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"El dilema de un sacerdote en crisis"

Este documento describe la visita de un sacerdote llamado Jerry a una tienda de comestibles. Jerry se encuentra con una vieja amiga de la escuela llamada Helga, de quien estaba enamorado. Jerry recuerda su pasado en Alemania y su relación con Helga. Helga le indica dónde encontrar el juego de mesa que buscaba.

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"El dilema de un sacerdote en crisis"

Este documento describe la visita de un sacerdote llamado Jerry a una tienda de comestibles. Jerry se encuentra con una vieja amiga de la escuela llamada Helga, de quien estaba enamorado. Jerry recuerda su pasado en Alemania y su relación con Helga. Helga le indica dónde encontrar el juego de mesa que buscaba.

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Edición Limitada

Autor:
Ricardo Daniel Hulett Bencomo
“Y es que como dijo Jesús de Nazaret; pecar con la mente es tan
grave como pecar con la carne.”
Vestido con su hábito negro, zapatos, camisa y pantalón del
mismo color, el joven sacerdote camina por el pasillo central de la
catedral Die Engel, ubicada cerca de una urbanización de Hanover; el
muchacho llevaba en su mano derecha un pequeño arreglo floral, el cual
iba a ser ofrecido al altar principal de aquel lugar sagrado; a su alrededor
se encuentran los banquillos de madera, estos a su vez se ubican entre
dos hileras de columnas redondas, las cuales estaban pintadas de color
crema y en los extremos una tonalidad dorada les daba un toque de
clase, además de servir de soporte en aquella edificación, también
funcionaba como sostén de lámparas, cada columna poseía dos, una
dirigía la luz hacia los banquillos, mientras que la otra lo hacía hacia los
pasillos que flanqueaban los asientos y el corredor central; en medio de
estos espacio se ubican dos confesionarios, uno de cada lado; las
paredes definían los límites de la iglesia y de los corredores laterales,
estas se hallan justo en frente de las columnas, en ellas pinturas de
santos y vírgenes sirven como elementos decorativos; la pintura de
estos muros es de color blanco.

Por otro lado, justo por encima de los pilares, se encuentra un


conjunto de ventanas, por las cuales entran los rayos solares gracias a
la forma triangular del techo visto desde el frontispicio.

El suelo era de mármol, el corredor central de la iglesia estaba


compuesto por mármol negro, lo cual le daba aspecto de alfombra.

Jerry caminaba como si estuviera apurado, debía dejar el arreglo


floral frente al altar y salir lo más rápido posible de ahí; este sacerdote
era del tipo de hombres austero, entregado a su iglesia, sin embargo,
no siempre fue así, aquella entrega y devoción que lo caracteriza fue
surgiendo entre sus sentimientos con el lento y tedioso avance del
tiempo ya que Jerry Beco, de ascendencia italiana, había elegido el
sacerdocio para huir de sus problemas. Durante su juventud la vida no
le sonrió, los problemas económicos de su familia le impidieron concluir
sus estudios de secundaria, antes de llegar a la mayoría de edad quedó
huérfano de madre y padre debido a un accidente de tránsito. En vista
de tal desgracia, tuvo que mudarse a Alemania; a vivir con el hermano
de su padre, ahí completó la secundaria, conoció a una hermosa chica
de la cual se enamoró y así como en Italia, su familia cayó en desgracia
financiera, es por ello que, apoyándose en su férrea creencia católica,
decidió huir tomando aquel supuesto “camino hacia dios”; sin embargo,
su interés y amor por aquella magna entidad, en un principio, era nulo;
el padre tiempo se encargaría de hacerlo cambiar de parecer.

Durante su estancia en Berlín sus conocidos le llamaban señor


Beco, haciendo referencia a su apellido de procedencia italiana.

Jerry dejó el arreglo floral frente a una mesa de madera cubierta


con un mantel blanco, sobre la cual se encontraba un grial dorado,
detrás de esta se ubicaba la silla donde se sienta el párroco en las
misas; a la derecha de la butaca se podía divisar una puerta de madera;
después de dejar la ofrenda se dirigió a esa entrada.

El hombre de ojos color ámbar intenta abrir la puerta, trata de


mover la manilla y se da cuenta de que tenía el seguro puesto.

Una voz ronca le dice desde el interior de la habitación.

–Estamos indispuestos – luego, tras esgarrar y despejar su


garganta, continúa – necesito que me traigas ese juego del que te hablé
ayer, lo puedes encontrar en la tienda de comestibles ubicada a una
cuadra de aquí, creo que sabes cuál es.

–Claro que se cual es; vuelvo en breve, espero que ya no estés


ocupado para cuando vuelva.

Jerry se dio media vuelta y salió de la iglesia pasando por el pasillo


central.

A medida que bajaba por los tres escalones de mármol, los cuales
representan el desnivel existente entre la zona desde donde el cura dan
la misa, y la zona desde donde los feligreses escuchan el sermón;
aparecen imágenes como flash en su mente.

Ahí estaba su “amigo”, el sacerdote que no quiso abrir la puerta,


fornicando descontroladamente con los monaguillos, con su sotana
levantada y el órgano sexual introducido en el ano de aquellos
chiquillos; mientras el glande roza la próstata, los inocentes no saben
exactamente lo que ocurre, están confundidos y piensan, por la
manipulación del buen cura, que aquello es parte del sacrificio que hay
que presentar al todopoderoso.

Aquellas perturbadoras, aunque cotidianas imágenes dentro del


catolicismo aparecieron como producto de sus memorias. Memorias
que le hacen volver al pasado por algunos segundos; se ve a sí mismo
junto al cardenal Morris, ambos observaban un paquete de fotos en las
que estaba el pedófilo haciendo lo que mejor sabe hacer con los
monaguillos de esa misma iglesia; el espía que tomó las fotos con su
cámara oculta denunció a este personaje con el cardenal, en vista de
aquel bochorno, Jerry fue enviado como una especie de supervisor para
verificar que las pruebas son reales.

El dilema es que Jerry es primo de Thomas, el cura pedófilo.

Entre los dos hombres nunca ha habido ningún vínculo sexual, sin
embargo, todos aquellos años en los que compartieron su juventud
hicieron que entre ambos surgiera un vínculo afectivo muy estrecho, aún
mayor que el de Jerry y el hombre barbudo que está sentado en las
nubes; no obstante, tras aquella sinvergüencería el compromiso es
mayor, ahora Jerry debe actuar como protector y tratar de desmentir “la
verdad del espía”.

Jerry abre ligeramente la puerta principal de la iglesia, la cual es


de tres metros de altura y está hecha de madera. Después de cerrarla
comienza a caminar hacia el norte, sobre la acera al lado de la carretera;
lo hace a paso agigantados mientras trata de borrar las imágenes
perturbadoras de su mente con la belleza de la urbe que lo rodea.

Los rayos solares bañan la blanca piel de su rostro, manos y la


superficie de su ropa calentando su cuerpo; dicho aumento de
temperatura aumenta ligeramente el cansancio al caminar, sin
embargo, si quiere mantener su atlética figura, pues sudar no le cae
mal.
Tras caminar varios metros, encontró entre dos edificios de
ladrillos a una tienda de comestibles; entra y lo primero que ve es a la
chica detrás de la máquina registradora, queda paralizado justo en
frente de ella.

