid ia 9. en exceso asustados. Ahora que me doy cuenta, no des- 90
D eyanira. — Si verdaderam ente soportó esto, ya todo cuidaré nada para enterarm e de toda la verdad acerca
se puede oír. de esto.
H ilo. — Pero se ha liberado de ello, al menos según D eyanira. — Parte ahora, hijo, pues tam bién para el
yo tengo oído. que va con retraso, el actuar con éxito, una vez infor­
D eyanira. — Y, ¿dónde, vivo o m uerto, se dice que mado, le reporta provecho.
está ahora? (Sale de escena. E ntra el Coro form ado p o r mucha­
H ilo . — Dicen que h a em prendido una expedición chas del país.)
contra la tierra Eubea, contra la ciudad de É urito 10
75 o que está a punto de hacerlo. Coro.
D eyanira. — ¿Sabes acaso, hijo, que me dejó orácu­ E strofa 1.a
los dignos de crédito acerca de esa tierra? A aquel a quien la noche tachonada de estrellas, al
H ilo. — ¿Cuáles, m adre? Pues desconozco de qué extinguirse, engendra y le hace acostar cuando aún está 95
m e hablas. inflamado, a Helios, a H elios suplico que m e anuncie
esto: dónde, dónde m e habita el h ijo de Alcmena, ¡oh tú,
D eyanira. — Que o bien está a punto de alcanzar el
que alum bras con brillante esplendor!, si está situado 100
80 final de su vida, o bien de llevar una vida feliz el resto
en los estrechos m arinos o en uno de los do s continen­
de su existencia, si obtiene esta victoria. Encontrándose
en sem ejante trance, hijo, ¿no correrás en su ayuda, tes. Dím elo tú, que tienes el m ayor poder en la mirada.

Antístrofa 1.a
9 ónfale, reina de Lidia, a donde Hermes condujo a Hera­ Pues estoy enterada de que la siem pre disputada
cles, cumpliendo los deseos de Zeus, para que sirviera junto a
esta reina en calidad de esclavo durante tres años. Era una ex­ Deyanira, con corazón anhelante, com o un infortunado ios
piación que debía ofrecer por el asesinato de ífito. ónfale com­ pájaro, nunca adorm ece el deseo de sus ojos ya sin lá­
pró a Heracles por tres talentos, «precio de sangre» que fue grimas, sino que, alim entando un tem or obsesivo por
pagado a Éurito como compensación ( A p o l o d o r o , II 6, 2). el esposo a causa de su marcha, se consume en el lecho u o
10 Éurito era rey de Ecalia, ciudad que se sitúa, en esta vacío de varón, llena de inquietud, esperando, desdi­
obra, en la isla de Eubea, pero, en otras ocasiones, en Tesalia
o Mesenia. Era padre de cinco hijos, de los que conocemos a chada, un funesto destino.
ífito y a Yole. Una vez que Heracles terminó el periodo de ex­
piación en Lidia, emprendió una expedición de castigo contra Estrofa 2.a
Ecalia, en la que mató a Éurito y a sus hijos y se llevó a Yole. De igual m odo que se pueden ve r muchas olas pro-
198 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 199

115 ducidas po r el infatigable N oto o p o r el B ó re a s 1X, que Deyanira. — Estás aquí porque te has enterado de
van y vienen en el dilatado mar, así al del linaje de Cad­ mi sufrimiento, según yo me figuro. Ahora no sabes
m o 12 le trastornan y le levantan los interm inables tra­ cómo se consume mi corazón y ¡ojalá no lo aprendas
bajos de su vida, como ocurre con el m ar de C re ta 13. nunca por experiencia! Pues la juventud pace en sus 145
120 Pero alguno de los dioses le aparta a él, infalible siem ­ propios campos y, a ella, ni el ardor de la divinidad ni
pre, de la mansión de Hades. la lluvia ni ningún viento la turban, sino que entre pla­
ceres lleva una vida sin fatigas, hasta que una es llama­
Antístrofa 2.a da m ujer en lugar de doncella y tom a parte en las pre­
R eprochándote estos lam entos m e dirigiré a ti, de ocupaciones nocturnas, sintiendo temor, bien por el iso
form a respetuosa pero haciéndote frente. Pues digo que marido, bien por los hijos.
125 no debes agotar la buena esperanza, ya que nada sin
En este momento, alguien podría considerar, obser­
dolores ha enviado a los m ortales el rey que todo lo do­
vando su propia situación, las desgracias bajo las que
no mina, el Crónida, sino que sufrim ientos y alegría van
yo estoy agobiada. Muchas penas, ciertam ente, he llo­
rodando para todos, com o las rutas circulares de la
rado yo, pero una, cual nunca hasta ahora, os expondré
O s a 14.
a continuación. Cuando el rey Heracles partió de p a la - 155
Epodo. ció en el últim o viaje, dejó en él una antigua tablilla
Pues ni dura la estrellada noche para los m ortales, escrita con unas notas, las cuales a mí nunca antes, a
ni la desgracia, ni la riqueza, sino que aprisa se va y, pesar de que partía para num erosas expediciones, se
135 para otro, viene la alegría y su privación. P or tanto, te atrevió a nom brarm e, pues salía como p ara llevar a I 60
aconsejo, señora, que retengas esto siem pre en m edio de cabo una hazaña y no p ara m orir.
140 la esperanza, ya que, ¿quién ha visto que Zeus no se E sta vez, sin embargo, como quien no existe ya, me
preocupe de sus hijos? 15. dijo qué bienes del m atrim onio debía yo tom ar y tam ­
bién qué parte de tierra paterna dejaba para ser distri­
11 Pasaje que recuerda a Iliada II 396, pero con mención buida entre los hijos, y señaló por anticipado el tiempo
expresa, aquí, de los dos vientos opuestos, el Noto o viento del diciendo que, cuando hubiera estado ausente del país 165
Sur, cálido y húmedo, y el Bóreas, viento del N. que trae frío. un año y tres meses desde su partida, entonces debería
12 Heracles era tebano por su nacimiento accidental en la
ciudad fundada por Cadmo, aunque sus padres eran argivos, y o m orir en ese momento, o, si superaba el térm ino del
también porque fue admitido desde su juventud entre la nobleza plazo, pasar ya, en el futuro, una vida carente de penas.
de la ciudad. Decía que tales hechos, decretados p or los dioses, p o n - 170
13 Era reconocida por los antiguos la peligrosidad de este drían fin a los trabajos de Heracles, según había anun­
mar, en donde se producía un cruce de distintos vientos. Esta ciado, en cierta ocasión, la antigua encina en Dodona 16
misma metáfora la emplea H o r a c i o , Odas I 26, 2.
14 El porqué de esta metáfora queda aclarado por H o m e r o ,
en Iliada XVIII 487 y sigs., que explica que la Osa gira siempre 16 Antiguo santuario de Zeus, famoso por los oráculos. És­
sobre su eje. tos se revelaban por el susurro de las hojas de las sagradas en­
15 El que Heracles sea hijo de Zeus es la mejor razón para cinas o por el vuelo de las palomas. Los sacerdotes eran llamados
tener confianza, según el Coro. Selli y las sacerdotisas «Palomas», nombre que les da aquí, pero
200 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 2 01

por boca de las dos sacerdotisas. Y la exactitud de es­ paso adelante. Cada uno quiere satisfacer su deseo en­
tas profecías, de cumplirse, se com prueba en el día de terándose y no le suelta antes de oírle a placer. Y así
175 hoy. De modo que, aunque dorm ía dulcemente, con aquél está allí tío por su gusto, sino para dárselo a ellos.
miedo he saltado de la cama, m ujeres, tem erosa no sea Pero en seguida se m ostrará a tu vista.
que me haya de quedar privada del más noble de todos D e y a n i r a . — ¡Oh Zeus, tú que dominas la pradera 200
los hombres. indivisible del Eta! 18, nos has dado por último una
C o r i f e o . — Contén ahora tus palabras, pues veo que alegría. Cantad, oh m ujeres, las que estáis dentro del
un hom bre se aproxima coronado en señal de buena palacio y las que estáis fuera, porque disfrutam os aho­
nueva. ra del consuelo de esta noticia que se presenta inespe­
(Entra apresuradamente un mensajero.) rada para mí.
M e n s a j e r o . — Señora Deyanira, con mi m ensaje seré
180 el prim ero en liberarte del tem or. Sabe que el hijo de C oro.

Alcmena está vivo y victorioso y que trae, desde el com­ La casa que espera al esposo estallará en gritos de 205
bate, las primicias para los dioses locales; júbilo alrededor del hogar. Vaya, común, el canto de
D e y a n i r a . — ¿Qué palabras acabas de decirme, an­ los jóven es a Apolo protector, el de bella aljaba. Y al 210
ciano? m ism o tiem po vosotras, doncellas, entonad el peán, el
185 M e n s a j e r o . — Que muy pronto a tu casa llegará el pean. Clamad a su hermana Ártem is, de O rtig ia i e , la
esposo muy amado y se m ostrará con victorioso poder. flechadora de ciervos, la que p o rta una antorcha en
D e y a n i r a . — ¿A quién, ciudadano o extranjero, has cada mano, y a las Ninfas sus vecinas. 215

oído esto que dices? Yo m e siento transportada y no desdeñaré la flauta,


M e n s a j e r o . — En la pradera donde pacen los bue­ ¡oh dueño de m i alm a! Mírame, la hiedra m e perturba,
yes, Licas, el heraldo, está contándolo ante una gran ¡evohé, evohé!, trayéndom e rivalidad báquica. ¡Ah, ah, 220
190 m ultitud. Yo, al oírlo, me eché a correr para obtener de Peán! Contempla, oh querida amiga, esto ante tus ojos.
ti algún provecho y ganar tu favor por anunciártelo el Te es posible verlo claramente.
prim ero. (E ntra Licas, seguido de un grupo de prisioneras
D e y a n i r a . — ¿Cómo no está presente él mismo, si es entre las que se encuentra Yole.)
que es para bien? D e y a n i r a . — Lo veo, amigas; no escapó a la vigilancia 225

M e n s a j e r o . — No tiene m ucha facilidad de movi­ de mi m irada y no dejo de observar este cortejo. Y yo


mientos, m ujer, pues todo el pueblo de M élide17, co- le digo públicamente al heraldo que se presenta tras
195 locado en torno suyo, le interroga y no puede ni dar un mucho tiempo que se aleg re20, si es que tam bién tú
traes alegría.
que he traducido por el de la profesión. Más adelante, verso 1165,
habla sobre las costumbres de los sacerdotes. 18 La cumbre más alta de la cordillera traquinia, que esta­
17 Es el nombre del llano y del golfo que forma el mar en ba consagrada a Zeus.
esta costa. La cordillera traquinia, donde estaba situada la ciu­ 19 Ortigia es un antiguo nombre de Délos, patria de Artemis.
dad de Traquis, limitaba por el SO. con la llanura de Malia. 20 El saludo griego consistía en desear alegría; en castella­
(Cf. Filoctetes, nota 32.) no, por tanto, no se puede conservar el doble sentido de la frase.
202 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 203

L i c a s . — Hemos llegado bien y bien somos acogidos, debemos, m ujer, añadir repulsa por la palabra a algo
230 señora¿ como corresponde al feliz térm ino de una ac­ de lo que Zeus se m uestra autor. Aquél, vendido a la
ción. Es forzoso que el hom bre que viene triunfante bárbara ónfale, pasó un año 23, como él dice, y de tal
obtenga excelentes saludos. m odo se ofendió al recibir este u ltra je que, haciéndose 255
D e y a n i r a . — ¡Oh queridísimo entre los hom bres!, a sí mismo un juram ento, prom etió que esclavizaría al
ante todo infórmame de lo que prim ero deseo, si reci­ causante de este sufrimiento, juntam ente con su hijo
biré a Heracles vivo. y su m ujer, y no frustró esta palabra, sino que, cuando
L i c a s . — Yo lo dejé fuerte, vivo, en plena energía estuvo purificado, reclutando a un ejército aliado, se
y no bajo el peso de una enfermedad. dirigió contra la ciudad de Éurito. Pues decía que, en- 260
D e y a n ir a . — ¿En qué tie r r a , p a tr ia o e x tr a n je r a ? tre los m ortales, sólo éste era culpable de semejante
D ím e lo . oprobio contra él 24: cuando llegó a su casa en calidad
235 L i c a s . — Hay un prom ontorio Eubeo donde está de huésped —pues lo era de antiguo— estalló en provo­
ofreciendo altares y ofrendas de frutos en honor de caciones, muchas con razones, otras muchas con ánimo
Zeus Ceneo21. ofuscado, diciendo que, a pesar de tener flechas infali- 265
D e y a n i r a . — ¿Para cum plir u na prom esa o por cau­ bles 25 en sus manos, quedaría por debajo de sus hijos
sa de algún oráculo? en la prueba del arco, y, además, voceaba que sería des­
240 L i c a s . — Por votos hechos cuando quería obtener la truido por su calidad de esclavo de un hom bre libre.
tierra devastada po r la lanza de estas m ujeres que ves Con ocasión de un banquete, cuando estaba embriaga­
ante tus ojos. do, le arrojó fuera. Estando resentido por estas cosas,
D e y a n i r a . — ¡Por los dioses! ¿De dónde son y quié­ una vez que Ifito, a su vez, se dirigió a la acrópolis Ti- 270
nes? Pues son dignas de lástima, si no me engañan sus rintia 26 siguiendo las huellas de unos caballos errantes,
desgracias. entonces, cuando tenía la vista en una parte y la m ente
L i c a s . — A quél22, después de destruir la ciudad de en otra, le arrojó desde una de las explanadas de una
245 Éurito, las escogió como botín selecto p ara él mismo y torre. A causa de esta acción, se irritó el soberano Zeus 275
para los dioses. Olímpico, padre de todos, y le echó fuera p ara ser ven­
D e y a n i r a . — ¿Y frente a esa ciudad ha estado un dido, no tolerando que hubiese m atado a traición, aun­
tiempo imprevisto durante días sin cuento? que fuera a éste sólo. Si se hubiera vengado pública-
L i c a s . — No, sino que la m ayor p arte del tiempo
estuvo retenido en Lidia, según cuenta él mismo, no 23 Obsérvese la contradicción, tal vez intencionada, con la
versión popular, que habla de tres años.
250 como hom bre libre, sino obtenido por compra. Y no
24 Heracles.
25 Éurito era famoso por la destreza en el manejo del arco,
21 El cabo Ceneo está en el extremo noroccidental de la y ofende a Heracles insinuándole que el mérito de sus triunfos
isla de Eubea y, por tanto, frente al golfo Málico. Era lugar de está en las infalibles flechas.
paso para el héroe viniendo de Ecalia, que estaba más hacia \ 26 Acrópolis aquea, donde remaba Euristeo, a cuyo servicio
el S., en la región de Eretria. realizó Heracles los trabajos. Era el lugar habitual de residencia
22 Heracles. del héroe.
204 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 205

mente, Zeus hubiera consentido en que le sometiera nada que ver con todo esto y pareces alguien de noble
280 con justicia, pues ni siquiera los dioses am an la inso­ linaje. Licas, ¿de qué m ortal ha nacido la extranjera? 310
lencia. Aquellos que m ostraron su arrogancia con pala­ ¿Quién es su m adre? ¿Quién el padre que la ha engen­
bras desmesuradas 27, todos son habitantes del Hades drado? Dime, ya que, al m irarla, por ella sentí más com­
y su ciudad es esclava; y éstas que ves vienen hacia ti pasión que por éstas, en cuanto que ella tam bién es la
habiendo encontrado una vida nada deseable desde una única que sabe m antenerse con compostura.
285 situación dichosa. Pues tu esposo ordenó esto y yo, que L i c a s . — ¿Y qué sé yo? Es más, ¿por qué me inte­
soy fiel, lo ejecuto. En cuanto a él mismo, cuando lleve rrogas? Tal vez sea un vástago de los nobles de allí. 315
a cabo los sagrados sacrificios a Zeus paterno debidos D e y a n i r a , — ¿Acaso de los reyes? ¿Había alguna h ija
por la conquista, piensa que vendrá. En efecto, esto, de Éurito?
290 después de pronunciar u n largo y feliz discurso, es lo L i c a s . — No sé, pues yo no preguntaba mucho.
más agradable de oír. D e y a n i r a . — ¿Ni sabes el nom bre por alguna de las
C o r i f e o . — Señora, ahora tienes claro motivo de compañeras?
gozo, de un lado, por lo que tienes presente y, de otro, L i c a s . — Ciertamente no. En silencio cumplía mi
por lo que te has enterado de sus palabras. trabajo.
D e y a n i r a . — ¿Cómo no iba yo a experim entar una D e y a n ir a . — D i, o h d e s d ic h a d a , p e r o d ín o s lo p o r t i 320
alegría sincera, al oír las hazañas afortunadas de mi m i s m a , y a q u e e s u n a p e n a n o s a b e r d e t i 29 a l m e n o s
295 esposo? Por muchos motivos es forzoso que esto vaya q u ié n e r e s .
unido a lo otro 28. Y, sin embargo, es posible que los (Yole no contesta.)
que observan bien sientan algún tem or de que el ven­ L ic a s . — Por lo visto no abrirá la boca, al igual que
cedor fracase alguna vez. A mí me h a entrado una fuer­ antes, la que nunca se ha hecho oír ni m ucho ni poco,
te compasión, amigas, cuando he visto a estas desdicha- sino que, angustiada siem pre por el peso de la desgra- 325
300 das en tierra extranjera, sin casa y sin padres, deste­ cia, derram a lágrimas, infeliz, desde que abandonó su
rradas, que antes, tal vez, eran de familias libres y aho­ patria expuesta a los vientos. El destino es funesto para
ra, sin embargo, soportan una vida de esclavas. ¡Oh ella, ciertam ente, pero lleva consigo indulgencia.
Zeus, que alejas los males! ¡Ojalá nunca te vea avanzar D e y a n i r a . — Dejémosla tranquila y que entre, así, en
305 con esta actitud contra mis hijos y, si algo hicieras, que la casa del modo más agradable posible, y que no reci- 330
no sea estando yo con vida! Tanto es mi tem or al ver ba otra pena, además de las desgracias que ya tiene, por
a éstas. lo menos de mi parte, porque es suficiente la actual.
(Dirigiéndose a Yole.) Entrem os ya todos al palacio, para que tú te apresures
¡Oh infortunada! ¿Quién eres entre estas jóvenes, a ir adonde quieres y yo disponga en orden lo de aden­
aún doncella o ya con hijos? Por tu aspecto no tienes tro.
(Se va Licas y, al disponerse a hacerlo también la
27 Constante del pensamiento griego, el castigo de la hybris
por parte de los dioses. 29 Clara muestra de la ironía sofoclea. La pena de no saber
28 La alegría, al éxito del héroe y esposo. quién es se convertirá en verdadera desgracia cuando lo sepa.
206 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 207
reina, la retiene el Mensajero, que ha permanecido en
habiéndose agenciado un pretexto pequeño y una oca­
escena.) sión, combatió la patria de ésa, en la que —dijo— É uri­
335 M e n s a j e r o . — Primero espera aquí un poco para que
to era dueño del trono, m ató al rey, su padre, y devastó
te enteres, sin la presencia de éstos, a quiénes conduces
la ciudad. Y llega, como ves, enviándola a esta casa, ni 365
adentro y p ara que conozcas lo que debes acerca de lo
irreflexivamente, señora, ni como una esclava —no su­
que nada has oído. Pues sobre esto yo tengo inform a­
pongas eso ni sería verosímil, ya que está inflamado de
ción completa.
pasión—. Por ello, me pareció bien, señora, revelarte
D e y a n i r a . — ¿Qué hay? ¿Por qué me detienes en mi
todo lo que aprendí de éste por encontrarm e allí casual- 370
m archa? mente. Muchos oían esto al mismo tiempo que yo, en
340 M e n s a j e r o . — Deténte y escúchame, pues no oíste
medio de la plaza de Traquis, y podrían refutarle. Si no
en vano, antes, mi discurso y, ahora, creo que tampoco. digo cosas amables, no lo hago por gusto, pero, sin em­
D e y a n i r a . — ¿Llamamos aquí de nuevo a aquéllos,
bargo, he dicho la verdad.
o quieres hablarm e a mí y a éstas?
D e y a n i r a . — ¡Ay de mí, infortunada! ¡En qué situa- 375
M e n s a j e r o . — A ti y a éstas, nada se opone; pero a
ción estoy! ¿Qué encubierta desgracia he recibido en
ésos déjalos.
mi casa, desdichada? ¿Acaso no tiene nombre, como
345 D e y a n i r a . — Ya se han ido. Hazme saber tus pala­
juraba el que la trajo?
bras.
M e n s a j e r o . — Por el contrario, es ilustre tanto po r
M e n s a j e r o . — Este hom bre no h a hablado con im­
parcialidad y justicia en nada de lo que dijo hace un su nom bre como por su origen, ya que es p o r su naci- 380
momento, sino que, o ahora es m entiroso, o antes era m iento hija de Éurito, y es llam ada Yole. Aquél nada
u n m ensajero desleal. hablaba respecto a su origen, sin duda porque nada
había preguntado.
D e y a n i r a . — ¿Qué dices? Expónme con claridad1todo
C o r i f e o . —■¡Ojalá perezcan no todos los malvados,
350 lo que piensas, pues lo que me has dicho me es incom­
prensible. pero sí quien prepara ocultamente actos indignos que
M e n s a j e r o . — Yo oí a este hom bre cuando contaba,
le perjudican!
D e y a n i r a . — ¿Qué debo hacer, m ujeres? Porque yo 385
delante de muchos testigos, que, por causa de esta jo­
v e n 30, aquél destruyó a Éurito y a Ecalia la de altas con estas palabras de ahora me encuentro turbada.
355 torres, y que Eros, el único de los dioses, le cegó para
C oro.
em prender esta lucha, no el estar en el país de los lidios
ni la servidumbre de los trabajos bajo ónfale, ni el Ve y pregunta al hombre, pues tal vez dijera la ver­
despeñamiento, causa de la m uerte de Ifito. Éste ahora, dad si quisieras interrogarle con rigor.
menospreciando al Amor, lo dice del revés. En resu- D e y a n i r a . — Sí, iré. No te falta razón en lo que dices.
360 men, cuando no lograba convencer al padre de que le M e n s a j e r o . — Y yo, ¿me espero o qué debo hacer? 390

diera a la hija p ara celebrar u n m atrim onio secreto, D e y a n i r a . — Espera, pues ese hom bre sale del pala­
cio, no por nuestro aviso, sino espontáneamente.
so Yole.
208 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 209

(Licas sale de palacio y se dirige a la reina.) Licas . — Habla, si algo quieres, pues no estás en si­
L i c a s . — ¿Qué debo decir a Heracles al llegar, oh se­ lencio.
ñora? Dímelo, porque me m archo, como puedes ver. Mensajero. — ¿Conoces a la cautiva que escoltaste
395 D e y a n i r a . — ¿Por qué te vas rápidam ente, después a palacio?
de haber llegado con tardanza, antes, incluso, de que Licas . — Sí, ¿por qué lo preguntas?
reanudem os la conversación? M ensajero. — ¿Y no es cierto que tú decías que lle­
L i c a s . — Si deseas preguntar algo, yo estoy dis­ vabas a Yole, ésa a la que m iras con desconocimiento,
puesto. la hija de Éurito? 420
D e y a n i r a . — ¿Acaso observarás fidelidad a la verdad? Licas. — ¿Entre qué hom bres? ¿De dónde podría
L i c a s . — ¡Zeus grande sea testigo! Al menos de lo venir quien testificara ante ti que me oyó esto?
que yo soy conocedor. Mensajero. — E ntre muchos ciudadanos. En medio
400 D e y a n i r a . — ¿Quién es la m ujer que has traído con­ de la plaza de Traquis, una gran m ultitud te lo escuchó.
tigo? Licas. — En efecto. Yo decía que, al menos, lo ha- 425
L i c a s . — Una eubea. De quiénes nació no sé decirlo. bía oído. No es lo mismo decir una opinión que dar
M e n s a j e r o . — (Interviene el mensajero.) ¡Eh tú, cuenta exacta de una palabra.
éste, m ira aquí! ¿A quién te parece que te diriges? Mensajero. — ¿Qué clase de opinión? ¿Acaso no de­
L i c a s . — Y tú, ¿por qué me has preguntado esto? cías, afirmándolo bajo juram ento, que llevabas a ésta
M e n s a j e r o . — Atrévete a responder, si entiendes lo como esposa para Heracles?
que te pregunto. Licas. — ¿Yo? ¿Esposa? ¡Por los dioses! Dime, que­
405 L i c a s . — A la dueña Deyanira, h ija de Eneo y espo­
rida reina, ¿quién es este extranjero? 430
M ensajero. — Quien, al estar presente, te oyó decir
sa de Heracles, y, si no estoy m irando equivocadamen­
te, a m i reina. que, por el deseo de é s a 31, toda la ciudad fue sometida
y que no fue la lid ia 32 la que le dominó, sino la pasión
M e n s a j e r o . — Eso es lo que pretendía: saberlo de
que brotó por ella.
ti. ¿Dices que ésta es tu reina Deyanira?
L icas. — Que se vaya el hom bre, oh señora, pues la
L ic a s . — L o e s , c ie r to .
charla con un loco no es propia de hom bres prudentes. 435
410 M e n s a j e r o . — ¿Y qué castigo consideras que se debe
Deyanira. — No, ¡por Zeus que fulm ina rayos en la
aplicar, si eres sorprendido en actitud desleal para ella?
alta cima del E ta!, no me ocultes la historia, pues ha­
L i c a s . — ¿Cómo desleal? ¿Qué embrollos traes en­
blarás a una m ujer prudente y que sabe que la natura­
tre manos?
leza hum ana no se complace siempre con las mismas 440
M e n s a j e r o . — Ninguno. Tú, en cambio, eres el que
cosas. Porque quien con Eros se enfrenta 33 de cerca,
actúas precisam ente así.
L i c a s . — Me voy, pues soy necio por escucharte tan­ «i Yole.
to tiempo. 32 ónfale.
33 Eros como un competidor desigual en el agón. Esto es un
415 M e n s a j e r o . — No antes de que, por lo menos, res­
lugar común en la literatura. (Cf. Antígona 781-801; E u r í p i d e s ,
pondas a una breve pregunta. Hipólito 525 ss.)
210 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 211
como un púgil, no razona con cordura. Él, en efecto, Y esto —pues el decirlo es necesario tam bién en favor
que dispone como quiere incluso de los dioses, y de mí
de aquél— ni él dijo que lo ocultara ni lo negó nunca, 480
con mayor motivo, ¡cómo no va a disponer tam bién de sino que yo mismo, ¡oh señora!, tem eroso de producir
445 otras iguales a mí! De m anera que, si yo reprochara
dolor a tu corazón con estas noticias, he cometido falta,
algo a mi esposo, atrapado por este mal, estaría muy
si en algo lo consideras una falta. Y puesto que sabes 485
loca, o si lo hiciera a esta m ujer, que no es cómplice de ya todo, en tu provecho, que es igualmente el de aquél,
nada vergonzoso ni perjudicial p ara mí. No es posible
acepta a la m ujer y desea que las palabras que dijiste
esto. Pero, si mientes por haberlo aprendido de a q u é l34,
respecto a ella sean inalterables. Porque, aunque aquél
450 no has aprendido una bella lección; y, si por ti mismo
ha triunfado en todas las demás cosas con sus medios,
te adoctrinas así, cuando quieras m ostrarte noble, re­
ha sido vencido completamente por el amor de ésta.
sultarás malvado. Así que dime toda la verdad, porque D e y a n i r a . — También así pienso yo, de modo que lo 490
para una persona libre, ser tenido por m entiroso no es llevaré a cabo. Y por lo menos no provocaré un mal
455 un bello destino, y ocultarlo no puedes, pues hay mu­
voluntario, luchando en inferioridad con los dioses. Pero
chos a los que has hablado que me lo dirán. Y, si tienes entremos al palacio, para que lleves mis encargos en
miedo, no lo tienes con motivo. El no enterarm e sí me palabras y para que lleves tam bién los regalos a los
dolería, m ientras que el saberlo, ¿qué tiene de terrible? que, en correspondencia a los suyos, debo ajustarm e. 495
460 ¿Acaso no desposó ya Heracles a otras m uchas? Y nin­
Pues no es razonable que te vayas de vacío, cuando te
guna de ellas soportó de mí una m ala palabra ni un re­ has presentado aquí con un séquito tan grande.
proche, y tampoco ésta, aunque esté totalm ente consu­ (A m bos entran en el palacio y el Mensajero se re­
mida por su amor, ya que yo sentí mucha compasión tira.)
precisam ente por ella cuando la vi, porque su belleza
465 arruinó su vida, y, sin querer, la desgraciada asoló y C oro.
esclavizó la tierra de los suyos. Estrofa.
Pero estas cosas, que sigan su curso. Y yo te digo Grande es la fuerza con que C ip ris 35 se lleva siem ­
que seas desleal con otro; a mí no me m ientas nunca. pre la victoria. Paso de largo los asuntos de los dioses
470 C o r i f e o . — Convéncete de que ha hablado con toda y no hablo de cóm o engañó al Crónida, ni al som brío 500
razón. No podrás hacer reproches a esta m ujer más Hades, o a Posidón el que sacude la tierra. Pero para
adelante y, además, obtendrás mi agradecimiento. tener a é s ta 36 com o esposa, ¿quiénes, adversarios ro­
L i c a s . — Pero, ¡oh am ada rein a!, ya que me doy bustos, han descendido al com bate con vistas a las bo­
cuenta de que tú, como hum ana, sientes cosas hum anas das? ¿Quiénes salieron adelante en los prem ios de lides 505
y no insensatas, te diré toda la verdad y no te la ocul- llenas de golpes y fatigosas?
475 taré. En efecto, es tal como ése lo cuenta. Un trem endo

deseo de ésta invadió a Heracles y, por causa suya, fue


devastada enteram ente con la lanza la Ecalia paterna. SB Epíteto de Afrodita que hace referencia a su lugar de na­
cimiento.
34 Heracles. 38 Deyanira.
212 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 213

Antístrofa. cerlo compartiendo el mismo esposo? Yo veo, en un


El uno era un río poderoso, de altos cuernos, ergui- caso, una juventud en pleno vigor, m ientras que, en el
510 do sobre cuatro patas, con aspecto de toro, el Aqueloo otro, algo que se m archita. De una suele el ojo arreba­
de Eníades. El otro llegó de la tierra de Baco, de Tebas, ta r la flor, pero se aparta de la otra. Y, por esta razón, 550
blandiendo curvo arco, lanzas y maza, hijo de Zeus. És­ yo tem o que Heracles sea llamado mi esposo, pero sea
tos, entonces, juntos se lanzaron al medio, deseosos de am ante de la más joven.
515 las bodas. Y sola, en el medio, propicia al matrimonio, Pero no conviene, como dije, que se enoje la m ujer
Cipris dirime. que es sensata. Os voy a hablar del medio que tengo
para liberarme. Tenía yo, desde hace tiempo, un regalo 555
Epodo.
Entonces hubo estruendo de brazos, de arcos y de de u n viejo c en tau ro 37, oculto en u n cofre de bronce,
520 cuernos de toro entrechocados. Había lances trabados regalo que cogí, siendo aún una niña, de las mortales
y también dolorosos golpes de frentes y gemidos por heridas de Neso, el del velludo pecho, a punto de mo­
parte de ambos. Y ésta, de hermoso aspecto, delica- rir. Éste transportaba sobre sus brazos por una paga a
525 da, estaba sentada junto a una distante altura, aguar­ los hom bres sobre el río E veno3S, de profundas co- 560
dando al esposo. Yo, como espectadora, hablo. El ros­ rrientes. Ni se servía de rem os conductores, ni de velas
tro de la joven disputada, digno de lástima, espera, y de nave. También a m í —cuando, po r m andato de mi
530 en seguida se queda lejos de su madre, como una ter­ padre, seguía por prim era vez a Heracles en calidad de
nera abandonada. esposa— llevándome en sus hom bros, una vez que es­
(Deyanira sale de palacio con una esclava que lleva taba en el medio de la travesía, m e tocó con sus inso- 565
una urna cerrada.) lentes manos. Entonces yo grité y el hijo de Zeus, vol­
D e y a n i r a . — Mientras el extranjero, amigas, prepa­ viéndose rápidam ente, de sus manos soltó una flecha
rado para salir, habla en la casa a las jóvenes cautivas, cubierta de plumas que le atravesó, silbando, el pecho
me vengo hasta vosotras a la puerta, a escondidas, para hasta las entrañas.
contaros, por una parte, lo que con mis manos acabo Y el centauro, al m orir, dijo sólo: «Hija del ancia­
535 de preparar, y, por la otra, para lam entarm e con vos­ no Eneo, en esto vas a sacar provecho de mis travesías, 570
otras de lo que sufro. si me obedeces, puesto que eres la últim a que tran s­
En efecto, no creo haber recibido a una doncella, porté. Si tomas en tus manos sangre coagulada de mis
sino a una desposada, igual que u n m arinero recibe la
carga, desastroso negocio para mi corazón. Y ahora so-
37 Neso es un centauro y, como todos, de fiereza brutal. Ya
540 mos dos las que esperamos los abrazos bajo la misma se había enfrentado con el héroe por la jarra de vino que tenía
m anta. ¡Semejante paga me envía Heracles, el que lla­ Folo, otro centauro. En este nuevo encuentro es el instrumento
mábamos leal y noble, por la larga vigilancia de su de la profecía que le señala como autor de la muerte de He
casa! Y yo no puedo irritarm e con el que muchas veces racles.
545 ha recaído en este mal. Y, por o tra parte, el vivir con 38 Río de escarpada corriente que discurre por lo alto de
la ladera occidental del Eta. En su descenso atraviesa Etolia y
esta joven en el mismo lugar, ¿qué m ujer podría ha- desemboca en el golfo de Corinto, en la actual Patras.
214 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 215
heridas, en donde la hidra de L e rn a 39 bañó sus flechas
575 envenenadas de negra hiel, tendrás en ello un hechizo Eneo, porque estamos ya en retraso desde hace largo
para el corazón de Heracles, de modo que aquél no ama­ tiempo.
rá más que a ti a ninguna m ujer que vea. Habiendo D e y a n i r a . — Precisamente en esto mismo me ocupa- 600

reflexionado sobre esto, ¡oh amigas! —pues lo tenía ba, m ientras tú, Licas, hablabas dentro con las extran­
580 bien guardado en casa desde la m uerte de aquél—, im­ jeras, para que le lleves de mi p arte este fino manto,
pregné esta túnica, ajustándom e a cuantas cosas me obsequio preparado con mis manos p ara aquel hombre
dijo m ientras aún tenía vida. y, al dárselo, adviértele que ningún m ortal antes que él 605
Ya está hecho. ¡Ojalá no sepa yo nunca malos ardi­ lo ciña a su cuerpo, y que no lo vea ni el resplandor del
des, ni los llegue a aprender! Aborrezco a las que los sol, ni el fuego de un recinto sagrado o de un hogar,
llevan a cabo. Si con filtros y hechizos puedo aventajar antes de que él, colocado en pie de modo visible ante
585 a esta joven ante Heracles, para esto tal acción está los ojos de todos, lo m uestre a los dioses en un día en
pensada, a no ser que dé la im presión de em prender que se inmolen toros. Pues prom etí que, si alguna vez 6io
algo inútil; en ese caso me abstendré. veía o llegaba a saber con seguridad que estaba a salvo
C o r i f e o . — Si tú tienes alguna confianza en lo que en casa, le vestiría con esta túnica y le m ostraría ante
has hecho, nos parece que no has tomado una mala los dioses como un sacrificador nuevo envuelto en nue­
decisión. va tú n ic a 40. Y presentarás como señal de esto algo que,
590 D e y a n i r a . — La confianza es ésta: que se puede cuando lo tenga delante, reconocerá fácilmente en el 615
creer, aunque no lo he experimentado nunca. cerco de este anillo. Pero ponte en camino y observa
C o r i f e o . — Pero hay que saberlo llevándolo a la prác­ prim eram ente esta ley, la de no desear hacer nada es­
tica. Porque, aunque creas tener un conocimiento, no pecial 41 en tu condición de m ensajero, y, después, ten
lo tendrías si no lo experimentas. en cuenta que puede m ostrársete un doble agradeci­
D e y a n i r a . — En seguida lo sabremos. Pues veo que m iento en lugar de uno solo, si el de aquél y el mío se
595 éste ya está en las puertas. Rápidamente se irá. Sola­ unen.
m ente deseo que, por vuestra parte, mantengáis bien L i c a s . — Pues bien, si yo en la profesión de Hermes 62o

en secreto mi plan: si las acciones inicuas las realizas tomo parte con firmeza, no voy a fracasar precisamen­
en la oscuridad, nunca caerás en vergüenza. te, en lo que a ti respecta, en m ostrar este cofre, lleván­
(Licas sale del palacio.) dolo como está, y en agregar la garantía de las palabras
L ic a s . — ¿Qué tengo que hacer? Indícamelo, hija de que dices.
D e y a n i r a . — Podrías p a rtir ya, pues sabes cómo se 625
39 Las flechas de Heracles estaban envenenadas por haber encuentran los asuntos en palacio.
sido anteriormente sumergidas en la sangre de la Hidra. El Cen­
tauro ordena a Deyanira que tome sangre suya, de la que está 40 Debemos pensar que el rito exigía un vestido nuevo. Así
en contacto con la flecha y, por tanto, con el veneno. Se diferen­ parece indicarse en Odisea IV 750. O, también, puede ser un
cia por el color más oscuro. Sófocles racionaliza la anterior ver­ recurso dentro de la característica ironía trágica tan frecuente
sión de la leyenda, según la cual el veneno —presunto filtro— en Sófocles.
era la mezcla de la sangre del Centauro con el semen del mismo. 41 Esto es, no excederse en la misión del mensajero, sino
transmitir exclusivamente las noticias sin tener iniciativa propia.
216 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 217

L ic a s . — L o s éy d i r é que e s t á t o d o a s a l v o . Estrofa 2.a


D e y a n i r a . — Conoces, porque la has visto, la acogi­ Le teníamos totalmente alejado de la ciudad, en los
da que he hecho de la extranjera, cómo la recibí amis­ mares, esperándole durante doce meses, sin saber nada
tosamente. de él. Y ésta, su querida esposa, infeliz, consumía sin 650
L i c a s . — De modo tal que mi corazón está conmovi­ descanso su desgraciado corazón. Pero ahora Ares ira­
do de satisfacción. cundo los ha liberado de los penosos días.
630 D e y a n i r a . — ¿Qué otra cosa podrías decir? Pues
Antístrofa 2.a
temo que sería demasiado pronto para hablar de mi
¡Ojalá llegue, ojalá llegue! Y que no se detenga la 655
deseo, antes de saber si allí soy deseada.
nave de muchos remos que le transporta hasta llegar a
(Deyanira entra en palacio y Licas abandona la es­
la ciudad, tras abandonar el altar de la isla, donde es
cena.)
celebrado como sacrificador. ¡Y ojalá que venga de allí 660

C oro. lleno de deseos, impregnado de Persuasión, según con­


Estrofa 1.a sejo del Centauro!
¡Oh vosotros, que habitáis entre el puerto y las ro­ (Vuelve Deyanira claramente alterada.)
cosas regiones de aguas calientes y las cumbres del D e y a n i r a . — ¡Mujeres! ¡Cómo temo haberm e sobre­
635 E t a ! 42. ¡Y los que habitáis la zona media, a lo largo pasado en todo lo que acabo de hacer!
del mar de Mélide, así como la costa de la doncella del C o r i f e o . — ¿Qué ocurre, Deyanira, hija de Eneo? 665
arco de o ro 43, donde se celebran las asambleas de las D e y a n i r a . — No lo sé, pero estoy asustada de que
Puertas 44 entre los griegos! pronto sea evidente que he realizado un gran mal a par­
tir de una bella esperanza.
Antístrofa 1.a C o r i f e o . — ¿En relación con algo de tus dones a He­
640 Pronto la flauta de bello sonido volverá a vosotros racles?
haciendo oír no un eco hostil, sino un son que iguala a D e y a n i r a . — Sí, d e t a l m o d o q u e y o n o a c o n s e j a r í a
la lira de la divina m ú sica 45. Pues el hijo de Zeus y de n u n c a a n a d i e c o n c e b i r s o b r e u n h e c h o u n a i l u s i ó n q u e 670
645 Alcmena se dirige a su casa con todo el botín, fruto del n o se a segu ra.
valor. — Dime, si es posible, po r q u é temes.
C o r if e o .
D — Ha sucedido un prodigio tal que, si os
e y a n ir a .

lo digo, m ujeres, no espero que lo entendáis: aquello


42 Describe la región de las Termópilas desde la parte más con lo que hace poco unté el blanco m anto de gala 675
alta —las cumbres del Eta—, pasando por la parte bajadonde
— u n vellón de una oveja de herm osa lana — ha desapa­
está Mélide, hasta la costa (cf. nota 32 de Filocíetes).
43 Artemis, cuyo símbolo es el arco. recido, no destruido por ninguno de los de dentro de
44 Esta asamblea era la de la Anfictionía de Delfos, que se la casa, sino que se desvaneció consumido por sí m is­
celebraba en Antele, ciudad al O. de las Termópilas. mo, y se diluyó en la arcillosa superficie.
45 La lira, instrumento de Apolo y las Musas, estabaespe­
Para que tú sepas todo tal como pasó, m e extende­
cialmente asociada a cultos de carácter festivo. (Cf. Edipo en
Colono 1222.) ré en un relato más amplio. Yo, en efecto, de los pre- 680
218 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 219
ceptos que el fiero Centauro me enseñó cuando sufría
por am arga flecha en el costado, ninguno dejé de hacer, un dios, a Quirón 46, y que destruye todas las fieras que 715
toca. Así, pues, el negro veneno de sangre que ha atra­
sino que los recordé como la im borrable escritura de
vesado las heridas de éste 47, ¿cómo no le va a m atar
una tablilla de bronce. Se me aconsejó esto y así lo
tam bién a él? 4S. É sta es m i opinión, al menos. Sin em­
hice: que conservara el ungüento sin contacto con el
bargo, está decidido: si Heracles sufre desgracia, con 720
fuego y escondido siempre sin que fuera alcanzado por
el mismo golpe m oriré yo tam bién con él, pues no es
el calor hasta que lo aplicara, en el m omento de u n tar­ soportable que viva con m ala reputación quien estima
lo. Y de esta m anera obré. no haber nacido con malos sentimientos.
Ahora, cuando debía llevarlo a cabo, lo unté en el C o r i f e o . — Hay que sentir tem or ante hechos terri­
palacio, en mi habitación, a escondidas, con un copo de bles, pero no hay que optar por la sospecha antes de
lana que había arrancado de una oveja de la casa y tam ­ que lo decida el azar.
bién coloqué el regalo en el fondo del cofre, después de D e y a n i r a . — En las decisiones desafortunadas no 725
plegarlo lejos de los rayos del sol, como sabéis. Al en­ existe ninguna esperanza que procure algún aliento.
tra r en la casa, diviso algo indecible, inexplicable para C o r i f e o . — Pero, en el caso de los que han errado
la comprensión de un hombre: casualmente había ti­ involuntariamente, la inquietud debe ser sosegada, lo
rado el vellón de la oveja con el que hice la u n tu ra en cual conviene que tú alcances.
medio del resplandor de un rayo de sol. A m edida que D e y a n i r a . — Tales palabras no podría decir el que

se iba calentando, se disolvía, haciéndose invisible, y participa de la culpa, sino el que no tiene ninguna car- 730
quedó deshecho en tierra, lo más parecido por su as­ ga en su casa.
C o r i f e o . — Convendría que silenciaras el resto de tu
pecto a las serraduras que se pueden ver cuando se cor­
ta la m adera. Así yace disuelto, y de la tierra donde es­ relato, si es que no quieres decir nada a tu hijo. Pues
el que se fue antes en busca de su padre está presente.
taba echado borbotean espumas que form an grumos,
(Entra Hilo, visiblemente afectado.)
como si se hubiera derram ado po r el suelo la espesa
H i l o . — ¡Oh madre! ¡Cómo preferiría una de estas
bebida del blanco fruto que procede de la viña báquica. tres cosas, o que tú ya no estuvieras viva, o que, ya 735
De modo que no sé, infortunada, qué pensar. Veo que lo estás, fueses llamada m adre de otro, o que cam­
que he llevado a cabo una terrible acción, pues, ¿por biases a m ejores sentimientos que los que tienes ahora!
qué motivo y en agradecimiento de qué me iba a ofre­ D e y a n i r a . —■¿Qué ocurre, hijo mío, para que tengas
cer el centauro al m orir un favor a mí, que era la causa estas manifestaciones de odio respecto a mí?
de que sucumbiera? No es posible, sino que, deseando
que pereciera el que arrojó la flecha, me estaba enga­ 46 Quirón era el más célebre de los centauros por sus cua­
ñando. Y yo demasiado tarde llego a la comprensión de lidades. Hijo de Crono y de la ninfa Fílira, tenía un origen di­
vino que no tenían los otros centauros. Fue herido por Heracles
esto, cuando ya no aprovecha. Yo sola, desdichada, si por error, cuando el héroe llevaba a cabo un enfrentamiento
no me engaño en mi impresión, seré causa de su ruina, contra los demás centauros.
pues sé que la flecha que disparó ha dañado incluso a 47 Del centauro Neso.
18 A Heracles.
220 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 221
H ilo . — Sábete que a tu m arido, a mi padre me re- articulaciones, como la obra de un arte san o 49, y le
740 fiero, le has dado m uerte en este día. llegó un convulsivo dolor desde los huesos, devorándole m
D eyanira. — ¡Ay de mí! ¿Qué noticia me has traído, luego como un veneno de una hostil y m ortífera víbora.
hijo? Entonces le gritó al desdichado Licas que para nada era
H ilo. — Una que no puede dejar de realizarse. Pues causante de tu mala acción, que con qué intenciones
lo que ha sido visto, ¿quién podría conseguir que no había traído este manto. Pero él, ¡desventurado!, que 775
hubiera pasado? no sabía nada, dijo que lo traía como un regalo de tu
Deyanira. — ¿Cómo dices, oh hijo? ¿De quién entre parte, y de ti sola, tal como se había dispuesto. Aquél
745 los hom bres lo has sabido para decir que yo he come­ lo oyó al tiempo que se apoderaba de sus entrañas una
tido una acción tan deplorable? dolorosísima convulsión y, cogiéndole por el pie, donde
H ilo. — Yo mismo he visto con mis ojos la terrible se dobla la articulación, le arroja contra una roca que m
desgracia de mi padre y no la he oído de boca de otro. emerge del mar, bañada por todas partes, y le hace sal­
D eyanira. — Pero, ¿dónde te acercaste a él y lo en­ tar entre la cabellera el blanco cerebro, esparciéndose el
contraste? cráneo partido en dos y la sangre. Toda la m ultitud
H ilo . — Si te tienes que enterar, es preciso que lo lanzó un grito de lamento a la vista de la locura de uno
750 cuente todo. Cuando, tras haber destruido la ciudad y del final de otro, y ninguno se atrevía a enfrentarse al 785
ilustre de Éurito, él volvía con los trofeos y primicias héroe, que se tiraba por tierra y se levantaba por el aire
de victoria, en un prom ontorio de Eubea, bañado en sus gritando, dando alaridos. En torno suyo las rocas, los
dos lados por el m ar —el cabo Ceneo—, allí donde a su montañosos cabos de Lócride y los acantilados de
padre Zeus dedicó altares y un frondoso recinto, en este Eubea, resonaban. Después que quedó agotado de arro­
755 lugar le vi por prim era vez, feliz por el deseo de verle. jarse a sí mismo, el infortunado, muchas veces por tie- 790
Llegó junto a él, en el m omento que se disponía a pre­ rra y de lanzar muchos gritos de lamento, al tiempo
p arar gran núm ero de sacrificios, su propio heraldo que maldecía el funesto lecho, el tuyo, infeliz, y la boda
Licas, procedente de su palacio, llevando tu regalo, el de Eneo —cómo había sido dispuesta para ruina de su
m anto m ortal. Heracles, poniéndose el vestido, según vida—, entonces, desde el hum o que le rodea me ve, llo­
760 tú habías dado previamente las órdenes, sacrifica doce rando, entre la num erosa m uchedum bre y, dirigiéndo- 795
bueyes que estaban sin tacha, como prim icia del botín, me la m irada, me llama: « ¡Oh h ijo !, acércate, no re-
y además se prepara a llevar al ara todo el ganado mez­ húyas mi desgracia, ni siquiera si es preciso que tú
clado, en núm ero de cien. Y, en prim er lugar, ¡infortu­ m ueras juntam ente conmigo en m i destrucción. Pero
nado! , con ánimo bien dispuesto y alegre por el vestido apártam e y, sobre todo, colócame allí donde ningún
765 con que se engalana, hacía su plegaria. Pero cuando ar­ m ortal me pueda ver. Y si tienes compasión, en tal caso, 800
día la llama que procede del resinoso árbol, rociada
con sangre de los solemnes sacrificios, un sudor le su­ 49 Imagen plástica que nos recuerda las obras de Fidias,
cuya técnica es conocida como la de «paños mojados», por estar
bió a la piel, el m anto se ciñó muy ajustado a todas las los ropajes estrechamente ajustados al cuerpo.
LAS TRAQUINIAS 223
222 TRAGEDIAS

Antístrofa 1.a
llévame fuera de esta tierra lo m ás rápidam ente posi­
ble, no vaya a m orir aquí». Pues si una insidiosa angustia, por medio de la nube
Después de que me hiciera estas pocas recomenda­ mortal del Centauro, le roza los costados, una vez apli­
ciones, colocándole en el fondo de un barco, le condu­ cado el veneno 51 que la M uerte engendró y alimentó el
jimos a esta tierra con dificultad, porque daba gritos centelleante dragón 52, ¿cómo podría éste ver otro sol, 835
805 de dolor entre convulsiones. Y pronto lo veréis, vivo o después del de hoy, acechado por el terrible espectro de
m uerto recientemente. ¡Has sido sorprendida, madre, la Hidra, y al m ism o tiempo atormentado por los san- 840
habiendo tram ado y realizado tales cosas contra mi pa­ grientos, engañosos dardos inflamados del de negros
dre, por las que ojalá Justicia vengadora y las Erinis te cabellos? 53.
sio hagan pagar! Y si es de justicia, hago una imprecación, Estrofa 2.a
y sí es justo, ya que tú antes m e has proporcionado
De todas estas cosas, ella, la desgraciada, no estaba
argum ento de justicia al m atar al m ejor varón de todos
temerosa, aunque veía en su casa gran daño al irrumpir
los de la tierra, cual no conocerás nunca a otro.
nuevas bodas. Unas cosas no comprendió, otras llega­
(Deyanira entra en palacio.)
ron procedentes de opinión ajena a través de fatales en- 845
— ¿Por qué sales en silencio? 50. ¿No sabes
C o r if e o .
cuentros. ¡De seguro que, en más de una ocasión, deses­
que al callar le das la razón al acusador?
peradamente se lamenta! ¡De seguro que derrama un
815 H i l o . — ¡Dejadla que se vaya y que un viento favo­
delicado rocío de abundantes lágrimas! Y el destino que 850
rable se presente para ella y la arrastre bien lejos de llega evidencia una engañosa y tremenda desgracia 54.
mis ojos! Pues, ¿por qué debe conservar en vano la dig­
nidad del nom bre de m adre quien no hace nada como Antístrofa 2.a
820 tal? ¡Que se vaya con mi adiós y que ojalá alcance ella Una fuente de lágrimas estalló, una calamidad se ha
m ism a el placer que está dando a m i padre! extendido, ¡ay!, y cual nunca, ni aun de sus enemigos,
C oro.
llegó al ilustre varón sufrim iento digno de lamentarse. 855
Estrofa 1.a ¡Ay, oscura punta de lanza, en primera línea de lucha,
Ved cómo, oh hijos, se nos ha acercado en seguida que rápida trajiste desde la escarpada Ecalia, tras el
la profética palabra del oráculo, hace tiem po anuncia- combate, a esta joven! 55. Pero Cipris, ayudando en si- seo
825 da, según la cual, cuando llegara a fin el duodécim o
lencio, resultó claramente autora de estas cosas56.
año, al acabarse del todo el ú ltim o mes, term inaría la
carga de los trabajos para el h ijo de Zeus, y esto, pun­ 51 La Sangre era tenida por hija de la Muerte.
52 La hidra de Lerna, a la que se representaba como una
tualmente, irreversible, se cum ple. Porque, ¿cómo el
serpiente de varias cabezas.
830 que ya no ve podría tener aún, una vez m uerto, una pe­ 53 N eso. (Cf. Hesíodo, E scudo 186.)
nosa servidum bre? 54 La muerte de Heracles.
55 A Yole.
so Es importante el significado trágico que tiene el silencio. 56 Es decir que fue Afrodita la que infundió el amor en el
El Coro lo hace notar. Recuérdense (Edipo Rey 1075, y Antígona héroe.
1245) las salidas también silenciosas de Yocasta y Eurídice.
224 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 225

— ¿Soy yo necio, u oigo un gemido que aca-


C o r if e o . C o r if e o . — ¿Qué dices?
865 ba de salir de la casa? ¿Qué digo? N o d r iz a .— La verdad.
Alguien profiere dentro un lam ento no confuso, sino C o r i f e o . — La recién aparecida, esta doncella57, ha 895

doloroso, y algo insólito sucede en la casa. engendrado, ha engendrado una gran E rin is58 para
Observad a esta anciana, con qué extraño y turbado esta casa.
870 a s p e c t o v i e n e h a c i a n o s o t r o s q u e r i e n d o i n d i c a m o s a l g o . N o d r iz a . — Y tanto. Seguro que la hubieras compa­

(La Nodriza entra en escena.) decido más si, estando cerca de ella, hubieras visto qué
o d r iz a . — ¡Oh hijos, de qué m anera el regalo en­
N
cosas hizo.
viado a Heracles ha dado lugar a grandes desgracias! C o r i f e o . — ¿Y una mano de m ujer se atrevió a ha­

C o r i f e o . — ¿Qué nuevo suceso cuentas, oh anciana?


cer esto?
N o d r i z a . — ¡Y de form a terrible! Te enterarás, de
875 N o d r iz a . — Deyanira ha recorrido el último de to­
dos los .viajes sin mover los pies. modo que seas testigo en favor mío. Una vez que se 900
C o r i f e o . — ¿No dirás entonces que ha m uerto?
presentó, dentro de la casa, sola y vio que su hijo en
la habitación preparaba una cama vacía para volver
N o d r iz a . — Todo lo h a s comprendido.
a salir al encuentro de su padre, encerrándose donde
C o r i f e o . — ¿Está m uerta, la infeliz?
ninguno la pudiera ver, daba gritos de dolor, echada
N o d r iz a . — Por segunda vez lo oyes.
a los pies de los altares, diciendo que iba a ser aban- 905
C o r i f e o . — ¡Pobre desgraciada! ¿Y de qué manera donada. Y gemía al tocar cualquier objeto de los que,
dices que ha muerto? desventurada, antes se había servido. Iba de un lado a
N o d r iz a . — De la más terrible, por las circunstan­
otro del palacio. Si veía a alguno de sus queridos ser­
cias al menos. vidores, lloraba la desgraciada al m irarlo, lam entando 910
880 C o r i f e o . — Dime, mujer, ¿qué m uerte ha encon­ a gritos ella misma su propio destino y el de la hacien­
trado? da en poder ajeno en el futuro 59. Y cuando term inó
N o d r iz a . — A sí misma se destruyó. de hacer estas cosas, repentinam ente la veo que se pre­
C o r i f e o . — ¿Qué impulso, qué sufrimientos? cipita al lecho de Heracles. Yo, entretanto, con oculta
N o d r iz a . — La punta de un maligno dardo la ani­ m irada vigilaba en la sombra, y observo que la señora 915
quiló. extiende las m antas sobre el lecho de Heracles. Cuando
885 C o r i f e o . — ¿De qué manera planeó llevar a cabo
sola, además de una muerte, otra? s? Yole.
N o d r iz a . — Con el filo de un funesto hierro. 58 Las Erinias son las divinidades que no reconocen el po­
C o r i f e o . — ¿Has visto tú, oh insensata, semejante der de Zeus y cuya misión es la venganza de los crímenes. Di­
desmesura? vinidades violentas nacidas de las gotas de sangre con las que
se impregnó la tierra cuando la mutilación de Urano. Se repre­
N o d r iz a . — La vi, pues estaba a su lado.
sentan como genios alados, de cabellos entremezclados con ser­
890 C o r i f e o . — ¿Quién fue? ¿Cómo? ¡Ea, habla! pientes, y con látigos en la mano. En general, son causantes de
N o d r iz a . — Ella misma, con sus propias manos lo desgracias.
ha hecho. 59 Verso de difícil interpretación.
226 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 227

term inó, subiéndose encima, se sentó en medio y, de- Antístrofa 1.a


920 rram ando un ardiente caudal de lágrimas, dijo: « ¡Oh El uno podemos verlo en palacio, el otro lo espera- 95o
lecho y cámara nupcial mía! Adiós ya p ara siempre, m os por presagios. El tenerlos y esperarlos son cosas
porque nunca me recibiréis como esposa en este tála­ afines.
mo». Después de decir esto, se quita con m ano diligen- E strofa 2.a
925 te su peplo, al que un broche labrado en oro había fi­ ¡Ojalá una fuerte brisa llegara, favorable, a m i ho­
jado al pecho, y se descubrió todo el costado y el brazo gar y m e alejara de estos lugares, para que no muera 955
izquierdo. Yo me echo a correr todo lo que me perm i­ espantada al ver al ilustre hijo de Zeus! Pues dicen que
ten las fuerzas y le informo a su hijo de lo que ella entre dolores sin remedio se acerca ante la casa, ¡es- 960
930 está planeando. Nos precipitam os de allí a aquí y ve­ pectáculo inenarrable!
mos que, con una espada de doble filo, se ha herido en
el costado, bajo el corazón y el diafragma. Al verla, el Antístrofa 2.a
hijo estalla en sollozos, pues conoció, infeliz, que había Por lo visto está al lado y no lejos aquello por lo
ejecutado esta acción a consecuencia de su cólera, in- que yo lloraba antes sonoramente, cual un ruiseñor eo.
935 form ado demasiado tarde por los de la casa de que lo Extraña es esta comitiva de extranjeros. Y, ¡de qué 965
había hecho involuntariam ente, po r recomendación del modo le transportan, como cuidando a un ser querido,
Centauro. marcando el paso lento y silencioso! ¡Ay, es conducido
Y, entonces, el desventurado hijo no cejaba para sin voz! ¿Qué hay que pensar, que está m uerto o bajo m
nada en sus lamentos, gimiendo sobre ella, ni dejaba la acción del sueño?
de apretarse sobre su rostro, sino que, dejándose caer (Entra un cortejo que transporta a Heracles en una
de costado al lado de ella, yacía, al tiempo que se la- camilla. Hilo y un anciano caminan a su lado.)
940 m entaba muchas veces de cómo irreflexivamente la ha­ H ilo. — ¡Ay de mí! Yo por tu causa, padre, ¡ah!,
bía herido con una perversa acusación, llorando porque por tu causa, soy desgraciado. ¿Qué puedo hacer yo?
de los dos al mismo tiempo, del padre y de aquélla, iba ¿A qué atenderé?
a quedar huérfano durante su vida. Así están las cosas Anciano. — Silencio, hijo, no remuevas el violento 975
allí, de modo que, si alguien hace cálculos para dos o dolor de u n padre que sufre cruelmente. Vive, aunque
945 aun para más días, es insensato. Pues no hay m añana postrado; así que contente, m ordiéndote tus labios.
hasta que se acaba con bien el día presente. H ilo. — ¿Cómo dices, anciano? ¿En verdad vive?
(La Nodriza entra en palacio.) Anciano. — Mira, no despiertes al que está sujeto al
sueño, ni suscites o provoques la terrible enfermedad, 980
C oro. hijo.
E strofa 1.a H ilo. — Encima de mí, desdichado, hay un peso
¿Cuál de tos dos infortunios lloro prim ero? ¿Cuál enorme. Mi ánimo está fuera de sí.
de los dos lo es en más alto grado, una vez cumplido?
E s de difícil juicio para mí, desdichada. 60 Véase Electra, nota 9. La referencia al ruiseñor es un lu­
gar común en la poesía griega.
228 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 229

