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Desamor y Reflexiones Poéticas

El narrador expresa su profundo arrepentimiento por haber conocido a una mujer que ha arruinado su vida y su capacidad de amar. A través de un torrente de emociones, lamenta las decisiones que lo llevaron a enamorarse de ella, deseando poder olvidar su imagen y recuperar su libertad emocional. Finalmente, reflexiona sobre cómo el verdadero amor y la felicidad llegarán una vez que logre dejar atrás su dolor y la influencia negativa de esta relación.

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Desamor y Reflexiones Poéticas

El narrador expresa su profundo arrepentimiento por haber conocido a una mujer que ha arruinado su vida y su capacidad de amar. A través de un torrente de emociones, lamenta las decisiones que lo llevaron a enamorarse de ella, deseando poder olvidar su imagen y recuperar su libertad emocional. Finalmente, reflexiona sobre cómo el verdadero amor y la felicidad llegarán una vez que logre dejar atrás su dolor y la influencia negativa de esta relación.

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28 de agosto

Malditos meses los que han pasado desde que la conocí. Maldita la hora en que la vi.
Maldita, mil veces maldita, la decisión que tomé de salirme del café a tragarme ese sol que
no tenía nada de brillante, ese sol rojo, gastado, que solo tenía la función de quemar y
cansar a quien se posase ante él; ese sol que tenía la misma tonalidad de cuando, en unos
miles de años (no muchos), vaya a estallar y a destruir a todos los planetas a su alrededor,
para convertirse así en ese agujero negro que increíblemente fue alguna vez un haz de pura
luz y calor. La segunda ley de la termodinámica, la ley de la entropía, condena a todo
sistema a su destrucción. He debido tenerla más en cuenta. Esa estupidez que cometí de
salirme del café, de una buena charla, de una buena compañía de amigos y amigas, de mi
tónica dionisiaca que era un paraíso (ahora lo sé. Maldito de mí que quería enamorarse y
dejar la vida alegre del corazón despreocupado, liviano, inteligente), para ir a tragarme el
sol rojo con una camisa roja, y verla (malditos mis ojos, debieron quedarse ciegos por un
par de minutos en ese momento, para no haberla visto jamás), y que ya nunca más se me
saliera su imagen de la cabeza, esa estupidez es la que más aborrezco entre mis estupideces.
El resto de lo que ha sucedido, la tortura de estos meses, no ha sido otra cosa que el efecto
de esa imbecilidad primera.
Malditas todas las cartas que le di. Ojalá se estallen, se pudran de un día para otro, se las
coman las polillas. El estómago de esos insectos es el paraíso a comparación de sus manos,
a comparación de permanecer a su lado. Bien decía el escritor que si los autores supieran en
qué manos terminarían sus letras, jamás escribirían nada. Pero aquí el error fue mío, aquí yo
lo supe, aquí yo elegí la perdición para mis letras, aquí yo la elegí a usted, la más indigna
entre todas las lectoras indignas que hubiese podido elegir. Ojalá pudiera odiarla, así no
sentiría esta amargura en mi bilis, este asco, estas ganas de vaciarme de todo el mundo que
conocí después de conocerla a usted. Pobres sean para siempre las citas de amor que le
escribí. No las merece. Maldita mi promesa y la memoria que tengo de mi promesa, que me
hacen escribirle todavía, porque a mi palabra no le puedo faltar, aunque juro que nunca más
volveré sobre estas letras frías y llenas de desesperación. Me queda el alivio de saber que
apenas cumpla mi promesa podré olvidar, y podré amar de verdad, y podré ignorar, sepultar
para siempre que la conocí, y que la besé (malditos besos los que me dio, hijos de su pura
vanidad, de su vacío que la corroe toda y que será su perdición, pero tarde y lento, para que
sufra su propia trampa), que toqué sus manos, que anhelé quedarme entre sus brazos y entre
su voz para toda la vida.
Que se abra ante mí el mundo, que el sexo de mil mujeres me acobije todas las noches
que vienen, que mis letras se esparzan entre sus cuerpos y se confundan con sus gemidos,
que vuelva a mí el mundo que perdí desde que la vi a usted, maldita hora… Maldito yo que
no sé mirar a otra mujer, que no me interesa mirar a nadie más porque usted ocupa mis
ojos, y mis párpados me hacen la misericordia de cerrarse en cada pestañeo haciendo la
sombra suficiente para recordarla, para enredarme en el dulce veneno de la esperanza de su
amor, de la maldición que fue para mí creer que usted, al menos en el fondo, me pensaba,
me extrañaba, anhelaba quererme. Maldito de mí que se hundió en las arenas movedizas de
su recuerdo, hasta quedarme sin aire y sin luz, sin agua, sumergido en la fría arena de la
espera, de la tortura, de la hundición en la más espantosa de las soledades. ¿Qué estoy
pagando yo, que ofrecí todo lo que tenía, mi corazón, a quien nunca lo mereció? ¿Qué estoy
