La pequeña obrita se llama “Voluntad” y su autor es un clásico español llamado
Benito Pérez Galdós. El título de la obra se debe a que su protagonista principal se
caracteriza por una grandísima fuerza de voluntad que la hace superar distintas
dificultades, especialmente en el entorno de su familia. Esta joven es de condición
bastante pobre y tiene un novio de clase más bien rica. Los padres del joven ambos se
habían suicidado por distintos problemas por lo cual naturalmente elige esta salida ante
un problema que lo dejaba en la ruina económica. Su novia quiere convencerlo de lo
inútil de la decisión y en ese momento se produce este diálogo:
ALEJANDRO.- Ya miro... y cuanto más te miro, más te alejas. Tus rayos
se pierden en la obscuridad, tiemblan, se debilitan, se apagan... (Pausa.) Déjame partir...
Sólo me resta decirte que me perdones el mal que te causé. No supe hacer tu felicidad;
no supe... y ahora... tampoco podría. Ahora menos que nunca.
ISIDORA (con tristeza): - Sí, menos que nunca. Porque ahora quieres
morir, y yo... aquí permanezco sola, triste, atravesando, como tú dices, el
desierto de la vida, donde todo es sed, fastidio... voy sola. La sed no se acaba, ni
el desierto tampoco.
ALEJANDRO (vivamente): - En el mío, en mi desierto, yo veo un fin, el
descanso.
ISIDORA: - No, no lo creas. Si las almas son siempre lo que son, la tuya
no hallará la paz ni el reposo que busca tras de la muerte, Alejandro. Por librarte
de lo que crees humillación, atentas a tu vida, sin considerar que esta no te
pertenece.
ALEJANDRO: - ¿Qué no?
ISIDORA: - No. Porque es de Dios... y mía también. Dios, con lo que me
ha hecho padecer por ti, me ha dado parte de tu vida, y esta parte mía no la
suelto, no. Me ha costado tantas lágrimas, que ha venido a ser como mi propia
vida.
ALEJANDRO.- Hablas a mi corazón, y lo conmueves y lo desgarras.
Pero tu voluntad, con ser tan poderosa, no puede subyugar la mía. (Confuso y
luchando.)
ISIDORA.- Porque no me quieres, porque no me has querido nunca.
ALEJANDRO.- No digas tal... Eso no.
ISIDORA.- Y bien claro se ve ahora en esta crisis de tu egoísmo. Tú
me perteneces, yo te pertenezco. Debimos vivir unidos, morir juntos. Tú no
quisiste, no quieres... Ni en la vida ni en la muerte deseas estar a mi lado, y te
obstinas en morirte solo, sin comprender que...
ALEJANDRO.- (Empezando a sentir la fascinación.) ¡Oh!...
¡Isidora!...
ISIDORA.- (Ejerciendo la influencia sugestiva.) Sin comprender
que esos ensueños tuyos, ese buscar el reposo en la muerte, es el mayor de tus
errores.
Aquí se engancha con el tema de que nuestra vida no nos pertenece a nosotros
sino que le pertenece a muchísimas personas que han sufrido y derramado lágrimas por
nosotros (acentuó mucho esto del llorar por los demás como signo de sufrimiento por
ellos) y, por eso, nosotros tenemos el deber de ser cada vez mejores. Luego de explicar
algo de estas relaciones, se pone el ejemplo de Jesucristo que murió por nosotros y uno
de los argumentos por los cuales le compete el título de Señor nuestro es el derecho que
tiene sobre nosotros por conquista, por haber luchado y muerte en cruz por nuestra
causa.
Después viene la relación con el cielo y dice que, cuando lleguemos a la vida
eterna, nos vamos a encontrar con muchísimas personas con quienes estamos en una
muy íntima relación y que quizás ni siquiera conocemos, porque ellos tienen parte de
nuestra vida y nosotros parte de la de ellos. Así el cielo se compone de una red infinita
de relaciones entre todos los bienaventurados.
Finalmente ejemplifica con la historia de la monja francesa y su hermano
sacerdote (ocurrido en Francia hace unos cuarenta años) en más o menos estos
términos:
Se ordena un cura joven, con una vocación accidentada, y va a celebrar su
Primera Misa al monasterio contemplativo donde su hermana mayor, muerta hacía unos
meses, había vivido muchos años. Al terminar la Misa se acerca la Priora del convento y
le entrega una carta manuscrita de su hermana y dirigida a él. La carta decía más o
menos lo siguiente:
“Querido hermano:
Si estás leyendo esta carta es porque yo estoy muerta y vos sos sacerdote.
Cuando viniste hace unos años y me contaste tus dudas sobre la vocación decidí
entregar mi vida a Dios a cambio de tu sacerdocio. Hoy creo que Dios acepta mi
ofrenda porque estoy enferma y voy a morir pronto. Por lo tanto, cada vez que
subas al altar tené presente que la Santa Misa la celebramos los dos, vos porque
tenés el Orden Sagrado y yo porque ofrecí mi vida a cambio de tu sacerdocio.”
Las últimas reflexiones son sobre la importancia de vivir santamente, de ser
santos a cada instante ya que nuestra vida no es nuestra sino de muchos que a diarios
nos lloran y no podemos defraudarlos.