H eracles. — ¡Oh Zeus! ¿A qué tierra llego? ¿Junto una sola ayuda con tus brazos vale más que dos mías
985 a qué hom bres yazco afligido p or incesantes dolores? para salvarle.
¡Ay de mí, desgraciado! Este m aldito m al me consu­ H i l o . — Yo le sujeto, pero no está ni dentro de m í 1020
me de nuevo, ¡ay! ni fuera el poner remedio a sus dolores. Pues tales re­
Anciano. — ¿Te has dado bien cuenta de qué venta­ medios en la vida los distribuye Zeus.
ja era ocultar tu angustia en silencio y no dejar esca- H e r a c l e s . — ¡Ah, ah! ¡Oh hijo! ¿Dónde estás? Por
990 p ar el sueño de su cabeza y de sus ojos? aquí, por aquí, agárrame para levantarm e. ¡Ay, ay! 1025
H ilo. — No sé cómo hubiera podido resignarme, ¡Oh destino! Avanza de nuevo, avanza, cobarde, para
viendo esta desgracia. destruirm e la incurable, cruel enfermedad. ¡Oh Palas, 1030
H e ra c les. — ¡Oh tierra Cenea, cimiento de altares! Palas! Esto de nuevo me deshace. ¡Ay, hijo! Compa­
995 ¡Qué agradecimiento he obtenido p ara mí, infortuna­ dece a tu padre, saca la espada, que no será censura- 1035
do, en pago de tales sacrificios! ¡Oh Zeus, en qué ruina ble; hiéreme bajo la clavícula. Remedia el sufrimiento
me convertiste, en qué ruina! ¡Nunca yo, desventura­ con el que tu m adre impía me ha irritado, a la que
do, debía haberla visto con mis ojos! ¡No debía haber ¡ojalá yo viera caer así, de la m ism a m anera que me 1040
contemplado nunca la inexorable fuerza de esta locu- destruyó! ¡Oh dulce Hades, oh herm ano de Zeus, ador­
íooo ra! Pues, ¿quién es el encantandor, quién el habilidoso méceme, adorméceme m atándom e a mí, inerme, con
en medicina que, aparte de Zeus, pueda suavizar este rápido fin!
dolor? ¡Lejos se podría ver tal portento! el. C o r i f e o . — He temblado, amigas, al oír estas des­
1005 Dejadme, dejadme a mí, desgraciado, descansar. Por gracias del rey, con las que, siendo él cual es, ha sido 1045
últim a vez, dejadm e descansar. m altratado.
(Al anciano.) ¿Dónde me tocas? ¿Hacia dónde me H e r a c l e s . — ¡Oh numerosos y ardientes sufrimien­
mueves? ¡Me m atas, me matas! Has reavivado lo que tos —incluso al narrarlos— que yo he soportado con
ío io ya estaba calmado. Se ha apoderado de mí, ¡ay, ay!, mis manos y con mis hombros! 62. Y, sin embargo, nun­
se introduce de nuevo ésta. ¿De dónde sois, oh varones, ca ni la esposa de Zeus 63 ni el odioso Euristeo 64 me
los más injustos de todos los griegos, po r los que yo, impuso algo semejante a esto; red tejida por las Eri- loso
infeliz, me arriesgaba a m orir cuando os liberaba de nias, que la traidora hija de Eneo echó sobre mis hom ­
numerosos peligros tanto en el m ar como en los bos­ bros, por la que perezco. Pues, adherida a mis costados,
ques todos? Y ahora, en esta enfermedad, nadie apor-
1015 tará fuego ni espada que me socorra, ¡ah, a h !, y ningu­ 62 A continuación enumera algunos de los más significativos
trabajos que hubo de realizar para satisfacer la cólera de Hera
no quiere llegarse para cortar por la fuerza la cabeza y que le dieron gloria. La alusión a los hombros debe estar he­
de un ser abominable, ¡ay, ay! cha pensando en el que consistió en sostener la bóveda celeste
Anciano. — ¡Oh hijo de tal varón! Esta tarea se pre­ sustituyendo a Atlante.
senta superior a mis fuerzas, pero tú ayúdame, pues 63 La diosa Hera.
64 Primo de Heracles, que reinaba en Micenas y Tirinto por
la voluntad de Hera (ver nota 5 de esta misma tragedia), la que
61 El sentido es que ya no espera ver logrado esto. evitaba así que reinase Heracles.
230 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 231
está devorando la carne desde lo m ás profundo y se­ De nuevo este espasmo de dolor me abraza ahora
cando, por estar unido a ellas, las arterias del pulmón. mismo, atraviesa los costados y parece que la m isera­
1055 Y, por otra parte, ha bebido ya m i vigorosa sangre.
ble y devoradora enferm edad no va a dejar de hosti­
Tengo el cuerpo entero destrozado, prendido en este
garme. ¡Oh señor Hades, recíbeme! ¡Oh rayo de Zeus, 1085
lazo indescriptible. Y esto ni la lanza en la llanura 65,
hiéreme! Impulsa, oh rey, descarga el dardo de tu rayo,
ni el ejército de los Gigantes nacido de la tierra, ni la
padre.
1060 violencia de las Fieras 66, ni la Hélade, ni la tierra ex­
tranjera, ni región alguna a la que yo llegué para li­ Pues me devora de nuevo, ha resurgido, se ha agu­
b erar 67, me lo hicieron nunca. M ientras que esta mu­ dizado. ¡Oh manos, manos! ¡Oh espalda y pecho, oh 1090
jer, siendo hem bra y sin tener, po r tanto, la naturaleza brazos queridos! Vosotros fuisteis los que sometisteis
de un hombre, sola, me ha aniquilado sin la espada. en una ocasión por la fuerza al habitante de Nemea 68,
1065 ¡Oh muchacho! Sé para mí u n verdadero hijo y no al león, azote de los pastores, animal inabordable y fe­
respetes más el nom bre de tu m adre. Tú mismo con roz, y a la hidra de Lerna, y a la biform e e insociable 1095
tus manos trayéndola, pónmela en m is brazos, para que tropa de centauros, insolente, sin ley, de fuerza supe­
sepa claram ente si tú sientes más dolor ante mi desfi­ rior 69, y a la fiera del Erim anto 70, y al subterráneo
gurado cuerpo que ante el de ella, cuando la veas mal­ perro de tres cabezas del Hades 71, m onstruo invenci­
tratada con justicia. ble, criatura de la terrible Equidna, y al dragón guar - 1100
1070 Ve, hijo, ten valor, compadécete de mí, que para dián de las manzanas de oro en las regiones más ex­
muchos soy digno de lástima, yo que he dado gritos de trem as 72. Y experimenté otras innum erables fatigas,
dolor lam entándome como una muchacha. Y nunca nin­ y nadie erigió trofeos de m i valor.
guno podría decir que vio a este hom bre hacerlo antes, Y ahora, así, sin fuerzas, deshecho, estoy destruido
sino que siempre, sin em itir gemidos, se sometía a las por u n destino ciego, ¡desventurado! ¡Yo que he sido 1105
1075 desgracias. Pero ahora, a consecuencia de tal situación,
infortunado, me m uestro como una m ujer. En seguida, 68 Al león cuya piel y cabeza, a modo de casco, llevará con
acercándote, colócate cerca de tu padre, contempla bajo él en las demás aventuras, y que son un signo de reconocimien­
qué sufrimientos estoy padeciendo. Yo te lo m ostraré to del héroe. Para acabar con el león, tuvo que obligarle a entrar
en la cueva y ahogarlo allí.
sin velos encubridores. Mirad, contem plad todos un
09 Como ya hemos visto, los centauros son seres mitad hom­
loso cuerpo digno de compasión, ved al desgraciado, en qué bre mitad caballo, de costumbres brutales y temperamento sal­
lam entable estado me encuentro. ¡Oh infortunado! ¡Ah! vaje. Sólo Quirón y Folo son una excepción.
¡Ah! 7» El tercer trabajo era dar caza a tin monstruosojabalí
que vivía en el río Erimanto y llevarlo vivo.
?! El can Cerbero, guardián del Hades, a quien debía llevar
6 s Se debe referir a los combates frente a frente, en con­
a Micenas, ante Euristeo. En esta difícil empresa le ayudaron
traposición a aquellos en los que había de emplear astucias.
Hermes y Atenea. El héroe luchó contra el animal sin sus armas
86 Se refiere a los centauros. habituales y, a pesar de ello, le venció.
67 Región que liberó de algún monstruo o fiera que la tenía 72 El jardín de las Hespérides, de difícil y dudosa locali­
oprimida, así: Nemea, del león. zación.
232 TRAGEDIAS LAS TRAQUINIAS 233

llamado hijo de la más excelente m adre y que soy in­ H e r a c l e s . — ¿Por quién? Un prodigio me has profe­
vocado como hijo de Zeus bajo los cielos! tizado con estas funestas palabras.
Pero al menos aprended bien esto: aunque no sea H i l o . — Ella por sí misma, y no por mano de un
yo nada, y aunque no pueda arrastrarm e, someteré a la extraño.
que me hizo estas cosas incluso en estas circunstancias, H e r a c l e s . — ¡Ay de mí! ¿Antes de que, como era
uio Que se acerque sólo para que le enseñe a anunciar a preciso, m uriera a mis manos?
todos que yo, tanto vivo como m uerto, castigué a los
H i l o . — Cambiaría de parecer tu ánimo si supieras
traidores.
todo.
C o r i f e o . — ¡Oh Hélade desventurada! ¡Qué aflicción
H e r a c l e s . — Empezaste un extraño discurso. Dime 1135
veo que tendrás, si pierdes a este hombre!
en qué piensas.
1115 H i l o . — Ya que perm ites contestar, padre, guardan­
H i l o . — Esto es todo el asunto: se equivocó en su
do silencio, óyeme aunque sufras. Pues te voy a pedir
lo que es justo alcanzar. Escúchame, para que no estés intento de hacer lo mejor.
irritado hasta el punto en que lo estás ahora por la H e r a c l e s . — ¿Hace lo m ejor, oh perverso, m atando

cólera. Porque, si no, no podrías discernir en qué cosas a tu padre?


estás dispuesto a alegrarte y con cuáles sufres en vano. H i l o . — Creyendo que te aplicaba un filtro amoro­

U 20 H e r a c l e s . — Termina de decir lo que deseas, porque so cuando vio a la desposada dentro de la casa, se equi­
yo, a causa del sufrimiento, no comprendo nada de las vocó.
astucias que tú tram as desde hace un rato. H e r a c l e s . — ¿Y quién es ese hacedor de fármacos 1140
H il o . — H e v e n id o p a r a h a b la r te de m i m adre, en entre los traquinios?
q u é s itu a c ió n e s tá a h o r a y q u é f a llo s c o m e t ió e n con­ H i l o . — Neso, el centauro, hace tiempo la conven­
t r a d e s u v o lu n ta d . ció de que con ese filtro encendería tu pasión.
H e r a c l e s . — ¡Oh el más malvado! ¿Y me recuerdas H e r a c l e s . — ¡Ah, ah, negro destino! ¡Me muero,
1125 otra vez a la m adre asesina de tu padre pretendiendo infortunado! ¡Estoy perdido, estoy perdido! ¡Ya no
que yo te escuche? hay para mí luz del sol! ¡Ay de mí, me doy cuenta en 1145
H ilo. — Sí, ya que ella está de tal modo que no con­ qué grado de desgracia nos hallamos! Vete, hijo mío,
viene guardar silencio. ya no tienes padre. Llama a todos mis hijos, tus her­
H e r a c l e s . — No, ciertam ente, a causa de los errores manos. Llama a la infortunada Alcmena, en vano espo­
cometidos antes. sa de Zeus, para que estéis enterados por m í de la úl­
H i l o . — No seguirás hablando así, debido a lo suce­ tim a predicción de los oráculos, pues yo ya la conozco. 1150
dido en el día de hoy. H i l o . — Tu m adre no está aquí, sino que se ha ido
H e r a c l e s . — Dilo, pero evita m ostrarte como u n mal a la costera Tirinto para establecer su residencia. Y de
nacido. tus hijos, a unos se los ha llevado consigo ella misma
1130 H i l o . — Lo digo: ella h a m uerto sacrificada hace para educarlos, m ientras que otros te informo que ha­
poco tiempo. bitan la ciudad de Tebas. Pero nosotros, los que e s ta - 1155
234 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 235
mos presentes, si hay que hacer algo, padre, obedientes
H il o . — Mira, la tiendo; en nada te pienso contra­
te serviremos.
decir.
H e ra c les. — Tú, oye lo que tienes que hacer. Ha lle­
H e r a c l e s . — Ju ra ahora por la cabeza de Zeus, el U85
gado el momento en que vas a m ostrar qué clase de
que me engendró...
hom bre es llamado hijo mío. En efecto, yo tenía desde
H il o . — ■¿ Q u é he de h acer? ¿M e será dado a co­
1160 antiguo una profecía de mi padre, según la cual, yo mo­
nocer?
riría no por obra de ninguno de los vivos, sino de quien,
ya m uerto, fuera habitante del Hades. Éste, el Centau­ H er ac les. — ...cu m p lir lo que te diga.
ro, m uerto, me ha m atado a mí que estoy vivo, cum­ H il o .— Lo juro y pongo a Zeus como testigo.
pliendo el oráculo divino. Y yo voy a revelar qué nue- H e r a c l e s . — Y , si faltas, haz votos para que recibas
U65 vos oráculos resultaron iguales a éstos, concordantes pesares.
con los antiguos, los que yo, al llegar al recinto sagrado H i l o . — No los voy a recibir, pues lo haré; sin em- 1190
de los Selos —los que viven en la m ontaña y duermen bargo, los hago.
en el suelo—, me hice inscribir de acuerdo con la en­ H e r a c l e s . — ¿Conoces la cum bre más alta del Eta,
cina paterna de muchas lenguas, la cual me decía que, donde estás Zeus?
en el tiempo en que estamos y en la situación actual- H i l o . — La conozco. Como sacrificador he estado
U70 m ente presente, se cum pliría p ara m í la liberación de muchas veces arriba.
los trabajos impuestos 73. Yo creía que se realizaría H e r a c l e s . — Allí es necesario que ahora, tras levan­
felizmente, pero no se refería, por lo visto, a otra cosa tar m i cuerpo con tus propias manos y con la ayuda
que a mi m uerte, pues para los m uertos ya no existe de los amigos que necesites, después de cortar una bue- 1195
1175 la fatiga. Y así, ya que éstos resultan claros, hijo, debes na cantidad de m adera de la encina de profundas raí­
aliarte con este hom bre y no esperar provocar mi len­ ces y de arrancar, asimismo, abundante cantidad de
gua, sino que, cediendo, colabora con él, reconociendo
fuertes olivos, m etas tú mi cuerpo y lo quemes con el
que la más bella de las norm as es obedecer a un padre.
fuego de una tea de pino. Que no se derram e ni una
H ilo. — Pero, ¡oh padre!, me espanta el llegar a
uso sem ejante punto de tus palabras; no obstante, obede­ lágrima, señal de lamentación, sino que debes hacerlo 1200

ceré en lo que tú creas oportuno. sin proferir gemidos ni em itir sollozos, si es que eres
H eracles. — En prim er lugar, dame tu m ano dere­ hijo mío, y, si no, yo te aguardaré, incluso en los in­
cha 74. fiernos, como una pesada maldición para siempre.
H ilo. — ¿Por qué te vuelves hacia esta garantía? H i l o . — ¡ A y de mí, padre! ¿Qué dices? ¿Qué cosas
H eracles. — ¿No la acercarás rápidam ente sin des­ me haces realizar?
confiar de mí? H e r a c l e s . — Las que deben realizarse y, en otro
caso, sé hijo de otro padre y no seas llamado ya hijo 1205

73 Una prueba más de la ambigüedad de los oráculos. mío.


74 Señal de garantía que encontramos también en. Filocte- H i l o . — ¡A y de m í otra vez! ¡A qué cosas me invi­
tes 813. tas, padre! ¡A ser tu asesino y criminal!
236 TRAGEDIAS
LAS TRAQUINIAS 237
H e r a c les. — Y o n o lo v e o a s í, s in o m é d ic o y ú n ic o
s a n a d o r d e m is m a le s ,
la razón a causa de espíritus vengadores? Sería prefe­
π ιο H il o . — ¿Y cóm o, p r e n d ie n d o fu eg o a tu cuerpo,
rible que m uriera, oh padre, a convivir junto con los
p o d r ía sa n a r te ?
que son más odiados.
H e r a c l e s . — Pero, si ante esto estás temeroso, lleva H e r a c l e s . — Este muchacho, a lo que parece, no me

a cabo al menos las demás cosas. va a conceder mi destino en el m om ento de m i m uerte.


H i l o . — No vacilaré en trasladarte.
Pero la maldición de los dioses te acechará, si tú des- 1240
obedeces mis palabras.
H eracles. — ¿ Y le v a n ta r la p ir a a la q u e m e h e r e ­
H i l o . — ¡Ay de mí! Pronto, según das a entender,
fe r id o ?
te m ostrarás bajo los efectos de la enfermedad.
H i l o . — Por lo menos en cuanto que no la toque
H e r a c l e s . — Pues tú me despiertas un m al adorme­
1215 con mis propias manos. Lo demás lo haré, y no tendrás
cido.
dificultades por m i parte. H i l o . — ¡Infortunado de mí! ¡Cómo estoy indeciso
H e r a c l e s . — B astará con esto. Concédeme un peque­
respecto a muchas cosas!
ño favor, además de los otros grandes.
H e r a c l e s . — Porque no tienes entre lo justo el obe­
H il o . — A u n q u e se a m u y g r a n d e , te lo h a ré.
decer a tu padre.
H eracles. — ¿Conoces, pues, a la hija de Éurito? H ilo . — ¿ H e s id o in s tr u id o , p u es, para ser i m p í o , 1245
1220 H i l o . — Te refieres a Yole, según supongo. p adre?
H e r a c l e s . — Has comprendido. Te encomiendo lo H er a c l e s. — No es impiedad el dar gusto a mi co­
siguiente, hijo. Cuando yo m uera, si tú quieres obrar razón.
piadosam ente y recordar los juram entos paternos, tó- H il o . — ¿Me ordenas que yo haga esto con plena
1225 m ala por esposa y no desobedezcas a tu padre. Que nin­ justificación?
gún otro de los hom bres que no seas tú la reciba nun­ H e r a c l e s . — Sí, e invoco a los dioses como testigos
ca, a ella, que se ha acostado ju nto a mí, sino que tú de ello.
mismo, oh hijo, cultiva este lecho. Obedece, pues, ya
H i l o . — En ese caso lo haré y no rehusaré, mostran- 1250
que has confiado en mí para las grandes cosas, el des­
do a los dioses que el hecho es obra tuya. Nunca podría
confiar en las pequeñas inutiliza el agradecimiento an­
yo aparecer como malvado p or obedecerte, padre.
terior.
H e r a c l e s . — Terminas bien, pero sobre esto, oh hijo,
1230 H i l o . — ¡Ay de mí! E stá m al irritarse contra un
concédeme pronto el favor de colocarme en la pira an­
enfermo, pero el ver que razona de esta m anera, ¿quién
tes de que un espasmo o algún otro torm ento se pre­
podría soportarlo?
sente. ¡Ea, apresuraos, levantadme! Éste es el final de 1255
H e r a c l e s . — Gritas como si no quisieras hacer nada
los padecimientos, el postrero fin de este hombre.
de lo que digo.
H i l o . — Nada impide que lo llevemos a térm ino en
H i l o . — ¿Quién, cuando ella es la única causante de
tu provecho, ya que lo ordenas y fuerzas, padre.
la m uerte de mi m adre y de que tú estés como estás,
H e r a c l e s . — Id ahora, antes de que se remueva este
1235 quién podría nunca elegir esto, si no es que ha perdido
mal. ¡Oh alma endurecida!, ofreciendo un freno de a c e - 1200
238 TRAGEDIAS

r o c o n p ie d r a s e n s a m b la d o , h a z c e s a r lo s g r ito s , c o m o
si fu e r a s a c u m p lir con a le g r ía una a c c ió n a que te
o b lig a n .
H i l o . — A lz a d lo , c o m p a ñ e r o s , s ie n d o e n g r a n m a n e -
1265 r a i n d u l g e n t e s c o n m ig o p o r e llo , y v ie n d o g r a n d e s c o n ­
s id e r a c ió n d e lo s d io s e s a n te e s t a s a c c io n e s r e a liz a d a s .
É sto s, a u n q u e h a n engendrado y so n in v o c a d o s com o
p a d r e s, c o n s ie n te n s in p r o t e s t a t a le s s u fr im ie n to s .
1270 P u e s e l fu tu r o n in g u n o lo c o n te m p la , p e r o n u e s tr a
s itu a c ió n a c tu a l e s la m e n ta b le p a r a n o s o t r o s y v e r g o n ­
zosa p ara e llo s , y , lo m ás duro de to d o , p a ra el que
s u fr e e s t a d e s g r a c ia e n tr e t o d o s lo s h o m b r e s .
1275 T ú , d o n c e lla , n o t e q u e d e s le j o s d e la c a s a , d e s p u é s
d e v e r te r r ib le s y r e c ie n te s m u e r te s , y ta m b ié n n u m e ­
r o s o s e in a u d it o s in fo r tu n io s ; y n a d a h a y en e sto q u e ELECTRA
n o se a Z eu s.
372 TRAGEDIAS

y p re d ice q u e p r o n to será ven ga do el espíritu de Agam e­


n ó n c o n el castigo a lo s autores de su m uerte.
Episodio 2.° (516-1057). A barca cu a tro escenas. E n la prim era
(hasta el v. 659) Clitem estra dia loga c o n E lectra y am bas
se recrim in an agriam ente. T erm in a c o n u na plegaria de la
p rim era a A p olo. E n la segunda p a rte (hasta el 803) el
P ed a gogo entra disfra za do y cu enta en u na larga narra­
INTRODUCCIÓN
ció n la supuesta m u erte de O restes, C litem estra se siente
liberada y E lectra perdida. E n tra el fa lso m en sa jero en
p a la cio pa ra ser agasajado. La tercera escena (hasta el
ESTRU CTU R A D E L DRAM A 870) es u n d iá log o líric o en tre E lectra y el C oro, en el
q u e la jo v e n gim e ante su soleda d . E n la cuarta escena
P rólogo (1-120). O restes explica su p la n d e a cció n a Pílades,
(hasta el v. 1057) entra a lb o roza d a C risótem is p o r h aber
p e ro , en p rim er lugar, van a m b os a derram ar lib a cion es y
d escu b ierto so b re la tu m b a d e su p a d re pruebas de la
presen tar ofren d a s so b re la tu m ba d e A gam enón. D esde el
presen cia de Orestes. E lectra le tran sm ite las n oticias
v. 86, ocu p a n el p r ó lo g o lo s lam en tos d e E lectra.
recien tes del p ed a gogo y le p id e co la b o ra ció n para llevar
PA r o d o (121-250). E l C oro entra du rante los lam en tos de E lectra,
a ca b o sus p ro p ó s ito s d e venganza. C risótem is n o acepta,
e in icia u n largu ísim o d iá log o líric o co m p u esto p o r tres
y la d iscu sió n llega a su clím a x e n la e sticom itia final.
pares de estrofa s y el e p o d o final. Cada u na d e ellas está
E s t á s i m o 2.° (1058-1097). De d o s corta s estrofa s c o n sus antístro-
rep artida entre las palabras del C o ro y las d e E lectra.
fas corresp on d ien tes. E n ellas h ay un e c o d e la actitu d
E n ellas queda clara la resuelta a ctitu d de E lectra d e fi­
d e las d os herm anas. C om paran la co n d u cta de las aves
d elida d a su p a d re y la esperanza en la venganza d e
del cielo y rep roch a n qu e C risótem is no se co m p o rte
O restes. E l C oro, aunque sim patiza c o n ella, le recom ien ­
c o m o ellas. P ero la im p ied a d n o escapará al castigo. De­
da calm a, con fia n za en lo s dioses y esperanza en la vuelta
sea q u e A gam enón se entere d e c ó m o están las cosa s y
de O restes, adem ás d e p a cien cia c o n su m a d re y c o n
d e la d isp o sició n d e E lectra, com p letam en te sola ante un
E gisto. E lla se resiste, d icien d o qu e e llo su p on d ría desleal­
destino que h a a cepta do, pa ra la que im p lo ra el triu n fo.
ta d p a ra su padre.
E p i s o d i o 3.° (1098-1383). O restes y Pílades se presen tan a sí m is­
E p is o d io 1.° (251471). C om p ren d e d o s partes. La p rim era (hasta
m o s c o m o focen ses q u e vien en a com p a ñ a d os de d os cria­
el v. 327) es u n d iá log o en tre E lectra y el co rife o . Ella
dos, u n o de ellos co n u na urna. O restes se da a co n o ce r
ju s tifica su con d u cta y se r e co n fo r ta co n la idea de q u e
a E lectra, q u e da rien da suelta a su alegría. H ablan de
O restes volverá. E n la segunda p a rte hay u n a discu sión
sus planes. E l P e d a d ogo entra en escena (1326) pa ra ur-
en to n o airado en la que, p o r o p o s ic ió n a C risótem is, se
girles a n o p e rd e r tie m p o en palabras. S e da a co n o ce r.
p on en d e m an ifiesto los ra sgos d el ca rá cter de E lectra,
E ntran los tres en p a la cio y E lectra, tras una b reve p le­
a quien n o a fecta n las am enazas q u e sob re ella se ciern en
garia a A p olo, les sigue.
y q u e ord en a a su herm ana d esob ed e ce r a su m adre.
E s t As i m o 3.° (1384-1397). B revísim o en extensión , a barca s ó lo una
E s t á s im o 1.» (472-515). B reve ca n to cora l co m p u e sto de estrofa ,
e stro fa y su a ntístrofa. E n ellas el C oro im agina lo que
an tístrofa y e p o d o . E l C oro está esperan zado desde q u e
están h acien d o los ven gadores co n d u cid o s a su m eta p o r
h a sa b id o que Clitem estra h a ten ido una v isión noctu rna,
los d ivinos pod eres.
ELECTRA 373 TRAGEDIAS
374

É xodo (1398-1510). Se in icia c o n u n d iá lo g o lírico . E lectra sale


PASAJE TEXTO DE PEARSON TEXTO ADOPTADO
de p a la cio para d escribirn os la situ a ción aden tro. La m u er­
te d e C litem estra (hasta el 1421) o cu rre p rim ero. L u ego se 221 δείν ’ έν δειν οίς ήναγ- Δ ε ιν ο ίς ήναγκάσθην
a proxim a E gisto, al q u e la jo v e n recib e c o n am biguas κ ά σθ η ν ν οίς'
palabras. L os extra n jeros descu b ren el ca dá ver de Clite­ 257 εί τ ι ς η τ ις
m estra, y E gisto, p o r su p ie, entra en p a la cio, don d e va 364 λ αχεΐν τυχειν
a co rre r la m ism a suerte q u e aquélla. 483 φόσας {σ ’ ) 'Ε λ λ ή ν ω ν ψ ύσας Έ λλάνων
581 τ ίθ η ς τιθ η ς
676 τ ε κ α ί τ ό τ ’ έννέπω τε καί π άλαι λ έγ ω
686 δρόμον δ ρ όμ οι»
NO TA B IB L IO G R A FIC A
783 άπηλλάγην ά ιιή λ λ α γ μ α ι
898 έγ χ ρ ίμ ιιτει έν χ ρ tnTT|
R . G. K a ib e l, Electra, Leipzig, 1896.
914 έλάνθανεν έλάνθαν’ &ν
R. C. J ebb , The tragedies of Sophocles, C am bridge, 1904.
1015 π είθ οο π ιθοΰ
— Electra, C am bridge, 1908.
1070 νοσοΰντ’ ν ο σ εί
A. C. P e a r s o n , Sophoclis Fabulae, O x fo rd , 1924.
1075 τ ό γ ’ άεΐ π ά ρ ο ς τόν άεί π α τρ ό ς
A. D a i n y P, M a z o n , Sophocle, I I : Ajax, Oedipe Roi, Elèctre,
1260 oCv ά ν τ ά ξ ι ’ &ν ουν ά ξ ί α ν
París, 1958.
1283 όργάν όρμ άν
L. G il, Sófocles. Antigona, Edipo Rey, 'Electra, M adrid, 1969.
1457 τογχάνει τυγχάνοι
M. B en a v en te, Sófocles. Tragedias, M adrid, 1970.
J. Pallí, Sófocles. Teatro Completo, Barcelona, 1973.

N O TA SO B R E L A E D IC IÓ N

Señalamos los pasajes en los que no hemos seguido


el texto de A. C. Pearson.

PASAJE TEXTO DE PEARSON TEXTO ADOPTADO

33 πατρός πατρί
45 Φωκέως Φωκεύς
81 κάικΧκσΰσωμεν κ ά ν α κ ο ύ σ ω μ εν
84-85 φίρειν/νίκην τέ φημι φέρει / νίκην τ ’ έφ’ ήμίν
102 αίκως άδίκως
163 βήμοαι λήματι
187 τεκέων τοκέων
215-216 τά παρόντ’ ; ... αίκως. τά παρόντ’ αίκώς;
ARGUMENTO DE ELECTRA
PERSONAJES

Está planteada de la siguiente manera: el ayo mues­


P e d ag o g o .
tra a Orestes lo que hay en Argos. Pues, siendo él pe­
O restes.
queño, Electra, que lo había sustraído cuando su padre
E lectra.
fue asesinado, se lo entregó al ayo, temerosa de que
C o r o d e d o n c e lla s .
también lo asesinaran junto con el padre. Lo envió a
Fócide, junto a Estrofio, sobrino de su padre [...ju n to C r is ó t e m is .

a Anaxibia, su hermana]. C l it e m e s t r a .
E g is t o .

DE OTRA MANERA

Quien presenta el prólogo es el ayo, el anciano peda­


gogo que tomó y transportó a Orestes a Fócide junto a
Estrofio, y ahora le muestra lo que hay en Argos. En
efecto, habiéndolo sustraído de pequeño, el pedagogo
huyó de Argos y, transcurridos veinte años, volviendo a
Argos con él, le muestra lo que hay en Argos.
La escena de la obra discurre en Argos. El Coro está
formado por doncellas del lugar. Presenta el prólogo el
pedagogo de Orestes.
378 TRAGEDIAS

ίο oro. Y he ahí el palacio de los Pelópidas, desolado por los


crímenes, de donde en otro tiempo te saqué después del
asesinato de tu padre, habiéndote recibido de manos de
tu hermana, la que lleva tu misma sangre, y poniéndote
a salvo, te alimenté hasta tanto llegaras a la edad de ser
15 vengador de la muerte de tu padre. Y ahora, ciertamen­
te, Orestes y tú, Pílades, el más querido de los huéspe­
(La escena tiene lugar ante el palacio real de Mice- des, debéis tomar pronto una decisión sobre lo que te­
nas. Desde allí se divisa la llanura de la Argólide. Está néis que hacer, porque el brillante resplandor del sol
amaneciendo.) provoca los cantos matutinos de las aves, nítidos ya, y
P e d a g o g o . — ¡Oh hijo de Agamenón, el que en otro 20 la negra noche llena de estrellas nos ha abandonado.
tiempo estuvo ál frente del ejército en Troya! Ahora te Antes de que alguna persona salga del palacio hay que
es posible — pues estás presente— contemplar aquello ponernos de acuerdo, pues estamos llegando a un punto
que siempre deseabas. Ésta es la antigua Argos1 que en el que ya no hay ocasión de dudar, sino que es mo­
anhelabas, recinto sagrado de la doncella, hija de Inaco, 5 mento de pasar a la acción.
la fustigada por el tábano2. Aquí, Orestes, la plaza licia O r e s t e s . — ¡Oh el más querido de los servidores!
del dios matador de lobos3. Éste de la izquierda es el ¡Cómo me das claras muestras de tu lealtad hacia nos-
famoso templo de Hera. Desde este lugar, adonde he­ 25 otros! Pues, como un caballo de buena raza, aun siendo
mos llegado, puedes afirmar que ves Micenas, la rica en viejo, no pierde el coraje en los peligros, sino que yergue
las orejas, así también tú nos alientas y tú mismo sigues
1 La ciu d a d qu e están con tem p la n d o desd e lo alto y d e la estando entre los primeros. Por tanto, te revelaré lo que
que va a d escrib ir lo s principales m o n u m en tos es, naturalm ente, so he resuelto, y tú, prestando oído atento a mis palabras,
M icenas, y n o la ciu d a d de A rgos, aunque, desde H om ero, este
corrígeme si en algo no me ajusto a lo que en este mo­
n om b re se asigna tam bién a to d a la llan ura en la q u e M icenas
está situada. E l epíteto d e «antigua» se refiere a to d a la región , mento conviene.
ya qu e las leyendas m ás antiguas que co n o ce m o s acerca de las Cuando yo llegué al oráculo pítico para conocer de
relacion es entre G recia y Asia se sitúan en las costa s del G o lfo 35 qué modo vengaría a mi padre de sus asesinos, me res­
A rgivo ( H e r ó d o t o , I 1).
ponde Febo lo que al punto conocerás: que yo mismo,
2 Ιό , h ija de ín a c o , recib ía cu lto en la llanura de A rgos.
Fue am ada p o r Zeus, p o r lo cu a l H era la con v irtió en vaca, la desprovisto de escudo y de ejército, con astucias, tra­
p u so b a jo la vigilancia de A rgos, el de lo s cien o jo s , y le m a n d ó mara las muertes justicieras por mi mano. Así, después
un tá b a n o qu e la p ersigu ió a través de E u rop a y Asia hasta que hemos oído tal oráculo, cuando se presente la oca-
E gip to ( E s q u il o , Suplicantes 291 y sigs., y Prometeo encadena­
40 sión, entra en palacio y trata de enterarte de todo lo que
do 589 y sigs.).
3 E l apelativo de « lic io » es h ech o derivar pop u larm en te de sucede, para que, una vez conocedor de ello, me lo co­
Ifcos. Si hubiéram os trad u cid o éste en su tran scrip ción sería muniques claramente. No te reconocerán por tu vejez y
«licó cto n o », lo que h ubiera h e ch o n ota r la paron om a sia qu e se por el largo tiempo pasado, ni sospecharán a causa del
re cog e en la lengua griega. S ófo cle s, aquí, n os lo presenta c o m o
cabello cano.
un d ios p r o te cto r de m anadas y rebaños.
ELEÇTRA 379 380 TRAGEDIAS

Dirás lo siguiente: que eres extranjero, de Focea, 45 E lectra. — (Dentro de palacio.) ¡Ay de mí! ¡Infortu­
que vienes de parte de Fanoteo, porque casualmente nada de mí!
éste es el mejor de sus amigos. Anuncia, reforzándolo P ed a g o g o . — Me ha parecido, hijo, oír dentro, a tra­
con un juramento, que ha muerto Orestes debido a un vés de las puertas, el gemido de algún servidor,
fatal accidente, al rodar desde el carro en marcha duran­
so O r e s t e s . — ¿No será acaso la desgraciada Electra?
te los juegos píticos. Sea éste tu relato. Nosotros, según 50
¿Quieres que permanezcamos aquí y que escuchemos sus
lo ordenado, tras adornar la tumba de mi padre con
lamentos?
libaciones y rizos cortados de la cabeza, volveremos de
P ed a g o g o . — En modo alguno. No emprendamos nada
nuevo, sosteniendo en las manos la urna de paredes
antes de realizar las órdenes de Loxias. De acuerdo con
broncíneas que tú sabes tengo oculta entre unas matas, 55
ellas, comencemos derramando libaciones por tu padre.
para, después de engañarles con esta historia, llevarles la
85 Pues ello nos traerá la victoria y el dominio de las accio­
dulce noticia de que mi cuerpo ha perecido, consumido
nes emprendidas.
por el fuego y convertido en polvo. ¿Por qué ha de in­
quietarme esto cuando, muerto de palabra, estoy de he- 60 (Abandonan la escena los tres personajes y se pre­
cho vivo y voy a obtener fama con ello? senta Electra.)
Pues me parece que ningún discurso que comporta — ¡Oh luz inocente y aire que recubres por
E lectra.
provecho es malo. En efecto, he visto varias veces que, igual a la tierra! Muchas veces escuchaste cantos de due-
incluso los sabios, mueren falsamente de palabra, y des­ 90 lo y muchas percibiste golpes en el pecho que me hacían
pués, cuando vuelven otra vez a casa, son aún más hon­ brotar sangre, cuando la sombría noche terminaba. Los
rados 4. Así también yo me jacto de que, como resultado 65 odiosos lechos de esta casa desdichada son ya conocedo­
de esta noticia, brillaré vivo entre mis enemigos como res de lo que ocurre durante la noche: cuántas veces
una estrella. 95 gimo por mi infortunado padre, a quien el sangriento
Conque, ¡oh tierra patria y dioses locales!, recibidme Ares no recibió como huésped en tierra extranjeras, sino
victorioso en estos caminos, y tú, palacio paterno, pues que mi madre y el que comparte su lecho, Egisto, como
vengo para purificarte según la justicia, impulsado por 70 leñadores a un árbol, le abrieron la cabeza con asesina
los dioses. Y no me expulséis de esta tierra sin honra, hacha.
sino recibidme dueño de mi fortuna y restablecedor del íoo Y ningún lamento ante estos hechos parte de otro
palacio. Yo ya he hablado; ahora tú, anciano, ve y pre­ que no sea yo, por ti, padre, tan injusta y lastimosa­
ocúpate de cumplir tu deber. Nosotros dos partimos. 75
mente muerto. Pero, ciertamente, no cesaré en duelos y
Éste es el momento oportuno y esto constituye precisa­
ios en sombríos lloros mientras vea los resplandecientes
mente la mayor protección en toda empresa para los
centelleos de las estrellas y la luz del día. No dejaré de
hombres.
hacer oír a todos el sonido de mi queja — cual ruiseñor

4 Se decía de Pitágonas y d el m a g o tra cio Z alm oxis, d iscí­


p u lo d e Pitágoras, q u e así quería con v e rtir a los tracios a la 5 Es decir, qu e A gam enón n o e n co n tró la m u erte en Troya.
doctrin a d e la in m ortalidad. Ares es el dios de la guerra y disfru ta c o n la m u erte y la sangre.
382 TRAGEDIAS
ELECTRA 381
140 sino que, abandonando la mesura, te destrozas en un
que ha perdido a su h ijo 6— en un plañido lastimero ante dolor irremediable lamentándote siempre, sin encontrar
estas puertas paternas. en ello ninguna liberación de las desgracias. ¿Por qué
¡Oh morada de Hades y Perséfone! ¡Oh Hermes, que 110 no te evades de las aflicciones?
conduces a los infiernos, y venerable Maldición! Erinias, 145 E l e c t r a . — Insensato el que olvida a un padre que
ilustres hijas de los dioses, que contempláis a los que se ha ido de manera tan lamentable; mas, en cuanto a
han muerto injustamente, a los que han sido engañados
mi, es grato a mi pensamiento el pájaro que, turbado,
en sus lechos, venid, socorredme, vengad el asesinato de 115
se lamenta; él que constantemente se lamenta por Itis,
mi padre y haced venir a mi hermano, pues sola no soy
iso por Itis, mensajero de Z eus9. ¡Ah, Ñíobe, colmada de
capaz de llevar equilibrado el peso de la pena que cargo 120
desgracias!, yo a ti te tengo por diosa, tú que en una roca
al otro lado7.
que te sirve de tumba, ¡ay, ay!, lloras10.
(Entra el Coro compuesto de mujeres de Micenas.)

Estrofa 1.a Estrofa 2.a


C o r o . — ¡Oh hija, hija de la más miserable madre, C o r o . — No se te mostró sólo a ti entre los mortales,
Electra! ¿En qué incesante lamento siempre te consu­ 155 hija, el dolor. En esto tú te muestras más desmesurada
mes por Agamenón, hace tiempo atrapado con engaños, 125 que los que están dentro, con los que convives y son de
impíamente, por falaz madre, traicionado por infame la misma sangre por el nacimiento; de otra manera vi­
m ano8? ¡Cómo desearía que muriera el que ha causado ven Crisótemis e Ifianasau. Y en un lugar escondido
esto, si me está permitido gritarlo! 160 para las penas, feliz en la juventud, Orestes, a quien la
E l e c t r a . — ¡Oh pueblo de noble raza! Habéis venido
como consuelo de mis sufrimientos, me doy cuenta, soy 130 9 Itis era h ijo del tra cio T ereo y d e Proene, h ija de Pan-
consciente, no me pasa inadvertido. Pero no quiero des­ dión , rey de Atenas. Fue in m ola d o p o r su p r o p ia m ad re para
cuidar esto: dejar de gemir por mi infortunado padre. vengar a su pad re, al que se o fr e c ió ella en u n banqu ete. L os
dioses tran sform a ron a P roen e en ru iseñ or pa ra ayudarla a huir
¡Oh vosotras que me respondéis con el agradecimiento
de T ereo, y desde en ton ces se lam en ta eternam en te lla m an d o a
de una total amistad! Dejadme que así vague de un lado 135 su h ijo . E n la poesía hay con stantes alusiones a este m ito ( Odi­
a otro, ¡ah, ah!, os lo suplico. seo X I X 518; E s q u il o , Suplicantes 60-67; Agamenón 1142-1145;
e tcétera ).
Antístrofa 1.a w N íob e, orgu llosa p o r su n u m erosa descen den cia, o fe n d ió
C o r o . — Pero no sacarás a tu padre de la laguna co­ a L eto, quien p id ió a sus h ijo s , A p o lo y A rtem is, qu e la venga­
mún a todos, del Hades, ni con gemidos ni con súplicas, ran . E stos m ataron co n sus flech as a to d o s lo s h ijo s d e N íob e,
que, afligida, h u yó al m o n te Síp ilo, ju n to a su pad re, Tántalo,
6 Es una alusión al m ito de Proene. V éa se n ota 9. y allí fu e tran sform ada p o r los dioses en rosa . Véase Anti­
7 Im agen in spirada en la balanza, in stru m en to pop u la r de gona 825.
fá cil ca pta ción p o r el aud itorio. E n u n o d e los platillos está el 11 Ifianasa es el n o m b re que, en la Ilíada, re cib e una d e las
su frim ien to y en el o tr o , ella m ism a. h ija s de A gam enón. Las otras so n C risótem is y L aód ice. N o se
8 O bsérvese c ó m o reitera, u n a y otra vez, la id e a de engaño, n om b ra , sin em b a rgo, a Ifigen ia n i a E lectra. S ó lo aquí en la
resaltando así esta circun stancia entre las qu e rod ea ro n la m u er­ tragedia se la n om bra.
te de A gam enón.
ELECTRA 383 384 TRAGEDIAS

ilustre tierra de Micenas recibirá un día como a un bien Estrofa 3.a


nacido, cuando venga por gozosa resolución de Zeus. C o r o . — Grito quejumbroso tras el regreso17, que-
E l e c t r a . — A éste yo, esperando incansable, sin hi­ 195 jumbroso también en el lecho paterno, cuando fue con­
jos, infeliz, sin easamiento, siempre aguardo, bañada en i65 tra él lanzado el golpe frontal del hacha broncínea. En­
lágrimas, con un destino de males sin fin. Pero é l 12 ol­ gaño fue el consejero, amor quien lo mató tras engendrar
vida las cosas que experimentó y aquello de lo que se ha de manera terrible una terrible apariencia, ya sea una
enterado13. Pues, ¿qué noticia me ha llegado que no haya no 200 divinidad, ya un mortal el que ha realizado eso.
sido falsa? Siente añoranza, pero, a pesar de ello, no E l e c t r a . — ¡Oh día aquel en que te presentaste a mí
considera oportuno dejarse ver. como el más odioso de todos! ¡Oh noche! ¡Oh terrible
205 aflicción del banquete inenarrable! 18. Mi padre conoció
Antístrofa 2.a la vergonzosa muerte por las mismas dos manos que se
C o r o . — Ten confianza en mí; confía, hija. Aún está han apoderado de mi vida convirtiéndola en cautiva. Me
en el cielo el que observa y gobierna todas las cosas, el its 210 han destruido; a ellos el gran dios del Olimpo quiera
gran Zeus, a quien, si le transfieres el penosísimo resen­ procurarles el padecimiento de penas vengadoras, y ojalá
timiento, ni estarás apenada en exceso por los que odias, no disfruten del triunfo tras haber cometido tales actos.
ni los tendrás en olvido. Porque el Tiempo es divinidad
que todo lo arregla, y ni el hijo de Agamenón, que está 180 Antístrofa 3 “
en la costa donde pacen bueyes, en Crisa14, es indiferen­ 215 C o r o . — Reflexiona y no sigas adelante en tus pala­

te, ni el dios que reina junto al Aqueronte15. bras. ¿No te das cuenta de qué argumentos te vales
ahora para precipitarte ignominiosamente hacia tu pro­
E l e c t r a . — Pero una gran parte de mi vida se me ha 185
pia desgracia? ¿Te has procurado algo mejor que desgra­
quedado ya atrás, sin que se cumplan mis esperanzas. Y
cias al originar siempre disputas por tu ánimo malhumo­
no resisto más, yo que sin padres me consumo, sin que
rado? Pues tales cosas no son para discutir con los po-
ninguna persona amiga proteja, sino que, igual que una
220 derosos, en el trato con ellos.
extranjera indigna, soy una administradora de la casa de i90
E l e c t r a . — Por terribles circunstancias he sido for­
mi padre. Así, con indecoroso vestido, vago en torno a
zada, por terribles circunstancias. Lo sé, soy consciente
mesas vacías16.
de mi cólera. Pero ni en ellas refrenaré esta obstinada
225 actitud mientras tenga vida. Porque, ¿a quién, oh linaje

12 Orestes. querido, podría yo escuchar un consejo oportuno? ¿A


13 E s decir, la triste situ a ción de E lectra , que co n o c e p o r los quién que razone convenientemente? Dejadme, dejadme,
m en sajes qu e ella le m anda.
14 Crisa, situada al N. d el G o lfo de C orin to y a l S. de Del- i? D e Troya.
fos. La llanura q u e rod e a a esta ciu d a d estaba ded icada al d ios 18 Para fe ste ja r la vu elta de A gam enón a M icenas, E gisto y
A polo. Clitem estra han prep a ra d o u n ba n q u ete durante el cual es ase­
15 H ades, dios de los m u ertos. sinado, según la versión h om érica . E n lo s poeta s trágicos varia
16 Se desprende que, a ca u sa de su rebeldía, era tratada en la circun stancia del asesinato: o b ie n en el banqu ete, o bien
el p a la cio p e o r que sus hfermanas. durante el b a ñ o ( E s q u il o , Agamenón 1580 y sigs.).
ELECTRA 385 386 TRAGEDIAS

consoladoras mías. Esto ha de ser considerado irreme- m del ultraje: veo al asesino en el lecho de mi padre con
diable. Nunca pondré fin a mis sufrimientos y habrá un la infeliz de mi madre, si se debe llamar así a la que yace
sinnúmero de lamentaciones. 275 con éste; ella, tan malvada como para vivir con un infa­
me sin temer a ninguna Erinis; antes bien, como quien
Epodo.
se regocija por lo que ha hecho, cuando descubre el día
Coro. — Pero es con ánimo benevolente, como una
280 en el que otrora mató a mi padre con engaño, organiza
madre leal, como te digo que no engendres desgracia 235
coros y ofrece ovejas para ser sacrificadas mensualmen­
sobre desgracia.
te a los dioses salvadores. Y yo, al verlo, desventurada,
E l e c t r a . — ¿Y cuál es la medida de la maldad? ¡Ea!,
lloro dentro de la casa, me consumo y me lamento a so­
dito. ¿Cómo puede ser bueno despreocuparse de los que
las conmigo misma por este infortunado festín celebrado
han muerto? ¿En qué hombre se ha engendrado esta
285 en el nombre de mi padre. Y ni siquiera me es posible
idea? ¡Ojalá no sea yo estimada entre éstos, ni habite con 240
ellos satisfecha si estoy en la verdad, dejando de lanzar llorar tanto como para complacer a mi ánimo. Pues esa
mujer «noble por sus palabras», llamándome a voces, me
al aire agudos lamentos que dan honra a mi padre!
lanza injurias de esta clase: «Oh ser impío y odioso,
Pues si el muerto, siendo polvo y nada, ha de yacer 245
desgraciado, y ellos, en cambio, no pagan las penas que 290 ¿acaso se te ha muerto a ti sola el padre? ¿Ningún otro
son precio de su muerte, se podría perder el respeto y la 250 mortal está en duelo? ¡Ojalá mueras miserablemente y
piedad en todos los mortales. los dioses infernales no te liberen nunca de los lamentos
C o r i f e o . — Yo, hija, he venido procurando por lo
actuales!». Con esta arrogancia habla, excepto cuando
tuyo tanto como por lo mío. Y si no hablo con sensatez, oye de alguno que Orestes vendrá; entonces, a mi lado,
prevalezca tu opinión. Nosotras te seguiremos. 295 furiosa, me grita: «¿No eres tú la causa de estas cosas?
E l e c t r a . — Siento vergüenza, mujeres, de pareceros ¿No es esto obra tuya, que, habiéndome arrebatado a
que estoy demasiado afligida por mis muchos gemidos, 255 Orestes de mis manos, lo pusiste a resguardo en secreto?
pero la fuerza de los hechos me obliga a hacerlo. Discul­ Pero sábete que pagarás la pena que mereces.» Con estas
padme. Mas, ¿cómo la mujer que es bien nacida no ha­ 300 palabras me insulta y, a su lado, la incita su «ilustre es­
ría esto al ver las desgracias paternas? Desgracias que, poso», ese cobarde en todo, la maldad en persona, el que
más que declinar, veo yo crecer incesantemente de día libra las batallas con las m ujeres19. Mientras que yo, es­
y de noche. Y así, primeramente, las relaciones con la 260 perando siempre que Orestes se presente para hacer
madre que me engendró han resultado aborrecibles. Ade­ 305 cesar esta situación, me muero, ¡infeliz! Porque, en esa
más, vivo en mi propia casa con los asesinos de mi padre constante demora, ha destruido todas las esperanzas pre­
y por ellos soy dominada y en ellos está el que yo reciba 265 sentes y por venir. En semejante situación, amigas, no
algo o, del mismo modo, que quede privada de ello.
Y además, ¿qué clase de días os parece que arrastro, w P od em os entender d o s alusiones en esta du ra crítica a
E gisto. O que ha d e ja d o a C litem estra llevar a ca b o el asesinato
cuando veo a Egisto sentado en el trono paterno y ob­
d e A gam enón, o que se q u ed ó en su p a ís entre las m u jeres m ien­
servo que lleva los mismos vestidos que aquél y que ofre- 270 tras lo s h om b res com ba tía n en T roya (c f. E s q u il o , Agamenón
ce libaciones junto al hogar donde le mató? Y el colmo 1625).
ELECTRA 387 388 TRAGEDIAS

es posible ni ser sensata ni piadosa; antes bien, en las 335 sentimientos para con ellos. Pero ahora, en medio de las
desgracias es forzoso, incluso, practicar el mal. desgracias, me parece mejor navegar con las velas re­
C o r i f e o . — Ea, dime, ¿nos dices esto estando Egisto 310 cogidas 20 y no creer que estoy haciendo algo sin hacer
cerca o porque se ha ido del palacio? daño en realidad.
E l e c t r a . — ¡Ciertamente! No creas que yo, si él estu­ Otro tanto quiero que hagas también tú. Aunque lo
viera cerca, vendría ni a las puertas. Ahora está en los justo no está en lo que yo digo, sino en lo que tú crees.
campos. 340 Pero s i he de vivir en libertad, tienen que ser obedeci­
C o r i f e o . — Verdaderamente también yo llegaría a dos en todo los que mandan.
hablar más confiadamente contigo si esto es así. 3is E l e c t r a . — Es terrible que, siendo hija de un padre
E l e c t r a . — Ya que ahora está ausente, infórmate de como el tuyo, le hayas olvidado y te preocupes de la que
lo que quieras. te engendró. Todas las advertencias que me has hecho
C o r i f e o . — Pues bien, te pregunto: ¿qué tienes que las has aprendido de aquélla y nada dices por ti misma.
decir de tu hermano, si viene ya o se demora? Quiero sa­ 345 Según esto, escoge una de las dos cosas: o razonar im­
berlo. prudentemente o, haciéndolo con prudencia, olvidar a los
E l e c t r a . — Al menos lo dice, pero, a pesar de ello, tuyos. Porque acabas de decir que, si tuvieras fuerza,
nada hace de lo que dice. mostrarías el odio que les tienes, pero, cuando yo me
C o r i f e o . — Cuando un hombre acomete una gran ac- 320
dispongo a vengar a nuestro padre, hasta las últimas
ción suele vacilar. 350 consecuencias, no colaboras, y obstaculizas a quien in­
E lectra. — E n lo q u e a mí r e s p e c ta le sa lv é sin v a c i­ tenta hacerlo. ¿No es esto cobardía unida a las desgra­
la c ió n . cias? Porque, enséñame — o aprende de mí— qué ventaja
C o r i f e o . — Ten confianza. Tiene un natural noble obtendría si cesara de lamentarme. ¿Acaso no vivo? De
como para proteger a los suyos. 355 mala manera, lo sé, pero me es suficiente. Inquieto a és­
E l e c t r a . — Estoy convencida, ya que, si no, no hubie­ tos 21, con lo que procuro satisfacciones al muerto, si es
ra vivido tanto tiempo. que hay algún tipo de gratificación allá abajo. Mientras
C o r i f e o . — Ahora no digas nada más, porque veo a 325 que tú, que los «odias», lo haces sólo de palabra, pero
tu hermana, a Crisótemis, hija por linaje del mismo pa­ de hecho convives con los asesinos de tu padre. Yo, por
dre y de la misma madre, que, procedente de la casa, 360 mi parte, nunca condescendería con ellos, ni aunque al­
lleva ofrendas fúnebres en sus manos, como se acostum­ guien me fuera a traer los privilegios por los que ahora
bra a practicar con los muertos. te envaneces. Que ante ti haya una mesa colmada y te
C r is ó t e m is . — ¿Qué noticias has venido a traer junto sea la vida fácil. ¡Que tenga yo por único alimento el no
a las puertas del vestíbulo, oh hermana, sin querer 330
aprender después de tan largo tiempo a no complacer 20 C o m o en tantas otras o ca sion es, aquí em p lea un térm in o
en vano tu cólera inútil? Sé que también yo, ciertamen­ to m a d o del len gu aje del m ar, m e tá fo ra de fá c il ca p ta ción p o r
te, sufro en las presentes circunstancias, hasta el punto u n p u e b lo em inentem ente m a rinero.
de que, si yo tuviera fuerza, les haría ver cuáles son mis 21 Clitem estra y E gisto.
390 TRAGEDIAS
ELECTRA 389

E l e c t r a . — Que vuelva aquél, si tiene intención de ha­


contradecirme a mí misma! No deseo alcanzar tus privi­
cer algo de esto.
legios, ni tú los desearías si fueras juiciosa. 365
390 C r i s ó t e m i s . — ¿Qué hace falta para que te muestres
Y ahora, pudiendo ser llamada hija del mejor de to­
sensible? ¿Dónde está tu sentido común?
dos los padres, hazte llamar hija de tu madre22, pues así
E l e c t r a . — Me lleva a escapar lo más lejos posible
te mostrarás perversa ante los más por haber traiciona­
de vosotros.
do a tu padre muerto y a los tuyos.
C r i s ó t e m i s . — ¿Y no haces mención de tu vida pre­
C o r i f e o . — Nada digas a impulsos de la cólera, ¡por
sente?
los dioses! Porque en los discursos de ambas partes hay S70
E l e c t r a . — ¡Pues es bella mi existencia como para
algo de provecho, si tú aprendes a hacer uso de las pa­
admirarla!
labras de ésta y ella, a su vez, de las tuyas.
C r i s ó t e m i s . — Pero lo sería, si aprendieras a razonar
C r is ó t e m i s . — Yo, mujeres, de alguna manera estoy
con cordura.
acostumbrada a las razones de ésta, y no le hubiera di­
395 E l e c t r a . — No me enseñes a ser infiel a los míos.
cho nada, si no hubiera oído que una tremenda desgra­
C r i s ó t e m i s . — No te enseño eso, sí a someterte a los
cia se abate sobre ella, tal que la contendrá en sus lar- 375
que tienen el poder.
gos lamentos.
E l e c t r a . — Halágales tú con esas razones. No le van
E l e c t r a . — Ea, dime eso tan terrible, pues, si me vas
a mi modo de ser.
a anunciar algo peor que lo presente, no podría obje­
C r i s ó t e m i s . — Bueno es, sin embargo, no sucumbir
tarte.
por insensatez.
C r i s ó t e m i s . — Te diré todo cuanto yo sé: van a en­
E l e c t r a . — Sucumbiré, si es necesario, para vengar
viarte, si no cesas en estos lamentos, allí donde nunca 380
a mi padre.
verás el resplandor del sol, y habrás de cantar tus des­
400 C r i s ó t e m i s . — Nuestro padre, lo sé, es capaz de per­
gracias, mientras vivas, en un refugio abovedado, lejos
donar.
de esta tierra. Ante esto medita y no te me quejes des­
E l e c t r a . — Esas son palabras para ser aplaudidas
pués, cuando lo padezcas. Ahora es un buen momento
por cobardes.
de juzgar con cordura.
C r i s ó t e m i s . — ¿Y tú no te persuadirás y estarás de
E lectra. — ¿Verdaderamente han decidido hacer eso 385
acuerdo conmigo?
conmigo?
E l e c t r a . — No, ciertamente. ¡Que nunca esté yo pri­
C r i s ó t e m is . — Sí, cuando Egisto vuelva a casa.
vada de juicio hasta ese punto!
E lectra. — Si es por este motivo, ¡ojalá volviera
C r i s ó t e m i s . — En ese caso, me iré hacia donde me
pronto!
disponía.
C r is ó t e m is . — ¡Qué imprecación has hecho, desgra­
405 E l e c t r a . — ¿Adónde te diriges? ¿A quién llevas esas
ciada!
ofrendas? 23.

