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Razones para confesarse y recibir perdón

El artículo explica la importancia de la confesión como un sacramento que permite a los creyentes obtener el perdón de sus pecados a través de un sacerdote, quien actúa en representación de Cristo. Se destacan razones tanto humanas como sobrenaturales para confesarse, incluyendo la necesidad de reconciliación con Dios y la comunidad, la búsqueda de paz interior, y el reconocimiento de errores como pasos hacia la conversión. Además, se abordan objeciones comunes sobre la confesión, enfatizando que el poder de perdonar los pecados ha sido otorgado por Jesús a los apóstoles y sus sucesores.

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Razones para confesarse y recibir perdón

El artículo explica la importancia de la confesión como un sacramento que permite a los creyentes obtener el perdón de sus pecados a través de un sacerdote, quien actúa en representación de Cristo. Se destacan razones tanto humanas como sobrenaturales para confesarse, incluyendo la necesidad de reconciliación con Dios y la comunidad, la búsqueda de paz interior, y el reconocimiento de errores como pasos hacia la conversión. Además, se abordan objeciones comunes sobre la confesión, enfatizando que el poder de perdonar los pecados ha sido otorgado por Jesús a los apóstoles y sus sucesores.

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¿Por qué confesarse?

Un artículo que explica los motivos humanos y sobrenaturales de la confesión, para ayudarte a comprender mejor
el sentido y finalidad del sacramento.

Por Pbro. Dr. Eduardo Volpacchio

Un hecho innegable: la necesidad del perdón de mis pecados

Todos tenemos muchas cosas buenas…, pero al mismo tiempo, la presencia del mal en nuestra vida es un hecho:
somos limitados, tenemos una cierta inclinación al mal y defectos; y como consecuencia de esto nos
equivocamos, cometemos errores y pecados. Esto es evidente y Dios lo sabe. De nuestra parte, tonto sería
negarlo. En realidad… sería peor que tonto… San Juan dice que "si decimos que no tenemos pecado, nos
engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonar
nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su
palabra no está en nosotros" (1 Jn 1,9-10).

De aquí que una de las cuestiones más importantes de nuestra vida sea ¿cómo conseguir "deshacernos" de lo
malo que hay en nosotros? ¿de las cosas malas que hemos hecho o de las que hemos hecho mal? Esta es una de
las principales tareas que tenemos entre manos: purificar nuestra vida de lo que no es bueno, sacar lo que está
podrido, limpiar lo que está sucio, etc.: librarnos de todo lo que no queremos de nuestro pasado. ¿Pero cómo
hacerlo?

No se puede volver al pasado, para vivirlo de manera diferente… Sólo Dios puede renovar nuestra vida con su
perdón. Y El quiere hacerlo… hasta el punto que el perdón de los pecados ocupa un lugar muy importante en
nuestras relaciones con Dios.

Como respetó nuestra libertad, el único requisito que exige es que nosotros queramos ser perdonados: es decir,
rechacemos el pecado cometido (esto es el arrepentimiento) y queramos no volver a cometerlo. ¿Cómo nos pide
que mostremos nuestra buena voluntad? A través de un gran regalo que Dios nos ha hecho.

En su misericordia infinita nos dio un instrumento que no falla en reparar todo lo malo que podamos haber hecho.
Se trata del sacramento de la penitencia. Sacramento al que un gran santo llamaba el sacramento de la alegría,
porque en él se revive la parábola del hijo prodigo, y termina en una gran fiesta en los corazones de quienes lo
reciben.

Así nuestra vida se va renovando, siempre para mejor, ya que Dios es un Padre bueno, siempre dispuesto a
perdonarnos, sin guardar rencores, sin enojos, etc. Premia lo bueno y valioso que hay en nosotros; lo malo y
ofensivo, lo perdona. Es uno de los más grandes motivos de optimismo y alegría: en nuestra vida todo tiene
arreglo, incluso las peores cosas pueden terminar bien (como la del hijo pródigo) porque Dios tiene la última
palabra: y esa palabra es de amor misericordioso.

La confesión no es algo meramente humano: es un misterio sobrenatural: consiste en un encuentro personal con
la misericordia de Dios en la persona de un sacerdote .

Dejando de lado otros aspectos, aquí vamos sencillamente a mostrar que confesarse es razonable, que no es un
invento absurdo y que incluso humanamente tiene muchísimos beneficios. Te recomiendo pensar los
argumentos… pero más allá de lo que la razón nos pueda decir, acudí a Dios pidiéndole su gracia: eso es lo más
importante, ya que en la confesión no se realiza un diálogo humano, sino un diálogo divino: nos introduce dentro
del misterio de la misericordia de Dios.

Algunas razones por las que tenemos que confesarnos

1. En primer lugar porque Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto es un dato y es la
razón definitiva: la más importante. En efecto, recién resucitado, es lo primero que hace: "Reciban el Espíritu
Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán
sin perdonar " (Jn 20,22-23). Los únicos que han recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores. Les dio
este poder precisamente para que nos perdonen los pecados a vos y a mí. Por tanto, cuando quieres que Dios te
borre los pecados, sabes a quien acudir, sabes quienes han recibido de Dios ese poder.

Es interesante notar que Jesús vinculó la confesión con la resurrección (su victoria sobre la muerte y el pecado),
con el Espíritu Santo (necesario para actuar con poder) y con los apóstoles (los primeros sacerdotes): el Espíritu
Santo actúa a través de los Apóstoles para realizar en las almas la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la
muerte.

2. Porque la Sagrada Escritura lo manda explícitamente: "Confiesen mutuamente sus pecados" (Sant 5,16). Esto
es consecuencia de la razón anterior: te darás cuenta que perdonar o retener presupone conocer los pecados y
disposiciones del penitente. Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Es Dios quién
perdona y tiene poder para establecer los medios para otorgar ese perdón. De manera que no soy yo quien decide
cómo conseguir el perdón, sino Dios el que decidió (hace dos mil años de esto…) a quién tengo que acudir y qué
tengo que hacer para que me perdone. Entonces nos confesamos con un sacerdote por obediencia a Cristo.

3. Porque en la confesión te encuentras con Cristo. Esto debido a que es uno de los siete Sacramentos instituidos
por El mismo para darnos la gracia. Te confiesas con Jesús, el sacerdote no es más que su representante. De
hecho, la formula de la absolución dice: "Yo te absuelvo de tus pecados" ¿Quien es ese «yo»? No es el Padre
Fulano -quien no tiene nada que perdonarte porque no le has hecho nada-, sino Cristo. El sacerdote actúa en
nombre y en la persona de Cristo. Como sucede en la Misa cuando el sacerdote para consagrar el pan dice "Esto
es mi cuerpo", y ese pan se convierte en el cuerpo de Cristo (ese «mi» lo dice Cristo), cuando te confiesas, el que
está ahí escuchándote, es Jesús. El sacerdote, no hace más que «prestarle» al Señor sus oídos, su voz y sus gestos.