Su cabello rojo oscuro, al igual que la pintura que cubre sus


gruesos y perfectamente formados labios, su piel trigueña, su nariz
perfilada, cejas delgadas y piel lisa, se ven opacados por sus enormes
ojos color ámbar, el color de ellos es similar al de los ojos de Jerry; eso
ocupó la atención del sacerdote, no por lo bello y reluciente que son,
sino porque estimulan su memoria una vez más, esta vez lo arrastran a
un pasado no tan distante, sino a una época en la que el ya vivía en
Alemania.

–Hola Helga, ¿Cómo has estado? – pregunta Jerry


aproximándose a la señorita, quien se encontraba en medio de
mostradores de revistas y golosinas.

–Hola Jerry, que sorpresa tan agradable, no tenía idea de que eras
nuestro párroco – la joven veinteañera se arriesgó a dar tal declaración
ya que ella no es precisamente de las que va a la iglesia; nunca ha visto
la cara de Thomas.

–No lo soy, estoy resolviendo algunos problemas familiares, en un


par de semanas debería estar de vuelta en Berlín – dice el visiblemente
emocionado cura extendiendo su mano para saludar cordialmente a la
pelirroja.

–Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.

–Desde la secundaria – dice Jerry recogiendo su mano para


introducirla en uno de los bolsillos de su sotana.

–Sí, recuerdo que estuviste detrás de mí los últimos tres años de


secundaria – responde Helga con una ligera risa y picardía en sus ojos,
sin lugar a dudas había disfrutado de aquellas palabras.
En ese momento Jerry baja la mirada, la pena le invadió por
completo, como enviado por el mismo dios, un cliente se acerca para
pagar un paquete de jabón, de papitas fritas y una soda de cinco litros.

Mientras Helga comienza a facturar dichos artículos, Jerry le


pregunta con cierto temblor en su voz.

–¿Dónde puedo encontrar el juego de mesa este que está muy de


moda actualmente?

–¿Te refieres a SM? – pregunta Helga mientras comienza a contar


el dinero antes de meterlo en la máquina registradora.

–Creo que sí… un amigo me mandó a comprarlo, parece que es


medio adictivo.

–Tiene razón, es muy bueno, yo también lo he jugado, lo tenemos


en el último pasillo – en ese instante, el comprador se va y llega una
patrulla de policía, se estaciona en frente de la tienda y Helga se pone
un poco nerviosa con aquella presencia.

–Aprovecharé que no hay más nadie en la tienda, iré a hablar con


el oficial que me espera ahí, es un amigo mío, me entregará algo, en
seguida vuelvo.

–No te preocupes, mientras hace lo tuyo yo busco el juego – dice


Jerry mientras se da media vuelta para dirigirse al último pasillo, el
número cuatro contando de izquierda a derecha comenzando por el que
está junto a la máquina registradora.

El sacerdote se da cuenta de que el suelo de porcelana gris está


perfectamente pulido, casi puede ver su reflejo en él, las lámparas
fluorescentes cubren la mayor parte del cielorraso proporcionando una
buena iluminación a todo el lugar cuyo perímetro está definido por un
cuadrado, cada lado es de quince metros.

Al llegar al último pasillo se encuentras con que todos los


mostradores están llenos de cajas negras cuyo tamaño es el de cajas
de cereal, la diferencia es que estas son completamente negras y en la
parte delantera tenía escrito en legras rojas SM.

–No sabía que esto se vendiera tanto – dice para sí mismo.

Al otro lado del pasillo nota una extraña presencia, se trataba de


un hombre con aspecto de acolito, es decir, estaba vestido con un habito
negro que lo cubre desde la cabeza hasta los tobillos, además, sus pies
están cubiertos por sandalias negras, las cuales dejan ver la blanca y
envejecida piel, así como sus moradas uñas.

El acólito no se deja ver, da la espalda al sacerdote, este último


queda petrificado, aquel hombre parece un asaltante, aunque al parecer
es muy pacienzudo para ser uno.

El hombre de negro toma una caja del juego SM y camina


lentamente hasta el pasillo adjunto; Jerry hace lo mismo y camina lo
más rápido que puede hasta la caja registradora.

Mientras lo hace, se da cuenta por medio del cristal de la puerta,


que Helga está teniendo una acalorada discusión con el policía, quien
no ha salido de la patrulla.

La mujer le arroja un objeto pequeño en el interior del coche y


entra algo airada a la tienda.

Jerry se acerca a la máquina registradora, le pasa la caja, mientras


lo hace se da cuenta que en la parte trasera están escritas las reglas
del juego.

–¿Paso algo? – pregunta nerviosamente Jerry.

–Era mi novio, tuvimos una pelea y lo he terminado – responde la


pelirroja con un ligero temblor en sus labios, símbolo de rabia, no de
tristeza.

–Bueno aunque para una chica como tú parezca difícil de creer


algunos de nosotros somos muy buenos escuchando.
Helga cambia de semblante casi instantáneamente. Mientras
introduce la caja en una bolsa blanca para pasársela al sacerdote, dice
con un leve indicio de sonrisa en su rostro.

–No lo puedo creer, después de tantos años por fin me estas


invitando a una cita.

–No, no Helga, es decir, si no fuera sacerdote no lo dudaría, solo


me gustaría tener tu permiso para pasarme por aquí y charlar un poco,
por lo que veo a esta hora no hay muchos clientes y yo tampoco estoy
muy ocupado.

–No hay ningún problema Jerry – dice la pelirroja pícaramente


mientras extiende su mano para despedirse del sacerdote.

–Perfecto, nos vemos mañana – el hombre de dios se marcha


rápidamente, como si fuera un niño pequeño declarando su amor por
primera vez a una compañera de escuela.

Jerry toca la puerta del dormitorio del párroco una vez más, en
esta ocasión llevaba la caja negra con las letras SM de color rojo
escritas en la tapa de la misma.

–¡Jerry!, pero que agradable sorpresa – dice Thomas mientras


abre violentamente la puerta.

–Tú sabias que yo vendría a entregarte esto, no debe ser una


sorpresa.

–Bueno, en realidad estábamos reiniciando nuestras actividades


extracurriculares, estamos un poco aburridos, gracias a dios que trajiste
el juego – comenta Thomas mientras acomoda la parte central de su
sotana blanca, como si la hubiese tenido levantada segundos antes de
abrir la puerta.

–¿No te nos quieres unir Jerry?, el juego SM es muy entretenido.

–No gracias – dice el de los ojos color ámbar mientras echa un


vistazo al interior de la recámara; logra divisar a uno de los monaguillos
con su hábito blanco con bordes negros, limpiándose los labios, como
si estuviera comiendo algo, sin embargo, en la mesa de madera que
ocupa la zona central del cuarto, no hay nada.

El joven estaba sentado en una silla de madera, al otro lado de la


mesa se encontraba otra butaca similar, presuntamente ahí estaba
sentado Thomas. La habitación estaba completamente oscurecida,
aquellos religiosos estaban siendo iluminados por una lámpara que
cuelga del techo, cuya iluminación es muy tenue.

–¿Y el otro muchacho? – pregunta Jerry haciendo referencia al


otro monaguillo.

–Tuvo que marcharse, creo que tenía diarrea o algo así, a lo mejor
la provoqué yo – responde Thomas con cierto sarcasmo en dicho
comentario.

Sus ojos negros brillan cuando se le recuerda al otro joven


colaborador, su piel morena parece ruborizarse y sus finos labios se
enrojecen.

El robusto sacerdote toma la caja que aún sostenía Jerry, mientras


lo hace el de la sotana negra le advierte con un tono de voz bajo para
que el monaguillo no escuche.

–¿Sabes que puedes ser condenado por esto?, son menores de


edad, le llevas como unos treinta años.

