Ayer 81.
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Madrid, 2011. ISSN: 1134-2277
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Los intelectuales
en la Transición
Coeditado por : Asociación de Historia Contemporánea y Marcial Pons Historia
Los intelectuales
en la Transición
¿Grandes ausentes, nostálgicos desencantados o
portavoces sumisos del poder? Protagonistas indiscutidos
durante los últimos años de la dictadura, divididos ante los
nuevos retos de la política y enfrentados a las profundas
transformaciones del mercado cultural, el papel de los
intelectuales en la transición a la democracia siempre ha
estado rodeado de polémica, lo que no ha favorecido su
análisis historiográfico hasta hoy.
ISBN: 978-84-92820-41-2
81
Revista de Historia Contemporánea
2011 (1) 2011 (1)
Composici n
Esta revista es miembro de ARCE
© Asociación de Historia Contemporánea
Marcial Pons, Ediciones de Historia, S. A.
ISBN: 978-84-92820-41-2
ISSN: 1134-2277
Depósito legal: M. 1.149-1991
Diseño de la cubierta: Manuel Estrada. Diseño Gráfico
Impresión: Closas-Orcoyen, S. L.
Polígono Igarsa. Paracuellos de Jarama (Madrid)
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Ayer 81/2011 (1) ISSN: 1134-2277
SUMARIO
Editorial. Veinte años de Ayer............................................. 11-14
DOSSIER
LOS INTELECTUALES EN LA TRANSICIÓN
Javier Muñoz Soro, ed.
Presentación, Javier Muñoz Soro........................................ 17-23
La transición de los intelectuales antifranquistas (1975-1982),
Javier Muñoz Soro.......................................................... 25-55
El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo, un intelectual fran
quista frente a la Constitución, Nicolás Sesma Landrin. 57-82
Salir de los márgenes sin cambiar de ideas. Pensamiento
radical, contracultural y libertario en la Transición espa
ñola, Jordi Mir García.................................................... 83-108
Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo,
Luca La Rovere.............................................................. 109-143
Entre las experiencias y las expectativas. Producción acadé
mico-intelectual de la transición a la democracia en el
Cono Sur de América Latina, Cecilia Lesgart............... 145-169
ESTUDIOS
«La lucha por la calle»: la venta ambulante, la cultura de
protesta y la represión en Barcelona (c. 1930-1936),
Chris Ealham................................................................. 173-205
Una historia del SIM: antecedentes, origen, estructu
ra y reorganizaciones del contraespionaje republicano,
Hernán Rodríguez Velasco............................................ 207-239
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Sumario
Neocatolicismo y darwinismo en las aulas: el caso del insti-
tuto provincial de Valencia, Carles Sirera...................... 241-262
ENSAYOS BIBLIOGRÁFICOS
Las exiliadas, de acompañantes a protagonistas, Mónica
Moreno Seco.................................................................. 265-281
HOY
El acceso a los archivos y la investigación histórica, Carme
Molinero......................................................................... 285-297
8 Ayer 81/2011 (1)
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Ayer 81/2011 (1): 11-14 ISSN: 1134-2277
Editorial
Veinte años de Ayer
Se cumplen ahora veinte años desde que, en 1991, apareció la
revista Ayer como órgano de expresión de la Asociación de Histo
ria Contemporánea. En aquel momento, el Presidente de la recién
creada Asociación, Miguel Artola, explicó en un breve texto intro-
ductorio que la publicación tendría dos objetivos fundamentales:
dar cabida a los estudios sobre los acontecimientos y fenómenos
más importantes del pasado próximo, algo que de alguna manera
había quedado recogido en el propio título de la revista, y hacerlo
respetando la diversidad de opiniones, corrientes y especialidades
de los miembros de dicha Asociación.
El planteamiento era una novedad, tanto desde el punto de vista
formal como en lo que se refería al contenido. Más que una revista,
la publicación se parecía a un libro de bolsillo por su formato, que
se ha mantenido sin cambios hasta el presente, y también por su ca-
rácter monográfico, cuya selección de temas y autores era respon-
sabilidad del editor de cada número y quedaba reflejado en el tí-
tulo del mismo.
De todas formas, la novedad fundamental no era ésa. Las revis-
tas de historia que se publicaban a finales de los años ochenta y en
los primeros noventa, y más en concreto las dedicadas a la historia
contemporánea, estaban patrocinadas y editadas por diferentes uni-
versidades o centros de investigación. Es verdad que esas revistas
también recogían trabajos de investigadores de otras procedencias;
pero en general los autores y una buena parte de los lectores eran
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Editorial Veinte años de Ayer
miembros de las comunidades académicas promotoras y responsa-
bles de cada iniciativa.
Frente a ese predominio de las publicaciones de ámbito local o
regional, no existía prácticamente una revista que cubriera todo el
territorio español. Fue éste el vacío que vino a llenar Ayer. Los lec-
tores pudieron darse cuenta de ello desde los primeros números,
cuyos editores y autores procedían de muy diversos centros univer-
sitarios del país y extranjeros. A partir de entonces, se han multi-
plicado los lugares de procedencia de autores y editores, de manera
que prácticamente todas las universidades españolas han partici-
pado de una u otra manera en la revista.
Del mismo modo, el abanico de temas abordados ha ido abrién-
dose para dar entrada a las diversas preocupaciones de un sector
especialmente dinámico de la historiografía. Tanto los nuevos te-
mas como las nuevas corrientes historiográficas han encontrado es-
pacio en sus páginas. Lo señaló ya el segundo Presidente de la Aso-
ciación, Ramón Villares, en un «balance de urgencia» realizado
cuando Ayer cumplía los seis primeros años de su recorrido. En
aquel momento, junto a la preocupación principal por la historia
política entendida en su sentido más amplio, otros muchos asun-
tos habían sido ya objeto de atención de la publicación: «desde la
historiografía, tan desatendida en España hasta fechas recientes,
hasta la historia de la ciencia, las relaciones de género, la vida coti-
diana o la historia ambiental». Y basta recorrer la lista que aparece
en las páginas finales de la revista para observar que esta trayecto-
ria ha continuado hasta hoy, dando cabida a temas como la histo-
ria comparada, la historia de las relaciones internacionales y la po-
lítica exterior, la historia de América Latina y la historia cultural,
sin descuidar, por otro lado, el análisis de los diversos movimientos
sociopolíticos y las principales etapas de la historia de España, o el
examen de cuestiones teóricas e historiográficas tan debatidas como
la memoria y sus relaciones con el conocimiento histórico, la histo-
ria de los conceptos o el futuro de la historia social.
En el recorrido de estos veinte años han aparecido diversas no-
vedades, que no han sido obstáculo para que la revista siga man-
teniendo su identidad. A mediados de los años noventa se reforzó
la vinculación con la Asociación al unir la condición de miembro
de la AHC con la de suscriptor de Ayer, lo que aseguró la pervi-
vencia de la revista. Poco después, la opción inicial de dedicar un
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Editorial Veinte años de Ayer
número al año a la producción historiográfica del año precedente,
mantenida hasta 1996, fue sustituida por la publicación de ensa-
yos bibliográficos sobre los temas más relevantes o discutidos. Por
fin, a comienzos del siglo xxi, casi al mismo tiempo que se reno-
vaba el diseño de la revista, se abrió ésta a la publicación de artícu
los que reflejaran los trabajos de los investigadores en cualquiera
de las facetas de la historia contemporánea, fueran o no miembros
de la Asociación.
Desde el punto de vista de la organización interna, desde el año
2000, la Junta Directiva de la Asociación se convirtió además en el
Consejo Editorial de la revista, al tiempo que el Presidente de la
AHC pasaba a ocupar el puesto de director de la misma, con un se-
cretario perteneciente también a la Junta. La exigencia de que los
artículos fueran evaluados por dos especialistas externos de forma
anónima, establecida desde 2003, tenía como objetivo garantizar la
calidad de la revista con arreglo a los parámetros que se exigen a las
publicaciones científicas para alcanzar el máximo reconocimiento in-
ternacional. El mismo sentido tienen los cambios de los últimos años,
recogidos en un reglamento interno a partir de 2009: la apertura del
Consejo de Redacción a expertos independientes, y la posibilidad de
separar las funciones de Dirección de la revista de la figura del Pre-
sidente de la Asociación, que se hizo efectiva en el X Congreso que
la AHC celebró en Santander en septiembre de 2010.
El último de estos cambios ha servido para completar el proceso
de diferenciación, que no de separación, entre la dirección de Ayer y
la Junta de la AHC. Conscientes de la complejidad que supone ges-
tionar una revista que ha alcanzado ya un notable prestigio entre los
historiadores españoles, pero que aún tiene pendiente el incremento
de su reconocimiento internacional, la nueva organización de la que
se da cuenta en las primeras páginas de este número recoge dicha
diferenciación. La presencia de dos editores junto al director y al
secretario permitirá reforzar las iniciativas para conseguir tal incre-
mento, al tiempo que agilizará la presentación y canalización de nue-
vas propuestas y sugerencias, sin que ello signifique una disminución
de la capacidad de decisión del Consejo de Redacción.
Las reformas introducidas a lo largo de la vida de la revista, y
en particular las de estos últimos años, se han acometido con el fin
de adaptar la revista al entorno cambiante de la edición de revistas
científicas, cada vez más internacionalizado y exigente. Cada una de
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Editorial Veinte años de Ayer
estas modificaciones ha demandado esfuerzos adicionales por parte
de los historiadores contemporaneístas que, en definitiva, son quie-
nes mantienen viva y actualizada a Ayer. Es hora de recordar con
agradecimiento la labor desinteresada de los sucesivos consejos de
redacción y, especialmente, de los directores y secretarios que han
cargado con la responsabilidad de la revista. Pero también de los
cientos de evaluadores que se han prestado a informar los artículos
de forma anónima, con gran rigor y profesionalidad; de los ochenta
coordinadores de dossieres que han traído a las páginas de Ayer
las líneas de investigación y de debate que inquietaban a la profe-
sión en cada momento; de la multitud de autores que han aportado
artículos, reseñas y ensayos bibliográficos, asumiendo la disciplina
que, gradualmente, se ha ido imponiendo en publicaciones como
la nuestra. Con el esfuerzo de todos ellos, a los que rendimos ho-
menaje con estas páginas, Ayer ha obtenido ya un lugar de referen-
cia entre las revistas de historia contemporánea en España, posición
que está en proceso de consolidar y traducir con el consiguiente
reconocimiento formal en las bases de datos nacionales e interna-
cionales. En todo caso, la revista es ya, después de veinte años, un
retrato fiel del estado de la profesión en nuestro país y de la trayec-
toria que en este tiempo ha recorrido.
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DOSSIER
Los intelectuales
en la Transición
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Ayer 81/2011 (1): 17-23 ISSN: 1134-2277
Presentación
Javier Muñoz Soro
Universidad Complutense de Madrid
La historia de los intelectuales ocupa desde hace tiempo un lugar
central en la historiografía sobre el siglo xx, una posición que en los
últimos años no ha dejado de reforzarse por la confluencia positiva
de varias tendencias. Entre ellas destaca el auge de la historia cultu-
ral, pero la historia de los intelectuales ha aprovechado también la
recuperación de la historia política y de la narrativa histórica para
reclamar su propia autonomía. A su vez, la sociología de los inte-
lectuales ha contribuido aportando nuevos conceptos —las redes de
sociabilidad o los campos culturales— o reflexionando sobre otros
ya antiguos —las generaciones, por ejemplo— a este renacer de la
historia intelectual que se sitúa entre lo cultural, lo político y lo so-
cial, rompiendo así los moldes de la clásica historia de las ideas.
Además, la historia de los intelectuales está inmersa por par-
tida doble en la crisis de la modernidad, no sólo por su aproxima-
ción epistemológica y metodológica al objeto de estudio, sino por
la misma modificación de éste. Es decir, ya no se trata únicamente
de la importancia que las aportaciones del giro lingüístico y la his-
toria de los conceptos tienen en este ámbito de estudio, con su cre-
ciente énfasis en el discurso, los relatos y los mitos, sino del propio
debate sobre la figura del intelectual posmoderno. Los intelectua-
les han sido parte esencial de la historia del siglo xx, sin la cual no
puede entenderse ese gran proceso que fue la formación de las opi-
niones públicas nacionales y la política de masas, tanto en la con-
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Javier Muñoz Soro Presentación
solidación de las grandes democracias occidentales como en su cri-
sis. El siglo xx vio a los intelectuales erigirse en críticos del poder,
en guías de la sociedad y en profetas del porvenir, en verdaderos
maîtres a penseur, pero también en servidores de las ideologías to-
talitarias y en sacerdotes de las nuevas religiones políticas. Su mo-
mento de máximo esplendor en los años sesenta se acompañó de
las primeras señales que anunciaban su final inevitable ante el ago-
tamiento de los grandes relatos y la fragmentación del saber, que
requeriría a partir de entonces especialistas, intérpretes y comuni-
cadores mediáticos.
Una renovada historia de los intelectuales pretende superar la
visión tradicional de éstos como individuos aislados más o menos
clarividentes, innovadores o continuadores de corrientes de pensa-
miento, para centrarse en sus relaciones de doble dirección con el
poder y la sociedad —siguiendo las reflexiones de Weber, Gramsci,
Foucault, Skinner o Gouldner— y en sus propios medios de repro-
ducción e influencia, gracias a las aportaciones de sociólogos como
Mannheim, Bourdieu o Bauman. Los intelectuales se sitúan ante
el poder político, por un lado, y ante la sociedad y la opinión pú-
blica, por otro, pero también ante sus colegas en la competencia
por el mercado cultural y el prestigio dentro de instituciones de va-
rio tipo, campos de producción específicos y redes de socialización.
Si desde su origen no puede entenderse al intelectual desligado de
los grandes medios de comunicación de masas, desde mediados del
pasado siglo tampoco es posible hacerlo sin tener en cuenta la uni-
versidad y las grandes instituciones públicas de lo que Fumaroli ha
llamado el «Estado cultural».
El estudio de los intelectuales en la transición a la democracia
en España tiene el interés añadido de concentrar en un breve pe-
riodo de tiempo varios de esos fenómenos que han caracterizado a
la cultura europea del siglo xx. La muerte del dictador suponía el
fin de un intento de organización social sometido desde el princi-
pio a fuertes tensiones internas entre proyectos distintos, que había
renunciado a su inicial ambición totalitaria y que estaba, a la altura
de 1975, en franca descomposición, aunque no por ello renunciara
a perpetuarse. Visto desde hoy nos parece que cualquier intento
de sobrevivir estaba condenado al fracaso, y los intelectuales fran-
quistas y sus medios de acción nos parecen poco más que residuos
del pasado derrotados por el auge de la cultura de izquierda y an-
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Javier Muñoz Soro Presentación
tifranquista. Seguramente la realidad fue más compleja, como de-
muestran los artículos de Nicolás Sesma y de Luca La Rovere en
este dossier. El primero analiza la trayectoria intelectual y política
de Jesús Fueyo, su progresivo aislamiento una vez despojado de
sus plataformas de poder institucional, mientras que el segundo,
autor de un libro sobre la transición de los intelectuales fascis-
tas en la Italia posterior a 1943, aporta una sugerente perspectiva
comparada para interpretar esas «zonas grises» de lo que en Es-
paña se llamó muy pronto el «franquismo sociológico». Al igual
que en el caso italiano, la hegemonía intelectual de la izquierda an-
tifranquista se ha convertido en un obstáculo para comprender la
pervivencia, e incluso la posterior renovación, de una cultura que
aún hoy sigue sorprendiéndonos con productos como los éxitos de
ventas de la historia neofranquista.
El final de la dictadura sancionó la hegemonía de una cultura
que había luchado por reconstruir la línea de una modernidad per-
dida, liberando con dificultad espacios sociales y expresivos. Sin
embargo, la cultura progresista también estaba sometida a fuertes
tensiones internas: el discurso liberal, centrado en la reconstrucción
de la democracia parlamentaria y la sociedad civil, chocaba con el
auge desde los años sesenta de las ideologías marxistas, que trata-
ban de hacer compatibles esos objetivos democráticos con la meta
última de una revolución socialista. Esa cultura del compromiso mi-
litante, fuera comunista, socialista o incluso cristiana, se vería a su
vez deslegitimada en los años setenta por los nuevos movimientos
sociales ligados a la izquierda radical y libertaria, y a formas cul-
turales —llamadas entonces «contraculturales»— que muy pronto
abandonarían el compromiso como eje de su acción para buscar
nuevas formas expresivas, más pendientes de las ansias de consumo
cultural y lúdico de la sociedad, y de las corrientes musicales, artís-
ticas, literarias, cinematográficas, etcétera, que llegaban desde fuera
bajo la etiqueta generalizadora de la posmodernidad. Jordi Mir es-
tudia en este dossier esas culturas críticas que pronto serían consi-
deradas marginales, como vías muertas en la historia del éxito de la
democracia española y su normalización europea, pero cuya contri-
bución ha sido decisiva a largo plazo en el cambio de los patrones
culturales de nuestra sociedad.
Todo ello contribuyó a una compleja y rápida transición cultu-
ral, mientras los gobiernos centristas ensayaban una precaria política
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Javier Muñoz Soro Presentación
cultural a medio camino entre el dirigismo estatal del populismo au-
toritario, una alta cultura de prestigio internacional y un abstencio-
nismo dictado antes que nada por el raquitismo presupuestario y la
urgencia de cuestiones más apremiantes, muy lejos, por tanto, del
«Estado cultural» levantado por los socialistas una década después.
El Ministerio de Información y Turismo se convirtió en el Ministe-
rio de Cultura, los teleclubs dejaron paso a las fiestas vecinales fi-
nanciadas por los respectivos ayuntamientos, las instituciones cul-
turales regionales de la dictadura se reconvirtieron en centros de
producción de identidad autonómica, la cadena de prensa del Mo-
vimiento subsistió sólo mientras interesó al gobierno sufragar sus
enormes pérdidas, y la censura siguió vigilando las críticas contra la
monarquía, el ejército, la iglesia o todo lo que se considerara dañino
para una didáctica pública del consenso y la conciliación. Un buen
número revistas que se habían destacado por su oposición a la dicta-
dura fueron desapareciendo, y hasta los cantautores empezaron a ser
desplazados por los nuevos iconos de lo que, ya en los ochenta, se
llamó la «Movida». Al mismo tiempo, los intelectuales ungidos du-
rante la fase final de la dictadura como guías de la sociedad —caso
de un Aranguren, por ejemplo— veían amenazada su autoridad por
toda una nueva generación de intelectuales especialistas, de perio-
distas con gran audiencia mediática y de «intérpretes», como los ha
llamado Bauman, de las nuevas demandas sociales.
La historia de los intelectuales y de la cultura en general ilumina
aspectos relevantes de la Transición, de los cambios acaecidos en
las distintas culturas políticas y en la cultura política en singular,
durante un periodo caracterizado por las rápidas mutaciones so-
ciales. Los intelectuales, individual y colectivamente —piénsese en
El País, una «referencia dominante» durante aquellos años—, pro-
porcionaron a la sociedad y a la política nuevos conceptos, o nue-
vos significados para viejos conceptos, así como un relato que diera
sentido a la rápida sucesión de acontecimientos y sirviera de auto-
conciencia de la sociedad. En el presente monográfico, Cecilia Les-
gart nos ofrece, desde el estudio de los casos argentino y chileno,
principalmente, una reflexión sobre esa traslación de significados
y sobre la propia transición de los intelectuales dentro de las tran-
siciones de régimen político. En su doble condición de pensado-
res y de activistas políticos, muchos intelectuales concibieron sus
trabajos teóricos no tanto en términos evaluativos y descriptivos,
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Javier Muñoz Soro Presentación
como en términos prescriptivos, y al mismo tiempo que analizaban
la realidad señalaban los objetivos a conseguir. Unas «transiciones
teóricas», como escribe la autora, que modelaron la política de la
Transición desde la reflexión sobre los propios fracasos y donde
conceptos como «autoritarismo», «democracia» o «transición» se
convirtieron en herramientas de acción.
Todavía contamos con pocos estudios sobre los intelectuales y
la cultura en la Transición, a menudo breves aportaciones a traba-
jos colectivos, como los editados en los últimos años por Carme
Molinero o Rafael Quirosa-Cheyrouze en forma de libro, o los mo-
nográficos coordinados por Fernando del Rey y Manuel Pérez Le-
desma en la revista Historia y Política, algo que contrasta con las
muy sobresalientes contribuciones a la historia de los intelectua-
les aparecidas en los últimos años sobre los siglos xix y xx. Con la
idea de llenar este vacío presentamos este dossier, dentro del marco
cronológico más utilizado para la Transición, entre 1975 y 1982,
cuando tuvieron lugar los principales cambios políticos e institucio-
nales que llevaron de la dictadura a la democracia, colocando a los
intelectuales frente al reto de guiar a la sociedad en un estado de
anomia entre lo viejo que moría y lo nuevo que luchaba por nacer.
Hemos optado también por una acepción tradicional del término
«intelectual» centrada en su compromiso político, aunque amplián-
dola a quienes utilizan el prestigio adquirido en su disciplina de tra-
bajo para, desde la autoridad conferida por ese reconocimiento ge-
neralizado, crear opinión en el espacio público, en especial a través
de los medios de comunicación de masas. Porque hubo también
una transición entre los intelectuales políticos encumbrados en la
lucha contra la dictadura y el prestigio de los que Bourdieu llamó
«intelectuales-periodistas», que por entonces comenzaron a llenar
las tertulias de radio y televisión, hasta desplazar a los primeros de
los medios de comunicación generalistas.
No nos interesa aquí tanto una clasificación de los intelectuales
según las características internas de la comunidad intelectual, se-
gún los métodos de las escuelas o de las generaciones, pues ya con-
tamos para ello con buenos estudios como los de Juan Pecourt o
Vázquez García. Tampoco una distinción por los rasgos de su ac-
tividad, como la establecida a partir de las funciones del lenguaje
de Karl Bühler entre el intelectual apelativo, que persigue un obje-
tivo pragmático de transformar la realidad; el especulativo, más in-
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Javier Muñoz Soro Presentación
teresado en la búsqueda de la verdad, y el expresivo, que aporta
su testimonio personal, aunque todos estos métodos y tipos ideales
ayuden a analizar la compleja condición del intelectual, que se de-
sarrolla en varias dimensiones. Una individual, fruto de su biografía
y su formación a través de itinerarios personales. Otra colectiva, en
grupos o redes más o menos definidas ideológicamente, donde co-
bran especial importancia los lugares de socialización y los campos
de producción: instituciones y organismos públicos o privados, edi-
toriales, revistas o periódicos. Por último, una dimensión pública
marcada por el antagonismo político entre derecha e izquierda, y
sus respectivas respuestas ante los graves problemas planteados du-
rante esos años. Nos interesa, sobre todo, saber desde el modelo de
sociedad que defendían cuál fue su visión de la Transición, sus me-
tas y sus renuncias a lo largo de ésta.
Esa complejidad y esas varias dimensiones en la vida, la obra
y la acción pública del intelectual hacen difícil, sin duda, su análi-
sis historiográfico. Más aún cuando la contribución de los intelec-
tuales a la Transición ha estado desde el primer momento envuelta
en polémica. Grandes ausentes para unos, nostálgicos desencanta-
dos o, al revés, sumisos portavoces del poder para otros, se les ha
echado en cara tanto su hipercriticismo como el haberse plegado al
discurso oficialista del consenso, tanto su obcecación en ensoñacio-
nes revolucionarias como su pragmatismo ambicioso, siempre en la
antesala del poder, tanto su elitismo clasista como su rápida adap-
tación a las nuevas exigencias del mercado. Si desde principios de
los años setenta la cultura progresista estaba en crisis, el final de la
dictadura acabó para siempre con la solidaridad intelectual crecida
durante largos años de oposición y disidencia, mientras el intelec-
tual orteguiano dejaba paso a los jóvenes contestatarios, el intelec-
tual universal era reemplazado por los especialistas y se multiplica-
ban los centros de producción cultural. Así, de profetas en su tierra
habrían pasado a ser ciegos en medio de un país cambiante, des-
lumbrados por ideologías totalitarias, equivocados por culpa de su
petulancia o encorsetados en sus rígidos modelos teóricos. Lo más
curioso es que esas críticas suelen provenir de los propios intelec-
tuales. En cualquier caso, no es posible hacer la historia de la Tran-
sición sin contar con ellos y sin pensarla como un momento único
de expresión cultural de la sociedad.
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Javier Muñoz Soro Presentación
Bibliografía
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nidad y los intelectuales, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quil-
mes, 1997.
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celona, Acantilado, 2007.
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Historia y Política, 18 (julio-diciembre de 2007).
Vázquez García, F.: La filosofía española: herederos y pretendientes, Ma-
drid, Abada Editores, 2009.
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SUMARIO
Editorial. Veinte años de Ayer............................................. 11-14
DOSSIER
LOS INTELECTUALES EN LA TRANSICIÓN
Javier Muñoz Soro, ed.
Presentación, Javier Muñoz Soro........................................ 17-23
La transición de los intelectuales antifranquistas (1975-1982),
Javier Muñoz Soro.......................................................... 25-55
El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo, un intelectual fran
quista frente a la Constitución, Nicolás Sesma Landrin. 57-82
Salir de los márgenes sin cambiar de ideas. Pensamiento
radical, contracultural y libertario en la Transición espa
ñola, Jordi Mir García.................................................... 83-108
Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo,
Luca La Rovere.............................................................. 109-143
Entre las experiencias y las expectativas. Producción acadé
mico-intelectual de la transición a la democracia en el
Cono Sur de América Latina, Cecilia Lesgart............... 145-169
ESTUDIOS
«La lucha por la calle»: la venta ambulante, la cultura de
protesta y la represión en Barcelona (c. 1930-1936),
Chris Ealham................................................................. 173-205
Una historia del SIM: antecedentes, origen, estructu
ra y reorganizaciones del contraespionaje republicano,
Hernán Rodríguez Velasco............................................ 207-239
142 Ayer [Link] 7 13/2/11 20:03:58
Sumario
Neocatolicismo y darwinismo en las aulas: el caso del insti-
tuto provincial de Valencia, Carles Sirera...................... 241-262
ENSAYOS BIBLIOGRÁFICOS
Las exiliadas, de acompañantes a protagonistas, Mónica
Moreno Seco.................................................................. 265-281
HOY
El acceso a los archivos y la investigación histórica, Carme
Molinero......................................................................... 285-297
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DOSSIER
Los intelectuales
en la Transición
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Ayer 81/2011 (1): 25-55 ISSN: 1134-2277
La transición de los intelectuales
antifranquistas (1975-1982) 1
Javier Muñoz Soro (UCM)
Universidad Complutense de Madrid
Resumen: La contribución de los intelectuales de izquierda a la transición
a la democracia ha sido objeto de interpretaciones discordantes. El
prestigio ganado en la lucha contra la dictadura les otorgaba una posi-
ción destacada en el proceso de cambio social, pero fenómenos como
el cuestionamiento del intelectual universal, el desarrollo del mercado
cultural o la crisis de las ideologías determinaron su propia evolu-
ción durante esos años. Esa transición de los intelectuales dentro de la
Transición estuvo marcada por una paradoja: la democracia exigía el
sacrificio del antifranquismo en nombre de la reconciliación y de una
alternativa de poder de la izquierda.
Palabras claves: intelectuales, transición democrática, franquismo,
prensa, cultura.
Abstract: The contribution of left-wing intellectuals to the transition to de-
mocracy, between 1975 and 1982, has been the subject of opposite in-
terpretations. The prestige gained in the fight against Franco’s regime
gave them a prominent position in the process of social change. How-
ever, phenomena such as the questioning of the universal intellectual,
cultural market development and the crisis of ideologies determined
their own evolution during those years. This intellectuals’ transition
within the Transition was marked by a paradox: democracy required
the sacrifice of their antifascism in the name of reconciliation and also
for a viable alternative of left government.
Keywords: intellectuals, transition to democracy, Franco regime, press,
culture.
1
Este artículo se encuadra en el proyecto de investigación HUM 2007/63.118
del Ministerio de Ciencia e Innovación, dirigido por Abdón Mateos.
Recibido: 25-08-2010 Aceptado: 02-12-2010
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
Introducción: los intelectuales en transición
«La Transición se hizo sin debate intelectual, reducido a una
exaltación de los valores democráticos y una crítica genérica y pu-
ramente ideológica de la dictadura», ha escrito Josep Ramoneda.
Además, puso de manifiesto la crisis del papel del intelectual en sus
relaciones con el poder, ya que «prensa y poder marcharon juntos
durante la transición, sustentándose uno a otro», casi como habían
hecho durante la dictadura según Gregorio Morán 2. Esta visión de
los intelectuales y de su actividad pública durante la transición a la
democracia (1975-1982) no cuadra con otra muy extendida, la de
unos intelectuales radicalizados, cegados por la ideología. En la ba-
talla entre ideología y política que atravesó el debate público du-
rante esos años, unos acusaron a los intelectuales de izquierda de
ser esclavos de las pasiones ideológicas, residuos de un tiempo pa-
sado; otros, de su fulminante conversión a la socialdemocracia libe-
ral o al más simple pragmatismo.
En cualquiera de los dos casos, los intelectuales no salían bien
parados: o bien vociferaron desde el dogmatismo, o bien enmude-
cieron ante las exigencias del momento, o del poder. Si el histo-
riador Javier Tusell constataba la resistencia al cambio de una iz-
quierda «que tiene en sus filas demasiados intelectuales», y por eso
andaba siempre meditando «revoluciones imaginarias», Alfonso C.
Comín llamaba a rebato a los intelectuales de izquierda para or-
ganizar la cultura sobre nuevas bases dentro de una «democracia
avanzada», sucedáneo de lo que hasta poco tiempo antes había sido
una democracia socialista 3. Tras años de prestigio en la lucha an-
tifranquista, de encarnar una autoridad moral plasmada en múlti-
ples manifiestos, cartas colectivas o actos de protesta, se reproducía
en España el debate sobre los intelectuales, el que en su patria por
excelencia, Francia, había enfrentado a Sartre y Aron. Claro que si
nos atenemos a la lista de los que Francisco Umbral consideraba
Ramoneda, J.: «Notes sobre [Link] i política a la transició i la democrà-
2
cia», en La configuració de la democràcia a Espanya, Vic, Eumo, 2009, p. 187, y Mo-
rán, G.: El precio de la transición, Barcelona, Planeta, 1991, p. 26.
3
Tusell, J.: «Tiempo de elecciones. El Besugo», El País, 18 de marzo de 1977;
Comín, A. C.: «Intelectuales de izquierda y organización de la cultura», El País, 24
de agosto de 1977.
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nuestros «sartrianos», donde ponía juntos a Aranguren, Fernando
Savater, Ramón Tamames, Tierno Galván, Buero Vallejo, Miguel
Delibes, Camilo José Cela o Amando de Miguel, pese a la heteroge-
neidad de sus orígenes y sus respectivas trayectorias personales, te-
nemos un primera pista de las características idiosincrásicas que ese
proceso iba a revestir en el posfranquismo 4.
La combinación de fenómenos globales que llegaban con retraso
a España y de procesos que se habían desarrollado en circunstan-
cias tan excepcionales como una dictadura militar, superviviente de
la ya lejana época de ascenso de los fascismos en Europa, dio como
resultado esa superposición de discursos que caracterizó la última
fase del franquismo y los años de la transición a la democracia. Dis-
cursos que se sucedieron rápidamente o entraron en conflicto por-
que reflejaban procesos sociales y culturales profundos, pero tam-
bién porque eran el escenario de combates políticos. Voy a intentar
aquí exponer brevemente algunos de los vectores que confluyeron
en esta difícil transición de los intelectuales.
En primer lugar, los años de la Transición vieron la parábola
descendente del intelectual en la cima de su prestigio, erigido en re-
ferencia ética universal, en maître à penser, pero también en intelec-
tual comprometido con una causa, a menudo hasta traicionar lo que
era su misión originaria según la famosa denuncia de Julien Benda.
Se produjo entonces el canto de cisne del intelectual «orgánico» al
servicio de un grupo político y el final del intelectual «funcionario»
al servicio del Estado autoritario, aunque no pasaría mucho tiempo
para que se reconvirtiera dentro del nuevo «Estado cultural» que
los gobiernos socialistas iban a levantar, al igual que las autonomías,
sobre las empobrecidas estructuras del dirigismo franquista. El lu-
gar que dejó vacío el intelectual moderno, nacido casi un siglo an-
tes en Europa con la democracia liberal, pasaron a ocuparlo el es-
pecialista posideológico y el comunicador mediático 5.
4
Umbral, F.: «Los intelectuales», El País, 31 de mayo de 1980.
5
Benda, J.: La Trahison des clercs, París, Grasset, 1927 (hay traducción espa-
ñola: La traición de los intelectuales, Madrid, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lec-
tores, 2008), y Fumaroli, M.: L’État culturel, essai sur une religion moderne, París,
Le Fallois, 1991 (hay traducción española: El Estado cultural. Ensayo sobre una re
ligión moderna, Barcelona, Acantilado, 2007). Uso el término «intelectual» en su
acepción más amplia, la de creador de opinión en el espacio público, que incluiría
a los intelectuales académicos, periodistas y literatos, a medio camino entre la defi-
nición más política del intelectual de Ory, P., y Sirinelli, J.-F.: Les intellectuels en
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En España, la primera promoción de intelectuales especialis-
tas llegó con la que José-Carlos Mainer ha llamado una «juven-
tud aplazada», los nacidos entre 1935 y 1950, quienes renovaron
sus respectivas disciplinas en una universidad que se masificaba y
modernizaba a marchas forzadas desde la reforma de 1970. En su
carrera por lograr una nada fácil estabilidad académica, muchos
jóvenes profesores —los famosos PNN— dejarían los primeros ji-
rones de sus sueños igualitarios. El protagonismo de esa «genera-
ción larga» conformada en la lucha antifranquista en la política,
la cultura y las instituciones de la España democrática es innega-
ble, pero tiene razón Santos Juliá cuando constata el «amplio aba-
nico generacional» de unos intelectuales que ya no intervenían en
el debate público como miembros de una generación, sino por su
condición de intelectuales, profesionales o artistas 6. Gentes de la
llamada «generación del 36», como Pedro Laín Entralgo (nacido
en 1908), Aranguren (1909), Julián Marías (1914) o Tierno Gal-
ván (1918), compartirán los mismos manifiestos o secciones de
opinión con miembros de la «generación del medio siglo», como
Gustavo Bueno (1924), Manuel Sacristán (1925), Agustín García
Calvo (1926) o Rafael Sánchez Ferlosio (1927); de la «generación
del 56», como Ramón Tamames (1933), Javier Pradera (1934) o
Raúl Morodo (1935), o con los jóvenes rebeldes del 68, como
Manuel Vázquez Montalbán (1939), Eugenio Trías (1942) o Fer-
nando Savater (1947). Las identidades generacionales que la so-
ciedad cerrada de la dictadura propiciaba serán oscurecidas por
otras formas de identidad a la hora de participar en el debate pú-
blico, desde las escuelas de pensamiento a los nacionalismos, a
France de l’affaire Dreyfus à nos jours, París, Armand Colin, 1999, p. 10 (hay tra-
ducción española: Los intelectuales en Francia. Del caso Dreyfus a nuestros días, Va-
lencia, PUV, 2007), y la del «intelectual intérprete», mediador entre cultura y so-
ciedad, de Bauman, Z.: Legislators and interpreters. On Modernity, Post-Modernity,
Intellectuals, Ithaca (NY), Cornell University Press, 1987 (hay traducción española:
Legisladores e intérpretes. Sobre la modernidad, la postmodernidad y los intelectua
les, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1997). Sobre los intelectuales
«funcionarios», véase Isnenghi, M.: Intellettuali militanti e intellettuali funzionari.
Appunti sulla cultura fascista, Turín, Einaudi, 1979.
6
Mainer, J.-C.: «Los intelectuales de izquierda: un sentimiento de crisis», His
toria y Política, 20 (2008), pp. 159-181; Sacristán, M.: «Prólogo», en Equipo Lí-
mite, La agonía de la universidad franquista, Barcelona, Laia, 1976, p. II, y Juliá, S.:
«Intelectuales en democracia, entre el silencio y la dispersión», El noticiero de las
ideas, 18 (2004), pp. 39-49.
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través de unos cada vez más novedosos canales de producción, di-
fusión y mediación cultural.
Porque, en segundo lugar, en esos años se produjo la transición
desde la producción de vanguardia asociada a la radicalización in-
telectual antifranquista —por ejemplo, el boom editorial del ensayo
de finales de los años sesenta y primeros setenta— a lo que Bour-
dieu llamó el «campo comercial» 7. Con la institucionalización de-
mocrática del poder político se produjo una redefinición de las re-
laciones dentro del campo cultural: la televisión y la prensa diaria,
hasta entonces más sometidos a lógicas instrumentales del poder,
incrementaron su prestigio intelectual y absorbieron funciones cul-
turales que antes no desarrollaban. Mientras que, al revés, las re-
vistas políticas perdían los recursos simbólicos adquiridos en el
periodo anterior, lo que ayuda a explicar su rápida desaparición.
Félix Santos, exdirector de Cuadernos para el Diálogo, resumía así
las múltiples funciones que revistas como la suya habían tenido
que desempeñar desde la apertura limitada de la Ley de Prensa de
1966: «desintoxicar, desmitificar, informar, formar, dialogar a di-
versos niveles, ser cauce de expresión de pluralismos ideológicos y
políticos». O, como escribía uno de los fundadores de Ajoblanco
en 1978, «putas, gays, feministas, cine libre..., se organizan con
más libertad y crean sus propios medios de expresión. Todos estos
sectores ya no vienen a hacemos partícipes de sus cosas» 8.
En la adaptación a las nuevas exigencias del mercado, España
pasó de ser el país europeo con más títulos de información política
y general —había más de seis mil empresas periodísticas registra-
das en 1976— a que en pocos años desaparecieran más de veinte
títulos de revistas semanales o mensuales tan significativas como
Triunfo, Cuadernos para el Diálogo, Destino o Por Favor. Algunas
revistas intentaron afrontar la nueva situación cambiando su pe-
riodicidad y todas ellas orientaron sus contenidos en dos sentidos
opuestos: hacia la banalización o hacia su especialización. Ese pro-
ceso divergente de asimilación al campo comercial o de desplaza-
miento hacia zonas marginales del campo cultural —por ejemplo,
7
Bourdieu, P.: The field of cultural production, Cambridge, Polity Press, 1993.
8
Santos, F.: «Juicio crítico a Cuadernos para el Diálogo», Cuadernos para el
Diálogo, 100 (1972), pp. 29-30, y Beaumont, J. F.: «Ajoblanco, cinco años de comu-
nicación alternativa como forma de vida libertaria. Antes de fin de año será una re-
vista semanal», El País, 14 de octubre de 1978.
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las revistas más ideológicas o de partido— puede constatarse en
otros ámbitos culturales y fue generalizada en todo el mundo desa-
rrollado. Lo que caracteriza el caso español fue la intensidad y ra-
pidez del proceso 9.
Algunas de las revistas citadas habían ganado un merecido
prestigio en la conquista de espacios libres de opinión y debate
tras la relativa apertura del férreo régimen de prensa de la dic-
tadura en 1966. Pero la lista de títulos aparecidos entre 1975 y
1979 es de por sí expresiva de una auténtica primavera cultural.
La teoría marxista en sus varias versiones tuvo revistas como Zona
Abierta, en cuya etapa inicial colaboraron Valeriano Bozal, Alberto
Corazón, Jorge Martínez Reverte o Ludolfo Paramio; Sistema, con
Elías Díaz y Félix Tezanos, y Leviatán, ligadas al PSOE; Taula de
Canvi, donde el marxismo cristiano de Alfonso C. Comín y el más
heterodoxo de Josep Ramoneda, Solé Tura o Jordi Borja convivía
«unitariamente» con otras culturas del antifranquismo; Materiales,
y su sucesora Mientras tanto, fundadas por el grupo de Manuel Sa-
cristán procedente del PSUC, junto a otras de la nueva izquierda
trotskista o maoísta como En Teoría o El Cárabo. Las nuevas ten-
dencias libertarias, contraculturales y ecologistas estuvieron repre-
sentadas por Ajoblanco, donde escribían Pepe Ribas, Fernando
Savater o Luis Racionero; El Viejo Topo, con Miguel Riera o Fran-
cisco Fernández Buey; Ozono o Star.
Títulos a los que se podrían añadir muchos otros de la iz-
quierda intelectual —Negaciones, Teoría y Práctica, Saida, Argu
mentos, El Basilisco, Askatasuna, Transición, Arreu— y del tam-
bién floreciente campo de las revistas de humor político, en el que
sobresalieron Hermano Lobo y Por Favor. Por entonces salieron a
la luz las clandestinas Nous Horitzons y Nuestra Bandera, ligadas al
PCE, y llegó desde el exilio parisino Cuadernos del Ruedo Ibérico
para una tan corta como desilusionante experiencia española. An-
tes de su desaparición o crisis, algunas revistas del antifranquismo
cambiaron sus formatos y adecuaron sus contenidos y lenguaje
hasta convertirse en auténticos political newsmagazines como Cam
bio 16 o Cuadernos para el Diálogo, lo que les permitió aumentar
9
Muñoz Soro, J.: «Parlamentos de papel: la prensa crítica en la crisis del
franquismo», en Quirosa-Cheyrouze, R. (coord.): Historia de la Transición en
España. Los inicios del proceso democratizador, Madrid, Biblioteca Nueva, 2007,
pp. 449-461.
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durante un tiempo sus tiradas. Es decir, en una breve estación de
unos cinco años florecieron y se extinguieron, o bajaron drástica-
mente su difusión, tanto las revistas militantes de izquierda como
las que trataron de adaptarse a las nuevas necesidades. Algo que
sólo puede explicarse por una conjunción de factores, entre los
que sin duda se cuentan el aumento de los costes y la creciente
competencia cuando el público lector seguía siendo muy inferior
al de otros países europeos 10.
El nuevo «intelectual colectivo» ya no iba a ser entonces aquel
al servicio del pueblo y con la formación de un «frente cultural» de
izquierda como objetivo, del que hablaba Valeriano Bozal en 1976
usando términos gramscianos. Su lugar lo ocuparía la «empresa e
intelectual colectivo», mucho menos ideológico y más comercial, en
que acabaría convirtiéndose El País, aparecido ese mismo año, se-
gún la conocida definición de Aranguren 11. Gracias a su carácter de
«referencia dominante» para un importante sector de la sociedad,
este diario contribuyó a la conformación de un nuevo espacio pú-
blico «de representación y de comunicación social que, hasta cierto
punto, no constituyeron ni el Parlamento ni la clase política». Un
espacio comunicativo en el que se integraba el nuevo ciudadano,
precisamente cuando se fraguaba la cultura política democrática y
muchas personas experimentaban un proceso de intensa resociali-
zación política adulta 12. En el periódico coexistieron distintos ni-
veles de discurso, a veces en conflicto entre sí, mientras otro con-
flicto interno tenía lugar por el control del diario, por la orientación
y diversificación de sus contenidos y por su conversión en un gran
grupo mediático. Lo ha explicado Luis Negró: el nuevo grupo diri-
gente de El País parecía haber comprendido antes que otros la idea
de que en las sociedades avanzadas el saber se produce para ser
vendido y es un elemento fundamental en la competición por el po-
10
Sobre un índice de lectura de diarios en 1986-1987, los 78 diarios leídos por
1.000 habitantes en España quedaban muy por debajo de los 414 de Gran Bretaña,
los 350 de Alemania o los 212 de Francia; Edo, C.: La crisis de la prensa diaria, Bar-
celona, Ariel, 1994, pp. 30-31.
11
Bozal, V.: El intelectual colectivo y el pueblo, Madrid, Alberto Corazón,
1976, y Aranguren, J. L. L.: «El País como empresa e intelectual colectivo», El
País, 7 de junio de 1981.
12
Imbert, G., y Vidal Beneyto, J.: El País o la referencia dominante, Mitre,
Barcelona, 1986, pp. 24-26, y Arango, J.: «Ni lo era ni ha dejado de serlo», El País,
19 de marzo de 2000.
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der 13. Por esa influencia social, pero también por ese carácter de es-
pacio transicional entre viejos y nuevos fenómenos, entre discursos
ideológicos distintos, he elegido las secciones de Opinión y Tribuna
de El País como fuente (casi) única para el presente estudio.
Que el cauce privilegiado de influencia de los intelectuales en
la opinión pública fuera el artículo periodístico no era ninguna no-
vedad: así había sido también en España desde principios de siglo
y, en menor medida, ha seguido siéndolo después. Los intelectua-
les afirman su autoridad en el propio campo especializado, profe-
sional o académico, pero su influencia social raramente proviene de
la venta de sus libros 14. La novedad radicaba en el control del pe-
riódico por sus redactores: si el poder intelectual en la oposición al
franquismo había fluctuado entre los polos científico y político, en-
tre la razón analítica y la dialéctica por usar la conocida distinción
de Tierno Galván 15, la democracia crearía un nuevo eje de tensión
entre el polo político y el periodístico, de manera que los periodis-
tas pasarían a personificar el paradigma del nuevo intelectual 16. La
prensa se organizó en empresas mediáticas cada vez más poderosas
y autónomas erigidas en nuevas formas de poder intelectual, que
pronto iban a englobar revistas, editoriales, canales de radio y te-
levisión. Tampoco pasaría mucho tiempo para que la prensa diaria
diversificara su oferta comercial por múltiples vías, que iban desde
los suplementos semanales hasta las vajillas de regalo, ni para que
los programas televisivos de debate intelectual, como La Clave de
José Luis Balbín, se fueran extinguiendo para dejar su lugar a otros
debates de presunto interés social.
La generalización de la educación superior y la transformación
radical del mundo de la comunicación producida por la invasión
de lo visual, la expansión sin precedentes de los productos cultu-
rales, la multiplicación de centros productores y la aparición de
grandes empresas multimedia han democratizado la categoría in-
13
Seoane, M. C., y Sueiro, S.: Una historia de «El País» y del Grupo Prisa, Bar-
celona, Plaza y Janés, 2004, p. 17, y Negró Acedo, L.: El diario El País y la cultura
de las elites durante la Transición, Madrid, Foca, 2006, p. 175.
14
Vila-Sanjuán, S.: Pasando página. Autores y editores en la España democrá
tica, Barcelona, Destino, 2003, pp. 529-530.
15
Tierno Galván, E.: Razón mecánica y razón dialéctica, Madrid, Tecnos,
1969.
16
Pecourt, J.: Los intelectuales y la transición política. Un estudio del campo de
las revistas políticas en España, Madrid, CIS, 2008, p. 242.
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telectual. Hoy sería más adecuado preguntarse quién no es inte-
lectual, y quizás alegrarnos de que el crepúsculo de los intelectua-
les se acompañe del aumento de los lugares de inteligencia social 17.
Durante años los intelectuales se han afanado, en España como en
el resto de Europa, en la denuncia del consumismo y de las lógi-
cas de mercado, interpretadas como parte de una estrategia política
dirigida a reducir su poder neutralizando el impacto de la produc-
ción simbólica disidente. Sin embargo, también ellos participan de
un sistema que garantiza su visibilidad y subsistencia, y aunque es-
tán surgiendo otros canales de reflexión crítica como Internet, son
demasiado abiertos y fragmentados como para pensar en una vuelta
del intelectual universal.
Todo este proceso se ha acompañado, en tercer lugar, de una
tendencia creciente a la desideologización, anunciando lo que iba
a ocurrir durante la década siguiente en el resto de Europa, y con-
finando hacia espacios de comunicación cada vez más marginales,
aunque todavía mantuvieran su prestigio en la universidad, la crí-
tica marcusiana a la sociedad opulenta y la crítica marxista al po-
der político. Lo mismo podría decirse de la rápida desmovilización
que siguió a una fase de intensa movilización social, la cual había
sustentado la multiplicación de centros de producción intelectual,
pero convertida pronto en un velado recuerdo, cuando no en una
ensoñación de cuya existencia dudan hasta sus mismos protagonis-
tas. La izquierda intelectual de la Transición heredaba una concep-
ción de la cultura militante, cuando lo cultural aún era político, y al
mismo tiempo heredaba su crisis desde los primeros años de la dé-
cada. Además, el marxismo hegemónico en la cultura progresista de
la segunda mitad de los sesenta había pasado a conjugarse en plu-
ral, dividido entre varios marxismos a menudo hostiles entre sí y
enfrentados al resurgir del individualismo romántico, la contracul-
tura y las corrientes ácratas o neonietzscheanas 18.
En la segunda mitad de los setenta, la cultura marxista se reple-
garía ante el éxito político de la antes denostada socialdemocracia,
que culminaría con la renuncia oficial del PCE al leninismo y del
PSOE al marxismo. En realidad, las que se combatían eran dos al-
mas enfrentadas de la cultura antifranquista: la más pragmática e
Adornato, F.: Oltre la Sinistra, Milán, Rizzoli, 1991.
17
Plata, G.: La razón romántica. La cultura política del progresismo español a
18
través de Triunfo (1962-1975), Madrid, Biblioteca Nueva, 1999.
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interesada por los resultados, con un largo aprendizaje bajo la dic-
tadura, y la más idealista, preocupada por las consecuencias polí-
ticas, culturales y hasta morales del proceso. De ahí que muchos
intelectuales rejuvenecidos por los nuevos desafíos del poder no
ocultaran su hostilidad hacia quienes siguieron interpretando la rea-
lidad en términos de identidad antifranquista, de crítica al poder (a
todo poder) y de proyecto social utópico, casi como si en ellos vie-
ran su propio retrato terriblemente envejecido.
La dialéctica franquismo-antifranquismo
En las antitéticas versiones sobre los intelectuales de izquierda
en la Transición con que se abría este artículo, todos quedaban a un
lado dentro del binomio autoritarismo-democracia, pues si algo les
unía era la condena del primero y la defensa de la segunda, lo que
parecería lógico que se hubiera reflejado en otro binomio simétrico:
franquismo-antifranquismo. Sin embargo, una parte importante de
los intelectuales renunció explícita o implícitamente a la dialéctica
franquismo-antifranquismo por considerarla superada, inútil o da-
ñina en la nueva situación. Así, el economista y teniente de alcalde
de Madrid por el PCE, Ramón Tamames, decía que «de cara al ma-
ñana lo mejor que podemos hacer los españoles es olvidarnos de
franquismos y antifranquismos. Esa es una polémica estéril» 19.
Se trataba además de una polémica ajena al «país real», a la
«sociedad civil», según una de las tesis sobre la transición a la de-
mocracia que más éxito tuvieron desde su formulación, la del so-
ciólogo Víctor Pérez Díaz. La sociedad, considerada como un con-
junto indiferenciado, habría iniciado desde mucho antes un proceso
de cambio social, cultural y económico que la habría llevado a posi-
ciones semejantes a las del resto de Europa. Por eso, las elites diri-
gentes y sus líderes eran vistos como rezagados cuando insistían en
la dialéctica franquismo-antifranquismo, y como ganadores cuando
traducían a la política esas exigencias sociales de moderación, or-
den, democracia y cambio pacífico. La nueva política reflejaba la
nueva sociedad, de manera teleológica y casi tautológica: «el país se
ha votado a sí mismo». De los pobres resultados de AP y el PCE
19
Tamames, R.: «Lo mejor, olvidar la polémica estéril», Cambio 16, 20 de no-
viembre de 1979.
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en las elecciones de junio de 1977 se podía extraer la conclusión de
que la sociedad civil española estaba «poco comprometida con la
experiencia del franquismo y del antifranquismo», y, de hecho, du-
rante la campaña electoral el nombre de Franco se había «invocado
poco, y con poco éxito. De la guerra civil se ha hablado menos, y
como para exorcizarla. La República ha sido objeto de una referen-
cia cortés por parte del PSOE, pero sin existir. Se está en silenciar
el pasado. En desactivarle. En salir honorablemente de él» 20.
Jorge de Esteban lo resumía en pocas palabras: «Estábamos
“condenados” a llegar a un sistema democrático: el objetivo final no
lo ponían en duda sino muy pocas personas, agazapadas en el pa-
sado o embriagadas por una futura y dudosa utopía» 21. La antítesis
ya no era democracia contra autoritarismo, sino democracia contra
utopía. Se había producido una curiosa traslación temporal: la vieja
democracia liberal y burguesa había dejado de ser una cosa del pa-
sado a superar, para convertirse en un futuro a construir y un obje-
tivo en sí misma, mientras que la utopía, metáfora del futuro en la
cultura progresista de los años sesenta, había quedado de repente
vieja e inservible como una reliquia.
La actitud respecto a lo que podrían haber sido los símbolos
históricos del antifranquismo expresa mejor que las palabras este
rechazo. Un editorial de El País estimaba en 1977 que «el enar-
bolamiento de la bandera tricolor es el mejor regalo que puede
hacerse a los fanáticos que desean apropiarse del símbolo rojo y
gualda, que para la gran mayoría de españoles posee, como es ló-
gico, un elevado contenido emotivo». Pocos años más tarde, des-
pués del 23-F, Enrique Múgica ensalzaba en esas mismas páginas a
la Corona como el mayor símbolo de identidad nacional y proponía
la celebración de un gran concurso para dotar al himno español de
una letra que complementara su música. Su valor artístico a la vez
que su elevada carga sentimental y su mensaje pacifista convirtieron
al Guernica de Picasso en la única gran metáfora de reparación del
antifranquismo, como afirmaba Calvo Serraller, un «símbolo de re-
20
Pérez Díaz, V.: «Un análisis de las elecciones: Negociación, a los 40 años im-
potencia política» y «Una salida honorable del franquismo», El País, 17 y 19 de ju-
lio de 1977. La tesis del autor en La primacía de la sociedad civil, Madrid, Alianza
Editorial, 1993.
21
De Esteban, J.: «Las ambigüedades de una larga transición», El País, 12 de
noviembre de 1977.
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
conciliación» en palabras de uno de los protagonistas de la devo-
lución, Javier Tusell, para quien «en el aspecto cultural y también
en cierto sentido en el político, la llegada del Guernica significa un
punto final en la transición española hacia la democracia» 22.
La dialéctica antifranquismo-franquismo terminó siendo aso-
ciada a otras que dividieron al mundo intelectual en la nueva co-
yuntura abierta tras la muerte del dictador: pasado-futuro, ideo-
logía-política, ruptura-reforma. En este combate semántico, la
reforma, vista como triunfo del pragmatismo, del orden y de la po-
lítica, acabó por identificarse con el futuro, mientras la ruptura era
cosa del pasado, una rémora de otros tiempos de radicalismo ideo-
lógico o, en el peor de los casos, una provocación irresponsable
susceptible de retrotraer al país a un pasado de violencia cainita.
La asociación de ideas entre ruptura y violencia fue casi inevitable,
y no sólo por su instrumentalización interesada, pues sobre ella ac-
tuó por varios canales el recuerdo de la experiencia republicana. La
exigencia de reconciliación que había tomado forma de manifiesto
generacional en 1956 se había ido extendiendo como un lugar de
encuentro intra e intergeneracional sin que ello significara nostalgia
de la República, pues la memoria traumática de la guerra y la repre-
sión se tradujo en un «todos fuimos culpables» 23.
Esta interpretación histórica ampliamente compartida de una
culpa colectiva y este mismo afán de reconciliación no evitó, sin
embargo, que surgieran dos polos opuestos en el discurso de los in-
telectuales sobre el tema: uno que destacaba la importancia de la
memoria para la «moralización» de la democracia; y otro que de-
fendía la utilidad del olvido ante la dificultad o poca urgencia de
afrontar el problema. La disyuntiva entre una pedagogía del re-
cuerdo y la necesidad de pasar página para mirar al futuro había
caracterizado las transiciones europeas al posfascismo 24. Por su-
puesto treinta años después las circunstancias eran muy distintas,
Editorial, «Contra la provocación», El País, 15 de abril de 1977; Múgica, E.:
22
«Signos de identidad», El País, 6 de noviembre de 1981; Calvo Serraller, F.:
«Una lucha incesante contra la reacción y la muerte», El País, 11 de septiembre de
1981, y Tusell, J.: «El final de la transición», El País, 11 de septiembre de 1981.
23
Sartorius, N., y Alfaya, J.: La memoria insumisa. Sobre la dictadura de
Franco, Madrid, Espasa, 1999. Todos fuimos culpables es el título de un libro de me-
morias publicado por el socialista Simeón Vidarte en 1976.
24
La Rovere, L.: L’eredità del fascismo. Gli intellettuali, i giovani e la transi
zione al postfascismo, 1943-1948, Turín, Bollati Boringhieri, 2008.
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
así como los términos exactos del debate, pero también en España
hubo posiciones distintas sobre cómo la democracia debía afrontar
la experiencia de la dictadura y sus consecuencias no sólo políticas,
sino también culturales, sociales y hasta psicológicas.
En ese debate ocupó un lugar central la memoria de la guerra
y la violencia, su uso público y político, hasta definir en buena me-
dida, como sabemos, el contenido de la Transición 25. Intelectuales
como Josep Meliá, Vicent Ventura o Paulino Garagorri abogaron
por la función pedagógica de la memoria. Este último escribía que
«en los cuarenta años de franquismo y de conformidad con la tradi-
ción de los regímenes personales, ni se ha reconocido públicamente
un error, ni se ha juzgado a los posibles culpables. Y temo que la
huella de esa ausencia, por así decirlo, produce defectos decisivos
en las conciencias formadas en tales usos, pues se trata de una de
las ejemplaridades capitales para la normalidad intelectual y la edu-
cación del ciudadano». Una postura que en su versión más radical
representaba —y ha seguido representando hasta su muerte— José
Vidal-Beneyto, cuando escribía en 1981 que «nuestro universo sim-
bólico es una gran pantalla blanca en la que no hemos logrado escri-
bir siquiera algunos de nuestros muertos: Salvador Puig Antich, Ju-
lián Grimau, Antonio Amat, Enrique Ruano. Lo que hace inútil su
búsqueda en las calles y plazas de los municipios en que es mayori-
taria la izquierda española, pues en ellos a los nombres franquistas
les han sucedido —cándida coartada— los del santoral» 26.
Explicando el interés de los escritores por el pasado reciente, el
exiliado Manuel Andújar hablaba del sentimiento de un exilio in-
justo y la pretensión de entender las razones del conflicto, y pre-
cisaba que «no escribimos sobre la herida de la guerra civil para
agrandarla, sino para curarla, puesto que un pueblo no puede exis-
tir si pierde la memoria inmediata». Para Juan Goytisolo era nece-
sario exorcizar el pasado y proceder a una reparación más o menos
simbólica de las víctimas todavía ocultas, las del franquismo, igual
que para Antonio Lara las imágenes de la película Canciones para
Aguilar, P.: Políticas de la memoria y memorias de la política, Madrid,
25
Alianza Editorial, 2008.
26
Garagorri, P.: «El pasado: quinta columna», El País, 29 de mayo de 1976,
y Vidal-Beneyto, J.: «La última playa», El País, 4 de julio de 1981. Por razones de
espacio no presentaré a los autores, cuyas profesiones y dedicaciones tienen, en la
mayoría de los casos, notoriedad pública.
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
después de una guerra, «nos vuelven a enfrentar con un pasado fan-
tasmal y opresivo que es urgente exorcizar por completo». Porque
si «todo imaginario social se alza sobre una historia y vive de un
pasado», afirmaba Isaac Montero, memoria e identidad iban de la
mano. Un editorial de El País de 1978 defendía que un «sano re-
paso de nuestras sangrientas discrepancias resulta una desintoxica-
ción necesaria para la reconciliación y la convivencia», aunque al
igual que otros editoriales sobre el tema terminaba sosteniendo un
discurso equidistante que recurría, una y otra vez, al tópico macha-
diano de «las dos Españas», pues «no son tan distintas, tan distan-
tes, como tampoco lo fueron Antonio y Manuel Machado» 27.
En un artículo de Javier Pradera de 1977 sobre «los hijos de los
vencedores que militan ahora con los vencidos», escrito en una neu-
tra tercera persona, aparecía otra idea fundamental en la reflexión
europea de los posfascismos: la condena del franquismo (como sis-
tema) era compatible con la amnistía a los franquistas (como perso-
nas), pues «la responsabilidad de aquella sangría no recae sobre los
hombres que físicamente empuñaron las armas homicidas o dieron
las órdenes de hacerlo, sino sobre el impersonal juego de fuerzas
que puso en funcionamiento un sistema social injusto». Un recurso
a la despersonalización que se demostraría muy útil al referirse al
pasado, cuyo valor didáctico debía limitarse únicamente a los libros
de historia. Como afirmaba Javier Tusell, «Franco y el franquismo,
para los historiadores», o en palabras del psiquiatra Castilla del
Pino, «hay que amnistiar el franquismo; luego, historiarlo» 28.
La pedagogía del recuerdo trataba de combatir además una ace-
leración histórica que sorprendía a los mismos contemporáneos,
27
«Estudio de la novelística sobre la guerra civil», El País, 31 de julio de 1979;
Goytisolo, J.: «Las cruces de Yeste», El País, 17 de noviembre de 1981; Lara, A.:
«La búsqueda del tiempo perdido», El País, 10 de noviembre de 1976; Mon-
tero, I.: «La memoria de la posguerra no es patrimonio de la ultraderecha. Entre-
vista con el autor de Necesidad de un nombre propio», El País, 29 de marzo de 1979,
y editorial «Los vencidos piden la palabra», El País, 2 de diciembre de 1978. So-
bre el uso público y político de Antonio Machado, véase Muñoz Soro, J., y Gar-
cía, H.: «Poeta rescatado, poeta del pueblo, poeta de la reconciliación: la memo-
ria política de Antonio Machado durante el Franquismo y la Transición», Hispania,
234 (2010), pp. 137-162.
28
Pradera, J.: «Los hijos de los vencedores», El País, 20 de enero de 1977; Tu-
sell, J.: «Balance de dos años. El General Franco, dos años después», El País, 23
de noviembre de 1977, y Castilla del Pino, C.: «Democracia: una primera expec-
tativa», El País, 24 de junio de 1977.
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
como si el olvido fuera un fenómeno social espontáneo e inevitable.
A un año de la muerte del dictador aparecían en la prensa titulares
como «Hace un siglo, Franco» (Diario 16) o «Franco, operación ol-
vido» (Cuadernos para el Diálogo). En 1979 precisamente, el exdi-
rector de Cuadernos para el Diálogo, Pedro Altares, en un artículo
titulado «Franco, casi un general romano», se preguntaba: «¿qué es
mejor para el futuro, olvidar el pasado o asumirlo?». La opción ele-
gida parecía ser el olvido y la no asunción individual de una culpa
colectiva, al igual que en Alemania, donde treinta años después la
serie Holocausto había podido ser presentada como una absoluta
novedad, en la que había sólo víctimas, pero ningún culpable 29.
Ese debate sobre el pasado enlazaba con otro bien conocido,
el planteado en torno a los términos de «reforma» y «ruptura»,
y los proyectos políticos subyacentes. Simplificando, los rupturis-
tas defendieron el carácter moralizador del pasado para la educa-
ción de unas generaciones nacidas y socializadas en el franquismo,
por supuesto lejos del ajuste de cuentas, mientras que los reformis-
tas abogaron por superarlo para centrarse en los importantes desa-
fíos planteados por la consecución de una democracia homologable
a las de otras naciones desarrolladas. Para estos últimos, la pacien-
cia se alimentaba de una profunda confianza en la inevitabilidad del
cambio. De ahí que no preocuparan tanto los «problemas de meto-
dología» —escribía el director de El País pocas semanas antes de la
caída de Arias Navarro— como «los resultados reales que se obten-
gan en el camino a la democracia», por eso «desgañitarse pidiendo
la ruptura o defendiendo la reforma apenas tiene sentido en una si-
tuación en la que, a fin de cuentas, se va a romper por sí solo todo
lo que ya no es capaz de tenerse de pie» 30.
De hecho, esa mezcla de teleologismo y de oportunismo prag-
mático formaba parte de la cultura política antifranquista, confor-
mada en largos años de espera, no obstante la impaciencia revolu-
cionaria de las nuevas generaciones. La indiferencia que mostraba
Juan Luis Cebrián por el cómo venía de lejos y fue el núcleo de un
discurso político de la Transición, que a su vez coincidía con una
visión optimista del cambio experimentado por la sociedad espa-
ñola y de su madurez política. La «metodología», por el contra-
Altares, P.: «Franco, casi un general romano», El País, 3 de mayo de 1979.
29
Cebrián, J. L.: «Los españoles que irán a las urnas», El País, 2 de junio
30
de 1976.
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
rio, parecía preocupar más a quienes albergaban serias dudas sobre
toda clase de herencias dejadas por la dictadura en el cuerpo social,
aunque unos y otros compartieran un empeño común por denun-
ciar los intentos gubernamentales de reforma limitada y por definir
los valores y parámetros de una auténtica democracia.
Se entiende así que las palabras cobraran nuevos significados,
pues tras ellas había distintas expectativas, como demostraron Ra-
fael del Águila y Ricardo Montoro en un trabajo pionero 31. La ne-
cesidad de formalizar y dar sentido a los procesos que estaban te-
niendo lugar llevó a forzar los conceptos hasta lo paradójico —por
ejemplo, la «ruptura pactada»— buscando la síntesis de posiciones
enfrentadas o la ambigüedad irresoluble, algo que terminó refleján-
dose en el lenguaje de la Constitución 32. Palabras como «consenso»
cobraron en esos años un valor más prescriptivo que descriptivo,
por cuanto interpretaban el proceso para dirigirlo como si se tra-
tara de una profecía autocumplida 33.
Existía la conciencia generalizada de que una de las tareas de la
democracia consistía en recuperar un lenguaje civil que diera signi-
ficado a palabras como la propia «democracia», vaciadas por lar-
gos años de retórica franquista. Sin embargo, arreciaron las críticas
hacia un nuevo nominalismo acusado de ocultar o cambiar la rea-
lidad 34. Así, Vidal-Beneyto se lamentaba a finales de 1976 de que
«el franquismo ha dejado inservibles un buen haz de grandes pala-
bras políticas. Sus herederos, de no cambiar, van a inutilizar la que
ahora nos es más necesaria. Y su contenido». Aranguren consta-
taba cómo el consenso se entendía en una «impropia acepción que
31
Del Aguila, R., y Montoro, R.: El discurso político de la transición española,
Madrid, CIS-Siglo XXI, 1984.
32
«En su texto hay una acumulación contradictoria de términos con una fuerte
carga semántica que posibilitó el entendimiento, pero debilitó la claridad concep-
tual de los argumentos», en Garrorena, A.: El Estado español como estado social y
democrático de derecho, Madrid, Tecnos, 1984, p. 233.
33
Según el sociólogo Robert K. Merton, la profecía que se cumple o autorrea-
liza es, al principio, una definición falsa de la situación que despierta un nuevo
comportamiento que, a su vez, hace que la falsa concepción original de la situación
se vuelva verdadera, o al menos que sus consecuencias se perciban como reales, en
Merton, R. K.: Teoría y estructura sociales, México, FCE, 1965.
34
Para Bustos Tovar, se había acabado con el «discurso único» que servía al
fascismo, en El País, 11 de noviembre de 1981, y Javier Pradera ironizaba que «los
obreros dejan de ser llamados productores y la huelga anormalidad laboral», en El
País, 27 de mayo de 1976.
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
ellos, los del “arte de lo posible”, le han dado, es decir, transacción,
compromiso en el que se han visto puestos». Pero lo más curioso
es que Aranguren constataba el mismo fenómeno en la otra parte,
la de quienes lucharon tantos años «conspiratoriamente» contra el
franquismo, porque «ha de costarles trabajo desprenderse de sus
viejos hábitos». En suma, el propio antifranquismo había sido con-
taminado irreversiblemente por el franquismo, por su lenguaje y su
lógica perversa. Cuando no había sido una simple coartada, caso de
esos «prestigiosos pensadores antifranquistas —ironizaba Juan Luis
Cebrián— que ahora se ha descubierto que, efectivamente, tenían
mucho de lo segundo pero muy poco de lo que era exigible a su
condición de intelectual» 35.
El antifranquismo se convertía así no sólo en la antítesis del fran-
quismo, sino también en su consecuencia. Paulino Garagorri adver-
tía de que «el peso de la era de Franco es más intenso» precisamente
sobre los jóvenes crecidos bajo el autoritarismo, y ese peso recaía
«todavía más hondamente en los que han polarizado sus tendencias
en la oposición a esa sociedad, pues la servidumbre de la hostilidad
suele ser más profunda que la inspirada en la adhesión». Esa conta-
minación podía rastrearse en comportamientos poco democráticos
como la eliminación del diálogo, la insegura aplicación de las leyes,
la ausencia de estímulos a la responsabilidad, el cultivo del secreto, el
desprecio de la opinión ajena. Otros intelectuales, como Javier Pra-
dera o Víctor Pérez-Díaz, han visto rasgos negativos semejantes en la
herencia del antifranquismo en la cultura política de la Transición:
tendencia a la intriga y la conspiración, una gramática de la política
como ocupación del poder y alejada totalmente de las exigencias so-
ciales, a menudo basada en la simulación y doble lenguaje, dogmática
pero al mismo tiempo pragmática a la hora de distinguir los diversos
registros. El antifranquismo era condenado por los propios antifran-
quistas. Ya lo escribió Manuel Vázquez Montalbán en 1988: «El re-
sistencialismo no era una virtud, la virtud de la crítica metódica, sino
un vicio heredado del pasado antifranquista» 36.
35
Vidal-Beneyto, J.: «La última playa», El País, 4 de junio de 1981; Aran-
guren, J. L. L.:
«Historia política de España», El País, 1 de mayo de 1980, y Ce-
brián, J. L.: «Camilo, o de las insidias de la libertad», El País, 9 de mayo de 1978.
36
Garagorri, P.: «El pasado: quinta columna», El País, 29 de mayo de 1976;
Pradera, J.: «Presentado un libro de Pablo Lizcano sobre la oposición universitaria
al régimen franquista», El País, 19 de diciembre de 1981; Pérez Díaz, V.: La lezione
spagnola. Società civile, politica e legalità, Il Mulino, Bolonia, 2003, pp. 167-189, y
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
La herencia del franquismo, entre cultura, historia y sociología
Pero, en realidad, ¿qué quedaba del franquismo? Es la pregunta
que se plantearon los intelectuales sobre el pasado, sobre su pro-
pio pasado, de forma no muy diferente a como hicieron muchos in-
telectuales europeos tras la derrota de los fascismos. En el caso es-
pañol, además, no había habido derrota ni colapso del sistema, y
por mucho que estuviera en crisis y hubiera perdido su clave con
la muerte del dictador, el edificio se sostenía en pie. Los intelectua-
les de izquierda alertaron sobre la continuidad de las instituciones
franquistas, criticaron el recurso del gobierno a instrumentos coac-
tivos, como la censura, y la permanencia del personal político de la
dictadura implicado en la represión, en especial de los funcionarios
de la policía o la judicatura, cuya depuración fue exigida en nume-
rosas ocasiones desde la prensa 37. Sin embargo, la continuidad que
más preocupó a muchos de ellos, y la que nos interesa ahora, fue la
de mentalidades, actitudes y valores presentes en las nuevas gene-
raciones tras largos años de socialización en la dictadura. Un tema
que enlaza con la actual revisión del legado de la Transición y nues-
tros presuntos déficits democráticos.
En 1980, el expoumista Víctor Alba publicaba un libro titulado
Todos somos herederos de Franco. Y esa herencia, como acabamos
de ver, era visible en «hábitos y pautas de comportamiento» como
la corrupción, según sostenían Pedro Altares en 1978 o Luciano
Rincón todavía en 1980. La causa, una vez más, se buscaba «en la
forma en que el cambio fue posible —continuidad sin ruptura» (Ig-
nacio Sotelo, 1981)—, como si el debate reforma-ruptura que ha-
bía salido por la puerta volviera a entrar por la ventana. Lo dejaba
claro Aranguren en 1978 al referirse al «franquismo que sigue exis-
tiendo entre nosotros», al «franquismo, residual o potencial, que
no es sino el otro nombre de la reforma sin ruptura, el otro nom-
Vázquez Montalbán, M.: «Sobre la memoria de la oposición antifranquista», El
País, 26 de octubre de 1988.
37
En 1977 fueron prohibidos títulos como Los atentados contra Franco, de Eli-
seo Bayo; Galicia mártir, de Alfonso Daniel Rodríguez Castelao; Autonomía del País
Vasco, desde el pasado al futuro, de Javier Villanueva y Manu Escudero, o Qué son
las fuerzas armadas, de los militares de la UMD José Fortes y Restituto Valero. Ar-
chivo General de la Administración, Alcalá de Henares, Fondo Ministerio de Infor-
mación y Turismo, Gabinete de Enlace, caja 580.
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142 Ayer [Link] 42 13/2/11 20:04:01
Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
bre del vergonzante continuismo enquistado en el sistema que vaci-
lante, indecisa, transaccionalmente, nos gobierna. El otro nombre,
en suma, de la falta de democracia participatoria, vivida, real, cosa
nuestra, de todos los españoles» 38.
La «falta de educación democrática del pueblo» era otra heren-
cia envenenada de «una larga dictadura, que ha acostumbrado a la
colectividad a usos y hábitos colectivos de pasividad y comodidad,
de escepticismo y resignación», afirmaban Rafael Conte o Fran-
cisco Fernández Santos en 1980 39. Este panorama poco alentador
se completaba con la ausencia de cuadros dirigentes, la desmorali-
zación de la sociedad española en general, la crisis en la militancia
política, la mediocridad y otros vicios de la democracia enumera-
dos, entre otros, por Ludolfo Paramio, Jorge Martínez Reverte, Víc-
tor Márquez Reviriego o Joan Fuster. En sus Cabos sueltos, Tierno
Galván justificaba esa mediocridad como un escalón democrático,
hasta que una mayor igualdad de bienestar produjera una mayor
desigualdad de espíritu 40.
Pero si el diagnóstico parecía claro, pese a la indefinición del
mal, más complicado resultaba acometer su cura cuando se trataba
de procesos mentales profundamente radicados en las conciencias.
Al final la única forma de aprender la democracia era practicarla.
Desde las páginas de Diario 16, Pedro de Vega se preguntaba en
1977: «¿Servirán las elecciones como instrumento de responsa-
bilización colectiva y como medio para corregir errores y prácti-
cas nocivas del pasado?». Junto a la democratización como escuela
de democracia, algunos intelectuales pusieron el acento en la falta
de grandes ideales que motivaran a las jóvenes generaciones, otro
tema clásico del posfascismo en la Europa de treinta años antes
frente al desencanto producido por la vuelta de la «vieja política».
El nuevo director de Diario 16, Pedro J. Ramírez, comentaba al
acercarse el tercer aniversario de las elecciones de 1977 que no ha-
38
Altares, P.: «Ya no hay dictador», El País, 13 de septiembre de 1978; Rin-
cón, L. (Luis Ramírez): «Del desencanto a la nostalgia», El País, 27 de enero de
1980; Sotelo, I.: «Sociología de la corrupción», El País, 20 de octubre de 1981, y
Aranguren, J. L. L.: «El precio de la vía hacia la democracia», El País, 30 de ju-
lio de 1978.
39
Conte, R.: «O Constitución o Franco», El País, 25 de noviembre de 1978,
y Fernández-Santos, F.: «Una democracia de papel», El País, 12 de septiembre
de 1980.
40
Tierno Galván, E.: Cabos sueltos, Barcelona, Bruguera, 1982 [1981], p. 662.
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bía mucho que celebrar, pues «ese día debió darse por terminada
la cimentación de la democracia y debió comenzar la edificación
de la “Nación”». Desde ese mismo diario y por las mismas fechas,
Fernando Sánchez Dragó avisaba de la falta de espíritu en una po-
lítica concebida sólo como gestión, donde nadie «se atreve a jugar
la carta de la utopía» 41. La polémica motivada por la aparición en
1979 del libro de Federico Jiménez Losantos Lo que queda de Es
paña, en el que denunciaba la renuncia de la izquierda a la idea de
España y su olvido de la tradición política del nacionalismo liberal
y republicano, provocó la división de los intelectuales.
También por entonces, Javier Tusell hablaba de la convenien-
cia de que «se meditara un poco acerca de la realidad de la iden-
tidad generacional con la democracia que tienen ahora las perso-
nas entre treinta y cuarenta años» ante una extendida «sensación
de que lo realmente grave de la España actual no son los factores
negativos en el terreno económico, en el internacional, en el orden
público o en los aspectos sociales; lo grave es, en buena medida,
la propia crisis política que deriva de la ausencia de una gran idea
nacional y de la incapacidad del ejercicio de la voluntad en el lide-
razgo político». Tusell terminaba su artículo con un llamamiento
al protagonismo de una joven elite intelectual y política, y su vin-
culación histórica al nuevo régimen democrático: «Nuestra gene-
ración para realizarse deberá vincular su existencia a la viabilidad
de la democracia española. Aunque suene un poco pedante, ése es
nuestro destino histórico» 42.
Una «empresa generacional» significativa ya no sólo por su re-
tórica voluntarista de lejanos ecos falangistas y orteguianos, sino
porque definía la posición de muchos intelectuales de la Transi-
ción puestos al servicio de un gran ideal: la democracia como va-
lor frente al autoritarismo, por encima de cualquier otro conflicto
social o de clase, una especie de nueva agrupación al servicio de la
democracia que no repitiera los viejos errores. Esos jóvenes renun-
ciaron al valor de antifranquismo y, como Lot huyendo de Sodoma,
no volvieron nunca más la vista hacia su pasado revolucionario si
41
De Vega, P.: «Elecciones y responsabilidad», Diario 16 17 de enero de 1979;
Ramírez, P. J.: «Regenerar nuestra democracia», Diario 16, 23 de junio de 1980, y
Sánchez Dragó, F.: «El poder y la gloria: Aquí ha llegado el desencanto porque
nos falta la gloria», Diario 16, 23 de junio de 1980.
42
Tusell, J.: «¿Fracaso de una generación?», Diario 16, 30 de abril de 1980.
44 Ayer 81/2011 (1): 25-55
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
no era para sorprenderse de las lógicas y el lenguaje a los que ha-
bían sido conducidos por una especie de corriente histórica, y que
pocos años después resultaban casi incomprensibles. Muchos inte-
lectuales dejaron entonces de sentirse «orgánicos», en un sentido
gramsciano, para convertirse en los constructores de lo que Santos
Juliá ha llamado «el relato de la democracia» 43.
Desde esa posición neutra y en cierta media posideológica escri-
bían, como hemos visto, contra las lógicas amigo-enemigo que ha-
bían llevado a la guerra y la dictadura. No fue algo exclusivo de la
transición española. Para el caso argentino se ha constatado cómo
los intelectuales construyeron una peculiar relación con el pasado
autoritario, «lo analizaban en clave sociológica, política o econó-
mica, sin presentarse a sí mismos como continuadores actuales de
esas luchas pasadas que los habían tenido por partícipes directos
unos años atrás». Su compromiso intelectual era ahora con la de-
mocracia, no con un partido o asociación, se había convertido en
un asunto de valores culturales, y transformar una cultura autorita-
ria en otra democrática les llevaba a ver cómo sus viejos compromi-
sos políticos parecían haber perdido completamente sentido 44.
Esa larga generación de intelectuales antifranquistas entraba en
la transición política al mismo tiempo que maduraban sus carre-
ras académicas, periodísticas o profesionales. Desde esas posicio-
nes, a menudo aún precarias, empezaron a analizar lo que ocurría
en clave sociológica, política o económica, distanciándose del pa-
pel que ellos mismos habían desempeñado como sujetos políticos
más o menos activos. Sus modelos científicos no fueron sólo un
«modelo de» realidad, sino también un «modelo para» incidir en
la realidad, de acuerdo con las categorías elaboradas por Clifford
Geertz 45. Creo que así debe entenderse el éxito de modelos como
los elaborados por la ciencia política para las transiciones de régi-
men, o categorías como el «franquismo sociológico» acuñada por el
sociólogo Amando de Miguel 46.
43
Juliá, S.: Historias de las dos Españas, Madrid, Taurus, 2004, p. 462.
44
Visacovsky, S. E., y Guber, R.: «¿Crisis o transición? Caracterizaciones inte-
lectuales. Del dualismo argentino en la apertura democrática», Anuario de Estudios
Americanos, 62 (2005), pp. 55-85.
45
Geertz, C.: Los usos de la diversidad, Barcelona, Paidós, 1999.
46
De Miguel, A.: La sociología del Franquismo: análisis ideológico de los mi
nistros del régimen, Barcelona, Euros, 1974, e íd.: La herencia del franquismo, Ma-
drid, Cambio 16, 1976.
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
La noción de «franquismo sociológico» permitía acentuar la
gravedad de las herencias culturales y sociales de la dictadura.
Como decía Baltasar Porcel, «los franquistas existentes en el país,
los que sostuvieron el régimen o dejaron que se sostuviera, son
muchos, son millones de personas», y «el 18 de julio no es un ana-
cronismo, pese a que lo sean sus celebrantes» 47. Desde la perspec-
tiva de la cultura política, en 1976 Antonio López Pina y Eduardo
Aranguren describieron una sociedad conformada por el fran-
quismo, que había acabado por convertirse en una «forma de
vida», y señalaban algunos de sus rasgos: doblez, adulación, aca-
tamiento de la autoridad y autoritarismo, corrupción. Lo más im-
portante era la existencia de una «mayoría silenciosa» caracteri-
zada por el elevado índice de apoliticismo, «una mayoría ausente
que se margina de la política» 48. Esos términos y otros como «apa-
tía», «inercia», «ignorancia» aparecerán repetidamente en las críti-
cas de los intelectuales durante la Transición.
¿Rebeldes sin causa? Crónica de un desencanto
En dichas ausencias suelen buscarse las causas de lo que
pronto se llamó «desencanto», fenómeno complejo y difícil de in-
terpretar donde convergían sentimiento y política, memorias y ex-
pectativas. Su surgimiento en otros procesos de transición quedó
pronto subsumido en el éxito económico y en el discurso domi-
nante de la reconstrucción, pero en España lo que había que re-
construir eran las libertades, los valores, el lenguaje, y lo que avan-
zaba eran la crisis económica y el paro. En 1979, Juan Goytisolo
escribía que «el desencanto está a la orden del día. En el plano
cultural —como en el político, social, económico, etcétera—, una
atmósfera de pesimismo y desaliento ha reemplazado poco a poco
el clima estimulante de fervor que caracterizó la primera fase del
posfranquismo». José A. Gabriel y Galán constataba ese mismo
año una «notable diferencia entre los análisis de los observado-
res extranjeros sobre este país y los que hacen los propios españo-
les», pero una «gran oleada de pesimismo» se extendía en formas
Porcel, B.: «El 18 de julio», El País, 25 de julio de 1978.
47
López Pina, A., y Aranguren, E.: La cultura política en la España de Franco,
48
Madrid, Taurus, 1976, p. 63.
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
que anunciaban casi una «depresión psíquica colectiva» 49. Tam-
bién en 1979, Luis García San Miguel reflexionaba sobre tal asi-
metría de percepciones:
«La cosa es curiosa: hemos hecho un cambio desde la legalidad, asom-
bro de propios y extraños, hemos evitado los enfrentamientos violentos
(con la excepción importante, pero muy peculiar, del terrorismo), nuestros
políticos son pragmáticos, hábiles y puede que bastante honestos. Y, sin
embargo, un difuso sentimiento de descontento se extiende por amplios
sectores de la población» 50.