4. Porque en la confesión te reconcilias con la Iglesia. Resulta que el pecado no sólo ofende a Dios, sino también
a la comunidad de la Iglesia: tiene una dimensión vertical (ofensa a Dios) y otra horizontal (ofensa a los
hermanos). La reconciliación para ser completa debe alcanzar esas dos dimensiones. Precisamente el sacerdote
está ahí también en representación de la Iglesia, con quien también te reconcilias por su intermedio. El aspecto
comunitario del perdón exige la presencia del sacerdote, sin él la reconciliación no sería «completa».

5. El perdón es algo que «se recibe». Yo no soy el artífice del perdón de mis pecados: es Dios quien los perdona.
Como todo sacramento hay que recibirlo del ministro que lo administra válidamente. A nadie se le ocurriría decir
que se bautiza sólo ante Dios… sino que acude a la iglesia a recibir el Bautismo. A nadie se le ocurre decir que
consagra el pan en su casa y se da de comulgar a sí mismo… Cuando se trata de sacramentos, hay que recibirlos
de quien corresponde: quien los puede administrar válidamente.

6. Necesitamos vivir en estado de gracia. Sabemos que el pecado mortal destruye la vida de la gracia. Y la
recuperamos en la confesión. Y tenemos que recuperarla rápido, básicamente por tres motivos:

a) porque nos podemos morir… y no creo que queramos morir en estado de pecado mortal… y acabar en el
infierno.

b) porque cuando estamos en estado de pecado ninguna obra buena que hacemos es meritoria cara a la vida
eterna. Esto se debe a que el principio del mérito es la gracia: hacer obras buenas en pecado mortal, es como
hacer goles en “off-side”: no valen, carecen de valor sobrenatural. Este aspecto hace relativamente urgente el
recuperar la gracia: si no queremos que nuestra vida esté vacía de mérito y que lo bueno que hacemos sea inútil.

c) porque necesitamos comulgar: Jesús nos dice que quien lo come tiene vida eterna y quien no lo come, no la
tiene. Pero, no te olvides que para comulgar dignamente, debemos estar libres de pecado mortal. La advertencia
de San Pablo es para temblar: "quien coma el pan o beba el cáliz indignamente, será reo del cuerpo y sangre del
Señor. (…) Quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación" (1 Cor 11,27-28).
Comulgar en pecado mortal es un terrible sacrilegio: equivale a profanar la Sagrada Eucaristía, a Cristo mismo.

7. Necesitamos dejar el mal que hemos hecho. El reconocimiento de nuestros errores es el primer paso de la
conversión. Sólo quien reconoce que obró mal y pide perdón, puede cambiar.
8. La confesión es vital en la luchar para mejorar. Es un hecho que habitualmente una persona después de
confesarse se esfuerza por mejorar y no cometer pecados. A medida que pasa el tiempo, va aflojando… se
«acostumbra» a las cosas que hace mal, o que no hace, y lucha menos por crecer. Una persona en estado de
gracia -esta es una experiencia universal- evita el pecado. La misma persona en pecado mortal tiende a pecar más
fácilmente.

Otros motivos que hacen muy conveniente la confesión

a) Necesitamos paz interior. El reconocimiento de nuestras culpas es el primer paso para recuperar la paz interior.
Negar la culpa no la elimina: sólo la esconde, haciendo más penosa la angustia. Sólo quien reconoce su culpa está
en condiciones de liberarse de ella.

b) Necesitamos aclararnos a nosotros mismos. La confesión nos "obliga" a hacer un examen profundo de nuestra
conciencia. Saber qué hay «adentro», qué nos pasa, qué hemos hecho, cómo vamos… De esta manera la
confesión ayuda a conocerse y entenderse a uno mismo.

c) Todos necesitamos que nos escuchen. ¿En qué consiste el primer paso de la terapia de los psiquiatras y
psicólogos sino en hacer hablar al "paciente"? Y te cobran para escucharte… y al "paciente" le hace muy bien.
Estas dos profesiones han descubierto en el siglo XX algo que la Iglesia descubrió hace muchos siglos (en
realidad se lo enseñó Dios). El decir lo que nos pasa, es una primera liberación.

d) Necesitamos una protección contra el auto-engaño. Es fácil engañarse a uno mismo, pensando que eso malo
que hicimos, en realidad no está tan mal; o justificándolo llegando a la conclusión de que es bueno, etc. Cuando
tenemos que contar los hechos a otra persona, sin excusas, con sinceridad, se nos caen todas las caretas… y nos
encontramos con nosotros mismos, con la realidad que somos.

e) Todos necesitamos perspectiva. Una de las cosas más difíciles de esta vida es conocerse uno mismo. Cuando
"salimos" de nosotros por la sinceridad, ganamos la perspectiva necesaria para juzgarnos con equidad.

f) Necesitamos objetividad. Y nadie es buen juez en causa propia. Por eso los sacerdotes pueden perdonar los
pecados a todas las personas del mundo… menos a una: la única persona a la que un sacerdote no puede perdonar
los pecados es él mismo: siempre tiene que acudir a otros sacerdote para confesarse. Dios es sabio y no podía
privar a los sacerdotes de este gran medio de santificación.

g) Necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados: si tenemos las disposiciones necesarias para
el perdón o no. De otra manera correríamos un peligro enorme: pensar que estamos perdonados cuando ni
siquiera podemos estarlo.

h) Necesitamos saber que hemos sido perdonados. Una cosa es pedir perdón y otra distinta ser perdonado.
Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de que Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento. Esto sucede
en la confesión: cuando recibimos la absolución, sabemos que el sacramento ha sido administrado, y como todo
sacramento recibe la eficacia de Cristo.

i) Tenemos derecho a que nos escuchen. La confesión personal más que una obligación es un derecho: en la
Iglesia tenemos derecho a la atención personal, a que nos atiendan uno a uno, y podamos abrir el corazón, contar
nuestros problemas y pecados.

j) Hay momentos en que necesitamos que nos animen y fortalezcan. Todos pasamos por momentos de
pesimismo, desánimo… y necesitamos que se nos escuche y anime. Encerrarse en sí mismo solo empeora las
cosas…

k) Necesitamos recibir consejo. Mediante la confesión recibimos dirección espiritual. Para luchar por mejorar en
las cosas de las que nos confesamos, necesitamos que nos ayuden.

l) Necesitamos que nos aclaren dudas, conocer la gravedad de ciertos pecados, en fin… mediante la confesión
recibimos formación.

Algunos motivos para no confesarse

1. ¿Quién es el cura para perdonar los pecados…? Sólo Dios puede perdonarlos.

Hemos visto que el Señor dio ese poder a los Apóstoles. Además, permíteme decirte que ese argumento lo he
leído antes… precisamente en el Evangelio… Es lo que decían los fariseos indignados cuando Jesús perdonaba
los pecados… (puedes mirar Mt 9,1-8).

2. Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios.

Genial. Me parece bárbaro… pero hay algunos “peros”…


Pero… ¿cómo sabes que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Escuchas alguna voz celestial que te lo
confirma?
Pero… ¿cómo sabes que estás en condiciones de ser perdonado? Te darás cuenta que no es tan fácil… Una
persona que robara un banco y no quisiera devolver el dinero… por más que se confesara directamente con
Dios… o con un cura… si no quisiera reparar el daño hecho -en este caso, devolver el dinero-, no puede ser
perdonada… porque ella misma no quiere "deshacerse" del pecado.

