Una vez le dije jugando a mi prometido que si no se iba a dormir lo más temprano
que pudiera el coco vendría y se lo comería; le hice este comentario infantil porque
él se estaba sobre esforzando redactando una tesis para su doctorado y
fácilmente trasnochaba hasta las 5:00 am.
Llegó el momento de entregarla y esperar su evaluación. Estaba muy feliz por él,
por fin podría tomarse un merecido respiro. Yo no tenía una mínima preocupación
de que su tesis fuera rechazada ya que era grandiosa, pero él no me creía, ni
siquiera a los profesores que lo asesoraron. Esto le provocó un insomnio que lo
desgastaba peor que su desvelo voluntario.
Un día llegó con una receta y un frasco de somníferos potentes, ya que solo
bastaba con la mitad de una píldora para que pudiera dormir, y le dio remedio a su
malestar. Una noche que me quedé en su apartamento, noté que seguía tomando
el medicamento, lo seguí a la cocina para mirar de cerca y vi que tomó tres
capsulas con un ayuda de un trago de agua.
No pude permitir que perjudicara más su salud y a la mañana siguiente cole su
frasco a mi bolsa sin que sospechara nada y me marche. Cuando llegué a mi casa
después de trabajar, intenté investigar acerca de los somníferos que Sebastián
estaba tomando, más los resultados fueron nulos. Comenzaba oscurecer y sabía
que me él llamaría molesto pidiéndome de vuelta su pomo, así que apague mi
celular y sin remordimientos fui a mi cama.
Tuve un sueño tan real en el que lo observaba desesperado buscando por todos
sitios su preciada medicina hasta que se rindió y se recostó exhausto. De repente,
sin explicación alguna, la ventana de su habitación se abrió, se corrió la cortina y
una sombra comenzó a descender. La sombra creció hasta que topo el techo, se
tornó sólida y de textura peluda y se detuvo a contemplarlo. La bestia se río,
lentamente abrió su mandíbula y desplegó cuatro hileras de dientes retractiles y se
zampó en bocados a Sebastián. No quería creer lo que veía. Cuando terminó de
comer fijo su mirada de ojos amarillos y brillantes en mí y me sonrío de oreja a
oreja con sus colmillos cubiertos de sangre y viseras colgando de su boca, me
desmayé y cuando desperté ya solo era una pesadilla.
Intenté reponerme de tal monstruosidad, pero el sonido del timbré me asustó. Era
un oficial que solicitaba mi presencia y mi suegra llorando. Me llevo a una escena
de asesinato a puerta cerrada en el apartamento de mi ex prometido; el mar de
sangre ya había sido limpiado y restos de su ropa yacían en su cama como si un
animal los hubiera regurgitado.
Ese horrible sueño, ese ser, todo, me niego a creerlo. Amor, discúlpame por
burlarme; ahora yo no puedo dormir.