El desencanto fue prevalentemente un discurso intelectual, para
algunos, de hecho, era una demostración más de la alergia de los in-
telectuales al pragmatismo y la moderación, un peaje a pagar por su
resistencia a arrojar el lastre de las utopías ideológicas y reconocer
el triunfo de la política. Como fenómeno social tuvo su propia cro-
nología, pues se desarrolló principalmente entre 1978 y 1981. Hubo
quien buscó las causas en la falta de grandes ideales movilizadores,
como hemos visto, o en el «cambio de chaqueta» y el oportunismo,
cuando no cinismo, de muchos políticos. Según Aranguren, la des-
moralización era «el mayor de los males que nos ha legado el fran-
quismo», pues «la hueca cáscara de la retórica del régimen ante-
rior, al romperse, mostró que nada había bajo ella» si no la «crisis
de los valores tradicionales» y la «profundidad de la descomposi-
ción de nuestra sociedad». Para Juan Goytisolo, la culpa estaba en
el «vicio de origen» de una democracia que no había sido «el fruto
de una victoria popular, sino de una inteligente decisión otorgada
desde arriba», lo que hacía impensable imaginar que la transición
«iba a desencadenar un proceso de desarrollo cultural como el que
se operó en el quinquenio de la Segunda República». Luis García
San Miguel se preguntaba: «¿a qué obedece ese sentimiento?», y se
daba él mismo la respuesta: «Por de pronto, a la inflación de expec-
tativas engendradas por la vieja oposición al franquismo» 51. Esta úl-
tima fue, sin duda, la explicación más generalizada.
49
Goytisolo, J.: «¿Alternativa cultural?», El País, 16 de mayo de 1979, y Gabriel
y Galán, J. A.: «La manipulación del pesimismo», El País, 8 de diciembre de 1979.
50
García San Miguel, L.: «Sobre el desencanto de la democracia», El País, 2
de marzo de 1979.
51
Aranguren, J. L. L.: «¿No se ha de decir lo que se piensa?», El País, 24 de
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
Una versión del desencanto enlazaba con un fenómeno per-
sistente en el que confluían culturas políticas muy distintas, si no
opuestas. Me refiero a la crítica hacia lo que poco tiempo antes
se llamaba «democracia formal» y a la «partitocracia», neologismo
acuñado en la Italia republicana para denunciar la democracia ba-
sada en el poder de los grandes partidos. Así, desde su concepción
ética de la política o, mejor dicho, de la política como ética, Aran-
guren comentaba que «la educación política, que es indivisible-
mente educación moral, sólo se adquiere practicando, a todos los
niveles, eso que por ahora es mera representación cuasiteatral —y
más bien mala— de la democracia» 52. En 1978 escribía:
«El desencanto comprometido, el desencanto que se resiste a reem-
plazar la “utopía” por la “alternativa” (de poder) no es, en fin de cuentas,
mala actitud. Y, sobre todo, buena o mala, es la única posible para mu-
chos de nosotros. (Cada vez más: el no-partido de los sin-partido aumenta
y entiendo bien que eso preocupe a quienes conservan la fe en la posibili-
dad de autenticidad representativa de los partidos). En fin, y por poner un
ejemplo (menor): dentro de unas semanas yo, comprometidamente desen-
cantado, votaré sí a la Constitución. Desencantado, porque a nadie puede
encantar un mero texto escrito que no constituye nada, que lo deja todo
entreabierto y entrecerrado, a lo sumo prendido con alfileres. Compro-
metido, porque es urgente hacer cuanto esté en nuestras manos —en este
caso, una simple papeleta— para salir de la penosa situación de predemo-
cracia, dicen, en que nos encontramos» 53.
Declaraciones como éstas fueron contestadas por otros intelec-
tuales y, en particular, por los sectores de la intelligentsia vincula-
dos más o menos directamente al proyecto político del PSOE. Elías
Díaz describió unos años después, en 1988, los rasgos esenciales de
lo que llamó «ideología del desencanto», entre los cuales estaba su
añoranza del pasado antifranquista, su utopismo y el «rupturismo
como ideología», que consistía sobre todo en achacar todos los pro-
septiembre de 1980; Goytisolo, J.: «¿Alternativa cultural?», El País, 16 de mayo
de 1979, y García San Miguel, L.: «Sobre el desencanto de la democracia», El
País, 2 de marzo de 1979.
52
Aranguren, J. L. L.: «El “espectáculo” de la política», El País, 25 de agosto
de 1977.
53
Aranguren, J. L. L.: «Entre el compromiso y el desencanto», El País, 6 de
octubre de 1978.
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
blemas del presente a la ausencia de ruptura institucional y en con-
siderar que la democracia no era algo demasiado diferente de un
franquismo sin Franco 54. Lo que se contestaba era, sobre todo, que
la denuncia del poder, de todo poder, acabara tratando casi de la
misma manera el poder autocrático y el poder democrático, actitud
que tendría su origen en un malentendido sobre la función del inte-
lectual en una moderna democracia y de su relación con la política.
Frente al intelectual concebido por Aranguren como el vigilante
de los vigilantes, el que sabe decir que no y mantiene un absoluto
desapego del poder y la lucha política, Claudio Guillén, Ignacio So-
telo o Fernando Morán contrapusieron la necesidad de un compro-
miso político, si bien muy alejado de la figura del «intelectual orgá-
nico» superado por los tiempos 55.
Así, por ejemplo, la actitud ácrata de pensadores como Savater,
con su Panfleto contra el Todo (1978), o sus declaraciones —«Uno, a
ratos, recuerda con añoranza la subterránea claridad del odio indis-
tinto a la dictadura»— merecieron el anatema de José Luis Abellán,
para quien el neonietzscheanismo había terminado por hacer el juego
a la reacción («Lo que Savater está rechazando no es el Orden de la
Dictadura, sino cualquier Orden, y muy especialmente el Orden de-
mocrático»). Ignacio Sotelo acusó a Savater de inclinaciones neofas-
cistas y reaccionarias, y su postura abstencionista ante el referéndum
constitucional del 6 de diciembre de 1978, proclamada en El País
en vísperas de la votación, fue criticada por Elías Díaz 56. Pero fue la
tan utilizada como malinterpretada frase acuñada por Vázquez Mon-
54
Díaz, E.: «La ideologías de (sobre) la transición», en Tezanos, J. F.; Cota-
relo, R., y De Blas, A. (eds.): La transición democrática española, Madrid, Sistema,
1989, pp. 757-783.
55
Aranguren, J. L. L.: «El intelectual y la vigilancia de la vigilancia», El País,
18 de julio de 1976; íd.: «La palabra escrita y la “organización” de la democracia»,
El País, 27 de julio de 1976, íd.: «Dos ideas de la política», El País, 13 de noviem-
bre de 1976; Guillén, C.: «Dos modos de pensar», El País, 8 de septiembre de
1977; Morán, F.: «¿Cambio político sin transformación cultural?», El País, 5 de
abril de 1979, y Sotelo, I.: «Debate sobre las posibilidades del socialismo español.
Presentación del libro El socialismo democrático», El País, 12 de abril de 1980.
56
Savater, F.: Panfleto contra el Todo, Barcelona, Dopesa, 1978, apéndice;
Abellán, J. L.: «La función del pensamiento en la Transición política», en España,
1975-1980: conflictos y logros de la democracia, Madrid, Porrúa, 1982, pp. 25-39; So-
telo, I.: «Panfleto contra el Todo», Triunfo, 810 (5 de agosto de 1978), pp. 53-55;
Savater, F.: «Polémica. La lucha contra el Todo», Triunfo, 811 (12 de agosto de
1978), pp. 44-45, y Bañuls Soto, F.: La reconstrucción de la razón: Elías Díaz, ante
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
talbán «contra Franco vivíamos mejor» (escrita originalmente entre
interrogantes) 57, la que acabaría simbolizando la polémica en torno al
paradójico conservadurismo de la izquierda antifranquista.
La violencia y el terrorismo, el «ruido de sables» y, junto a todo
ello, el miedo planearon de manera difusa sobre muchas reflexiones
intelectuales en los meses inmediatamente anteriores y posteriores
al 23 de febrero de 1981. Pedro Altares ya no consideraba útil inte-
rrogarse a finales de 1979 sobre si «la decepción es el precio porque
no haya habido ruptura», de lo que se trataba era de «plantearse un
mínimo rearme moral de esta democracia que es la que tenemos».
Crisis de militancia política y abstencionismo eran los síntomas de
ese mal más profundo de una democracia que cumplía su segundo
aniversario «con sus enemigos en armas y con sus amigos cansados
y decepcionados». Unos meses después, el mismo Altares escribía
que «este ya no es un problema de “desencanto”, sino, pura y sim-
plemente, de supervivencia». Después del 23-F, Jordi Solé Tura lla-
maba a «encontrar alguna forma renovada de consenso» como el
que había presidido el periodo constituyente, porque «el desen-
canto tiene otra cara: la del golpismo» 58. Una idea que desarrolla-
ría Elías Díaz unos años después en su crítica a la «inmadurez» po-
lítica de la ideología del desencanto:
«¡Y así nos cogió Tejero aquel 23 de febrero! Intentando animar a los
macilentos y abúlicos desencantados: hubo, de todos modos, filósofos, es-
critores y ciudadanos que entraron en razón cuando escucharon el bando
bélico de Milans del Bosch» 59.
El intento del golpe de Estado puso en evidencia todas estas
tensiones, seguramente convenció a muchos de la apremiante ta-
rea de consolidar la democracia dejando de lado las diferencias o
el excesivo criticismo, por lo menos hacia los proyectos políticos
la ética y la política, Universidad de Alicante, 2004, p. 406 (consultada en www.
[Link] el 1 de junio de 2010).
57
Moret, X.: «Entrevista con M. Vázquez Montalbán», El País, 26 de octu-
bre de 1992.
58
Altares, P.: «El último en reír», La Gaceta Ilustrada, 22 de julio de 1979, íd.:
«En la cresta de la ola», El País, 19 de diciembre de 1979, y Solé Tura, J.: «Del
consenso constitucional al consenso necesario», El País, 8 de diciembre de 1981.
59
Díaz, E.: «La ideologías de (sobre) la transición», op. cit., p. 776.
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
de izquierda, al mismo tiempo que arreciaban las presiones en este
mismo sentido. García Santesmases, al comentar la «extraordinaria
prudencia» del Aranguren posterior a 1981, escribe:
«Se había producido el golpe del 23 de febrero de 1981 y Aranguren,
como muchos otros, quiso colaborar en todo lo que pudo para afianzar
la situación. Había sido recriminado por mostrar un excesivo desencanto
ante el proyecto constituyente y no quería seguir por ese camino, no que-
ría aparecer ante la opinión pública como el responsable de un “no” ro-
tundo ante las insuficiencias del gobierno socialista» 60.
La perspectiva de un triunfo electoral del PSOE había impul-
sado una ofensiva dentro del campo intelectual de la izquierda. En
1980, Ramón Tamames consideraba llegado el momento de que la
izquierda tomara el relevo a la derecha en el poder, cumplido ya el
«trance canovista» de la Transición. Constataba, sin embargo, que
«la izquierda políticamente más representativa parece haber renun-
ciado a cualquier clase de horizonte utópico, en la idea de encon-
trar unos pocos centenares de miles de votos de la desengañada de-
recha; donde habría que buscarlos es entre los siete millones de
españoles que no votaron en 1979, o entre los diez millones que, de
seguir así las cosas, no votarán en 1983, o en 1982..., o en 1981».
Elías Díaz escribía también en 1980 sobre el «encanto del desen-
canto» que, por su carácter desmovilizador, favorecía «más al orden
establecido o al orden que otra vez algunos quieren a toda costa
restablecer, y nada o muy poco ayuda a las fuerzas políticas, sin-
dicales o culturales, que impulsan y propugnan de verdad un cam-
bio social en profundidad» 61. Esa ofensiva se plasmó finalmente en
el manifiesto de apoyo al PSOE titulado «Por el cambio cultural»
y publicado en El País en vísperas de las elecciones de octubre de
1982, que encabezaban las firmas de Vicente Aleixandre, Arangu-
ren, Antonio Tovar, Laín Entralgo, Ruiz-Giménez, Torrente Balles-
ter y José Antonio Maravall, junto a las de unos trescientos conoci-
60
Citado en Díaz, E.: De la institución a la constitución. Política y cultura en la
España del siglo xx, Madrid, Trotta, 2009, p. 186.
61
Tamames, R.: «Crisis de la sociedad y reflexión sobre los partidos políticos»,
El País, 25 de noviembre de 1980, y Díaz, E.: «El dulce encanto del desencanto»,
El País, 29 de junio de 1980.
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
dos escritores, profesores, periodistas, artistas, cantautores, actores
y actrices del momento 62.
El conflicto de fondo sobre el apoyo de los intelectuales a un
proyecto político de la izquierda para llegar al poder se iba a re-
solver, tras el hundimiento del PCE y la absorción del PSP y de
gran parte de la izquierda radical por el PSOE, con la amplia vic-
toria de este partido en 1982. Volvería a replantearse con motivo
del referéndum de la OTAN y entonces hubo de nuevo manifies-
tos y cartas que provocaron, por ejemplo, divisiones en el seno de
El País, donde Javier Pradera presentó su dimisión como jefe de
la sección de Opinión a causa de las protestas de numerosos lec-
tores por haber promovido junto a Juan Benet y Sánchez Ferlo-
sio un manifiesto de apoyo al sí en el referéndum 63. Durante la se-
gunda legislatura socialista, muchos intelectuales levantarían su voz
contra el giro a la derecha del gobierno socialista y la frustración
de las esperanzas que habían reverdecido con la aplastante victo-
ria de 1982, aunque no por ello Aranguren dejaría de lamentarse
por tantos intelectuales «domesticados» 64. En 1986, Joaquín Le-
guina hacía un llamamiento para que la «intelligentzia española de
izquierda que no lo haya hecho abandone definitivamente el có-
modo antifranquismo en que está empeñada»:
«El afán del intelectual español de situarse, en general, fuera o por
encima de la política hunde sus raíces en la experiencia del franquismo.
Cuando hay privación de libertad la dignidad del intelectual toma la
forma de un imperativo ético: restablecimiento inmediato de las liberta-
des. La razón, tanto la razón teórica como la política, vive en estado de
excepción: más que su propio ejercicio, lo que importa es la creación de
condiciones que permitan su existencia. Aquella situación produjo un
tipo de intelectual cuyo rechazo ético de la dictadura iba de la mano de
un radicalismo político con querencia a desbordar a todo bicho viviente
por la izquierda. Es éste un caso de inmadurez con graves efectos socia-
les [...] Una parte de la vanguardia intelectual española se sigue moviendo
con los esquemas de siempre: del rechazo moral al radicalismo sin alterna-
tiva política, lo cual pone al descubierto que la acentuación del ideal ético
«Por el cambio cultural», El País, 25 de octubre de 1982.
62
Seoane, M. C., y Sueiro, S.: Una historia de «El País» y del Grupo Prisa,
63
op. cit., pp. 325 y 497.
64
Blázquez, F.: José Luis L. Aranguren. Medio siglo de la historia de España,
Madrid, Ethos, 1994, pp. 278-289.
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
no revela la inmoralidad de la política, sino la irrelevancia de la política
para esa particular ética» 65.
Lo hacía en unos momentos difíciles para su partido, «acuciado
por la práctica de gobierno y empujado por la crisis económica»,
en nombre de los ideales de reformismo, rechazo de la injusticia
concreta y honradez propios del «socialismo primitivo» que habían
reemplazado desde 1979 en los eslóganes a la ideología abstracta
del marxismo revolucionario 66. La corrupción y la guerra sucia, sin
embargo, no tardarían en volver a poner en las primeras páginas de
los periódicos el debate entre ética y política.
Conclusiones
La contribución de los intelectuales de izquierda a la transición
a la democracia, entre 1975 y 1982, ha sido objeto de interpreta-
ciones discordantes. El prestigio ganado gracias a su activismo en
la lucha contra la dictadura de Franco, así como su función de re-
ferencia ética, les otorgaba una posición destacada como guías en
el proceso de cambio social, sobre todo a través de sus intervencio-
nes públicas en la prensa. Sin embargo, fenómenos como el cues-
tionamiento del intelectual universal, el desarrollo del mercado cul-
tural o la crisis de las ideologías determinaron su propia evolución
durante esos años. Esa transición de los intelectuales dentro de la
Transición estuvo marcada por una paradoja: la democracia exi-
gía el sacrificio del antifranquismo, no sólo en nombre de la re-
conciliación, sino también de una alternativa viable de poder de la
izquierda. De esa polémica cultural y de ese conflicto político se ali-
mentó el llamado «desencanto».
No resulta fácil interpretar el fenómeno por el cual el antifran-
quismo fue culpabilizado durante la Transición no ya sólo por la
derecha, sino incluso dentro de la propia izquierda. Un amplio sec-
tor de intelectuales, en especial vinculados al PSOE y al PCE, vio
65
Leguina, J.: «La nostalgia del antifranquismo», El País, 17 de octubre de
1986.
66
Mateos López, A.: «La transición del PSOE durante los años setenta», en
Quirosa-Cheyrouze, R. (coord.): Historia de la transición en España: los inicios del
proceso democratizador, Madrid, Biblioteca Nueva, 2007, pp. 285-299.
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
en él la expresión de un excesivo poder de los mismos intelectuales,
de su renuncia suicida a sostener una alternativa viable de poder,
de su pretensión de ponerse por encima de la confrontación polí-
tica en nombre de la ética universal o, al revés, de sostener viejos
discursos ideológicos ya superados, en el fondo movidos más por
una «ética de la convicción» que por una «ética de la responsabili-
dad». El antifranquismo se identificó entonces con un pasado que
debía pasar para dejar sitio al futuro, verdadero espacio de la polí-
tica, y lo que habían sido virtudes del «resistencialismo» y de la crí-
tica sistemática terminaron por convertirse en vicios de la democra-
cia, como escribió Manuel Vázquez Montalbán en 1988.
De manera semejante a lo que había ocurrido en la Europa pos-
fascista, pese a las muy distintas circunstancias históricas, unos in-
telectuales defendieron el valor moral y pedagógico de la memoria,
otros la conveniencia del olvido, aunque todos lo hicieran desde el
imperativo ético de la reconciliación. Unos denunciaron la heren-
cia de la longeva dictadura en una sociedad desmovilizada, apolí-
tica y corrupta, otros manifestaron su optimismo en la madurez de
una sociedad civil que hacia inevitable el cambio. Unos pusieron la
vista en los resultados, en el punto de llegada, aunque ello supu-
siera aceptar la monarquía, los símbolos o el personal político here-
dado del franquismo, otros se preocuparon más por los medios en
nombre de la ética, la legitimidad o la moralización de la sociedad,
aunque todos lo hicieran con el objetivo de alcanzar una «verda-
dera» democracia. Unos creyeron en la participación democrática
como escuela de democracia, otros echaron en falta más altos idea-
les que implicaran a toda la sociedad en la nueva vida nacional, y
en este tema fue mucho más difícil el acuerdo, como el tiempo ha
demostrado. Lo que no faltó fue debate intelectual, aunque algunos
recuerdan lo contrario, ni enconadas luchas políticas para contar
con el apoyo o la aprobación de los intelectuales, por mucho que
su autoridad social fuera a menudo atacada.
Si una cosa tenían en común todos los intelectuales es que sa-
bían casi tan poco como los políticos y el resto de la sociedad so-
bre cómo iba a ser en el futuro el país que estaban construyendo,
y eso que una de las funciones propias del intelectual parece ha-
ber sido siempre la profecía. También irían perdiendo esta atri-
bución para asumir otras mucho más modestas, las del intelectual
especialista llamado a opinar sobre un tema concreto, aunque mu-
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Javier Muñoz Soro La transición de los intelectuales antifranquistas
chos se reconvertirán en una versión castiza del antiguo intelectual
universal, la del tertuliano. Algunas causas, sobre todo internacio-
nales, aún siguen concitando la unión de escritores, artistas o pro-
fesionales en las plazas o en manifiestos colectivos, como tampoco
se ha perdido ese curioso antiintelectualismo de los propios intelec-
tuales. Más significativo ha sido seguramente que esas virtudes de
la Transición, como el pragmatismo, la reconciliación y el consenso,
en nombre de las cuales se habrían sepultado los valores del anti-
franquismo, se han convertido para algunos en los nuevos vicios de
la democracia 67. La dialéctica franquismo-antifranquismo ha regre-
sado al debate público impulsada por los movimientos de «recupe-
ración de la memoria histórica» que, por supuesto, tampoco renun-
cian a contar con el apoyo de los intelectuales.
67
Colomer, J. M.: La transición a la democracia: el modelo español, Barcelona,
Anagrama, 1998, p. 181.
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DOSSIER
Los intelectuales
en la Transición
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Ayer 81/2011 (1): 57-82 ISSN: 1134-2277
El guardián de la ortodoxia.
Jesús Fueyo, un intelectual
franquista frente a la Constitución 1
Nicolás Sesma Landrin
Columbia University
Resumen: El presente trabajo gira en torno a la figura de Jesús Fueyo, uno
de los principales intelectuales del Movimiento durante el tardofran-
quismo y la Transición. Centramos el análisis en la serie de artículos de
crítica al borrador constitucional que publicó en El Alcázar entre di-
ciembre de 1977 y febrero de 1978, textos que condensaban gran parte
de los fundamentos de la cultura política franquista. Asimismo, apunta-
mos la persistencia de algunos de estos elementos en las opiniones so-
bre el borrador de otros intelectuales del periodo, así como su presen-
cia en el discurso que intentó justificar el golpe de Estado de 1981.
Palabras clave: Jesús Fueyo, Transición, Constitución española de 1978,
extrema derecha, intelectuales.
Abstract: The article focuses on Jesús Fueyo, one of the most important fa-
langist intellectuals during late francoism and the period of transition
to democracy. We analyse his criticism toward the Constitution first
draft through the series of think pieces appeared in the extreme right
newspaper El Alcázar between December 1977 and February 1978.
Said pieces summarized francoist political culture’s contents and re-
flected the attitude of dictatorship’s theorists toward democratization.
We also briefly point out the persistence of those contents in other in-
1
El presente trabajo ha sido realizado en el marco del proyecto de investiga-
ción HAR2008-05949/Hist «Cultura y memoria falangista y cambio social y polí-
tico en España (1962-1982)», dirigido por Miguel Ángel Ruiz Carnicer y financiado
por el Ministerio de Ciencia e Innovación. Quisiera expresar mi agradecimiento a
Javier Muñoz y Ferrán Gallego por sus valiosos comentarios.
Recibido: 25-08-2010 Aceptado: 02-12-2010
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
tellectuals’ opinions concerning the draft, as well as their influence in
the discourse of justification of the 1981 coup d’état.
Keywords: Jesús Fueyo, Transition to democracy, Spanish Constitution
of 1978, extreme right, intellectuals.
Introducción
En la primavera de 1974, la madrileña plaza de la Marina Espa-
ñola se vio sacudida por la aparición de un rumor que, tal y como
recogieron distintos medios escritos, había corrido «como un re-
guero de pólvora» entre los círculos políticos e intelectuales fran-
quistas: el Instituto de Estudios Políticos —cuya sede central se si-
tuaba en tan emblemático emplazamiento, a pocos pasos de la plaza
de Oriente y en un palacio contiguo al edificio del Senado, ocu-
pado por el Consejo Nacional del Movimiento— iba a ser elevado
a la categoría de Ministerio, lo que implicaba la automática conver-
sión de su presidente, Jesús Fueyo Álvarez, en nuevo «ministro sin
cartera» del gabinete liderado por Carlos Arias Navarro 2.
Probablemente, aquél fue el momento en el que más cerca es-
tuvo Fueyo de conseguir la poltrona ministerial que siempre había
anhelado, pues al parecer era bien conocida su letanía de que que-
ría ser ministro «aunque fuese de Marina» 3. En este sentido, y en
consonancia con su posición como uno de los principales teóricos
del sistema franquista, el autor asturiano había llegado a desarrollar
una completa interpretación de los mecanismos que regían la con-
cesión de una cartera, a la que en su opinión se accedía «por los ca-
minos blandos (por los obispos o por las damas) y se salía por los
duros (por presión de los generales)», tal y como confiara a los tam-
bién «ministrables» Manuel Fraga y Federico Silva en el curso de
una de las reuniones celebradas por el Centro Europeo de Docu-
mentación e Información (CEDI) en la década de los sesenta 4.
2
Oneto, J.: «Impresión del día», La Vanguardia Española, 10 de mayo de 1974.
3
Morodo, R.: Atando cabos. Memorias de un conspirador moderado, Madrid,
Taurus, 2001, p. 210.
4
Beneyto, J.: «Las asociaciones de amistad internacional durante el fran-
quismo», Revista de Estudios Políticos (REP), Nueva Época, 71 (1991),
pp. 211-212. Como se ha señalado en distintas ocasiones, entre los más sorpren-
dentes ministros nonatos del régimen figura un importante número de «intelec-
tuales definidores del sistema», desde Laín Entralgo, Tovar y Pemán hasta Conde,
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Más allá de su veracidad, las situaciones descritas vienen a po-
ner de manifiesto cómo la memoria de los protagonistas de aquellos
años tiende básicamente a recordar al Fueyo generador de anéc-
dotas y creador de latiguillos doctrinarios —el más popular de los
cuales, «Después de Franco, las instituciones», ciertamente repre-
sentativo de su pensamiento y de las claves de su ascenso en el seno
del régimen—, una circunstancia extendida al ámbito literario, pues
tampoco resulta complicado identificar a Fueyo en las páginas más
amargas de Escuela de mandarines, obra de un buen conocedor del
gris entorno político-cultural del segundo franquismo como Miguel
Espinosa. De este modo, ha ido asentándose una imagen del pensa-
dor falangista que pone el acento en el patetismo de su anacrónica
fidelidad a los preceptos del Movimiento y de lo escasamente acer-
tado de sus previsiones, visión de la que, salvo contadas excepcio-
nes, se ha hecho notable eco la propia historiografía 5.
Sin embargo, y al margen de que su producción doctrinal efec-
tivamente adoleciera de la vacuidad tan característica de los intelec-
tuales orgánicos, este manto satírico no debe hacernos olvidar una
dimensión bien distinta de Jesús Fueyo, esto es, la del personaje de
notable presencia pública pero sobre todo detentador de importan-
tes parcelas de poder institucional en los momentos finales del régi-
men y el comienzo de la transición a la democracia. No en vano, am-
bos factores lo convirtieron en el principal ideólogo del continuismo
y, por tanto, en punto de referencia para determinados sectores del
Estado capaces de condicionar e incluso obstaculizar gravemente el
proceso de apertura política abierto con la muerte del dictador. Sin
ir más lejos, el rumor anteriormente citado no era sino el reflejo de
la creciente importancia otorgada al Instituto de Estudios Políticos
(IEP) por el entonces ministro secretario general, José Utrera Mo-
lina, que lo consideraba una pieza clave dentro de sus planes de re-
vitalización del Movimiento y su Consejo Nacional, órgano desde
el que debían articularse las bases jurídicas de un asociacionismo
que permitiera la reinvención y perpetuación del sistema franquista.
Sánchez Agesta y el propio Fueyo. De Miguel, A.: Sociología del franquismo, Bar-
celona, Euros, 1975, p. 29.
5
Una notable excepción en Molinero, C., e Ysas, P.: La anatomía del fran
quismo. De la supervivencia a la agonía, 1945-1977, Barcelona, Crítica, 2008, p. 65.
Una recuperación hagiográfica del personaje, aunque con importantes aportacio-
nes documentales, en Molina, J.: «Incoación del repertorio bibliográfico de Jesús
Fueyo (1922-1994)», Empresas Políticas, 9 (2007), pp. 87-100.
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Todo ello en el marco de un intento de «rearme ideológico» que,
desde posiciones igualmente continuistas pero en apariencia doctri-
nalmente contrapuestas, pronto reclamaría otro reconocido defensor
de la posibilidad de un «franquismo después de Franco» 6.
Según estas premisas, el propósito de las siguientes páginas
—que se enmarcan en un estudio más amplio sobre las elites in-
telectuales franquistas y su reconversión durante el periodo demo-
crático— es realizar una primera aproximación al pensamiento po-
lítico de Jesús Fueyo y a su trayectoria durante los primeros años
de la Transición. Así, tras efectuar un breve recorrido por su doble
etapa al frente del Instituto de Estudios Políticos, nos centraremos
en la crítica al borrador del anteproyecto de Constitución que rea-
lizó desde las páginas del diario El Alcázar entre diciembre de 1977
y febrero del año siguiente. Un análisis de la misma nos permitirá
identificar los elementos de la cultura política franquista que fueron
utilizados para intentar deslegitimar el proceso de democratización,
así como calibrar su grado de persistencia en determinados sectores
intelectuales del país 7. Por último, apuntaremos las posibles causas
que llevaron a sus defensores a la retirada de la escena pública.
Un fiel producto de la cantera del Movimiento
Nacido en la localidad asturiana de Langreo el 27 de febrero de
1922, licenciado en Derecho por la Universidad Central y más tarde
doctorado con una tesis sobre «Alexis de Tocqueville y la estructura
de la sociedad democrática», precoz en la colaboración con distintos
medios escritos falangistas y la sección de Administración Pública
del IEP, así como en el acceso al cuerpo de letrados del Consejo de
Estado, Jesús Fueyo ajustó desde fecha muy temprana su trayectoria
6
Fernández de la Mora, G.: «Rearme intelectual», ABC, 29 de noviembre de
1975, «la resurrección de 1936 la hizo posible el rearme intelectual que protagoni-
zaron, sobre todo, los discípulos de Menéndez Pelayo [...] En los momentos que
nos ha tocado vivir, el rearme doctrinal no es una operación lujosa y decorativa; es
de salvación nacional».
7
Entendemos el concepto de «cultura política» según la definición proporcio-
nada por Serge Berstein, esto es, como «l’ensemble des représentations, porteuses
de normes et de valeurs, qui constituent l’identité des grandes familles politiques».
Berstein, S.: «Nature et fonctions des cultures politiques», en Berstein, S. (dir.):
Les cultures politiques en France, París, Seuil, 2003, p. 13.
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al recorrido diseñado por el Movimiento para la que estaba llamada
a ser su segunda generación de dirigentes 8.
En buena lógica, a la altura de finales de los años cincuenta, re-
cién conseguida una cátedra de Derecho político y con experiencia
tanto en cargos del partido —delegado nacional de Prensa— como
en el ámbito de la función pública, Fueyo ya respondía con preci-
sión al género de elite político-intelectual producido por un régi-
men que, como el franquista, mantenía el adoctrinamiento propio
de un sistema de partido único pero templado por la burocratiza-
ción y la imposibilidad de alcanzar sus metas ideológicas, situación
que dejaba el ascenso en el escalafón político como horizonte de
expectativa casi exclusivo. De difícil conceptualización sociológica,
pues no se trataba de intelectuales en sentido clásico ni tampoco
de meros técnicos del Estado, dicha elite constituía una amalgama
de ambos perfiles, una suerte de «intelectuales institucionalizados»
o, por utilizar el irónico término acuñado por Hervé Hamon y Pa-
trick Rotman, «intelócratas» 9, un modelo simbolizado por la figura
de Manuel Fraga, a cuya sombra desarrolló nuestro protagonista la
práctica totalidad de su carrera 10.
En efecto, fue precisamente el nombramiento de aquél como
ministro de Información y Turismo en 1962 lo que provocó la de-
signación de Fueyo —que se había postulado igualmente para di-
cha cartera— para sucederle al frente del Instituto de Estudios Po-
líticos, organismo en el que el autor asturiano llevó a cabo el grueso
de su labor como doctrinario, posiblemente el último de verdadero
nivel del que disfrutó el Movimiento junto al también jurista Ro-
drigo Fernández Carvajal. No obstante, carente tanto de la capaci-
dad de liderazgo como de la calculada ambigüedad ideológica de
8
Sobre el proceso de elaboración de una intelligentsia propia por parte de
los grupos políticos una vez alcanzadas posiciones de poder, véase Gramsci, A.:
«Apuntes y notas dispersas para un grupo de ensayos sobre la historia de los inte-
lectuales», en Cuadernos de la cárcel, vol. IV, México, Era, 1985, p. 356. Esta «in-
telectualidad orgánica» queda caracterizada por desempeñar funciones de organi-
zación, producción de valores, mediación y persuasión al servicio de dichos grupos
con el objetivo de garantizar su hegemonía política e ideológica, Ibid., p. 335.
9
Hamon, H., y Rotman, P.: Les intellocrates. Expédition en haute intelligent
sia, París, Ramsay, 1981.
10
Fueyo, J.: Eclipse de la historia. Discurso leído el día 6 de octubre de 1981 en
el acto de su recepción como académico de número y discurso de contestación de Ma
nuel Fraga Iribarne, Madrid, RACMP, 1981.
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sus predecesores en la dirección, lo cierto es que Fueyo terminó
por despojar en gran parte al IEP de su tradicional espíritu crítico
—siempre dentro de los estrechos estándares del régimen— y de su
prestigio académico.
Y es que —en una auténtica parábola de la realidad del par-
tido— Fueyo adoleció siempre de una doble rémora. Por un lado,
su deseo de poder, que le hizo enfrentarse con valiosos colaborado-
res por miedo a verse relacionado con el más mínimo conato de di-
senso. De este modo, al conflicto que arrastraba desde su época de
delegado nacional con el grupo de economistas de la sección de Po-
lítica Económica, capitaneados por Enrique Fuentes Quintana, vi-
nieron a sumarse sus problemas con García de Enterría y sus an-
tiguos compañeros del departamento de Administración Pública y
—aunque en este caso plenamente justificada por el antifranquismo
de varios de sus integrantes— la supresión del Gabinete de Estu-
dios Político-Constitucionales organizado por Carlos Ollero en la
Revista de Estudios Políticos (REP) 11. Por otro lado, las paradojas
derivadas de su profesión de ortodoxia franquista, que le llevaban
de la oposición retórica a las medidas gubernamentales en nombre
del nacionalsindicalismo, a su acatamiento y defensa ante la mili-
tancia sin solución de continuidad. Cobran así sentido decisiones
como mantener fuera de las estructuras del IEP a los Círculos Doc-
trinales José Antonio, de los que era socio fundador, o —ya con
posterioridad— no suscribir la conocida como «Carta de los 39»,
impulsada por un grupo reformista de corresponsales de la insti-
tución 12. Pero, ante todo, su decisión de abstenerse en la votación
de las Cortes que proclamaba la elección como futuro jefe del Es-
tado del príncipe Juan Carlos, cuando había dedicado gran parte
de su mandato a la construcción de una alternativa regencialista a
la monarquía inspirada en la Quinta República francesa 13, una pos-
tura que sin duda no dejó satisfechos ni a los sectores falangistas
A estos enfrentamientos, todos ellos con personalidades destinadas a desem-
11
peñar un papel destacado durante la transición, debe sumarse su célebre incidente
de 1964 con Joaquín Ruiz-Giménez en la sede de las Cortes; véase Muñoz Soro, J.:
Cuadernos para el diálogo (1963-1976). Una historia cultural del segundo franquismo,
Madrid, Marcial Pons Historia, 2006, pp. 59-60.
12
Rodríguez Jiménez, J. L.: «El reformismo azul en el tardofranquismo», en
Tusell, J., et al. (eds.): Historia de la transición y de la consolidación democrática en
España, Madrid, UNED, 1996, p. 265.
13
A este respecto, véase nuestro artículo «El republicanismo en la cultura po-
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ni al grupo tecnócrata —como tampoco debió de pasar desaperci-
bida para el ya oficialmente sucesor a título de rey—, que no dudó
en forzar su relevo en el IEP tras la formación del «gobierno mo-
nocolor» en 1969.
Como hemos apuntado previamente, en el marco de su puesta
en valor de las estructuras del Movimiento, al que pretendía situar
como filtro de control del proyecto de ampliación de los cauces de
participación política, José Utrera Molina recuperó en 1974 a nues-
tro protagonista para la presidencia del IEP, sabedor de su lealtad
al partido y del relativo ascendiente del que todavía gozaba en me-
dios universitarios 14. En su toma de posesión, convertida en un ver-
dadero acto de fuerza del falangismo, Fueyo trató de responder a
esta confianza al anticipar que su principal labor consistiría en pro-
porcionar «al Consejo Nacional, pieza clave en el edificio constitu-
cional del Régimen, la asistencia más metódica [...] en su función
irrenunciable de órgano de garantía y seguridad constitucionales» 15.
En este sentido, a lo largo de los meses siguientes, Fueyo se con-
centró tanto en la preparación de un Estatuto que regulara el de-
recho de asociación política como en la construcción de una nueva
definición jurídica para el sistema franquista, esfuerzo este último
que giró en torno al concepto de «democracia social» 16. Sin em-
bargo, sendos procesos terminaron en la práctica en fracaso, pese
a que José Solís —de nuevo secretario general— tratara de conjun-
tarlos en un interesante discurso en el que afirmaba que el régimen
había logrado fundar una «democracia social» que, completada con
la «democracia política» traída por las asociaciones, conducía a una
«democracia completa», fórmula que debía asegurar la continuidad
de las instituciones del franquismo 17.
Una vez consumado el «hecho biológico», Fueyo se destacó aún
más como uno de los guardianes del ordenamiento del régimen, si
lítica falangista. De la Falange fundacional al modelo de la V República francesa»,
Espacio, Tiempo y Forma, 18 (2006), pp. 261-283.
14
Foessa: Informe sociológico sobre la situación social de España. 1970, Madrid,
Euramérica, 1970, p. 950. Un 8 por 100 de los universitarios encuestados opinaba
que el pensamiento de Jesús Fueyo —frente a un 70 por 100 en el caso de Jean
Paul Sartre— influía en sus compañeros.
15
Una ocasión refundacional, Madrid, IEP, 1974, p. 15.
16
Ferrando Badía, J.: «De la democracia política a la democracia social y eco-
nómica», REP, 168 (1969), pp. 73-120.
17
Molinero, C., e Ysas, P.: La anatomía..., op. cit., p. 220.
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bien, en una nueva paradoja, su profesión de ortodoxia contribuyó
a impedir que saliera adelante una reforma política mucho más mo-
derada y continuista que la «ruptura pactada» que finalmente tuvo
lugar. Así, en calidad de presidente de la sección primera del Con-
sejo Nacional, dedicada a «Principios Fundamentales y desarrollo
político», desempeñó un importante papel en el rechazo del dic-
tamen, elaborado por una ponencia formada en su propio seno,
que informaba favorablemente el conjunto de reformas de las Le-
yes Fundamentales preparado por iniciativa de Manuel Fraga, vi-
cepresidente para Asuntos Políticos del primer gobierno de la mo-
narquía 18, un conjunto de reformas cuyo bloqueo constituyó un
importante factor en la destitución de Arias Navarro como presi-
dente y su sustitución por Adolfo Suárez. Con todo, tampoco los
planes del nuevo ejecutivo se libraron de la injerencia del intelectual
falangista, pues no en vano se le atribuye la autoría del recurso de
Contrafuero —mecanismo previsto en la Ley Orgánica del Estado
(LOE) según el modelo de control de constitucionalidad teorizado
por Carl Schmitt, referencia, como veremos, fundamental en la tra-
yectoria de Fueyo— que, de nuevo sin éxito, preparara un grupo
de consejeros a propósito de la Ley para la Reforma Política.
A pesar de todas estas actuaciones, amparado en una falsa ima-
gen de asepsia académica, probablemente Fueyo pensaba que se le
permitiría continuar al frente del Instituto de Estudios Políticos.
De hecho, la institución no fue incluida dentro del decreto de ex-
tinción del Movimiento de abril de 1977, sino que fue transferida
como organismo autónomo al Ministerio de Presidencia, situación
en la que pareció asentarse definitivamente en los meses siguien-
tes 19. No obstante, su significación falangista, acrecentada durante
su última etapa, provocó su refundición junto al Instituto de Estu-
dios Administrativos en un organismo de nueva planta, el Centro
de Estudios Constitucionales. En una buena muestra de la mentali-
dad imperante en la clase política franquista, Fueyo expresó enton-
ces su incredulidad ante la decisión del ejecutivo de no optar, como
sucediera una y otra vez durante la dictadura, por una solución de
carácter acomodaticio y oportunista:
«Puntualizaciones del señor Fueyo», ABC, 17 de junio de 1976.
18
«De momento no se prevén cambios en el IEP», ABC, 17 de septiembre
19
de 1977.
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
«Parece que el Gobierno ha tenido en cuenta sólo el aspecto ideoló-
gico, olvidándose de su labor de investigación. ¿Otra solución? Sin duda,
dándole un simple giro, con la participación de los partidos políticos ac-
tuales, el Instituto podría haber salido airoso» 20.
La crítica de Jesús Fueyo al borrador constitucional
Con seguridad, la conversión del IEA y el IEP en un Centro de
Estudios Constitucionales pretendía contribuir al apuntalamiento del
proceso constituyente, al que se dotaba de un instrumento de «aseso-
ramiento y asistencia en las materias de su competencia» 21 capaz de
arropar desde el punto de vista teórico y nutrir de referentes interna-
cionales a la ponencia nombrada por la Comisión del Congreso para
la redacción de una nueva Carta Magna. Tal y como se señalaba en
la primera entrega de la refundada Revista de Estudios Políticos, «la
ausencia de un ordenamiento constitucional y democrático [...] ha di-
ficultado en nuestro país [...] el estudio de los problemas de la rea-
lidad más inmediata [...] Nada tiene de particular, por tanto, que en
el momento en que los españoles iniciamos el camino hacia la conso-
lidación de la democracia constitucional la investigación [...] se haga
un replanteamiento estricto, directo y riguroso de la problemática
política desde las ya consagradas orientaciones de la Ciencia Política
y del Derecho Constitucional» 22. Del mismo modo, la puesta en mar-
cha del Centro venía a recuperar, siquiera de forma parcial, el pro-
yecto inicial del gobierno ucedista de hacer recaer la responsabilidad
de la elaboración del nuevo texto en un comité de expertos constitu-
cionalistas y altos cargos del Ministerio de Justicia 23.
No obstante, los miembros de la ponencia pronto iban a contar
con toda una serie de «asesores constitucionales» más o menos ines
perados. Como es bien conocido, a finales de noviembre de 1977
20
«Al Gobierno le parecía franquista», declaraciones de Jesús Fueyo a El Al
cázar, 27 de octubre de 1977.
21
Real Decreto de 28 de octubre de 1977 por el que se reorganiza la Presiden-
cia del Gobierno, BOE, 8 de noviembre de 1977.
22
«Nota de la redacción», REP, Nueva Época, 1 (1978), pp. 7-8.
23
Sobre esta misma pretensión «tutelar» del gobierno a propósito del nombra-
miento de los senadores de designación real, Gallego, F.: El mito de la transición.
La crisis del franquismo y los orígenes de la democracia (1973-1977), Barcelona, Crí-
tica, 2008, pp. 655-657.
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
fue filtrada a la revista Cuadernos para el Diálogo una primera ver-
sión del hasta entonces secreto anteproyecto de Constitución, algu-
nos de cuyos fragmentos fueron a su vez reproducidos por las prin-
cipales cabeceras en los días siguientes. A pesar de las advertencias
respecto al riesgo de dejarse llevar por la lectura de lo que no de-
jaba de ser un mero borrador —«como tal hay que tomarla, y no
como si fuera ya la Constitución definitiva»— 24 y del hecho de que,
en opinión de algunos contemporáneos, la opinión pública estuviera
más interesada en la ruptura de la «confidencialidad patriótica» del
texto que en el contenido concreto del mismo, no tardaron en apa-
recer valoraciones y comentarios de autores de todo signo, que tra-
taron de ejercer la máxima presión para inclinar la balanza hacia
sus postulados y que hicieron así particularmente cierta la condi-
ción de la prensa de la época como «parlamento de papel».
Es en este contexto en el que hizo su reaparición pública Jesús
Fueyo, quien, desde las páginas del periódico ultra por excelencia,
El Alcázar, y a lo largo de los tres meses siguientes, dedicaría un im-
portante ciclo de artículos a comentar el texto del anteproyecto, en
lo que posiblemente constituyó la crítica al proceso constituyente
y a la propia Carta Magna más articulada y operativa formulada
desde las filas de la extrema derecha 25.
Despojado de su poder institucional —así como de la plataforma
proporcionada por la REP, de cuyo consejo de redacción se había
visto también excluido—, Fueyo se decidía a intervenir en el debate
jurídico-doctrinal posfranquista desde el ámbito periodístico, cuyas
claves conocía bien como resultado de sus frecuentes colaboracio-
nes en los órganos de prensa del Movimiento. De esta forma, Fueyo
conseguía articular un discurso de cierta solidez y, ante todo, muy
cercano a la actualidad política, circunstancia esta última con la que
buscaba sin duda conectar con los núcleos inmovilistas, pero espe-
cialmente con un estrato social más amplio de «gente de orden», so-
cializada en valores profundamente conservadores y nacionalistas e
inquieta ante la crisis económica, la visibilidad de los conflictos la-
borales, la lentitud en la elaboración de la Constitución y las filtra-
Pi, R.: «El esperado borrador», La Vanguardia, 25 de noviembre de 1977.
24
Sobre El Alcázar, Martín de la Guardia, R.: «El bastión de papel: La prensa
25
reacia a la transición política a la democracia (1974-1982)», en Quirosa, R. (ed.):
Prensa y democracia. Los medios de comunicación en la Transición, Madrid, Biblio-
teca Nueva, 2009, pp. 133-150.
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
ciones relativas a la propuesta de configuración territorial del Es-
tado. Así, lejos de aparecer como uno más de los colaboradores que
basaban su argumentación en el constante recuerdo de la guerra ci-
vil, los artículos de Fueyo descendían a la concreta interpretación
del anteproyecto, hacían mención a la evolución de los aconteci-
mientos nacionales e internacionales 26 y, ante todo, dejaban entrever
la posibilidad de una alternativa doctrinal, aspectos todos ellos cuya
habitual ausencia ha sido señalada como una de las principales ca-
rencias en la estrategia de los nostálgicos del régimen 27.
Consciente de que una reforma en sentido democrático era ya
muy difícil de revertir, Fueyo se encargaba de recalcar en numero-
sas ocasiones que formulaba sus críticas «sin la menor heterodoxia
de la confesionalidad democrática» 28, pues afirmaba no rechazar
la elaboración de una Constitución, sino sencillamente el conte-
nido del primer borrador constitucional que había salido a la luz
—que no dudaba en calificar de «atentado contra el ser mismo de
España»— 29. No obstante, en la práctica el autor falangista identifi-
caba automáticamente todas las ambigüedades e imprecisiones téc-
nicas del texto con la naturaleza misma del sistema democrático, y
no perdía oportunidad para cuestionar la legitimidad de origen del
propio proceso constituyente.
26
Entre otras, Fueyo aludía a la noción de «compromiso histórico» desarro-
llada en Italia por el PCI, así como a la situación del gaullismo en Francia o al do-
cumento ideológico PSOE-PSP sobre la Constitución, lo que venía a demostrar la
capacidad de los teóricos continuistas para incorporar nuevas referencias a su ar-
gumentación, Berstein, S.: «Nature et fonctions...», op. cit., «le phénomène de la
culture politique n’est en rien une donnée fixe. Bien au contraire, une culture po-
litique apparaît comme un produit de l’histoire qui naît à un moment précis, en
fonction de circonstances particulières, qui évolue en raison de la conjoncture et de
l’influence des cultures politiques voisines, qui décline ensuite pour disparaître (len-
tement) lorsqu’elle cesse de répondre aux aspirations de la société», p. 25.
27
Gallego, F.: Una patria imaginaria. La extrema derecha española, 1973-2005,
Madrid, Síntesis, 2005, pp. 164-165 y 212.
28
Fueyo, J.: «El gobierno de Madrid y demás gobiernos», El Alcázar, 19 de di-
ciembre de 1977.
29
Fueyo, J.: «Las nacionalidades contra la nación», El Alcázar, 5 de diciembre de
1977. Meses más tarde, en una importante entrevista concedida a Jaime Campmany
dentro del ciclo «Diálogos Constituyentes» organizado por el diario ABC, Fueyo rei-
teraba que «si alguien ha interpretado mi actitud, por esto de las autonomías, en el
sentido de que no haya Constitución, yo le digo que si no hay Constitución es como
si no tenemos firmamento [...] una mala Constitución, en estos momentos, es mejor
para España que ninguna Constitución»; ABC, 11 de mayo de 1978.
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De esta forma, Fueyo deslizaba en sus sucesivas entregas fre-
cuentes alusiones al hecho de que la Ley para la Reforma Polí-
tica no mencionara explícitamente que su aprobación implicaba
la apertura de un periodo constituyente y que, en consecuencia,
al no haber sido oficialmente convocadas con dicho propósito, las
Cortes elegidas en junio de 1977 no podían en puridad revestir tal
carácter 30. En su opinión, en realidad se estaba llevando a cabo
un proceso revolucionario a posteriori, pues «la Revolución de-
cide siempre sobre la Constitución; lo nuevo, lo insólito, el asom-
bro del mundo [...] es que la Constitución decida la Revolución» 31,
una circunstancia que le llevaba a exigir que, «antes de que se vote
el suicidio constitucional» 32, se clarificase exactamente el articu-
lado del borrador, ya que la intención de la clase política pare-
cía ser que «otra vez, la soberanía popular se pronuncie sin saber
que lo hace ni lo que hace». Sin duda, la loable preocupación de
Fueyo por el respeto a la voluntad ciudadana parecía ignorar que
si había dado comienzo dicha fase constituyente —ciertamente le-
jana de la práctica jurídica ortodoxa, más allá de que en efecto la
citada Ley, una vez suprimido su preámbulo, contemplara única-
mente una «reforma constitucional»— 33 era precisamente gracias
a los resultados arrojados por las urnas en los primeros comicios
libres celebrados tras casi cuarenta años de dictadura. Y es que,
como recordaba uno de los propios ponentes constitucionales, «se-
gún cuál hubiera sido el resultado de las elecciones, las Cortes po-
dían haberse limitado a retocar algunos aspectos parciales de las
30
Ibid., «fuimos convocados a una ley de Reforma de las Leyes Fundamentales
[sic], que no es lo mismo que unas Cortes Constituyentes [...] para levantar un Es-
tado de nueva planta [...] si hoy se le hubiera planteado, clara e inequívocamente,
al país una cuestión opcional, el cambio absoluto a una democracia constituyente,
no sé lo que hubiera pasado ni si habría habido un Gobierno con condiciones de
fuerza suficiente para plantear esa opción».
31
Fueyo, J.: «La revolución reaccionaria», El Alcázar, 23 de enero de 1978.
32
Fueyo, J.: «Multinacionales y mininacionales», El Alcázar, 30 de enero
de 1978.
33
La atipicidad del caso español en Lucas Verdú, P.: «La singularidad del
proceso constituyente español», REP, Nueva Época, 1 (1978), p. 11. Con todo, el
grueso de la opinión pública era bien consciente de la significación de la convocato-
ria, no en vano la prensa se mostraba unánime al interpretar el referéndum para la
«octava Ley Fundamental» como el necesario paso previo para la elección de unas
Cortes constituyentes.
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Leyes Fundamentales del franquismo y nada más» 34, pero la nota-
ble representación alcanzada por los partidos de izquierda hizo in-
viable la tentación del ejecutivo Suárez de controlar el proceso y
arrogarse en exclusiva la rápida preparación de un reducido pro-
yecto constitucional, cuya redacción quedó abierta a más altos vue-
los y al conjunto del espectro político.
Desde esta consideración de partida, la interpretación del bo-
rrador realizada por Fueyo, así como los autores y teorías citados
para ello como autoridades, proporcionan una interesante panorá-
mica de los fundamentos de la cultura política franquista, su uni-
verso intelectual, su elenco de situaciones históricas de referencia e
incluso su retórica, pues los textos combinaban el uso de conceptos
político-jurídicos demoliberales «desnaturalizados» característico
de la parte final del régimen con una cierta fanfarronería —«bo-
rroso borrador», «Carta Magna (¿no es posible curarse de pedante-
ría?)»— que recordaba poderosamente al lenguaje periodístico del
falangismo de primera hora.
Como no podía ser de otra forma, la cuestión del ordena-
miento territorial, y más concretamente la utilización del término
«nacionalidades», era el eje central de la serie de folletones de crí-
tica al anteproyecto. Nada sorprendente, pues, dado que en nu-
merosas ocasiones se ha señalado que «de todas las categorías em-
pleadas en la Constitución, fueron las “nacionalidades” las que
dieron origen a los más enconados debates en el Congreso, el Se-
nado y los medios de comunicación» 35. Consciente de que el re-
chazo al proceso descentralizador constituía el principal factor de
aglutinamiento de los sectores inmovilistas, Fueyo no dudaba en
afirmar —reforzado además por la alusión a otra de las reivindi-
caciones más denostadas por la derecha sociológica— que, «hasta
que se legalice el aborto, nuestro tópico no puede ser otro que au-
tonómico». En esta misma dirección, y en sintonía con la concep-
ción schmittiana de que el orden jurídico se fundamentaba en una
decisión y no en una norma, Fueyo situaba la resolución del de-
bate territorial como una necesidad previa a la propia redacción
de la Constitución:
34
Solé Tura, J.: Los comunistas y la Constitución, Madrid, Forma, 1978,
p. 15.
35
Balfour, S., y Quiroga, A.: España reinventada. Nación e identidad desde la
Transición, Barcelona, Península, 2007, p. 102.
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
«La aporía autonómica es una cuestión de previo y especial pronun-
ciamiento, una decisión que, por su misma naturaleza, se erige en el “a
priori” de la Constitución y bajo este imperativo todo lo demás, incluida
la forma de Estado o de Gobierno, no es que sea secundario; es que
queda decidido».
El término de la discordia era definido por Fueyo como «la pos-
tulación de principio de la voluntad de constituirse en Nación»,
una interpretación contraria a la invocada por los ponentes cons-
titucionales —particularmente por los representantes de Unión de
Centro Democrático (UCD)—, que se basaban en la existencia de
«naciones políticas» y nacionalidades o «naciones culturales», teóri-
camente carentes de vocación soberana, tal y como fuera enunciado
por Meinecke a comienzos del siglo pasado 36. Fueyo impugnaba
esta diferenciación, y sostenía que el reconocimiento de las nacio-
nalidades supondría un refuerzo tal a su identidad histórica que ter-
minaría por conducir de forma inexorable a su secesión, por mu-
chas restricciones técnicas que pudieran incluirse igualmente en el
articulado: «Toda nacionalidad así afirmada es una promesa de na-
ción y no puede ser fiel a sí misma, si no promueve de modo tenaz
y constante la fundación de su propio Estado nacional». En estas
condiciones, Fueyo consideraba muy grave su utilización tanto en el
ámbito interno, pues implicaba la liquidación del «más antiguo Es-
tado-nación de la vieja Europa moderna», como en materia de po-
lítica exterior, dada la entelequia de un «derecho público y privado
de las “internacionalidades”».
La alternativa propuesta no era ciertamente muy original, pues
pasaba por una mera descentralización administrativa, «en sí más
que necesaria», enmarcada en una estructura política fuertemente
unitaria. En este sentido, aunque el autor falangista apelara a la ne-
cesidad de innovación —esto es, al mantenimiento de la excep-
cionalidad española respecto a las instituciones democráticas del
occidente europeo— con la excusa de que los cambios econó-
mico-sociales provocados por el progreso tecnológico requerían un
nuevo modelo de organización estatal —uno de los hilos conduc-
tores de la obra de Fueyo, de reminiscencias claramente orteguia-
36
Sánchez Cornejo, D.: «La UCD y la idea de España: la problemática reela-
boración de un discurso nacionalista para un contexto democrático», Historia del
Presente, 13 (2009), p. 10.
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nas— 37, esta llamada quedaba finalmente reducida a una serie de
referencias al Ortega vulgarizado por el tamiz falangista y a su idea
de nación como producto de la historia y encarnación de un «su-
gestivo proyecto de vida en común»:
«la constitucionalización del Estado tiene que comenzar por la afirma-
ción categórica de la Nación y de su unidad [...] si nos queda la más leve
pulsación de ánimo histórico, si todavía queremos hacer algo digno en co-
mún, lo que es obligado establecer como premisa es la unidad de España
y luego las autonomías en el marco de poderes y competencias del Estado
absolutamente unitario en la soberanía»
De manera tan erudita como oportunista, Fueyo vinculaba fi-
nalmente la reclamación autonomista con la estrategia del recién le-
galizado Partido Comunista, con lo que conseguía resucitar el fan-
tasma de la doble amenaza marxista-separatista identificada por los
sectores conservadores con el periodo republicano. Así, de la misma
forma que en los años treinta la reacción se escudaba en la supuesta
debilidad del sistema liberal frente al peligro bolchevique, en esta
ocasión se argumentaba que la constitucionalización de las «nacio-
nalidades» representaba una concesión democrática a los naciona-
lismos que buscaba su integración en las instituciones, pero que en
realidad suponía una «retirada elástica frente a la ofensiva creciente
y cada día más agresiva del radicalismo autonómico» destinado a fa-
cilitar una revolución de signo filocomunista y abrir el camino a la
implantación en España de una democracia popular, según la tác-
tica expuesta por Stalin en su célebre escrito El marxismo y la cues
tión nacional 38. Ante semejante panorama, de nuevo con la intención
de proyectar una alternativa política realista, Fueyo abogaba por una
discusión frontal en torno a la adopción de un modelo federal o uni-
tario de Estado que quedara dirimida en referéndum 39.
37
A modo de ejemplo, Fueyo, J.: La época insegura, Madrid, Ediciones Eu-
ropa, 1962.
38
Fueyo, J.: «La retirada elástica», El Alcázar, 16 de enero de 1978. En la
misma dirección, Medina, I.: «La destrucción de España no es atacable», El Alcá
zar, 17 de enero de 1978, «es muy difícil desvincular al PCE de la directa promo-
ción de las nacionalidades, en connivencia con la estrategia de la Unión Soviética».
39
Fueyo, J.: «El federalismo tapado», El Alcázar, 12 de diciembre de 1977.
Aunque hundía sus raíces en la legislación y la práctica franquistas, la preferen-
cia de Fueyo por una consulta de esta naturaleza se beneficiaba del prestigio polí-
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Como hemos apuntado previamente, junto a las numerosas alu-
siones a Ortega, la sombra de Carl Schmitt planeaba igualmente so-
bre la totalidad de los artículos —por más que el autor alemán no
fuera mencionado explícitamente en ningún momento— al menos
en un doble sentido 40.
En primer lugar a nivel conceptual, pues no sólo la propia defi-
nición de Carta Magna como expresión de la «voluntad general [...]
sobre el ser de la comunidad» era claramente deudora del «con-
cepto positivo» de Constitución enunciado en 1928 por Schmitt 41,
sino que el rechazo a la utilización en plural del término «pueblo»
y la consideración de que el «virus autonómico» convertía a la na-
ción española en un actor internacional insignificante en un escena-
rio dominado por lo que llamaba «naciones-continentes» también
recordaban, respectivamente, a la noción hegeliana del «pueblo ale-
mán» como unidad orgánica natural y a la teoría de los grandes es-
pacios sostenidas por el jurista de Plettenberg 42.
En segundo lugar, Fueyo parecía atribuirse respecto al antepro-
yecto de Constitución española un papel crítico similar al ejercido
por Schmitt sobre el ordenamiento de la República de Weimar y la
doctrina jurídica de la Escuela de Viena, tanto más cuanto que di-
chos referentes facilitaban a los miembros progresistas de la ponen-
cia una vía indirecta para tender puentes con la Constitución de
1931. De este modo, el autor falangista aplicaba prácticamente una
por una al borrador las acusaciones lanzadas por Schmitt contra el
modelo kelseniano, desde que «constitucionaliza la lucha de clases»
hasta que su excesivo formalismo provocaba una desconexión en-
tre la verdadera situación del país y la esperada nueva norma, que
«es digna de Dysneylandia [sic]. Pero no tiene nada que ver con la
tico que le había conferido su recurrente utilización en la vecina Francia. En este
sentido, véase Berstein, S.: «De la démocratie plébiscitaire au gaullisme: naissance
d’une nouvelle culture politique républicaine?», en Berstein, S. (dir.): Les cultu
res..., op. cit., pp. 153-187.
40
Una panorámica sobre la relación entre ambos autores en Molina, J.: «Una
parte de la correspondencia entre Carl Schmitt y Jesús Fueyo», Empresas Políticas,
9 (2007), pp. 13-35.
41
La tipología de Schmitt contemplaba igualmente un modelo de texto cons-
titucional «absoluto», «relativo» o «ideal», Schmitt, C.: Teoría de la Constitución,
Madrid, Alianza Editorial, 1982, pp. 120 y ss.
42
Schmitt, C.: La defensa de la Constitución, Madrid, Tecnos, 1998, e íd.:
«El orden del mundo después de la Segunda Guerra Mundial», REP, 122 (1962),
p. 31.
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realidad» 43. En buena lógica con las tesis del jurista germano, todo
ello derivaba finalmente en una apología —de innegables resonan-
cias golpistas— de las circunstancias excepcionales como auténti-
cas configuradoras del orden político: «Se está a la espera de que el
caos engendre, por su dialéctica negativa, una autoridad. O una de-
mocracia autoritaria» 44.
Desde una perspectiva análoga se planteaba el análisis de otra
de las categorías presentes en el borrador constitucional, la nove-
dosa definición de la forma política del Estado como «Monarquía
parlamentaria», adjetivación que Fueyo se permitía calificar de «re-
gresiva» de la mano de uno de los principales argumentos del in-
telectualismo falangista posterior a la Segunda Guerra Mundial, a
saber, que el fracaso de los sistemas parlamentaristas, señalado de
forma pionera por los movimientos fascistas, era un hecho recono-
cido por la totalidad del espectro ideológico a la altura del periodo
de entreguerras, algo que tan sólo la propaganda bélica aliada había
logrado enmascarar pero que se encontraba plenamente asumido
por la clase dirigente occidental a tenor de su praxis política 45. In-
dudablemente, se trataba de una interpretación ideada en su mo-
mento con el objetivo de legitimar la supervivencia del régimen
franquista —al tiempo que remitía a la crítica joseantoniana al pen-
samiento de Rousseau—, pero a la que la permanente inestabilidad
gubernamental italiana y, en especial, la instauración de la Quinta
República francesa parecían otorgar suficiente crédito 46.
En su lugar, imbuido de los principios del caudillaje franquista,
Fueyo apostaba por la consagración de un sistema presidencialista
bajo forma monárquica mediante una mayor concentración de re-
sortes del poder en la jefatura del Estado —a pesar de que el an-
43
Buen conocedor de la obra de Kelsen, Fueyo había formulado ya críticas pa-
recidas al normativismo en uno de sus primeros trabajos, «Legitimidad, validez y
eficacia», Revista de Administración Pública, 6 (1951), p. 38.
44
Fueyo, J.: «Parlamentos y gobiernos», El Alcázar, 6 de febrero de 1978.
45
Ollero, C.: El derecho constitucional de la postguerra (Apuntes para su estu
dio), Barcelona, Bosch, 1949, pp. 12-13. Paradójicamente, el mismo Ollero anun-
ciaba a comienzos de 1978 su incorporación al entorno del PSOE, Medina, I.: «La
jugada de los dos senadores», El Alcázar, 11 de enero de 1978.
46
Una de las principales fuentes de inspiración para dicha teoría era el ensayo
de 1923 del propio Schmitt, C.: Los fundamentos histórico-espirituales del parlamen
tarismo en su situación actual, Madrid, Tecnos, 2008. Sobre el referente institucio-
nal francés, véase Maus, D.: Textes et documents sur la pratique institutionnelle de
la Ve République, París, CNRS, 1982.
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
teproyecto conservaba la capacidad del monarca para prorrogar las
Cortes y convocar referéndums—, entre ellos, ciertos mecanismos
de defensa para «reestablecer constitucionalmente el orden consti-
tucional alterado o atascado», en línea con las disposiciones de la
LOE (artículos 6 y 10), la Constitución gala de 1958 (artículos 5 y
16) y, ante todo, el tristemente célebre artículo 48 de la Constitu-
ción de Weimar, que, en palabras de su principal comentarista, per-
mitía al presidente del Reich «adoptar las medidas necesarias para el
restablecimiento de la seguridad y el orden públicos, interviniendo
en caso necesario con la ayuda de las fuerzas armadas» 47. Con esta
propuesta, Fueyo perseguía un doble objetivo. Por un lado, reacti-
var, al menos parcialmente, el citado modelo regencialista que ar-
ticulara durante su primera etapa al frente del IEP. Por otro, ape-
lar al que había sido designado por Franco como sucesor para que
ejerciera su papel como guardián del ordenamiento heredado, una
función que juzgaba en entredicho ante el posible reconocimiento
de las nacionalidades —«¿Es esto lo que se exige a la monarquía
que garantice?»—, pero a la que se reservaba una posibilidad de re-
dención igualmente muy schmittiana: «la última decisión, la “ultima
ratio” [...] es cosa de hombres, y no de partidos» 48.
Los aspectos económico-sociales, por su parte, también ocu-
paban una posición destacada dentro del ciclo de artículos, pues
no en vano permitían a su autor vincular de forma directa la dura
crisis que atravesaba el país con la recién estrenada democracia y
su clase política, a la que acusaba de sacrificar el desarrollo y el
bienestar conseguidos por el régimen anterior en aras de una in-
cierta homologación con el resto del continente 49. Una Europa
además que ni siquiera era «de las patrias», tal y como fuera re-
clamada por De Gaulle, sino aquella cuyo eje era el «Mercado
Común fenicio», que exigía el sacrificio del tejido productivo es-
pañol para aceptar su integración. En un contexto internacio-
47
Schmitt, C.: La dictadura, Madrid, Alianza Editorial, 1999, p. 257.
48
Como señalaba un destacado comentarista político y diputado ucedista en
las constituyentes, «los artículos del profesor Fueyo Álvarez contra el borrador
de la Constitución [...] tienen un solo destinatario: el Rey. Y quizá como derivada,
las Fuerzas Armadas»; Apostua, L.: «No sabe dónde aparcar», Ya, 13 de diciem-
bre de 1977.
49
Fueyo, J.: «El mercado de España», El Alcázar, 2 de enero de 1978, «El pre-
fijo “euro” se ha travestido en marca de calidad [...] resuelve todo —incluido el co-
munismo—».
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
nal marcado efectivamente por el declive de la soberanía estatal
frente a las grandes corporaciones transnacionales —«las fronteras
de los Estados Unidos [alcanzan] hasta los últimos confines de su
mercado»— 50, semejante cesión abocaba irremediablemente a la
España constituyente a la «colonización económica», pues a todo
ello había que sumar la fragmentación autonómica, lo que en pa-
labras de Fueyo suponía:
«brindar a las titánicas empresas multinacionales con vocación de mer-
cado mundial espacios de penetración [...] desmantelar las últimas defen-
sas de la soberanía económica nacional».
Se daban así la mano nacionalismo, antieuropeísmo —al menos
en su vertiente democrática— y anticapitalismo, una tríada concep-
tual cuya construcción desde el antagonismo y simbología conecta-
ban directamente con la doctrina del primer falangismo, que, como
vimos, no se encontraba en absoluto ausente del análisis. En este
sentido, en ocasiones los textos parecían apoyarse en las clásicas
formulaciones acuñadas por Giménez Caballero, todas ellas toda-
vía muy presentes en el imaginario colectivo de una población for-
mada en las estructuras educativas de la dictadura. Así, 1978 era
calificado como «año magno en el que puede acontecer el 98 de
nuestro siglo» 51 en alusión al listado de los humillantes 98 sufridos
por España que elaborara el fundador de La Gaceta Literaria. De la
misma forma, la apelación a «volver a la cultura general» y olvidar
las «cuestiones técnicas» a la hora de enjuiciar el borrador suponía
un claro trasunto de la llamada de Gecé a retornar a los textos bá-
sicos 52, retomada ahora porque «este no es un problema sofisticado
de Derecho constitucional. Es un problema de ser o no ser».
En todo caso, a través de un nuevo paralelismo entre el periodo
de la Segunda República y los años de la transición, Fueyo se mos-
traba en último término confiado: «España está constituida en otro
plano más profundo del ser, de tal modo que se reconstituye —an-
Fueyo, J.: «El mercado de Europa», El Alcázar, 26 de diciembre de 1977.
50
Fueyo tomaba la imagen de Schmitt, C.: «El orden...», op. cit., p. 33.
51
Fueyo, J.: «El crepúsculo de las autonomías», El Alcázar, 13 de febrero de
1978.
52
Giménez Caballero, E.: Genio de España, Barcelona, Ediciones Fe, 1939,
pp. 7-12 y 47.
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
tes o después— hasta cuando la arruina un Estado constitucional-
mente mal conformado».
La alargada sombra de la cultura política franquista
El populismo de Fueyo y sus constantes apelaciones al «hombre
de la calle» formaban parte del libro de estilo de El Alcázar, cuyos
columnistas se dedicaron a magnificar sin descanso la repercusión
de sus críticas al borrador constitucional 53, una estrategia que en-
troncaba con la idea de la «mayoría natural», muy extendida entre
el intelectualismo continuista, según la cual «en España existe una
gran derecha sociológica, multiplicada y consolidada durante las
brillantes décadas del desarrollo [...] pero no se ha encauzado ade-
cuada y eficazmente» 54, es decir, no se había sabido movilizarla a la
hora de los llamamientos electorales.
No obstante, pese al entusiasmo de sus correligionarios, los
artículos del autor falangista adolecían de una importante serie de
contradicciones de partida. Así —tal y como sucediera durante la
Segunda República con los ataques lanzados por El Debate contra
el Estatuto de Nuria—, hasta la última entrega del ciclo era delibe-
radamente omitido que el anteproyecto oficial de Constitución, pu-
blicado finalmente en el Boletín de las Cortes el 5 de enero de 1978,
introducía sustanciales modificaciones en el borrador tomado como
referencia para el análisis, y éstas se dirigían además a reducir sus
propuestas económico-sociales más avanzadas 55.
De la misma forma, el propio concepto de Constitución de
Fueyo podía ser objeto de dudas más que razonables, pues apenas
tres años atrás había calificado al conjunto de Leyes Fundamenta-
les franquistas de «orden constitucional [...] sobre la base de un
consenso nacional mayoritario indiscutible», al tiempo que decla-
53
García Serrano, R.: «Dietario personal. Mr. Watson en España», El Alcá
zar, 12 de diciembre de 1977, «Hay noticias de que el artículo de Jesús Fueyo [...]
fue comentado desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca y desde los
que almuerzan en “Zalacaín” a los que comen bocadillos de anchoas en las más
humildes tascas».
54
Fernández de la Mora, G.: «La derecha necesaria», ABC, 24 de enero de
1978.
55
Freixes, M. T.: «Crónica de una constitución consensuada», REP, Nueva
Época, 40 (1984), p. 108.
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
raba no ver «ninguna motivación causal suficiente para intentar re-
ducir la Constitución del régimen del 18 de julio de 1936 a un fe-
nómeno de personificación pura y simple del poder en la persona
del Caudillo» 56. Así las cosas, sus reclamaciones en torno a las am-
bigüedades del borrador y a su falta de exactitud terminológica
—«Una Constitución no se puede permitir otro lujo literario que el
de la precisión inequívoca de sus conceptos»— no dejaban de re-
sultar irónicas proviniendo de un teórico del franquismo, régimen
que había sumergido al país en una verdadera burbuja lingüística
durante décadas, al someter a los conceptos políticos a un grado de
distorsión semántica tal que cada término era interpretado según la
conveniencia de las circunstancias 57.
En cuanto al elenco de referencias utilizadas en los artículos,
difícilmente autores como Schmitt podían servir de bandera para
atraer, siquiera circunstancialmente, a sectores desencantados con
el proceso constituyente, pues ponían de manifiesto la radicalidad
última de sus postulados y teñían su imagen de un belicismo recha-
zado por la ciudadanía de forma prácticamente unánime. No en
vano, como ha señalado Paloma Aguilar, en aquellos años se ge-
neralizó la noción de «adversario» político en sustitución de la de
«enemigo», mientras que, por su parte, la naturaleza pactista del
anteproyecto de Constitución era considerada no sólo un procedi-
miento, sino también un valor en sí mismo frente a la práctica deci-
sionista habitual en el constitucionalismo hispano 58.
Ahora bien, al margen de que la credibilidad de sus plantea-
mientos pudiera ser claramente puesta en entredicho, cabe pre-
guntarse hasta qué punto la crítica de Fueyo contenía elementos
presentes en el juicio sobre el anteproyecto expresado por otros in-
56
«Declaraciones de don Jesús Fueyo en exclusiva», La Vanguardia Española,
14 de agosto de 1974.
57
En el caso concreto del término «constitución», reincorporado al lenguaje
del régimen en el marco de sus intentos de homologación jurídica con las institu-
ciones de la Europa democrática, esta deconstrucción semántica había corrido a
cargo del citado Rodrigo Fernández Carvajal en su obra La Constitución Española
(Madrid, Editora Nacional, 1969). En ella, «constitución» no era entendida como
norma suprema y expresión de la soberanía nacional emanada de una asamblea re-
presentativa, sino como un mero conjunto de leyes positivas, interpretación de la
que el análisis de Fueyo era claramente deudor.
58
Aguilar Fernández, P.: Memoria y olvido de la Guerra Civil española, Ma-
drid, Alianza Editorial, 1996, pp. 287 y 348.
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
telectuales del periodo, en especial aquellos cercanos a formaciones
con representación en el arco parlamentario, y en qué medida dicha
presencia era resultado de la persistencia en las mentalidades de la
cultura política franquista. A este respecto, puede apuntarse al me-
nos una doble línea de confluencia.
Por un lado, una línea procedente del seno de Alianza Popular,
abanderada por su delegado en la Comisión de Asuntos Constitu-
cionales, Gonzalo Fernández de la Mora, que por esas mismas fe-
chas, y desde la prestigiosa «tercera» de ABC, ponía el acento en
el germen de «balcanización» que contenía el término «nacionali-
dades», el desgobierno al que conducía la apuesta por el fracasado
«parlamentarismo puro» y la escasa profundización en las posibi-
lidades presidencialistas ofrecidas por la institución monárquica 59.
Dicha postura, no por previsible ni poco conocida deja de ser in-
dicativa de la fidelidad última a una serie de preceptos que consti-
tuían el mínimo ideológico que había dotado de sentido al sistema
franquista 60. Como vemos, el que fuera principal teórico de la tec-
nocracia y su homólogo falangista se servían de los mismos argu-
mentos para rechazar el anteproyecto y, no por casualidad, tras la
salida del partido del primero por su voto negativo a la aprobación
de la Constitución en el Congreso, ambos terminaron unidos en el
consejo editorial de la revista Razón Española.
Por otro lado, y sin que podamos detenernos aquí con la am-
plitud necesaria, una línea proveniente de los círculos intelectua-
les liberal-conservadores. En esta dirección, resultaba sin duda sor-
prendente que el examen del anteproyecto efectuado por el filósofo
Julián Marías en sus habituales tribunas del diario El País inclu-
yera no pocas coincidencias —aunque siempre salvando la distan-
cia entre los fines perseguidos por uno y otro autor— con los pun-
tos de vista expresados por Fueyo, circunstancia que no tardó en
señalarse desde las páginas de El Alcázar 61. Y es que el discípulo
59
Fernández de la Mora, G.: «Hacia el parlamentarismo», ABC, 9 de diciem-
bre de 1977; íd.: «La monarquía símbolo», ABC, 22 de diciembre de 1977; íd.:
«Una lanza presidencialista», Ya, 28 de diciembre de 1977, e íd.: «Balcanización,
no», ABC, 23 de junio de 1978.
60
Como ha señalado Ferrán Gallego, la propia formación de Alianza Popu-
lar reflejaba la existencia de una «zona de ideología común», pues bajo dichas si-
glas políticas concurrieron unidos a las elecciones de 1977 los antiguos enemigos de
1969, Gallego, F.: El mito..., op. cit., p. 14.
61
Medina, I.: «La mediocridad al poder», El Alcázar, 18 de enero de 1978,
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
de Ortega formulaba una amarga enmienda a la totalidad del texto,
desde la utilización del vocablo «nacionalidades», que «arroja por
la borda» la denominación centenaria de la «primera nación que ha
existido, en el sentido moderno de esta palabra», hasta la constitu-
cionalización de derechos sociales, que tachaba de meros «precep-
tos desiderativos», pasando por la «vaguedad y el utopismo» de su
articulado, carente de la necesaria ambición por innovar institucio-
nalmente. Con todo, el énfasis principal se dirigía contra su «dese
quilibrio parlamentarista», en opinión de Marías un modelo de or-
ganización anticuado que había propiciado la ascensión fascista del
periodo de entreguerras, y frente al cual planteaba igualmente la
opción de una monarquía arbitral, investida de prestigio social y
dotada de los recursos legales necesarios para «velar por la Cons-
titución [...] frente a todo intento de quebrantarla, desde el Go-
bierno, desde un parlamento que pretenda ser convención, desde
cualquier forma de subversión», recursos entre los que destacaba la
jefatura de las Fuerzas Armadas, paradójicamente excluidas del lis-
tado de posibles amenazas 62.
Resultaría difícil exagerar la importancia del posicionamiento
de Marías, por su condición de senador real y máximo represen-
tante de la tradición intelectual liberal en aquellos momentos, pero
ante todo porque algunos ponentes constitucionales reconocieron
que sus artículos habían ejercido una notable influencia en la UCD,
cuyos dirigentes iniciaron desde su publicación un efectivo acerca-
miento a los postulados defendidos por Alianza Popular 63. No obs-
tante, esta segunda línea en absoluto se limitaba al filósofo orte-
guiano. A modo de ejemplo, apenas unas semanas después de la
aparición del último opúsculo de Fueyo en El Alcázar, el Centro
de Estudios Constitucionales convocaba unas jornadas de debate
para discutir el anteproyecto, y en las actas resultantes las constan-
tes llamadas a la supresión del término «nacionalidades» y al man-
tenimiento de prerrogativas en manos del monarca, generalmente a
cargo de autores del «liberalismo de cátedra» cercano al gobierno
«Resulta que Julián Marías ha dado plenamente la razón a Jesús Fueyo, en su siste-
mática e irreprimible demolición intelectual y política del artilugio constitucional».
62
Marías, J.: «La función social de reinar», «La gran renuncia», «Nación y
“nacionalidades”» y «El equilibrio de los poderes», en España en nuestras manos,
Madrid, Espasa-Calpe, 1978, pp. 123-249.
63
Fraga, M.: «La Constitución de 1978 a vista de ponente», Documentación
Administrativa, 180 (1978), p. 11.
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
centrista 64, eran un claro síntoma de que la cultura del persona-
lismo político y el liderazgo carismático, el adanismo institucional
y el nacionalismo unitarista continuaba muy arraigada en el ámbito
de la creación de opinión, por más que la redacción definitiva de la
Carta Magna finalmente aprobada en referéndum redujera efectiva-
mente al mínimo la potestad política de la monarquía.
En otro orden de cosas, donde los textos de Fueyo debieron
gozar de amplia recepción fue sin duda entre los sectores milita-
res que contemplaban la posibilidad de forzar una rectificación au-
toritaria del proceso democratizador. De hecho, el discurso cons-
truido por el autor falangista vino a proporcionar una parte de
la cobertura jurídica y doctrinal invocada con posterioridad por
el golpismo, al menos en la vertiente que propugnaba la «solu-
ción Armada». A este respecto, no sólo su predicción acerca de la
«desintegración nuclear de la democracia» era citada en El Alcázar
como lógico desenlace a la situación política en los días previos a
la asonada militar 65, sino que los artículos aparecidos en ese mismo
diario bajo la enigmática rúbrica de «Almendros», unánimemente
señalados como preludio del 23-F, retomaban en buena medida sus
argumentos. Así, los supuestos previstos por Fueyo para la activa-
ción de los mecanismos de defensa constitucional parecían guiar el
artículo titulado «La hora de las otras instituciones», pues se jus-
tificaba en la parálisis política —provocada por el aislamiento de
Suárez y la dificultad del desarrollo autonómico— y la falta de se-
guridad y orden públicos —fruto del terrorismo de ETA y la crisis
económica— la llamada a la intervención del monarca y las Fuer-
zas Armadas. Por su parte, en «La decisión del mando supremo»
se denunciaba la reducción de los poderes que el jefe del Estado
heredara de las Leyes Fundamentales franquistas, al tiempo que se
consideraba que, ante «unas circunstancias tan excepcionales como
las que vivimos», y dada la libertad de acción que le proporcionaba
su «autoridad moral», se abría en cualquier caso la puerta a «la de-
cisión del Rey» de imponer «una solución correctora del reciente
proceso político» mediante el nombramiento de un gobierno de re-
64
Estudios sobre el proyecto de Constitución, Madrid, Centro de Estudios Cons-
titucionales, 1978, pp. 116 y 500.
65
Medina, I.: «Los ronquidos de un sistema que agoniza», El Alcázar, 1 de fe-
brero de 1981. La cita estaba tomada de Fueyo, J.: La vuelta de los budas, Madrid,
Sala Editorial, 1973, p. 424.
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
generación nacional que diseñara una reforma constitucional, tal y
como realizara en 1958 en Francia el general De Gaulle, un «para-
lelismo [que] en nuestro caso no resulta forzado» 66.
A la vista de tales equivalencias, no es de extrañar que el nombre
de Jesús Fueyo fuera incluido en numerosas ocasiones entre los inte-
grantes de una supuesta «trama civil del golpe» 67, más allá de que su
participación nunca pudiera demostrarse y de que, aun en el caso de
haberse acreditado su concurso como uno de los «autores intelectua-
les», difícilmente al amparo de su tan denostado Estado democrático
de Derecho habrían podido exigírsele responsabilidades penales.
Conclusión
Paradigma del intelectual formado en los organismos del par-
tido y fiel servidor de la dictadura, durante la transición a la demo-
cracia Jesús Fueyo trató de actuar como albacea testamentario de
las Leyes Fundamentales del régimen. En primer lugar, desde el in-
terior de las instituciones franquistas gracias a su condición de pre-
sidente del IEP y consejero nacional del Movimiento, en virtud de
la cual colaboró en la elaboración del recurso de Contrafuero in-
terpuesto contra la Ley para la Reforma Política. Posteriormente,
una vez alcanzado un punto de no retorno en el proceso de de-
mocratización, extramuros del sistema político a través del instru-
mento de presión exterior más característico del periodo, la prensa,
en su caso el diario ultra El Alcázar, desde el que trató de abande-
rar una reforma del borrador constitucional que incluyera una serie
de cláusulas que favoreciesen el tránsito hacia una democracia limi-
tada y situada bajo la permanente tutela del sucesor designado por
el dictador y de su ejército.
Carente de apoyos institucionales, sus propuestas constituyen-
tes —que partían del propio concepto franquista de «constitu-
66
«Análisis político del momento militar», El Alcázar, 17 de diciembre de
1980; «La hora de las otras instituciones», El Alcázar, 22 de enero de 1981, y «La
decisión del Mando Supremo», El Alcázar, 1 de febrero de 1981.
67
A modo de ejemplo, VVAA: Todos al suelo: la conspiración y el golpe, Ma-
drid, Punto Crítico, 1981, pp. 26-27 y 166-167, y Urbano, P.: Con la venia... yo in
dagué el 23-F, Barcelona, Argos Vergara, 1982, p. 48. Una perspectiva general so-
bre el intento de golpe de Estado en Preston, P.: Juan Carlos. El rey de un pueblo,
Barcelona, Mondadori, 2004, pp. 491 y ss.