Este argumento no es nuevo… Hace casi mil seiscientos años, San Agustín replicaba a quien argumentaba como
vos: "Nadie piense: yo obro privadamente, de cara a Dios… ¿Es que sin motivo el Señor dijo: «lo que atareis en
la tierra, será atado en el cielo»?.¿Acaso les fueron dadas a la Iglesia las llaves del Reino de los cielos sin
necesidad? Frustramos el Evangelio de Dios, hacemos inútil la palabra de Cristo."

3. ¿Porque le voy a decir los pecados a un hombre como yo?

Porque ese hombre no un hombre cualquiera: tiene el poder especial para perdonar los pecados (el sacramento del
orden). Esa es la razón por la que vas a él.

4. ¿Porque le voy a decir mis pecados a un hombre que es tan pecador como yo?

El problema no radica en la «cantidad» de pecados: si es menos, igual o más pecador que vos…. No vas a
confesarte porque sea santo e inmaculado, sino porque te puede dar al absolución, poder que tiene por el
sacramento del orden, y no por su bondad. Es una suerte -en realidad una disposición de la sabiduría divina- que
el poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad personal del sacerdote, cosa que sería terrible ya que
uno nunca sabría quién sería suficientemente santo como para perdonar… Además, el hecho de que sea un
hombre y que como tal tenga pecados, facilita la confesión: precisamente porque sabe en carne propia lo que es
ser débil, te puede entender mejor.

5. Me da vergüenza…

Es lógico, pero hay que superarla. Hay un hecho comprobado universalmente: cuanto más te cueste decir algo,
tanto mayor será la paz interior que consigas después de decirlo. Además te cuesta, precisamente porque te
confiesas poco…, en cuanto lo hagas con frecuencia, verás como superarás esa vergüenza.

Además, no creas que eres tan original…. Lo que vas a decir, el cura ya lo escuchó trescientas mil veces… A esta
altura de la historia… no creo que puedas inventar pecados nuevos…

Por último, no te olvides de lo que nos enseñó un gran santo: el diablo quita la vergüenza para pecar… y la
devuelve aumentada para pedir perdón… No caigas en su trampa.

6. Siempre me confieso de lo mismo…

Eso no es problema. Hay que confesar los pecados que uno ha cometido… y es bastante lógico que nuestros
defectos sean siempre más o menos los mismos… Sería terrible ir cambiando constantemente de defectos…
Además cuando te bañas o lavas la ropa, no esperas que aparezcan machas nuevas, que nunca antes habías
tenido; la suciedad es más o menos siempre del mismo tipo… Para querer estar limpio basta querer remover la
mugre… independientemente de cuán original u ordinaria sea.

7. Siempre confieso los mismos pecados…

No es verdad que sean siempre los mismos pecados: son pecados diferentes, aunque sean de la misma especie…
Si yo insulto a mi madre diez veces… no es el mismo insulto… cada vez es uno distinto… No es lo mismo matar
una persona que diez… si maté diez no es el mismo pecado… son diez asesinatos distintos. Los pecados
anteriores ya me han sido perdonados, ahora necesito el perdón de los "nuevos", es decir los cometidos desde la
última confesión.
8. Confesarme no sirve de nada, sigo cometiendo los pecados que confieso…

El desánimo, puede hacer que pienses: "es lo mismo si me confieso o no, total, nada cambia, todo sigue igual".
No es verdad. El hecho de que uno se ensucie, no hace concluir que es inútil bañarse. Uno que se baña todos los
días… se ensucia igual… Pero gracias a que se baña, no va acumulando mugre… y está bastante limpio. Lo
mismo pasa con la confesión. Si hay lucha, aunque uno caiga, el hecho de ir sacándose de encima los pecados…
hace que sea mejor. Es mejor pedir perdón, que no pedirlo. Pedirlo nos hace mejores.

9. Sé que voy a volver a pecar… lo que muestra que no estoy arrepentido

Depende… Lo único que Dios me pide es que esté arrepentido del pecado cometido y que ahora, en este
momento quiera luchar por no volver a cometerlo. Nadie pide que empeñemos el futuro que ignoramos… ¿Qué
va a pasar en quince días? No lo sé… Se me pide que tenga la decisión sincera, de verdad, ahora, de rechazar el
pecado. El futuro déjalo en las manos de Dios…

10. Y si el cura piensa mal de mi…

El sacerdote está para perdonar… Si pensara mal, sería un problema suyo del que tendría que confesarse. De
hecho siempre piensa bien: valora tu fe (sabe que si estás ahí contando tus pecados, no es por él… sino porque
vos crees que representa a Dios), tu sinceridad, tus ganas de mejorar, etc. Supongo que te darás cuenta de que
sentarse a escuchar pecados, gratis -sin ganar un peso-, durante horas, … si no se hace por amor a las almas… no
se hace. De ahí que, si te dedica tiempo, te escucha con atención… es porque quiere ayudarte y le importas…
aunque no te conozca te valora lo suficiente como para querer ayudarte a ir al cielo.

11. Y si el cura después le cuenta a alguien mis pecados…

No te preocupes por eso. La Iglesia cuida tanto este asunto que aplica la pena más grande que existe en el
Derecho Canónico -la ex-comunión- al sacerdote que dijese algo que conoce por la confesión. De hecho hay
mártires por el sigilo sacramental: sacerdotes que han muerto por no revelar el contenido de la confesión.

12. Me da pereza…

Puede ser toda la verdad que quieras, pero no creo que sea un obstáculo verdadero ya que es bastante fácil de
superar… Es como si uno dijese que hace un año que no se baña porque le da pereza…

13. No tengo tiempo…

No creo que te creas que en los últimos ___ meses… no hayas tenidos los diez minutos que te puede llevar una
confesión… ¿Te animas a comparar cuántas horas de TV has visto en ese tiempo… (multiplica el número de
horas diarias que ves por el número de días…)?

14. No encuentro un cura…

No es una raza en extinción, hay varios miles. Toma la guía de teléfono (o llama a información). Busca el
teléfono de tu parroquia. Si ignoras el nombre, busca por el obispado, ahí te dirán… Así podrás saber en tres
minutos el nombre de un cura con el que te puedes confesar… e incluso pedirle una hora… para no tener que
esperar

Bautismo
El sacramento por el cual el hombre nace a la vida espiritual, mediante la ablución del agua y la invocación de la
Santísima Trinidad.

Dios, al crear al hombre, le concedió el don de la gracia santificante, elevándolo a la dignidad de hijo suyo y
heredero del cielo. Al pecar Adán y Eva se rompió la amistad del hombre con Dios, perdiendo el alma la vida de
la gracia. A partir de ese momento, todos los hombres con la sola excepción de la Bienaventurada Virgen María
nacemos con el alma manchada por el pecado original.
La misericordia de Dios, sin embargo, es infinita: compadecido de nuestra triste situación, envió a su Hijo a la
tierra para rescatarnos del pecado, devolvernos la amistad perdida y la vida de la gracia, haciéndonos nuevamente
dignos de entrar en la gloria del cielo.

Todo esto nos lo concede a través del sacramento del bautismo: Con El hemos sido sepultados por el bautismo,
para participar en su muerte, de modo que así como El resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así
también nosotros vivamos una nueva vida"" (Rom. 6, 4).

