Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de
los notables entre los judíos. Fue de noche a ver a Jesús y le dijo:
“Maestro, sabemos que Tú has venido de parte de Dios para enseñar,
porque nadie puede realizar los signos que Tú haces, si Dios no está
con Él”.
Jesús le respondió:
“Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de
Dios”.
Nicodemo le preguntó: “¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es
viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre
y volver a nacer?”
Jesús le respondió:
“Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede
entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que
nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho:
“Ustedes tienen que renacer de lo alto”. El viento sopla donde quiere:
tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo
mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu”.
Palabra del Señor.
El evangelio de hoy nos trae una parte de la conversación de Jesús
con Nicodemo. Nicodemo aparece varias veces en el evangelio de
Juan . Era una persona que tenía una cierta posición social. Tenía
cierto liderazgo entre entre los judíos y formaba parte del Sanedrín.
Según san Juan, él representa al grupo de los judíos que eran
piadosos y sinceros, pero que no llegaban a entender todo lo que
Jesús hacía y hablaba. En el encuentro de hoy, se desarrolla toda una
catequesis bautismal, ocupando sencillos, pero profundos mensaje
tales como: «nacer de lo alto» o «nacer de nuevo», “nacer del agua”,
“nacer del Espíritu”. De este modo se va reflejando cierta tensión entre
lo viejo y lo nuevo. Las señales que Jesús hace pueden despertar a la
persona e interesarle; pueden engendrar curiosidad, pero no
engendran la entrega, en la fe. No hacen ver el Reino de Dios
presente en Jesús. Por esto es necesario dar un paso más. ¿Cuál es
este paso? Nacer de nuevo, acoger la novedad del Reino,
desprenderse de aquellos elementos que pudieran obstaculizar, por su
rigidez, la acción del Señor. Cada Pascua es una oportunidad, una
ocasión de nacer de nuevo. Que nuestra disponibilidad permita la
acción del Espíritu que transforma y alienta.
El encuentro de Jesús con Nicodemo contiene el primer
discurso del ministerio público del Señor y tiene una
gran importancia en Juan. El tema fundamental es el
camino de la fe. El evangelista lo presenta a través de
un personaje, representante del judaísmo, que, en
realidad, por ser un verdadero israelita, cree sólo en los
signos milagros y, en virtud de esta débil fe, le resulta
difícil elevarse para acoger la revelación del amor que
propone Jesús.
Estamos frente a la doctrina de Jesús sobre el misterio
del «nuevo nacimiento», sobre la fe en el Hijo unigénito
de Dios y sobre la salvación o la condena del hombre
que recibe o rechaza la Palabra de Jesús.
La composición del fragmento se fija primero en la
ambientación del coloquio y, a continuación, presenta
el diálogo sobre el misterio del «nuevo nacimiento». El
itinerario de fe de Nicodemo empieza en su
disponibilidad, que llega incluso a captar algunas
consecuencias a partir de los signos realizados por
Jesús. Con todo, anda todavía muy lejos de captar su
significado interior y el misterio de la persona de Cristo.
Jesús, con una primera y una segunda revelaciones,
desbarata la lógica humana del fariseo y lo introduce en
el misterio del Reino de Dios, que está presente y obra
en su persona: «El que no nazca de lo alto … Si no
nace del agua y del Espíritu… ». Se trata de un
nacimiento del Espíritu que sólo Dios puede poner en
marcha en el corazón del hombre con la fe en la
persona de Jesús.
Para entrar en el Reino hacen falta dos cosas: el agua,
esto es, el bautismo, y el Espíritu que permite hacer
brotar la fe en el creyente. Nicodemo, para pasar de la
fe endeble a la fe adulta, debe aprender antes a ser
humilde ante el misterio, a hacerse pequeño ante el
único Maestro, que es Jesús.
Ocurre cuando el Espíritu del Señor efectúa un gran cambio en el
corazón de una persona, de manera que ya no tiene más deseos de
obrar mal, sino de seguir las vías de Dios.