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Nicolás Sesma Landrin El guardián de la ortodoxia. Jesús Fueyo
ción»— tenían muy pocas opciones de prosperar. No obstante, se-
ría un error pensar que la temprana marginalidad política y la falta
de representación parlamentaria del continuismo conllevaron una
paralela desaparición de la cultura política autoritaria. Sus raíces
se encontraban fuertemente arraigadas en importantes sectores so-
ciales, como pudo comprobarse con motivo de la publicación del
anteproyecto de Constitución, cuyo rechazo frontal propició, a su
vez, un reagrupamiento entre antiguos dirigentes franquistas hasta
entonces considerados rivales, ejemplificado en la sintonía esta-
blecida a partir de ese momento entre Fueyo y Fernández de la
Mora —aunque, no conviene olvidarlo, dicha sintonía se produjo
únicamente tras haber sido desalojados de sus plataformas de po-
der y haber visto defraudadas sus expectativas de protagonismo—.
En palabras de otro conocido personaje político de la época, «es-
tos ideólogos no son, ni mucho menos, intelectuales vulgares, sino
personas muy inteligentes [...] que creen factible una posibilidad
política de perspectivas cada vez más reducidas y consiguen man-
tener, si no la credibilidad de sus teorías, sí al menos el respeto por
sus actitudes y razonamientos» 68.
Con todo, incapaz de adaptarse a las nuevas necesidades del
juego mediático y en ocasiones excluido por continuista de distin-
tos clubs de opinión política 69, Fueyo fue quedando progresiva-
mente aislado del escenario público, situación agudizada por el fra-
caso de un intento de golpe de Estado al que tanto sus artículos
como los de Fernández de la Mora habían servido en buena medida
de sustrato doctrinal. Desde ese momento, ambos compartirían
como principal centro de sociabilidad el último reducto de visibili-
dad institucional de la elite intelectual franquista, la Real Academia
de Ciencias Morales y Políticas.
68
De la Cierva, R.: «¿Y después de Franco, qué?», La Vanguardia Española,
16 de marzo de 1975.
69
ABC, 31 de mayo de 1978.
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DOSSIER
Los intelectuales
en la Transición
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Ayer 81/2011 (1): 83-108 ISSN: 1134-2277
Salir de los márgenes sin
cambiar de ideas. Pensamiento
radical, contracultural y libertario
en la Transición española 1
Jordi Mir García
Universitat Pompeu Fabra, Barcelona
Resumen: Los sectores que pueden ser calificados como contraculturales,
underground, libertarios o radicales no se han incorporado a la historia
de la Transición que se está escribiendo. Se argumenta la necesidad de
hacerlo para poder entender mejor lo ocurrido y valorar las aportacio-
nes realizadas desde estos ámbitos a la transformación de España. Una
contribución a la historia de los intelectuales en esta dirección desde
la perspectiva de la historia de las ideas permite atender a las propues-
tas, reflexiones y consideraciones que se elaboraron con la intención de
participar en el debate público del momento y contribuir a la construc-
ción de una nueva sociedad.
Palabras clave: Transición, intelectuales, movimientos sociales, revis-
tas, ideas.
Abstract: The groups that may be qualified as contracultural, underground,
libertarian or radicals have not been incorporated in the history of
transition that is been written. The need to do it is argued, so as to
have a better understanding of what has happened and to assess the
contributions done from these fields to the transformation of Spain. A
contribution to the history of intellectuals on this direction from the
perspective of the history of ideas allows paying attention to the pro-
posals, thoughts and considerations developed with the aim to partici-
1
Este artículo surge del trabajo realizado en el marco del proyecto de in-
vestigación «Estudio comparativo del origen y evolución de los movimientos so-
ciales en España (1960-1980) y de su impacto institucional en la actualidad»
(Ref. FFI2009-13290) del Ministerio de Ciencia e Innovación.
Recibido: 25-08-2010 Aceptado: 02-12-2010
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Jordi Mir García Salir de los márgenes sin cambiar de ideas
pate in the public debate of the moment and to contribute to the cons
truction of a new society.
Keywords: Transition, intellectuals, social movements, magazines, ideas.
Márgenes y subalternidad
Dos realidades presentes en nuestra sociedad han tenido una
gran incidencia en la manera de historiar y analizar el Franquismo
y la Transición. No habrán sido las únicas pero las consecuencias
de éstas son claramente perceptibles en el conocimiento que hoy
tenemos de estos periodos y, además, tienen mucho que ver con
la historia de los intelectuales. La primera, el estatismo. Estudiado
por Ranahit Guha 2 en el ámbito de la historiografía, pero que po-
dríamos ampliar también a otros territorios. El primar la atención
a la esfera de las instituciones del Estado, a las direcciones de los
partidos políticos, a sus decisiones, discusiones, pactos y desen-
cuentros. Aún más, a sus autoridades. Ésa es la historia por arriba.
Conviene profundizar en ella para conocerla mejor, pero ésa es
sólo una parte. Por sí sola no explica lo que se ha vivido en los úl-
timos cincuenta años de la historia de este país. Ni siquiera se ex-
plica a ella misma. La historia por arriba no se entiende sin la his-
toria por abajo o de los márgenes. Aquella que no entra bien en los
encuadres habituales. Quien sólo se fije en lo que ocurrió en pala-
cio poco podrá entender.
Conviene reconocer que en los últimos años se han empezado
a incorporar algunos actores poco atendidos a la historia del pro-
ceso. Se valora la contribución de los movimientos sociales (obrero,
universitario, feminista...), pero se acostumbra a hacerlo desde una
perspectiva instrumental o sin implicarlos en el relato principal. La
perspectiva instrumental lleva a que se incorporen intentando ex-
plicar cómo se ha producido el proceso hacia la democracia ac-
tual. Se destaca su labor en la crisis del régimen franquista, por
ejemplo. Pero necesitamos conocerlos por ellos mismos, autóno-
mamente, e incorporarlos a una historia inclusiva. Estas páginas
son una propuesta para incorporar ideas y propuestas olvidadas de
la Transición. Se quieren abordar sin la necesidad de explicar un
2
Guha, R.: Las voces de la historia y otros estudios subalternos, Barcelona, Crí-
tica, 2002.
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Jordi Mir García Salir de los márgenes sin cambiar de ideas
proceso superior, ni utilizándolas para ese fin. Se abordan por ellas
mismas e intentando ver la relevancia que tuvieron para la socie-
dad de la que nacieron.
La segunda realidad tiene que ver con el cambio del hábitat in-
telectual y sociopolítico y las diversas consecuencias que comporta.
Concretamente el que se produjo a finales de los años setenta y
principios de los ochenta representado internacionalmente por la
llegada al poder de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Enrique
Vila-Matas, en un prólogo a la novela El país donde nadie muere
de la albanesa Ornela Vorpsi, relata el recuerdo de su interés por
Tirana, la capital de Albania: «Me acuerdo, me acuerdo. Je me
souviens, que diría Perec en aquel libro en el que hablaba de sus re-
cuerdos aparentemente más banales. Había mucha gente de mi ge-
neración que en la revista El Viejo Topo hablaba de Albania y pre-
sentaba a ese país como perfecto ejemplo de una sociedad maoista
ideal. Un solo año antes había mirado el Diccionario Espasa de casa
de mis padres, y en un artículo fechado en 1933 se decía, a pro-
pósito de Tirana, que era una pequeña ciudad agraria con muchas
mezquitas y donde triunfaban las fábricas de jabón. Me quedé algo
sorprendido, pero muy pocos años después me dejarían mucho más
perplejo aquellos disparatados textos en los que el miserable Enver
Hoxa era equiparado con el mejor de los ciudadanos mundiales. Y
cuando al año siguiente, en 1978, la China maoísta rompió con Al-
bania sumiéndola en la miseria ya casi más absoluta, comprendí aún
menos los extraños deseos de la extrema izquierda española» 3. En
El Viejo Topo se hablaba de muchas cosas, pero no será fácil en-
contrar una referencia a Hoxa. Algún pequeño grupo que puede
incluirse bajo la etiqueta de extrema izquierda fue pro-albanés en
la España de la época, pero poco más.
Un par de aportaciones en forma de películas ayudan a pen-
sar sobre las percepciones del pasado, especialmente si las juventu-
des coincidieron con lo que fue el mundo, no sólo España, de los
sesenta y los setenta. Nani Moretti en Caro Diario se enfada con
aquellos que con el paso del tiempo en sus reuniones de amigos re-
cuerdan su juventud y las cosas horribles que decían. Denys Arcand
en Las invasiones bárbaras nos hace tomar consciencia, a partir de
una experiencia ligada a la Revolución Cultural china, de la superfi-
3
Vila-Matas, E.: «Prólogo», en Vorspi, O.: El país donde nadie muere, Barce-
lona, Lumen, 2006, p. 9.
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Jordi Mir García Salir de los márgenes sin cambiar de ideas
cialidad de algunos juicios y comportamientos. La reflexión de Ar-
cand está bien fundamentada, pero de ahí no se sigue que todo lo
que se dijo estuviera fuera de lugar. Menos aún la reconstrucción
sobre el fervor albanés en las páginas de El Viejo Topo. Arcand y
Moretti reclaman las cosas justas que también se decían.
Prueba también del cambio de hábitat es el editorial, a ma-
nera de balance, que ofreció El País con motivo del veinte ani-
versario de lo que conocemos como la caída del Muro de Berlín.
Terminaba así: «La caída del Muro refutó en la práctica el expe-
rimento comunista; pero el mayor error que podría cometerse, y
que estuvo a punto de cometerse hasta la crisis actual, sería consi-
derar que la equivocación radicaba en la búsqueda de justicia so-
cial, no en la monstruosa respuesta que ofreció ese experimento» 4.
A inicios de los ochenta nuevos vientos soplaban. En 1989 la histo-
ria se acababa. En 2009 El País reconoce el cambio de valores que
se produjo y el error que esto comportaba. La justicia social como
aspiración, como objetivo del trabajo cotidiano, perdió presencia.
Cambiaron las ideas, los proyectos, el trabajo intelectual y político.
La crisis económica iniciada en 2007 ha invitado a ciertas reconsi-
deraciones de este tipo que afectan profundamente a la historia del
siglo xx. No sólo a la economía. Se ha recuperado el debate sobre
el keynesianismo, que parecía enterrado. Se ha pasado a denunciar
el dominio del discurso neoliberal y se ha hecho explícita la nece-
sidad de repensar los caminos seguidos y los que tenemos por de-
lante. La revolución conservadora ha incidido en todos los ámbitos
de la vida en sociedad. También afectó al desarrollo de la Transi-
ción y afecta todavía hoy a su interpretación.
Proponer incorporar a la historia que se está escribiendo sobre
la Transición a los sectores que pueden ser calificados con etiquetas
como contraculturales, underground, libertarios o radicales (la subal-
ternidad, también con Guha o con Raimon) tiene que ver con la ne-
cesidad de conocer mejor lo ocurrido y también con la de valorar las
aportaciones realizadas que explican la transformación de este país.
Nada que ver con una hagiografía, hay mucho por cuestionar. Pero
la desatención o el desprestigio hace necesario incidir en algunas de
sus aportaciones. Aquí se busca, a la vez, plantear la necesidad de
4
Editorial, «20 años del fin del Muro», El País, 8 de noviembre de 2009,
<[Link]
piopi_2/Tes>.
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Jordi Mir García Salir de los márgenes sin cambiar de ideas
una contribución a la historia de los intelectuales desde la perspec-
tiva de la historia de las ideas. Atender a propuestas, reflexiones,
consideraciones que se elaboraron con la intención de participar en
el debate público del momento y contribuir a la construcción de una
nueva sociedad. Y pensar también sobre su incidencia.
Sobre proyectos de Transición
La desatención al estudio de estas ideas desde la academia evi-
dencia la poca relevancia que se les otorga para el conocimiento de
nuestra historia. Lo que cuentan son los hechos, lo acontecido, no
lo dicho, lo reflexionado, lo propuesto. Desde la perspectiva de la
historia de las ideas, eso sería muy cuestionable, parece claro, pero
me atrevería a plantear que también desde cualquier otra perspec-
tiva histórica.
Santos Juliá ha cuestionado algunas aproximaciones realizadas a
la Transición. Nos avisa de que hay trampas en las que debemos evi-
tar caer, aquellas que nos alejan del punto de vista del historiador:
«Lo que importa de la Transición desde este punto de vista consiste
en dilucidar cómo fue posible alcanzar un pacto entre gobierno y
oposición y para eso es preciso no darlo por descontado, sino plan-
tearlo como problemático y reconstruir su cronología, datar los mo-
mentos clave del proceso: no erigir un principio explicativo y a par-
tir de ahí organizar los datos, sino al revés: indagar los hechos para
construir una interpretación que tenga en cuenta los sujetos, la toma
de decisiones, los diferentes tiempos del proceso» 5.
Centrándose en ese pacto entre gobierno y oposición, Juliá
plantea estudiar los proyectos que durante la Transición se desa-
rrollaron y los resultados obtenidos. Existen dos, el reformista y el
rupturista. Y la conclusión es la siguiente: «El proyecto de ruptura,
tal como fue formulado en declaraciones conjuntas por los diferen-
tes organismos de la oposición, fue en definitiva el que acabó rea-
lizándose excepto en un punto: no fue la oposición democrática la
que dirigió el proceso a la democracia» 6.
5
Juliá, S.: «En torno a los proyectos de Transición y sus imprevistos resulta-
dos», en Molinero, C. (ed.): La Transición, treinta años después. De la dictadura a la
instauración y consolidación de la democracia, Barcelona, Península, 2006, p. 61.
6
Ibid., pp. 78-79.
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Jordi Mir García Salir de los márgenes sin cambiar de ideas
El proyecto rupturista es presentado por Juliá a partir de una
declaración conjunta que la Junta Democrática y la Plataforma de
Coordinación Democrática presentarán pocas semanas antes de la
muerte del general Francisco Franco. Se propone la construcción
de un sistema democrático pluralista basado en la soberanía popu-
lar. Juliá destaca los objetivos que se anuncian queriendo mostrar
así las características, lo definitorio, de este proyecto de ruptura:
inmediata liberación de presos y detenidos políticos y sindicales
y retorno de los exiliados; eficaz y pleno ejercicio de los derechos
humanos y las libertades políticas; pleno, inmediato y efectivo ejer-
cicio de los derechos y libertades políticas de las distintas naciona-
lidades y regiones del Estado español; y, finalmente, realización de
la ruptura democrática mediante apertura de un periodo constitu-
yente, que conduzca, a través una consulta popular, basada en el
sufragio universal, a una decisión sobre la forma de Estado y de go-
bierno. Juliá concluye que este proyecto de ruptura resultaría gana-
dor pero no sería dirigido por sus promotores. No fue la oposición
democrática la que dirigió el proceso a la democracia.
Cuando Santos Juliá necesita definir en qué consiste un pro-
yecto recurre, de entrada, a señalar de acuerdo con el diccionario
de la Real Academia Española, que un proyecto tiene que ver con
la ejecución de algo. Se necesita un plan, acopio de recursos, actuar
con el objetivo en mente. De lo contrario, nos encontramos con
ideologías, creencias, valores, metas lejanas, pero no un proyecto
de actuación. Juliá insiste en la confusión que lleva a hablar de pro-
yectos en la Transición, por ejemplo en relación con la voluntad de
realizar un «proyecto revolucionario» que supusiera la abolición del
capitalismo. Una declaración de principios o un programa de una
organización política no son un proyecto.
Juliá plantea una distinción de gran utilidad para no confun-
dir entre el decir y el hacer. Cosa siempre conveniente en todos
los aspectos de la vida, y también cuando hablamos de intelectua-
les. Pero no podemos olvidar que los valores, los programas, las
declaraciones, el discurso público de los diferentes agentes impli-
cados, en este caso en la Transición, tienen su papel. Convendría
no olvidar las ideas y los valores para intentar entender algo de lo
que una parte de la sociedad española tenía en la cabeza durante
los años en los que se vivió el final de la dictadura y la construc-
ción de una nueva sociedad. Conviene pensar también qué separa
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Jordi Mir García Salir de los márgenes sin cambiar de ideas
a una idea de un proyecto. ¿Qué hace posible que una idea se con-
vierta en proyecto? Hay ideas que intentaron ser proyectos con ma-
yor o menor éxito. Por ejemplo, la creación de los sindicatos de-
mocráticos estudiantiles en la universidad española de mediados de
los sesenta. Ideas convertidas en proyectos. ¿Proyectos pequeños?
Habría que discutirlo. ¿Proyectos exitosos? Habría que discutirlo.
Josep Fontana, pensando con Walter Benjamin, E. P. Thompson,
Christopher Hill o Ranahit Guha, escribirá sobre la manera de his-
toriar: «Abandonar la linealidad nos ayudará a superar, no sólo el
eurocentrismo, sino también el determinismo. Al proponer las for-
mas de desarrollo económico y social actuales como el punto culmi-
nante del progreso —como el único punto de llegada posible, pese
a sus deficiencias y a su irracionalidad— hemos escogido de entre
todas las posibilidades abiertas a los hombres del pasado tan sólo
aquellas que conducían a este presente y hemos menospreciado las
alternativas que algunos propusieron, o intentaron, sin detenernos a
explorar las posibilidades de futuro que contenían» 7.
La Transición, tal como dice Juliá, no puede ser responsable de
lo que estamos haciendo como sociedad tres décadas después. Del
mismo modo que no puede ser un mito fundacional de la España
actual, tampoco puede ser el origen de todos los males que poda-
mos ver en ella. Plantear una propuesta para contribuir a la reconsi-
deración a la historia de la Transición desde abajo y desde los már-
genes tiene que ver con la voluntad de entender el proceso como
algo mucho más amplio y complejo de lo que se ha considerado.
Sobre ideas, valores y prácticas
No entenderemos el underground, la contracultura, el pensa-
miento libertario o radical que eclosionará a mediados de los años
setenta en España sin tener presente a la juventud de la época, emi-
sora y receptora de este pensamiento. ¿Qué tenía en la cabeza?
¿Qué tipo de sociedad esperaba y empezaba a construir en su co-
tidianidad? Unos cuantos datos nos pueden ayudar a situarnos en
la España de la época. La portada de la revista Cambio 16 del 27
noviembre de 1977 proclama a toda página: «Más progres que na-
7
Fontana, J.: La historia de los hombres: el siglo xx, Barcelona, Crítica, 2002,
p. 193.
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Jordi Mir García Salir de los márgenes sin cambiar de ideas
die». Una agencia de publicidad había decidió realizar una encuesta
entre la juventud de las principales ciudades de nueve países eu
ropeos (Finlandia, Francia, Grecia, Italia, Holanda, Suecia, Alema-
nia Federal, Reino Unido y España). Diferentes institutos dedicados
a estudios sociológicos, en España se había encargado el Instituto
ECO, eran los responsables. Esta empresa multinacional dedicada
a la publicidad a mediados de los setenta está preocupada por con-
seguir llegar a los nuevos consumidores. Quiere descubrir las carac-
terísticas de nueva juventud a la que dicen no conocer. Sus ejecuti-
vos tienen más de treinta años y necesitan conectar con las personas
que se sitúan entre los dieciséis y veinticinco años.
Los resultados en España son llamativos: un 60 por 100 de los en-
cuestados ha abandonado toda práctica religiosa; el 32 por 100 de los
jóvenes cree que es correcto tener relaciones homosexuales, aunque
sólo el 12 por 100 llegaría a ellas; tan sólo un 24 por 100 de jóvenes
de ambos sexos en España opina que el divorcio está mal; un 72 por
100 se iría a la cama con su pareja antes de casarse. Los datos sor-
prenden a la empresa. No es la imagen que tenían de España. Afir-
man que los chicos y las chicas de España son mucho más europeos
de lo que se creía e incluso adoptan actitudes más liberales, avanza-
das o progresistas que los franceses, ingleses o escandinavos.
Estamos en 1977 y los datos mencionados tienen que ver con
una transformación en los valores y los hábitos culturales. Estos
cambios también afectan a cuestiones del ámbito considerado pro-
piamente como político. Deberíamos tener en cuenta un par de
datos que nos muestra la misma encuesta: un 89 por 100 de los
jóvenes es partidario de que los trabajadores tengan derecho a par-
ticipar en la gestión de las empresas y el 68 por 100 piensa que los
bancos deben ser nacionalizados.
Un informe 8 elaborado por la Dirección General de Juventud y
Promoción Sociocultural y presentado en 1981 nos ofrece más in-
formación para completar el retrato general que hemos visto. Este
estudio recoge diferentes encuestas realizadas entre 1977 y 1979.
Preguntados por la forma de gestión de una empresa, en 1977, el
51 por 100 de los jóvenes encuestados se manifestaban a favor de
la autogestión, que la propiedad sea del personal de la misma em-
8
Lorente Arenas, S.: La cultura política de la juventud. Actitudes y comporta
mientos de la juventud española ante el hecho político, Madrid, Ministerio de Cul-
tura, 1981.
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presa y que los representantes elegidos por ellos la lleven. El 35 por
100 estaba por la cogestión, propietarios y trabajadores participan
en la gestión; el 8 por 100 opta por la capitalista, los propietarios
llevan la empresa; y, finalmente, el 4 por 100 opta por la estataliza-
ción, que la propiedad sea del Estado y éste la gestione.
En el mismo informe podemos ver cómo en 1979 se preguntó
directamente por la opinión sobre la propiedad privada. Única-
mente el 9,5 por 100 respondía que debía existir tal y como estaba.
La mayoría, un 27 por 100, se manifestaba a favor de que existiera
sólo para los bienes personales (casa, coche, etcétera) y no para los
bienes de producción (empresas, tierras, etcétera); el 20,6 por 100
decía simplemente que debía desaparecer por completo; el 12,8 por
100 estaba a favor de que se respetase en todo menos en determi-
nadas industrias y sectores claves (compañías eléctricas, banca, et-
cétera); finalmente, el 6,5 por 100 optaba por decir que debía exis-
tir pero con mayor control del Estado. No llegan al 10 por 100 los
jóvenes que mantendrían el statu quo. La inmensa mayoría, en dife-
rentes grados, está a favor del aumento de lo público.
Cuando estudiamos la Transición como un proceso que nos lleva
de la dictadura a la democracia actual, no siempre tenemos presen-
tes las diversas posibilidades que se planteaban en aquel momento
de abandono del régimen franquista. Para muchos, querer la demo-
cracia era querer el medio que haría posibles otras cosas. Por ejem-
plo, la nacionalización de los bancos, que los trabajadores participa-
ran en la gestión de las empresas, o que los estudiantes fueran una
voz fundamental en las universidades. No era suficiente igualarse
con lo que realmente existía en los países de los alrededores, se po-
día y se debía ir más allá. Otra cosa será discutir si eso se concretó
en proyectos viables, pero el fundamento de las ideas estaba ahí.
Estas ideas circulaban. Los años de la Transición vieron la mayor
cantidad de revistas con vocación de incidencia política, social y cul-
tural de la historia reciente de este país. No es casual la coincidencia
en su periodo de vida, ni en un propósito general más o menos com-
partido: Ajoblanco (1974-1979), Star (1974-1980), Zona abierta (1974),
Sistema (1975), Ozono (1975-1979), El Viejo Topo (1976-1982),
Taula de canvi (1976-1980), Negaciones (1976-1978), El cárabo
(1976-1980), Materiales (1977-1978), Teoría y práctica (1976-1978),
Saida (1977-1978), Revista Mensual/Monthly Review (1977-1982), Ar
gumentos (1977-1984), Bicicleta (1977-1982), Transición (1978-1981),
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Leviatán (1978), Mientras tanto (1979), En teoría (1979-1982), La Calle
(1978-1982), Butifarra (1975-1978) Vindicación feminista (1976-1979),
Dones en lluita (1977-1983), Alfalfa (1977-1978), Userda (1977-1980),
El ecologista (1979-1980), La puça i el General (1979-1989), En peu de
Pau (1984-1986)/En pie de paz (1986-2001)...
Antonio Gramsci, en sus cuadernos, escribió que la mayor parte
de los seres humanos son filósofos porque en su operar práctico
está contenida implícitamente una concepción del mundo, una filo-
sofía. Por tanto, la filosofía de una época no es la filosofía de uno
u otro filósofo, de uno u otro grupo de intelectuales, de uno u otro
colectivo de la ciudadanía. La filosofía de una época se encuentra
en la combinación de todos estos elementos 9. No entraremos ahora
en cada una de estas publicaciones, atenderemos a cuatro de ellas
que por algunas de sus características pueden acercarnos a aspec-
tos claves del pensamiento de estos años en la esfera contracultural,
libertaria y radical. El ámbito asignado a este artículo dentro del
dossier. Opto por esta vía de acercamiento porque una buena re-
presentación de los pensadores que allí encontraremos, lectores de
Gramsci o no, compartían esta posición. Estamos en un momento
de obras que responden a inquietudes colectivas y que en muchas
ocasiones también surgen de procesos de creación que van más allá
de las individualidades.
De los tebeos a la contracultura
Los inicios de la revista Star 10 (1974-1980) se encuentran en la fi-
gura de su editor, Juan José Fernández Ribera. El negocio familiar
era una editorial que el padre y el tío habían montado después de la
guerra. Estaba dedicada a libros infantiles, juveniles, de adultos, álbu-
mes y cromos. Fernández, tras algún viaje por Europa y haber visto
dos publicaciones de referencia entre la juventud más inquieta de ini-
cios de los setenta, Actuel en Francia y OZ en el Reino Unido, deci-
dió poner en marcha la revista. En España no había nada parecido.
Gramsci, A.: Cuadernos de la cárcel, vol. 4, México, Era, 1986, pp. 150-151.
9
Sobre Star se puede consultar Fernández, J. J.: Star. La contracultura de
10
los 70, Barcelona, Glénat, 2007, volumen colectivo dedicado a la memoria de la re-
vista. Para el conjunto del cómic underground, Dopico, P.: El cómic underground es
pañol, 1970-1980, Madrid, Cátedra, 2005.
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La revista Star respondía a la actitud decidida de un grupo de
jóvenes que, desde sus formas de expresión cultural, no querían re-
nunciar a decir lo que pensaban. No lo hacían de una forma orga-
nizada, premeditada, exhaustiva. Soltaban sentimientos, principal-
mente de incomprensión, repulsión, alienación, asco en contra del
mundo que les habían construido. Pero también planteaban alter-
nativas, y mostraban cómo podía ser otro mundo en el que los va-
lores dominantes poco tuvieran que ver con los existentes.
La revista se presenta en su primer número con un prólogo y
un contraprólogo. El primer texto, firmado por Albert Estival, em-
pieza diciendo: «No vamos a llenar ningún vacío. Pero sí embelle-
cerlo un poco. Festonear el hueco con rosas y espinas, que pinchen
tanto como nos permitan, que va a ser poco» 11. No llenarían nin-
gún vacío, pero hay un objetivo que no necesariamente estaba a su
alcance en ese momento. Exponen claramente cuál es su intención,
un embellecimiento que se realizaría haciendo un nuevo tebeo.
En la página de al lado, Juan José Fernández Ribera y Javier Ba-
llester (Montesol) presentan una aclaración. Prefieren tener los pies
en el suelo y ver qué está a su alcance: «Revista, ¿qué revista?, his-
torietas, ¿qué historietas?, [...] menos vacile, esto no pretende nada,
pero sí, pretende algo. Algo que nosotros no sabemos aún lo que
será. Lo único que quizás nos lo aclare, son el manojo de comics
que vienen luego» 12. No tienen dinero para poder publicar los có-
mics que aparecen en las mejores revistas europeas (Mad, Charlie,
Actuel, Pilote, Canard Sauvage). No tienen dinero, no pretenden
nada, pero buscan alguna cosa.
Los referentes intelectuales y políticos de la revista Star se sitúan
en los años sesenta, concretamente en las diferentes movilizaciones
por la liberación individual y colectiva que tomaron forma en aque-
lla década especialmente en los Estados Unidos. Esto queda de ma-
nifiesto en la voluntad de la revista de recuperar estas experiencias
desde los primeros números. Consideran que son acontecimientos
fundamentales que es necesario conocer y que no habían tenido su-
ficiente difusión en nuestro país 13. Ahora, en el año 1974, quieren
Estival, A.: « Prólogo», Star, 1 (1974), p. 2.
11
Fernández Ribera, J. J., y Ballester, J.: «Contraprólogo», Star, 1 (1974), p. 3.
12
13
Desde Star también Juan José Fernández y Luis Vigil publicaron la traduc-
ción de Disparos (Barcelona, Producciones editoriales, 1977), un volumen de cien
fotografías realizadas por jóvenes fotógrafos afiliados al Liberation News Service,
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empezar a recuperar el tiempo perdido. En esta labor colaboran,
fundamentalmente, Claudi Montañá, a quien también veremos im-
pulsar Ajoblanco y El Viejo Topo, y Luis Vigil. Para exponer lo que
había ocurrido en España con las primeras experiencias del rock,
los grifotas y los hippies por las proximidades disponen de los tex-
tos elaborados por Pau Malvido 14.
Luis Vigil, vinculado al cómic desde publicaciones como Nueva
Dimensión, que estaba dedicada a la ciencia ficción, en el número 4
empieza a escribir una serie de artículos sobre el cómic de Estados
Unidos. Presenta un autor o una temática que ha sido tratada y, a
continuación, se publica un conjunto de historias relacionadas. Los
autores desde la creación gráfica se enfrentan a diferentes realidades
de su sociedad. El primer articulo, «Comix contra comics» 15, es una
presentación de la transformación vivida en el mundo del cómic, es
la introducción a este mundo. En los Estados Unidos, a principios
de los sesenta, surgían movimientos de contestación, nuevas formas
de vida diferentes al ideal americano. Aparecían nuevas formas cul-
turales asociadas. La industria del cómic debía asumir el desgaste de
los superhéroes. Una publicación esencial para este cambio fue Mad,
creada por Harvey Kurtzman. El gobierno de Estados Unidos no se
limitó a contemplar estos cambios. De la misma manera que se ha-
bía creado el comité de actividades contrarias a los intereses ameri-
canos, en el ámbito del cómic se creó el Código de Censura de la
Industria del Cómic, mediante el cual se quería velar por la defensa
de la pureza del material gráfico que llegaba a los lectores. Sólo las
publicaciones clandestinas se salvaron. Kurtzman decidió saltarse el
Código y su revista se impuso. Vigil destaca una revista y un autor,
Robert Crumb, muy presente en Star, que publicaría el cómic Zap
en el San Francisco de 1968. Una obra dibujada, editada y vendida
por él y su mujer. El cómic se ha convertido en comix.
Después llegarían otros como Shelton, Clay Wilson, Trina,
Moscoso, Spain Rodriguez o Irons. Star hará todo lo posible para
publicarlos, precisamente en un momento en que la situación del
una agencia de noticias fundada en 1968 que atendía especialmente a la prensa un
derground. Es una crónica gráfica de finales de la década de los sesenta e inicios de
los setenta, el tiempo de las flores, los hippies, la contestación a la guerra del Viet-
nam y la lucha por los derechos civiles.
14
Se pueden consultar algunos de sus artículos de la época y otros dedicados a
su memoria en Malvido, P.: Nosotros los malditos, Barcelona, Anagrama, 2004.
15
Vigil, L.: «Comix contra comics», Star, 4 (1974), pp. 26-27.
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comix en Estados Unidos no era la mejor, cuando la industria de
la cultura oficial empezaba a absorber el fenómeno. En esos mo-
mentos, los editores controlaban los derechos y algunos de los di-
bujantes underground desanimados por no haber alcanzado lo que
les impulsará en su labor, abandonaban. Pero en España están em-
pezando a aparecer.
Star acogerá en sus páginas la relación entre el comix y diferen-
tes movilizaciones vividas en Estados Unidos. En el número 7 pre-
sentan cómo, desde sectores underground, politizados y sensibiliza-
dos, surge el movimiento por la defensa del medio ambiente. Comix
y ecología. En el número 8 hablan del antimilitarismo y de las pu-
blicaciones underground que empezaron a aparecer relacionadas
con la guerra del Vietnam. Los soldados expresaban sus opiniones,
se comunicaban, coordinaban actuaciones de contestación. Los co
mix que acompañaban el articulo eran de Ted Richard y su perso-
naje Dopin’ Dan (Dan el drogado) que se enfrentaba al ejército.
De Estados Unidos llegan otros referentes que pasan por la re-
lación entre el activismo social y las manifestaciones culturales,
Claudi Montañá es un buen conocedor de ellos. En la sección que
conducirá, «Mosik», presenta la película de Michael Wadleigh ro-
dada en el festival de Woodstock 16. Lo hace en el cuarto número.
Nos habla del director y explica su actividad en el cine indepen-
diente con No vietnamese ever called me Níger, película dedicada al
vínculo entre las condiciones de vida de la población negra en los
Estados Unidos y la guerra del Vietnam. También se refiere a va-
rios cortos realizados para la televisión (Anatomía de una manifesta
ción por la paz, El problema racial en los campos, LSD o Los pobres
pagan más). Wadleigh inició el proyecto de la película de Woods-
tock sin tener la distribución asegurada, fue la Warner Bross quien
después la compró. Montañá insiste que en los últimos veinte años
todo lo joven es negocio. A pesar de eso, en España, esta película
se verá cuatro años después del estreno en medio mundo, y muti-
lada. Para él, los más de cinco años transcurridos desde el festival,
y cuatro desde el estreno, es demasiado tiempo. Son muchos años
de desilusión, pero no está todo perdido.
Claudi Montañá conecta con los sueños de una generación, que
también son los suyos. En el número 10, dedica la sección a Timo-
16
Montañá, C.: «Por un cine lúdico Woodstock», Star, 4 (1974), p. 7.
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thy Leary. Se ha convertido en un referente para muchos jóvenes,
pero no le quiere otorgar más importancia. Todo lo que se ha gene-
rado se fundamenta en más que un nombre. Leary tal vez fue una
chispa providencial, pero no más. Chispa que, por ejemplo, ayudó
a encender lo que sería la música denominada acid-rock. Timothy
Leary también será un referente para el mundo de la revista Star. Él
es el iniciador de la revolución neuronal, fundamentada en la utili-
zación de determinadas drogas. Otra revolución que entienden po-
dría cambiar el mundo.
Producciones Editoriales, la editora de la revista Star, en 1975
puso en marcha una colección de libros, Star-books. En el título 5
de esta colección publicarían El libro tibetano de los muertos y, más
adelante, Confesiones de un adicto a la esperanza del propio Leary.
Entre los primeros títulos publicados también encontramos: En la
carretera de Jack Kerouac, Las confesiones de un comedor de opio in
glés de Thomas Quincey, Tarántula de Bob Dylan, Aullido de Alan
Ginsberg o Walden o la vida en los bosques de Thoreau. Jaime Ro-
sal, el director, juntamente con Juan José Fernández, de la colec-
ción, a partir del número 16 de Star inicia una sección denominada
«Los padres del cordero», en la que durante unas semanas fueron
presentando estas figuras del mundo literario contracultural.
El alma política de la revista queda tocada en 1977. Podemos
poner como referencia el número 26. Hay que decir que no fue el
último, la revista continuó publicándose hasta el número 57. Con
todo, las expectativas habían desaparecido. La Transición avanzaba
por un camino que no era el deseado. En la portada del número 26
encontramos una clara declaración: «Contra todo y contra todos».
Letras azules sobre fondo rojo y una fotografía de dos mujeres y
un hombre apuntando y disparando contra todo aquello que está
fuera de la revista. Este número coincide con el tercer aniversario
de la aparición de Star. Nos encontramos en el año 1977, ya avan-
zado, y los promotores de la revista explican que la ilusión con la
que se inició el proyecto ha desaparecido. Han sufrido la censura:
expedientes y multas por los números 6 y 7. El número trece, se-
cuestrado. Y un golpe casi definitivo para el número 15: expediente
y un año sin poder publicar. Volver a empezar no es fácil, pero el
número 16 llega a los quioscos en junio de 1976. A pesar de que
han perdido buena parte de sus expectativas, es un momento en el
que se añade nueva gente al proyecto. Debería haber nuevos espa-
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cios de libertad, pero el número 24 volverá a ser secuestrado. Du-
rante los tres años de vida de la revista han aparecido diferentes
publicaciones en los quioscos a las que se podrían considerarse cer-
canos, como Vibraciones, Ajoblanco, Ozono, Rock Comix, Vindica
ción, Underguía y El Viejo Topo, pero dicen sentirse cada vez más
alejados de ellas en ideología, contenidos y trayectoria. Star ya no
puede ofrecer ilusiones, ni utopías por las que luchar.
Star contribuyó decisivamente a la introducción y a la difusión de
lo que había ocurrido y se quería recuperar y reivindicar. Ahí está su
origen y, en buena medida, su razón de ser durante la etapa en la que
aspira a la transformación de una España que muy poco tiene que
ver con las inquietudes de aquellos que hacen y leen la revista.
Cultura y política
El primer número de Ajoblanco 17 (1974-1979 en su primera
época) aparece con fecha de octubre de 1974. Su editorial se pre-
senta con una pregunta: «¿Por qué esta nueva revista?». A conti-
nuación un conjunto de motivos. Se habla constantemente de la ne-
cesidad de una nueva cultura hecha por gente nueva, gente joven
que está harta de lo que hay. Han escuchado un grito que marca
sus pasos: «¡Despertad jóvenes de la nueva era! ¡Desplegad vues-
tras inteligencias contra los mercenarios ignorantes! Pues llenos es-
tán los campamentos, los tribunales y las universidades de merce-
narios que si pudieran prolongarían para siempre la lucha de los
cuerpos y arruinarían la lucha de la inteligencia» 18. Estamos en un
período marcado por la necesidad de poder expresar las propias
posiciones. Es una cuestión vital. Pepe Ribas, uno de los impulso-
res de la revista, firma «Manifiesto de un visionario» 19. Pide que los
intereses económicos no puedan continuar moviendo la evolución
del mundo. Plantea que, ante la posibilidad de que la escasez que
ha afectado el planeta se resuelva mediante la buena aplicación de
la tecnología, estamos en el umbral de un nuevo tiempo. Un nuevo
tiempo para el que hemos de olvidar Estado, patria, órdenes, parti-
17
Para conocer el testimonio de una de sus almas se puede consultar Ribas, J.:
Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad, Barcelona, RBA, 2007.
18
Editorial, «Por qué esta nueva revista», Ajoblanco, 1 (1974), p. 3.
19
Ribas, P.: «Manifiesto de un visionario», Ajoblanco, 2 (1974), p. 21.
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dos, poder, jerarquía, dinero, miedo, temor, fuerzas, armas, ejérci-
tos, guerras, juicios, represalias...
En sus orígenes, Ajoblanco es la libre expresión de determina-
dos sectores de la juventud que necesitan crear su nuevo mundo
y hacerlo a su manera, lejos de los caminos marcados por aque-
llos que les han precedido y han configurado una sociedad que los
ahoga. Buscan nuevas formas de expresión, de relación, de organi-
zación política. En los márgenes han encontrado el espacio para ex-
presarse, comunicarse y empezar a construir lo que puede ser una
alternativa a la sociedad que conocen. Ajoblanco unirá el grito crea-
tivo, con la contracultura y después iniciará un debate para acabar
con ella y pasar a una cultura libertaria.
En el numero 18 (enero de 1977) una pregunta llena la por-
tada: «¿La muerte de la contracultura?». Es una concesión, al con-
denado a muerte, el objetivo es dictar la sentencia que ha sido
acordada hace meses. El grupo que impulsa la revista entiende
que el término «contracultura» ya no les sirve. Bajo ese nombre
«se coló mucho pijismo». Quieren que una revista que parecía
ser sólo contracultural, tal vez resulte ser algo más. Se detecta el
riesgo de quedar encerrados en una moda. Fernando Savater 20 ex-
pondrá con total rotundidad: «LA CONTRACULTURA ES UN
TEMA TAN IRRELEVANTE, FICTICIO Y NIMIO QUE NI
RESISTE NI MERECE DISCUSIÓN DE NINGUNA CLASE.
Punto. Amén». Está harto de que le convoquen, de que requieran
su colaboración para toda mesa redonda, simposio o número es-
pecial de revista dedicado a la contracultura. Él afirma tener unos
gustos culturales que no pueden ser más conservadores. Dice no
entender de dónde viene la confusión, cómo alguien le ha mez-
clado con la contracultura a él que es una persona decididamente
de cultura. A él que no se cansa de repetir que «la contracultura
no es más que un invento de snobs americanizantes, incapaces de
aceptar el reto de esfuerzo y dolor que plantea el verdadero pensa-
miento; que no es un movimiento espiritual o intelectual, sino un
stand en la sección de juguetería del supermercado cultural; que,
en el dos por ciento que tiene de valioso e interesante, es cultura
tan cultura como cualquier otra cultura que en el mundo ha sido y
que el resto... el resto es silencio».
20
Savater, F.: «Sobre la contracultura, la incultura y todo lo que lleva sepul-
tura», Ajoblanco, 18 (1977), p. 22.
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Al lado de Savater, un texto de Luis Racionero 21, impulsor de la
revista y, de retorno de California, difusor de lo que allí había en-
contrado, ofrece otra mirada. La suya es una reflexión con perspec-
tiva histórica que permite la evolución de la contracultura y valorar
lo aportado. Entre la estrategia de cambiar la sociedad por la rup-
tura política o por la revolución cultural, la contracultura era un in-
tento que seguía la segunda vía. Política y cultura van unidas. Por
eso ahora, cuando los auténticos hippies han muerto, justo es ren-
dirles el tributo de admiración que su descabellado intento mere-
ció. La canción de Pete Seeger, Where have all the flowers gone, da
título a su reflexión. La contracultura para Racionero era el encuen-
tro que se había producido en los sesenta de un conjunto de fuerzas
que emergían del underground, la música rock, las drogas psicodé-
licas, las comunas, la filosofía oriental y hermética. Una revolución
cultural parecía desarrollarse con la fuerza suficiente para produ-
cir el cambio social. Entiende, no obstante, que no pudo ser. El lla-
mado sistema ha engullido las propuestas. El rock se ha comercia-
lizado, las drogas psicodélicas se han mezclado con otras y actúan
contra sus usuarios, las comunas en el mejor de los casos han que-
dado como enclaves bucólicos y las filosofías oriental y herméticas
se han banalizado. No obstante, Racionero piensa que el potencial
de estas nuevas formas culturales se mantiene, la contracultura ha
legado ideas transformadoras que no pueden ser desechadas. Ayu-
darán a renunciar a la sociedad de consumo, al autoritarismo y la
burocratización. De la contracultura emergen ideas para una vida
comunitaria cooperativa y descentralizada.
Pepe Ribas, con gran contundencia, escribía sobre el estúpido
simplismo tan característico de los yankis 22. Y califica de «pseudo-
intelectuales cibernéticos» a Wright Mills, Herbert Marcuse, Paul
Goodmanm, Alan Watts, Thimothy Leary, Jerry Rubin, los Ro-
lling Stones, Velvet Underground, Jimmy Hendrix, Janis Joplin,
Bob Dylan, Joan Baez o The Beatles. Ribas, a continuación, esta-
blecerá el paso de la contracultura al anarquismo. Ante la caída de
los contraculturales en la respuesta narcisista, en la revolución in-
dividual, está el anarquismo que, sólo para aquellos que no quie-
21
Racionero, L.: «Where have all the flowers gone? (Pete Seeger)», Ajoblanco,
18 (1977), p. 23.
22
Ribas, P.: «Apuntes para salir del laberinto», Ajoblanco, 18 (1977),
pp. 27-32.
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ren o no pueden comprenderlo, es individual. Las largas citas de
Bakunin, pero también las de Durruti, Nietzsche, Malatesta, Santi
Soler, Peirats y Eduardo Subirats adornarán su texto. La evolu-
ción que retrata como colectiva también es la personal: «Yo no soy
americano, pero cuando cumplí veinte años y compré ese libro edi-
tado por Kairós, El Nacimiento de la Contracultura 23, recuerdo que
a ritmo de Beatles o blues americanos lo consumí en dos o tres no-
ches con gran entusiasmo. Poco a poco me fueron llegando viven-
cias o informaciones mientras mi pelo crecía y la repulsa contra la
cultura progre oficialista (entonces llamada en Barcelona Gauche
Divine), o la impotencia y burocratización de los PC’S en la Uni-
versidad me hicieron reaccionar de forma arrollante en contra de
esa cultura». Al escribir esto piensa que su reacción fue simplista y
equivocada. Curiosamente, la cultura progre oficialista a la que se
refiere Ribas, contra la que reaccionaba desde su contraculturalidad
fue la que proporcionó uno de los primeros espacios donde se ha-
bló de underground 24 y contracultura: la revista Boccacio. Allí se pu-
blicaron, por ejemplo, entrevistas y reportajes de María José Ragué,
quien había estado con Racionero en California.
En el mismo número, una conversación con Agustín García
Calvo, exiliado en París, permite destacar el valor de la acracia:
«Me opongo a pertenecer a cualquier movimiento de encuadre ya
que el convertirse en miembro te induce a aceptar la ideología del
grupo como una doctrina final y única, y esto limita tus posibilida-
des de acceso hacia nuevas ideologías. No, no me veo como miem-
bro de ningún movimiento. De todos modos, y pese a mis prejui-
cios teóricos, no dejo de reconocer la mayor capacidad de escucha
que tienen los movimientos de tipo anarquista frente a las intransi-
gentes posturas de los partidos» 25.
De la contracultura pasaremos a la acracia. Ajoblanco será una
publicación con especial atención al crecimiento del anarquismo en
España. En sus páginas encontraremos una acracia que se mezcla
con el naturismo, el budismo o el pasotismo. Las propuestas que
encontraremos no serán demasiado diferentes de las que se podían
23
Pepe Ribas hace referencia al libro de Theodore Roszack.
24
Para un recorrido por la época, Nazario: Los años 70 vistos por Nazario y sus
amigos, Castellón, Ellago Ediciones, 2004.
25
Beneto, M.: «Agustín García Calvo: como el plumaje de los pájaros», Ajo
blanco, 18 (1977), pp. 13-14.
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elaborar desde las posiciones contraculturales, pero la teorización
se impone. Ajoblanco destaca por el paso que planteará desde la
contracultura a las culturas libertarias y radicales, desde lo que nos
llegó de fuera, principalmente de Estados Unidos, a lo que se in-
tentaba realizar aquí. Es un lugar donde ver cómo emergen nuevas
maneras de ser, hacer y vivir que poca relación tenían con lo acon-
tecido hasta entonces. La vida cotidiana quiere cambiar, las relacio-
nes humanas, la relación con la naturaleza, con la tierra, la produc-
ción, las energías... Todo está por crear o transformar.
Revoluciones de papel
El Viejo Topo 26 (1976-1982 en su primera época) había solici-
tado su inscripción como revista cultural ya en 1974, momento de
la aparición de Star y Ajoblanco, sin ser aceptada. Se les había res-
pondido entonces que una revista podía tratar temas relacionados
con las artes plásticas, con la música y, siendo muy generosos, con
la literatura, pero que la filosofía y la sociología eran otra cosa. El
Viejo Topo quería ser una revista política, de intervención política,
en la acepción más amplia que pudiera tener el término. En ese mo-
mento casi todo era político. Ofrecía propuestas rupturistas desde
diferentes ámbitos y tendencias.
Tres características permiten destacarla. Primera, El Viejo Topo
no fue una revista de grupo, como fue el caso de Star o Ajoblanco,
tampoco respondía a las directrices de una organización política, ni
hubo un consejo de redacción que actuara como tal. Resultó un es-
pacio de encuentro suficientemente abierto. Una revista de ideas e
iniciativas para la nueva sociedad en construcción y en ella conflu-
yeron personas de la izquierda de la izquierda, principalmente, que
en esos momentos no estaban juntas en otros lugares. Éste es un as-
pecto esencial del proyecto. Las personas que allí se encontraron,
pese a pertenecer a diversas tradiciones, coincidían en el propósito
de acabar con una sociedad y empezar a construir una de nueva.
Segunda, la difusión que logró la revista. La difusión nos señala
la aceptación que podían tener los contenidos que transmitía. Po-
26
Para una aproximación, Mir, J. (ed.): «El Viejo topo» treinta años después.
Cuando la participación es la fuerza, Barcelona, Ediciones de Intervención Cultu-
ral, 2006.
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demos tomar como referencia los datos de la Oficina de la Justifica-
ción de la Difusión (OJD) que controlará la revista durante un año
y medio, entre mayo de 1977 y octubre de 1978. En este tiempo,
los ejemplares de difusión han ido aumentando, con algún altibajo,
para pasar de 20.386 a 25.768 mensuales. La media es de 23.900
ejemplares vendidos de cada número. En su momento álgido lle-
gará a publicar 50.000 ejemplares, pero será poco tiempo. Ajo
blanco se moverá en cifras parecidas.
Tercera característica, en relación con las dos anteriores: la co-
rrelación existente entre lo que estaba ocurriendo en una parte
de la sociedad española y lo que aparece en sus páginas. El Viejo
Topo no permite seguir el día a día de la España de 1976 a 1982.
No es una revista de actualidad. No nos enteraremos de la nego-
ciación de la Constitución, por ejemplo. Tampoco es una revista
teórica especializada, de grupo, que nos permita seguir con detalle
la introducción de determinados conceptos y planteamientos. Fun-
ciona, no obstante, a modo de termómetro para conocer el grado
de la movilización de la ciudadanía, de su participación. Las pági-
nas de El Viejo Topo nos muestran, entre otras cosas, la eferves-
cencia que existió durante 1976 y 1977 y cómo fue descendiendo
durante el 1978. A partir de 1980 se inicia otro periodo de creci-
miento con las movilizaciones antinucleares y antimilitaristas. No
existe desajuste entre lo que se expresa en la revista y lo que cir-
cula en la sociedad radical movilizada.
En la historia de la primera época de la revista hay dos periodos
claros. El primero va de la aparición en 1976 hasta 1978. Son los
meses de la efervescencia, del todo es posible. Encontraremos apor-
taciones vinculadas a la izquierda de la izquierda, al movimiento fe-
minista y al homosexual, a los colectivos que denuncian los instru-
mentos de control social como pueden ser la cárcel o la psiquiatría,
al cine, al teatro, a la literatura... Propuestas para el aquí y el ahora,
reflexiones sobre un pasado que sirve de referente o consideracio-
nes a partir de la situación internacional. El todo es posible flota en
el ambiente, se está haciendo política desde muchos lugares.
El segundo momento iría de 1978 hasta 1982. La ruptura ya
no es posible, aparecen nuevas problemáticas, se reconsideran los
idearios y, a partir de los años ochenta, empiezan a emerger nue-
vas contestaciones centradas en el ámbito ecologista y antimilita-
rista. En la revista, estas movilizaciones no tendrán la presencia que
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tuvieron los posicionamientos rupturistas durante 1976 y 1977. Su
implantación en la sociedad no tiene el mismo alcance y la revista
también ha cambiado. No obstante vuelven a emerger las activida-
des, en este caso nuevas iniciativas, del topo viejo en su lenta y mi-
nuciosa tarea. Es el momento del inicio de las movilizaciones anti-
nucleares y contra la OTAN, en Europa y también en España.
El final de la Transición y el inicio de otras cosas
El Viejo Topo, después de diferentes crisis, desaparece en
1982 27, fecha significativa para la Transición. Ajoblanco y Star lo
habían hecho con anterioridad. Su momento ha pasado. Es tiempo
para nuevos espacios, menos multitudinarios, menos generaciona-
les. El final de El Viejo Topo nos muestra lo que está emergiendo,
aunque sin la fuerza de los procesos anteriores. En 1979 surgirá la
revista Mientras tanto, vinculada a Manuel Sacristán, con una clara
declaración en su primer número a modo de carta de la redacción,
que está formada por Giulia Adinolfi, Rafael Argullol, María-José
Aubet, Miguel Candel, Antoni Domènech, Paco Fernández Buey,
Ramón Garrabou y el mismo Sacristán. Podemos leer: «La tarea
se puede ver de varios modos, según el lugar desde el cual se em-
prenda: consiste, por ejemplo, en conseguir que los movimientos
ecologistas, que se cuentan entre los portadores de la ciencia au-
tocrítica de este fin de siglo, se doten de capacidad política revo-
lucionaria; consiste también, por poner otro ejemplo, en que los
movimientos feministas, llegando a la principal consecuencia de
la dimensión humana de su contenido, decidan fundir su poten-
cia emancipadora con la de las demás fuerzas de libertad; o con-
siste en que las organizaciones revolucionarias clásicas comprendan
que su capacidad de trabajar por una humanidad justa y libre tiene
que depurarse y confirmarse a través de la autocrítica del viejo co-
nocimiento social que informó su nacimiento, pero no para renun-
ciar a su inspiración revolucionaria, perdiéndose en el triste ejército
socialdemócrata precisamente cuando éste, consumado su servicio
restaurador del capitalismo tras la segunda guerra mundial, está en
vísperas de la desbandada; sino para reconocer que ellos mismos,
27
La revista reaparecería en una segunda época a finales de 1993. Actualmente
continúa editándose.
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los que viven por sus manos, han estado demasiado deslumbrados
por los ricos, por los descreadores de la Tierra» 28.
A Sacristán, los movimientos sociales que están emergiendo
desde los márgenes en esos años, que también podremos ver en El
Viejo Topo y Ajoblanco, le interesan por lo que dicen y por cómo lo
dicen. Los partidos políticos y los sindicatos, las vías clásicas para
la participación política no vehiculan estos planteamientos, no refle-
jan estas realidades. Hay que encontrar otros caminos que permitan
la plasmación de otras maneras de pensar, decir y hacer. La suya, la
de la revista, es una voz alternativa y crítica. Cuestionó la construc-
ción de la democracia que se estaba realizando, su desarrollo. En
algunos de sus artículos 29, publicados en la revista desde 1979 hasta
1985, el año de su muerte, podemos encontrar relevantes conside-
raciones referidas a la Transición.
Presenta la Transición como una esperanza de cambio social
que ha entrado en crisis, y ha generado desencanto. Del mismo
modo que lo han generado otras esperanzas en varias izquierdas
europeas y norteamericanas en esos años. Hay correlación. No se
trata de realidades autónomas, existen elementos en común. Señala
como probable raíz del desencanto un cierto realismo. La acepta-
ción de una realidad dada, la aceptación de la lógica del sistema,
el conformismo. El PSOE y el PCE hicieron suyo un sistema so-
cioeconómico, fueron cómplices. No trabajaron por otras opciones.
Ante la crisis económica de finales de los setenta e inicios de los
ochenta, la base obrera de estos partidos y todos aquellos que espe-
raban propuestas desde la izquierda quedaron abandonados. Este
realismo político, la aceptación de lo existente, se manifestó tam-
bién en todo lo referente a la OTAN, el armamento nuclear y la ca-
rrera armamentística.
Habla de un proceso de transición hacia la democracia prepa-
rado y escenificado por las clases dominantes. La política tradicio-
nal se desvincula de los ciudadanos y aún actúa de manera más per-
niciosa, favorece su intoxicación moral. Trabaja para condicionar
sus actuaciones, sus valores. No favorece su capacitación para po-
der actuar libremente. No está en cuestión el sistema socioeconó-
Carta de la Redacción, Mientras Tanto, 1 (1979), p. 7.
28
Pueden leerse en la revista y en la edición que se hizo de sus obras, princi-
29
palmente en el volumen de Sacristán, M.: Pacifismo, ecología y política alternativa,
Barcelona, Icaria, 1987.
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mico, como tampoco la OTAN. Entiende que la Transición, entre
otras cosas, consistió en delimitar desde arriba. Ante las manifesta-
ciones de fuerza de la ciudadanía, después de la muerte del dictador,
se decidió que era necesario cambiar desde arriba para que no lo hi-
cieran desde abajo. Pero, claro, habría importantes restricciones que
se irían consolidando. Algunos las favorecieron, era lo que querían;
otros las aceptaron, era lo mejor en ese momento; hay quien se re-
signó, qué se iba a hacer. Manuel Sacristán, entre otros, se opuso.
Para empezar a salir de este basurero letal, propuso llamar a
las cosas por su nombre: fuerzas productivas, relaciones de pro-
ducción, clases sociales, explotación, capitalismo. Para continuar,
cambiar la concepción de la política: dejar de entender la política
como una tarea parlamentaria e institucional conforme al sistema
y prestar mucho más interés a la sociedad, a las poblaciones, a las
auténticas necesidades de las clases trabajadoras, a los movimien-
tos sociales. Trabajar por una autenticidad democrática. A finales
de 1976, preguntado por la experiencia del Sindicato Democrático
de Estudiantes de la Universidad de Barcelona, recordaba: «Aque-
llo fue una combinación de democracia directa con sistemas de re-
presentación eficaces que, dentro de la problematicidad de todas
esas complicadas cosas, resultó admirable. De verdad el delegado
era una persona que decía lo que su asamblea había dicho y res-
pondía ante ella poco después. Aquello fue de una calidad política
que no he vuelto a ver nunca» 30.
Manuel Sacristán y las gentes de Mientras tanto, en unos años
dominados por la inmediatez de la política cotidiana, plantean ideas
alternativas que buscaban la consecución de otras realidades socio-
políticas a las establecidas. Se dedican a la construcción teórica,
con una clara proyección política, de un pensamiento que incorpo-
rará al movimiento comunista nuevos problemas como la situación
medioambiental, el militarismo o la proliferación nuclear. Sus plan-
teamientos se iniciaron ante importantes reticencias, incluso entre
los cercanos, y han llegado hasta hoy con una significativa acepta-
ción. Los podemos encontrar dentro del movimiento estudiantil,
antinuclear, pacifista, ecologista, feminista o en el movimiento de
movimientos que es el altermundismo.
30
«Entrevista con Escuela 75», en Sacristán, M.: Intervenciones políticas. Pan
fletos y Materiales, III, Barcelona, Icaria, 1985, p. 265.
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Después de la lluvia
La contracultura, el underground, las culturas libertarias y las ra-
dicales ofrecieron a la Transición española más de lo que se les ha
reconocido. Puede que no hubiera un proyecto triunfante surgido
de estos ámbitos, pero es necesario pensar en su capacidad de in-
fluencia, de incidencia. Siempre es difícil hacer estudios de impacto,
en todos los ámbitos. Pero en el que nos movemos lo es especial-
mente. Cuatro apuntes finales, entre la conclusión y la invitación a
la reflexión. Primero, ante todo, la gran diversidad de lo puede ca-
ber en este cajón. La necesidad de distinguir y precisar que ya habrá
quedado constatada con las presentaciones de las cuatro revistas.
Segundo, el pensamiento elaborado desde estos espacios es fun-
damental para la creación y la difusión de las nuevas maneras de
pensar, actuar y vivir. Las revistas se alimentan de lo que hay y pro-
mueven lo que aparecerá. Sus páginas serán altavoces de actitudes,
propuestas e iniciativas, no admitidas en otros lugares. Podemos
comprobar cómo, en los estudios que están surgiendo en los últi-
mos años sobre determinados movimientos sociales, se recurre a ar-
tículos, y otros materiales, publicados ahí 31. Conviene pensar en el
desarrollo y la implantación de las ideas pacifistas, antimilitaristas,
ecologistas o feministas en una sociedad que estaba lejos de com-
partir esos principios. Conviene pensar, también, en el papel que
desempeñaron para que pudiera emerger públicamente un movi-
miento como el homosexual. El paso de los grupos de afinidad a
los frentes de liberación, también en España, no se puede entender
sin el impulso dado y los espacios generados. Es imprescindible va-
lorar, en el doble sentido de determinar y reconocer, su protago-
nismo en la transformación de este país.
Tercero, su contribución a la revolución cultural. ¿Qué pasaría
si lo importante no fuera el derrocamiento del capitalismo sino la
destrucción de los modelos tradicionales de las relaciones existen-
tes entre las personas y el comportamiento individual en la socie-
31
Tres ejemplos: Larumbe, M.: Las que dijeron no. Palabra y acción del femi
nismo en la Transición, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2005; López
Romo, R.: Del gueto a la calle. El movimiento gay y lesbiano en el País Vasco y Nava
rra, 1975-1983, Donostia-San Sebastián, Gakoa, 2008, y Prat, E.: Moviéndose por la
paz. De Pax Christi a las movilizaciones contra la guerra, Barcelona, Hacer, 2006.
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dad de la época? Ésta es la pregunta que se hacia Eric Hobsbawm
en 2002 32 al volver sobre un análisis escrito en 1969 33. La nueva
pregunta es muy pertinente, permite dejar de fijarse en lo que tal
vez no consiguieron y atender a lo que sí se produjo. Conviene juz-
garles por lo que dijeron querer aportar y no hicieron, pero es mo-
mento de trabajar en lo que contribuyeron a dejar. En 1969, Hobs-
bawm escribía: «Cuando los franceses fueron a la huelga general en
mayo de 1968, los sucesos del teatro del Odeón y las maravillosas
inscripciones murales («Está prohibido prohibir», «Cuando hago la
revolución siento como si hiciera el amor» y otras) podían conside-
rarse como formas menores de literatura y teatro, marginales res-
pecto a la corriente principal de los hechos. Cuanto más visibles
son tales fenómenos, más seguridad podemos tener de que no su-
ceden los hechos realmente decisivos. Épater a la burguesía es, por
desgracia, más fácil que derrocarla» 34. Ni el capitalismo ni la bur-
guesía cayeron. Muchas de las páginas que se escribieron e ilustra-
ron en Star, Ajoblanco o El Viejo Topo eran inscripciones mura-
les. Pero también muchas cosas empezaron a cambiar, aunque tal
vez no fueran las que se decía querer transformar. La efervescencia
surge de una reacción, está llena de gas pero algo queda. Vuelve a
ser fundamental precisar y distinguir. Atender, por ejemplo, a la no
voluntariedad de determinadas posiciones under, contraculturales,
ácratas o radicales que podían responder a la falta de posibilidades
más que a una voluntad claramente asumida. Valorar el hecho de
que el franquismo pudiera considerarse superado, que la estructura
del Estado no fuera un objetivo.
Cuarto apunte. En estos sectores se creó o mantuvo, porque
aquí se juntan diferentes generaciones y trayectorias, un pensa-
miento crítico al que le resultó difícil encontrar hábitats después
de las nuevas condiciones climatológicas originadas por el cierre
de la Transición en España y el inicio de la revolución conserva-
dora a nivel internacional. Manuel Vázquez Montalbán, teniendo
en mente el panorama cultural de los ochenta en España y en el
32
Hobsbawm, E.: Años interesantes. Una vida en el siglo xx, Barcelona, Crí-
tica, 2003.
33
Hago referencia al artículo «Revolución y sexo» que puede leerse reedi-
tado en Hobsbawm, E.: Revolucionarios. Ensayos contemporáneos, Barcelona, Crí-
tica, 2000.
34
Hobsbawm, E.: Revolucionarios..., op. cit., p. 309.
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ámbito internacional, valoraba los efectos de la posmodernidad, el
pensamiento débil y de lo que presentaba como «la hegemonía del
bloque emergente ganador de la operación transición». Se había
producido la casi extinción del pensamiento vinculado a una radi-
calidad crítica. Pocos espacios habían quedado: «En España buena
parte de la resistencia crítica se cobijó en pequeños centros de emi-
sión de teoría que trataban de ser fin y principio de la teoría crí-
tica marxista que había asumido por fin la estrategia perpetua: pri-
mero frente a la bloqueada teoría de los países del socialismo real
y, tras la caída de todos los muros de Berlín, frente al totalitarismo
neoliberal» 35. Escribe pensando en el equipo fundacional de Mien
tras tanto. La situación no les favorece, pero otra cosa es el trabajo
que realizan: «Mientras tanto, es decir, mientras llega una nueva si-
tuación óptima para la batalla de la razón, los mientrastantistas es-
pañoles asumen su condición de marxistas, aislados por las tenden-
cias culturales dominantes, cuando no denunciados como obsoletos
o interesados nostálgicos postmarxistas» 36. Acusados de trasnocha-
dos, utópicos o dogmáticos, de sus creaciones surge pensamiento
elaborado reconocido como valioso. Y sus propuestas políticas,
aunque minorizadas, continúan siendo referentes para nuevos y vie-
jos debates que mantener.
La historia escrita atendiendo a los finales nos permite conocer
lo ocurrido, saber dónde hemos llegado y la manera. Pero no ol-
videmos, especialmente si hablamos de proyectos, ideas o valores,
que más allá del desenlace está la trama. Más allá del marcador está
el juego. Incluso la historia bien escrita puede olvidar aquellos lu-
gares que tal vez no alcanzamos, aquello que quedó por el camino,
aquello que nos influyó y ya no recordamos. Habrá quien pueda es-
perar habitarlos. También deberíamos escribir su historia; la histo-
ria de esas personas, de esos proyectos, de esas ideas. Deberíamos
hacerlo, especialmente, si consideramos que nos pueden ayudar a
resolver los retos que tenemos como sociedad.
35
Vázquez Montalbán, M.: La literatura en la construcción de la ciudad demo
crática, Barcelona, Crítica, 1998, p. 107.
36
Ibid., p. 108.
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DOSSIER
Los intelectuales
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Ayer 81/2011 (1): 109-143 ISSN: 1134-2277
Los intelectuales italianos
y la transición al posfascismo
Luca La Rovere
Università degli Studi di Perugia
Resumen: Este artículo analiza la cuestión aún polémica de la herencia del
fascismo en Italia. Del debate planteado durante la posguerra sobre la
experiencia fascista entre los intelectuales emerge el tema de la «culpa
colectiva» de los italianos. El llamamiento a un examen de conciencia
colectivo se opuso a la tendencia a olvidar el consenso social del régi-
men fascista para la invención de un pasado antifascista. La segunda
parte del artículo se centra en la transición al posfascismo de los jóve-
nes intelectuales formados durante el régimen. La influencia de la edu-
cación fascista hizo de la integración de los jóvenes intelectuales en el
nuevo sistema democrático un proceso complejo y doloroso.
Palabras clave: fascismo, intelectuales, República italiana, juventud,
transición.
Abstract: This article tries to assess the still controversial question concer
ning the legacy of fascism in Italy. The analysis of post-war debate on
the fascist experience among the intellectuals shows the emergence of
the theme of Italians’ «collective guilt». The call for a collective exa
mination of conscience was opposed by a trend to forget the con-
sent to fascist regime by the invention of an anti-fascist past. The se
cond part of the article focuses on the transition to post-Fascism of the
young intellectuals grown up during the fascist regime. The burden of
fascist education made the integration of young intellectuals into the
new democratic system a complex and painful process.
Keywords: fascism, intellectuals, Italian Republic, youth, transition.
Recibido: 25-08-2010 Aceptado: 02-12-2010
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
La transición de los italianos del fascismo a la democracia:
¿una cuestión historiográfica?
El tema de la transición de los italianos desde el fascismo a la
democracia ha sido durante largo tiempo desatendido por los histo-
riadores. En la inmediata posguerra, las fuerzas políticas y cultura-
les del antifascismo desplegaron una intensa acción propagandística
para construir la imagen de un país que había permanecido inmune
al contagio fascista 1. La Resistencia, iniciada tras la publicación del
armisticio con los Aliados el 8 de septiembre de 1943, y en la que
había participado una reducida minoría de la población, fue cele-
brada como una lucha de liberación combatida por todo un pue-
blo contra el invasor nazi-fascista 2. Esta representación mitificada,
necesaria para reconstruir la identidad italiana bajo los valores del
antifascismo, sin embargo llevó a ocultar el difundido y radicado
consenso que el fascismo había obtenido en amplios sectores de la
sociedad italiana entre 1922 y 1943. Desde esta visión, la caída del
régimen fascista, el 25 de julio de 1943, fue interpretada como un
momento de neta discontinuidad en el curso de la historia nacio-
nal: terminada la brutal opresión de la dictadura, los italianos po-
dían empezar una nueva fase de su historia 3.
En el discurso público, la retórica sobre el «nuevo inicio» de la
vida pública prevaleció sobre la necesidad de mirar sin tapujos hacia
el reciente pasado. Incluso la atención de los historiadores, cuya ma-
yor parte se reconocía en los valores del antifascismo, se dirigió pre-
dominantemente hacia el análisis de los hechos y los sujetos políticos
y sociales que habían dado vida a la Resistencia, y hacia sus proyec-
tos de reconstrucción de una «nueva Italia». Los estudios relativos
al periodo fascista se limitaron a buscar las bases de la Resistencia
y, por tanto, al estudio del movimiento antifascista en el exilio y a
su acción clandestina en Italia durante los años del régimen 4. Sólo
1
Se trata del llamado «paradigma antifascista». Sobre el tema, véase Fo-
cardi, F.: La guerra della memoria. La Resistenza nel dibattito politico italiano dal
1945 ad oggi, Roma-Bari, Laterza, 2005.
2
Por ejemplo, Longo, L.: Un popolo alla macchia, Milán, Mondadori, 1947.
3
Franzinelli, M.: «Il 25 luglio», en Isnenghi, M. (ed.): I luoghi della memoria.
Personaggi e date dell’Italia unita, Roma-Bari, Laterza, 1997, pp. 221-222.
4
Un ejemplo representativo de esta tendencia en Quazza, G.: Fascismo e so
cietà italiana, Turín, Einaudi, 1973.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
a mitad de los años sesenta se afrontó la cuestión de la herencia del
fascismo, pero se hizo casi exclusivamente desde la perspectiva de
las «continuidades» institucionales, en particular las referidas a las
estructuras burocráticas y al personal administrativo del Estado 5. En
este marco, la transición de los italianos al posfascismo, es decir, el
problema de los cambios ideológicos, políticos y culturales que ha-
bían intervenido en el paso de un régimen a otro, no constituía un
problema historiográfico que mereciera plantearse. Este esquema in-
terpretativo ha sido aplicado igualmente a los intelectuales. La am-
plia aceptación de la tesis de Norberto Bobbio, según la cual el fas-
cismo no había tenido una ideología original ni había llevado a cabo
una propia política cultural, contribuyó a que el fenómeno de muta-
ción de las culturas políticas en la transición del fascismo al posfas-
cismo haya permanecido sustancialmente sin investigar 6.
Sólo a partir de los años noventa, gracias a los estudios rea-
lizados en los años anteriores por el grupo de historiadores reu
nido en torno a la figura de Renzo de Felice y sucesivamente a la
crisis del antifascismo como elemento estructurante de los valo-
res políticos nacionales 7, la historiografía italiana ha comenzado
a aceptar la idea de que el régimen se habría asentado sobre un
consenso masivo de los italianos 8. Los trabajos de Emilio Gentile
en esos mismos años mostraron cómo el régimen fascista había in-
tentado llevar a cabo una original «vía italiana al totalitarismo» 9.
Los estudios sobre la política cultural del régimen han demos-
trado, además, no sólo la extendida implicación del mundo de
la cultura en el proyecto educativo del fascismo, sino también la
5
Romanelli, R.: «Apparati statali, ceti burocratici e metodi di governo», en
Castronovo, V. (ed.): L’Italia contemporanea, 1945-1975, Turín, Einaudi, 1976,
pp. 145-190, así como los ensayos recogidos en Pavone, C.: Alle origini della Re
pubblica. Scritti su fascismo, antifascismo e continuità dello Stato, Turín, Bollati Bo-
ringhieri, 1995.
6
Bobbio, N.: «La cultura e il fascismo», en Quazza, G. (ed.): Fascismo e società
italiana, Turín, Einaudi, 1973.
7
Luzzatto, S.: La crisi dell’antifascismo, Turín, Einaudi, 2004.
8
La obra en la que De Felice exponía su tesis era el volumen IV de la biogra-
fía de Mussolini, en realidad una auténtica historia de Italia durante el régimen fas-
cista; De Felice, R.: Mussolini il duce. Gli anni del consenso, 1929-1936, Turín, Ei-
naudi, 1974.
9
Gentile, E.: La via italiana al totalitarismo. Il partito e lo Stato nel regime fas
cista (1995), Roma, Carocci, 2008 (hay edición en español: La vía italiana al totalita
rismo: partido y Estado en el régimen fascista, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005).
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
a dhesión convencida de los intelectuales a los mitos y los valores
del fascismo 10.
Sin embargo, estos avances realizados en la comprensión del ré-
gimen fascista no han dado lugar a una nueva fase de estudios, ca-
paz de ampliar el horizonte temático en la cuestión de la transición
de régimen 11. De manera que la historiografía italiana parece haber
pasado de una incondicional y acrítica adhesión al «paradigma anti-
fascista» a la aceptación de un nuevo estereotipo: el de la descarada
reconversión en masa de los italianos desde la fe en el fascismo a
la del antifascismo como resultado de la crisis de 1943 12. La —pre-
sunta— rapidez con la cual los intelectuales se convirtieron al anti-
fascismo ha sido asumida como un símbolo del comportamiento de
la sociedad en su conjunto 13. A la denuncia del olvido del pasado,
que adquiere a menudo un tono moralizante, no corresponde en
general una adecuada profundización en el difícil proceso a través
del cual la sociedad italiana intentó ajustar sus cuentas con el fas-
cismo. Esta tesis vuelve a proponer uno de los tópicos más consoli-
dados sobre el «carácter de los italianos», muy utilizado también en
la posguerra. Se trata de un auténtico mito cultural, según el cual
la secular historia de división política y de sometimiento al domi-
10
Véanse, entre otros, Ben-Ghiat, R.: La cultura fascista, Bolonia, Il Mulino,
2000; Mangoni, L.: L’interventismo della cultura. Intellettuali e riviste del fascismo
(1974), Turín, Aragno, 2002; D’Orsi, A.: La cultura a Turín tra le due guerre, Turín,
Einaudi, 2000; Turi, G.: Lo Stato educatore. Politica e intellettuali nell’Italia fascista,
Roma-Bari, Laterza, 2002, y Sedita, G.: Gli intellettuali di Mussolini. La cultura fi
nanziata dal fascismo, Florencia, Le Lettere, 2010. Para las nuevas generaciones de
intelectuales, véase La Rovere, L.: Storia dei Guf. Organizzazione, politica e miti de
lla gioventù universitaria fascista, Turín, Bollati Boringhieri, 2003.
11
Una feliz excepción es la constituida por el volumen de Zunino, P. G.: La
Repubblica e il suo passato. Il fascismo dopo il fascismo, il comunismo, la democra
zia: le origini dell’Italia contemporanea, Bolonia, Il Mulino, 2003. Sobre los intelec-
tuales, véase Mangoni, L.: «Civiltà della crisi. Gli intellettuali tra fascismo e antifas-
cismo», en Storia dell’Italia repubblicana, vol. I, Turín, Einaudi, 1994, pp. 617-718.
He tratado el tema en La Rovere, L.: Gli intellettuali, i giovani e la transizione al
postfascismo, 1943-1948, Turín, Bollati Boringhieri, 2008.
12
Véanse, entre otros, Galli della Loggia, E.: La morte della patria. La crisi
dell’idea di nazione tra Resistenza, antifascismo e Repubblica (1996), Roma-Bari, La-
terza, 2008, p. 95, y Lepre, A.: L’anticomunismo e l’antifascismo in Italia, Bolonia,
Il Mulino, 1997, p. 100.
13
Entre los ejemplos más recientes, Serri, M.: I redenti. Gli intellettuali che vis
sero due volte, Milán, Corbaccio, 2005, y Battista, P. L.: Cancellare le tracce. Il caso
Grass e il silenzio degli intellettuali italiani dopo il fascismo, Milán, Rizzoli, 2006.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
nio extranjero habría acostumbrado a los italianos a la falta de sen-
tido de Estado, favoreciendo la tendencia al «transformismo», en-
tendido éste como la habilidad de ponerse siempre de la parte del
vencedor de turno, sin un efectivo convencimiento ideal, sino sólo
por propio beneficio 14.
Es evidente además que ambas interpretaciones, aunque de ma-
nera diferente, acaban negando la naturaleza totalitaria del régi-
men de Mussolini. Si para los sostenedores del «paradigma anti-
fascista» los italianos no habían sido casi influidos por el fascismo,
que se había revelado incapaz de incidir de manera duradera sobre
las mentalidades y las costumbres, para los partidarios de la inter-
pretación «transformista», los italianos, si bien habían creído en los
mitos del régimen, una vez cerrado el paréntesis fascista se readap-
taron con desenvoltura y sin consecuencias apreciables a la nueva
situación política. Lo mismo que habían sido fascistas por oportu-
nismo, por conformismo o para vivir tranquilos, ahora daban por
las mismas razones su adhesión a los nuevos partidos antifascis-
tas. La capacidad de penetración de la ideología fascista y, en con-
secuencia, el compromiso político de los italianos habrían sido así
igual de superficiales y de breve duración. Partiendo de tales pre-
misas, ninguna de estas interpretaciones logra poner en el cen-
tro del análisis las consecuencias del dominio del régimen totalita-
rio sobre la sociedad italiana: si se asume que el proyecto fascista
de crear un nuevo hombre para regenerar la nación fracasó misera-
blemente, está claro que el problema de entender cuáles fueron los
efectos a largo plazo de la pedagogía fascista pierde gran parte de
su relevancia historiográfica.
En efecto, la cuestión de la transición no ha sido estudiada
aún en esta vertiente de la condición humana y psicológica expe-
rimentada por los individuos que vivieron ese dramático punto de
ruptura de la historia nacional. ¿Cuál fue su concepción del pa-
sado? ¿Cuáles sus ansias de futuro? ¿Cómo gestionaron el difícil
14
Véase Bollati, G.: L’italiano. Il carattere nazionale come storia e come inven
zione (1972), Turín, Einaudi, 1983. El «trasformismo», como elemento dominante
de la historia política italiana, ha encontrado su más elevada expresión literaria en la
novela de Lampedusa, G. T. di: Il gattopardo, Milán, Feltrinelli, 1957. Véase también
Bianco, P.: Elogio del voltagabbana. Origine e storia di un tabù, Venecia, Marsilio,
2001. La expresión italiana «voltare gabbana» (gabardina larga y sin mangas, seme-
jante a una capa) corresponde a la española «cambiar de chaqueta», es decir, cam-
biar rápidamente de opinión o facción política por conveniencia u oportunismo.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
proceso de redefinición de las propias identidades en una transi-
ción que determinaba un cambio radical de los valores compar-
tidos por la sociedad? ¿Y cuáles fueron las herencias —desde el
punto de vista de las mentalidades, de los valores y de las cultu-
ras políticas— del fascismo? Para intentar responder a estas pre-
guntas es necesario tener presente que un cierto grado de olvido
del pasado está fisiológicamente ligado a las rápidas transforma-
ciones de las referencias identitarias de los individuos 15. Desde
este punto de vista, el caso italiano no se aparta del de otros paí-
ses, en primer lugar de Alemania, que experimentaron formas de
dominio totalitario y llevaron a cabo políticas de depuración 16.
No cabe duda de que muchos exfascistas trataron de sobrevivir al
cambio de régimen adoptando una estrategia transformista, pues
se sabe por experiencia que el oportunismo puede ser un factor
que determina el proceso de realineamiento de las posiciones polí-
ticas de los individuos en fases de cambio sistémico. Los estudios
sobre las transiciones de régimen han evidenciado cómo el pro-
ceso de refundación y consolidación de la democracia no puede
prescindir de los activistas del viejo régimen, dispuestos a aceptar
la nueva situación a cambio de que no haya una petición de res-
ponsabilidades políticas y morales sobre el pasado 17. Como histo-
riadores, sin embargo, no podemos limitarnos a emitir juicios mo-
ralizadores sobre los comportamientos de los hombres del pasado:
debemos más bien tratar de comprenderlos dentro del contexto
histórico que tuvieron que afrontar, huyendo de la tentación de
proponer explicaciones banales y passe-par-tout.
Todas las transiciones de régimen, en las cuales se produce una
brusca mutación de los valores compartidos por la colectividad,
dan lugar de manera más o menos acentuada a un proceso de re-
15
Lourax, N.: Usage de l’oblie, París, Seuil, 1988, y Todorov, Z.: Les abus de
la mémoire, s. l., Arlea, 1995 (hay edición española: Los abusos de la memoria, Bar-
celona, Paidós, 2000).
16
Véanse Déak, I.; Gross, J. T., y Judt, T. (eds.): The Politics of Retribu
tion in Europe. World War II and Its Aftermaths, Cambridge, Princeton Uni-
versity Press, 2000, y Khazanov, A. M., y Payne, S. G. (eds.): «Reckoning with
the Past: Perpetrators, Accomplices and Victims in Twentyeth and Twenty-first
Century Narratives and Politics», Totalitarian Movements and Political Religions,
2-3 (2008).
17
Morlino, L.: «Il consolidamento democratico: definizione e modelli», Ri
vista italiana di Scienza politica, 2 (1986), p. 210.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
definición de las identidades individuales y colectivas 18. En el paso
del fascismo a la democracia, este aspecto fue especialmente rele-
vante. El fascismo no fue sólo un régimen político, sino que pre-
tendía ser —y en parte lo consiguió— un sistema de valores y de
creencias, una doctrina en la cual los ciudadanos debían creer con
fe absoluta 19. El partido único totalitario, centro neurálgico del ré-
gimen, pretendía regular cada aspecto de la vida de los italianos a
través de una intensa acción de pedagogía colectiva 20. Al «hombre
nuevo» fascista se le exigía ser un individuo útil a los objetivos y las
exigencias del Estado totalitario, y sus comportamientos públicos y
también privados debían ser la expresión de una profunda interio-
rización de los preceptos de la doctrina fascista 21. Para millones de
hombres y mujeres que durante más de veinte años habían identi-
ficado sus valores y sus convicciones con las del fascismo, la caída
del régimen no podía ser vivida sino como el final de una parte de
la propia existencia.
Obviamente, la organización y la acción pedagógica del régimen
fascista no alcanzaron con la misma eficacia a toda la sociedad ita-
liana. De ahí que el análisis de la transición se complique por la di-
ficultad de definir con precisión las continuidades y las disconti-
nuidades de ideas, valores y mentalidades de los distintos grupos
sociales, de las diversas cohortes de edad y de las diferentes áreas
geográficas del país. Las consecuencias de la transición fueron se-
guramente sentidas con más dramatismo por los individuos perte-
necientes a las clases medias urbanas, no sólo porque hubieran sido
más sensibles a los mitos del fascismo, sino también porque habían
vinculado al régimen sus perspectivas de carrera y promoción so-
cial. Aquellos que, por el contrario, habían permanecido o habían
quedado por fuerza de las cosas distanciados de la vida pública —a
causa de su lejanía de los centros de poder y de la acción propa-
gandística del régimen (caso, por ejemplo, de las poblaciones rura-
18
Petri, W.: «Transizione: sui passaggi di regime e il caso italiano», Novecento,
12 (2005), pp. 9-20.
19
Gentile, E.: Il culto del littorio. La sacralizzazione della politica nell’Italia fas
cista, Roma-Bari, Laterza, 1993 (hay edición española: El culto del littorio. La sacra
lización de la política en la Italia fascista, México, Siglo XXI, 2007).
20
Gentile, E.: La via italiana al totalitarismo..., op. cit., pp. 186-191.
21
La Rovere, L.: «Rifare gli italiani: l’esperimento di creazione dell’ “uomo
nuovo” nel regime fascista», Annali di storia dell’educazione e delle istituzioni sco
lastiche, 9 (2002), pp. 51-78.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
les de la Italia meridional)— se vieron sin duda menos afectados
por la transición y, una vez acabada la guerra, se adaptaron rápida-
mente al nuevo clima político 22.
Otro problema se plantea por las fuentes disponibles para do-
cumentar las orientaciones de la opinión pública. Hay que admitir
que difícilmente podremos reconstruir la manera en que el «hom-
bre de la calle» vivió aquellos años cruciales. Por eso los testimo-
nios que nos han dejado los intelectuales —escritores, periodistas,
políticos— resultan fundamentales para reconstruir los estados de
ánimo y las orientaciones —también las ocultas— de la sociedad
italiana. Las opiniones de los intelectuales no representaban sólo el
punto de vista de una minoría, sino que además dieron voz a los
sentimientos, las ideas y las actitudes más difundidas. Los intelec-
tuales fueron observadores participantes de los procesos en mar-
cha y, como el resto de los italianos, habían asumido con relación
al fascismo una amplia gama de posiciones que iban desde la ad-
hesión militante a la oposición activa de una minoría, pasando por
las gradaciones intermedias de fascismo, afascismo y antifascismo.