2.1 NOCION
El bautismo es el sacramento por el cual el hombre nace a la vida espiritual, mediante la ablución del agua y la
invocación de la Santísima Trinidad.

Nominalmente, la palabra bautizar (‘baptismsV’ en griego) significa ‘sumergir’, "introducir dentro del agua"; la
"inmersión" en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la
resurrección con El (cfr. Rm. 6, 3-4; Col 2, 12) como ‘nueva criatura’ (2 Co. 5, 17; Ga. 6, 15) (Catecismo, n.
1214).
Entre los sacramentos, ocupa el primer lugar porque es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la
vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del
pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y
hechos partícipes de su misión (Catecismo, n. 1213).
San Pablo lo denomina baño de regeneración y renovación del Espíritu Santo (Tit. 3, 5);
San León Magno compara la regeneración del bautismo con el seno virginal de María;

Santo Tomás, asemejando la vida espiritual con la vida corporal, ve en el bautismo el nacimiento a la vida
sobrenatural.

2.2 EL BAUTISMO, SACRAMENTO DE LA NUEVA LEY


Es dogma de fe que el bautismo es un verdadero sacramento de la Nueva Ley instituido por Jesucristo.

Además de la definición dogmáica del Concilio de Trento (cfr. Dz. 844), el Papa S. Pío X condenó como heréica
la siguiente proposición de los modernistas: La comunidad cristiana introdujo la necesidad del bautismo,
adoptándolo como rito necesario y ligando a él las obligaciones de la profesión cristiana"" (Dz. 2042). Los
modernistas niegan con esta proposición tanto la institución del bautismo por Cristo como su esencia propia de
sacramento verdadero.
En la Sagrada Escritura también se prueba que el bautismo es uno de los sacramentos instituidos por Jesucristo:
a) En el Nuevo Testamento aparecen testimonios tanto de las notas esenciales del sacramento como de su
institución por Jesucristo:

- el mismo Señor explica a Nicodemo la esencia y la necesidad de recibir el bautismo: En verdad te digo que
quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos"" (Jn. 3, 3-5);
- Jesucristo da a sus discípulos el encargo de administrar el bautismo (cfr. Jn. 4, 2);
- ordena a sus Apóstoles que bauticen a todas las gentes: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id,
pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt. 28,
18-19). Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda creatura. El que creyere y se bautizare, se salvar ""
(Mc. 16, 15-16);
- los Apóstoles, después de haber recibido la fuerza del Espíritu Santo, comenzaron a bautizar: ver Hechos 2, 38
y 41.

b) En el Antiguo Testamento aparecen ya figuras del bautismo, es decir, hechos o palabras que, de un modo
velado, anuncian aquella realidad que de modo pleno se verificar en los siglos venideros.

Son figuras del bautismo, según la doctrina de los Apóstoles y de los Padres, la circuncisión (cfr. Col. 2, llss.), el
paso del Mar Rojo (cfr. I Cor. 10, 12), el Diluvio Universal (I Pe. 3, 20ss.). En Ez. 36, 25, hallamos una profecía
formal del bautismo: Esparcir‚ sobre vosotros agua limpia y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias y de
todos vuestros ídolos os limpiar‚. Cfr. también Is. 1, 16ss.; 4, 4; Zac. 13, 1; etc.

Además, el bautismo que confería San Juan Bautista antes del inicio de la vida pública de Jesucristo, fue una
preparación inmediata para el bautismo que Cristo instituiría (Mt. 3, 11). El bautismo de Juan, sin embargo, no
confería la gracia, tan sólo disponía a ella moviendo a la penitencia (cfr. S. Th. III, q. 38, a. 3).
Sobre el momento de institución, Santo Tomás de Aquino (cfr. S. Th. III, q. 66, a. 2) explica que Jesucristo
instituyó el sacramento del bautismo precisamente cuando fue bautizado por Juan (Mt. 3, 13ss.), al ser entonces
santificada el agua y haber recibido la fuerza santificante. La obligación de recibirlo la estableció después de su
muerte (Mc. 16, 15, citado arriba). Lo mismo enseña el Catecismo Romano, parte II, cap. 2, n. 20.

2.3 EL SIGNO EXTERNO DEL BAUTISMO


2.3.1 La materia

La materia del bautismo es el agua natural (de fe, Conc. de Florencia, Dz. 696).

Las pruebas son:


1o. Sagrada Escritura: lo dispuso el mismo Cristo (Jn. 3, 5: quien no naciere del agua... ) y así lo practicaron los
apóstoles (Hechos 8, 38; llegados donde había agua, Felipe lo bautizó...; Hechos 10, 44-48).

2o. Magisterio de la Iglesia: lo definió el Concilio de Trento: si alguno dijere que el agua verdadera y natural no
es necesaria para el bautismo... sea anatema (Dz. 858).

Trento hizo esta definición contra la doctrina de Lutero, que juzgaba lícito emplear cualquier líquido apto para
realizar una ablución. Otros textos del Magisterio: Dz. 412, 447, 696. Sería materia inválida, por ejemplo, el vino,
el jugo de frutas, la tinta, el lodo, la cerveza, la saliva, el sudor y, en general, todo aquello que no sea agua
verdadera y natural.

3o. La razón teológica encuentra además los siguientes argumentos de conveniencia para emplear el agua:
- el agua lava el cuerpo; luego, es muy apta para el bautismo, que lava el alma de los pecados;
- el bautismo es el más necesario de todos los sacramentos: convenía, por lo mismo, que su materia fuera fácil de
hallar en cualquier parte: agua natural (cfr. S. Th. III, q. 66, a. 3).

La ablución del bautizado puede hacerse ya sea por infusión (derramando agua sobre la cabeza) o por inmersión
(sumergiendo totalmente al bautizado en el agua):

"El bautismo se ha de administrar por inmersión o por infusión, de acuerdo a las normas de la Conferencia
Episcopal" (CIC. c. 854).
Para que el bautismo sea válido
a) debe derramarse el agua al mismo tiempo que se pronuncian las palabras de la forma;
b) el agua debe resbalar o correr sobre la cabeza, tal que se verifique un lavado efectivo (en caso de necesidad p.
ej., bautismo de un feto bastaría derramar el agua sobre cualquier parte del cuerpo).

2.3.2 La forma
La forma del bautismo son las palabras del que lo administra, las cuales acompañan y determinan la ablución.
Esas palabras son: "Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo".

Esta fórmula expresa las cinco cosas esenciales:


1o. La persona que bautiza (ministro): Yo
2o. La persona bautizada (sujeto): te
3o. La acción de bautizar, el lavado: bautizo
4o. La unidad de la divina naturaleza: en el nombre (en singular; no ‘en los nombres", lo que sería erróneo)
5o. La distinción de las tres Personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

2.4 EFECTOS DEL BAUTISMO


Los efectos del bautismo son cuatro: la justificación, la gracia sacramental, la impresión del carácter en el alma y
la remisión de las penas.

2.4.1 La justificación

Hemos dicho (cfr. 1.2.3) que la justificación consiste, según su faceta negativa, en la remisión de los pecados y,
según su faceta positiva, en la santificación y renovación interior del hombre (cfr. Dz. 799, Catecismo, n. 1989).