–Por favor Jerry, no te dejes engañar por las pocas canas que
tengo en mi cabeza, la mayoría de mi cabello se sigue viendo negro;
además, todo está controlado, el maldito que me espió está en pleno
juicio, al parecer asesinó a su esposa por celos, según mis contactos
ha alegado demencia, cosa que es falsa, pero si queda en libertad por
tal argumento entonces nadie le creerá eso de la pedofilia.

–¿Te tengo que recordar que tomó fotos?


–No te preocupes, pronto tendré pruebas comprometedoras en las
que señalo la carencia de demencia de este hombre, si es así entonces
el chantaje es un hecho.

–Vine aquí a vigilarte y no me estas ayudando, mucho cuidado


con estos muchachos.

–Tranquilo Jerry, que dios te bendiga – tras concluir la


conversación, Thomas cierra la puerta, estaba ansioso por jugar con su
“pupilo”.

Era el día nueve de febrero del año 2012, había pasado un día
desde la visita de Jerry a la tienda de comestibles; habían pasado tres
horas desde el mediodía y ya estaba de vuelta al establecimiento, como
el día anterior, la ausencia de clientes era la norma.

–Ojalá que todos los hombres fueran como tu – dice Helga


mientras saluda a Jerry estrechando su mano.

–¿Por qué lo dices?

–Cumples lo que dices, justo hace veinticuatro horas estuviste


aquí y dijiste que vendrías al cabo de un día.

–Bueno creo que eso me hace un hombre anormal, aunque


tratándose de una mujer tan bella cualquiera cumpliría su palabra.

Helga quedó un poco desconcertada, Jerry parecía menos tímido


que el día anterior, daba la impresión de volver con mayor seguridad.

El señor Beco no puede alejar su mirada del cuello de la pelirroja,


un escapulario cuelga de él.

–No te lo vi ayer – dice Jerry señalando al objeto sagrado.

–No lo viste porque ayer tenía puesto un suéter con cuello de


tortuga, no un escote como hoy – dice la mujer mientras coloca una silla
metálica negra junto a ella.

El sacerdote se sienta y le pregunta.


–No sabía que eras religiosa, cuando éramos muchachos no
tenías mucha afinidad con la iglesia.

–Parece que tenemos muchas más cosas en común de lo que


crees.

–Por el hecho de que tengas un escapulario no quiere decir que


tengas algo en común con un sacerdote – dice el cura con vehemencia
mientras se sienta junto a Helga.

–Lo digo porque fui monja por un tiempo, cuando estuve viviendo
en Linz.

–¿Te fuiste a Austria para ser monja?

–Exacto – dice la mujer mientras le cobra un par de artículos a un


señor de la tercera edad, cigarros y una revista playboy.

Mientras lo hace, Jerry queda perplejo, no deja de mirarla, estaba


muy sorprendido, por otro lado, la mujer comienza a recordar aquellos
días en el convento.

–Era toda una santa – dice para sí misma mientras que comienzan
a aparecer imágenes en su cabeza, su memoria la trasladó
momentáneamente a aquellos “gloriosos días”.

Ahí estaba ella, en una iglesia similar a la de Thomas, con una


cruz sobre la mesa donde el sacerdote parte el pan y bebe el vino, la
mujer solo tenía la cabeza cubierta con el hábito, el resto del cuerpo
estaba completamente desnudo; su pezones rosados están tensos,
notablemente excitados, sus duros y medianamente grandes pechos
tiemblan con cada movimiento que hace; estaba totalmente rasurada,
sus glúteos eran firmes y sensualmente grandes, nada de celulitis y con
cada movimiento, su piel se agita con tal fuerza que seguramente
provocaría la eyaculación precoz en cualquier hombre.

Gracias a su pequeña cintura, su silueta es como la de una reina


de belleza, tremendamente sensual y provocativa.
No posee pintura en las uñas, tampoco maquillaje, aunque su
bello y redondeado rostro no lo necesita para ser lo que es,
excesivamente hermoso. Además, usar maquillaje es pecado.

Mientras le devuelve el cambio al anciano, recuerda lo que hacía


desnuda sobre una cruz en aquella iglesia a la luz de las velas.

Tenía los brazos extendidos y los pies estaban uno sobre otro; ella
y tres monjas más estaban simulando la crucifixión, o mejor dicho, una
crucificción.

La mona que sostenía la mano derecha sobre la madera de la cruz


pasaba su lengua por la palma de la misma, la monja que sujetaba la
mano izquierda hacía lo mismo mientras que la tercera, derramó el vino
del cáliz sobre los pechos de Helga, fue derramando el líquido por el
vientre hasta llegar a la zona púbica, cuando lo hizo el vino se acabó, la
monja arrojó el cáliz dorado sobre el suelo y mientras Helga aún
mantiene sus piernas juntas para simular la posición de Jesús en la
cruz, la tercera monja se agacha e introduce su lengua en el
entrepiernas de la “crucificada”, lentamente moja su lengua con el vino
mientras roza la suave piel trigueña de Helga, la punta de su lengua
llega a tocar suavemente el clítoris de la pelirroja.

Mientras lo hace, las demás monjas lamen los brazos y avanzan


hasta llegar a los pechos. Comienzan a chuparlos con mucha fuerza,
Helga abre ligeramente su boca para emitir un suave gemido, a pesar
de lo dócil que fue aquel sonido se hizo eco en la solitaria iglesia. A
pesar de que nada ataba sus manos a la madera y las monjas centraban
su atención en los senos y vientre, la trigueña no movió sus brazos; se
mantuvo en la posición de Jesús en la cruz.

La mesa de la lujuria se ubica dentro de un círculo de velas, a un


lado de esta y a la izquierda de Helga, cuelga del techo una cruz
enorme, apto para albergar a un hombre de dos metros de altura.

Helga no dejaba de ver la cruz, mientras más se excitaba, más


fantaseaba con aquel objeto sacro.
–¿Por qué abandonaste el camino de dios?

–No hay que ser monja o sacerdote para seguir el camino de dios
– dice Helga, quien ya había despachado al anciano.

–Tienes razón, pero no son muchas las personas que abandonan


la iglesia.

–Es cierto, la cuestión es que me metí en eso para huir de mis


problemas, mi familia es muy opresora, a pesar de que soy mayor de
edad me tratan como si fuera un perro, no tengo ningún trabajo estable,
no puedo vivir bien con mis ingresos actuales, es por ello que aún vivo
con ellos.

–¿Pero mientras estuviste en Austria no pudiste encontrar algún


trabajo? – pregunta Jerry recostándose en su silla, cruzando sus brazos
y observando los hermosos e hipnóticos ojos de Helga; esta última se
voltea hacia el sacerdote, aunque dirige su mirada a la derecha,
mientras gesticula responde.

–Los convencí de que me dejaran ir con mi tía Hilda, les hice creer
que de verdad sentía la necesidad de servir a dios a tiempo completo –
mientras que de sus hermosos labios salen tales palabras recuerda otra
pequeña travesura en aquella iglesia austríaca.

Ahí estaba ella, junto a otra monja sobre la misma mesa; esta vez
llevaba puesto todo su hábito aunque lo tenía levantado hasta la cintura
al igual que su compañera.

Helga estaba boca abajo, haciéndole sexo oral a la otra monja,


una rubia de ojos azules con un par de kilos adicionales respecto a la
trigueña, pero tan provocativa como su “colega”.