No obstante, hay que señalar que también en esos sectores de la
población que habían apoyado con entusiasmo el fascismo hasta la
entrada en la Segunda Guerra Mundial, la dramática realidad de
los bombardeos de las ciudades, el racionamiento de los alimen-
tos, la evacuación y la muerte produjeron un fenómeno de gradual
pero inexorable desgaste del consenso 23. En algunos ambientes ca-
tólicos, particularmente entre los intelectuales, la promulgación de
las leyes raciales y luego la guerra al lado de la Alemania nazi re-
forzaron la convicción de una sustancial incompatibilidad de la
ideología y la política fascista con los valores y preceptos de la doc-
trina cristiana 24.
22
No hay que olvidar que, pese a todo, la movilización fascista logró resulta-
dos notables también en las áreas más periféricas del país, sobre todo entre los jó-
venes e intelectuales.
23
Este fenómeno ha sido definido como «antifascismo de guerra»; véase Le-
pre, A.: Le illusioni, la paura, la rabbia. Il fronte interno italiano, 1940-1943, Nápo-
les, Edizioni Scientifiche Italiane, 1989.
24
Moro, R.: «Afascismo e antifascismo nei movimenti intellettuali di Azione
cattolica dopo il ‘31», Storia contemporanea, 4 (1975), pp. 733-800, e íd.: «I catto-
lici italiani di fronte alla guerra fascista», en Pacetti, M.; Papini, M., y Sarcine-
lli, M.: La cultura della pace dalla Resistenza al Patto Atlantico, Ancona, Il Lavoro
Editoriale, 1988, pp. 75-126.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
En el derrumbamiento del régimen, las reacciones de los in-
telectuales fueron, en línea general, las mismas de la masa de los
italianos. Quienes habían sido obligados a vivir en el clima de pe-
sado conformismo de la dictadura en una condición de «exiliados
internos» experimentaron un sentido de alivio y de confiada ex-
pectativa en un futuro mejor 25. Estos intelectuales no sólo regis-
traron con precisión las transformaciones que tuvieron lugar du-
rante aquellos meses en los comportamientos y las costumbres de
los italianos, sino que contribuyeron ellos mismos al renacimiento
de una opinión pública libre y crítica, desarrollando una impor-
tante reflexión sobre la naturaleza del fascismo y sobre las con-
secuencias de su dominio sobre la sociedad italiana. En cambio,
quienes se habían reconocido en el fascismo y a éste debían su
posición pública y hasta su propia carrera fueron presa del desá
nimo y de la desesperación. Los más comprometidos con el pa-
sado del régimen fueron depurados u obligados a guardar silen-
cio, al menos durante la inmediata posguerra, mientras que otros,
adoptando un comportamiento mimético, lograron su reinserción
gradual en la nueva vida pública, manteniendo un embarazoso si-
lencio sobre el pasado y dedicándose a actividades intelectuales
que, en un primer momento, los mantuvieran alejados de la vida
política activa. Finalmente, una minoría compuesta sobre todo
por intelectuales de la nueva generación, nacida y crecida en los
años del régimen, trató de reflexionar sobre los errores pasados
para hacer de ello un instrumento de pedagogía cívica al servicio
de todos aquellos que, en buena fe, habían creído en los sueños
de grandeza del fascismo.
Una sociedad influida por el fascismo
Después de la destitución y el arresto de Mussolini, el 25 de ju-
lio de 1943, la formación de un gobierno guiado por el mariscal
Pietro Badoglio favoreció la reorganización o la reconstitución de
los partidos políticos antifascistas, así como una tímida recupera-
ción del debate político. Muchos italianos, exasperados por el su-
frimiento de la guerra, confiaban en que la caída del fascismo sig-
25
Rapone, L.: Antifascismo e società italiana, 1926-1940, Milán, Unicopli, 1999,
p. 26.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
nificaría el final del conflicto 26. Por el contrario, Badoglio proclamó
que Italia continuaría la guerra junto al aliado alemán. Cuando el 8
de septiembre de 1943 se anunció el armisticio con los anglo-ame-
ricanos, la fuga del rey al territorio liberado y controlado por los
Aliados, el llamado «Reino del Sur», al mismo tiempo que la crea-
ción en el Norte de la República Social Italiana bajo protección de
los alemanes, determinaron la disolución del Estado unitario sur-
gido del Risorgimento y el comienzo de una sangrienta guerra civil.
En ella se enfrentaron los italianos que siguieron creyendo en el fas-
cismo y en Mussolini, y los que, organizados en bandas partisanas y
bajo la coordinación político-militar del Comité de Liberación Na-
cional (CLN), tomaron las armas contra los nazis y sus aliados fas-
cistas. Con la liberación de Roma el 4 de junio de 1944 se formó un
gobierno de unidad nacional presidido por Badoglio, con el apoyo
de todos los partidos antifascistas unidos en el CLN.
En paralelo a esta evolución de la situación político-militar, el
debate sobre el fascismo protagonizado por los intelectuales des-
pués del 25 de julio de 1943 se articuló en tres fases distintas. La
primera, inmediatamente después de la caída de Mussolini, fue de
breve duración y se caracterizó por el intento de construir una pe-
dagogía de la memoria, con la finalidad de comprender qué había
sido el fascismo y cuáles las razones por las que tantos italianos
honestos y de buena fe habían sostenido un régimen liberti-
cida y belicista. Después del 8 de septiembre de ese año, el dis-
curso sobre el fascismo cambió de manera significativa. El rena-
cido neofascismo en el Norte, aparte de representar una amenaza
grave para el restablecimiento de la democracia, demostró que el
fascismo no había sido de ningún modo liquidado y que una parte
de los italianos continuaba luchando y muriendo en su nombre.
La prioridad de concentrar el fuego de la propaganda contra un
enemigo todavía vivo y las difíciles condiciones en que trabajaba
la prensa, reducida a la clandestinidad salvo en los territorios li-
berados por las tropas aliadas, condujeron a una drástica limita-
ción, aunque no a una completa desaparición, del debate sobre el
fascismo. Si, por un lado, la demonización de los neofascistas, de
quienes perseveraban en el error de combatir por la causa equi-
vocada, prevalecía en esa tímida indagación sobre las causas y las
26
Lepre, A.: Le illusioni, la paura, la rabbia..., op. cit., pp. 159 y ss.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
responsabilidades de la dictadura fascista, por otro, el sentimiento
de hallarse frente a una crisis que socavaba los cimientos mismos
de la nación hizo aún más urgente interrogarse sobre los errores
pasados y reflexionar sobre la «culpa colectiva» de los italianos 27.
La tercera fase se inició con la liberación de la capital, y tuvo su
mayor impulso con el final de la guerra, el 25 de abril de 1945,
para agotarse a mediados de 1946, cuando el nuevo clima surgido
con la amnistía decretada a iniciativa del ministro de Justicia, el
líder comunista Palmiro Togliatti, hizo declinar definitivamente
la cuestión de la culpa colectiva. Al mismo tiempo, como vere-
mos, las necesidades políticas de la reconstrucción de la vida pú-
blica bajo el estandarte del antifascismo condujeron a su progre-
siva marginación en el discurso público. En las páginas siguientes,
y dentro de esta periodización propuesta, extrapolaremos algunos
temas y algunas voces del debate sobre las responsabilidades del
fascismo y la culpa de los italianos 28.
Ya el día después de la caída del fascismo emergía del análisis
de algunos intelectuales una imagen de la sociedad italiana com-
pletamente distinta de la presentada por la prensa de los parti-
dos antifascistas, que en su mayoría tendía a interpretar las mani-
festaciones de alegría con las cuales había sido acogida la noticia
de la destitución de Mussolini en algunas ciudades italianas como
la prueba de una tenaz aversión al fascismo incubada desde siem-
pre por las masas populares 29. En la prensa de información, es de-
cir, no ligada directamente a los partidos políticos, la imagen con-
solatoria de un pueblo que durante veinte años había silenciosa,
pero tenazmente, resistido al fascismo se diluía en la polémica mo-
tivada por la rápida adaptación de los italianos al nuevo panorama
político. Por ejemplo, el periódico dirigido por el escritor Corrado
Alvaro, Il Popolo di Roma, ironizaba sobre el hecho de que los
muchísimos italianos que ahora se declaraban antifascistas eran de-
latados por un pequeño detalle: el ojal de la chaqueta, en el que se
27
Con referencia a la crisis posterior al 8 de septiembre —disolución del Es-
tado unitario nacido del Risorgimento e inicio de una cruenta guerra civil—, Er-
nesto Galli della Loggia ha hablado de «muerte de la patria»; véase nota 12.
28
Para un tratamiento del tema más exhaustivo, véase La Rovere, L: L’eredità
del fascismo. Gli intellettuali, i giovani e la transizione al postfascismo, 1943-1948,
Turín, Bollati Boringhieri, 2008.
29
Por ejemplo, l’Unità, 27 de julio de 1943; Avanti!, 1 de agosto de 1943, y
L’Italia libera, 10 de agosto de 1943.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
colocaba el distintivo del partido fascista, aparecía deshilachado y
consumido por el uso 30.
Más allá de la sátira costumbrista y de la fácil ridiculización de
quienes «cambiaban de chaqueta» (los llamados «voltagabbana»),
que dará origen a la interpretación historiográfica antes citada del
«transformismo» 31, la reflexión sobre el material humano con el
que proceder a la reconstrucción de la democracia se planteaba en
términos más serios y era motivo de preocupación sobre el futuro
del país. A las pocas semanas de la caída del régimen, Tommaso
Gallarati Scotti, diplomático y escritor de orientación católico-libe-
ral, analizando el «estado de ánimo» de los italianos tras el final del
fascismo, notaba que sólo una minoría había conservado intacta la
fe en los valores democráticos. La mayoría, después de veinte años
de dictadura, formaba una «masa gris que el espíritu de renova-
ción mueve con dificultad, masa inerte, desconfiada hacia la acción,
acostumbrada a obedecer y no reflexionar, que instintivamente gra-
vitaría hacia aquellas formas de gobierno que no hacen trabajar la
mente» 32. El autor señalaba como un problema decisivo para las
fuerzas democráticas las consecuencias políticas, culturales y mora-
les de dos décadas de dominio fascista sobre la sociedad italiana, y
los posibles remedios para poner al país en la vía de una auténtica
renovación democrática.
Así, para una minoría de intelectuales antifascistas, la discusión
sin tapujos sobre el pasado reciente y el reconocimiento de los erro-
res cometidos era un paso esencial para erradicar la «mentalidad
fascista» y para construir una nueva idea de ciudadanía democrá-
tica, basada sobre la ética de la responsabilidad y la memoria. Por
esta razón, oponiéndose a una tendencia dominante de echar el pa-
sado al olvido, entre la mitad de 1943 y finales de 1945 plantearon
en la opinión pública una verdadera cuestión de la «culpa colec-
tiva» de los italianos. A diferencia de lo que ocurrirá en la Alema-
nia posterior a 1945, la cuestión de la culpa no halló en Italia una
formulación sistemática y unitaria 33, sino que emergió de una va-
30
«Cucirsi l’occhiello», Popolo di Roma, 29 de julio de 1943.
31
Véase nota 14.
32
Gallarati Scotti, T.: «Stati d’animo», Corriere della sera, 8 de septiembre
de 1943.
33
La referencia es, obviamente, Jaspers, K.: Die Schuldfrage, Heidelberg,
Schneider, 1946. El libro fue traducido en Italia con el título La colpa della Germa
nia, editado por R. De Rosa, Nápoles, Edizioni Scientifiche Italiane, 1947.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
riedad de intervenciones aparecidas en la prensa a cargo de inte-
lectuales de distintas orientaciones políticas y culturales y con gran
variedad de experiencias existenciales a sus espaldas. Todos ellos
estaban convencidos de que la destrucción del patrimonio de valo-
res políticos y civiles de la Italia del Risorgimento, la agresión contra
pueblos libres, la desastrosa aventura de la guerra y la tragedia del
enfrentamiento fratricida no podía imputarse a una banda de crimi-
nales encabezada por Mussolini. La pendiente a lo largo de la cual
se había ido deslizando el país, hasta precipitarse en el abismo, era
resultado del voluntario sometimiento de los italianos a un régimen
liberticida, militarista e imperialista. Por eso era necesario un severo
«examen de conciencia colectivo», para provocar una neta cesura
psicológica y cultural con el régimen anterior y permitir a millones
de exfascistas integrarse en el nuevo sistema democrático.
Ese mea culpa tuvo lugar en la prensa de todas las tendencias y,
en primer lugar, en la católica. No ya sólo porque el tema del exa-
men de conciencia introspectivo y de la confesión de la culpa fuera
connatural a los católicos, sino también porque en el universo in-
telectual del catolicismo italiano se había ido acumulando un pa-
trimonio de experiencias y de reflexiones que, con el final del fas-
cismo, pudieron ser ulteriormente desarrolladas. Escribiendo en la
revista del Movimiento de Licenciados Católicos, un anónimo sa-
cerdote ponía en evidencia el nexo entre la adhesión de los italianos
a los falsos mitos del fascismo y el declinar de los valores cristianos
de la sociedad. Los católicos habían aceptado la dictadura a cam-
bio de una ilusoria idea de orden y disciplina y, contentándose con
las ventajas ofrecidas por la conciliación entre el Estado y la Igle-
sia de 1929, se habían acomodado a un culpable y poco viril «con-
formismo sin ideales». Todos habían pecado: los intelectuales, por
renunciar a leer los acontecimientos políticos «a la luz del Evange-
lio»; la prensa, que había aceptado pasivamente las directrices de la
propaganda oficial, e incluso el clero, que se había conformado con
realizar una acción pastoral formal y superficial, incapaz de opo-
nerse a los efectos anticristianos de la ideología fascista 34.
También en el mundo laico las causas del declive generalizado
de la ética pública se buscaron en la subyugación de las conciencias
llevada a cabo por la dictadura. El antifascista liberal Mario Borsa,
34
L. V.: «Le tappe di una crisi», Studium, octubre de 1943.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
nuevo director del Corriere della sera, escribió sin medias tintas so-
bre el tema:
«La colpa, vera, umiliante, imperdonabile, fu nostra. Per questo, se
vogliamo in qualche modo fare uno sforzo per risollevarci, abbiamo in-
nanzitutto il dovere di confessarci, di gridare forte [...]: “Siamo stati noi!
Siamo stati noi!” [...] Fummo noi a dargli la spinta [a Mussolini] get-
tando ai suoi piedi tutte le nostre libertà e tutte le nostre guarentigie in
una sadica voluttà di prostrarci, di umiliarci umanamente e di annien-
tarci civilmente» 35.
El autor señalaba la responsabilidad colectiva no sólo en el
apoyo activo al fascismo, sino incluso en esa actitud de desinte-
rés, de resignación y de escepticismo que había permitido al fas-
cismo subir al poder y realizar su malvada política. Además de in-
dicar el camino al reconocimiento de la culpa y el arrepentimiento
como un viático para el renacimiento democrático, estos intelectua-
les testimoniaban lo profundo que había sido el enraizamiento del
fascismo y sus valores en la sociedad italiana. Según el historiador
de la filosofía Vladimiro Arangio Ruiz, no sólo los arribistas y los
agitadores habían sostenido al fascismo, sino también la parte del
país que «socialmente y económicamente más contaba», pues «en
el fascismo han creído honesta y estúpidamente la flor y nata de
unos caballeros todo menos agitados o trastornados e incluso (pa-
rece imposible) hombres de inteligencia y de cultura, y amantes de
la patria» 36. La resistencia a creer que un régimen carente de una
ideología original y guiado por un líder que ahora parecía ridículo
hubiera podido obtener el consenso voluntario de la mayoría fue
un tema recurrente, que ponía en evidencia la necesidad de enten-
35
«La culpa, verdadera, humillante, imperdonable, fue nuestra. Por eso, si
queremos de alguna manera hacer un esfuerzo para levantarnos de nuevo, tenemos
ante todo el deber de confesarnos, de gritar fuerte [...] «¡Hemos sido nosotros!
¡Hemos sido nosotros! [...] Fuimos nosotros los que le dimos impulso [a Musso-
lini] tirando a sus pies todas nuestras libertades y todas nuestras garantías en una
sádica voluntad de postrarnos, de humillarnos humanamente y de destruirnos ci-
vilmente», en Borsa, M.: «Sincerità», Corriere d’informazione, 22 de mayo de 1945
(ése era el nombre con el que el Corriere della sera, el periódico italiano más presti-
gioso, se presentó a sus lectores tras el final de la guerra para borrar su propia im-
plicación en la República Social Italiana).
36
Arangio Ruiz, V.: «La scorciatoia», Corriere della sera, 9 de septiembre
de 1943.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
der un fenómeno tan complejo, así como la dificultad de los italia-
nos para reconocerse en su propio pasado 37. La revista Il Ponte, di-
rigida por el jurista Piero Calamandrei, sostenía que precisamente
a causa del vasto consenso de que había gozado el régimen, el re-
nacimiento económico y político del país debía estar precedido de
una intensa obra de regeneración de la conciencia moral de los in-
dividuos y de la colectividad 38. Hasta el diario de los comunistas
proponía la práctica de un examen de conciencia individual como
instrumento para participar en la nueva vida pública. Uno de sus
colaboradores, Vezio Crisafulli, un joven jurista que había militado
en el fascismo antes de llegar al Partido Comunista, consideraba
que eran sobre todo los miembros de las clases medias e intelectua-
les, quienes, creyendo ciegamente en el fascismo como una fe, ha-
bían perdido el hábito de usar las facultades críticas individuales,
los más obligados a un «silencioso examen de conciencia» para que
la conversión al nuevo credo político fuera sincera y duradera 39.
Los intelectuales no se limitaron a decir a los italianos que de-
bían asumir las responsabilidades de sus errores pasados, pues ellos
mismos iniciaron un severo examen de conciencia, conscientes de
que la legitimación que la clase intelectual había proporcionado
al fascismo había sido fundamental para la construcción del con-
senso de masa. En aquel momento, cuando se intentaba retomar
la vida pública democrática, los intelectuales más que nadie tenían
que esforzarse por realizar una saludable autocrítica que desembo-
cara en la regeneración individual y devolviera a la categoría la cre-
dibilidad perdida. Dado que los periodistas habían sido los prime-
ros en ponerse al servicio de la propaganda fascista, en su contra
fueron adoptadas medidas de depuración dirigidas a «desfascis-
tizar» la información 40. Pero no era la única categoría intelectual
que había sostenido con sus obras al régimen: el secretario del sin-
dicato nacional de escritores, el crítico literario y antifascista Fran-
cesco Flora, denunció en público la pérdida de dignidad de los in-
telectuales que habían cedido a la «llamada de los corruptores» y
al voluntario sometimiento a la dictadura. Un proceso imparable
Ferrara, M.: «I timidi», Risorgimento liberale, 30 de septiembre de 1945.
37
Il Ponte, abril de 1945.
38
39
Cris [Crisafulli, V.]: «Esame di coscienza», l’Unità, 28 de junio de 1944.
40
A llotti , P.: «L’epurazione dei giornalisti nel secondo dopoguerra,
1944-1946», Mondo contemporaneo, 1 (2010).
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cuya primera víctima había sido la calidad de la literatura y de la
crítica 41. El tema de la traición de los intelectuales a su misión y a
la verdad, de su culpable aceptación de los halagos del poder y del
conformismo que había caracterizado su trayectoria durante las dos
últimas décadas, apareció de manera recurrente en la prensa. Así,
en el diario del Partido de Acción un intelectual anónimo confe-
saba, en nombre de toda la categoría, sus propias culpas: «Hemos
consentido muchos compromisos, hemos maldecido incluso el tra-
bajo que nos era necesario y nos obligaba a aceptarlos. Más de uno
entre nosotros hasta se ha hecho ilusiones de que su sacrificio era la
aportación dolorosa que su generación debía pagar por una incierta
pero deseada civilización. Y ha sido una vergüenza» 42.
La confesión pública de la culpa constituía un paso esencial
en el examen de conciencia individual y una prueba de la ruptura
con el pasado. El escritor Vitaliano Brancati, una promesa de la
nueva generación de escritores fascistas, en ese clima general de
condena moral del fascismo, tuvo el valor de admitir: «Hacia los
veinte años, yo era fascista hasta la raíz del cabello. No encuen-
tro ningún atenuante para ello» 43. El escritor Massimo Bontempe-
lli, exmiembro de la fascista Academia de Italia, más tarde elegido
diputado en las filas del Partido Comunista, hizo un apasionado
elogio de la conversión. Citando el ejemplo de San Agustín, el es-
critor defendía la necesidad de no seguir atados a los errores del
pasado por un malentendido sentido de la coherencia, y en su lu-
gar reconocerlos y confesarlos honestamente para comenzar una
nueva fase de la vida 44.
En estas intervenciones públicas y en el debate que tuvo lugar
en los meses sucesivos sobre la responsabilidad de los intelectua-
les quedaba claro que la distinción entre fascismo y antifascismo
no era, después de todo, tan clara. Excluyendo a una reducidísima
minoría que había combatido frontalmente al fascismo, pagando a
menudo un alto precio con la cárcel o el exilio, la mayoría había
encontrado formas de compromiso, cuando no de franca colabo-
ración con el régimen. Ante un sistema de poder que una vez ha-
bía parecido eterno, incluso los más reputados antifascistas habían
41
Flora, F.: «Dignità dello scrittore», Corriere della sera, 26 de agosto de 1943.
42
«Esame di coscienza», Italia libera, 27 de julio de 1943.
43
Brancati, V.: I fascisti invecchiano, Roma-Milán, Longanesi, 1946, pp. 51-60.
44
Bontempelli, M.: «Pezzi», Il Tempo, 21 de enero de 1945.
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acabado cediendo a la fuerza de la realidad, como en el caso pa-
radigmático del jurista Piero Calamandrei, incansable opositor del
fascismo en los años veinte que había terminado aceptando parti-
cipar en la elaboración de los nuevos códigos fascistas a finales de
los años treinta 45. A partir de consideraciones como éstas, un am-
plio sector de la sociedad italiana, que había experimentado for-
mas de compromiso y aceptación semejantes, rechazó la pretensión
de los antifascistas de presentarse como los artífices de la regenera-
ción moral de la nación.
La culminación del debate sobre la culpa colectiva coincidió
precisamente con la promulgación por parte del gobierno, en julio
de 1944, de una serie de medidas legales de castigo contra los fas-
cistas 46. La petición de drásticas medidas de depuración por parte
de los partidos de izquierda (comunistas, socialistas y accionistas)
encendió el debate, ya que la discusión moral sobre la culpa colec-
tiva se mezclaba ahora con la consideración penal de las respon-
sabilidades individuales. Fueron sobre todo los sectores sociales
moderados, los que habían sostenido el régimen y se sentían re-
presentados por el nuevo movimiento político del Uomo qualun
que, los más contrarios a una depuración que consideraban ini-
cua y basada en la justicia de los vencedores 47. Además, ante el
comprobado fracaso de las sanciones contra el vértice del régimen
—altos jerarcas, industriales, militares, etcétera— se temía que la
depuración terminara por golpear solamente a los más débiles, es
decir, a los pequeños cuadros fascistas que no gozaban de la pro-
tección política de otros.
Las mismas fuerzas antifascistas pronto se dieron cuenta de que
el intento de llevar a cabo una escrupulosa obra de desfascistiza-
ción chocaba con la realidad de una sociedad cómplice con el fas-
45
Sobre su figura, véase Zunino, P. G.: La Repubblica e il suo passato...,
op. cit., pp. 133 y ss.
46
Domenico, R. P.: Italian Fascists on Trial, Chapell Hill, University of North
Carolina Press, 1991; Woller, H.: I conti con il fascismo. L’epurazione in Italia,
1943-1948, Bolonia, Il Mulino, 1997, y Canosa, R.: Storia dell’epurazione in Italia.
Le sanzioni contro il fascismo, 1943-1948, Milán, Baldini e Castoldi, 1999.
47
Sobre este aspecto, Maier, C.: «Fare giustizia, fare storia: epurazioni politi-
che e narrative nazionali dopo il 1945 e il 1989», en Paggi, L. (ed.): La memoria
del nazismo nell’Europa di oggi, Florencia, La Nuova Italia, 1997. Sobre el qualun
quismo, primer movimiento político que dio voz a un sentimiento anti-antifascista,
véase Setta, S.: l’Uomo qualunque, 1944-1948, Roma-Bari, Laterza, 1975.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
cismo: «¿Cómo depurar —escribía Ernesto Rossi, representante del
Partido de Acción encarcelado por el fascismo, al exiliado Gae-
tano Salvemini— si la mayor parte de los depuradores tendría que
ser depurada a su vez?» 48. El director del diario comunista, Velio
Spano, un conocido antifascista que había participado en la gue-
rra civil española y en la Resistencia, explicó los motivos que impe-
dían una depuración rigurosa: «Ha habido en estos últimos quince
años muchos millones de italianos que, por un motivo o por otro,
han dado su adhesión la fascismo. Nosotros los comunistas esta-
mos bien cualificados para saber que son pocos quienes han re-
sistido y luchado. Y precisamente por eso nosotros los comunistas
hemos sido los primeros en sostener que la pretensión de rehacer
Italia a partir de diez o veinte mil personas no es sino una veleidad
infantil» 49. No hay que olvidar, por otra parte, que la brutalidad de
los crímenes cometidos por los nazis y neofascistas en el Norte hizo
pasar a un segundo plano las responsabilidades de los años de la
dictadura, consideradas «solamente» políticas y morales, por tanto
no mucho más que pecados susceptibles de indulgencia. De ahí que
el alcance de la depuración se fuera reduciendo progresivamente y
limitando a los cuadros de la Administración pública 50.
El descubrimiento de una nación que había sido ampliamente
fascista y que ahora rechazaba el juicio del antifascismo conven-
ció a las fuerzas políticas, no sólo moderadas —democristianos, li-
berales, qualunquistas o derecha monárquica—, sino también de la
izquierda socialista y comunista, de la necesidad de renunciar a la
depuración para pacificar lo antes posible el país. Como consecuen-
cia de ello, ya desde finales de 1944 la cuestión de la culpa colec-
tiva fue gradualmente marginada en el discurso público a través de
una multiplicidad de estrategias narrativas. Una de las más popu-
lares fue la tesis del fascismo «en buena fe», según la cual los ita-
lianos habían apoyado al fascismo creyendo que éste restauraría los
48
Rossi, E., y Salvemini, G.: Dall’esilio alla Repubblica. Lettere 1944-1957, edi-
ción de M. Franzinelli, Turín, Bollati Boringhieri, 2004, p. 56.
49
Spano, V.: «I nostri giovani», l’Unità, 1 de agosto de 1944.
50
Las personas sometidas a procesos de depuración fueron un total de 300.000.
Tras la llamada «ley Nenni» de noviembre de 1945, que tomaba el nombre del lí-
der socialista que ocupaba entonces el cargo de comisario para la depuración, el
número descendió a 30.000 miembros de los niveles más altos de la administración
pública. En febrero de 1946 sólo 4.800 personas habían sido efectivamente depura-
das; Woller, H.: I conti con il fascismo..., op. cit., pp. 521-523.
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valores tradicionales de «Dios, patria y familia». La transformación
del fascismo en un fenómeno de delincuencia política, postulando
una especie de minoría de edad política de los italianos, permitía
reconducir la cuestión de las responsabilidades de la catástrofe ex-
clusivamente hacia los mayores culpables: la clase política fascista
y la patronal que había sostenido el régimen a cambio de conspi-
cuos beneficios. Otra versión sostenía que la militancia en el par-
tido único había sido una exigencia para no perder el puesto de tra-
bajo o asegurar el mantenimiento de la familia. En cualquier caso,
incluso reconociendo la responsabilidad política de los italianos, se
recordaba que éstos ya habían pagado un alto precio con los sufri-
mientos y horrores de la guerra.
Si alguien se distinguió, investido por su reconocida autoridad,
por hacer de la irresponsabilidad de los italianos una interpretación
generalmente aceptada del fenómeno fascista fue el filósofo liberal
Benedetto Croce. En sus colaboraciones en la prensa y sus discur-
sos públicos defendió que la secular cultura nacional, basada en los
sentimientos de humanidad y moderación, no había logrado ser co-
rrompida por un régimen brutal y carente de ideología propia, así
que, cerrado el breve paréntesis de la dictadura, Italia podía reto-
mar su camino de civilización entre las naciones democráticas 51.
Por otro lado, la Iglesia, que había obtenido grandes beneficios de
su estrecha colaboración con el régimen, rechazó a su vez la posi-
bilidad de un examen sereno del pasado. Las jerarquías eclesiásti-
cas siguieron fielmente una posición oficial centrada en el tema del
perdón y la reconciliación, adjudicando las causas del desastre no a
los errores políticos, sino a la pretensión de los hombres de cons-
truir una civilización «sin Dios» 52.
En general, la cuestión de la culpa se acabó convirtiendo en la
convicción de que los italianos no habían sido cómplices, sino víc-
timas del fascismo 53. Mediante un proceso psicológico que proyec-
51
Croce, B.: Scritti e discorsi politici, 1943-1947, vol. I, Bari, Laterza, 1963,
p. 22.
52
«Radiomessaggio natalizio di Pio XII al mondo», La Civiltà católica, 15 de
enero de 1944. Véase también Miccoli, G.: «La Chiesa di Pio XII nella società
italiana del dopoguerra», Storia dell’Italia repubblicana, I, Turín, Einaudi, 1994,
pp. 537 y ss.
53
A un resultado análogo llegó el proceso de reflexión sobre el pasado en Ale-
mania: Benz, W.: «Postwar Society and National Socialism: Remembrance, Amne-
sia, Rejection», en Tel Aviver Jahrbuch für deuthsche Geschichte, 1990, p. 12.
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taba hacia el pasado experiencias más recientes, descrito por Paolo
Alatri, miembro del Partido de Acción y futuro historiador del an-
tifascismo, muchos exfascistas conversos estaban sinceramente con-
vencidos de haber sido siempre unos verdaderos antifascistas 54.
Para el historiador del pensamiento político liberal Guido De Rug-
giero, la completa ausencia de conciencia de la propia culpa se ex-
plicaba por la obra de «desresponsabilización» de los individuos
realizada por la dictadura 55. De hecho, el rechazo del discurso so-
bre la culpa era una consecuencia de la incapacidad para recono-
cerse en las propias convicciones pasadas, fruto de la subversión
del cuadro de valores compartidos producida por el cambio de ré-
gimen. En cualquier caso, la prioridad dada por todos los parti-
dos a la pacificación de los ánimos desembocó en la amplia amnis-
tía concedida en junio de 1946, y un velo de amnesia cayó sobre la
responsabilidad de los italianos 56.
Como ya hemos dicho, la historiografía ha insistido sobre todo
en la remoción del fascismo como resultado final del debate posbé-
lico. Sin embargo, ampliando la perspectiva al conjunto de meca-
nismos retóricos puestos en marcha por las fuerzas político-intelec-
tuales, más bien la conclusión es que, en el arco de tiempo que va
desde julio de 1943 a finales de 1945, se confrontaron dos narracio-
nes opuestas de la experiencia fascista. Paralelamente y junto a la
construcción del mito del antifascismo se desarrolló, también den-
tro del mismo frente antifascista, un discurso que ponía el acento
en la vasta obra de corrupción de las conciencias llevada a cabo por
la persuasiva máquina organizativa y propagandística del régimen,
subrayando el consiguiente peligro que suponía la supervivencia de
una difusa «mentalidad fascista» para el nuevo Estado democrático.
Que prevaleciera una representación desresponsabilizadora y edul-
corada del pasado no fue fruto del antiguo vicio «chaquetero» de
los italianos, sino de la aplicación de una «política del pasado» am-
pliamente condicionada por las expectativas colectivas y conscien-
54
Alatri, P.: «Morte apparente del fascismo», La Nuova Europa, 17 de junio
de 1945.
55
G. D. R. [De Ruggiero, G.]: «Considerazioni sul concetto di colpa», La
Nuova Europa, 13 de enero de 1946.
56
Salvati, M.: «Amnistia e amnesia nell’Italia del 1946», en Flores, M. (ed.):
Storia, verità, giustizia. I crimini del xx secolo, Milán, Mondadori, 2001, pp. 141-161,
y Franzinelli, M.: L’amnistia Togliatti. 22 giugno 1946: colpo di spugna sui crimini
fascisti, Milán, Mondadori, 2006.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
temente adoptada por las principales fuerzas políticas que, de ma-
nera semejante a lo sucedido en Alemania, condenaban por un lado
la ideología fascista, mientras por el otro reintegraba a la vida pú-
blica a la mayoría de quienes habían creído en el fascismo 57.
Un ejemplo de difícil transición al posfascismo: los intelectuales
de la «generación del littorio»
Los antifascistas tenían buenas razones para creer que la mayor
parte de los italianos encontraría en breve plazo una colocación po-
lítica dentro del nuevo sistema, pero la cuestión de la llamada «ge-
neración del littorio» o de Mussolini, es decir, los jóvenes nacidos y
crecidos en el seno del régimen fascista, no podía ser afrontada con
el mismo optimismo. Las nuevas generaciones habían sido criadas
desde la infancia en las organizaciones del partido fascista, que ha-
bía dispuesto un complejo programa educativo destinado a seguir
al joven en cada momento de su vida. Esta obra de formación, que
tenía como objetivo la creación de un «hombre nuevo», había sido
especialmente eficaz con los jóvenes pertenecientes a las clases me-
dias, entre quienes el régimen había seleccionado una nueva elite
intelectual de auténticos militantes en la fe fascista cuya tarea era
propagar esa fe y sus mitos entre las masas 58. El qué hacer con es-
tos jóvenes animó un prolongado debate en la prensa.
En todos los análisis de los observadores contemporáneos,
desde los comunistas a los liberales, quedó claro que el fascismo
había conseguido crear una profunda fractura cultural entre las
generaciones. Los jóvenes entre veinte y cuarenta años ignoraban
completamente el patrimonio de valores políticos y civiles de la Ita-
lia antifascista y por eso no parecían los más aptos para partici-
par en el esfuerzo colectivo para la reconstrucción del país. El 10
de septiembre de 1943, el líder de la Democracia Cristiana y fu-
turo presidente del gobierno, Alcide De Gasperi, en una carta pri-
vada constataba que el fascismo era «una mentalidad congénita a
la generación más joven» y pensaba que, por esta razón, el anti-
57
Frei, N.: Adenauer’s Germany and the Nazi Past. The Politics of Amnesty
and Integration (1997), Nueva York, Columbia University Press, 2002, pp. XII
y ss., y 303 y ss.
58
La Rovere, L.: Storia dei Guf..., op. cit.
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fascismo tenía que constituir un elemento central de su reeduca-
ción 59. Hasta Croce, quien sostenía en sus intervenciones públicas
que el fascismo no había dejado huellas profundas en la sociedad,
hacia mediados de 1944 reconoció la dramática condición de pos-
tración moral en la que se hallaba la que definía como una «gene-
ración desventurada» 60. Reinsertar a estos jóvenes en la nueva vida
democrática exigía poner remedio a la corrupción provocada por
veinte años de «deseducación» política y descrédito de la democra-
cia. Ante todo, se trataba de que dotar a los jóvenes de aquel sen-
tido crítico y aquella autonomía decisional que el régimen fascista
había sistemáticamente eliminado y que se consideraba un requisito
esencial para el ciudadano democrático.
Para los socialistas, la consecuencia más grave del dominio fas-
cista consistía precisamente en haber dejado como herencia a la
democracia una juventud postrada y sin rumbo, inmadura para
participar en la vida pública. A la generación más anciana, la que
se había opuesto al fascismo, se le encomendaba por tanto la obra
de «reeducación de la juventud» y, al mismo tiempo, la de dirigir
la reconstrucción material y política, rompiendo así una lógica na-
tural de renovación generacional en la marcha del país 61. El histo-
riador Adolfo Omodeo, rector de la universidad de Nápoles y mi-
nistro de Educación Pública en el gobierno Badoglio, subrayaba
que la educación fascista, estimulando el espíritu gregario, había
producido una nivelación general de las inteligencias y un difun-
dido conformismo entre los jóvenes. La nación necesitaba con-
quistar a esos jóvenes para la democracia, sin caer en el error de
sustituir el viejo conformismo con uno nuevo, sino tratando más
bien de estimular en ellos la «pasión por la vida civil y la concien-
cia del deber público» 62. Riccardo Bauer, miembro del Partido
de Acción, proponía que el lema mussoliniano «creer, obedecer,
combatir» fuera sustituido por los conceptos de «antifascismo, li-
bertad, democracia» 63.
59
De Gasperi scrive. Corrispondenza con capi di Stato cardinali uomini politici
giornalisti diplomatici, vol. I, edición de M. R. Catti de Gasperi, Brescia, Morce-
lliana, 1974, pp. 341-342.
60
Croce, B.: Scritti e discorsi politici..., op. cit., vol. I, p. 38.
61
«Un compito: i giovani», Avanti!, 26 de febrero de 1944 (edición de Bolonia).
62
Omodeo, A.: «La rieducazione della gioventù italiana», 13 de enero de 1944,
en Omodeo, A.: Libertà e storia. Scritti e discorsi politici, Turín, Einaudi, 1960.
63
«Intervista con Riccardo Bauer», Gioventù nuova, 24 de diciembre de 1944.
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Incluso no faltaron intentos de experimentar formas de reha-
bilitación democrática de los jóvenes. Por iniciativa del comunista
Concetto Marchesi, exrector de la Universidad de Padua y expo-
nente destacado de la Resistencia, y del democristiano Gustavo Co-
lonnetti, exrector del Politécnico de Turín y exiliado antifascista, se
planteó la idea de crear campos de reeducación ideológica de los
jóvenes universitarios que volvían de la guerra, según el modelo ya
probado con éxito entre los prisioneros italianos en Rusia 64. En el
mejor de los casos, se proponía que los jóvenes tuvieran que some-
terse a un periodo de «cuarentena», es decir, a un periodo de abs-
tención de la participación política, imprescindible para abandonar
las falsas convicciones del pasado y elegir de manera consciente una
nueva colocación política. La desconfianza de los más mayores res-
pecto a los jóvenes quedó demostrada también por el hecho de que
aún tendría que pasar mucho tiempo para que estos últimos pudie-
ran acceder a puestos dirigentes en los partidos antifascistas y a car-
gos electivos de la República 65.
¿Eran correctas estas previsiones tan pesimistas sobre el estado
de la juventud intelectual italiana? A la luz de las colaboraciones
de los jóvenes en la prensa, la respuesta parece ser afirmativa. En
efecto, sólo una parte minoritaria de la juventud intelectual había
encontrado en la participación activa en la Resistencia o en la re-
construcción del país el camino para salir del horizonte ideológico
y cultural del fascismo 66. Entre éstos estaba Pier Paolo Pasolini,
quien señalaba como misión de su generación, maleducada por el
fascismo, la redención mediante una dedicación activa y de corazón
a la reconstrucción de Italia 67. Otra parte se adaptó simplemente,
sin sufrir graves crisis de conciencia o laceraciones interiores, a la
nueva situación política. A estos últimos, como a muchos italianos,
la estrategia del silencio les ofrecía la oportunidad de sepultar la me-
moria del pasado bajo un estrato de olvido tranquilizador, incluso,
en algunos pocos casos, la posibilidad de creer en un «nuevo ini-
cio». Para muchos, en cambio, la caída del fascismo representó no
«Per la gioventù universitaria che ritorna», l’Unità, 15 de abril de 1945.
64
La Rovere, L.: L’eredità del fascismo..., op. cit., pp. 254 y ss.
65
66
Pavone, C.: Una guerra civile. Saggio storico sulla moralità della Resistenza,
Turín, Bollati Boringhieri, 1994.
67
Pasolini, P. P.: Lettere, 1940-1954, edición de N. Naldini, Turín, Einaudi,
1986, pp. 184-185.
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Luca La Rovere Los intelectuales italianos y la transición al posfascismo
un mero cambio de régimen político, sino la repentina desaparición
de todo en lo que hasta entonces habían creído. El hundimiento del
sistema de valores con el que se habían identificado tuvo como re-
sultado una especie de indiferencia moral, acompañada por una ac-
titud de rechazo hacia un mundo convertido de repente en incom-
prensible y hostil. Exaltados por el fascismo como vanguardia de la
historia, estos jóvenes no deseaban nada más que ser olvidados. Ha-
bía una última tipología de jóvenes, entre ellos muchos intelectuales
católicos, a la que pertenecen quienes, aun distanciándose tiempo
antes de los valores y mitos del fascismo, aun habiendo rechazado
el papel de vanguardia que éste les atribuía, aun habiendo vivido la
guerra como una experiencia decisiva que había eclipsado definiti-
vamente las ilusiones del pasado, se habían formado y socializado
en el clima antidemocrático del fascismo. Tenían una idea bastante
negativa de la Italia liberal y se sentían tan extraños respecto a la
nostalgia del pasado fascista que empezaba a reaflorar, como hacia
las certezas del frente antifascista.
Las condiciones de postración, desilusión y desorientación de
la juventud emergieron claramente en el transcurso del debate pú-
blico. Los testimonios de este estado de ánimo llenaron las cartas
de los lectores y las columnas de los periódicos de esos años, resti-
tuyéndonos con nitidez los esfuerzos llevados a cabo por una mino-
ría de intelectuales para hacer frente, con honestidad y humildad,
a lo que entonces se percibía como una crisis generacional. Así, de
la encuesta promovida entre los lectores de la revista La folla re-
sultó que más del 90 por 100 de los casi dos mil jóvenes encues-
tados pensaba que había malgastado su juventud 68. En una carta
a un periódico de Bolonia, un treintañero daba voz a este senti-
miento de desencanto y disgusto por el compromiso político de su
generación: «Viejos sin haber tenido una juventud, querríamos po-
der volver a prepararnos en silencio [...] Queremos sólo ser olvida-
dos. Porque estamos cansados, y ya no somos capaces de servir» 69.
Uno de los exponentes más prometedores de la joven leva fascista,
Giuseppe A. Longo, exsecretario del Instituto de Cultura Fascista
ahora convertido al qualunquismo, describía como una «extraña es-
pecie de ataraxia», de serenidad, el estado de ánimo dejado en su
La Folla, 28 junio, 26 julio y 2 y 9 de agosto de 1945.
68
Maggiori, M.: «Vogliamo essere dimenticati», Domenica, 12 de noviembre
69
de 1944.
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generación por el desplome del fascismo: «es como si nuestra alma
se hubiera vaciado de repente de cualquier sensación noble, desnu-
dado de cualquier sentimiento elevado, resecada, debilitada [...] No
sentimos ya las cosas bonitas, ya no tenemos ninguna confianza fun-
dada en algo mejor» 70.
La crisis de los jóvenes constituía el efecto más visible de la pe-
dagogía fascista a la que habían sido expuestos desde la infancia, es
decir, su incapacidad para actuar fuera de los esquemas mentales y
de comportamiento que la dictadura les había inculcado. La nueva
situación de libertad, que podía haber tenido el efecto de estimular
en ellos un renovado empeño a favor de la sociedad, se transformó,
por el contrario, en una especie de parálisis existencial. Aquellos
que habían sido formados para encarnar al «hombre fascista» se
mostraban incapaces de ser, o al menos de sentirse, ciudadanos del
nuevo Estado democrático. Aldo Moro, por entonces un joven inte-
lectual católico que había sido presidente de la Federación Univer-
sitaria Católica Italiana (FUCI), participando así activamente en la
vida cultural del régimen, y destinado como sabemos a desempeñar
un importante papel político en el futuro de la Italia republicana,
sintetizó ese malestar en una fórmula que expresaba eficazmente el
drama de su generación: el «miedo de ser hombres» 71.
Mientras una parte de la juventud creyó necesario reflexionar
sobre los errores del pasado antes de retomar la palabra en el de-
bate público, otra parte reaccionó a las acusaciones de fascismo
acusando a su vez a la generación de sus padres de no haber sa-
bido oponer resistencia suficiente al fascismo y de no haber sabido
mantener encendida en los jóvenes la llama de la libertad. Se exten-
dió durante esos años el tema de una «generación sin maestros».
En una carta enviada a la revista La Nuova Europa, un joven acu-
saba a los hombres del antifascismo de «deserción» por no haber
sabido guiar a la juventud: «Nosotros hemos estado solos. ¿Cómo
podíamos defendernos? Vosotros lo sabíais todo y no nos habéis di-
cho nada. Vosotros sabíais cómo iba a terminar y habéis dejado que
nosotros —que no sabíamos nada— fuéramos arrastrados hasta el
70
Longo, G. A.: «Vita di guerra perduta», L’Uomo qualunque, 7 de febrero
de 1945.
71
Moro, A.; «Paura di essere uomini», Ricerca, 15 de junio de 1945. Sobre la
actividad del joven intelectual, Moro, R.: «La formazione giovanile di Aldo Moro»,
Storia contemporanea, 4-5 (1983), pp. 842-996.
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fondo» 72. En esos años se desarrolló, por tanto, una auténtica po-
lémica generacional cuyo efecto fue, sin embargo, el de hacer aún
más evidentes las acusaciones y preocupaciones de los mayores ha-
cia el estado de inmadurez política de la juventud italiana.
De hecho, el conflicto generacional de aquellos años era el pro-
ducto de una experiencia sustancialmente diferente del fascismo.
Mientras que para los antifascistas el régimen había sido una brutal
dictadura que había impedido el progreso de la sociedad, los jóve-
nes no habían tenido la oportunidad de elegir, y así habían creído
que el fascismo representaba la superación definitiva de orden de-
mocrático-burgués y el intento de crear una nueva y más avanzada
forma de civilización 73. Pese a la caída del régimen, una parte de la
juventud no estaba dispuesta a renunciar al patrimonio de reflexio-
nes y de experiencias acumulado en los años anteriores, e incluso
pensaba que todo ello podría servir para definir los aspectos polí-
tico-sociales de la nueva Italia. Por esta razón muchos jóvenes in-
telectuales rechazaron la cultura y los programas políticos del an-
tifascismo, porque se presentaba como la negación absoluta del
fascismo y como una vuelta pura y simple a la situación anterior. La
negativa a elegir de manera rotunda entre fascismo y antifascismo
llevó a muchos jóvenes intelectuales de la época a ensayar una ilu-
soria solución posfascista. Aldo Moro fue el más notable represen-
tante de esta tendencia. Profesor en Bari y uno de los más jóvenes
diputados de la Democracia Cristiana (DC) en la Asamblea Consti-
tuyente elegida en 1946, todavía a mediados de 1944 distinguía en-
tre un «antifascismo formal y vacío» y el «posfascismo», entendido
«como fenómeno capaz de entender y, verdadera y sustancialmente,
de superar su término opuesto» 74.
Este tema de la aspiración a una regeneración moral de la polí-
tica opuesta a lo que se juzgaba como vil oportunismo y ansias de
poder del antifascismo aparece en la reflexión de muchos jóvenes
intelectuales crecidos en el fascismo. Un grupo reunido en torno a
la revista milanesa Costume veía la causa del extravío de los jóve-
nes en que éstos se encontraban frente a una política que, falta de
cualquier aspiración ideal, les parecía envilecida y reducida a una
mera capacidad técnica. En las páginas de Costume, la llamada a
72
La Nuova Europa, 21 de enero de 1945.
73
La Rovere, L.: Storia dei Guf..., op. cit., pp. 228 y ss.
74
Moro, A.: «Antifascismo e postfascismo», La Rassegna, 31 de agosto de 1944.
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la dimensión ética y espiritual de la política era utilizada para des-
legitimar a la clase política, considerada poco apta para volver a
levantar al país, contraponiendo a la retórica, al arrivismo y a la
insensibilidad psicológica de las clases dirigentes una superior con-
cepción política de los jóvenes 75. La confianza en las posibilidades
de reconducir las energías nacionales hacia una fórmula que no
fuera ni fascista ni antifascista no se tradujo, sin embargo, en un
proyecto articulado y creíble. En realidad, se trataba de una posi-
ción puramente negativa que contestaba el valor del antifascismo
como ideología, como canon de interpretación de la reciente histo-
ria nacional y como base programática de la reconstrucción iden-
titaria y material de la nación, y negaba desde la raíz la legitimi-
dad de aquel proyecto pedagógico considerado necesario por gran
parte de los antifascistas para refundar una nueva conciencia de-
mocrática de los italianos.
Esta posición, pese al común rechazo del antifascismo, no era
asimilable al neofascismo, en cuanto partía del presupuesto de que
el fracaso del fascismo era un hecho irrefutable. Más bien suponía
la señal de un malestar de los jóvenes hacia la realidad política de
la posguerra, aunque dentro de él confluían trayectorias político-
culturales y existenciales muy diversas, desde quienes habían to-
mado pronto las armas contra el fascismo a quienes lo habían aban-
donado tarde y por fuerza de las circunstancias. Se trataba de un
vago estado de ánimo, pero no por ello dejaba de tener un efecto
muy concreto: el de poner a un sector relevante de la juventud ita-
liana en una especie de limbo, en una posición en la cual el aleja-
miento del fascismo no resultaba suficiente para superar la descon-
fianza hacia el antifascismo y para aceptar en todos sus términos el
sistema político en vías de realización.
Por su parte, los antifascistas no dejaron de remarcar que esta
posición, que hacía compatible el repudio del «mito fascista» con
el rechazo a asumir los «propósitos de reconstrucción antifascista»,
suponía de hecho un «residuo de mentalidad fascista»:
«mentre esteriormente appare la espressione sincera di un desiderio di
miglioramento e di naturale repulsa per i ritorni immutati all’antefascismo,
75
Parlato, G.: «Dalla moralità del combattimento al moralismo della politica.
I giovani liberali di “Costume” e la delusione dell’antifascismo (1944-1945)», Storia
contemporanea, 6, 1996, pp. 1165-1204.
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è in effetto, occorre ripeterlo, una inconsapevole adesione alla predica-
zione del fascismo, un reliquato della dannosa abitudine di avere chi pen-
sava sempre per tutti, tenendoli sotto la sua paternalistica tutela» 76.
Esta compleja situación amenazaba con socavar los cimientos
del renacimiento democrático, por eso todos los partidos antifas-
cistas adoptaron una estrategia discursiva que insistía en el traba-
joso pero irreversible proceso de emancipación de los jóvenes de
los mitos fascistas. En particular, el Partido Comunista desarro-
lló, a través de sus medios de prensa, una verdadera estrategia de
la memoria para la juventud. Los intelectuales comunistas, a me-
nudo jóvenes que provenían del fascismo, fueron los encargados de
construir una memoria pública de la experiencia fascista que pu-
siera remedio a esa crisis generacional y, al mismo tiempo, que fa-
voreciera el ingreso de los jóvenes exfascistas en el partido. Como
argumentaba en 1946 el intelectual y escritor Elio Vittorini, exfas-
cista convertido al comunismo y autor de una de las más famosas
novelas sobre la Resistencia 77, los jóvenes habían dado su adhesión
al fascismo sobre la base de sus eslóganes revolucionarios y antica-
pitalistas, sin comprender que aquél era sólo un instrumento de la
reacción y del capital. Por ese motivo, el suyo era un modo «anti-
fascista de ser fascistas». La conclusión era que los jóvenes que ha-
bían creído en las promesas de justicia social del régimen tenían
la posibilidad ahora de realizarlas militando en el Partido Comu-
nista 78. Este género de narración será divulgado con extraordinario
éxito —hasta el punto de ser asumido por la historiografía— gra-
cias al libro Il lungo viaggio attraverso il fascismo, del exfascista y
militante comunista Ruggero Zangrandi, donde se describía el difí-
cil itinerario de un joven nacido y crecido en el régimen para en-
contrar el camino del antifascismo 79.
76
«Mientras exteriormente parece la expresión sincera de un deseo de mejora
y de natural repulsa a un regreso al estado de cosas anterior al fascismo, es en ver-
dad, hay que decirlo, una inconsciente adhesión a la predicación del fascismo, una
reliquia de la dañosa costumbre de tener a quien pensaba siempre por todos, man-
teniéndolos bajo su tutela paternalista»; en «Retaggio fascista», L’Azione, 10 de no-
viembre de 1943.
77
Nos referimos a Uomini e no, Milán, Bompiani, 1945.
78
Vittorini, E.: «Fascisti i giovani», Il Politecnico, 5 de enero de 1946.
79
Turín, Einaudi, 1947. Del éxito de este libro son buena prueba las numero-
sas ediciones, la última de 1998.
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Tal política de apertura hacia los jóvenes y, sobre todo, la po-
sibilidad que les ofrecía de efectuar una transición bajo el signo
de la continuidad en el ideal de la revolución —desde la «falsa»
revolución social fascista a la «verdadera» revolución del prole-
tariado— permitió al Partido Comunista acoger a muchos inte-
lectuales exfascistas, sobre todo de esa joven generación, con ca-
sos tan conocidos como los de Pietro Ingrao, Carlo Lizzani, Anna
Maria Ortese, Antonio Ghirelli, Massimo Caprara, Ruggero Zan-
grandi o Fidia Gambetti. Por su parte, la DC, aunque no desarro-
lló una narración tan efectiva sobre la experiencia de los jóvenes
intelectuales provenientes del fascismo, abrió sus puertas a mu-
chos de ellos. En su programa de diciembre de 1943 se podía leer
que el nuevo partido nacía para «construir un puente entre dos
generaciones» 80. El Partido Socialista Italiano (PSI), aun mante-
niendo una actitud verbal de desconfianza hacia los jóvenes influi-
dos por el fascismo, no dudó en tomar contacto con los excomba-
tientes de la República Social Italiana 81, mientras que autorizados
representantes del Partido Liberal y del Partido Republicano llega-
ron a defender que el antifascismo de los más jóvenes podía con-
siderarse más puro y genuino que el de los mayores porque había
sido conquistado a través de un duro aprendizaje de la conciencia
y en condiciones de extrema soledad 82.
Conclusión
El debate sobre las herencias del fascismo muestra de manera
evidente los límites del paradigma antifascista, según el cual los
italianos habrían permanecido inmunes a la influencia fascista y
eso les habría permitido desembarazarse del pasado sin problema,
readaptándose con oportunismo y sin escrúpulos a la nueva situa-
ción política. El diagnóstico sobre el estado de la sociedad italiana
después de veinte años de dictadura imponía a los antifascistas una
80
Demofilo [De Gasperi, A.]: «Il programma della Democrazia cristiana», Il
Popolo, 12 de diciembre de 1943.
81
Neglie, P.: Fratelli in camicia nera. Comunisti e fascisti dal corporativismo
alla Cgil, Bolonia, Il Mulino, 1996, pp. 147-148.
82
Por ejemplo, Terracini, E.: «I giovani che ebbero la tessera», La Voce repu
bblicana, 14 de agosto de 1945.
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tarea prioritaria: no bastaba con haber derrotado militarmente al
fascismo, era necesario también poner en marcha una operación ca-
pilar de reeducación de las masas para levantar sobre bases sólidas
un nuevo Estado democrático. Esta acción reeducativa era consi-
derada especialmente urgente con las nuevas generaciones, y el de-
bate en torno a ellas permite al historiador deducir algunas infor-
maciones importantes sobre la naturaleza del régimen fascista. Una
de ellas, que el aparato organizativo del régimen no había sido esa
escenografía teatral de cartón-piedra, incapaz de trasmitir su propia
visión del mundo y sus valores a las nuevas generaciones. Al con-
trario, los efectos de la pedagogía fascista o como mínimo el vacío
de culturas políticas alternativas creado por ella, no sólo se habían
manifestado claramente en el pasado, sino que persistían en el pre-
sente convirtiendo a toda una generación en incapaz para el ejerci-
cio de la libre y consciente ciudadanía democrática.
El rechazo de la democracia y, sobre todo, de los valores y la
política del antifascismo derivaba sin duda de la inexperiencia en la
práctica democrática y de la incapacidad de valorar de manera rea-
lista las relaciones políticas de la Italia de posguerra. Lo cual supo-
nía, además, un escamotage para reconstruir la continuidad de la
trayectoria biográfica, para intentar mantener unidas las experien-
cias del pasado con las perspectivas del presente. En otras palabras,
los jóvenes trataban de delinear los contornos de «otro antifas-
cismo», porque suscribir el antifascismo de sus padres, que consi-
deraba la experiencia fascista como una pura negatividad a borrar
completamente de la memoria colectiva, habría significado renegar
de sí mismos, del propio pasado, de la propia identidad.
La demanda de un orden posfascista que integrase la experien-
cia y los valores de la «generación del littorio» no era un legado
ideológico fascista, si se entiende como la fe persistente en sus mi-
tos, sino que dejaba entrever un condicionamiento mucho más pro-
fundo ejercido por la dictadura, un modo de entender la política
que sobrevivía a la caída del régimen y que actuaba incluso sobre
individuos que habían abandonado el horizonte histórico e ideoló-
gico del fascismo. En otros términos, el rechazo a vivir la política
democrática, con su relativismo, su pragmatismo y sus compromi-
sos era el síntoma —detectado por los contemporáneos— de la per-
manencia de una concepción «integralista» de la política adquirida
durante los años de formación, una idea de la política como activi-
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dad capaz de satisfacer cada necesidad de la persona, la primera de
ellas la exigencia identitaria. Una urgencia advertida, por ejemplo,
por un intelectual como Franco Fortini, quien, desde la participa-
ción en los Littoriali de la cultura y del arte —competición cultu-
ral organizada por el régimen fascista entre los jóvenes de las escue-
las y universidades—, había pasado a la lucha partisana y de allí a
la militancia socialista. Todavía a principios de 1948 este escritor
sostenía que la reinserción de los jóvenes en el sistema democrático
no podía darse aún por concluida, a causa de la incapacidad de los
partidos para comprender «la novedad de la experiencia vivida por
las generaciones más jóvenes».
En su denuncia del carácter burocrático e ideológico del anti-
fascismo afloraba seguramente el resentimiento por la persistente
exclusión de muchos jóvenes, pero también resonaba en ella el eco
de esa aspiración ética de la política, que hiciera posible recom-
poner las distintas esferas de la existencia humana y responder a
sus numerosas necesidades. Una idea que había constituido y se-
guía constituyendo, aun en nombre de nuevos valores, la idea-guía
del compromiso militante de numerosos intelectuales. Por eso For-
tini decía hablar en nombre de todos «aquellos jóvenes que hoy
continúan su largo viaje para que no exista nunca más una distin-
ción entre vida privada y pública, entre poesía y política, entre cul-
tura y política, no han olvidado sus orígenes, la primera etapa de
su viaje: y si el joven moralismo quizás se ha revestido de aparente
cinismo, no por ello ha desaparecido. Las distinciones tan estima-
das por sus padres no le interesan: quieren una vida y una verdad
total» 83. También para Ruggero Zangrandi, a quien hemos citado
antes, los jóvenes «nuevos en la política» se habían inscrito en los
partidos antifascistas a coste de un penoso tormento interior para
superar el fascismo y para madurar nuevos ideales. Sin embargo,
pronto se habían dado cuenta de que la vieja clase dirigente no era
un ejemplo de virtud y de moralidad. La «revuelta moral» consi-
guiente había dado lugar a un reagrupamiento de los exfascistas en
un «frente de la generación de en medio», situada en la oposición
a todos los partidos 84.
Fortini, F.: «Un viaggio non finito», Avanti!, 13 de enero de 1948.
83
Zangrandi, R.: «Verso un fronte della generazione di mezzo?», Rinascita,
84
enero de 1950.
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No sólo la reconstrucción de las trayectorias biográficas, por sí
mismas poco significativas, sino sobre todo el examen de los tes-
timonios sobre los motivos de la propia evolución ideal y política
que han dejado los protagonistas nos permite avanzar en la hipó-
tesis de que algunos elementos fundamentales de la originaria for-
mación política contribuyeron a determinar las nuevas opciones
de los intelectuales. Si bien en el nuevo clima las actitudes ideoló-
gicas maduradas durante el fascismo se injertaron dentro de cul-
turas políticas muy distintas y dieron lugar a formas parcialmente
inéditas. Además, el hecho de que no se verificaran fenómenos
significativos de migraciones políticas en masa desmiente una fre-
cuente versión de aquellos acontecimientos, según la cual desde
el fascismo era natural, por una supuesta contigüidad ideológica,
acabar militando en un partido en lugar de otro. Sería equivocado
deducir que la joven intelectualidad estaba atraída exclusivamente
por el comunismo porque existía una especie de afinidad entre los
dos totalitarismos 85.
Los jóvenes intelectuales fueron los únicos que reflexionaron
públicamente, bien obligados a responder a las acusaciones de los
mayores, bien porque fueron los más duramente afectados por la
crisis de valores producida por el desplome del régimen, sobre su
propia desorientación y su dificultad de inserirse nuevamente en el
mundo político y cultural. Pero su salida del fascismo se produjo
por itinerarios muy distintos. En muchos casos, las convicciones
políticas individuales se modificaron como consecuencia de expe-
riencias personales, o por la percepción del contexto externo. En
general, la definición de una nueva orientación fue el resultado de
una compleja trama de reflexiones sobre el pasado y de necesida-
des psicológicas e identitarias, junto con el decisivo papel de las
redes de amistades, la casualidad de los encuentros y las oportuni-
dades que se presentaron a cada uno 86. Pese a la dificultad de re-
ducir a un esquema típico todos esos itinerarios biográficos y exis-
tenciales muy tortuosos y accidentados, se podrían distinguir al
menos tres tendencias principales, tres opciones ideales en ese re-
corrido de abandono del fascismo.
85
Por ejemplo, Buchignani, P.: Fascisti rossi. Da Salò al Pci: la storia sconos
ciuta di una migrazione politica, 1943-1953, Milán, Mondadori, 1998, o Serri, M.:
I redenti..., op. cit.
86
La Rovere, L.: L’eredità del fascismo..., op. cit., pp. 258 y ss.
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En primer lugar, hubo quien creyó salvarse de la crisis identi-
taria producida por el fin de su mundo reivindicando una abso-
luta coherencia con los valores e ideas del pasado: fue la posición
de quienes acabaron militando o simpatizando con alguna de las
expresiones del neofascismo de la posguerra. Una variante de esta
posición fue la de quienes, aun abandonando el horizonte ideo-
lógico del fascismo, retuvieron del pasado una profunda aversión
contra el materialismo, el colectivismo o el internacionalismo co-
munista, dando su adhesión a la derecha monárquica, conserva-
dora o católica.
El segundo itinerario fue el recorrido por aquellos que eligie-
ron una forma de continuidad ideal incluso en la discontinuidad
de las opciones políticas. La recuperación selectiva de algunos te-
mas del programa social y popular del régimen y la persistente fas-
cinación por los mitos de palingenesia social pudo favorecer una
llegada al Partido Comunista o al Partido Socialista. Desenmasca-
rado el «engaño» fascista, con su retórica anticapitalista y antibur-
guesa contra las fuerzas conservadoras, permanecía en el fondo la
aspiración a una acción social y revolucionaria. Se trató, como es
obvio, de una recuperación selectiva del pasado destinada a enfati-
zar las continuidades ideales dejando de lado otros elementos ideo-
lógicos —el nacionalismo, el imperialismo o el racismo— que ha-
bían caracterizado en igual medida la actividad intelectual de los
jóvenes fascistas.
La tercera opción fue la elegida por quienes llevaron a cabo su
personal transición a través de una radical ruptura y un completo
cambio no sólo del marco ideológico, sino también de los valores
individuales. Reconociendo el carácter utópico del ideal revolucio-
nario, de cualquier revolución, se distanciaron de su infatuación ju-
venil con los mitos colectivos del Estado totalitario y pasaron a de-
fender una auténtica política liberal al servicio de la colectividad y
de la persona. Fue el caso, por ejemplo, de Vittorio Zincone, quien,
partiendo del propio conocimiento de los mecanismos del Estado
totalitario gracias a su condición de dirigente de organizaciones po-
líticas del régimen, se dedicó luego a la denuncia del carácter irra-
cional y antihumano de los totalitarismos tanto de derecha como de
izquierda 87.
87
Zincone, V.: Lo Stato totalitario, Roma, Edizioni Faro, 1947. Zincone había
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En suma, el debate sobre la cuestión de los jóvenes permite sa-
car a la luz un hecho a menudo marginado por los historiadores.
Desde la perspectiva de las culturas y las mentalidades, la transi-
ción al posfascismo y la reorganización de la vida pública italiana
de posguerra no se llevó a cabo bajo el signo de la discontinuidad,
sino que estuvo condicionada de manera importante por los ras-
tros dejados en la sociedad por veinte años de pedagogía totalita-
ria. El análisis de las actitudes de la juventud intelectual no agota,
por supuesto, el tema de los legados de la dictadura. Sin embargo,
si se pone en relación con la discusión más general sobre los efec-
tos del dominio totalitario que protagonizaron observadores fiables
por parte antifascista, puede ser tomada como un indicador de pro-
cesos más profundos y sólo parcialmente analizables por las dificul-
tades ya mencionadas en la introducción.
El caso de los jóvenes intelectuales exfascistas demuestra que la
transición al posfascismo se caracterizó por la dificultad de muchos
italianos para emanciparse de la formación recibida y de la men-
talidad asimilada en los años de la dictadura, y para reconstruirse
una nueva identidad compatible con los valores ahora dominantes
de democracia y libertad. La misma dialéctica política dentro de
cada partido estuvo influida por la confluencia de diferentes com-
ponentes generacionales, que se caracterizaban por una distinta vi-
sión del pasado y diferentes proyectos para el futuro. El recorrido
hacia el antifascismo y la democracia por parte de las generaciones
crecidas bajo el régimen mussoliniano —y no sólo ellas— fue, por
tanto, lento y trabajoso, resultado de un atormentado proceso de
evolución ideal y de maduración política que sólo unos pocos ha-
bían iniciado en los últimos años del régimen y que para muchos si-
guió mucho más allá de su caída. Ésa fue la razón de que una parte
de la juventud intelectual, en lugar de participar activamente en la
reconstrucción del país como parecía lógico, permaneciera bastante
tiempo en una posición de rechazo o de indiferencia respecto a la
nueva Italia antifascista.
Por lo demás, los dirigentes antifascistas eran conscientes de
que la tarea de sacar al país fuera del fascismo ocuparía a la clase
política durante los próximos años. Como escribió el intelectual y
periodista Panfilo Gentile a principios de 1947, si los fascistas o los
sido, entre otras cosas, miembro de la Oficina de Estudios y Legislación del Partido
Nacional Fascista; en Gentile, E.: La via italiana al totalitarismo..., op. cit., p. 294.
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neofascistas representaban tan sólo a una minoría desdeñable y ya
no suponían una amenaza, la insidia mayor provenía de aquel sen-
timiento antidemocrático aún ampliamente extendido: «El régimen
democrático marcha con un ejército enemigo en sus flancos o, si
se quiere, por una masa que respecto a la democracia no tiene más
sentimientos que la desconfianza y el desprecio» 88.
[Traducción del italiano: Javier Muñoz Soro]
88
Gentile, P.: «L’altro fascismo», Risorgimento liberale, 28 de marzo de 1947.
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DOSSIER
Los intelectuales
en la Transición
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Ayer 81/2011 (1): 145-169 ISSN: 1134-2277
Entre las experiencias
y las expectativas. Producción
académico-intelectual
de la transición a la democracia
en el Cono Sur de América Latina
Cecilia Lesgart
Universidad Nacional de Rosario
Universidad Nacional de Quilmes
CONICET (Argentina)
Resumen: Se describe una de las posibles historias del uso del concepto
democracia y de la producción de la fórmula «transición a la democra-
cia» en el Cono Sur de América Latina. Ante todo, esto fue un proceso
de innovación teórica que ocupó a intelectuales y/o académicos, y que
ocurrió antes de que tuvieran lugar los procesos históricos que se inau-
guran con las elecciones fundacionales. El objeto de estudio es el pen-
samiento intelectual que revalorizó a la democracia política y que cons-
truyó la idea de transiciones desde los gobiernos autoritarios y hacia la
democracia. Se muestran las distintas capas de significados conceptua-
les que quedaron delineados mientras se revisaban las concepciones de
la política y del cambio político que hasta allí se habían sostenido. Fi-
nalmente, se subraya que éste fue un proceso de tránsito teórico que
ocurrió en un espacio geográfico múltiple y en el que se cruzan finan-
ciación de proyectos; contactos nacionales, internacionales y regionales
entre académicos e intelectuales, y las condiciones abiertas por el exi-
lio por razones de persecución política.
Palabras clave: Cono Sur de América Latina, transiciones a la democra-
cia, golpes militares, intelectuales, académicos.
Abstract: The article tells a possible story about the conceptual history of
the democracy and the transition to democracy in the Southern cone
of Latin America. Before all, this was a theoretical innovation process
that occupied two intellectual or academics groups, and happens when
transitions from authoritarian rule processes were not open. The core
issue is the intellectual thought who underlines political democracy
and produces the «transition to democracy» idea. It shows that this
Recibido: 25-08-2010 Aceptado: 02-12-2010
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
theoretical transition occurs in a multiple geographic space. In where
research projects, financial sources, national, regional and international
contacts between academics and intellectuals, cross borders.
Keywords: Latin America Southern Cone, Transitions to democracy,
Military rule, Intellectuals, Academics.
Construcción y travesía de ideas a través de un territorio
geográfico amplio
Entre los años 1960 y 1970 en el Cono Sur de América Latina
emergen sucesivamente regímenes militares en Brasil (1964), en Ar-
gentina (1966 y 1976), en Chile y en Uruguay (1973). Éstos surgen
y se enmarcan en las Doctrinas de Seguridad Nacional 1 aplicadas
en la región, con la subsecuente instalación de Estados represivos
que, actuando nacional y regionalmente 2, clausuran los canales de
participación y expresión política, social y cultural, y clandestinizan
el uso de la violencia física. A partir de aquí puede explicarse la re-
presión desatada contra las organizaciones políticas y sindicales en
general, y particularmente sobre las que, en el marco del sentido
ofrecido por la guerra fría, habían emprendido una lucha armada
contra el capitalismo y la «democracia burguesa»: la intervención
de las universidades públicas sede de jóvenes y profesores movili-
zados, el cese de contrataciones a académicos que desarrollaban la-
bores de investigación y/o docencia, el silenciamiento de distintos
intelectuales y la instalación de maquinarias sistemáticas de perse-
1
Tal vez para un lector no latinoamericano resulte extraño llamar «Doctrina de
Seguridad Nacional» a un tipo de política exterior norteamericana que nunca fue
oficial o formalmente redactada. Sin embargo, ella fue la guía que en el marco de
la guerra fría llevó a que las fuerzas armadas de los países latinoamericanos acen-
tuaran (como en el caso de Argentina, donde los golpes de Estado militares fueron
recurrentes desde la década de 1930 del siglo xx) y/o transformaran su función. A
raíz de la Doctrina de Seguridad Nacional, las fuerzas armadas debían controlar el
orden interno de cada país para combatir y/o desterrar ideologías, organizaciones,
movimientos políticos afines con lo que desde Estados Unidos se creía próximo al
comunismo. Esas fuerzas armadas (ejército, marina y armada) actuaron conjunta-
mente o a través de liderazgos fuertes (como el caso de Pinochet en Chile) junto a
las policías nacionales y en muchos casos en connivencia con los civiles.
2
Regional en el marco del Plan Cóndor, aunque cada país tuvo su particula-
ridad en el uso y clandestinización de la violencia, entre los que Argentina puede
considerarse el más salvajemente represivo.
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
cución, encarcelamiento, tortura y desaparición de personas. Esta
situación provoca que varios académicos e intelectuales emprendan
una reconsideración de las formas de hacer política y de las ideas
políticas que hasta allí le habían dado sentido al mundo. ¿Cómo se
organiza el pensamiento intelectual en torno a la democracia y a las
transiciones a la democracia en el Cono Sur de América Latina?
El tránsito teórico que desplaza los grandes conceptos que hasta
allí le habían proporcionado inteligibilidad y habían organizado las
batallas políticas se ordena rápidamente entre los últimos años de
la década de 1970 y los primeros de la de 1980. Con los golpes de
Estado, atrás quedan las contiendas teórico-políticas orientadas por
las políticas reformistas de la modernización y el desarrollo, que ha-
bían sido contestadas por las teorizaciones de la dependencia y re-
basadas ambas por las urgencias de la revolución.
Los regímenes militares se viven como una crisis extrema de la
política y cobran intensidad frente a la imperiosa necesidad de pre-
servar la vida individual. Esto culmina en un proceso que va más
allá de la reconsideración de experiencias políticas puntuales. Así, la
instalación de gobiernos militares compele a buscar nuevos concep-
tos que contribuyan a describir y a evaluar la situación presente y a
compararla con un pasado más o menos próximo, nacional o regio-
nal. Por ejemplo, si los golpes militares son un tipo de régimen polí-
tico o de Estado, y si éste es burocrático-autoritario, fascista o de ex-
cepción, o si lo que se halla es un «nuevo autoritarismo». El término
autoritarismo es usado de manera generalizadora y designa distintas
cosas: situaciones inmediatas como los regímenes militares, la vio-
lación sistemática de los derechos humanos y el clima de silencio y
terror impuesto desde el Estado, lo que deriva en una crítica más
general a las experiencias políticas que hubiesen negado o desco-
nocido las garantías individuales. Asimismo, se emplea para resaltar
rasgos en la cultura política, el comportamiento de algunos actores y
tipos de arreglos institucionales. Con esta palabra son evaluados los
populismos latinoamericanos, los caudillismos, los corporativismos y
diversas prácticas partidarias o intelectuales de las izquierdas.
Al mismo tiempo, se despliegan ejercicios tendentes a buscar
o imaginar rumbos políticos diferentes a los presentes. Los térmi-
nos democracia (política, representativa, poliárquica) y transición
(desde los gobiernos autoritarios y/o militares y hacia la democra-
cia) contribuyen a juntar fuerzas afectivas y políticas frente a la si-
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
tuación presente. Usadas como consignas destinadas a corroer a
los regímenes militares, estas ideas son halladas en regímenes po-
líticos consolidados (como las experiencias democráticas del «cua-
drante noroccidental del mundo»), en la descomposición de los re-
gímenes autoritarios en los países mediterráneos (Grecia, España y
Portugal), en discusiones desplegadas en países europeos que rein-
terpretan el socialismo en clave de una «tercera vía», o en las tra-
yectorias pasadas de algunos países del Cono Sur de América La-
tina para imitarlas o alejarse de ellas. Por ejemplo, la democracia
del propio pasado chileno, al que se le critican sus incapacidades
con el objetivo de corregirlas en el futuro, o los ciclos recurrentes
de militarización propios del régimen político argentino del que
hay que alejarse.
Por supuesto que la selección de determinados conceptos para
caracterizar a los regímenes militares presentes o a la democracia
deseada no se usaron imparcialmente. Como se verá en los apar-
tados siguientes, el «parecido de familia» en el que se buscan nue-
vos vocabularios o encuentran experiencias para nombrar el futuro
especifica diferentes grupos y tendencias de académicos e intelec-
tuales. Sin embargo, ya en el año 1978 la utilización del término
«democracia» muestra un progresivo y sostenido consenso acadé-
mico-intelectual. En el Cono Sur de América Latina se pone en es-
cena en el congreso titulado «Las condiciones sociales de la de-
mocracia» que organiza el Consejo Latinoamericano de Ciencias
Sociales en Costa Rica. Aunque este evento regional reúne en su tí-
tulo palabras de un léxico viejo, marca el inicio de un programa de
reflexión que convoca a intelectuales provenientes de tendencias
teóricas enfrentadas pocos años antes 3. Tomando como unidad de
análisis los conceptos, sus usos y significados, este escrito intentará
mostrar las diferentes capas de sentido que se producen con el em-
pleo del término democracia. A pesar de que en los años inmedia-
tamente anteriores ésta no había gozado de una connotación posi-
tiva en muchos círculos académico-intelectuales 4, rápidamente se
3
El debate puede verse en VVAA: Los límites de la democracia, Buenos Ai-
res, CLACSO, 1985.
4
Por ejemplo, en Argentina es usada por distintas tendencias de la izquierda
no enrolada en el Partido Comunista como «máscara de dominación burguesa» o
como democracia «formal». Mientras que entre los últimos años sesenta y prime-
ros setenta había quienes la usaban para caracterizar regímenes políticos deseados,
y por ello eran tildados de «liberales».
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convierte en una palabra que neutraliza su carga valorativa frente a
los golpes militares.
Hasta aquí se ha mostrado cómo la democracia se constituye en
un prisma 5 para mirar y evaluar la política, y cómo otros concep-
tos le imprimen su impronta al mundo de los debates teórico-polí-
ticos. Todos ellos comienzan a reemplazar el paisaje terminológico
cercanamente pasado y organizan un pensamiento en torno al trán-
sito que debe (y eventualmente puede) producirse desde los go-
biernos autoritarios y hacia la democracia. La democracia es una
palabra defensiva que sirve para reclamar las garantías individuales
arrasadas por las dictaduras militares, ayuda a deslindar la vida de
la muerte 6, le da sentido a la revalorización del Estado de Derecho,
y, junto a la transición, el nombre a los gobiernos devenidos con y
a partir de las primeras elecciones constitucionales. Por lo menos
así se autodenominan los gobiernos de Raúl Alfonsín en Argentina
y de Patricio Aylwin en Chile.
Asimismo, este pensamiento se compone con anterioridad a que
haya signos empíricos de resquebrajamiento de los regímenes mili-
tares, y con bastante antelación a las rutas políticas que posterior-
mente nombró como «transiciones a la democracia». Por un lado,
se constituye imaginando un horizonte de expectativas opuesto a un
campo de experiencias, lo que teóricamente se organiza a partir de
pares conceptuales opuestos que dan cuenta de fracasos y esperan-
zas y que dibujan pasado y futuro: autoritarismo/democracia y revo-
lución/democracia. Este binomio didáctico marca a fuego la impre-
cisión conceptual de las ciencias sociales, aunque al mismo tiempo
es altamente efectivo para movilizar identidades en el mundo de
la política interesadas en impulsar el cambio. De esta manera, hay
5
La idea de prisma o prismático se utiliza en un sentido metafórico. Con ella
se intenta mostrar cómo el término democracia obró casi como «un objeto» a tra-
vés del cual se miró, calificó y evaluó el pasado y el presente. Como a través de un
prismático que refracta, refleja, descompone o dispersa la luz, las miradas realiza-
das hacia el pasado o hacia el futuro transformaron a la democracia en un prismá-
tico. Consultar Lesgart, C.: Usos de la Transición a la Democracia. Ensayo, ciencia
y política en los años ochenta, Rosario, Homo Sapiens, 2003. Para el uso de me-
táforas en la teoría, Blumenberg, H.: Naufragio con espectador, Madrid, Antonio
Machado Libros, s.f.
6
Las ideas de «parecidos de familia» y de una democracia que permite deslin-
dar la vida de la muerte pueden rastrearse en Nun, J.: La rebelión del coro. Estudios
sobre la racionalidad política y el sentido común, Buenos Aires, Nueva Visión, 1989.
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
que subrayar que la idea de transición cumplió un valioso papel.
Su uso más extendido permite pensarla como un trayecto pausado
y pautado, paulatino y pactado, gradual, realizado a través de múl-
tiples y no de una sola jugada como denotan las ideas de revolu-
ción o «toma del poder». Empleada como metáfora espacio-tempo-
ral de movimiento permite retrasar la llegada del futuro allí donde
la contingencia de los procesos no se ajusta a los tiempos esperados
(por ejemplo, la transición por colapso en Argentina, prolongada en
Chile, excepcionalmente prolongada en Brasil). Así, cuanto meno-
res son las experiencias políticas que emular del pasado, mayor es
el campo de expectativas que se abre con las transiciones a la de-
mocracia, lo que marca las diferencias entre los casos chileno y ar-
gentino que son los que mayormente ocupan estas páginas. Por otro
lado, se compone a partir de experiencias políticas fracasadas (la re-
volución y el socialismo), de hipótesis teóricas contrariadas por los
procesos en curso (la modernización y el desarrollo que se suponía
que producirían el despliegue o sostenimiento de la democracia po-
lítica), y de términos, debates y realidades políticas encontradas en
el Cono Sur, en América Latina y en otras latitudes.
Así se va construyendo un territorio geográficamente amplio en
el que se cimentan las «transiciones a la democracia» como ideas,
rutas de cambio político, conceptos, y en el que influyen y se in-
cluyen centros y programas de investigación nacionales, regionales
e internacionales, y un conjunto heterogéneo de científicos e inte-
lectuales que construyen o solidifican redes y contactos personales
o institucionales. Como se subrayó más atrás, los regímenes milita-
res intervienen las universidades públicas, clausuran carreras uni-
versitarias, expulsan al exilio (interno o externo) o encarcelan a
diferentes intelectuales o académicos, e imponen un clima de vigi-
lancia, silencio y terror. Quienes logran sobrevivir, reorganizan es-
pacios institucionales, formales o informales, dentro de sus países
pero fuera de los sistemas estatales, estableciendo relaciones institu-
cionales, académicas o financieras con científicos, programas o cen-
tros de investigación privados o públicos no-estatales nacionales e
internacionales, y con fundaciones que financian algunas líneas de
investigación sobre otras. Otros espacios se constituyen fuera de
las fronteras geográficas nacionales, regionalmente como faculta-
des bajo patrocinio de la Unesco y como programas de formación
superior o investigación (por ejemplo, Facultad Latinoamericana
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de Ciencias Sociales en Santiago de Chile, Buenos Aires y México
DF). El Concejo Latinoamericano de Ciencias Sociales se cons-
tituye como una «universidad itinerante» 7, espacio propicio para
la circulación de la comunicación intelectual en América Latina y
de ésta con relación al mundo, albergando, impulsando y patroci-
nando el trabajo de intelectuales de diversas tendencias teóricas y
trayectorias políticas heterogéneas. Respalda encuentros para el de-
bate y la reflexión regional que son publicados como compilaciones
o en su revista Crítica y Utopía. Como paraguas institucional otorga
becas para que los científicos sociales permanezcan, en la medida
de lo posible, en sus países. Reúne y le da visibilidad a los centros
de investigación más representativos de la región y conforma gru-
pos de trabajo que se replican en esos centros. Los lugares del exi-
lio adquieren mucha importancia, entre otras cosas para la reconsi-
deración de las experiencias políticas. El mexicano es el intelectual
y académicamente más poderoso en relación con la introducción
resemantizada en la región de debates que ocurren en Europa, co-
laborando en el desmontaje del vocabulario marxista y en la reno-
vación del socialismo. También hay proyectos de investigación con-
formados por académicos de distintas geografías, pero radicados en
y financiados por Estados Unidos. El del Woodrow Wilson Inter-
national Center for Scholars, coordinado por O’Donnell, Schmitter
y Whitehead, es fundamental para observar una producción siste-
mática sobre las transiciones y la conformación de un área de estu-
dios en política comparada 8. Todo este proceso, que contornea un
territorio teórico-conceptual más que geográfico, provoca el inter-
cambio de ideas entre académicos, intelectuales y políticos latinoa-
mericanos, europeos y norteamericanos, y redunda en la utilización
de un léxico común y compartido en el cual el prismático de la de-
mocracia política resignifica los contenidos de la política. Ese voca-
bulario, que excede la reflexión sobre los casos nacionales, es ca-
paz de viajar entre distintos continentes unificando rutas políticas
diversas. Pero en Argentina y en Chile, y sobre todo para los inte-
7
Tomo el término de Pérez Piera, A.: «Prácticas sociales innovativas durante
el Uruguay autoritario. El caso de los centros de investigación en Ciencias Socia-
les», Cuadernos del CLAEH, 35-2 (1985), pp. 19-35.