Un espíritu nuevo pondré dentro de vosotros, Ezeq. 11:19 (Ezeq. 18:31; 36:26).
Los que creyeron en el nombre de Cristo no fueron engendrados de sangre, sino
de Dios, Juan 1:12–13.
El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de
Dios, Juan 3:3–7.
Podemos renacer por la palabra de Dios, 1 Pe. 1:3–23.
Todo aquel que es nacido de Dios, no persevera en el pecado, TJS, 1 Juan 3:9.
Todo lo que es nacido de Dios vence al mundo, 1 Juan 5:4.
Primeramente, para conocer un poco más sobre este personaje
llamado Nicodemo, tenemos que decir que era un hombre muy
importante entre los judíos. Pertenecía a la secta llamada los fariseos,
los cuales eran muy estrictos en guardar la ley y las tradiciones orales
que habían llegado a través de los siglos. También era erudito, escriba
y miembro del concilio conocido como Sanedrín.
En pocas palabras, era una persona muy preparada intelectualmente y
con mucho conocimiento de las escrituras.
Cuando fue a visitar a Jesús, lo hace de noche, por temor a los otros
fariseos, y estando con Jesús lo reconoce “Maestro” que había
venido de Dios, por las señales que Jesús hacía. No obstante, en ese
momento sus ojos todavía no se habían abierto para verlo como
el “Mesías” (Jn 3:2).
Nicodemo necesitaba respuestas a muchas de sus preguntas
relacionadas con el Reino de Dios y el Salvador de Israel prometido en
las escrituras, pero reconocía que Jesús, el cual había venido de Dios,
podía responder sus preguntas.
Por lo tanto, el Señor Jesús conociendo sus pensamientos y sus
preguntas le dice: «De cierto, de cierto te digo, que el que no
naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Jn 3:3).
Nicodemo, pese a tanto conocimiento que tenia de las escrituras y su
intento de guardar estrictamente la ley, estaba muy alejado de Dios.
No podía entender el lenguaje espiritual con el que Jesús le hablaba,
refiriéndose al nuevo nacimiento, el cual se basa en el
arrepentimiento y la obra del Espíritu Santo en el corazón de cada
persona (Lc 17:21).
Por lo general, muchos de los fariseos creían que el Reino de Dios iba
a ser un reino terrenal con límites geográficos. Y más adelante el
Señor Jesús les enseña que el reino de Dios consistía en la obra del
Espíritu Santo en el corazón de las persona.
Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les
respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán:
Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros
(Lucas 17:20-21).
Por otra parte, Jesús le enseña a Nicodemo, que de igual manera
como no pudo controlar su nacimiento físico, tampoco podrá controlar
su nacimiento espiritual (Jn 3:8). Es un regalo de Dios dado por el
Espíritu Santo (Ro 8:16; 1 Co 2:10-12).
Por último, El Señor le explica a Nicodemo sobre la Salvación y la
Vida Eterna, utilizando parte de las escrituras donde Moisés levantó
una serpiente de bronce en el desierto.
Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre una asta; y
cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de
bronce, y vivía (Números 21:9).
De esta manera, Nicodemo más adelante pudo entender la obra
redentora de Jesucristo, cuando fue levantado en la cruz por los
pecados de la humanidad. Por esta razón, es que ante la mordedura
del pecado, el poner la mirada en Cristo tiene los mismos efectos de
salvación.
Lección de Vida de Nicodemo
Son muchas cosas las que podemos aprender de este erudito, el cual
fue a Jesús en lo secreto, pero después lo defendió en público (Jn
7:50-51). Siendo un hombre muy estudiado e intelectual, tuvo la
humildad de acercarse a Jesús para aprender de Él. Y sabiendo el
riesgo que estaba tomando, fue junto a José de Arimatea ante las
autoridades romanas a pedir el cuerpo del Señor para sepultarlo (Jn
19:38-40).