22 E sto su p on d ría renegar d el padre. E n G recia lo s h om b res


23 D ebía llevar una caja con alimentos, aunque a continua-
eran llam ad os p o r el p a tron ím ico.
ELECTRA 391 392 TRAGEDIAS

C r is ó t e m is . —
Nuestra madre me envía a derramar 425 estado presente cuando ella exponía el sueño al S o l25.
libaciones sobre la tumba del padre. No sé nada más, excepto que aquélla me envía a causa
de este terror. Ahora, ipor los dioses de nuestra raza!,
E l e c t r a . — ¿Cómo dices? ¿Al que le es el más odiado
te suplico que te dejes persuadir por mí y que no te
de los hombres?
430 pierdas por insensatez, porque, si me rechazas, vendrás
C r i s ó t e m i s . — Al que dio muerte ella misma, pues es
a buscarme de nuevo cuando te acompañe la desgracia.
esto lo que quieres decir.
E l e c t r a . — ¡Oh querida!, no deberías ofrendar en la
E l e c t r a . — ¿Por cuál de sus amigos ha sido persua­
tumba nada de lo que tienes en tus manos, pues no te
dida? ¿A quién dio satisfacción con ello?
es lícito ni piadoso depositar presentes ni hacer libacio-
C r is ó t e m i s . — Según creo, a causa de un terror noc- 410 435 nes a nuestro padre de parte de una mujer odiosa. Hazlo
turno. desaparecer por los aires o bajo espesa capa de polvo,
E lectra. — ¡Oh dioses patrios! Socorredme al menos de forma que ninguno de ellos pueda llegar nunca al se­
ahora. pulcro de nuestro padre. ¡Que, cuando ella muera, se le
C r i s ó t e m is . — ¿Tienes alguna confianza en ese te­ conserven allá abajo como tesoros!
mor? 440 Si no hubiera sido la más atrevida de todas las mu­
E lectra. — Si me cuentas la visión, te lo podría decir. jeres, en modo alguno hubiera ofrecido nunca libaciones
C r is ó t e m is . — Pero sólo puedo contártela en una pe­ malévolas ál que había dado muerte. Pues juzga si crees
queña parte. que el muerto recibirá en la tumba estos obsequios con
E l e c t r a . — Dámelo, sin embargo, pues con frecuen- 415
un sentimiento benevolente para aquella por obra de la
cia unas pocas palabras han hecho fracasar o prosperar cual fue muerto indecorosamente y mutilado76, como si
445 fuera una persona hostil, después que ella, para purifi­
grandemente a los mortales.
carse, secó las manchas de sangre en la cabeza de él.
C r is ó t e m i s . — Existe el rumor de que ella ha visto
¿Acaso crees que esto le reporta liberación de su asesina­
que nuestro padre, en una segunda aparición, se presen­
to? No es posible.
taba a la luz y , tras coger el cetro que él mismo llevaba 420
Por ello, suéltalo y , habiendo cortado las puntas de
en otro tiempo y ahora lleva Egisto, lo clavó en el ho­
450 los rizos de tu cabeza, y de la mía — desdichada, aun­
gar 24, y que de éste había brotado un nuevo tallo floreci­
que esto sea poco, es lo único que tengo— , ofrécele esta
do con el que se había ensombrecido toda la tierra de
Micenas. Estas cosas se las oí relatar a uno que había
25 E l S ol es el gran p u rifica d o r q u e pu ed e a leja r lo s peli­
gros vistos en el sueño. Cf. E u r íp id e s , Ifigenia entre los Tau­
ción h able de lib a cion es, tal vez p orq u e era lo m ás frecuen te
ros 42.
en el rito.
26 Para evitar qu e el m u erto se vengara de los asesinos,
24 Puede clavar el ce tro, p o r q u e el su elo era de tierra p ren ­
creían d eja rle in operan te si le corta b a n las extrem idades y las
sada. E ste tip o de sueños, c o m o el que narra, tienen un p re ce­
ataban al cu ello o axilas. C reían ta m b ién que, si secaban las
dente en el que cu enta H e r ó d o t o (I 108) q u e tu vo el rey m e d o
gotas de sangre q u e caían del h acha en la ca b eza del m u erto,
Astiages, qu e soñ ó q u e una v id n acía de su h ija y se extendía
la cu lpa del crim en recaía so b re éste.
p o r tod a Asia.
ELECTRA 393 394 TRAGEDIAS

lucida cabellera27 y este ceñidor mío que no está traba­ 485 que te engendró, ni la vieja hacha de doble filo fabrica­
jado con lujos, y pídele, cayendo encima de la tumba, da en bronce que le mató en medio de los más injuriosos
que él mismo venga del fondo de la tierra, con ánimo ultrajes.
bien dispuesto para nosotras, a vengar a los enemigos,
Antístrofa.
y que su hijo Orestes, vivo, en ataque victorioso pisotee 455
Llegará también la Erinis de muchos pies y manos,
a sus enemigos, a fin de que en el futuro le coronemos28
490 infatigable, la que en terribles emboscadas acecha. Pues
con manos más ricas que las ofrendas de ahora. Cierta­
el empeño de una unión manchada de sangre, sin lecho
mente creo, estoy segura, que por algo le interesaba tam­
nupcial, sin casamiento, acometió a quienes no les era
bién a aquél29 enviarle estos sueños siniestros. Pero, a 460
495 lícito. Por lo tanto, existe la esperanza de que nunca,
pesar de ello, préstate estos servicios a ti misma y tam­
nunca un presagio se nos hará presente sin que cause
bién a mí y a nuestro común padre, el más querido de
daño a sus autores y cómplices1·2. O ciertamente, no
todos los hombres, que yace en el Hades.
existen señales de adivinación para los hombres en los
C o r if e o . — La joven habla piadosamente y tú, si 465
500 sueños terribles o en los oráculos, si esta visión noctur­
eres sensata, oh querida, lo harás.
na no se realiza.
C r i s ó t e m i s . — Lo haré, pues no tiene sentido mante­
ner una discusión entre dos acerca de una cosa justa,
Epodo.
sino apresurarse a su ejecución.
505 ¡Ah de la antigua y dolorosa carrera de carros de
Mientras intento llevar a cabo estas acciones, guar­
Pélope33/ ¡Cómo has venido a ser largamente dolorosa
dad silencio, ¡por los dioses!, amigas, porque, si mi ma- 470
para esta tierra! Pues desde que Mirtilo durmió el sueño
dre se entera de esto, pienso que la empresa a la que
510 de la muerte tras ser precipitado al mar, totalmente
me voy a atrever resultará amarga.
destruido al ser lanzado desde su carro de oro por un
C oro. 515 triste infortunio, no dejó de haber nunca en la casa al­
Estrofa. guna penosa desgracia.
Si yo no soy adivino insensato y falto de juicio, está 475 C l i t e m e s t r a . — A lo que parece, vas y vienes libre

a punto de venir la hacedora de presagios, la Justicia, otra vez. Pues no está aquí Egisto que te impedía aver-
llevando en sus manos justos poderes. Irá en busca de
ellos20, ¡oh hija!, sin dejar transcurrir mucho tiempo. 32 Otra alusión a C litem estra, qu e e je c u tó e l asesinato, y a
En el fondo tengo confianza, después que he oído gratos 480 E gisto, que fu e su có m p lice.
33 P élope, fu n d a d o r del lin a je rea l d e M icenas, con sigu ió
sueños. Pues nunca olvidan, ni el rey de los helenos31
ven cer a E n óm a o en una carrera de ca rro s gracias a h a b e r so ­
b o rn a d o a M irtilo, su auriga, q u e a flo jó el e je del ca rro del rey.
27 V éase n ota 108 de Áyax. O btu vo co n ello la m a n o de H ip od a m ía . D espués de la victoria,
28 Im agen q u e sign ifica «a p o rta r ofren d a s». M irtilo fu e m u erto p o r P élope, q u e l o a r r o jó al m ar, según una
29 Agam enón. versión , p o r in ten tar abusar de H ip od a m ía , y, segú n otra, para
30 De Clitem estra y Egisto. n o pagarle el p re cio con ven id o. A l m o r ir, m a ld ijo a P élop e y a
su raza.
31 A gam enón, rey de reyes en la Iliada.
ELECTRA 395 396 TRAGEDIAS

gonzar a los tuyos estando en la puerta. Pero ahora, Y la que está muerta, si tomara voz, lo confirmaría.
como aquél está ausente, no me haces ningún caso. Sin 550 Yo no estoy afligida por lo que he hecho. Si a ti, por tu
embargo, muchas veces has dicho a voz en cuello ante parte, te parece que no tengo razón, censura a los que
mucha gente que yo gobierno con insolencia y contra te rodean, pero con una argumentación razonable.
justicia, injuriándote a ti y lo tuyo. Pero yo no soy inso­ E l e c t r a . — Al menos ahora no dirás de mí que inicié
lente, y hablo mal de ti porque con frecuencia oigo lo algo molesto después que tuve que escuchar esto de ti
mismo por parte tuya. Tu padre, y nada más, es siem­ hasta el final. Pero, si me lo permites, hablaría con ver-
pre para ti el pretexto: que fue muerto por mí. Por mí, 555 dad sobre el muerto, a la vez que sobre mi hermana.
lo sé bien, no puedo negarlo; la Justicia se apoderó de C l i t e m e s t r a . — Desde luego que te lo permito. Si
él, no yo sola, a la que deberías ayudar si fueras sen­ dieras así siempre comienzo a tus palabras, no serías
sata. Este padre tuyo, al que siempre estás llorando, fue tan molesta de oír.
el único de los helenos que se atrevió a sacrificar a tu E l e c t r a . — Entonces te hablo. Dices que has dado
hermana34 a los dioses. ¡No tuvo él el mismo dolor cuan­ muerte a mi padre. ¿Qué expresión más vergonzosa que
do la engendró que yo al darla a luz! Anda, muéstrame 560 ésta podría ya existir, bien lo hayas hecho con razón
por qué causa la sacrificó. ¿Es que vas a decir que por o no? Te diré, además, que no lo mataste con justicia
los argivos? Ellos no tenían derecho a dar muerte a la precisamente, sino que te arrastró a ello el obedecer al
que era mía. Por consiguiente, habiendo matado lo mío malvado varón con el que ahora vives. Pregunta a la
en favor de su hermano Menelao, ¿no iba a pagarme el cazadora Ártemis en castigo de qué retuvo en Áulide los
castigo por ello? ¿Acaso no tenía aquél dos hijos, los 565 frecuentes vientos36, o yo te lo diré, pues no es lícito
cuales era más natural que murieran que ella35, por ser aprenderlo de ella.
hijos del padre y de la madre a causa de la que tenía En otro tiempo, mi padre, según yo tengo oído, cuan­
lugar esa expedición? do cazaba en el recinto sagrado de la diosa, con sus
¿O acaso tenía Hades mayor deseo de devorar a mis pisadas, hizo levantarse a un cornudo ciervo moteado.
hijos que a los de aquélla? ¿Es que en el muy infame En ocasión del sacrificio de éste, sucedió que lanzó lleno
padre se había esfumado el amor por los hijos habidos 570 de jactancia ciertas palabras. Por esto, habiéndose enco­
conmigo y existía, en cambio, por los de Menelao? ¿No lerizado la doncella hija de Leto, retuvo a los aqueos
es esto mentalidad de .un padre desconsiderado y per­ a fin de que mi padre, en compensación por el animal,
verso? Así lo creo, aunque hable de modo distinto a lo sacrificara a su propia hija. Así tuvo lugar el sacrificio
que opinas. de aquélla, porque no había otro medio de liberación
para el ejército, ni para volver a casa ni hacia Ilion.
34 S a crificio de Ifigenia p o r A gam enón . L o e v o ca Clitemes-
575 Ante esto, coaccionado por todas partes y oponiendo
tra c o m o ju s tifica ció n de su crim en , ya q u e la d ecisión fue de
A gam enón, S ófocles, c o m o E sq u ilo, ign ora la leyenda que usa
E u rípides, según la cu a l Ifigen ia n o m u rió en Á ulide, sino qu e 36 V ien tos que im pedían a la flo ta de los aqueos ech arse a
fue raptada p o r Á rtem is y rescatada. la m ar en d irección a T roya, circu n sta n cia q u e o rig in ó qu e Aga­
35 E ran dos, H erm ion e, la ú nica cita d a en la épica (Odisea m en ón sacrificase a su h ija Ifigen ia pa ra a placar la cólera de Ar­
IV 14), y N icóstra to. tem is y con seguir, c o n ello, q u e la escu a d ra zarpase.
ELECTRA 397 398 TRAGEDIAS

mucha resistenda, la sacrificó muy a su pesar y no a güenza. Si por naturaleza soy experta en todas estas
causa de Menelao. cosas, tal vez sea que no desdigo de tu estirpe.
Pero — y voy a hablar con tu razonamiento— si por 610 C o r i f e o . — Veo que respira cólera39, pero no veo

querer ayudar a aquél lo hubiera hecho, ¿era necesario que le preocupe si tiene razón.
que, a causa de ello, muriese por obra tuya? ¿Según qué C l it e m e s t r a . — ¡Qué cuidado voy a tener por ésta

ley? Cuida no sea que, por establecer este principio en- 580 que injuria a su madre con tales insultos y eso a su
tre los hombres, reporte dolor y arrepentimiento para 615 edad! ¿No te parece que podría llegar a todo tipo de

ti misma. Porque, si damos muerte a uno en defensa de acciones sin ninguna vergüenza?
otro, tú podrías morir la primera si se hiciera justicia. E l e c t r a . — Entérate bien de que yo siento vergüen­

Ten cuidado no establezcas un pretexto inexistente. za por esto, aunque no te lo parezca. Comprendo que
Dinos, si quieres, por qué motivo cometes ahora las 585 hago cosas intempestivas y que no son apropiadas para
más vergonzosas de todas las acciones, cuando te acues­ 620 mí. Pero la hostilidad que de ti me viene y tus actos me
tas con el criminal, con cuya ayuda has matado antes a fuerzan a hacerlo. En acciones deshonrosas se aprende
nuestro padre, y tienes hijos de é l37 y has desechado a 590 a obrar deshonrosamente.
los que engendraste antes en tu matrimonio legal. C l i t e m e s t r a . — ¡Oh criatura sin consideración! Cier­

¿Cómo podría yo alabar estas cosas? ¿Acaso también tamente que yo, mis palabras y mis obras te dan que
dirás que estás vengando a tu hija? Sería vergonzoso si hablar en exceso.
lo alegas. No está bien casarse con un enemigo por cau­ 625 E l e c t r a . — Tú lo dices, no yo. Tú realizas el hecho y

sa de una hija. las acciones se procuran las palabras.


Pero ni siquiera es posible reprenderte a ti, porque 595 C l i t e m e s t r a . — Pero, ¡por la diosa Ártemis! ¡No es­

lanzas a toda voz que yo injurio a mi madre. Yo te con­ caparás por esta osadía cuando venga Egisto!
sidero más un ama que una madre para mí, puesto que E l e c t r a . — ¿Ves? Te has dejado llevar por la cólera.
llevo una mísera vida y soy víctima, por tu culpa y la Aunque me habías permitido decir lo que quisiera, no
de tu compañero, de innumerables males. Y el otro, 600 sabes escuchar.
desterrado, que a duras penas escapó de tu mano, el 6J0 . C l i t e m e s t r a . — ¿ Y no me vas a dejar ni hacejr un sa­
infortunado Orestes, arrastra una vida desgraciada38. crificio bajo un devoto murmullo40, después de que te
Muchas veces me has acusado de criarle para que tome permití soltarlo todo?
venganza contra ti. Y esto, si tuviera fuerza, lo haría 605 E l e c t r a . — Te dejo, te invito a ello, haz el sacrificio
yo, entérate bien. Por ello, proclama ante todos, si quie­ y no acuses a mi lengua, porque no podría decir ya más.
res, que soy malvada y deslenguada y llena de desver- C l i t e m e s t r a . — Tú, la que me acompañas, alza la

37 E rígon e y Aletes. La p rim era ju ega su pap el en la leyenda


39 E lectra.
de O restes, aunque en distintas version es. Fue el tem a de una
40 Palabras de d ifícil in terp retación . C reo qu e la aclaración
tragedia perd id a d e S ófocles c o n este títu lo.
d e esta am bigua p e tición es q u e Clitem estra p id e a su h ija , si
38 C onsidera el destierro m o tiv o su ficien te para ser tachada
n o silen cio a b solu to, que al m en os n o lan ce gritos q u e le im pi­
de vid a desgraciada. E n otros pa sa jes se evidencia q u e la vid a de
dan h a ce r su plegaria.
O restes n o era precisam ente pen osa.
ELECTRA 399 400 TRAGEDIAS

ofrenda de todos los frutos, a fin de que ofrezca a esta 635 C o r if e o . — Nada más cierto: ella es quien está junto
divinidad súplicas que sean liberadoras de los miedos a ti.
que ahora tengo. P ed a g o g o . — ¡Te saludo, reina! Llego trayendo gra­

Escucha ya, Febo protector, mis palabras ocultas. tas noticias de parte de una persona amiga para ti y
Pues no te dirijo la oración ante amigos, ni conviene que también para Egisto.
todo salga a la luz mientras ésa se encuentre cerca de 640 C l it e m e s t r a . — Acojo favorablemente tus palabras.

mí, para que no vaya divulgando ya, por toda la ciudad, Deseo saber de ti, ante todo, quién fe envía.
equívoca fama acompañada de rencor y maldiciente pa­ P e d a g o g o . — Fanoteo el Fócense, para anunciarte un

labra. Por consiguiente, escúchame así, que de este modo importante asunto.
yo te hablaré41. C l i t e m e s t r a . — ¿Cuál, oh extranjero? Habla, porque

Las visiones de oscuros sueños que en esta noche sé bien que, siendo de parte de un amigo, traerás pala­
he tenido concede, rey Licio, que se cumplan si se han 645 bras amistosas.
aparecido para bien, pero, si han sido hostiles, remítelas P ed a g o g o . — Orestes está muerto. Resumiendo, breve­

de nuevo a los enemigos. Y si algunos maquinan con en­ mente lo anuncio.


gaños despojarme de la riqueza que disfruto, no lo per­ E l e c t r a . — ¡Qué desdichada me siento! Acabada es­

mitas, sino concédeme que, llevando una vida sin daño, 650 toy en este día.
rija el palacio y el cetro de los Atridas viviendo con los C l i t e m e s t r a . — ¿Qué dices, qué dices? ¡Oh extranje­

amigos que ahora tengo en una feliz existencia, y con ro!, no escuches a ésta.
aquellos de mis hijos en los que no se encuentre animad­ P e d a g o g o . — Digo, como acabo de hacerlo, que Ores-

versión hacia mí o un amargo resentimiento. tes ha muerto.


¡Oh Apolo Licio! Oyendo benévolo esto, concédenoslo 655 E l e c t r a . — Estoy muerta, ¡infortunada!, ya nada soy.

a todos nosotros42 tal y como te lo pedimos. Todo lo de­ C l it e m e s t r a . — (A Electra.) Tú ocúpate de tus asun­

más, aunque yo lo silencie, supongo que en tu calidad tos. Y tú, extranjero, dime la verdad, ¿de qué modo mu­
de dios lo conoces. Pues es natural que los hijos de rió?
Zeus vean todo. P e d a g o g o . — He sido enviado para esto y todo te lo

(Entra el Pedagogo.) contaré. Habiendo llegado aquél ál famoso certamen, or­


P e d a g o g o . — Mujeres extranjeras, ¿cómo podría yo 660
gullo de Grecia, a la búsqueda de los premios délficos,
saber con precisión si éste es el palacio del rey Egisto? cuando oyó el agudo pregón del hombre que proclamaba
C o r if e o . — Éste es, oh extranjero. Exactamente lo
la carrera pedestre, de la que se celebraba la primera
has adivinado. prueba, se presentó radiante, objeto de admiración para
P ed a g o g o . — ¿Acaso también estoy adivinando que
todos los presentes. Habiendo igualado a la brillantez de
ésta es su esposa? Pues se advierte que tiene la prestan­ su natural el resultado de la carrera43, salió llevando
cia de una reina. el muy honroso galardón de la victoria.

41 Secretam ente. 43 Si dam os p o r supuesto que su a sp ecto era brillante, para


42 A ella, a E gisto y a los h ijo s q u e le son fieles. q u e su fís ico se corresp on d a, el fin a l de la p ru eb a tiene qu e ser
ELECTRA 401
402 TRAGEDIAS

No sé cómo contarte unas pocas hazañas y victorias


líos que relinchaban. Al mismo tiempo el aliento de los
entre las muchas realizadas por semejante hombre, pero 690
corceles espumeaba e irrumpía en torno a sus espaldas
entérate de una sola cosa: de cuantas pruebas hicieron
y a las ruedas en movimiento.
proclamar los jueces se llevó los premios de la victo­
720 Aquél, estando justo al pie del último poste, acercaba
ria 44. Se le consideró dichoso cuando fue celebrado como
argivo y como Orestes — su nombre— , hijo de Agamenón, una y otra vez el cubo de la rueda hasta rozarlo y, al
tiempo que dejaba más suelto al caballo uncido de la
el que en otro tiempo reuniera el famoso ejército de la 695
derecha, retenía al que estaba en su lado46. Al principio
Hélade. Y así estaban las cosas. Pero cuando alguno de
todos los carros estuvieron en pie, pero después los ca-
los dioses se propone hacer daño, ni aun siendo fuerte
725 ballos del eniano se precipitan con fuerza, desbocados y,
se puede uno librar.
al volverse, terminando la sexta vuelta y ya en la sép­
Al otro día, cuando a la salida del sol tenía lugar la
tima, chocan de frente con el carro barceo47. Entonces,
prueba de la carrera de carros, aquél se presentó entre 700
a causa de un solo infortunio, se destrozan y se caen
numerosos aurigas. Uno era aqueo, otro de Esparta, dos
730 unos sobre otros, y toda la llanura de Crisa se llenó de
eran libios, conductores de carros uncidos. Él era el
restos de carros volcados. Al darse cuenta, el diestro con­
quinto entre éstos, con yeguas tesalias. El sexto procedía
ductor de Atenas se aparta hacia afuera y se detiene, de­
de Etolia, con potras alazanas. El séptimo era de Mag- 705
jando que pasen por el centro los carros y caballos mez­
nesia. El octavo, con blancos caballos, de estirpe eniana.
clados en confusión. Orestes, que mantenía los potros al
El noveno, venido de Atenas, la ciudad fundada por los
735 final porque confiaba en la última vuelta, avanzaba el úl­
dioses. Otro, beocio, completaba el décimo carro.
timo. Pero cuando ve que ha quedado solo aquél, hacien­
Habiéndose colocado donde los jueces encargados
do resonar un agudo chasquido en las orejas de los rá­
les habían designado por sorteo y donde estaban dispues- 7io
pidos corceles, se lanza en su persecución.
tos los carros, se lanzaron al son de la trompeta de bron­
Y avanzaban igualados los dos en los troncos, sa-
ce. Al mismo tiempo que excitaban a gritos a los caba­
740 cando desde los carros, unas veces uno y otras el otro, la
llos, agitaban las riendas en sus manos. Todo el estadio
cabeza. En todas las demás vueltas se mantuvo erguido
se llenó del estrépito de los trepidantes carros45. El pol­
con seguridad, derecho, el infortunado, en un carro tam­
vo se elevaba hacia el cielo. Todos mezclados a la vez, no 715
bién derecho. Después, suelta la rienda izquierda en un
escatimaban las picas para que cada uno de ellos pudie­
momento en que el caballo está doblado y tropieza con el
ra sobrepasar los bujes de los otros carros y a los caba-
745 extremo de la meta sin advertirlo. Rompió por la mitad
para éste la victoria , q u e es ta m b ién algo brilla n te en otro o rd en el extremo del eje y cayó desde la baranda del carro. Se
de cosas. enrosca en las bien cortadas riendas. Al caer él al suelo,
44 E l verso 691 n o lo trad u cim os. E stá con sid era d o c o m o los caballos se dispersaron por en medio de la pista.
una prim itiva glosa in terp olada pa ra exp lica r los distintos tip os
de pruebas.
45 Esta aliteración reco g id a en la tra d u cción pa rece existir, « E l cab a llo m ás ce rca n o al p o s te de la m eta, el q u e iba
igualm ente, en el tex to griego, q u e rep ite rítm icam ente las c o n ­ p o r el in terior.
sonantes oclu sivas sordas. 4? B arce es una ciu d a d ce rca d e Cirene, e n el N , d e Á frica,
fu n dada en el s. v i a. C.
ELECTRA 403 404 TRAGEDIAS

Cuando la multitud le ve derribado, prorrumpe en 750 780 dre, me amenazaba con lleyar a cabo hechos terribles, de
gritos de lamento por el joven que, habiendo realizado suerte que ni de noche ni de día podía yo cubrir los ojos
semejantes hazañas, alcanza ahora tales infortunios. con dulce sueño, sino que el tiempo, momento a momen­
Arrastrado unas veces por el suelo y otras aparecién- to, pasaba como si fuera a morir? Pero ahora, en este día,
do las piernas por el aire, hasta que los otros conducto­ he sido liberada del temor que sentía ante ésta y ante
res, reteniendo con esfuerzo la carrera de los caballos, 785 aquél. Ésta era para mí mayor daño por vivir conmigo
lo soltaron cubierto de sangre, de modo que ninguno de 755 y estar bebiendo siempre la sangre pura de mi vida.
sus amigos hubiera podido reconocerle, si hubiera visto Ahora, por lo que se refiere a sus amenazas, podré vivir
el desdichado cuerpo. tranquila.
Después de quemarle en una pira, unos hombres fo- E l e c t r a . — ¡Ay de mí, desgraciada! Ahora me es po­
censes designados para ello traen en una pequeña urna sible, Orestes, lamentar tu desventura, cuando en tal si-
de bronce un gran cuerpo que sólo es miserable ceniza, 790 tuación eres ultrajado por parte de semejante madre.
para que obtenga enterramiento en la tierra paterna. 760 ¿Acaso está bien?
Tales son los hechos, dolorosos para narrarlos, pero, C l i t e m e s t r a . — Tú, ciertamente, no. Aquél sí está
para nosotros que los vimos, la más grande de todas las bien como está4S.
desgracias que yo he contemplado. E l e c t r a . — Escucha, ¡oh Némesis49 del que acaba de
C o r i f e o . — ¡Ay, ay! A lo que parece se ha extinguido morir!
para mis antiguos soberanos todo el linaje desde la raíz. 765 C l i t e m e s t r a . — Escuchó lo que debía y sancionó con
C l i t e m e s t r a . — Oh Zeus, ¿qué es esto? ¿Acaso debo razón.
decir que son acontecimientos afortunados o terribles E l e c t r a . — Sigue hablando con insolencia, pues aho­
aunque provechosos? Es doloroso que tenga que salvar ra te encuentras feliz.
la vida con mi propia desgracia. C l i t e m e s t r a . — Ni Orestes ni tú vais a desposeerme
P e d a go go . — ¿Por qué estás angustiada, oh mujer, 795 de este estado.
por mis actuales palabras? E l e c t r a . — Nosotros somos los desposeídos y no es­
C l i t e m e s t r a . — Es extraño dar a luz. No se consigue 770 tamos en condiciones de desposeerte a ti.
odiar a los que has engendrado, ni aun sufriendo males C l i t e m e s t r a . — (Dirigiéndose al Pedagogo.) Si con tu

por ellos. venida hicieras cesar a ésta en sus maldicientes gritos,


P e d a g o g o . — En vano hemos llegado, a lo que pa­ ¡oh extranjero!, serías merecedor de alcanzar muchas
rece. recompensas.
C l i t e m e s t r a . — Ciertamente que no en vano. ¿Cómo P e d a g o g o . — Así, pues, podría regresar a casa, si la

podrías decir en vano, si me vienes con pruebas fidedig­ situación está en orden.
nas de la muerte de quien, nacido de mi vida, pero apar- 775 800 C l i t e m e s t r a . — De ningún modo, porque en este caso

tado de mis pechos y de mi alimento, vivía fuera de la


patria, desterrado, y no me había visto desde que salió 48 Q uiere d ecir q u e O restes está c o m o ella querría q u e estu­
viera tam bién E lectra, o sea, m uerta.
de esta tierra y, reprochándome el asesinato de su pa- ® D iosa ven gadora, em pleada a q u í c o m o sin ón im o d e Erinis.
ELECTRA 405 406 TRAGEDIAS

no podrías obtener un trato digno de mí ni del huésped 835 que claramente se han ido al Hades, me pisoteas aún
que te ha enviado. Entra al interior. Deja que ésta vocee más a mí, que ya estoy agotada.
fuera sus propias desgracias y las de su gente.
(Entran en la casa Clitemestra y el Pedagogo.) Antístrofa 1.a
— ¿Acaso os parece que llora o se lamenta
E le c tr a . C o r o . — Pues sé que el señor Anfiarao51 fue oculta-
con excesiva tristeza y dolor, la desdichada, por el hijo sos 840 do por una diadema de mujer labrada en oro y ahora
muerto de este m odo?50. ¡Y aun se ha ido riendo! ¡Ay, in­ bajo tierra...
fortunada de mí! ¡Queridísimo Orestes! ¡Cómo me has — ¡Ah, ah! ¡Ay!
E le c tr a .
perdido con tu muerte! Te has ido y me has arrancado C oro. — ... reina totalmente vivo.
de mi corazón las únicas esperanzas que aún quedaban sio E le c tr a . — ¡Ay de mí!
en mí: que tú habías de llegar un día sano y salvo como C oro. — ¡Ay! Sí, pues la funesta...
vengador de nuestro padre y de mí, ¡desdichada! Así, 845 E l e c t r a . — Fue muerta.
pues, ¿adonde debo volverme? Pues estoy sola, privada C o r o . — Sí.
de ti y de mi padre. Preciso es que ahora viva de nuevo E l e c t r a . — Lo sé, lo sé. Apareció un vengador para
sometida entre los que me son los más odiosos de todos sis el que estaba en duelo. Pero para mí ninguno existe ya,
los hombres, los asesinos de mi padre. ¿Es eso apropia­ pues quien todavía existía se ha ido como arrebatado.
do para mí? Pero yo no entraré a vivir con ellos de aho­
ra en adelante, sino que, dejándome caer frente a esta E str o fa 2a
puerta, sin amigos, consumiré mi vida. Ante esto, que 820 C o r o . — Te sientes desgraciada por acontecimientos
alguno de los de dentro me mate, si se siente incómodo, desgraciados.
que, si lo hace, me hará un favor, mientras que, si vivo, 850E l e c t r a . — Lo sé, lo sé muy bien, a lo largo de una
será motivo de tristeza. Ningún deseo tengo de vivir. vida cargada de numerosas y terribles desdichas.
C o r o . — Conocemos a lo que te refieres.
C oro.
855 E l e c t r a . — No me conduzcas wdonde no...
Estrofa 1.a
C oro. ■ — ¿Qué dices?
¿Dónde están los rayos de Zeus o dónde el brillante
E l e c t r a . — ... existen ya esperanzas de ayuda de un
sol si, cuando ven estas cosas, se ocultan tranquilos? 825
hermano noble en su linaje.
E l e c t r a . — ¡Ah, ah! ¡Ay!
C o r o . — Oh hija, ¿por qué lloras?
si H istoria de A nfiarao, a divino de A rgos q u e to m ó parte
E l e c t r a . — ¡Ay de mí!
en la e x p ed ición d e lo s siete co n tra T ebas — a pesar d e que
C o r o . — No grites tan fuerte. 83o co n o cía el resu lta do d e la guerra, en la q u e ib a a m o rir— , p o r ­
E le c tr a . ■ — Me perderás. que le h abía o b lig a d o su m u je r E rífile , a quien, para ello, P o ­
C o r o . — ¿Cómo? linices había o fr e c id o u n co lla r de o r o . E rífile fu e m uerta, más
tarde, p o r A lcm eón, h ijo d e a m b os, en venganza. A n fiarao des­
E l e c t r a . — Si me haces concebir esperanzas por los
a p a reció p o r o b ra de Zeus b a jo tierra, desd e d on d e sigu ió
fo rm u la n d o o rá cu lo s (c f. Odisea X I 326 y sigs., y X V 247; tam ­
so Clara ironía. b ién P í n d a r o , Ñemeos I X 16).
ELECTRA 407 408 TRAGEDIAS

Antístrofa 2.a visto claras señales por mí misma y no por medio de


C oro. — Para todos los mortales es ley natural la m otro.
muerte. E l e c t r a . — ¿Qué prueba has visto, desdichada? ¿Ha­

E l e c t r a . — ¿Acaso también del modo que fue para cia qué has dirigido la mirada para inflamarte con este
aquél, infeliz, en carreras de caballos de veloces cascos, fuego irremediable?
enredado con las bien cortadas riendas? C r is ó t e m i s . — ¡Por los dioses! óyeme ahora para
C o r o . — Impensable fue su destrucción. 890 que, después de escucharme, digas si soy sensata o si
E l e c t r a . — Cómo no, si, desterrado, lejos de mis 865 desvarío.
manos... E l e c t r a . — Habla, si en la palabra encuentras algún
C o r o . — ¡Ay! ¡Ay! placer.
E l e c t r a . — ...está enterrado, sin haber obtenido de C r is ó t e m is . — Te diré todo cuanto observé. Cuando
mí ni sepultura ni siquiera lamentos. m llegué a la tumba antigua de nuestro padre, veo regue­
(Entra Crisótemis corriendo.) ros de leche que acaban de derramar desde la parte alta
C r is ó t e m i s . — A causa de la alegría me llego corrien­ 895 del túmulo, y que la piedra sepulcral de nuestro padre
do apresurada, descuidando el decoro52. Porque traigo está coronada enteramente alrededor por toda clase de
motivos de gozo y el fin de las desgracias que te acosa­ flores. Al verlo, el asombro se apoderó de mí. Miro en
ban y te hacían gemir. derredor, no sea que algún mortal nos acechara de cer-
E l e c t r a . — ¿Dónde podrías haber encontrado tú ali- 875 900 ca, pero, como vi que el lugar estaba en caima, me fui
vio de mis males, para los que ya no hay remedio po­ acercando más a la sepultura. Entonces veo en lo más
sible? alto del túmulo un bucle cortado de algún joven. Nada
C r is ó t e m i s . — Orestes está entre nosotros —entéra­ más verlo, infeliz, se me presentó a mi ánimo un rostro
te, oyéndolo, por mí— de una manera tan real como familiar, me pareció ver en esto una señal del más que­
que tú me estás viendo a mí. rido de todos los mortales, Orestes.
E l e c t r a . — Pero, ¿es que estás loca, oh desgracia- 880 905 Con él bucle en las manos no digo palabras que pue­
da y, a más de tus propias desgracias, te ríes de las dan resultar de mal agüero, sino que, al punto, se me
mías? llena el rostro de lágrimas por la alegría. Y ahora, como
C r is ó t e m i s . — ¡Por el hogar de nuestros padres! No antes, sé que esta ofrenda no viene de otro más que de
lo digo en un arrebato, sino porque sé que aquél está aquél. Porque, ¿a quién le afecta esto sino a ti o a mí?
presente entre nosotras. 910 Y yo no lo hice, lo sé bien, ni tú tampoco. ¿Cómo, si
E l e c t r a . — ¡Ay, desventurada! ¿Y a qué mortal le no te es posible alejarte de esta casa impunemente, ni
has oído esta noticia como para tener esa excesiva con­ siquiera para el servicio de los dioses? Tampoco el buen
fianza? sentido de nuestra madre suele realizar tales actos, ni
C r is ó t e m i s . — Yo confío en esta noticia, porque he 885 pasaría inadvertido si los hiciera.
915 Estas ofrendas fúnebres son de Orestes, así que,
52 La n o ció n ateniende de eukosmia su p on ía q u e los m o v i­
m ientos h abían de ser pau sados (P la tón , Cármides 159 b).
¡oh querida, ten ánimo! Pues no siempre asiste a los
410 TRAGEDIAS
ELECTRA 409

E le c tr a . — No hablo en ese sentido, no estoy tan


mismos la misma fortuna. Antes ésta era terrible para
loca.
nosotras, pero tal vez este día nos confirmará bienes
C r is ó t e m i s .— ¿Qué ordenas que yo sea capaz de
en abundancia.
hacer?
E l e c t r a . — ¡Ay! ¡Cómo te estoy compadeciendo hace 920
E le c tr a . — Que te atrevas a llevar a cabo lo que yo
rato a causa de tu falta de juicio!
te aconseje.
C r is ó t e m is . — ¿Qué sucede? ¿No proporciono agrado
C r is ó t e m is . — Si en ello hay algún provecho, no me
con mis palabras?
negaré.
E l e c t r a . — ¡No sabes a qué juicio ni a qué lugar
945 E le c tr a . — Observa que nada sale bien sin esfuerzo.
eres conducida!
— Lo veo. Ayudaré en todo cuanto esté
C r is ó t e m i s .
C r is ó t e m i s . — Pero, ¿cómo no voy a saber yo lo que
en mi mano.
vi con claridad?
E l e c t r a . — Óyeme, pues, ahora cómo tengo decidido
E l e c t r a . — Ha muerto, ¡oh desdichada! Se te ha es­
actuar. Tú también sabes que no tendremos ayuda de
capado la liberación que iba a venir de aquél. No pon- 925
ningún ser querido, puesto que ninguno está con nos-
gas ya tus ojos en él.
950 otras, sino que Hades se los ha llevado y nos ha privado
C r is ó t e m is . — ¡Ay de mí, infortunada! ¿A qué mor­
de ellos. Nos hemos quedado solas.
tal has escuchado esto?
Yo, mientras oía decir que nuestro hermano estaba
E l e c t r a . — A uno que estaba cerca cuando pereció.
aún con vida y en pleno vigor, tenía esperanzas de que
C r is ó t e m is . — ¿Dónde está ese tal? El asombro se
él llegara algún día como vengador del asesinato de
apodera de mí. nuestro padre. Pero ahora, cuando ya no existe, dirijo
E l e c t r a . — E n c a s a . A n u e s t r a m a d r e le e s g r a t o y mi mirada a ti para que no rehúyas, juntamente con tu
n o e n o jo s o . 955 hermana, dar muerte al autor de la muerte de nuestro
C r is ó t e m is . — ¡Ay, desventurada de mí! ¿De qué 930 padre, a Egisto.
hombre eran, pues, las numerosas ofrendas deposita­ Ya no debo yo ocultarte nada. ¿Hasta cuándo vas a
das sobre la tumba de nuestro padre? esperar indiferente? ¿Qué esperanza hay aún sólida en
E l e c t r a ., — Yo mejor pienso que alguien las depo­ 960 la que pongas los ojos? Tú puedes lamentarte al verte
sitó como recuerdo de la muerte de Orestes. privada de la posesión del patrimonio paterno y dolerte
C r is ó t e m i s . — ¡Ay de mí, desgraciada! Yo me apre- 935 de estar envejeciendo sin lecho nupcial hasta él día de
suraba alegre con semejantes noticias, sin saber en qué hoy, sin bodas. Pero esto, sin embargo, ya no esperes
situación infortunada nos encontrábamos, y ahora, al alcanzarlo nunca, porque Egisto no es hombre tan in-
llegar, descubro otras desgracias añadidas a las que ha­ 965 sensato que permita que tu linaje y el mío germine:
bía antes. ello sería claro motivo de sufrimiento para él.
E l e c t r a . — Así están las cosas para ti. Pero, si me
Si obedeces mis consejos ganarás, en primer lugar,
obedeces, disiparás la angustia del infortunio presente. reputación de piedad por parte de nuestro padre, que
está en el Hades, muerto, así como de nuestro hermano,
C r is ó t e m i s . — ¿Acaso podré resucitar a los muertos? 940
ELECTRA 411 412 TRAGEDIAS

y, después, tal cual naciste, serás llamada libre el resto 970 manos menos fuerzas que tus enemigos. La fortuna les
del tiempo y alcanzarás unas bodas como te mereces. íooo sonríe a ellos cada día, mientras que para nosotras se
Pues todos suelen poner su vista en la que tiene más pierde y llega a nada.
méritos. En este caso, ¿quién que planeara prender a seme­
Y, por otra parte, ¿no ves cuánta celebridad podrías jante persona54 podría escapar a la desgracia sin sufrir
procurarte a ti misma y a mí si me obedeces? Porque, 975 daño? Ten cuidado, no vaya a ser que, además de irnos
¿qué ciudadano o extranjero53, al vernos, no nos salu­ ya mal, obtengamos aún mayores desdichas si alguien
daría con alabanzas de este tipo: «Ved a estas dos her­ 1005 escucha semejante razonamiento. A nosotras no nos re­
manas, amigos, que guardaron la casa paterna y que, suelve ni ayuda el morir ignominiosamente, aunque ha­
con desprecio de su vida, llevaron a cabo la muerte de yamos obtenido una buena fama. Y no es lo peor la
sus enemigos, para quienes la situación era muy pros- 980 muerte, sino el que, cuando alguien desee morir, no
pera. Todos debemos amarlas y respetarlas. Es preciso pueda, sin embargo, conseguirlo,
que en las fiestas y con ocasión de las asambleas de la íoio Te lo suplico, antes de perdernos por completo nos­
ciudad todos las honremos por su valentía»? Cualquier otras de la manera más infame y de extinguir nuestro
mortal podrá hablar así de nosotras tanto en vida como 985 linaje, contén tu cólera. Yo vigilaré para qué tus pala­
después de muertas, de modo que nuestra fama no de­ bras queden como no dichas y sin efecto para ti. Y tú
clinará. misma ten prudencia de ahora en adelante y, si no tie­
¡Ea!, ¡oh querida! Déjate convencer, ayuda a nues­ nes fuerza, cede ante los poderosos,
tro padre, socorre a nuestro hermano, líbrame de des­ lois C o r i f e o . — Obedece. Nada más provechoso pueden
gracias y líbrate a ti misma, comprendiendo que es ver­ recibir los hombres que el buen juicio y la mente sabia.
gonzoso vivir en deshonra para los que han nacido
E l e c t r a . — No has dicho nada que no esperara. Sa­
nobles.
bía bien que tú rechazarías lo que te he anunciado.
C o r i f e o . — En situaciones así, la prudencia es buena 990
Esta acción debe ser hecha solamente por mi propia
ayuda, tanto para el que habla como para el que es­
1020 mano. Yo, al menos, no la dejaré en proyecto.
cucha.
C r i s ó t e m i s . — ¡Ay! Tales propósitos debías haberlos
C r is ó t e m i s , — Si ésta no tuviera pensamientos equi­
tenido cuando nuestro padre murió. Lo habrías arre­
vocados, oh mujeres, hubiera conservado la precaución
glado todo.
antes de hablar, lo que no ha hecho. Porque, ¿adonde 995
E l e c t r a . — Por naturaleza ciertamente que sí, pero
has mirado para proveerte de semejante valor? ¿Y, en­
mi capacidad de pensamiento era entonces menor.
cima, me llamas a mí para obedecerte? ¿Es que no lo
C r i s ó t e m i s . — Esfuérzate para que permanezca a lo
estás viendo? Eres mujer y no hombre, y tienes en tus
largo de tu vida tal cual es.
1025 E l e c t r a . — Me adviertes esto, aun cuando no vas a
53 Las m u jeres griegas a parecían m u y p o c o en p ú b lico. E le c­
tra está pen sando aquí en oca sion es especiales, festivales o es­
ayudar para llevarlo a cabo.
pectá cu los teatrales a los qu e ellas a cu dían y que, adem ás,
con ta b a n co n la presen cia d e extra n jeros. 54 A E gisto, tan p o d e ro s o .
414 TRAGEDIAS
ELECTRA 413

C r is ó t e m is . — ¿Es esto v erd ad y n o c a m b ia r á s de


C r is ó te m is . — Es natural que cuando algo se em­
d e c is ió n ?
prende mal salga también mal.
E l e c t r a . — Nada hay más odioso que una determi­
E l e c t r a . — Envidio tu razón, pero aborrezco tu co­
nación poco firme.
bardía.
C r is ó t e m i s . — Piensas que ninguna razón tengo en
C r i s ó t e m i s . — Soportaré escucharte de la misma ma­
lo que digo.
nera cuando vengas a hablarme bien de mí.
E l e c t r a . — Desde hace tiempo lo tengo decidido y
E l e c t r a . — Nunca tendrás esa experiencia, al me­
no desde hace poco,
nos de mi parte.
loso C r is ó t e m is . — En ese caso me voy, porque ni tú te
C r i s ó t e m i s . — El tiempo que falta para juzgar esto 1030
resignas a aceptar mis palabras ni yo tu forma de ac­
es largo.
E l e c t r a . — Vete. No encuentro ayuda en ti.
tuar.
E l e c t r a . — Entra. No te obedeceré nunca, aunque lo
C r i s ó t e m i s . — La presto, pero no te das cuenta.
E l e c t r a . — Vete junto a tu madre y revélaselo todo.
llegues a desear ardientemente, ya que es gran insen­
C r i s ó t e m i s . — No te odio yo hasta ese punto.
satez perseguir metas vanas.
E l e c t r a . — Sin embargo, conoces a qué deshonra me 1035 1055 C r is ó t e m i s . — Si crees que encuentras algún senti­

conduces. do para ti misma, sigue pensando así. Pero cuando te


C r i s ó t e m i s . — A deshonra no. Al contrario: me pre­ veas entre desgracias, entonces aprobarás mis palabras.
ocupo por ti. (Entru en el palacio.)
E l e c t r a . — ¿Tengo, pues, que obedecer lo que tú
C oro.
consideras justo?
C r i s ó t e m i s . — Cuando razones con cordura, serás tú
Estrofa 1.a
la que guíes entre nosotras dos. ¿Por qué, cuando contemplamos a las más sagaces
E l e c t r a . — Verdaderamente es extraño que, hablan­ 1060 aves del cielo cuidándose del alimento de los que en­
do bien, estés equivocada. gendraron y con los que encuentran un goce, no lo ha­
C r i s ó t e m i s . — Has expresado claramente el fallo en 1040 cemos en igual medida? Pero, ¡por el rayo de Zeus y
el que has caído. 1065 por la celeste Temis, que permanecerán impunes por

E l e c t r a . — ¿Y qué? ¿No te parece que hablo con largo tiempo! 55. ¡Oh voz de los mortales que llegas hasta
toda justicia? los infiernos, haz oír a los Atridas que están bajo tierra
C r i s ó t e m i s . — Pero a veces también la justicia apor­ mi palabra quejumbrosa, portadora de tristes reproches!
ta desgracia.
E l e c t r a . — Yo no quiero vivir bajo estas leyes. 55 L os asesinos de A gam enón. A n teriorm en te ha a lu d id o a
C r i s ó t e m i s . — Pero, si llegas a hacer esto, me darás las cigüeñas, anim ales que lo s antiguos con sidera b a n c o m o e je m ­
la razón. p lo de cu id a d o p o r sus crías ( A r is t ó f a n e s , Aves 1353 y sigs.), y
E l e c t r a . — Lo haré, porque no me has infundido 1045 la rela ción está en que C risótem is, c o n su co n d u cta d e in hibi­
ción , n o se p reocu p a de lo s suyos.
ningún miedo.
ELECTRA 415 416 TRAGEDIAS

Antístrofa 1.a O r e s t e s . — ¿Quién de vosotras podría anunciar a los


Que los asuntos de palacio están viciados y que una 1070
de dentro nuestra llegada, que se presenta cuando era
doble contienda hace imposible las relaciones entre sus
deseada?
hijas en amistosa convivencia. Que Electra sola, trai­ nosC o r i f e o . — (Señalando a Electra.) Ésta, si es nece­
cionada, está indecisa, llorando siempre, ¡desdichada!, a 1075
sario que lo anuncie quien les es más allegada.
su padre, como el ruiseñor que siempre se queja y que,
O r e s t e s . — Ve, oh mujer, y hazles saber que unos
sin inquietarse en absoluto por la muerte, se dispone a
hombres focenses buscan a Egisto.
no ver más la luz después de matar a la doble Erinis 56. loso
E l e c t r a . — ¡Ay de mí, desgraciada! ¿No será que
¿Quién podría haber nacido tan noble de sentimientos?
traen pruebas visibles de la noticia que hemos escu­
Estrofa 2.a chado?
Nadie entre los nobles quiere deshonrar su fama en mo O r e s t e s . — No conozco la noticia a que te refieres.

medio de una vida de penurias, anónima, ¡oh hija, hija!, íoss A mí el anciano Estrofio me ordenó comunicar algo
como tú, que también preferiste una vida acompañada acerca de Orestes.
de llantos sin fin y, tras vencer al deshonor, ganar dos E l e c t r a . — ¿Qué? ¡Oh extranjeros! ¡Cómo se apode­

títulos en uno solo: ser llamada sabia y excelente hija. ra de mí el temor!


O r e s t e s . — Como ves, nos cuidamos de transportar
Antístrofa 2.a en una pequeña urna los exiguos restos del que murió.
¡Ojalá vivas por encima de tus enemigos en fuerza 1090 ilis E l e c t r a . — ¡Cuán desgraciado soy! Aquello es ya evi­
y en riqueza tanto cuanto ahora vives sometida! Des­ dente. Siento que el dolor está cercano, según parece.
pués que te he encontrado caída en aciago destino, has 1095 O r e s t e s . — Si te lamentas por alguna de las desgra­
ganado los mejores premios a los ojos de las leyes que cias de Orestes, sabe que esta urna esconde su cuerpo.
nacieron para ser las más importantes, por tu piedad 1120 E l e c t r a . — ¡Oh extranjero! Permíteme ahora — ¡por
para con Zeus. los dioses!—, si es que este vaso lo oculta, tomarlo en
(Entran Orestes y Pílades con dos criados. Uno lleva m is manos para, con estas cenizas, llorar y lamentarme
una urna.) por mí misma y por todo mi linaje.
O r e s t e s . — ¿Acaso, mujeres, estamos bien enterados
O r e s t e s . — Acercaos y dádselas, quienquiera que sea,
y nos dirigimos exactamente a donde queremos? 1125 p u e s n o p id e c o m o a lg u ie n h o s t il, sin o q u e o e s a m ig a
C o r i f e o . — ¿Qué es lo que intentas averiguar y con 1100
o p a r ie n te p o r s u raza .
qué deseo te presentas? — ¡Oh recuerdo que me queda de la vida
E le c tr a .
O r e s t e s . — Desde hace algún tiempo intento averi­
de Orestes, ei más querido para mí de los hombres!
guar dónde ha fijado Egisto su morada. ¡Cuán lejos de mis esperanzas te recibo, no como te
C o r i f e o . — Has llegado bien, y no se puede hacer despedí! Ahora te alzo en mis manos y no eres nada;
ningún reproche a quien te lo indicó. 1130 sin embargo, yo te hice salir de casa fuerte, ¡oh hijo!
¡Ojalá hubiera abandonado la vida antes que enviarte a
56 P orqu e son dos los asesinos, la a u tora y su cóm plice. escondidas con mis manos a una tierra extranjera y an-
ELECTRA 417 418 TRAGEDIAS

tes que ponerte a salvo de la muerte, para que tú hu­ También ahora deseo morir y no quedar privada de tu
bieras podido yacer aquel día, muerto, tras obtener la 1135 1170 sepultura, pues no veo que los muertos sufran.
parte que te corresponde de la tumba paterna! Pero C o r i f e o . — Has nacido de un padre mortal, Electra,
ahora has perecido de mala manera, fuera de casa y piénsalo. Orestes también era mortal. De modo que no
como emigrante en otra tierra, separado de tu hermana. te aflijas en demasía. Todos nosotros debemos pasar
Y yo, infortunada, ni con manos amorosas te he prepa­ por ello.
rado con abluciones, ni he recibido del fuego, como era mo O r e s t e s . — (Hablando consigo mismo.) ¡Oh, oh! ¿Qué
natural, la desdichada carga incandescente, sino que, diré? ¿A qué palabras acudir estando perplejo como es-
habiendo sido atendido por manos extrañas, infeliz, lle­ U75 toy? No tengo fuerzas para contener más la lengua.
gas como un peso insignificante en pequeña vasija. E l e c t r a . — ¿Qué dolor padeces? ¿Por qué estás di­
¡Ay de mí, desventurada, por mis inútiles cuidados ciendo estas cosas?
de otro tiempo, que yo frecuentemente prodigué en tor­ O r e s t e s . — ¿Es, por cierto, tu noble figura la de
no a ti con dulce fatiga! Porque entonces tú no eras 1145 Electra?
más querido de tu madre que de mí, ni los que estaban E l e c t r a . — Ésta es y en muy lamentable estado.
en casa eran quienes te cuidaban, sino yo, y a mí me O r e s t e s . — ¡Ah, por esta penosa desgracia!
llamabas siempre hermana. Ahora ha desaparecido esto liso É l e c t r a . — ¿Y no es cierto, oh extranjero, que te la­
en un solo día por tu muerte. Pues, arrebatándolo todo, 1150 mentas así por mí?
te has ido como un huracán. Nuestro padre se ha ido.
O r e s t e s . — ¡Oh cuerpo, deshonrosa e impíamente
Yo estoy muerta contigo57. Tú mismo te has ido, pues
destrozado!
has muerto. Los enemigos ríen. Tu madre, que no me­
E l e c t r a . — Tus palabras de compasión no se diri­
rece tal nombre, está enloquecida por efecto del placer.
gen, extranjero, a otra que no sea yo.
Acerca de ella, tú me hacías llegar frecuentes recados 1155
O r e s t e s . — ¡Ah, tu vida sin matrimonio y de sombrío
a escondidas, en los que decías que te mostrarías tú en
destino!
persona como vengador.
E l e c t r a . — ¿Por qué, oh extranjero, me miras así y
Pero nos ha privado de ello el aciago destino tuyo
te lamentas?
y mío, que de esta manera te ha enviado, como ceniza y
U85 O r e s t e s . — ¡Hasta qué punto no conocía ninguna de
sombra vana en lugar de la queridísima figura. ¡Ay de 1160
mis propias desgracias!
mí! ¡Oh cuerpo digno de compasión, ay, ay! ¡Oh ama­
E l e c t r a . — ¿Cuál de mis palabras te lo ha hecho co­
dísimo! ¡Por qué caminos terribles has sido enviado!
nocer?
¡Ay de mí! ¡Cómo me has perdido! Me has perdido en
O r e s t e s . — El ver que te distingues por tus nume­
verdad, ¡oh hermano!, y, por ello, recíbeme en esta mo- 1165
rosos dolores.
rada tuya; acoge a la que nada es en la nada, para que
E l e c t r a . — Pues ciertamente sólo ves unos pocos de
habite contigo, abajo, el resto del tiempo. Porque, cuan­
mis males.
do estabas arriba, yo participaba por igual contigo.
O r e s t e s . — ¿Cómo podría ver otros peores aún que

57 Es decir, se le ha id o el estím u lo p o r la vida. éstos?


ELECTRA 419 420 TRAGEDIAS

E l e c t r a . — E l q u e y o e s té c o n v iv ie n d o c o n lo s a se - 1190 E l e c t r a . — ¡No, te lo suplico58, no me arrebates lo


sin o s. más querido!
O r e s t e s . — ¿De quién? ¿Por qué haces referencia a O r e s t e s . — Digo que no lo permitiré. (Se dispone a
esa desgracia? quitarle la urna.)
E l e c t r a . — Con los de mi padre. Y, además, estoy πιο E le c tr a . — ¡Ay, desgraciada de mí, si me veo privada,
sometida por la fuerza a ellos. Orestes, de darte sepultura!
O r e s t e s . — ¿Y quién te empuja a esa necesidad? O r e s t e s . — Di palabras que sean favorables. Pues es­
E l e c t r a . — La que es llamada madre, pero que en tás gimiendo sin razón.
nada se asemeja a una madre. E l e c t r a . — ¿Cómo voy a llorar sin razón al hermano
O r e s t e s . — ¿Qué hace? ¿Acaso con sus propias ma- 1195 muerto?
nos o haciendo difícil tu existencia? O r e s t e s . — No te conviene hacer tal afirmación.