8
Del que surgieron los volúmenes compilados por O’Donnell, G.; Schmit-
ter, P., y Whitehead, L.: Transitions from Authoritarian Rule, Washington, The
Johns Hopkins University Press, 1986.
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lectuales de izquierdas que con los golpes ven desafiadas sus an-
tiguas ortodoxias teóricas y político-partidarias, el contacto fluido
con debates e intelectuales de otras geografías redundó en el desli-
gamiento entre sus ideas y la organización política, entre su acción
política y la presión sobre la acción armada, abriendo nuevas ideas
en torno a la política 9.
En las páginas que siguen se irán mostrando las diversas capas
de sentido y significados con las que se empleó el término democra-
cia. Cuestión que, como se dijo más atrás, caracteriza a los distintos
académicos e intelectuales que la usan. Asimismo quedará esbozada
una paradoja. Fue la instalación de los gobiernos militares la que im-
pulsa la crítica a anteriores pasados teórico-políticos (revolucionario,
socialista, modernizador) y motiva la construcción de una idea y un
proyecto de sociedad antagónico a los mismos (la democracia). Por
esto, las nuevas formas de pensar la política conservan muchas de
las características opositoras que estuvieron en el origen.
Experiencias derrotadas: desde la revolución
a la transición democrática
No interesan todos los dilemas que se les presentan a las distintas
izquierdas con posterioridad a los golpes 10. Sí destacar a un grupo de
intelectuales que transforma la valoración de antiguos términos, re-
flexiona sobre un socialismo que no se debate a duelo con el capita-
lismo, al que se lo entiende como profundización de la democracia, y
que juzga que el avance de la organización popular no puede hacerse
sin antes recuperar los contenidos del Estado de Derecho.
Los regímenes militares se convierten en la experiencia inme-
diata que permite que ideas y prácticas pretéritas sean evaluadas
9
En el Cono Sur de América Latina se ha llamado a este proceso «desprovin-
cianización» o «desparroquialización». Consultar Lechner, N.: «El debate intelec-
tual en América del Sur. De la Revolución a la Democracia», en Lechner, N.: Los
patios interiores de la democracia. Subjetividad y política, Santiago de Chile, Flacso,
1988, pp 17-38.
10
Consultar Barros, R.: «Izquierda y democracia: debates recientes en Amé-
rica Latina», Zona Abierta, 39/40 (1986), pp. 38-59; Lesgart, C.: «El tránsito teó-
rico de la izquierda intelectual en el Cono Sur de América Latina: “¿reforma moral
e intelectual?” o ¿liberalismo político?», Revista Internacional de Filosofía Política,
16 (2000), pp. 19-41.
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como errores cometidos que han conducido a las dictaduras mi-
litares y no a la sociedad socialista en la región. La pregunta so-
bre la responsabilidad de las acciones y omisiones de las izquierdas
frente al advenimiento de los gobiernos militares se realiza en tér-
minos de derrota (Argentina) o de fracaso (Chile) de los proyectos
socialistas que después de Cuba se habían ordenado alrededor de
la revolución. E invita tanto a la reconsideración de las experien-
cias político-partidarias como a una reflexión sobre la reconstitu-
ción de una teoría política 11 que, heterodoxamente formulada, es
pensada como aquello que le faltó al marxismo (una teoría del Es-
tado y de la política).
De esta manera, se someten a examen y discusión las perspec-
tivas concretas que asume la lucha por la construcción y el desa-
rrollo de una alternativa socialista después de los regímenes milita-
res, en un mundo que asiste al principio del fin de la bipolaridad,
en el que se han desmitificado, por mor del terror, las imágenes
construidas en torno a las sociedades de tipo soviético, y en donde
los modelos de bienestar en los países europeos se encuentran en
crisis. Reconocido que el marxismo 12 se encuentra en crisis, pero
también han fracasado las experiencias político-partidarias socia-
listas y ha sido derrotada la vía revolucionaria, la pregunta sobre
el futuro del socialismo encuentra en su articulación con la de-
mocracia varias maneras de gestar otro horizonte de expectativas.
Leyendo sin literalidad las revisiones del eurocomunismo latino,
entienden que el socialismo puede presentarse en una versión «oc-
cidental y democrática». Ésta se complementa con una nueva lec-
tura de Antonio Gramsci. Con éste se formula la idea de que el so-
cialismo asociado con la democracia puede entenderse como una
«reforma moral e intelectual», y que ésta puede constituirse en el
núcleo hegemónico de la «nueva política».
Yendo aún más allá de las discusiones centradas en el socia-
lismo, o de las discusiones estratégicas o tácticas puntuales de la iz-
quierda, se revitalizan preguntas clásicas de la filosofía política (los
límites jurídicos al poder del Estado, el hombre como titular de
11
Consultar Rabotnikof, N.: «El retorno de la filosofía política: notas sobre el
clima teórico de una década», Revista Mexicana de Sociología, 4 (1992), pp. 20-45.
12
Entendido en un sentido amplio como mirada sobre el mundo, ideología po-
lítica y paradigma teórico. Paramio, L.: Tras el Diluvio. La izquierda ante el fin de
siglo, México-España, Siglo XXI, 1989.
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
derechos inalienables, el cómo sobre el quién ejerce la soberanía).
Aunque con ellas también se busca dotar de nuevos bríos a la tra-
dición socialista en crisis, en este camino se encuentran con dimen-
siones olvidadas del liberalismo político. En definitiva, esta tenden-
cia tiene una actitud teórica audaz y asume que pueden recuperarse
tradiciones teóricas y políticas desechadas en el pasado reciente.
Así, se releen autores ajenos a la tradición socialista (Weber, Sch-
mitt) o encontrados en los debates académicos mexicanos y euro-
peos (Rawls, Foucault).
Reconsideraciones de la izquierda intelectual
después del golpe de Estado
Esta tendencia de la izquierda intelectual se puede delimitar
marcando su interés por distinguirse de otras «izquierdas» que con-
tinúan aferradas a lo que éstas consideran «ortodoxias», que a nivel
teórico sostienen la tensión entre libertad e igualdad, y que política-
mente muestran como dilemas a la democracia social y al liberalismo
político, a la democracia liberal y al socialismo revolucionario. Así,
la democracia adquiere significados conceptuales que van más allá
de su demanda en oposición a los regímenes militares. Descartando
que sea «una máscara de dominación burguesa» 13, se valoran sus
contenidos representativos como aquellos que pueden restringir las
posibilidades de regresión autoritaria, a la vez que incorporan com-
ponentes igualitarios a los procedimientos. Esto conforma un campo
semántico de convergencia con otras tendencias políticas y teóri-
cas con las que pocos años atrás había habido enfrentamiento (por
ejemplo, con los que utilizan el término poliarquía). Sin embargo, la
pregunta sobre cómo articular socialismo y democracia se constituye
en la manera de cortar con el pasado y articular un futuro.
Algunos de ellos son argentinos exiliados en México por razo-
nes de expulsión y/o persecución política. Receptor de distintos
exilios a la largo del siglo xx, el de los españoles republicanos en-
tre las décadas de 1930-1940 y el de diferentes países latinoamerica-
nos entre los años de 1950-1980, este país desempeña un papel cen-
tral. Permite que los intelectuales latinoamericanos intercambien e
13
Tomo el término de Barros, R.: «Izquierda y democracia...», op. cit.
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incorporen las distintas experiencias dictatoriales de la región, enri-
quecidas con la siempre abierta experiencia del exilio republicano
español. Asimismo, los emigrados argentinos en México se dan dis-
tintas formas organizativas para la discusión política, político-gue-
rrillera o político-intelectual 14.
Aquellos agrupados en torno al Grupo de Discusión Socialista
y al periódico Controversia 15, que se proponen transformar «la me-
lancolía, la frustración y la nostalgia» del exilio en una «experiencia
positiva» 16, tienen un papel central en las discusiones teórico-polí-
ticas tendentes a la renovación del socialismo (por ejemplo, Juan
Carlos Portantiero, Emilio de Ipola, José Aricó). Interesados en
modular una nueva identidad de izquierda, puede decirse que po-
nen énfasis en la recusación de su propia ortodoxia (teórica y polí-
tica) sostenida con anterioridad a los golpes y en la crítica a la per-
manencia de izquierdas con rasgos «anacrónicos». En este punto
hay una convergencia de preocupaciones con otros argentinos no
exiliados en México y con intelectuales de otras nacionalidades:
chilenos, mexicanos, uruguayos. Se produce así un ajuste de cuen-
tas con la anterior «ética de la convicción» en donde se asume que
la renovación de la cultura política de izquierda supone un ale-
jamiento de la posición de «antagonista del poder» y un acerca-
miento a la gestación de ideas políticas orientadas por un «espíritu
estatal». Para los argentinos, la particularidad de estos intelectuales
y de sus reconsideraciones es que culminan en el acompañamiento
al gobierno de Alfonsín, considerado como un laboratorio en el que
la izquierda socialista renovada se mezcla con el mundo público y
14
Llevando a cabo diferentes empresas políticas o teóricas: tareas de solidari-
dad entre los exiliados, denuncia sobre las persecuciones y violaciones de los de-
rechos humanos, discusiones sobre la táctica y estrategia del presente y del futuro
de agrupamientos guerrilleros como Montoneros o el Ejército Revolucionario del
Pueblo, hasta debates teórico-políticos. Véase Bernetti, J. L., y Giardinelli, M.:
México: el exilio que hemos vivido. Memoria del exilio argentino en México durante
la dictadura 1976-1983, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2003.
15
El periódico Controversia es una publicación periódica aparecida entre 1979
y 1981 y realizada por algunos argentinos exiliados en México. Es fundamental
para observar un cúmulo de discusiones que posteriormente se replicarán en la Ar-
gentina de la transición: la renovación de la cultura política de la izquierda con pos-
terioridad a los golpes, el futuro de la democracia y del socialismo, los diferentes
significados que adquiere la idea de derrota, cómo denunciar a los desaparecidos
por las dictaduras, cómo pensar al peronismo en relación con el socialismo, etc.
16
«Nota editorial», Controversia, 1 (1979), p. 1.
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
mide su capacidad para involucrarse responsablemente en los asun-
tos de gobierno 17. En Chile, la participación de los intelectuales y
académicos de esta izquierda renovada se produce desde la sensa-
ción de que el anterior proyecto socialista de la Unidad Popular
ha fracasado y no hay manera de reeditarlo. Su implicación en el
mundo de la política es inseparable de la lenta descomposición del
régimen militar. Las estrategias elaboradas para lograr una victoria
del NO en el segundo plebiscito contra el régimen de Pinochet es-
timulan un traspaso entre los mundos académico, intelectual y polí-
tico. Esta intelectualización de la actividad política nacida también
de la reconsideración de experiencias teóricas previas, pero sobre
todo de la elaboración de estrategias futuras, se refleja primero en
la Concertación de los Partidos por el No, y posteriormente en la
Concertación de Partidos por la Democracia 18.
Al grupo de argentinos radicados en México los caracteriza el
convertir esas preocupaciones en objeto de elaboración de una teori-
zación de la política que coloca a los regímenes militares como objeto
de crítica, pero no de estudio, y donde la preocupación autorrefe-
rencial por su propio pasado de izquierda hace restarle importan-
cia reflexiva al ascenso de las nuevas versiones teóricas y políticas
neoconservadoras 19. Son ellos quienes emprenden una revisión de los
fundamentos de los programas que hasta allí los había convocado:
contra el reduccionismo economicista y de clase, contra un sujeto
motor de la historia, contra la reducción del conflicto social al polí-
tico, contra la idea clásica de partido socialista.
17
Con el gobierno de Alfonsín se produce un estrechamiento entre intelectua-
les de la izquierda socialista renovada, saberes específicos y el mundo de la política.
Esto no significa que el partido político del presidente, la Unión Cívica Radical,
pudiera ser considerado como un partido socialista. Pero es la imagen de Alfonsín,
un político que se reúne y escucha a los intelectuales, que lee libros, que participa
durante la dictadura en la Asamblea Permanente por los Derechos del Hombre, la
que seduce sobre la del partido.
18
Puryear, J.: Thinking politics. Intellectuals and democracy in Chile, 1973-1988,
Baltimore-Londres, The Johns Hopkins University Press, 1994.
19
A diferencia de algunos chilenos que observan el liderazgo económico de los
«Chicago Boys» durante el régimen pinochetista como la receta «neoconservadora»
aplicada, haciendo de este programa un objeto de crítica e indagación teórico-
política o económica.
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
El socialismo como profundización de la democracia
En el marco general de crisis del marxismo las discusiones so-
bre el eurocomunismo, predominantes en Italia, Francia y España,
fueron traspasando ámbitos intelectuales y llegaron al Cono Sur de
América Latina. Los intelectuales que nos ocupan se apropian de
estos debates, traduciéndolos, para producir la renovación de la
tradición de izquierda socialista. Así, se pliegan a la crítica de los
socialismos realmente existentes en el este europeo y en la Unión
Soviética, y negando la validez universal del modelo de las socie-
dades de tipo soviético, intentan forjar la idea de un socialismo de-
mocrático 20. Así como el fracaso del gobierno de la Unidad Popu-
lar en Chile inspiró al secretario general del PCI Enrico Berlinguer
a revisar la idea de transición al socialismo como enfrentamiento
antagónico con un adversario irreconciliable 21, los latinoamerica-
nos buscan en la premisa de la «tercera vía» los caminos para com-
poner un nuevo fenómeno político e ideológico intermedio entre
la socialdemocracia anglosajona y el comunismo de los países del
este. De esta manera se descarta explícitamente la vía revoluciona-
ria y la dictadura del proletariado (asociada al terror estalinista).
Lo que políticamente se traduce en la adopción de una democra-
cia que acepta el pluralismo político y que asume las libertades bá-
sicas del liberalismo político 22.
Así, los debates sobre el eurocomunismo ayudaron a componer
una identidad teórica y política renovada a esta tendencia de la iz-
quierda socialista que intercambia discusiones, publica entrevistas
y traduce compilaciones de quienes protagonizan esos debates en
el viejo continente (italianos como Della Volpe, Cerroni, Colletti,
Marramao e Ingrao; españoles como Claudín y Paramio; franceses
como Touraine y Buci Glucksmann) 23.
20
En consonancia con el eurocomunismo latino que había pensado que el pro-
ceso desplegado en la Unión Soviética desde 1917 no tenía por qué ocurrir en toda
Europa occidental, especialmente en los países más desarrollados.
21
«Reflexiones sobre Italia tras los hechos de Chile», en Loizu, M. (comp.):
¿Qué es el compromiso histórico?, Barcelona, Avance, 1976.
22
Entrevista de Juan Carlos Portantiero a Christine Buci-Glucksmann: «La
nueva izquierda eurocomunista», Controversia, 7-II (1980).
23
Consultar Della Volpe, G.; Cerroni, H., y Colletti, L.: La dialéctica revo
lucionaria, México, UAP, 1980; Hobsbawm, E.; Cerroni, U.; Rossanda, R., y Co-
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
Asimismo, la crítica y resemantización del vocabulario marxista
usado hasta allí se realiza revisitando al Antonio Gramsci de los
Cuadernos de la Cárcel 24, con quien se identifican. Por un lado, el
italiano colabora en un proceso teórico que le resta peso a la «de-
terminación en última instancia» de lo económico. Esto permite sa-
lir de la visión economicista de la política y a un pensamiento que
veía que todas las luchas sociales tenían el carácter de lucha de cla-
ses. Esto le quita centralidad a un sujeto social preconstituido (la
clase obrera) y abre la mirada a la diversidad de formas en que
pueden articularse luchas contra distintas formas de subordinación
(raza, sexo). Lo que la literatura de la época llama movimientos so-
ciales. En definitiva, la centralidad que Gramsci le da a la dimen-
sión política sutura, de alguna manera, la falta de una teoría sobre
la política en el marxismo. Por otro lado, le pone un límite a los de-
bates en torno al Estado, cuestión que por distintos motivos ocupa
el centro de la escena. A un nivel general, debido a la pregunta so-
bre la existencia de una teoría del Estado en el marxismo 25 y por
la poca presencia de reflexiones sobre la rigidez de la planificación
estatista y burocrática de los socialismos realmente existentes. Par-
ticularmente, debido tanto a los debates regionales sobre la carac-
terización del Estado construido por los regímenes militares, como
por la constatación de que el Estado latinoamericano siempre ha-
bía actuado como productor de sociedad y árbitro de los conflic-
tos 26. Puede decirse que las largas discusiones en torno al concepto
de hegemonía ayudan a posar la mirada más en la sociedad que en
el Estado. Descubriendo así que lo público no siempre es, o nece-
sariamente es, político-estatal.
lletti, L.: El pensamiento revolucionario de Gramsci, México, UAP, 1980; Bob-
bio, N.; Vacca, G.; Gerratana, V., e Ingrao, P.: ¿Existe una teoría marxista del
Estado?, México, UAP, 1980; Revista Mexicana de Sociología, 4 (1982).
24
De alguna manera, la idea de derrota usada por los argentinos se toma de
Gramsci. Véase Portantiero, J. C.: Los Usos de Gramsci, México, Folios, 1981;
Aricó, J.: La Cola del Diablo. El itinerario de Gramsci en América Latina, Buenos
Aires, Puntosur, 1988. Para los casos de Bolivia, Brasil, Chile y México véase Socia
lismo y Participación, 115 (s.f.), y Faletto, E.: «¿Qué pasó con Gramsci?», Socia
lismo y Participación, 64 (s.f.).
25
Que habían intentado elaborarse con las teorizaciones de Althusser y
Poulantzas.
26
Lo que en la politología se llama «matriz estado-céntrica». Véase Cavaro-
zzi, M.: El capitalismo político tardío y su crisis en América Latina, Rosario, Homo
Sapiens, 1996.
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
Estos temas no sólo le dan un nuevo giro a un socialismo que
quiere alejarse del estalinismo y del leninismo. En último término
Gramsci permite construir un pensamiento en el cual la lucha por
la transformación de la sociedad puede producirse como una cons-
trucción de hegemonía. Para estos intelectuales esto significa la po-
sibilidad de hacer sucesivas intervenciones al interior de la sociedad
que tiendan a la paulatina producción de una democracia como
«reforma moral e intelectual». Así, el núcleo hegemónico de la
nueva política democrática supone la producción de un pluralismo
conflictivo, la creación común de consensos y disensos. Queda así
desafiada la asociación del cambio político con la «toma del po-
der». De esta forma el socialismo ya no es definido como el pro-
ducto de la evolución misma del capitalismo, pero tampoco como
el «asalto al Estado». Éste se convierte en una hipótesis para el fu-
turo que necesita una propuesta teórica compleja y una organiza-
ción política más amplia que el partido socialista clásico 27. El socia-
lismo se parece a la construcción de una «ciudad futura» que debe
incluir una democracia liberal (instituciones y procedimientos) y
que presupone la elaboración de recursos intelectuales para una re-
novación político-cultural en sentido amplio (de la cultura política
de actores, de las instituciones, de las prácticas políticas).
Se está en condiciones de enumerar las capas de sentido cons-
truidas en el trayecto que va desde la revolución a la transición y
desde el socialismo a la democracia. A diferencia de lo que vere-
mos en el registro politológico, esta tendencia de la izquierda em-
pleará a la democracia con una máxima capacidad expresiva, sin
evitar el estiramiento del término ni preocuparse en acotar su uti-
lidad analítica. Asociada a la democracia representativa se acerca a
otras tendencias teóricas no necesariamente de izquierda que ven la
democracia como un conjunto de reglas para la constitución del go-
bierno y la formación de las decisiones colectivas. Se han recupe-
rado los componentes propios del liberalismo político, que permi-
ten pensarla como un valor límite frente a la muerte y asociarla con
el restablecimiento de garantías que impidan la arbitrariedad del
ejercicio del poder de los autoritarismos. Asimismo, ha dado la po-
sibilidad de ajustar cuentas con la anterior «ética de la convicción»
(la revolución como cambio violento, el militarismo de la lucha ar-
27
Sin embargo, el partido político de Alfonsín, la Unión Cívica Radical, no
será nunca un partido socialista.
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
mada), produciendo una «ética de la responsabilidad», una idea de
que la política exige ser pensada con «espíritu de gobierno». Así,
si el inexorable camino hacia la sociedad socialista se había consti-
tuido para esta izquierda (y para muchas otras) como una filosofía
de la historia, la democracia conserva muchos de los rasgos que le
dieran origen. Esto se tamiza en la democracia como reforma mo-
ral e intelectual cuya promesa es la de gestar una sociedad. Tam-
bién fue un horizonte de expectativas frente a los nuevos autorita-
rismos, resignificando la identidad de una izquierda socialista con
posterioridad a los golpes.
Usos de la transición a la democracia y la renovación
del campo politológico
El proyecto de investigación coordinado por Guillermo
O’Donnell, Philippe Schmitter y Laurence Whitehead, del que en
sus orígenes participa Albert Hirschman, y titulado «Los periodos
de transición posteriores a los gobiernos autoritarios: perspectivas
para la democracia en América Latina y Europa Meridional», con-
vierte el concepto de democracia política en objeto de estudio de la
ciencia política 28. Radicado en el Woodrow Wilson, el programa la-
tinoamericano del centro internacional se crea en 1977. En 1979 co-
mienzan las investigaciones que son publicadas en cuatro volúmenes:
en 1986 en inglés y en 1989 en castellano. En él participan latinoa-
mericanos 29, latinoamericanistas y especialistas del tema «cambio
político», que gestan una línea de investigación para la política com-
parada: las transiciones. La pregunta que instala esta primera gene-
ración de estudios y estudiosos de las transiciones versó sobre las
posibilidades de varios países en distintas regiones de recorrer un
camino desde los gobiernos autoritarios hacia la democracia.
A un nivel general se llega hasta este tema debido a la instala-
ción de nuevos gobiernos dictatoriales dentro y fuera del Cono Sur
de América Latina. Para algunos de estos académicos, la situación
autoritaria provoca un debate subterráneo entablado con aquellas
Consultar Lesgart, C.: op. cit., 2003.
28
Entre otros, Manuel Antonio Garretón (Chile), Luciano Martins (Perú),
29
Fernando Henrique Cardoso (Brasil), Guillermo O’Donnell y Marcelo Cavaro-
zzi (Argentina).
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izquierdas que sostenían el cambio revolucionario. A un nivel par-
ticular, la producción teórica se produce debido a una historia in-
terna de la ciencia política. En ella América Latina cobra relevan-
cia como área de observación, se cruzan objetos de estudio nuevos
y en retirada (por ejemplo, las visiones estratégicas y el régimen po-
lítico), entran en desuso perspectivas sobre el cambio político, y al-
gunas hipótesis teóricas son contrariadas por procesos histórico-
políticos (por ejemplo, la modernización).
Hasta el año 1960, y en comparación con otras áreas geográ-
ficas, el estudio sistemático sobre América Latina es casi inexis-
tente 30. El enfoque de la modernización hace que los comparatis-
tas comiencen a considerar la importancia de esta región y que la
politología norteamericana la integre de manera incipiente como
preocupación. Pero esto redundó en algunas monografías que des-
cribían ciertos grupos y sus comportamientos dentro del eje so-
ciológico tradicional/moderno (por ejemplo, iglesia católica, parti-
dos políticos). Puede decirse que es la tesis doctoral de Guillermo
O’Donnell 31 y la creciente bibliografía producida para aplicar o
criticar la categoría Estado burocrático-autoritario quienes mues-
tran que América Latina es un área relevante en la agenda de la
política comparada 32.
30
Valenzuela, A.: «Political Science and the Study of Latin America», en Mit-
chell, C. (ed.): Changing Perspectives in Latin American Studies. Insight from six
disciplines, Standford, Stanford University Press, 1988. La pregunta sobre su exis-
tencia como unidad problemática no era ajena al pensamiento ensayista en la re-
gión, pero la modernización de las ciencias sociales cambió el trazado de proble-
mas y su tratamiento metodológico. Además, a finales de 1960 se crean espacios
institucionales para estudiar la región en universidades norteamericanas. Si bien en
Estados Unidos se consideraba política comparada todo lo que no fuera «american
politics», los estudios están centrados en Asia y África. La Revolución cubana trans-
forma esto, sobre todo por las implicaciones que podía tener la región para su po-
lítica de Estado.
31
O’Donnell, G.: Modernization and Bureaucratic-Authoritarianism: Studies
in South American Politics, Berkeley, Berkeley University Press, 1973. La tesis está
dirigida por David Apter en el Departamento de Ciencia Política de la Universi-
dad de Yale entre 1968-1971. En 1972 se publica en Argentina y un año después
en Estados Unidos. Lesgart, C.: «Pasado y presente de la ciencia política en Ar-
gentina. Notas para un debate sobre su porvenir», Temas y Debates, 14 (2007),
pp. 119-157.
32
Para las críticas consultar Collier, D. (comp.): New authoritarianism in La
tin American, Princeton, Princeton University Press, 1976. Remarco los aportes de
Cardoso y Collier.
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
Desde el Estado al régimen político: los estudios estratégicos
y la democracia
Entre 1973 y 1981 aparecen escritos que realizan un «estado de
la cuestión» sobre el Estado 33. Muchos coinciden en que es un área
vacante para la reflexión académica y que las discusiones sobre el
mismo no están saldadas. Asimismo, señalan la necesidad de hacer
un balance de las discusiones mantenidas durante las últimas dé-
cadas, ya que varias de esas disputas no parecían haber cuidado la
distinción entre su estudio como objeto científico de su utilización
para dar batallas políticas.
Todo esto muestra que el Estado como objeto de estudio se está
reposicionando debido a la emergencia de los «nuevos autoritaris-
mos», de la aparición de adjetivos que lo califican y/o de términos
que lo clasifican, principalmente «burocrático-autoritario». La re-
emergencia de golpes de estado en la región plantea la pregunta y
el debate sobre si éstos se configuran como tipo de Estado o de ré-
gimen político. La acuciante situación despótica de varios países de
la región y la disponibilidad de la categoría burocrático-autorita-
rio ponen sobre el tapete un programa de reflexiones centrado en
el nuevo autoritarismo: tipología de Estado o de régimen político,
motivos de su emergencia y descripción de su naturaleza (las cau-
sas políticas o las económicas), vaticinio de su durabilidad, rasgos
distintivos con respecto al pasado (caudillismo) existentes en otras
geografías (personalismo).
Al mismo tiempo, la reemergencia de los golpes de Estado y la
configuración de gobiernos dictatoriales desafían una de las prin-
cipales hipótesis del enfoque de la modernización que el trabajo
doctoral de O’Donnell demostraba para el caso argentino: el de-
sarrollo económico y la modernización social o cultural pueden no
producir ni coincidir con la estabilidad de la democracia, y por el
contrario podían conducir a la instalación de gobiernos de signo
contrario. Los diagnósticos van más allá y arrojan una conclusión
33
Collier, D. (comp.): op. cit.; Malloy, J.: Authoritarianism and Corpora
tism in Latin American, Pittsburg, University of Pittsburg Press, 1977; Lechner, N.
(comp.): Estado y política en América Latina, México, Siglo XXI, 1981; Linz, J., y
Stepan, A. (comp.): The breakdown of democratic regimes, Baltimore-Londres, The
Johns Hopkins University Press, 1978.
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central. Que en la región siempre se recurría a variables explica-
tivas no-políticas para explicar a la política. Así, la política siem-
pre se consideraba una variable dependiente del desarrollo social,
cultural y, principalmente, económico. Esto da lugar a una re-
flexión sobre los límites del economicismo para explicar la polí-
tica, y de los alcances de la política considerada como una varia-
ble autónoma.
La instalación de nuevos gobiernos militares en la región y la
disponibilidad de la categoría burocrático-autoritaria originan más
un debate sobre la naturaleza del nuevo autoritarismo que un re-
planteamiento agudo sobre la cuestión del Estado. Lo cierto es
que la reflexión sobre el Estado, su utilidad para describir la si-
tuación presente o para pensar el cambio político palidecen. Esto
se transforma en un punto de llegada que deja una discusión pen-
diente para la década posterior (por ejemplo, las reformas del Es-
tado), pero que es un punto de partida altamente fructífero para
la década en inicio. Progresivamente el Estado, como objeto de
estudio y como categoría explicativa del cambio político, es des-
plazado por el término régimen político que contribuye a una se-
rie de innovaciones vinculadas con el descentramiento de las con-
cepciones estatista e instrumental de la política. Con la categoría
régimen político se explica la política mediante un vocabulario es-
tratégico en el que se introducen palabras que hablan de institu-
ciones, comportamientos y actores (por ejemplo, quiebras, conso-
lidaciones de la democracia, reequilibrio de regímenes políticos,
elites, partidos políticos, liderazgos democráticos, oposición leal,
desleal, maximalista) 34. Así queda desafiado el tipo de cambio po-
lítico: de la transformación estructural del Estado a la transición
entre regímenes políticos que podían variar dentro de un mismo
tipo de Estado. El cambio deja de subordinarse a las fases de acu-
mulación y se abandona la premisa de que el Estado capitalista
dependiente imposibilita la institucionalización de regímenes de-
mocráticos. El Estado (capitalista y dependiente) podía coincidir
con una variedad de regímenes políticos (autoritario, totalitario,
democrático, fascista).
34
El modelo de la elección estratégica para explicar el cambio político desde
una variante de la perspectiva de la elección racional fue tempranamente introdu-
cido por Albert Hirschman.
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
Transiciones desde los gobiernos autoritarios: la democracia
como objetivo per se
Agotados los análisis sobre los nuevos autoritarismos, la demo-
cracia política se convierte en la preocupación teórica dominante.
Sus significados conceptuales se alejan de las teorizaciones de la mo-
dernización y se componen en referencia al término poliarquía y a
las instituciones mínimas previstas por ella. Pensada desde la repre-
sentación más que desde la participación, menciona algunas institu-
ciones y actores esperables del juego democrático (partidos políti-
cos, elecciones continuadas a intervalos regulares, Parlamento). Al
ser usado para nombrar el arribo deseado desde los gobiernos au-
toritarios, el término democracia no sólo se convierte en el opuesto
contrastante de los regímenes militares, además se transforma en un
objetivo deseado por sí mismo. De esta manera, la palabra transi-
ción y la fórmula «transiciones desde los gobiernos autoritarios y a
la democracia», o más simplemente «transiciones a la democracia»,
se convierte en un programa de trabajo y en una nueva área de es-
tudios para la política comparada. Y en los países del Cono Sur de
América Latina le dan un impulso renovado a la ciencia política.
Los politólogos hacen un esfuerzo analítico para convertir a la
democracia en una dimensión operativa y a la transición en un mo-
delo de cambio político. Y con ambas se confeccionan tipos idea-
les de tránsito, armados como pronósticos sobre posibles recorridos
o sistematizados cuando los procesos históricos se encontraban den-
tro de las llamadas transiciones: pactadas o acordadas, por reforma,
imposición, revolución, desde arriba o desde abajo 35. Modélicamente
se construye y usa en un sentido genérico, con la aspiración de ser-
vir como esquema didáctico (que ordena, expone y asemeja lúdica-
mente) y explicativo (que compara lo teórico con lo empírico y lo ex-
traño con lo familiar). Aunque se decía que la transición no tendría
un avance lineal en el tiempo, ella es precedida por la liberalización y
sucedida por la consolidación. De esta manera se confrontan fórmu-
las de tránsito entre distintos países y regiones del mundo (Europa
35
Se propusieron varios modelos de transición, consultar Karl, T.: «Dilemas
de la democratización en América Latina», en Barba Solano, C.; Barros Horca-
sitas, J. L., y Hurtado, J. (comps.): Transiciones a la Democracia en Europa y en
América Latina, México, Porrúa-Flacso, 1991.
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
meridional y América Latina). Lo que luego se compara con los pro-
cesos empíricos. Con la fórmula «transición a la democracia» se pro-
cura explicar y evaluar una amplia gama de fenómenos. Se convierte
así en un macro modelo que no explica un aspecto parcial de la po-
lítica, sino en un marco de referencia conceptual omnicomprensivo
que describe y compara diferentes sistemas políticos y procesos polí-
ticos de áreas geográficas lejanas. Con ella se nombraron las rutas po-
líticas de España, Grecia y Portugal, parangonadas con las del Cono
Sur en particular y con las de América Latina en general, y más tarde
con los países de Europa del este. Esto desencadenó un problema
usual pero delicado para la política comparada: la peregrinación de
modelos y el estiramiento conceptual en menoscabo de la capacidad
analítica de los términos utilizados y de la particularidad de las expe-
riencias políticas o históricas observadas.
Las reflexiones sobre las posibilidades de distintas regiones
del mundo de transitar hacia la democracia reconocían anteceden-
tes. En 1970, un artículo escrito por Dankwart Rustow, uno de los
principales teóricos de la modernización, y publicado en Compa
rative Politics Review 36, había propuesto un modelo dinámico de
transiciones a la democracia. Antecedentes posteriores son las in-
novaciones del proyecto iniciado en 1973 y convertido en la pri-
mera compilación comparativa entre América Latina y otras áreas
geográficas. Compilado por Juan Linz y Alfred Stepan, y con par-
ticipación de Arturo Valenzuela, se publica en los volúmenes titu-
lados The Breakdown of Democratic Regimes. Sobre Juan Linz hay
que subrayar que si bien no era estudioso de Latinoamérica, se de-
dicaba a investigar «la quiebra» de la democracia española desde
una perspectiva sociológica comparada en la que empleaba el tér-
mino autoritarismo como tipología de régimen. Así, uno de los tex-
tos que más circulan en la época, «Totalitarian and Authoritarian
Regimes» 37, y sus intervenciones en las discusiones del proyecto del
Woodrow Wilson Center, son fundamentales para la confección de
un léxico en el que los términos autoritarismo y derrumbe de la de-
mocracia se incorporan a las reflexiones de la región 38.
Rustow, D.: «Transitions to Democracy. Toward a Dynamic Model», Com
36
parative Politics, 3 (1970).
37
El texto se publica originalmente en inglés en Handbook of Political Science,
1975.
38
Mainwaring, S., y Valenzuela, A.: Politics, Society and Democracy. Essays in
honor of Juan Linz, Boulder (Colorado), Westview Press, 1998.
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También obran como antecedentes los textos Un prefacio a la
teoría democrática y La poliarquía de Robert Dahl, y Capitalismo,
Socialismo y Democracia 39 de Joseph Schumpeter. El concepto de
poliarquía usado casi como un sinónimo de democracia fue el an-
tecedente teórico más próximo para imaginar la democracia en la
región. Sus dimensiones institucionales y los derechos a la partici-
pación permitieron observar la cercanía o lejanía de un régimen po-
lítico al régimen militar o a la deseada democracia. Este término y
las elaboraciones de Schumpeter permiten elaborar un enfoque en
el que la democracia se aleja de las «condiciones necesarias» re-
queridas por las teorizaciones de la modernización, de la participa-
ción directa o de la movilización popular. Como método y proce-
dimiento para llevar a cabo las decisiones a través del voto, estos
autores brindan elementos que la desconnotan de los valores de an-
taño y que asocian la democracia con las libertades civiles propias
del liberalismo político 40.
Se está en condiciones de enumerar las capas de sentido cons-
truidas en el trayecto que va desde el autoritarismo a la democra-
cia y desde la modernización a la transición. La adquisición del
término democracia se relaciona con la observación del resquebra-
jamiento de regímenes autoritarios en países fuera del área, y su uso
es promovido por el creciente auge del pluralismo liberal y del ins-
titucionalismo. Pero también hubo un impacto político causado por
las dictaduras militares más represivas de la historia de la región.
Por ello la democracia, pensada en oposición a la evaluación de las
causas que han conducido a los autoritarismos, adquiere valor en sí
misma y se piensa como la elección del mejor régimen político si
existe la opción de organizarla políticamente. En este sentido se la
transforma en un objetivo deseado por sí mismo, en un horizonte
de expectativas. Al mismo tiempo, al entenderse más como régimen
39
Dahl, R.: Un prefacio a la teoría democrática, México, Gernika, 1987 (pri-
mera versión en inglés, 1956); íd.: La Poliarquía. Participación y oposición, México,
Ediciones REI, 1993 (primera versión en inglés, 1971); Schumpeter, J. A.: Capita
lismo, Socialismo y Democracia, Buenos Aires, Orbis, 1983 (primera versión, 1942).
40
Hacia mediados de los años 1980 se abrió una discusión para no reducir el
concepto de democracia a los procedimientos. Consultar Schmitter, P., y Karl, T.:
«Qué es y qué no es la democracia», en Diamond, L., y Plattner, M. (comps.):
El resurgimiento global de la democracia, México, UNAM, 1996; O’Donnell, G.:
«¿Democracia delegativa?», «Otra institucionalización», en Contrapuntos. Ensayos
escogidos sobre autoritarismo y democratización, Buenos Aires, Paidós, 1997.
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
político y menos como tipo de Estado, la democracia pierde gran
parte del componente expresivo que la vincula con la naturaleza de
las relaciones sociales, con un estilo de vida, una ética secular, un
tipo de cultura cívica. Incluso las transiciones, definidas como inter-
valo entre regímenes, se precisaron. Al ser conceptualizada como
poliarquía se le atribuyen cualidades a través de las cuales se eva-
luaba qué cerca o lejos se encontraba el tránsito de los parecidos de
familia seleccionados para parangonar la experiencia.
Pero a pesar de la pretensión de producir teoría con apego a
criterios ordenados por el campo disciplinario, los politólogos no
se libraron de la utilización de metáforas aproximativas, de los pro-
blemas de estiramiento conceptual, de que la construcción de ma-
cro modelos fuera desafiada por la marcha de los procesos histó-
ricos que no recorrían fácilmente el camino diseñado mediante la
conceptualización universal y binaria autoritarismo/democracia. El
desencanto con las llegadas que no se ajustaban a la poliarquía con-
dujeron a que la democracia ya no se considerara un arribo prís-
tino, sino una característica en regímenes políticos «con enclaves
autoritarios», «débilmente institucionalizados», «con fuertes zonas
marrones», «con déficit de accountability».
El poder de las nuevas ideas para construir un orden político
Como conceptos e ideas, el autoritarismo, la democracia y la
transición traspasan el ambiente académico e intelectual. Ellos le im-
primen sentido al clima teórico y político abierto entre las décadas
de 1980 y de 1990 en los países del Cono Sur de América Latina y
modelan las formas de entender la «nueva» política. El empleo de
estos conceptos es amplio y expresivo, los significados construidos
heterogéneos y analíticamente ambiguos, su uso como adjetivos los
convierte en términos evaluativo-descriptivos. Por ello el autorita-
rismo, la democracia y la transición tienen más valor histórico por su
fuerza impulsora de nuevas realidades teóricas y políticas, que por
un riguroso y sistemático trabajo analítico y conceptual en la ciencia
política en particular y en las ciencias sociales en general.
En ambos grupos de académicos e intelectuales los problemas
de ambigüedad conceptual, de escasa claridad analítica, la utiliza-
ción de palabras para describir y evaluar, seguramente se relaciona
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
con un registro que se dirige más allá del interés teórico por cons-
truir y emplear conceptos rigurosamente. El uso omnicomprensivo
del término autoritarismo, la producción y empleo de la democra-
cia política y de la transición, se relaciona con las experiencias fra-
casadas o derrotadas, no constatadas empíricamente, y con las es-
peranzas que se construyen por oposición a esos futuros pasados
que no pudieron cumplirse. Experiencias y expectativas, recuerdo
y esperanza, delinean la peculiar conflictividad de esta producción
teórica, dándole sentido y significado a los tránsitos teóricos des-
criptos y patentizados en el empleo de los conceptos contrarios
asimétricos autoritarismo/democracia y revolución/democracia.
Esto le ocurre a la tendencia de la izquierda que quiere renovarse
y que para ello recupera el ensayo como forma de intervención en
el pensamiento de una época, y cuya preocupación no busca pro-
ducir un campo de estudios específico, ni quiere establecer contro-
versia alguna entre ciencia y filosofía. Pero lo mismo les sucede a
los politólogos, que tienen un interés más preciso en la producción
y empleo de un léxico especializado y cuya brújula es la edificación
de una autonomía funcional como científicos. Es decir, que están
interesados en diferenciar la producción disciplinaria de las apues-
tas políticas personales. Sin embargo, las teorizaciones que gestan
no son la culminación inevitable de un proceso teórico al que se
llega por un proceso de madurez política, de profesionalismo aca-
démico o de solidez intelectual. En todo caso, son el resultado de
experiencias teóricas y políticas que no se cumplieron, a las que
se evaluó como erróneas, que se vivieron desde el sentimiento de
fracaso, o que fueron desafiadas por procesos políticos diferentes.
Autoritarismo, democracia y transición se constituyen en concep-
tos efectivos, puesto que a su alrededor, y a la luz de las redefini-
ciones que sobre las concepciones de la política éstas impulsan, se
convierten en un campo semántico propicio en el que confluyen
diversas expectativas políticas.
Con la utilización de estos términos se logra una división de
grupos contrarios (autoritarios/demócratas, revolucionarios/demó-
cratas), lo que fue políticamente oportuno para crear rápida, clara
y pedagógicamente una nueva imagen del mundo. En este sentido,
esos conceptos no quedan restringidos a la nueva agenda de las
ciencias sociales regionales. Fueron eficaces como promotores de
identidades grupales, tanto en el mundo científico como en el po-
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Cecilia Lesgart Entre las experiencias y las expectativas
lítico. Todos estos términos mostraron su capacidad para disponer
a la voluntad a comprometerse y a tomar posición en el terreno de
las ideas, y también su disponibilidad para ordenar las produccio-
nes teóricas a través de las cuales se puede incurrir en grandes ho-
mogeneizaciones. Porque hay momentos políticos adversos en que
los conceptos se constituyen en herramientas de combate y su valor
reside aquí. Si bien estas transiciones teóricas no provocaron por sí
mismas las transiciones como procesos empíricos, modelaron la po-
lítica de la transición, dándole nombre a esos procesos y prolon-
gando sus debates a las décadas siguientes.
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ESTUDIOS
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«La lucha por la calle»:
la venta ambulante, la cultura de
protesta y la represión
en Barcelona (c. 1930-1936) 1
Chris Ealham
University of Saint Louis, Madrid
Resumen: Este artículo analiza la venta ambulante de los obreros parados
en la área barcelonesa durante los años previos a la guerra civil espa-
ñola. Esta práctica, igual que las respuestas de las autoridades, pone
en evidencia el papel represor del Estado al igual que la intensidad
de los conflictos sociales entre las clases comerciales y los parados du-
rante este periodo. A su vez, la experiencia de los vendedores ambu-
lantes, respaldados por el movimiento anarquista como un sector de
los desposeídos, nos revela la flexibilidad de las estrategias moviliza-
doras de los libertarios. A primera vista puede parecer incongruente
que los anarquistas defendieran esta forma de comercio, ya que, desde
la perspectiva libertaria, la venta era, junto al Estado, uno de los gran-
des males que padecía la humanidad. Sin embargo, como veremos, los
vendedores ambulantes, con su disponibilidad para defender su dere-
cho al espacio público, proporcionaron a los libertarios una base de
apoyo radicalizada.
Palabras clave: paro, venta ambulante, protesta social, anarcosindicalismo.
Abstract: This article assesses street trade by unemployed workers in the
Barcelona area in the years immediately prior to the start of the Spa-
nish Civil War. This practice, along with official responses to it, tell us
a lot about the repressive nature of the state, as well as highlighting
1
Quisiera agradecer los comentarios de Matt Perry y de los autores anónimos
de dos informes sobre una versión anterior de este artículo. Este trabajo se ha de-
sarrollado dentro del marco del proyecto de investigación «La España del Frente
Popular: orden público, conflictividad sociolaboral y políticas unitarias» (Ministe-
rio de Educación y Cultura HAR2008-00066/HIST).
Recibido: 08-12-2009 Aceptado: 16-09-2010
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
sharp social conflicts between commercial sectors and the unemployed
during this period. Equally, the experience of the street traders, who
were embraced by the anarchists as a sector from within the disposses-
sed, provides us with an example of the flexibility of anarchist mobili-
sing strategies. At first sight it might seem incongruous that anarchists
should defend a form of trade, which, along with the state, was seen by
the anarchists as a major scourge of humanity. Nevertheless, the street
traders and their readiness to assert their right to the streets, provided
the anarchists with a radicalised social constituency.
Keywords: unemployment, street trade, social protest, anarcho-syndi-
calism.
Introducción
La venta ambulante y el comercio informal desempeñan un pa-
pel importante en la vida cotidiana del mundo contemporáneo 2, y
de España, donde ahora es coto casi exclusivo de los nuevos des-
poseídos de África y America latina. Como tal, este fenómeno ha
atraído el interés de sociólogos, geógrafos y politólogos 3. Sin em-
bargo, la venta ambulante rara vez ha despertado el interés de los
historiadores, pese a haber sido históricamente una práctica hasta
cierto punto común en las sociedades que atraviesan la primera fase
de la trasformación socioeconómica y urbana capitalista, caracteri-
zada por sus ciclos económicos abruptos y sus servicios públicos
deficientes (como ejemplos, en el siglo xix tenemos los costermon
gers londinenses y los trolley vendors neoyorquinos) 4.
2
Popke, E. J., y Ballard, R.: «Dislocating modernity: Identity, space and re-
presentations of street trade in Durban, South Africa», Geoforum, 35 (2005),
pp. 99-110; Cross, J.: «Street vendors, modernity and postmodernity: Conflict and
compromise in the global economy», International Journal of Sociology and Social
Policy, 20, 1-2 (2000), pp. 29-51, e íd.: Informal Politics: Street Vendors and the
State in Mexico City, Stanford, CA, Stanford University Press, 1998.
3
González Pérez, V. (coord.): Inmigrantes marroquíes y senegaleses en la Es
paña mediterránea, Valencia, Generalitat Valenciana, 1995; e íd.: «El reciente incre-
mento de la población extranjera en España y su incidencia laboral», Investigacio
nes Geográficas, 8 (1990), pp. 7-36. También véase Kothari, U.: «Global Peddlers
and Local Networks: Migrant Cosmopolitanisms», Environment and Planning D:
Society and Space, 26-3 (2008), pp. 500-516.
4
Véase, para Nueva York, Stansell, C.: «Women, Children, and the Uses
of the Streets: Class and Gender Conflict in New York City, 1850-1860», Femi
nist Studies, 8-2 (1982), pp. 309-335; para Londres, Scanlan, J.: «In Deadly Time:
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
Este artículo analiza la venta informal de los parados en el área
barcelonesa durante los años anteriores a la guerra civil. Como ve-
remos, la experiencia vivida por los vendedores ambulantes pone
en relieve la frustración de las esperanzas que el cambio republi-
cano despertó en uno de los sectores más humildes de la sociedad
barcelonesa, un cambio que significó la conquista de unos dere-
chos políticos nuevos pero también la continuidad de la exclusión
socioeconómica y de la represión policial. La respuesta oficial a la
venta informal también nos muestra los intensos conflictos sociales
entre la clase media urbana y los parados durante este periodo. De
la misma forma, el caso de los vendedores ambulantes, respaldados
por la CNT como parte de «los desposeídos», nos ofrece un ejem-
plo de la flexibilidad de las estrategias movilizadoras anarcosindi-
calistas durante la República. A primera vista puede parecer incon-
gruente que los anarquistas defendieran esta forma de comercio, ya
que, desde la perspectiva libertaria, la venta era, junto al Estado,
uno de los grandes males que padecía la humanidad. Sin embargo,
los vendedores ambulantes y su disposición combativa a la hora de
reclamar su derecho a la calle se convertirían en una base de apoyo
radicalizada para los anarquistas.
Antes de considerar la actitud de las autoridades republica-
nas hacia la venta ambulante, es importante aclarar que en el con-
texto español, con un estado de bienestar subdesarrollado 5 y una
economía capitalista caracterizada por la inestabilidad y el desarro-
llo desigual, el comercio informal era un elemento más dentro de
una amplia economía informal, una estrategia de autoayuda de los
sectores urbanos marginados como los «malpagados», los parados
y los parcialmente parados, quienes trabajaban con un horario re-
ducido debido a la crisis económica. La venta ambulante hacía un
poco más llevadera la pobreza de estos sectores 6. Como actividad
the Lasting On of Waste in Mayhew’s London», Time & Society, 16-2/3 (2007),
pp. 205-222, y, para España, Nielfa Cristóbal, G.: «Conflictos de intereses entre
los comerciantes establecidos y la venta ambulante en Madrid (1900-1930)», Ana
les del Instituto de Estudios Madrileños, 21 (1984), pp. 469-482, y Ealham, C.: «La
lluita pel carrer, els vendedors ambulants durant la II República», L’Avenç, 230
(1998), pp. 21-26.
5
Grabuleda i Teixidor, C.: «Salut pública i creixement urbà. Política i acció
social en el sorgiment de la Barcelona contemporània», tesis doctoral, Institut Uni-
versitari d’Història Jaume Vicens Vives, 2003, pp. 481-497.
6
Romero Maura, J.: «La Rosa del Fuego». Republicanos y anarquistas: la po
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
emprendedora, también ofrecía alguna posibilidad de movilidad so-
cial, pero para lograrla era necesaria la estabilidad que ofrecía un
permiso o licencia emitido por las autoridades municipales, algo
poco habitual en el periodo que aquí analizamos, cuando el comer-
cio informal era más bien víctima de la represión.
Hay varios problemas relacionados con el estudio de la venta
ambulante. Por ejemplo, las fuentes cuantitativas de tales activida-
des informales y hasta clandestinas son, por supuesto, limitadas. Sin
embargo, basándonos más en lo cualitativo (sobre todo la prensa e
informes municipales y policiales), podemos hacer algunas obser-
vaciones sobre el comercio informal. Se puede identificar a los que
llamaremos vendedores ambulantes «establecidos»: aquellos que se
dedicaban a esta actividad como una alternativa al trabajo, sin im-
portar las vicisitudes económicas, y que muchas veces recibían un
trato más benévolo de las autoridades. Difícilmente se puede con-
siderar a esos vendedores «establecidos» como una fracción de la
clase obrera como lo conceptualizaba Karl Marx; más bien, se-
rían otra parte-constituyente de lo que veía como el lumpemprole-
tariado de tipos marginales, que incluía organilleros, traperos, afi-
ladores, «toda esa masa informe, difusa y errante que los franceses
llaman la bohème» 7.
Fuentes cualitativas nos indican que, en el periodo aquí anali-
zado, el volumen de la venta ambulante aumentó debido a que se
trataba del comercio informal, temporal y de transición de obre-
ros en paro, personas que volverían a la fábrica una vez mejorase
la oferta de trabajo. Dado el papel central de la economía familiar
dentro de las pautas de consumo obrero, no es de sorprender que
hombres, mujeres y niños se dedicasen a la venta ambulante 8. Por
lítica de los obreros barceloneses entre el desastre colonial y la Semana Trágica,
1899-1909, Madrid, Alianza Editorial, 1989, p. 130, y Fabre, J., y Huertas, J. M.:
Tots els barris de Barcelona, t. 5, Barcelona, Edicions 62, 1976, p. 216.
7
Marx, K.: «The Eighteenth Brumaire of Louis Bonaparte», en Marx, K.,
y Engels, F.: Collected Works, 1867-1870, t. 21, Londres, Lawrence & Wishart,
1985, pp. 148-149 (hay traducción española, El dieciocho brumario de Luis Bona
parte, Madrid, Alianza Editorial, 2003).
8
García Castro de la Peña, T.: «Barrios barceloneses de la dictadura
de Primo de Rivera», Revista de Geografía, 7-1/2 (1974), p. 83; Giménez, J.: De
la Unión a Banet. Itinerario de una rebeldía, Madrid, Fundación Anselmo Lo-
renzo, 1996, p. 38, y Paz, A.: Chumberas y alacranes (1921-1936), Barcelona, s. e.,
1994, p. 109.
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
regla general, se trataba de un tipo de comercio practicado por pa-
rados que habían comprado, con sus escasos ahorros o con dinero
prestado, una cantidad pequeña de mercancía, casi siempre verdura
y/o fruta, que vendían o en las calles o alrededor de las zonas co-
merciales y/o los mercados. Como muestra de ello, tenemos la carta
de cuarenta vendedores ambulantes dirigida al Ayuntamiento de
l’Hospitalet de Llobregat en la cual indicaban que su «comercio»
era una respuesta sencilla a la «pena que es para un padre de fami-
lia que sus hijos le pidan pan y no tenga para darles» 9.
Podemos afirmar que los vendedores ambulantes eran muy po-
pulares entre consumidores obreros, algo confirmado por la geo-
grafía de la venta ambulante, que nos muestra que el comercio in-
formal era un aspecto integral del consumo obrero y una parte
relevante de la vida local de las barriadas obreras desde, por lo me-
nos, los primeros años del siglo xx, pues funcionaba como un sis-
tema alternativo de distribución de comestibles 10. La mayoría de los
obreros barceloneses eran semicualificados o no cualificados, y en
general apenas se ganaban la vida con sueldos de hambre. No es de
extrañar, por tanto, que los asuntos relacionados con el consumo y
el coste de los comestibles dominasen la vida cotidiana de miles de
obreros en la ciudad. El hecho de que los vendedores ambulantes
no tuviesen gastos generales implicaba que podían ofrecer sus pro-
ductos por menos dinero que los vendedores de mercado y los ten-
deros, una opción muy atractiva para muchos obreros 11. Mientras
los enemigos de los vendedores ambulantes argumentaban que sus
comestibles eran productos robados de granjas y huertos, los ven-
dedores no-oficiales mantenían que ellos compraban sus mercan-
9
Carta colectiva de cuarenta vendedores ambulantes al alcalde, 29 de agosto
de 1935, Arxiu Històric de l’Hospitalet de Llobregat (en adelante AHHL).
10
Sentís, C.: Viatge en Transmiserià. Crònica viscuda de la primera gran emi
gració a Catalunya, Barcelona, La Campana, 1994, p. 78; Domingo i Clota, M., y
Sagarra i Trias, F.: Barcelona: Les Cases Barates, Barcelona, Ajuntament de Bar-
celona, 1999, p. 106; Romero Maura, J.: «La Rosa del Fuego»..., op. cit., p. 130;
Nielfa Cristóbal, G.: «Conflictos de intereses...», op. cit., pp. 469-482, y Vi-
llar, P.: Historia y leyenda del Barrio Chino (1900-1992). Crónica y documentos de
los bajos fondos de Barcelona, Barcelona, La Campana, 1996, pp. 27-28.
11
Véase, por ejemplo, Solidaridad Obrera, 26 de agosto de 1931. Como ha
identificado John Cross en su estudio global de la venta ambulante, «el problema
verdadero» para la clase media era que el comercio informal «era demasiado com-
petitivo con tiendas al por menor formales» (Cross, J.: «Street vendors, modernity
and postmodernity...», op. cit., p. 41).
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cías en los mismos mercados al por mayor que usaban los vende-
dores oficiales 12.
En cuanto a la clientela de estos vendedores ambulantes, pode-
mos especular que una parte de los consumidores obreros frecuen-
taba a los vendedores ambulantes por razones afectivas, de iden-
tificación o de solidaridad de clase. Sin duda estos sentimientos
ganaban peso ante las sospechas que despertaba la clase media co-
mercial entre la clase trabajadora, lo que venía siendo habitual desde
la segunda mitad del siglo xix como consecuencia del miedo a la
adulteración de comestibles y a la manipulación de pesos y medidas.
Más adelante, la galopante inflación de precios durante y después de
la Primera Guerra Mundial confirmó la opinión de que la clase me-
dia se había beneficiado sistemáticamente y siempre a costa de una
clase obrera cada vez más empobrecida. El movimiento obrero re-
finó y articuló esta animadversión de la vox populi: por ejemplo, la
primera huelga general a nivel estatal de 1916, una acción coordi-
nada por la Unión General de Trabajadores (UGT) y la Confedera-
ción Nacional del Trabajo (CNT), fue el punto culminante de una
protesta popular para el abaratamiento de los precios 13.
Inevitablemente, desde la perspectiva de los tenderos y los
vendedores de mercado, la venta ambulante era una amenaza di-
recta a sus intereses. Por eso sus asociaciones corporativas fueron
las primeras en reclamar la represión de sus rivales sin licencia 14.
De esta manera, el comercio informal subrayaba los antagonismos
entre los parados y la pequeña burguesía, fisuras todavía más pro-
fundas en los años treinta, cuando la venta ambulante fue dura-
mente reprimida y se esfumó mucha de la permisividad tradicio-
nal de las autoridades.
El rumbo represivo de las autoridades fue el resultado de un
conjunto complejo de factores políticos, culturales y económicos. Si
empezamos con lo económico, es bien sabido que a finales de los
años veinte la economía española urbana entró en una crisis aguda,
pues, a diferencia de los países europeos más integrados en la eco-
nomía mundial, en España los factores domésticos tenían un peso
12
Sentís, C.: Viatge en Transmiserià..., op. cit., p. 78, y Solidaridad Obrera, 9
de abril de 1936.
13
Bar, A.: La CNT en los años rojos. Del sindicalismo revolucionario al anarco
sindicalismo, 1910-1926, Madrid, Akal, 1981, pp. 386-398.
14
Nielfa Crístobal, G.: «Conflictos de intereses...», op. cit., p. 469.
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
mayor, como en aquella época ocurrió con la extravagante política
económica de la dictadura del general Primo de Rivera. Por contra,
el impacto de la caída neoyorquina de 1929 no se hizo sentir hasta
1933 15. De todas formas, ya en 1930-1931 resultaba obvio que la li-
mitada beneficencia que ofrecía el Estado, la Iglesia y las autorida-
des locales no podía responder a las necesidades de los parados. Al
mismo tiempo, el aumento del paro y un contexto económico cada
vez más difícil significaban que las redes y solidaridades familiares y
vecinales, al igual que la economía familiar, no eran capaces de res-
ponder en muchos casos a las necesidades de los más pobres, y por
eso el número de vendedores ambulantes continuó aumentando 16.
Era tal el crecimiento del comercio informal en Barcelona que los
propios vendedores ambulantes barceloneses construyeron el mer
cadet, un espacio dedicado exclusivamente a la venta informal de
comestibles. Estaba emplazado en una zona bastante céntrica, en la
Gran Vía, que atraía a consumidores del Raval y otros barrios obre-
ros 17. Otro factor que puede tomarse como prueba contundente del
aumento de la venta ambulante fueron las críticas cada vez más es-
tridentes de la clase media contra este comercio informal.
La Segunda República y la represión de la venta ambulante
El aumento de la ansiedad que la venta ambulante despertaba
en la clase media comercial respondía en parte al nuevo contexto
político de principios de los años treinta. La llegada de la Segunda
República tenía el respaldo de los portavoces políticos de una coa-
lición interclasista entre la clase media urbana y la clase obrera, «el
pueblo», en la terminología republicana 18. Esa coalición se formó
en oposición a una monarquía que, según su juicio, sobreponía con
15
Hernández Andreu, J.: España y la crisis de 1929, Madrid, Espasa-Calpe,
1986, pp. 115-118.
16
La Batalla, 20 de junio de 1930, y Comercio y Navegación, julio de 1931.
17
Solidaridad Obrera, 15 de febrero de 1932 y 9 de abril de 1936, y Actas del
Ayuntamiento, 1 de junio de 1933, AHHL.
18
Radcliff, P.: «Política y cultura republicana en el Gijón de fin de siglo», en
Townson, N. (coord.): El republicanismo en España (1830-1997), Madrid, Alianza
Editorial, 1994, pp. 373-394, y Castro Alfín, D.: «Jacobinos y populistas. El repu-
blicanismo español a mediados del siglo xix», en Álvarez Junco, J. (coord.): Popu
lismo, caudillaje y discurso demagógico, Madrid, Siglo XXI, 1987, pp. 181-217.
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
descaro los intereses de una camarilla de financieros y oligarquía
rural a los de las «clases populares». Sin embargo, en una ciudad
industrial como Barcelona, con su gran pasado de lucha obrera,
esa coalición antioligárquica se vio amenazada desde el princi-
pio de la República ante el creciente problema del paro, que abrió
una brecha importante entre la clase media y los parados. Con el
tiempo, esta brecha garantizó la colisión violenta de los elementos
constituyentes del «pueblo» 19.
La República, con sus nuevas tendencias políticas y administra-
tivas, trajo consigo una nueva estructura de oportunidades políticas
tanto para la clase obrera como para las clases medias 20. Dado que
la clases medias formaban una base electoral importante para los
partidos republicanos ahora dominantes en el gobierno central, en la
Generalitat y en la mayoría de los ayuntamientos catalanes, es lógico
que se atrevieran a expresar sin tapujos sus preocupaciones cotidia-
nas, y así lo hicieron a través de una campaña política intensa y ener-
gética que se basó en una serie de delegaciones y peticiones dirigidas
a las autoridades en el ámbito local, regional, y central 21. Así, desde
el establecimiento de la República, asociaciones corporativas como
la Associació per a la Defensa dels Venedors dels Mercats presionaron
a las autoridades para que «reprimiesen» a los vendedores ambulan-
tes, por «todos los medios posibles», y criticaron a la policía por ser
«blanda» con aquellos «maleantes» 22. Haciendo uso de un discurso
muy emotivo, los grupos de clase media reivindicaban el espacio pú-
blico, describiendo a «los vendedores rebeldes» como «plagas» de
«vagos» que «pululaban» e «invadían» «nuestras calles» 23.
19
Para un análisis sociourbano, véase Oyón, J. L.: La quiebra de la ciudad po
pular. Espacio urbano, inmigración y anarquismo en la Barcelona de entreguerras,
1914-1936, Barcelona, Serbal, 2005, y para un análisis más general de este proceso
a nivel sociopolítico, Ealham, C.: La lucha por Barcelona. Clase, cultura y conflicto
1898-1937, Madrid, Alianza Editorial, 2005, pp. 173-212.
20
Mcadam, D.; Tilly, C., y Tarrow, S.: Dinámica de la contienda política, Ma-
drid, Hacer, 2005, especialmente pp. 41-77.
21
La Vanguardia, 9 de julio, 12 de agosto, 23 de septiembre, 29 de octubre, 2
de diciembre de 1931 y 4 de marzo de 1932; Las Noticias, 14 de mayo y 5 de di-
ciembre de 1931, y Fomento del Trabajo Nacional, Memoria de la Junta Directiva
Correspondiente al Ejercicio de 1931, Barcelona, 1932, p. 201.
22
La Nau, 24 de abril de 1931; La Vanguardia, 27 y 30 de agosto de 1931, y
carta de la Unión de Vendedores del Mercado de Collblanc al alcalde, 4 de sep-
tiembre de 1935, AHHL.
23
La Vanguardia, 23 de septiembre, 29 de octubre y 2 de diciembre de 1931.
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
En poco tiempo, el discurso de los grupos de presión de clase
media se volvió muy beligerante. Por ejemplo, la Lliga de De
fensa d’Indústria i Comerç en el barrio obrero de Sant Martí ame-
nazó, como hicieron otros grupos, al Ayuntamiento de Barcelona
con que si no actuaba contra los «vendedores indocumentados»,
sus miembros se tomarían la ley por su mano, de lo que resulta-
ría la «ruptura del orden público». Además, estas amenazas se en-
tremezclaban con las promesas de los vendedores de mercado y
los tenderos de que dejarían de pagar impuestos municipales, una
fuente de ingresos importante para las autoridades locales 24. No
hay que olvidar que estas asociaciones comerciales tenían un po-
der económico importante y cierto peso e influencia en el ámbito
local: se trataba de grupos de presión con un grado de cohesión
importante, arraigados con firmeza en las redes sociales de los
comerciantes de barrios y mercados específicos. Desde su pers-
pectiva peculiar, la prensa diaria daba gran eco a esta campaña
de la clase media; por ejemplo, La Vanguardia describía el mer
cadet, y no el paro o la pobreza, como algo «indigno de una ciu-
dad civilizada» 25.
Las nuevas autoridades republicanas se mostraron muy recepti-
vas a las exigencias de los comerciantes y los tenderos. Pese a todos
sus acercamientos al movimiento obrero y la clase obrera, una vez
instalados en el poder, los republicanos no se podían permitir cru-
zarse de brazos ante las peticiones, de una parte clave de su base,
de represión de un grupo que, según ellos, suponía un reto frontal
a sus intereses. Además, entre la nueva elite republicana había tam-
bién muchos miembros de la clase media comerciante 26. Por ejem-
plo, Enric Sànchez, el presidente de la Unió General de Venedors de
Mercats, una asociación profesional de vendedores de mercado en
conflicto directo con los vendedores ambulantes, era también ac-
tivista en la Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), el partido
24
El Matí, 14 de junio de 1931; La Vanguardia, 12 de agosto, y 13, 18 y 23
de septiembre de 1931; L’Opinió, 7 de agosto y 20 septiembre de 1931; Las Noti
cias, 22 de mayo, 2 de octubre y 17 de diciembre de 1931; Actas del Ayuntamiento,
28 de agosto de 1934, AHHL, y carta de la Unión de Vendedores del Mercado de
Collblanc al alcalde, 4 de septiembre de 1935, AHHL.
25
La Vanguardia, 13 de septiembre de 1931.
26
Aiguader i Miró, J.: Catalunya i la Revolució, Barcelona, La Sageta, 1931,
pp. 12-14, y Correspondencia y Actas del Ayuntamiento de l’Hospitalet de Llobre-
gat, 1931-1936, AHHL.
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hegemónico en la Cataluña republicana 27. Además, los valores de
la clase media estaban reflejados en la cultura interna del republi-
canismo y hasta las corrientes más radicales alababan el sentido de
ahorro, diligencia y laboriosidad de la clase comercial urbana 28.
Por consiguiente, en lo que puede definirse como una declara-
ción de guerra contra los vendedores parados, varios ayuntamien-
tos en el área barcelonesa aprobaron acuerdos que prohibían o
restringían la venta ambulante unas pocas semanas después del na-
cimiento de la República 29. A continuación, se desplegaron con-
tra los vendedores ambulantes todas las fuerzas policiales a dispo-
sición de las nuevas autoridades, incluyendo la Guardia Civil, que
tanto odio despertaba entre las capas sociales más humildes desde
la época monárquica, mientras la Guardia de Asalto, la nueva po-
licía paramilitar republicana que ocupaba la primera línea en de-
fensa del orden urbano, empezó a patrullar alrededor de los mer-
cados y a detener a los vendedores ambulantes 30. Como veremos,
muchos indicios apuntan a que la represión de la venta ambulante
fue más intensa en Barcelona, algo que probablemente respondiese
al alto nivel del paro urbano y de este comercio informal, y a la his-
toria reciente de una ciudad con un frágil orden urbano en el que
los conflictos, por pequeños que fuesen, siempre tenían la capaci-
dad de convertirse, de forma espiral, en confrontaciones de gran
envergadura, y donde las elites urbanas eran muy sensibles al tema
del orden público 31. No es de sorprender, por tanto, que Fran-
cisco Madrid, el secretario de los primeros gobernadores civiles de
27
Ivern i Salvà, M. D.: Esquerra Republicana de Catalunya (1931-1936), 2 vols.,
Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1988-1989, vol. 1, p. 78.
28
L’Opinió, un periódico ligado al ala izquierda del republicanismo catalán,
afirmó que «el comprador y el vendedor se complementan» (14 de enero de 1932)
dado que «el tendero ha implantado su negocio al amparo de unas leyes..., paga
una contribución y una dependencia, y así constituye una garantía bastante real al
público comprador», mientras el vendedor ambulante «puede dar gato por liebre,
tanto en la calidad, como en el peso» (19 de noviembre de 1931).
29
La Nau, 24 de abril 1931; Actas del Ayuntamiento, 6, 11, 20 y 27 de agosto
de 1931, AHHL, y La Vanguardia, 13 de agosto de 1931.
30
Solidaridad Obrera, 25 de septiembre de 1931 y 13 de septiembre de 1932.
31
Desde la huelga general de 1902, pasando por la «Semana Trágica» de 1909,
y la huelga revolucionaria de 1917, las elites y los gobernantes barceloneses temie-
ron la sombra de la protesta. Tal vez la cita más ilustrativa es del exgobernador ci-
vil, Ángel Ossorio: «En Barcelona, la revolución no se prepara, por la sencilla razón
de que está preparada siempre. Asoma a la calle todos los días; si no hay ambiente
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la Barcelona republicana, expresase su temor a que los vendedores
ambulantes quisiesen por encima de todo convertir la capital cata-
lana en «una ciudad anárquica» 32.
Este clima favoreció el aumento de la represión de la venta am-
bulante. En agosto de 1931, el Ayuntamiento de Barcelona anunció
la creación de la Brigada per a la repressió de la venta ambulant, un
«servicio de vigilancia especial», creado para limpiar las calles de
vendedores ambulantes, que estaba dirigido por Lluís Puig Mun-
ner, un concejal republicano y, significativamente, tendero de pro-
fesión 33. El mes siguiente, bajo órdenes del Ayuntamiento, el Mer
cadet, corazón de la venta ambulante en el centro de Barcelona, fue
destruido en presencia de un destacamento de guardias de asalto,
políticos locales de la ERC y representantes de las asociaciones de
vendedores de mercado. Todo ello ocurrió bajo la mirada amarga
de aquellos que allí se ganaban la vida 34. Ese mismo día, los guar-
dias de asalto ocuparon la Plaza de la República (ahora Plaza de
San Jaime) para repeler las posibles protestas de los vendedores
ambulantes, mientras una sucesión de vendedores de mercado se
acercaba a felicitar a las autoridades municipales por su actuación
contra la venta ambulante, por «el buen nombre y el prestigio de
la ciudad y los negocios de Barcelona» 35. En noviembre de 1931, la
represión había alcanzado tal nivel que la Brigada per a la repressió
de la venta ambulant de Barcelona llegó a incautar unos 4.000 kilos
de comestibles en sólo tres días 36.
Durante los siguientes meses, la represión de las autoridades
contra los parados se volvió asfixiante. Las acciones policiales lle-
vadas a cabo en barrios históricamente obreros, tradicionalmente
reacios al control estatal, en ocasiones adquirieron un carácter mi-
litar, con unidades paramilitares de guardias de asalto y civiles ce-
rrando calles para efectuar redadas contra los vendedores ambu-
para su desarrollo, retrocede; si hay ambiente, cuaja» (Ossorio, Á.: Barcelona julio
de 1909. Declaración de un testigo, Madrid, Ricardo Rojas, 1910, pp. 13-14).
32
Madrid, F.: Ocho meses y un día en el gobierno civil de Barcelona, Barcelona,
La Flecha, 1932, pp. 145 y 156-157.
33
L’Opinió, 11, 13, 16 y 20 de agosto de 1931; La Vanguardia, 13, 19 y 21 de
agosto de 1931, y Las Noticias, 6 de octubre de 1931.
34
La Vanguardia, 18-20 de septiembre de 1931.
35
Las Noticias, 2 y 7 de octubre de 1931; La Vanguardia, 18-20 de septiembre
de 1931, y L’Opinió, 20 de septiembre de 1931.
36
Las Noticias, 12 de noviembre y 16 de diciembre de 1931.
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lantes 37. Con frecuencia protagonizada por los guardias de asalto
paramilitares, la brutalidad policial se convirtió en una parte integral
de estas operaciones. Un guardia de asalto explicó a un periodista
que en situaciones de este tipo a menudo tenían que utilizar las po-
rras contra las mujeres, mostrándose muy irritado ante aquellas que
se dejaban involucrar por los «agitadores» en estas acciones calleje-
ras 38. Además, los vendedores ambulantes criticaron en muchas oca-
siones la violencia policial contra mujeres y niñas 39. En un incidente
trágico, una vendedora ambulante de diez años murió arrollada por
un autobús cuando huía de la policía con su mercancía 40.
Además de la incautación de sus mercancías, los vendedores
ambulantes se enfrentaban al peligro de ser internados al amparo
de la Ley de Vagos y Maleantes (1933), un mecanismo antinómada
que se utilizó para perseguir a los parados, y que en manos de la
policía sirvió para criminalizar aún más el comercio informal 41. Las
autoridades republicanas consideraban que una actitud implacable
y contundente era clave para apaciguar y retener el apoyo electo-
ral de la clase media.
En términos generales, la represión policial de la venta ambulante
es muy indicativa de la actitud oficial hacia los parados. Como ha ar-
gumentado entre otros el sociólogo estadounidense Howard Becker,
en época de crisis económica las autoridades ineluctablemente de-
penden de las fuerzas de seguridad y el sistema penal para imponer
la disciplina social sobre el creciente ejército de parados que ha de-
jado de estar sujeto a la coerción cotidiana e informal del mundo del
trabajo 42. En estas circunstancias, la violencia policial contra los pa-
rados está dirigida a someterlos y domarlos más que a defender las
37
La Vanguardia, 13 de agosto de 1931 y 3 de marzo de 1932; L’Opinió, 1 de
junio de 1932; Solidaridad Obrera, 13 de septiembre de 1932; comunicados de la
Guardia Urbana al alcalde, 8 y 13 de septiembre de 1934, AHHL; actas del Ayunta-
miento de l’Hospitalet, 10 de enero de 1933 y 28 de agosto de 1934, AHHL; carta
del alcalde de l’Hospitalet al comandante del puesto de la Guardia Civil, 7 de marzo
de 1936, AHHL, y Las Noticias, 12 de noviembre y 16 de diciembre de 1931.
38
Estampa, 9 de julio de 1932.
39
Solidaridad Obrera, 1 de febrero de 1936.
40
Solidaridad Obrera, 7 de julio de 1933.
41
Jiménez de Asúa, L.: Ley de vagos y maleantes. Un ensayo sobre peligrosidad
sin delito, Madrid, Editorial Reus, 1934, y, para un análisis de la ley, véase Eal-
ham, C.: La lucha por Barcelona..., op. cit., pp. 138-143.
42
Becker, H.: Outsiders: Studies in the Sociology of Deviance, Nueva York, The
Free Press, 1963, passim.; Jankovic, I.: «Labour Market and Imprisonment», Crime
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
leyes. Inevitablemente, el escenario de esa violencia es el espacio pú-
blico, en concreto los parques y las calles donde los sin trabajo pa-
san mucho tiempo, y los vendedores ambulantes se ven involucrados
en la misma contienda y lucha por controlar el espacio 43.
Asimismo, la represión de la venta ambulante nos muestra cier-
tas tendencias y dinámicas autoritarias en juego durante los años re-
publicanos. Vemos, por ejemplo, una clara divergencia entre el dis-
curso republicano durante la época de la oposición a la monarquía,
cuando el movimiento enfatizaba más la justicia social, la libertad y
el progreso, y sus prácticas una vez que llegaron al poder, cuando
son muchos los republicanos que, sin abandonar del todo este dis-
curso, adoptaron claramente como objetivo ese «orden» que tanta
importancia tenía para la clase media 44. Así, la Esquerra consolidó
su poder local de manera parecida a la de los «hombres de orden»
de la monarquía: aumentando el coste de la movilización y la pro-
testa social, acumulando leyes draconianas y fortaleciendo las uni-
dades policiales, todo ello muy al gusto de los grupos de presión
de clase media 45. Como ejemplo, Lluís Companys, el primer gober-
nador civil barcelonés de la época republicana y futuro presidente
de la Generalitat (1934-1939), definió la importancia de la «disci-
plina» y la «paz social» dentro de una «República de orden» capaz
de emplear «medidas energéticas» contra los sectores que represen-
taban «la negación de la autoridad» 46. De esta forma, la represión
del Estado republicano contra los parados, y contra los vendedo-
and Social Justice, 8, 1977, pp. 17-31, y Quinney, R.: Class, State and Crime, Nueva
York, McKay, 1977, pp. 131-140.
43
Solidaridad Obrera, 19 de junio, 11-12, 14 y 28-31 de julio y 1 de agosto de
1931; 30 de junio, 6 y 21-31 de julio; 29 de agosto, y 7 de septiembre de 1934; Ade
lante, 22 y 30 de enero de 1934; L’Opinió, 29 de julio de 1931; La Vanguardia, 16 y
30 de julio; 5, 21, 26 y 29-30 de agosto, y 30 de septiembre de 1931, y comunicado
de la Guardia Urbana al alcalde, 26 de abril de 1936, AHHL.
44
Coromines, P.: Diaris i Records de Pere Coromines. La República i la Guerra
Civil, t. 3, Barcelona, Curial, 1975, p. 14.
45
Carta de la Sociedad de Agricultores al alcalde, 30 de octubre y 12 de no-
viembre de 1931, AHHL, y carta de los presidentes de la Cámara Oficial de Pro-
piedad Urbana, la Asociación de Propietarios, el Gremio de Ultramarinos y Simi-
lares, el Centro Gremial de Carboneros y la Sociedad de Maestros Peluqueros y
Barberos al alcalde, 30 de septiembre de 1931, AHHL.
46
Madrid, F.: Ocho meses y un día..., op. cit., pp. 136, 138, 143-145, 171-214,
250 y 266; La Nau, 2 de mayo de 1931; Las Noticias, 1 y 3 de mayo de 1931, y El
Diluvio, 30 de mayo de 1931.
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res ambulantes en concreto, se legitimó en una ideología democrá-
tica: la nueva represión era distinta a la de regímenes anteriores por-
que defendía los intereses de la ciudadanía; defender lo que, en las
palabras de un periódico republicano, era un «poder en las manos
de todos» facilitaría la consolidación de la nueva democracia, y por
consiguiente forjaría las condiciones óptimas para la reforma de la
sociedad para el beneficio de la mayoría de los españoles 47. Sin em-
bargo, a corto plazo no hubo un programa de reformas capaz de
distender las profundas tensiones sociales y urbanas en una ciudad
como Barcelona. A cambio, las autoridades aumentaron el gasto pú-
blico en los cuerpos de seguridad; por ejemplo, el cuerpo de guar-
dias de asalto aumentó en 10.000 efectivos desde su creación en
1931 hasta la primera mitad de 1936 48. Pero aunque la «República
de orden» se justificase en términos de un futuro reformista, las es-
tratagemas excluyentes que utilizaron las autoridades republicanas,
tan visibles en el caso de los vendedores ambulantes, minaron los
derechos civiles y el Estado de Derecho, y debilitaron lo que de por
sí era una esfera pública democrática frágil. Tal vez el ejemplo más
claro de este proceso fuese la mencionada Ley de Vagos y Malean-
tes, que revocó los derechos de ciudadanía de los desposeídos y que
legalizó la detención preventiva de los pobres y/o los parados.
La lucha contra la venta ambulante tuvo como soporte una
campaña de prensa feroz, que sin duda contribuyó a los intentos
de las autoridades para excluir y criminalizar a los sectores más in-
sumisos de los parados. En las páginas de la prensa diaria se in-
vocaba una variedad de argumentos para aislar políticamente a los
vendedores ambulantes y así agilizar su represión. Un argumento,
por ejemplo, afirmaba que, al «invadir» el espacio público, los ven-
dedores ambulantes impedían el funcionamiento correcto de las
calles de la ciudad democrática y eso les hacía perder su derecho
a las calles 49. Pero la justificación más común en esta campaña re-
presiva contra la venta ambulante era que los vendedores «ilega-
les» suponían una amenaza a la salud pública, pues, al no estar re-
gulados por las autoridades municipales, no se les podía obligar a
respetar las reglas con relación a pesos y medidas. También se les
La Calle, 8 de enero de 1932.
47
Vargas González, A.: «La Guardia de Asalto: Policía de la República»,
48
Cuadernos Republicanos, 53 (2003), p. 44.
49
Las Noticias, 10 de noviembre de 1931.
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acusaba de vender comestibles insanos y/o adulterados 50. En con-
junto, este argumento tenía mucha importancia para las autorida-
des republicanas, pues así explicaban la represión del comercio in-
formal como un acto realizado por el bien colectivo del pueblo, y
no solamente como defensa de los intereses particulares de un sec-
tor clave de su base electoral.
Podemos hacer varias observaciones sobre este razonamiento.
Lo primero que salta a la vista es que los vendedores de mercado y
los tenderos no tenían lo que se dice un historial limpio en cuanto
al respeto de los intereses del consumidor: según la vox populi, los
sectores comerciales hacían trampas con los pesos y medidas, una
práctica que continuó a lo largo de la República 51. En ocasiones,
estas sospechas quedaron confirmadas como cuando un equipo
del Ayuntamiento concluyó, tras una inspección en la Boquería, un
mercado ubicado en el centro de Barcelona, que la «mayoría» de
los vendedores manipulaban los pesos y las medidas 52. En segundo
lugar, si los vendedores ambulantes traficaban con comestibles insa-
nos, como afirmaban sus críticos, lo lógico hubiese sido que las au-
toridades los destruyesen nada más requisarlos, en vez de donarlos
a las cocinas de los hospitales, como era lo habitual 53.
Los pánicos morales relacionados con el comercio informal,
muy difundidos en la prensa conservadora y republicana, crecieron
en tándem con la represión. Así, se representaba a los vendedores
ambulantes como un «otro» peligroso, externalizándoles e identifi-
cándoles en ocasiones como «forasteros» y como sujetos coloniales.
Por ejemplo, antes de su destrucción, el Mercadet fue comparado
por L’Opinió, un periódico republicano de izquierdas, con «un fas-
tidioso aduar marroquí» 54. El discurso oficial identificaba el comer-
50
La Vanguardia, 12 de agosto y 13, 18 y 23 de septiembre de 1931; El Matí,
14 de junio de 1931, y L’Opinió, 7 de agosto de 1931.
51
Ealham, C.: La lucha por Barcelona..., op. cit., pp. 188 y 251.
52
Las Noticias, 15-17 de noviembre de 1931; El Día Gráfico, 26 de noviembre
de 1931; La Vanguardia, 5 de marzo y 7 de abril de 1932; La Calle, 6 de noviembre
de 1931, y La Publicitat, 10 de enero de 1932.
53
La Vanguardia, 13 de agosto y 18-20 de septiembre de 1931; L’Opinió, 1 de
junio de 1932; comunicados de la Guardia Urbana al alcalde, 8 y 13 de septiem-
bre de 1934, AHHL; actas de los plenos del Ayuntamiento, 10 de enero de 1933,
AHHL; carta del alcalde al comandante del puesto de la Guardia Civil, 7 de marzo
de 1936, AHHL, y Las Noticias, 12 de noviembre y 16 de diciembre de 1931.
54
L’Opinió, 20 de septiembre de 1931.
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
cio ambulante con el crimen, la suciedad y la enfermedad, y pre-
sentaba a los vendedores ambulantes como «vagos profesionales» y
una «plaga de mendigos» 55. Con este discurso, las autoridades ape-
laban a un interés general imaginario. Además, al identificar a los
vendedores ambulantes con una amenaza general a la seguridad pú-
blica, crearon un consenso alrededor de la necesidad de ampliar los
cuerpos policiales y lograron, como decía L’Opinió, que el paro se
tratase como un «problema de orden público» 56. Estos pánicos mo-
rales aumentaron con el tiempo, incluso se llegó a afirmar que «la
actitud rebelde de los vendedores [ambulantes]» 57 constituía uno
de los grandes desafíos de la República: desde esta perspectiva, los
parados fueron denunciados como «enemigos de la República» 58,
«indeseables» 59, un elemento más de los bajos fondos de «gente
maleante» dedicado a desacreditar el nuevo sistema político.