No son dos efectos, sino uno solo, pues la gracia santificante se infunde de modo inmediato al desaparecer el
pecado; estas dos realidades no pueden coexistir y, además, no hay una tercera posibilidad: el alma o está en
pecado o está en gracia.
Así pues, al recibirse con las debidas disposiciones, el bautismo consigue:
a) la remisión del pecado original y en los adultos la remisión de todos los pecados personales, sean mortales o
veniales;

b) la santificación interna, por la infusión de la gracia santificante, con la cual siempre se reciben también las
virtudes teologales fe, esperanza y caridad, las demás virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo. Puede
decirse que Dios toma posesión del alma y dirige el movimiento de todo el organismo sobrenatural, que está ya
en condiciones de obtener frutos de vida eterna.

Estos dos efectos se resumen, por ejemplo, en el texto de la Sagrada Escritura que dice: Bautizaos en el nombre
de Jesucristo para remisión de vuestros pecados (perdón de los pecados), y recibiréis el don del Espíritu Santo
(santificación interior) (Hechos 2, 38). Otros textos: I Cor. 6, 11; Hechos 22, 16; Rom, 6, 3ss.; Tit. 3, 5; Jn. 3, 5,
etc. En el Magisterio de la Iglesia se enseña esta verdad en los siguientes textos: Dz. 696, 742, 792, 895, etc.
2.4.2 La gracia sacramental
Esta gracia supone un derecho especial a recibir los auxilios espirituales que sean necesarios para vivir
cristianamente, como hijo de Dios en la Iglesia, hasta alcanzar la salvación.

Con ella, el cristianismo es capaz de vivir dignamente su ‘nueva existencia’, pues ha renacido, cual nueva
criatura, semejante a Cristo que murió y resucitó, según las palabras del Apóstol: Con El fuisteis sepultados en el
bautismo, y en El, asimismo, fuisteis resucitados por la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los
muertos (Col. 2, 12. Cfr. Conc. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, 22).
2.4.3 El carácter bautismal
El bautismo recibido válidamente imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el carácter bautismal, y por
eso este sacramento no se puede repetir (De fe, Conc. de Trento, Dz. 852 y 857; Catecismo, n. 1121).

Como hemos dicho (cfr. 1.4.3), el carácter sacramental realiza una semejanza con Jesucristo que, en el caso del
bautismo, implica:

a) La incorporación del bautizado al Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.

El bautizado pasa a formar parte de la comunidad de todos los fieles, que constituyen el Cuerpo Místico de
Cristo, cuya cabeza es el mismo Señor.
De la unidad del Cuerpo Místico de Cristo -uno e indivisible- se sigue que todo aquel que recibe válidamente el
bautismo (aunque sea bautizado fuera de la Iglesia Católica, por ejemplo en la Iglesia Ortodoxa o en algunas
confesiones protestantes) se convierte en miembro de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, fundada por
Nuestro Señor Jesucristo.

b) La participación en el sacerdocio de Cristo, esto es, el derecho y la obligación de continuar la misión salvadora
y sacerdotal del Redentor. Por el carácter, el cristiano es mediador entre Dios y los hombres: eleva hasta Dios las
cosas del mundo y da a los hombres las cosas de Dios. Esta participación es doble:
1o. Activa: santificando las realidades temporales y ejerciendo el apostolado.

Así lo resume el Decreto sobre el apostolado de los seglares (Decreto Apostolicam actuositatem, del Conc.
Vaticano II), en el n. 2: la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado. ‘Por su misma
naturaleza’ supone el hecho único y exclusivo de la recepción bautismal. Ver también, Const. Lumen gentium,
nn. 31 y 33.
2o. Pasiva: facultad para recibir los demás sacramentos.
Por eso el bautismo se denomina ianua sacramentorum, puerta de los sacramentos.
2.4.4 Remisión de las penas debidas por los pecados
Es verdad de fe (Concilio de Florencia, Dz. 696; Concilio de Trento, Dz. 792), que el bautismo produce la
remisión de todas las penas debidas por el pecado.

Se supone, naturalmente, que en caso de recibirlo un adulto, debe aborrecer internamente todos sus pecados,
incluso los veniales.
Por esto, San Agustín enseña que el bautizado que partiera de esta vida inmediatamente después de recibir el
sacramento, entraría directamente en el cielo (cfr. De peccatórum meritis et remissione, II, 28, 46).
Santo Tomás explica el porqué de este efecto con las siguientes palabras:

"La virtud o mérito de la pasión de Cristo obra en el bautismo a modo de cierta generación, que requiere
indispensablemente la muerte total a la vida pecaminosa anterior, con el fin de recibir la nueva vida; y por eso
quita el bautismo todo el reato de pena que pertenece a la vida anterior. En los demás sacramentos, en cambio, la
virtud de la pasión de Cristo obra a modo de sanación, como en la penitencia. Ahora bien: la sanción no requiere
que se quiten al punto todas las reliquias de la enfermedad" (In Ep. ad Romanos, c. 2, lect. 4).

2.5 NECESIDAD DE RECIBIR EL BAUTISMO

El bautismo es absolutamente necesario para salvarse, de acuerdo a las palabras del Señor: "El que creyere y se
bautizare, se salvará" (Mc. 16, 16).

El Concilio de Trento definió: "Si alguno dijere que el bautismo es libre, es decir, no necesario para la salvación,
sea anatema" (Dz. 861). "La legislación eclesiástica afirma: El bautismo, puerta de los sacramentos, cuya
recepción de hecho o al menos de deseo es necesaria para salvarse..." (CIC, c. 849).
La razón teológica es clara: sin la incorporación a Cristo -la cual se produce en el bautismo- nadie puede salvarse,
ya que Cristo es el único camino de vida eterna, sólo El es el Salvador de los hombres (cfr. Jn. 14, 9; Hechos 4,
12. Ver S. Th. III, q. 68, aa. 1-3).
Sin embargo, este medio necesario para la salvación puede ser suplido en casos extraordinarios, cuando sin culpa
propia no se puede recibir el bautismo de agua, por el martirio (llamado también bautismo de sangre), y por la
contrición o caridad perfecta (llamada también bautismo de deseo) para quienes tienen uso de razón.

1o. El bautismo de deseo es el anhelo explícito (p. ej., catecúmeno) o implícito (p. ej., pagano o infiel) de recibir
el bautismo, deseo que debe ir unido a la contrición perfecta.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña al respecto que a los catecúmenos que mueren antes de su Bautismo,
el deseo explícito de recibir el Bautismo, unido al arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la
salvación que no han podido recibir por el sacramento (n. 1259). Otros textos del Magisterio pueden verse en:
Dz. 388, 413, 796, 847. Ver también CIC, c. 849.
Para aquel que ha conocido la revelación cristiana, el deseo de recibirlo ha de ser explícito. Por el contrario, para
el que no tenga ninguna noticia del sacramento basta el deseo implícito. De esta forma, la misericordia infinita de
Dios ha puesto la salvación eterna al alcance real de todos los hombres.
Es, pues, conforme al dogma, creer que los no cristianos que de buena fe invocan a Dios (sin fe es imposible
salvarse), están arrepentidos de sus pecados (no puede cohabitar el pecado con la gracia), tienen el deseo de hacer
todo lo necesario para salvarse (cumplen la ley natural e ignoran inculpablemente a la verdadera Iglesia), quedan
justificados por el bautismo de deseo (cfr. Lumen gentium, n. 16).