E l e c t r a . — Con sus manos, con malos tratos y con E l e c t r a . — ¿Tan indigna soy del que está muerto?

todo tipo de humillaciones. 1215 O r e s t e s . — Tú no eres indigna de nadie, pero esto59

O r e s t e s . — ¿Y no hay quien te socorra y lo impida? no te corresponde.


E l e c t r a . — Sí, siempre que lo que sostengo en las
E l e c t r a . — No, por cierto. Pues a quien había, tú
manos sea el cuerpo de Orestes.
me lo has presentado en cenizas.
O r e s t e s / — No es de Orèstes, sino que así se ha dis­
O r e s t e s . — ¡Oh desdichada! ¡Cómo te estoy compa­
puesto en la ficción.
deciendo desde hace rato al mirarte!
E l e c t r a . — Y ¿dónde está la sepultura de aquel in­
E l e c t r a . — Eres el único de los mortales, entérate, 1200
fortunado?
que me ha compadecido alguna vez. O r e s t e s . — No existe, pues no es propio de los vivos
O r e s t e s . — Porque soy el único que he llegado afli­
la sepultura.
gido por tus propios males. E l e c t r a . — ¿Cómo dices, oh h ijo 60?
E l e c t r a . — ¿No habrás llegado de alguna parte como 1220 O r e s t e s . — Ninguna falsedad hay en lo que digo,
pariente mío? E l e c t r a . — ¿ A c a s o v iv e ?
O r e s t e s . — Yo te lo explicaría, si tuviera pruebas de O re ste s. — Sí, si es que yo estoy vivo.
la buena disposición de éstas. E l e c t r a . — ¿ E s q u e e r e s tú? .
E l e c t r a . — Existe esa buena disposición, de modo O r e s t e s . — Mirando este anillo de mi padre, podrás
que hablarás ante gente fiel. saber si digo la verdad.
O r e s t e s . — Deja, pues, esa urna para que puedas sa- 1205 E l e c t r a . — ¡Oh e l d ía m á s q u e r id o !
berlo todo.
58 L iteralm ente d ice « p o r la m e jilla ». E ra u n gesto d e súpli­
E l e c t r a . — ¡No me hagas esto, por los dioses, ex­ ca que debía ir a com p a ñ a n do a la so lem n e im preca ción .
tranjero! 55 Se refiere a la urna.
O r e s t e s . — Obedece a quien te está hablando y no 6° Cam bia e l tratam ien to. D e llam arle «e x tra n je ro» pasa a
decirle « h ijo », que es bastante v e rosím il, ten ien do en cuenta la
errarás nunca.
diferen cia de edad.
ELECTRA 421
422 TRAGEDIAS

O re ste s. — El más querido también para mí. 1225


O r e s t e s . — Yo también estoy de acuerdo. Y, precisa­
E l e c t r a . — ¡Oh voz! ¿Has venido?
mente por ello, consérvala así.
O r e s t e s . — Ya no te enterarás por otros.
E l e c t r a . — Y ¿qué he de hacer?
E l e c t r a . — ¿Te tengo en mis brazos?
O r e s t e s . — Cuando no haya ocasión, no quieras ha­
O r e s t e s . — Como ojalá me tengas siempre.
blar demasiado.
E l e c t r a . — ¡Oh amadísimas mujeres, oh ciudadanas!
1260 E l e c t r a . — ¿Y quién podría, habiéndote tú presen­
Ved aquí a Orestes, muerto con engaños, pero salvado tado, callar así, con dignidad, en lugar de hablar, des­
también con engaños. pués de que a ti incomprensible e inesperadamente te he
C o r i f e o . — Lo vemos, ¡ah, hija!, y por este suceso 1230
visto?
lágrimas salen gozosas de nuestros ojos. O r e s t e s . — Me has visto cuando los dioses me impul­

Estrofa. saron a venir.


1265 E l e c t r a . — Das a entender una gracia aún mayor
E l e c t r a . — Oh vastago, vástago del ser más querido
que la presente, si una divinidad te trajo a nuestra mo­
para mí. Has llegado hoy mismo, has encontrado, has 1235
ma rada. Yo lo considero como algo sobrenatural.
alcanzado, has visto a los que buscabas.
O r e s t e s . — Por una parte, no me atrevo a prohibir­
O re ste s. — Estoy aquí, pero aguarda en silencio.
te que estés alegre; por otra, temo que seas en exceso
E le c t r a . — ¿Qué pasa?
vencida por tu alegría.
O r e s t e s . — Es mejor callar, no vaya a ser que alguien
de los de dentro nos oiga. Epodo.
E l e c t r a . — No, por Ártemis, la siempre virgen, no 1240 E l e c t r a . — ¡Ah! Después de haberte dignado mos­
consideraré digno temer a esa carga inútil de mujeres trarte, así, a mí tras largo tiempo por un gratísimo ca­
que siempre están dentro. ms mino, y viéndome tan angustiada, no m e...
O r e s t e s . — Ten cuidado, que incluso en las mujeres O r e s t e s . — ¿Qué temes que haga?
se encuentra Ares, y tú lo sabes bien por propia expe­ E l e c t r a . — No me prives del placer de tu persona
riencia. haciéndome renunciar a ella.
E l e c t r a . — ¡Ay, ay! A las claras me has nombrado 1245 O r e s t e s . — Ciertamente, me indignaría mucho contra
nuestra desgracia tal cual es, imposible de suprimir y 1250 los demás, si viera que lo hacen.
de olvidar nunca. E l e c t r a . — ¿Lo prometes?
O r e s t e s . — También yo lo sé. Pero cuando podamos 1280 O r e s t e s . — ¿Por qué no?
hablar con libertad, entonces será la ocasión de recordar E l e c t r a . — ¡Oh amigas, he oído una voz que no hu­
estos hechos. biera esperado oír! Mantengo — sin un grito— mis im-
1285 pulsos at escucharla, infortunada. Ahora te tengo. Has
Antístrofa.
aparecido con un aspecto queridísimo, del cual yo ni
E l e c t r a . — Todo el tiempo, todo, me convendría te­
en los malos momentos podría olvidarme.
ner para hablar con justicia de ellos. Con dificultad re- 1255
O r e s t e s . — Suprime lo que es superfluo en tus pala­
tengo ahora mi boca ya libre.
bras y no me hagas saber que nuestra madre es malva-
424 TRAGEDIAS
ELECTRA 423

O r e s t e s . — Te aconsejo que calles, porque oigo a al­


da, ni que Egisto derrocha los bienes paternos del pala- 1290
guien de los de palacio que se dispone a salir.
cio, echa a perder unas cosas y dilapida otras, porque
E l e c t r a . — (Cambiando el tono de voz.) Entrad, oh
esta charla te podría hacer perder la ocasión del mo­
extranjeros, y con mayor motivo al llevar algo que nin-
mento. Indícame lo que me convenga en esta situación
1325 guno en palacio rechazaría ni podría alegrarse de reci-
ahora presente, dónde, a la vista de todos u ocultos, nos 1295 foir ^
vamos a librar de los enemigos que en su actual modo
(Aparece el Pedagogo.)
de vida ríen.
Pedagogo. — ¡Oh insensatos en sumo grado y priva­
Y que no te descubra nuestra madre por la alegría dos de razón! ¿Acaso os cuidáis tan poco de vuestra
de tu rostro, cuando nosotros d o s61 entremos en pala­ vida, o es que no tenéis ningún sentido común cuando
cio, sino que gime como si fuera a causa de la desgracia no os dais cuenta de que estáis no cerca de los más
falsamente anunciada. Porque, cuando hayamos salido 1330 grandes peligros, sino en medio de ellos? Si no hubiera
triunfantes, entonces podremos alegrarnos y reír con 1300 estado yo desde hace rato vigilando en estas puertas,
libertad.
vuestros proyectos habrían estado en el palacio antes
E l e c t r a . — ¡Oh hermano! Como te sea grato a ti, así
que vuestras personas. En cambio, yo de estas cosas he
será mi conducta, pues de ti he obtenido mis satisfac­ 1335 tenido cuidado. Ahora ya absteneos de largos discursos y
ciones y no ha sido adquisición mía. No aceptaría con­ de este interminable clamor acompañado de alegrías, y
seguir yo misma un gran provecho, si tuviera que disgus­ presentaos dentro, porque el dilatarlo en estas circuns­
tarte, aunque fuera un poco. No prestaría un buen ser- i30S
tancias es malo, y es el momento oportuno de poner fin
vicio a la fortuna que tenemos presente62. Tú conoces
a esto.
de qué manera están aquí las cosas, ¿cómo no? Has oído
O r e s t e s . — ¿Y cómo me encontraré las cosas allí al
que Egisto no está en casa y nuestra madre sí. En lo que
entrar yo?
respecta a ella, no temas en ningún momento que vea
1340 P e d a g o g o . — Bien. Es seguro que ninguno te reco­
mi rostro ardiente por la sonrisa. Un antiguo odio ha 1310
nocerá.
penetrado en mí, y, puesto que te he visto, no cesaré de
O r e s t e s . — Has comunicado, naturalmente, que yo
derramar lágrimas de alegría. ¿Cómo podría no hacerlo
he muerto.
yo, que te he visto en una sola etapa morir y vivir? Tú 1315
P e d a g o g o . — Sábete que, aunque estés aquí, eres uno
me has sorprendido, hasta el punto de que, si mi padre
de los que habitan en el Hades.
llegara vivo, ya no lo consideraría un prodigio, sino que
O r e s t e s . — ¿Se alegran con estas noticias? ¿Qué pa­
creería estar viéndolo. Puesto que nos has llegado de
esta manera, manda a tu gusto. Yo sola hubiera obteni- 1320 labras dicen?
P e d a g o g o . — Terminado nuestro cometido, te lo po-
do una de estas dos cosas: o me hubiera puesto a salvo
a mí misma con honra, o hubiera perecido con ella.
62 bis Am biguas palabras d e E lectra, q u e se refieren , p o r una
parte a las supuestas cenizas d e O restes, y p o r o tra, al castigo
Orestes y Pílades. q u e van a re cib ir los culpables.
62 La d ivinid ad q u e ha tra íd o a O restes a casa.
ELECTRA 425 426 TRAGEDIAS

dría decir. Tal como están las cosas ahora, lo que se re- 1345 presentes que ya es hora de actuar. En este momento,
fiere a aquéllos está bien, incluso lo que no es bueno63. Clitemestra está sola y no hay dentro ninguno de los
E l e c t r a . — ¿Quién es éste, hermano? ¡Por los dioses, 1370 servidores. Si os retrasáis, pensad que os las veréis con
dímelo! otros más diestros y numerosos que ellos.
O r e s t e s . — ¿No te das cuenta? O r e s t e s . — No debe ser ya para nosotros tarea de
E l e c t r a . — N o lo te n g o en la m e n te . largos discursos, Pílades, sino de entrar cuanto antes,
O r e s t e s . — ¿No conoces a aquel en cuyas manos me tras inclinarnos a saludar a las imágenes de los dioses
entregaste un día? 1375 patrios que se encuentran en este atrio.
E l e c t r a . — ¿A quién? ¿Qué dices? (Entran en palacio Orestes, Pilades y el Pedagogo.)
O r e s t e s . — En las manos de éste, debido a tu solici- 1350 E l e c t r a . — Soberano Apolo, óyeles propicio y a mí
tud, fui sacado secretamente al país de los Foceos. junto a ellos, que en muchas ocasiones te he presentado
E l e c t r a . —■¿Acaso es aquel el único a quien encontré con mano implorante lo que tenía. Y ahora, oh Apolo
leal entre mucho entonces, con ocasión del asesinato de 1380 Licio, a partir de lo que tengo te hago la súplica, me
mi padre? arrodillo ante ti, te lo imploro: sé para nosotros resuelto
O r e s t e s . — Éste es, pero no me interrogues con más defensor de estas decisiones nuestras y muestra a los
palabras. hombres los castigos que aplican los dioses por impie­
E l e c t r a . — ¡Oh el día más querido! ¡Oh único sal­ dad.
vador del palacio de Agamenón! ¿Cómo has llegado? 1355 (Entra también en palacio.)
¿Eres por ventura aquel que nos salvaste a éste y a mí
Coro.
de muchos padecimientos? ¡Oh manos queridísimas64!
Estrofa.
¡Oh tú, que con tus pies nos prestaste un servicio inesti­
(Hablando entre ellos.) Ved hacia dónde se extiende
mable!'¿Cómo es que estuviste a mi lado sin advertirlo
1385 Ares, engendrando sangre inevitable. Acaban de entrar
y no me lo hiciste saber, sino que me matabas con tus 1360
bajo el techo de palacio, vengadores de funestos críme­
palabras, aunque llevabas los más agradables hechos
nes, los perros de los que no se puede escapar65. De
para mí? Te saludo, padre, pues me parece estar viendo
modo que ya no espera por mucho tiempo en suspenso
a un padre. Te saludo. Sábete que yo en un solo día te
13S0 el sueño de mis pensamientos.
he aborrecido y amado lo más que se puede.
P ed agogo. — Me parece que es suficiente. Pues mu- 1365 Antístrofa.
chos días, al sucederse con sus correspondientes noches, Es conducido a la casa con paso furtivo, vengador
te revelarán claramente los relatos de lo acaecido des­ de los muertos, a la habitación en otro tiempo lujosa de
de entonces, Electra. Y ahora os digo a vosotros aquí su padre, llevando en las manos sangre recién afilada

63 Pasaje p o c o cla ro. Jebb in terp reta que las con d icion es, 65 Las Erinias so n com pa ra da s c o n perras q u e persiguen a
en lo que se refiere a C litem estra y E gisto, son buenas para los h um an os para vengar crím en es de sangre.
ellos, Orestes y Pílades, in clu so m ora lm en te buenas. La sangre q u e h a o ca sio n a d o la m u erte de A gam enón p o r
64 Al m ism o tiem p o debía cog e rle las m anos. un golp e d e hacha b ie n afilada.
ELECTRA 427 428 TRAGEDIAS

El hijo de Maya, Hermes m, les conduce, ocultando el en- 1395 C lite m e s tr a . — ¡Ay, he sido herida!
gaño en la oscuridad, hacia la misma meta y ya no es­ 1415 E l e c t r a . — Hiere una segunda vez, si tienes fuerza.

peta. C l i t e m e s t r a . — ¡Ay d e m í o tr a v e z!

(Sale Electra.) E l e c t r a . — ¡Ojalá fuera para Egisto al mismo tiem­


po!
Estrofa. C o r o .— Las maldiciones se cumplen. Viven los que
E le c tr a . — Oh queridísimas mujeres, enseguida los 1420 yacen bajo tierra. Los que han muerto hace tiempo se
hombres cumplirán su misión, pero aguardad en silen­ cobran la sangre nuevamente derramada de sus mata­
cio. dores.
C o r i f e o . — ¿ C ó m o ? ¿Qué h a c e n a h o r a ? 1400 (Orestes y Pilades salen de palacio.)
E l e c t r a . — Ella prepara una urna para las ceremo­
nias fúnebres. Ellos dos acechan cerca. Antístrofa.
C o r i f e o . — Y tú, ¿por qué te has precipitado afuera? Ellos están presentes, sus manos ensangrentadas go­
E l e c t r a . — Para vigilar que Egisto no entre sin ad­ tean por el sacrificio a Ares. Y no puedo censurarlo.
vertirlo nosotros. E l e c t r a . — Orestes, ¿ c ó m o estáis?
C l i t e m e s t r a . — (Desde el interior.) ¡Ay, ay, techos 1425 O r e s t e s . — Los asuntos de palacio están bien, si Apo­
vacíos de amigos y llenos de quienes hacen perecer! 1405 lo bien profetizó.
E l e c t r a . — Alguien grita adentro. ¿No oís, oh amigas? E l e c t r a . — ¿Ha muerto la miserable?
C o r o . — He escuchado gritos espantosos de oír, ¡des­ O r e s t e s . — Ya no temas que la audacia materna te
dichada!, como para estremecerme. deshonre nunca.
C l i t e m e s t r a . — ¡Ay de mí, desgraciada! Egisto, ¿dón­ E l e c t r a . —- . . . 69.
de te encuentras? C oro. — Cesad, pues veo claramente a Egisto.
E l e c t r a . — E s c u c h a , a lg u ie n g rita u n a v e z m á s. 1430 E le c tr a . — ¡Oh hijos! ¿No os iréis atrás?
C l i t e m e s t r a . — ¡Oh hijo, hijo! Ten compasión de la 1410 O r e s t e s . — Ved a nuestro hombre encima...70.
que te dio a luz. E l e c t r a . — ... viene alegre desde las afueras de la
E l e c t r a . — Él, sin embargo, no obtuvo compasión de ciudad.
ti, ni el padre que lo engendró. C o r o . — Entrad al vestíbulo lo más aprisa posible.
C o r o . — ¡Oh ciudad, oh raza desventurada! Ahora se Ya que habéis resuelto bien lo de antes, hacedlo así tam­
te acaba tu destino, el que ha marcado tus días, se te bién ahora.
acaba m. 1435 O re ste s. — Confía, lo haremos.
E le c tr a . — Según lo has proyectado, apresúrate.
& H erm es es el d ios de lo s ca m in os y, p o r eso, guía a
Orestes. Tam bién va a a com p a ñ a r a E gisto y Clitem estra al
H ades, in vocá n d ose así la otra cu a lida d q u e se le atribuye de ® H ay una laguna en el texto. S egú n E rfu rd t, falta n tres
a com p a ñ a r a las alm as de los m u ertos. Cf. Filoctetes 133. versos, d os en b o c a de E lectra y o tr o en b o ca de Orestes.
68 Es decir, con clu y e la situ a ción en q u e ha v iv id o el pa la cio 70 Falta una p a rte d e las pa labras de O restes y de la co n ­
desde la m u erte de Agam enón. testa ción de E lectra.
ELECTRA 429 430 TRAGEDIAS

O restes. — Ya me voy. (Salen Orestes y Pílades.) te mi rienda y no tenga que ponerse en razón por la
E l e c t r a . — Lo de aquí es cosa mía. fuerza, al recibir mi castigo.
E l e c t r a . — Lo que se refiere a mí está cumplido71.
C o r o . — Al oído convendría hablarle amistosamente
1465 Con el tiempo he obtenido inteligencia como para agra­
algunas palabras a este hombre, para que se precipite 1440
dar a los más poderosos.
engañado al combate justiciero.
(Se abren las puertas de palacio y se muestra un
(Entra Egisto en escena.)
cuerpo tapado, a cuyos lados están Orestes y Pílades.)
E g i s t o . — ¿Quién de vosotras sabe dónde están los E g i s t o . — ¡Oh Zeus, tengo ante los ojos una imagen
extranjeros focenses, quienes, según dicen, nos anuncian fantasmal que no ha sucumbido sin la envidia divina!
que Orestes ha perdido la vida en un naufragio hípico? Pero si la venganza hace acto de presencia no hablo.
(A Electra.) A ti te pregunto, sí, a ti, tan audaz en 1445 Descorred del todo el velo del rostro para que, como pa­
otro tiempo, Creo que es a ti a la que más te interesa y riente, reciba cantos fúnebres también de mi parte.
la que con más conocimiento podrías hablar. 1470 O r e s t e s . — Levántalo tú mismo. No es cosa mía sino
E l e c t r a . — Lo sé, ¿cómo no? ¿Podría yo estar indife­ tuya el mirar estos restos y saludarlos con afecto.
rente a lo que afecta a mis seres queridos? E g i s t o . — Me das un buen consejo y lo seguiré. Y tú
E g i s t o . — En ese caso, ¿dónde están los extranjeros? 1450 (a Electra), si Clitemestra está por alguna parte de la
Dímelo. casa, llámala.
E l e c t r a . — Dentro. Ellos han cumplido con una ama­ O r e s t e s . — Está cerca de ti. No mires por otro lado.

ble huéspeda. 1475 E g i s t o . — ¡A y d e m í! ¡Q u é v e o !

E g i s t o . — ¿Y anunciaron que está verdaderamente O re ste s. — ¿A quién temes? ¿A quién no reconoces?


muerto? — ¿En las redes de qué personas he caído,
E g is to .

E l e c t r a . — No, pero lo demostraron con algo más infortunado de mí?


que palabras. O r e s t e s . — ¿No te has dado cuenta de que, desde
hace rato, te estás dirigiendo a vivos como si estuvieran
E g i s t o . — ¿Nos es posible, entonces, saberlo con cer­
muertos?
teza?
1480 E g i s t o . — ¡Ay, he comprendido lo que dices! Es im­
E l e c t r a . — E s p o s ib le , y ta m b ié n v e r e l la m e n ta b le 1455
posible que sea otro que Orestes el que me ha hablado.
esp e c tá c u lo .
O r e s t e s . — ¿Y siendo excelente adivino has estado
E g i s t o . — Contra tu costumbre me anuncias algo que
engañado tanto tiempo?
me alegra mucho. E g i s t o . — ¡Estoy perdido, desgraciado! Pero permí­
E l e c t r a . — Puedes alegrarte, si ello te resulta alegre. teme hablar, aunque sea un momento.
E g i s t o . — Ordeno guardar silencio y abrir las puertas 1485 E l e c t r a . — No le dejes decir más, por los dioses, her-
y que todos los miceneos y argivos lo vean para que, si 1460
alguno de ellos se engrandecía antes, por tener vanas es­ 71 Su parte en el plan de venganza de E gisto está ya cu m ­
peranzas en este hombre, al ver ahora su cadáver, acep- p lido.
ELECTRA 431
432 TRAGEDIAS

mano, ni que se extienda en el relato. Pues, ¿qué pro­


Sería preciso que esta justicia fuese inmediata para el
vecho podría sacar de la demora una persona que, en­
que quisiera transgredir las leyes: la muerte. Así el mal­
vuelta en crímenes, va a morir? Por el contrario, mátalo
vado no abundaría tanto.
cuanto antes y, tras hacerlo, entrégalo a los sepulture­
C o r o . — ¡Oh linaje de Atreo! ¡Cuánto has padecido
ros M, que es justo que tenga, fuera de nuestra vista.
hasta llegar a duras penas a la libertad conseguida con
Ésta sería para mí la única liberación de las desgracias 1490
el actual esfuerzo!
que me vienen de antaño.
O r e s t e s . — Entra deprisa. Pues no porfiamos por pa­
labras, sino por tu vida.
E g i s t o . — ¿Por qué me conduces a palacio? ¿Cómo,
si es ésta una acción noble, se necesita la oscuridad y no
estás listo para matarme?
O r e s t e s . — No des órdenes y avanza adonde mataste 1495
a mi padre, para que mueras en el mismo lugar73.
E g i s t o . — ¿Existe tanta necesidad de que este techo
contemple las desgracias de los Pelópidas, las presentes
y las que se avecinan?
O r e s t e s . — Por lo menos las tuyas. Yo soy un exce­
lente adivino para ti de éstas.
E g i s t o . — Te jactas de un arte que no te viene por isoo
línea paterna74.
O r e s t e s . — Mucho replicas y el viaje se retarda, así
que camina.
E g i s t o . — Sírveme de guía.
O r e s t e s . — Tú eres el que debes marchar delante.
E g i s t o . — ¿Para que no huya de ti?
O r e s t e s . — Para que no mueras de forma que te
complazca. Tengo que cuidarme de que te sea amargo.

72 L os p e rros y buitres. Lugar com ú n de la literatura griega


que en con tra m os desd e H om ero.
13 E n el mégaron del p a la cio. Id én tica exp resión que en las
Coéforas de E squilo, v . 904, refirién d ose a C litem estra, a la qu e
hace ir al m ism o lu gar don d e ha ca íd o E gisto.
74 A gam enón n o su p o adivinar el destin o que le aguardaba,
al regresar a M icenas.
INTRODUCCIÓN

ESTRU CTU R A D E L D RAM A

Prólogo (1-134). O diseo m u estra a N e o p tó le m o e l lugar d on d e,


diez años antes, había a b a n d on a d o a F iloctetes en la isla

FILOCTETES de L em nos. E l jo v e n descu b re u na gruta c o n in dicios de


estar habitada. O diseo le re co m ie n d a ca ptu rar al h éroe y
su a rco, fin gien d o en em ista d co n tra los Atridas y él m is­
m o, N e o p tó le m o se resiste, p e ro ce d e ante el argum ento
de que só lo así se tom a rá T roya. O diseo se vuelve al
b a rco.
F árodo (135-218). E ntran los q u in ce m a rin eros de la tripu lación
de N e op tólem o. C om pren de tres estrofa s y antístrofas se­
guidas de versos anapésticos. N e o p tó le m o transm ite al
C oro lo q u e sabe y le da las órd en es de acech a r a F ilo c­
tetes. E l C oro siente co m p a sió n p o r los su frim ien tos de
éste. Finalm ente, se oyen ru idos q u e avisan de la p re­
sencia del h éroe.
Episodio 1.° (219-675). Se re co n o ce n lo s d o s person a jes y, segu i­
dam ente, F iloctetes cuenta su h istoria al jo v e n . É ste, a
su vez, la cuenta el fin g id o m o tiv o d e pelea c o n los A tri­
das y dice que está h acien d o el v ia je de vuelta a su patria.
F iloctetes p id e q u e le lleven y N eop tó le m o se lo prom ete.
E n ton ces llega u n em isario d e O d iseo (v. 541), disfrazado
de m ercader, qu e anuncia q u e lo s griegos les están b u s­
ca n do. Filoctetes m ás que n u n ca desea huir. Entran en la
cueva a p o r lo s enseres del h éroe. Intercaladas en este
FILOCTETES 437
436 TRAGEDIAS

É xodo (1218-1471). N e o p to le m o le devuelve su a rco , p e ro intenta


e p is o d io están la estrofa y a n tístrofa de u n ca n to festivo con ven cerle pa ra que vuelva a T roya . F iloctetes, ob stin a ­
(391-402 y 507-518). La p rim era celeb ra a la diosa Cíbele dam ente, rehúsa. A parece H eracles y ord en a al h éroe em ­
y en la segunda el C oro in terced e ante N eop tó lem o p o i b a rca rse n o a Grecia, sin o a T roya , para ser cu ra d o y
Filoctetes. cu m p lir su destino g lorio so .
E s tá s im o l.° (676-729). E s el ú n ico p ro p ia m en te tal de la obra,
Consta de dos estrofa s y dos antistrofas, E l C oro en soli­
ta rio se lam enta p o r los su frim ien tos de F iloctetes y, des­
NO TA B IB L IO G R A FIC A
de el V. 718, en qu e aparece éste a com p a ñ a d o de N eop tó ­
lem o, se con gratu la de su p ron ta lib e ra ción m erced a la
R . C. Jebb, The tragedies o f Sophocles, C am bridge, 1904.
d ecisión de su am o.
— Philoctetes, C am bridge, 1906.
E f i s o d i o 2.° (730-826). F iloctetes exp erim en ta a gu dos d olores que
A. C. P e a r s o n , Sophoclis Fabulae, O x fo rd , 1924.
le van a privar del sen tido, y da su a rco a N e o p tó lem o pi­
A. D a i n - P. M a z o n , Sophocle, I II: Philoctete, Oedipe à Colone,
dién d ole que lo guarde hasta q u e él vuelva en sí. N o le
Paris, 1960.
exige ju ra m en to de q u e se q u ed ará a esperarlo.
M. B e n a v e n t e , Sófocles. Tragedias, M adrid, 1970.
E s t á s im o 2.°, su stitu ido p o r u n d iá log o líric o (827-864). Abarca
J. P a l l í , Sófocles. Teatro Completo, B a rcelon a , 1973.
d os pares de estrofa s seguidas de versos h exám etros en
b o c a d e N eop tólem o y el ep o d o . E l C oro u rge a N eop tó­
lem o a apod era rse del a r c o d e F iloctetes y a h u ir a p ro­
v ech a n d o el sueñ o de éste. N e op tóle m o rep lica q u e sería N O TA SO B R E LA E D IC IÓ N
inútil, si n o se llevan tam bién a F iloctetes, según ha de­
cla ra d o el orá cu lo.
Señalamos a continuación los pasajes en los que no
Episodio 3.° (865-1080). N eo p tóle m o, d om in a d o p o r sus rem ord i­
se ha seguido el texto de A. C. Pearson.
m ien tos, con fiesa a F iloctetes q u e le van a llevar a Troya.
pa sa je texto de pearson texto a doptad o
F iloctetes p id e q u e le devuelvan su a rco. E n ton ces entra
O diseo y lo im p id e (v. 974). C o m o F iloctetes se niega a 144 έσχατιδς έσχατιαΐς
acom p a ñ a rlos, O diseo ord en a m archarse, abandon ánd ole 426 δύ’ αΰ τ ώ δ ’ έξέδειξας δύ’ αδ τ ώ δ ’ ά ν δ ρ ’ Μλεξας
so lo en la isla. Parten O diseo y N e op tólem o, el cual pide 498 μέρει μέρος
al C oro q u e se quede c o n el h é roe esp era n d o nuevas so ­ 533-4 γην . . . εις οϊκησιν τήν .. . είσοΊκηαιν
luciones. 705 πόροι» πόρων
755 τοόπίσιγμα τούπίσαγμα
E s t á s i m o 3.°, sustitu ido p o r u n d iá log o líric o (1081-1217). F orm a­
do p or dos estrofa s y d os a n tístrofa s y, a pa rtir del
800 άναχαλοόμενον άνακαλουμένω
1094 έλώσί μ ’ ' ουδ’ ε τ ’ ισχύς. έλώσιν’ ούκέτ’ Ισχω
v. 1169, p o r versos líricos sin corresp o n d en cia . E n él, F iloc­
1132 tâeXiovt άρθμιον
tetes se dirige a la cu eva la m en tán dose. La falta del a rco
1138 άθρούν αισχρών
le va a acarrear su frim ien tos aún p eores. E l C o ro le
1149 πελάτ’ πηδάτ’
recu erda qu e la cu lpa es s ó lo suya, p o r n o q u erer aban­
1361 πάντα . . . κακούς τ&λλα . . . κακά
don a r la isla, y le in vita a h acerlo aún. F iloctetes se niega
1383 ώφελούμενσς ώ φελών φ ίλ ο υ ς
y p id e u n arm a pa ra darse m u erte. E n tran N eo p tóle m o y
1407 σης πάτρας [σής πάτρας]
O diseo.
ARGUMENTO DE FILOCTETES
PERSONAJES
Habiendo sido elevado, en Crisa, un altar a Atenea
sobre el que les había sido predicho por un oráculo
a los aqueos que debían sacrificar, sólo lo conocía el
hijo de Peante, que, en tiempos, se había relacionado O d is e o .
con Heracles. Cuando lo buscaba para mostrárselo a la C oro.
escuadra marina, mordido por una víbora, fue abando­ N eoptólem o.
nado, enfermo, en Lemnos. Heleno dijo a los aqueos que F il o c t e t e s .
Ilion sería conquistada por las flechas de Heracles y por O b s e r v a d o r d is fra z a d o d e m e r c a d e r .
el hijo de Aquiles. El arco y las flechas estaban única­ H eracles.
mente en poder de Filoctetes. Enviado a esta misión,
Odiseo recogió a ambos.

DE OTRA MANERA

Transporte de Filoctetes desde Lemnos a Troya por


Neoptólemo y Odiseo, obedeciendo la profecía de Hele­
no, el cual —según había vaticinado Calcante—, por ser
conocedor de los oráculos que iban a contribuir a la
toma de Troya, atrapado en una emboscada de noche
por Odiseo, fue llevado atado ante los helenos. La es­
cena se desarrolla en Lemnos. El Coro está compuesto
por los ancianos que navegaron con Neoptólemo. La his­
toria la encontramos, también en Esquilo. Fue puesta en
escena en tiempo de Glaucipo. El primero fue Sófocles.
442 TRAGEDIAS

vierno, el sol se pose por dos veces, mientras que en


verano la brisa, pasando a través de la gruta de doble
boca, propicie el sueño. Un poco más abajo, a tu
mano izquierda, tal vez puedas ver una fuente de agua
corriente, si es que subsiste. Después de acercarte, indí­
came, por señas, si ocupa aún el mismo lugar, o si se
encuentra en otra parte, para que, a continuación, tú
(La escena tiene lugar en un solitario paraje costero escuches el resto de las instrucciones que te voy a dar
de la isla de Lemnos. En el acantilado se divisa una y actuemos de acuerdo por ambas partes.
cueva. Aparecen Odiseo y Neoptólemo con un marino.) N e o p t ó le m o . — Señor Odiseo, breve trabajo me or­
O d is e o . — Éste es el acantilado de la tierra de Lem­ denas. Pues me parece estar viendo una gruta como
nos, bañada por todas partes, y no pisada ni habitada dices.
por los hombres 1, en donde, ¡oh Neoptólemo, hijo de O d is e o . — ¿Arriba o abajo? Pues no la descubro.
Aquiles, el más valiente padre de entre los helenos!, N e o p t ó le m o . — Allí arriba, y no hay el menor ruido
hace tiempo, dejé yo abandonado al Melio2, al hijo de 5 de pasos.
Peante. Me habían ordenado hacerlo los que mandaban O d is e o . — Mira no se encuentre echado en ella dur­
—le supuraba el pie a causa de un mal devorador—, miendo.
puesto que no nos era posible acceder a libación ni sa­ N e o p t ó le m o . — Veo un habitáculo vacío, sin nadie.
crificio alguno con tranquilidad, sino que continuamen- xo O d i s e o . — ¿ Y n o h a y d e n tr o a lg u n a p r o v is ió n q u e la
te nos invadía todo el campamento con sus agudos la­ h a g a h a b ita b le ?
mentos, gritando y gimiendo. N e o p t ó le m o . — Una hojarasca aplastada como por
Pero, ¿por qué hay que hablar de esto? No nos es alguien que pasa las noches en ella.
propicio el momento para largos discursos, no vaya a O d js e o . — ¿Lo demás está vacío? ¿No hay nada bajo
ser que se aperciba de mi venida y eche a perder todo el techo?
el artificio con el que creo poder cogerle pronto. Tu m i-15 N e o p t ó le m o . — Una copa hecha de madera —obra de
sión es, de ahora en adelante, obedecer y observar dónde algún mal artesano— y, aquí cerca, unos utensilios para
hay aquí una cueva de dóble abertura tal que, en in- el fuego.
O d is e o . — De él son los tesoros que describes.
1 ' L em nos, isla de gran ta m a ñ o al N o roe ste d el m ar E geo.
Se la cita en la Iliada (V II 467) c o m o u n a isla habitada. S ó fo ­ N e o p t ó le m o . — ¡Uy, uy! Aquí otra cosa se está se­
cles, tal vez intencionadam ente, la con sid era desierta para aum en­ cando, unos harapos llenos de repugnante pus.
tar los su frim ientos del h éroe. E l escolia sta sugiere q u e fue aban ­
O d is e o . — Está claro que nuestro hombre habita es­
d on a d o en u na costa desierta d on d e n o h ab ía en con tra do en to d o
el tiem po habitantes. E sto n o es m u y v erosím il cu ando se nos
tos parajes. Y no debe de estar lejos. Pues, ¿cómo un
d ice q u e estuvo diez arios reten id o en ella. hombre con tal dolencia en el pie a causa de un antiguo
2 Se les llam a m elios a to d o s los p u eb los v ecin os del g o lfo mal podría llegarse muy lejos? Eso es que ha hecho una
de M élide, en Tesalia. salida en busca de alimento o de alguna planta que
FILOCTETES 443 444 TRAGEDIAS

sabe que le calma. Envia al que está a tu lado a un reco­ tar obligado por juramento con nadie4, ni a la fuerza, ni
nocimiento, no sea que me sorprenda inesperadamente. en la primera expedición; sin embargo, yo no puedo
Porque él preferiría capturarme a mí antes que a todos 75 refutar ninguna de estas cosas. De modo que, si él me ve

los argivos. mientras sea dueño del arco, estoy perdido, y te arrastro
(Neoptólemo da señal al marino de que parta.) en la perdición a ti también por estar en tu compañía.
N e o p t ó l e m o .—Se va, y acechará el sendero. Tú, si Es necesario que en esto mismo te las ingenies para
algo quieres, dilo de nuevo. sustraerle las armas invencibles. Sé, hijo, que no estás
so predispuesto por tu naturaleza a hablar así ni a maqui­
O d ise o . — Hijo de Aquiles, preciso es que seas vale­
nar engaños. Pero es grato conseguir la victoria. Lánzate
roso en la misión para la que has venido, y no sólo con
a ello; ya nos mostraremos justos en otra ocasión. Aho­
tu cuerpo, sino que, si oyes algo nuevo que antes no
ra, por un corto espacio del día, préstate para algo des-
habías oído, debes colaborar en aquello en que estás
85 vergonzado, y, después, durante el resto del tiempo, po­
como ayudante.
drás ser llamado el más piadoso de todos los mortales.
N e o p t ó le m o . — ¿Qué o r d e n a s ?
N eo ptó lem o . — Yo, ¡oh hijo de Laertes!, odio poner
O d ise o . — Te necesito para que, al hablarle, engañes
en práctica las palabras que me afligen al oírlas. Por mi
con tus palabras el ánimo de Filoctetes. Cuando te pre­ naturaleza no hago nada con medios engañosos, ni yo
gunte quién eres y de dónde has llegado, dices que hijo 90 mismo, ni, según dicen, el que me dio el ser. Pero estoy
de Aquiles —esto no hay que ocultarlo— y que navegas dispuesto a llevarme a este hombre por la fuerza y no
hacia casa, tras abandonar la expedición naval de los con engaños. Porque no nos someterá por la fuerza con
aqueos, habiendo surgido un gran odio contra ellos un solo pie a nosotros que somos tantos. Sin embargo,
porque te hicieron venir con súplicas desde tu país, habiendo sido enviado como colaborador tuyo, temo ser
como si fueras el único medio de conquistar Ilion, y no 95 llamado traidor. Pero prefiero, rey, fracasar obrando
te consideraron, una vez que hubiste llegado, digno de rectamente que vencer con malas artes.
las armas de Aquiles. A pesar de que pedías con pleno O diseo . — Hijo de noble padre, también yo mismo
derecho que te las dieran, se las entregaron a Odiseo. cuando era joven tenía la palabra ociosa y el brazo ac­
Puedes decir los más mezquinos ultrajes que quieras tivo. Y ahora, remitiéndome a las pruebas, veo que en­
contra mí. En nada me ofenderás con ello. Y, si no lo tre los mortales son las palabras y no los actos los que
haces, lanzarás a la ruina a todos los argivos. Pues si guían todo.
no es capturado el arco de éste, te será imposible con­ íoo N eo ptó lem o . — Y ¿qué otra cosa me ordenas sino
quistar la llanura de Dárdano3. decir mentiras?
Entérate de por qué no puedo yo, y en cambio tú sí,
4 E l ju ra m e n to a qu e alude es aquel qu e h icie ro n to d o s los
tener un trato confiado y seguro. Tú has viajado sin es- pretendientes de H elena — entre los q u e el p r o p io O diseo se
en con tra b a — a T in dáreo, su pa d re, d e presta r ayu da al e sp o so
3 La llanura de D árdan o sign ifica el te rrito rio d on d e está la q u e ésta tom ara, si lo solicitaba. In v o ca n d o este ju ra m en to es
ciu d a d d e T roya, q u e se llam aba antes D ardania y fu e fun dada c o m o A gam enón reu nió a lo s prin cip a les je fe s a qu eos pa ra la
p o r D árdano, h ijo d e Zeus. expedición .
FILOCTETES 445 446 TRAGEDIAS

O d is e o . — Te digo que con astucia captures a Filoc­ O d i s e o . — ¿De verdad te acuerdas de todo lo que te
tetes. he advertido?
N e o p t ó le m o . — ¿Y por qué hay que llevarlo con en­ N e o p t ó l e m o . — Puedes estar seguro, ya que te lo he
gaños, en lugar de convenciéndolo? prometido.
O d is e o . — No se deja convencer. Por la fuerza no po­ O d i s e o . — Tú te quedas ahora aquí y aguardas a
drías tomarlo. aquél. Yo me voy, no vaya a ser reconocido estando a
N e o p t ó le m o . — ¿Tan tremendamente confiado en su tu lado. Al vigilante lo voy a enviar de nuevo al barco.
fuerza está? Y si me parece que os retrasáis mucho tiempo, otra vez
O d is e o . — Tiene flechas que no fallan y portadoras haré venir hacia aquí, después de disfrazarlo para que
de muerte. sea imposible reconocerlo, a este mismo hombre con
N e o p t ó le m o . — Y, en ese caso, ¿no es una temeridad apariencia de piloto. Acepta lo que te convenga de sus
acercarse a aquél? palabras en cada momento, porque él, hijo, hablará de
O d is e o . — Sí, a no ser que lo cojas con engaño, como manera ambigua. Yo me voy a la nave, dejándote este
yo te digo. asunto a ti. Que Hermes, el dios de la astucia, nos guíe
N e p o t ó le m o . — Y ¿no consideras vergonzoso, cierta­ escoltándonos a los dos, y Atenea Vencedora, protectora
mente, decir mentiras? de la ciudad, que me protege siempre.
O d ise o . — No, si la mentira reporta la salvación.
Coro.
N e o p t ó le m o . — Y ¿cómo se atreverá alguien a hablar
así mirando a la cara? Estrofa 1.a
O d ise o . — Cuando haces algo para un provecho, no ¿Qué es preciso, señor, que yo, extranjero en tierra
conviene vacilar. extranjera, oculte, o qué debo decir ante el varón lleno
N e o p t ó le m o . — ¿Qué me aprovecha a mí que éste
de desconfianza? Dimelo. Pues una habilidad que supera
a cualquier otra y buen juicio sobresalen en aquel que
vaya a Troya?
gobierna con el cetro divino derivado de Zeus. A ti, ¡oh
O d is e o . — Sólo este arco conquistará Troya.
hijo!, ese poder te ha venido de tus antepasados. Dime,
N e o p t ó le m o . — ¿Acaso no soy yo, como decíais, el
por tanto, en qué es preciso que te sirva.
que va a devastarla?
N e o p t ó l e m o . — Ahora, tal vez quieres ver el lugar
O d is e o . — Ni tú podrías sin aquél ni aquél sin ti.
donde habita, en los confines de la isla. Mira confiado y,
N e o p t ó le m o . — Tendrá que ser capturado, si es así.
cuando llegue el terrible caminante, sal de su morada y,
O d ise o . — Si lo haces, obtendrás dos beneficios.
avanzando según las señas que cada vez te vaya hacien­
N e o p t ó le m o . — ¿Cuáles? Si me los haces ver, no po­ do con mi mano, intenta servir a las necesidades del
dría negarme a hacerlo. momento.
O d ise o . — Serías reputado por sabio tanto como por
valiente. Antístrofa 1.a
N e o p t ó le m o . — Ea, lo haré, liberándome de todo sen­ Me hablas de un cuidado qué desde hace tiempo ten­
timiento de vergüenza. go, señor: mantener mis ojos vigilantes para tu conve-
448 TRAGEDIAS
FILOCTETES 447
190 que no deja de hablar, el eco que se oye a lo lejos, res­
niencia sobre todo. Y, ahora, dime en qué morada está ponde a sus amargos lamentos.
aposentado y qué lugar ocupa. Pues no me es inoportuno 155 N e o p t ó le m o . — Nada de esto me sorprende. Pues,
el saberlo, no sea que me lo encuentre en algún sitio sin por lo que yo deduzco, de origen divino son, tanto aque­
advertirlo. ¿Cuál es el lugar o cuál la residencia? ¿Qué llos padecimientos que le sobrevinieron de la despia-
sendero conduce dentro de la cueva o fuera de ella5? 195 dada Crisa7 como los que actualmente padece sin nadie
N e o p t ó l e m o . — Estds viendo aquí la casa de doble que lo atienda. E s imposible que no sea que algún dios
puerta que es su guarida de piedra. I60 se preocupa de que él no dirija contra Troya las inven­
C o r i f e o . — (Acercándose y viendo que no está en el cibles flechas de los dioses 8 antes de que llegue el tiem-
interior.) ¿Adonde se ha marchado el desdichado? 200 po en que, está dicho, debe ser sometida por éstas.
N e o p t ó l e m o . — Para mí al menos es evidente que va (Se oyen gritos de dolor.)
arrastrándose por el camino, en alguna parte cerca de
aquí, por la necesidad de alimento. Esta es la clase de íes Estrofa 3.a
vida que dicen que lleva, disparando a las fieras con sus C oro. — Guarda silencio, hijo.
alados dardos, miserable, de miserable manera y sin N e o p t ó le m o . — ¿Qué pasa?
que ningún aliviador de sus males se le acerque. C o r o . — Un grito se ha oído claramente, cual es habi­
tual en un hombre que sufre, en alguna parte, por aquí o
Coro. 205 por aquellos lugares. Me alcanzan, me alcanzan efecti­
Estrofa 2.a vamente ruidos de quien se arrastra penosamente en su
Yo siento compasión por él, porque, desdichado, sin no caminar, y no me pasa inadvertida la voz que desde lejos
que se preocupe de él ningún mortal y sin ninguna mi­ llega angustiada y afligida. Son claros sus gritos.
rada que le acompañe, siempre solo, sufre cruel enfer­
medad y se angustia ante cualquier necesidad que se le 175 Antístrofa 3.a
presente. ¿Cómo, cómo, desventurado, se mantiene? ¡Oh C oro. — Pero fíjate, hijo.
recursos de los mortales! ¡Oh razas desgraciadas de — Dime en qué.
N e o p t ó le m o .

hombres, para quienes no existe una vida mesurada! 210 C oro. — En nuevas reflexiones: Que no está lejos el
215 hombre, sino por aquí cerca, no entretenido en música
Antístrofa 2.a _________ )
Ése, sin duda no menos importante que cualquier iso 7 Crisa es la n in fa q u e da n o m b re a un islo te situ ado al
miembro de familias nobles, yace privado de todo en la Su r de L em nos, desaparecido en el siglo i i de nuestra era, y en
vida, abandonado de los demás, en compañía de motea­ el cual lo s griegos tenían que pa ra rse a celeb ra r sa crificios. De
ahí v o lv ió Filoctetes co n la h erida ca u sa de to d o s sus m ales.
das o lanudas fieras6, y, digno de lástima entre dolores 185
Según otras version es, era la isla de T én edos.
y hambre, con irremediables preocupaciones, grita. Y el 8 Las arm as eran de origen div in o p o r q u e se las había da d o
A p olo a H eracles y éste a F iloctetes c o m o recom p en sa p o r ha­
5 E l C oro n o estaba presen te cu a n do N eo p tóle m o descu b rió b e rle h ech o el fa v o r de q u em a rlo en la pira. N uevas alusiones
la cueva. a las arm as en el ve rso 670.
6 O pon e los anim ales in ofen sivos a los anim ales salvajes.
FILOCTETES 449 450 TRAGEDIAS

de flauta, cual pastor en el cam po9, sino que, por F ilo c te te s . — ¡Oh hijo de un padre queridísimo! ¡Oh
sufrir algún tropiezo a causa de su necesidad, lanza un tú, de un país amado! ¡Oh retoño del anciano Licome-
grito lejano, o por fijar los ojos en un puerto inhóspito des u! ¿Con qué objeto has abordado a esta tierra? ¿De
para las naves. Lo cierto es que un terrible grito le pre­ dónde ha partido la travesía?
cede. 245 N e o p t ó le m o . — En esta ocasión navego desde Ilion.
(Entra Filoctetes.) F i l o c t e t e s . — ¿Cómo dices? Tú no eras marinero con
F i l o c t e t e s . — ¡Ah, extranjeros! ¿Quiénes sois que os 220 nosotros al principio de la expedición a Ilion.
habéis dirigido con marino remo hacia esta tierra que N e o p t ó le m o . — ¿Acaso participaste también tú en
ni tiene fácil desembarco ni está habitada? ¿De qué pa­ esa contienda?
tria o de qué raza podría decir con acierto que sois? La F i l o c t e t e s . — ¡Hijo mío! ¿Es que no conoces a quien
apariencia del vestido es la de los helenos, la que me es estás contemplando?
más querida. Pero quiero oíros la voz. No os sobresal- 225 250 N e o p t ó le m o . — ¿Cómo voy a conocer a quien nunca
téis por el miedo ante mí, temerosos de mi aspecto sal­ he visto?
vaje; antes bien, apiadaos de un hombre mísero, solita­ F i l o c t e t e s . — ¿Y nunca has oído hablar de mi nom­
rio, abandonado aquí y arruinado, sin amigos, y hablad- bre, ni de la fama de las desgracias en que me consumo?
le, si es que habéis llegado en calidad de amigos. Ea, 230 N e o p t ó le m o . — Entérate de que nada sé de lo que
respondedme, porque no es natural que yo me vea frus­ me preguntas.
trado en esto por vuestra parte, ni vosotros por la mía. F i l o c t e t e s . — ¡Ah, soy muy desgraciado y odioso para
N e o p t ó le m o . — En efecto, extranjero, sabe esto lo 255 los dioses! ¡A pesar de encontrarme en este estado, a
primero, que somos helenos, ya que es lo que quieres ninguna parte han llegado noticias mías, ni a mi patria
saber. ni a sitio alguno de la tierra helena! Los que me aban­
F i l o c t e t e s . — ¡Oh queridísimo lenguaje! ¡Nada como 235 donaron impíamente se ríen guardando silencio n, mien-
recibir el saludo de un hombre como tú después de tan­ 260 tras que mi dolencia no deja de crecer y va a más. ¡Oh
to tiempo! ¿Quién te ha acercado, oh hijo? ¿Qué necesi­ hijo, oh muchacho nacido de tu padre Aquiles! Yo soy
dad te ha dirigido? ¿Qué deseo? ¿Cuál entre todos los aquel de quien, tal vez, has oído decir que es dueño de
vientos el más querido? Hazme saber todo esto para que las armas de Heracles, Filoctetes, el hijo de Peante, al
sepa quién eres. 265 que los dos caudillos y el rey de los cefalonios 13 aban-
N e o p t ó le m o . — Soy por mi origen de Esciros, a la
que el mar baña por todas partes 10. Navego hacia mi pa- 240 11 L icom edes, rey de lo s D ólop es, en la isla de E sciros, es
tria. Soy llamado Neoptólemo, hijo de Aquiles. Ya cono­ padre de D eidam ia, de la qu e se e n a m o ró Aquiles cu ando, dis­
ces todo. fra za do de m u jer, estaba e sco n d id o en tre las h ija s d el rey para
evitar ir a la guerra de T roya. D e esta u n ión n a ció N eop tólem o,
que fu e ed u ca d o p o r su ab u elo m ientras A quiles estaba en Troya.
9 C om o con traste a la situ a ción en q u e se halla Filoctetes 12 E sto es: guardan silen cio a cerca de él y de sus hazañas.
se evoca la im agen del pa stor q u e to c a apaciblem ente el ca ­ 13 O diseo, qu e era rey d e Ita ca , C efa lon ia y Zante. A sus
ram illo. habitantes en general se los designa c o m o ce fa lon ios, tal vez
10 E sciros es una pequ eña isla al E ste de la isla de E ubea. c o n un cie rto to n o de m en o sp re cio , pu es era b ien co n o cid a de
452 TRAGEDIAS
FILOCTETES 451

295 Además, no tenía fuego, pero, frotando una piedra


donaron vergonzosamente, indefenso, cuando me consu­
contra otras piedras, a duras penas hice aparecer el invi­
mía por cruel enfermedad, atacado por sangrienta mor­ sible resplandor que me salva siempre. Pues verdadera­
dedura de una víbora matadora de hombres. En compa­ mente un techo bajo el que establecerse con fuego pro­
ñía de mi mal, hijo, aquéllos me dejaron aquí solo y se porciona todo, excepto el que yo deje de sufrir.
marcharon una vez que atracaron aquí con la flota naval 270
300 ¡Ea, oh hijo, conoce ahora también lo que concierne
procedentes de la marina Crisa.
a la isla! Ningún marinero se acerca a ella por su gusto,
Entonces, tan pronto como vieron que yo estaba dur­
porque no hay ningún puerto ni lugar donde, al atracar,
miendo después de la fuerte marejada, junto a la orilla,
se pueda obtener una ganancia o recibir hospitalidad. Los
en una abovedada gruta, contentos 14 me abandonaron y
se fueron tras dejarme, como para un mendigo, unos 305 viajes de los hombres prudentes no llegan aquí. Tal vez,
es verdad, alguno desembarca contra su voluntad. Cosas
pocos andrajos y también algo de alimento. ¡Mínima ayu- 275
da que ojalá obtengan ellos! así suceden frecuentemente en el largo tiempo de la vida
¿Imaginas tú, hijo, qué clase de despertar tuve en­ humana. Éstos, cuando llegan, oh hijo, se compadecen
tonces de mi sueño, una vez que ellos hubieron partido? de mí de palabra; incluso en alguna ocasión me dieron
¿Qué lágrimas derramé, de qué desgracias me lamenté también por lástima algo de alimento o alguna prenda
al ver que las naves con las que había hecho la navega­ 310 de vestir, pero ninguno quiere, cuando yo le hago men­
ción se habían ido todas y que no quedaba en la región 280 ción de ello, llevarme sano y salvo a mi país.
ni un hombre que me socorriera, ni quien pudiera tomar Y yo me consumo, miserable, desde hace diez años
parte en mi dolor cuando sufriera? Observando todo lo ya, entre hambre y sufrimientos, alimentando esta en­
que me rodeaba, no encontraba nada que no fuera aflic­ fermedad que nunca se sacia. ¡Tales son las cosas que
ción, y de ésta en abundancia, hijo. me han infligido, oh hijo, los Atridas y el violento Odi-
Y, uno tras otro, transcurrían los días. Y tenía que 285 315 seo, a quienes quieran los dioses olímpicos permitir que
servirme a mí mismo solo, bajo este humilde techo. A mi sufran algún día padecimientos que sean expiación de
estómago este arco le proporcionaba lo necesario cuando los míos!
hería aladas palomas. Después, cada vez que la flecha C o r i f e o . — Me parece que también yo, al igual que
disparada por mi arco daba en el blanco, yo mismo, in- 290 los extranjeros llegados aquí, me compadezco de ti, hijo
fortunado, me arrastraba tirando de mi pobre pie. Y si de Peante.
me era necesario también tomar alguna bebida y cortar N e o p t ó le m o . — Yo mismo sirvo de testigo a lo que
alguna madera cuando, como en el invierno, suele ex­ 320 dices. Sé que es verdad, porque también he encontrado
tenderse el hielo, tenía que salir a rastras, desdichado, villanos entre los Atridas y en el violento Odiseo.
para procurármelo.
F i l o c t e t e s . — ¿Tú también, pues, tienen algún mo­
tivo de querella contra los infames Atridas como para
los atenienses la h abilidad de los ce fa lon ios en ten der m ortales
em boscad as.
estar enfurecido por lo que has soportado?
14 La in clu sión d e este a d jetiv o añade u n rasgo p s ico ló g ico N e o p t ó le m o . — ¡Ojalá llegara a saciarse alguna vez
a la d escrip ción del h ech o.
FILOCTETES 453 454 TRAGEDIAS

mi cólera con la acción,' para que Micenas y Esparta 15 325 vez muerto mi padre. Tras decirme esto, no me retrasé
conozcan que Esciros es también madre de hombres va­ 350 mucho tiempo en embarcarme rápidamente, sobre todo
lerosos! por el deseo de poder ver al muerto antes de sepultarlo
F i l o c t e t e s . — ¡Bravo, hijo! ¿Y por qué motivo has — pues no lo había visto— , y, después, por otro lado, se
llegado a inculparles de la gran cólera que sientes con­ añadía una bella razón, si con mi idea tomaba la ciuda-
tra ellos? dela de Troya.
N e o p t ó le m o . — ¡Oh hijo de Peante! Te referiré, aun­ 355 Era ya el segundo día de navegación para mí cuando
que me sea penoso contarlo, aquello en lo que fui mal- 330 arribé con viento favorable para los remos al amargo
tratado por ellos cuando llegué. Después que le hubo Sigeo18. Y, nada más desembarcar, todo el ejército, ro­
llegado a Aquiles la hora de la muerte... deándome, me recibe con muestras de cariño jurando
F i l o c t e t e s . — ¡Ay de mí! No sigas sin que sepa pri­ que veían de nuevo vivo al que ya no existía, a Aquiles.
mero si ha muerto él hijo de Peleo. Pero aquél yacía muerto.
N e o p t ó le m o . — Ha muerto, no a mano de hombre al­ 360 Yo, desventurado, una vez que derramé lágrimas por
guno, sino de la divinidad, abatido por una flecha de 335 él, no dejé transcurrir mucho tiempo sin ir junto a los
Febo, según dicen16. Atridas amigos — según era de esperar— y les pedí las
F i l o c t e t e s . — Nobles eran, en verdad, tanto el que armas de mi padre y todas las otras cosas que quedaron.
ha matado como el muerto. No sé, hijo, interrogarte pri­ Pero ellos me dijeron, ¡ay!, unas palabras llenas de inso­
mero acerca de tu agravio o lamentarme por aquél. lencia: «Hijo de Aquiles, todas las demás cosas de tu
N e o p t ó le m o . — Creo que te bastan tus sufrimientos, 340 365 padre te está permitido coger, pero otro hombre es aho­
¡oh desventurado!, de modo que no te lamentes por los ra dueño de aquellas armas, el hijo de Laertes.» Y yo,
de quienes te rodean. sin poder contener las lágrimas, me levanto al punto,
F i l o c t e t e s . — Con razón has hablado. Así, pues, vuel­ presa de vehemente cólera, y con amargura les grito:
ve otra vez a hablarme de tu asunto, de cómo te ultra­ «¡Oh miserable!19. ¿Es que os habéis atrevido a entregar
jaron. 370 a otro en lugar de a mí las armas que me pertenecen,
N e o p t ó le m o . — Llegaron junto a mí, en una nave abi­ sin haber contado conmigo?». Y Odiseo, que se encon­
garradamente engalanada, el divino Odiseo y el ayo de traba cerca, dijo: «Sí, muchacho, éstos me las han dado
mi padre17 diciendo, sea con verdad o sea sin razón, que 345 con toda justicia. Pues yo estaba presente y las puse a
no sería lícito que otro, sino yo, tomara la fortaleza, una salvo, así como a aquél».
Yo, irritado, empecé enseguida a abrumarle con toda
15 Patrias de A gam enón y M enelao, respectivam ente. 375 clase de denuestos, sin omitir ninguno, si es que aquél
16 E ste «según dicen» pa rece revelar que a lgo m isterioso iba a despojarme de mis armas. Y él, una vez llegado a
había en to rn o a la m u erte de A quiles. Fue Paris el q u e disp a ró
este punto, aunque no es persona propensa a la cólera,
la flech a fatal, p e ro en la creen cia d e lo s h om b res el q u e le
m a tó fu e A p olo (/liada X X II 359 y sigs.). Cf. n ota 97 de Ayax.
w Fénix fu e exp ulsado p o r su p a d re A m ín tor y se refu g ió 18 P ro m o n to rio en el N oroeste de T ró a d e don de, según la
ju n to a Peleo, el cu al le c o n fió la ed u ca ció n de su h ijo A quiles. trad ición , estaba el tú m u lo d e A quiles.
A com p a ñ ó a A quiles a T roya e n ca lid ad de m en sajero. 19 D irigiéndose en singular a A gam enón.
456 TRAGEDIAS
FILOCTETES 455

molesto ante lo que había oído, contestó: «No estabas estáis lo bastante de acuerdo conmigo como para reco­
donde nosotros, sino que te habías ido adonde no debías, nocer que estas acciones proceden de los Atridas y de
Odiseo. Pues bien sé que ése24 con su lengua participaría
y, puesto que hablas con tal osadía, no zarparás hacia
Esciros con ellas». en cualquier bajo pretexto y en cualquier astucia de la
que nada justo, al final, resultara
Y tras haber oído tales insultos y haber sido así in­
410 Esto, pues, no es para mí motivo de asombro, sino
juriado, navego hacia mi país, despojado de lo que me
el que, estando presente el gran Áyax, soportara presen­
pertenece por el más malvado y descendiente de malva­
ciarlo.
dos, Odiseo. Y no inculpo tanto a aquél como a los que
N e o p t ó le m o . — No estaba ya vivo, extranjero. Si hu­
están en el poder. Porque la ciudad y el ejército por en­
tero son de los que mandan, y quienes de los mortales biera vivido aquél, nunca hubiera yo sido despojado de
obran contra la ley llegan a ser malvados por los conse­ esta forma.
jos de sus maestros. F ilo c te te s . — ¿Cómo dices? ¿Pero es que también ha
Mi relato ha concluido. Que sea querido para los dio­ muerto éste?
ses del mismo modo que para mí el que odie a los Atri- 415 N e o p t ó le m o . — Sabe que él n o contempla la luz del
das. día.
F i l o c t e t e s . — ¡Ay de mí, desgraciado! ¡Pero el hijo
Coro. de Tideo26 y el hijo de Sísifo, comprado por Laertes11,
Estrofa. no hay miedo de que mueran, y ellos son los que no de­
Tierra montañosa, que a todos alimentas, madre del berían vivir!
mismo Zeus 20, tú que contienes el gran Pactolo11, rico en N e o p t ó le m o . — N o , c ie r ta m e n te . Y s a b e e s to , q u e al
oro, a ti ya allí72, soberana madre, te invocaba cuando 420 c o n tr a r io , e s tá n a h o r a e n p le n o a u g e e n e l e jé r c ito d e lo s
toda la insolencia de los Atridas se abatió contra éste, al a rg iv o s.
entregar las armas paternas, el más preciado honor, al F ilo c te te s . — ¿Y qué? ¿Vive el valiente anciano, ami-
hijo de Laertes. ¡Ah bienaventurada diosa asentada so­
bre leones n, matadores de toros!
M O diseo.
— Habéis navegado hasta aquí, según pa­
F ilo c te te s . 25 C om o en tantas oca sion es, la iro n ía trágica del d o b le pla­
rece, con un claro motivo de pesar, oh extranjeros, y n o, el de las palabras de los p e rso n a je s y el d el especta dor, está
presente.