pagando yo, cuando nunca pedí más de lo que estaba dispuesto a dar? ¿Acaso soy culpable
de dar lo que no sabía que no tenía que dar? ¿Acaso me quedaba alguna otra opción que no
fuera entregarme por completo desde que la vi? ¿Acaso me podía resistir a sus ojos, y a su
boca, y a sus pecas que son el rastro del paraíso, y a su piel blanca y tierna como el buen
maíz, y a cada una de esas partes y el todo de usted que sin darme tregua me derritieron?
Maldito de mí que acepto ir al lugar de su perdición, porque en el fondo lo intuía: iba al
lugar de mi perdición. Pero no sabía por dónde vendría el golpe; no sabía que me iba a
atacar un potentísimo rayo invisible que me iba a dejar tonto el corazón y paralítica el alma
por tantos meses, y los que me faltan… Dios, usted dijo que no pondría a alguien una carga
mayor a la que podría soportar, ¿se hizo el ciego conmigo? ¿No oye el estruendo en mi
pecho? A lo mejor no escucha ni ve porque no puede, a lo mejor sí se murió y somos
nosotros los que no escuchamos el estruendo de su muerte a raíz de la sordera de nuestro
propio desastre.
Ya no puedo cambiar lo que fue, pero sí puedo cambiar lo que tengo entre mis manos, y
sí sé lo que va a suceder: la voy a tener que ver al menos una o dos veces más, por pura
obligación, pero en ese momento usted ya no existirá ante mis ojos, ni ante mi voz. Pasará
delante de mí y yo no me inmutaré. Me mirará y yo sentiré por un breve instante el
escalofrío que recorre los hombros cuando hay un fantasma cerca, luego recordaré “es solo
un fantasma, una sombra” y seguiré la trayectoria que le corresponde a mis manos y a mis
palabras y a mis ojos: atender a los que viven, saludarlos, preguntarles cómo están,
abrazarlos, recibir sus felicitaciones por mis éxitos y fingir modestia, aunque no mucho,
porque destellaré mi orgullo, bien puesto, merecido, respetado; me reuniré con los vivos,
que son los únicos dignos de mi saludo, no con los fantasmas. ¿Qué podrá sentir usted,
rodeada del éxito que le traerá su talento, del trabajo torturador digno de una abogada
(ahora me doy cuenta de que encaja perfectamente en esa inmunda profesión), a lo mejor en
la burocracia, con una pareja que bien o mal querrá, y él a usted, pero con el faltante
infinito, con la pobreza explícita de saber que nunca, nadie, jamás, le podrá escribir o
pronunciar tan solo una línea con la pasión con la que yo lo hacía? Carente de inventiva,
rendida ante la monotonía del sexo que ya no da placer, sino que se convierte en una mera
herramienta de distracción que dura pocos segundos ante la rutina agobiante, pese a tratar
cada día de poner la mejor cara y de esforzarse con los detalles, ¿cómo podrá actuar cuando
se dé cuenta de que todo lo que le falta, que es una inmensidad, a mí me sobra en amplios
borbotones que a cada momento se ponen más exquisitos, y pese a estar muerta de sed,
nunca podrá la fuente tocar? ¿Cómo se sentirá al saber que todo lo que desea lo tuvo y por
ciega lo perdió? Sé lo que pasará: estará muda y resignada, como cualquiera que siente
vergüenza de sí por haber abandonado el paraíso que por tozudez nunca comprendió como
lo que era; estará muda, sí, que es otra manera de decir que hablará mucho, y se codeará
con las gentes, y brillará como sabe hacerlo, y quizá mejor, pero nunca ante los ojos de
quien supo admirar su mejor brillo; estará muda, que es otra forma de decir que sus sonidos
nunca más atravesarán mis oídos.
Todo eso resumido en este perfecto poema (perfecto para la ocasión) que acabo de
recordar:
POR EL MÓDICO PRECIO DE UN CAFÉ
Qué rato
más agradable
he pasado esta mañana
frente al mar
en calma
maravillosamente acompañado
escuchando
viejas canciones de amor
y recordando a antiguas novias
que me dejaron
por otros

y ahora son
muy infelices.

Mientras eso pasa, porque pasará, y yo ni siquiera estaré pendiente de que mi profecía
ocurra, solo deseo que la música más alta me estalle los oídos; deseo que la belleza se meta
entre mis ojos de un tirón dejándome completamente ciego, que me vacíe la memoria para
que no sepa otra cosa sino contemplarla, y así olvidar, para siempre, que tuve una sustituta
maltrecha a quién creí dueña del amor y la belleza, no en vano con un nombre común,
simple, ¿la conoce usted?
Ahora comprendo que el terror viene solo porque ponemos a sustitutos que ocupan un
lugar que no merecen. Pero tal errata ayuda a comprender… y luego de que caigan los
sustitutos, llegarán, con todo su esplendor, las verdaderas luces que iluminarán el alma, la
verdadera música que acrecentará las pasiones, el verdadero amor que exhalará, sin miedo
de gastarse, las más dulces y placenteras horas de vida en el paraíso traído a la tierra. Todo
eso y más, mucho más, claro, sin que usted aparezca. Al final siempre hay sentencia para
quien le rompe el corazón a un poeta.

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