En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace
en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se
salven y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir ‘Dejad que los niños se acerquen a mí, no se los
impidáis’ (Mc. 10, 14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin
Bautismo. Por esto es m s apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a
Cristo por el don del santo Bautismo (Catecismo, n. 1261).
2o. El bautismo de sangre es el martirio de una persona que no ha recibido el bautismo, es decir, el soportar
pacientemente la muerte violenta por haber confesado la fe cristiana o practicado la virtud cristiana.
Jesús mismo dio testimonio de la virtud justificativa del martirio: A todo aquel que me confesare delante de los
hombres yo también le confesar‚ delante de mi Padre que est en los cielos (Mt. 10, 32); El que perdiere su vida
por amor mío, la encontrar (Mt. 10, 39); etc.

La Iglesia venera como mártir a Santa Emereciana, que antes de ser bautizada fue martirizada sobre el sepulcro
de su amiga Santa Inés, al que había ido a orar. De Valentiniano II, que fue asesinado mientras se dirigía a Milán
para recibir el bautismo, dijo San Anselmo: Su deseo lo ha purificado (De obitu Valent. 51). Conforme al
testimonio de la Tradición y la liturgia (por ejemplo, la festividad de los Santos Inocentes), también los niños que
no han llegado al uso de razón pueden recibir el bautismo de sangre.

2.6 EL MINISTRO DEL BAUTISMO

El ministro ordinario del bautismo es el Obispo, el presbítero y el diácono (CIC, c. 861, & 1).

En el caso de urgente necesidad, puede administrarlo cualquier persona, aun hereje o infiel, con tal que emplee la
materia y la forma prescritas (ver 2.3) y tenga intención al menos de hacer lo que la Iglesia hace.

"En caso de necesidad, no sólo puede bautizar el sacerdote o el diácono, sino también un hombre o una mujer, e
incluso un pagano y un hereje, con tal que lo haga en la forma que lo hace la Iglesia y que pretenda hacer lo que
ella hace" (Dz. 696). Ya antes, el Concilio de Letrán definió como verdad de fe que el bautismo puede
administrarlo válidamente cualquier persona (cfr. Dz. 430).
La razón de lo anterior es clara: siendo el bautismo absolutamente necesario para la salvación, quiso Jesucristo
facilitar extraordinariamente su administración poniéndolo al alcance de todos. Es por eso que la Iglesia indica
que "los pastores de almas, especialmente el párroco, han de procurar que los fieles sepan bautizar debidamente"
(CIC, c. 861, & 2).
Si el niño permanece vivo tras el bautismo de emergencia, se debe notificar al párroco correspondiente, el cual
averiguar la validez del sacramento, registrándolo en los archivos parroquiales y completando las ceremonias
adicionales.
Fuera de caso de necesidad, el bautismo administrado por una persona cualquiera sería válido, pero gravemente
ilícito (cfr. CIC, c. 862).

2.7 EL SUJETO DEL BAUTISMO


"Es capaz de recibir el bautismo todo ser humano no bautizado, y sólo él" (CIC, c. 864).

Los sujetos incapaces son sólo los ya bautizados o los muertos. En duda si la persona vive, se administra bajo
condición: Si vives, yo te bautizo... "Cuando hay duda sobre si alguien fue bautizado, o si el bautismo fue
administrado válidamente, y la duda persiste luego de cuidadosa investigación, se ha de bautizar bajo condición:
Si no estás bautizado, yo te bautizo..."
Para estudiar las condiciones que han de reunir los que se bautizan, distinguiremos al sujeto adulto del que no ha
llegado al uso de razón.
1o. Los adultos

Para quienes han llegado al uso de razón es necesaria la intención de recibir el bautismo, de manera que el
bautizado sin voluntad de recibir el sacramento, ni lícita, ni válidamente es bautizado (Instr. de la Sagrada
Congregación del Santo Oficio, 3-VIII-1860).

Estaría en este caso, por ejemplo, el infiel que sea obligado a recibir el bautismo, o que finja recibirlo para sacar
provechos personales, o si mientras duerme es bautizado sin su consentimiento, etc.
Para recibirlo lícitamente, se requiere (cfr. CIC, c. 865, & 1):
- que el sujeto tenga fe (recuérdense las palabras de Mc. 16, 16: El que creyere y fuere bautizado, se salvará:
primero la fe, luego el bautismo). Las verdades de fe en las que al menos debe creer, son: la existencia de Dios,
que Dios es remunerador, la Encarnación del Verbo, y la Santísima Trinidad. Ha de preceder al bautismo, por
tanto, la instrucción suficiente sobre estas verdades; ya después de bautizado habría de ser instruido en las demás;

- que esté arrepentido de sus pecados (Hechos 2, 38: arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros) pues, como
hemos dicho, la gracia en este caso, la que recibe el bautizado es incompatible con el pecado.

De lo anterior se seguiría, por ejemplo, que quien acepte ser bautizado por miedo, recibir válidamente el
sacramento, puesto que le faltaría la intención de recibirlo, aunque mientras no tuviera la fe y la penitencia
debidas, sería infructuoso en él.
2o. Los niños
Es válido y lícito el bautismo de los niños que aún no llegan al uso de razón.

Inocencio III lo declaró verdad de fe contra los valdenses (Dz. 424 y 430); el Conc. de Trento contra los
anabaptistas (que repetían el bautismo cuando el individuo llegaba al uso de razón) y contra los protestantes
(afirmaban que al ser la fe causa eficaz de la validez sacramental, se requería que el sujeto la poseyera en acto:
cfr. Dz. 867 a 870).
La costumbre de bautizar a los niños es muy antigua en la Iglesia. Ya el Conc. de Cartago (a. 418) declaró contra
los pelagianos que los niños recién nacidos del seno materno han de ser bautizados (canon 2). La misma doctrina
se declaró en Efeso y en otros muchos Concilios (II de Letr n, IV de Letrán, Vienne, Florencia, etc.).

Según la doctrina católica, la fe actual del niño puede faltar, pues no es ella la causante de la eficacia sacramental
como afirman los protestantes sino sólo un acto dispositivo. La fe en acto es sustituida por la fe de la Iglesia.
Una profunda fundamentación filosófica de este importante tema es tratada en la Suma Teológica, III, q. 68, a. 9.
Santo Tomás de Aquino (cfr. S. Th., III, q. 68, a. 9) prueba que no sólo es lícito y válido bautizar a los niños, sino
que además:
- es necesario bautizarlos, ya que nacen con la grave mácula del pecado original, que sólo el bautismo puede
curar (resultaría análogo el caso del niño que nace enfermo y no se busca su alivio);
- es conveniente porque, como la gracia se produce ex opere operato, ya desde esa tierna edad son poseedores de
los bienes sobrenaturales y reciben la constante actuación benéfica del Espíritu Santo en sus almas.

