Matilda
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Roald Dahl
Ilustraciones de Quentin Blake
CO LECC I Ó N ROA LD DA HL
Matilda es una lectora empedernida con tan solo
cinco años. Sensible e inteligente, todos la admiran
menos sus mediocres padres, que la consideran
una inútil. Además, tiene poderes extraños y
maravillosos. Un día decide desquitarse y empieza a
Matilda
Ilustraciones de Quentin Blake
emplearlos contra la cruel señorita Trunchbull.
Matilda
«Mi padre creía que todos los
niños poseen una brasa. Pero
alguien debe encender el fuego.
Y una vez encendido, es de vital
importancia que se mantenga
vivo y no se apague nunca».
Tessa Dahl
[Link]
El 10% de los derechos de autor generados por
la venta de este libro se donará a las organizaciones
benéficas de Roald Dahl.
(Más información en el interior)
[Link]
Las obras de Roald Dahl
no solo ofrecen historias apasionantes...
¿Sabías que un 10 % de los derechos de autor* de este libro se destina a
financiar la labor de las organizaciones benéficas de Roald Dahl?
Roald Dahl es muy famoso por sus historias y
oemas; pero no es tan conocido por su labor en apoyo
p
de los niños enfermos. Actualmente, la fundación Roald
Dahl’s Marvellous Children’s Charity presta su ayuda a niños con trastornos
médicos severos y en situación de extrema pobreza. Esta organización benéfi-
ca considera que la vida de todo niño puede ser maravillosa sin entrar a valorar
lo enfermo que esté o su esperanza de vida.
En el Roald Dahl Museum and Story Centre, en Great Missenden,
Buckinghamshire (la localidad en la que vivió el autor), puedes conocer mu-
chas más historias sobre la vida de Roald Dahl y sobre cómo
su biografía se entremezcla con sus historias. Este museo
es una organización benéfica cuya intención es fomentar el
amor por la lectura, la escritura y la creatividad. Asimismo,
dispone de tres divertidas galerías con muchas actividades para hacer
y un montón de datos curiosos por descubrir (incluyendo la cabaña
en la que Roald Dahl se retiraba a escribir). El museo está abierto al público en
general y a grupos escolares (de 6 a 12 años) durante todo el año.
Roald Dahl’s Marvellous Children’s Charity (RDMCC) es una organiza-
ción benéfica registrada con el número1137409.
Roald Dahl Museum and Story Centre (RDMSC) es una organización
benéfica registrada con el número 1085853.
Roald Dahl Charitable Trust es una organización benéfica recientemente
establecida, que apoya la labor de RDMCC y RDMSC.
* Los derechos de autor donados son netos de comisiones.
[Link]
Título original: MATILDA
© 1988, Roald Dahl Nominee, Ltd.
© 1988, Quentin Blake
© De la traducción: 1989, Pedro Barbadillo
© 1989, 1992, 1995, Ediciones Santillana S.A.
©De esta edición:
2015, Ediciones Santillana S.A.
Av. Leandro N. Alem 720 (C1001AAP)
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
ISBN: 978-950-46-4368-5
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Impreso en Argentina. Printed in Argentina.
Primera edición: octubre de 2015
Coordinación de Literatura Infantil y Juvenil: María Fernanda Maquieira
Dirección de Arte: José Crespo y Rosa Marín
Proyecto gráfico: Marisol Del Burgo, Rubén Churrillas y Julia Ortega
Dahl, Roald
Matilda / Roald Dahl ; ilustrado por Quentin Blake. - 1a ed. . -
Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Santillana, 2015.
288 p. : il. ; 20 x 14 cm. - (Azul)
ISBN 978-950-46-4368-5
1. Literatura Infantil y Juvenil. I. Blake, Quentin, ilus. II. Título.
CDD 863.9282
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproduci-
da, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema
de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio,
sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fo-
tocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.
Esta primera edición de 6.000 ejemplares se terminó de imprimir
en el mes de octubre de 2015 en Arcángel Maggio – división
libros, Lafayette 1695, Ciudad Autónoma de Buenos Aires,
República Argentina.
Matilda
Roald Dahl
Ilustraciones de Quentin Blake
Para Michael y Lucy
La lectora de libros
Ocurre una cosa graciosa con las madres y los pa- 9
dres. Aunque su hijo sea el ser más repugnan-
te que uno pueda imaginarse, creen que es
maravilloso.
Algunos padres van aún más lejos.
Su adoración llega a cegarlos y es-
tán convencidos de que su vástago
tiene cualidades de genio.
Bueno, no hay nada malo en
ello. La gente es así. Solo cuando
los padres empiezan a hablarnos de las maravillas
de su descendencia es cuando gritamos: «¡Tráigan-
me una palangana! ¡Voy a vomitar!».
Los maestros lo pasan muy mal teniendo que
escuchar estas tonterías de padres orgullosos, pero
normalmente se desquitan cuando llega la hora de
las notas finales de curso. Si yo fuera maestro,
imaginaría comentarios genuinos para hijos de
padres imbéciles. «Su hijo Maximilian —escribi-
ría— es un auténtico desastre. Espero que tengan
ustedes algún negocio familiar al que puedan
orientarle cuando termine la escuela, porque es
seguro, como hay infierno, que no encontrará
trabajo en ningún sitio».
10 O si me sintiera inspirado ese día, podría escri-
bir: «Los saltamontes, curiosamente, tienen los ór-
ganos auditivos a ambos lados del abdomen. Su hija
Vanessa, a juzgar por lo que ha aprendido este cur-
so, no tiene órganos auditivos».
