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Doña Berta: Vida de Pasión y Fe

Doña Berta Giraldo Gómez es una mujer septuagenaria con una vida rica en experiencias, que se siente feliz y libre en su entorno, donde combina su amor por la música, la costura y la enseñanza. A pesar de su edad, mantiene una activa participación en su comunidad y se dedica a cultivar sus pasiones artísticas y su fe cristiana. Su vida refleja un profundo amor por su familia y su municipio, así como un compromiso con su independencia y bienestar personal.
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Doña Berta: Vida de Pasión y Fe

Doña Berta Giraldo Gómez es una mujer septuagenaria con una vida rica en experiencias, que se siente feliz y libre en su entorno, donde combina su amor por la música, la costura y la enseñanza. A pesar de su edad, mantiene una activa participación en su comunidad y se dedica a cultivar sus pasiones artísticas y su fe cristiana. Su vida refleja un profundo amor por su familia y su municipio, así como un compromiso con su independencia y bienestar personal.
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BERTA GIRALDO GÓMEZ


Una voz de paz

oña Berta tardó varios minutos en descubrir que la estaba observando. Yo lo hacía, no como
un acto indiscreto, sino por la fascinación que me produjo la habilidad de sus manos en las
labores de costura. En ese momento cogía el ruedo de una falda a velocidad y precisión
increíbles, por eso, luego de un afectuoso saludo y de una corta presentación encaminé el
diálogo hacia el trabajo con las manos y entonces descubrí que la costura era apenas
esporádica, porque lo que realmente le gustaba era tocar el piano y la guitarra y pintar.
Quedé desconcertado.

La mirada de prevención que me lanzó en el primer instante cambió en menos de un minuto


cuando observó mí real interés en lo que ella decía, por lo que tímidamente recogió la falda
en la que trabajaba, organizó los hilos y las agujas y me prestó total atención. Supe entonces
que estaba ante un ser espléndido con ademanes que denotaban cierta cultura, dueña de una
voz segura guiada con la cadencia mesurada que sólo con los años se aprende y empleando
un vocabulario preciso. Se presentó amablemente, sonrió e intempestivamente se puso de
pie y se negó a sentarse nuevamente, como si aquel acontecimiento - el hablar de ella- fuese
merecedor de sumo respeto. “Soy muy feliz aquí” –dijo entonces mirando el entorno de su
cuarto y hacia el patio donde sus compañeros descansaban. Luego continuo: “aquí tengo
mucha libertad y mantengo muy buenas relaciones con todos. Soy pensionada en el Centro,
pero tengo muchas amigas y familiares en Marinilla, por eso callejeo tanto. Nací en
Marinilla, me crié en Marinilla y aunque anduve por varios departamentos y municipios de
Colombia cuando era profesora, volví a Marinilla y aquí me pienso quedar”.

Su habitación es ordenada igual que ella con sus ropas sencillas y su cabello corto bien
peinado; ella y todas sus cosas son excesivamente limpias como lo es su mirada sosegada y
tímida, disonante con la fuerza y seguridad de sus palabras. Su cuerpo diminuto crece con el
volumen que le dan sus ideas y por eso ella es grande. En la mesita de costuras también
había una vieja máquina de escribir, porque, como buena mecanógrafa, no envía carta,
comunicado o nota por insignificante que sea que no fuera escrita en su pequeño aparato.
Todo, absolutamente todo en su cuarto: cuadros, imágenes, decoraciones, porcelanas, libros y
música, daba muestras de su gran amor a Dios; en definitiva, vivía en un modesto altar por
ella misma elaborado y que mantenía en caprichosa impecabilidad.

Al fondo se escuchaba la emisora Minuto de Dios, y doña Berta, descubriendo que esto me
llamó la atención, hizo referencia a su ilimitada fe cristiana para la cual vivía y a la cual
ofrecía todo lo que hacía. Apagó entonces el radio, creyendo tal vez que esto era un
distractivo, y para evitar la pregunta segura sobre su fe explicó de inmediato y con marcado
interés que no era una rezandera y que además escuchaba varios tipos de música, entre ellos
la “profana” de Garzón y Collazos, Jorge Villamil y Los Cuyos. También descubrí su gusto
por los grandes maestros Bethoven y Mozart al mirar una repisa con casetes y una buena