20 R ea y C íbele p u eden ser iden tifica d a s. Se refie re a la gran 26 D iom edes, h ijo de T id e o , rey d e A rgos, h é ro e valiente,
d iosa m a d re de los dioses, a la que se d a cu lto so b re to d o en p e r o vio le n to y o rg u lloso. L o trae a co la ció n p a ra re fo rza r la
Asia M enor, op in ió n negativa que tiene so b re O diseo, de quien es co la b o ra d o r
en las m aqu inacion es y estratagem as. E n el v. 570 lo verem os
21 R ío d e L idia en cuyas orilla s se en con tra b a Sardes, ciu d a d
em b a rca d o c o n O diseo en p e rse cu ció n de F iloctetes. E n el per­
de gran cu lto a Cíbele.
d id o Filoctetes de E u r íp id e s era D iom ed es el q u e acom pañaba
22 E n Troya.
a O diseo en lugar de N e op tólem o.
23 La expresión griega p o d ría h aberse trad u cid o tam bién
27 S o b re esta alusión al lin a je de O diseo véase la n ota 22
«qu e estás sentada en un tr o n o so b re leon es», m ás acord e con
de Áyax. V u elve so b re e llo en el v. 625.
la ico n og ra fía trad icion a l de la diosa Cíbele.
FILOCTETES 457 458 TRAGEDIAS

go mío, Néstor de Pilos? Él, al menos, solía impedir las vez, aun cuando ninguno le dejaba. ¿Sabes si se encuen­
fechorías de aquéllos con sus sabios consejos. tra vivo?
N e o p t ó le m o . — Las cosas le van ahora mal, ya que 445 N e o p t ó le m o . — N o le h e v is t o , p e r o m e e n te r é de
Antíloco el hijo que estaba a su lado, se le ha muerto. q u e a ú n v iv e.

— ¡Ay de mí! Me has nombrado a estos


F ilo c te te s . — ¿Y cómo no? Y a que ninguna cosa
F ilo c te te s .

dos hombres, de los que en modo alguno hubiera queri­ mala ha perecido aún; al contrario, ¡bien les protegen
do yo oír decir que habían muerto. ¡Ay, ay! ¿Qué se pue­ los dioses! Y en cierta manera se alegran devolviéndo-
de esperar cuando ellos están muertos y Odiseo, en 450 nos del Hades a los perversos y ladinos30, mientras que
cambio, sigue viviendo allí donde debía ser anunciado no dejan de enviar allí a los justos y honrados. ¿Cómo
como muerto en lugar de éstos? hay que entender esto y aprobarlo cuando, al tiempo
que alabo las obras divinas, encuentro a los dioses mal­
— Es un hábil luchador aquél, sí, pero
N e o p t ó le m o .
vados?
incluso las mentes hábiles tropiezan a menudo, Filoc­
tetes. N e o p t ó le m o . — Yo, ¡oh hijo de la patria etea! 31, en

F i l o c t e t e s . — ¡Ea, dime, por los dioses! ¿Dónde es­


adelante tendré cuidado de no mirar sino de lejos a
taba, pues, Patroclo entonces, que era el más querido 455 Ilion y a los Atridas, entre quienes puede más el depra­
amigo de tu padre? vado que el bueno, se pierden las virtudes y el despre-
460 ciable es el amo; a esta clase de hombres yo jamás
N e o p t ó le m o . — También estaba muerto. En pocas
apreciaré. La rocosa Esciros me bastará de ahora en
palabras te lo contaré: las guerras, por su gusto, no se
adelante, de suerte que encontraré deleite en el hogar.
llevan a ningún malvado, sino siempre a los m ejores29.
Y ahora me voy hacia la nave.
F i l o c t e t e s . — Estoy de acuerdo con tus palabras y, a
Y tú, hijo de Peante, pásalo bien, pásalo lo mejor
propósito de esto mismo, te voy á preguntar por un
posible. Que los dioses te saquen de tu enfermedad,
hombre indigno, pero hábil e ingenioso con la palabra.
¿Cómo está ahora?
* A lude a la h istoria d e S ísifo, p e rso n a je astuto y sin es­
N e o p t ó le m o . — ¿A qué otro te refieres sino a Odi­ crú p u los que o rd e n ó a su esposa, en secreto, q u e n o le tributara
seo? los h on ores fún ebres a costu m b ra d os a su m uerte. Al llegar ju n to
a H ades, éste le p regu n tó la causa d e q u e h u b iera llega d o sin
F i l o c t e t e s . — No hablo de ése, sino que había un tal
ellos, y él se q u e jó de la co n d u cta im p ía de su m u je r y le p id ió
Tersites que no solía contentarse con hablar una sola p e rm iso pa ra volver a la tierra y castigarla. E l d ios se lo co n ­
ced ió, p ero, una vez en tierra de n u evo, n o v o lv ió y viv ió m u­
28 E s h ijo d e N éstor, a q u ien a com p a ñ ó a la guerra de T r o ­ ch os años. S ob re él ya se h a h ab la d o ta m b ién en n ota 22 de
ya. S o b re su m u erte h ay diversas version es. Unos d icen que m u ­ Áyax.
rió a m a n os de H éctor o b ien p o r una fle ch a de Paris al m ism o si N o es u na lo ca liza ción g eográ fica aju stada al verd a dero
tiem p o qu e A quiles, de quien era am ado. O tra v ersión dice que lugar de residen cia de F iloctetes. E l m o n te E ta estaba situ ado
m u rió cu a n do p rotegía a su p a d re co n su cu e rp o de un gran al O este del g o lfo de M élide. O tra p o s ib le re la ció n es que F iloc­
n ú m ero de enem igos q u e les rod eaban . tetes estaba presen te en la m u erte d e H eracles, que tu vo lugar
29 S e n t e n c i a q u e e n c o n t r a m o s r e p e t i d a e n o t r o s lu g a r e s . A s í en la cim a del m on te Eta. E n el v. 479 vu elve a re co g e r esta
e n e l f r a g m e n t o 652 d e S ó f o c l e s , y e n A n a c r e o n t e , f r a g m e n t o 101. in dica ción .
FILOCTETES 459 460 TRAGEDIAS

como tú deseas. Partamos nosotros para que, tan pronto a la vista de mi amado padre, de quien hace tiempo que
el dios nos conceda la posibilidad de navegar, en ese 465 temo se me haya muerto.
mismo momento salgamos. Muchas veces, con los que llegaban, le enviaba de­
F iloctetes . — ¿Ya estáis preparados para partir, mandas suplicantes de que, haciendo venir a su propia
hijo? escuadra, me llevara a salvo a casa. Pues bien, o ha
N eo ptólem o . — El momento actual nos invita a con­ muerto, o es — creo— cosa de los intereses de los men­
siderar la partida no como algo distante, sino cercano. sajeros, como es natural, quienes tenían en muy poco
F iloctetes . — (Echándole los brazos en actitud de lo que a mí concierne y apresuraban el viaje hacia su
súplica.) ¡Por tu padre, por tu madre, oh hijo, por lo patria.
que te es más querido en la casa!, me dirijo a ti como 470 Ahora me llego a ti para que seas mi acompañante
suplicante, no me dejes así solo, abandonado en medio y, en tu misma persona, mi mensajero. Sálvame tú, apiá­
de estas desgracias en las que me ves y con las que has date tú de mí. Considera que todo es digno de ser te­
oído que vivo. Considérame como algo añadido. Es mu­ mido e inseguro para los hombres y, si una vez lo pasan
cha la repugnancia que causa esta carga, lo sé. Sin em- 475 bien, otras es al contrario. Hay que tener en cuenta los
peligros cuando se está alejado de los pesares y cuando
bargo, sopórtala. Para los hombres bien nacidos, lo mo­
alguien vive felizmente: entonces es, principalmente,
ralmente vergonzoso es aborrecible y lo virtuoso es
cuando debe cuidar de que su vida no se le eche a perder
digno de gloria.
sin advertirlo.
Si dejas de hacer esto, será una vergüenza infaman­
te, pero si lo haces, oh hijo, tendrás el mayor privilegio Coro.
de una buena fama, si yo llego vivo a la tierra etea. ¡Ea, 4so Antístrofa.
el tormento no será cosa de más de un día! Atrévete, Apiádate, Señor. Nos ha hablado de numerosas prue­
méteme donde quieras si me llevas, en la sentina, en la bas de sufrimientos difícilmente soportables. ¡Que con
proa, en la popa, donde menos vaya a molestar a los ésos ninguno de los míos se tope! Y si odias a los abo­
marineros. Accede, ¡por el mismo Zeus suplicante!, hijo, rrecibles Atridas, señor, yo, por mi parte, cambiando el
déjate persuadir. Yo me postro ante tus rodillas aunque 485 mal que aquéllos te hicieron por un provecho para éste,
esté debilitado, infortunado, por mi cojera. en rápida y bien equipada nave le conduciría allí donde
No me dejes así abandonado, lejos de toda huella precisamente está deseando ir, a su patria, escapando a
de los hombres, sino, por el contrario, sálvame, lleván­ la venganza divina.
dome hasta tu patria o hasta la residencia de Calco- N e o p t ó le m o . — Mira, no te presentes ahora como
donde en Eubea. El trayecto desde allí no me será largo 490 alguien condescendiente, y luego, cuando estés harto por
hasta el Eta y hasta la cordillera traquinia, o hasta el la cercanía de la enfermedad, no te muestres ya el mis­
Esperqueo de hermosa corriente32, para que me pongas mo que ahora en estas palabras.
C o r i f e o . — Ni mucho menos. De ningún modo ten­

32 Estos tres accidentes geográficos son lo más destacado drás que dirigir justamente contra mí este reproche.
del país de Filoctetes. N e o p t ó le m o . — Pues bien, sería en verdad vergon-
462 TRAGEDIAS
FILOCTETES 461

te c o n c ie r n e n , d e lo s p r o y e c to s n u e v o s q u e s o b r e ti tie-
zoso que yo me mostrara más remiso que tú en esfor- 525
555 n e n lo s a rg iv o s, y n o s ó lo p r o y e c t o s , s in o a c c io n e s lle­
zarme por el extranjero en lo que necesita. ¡Ea!, si os
v a d a s a c a b o y q u e n o h a n s id o d e s c u id a d a s .
parece bien, hagámonos a la mar, que él se embarque
N e o p t ó le m o . — El agradecimiento por tu solicitud,
rápidamente. La nave lo llevará y no se negará. Que los
extranjero, si no soy yo un mezquino, perseverará obli­
dioses nos concedan sólo salir sanos y salvos de esta
gado. Pero háblame de eso a lo que precisamente has
tierra y, desde aquí, navegar adonde queramos.
560 aludido, para que yo conozca qué nuevo designio de los
F i l o c t e t e s . — ¡Oh el más querido día, dulcísimo va- S30
argivos me anuncias.
rón, queridos marineros! ¿Cómo podría yo mostraros
M e r c a d e r . — El anciano Fénix y los hijos de Teseo35
con acciones que en mí contáis con un amigo? Parta­
han zarpado en tu busca con una expedición naval.
mos, hijo, después de que los dos saludemos la morada
N e o p t ó le m o . — ¿Para llevarme a la fuerza, o con ra­
inhóspita del interior, para que sepas con qué me he 535
zonamientos?
mantenido y cuán animoso he sido. Pues creo que nadie,
M e r c a d e r . — No lo sé. Por haberlo oído me presento
excepto yo, hubiera soportado tener siempre ante los
a anunciártelo.
ojos tan sólo este espectáculo. Yo, sin embargo, por
565 N e o p t ó le m o . — ¿Y Fénix y sus marineros hacen esto
necesidad, he aprendido pronto a aceptar las desgracias.
con tanto celo en favor de los Atridas?
(Se dispone a entrar en la cueva.)
M e r c a d e r . — Puedes estar seguro de que esto son ya
C o r i f e o . — Deteneos. Vamos a informamos33, pues
hechos y no propósitos.
dos hombres, el uno un marinero de tu nave, el otro 54o
N e o p t ó le m o . — ¿Y cómo es que Odiseo, ante esto,
un extranjero, avanzan hacia aquí. Después de oírles,
no estaba dispuesto a embarcarse y traer personalmen­
entraréis de nuevo.
te la noticia? ¿O algún temor le detenía?
(Entra el mercader conducido por un marinero.)
570 M e r c a d e r . — Él y el hijo de Tideo se preparaban
M e r c a d e r . — Hijo de Aquiles, a este compañero que,
para salir a por otro hombre cuando yo me hice a la
junto a otros dos, hacía guardia en tu nave le pedí que
vela.
me dijera dónde podías estar, ya que lo encontré sin 545
N e o p t ó le m o . — ¿Y en busca de qué clase de hombre
pensarlo cuando, por un azar, fui precipitado hacia esta
se hace a la mar Odiseo en persona?
tierra. Navegaba como capitán con reducida tripulación
M e r c a d e r . — Era un tal... (Reparando en Filoctetes.)
desde Ilion hacia mi patria, a Pepareto34, la rica en
Pero antes dime quién es éste, y lo que contestes, que
vides, y, cuando oí que todos estos marinos navegaban 550
no sea en alta voz.
a tus órdenes, me pareció oportuno no continuar en si­
575 N e o p t ó le m o . — Éste es el ilustre Filoctetes, extran­
lencio mi viaje sin hablar contigo antes y obtener así la
jero.
recompensa. Tú no sabes nada acerca de las cosas que

35 E stos dos p erson a jes atenienses, A cam ante y D em ofon te,


33 De las n oticias qu e traen lo s d os h om bres. n o figu ran en la epop eya h om érica , aun que sí en las leyendas
34 E s u n a peq u eñ a isla del E g eo ce rca n a a Tesalia, al N o r ­ p osteriores. P arecen traídos a q u í c o m o el o b lig a d o trib u to que
oeste de E ubea y, p o r tan to, en la zon a p ró x im a al país d e Fi­ en tod as las tragedias se rin d e a Atenas.
loctetes. E sto h ace q u e el h éroe preste m a y o r atención.
464 TRAGEDIAS
FILOCTETES 463

605 lo has oído. Había un adivino de noble linaje, hijo de


M erca d er. — No me hagas más preguntas, sino que,
Príamo y de nombre Heleno. A éste Odiseo, el que se
cuanto antes, recoge y parte apresuradamente de esta
oye llamar vergonzosas y ultrajantes palabras, una vez
tierra.
que salió solo durante la noche, le capturó con engaños.
F i l o c t e t e s . — ¿Qué dices, oh hijo? ¿Qué está nego­
Llevándole atado, le mostró en medio de los aqueos
ciando contigo a medias palabras el marinero respecto
610 como codiciada presa36. Él fue quien les profetizó todas
a mí?
las demás cosas y, entre otras, que nunca destruirían la
N eoptólem o. — N o sé aún lo que d ic e . Es p r e c i s o seo
ciudadela de Troya, si no persuadían a éste37 para lle­
q u e é l d i g a a b i e r t a m e n t e , a n t e ti, a n t e m í y a n t e é s t o s ,
varle allí desde esta isla en la que ahora habita.
lo q u e q u ie r a .
615 Tan pronto como el hijo de Laertes oyó al adivino
M e r c a d e r . — ¡Oh hijo de Aquiles! No me indispongas
decir esto, prometió que se presentaría ante los aqueos
con el ejército por decir lo que no es oportuno. Yo reci­
con este hombre. Creía, sobre todo, poderle coger sin
bo de ellos, en pago a los servicios que un pobre hombre
que opusiera resistencia, pero, si no quería, en contra de
como yo presta, muchos bienes.
su voluntad. Y, si no lo conseguía, permitía a quien qui­
— Yo soy enemigo de los Atridas. Éste 585
N e o p t ó le m o . siera de ellos que le cortara la cabeza. Ya has oído, hijo,
es mi mejor amigo, precisamente porque odia a los Atri­ 620 todo. A ti y a él os aconsejo apresuraros, si es que algún
das. Así que, si tú vienes con sentimientos amistosos interés tienes por él.
para mí, no debes ocultar ante nosotros ninguna de las F i l o c t e t e s . — ¡Ay de mí, infortunado! ¿Es verdad
palabras que has escuchado. que aquél, la maldad absoluta, juró que me llevaría ante
M ercader. — Considera lo que te propones, hijo. los aqueos después de persuadirme? De igual manera
N e o p t ó le m o . — Lo vengo considerando desde hace me dejaría convencer para, una vez muerto, volver des-
rato. 625 de el Hades a la luz, como el padre de aquél.
M ercader. — Te haré responsable de esto. 590 M e r c a d e r . — Y o n o c o n o z c o e s ta s c o s a s . M e v o y a la
N e o p t ó le m o . — Hazlo, pero contesta. n a v e . Q u e la d iv in id a d o s a y u d e a lo s d o s lo m e jo r p o ­
M e r c a d e r . — Hablaré: en busca de ése navegan los sib le .
dos que me has oído decir, el hijo de Tideo y Odiseo, (El mercader se va.)
tras jurar que lo traerían, bien después de persuadirle — ¡Oh, hijo! ¿No es ciertamente horrible
F ilo c te te s .
con razones, bien por el poder de la violencia. Y todos 595
los aqueos oyeron claramente a Odiseo decir esto. Pues 3* H eleno, h erm a n o gem elo de Casandra y, c o m o ella, co n
él estaba más resuelto a llevarlo a cabo que el otro. pod eres p r o fé tico s o to rg a d o s p o r A p o lo , era «presa cod icia d a »
p o rq u e Calcante, el a divino aqueo, h a b ía anu nciado que só lo él
N e o p t ó le m o . — ¿Y cuál es el motivo de que los Atri­
p o d ría revelar en qué con d icio n e s seria p o s ib le la tom a de T ro ­
das se vuelvan a preocupar tras tanto tiempo de éste, a 600 ya. O diseo ord en a al m e rca d e r q u e dé esta n o ticia para con ven ­
quien habían desechado ya desde hace mucho? ¿Qué an­ cer a F iloctetes de su p ró x im a llegada y a celerar así la partida
sia se ha apoderado de ellos? ¿Qué coacción, qué ven­ del h é ro e co n N e o p tólem o h acia G recia, cu an do, en realidad, será
a T roya, según h an plan eado.
ganza de los dioses que castigan las malas acciones?
37 Filoctetes.
M e r c a d e r . — Yo te lo explicaré todo, pues tal vez no
FILOCTETES 465
466 TRAGEDIAS

que el hijo de Laertes esté esperando a desembarcarme


N e o p t ó le m o . — ¿Es posible verlo de cerca, agarrarlo
con suaves palabras y a mostrarme en medio de los ar- 630
con mis manos y adorarlo como a un dios?
givos? No, antes escucharía a la que me es más odiosa,
F i l o c t e t e s . — Para ti, oh hijo, se encontrarán dispo­
a la víbora que me ha dejado así impedido. A aquél le es
nibles éste y cualquier otra cosa que te convenga de las
posible decir todo y a todo se atreve. Ahora sé que lle­
gará. Así que, hijo, partamos de suerte que un extenso 635
mías.
N e o p t ó le m o . — Ciertamente que lo deseo. Pero mi
mar nos separe de la nave de Odiseo. Vayamos. La prisa
deseo tiene estos límites: si me es lícito, lo quiero; si
cuando ha cesado el esfuerzo nos trae sueño y reposo en
no, olvídalo.
el momento oportuno.
F i l o c t e t e s . — Empleas piadoso lenguaje, hijo, y te es
N e o p t ó l e m o . — Cuando el viento de proa amaine, en- 640
lícito porque tú solo me has permitido contemplar la luz
tonces nos haremos a la mar. Ahora nos es contrario.
del sol, ver la tierra etea, a mi anciano padre, a los
F i l o c t e t e s . — Siempre hay viento favorable cuando
míos; porque a mí, que estaba bajo el poder de mis
se huye de peligros.
enemigos, me levantaste por encima. Ten confianza, lo
N eoptólem o. — N o, pues ta m b ié n para e llo s le s es
tendrás a tu disposición, de modo que puedas cogerlo y
é s t e c o n t r a r io .
devolverlo al que te lo presta y ufanarte por ser el único
F i l o c t e t e s . — No es contrario el viento a los bandi­
de los mortales que, gracias a su virtud, puede tocarlo.
dos cuando están dispuestos a robar y a saquear por la
Por rendir un favor lo obtuve yo también.
fuerza.
N e o p t ó le m o . — N o me pesa haberte conocido y ha­
N e o p t ó l e m o . — Si te parece bien, partamos, después 645
berte tomado por amigo. Aquel que sabe hacer un favor
de que tomes de dentro lo que principalmente te sea de
por haberlo recibido antes llega a ser un amigo mejor
utilidad y eches en falta.
que otro bien cualquiera. Entra, si quieres.
F i l o c t e t e s . — Sí, allí está lo que necesito, aunque no
F i l o c t e t e s . — Y tú entrarás conmigo. Mi situación
hay mucho de dónde elegir.
de enfermo te requiere como protector.
N e o p t ó l e m o . — ¿Qué es lo que hay que no encuen­
(Entran los dos en la cueva.)
tres en mi nave?
F i l o c t e t e s . — Una planta con la que adormezco siem­ C oro.
pre mi herida hasta calmarla por completo. 65o Estrofa 1.a
N e o p t ó l e m o . — Llévatela, pues. ¿Qué quieres coger He oído contar — no lo he visto — que el poderoso
más? hijo de Crono, al que se acercó una vez al lecho de Zeus,
F i l o c t e t e s . — Alguna de estas flechas si por descuido lo retuvo atado a una rueda que giraba3S. Sin embargo,
he dejado extraviada, para impedir que alguien la coja.
38 H istoria d e Ixión , q u e trae a q u í c o m o e je m p lo de atroz
N e o p t ó l e m o . — ¿Ese que ahora tienes es el famoso
castigo. S ó lo Zeus entre lo s dioses le había a co g id o c o m o supli­
arco y flechas? cante, pu es deseaba expiar u n crim en co m e tid o anteriorm ente.
F i l o c t e t e s . — Este, pues no hay otro, que llevo en 655 Pero él, desagradecido, in ten tó sedu cir a H era. C o m o ca stig o a
mis manos. esta in solencia, Zeus lo ató a u na ru ed a en cen d ida qu e giraba
sin cesar y lo lanzó p o r lo s aires.
FILOCTETES 467 468 TRAGEDIAS

de ningún otro mortal conozco por haberlo oído o por estanque de agua, a ella se tenia que dirigir siempre! 42.
haberlo visto que se haya encontrado con un destino
peor que el de éste, el cual, sin haber forzado a nadie ni
Antístrofa 2.a
haberle robado, antes bien, siendo ecuánime con los que
Y ahora que se ha encontrado con el hijo de valientes
lo eran con é l39, perece tan indignamente. Esto me tiene 685
720 varones 43 será, por fin, feliz y poderoso al salir de esos
admirado: cómo en esta soledad, oyendo el estruendo
males. Éste, después de un buen número de meses en su
de las olas que batían a su alrededor, cómo pudo sopor­
nave surcadora del mar, le conducirá a la morada pater-
tar una vida tan lamentable. 690
725 na de las ninfas meliades y a las riberas del Esperqueo,
Antístrofa 2.a donde el varón de broncíneo escudo44 se acercó a los
Él mismo era su propio vecino, sin poder andar y sin dioses radiante por el divino resplandor4S, por encima de
que ningún lugareño fuera compañero de sus desgracias, las alturas del Eta.
ante el cual pudiera proferir un lamento que encontrara (Salen de la gruta Neoptólemo y Filoctetes. Éste se
respuesta, lamento provocado por la sangrienta herida 695 detiene de pronto aquejado de un repentino mal.)
que le devoraba cruelmente. Ÿ no había quien mitigara 730 N e o p t ó l e m o . — Avanza, si quieres. ¿Por qué te callas

el ardiente flujo de sangre que rezumaba de las llagas así sin ninguna razón y te quedas pasmado?
del ulcerado pie, cada vez que le sobrevenía, con calman- m F il o c t e t e s . — ¡A h , a h , a h !

tes hierbas cogidas de la fecunda tierra. Él iba de un N e o p tó le m o . — ¿Qué ocurre?


sitio a otro arrastrándose, como un niño separado de su F i l o c t e t e s . — Nada que sea terrible. Pero ve, oh hijo.

nodriza, allí donde hubiera recursos a su alcance, cuan- 705 N e o p t ó l e m o . — ¿Es que notas dolor por la enferme­

do cedía el mal que atenazaba su ánimo. dad que te aqueja?


735 F i l o c t e t e s . — No, de verdad, antes bien, me parece
Estrofa 2.a estar sintiendo alivio. ¡Oh dioses!
No recogía para su alimento el grano de la sagrada N e o p t ó l e m o . — ¿Por qué llamas a los dioses gritando
tierra, ni otros productos que cultivamos los hombres de esta manera?
comedores de pan a no ser que, por medio de las rá- no F i l o c t e t e s . — Para que vengan a nosotros salvadores
pidas flechas de su certero arco, se procurara algún ali­ y benévolos. ¡Ah, ah, ah!
mento a su estómago. ¡Oh ser desgraciado, que por un 740 N e o p t ó l e m o . — ¿ Q u é s u fr im ie n to s tie n e s ? ¿ N o v a s a
tiempo de diez años no disfrutó de beber vino escancia- 715
d o 41, sino que, observando dónde podría descubrir un 42 L os m arineros, gentes sencillas, están im p resion ad os so b re
to d o p o r las privaciones físicas a q u e está s o m e tid o F iloctetes.
39 E sta n orm a de con d u cta q u e le atribu yen a Filoctetes f o r ­ E n este ca so ign oran q u e ce rca de la cu eva hay un m anan­
ma parte de los valores ideales d e la vid a para el h om b re ate­ tial (v. 21).
niense. 43 A quiles y Peleo.
40 E píteto h o m é rico que en con tra m os tam bién en Odisea 44 H eracles.
XIII 216. 45 Puede sign ificar el re sp la n d or d e las llam as de la pira fu ­
« Señal de una vid a socia l refinada. neraria de H eracles, o b ien lo s relám pagos.
FILOCTETES 469
470 TRAGEDIAS

decirlo, en lugar de quedarte así, en silencio? A lo que


de mí cuando este dolor sale fuera47, y no es posible
parece te encuentras en un apuro.
que cese antes. Es necesario dejarme dormir tranquilo.
F i l o c t e t e s . — Estoy perdido, hijo, y no voy a poder
770 Si durante este tiempo vienen aquéllos4S, ¡por los dio­
disimular mi mal ante vosotros. ¡Ay, ay! ¡Me invade, me
ses!, te ordeno que ni por las buenas ni por las malas,
invade, pobre de mí, ay, desdichado de mí! ¡Estoy perdi- 745
ni bajo ningún concepto, lo dejes en sus manos. ¡No va­
do, hijo, me siento devorado, hijo! ¡Ay, aay, aaay! ¡Oh
yas a ser tu propio asesino al tiempo que el mío, que soy
oh, por los dioses! Si tienes una espada a mano, hijo,
tu suplicante!
hiéreme en el pie, cortámelo cuanto antes. No andes
N e o p t ó l e m o . — Tranquilízate en lo que a mi pruden-
con miramientos por mi vida. ¡Ea, oh hijo! 750
775 cia se refiere. No será confiado sino a ti y a mí. ¡Entré­
— ¿Qué nuevo padecimiento te sobre­
N e o p t ó le m o .
gamelo y que nos acompañe la suerte!
viene, así, de repente, que te hace dar tantos gritos de
F i l o c t e t e s . — Helo aquí, recíbelo, hijo. Respeta la
dolor y lamentos?
envidia de los dioses 49. Que él no te ocasione grandes
F ilo c te te s . — ¿Sabes, oh hijo?
penas como a mí y al que lo poseyó antes que yo.
N e o p t ó le m o . — ¿Qué? N e o p t ó l e m o . — ¡Oh d i o s e s , q u e e s t o s e c u m p l a p a r a
F ilo c te te s . — ¿Sabes, muchacho? 780 n o s o t r o s d o s y q u e te n g a m o s u n a tr a v e s ía fa v o r a b le y

N e o p t ó le m o . — ¿Qué te pasa? No lo sé. r á p i d a a d o n d e l a d i v i n id a d q u i e r a y a d o n d e q u e d e c u m ­


p l i d o n u e s t r o o b j e t i v o 50!
F ilo c te te s . — ¿Cómo no lo sabes? ¡Ay, aay!
F i l o c t e t e s . — Temo, oh hijo, que tu súplica sea vana,
N e o p t ó le m o . — Es terrible el peso de tu enfermedad. 755
pues de nuevo la oscura sangre que brota del interior
— Verdaderamente terrible y no se pue­
F ilo c te te s .
está fluyendo, y sospecho alguna novedad. ¡Ay, ay! ¡Ay
de describir. Apiádate de mí. 785 de nuevo! ¡Oh pie! ¡Qué dolores vas a causarme! Está
N e o p t ó le m o . — ¿Qué tengo que hacer, pues? próximo, se acerca, ¡desdichado de mí! Ya sabéis de qué
F i l o c t e t e s . — Aunque te espantes, no me abandones. 790 se trata. De ningún modo huyáis, ¡ay, ay!
Pues ésta46 llega después de algún tiempo, tal vez cuan­ ¡Oh extranjero cefalonio51! ¡Ojalá este dolor te al­
do se ha hartado de sus correrías. canzara atravesándote el pecho! ¡Uy, uy de nuevo! ¡Ah,
N e o p t ó le m o . — ¡Ah, ah, desdichado tú, desdichado, m los dos jefes, Agamenón, Menelao! ¿Cómo podría ser que
en verdad, te muestras por sufrimientos de todo tipo!
¿Quieres que te agarre y te coja? 47 T érm in os adecu ados si se pien sa en el D o lo r c o m o algo
p erson ifica d o.
F i l o c t e t e s . — No, eso ciertamente que no, sino que,
** O diseo y D iom edes.
sujetándome este arco, como hace un momento me pe­ 49 M ism a exp resión e n con tra m os en Electra 1466. E l re cib ir
días, en tanto remita esta crisis actual de mi enferme- 765 el a rco era un h o n o r dem asiad o grande, y F iloctetes le sugiere
dad, consérvalo y custodíalo. Pues el sueño se apodera que c o n palabras o gestos m u estre su te m o r pa ra a leja r de sí
la divina en vidia que —le recu erda— p rim e ro a lcanzó a H eracles
L a en ferm eda d co n ce b id a c o m o u n a fiera salvaje, según y lu ego a él m ism o (ver Traquinias 265 y sigs., y 714-718).
el escoliasta. 50 A m bigüedad trágica.
si O diseo. V éase n ota 13.
472 TRAGEDIAS
FILOCTETES 471

sis N e o p tó le m o .— ¿Qué deliras de nuevo? ¿Por qué di­


vosotros en lugar de mí tuvierais esta enfermedad por
riges la mirada al cielo?
igual tiempo? ¡Ay de mí! ¡Oh muerte, muerte! ¿Por qué,
F i l o c t e t e s . — Suelta, suéltame.
si así te llamo sin cesar, día tras día, no puedes llegarte
N e o p t ó l e m o . — ¿Por cuánto tiempo te suelto?
alguna vez? ¡Oh hijo, generoso por tu raza! Ea, cógeme
F i l o c t e t e s . — Suéltame por un momento.
y quémame en este celebrado fuego lemnio52. ¡Oh noble
N e o p t ó l e m o . — Digo que no te dejaré.
amigo! Yo también en otro tiempo consideré un deber
F i l o c t e t e s . — Me perderás si me tocas.
hacer esto al hijo de Zeus53 a cambio de las armas que
N e o p t ó l e m o . — Te dejaré libre, si es que ya eres más
ahora tú guardas. ¿Qué contestas, hijo? ¿Qué dices? ¿Por
prudente.
qué guardas silencio? ¿En dónde estás?
F i l o c t e t e s . — ¡Ah, tierra, recíbeme moribundo como
N e o p t ó l e m o . — Sufro desde hace rato, mientras la­
820 estoy, pues este mal ya no me permite tenerme en pie!
mento las desgracias que te afligen.
(Filoctetes se va quedando dormido.)
F i l o c t e t e s . — Ea, hijo mío, ten ánimo; piensa que
N e o p t ó l e m o . — Parece que el sueño se va a apoderar
este mal se me presenta penetrante, pero se va rápida­
de él sin que pase mucho tiempo. La cabeza está tendida
mente. Pero, ¡te lo suplico!, no me dejes solo.
boca arriba. El sudor le inunda todo su cuerpo, y se ha
N e o p t ó l e m o . — Ten confianza. Nos quedaremos.
reventado una vena que chorrea oscura sangre en el ex-
F i l o c t e t e s . — ¿Te quedarás de verdad?
825 tremo del pie. Vamos, dejémosle tranquilo, amigos, para
N e o p t ó l e m o . — Puedes estar seguro.
que se sumerja en el sueño.
F i l o c t e t e s . — Ni siquiera creo conveniente obligarte
por juramento, hijo. C oro.

N e o p tó le m o . — Porque no es lícito que yo me vaya Estrofa.


sin ti. Sueño que no sabes de dolores ni de sufrimientos,
F ilo c te te s . — Dame la mano como garantía. 830 llégate propicio a nosotros, haznos felices, haznos felices,
N e o p t ó l e m o . — Te la doy como señal de que me
oh señor, y mantén ante sus ojos esa radiante serenidad
quedaré. que ahora se ha extendido. Ven, ven liberador. (A Neop­
tólemo.) Y tú, oh hijo, mira qué decides, adónde te diri-
(Filoctetes señala con la mano la cueva para que le
835 ges y cómo vas a salir de esta preocupación. ¿Ves? Duer­
conduzca allí Neoptólemo. Éste parece no entender.)
me. ¿A qué aguardamos para ponernos en marcha? La
F i l o c t e t e s . — Allí, ahora, a mí, allí.
oportunidad, que tiene conocimiento de todas las cosas,
N e o p t ó l e m o . — ¿Adónde dices?
consigue una gran victoria en el acto.
F i l o c t e t e s . — Arriba.
N e o p t ó l e m o . — En verdad que éste no se da cuenta
840 de nada, pero yo sé que en vano habremos logrado cap­
52 E l volcá n M o s iclo está en la isla de L em nos según los
antiguos. Lem nos era una isla de naturaleza volcán ica, vin cu ­
turar este arco si nos hacemos a la mar sin él. La gloria
lada p o r ello a H efesto, d ios del fu eg o , q u e ha d a d o lugar a la es de él, a él es a quien el dios dijo que lleváramos. Es
expresión de «fu e g o lem n io» pa ra design ar un fu e g o especial­ un oprobio deshonroso jactarse de hazañas incompletas
m en te v iolen to en sen tido p r o p io o figu rad o. y ácompañadas de falsedades.
53 A H eracles. Véase n ota 8.
FILOCTETES 473 474 TRAGEDIAS

Coro. todo esto fácil, aun estando agobiado por los gritos y
Antístrofa. el mal olor. Ahora, cuando parece que existe un momen­
Pero de esto, hijo, el dios, por su parte, se cuidará, to de respiro y de tregua en mi enfermedad, hijo, leván­
y tú, lo que de nuevo me quieras contestar, dimelo, oh 845 tame tú en persona, ayúdame a restablecerme, mucha-
hijo, en voz baja, muy baja. Porque en la enfermedad 880 cho, a fin de que, cuando la fatiga se aleje de mí, nos
el sueño no es verdadero sueño: tiene buena disposición dirijamos a la nave y no retrasemos la navegación.
para percibir. Mira cómo harás a ocultas lo mejor posi­ N e o p t ó l e m o . — Me alegro de verte vivo y respirando
ble aquello, sí, aquello. Sabes de qué hablo. Si tienes la sso aún, libre de dolor, ya que los síntomas de los sufri-
misma opinión respecto a éste, muchas dificultades in­ 885 mientos que te aquejaban parecían los de quien ya no
salvables prevén los hombres sagaces. vive. Ahora levántate tú mismo, o, si lo prefieres, éstos
te transportarán. No vacilarán ante el trabajo, si es que
Epodo. a ti y a mí nos ha parecido bien hacerlo así.
El viento es favorable, hijo, favorable. Nuestro hom- 855 F i l o c t e t e s . — Te lo agradezco, hijo mío. Levántame
bre tiene los ojos cerrados y sin posibilidad de defen­ 890 como piensas. Deja a éstos, no sea que se sientan mo­
derse. Yace inmerso en su noche — intenso es el sueño lestos antes de lo debido por el mal olor. Bastante fas­
al sol del mediodía— . No domina sus brazos, ni pies, ni tidio les será habitar conmigo en la nave.
ningún miembro, sino que está como quien yace en el 860
N e o p t ó l e m o . — Así será. Ea, levántate y sostente por
Hades. Cuida, mira si tus palabras son oportunas54. Por
ti mismo.
lo que a mi razón se alcanza, hijo, el trabajo que se hace
F i l o c t e t e s . — Tranquilo, la larga costumbre me ten­
sin temor es el mejor.
drá derecho.
(Filoctetes se despierta.)
(Empiezan a caminar, pero Neoptólemo se detiene de
N e o p tó le m o . — Te ordeno que guardes silencio y que 865
repente.)
no vayas más allá de lo razonable. Nuestro hombre mue­
895 N e o p t ó l e m o . — ¡Ah, ah! A partir de este momento,
ve los ojos y levanta la cabeza.
¿qué debería hacer yo?
F i l o c t e t e s . — ¡Oh resplandor del sol que sucedes al
F i l o c t e t e s . — ¿Qué ocurre, hijo, adónde quieres ir a
sueño! ¡Oh custodia de estos extranjeros, en la que mis
parar con tus palabras?
esperanzas no creían! Nunca hubiera yo supuesto, oh
N e o p t ó l e m o . — No sé adónde debo dirigir una emba­
hijo, que te resignaras a seguir tan compasivamente a 870
razosa resolución.
mi lado, ante mis sufrimientos, prestándome tu ayuda.
F i l o c t e t e s . — ¿Por qué estás tú angustiado? No ha­
Los Atridas, sin embargo, no pudieron soportarlo tan
bles así, hijo.
pacientemente, ¡los valientes jefes del ejército! Pero tu 875
N e o p t ó l e m o . — Es que me encuentro ya en una si­
sangre es noble y eres nacido de nobles, y consideraste
tuación de angustia.
900 F i l o c t e t e s . — ¿No será la repugnancia por mi enfer­
54 Las palabras q u e ha d ich o anteriorm ente (v erso 839). El
C oro tem e q u e esto sea una im pru den cia y le recom iend a que,
medad lo que te ha persuadido para no llevarme ya
ten ien do ya el a rco en su p o d e r, se em barqu e. como pasajero?
476 TRAGEDIAS
FILOCTETES 475

F ilo c te te s . — ¿Piensas hacer esto de verdad?


N e o p t ó le m o .— Todo produce repugnancia cuando
N e o p tó le m o . — Una imperiosa necesidad exige estas
uno abandona su propia naturaleza y hace lo que no es
cosas. No te enojes por oírme.
propio de él.
F i l o c t e t e s . — ¡Estoy perdido, infortunado, he sido
F i l o c t e t e s . — Pero tú no haces ni dices nada que te
traicionado! ¿Qué me has hecho, oh extranjero?57. ¡De­
aparte del que te engendró55 por ayudar a un hombre 905
vuélveme al punto mi arco!
noble.
925 N e o p t ó le m o . — N o e s p o s ib le . L a ju s t i c i a y la c o n v e ­
N e o p t ó l e m o . — Voy a quedar como un infame. Esto
n ie n c ia me o b lig a n a obedecer a lo s que está n en el
me atormenta desde hace rato.
p od er.
F i l o c t e t e s . — No temo, ciertamente, por lo que
F i l o c t e t e s . — ¡Oh tú, fuego58, ser totalmente espan­
obras, sí por tus palabras.
toso y abominable modelo de funesta perfidia! ¿Qué has
N e o p t ó l e m o . — ¡Oh Zeus!, ¿qué voy a hacer? ¿Por
hecho conmigo? ¡Cómo me engañaste! ¿No sientes ver-
segunda vez seré considerado un malvado si oculto lo
930 güenza de mirarme, a mí que me he vuelto a ti, a tu
que no debo y si digo las más infamantes palabras?
suplicante, oh miserable? Me has quitado la vida arre­
F i l o c t e t e s . — Este hombre56, si mi juicio no es in - 910
batándome el arco. Devuélmelo, te lo suplico, devuélve­
cierto, parece que va a hacerse a la mar después de
melo, te lo imploro, hijo. ¡Por los dioses paternos, no
traicionarme y dejarme abandonado.
me prives de mi medio de vida! ¡Ay de mí, miserable!
N e o p t ó l e m o . — No partiré tras abandonarte, sino
935 Ni siquiera me habla, sino que mira así a otra parte
más bien te llevaré a disgusto, y por eso estoy atormen­
en actitud de no querer devolverlo.
tado desde hace rato.
¡Oh calas, oh promontorios, oh animales salvajes de
F i l o c t e t e s . — ¿Qué dices, oh hijo? No comprendo.
las montañas con las que yo vivía! ¡Oh abruptas rocas!
N e o p t ó l e m o . — Nada te voy a ocultar: es necesario 915
Ante vosotros — pues a ningún otro conozco con quien
que tú navegues a Troya, junto a los aqueos y a la flota
pueda hablar— , ante vosotros, que estáis acostumbra-
de los Atridas.
940 dos a asistirme, me lamento a gritos de los hechos que
F i l o c t e t e s . — ¡Ay de mí! ¿Qué has dicho?
el hijo de Aquiles me infirió. Después de jurarme que
N e o p t ó l e m o . — No te lamentes antes de enterarte.
me conduciría a casa, me lleva a Troya. Y aunque había
F i l o c t e t e s . — ¿De qué he de enterarme? ¿Qué pien­ tendido, además, como prenda la mano derecha, se guar­
sas hacer conmigo? da el sagrado arco de Heracles, el hijo de Zeus, del que
N e o p t ó l e m o . — En primer lugar, curarte esta enfer- 920 se había apoderado, y pretende exhibirlo entre los argi-
medad y, luego, ir a devastar la llanura de Troya con
tu ayuda. 57 H ay que h acer n o ta r q u e desd e el v. 219 n o había vuelto
a dirigirse c o n esta fó rm u la a N e o p tó le m o . E xpresa desen canto y
distanciam iento.
55 Según la co n ce p ció n ática d el h om b re, la naturaleza n ob le
58 A plica a N eop tó le m o el epíteto de fu e g o , q u e es sím b o lo
era algo q u e se h eredaba de pa d res a h ijo s .
de tota l destru cción . E n estas con sid era cion es so b re su fu tu ro,
56 E l p a so a la tercera person a m a rca u na am arga indigna­
F iloctetes piensa que, al irse el jo v e n c o n el a rco , s ó lo le va a
ción . O tro e jem p lo lo ten em os en Traquinias 1238, en el d iá log o
d e ja r d e sola ción y destru cción .
de H eracles c o n su h ijo H ilo.
FILOCTETES 477 478 TRAGEDIAS

vos. Y a mí mismo quiere llevarme por la fuerza, como 945 hubiera abandonado Esciros! Tanto estoy a disgusto con
si hubiera prendido a un hombre vigoroso, sin darse esta situación.
cuenta de que ha destruido un cadáver, una sombra de F i l o c t e t e s . — Tú no eres malvado. Parece que has
hum o59, una mera apariencia. ¡De estar yo fuerte no se llegado a estas vilezas por aprender de hombres per­
hubiera apoderado de mí, ya que, ni siquiera estando versos. Pero ahora, remitiéndolas a los otros como con­
así, me hubiera cogido si no es con engaño! He sido en­ viene, hazte a la mar cuando me hayas dado mis armas.
gañado, ¡desgraciado!, ¿qué debo hacer? N e o p t ó l e m o . — ¿Qué h a c e m o s , a m i g o s ?
Conque devuélvemelo. Aún estás a tiempo de volver 950 (Odiseo irrumpe60 en escena seguido de dos ma­
a convertirte en ti mismo. ¿Qué dices? ¿Callas? ¡Nada rinos.)
soy, desdichado! O d i s e o . — ¡Ah, hombre malvado! ¿Qué vas a hacer?

¡Oh tú, entrada doble de la gruta, otra vez me vuelvo Retrocede y déjame este arco.
a ti desarmado, sin recursos. Me iré consumiendo en F i l o c t e t e s . — ¡Ay de mí! ¿Quién es este hombre?

esta cueva, abandonado, sin poder matar con ese arco 955 ¿Acaso estoy oyendo a Odiseo?
pájaros ni montaraces animales; al contrario, yo mismo, O d is e o . — Es Odiseo, entérate bien, el que tienes de­

infortunado, tras mi muerte proporcionaré con mi per­ lante de los ojos.


F i l o c t e t e s . — ¡Ay de mí! Estoy traicionado y perdi­
sona un festín a aquellos de los que me solía alimentar,
y entonces me cazarán a mí los que yo antes cazaba. do! Éste es, en verdad, quien me cogió y me despojó de
Y de sangriento modo moriré, infortunado de mí, en mis armas.
O d is e o . — Yo, tenlo por seguro, y ningún otro. Estoy
represalia por la muerte de ellos, por obra de quien pa- m
de acuerdo.
recía no conocer el mal. ¡Ojalá mueras...! Pero aún no,
F i l o c t e t e s . — Devuélvemelo, suelta, hijo, el arco.
no antes de saber si cambiarás de opinión otra vez.
O d is e o . — Esto jamás lo hará, ni aunque quiera; más
Y si es que no, ¡que tengas una mala muerte!
bien es preciso que tú marches a la vez, o éstos te lleva­
C o r i f e o . — (A Neoptólemo.) ¿Qué vamos a hacer?
rán a la fuerza61.
Depende de ti ya, señor, el que embarquemos o el que
F i l o c t e t e s . — ¡Oh tú, perverso entre los perversos,
hagamos caso a las palabras de éste.
que estás más allá de toda desvergüenza! ¿Éstos van a
N e o p t ó l e m o . — Una profunda compasión por este 965
llevarme a mí por la fuerza?
hombre se ha apoderado de mí, y no ahora por primera O d i s e o . — Sí, si no vienes voluntariamente.
vez, sino ya antes. F i l o c t e t e s . — ¡Oh tierra lemnia y resplandor todo­
F i l o c t e t e s . — Ten compasión, hijo mío, por los dio­ poderoso producido por H efesto!62. ¿Es, pues, tolerable
ses. No consientas a los hombres ningún motivo de re­ que ése me aparte por la fuerza de vuestros reinos?
proche contra ti por haberme engañado.
<so La súbita irru p ció n en escena d e O diseo está m arcad a en
N e o p tó le m o . — ¡Ah! ¿Qué haré? ¡Ojalá que nunca el recita d o p o r q u e el m ism o ve rso está en b o c a de d os inter­
locu tores.
61 L os dos n uevos acom p añ an tes de O diseo.
59 La m ism a com p a ra ció n en con tra m os en Antigona 1170.
62 N ueva alusión al v olcá n M o s iclo ( c f. n o ta 52). H e fe sto te-
FILOCTETES 479 480 TRAGEDIAS

O d i s e o . — Es Zeus, para que lo sepas, Zeus, que go­ faltas que ha cometido y por el mal que me hizo! Pero
bierna esta tierra, Zeus, el que lo ha dispuesto así. Yo 990 tu perverso ánimo, que está constantemente acechando
estoy a sus órdenes. lois desde los rincones, fue enseñando a ser diestro en infa­
F i l o c t e t e s . — ¡Oh ser odioso! ¡Qué razones te has mias a quien era sencillo y no estaba dispuesto a come­
inventado! Poniendo por delante a los dioses, los haces terlas.
mentirosos. Y ahora,, respecto a mí, desgraciado, tienes intención
O d i s e o . — No, al contrario, veraces. Pues debes se­ de sacarme atado63 de este promontorio en donde tú me
guir tu camino. arrojaste antes, sin amigos, abandonado, sin patria,
F i l o c t e t e s . — Digo q u e no. como un muerto entre vivos. ¡Ah! ¡Ojalá perezcas! En
O d i s e o . — Y yo que sí. Has de obedecer en esto. 1020 muchas ocasiones he pedido esto para ti, pero los dioses
F i l o c t e t e s . — ¡Ay de mí, infeliz! Está claro que nues- 995 nada agradable me conceden, y, mientras tú disfrutas de
tro padre nos engendró como esclavos y no como hom­ vivir, yo me atormento por eso mismo, porque vivo en­
bres libres. tre abundantes desgracias, miserable, siendo objeto de
O d i s e o . — No, sino semejantes a los más valientes, burla por parte tuya y de los dos jefes hijos de Atreo,
junto con los que es preciso que tú tomes Troya y la de quienes ahora tú estás cumpliendo órdenes.
devastes por la fuerza. 1025 Sin embargo, tú, sólo obligado por la astucia y la
F i l o c t e t e s . — Nunca, ni aunque tuviera yo que su­ fuerza64, te hiciste a la mar con ellos. En cambio de mí,
frir toda clase de males, mientras exista para mí el 1000 ser totalmente desgraciado, que como marino navegué
escarpado suelo que piso. voluntariamente con siete naves65, se deshicieron igno­
O d i s e o . — ¿Qué piensas hacer? miniosamente, según tú dices, pero ellos dicen que tú.
F i l o c t e t e s . — Voy a ensangrentar al punto mi cabe­ Y ahora, ¿por qué me conducís? ¿Por qué me lle-
za, precipitándome sobre las rocas desde las peñas de 1030 váis? ¿Con qué objeto? A mí, que nada soy y estoy muer­
arriba. to para vosotros desde hace tiempo. ¿Cómo es, oh ser
O d i s e o . — Prendedle para que no pueda hacerlo. aborrecido por los dioses, que ahora ya no me conside­
F i l o c t e t e s . — ¡Oh brazos apresados por este hombre, ráis un cojo pestilente? ¿Cómo podréis quemar ofren-
cuánto tenéis que soportar a falta del bien amado arco! 100s
¡Oh tú, que no tienes ni un pensamiento sano ni elevado, 63 Aún n o lo estaba, p e r o adivina las in ten cion es d e lo s
m arineros.
cómo me has vuelto a engañar! ¡Cómo me has dado
64 A pesa r de q u e ta m b ién O diseo estaba o b lig a d o p o r ju ra ­
caza, tomando por pantalla a este joven, desconocido m en to a T in dáreo (n ota 4), trató d e sustraerse a la o b lig a ció n
para mí, a quien tú no mereces, pero yo sí, y que no 1010 de ir a T roya fin gién dose lo c o . M en elao y Palam edes acu dieron
sabía más que cumplir lo ordenado, quien incluso evi­ a b u sca rlo y co m p ro b a rlo , y lo descu b rieron . E n e fecto , O diseo
dencia ya a las claras que sufre de penoso modo por las había u n cid o al ara do un a sn o y u n b u e y ju n to s y sem braba sal.
A Palam edes se le o cu rrió co lo c a r al pe q u e ñ o T elém a co ante el
arado, y O diseo en ton ces se p a ró , d e ja n d o patente su b u en ju i­
nía un cu lto especial en la isla d e L em nos, don de, según la tra­ cio . E stratagem a m oralizante que ya en co n tra m o s en el fa m o s o
dición , h abía ca íd o m a ltrech o cu a n d o Z eu s lo a r r o jó desde el ju ic io de Salom ón.
O lim po. A llí lo reco g iero n los Sin tios (Iliada I 593). « Iliada II 719-720.
FILOCXETBS 481
482 TRAGEDIAS

das a los dioses si yo voy en la travesía? ¿Cómo hacer


gloria me conceda a mí una honra que eras tú el que
libaciones? Pues éste era para ti el pretexto para arro­
debías conseguir.
jarme. ¡Así perecierais infamemente! Y pereceréis por 1035
F i l o c t e t e s . — ¡Ay de mí! ¿Qué haré, desdichado?
haber sido injustos conmigo, si es que a los dioses les
¿Vas a aparecer tú entre los argivos provisto de mis
preocupa la justicia. Y sé que les preocupa, en efecto, ya
armas?
que en otro caso nunca hubierais hecho esta expedición
1065 O d i s e o . — Nada me repliques ya, porque me voy.
por causa mía, desdichado, a no ser que un aguijón de
F i l o c t e t e s . — ¡Oh hijo de Aquiles! ¿Ya no voy a re­
origen divino os hubiera guiado en mi busca.
cibir de ti ni una palabra, sino que te marchas de este
Pero, ¡oh tierra paterna y dioses que todo lo veis!, cas- 1040
modo?
tigadlos, castigadlos, aunque tarde, a todos ellos, si sen­ O d i s e o . — (A Neoptólemo.) Tú vete, no le dirijas la
tís alguna compasión por mí. Porque vivo lastimosa­ mirada, para que no eches a perder nuestra suerte a
mente, pero, si pudiera verlos muertos, me parecería que fuer de ser generoso.
me habría liberado de mi dolencia.
1070 F i l o c t e t e s . — (Al Coro.) ¿Es qué ante vuestra vista
C o r i f e o . — El hombre está amargado y dice amargas 1045
voy a ser dejado así, solo, oh extranjeros, y no os apia­
palabras, Odiseo, que no ceden ni en sus desgracias. daréis de mí?
O d is e o . — Podría contestar muchas razones a sus pa­ C o r i f e o . — Este joven es quien tiene el mando de
labras si tuviera tiempo. Sólo puedo ahora dar una. Si la nave. Cuanto él te diga te lo confirmamos también
se requiere a alguien de esa clase, yo soy ese tal, pero, loso nosotros.
donde se celebre un certamen de hombres justos y ho­ N e o p t ó l e m o . — (Al Coro.) Tendré que oír que éste
nestos, no podrías encontrar otro más concienzudo que (señalando a Odiseo) dice de mí que estoy lleno de com-
yo. Mi natural me lleva, no obstante, a vencer en toda 1075 pasión. A pesar de todo quedaos, si a él le parece bien,
ocasión, excepto respecto a ti. Y ahora voy a ceder ante todo el tiempo que los marineros necesiten para dispo­
ti por mi voluntad. (A los marineros.) Soltadle y no le ner las cosas de la nave y nosotros para hacer plegarias
sujetéis ya. Dejad que se quede aquí. Además, no te 1055 a los dioses. Y tal vez entre tanto éste67 conciba una
necesitamos, teniendo como tenemos tus armas. Puesto forma de pensar más favorable para nosotros. Tú y yo
que entre nosotros está Teucro66, que es diestro en este loso partamos, y vosotros, cuando os llamemos, acudid rá­
arte, y yo mismo, que creo que no las manejaría peor pidamente.
que tú y las dirigiría con mi mano, ¿en qué, pues, te low (Salen Odiseo y Neoptólemo.)
necesitamos? Pásalo bien recorriendo tu Lemnos. Nos­
otros nos vamos. Tal vez lo que es para ti motivo de Estrofa 1.a
— ¡Ah, oquedad de la cavernosa roca,
F ilo c te te s .
tan ardiente como helada! No voy a abandonarte nun-
e* T e u cro , h ijo de T elam ón y h erm a n o d e Ayax, era co n si­
d erad o c o m o el m e jo r a rq u ero del e jé r c ito aqueo, c o m o ya d iji­ 1085 ca, infortunado de mí; antes bien, tú serás testigo de
m o s (n o ta 103 d e Ayax). Cf. Iliada X I I I 313. O diseo lo n om b ra mi muerte. ¡Ay de mí, de mí! ¡Ah, desdichada gruta, la
in ten cionadam ente pa ra excitar la em u la ción d e Filoctetes, v ie jo
y re p etid o ardid psicoló gica m en te útil.
67 Odiseo.
484 TRAGEDIAS
FILOCTETES 483

con piedad, sí es que algún sentimiento tienes, que el


que está más ahíta de las penas mías! ¿Qué será de mi
amigo de Heracles71 en adelante no te utilizará ya y que,
diario sustento? ¿De quién y de dónde me procuraré, 1090
U35 en sustitución, serás manejado por otro dueño, un hom­
desgraciado, esperanza de proveerme de alimento? Se­
bre fecundo en ardides. Serás testigo de sus vergonzosos
guirán su camino por lo alto del cielo las aves a través
engaños y de cómo mi aborrecible enemigo, valiéndose
del penetrante aire. Yo ya no lo impido®.
C o r o . — Tú, sí, tú, oh malhadado, lo has querido. Y 1095
de infamantes artes, hace brotar males sin cuento, cuan­
esta fortuna no viene de otro, de alguien más poderoso, tos él nunca proyectó contra mí.
ya que, siéndote posible entrar en razón, preferiste acep­ 1140 C o r o . — Es propio del hom bre72 decir razonablemen­

tar, en vez del destino mejor el peor. 1100


te lo que es justo, pero, una vez dicho, no echar en cara
palabras mortificantes que resulten odiosas. Y aquéln,
Antístrofa 1.a único designado para esto entre muchos, lo llevó a cabo
F i l o c t e t e s . — ¡Oh infortunado, infortunado de mí, cumpliendo órdenes como ayuda común para sus ami-
maltratado también por la miseria! Sin habitar aquí con 1145 gos.
hombre alguno de ahora en adelante, pereceré. ¡Ay, ay! 1105
Sin proporcionarme ya alimentos procedentes de mis Antístrofa 2.a
aladas armas, las que yo sujetaba con mis fuertes brazos. 1110 F i l o c t e t e s . — ¡Oh aladas presas y fieras de brillantes

Pero las inesperadas y confusas palabras de un alma ojos a quienes esta región mantiene paciendo en sus
mentirosa se deslizaron en mí. ¡Ojalá viera yo que el que montes! ¡No os alejéis ya a saltos huyendo de mi gruta!
ha proyectado esto obtuviera por igual tiempo un su frí- 1115 uso Pues no tengo en mis manos, ¡desgraciado de mí!, las
miento como el mío! flechas que eran antes mi protección. ¡Oh, cuán desgra­
C o r o . — Un destino, un destino de- los dioses, y no ciado soy yo ahora! Este lugar no se guarda con cuidado,
una trampa de mi mano69, te ha alcanzado. Aplica a U55 ya no tenéis que temerlo. Acercaos. Ahora es justo que,
otros tu odiosa maldición portadora de fatal destino, 1120 en pago de vuestras muertes, saciéis a placer vuestras
pues a mí sólo me interesa que no rehúses mi amistad. fauces con mi amoratada carne. Pronto voy a dejar la
vida. Porque, ¿de dónde obtendré los medios de subsis-
Estrofa 2.a 1160 tencia? ¿Quién puede alimentarse del aire sin poseer ya
— ¡Ay de mí! Sentado en cualquier pun­
F ilo c te te s . nada de cuanto envía la fértil tierra?
to de la playa ante el espumoso mar, se está riendo de 1125 C o r o . — ¡Por los dioses! Si tienes alguna considera­
mí, blandiendo en su mano mi medio de vida10, desdi­ ción con el extranjero que se te acerca lleno de buena
chado, el arma que nadie alzó nunca. ¡Oh arco querido, 1165 voluntad, aproxímate. Pero entiéndelo, entiéndelo bien:
arrebatado de mis manos! Probablemente estás viendo 1130

71 É l m ism o se den om in a así.