Podría, incluso, hurgar más profundamente en
la historia natural y decir: «La cigarra pasa seis 11
años bajo tierra como larva y, como mucho, seis
días como animal libre a la luz del sol y al aire. Su
hijo Wilfred ha pasado seis años como larva en
esta escuela y aún estamos esperando que salga de
la crisálida». Una niña especialmente odiosa po-
dría incitarme a decir: «Fiona tiene la misma belle-
za glacial que un iceberg, pero al contrario de lo
que sucede con este, no tiene nada bajo la superfi-
cie». Estoy seguro de que disfrutaría escribiendo
los informes de fin de curso de las sabandijas de
mi clase. Pero ya está bien de esto. Tenemos que
seguir.
A veces se topa uno con padres que se compor-
tan del modo opuesto. Padres que no demuestran
el menor interés por sus hijos y que, naturalmen-
te, son mucho peores que los que sienten un cari-
ño delirante. El señor y la señora Wormwood eran
de esos. Tenían un hijo llamado Michael y una hija
llamada Matilda, a la que los padres consideraban
12 poco más que como una postilla. Una postilla es
algo que uno tiene que soportar hasta que llega el
momento de arrancársela de un papirotazo y lan-
zarla lejos. El señor y la señora Wormwood espera-
ban con ansiedad el momento de quitarse de enci-
ma a su hijita y lanzarla lejos, preferentemente al
pueblo próximo o, incluso, más lejos aún.
Ya es malo que haya padres que traten a
los niños normales como postillas y juane-
tes, pero es mucho peor cuando el niño
en cuestión es extraordinario, y con esto
me refiero a cuando es sensible y
brillante. Matilda era ambas cosas,
pero, sobre todo, brillante. Tenía
una mente tan aguda y aprendía
con tanta rapidez que su talento
hubiera resultado claro para padres
medianamente inteligentes. Pero el señor y la seño-
ra Wormwood eran tan lerdos y estaban tan ensi-
mismados en sus egoístas ideas que no eran capa-
ces de apreciar nada fuera de lo común en sus hijos.
Para ser sincero, dudo que hubieran notado algo
raro si su hija llegaba a casa con una pierna rota.
Michael, el hermano de Matilda, era un niño de
lo más normal, pero la hermana, como ya he di- 13
cho, llamaba la atención. Cuando tenía un año y
medio hablaba perfectamente y su vocabulario era
igual al de la mayor parte de los adultos. Los pa-
dres, en lugar de alabarla, la llamaban parlanchina
y la reñían severamente, diciéndole que las niñas
pequeñas debían ser vistas pero no oídas.
Al cumplir los tres años, Matilda ya había
aprendido a leer sola, valiéndose de los periódicos
y revistas que había en su casa. A los cuatro, leía
de corrido y empezó, de forma natural, a desear
tener libros. El único libro que había en aquel ilus-
trado hogar era uno titulado Cocina fácil, que per-
tenecía a su madre. Una vez que lo hubo leído de
14 cabo a rabo y se aprendió de memoria todas las re-
cetas, decidió que quería algo más interesante.
—Papá —dijo—, ¿no podrías comprarme al-
gún libro?
—¿Un libro? —preguntó él—. ¿Para qué quie-
res un maldito libro?
—Para leer, papá.
—¿Qué demonios tiene de malo la televisión?
¡Hemos comprado un precioso televisor de doce
pulgadas y ahora vienes pidiendo un libro! Te es-
tás echando a perder, hija...
Entre semana, Matilda se quedaba en casa sola
casi todas las tardes. Su hermano, cinco años ma-
yor que ella, iba a la escuela. Su padre iba a tra-
bajar y su madre se marchaba a jugar al bingo a
un pueblo situado a ocho millas de allí. La señora
Wormwood era una viciosa del bingo y jugaba cin- 15
co tardes a la semana. La tarde del día en que su
padre se negó a comprarle un libro, Matilda salió
sola y se dirigió a la biblioteca pública del pueblo.
Al llegar, se presentó a la bibliotecaria, la señora
Phelps. Le preguntó si podía sentarse un rato y
leer un libro. La señora Phelps, algo sorprendida
por la llegada de una niña tan pequeña sin que
la acompañara ninguna persona mayor, le dio la
bienvenida.
—¿Dónde están los libros infantiles, por favor?
—preguntó Matilda.
—Están allí, en las baldas más bajas —dijo la
señora Phelps—. ¿Quieres que te ayude a buscar
uno bonito con muchos dibujos?
—No, gracias —dijo Matilda—. Creo que podré
arreglármelas sola.
A partir de entonces, todas las tardes, en cuanto
su madre se iba al bingo, Matilda se dirigía a la bi-
blioteca. El trayecto le llevaba solo diez minutos y le
quedaban dos hermosas horas, sentada tranquila-
mente en un rincón acogedor, devorando libro tras
libro. Cuando hubo leído todos los libros infantiles
que había allí, comenzó a buscar alguna otra cosa.
16 La señora Phelps, que la había observado fasci-
nada durante las dos últimas semanas, se levantó
de su mesa y se acercó a ella.
—¿Puedo ayudarte, Matilda? —preguntó.
—No sé qué leer ahora —dijo Matilda—. Ya he
leído todos los libros para niños.
—Querrás decir que has contemplado los dibu-
jos, ¿no?
—Sí, pero también los he leído.
La señora Phelps bajó la vista hacia Matilda
desde su altura y Matilda le devolvió la mirada.
—Algunos me han parecido muy malos —dijo
Matilda—, pero otros eran bonitos. El que más me
ha gustado ha sido El jardín secreto. Es un libro lleno
de misterio. El misterio de la habitación tras la puer-
ta cerrada y el misterio del jardín tras el alto muro.
La señora Phelps estaba estupefacta.