La lucha por la calle: la política callejera de los vendedores
ambulantes
A pesar de todas las fuerzas congregadas en su contra, y a pesar
de su represión, los vendedores ambulantes lucharon para mantener
su presencia en las calles a lo largo de los años republicanos 60. Para-
dójicamente, acciones oficiales como la destrucción del Mercadet sir-
vieron para aumentar su visibilidad en las calles y alrededor de los
mercados. El caso de los vendedores ambulantes pone en eviden-
cia las limitaciones que conlleva la represión de prácticas de raíz so-
cioeconómica; por ejemplo, en el verano de 1933, el peor año de la
crisis económica de los años treinta, el Ayuntamiento de l’Hospitalet
55
L’Opinió, 7 de agosto de 1931 y 1 de junio de 1932; La Publicitat, 12 de ju-
nio de 1931; La Vanguardia, 12 de agosto y 13, 18 y 23 de septiembre de 1931, y
El Matí, 14 de junio de 1931.
56
L’Opinió, 17 de julio de 1931.
57
L’Opinió, 20 de septiembre de 1931.
58
L’Opinió, 17 de julio y 16 de agosto de 1931; Llibertat, 6 de junio de 1931;
actas del pleno del Ayuntamiento, 10 de enero de 1933, AHHL, y Las Noticias, 4
de junio de 1931.
59
L’Opinió, 1 de junio de 1932.
60
Las Noticias, 10 de noviembre, 18 de diciembre de 1931 y 29 de agosto
de 1935; La Vanguardia, 23 de agosto de 1935; actas del Ayuntamiento, 1 de ju-
nio de 1933, AHHL, y comunicados de la Guardia Urbana al alcalde, 17 de julio y
7 de octubre de 1932 y 10 de abril de 1936, AHHL.
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de Llobregat reconoció que, a pesar de la represión, la venta ambu-
lante aumentaba «cada día» 61. De hecho, las circunstancias econó-
micas de los vendedores ambulantes les obligaban a hacer frente a la
represión policial porque, en las palabras de uno de ellos, lo contra-
rio sería «la sentencia de muerte para muchas familias proletarias» 62.
Eso mismo enfatiza la carta ya mencionada de cuarenta vendedores
ambulantes al Ayuntamiento de l’Hospitalet de Llobregat, una po-
blación con un nivel altísimo de paro forzoso. En ella, los vendedo-
res explicaban que la venta ambulante era su «único medio de vida»
en «la situación angustiosa» de no poder encontrar trabajo 63.
El contexto material contribuyó a la entereza de los vendedores
ambulantes en la defensa de su derecho a la calle: dado que sus re-
clamaciones no tenían eco en los ayuntamientos (no podían ir a la
huelga o retener impuestos municipales), forzosamente tenían que
presentar su agenda a las autoridades en la esfera pública por me-
dio de manifestaciones y acciones callejeras de protesta. Hasta cierto
punto, las nuevas circunstancias políticas que trajo la llegada de la
República favorecieron las movilizaciones de los vendedores am-
bulantes. Por ejemplo, en la última etapa de la lucha contra la mo-
narquía, en un claro intento de ganar respaldo popular, los repu-
blicanos habían prometido que, una vez en el poder, promulgarían
legislación favorable a la clase obrera. En el caso de la Esquerra, su
programa hablaba de leyes nuevas que darían a los obreros «el dere-
cho de vivir en plena seguridad y dignidad» 64. Más específicamente,
los republicanos catalanes se identificaron con medidas concretas,
que incluían una actuación inmediata en defensa de los parados que
sirviese para paliar la situación de los sectores más empobrecidos y
vulnerables de la clase obrera, dentro de los cuales se encontraban
los vendedores ambulantes 65. No es de sorprender entonces que am-
plios sectores obreros diesen por hecho que la nueva clase política
republicana actuaría para implantar medidas inmediatas que mejo-
rasen la condición de los parados, o que al menos contasen con que
se mostrase receptiva a sus anhelos y necesidades. Por eso, en los
Actas de los plenos del Ayuntamiento, 1 de junio de 1933, AHHL.
61
Solidaridad Obrera, 3 de febrero de 1933.
62
63
Carta de cuarenta vendedores ambulantes al alcalde, 29 de agosto de 1935,
AHHL.
64
L’Opinió, 13 de febrero, 13 de marzo y 29 de agosto de 1931.
65
L’Opinió, 13 de marzo, 29 de agosto y 3 y 11 de diciembre de 1931.
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
primeros meses de la República, los vendedores ambulantes orga-
nizaron varias manifestaciones pacíficas para no dejar olvidar a los
políticos sus compromisos tras su llegada al poder en Barcelona.
El hecho de que esas manifestaciones continuasen después del co-
mienzo de la represión de la venta ambulante lo podemos ver como
evidencia de las esperanzas y la fe que este grupo había puesto en
las autoridades republicanas. Por ejemplo, a mediados de agosto de
1931, una manifestación de vendedores ambulantes llegó a la plaza
de la República para entregar una carta de petición al Ayuntamiento
por una mayor tolerancia hacia el comercio informal. Una comisión
fue recibida por concejales de ERC y, mientras conversaban, estos
últimos dejaron claro que no cambiarían su política represora con-
tra la venta ambulante, una decisión que provocó una «gran excita-
ción» entre los manifestantes, varios de los cuales habían votado por
los partidos republicanos en las elecciones municipales y generales
de abril y junio de 1931, respectivamente. Como muestra de su frus-
tración, los manifestantes ocuparon la plaza pacíficamente con el fin
de divulgar su situación. Aunque era una acción pacífica, según La
Vanguardia, un periódico que no simpatizaba con los parados abier-
tamente, los manifestantes fueron atacados y dispersados por una
unidad de guardias de asalto 66.
Como ha argumentado Eric Hobsbawm, los grupos que no pue-
den articular sus esperanzas y quejas a través de los canales institu-
cionales tienden a expresarse por medio de «negociación colectiva
a través del motín» 67. Y así ocurrió con los vendedores ambulan-
tes en Barcelona, que desarrollaron una política callejera basada en
una serie de movilizaciones y acciones directas. Por ejemplo, en el
último trimestre de 1931, la persecución policial de la venta ambu-
lante desembocó en dos disturbios importantes en mercados que
terminaron con los vendedores ambulantes destruyendo e incau-
tando alimentos y mercancías de los puestos. En ambos casos, los
vendedores ambulantes recibieron ayuda de los miembros de la co-
munidad local, reflejo del deseo de esta comunidad de vengarse de
un grupo social concreto (los vendedores de mercado) que había
reclamado de forma pública la represión de la venta ambulante 68.
La Vanguardia, 19 de agosto de 1931.
66
Hobsbawm, E.: Labouring Men. Studies in the History of Labour, Londres,
67
Weidenfeld and Nicholson, 1964, p. 7.
68
El Día Gráfico, 24-25 de septiembre de 1931; Las Noticias, 1 y 21 de octubre
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La anatomía de una de esas protestas en el barrio obrero de
Sants sirve como ejemplo de las nuevas dinámicas de este conflicto
callejero. Sobre las diez de la mañana del 23 de septiembre de
1931, «una batida» de la policía municipal y los guardias de asalto
dispersó a unos vendedores ambulantes de los alrededores del mer-
cado de Sants, y les incautó sus mercancías que luego cargó en un
camión. Sin duda esto indignó a los vendedores ambulantes, y así,
tras la retirada de las fuerzas de seguridad, se reagruparon delante
del mercado para luego entrar y atacar los puestos, incautando y/o
destruyendo la mercancía que había dentro. Según La Vanguar-
dia, los vendedores ambulantes, algunos de los cuales iban armados
con cuchillos y palos, «se hicieron dueños del campo» hasta que la
Guardia Civil de caballería y un camión de guardias de asalto im-
pusieron el orden 69.
La textura de las movilizaciones de los vendedores ambulan-
tes tomó forma y se desarrolló a la luz de una larga tradición cul-
tural de protesta de acción directa, algo que a su vez se había nu-
trido de un contexto desigual de desarrollo económico parte de un
capitalismo débil, altos impuestos en comestibles y pobreza agra-
ria. Como resultado de todo ello, cuestiones como el consumo tu-
vieron un papel central en la vida social a lo largo del siglo xix, y
los motines de subsistencia perduraron hasta la primera mitad del
siglo xx. Se puede decir que las protestas de los vendedores ambu-
lantes, muy próximas en ocasiones a los motines de consumo, te-
nían una conexión clara con mundos de protesta anteriores: se tra-
taba de acciones que típicamente se desarrollaban en las calles y
que en la mayoría de los casos ocurrían fuera de estructuras «mo-
dernas» de protesta como los sindicatos. Otra similitud entre las
movilizaciones de los vendedores ambulantes y las protestas «tra-
dicionales» de subsistencia era el papel destacado de las mujeres 70.
En los años treinta, la militancia femenina estaba confinada princi-
palmente a cuestiones de consumo y aunque algunas mujeres des-
tacaron en los grupos anarquistas y sindicatos, no figuraban entre
de 1931; La Vanguardia, 24 de septiembre de 1931; Solidaridad Obrera, 30 de octubre
de 1931, y véase también Ealham, C.: «La lluita pel carrer...», op. cit., pp. 21-26.
69
La Vanguardia, 24 de septiembre de 1931.
70
Según Pamela Radcliff, las protestas de consumo eran «la expresión más co-
herente de la identidad política de las obreras», véase Radcliff, P.: «The emerging
challenge of mass politics», en Shubert, A., y Álvarez Junco, J. (coords.): Spanish
history since 1808, Londres, Arnold, 2000, p. 152.
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los dirigentes, ni en el sector textil y fabril, donde trabajaban mu-
chas obreras 71.
Otra característica destacable de las luchas de los vendedores
parados era su contenido antipolicial. A lo largo de los años repu-
blicanos, se produjeron regularmente choques entre los miembros
de los cuerpos de seguridad y los vendedores ambulantes 72. Los ca-
sos de mayor violencia ocurrieron generalmente cerca de los merca-
dos, donde la hostilidad entre los vendedores con licencia y los sin
licencia podía provocar incidentes cotidianos 73. Muchas veces los
mozos de mercado intervenían al lado de los vendedores en peleas
con los ambulantes, las cuales, en alguna ocasión, se convirtieron
en batallas campales 74. También hubo muchos casos de resistencia
a las detenciones policiales por parte de los vendedores ambulan-
tes 75. De esta forma, la lucha de los vendedores ambulantes era un
aspecto más de las tradiciones populares de oposición colectiva a la
autoridad y a sus agentes en las calles.
Con frecuencia, los vendedores ambulantes recibían ayuda de
miembros de la comunidad, hecho muy comentado en la prensa de
la época. Así, los transeúntes avisaban a los vendedores ambulan-
tes de la llegada de patrullas policiales y en algunos casos los inqui-
linos de la zona ofrecían cobijo a los vendedores obligados a huir
de la policía. Muchas veces los detenidos pedían la intervención de
los transeúntes contra la policía, a lo que éstos respondían favora-
blemente atacando a la policía e intentando liberar a los detenidos,
una muestra más de la hostilidad popular hacia las fuerzas de segu-
ridad y de las simpatías que despertaban los vendedores ambulan-
tes 76. En l’Hospitalet de Llobregat, por ejemplo, las autoridades re-
conocieron que en varias ocasiones «la chusma» había intervenido,
a veces con éxito, para prevenir las detenciones de vendedores am-
bulantes. En respuesta, la policía intentaba llevar a cabo sus arres-
71
Vilanova, M.: Les majories invisibles: Explotació Fabril, Revolució i Repres
sió, Barcelona, Icaria, 1995.
72
Solidaridad Obrera, 15 de febrero de 1933.
73
Las Noticias, 29 de agosto de 1935.
74
La Vanguardia, 23 de agosto de 1935.
75
Solidaridad Obrera, 30 de abril, 22 de mayo y 27 de junio de 1931, y comuni-
cados de la Guardia Urbana al alcalde, 17 de julio y 7 de octubre de 1932, AHHL.
76
Las Noticias, 9 y 16 de mayo y 24 de diciembre de 1931; La Vanguardia, 9
de septiembre de 1931; Solidaridad Obrera, 7 de julio de 1933, y comunicado de la
Guardia Urbana al alcalde, 14 de junio de 1936, AHHL.
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tos antes de que se formasen multitudes hostiles, haciendo uso de
más violencia, incluso contra mujeres y niños que ejercían la venta
ambulante 77. Es de suponer que el endurecimiento de las tácticas
policiales confirmó las percepciones populares hacia las fuerzas de
orden público y, por el contrario, no logró romper las lealtades co-
munitarias y la gran simpatía que despertaban los vendedores am-
bulantes. De la misma forma, la disposición continua de los tran-
seúntes a ayudar a los detenidos ponía de relieve el rechazo al
discurso criminalizador de las autoridades en los barrios obreros,
donde, por lo general, las densas redes sociales creaban un am-
biente de apoyo favorable a los vendedores ambulantes.
Movilizando a los desheredados: los vendedores ambulantes
y los anarcosindicalistas
Como hemos dicho, los vendedores ambulantes, al igual que
otros sectores humildes de la sociedad española, esperaban que
con la llegada de la República se produjese una serie de cambios
positivos en su situación social y económica. La experiencia di-
recta del abismo entre las promesas reformistas y la realidad re-
presiva del nuevo régimen creó en ellos una frustración impor-
tante, un sentimiento que se prestó a la radicalización, canalizada
por el anarcosindicalismo 78. De acuerdo con su estructura fede-
ral, los vendedores ambulantes afines a la CNT estaban organiza-
dos en una serie de comisiones locales 79 o, en el caso de la Socie-
dad de Vendedores Ambulantes de Pescado, Legumbres y Fruta
de Barcelona, en una sección del Sindicato de Alimentación bar-
celonés 80. Igual que con cualquier otro sector de la clase obrera,
la CNT se comprometía a articular sus esperanzas, sus intereses
y sus luchas, aunque obviamente los vendedores ambulantes no
77
Comunicados de la Guardia Urbana al alcalde, 10 de junio de 1933 y 10 de
abril de 1936, AHHL.
78
Para la CNT Catalana durante este periodo, véase Vega i Massana, E.: En
tre revolució i reforma. La CNT a Catalunya (1930-1936), Lleida, Pagés, 2004, y,
a nivel estatal, Casanova, J.: De la calle al frente: el anarcosindicalismo en España
(1931-1939), Barcelona, Crítica, 1997.
79
Para la Comisión de los Vendedores Ambulantes, véase Solidaridad Obrera,
9 de abril de 1936.
80
Solidaridad Obrera, 20 de mayo de 1931.
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disfrutaban de los mismos recursos de protesta de los obreros in-
dustriales y no podían perseguir sus intereses a través de las prác-
ticas sindicales convencionales. Por eso, las luchas de los vende-
dores ambulantes encuadrados en la CNT seguían perteneciendo
más a la calle que al sindicato, y se desarrollaban por lo general
fuera de las estructuras organizativas confederales. De todas for-
mas, hay muchos indicios de activistas movilizando a los vendedo-
res ambulantes e incitándoles a atacar a las fuerzas de seguridad:
un informe policial de abril de 1936 reconoció el papel de «unos
desconocidos», presuntamente militantes cenetistas, que animaron
a los vendedores a resistir a la policía 81.
Donde la CNT ofrecía un apoyo más consistente a los vendedo-
res ambulantes era en un ámbito moral. Siguiendo la práctica cene
tista de estimular la autoexpresión de los parados, la organización
defendía el derecho de los sin trabajo a determinar cómo organi-
zar su «lucha por la vida» 82. De esa manera, la CNT otorgaba po-
deres a los vendedores ambulantes y revestía sus luchas de un sig-
nificado social más profundo, en términos de «la descomposición
prevalente del estado capitalista» 83. Toda la prensa confederal de-
fendía la causa de los vendedores ambulantes, pero sobre todo el
diario Solidaridad Obrera, el órgano cenetista más importante y de
amplia difusión en el área barcelonesa 84. Desde las páginas de Soli
daridad Obrera se entabló una guerra propagandista, refutando las
premisas del discurso criminalizador de las autoridades republica-
nas. Así, se criticaba la violencia policial 85 que intentaba «trasladar
los vendedores ambulantes de la calle a los hospitales» 86 y se de-
nunciaba la incautación de sus mercancías como «un atraco» 87. En
palabras de Solidaridad Obrera:
81
Comunicado de la Guardia Urbana al alcalde, 10 de abril de 1936, AHHL.
82
Solidaridad Obrera, 20 de mayo, 7 de junio, 21 y 26 de agosto, 29-30 de oc-
tubre y 1 de diciembre de 1931; 22 de marzo y 24 de noviembre de 1932, y 13 y
22 de julio de 1934.
83
Solidaridad Obrera, 9 de febrero de 1936.
84
En 1931, la edición barcelonesa de Solidaridad Obrera tenía un tiraje de
40.000; Tavera, S.: Solidaridad Obrera. El fer-se i desfer-se d’un diari anarco-sindica
lista (1915-1939), Barcelona, Diputació de Barcelona, 1992, p. 83.
85
Solidaridad Obrera, 22 de marzo de 1933; 30 de junio y 31 de julio de 1934,
y 9 de febrero de 1936, y Cultura Libertaria, 1 de enero de 1932.
86
Solidaridad Obrera, 30 de octubre de 1931.
87
Solidaridad Obrera, 8 de febrero de 1932.
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«Ahora con la República, se ha inventado esta nueva figura del delito:
todo obrero que esté parado y quiera trabajar para llevar pan a sus hijos
debe ser encarcelado por desórdenes públicos» 88.
Como muestra de su capacidad para hacer periodismo de in-
vestigación, Solidaridad Obrera publicó una serie de exposés de la
corrupción y de las injusticias relacionados con la venta ambu-
lante. Por ejemplo, según el diario anarcosindicalista, y en contra
de las afirmaciones oficiales de que el comercio informal constituía
una amenaza a la salud pública, el Ayuntamiento repartía la ma-
yor parte de los comestibles secuestrados por la policía a las coci-
nas de los hospitales barceloneses. También informaba sobre poli-
cías corruptos que vendían parte del «botín» a los vendedores de
mercado, que luego llegaba a las manos de un público al que su-
puestamente se intentaba proteger con la política represora contra
la venta ambulante 89. En la misma línea, Solidaridad Obrera cues-
tionaba el punto de vista de la clase media urbana de que se ac-
tuaba en defensa de los intereses del consumidor, y muy a menudo
publicaba los nombres y direcciones de los tenderos y vendedores
de mercado que «atracaban» a los obreros acaparando comestibles,
inflando los precios, trapicheando con los pesos y medidas y adul-
terando los comestibles 90. De ahí que condenara lo que veía como
la hipocresía de los sectores comerciales que reclamaban la repre-
sión de la venta ambulante. No es difícil imaginar que estos repor-
tajes tocaron una fibra sensible entre los consumidores obreros, cu-
yas sospechas hacia los tenderos y vendedores de mercado habían
ido en aumento desde la inflación galopante que tuvo lugar du-
rante y después de la Primera Guerra Mundial. Comparados con
los vendedores «oficiales», en opinión de Solidaridad Obrera, los
vendedores parados, tan perseguidos por las autoridades, eran se-
res «dignos» 91 y de una moral superior 92.
Asimismo, los propios vendedores ambulantes podían expre-
sarse a través de las páginas de Solidaridad Obrera, articulando sus
reivindicaciones centrales, como la suspensión de la política de re-
88
Solidaridad Obrera, 22 de marzo de 1933.
89
Solidaridad Obrera, 8 de febrero y 13 de septiembre de 1932.
90
Solidaridad Obrera, 23 y 28 de junio, 3 de julio y 30 de octubre de 1931.
91
Solidaridad Obrera, 21 de septiembre de 1935.
92
Solidaridad Obrera, 26 de agosto de 1931.
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presión, el reconocimiento legal de la venta ambulante 93, y su «de-
recho» a llevar a cabo su «comercio humilde» 94. Algunas veces,
sus comentarios destacan por su tono moderado, como por ejem-
plo cuando se expresaban a favor de un sistema de licencias muni-
cipales o cuando hablaban de su aceptación del pago de impuestos
en proporción al tamaño de sus ventas 95. Pero, al mismo tiempo,
hay muchos indicios de que los vendedores ambulantes se radica-
lizaron y politizaron como consecuencia de la «persecución tenaz»
a la que les sometieron las autoridades 96 (este proceso tenía un pa
ralelo histórico en Inglaterra con los costermongers londinenses del
siglo xix, los equivalentes a los vendedores ambulantes, que mostra-
ban el mismo odio hacia la policía y un historial de agitación social
en el movimiento Cartista) 97. La desilusión con el nuevo régimen
político quedó resumida en un manifiesto de la Sociedad de Vende-
dores Ambulantes de l’Hospitalet de Llobregat a finales de octubre
de 1931, sólo seis meses después del nacimiento de la República,
donde criticaban las «promesas falsas» de los republicanos. Según
los vendedores ambulantes encuadrados en la CNT, «la transición
de la monarquía [a la República] no había sido más que un cambio
de nombres y personal, pero los procedimientos, el ambiente y la
mentalidad de las autoridades son iguales» 98. Los vendedores am-
bulantes, sin embargo, se comprometieron a no doblegarse ante las
autoridades: en vez de la sumisión y la pasividad, anunciaron que si
la policía insistía en perseguirles «como criminales» y cazarles como
«perros» en las calles, estarían obligados a elegir prácticas abierta-
mente ilegales para «procurar su pan de cada día» 99.
El acogimiento de los vendedores ambulantes por los libertarios
nos ofrece un caso práctico interesante del funcionamiento de la
cultura anarquista y de sus modalidades de lucha. A primera vista,
93
Solidaridad Obrera, 14 de noviembre de 1935.
94
Solidaridad Obrera, 21 de agosto y 1 de diciembre de 1931.
95
Solidaridad Obrera, 22 de julio y 13 de agosto 1931 y 15 de febrero de 1932.
96
Solidaridad Obrera, 20 de mayo, 22 de julio, 21 y 26 de agosto y 29-30 de oc-
tubre de 1931 y 22 de marzo de 1932.
97
Mayhew, H.: London Labour and the London Poor, t. 1, Londres, Griffen, Bohn
and Company, 1851, p. 22, y Finn, M. C.: After Chartism: Class and Nation in English
Radical Politics, 1848-1874, Cambridge, Cambridge University Press, 1993, p. 97.
98
Solidaridad Obrera, 31 de octubre de 1931.
99
Solidaridad Obrera, 1 de diciembre de 1931, 24 de noviembre de 1932 y 3
de febrero de 1933.
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como es bien sabido, los anarquistas se oponían ideológicamente
al comercio, pues lo consideraban como un sistema de explotación
humana 100. La buena disposición de los anarquistas a la hora de de-
fender a los vendedores ambulantes subraya su flexibilidad táctica,
igual que la naturaleza abierta y la cultura inclusiva de la CNT, una
organización que tenía una perspectiva amplia de los grupos socia-
les que podía movilizar. Esta cultura nos explica cómo el anarcosin-
dicalismo llegó a intentar encuadrar y movilizar activos más allá del
proletariado fabril, acogiendo a grupos marginales y desheredados
que, tradicionalmente, habían sido rechazados por los socialdemó-
cratas como sectores oscuros, ignorantes y lumpen 101. La CNT pro-
pugnaba esta tradición: quería llegar a ser la auténtica voz de todos
los oprimidos y excluidos y por eso defendía el derecho a la calle y
al espacio público de los vendedores parados 102.
Pero los vendedores ambulantes compartían ciertas cualida-
des con varios sectores laborales de la amplia gama de grupos que
incluía la CNT barcelonesa en los años treinta: la mayoría de los
obreros de estos grupos era no cualificada o semicualificada y, por
las circunstancias de su empleo al igual que por tradición cultural,
tendía a actuar en defensa de sus intereses y aspiraciones por me-
dio de la acción directa en las fábricas y en las calles. Como sector
en permanente conflicto con la policía, los vendedores ambulantes
tenían mucho en común con la cultura callejera agresiva, «tosca» y
«ruda» que definía a muchos de los partidarios de la CNT 103. Esa
misma cultura no domesticada nos ayuda a entender por qué los ce
netistas eran reacios a canalizar sus peticiones por medio de los
jurados mixtos, las comisiones de arbitración estatales introduci-
das por Francisco Largo Caballero, ministro de Trabajo durante
1931-1933 y líder sindical socialista, cuyos intentos para institucio-
100
Solidaridad Obrera, 23 de junio de 1932.
101
Justicia Social, 25 de noviembre de 1933 y 14 de marzo de 1936.
102
Radcliff, P.: From Mobilization to Civil War: the Politics of Polarization
in the Spanish City of Gijón, 1900-1937, Cambridge, Cambridge University Press,
1996, pp. 231-232 (hay traducción española, De la movilización a la guerra civil.
Historia política y social de Gijón, 1900-1937, Barcelona, Debate, 2004), y Solidari
dad Obrera, 24 de septiembre y 2 de octubre de 1930.
103
Para más detalle sobre la cultura de movilización de los libertarios, véase
Ealham, C.: «Una geografía imaginada: ideología, espacio urbano y protesta so-
cial en la creación del Barrio Chino de Barcelona, c. 1835-1936», Historia Social,
59 (2007), pp. 55-76.
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nalizar el conflicto laboral reflejaban la cultura socialdemócrata gra-
dualista, su etos reformista y los orígenes de la UGT entre los ar-
tesanos «respetables» 104. Las grietas sociales, culturales y políticas
entre los modelos sindicales de la UGT y de la CNT quedaron ex-
puestas en la coyuntura de los años treinta, cuando la CNT llegó a
ser el sindicato preferido por la mayoría de los parados, sobre todo
en Barcelona y las grandes conurbaciones. Mientras tanto, en con-
sonancia con su código cultural, que valoraba la decencia y el pu-
dor, los socialistas catalanes de la Unió Socialista de Catalunya
(USC) hablaban de los anarquistas y sus simpatizantes como déclas
sés, «aventureros de origen obrero», «parásitos de los bajos fon-
dos», «maleantes, ladrones» y «vagos profesionales» 105.
La sensación continua de marginalización y exclusión socioeco-
nómica entre la mayoría de los afiliados de la CNT aseguró que su
experiencia con la República no fuese tan distinta a la de regíme-
nes anteriores, lo que creó una alienación política que fundamen-
taría la radicalización de las bases confederales y el movimiento
anarquista en los años anteriores a la guerra civil. Dentro de este
panorama, la militancia creciente de los vendedores ambulantes
más cercanos a la CNT aportó a la organización otro sector radi-
calizado importante.
Esta experiencia también nos muestra cómo los sectores más ra-
dicales del cenetismo insistieron en mantener a los parados dentro
de la órbita de los sindicatos, donde, a pesar de haber perdido el
contacto social inherente del trabajo en las fábricas, seguirían ex-
puestos a la cultura de acción colectiva con sus postulados solida-
rios. Para los parados, la mayor atracción de la CNT eran sus bol-
sas de trabajo, a través de las cuales los vendedores ambulantes,
igual que todos los sin trabajo afiliados a la Confederación, tenían
la oportunidad de encontrar un nuevo empleo. Las bolsas de tra-
bajo funcionaban también como vehículo para aquellos que que-
rían participar en los comités de defensa de la CNT, responsables
104
Para una visión general de la cultura interna del movimiento obrero, véase
Juliá, S.: «Poder y revolución en la cultura política del militante obrero español»,
en Maurice, J. (coord.): Peuple, mouvement ouvrier, culture dans l’Espagne con
temporaine, París, Presses Universitaires de Vincennes, 1990, pp. 179-191, y para
la cultura del movimiento libertario, véase Ealham, C.: La lucha por Barcelona...,
op. cit., pp. 63-104 y 239-267.
105
Justicia Social, 1 de agosto de 1931, y 29 de abril, 22 de julio y 11 de no-
viembre de 1933, y Cataluña Obrera, 26 de mayo y 9 de junio de 1933.
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de la organización de piquetes durante las huelgas y de actividades
callejeras como el reparto de hojas volantes por las que los activis-
tas cobraban el sueldo diario de un obrero semicualificado 106. Por
este camino, o eso calculaban los dirigentes cenetistas, los parados
buscarían soluciones colectivas a sus problemas y no llegarían a ser
un arma en el arsenal de las fuerzas reaccionarias. Tal vez la mejor
medida del éxito de la campaña cenetista entre los sin trabajo fue
el hecho de que, a pesar del crecimiento de partidos autoritarios de
corte fascista en los años treinta, por lo general los obreros, y con-
cretamente los parados, se mantuvieron distantes de estas opciones
políticas en España.
La movilización de los vendedores también refleja una caracte-
rística duradera de la CNT: su compromiso con luchas extrasindi-
cales relacionadas con el consumo. Desde su fundación en 1910,
la CNT organizó grupos y comisiones en barrios obreros para que
actuasen tanto en la comunidad como dentro de las fábricas. Es-
tas dos esferas se encontraron en 1916 con la huelga general de
ámbito estatal contra la inflación galopante provocada por la Pri-
mera Guerra Mundial. Otro ejemplo destacable fue la huelga ge-
neral contra el precio de subsistencias de marzo de 1919 en Va-
lencia, una protesta que comenzó con una huelga de los sindicatos
urbanos, pero que en poco tiempo se trasladó al mercado cen-
tral, donde grupos de mujeres asaltaron puestos e incautaron mer-
cancías, obligando a los vendedores de mercado a cerrar 107. Joan
Peiró 108, uno de los tácticos anarcosindicalistas más sutiles, teorizó
en los años veinte esta estrategia de movilización en ámbitos dis-
tintos a través de una serie de artículos y folletos en los cuales abo-
gaba por la creación de comités de distrito, cooperativas de con-
sumo y asociaciones vecinales, todos ellos dedicados a resistir la
106
Martín, E.: Recuerdos de un militante de la CNT, Barcelona, Picazo, 1979,
pp. 91-92.
107
Radcliff, P.: «The emerging challenge of mass politics», en Shubert, A., y
Álvarez Junco, J. (coords.): Spanish history since 1808..., op. cit., p. 152.
108
Para la vida militante de Peiró, véase Peiró, J.: Juan Peiró. Teórico y mili
tante del anarcosindicalimo español, Barcelona, Foil, 1978; Zambrana, J., y Alba-
dalejo, J.: Inicis d’un sindicalista llibertari: Joan Peiro a Badalona (1905-1920), Ba-
dalona, Fet a Ma, 2005; VVAA: Memoria de Joan Peiró i Belis, Cabrera de Mar,
Galerada, 2008, y Gabriel, P. (coord.): «Joan Peiró. Sindicalismo y anarquismo.
Actualidad de una historia», Anthropos, 114 (1990). Para sus escritos, veáse
Peiró, J.: Escrits, 1917-1939, Barcelona, Edicions 62, 1975.
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política económica oficial y a luchar para mejorar el nivel de vida
de la clase obrera. Para Peiró, esta labor de crear vínculos dentro
de la sociedad civil era decisiva para que la CNT extendiese sus
actividades a cada esfera de la vida obrera, en la fábrica o en la ca-
lle, requisito fundamental, en su opinión, para lograr la sindicali-
zación de la vida cotidiana y la transformación revolucionaria de la
sociedad existente 109. En el terreno práctico, en 1931, esta visión
inspiró la formación de una efímera Comisión de Defensa Econó-
mica (CDE) dentro de la CNT barcelonesa, en lo que sería un in-
tento de politizar la sensibilidad obrera sobre el consumo. Antes
de ser criminalizada por las autoridades republicanas, la CDE abo-
gaba por los vendedores ambulantes como cómplices en su propia
lucha para lograr un nuevo significado urbano en oposición a la
visión hegemónica de los especuladores, arrendatarios y tenderos,
y de los mismos republicanos, acusados de mantener a la ciudad
como un espacio para la explotación y el beneficio 110.
La cultura de acción directa del movimiento anarquista favo-
recía modos de lucha irregulares, no institucionalizados, y la re-
sistencia callejera de pequeños grupos, como hemos visto con el
caso de los vendedores ambulantes. Desde finales del siglo xix,
los anarquistas apoyaron los motines de subsistencia, brotes de in-
surrección que interpretaban como la antecámara de una revolu-
ción futura 111. Al llegar a los años treinta, los libertarios abrazaron
una constelación variada de prácticas callejeras populares como
subversión de los ritmos urbanos dominantes, aprobando y apo-
yando una gama amplia de acciones de los parados (huelgas de
inquilinos, ocupación de tierras y estrategias de autoayuda como
el robo de comestibles de tiendas, restaurantes y mercados). Al-
gunos libertarios esperaban transformar a los parados en las tro-
pas de choque de la insurrección, preparándoles para la futura re-
volución y, entretanto, abriendo un frente nuevo en la guerra de
guerrillas contra el Estado 112. Los anarquistas también veneraban
otras tradiciones populares, como la resistencia a la policía, e in-
109
Peiró, J.: Ideas sobre sindicalismo y anarquismo, Barcelona, Grupo Solidari-
dad, 1930, pp. 106-108 y 127-134.
110
Solidaridad Obrera, 28 de junio y 3 de julio de 1931.
111
Serrano, C.: El turno del pueblo. Crisis nacional, movimientos populares y
populismo en España (1890-1910), Barcelona, Península, 2000, p. 290.
112
Actas del pleno de la Federación local de la CNT de Barcelona, 24 de octu-
bre de 1931, Centro Documental de la Memoria Histórica, Salamanca.
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
tentaban pulir y proyectar esas prácticas «tradicionales» hacia su
lucha revolucionaria. Así, durante la insurrección anarquista de
diciembre de 1933, podemos ver cómo fusionaron mundos pasa-
dos de protesta social con la nueva ideología de antifascismo en lo
que era, de hecho, una protesta contra el movimiento hacia la de-
recha de la política española: durante la ocupación de l’Hospitalet
de Llobregat por militantes anarquistas armados, se sucedieron
una serie de acciones violentas como el asesinato del líder local
de la Falange Española, pero también el asalto y quema del mer-
cado municipal y varias tiendas, lo que encaja en el contexto de la
autoayuda obrera y la venganza contra sectores enfrentados a los
vendedores ambulantes 113.
Esa capacidad de los anarquistas a la hora de construir sus ac-
ciones sobre repertorios de contestación social anteriores y com-
binarlos con sus propias protestas constituyó una de sus virtu-
des movilizadoras durante el periodo de entreguerras. De este
modo, las tácticas anarquistas se solapaban con la estructura cul-
tural y experiencial de sectores importantes de la clase obrera.
Como muestra de este proceso, es interesante analizar uno de los
mecanismos de financiación adoptado por algunos grupos anar-
quistas: el «impuesto revolucionario». Este medio no estaba muy
extendido: el «impuesto» solía cobrarse a individuos que no go-
zaban de mucha simpatía popular, normalmente por sus víncu-
los con empresas que se habían opuesto a la CNT, por lo que
se les culpaba de agotar los recursos de los sindicatos y el movi-
miento libertario 114. No fue casualidad que en la primera mitad de
1933 Salvador Gil i Gil recibiera una petición de dinero del Co-
mité Libertario pro-Revolución Social 115, pues además de empre-
sario era teniente de alcalde en l’Hospitalet de Llobregat, donde
113
Comunicado de la Guardia Urbana al alcalde, 8 de diciembre de 1933,
AHHL, y carta del alcalde de l’Hospitalet al presidente de la Generalitat, 29 de di-
ciembre de 1933, AHHL.
114
La Veu de Catalunya, La Publicitat y ABC (Madrid), 16 de mayo de 1933; La
Vanguardia, 19 de mayo de 1933; comunicado de la Guardia Urbana al alcalde, 20 de
marzo de 1936, AHHL, y Massaguer, L.: Mauthausen: fin de trayecto. Un anarquista
en los campos de la muerte, Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo, 1997, p. 14.
115
Todos los periódicos barceloneses y ABC (Madrid) reportaban el nombre
así, igual que Marin, D.: Clandestinos. El Maquis contra el franquismo, 1934-1975,
Barcelona, Plaza & Janés, 2002, p. 184. Curiosamente, La Vanguardia hablaba del
«Comité del terrorismo pro-revolución social» (19 de mayo de 1933).
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
destacó como adversario implacable de los vendedores ambulan-
tes, cabeza de la represión que se había desatado desde 1931 116.
Tampoco sorprende que un «hombre de orden» como Gil i Gil,
comprometido públicamente con la represión de «maleantes» y
«delincuentes», no se dejase intimidar y se negase a pagar el «im-
puesto», una intransigencia que poco después provocó un ataque
contra una de sus tiendas, presumiblemente por miembros del
Comité Libertario pro-Revolución Social 117. Gil i Gil no se do-
blegó y murió pocas semanas después en compañía de un policía-
guardaespaldas durante una emboscada organizada por varios in-
dividuos desconocidos 118.
Conclusiones
Los vendedores ambulantes, a pesar de experimentar una mar-
cada radicalización antes de la guerra civil, continuaron intentando
utilizar, siempre que fue posible, canales legales para exponer sus in-
tereses, y periódicamente intentaron presionar a las autoridades lo-
cales con cartas, peticiones y comisiones, reclamando el fin de la re-
presión de la venta ambulante 119. Así, en 1935, en una carta colectiva
al Ayuntamiento, algunos vendedores ambulantes de l’Hospitalet de
Llobregat intentaron explicar que su «comercio» no tenía ningún
objetivo subversivo y por ello no merecía la respuesta draconiana de
las autoridades 120. En privado, las autoridades reconocían que «la
miseria reinante» era el motivo principal de la venta ambulante 121.
Sin embargo, parece evidente que, a partir de 1932, la resistencia
ante la policía por parte de los vendedores ambulantes, que muchas
veces contaban con la ayuda de miembros de la comunidad local,
había llegado a un punto muerto o una situación de tregua entre los
116
Actas de los plenos del Ayuntamiento, 6, 11, 20 y 27 de agosto de 1931,
AHHL.
117
La Publicitat, 16 de mayo de 1933.
118
La Veu de Catalunya, 16 de mayo de 1933; La Vanguardia, 19 de mayo de
1933 y 27 de marzo y 19 julio de 1934, y Las Noticias, 4 de octubre de 1934.
119
Solidaridad Obrera, 9 de abril de 1936, y Actes de la Comissió Permanent
del Ajuntament, 6 de septiembre de 1935, AHHL.
120
Carta de cuarenta vendedores ambulantes al alcalde, 29 de agosto de 1935,
AHHL.
121
Informe del alcalde, 12 de septiembre de 1935, AHHL.
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«vendedores rebeldes» y las autoridades locales. Esto lo reconoció,
en septiembre de 1935, el alcalde de l’Hospitalet cuando escribió
que «actuar enérgicamente contra los vendedores ambulantes im-
plica una revuelta» o, por lo menos, «incidentes desagradables» 122.
En este contexto, las autoridades llegaron a tolerar cierto nivel de
comercio informal, sobre todo si no estaba próximo a los mercados
y no era visible a los comerciantes de clase media.
Otro aspecto llamativo son las diferencias locales en la represión
de la venta ambulante. Las quejas publicadas en la prensa obrera
nos sugieren que la actitud de las autoridades variaba radicalmente
de ciudad a ciudad: se habla de que las autoridades en ciudades
como Valencia, Zaragoza y Madrid eran mucho más tolerantes con
el comercio informal que en Barcelona 123. Obviamente, hay que te-
ner en cuenta la relación entre la dura represión de la venta ambu-
lante barcelonesa y la historia revolucionaria de la ciudad: las auto-
ridades republicanas conocían de sobra cómo en Barcelona, con su
frágil orden urbano y su alto nivel de desempleo, un conflicto pe-
queño era siempre capaz de agravarse. De todas formas, la repre-
sión de la venta ambulante nos permite reconsiderar la historia de
Barcelona en los años treinta y su reputación como «baluarte de la
República» 124, oasis de libertad y tolerancia.
Hubo algunas iniciativas para pacificar la situación. El Ayun-
tamiento de l’Hospitalet de Llobregat ofreció en más de una oca-
sión una cantidad restringida de licencias a los vendedores ambu-
lantes pero su coste —unas cien pesetas anuales— no era asequible
para la mayoría de ellos 125. Además, dado que muchos de los ven-
dedores parados creían que su situación era algo temporal u oca-
sional, eran reacios a formalizar su estatus como comerciantes, pues
les atraía más la posibilidad de volver al mundo del trabajo 126. Al
mismo tiempo, tales propuestas chocaban con los deseos de los
vendedores de mercado y los tenderos, que querían la represión im-
placable de la venta ambulante, y llegaron a amenazar con no pagar
122
Informe del alcalde, 12 de septiembre de 1935, AHHL.
123
Solidaridad Obrera, 30 de junio de 1934.
124
Muniesa, B.: La burguesía catalana ante la II república española (1931-1936),
II, El triunfo de Wagner sobre Verdi, Barcelona, Anthropos, 1986, pp. 80 y 182.
125
Actas de los plenos del Ayuntamiento, 15 de septiembre de 1932 y 19 de
enero de 1933, y el informe del alcalde, 12 de septiembre de 1935, AHHL.
126
Actas de los plenos del Ayuntamiento, 30 de agosto de 1932, AHHL.
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
los impuestos municipales 127. En un claro intento por parte de los
partidos republicanos de preservar su apoyo electoral, la represión
del comercio informal solía aumentar en las semanas anteriores a
las elecciones locales o generales 128. De todas formas, los vendedo-
res ambulantes hacían frente a los momentos de represión elevada
adaptando sus «negocios», como por ejemplo cuando empezaron a
operar desde los portales de las casas del vecindario, que les ofre-
cían una posición de ventaja para inspeccionar la calle y resguar-
darse contra las incursiones de las fuerzas de seguridad y la incau-
tación de sus mercancías.
La experiencia de la venta ambulante ilumina procesos y ten-
dencias importantes de la Barcelona republicana. Hemos visto
cómo las autoridades republicanas favorecían los intereses de la
clase media urbana por encima de los intereses de los parados y de
los sectores más empobrecidos de la sociedad. Por ello, en un con-
texto de paro forzoso galopante, pusieron fin a la política tradicio-
nal de tolerancia hacia el comercio informal. Hemos visto también
cómo el nuevo régimen trajo consigo un aumento importante en
las libertades políticas y cívicas mientras que la estructura econó-
mica heredada de la monarquía se quedó en pie y nunca fue some-
tida a una reforma profunda. Para los sectores más vulnerables de
la clase obrera, la compulsión económica cotidiana no cambió con
la República y se mantuvo más o menos igual que durante la mo-
narquía. La ausencia de una política dedicada a combatir la exclu-
sión social a favor de una democracia económica más justa es clave
para entender el desencanto de amplios grupos de obreros con la
República. El caso de la venta ambulante pone de relieve las rela-
ciones conflictivas entre el Estado y los sin trabajo, y la experiencia
de los parados y de los que ofrecieron resistencia a la desigualdad
social resultó en una guerra callejera casi permanente. Así pode-
mos entender la alienación política de los sectores más empobreci-
dos de la clase obrera, un rechazo canalizado, cultivado y refinado
por el movimiento anarcosindicalista. Los conflictos y tensiones en-
tre los vendedores ambulantes y la clase media y entre las organiza-
ciones respectivas implicadas en este enfrentamiento —la CNT, por
127
El Matí, 15 de agosto de 1935, y Actas de los plenos del Ayuntamiento, 15
de agosto de 1933, AHHL.
128
Sentís, C.: Viatge en Transmiserià..., op. cit., p. 78, y Actas de los plenos del
Ayuntamiento, 10 de enero de1933, AHHL.
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Chris Ealham «La lucha por la calle»
un lado, y la Esquerra, por otro— son otro ejemplo de las luchas
existentes entre los componentes de la coalición antioligárquica en
España, un choque de intereses que volvería a ocupar un primer
plano en momentos determinados de la revolución y de la guerra
civil que no tardaría en llegar 129.
129
Graham, H.: The Spanish Republic at War, 1936-1939, Cambridge, Cam-
bridge University Press, 2002, pp. 254-283 (hay traducción española, La República
española en guerra. 1936-1939, Madrid, Debate, 2006).
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ESTUDIOS
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Ayer 81/2011 (1): 207-239 ISSN: 1134-2277
Una historia del SIM:
antecedentes, origen, estructura
y reorganizaciones
del contraespionaje republicano
Hernán Rodríguez Velasco
Resumen: Hasta hoy, todos los historiadores han asumido sin reparos que
el Servicio de Investigación Militar (SIM) fue creado por Indalecio
Prieto. Este artículo estudia los antecedentes del contraespionaje mi-
litar republicano y demuestra la inexactitud de esta versión. Además,
por primera vez se explican los verdaderos orígenes del SIM, se ana-
liza su composición orgánica, se aclaran sus relaciones con el Ejército,
se evalúan algunas de sus funciones y se muestra la evolución organi-
zativa de este servicio a lo largo de la contienda, atendiendo a sus su-
cesivas reorganizaciones.
Palabras clave: SIM, contraespionaje, Indalecio Prieto, Ejército Popu-
lar, Guerra Civil española.
Abstract: So far, all the historians have agreed without criticism that the
Servicio de Investigación Militar (SIM) was founded by Indalecio
Prieto. This article studies the record of the republican military coun-
terespionage and shows how imprecise Prieto’s version is. Moreover,
for the first time, the real origins of the SIM are explained, its or-
ganic composition is analyzed, the relationship between the SIM and
the Army is clarified, some of its duties are assessed, and its organiza-
tional evolution in the course of the war is shown, studying its conse
cutive reorganizations.
Keywords: SIM, counterespionage, Indalecio Prieto, Popular Army,
Spanish Civil War.
Recibido: 16-12-2009 Aceptado: 26-02-2010
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
El Servicio de Investigación Militar, más conocido como SIM,
fue el organismo concebido por el gobierno de la Segunda Re-
pública para luchar contra el espionaje y el sabotaje enemigo du-
rante la Guerra Civil. De cariz marcadamente policial, su mala
fama, vinculada sobre todo a sus crueles métodos interrogatorios,
le acompañó durante los años que duró el conflicto y continuó ha-
ciéndolo una vez terminado éste.
Esta reputación ha fascinado a historiadores e investigadores
amateurs que, ávidos de morbo, han querido rescatar interesada-
mente las miserias del bando republicano con la descripción de las
famosas checas o cárceles secretas asociadas al SIM, repitiendo o
reproduciendo acríticamente relatos de sus víctimas o de declara-
ciones extraídas de la famosa Causa General 1. Esta reputación ha
nublado también la posibilidad de estudiar seriamente su organiza-
ción y funcionamiento, y son muy pocos los autores que han escrito
algún estudio bien respaldado documentalmente 2.
La descripción de sus actividades como servicio represivo ha
centrado la mayor parte del interés, pero hasta el momento nadie se
ha preocupado de investigar a fondo sus antecedentes y su proceso
de creación. La versión que ofreció Indalecio Prieto sobre sus oríge-
nes ha hecho fortuna en la literatura posterior sin apenas crítica.
Tampoco se ha valorado su utilidad en materia militar, a pesar
de que su acrónimo encierra una adscripción castrense. Sus éxi-
tos en el desmantelamiento de células falangistas en Madrid o Bar-
celona han ocultado su papel dentro del Ejército Popular. De he-
cho, apenas se conoce nada de las relaciones que este órgano tuvo
con la cúpula militar y el resto de servicios de información asocia-
dos al Ejército.
El objetivo de este artículo pretende dar luz o revisar los citados
aspectos y además contribuir en algunos otros, como aquellos rela-
1
Vidal, C.: Checas de Madrid, Barcelona, Belaqua-Carroggio, pp. 209-217;
Zavala, J. M.: Los gánsteres de la guerra civil, Barcelona, Plaza & Janés, 2006,
pp. 99-110, y Alcalá, C.: Checas de Barcelona, Barcelona, Belacqua, 2005,
pp. 75-83.
2
Los estudios más fiables en Godicheau, F.: «La légende noire du Service
d’Information Militaire de la République dans la guerre civile espagnole, et l’idée
de contrôle politique», Le Mouvement Social, 201 (2002), pp. 29-52, y Soler Fuen-
santa, J. R., y López-Brea Espiau, J.: Soldados sin rostro. Los servicios de informa
ción, espionaje y criptografía en la Guerra Civil española, Barcelona, Inédita, 2008,
pp. 52-72.
208 Ayer 81/2011 (1): 207-239
142 Ayer [Link] 208 13/2/11 20:04:14
Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
cionados con su organización interna y la distribución de sus co-
metidos. Para obtener una visión más concreta y real de este triste-
mente afamado servicio basaremos nuestro estudio principalmente
en documentos inéditos y fuentes primarias localizadas en diferen-
tes archivos nacionales.
El contraespionaje militar republicano antes del SIM
La confusión entre espionaje y contraespionaje es muy común.
El primero se refiere al uso de espías con el propósito de obtener
información sobre los planes, actividades, capacidades o recursos
de un enemigo; mientras que el segundo tiene el objeto de iden-
tificar, sortear y neutralizar el espionaje de potencias extranjeras
o elementos hostiles 3. En España, antes de la Guerra Civil, no se
había desarrollado un servicio de espionaje ni siquiera parecido a
los que tenían por entonces Francia, Alemania o Gran Bretaña, y
a falta de enemigos externos, el contraespionaje brillaba aún más
por su ausencia 4.
De ahí las palabras del entonces jefe del Estado Mayor del Mi-
nisterio de la Guerra, Manuel Estrada, al comenzar la guerra: «No
se ha organizado un servicio de contra-espionaje capaz de com-
pensar, en parte, el intenso servicio de espionaje organizado por el
enemigo» 5. Se trata de la primera denuncia conocida sobre la falta
de servicios de contrainteligencia asociada al Ejército leal del go-
bierno republicano.
Sólo a partir de entonces, con la llegada de Largo Caballero al
Ministerio de la Guerra, comenzaron a proponerse medidas para
suplir dichas carencias. En las sucesivas reorganizaciones del Es-
tado Mayor se dio solución a este problema creando incluso sec-
ciones o negociados ad hoc. Por ejemplo, el 5 de septiembre de
1936 se montó el Servicio Secreto, Censura y Propaganda, dirigido
por Fernando Arias Parga, dentro de la Segunda Sección del Es-
3
Lee Lerner, K., y Wilmoth Lerner, B. (eds.): Encyclopedia of Espionage, In
telligence, and Security, Detroit, Gale, 2004, pp. 274 y 413.
4
Un buen resumen de los servicos de inteligencia españoles antes de la Gue-
rra Civil en Heilberg, M., y Ros Agudo, M.: La trama oculta de la Guerra Civil. Los
servicios secretos de Franco, 1936-1945, Barcelona, Crítica, 2006, pp. 1-7.
5
Archivo Fundación Pablo Iglesias (en adelante AFPI), AFLC-197-31, f. 2 (7
de septiembre de 1936).
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
tado Mayor, entre cuyos cometidos se encontraba ya el contraes-
pionaje 6.
En la siguiente reorganización del Estado Mayor se llegó incluso
a crear el llamado Servicio Especial que se correspondía con una he-
terodoxa Sexta Sección del Estado Mayor, comandada por Arias,
y que albergaba dos negociados: uno destinado a la expedición de
salvoconductos y otro denominado de Investigación dedicado a la-
bores de espionaje y contraespionaje y que sería dirigido por Pru-
dencio Sayagués 7.
Apenas un mes después se reorganizó de nuevo el Estado Ma-
yor desapareciendo la Sexta Sección, que se integraría otra vez en
la Segunda. Los negociados anteriores pasaron a formar parte de
otro negociado más amplio denominado Servicio de Información
Especial que seguía dirigido por Arias y en el que también conti-
nuaba Sayagués 8.
Por último, antes de dimitir Largo Caballero se desdoblaron las
funciones de este negociado, formándose dos diferentes: uno, diri-
gido por Arias, que se llamó Segundo Negociado o de Información
Militar Especial (Servicio Secreto), y el otro, con Sayagués al frente,
se denominó Tercer Negociado o de Contrainformación Militar Es
pecial (Contraespionaje) 9.
Como vemos, desde el punto de vista orgánico, las funciones de
espionaje y contraespionaje dentro del Ejército comenzaron a to-
marse en consideración y en pocos meses se construyeron unos ser-
vicios que harían olvidar la ausencia de medios denunciada en sep-
tiembre de 1936.
Las actuaciones de estos negociados y/o secciones persiguieron
dos fines: el primero fue, evidentemente, inhibir y frustrar las accio-
nes del enemigo; la segunda intentó paliar involuntarias filtraciones
en la retaguardia propia. Para lograr ambas, el denominado contra-
6
Diario Oficial del Ministerio de la Guerra, núm. 176, 5 de septiembre de
1936, pp. 262-263.
7
Diario Oficial del Ministerio de la Guerra, núm. 214, 20 de octubre de 1936,
p. 134.
8
Diario Oficial del Ministerio de la Guerra, núm. 250, 30 de noviembre 1936,
pp. 389-390. No confundir este Servicio de Información Especial con el Negociado
de Servicios Especiales del Estado Mayor del Cuerpo de Ejército de Madrid, diri-
gido por el cenetista Manuel Salgado.
9
Centro Documental de la Memoria Histórica (en adelante CDMH), Incorpo-
rados, 675, cp. 6 (4 de mayo de 1937).
210 Ayer 81/2011 (1): 207-239
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
espionaje requería de dos mecanismos básicos: la precaución y la
eliminación de los agentes sospechosos propios y externos.
Entre las primeras fórmulas preventivas, el Ministerio de la
Guerra había exigido ya el 18 de agosto al Comité Militar el nom-
bramiento de un representante para ejercer la censura en la co-
rrespondencia con el extranjero 10. Más tarde se propuso estable-
cer «una censura de correspondencia dirigida al frente, que podría
desempeñar el comisario delegado de guerra correspondiente, con
los oficiales del servicio de Correos» 11. Ello se debió a que las car-
tas de familiares y amigos enviadas a los frentes desprendían en su
mayoría bajos estados de ánimo, lo cual ejercía una mala influencia
en la tropa, desmoralizando al personal.
También a finales de año se creó dentro del Servicio de Informa
ción Especial un servicio de censura para las conferencias telefóni-
cas de determinados edificios, haciéndose posteriormente extractos
de las conversaciones mantenidas entre las embajadas y consulados
de países como Estados Unidos, Gran Bretaña, Checoslovaquia,
Suiza, Polonia, Holanda, Argentina o Noruega 12.
En otra nueva disposición, el 19 de enero de 1937, el general
jefe del Estado Mayor encarecía a todas las autoridades y jefes a
no aludir en sus conversaciones telefónicas o telegráficas a movi-
mientos de tropas o transportes relacionados con las actividades del
frente, animando en cambio a emplear el telegrama cifrado 13.
Sin embargo, todas estas medias de prevención no resultaban del
todo suficientes para evitar la acción enemiga, y por eso el contraes-
pionaje se arrogaba también un siniestro trabajo dirigido a un solo
fin: acabar con los elementos sospechosos de espionaje. Una cara de
este trabajo estaba destinada a capturar y castigar al enemigo que
ejercía de espía en la retaguardia republicana. La otra se mostraba
inflexible con agentes republicanos cuya lealtad fuera dudosa.
La primera adquirió unas formas extremas para atajar el pro-
blema de los espías nacionales y/o quintacolumnistas. Cualquier in-
dividuo mínimamente sospechoso de transigir con el enemigo po-
día ser detenido y/o ejecutado sin más.
10
Archivo General Militar de Ávila (en adelante AGMAV), c. 775, cp. 8,
d. 1/1.
11
CDMH, Incorporados, 679, cp. 8 (31 de diciembre de 1936).
12
Ibid., 20 de diciembre de 1936.
13
CDMH, Incorporados, 679, cp. 8.
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
Precisamente el Servicio de Información Especial fue uno de los
organismos encargados de limpiar la propia retaguardia llevando
a cabo registros y detenciones, muchas veces de manera irregu-
lar 14. Algunos testimonios posbélicos recogidos en la Causa Gene-
ral aluden incluso a asesinatos cometidos por miembros de dicho
Servicio 15. No es casualidad que por éstas y otras tropelías se in-
cluyera a este servicio dentro del grupo de checas y de ahí su pos-
terior reputación.
Ciertamente, su actuación como organismo del Estado no fue
todo lo legal que debía, aunque su propio jefe, Fernando Arias, ne-
garía más tarde atentados contra cualquier individuo 16. Tal vez la
actuación de los asesinos vinculados a los Servicios no era conocida
por sus jefes y «en muchas ocasiones actuaron por propia inicia-
tiva totalmente apartados del organismo del que dependían, come-
tiendo un sinnúmero de atropellos y crímenes valiéndose de su do-
cumentación oficial para perpetrarlos con toda impunidad» 17. Pero
sin duda, mucho personal del que inundó los puestos de agentes no
gozaba de unos antecedentes muy limpios, como por ejemplo el ex
capellán castrense Pablo Sarroca, quien ejerció como censor de co-
rrespondencia e intérprete y posteriormente como interrogador to-
mando declaraciones 18.
Dentro del Ejército también surgió el Gabinete de Informa-
ción y Control, cuyo cometido era depurar responsabilidades polí-
ticas para garantizar lealtades de una forma explícita. Su fundador,
el capitán Eluterio Díaz-Tendero, había sido también el creador de
la UMRA (Unión Militar Republicana Antifascista) y «se lanzó a la
14
Archivo Histórico Nacional (en adelante AHN), FC, Causa General,
c. 1534, exp. 71, ramo separado núm. 73, Servicios Especiales del Ministerio de la
Guerra, ff. 3, 25 y 32.
15
AHN, FC, Causa General, c. 1520, t. XV, ramo 47-1, Servicios Especia-
les del Ministerio de la Guerra: DEDIDE, SIEP, SIM; AHN, FC, Causa General,
c. 1534, exp. 71, ramo separado núm. 73, Servicios Especiales del Ministerio de la
Guerra, f. 22.
16
Ibid., ff. 61-64. Fernando Arias Parga, abogado de profesión y auxiliar de
Derecho internacional en la Universidad de Madrid, fue detenido por las fuerzas
franquistas y condenado a muerte al finalizar la contienda. Sin embargo, finalmente
se libró de la pena.
17
AHN, FC, Causa General, c. 1520, t. XV, ramo núm. 47, Servicios de Vigi-
lancia del Ejército Rojo, f. 6.
18
AHN, FC, Causa General, c. 1534, exp. 71, ramo separado núm. 73, Servi-
cios Especiales del Ministerio de la Guerra, f. 73.
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142 Ayer [Link] 212 13/2/11 20:04:15
Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
tarea de clasificar a todos los militares de acuerdo con la confianza
que le inspiraran desde un punto de vista político, y para clasifi-
carlos empleó tres grados: R o republicano, I o indiferente y F o
fascista» 19. Sus fuentes fueron el fichero de la UMRA y parte del de
la rival UME (Unión Militar Española). El Gabinete fue reconocido
el 22 de octubre por el gobierno y desde el 8 de enero sus funcio-
nes pasaron a depender directamente del ministro de la Guerra 20.
Nuestras investigaciones nos llevan a pensar que este traspaso
de competencias al Ministerio pudo ser desarrollado por el citado
Servicio de Información Especial, ya que desde el mes de febrero
éste procuró una labor de investigación sobre aquellos agentes pro-
pios sospechosos de simpatizar con el enemigo.
De esta manera, en febrero de 1937 se dispuso desde la Jefatura
del Estado Mayor del Ministerio de la Guerra que «todo individuo
detenido por sospecha o delito de espionaje sea enviado por [el]
medio más rápido y seguro a [la] Sección [de] Información [de]
este Estado Mayor en unión de documentos y objetos interesantes
que se hallen en su poder, especificando antecedentes personales,
actuaciones y diligencias practicadas» 21.
El método consistía en infiltrar agentes en las diferentes unida-
des del Ejército y pulsar la ideología de la tropa para detectar entre
los soldados posibles simpatizantes de la causa enemiga. Los cul-
pables eran puestos a disposición de la Secretaría de esta Segunda
Sección, pero si el sospechoso era miembro de los Estados Mayores
entonces se le ejecutaba en el acto 22.
Hemos podido documentar decenas de informes personales so-
bre algunos de estos miembros. Entre ellos destacan no sólo solda-
dos rasos u oficiales, sino también comandantes, tenientes coronel y
hasta coroneles como Billón o Francisco Cabrerizo. Incluso el mis-
mísimo jefe del Estado Mayor, Toribio Martínez Cabrera, cuyo ma-
yor delito era haber sido subsecretario del Ministerio de la Guerra
19
Suero Roca, M. T.: Militares republicanos de la guerra de España, Barcelona,
Península, 1981, p. 150.
20
Para más información sobre el Gabinete véase Alpert, M.: El Ejército Popu
lar de la República, 1936-1939, Barcelona, Crítica, 2007, pp. 126-130; Salas Larra-
zábal, R.: Historia del Ejército Popular de la República, Madrid, La Esfera de los Li-
bros, 2006, pp. 220 y 689-690; Suero Roca, M. T.: Militares, op. cit., pp. 150-160.
21
CDMH, Incorporados, 679, cp. 8 (15 de febrero de 1937).
22
AHN, FC, Causa General, c. 1520, t. XV, ramo núm. 47, Servicios de Vigi-
lancia del Ejército Rojo, f. 6.
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
en tiempos de Gil-Robles y supuesto admirador de Mussolini, fue
incluido en dichos registros 23.
El colmo de esta paranoia de desconfianza fueron las sospechas
vertidas sobre el propio Fernando Arias, de quien miembros del
Partido Comunista pensaban que no era «de mucha confianza y sí
un incondicional de Asensio» 24.
Como vemos, los servicios de contraespionaje militar realizaban
una tarea bastante intensa dentro de sus propias filas. Su homólogo
en el ámbito civil era el Departamento de Investigación del Estado
(DEDIDE) 25. Este servicio, creado un poco más tarde, dependía de
Gobernación y sus funciones eran las de «organizar y dirigir la lu-
cha más enérgica contra todas las manifestaciones de espionaje y sa-
botaje en el territorio leal» 26.
Una nueva interpretación sobre los orígenes del SIM
Cuando parecía que las esferas civil y castrense habían cubierto
sus necesidades en materia de contraespionaje, el 7 de agosto de
1937 el decreto de creación del Servicio de Investigación Militar
(SIM) rezaba: «[e]stos descubrimientos [organizaciones facciosas
de espionaje y sabotaje] han evidenciado la necesidad de montar
servicios de contraespionaje, de los cuales están provistos todos los
Ejércitos modernos y de los que nosotros carecemos en absoluto» 27.
En el punto anterior hemos constatado la creación de servicios
de contraespionaje dependientes del Estado Mayor del Ministerio
de la Guerra desde septiembre de 1936. ¿Cómo se explica entonces
que casi un año más tarde se negara dicha evidencia?
Se trata, sin duda, de una redacción interesada del texto para
justificar la creación de algo que de iure y de facto ya existía dentro
23
CDMH, Incorporados, 728, Informes personales.
24
Ibid. El general José Asensio Torrado ocupó la Subsecretaría del Ministerio
de la Guerra con Largo Caballero. Fue juzgado y condenado a prisión incondicio-
nal como responsable de la pérdida de Málaga.
25
Existían además otros organismos de información de ámbito más redu-
cido, como por ejemplo el Servicio Secreto de Inteligencia de la Generalitat. Guar-
ner, V.: Cataluña en la guerra de España, Madrid, G. del Toro, 1975, pp. 212-213.
26
Gaceta de la República, núm. 164, 13 de junio de 1937, p. 1198.
27
Gaceta de la República, núm. 219, 7 de agosto de 1937, p. 524. La cursiva
es nuestra.
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
del Ejército. Pero, ¿quién podía estar interesado en hacer algo así
y, sobre todo, por qué?
En sus memorias, Indalecio Prieto, a la sazón ministro de De-
fensa en agosto de 1937, confesó que la creación del SIM fue fruto
de una propuesta de técnicos rusos a la que finalmente habría ac-
cedido para evitar precisamente el dominio sobre el mismo de
«elementos no controlados por el gobierno» 28. Esta versión de los
hechos ha sido siempre asumida acríticamente por todos los histo-
riadores 29 y, sin embargo, ninguno de los dos asertos se sostiene.
En primer lugar, la creación del SIM formaba parte de un todo
más grande, el Servicio de Inteligencia Militar 30, que estaba siendo
construido por Manuel Estrada. En julio de 1937 este coronel vol-
vía a dirigir los Servicios de Información del Ejército Popular 31.
Con aires renovados, Estrada pretendió reorganizar la Segunda Sec-
ción del Estado Mayor creando nuevos servicios más específicos
para obtener así una información de mayor calidad. Su ambiciosa
propuesta pretendía unificar, coordinar y controlar toda la informa-
ción militar republicana bajo la denominación de Servicio de Inte
ligencia Militar 32. Dentro de él, uno de los servicios proyectados se
denominaba Sección Especial y heredaba los cometidos de espionaje
y contraespionaje que entonces estaban siendo desarrollados por
los negociados segundo y tercero, es decir, los de Información Mili
tar Especial y Contrainformación Militar Especial creados en mayo.
De hecho, en el reglamento de trabajo se precisaba que dichos ne-
gociados, agrupados bajo la más sencilla fórmula de Servicio Espe
28
Prieto, I.: Cómo y por qué salí del Ministerio de Defensa Nacional. Intrigas de
los rusos en España, Barcelona, Fundación Indalecio Prieto-Planeta, 1989, p. 93.
29
A respaldar esta versión han contribuido las declaraciones que Ángel Pedrero,
jefe del SIM del Ejército del Centro, hizo a la Causa General. En su declaración se
atribuye él mismo la creación del SIM por encargo de Prieto. Sin embargo, sus pala-
bras hay que tomarlas con una tonelada de sal, ya que en la misma declaración incu-
rre en numerosas contradicciones sobre otros temas, como el origen de otros servi-
cios. AHN, FC, Causa General, c. 1532.1, ramo separado núm. 31, p. 37.
30
No confundir este Servicio de Inteligencia Militar con el SIM (Servicio de In
vestigación Militar).
31
Manuel Estrada Manchón había sido jefe del Servicio de Información del
Estado Mayor con anterioridad en agosto de 1936 y entre el 27 noviembre de 1936
y el 16 marzo de 1937.
32
Rodríguez Velasco, H.: Los Servicios de Información y Espionaje del Ejército
Republicano en la Guerra Civil española, tesis doctoral, Universidad de Salamanca,
octubre de 2007, pp. 101-112.
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
cial, debían disolverse y hacer entrega de todo su material al nuevo
Servicio de Inteligencia Militar 33. Sin embargo, y a pesar de que Es-
trada continuó con el desarrollo orgánico del resto de su programa,
esta Sección Especial nunca llegaría a concretarse, ya que sus fun-
ciones fueron cedidas y tuteladas directamente por Prieto bajo el
nombre de SIM.
En segundo lugar, todas las secciones del Servicio de Inteligen
cia Militar, incluida la Especial, se hallaban subordinadas directa-
mente al jefe del EM, Vicente Rojo, de quien recibían «todas las
instrucciones sobre su trabajo, sobre sus misiones y a quién dará
el informe de resultados». Por si fuera poco, «en las cuestiones de
la técnica de trabajo, selección de personal, cuestión de gastos y
cuenta de los mismos» dependían directamente del ministro de De-
fensa por medio de su subsecretario del Ejército de Tierra 34.
Como acaba de quedar demostrado, el SIM ni fue propuesto
por agentes soviéticos, ni mucho menos estaba en peligro de caer
en manos de «elementos no controlados por el gobierno». Por
tanto, se deduce de ello que fue Prieto quien decidió arrogarse el
poder sobre el contraespionaje militar, separando dicho servicio
del Servicio de Inteligencia Militar creado por Estrada, y recreando,
años más tarde, en sus memorias una versión interesada de los he-
chos. La duda ahora es saber por qué lo hizo.
Y aquí entramos en el terreno de la especulación. Prieto en-
cargó al primer jefe del SIM que sus dos únicos cuidados al frente
de este organismo serían: «no consentir que el nuevo organismo
se convierta en instrumento de los comunistas y no tolerar que los
técnicos rusos tengan el control» 35. Podría incluso interpretarse su
mención a «elementos no controlados por el gobierno» como una
solapada referencia a agentes soviéticos. La clave, por tanto, parece
hallarse en la relación entre Prieto y los comunistas.
A falta de una biografía del político socialista que analice en pro-
fundidad sus actuaciones durante la guerra, no se conocen las razo-
nes que expliquen su creciente animadversión hacia aquéllos. Inca-
paces, por falta de pruebas documentales, de definir la naturaleza de
tal choque, nos atrevemos, sin embargo, a aventurar una hipótesis:
Prieto y los comunistas pugnaban por el control del Ejército.
33
AHN, Archivo General Rojo, caja 7/11.
34
Ibid.
35
Prieto, I.: Cómo y por qué..., op. cit., p. 94.
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
Según Henri Morel, agregado militar francés, «Prieto tenía todo
el interés del mundo en que el EP [Ejército Popular] fuese obe-
diente y obedeciese al mando, es decir, a él mismo» 36, lo cual no
deja de ser algo lógico y natural, siendo aquél el máximo respon-
sable militar en ese momento. De otra parte, el PCE entendía que
su ejemplar disciplina y organización, que tanto prestigio le había
otorgado desde comienzos de la guerra, debía verse recompensada,
y de esta manera intentaba acaparar y consolidar una hegemonía
numérica entre los mandos y las bases del Ejército 37.
Es posible que esta «competición» por el control del Ejército
pudo extenderse también al preciado ámbito de la información. Tal
vez el verdadero motivo de Prieto para asir en solitario las riendas
del contraespionaje y situarlo bajo su tutela personal no habría sido
más que un intento de contrarrestar el ascenso comunista, y el he-
cho de atribuirse su paternidad una manera de colgarse méritos.
Hay que tener en cuenta que una gran parte de los miembros
de los Servicios de Información del Estado Mayor, incluido su jefe,
eran comunistas 38. Y aunque confiaba en Estrada 39 y probable-
mente supiera que la capacidad soviética en dichos manejos a tra-
vés de la famosa NKVD era muy reducida 40, Prieto consideró que
36
Viñas, Á.: El honor de la República. Entre el acoso fascista, la hostilidad britá
nica y la política de Stalin, Barcelona, Crítica, 2008, p. 234.
37
Para agosto de 1938 los mandos militantes afiliados al PCE o al PSUC re-
presentaban el 50 por 100 de Grupos de Ejército, un 33 por 100 de los Ejércitos,
un 60 por 100 de los Cuerpos de Ejército, un 63 por 100 de las Divisiones y un 49
por 100 de las Brigadas. Véase Arhivo Histórico del Partido Comunista Español
(AHPCE), Fondo Ejército Republicano, caja 112, carpeta 1/8.
38
AHPCE, Fondo Ejército Republicano, caja 112, carpeta 1/8-1/11.
39
Si hubiera desconfiado de él no lo habría reclutado para el puesto en julio
de 1937, ni lo hubiera ascendido a coronel. Véase Diario Oficial del Ministerio de la
Guerra, núm. 41, 10 de febrero de 1938, p. 782.
40
«Por medio de esta nota quiero llamar su atención hacia lo que es, en mi
opinión, una infrautilización de los acontecimientos en España por nuestras insti-
tuciones [órganos] de inteligencia y contraespionaje [...] A partir de enero de este
año pedí muchas veces a nuestros hombres de la NKVD que cedieran a mi divi-
sión, aunque fuera temporalmente, a un instructor experimentado que pudiera or-
ganizar el aparato especial y pusiera su trabajo en funcionamiento. Pero debido a la
aguda escasez de gente, incluso entre nuestros camaradas, no pude obtener ninguna
ayuda práctica». Informe del coronel Sverchevsky (comandante de la División Wal-
ter) a Voroshilov el 2 de agosto de 1938, doc. 76, en Radosh, R.; Habeck, M. R., y
Sevostianov, G. (eds.): España traicionada. Stalin y la Guerra Civil, Barcelona, Pla-
neta, 2002, pp. 559 y 570.
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
el control sobre el SIM serviría para limitar un poco más la influen-
cia del PCE en el Ejército 41.
Mayoría socialista en el SIM
De ser cierta esta hipótesis, no debe sorprender que el ministro
quisiera controlar directamente el personal del SIM 42. Y así lo hizo.
Es cierto que el propio Prieto deslizó en sus memorias que en un
momento dado «el SIM ya no obedece mis órdenes» 43, insinuando
con ello que los rusos habrían podido tomar entonces el control de
manera indirecta. Es innegable también que la supuesta influen-
cia comunista y las prácticas represivas ligadas al SIM ha sido su-
brayada por diferentes historiadores, testigos o víctimas a través de
escalofriantes testimonios 44. Y es patente además la coincidencia
cronológica de los peores años del terror estalinista en la Unión So-
viética con la represión ejercida por el SIM en España, lo que ha
ofrecido un motivo extra a esta circunstancia.
No obstante, a pesar de todo lo anterior, que vendría a confirmar
la posible relación de asesores soviéticos con el SIM, lo primero que
uno observa al analizar su composición es que todos sus jefes tuvie-
ron una filiación no comunista. Al hacer depender todo su funciona-
miento y los nombramientos de agentes de él mismo, Prieto no dejó
margen a los responsables comunistas dentro de la organización. No
41
Otras fórmulas fueron los decretos y disposiciones contra el Comisariado o la
prohibición a los jefes y oficiales de participar en actos públicos de carácter político.
42
Él mismo relata el episodio en el que destituyó a un comunista, Durán, por-
que éste hacía nombramientos sin su consentimiento y un técnico ruso quiso pre-
sionar a Prieto para que lo repusiese en su puesto. En Prieto, I.: Cómo y por qué...,
op. cit., pp. 94-96.
43
Ibid., p. 97
44
Cervera Gil, J.: Madrid en guerra. La ciudad clandestina, 1936-1939, Ma-
drid, Alianza, 2006, p. 124: «en la represión se imponía el protagonismo comu-
nista, especialmente en las cárceles del SIM en Madrid, donde la tortura era habi-
tual, sobre todo debida a la labor de Alexander Orlov, jefe del NKVD»; Abad de
Santillán, D.: Por qué perdimos la guerra, Madrid, G. del Toro, 1975, p. 224; Al-
cocer, S.: La «Quinta Columna», Madrid, G. del Toro, 1976, p. 17; Sabater, M.:
Estampas del cautiverio rojo. Memorias de un preso del SIM, Barcelona, Librería Re-
ligiosa, 1940, p. 43: «Había clases y categorías de jefes o interrogadores. Los diri-
gentes máximos, hombres de confianza del PSUC y del Komintern, eran [...] en
una palabra, comunistas de guante blanco».
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
es casualidad que el primer jefe del SIM fuera Ángel Daniel Baza, mi-
litante del PSOE y hombre de confianza de Prieto. Baza se mantuvo
en su puesto escoltado por Prudencio Sayagués, al que ya habíamos
visto anteriormente tras las bambalinas de los Servicios Especiales del
Ministerio desde octubre de 1936. Se advierte así, sin pretenderlo, la
continuidad de los servicios anteriores con el SIM y que Prieto ha-
bía querido negar con el decreto de creación. Sayagués debió ejer-
cer en la práctica de jefe en numerosas ocasiones dada las reticencias
que Baza mostró para con su misión, aunque nunca fue nombrado
oficialmente. El 6 de enero de 1938 fue sustituido por Manuel Uri-
barri, otro socialista que más tarde huiría a Francia con un botín 45. Y
desde el 7 de mayo 46, ya sin Prieto en Defensa, le precedió Santiago
Garcés, un joven socialista que se mantuvo hasta el final.
Por lo que respecta al resto de jefes secundarios, François Go-
dicheau ha demostrado que no sólo la influencia comunista fue me-
nor de lo imaginado, sino que además las riendas del poder del
SIM siempre estuvieron en manos socialistas 47.
Nuestras pesquisas confirman las conclusiones de Godicheau
sobre una dirección mayoritariamente socialista en todas las demar-
caciones y jefaturas del SIM, e incluso, como novedad, nos atreve-
mos a añadir que también la mayoría de las plazas de empleados,
mandos intermedios y agentes de este organismo estaban copadas
por miembros del PSOE o de la UGT 48.
Nuevos aportes documentales desmontan una vez más el tópico
de comunistas y soviéticos al mando del SIM, por lo menos hasta
mayo de 1938 49.
45
Soler Fuensanta, J. R., y López-Brea Espiau, J.: Soldados..., op. cit., p. 63.
46
AFPI, AH-69-23. Esto contradice la afirmación del propio Garcés, quien en
la correspondencia mantenida con Pastor Petit asegura que asumió la jefatura del
SIM el 7 de abril de 1938. Pastor Petit, D.: Los dossiers secretos de la Guerra Ci
vil, Barcelona, Argos, 1978, p. 115.
47
Godicheau, F.: «La légende noire...», op. cit., pp. 38-39. Sin pruebas documen-
tales pero de manera virulenta, esto mismo ya había sido denunciado anteriormente en
Tarín-Iglesias, M.: Los años rojos, Barcelona, Planeta, 1985, pp. 92-93, 113 y 120.
48
Conviene matizar aquí la condición exclusivamente socialista de este sin-
dicato durante la Guerra Civil. La presencia de comunistas en la ejecutiva nacio-
nal de UGT desde octubre de 1937 es clara, aunque se sigue suponiendo una ma-
yoría sindical más próxima al PSOE que al PCE. Este proceso en Graham, H.: El
PSOE en la Guerra Civil. Poder, crisis y derrota (1936-1939), Barcelona, Debate,
2005, pp. 209-247.
49
Los datos al 17 de abril de 1938 recogían para todas las demarcaciones del
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
A partir de ese momento la tendencia comenzó a invertirse coin-
cidiendo con la llegada de Santiago Garcés al frente del SIM y con
el nombramiento de un comunista al frente del Negociado de Per-
sonal, que permitió un fuerte incremento de personal del PCE y el
PSUC 50. Esto contrasta con la versión del propio Garcés, quien afir-
maba haber despedido a más comunistas de los que trajo, echando
la culpa a su predecesor de la infiltración comunista en el SIM 51.
La evidencia histórica va, por tanto, en contra de lo común-
mente establecido, y así, fueron más los socialistas que los comu-
nistas los que conformaron el SIM no sólo en la cúpula, sino tam-
bién en las bases. Ahora bien, otra cosa es pensar que la extensión
de las prácticas represivas no podría entenderse sin la herencia de
los agentes soviéticos en nuestro país, muchos de ellos procedentes
de la temible NKVD 52.
Nacimiento y organización del SIM
Como ya vimos, y por extraño que parezca, la creación de un
servicio cuyo objetivo principal era neutralizar la acción espía del
contrario fue anunciada a bombo y platillo en la mismísima Gaceta
de la República el 7 de agosto de 1937. El decreto de creación cons-
taba de siete artículos, entre los cuales destacaba la dependencia di-
recta del SIM al ministro de Defensa y el amplio margen de manio-
bra del que gozarían sus agentes, «facultados especialmente para la
detención de elementos militares». Esto se debía a que la misión
del SIM era la de «combatir el espionaje, impedir actos de sabotaje
y realizar funciones de investigación y vigilancia cerca de todas las
fuerzas armadas dependientes de dicho Ministerio» 53.
SIM: 244 agentes del PSOE, 143 de UGT, 17 del PSUC, 31 de la CNT, 92 Repu-
blicanos, 16 de las Juventudes Socialistas Unificadas, 7 de ANV y tan solo 50 del
PCE. Fuente: AFPI, AH-69-23, f. 49.
50
AFPI, AH-69-23, f. 49.
51
Pastor Petit, D.: Los dossiers..., op. cit., p. 118.
52
Algunos de sus agentes en España, como Alexander Orlov, tuvieron una res-
ponsabilidad directa en la matanza de Paracuellos y en el «caso Nin». Viñas, Á.: El
escudo de la República. El oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo
de 1937, Barcelona, Crítica, 2007, p. 638.
53
Gaceta de la República, núm. 219, 7 de agosto de 1937, p. 524. Artículos
quinto y primero respectivamente del decreto. La cursiva es nuestra.
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
Tal y como era de esperar, los servicios de contraespionaje mili-
tar fueron absorbidos a partir de ese momento por el SIM. El necesa-
rio traspaso de poderes se efectuó el 29 de agosto, como consta en el
acta de entrega firmada por Manuel Estrada y Ángel Baza, primer di-
rector del SIM. En ella se estipulaba lo siguiente: «haciéndose cargo
el jefe del SIM de toda la documentación existente en los archivos
del Servicio de Contrainformación Militar, así como del mobiliario y
objetos diversos que se detallan en el adjunto inventario» 54.
Un mes después se ordenaba que «los Servicios que actualmente
existan en el Ejército de Tierra, Marina y Aviación, relacionados con
el contraespionaje, pasarán a depender de Investigación Militar» 55.
Pero dicho traspaso tardó un tiempo en ser asimilado, como de-
muestra una carta del jefe del SIM al subsecretario del Ejército de
Tierra el 30 de octubre:
«La reorganización del Servicio de Investigación Militar ha producido
en ciertos casos algunos trastornos en el funcionamiento del Servicio por el
no conocimiento de las autoridades militares de dicha organización, y por
ello me permito rogar a V.I. dirija comunicación a todas las Comandancias
Militares en el sentido de que presten todo su apoyo y colaboración, como
hasta la fecha venían haciendo con los agentes del Tercer Negociado que
era el que, anteriormente a nuestra creación, ejercía las funciones que por
la Superioridad nos han sido asignadas» 56.
Todo lo anterior vuelve a demostrar la continuidad de unos ser-
vicios ya existentes con el SIM, lo que invalida las razones aduci-
das por Prieto en el decreto de creación sobre que el Ejército care-
cía de servicios de contraespionaje.
La manera en que se organizó el SIM es otro aspecto que ha
sido sistemáticamente obviado por la mayoría de los historiado-
res ante la falta de documentación al respecto. En su momento,
el espiólogo Pastor Petit diseñó una estructura aproximada, aun-
que errónea, del aparato central 57, mientras que recientemente So-
ler y López-Brea han sacado a la luz el primer reglamento donde
CDMH, Incorporados, 675, cp. 7 (29 de agosto de 1937).
54
Ibid., 29 de septiembre de 1937.
55
56
Ibid., 30 de octubre de 1937.
57
Pastor Petit, D.: La Cinquena Columna a Catalunya (1936-1939), Barcelona,
Galba Edicions, 1978, pp. 222-223, y Diccionario Enciclopédico del Espionaje, Ma-
drid, Editorial Complutense, 1996, p. 353.
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
se dejan apuntadas las funciones y organigramas 58. Por su parte,
François Godicheau vació las declaraciones vertidas por Ángel Pe-
drero en la Causa General para conformar la estructura y funciona-
miento del SIM del Ejército del Centro, que actuaba mayoritaria-
mente en Madrid 59.
Nuevos hallazgos nos permiten ahora dibujar las diferentes sec-
ciones y negociados en los que se dividió el SIM durante su primer
año de vida. La evolución orgánica indica un aspecto que discutire-
mos más adelante y que tiene que ver con sus funciones. Con cada
reorganización, el SIM fue ampliando sus competencias mostrando
un organigrama cada vez más complejo y que hasta ahora no había
salido a la luz.
Lo que parece ser el proyecto de organización interna del SIM
anterior al primer reglamento muestra un servicio dividido aún en
negociados, a la usanza de su predecesor, los Servicios Especiales.
Contaba con una Secretaría, una Jefatura de Servicios de Guardia y
una Sección Administrativa, además de cinco secciones de carácter
ejecutivo: Ministerio de Defensa y Estado Mayor, Activo, De Infor-
mación, Contraespionaje y Especial 60.
Este proyecto no vio finalmente la luz, pero en septiembre de
1937 se dio a conocer el primer reglamento del SIM. En él se de-
limitaban las funciones de servicio y se dejaban apuntados los di-
ferentes organismos que lo compondrían: Jefatura, Secretaría
General, Administración, Información del Ejército de Tierra, In-
formación de Marina, Información de Aviación, Información de In-
dustrias Militares y Servicio Activo 61.