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cantidad de libros, entre los que reconocí “Esos Tus Ojos” de Mazariejos, “Ángeles y
Demonios”, de Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo, Encíclicas de Juan XXIII y gran cantidad
de libros Marianos. Fue entonces cuando dijo que también pertenecía al Club de Lectores de
la Palabra de Dios de la Parroquia La Asunción de Marinilla. Aquella mujer de apariencia
frágil se tornaba fuerte al hablar, sobre todo cuando se refería a algo muy suyo. Por eso no
me sorprendió entonces su gesto de dignidad al afirmar que estaba en el Centro de Bienestar
porque quería su independencia y allí la tenía, ni cuando desvió sutilmente la mirada al
abordar el tema de su soltería, un error inocente que cometí por descuido, porque ella fue
muy puntual al señalarse como persona libre e independiente y yo no acaté en este énfasis.

No obstante, ella reparó el apuro mutuo aclarando que tenía muchos sobrinos a los que veía
constantemente y a quienes adoraba, igual que a todos los niños por los que trabajó casi toda
su vida.

Frente a aquella caja de sorpresas era imposible seguir un derrotero, así que decidí
descubrirla en sus silencios respetuosos y en su voz misteriosa que explicaba con ejemplar
economía de palabras lo que quería decir, y no tardé en saber que ella quería contarme más
de lo que yo hubiera podido preguntarle. Ambos optamos por conversar y con la fluidez de la
charla me resumió su vida, interesante y tranquila, sin secuencia cronológica hasta su llegada
al centro. Sus padres, ambos Marinillos, la formaron con la más férrea tradición cristiana y
le infundieron un desbordado amor hacia su familia y hacia su municipio. Por eso, pese a las
múltiples posibilidades de radicarse en otras regiones del país, insistió toda su vida en
permanecer cerca de los suyos rindiéndole a su familia y a sus amigos perpetuo tributo, lo
cual ha decido prolongar “hasta que Dios se lo permita”.

La política, como parte constitutiva de toda sociedad civilizada, no escapa a los gustos de
doña Berta, quien la ve y la vive como una responsabilidad y un componente casi ineludible
de su vida cívica. Por eso vota, va a las sesiones del concejo cuando hay algo que lo amerita
y asiste a las reuniones de diferentes organizaciones de bienestar social a las que pertenece.

Me habló de su fascinación por todo aquello que podía hacer con las manos y entendí
entonces su empeño, a pesar de los años, en aprender a tocar la guitarra y su persistencia con
el croché y el bordado, pero también en esta parte tuve mí mayor sorpresa al saber que,
paradójicamente, lo único que le desagradaba del Centro era algunas actividades manuales
que realizaban y que le resultaban muy infantiles. Era lógico. Con todo y sus años, doña
Berta tenía su propio universo muy distinto y distante al de sus compañeros. El arte, la
música y por encima de todo ello Dios, conformaban su mundo y únicamente lamentaba no
tener un piano a la mano para poder seguir estudiando y de esta manera acompañar las misas
de su parroquia, como ya lo hacía con la guitarra. Durante 28 años fue profesora, y aún ahora
siendo septuagenaria seguía enseñando porque sentía orgullo al hablar de sí misma libre de
egocentrismos y vanidades, porque logró sin considerarla tardía, su propia independencia y
aún podía decir sin modestia que tenía su propio profesor de música, que continuaba con sus
labores cívicas, que era feliz, que contaba con una gran cantidad de amigos y amigas, que no
pensaba en el futuro, sino en vivir el presente y cada día con el afán que le exija, que le
importa su municipio y su país y por ello se empapa diariamente de noticias, que logró
jubilarse y tener tranquilidad económica, que no le hace falta nada y que siente un gran amor
por el Centro y una especial admiración hacia sus directivas.

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Fue un encuentro feliz. Doña Berta no quería perderse la Santa Misa y apenas faltaban unos
minutos. No obstante, me miró con consideración y se ofreció para cuando quisiera seguir
conversando, le agradecí de corazón y por último me di cuenta de que ella observaba la
repisa donde estaban los casetes, los libros y una fotografía de ella junto a sus tres hermanas,
pensado tal vez en que yo era la primera persona que hurgaba su mundo y que a ella le había
dado mucho gusto enseñarme cómo llegar a viejo siendo buena, muy buena.

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