La pelirroja sostiene las piernas de la caucásica mientras mueve


rápidamente su larga y gruesa lengua hacia arriba y hacia abajo
abriendo y cerrando los labios vaginales de la santa mujer; por otro lado,
Helga, quien se encontraba de rodillas, estaba siendo penetrada por el
ano con un dildo amarrado con un cinturón alrededor de la cintura de
otra monja; sus movimientos son firmes y muy consistentes, cada vez
que la penetra, los glúteos de Helga se estremecen por la fuerza con
que aquella mujer la embiste.

La monja del dildo tiene las uñas de sus manos pintadas de color
rojo y sostiene fuertemente a Helga por el habito enrollado a la altura de
la cintura.

La oscuridad del recinto hace que sea imposible ver el rostro de la


tercera monja, su habito cubre su rostro con la oscuridad, esta vez solo
hay una sola vela, ubicada detrás de la rubia.

–¿Y qué pasó?

–Mi tía murió de un infarto, mi padre fue a visitarme y me encontró


forcejando con dos monjas dentro de la iglesia, creo que eran lesbiana
y querían abusar de mí.

–Por dios, no puede ser, hasta donde hemos llegado – dice Jerry
indignado.

–Mi padre me trajo de vuelta, eso fue hace tres años; aunque me
salvó estoy loca por irme de mi casa.

–¿Por eso es que te has buscado un novio con un trabajo decente


y este no ha sabido responder?

Helga dirige su pícara mirada hacia los brillantes ojos de Jerry, su


expresión era como la de un niño pequeño cuando han descubierto una
de sus travesuras.

–Supongo que, si la iglesia no pudo servirme como escape, un


hombre podría serlo.

–Por pensar así es que has encontrado un hombre que te ha


dejado – con una ligera expresión de satisfacción por haber acertado en
sus especulaciones, continúa – si te hubieses ido con ese hombre, te
aseguro que a la larga hubieses deseado volver con tus padres.
Helga baja su mirada y toma la mano derecha del sacerdote
mientras dice.

–Entiendo perfectamente tu razonamiento – tras suspirar y


levantar su mirada para observar fijamente el elegante rostro del señor
Beco, continúa – lo entiendo porque sé que tú me estas entendiendo
ahora mismo.

Jerry no sabe cómo esa resistiendo aquello, estaba sudando


como nunca antes lo había hecho, ¿hace cuánto que aquel tímido
hombre estuvo con una mujer?, ¿acaso una vez se acostó con alguien?

Para colmo, la mujer que aparentemente lo seducía era su amor


platónico de secundaria, quien estaba más bella y radiante que aquella
lejana época.

Para empeorar la situación, lo que ella decía era verdad, él la


entendía perfectamente, no podía juzgarla ya que el mismo había
elegido el sacerdocio para huir de sus problemas; los golpes de la vida
les habían dado motivos para pensar que son el tal para cual.

–Jamás pensé que me sentiría tan bien con tu presencia – dice


Helga mientras un cliente entra a la tienda, se trata de un hombre de
unos treinta años, de camisa blanca y pantalón negro; este individuo fue
directo al mostrador de cereales.

–Me alegra poder darte algo de confort en este momento tan difícil
en tu vida – replica Jerry con entusiasmo en sus ojos.

–Quiero hacer un juego contigo – la pelirroja comienza a hablar


rápido para despachar al cura antes de que el cliente se acerque para
pagar su artículo.

–Quiero que compres el juego de SM. Ha llegado una nueva


versión esta mañana, yo la había jugado en Linz, apenas ahorita llegó
a esta ciudad, es una especie de edición especial trae algunas cosas
nuevas y si tienes suerte, puede incluir un cupón que puede canjear
para recibir a cambio la saga de Secuestro Mortal; yo tuve la suerte de
salir premiada con el cupón en Austria, lamentablemente las tres
novelas son malísimas, son muy largas y aburren – luego, mientras
acerca para hablarle con suavidad le dice – quiero que tú juegues esta
versión especial de SM hoy, yo sé cuál será el resultado, como te dije
antes ya la he jugado, mañana tengo el día libre, quiero verte en mi casa
que queda a kilómetro y medio de aquí, depende de cómo hayas
interpretado el juego te irá bien o mal en nuestra cita de mañana. Espero
que no me decepciones – tras cambiar su semblante, sonriendo con
mucha energía, como si se fuese una modelo haciendo publicad en
televisión concluye diciendo con un tono de voz muy alegre – ¡Así que,
¿por qué no compras SM edición limitada?; solo durará dos días a la
venta aquí en Alemania, aprovecha que puedes salir sorteado con la
saga de Secuestro Mortal!

Jerry baja la mirada. Se ha sonrojado por las últimas palabras de


aquella mujer, su belleza era estratosférica. Mientras se ríe le dice.

–Helga, definitivamente tu sí que puedes vender todo lo que te


propongas, eres demasiado bella como para pasarte por alto.

La mujer coloca su mano derecha sobre la rodilla izquierda del


señor Beco, se acerca algunos centímetros para decirle en su oído con
un tono de voz seductor.

–Yo simplemente diría que siempre logro lo que quiero.

Jerry se volvió a sonrojar, pero esta vez no sintió admiración, sino


una ligera pena generada de su aún existente “inocencia”. Para evitar
una profundización en la conversación, huyó hacia el juego SM.

–Perfecto Helga, iré por el juego – dice Jerry mientras se levanta


rápidamente de su silla; tres clientes más entraron, la hora pico, se
acercaba y no quería ser una molestia para Helga.

Cuando llega al pasillo donde estaban los mostradores con el


juego, se da cuenta de que el único individuo que está ahí es el acólito
que vio el día anterior; esta vez, aquel misterioso se encontraba
limpiando el suelo con un lampazo, al parecer era una mancha roja del
suelo, parecía sangre.

Aprovechando que aquel sombrío hombre le daba la espalda y se


encontraba a tres metros de él, Jerry toma una de las cajas del
mostrador y camina lo más rápido que puede hasta la caja registradora.

Delante suyo estaba el hombre de camisa blanca que había


entrado anteriormente; este pagó por una caja de cigarrillos y un
paquete de cereales; cuando se marchó, Jerry se acercó para pagar por
el juego, mientras lo hace le pregunta a Helga.

–¿Quién es el hombre de negro que siempre está en el ultimo


pasillo?

–Es el repartidor del juego SM, todos los días viene a traer más
mercancía, la gente compra mucho este juego, generalmente a esta
hora la mayoría de nuestros clientes viene es por el juego y se llevan
todos los que tenemos.

–Pero hay más de cien cajas, ¿se los llevan todos cada día?

–Sí, en cuestión de dos horas.

Jerry mira a su alrededor y se da cuenta que cada vez más


personas entran al recinto; tras recibir el juego con su respectiva factura,
pregunta.

–Ese hombre…el repartidor, ¿se queda todo el día? Lo vi


limpiando un líquido rojo del suelo, parecía sangre.

Helga suspiró y miró al suelo como si aquel sacerdote hubiese


descubierto algo. Pensó durante algunos segundos su respuesta.

Mientras observaba fijamente al cura le dijo.

–Él es de gran ayuda aquí, algunas veces limpia sin exigir paga;
a lo mejor habrá derramado algo de jugo en el pasillo, suele pasar.
Jerry se da cuenta de que hay cola detrás suyo así que apresura
su despedida.

–Bueno Helga creo que es mejor que nos veamos mañana, estaré
a esta misma hora en el parque.

–No te olvides de probar el juego hoy mismo – dice la trigueña con


picardía en su expresión.