68 Pasaje de d ifícil in terp retación . E l sentido, creo, es qu e
72 H pn rado, se sobreentiende.
las aves qu e él solía cazar p o d rá n vola r a p a rtir de ahora tran ­
73 O diseo. E l C oro rehúsa u ltra ja r a O diseo y le discu lpa di­
quilas sin te m o r a sus flechas.
cie n d o qu e s ó lo ha sid o el agente de u n a d e cisió n de tod a la
69 El C oro se asocia a O diseo y N e op tólem o.
arm ada griega.
70 E stá pen sando en el a rco y las flechas.
FILOCTETES 485 486 TRAGEDIAS

en tus manos está el rehuir este destino74, pues es la­ F i l o c t e t e s . — Nunca, nunca, tenlo por seguro, ni aun­
mentable que lo alimentes, mientras seas incapaz de so­ que el señor del fuego, el que lanza el rayo ” , venga a in-
portar el tremendo peso q,ue lo acompaña. 1200 flamarme con las llamaradas de sus relámpagos. ¡Que
F i l o c t e t e s . — De nuevo, de nuevo has mencionado muera Ilion76 y los que están bajo sus muros, que todos
un antiguo dolor, ¡oh tú, el mejor de los que han llega- ino ellos tuvieron el atrevimiento de despreciar este pobre
do antes! ¿Por qué me has matado? ¿Qué me has he­ pie mío! Pero, oh extranjeros, concededme un solo de­
cho?... seo.
C o r o . — ¿Qué quieres decir? C o r o . — ¿Qué es lo que quieres decirnos?
F i l o c t e t e s . — ...si has concebido la esperanza de 1175 1205 F i l o c t e t e s . — Hacedme llegar una espada, si hay al­
llevarme al aborrecido pais de Troya. guna, o un hacha o un arma cualquiera.
C o r o . — Porque creo que es esto lo mejor. C o r o . — ¿Qué acción violenta piensas llevar a cabo?
F i l o c t e t e s . — Abandonadme ya, en ese caso. F i l o c t e t e s . — Voy a cortar de una vez mi cabeza y
C o r o . — Me das una orden que me es grata, sí, grata, mis miembros con mi propia mano. De muerte, de muer­
y gustoso la cumpliré. Vayamos, vayamos al puesto que uso te son ya mis pensamientos.
tenemos asignado en la nave. C o r o . — ¿Cuáles?
F i l o c t e t e s . — ¡Por Zeus que escucha a los suplican­ π ιο F i l o c t e t e s . — Ir en busca de mi padre.
tes, no partáis, os lo suplico! C o r o . · — ¿En qué país?
C o r o . — Modérate. lies F i l o c t e t e s . — En el Hades. No está ya con vida. ¡Oh
F i l o c t e t e s . — ¡Oh extranjeros, por los dioses, que­ ciudad, oh ciudad paterna! ¿Cómo podría yo verte, des-
daos! . 1215 graciado de mí, tras haber abandonado tu sagrada co­
C o r o . — ¿Por qué gritas? rriente para ir en ayuda de los aborrecidos dáñaos? ¡Ya
F i l o c t e t e s . — ¡Ay, ay, destino, destino! ¡Estoy perdi­ no soy nada!
do, miserable! ¡Oh pie, pie! ¿Qué haré contigo en lo que 1190 (Filoctetes entra en la cueva.)
me queda de vida, infortunado? Extranjeros, llegaos de C o r i f e o . — Hace rato que me hubiera marchado, y
nuevo. ya estaría cerca de la nave, si no hubiera visto que
C o r o . — ¿Para qué? ¿Con un propósito diferente a 1220 Odiseo se aproxima junto al hijo de Aquiles y vienen
los que antes manifestabas? hacia aquí, en dirección a nosotros.
F i l o c t e t e s . — Nadie tiene la culpa de que, fuera de (Entran Neoptólemo y Odiseo discutiendo v .)
mí, a causa de tormentoso dolor, grite en contra del 1195 O d is e o . — ¿No podrías decirme qué camino llevas
buen sentido.
C o r o . — Ven, pues, desgraciado, como te exhorta­ 75 E stá h ablan do de Zeus.
mos. 76 E sta exp resión ten em os qu e entenderla c o m o q u e a Fi­
loctetes n o le im p o rta cuál sea el fin a l de la guerra de Troya.
77 Son m u y raros lo s ca sos en qu e d os a ctores entran ju n ­
74 Si va a Troya será curado de la dolencia que le aqueja
tos, excep to en escenas iniciales. S ó lo en Traquinias 971 entran
y terminarán los males y molestias que ésta conlleva: hambre,
H ilo y el ancian o c o n H eracles m o r ib u n d o , y en Edipo en Co­
soledad, privaciones, etc.
lono 1099 T eseo c o n A ntigona e Ism ene.
FILOCTETES 487 488 TRAGEDIAS

con tanto apresuramiento, después de haber dado media O d is e o . — Hay alguien, lo hay, que te impedirá ha­
vuelta? cerlo.
N e o p t ó le m o . — Voy a enmendar cuantos yerros co­ N e o p t ó l e m o . — ¿Qué dices? ¿Quién será el que me

metí antes. lo va a impedir?


O d ise o . — Empleas extrañas palabras. ¿Cuál es la 1225 O d i s e o . — Todo el ejército de los aqueos y yo a la

falta? cabeza.
N e o p t ó le m o . — La de haberte obedecido a ti y a todo N e o p t ó l e m o . — Aunque eres sagaz por naturaleza, no

el ejército. has dicho nada ingenioso.


O d is e o . — ¿Qué acción has cometido que no te con­ O d i s e o . — Tú eres el que ni dices cosas ingeniosas,

venía? ni tampoco tus acciones lo son.


N e o p t ó l e m o . — Pero, si son justas, son preferibles
N e o p t ó le m o . — Someter a un hombre con engaños
y embustes vergonzosos. a las ingeniosas.
O d i s e o . — Y ¿cómo va a ser justo devolverle de nue­
O d is e o . — ¿A quién? ¿Es que has tomado una deci­
vo lo que has logrado gracias a mis consejos?
sión inesperada?
N e o p t ó l e m o . — He cometido una falta vergonzosa y
N e o p t ó le m o . — Nada nuevo, pero al hijo de Peante... 1230
voy a intentar repararla.
O d is e o . — ¿Qué piensas hacer? ¡Qué temor me in­
O d i s e o . — Y, al hacerlo, ¿no temes al ejército de los
vade!
aqueos?
N e o p t ó le m o . — ... de quien tomé este arco, de nuevo
N e o p t ó l e m o . — Con la justicia de mi lado no siento
a mi vez...
el miedo a que te refieres,8.
O d i s e o . - - ¡O h Zeus! ¿Qué dices? ¿No estarás pen­
O d i s e o . — ...
sando en devolvérselo?
N e o p t ó l e m o . — Ni siquiera a tu fuerza obedeceré
N e o p t ó le m o . — Sí, p u e s lo h e o b te n id o d e m o d o d e s ­
para actuar.
h o n r o s o y n o lo p o s e o ju s t a m e n t e .
O d i s e o . — Entonces no lucharemos contra los troya-
O d is e o . — ¡Por los dioses! ¿Es que dices esto para 1235
nos, sino contra ti.
burlarte? N e o p t ó l e m o . — Que ocurra lo que ha de suceder.
N e o p t ó le m o . — Sí, si es que es una burla decir la ver­ O d i s e o . — ¿Ves mi mano derecha sobre la empuña­
dad. dura?
O d is e o . — ¿Qué dices, hijo de Aquiles, qué palabras N e o p t ó l e m o . — En ese caso, también a mí me verás
has pronunciado? hacer lo mismo y sin dilación.
N e o p t ó le m o . — ¿Quieres que repita las mismas cosas O d i s e o . — Te dejaré, pues. Pero, al llegar, lo contaré
dos y tres veces? a todo el ejército y él se vengará de ti.
O d ise o . — En modo alguno hubiera querido oírlas ni (Odiseo se aleja.)
una sola vez siquiera.
N e o p t ó le m o . — Entérate bien: has oído ya todo lo 1240 78 Es decir, no siente miedo de la venganza del ejército,
que yo tenía que decir. con lo que Odiseo le quiere asustar.
FILOCTETES. 489 490 TRAGEDIAS

N e o p tó le m o . — Has vuelto a tus cabales. Si razonas con. engaños, después me vienes a amonestar; tú, que has
así de aquí en adelante estarás libre de lamentos. (Diri- 1260 mostrado que eres un odioso hijo de un excelente padre.
giéndose hacia la cueva.) Y tú, hijo de Peante, Filoctetes, 1285 ¡Ojalá perezcáis los Atridas en primer lugar, el hijo de

sal, abandona este refugio rocoso. Laertes y tú!


F i l o c t e t e s . — ¿Qué alboroto de voces se elevan otra N e o p t ó le m o . — No hagas más imprecaciones y recibe

vez ante mi cueva? ¿Por qué me llamáis? ¿Qué deseáis, de mi mano estas flechas m.
extranjeros? (Aparece ante la entrada de la cueva y ve a F i l o c t e t e s . — ¿Cómo dices? ¿Es que por segunda vez

Neoptólemo.) ¡Ay de mí! No es cosa buena79. ¿Es que 1265 voy a ser engañado?
tal vez venís a causarme nuevos males, además de los N e o p t ó le m o . — Te lo juro por el sagrado respeto del

que ya tengo'? supremo Zeus.


N e o p t ó l e m o . — Tranquilízate y escucha las noticias 1290 F i l o c t e t e s . — ¡Oh queridísimas palabras, si lo que di­

que he venido a traerte. ces es verdad!


F i l o c t e t e s . — Siento miedo, pues también antes me N e o p t ó le m o . — Va a ser un hecho ante tu vista. Ea,

fue mal con bellas razones, cuando me dejé convencer extiende tu mano derecha y apodérate de tus armas.
por tus palabras. (Aparece súbitamente Odiseo en escena.)
N e o p t ó l e m o . — ¿Y es que no ha lugar a arrepentirse 1270 O d is e o . — Yo lo prohíbo, ¡sean los dioses testigos!,

otra vez? en nombre de los Atridas y de todo el ejército.


F i l o c t e t e s . — De este modo te manifestabas también ms F i l o c t e t e s . — (A Neoptólemo.) H ijo 81, ¿de quién es

cuando me robaste el arco, leal pero funesto para tus esa voz? ¿Acaso he escuchado a Odiseo?
adentros. O d is e o . — Entérate claramente: a tu lado me estás

N e o p t ó l e m o . — Pero en verdad que no es éste el viendo, a mí que voy a enviarte por la fuerza a la llanura
caso. Quiero oír de ti si estás decidido a resistir que­ de Troya, aunque no quiera el hijo de Aquiles.
dándote aquí o a navegar con nosotros. F i l o c t e t e s . — (Tendiendo el arco.) Pero no lo harás

F i l o c t e t e s . — Detente, no digas más, porque en vano 1275 impunemente, si esta flecha da en el blanco.
dirás todo lo que siga. 1300 N e o p t ó le m o . — (Sujetándole por el brazo.) ¡Ah, de

N e o p t ó l e m o . — ¿Así está decidido? ninguna manera, por los dioses, no dejes escapar nin­
F i l o c t e t e s . — Sí, y más firmemente, sábelo, de lo guna flecha!
que mis palabras expresan. F i l o c t e t e s . — En nombre de los dioses, suéltame el

N e o p t ó l e m o . — Hubiera querido persuadirte con mis 1280 brazo, hijo muy querido.
razones, pero, si no estoy hablando en un momento opor­ N e o p t ó l e m o . — N o te s o lta r é .

tuno, he terminado de hacerlo. (Se va Odiseo.)


F i l o c t e t e s . — Todo lo que hables será en vano, pues — ¡Ah! ¿Por qué me has impedido matar
F ilo c te te s .

nunca conseguirás tener mi ánimo bien dispuesto; tú,


que me has privado de mi medio de vida quitándomelo so E n ten dien do tam bién el arco.
81 O bsérvese el nuevo ca m b io en el tratam ien to, q u e in dica
79 E speraba, sin duda, en con tra rse c o n los m arineros. la nueva d isp o sició n de á n im o de F iloctetes.
FILOCTETES 491 492 TRAGEDIAS

con mis flechas al hombre que es mi aborrecido ene­ bierto cercado. Sabe también que, en tanto el mismo sol
migo? 1330 se levante por ahí y se ponga otra vez por allí84, no te
N e o p tó le m o . — Es que ni para ml ni para ti está bien vendrá el final de esta penosa enfermedad hasta que por
tal acción. tu propia voluntad vayas a la llanura de Troya y, encon­
F i l o c t e t e s . — Pero entérate al menos de que los prin- 1305 trándote con los dos hijos de Asclepio85 que están entre
cipales de nuestro ejército, esos mentirosos heraldos de nosotros, te cures de esta dolencia y te dejes ver sa-
los aqueos, son cobardes en la lucha pero osados en sus 1335 queando la ciudadela de Troya con ayuda de estas fle­
palabras. chas y con la mía.
N e o p t ó l e m o . — Sea, pero tienes ya el arco y no existe Y te diré cómo sé yo que está así dispuesto. Tene­
razón para que tengas enojo ni reproche contra mí. mos un prisionero de Troya, el excelente adivino Heleno,
F i l o c t e t e s . — Estoy de acuerdo. Has demostrado, 1310 quien declara sin lugar a dudas que es necesario que
hijo, de qué estirpe has nacido, que no es de Sísifo, sino 1340 suceda así. Y a esto aún añade que es forzoso que en el
de Aquiles, de quien las mayores alabanzas se oían, tanto verano próximo Troya sea tomada por completo. Y se
cuando estaba entre los vivos, como ahora entre los ofrece a sí mismo voluntario para que lo maten, si re­
muertos. sulta equivocado en lo que dice.
N e o p t ó l e m o . — Me complace que hables bien de mi
Así, pues, ya que estás enterado, consiente de grado.
padre, y de mí mismo, pero escucha lo que deseo obte- íais' Ganarás mucho si, juzgado como el mejor de los hele-
ner de ti. A los hombres les es forzoso soportar las for­ 1345 nos, te pones en primer lugar en las manos de quien te
tunas que los dioses les asignan82. Pero cuantos cargan dará la salud y seguidamente, tras tomar Troya, la qué
con males voluntarios, como tú, no es justo que nadie 1320 hace derramar abundantes lágrimas, alcanzas la más alta
les tenga clemencia ni compasión. Tú te enfureces y no gloria.
F i l o c t e t e s . — ¡Ah, odiosa existencia! ¿Por qué, por
toleras a un consejero y, si alguien te amonesta, aunque
qué me mantienes vivo aquí arriba sin permitir que me
sus palabras sean amistosas, le aborreces y le consideras
1350 dirija ái Hades? ¡Ay de mí! ¿Qué haré? ¿Cómo voy a con­
un enemigo y un adversario. Sin embargo, te hablaré, e
fiar en las palabras de quien, con la mejor voluntad, me
invoco a Zeus por quien se hace el juramento.
aconseja? Pero, ¿voy a ceder? Y luego, ¿cómo, desdicha­
Entérate de esto y grábalo dentro de tu corazón: tú 1325
do, podré aparecer a la vista de todos si lo hago? ¿A
padeces este mal por un destino que te viene de los dio­
quién podré dirigir la palabra? ¡Oh ojos que habéis con-
ses, ya que te acercaste a la guardiana de Crisa, a la
serpiente83 vigilante que a escondidas custodia el descu-
ninfas y a los h éroes se les con sa gra ba n lugares o recin tos abier­
tos y n o tem plos.
82 E n esta exp resión d eb em os en ten der «desgracias», ya que 84 Ib a acom p a ñ a d o, n aturalm ente, d e gestos del a cto r seña­
éste es el ca so de Filoctetes. E ste eu fem ism o n o es ú nico en la land o el O riente y el O ccidente.
literatura griega. L o en con tra m os en Iliada I II 65; S o ló n , I 83 L os d os h ijo s d e A sclep io so n M acaón y P od a lirio, que
64; E u r íp id e s , Hipólito 1411, etc. re cib ie ro n el m ism o p o d e r pa ra cu ra r q u e su p a d re (Iliada I I
83 E ra la serpien te que cu stod ia b a e l recin to sagrado de la 731-732). M ás adelante, ve rso 1437, H eracles d ice q u e será el p r o ­
n infa Crisa (véase n ota 7) en la isla del m ism o n om bre. A las p io A sclep io el q u e le cure.
FILOCTETES 493 494 TRAGEDIAS

templado todos los agravios que me han hecho! ¿Cómo 1355 F i l o c t e t e s . — ¿Y no te avergüenzas de hablar así
podréis soportar que yo conviva con los hijos de Atreo, ante los dioses?
los que me perdieron? ¿Y con el hijo de Laertes, grandí­ N e o p t ó le m o . — ¿Cómo podría alguien avergonzarse
simo infame? No es el dolor por los hechos que han de prestar un servicio a los amigos?
pasado lo que me mortifica, sino que creo prever cuán­ F i l o c t e t e s . — ¿Te refieres a un servicio para los
tas cosas he de sufrir aún de su parte. Pues, para los ia6o Atridas o para mí?
que el pensamiento llega a ser la fuente de las iniquida­ 1385 N e o p t ó le m o . — Para ti, sin duda alguna, porque soy
des, éstas les enseñan también otros males. Y esto es tu amigo y como tal te hablo.
también lo que me admira en ti, que tú mismo no de­ F ilo c te te s . — ¿Y cómo, tú que quieres entregarme a
bías ir a Troya y debías impedírmelo a mí, ya que aqué­ mis enemigos?
llos te injuriaron al despojarte de los honores que te- 1365 N e o p t ó le m o . — ¡Oh querido amigo!, aprende a no en­
nías de tu padre “ . Y a pesar de ello, ¿vas a luchar a su valentonarte en medio de tus males.
lado y me obligas a hacerlo a mí también? No, por cier­ F ilo c te te s . — Me perderás, te conozco, con estas pa­
to, hijo. Antes bien, envíame a casa como has prometi­ labras.
do. Y tú mismo quédate en Esciros y deja que ellos, los N e o p t ó le m o . — Yo ciertamente que no. Pero afirmo
malvados, perezcan de mala manera. Y así recibirás un 1370 que tú no las entiendes.
doble agradecimiento: el mío y el de tu padre. Y no darás 1390 F i l o c t e t e s . — ¿No sé yo que los Atridas me expul­
la impresión de ser de la misma calaña que ellos, al ir saron?
en ayuda de unos malvados. N e o p t ó le m o . — Pero considera si, aun habiéndote
N e o p t ó le m o . — Dices algo que es razonable; sin expulsado, te van a salvar en esta ocasión.
embargo, yo quisiera que confiaras en los dioses y en F i l o c t e t e s . — Nunca, si tengo que visitar yo Troya

mis palabras y zarparas de esta tierra en mi compañía, 1375 por mi propia voluntad.
que soy tu amigo. N e o p t ó le m o . — ¿Qué haré, pues, yo, si ninguna de

F i l o c t e t e s . — ¿Acaso en dirección a la llanura de 1395 las razones que doy te pueden convencer? Lo más fácil

Troya y junto al odiado hijo de Atreo, con este desgra­ para mí es dejar de hablar y que tú vivas sin ser curado,
ciado pie? como ya estás viviendo.
N e o p t ó le m o . — Sí, junto a los que te liberarán a ti y F i l o c t e t e s . — Deja que yo sufra lo que me es preciso

tu supurante pie de dolores y te curarán tu enfermedad. sufrir. Pero lo que me prometiste, estrechándome la
F i l o c t e t e s . — ¡Ah! Tú das extraños consejos. ¿Qué i380 mano derecha, de enviarme a mi patria, cúmplelo, hijo,
1400 y no te retrases, ni me menciones ya Troya. Pues bas­
quieres decir?
tante lo he deplorado ya con mis lamentos.
N e o p t ó le m o . — Lo que veo que resultará mejor para
N e o p t ó le m o — Si te p a r e c e , p a r ta m o s .
ti y para mí.
F i l o c t e t e s . — ¡Ah, nobles palabras has proferido!
N e o p t ó l e m o . — Apoya ahora tu pie.
86 Se refiere a las arm as. A ún n o sabe F iloctetes que esta
n oticia era falsa. F i l o c t e t e s . — Al menos en tanto yo tenga fuerzas.
FILOCTETES 495 496 TRAGEDIAS

N e o p t ó le m o . — ¿Cómo escaparé de la acusación de al botín que logres del ejército en memoria de mis fle­
los aqueos? chas, llévalo a mi tumba.
F ilo c te te s . — No te preocupes. Y a ti, hijo de Aquiles, te aconsejo lo mismo. Pues ni
N e o p t ó le m o . — ¿Y q u é o c u r r ir á si d e v a sta n m i p a ís ? 1405 1435 tú puedes tomar la llanura de Troya sin éste, ni él sin ti.
F i l o c t e t e s . — Yo estaré allí presente... Antes bien, como dos leones que van juntos, protegeos
N e o p t ó le m o . — ¿Y qué ayudas podrás prestarme? el uno al otro.
F i l o c t e t e s . — ...c o n las flechas de Heracles. Por mi parte, enviaré a Asclepio a Troya para que
N e o p t ó le m o . — ¿Qué quieres decir?
te cure de tu enfermedad. Porque por segunda vez88 es
F i l o c t e t e s . — Les impediré acercarse.
1440 preciso que Troya sea tomada con mis flechas. Pero te­
N e o p t ó le m o . — Tras despedirte de esta tierra, ponte
ned esto en cuenta cuando hayáis asolado la región:
en marcha. mostrad la debida reverencia para los dioses89. Todo lo
(Cuando se disponen a marchar, aparece Heracles demás es secundario, según el criterio de nuestro padre
por encima de los actores*1.) Zeus. La piedad no muere con los mortales y, aunque
H e r a c l e s . — Aún no, sin que escuches mis palabras, 1410 estemos vivos o muertos, ella no perece.
hijo de Peante. Puedes afirmar que estás oyendo con tus 1445 F i l o c t e t e s . — ¡Oh tú que has emitido una voz anhe­
oídos la voz de Heracles y que estás contemplando su lada por mí y que apareces tras largo tiempo! No des­
rostro. En atención a ti he venido, abandonando las ce­ obedeceré tus órdenes.
lestes moradas, para comunicarte los propósitos de Zeus i4is N e o p t ó le m o . — Y yo doy mi parecer en el mismo
y para impedir que tomes el camino que vas a empren­ sentido.
der. Escucha mis palabras. H e r a c l e s . — N o os retraséis mucho tiempo en ac­
En primer lugar te hablaré de mi propio destino, de uso tuar. Os urgen la ocasión y este viento que sopla de
cuántos trabajos soporté y cumplí hasta obtener la glo- 1420 popa.
ria inmortal que te es posible contemplar. También para (Heracles desaparece.)
ti, entérate bien, está destinada una suerte así: que de F i l o c t e t e s . — Ea, pues, déjame saludar esta tierra al
los sufrimientos presentes obtengas una vida gloriosa. partir. Adiós s® ¡oh morada que me has protegido y nin-
Irás con este hombre a la ciudad troyana, donde, pri­ 1455 fas de los arroyos y los prados, y tú, enérgico estrépito
mero, quedará libre de tu penosa dolencia y, luego, ele- 1425 del promontorio marino donde, muchas veces, en su
gido por tu valor el más importante del ejército, tras
matar con mis flechas a Paris, que fue el causante de 88 E n la prim era e x p ed ición a T ro y a p a rticip ó H eracles c o n
estos males, devastarás Troya, y el botín que, como pre­ su a rco, cu a n d o reinaba L eom edon te, p a d re d e P ríam o. Le a co m ­
mio, recibas de la armada lo enviarás a tu morada para 1430 pañ aba T elam ón (véase n ota 44 de Ayax).
89 Y a sabem os p o r la tra d ició n p o s te rio r q u e n o lo cu m ­
tu padre Peante, a la meseta del Eta, tu patria. En cuanto
plieron.
90 Parece que F iloctetes h ab la b a a m e d id a q u e abandon aba
87 Las divinidades aparecían en una m áqu ina de teatro, lla­ la escena. D e ahí qu e se desp ida p rim e ro de la m o ra d a qu e tiene
m ada theologeíon, qu e las m ostra b a en el aire. E ste recu rso lo a la vista, lu ego de los p a isa jes de a lre d e d o r y, finalm ente, del
em plea frecuen tem ente E urípides. p r o m o n to rio m arino.
FILOCTETES 497

interior, se empapó mi cabeza por las trombas del vien­


to sur y donde a menudo el monte H erm eo91 me devol­
vía con el eco, en pleno sufrimiento, el gemido de mi 1460
propia voz!
Y ahora, ¡oh fuentes y agua licia n!, os dejo, os dejo
ya a pesar de que nunca había tenido este propósito.
Adiós, ¡oh región de Lemnos rodeada por el mar! En­
víame en feliz e irreprochable travesía adonde me llevan 1465
la gran Moira y él consejo de los amigos y la divinidad
que todo lo puede y que así hizo que se cumpliera9i.
C o r o . — Marchemos todos juntos, rogando a las n in - 1470
fas del mar que vengan a tutelar nuestro regreso.

91 E l m on te H erm eo, tam bién m e n cion a d o p o r E s q u il o ( Aga­


menón 283), está situ ado al N ord este de la isla.
92 M anantial lla m ad o así en rela ció n c o n el ep íteto de A p o lo
EDIPO EN COLONO
L icio.
95 Se trata d e Zeus, n o de H eracles.
502 TRAGEDIAS

E s t à s im o I .» (668-719). C om pren de dos estrofa s y d os antístro-


fas. E n el p rim e r p a r d e ellas ten em os u n ca n to de ala­
banza a C o lo n o y en el segu n do un ca n to a la belleza y
grandeza de su patria, el Atica.
E p i s o d i o 2.° (720-1043). C reon te se presen ta, esp era n d o persu adir
a E d ip o para q u e vu elva c o n é l a T ebas, p e ro E d ip o le
in crep a duram ente y se niega. C reon te le amenaza c o n

INTRODUCCIÓN llevarse p o r la fuerza a sus h ija s y le anuncia q u e ya tiene


en su p o d e r a Ism ene. Se lleva ta m b ién a A ntigona y está
a p u n to de p re n d e r a E d ip o, cu a n d o entra T eseo y se en­
tera d e lo qu e pasa. E nvía en ton ces servid ores en busca
de lo s h om b res del s éq u ito de C reonte, y a éste m ism o le
ESTRU CTU R A DEL D RAM A o rd en a que le co n d u zca hasta d o n d e están las m uchachas.
E s t á s im o 2.° (1044-1095). D os estrofa s y d os antístrofas. E l C oro
P rólogo (1-116). E l v ie jo E d ip o se ha sen ta d o a descansar, cuan­ expresa su d eseo de estar presen te en e l escenario de la
d o u n habitante de la reg ió n le advierte q u e está en un lu cha entre los ra ptores teban os y los sold a d os áticos que
re cin to sagrado y , q u e d e b e aban don arlo. E s un re cin to han id o a salvarles. P redicen la rápid a victo ria d e estos
d ed ica d o a las E um énides. P or esta palabra E d ip o co n o ce ú ltim os e in voca n la ayuda d e lo s dioses.
que el fin de su vida está cerca y solicita la presen cia del E p is o d io 3.° (1096-1210). E n tran las d o s m u ch achas rescatadas
rey de la ciu dad, Teseo. E l h o m b re va en bu sca de los p o r T eseo. S a tisfa cción d e E d ip o. T eseo co m u n ica a E d ip o
ancianos de C olon o. M ientras, E d ip o in voca a las diosas qu e u n d e s co n o cid o solicita, en a ctitu d de suplicante en
y se ocu lta n al n ota r la llegada d e l Coro. el altar de P oseid ón, h ab la r c o n E d ip o. A ntigona inter­
PA r o d o (117-253). C on siste en u n d iá log o líric o en tre el C o ro y ced e pa ra qu e lo recib a .
E d ip o . H ay dos estrofa s y d os antístrofas. E l C oro invita E st As i m o 3.° (1211-1248). Consta de u n a estrofa , u na a n tístrofa y
a E d ip o a a b andon ar el re cin to sagrado^ y le p rom ete n o el e p o d o . L os ancianos d e C o lo n o com en ta n la lo cu ra q u e
a rro ja rlo d el país, p ero cu a n d o se entera d e la iden tidad su p on e desear p ro lo n g a r la v id a cu a n d o las fuerzás aban­
del anciano olvid a la p ro m e sa y le ord en a aba n don a r el don a n al h om b re. Es u na realista y b ella e v o ca ció n de las
Ática. A ntigona suplica p o r lo s dos. penalidades qu e trae co n sig o la vejez.
E p is o d io 1.° (254-667). E d ip o p id e asilo a l C oro. É ste o p ta p o r E p is o d io 4.° (1249-1555). E stá d iv id id o e n dos escenas diferentes
a ceptar lo qu e T eseo decida. Ism en e llega (324) trayendo p o r u n d iá log o lírico (1447-1499) q u e realza el dram atism o
la n oticia de la guerra en tre sus d o s h erm an os y le p on e de las m ism as. P olinices cuenta a su p a d re el estad o de
so b re a viso de q u e van a ven ir a b u sca rle a la vista del cosa s y le sup lica q u e d ep on ga su có le ra con tra él. E d ip o
nuevo o rá cu lo de D elfos. E d ip o m a ld ice a sus h ijo s . El le rechaza c o n unas terribles m a ld icion es y Polinices sale
C oro recom ien d a a E d ip o cele b ra r u n os ritos d e expiación co n scien te del destin o q u e le aguarda. S e o y e un truen o
a las diosas E u m én ides e Ism en e sale pa ra cu m p lirlos (1456) y E d ip o c o n o c e qu e h a llega d o su ú ltim a hora.
(509). H ay u n d iá log o líric o (510-548) entre E d ip o y el C o ro M anda llam ar apresu radam en te a T eseo, a quien trans­
en el q u e se vuelven a re co rd a r las desgracias pasadas de m ite sus últim as in stru ccion es. E n ton ces E d ip o, segu ido
E d ip o y, a con tin u a ción , entra T e s e o y le asegura p r o ­ p o r sus h ija s y p o r T eseo, les guía h acia e l lugar d o n d e
tección . está fija d o q u e ha de d e ja r la vida.
EDIPO EN COLONO 503
504 TRAGEDIAS

E s t á s i m o 4.° (1556-1578). C om pren de una e strofa y u na antístrofa


PASAJE TEXTO DE PEARSON TEXTO ADOPTADO
en q u e el C oro suplica a los dioses in fern ales que le co n ­
cedan a E d ip o un p a so n o c o s to s o al H ades. In voca ción 547 έφόνευσα καί άπώλεσα
έφόνευσ’ άπό τ ’ ώλεσα
a la m uerte. 570 βραχέα μή αίδεΐσθαι βραχέ’ έμοί δείσθαι
É xodo (1579-1779). Un m en sa jero cuenta el a som b roso fin a l de 603 εξαναγκάζει εξαναγκάσει
E d ip o. Sus h ija s se lam entan en u n d iá log o lírico in ter­ 639 ε ίτ ’ εί δ ’
ca la d o q u e con sta de dos estrofa s y dos antístrofas. Anti­ 674 οίνωπόν εχοσσα οίνώπα νέμουσα
gon a p id e a T eseo q u e las envíe a Tebas pa ra evitar, si 683 μεγάλοιν θεοίν μεγάλαιν θεαιν
pu eden , el desastre que se ciern e sob re sus herm anos. 717 Ήιαραπτομέναί παραπτομένα
T eseo lo prom ete. 824 τανΟν τά νυν
864 σέ καυτόν σέ τ ’ α&τόν
1016 έξειργασμένοι έξηρπασμένοι
N O TA B IB L IO G R A FIC A 1051 άντάρει αύτάρκει
1061 έκ νομοί είς νομόν
1082 κύρσαιμι τώνδ’ κύρσαιμ’ δνωθ’
R. C. J ebb , Oedipus at Colonus, C am bridge, 1889.
1196 τοδτ’ Τοϋδ’
— The tragedies of Sophocles, C am bridge, 1904.
1348 δημοΰχος δημοΰχοι
A. C. P e a r s o n , Sophocles Fabulae, O x ford , 1924.
1435-36 τελεΐτέ μοι, θανόντ’ θανόντι μοι τελ εΐτ’
A. D a i n - P. M a z o n , Sophocles, III: Philactète, Oedipe à. Colone,
1454 té r a lt έπιών
París, 1960.
1505 προυφάνης προυφανής
M. Benavente, Sófocles. Tragedias, M adrid, 1970.
1584 τόν t á e i t τόν άεΐ
J. P a llí, Sófocles. Teatro Completo, B arcelon a, 1973.
1718, ’έ τ ’ άμμένει έπιμένει
1747 val ναι' ξύμφημι καύτος
1752 νύξ ξόν’
N O TA SO B R E LA E D IC IÓ N

Señalo a continuación los pasajes en los que no se ha


seguido la edición de A. C. Pearson.

PASAJE TEXTO DE PEARSON TEXTO ADOPTADO

47 ο ύ δέ μ έν τοι οόδ’ έμ οί τοι


48 δρδς δρω
161 τω ν τό
164 έρατόοι έρ α τ ύ ε ι
298 Μπεμπεν επεμψεν
381 τ ιμ ή ς κ αβέλξον τιμ η κ α θ έ ξ ο ν
487 σ ω τ η ρ ίο υ ς σ ω τ η ρ ία ν
541 έπ ω φ ελ ή σα ς έιτωφέλησα
506 TRAGEDIAS

La escena de la obra se sitúa en el Ática, en Colono,


la protectora de jinetes, junto al templo de las augustas
diosas. El Coro está compuesto por varones atenienses.
El prólogo lo presenta Edipo.

II
I
OTRO ARGUMENTO
ARGUMENTO

El E dipo en Colono lo presentó en escena, tras la


E l E dipo en Colono está en cierto modo relacionado
muerte de su abuelo, su nieto Sófocles, hijo de Aristón,
con el Edipo rey. E n efecto, tras salir exiliado de su pa­
durante el arcontado de Micón, que es el cuarto arconte
tria, Edipo, que ya es un anciano, llega a Atenas guiado
después de Calias (OI. 93, 3), en cuyo tiempo dicen la
por su hija Antígona, pues las hijas sentían por su padre
mayoría que murió Sófocles. E sto es evidente porque
un am or más tierno que los hijos varones. Llega a Ate­
Aristófanes en Las Ranas hace subir a tierra a los trá­
nas para m orir junto a las diosas llamadas Venerables
gicos en tiempos de Calias y por otra parte Frínico en
según le había predicho la Pitia, como él mismo nos
Las Musas (I 379 Κ.), que es coetánea de Las Ranas,
cuenta. En primer lugar, unos ancianos del lugar, de los
dice así:
que está compuesto el Coro, enterados, acuden y dialo­
«Feliz Sófocles que murió después de haber vivido mucho
gan con él. A continuación, Ismene se presenta y anuncia
tiempo, bienaventurado varón y hábil, pues compuso muchas y
la rivalidad de los hijos y la inminente llegada de Creon­
hermosas tragedias y tuvo una buena m uerte sin haber sopor­
te ante él. Éste se presenta luego y quiere llevarse a
tado ningún mal.»
Edipo, pero se vuelve por donde ha venido sin lograrlo.
Tras referir Edipo el oráculo a Teseo, termina así su La obra se sitúa en Colono, llamada de los Jinetes.
vida entre las diosas. Existe también otra Colono de los Comerciantes, junto
La obra es admirable. La hizo Sófocles cuando ya al Eurisacio, en la cual se contrataban los mercenarios
era un anciano, ganándose el favor tanto de su patria hasta el punto de que incluso se ha transmitido el pro­
como de su propio demo, pues él era de Colono, por ha­ verbio para los que pierden las ocasiones (App. Prov.
cer a su demo famoso y, por otra parte, por com placer a IV 49).
los atenienses la mayoría de las palabras con las que «Llegaste tarde, pero ve a Colono.»
Edipo da a entender que ellos serían inexpugnables y
que vencerían a los enemigos, anunciando de antemano Las dos Colonos las recuerda Ferécrates en su Pétale
que estarían en pugna con los tebanos alguna vez y los (I 184, K.) con estas palabras:
derrotarían, según los oráculos, a causa de su sepultura. «¡Eh, tú! ¿De dónde vienes? A Colono m e dirijo, no a la de
los Comerciantes, sino a la de los Jinetes.»
EDIPO EN COLONO 507 508 TRAGEDIAS

mitido para nadie, allí se sienta. Y enseguida lo que va a


III
ocurrir en el argumento se le viene encima. Pues uno
ARGUMENTO EN VERSO DE LA OBRA ANUNCIADA de los hombres de allí le ve y corre a anunciar que al­
O EDIPO E N COLONO guien está sentado en ese lugar. Llegan los que habitan
en la región formando el Coro para enterarse de todo.
Llegó de Tebas Antígona, sirviendo de guía a su pa­ Es el primero en hacer cesar el viaje y en dialogar con
dre, ciego, nacido de la misma desdichada madre, la hija. Es extraordinaria la disposición del conjunto en
a la tierra Cecropia y a los campos de Deméter, y se la obra, casi como la de ninguna otra.
sentó en el recinto sagrado de las Venerables Diosas.
Cuando Creonte llegó de Tebas con amenazas, Teseo le
retuvo por la fuerza de sus honestos brazos. Dijo que
traía noticia cierta de oráculos de Febo, según los cuales
el anciano decidiría el triunfo de esta guerra. De Argos
llegó como suplicante de los dioses el valiente Polinices
contra el que su padre lanzó terribles maldiciones. Las
Moiras inevitables condujeron el espíritu, que había vivi­
do largo tiempo reducido a esclavitud, junto a Colono,
protectora de Jinetes. Mientras el hijo de Egeo era guar­
dián de las predicciones de Hécate, entre terrem otos y
relámpagos, desapareció el anciano.

IV

ARGUMENTO DE SALUSTIO, HIJO DE PITÁGORAS

Conocemos todo lo que ocurre en el otro Edipo re­


lacionado con Edipo. En efecto está ciego y llega al
Ática guiado por una de sus hijas, Antígona. Está en el
recinto sagrado de las Venerables (Erinias), que se en­
cuentra en la llamada Colono de los Jinetes, denominada
así ya que también existe un templo de Posidón, el del
caballo, y de Prometeo, y ya que allí se detienen los que
cuidan de los mulos. Pito le había profetizado que allí
debía él recibir sepultura. E n un lugar que no está per­
(La escena tiene lugar ante un bosque consagrado a
PERSONAJES las Eum énides. A alguna distancia, la estatuía dedicada
a Colono, héroe epónim o del pueblo. Al fondo se ve la
ciudad de Atenas. Por el camino entra el anciano Edipo
guiado por su hija Antígona.)
E d ip o . E d ip o . — Antígona, hija de un anciano ciego, ¿a qué

A n t íg o n a . región hemos llegado o de qué hombres es este país?


E x t r a n je r o . ¿Quién acogerá en el día de hoy con míseros dones al
C o ro d e a n c ia n o s a te n ie n s e s . errabundo Edipo, que exige poco y recibe aún menos?
ISMENE. Sin embargo, esto me basta. Los sufrimientos y el largo
Teseo . tiempo que hace que los soporto me enseñan a ser pa­
Cr eo n te.
ciente, y, en tercer lugar, la nobleza de ánimo. Pero, hija
P o l in ic e s . mía, si ves algún lugar para sentarme, sea en un sitio pú­
M e n s a je r o . blico o junto a un recinto de los dioses, detenme y aco­
módame en él para que nos informemos de dónde nos
encontramos. Forasteros como somos, hemos llegado
para aprender de los ciudadanos y para cumplir lo que
oigamos.
A n t íg o n a . — Edipo, desgraciado padre mío, según
tengo a mi vista, hay unas torres allí delante que coro­
nan una ciudad. Éste es un lugar sagrado por lo que se
puede claramente adivinar: está lleno de laurel, olivos
y viñas y, dentro de él, los ruiseñores en compactas ban­
dadas hacen oír hermosos trinos. Descansa aquí tu cuer­
po sobre esta áspera roca, porque has realizado un viaje
largo para un anciano.
E d ip o . — Siéntame y cuida de este ciego.
A n t íg o n a . — No tengo que aprender a hacerlo, debido
al largo tiempo que vengo haciéndolo.
512 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 513

E d ip o . — ¿Puedes decirme ya dónde nos encontra­ E x t r a n j e r o . — La gente de aquí dice que ellas son
mos? las Euménides, que todo lo ven, pero otros epítetos tie­
A n t íg o n a . — E n verdad sé que en Atenas, aunque no nen en otros sitios.
sé en qué región. E d ip o . — Pues bien, acojan con benevolencia al supli­
25E d ip o . — Al menos eso es lo que todos los viajeros
cante, porque no voy a abandonar ya este sitio. 45
nos han dicho. E x t r a n j e r o . — ¿Qué significa eso?
A n t íg o n a . — ¿Voy a alguna parte a informarme de E d ip o . — La señal de mi destino.
qué lugar es? E x t r a n j e r o . — No tengo la osadía de hacerte salir
E d ip o . — Sí, hija, si es que es un lugar habitable. sin el consentimiento de la ciudad, antes de informarle
A n t íg o n a . — E stá habitado. Creo que no hay que ha­ de tus intenciones.
cer nada. Pues V eo cerca de nosotros a un hombre. E d ip o . — ¡Por los dioses, oh extranjero, no me con­
30 E d i p o . — ¿Se dispone a acercarse aquí? sideres indigno a mí, un vagabundo cual soy, de infor- 50
(Aparece en escena un habitante de Colono dando marme sobre lo que te pregunto!
rápidos pasos.) E x t r a n j e r o . — Házmelo saber, que a mis ojos por lo
A n t íg o n a . — Y a está a nuestro lado. Dile lo que te menos no serás indigno.
- parezca oportuno, pues aquí está el hombre. E d ip o . — ¿Cuál es el lugar en el que nos encontra­
E d i p o . — ¡Oh extranjero!, he oído a ésta, que ve por
mos?
mí y por ella misma, que has llegado como un observa- E x t r a n j e r o . — De todo cuanto yo sé te enterarás
35 dor oportuno para nosotros, para decimos lo que des­
también tú si me escuchas. E ste lugar, todo él, es sagra­
conocemos... do. E l venerable Posidón es su dueño y en él está el 55
E x t r a n j e r o . — Antes de que te informes de más co­
dios portador del fuego, el titán Prometeo. E l sitio que
sas, sal de este lugar. Pues ocupas un sitio en el que no estás pisando es llamado el «umbral broncíneo» de este
es piadoso poner los pies. país, «bastión de Atenas»2. Los campos cercanos se ufa­
E d i p o . — ¿Qué lugar es? ¿A cuál de los dioses se
nan de que este jinete de aquí, Colono (señalando la
considera que pertenece? estatua ecuestre del héroe), es su fundador y todos lie- 60
E x t r a n je r o . — E s un lugar sagrado y no habitable.
van en común su nombre, siendo así designados. Tales
40 Lo poseen las temibles diosas hijas de la Tierra y de lo son las cosas, oh extranjero, no honradas por leyendas 3,
O scurol. sino más bien al frecuentarlas cada día.
E d i p o . — ¿Y con qué venerable nombre podría invo­
E d ip o . — ¿Hay habitantes en estos lugares?
carlas, si puedo saberlo?
2 Con este nombre parece que se designaba un subterráneo
1 Las Erinias, llamadas tam bién Euménides. E n E s q u ilo ( E u - cuya abertura estaba en Colono y que llegaba hasta la entrada
m énides, 804-7), Atenea les prom ete que tendrán una gruta dedi­ de Atenas. E l bronce form aba p arte de la composición geoló­
cada a ellas en esta tierra. E stas divinidades son fuerzas primi­ gica de la ro ca en que estaba excavado.
tivas que no reconocen la autoridad de los dioses olímpicos. Su 3 Colono no es un héroe digno de ser cantado en poemas,
intervención en las tragedias es muy frecuente, castigando, ven­ pero los ciudadanos de este demo estaban orgullosos de su
gadoras, a quien ha cometido un crim en de sangre. héroe y de sus lugares sagrados.
514 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 515

E x t r a n je r o .— Por supuesto que sí, llamados con el la ciudad. Ellos serán quienes decidan si debes quedarte eo
sobrenombre de este dios4. o continuar tu camino de nuevo.
E d i p o . — ¿Les gobierna alguien o la palabra está en (Sale el colonense.)
poder del pueblo? E d ip o . — Hija mía, ¿se ha ido nuestro extranjero?
E x t r a n j e r o . — Están gobernados por el rey de la ciu­ A n tíg o n a . — Se ha ido, de modo que puedes hablar
dad. tranquilamente, padre, porque sólo yo estoy cerca de ti.
E d i p o . — ¿Y quién es el que manda por la palabra E d ip o . — ¡Oh soberanas de terrible ro s tro 6! Ya que
tanto como por la fuerza? me he sentado en este recinto vuestro, el primero en 85
E x t r a n j e r o . — Teseo es llamado, hijo del que reinó esta tierra, no seáis insensibles con Febo y conmigo. Él,
anteriormente, de E g e o 5. cuando anunció aquel cúmulo de desgracias, me habló
E d ip o . — ¿Alguien de vosotros podría llegarse junto de este descanso al cabo de mucho tiempo, cuando lle­
a él como enviado mío? gara a una región extrem a donde encontraría un asiento 9o
E x t r a n j e r o . — ¿Con qué objeto? ¿P ara hablarle o y un hospedaje en las venerables diosas. Que allí llegaría
para disponer su venida? el término de mi desdichada vida y que, una vez instala­
E d ip o . — Para que, ayudándome en bien poco, obten­ do, aportaría ganancias a los que me habían acogido,
ga gran provecho. pero infortunio a los que me arrojaron y despidieron.
E x t r a n j e r o . — Y ¿qué utilidad puede venir de un Y me dijo que como garantía de ello llegarían señales,
hombre que no ve? un seísmo, un trueno o el rayo de Zeus. 95

E d ip o . — Todo cuanto diga lo diré porque lo veo Ahora me doy cuenta que no pudo ser sino un cer­
claramente. tero auspicio vuestro el que me condujo por ese camino
E x t r a n j e r o . — ¿Sabes, extranjero, cómo no equivo­ hasta este recinto. En otro caso, nunca me hubiera en­
carte ahora? Si es que eres noble, como lo pareces para contrado en mi m archa con vosotras las primeras, yo 100
quien te ve —excepto en la fortuna—, permanece ahí que me abstengo de vino con vosotras que tampoco be­
donde te me m ostraste mientras yo voy a contar estas béis 7, y no hubiera tomado asiento sobre este venerable
cosas a los hombres de este pueblo de aquí, no a los de pedestal sin desbastar.
Así que, diosas, según los oráculos de Apolo conce­
< Se designa con el térm ino genérico de theós a aquellos dedme ya el término de mi vida, un desenlace, si no os
que reciben honores divinos. E sto ocu rre con Colono, y lo sa­ parezco indigno, yo que soy siervo de las mayores mise- 105
bemos también de Anfión y Zeto, héroes tebanos (A ristófan es , rías de los humanos. ¡Ea, oh dulces hijas de la ancestral
Acarnienses 905) y de Academo ( É u p o l is , fr. 3).
Oscuridad! ¡Ea, oh Atenas, la ciudad más honrada de
5 Teseo es el m ítico rey de Atenas. Aquí nos lo presenta
Sófocles al final de su vida y encam ando todas las virtudes que todas, que tomas el nombre de la gran Palas! Compade-
él reconoce en el pueblo ateniense: humanidad, lealtad y hospi­
talidad, entre otras. E s un herm oso homenaje a Atenas que, si 6 Las Erinias. Sobre su aspecto, véase nota 58 de Traquinias.
bien no falta en ninguna tragedia, aquí tiene su más im portante 7 A las Erinias no se les ofrecía libraciones con vino, sino
manifestación. E ste mismo tem a de alabanza a Atenas lo encon­ que consistían en agua y miel mezcladas ( E squilo , E um énides
tram os en las Suplicantes y en H eracles, de E u r íp id e s . 107, 727). Otra alusión en la m ism a obra aparece en los vv. 159-60.
516 TRAGEDIAS
EDIPO EN COLONO 517
no ceos de esta infeliz figura que fue Edipo; pues cierta­
mente no es éste mi antiguo aspecto. esta tierra. Y lo puedo evidenciar, pues no me arrastra­
A n t ig o n a . — Calla. He aquí que se acercan unos an­ ría así, con ojos ajenos, ni me apoyaría, mayor como
cianos para examinar dónde te has sentado. soy, en quienes son pequeños.
E d ip o . — Callaré, y tú ocúltame en el bosque; guía Antístrofa 1 .a
115 mis pasos fuera del camino hasta que me entere de qué — ¡Oh, oh! ¿E res desgraciado por los ojos
C o r if e o . iso
es lo que dicen; porque de enterarnos depende la pre­ sin vista desde nacimiento? Por lo que se puede conje­
caución de nuestras acciones. turar, lo eres desde hace tiempo. P ero en verdad, si está
(Se ocultan ambos en el bosque. E ntran los ancianos en m i mano, no añadirás sobre ti estas m aldiciones8.
de Colono que form an el Coro. Van dialogando por gru­ Has penetrado, sí, has penetrado ya, p ero en este 155
pos.) mudo bosque herboso no vayas más adelante, allí donde
C oro. una crátera llena de agua se mezcla con la corriente de I60
Estrofa 1 .a dulces aguas. De esto, infeliz extranjero, guárdate bien,
Atiende. ¿Quién era? ¿Dónde se encuentra? ¿Adonde apártate, aléjate. Un largo camino nos separa. ¿Escu- i65
no se ha alejado, fuera del lugar, el más osado de todos, chas, desdichado vagabundo? Si tienes algo que replicar
sí, de todos? Mira, acéchalo, insiste en preguntar p o r to­ a mis palabras, sal de los lugares sagrados, habla donde
das partes. está perm itido a todos. Antes, abstente de hacerlo.
Algún vagabundo, algún vagabundo será el anciano, E d ip o . — Hija, ¿qué puedo hacer en mi preocupa- 170
125 no del país. Pues nunca hubiera pisado el sagrado recin­ ción?
to de las invencibles doncellas ante las que, sólo con A n t íg o n a . — Padre, es preciso que practiquemos las
130 llamarlas, temblamos y pasamos por delante sin mirar, mismas costumbres que los ciudadanos, cediendo en lo
sin hablar, en silencio, soltando los labios en devota m e­ que sea preciso y obedeciendo.
ditación. Y ahora nos llega la noticia de que alguien que E d ip o . — Cógeme, pues.
135 nada las respeta ha llegado; al cual yo, a pesar de que A n t íg o n a . — Ya te sujeto.
miro por todo el bosque, aún no sé dónde se esconde. E d ip o . — Extranjeros, no sea yo agraviado. Os hago 175
(Edipo y Antigona salen del bosque.) caso y cambio de lugar.
E d ip o . — Yo soy ése. Veo por la voz, como suele de­
Estrofa 2 .a
cirse. C o r if e o . —
Nunca, anciano, te sacará nadie de esos
140 C o r i f e o . — ¡Ah, ah, terrible de ver, terrible de oír! sitios9 contra tu voluntad.
E d ip o . — No me miréis como a un malvado, os lo su­
(Edipo, conducido por Antígona, avanza hacia ade­
plico. lante.)
C o r i f e o . — Zeus protector, ¿quién puede ser el an­
E d ip o . — ¿Aún más?
ciano?
E d ip o . — Alguien que no es el primero en ser con- 8 Las que recaen en el que profana el recinto sagrado.
145 siderado feliz por su destino, oh vosotros, vigilantes de 9 E l corifeo señala, con un gesto, el lugar al que se refiere,
para que Antígona lo deposite allí.
518 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 519