Además, en cada demarcación militar, en cada zona de retaguar-
dia y, por supuesto, en todos los Ejércitos debía haber un jefe del
SIM que formaría la organización de éste dentro de cada unidad
menor. Sin embargo, ningún mando podía inmiscuirse en la organi-
zación y funcionamiento interno del SIM. Todo su personal, militar
o civil, quedaba militarizado y sólo podía ser nombrado por el mi-
58
Soler Fuensanta, J. R., y López-Brea Espiu, J.: Soldados..., op. cit.,
pp. 251-253.
59
Godicheau, F.: «La légende...», op. cit., pp. 38-39. El mismo esquema pero
con algunos errores en Soler Fuensanta, J. R., y López-Brea Espiu, J.: Soldados...,
op. cit., p. 66.
60
AGMAV, c. 3004/16 (s.f.). Véase anexo I.
61
AHN, Archivo General Rojo, caja 3/5 (29 de septiembre de 1937). Véase
anexo II.
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
nistro de Defensa. Éste se encargaba también de sancionar el presu-
puesto del organismo, el cual era bastante generoso 62.
El último reglamento orgánico del SIM fue publicado posible-
mente en mayo de 1938 con la llegada de Garcés a la jefatura. Por
primera vez se incluía el organismo de «Policía Militar». En teoría,
las Jefaturas de Demarcación y de cada Ejército contaban con los
mismos servicios y reproducían el esquema de la Jefatura Central,
salvo la Inspección General 63.
Poco se sabe en realidad del funcionamiento de cada demarca-
ción. Ángel Pedrero declaró que la organización de cada una «se
confiaba a la iniciativa del jefe de la misma», aunque esto iba en
contra del reglamento 64. Es cierto que la más conocida, la del Ejér-
cito de Centro, había desarrollado sus propios servicios 65.
Sin embargo, hemos descubierto que la de Cataluña seguía
más bien con un patrón similar al propuesto para el SIM Central
en septiembre de 1937 66. Esta importante demarcación no había
cubierto hasta el mes de mayo de 1938 las necesidades más ele-
mentales del servicio, aunque posteriormente parece que fue ha-
ciéndose con el control de todas las dependencias, armas y cuer-
pos del mismo 67.
Definición y ampliación de funciones a la sombra de Prieto
Anteriormente vimos que la misión original del SIM, descrita en
su decreto de creación, era la de: «combatir el espionaje, impedir
actos de sabotaje y realizar funciones de investigación y vigilancia
cerca de todas las fuerzas armadas dependientes de dicho Ministerio».
Sin embargo, sólo un mes más tarde, el primer reglamento sostenía
que la misión fundamental del SIM no era otra que la de «infor-
mar con oportunidad al Ministerio de Defensa Nacional de las acti-
vidades del espionaje enemigo, así como dirigir y organizar la lucha
62
Ibid. En un informe se apunta que el SIM contaba «con grandes medios eco-
nómicos» en AGMAV, c. 3004/16 (6 de octubre de 1937).
63
AFPI, AH-69-27, ff. 2 y 3. Véase anexo III.
64
AHN, FC, Causa General, c. 1520, t. XV, ramo 47-3, f. 34.
65
AHN, FC, Causa General, c. 1532.1, ramo separado núm. 31, pp. 38-40.
Godicheau ya se ha encargado de estudiarla en su artículo.
66
AFPI, AH-69-23, f. 50. Véase anexo IV.
67
AFPI, AH-69-23, ff. 18-34.
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
contra la traición y el sabotaje» 68. Fijémonos cómo de un plumazo
se ha eliminado la mención a las fuerzas armadas, lo que constituye
una tácita ampliación de sus cometidos a otros ámbitos allende lo
estrictamente militar. Es más, dentro del SIM la Sección denomi-
nada Servicio Activo tenía como misión «lo relacionado con el con-
traespionaje y de modo especial cuanto afecte al elemento militar» 69.
Es decir, que no sólo se ocuparía del elemento militar.
Un informe del DEDIDE sobre el SIM realizado al poco tiempo
de crearse éste ya apuntaba que su competencia «no se limita a la
esfera militar, sino que actúan [sus agentes] con toda amplitud den-
tro del campo civil» 70.
Como veremos en seguida, este incremento de funciones se ejer-
citó de manera natural contraviniendo el espíritu original del orga-
nismo e invadiendo las competencias de otros servicios. No es casua-
lidad que el reglamento que se presentó en 1938 manifestara en su
primer artículo que al SIM le correspondían «los servicios de infor-
mación y contrainformación para conocer las actividades del espio-
naje enemigo, concebir, preparar y dirigir la lucha contra el mismo
en todas las manifestaciones y lugares, así como la prestación de los
servicios de policía que se especifican en este reglamento» 71.
¿Qué ocurrió para que el SIM ampliara así sus cometidos? Es
posible que Prieto permitiera el crecimiento del SIM hasta el punto
de extralimitar las funciones del organismo para obtener así una
mayor y mejor información. Como ministro de Defensa podía y de-
bía hacerlo si con ello se lograba una mayor eficacia.
En el Ejército, Manuel Estrada o Vicente Rojo no opusieron re-
sistencia al ansia acaparadora del ministro. Aunque supuestamente
el SIM debía suministrar al Estado Mayor Central del Ejército
«cuantas informaciones demande» 72, esta teórica colaboración téc-
nica no duró mucho tiempo. En octubre de 1937 ya se había roto
el enlace con el Servicio de Estado Mayor, ya que bajo la compe-
tencia del SIM quedaba todo lo referido a las fuerzas de tierra, mar
y aire 73. El divorcio con el Ejército había quedado claro desde el
68
AGMAV, c. 3005/14 (27 de septiembre de 1937).
69
Ibid. La cursiva es nuestra.
70
AGMAV, c. 3004/16 (6 de octubre de 1937).
71
AFPI, AH-69-27, f. 2.
72
Reglamento del SIM de 27 de septiembre de 1937, en AGMAV,
c. 3005/14.
73
AGMAV, c. 3004/16 (6 de octubre de 1937).
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
principio. El SIM no iba a requerir nada del Ejército porque ya te-
nía todo lo que podía esperar de él, e incluso no dudaría en apode-
rarse de parte de sus prerrogativas. De hecho, los servicios de inte-
ligencia que Estrada fue creando dentro del Ejército Popular, aún
inexpertos y cuyos objetivos eran ejercer el espionaje en diferentes
ámbitos, dejaban vacíos de poder y zonas grises que eran aprove-
chados por el SIM 74.
Fuera del ámbito militar, el SIM sólo tenía un posible competi-
dor: el DEDIDE. Frente a él, el SIM contaba con algo que le hacía
irresistible: sus agentes se militarizaban y con ello evitaban ser en-
viados al frente, mientras que los del DEDIDE podían ser llamados
a filas en cualquier momento. De ahí que muchos miembros del
cuerpo policial se pasaran al SIM y su fama se fuera extendiendo
progresivamente 75. Por otro lado, en un estado de guerra, aunque
no declarado oficialmente, el ministro de Defensa siempre tendría
más peso que el de Gobernación. Prieto podía justificar en cual-
quier momento una mayor atribución de funciones si las circuns-
tancias así lo requerían.
El único legitimado para detener a Prieto y la acumulación de
funciones en torno al SIM era el presidente del Gobierno, Juan Ne-
grín. Sin embargo, al político canario no le debía resultar sencillo
encontrar un sustituto en Defensa, cuando incluso durante los peo-
res momentos de su relación, Negrín era consciente de que la desti-
tución de Prieto tendría consecuencias políticas desfavorables 76.
No tenemos constancia documental de que Prieto ordenara a
sus subordinados apropiarse subrepticiamente no sólo del espio-
naje, sino también de aquella actividad policial que en principio
tanto le repugnaba 77. Pero sí contamos con una referencia incontes-
table que certifica que anhelaba hacerlo.
El 23 de marzo de 1938 en una reunión del Consejo Superior de
Guerra para tratar el problema de la represión del espionaje, Prieto
74
Algunos ejemplos en Soler Fuensanta, J. R., y López-Brea Espiu, J.: Solda
dos..., op. cit., pp. 68-71.
75
AGMAV, c. 3004/16 (6 de octubre de 1937).
76
Negrín retuvo a Prieto en el cargo en todos sus conatos de dimisión. So-
bre la conveniencia de mantener a Prieto en el gobierno véase Viñas, Á.: El ho
nor..., op. cit., pp. 238 y 267; Moradiellos, E.: Don Juan Negrín, Barcelona, Pe-
nínsula, 2006, p. 340.
77
«¿Por qué me resistía yo? Aun creyendo en la necesidad del servicio, la mi-
sión policíaca a mi me repugna», en Prieto, I.: Cómo y por qué..., op. cit., p. 93.
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
fue muy explícito en sus propuestas y así consignó la convenien-
cia de centralizar los servicios de espionaje y contraespionaje bajo
su mando. Para ello pretendía eliminar el DEDIDE y atribuirse los
servicios policíacos en fronteras y puertos, así como «los servicios
de la misma naturaleza que se realicen por organismos dependien-
tes de los Ministerios de la Gobernación y Estado»; además quería
dirigir «los servicios que dicha Sección [la de Estrada] tenga en el
extranjero y en la retaguardia enemiga» 78.
Es decir, que la intención del ministro era hacerse con el SIEE
y el SIEP del Ejército Popular 79 y el resto de citados servicios para
manejar personalmente el amplio e importantísimo espectro de la
información y la contrainformación. El otrora renuente Prieto que-
ría ahora todo el pastel. No sabemos si éste jugaba sus últimas car-
tas con un órdago a la grande ante su inminente salida del Minis-
terio o si, por el contrario, pretendía hacerse fuerte en su cada vez
más aislada posición en el gobierno.
Ante el incontestable poder de Prieto y la indefinición de los
otros servicios, el SIM se hizo dueño y señor del tablero infor-
mativo y represivo de la República. Hasta el punto que nadie osó
poner en entredicho o criticar las actuaciones del SIM hasta que
Prieto salió del Ministerio en abril de 1938.
Reorganizaciones posteriores para mejorar la eficacia
y redefinir funciones
El rosario de acusaciones, quejas y comentarios negativos con-
tra el SIM se produjo a partir del mes de mayo, una vez Negrín se
hubo hecho con las riendas de Defensa. Las críticas se centraron
sobre tres ejes: la organización, la extralimitación de funciones y la
ineficacia en sus cometidos.
Sobre la organización y el funcionamiento interno versaron unos
juicios muy duros que acusaban al SIM de ser una «organización
78
Archivo General Ministerio Asuntos Exteriores (AGMAE), caja RE 96,
carp. 1, pliego 7, f. 1.
79
El SIEP era el Servicio de Información Especial Periférico y el SIEE el Ser-
vicio de Información Especial Estratégico. El primero se dedicaba al espionaje en
la retaguardia enemiga y el segundo al espionaje en el exterior. Un estudio de am-
bos en Rodríguez Velasco, H.: Los Servicios..., op. cit., pp. 138-176.
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
desastrosa» en la que se permitía «una ausencia casi completa de
disciplina» y donde «no existe respeto a los superiores jerárquicos».
Además se apreciaba en su estructura una «ausencia de Secciones
vitales», «un personal sin seleccionar» y «un funcionamiento buro-
crático en completo desorden», donde «cada Sección, cada Nego-
ciado (y esto en el caso menos malo), tiene su Secretaría, tiene su
archivo, su registro» 80.
Unos días más tarde se volvió a insistir en que «no tienen per-
sonal ni organización para los servicios de verdadera inteligencia ni
en el interior ni en la zona facciosa» y algunos sectores de la propia
organización apuntaban a su disolución 81.
No se disolvería hasta casi un año más tarde, el 27 de marzo de
1939, y por orden de Segismundo Casado. Sin embargo, su orga-
nigrama fue objeto de discusión durante toda la segunda mitad de
1938. No dejaron de plantearse numerosas reformas y cambios en
su estructura.
Por ejemplo, en mayo se propuso una centralización de las ac-
tividades del SIM contando con nuevas secciones, un personal me-
jor seleccionado y una burocracia más ordenada 82. A finales de ju-
lio, la Fiscalía General de la República sugirió una reorganización
plasmada en lo que dio en llamar el Servicio de Información, In-
vestigación y Contra-Espionaje (SIICE), que pasaba a depender de
la Presidencia del Consejo de Ministros 83. Y en septiembre se con-
feccionó un nuevo proyecto basado en la estructura militar de los
Estados Mayores 84.
Todos estos intentos de reorganización perseguían un mismo fin:
que el SIM se ciñera al texto original de su creación y así limitara
sus funciones al ámbito militar. Como apuntamos más arriba, el or-
ganismo de Prieto había ido absorbiendo gradualmente una serie de
competencias (policiales y jurídicas) que pertenecían a otros servicios
de información o a otros Ministerios como Gobernación y Justicia.
La extralimitación en sus funciones se convirtió en la queja
más reiterada contra el SIM. Desde la Fiscalía General de la Re-
pública, además de la reorganización, se propuso que el SIM de-
80
AGMAV, c. 3005/14 (2 de mayo de 1938).
81
AFPI, ACZ 184-16, f. 3 (24 de mayo).
82
AGMAV, c. 3005/14 (2 de mayo de 1938). Véase anexo V.
83
AFPI, AH-70-2, ff. 3 y 4 (23 de julio de 1938). Véase anexo VI.
84
Ibid., ff. 12-15 (19 de septiembre de 1938). Véase anexo VII.
Ayer 81/2011 (1): 207-239 227
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
volviera a cada Ministerio sus competencias, o al menos ofreciera
unas garantías mínimas para ejercer mejor la función policial 85.
Los agentes del SIM salían impunes de sus excesos, los cuales
abarcaban innumerables tropelías, desde incautaciones y regis-
tros, hasta detenciones, secuestros y encarcelamientos, sin someti-
miento a ningún trámite legal 86.
Incluso dentro del propio Ejército, el SIM sobrepasó también
sus funciones. Esto se aprecia claramente en los servicios de infor-
mación militares, que se encontraron en una situación de rivalidad
con el SIM. Lejos de colaborar de manera cordial, los recelos mu-
tuos entre ambas esferas fueron constantes, al menos hasta la dimi-
sión de Prieto y el cese posterior de Uribarri al frente del SIM.
Prueba de ello es el comentario del propio Uribarri sobre Ma-
nuel Estrada:
«El jefe de la Sección de Información, Sr. Estrada, ha dedicado a este
Servicio siempre, según todas mis noticias, una marcada hostilidad [...] En
el Sr. Estrada he encontrado siempre una frialdad y una falta de deseo de
concordia que, sin poder concretar con hechos absolutamente pondera-
bles, es lo cierto que ha producido a este jefe verdadera molestia por su ac-
titud extraña e incomprensible entre camaradas que desempeñan Jefaturas
de Servicios, que deberían llevar la máxima compenetración» 87.
A lo que replicó Estrada dos días más tarde:
«En la oficinas del Gabinete Centralizador se observan siempre la exis-
tencia de oficiales o personal de otros negociados de esta Sección que difi-
cultan la buena marcha de dicho Gabinete y perturban con sus conversa-
ciones las actividades de esta Jefatura» 88.
Sin embargo, esta usurpación de las funciones informativas por
parte del SIM no deja de ser un ejemplo más de las desavenencias
que se crearon entre este organismo y el Ejército. El conflicto más
agrio entre ambos se derivó del excesivo celo del SIM a la hora de
ejercer una inapropiada función policial.
85
Ibid., f. 2 (23 de julio de 1938).
86
Ibid., f. 18 (15 de noviembre de 1938).
87
AHN, Archivo General Rojo, caja 3/6 (12 de abril de 1938).
88
CDMH, Incorporados, 736, cp. 22, exp. 4 (14 de abril de 1938).
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
En este caso fue Vicente Rojo quien denunció los hechos a Ne-
grín. Es obvio que la llegada de éste a Defensa distendió las rela-
ciones con el Estado Mayor. La amistad entre ambos hizo más fá-
cil el diálogo entre ministro y jefe de Estado Mayor, y Rojo pudo
así por fin dejar de morderse la lengua y elevar sus quejas sobre el
SIM al nuevo ministro.
Rojo trasladó por carta las quejas de los jefes de las Grandes
Unidades, para quienes los agentes del SIM «están procediendo sin
el menor reparo a la detención de jefes militares y crean con esta
conducta un estado de desconfianza y desmoralización en la tropa,
notoriamente perjudicial [...] La causa fundamental de estos hechos
es, a juicio de todos, el fuero y las atribuciones desproporcionadas
de que gozan dichos agentes» 89.
Debido a estas interferencias, Rojo propuso a Negrín una serie
de medidas de «reorganización y saneamiento del SIM» en las que
se pedía, entre otras cosas, la «revisión de las atribuciones de que
goza el Servicio de Investigación Militar, restringiéndolas», la «or-
ganización del trabajo policíaco que corresponde al SIM en rela-
ción con las principales autoridades militares y concretamente con
los jefes de Ejército» o incluso la «imposición de las sanciones que
correspondan a todos aquellos agentes que hayan abusado de las
atribuciones concedidas por la legislación vigente» 90.
A los cuatro días, Negrín tomaba nota y procedía a reconciliar
el SIM con el Ejército a través de una orden circular que prohibía
la detención de militares sin una orden suscrita por una persona de-
bidamente autorizada. Además, para evitar cualquier arbitrariedad,
toda detención debería ponerse en conocimiento de mandos supe-
riores y en última instancia, y en caso de duda, el propio Negrín ac-
tuaría de árbitro 91.
No contento con esto, y aprovechando sin duda su amistad con
Negrín, Rojo volvió a presentar una serie de modificaciones legales
que afectaban tanto al decreto de creación como al reglamento de
funciones. A través de ellas se trataba de garantizar una colabora-
ción y un respeto mayor entre el SIM y el Ejército, así como una se-
lección más adecuada de los miembros de dicho organismo 92.
89
AHN, Archivo General Rojo, caja 3/6 (3 de junio de 1938).
90
Ibid.
91
Ibid., 7 de junio de 1938.
92
Ibid., caja 3/7 (23 de junio de 1938).
Ayer 81/2011 (1): 207-239 229
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
Queda claro que Rojo detestaba el SIM por la independencia
con la que actuaba dentro del Ejército y por su misión represiva.
De ahí que en septiembre de 1938 diera un paso más sugiriendo
a Estrada que los servicios de investigación dependientes del SIM
fueran asumidos por él:
«Con esto se restaría al SIM una de sus funciones, pero teniendo en
cuenta que este organismo ha dado, más que cualquier otro, carácter poli-
cíaco a sus funciones, podría muy bien quedar desintegrado el SIM, sub-
dividiéndose en dos grupos: uno, el de seguridad y policía, que pasará a
depender del Ministerio de la Gobernación, y otro, el exterior y el estraté-
gico sobre la retaguardia enemiga, que pasaría a depender del Servicio de
Información Militar» 93.
Estrada debió alegrarse por la ampliación de funciones que
Rojo le ofrecía a costa del SIM, pero todo quedó en un deseo.
Creemos que, dada la delicada situación bélica, se dio prioridad a
otras necesidades más evidentes. La demandada reforma del SIM
nunca se produjo.
Las críticas sobre la organización, el abuso de autoridad y com-
petencias sólo podían tener como corolario el descontento hacia su
funcionamiento y eficacia. Según un informe fechado al poco de in-
corporarse Santiago Garcés, el SIM era:
«Un aparato que no rinde el trabajo que puede esperarse de él, máxime
cuando está dotado espléndidamente en el aspecto económico. Tiene una
dotación de 22 millones de pesetas anuales que se gastan en servicios de
poca monta y de una manera caprichosa, existiendo secciones que no pue-
den llevar a cabo servicios de gran interés por falta de consignación. La
falta de una dirección inteligente ha permitido que los servicios se lleven de
una manera absurda, enviando a hacer una investigación simple a grupos
numerosos de gentes, investigación que uno solo puede realizarla cómoda-
mente. Se prodigan detenciones sin causas fundadas que restan seriedad al
servicio y se dejan de efectuar trabajos determinados que no debieran sos-
layarse. En el exterior, el servicio está desprestigiado en absoluto por las pi-
fias que se han cometido practicando detenciones infundadas de elementos
extranjeros cuya estancia en España era de una normalidad indubitable. En
el interior, se critica ya abiertamente una gestión que se produce en ocasio-
nes enmarcada dentro de los artículos del Código Penal» 94.
93
CDMH, Incorporados, 675, cp. 21.
94
AFPI, ACZ 184-16, f. 3 (24 de mayo de 1938).
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
Parece ser que la reorganización sufrida a partir de mayo de
1938 y el último cambio en la jefatura produjo un revulsivo dentro
del servicio, mejorando así su eficacia. Según un informe interno,
con la creación de una denominada Sección Activa o Sección Sexta,
formada con gente del DEDIDE, se consiguió «el total aniquila-
miento no sólo de los grupos activos de milicias que FE tenía cons-
tituidos en Barcelona, sino la desarticulación y muerte de las orga-
nizaciones de información y espionaje que el CG de Franco y el
SIPM faccioso habían llegado a montar en Cataluña» 95.
Existen numerosos ejemplos que demuestran el éxito del SIM
en la denuncia y el desmantelamiento de redes enemigas y de quin-
tacolumnistas, referidas incluso por aquellos que lo sufrieron en sus
propias carnes, especialmente en Cataluña 96.
Sin embargo, hemos de hacer notar que esta labor policial de la
que tanto alardeó el SIM y con la que recibió sus mayores aplau-
sos y también sus peores críticas fue sustraída a otro organismo al
que sí correspondía ejercer dicha represión, el DEDIDE. Éste ha-
bía destacado también en desarticular células falangistas en Ma-
drid, Barcelona y Alicante. La fusión de ambos servicios en marzo
de 1938 vino a legitimar unas actuaciones que hasta entonces, aun-
que útiles desde el punto de vista policial, debían haberse mante-
nido circunscritas al órgano de Gobernación.
Pues se supone que el SIM fue creado originariamente como
servicio de contrainformación dentro del Ejército, esto es, como
servicio para evitar el espionaje militar enemigo en la retaguardia
propia. Ahora bien, ¿hasta qué punto ejerció tales funciones?
Las primeras críticas recibidas en el mes de mayo destacaban
la «[a]usencia de actividades, trabajos y gestiones relacionadas con
asuntos plenamente militares. No existe investigación militar en las
Brigadas, en los Aeródromos, en las industrias de Guerra, en los
frentes» 97. Unos días más tarde se añadía que el SIM «[s]e destacó
como servicio de represión política con abandono manifiesto de su
misión vigilante en el exterior del interés nacional y de la seguridad
95
AFPI, AH-70-2, ff. 18-21 (15 de noviembre de 1938).
96
Solé i Sabaté, J. M., y Villarroya i Font, J.: La repressió a la reraguarda de
Catalunya (1936-1939), vol. 1, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat,
1989, p. 262; Pastor Petit, D.: Los dossiers..., op. cit., p. 115, y Solé i Sabaté, J. M.,
y Villarroya, J.: «La represión en la zona republicana», en Juliá, S. (coord.): Vícti-
mas de la Guerra Civil, Madrid, Temas de Hoy, 1999, p. 245.
97
AGMAV, c. 3005/14 (2 de mayo de 1938).
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
interior contra la traición de los facciosos emboscados en los órga-
nos militares del Estado» 98.
Pero la crítica que mejor resume esta situación es ésta:
«Es evidente que el SIM ha rebasado la órbita en la cual debería ha-
berse sostenido y descuidado la misión esencial e importantísima para la
que fue creado; al año de su existencia ha trascendido sus actividades a es-
feras de acción exclusivamente civiles y de carácter policial, y, con carác-
ter preferente, desatendiendo, como era obligado por la dispersión de sus ac
tividades específicas, los servicios militares de información y contraespionaje.
Con ello, no sólo se ha hecho casi ineficaz en la práctica su funcionamiento
militar, en coordinación obligada con Defensa y Estado Mayor Central,
sino que a la vez ha introducido el SIM un peligroso confusionismo en
otros Departamentos, léase Gobernación y Justicia» 99.
Efectivamente, el cacareado éxito represivo no lo fue tanto en
el estricto campo bélico. El último jefe del SIM llegó a afirmar que
bajo su mandato éste descolló en desinformación ligada a las ma-
niobras militares 100. Como mérito apuntaba la táctica de la infiltra-
ción utilizada en el episodio precedente a la batalla del Ebro, pero,
como ya hemos demostrado en otro lugar, un análisis detenido de
este hecho no confirma tales afirmaciones 101.
Tampoco se sostiene cualquier pretensión de otorgar al SIM una
actividad contrainformativa siquiera eficaz en otras batallas. Nuestro
estudio sobre el papel de los servicios de información en la prepara-
ción de ofensivas como la de Belchite, Teruel o Peñarroya constata
que el SIM no ejerció ningún acción de contrainteligencia 102.
Conclusiones
La ausencia de servicios de contraespionaje militar al inicio de
la Guerra Civil española motivó su creación y desarrollo a través de
AFPI, ACZ 184-16, f. 4 (30 de mayo de 1938).
98
AFPI, AH-70-2, f. 1 (23 de julio de 1938). La cursiva es nuestra.
99
100
Pastor Petit, D.: Los dossiers..., op. cit., p. 116.
101
Rodríguez Velasco, H.: «Los servicios de información del Ejército Popu-
lar de la República en el frente aragonés (Belchite, Teruel, Ebro)», Historia Con
temporánea (en prensa).
102
Rodríguez Velasco, H.: Los Servicios..., op. cit., pp. 388-447.
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
una serie de secciones y/o negociados dependientes de la Segunda
Sección del Estado Mayor durante el primer año de lucha. Manuel
Estrada, el jefe de dicha Sección, fue el cerebro de un complejo or-
ganigrama, el Servicio de Inteligencia Militar, que abarcaría todo
tipo de información militar. Entre estos negociados se encontraba
la llamada Sección Especial, que era una parte especializada en con-
tener el espionaje enemigo.
En agosto de 1937 se creó el SIM, o lo que es lo mismo, la Sec
ción Especial, con otro nombre y atribuciones añadidas. Lo que ha
quedado demostrado es que este servicio de contraespionaje fue el
corolario lógico de una evolución orgánica dentro del Ejército Po-
pular y no un invento ex nihilo del ministro de Defensa.
La versión de Prieto queda, por tanto, invalidada. El acta de
traspaso de poderes el 29 de agosto de 1937 entre los llamados Ser
vicios Especiales y el SIM es por sí sola suficientemente elocuente
sobre la continuidad de los servicios de contraespionaje.
Lo que sucedió entonces es que el SIM se desgajó del Servicio
de Inteligencia Militar para conformar una entidad propia y dife-
renciada que dependería directamente del ministro de Defensa. En
efecto, en el decreto de creación Prieto se arrogó personalmente el
mando de este organismo, quizá —como él mantuvo en sus memo-
rias— tratando así de limitar la influencia comunista y de técnicos
rusos en él. Para ello controló los nombramientos, y de esta forma
la mayor parte del personal del SIM, no sólo sus jefes, tuvieron una
filiación socialista, como se ha demostrado más arriba.
Además, Prieto trató de ampliar los cometidos y funciones del
SIM, centralizando de manera lógica todos los servicios de infor-
mación, represión y espionaje del bando republicano. Poco a poco,
las funciones informativas de organismos dependientes de Goberna-
ción, Justicia o del Estado Mayor fueron engrosando las del Servicio
de Investigación Militar. Sin embargo, lejos de conseguir con ello
una mayor eficacia, esta usurpación de competencias provocó un
importante malestar dentro del Ejército y de otros ámbitos civiles.
La organización interna del SIM Central fue modificándose su-
cesivamente a lo largo de la contienda. A través de algunos cam-
bios y de proyectos que no llegaron a formalizarse en la práctica
se trató de mejorar la eficacia del organismo. Su deficiente organi-
zación y la mínima selección de su personal, la extralimitación de
sus funciones en aspectos como la represión y, especialmente, su
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
esatención a cometidos puramente militares para los que había
d
sido concebido inicialmente, están en la base de la ineficacia y la
mala prensa del SIM.
La ineficacia se tradujo en la ausencia de resultados prácticos
en el frente de batalla, mientras que en la retaguardia consiguió
cierto prestigio en la zona catalana anulando quintacolumnistas.
La manera con que a veces eliminó a dichas células enemigas
o se encargó de neutralizar agentes o militares republicanos sospe-
chosos de traición o espionaje motivó un amplio rosario de quejas
y denuncias de propios y enemigos. Pero hay que hacer notar que
la extralimitación de funciones o el excesivo celo con que se llevó
a cabo el trabajo de contraespionaje provocaron también los perti-
nentes reajustes en el SIM para tratar de mantener en la medida de
lo posible la legalidad republicana.
Aún es pronto para dar por concluida la historia del SIM. Las
novedades aquí expuestas aportan algo de luz sobre todo en lo refe-
rido a sus orígenes y organización, pero aún faltan por descubrir y
evaluar muchas de sus acciones y el grado de eficacia con que se lle-
varon a cabo. Asimismo queda por estudiar la organización de otras
demarcaciones aparte de la madrileña y la catalana, y se necesitaría
saber algo más sobre su presupuesto y funcionamiento internos.
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ANEXO I: PROYECTO ORGANIZACIÓN DEL S. I. M. CENTRAL (1937)
Fuente: AGMAV, C-3004/16
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SECRETARÍA
JEFATURA DE LOS SECCIÓN
SERVICIOS DE GUARDIA ADMINISTRATIVA
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Hernán Rodríguez Velasco
PERSONAL CONTABILIDAD
MINISTERIO DEFENSA Y E. M. ACTIVO INFORMACIÓN CONTRA ESPIONAJE ESPECIAL
MINISTERIO PARTIDOS
ACTIVO GENERAL GUARDA
DE DEFENSA POLÍTICOS
ESTADO MAYOR SABOTAJE EJÉRCITO CONSULADOS FIJACIÓN
INDUSTRIA AGENCIA
EXRANJERO MARINA ESPECIAL
DE GUERRA GENERAL
FORMACIÓN
AVIACIÓN
DEL EJÉRCITO
ENSEÑANZA
235
Una historia del SIM
13/2/11 20:04:16
Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
ANEXO II: ORGANIZACIÓN
DEL S. I. M. CENTRAL (27 septiembre 1937)
Fuente: AHN, Archivo General Rojo, Caja 3/5
JEFATURA
S. I. M.
SECRETARÍA
ADMINISTRACIÓN
GENERAL
INFO. INFO. INFO. INFO. SERVICIO
EJÉRCITO MARINA AVIACIÓN INDUSTRIAS ACTIVO
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
ANEXO III: ORGANIZACIÓN
DEL S. I. M. CENTRAL (¿mayo 1938?)
Fuente: AFPI, AH-69-27, ff. 2 y 3
JEFATURA
CENTRAL
SECRETARÍA SERVICIOS INSPECCIÓN SERVICIOS POLICÍA SERVICIOS DEMAR-
GENERAL TÉCNICOS GENERAL JURÍDICOS MILITAR INTERIORES CACIONES
ARCHIVO SECCIONES GABINETES ASESORÍA DETENIDOS PERSONAL CENTRO
INTERIOR
ASUNTOS RESIDENCIA
FICHEROS INTERIORES CIFRA CATALUÑA
ESCUELA
REGISTROS AVIACIÓN RADIO CONTABILIDAD FRONTERIZA
CORRESPON- EJÉRCITO EJÉRCITO
TIERRA CRIPTOGRAFÍA CAJA CENTRO
DENCIA
TOPOGRAFÍA EJÉRCITO
MARINA INTERVENCIÓN
CARTOGRAFÍA LEVANTE
POLICÍA Y EFECTOS EJÉRCITO
CUERPOS FOTOGRAFÍA Y VÍVERES ANDALUCÍA
ARMADOS
LOCALES, EJÉRCITO
LABORATORIO
ARMAMENTO OBRAS Y EXTREMADURA
QUÍMICO
TALLERES
HACIENDA EJÉRCITO
IDENTIFICACIÓN IMPRENTA ESTE
ECONOMÍA
PRENSA EJÉRCITO
JUSTICIA TRANSPORTE EBRO
PROPAGANDA
OBRAS
PÚBLICAS CENSURA
ENSEÑANZA
ESPECTÁCULOS
SANIDAD
POBLACIÓN
CIVIL
BRIGADA
INVESTIGACIÓN
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
ANEXO IV: ORGANIZACIÓN
DEL S.I.M. CATALÁN (mayo 1938)
Fuente: AFPI, AH-69-23, p. 50
JEFATURA S. I. M. CATALUÑA
BRIGADA
4.ª SECCIÓN
SECRETARÍA 1.ª SECCIÓN AGENTES
MATERIAL
GENERAL AVIACIÓN ASUNTOS
DE GUERRA
GENERALES
2.ª SECCIÓN 5.ª SECCIÓN
ASESORÍA EJÉRCITO COMUN. Y
JURÍDICA TIERRA TRANSPORTES
ANEXO V: REFORMA PROPUESTA
DEL S.I.M. CENTRAL (mayo 1938)
Fuente: AGMAV, C-3005/14
JEFATURA
CAJA SERVICIO
DEFENSA CAMPOS JEFE DE INFO.
SECRETARÍA EXTERIOR
NACIONAL DE TRABAJO ADMÓN. PERSONAL GENERAL
GENERAL FRONTERAS
SECRETARÍA INSPECCIÓN CONTROL REGISTRO SECRETARÍA
ARCHIVO SERVICIOS
DE DE GENERAL
TÉCNICOS
PRISIONEROS DETENIDOS
238 Ayer 81/2011 (1): 207-239
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Hernán Rodríguez Velasco Una historia del SIM
ANEXO VI: REFORMA PROPUESTA
DEL S.I.M. CENTRAL (23 julio 1938)
Fuente: AFPI, AH-70-2, f. 4
CONSEJO CENTRAL S. I. I. C. E.
SECRETARÍA GENERAL ADMINISTRACIÓN
INFORMACIÓN CONTRA
HABILITACIÓN INVESTIGACIÓN JEFATURA ESPIONAJE
Y FICHEROS
PERSONAL INSPECCIÓN ASESORÍA ESTADÍSTICAS
ENLACES
SECRETARÍA JEFATURAS DE
CON OTROS
GENERAL DEMARCACIÓN
DEPARTAMENTOS
SECRETARÍA SERVICIOS
DEFENSA, LOCALES
JUSTICIA,
GOBERNACIÓN
ANEXO VII: REFORMA PROPUESTA
DEL S.I.M. CENTRAL (19 septiembre 1938)
Fuente: AFPI, AH-70-2, f. 26
JEFATURA
SECRETARÍA
GENERAL
ORGANIZACIÓN GABINETES OPERACIONES SERVICIOS
INFORMACIÓN
TÉCNICOS
PRIMER SEGUNDO PRIMER SEGUNDO
NEGOCIADO NEGOCIADO NEGOCIADO NEGOCIADO
PERSONAL
ORGANIZACIÓN Y ASUNTOS BRIGADA DESTACAMENTOS
GENERALES EJECUTIVA Y ENLACES
PRIMER SEGUNDO PRIMER SEGUNDO
NEGOCIADO NEGOCIADO NEGOCIADO NEGOCIADO
RELACIONES RELACIONES INTENDENCIA SERVICIOS
EXTERIORES INTERIORES GERNERALES
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ESTUDIOS
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Ayer 81/2011 (1): 241-262 ISSN: 1134-2277
Neocatolicismo y darwinismo
en las aulas: el caso del instituto
provincial de Valencia 1
Carles Sirera
Universidad de Valencia
Resumen: El presente artículo analiza la trayectoria académica e intelectual
de dos relevantes catedráticos de instituto vinculados al neocatolicismo
que ejercieron de forma continuada en el centro de Valencia entre 1845
y 1918: Miguel Vicente Almazán y Manuel Polo y Peyrolón. Desde sus
planteamientos ideológicos defendieron la necesidad de construir un or-
den político sostenido por un principio de autoridad que debía provenir
de la Ley de Dios, a pesar de que reconocían como necesario incorpo-
rar algunos elementos de la doctrina liberal. Por esta razón, a pesar de
su militancia reaccionaria, se integraron en el sistema educativo liberal y
pudieron convivir con la difusión de teorías como el darwinismo.
Palabras clave: neocatolicismo, darwinismo, educación, bachillerato,
creacionismo.
Abstract: The present paper examines the academical and intellectual life of
two Neocatholic relevant Professors from the Valencia’s Public School
who taught between 1845 and 1918: Miguel Vicente Almazán and Ma-
nuel Polo y Peyrolón. Their political positions supported a society ruled
by a strong authority derived from The God’s Law, despite they recogni-
zed the necessity of incorporated some elements from the liberal mains-
tream. Therefore they were completely integrated in the liberal system of
education and they could coexistence with the spread of Darwinism.
Keywords: neocatholicism, darwinism, education, public school, crea-
sionism.
1
El presente trabajo obtuvo un accésit en el XI Premio de Jóvenes Investiga-
dores en Historia Contemporánea.
Recibido: 30-11-2009 Aceptado: 21-05-2010
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Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
Introducción
El bachillerato y los estudios técnicos en el siglo xix han reci-
bido una atención desigual por parte de la investigación historio-
gráfica en los últimos decenios. A pesar de las importantes contri-
buciones de Antonio Viñao, Federico Sanz y Emilio Díaz 2 sobre el
marco legislativo de este espacio educativo, los institutos de secun-
daria no han sido un objeto de estudio preferente. Si bien existen
algunas investigaciones sobre estos centros o los contenidos pro-
gramáticos del bachillerato, nunca se ha efectuado un análisis de-
tallado del estamento docente que permita su descripción como
miembros de las clases medias, así como sus comportamientos polí-
ticos y trasfondo ideológico.
En este sentido, el presente artículo pretende paliar parte de ese
déficit de información al poner de relevancia el papel desempeñado
en el instituto provincial de Valencia por los catedráticos de ense-
ñanza media afines al neocatolicismo. Se trata de una aproximación
a la práctica de su ideario político y sus consecuencias sobre la con-
vivencia diaria del claustro centrada en el periodo de 1845-1900,
años protagonizados por dos importantes intelectuales adscritos
al catolicismo intransigente, que mantuvieron una línea de pensa-
miento coherente durante más de medio siglo.
Miguel Vicente Almazán, primer catedrático de Psicología,
Lógica y Moral
El instituto de Valencia, como el resto de centros provinciales,
se creó de forma oficial en 1845 a raíz del Plan Pidal y si bien, en
un principio, no era más que la prolongación de la universidad que
le daba cabida, al poco tiempo pasó a ser un establecimiento autó-
nomo con su propio profesorado. Con el fin de escoger a los nue-
vos docentes, Antonio Gil de Zárate, director general de Instruc-
2
Viñao Frago, A.: Política y educación en los orígenes de la España contempo
ránea, Madrid, Siglo XXI, 1982; Sanz Díaz, F.: La Segunda Enseñanza Oficial en
el siglo xix, Madrid, MEC, 1985, y Díaz de la Guardia, E.: Evolución y desarrollo
de la Enseñanza Media en España de 1875 a 1930. Un conflicto político-pedagógico,
Madrid, MEC, 1988.
242 Ayer 81/2011 (1): 241-262
142 Ayer [Link] 242 13/2/11 20:04:17
Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
ción Pública, fijó unas normas de ingreso flexibles para resolver
esta carencia de personal con prontitud. Por esta razón, los rec-
tores de cada distrito universitario se encargaron de designar las
comisiones de censura que debían evaluar los méritos de los as-
pirantes, su redacción y defensa del programa académico y sus co-
nocimientos sobre la materia. Tras superar estas pruebas, los pos-
tulantes obtenían una habilitación conocida como «Regencia de
segunda clase», que permitía ejercer la docencia de forma interina.
En teoría, pasado un tiempo prudencial, los regentes debían con-
validar su situación mediante oposición realizada en Madrid; pero,
en la práctica, terminaron por pedir a la reina Isabel II, y con el
beneplácito de la Dirección General, que consolidase sus puestos
como cátedras en propiedad 3.
Precisamente, Miguel Vicente Almazán, el primer encargado de
la asignatura de Psicología, Lógica y Moral, ingresó de este modo en
el estamento docente. Nacido en 1816, se graduó en 1834 como ba-
chiller en Leyes y ejerció como juez en Denia. Posteriormente, asu-
mió cargos de responsabilidad en el Gobierno Civil de Valencia y
de Cádiz hasta su incorporación a la enseñanza en 1847 4. Si bien en
su juventud había mostrado simpatías por la causa liberal, a media-
dos de la década de 1840 era un referente intelectual del neocatoli-
cismo valenciano 5, como demostró en las pruebas de acceso al pro-
fesorado. Su ejercicio escrito fue un exordio en favor de la tradición
católica como un principio de autoridad superior a la Voluntad Ge-
neral, ya que el hombre, como ser social, no gozaba de una libertad
ni de una voluntad que pudiesen contravenir los límites fijados por
los orígenes históricos que fundamentaban la misma sociedad 6.
No obstante, sus inclinaciones políticas eran minoritarias en el
claustro del instituto, porque la mayoría de profesores que ingre-
saron en dichos años habían sido agitadores demócratas como el
historiador Vicente Boix y el naturalista Salustino Sotillo o libera-
les represaliados por Fernando VII como Santiago Soriano y José
3
Benso Calvo, C.: «Ser profesor de Bachillerato. Los inicios de la profesión
docente (1836-1868)», Revista de Educación, 329 (2002), pp. 291-309.
4
Archivo General de la Administración (AGA), Sección 5, caja 32/08582,
leg. 5947, núm. 26.
5
Martínez Gallego, F.: Conservar progresando, Alzira, UNED, 2001,
pp. 78-79, y Urigüen, B.: Orígenes y evolución de la derecha española: el neocatoli
cismo, Madrid, CSIC, pp. 163-188.
6
Arxiu Històric de la Universitat de Valencia, Enseñanza Media, 77/84-78/2.
Ayer 81/2011 (1): 241-262 243
142 Ayer [Link] 243 13/2/11 20:04:17
Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
Gandía 7. De hecho, Almazán no encajaba en el modelo de ense-
ñanza media que Gil de Zárate quería consolidar en España. En
junio de 1850, éste pidió informes reservados al gobernador civil,
al rector y al capitán general sobre su comportamiento respecto del
gobierno. El primero contestaría que «se le considera como uno de
sus mas decididos enemigos [...] valiendose de cuantos medios han
estado á su alcance para desopinar al Gobierno actual con suposi-
ciones infundadas y con exagerada noticia»; mientras que desde el
rectorado sostendrían que, si bien Almazán albergaba ideas discre-
pantes con el gobierno, no las difundía en las aulas. Asimismo, la
autoridad militar informaría que «dicho funcionario hace publica-
mente alarde de ser enemigo del Gobierno, que en las ultimas elec-
ciones para Diputados Provinciales ha llevado hasta el estremo su
solicitud y esfuerzo para proporcionar el triunfo de los candidatos
titulados de la oposicion conservadora [...] llegando al punto de
designar á los Ministros a presencia de otras personas con las mas
deshonrosas calificaciones».
Por todo esto, Gil de Zárate lo suspendería mediante real or-
den. Almazán, empero, escribiría a la reina para transmitirle «que
de repente acaba de recibir una orden de V.M. y suscrita por el
Consejo de instruccion publica, en la cual se manda que cese en
el destino de catedratico [...]. En el momento, Señora, recordó el
contenido del articulo 77 del plan de vigente de estudios [...] en el
cual se previene que ningun catedrático pueda ser privado de su
catedra sino en virtud de espediante gubernativo que debera for-
marse oyendo sus descargos y precediento el dictamen del Consejo
de instruccion publica» 8.
Después de esta misiva, Almazán fue reincorporado, probable-
mente porque Gil de Zárate no encontró a nadie que quisiera susti-
tuirlo. A pesar de haber escrito a más de quince profesores pregun-
tándoles si querían ocupar su plaza, todos contestaron negativamente
aduciendo todo tipo de razones personales. En este punto, parece
que la solidaridad de cuerpo del estamento docente sirvió como sal-
vaguarda de los derechos reconocidos en los reglamentos ante el in-
tento de violentarlos de Gil de Zárate, quien, por otra parte, tam-
poco contó en su empeño con la colaboración del rector.
7
AGA, Sección 5, caja 32/08016, leg. 5622, núm. 38; caja 32/08549, leg. 5924,
núm. 8; caja 32/08547, leg. 5923, núm. 11, y caja 32/08168, leg. 5705, núm. 3.
8
AGA, Sección 5, caja 32/08582, leg. 5947, núm. 26.
244 Ayer 81/2011 (1): 241-262
142 Ayer [Link] 244 13/2/11 20:04:17
Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
Por el contrario, con el acceso de Orovio al Ministerio de Fo-
mento en 1866, Vicente Almazán sería nombrado director del ins-
tituto de Valencia. Igualmente, Almazán aprovecharía el discurso
inaugural del curso académico de 1866-1867 para defender las re-
formas efectuadas por Orovio que equiparaban a los seminarios
conciliares con los institutos oficiales y declaraban a los colegios re-
ligiosos exentos de tasas académicas, aunque también expresó la in-
quietud que estos cambios habían suscitado entre sus compañeros:
«Mas ¿habrá acertado nuestro Gobierno en su reforma última? A se-
mejante pregunta solo puede contestarse con el resultado á la vista de las
esperiencias nuevas. Entre tanto, si es lícito dudar de la bondad de la obra,
no de la rectitud de intención en quien la verificó. [...]
Lo único que habrá podido lastimar el interés ó el orgullo de los pro-
fesores seglares, quizás sea el privilegio otorgado á los institutos religiosos;
pero altas consideraciones de gobierno, que jamás podrian subordinarse
á la importancia relativa de una clase, por muy digna de consideracion y
respeto que ella fuese, habrán decidido al Gobierno á respetar lo que por
otro lado debió ser parte de una convencion solemne. [...]
Despues de todo, á nosotros solamente nos incumbe cooperar al me-
joramiento de la enseñanza, pues si la nueva reforma correspondiese á los
propósitos laudables del Gobierno, el pais, al conocer sus ventajas, la deja-
ria subsistente; y en otro caso, por nada decreceria la obligacion que sobre
nosotros pesa de cumplir con lealtad la ley existente» 9.
Sin embargo, la aplicación de estas reformas puso en una com-
plicada tesitura al director, porque supusieron la pérdida del 30 por
100 de los ingresos (30.000 reales), cantidad que ponía en peligro la
viabilidad del centro educativo 10. Por esta razón, alertó al rector de
los privilegios concedidos a los seminarios conciliares, porque po-
día «abrirse la puerta para que estos alumnos de este Instituto elu-
diesen el pago del segundo plazo de matricula, trasladandose an-
tes de fin de curso al Seminario, cuyos derechos son notablemente
inferiores [...] resultando de ello un grave perjucio al Instituto y á
los fondos provinciales» 11. Del mismo modo, la necesidad de en-
9
Memorias del instituto provincial de 2.ª enseñanza. Curso de 1866 á 1867, Va-
lencia, Imprenta de José Rius, 1867, pp. 5-6.
10
Memorias del instituto provincial de 2.ª enseñanza. Curso de 1867 á 1868, Va-
lencia, Imprenta de José Rius, 1868, p. 18.
11
AHUV, Enseñanza Media, 2/4.
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142 Ayer [Link] 245 13/2/11 20:04:18
Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
contrar fondos propios para el instituto le llevó a enfrentarse con
el Real Colegio de San Pablo de Valencia. En teoría, dicho colegio
era un internado dependiente del establecimiento de educación se-
cundaria, pero, en la práctica, su encargado había logrado disfrutar
de una independencia absoluta en su gestión, especialmente en la
administración del ingente patrimonio heredado de las extintas cor-
poraciones religiosas dedicadas a la enseñanza, que devengaba más
de 93.000 reales de renta anual 12. Estas irregularidades se explica-
ban porque el director del Real Colegio de San Pablo, el sacerdote
Antonio Santos Bravo, había sido nombrado para el puesto por su
primo, Juan Bravo Murillo 13, y, en consecuencia, se sentía prote-
gido por una inmunidad especial.
No obstante, Vicente Almazán intentó por la vía administrativa
controlar el patrimonio de dicho colegio, que, según el Reglamento
de 1859, debía servir para mantener el instituto y, ante la falta de
resultados, optó por instruir un expediente informativo sobre todas
las irregularidades cometidas por el primo de Bravo Murillo. Una
vez concluido dicho informe, denunció en los juzgados todas las in-
fracciones que se producían en el internado 14.
Como es lógico, este probo comportamiento podía ser enten-
dido por funcionarios celosos de sus prerrogativas como un atrevi-
miento y Antonio Santos lo denunció ante la Dirección General de
Instrucción Pública, porque se había declarado «una guerra tan en-
carnizada como pocas se habrán visto; pues ha llevado a todos los
terrenos donde mas perjudicial y sensible pudieran serle los ata-
ques. Ante el público; ante los tribunales de justicia, y ante el Go-
bierno, le ha presentado como criminal y como hombre mas in-
moral y estúpido del mundo». Del mismo modo, criticaba que el
expediente se hubiese presentado «al juzgado del distrito, como si a
la autoridad judicial le tocara conocer las faltas de un empleado pú-
blico antes de que el Gobierno se entere de dichas faltas». Es decir,
Almazán se había erigido en un empleado público responsable que
se atrevía a denunciar de oficio un caso de corrupción, que pertur-
baba el correcto funcionamiento de la Administración. Como soste-
12
Archivo Histórico del Instituto Lluís Vives, Libro de arrendamientos, inqui-
linatos y censos, 1849-1856, ES AISLVV, núm. 174.
13
AHILLV, Correspondencia cuartillas, 1847-1850, ES AISLVV, núm. 190,
C26/2.
14
AGA, Sección 5, Asuntos generales de institutos, caja 32/09284.
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142 Ayer [Link] 246 13/2/11 20:04:18
Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
nía Antonio Santos, «por haber formado por si y ante sí, sin conoci-
miento de la autoridad competente, un espediente de faltas [y] por
haber llevado dicho espediente a los tribunales de justicia sin cono-
cimiento del Gobierno» 15, merecía ser cesado de inmediato. A raíz
de esta protesta, Antonio Santos fue ratificado en su puesto y Al-
mazán forzado a renunciar a su cargo de director. Paradójicamente,
tras el triunfo de la Revolución Gloriosa, la Junta Revolucionaria de
Valencia decretaría la supresión de dicho colegio y la incorporación
de sus bienes al instituto provincial.
Por otro lado, el cambio de régimen no perturbó significativa-
mente a Almazán hasta que debió jurar la Constitución democrá-
tica de 1869. Para solventar sus problemas de conciencia, decidió
seguir la recomendación del Sumo Pontífice de añadir al jura-
mento de guardar y hacer guardar las leyes la cláusula de «salvo
las leyes divinas y las de la Iglesia Católica». A pesar de que di-
cha salvedad no era admitida por el gobierno, el nuevo director,
el historiador Vicente Boix, arbitró el recurso de levantar dos ac-
tas como fórmula de conciliación: una extraoficial que recogió la
salvaguarda expresada por Almazán y otros dos catedráticos y otra
acta oficial que sería la remitida a la Dirección General, donde
sólo constaba el juramento protocolario 16.
Por el contrario, en Madrid no fue posible alcanzar esta fór-
mula de compromiso en el Instituto del Noviciado, porque la ma-
yor actividad política de sus catedráticos exacerbaba las diferencias
de un claustro que, al igual que ocurría en Valencia, podía dividirse
en progresistas demócratas y neocatólicos. De hecho, el director ge-
neral de Instrucción Pública bajo el ministerio de Ruiz Zorrilla fue
Manuel Merelo Calvo, catedrático de historia de dicho centro que
ya había sido instigado por Orovio a raíz de la Noche de San Da-
niel y que, tras el triunfo de la Restauración, sería perseguido por
sus libros de texto publicados en 1873. De su lado estaban Moya
de la Torre, Galdo López de Neira, Ruiz Chamorro y Valentín Mo-
rán, que, junto al resto de compañeros juraron la Constitución,
mientras que Juan Manuel Ortí, encargado como Vicente Almazán
de Psicología y Lógica; Romero Aznárez, y el presbítero Pedro Lax
Urbina se negaron o no les fue admitido incluir la salvedad mencio-
15
AGA, Sección 5, Asuntos generales de institutos, caja 32/09284.
16
AHILLV, Carpeta Asociación Mutua Profesorado, núm. 81, C10/2.
Ayer 81/2011 (1): 241-262 247
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Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
nada, hecho que les acarreó la separación forzosa, si bien fueron re-
puestos durante la Primera República 17.
Asimismo, el régimen republicano tampoco propició ninguna
amonestación contra Almazán a causa de su tendencia ideológica,
aunque sí fue protagonista de un intento de represalia política. El
10 de noviembre de 1873 abandonó precipitadamente la ciudad sin
solicitar la autorización correspondiente al director. A raíz de este
hecho, la Dirección General abrió diligencias para esclarecer las ra-
zones de este absentismo laboral y durante la instrucción del pro-
ceso el gobernador civil se negó a colaborar y no contestó a nin-
guno de los avisos recibidos. En cambio, los informes enviados por
el director del instituto y por el rector sólo contenían elogios para
su colega, y dejaban traslucir sospechas sobre el gobernador, quien,
de algún modo, había amenazado a Almazán. En diciembre, vuelto
éste a Valencia, el rector pudo interrogarle sobre lo ocurrido y en
su declaración expresó que «ignora completamente las causas por
las cuales dictó el Gobernador civil de la provincia orden de des-
tierro contra el declarante [...] procurando ceñirse con sus explica-
ciones á las materias de su asignatura en iguales términos ahora que
lo hizo antes [...] ha averiguado extraoficialmente que la denun-
cia contra él, partió de una persona á cuyo hermano dejó suspenso
en los exámenes últimos, cuyo nombre le veda su decoro publicar,
pues ocupa una posicion política de importancia» 18. Finalmente, a
principios de enero de 1874, la República lo exoneró y le reintegró
el sueldo completo que se le había retenido por su ausencia injusti-
ficada. A partir de esta fecha, Almazán ya no sufriría ningún hecho
de naturaleza política destacable y fallecería en 1878, tras más de
tres décadas de servicio, mientras intentaba tramitar su jubilación
anticipada a los sesenta y dos años de edad. En su necrológica, el
periódico conservador Las Provincias lo recordaría como un hom-
bre «enérgico y rígido de carácter» 19.
17
Rodríguez Guerrero, C.: El Instituto de Segunda enseñanza del Noviciado de
Madrid de 1845 a 1877, tesis doctoral, Madrid, UNED, 2004, pp. 103-212.
18
AGA, Sección 5, caja 32/07954, leg. 5581, núm. 22.
19
Las Provincias, 11 de abril de 1878.
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142 Ayer [Link] 248 13/2/11 20:04:18
Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
El pensamiento político de Miguel Vicente Almazán
Sin embargo, si Almazán era enérgico y rígido de carácter, su
pensamiento político, como mínimo, estaba sólidamente fundado
en el conocimiento directo de los dilemas planteados por Hobbes y
Locke. En una obra publicada en 1859 y titulada Los estremos y el
medio: impugnación a la doctrina democrática, resumía el conflicto
indisoluble entre la noción de derechos individuales y el principio
de autoridad con estas palabras: «Así, todas las cuestiones sobre so-
beranía pueden reducirse á estas dos: ¿Cual deberá ser la forma del
Gobierno? ¿Cómo se conciliarán la libertad y la autoridad? Y nó-
tese bien: para ninguna de las dos háse encontrado hasta hoy una
solución absoluta» 20.
A partir de esta premisa, su argumentación, empero, derivaba
en una refutación directa del liberalismo por ser partidario de la
existencia de derechos civiles. Según su punto de vista, el reconoci-
miento de estos derechos producía inevitablemente la proliferación
de libertades públicas como la libertad de expresión, de religión, de
asociación o de reunión, que terminaban, indefectiblemente, en la
«democracia, vanguardia del socialismo, con el fatídico lema de la
autonomía del individuo» 21, donde cada ciudadano se consideraba
soberano y nunca acataba la autoridad pública. En consecuencia, la
única forma de salir de este escenario de bellum omnium contra om
nes sólo podía ser «la igualdad comunista que mata toda actividad,
propia solamente de los tiempos bárbaros, la única que podrá de-
fender la lógica democrática» 22.
No obstante, Almazán no podía negar que otros elementos cons-
titutivos del pensamiento liberal, como la meritocracia o la econo-
mía de mercado, podían tener consecuencias positivas para la socie-
dad, a pesar de que no podían aceptarse como principios absolutos:
«la importancia de los estudios económicos es un efecto necesario
del progreso material y de la mayor complicacion de las relacio-
nes sociales; esto no se puede negar, mas fuerza de la exageracion,
aquella ciencia nos conduciria como por la mano á los horrores de
20
Vicente Almazán, M.: Los estremos y el medio: impugnación a la doctrina de
mocrática, Valencia, Imp. José Mateu Garin, 1859, p. 53.
21
Ibid., p. 47.
22
Ibid., p. 55.
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Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
la demagogia y del socialismo» 23. Precisamente, Almazán esperaba
deslindar estos aspectos positivos de la doctrina liberal de su perni-
cioso potencial democratizador gracias a la acción de una benigna
autoridad dictatorial que, guiada por la verdad de Dios, hiciese in-
necesarios los derechos civiles como garantía frente al abuso de po-
der. Como es lógico, este planteamiento podía ser plenamente com-
partido por los moderados y los neocatólicos 24 y Almazán, con la
pretensión de reforzar su carácter secularizado, no dudaba en dis-
tanciarse de lo que él denominaba el absolutismo teocrático, sobre
el que decía que «separado como lo está hoy el Estado de la Iglesia,
el mal no se vé en el amago de un absolutismo teocrático imposible,
fantasma á propósito para imponer á los niños sin esperiencia y á
los viejos alucinados que dan en la triste manía de ver visiones» 25.
En este punto, es interesante retomar el duro enfrentamiento vi-
vido entre Vicente Almazán y Antonio Santos, el sacerdote encar-
gado del Real Colegio de San Pablo, porque ambos se encontraban
próximos ideológicamente y su disputa puso de relevancia las con-
tradicciones internas del pensamiento de Almazán. A pesar de la re-
tórica oficial sobre el mérito individual y la necesidad del buen go-
bierno de la que hacía gala Bravo Murillo 26, su primo se aferraba a
sus influencias personales con la esperanza de vivir cómodamente
en una sociedad donde los privilegios jurídicos se reconvirtiesen en
unas nuevas garantías de inmunidad para las familias vinculadas al
gobierno, la Iglesia o la Administración. En su concepción patrimo-
nialista del poder, el ejercicio de la autoridad debía estar blindado
frente al escrutinio de la opinión pública. La fiscalización del ejer-
cicio de las prerrogativas de los funcionarios o el correcto funcio-
namiento de la Administración no eran problemas relevantes desde
este punto de vista, porque la cooptación entre las mejores familias
era garantía suficiente de buen gobierno.
En la práctica, empero, el amiguismo había servido para favo-
recer un uso ilegítimo de los recursos públicos. Ante esta situa-
ción, y forzado por las circunstancias, Almazán optó por acudir a
23
Ibid., pp. 22-23.
24
Suárez Cortina, M.: «Catolicismo, identidad nacional y libertad religiosa en
la España liberal», en Beramendi, J., y Baz, M. J. (eds.): Identidades y memoria ima
ginada, València, PUV, 2008, pp. 223-262.
25
Vicente Almazán, M.: Los estremos y el medio..., op. cit., p. 47.
26
Pro Ruiz, J.: Bravo Murillo. Política de orden en la España liberal, Madrid,
Síntesis, 2006, pp. 309-320.
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un poder, en teoría independiente, como el judicial para denunciar
un abuso que perjudicaba al instituto. Esto contravenía sus plan-
teamientos políticos, porque él entendía que los vigilantes no po-
dían ser vigilados sin que se cuestionase su autoridad. Pero, ante
la cruda realidad de que ni siquiera los sacerdotes parecían guia-
dos por la verdad de Dios, decidió protestar. Esto le costó el cargo,
aunque tampoco le conminó a reformular su filosofía política.
Manuel Polo y Peyrolón y sus polémicas con el darwinismo
La labor desempañada por Vicente Almazán en la cátedra de
Psicología tendría continuidad en su sustituto, Manuel Polo y Pey
rolón, futuro diputado y senador por los carlistas, además de su
jefe de filas en la ciudad de Valencia. Es más, Peyrolón, nacido en
1847 en Cañete (Cuenca), fue discípulo directo de Almazán, ya que
cursó el bachillerato en Valencia y, mientras estudiaba en la univer-
sidad, trabajó como profesor auxiliar en el centro bajo sus órdenes.
En 1870, tras licenciarse en Filosofía y Letras, logró por oposición
una plaza de catedrático de Psicología y Lógica en el instituto de
Teruel y, posteriormente, en 1879 consiguió el puesto de su antiguo
mentor mediante traslado por concurso 27.
Del mismo modo, el neotomismo defendido por Peyrolón no
era un simple exabrupto reaccionario opuesto al progreso cientí-
fico y técnico. Al igual que su maestro, veía el desarrollo económico
como un aspecto positivo de la sociedad decimonónica:
«Hijo soy de mi época y de mi siglo; acepto y aplaudo lo bueno de todas
las edades, tanto antiguo como moderno, y rechazo y censuro lo malo, venga
de donde viniere y peine muchas ó pocas canas. ¿Y cómo había de ser yo
enemigo del siglo xix que, haciendo prodigiosas aplicaciones de las ciencias
físicas á la agricultura, industria y comercio, me rodea de comodidades ma-
teriales, halaga mis sentidos con las producciones de la tierra pone á mi ser-
vicio toda clase de muebles tan útiles como caprichosos y ricos [...]?
¿Cómo abominar de un siglo que, gracias á las aplicaciones del vapor
por mar y tierra, me permite cruzar los océanos y los continentes con velo-
cidad vertiginosa, trasladarme en cinco días desde Liverpool á New-York,
en veinte desde Barcelona á Manila [...] y ponerme en tres días, cruzando
toda Europa, desde Valencia en San Petersburgo? [...]
27
AGA, Sección 5, caja 32/08436, leg. 5857, núm. 11.
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¿Cómo abominar del siglo xix que, por medio del telégrafo y de los ca-
bles trasatlánticos, nos permite mantener conversación tirada con nuestros
[sic] antípodas; que, por medio del teléfono, nos regala el oido con la pro-
pia voz de nuestros parientes y amigos, escuchada á centenares de leguas
de distancia; [...] que, por medio del telescopio, pone los astros al alcance,
como quien dice, de nuestra mano [...] y determina matemáticamente la
posición y movimiento de esos mundos casi infinitos que giran sobre nues-
tras cabezas; que, por medio del microscopio, descubre y divulga las mara-
villas hasta hoy ignoradas de los seres infinitamente pequeños; y aplicando,
en suma, otros cien aparatos ingeniosísimos, descifra no pocos pasajes mis-
teriosos del gran libro de la naturaleza?
¿Cómo abominar del siglo de la torre Eiffel y de una época á la que se
deben los progresos y aplicaciones asombrosas de la química, tanto inor-
gánica como orgánica, pues sabido es que no hay más que una sola, de la
física, mecánica, micrografía, histología, fisiología, fotografía, fototipia, es-
tampado y reproducciones todas de la palabra, dibujo y colores?
Cuando contemplo al [sic] siglo xix desde las hondonadas de este bajo
mundo físico-químico material, me parece un gigante que apoya su planta
en el globo terráqueo que habitamos y esconde la frente en el Empíreo; me
descubro en su presencia, y le saludo» 28.
Sin embargo, este alegato en pos de la modernidad no hacía de
este dirigente carlista, obviamente, un partidario de la secularización
que la sociedad, en el orden político y educativo, había experimen-
tado gracias al ejercicio de las libertades públicas 29:
«Pero [...] cuando contemplo al siglo xix desde las alturas del mundo
psíquico-moral, ¡qué desencanto! El gigante se convierte en enano de-
forme y asqueroso. [...]
Siempre ha habido ateos, impíos y blasfemos y los habrá siempre; pero
lo que aterra, lo que asusta es que, en nombre de las ciencias físico-quími-
cas, que todo lo reducen y lo explican todo por la materia y fuerzas eter-
nas, se intente destronar al Dios de los cielos y arrancar las creencias reli-
giosas del pecho de las muchedumbres.
28
Polo y Peyrolón, M.: Errores y horrores contemporáneos, Valencia, Im-
prenta de Manuel Alufre, 1894, pp. 6-7.
29
Millán, J.: «La retropía del carlismo. Referentes y márgenes ideológicos», en
Suárez Cortina, M.: Utopías, quimeras y desencantos: El universo utópico en la Es
paña liberal, Santander, Universidad de Cantabria, 2008, pp. 255-281, y Canal, J.:
Banderas blancas, boinas rojas: una historia política del carlismo, 1876-1939, Madrid,
Marcial Pons Historia, 2006, pp. 97-118.
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Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
Siempre ha habido robos, hurtos, estafas y personas aficionadas á apo-
derarse de lo ajeno contra la voluntad de su dueño, [...] pero lo que aterra
[...] es que, en nombre de las ciencias sociológicas, por manera doctrinal y
sistemática se diga que la propiedad es un robo y se anatematice la propie-
dad individual y la herencia.
Siempre ha habido viciosas, libertinos [...] que gozan revolcándose en
los charcos de la sensualidad, y los habrá siempre; pero lo que aterra [...]
es que, en nombre de los derechos del organismo, de la higiene y hasta de
la terapéutica, se aconseje al cristiano que conculque los mandamientos de
la ley de Dios y de su Iglesia santa.
Siempre ha habido adúlteros, hombres crapulosos y procaces [...]; pero
lo que asusta [...] es que, en nombre de las ciencias jurídicas, se proclamé
y defienda el divorcio y hasta el amor libre.
Siempre ha habido desobedientes, insubordinados, revoltosos, y los ha-
brá siempre; pero lo que aterra [...] es que, en nombre de la ciencia polí-
tica, se santifique la revolución y la anarquía» 30.
Como muchos pensadores católicos, Peyrolón confiaba supedi-
tar el empirismo científico a la fe católica de una forma concilia-
dora. Pero la dificultad de esta tarea se acrecentó con la difusión
del darwinismo en el último tercio del siglo xix por la intensa po-
lémica intelectual que suscitó al tratarse de la primera controver-
sia científica de alcance mundial que transcurrió, al mismo tiempo,
ante los académicos versados en la materia y el público general 31.
En España, por ejemplo, el darwinismo se introdujo con relativa ra-
pidez durante la década de 1860, aunque no logró notoriedad y re-
levancia pública hasta que la libertad de cátedra se consolidó gra-
cias al Sexenio 32. Precisamente, esto coincidió en Valencia con la
edad de plata de su Facultad de Medicina, que fue un centro recep-
tor y difusor de nuevas disciplinas científicas como la bacteorología,
la fisiología o la teoría de la evolución 33. Si Darwin había publicado
en 1859 su famoso Del Origen de las Especies, en 1870 la biblioteca
Polo y Peyrolón, M.: Errores y horrores..., op. cit., pp. 7-8.
30
Engels, E. M., y Glick, T. F. (eds.): The Reception of Charles Darwin in
31
Europe, 2 vols., Londres, Continuum, 2008.
32
Núñez, D.: El darwinismo en España, Madrid, Castalia, 1969, pp. 7-58, y
Pelayo, F.: «Creacionismo y evolucionismo en el siglo xix: las repercusiones del
Darwinismo en la comunidad científica española», Anales del Seminario de Historia
de la Filosofía (UCM), 13 (1996), pp. 263-284.
33
López Piñero, J. M.: La Medicina y las Ciencias Biológicas en la Historia Va
lenciana, Valencia, Ayuntamiento de Valencia, 2004, pp. 333-447.
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del instituto de secundaria de Valencia adquirió la edición francesa,
así como De las especies y de la clasificación en Zoología de uno de
sus principales oponentes: Louis Agassiz 34.
Como es lógico, todo esto produjo la indignación de los secto-
res católicos que, a su vez, se sintieron rápidamente decepcionados
con el régimen alfonsino por su tibieza en asuntos como la libertad
de religión o pensamiento. A pesar de que algunos profesores krau-
sistas fueron separados de sus cátedras, esto no supuso un cambio
de tendencia real y, a inicios de la década de 1880, Peyrolón se es-
candalizaba porque «la ciencia oficial española es evolucionista,
esto es, enemiga de las creaciones independientes, y por lo tanto de
la doctrina del sagrado Génesis» 35. Este conflicto ideológico, em-
pero, se mantendría latente y tendría sus momentos de mayor clí-
max en la tentativa de suspender de sus funciones al catedrático de
la Universidad de Barcelona Odón de Buen en 1895 36 y en la frus-
trada reforma de los planes de estudio del bachillerato ideada por
Luis Pidal en 1899 con el objetivo principal de reducir los conte-
nidos de Historia Natural para proscribir el darwinismo en los ins-
titutos 37, aunque en ambas ocasiones fracasaron los propósitos del
conservadurismo católico. En consecuencia, es lícito suponer que
alguna forma de consenso debió arbitrarse entre los profesores par-
tidarios de dos posturas intelectuales incompatibles como el empi-
rismo científico y el neotomismo, ya que era habitual que trabaja-
sen en las mismas instituciones académicas.
En este punto, es interesante estudiar el caso del instituto pro-
vincial de Valencia, porque en el seno de su claustro Peyrolón con-
vivía con uno de los naturalistas de mayor renombre en la enseñanza
media: Emilio Ribera. Nacido en 1854 en Madrid, cursó la licencia-
tura de Ciencias Naturales en la Universidad Central tras egresar de
la Academia Militar de Infantería y, en 1874, obtuvo mediante opo-
sición la plaza de catedrático en el instituto de Almería. Más tarde,
en 1877 lograba el traslado a Valencia y en 1879 obtenía el Docto-
34
Memorias del instituto provincial de 2.ª enseñanza. Curso de 1871 á 1872, Va-
lencia, Imprenta de José Rius, 1872, p. 29.
35
Polo y Peyrolón, M.: Contra Darwin. Supuesto parentesco entre el hombre y
el mono, Valencia, Imp. Manuel Alufre, 1881, p. X.
36
Perales Birlanga, G.: Católicos y liberales. Sociología y vida de la comunidad
escolar universitaria de Valencia. 1875-1939, tesis doctoral, Valencia, Universitat de
València, 2007, pp. 769-908.
37
Díaz de la Guardia, E.: Evolución y desarrollo..., op. cit., pp. 155-184.
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Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
rado con premio extraordinario 38. Éste fue el inicio de una reputada
carrera científica que, por otra parte, se conjugó con cierta actividad
pública. Ribera, junto a su amigo y compañero Manuel Zabala, pro-
fesor de Historia en Valencia, fue concejal por los demócratas mar-
tistas entre 1889 y 1893 39, y ambos tuvieron un papel destacado en
el congreso celebrado en abril de 1900 por la Asociación de Cate-
dráticos Numerarios de Instituto con el fin de impulsar las reformas
de García Alix y Romanones en favor de la enseñanza pública 40.
Por otro lado, Emilio Ribera asentó su prestigio, como la ma-
yoría de colegas vinculados al bachillerato, con la publicación de
un libro de texto que devino en manual de referencia de su asigna-
tura. Su Elementos de Historia Natural es una obra de carácter en-
ciclopédico que se publicó a principios de la década de 1880 por
primera vez y pronto se convirtió en uno de los más usados y me-
jor considerados de su época, hasta el punto de que en 1920 toda-
vía seguía reeditándose 41. En este manual, el darwinismo era tra-
tado en la última lección, la 788, titulada Origen de las especies.
En este capítulo, se destacaba la existencia de «dos escuelas igual-
mente poderosas, que se disponen hoy a la posesión de la verdad
sobre esta importantísima cuestión: el Transformisno y la hipótesis
de las Creaciones sucesivas»; pero mientras hacía un sintético resu-
men de dos páginas de la teoría de la evolución, dedicaba un mí-
sero párrafo a las Creaciones Sucesivas 42.
Sin embargo, esta preferencia por el darwinismo no implicaba
necesariamente una postura irreconciliable frente a la religión, por-
que era factible creer en Dios sin interpretar literal y dogmática-
mente la Biblia 43. De hecho, al igual que hoy en día doctrinas como
la del diseño inteligente pretenden usar torticeramente la evolu-
AGA: Sección 5, caja 32/08465, leg. 5874, núm. 17.
38
El Almanaque de las Provincias de 1890, Valencia, Imp. Doménech, p. 53.
39
40
La Segunda Enseñanza, núm. 177, 18 de abril de 1900 (este ejemplar se en-
cuentra en: AHUV, Archivo General 38/5), y Villacorta Baños, F.: Profesionales
y burócratas. Estado y poder corporativo en la España del siglo xx, 1890-1923, Ma-
drid, siglo XIX, 1989, pp. 1-266.
41
Altava Rubio, V.: Aportaciones al estudio de la Enseñanza Media en Castellón,
1846-1900, tesis doctoral, Valencia, Universitat de València, 1993, pp. 396-425.
42
Ribera Gómez, E.: Elementos de Historia Natural, Valencia, Imprenta de Ma-
nuel Alufre, 1893, pp. 471-472 (ed. facsímil, Valencia, Cátedra de Eméritos de la
Comunidad Valenciana, s. f.).
43
Gould, S. J.: Ciencia versus religión. Un falso conflicto, Barcelona, Crítica,
2000.
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Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
ción de los homínidos como una prueba de la existencia de Dios,
caminos intermedios similares también podían haberse practicado
en el siglo xix. En este sentido, Emilio Ribera es, precisamente, un
caso ilustrativo, porque respecto al origen de la vida, explicaba que
«pretenden unos transformistas que apareció por generación es-
pontánea á expensas de la materia inorgánica, mientras otros admi-
ten que fue creado por el poder de Dios por un acto de Creación»,
para decantarse al final por:
«En conclusión, que siendo el estado actual de la Ciencia absoluta-
mente inadmisible la generación espontánea, no es posible explicar, que se
sea transformista ó que no, la aparición de los seres orgánicos sobre el haz
del globo, sin lo que decíamos sobre el Origen de la vida (12), sin la in-
tervención de una potencia sobrenatural creadora, Dios, causa y origen de
todo lo que existe» 44.
Asimismo, la «intervención divina en el acto de la Creación» 45
se justificaba en la lección 12 al mencionar el experimento que hizo
Pasteur para refutar definitivamente la hipótesis de la generación
espontánea, tesis que había sido ya cuestionada por Francesco Redi
en 1668, si bien Lamarck volvió a replantearla cuando la necesitó
para sustentar su teoría de la evolución. En consecuencia, Emilio
Ribera, en correspondencia con el pragmatismo de William James,
tomaba la postura personal de creer en la existencia y acción crea-
dora de Dios en un punto que carecía de certidumbre al respecto.
Podía explicar a Darwin sin negar a Dios, aunque, según José Ma-
ría López Piñero, en el breve estudio introductorio que hace en la
edición facsímil de dicho manual, más bien podía «pensarse que se
trataba de una mera concesión para evitar enfrentamientos en el
ambiente de los institutos de segunda enseñanza, donde gozaban de
gran predicamento actitudes como la de su compañero de claustro
Manuel Polo y Peyrolón, catedrático de psicología, lógica y filosofía
moral, que había dedicado en 1878 un libro a atacar el darwinismo
de la manera más agresiva e intolerante» 46.
44
Ribera Gómez, E.: Elementos de Historia Natural, Valencia, Imprenta de Ma-
nuel Alufre, 1893, pp. 471-472 (ed. facsímil, Valencia, Cátedra de Eméritos de la
Comunidad Valenciana, s. f.).
45
Ibid., p. 18.
46
Ibid., pp. xxxv-xxxvi.
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Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
No obstante, no hay constancia de que Manuel Polo y Emilio
Ribera, en los más de veinte años que fueron compañeros, tuvie-
sen ningún tipo de enfrentamiento, discrepancia o desavenencia. Es
más, los dos mediaron en varias ocasiones entre un catedrático acó-
lito del carlismo y otro simpatizante del republicanismo blasquista,
con el fin de que se reconciliasen y olvidasen disputas personales
que habían sostenido en la prensa. En realidad, los dos profesores
eran miembros de la Asociación de Catedráticos Numerarios, cuya
línea de actuación era reforzar los establecimientos públicos y limi-
tar la expansión de los centros religiosos. A pesar de sus profundas
convicciones, Peyrolón era catedrático de un instituto oficial y, en
consecuencia, su comportamiento debía estar imbuido del espíritu
de cuerpo del estamento docente y ajustarse a las demandas exigi-
das por sus asociaciones corporativas 47.
Por otro lado, el libro de Peyrolón que cita José María López
Piñero no es simplemente un ataque agresivo e intolerante, también
es una obra académica según los parámetros de la época. Thomas
F. Glick, uno de los investigadores más destacados sobre la difu-
sión del darwinismo, considera que se trata de «un ingenioso atro-
pello de las pruebas científicas punto por punto» 48. Para defender
sus tesis, Polo citaba profusamente a Quatrefages y Agassiz, dos na-
turalistas de prestigio que, si bien erraron en su intento de refuta-
ción del darwinismo, compartían, en teoría, el mismo ethos cientí-
fico de su adversario, a pesar de que Agassiz fue incapaz de admitir
la teoría de la evolución por una mezcla de orgullo herido y prejui-
cios raciales que le arrastraron a capitanear una costosa expedición
a Brasil con el único objeto de desacreditar a Darwin. Aventura
que, por cierto, sembró las dudas respecto del positivismo cientí-
fico de uno de sus integrantes: William James 49.
Como es lógico, confeccionar un libro con retazos de argumen-
taciones tomadas de otros pensadores era el único recurso que te-
nía un hombre como Peyrolón, que no era, realmente, un científico.
En consecuencia, cuando defendía que el registro fósil probaba el
47
AHILLV, Libro de actas de la Junta de Catedráticos, 1869-1891, ES
AISLVV, núm. 1, y Libro de actas de la Junta de Catedráticos, 1892-1905, ES
AISLVV, núm. 2.
48
Glick, T. F.: Darwin en España, Valencia, PUV, 2010, p. 53.
49
Menand, L.: El club de los metafísicos. Historia de las ideas en América, Bar-
celona, Destino, 2002, pp. 108-138.
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Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
origen simultáneo de todas las especies y su inmutabilidad, sus ar-
gumentos eran irrisorios, porque el darwinismo ofrecía una mejor
comprensión de la diversidad biológica hallada en el registro fósil.
Pero en sus más de trescientas páginas, Polo también destacaba con
mejor tino las limitaciones heurísticas que se derivaban de aplicar el
método inductivo a la teoría de la evolución:
«El tránsito de la materia inanimada á la vida, como el paso de la vida
al pensamiento, son dos misterios que, en mi opinión humilde, jamás com-
prenderá el hombre en virtud de su razón natural. [...] Tratándose del ori-
gen de los seres orgánicos, cuya formación es, y probablemente será siem-
pre, inasequible al artificio humano, la comprobación de la hipótesis ó
verificación del fenómeno, que es lo que aquilata los conocimientos positi-
vos, es de todo punto imposible» 50.
Del mismo modo, acusaba a Darwin de no poder explicar cómo
se producía la transmisión hereditaria y la variabilidad de caracte-
res, punto que no sería esclarecido satisfactoriamente hasta que, en
la década de 1920, se incorporase progresivamente la genética men-
deliana a un nuevo modelo explicativo que sería conocido como
síntesis neodarwiniana o teoría sintética de la evolución, que se di-
fundiría en España a finales de la década de 1950 51.
No obstante, Polo no se sentía consternado por las limitacio-
nes heurísticas del darwinismo. En realidad, sólo instrumentalizaba
las aportaciones hechas al debate por científicos reputados, porque
su postura era la de un teólogo que pescaba oportunamente las su-
puestas pruebas científicas que le servían, aunque él mismo reco-
nocía su proceder con orgullo. Tras hacer una cita de Agassiz, que
afirmaba que un hecho físico era tan sagrado como un principio
moral, él añadía: «efectivamente, un hecho físico comprobado, de
autenticidad indudable, es tan verdadero como un principio que
reuna las mismas condiciones, pero nunca tan importante, ni por lo
tanto tan sagrado. La excelencia del principio sobre el hecho está
universalmente reconocida, y es hasta de sentido común» 52.
Polo y Peyrolón, M.: Contra Darwin..., op. cit., pp. 49-52.
50
51
Pelayo, F.: «Debatiendo sobre Darwin en España: antidarwinismo, teorías
evolucionistas alternativas y síntesis moderna», Asclepio. Revista de Historia de la
Medicina y de la Ciencia, LXI-2 (2009), pp. 101-128.
52
Ibid., pp. 45-46.
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Carles Sirera Neocatolicismo y darwinismo en las aulas
Es decir, a pesar de todo el aparatoso andamiaje intelectual,
todo se reducía a una cuestión moral: al principio de autoridad.
Por esta razón, empleaba casi trescientas páginas en rebatir a
Darwin, mientras que sólo necesitaba catorce páginas repletas de
fragmentos de la Biblia para zanjar el interrogante sobre el origen
de las especies por su condición de texto sagrado. Pero, como es
lógico, personas como Emilio Ribera, por muy creyentes que fue-
ran, eran también naturalistas con criterio propio que no podían
conformarse con la autoridad científica del Génesis. En conse-
cuencia, en su manual, si bien era respetuoso con las dos posturas,
dedicaba mayor atención al darwinismo, aunque, en vez de hacer
una temida profesión de ateísmo, aprovechaba las limitaciones in-
herentes al empirismo para, de forma sofística, apuntalar la inter-
vención divina en el origen de la vida.
Desafortunadamente, como había sostenido John W. Draper en
su Historia de los conflictos entre la Religión y la Ciencia, la Igle-
sia católica no podía, a diferencia del resto de confesiones cristia-
nas, aceptar la ciencia moderna, porque su defensa a ultranza de
sus textos sagrados como verdades incuestionables hacía imposi-
ble cualquier intento de conciliación entre evidencia científica y fe,
si la evidencia contradecía el dogma 53. Pero, esta intransigencia po-
día ser incluso difícil de sostener para los intelectuales carlistas que,
como Peyrolón, eran profesores seglares remunerados por un Es-
tado que se sustentaba en principios liberales. Por esta razón, en
1894, Peyrolón, en vez de recurrir a las santas escrituras, optaba
por un argumento más propio del evolucionismo deísta:
«Aunque se admita el transformismo darwinista, perfeccionado por
Haeckel, y convengamos en que todos los vivientes fueron desde el princi-
pio plastículas, imperceptibles átomos de hidrocarburo de ázoe, que com-
binándose al azar han dado origen idéntico á las diferentes moléculas vege-
tales y anímales, y admitiésemos la existencia de la mónera, imperceptible
hasta para el microscopio, y supusiésemos que se convierte primero en
mata de hierba ó gigantesco árbol, en infusorio y vertebrado después, y en
un hombre, sabio ó héroe, por último, siempre nos veríamos obligados á
confesar que en esa plastícula inicial, en ese átomo primitivo que da origen
á todos los vegetales, animales y hombres, queda al descubierto la omni-
53
Drapper, J. W.: Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia, Barce-
lona, Alta Fulla, 1987.
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potencia creadora, y el ateo evolucionista tropieza sin pensarlo con el Dios
que se proponía aniquilar» 54.