–Claro…lo haré – sentencia el señor Beco mientras se marcha de


la tienda.

A falta de dos horas para la media noche, Jerry entra en su


habitación, la cual estaba ubicada en un apartamento en el centro de la
ciudad. Aquel recinto era muy humilde; una cama sencilla con sábanas
azules se encuentra en el centro, con la cabecera en contacto con la
pared; frente a ella un escritorio de madera sirve de reposo para un
sinnúmero de papeles y fotografías, entre las cuales están las que
incriminan a Thomas; a la izquierda se halla un armario, hecho del
mismo material que el escritorio y a la derecha, una pequeña silla de
aluminio sirve para depositar su ropa cuando llega del trabajo, algunas
veces la usa para sentarse y trabajar sobre el escritorio, pero eso ocurre
con poca frecuencia.

A la derecha del escritorio, visto desde el frente, se encuentra una


puerta de madera, no estaba pintada, así como las cuatro paredes de
aquella sombría habitación; esa puerta conduce a la sala.

Al lado de la silla de aluminio también hay una puerta, similar a la


descrita primero, esta conduce al baño.

Una pequeña lámpara, cuyo foco irradia una tenue luz amarilla,
cuelga desde el techo sobre la cabeza de Jerry, quien se encuentra
sentado en el borde de la cama, justo en frente del escritorio, poco más
de medio metro los separa, así que no puede colocar el tablero del juego
sobre la superficie de madera de aquel mueble, sin embargo, prefiere la
comodidad de su cama antes que nada.
La cubierta de la caja dice en letras rojas SM – Edición limitada;
detrás de esta escritura se encuentra el rostro de una persona,
aparentemente mujer, con la boca cocida y la mitad del rostro (de los
ojos hacia abajo), ensangrentado; aquel dibujo estaba impreso a escala
marrón, no con los colores verdaderos.

Jerry abre la caja y comienza a leer las instrucciones.

La fachada de la casa estaba compuesta por una pared de


ladrillos, una pequeña escalera de cemento de tres escalones que
conecta la acera con la puerta blanca de madera, la cual funciona como
la entrada principal, en sus flancos, un par de ventanas de madera
pintadas del mismo color que la puerta, se encontraban abiertas, por
medio del cristal de estas sale la luz de la sala, así como las voces de
las tres personas que se encontraban en su interior.

La anchura del frontispicio es de tres metros, mientras que la


altura es de cuatro, el techo es de platabanda, con una ligera inclinación
hacia el frente para evitar su deterior por la acumulación de agua
cuando llueve; las casas de los alrededores cuentan con características
similares, lo que marca la diferencia entre cada una de ellas es el color
de la fachada; la arquitectura es la misma en toda la manzana.

Helga abre la puerta, su hogar no cuenta con pintura en el


frontispicio por lo que el color ladrillo es todo lo que adorna esa parte
del edificio; no obstante, la puerta y las ventanas si poseen pintura
blanca.

La mujer estaba vestida de pantalón y chaqueta negra, debajo de


la última prenda llevaba puesto un escote blanco que dejaba ver su
escapulario, cargaba un par de botines de la misma tonalidad que sus
pantalones que llegaban hasta sus rodillas; por otra parte su cabello
estaba recogido hacia atrás.

En la sala había un pequeño televisor negro cuya parte trasera


está en ligero contacto con la pared, frente a él se ubicaba un mueble
para dos personas, a la izquierda del electrodoméstico, visto desde el
frente, se hallaba una pesa de madera con un mantel rojo, dicho objeto
estaba rodeado por cuatro sillas de madera con cojín rojo.

A la derecha de la puerta principal se ubica una puerta similar a la


anterior que conduce hasta la cocina.

Helga camina por el pasillo que inicia en la entrada principal, por


donde ella ingresó a la casa; pasa justo por detrás del mueble de color
crema, igual que las paredes del lugar.

Su padre, un hombre robusto, de piel blanca, cabello ralo y


escasamente canoso, ojos negros, cara redondeada, nariz achatada,
orejas chicas, papada notablemente grande, cejas muy pobladas,
vestido con camisa vino tinto y pantalón negro; le dice a su hija sin alejar
su mirada del televisor.

–Tu comida está en el horno hija, tu madre y hermano se fueron a


dormir temprano – dice Rudolf con voz gruesa.

–Muy bien padre, gracias – Helga camina lo más rápido que puede
por el pequeño pasillo hasta su habitación, la primera puerta a la
derecha, ella no tenía hambre, solo estaba desesperada por salir de ahí,
su familia la trataba con mucha consideración, sin embargo su espíritu
sentía la necesidad de alejarse y hacer su propia vida con sus propias
“reglas”.

Lo que Helga Braun no le había contado a Jerry es que la única


forma en que ella puede irse de su casa es por medio del matrimonio,
el detalle radica en que su padre desciende de una familia tradicional
en la que el jefe es quien elige las parejas de sus hijas, y siendo católico
devoto jamás aceptaría la relación entre Helga y Jerry.

Rudolf veía un partido de fútbol de la liga alemana, a pesar de lo


emocionante del partido el hombre ni siquiera se inmutaba.

Helga entra en su recámara y cierra violentamente la puerta, para


alguien cuerdo y con buen juicio no hay motivo para la actitudes de
malacrianza de la trigueña, sin embargo, ella estaba haciendo lo posible
por alejarse de sus padres, la pelirroja sabe que si se escapa, su familia
haría lo que fuera por encontrarla y traerla de vuelta, debe deshacerse
de ellos de otra forma.

Jerry apaga la lámpara de su habitación, quedó completamente a


oscuras, seguidamente, enciende una vela blanca con un yesquero que
guardaba en uno de los bolsillos de su sotana. Coloca la vela sobre el
suelo, justo entre la cama y el escritorio.

Justo entre la vela y él, coloca un reloj de aguja, redondo, cuyo


tamaño era de de veinte centímetros de diámetro, este objeto posee un
gran y bizarro tictac como sonido; en medio de aquella oscuridad y
soledad, es lo único que se escucha; eso es lo único que el jugador de
SM debe escuchar durante varias horas mientras despeja su mente y
se prepara para el trance; aquella técnica, según las indicaciones de la
caja, es idónea para conciliar un complicado y deseado sueño.

El sacerdote ubica la caja sobre su cama para luego arrodillarse y


cerrar sus ojos frente a la vela y el reloj, estos últimos objetos era parte
de los utensilios del juego, lo que hasta ahora había hecho era parte de
las instrucciones.

La oscuridad es absoluta, si no fuese por la tenue luz que irradia


la pequeña vela blanca, no hubiese diferencia entre tener los ojos
abiertos y cerrados, es como si estuviera sumergido en las tinieblas
eternamente, la lobreguez es de tal extremo que siente dificultad para
respirar o sentir algo.

Para seguir las instrucciones del juego debe cerrar los ojos, así
que para saber de qué respuesta estaba hablando Helga, debe seguir
las instrucciones al pie de la letra.

Jerry se concentra al máximo, apenas puede sentir el ligero calor


emanado de la vela; respira profundamente y abraza a la oscuridad para
ser parte de ella por algunas horas.

Pasó una hora y no sucedió nada, el hombre aún estaba con los
ojos cerrados y arrodillado frente a la vela, no había perdido la paciencia
ya que en las instrucciones decía que en los primeros sesenta minutos
no pasaría nada relevante.