Con frecuencia algunos se preguntan: ¿Está bien que los padres o los padrinos acepten en nombre del niño unas
obligaciones sin saber si luego serán aceptadas? Es verdad que el bautismo impone obligaciones y exige
responsabilidades, pero también la vida, y la educación del párvulo exigen responsabilidades y, con todo, no se
pregunta al niño si quiere asumir las cargas de la escuela o de la vida, sino que se le prepara para hacerlo porque
son para él un bien.
El bautismo es un don, el mayor de todos los dones. Para recibir un don no se requiere el consentimiento
explícito. ¿No hay acaso leyes por las que los padres o tutores pueden y deben aceptar una herencia en nombre de
su hijo? ¿Por qué razones habría que hacer una excepción con el bautismo, que abre camino a los tesoros de la
gracia?

Tampoco es motivo suficiente decir que siempre queda tiempo para recibir el bautismo, en edad adulta. Esto
equivaldría a decir que no tiene importancia alguna el beneficio que recibe el niño desde pequeño, o exponerle
durante años al peligro de perder el cielo eternamente. Y, puesto que nadie tiene seguro un solo día de vida
terrena, luego tampoco está asegurado el bautismo más adelante si a su tiempo no lo recibió por negligencia de
sus padres.

En vista de la importancia que el bautismo tiene para la salvación, la legislación de la Iglesia indica que los
padres tienen obligación de hacer que los hijos sean bautizados en las primeras semanas (CIC, c. 867 & 1), y si el
niño se encuentra en peligro de muerte, debe ser bautizado sin demora"" (Ibid., & 2).
Por la misma razón, también se indica que el niño de padres católicos, e incluso no católicos, en peligro de
muerte, puede lícitamente ser bautizado, aun contra la voluntad de sus padres (c. 868, & 1); aunque fuera del
peligro de muerte, no se ha de bautizar al niño cuyos padres se opongan, por no tener la esperanza de poder
educarlo en la religión católica (Ibid.).

Por último, se indica que:

- El niño expósito o que se halló abandonado, debe ser bautizado, a no ser que conste su bautismo después de una
investigación diligente (c. 870);
- En la medida de lo posible se deben bautizar los fetos abortivos, si viven (c. 871).

La doctrina de que el feto humano está informado por el alma racional desde el primer momento de su
concepción, es la razón por la que el legislador manda bautizar si se produce un aborto. Es de notar que esta
doctrina es tan firme, que no tiene lugar en este caso el bautismo bajo condición, si consta que el feto está vivo.
Las mismas razones aducidas para el bautismo de los niños han de emplearse cuando se trata de dementes que
nunca han tenido uso de razón.
2.8 LOS PADRINOS DEL BAUTISMO

Padrinos son las personas designadas por los padres del niño -o por el bautizado, si es adulto-, para hacer en su
nombre la profesión de fe, y que procuran que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y
cumpla fielmente las obligaciones del mismo (CIC, c. 872).

La legislación de la Iglesia en torno a los padrinos del bautismo estipula que:

- ha de tenerse un solo padrino o una madrina, o uno y una (CIC, c. 873);


- para que alguien sea admitido como padrino, es necesario que:

tenga intención y capacidad de desempeñar esta misión;


haya cumplido 16 años;
sea católico, esté confirmado, haya recibido el sacramento de la Eucaristía y lleve una vida congruente con la fe y
la misión que va a asumir;
no esté afectado por una pena canónica;
no sea el padre o la madre de quien se bautiza (cfr. CIC, c. 874 & 1).

Confirmación
El sacramento que da el Espíritu Santo para enraizarnos más profundamente en la filiación divina, incorporarnos
más firmemente a Cristo.

3. EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACION
3.1 Noción

3.2 La confirmación, sacramento de la Nueva Ley

3.3 El signo externo de la confirmación


3.3.1 La materia
3.3.2 La forma

3.4 Efectos de la confirmación

3.5 Necesidad de recibir el sacramento

3.6 El ministro de la confirmación

3.7 El sujeto de la confirmación


3.8 Los padrinos de la confirmación

--------------------------------------------------------------------------------

3. EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACION

3.1 NOCION

La confirmación es el sacramento que da el Espíritu Santo para enraizarnos más profundamente en la filiación
divina, incorporarnos más firmemente a Cristo, hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos
todavía m s a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras
(Catecismo, 1316).

Por implicar perfección y consumación de la gracia y el carácter del bautismo, este sacramento forma parte de la
iniciación cristiana. Confirmar significa afirmar o consolidar, y por ello la confirmación lleva a su plenitud lo que
en el bautismo era sólo inicio. Particularmente luego de la recepción de este sacramento, la misión del cristiano
ser más activa que pasiva, en consideración de dicha plenitud: misión eminentemente apostólica, donde se
continúa de algún modo la gracia de Pentecostés.
Por esta razón, sólo los confirmados pueden ser padrinos de bautismo, o recibir las sagradas órdenes.

La confirmación es para nosotros lo que Pentecostés fue para los Apóstoles.

Luego de haber dado Jesucristo el Espíritu Santo a los Apóstoles (cfr. Jn. 20, 22), éstos permanecían tímidos,
ignorantes e imperfectos. Dios procede por grados en la comunicación de sus dones. Los Apóstoles tenían ya el
Espíritu Santo, pero no habían recibido aún la fortaleza para confesar la fe y transmitirla: ésta la recibieron el día
de Pentecostés. También nosotros recibimos por primera vez al Espíritu Santo en el bautismo, recibiendo luego,
la plenitud de sus dones, en la confirmación.
3.2 LA CONFIRMACION, SACRAMENTO DE LA NUEVA LEY
Este sacramento, como todos los otros, fue instituido por Jesucristo, pues sólo Dios puede vincular la gracia a un
signo externo. Sin embargo, no consta en la Sagrada Escritura el momento preciso de la institución, aunque
repetidas predicciones de los profetas relativas a una amplia difusión del Espíritu divino en los tiempos
mesiánicos (cfr. Is. 58, 11; Ez. 47, 1; Joel 2, 28, etc.), el reiterado anuncio por parte de Cristo de una nueva
venida del Espíritu Santo para completar su obra, y la misma acción de los Apóstoles hacen constar la institución
de un sacramento distinto del bautismo.

Así, por ejemplo, los Hechos de los Apóstoles nos refieren que, habiendo sido enviados Pedro y Juan a los
samaritanos, hicieron oración por ellos a fin de que recibiesen el Espíritu Santo porque aún no había descendido
sobre ninguno de ellos, sino que solamente estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les
imponían las manos y recibían el Espíritu Santo (Hechos 8, 14; véase también Hechos 19, 6; Heb. 6, 2; etc.). Es
claro que, desde el primer momento de la predicación apostólica, se confería este sacramento, instituido por
Jesucristo.
Por no aparecer explícitamente el momento de la institución de la confirmación, los protestantes rechazaron este
sacramento como carente de fundamento bíblico. Contra ellos, el Concilio de Trento hizo la siguiente
declaración: Si alguno dijere que la confirmación de los bautizados es ceremonia ociosa y no verdadero y propio
sacramento, sea anatema (Dz. 871). Santo Tomás enseña que Cristo instituyó el sacramento prometiendo que se
verificaría luego de su Resurrección y Ascensión a los cielos, esto es, después que el Espíritu Santo viniera sobre
los Apóstoles el día de Pentecostés, pues sólo entonces recibirían la plenitud del Espíritu (cfr. S. Th. III, q. 72, a.
1, ad. 1).
3.3 EL SIGNO EXTERNO DE LA CONFIRMACION

Al administrar la confirmación, la Iglesia repite esencialmente la sencilla ceremonia que relatan los Hechos de los
Apóstoles (19, 1 a 6), añadiendo algunos ritos que hacen más comprensible la recepción del Espíritu Santo y los
efectos sobrenaturales que produce en el alma.