Coro.— Adelántate todavía. gracia encima, eres conducido? ¿Podría saber qué país
— (Dando otro paso.) ¿Todavía?
E d ip o . es el tuyo?
iso C o r o . — (A Antigona.) Hazle avanzar unos pasos, m u­ E d ip o . — ¡Oh extranjero! No tengo patria, pero no...
chacha, tú que ves. C o r o . — ¿Qué es lo que nos prohíbes, anciano?
A n t íg o n a . — Síguem e, síguem e, así, con tus pies que E d ip o . — No, no m e preguntes quién soy ni trates de 210
se m ueven a ciegas, padre, por donde yo te lleve. averiguar más.
E d ip o . — . . . 10. C o r o . — ¿Qué significa esto?
185 C o r o . — E xtranjero en tierra extraña, resígnate, des­ E d ip o . — Un terrible origen.
venturado, a detestar lo que también la ciudad ha fijado C o r o . — Habla.
com o hostil y a respetar lo que estima. E d ip o . — (A A n tíg o n a .) Hija, ¡ay de mí! ¿Qué voy a
E d ip o . — Llévame tú, hija, adonde, practicando la pie- decir?
190 dad, podamos hablar y escuchar y no tengamos que lu­ C o r o . — ¿De quién desciendes, extranjero, dime, por 215
char contra la necesidad. vía paterna?
E d i p o . — ¡Ay de mí! ¿Qué m e va a suceder, hija mía?
Antístrofa 2.a A n t íg o n a . — Habla, ya que has llegado al extrem o n.
C o r i f e o . — A q u ín, y no apartes el pie fuera de esta
E d i p o . — E n ese caso hablaré, pues no puedo disi-
grada que form a la roca misma. _ mular.
E d ip o . — ¿Así?
C o r o . — Os estáis demorando m ucho. ¡Ea, date pri­
C o r o . — Ya es bastante, según estás escuchando.
sa!
195 E d ip o . — ¿Me siento?
E d ip o . — ¿Conocéis a un hijo de Layo? 220
C oro . — S í, de medio lado, en el borde de la roca,
C o r o . — ¡Ay!
con las rodillas dobladas hacia abajo. E d i p o . — ¿La estirpe de los Labdácidas?
A n t íg o n a . — Esto es m i cometido, padre. Acopla tu
C o r o . ·— ¡Oh Zeus!
paso en tranquilo movim iento... E d i p o . — ¿Al desventurado Edipo?
E d i p o . — ¡Ay de mí!
C o r o . — ¿E res tú ése?
200 A n t íg o n a . — ... reclinando tu anciano cuerpo en mi
E d i p o . — No tengáis m iedo de mis palabras.
solícito brazo. C o r o . — ¡Oh, oh, oh!
E d i p o . — ¡Ah, adverso destino!
E d ip o . — ¡Desdichado!
C o r o . — Desdichado, ya que ahora estás sosegado,
C o r o . — ¡Oh, oh!
205 háblame. ¿Quién eres? ¿Quién, tú, que, con tanta des-
E d i p o . — Hija, ¿qué vamos a encontrarnos ahora? 225
C o r o . — ¡Fuera, marchaos lejos de esta tierra!
10 Hay una laguna en el texto de cinco versos. Dos en boca
E d ip o . — ¿Cumplirás lo que prom etiste?
de Edipo, dos en la de Antígona y o tro más en la de Edipo,
según la edición de A. C. Pearson que seguimos.
11 Edipo ha avanzado hacia el borde de la gruta sagrada. 12 E s una expresión ambigua. No podemos saber si se refiere
Allí hay una roca que form a una especie de asiento en el· que a que ha llegado al final de su vida, o a que está acorralado y
se instala. sin o tra escapatoria.
EDIPO EN COLONO 521
520 TRAGEDIAS

más piadosa y que sólo ella protege al extranjero mal­


C o ro . — A nadie le llega un castigo fatal por el hecho
tratado y es la única que puede socorrerle? Por lo menos
230 de vengar cosas que antes uno ya ha experim entado13.
en mi caso, ¿dónde está esa fama si vosotros, tras levan­
E l engaño que se corresponde con otro engaño propor­
tarm e de este asiento, me expulsáis sólo por temor a mi 265
ciona sufrimientos, que no beneficios. Tú vuélvete lejos
nombre? No teméis, ciertamente, mi persona ni mis ac­
235 de este lugar, vete rápidamente fuera de mi país, no sea
ciones, ya que éstas las he padecido más que cometido
que añadas a mi ciudad una carga más.
— si es que fuera conveniente hablaros de mis relaciones
(Antígona se interpone entre Edipo y el Coro.)
con mi padre y mi madre a causa de las cuales sentís
A n t íg o n a . — ¡Extranjeros de piadosos sentimientos!
tem or ante mí— . Lo sé bien.
240 Ya que a m i anciano padre no soportáis por haber oído
Sin embargo, ¿cómo voy a ser un malvado por natu- 270
el relato de involuntarios actos, com padeceos al menos
raleza, yo que devolví lo que había sufrido15, de suerte
de mi, infortunada, os lo suplico. Yo lo im ploro por mi
que, aun si lo hubiera hecho conscientemente, ni en ese
245 padre abandonado; os suplico m irando a vuestro rostro
caso hubiera llegado a ser un malvado? Y luego, sin sa­
con ojos que no son cieg o s14 — como si se mostrara al­
ber nada, llegué adonde llegué y estoy perdido por obra
guien de vuestra misma sangre— , que este desdichado
de aquellos que, sabiéndolo, me hicieron su frir16.
obtenga vuestra consideración.
Por ello os suplico, extranjeros, por los dioses, que 275
Estam os en vuestras manos con nuestras miserias
así como me habéis hecho levantar, m e salvéis y que, si
como en las de la divinidad. ¡Ea, pues!, concedednos esta
honráis a los dioses, no les deneguéis luego su parte.
250 inesperada m erced. (Dirigiéndose al corifeo.) T e lo su­
Considerad que ellos miran al m ortal que es piadoso,
plico por lo que te sea grato, hijos, m ujer, negocio o
pero miran también a los que no lo son, y que ningún 280
dios. Pues si te fijas, no podrás ver a ningún mortal que
hombre entre los mortales que fuera impío ha escapado
pueda escapar cuando una divinidad le guía.
aún.
255 C o r i f e o . — Entérate, hija de Edipo, de que a ti y a él
Con su ayuda no empañes la dicha de Atenas colabo­
os compadecemos por igual a causa de la desgracia vues­
rando en acciones sacrilegas. Antes bien, tal como me
tra. Pero por tem or a los designios de los dioses no nos
acogiste suplicante bajo promesa, protégeme y guárda- 285
sentimos con fuerzas de añadir más a lo que acabamos
me. No me desdeñes al ver mi espantoso rostro. Pues
de decir.
he llegado protegido por la divinidad y piadoso, trayen­
E d ip o . — ¿Qué utilidad, pues, reporta la gloria o
do un provecho para los ciudadanos de aquí. Cuando el
260 buena fama en vano extendida, si dicen que Atenas es la
que tiene autoridad esté presente, quienquiera que sea
13 E s decir, no le amenaza ningún castigo al que se venga
vuestro jefe, entonces te enterarás de todo al oírlo. En- 290
con sufrimientos de quien antes los ha producido en los demás, tretanto, de ningún modo seas ru in 17.
dice el Coro para justificarse.
15 Edipo recuerda que, antes de a ta ca r él al anciano Layo,
14 Antígona se com para con las hijas de los ancianos del
había sido golpeado p or éste. (E d ip o Rey 806-12.)
Coro, p ara conmover sus sentimientos paternales y ablandarles
i* Cuando le clavaron los tobillos y le llevaron al Citerón.
en sus decisiones, así como p ara atenuar la impresión de horror
17 Obsérvese que Edipo, en su discurso, tan pronto se di­
que les produce la contemplación de los ojos mutilados del an­
rige en plural a todo el Coro com o en singular al corifeo.
ciano Edipo.
522 TRAGEDIAS
EDIPO EN COLONO 523

C o r if e o . —Tus exhortaciones me tienen que turbar


gorro tesalio que protege del sol le cubre el rostro.
a la fuerza, anciano, pues no las has expresado con pa-
¿Qué digo? ¿E s o no es? ¿No me engaña mi juicio? 315
295 labras triviales. Me basta que decidan en esto los sobe­
Afirmo y niego y no sé qué decir, ¡infeliz! ¡No es otra!
ranos de esta tierra.
Me saluda con radiante m irada mientras se acerca. Ello 320
E d i p o . — ¿Dónde está el que manda en este país,
indica que este rostro querido no es otro que el de
extranjero?
Ismene.
C o r i f e o . — Habita en la ciudad de su padre dentro
de la región. El centinela que también a mí me hizo E d ip o . — ¿Cómo dices, oh hija?
venir aquí ha ido a buscarle. A n t íg o n a . — Que veo a tu hija, a mi hermana. En ­
E d i p o . — ¿Y c r e é is q u e t e n d r á a lg u n a c o n s i d e r a c i ó n seguida podrás conocerla por la voz.
300 e i n t e r é s p o r e s t e c ie g o c o m o p a r a q u e é l e n p e r s o n a (Entra Ism ene con un esclavo.)
se acerq u e? I s m e n e . — ¡Oh padre y hermana, las dos palabras 325
C o r if e o . — Desde luego que sí, cuando conozca tu más dulces para mí! ¡Tras encontraros con dificultad,
nombre. ahora apenas os puedo ver por causa de la tristeza!
E d ip o . — ¿Quién es el que le comunicará esta no­
E d ip o . — Hija mía, ¿has llegado?
ticia?
I sm en e. — ¡Oh padre, penosa visión!
— E l camino es la rg o 18, pero las palabras
C o r if e o .
de los viajeros con mucha frecuencia suelen andar E d ip o . — ¡Hija, has aparecido!
305 errantes, y cuando aquél las oiga se presentará, ten con­ I sm en e. — No sin esfuerzo para m í,
fianza. Tu nombre, anciano, ha llegado a todas las regio­ E d ip o . — ¡Tócame, oh hija!
nes de modo que, aunque esté descansando, sin ganas I sm en e. — Os abrazo a los dos a la vez.
de moverse, cuando oiga hablar de ti vendrá rápida­
E d ip o . — ¡Oh hijas de la misma sangre! 330
mente.
E d i p o . — ¡Que llegue en buena hora para su propia
I sm en e. — ¡Oh v id a s t e r r i b l e m e n t e d e s g r a c ia d a s !
ciudad y para mí! Pues, ¿qué hombre generoso no es E d ip o . — ¿La de ésta y la mía?
amigo de sí mismo? I sm en e. — Y la mía en tercer lugar, también desdi­
310 A n t íg o n a . — ¡Oh Zeus! ¿Qué puedo decir? ¿Qué con­ chada. ,
clusión voy a sacar, padre? E d ip o . — Hija, ¿por qué has venido?
E d i p o . — ¿Qué pasa, Antígona, hija mía? I sm en e. — Por atención a ti, padre.
A n t íg o n a . — Veo que una m ujer se acerca a nosotros.
E d ip o . — ¿Acaso porque sentías nostalgia?
Viene sobre una yegua del E t n a 19. E n su cabeza un
I s m e n e . — Sí y para ser portadora de noticias por
mí misma junto con este servidor, el único que perma­
18 E n tre Colono y Atenas hay ce rca de dos kilómetros. Ac­
tualmente es un barrio de la capital, el Dípilon. necía fiel.
i® Los caballos y mulos sicilianos eran fam osos. Ismene pro­ E d ip o . — Y tus hermanos, ¿en qué se ocupan los jó- 335
bablemente no entraba con la yegua en la escena. venes?
EDIPO EN COLONO 525
524 TRAGEDIAS

acerca de mi persona, y te erigiste en fiel guardiana mía


I sm en e.— Están donde están M. Terrible es la situa­ cuando fui expulsado del país.
ción entre ellos ahora. En esta ocasión de nuevo, ¿qué noticias vienes a
E d ip o . — ¡Ah, cuán de cerca se adaptan esos dos, traer, Ismene, a tu padre?, ¿qué misión te llevó fuera
en su natural y en sus géneros de vida, a las costumbres de casa? Pues de vacío no vienes, lo sé muy bien, sin 360
340 que existen en E g ip to !21. E n efecto, allí los varones se traerm e algún motivo de temor.
quedan sentados en sus casas tejiendo, mientras que I s m e n e . — Los padecimientos que he sufrido yo, pa­
las esposas, siempre fuera de la vivienda, preparan los dre, mientras indagaba qué clase de vida llevabas, dónde
recursos de vida. En nuestro caso, hijas mías, quienes habitabas, los dejaré a un lado. Pues no quiero sentir
era natural que se ocuparan de estas cosas están en doble pena, una vez ál pasarlos y otra cuando los cuen­
casa, guardándola como si fueran muchachas, mientras to. Pero los males que se ciernen ahora en torno a tus 365
que vosotras dos en lugar de ellos sois quienes sopor- dos hijos, ésos he venido a referirte.
345 táis las desgracias de este miserable; la una, desde que Antes tenían ellos deseo de ceder a Creonte el trono
dejó de necesitar el cuidado propio de la niñez y for­ y evitar m anchar la ciudad, con el razonamiento de que
taleció su cuerpo, anda siempre errante, la infeliz, con­ veían cómo la destrucción que de antiguo azotaba a
migo, sirviendo de guía a un anciano, vagando unas ve­ nuestro linaje envolvía tu desdichada morada. Pero 370
ces por el agreste bosque sin alimento y descalza, y ahora, de parte de algún dios o de alguna mente culpa­
350 otras padeciendo bajo frecuentes lluvias o bajo los ar­ ble, ha penetrado en los tres veces desgraciados una
dientes calores del sol, ¡infortunada! Piensa que son funesta rivalidad por apoderarse del mando y del poder
secundarias las ventajas de la estancia en casa si su pa­ real.
dre tiene alimento. Y en cuanto a ti, oh hija, antes ya E l que es más joven y menor en edad ha privado
llegaste junto a tu padre a escondidas de los cadmeos del trono y expulsado de la patria a Polinices, que fue 375
355 trayendo todos los oráculos22 que fueron vaticinados engendrado antes Éste, según el rum or divulgado en­
tre nosotros, tras m archarse como desterrado a la cón­
20 Un vago eufemismo p ara ocu ltar la situación de tensión cava Argos, adquiere un nuevo parentesco24 y amigos
que hay entre ambos, situación que aún ignora Edipo.
que serán compañeros de armas, creyendo que Argos 380
21 Se ha sospechado la autenticidad de este pasaje (337-341),
coincidente con H eródoto (Hist. II 35), acerca de las costum­ dominará con honra la llanura cadmea o hará que se
bres de los egipcios. Pero también puede ser un homenaje a alce hasta el cielo s .
H eródoto, contemporáneo y amigo.
22 Se trata de oráculos sobre Edipo, dados a los tebanos des­ 23 E n contra de la tesis, m ás frecuente, de que Eteocles era
pués de que él abandonara Tebas, y de los que en ningún otro el m ayor ( E u r ípid es , Fenicias 71), Sófocles nos presenta a Poli­
sitio se hace mención. Según la interpretación de Jebb, estos nices nacido antes, Así lo hace aparecer como m ás ofendido,
oráculos son una invención literaria p a ra ju stificar una conducta y facilita la compasión del espectador cuando se presente, más
piadosa hacia Ismene, pues no p arecería bien que hubiera per­ adelante, en escena. Por otra parte, Eteocles resulta doblemente
manecido tantos años en Tebas sin m o strar interés por su pa­ culpable y se justifican las maldiciones que lanza con tra los dos.
dre, ni tam poco que no pudiese acom pañar a Edipo en sus 24 Se casa con la hija de Adrasto, rey de Argos.
correrlas, ya que era Antígona la única com pañera del viejo 25 La gloria de Tebas, quiere decir.
desterrado según la leyenda poética.
526 TRAGEDIAS
EDIPO EN COLONO 527

Esto no es una sucesión de palabras, padre, sino he­


ca de su país, pero no donde tú puedas ser tu propio
chos terribles. No puedo saber en qué momento los
dueño.
dioses tendrán compasión de tus sufrimientos.
E d ip o . — ¿E s que también me piensan cubrir con
385 E d ip o . — ¿Tenías esperanza de que los dioses mos­
tierra tebana?
traran una inquietud por mí como para salvarme algu­
I s m e n e . — No lo permite la sangre derramada de tu
na vez?
familia, p ad re27.
I s m e n e . — Yo sí, a la vista de los actuales oráculos.
E d ip o . — En tal caso no se apoderarán nunca de m í.
E d i p o . — ¿Cuáles? ¿Qué ha sido profetizado, hija?
I s m e n e . — Esto será, ciertamente, algún día motivo
I s m e n e . — Que tú serás buscado algún día por los
de pesadumbre para los Cadmeos.
390 hombres de allí26, vivo o m uerto, para su bienestar.
E d ip o . — ¿Por q u é medios se hará visible, oh hija? 410
E d i p o . — ¿Y a quién podría irle bien por mi pobre
I s m e n e . — Por efectos de tu cólera, cuando estén so­
mediación?
bre tu tum ba28.
I s m e n e . — Dicen que en tus manos está su poder.
E d ip o . — ¿A q u ié n h a s o íd o lo q u e e s t á s d ic ie n d o ,
E d ip o . — ¿Cuando ya no soy nada, entonces resulta
h i ja ?
. que soy persona?
I sm en e. — A los emisarios que vinieron del altar dél-
I s m e n e . — Ahora los dioses te encumbran y antes te
fico.
perdían.
E d ip o . —
¿Y esto es lo que ha dicho Febo sobre m í ?
395 E d ip o . — ¡Vano es levantar a un anciano que se
— Así lo aseguran los que llegaron a la lia- 415
I sm en e.
arruinó de joven!
nura de Tebas.
I s m e n e . — Y, sin embargo, sabe que por este motivo
E d i p o . — ¿ A lg u n o d e m is h i jo s l o o y ó ?
vendrá Creonte dentro de poco tiempo, sin que pase I s m e n e . — L o s d o s p o r ig u a l y e s t á n p e r f e c t a m e n t e
mucho.
e n te ra d o s.
E d i p o . — ¿Para qué, hija? Acláramelo.
E d i p o . — ¿Y después de haberlo oído los infames an­
I s m e n e . — Con la intención de establecerte cerca de
teponen el poder al deseo de mi persona?
400 la tierra cadmea, para poder dominarte, pero sin que
I s m e n e . — Yo me duelo ál oírlo, pero lo admito. 420
entres en sus límites.
E d ip o . — Pues bien, ¡que los dioses no apaguen esta
E d ip o . — Y el provecho de estar sepultado a las puer­
discordia fatal y que en mí esté el resultado final para
tas, ¿cuál será?
ellos de esta lucha en la que ahora están ocupados y le­
I s m e n e . — Si tu tumba no recibe el cuidado debido, vantando la lanza! Ni permanecerá el que ahora detenta 425
será penoso para ellos. el poder y el trono ni el que se ha marchado volverá de
E d ip o . — Cualquiera podría saber esto por sus pro­
pias luces, sin la ayuda de la divinidad. 27 E sto es, el que Edipo haya m atado a uno de los de su
405 I s m e n e . — Por ello precisam ente quieren llevarte cer- propia sangre, a Layo, impide que sea enterrado en el mismo
sitio que éste, porque sería una impiedad.
28 Algún día, los tebanos invadirán el Ática y serán vencidos
26 Por los Tebanos.
por los atenienses cerca de la tum ba de Edipo.
528 TRAGEDIAS
EDIPO EN COLONO 529

nuevo nunca más. Porque ellos, cuando con tanto des­


oh extranjeros, queréis defenderme con la ayuda de es­
precio fui expulsado de mi país, no me retuvieron ni sa­
tas venerables diosas protectoras del país, ganaréis un 460
lieron en mi defensa, a mí, su padre, sino que presen-
salvador para esta ciudad y fatigas para mis enemigos.
430 ciaron cómo fui enviado al destierro y cómo fue voceada
mi condición de proscrito por el heraldo. C o r i f e o . — Merecedor eres de compasión, Edipo, tú
Podrías objetarme que la ciudad entonces m e conce­ y las hijas que tienes aquí. Y a que te presentas como
dió, como era natural, el favor que estaba deseando. No, salvador con estas palabras, quiero aconsejarte lo más
por cierto, ya que durante aquel día, cuando mi ánimo conveniente.
43t5 hervía y me era lo más grato m orir y ser lapidado, nadie — ¡Oh muy amigo! Sírveme de guía con la 465
E d ip o .
apareció para ayudarme en este deseo29. Y pasado el seguridad de que todo lo voy a cumplir.
tiempo, cuando ya mi pena estaba apaciguada y me di C o r i f e o . — Celebra enseguida un rito de expiación a
cuenta de que mi ímpetu me había lanzado a un castigo estas divinidades, junto a las que llegaste y cuyo suelo
mayor de lo que merecían las faltas cometidas anterior- has hollado.
440 mente, entonces, en ese momento, la ciudad me arrojó E d ip o . — ¿De qué modo, extranjeros? Enseñadme.
por la fuerza del país tras tanto tiempo. Y ellos, que
C o r i f e o . — En primer lugar, ve a por sagradas liba­
eran hijos, no quisieron ayudar a su padre aunque po­
ciones de la fuente que siempre mana, tomándolas con 470
dían haberlo hecho, sino que, a falta de una mínima
manos purificadas32.
palabra, sigo vagando gracias a ellos, proscrito, deste­
rrado, mendigo. E d ip o . — ¿Y cuando haya tomado esa libación sin
445 De estas dos, aunque son sólo unas muchachas, en mezcla?
tanto en cuanto su condición30 se lo permite, obtengo C o r i f e o . — Hay unas v asijas33, obra de hábil arte­
medios para alimentarme, seguridad de un lu gar31 y el sano, de las que debes cubrir su parte alta, así como las
socorro de la familia. Ellos dos en lugar de su padre han asas de los dos lados.
preferido el trono, m andar con el cetro y gobernar el E d ip o . — ¿Con ramas, copos de lana o con qué otra
450 país. Pero no me conseguirán como aliado ni les llegará cosa?
nunca provecho de esa soberanía cadmea. Yo sé tales C o r i f e o . — Con mechones de lana recién cortada de 475
cosas por oír los oráculos de esta hija, y por meditar una oveja joven.
sobre las antiguas profecías acerca de mí que Febo hizo
E d ip o . — Sea, y después, ¿cómo debo concluir el
cumplir tiempo ha.
rito?
455 Después de esto, que envíen a Creonte a buscarme o
a cualquier otro con influencia en la ciudad. Si vosotros, 32 E sta purificación de que habla consistía en lavarse las
manos antes de en trar en el recinto sagrado.
29 Hay una cierta contradicción en este pasaje. 33 Unas cráteras que el sacerdote guardaba en el interior
30 Su condición de m ujeres. de la gruta para uso de los devotos. E ra n vasijas de boca an­
31 Frase enigmática, que tal vez se refiera a la seguridad de cha y dos asas laterales, aptas para m ezclar el vino y el agua.
sus movimientos por los distintos países. Aquí ya hemos dicho (nota 7) que las libaciones no se hacían
con vino.
530 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 531

i
C o r if e o . — Debes hacer las libaciones de pie frente si con ánimo bien dispuesto se presenta. Haced algo soo
a la prim era lu z34. pronto, pero a mí no me dejéis solo, porque mi cuerpo
E d i p o . — ¿Con aquellas vasijas a que te refieres debo no tendría fuerza para arrastrarse solo y separado de mi
hacerlas? guía.
C o r i f e o . — Sí, y en tres chorros cada una y la úl­ I s m e n e . — Yo iré a cumplirlo. Quiero saber una cosa:
tima por completo. dónde tendré que encontrar el lugar.
E d i p o . — ¿De qué la lleno?35. Enséñamelo también. C o r i f e o . — Al otro lado de este bosque, extranjera, sos

C o r i f e o . — De agua y de miel, sin añadir vino. Y si algo necesitas, un guardián hay que te informará.
E d ip o . — ¿Y cuando las haya recibido la tierra de I s m e n e . — Parto a hacerlo. Antígona, tú vigila aquí a
oscuro follaje? nuestro padre. Pues aunque uno se tome trabajo por los
C o r i f e o . — Entonces coloca sobre ella tres veces con padres, no se debe recordar el esfuerzo.
las dos manos nueve ramos de olivo y suplica con estas (Se marcha Ism en e.)
plegarias...
C oro.
E d ip o . — Quiero escucharlas. Pues es lo más impor­
Estrofa 1 .a
tante.
C oro. — E s terrible, sin duda, oh extranjero, avivar sio
C o r i f e o . — « . . . Y a que las llamamos las Bondado­
el mal que desde hace tiempo ya está adormecido. Sin
s a s 36, que con bondadoso corazón acojan al suplicante
em bargo, ardo en deseos de saber...
que es un medio de salvación.» Haz tú mismo esta sú­
E d i p o . — ¿Qué?
plica, o cualquier otro por ti, hablando quedamente y sin
C o r o . — ... acerca de la trem enda angustia que se te
alzar la voz. Después aléjate sin m irar atrás. Yo te so­
presentó, irrem ediable, y en la que te viste envuelto.
correré confiado si haces esto, pero de otro modo teme­
E d i p o . — E n nom bre de tu hospitalidad, no descu-sis
ría por ti, extranjero.
bras los hechos vergonzosos que padecí.
E d ip o . — ¡Oh hijas! ¿Habéis escuchado a estos luga­
C o r o . — Deseo escuchar fidedignam ente el repetido e
reños que nos acogen?
incesante rum or, extranjero.
A n t íg o n a . — Les hemos escuchado. Ordénanos lo que
E d i p o . — ¡Ay d e mil
hemos de hacer.
C o r o . — Compláceme, te lo suplico.
E d i p o . — Para mí no es factible. Me lo impide el no
E d i p o . — ¡Ay, ay!
tener fuerza y el no ver, doble desgracia. Pero que una
C o r o . — Consiente. Yo, p o r m i parte, lo hago en lo m
de vosotras vaya y lo haga. Pues yo creo que es sufi­
que deseas.
ciente una sola persona que lo cumpla por otras muchas,

34 Por donde sale la prim era luz, o sea, mirando al Oriente.


Antístrofa 1 .a
35 E sta últim a vasija, que va a quedar vacía por completo. E d i p o . — Sobrellevé el delito, ciertam ente, extranje­
Las dos prim eras no se vaciaban. ros, lo sobrellevé contra m i voluntad. Dios lo sabe. Nin­
36 Traduzco aquí «bondadosas», en lugar de transcribir el guna de aquellas cosas fu e voluntaria.
nombre griego «Euménides», para ap reciar la paronom asia que
C o r o . — Pero ¿para qué?
presenta el griego.
532 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 533

525 E d ip o . ·— A causa de un infortunado tálamo, a mí, que C oro. — Mataste... 545


nada sabía, la ciudad37 m e ligó a una desgracia derivada E d ip o . — Le maté, pero tengo...
de las bodas... C o r o . — ¿Qué?
C o r o . — ¿E s que colmaste, según tengo oído, el lecho E d ip o . — ...a lg o que m e justifica.
de infausto nom bre de tu m adre? C o r o . — ¿Qué es ello?
530 E d ip o . — ¡Ay, m uerte es oír esto, oh extranjero! E s­
E d ip o . — Yo te lo explicaré. Sin saber lo que hacia
tas dos nacidas de m í...
maté y destruí. Pero estoy libre ante la le y 39. Ignorante
C o r o . — ¿Cómo dices?
llegué a esto.
E d ip o . — ...la s dos hijas, dos desgracias...
C o r i f e o . — He aquí presente a nuestro rey Teseo,
C o r o . — ¡Oh Zeus!
hijo de Egeo, que ha venido ante tu recado. 550
E d ip o . — ... nacieron del parto de m adre común.
(E ntra Teseo con su escolta.)
Estrofa 2 .a T e s e o . — Te he reconocido, oh hijo de Layo, por ha­
C o ro , - t - Descendientes de ti son y... ber oído a muchos hablar hace tiempo de la sangrienta
535 E d ip o . — ... hermanas de su padre p o r parte de ma­ destrucción de tus o jo s40. Ahora, por lo que he escucha­
dre. do en mi camino hacia aquí, tengo ya la certeza. Pues tu 555
C oro.— ¡Oh! aspecto y tu lamentable rostro nos evidencian que eres
— ¡Ah, renacer de innum erables desgracias!
E d ip o . quien eres, y tras compadecerte quiero preguntarte, des­
C o r o . — Has sufrido... venturado Edipo, con qué ruego para la ciudad y para
E d ip o . — H e sufrido cosas insoportables. mí, tú en persona y tu infeliz acompañante, os habéis
C o r o .· — Has hecho... presentado. Indícamelo. Pues un terrible suceso tendrías 56o
E d ip o . — No he hecho. que comunicarme para que yo me desentendiera, cuando
C o r o . — ¿Qué, pues? sé que yo mismo, como tú, fui educado en el destierro41
540 E d ip o . — Acepté un d o n 38 que nunca, ¡infortunado y que más que cualquier hombre arrostré en tierra ex­
de mí!, debía de haber aceptado de la ciudad. tranjera peligros con riesgo de mi propia persona, de 565
Antístrofa 2 .a
39 Porque lo hizo en legítim a defensa.
C oro. — ¡Desdichado! Pues, ¿q u é? ¿Cometiste el ase­
« Recuérdese aquí que el que había ido a buscar a Teseo
sinato...? no sabía aún quién era el anciano, y sólo pudo describir su
— ¿Cuál? ¿Qué quieres saber?
E d ip o . aspecto físico.
C oro. — ... de tu padre? 41 E tra , madre de Teseo, era hija de Piteo, rey de Trecén.
Allí pasó Teseo su juventud, ignorando que su padre era Egeo,
E d ip o . — ¡Ay, ay! Me has infligido un segundo golpe,
el rey de Atenas. Cuando llegó a la adolescencia, su madre le
herida sobre herida. hizo saber quién era su padre y él se puso en camino hacia
el Ática. E n el camino por tierra —en con tra de los consejos
37 Tebas. de su m adre, de hacer la travesía por m ar— , arrostró numerosos
38 La recompensa que tuvo que acep tar p or vencer a la E s­ peligros de los que, al igual que H eracles, héroe dorio, fue sa­
finge fue la realeza y, con ella, la mano de la joven reina viuda. liendo victorioso.
534 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 535

modo que a nadie que sea extranjero, como tú ahora, E d ip o . — Cuando era yo quien lo quería no me lo
dejaría de ayudar a salvarse. Sé que soy m ortal y que concedieron.
en nada dispongo más que tú del día de mañana. T e s e o . — ¡Oh insensato! La pasión en medio de las
E d ip o . —
Teseo, tu nobleza de sentimientos en tan desgracias no es oportuna.
570 corto discurso me obliga a no abusar de largos parla­ E d ip o . — Cuando conozcas mis razones, repréndeme;
mentos. Tú has dicho ya de mí quién soy y de qué pa­ por ahora déjame.
dre he nacido y de qué país he venido. De modo que T e s e o . — E x p líc a te , y a q u e n o d e b o h a b la r sin c o n o ­
ninguna otra cosa me queda, sino decir lo que deseo y c im ie n to .
mi relato se termina. E d ipo . — He sufrido, Teseo, males terribles que se 595
575 T eseo. — Dímelo ahora para que me entere. añadían a otros.
T e s e o . — ¿Aludes al antiguo hado de tu familia?
E d ip o . — He venido para ofrecerte el don de mi in­
fortunado cuerpo. No es apreciado para la vista, pero E d ip o . — No, ciertamente, pues de él todos los hele­
los beneficios que de él obtendrás son m ejores que un nos hablan.
bello aspecto. T e s e ó . — ¿Qué sufres que esté por encima de lo hu­
mano?
T eseo . — ¿Con qué provecho pretendes haber lle­
E d ip o . — Así están las cosas para mí: fui expulsado
gado?
de mi tierra por mis propios vástagos. Me es imposible 6O 0
580 E d ip o . — Con el tiempo lo podrás saber, no en el mo­
mento presente. regresar de nuevo como lo es a un parricida.
T e s e o . — En ese caso, ¿cómo te van a hacer buscar,
T eseo . — ¿Cuándo, pues, se m anifestará este bene­
si debes vivir aparte?
ficio?
E d ip o . — E l mandato divino les obligará.
E d ip o . — Cuando yo muera y tú seas quien me dé se­
T e s e o . — ¿Qué desgracia temen que les venga de los
pultura.
oráculos?
T e s e o . — Pides los últimos deberes de la vida; pero,
E d ip o . — Que sea inevitable el ser derrotados por 605
respecto a lo que hay entretanto, o lo tienes en olvido o
este país.
lo desdeñas.
T e s e o . — ¿ Y c ó m o p o d r ía n lle g a r a e s t a r tir a n te s
585 E d ip o . — Es que, entonces, yo obtendré a la vez eso. n u e s tr a s re la c io n e s ?
T eseo . — Me pides una gracia que poco cuesta. E d ip o . — ¡Oh queridísimo hijo de Egeo! La vejez y
— Pero presta atención. No es pequeña, no,
E d ip o . la muerte a su tiempo sólo a los dioses no alcanza. El
esta contienda. tiempo, que todo lo puede, arrasa todas las demás cosas.
T eseo . — ¿Te refieres acaso a la de tus hijos y yo? Se consume el vigor de la tierra, se consume el del cuer- 610
E d ip o . — Ellos presionarán para llevarme allí. po, perece la confianza, se origina la desconfianza y no
590 T e s e o . — Pues si tú lo quieres... No es hermoso estar permanece el mismo espíritu ni entre los hombres ami­
en el destierro. gos ni entre una ciudad y otra.
536 TRAGEDIAS
EDIPO EN COLONO 537

615 Para unos, pronto, para otros, más tarde, los placeres
Si le es grato al extranjero permanecer aquí (diri­
se vuelven amargos y, posteriormente, dulces42. Asimis­
giéndose al corifeo), te ordeno que le custodies, o si eli­
mo, si a Tebas por ahora le van bien sus relaciones con­
ge partir conmigo... Lo que prefieras de estas cosas,
tigo, el tiempo incalculable en su curso engendra días y
Edipo, te permito escoger, pues con eso estaré de
noches sin cuento durante los cuales se pueden romper acuerdo.
620 por la lanza, con un pequeño motivo, los amistosos
E d ip o . — ¡Oh Zeus, concede beneficios a hombres de
acuerdos de hoy. Entonces mi cadáver en reposo, en­
este talante!
terrado, beberá, ya frío, la caliente43 sangre de ellos,
T e s e o . — ¿Qué quieres, pues? ¿Acaso ir a mi palacio?
si es que Zeus es aún Zeus y Febo hijo de Zeus es in­
E d ip o . — Si me fuera posible, pero éste es el lugar...
falible.
T e s e o . — ¿Qué vas a hacer en él? No me opondré.
Pero no es lícito hablar de asuntos que deben ser E d ip o . — ... en el que venceré a los que m e han ex­
625 inviolables. Déjame, pues, en el punto en que comencé:
pulsado.
que guardes sólo tu juramento, y nunca tendrás que de­ T e s e o . — Grande sería el don de que hablas por per­
cir que recibiste en Edipo a un inútil habitante de estos manecer aquí.
lugares, si es que los dioses no me engañan. E d i p o . — Sí, si por tu parte perseveras en dar cum­
C o r i f e o . — Señor, desde hace tiempo este hombre
plimiento a lo que me has dicho.
630 se manifiesta como quien desea cumplir estas y otras
T e s e o . — Confía en lo que a mí se refiere. No te trai­
promesas para esta tierra. cionaré.
T e s e o . — ¿Quién es el que, en esta situación, recha­
E d i p o . — Yo no te voy a obligar a la fidelidad bajo
zaría el favor de un hombre así con quien, en primer juramento, como si fueras un m alvado43.
lugar, existe siempre un hogar común entre nosotros
T e s e o . — En verdad nada obtendrías de él más que
por los vínculos de hospitalidad44 y luego, tras venir
de mi sola palabra.
635 como suplicante de los dioses, satisface un tributo no
E d i p o . — ¿Cómo a c t u a r á s ?
pequeño para esta tierra y para mí? Yo, temeroso ante T e s e o . — ¿Qué es lo que más temes?
esto, nunca desdeñaré su ofrecimiento y le instalaré en E d i p o . — Llegarán unos hom bres...
esta región como ciudadano. T e s e o . — Éstos (señalando a los del Coro) se cuida­
rán de eso.
42 Obsérvese que se com pleta el círculo de la evolución. No
E d i p o . — Mira que abandonándome...
sólo cambia, sino que vuelve o tra vez al primitivo estado.
T e s e o . — No m e enseñes lo que debo hacer.
43 Contraste de sensaciones por el que se asocia el frío a la
idea de m uerte y el calor a la de vida. Véase Antígona 88. E d i p o . — Es necesario, porque tem o...
44 E l adjetivo dorÿxenos se aplica solamente entre príncipes T e s e o . — Mi c o r a z ó n n o t e m e .
o jefes que mandan una fuerza arm ada, cuando hay entre ellos E d ip o . — No sabes las amenazas...
una alianza para la guerra. Aquí los vínculos de hospitalidad T e s e o . — Yo sé que no te sacará de aquí ningún
a los que se refiere Teseo son una alianza hereditaria entre las
dos casas reales de Tebas y de Atenas. También en E u ríp id es
(iSuplicantes 930), Teseo dice que Polinices es un huésped. 45 Encontram os esta misma fórm ula en Filoctetes 811, diri­
gida al joven Neoptólemo.
538 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 539

hombre contra mi voluntad. Muchas amenazas se lan­ Antístrofa 2.a


zan con frecuencia en momentos de cólera con vanas Aquí, bajo el celeste rocío, florece un día tras otro
660 palabras. Pero cuando uno vuelve a razonar por sí mis­ el narciso de herm osos racimos, antigua corona de las
mo, desaparecen las amenazas. Y si aquéllos tal vez se dos grandes diosas51, y el azafrán de resplandores de 685
han envalentonado y han hablado jactanciosam ente de oro. Y las fuentes que no descansan, las que reparten
tu m archa, sé que el venir hasta aquí les parecerá un las aguas del Céfíso, no se consum en, antes bien, cada
m ar ancho e innavegable. día, sin dejar uno, corren fertilizando con rapidez en 690
Por tanto, yo te aconsejo que te muestres animoso, inmaculada corriente por los llanos de esta espaciosa
665 incluso sin mi decisión46, si Febo te envió por delante. tierra. Y no la detestan los coros de las Musas ni Afro­
Y aunque no esté yo presente, sé que mi nombre te dita la de las riendas de oro.
guardará de sufrir daño alguno.
'(Sale Teseo seguido de su escolta.) Estrofa 2.a
Existe un árbol cual yo no tengo oído que haya bro­
C o r o 47. tado nunca en la tierra de Asia ni en la gran isla dórica 695
E strofa 1.a de P élo pe52, árbol indomable que crece espontáneamen­
Bas llegado, extranjero, a esta región de excelentes te 53, terror de las lanzas enemigas, que abunda en esta 700
670 corceles a la m ejor residencia de la tierra, a la blanca región p o r doquier: él glauco olivo que alimenta a nues­
Colono m, donde más que en ningún otro sitio el armo­ tros hijos. Ni un joven, ni quien se encuentra en la ve­
nioso ruiseñor trina con frecuencia en los verdes valles, jez, podría destruirlo aniquilándolo con violencia. Pues
habitando la hiedra color de vino y el im penetrable fo­ el ojo vigilante de Zeus protector de los olivos, lo ob- 705
fas Uaje poblado de frutos de la divinidad50, resguardado serva siem pre así como Atenea, la de brillante mirada.
del sol y del viento de todas las tempestades. Allí siem-
680 p re penetra Dioniso, agitado p o r báquico delirio, aten­
Antístrofa 2.a
diendo a sus divinas nodrizas. Pero aún puedo .referirm e a otro elogio, al más im­
portante, de esta ciudad madre, regalo de un gran dios
y lo que le da mayor lustre: buenos caballos, buenos no
46 Decisión de prestarle ayuda.
47 Cicerón es la autoridad m ás antigua que conservamos potros, el dominio del mar. ¡Oh hijo de Crono, sobe­
donde aparece la historia (Catón 7) de que Sófocles recitó estos
versos ante el tribunal que le condenaba. 51 Después de m encionar a Dioniso, el narciso sirve para
48 Bello canto a su pueblo natal, Colono,tierra que, por ser nom brar a Deméter y Core. Fue, al agacharse Core para recoger
de excelentes caballos, tiene a Posidón como p rotector ( E u r í ­ un narciso, cuando se abrió la tierra y Hades, el raptor, se la
pid es , Fenicias 1707). Por este epíteto, asocia la fam a de Colono,
llevó. Con el nombre de Yaco está Dioniso asociado a ambas
a la de Atenas, su país. Posidón ofreció com o regalo a esta diosas, en los misterios de Eleusis, desde los siglos v y iv.
ciudad el caballo (v. 710). 52 E l Peloponeso.
49 E l calificativo «blanco» se debe al color que tenían los 53 H ay aquí una alusión a lo que nos cuenta H eródoto (V III
terrenos cretácicos de esta región. 55) acerca del olivo del Erecteion en la acrópolis de Atenas, que,
50 Se refiere a Dioniso, a quien estaban dedicados la hiedra prodigiosamente, había brotado al día siguiente de ser quemado
y el vino. p or los persas.
540 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 541

rano Posidón! Tú la asentaste en esta gloria cuando Así pues, infortunado Edipo, escúchame y vuelve a 740
715 instituiste en este país por prim era vez el freno que tu casa. Todo el pueblo de los cadmeos te llama, con
doma a los caballos. Y la prodigiosa pala que sirve para razón, y yo más que ninguno por cuanto, si no soy el
rem ar, adaptada a nuestras manos, se precipita en el más malvado con mucho de los hombres, he de sufrir
mar, en seguimiento de las Nereidas de cien pies M. por tus desgracias, anciano, porque veo que eres un 745

720 A n t íg o n a . — (Dirigiéndose al Coro.) ¡Oh región la desventurado en tierra extraña, siempre de un lado a
más celebrada en alabanzas! Ahora te corresponde de­ otro, arrastrando una vida sin medios con sólo una
m ostrar estas brillantes palabras. acompañante que nunca hubiera creído yo, ay de mí,
E d i p o . — ¿Qué hay de nuevo, oh hija?
que cayera en tal grado de infortunio cual ha caído
esta infeliz, preocupándose siempre de ti y de tu per- 750
A n t íg o n a . — Aquí está Creonte, que se nos acerca,
sona en una vida de mendiga, a la edad que tiene, sin
padre, y no sin escolta.
conocer el matrimonio y a riesgo de que el primero que
E d ip o . — ¡Oh muy queridos ancianos! De vosotros
llegue la ra p te 56.
725 depende ya el cumplimiento de mi salvación.
¿E s que no es un cruel reproche, infortunado de mí,
C o r i f e o . — Ten confianza, que se cumplirá. Pues aun­
el que lanzo contra ti, contra mí y contra todo nuestro
que yo me encuentro viejo, el vigor de este país no ha
linaje? Pero no es posible ocultar lo que está a la vista 755
envejecido.
de todos, así que tú, Edipo, por los dioses de tus padres,
(Entra Creonte seguido de hom bres armados.)
obedéceme y ocúltate, consintiendo en volver a tu ciu­
C r e o n t e . — ¡Nobles habitantes de esta tierra! Veo en
dad y a tu hogar patrio, saludando cordialmente a esta
730 vuestros ojos que un imprevisto tem or a mi llegada se
ciudad, pues se lo merece. Pero tu propia patria debería m
ha apoderado de vosotros. No temáis ante mí ni dejéis
ser más honrada en justicia, ya que en otro tiempo fue
escapar funestas palabras. No he venido con intención
tu nodriza.
de tram ar algo; pues soy anciano y sé que he llegado a
E d i p o . —; ¡Ah, tú, que a todo te atreves y que de
735 una poderosa ciudad cual ninguna en Grecia. Más bien
cualquier razonamiento justo sacas un oscuro provecho!
he sido enviado por mi avanzada edad para convencer a
¿Por qué me seduces así y quieres atraparm e por se­
este hombre a que me siga a la llanura de los cadmeos,
gunda vez en aquello en lo que más me dolería ser co­
no de parte de uno solo que me haya mandado, sino de
gido? 57. E n otro tiempo en que sufría con mis desgra- 765
todos los ciudadanos, porque me concernía a mí por mi
cias personales, cuando hubiera sido una satisfacción
linaje más que a ninguno de la ciudad55, sentir sus aflic­
para mí ser expulsado del país, no me quisiste otorgar
ciones.
el favor que estaba deseando. Por el contrario, una vez

54 E sta antístrofa está dedicada a Posidón, divinidad a la


5« E l tem a de la joven que no conoce el matrimonio lo en­
que estaba consagrada la ciudad en segundo lugar, después de
contram os, repetidas veces, a lo largo de E lectra y de Antígona.
Atenea. Se le celebra como el dios de los caballos —pues, en
sus orígenes, tenía un aspecto equino— y del m ar; es inventor 57 E l anciano no está dispuesto a consentir que los benefi­
del freno de los caballos y de los rem os de los barcos. cios derivados del lugar de su enterram iento los obtengan los
55 Tebas. tebanos, sino que está decidido a que se los lleven los atenienses.
542 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 543

q u e y a e s t a b a s a c ia d o d e m i f u r o r y m e e r a d u lc e e l r e - C r e o n t e . — ¿Es que crees que en esta discusión voy m


770 s id i r e n e l p a l a c i o , e n t o n c e s m e e c h a s t e y m e a r r o ja s t e ,
a salir yo más perjudicado por tus desgracias que tú
s in q u e e l p a re n te s c o q u e s a c a s a h o r a a r e lu c ir te fu e r a
mismo?
e n a b s o l u t o m o t iv o d e c o n s i d e r a c i ó n .
E d ip o . — Lo que más me complace es que tú no seas
Ahora, sin embargo, cuando ves que esta ciudad 58 y capaz de persuadirme ni a mí ni a éstos que están a
todo su pueblo me tratan con benevolencia, intentas lle­ nuestro lado.
varme escondiendo crueles propósitos con tus suaves C r e o n t e . — ¡Oh desventurado! ¿Ni aun en esta edad
775 palabras. Pero ¿qué goce es éste de amar a quienes no
vas a mostrar que has adquirido cordura de una vez, 805
quieren? Es como si, cuando imploras alcanzar algo, sino que das motivos para deshonra de tu vejez?
no se te concediera ni se te quisiera socorrer; pero, E d ip o . — E r e s h á b i l c o n l a le n g u a . Yo n o s é q u e s e a
cuando tuvieras tu alma ahíta de lo que deseas, enton­ ju s t o n in g ú n h o m b r e p o r q u e h a b l e b i e n d e c u a lq u ie r
ces te fuera concedido, en un momento en que e'1 favor te m a .
780 en nada reporta beneficio. ¿Es que no te ibas a encon­ C r e o n t e . — Distinta cosa es hablar mucho a hacerlo
trar con una inútil satisfacción? Esto es lo que tú tam­ oportunamente.
bién me ofreces, excelente de palabra pero funesto en E d ip o . — Ciertamente, tú crees que hablas poco pero
los hechos. con oportunidad.
Y hablaré ante éstos para ponerte en evidencia como C r e o n t e . — No es así, desde luego, para quien tenga 8io
a un malvado. Has llegado con el propósito de llevarme, la misma mentalidad que tú.
785 no para conducirme a casa, sino para instalarme en E d ip o . — Vete. Te hablo también en nombre de és­
pleno campo y que tu ciudad se vea libre de los peli­ tos. No me vigiles acechando el lugar donde debo ha­
gros que proceden de esta tierra. No lograrás eso, sino bitar.
esto otro: que allí, en esa región habite siempre mi es- C r e o n t e . — Invoco a éstos como testigos, no a ti, de
790 píritu vengador y que mis hijos obtengan de mi tierra qué lenguaje usas para replicar a tus parientes. Si al­
tan sólo lo bastante para caer muertos en ella. guna vez te cojo...
¿No ves que conozco mejor que tú los asuntos de E d ip o . — ¿Y quién podría prenderme contra la vo- bis
Tebas? Y mucho más en tanto que mis informaciones luntad de éstos que son mis aliados?
proceden de fuentes más fidedignas, de Febo y del pro­ C r e o n t e . — En verdad que tú, incluso sin esto59, ha­
pio Zeus, su padre. ¡Hasta aquí ha llegado tu boca men- brás de sufrir.
795 tirosa y llena de malicias! Con tus palabras podrías ob­ E d ip o . — ¿ E n qué h e c h o s t e b a s a s p a r a la n z a r m e
tener más males que beneficios. Pero sé que no te e sta am en aza?
convenceré de ello. Vete, déjanos vivir aquí. Pues ni C r e o n t e . — De tus dos hijas, a la una acabo de de­
estando así viviremos desgraciados si así nos compla­ volver a la ciudad tras prenderla y a la otra me la
cemos. llevaré pronto.

58 Piensa en la hum anitaria acogida q u e le ha dispensado 59 Sin ser prendido, ya que la falta de sus hijas le será causa
Teseo. de sufrimiento.
544 TRAGEDIAS
EDIPO EN COLONO 545

820 E d ip o . — /A y d e m í!
C r e o n t e . — / Aparta!
C r e o n t e . — Enseguida tendrás más motivo para que­
Coro. — No de ti mientras estés intentando estas
jarte.
cosas.
E d ip o . — ¿Te has apoderado de mi hija?
C r e o n t e . — Tendrás que enfrentarte con mi ciudad
C r e o n t e . — Y de esta otra sin dejar pasar mucho
si me haces algún daño.
tiempo.
E d ip o . — ¿ N o o s lo d e c ía y o ?
E d ip o . — (Al Coro.) ¡Ay extranjeros! ¿Qué haréis? ¿ E s
C o r ife o . — (A un servidor de Creonte.) Aparta sin
que me yais a traicionar y no arrojaréis al impío de
tardar tus manos de la muchacha.
esta tierra?60.
C r e o n t e . — No des órdenes en lo que no te incumbe.
C o r i f e o . — (A Creonte.) Sal, extranjero, aprisa. Pues
C o r i f e o . — Suéltala, te d ig o . 840
825 no es justo lo que ahora intentas hacer ni lo que has
C r e o n t e . — (Al mismo servidor.) Y yo que te pongas
llevado ya a cabo.
en marcha.
C r e o n t e . — (A sus soldados.) Es momento de que
C o r o . — Acudid, venid, venid, habitantes del país. La
vosotros la saquéis a la fuerza si no os sigue de buen
ciudad, sí, nuestra ciudad es aniquilada por la violencia.
grado.
Llegaos aquí, junto a mí.
A n t íg o n a . — ¡Ay de mí, desdichada! ¿Adónde huyo?
A n t íg o n a . — Soy arrastrada, desdichada de mí, ¡oh
¿Qué ayuda puedo alcanzar de los dioses o de los hom­
extranjeros, extranjeros!
bres?
E d ip o . — ¿Dónde estás, h i j a m ía ? 845
C o r i f e o . — ¿Qué haces, extranjero?
A n t íg o n a . — Soy conducida por la fuerza.
830 C r e o n t e . — No tocaré a este hombre, sino lo que me
E d ip o . — E x tie n d e la s m a n o s , h ija .
pertenece.
A n t íg o n a . — Pero no puedo.
E d ip o . — ¡Oh soberanos de esta tierra!
C r e o n t e . — (A sus hom bres.) ¿No la llevaréis vos­
C o r i f e o . — Extranjero, no obras con justicia.
otros?
C r e o n t e . — Con justicia, sí.
E d ip o . — ¡Ah in f o r t u n a d o d e m í, i n f o r t u n a d o !
C o r i f e o . — ¿Cómo puedes decir eso?
(Los soldados de Creonte se van llevándose a Antí­
C r e o n t e . — Me llevo a los m íos61.
gona.)
Estrofa. C r e o n t e . — Ya no caminarás nunca más valiéndote
¡Ah, ciudad!
E d ip o . — de estos dos báculos. Pero ya que quieres vencer a tu 850
¿Qué haces, oh extranjero? ¿No la soltarás?
Coro. — patria y a tus parientes — por orden de los cualeshago
835 ¡Pronto probarás nuestros brazos! yo esto, aunque sea también príncipe— , vence. Que con
el tiempo, lo sé, te darás cuenta de que ni tú obras bien
60 E s impío, porque Edipo está b ajo la protección de las para contigo mismo ni antes lo hiciste cuando, en con­
Euménides y, sobre todo, porque Ismene, com o Edipo se ima­ tra de los tuyos, cediste a la cólera que siempre te per- 855
gina, ha sido raptada dentro del recinto sagrado.
judica ®.
61 No hay que olvidar que Edipo le confía a sus hijas pe­
queñas. (E dipo Rey 1506.)
62 E l personaje de Edipo se nos presenta en las dos trage­
546 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 547

C o rife o . — (A Creonte que había emprendido la mar­ palabras me defiendo de ti por los hechos que he pa­
cha.) No te muevas de aquí, extranjero. decido.
C r e o n t e . — Digo que no me toques. C r e o n t e . — No voy a contener más mi cólera, sino
C o r i f e o . — No te soltaré mientras esté privado de que lo arrastraré por la fuerza, aunque estoy solo y len- 875
éstas. to por la edad.
C r e o n t e . — Pues en ese caso, pronto harás que tu (Avanza hacia Creonte.)
ciudad pague una liberación mayor, porque no sólo voy Antístrofa.
a capturar a estas dos. E d ip o . — ¡Ay, desdichado!
860 C o r i f e o . — ¿Qué estás tramando? Coro. — ¡Con cuánta arrogancia has llegado, extran­
C r b o n t e . — C a p t u r a r a é s t e y l le v á r m e lo . jero, si crees que vas a llevar a cabo tal cosa!
C o r i f e o . — Terrible cosa anuncias. C r e o n t e . — Lo creo.