Transcurridos quince minutos más, Jerry notó un repentino


descenso en la temperatura, sin embargo, la vela no se apagaba; con
el enfriamiento de su habitación comenzó a escuchar varios golpes
sobre el suelo de madera, estos impactos daban la impresión de
ejecutarse con un puño cerrado y en intervalos de cinco minutos; cada
uno era más fuerte que el anterior y por las vibraciones del piso, era
obvio que cada vez estaban más cerca; habían comenzado a dos
metros frente a él, el quinto impacto se produjo a tan solo seis
centímetros de sus rodillas.

Una vez ejecutado el quinto golpe, escuchó que el seguro de la


puerta de su alcoba se activó, lo curioso es que eso solo puede hacerse
desde dentro; tras esa última manifestación Jerry comenzó a sudar y su
ritmo cardiaco se aceleró estrepitosamente.

Hasta ese momento el sacerdote se había mantenido erguido con


sus manos entrelazadas a la altura de sus genitales; repentinamente
comenzó a sentir un extraño y excesivo cansancio, se vio en la
necesidad de apoyar sus manos sobre el suelo, a pocos centímetros de
la vela. Lo hizo inclinando su cuerpo hacia delante y sin abrir los ojos.

Tras su último movimiento, siente que alguien se acerca por la


derecha y se agacha a menos de dos centímetros de su posición, la
cercanía es tan aterradora que puede sentir la cálida, profunda y lenta
respiración del desconocido sobre su cuello. El crujir de la madera del
suelo, producido con cada pasa y luego, cuando esa entidad se agachó,
se mezclo con el incansable tictac del reloj cuyos borden son de plástico
color negro, así como sus agujas y números; el fondo que cubre las
indicaciones horarias es blanco, sin embargo, Jerry no puede observar
nada de aquello.

El señor Beco comienza a sentirse mareado, siente que la cabeza


la da vueltas y que sus vellos se erizan.
La presencia propició un terrible temor en el corazón de Jerry, este
se desesperó por saber quién estaba a su diestra, no obstante, cuando
intenta abrir sus ojos se da cuenta de que no puede hacerlo. El cura se
desespera en intenta replegar sus parpados con sus manos; cuando
toca su rostro se desmaya sin previo aviso.

Su cabeza cayó sobre el reloj, a poca distancia de la vela; ahora


el tictac se ha convertido en un sonido ensordecedor para él.

Jerry no podía ver su propio cuerpo, estaba en un cuarto tan


oscuro como su habitación, no podía divisar a ningún objeto, solo
negrura desde la el techo hasta el suelo; en la parte central de aquella
recámara cuelga una lámpara similar a la de su alcoba, debajo de dicho
objeto danzaba Helga; vestida con el habito de monja el cual cubría
hasta el primer tercio de sus muslos y combinaba los colores blanco y
negro. Sus piernas parecían estar perfectamente depiladas, su rostro
irradiaba sensualidad, su danza era hipnótica.

La mujer se movía girando sobre su eje vertical saltando


constantemente mientras efectúa cada giro con la punta de una de sus
zapatillas negras; su mirada no se aparta de los ojos de Jerry; lo observa
seductoramente, como si él fuese lo que ella más deseara.

Mientras ella gira, danzando con sus brazos extendidos hacia


arriba como si estuviera alabando a un dios pagano, Jerry, quien estaba
hipnotizado con aquella hermosa mujer, comienza a escuchar una
canción de la banda de rock Rammstein llamada Rosenrot.

Por su ardiente mirada, ella da la impresión de querer poseer a


Jerry, no solo físicamente, también espiritualmente; el sacerdote, quien
nunca había probado una mujer, estaba ansioso por dejarse poseer.

Tras haber admitido y comprobado mentalmente sus más


profundos y lujuriosos deseos, el panorama cambia radicalmente.

La recámara era la misma, hay una serie de diferencias


significativas; su cama se encuentra justo donde Helga danzaba, el
puede ver su cuerpo acostado sobre la sábana azul, se encontraba
desnudo con la trigueña sobre él.

La monja todavía tenía su habito, la mitad de su cuerpo cubre la


mitad de la humanidad del señor Beco; la mano derecha de Helga,
cuyas uñas eran muy cortas y pintadas de color rojo oscuro, cubre la
tetilla izquierda de Jerry, mientras que su larga lengua lame
seductoramente la tetilla derecha del velludo y excitado hombre. Tras
lamer durante algunos segundos, comienza a chuparla con sus gruesos
y húmedos labios.

Jerry sujeta fuertemente la mano derecha y la cabeza de Helga,


el hombre esta tan excitado que sus ojos casi han dado la vuelta dando
la impresión de estar completamente blancos; en ese momento ni
siquiera se acuerda de sus votos.

“Y es que como dijo Jesús de Nazaret; pecar con la mente es tan


grave como pecar con la carne.”

Aquel hombre se condenaba sin saberlo.

Mientras estaba entregado al éxtasis, Helga sube su pierna y roza


el pene de su amante con su cálida rodilla, con ese movimiento su habito
subió hasta su cintura y se pudo notar su biquini negro, así como sus
tonificados y sensuales glúteos.

La pelirroja deja de besar la tetilla derecha de Jerry, ésta, al igual


que su pecho, tenía pintura labial de color rojo oscuro y saliva distribuida
en su superficie. Tras acercase ligeramente a la oreja derecha del
profanado hombre de dios, le dice con un tono muy suave y seductor.

–Estoy muy mojada, quiero sentir como ardes dentro de mí, quiero
sentir como derramas tu semilla con chorros calientes dentro de mi
mientras me haces gemir.

Tras haber dicho esas palabras, comienza a derramar sus fluidos


vaginales sobre la pierna derecha de Jerry. Ante la humedad y calidez
el señor Beco, cuya falta de experiencia lo había convertido en un
eyaculador precoz, comienza a eyacular sobre la rodilla de su amante;
Helga ríe pícaramente mientras que el “primerizo” llega al clímax, sus
ojos aún estaba volteados, su cuerpo comienza a temblar, sudaba
descontroladamente, parecía tener fiebre; nunca antes se había sentido
así.

Helga se acuesta colocando su mejilla izquierda sobre el


enrojecido pecho de Jerry mientras que su mano derecha, toca el
abdomen del sacerdote; su rodilla estaba completamente mojada, pero
no solo el semen reposa sobre aquella parte de su cuerpo; el pene, cuya
erección estaba en descenso, también reposa sobre ella.

Tras un leve quejido, los ojos de Jerry vuelven a la normalidad,


por fin había llegado al orgasmo sin antes haber recurrido a la auto
manipulación.

La trigueña levanta su cabeza así como su mano derecha, en la


cual sostiene una rosa roja. Acto seguido, la pelirroja toma la mano
izquierda de Jerry colocando la espinada rosa roja entre su mano y la
de él. El señor Beco la observa detenidamente a los radiantes ojos color
ámbar.

Tras un par de segundos de calma, mientras ambos se observan


con pasión y entrega, como si estuvieran analizando cada aspecto del
alma de su amante; Helga presiona su mano con la de Jerry haciendo
que las espinas penetren en la piel de ambos; la sangre de ambos fluye
y se mezcla en el tallo de la rosa; el pacto estaba hecho y a pesar del
leve gesto de dolor hecho por el cura, no se puede decir que hizo mucho
para evitarlo; él quería ser poseído y ella siempre lograba lo que quería.
En ese preciso instante, la música se desvanece aunque la magia
representada por los fluidos que los bañan sigue latente.