Por lo tanto, la ciencia y la religión encontraron un punto de con-
fluencia en el instituto de Valencia, a pesar de la belicosidad de los
obispos que pedían insistentemente la persecución pública de quie-
nes osasen negar el valor científico de las doctrinas católicas. El pro-
blema, empero, no residía tanto en un conflicto ideológico entre
progreso y fe, como en las consecuencias políticas que tenía la articu-
lación de esos discursos. Como acertadamente había señalado Polo,
él no se oponía a los avances científicos, sino al uso de las ciencias fí-
sico-químicas que los anticlericales hacían para rechazar la autoridad
de Dios en los asuntos humanos. Al igual que su mentor, Vicente Al-
mazán, consideraba necesario un principio de autoridad externo a la
comunidad política que acotase sus libertades, porque una comuni-
dad política que se autoproclamase soberana sólo podía devenir en la
anarquía o la dictadura de la mayoría sobre la minoría. Como es ob-
vio, ese principio de autoridad debía provenir de la ley natural o la
ley de dios, que sólo él, sus acólitos o la jerarquía eclesiástica podían
interpretar correctamente. Si se aceptaba ese principio de autoridad,
las disputas ideológicas y científicas podían encauzarse correctamente
y, por eso mismo, no debe sorprender que en el clima de compadreo
político de una Restauración conciliadora, Ribera y Polo llegasen a
converger incluso en sus posturas respecto al darwinismo.
No obstante, el método científico, en teoría, no puede aceptar
un principio de autoridad externo a las propias reglas que se em-
plean para validar o impugnar las hipótesis que se formulan sobre
los fenómenos naturales. Es un lugar común situar en el inicio de
las revoluciones científicas y sus debates consiguientes la libertad de
pensamiento que, guiada por el criterio de la razón, configuraría el
modelo ilustrado de opinión pública que debía de ser el sustento de
las futuras libertades políticas. En consecuencia, el deseo de Polo de
tolerar un progreso científico bajo su atenta mirada, como custodio
de las prerrogativas de la divinidad, no dejaba de ser una aspiración
que sólo podría imponerse mediante la coacción. Pero, a pesar de
tratarse de una postura eminentemente conservadora, tampoco po-
demos negar la necesidad de fijar límites a la acción de la Voluntad
54
Polo y Peyrolón, M.: Errores y horrores..., op. cit., p. 19.
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General o de acordar normas morales que deben coartar la investi-
gación científica. Es más, es posible que compartamos, en parte, esta
crítica que Peyrolón hizo al principio de la lucha por la vida, justo
cuando el darwinismo social lo empezaba a popularizar:
«Desde los tiempos más antiguos se viene observando que los gérmenes
existen en la naturaleza en cantidades asombrosas. Las facultades reproduc-
tivas, tanto de los vegetales, como de los animales, se han considerado siem-
pre casi ilimitadas. Conocido este hecho por el economista inglés Malthus,
lo relacionó con el aumento de las subsistencias, formuló su famosa teoría
de la población. [...] Aunque Malthus se refería exclusivamente al hombre,
generalizó Darwin el hecho, admitió como inconclusa la desproporción en-
tre los alimentos y los seres vivos, y recordando tal vez el bellum omnium
contra omnes de su paisano Hobbes, formuló la ley de la competencia vital
ó lucha por la vida, principio y fundamento de la teoría darwinista. Supone
Darwin, tanto entre las especies como entre los individuos, y sin otro móvil
que el vivir, una lucha contínua, guerra universal sin tregua ni cuartel, pero
utilísima al progreso comun, puesto que en ella los seres más vigorosos, más
sanos, más bellos, más armónicos en una palabra, vencen y sobreviven para
servir de tronco á especies más perfectas, y son derrotados y perecen los se-
res más débiles. Esta lucha no solamente se realiza en el mundo orgánico,
sino tambien entre los seres organizados y el mundo inorgánico que los ro-
dea, como el terreno, el aire, la humedad [...] En ménos palabras: la econo-
mía de la naturaleza reconocida hasta aquí por los pensadores todos en la
armonía universal y en las causas finales, para Darwin y su escuela, queda
reducida á una lucha universal é incesante, pero lucha favorable al progreso y
perfeccionamiento general. [...] La lucha darwiniana, aunque ciega, es selec-
tiva: del mismo campo de batalla, entre la podredumbre de la muerte, brota
la vida, cada vez más perfecta y hermosa. [Pero] El vegetal ó animal victo-
rioso en la lucha quedará vencedor y vivo, si se quiere, pero no más per-
fecto. Por muchos laureles que adornen su frente, siempre el lobo devora-
dor será lobo y el cordero devorado, sin que de esta sangrienta lucha brote
nunca un ser distinto y más perfecto que el vencedor ni el vencido» 55.
Conclusiones
La cátedra de Psicología y Lógica sería por más de medio siglo
un irreductible bastión de los enemigos del liberalismo en Valencia,
55
Polo y Peyrolón, M.: Contra Darwin..., op. cit., pp. 85-87.
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aunque su oposición no se fundamentaba en cuestiones de índole
moral, cultural o religiosa. El rechazo al liberalismo se planteaba
por razones netamente políticas relacionadas con los problemas que
la aplicación de nuevos conceptos como la soberanía o los derechos
civiles habían suscitado. Tanto para Almazán como para Polo era
necesaria la existencia de un principio de autoridad fuerte que or-
denase la sociedad. Igualmente, consideraban que la construcción
de garantías legales frente el abuso de poder sólo podía suponer el
debilitamiento de la autoridad y una incitación a la rebeldía.
No obstante, Almazán sufrió en primera persona las consecuen-
cias de la arbitrariedad ministerial en varias ocasiones de su vida
y a manos de sus propios compañeros ideológicos. Esto, empero,
no supuso ningún cambio en sus postulados, a pesar de que el go-
bierno, cuando estuvo ostentado por demócratas o republicanos, lo
protegió en virtud de las garantías recogidas en los reglamentos. Del
mismo modo, en el claustro de Valencia, tanto Almazán como Polo
se sintieron arropados por la solidaridad del estamento docente,
que prevaleció ante cualquier discrepancia ideológica, mientras que
en el Instituto del Noviciado de Madrid las disputas protagonizadas
por Merelo Calvo y Ortí Lara se expresaron más crudamente por la
mayor intensidad de la lucha política en la capital.
Si fue posible que en el instituto de Valencia reinase la neutra-
lidad que, en teoría, es propia de un centro académico, esto, en
parte, se debió a la naturaleza del pensamiento político de Alma-
zán y Polo. Su respuesta al liberalismo no era un atávico ataque a
la modernidad deudor de un tradicionalismo fanático. Se trataba
de una postura conservadora que esperaba fundar un principio de
autoridad externo a la comunidad política inspirado en la ley natu-
ral o ley de dios. A pesar de que no formularon quién debía ser el
intérprete de estas verdades trascendentales, es fácil imaginar que
la jerarquía eclesiástica en su modelo político debía de ser la brú-
jula moral del gobernante. De hecho, sus postulados podían incor-
porarse al liberalismo de raíz autoritaria si los valores religiosos se
erigían en el estandarte de un ejecutivo carente de responsabilidad
parlamentaria. Al fin y al cabo, sólo pedían que las verdades de
Dios no pudiesen ser contravenidas por las leyes aprobadas por el
Parlamento o el gobierno.
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ENSAYOS BIBLIOGRÁFICOS
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Las exiliadas, de acompañantes
a protagonistas
Mónica Moreno Seco
Universidad de Alicante
La superación de los estudios sobre el exilio republicano centra-
dos en la elite cultural y política, o en enfoques clásicos de historia
política, ha permitido ofrecer un panorama muy rico sobre nuestro
conocimiento del éxodo de 1939. En este sentido, la introducción
de la perspectiva de género y la nueva historia política han posibi-
litado interpretar de una manera más rigurosa la heterogeneidad de
vivencias del exilio, concediendo, para el caso que nos ocupa, un
lugar central a las mujeres que abandonaron España después de la
guerra civil. En este texto, se hace un repaso a la evolución de las in-
vestigaciones sobre las exiliadas y sus repercusiones en el análisis del
exilio republicano. Desde la edición de las primeras memorias de di-
rigentes políticas e intelectuales destacadas, los avances en el conoci-
miento sobre las refugiadas han contribuido a entender el colectivo
exiliado no sólo como un núcleo de oposición política a la dicta-
dura franquista, sino también como un grupo humano que tuvo que
adaptarse a las sociedades de acogida, con problemas laborales y de
índole cotidiana, como otras comunidades migratorias.
En la última década, la profusa publicación de autobiografías
escritas por exiliadas anónimas remite a un notable interés social
por el exilio menos conocido y ofrece una información muy valiosa.
Las aportaciones historiográficas más recientes, que se preocupan
por la pluralidad de experiencias del éxodo de 1939 o por destinos
diferentes a Francia o México, representan además una sugerente
incorporación del análisis de las identidades y las culturas políti-
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Mónica Moreno Seco Las exiliadas, de acompañantes a protagonistas
cas al universo de las exiliadas y del exilio en general. Las refugia-
das, cuya imagen a veces había quedado desdibujada, despolitizada
y reducida a meras acompañantes de sus familiares, se perfilan en la
actualidad como protagonistas del exilio, no sólo en el ámbito pri-
vado o en el terreno laboral como desvelaron los primeros estudios,
sino también en la acción política, objeto de interés más reciente.
Estas contribuciones ayudan a superar la consideración de las acti-
vidades de las exiliadas como una labor auxiliar, al revalorizar las
acciones cotidianas y políticas de solidaridad y al insistir en su des-
tacada participación en la propaganda antifranquista.
Primeros testimonios y estudios
Las investigaciones pioneras sobre el exilio se ocuparon de las
gestiones de partidos y del gobierno republicano, y de las vicisitu-
des de los escritores de la edad de plata de la cultura española, con
una orientación de historia política convencional o de historia de
las manifestaciones culturales. La publicación temprana de memo-
rias de políticas e intelectuales como Victoria Kent, María Teresa
León, Dolores Ibárruri, Federica Montseny, Isabel Oyarzábal, Te-
resa Pàmies o Constancia de la Mora, entre otras, fuera de España
o ya en los setenta por editoriales españolas, hizo posible comen-
zar a conocer las experiencias vitales de las exiliadas 1. Sin embargo,
más allá de Ibárruri, se hacían todavía muy pocas alusiones a las ex-
patriadas en los estudios mencionados. Las primeras investigacio-
nes sobre historia de las mujeres, con poco reconocimiento todavía,
permitieron empezar a desvelar experiencias distintas, de exiliadas
menos conocidas, con trabajos como los de Montserrat Roig sobre
1
Palencia, I. O., de: I must have liberty, Nueva York-Toronto, Longman,
Green and Co., 1940; León, M. T.: Memoria de la melancolía, Buenos Aires, Lo-
sada, 1970; Kent, V.: Cuatro años en París, 1940-1944, Buenos Aires, Sur, 1947;
Ibárruri, D.: El único camino, París, 1955 (memorias completas reeditadas como
La lucha y la vida, Barcelona, Planeta, 1985); Montseny, F.: Seis años de mi vida,
Barcelona, Galba, 1978; íd.: Mis primeros cuarenta años, Barcelona, Plaza y Janés,
1987; Pàmies, T.: Gent del meu exili, Barcelona, Galba, 1975; íd.: Quan érem re
fugiats, Barcelona, Dopesa, 1975; Mistral, S.: Éxodo. Diario de una refugiada es
pañola, México, Minerva, 1940, y De La Mora, C.: In place of splendor: the auto
biography of a Spanish woman, Nueva York, Harcourt, Brace and Company, 1939
(Doble Esplendor, México, Imp. Adrián Morales, 1944).
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Mónica Moreno Seco Las exiliadas, de acompañantes a protagonistas
la Resistencia y la deportación o, sobre todo, Giuliana Di Febo, que
habló de la acción resistente o de denuncia de la dictadura, pero
también de experiencias como la supervivencia cotidiana o la ma-
ternidad 2. Una estela que tardaría bastante en retomarse.
Hubo que esperar a los años noventa para que aparecieran estu-
dios monográficos sobre las exiliadas, que abordaron aspectos poco
tratados con anterioridad —trabajo, vida cotidiana— y que posibi-
litaron superar el enfoque del exilio intelectual o de la movilización
política —en partidos o armada— de los refugiados. El exilio co-
menzó así a adquirir perfiles más ricos. En estos análisis, el recurso
a memorias y fuentes orales fue fundamental.
Destacó, en ese sentido, el libro de Pilar Domínguez Voces del
exilio, que propuso una visión amplia de la vida de las exiliadas en
México, abordando el trabajo doméstico, el remunerado y, en me-
nor medida, su actividad política y cultural, todo ello desde una
perspectiva de género. En este texto se destacó la heterogeneidad
de realidades que abarcaba el fenómeno de las exiliadas. Se su-
brayó, asimismo, el protagonismo de las mujeres anónimas en la
supervivencia familiar de la colectividad exiliada, con las tareas de
cuidado y un trabajo asalariado poco reconocido —en la costura,
en negocios familiares—; el trato desigual que recibieron por parte
de las autoridades mexicanas o españolas del exilio; su papel clave
en la transmisión de las costumbres y los valores de la España re-
publicana a la segunda generación, como madres y como maestras
de los colegios españoles; y el declive público de las profesionales
y de feministas como Margarita Nelken, Isabel Oyarzábal, Concha
Méndez, Ernestina de Champourcín, Matilde de la Torre o Merce-
des Pinto, que no encontraron en México las mismas posibilidades
de actuación que en la España que habían abandonado 3. También
otras autoras insistieron en que desde el espacio privado las exilia-
das fueron esenciales en la unidad familiar y de la comunidad exi-
liada, y en la pervivencia del contacto con España, con unas ocu-
2
Roig, M.: Els catalans als Camps nazis, Barcelona, Edicions 62, 1977, y Di
Febo, G.: Resistencia y movimiento de mujeres en España, 1936-1976, Barcelona,
Icaria, 1979, pp. 63-76.
3
Domínguez, P.: Voces del exilio. Mujeres españolas en México, Madrid, Comuni-
dad de Madrid, 1994. También «Mujeres españolas exiliadas en México (1939-1950)»
en «Médulas que han gloriosamente ardido». El papel de la mujer en el exilio español,
México, Claves Latinoamericanas-Ateneo Español de México, 1994, pp. 81-101, y
«Exiliadas de la guerra civil en México», Arenal, 6:2 (1999), pp. 295-312.
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Mónica Moreno Seco Las exiliadas, de acompañantes a protagonistas
paciones domésticas o laborales que, se decía, complementaban la
historia ya conocida del exilio republicano 4. Por último, Alicia Al-
ted recordó que muchas exiliadas salieron en 1939 acompañando a
sus familiares, con una cualificación laboral media-baja, con una in-
quietud política con frecuencia poco desarrollada y que retomaron,
en su opinión, su anterior vida centrada en el espacio doméstico 5.
Se trata, por tanto, de una primera revalorización de lo privado y
del trabajo de las exiliadas anónimas.
No obstante, también en los años noventa vieron la luz algu-
nas investigaciones sobre la actividad política y en la Resistencia de
las refugiadas, como los de María Fernanda Mancebo 6. Concepción
Ruiz-Funes y Enriqueta Tuñón publicaron un primer estudio sobre
la Unión de Mujeres Españolas (UME) en México, cuyas militantes
consideraban un espacio político propio y que desarrolló una solidari-
dad con presas en España no sólo política sino sobre todo de género 7.
También Pilar Domínguez, en el libro mencionado antes, abordó la
labor política de las exiliadas, en partidos, en organizaciones juveniles,
en el Comité Femenino de la JARE y en especial en la UME. Esta or-
ganización, que con el tiempo perdió su carácter plural y se decantó
por una tendencia procomunista, realizó funciones de solidaridad y
propaganda, desde una autopercepción femenina pero no feminista,
y pervivió como señala la autora hasta el final de la dictadura fran-
quista, a diferencia de otras organizaciones políticas del exilio.
Además, en esta década continuó la publicación de autobiogra-
fías, como las de Carmen Parga, Aurora Arnáiz e Irene Falcón, entre
4
Ruiz-Funes, C., y Tuñón, E.: «Este es nuestro relato... Mujeres españolas exi-
liadas en México», en «Médulas que han gloriosamente ardido»..., op. cit., pp. 31-56,
y Capella, M. L.: «Identidad y arraigo de los exiliados españoles (Un ejemplo: mu-
jeres valencianas exiliadas)», en Girona, A., y Mancebo, M. F. (eds.): El exilio va
lenciano en América. Obra y memoria, Valencia, Instituto de Cultura Juan Gil-
Albert-Universitat de València, 1995, pp. 53-67.
5
Alted Vigil, A.: «El exilio republicano español de 1939 desde la perspectiva
de las mujeres», Arenal, 4:2 (1997), p. 233.
6
Mancebo, M. F.: «Las mujeres españolas en la Resistencia francesa», Espa
cio, Tiempo y Forma, 9 (1996), pp. 239-256; íd.: «Las mujeres valencianas exiliadas
(1939-1975)», en García, M. (ed.): Homenaje a Manuela Ballester, Valencia, Insti-
tut Valencià de la Dona, 1995, pp. 37-63. También cabe reseñar la publicación Car
men García Bloise. Exilio, emigración y socialismo, Madrid, Fundación Españoles
en el Mundo, 1995.
7
Ruiz-Funes, C., y Tuñón, E.: «Nosotras fuimos la Unión de Mujeres Espa-
ñolas Antifascistas en México (1939-1976)», Política y Cultura (México), 1 (1992),
pp. 91-99.
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otras 8, o testimonios colectivos como los recogidos por Guillermina
Medrano o Neus Català 9. A partir de estos textos, se propusieron
interpretaciones sugerentes, como hicieron Giuliana Di Febo y Shir-
ley Mangini, sobre el relato autobiográfico de las exiliadas, en el que
pesó el deseo de preservar el legado de la Segunda República 10. Las
trayectorias de vida de algunas exiliadas fueron dadas a conocer por
Antonina Rodrigo 11 o por estudios como el centrado en intelectua-
les refugiadas en Colombia 12.
A partir del bagaje anterior, en la década de 2000 pueden detec-
tarse tres fenómenos, a los que dedicaremos cierta atención: el gran
incremento de la publicación de testimonios; la apertura de la in-
vestigación a diversas experiencias y nuevos lugares de destino, y la
introducción de conceptos como identidad y culturas políticas.
El auge de la memoria y de los testimonios de exiliadas
Al calor del notable interés social sobre la memoria, la guerra ci-
vil y la represión franquista, han aparecido numerosos libros de en-
trevistas o biografías, que, con mayor o menor acierto, recogen his-
torias ya conocidas y a veces rescatan experiencias individuales más
8
Arnáiz, A.: Retrato hablado de Luisa Julián, Madrid, Compañía Literaria,
1996; Falcón, I.: Asalto a los cielos. Mi vida junto a Pasionaria, Madrid, Temas de
Hoy, 1996; Parga, C.: Antes que sea tarde, Madrid, Compañía Literaria, 1996; Be-
renguer, S.: Entre el sol y la tormenta, Barcelona, Seuba, 1988, y Méndez, C.: Me
morias habladas, memorias armadas, Madrid, Mondadori, 1990.
9
Medrano, G.: (ed.): Nuevas raíces. Testimonios de mujeres españolas en el exi
lio, México, Joaquín Mortiz, 1993, y Català, N.: De la resistencia y la deportación.
50 testimonios de mujeres españolas, Barcelona, Península, 2000.
10
Di Febo, G.: «Memorialistica dell’esilio e protagonismo femmenile degli
anni Trenta», en Di Febo, G., y Natoli, C. (eds.): Spagna anni Trenta. Società, cul
tura, istituzioni, Milán, Franco Angelli, 1993, pp. 367-380; Mangini, S.: «Resisten-
cia a la memoria y memorias de resistencia», Duoda, 10 (1996), pp. 101-114, e íd.:
Recuerdos de la Resistencia. La voz de las mujeres en la guerra civil española, Barce-
lona, Península, 1997.
11
Rodrigo, A.: Mujer y exilio. 1939, Madrid, Compañía Literaria, 1999 (ree-
ditada en Barcelona, Flor del Viento, 2003). La misma autora publicó algunas bio-
grafías de exiliadas: María Lejárraga, una mujer en la sombra, Barcelona, Círculo de
Lectores, 1992, y Una mujer libre: Amparo Poch y Gascón, médica anarquista, Bar-
celona, Flor del Viento, 2002.
12
Martínez Gorroño, M. E.: Españolas en Colombia. La huella cultural de muje
res exiliadas en la guerra civil, Madrid, Fundación Españoles en el Mundo, 1999.
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Mónica Moreno Seco Las exiliadas, de acompañantes a protagonistas
novedosas, desde enfoques periodísticos 13. Esta destacada curiosi-
dad por trayectorias de mujeres se muestra, en términos generales,
más conmovida por lo emotivo que atraída por la política. Las mu-
jeres de los años treinta —y entre ellas las exiliadas— se presentan
en estos textos como símbolo del drama humano de la guerra ci-
vil, como víctimas inocentes del conflicto y la dictadura o en oca-
siones como heroínas, no tanto por su compromiso político cuanto
por sus cualidades personales 14.
Más importancia revisten las reediciones de memorias de políticas
e intelectuales conocidas 15 o la publicación de nuevas autobiografías,
en editoriales institucionales o pequeñas, que están realizando una la-
bor muy meritoria que esperemos continúe. Aunque muchos testi-
monios se apagan, empezamos por tanto a conocer las vivencias de
mujeres que, por lo general, se exiliaron jóvenes, como Carmen So-
ler, Remedios Oliva, Neus Català, Alejandra Soler o María Ugarte 16,
o siendo niñas, como Rosalía Sender, Helia y Alicia González, Áurea
Martínez o Nieves Cuesta 17.
13
Por ejemplo, Lafuente, I.: Agrupémonos todas: la lucha de las españolas por
la igualdad, Madrid, Aguilar, 2003; Lozano, I.: Federica Montseny. Una anarquista
en el poder, Madrid, Espasa Calpe, 2004; Olesti, I.: Nou dones i una guerra: les do
nes del 36, Barcelona, Edicions 62, 2005; Quiñonero, L.: Nosotras que perdimos la
paz, Madrid, Foca, 2005; Salabert, J.: Hijas de la ira. Vidas rotas por la guerra civil,
Barcelona, Plaza y Janés, 2005; Lafuente, I.: La mujer olvidada. Clara Campoamor y
su lucha por el voto femenino, Madrid, Temas de Hoy, 2006; Domingo, C.: Nosotras
también hicimos la guerra. Defensoras y sublevadas, Barcelona, Flor del Viento, 2006,
y Villena, M. A.: Victoria Kent. Una pasión republicana, Barcelona, Debate, 2007.
14
Moreno Seco, M.: «Las mujeres de la República y la Guerra Civil desde la
perspectiva democrática actual», Pasado y Memoria, 6 (2007), pp. 73-93.
15
Pàmies, T.: Gent del meu exili, Barcelona, Empúries, 2001; De la Mora, C.:
Doble esplendor. Autobiografía de una aristócrata española, republicana y comunista,
3.ª ed., Madrid, Gadir, 2006; Kent, V.: Cuatro años de mi vida, 1940-1944, Madrid,
Gadir, 2007; Mistral, S.: Éxodo. Diario de una refugiada española, Barcelona, Ica-
ria, 2009, y Oyarzábal, I.: He de tener libertad, Madrid, Horas y Horas, 2010.
16
Soler, C.: Buceando en mis recuerdos (Memorias de amor, guerra y exilio, Gua-
dalajara, AACHE Ediciones, 2005; Oliva Berenguer, R.: Éxodo. Del campo de Arge
lès a la maternidad de Elna, Barcelona, Viena, 2006; Català, N.: Testimoni d’una su
pervivent, Barcelona, Primera Plana, 2007, y Soler, A.: La vida es un río caudaloso con
peligrosos rápidos. Al final de todo... sigo comunista, Valencia, Publicacions Universitat
de València, 2009. También las entrevistas realizadas por Cañete Quesada, C.: «Tes-
timonio de la exiliada española María Ugarte», Cuadernos Americanos, 1:127 (2009),
pp. 125-144, y «“Para mí España y la República Dominicana van de la mano”: testi-
monio de la española Lily de Cassá», Migraciones & Exilios, 9 (2008), pp. 153-174.
17
Sender Begué, R.: Nos quitaron la miel. Memorias de una luchadora anti
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Mónica Moreno Seco Las exiliadas, de acompañantes a protagonistas
Estos testimonios, que suponen una fuente primordial para la
historia, han recibido un tratamiento crítico desde la historiogra-
fía. En este sentido, se ha señalado cómo el mito de las más célebres
dejó en un segundo plano a las demás o se ha destacado la impor-
tancia de la identidad política en la decisión de afrontar la escritura
autobiográfica, cuestionándose la identificación estereotipada entre
memorias masculinas, centradas sólo en la vida pública, y memorias
femeninas que describen el mundo privado y de los sentimientos 18.
Junto a las autobiografías y los testimonios orales, ahora ya sólo de
la segunda generación, se manejan fuentes hemerográficas y de ar-
chivo, no tanto en busca de datos cuantitativos —que suelen primar
a los cabezas de familia sobre los individuos y por tanto con fre-
cuencia no reflejan la presencia de mujeres—, sino de la moviliza-
ción política o asociativa femenina y de correspondencia privada.
Pluralidad de experiencias y nuevos destinos:
los exilios de las mujeres
Como comenta Alicia Alted en una reciente visión de con-
junto, la mayoría de las exiliadas de 1939 eran amas de casa, en
menor medida trabajadoras de la industria y, por último, educa-
doras, sanitarias, políticas e intelectuales. Muchas de estas últi-
mas se instalaron en América Latina, permaneciendo en Francia
aquellas con una menor preparación 19. La pluralidad de actitudes
franquista, Valencia, Publicacions Universitat de València, 2004; González Bel-
trán, H. y A.: Desde la otra orilla. Memorias del exilio, Elche, Frutos del Tiempo,
2006; Fernández, A. M.: José y Consuelo. Amor, guerra y exilio en mi memoria, La
Habana, Ediciones La Memoria-Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2007,
y Cuesta Suárez, N.: Simplemente mi vida, Avilés, Azucel, 2009.
18
Tavera, S.: «La memoria de las vencidas: política, género y exilio en la ex-
periencia republicana», Ayer, 60 (2005), pp. 197-224; Di Febo, G.: «Memoria e
identidad política de los escritos autobiográficos femeninos del exilio», en La cul
tura del exilio republicano español de 1939, Madrid, UNED, 2003, pp. 305-318, y
Moreno Seco, M., y Mira Abad, A.: «Entre el compromiso y la privacidad. Memo-
rias de guerra y exilio de mujeres y hombres», Espacio, Tiempo y Forma, 21 (2009),
pp. 249-266. Desde la crítica literaria, Martínez, J.: Las intelectuales, de la Segunda
República al exilio, Alcalá de Henares, Ayuntamiento, 2002, y Exiliadas. Escrito
ras, Guerra Civil y memoria, Madrid, Montesinos, 2007. También Serrano i Blan-
quer, D.: Les dones als camps nazis, Barcelona, Pòrtic, 2003.
19
Alted Vigil, A.: «Mujeres españolas emigradas y exiliadas. Siglos xix y xx»,
Anales de Historia Contemporánea, 28 (2008), pp. 59-74.
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Mónica Moreno Seco Las exiliadas, de acompañantes a protagonistas
de las exiliadas ante hechos tan normativizados como la materni-
dad también ha sido puesta de relieve, pues fue entendida a ve-
ces como un lastre y otras como un impulso para la lucha política
o la supervivencia 20. La diversidad de clase, de preparación cul-
tural, de compromiso político o de opciones personales, que ve-
nía siendo conocida poco a poco, en la actualidad ha conseguido
romper con la visión mitificada del exilio como fenómeno de una
elite intelectual y política. Por tanto, la incorporación de las expe-
riencias de las mujeres al conocimiento del exilio puede ayudar a
entenderlo como un fenómeno de una gran heterogeneidad y ri-
queza, más allá de elementos comunes como el rechazo al fran-
quismo o la nostalgia por la España perdida.
Por otro lado, crece la importancia concedida al comporta-
miento del colectivo exiliado en los países de acogida, que lo
aproximan a otros fenómenos migratorios. Como han señalado va-
rias autoras, las mujeres fueron agentes clave de la integración de
sus familiares en las sociedades de recepción y a la vez de preser-
vación de las tradiciones españolas, por medio de la lengua, la co-
cina, las costumbres o los valores morales y progresistas, y, aunque
no se suele señalar tanto, de su trabajo doméstico y remunerado 21.
Pero además tuvieron un gran protagonismo en las relaciones coti-
dianas y laborales con la antigua o la nueva emigración, en los es-
pacios cotidianos o por su participación en centros de sociabilidad
y festividades comunes, aun sin olvidar tensiones y conflictos 22. To-
das estas aportaciones están contribuyendo a plantear desde nuevos
enfoques los procesos de construcción y reelaboración de identida-
des en el exilio español de 1939.
20
Moreno Seco, M., y Mira Abad, A.: «Motherhood(s) and Memoirs Writ-
ten by Women in the Spanish Exile», en Caporale Bizzini, S. (ed.): Narrating
Motherhoods(s), Breaking the Silence. Other Mothers, Other Voices, Berna, Peter
Lang, 2006, pp. 51-75.
21
Alted Vigil, A.: «Mujeres españolas...», op. cit., p. 69; Domínguez Prats, P.:
Voces del exilio..., op. cit., pp. 163-198 y 214-229, y Marcos Álvarez, V.: «Los co-
munistas españoles exiliados en la región de Toulouse, 1945-1975», en Alted, A., y
Domergue, L. (coords.): El exilio republicano español en Toulouse. 1939-1999, Ma-
drid, UNED-Presses Universitaires du Mirail, 2003, p. 151.
22
Lillo, N.: «“Espagnoles en banlieue rouge”: l’intégration à travers le par-
cours des femmes (1920-2000)», en Hersent, M., y Zaidman, C. (eds.): Genre, tra
vail et migrations en Europe, París, CEDREF, 2003, pp. 191-210, y Mira Abad, A.,
y Moreno Seco, M.: «Españolas exiliadas y emigrantes: encuentros y desencuentros
en Francia», Les Cahiers de Framespa, 5 (2010), <[Link]
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Pero, junto con estos elementos, hay otros que no se suelen te-
ner tan en cuenta y podrían ser objeto de nuevas investigaciones.
El activismo de mujeres jóvenes o casadas a veces hace olvidar
las experiencias de exiliadas viudas o solas que sacaron adelante
a sus familias, de niñas y de ancianas, con vivencias diferenciadas
y poco conocidas. Es cierto que contamos con interesantes publi-
caciones sobre los niños y niñas evacuados en Morelia, Inglaterra,
Francia, Bélgica o la Unión Soviética, a veces con alusiones a ni-
ñas o mujeres, pero que, hasta donde conozco, no introducen una
perspectiva de género 23. En otro orden de cosas, resultaría asi-
mismo muy enriquecedor profundizar en el exilio femenino de los
años sesenta y setenta.
Si bien es cierto que Francia y México fueron los destinos más
destacados del exilio español, las refugiadas republicanas tam-
bién se instalaron en otros países, factor que no puede olvidarse
para comprender en su complejidad los exilios de las mujeres.
Cabe tener en cuenta circunstancias como: el estallido de la Se-
gunda Guerra Mundial en Francia o la Unión Soviética, el apoyo
de las autoridades en México, las purgas en el bloque comunista
o la persecución anticomunista en occidente, la existencia de re-
des migratorias anteriores en Argentina o Francia, la lejanía en la
Unión Soviética y America Latina, etcétera. Varias obras colectivas
han recogido en parte la diversidad geográfica del exilio de 1939,
aunque las referencias a mujeres son bastante contadas, pero inte-
resantes por poco conocidas, un campo que queda abierto a futu-
ras investigaciones 24.
23
Cabe mencionar, entre otros, los trabajos de Pla Brugat, D.: Los niños de
Morelia, México, INAH, 1985; Alonso Carballés, J. J.: 1937. Los niños vascos eva
cuados a Francia y Bélgica: historia y memoria de un éxodo infantil, 1936-1940, Bil-
bao, Asociación de Niños Evacuados del 37, 1998; Alted Vigil, A.; Nicolás Ma-
rín, E., y González Martell, R.: Los niños de la guerra de España en la Unión
Soviética. De la evacuación al retorno (1937-1999), Madrid, Fundación Largo Caba-
llero, 1999; Devillard, M. J.; Pazos, A.; Castillo, S., y Medina, N.: Los niños es
pañoles en la URSS (1937-1997): narración y memoria, Barcelona, Ariel, 2001, y Al-
ted Vigil, A.: «Los niños de la Guerra Civil», Anales de Historia Contemporánea,
19 (2003), pp. 43-58.
24
Por ejemplo, Lemus, E.: «Los exilios en la España contemporánea», Ayer, 47
(2002), y, sobre todo, Pla Brugat, D. (coord.): Pan, trabajo y hogar. El exilio repu
blicano español en América Latina, México, SEGOB-Instituto Nacional de Migra-
ción-Centro de Estudios Migratorios-Instituto Nacional de Antropología e Histo-
ria-DGE Ediciones, 2007.
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De Colombia, donde la comunidad exiliada fue poco numerosa
pero de gran preparación profesional, académica o científica, Ma-
ría Eugenia Martínez Gorroño destaca a algunas intelectuales que
ya había dado a conocer con anterioridad, como la psicóloga Mer-
cedes Rodrigo y la música María Rodrigo, profesoras en institucio-
nes universitarias hasta que en 1950 tuvieron que volver a exiliarse,
a Puerto Rico, por presiones políticas; o la arabista y bibliotecaria
Manuela Manzanares. También señala que varias exiliadas impartie-
ron clase en centros de enseñanza primaria privados, a veces fun-
dados por ellas o sus familias, como sucedió en otros países, y co-
menta su participación en las actividades culturales y recreativas del
Ateneo Español de Bogotá 25.
En la República Dominicana fueron acogidos unos pocos miles
de españoles y españolas por el régimen de Trujillo, pero en torno
a 1945 la gran mayoría había abandonado el país por el creciente
anticomunismo de la dictadura. Un estudio de Juan B. Alfonseca
viene a contextualizar algunos testimonios personales publicados
con posterioridad 26. Menciona trabajos femeninos remunerados
como la cocina, la costura o la confección de alpargatas a domicilio,
y la práctica del colectivo exiliado de habitar en edificios comunes,
con división sexual del trabajo. También insiste en la acción educa-
tiva de varias refugiadas, en el Instituto Escuela dirigido por Gui-
llermina Medrano, la Sociedad de Arte Dramático y el Conservato-
rio Nacional de Música y Declamación por Maruja Fernández y el
Teatro-Escuela de Arte Nacional por Antonia Blanco, quien ade-
más destacó en programas radiofónicos.
Aunque el exilio a Argentina ha sido objeto de interesantes es-
tudios, pocas veces se ha tratado a las expatriadas republicanas.
No obstante, la reciente tesis de Bárbara Ortuño permite vislum-
brar un nuevo horizonte 27. Según esta autora, aunque las exiliadas
en el país austral más conocidas fueron intelectuales ya destacadas
en la España republicana —María Teresa León, Rosa Chacel, María
Martínez Sierra, María de Maeztu, Maruja Mallo, Margarita Xirgu
25
Martínez Gorroño, M. E.: «Colombia y el exilio republicano español», en
Pla Brugat, D. (coord.): Pan, trabajo y hogar..., op. cit., pp. 459-566.
26
Alfonseca Giner de los Ríos, J. B.: «El exilio español en la República Do-
minicana, 1939-1945», en Pla Brugat, D. (coord.): Pan, trabajo y hogar..., op. cit.,
pp. 129-226.
27
Ortuño Martínez, B.: El exilio y la emigración española de posguerra en Bue
nos Aires, 1936-1956, tesis doctoral, Universidad de Alicante, 2010.
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o María Luisa Luzuriaga—, cabe recordar el trabajo de otras me-
nos célebres, como la traductora Josefina Ossorio Florit, la música
Enriqueta Zollikerberg García o la psicóloga Fernanda Monasterio,
y que la mayoría fueron sirvientas, costureras, dependientas en ne-
gocios familiares, regentes de casas de huéspedes, etcétera. Junto a
esta aportación intelectual y económica, Ortuño subraya la impor-
tancia de las mujeres en la integración de las familias en la socie-
dad de acogida. Otro elemento que puede destacarse de este tra-
bajo es que, a diferencia de otros destinos del exilio, las refugiadas
en Argentina no se organizaron políticamente, a pesar de la pre-
sencia de relevantes figuras del feminismo y de la izquierda. Por el
contrario, vieron reducida su participación en las asociaciones de
la comunidad española a actos folclóricos, bailes, teatro y fiestas.
No obstante, en el Centro Republicano Español de Buenos Aires se
fundaron una Sección Femenina y una Comisión de Damas que de-
sarrollaron tareas de ayuda y recogida de fondos para refugiados y
refugiadas españoles, banquetes y labores benéficas, aunque en oca-
siones también homenajes a mujeres que sobresalieron por su acti-
vismo en la comunidad exiliada.
De otros destinos latinoamericanos tenemos muy pocas refe-
rencias. En Venezuela, de las expatriadas republicanas sólo sabe-
mos que trabajaron en la Administración pública, como enferme-
ras y, de nuevo, fundaron colegios, como hicieron Dolors Jordana,
Mercé Cavagliani o Carolina Zavala 28. En Chile, Encarnación Le-
mus, al mencionar el legado cultural del exilio, nombra a mujeres
como Margarita Xirgu, las pintoras Magdalena Lozano y Roser Bru,
la pianista Diana Pey o en la psicopedagogía a Matilde Huici. Cita
organizaciones de mujeres como la Agrupación de Mujeres Españo-
las, la Emakume-Abertzale-Batza o la Agrupación de Mujeres Cata-
lanas, que califica de culturales o recreativas y de las que destaca su
contribución a la creación de una identidad común del exilio repu-
blicano 29. De nuevo, aunque escaso en número el colectivo exiliado
28
Martín Frechilla, J. J.: «Nueva Tierra de Gracia: los exilios de la Guerra
Civil española en Venezuela, 1936-1951», en Pla Brugat, D. (coord.): Pan, trabajo
y hogar..., op. cit., pp. 335-458.
29
Lemus López, E.: «El exilio republicano español en Chile», en Pla Bru-
gat, D. (coord.): Pan, trabajo y hogar..., op. cit., pp. 227-292 y, poco antes, «Iden-
tidad e identidades nacionales en los republicanos españoles de Chile», Ayer, 47
(2002), pp. 155-181. Véase la biografía San Martín Montilla, M. N.: Matilde
Huici Navaz, la tercera mujer, Madrid, Narcea, 2009.
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Mónica Moreno Seco Las exiliadas, de acompañantes a protagonistas
fue relevante por su impacto intelectual en Puerto Rico; contamos
con alusiones a intelectuales que fueron profesoras de la Universi-
dad de Puerto Rico, como María Zambrano, Mercedes y María Ro-
drigo 30. De Cuba, sólo tenemos noticia de algunas memorias, como
las de Concha Méndez o Áurea Martínez, ya citadas.
Lo mismo sucede para Estados Unidos, pues únicamente se co-
nocen algunas trayectorias vitales, como las de Victoria Kent, que
desarrolló una destacada labor intelectual y de crítica de la dicta-
dura con la revista Ibérica; Constancia de la Mora, que se codeó
con personajes como Eleanor Roosevelt; o Guillermina Medrano,
quien fue profesora de español en diversos centros educativos 31. De
la Unión Soviética y otros países del Este puede decirse otro tanto,
a pesar de que existen memorias muy ricas. La excepción es la ac-
ción política de Dolores Ibárruri en la cúpula del PCE o algunas
alusiones a las educadoras y maestras que acompañaron a los niños
de la guerra 32. También se cita a mujeres como Petra Díaz o Car-
men Manzano, que estuvieron en el Gulag, pero de las que se tiene
muy poca información 33. Más allá de contados testimonios, es des-
conocido también el exilio de las mujeres en el norte de África; si
con frecuencia se convirtió en lugar de reemigración hacia otros lu-
gares, en no pocas ocasiones las exiliadas permanecieron allí, hasta
su regreso como pieds-noirs tras los procesos de independencia de
Marruecos o Argelia, emprendiendo un nuevo exilio.
Género y culturas políticas en el exilio
Otras publicaciones actuales sobre las exiliadas representan un
retorno al interés por la política, desde la nueva historia política,
30
Naranjo Orovio, C.: «El exilio republicano español de Puerto Rico», en
Pla Brugat, D. (coord.): Pan, trabajo y hogar..., op. cit., pp. 567-612.
31
Sus biografías en Ramos, M. D.: Victoria Kent (1892-1987), Madrid, Del
Orto, 1999; Fox Maura, S.: Constancia de la Mora. Esplendor y sombra de una vida
española del siglo xx, Sevilla, Espuela de Plata, 2008, y Medrano, G., y Cruz, J. I.:
Experiencia de una maestra republicana, Valencia, Real Sociedad Económica de
Amigos del País, 1998.
32
Sobre Ibárruri, Cruz, R.: La Pasionaria. Dolores Ibárruri, historia y símbolo,
Madrid, Biblioteca Nueva, 1999. Para las educadoras, entre otros, Alted, A.: «El
exilio español en la Unión Soviética», Ayer, 47 (2002), pp. 146 y 153.
33
Iordache, L.: Republicanos españoles en el Gulag (1939-1956), Barcelona,
Institut de Ciències Politiques i Socials, 2008.
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sin olvidar las aportaciones anteriores y que público y privado es-
tán íntimamente entrelazados. La historia política clásica, centrada
en la actividad del gobierno republicano en el exilio, en partidos y
sindicatos, no había incorporado, con excepciones, a las mujeres,
pues estos organismos fueron en buena cuenta impermeables a su
presencia. Los partidos republicanos se disgregaron en el éxodo y
las mujeres que habían formado parte en ellos, en términos genera-
les, no continuaron una participación activa; basta pensar en Victo-
ria Kent o Clara Campoamor. Lo mismo puede decirse del PSOE,
pues sólo tenemos referencia de la actuación del Comité Femenino
de la JARE en México o algún grupo en Francia, aunque son te-
rrenos pendientes de una investigación más exhaustiva. En el sindi-
calismo anarquista, bastante debilitado, pocas mujeres se nombran
más allá de Federica Montseny, quien continuó una destacada la-
bor en Toulouse 34. La organización que tuvo una mayor continui-
dad y dinamismo en el exilio fue el PCE. La militancia femenina en
el partido resultó difícil ante la pervivencia de ciertas resistencias,
al margen de dirigentes como Dolores Ibárruri, aunque eso no sig-
nifica que no existiera.
La introducción de la perspectiva de género ha permitido reva-
lorizar otras formas de acción, en la guerra o la clandestinidad, e in-
terpretar con nuevos ojos la participación política de las mujeres 35.
Muchas exiliadas continuaron con su actividad política o se incorpo-
raron a la misma, en especial en los dos núcleos más importantes del
exilio, Francia y México, tanto en la Resistencia, en el primer caso,
como denunciando la dictadura franquista. Se ha destacado que tu-
vieron un gran protagonismo, con tareas políticas fundamentales
pero poco reconocidas —de propaganda, enlace, redes de apoyo—
y con la atención a las necesidades familiares, sin distinguir entre
compromiso y vida cotidiana, porque ambas formaban parte de su
identidad como mujeres, españolas, progresistas y exiliadas 36.
Tavera, S.: Federica Montseny. La indomable, Madrid, Temas de Hoy, 2005.
34
Destacan, en este sentido, obras como Nash, M.: Rojas. Las mujeres republi
35
canas en la Guerra Civil, Madrid, Taurus, 1999, o Yusta Rodrigo, M.: «Rebeldía
individual, compromiso familiar, acción colectiva: las mujeres en la resistencia al
franquismo durante los años cuarenta», Historia del Presente, 4 (2004), pp. 63-92,
entre otras.
36
Moreno Seco, M.: «L’exil au féminin: républicaines et antifranquistes en
France», en Vargas, B. (dir): La Seconde République espagnole en exil en France
(1939-1977), Albi, Presses Universitaires de Champollion, 2008, pp. 163-181.
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Mónica Moreno Seco Las exiliadas, de acompañantes a protagonistas
Por otro lado, se ha puesto de relieve la destacada labor de las
organizaciones de mujeres, como la agrupación ácrata Mujeres Li-
bres, que se refundó en Francia e Inglaterra en los años sesenta,
dedicada a actos culturales y de propaganda antifranquista, y a la
publicación de una revista de contenido político y claramente femi-
nista, recogiendo la herencia de la cultura política anarquista 37. En
la órbita comunista, en México y Francia se reorganizó muy pronto
la Unión de Mujeres Españolas (UME). Aunque existió en otros
destinos de América, su presencia en esos otros países está abierta
a nuevas investigaciones.
Recientemente, se ha publicado una muy interesante lectura so-
bre la UME en Francia en los años cuarenta, titulada Madres Co
raje contra Franco, a cargo de Mercedes Yusta, obra que representa
un giro en los estudios sobre las exiliadas y sobre el exilio en ge-
neral 38. Entre las principales novedades que presenta en torno a las
refugiadas, cabe mencionar la notoria connotación política que la
autora concede a la UME, que hasta entonces había sido calificada
con frecuencia de mera organización auxiliar de apoyo a presos y
presas en las cárceles franquistas, al insistir en su destacada labor
de propaganda antifranquista y cada vez más procomunista y pro-
soviética, en el contexto de la Guerra Fría. Al desarrollar la acción
política de las mujeres en la década de los cuarenta, pone en cues-
tión la imagen de vacío entre las dos olas del feminismo y propone
la existencia de una historia «de larga duración» del antifascismo en
femenino desde los años treinta a 1950.
37
Aguado Higón, A., y Maestre Marín, R.: «Mujeres Libres en el exilio. Iden-
tidad femenina y cultura libertaria», en L’exili cultural de 1939. Seixanta anys després,
vol. 2, Valencia, Universitat de València-Biblioteca Valenciana, 2001, pp. 47-70.
38
Yusta, M.: Madres Coraje contra Franco. La Unión de Mujeres Españolas en
Francia, del antifascismo a la Guerra Fría (1941-1950), Madrid, Cátedra, 2009. Ha-
bía presentado algunos avances en «Historia, identidad y militancia política: Muje
res Antifascistas en el exilio francés (1946-1950)», en Forcadell, C.; Pasamar, G.;
Peiró, I.; Sabio, A., y Valls, R. (eds.): Usos de la Historia y políticas de la memo
ria, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2004, pp. 305-326; «The Mobi-
lization of Women in Exile: the Case of the “Unión de Mujeres Antifascistas Es-
pañolas” in France (1944-1950)», Journal of Spanish Cultural Studies, 6 (2005),
pp. 43-58; «La Unión de Mujeres Antifascistas Españolas (1946-1950): actividad
política femenina a comienzos de la Guerra Fría», en XIII Coloquio Internacio
nal de AEIHM: La Historia de las mujeres: perspectivas actuales, Barcelona, 2006,
CD-Rom, y «Género e identidad política femenina en el exilio: Mujeres Antifascis
tas Españolas (1946-1950)», Pasado y Memoria, 7 (2008), pp. 143-163.
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Un elemento central en el análisis de Yusta es el recurso de la
UME a argumentos maternalistas, como estrategia para obtener au-
toridad y legitimidad, en un momento de dificultades para el comu-
nismo en occidente, superando la tesis que remite a una supuesta
instrumentalización de las mujeres por parte del partido. Sin que
ello le lleve a negar que la oratoria maternalista supuso también la
aceptación de un discurso diferenciado, hecho que tuvo repercusio-
nes en la cultura política comunista, que no se replanteó las relacio-
nes entre mujeres y hombres hasta los años setenta. La autora des-
taca la habilidad de la UME en atraer a mujeres poco politizadas
por medio de su boletín, que incluía secciones propias de un maga-
zine femenino —moda, belleza, puericultura, hogar—, sin dejar de
ser un periódico militante, en cuyas páginas se observa con claridad
la interacción entre género y política. Esta publicación, además,
contribuyó a la creación de una identidad propia, como madres an-
tifranquistas, en el marco de la cultura política comunista.
Por otro lado, la autora subraya la importancia de la experien-
cia de la guerra civil y la Resistencia como elemento común iden-
titario de sus militantes, que explica su apoyo al comunismo y la
Unión Soviética. Como muestra Yusta, en Francia la UME desarro-
lló una destacada labor política pero desatendió en cierta forma las
necesidades de sus integrantes, las exiliadas. En este sentido, alude
a una disociación entre las dirigentes —Irene Falcón, Elisa Uriz,
Roa Vilas, etcétera—, que defendieron la ortodoxia comunista y las
democracias populares, y la base, que tuvo como referencia la Se-
gunda República y planteaba reivindicaciones a veces más feminis-
tas. Sea como fuere, la militancia en la UME significó para muchas
un aprendizaje político y el impulso para continuar una vida com-
prometida, a pesar de la persecución que a partir de 1950 sufrieron
el PCE y sus organizaciones afines en Francia.
Respecto a los estudios sobre la actividad política en el exilio y
sobre la cultura política comunista, Yusta apunta elementos muy
sugerentes, como la insistencia en que las iniciativas de la UME
se desarrollaron en función del apoyo a la resistencia interior pero
también del contexto de Guerra Fría que se vivía tanto en Francia
como en el panorama internacional, frente a la visión habitual del
aislamiento político creciente de los partidos en el exilio. Estudia
con atención las relaciones entre la UME y su homóloga francesa, la
UFF (Union des Femmes Françaises), y con la organización interna-
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Mónica Moreno Seco Las exiliadas, de acompañantes a protagonistas
cional FDIM (Federación Democrática Internacional de Mujeres).
Además, señala que la causa antifranquista ocupó un lugar muy im-
portante en la propaganda antiimperialista y pacifista de la Unión
Soviética y en la crítica a Estados Unidos. Por otro lado, resalta la
importancia de las representaciones de género en una cultura polí-
tica, pues la UME incorporó a las tesis comunistas propuestas an-
teriores —pacifismo, maternalismo—, lo cual supuso una reelabo-
ración del discurso comunista, y consolidó una visión diferenciada
entre mujeres y hombres. La autora plantea, por tanto, que hubo
una interpretación femenina de la cultura política comunista.
En una reedición ampliada y revisada de su libro sobre las exi-
liadas en México, Pilar Domínguez recoge muchas de las aportacio-
nes de autoras anteriores e insiste en la labor de preservación de la
cultura política republicana y en la acción política de las refugia-
das 39. Trata en especial la labor de la UME en México, dirigida por
Emilia Elías, Encarnación Fuyola, Matilde Cantos, Dolores Barga-
lló y Aurelia Pijoan, entre otras, y que, al igual que la agrupación
de Francia, desarrolló acciones de solidaridad con presos y presas,
y de denuncia de la dictadura. En este texto, por tanto, Domínguez
realza la faceta política de la UME en el contexto de la Guerra Fría
y de la órbita comunista. También considera fundamental el apren-
dizaje político de los años treinta y el hecho de compartir experien-
cias en la República, la guerra y la huida para la conformación de
una identidad común de sus militantes como mujeres antifranquis-
tas. A diferencia de lo que sucedió en Francia, no mantuvieron casi
contactos con organizaciones mexicanas. No cuestionaron la divi-
sión tradicional de género, pero sí demandaron derechos sociales
desde su condición de madres y esposas: es decir, como señala la
autora, las tareas de cuidado se connotaron de una función política
de apoyo a la resistencia y de propaganda antifranquista.
No obstante, la obra de Domínguez no aborda en exclusiva el
aspecto más estrictamente político, sino que ofrece un panorama
amplio de la vida de las exiliadas en tierras mexicanas, propo-
niendo una interacción entre público y privado, como se ha plan-
39
Domínguez Prats, P.: De ciudadanas a exiliadas. Un estudio sobre las repu
blicanas españolas en México, Madrid, Cinca-Fundación Largo Caballero, 2009; íd.:
«La actividad política de las mujeres republicanas en México», Arbor, 735 (2009),
pp. 75-85. Alusiones a la UME en la biografía Jarne Mòdol, A.: Aurèlia Pijoan, de
la Lleida republicana a l’exili de Mèxic, Lleida, Pagès, 2008.
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Mónica Moreno Seco Las exiliadas, de acompañantes a protagonistas
teado antes. La autora recuerda que, en la decisión de abandonar
España, elementos personales y de compromiso político estaban
entrelazados. Junto con aportaciones anteriores, este texto aborda
con cierto detalle la progresiva integración económica, no política,
de la segunda generación de mujeres del exilio hasta los años se-
senta, que, educadas en instituciones españolas, casadas con otros
integrantes del colectivo exiliado, mantuvieron la identidad de re-
fugiadas y la adhesión a los valores de las culturas políticas de la
España republicana.
En suma, la distinción que hace Mar Trallero de un exilio ofi-
cial (masculino) y otro extraoficial (femenino), con actividades fun-
damentales —laborales, de cuidado, políticas— pero poco recono-
cidas, puede ser superada cuando las contribuciones que se han
venido comentando se incorporen de manera definitiva a la histo-
riografía sobre el exilio 40.
40
Trallero Cordero, M.: «La cotidianidad como expresión de un exilio: las
mujeres exiliadas en México», en Congreso Internacional La Guerra Civil Española,
Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2006, p. 8, <[Link]
es/media/docs/30_3_TRAYERO.pdf>.
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El acceso a los archivos
y la investigación histórica
Carme Molinero
Universitat Autònoma de Barcelona
A diferencia de lo ocurrido en otros países europeos que han
sufrido largos periodos de dictadura, en España, pasados ya más de
treinta años desde la instauración de la democracia, el acceso a la
documentación pública de esa etapa histórica todavía sufre grandes
restricciones. No deja de ser significativo que España sea el más im-
portante de los escasos países que, en la Europa Occidental, no han
aprobado una ley de transparencia, no respetándose las recomenda-
ciones del Consejo de Europa sobre acceso a los documentos públi-
cos y archivos 1. Al margen de que los ciudadanos ven limitados sus
derechos, la inexistencia de una ley de archivos —o, como mínimo,
de una reglamentación precisa que garantice el acceso a la docu-
mentación— ha derivado en una serie de obstáculos, en ocasiones
insalvables, que afectan particularmente a los historiadores que in-
vestigan sobre las etapas más recientes de nuestra historia: guerra
civil, franquismo e historia actual. Es posible decir más: las dificul-
tades que deben superar estos investigadores para realizar su tra-
bajo no sólo no han disminuido en los últimos años, sino que, con
frecuencia, están aumentado.
La impotencia de los investigadores, en unos casos ante la im-
posibilidad de consultar la documentación histórica a la que tienen
derecho, en otros ante la discrecionalidad o arbitrariedad con que
1
Council of Europe Convention on Access to Official Documents, de 2008,
<[Link]
142 Ayer [Link] 285 13/2/11 20:04:21
Carme Molinero El acceso a los archivos y la investigación histórica
a veces actúan los gestores documentales ante dichas consultas, ha
impulsado la publicación de diversos manifiestos aprobados en dis-
tintos congresos y seminarios 2. Seguramente, ante la persistencia de
la situación, ha llegado el momento de que la Asociación de Histo-
ria Contemporánea, en nombre de sus miembros, que son a su vez
una buena representación del conjunto de los investigadores con-
temporaneístas españoles, inste a los poderes públicos a actuar para
resolver la situación de indefensión a la que en muchas ocasiones se
enfrentan los investigadores 3.
Una interpretación inadecuada de la Ley de Patrimonio Histórico
En los sistemas democráticos avanzados acostumbran a existir
leyes específicas que regulan el derecho al acceso a la información,
a la documentación y a la protección de datos, al tiempo que pro-
mueven la transparencia y la rendición de cuentas a la Administra-
ción. Buenos ejemplos de ello son la estadounidense Freedom of
Information Act (FOIA) o la Ley de Transparencia en Chile. En
España, por el contrario, el marco legislativo en materia de acceso
y protección de datos es muy desequilibrado entre ambas mate-
rias 4. Mientras que la normativa sobre acceso es muy heterogénea,
fragmentada en multitud de normas sectoriales y llena de excepcio-
nes, el marco regulador sobre protección de datos dispone de una
ley propia (Ley 15/1999, de Protección de Datos de Carácter Per-
sonal), que además ha sido objeto de desarrollo mediante un regla-
mento (Real decreto 1720/2007, de la LO 15/1999); existe también
la Agencia Española de Protección de Datos y un marco disciplina-
rio contundente. Nada parecido a lo que sucede con relación al ac-
2
Sólo como punto de referencia se pueden destacar los aprobados en el Con-
greso de la Asociación de Historia Contemporánea en Santiago de Compostela, en
2004 y en el VII Encuentro de Investigadores del Franquismo en Zaragoza, 2006.
3
Han sido muchos los investigadores y responsables de gestión documental
que me han proporcionado informaciones para la elaboración de este texto. A to-
dos ellos agradezco su colaboración.
4
Un compendio de la normativa en Direcció General del Patrimoni Cultural
de la Generalitat de Catalunya, Comissió Nacional d’Accés Avaluació i Tria Do-
cumental, Compendi sobre l’accés a la informació i la protecció de dades, <http://
[Link]/portal/site/CulturaDepartament>. En dicho documento también
se sintetizan distintos modelos internacionales.
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Carme Molinero El acceso a los archivos y la investigación histórica
ceso a la información, que no tiene una ley general, ni una entidad
a nivel estatal que vele por su desarrollo, ni tampoco una protec-
ción firme ni un marco definido sobre materia inspectora y sancio-
nadora. Es evidente que la heterogeneidad de normas que regulan
el derecho de acceso a la documentación incide directamente en la
actividad de los historiadores, además de dificultar el ejercicio de
los derechos ciudadanos e incluso de perjudicar gravemente a los
archiveros a la hora de establecer procedimientos e implantar me-
canismos para realizar correctamente su trabajo, por la inseguridad
con que deben hacerlo.
El origen del problema está, pues, claramente localizado: no
existe una ley de archivos que garantice los derechos establecidos
en varios artículos de la Constitución Española de 1978. Tal es el
caso del artículo 20.1.b), donde se reconocen y protegen los dere-
chos «a la producción y creación literaria, artística, científica y téc-
nica»; en el artículo 44.2, en el que se indica que «los poderes pú-
blicos promoverán la ciencia y la investigación científica y técnica
en beneficio del interés general»; y el artículo 105.b), donde se es-
tablece que la ley regulará «el acceso de los ciudadanos a los ar-
chivos y registros administrativos, salvo en lo que afecte a la se-
guridad y defensa del Estado, la averiguación de los delitos y la
intimidad de las personas».
Esa reglamentación precisa para el acceso a la documentación
pública no se ha hecho y, en la práctica, la ley de referencia en los
archivos históricos es la Ley 16/1985, de Patrimonio Histórico Es-
pañol. Pero no se pone el énfasis en los derechos, sino en las res-
tricciones que allí se señalan, que han sido amplificadas, además,
como resultado de la Ley de Protección de Datos antes citada.
Ante la falta de precisión en la regulación del acceso, la inseguri-
dad que percibe el responsable de la Administración pública que
debe resolver una solicitud lleva con una frecuencia injustificable a
la negación del derecho.
Efectivamente, la Ley 16/1985, de Patrimonio Histórico Espa-
ñol, establece, en el artículo 2.1, que «son deberes y atribuciones
esenciales de la Administración del Estado [...] fomentar y tutelar
el acceso de todos los ciudadanos a los bienes comprendidos en
él [Patrimonio Histórico Español]». Señalados en distintos artícu
los los bienes constitutivos del Patrimonio Documental, es el ar
tículo 57.1 el que hace referencia a su consulta. Dicho artículo, en
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142 Ayer [Link] 287 13/2/11 20:04:21
Carme Molinero El acceso a los archivos y la investigación histórica
su apartado a), señala claramente que esos documentos son de li-
bre acceso «menos aquellos que afecten a materias clasificadas de
acuerdo con la Ley de secretos oficiales o que no deben hacerse pú-
blicas según la legislación vigente o que la difusión de su contenido
pueda originar riesgos para la seguridad y la defensa del Estado o
la resolución de delitos». En el apartado b) se precisa, sin embargo,
que los documentos excluidos del libre acceso —que, insistamos, es
el criterio general— pueden ser también consultables «solicitando
autorización a las administraciones que clasificaron la documenta-
ción o que la custodien».
No es el conjunto del artículo 57.1, sino su apartado c) el que, en
la práctica, está dificultando que los historiadores puedan desarrollar
sus proyectos de investigación 5. En él se señala que «los documen-
tos que contengan datos personales de carácter policial, procesal, clí-
nico o de cualquier otra índole que puedan afectar a la seguridad de
las personas, a su honor, a la intimidad de su vida privada y familiar
y a su propia imagen, no podrán ser públicamente consultados sin
que medie consentimiento expreso de los afectados o hasta que haya
transcurrido un plazo de veinticinco años desde su muerte, si su fe-
cha es conocida, o, en otro caso, de cincuenta años, a partir de la fe-
cha de los documentos». La aplicación indiscriminada de este apar-
tado ha provocado que la afirmación del derecho a la información se
haya convertido en censura sobre la documentación porque, aunque
la misma Ley, en el artículo 57.2, remite a una posterior regulación
de estos criterios, hasta ahora no se ha llevado a cabo esa regulación.
En el caso específico de la documentación de la Administración Ge-
neral del Estado, la Ley deja en manos de la Comisión Superior Ca-
lificadora de Documentos Administrativos el estudio del régimen de
acceso, pero esa Comisión no ha dictaminado sobre la materia.
En definitiva, la LPHE (Ley 16/1985, de 25 de junio), en el ar-
tículo 57, aporta criterios que, en la práctica, se han convertido en
la referencia fundamental cuando los responsables de los archivos
deniegan el acceso a la documentación, arguyendo la existencia de
datos personales y la obligatoriedad de preservar el derecho a la in-
timidad personal y familiar.
5
Véase sobre la cuestión Carrillo-Linares, A.: «Reflexiones y propuestas para
una correcta interpretación de la Ley 16/1985, del Patrimonio Histórico Español,
sobre el artículo 57 y el acceso a los archivos», Boletín de Asociaciones de Archive
ros, Bibliotecarios, Museólogos y Documentalistas, 3 (2005), pp. 11-48.
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Carme Molinero El acceso a los archivos y la investigación histórica
Al margen de que, como se verá después, la jurisprudencia ha
priorizado la investigación histórica sobre una interpretación laxa
y discrecional de la protección del honor y la intimidad, se puede
afirmar que, incluso aunque no exista en la actualidad una regla-
mentación clara, hay otras leyes que evitarían las prácticas de cen-
sura actuales. Así, por ejemplo, la Ley 1/1982 6 considera que «no
se reputarán, con carácter general, intromisiones ilegítimas las ac-
tuaciones autorizadas o acordadas por la Autoridad competente de
acuerdo con la ley, ni cuando predomine un interés histórico, cien-
tífico o cultural relevante», que es el que concurre en la investiga-
ción de los historiadores. Sólo este artículo debería ser suficiente
para evitar la censura que los investigadores están sufriendo, pues,
habitualmente, el argumento explícito o subyacente es la colisión
entre el derecho al acceso y el derecho al honor, a la intimidad per-
sonal y familiar y a la propia imagen.
Por otro lado, es necesario destacar que, en relación con el ar-
tículo 57.1.c), contrariamente a lo que sucede con frecuencia, la re-
serva que pospone el acceso durante un tiempo tan dilatado no es
aplicable a cualquier información personal, sino únicamente a la
más cercana al «núcleo duro de la intimidad» 7. En ese sentido es
evidente que no se puede justificar que no sea accesible la docu-
mentación referida a actuaciones de las autoridades, los dirigentes
políticos o sociales, los miembros de organizaciones de diversa na-
turaleza, etcétera. Esas actuaciones, como otras, están relacionadas
con la vida social pública, no con la privada; es decir, cuando no
hay intromisión en la vida privada —enfermedades, relaciones per-
sonales, etcétera—, no se puede alegar protección de la intimidad
como se está haciendo en la actualidad.
Estos argumentos deberían ser más que suficientes por sí so-
los. Pero, además, existe legislación específica para la promoción
de la investigación histórica de este período: así el artículo 20 de
la Ley 52/2007, de Memoria Histórica, señala entre sus objeti-
vos el de «fomentar la investigación histórica sobre la Guerra Ci-
vil, el franquismo, el exilio y la transición, y contribuir a la difusión
de sus resultados», un objetivo imposible dadas las restricciones a
6
Ley Orgánica 1/1982, de 5 de mayo, de Protección Civil del Derecho al Ho-
nor, a la Intimidad Personal y Familiar y a la Propia Imagen.
7
Matas, J.: «Accés amb reserves: llums i ombres de la normativa d’accés a la
información pública», Lligall, 29 (2009), p. 23.
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Carme Molinero El acceso a los archivos y la investigación histórica
que nos venimos refiriendo y que contravienen lo señalado en el ar
tículo 22.1 de la misma Ley, que «garantiza el derecho de acceso a
los fondos documentales depositados en los archivos públicos» que
guarden relación con el objeto de la Ley.
Con relación al contenido de la documentación, tomemos como
ejemplo la documentación policial, que puede ser de una riqueza
extraordinaria y, por lo tanto, de interés para una gran diversidad
de investigaciones. Restringiendo el campo exclusivamente a aque-
lla en la que aparecen datos personales, esa documentación puede
ser útil, entre otros, por un lado, para conocer aspectos importan-
tes de la actuación de la oposición antifranquista que poco tienen
que ver con el nombre propio de los activistas. Por otro, desde la
perspectiva de la actuación gubernamental, la mayor parte de las
investigaciones pretenden conocer, no tanto las personas que parti-
ciparon de una forma u otra en la represión, sino cuáles fueron las
directrices, consignas, órdenes y métodos de actuar fijados por los
responsables políticos y/o policiales del Ministerio de la Goberna-
ción y/o los informes emitidos en cumplimiento de tales órdenes.
Teniendo en cuenta la amplia casuística posible, podría darse
el caso de que en un reducidísimo número de ocasiones sea conve-
niente prescindir de la identificación personal pública, asegurando
sistemas alternativos de identificación que mantengan el anonimato;
pero no, en cambio, cuando se trata de personas que ocupaban car-
gos en la Administración o tenían notoriedad pública, o cuando se
trata de hechos de trascendencia histórica. En estos casos no ha de
haber impedimento para la divulgación de la información, justifi-
cada por el trabajo de investigación.
En definitiva, existe en la legislación vigente suficiente apoyo
para sostener que el principio general es el del libre acceso, lo que
debería obligar a motivar debidamente las denegaciones, una moti-
vación que se debe fundamentar en causas precisas y no en apelacio-
nes a principios abstractos ni, obviamente, en criterios arbitrarios ni
subjetivos, como señala el artículo 37.4 de la Ley 30/1992.
Algunos pronunciamientos desde el ámbito jurídico
Ahora bien, la experiencia de los historiadores muestra que la
realidad dista mucho de lo establecido legalmente, justamente por la
aplicación más allá de su objetivo del artículo 57.1.c) de la LPHE.
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Carme Molinero El acceso a los archivos y la investigación histórica
Los tribunales de justicia se han pronunciado en diversas oca-
siones sobre el conflicto entre las libertades de expresión y de in-
formación y el derecho al honor. En este sentido, son destacables
dos sentencias del Tribunal Constitucional, una de 14 de febrero de
1992 8 y otra, más completa, de 23 de marzo de 2004 9, que también
alude a la libertad científica del historiador.
En la primera, de la que fue ponente Francisco Tomás y Va-
liente, se destaca que «la libertad de información es, sin duda, un
derecho al que la Constitución dispensa, junto a otros de su misma
dignidad, la máxima protección». Cuando esa libertad «se quiere
ejercer sobre ámbitos que pueden afectar a otros ámbitos también
constitucionales, como son el honor y, en este caso, la intimidad»,
es preciso que lo informado resulte de interés público, «pues solo
entonces puede exigirse de aquellos a quienes afecta o perturba el
contenido de la información que, pese a ello, la soporten en aras,
precisamente, del conocimiento general y difusión de hechos y situa-
ciones que interesan a la comunidad» 10. La sentencia estaba relacio-
nada con el SIDA; si era así con una enfermedad que hacía estragos
a inicios de los años noventa, el pronunciamiento en relación con te-
máticas históricas es mucho más claro. En ese sentido, en la clausura
de las Jornadas Justicia en Guerra, celebradas en Salamanca en 1987,
el que fue presidente del Tribunal Constitucional señaló:
«todo el ordenamiento jurídico hay que interpretarlo, de manera tal,
que los derechos fundamentales se puedan utilizar al máximo. Derechos
fundamentales que tampoco son ilimitados, ciertamente. [...] No soy tan
zafio como para patrocinar una especie de apertura sin límites de los ar-
chivos judiciales, y en concreto de los militares, pero sí creo que la regla
general debe ser la utilización y, las dificultades para la utilización de-
ben ser las excepciones justificables, excepciones interpretables restricti-
vamente, como toda excepción de un derecho fundamental, y, todo ello,
en virtud y en función de esa prioridad que en el ordenamiento jurídico
tienen los derechos fundamentales y, muy en concreto, el derecho a la in-
formación veraz.
Sentencia Tribunal Supremo 20/1992, de 14 de febrero, BOE, 66, suple-
8
mento, pp. 5-7.
9
Sentencia Tribunal Supremo 43/2004, de 23 de marzo, BOE, 99, suplemento,
pp. 36-47.
10
Sentencia Tribunal Supremo 20/1992, de 14 de febrero, BOE, 66, suple-
mento, p. 6.
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Carme Molinero El acceso a los archivos y la investigación histórica
Es posible que el honor [...] que la intimidad (aunque esto me parece
muy difícil) se puedan poner en riesgo; pero el riesgo de la utilización de
un derecho no es en sí mismo razón suficiente para no permitir el ejerci-
cio del derecho» 11.
La sentencia de 2004, cuya ponente fue Emilia Casas, es mu-
cho más precisa y taxativa, por cuanto el recurso se presentaba en
relación con un programa televisivo de contenido histórico. En la
sentencia se señala:
«en ocasiones anteriores nos hemos ocupado del derecho a la libertad
de creación literaria [...]. Ahora debemos hacer lo propio con el derecho a
la creación y producción científica, ahondando en las referencias de nues-
tra jurisprudencia al artículo 20.1.b) CE [...] y refiriéndonos, en particu-
lar, a la historiografía.
Pues bien, es posible colegir que la libertad científica —en lo que nos
interesa, el debate histórico— disfruta en nuestra Constitución de una pro-
tección acrecida respecto de la que opera para las libertades de expresión e
información, ya que mientras que éstas se refieren a hechos actuales prota-
gonizados por personas del presente, aquélla, participando también de con-
tenidos propios de las libertades de expresión e información —pues no deja
de ser una narración de hechos y una expresión de opiniones y valoracio-
nes y, en consecuencia, información y libre expresión a los efectos del ar-
tículo 20.1.a) y d) CE— se refiere siempre a hechos del pasado y protago-
nizados por individuos cuya personalidad, en el sentido constitucional del
término (su libre desarrollo es fundamento del orden político y de la paz
social: artículo 10.1 CE), se ha ido diluyendo necesariamente como conse-
cuencia del paso del tiempo y no puede oponerse, por tanto, como límite a
la libertad científica con el mismo alcance e intensidad con el que se opone
la dignidad de los vivos al ejercicio de las libertades de expresión e infor-
mación de sus coetáneos. Por lo demás, sólo de esta manera se hace posible
la investigación histórica, que es siempre, por definición, polémica y discu-
tible, por erigirse alrededor de aseveraciones y juicios de valor sobre cuya
verdad objetiva es imposible alcanzar plena certidumbre, siendo así que
esta incertidumbre consubstancial al debate histórico representa lo que éste
tiene de más valioso, respetable y digno de protección por el papel esencial
que desempeña en la formación de una conciencia histórica adecuada a la
dignidad de los ciudadanos de una sociedad libre y democrática».
11
Francisco Tomás y Valiente, Clausura de las Jornadas «Justicia en Guerra»,
en Justicia en Guerra. Jornadas sobre la Administración de Justicia durante a Guerra
Civil Española: instituciones y fuentes documentales, Madrid, 1990, pp. 625-631.
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Carme Molinero El acceso a los archivos y la investigación histórica
La sentencia concluye que:
«Por todo ello, la investigación sobre hechos protagonizados en el pa-
sado por personas fallecidas debe prevalecer, en su difusión pública, sobre
el derecho al honor de tales personas cuando efectivamente se ajuste a los
usos y métodos característicos de la ciencia histórica».
De la misma manera que reconoce que «si la historia solamente
pudiera construirse sobre hechos incuestionables, se haría imposi-
ble la historiografía, concebida como ciencia social» 12.
Propuestas de actuación
En síntesis, tendría que ser evidente que, al amparo de la Cons-
titución y la legislación vigente, los historiadores no deberían tener
problemas de acceso al conjunto de la documentación histórica ex-
cepto en aquellos casos afectados por las limitaciones señaladas en
el artículo 57.1.a) de la LPHE. Por otro lado, desde distintas ins-
tancias de la Administración se han redactado normas explícitas
que recuerdan a los responsables de los archivos que de ellas de-
penden que el principio general es el libre acceso a la documenta-
ción por parte de los investigadores acreditados, con las salvedades
señaladas y con el compromiso de utilizar los datos recogidos con
fines científicos, históricos o culturales 13.
A pesar de ello, es frecuente que en muchos archivos se utilice
el artículo 57.1.c) de la Ley de Patrimonio Histórico Español para
denegar el acceso a la documentación. Recientemente, por ejemplo,
a un investigador se le negó la consulta de Libros de Actas de la
Diputación Foral de Navarra de los años sesenta porque allí tam-
bién constan solicitudes particulares de ciudadanos; si la mayoría
de los archivos actuaran de dicha manera sería imposible investi-
gar sobre la segunda mitad del siglo xx español con lo cual, además
de atentarse al principio constitucional de libertad de investigación,
Ibid., pp. 43-44.
12
Existe constancia de ellas al menos en el caso de la Subdirección General de
13
Archivos del Ministerio de Cultura y de la Subdirecció General d’Arxius de la Ge-
neralitat de Catalunya. Agradezco a Severiano Hernández y Lluis Cermeno que me
hayan facilitado su conocimiento.
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Carme Molinero El acceso a los archivos y la investigación histórica
quedaría limitada la investigación en uno de los ámbitos de mayor
interés para los historiadores en este momento a tenor del número
de investigaciones en marcha.
La resolución de la disparidad existente entre el marco legisla-
tivo en materia de acceso y el de protección de datos posiblemente
pasaría por la aprobación de una ley de archivos que garantizase
los derechos de acceso a la documentación histórica. El legislativo
debería atender las reivindicaciones procedentes tanto de los inves-
tigadores y ciudadanos como de los profesionales de los archivos,
preocupados igualmente en muchos casos por las consecuencias de
una normativa vigente no claramente jerarquizada.
Ahora bien, la censura sobre la documentación que se está
produciendo en muchos archivos está poniendo en peligro la con-
tinuación o, como mínimo, el buen desarrollo de proyectos de in-
vestigación, lo cual es particularmente grave en el caso de los be-
carios predoctorales, cuyas tesis doctorales deben ser realizadas
en un tiempo limitado por la propia beca. Es por ello que, mien-
tras una medida de esa naturaleza no sea realidad, es urgente pro-
ceder a la REVISIÓN DEL MARCO LEGAL ACTUAL, APRO-
BANDO UNA NORMA UNIFICADORA DE APLICACIÓN
GENERAL Y LA OPORTUNA MODIFICACIÓN DE LAS
NORMAS VIGENTES. En particular, es imprescindible regular
la protección del acceso a la documentación con valor histórico,
de forma clara y con bases seguras para que sean realidad el prin-
cipio general de transparencia y la libertad de información e in-
vestigación. La precisión y la claridad en la regulación de esta ma-
teria son imprescindibles porque la inseguridad —y, en ocasiones,
la voluntad— del responsable del archivo que debe analizar una
solicitud lleva con mucha frecuencia a la denegación del acceso.
Con esa reglamentación, además de los historiadores, los propios
profesionales de los archivos resultarán beneficiados 14. En ese
sentido, no es superfluo constatar también que en el escenario ac-
tual, de consolidación de protagonismo político adquirido por la
Historia y la Memoria, en el mundo de los archivos se ha produ-
cido una profunda reflexión sobre el papel de archivos y archive-
ros en la sociedad como garantes de derechos de los ciudadanos
14
Información sobre las Jornadas sobre Acceso a los Documentos Públicos y
Oficiales de 2009 y 2010 se encuentra en <[Link]
294 Ayer 81/2011 (1): 285-297
142 Ayer [Link] 294 13/2/11 20:04:21
Carme Molinero El acceso a los archivos y la investigación histórica
y como elementos esenciales para la conformación de la memoria
colectiva de los pueblos 15.
Siendo la cuestión de las garantías de acceso el problema más
acuciante, también hay que poner de relieve que las Administracio-
nes públicas continúan sir dar la importancia debida a la gestión del
Patrimonio Histórico para hacerlo accesible a la ciudadanía. Pon-
gamos unos ejemplos. En España existe un grave problema de ca-
talogación y transferencia de los documentos posteriores a 1936,
particularmente de los fondos vinculados a la represión, pero no ex-
clusivamente como ya se ha dicho. La documentación de la poli-
cía sólo está transferida en una proporción muy pequeña al Archivo
Histórico Nacional; el resto, como la de la Guardia Civil, es inac-
cesible, continuando en manos de dichos cuerpos de seguridad del
Estado. La documentación de los tribunales militares empieza ahora
a ser accesible, pero con muchos obstáculos y con grandes diferen-
cias territoriales. La documentación de los gobiernos civiles provin-
ciales se encuentra en situaciones muy variables, pero podría seña-
larse como un rasgo relativamente común la falta de catalogación y
la discrecionalidad en el suministro de la documentación, habiendo
sucedido de forma reiterada que con algún lapso de tiempo la do-
cumentación accesible en algunos expedientes no sea la misma. Es
imprescindible, por tanto, un esfuerzo de catalogación de una docu-
mentación pública que es de gran valor y, mientras ello no sea posi-
ble, permitir el acceso a los investigadores.
En otro orden de cosas, es igualmente necesario que mejoren
las condiciones materiales en las que la investigación se realiza 16.
Los horarios reducidos de consulta establecidos en buena parte de
los archivos estatales provocan que las estancias de los investiga-
dores se alarguen innecesariamente, con el consiguiente coste de
tiempo y esfuerzo. Por otro lado, la lentitud de los servicios de re-
prografía —más de seis meses en distintos centros, entre ellos en
el Archivo General de la Administración del Estado— y la ausen-
cia de alternativas, como podrían ser la digitalización o el permiso
González Quintana, A.: «Archivos y derechos humanos. Recomendaciones
15
desde el Consejo Internacional de Archivos», en Babiano, J. (ed.): Represión, dere
chos humanos, memoria y archivos: una perspectiva latinoamericana, Madrid, Funda-
ción 1.º de Mayo-Archivo de Historia del Trabajo, 2010, p. 192.
16
Véase el Manifiesto impulsado por jóvenes investigadores en 2010, en
<[Link]>.
Ayer 81/2011 (1): 285-297 295
142 Ayer [Link] 295 13/2/11 20:04:21
Carme Molinero El acceso a los archivos y la investigación histórica
para fotografiar los documentos, dificulta extraordinariamente el
cumplimiento de los plazos en los que la investigación debe ser
realizada, tanto para los investigadores predoctorales como para
los historiadores sujetos a los plazos de los proyectos con finan-
ciación pública. Recientemente, además, en algunos archivos se
fuerza a los investigadores a recoger los documentos reprografia-
dos en el propio archivo, lo que puede obligar a desplazarse a Ma-
drid exclusivamente con ese fin.
Interposición de recurso ante la arbitrariedad administrativa
Mientras el legislador o el Ejecutivo no intervengan en distin-
tos planos para asegurar el derecho —y la obligación— a la inves-
tigación de los historiadores, ante la situación descrita no hay otra
alternativa que la interposición de recurso ante la instancia corres-
pondiente por parte de los investigadores, que pueden sopesar la
posibilidad de enviar copia al máximo organismo del que dependa
el archivo, pues no es extraño que, en algunas ocasiones, no haya
en las instancias superiores conocimiento de las denegaciones de
acceso que impiden la investigación.
Los argumentos sobre los que sostener el recurso son claros. Un
buen ejemplo de ello es el recurso interpuesto ante la Delegación
del Gobierno en Catalunya contra la negativa a permitir la con-
sulta de documentación vinculada a la actuación policial; el recurso
tuvo que ser aceptado 17. Como sucede en tantos otros casos, al co-
municar aquella resolución, la Secretaría General de la Delegación
tan sólo reproducía literalmente el apartado c) del artículo 57.1 de
la Ley 16/1985, y a continuación, sin mediar ningún razonamiento,
expresaba la decisión de que «dado que la consulta que solicita se
refiere a documentación sobre la que dicho precepto exige el re-
quisito de transcurso de cincuenta años, circunstancia que no se ha
producido en este caso, no es posible autorizar su petición».
Ante ese tipo de actuación es posible impugnar la decisión por
falta de motivación e infracción de la seguridad jurídica y arbitra-
riedad. Efectivamente, la mera cita de un precepto legal, con in-
17
Recurso de Carlos Jiménez Villarejo ante el Excmo. Sr. Delegado del Go-
bierno en Catalunya, 28 de abril de 2009. Agradezco a su autor la cesión del re-
curso.
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Carme Molinero El acceso a los archivos y la investigación histórica
dependencia de su notoria improcedencia, no es un argumento,
además de constituir una falta de respeto al ciudadano, en cuanto
ignora las razones por las que se rechaza su pretensión, generán-
dole una evidente indefensión. Los investigadores pueden argu-
mentar que la Constitución Española prescribe la motivación de
las decisiones administrativas (STC 7/1998, de 13 de enero), de
la misma manera que la exigencia de motivación de las decisiones
administrativas se hace derivar del principio de racionalidad con-
templado en el artículo 9.3 de la CE que demanda la existencia de
razones que sostengan la decisión tomada por la Administración.
También es posible añadir que concurre, además, una manifiesta
infracción del artículo 89.3 de la citada Ley procedimental en rela-
ción con el artículo 54.1.a) de la misma, que exige la «motivación»
de los actos administrativos cuando «limiten derechos subjetivos
o intereses legítimos», limitaciones que producen las resolucio-
nes que niegan el acceso argumentando exclusivamente el tiempo
transcurrido desde la fecha del documento.
Pero más allá del recurso atendiendo al procedimiento, la de-
negación del acceso a la documentación lesiona derechos funda-
mentales como son la libertad de información e investigación his-
tórica. Así, vulnera el artículo 20 de la CE; la Ley 30/92, en los
artículos 35.h) y 37.6.g), sobre acceso y consulta de los fondos do-
cumentales existentes en los archivos históricos; el artículo 8.1 de la
LO 1/1982, de Protección Civil del Derecho al Honor, a la Intimi-
dad Personal y Familiar y a la Propia Imagen, y el artículo 57.1.a)
de la Ley 16/1985, de PHE.
Aunque de forma insuficiente, la sociedad española sufraga una
parte de la actividad investigadora a través de la financiación pú-
blica. Es exigible que las Administraciones garanticen que no se
mantengan obstáculos injustificables para el cumplimiento del co-
metido de los historiadores.
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Madrid, 2011. ISSN: 1134-2277
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Los intelectuales
en la Transición
Coeditado por : Asociación de Historia Contemporánea y Marcial Pons Historia
Los intelectuales
en la Transición
¿Grandes ausentes, nostálgicos desencantados o
portavoces sumisos del poder? Protagonistas indiscutidos
durante los últimos años de la dictadura, divididos ante los
nuevos retos de la política y enfrentados a las profundas
transformaciones del mercado cultural, el papel de los
intelectuales en la transición a la democracia siempre ha
estado rodeado de polémica, lo que no ha favorecido su
análisis historiográfico hasta hoy.
ISBN: 978-84-92820-41-2
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Revista de Historia Contemporánea
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