C r e o n t e . — Ten la certeza de que enseguida estará C o r o . — No tendré a ésta 65 por una ciudad, entonces.

hecho. C r e o n t e . — En una causa justa el débil vence al aso

C o r i f e o . — Siempre que no te lo impida el que man­ fuerte.


da en esta tierra. E d i p o . — ¿ E s c u c h á i s q u é c o s a s d ic e ?
E d ip o . — ¡Oh v o z d e s v e r g o n z a d a ! ¿ E s q u e t ú t i e n e s C o r i f e o . — C o s a s que n o cumplirá. [ L o s é .]
i n t e n c ió n d e c o g e r m e ? C r e o n t e . — Zeus es quien podría saberlo, no tú.
C r e o n t e . — Te d ig o que calles. C o r i f e o . — ¿Acaso no es esto insolencia?
865 E d ip o . — ¡Que estas divinidades no me dejen sin voz C r e o n t e . — Insolencia, sí, pero hay que soportar.
para pronunciar esta maldición! Porque tú, malvado, te C o r o . — ¡Oh todos los hom bres, ah jefes del país!
vas, tras arrebatarme por la fuerza mi ojo indefenso63, Acudid con prem ura, acudid, porque éstos intentan ya 885
a mí que había perdido antes los ojos. ¡Ojalá que He­ pasar al otro lado.
lios, dios que todo lo ve, te conceda a ti mismo y a tu (Entra Teseo con hom bres armados.)
870 familia una vida tal como la que estoy llevando en mi T e s e o . — ¿Qué griterío es éste? ¿Qué pasa? ¿A causa
vejez! M. de qué temor me impedís sacrificar la res en torno al
C r e o n t e . — ¿Veis esto, moradores de este país? altar del marino dios protector de Colono 66? Contadme,
E d ip o . — Nos ven a ti y a mí y comprenden que con para que de todo me entere; por qué razón he tenido 890
que venir aquí más aprisa de lo que le va bien a mi
dias de Sófocles bajo una misma constante: sujeto a violentos paso.
ataques de cólera. Así, contra Tiresias (E dipo Rey 345), contra E d ip o . — ¡Oh querido! He reconocido tu voz. Acabo
Layo (ibid. 807), contra Y ocasta (1067) y con tra sí mismo (1268).
63 Le hace reproches con los mismos argumentos que él
utilizó antes. E l ojo indefenso es Antígona, la m uchacha que le *5 Atenas.
sirve de lazarillo. Véase nota 56 de Antígona. 66 Se refiere, naturalmente, a Posidón. Ahora nos entera­
64 Maldición que se cum plirá con creces, ya que, recordé­ mos de que Teseo no había vuelto a Atenas, sino que se había
moslo, Creonte pierde a su m ujer y a dos hijos. quedado en Colono ofreciendo un sacrificio en honor del dios.
548 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 549

de sufrir terribles afrentas de este hombre que está infortunados mortales que están en calidad de supli­
aquí. cantes.
T e s e o . — ¿Qué clase de afrentas? ¿Quién es el que Yo al menos, si entrara en tu país, ni aun cuando 925
las ha causado? Habla. tuviera las más justas pretensiones me llevaría a rastras
895 E d ip o . — Creonte, éste, a quien estás viendo, se va a nadie sin contar con el que mandara allí, quienquiera
después de arrebatarme las dos hijas, lo único que que fuese. Antes bien, sabría qué normas debe observar
tengo. un extranjero entre los ciudadanos. Tú, en cambio, aver­
T e s e o . — ¿Cómo d ic e s ? güenzas a tu propia ciudad sin que ella lo merezca y , 930

E d ip o . — Has escuchado las cosas que he sufrido. a medida que pasa el tiempo, además de en anciano te
T e s e o . — (A sus criados.) ¿No habrá alguno de los estás convirtiendo en alguien sin sentido común.
servidores que, yendo cuanto antes hacia los altares, obli- Pues bien, lo dije ya antes y lo repito ahora: que
900 gue a que todo el pueblo desde los sacrificios se lance alguien traiga aquí cuanto antes a las muchachas, si es
a toda prisa, a pie o a caballo, allí donde confluyen para que no quieres ser, a la fuerza y no por tu grado, un 935
los viajeros los dos caminos a fin de que no lo sobre­ meteco 67 en este país. Y esto te lo digo de palabra tanto
pasen las muchachas y yo me convierta, vencido por su como con el corazón.
violencia, en un objeto de irrisión para este extranjero? C o r i f e o . — ¿Ves adonde has llegado, oh extranjero?
Según te ordeno, ve rápido. A pesar de que por los de tu linaje pareces justo, has
905 En cuanto a ése, si yo me dejara llevar por la cólera sido sorprendido en actos indignos68.
de la que es merecedor, no saldría ileso de mi mano. C r e o n t e . — No he cometido tal acción porque consi­
Pero ahora a las reglas con las que él mismo se ha pre­ dere a esta ciudad carente de hombres ni falta de de- 940
sentado, a éstas y no a otras deberá atenerse. (Dirigién­ cisión, hijo de Egeo, como tú dices; sino pensando que
dose directamente a Creonte.) No saldrás de esta tierra ningún ferviente deseo por los míos les iba a entrar a
910 hasta que te presentes ante mí con aquéllas sanas y sal­ éstos69, como para alimentarlos en contra de mi volun­
vas. Has cometido acciones indignas de mí, de aquellos tad. Sabía que no recibirían a un hombre parricida,
de los que tú mismo has nacido y de tu país, porque, además de impuro, para quien las bodas se revelaron 945
entrando en una ciudad que observa la justicia y que impías por la relación con sus hijos. En efecto, yo sabía
915 nada realiza que esté fuera de la ley y despreciando las que teníais en este país el prudente tribunal del Areó-
leyes vigentes en esta tierra, irrumpes así en ella, te lle­
vas lo que deseas y por la fuerza lo pones a tu lado. 67 E s un empleo del térm ino m eteco no exento de ironía.
Te has creído que mi ciudad estaba despoblada o que Meteco se le llamaba al residente que se instalaba voluntaria­
tenía una población esclava y que yo para nada contaba. mente en la ciudad por el tiempo que quería.
Sin embargo, Tebas no te ha educado en la maldad, 68 Aquí, también, Teseo intenta desagraviar a la ciudad de
Tebas con la que le unían lazos de hospitalidad, diferenciando
920 pues no gusta de criar hombres injustos, ni podría ala­
la actitud concreta de Creonte del com portam iento noble de su
barte si se enterara de que has arrebatado lo que per­ familia.
tenece a mí y a los dioses, llevándote por la fuerza a 69 A los habitantes de Colono.
550 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 551

pago 70 que no permite que tales vagabundos se instalen consciente de nada de lo que hacía y contra quién lo ha­
950 cerca de esta ciudad. Por tener confianza en él es por lo cía, ¿cómo me podrías reprochar justamente un hecho
que me apoderé de esta presa. involuntario?
Y no lo hubiera hecho tampoco si no hubiera lanza­ Acerca de las bodas con mi madre, que es tu herma­
do crueles maldiciones contra mi propia persona y mi na, ¿no te avergüenzas de obligarme a hablar? Ense- 980
linaje en represalia de las cuales, afectado por ellas, guida diré cómo fueron. Pues no voy a callarme después
juzgué conveniente corresponderle con esto. No existe que tú has llegado en tu impío lenguaje a este punto.
955 ningún otro envejecimiento para la cólera a no ser la Me dio a luz, sí, me dio a luz — ¡ay de mis desgracias!—
muerte. Y ningún dolor alcanza a los muertos. Ante esto sin que yo supiera nada ni ella tampoco, y, tras engen­
obra como gustes, ya que la soledad me hace estar en drarme a mí, engendró conmigo unos hijos que son su
desventaja, aunque tenga razón en mis palabras. Con propia vergüenza.
todo, contra estos hechos y a pesar de lo avanzado de Pero una sola cosa sé: que tú te complaces en escar- 985
mi edad, procuraré actuar en respuesta. necernos a mí y a ella con esto. Por lo que a mí se
960 E d ip o . — ¡Oh desvergonzada arrogancia! ¿A cuál de refiere, yo la desposé sin que mediara mi voluntad y
los dos ancianos crees que estás injuriando con este len­ contra mi voluntad estoy hablando ahora de estas cosas.
guaje, a mí o a ti mismo, cuando lanzas por tu boca Pero ni debo ser tenido por culpable por estas bodas ni
contra mí asesinatos, bodas y desventuras que yo, des­ por el asesinato de mi padre que tú me echas sin cesar 990
graciado, padecí en contra de mi voluntad? Así lo que- en cara con amargos reproches.
965 rían los dioses, tal vez porque estaban resentidos desde Contéstame sólo a una de las preguntas que te voy
antiguo contra mi linaje; ya que no me podrías descu­ a hacer: si alguien que se hubiera acercado a ti, el justo,
brir en mi propia persona ningún reproche de un pe­ intentara matarte aquí mismo, ¿acaso te informarías si
cado por causa del cual yo haya faltado así a mí mismo el asesino es tu padre o te vengarías al punto? Me pa- 995

y a los míos. rece que, si amas la vida, castigarías al culpable y no


Porque, explícame: si por medio de oráculos le llegó tendrías miramientos con lo que es justo. En tales des­
970 a mi padre un vaticinio enviado por los dioses de que
gracias vine a caer, guiado por los dioses, de suerte que,
moriría a manos de su hijo, ¿cómo podrías imputarme a creo yo, ni siquiera mi padre, de estar vivo71, hubiera
podido replicarme. Y tú, pues no eres justo al creer que íooo
mí esto con razón, cuando aún no había sido engendra­
es conveniente decir cualquier cosa, sea algo decible o
do ni concebido por mi padre y mi madre, y aún no
había nacido? no, me lanzas semejantes reproches delante de éstos.
Y s i lu e g o m o s t r á n d o m e d e s d ic h a d o , c o m o m e m o s - Te parece oportuno halagar el nombre de Teseo y a
975 t r é , m e e n z a r c é e n l u c h a c o n m i p a d r e y l e m a t é , s in s e r
Atenas diciendo que está muy bien gobernada. Pero des- 1005
pués de hacer tantas alabanzas, olvidas esto: que si hay
70 Elogio al tribunal del Areópago, frecuente en la tragedia algún país que sepa honrar a sus dioses en sus cultos,
griega. É ste es, en definitiva, el tem a de las E um énides de E s ­
q u ilo . Tenía un im portante papel en los juicios de m oral deri­ 71 Una expresión que encontram os también en E lectra 548,
vados de los delitos de sangre. refiriéndose a Ifigenia, en boca de Clitemestra.
552 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 553

éste le aventaja en eso. De este país tú has intentado C r e o n t e . — Nada de lo que me digas aquí es para
raptarme a mí, anciano suplicante, reducirme a la impo- ser censurado. En nuestra patria también nosotros sa­
íoio tencia y marcharte con las muchachas. Por eso hago mi bremos lo que debemos hacer.
súplica yo ahora invocando a estas diosas en mi prove­ T e s e o . — Amenaza ahora, pero camina. Y tú, Edipo,
cho, y las insto con mis ruegos a venir vengadoras y permanece aquí con nosotros confiado en que, si no 1040
aliadas, a fin de que aprendas por qué clase de hombres muero yo antes, no cesaré hasta hacerte dueño de tus
está defendida la ciudad. hijas.
C o r i f e o . — El extranjero, señor, es honrado. Sus in- E d ip o . — ¡Que recibas beneficios, Teseo, por tu gene­
1015 fortunios son tremendamente funestos, pero dignos de rosidad y por los leales cuidados que tienes para nos­
que le concedamos ayuda. otros!
T e s e o . — ¡Basta de discursos! Porque mientras los (Salen Teseo y sus 'ascompañantes con Creonte.)
que las han raptado se apresuran, nosotros, que sufri­
mos las consecuencias, estamos aquí quietos. C oro.
C r e o n t e . — ¿Qué le ordenas hacer a este hombre Estrofa 1 .a
débil? ¡Ojalá estuviera yo donde las acometidas de los 1045
T e s e o . — Que empieces a caminar hacia allí y que enemigos pronto trabarán un com bate de broncíneo es­
1020 me guíes a fin de que, si en esos lugares retienes a las trépito, junto a las orillas píticas o en las riberas ilumi­
muchachas, me lo puedas indicar tú mismo al llegar. nadas por antorchasn, donde las augustas diosas73 p r e - 1050
Pero si los que se han apoderado de ellas han huido, no siden los venerables misterios para los mortales, sobre
hay que apenarse. Otros serán los que se apresuren y, cuya lengua está la dorada llave de sus servidores, los
por escapar de ellos fuera de esta tierra, nunca tendrán Eum ólp id as74/
que dar gracias a los dioses. Creo que allí Teseo, el prom otor de combates, y las 1055
1025 Así que ve por delante y sé consciente de que el que dos herm anas aún doncellas pronto se verán mezclados
dominaba es ahora dominado y que el destino se ha en una batalla, en m edio de un victorioso clamor, en esos
apoderado de ti mientras tú te apoderabas de otros. Lo mismos lugares.
que se obtiene con artes poco honestas no se conserva.
Y no encontrarás la ayuda de otro para este fin. Porque 72 E l prim er camino nombrado se llama así p or pasar de­
estoy seguro de que tú no has llegado sin un cómplice lante del templo dedicado a Apolo Pítico, a la entrada del paso
de Dafne, a unos nueve kilómetros de Colono, que se unía a las
1030 o sin preparativos a tal arrebato de audacia cual ahora
costas de la bahía de Eleusis. Allí tenía lugar la procesión de las
has mostrado, sino que lo has llevado a cabo confiando antorchas en los grandes misterios de Eleusis, durante el mes
en alguien. Es preciso que yo considere tales cosas y no de septiembre. Una imagen de Y aco era traída en procesión,
permita que esta ciudad sea vencida por un solo hom- desde Eleusis, a Atenas a lo largo del camino sagrado, lo que
form aba una parte fundamental del ritual.
1035 bre. ¿Comprendes mis palabras o te parece que han sido
73 Deméter y Perséfone.
dichas ahora tan en vano como en el momento en que
74 Familia descendiente de Eumolpo que tenía a su cargo
estabas tramándolo? la celebración de los Misterios.
554 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 555’

Antístrofa 1.a podría conceder el contemplar al excelente varón que


1060 Acaso se estén acercando hacia el prado m ás occi­ nos ha conducido aquí junto a ti?
dental de la nevada cum bre del Eta, dándose a la huida E d ip o . — ¡O h h i ja ! ¿ E s t á i s l a s d o s p r e s e n t e s ?
1065 en potros o en carros que porfían con rapidez. Serán A n t íg o n a . — Sí, pues los brazos de Teseo y de sus
apresados. T errible es el com bate que se les acerca y queridos acompañantes nos pusieron a salvo.
terrible la fuerza de los súbditos de Teseo. E d ip o . — ¡ Acercaos, hija, a vuestro padre y dejadme
Por doquier brilla el freno, y se lanza, con las rien- abrazar vuestros cuerpos que ya no esperaba que vol- 1105
1070 das sueltas, toda la cabalgada de los enemigos que hon­ viesen!
ran a la ecuestre Atenea y al marino protector del país, A n t íg o n a . — Pides algo que vas a obtener, pues tu
hijo dilecto de Rea. gusto se une a nuestro deseo.
E d ip o . — ¿Dónde estáis, dónde estáis?
Estrofa 2.a
A n t íg o n a . — Estam os a tu lado.
1075 ¿Han entrado ya en acción o lo van a hacer? E n algo
E d ip o . — ¡O h q u e r id o s r e t o ñ o s !
m e hace notar mi corazón que pronto liberarán a la que
A n t íg o n a . — Todo es querido a un padre.
ha soportado terribles pruebas y ha recibido cruel trata­
E d ip o . — ¡Oh báculos de mi persona!
m iento por parte de los de su m ism a sangre. Zeus reali-
A n t íg o n a . — ¡Desdichados báculos de un desdichado!
1080 zará, sí, realizará algo en el día de hoy. Adivino victo­
E d ip o . — Tengo lo que más quiero. Ni aim si muriera 1110
riosos combates. ¡Ojalá fuera una paloma de rápido
sería ahora enteramente desgraciado, por el hecho de
vuelo que, como un huracán, alcanzara una etérea nube
estar vosotras dos a mi lado. Apoyaos, hijas mías, una
alzando mi mirada p o r encima de los com bates!
en cada costado abrazando a vuestro padre, y poned fin
Antístrofa 2.a a la soledad anterior de este desgraciado vagabundo.
1085 ¡Oh Zeus, que todo lo puedes entre los dioses, que Contadme lo que ha sucedido en pocas palabras, ya que 1115

todo lo ves, tú, su augusta hija, Palas Atenea! ¡Conceded a vuestra edad un breve discurso es suficiente.
a los habitantes de esta tierra que, con fuerza triunfa- A n t íg o n a . — He aquí al que nos salvó. A él debes
1090 dora, realicen una emboscada de feliz presa! Al agreste escuchar, padre, y para ti y para mí se simplificará la
Apolo y a su herm ana perseguidora de moteados ciervos tarea.
de rápidos pies, ruego que lleguen doblem ente protec- E d ip o . — No te admires ante m i insistencia, si me
1095 tores para esta tierra y sus ciudadanos. alargo en la conversación con mis hijas, aparecidas 1120
C o r i f e o . — ¡Ah, extranjero errante! No dirás que tu cuando ya no las esperaba. Pues sé que la satisfacción,
vigía es un falso adivino. Pues veo que las muchachas manifiesta en mí ante su presencia, de ningún otro pro­
se dirigen de nuevo hacia aquí con una escolta. cede sino de ti. Tú las has salvado y nadie más. ¡Que
E d i p o . — ¿Dónde, dónde? ¿Qué dices? ¿Qué afirmas? los dioses te procuren lo que yo deseo a ti y a esta tie- 1125
(Entran Antígona e Ism ene con Teseo y su escolta.) rra! Porque sólo entre vosotros de los hombres he en­
noo A n t íg o n a . — ¡Oh padre, padre! ¿Cuál de los dioses te contrado yo piedad, honradez y ausencia de falsedad.
556 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 557

Consciente de ello te correspondo con las siguientes pa­ sentado76 en el altar de Posidón — donde yo estaba ha­
labras: tengo lo que tengo por ti, que no por otro de ciendo un sacrificio— , tan pronto como yo me vine aquí.
1130 los mortales. Tiéndeme, oh señor, la mano derecha para E d ip o . — ¿De qué país es? ¿Qué pretende con esta 1160
que la toque y bese tu rostro, si es lícito... actitud de suplicante?
Sin embargo, ¿qué estoy diciendo? ¿Cómo puedo pre­ T e s e o . — No sé sino una cosa. Pide, según me dicen,
tender, siendo como soy un desdichado, que toques a una conversación contigo breve y sin solemnidad.
un hombre en quien han hecho su m orada todas las E d i p o . — ¿De qué clase? Pues esa postura no es pro­
1135 desgracias? Yo por mi parte no te tocaré ni te permi­ pia de unas palabras sin importancia.
tiré que lo hagas tú. A los únicos mortales que les es T e s e o . — Dicen que pide volverse seguro por este
posible tom ar parte en mi pena es a los que están expe­ camino después de hablar contigo. 1165
rimentados en ellas. Recibe mi saludo desde donde es­ E d i p o . — ¿Quién podrá ser el que está sentado en

to y 75 y preocúpate en el futuro de mí con justa solici­ esa actitud?


T e s e o . — Recuerda si tenéis algún pariente en Argos
tud, como lo has hecho hasta hoy.
que desee alcanzar de ti esto.
T e s e o . — No me he admirado de que hayas hecho
E d i p o . — ¡Oh queridísimo! Detente en ese punto.
1140 algo más extensas tus palabras por la alegría de tener
T e s e o . — ¿Qué te ocurre?
a tus hijas ni de que hayas preferido hablar con ellas
E d ip o . — No m e p i d a s ... 1170
antes qüe conmigo. No lo tomamos en consideración,
T e s e o . — ¿Qué? Habla.
pues no aspiramos a hacer nuestra vida gloriosa con pa-
E d i p o . — Al oír estas cosas ya sé quién es el supli­
1145 labras, sino más bien con hechos. Y te lo demuestro: en
cante.
nada de lo que te prometí te he engañado, anciano.
T e s e o . — ¿ Y quién es? ¿Podría no censurarle algo?
Estoy aquí con éstas sanas y salvas, intactas de los pe­
E d ip o . — Mi hijo, rey, el hijo aborrecido cuyas pala­
ligros que las amenazaban. Y de cómo fue ganada la
bras yo soportaría escuchar más penosamente que las
contienda, ¿por qué voy a jactarm e inútilmente de cosas
de cualquier otro hombre.
que tú mismo aprenderás de tus hijas?
T e s e o . — ¿Por qué? ¿No te es posible escucharle y 1175
uso Pero acerca de una noticia que me acaba de llegar
no hacer las cosas que no desees? ¿P or qué te es penoso
cuando venía hacia aquí, dame tu parecer; ya que es
oírle?
breve de decir, pero digna de adm irar. El ser humano
E d ip o . — Odiosa llega esa voz a su padre, señor; no
no debe menospreciar ningún asunto.
me expongas a la necesidad de ceder en esto.
1155 E d i p o . — ¿Qué es, hijo de Egeo? Dímelo, porque no
T é s e o . — Pero considera si te obliga su actitud de
sé de qué me estás hablando.
súplica, no sea que el propósito del dios deba ser cum- liso
T e s e o . — Dicen que un hombre que no es conciuda­ plido por ti.
dano tuyo, pero sí de tu familia, abalanzándose se ha A n t íg o n a . — Padre, obedéceme aunque sea una joven

75 Edipo había dado un paso hacia adelante p ara abrazar a 76 La postura ritual del suplicante era de rodillas y sentado
Teseo, pero, cuando tom a conciencia de su situación, se detiene. sobre las piernas.
558 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 559

la que te aconseje. Deja que este hombre 77 ofrezca a su C oro.


propio corazón y a la divinidad el agradecimiento que Estrofa.
desea y concédenos a nosotras que venga nuestro her- Quien no haciendo caso del com edim iento desea vi­
1185 mano. Tranquilízate, que no te apartará por la fuerza vir más de lo que le corresponde, es evidente, en mi
de tu propósito con palabras que no sean dichas para tu opinión, que tras una locura anda. P orque los días, cuan- 1215
provecho. ¿Qué puedes perder por escuchar sus pala­ do ya se cuentan p or m uchos, atraen muchas cosas que
bras? Las acciones que se han tramado con malos fines están más cerca del dolor; m ientras que no podrías ya
se dan a conocer por la palabra. Tú le has engendrado, ver dónde están los gozos cuando se ha pasado por en­
1190 de suerte que ni por haber cometido contra ti las más cima del tiempo debido. Y quien viene a p on er rem edio 1220
impías de las acciones, oh padre, es justo que le devuel­ trae igual fin a todos: cuando se presenta la Moira del
vas mal por mal. Hades, sin cantos nupciales, sin música de lira, sin coros,
Déjale. También otros tienen hijos malvados y vio­ la m uerte, para poner fin.
lento carácter, pero amonestados por las palabras de
1195 los amigos, apaciguan su natural. Dirige tu mirada no
Antístrofa.
a los actuales, sino a los padecimientos de otro tiem­ E l no haber nacido triunfa sobre cualquier razón.
po, a los que por tu padre y por tu madre sufriste, y,
Pero ya que se ha venido a la luz lo que en segundo lu- 1225
si los observas, te darás cuenta — estoy segura— de que gar es m ejor, con m ucho, es volver cuanto antes allí de
el resultado de una cólera irracional viene a ser una des-
donde se v ien en. Porque, cuando se deja atrás la juven-
í tud con sus irreflexivas locuras, ¿qué pena se escapa por 1230
1200 gracia. Tú tienes serias advertencias de ello privado
como estás de tus ojos sin vista.
entero? ¿Cuál de los sufrimientos no está presente? E n ­
vidia, querellas, discordia, luchas y m uertes, y cae d e s - 1235
¡Ea, cede en favor nuestro! No está bien que los que
pués en el lote, com o última, la despreciable, endeble,
tienen justas pretensiones nieguen con tanta insistencia,
insociable, desagradable vejez, donde vienen a parar to­
ni que tú recibas un beneficio y después de eso no sepas
dos los males p e o re s 19.
corresponder.
E d ip o . — Hija, con penoso placer me habéis vencido “ Epodo.
nos por vuestras palabras. Sea, pues, como queréis. Sólo una E n ella 80 no sólo estoy yo: he aquí a este desdichado.
cosa, extranjero; si aquél viene aquí, que ninguno fuerce Como un acantilado que orientado al norte está por 1240
mi voluntad.
T e s e o . — Una vez sólo, y no dos, necesito oírte eso, 78 E sta idea Sófocles la recoge de T e o g n is (425 y ss.), del
1210 anciano. No quiero alardear; pero sábete que estarás que la toman también otros poetas. Tenemos noticias (H e r tino-
το, I 31) de que Solón hace decir algo parecido a Creso.
a salvo si un dios me tiene también a mí a salvo.
79 E n estas estrofas, el poeta expresa, por boca de los an­
(Salen Teseo y su séquito.) cianos coreutas, lo que lleva dentro de sí, del modo más poético
y emocionante imaginable. No olvidemos que Sófocles escribe
esta obra en una avanzada edad, y que la idea de la vejez está
presente a lo largo de la obra.
77 Teseo. E n la vejez.
EDIPO EN COLONO 561
560 TRAGEDIAS

al menos vosotras mover los implacables e inexorables


todas partes batido por las olas durante el invierno, así labios de nuestro padre a fin de que a mí, suplicante del
también contra éste se abaten violentamente terribles dios, no me haga m archar así deshonrado, sin haberme
desgracias que, acompañándole siempre, se rompen como dirigido ni una palabra.
1245 olas, unas desde donde se pone el sol, otras donde se A n t íg o n a . — Di tú mismo, oh infeliz, con qué motivo 1280
levanta, unas desde el lado del mediodía, otras desde los te has presentado. Pues muchas veces las palabras, ya
montes Ripeos81 sumergidos en la noche. porque produzcan placer, enojo o compasión, procuran
A n t íg o n a . — Aquí está, precisamente, según parece, voz a los que no pueden hablar.
1250 nuestro extranjero, padre. Camina hacia aquí, solo, de­ P o l i n i c e s . — En ese caso hablaré. Pues bien me
rramando abundantes lágrimas por sus ojos. aconsejas. Pongo ante todo como protector mío al dios 1285
E d ip o . — ¿Quién es ése? de donde82 el soberano de esta tierra me hizo levantar
A n t íg o n a . — Aquel a quien ya hace rato teníamos en para venir hasta aquí, concediéndome el poder hablar y
el pensamiento. E stá aquí presente Polinices. escuchar a la vez que tener un regreso seguro. Eso es
(Entra Polinices, poco seguro de sus movimientos.) lo que querría obtener de vosotros, extranjeros, de estas 1290
1255 P o l i n i c e s . — ¡Ay de mí! ¿Qué he de hacer? ¿Lloraré dos hermanas mías y de mi padre.
ante mis propias desgracias, hermanas, o las de éste a Quiero ya decirte, padre, con qué objeto he llegado.
quien contemplo, nuestro anciano padre? Me lo encuen­ He sido expulsado como un desterrado de mi tierra pa­
tro con vosotras dos, en una tierra extranjera, desterra­ tria porque me consideraba m erecedor de sentarme en
do aquí, con semejante atuendo, cuya repugnante mugre tu trono todopoderoso, al ser el de más ed ad 83. En res- 1295
1260 desde antiguo es inseparable para el anciano, marchitan­
puesta Eteocles, que es más joven, me arrojó del país
do su cuerpo; en su cabeza sin ojos el viento agita la sin haberme vencido con una razón ni haber acudido a
despeinada cabellera, y parejo a esto, a lo que parece, la prueba de la fuerza o de los hechos, sino por haber
son los alimentos de su mísero vientre. persuadido a la ciudad. Yo afirmo que la causa de estas
Demasiado tarde, infame de mí, me doy cuenta de cosas es fundamentalmente tu E rin is84 y, además, lo he 1300
1265 ello. Reconozco que he llegado como el más malvado de escuchado también así de los oráculos.
los hombres por lo que a tus cuidados se refiere. Mis En efecto, una vez que llegué a la dórica Argos y
faltas no las conocerás por otros. Pero sentada con Zeus tomé a Adrasto por suegro, puse de mi parte, ligados
en su trono está la Compasión para todas las acciones. por un juramento, a cuantos en la tierra de Apis85 eran
1270 Que se venga a situar también junto a ti, padre. Reme­
dio existe para mis faltas, y eso que no pueden ya ser 82 «De cuyo altar...»
mayores. ¿Por qué callas? Di algo, padre, no me des la 83 Véase nota 23, en esta m ism a tragedia.
espalda. ¿Nada me respondes? ¿E s que con desprecio 84 La maldición que, de antiguo, persigue al linaje de los
Labdácidas; no la maldición que Edipo h a lanzado contra sus
me vas a despachar sin una palabra y sin decir qué me
hijos.
reprochas? 85 Se refiere al Peloponeso, Apis es un profeta-mago, hijo de
1275 ¡Oh hijas de este hombre, hermanas m ías!, intentad Apolo, que llegó de Naupacto p ara purificar el Peloponeso de
monstruos homicidas. ( E s q u i l o , Suplicantes 260 y ss.)
si Mítica cordillera que representa el N. por excelencia.
EDIPO EN COLONO 563
562 TRAGEDIAS
hay en los oráculos m, decían que la victoria estará con
1305 considerados los primeros y honrados por su lanza, a aquellos a los que tú te asocies. Yo te pido por nuestras
fin de que, reuniendo con ellos la expedición de los fuentes90 y por los dioses protectores de nuestro linaje
siete jefes que irá contra Tebas, o muera con la razón que te dejes persuadir y cedas, ya que mendigos y e x - 1335
de mi parte o arroje del país a los que han cometido tranjeros somos los dos y vivimos adulando a los demás
estos hechos. tanto tú como yo, ya que el mismo destino hemos ob­
Y bien, ¿por qué, pues, me encuentro ahora aquí? tenido. E n cambio en nuestro palacio el r e y 91, ¡oh des­
1310 Porque te traigo súplicas de mi parte y de la de mis graciado de mí!, está engreído burlándose a la vez de
aliados que, con sus siete batallones y sus siete lanzas, nosotros. Pero, si tú tomas partido por mis propósitos, 1340
han rodeado por completo la llanura de Tebas. Uno es con poca molestia y en breve tiempo le destruiré. De
Anfiarao 86, el de la lanza, que es el primero tanto en el este modo te conduciré para instalarte en tu palacio y
manejo de la misma como en las trayectorias de las me instalaré yo mismo tras echar con violencia a aquél.
1315 aves m. Después está un etolio, Tideo, el hijo de Eneo. Podré jactarm e de ello sólo si tú consientes; en cambio, 1345
En tercer lugar, Etéoclo, argivo por nacimiento. El cuar­ sin ti, ni de salvarme tendré posibilidad.
C o r i f e o . — Por consideración a quien le envió, Edi­
to es Hipomedonte, a quien envió Tálao, su padre. El
quinto, Capaneo, se jacta de que destruirá por el fuego
po, despide a tu vez a este hombre después de decirle lo
que creas oportuno.
1320 la ciudad de Tebas hasta sus cimientos. El que aparece
E d i p o . — ¡Habitantes de esta tierra! Si no fuera pre­
en sexto lugar es Partenopeo el arcadio, así llamado por
cisamente Teseo el que me lo ha mandado aquí por i3so
la que fue virgen en otro tiempo y en matrimonio más
considerar razonable que oyera de mí unas palabras,
tarde le dio a luz leal hijo de Atalanta.
efi ningún momento habría escuchado mi voz. Ahora se
Y y o , t u h i jo , a u n q u e n o tu y o s in o d e t u f u n e s t o d e s -
irá satisfecho tras escucharme cosas tales que nunca ale­
1325 t i n o n a c id o , a l m e n o s lla m a d o h i j o tu y o , c o n d u z c o a l
grarán su vida.
intrépido ejército de Argos contra Tebas.
(Volviéndose hacia Polinices.) Porque tú, oh misera­
Todos nosotros nos presentamos como suplicantes
ble, cuando tenías el cetro y el tro n o 92 que ahora posee 1355
ante ti, por estas hijas tuyas, por tu vida, padre, rogán­
tu hermano en Tebas, tú mismo a tu propio padre aquí
dote que depongas tu violenta cólera contra mí, que me
presente expulsaste y le convertiste en desterrado y le
1330 he lanzado a vengarme de mi hermano porque él me
hiciste llevar estas prendas ante las que ahora, al verlas,
arrojó y despojó de mi patria. Si algo digno de crédito te lamentas una vez que has venido a dar, al igual que

m La lista de los siete guerreros argivos que luchan con tra 89 E stos oráculos son los que ya anunció Ismene, y que Po­
Tebas está dada en E squilo (Siete contra Tebas 377-652) y en linices conoció antes de venir.
E u r ípid es (Suplicantes 860 y ss., y Fenicias 1104-1188). 90 Juram ento solemne que encontram os otras veces. (Antí­
87 E n aplicar las reglas de adivinación según el vuelo de los gona 844.)
pájaros. 91 Eteocles.
88 E xiste en griego un juego de palabras entre el nombre 92 Uno de los frecuentes desajustes con el m ito, según el
propio Partenopeo y el calificativo dedicado a su m adre, par- cual Polinices nunca llegó a ocupar el trono.
thénos.
564 TRAGEDIAS
EDIPO EN COLONO 565

1360 yo, en el mismo infortunio. No es momento de lamen­ s a s 93, así como a A res94, que ha infundido en vosotros
tarse sino de soportar, al menos por mi parte, estas co­ dos el terrible odio.
sas mientras viva, con el recuerdo puesto en ti, mi ase­ Después de oír esto, ponte en m archa y, cuando lle­
sino. Pues tú has hecho que viva en esta miseria, tú me gues, anuncia a todos los cadmeos, así como a tus fieles 1395
has arrojado a ella. Por tu culpa soy un vagabundo y aliados, que tal clase de privilegios reparte Edipo a sus
1365 pido a los demás mi sustento de cada día. Y si no hu­ propios hijos.
biera engendrado a estas hijas que m e alimentan, cierta­ C o r i f e o . — No me congratulo contigo por tus pasa­
mente que, por lo que a ti atañe, ya no existiría. Actual­ dos avances, Polinices; y ahora vete cuanto antes.
mente a ellas debo mi vida, ellas son mi sustento, ellas P o l i n i c e s . — ¡Ay de mi viaje y de mi fracaso! ¡Ay de 1400
son hombres —no mujeres— para participar en mis fa­ mis compañeros! ¡Qué final del camino, el que empren­
tigas, mientras que vosotros habéis nacido de otro, que dimos desde Argos, desdichado de mí, tan aciago que ni
no de mí. puedo hablar acerca de él a ninguno de los camaradas
1370 Por tanto, la divinidad te contempla, y no del modo ni puedo retroceder, sino que en silencio debo encontrar­
que lo hará enseguida, si es que esos ejércitos se ponen me con mi destino! ¡Oh hermanas mías, hijas de éste! 1405
en movimiento contra la ciudad de Tebas. Es imposible Vosotras, ya que habéis escuchado la crueldad de nues­
que destruyas esa ciudad; antes caeréis manchados con tro padre en su maldición, ¡por los dioses!, si ésta se
1375 vuestra propia sangre tú y tu hermano. Tales maldicio­ cumple y si regresáis a casa, no permitáis, al menos, mi
nes lancé yo antaño contra vosotros dos, y ahora apelo deshonra, antes bien depositadme en una tumba y tri- 1410
a ellas de nuevo, para que vengan com o aliadas mías a butadme honras fúnebres9S. Y las alabanzas que os ha­
fin de que os dignéis reverenciar a los que os engendra­ béis ganado por las fatigas que os tomáis con este hom­
ron y no seáis desconsiderados si habéis nacido de un bre, se incrementarán con otras no menores por la ayu­
1380 padre ciego. Pues éstas no actuaron así. Por ello estas da que me prestéis.
maldiciones tendrán más poder que tu actitud de supli­ A n t íg o n a . — Polinices, te suplico que te dejes per­
cante y tus tronos, si la Justicia celebrada desde antiguo suadir por mí en una cosa.
sigue sentada junto a las leyes de Zeus que rigen desde P o l i n i c e s . — ¿E n qué, queridísima Antígona, dime? i4is
siempre. A n t íg o n a . — Haz volver al ejército a Argos lo más
Tú vete en mala hora, aborrecido y sin contar con­ pronto posible y no te destruyas a ti mismo y a nuestra
migo como padre, más malvado que nadie, llevándote ciudad.
1385 contigo estas maldiciones que invoco contra ti; que ni P o l in ic e s . — Y a no es posible. ¿Cómo podría hacer
conquistes por la lanza la tierra de nuestra patria ni re­
greses nunca a la cóncava Argos, sino que mueras por 93 Las Erinias, en su papel de diosas vengadoras que casti­
mano de quien comparte tu linaje y que mates a aquel gan las faltas contra los familiares.
por quien fuiste desterrado. Tales son mis maldiciones, 94 Repetidas veces sale la figura de este dios de m uerte y
1390 e invoco a la odiosa oscuridad paterna del Tártaro para destrucción, nada grato ni entre los m ortales ni entre los in­
mortales.
que en ella te preparen morada, e invoco a estas dio- 95 Alusión tardía que hace el poeta a su propia Antígona.
566 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 567

volver de nuevo al mismo ejército porque yo haya sen­ P o l i n i c e s . — No me persuadas a lo que no debo.
tido tem or en un momento? A n t íg o n a . — ¡A h , qué desgraciada soy si de ti me veo
1420 A n t íg o n a . — ¿Por qué tienes que encolerizarte otra privada!
vez, muchacho? ¿Qué provecho sacarás de asolar tu pa­ P o l i n i c e s . — De la divinidad depende el que eso sea
tria? así o de otro modo. Yo pido a los dioses para vosotras 1445
P o l i n i c e s . — Es vergonzoso huir y también que yo, dos que nunca os topéis con desgracias, pues, en opinión
el mayor, sea así objeto de burla por parte de mi her­ de todos, no merecéis ser desgraciadas.
mano. (Polinices sale precipitadamente.)
A n t íg o n a . — ¿No ves que así harás que se cumplan
las predicciones de él, que os anuncian la muerte a los C oro.
1425 dos por vuestras mutuas manos? Estrofa 1 .a
P o l i n i c e s . — Es que lo desea. Nosotros no debemos H e aquí males nuevos, recientem ente llegados a nos­
ceder. otros, penosos males que provienen del ciego extranjero,
A n t íg o n a . — ¡A y de mí, desgraciada! ¿Quién se atre­ a no ser que la Moira no disponga otra cosa. Pues no 1450
verá a seguirte si escucha lo que este hombre ha profe­ puedo decir que ninguna resolución de los dioses sea
tizado? vana. Lo ve, lo ve siem pre el Tiempo, precipitando y e n - 1455
P o l i n i c e s . — No anunciaremos desastres, porque es grandeciendo las mismas cosas de nuevo en un día. (Se
1430 propio de un buen estratego decir lo bueno y no lo malo. oye un trueno.) E l cielo ha retum bado, ¡oh Zeus!
A n t íg o n a . — Así, pues, muchacho, ¿estás decidido a E d ip o . — ¡Oh hijas, hijas! ¿Cómo podría cualquier lu­
ello? gareño hacer que viniese aquí Teseo, el más noble de
P o l i n i c e s . — Sí, y no me retengas. Es a mí a quien todos?
tiene que im portar este camino, si es desdichado o si A n t íg o n a . — Padre, ¿con q u é pretensión lo llamas?
1435 funesto a causa de nuestro padre y de sus Erinias. A vos­ E d ip o . — Este trueno alado de Zeus me llevará pron- i460
otras, en cambio, que Zeus os colme de gracias si me to al Hades. Ea, enviad a buscarle cuanto antes.
cumplís esto cuando esté m uerto, porque vivo ya no (Se oye tronar más fuerte.)
me volveréis a abrazar. Soltadme y a 96. ¡Adiós! Y a no me
Antístrofa 1 .a
veréis más con vida.
V ed: un enorm e, trem endo ruido, helo aquí, enviado
A n t íg o n a . — ¡A h , d e s g r a c ia d a d e m í!
P o l in ic e s . — No g im a s por m í. por Zeus se abate sobre la tierra. E l espanto m e invade 1465
1440 A n t íg o n a . — ¿Y quién no te lloraría, hermano, si hasta las puntas de los cabellos de mi cabeza. Se asusta
mi corazón. E n el cielo los relámpagos brillan de nuevo.
claramente te precipitas al Hades?
P o l i n i c e s . — Si es preciso m oriré.
¿Qué final nos deparará? Me da m iedo, nunca se presen - 1470
ta 97 en vano sin que algo grave sobrevenga. ¡Oh inmenso
A n t íg o n a . — No, hermano; antes bien, sigue mi con­
Éter! ¡Oh Zeus!
sejo.

96 E sto hace suponer que estaban abrazados. 97 La torm enta, en sí misma, es siempre un peligro para los
EDIPO EN COLONO 569
568 TRAGEDIAS
(Llega apresuradamente Teseo.)
E d ip o . — ¡Oh hijas! Llega sobre mí el final de la vida T e s e o . — ¿Qué revuelo de voces provocáis, claras las 1500
determinado por los dioses y sin que haya escapatoria. de los ciudadanos y clara también la del extranjero?
A n t íg o n a . — ¿Cómo lo sabes? ¿De qué lo has dedu­ ¿No será acaso un rayo de Zeus, o la espesa granizada
cido? que ha descargado? Todo es posible suponer cuando la
1475 E d ip o . — Lo sé bien. Que lo más pronto posible vaya divinidad produce una tempestad semejante.
alguien y me traiga al soberano de este país. E d ip o . — Señor, te has mostrado ante quien lo es- isos
(Se oyen más truenos.) taba deseando. Algún dios ha dispuesto para ti la buena
fortuna de este viaje.
C oro. T e s e o . — ¿Qué hay de nuevo esta vez, hijo de Layo?
Estrofa 2 .a E d ip o . — E s e l tr a n c e d e c is iv o d e m i v id a y n o q u ie ­
¡Ah, ah, mirai De nuevo nos envuelve p o r todas par­ r o m o r ir d e fr a u d á n d o te a ti y a e s t a c iu d a d en lo q u e
tes el estridente ruido. Sé propicio, sé propicio, oh dios, p ro m e tí.
1480 si es que a la tierra nutricia traes algo misterioso. ¡Que T e s e o . — ¿E n qué señal te basas de que se trata de 1510
encuentre en ti un feliz destino y que, no por haber visto tu muerte?
a un hom bre maldito, obtenga yo un agradecimiento sin E d ip o . — Los propios dioses, como heraldos, m e lo
1485 provecho! Zeus soberano, a ti m e dirijo. anuncian y en nada me engañan de las señales conveni­
E d i p o . — ¿Está cerca nuestro hombre? ¿Me encon­ das.
trará aún con vida y capaz de controlarme en mis pen­ T e s e o . — ¿Cómo dices, oh anciano, que te lo hacen
samientos? manifiesto?
A n t íg o n a . — ¿Cuál es la prueba de confianza que
/ E d ip o . — Los truenos que incesantes se repiten y los
quieres depositar en su ánimo?
numerosos dardos que relampaguean procedentes de i5i5
E d ip o . — A c a m b i o d e lo s b i e n e s q u e m e o t o r g ó , q u e -
una mano invencible.
1490 r í a o f r e c e r l e u n a r e c o m p e n s a t a n g ib l e , l a q u e l e p r o m e t í
T e s e o . — Me convences. Veo que has profetizado mu­
a l o b te n e rlo s .
chas cosas y no falsas. Lo que hay que hacer dímelo.
E d ip o . — Yo te explicaré, hijo de Egeo, las ventajas
C oro.
que habrá para ti y para esta ciudad sin las penas de la
Antístrofa 2 .a
vejez. Yo mismo, sin guía, voy a conducirte pronto al lu- 1520
¡Ah, ah, hijo, ven, ven! Aunque te encuentres ofren-
gar donde debo morir. Pero tú no digas jam ás a hombre
1495 dando bueyes en lo más hondo de la gruta, en el altar de
alguno ni dónde está oculto ni en qué pasaje se encuen­
sacrificios, al marino dios Poséidon, ven. Pues el extran­
tra, a fin de que te sea siempre una protección mayor
jero os consideraba ti, a la ciudad y a los amigos, m ere­
que muchos escudos y que la lanza de los vecinos alia- 1525
cedores de devolveros el favor p o r el trato recibido.
dos. Las cosas más sagradas que no se pueden remover
¡Apresúrate, ven, oh rey!
con palabras, tú mismo las aprenderás cuando allí acu­
das solo, porque yo no podría decirlas a ninguno de estos
griegos. E l Coro piensa que algún mal les acecha p o r culpa del
extranjero.
570 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 571

ciudadanos, ni siquiera a mis hijas, amándolas como las está en contacto contigo! Pues ya estoy haciendo el úl­
amo. timo trecho de mi vida para ocultarm e en el Hades. Tú,
1530 Y tú guárdatelo siempre para ti mismo y, cuando el más querido de los huéspedes, tú mismo, este país y
llegues al final de la vida, indícaselo sólo al m ejor y que los que te siguen, sed felices y en el éxito acordaos de 1555
él no deje de revelárselo al siguiente. E s así como habi­ mí, aunque muerto, para vuestra duradera felicidad.
tarás una ciudad que no será devastada por los hombres (Salen todos detrás de E dipo: sus hijas, Teseo y los
1535 «sem brados»9S. Innumerables ciudades, aunque uno las servidores.)
gobierne bien, caen en la insolencia con facilidad. Pero
los dioses se dan buena cuenta, a pesar de que haya pa­ C oro.
sado el tiempo, de cuando alguien se vuelve hacia la lo­ Estrofa.
cura con desprecio de las normas divinas. E sto no quie­ Si m e es licito adorar con súplicas a las diosas invi­
ras experimentarlo tú, hijo de Egeo. sibles y a ti, rey de las tinieblas, Edoneo, E d o n e o 103, con- i560
Sin duda que estamos enseñando algo a quien ya es cededm e que sin penas y sin lamentos de m uerte des­
1540 conocedor de ello. Pártamos ya hacia el paraje, pues la cienda el extranjero al Uano de los m uertos, el que a to­
señal enviada por el dios me apremia, y no dejemos ya dos oculta, a la morada estigia. Que, tras haberle llegado 1565
el camino. ¡Oh hijas!, seguidme allí, que ahora soy yo el tantas inútiles penas, un dios justo le ensalce de nuevo.
que me convierto en un desusado guía para vosotras " ,
Antístrofa.
como antes lo erais para vuestro padre. (Edipo avanza
¡Oh diosas infernales y fiera inven cible104 de quien
con paso firm e y decidido, como si un dios le guiara.)
se tiene noticia de que, en las muy visitadas puertas, te 1570
1545 Avanzad y no me toquéis, sino dejad que yo mismo
a c u e s t a c o m o guardián indómito junto al Hades y gru­
descubra la sagrada tumba en donde está destinado que
ñes desde su cueva! Yo te suplico, hijo de la Tierra y del
mi persona sea enterrada en esta tierra. Por aquí, por
Tártaro, que éste deje libre el paso para el extranjero 1575
aquí avanzad.
que se dirige hacia las llanuras profundas de los m uer­
Por este camino me conducen el mensajero Her­ tos. A ti te invoco, a la que das un sueño e te rn o 105.
mes 100 y la diosa de los infiernos 101. ¡Oh luz que no per- (Llega un mensajero.)
1550 cibo m, antes eras mía y ahora mi cuerpo por última vez M e n s a je r o . — Ciudadanos, en breves palabras podría i580
decir que Edipo ha muerto. Pero, acerca de lo que ha
98 Los tebanos o cadmeos nacidos de los dientes sepultados ocurrido, ni el relato puedo hacerlo brevemente ni son
del dragón que sembró Cadmo.
breves los hechos que allí tuvieron lugar.
99 Un efecto dram ático muy conseguido es, según Jebb, el
que aquí encontramos cuando el, hasta ahora, torpe e indeciso
ciego se convierte en guía p ara los demás. ciego Edipo hay un m ayor dram atism o cuando tiene que decir
100 Herm es, invocado aquí com o conductor de las almas de estas palabras.
los m uertos. 103 Edoneo, otro nombre de Hades.
ιοί Perséfone. 104 Se tra ta de Cerbero, que vigila la entrada al Hades.
102 La despedida habitual de la vida se h ace apelando a la 1® Posiblemente la divinidad a que se refiere es Thánatos,
luz del día (véanse Áyax 856, Füoctetes 415, etc.). E n el caso del la Muerte.
572 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 573

C o r if e o . — ¿Ha muerto entonces, desdichado? deseaba, tronó Zeus infernal y las muchachas se estre­
M e n s a je r o . — Ten por cierto que él ha abandonado mecieron cuando lo oyeron y, caídas a los pies de su
su vida. padre, lloraban y no dejaban de darse golpes de p ech o 108
1585 C o r if e o . — ¿ C ó m o ? ¿A caso con un d e s tin o d iv in o ni de lamentarse continuamente. Y él, cuando oyó este i6io
q u e s e lo h a h e c h o f á c i l ? repentino y amargo lamento, abrazándolas dijo: «¡Oh
M e n s a je r o . —
Esto precisamente es lógico que sea hijas, no tenéis ya padre en este día! Está muerto todo
digno de admiración. Cuando salió de aquí —y tú que lo mío y ya no tendréis que afanaros por mi alimento.
estabas presente lo sabes— no le servía de guía ninguno E ra duro, hijas, lo sé. Pero una sola palabra os redime 1615
de los suyos, antes bien, él en persona nos guiaba a to- de todas estas penalidades: no podéis haber recibido de
1590 dos nosotros. Una vez que llegó al abrupto camino só­ nadie un amor mayor que de este anciano sin el cual
lidamente arraigado desde la tierra por broncíneos ci­ vais a pasar desde ahora el resto de vuestra vida.»
mientos 106, se detuvo en uno de los senderos que se bi­ De esta manera, teniéndose abrazados entre sí, to- I620
furcan, cerca de la cóncava hondonada de la roca, donde dos se lamentaban entre sollozos. Cuando hubieron pues­
reposan los pactos de lealtad eterna entre Teseo y Pirí- to fin a sus plañidos y ningún grito se emitía, se hizo el
1595 to o 107. A partir de aquí, colocándose en el medio, entre silencio. De repente una voz de alguien le llama a gritos
la roca Toricia y el peral silvestre hueco y la tumba de de tal modo que a todos se nos erizan súbitamente los 1625
piedra, se sentó. cabellos por el terror. Un dios le llama repetidas ve­
A continuación se liberó de las mugrientas ropas, y ces 109 de distintas maneras: «¡Eh, a ti, a ti, Edipo! ¿A
entonces, llamando a sus hijas, les ordena que traigan qué esperamos para m archar? Y a hace rato que hay re­
de algún manantial agua para lavarse y para las libacio- traso por tu parte.» Y cuando él se da cuenta que la
1600 nes. Ellas, dirigiéndose a la colina que tienen ante sí divinidad le llama, manda que se le acerque Teseo, rey 1630
dedicada a Deméter, la que produce verdor en los cam­ del país, y una vez que lo hizo, le dijo: «¡Oh amigo que­
pos, llevaron con prontitud a su padre este encargo y le rido! Da con tu mano a mis hijas la antigua garantía y
arreglaron con los baños y con la ropa con que se acos­ vosotras, hijas, a él, y promete que nunca las abandona­
tumbra. rás por tu voluntad y que cumplirás cuantas cosas de­
Tan pronto sintió la satisfacción de que todo estaba bas, creyendo honradamente que les son convenientes 1635
1605 realizado y que no quedaba ya por hacer nada de lo que siempre para ellas.» Y él, noble como es, sin lamentacio­
nes, accedió bajo juramento a cumplir tales cosas para
106 Existía la creencia popular de que la gruta de Colono se el extranjero.
comunicaba con el mundo subterráneo. Parece que se habían
Tan pronto hubo hecho esto Edipo, poniendo sus cie­
construido unas gradas artificiales para señalar la bajada.
107 Teseo descendió con Pirítoo, rey de los lapitas, a los in­ gas manos en sus hijas, dice: «Hijas mías, es preciso que 1640
fiernos para ayudarle a traerse a Perséfone; pero ambos fueron
hechos prisioneros por Hades. Más tarde, Teseo fue liberado por 10*Gestos de dolor entre las mujeres griegas.
Heracles cuando bajó a captu rar a Cerbero; pero, al ir a liberar 109 E ste dios debe de ser Caronte, genio del mundo infernal.
a Pirítoo, la tierra tembló y el héroe entendió que los dioses no Su misión era p asar a las almas a través de los pantanos del
querían. Aqueronte hasta la orilla opuesta del río de los muertos.
574 TRAGEDIAS
EDIPO EN COLONO 575

salgáis de estos lugares soportándolo con nobleza de áni­


mo y que no pretendáis ver lo que no es lícito ni escu­ (Llegan Antígona e Ism ene.)
char lo que hablemos. E a, marchaos cuanto antes. Sólo C oro.
el que está autorizado, Teseo, debe quedarse y conocer
Estrofa 1.a
lo que va a suceder.»
A n t íg o n a . — ¡Ay, ay!, nos corresponde ahora a las i670
1645 Todos le oímos decir estas cosas. Acompañábamos a
dos, desdichadas, lamentarnos, no p o r otra cosa que por
las muchachas derramando incesantes lágrimas. Cuando
la sangre maldita que de nuestro padre hem os recibido.
nos hubimos distanciado, al volvernos al cabo de muy
Por él m uchos e incesantes trabajos soportábamos hasta
poco tiempo, vimos desde allí que nuestro hombre ya
ahora, p ero por últim o111 podrem os contar cosas increí- 1675
1650 no estaba presente en ninguna parte y que el rey, solo, se
bles que, sin em bargo, hem os visto y pasado.
ponía la mano delante del rostro tapándose los ojos,
C o r o . — ¿Qué son?
como si se le hubiera mostrado una visión terrible e in­
A n t íg o n a . — E s fácil de conjeturar, amigos.
soportable de ver.
C o r o . — ¿Se ha ido?
Poco después, no obstante, tras un corto espacio de
tiempo, vemos que él, arrodillándose, adora, a la vez, a la A n t íg o n a . — De la form a que más podría apetecer.

1655 tierra y al Olimpo de los dioses en la misma plegaria. ¿ Y cómo no, si a él ni Ares ni el Ponto le salieron al i680
Pero de qué muerte pereció aquél no podría decirlo encuentro, sino q ue las praderas tenebrosas se lo traga­
ni uno solo de los mortales excepto Teseo. No le mató ni ron, llevado por un oscuro destino? ¡Desdichada de mí!
mo el rayo portador del fuego de una deidad ni un torbe­ Una noche de m uerte nos ha caído sobre nuestros ojos.
llino que del m ar se hubiera alzado en aquel momento. ¿Cómo, vagando p o r algún distante país o por las olas 1685
Más bien, o algún mensajero enviado por los dioses o el del xnar, podrem os obtener los medios de vida tan difí­
sombrío suelo de la tierra de los muertos le dejó paso ciles de soportar?
benévolo. El hombre se fue no acompañado de gemi­ I s m e n e . — No sé. ¡Que el m ortífero Hades se apo- i690
dos y de los sufrimientos de quienes padecen dolores, dere de mí, desventurada, para unirm e con la m uerte a
1665 sino de modo admirable, cual ningún otro de los m orta­ nuestro anciano padre! P orque para m í la vida que nos
les. Y si doy la impresión de que no hablo con sensatez, resta no es soportable.
tampoco suplicaría a los que no les parezco cuerdo uo. C o r o . — ¡Ah, vosotras, las dos excelentes hijas! ¡Lo
C o r i f e o . — ¿Y dónde están las hijas y los que las que redunda en un bien y procede de la divinidad hay 1695
escoltaban de los nuestros? que soportarlo! No os consumáis en exceso, pues no os
M e n s a je r o . — No están lejos. Las voces de sus la­ ha sucedido nada que sea reprobable.
mentos son nítidas y nos indican que se acercan aquí.
Antístrofa 1.a
A n t íg o n a . —
Una cierta añoranza hay incluso de los
males. Pues lo que de ningún modo sería querido, lo era
110 Es decir que no va a pretender parecer lógico, porque se
da cuenta de lo absurdo del relato que responde a hechos en cuando a él lo tenía entre mis brazos. ¡Oh padre! ¡Oh 1700
sí nada comunes.
ni E s decir, en su muerte.
576 TRAGEDIAS EDIPO EN COLONO 577

querido! ¡Oh tú, envuelto en la eterna oscuridad bajo — Condúcem e y m átam e a mí también.
A n tíg o n a .
tierra, ni atínque te hayas ido te encontrarás sin m i ca­ Is m e n e . — ¡Ah, ah, desventurada! ¿Cómo entonces, de 1735
riño y el de ésta! nuevo sola y sin saber adonde ir, soportaré m i desgracia­
C o r o . — Acabó... da vida?
A n t íg o n a . — Acabó cual deseaba.
nos C o r o . — ¿Cómo? Antístrofa 2 .a
A n tíg o n a . — Ha m uerto en la tierra extranjera que C o ro . — Amigas, nada temáis.
quería, y abajo tiene un lecho bien som breado para A n t í g o n a .— Pero ¿adonde voy a huir?
s ie m p re m . No dejó un duelo sin lágrimas. Pues estos C o r o . — Tam bién antes habéis escapado las dos.

mo ojos míos, ¡oh padre!, se lamentan con lágrimas. Y no A n tíg o n a . — ¿De qué?

sé, ¡desventurada!, cómo debo hacer para suprim ir tanto C o r o . — De sucum bir m íseram ente. 1740
A n t í g o n a . — Estoy pensando...
dolor p or ti. ¡Ay de m í! Sob re tierra extranjera desea­
bas morir, p ero lo has hecho así, separado de mí. C o r o . — ¿Qué es lo que piensas?

1715 I s m e n e . — ¡Oh desdichada! ¿Qué destino nos espera A n tíg o n a . — No sé cóm o vamos a volver a casa.

a mí, oh querida, y a ti separadas de nuestro padre? C o r o . — Y tampoco lo busques.

rao C o r o . — Pero ya que felizm ente cumplió el desenlace A n tíg o n a . — La fatiga se apodera de mí.

de su vida, haced cesar esta aflicción. Pues ninguno está C o r o . — Ya antes te poseía.
al abrigo de los males. A n tíg o n a . — Antes situaciones difíciles y ahora aún 1745
peores.
Estrofa 2 .a Í S o r o . — Una gran cantidad de males os han tocado
— Partamos de nuevo, querida.
A n t íg o n a . en suerte.
I sm en e.— ¿Para qué? A n tíg o n a . — Sí, sí.
1725 A n t íg o n a . — Un deseo m e dom ina... C o r o . — Yo también lo confirmo.
I s m e n e . — ¿Cuál? Dímelo. A n tíg o n a . — ¡Ay, ay, adonde irem os, oh Zeus! ¿A qué mo
A n t íg o n a . — V er la subterránea m orada... situación por presentarse nos em puja aún el destino?
I s m e n e . — ¿De quién? (Aparece Teseo.)
A n t íg o n a . — De nuestro padre, ¡infortunada de mí! T eseo. — Cesad vuestros lamentos, hijas. No se debe
1730 I s m e n e . — ¿ Y cómo va a ser lícito esto? ¿E s que no estar en duelo cuando el favor de los m uertos se nos ha
lo ves? dado a todos. Provocaría venganza divina.
A n tíg o n a . — ¿Por qué m e increpas? A n tíg o n a . — ¡Oh hijo de Egeo! Nos echamos a tus
Is m e n e . — Y, además, q u e ... pies.
A n t íg o n a . — ¿Qué hay más? T e s e o . — ¿Qué deseo queréis conseguir, oh hijas?
I s m e n e . — Que m urió sin tumba, separado de todo. A n tíg o n a . — Nosotras en persona querem os ver la 1755
tumba de nuestro padre.
h2 Una tum ba bien oculta, de modo que no podrían llevarse T e s e o . — Pero no está perm itido ir allí.
su cuerpo los que lo desearan. A n tíg o n a . — ¿Cómo dices, rey soberano de Atenas?
V
578 TRAGEDIAS

1760 T e s e o . — ¡Oh hijas! É l m e prohibió que mortal al­


guno se acercara a aquellos lugares y que hablara sobre
la sagrada tumba que posee. Y m e dijo que, si cumplía
1765 rectam ente estas cosas, tendría un país siem pre libre de
penas. Y esta prom esa la oyó la divinidad y el que todo
lo conoce, el Juram ento, hijo de Zeus. INDICE GENERAL
A n t íg o n a . — Pues bien, si tales cosas estaban en la in-
1770 tención de aquél, nos basta. Envíanos a nosotras a la
m uy antigua Tebas, por si podem os im pedir la m uerte
que avanza sobre nuestros hermanos. Pâgs.
T e s e o . — H aré esto y todo cuanto vaya a ser de pro­
ms vecho para vosotras y del agrado del que está bajo tierra I ntroducción g e n e r a l ................................................................ 7
recién desaparecido. No he de desfallecer en ello.
C o r i f e o . — Ea, pues, cesad y no entonéis más vues­ V i d a ............................................................................................... 7
tro treno. Pues estas cosas han llegado a su total cum ­ L a s fo rm a s de la tra g e d ia s o f o c l e a ........................ 25
plimiento. E l h é ro e t r á g i c o ..................................................................... 45
L a o b ra y su c r o n o l o g í a ................................................... 54
E v o l u c i ó n ................................................................................... 60
■¿yante .......................................................................................... 71
Las tra q u in ia s ........................................................................ 75
A ntígona ...................................................................................... 77
Edipo R e y .................................................................................. 82
E le c t r a ......................................................................................... 87
F ilo ctetes .................... .............................................................. 90
Edipo en C o lo n o .................................................................... 93
La fortuna del texto s o fo c le o ...................................... 98

L in a je y vida de S ó f o c l e s ........................................................ 113


Ay a x ...................................................................................................... 117
L as T r a q u in ia s .............................................................................. 183
A n t íg o n a ........................ ................................................................. 239
E dipo R e y .......................................................................................... 301
E l e c t r a ............................................................................................... 369
F il o c t e t e s ......................................................................................... 433
E dipo en C o lo n o ............................................................................ 499

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