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La carrera entre la liebre y la tortuga

La historia narra una carrera entre una liebre veloz y una tortuga lenta, donde la liebre, confiada en su rapidez, se detiene a burlarse de la tortuga. Sin embargo, la tortuga, perseverante y constante, logra ganar la carrera cuando la liebre se queda dormida. La moraleja enfatiza la importancia de la humildad, la paciencia y el trabajo constante, recordando que no se debe menospreciar a los demás.

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Beatriz Bazán
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La carrera entre la liebre y la tortuga

La historia narra una carrera entre una liebre veloz y una tortuga lenta, donde la liebre, confiada en su rapidez, se detiene a burlarse de la tortuga. Sin embargo, la tortuga, perseverante y constante, logra ganar la carrera cuando la liebre se queda dormida. La moraleja enfatiza la importancia de la humildad, la paciencia y el trabajo constante, recordando que no se debe menospreciar a los demás.

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TEXTO 01

En el campo vivían una liebre y una tortuga. La liebre era muy veloz y se pasaba
el día correteando de aquí para allá, mientras que la tortuga caminaba siempre
con aspecto cansado, pues no en vano tenía que soportar el peso de su gran
caparazón.
A la liebre le hacía mucha gracia ver a la tortuga arrastrando sus gordas patas,
mientras que a ella le bastaba un pequeño impulso para brincar con agilidad.
Cuando se cruzaban, la liebre se reía de ella y solía hacer comentarios burlones
que por supuesto, a la tortuga no le parecían nada bien.
– ¡Espero que no tengas mucha prisa, amiga tortuga! ¡Ja, ja, ja! A ese paso no
llegarás a tiempo a ninguna parte ¿Qué harás el día que tengas una emergencia?
¡Acelera, acelera!
Un día, la tortuga se hartó de tal modo, que se enfrentó a la liebre.
– Tú serás veloz como el viento, pero te aseguro que soy capaz de ganarte
una carrera.
– ¡Ja, ja, ja! ¡Ay que me parto de risa! ¡Pero si hasta una babosa es más rápida
que tú! – contestó la liebre mofándose y riéndose a mandíbula batiente.
– Si tan segura estás – insistió la tortuga – ¿Por qué no probamos?
– ¡Cuando quieras! – respondió la liebre con chulería.
– ¡Muy bien! Nos veremos mañana a esta misma hora junto al campo de
girasoles ¿Te parece?
– ¡Perfecto! – asintió la liebre guiñándole un ojo con cara de insolencia.
La liebre dando saltitos y la tortuga con la misma tranquilidad de siempre, se
fueron cada una por su lado.
Al día siguiente ambas se
reunieron en el lugar que
habían convenido.
Muchos animales
asistieron como público,
pues la noticia de tan
curiosa prueba de
atletismo había llegado
hasta los confines del
bosque. Una familia de
gusanos, durante la noche, se había encargado de hacer surcos en la tierra
para marcar la pista de competición. La zorra fue elegida para marcar con
unos palos las líneas de salida y de meta, mientras que un nervioso cuervo se
preparó a conciencia para ser el árbitro. Cuando todo estuvo a punto y al grito
de “Preparados, listos, ya”, la liebre y la tortuga comenzaron la carrera. La
tortuga salió a paso lento, como era habitual en ella. La liebre, en cambio,
salió disparada, pero viendo que le llevaba mucha ventaja, se paró a esperarla
y de paso, se burló un poco de ella.
– ¡Venga, tortuga, más deprisa, que me aburro! – gritó fingiendo un bostezo
– ¡Como no corras más esto no tiene emoción para mí!
La tortuga alcanzó a la liebre y
ésta volvió a dar unos cuantos
saltos para situarse unos
metros más adelante. De
nuevo la esperó y la tortuga
tardó varios minutos en llegar
hasta donde estaba, pues
andaba muy despacito.
– ¡Te lo dije, tortuga! Es
imposible que un ser tan
calmado como tú pueda
competir con un animal tan
ágil y deportista como yo.
A lo largo del camino, la liebre fue parándose varias veces para esperar a la
tortuga, convencida de que le bastaría correr un poquito en el último
momento para llegar la primera. Pero algo sucedió… A pocos metros de la
meta, la liebre se quedó dormida de puro aburrimiento así que la tortuga le
adelantó y dando pasitos cortos pero seguros, se situó en el primer puesto.
Cuando la tortuga estaba a punto de cruzar
la línea de meta, la liebre se despertó y echó
a correr lo más rápido que pudo, pero ya no
había nada que hacer. Vio con asombro e
impotencia cómo la tortuga se alzaba con la
victoria y era ovacionada por todos los
animales del bosque.
La liebre, por primera vez en su vida, se
sintió avergonzada y jamás volvió a reírse
de la tortuga.
Moraleja: en la vida hay que ser humildes y tener en cuenta que los objetivos
se consiguen con paciencia, dedicación, constancia y el trabajo bien hecho.
Siempre es mejor ir lento, pero a paso firme y seguro. Y por supuesto, jamás
menosprecies a alguien por ser más débil, porque a lo mejor un día te hace
ver tus propias debilidades.

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