Jerry parpadeó y de repente se encontró en otro lugar, era la


tienda de comestibles que atendía Helga; sus recuerdos estaban muy
difusos, no puede observar con claridad los detalles de aquella escena,
ni siquiera distingue bien la ropa de su amada, si es que llevaba.
Lo único de lo que puede darse cuenta es que llevaba puesto su
sotana y en su mano izquierda, portaba una caja gris alargada, tenía un
peso considerable, aproximadamente de cuatro kilogramos, su longitud
era de poco más de un metro.

Al otro lado de la calle, estaba Thomas, con su sotana blanca, la


que normalmente usaba para las misas; ahí estaba el robusto hombre
con un cigarrillo en su boca, sus manos entrelazadas a la altura del
pecho como si estuviera orando mientras sacude la cabeza en señal de
negación. Dejando salir humo por su boca y nariz, dice para sí mismo.

–Perdónalo dios, el pobre no sabe lo que hace.

Helga caminaba aferrada al brazo derecho de Jerry como si fuese


su pareja formal.

Cuando ambos llegan a la entrada de la tienda de comestibles,


ella lo suelta y entra mientras él se queda parado, la pelirroja no deja de
observarlo con una alta dosis de sensualidad, con ese ardor que excita
hasta el más frío y rígido de los hombres.

Justo cuando ella coloca la palma de su mano sobre la puerta de


cristal para entrar en la tienda, Jerry despierta.

Estaba asustado, desesperado, solo puede escuchar el


inquietante tictac del reloj; rápidamente se levanta, se da cuenta de que
a la vela le quedaba la mitad para consumirse completamente, también
se percata, por la hora que muestra el reloj, que han transcurrido cinco
horas desde que inició el juego, así mismo, nota que la tenebrosa
presencia aún está a su diestra.

Jerry comienza a respirar agitadamente, su sudor se intensifica


cubriendo su rostro, su corazón se acelera y por si fuera poco, la vela
se apaga inexplicablemente; en ese instante escucha una voz angelical
que le dice al oído.

–Pozos profundos deben ser cavados si se quiere agua clara.


Mientras escucha aquello solo puede ver en su mente una rosa
roja.

El señor Beco se levanta lo más rápido que puede, se da media


vuelta y avanza sin detenerse hasta entrar en el baño; aún a oscuras,
comienza a vomitar en el lavamanos, la mezcla de sentimientos no le
da para menos.

Al darse la vuelta para reincorporarse lentamente en su


habitación, se da cuenta de que su mano le duele, rápidamente recordó
aquel “compromiso con la rosa roja”, seguidamente, notó una gran
cantidad de humedad en su entrepierna, recordando así aquella
eyaculación precoz en aquel supuesto sueño.

También recordó todos sus pecados mientras estaba en el


ministerio de aquel al que llaman Cristo, la complicidad con Thomas,
sus deseos bisexuales mientras era capellán y todas aquellas largas
horas de intensa masturbación. Su cabeza comenzó a dolerle, su alma
ya estaba corrompida, ante los ojos de dios no tenía nada que perder.

Tras respirar profundamente entra en su habitación, cuando lo


hace, la luz de la vela se enciende; todo su cuerpo comienza a temblar,
sus venas comienzan a sobresalir mientras que su temperatura corporal
desciende a pasos agigantados.

Antes de hacer cualquier cosa recuerda que no vio el cupón dentro


de la caja, así que no fue premiado con la trilogía de Secuestro Mortal.

–Maldita suerte la mía – dice para sí mismo.

Con frialdad en su sangre, se acerca al reloj, le quita la batería,


apaga la vela y se aproxima al interruptor de la lámpara ubicado a pocos
centímetros del marco de la puerta; mientras lo hace percibe aquella
incómoda presencia una vez más, la próxima voz que escucha proviene
de tal entidad, se trataba de una voz masculina.

–Ella te quiere y está bien, así es y así debe ser, lo que ella quiere
lo consigue y dios sabe que esto es bueno.
Jerry, sin presentar escrúpulo alguno, responde secamente.

–El celibato no debe ser ley dentro de la iglesia, según el apóstol


Pablo en su libro apócrifo, el celibato es un don que dios otorga a unos
pocos; y si alguien que no posee ese don decide llevar a cabo dicha
abstinencia, puede ser tentado mucho más fácilmente por el diablo que
es resto de las personas; así que, claro dios sabe que este amor es
bueno.

Tras responder, enciende la luz de su habitación, la presencia


desaparece y el juego termina.

Jerry se da media vuelta y observa una caja gris de


aproximadamente un metro de longitud sobre su cama, justo al lado de
la caja del juego de SM. Se acerca y la abre, inmediatamente se da
cuenta de que esa será su herramienta para liberar a su amada y ser
feliz por siempre.

Eran las nueve de la mañana, Jerry avanzaba con paso decidido,


caminaba de forma extraña, como si algo le impidiera caminar con
normalidad.

El señor Beco se detiene justo en frente de la casa de Helga,


estaba empalidecido, sus venas todavía sobresalían con exageración,
le habían salido ojeras muy pronunciadas, sus labios estaban resecos,
las uñas de sus dedos moradas y sus ojos estaban brotados y
enrojecidos; Jerry temblaba, su temperatura corporal era más baja de
la normal.

A cincuenta metros de su posición, Helga caminaba alegremente


portando el habito que le cubre desde su cabeza hasta el primer tercio
de sus muslos, además, llevaba puesto el escapulario y en su mano
derecha sostenía su teléfono celular, así como una gran cantidad de
pintura labial de color rojo oscuro sobre sus gruesos y provocativos
labios.

Mientras camina, sus pechos saltan ligeramente haciendo saltar


al escapulario.
El sol brilla impecablemente dejando ver cada detalle del
cambiado rostro del señor Beco, el sudor había provocado que su
cabello se pegara a su cuero cabelludo, así como un ligero brillo que
refleja la luz solar que lo baña aunque no logra hacer que aumente su
temperatura corporal.

Toda la familia, excepto Helga, estaba por salir a misa; Thomas


estaba a punto de iniciar aquel sacro ritual con la ayuda de sus fieles
monaguillos.

Antes de que la primera persona saliera, Jerry sube las escaleras


y abre la puerta de par en par con una patada; en la sala estaba el padre
de Helga, vestido con una camisa verde oliva y pantalón negro, la
madre, ubicada junto a la puerta de la cocina, era una mujer delgada,
de cabello corto y gris, rostro arrugado así como la mayor parte de su
cuerpo y ojos verdes muy tiernos y propios de una madre amorosa.
Llevaba puesto un vestido totalmente blanco que cubre su cuerpo desde
su pecho hasta sus rodillas, alrededor de su cuello colgaba un
escapulario dorado.

El hermano de la pelirroja estaba a la diestra de su padre, era un


muchacho trigueño como su madre, de ojos y cabello negros, delgado
y vestido con una camisa vino tinto y pantalón marrón.

–Padre Jerry, espero que haya venido a acompañarnos hasta la


iglesia – dice el jefe de la familia con asombro tras aquella dramática
entrada.

–Ahí a donde van jamás podrán encontrar a dios, solo debajo de


mi sotana pueden encontrar a dios – tras responder al padre de Helga,
saca de entre su sotana una SPAS-12 totalmente plateada, la cual
brillaba incandescentemente con la luz del sol que entra por la puerta
principal.

Esta arma pesa aproximadamente cuatro kilogramos, su longitud


es de poco más de un metro, tiene capacidad para doce cartuchos
aunque en ese instante solo la tenía cargada con tres, no necesita más,
su calibre es de dieciocho milímetros y su sistema de disparo es de
corredera, activado por gas.