Así lo expresa, por ejemplo, la siguiente oración que antecede a las palabras de la forma: Oremos, hermanos, a
Dios Padre Todo poderoso, y pidámosle que derrame el Espíritu Santo sobre estos hijos de adopción, que
renacieron ya a la vida eterna en el bautismo, para que los fortalezca con la abundancia de sus dones, los consagre
con su unción espiritual, y haga de ellos imagen perfecta de Jesucristo.
3.3.1 La materia
La materia de la confirmación es la unción con el crisma en la frente, a la que se añade la imposición de las
manos del Obispo.

Por crisma se entiende la mezcla de aceite de oliva y de bálsamo, consagrada por el obispo el día de Jueves
Santo. Se entiende por bálsamo el líquido aromático que fluye de ciertos árboles y que, después de quedar
espesado por la acción del aire, contiene aceite esencial, resina y ácido benzoico o cinámico.
Así como la materia del bautismo el -agua- significa su efecto propio -lavado-, la materia de la confirmación
aceite, usado desde la antigüedad para fortalecer los músculos de los gladiadores, es símbolo de fuerza y plenitud.
El confirmado podrá con el sacramento cumplir con valentía su misión apostólica. El bálsamo, que perfuma el
aceite y lo libra de la corrupción, denota el buen olor de la virtud y la preservación de los vicios.

El rito esencial es la crismación en la frente, no la imposición de las manos (cfr. AAS 64 (1972), p. 526).

3.3.2 La forma
La forma de la confirmación consiste en las palabras que acompañan a la imposición individual de las manos,
imposición que va unida a la unción en la frente.

El Ordo Confirmationis (22-VIII-71) indica que las palabras son: "Recibe el signo del Don del Espíritu Santo".
Lo mismo que al soldado se le dan las armas que debe llevar en la batalla, así al confirmado se le signa con la
señal de la cruz en la frente, para significar que el arma con que ha de luchar es la cruz, llevada no sólo en su
mano o sobre su pecho, sino sobre todo en su propia vida y conducta.

3.4 EFECTOS DE LA CONFIRMACION


De la celebración se deduce que el efecto del sacramento es la efusión plena del Espíritu Santo, como fue
concedida en otro tiempo a los apóstoles el día de Pentecostés (Catecismo, 1302).

Por este hecho, la Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:

- nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir ‘Abb , Padre’ (Rm. 8,15);
- nos une más firmemente a Cristo;
- aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo;
- hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia;
- nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras
como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás
vergüenza de la cruz (Id., n. 1303).

Otro efecto de la confirmación es que imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el ‘carácter’, que es el
signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto
para que sea su testigo (cfr. Lc. 24, 48-49) (Id., n. 1304).

El ‘carácter’ perfecciona el sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo, y el confirmado recibe el
poder de confesar la fe de Cristo públicamente, y como en virtud de un cargo (quasi ex officio) (Id., n. 1305).

3.5 NECESIDAD DE RECIBIR EL SACRAMENTO

En el inciso 2.5 se explicó que el bautismo es el único sacramento absolutamente necesario para la salvación. La
confirmación, pues, ser necesaria sólo de modo relativo; es decir, que se requiere no absolutamente para salvarse,
sino sólo para llegar a vivir con plenitud la vida cristiana.
El derecho vigente prescribe a todos los fieles la obligación de confirmarse en el tiempo oportuno (cfr. CIC, c.
890), por lo que, si se dejara de recibir por menosprecio o negligencia, se pecaría gravemente (cfr. Conc. de
Constanza, Dz. 669).

3.6 EL MINISTRO DE LA CONFIRMACION

"El ministro ordinario de la confirmación es el Obispo; también administra válidamente este sacramento el
presbítero dotado de facultad por el derecho común o concesión peculiar de la autoridad competente" (CIC, c.
882).

Magisterio de la Iglesia, cfr. Dz. 419, 424, 465, 572, 608, 697, 873 y 2147; CIC, n. 1313.
Si un cristiano está en peligro de muerte, cualquier presbítero debe darle la Confirmación (cfr. CIC, can. 883, 3).
En efecto, la Iglesia quiere que ninguno de sus hijos, incluso en la m s tierna edad, salga de este mundo sin haber
sido perfeccionado por el Espíritu Santo con el don de la plenitud de Cristo (Catecismo, n. 1314).

3.7 EL SUJETO DE LA CONFIRMACION

El sujeto de la confirmación es todo bautizado que no haya sido confirmado.

También los niños pueden recibir válidamente este sacramento y, si se hallan en peligro de muerte, se les debe
administrar la confirmación.

Aunque el niño bautizado que aún no llega al uso de razón se salvaría sin confirmarse, la conveniencia de recibir
este sacramento resulta de la infusión de un estado más elevado de gracia, al que corresponde un estado más
elevado de gloria (cfr. S. Th. III, q. 72, a. 8, ad. 4).
Ahora bien, considerando el fin de este sacramento convertir al bautizado en esforzado testigo de Cristo es más
conveniente administrarlo cuando el niño ha llegado al uso de razón, es decir hacia los siete años de edad (cfr.
CIC, c. 891).
Para que el confirmado con uso de razón reciba lícitamente el sacramento, ha de estar convenientemente
instruido, en estado de gracia, y ha de ser capaz de renovar las promesas del bautismo.

La preparación para la Confirmación debe tener como meta conducir al cristiano a una unión más íntima con
Cristo, a una familiaridad más viva con el Espíritu Santo, su acción, sus dones y sus llamadas, a fin de poder
asumir mejor las responsabilidades apostólicas de la vida cristiana. Por ello, la catequesis de la Confirmación se
esforzar por suscitar el sentido de la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo (Catecismo, n. 1309).

3.8 LOS PADRINOS DE LA CONFIRMACION

Aun sin ser imprescindible sobre todo si se trata de un adulto, conviene que el confirmado tenga un padrino a
quien corresponde procurar que el sujeto se comporte como verdadero testigo de Cristo y cumpla fielmente las
obligaciones inherentes al sacramento (CIC, c. 892).

Las condiciones que ha de reunir el padrino de la confirmación son las mismas que se piden para el padrino de
bautismo (ver 2.8). Incluso conviene que sea el mismo que para el bautismo, a fin de subrayar la unidad entre los
dos sacramentos (Catecismo, n. 1311).
A los padrinos les compete con más razón si son los mismos que en el bautismo colaborar en la preparación de
los confirmados para recibir el sacramento, y contribuir después con su testimonio y con su palabra a la
perseverancia en la fe y en la vida cristiana de sus ahijados.
Su tarea es de suplencia respecto a la obligación primordial de los padres, pero no por eso su misión carece de
importancia.

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