Jerry la sostiene con ambas manos y sin darle tiempo a los


familiares de Helga para que reaccionen, dispara a sangre fría. Con
cada disparo los músculos de sus brazos se estremecen, así como su
sotana, la cual se encontraba abierta exponiendo su camisa blanca y
pantalón negro.

La primera descarga se introduce en el abdomen de la madre de


Helga, su cuerpo se levanta medio metro e impacta con su espalda en
la pared, la mujer cae sobre el suelo dejando una gran mancha de
sangre sobre el muro.

El señor Beco apunta al padre de Helga moviendo su torso


mientras carga el próximo cartucho; en ese momento, Helga estaba
parada en la acera, justo frente a su casa, aprovecha que la puerta
principal estaba abierta y observa la espalda del cura asesino, quien se
ubica justo debajo del marco de dicha entrada.

La trigueña ríe pícaramente mientras sus ojos brillan de alegría.


De repente escucha otro estruendo, Jerry había disparado otra vez.

El padre de Helga recibió la otra descarga, los balines penetraron


su estómago, hígado y colon; el robusto hombre cae hacia atrás con los
ojos abiertos mientras salpica de sangre todo a su alrededor.

Tras escuchar al cuerpo de su padre caer mientras que la vida se


le escapa con cada mililitro de sangre que sale de su cuerpo; Helga ríe
con mayor satisfacción, sus ojos se cierran ligeramente con la enorme
emoción que invade cada célula de su cuerpo.

Jerry carga el último cartucho y dispara sin piedad al petrificado


hermano de Helga, el joven hombre se eleva un par de metros hasta
que su cuerpo impacta con la pantalla del televisor LCD de la sala, esta
se rompe y es salpicada de la sangre que sale por la espalda del
perpetrado. Algunos balines atravesaron su cuerpo asesinándolo en el
acto.
El cuerpo del hermano del Helga, después de rebotar en la
pantalla del televisor, cae sobre el cadáver del padre.

Jerry baja el arma y comienza a avanzar lentamente entre los


cadáveres para asegurarse que nadie este con vida. Sin explicación
aparente, el sacerdote se queda observando el cadáver de la madre de
Helga, así como la mancha de sangre que había dejado en la pared, sin
embargo, no es frustración ni arrepentimiento lo que el homicida siente,
sino una gran satisfacción, siente el mismo placer que su amante
pelirroja.

Helga aún estaba fuera de la casa, todas aquellas muertes le


habían excitado de tal modo que comenzaba a bajar fluido vaginal por
sus tonificados y recién rasurados muslos; la mujer se limita a juntar
penosamente sus piernas mientras sostiene el borde inferior de su
habito con ambas manos, como si quisiera alargarlo, así mismo, la de
ojos color ámbar, no puede apartar su mirada de la mortandad del
interior de aquella ensangrentada sala.

Mientras ella se deleita con su agasajo, una patrulla de policía


llega y se estaciona a sus espaldas, se trataba de un Lamborghini
Diablo SV adaptado para trabajar del lado de la ley pintado de azul,
blanco y negro.

Un hombre sale del lado del conductor, ella lo había llamado


desde su teléfono celular.

El oficial portaba el típico uniforme policial de camisa manga corta


azul claro y pantalón formal de color azul oscuro. Los rayos solares se
reflejan en la placa ubicada en la parte superior derecha de la camisa,
en la gorra de policía, el cinturón de cuero, su Beretta 92FS enfundada
y los zapatos perfectamente pulidos.

Gracias a los destellos de luz que refleja su uniforme, aquel


hombre parece una estrella; tenía una gran tonicidad muscular, sus
brazos son gruesos y musculosos, sus venas sobresalen dando la
impresión de que aquel agente de la ley asiste frecuentemente al
gimnasio. La gorra de policía protege sus ojos de los rayos solares,
generando una fina franja oscura sobre la mitad superior de su rostro,
específicamente desde su perfilada nariz hacia arriba.

El policía avanza con determinación hacia su objetivo.

Justo cuando pasa al lado de Helga, ella se emociona e


inconscientemente sostiene la parte inferior de su hábito, junta aún más
sus piernas y voltea para observar a su “salvador”, este último no deja
de caminar, ni siquiera voltea para ver a la sensual monja, tiene un
trabajo pendiente y no descansará hasta cumplirlo.

Se acerca lentamente Jerry por la espalda, con mucho cuidado de


no pisar algún charco de sangre. Cuando está a menos de un paso del
homicida, este último, quien todavía observaba el cadáver de la madre
de Helga, se da media vuelta, su rostro, al igual que el resto de su
cuerpo, ya había vuelto a su estado original.

El policía sujeta el cañón de la SPAS-12 de Jerry con su mano


izquierda mientras que con la derecha le propicia un fuerte golpe. Su
puño se hunde en la piel de su mentón mientras el sacerdote, por efecto
del impacto, voltea a su izquierda salpicando sangre desde el interior de
su boca.

Junto con golpe s escuchó un crujido, se trataba de su mandíbula


que se había roto.

Jerry estampó su rostro sobre la pared dejando una marca de


sangre justo al lado de que dejó la madre de Helga. Sin perder el
conocimiento, apoya sus dos manos en la pared para tratar de recuperar
el equilibrio y encarar al flamante policía; antes de que pueda levantar
su cara, el uniformado sujeta el cañón de la escopeta con ambas manos
y golpea con toda su fuerza la cervical del homicida. Se escuchó un
crujido final, su cervical se había roto.

El sacerdote cayó boca abajo mientras que su frente rozaba el


muro dejando un rastro de sangre que llegaba hasta el suelo; el policía
deja caer la SPAS-12 al suelo y se da media vuelta para salir y
encontrarse con Helga.
El policía se detiene justo en la puerta principal, mientras que el
sol baña y calienta todo su atlético cuerpo. Se quita la gorra de policía
dejando ver su cabello amarillo, el cual era bajo y cuidadosamente
peinado hacia la derecha.

El no se podía arriesgar a hacer nada ya que en el pasado, había


sido acusado de varios asesinatos injustificados, así que ayudó a su
novio de otra forma.

El rubio comienza a bajar las escaleras mientras que los rayos


solares permiten que sus ojos de tonalidad amarilla brillen como si se
tratasen de los de un ángel. Antes de dejar el último escalón Helga salta
y lo abraza con todas sus fuerzas.

–Gracias, Evans – dice la mujer mientras se aferra a la espalda


del policía y apoya el lado derecho de su cabeza sobre el pecho de su
verdadero amor.

El mayor de los Blackburn deja caer la gorra y le devuelve el


abrazo mientras besa la cabeza de su amada, la cual aún estaba
cubierta por el hábito.

–Creo que ahora si podemos irnos a vivir juntos y yo por fin seré
tratado como un héroe en esta ciudad.

–Tengo un terrible deseo por sentirte dentro de mi – dice Helga


mientras sube su rodilla hasta tocar los genitales de Evans.

–Tengo ganas de jugar SM contigo – dice Evans con una ardiente


sonrisa acompañando sus palabras.

–Compremos uno ahora mismo, ha salido una edición limitada que


pronto será retirada del mercado.

–Pensándolo bien…creo que eso puede esperar un poco.

Helga levanta su cabeza y besa profundamente los labios de su


amado introduciendo su lengua en su boca mientras se aferra con furia
a su cuerpo.
A lo lejos se escuchan las sirenas de las demás patrullas y
ambulancias; ya el trabajo había sido realizado.

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